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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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miércoles, 19 de enero de 2011

UNA CRUZ DE SIGLOS -- Henry Kuttner

UNA CRUZ DE SIGLOS
Henry Kuttner



Lo llamaron Cristo. Pero no era el Hombre que cinco mil años atrás había recorrido trabajosamente el largo camino hacia el Gólgota. Lo llamaron Buda y Mahoma, lo llamaron Cordero, y Bendito de Dios. Lo llamaron Príncipe de la Paz y el Inmortal.
Su nombre era Tyrell.
Ahora acababa de ascender por otro camino, el escarpado sendero que llevaba al monasterio de la montaña, y por un momento se detuvo parpadeante ante la brillosa luz del sol. Su túnica blanca estaba teñida del color negro ritual.
La muchacha que lo acompañaba le tocó el brazo y lo estimuló suavemente para seguir adelante. Entró en la sombra del portón.
Entonces vaciló y volvió la mirada hacia atrás. El camino lo había conducido hasta la pradera de la montaña donde se levantaba el monasterio, de color verde deslumbrante en la incipiente primavera. Tenuemente, a lo lejos, sintió que lo desgarraba la idea de abandonar todo ese esplendor, pero intuyó que la situación mejoraría muy pronto. Y el esplendor estaba lejos. Ya no era del todo real. La muchacha le volvió a tocar el brazo y él asintió obediente y caminó hacia adelante, preocupado por la sensación de una pérdida inminente que su mente fatigada no alcanzaba a comprender.
Estoy muy viejo, pensó.
En el patio los sacerdotes se inclinaron ante él. Mons, el jefe, estaba de pie en la otra punta de un amplio estanque que devolvía el azul indiferente del cielo. De cuando en cuando una brisa suave, fresca, agitaba la superficie del agua.
Viejas costumbres enviaban mensajes a lo largo de sus nervios. Tyrell elevó una mano y los bendijo a todos.
Serenamente su voz pronunció las recordadas frases.
—Que haya paz. En la tierra afligida, en todos los mundos y en el santo cielo de Dios que está entre ellos, que haya paz. Los poderes de... de... —su mano vaciló; luego volvió a recordar— los poderes de la oscuridad no tienen fuerza para oponerse al amor y la comprensión de Dios. Yo les traigo la palabra de Dios. Es amor; es comprensión; es paz.
Aguardaron hasta que terminó. Era el momento inadecuado y el ritual equivocado. Pero no tenía importancia, porque él era el Mesías.
Del otro lado del estanque Mons hizo una seña. La muchacha que acompañaba a Tyrell apoyó suavemente las manos sobre los hombros de su túnica.
—Inmortal —exclamó Mons—, ¿te quitarás tus vestiduras manchadas y con ellas los pecados del tiempo?
Tyrell miró vagamente hacia el otro extremo del estanque.
—¿Bendecirás los mundos con otro siglo de tu santa presencia?
Tyrell recordó algunas palabras.
—Yo parto en paz; yo regreso en paz —dijo.
La muchacha le quitó suavemente la túnica blanca, se arrodilló y le retiró las sandalias. Desnudo, Tyrell quedó de pie sobre el borde del estanque.
Parecía un muchacho de veinte años. Tenía dos mil.
Sintió la herida de alguna profunda inquietud. Mons lo convocaba con un brazo en alto, pero Tyrell miró a su alrededor confusamente y encontró los ojos grises de la muchacha.
—¿Nerina? —murmuró.
—Entra al estanque —susurró ella—. Crúzalo a nado.
Él extendió la mano y tocó la de ella. La muchacha sintió esa maravillosa corriente de dulzura que era su fuerza indomable. Le apretó la mano con vehemencia, tratando de atravesarle las nubes de la mente, tratando de hacerle saber que todo volvería a estar bien, que ella esperaría, como ya tres veces, en los últimos trescientos años, había esperado su resurrección.
Era mucho más joven que Tyrell, pero también era inmortal.
En los ojos azules de Tyrell la niebla del cansancio se aclaró por un instante.
—Espérame, Nerina —dijo. Luego, recobrando su antigua destreza, se sumergió en el estanque con una zambullida impecable.
Ella lo observó nadar firme y seguro. En su cuerpo todo funcionaba bien; siempre funcionaba igual, por más que envejeciera. Era sólo su mente la que se endurecía, se hundía más profundamente en los surcos acerados del tiempo y perdía el roce con el presente de suerte que su memoria se iba fragmentando poco a poco. Pero los recuerdos más viejos tardaban más en partir, y los recuerdos automáticos eran los más perdurables.
Ella tenía conciencia de su propio cuerpo, joven y fuerte y hermoso, como lo sería siempre. Su mente... también había una respuesta para eso. Estaba contemplando la respuesta.
Soy inmensamente bienaventurada, pensó. De entre todas las mujeres de todos los mundos, yo soy la Novia de Tyrell, y el único ser inmortal que existe además de él.
Con amor y veneración lo miró nadar. A sus pies estaba la túnica desechada, manchada con las memorias de cien años.
No parecía tan lejano. Podía recordar muy claramente la última vez que había observado a Tyrell cruzar a nado el estanque. Y antes de esa vez había habido otra, y esa había sido la primera. Para ella; para Tyrell, no.
Tyrell salió del agua chorreando y vaciló. Ella sintió mucha angustia ante su cambio, su sólida seguridad era ahora asombrada interrogación. Pero Mons estaba listo. Avanzó y lo tomó de la mano. Condujo al Mesías hacia una puerta enclavada en el elevado muro del monasterio, y juntos desaparecieron por ella. Nerina pensó que Tyrell se volvía para mirarla, con la permanente ternura de su sosiego profundo y maravilloso.
Un sacerdote tomó la túnica manchada tendida a sus pies y se la llevó. Ahora la lavarían y la colocarían sobre el altar, el tabernáculo esférico con la forma del mundo natal. Volvería a lucir blanca y resplandeciente, y sus pliegues caerían suavemente ondulados sobre la tierra.
La lavarían por completo, así como lavarían también la mente de Tyrell, le limpiarían el atestado depósito de recuerdos acumulados en un siglo.
Los sacerdotes salieron en fila. Ella miró furtivamente hacia atrás, más allá del portón abierto, al verde intenso y hermoso del prado montañés, a la hierba de primavera que con sensualidad se estiraba hacia el sol después de la nieve invernal. Inmortal, pensó, mientras elevaba los brazos hacia el cielo y sentía en el cuerpo la cadencia profunda de su sangre eterna, licor de los dioses. Era Tyrell el que sufría. Yo ningún precio debo pagar por esta... maravilla.
Veinte siglos.
Y el primero debió ser de horror total.
Su mente regresó de las escondidas brumas de la historia que ahora era leyenda, y sólo tuvo un resplandor del sereno Cristo Blanco que surcaba ese caos de estruendosa maldad cuando la tierra se ennegreció, cuando se tino del color escarlata del odio y la angustia. ¡Ragnarok, Armageddón, Hora del Anticristo... dos mil años atrás!
Acosado, inmutable, con su prédica de amor y de paz, el Mesías Blanco había atravesado como una luz el descenso de la tierra a los infiernos.
Y había vivido, y las fuerzas del mal se habían destruido a sí mismas, y los mundos habían encontrado la paz... habían encontrado la paz hacía ya tanto tiempo que la Hora del Anticristo estaba perdida en el recuerdo, era leyenda.
