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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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domingo, 1 de diciembre de 2013

Anne Rice - Taltos

Anne Rice

(Tercer Volumen De La Serie Las Brujas De Maifair)




1

Había nevado durante todo el día. Mientras anochecía y rápidamente todo quedaba sumido en una densa oscuridad, él permaneció ante la ventana contemplando las pequeñas figuras que patinaban en Central Park. Las farolas proyectaban unos círculos perfectos de luz sobre la nieve. Los patinadores se deslizaban sobre el helado lago, aunque él sólo distinguía sus siluetas. Los coches circulaban lentamente a través de las calles oscuras.
A derecha e izquierda se erguían los rascacielos que poblaban el centro de la ciudad. Pero nada se interponía entre él y el parque, excepto una selva de edificios más bajos, unas azoteas con jardines, unas gigantescas máquinas negras y algunos tejados de dos aguas.
Le entusiasmaba esa vista y no dejaba de sorprenderle que otros la encontraran tan singular, que un operario que acudía a reparar uno de los aparatos de la oficina dijera que jamás había contemplado Nueva York desde semejante perspectiva. Era una lástima que no existiera una torre de mármol para todo el mundo, una serie de atalayas desde las cuales la gente pudiera admirar el extraordinario paisaje urbano.
Él levantaría unas torres cuya única función sería la de constituirse en jardines flotantes para el disfrute de la gente. Utilizaría los mármoles que tanto le gustaban quizá lo hiciese este mismo año. Sí, probablemente lo haría este año. Y unas bibliotecas. Construiría más bibliotecas, lo cual le obligaría a viajar. Deseaba hacerlo cuanto antes. Después de todo, los parques estaban casi terminados y había fundado pequeñas escuelas en siete ciudades. También había dotado de tiovivos a veinte poblaciones. Los animales estaban hechos de material sintético, pero cada uno de ellos era una meticulosa e indestructible reproducción tallada a mano de una célebre obra de arte europea. A la gente le encantaban los tiovivos. Pero había llegado el momento de pensar en otros proyectos. El invierno le había sorprendido soñando despierto...
A lo largo del último siglo había conseguido dar forma a un centenar de ideas, y los pequeños triunfos de este año eran muy alentadores. En el interior de este edificio había construido un tiovivo antiguo, con caballos, leones y otros animales que eran réplicas exactas de los originales. El museo de coches de época se alojaba en una planta del sótano. Todos los días acudía un gran número de visitantes para admirar los Modelo T, los Stutz Bearcats, los MG-TI) con ruedas de radios metálicos.
Además, en unas estancias espaciosas y bien iluminadas que ocupaban dos plantas sobre el vestíbulo se hallaban los museos de muñecas, el orgullo de la compañía, en los cuales se exponían los ejemplares que él había adquirido en todos los rincones del mundo. También estaba el museo privado, formado por las muñecas de su colección particular y que sólo se abría al público de vez en cuando.
A veces bajaba para observar a la gente, confundido entre los grupos de visitantes. Nunca pasaba inadvertido, pero tampoco sabían quién era.
Es imposible pasar inadvertido cuando mides más de dos metros de altura. Sin embargo, en los últimos doscientos años había sucedido algo muy curioso: la estatura de los seres humanos había aumentado y, pese a sus más de dos metros, ya no destacaba tanto entre los demás. Algunos lo miraban con curiosidad, pero no les infundía miedo.
A veces entraba en el edificio alguien más alto que él y sus empleados se apresuraban a comunicárselo, creyendo que le complacía que le informaran de ello. Les parecía divertido. A él no le importaba. Le gustaba ver a la gente sonriente y feliz.
«Señor Ash, ha aparecido un tipo altísimo. Cámara cinco.»
Él se volvía hacia el conjunto de pequeños monitores para observar al individuo. Netamente humano. Por lo general, se daba cuenta enseguida. Algunas veces, aunque pocas, no estaba seguro de ello. Entonces bajaba en el rápido y silencioso ascensor y se acercaba con disimulo al individuo para constatar a partir de una serie de detalles si se trataba exclusivamente de un ser humano.
Otro de sus sueños era construir pequeños edificios de juguete, exquisitamente realizados con modernos plásticos. Imaginaba pequeñas catedrales, castillos, palacios -reproducciones perfectas de las grandes maravillas arquitectónicas-, todos ellos fabricados en serie y muy «rentables», como dirían los miembros de la junta de administración. Habría estructuras de distintos tamaños, desde unas casitas de muñecas hasta otras en las que cabrían los propios niños. Fabricaría también unos caballitos de tiovivo, en resina de madera, al alcance de casi todos los bolsillos. Donaría centenares de caballitos de juguete a escuelas, hospitales y otras instituciones similares. También deseaba crear unas maravillosas muñecas, irrompibles y fáciles de lavar, para los niños pobres. Era una idea que venía acariciando desde principios de siglo.
Su muñeca se hallaba expuesta en una vitrina de cristal, junto a otras muñecas Bru antiguas. A veces, sentía deseos de llevársela arriba y colocarla sobre una repisa en su dormitorio. ¿A quién podía importarle? ¿Quién se atrevería a hacer un comentario impertinente? La riqueza rodea a quien la posee de un silencio privilegiado; la gente se siente obligada a pensárselo dos veces antes de abrir la boca. De ese modo, podría hablar con la muñeca cuando lo deseara. En el museo, separados por una vitrina de cristal, no podían conversar. Ella, la humilde inspiración de su empresa, aguardaba pacientemente a que la rescatara.
Su empresa, ese «imperio», como solía denominarlo la prensa, se basaba en el desarrollo de una matriz industrial y mecánica que hacía sólo trescientos años que existía. ¿Y si una guerra llegaba a destruirla? Las muñecas y los juguetes le proporcionaban tanta satisfacción y alegría que no concebía la vida sin ellos. Aunque una guerra  redujera el mundo a un montón de escombros, él seguiría creando figuritas de madera o arcilla que pintaría con sus propias manos.
En ocasiones se veía solo entre un montón de ruinas. Imaginaba Nueva York tal como aparecería en una película de ciencia-ficción, muerta y silenciosa, sembrada de columnas, frontones y cristales destrozados. Se veía a sí mismo sentado en una escalera derruida, fabricando una muñeca con unos palos y unos pedazos de tela  arrancados respetuosamente del vestido de seda de una mujer que había muerto.
¿Quién iba a suponer que acabaría aficionándose a esas cosas? ¿Quién hubiese podido pensar que un día, hacía un siglo, mientras caminaba por París bajo un frío invernal se detendría ante el escaparate de una tienda y se tropezaría con la mirada de cristal de su Bru, enamorándose perdidamente de ella?
Por supuesto, los de su especie siempre habían sido bien conocidos por su disposición al juego, a apreciar las cosas y disfrutar de ellas, razón por la que, después de todo, su afición quizá no fuera tan sorprendente. Sin embargo, estudiar una especie siendo uno de los pocos supervivientes de ésta resultaba complicado, sobre todo para alguien incapaz de apasionarse por la filosofía o la terminología médica y cuya memoria era buena pero no sobrenatural; además, su sentido del pasado solía limitarse a una inmersión propiamente infantil en el presente, y a cierto pánico a pensar en términos de milenios o siglos, o como los comunes mortales denominaran los grandes períodos de tiempo que él mismo había presenciado y a través de los cuales había vivido y luchado para, finalmente, acabar olvidándolos gracias a esta empresa que se adaptaba perfectamente a sus escasas pero singulares habilidades.
No obstante, le gustaba estudiar a sus congéneres y tomaba minuciosas notas sobre sí mismo. Lo de predecir el futuro no se le daba bien, al menos eso creía.
De pronto percibió un leve murmullo. Provenía de los serpentines que había bajo el suelo de mármol y que caldeaban suavemente la habitación. Casi le pareció sentir el calor que emanaba del suelo y atravesaba la suela de sus zapatos. Nunca hacía demasiado frío o demasiado calor en su torre; los serpentines se ocupaban de mantener la temperatura ideal. Le habría gustado que todo el mundo disfrutara de un confort semejante, de abundante comida, de calor. Su empresa invertía millones de dólares en ayuda humanitaria para gentes que vivían en remotos desiertos y selvas, pero él no estaba seguro de quién recibía ese dinero ni a quiénes beneficiaba.
Cuando se inventó el cine y, más tarde, la televisión, supuso que aquello acabaría con las guerras, que desaparecería el hambre del mundo. La gente no soportaría contemplar esas catástrofes en la nanr ll- D
vocaba. Ahora había más guerras y más hambre que nunca. En todos los continentes las tribus luchaban entre sí; millones de personas morían de hambre. Todavía quedaba mucho por hacer. ¿Por qué limitarse a unos pocos proyectos? ¿Por qué no hacerlo todo?
Había empezado a nevar de nuevo, unos copos tan pequeños que apenas los distinguía. Al aterrizar en las oscuras calles parecían derretirse, pero no podía estar seguro porque las calles se hallaban unos sesenta pisos más abajo. Junto a las aceras y en las azoteas había unas pilas de nieve medio derretida. En poco rato todo volvería a aparecer blanco , y desde esta habitación cálida y hermética resultaba fácil imaginar que la ciudad estuviera muerta y en ruinas debido a una plaga que no destruyera los edificios pero sí matara a los seres de sangre caliente que vivían en ellos, como las termitas en unos muros de madera.
El cielo estaba negro. Lo que menos le gustaba de la nieve era que le impedía ver el cielo. Y a él le encantaba el cielo sobre Nueva York, el cielo abierto que las personas en las calles no alcanzaban nunca a ver.
«Torres, les construiré torres -se dijo-. Un gran museo flotante, rodeado de terrazas, para que la gente suba en unos ascensores de cristal hasta el cielo y contemple...»
Unas torres destinadas al placer, entre todas esas otras que los hombres habían construido para el comercio y las ganancias.
De pronto se le ocurrió una curiosa idea que se repetía con machacona insistencia y le obligaba a meditar. Los primeros escritos que aparecieron en el mundo consistían en unas listas comerciales de productos que se vendían y compraban. Eso era lo que contenían las tablas cuneiformes de Jericó, unos inventarios... Igual que en Micenas.
En aquellos tiempos nadie consideraba importante plasmar por escrito sus ideas o pensamientos. Los edificios eran muy distintos de los actuales. Las estructuras más imponentes correspondían a los lugares sagrados, como templos o grandes zigurats de ladrillos de barro, revestidos de piedra caliza, por los que trepaban los hombres para realizar sacrificios a sus dioses. El círculo de monolitos de Salisbury Plain.
Ahora, siete mil años después, los edificios más imponentes eran los dedicados a las transacciones comerciales y ostentaban nombres de bancos, grandes corporaciones o inmensas empresas privadas como la suya. Desde su ventana veía brillar esos nombres en grandes y toscas letras iluminadas, a través del oscuro cielo, a través de una oscuridad que en realidad no era tal.
En cuanto a los templos y lugares sagrados, eran meras reliquias. Más abajo, distinguía las torres de San Patricio. Pero se trataba más bien de un monumento al pasado que de un dinámico centro del espíritu religioso comifnitario y tenía un aire pintoresco, allí entre los elevados y anodinos edificios que lo rodeaban. Sólo ofrecía un aspecto majestuoso desde la calle.
Pensó que los escribanos de Jericó habrían comprendido el gigantesco cambio que se había producido. O quizá no. En el fondo, ni él mismo acababa de entenderlo, aunque las implicaciones parecieran más importantes y fantásticas de lo que nadie pudiera imaginar. El comercio, esta infinita multiplicidad de objetos hermosos y útiles, podía salvar al mundo a condición de que... Ciertas estrategias, como la destrucción masiva de artículos de la temporada pasada, el afán de conseguir que los diseños de otros quedaran obsoletos, eran fruto de una lamentable falta de visión, de unas absurdas teorías comerciales. La auténtica revolución no consistía en un ciclo basado en la creación y la destrucción, sino en la inventiva y la constante expansión. Era preciso acabar con las viejas costumbres,su adorada Bru, con sus piezas fabricadas en serie, y en las diminutas calculadoras que millones de personas llevaban en el bolsillo, en el trazo ligero y perfecto de un bolígrafo, en las biblias de cinco dólares y en aquellos bonitos juguetes que se vendían en los pequeños comercios por unos pocos centavos.
Debía meditar seriamente en el asunto, analizarlo, elaborar unas teorías comprensibles para todo el mundo...
-Señor Ash -... interrumpió una voz con suavidad.
No era necesario decir nada más. Ash tenía bien entrenados a sus empleados: «No hagáis ruido al abrir y cerrar las puertas; hablad en voz baja, pues os oigo perfectamente.»
La voz pertenecía a Remmick, un hombre gentil por naturaleza, un inglés con unas gotas de sangre celta, aunque él mismo no lo supiese, un mayordomo que se había hecho indispensable durante la última década, aunque no tardaría en llegar el momento en que, por motivos de seguridad, debería ser apartado de su cargo.
-Señor Ash, ha llegado la joven.
-Gracias, Remmick -contestó él, con una voz aún más suave que la de su sirviente.
Si se concentraba, podía ver reflejada en el oscuro cristal de la ventana la imagen de Remmick, un hombre de aspecto corriente, con unos ojos azules pequeños y relucientes. Tenía los ojos demasiado juntos, pero su rostro no era desagradable. Mostraba siempre tal expresión de serena devoción hacia su señor que éste le había tomado gran cariño.
Había muchas muñecas en el mundo con los ojos demasiado juntos -sobre todo las muñecas francesas fabricadas años atrás por Jumeau, Schmitt e Hijos, Huret o Petit y Demontier-, con unos rostros redondos y ojos brillantes junto a sus naricitas de porcelana, con unas bocas diminutas como capullos de rosa y labios prominentes, como si una abeja les hubiera clavado el aguijón. Todo el mundo amaba esas muñecas; esas reinas de labios abultados.
Cuando uno amaba las muñecas y se dedicaba a estudiarlas, también empezaba a querer a todo tipo de personas, pues distinguía en sus expresiones distintas cualidades y advertía que cada rasgo estaba minuciosamente esculpido y encajado, de forma que algunos semblantes resultaban verdaderas obras maestras. En sus paseos por Manhattan, a veces Ash observaba los rostros de la gente en un intento de imaginar las diversas fáses de su creación, la forma que en habían sido modeladas las orejas, la nariz, hasta la más pequeña arruga.
-He ofrecido a la joven una taza de té, señor. Estaba aterida de frío.
-¿Acaso no enviamos un coche a recogerla, Remmick?
-Sí, señor, pero hoy hace mucho frío.
-Pero en e- museo hace una temperatura ideal, ¿no? Supongo que la ha conducido directamente allí.
-Sí, señor. Está muy nerviosa.
Ash se volvió y, dirigiendo a Remmick una radiante sonrisa, le indicó que se apartara con un gesto casi imperceptible. Luego se encaminó hacia la puerta del despache anexo por el suelo de mármol de Carrara y miró hacia otra estancia con el mismo tipo de pavimento, como todas las habitaciones, donde se hallaba sentada la joven frente a una mesa. Estaba de perfil. Parecía muy inquieta. Ni siquiera se atrevía a coger la taza de té que le había servido Remmick. No sabía qué hacer con las manós.
-Permítame que le arregle el cabello, señor -dijo Remmick, tocándole levemente el brazo.
- ¿Es preciso?
-Sí, señor.
Remmick sacó un pequeño cepillo de esos que suelen utilizar los hombres y le alisó rápidamente el pelo, que, según el mayordomo, necesitaba un buen corte porque le caía de forma desordenada sobre el cuello de la chaqueta.
Remmick dio un paso atrás para contemplar su obra.
-Perfecto -dijo, alzando las cejas y sonriendo-. Aunque está demasiado largo, señor.
-¿Temes que la asuste? -inquirió éste en tono burlón pero afectuoso-. No creí que te importara lo que esa joven pudiera pensar.
-Lo único que me interesa es que usted presente siempre un aspecto impecable.
-Lo sé -le respondió Ash con suavidad-. Te lo agradezco de veras.
Luego se dirigió hacia la joven. Al acercarse carraspeó ligeramente para anunciar su presencia. Ella volvió la cabeza y levantó los ojos. Al verlo, se quedó pasmada.
Él avanzó hacia ella con los brazos extendidos.
La joven se levantó, sonriendo, y le estrechó ambas manos con calor y firmeza. Luego observó sus desmesurados dedos.
-¿La he sorprendido, señorita Paget? -preguntó él, mostrándole su sonrisa más cordial-. Acabo de cepillarme el pelo para causarle buena impresión. ¿No le gusta mi aspecto?
-Su aspecto es fabuloso, señor Ash -se apresuró a contestar la joven con un acento típicamente californiano-. No supuse que... No creí que fuera tan alto, aunque todo el mundo me lo había dicho.
-¿Le parece que tengo un aspecto amable, señorita Paget? También dicen eso de mí. -Ash hablaba pausadamente. Muchos americanos no comprendían su acento inglés.
-Oh, sí, señor Ash -respondió ella-. Muy amable. Me encanta su pelo. Me gustan los hombres con el pelo largo.
La escena era realmente divertida. Ash confiaba en que Remmick estuviera escuchando. La riqueza hace que la gente se abstenga de juzgarte por tus actos y busque la sabiduría en tus decisiones, tu estilo. No es que se muestre servil, sino más comprensiva y tolerante. Por lo menos, a veces.
Se notaba que la joven era sincera. Sus ojos lo examinaban detenidamente, lo cual llenó a Ash de satisfacción. Tras estrecharle las manos con delicadeza, se separó de ella y ocupó su sillón al otro lado de la mesa.
Ella se sentó de nuevo, sin apartar los ojos de él. Tenía el rostro delgado y lleno de arrugas, pese a ser tan joven. Sus ojos eran de un tono azul violáceo. Era una muchacha de una belleza peculiar: cabello rubio ceniza, desaliñada pero elegante, vestida con una ropa exquisitamente vieja y arrugada.
«No hay por qué tirar las prendas viejas -pensó él-, pueden venderse a una tienda de ropa de segunda mano; reciclarlas mediante unas puntadas y un buen planchado; el destino de los objetos manufacturados reside en su durabilidad y versatilidad: la seda arrugada debajo de una luz fluorescente, un vestido viejo pero elegante con unos botones de plástico de colores inconcébibles, acompañado de unas medias de nailon tan resistente que podrían servir como cuerda si la gente no las tirara a la basura. Había tantas cosas que hacer y ver... Si pudiera hacerme con el contenido de todos los cubos de basura de Manhattan, ganaría otro billón con el material que encontraría allí.»
-Admiro su trabajo, señorita Paget. Me alegro de conocerla personalmente -dijo señalando la superficie de su mesa, atestada de grandes fotografías en color de las muñecas que diseñaba la joven.
¿Es posible que ella no se hubiera fijado en las fotos? La muchacha se ruborizó. Quizá se sintiera algo enamoriscada de él, de su estilo, de sus modales. No estaba seguro. Tenía el don de hacer que la gente se enamorara de él, a veces sin pretenderlo siquiera.
-Hoy es uno de los días más importantes de mi vida, señor Ash -dijo la joven, como si no pudiera creer lo que le estaba sucediendo. Luego calló, avergonzada, temiendo haberse excedido.
Él sonrió con amabilidad, ladeando un poco la cabeza -una costumbre que solía desconcertar a sus interlocutores-, de forma que parecía mirar a la joven de abajo arriba aunque él fuese mucho más alto que ella.
-Quiero sus muñecas, señorita Paget-dijo Ash-. Todas. Me gusta cómo trabaja los nuevos materiales. Sus muñecas son originales, distintas. Es justamente lo que quiero.
La joven sonrió con timidez. Era un momento muy importante para ambos. Él estaba encantado de verla tan feliz.
-¿Le han explicado mis abogados los términos del contrato? ¿Está de acuerdo con ellos?
-Sí, señor Ash. Me lo han explicado todo de forma detallada, y acepto su oferta. Es mi sueño.
La joven pronunció la última palabra con vehemencia, sin balbuceos y sin sonrojarse.
-Es usted demasiado sincera, señorita Paget, necesita a alguien que la ayude a negociar un contrato comercial -dijo Ash en tono de reproche-. Pero jamás he estafado a nadie, al menos que yo recuerde. En caso de haberlo hecho, me gustaría que me lo recordasen a fin de subsanar mi error.
-Soy suya, señor Ash -dijo la joven. Tenía los ojos relucientes, pero no a causa de las lágrimas-. Los términos son generosos. Los materiales, estupendos. Los métodos... -La muchacha se encogió levemente de hombros-. La verdad es que desconozco los métodos de fabricación en serie, aunque conozco sus muñecas. He visitado varias tiendas para examinar los productos de la marca Ashlar. Sé que nuestra asociación funcionará.
Como tanta otra gente, la joven había comenzado fabricando sus muñecas en la cocina de su casa y después se instaló en el taller de un garaje, donde utilizaba un rudimentario horno para cocer las figuras de arcilla. Recorría los mercadillos en busca de tejidos; se inspiraba en personajes de películas y novelas. Sus obras eran exclusivas, «ediciones limitadas», como solían subrayar en las tiendas elegantes de juguetes y las galerías de arte. Había ganado varios premios, grandes y pequeños.
Sin embargo, sus moldes podían utilizarse para algo totalmente distinto: medio millón de maravillosas reproducciones de una muñeca, de otra y de otra más, en un: vinilo trabajado de forma tan exquisita que parecería porcelana, con unos ojos pintados y centelleantes como el cristal.
Hay algo que no comprendo, señorita Paget. ¿Por qué no pone nombre a sus muñecas?
-Las muñecas no tienen nombre para mí, señor Ash -respondió la joven-. Prefiero que los elija usted.
¿Se da cuenta de que pronto será rica, señorita Paget?
-Eso me han dicho -contestó ella. En aquel momento parecía frágil y vulnerable.
-Tendrá que reunirse a menudo con nosotros para dar su conformidad a cada fase de la fabricación. De todos modos, no le ocupará mucho tiempo.
-Me encantará participar en el proceso de fabricación. Deseo...
-Quiero que me enseñe de inmediato todas las Cecas que vaya diseñando. Póngase en contacto con nosotros.
-De acuerdo.
-No esté tan segura de que le encantará participar en el proceso de fabricación. Como habrá observado, la fabricación en serie no se parece en nada a la producción artesanal, a la creación. Bueno, sí se parece, pero la gente no lo ve así. Los artistas no suelen ver la fabricación en serie como su aliada.
No era necesario que él le expusiera sus viejas teorías acerca de las obras únicas o las ediciones limitadas y que lo único que le interesaba era fabricar unas muñecas accesibles para todo el mundo. Utilizaría los moldes creados por ella para fabricar miles de muñecas, año tras año, variando algunos rasgos cuando lo considerara oportuno.
Todo el mundo sabía que a él no le interesaban los valores o conceptos elitistas.
-Si desea formularme alguna pregunta sobre nuestros contratos, señorita Paget, no dude en hacerlo.
-Ya he firmado los contratos, señor Ash -contestó la joven, soltando una carcajada espontánea y juvenil.
-Lo celebro, señorita Paget. Prepárese para ser famosa -dijo él, apoyando las manos en la mesa y enlazando los dedos.
-Sé que es usted un hombre muy ocupado, señor Ash -concluyó la joven, observando sus inmensas manos con curiosidad-. Me dijeron que no podría dedicarme más de quince minutos.
Él hizo un gesto con la cabeza para darle a entender que eso carecía de importancia, que prosiguiera.
-Quisiera saber por qué le gustan mis muñecas, señor Ash. Quiero decir...
Tras reflexionar unos instantes, él respondió:
-Lógicamente, me gustan porque son originales, como usted misma ha dicho. Pero lo que más me gusta, señorita Paget, es que sonríen incluso con los ojos; sus rostros transmiten vida y alegría. Tienen unos dientes blancos y resplandecientes. Casi me parece oírlas reír.
-Ése era el riesgo, señor Ash -contestó la joven,
soltando otra carcajada. En aquellos momentos parecía
tan feliz como las criaturas que diseñaba.
-Lo sé, señorita Paget. Confío en que no se le ocurra crear unas muñecas tristes.
-No sé si sabría hacerlo.
-Haga lo que haga, cuenta con mi apoyo. Pero no diseñe unas criaturas tristes. Eso déjelo para otros artistas.
Ash se levantó despacio, dando por finalizada la entrevista, y la joven, educadamente, se apresuró a ponerse en pie.
-Muchas gracias, señor Ash -le dijo, estrechando su enorme mano-. Cómo puedo expresarle...
-No es necesario.
Ash dejó que le estrechara la mano. Algunas personas no deseaban tocarlo una segunda vez. Era como si supieran que no era humano. No era su rostro lo que les repelía, sino sus desproporcionados pies y manos. O puede que, en su subconsciente, comprendieran que su cuello era demasiado largo, sus orejas demasiado estrechas. Los seres humanos reconocen inmediatamente a sus congéneres, a su tribu, clan o familia. Una gran parte del cerebro humano está organizado con el fin de reconocer y recordar diferentes tipos de fisonomías.
Pero a ella no le repelía el aspecto de Ash. Era una joven;a la que abrumaba y ponía nerviosa tener que firmar un contrato comercial.
-A propósito, señor Ash, no se ofenda, pero me encantan sus canas. Espero que no se las tiña nunca. A los hombres jóvenes les sientan divinamente las canas.
-¿Por qué dice eso, señorita Paget?
La joven volvió a ruborizarse.
-No lo sé -contestó, soltando una risita nerviosa- Tiene el cabello tan blanco para ser tan joven... No imaginé que fuera usted tan joven. Me ha sorprendido...