Perdida, aún para la memoria de Tyrell. Nerina se alegraba de que fuera así. Hubiera sido terrible de recordar. Se estremeció al pensar cuál habría sido su martirio.
Pero hoy era el Día del Mesías, y Nerina, el único ser inmortal además de Tyrell, contempló con veneración y amor la puerta vacía por donde él había salido.
Miró el estanque azul. Un viento fresco le rizaba la superficie; una nube pasaba suavemente junto al sol y ensombrecía el brillo de la jornada.
Pasarían setenta años hasta que ella volviera a nadar en el estanque. Y al despertar los ojos azules de Tyrell la estarían mirando, él le tomaría las manos y la llamaría para que se unieran en la juventud primaveral en que vivían eternamente.
Los ojos grises de Nerina lo observaron; apoyó una mano en la de él mientras permanecía recostado en el lecho. Pero no despertó.
Ella miró a Mons ansiosamente.
Él inclinó la cabeza con un gesto tranquilizador.
Ella sintió un movimiento levísimo junto a su mano.
Los párpados de Tyrell temblaron. Se abrieron lentamente La seguridad sosegada y profunda aún seguía allí, en los ojos azules que tanto habían visto, en la mente que tanto había olvidado. Tyrell la miró un momento. Luego sonrió.
Trémula, Nerina dijo:
—Siempre tengo miedo de que me olvides.
—Siempre le devolvemos sus recuerdos de ti —dijo Mons—, Bendita de Dios. Siempre lo haremos. —Se inclinó sobre Tyrell— Inmortal, ¿estás verdaderamente despierto?
—Si —dijo Tyrell y se incorporó balanceando las piernas sobre el borde del lecho, poniéndose de pie con movimientos ágiles y decididos. Miró a su alrededor, vio la nueva túnica lista, completamente blanca, y se la puso. Tanto Nerina como Mons advirtieron que ya no había vacilación en su conducta. Más allá del cuerpo eterno, la mente estaba joven, segura y despejada otra vez.
Mons se arrodilló, y Nerina se arrodilló también. El sacerdote dijo suavemente:
—Agradecemos a Dios que nos permita una nueva Encarnación. Que la paz reine en este ciclo, y en todos los ciclos futuros.
Tyrell tomó a Nerina de la mano y la hizo ponerse de pie. Se agachó y también alzó a Mons.
—Mons, Mons —dijo con tono casi de reprensión—. Cada siglo que pasa me tratan menos como a un hombre y más como a un dios. Si hubieras vivido hace unos cientos de años... pues, rezaban cada vez que me despertaba, pero no se ponían de rodillas. Soy un hombre, Mons. No lo olvides.
—Trajiste paz a los mundos —dijo Mons.
—¿Entonces, me podrían dar algo de comer, como recompensa?
Mons hizo una reverencia y salió. Tyrell se volvió rápidamente hacia Nerina La firme delicadeza de sus brazos la rodeó.
—Si no despertara, alguna vez... —dijo—. Renunciar a ti sería lo más difícil de todo. No sabía lo solo que estaba hasta que encontré a otro inmortal.
—Nos quedaremos una semana en el monasterio —dijo ella—. Una semana de retiro antes de volver a casa. Me gusta estar aquí contigo más que cualquier otra cosa.
—Espera un poco —dijo él—. Algunos siglos más y perderás esa actitud de veneración. Me gustaría que así fuera. El amor es mejor... ¿y a qué otra persona puedo amar de esta manera?
Ella pensó en los siglos de soledad que había tenido Tyrell, y todo el cuerpo le dolió de amor y compasión.
Después del beso Nerina se echó hacia atrás y lo miró pensativamente.
—Has vuelto a cambiar —dijo—. Sigues siendo tú, pero..
—¿Pero qué?
—Estás más suave, de alguna manera.
Tyrell se rió.
—Cada vez me lavan la mente y me dan un nuevo surtido de recuerdos. Oh, casi todos los viejos, pero el conjunto es un poco distinto. Siempre lo es. Las cosas están ahora más tranquilas que hace un siglo. Así que me reacondicionan la mente para que se adecue a la época. De lo contrario me convertiría gradualmente en algo anacrónico. —Frunció ligeramente el ceño—. ¿Quién es ése?
Ella miró hacia la puerta.
—¿Mons? No. No hay nadie.
—¿Oh? Pues... sí, tendremos una semana de retiro. Tiempo para pensar e integrar mi personalidad reacondicionada. Y el pasado... —Volvió a vacilar.
—Me gustaría haber nacido antes —dijo Nerina—. Podría haber estado contigo...
—No —replicó él rápidamente—. Al menos, no hace mucho tiempo.
—¿Tan malo fue?
Él se encogió de hombros.
—Ya no sé cuánto hay de verdad en mis recuerdos. Me alegro de no recordar más de lo que recuerdo. Pero recuerdo lo necesario. Las leyendas dicen la verdad. —El dolor le ensombreció el rostro—. Las grandes guerras... el infierno se desató. ¡El infierno era omnipotente! El Anticristo salía a caminar a la luz del día, y los hombres temían lo que está en las alturas.. —Alzó los ojos hacia el pálido cielo raso de la habitación, y vio más allá—. Los hombres se volvieron bestias. Demonios. Les hablé de la paz, e intentaron matarme. Resistí. Era inmortal, por gracia de Dios. Sin embargo, hubieran podido matarme. Soy vulnerable a las armas. —Tomó aliento con una respiración profunda, prolongada—. La inmortalidad no bastaba. La voluntad de Dios me protegió, para que pudiera seguir predicando la paz hasta que, poco a poco, las bestias contrahechas se acordaron de sus almas y salieron del infierno...
Nerina nunca lo había oído hablar así.
Suavemente le tocó la mano.
Tyrell volvió a ella.
—Ya pasó —dijo Tyrell—. El pasado está muerto. Tenemos el día de hoy.
A lo lejos los sacerdotes entonaban un himno de júbilo y gratitud.
La tarde siguiente ella lo vio en el extremo de un corredor, inclinado sobre un bulto, agazapado y oscuro, y corrió hacia allí. Estaba agachado junto al cuerpo de un sacerdote, y al ver a Nerina tembló y se levantó; tenía el rostro pálido y consternado.
Ella miró hacia abajo y su rostro también palideció.
El sacerdote estaba muerto. Tenía marcas azules en la garganta, el cuello quebrado y la cabeza monstruosamente retorcida.
Tyrell se movió para resguardar el cuerpo de la mirada de Nerina.
—Lla... llama a Mons —dijo él, inseguro, como si hubiera llegado al final de los cien años—. Rápido. Esto... llámalo.
Mons llegó, miró el cuerpo y quedó estupefacto. Sus ojos encontraron la mirada azul de Tyrell.
—¿Cuántos siglos han pasado, Mesías? —preguntó, con voz trémula.
—¿Desde que termino la violencia? Ocho siglos, o más. Mons, nadie, nadie es capaz de esto —dijo Tyrell.
—Si —dijo Mons—. Ya no hay violencia. Ha sido desterrada de la raza. —Súbitamente se puso de rodillas—. ¡Mesías, vuelve a traer la paz! ¡El dragón ha resurgido del pasado!
Tyrell se irguió, una figura de poderosa humildad en su túnica blanca.
Levantó los ojos y rezó.
Nerina se arrodilló, su horror se disipó lentamente en el poder abrasador de la oración de Tyrell.
El murmullo recorrió el monasterio y volvió tembloroso desde el aire azul, transparente que se extendía más allá. Nadie sabía quién había cerrado mortalmente las manos en la garganta del sacerdote. Nadie, ningún humano era capaz de matar; como había dicho Mons, la capacidad de odiar, de destruir, había sido desterrada de la raza.