La joven se detuvo, turbada. Ash decidió poner fin a la entrevista antes de que la señorita Paget cometiera una de sus imaginarias torpezas.
-Gracias, señorita Paget -dijo Ash-. Ha sido usted muy amable. Celebro haber hablado con usted. -Su tono era tranquilizador, contundente, memorable-. Confío en volver a verla pronto y deseo que sea muy feliz.
De inmediato apareció Remmick para acompañar a la joven hasta la puerta. Ella se despidió murmurando unas cálidas palabras de gratitud, expresando su confianza en que no la abandonaran las musas de la inspiración y su deseo de complacer a todo el mundo. O algo por el estilo. Él le dirigió una última sonrisa antes de que la joven abandonara la estancia y se cerraran tras ella las puertas de bronce.
Una vez en su casa, la señorita Paget sacaría unas viejas revistas y se pondría a hacer unos cálculos aritméticos, utilizando quizás una calculadora. Comprendería que él no podía ser tan joven como había imaginado y llegaría a la conclusión de que había pasado los cuarenta, que iba ya camino de los cincuenta.
¿Cómo resolvería este inconveniente a la larga?, se preguntó Ash. El tiempo siempre era un problema. Llevaba una vida que le satisfacía plenamente, pero era preciso realizar algunos ajustes. En cualquier caso, no quería pensar en algo tan desagradable. ¿Y si su cabello se volvía completamente blanco? Sería una ventaja, sin duda. Pero ¿qué significaba el cabello blanco? ¿Qué era lo que revelaba? En estos momentos se sentía demasiado feliz para pensar en esas cosas. Demasiado feliz para pensar en algo que le infundía pavor.
Se dirigió de nuevo hacia la ventana para contemplar la nieve que seguía cayendo. Desde este despacho divisaba Central Park con tanta nitidez como desde los otros. Apoyó la mano en el cristal. Estaba helado.
La pista de patinaje aparecía desierta. La nieve cubría todo el parque y el tejado del edificio de enfrente. De pronto observó algo muy curioso que le hizo sonreír.
Se trataba de la piscina instalada en la azotea del hotel Parker Meridien. La nieve caía acompasadamente sobre el tejado transparente de la azotea mientras, debajo de éste, un hombre nadaba en el agua verde y límpida de la piscina que se hallaba cincuenta pisos por encima del nivel de la calle.
«Esto es ser rico y poderoso -musitó Ash-. Nadar bajo el cielo mientras nieva.»
Construir piscinas flotantes era otro de los proyectos destacables.
-Señor Ash -le interrumpió Remmick.
-¿Qué hay? -respondió Ash distraídamente, observando las largas brazadas del nadador, un hombre de edad avanzada y de extrema delgadez. En otros tiempos lo,habrían tomado por una víctima del hambre; pero se notaba que estaba sano y en forma. Probablemente se tratara de un hombre de negocios que se había visto atrapado en el crudo invierno neoyorquino por circunstancias económicas, y había decidido nadar un rato en la impoluta piscina climatizada del hotel.
-Una llamada telefónica para usted, señor.
-No me interesa, Remmick. Estoy cansado. Es la nieve..Hace que sienta deseos de tumbarme en la cama y dormir. Voy a acostarme. Sólo me apetece tomarme una taza de chocolate caliente y dormir, dormir y dormir.
-El hombre que está al teléfono me ha asegurado que usted querría hablar con él, que le dijera...
-Todos dicen lo mismo, Remmick -replicó Ash.
-Se llama Samuel, señor.
-¡Samuel!
Ash se volvió bruscamente y observó el plácido rostro de su mayordomo, que no reflejaba ningún juición ni opinión. Tan sólo afecto y sumisión.
-Dijo que le avisara de inmediato, señor Ash. Supuse que...
-Has hecho bien. Déjame solo unos minutos.
Ash se sentó ante su mesa. Cuando se cerraron las puertas del despacho, levantó el auricular y oprimió un pequeño botón rojo.
-Samuel -murmuró.
-Ashlar -respondió la voz de su interlocutor, con tanta nitidez como si se encontrara junto a él-, llevo quince minutos esperando que te pongas al teléfono. Parece que te has convertido en un personaje muy importante.
-¿Dónde estás, Samuel? ¿En Nueva York?
-No, en Donnelaith. Me alojo en la posada. -Teléfonos en el valle... -murmuró Ash. Su interlocutor le hablaba desde Escocia, desde el valle.
-Así es, amigo mío, teléfonos en el valle. Y otras cosas. Ha aparecido un Taltos, Ash. Lo he visto con mis propios ojos. Un auténtico Taltos.
-Un momento. ¿He oído bien?
-Perfectamente. No te excites, Ash. Está muerto. Era un niño, un bebé. Es una historia muy larga en la que había un gitano implicado, un gitano muy listo llamado Yuri, miembro de la orden de Talamasca. De no ser por mí, estaría muerto.
-¿Estás seguro de que el Taltos ha muerto?
-Me lo dijo el gitano. La orden de Talamasca está atravesando momentos difíciles. Ha ocurrido una tragedia. Todo parece indicar que quieren matar al gitano, pero él está decidido a regresar a la casa matriz. Debes venir cuanto antes.
-Me reuniré contigo mañana en Edimburgo, Samuel.
-No, ve directamente a Londres. Se lo prometí al gitano. Pero ven enseguida, Ash. Si sus hermanos de Londres averiguan dónde se encuentra, lo matarán.
-Es una historia increíble, Samuel. Los de Talamasca son incapaces de matar a nadie, y menos aún a uno de los suyos. ¿Estás seguro de que ese gitano no te ha mentido?
-Es un asunto relacionado con el Taltos. ¿Puedes partir inmediatamente, Ash?
-Sí.
-¿No me fallarás?
-No.
-Debo hacerte una advertencia. Lo leerás en los periódicos en cuanto aterrices en Inglaterra. Han estadó excavando en Donnelaith, en las ruinas de la catedral.
-Lo sé, Samuel. Ya hemos hablado de ello en otras ocasiones.
-Han levantado la tumba de san Ashlar. Vieron el nombre grabado en la lápida. Lo leerás en la prensa. Han acudido unos expertos de Edimburgo. También hay pinas brujas implicadas en esta historia. El gitano te lo cantará todo. Voy a colgar, la gente me está mirando.
-Eso no es ninguna novedad, Samuel. Espera un momento...
-Vi tu fotografía en una revista, Ash. ¿Es verdad que tienes canas? En fin, da lo mismo.
-Sí, el pelo se me está poniendo blanco. Pero es un proceso bastante lento. Con relación a lo demás, no he gcido. Aparte de las canas, tengo el mismo aspecto última vez que nos vimos.
-Vivirás hasta el fin del mundo, Ash. Tú serás quien acabe destruyéndolo.
-¡No digas eso!
-Nos veremos en Londres, en el Claridge's. Nosotros partiremos de inmediato hacia allí. Es un hotel donde podrás encender un magnífico fuego en la chimena y dormir en una espaciosa y acogedora habitación revestida con chintz y terciopelo de color verde musgo. Te espero allí, Ash. La factura del hotel corre de tu cuenta. Llevo dos años en el valle.
Tras estas palabras, Samuel colgó.
-Está loco -murmuró Ash, colgando a su vez el teléfono.
Ni siquiera parpadeó cuando se abrieron las puertas de su despacho. Apenas distinguió la figura que acababa de entrar. No pensaba en nada, tan sólo repetía mentalmente las palabras «Taltos» y «Talamasca».
Al alzar la vista vio a Remmick, que sostenía una jarra de plata maciza y le sirvió una taza de chocolate. El vapor del humeante líquido ascendía hacia el rostro paciente y fatigado del sirviente. Estaba repleto de canas. «Yo no tengo tantas», se consoló Ash.
En realidad, sólo tenía canas en las sienes y en las patillas, y unas pocas en el pecho. Al mirar sus muñecas descubrió que también había unos pelos blancos entre el vello negro que cubría sus brazos.
¡Taltos! Talamasca. El mundo se derrumbará...
-¿Hice bien en pasarle la llamada? -preguntó Remmick con esa voz típicamente británica, casi inaudible, que tanto complacía a su señor. Algunas personas lo habrían criticado por mascullar entre dientes.
Dentro de poco partiría hacia Inglaterra, donde la gente es amable y educada. Inglaterra, el país donde reina un frío polar, visto desde las costas de la tierra perdida, un misterio de impenetrables bosques y montañas coronadas de nieve.
-Sí, Remmick. Quiero que me pases todas las llamadas de Samuel. Parto hacia Londres de inmediato.
-Entonces debo apresurarme, señor. El aeropuerto de La Guardia ha permanecido cerrado todo el día. Va ser muy difícil...
-No hables más y date prisa.
Ash se bebió el chocolate a sorbos, paladeándolo. No existía nada con un sabor tan dulce y exquisito como el chocolate, excepto la leche fresca y sin adulterar.
-Otro Taltos - murmuró, depositando la taza sobre la mesa-. La orden de Talamasca está atravesando momentos difíciles...
Pero no acababa de creerse esa historia.
Remmick había desaparecido. Las puertas estaban cerradas; el hermoso bronce relucía como chocolate caliente. En el suelo de mármol se reflejaba un haz de luz procedente del techo, como el reflejo de la luna sobre el mar.
-Otro Taltos, un varón.
En su mente se agolpaban numerosos pensamientos y emociones, confunidéndole. Durante unos momentos temió estallar en sollozos, pero no lo hizo. La que sentía era rabia, una profunda rabia al enterarse de esa noticia que hacía que su corazón latiera aceleradaemnte, que le obligaba a viajar a Inglaterra para informarse sobre ese Taltos, un varón, que había muerto.
Así que Tal masca estaba atravesando momentos dificiles... Era inevitable. Pero ¿qué podía hacer él? ¿Por qué tenía que verse envuelto de nuevo en esos asuntos? En cierta casión, hacía siglos, había llamado a sus puertas; Pero ¿quién iba a acordarse de aquello?
Conocía lo rostros y los nombres de todos los t embros de 1 Orden. El temor que le infundían lo obligaba a mantenerse informado sobre sus andanzas. A lo largo de los años, no habían cesado de ir al valle. Alguien sabía algo, pero nada había cambiado.
¿Por qué debía interceder por ellos y tratar de ayudarllos? se preguntó Ash. Porque una vez le habían abierto sus puertes, le habían escuchado, le habían pedido que permaneciera allí, no se habían reído de sus historias y habian prometido guardar el secreto. Al igual que él, la orden de Talamasca era muy vieja. Tan vieja corno los árboles de los bosques milenarios. ¿Cuanto tiempo hacía de eso? Mucho, antes de que fundaran la casa de Londres, cuando todavía iluminaban el viejo palacio de Roma con velas. Le habían prometido que no constaría en los archivos, en reciprocidad a lo que él les había revelado... Una historia impersonal, anónima, a caballo entre la leyenda y la realidad, unos hechos acaecidos hacía muchos años. Agotado, se había quedado dormido bajo su techo; ellos le habían ayudado. Sin embargo, en último extremo no eran más que simples mortales dotados de una extraordinaria curiosidad, unos individuos normales y corrientes, unos eruditos, alquimistas, coleccionistas, que se sintieron impresionados por él.
Sea como fuere, no le interesaba que la Orden se viera en aprietos, tal como le había informado Samuel, teniendo en cuenta lo que sabían y lo que ocultaban en sus archivos. Era peligroso. Ash se compadecía del gitano del valle. Por otra parte, el asunto del Taltos, de las brujas, había despertado su curiosidad.
El mero hecho de pensar en brujas hizo que se estremeciera.
Remmick regresó con un abrigo forrado de piel.
-Hace mucho frío, señor -dijo, colocándoselo sobre los hombros-. Parece que se ha resfriado.
-Estoy perfectamente -respondió Ash-. No es necesario que me acompañes. Quiero que envíes dinero al hotel Claridge's de Londres. Es para un hombre llamado Samuel. No tendrán ninguna dificultad en identificarlo. Es un enano, deforme, pelirrojo y con la cara llena de arrugas. Ocúpate de que le entreguen el dinero. Le acompaña un individuo, un gitano al que desconozco.
-De acuerdo, señor. ¿Su apellido?
-Lo ignoro, Remmick -contestó Ash, arrebujándose en el abrigo-. Conozco a Samuel desde hace tantos años...
Al subirse en el ascensor comprendió que acababa de decir una estupidez. De un tiempo a esta parte decía muchas estupideces. Hacía unos días, Remmick comentó que le encantaba el mármol que revestía estas estancias y él contestó: «Sí, yo me enamoré del mármol desde el primer momento que lo vi», lo cual sonaba absurdo.
El viento resonaba en la caja del ascensor mientras descendían a una velocidad vertiginosa. Era un sonido que sólo se percibía en invierno y que aterraba a Remmick, aunque Ash lo encontraba divertido.