El murmullo no trascendió los muros del monasterio. La batalla tenía que celebrarse en secreto, ningún indicio debe perturbar la prolongada paz de los mundos.
Ningún humano.
Pero creció otro murmullo: El Anticristo ha vuelto a nacer.
Acudieron a Tyrell, al Mesías, en busca de consuelo.
—Paz —dijo—, paz; combatan el mal con la humildad, inclinen la cabeza en actitud de oración, recuerden el amor que salvó al hombre cuando hace dos mil años el infierno se abatió sobre los mundos.
Por la noche, lloró en sueños junto a Nerina, y luchó contra un enemigo invisible.
—¡Demonio! —gritó, y despertó temblando.
Ella lo estrechó en sus brazos, con orgullosa humildad, hasta que se volvió a dormir.
Un día Nerina y Mons fueron al cuarto de Tyrell para comunicarle el nuevo horror. Habían encontrado a un sacerdote muerto, salvajemente tajeado por un cuchillo filoso. Abrieron la puerta y lo vieron frente a ellos, sentado ante una mesita baja. Estaba rezando mientras contemplaba, con enferma fascinación, el cuchillo sangriento apoyado sobre la mesa.
—Tyrell... —dijo ella, y de improviso Mons inhaló una bocanada de aire rápida y temblorosa y giró bruscamente. La empujó hacia el otro lado de la puerta.
—¡Espera! —dijo con urgencia violenta—. ¡Espérame aquí! —antes de que pudiera decir una palabra la puerta se cerró y Nerina oyó que Mons le echaba cerrojo.
Permaneció allí, sin pensar, durante un rato largo.
Después Mons salió y cerró la puerta suavemente tras de si. La miró.
—Todo está bien —dijo—. Pero... ahora debes escucharme. —Y se quedó en silencio.
Intentó de nuevo.
—Bendita de Dios... —Volvió a respirar con dificultad—. Nerina. Yo... —rió en forma extraña—. Es raro. No puedo hablar a menos que te llame Nerina.
—¿Qué sucede? ¡Déjame ver a Tyrell!
—No, no. Se pondrá bien. Nerina, él está enfermo.
Ella cerró los ojos, tratando de concentrarse. Oyó la voz de Mons, insegura pero cada vez más fuerte.
—Esos asesinatos. Los cometió Tyrell.
—Mientes —dijo ella—. ¡Es mentira!
Mons replicó, casi bruscamente:
—Abre los ojos. Escúchame. Tyrell es... un hombre. Un gran hombre, un hombre muy bueno, pero no un dios. Es inmortal. Si no lo matan vivirá eternamente, como tú. Ya ha vivido mas de veinte siglos.
—¿Para qué decírmelo? ¡Ya lo sé!
—Debes ayudar —dijo Mons—. debes comprender. La inmortalidad es un accidente genético. Una mutación. Una vez cada mil años, tal vez cada diez mil, nace un ser humano inmortal. Su cuerpo se renueva a sí mismo; no envejece. Tampoco su cerebro. Pero su mente sí envejece...
—Hace sólo tres días —dijo Nerina desesperadamente—, Tyrell nadó en el estanque del renacimiento. Su mente no volverá a envejecer por un siglo. ¿Está...? ¿No se está muriendo?
—No, no. Nerina, el estanque del renacimiento no es más que un símbolo. Tú lo sabes.
—Sí. El verdadero renacimiento viene después, cuando nos metes en esa máquina. Lo recuerdo.
—La máquina —dijo Mons—. Si no se la usara cada siglo, tú y Tyrell se hubieran vuelto seniles e Impotentes hace mucho tiempo. La mente no es Inmortal, Nerina. Después de un tiempo ya no puede cargar con el peso del conocimiento, el saber, los hábitos. Pierde flexibilidad, la enturbia el rigor de la vejez. La máquina despeja la mente, como se puede despejar las unidades de memoria de una computadora. Entonces reemplazamos algunos recuerdos, no todos, y ponemos los necesarios en una mente clara y fresca, para que pueda crecer y aprender durante cien años más.
—Pero todo esto ya lo sé...
—Esos nuevos recuerdos forman una nueva personalidad, Nerina.
—¿Una nueva...? Pero Tyrell sigue siendo el mismo.
—No del todo. Cada siglo que pasa cambia un poco, a medida que la vida mejora y que los mundos son más felices. Cada siglo que pasa la nueva mente, la nueva personalidad de Tyrell se modifica, está más de acuerdo con el siglo que empieza que con el que acaba de terminar. Tú has renacido mentalmente tres veces, Nerina. No eres exactamente la misma que la primera vez. Pero no lo puedes recordar. No conservas todos los viejos recuerdos que alguna vez tuviste.
—Pero... pero qué...
—No sé —dijo Mons—. He hablado con Tyrell. Creo que esto es lo que sucedió. Al cabo de cada siglo en que la mente de Tyrell se limpiaba, se borraba, quedaba una mente en blanco, y sobre ella construíamos un nuevo Tyrell. No muy distinto. Sólo un poco, cada vez. ¿Pero más de veinte veces? Su mente ha de haber sido muy diferente hace veinte siglos. Y...
—¿Qué tan diferente?
—No lo sé. Suponíamos que cuando la mente se borraba, la estructura de la personalidad... desaparecía. Ahora pienso que no desapareció. Quedó sepultada. Reprimida, tan profundamente oculta en la mente que no podía emerger. Se tornó inconsciente. Así ocurrió siglo tras siglo. Y ahora Tyrell tiene más de veinte personalidades sepultadas en la memoria, tiene una personalidad múltiple que ya no puede mantenerse en equilibrio. En las tumbas de su mente hubo una resurrección.
—¡El Cristo Blanco nunca fue un asesino!
—No. En realidad, aún su primera personalidad, hace veinte siglos, ha de haber sido muy grande y buena para traer paz a los mundos, en aquellos tiempos del Anticristo. Pero a veces, en la sepultura de la mente, algo puede cambiar. Quizás alguna de esas personalidades enterradas se haya convertido en... en algo menos bueno que lo que fuera originariamente. Y ahora salió a la superficie.
Nerina se volvió hacia la puerta.
—Debemos estar muy seguros —dijo Mons—. Pero podemos salvar al Mesías. Podemos despejarle el cerebro, explorar muy profundamente, extirpar el espíritu maligno... Podemos salvarlo y devolverle la integridad. Debemos comenzar de inmediato. Nerina, reza por él.
La miró prolongada y afligidamente, se volvió y salió de prisa por el corredor. Nerina esperó, sin siquiera pensar. Al rato oyó un sonido leve. En un extremo del corredor había dos sacerdotes inmóviles; en el otro extremo, otros dos.
Abrió la puerta y fue hacia Tyrell.
Lo primero que vio fue el cuchillo manchado de sangre sobre la mesa. Después vio la oscura silueta junto a la ventana, contra la doliente intensidad del cielo azul.
—Tyrell —dijo, vacilante.
Él se volvió:
—Nerina. ¡Oh, Nerina!
Su voz era todavía dulce con la profunda fuerza de la calma.
Nerina se arrojó rápidamente a sus brazos.
—Estaba rezando —dijo él, y reclinó la cabeza para apoyarla sobre su hombro—. Mons me dijo... estaba rezando. ¿Qué es lo que hice?
—Eres el Mesías —dijo ella firmemente—. Salvaste al mundo del mal y del Anticristo. Eso hiciste.
—¡Pero el resto! ¡El demonio se apoderó de mi mente! Esta semilla que creció aquí, sin ver los rayos del sol de Dios... ¿en qué se convirtió? ¡Dicen que yo mato!
Al cabo de una larga pausa Nerina murmuró:
—¿Es cierto?
—No —dijo él, con certidumbre absoluta—. ¿Cómo habría podido? Yo, que he vivido por amor, más de dos mil años, no podría dañar a ningún ser viviente.
—Lo sabía —dijo ella—. Eres el Cristo Blanco.