Al llegar al garaje subterráneo vio que el coche estaba dispuesto, con el motor en marcha y despidiendo un potente chorro de humo blanco. Un sirviente cargaba las maletas en el maletero. Junto al vehículo se hallaban Jacob, el piloto nocturno, el copiloto, cuyo nombre desconocía, y el chófer del turno de noche, un joven rubio y discreto que apenas despegaba los labios.
-¿Está seguro de que desea partir esta noche, señor?_- preguntó Jacob.
¿Acaso no vuelan otros aviones? -replicó Ash, deteniéndose y apoyando su mano en la manecilla del coche: Del interior del vehículo brotaba un aire cálido y-reconfortante.
-Por supuesto, señor.
-Entonces, ¿por qué no vamos a volar nosotros? Si' tienes miedo, Jacob, puedes quedarte en tierra.
-Yo voy a donde vaya usted, señor.
-Gracias, Jacob. En una ocasión me aseguraste que nuestro avión era capaz de volar a través de las tormentas en condiciones más seguras que un reactor comercial.
-En efecto, señor, lo recuerdo perfectamente.
Tras instalarse en el asiento de cuero negro, Ash apoyó los pies en el que había frente a él, cosa que un hombre de estatura normal no habría conseguido en :limusina gigantesca. Una oportuna mampara lo separaba del chófer. Los demás le seguían en otro coche, y sus escoltas ocupaban el vehículo que le precedía.
La elegante limusina subió por la rampa, girando a una velocidad peligrosa pero emocionante, y salió del garaje. La nieve seguía cayendo con fuerza. Menos mal que habían rescatado a los mendigos de las calles. Ash había olvidado preguntar por los mendigos. Seguramente los habían conducido al vestíbulo del edificio, donde les habrían ofrecido una bebida caliente y un camastro donde acostarse.
Atravesaron la Quinta Avenida y se dirigieron hacia el río. La nieve caía en un silencioso torrente de hermosos y diminutos copos, que se derretían al contacto con los oscuros ventanales o las húmedas aceras. Ash observó los copos de nieve, que caían entre los anodinos edificios como si se precipitaran a través de profundos desfiladeros.
¡Taltos!
Durante unos instantes se sintió deprimido, como si la alegría hubiera desaparecido de su mundo, de sus triunfos y sus sueños. Se representó mentalmente a la joven californiana que diseñaba muñecas, vestida con un arrugado traje de seda morado. Yacía muerta sobre su lecho, en un baño de sangre, y su vestido aparecía empapado.
Por supuesto, él no permitiría que sucediera algo así. Hacía mucho tiempo que no ocurría nada semejante; ni siquiera recordaba qué se sentía al abrazar el cálido cuerpo de una mujer o al saborear la leche de una madre.
Imaginó el lecho, la sangre, el cuerpo inerme y frío de la joven con los párpados lívidos, al igual que la carne debajo de sus uñas e incluso su rostro. Imaginó esa escena para ahuyentar otros pensamientos. Su brutalidad le servía de freno, le permitía controlar sus impulsos.
«No le des más vueltas. Era un varón. Está muerto.
De pronto comprendió que iba a ver a Samuel, a reunirse de nuevo con él, y dejó que ese pensamiento lo inundara de felicidad. Ash era un experto en evocar pensamientos y sensaciones que le producían satisfación.
Hacía cinco años que no veía a Samuel. ¿O eran más? No estaba seguro. Habían hablado varias veces por teléfono. A medida que los sistemas telegráfico y telefónico se fueron perfeccionando, mantuvieron un contacto cada vez más frecuente. Pero hacía años que no se veían.
En aquellos tiempos Ash sólo tenía unas pocas canas. Ahora, en cambio, el pelo se le estaba volviendo completamente blanco. Por supuesto, Samuel había hecho un comentario respecto a sus canas, a lo que Ash respondió: «No te preocupes, desaparecerán.»
Durante unos momentos se alzó el velo, la coraza protectora que lo había salvado numerosas veces de un insoportable dolor.
Vio el valle, el humo; oyó el temible sonido de las espadas y vio unas figuras que corrían hacia el bosque. El humo brotaba de los cobertizos y las timoneras... ¡Era imposible que hubiera sucedido!
Cambiaron las armas y las normas, pero las matanzas proseguían. Hacía setenta y cinco años que vivía en ese continente -al que siempre regresaba al cabo de un par de meses de haber partido- por varias razones, entre otras porque no deseaba hacerlo cerca de las llamas y el humo, el dolor, la devastación de la guerra.
El recuerdo del valle no lo abandonaba. Había otros recuerdos relacionados con él, imágenes de verdes campos, flores silvestres, miles de florecillas azules. Se vio navegando por el río en una pequeña embarcación mientras los soldados se hallaban apostados en las almenas. Que cosas tan extrañas hacían esos seres, colocando una piedra encima de otra para construir inmensas montañas. Pero ¿qué significaban los monumentos que habían erigido en su honor, los grandes monolitos que centenares de hombres habían transportado a través de la planicie para construir el círculo?
Vio también la cueva, de forma tan nítida como en una fotografía. Luego se vio a sí mismo bajar apresuradamente la cuesta, tropezando y casi perdiendo el equilibrio, cuando de pronto apareció Samuel.
-Vámonos, Ash -le dijo éste-. ¿Qué has venido a hacer aquí? ¿Qué pretendes descubrir en este lugar?
Ash vio a unos Taltos con el cabello blanco.
«Los sabios, los bondadosos, los conocedores de nuestra historia y nuestras costumbres», decían de ellos. No los llamaban «viejos». Esa palabra no se empleaba en aquellos tiempos, cuando el agua de los manantiales de la isla era tibia y las frutas caían de los árboles. Incluso cuando acudían al valle, nunca utilizaban la palabra «viejo», aunque todo el mundo supiese que vivían más tiempo que los otros. Los de cabello blanco conocían unas historias muy interesantes.
-Ve a escuchar la historia.
En la isla, eras tú mismo quien elegías a los individuos de cabello blanco a los que deseabas acercarte, pues ellos no te elegían a ti, y te sentabas para oírles cantar, hablar, o recitar versos y relatar todo cuanto recordaban. Había una mujer de cabello blanco que cantaba con una voz muy dulce y mantenía siempre los ojos fijos en el mar. A Ash le gustaba mucho oírla cantar.
¿Cuánto tiempo, cuántas décadas pasarían antes de que su propio pelo se tornara completamente blanco?
Quizás ocurriera antes de lo que imaginaba. En aquella época el tiempo no significaba nada. Había muy pocas hembras de cabello blanco, porque debido a los partos solían morir jóvenes. Nadie hablaba nunca de ello, pero todo el mundo lo sabía.
Los machos de pelo blanco eran vigorosos, apasionados, glotones y excelentes adivinos. Pero la mujer de cabello blanco era muy frágil, debido a los numerosos partos.
Era horrible recordar de golpe esas cosas con tanta nitidez. ¿Existía acaso otro secreto mágico relacionado con el cabello blanco, otro que hiciera que uno recordara lo sucedido desde el principio? No, no era eso, sino tan sólo que durante los años en que ignoraba cuánto tiempo tardaría en envejecer y morir imaginó que acogería a la muerte con los brazos abiertos. Pero ahora había cambiado de opinión.
La limusina atravesó el río y se dirigió hacia el aeropuerto. Era grande y sólida y se agarraba bien al asfalto resbaladizo, resistiendo los embates del viento.
Los recuerdos seguían agolpándose en su mente. Él ya era viejo en los tiempos en que los soldados cabalgaban por la llanura. Era ya viejo cuando vio a los romanos apostados en las almenas de la muralla de Antonino, cuando contempló desde las puertas del monasterio de Columba los elevados acantilados de Jonia.
Guerras... ¿Por qué tenía siempre esas imágenes grabadas en la memoria, junto con los dulces recuerdos de los seres que había amado, de los bailes y la música en el valle? Veía a los jinetes cabalgando por la pradera, una masa oscura extendiéndose como la tinta sobre un apacible cuadro, y acto seguido percibía las gigantescas nubes de polvo que se alzaban de sus corceles.
Ash se despertó sobresaltado.
El pequeño teléfono que se hallaba frente al asiento sonó con insistencia. Ash descolgó bruscamente el auricular.
-¿Señor Ash?
-¿Qué hay, Remmick?
-Supuse que le interesaría saberlo. En el Claridge's conocen perfectamente a su amigo Samuel. Han dispuesto la suite que él suele ocupar, en una esquina de la segunda planta, con chimenea. Esperan su llegada, señor. A propósito, en el hotel tampoco conocen el apellido de su amigo Samuel. Al parecer, no lo utiliza nunca.
-Gracias, Remmick. Reza para que tengamos un buen viaje. Hace un tiempo infernal.
Ash colgó antes de que Remmick empezara a recitar su acostumbrada letanía de consejos. No debí decirle que hacía mal tiempo, pensó.
Era increíble que en el Claridge's conocieran a Samuel, que se hubieran acostumbrado a su presencia. La última vez que Ash lo vio, su pelo rojo parecía un nido de pájaros y su cara tenía tantas arrugas que sus ojos apenas resultaban visibles; tan sólo brillaban de vez en
cuando a modo de pedacitos de ámbar incrustados en la carne fláccida y rubicunda de su rostro. En aquellos días Samuel iba cubierto de harapos y llevaba una pistola en el cinturón, como un pirata, lo cual hacía que la gente se apartara apresuradamente de su lado.
-Todos me tienen miedo, no puedo seguir aquí -le había dicho a Ash-. Fíjate cómo me miran, inspiro más miedo_ ahora que años atrás.
No obstante, en el Claridge's se habían acostumbrado a su presencia. ¿Acaso encargaba ahora sus trajes a un sastre de Savile Row? ¿Habría sustituido sus viejos y sucios zapatos por unos nuevos? ¿Habría renunciado a llevar una pistola en el cinturón?
Cuando el coche se detuvo, el viento casi le impidió abrir la puerta. El chófer lo ayudó a apearse mientras la nieve caía sobre él.
La nieve era hermosa, ¡y estaba tan limpia antes de posarse sobre el pavimento! Ash se enderezó y notó las piernas un poco entumecidas; se protegió los ojos con la mano para impedir que la nieve lo cegara.
-No se preocupe, señor -dijo Jacob-. Saldremos de aquí en menos de una hora. Le ruego que suba inmediatamente al avión.
-Gracias, Jacob -respondió Ash.
Antes de subir al avión se detuvo unos instantes. La nieve cubría su abrigo oscuro y él notaba cómo los copos se derretían sobre su pelo. Sacó del bolsillo un pequeño juguete, un caballito de madera, y se lo entregó a Jacob.
-Es para tu hijo. Se lo prometí.
-Me sorprende que se haya acordado de eso en una noche tan infame, señor.
-No tiene importancia, Jacob. Seguro que tu hijo también se acuerda.
Era un juguete insignificante, un simple caballito de madera; el niño merecía algo mejor. Sí, le regalaría un juguete de más calidad.
Ash atravesó la pista a grandes zancadas, con tanta rapidez que el chófer apenas pudo seguirlo en un intento de protegerlo con el paraguas.
Al cabo de unos momentos se instaló en la cálida cabina de su reactor, que le producía cierta claustrofobia.
-He conseguido la pieza musical que me pidió, señor Ash.
Conocía perfectamente a la joven, pero no recordaba su nombre. Era una de sus mejores secretarias. Lo había, acompañado en su último viaje a Brasil. Ash se avergonzó de no recordar su nombre.
Te llamas Evie, ¿verdad? -preguntó a la joven, sonrió y arrugando levemente el ceño como si le pidiese esculpas.
-No, señor, Leslie -respondió ella, perdonándolo al instante.
Parecía una muñeca de porcelana, con las mejillas y los la los pintados de un sutil tono rosado, y sus pequeños ojos oscuros y vivarachos. La joven aguardó tímidamente.
Cuando él tomó asiento en la amplia butaca de cuero hecha a su medida, más larga que las otras, la joven le entreró el programa de música.
En él constaba la selección habitual -Beethoven, Brahms, Shostakovich-, más la pieza que había solicitado, el Requiem de Verdi, pero no podía escucharla ahora. Si se dejaba atrapar por aquellos solemnes acordes y voces, los recuerdos acabarían abrumándole.
Ash apoyó la cabeza en el respaldo del asiento, indiferente al espectáculo invernal que se le ofrecía a través de la ventanilla. «Trata de dormir, estúpido», se dijo sin mover los labios.
Pero sabía que no podría conciliar el sueño. Sabía que no haría más que pensar en Samuel y en las cosas que éste le había dicho, dándoles vueltas y más vueltas, hasta que volvieran a encontrarse. Recordaría el olor de la casa matriz de Talamasca y el aspecto de clérigos que presentaban sus miembros, así como una mano humana sosteniendo una pluma de ave mientras escribía con grandes letras: «Anónimo. Leyendas de la tierra perdida. De Stonehenge.»
-¿Desea descansar, señor? -preguntó la joven Leslie.
-No, pon la Quinta sinfonía de Shostakovich. Me hará llorar, pero no me hagas caso. Tengo hambre. Tráeme un poco de queso y leche.
-Sí, señor, lo tengo todo preparado.
Leslie empezó a recitar los nombres de los cremosos quesos que mandaban traer de Francia, Italia y otros países. El aprobó el surtido con un movimiento de cabeza, deseando zambullirse en el sonido de la música, en la divina y estremecedora calidad de aquel sofisticado sistema electrónico que le haría olvidar la tormenta de nieve y el hecho de que pronto atravesarían el océano en dirección a Inglaterra, a la planicie, a Donnelaith, hacia un infinito dolor.










2

Después del primer día, Rowan no volvió a pronunciar palabra. Se pasaba el día sentada bajo la encina en un sillón de mimbre blanco, con los pies apoyados en un cojín, o simplemente sobre la hierba.. Miraba el cielo, moviendo los ojos como si contemplara una procesión de nubes en vez de un cielo primaveral despejado, y la pelusilla que volaba en el aire.
Contemplaba la tapia, las flores o los tejos. Jamás miraba el suelo.
Quizás había olvidado que justo debajo de sus pies, había una sepultura doble, cubierta de una espesa hierba que crecía rápidamente gracias a las abundantes lluvias y al potente sol primaveral de Louisiana.
Comía aproximadamente una cuarta parte de lo, que le servían. Al menos, eso dijo Michael. No parecí pasar hambre. Pero estaba pálida y sus manos temblaban cuando las movía.
Toda la familia acudió a verla. Atravesaron el césped en grupos y se detuvieron a unos pasos de di-tancia, como si temieran hacerle daño. Tras saludarl , le preguntaron cómo se encontraba. Le dijeron que staba muy guapa; lo cual era cierto. Luego, renunciaren a arrancarla de su mutismo y se marcharon.
Mona observó la escena.
Por las noches Rowan dormía, según Michel, como si estuviera agotada, como si hubiera trabajado mucho durante todo el día. Se bañaba sola, anque él temía que sufriera un percance. Siempre se encerraba en el baño en el baño, y cuando él trataba de hacerla compañía, Rowan permanecía sentada en el taburate, con la mirada fija en el vacío, sin hacer ni decir nada. Entonces él se retiraba, y al salir la oía echar el cerrojo de la puerta.
Cuando le hablaban prestaba atención, al menos al principio. De vez en cuando, cuando Michel le suplicaba que dijera algo, Rowan le apretaba la mano como para tranquilizarlo o rogarle que tuviera paciencia. Era muy triste.
Michael era la única persona a quien tocaba o dedicaba una pequeña caricia, aunque por lo general lo hacía sin que se produjera el más mínimo cambio en su expresión ausente y son mover sus ojos grises.
El pelo le había crecido bastante y mostraba unos reflejos dorados debido a las horas que pasaba sentada al sol. Durante el tiempo que permaneción con coma, su cabello presentaba el color de los trozos de madera a merced de las turbias aguas de un río. Ahora parecía lleno de vida, aunque según creía recordar Mona el pelo es un estructura muerta, por más que uno lo peine, lo cepille y le aplique todo tipo de champús y cremas.
Por las mañanas, Rowan se despertaba ella sola. Bajaba lentamente la escalera, agarrando la barandilla con la mano izquierda y apoyándose con la derecha en un bastón. Parecía tenerle sin cuidado el hecho de que Michael la ayudara; tampoco manisfestaba la menor reacción cuando Mona la cogía del brazo.
De vez en cuando Rowan se detenía ante su tocador antes de bajar, para pintarse los labios.
Mona siempre se fijaba en esos. En ocaiones, aguardaba a Rowan en el pasillo y la observaba; era un detalle muy sifnificativo.
Michael también hacía algún comentario al respecto. Según el tiempo que hiciera, Rowan se ponía un juego de camisón y bata o un salto de cama. La tía Bea le comparaba numerosos camisones, que el mismo Michael se encargaba de lavar pues recordaba que antes de estrenar una prenda Rowan siempre la lababa. Luego, colocaba el camisón sobre el lecho de Rowan.
Mona estaba segura de que no se trataba de un estado catatónico de estupor. Los médicos así lo hbían dicho, aunque tampoco sabían qué le ocurría realmente a Rowan. En cierta ocasión uno de ellos, un idiota según palabras de Michael, le había clavado un alfiler en la mano y Rowan se limitó a cubrírsela con la otra. Michael se puso furioso, pero Rowan no miró al médico ni dijo nada.
-Ojalá hubiera estado presente. -dijo Mona.
Mona no dudó de la palabra de Michael. Los médicos eran capaces de eso y de mucho más. Puede que de regreso al hospital se dedicaran a clavar alfileres en una muñeca parecida a Rowan, una especie de acupultura vudú. A Mona no le hubiera extrañado en absoluto.
¿Qué sentía Rowan? ¿Qué era lo que recordaba? Nadie lo sabía con certeza. Sólo sabían por Michael que al despertarse del coma estaba perfectamente lúcida, que había hablado con él durante varias horas, que era consciente de todo, que mientras estuvo en coma había oído y comprendido todo cuanto sucedía a su alreddor. Algo terrible sucedió el día en que Rowan despertó del coma, otra tragedia. Y los dos cadáveres enterrados debajo de la encina.
-No debí permitir que lo hiciera -había repetido Michael a Mona cien veces-. El hedor que emanaba de esa fosa, el espectáculo... Debí impedírselo.
Mona le había preguntado a menudo qué aspecto tenía el otro, quién había transportado los restos y qué había dicho Rowan.
-Le lavé las manos, que estaban llenas de barro -dijo Michael a Mona y Aaron-. Rowan no hacía más que mirarse las manos. Supongo que a los médicos no les gusta ensuciárselas; los cirujanos siempre se están lavando las manos. Rowan me preguntó cómo estaba yo, quería... -En aquel momento Michael se detuvo, embargado por la emoción, tal como le había sucedido las dos veces que relató la historia-. Quería tomarme el pulso. Estaba preocupada por mí.
¡Ojalá hubiera visto lo que habían enterrado! ¡Ojalá me lo hubieran dicho!
Era una extraña sensación eso de ser rica ahora, de ser nombrada heredera de un importante legado a los trece años, disponer de un chófer y un coche -de hecho, una imponente limusina negra con reproductor de discos compactos y casetes, televisión en color y un mueble bar repleto de hielo y coca-colas light-, de una cartera forrada de billetes de veinte dólares como mínimo, montones de ropa nueva y un ejército de operarios encargados de reparar la vieja casa en la esquina de St. Charles con Amelia que le enseñaban muestras de seda salvaje o papel pintado a mano para revestir las paredes.
Pero ella quería saber, formar parte de aquello, comprender los secretos de esa mujer y ese hombre, de esta casa que algún día sería suya. Había un fantasma enterrado debajo del árbol. Bajo las lluvias primaverales yacía una leyenda. Y en sus brazos, otro cadáver. Era como volver la espalda al deslumbrante fulgor del oro para coger unas míseras baratijas ocultas en un pequeño y teneberoso escondrijo. ¡Era mágico! Ni siquiera la muerte de su propia madre había impresionado tanto a Mona.
Mona pasaba muchos ratos hablándole a Rowan. Entraba en la casa utilizando su propia llave, puesto que era la heredera de la propiedad y, además, Michael se lo había autorizado. Michael, ya no la miraba de forma lujuriosa; prácticamente podría decirse que la había adoptado.
Entonces se dirigía a la parte posterior del jardín a través del césped, dando un rodeo para evitar la tumba, se sentaba ante la mesa de mimbre e iniciaba su charla con un: «Buenos días, Rowan.» Luego seguía hablando sin cesar.
Le contó a Rowan que ya habían elegido el terreno para el Mayfair Medical, que habían decidido instalar un fantástico sistema geotérmico para calentar y refrigerar las instalaciones y que los planos estaban muy adelantados.
-Tu sueño no tardará en hacerse realidad -dijo a Rowan-. La familia Mayfair conoce esta ciudad mejor que nadie. No necesitamos estudios de viabilidad ni esas cosas. Construiremos el hospital que tú deseabas.
Rowan no respondió. ¿Acaso ya no le importaba el gran complejo médico que iba a revolucionar la relación entre los pacientes y sus familiares, en el que unos nutridos equipos de enfermeras y asistentes sanitarios atenderían incluso a los pacientes anónimos?
-He encontrado tus notas -dijo Mona-. No estaban encerradas en un cajón, por lo que no creí que fueran confidenciales.
Rowan seguía sin responder. Las gigantescas ramas negras de la encina se movían levemente. Las hojas del plátano se agitaban junto a la tapia.
-Un día me planté en la puerta del Hospital Touro y pregunté a todas las personas que entraban y salían de allí cuál era su hospital ideal.
Ninguna reacción.
-Mi tía Evelyn está ingresada en Touro -dijo Mona con voz queda-. Sufrió un ataque cerebral. Deberían trasladarla a casa, pero ella no se da cuenta de nada.
Mona no quiso seguir hablando de la tía Evelyn porque se echaría a llorar. Tampoco deseaba hablar de Yuri. No dijo que hacía tres semanas que no recibía una carta ni una llamada telefónica suyas. No dijo que ella, Mona, estaba enamorada de un hombre misterioso, de piel y cabello oscuros, encantador, con modales ingleses, que le doblaba la edad.
Unos días atrás, Mona explicó a Rowan que Yuri había venido de Londres para ayudar a Aaron Lightner. Le explicó que Yuri era un gitano y que comprendía cosas que ella también comprendía. Incluso le contó que habían estado juntos en su habitación la noche antes de que Yuri regresara a Inglaterra. «Me preocupa que le suceda algo malo», le dijo Mona.
Rowan ni siquiera la miró entonces.
Pero ¿qué podía decir ahora? ¿Que anoche tuvo una terrible pesadilla referente a Yuri, pero no recordaba nada?
-Claro que es un hombre hecho y derecho -dijo Mona-. Quiero decir que tiene más de treinta años y sabe cuidarse solito, pero temo que alguien de Talamasca pueda hacerle daño.
«Basta, contrólate» se dijo Mona a sí misma.
Quizá no debía hacer esto. Era demasiado sencillo arrojar ese montón de palabras sobre una persona que no podía o no quería responder.
Sin embargo, Mona hubiera jurado que Rowan se daba cuenta de que ella estaba allí, quizá porque Rowan no parecía enojada por su presencia o absorta en sus propios pensamientos.
Mona no tenía la sensación de que se sintiera molesta.
Escrutó el rostro de Rowan. Mostraba una expresión muy seria. Mona estaba convencida de que su cerebro seguía funcionando. Tenía mucho mejor aspecto que cuando estaba en coma, y se había abrochado la bata.Michael aseguró a Mona que él no lo hacía. Rowan se había abrochado los tres botones, mientras que el día anterior sólo se había abrochado uno.
Sin embargo, Mona sabía que la desesperación puede inundar por completo una mente, hasta el punto de que tratar de adivinar sus pensamientos es come intentar eer a través de una densa humareda. ¿Era desesperación lo que sentía Rowan?
El último fin de semana habían recibido la visita de Jane Mayfair, la joven chiflada de Fontevrault. Según propia confesión, era una aventurera, una bucanera, una exploradora y un genio, además de pretender ser al mismo tiempo una venerable anciana y una muchacha alegre y despreocupada a la tierna edad de diecinueve años y medio. Se había descrito a sí misma como un poderosa y temible bruja.
-Rowan está perfectamente -declaró Mary Jane después de examinarla detenidamente. Luego empujó su sombrero vaquero hacia atrás, de forma que le quedó colgando del cuello, y añadió-: Es cuestión de paciencia. Tardará algún tiempo en recuperarse, pero se da uenta de todo.
«¿Quién es esta loca?», había preguntado Mona, sintiendo una profunda lástima por aquella criatura, aunque Mary Jane tenía seis años más que ella. Parecía una noble salvaje vestida con una falda vaquera que le llegaba medio muslo y una blusa blanca barata excesivamente ceñida que ponía de relieve sus egregios pechos. La chica no sólo no disimulaba su pobreza, sino que hacía ostentación de ella.
Como es lógico, Mona sabía quién era Mary Jane. Ma Jane Mayfair vivía en las ruinas de la plantación ,de Fontevrault, en la región de los pantanos. Aquella era la legendaria tierra de cazadores furtivos que se dedican a matar hermosas garzas de cuello blancos tan sólo para devorarlas, caimanes capaces de volcar una embarcación y zamparse a tu hijo, y jóvenes chifladas Mayfair que no habían logrado alcanzar Nueva Orleans ni los escalones de madera de la célebre casa situada en la esquina de St. Charles con Amelia.
Mona se moría de ganas de visitar ese lugar, Fontevrault, una mansión que se erigía sobre doce columnas, aunque el primer piso estuviese sumergido en medio metro de agua. Pero de momento tenía que contentarse con ver a su ocupante, Mary Jane, una prima que había regresado hacia poco de «algún lugar», y que tras amarrar su piragua al poste del espigón tenía que atravesar un resbaladizo charco de lodo para alcanzar la furgoneta que utilizaba para hacer sus compras en la ciudad.