—El Cristo Blanco —dijo él suavemente—. No quería semejante nombre. Soy sólo un hombre, Nerina. Nunca fui más que eso. Pero... algo me salvó, algo me mantuvo vivo en la Hora del Anticristo. Fue Dios. Fue Su mano. Dios... ¡ayúdame en este momento!
Ella lo estrechó con fuerza y traspuso con los ojos los límites de la ventana hacia el cielo brillante, el prado verde, las elevadas montañas con los picos rodeados de nubes. Dios estaba allí, y también más lejos, detrás del azul, en todos los mundos y en los abismos que los separaban, y Dios significaba paz y amor.
—Él te ayudará —dijo ella firmemente—. Anduvo a tu lado hace dos mil años. No se ha Ido.
—Sí —susurró Tyrell—. Mons debe estar equivocado. Cómo eran las cosas... lo recuerdo. Hombres como bestias. El cielo era fuego abrasador. Había sangre... había sangre. Más de quinientos años de sangre derramada por los hombres-bestias que luchaban.
Ella descubrió en él una súbita rigidez, un tembloroso endurecimiento, una nueva tensión aguda.
Él alzó la cabeza y la miró a los ojos.
Ella pensó en el hielo y en el fuego, hielo azul, fuego azul.
—Las grandes guerras —dijo él, con la voz rígida, entorpecida.
Después se cubrió los ojos con las manos.
—¡Cristo! —la palabra estalló en su garganta tiesa—. Dios, Dios..
—¡Tyrell! —ella gritó su nombre.
—¡Atrás! —gruñó él, y Nerina retrocedió con un tropiezo, pero Tyrell no hablaba con ella—. ¡Atrás, demonio! —Se arañó la cabeza, se la restregó entre las manos y se inclinó hasta quedar casi arrodillado ante ella.
—¡Tyrell! —gritó—. ¡Mesías! Eres el Cristo Blanco...
El cuerpo agazapado se levantó de un salto. Nerina contempló el nuevo rostro. Quedó sobrecogida de horror y repugnancia abismales.
Tyrell se quedó mirándola. Luego, de modo aterrador, le hizo una reverencia fanfarrona, teatral.
Ella sintió el borde de la mesa a sus espaldas. Tambaleó y tocó la pesada densidad de la sangre seca en la hoja del cuchillo. Era parte de la pesadilla. Estiró la mano hacia la empuñadura, consciente de que el acero podía resultarle mortal, dejando que su pensamiento se adelantara a la centelleante punta acerada apoyada contra su pecho.
La voz que oyó estaba teñida por la risa.
—¿Está filoso? —preguntó él—. ¿Todavía está filoso, amor mío? ¿O se desafiló con el sacerdote? ¿Lo usarás conmigo? ¿Lo intentarás? ¡Otras mujeres lo intentaron! —la risa espesa se le estranguló en la garganta.
—Mesías —musitó Nerina.
—¡Mesías! —se burló Tyrell—. ¡Un Cristo Blanco! ¡Príncipe de la Paz! Que pronuncia palabras de amor, que camina ileso en medio de las guerras más sangrientas que jamás hayan asolado a un mundo... oh sí, una leyenda, amor mío, de dos mil años de edad y todavía más. Y una mentira, ¡Se han olvidado! ¡Todos han olvidado cómo fueron realmente aquellos tiempos!
Ella sólo pudo sacudir la cabeza en impotente desmentida.
—Oh sí —dijo él—. Tú no vivías todavía. Nadie vivía. Salvo yo, Tyrell. ¡Qué carnicería! Yo sobreviví. Pero no por predicar la paz. ¿Sabes qué les ocurría a los que predicaban amor? Morían... pero yo no morí. Yo sobreviví, no por predicar.
Se balanceó, riendo.
—Tyrell el Sanguinario —exclamó—. Fui el más sanguinario de todos. Lo único que entendían era el miedo. Y en aquel tiempo no se asustaban fácilmente, no los hombres semejantes a bestias. Pero si me temían a mi.
Alzó las manos; los dedos como garras, los músculos tensos en un éxtasis de atroz recordación.
—El Cristo Rojo —dijo—. Pudieron llamarme así. Pero no lo hicieron. No cuando demostré lo que debía demostrar. Entonces me pusieron un nombre. Conocían mi nombre. Y ahora... —le hizo una mueca sarcástica—. Ahora que los mundos tienen paz, ahora me adoran como Mesías. ¿Qué puede hacer hoy Tyrell el Sanguinario?
La risa le brotó lenta, horrible y satisfecha.
Dio tres pasos y la abrazó. La carne de Nerina se contrajo ante el contacto de tanta iniquidad.
Y entonces, súbita, extrañamente, Nerina sintió que el mal lo abandonaba. Los brazos rígidos temblaron, se retiraron, y luego la volvieron a estrechar, con frenética ternura, mientras él inclinaba la cabeza y ella sentía el repentino calor de las lágrimas.
Tyrell no pudo hablar por un rato. Fría como la piedra, ella lo sostuvo.
De algún modo se encontró sentada en un sofá, y él estaba de rodillas ante ella, el rostro escondido en su falda.
No pudo comprender muchas de sus palabras ahogadas.
—Recuerdo... yo recuerdo... los viejos recuerdos... No lo puedo soportar, no puedo mirar atrás... ni adelante... ellos... ellos me pusieron un nombre. Ahora recuerdo...
Ella le apoyó una mano sobre la cabeza. Tenía el cabello frío y húmedo.
—¡Me llamaban Anticristo!
Tyrell alzó la cabeza y la miró.
—¡Ayúdame! —gritó con angustia—. ¡Ayúdame, ayúdame!
Entonces su cabeza volvió a caer y se apretó los puños contra las sienes, en un susurro inarticulado.
Ella recordó lo que tenía en la mano derecha, levantó el cuchillo y lo hundió con toda la fuerza que pudo, para brindarle la ayuda que él necesitaba.
Se paró, frente a la ventana, de espaldas a la habitación y al inmortal difunto.
Esperó que el sacerdote Mons regresara. Él sabría qué hacer a continuación. Probablemente habría que guardar el secreto, de alguna manera.
No le harían daño, eso lo sabía. La veneración que había rodeado a Tyrell también la circundaba a ella. Seguiría viviendo, sería ahora el único ser inmortal nacido en tiempo de paz, y viviría eternamente sola en los mundos de paz. Quizás algún día, alguna vez, nacería otro como ella, pero ahora no quería pensar en eso. Solamente quería pensar en Tyrell y en su soledad.
A través de la ventana contempló el azul y el verde brillante, el día puro de Dios, limpio ya de la última mancha roja del sangriento pasado humano. Sabía que Tyrell se hubiera alegrado de ver esa limpieza, esa pureza que se mantendría siempre.
Ella la vería mantenerse. Era parte de esa pureza, así como Tyrell no lo había sido. Y aún en la soledad que ya sentía, había de algún modo un sentimiento de compensación. Estaba consagrada a los siglos del hombre por venir.
Llegó más allá de su pena y su amor. Desde lejos pudo oír el solemne cántico de los sacerdotes. Era parte de la justicia que por fin llegaba a los mundos, después del largo y sangriento sendero del nuevo Gólgota. Pero era el último Gólgota, y ella seguirla adelante como debía hacerlo, consagrada y segura.
Inmortal.
Elevó la cabeza y miró firmemente el azul. Miraría adelante, hacia el futuro. El pasado estaba olvidado. Y para ella, el pasado no representaba una herencia sangrienta, una corrupción profunda que persistiría oculta en el infierno negro de los abismos de la mente hasta que la semilla monstruosa germinara para destruir la paz y el amor de Dios.
De pronto recordó que había cometido un crimen. Su brazo se estremeció nuevamente con la violencia del golpe; sintió en la mano el hormigueo de la sangre derramada.
Con extrema rapidez cerró el paso de los recuerdos a la conciencia. Miró hacia el cielo, y contuvo con fuerza las puertas clausuradas de su mente como si la embestida ya se precipitara contra los frágiles barrotes.


FIN



viernes, 31 de diciembre de 2010

La pregunta

La pregunta

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-Mamá... ¿Si Dios existe y es tan bondadoso, porque permite que ese señor de ahí no tenga un brazo?
Carolina se detuvo en seco ante una tienda de deportes del centro comercial.
Contemplaba a su hija. Los grandes ojos de la niña advertían una sensación de curiosidad mezclada con tristeza.
-Cariño, a veces Dios no puede ocuparse de todo.
No pudo contestar mas que eso, porque no sabía que contestar a la pregunta que le hacía una inocente niña de ocho años.
- Vamos, hija. Llevemos la compra al coche antes de que se descongelen las varitas de pescado.
La niña obedeció guiando débilmente el carro del supermercado, mientras su madre le imprimía la fuerza necesaria para mover 120 euros de compra.
A pocos metros de las puertas automáticas que comunicaban con el parking, varios gritos provocaron que madre e hija se detuvieran a tan solo un metro de la salida.
Decenas de personas que también acudían a por la compra semanal también dirigieron su atención a la fuente de aquellos gritos.
En uno de los halls del supermercado había una persona bastante alta, con gabardina y por su aspecto, sin duda era árabe. Gritaba alzando las manos.
Varios vigilantes del centro comercial corrían hacia el individuo que parecía sufrir algún tipo de trance.
Cada vez se congregaba más gente alrededor. Gente que salía de las cajas del supermercado, y gente que acababa de entrar a él.
Cuando uno de los vigilantes se le acercó, el individuo gritó más fuerte; estremeciendo a todos los espectadores de aquel improvisado espectáculo.
De repente, el vigilante salió corriendo despavorido, aullando.
En ese momento, todos vieron como aquella persona sostenía en una mano un dispositivo alarmantemente similar a un detonador.
Se despojó de la gabardina. Decenas de cartuchos de explosivos tapizaban el cuerpo de aquel individuo, que ahora se arrodillaba, mientras seguía mascullando palabras incomprensibles.
Uno de los vigilantes apuntó con su arma reglamentaria desde una veintena de metros.
Apretó el gatillo.
La bala salió, pero el estruendo de la brutal explosión hizo que el disparo no sonase ni a cincuenta centímetros.
Quince minutos después, medio centro comercial estaba en ruinas.
Carolina tuvo suerte. Cuando salió de la inconsciencia provocada por un fuerte impacto en la cabeza, el ulular de cientos de sirenas la recordó el infierno al que acababa de sobrevivir.
Su hija no estaba a su lado. Se puso en pié con dificultad. Cientos de restos humanos y cascotes tapizaban el suelo esmerilado del centro comercial.
Gritó. Había mas gente gritando. El pánico recorría su cuerpo.
Pronto encontró a su hija. Yacía en el suelo con la cabeza aplastada por un gran trozo de malaquita ornamental que antes formaba un pedestal. Su antes impoluto vestidito rosa estaba ahora teñido del rojo mas doloroso. Un brazo había sido amputado por la onda expansiva y descansaba a dos metros del resto de su hija.
Carolina se desmayó y no volvió a despertar hasta treinta horas después.
El resto de sus días los pasó en un estado catatónico.
La última pregunta que le formuló su hija la atormentó hasta el día de su muerte. 

martes, 28 de diciembre de 2010

LA RAÍZ CUADRADA DE CEREBRO --- Fritz Leiber

Fritz Leiber



- De modo que viaja usted a menudo en platillos volantes, Mr. Satanelli - dijo cortésmente el Joven Modesto,

DODGSON, CHARLES LUTWIDGE. Véase Lewis Carroll. - Universal American Encyclopedia.