Todo el mundo hablaba de Mary Jane Mayfair. Y, dado que Mona tenía trece años y era la heredera y única persona relacionada con el legado que se dignaba a hablar con la gente y reconocer su presencia, todos pensaron que a Mona le parecería muy interesante hablar con su rústica prima, una joven «brillante», dotada de poderes sobrenaturales, que a su vez también sentía curiosidad por conocer a Mona.
Diecinueve años y medio. Hasta el momento en que Mona vio a su ingeniosa prima, no había considerado que una persona de esa edad fuera adolescente.
Mary Jane constituía el hallazgo más interesante que habían hecho desde que empezaron a someter a todos los miembros de la familia Mayfair a unas pruebas genéticas. Era lógico que al final se toparan con un personaje como Mary Jane. Mona se preguntó si aparecería alguna otra extraña criatura surgida de los pantanos.
Resultaba increíble imaginar una suntuosa mansión neoclásica hundiéndose lentamente en las turbias aguas mientras el yeso de sus muros caía a pedazos y unos peces nadaban a través de la balaustrada de la escalera.
-¿Y si la casa se derrumba sobre ella? -había preguntado Bea-. Está construida sobre el agua. Esa chica no puede permanecer allí. Debemos obligarla a venir a Nueva Orleans.
-Son aguas pantanosas, Bea -contestó Celia-. No se trata de un lago ni de la corriente del Golfo. Además, si a esa chica no se le ha ocurrido marcharse de allí y llevarse a la anciana a un lugar seguro...
La anciana.
Mona tenía presentes esos comentarios el último fin de semana, cuando apareció Mary Jane en el jardín y se unió al pequeño grupo que rodeaba a la silenciosa Rowan como si se tratara de una merienda campestre.
-Os conozco a todos de oídas -declaró Mary Jane dirigiéndose a Michael, que estaba de pie junto al sillón de Rowan. Ambos se miraron fijamente-. De veras. El día que os casasteis -prosiguió, señalando a Michael y a Rowan- observé la fiesta desde el otro lado de la calle.
Al final de cada frase Mary Jane alzaba el tono, aunque no se trataba de una pregunta, como buscando un gesto o una palabra de aprobación.
-Nos hubiera gustado que entraras -dijo Michael con amabilidad, pendiente de cada sílaba que pronunciaba la joven.
Lo malo de Michael era que sentía debilidad por la pulcritud pubescente. Su breve aventura con Mona no se debió a un capricho de la naturaleza o un acto de brujería. Y Mary Jane Mayfair era un bocado muy suculento, pensó Mona. Incluso llevaba el pelo rubio recogido en dos trenzas sobre la cabeza y unos inmundos zapatos de charol blanco con una tira en el empeine, como los que llevan las niñas. El hecho de tener la piel olivácea y tostada le confería la apariencia de un humano frívolo.
-¿Qué dicen los resultados de las pruebas que te han hecho? -preguntó Mona-. Supongo que habrás Venido para que te hagan unas pruebas, ¿no?
-No lo sé -respondió el genio, la poderosa bruja de los pantanos-. En esa clínica llevan tal despiste que no se enteran de nada. Primero me confunden con Florence Mayfair y lu~go con Ducky Mayfair. Al final me cansé y le dije a un hipo: «Me llamo Mary Jane Mayfair, tal como figura en ese papel que tiene delante de sus narices. »
-Mal asunto --murmuró Celia.
-Pero me dijeron que estaba perfectamente, que me fuera a casa y que si tenía algo malo ya me lo comunicarían. Supongo que estoy llena de genes de bruja. A propósito, jamás había visto tantos Mayfair juntos como en ese edificio.
-Es nuestro -contestó Mona.
-Los reconocí a todos de inmediato -dijo Mary ane-. Había un pagano, de otra casta mejor dicho, un mestizo. ¿Os habéis fijado en los distintos tipos Mayfair que existen? Muchos carecen de barbilla, tienen la nariz ligeramente' aguileña y los ojos almendrados. Otros son idénticos a ti -añadió, dirigiéndose a Michael-. Típicamente irlandeses, con las cejas pobladas, el pelo rizado y unos ojos grandes de mirada intensa.
-Pero si yo no soy un Mayfair -protestó Michael en vano.
y luego están los pelirrojos, como ella, aunque ella es mucho más guapa que los otros. Tú debes de ser Mona. Tienes el aire de alguien que acaba de heredar toneladas de dinero.
-Mary Jane,'querida -terció Celia, incapaz de ofrecer un prudente consejo o formular una pregunta intrascendente.
-¿Qué se siente al ser tan rica? -insistió Mary Jane, sin apartar los ojos de Mona-. Me refiero aquí dentro -añadió, dándose unos golpecitos con el puño sobre el escote de su blusa barata e inclinándose hacia delante para que todos pudieran ver el canalillo entre sus pechos, incluso alguien tan bajito como Mona.
Da lo mismo, ya sé que no debo hacer esas preguntas. He: venido a verla a ella, porque Paige y Beatrice me dijeron que debía hacerlo.
-¡Menuda ocurrencia! -soltó Mona.
-Calla, cariño -replicó Beatrice-. Mary Jane es una Mayfair de pies a cabeza. Querida Mary Jane, debes traer aquí a tu abuela sin demora. Te lo digo en serio. No 1s gustaría mucho que vinierais. Poseemos una larga lista de casas donde podríais alojaros temporal y permaneritemente.
-Entiendo perfectamente lo que quiere decir -intervino Celia. Estaba sentada junto a Rowan y era la úni;a que se atrevía a enjugar de vez en cuando el rostro de Rowan con un pañuelo blanco-. Me refiero a los Mayfair que no tienen barbilla. Mary Jane se refiere a Polly. Se ha colocado una prótesis. No nació con esa barbilla.
-Pues si ha hecho tal cosa debe de tener una barbilla astante visible, ¿no? -observó Beatrice.
-Sí, pero tiene los ojos almendrados y la nariz un o aguileña -contestó Mary Jane.
-Exactamente -contestó Celia.
-¿Os asusta eso de los genes adicionales? -pregunto Mary Jane de improviso, arrojando la pregunta como un azo para captar la atención de los presentes-. ¿A ti ta bién, Mona?
-No lo sé -respondió Mona, aunque lo cierto era que no sentía el menor miedo.
-No existe la más remota posibilidad de que sea ciego -afirmó Bea-. Es un asunto puramente teórico. ¿Es necesario que hablemos de ello? -preguntó, mi ando a Rowan.
Rowan siguió con la vista clavada en la tapia. Quién sabe, quizás observaba los rayos de sol que se reflejab sobre ella.
Mary Jane continuó resueltamente:
-No creo que vuelva a suceder nada semejante en la familia. Este tipo de brujerías están desfasadas, en esta época se utilizan otras artes mágicas...
-Cariño, en realidad no nos tomamos muy en serio eso de la brujería -dijo Bea.
-¿Conoces la historia de la familia? -preguntó Celia en tono solemne.
-¿Que si la conozco? Mejor que vosotros. Sé cosas que me contó mi abuela, que a su vez se las había oído al viejo Tobías, cosas que todavía están escritas en las paredes de esa casa. De niña solía sentarme en las rodillas de la anciana Evelyn. Una tarde Evelyn me contó muchas historias. Las recuerdo perfectamente.
-Pero el documento sobre nuestra familia, el documento elaborado por los de Talamasca... ¿No te lo enseñaron en la clínica? -preguntó Celia.
-Claro, me lo enseñaron Bea y Paige -contestó Mary Jane-. Me pincharon aquí -dijo, indicando un apósito que llevaba en el brazo, idéntico a otro que lucía en la rodilla-. Me sacaron suficiente sangre para ofrecérsela al diablo. Comprendo perfectamente la situación. Algunos de nosotros poseemos unos genes adicionales. Si se unen dos personas emparentadas que poseen una dosis doble de la doble hélice, puede que nazca un Taltos. Es posible, pero no seguro. Al fin y al cabo, muchos primos se han casado entre sí y no ha pasado nada, hasta que... Tienes razón, creo no deberíamos hablar de esto delante de ella.
Michael le dirigió una pequeña sonrisa de gratitud.
Mary Jane miró a Rowan, hizo un globo con el chicle que mascaba, lo aspiró y luego lo hizo explotar.
-Un buen truco -dijo Mona, riéndose-. Yo no sé hacerlo.
-Mejor -intervino Bea.
-Entonces ¿has leído el documento? -insistió Celia-. Es muy importante que conozcas todos los detalles.
-Sí, lo he leído de cabo a rabo -confesó Vlary Jane-, aunque había unas palabras que no comí rendía y tuve que buscarlas en el diccionario -añadió, dándose una palmada en su tostado muslo y soltando u: la carcajada-. En vista de que todos queréis ayudarm:, lo mejor que podéis hacer es pagarme unos estudios. Lo peor que me sucedió fue que mi madre me sacara le la escuela. Claro que de pequeña no quería asistir a a escuela. Me divertía más en la biblioteca pública, per o...
-Creo que tienes razón sobre lo de los gene s adicionales -dijo Mona- y también sobre la conven encia de que tengas unos estudios.
Muchos miembros de la familia poseían los cromosomas adicionales capaces de producir monstruos, pero no había nacido ninguno dentro del clan hasta que aquél trágico momento.
¿Y el fantasma que había sido un monstruo durante mucho tiempo, aquél capaz de hacer enloquecer a jóvenes mujeres y ensombrecer la casa de la calle primera con una nube de espinas y tinieblas? Había algo poético en los cadáveres que yacían aquí, a los pies e e la encina, bajo la hierba que en estos momentos pisaba Mary Jane, con su faldita vaquera de algodón y uin apósito de color carne en la rodilla, las manos apoyadas en sus estrechas caderas como una campesina, los zapatos de charol blanco cubiertos de barro y los sucios calcetines caídos.
Puede que las brujas de los pantanos fueran unas estúpidas, pensó Mona. Se plantan sobre la tumba de un monstruo y ni siquiera se dan cuenta. Claro que tampoco lo sabían las otras brujas de la familia; sólo la mujer que se negaba a hablar y Michael, el atlético y seductor guaperas de sangre céltica que estaba de pie junto a Rowan.
-Tú y yo somos primas segundas -le dijo Mary Jane a Mona, tratando de congraciarse con ella-. Qué curioso, ¿verdad? Tú aún no habías nacido cuando yo iba a casa de la anciana Evelyn y me daba un helado casero que ella misma hacía.
-No recuerdo que la anciana Evelyn hiciera helados caseros.
-Eran los mejores que he robado jamás. Mi madre me llevaba a Nueva Orleans para que...
-Te confundes de persona -interrump Mona.
Puede que esta chica fuera, una impostora, pensó Mona. Quizá ni siquiera fuera, una Mayfair. No, por desgracia era prima suya. Había algo en sus dos que le recordaban a la anciana Evelyn.
-No me confundo de persona -insistió Mary Jane-. Íbamos a casa de Evelyn para comer los iquísímos helados que hacía. Enséñame las manos. Son normales.
-¿Y qué?
-Trata de ser más amable, Mona -dijo Beatrice-. Tu prima se expresa de forma sencilla y desee vuelta.
-Fíjate en mis manos -dijo Mary Jane- . Cuando era pequeña tenía un sexto dedo en ambas manos. Un dedo pequeñito. Precisamente por eso mi madre me llevó a ver a la anciana Evelyn, ya que ella también tenía seis dedos.
-¿Crees que no lo sé? -contestó Mona . Me crié con la anciana Evelyn.
-Ya lo sé. Lo sé todo sobre ti. Tranquila, mujer. No pretendo ofenderte. Soy una Mayfair, como tú, tenemos los mismos genes.
-¿Quién te ha hablado de iní? -inquirió Mona.
-Mona -dijo Michael suavemente.
-¿Cómo es que no nos conocíamos? preguntó Mona-. Soy una Mayfair de Fontevrault. Prima segunda tuya, tal como has dicho. ¿Entonces por qué hablas con acento de Mississippi cuando se supone que has vivido muchos años en California?
-Es una larga historia. También viví un tiempo en Mississippi, en la granja Parchman, una experiencia que nó se la aconsejo a nadie -respondió Mary Jane sin inmutarse. Era imposible conseguir que esa chica perdiera la paciencia-. ¿Hay té helado?
-Por supuesto, querida. Enseguida te lo traigo. - respondió Beatrice.
Celia sacudió la cabeza avergonzada. Incluso Mona se sentía incómoda, y Michael se apresuró a disculparse.
-No te molestes, yo misma iré a buscarlo -dijo Mary Jane.
Pero Bea ya había desaparecido. Mary Jane siguió mascando el chicle y haciendo estallar un globito tras otro.
-Es espantoso -observó Mona.