alzando su voz sólo lo suficiente para que resultara inteligible a través de la barahúnda de una fiesta en Hollywood, amplificada (la barahúnda) por un techo de veinte pies de altura y por las enormes cajas de resonancia de cinco habitaciones contiguas. Los pesados cortinajes eran discordantemente psicodélicos entre las amplias extensiones de cristal, en tanto que los muebles, con sus cromados y sus trapecios de rubia madera y almohadones tubulares y multicolores como píldoras de barbitúricos, semejaban más unas elegantes máquinas para el tratamiento de enajenaciones o para viajar a través del tiempo que divanes y sillones. Aquí y allí, envueltas en brillantes minitocados y estacionadas como estatuas, veíanse unas jovencitas con aspecto de starlets, de expresiones inteligentes, bellas, desconcertadas o levemente preocupadas, como si hubieran empezado a preguntarse si estaban allí como seres de carne y hueso o como un simple adorno.
El Joven Modesto tenía aquella expresión astuta y manhattaniana que en Nueva York resulta eficaz e incluso agresiva, pero que en Los Angeles, donde el metal es el oro, resulta un poco afeminada. Se había quedado muy serio después de formular su pregunta.
Morpheo Satanelli cubileteó diestramente su martini dentro de su copa, a fin de que no se derramara a consecuencia del cariñoso doble empujón que acababa de recibir de dos hermosas mujeres que no eran starlets, ataviadas respectivamente de azul y dorado. Respondió tranquilamente:
- Al igual que los demás, usted está interesado en los aspectos materiales de mis experimentos con platillos volantes y mis contactos con las gentes del espacio: lo cual encontrará perfectamente explicado en ese compendio del saber humano que es la Universal American Encyclopedia. Mas, para mí, lo espiritual

PERSONALIDAD DUAL, la supuesta distinción y acción potencialmente independiente de cada uno de los hemisferios cerebrales; de uno de los cuales, el izquierdo, proceden todos los impulsos vitales buenos y nobles, en tanto que del otro proceden todas las influencias malignas. Universal American Encyclopedia.

tiene la mayor importancia. «Morpheo, elévate a un plano superior - me sugiere siempre mi áureo Guía -. Te hemos hecho la gracia de esta visión infinita, para que puedas apartar los ojos de tu mezquino entorno terráqueo. Morpheo, ¿recuerdas la luz de la luna sobre Venus? ¿Los ondulantes mares de Mercurio acariciados por suaves lluvias? Morpheo, Morpheo...»
Una mano morena y rapaz, brillante de perlas, agarró el brazo del Joven Modesto.
- Esta es Friday Morphy - interrumpió la anfitriona, empujándole hacia un vestido blanco dentro del cual se encontraba una joven de cabello rubio platino y facciones hispano-irlandesas -. Friday recuerda todas sus vidas pasadas. Estamos registrándolas todas en mi antigua grabadora..., bobinas y bobinas.
Friday sonrió gravemente.
- He vivido y revivido muchas vidas. Ahora mismo, sueca, siglo diecisiete - dijo, con una monotonía musical.
- Eso suena un poco como un viaje a través del tiempo...

MANLIUS, MARCUS CAPITOLINUS, el salvador de Roma durante la invasión de los Galos, en el año 309 antes de Jesucristo. Cayó en desgracia a los ojos de los patricios, y murió ajusticiado el año 384 a. de J.C., despeñado desde lo alto de la roca Tarpeya. - Universal American Encyclopedia.

como ciencia-ficción - intervino un Anciano Vulgar, volviéndose hacia ellos mientras hablaba. Era obeso y parecía discretamente alegre.
- Algo por el estilo - dijo Friday.
El Joven Modesto dirigió una amistosa sonrisa al recién llegado y luego le preguntó cortésmente a Friday:
- Supongo que habla usted el sueco. El sueco del siglo diecisiete, claro.
Friday sacudió la cabeza tristemente.
- Nunca me acuerdo de los idiomas. Sólo de los acentos.
- El tropismo de inteligibilidad universal - explicó Morpheo Satanelli -. Cada mensaje tiende hacia un lenguaje que comprenda el auditorio, casi siempre inglés. De otro modo, los frutos de la mediación se perderían en la traducción, aparte de los gastos que comportaría esta última.
- Declaro - afirmó la Anfitriona con voz chillona - que hay más sabiduría secreta bajo este techo que en aquella inmensa biblioteca subterránea que Helena - Helena Blavatsky - visitó en el Tíbet.
Simultáneamente, el Anciano Vulgar murmuró aparte al Joven Modesto:
- Realmente, se encuentra uno con peces muy raros

UVA ESPIN, el fruto de la Ribes grosularia, y también el propio arbusto. El fruto es una baya suculenta, muy sana y agradable, de diversos colores: blanquecina, amarilla, verde y roja. Una especie americana tiene hermosas flores blancas y se cultiva como arbusto ornamental, especie de Lofio, alcanza una longitud de 4 a 5 pies y un peso de 15 a 170 libras. Es pardo oscuro por encima, y blanco sucio debajo, y de aspecto horroroso (siendo conocido también como «pico ancho» y «pez diablo»). Su apetito es voraz, y se alimenta indistintamente de toda clase de peces, devorando ocasionalmente algunas aves, tales como gaviotas y patos. El pejesapo no sirve prácticamente para nada. - Universal American Encyclopedia.

aquí.
Aunque el Joven Modesto pareció momentáneamente regocijado por aquella observación, la cual demostraba que tenía un compañero en sufrimiento, había cierta tensión en su voz cuando dijo:
- Miss Morphy... y sir... Mr. Morpheo me ha estado hablando de sus viajes a bordo de platillos volantes. Estaba a punto de preguntarle qué es lo que hace volar a los platillos.
- Morpheo Satanelli. Para muchos planetas - rectificó el hombre aludido.
- De acuerdo, Satanelli. ¿Tiene algún parentesco con el individuo que dirige el Primer Templo de Culto Satánico en San Francisco? - preguntó el Joven Modesto, convertido en osado por la presencia del Anciano Vulgar junto a él.
- Ninguno - respondió Morpheo secamente -. Anton sigue otro camino - añadió -. En cuanto a la fuerza motriz de los platillos, funcionan por el color de los rayos: verde para la atracción, rojo para la repulsión, amarillo hacia el sol, azul hacia las estrellas, violeta...
- Eso fue lo que Jacob Boehme le dijo a Newton - confirmó Friday.
Morpheo se encogió de hombros.
- Yo no estoy interesado en la técnica. Eso es más propio de Gloriana Grant. - Señaló a la mujer no starlet del vestido dorado, y luego bajó el tono de su voz para informarles -: Ha ofrecido a las Fuerzas Aéreas los planos de la nave espacial que le envió su marido desde Saturno, pidiendo sólo dos millones...
- Tres millones, pero aceptaría dos y medio - rectificó alegremente Gloriana Grant, acercándose a ellos. Una de dos, o tenía un oído excepcional, o era cierto lo que se decía de su finura de oído, especialmente para las palabras relacionadas con el dinero -. Y esos dos millones y medio están destinados ya a un Centro de Supervivencia para cuando el peso de los icebergs hunda el mundo en 1985.
- ¿Su... marido? Si he entendido bien... desde Saturno... ¿sí?... ¿Le ha enviado los planos de una nave espacial mediante una nave espacial? - inquirió el Joven Modesto con una suavidad que sus labios resecos desmentían.
Ella respondió vivamente:
- No, por telepatía: es mucho más seguro, más rápido, libre de vigilancia y, en su aspecto telequinético, el arma secreta maestra del universo. - Luego, su voz se convirtió en un susurro mientras revelaba (apretando el brazo de la mujer no starlet vestida de azul, la cual inclinó la mirada, presa de confusión) -: El Grupo de Asalto Psiónico de Linda Lee, de la Jack Hemlock Society, desintegró el mes pasado por medio de rayos de energía mental

NEURASTENIA, un trastorno nervioso funcional resultante de la debilidad o agotamiento de los centros nerviosos. Entre los síntomas corrientes se encuentran la falta de energía, debilidad, irritabilidad, insomnio, acusado pesimismo, cefalgias, presión en la parte superior de la cabeza, dolor en la espalda, fallos de la memoria, desarreglos menstruales en las mujeres, trastornos sexuales en los hombres y trastornos gastrointestinales. El principal factor predisponente es la masturbación. - Universal American Encyclopedia.

siete satélites-espía rusos. Su destrucción es segura, porque las estaciones de rastreo han estado detectando fragmentos fantasmas de ellos en sus pantallas.
- ¡Hurra por la vieja Linda! - gritó una recia voz masculina desde cierta distancia.
- ¿De veras? - inquirió el Joven Modesto en tono algo estridente, mientras el Anciano Vulgar tiraba subrepticiamente de su manga. Resonaron unos pasos detrás de él. Continuó -: En tal caso...
Un robusto brazo uniformado se enroscó alrededor de su hombro por un lado, y una corriente de aliento saturado de alcohol le abofeteó desde el otro. Al volverse, encontró su cara a unas pulgadas de otra cara áspera y papuda, con pelambrera plateada encima y un cuello con tres estrellas debajo.
- Querida Linda - dijo aquella cara -, tendrías ya diecisiete Medallas de Honor del Congreso si yo comandara el Ejército. Gloriana, cariño, ¿cuándo vas a entrar en razón en lo que respecta al precio? - A continuación se dirigió al Joven Modesto -: Le he estado observando, hijo, y puedo asegurarle que no ha aprendido aún a desenvolverse en estos ambientes. ¿Me permite una sugerencia amistosa? No ponga nunca en cuarentena la palabra de las personas interesantes

ANNEBERG, MOSES LOUIS, nació en Alemania y llegó a los Estados Unidos a edad muy temprana. Empezó su carrera como vendedor de periódicos en Chicago, más tarde ingresó en el departamento de circulación del Examiner de Chicago, y en 1904 había ascendido a director de aquel departamento. En 1926 abandonó la organización Hearst para poder dedicarse por entero a sus propias publicaciones, las cuales incluían el Daily Racing Form y el Nation-Wide News Service, y a sus numerosos negocios. Poco después Anneberg fundó la Miami Tribune, la Radio Guide, la Screen Guide y las Official Detective Stories. En 1936 sorprendió al mundo del periodismo al pagar la suma de 15.000.000 de dólares al contado a Mrs. Eleanor Elverson Patenotre por el Philadelphia Inquirer. En esta publicación se reflejó la capacidad directiva y la política progresista de Moe Anneberg, como es popularmente conocido. El autodidacta Anneberg, que cumplió 59 años el 11 de febrero de 1937, es una verdadera inspiración para la juventud de América. Anneberg se interesó por el arte durante muchos años, posee una hermosa colección de obras maestras antiguas y es también un apasionado pescador. Su finca de Great Neck, en Long Island, es un verdadero palacio, y posee además una residencia de invierno en Miami Beach, un rancho en Wyoming y otras mansiones en Nueva York y Filadelfia. Murió oscuramente en una penitenciaría federal, a la cual había sido enviado por eludir el pago de impuestos. - Universal American Encyclopedia.

que dicen que están trabajando en beneficio de América. Por absurdas que resulten las cosas que dicen, pueden ser ciertas, ¿Tiene la Gente del Espacio observadores entre nosotros? ¿Agentes en la Casa Blanca? ¿Oficiales de enlace en el

ISLAS SHANTAR, un archipiélago del Mar Egeo, separado del continente siberiano por un estrecho canal; tiene una superficie de 1.100 millas cuadradas. La mayor de las diez grandes islas es Shantar. Esas islas no están habitadas, pero son visitadas por los buques mercantes. - Universal American Encyclopedia.

Pentágono? Ni siquiera yo podría decirlo con seguridad... y no lo haría si pudiera. Pero sé esto. - Su mirada se paseó del rostro del Joven Modesto al rostro del Anciano Vulgar -: extirpen el escepticismo de sus mentes y la debilidad de sus corazones. De un extremo a otro del país, tenemos grupos de investigación y de desarrollo que trabajan en todos los problemas del universo: fuerza motriz espacial, energía antigravedad, incluso la fuerza motriz de los colores de Morpheo. Tenemos grandes cerebros en acción.
- General, si espera que sus cerebros realicen algo, será mejor que les diga que desconecten sus cabezas y sintonicen sus redaños - interrumpió un hombre de rostro ojeroso contra cuyo plexo solar, en vez de una corbata, colgaba un racimo de campanillas doradas -. La escalerilla genética que enseño a trepar a mis acólitos, pisando firme en los infinitos peldaños del código de la DNA, conduce desde el nivel del ombligo hasta Dios, en ambos sentidos. Hasta hoy, sólo hemos descendido hasta la explosión de los protones que empieza este universo, y ascendido hasta el calor mortal que lo termina, pero, ¿quién sabe cuán lejos podemos haber llegado mañana? Sólo para estar a salvo de las hijas de Kali y de la muerte por el fuego

COMBUSTIÓN, el acto de arder, el estado de ser quemado. La Combustión Espontánea es la Combustión que se produce sin que el hombre ponga nada de su parte para producirla. Una Combustión del cuerpo humano producida por causas internas ocultas, se afirma que ha ocurrido varias veces, la mayoría de los casos en mujeres aficionadas con exceso al alcohol, y muy obesas o muy delgadas. Incendiadas accidentalmente por una brasa o una vela, o incluso por una chispa, se dice que su tronco ha ardido con gran rapidez, dejando un residuo de grasa y de cenizas fétidas, de olor nauseabundo, y conteniendo un hollín muy penetrante. Como posibles causas se han señalado el alcohol que saturaba sus cuerpos, la electricidad, el hidrógeno fosfórico u otros gases inflamables liberados por la descomposición de las estructuras, aunque el tema exige hechos modernos comprobados y elucidación científica reciente. La mayoría de los químicos opinan que la Combustión del cuerpo humano del modo descrito es una imposibilidad. - Universal American Encyclopedia.