-Como te he dicho, todo tiene su explicación. Podría explicarte cosas terribles de la época que pasé en Florida. Sí, he estado allí, y también en Alabama. Tuve que trabajar para conseguir suficiente dinero para regresár aquí.
-No me digas -soltó Mona.
-No seas sarcástica, Mona.
- Ya nos habíamos visto antes -dijo Mary Jane, continuando como si nada hubiera pasado-. Recuerdo cuando tú y Gifford Mayfair fuisteis a Los Ángeles para trasladaros desde allí a Hawai. Fue la primera vez que pisé un aeropuerto. Tú estabas dormida junto a la mesa, tumbada sobre dos sillas, y Gifford Mayfair nos invitó a comer. Fue una comida estupenda.
No hacía falta que se molestase en describirla, pensó Mona. Recordaba vagamente aquel viaje, y haberse despertado con el cuello entumecido en el aeropuerto de Los Ángeles, conocido por el gracioso nombre de LAX. Gifford le había dicho a Alicia que algún día debían llevar de vuelta a la casa a «Mary Jane».
Sin embargo, Mona no recordaba haber visto a una niña en el aeropuerto. Así que ésta era Mary Jane. Y ya estaba aquí. Debía de ser cosa de Gifford, que había obrado un milagro desde el cielo.
Bea regresó con el té helado.
-Aquí tienes, con mucho limón y azúcar, tal como te gusta, ¿verdad, cariño?
-No recuerdo haberte visto en la boda de Michael y Rowan -dijo Mona.
-Me quedé fuera -contestó Mary Jane, quitándole de las manos a Bea la taza de té en cuanto ésta se puso a su alcance y bebiéndose la mitad de un trago. Acto seguido se limpió la barbilla con el dorso de la mano. Llevaba las uñas pintadas de color violeta como la lisimaquia, pero la laca estaba desportillada.
-Te invité a venir -dijo Bea-. Te llamé tres veces y dejé un recado para ti en la tienda.
-Lo sé, tía Beatrice, sé que hiciste todo lo posible para que mamá y yo acudiéramos a la boda. Pero no tenía zapatos ni vestido ni sombrero. ¿Ves estos zapatos? Los encontré por casualidad. Hacía diez años que no me calzaba un par de zapatos decentes. Siempre llevaba zapatillas deportivas. Además, lo vi todo desde el otro lado de la calle. Y oí la música. Te felicito por la música que sonó en tu boda, Michael Curry. ¿Estás seguro de no ser un Mayfair? Pareces un Mayfair; posees al menos siete rasgos típicos de los Mayfair.
-Gracias, bonita, pero te aseguro que no lo soy.
-Eres un Mayfair de corazón -terció Celia.
-Desde luego -respondió Michael sin apartar ni un instante los ojos de la joven, aunque le dirigieran la palabra.
¿Qué es lo que verán los hombres en ese tipo de chicas?, se preguntó Mona.
-Cuando yo era pequeña -prosiguió Mary Jane- apenas teníamos nada, tan sólo una lámpara de queroseno, una nevera de hielo y una mosquitera en el porche. Mi abuela encendía cada noche la lámpara y...
eníais electricidad? -preguntó Michaelo - ¿Cuándo tiempo hace de eso? Debe de hacer pocos años.
-Se nota que no conoces esa Zona, Michael -dijo Celia. Bea asintió.
-Eramos unos «ocupas», Michael -contestó Mary.- Nos ocultamos en Fontevrault. La tía Beatrice puede decírtelo. De vez en cuando se presentaba el sheriff  y nos echaba de allí. Cogíamos nuestros bártulos y a a Napoleonville. Luego regresábamos y el sheriff nos dejaba tranquilas durante unos días, hasta que pasaba por allí el vigilante de un parque o alguien así en una embarcación y venía a fisgonear. en el porche habíamos instalado una colmena para conseguir miel. Podíamos pescar desde los escalones traseros de la casa. Teníamos numerosos árboles frutales, antes de que la glicina los devorara, como una gigantesca boa constrictor, y moras. Cogía todas las que me apetecía allí mismo, junto a la bifurcación del camino. Teníamos de todo. Además, ahora ya tengo corriente eléctrica. Hice la instación yo misma, conectándola al tendido de la carretera, al igual que hice con la televisión por cable.
-¿De veras lo hiciste? -preguntó Mona.
- Eso es ilegal, querida -dijo Bea.
-Por supuesto que 1o hice. Mi vida es lo suficientemente interesante, como para no tener que contar mentiras. Además, siempre he tenido más valor que imaginación -Mary Jane bebió ruidosamente otro sorbo de té unas gotas-. Está riquísimo. Me gusta muy dulce. Le habéis echado un edulcorante artificial, ¿verdad?
-Si -contestó Bea, entre horrorizada y avergonzada. Le había dicho que contenía mucho limón y "azúcar". Por otra parte, detestaba a la gente que comía y bebía sin guardar las formas.
-Parece mentira -dijo Mary Jane, pasándose de nuevo el dorso de la mano por la boca para limpiársela luego en la falda de algodón-. Este producto es cincuenta veces más dulce que cualquier otro tipo de edulcorante que se haya descubierto en la tierra hasta el momento. Por eso he decidido invertir en un edulcorante artificial.
-¿Cómo dices? -preguntó Mona.
-Tengo un asesor financiero que se ocupa de invertir mi dinero, aunque yo misma elijo las acciones que deseo adquirir. Tiene el despacho en Baton Rouge. He invertido veinticinco mil dólares en bolsa. Cuando me haga rica, repararé Fontevrault. Quedará como nueva. Tenéis ante vosotros a un futuro miembro de la lista de multimillonarios que publica Fortune.
Entonces Mona pensó que quizá no estuviera tan chiflada.
-¿Cómo conseguiste veinticinco mil dólares? -requirió Mona.
-No debes jugar con la electricidad, podrías haber sufrido un accidente mortal -le recriminó Celia.
-Gané cada centavo trabajando durante el viaje de regreso a casa, lo cual me llevó un año, pero no me preguntes cómo. Me metí en un par de negocios, pero ésa es otra historia.
-Podrías haber muerto electrocutada -insistió Celia-. ¡A quién se le ocurre manipular los cables del tendido eléctrico!
-Cariño, no estás ante un tribunal -intervino Bea. -Mira, Mary Jane -dijo Michael-, si necesitas
que alguien te ayude con la instalación eléctrica de tu
casa, no dudes en decírmelo. Lo haré encantado. ¿Veinticinco mil dólares?
Mona miró a Rowan. Ésta observaba las flores con el entrecejo levemente arrugado, como si las flores le hablaran en una lengua silenciosa y misteriosa.
A continuación Mary Jane les ofreció una detallada descripción de cómo había procedido, encaramándose a los cipreses del pantano, averiguando qué cables debía manipular y cuáles evitar. Les aseguró que se había puesto unos guantes gruesos y unas botas de goma. Puede que esa chica fuera realmente un genio, pensó entonces Mona.
-¿Qué otras acciones posees? -le preguntó a Mary Jane.
-No supuse que a una niña de tu edad le interesara el mercado bursátil -replicó Mary Jane, dando muestras de una supina ignorancia.
-Pues claro que me interesa -respondió Mona, imitando el tono de Beatrice-. Siempre me ha fascinado el mundo de la bolsa. Opino que los negocios son un arte. Todo el mundo sabe que soy muy aficionada a esas cosas. Pienso fundar un día mi propia sociedad inversora inmobiliaria. Supongo que sabes a qué me refiero.
-Por supuesto -contestó Mary Jane, soltando una divertida carcajada.
-Durante las últimas semanas me he dedicado a planificar mi propia cartera de acciones -dijo Mona.
De pronto se detuvo, como si se hubiera dado cuenta de que había caído en una trampa. Mary Jane ni siquiera la escuchaba. No le importaba que se burlaran de ella en Mayfair y Mayfair -aunque no se burlarían por mucho tiempo-, pero le fastidiaba que esa palurda le tomara el pelo.
Mary Jane miró a Mona y dejó de utilizarla como vehículo para su propio lucimiento. De vez en cuando, entre frase y frase miraba a Michael de hurtadillas.
-¿De veras? ¿Qué opinas del canal del consumidor en televisión? -le preguntó Mary Jane a Mona-. Creo que va a tener un éxito imponente. He invertido diez mil dólares en él. ¿A que no adivinas lo que ha pasado?
-Que la cotización de las acciones casi se ha doblado en los últimos cuatro meses -respondió Mona.
-Así es. ¿Cómo lo sabes? Eres una niña muy extraña. Pensé que serías una de esas jovencitas remilgadas de la alta burguesía, ya sabes, de esas que llevan lazos en el pelo y asisten al Sagrado Corazón. Supuse que ni siquiera te dignarías a hablar conmigo.
En aquel momento Mona sintió una leve punzada de dolor, dolor y compasión por esa chica, por cualquiera que se sintiera marginado, rechazado. Mona jamás había experimentado ese tipo de sensación, y se vio obligada a reconocer que aquella chica era muy interesante, pues había sido capaz de salir adelante con muchos menos recursos de los que disponía ella misma.
-Por favor, queridas, dejemos el tema de Wall Strect -señaló Beatrice-. ¿Cómo está tu abuela, Mary Jane? No nos has dicho una palabra sobre ella. Son las cuatro y debes marcharte pronto. No conviene que conduzcas de noche.
-La abuela está muy bien, tía Beatrice -respondió Mary Jane sin dejar de mirar a Mona-. ¿Sabes lo que le sucedió a la abuela cuando mamá vino a buscarme para llevarme a Los Ángeles? Yo tenía entonces seis años. ¿Has oído la historia?
Todo el mundo conocía esa historia. A Beatrice todavía le incomodaba recordarla. Celia miró a la chica como si fuera un mosquito gigante. El único que no parecía estar al corriente era Michael.
La historia era la siguiente: la abuela de Mary Jane, Dolly Jean Mayfair, tuvo que irse a vivir a la casa parroquial cuando su hija se marchó con la pequeña Mary Jane. Ahora hacía un año que les fue comunicado que Dolly Jean había muerto y había sido enterrada en la tumba familiar. Entonces se celebró un funeral por todo lo alto, porque cuando alguien llamó a Nueva Orleans para notificar lo ocurrido, todos los Mayfair se desplazaron a Napoleonville para entonar el mea culpa y lamentarse de haber dejado que la pobre anciana, Dolly Jean, acabara sus días en la casa parroquial. La mayoría de ellos ni siquiera habían oído hablar de ella.
La anciana Evelyn conocía a Dolly Jean, pero nunca había abandonado la casa de la calle Amelia para asistir a un funeral en el campo, y a nadie se le ocurrió preguntarle lo que opinaba al respecto.
Cuando Mary Jane llegó a la ciudad, ahora hacía un año, y oyó decir que su abuela estaba muerta y enterrada, soltó una carcajada ante las mismas narices de Bea.
-¡Qué va a estar muerta! -había dicho Mary Jane-. Se me apareció en un sueño y dijo: «Ven a buscarme, Mary Jane. Quiero regresar a casa.» He decidido ir a Napoleonville y quisiera que me dierais la dirección de esa casa parroquial.
Había repetido toda la historia para poner a Michael;al corriente. Éste la escuchaba con una expresión de asombro involuntariamente cómica.
-¿Por qué Dolly Jean no te comunicó en el sueño dónde se hallaba la casa parroquial? -preguntó Mona.
Beatrice le dirigió una mirada de reproche.
-No sé, el caso es que no lo hizo. Es un tema interesante. Yo tengo una teoría sobre las apariciones y el motivo de que a veces se confundan.
-Vaya novedad -soltó Mona.
-No te pases, Mona -dijo Michael.
Ahora me trata como si fuera su hija, pensó Mona indignada. Cierto que no le había quitado ojo de encima a Mary Jane, pero se lo había dicho de forma afectuosa.
-¿Qué sucedió, bonita? -inquirió Michael.
-Las personas ancianas no siempre saben dónde se encuentran -prosiguió Mary Jane-, pero sí saben de dónde proceden. Esto es justamente lo que pasó. Entré en la residencia de ancianos y vi en la sala de recreo o como lo llamen, a mi abuela. Ella me reconoció enseguida, aunque había trascurrido un montón de años, y me preguntó: «¿Dónde te habías metido, Mary Jane? Llévame a casa, querida. Estoy cansada de esperar que alguien venga a buscarme.»
La persona a la que habían enterrado no era su abuela.
Dolly Jean Mayfair estaba vivita y coleando, y todos los meses recibía un cheque de la Seguridad Social, aunque no llegara a verlo, dirigido a nombre de otra persona. Entonces se había efectuado una investigación para demostrarlo, tras la cual Dolly Jean Mayfair y Mary Jane Mayfair regresaron a la ruinosa casa de la plantación. Algunos miembros de la familia Mayfair les habían llevado comida y otros artículos de primera necesidad, pero Mary Jane los acogió disparando unos cartuchos contra unas botellas de refresco en el jardín y afirmando que eran perfectamente capaces de cuidar de sí mismas. Había ganado unos dólares, según dijo, y no quería que nadie se entrometiera en su vida.