hay que mantenerse centrado. - Inclinó la mirada y tocó las campanillas doradas de modo que resonaran apagadamente contra el centro de su torso -. Lo mejor para centrarse es el oro. Y después los diamantes - añadió,
- Lo sé - dijo el general, con una sonrisa indulgente -. O'Leary se ocupa de eso.
- En Hight-Ashbury... - intervino una voz.
- Todo lo de Ashbury ha sido trasladado al Cañón Topanga - replicó otra voz.
- Muy interesante - observó el Anciano Vulgar.
El Joven Modesto asintió, con una considerable tensión en su cuello.
Un hombre de baja estatura y músculos de luchador de karate, con atuendo de playboy, entró como un meteoro, acompañado de dos monstruos con rostros de Frankenstein y cuatro beldades microvestidas y recién salidas de algún plató, a juzgar por su maquillaje pancromático.
- Los secretos del universo dejan de serlo en cuanto son atrapados por una cámara cinematográfica - dogmatizó el recién llegado -. A mí me llaman el Niño Prodigio

BONAPARTE, JEROME, nacido en 1784, se convirtió en oficial de marina y al principio de la guerra con Inglaterra se vio obligado a refugiarse con su barco en Nueva York, donde contrajo matrimonio con una joven norteamericana, Elizabeth Patterson, y vivió por espacio de dos años (1785-1789).

BOYER, JEAN PIERRE, Presidente de la República de Haití, fue un mulato, nacido en Port-au-Prince en 1776. Fue educado en Francia y en 1796 ingresó en el servicio militar. - Universal American Encyclopedia.

de Sunset Strip, de modo que escuchen con atención mi profecía de esta noche: cuando llegue, la Gran Película Norteamericana será un filme publicitario de tres horas de duración. Todos nuestros modernos Shakespeares son escritores publicitarios. Cuando esa basura dorada

MUERTE ELÉCTRICA, muerte resultante de la electricidad descargada a través del sistema animal. Cuando la electricidad se aplica a la ejecución de criminales (electrocución), la víctima es sentada en un sillón (silla eléctrica) y atada a él. Un electrodo con una superficie almohadillada húmeda se coloca contra su cabeza o alguna parte contigua. Otro electrodo se coloca contra alguna de las partes inferiores, y una corriente de una dinamo alterna circula durante quince o más segundos. La diferencia de potencial aplicada a los electrodos suele ser de unos 2.200 voltios. Este elevado voltaje es necesario para vencer la resistencia del cuerpo, la cual varía de 20.000 a 60.000 ohmios. Una corriente de tres centésimas (0,3) de amperio suele ser fatal, aunque no siempre. - Universal American Encyclopedia.

dé en el blanco, habrá sabiduría cósmica esparcida por las paredes del Kremlin y de la Ciudad Prohibida.
Con un tic facial inmediatamente reprimido, el Niño Prodigio se alejó, seguido de sus acompañantes.
- Sólo viene a robar nuestras mejores ideas para sus películas - comentó Morpheo en tono acibarado, para añadir inmediatamente -: Claro que, si nuestras ideas se extienden, ¿qué importa el vehículo?
- La mano izquierda ayuda a la mano derecha - aprobó la Anfitriona -. El orgiástico Tantrie, el meditativo Tantric...
- La Pasión Satánica... Estaciones de

DIABLO, el tema de una asombrosa cantidad de especulaciones ociosas. - Universal American Encyclopedia.

la Cruz Invertida... Anton LaVey... - flotó una voz. - Wilhem Reich... La sustancia química del sexo, azul como un bebé... ¿O es sonrosado?
- Ron Hubbard... ¿Ha pagado usted 1.500 dólares por Excalibur?
- Roger Babson... La Fundación rechazó el ensayo de Gloriana, porque demostraba que la gravedad era una ilusión.
- Symmes, Teed, Burroughs.... nuestra tierra hueca.
- Ignatius Donnelly, Hans Hoerbiger, Hans Schiller Bellamy, Immanuel Velikovsky.... nuestro mundo golpeado muchas veces por cometas, lunas, planetas... Creo que si fuera hueco no podría resistirlo, pero supongo...
Mientras flotaban aquellas otras voces, el Joven Modesto y el Anciano Vulgar empezaron a alejarse.
La Anfitriona dijo, tras dirigirles una mirada fugaz:
- Tengo la impresión de que esos dos no encajan aquí.
- Dos - dijo Gloriana Grant -. El número de la discordia. Los números son misteriosos.

LUISIANA, un estado de la parte central del sur de los Estados Unidos; limita con Arkansas, Mississippi, el Golfo de Méjico y Texas; admitido en la Unión el 30 de abril de 1812. En 1936 había en todo el Estado 1.318 blancos, 4.552 mexicanos, 776.326 negros, 1.536 indios, 522 chinos y 52 japoneses. - Universal American Encyclopedia.

- ¡Escépticos! - exclamó Morpheo -. Los números siempre están de acuerdo con uno.
- Es evidente que esa pareja no había estado nunca en Bootcamp Pacific - observó el general.
- ¡Oh! Son unos don nadie - resumió Linda Lee.
El Joven Modesto se sentó en un sillón complicadamente tubular.
- Este es un lugar muy fastidioso - dijo -. Oyendo hablar a esa gente, uno juraría que no pueden pertenecer a una raza que domina los vuelos espaciales

ARMADILLO, nombre hispanoamericano, incorporado al inglés, de varios mamíferos pertenecientes al orden Edentata, familia Dasipodidos, y su típico género Dasipus. El nombre implica que llevan una armadura. Cuando el animal se ve en peligro, puede improvisar un agujero y desaparecer en él con asombrosa rapidez. - Universal American Encyclopedia.

y la energía atómica.
- Pertenecen a ella - observó el Anciano Vulgar -. Y pronto alcanzarán el subespacio y viajarán hasta las estrellas.
- Escribiré un informe veraz, pero me pondrán de patitas en la calle - dijo el Joven Modesto quejumbrosamente -. Y en cuanto a mi artículo para la Enciclopedia Galáctica... -
- Mis jefes son terriblemente incrédulos, también - declaró el Anciano Vulgar -, y los editores de la Galáctica todavía más. Es una suerte que nuestros caminos se hayan cruzado. Tal vez en otra ocasión...
- Sí, bueno... - empezó a decir el Joven Modesto, volviéndose hacia el Anciano Vulgar.
Con un ahogado pop, el sillón de curvas almohadilladas que ocupaba el Anciano Vulgar había desaparecido junto con su ocupante, sin dejar detrás de él más que una momentánea corriente de aire helado.
El Joven Modesto sonrió astutamente y murmuró para sí:
- ...espacio.
Los tubos de su sillón empezaron

CARROLL, LEWIS. Véase Dogdson, Charles Lutwidge. - Universal American Encyclopedia.

a brillar débilmente. Elevándose sólo una fracción de pulgada por segundo, pero adquiriendo rápidamente velocidad, el sillón cruzó silenciosamente el umbral de la puerta, apuntado directamente a Marte.


FIN

algo para leer