-¿De modo que dejaron que tu abuela viviera contigo en esa casa inundada y medio derruida? -preguntó Michael de forma ingenua.
-Después de lo que le hicieron en aquella residencia de ancianos, confundiéndola con otra mujer que acababa de morir y grabando su nombre en una lápida, ¿qué derecho tenían a decirme lo que debía hacer? ¿Sabes lo que hizo el primo Ryan? ¿El primo Ryan de Mayfair y Mayfair? Se presentó en Napoleonville y formó un escándalo monumental.
-No me extraña -respondió Michael.
-Fue culpa nuestra -dijo Amelia-. Debimos ocuparnos de ellas.
-¿Estás segura de que no te criaste en Mississippi o Texas? -preguntó Mona-. Tu acento es una curiosa amalgama de todos los acentos del sur.
-¿Qué es una amalgama? En eso me llevas ventaja. Has recibido una buena educación. Yo, en cambio, me he educado a mí misma. Hay un mundo de diferencia entre nosotras. Existen algunas palabras que no me atrevo a pronunciar, y no sé descifrar los símbolos del diccionario.
-¿Te gustaría asistir a la escuela, Mary Jane? -preguntó Michael, cada vez más atraído por la joven y sin poder dejar de darle un apresurado repaso cada cuatro segundos con sus seductores e inocentes ojos azules.
Era demasiado listo para detenerse en sus pechos y caderas, ni incluso en su redondeada cabecita, la cual no es que fuese desproporcionada respecto al resto de su cuerpo, sino que resultaba atractivamente menuda. En última instancia, la impresión que producía Mary Jane era la de una joven ignorante, chiflada, brillante, desaliñada y atractiva.
-Sí, me gustaría mucho -contestó Mary Jane-. Cuando sea rica tendré un tutor particular como tiene Mona desde que se ha convertido en una rica heredera, alguien realmente preparado que sepa el nombre de todos los árboles, quién fue nombrado presidente diez años despúés de la Guerra Civil, cuántos indios había en Bull Run y que me explique la teoría de la relatividad de Einstein.
¿Cuántos años tienes? -preguntó Michael.
-Diecinueve y medio, si te interesa saberlo, guapo -contestó Mary Jane, hincando sus blancos dientes en el labio inferior al tiempo que alzaba una ceja y le guiñaba un ojo.
-¿Es cierta esa historia sobre su abuela? ¿De veras huste a recogerla y...?
-Claro que es cierta -terció Celia-. Ocurrió tal ~no dice Mary Jane. Creo que deberíamos entrar en la casa. Rowan parece disgustada.
-No sé -dijo Michael-. Puede que nos esté escuchando. No tengo ganas de entrar. ¿Puedes atender tú sola a tu anciana abuela?
Beatrice y Celia se miraron preocupadas. Si Gifford hubiera estado viva, también se habría sentido preocupada. «No está bien que la abuela viva en esa casa», había dicho Celia en repetidas ocasiones.
Ambas habían prometido a Gifford que se ocuparían del asunto. Mona lo recordaba perfectamente. Uno de los días en que Gifford se sintió con la obligación de preocuparse por los parientes que vivían desperdigados en distintos lugares, Celia le aseguró: «Descuida, iremos a visitarla con frecuencia.»
-Así es, Michael Curry, todo sucedió tal como lo he contado. Me llevé a mi abuela a casa y al llegar vimos que la terraza del piso superior estaba tal como la habíamos dejado. Aunque habían pasado trece años la radio, la mosquitera y la nevera seguían en el mismo sitio.
-¿En los pantanos? -preguntó Mona-. Un momento...
-Así es, cielo.
-Es cierto -confesó Beatrice con timidez-. Por supuesto, les proporcionamos sábanas y toallas nuevas y otras cosas. Queríamos instalarlas en un hotel o en una casa...
-Era nuestro deber -apostilló Celia-. Desgraciadamente, todo el mundo se enteró de esta historia. Por poco aparece publicada en la prensa. A propósito, querida, ¿has dejado a tu abuela sola en casa?
-No, está con Benjy, un trampero que vive en una chabola hecha con trozos de hojalata, cartón y ventanas que sacó de una casa abandonada. Le pago menos del sueldo mínimo para que vigile a la abuela y conteste a los teléfonos, pero no es deducible.
-¿Y qué? -desafió Mona-. Es un trabajador autónomo.
-Ya lo sé, ¿acaso crees que soy tonta? -replicó Mary Jane-. No os escandalicéis, pero Benjy ha descubierto la forma de ganar dinero fácilmente en el barrio francés vendiendo los atributos que Dios le ha dado.
-¡Dios mío! -exclamó Celia.
Michael se echó a reír y preguntó:.
-¿Cuántos años tiene ese tal Beny?
-En septiembre cumplirá doce -contestó Mary ane-. Es un chico muy majo. Su gran sueño es vender droga en Nueva York; el mío, es que estudie medicina en Tulane.
-¿Qué significa que le pagas para que conteste a los teléfonos? ¿Cuántos teléfonos hay en la casa? ¿Qué es exactamente lo que haces allí?
-Bueno, hice unos trabajillos para comprar unos teléfonos que me resultaban imprescindibles para hablar con mi asesor financiero. Además tenemos una línea que utiliza la abuela para llamar a mi madre, que está en un hospital en México.
-¿En un hospital en México? -preguntó Bea, atónita-. Pero si hace dos semanas me dijiste que había fallecido en California.
-Lo hice por educación, para ahorraros el disgusto yl as molestias.
-Pero ¿y el funeral? -preguntó Michael, acercándose a Mary Jane para echar un vistazo al escote de su blusa de poliéster-. Me refiero a la anciana que enterraron. ¿Quién era?
-Eso es lo peor -contestó Mary Jane-. Nadie lo sabe. No te preocupes por mi madre tía Bea, ella cree que se encuentra en el plano astral. A lo mejor es cierto. De todos modos, tiene los riñones hechos polvo.
-Eso no es exactamente cierto, me refiero a la mujer que enterraron -dijo Celia-. Creen que se trata...
-¿Es que no lo saben seguro? -preguntó Michael.
Puede que unos grandes pechos fueran una referencia para alcanzar el poder, había pensado Mona mientras observaba cómo Mary Jane se inclinaba hacia delante y reía histéricamente al tiempo que señalaba a Michael.
-Ese asunto de la mujer que enterraron, confundiéndola con tu abuela, es lamentable -dijo Beatrice-. Dame el teléfono del hospital donde está ingresada tu madre, Mary Jane.
-Yo no veo que tengas un sexto dedo -dijo Mona.
-No, ya no -contestó Mary Jane-. Mi madre hizo que un médico en Los Ángeles me lo amputara. Iba a decírtelo. También se lo amputaron a...
-Basta, niñas -protestó Celia-. Estoy preocupada por Rowan.
-No sabía... -dijo Marie Jane-. Me refiero...
-¿A quién te refieres? -pregunto Mona.
-Me encanta tu acento. Ojalá supiera expresarme con tanta elegancia como tú.
-Todo llegará -respondió Mona-. Todavía te queda mucho por aprender.
-Señoras y señores, la función ha terminado -declaró Bea-. Voy a llamar a tu madre, Mary Jane.
-Te arrepentirás de haberlo hecho, tía Bea. ¿Sabes qué clase de médico me amputó el sexto dedo en los Ángeles? Un curandero haitiano que practicaba el vudú. Lo hizo sobre la mesa de la cocina.
-Pero ¿por qué no desentierran el cadáver de esa pobre anciana para aclarar de una vez por todas su identidad? -Insistió Michael.
-Es que sospechan que... -empezó a decir Celia.
-¿Qué? -preguntó Michael. -Que tiene algo que ver con los cheques de la Seguridad Social -intervino Beatrice-. De todos modis, no es asunto nuestro. Por favor, Michael, olvídate de esa mujer.
¿Cómo es posible que Rowan no se diera cuenta, de lo que sucedía a su alrededor? Michael estaba encandilado con Mary Jane, se la comía con los ojos. Si eso no hacía reaccionar a Rowan, no lo conseguiría ni un terremoto.
-Según parece, llevaban bastante tiempo llamando a esa anciana Dolly Jean -dijo Mary Jane, dirigiéndose a Michael-. Yo creo que en ese geriátrico estaban todos locos. Por lo que he podido deducir, una noche acostaron a mi abuela en la cama de la otra anciana, y ésta falleció en la cama de mi abuela; y de ahí todo el lío. Enterraron a una extraña en la tumba de los Mayfair.
En aquel momento Mary Jane miró a Rowan y exclamó:
-¡Nos está escuchando! Estoy segura. Oye todo lo que decimos.
Si eso era cierto, Mary Jane era la única que lo había advertido. Rowan mantenía los ojos clavados en la tapia del jardín, indiferente a las miradas que se clavaron en ella. Michael enrojeció, como si se sintiera turbado por el comentario de Mary Jane. Celia escrutó el rostro de Rowan, dudando de que ésta fuera capaz de entender lo que decían.
-A Rowan no le sucede nada malo -afirmó Mary Jane-. Ya se le pasará. Hablará cuando desee hacerlo. Yo también puedo permanecer callada durante días como si estuviera muda.
Mona hubiera deseado preguntar: «Por qué no lo haces ahora?», pero en el fondo prefería creer que Mary Jane tenía razón. Quizá fuera una poderosa bruja. De todos modos, aunque no lo fuera Mona estaba segura de que saldría adelante.
-No os preocupéis por mi abuela -dijo Mary Jane, ya dispuesta a marcharse. Luego sonrió y se palmeó el muslo desnudo-. A lo mejor ha sido una suerte que sucediera eso.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Bea.
-Durante el tiempo que estuvo en el geriátrico, según dijeron apenas despegaba los labios, sólo hablaba consigo misma y se comportaba como si viera gente que en realidad no estaba allí. Pero ella sabe quién es. Habla conmigo y le gusta ver en la tele los seriales y programas como La rueda de la fortuna. Creo que le emocionó regresar a Fontevrault y encontrar las cosas en el ático tal como ella las dejó. Todavía es capaz de subir la escalera. De veras, no os preocupéis, no le pasa nada. De camino a casa compraré queso y galletas, y veremos una película en la tele o conectaré el canal de música country, que también le gusta. Se sabe de memoria la letra de muchas canciones. No os preocupéis, está perfectamente.
-Sí, querida, pero...
Por unos momentos, a Mona incluso le cayó bien su prima; admiraba a una chica capaz de cuidar de una anciana y componérselas a diario entre apósitos y cables de alta tensión.
Mona la acompañó hasta la puerta, la vio subirse a la furgoneta, de cuyo asiento trasero asomaban unos muelles, y partir envuelta en una densa humareda azul.
-Debemos ocuparnos de ella -dijo Bea-. Debemos sentarnos y hablar con calma del tema Mary Jane.
Mona estuvo de acuerdo. El «tema Mary Jane» definía perfectamente la situación.
Aunque esa chica no había demostrado estar en posesión de unos poderes sobrenaturales, ofrecía un aire interesante.
Mary Jane era una joven muy decidida, y la idea de invertir dinero de los Mayfair en vestirla y educarla resultaba irresistible. ¿Por qué no podía estudiar con este tutor que iba a liberar a Mona para siempre del tedio de asistir a la escuela? Beatrice se había empeñado en comprarle ropa antes de que abandonara la ciudad, y sin duda le había estado enviando ropa de segunda mano pero en perfecto estado.
Había otro pequeño motivo secreto por el que a Mona le había caído bien Mary Jane, uno que nadie imaginaría. Mary Jane se había presentado con un sombrero vaquero. Era pequeño y de paja, y al cabo de pocos minutos se lo empujó hacia atrás para que le colgara sobre la espalda. Pero antes de arrancar en aquella furgoneta desvencijada, se lo había encasquetado de nuevo.
Un sombrero vaquero. Mona siempre había soñado con lucir uno sobre todo cuando fuera rica y poderosa y viajara por el mundo en su avión privado. Durante aiaos había imaginado que se convertía en un magnate con sombrero vaquero que entraba en fábricas, bancos ya Bueno, el caso es que Mary Jane Mayfair tenía un sombrero vaquero. Con sus trenzas recogidas sobre la cabeza y su ceñida falda de algodón, presentaba un aspecto de lo más interesante. A pesar de todo, tenía aire de triunfadora. Incluso la desportillada laca de uñas color, violeta le daba un toque encantador.
En cualquier caso, no sería difícil constatarlo.
-Tiene unos ojos preciosos -comentó Beatrice cuando entraron de nuevo en el jardín-. Es una chíquilla adorable. ¿Te has fijado en ella? No sé cómo pude...  Esa mujer, su madre, siempre ha estado un poco loca, no debimos permitir que se fugara con la niña. La culpa de todo la tiene la enemistad que ha reinado siempreentre los Mayfair de Fontevrault y nosotros.
-No puedes cuidar de todos, Bea -le dijo Mona parsstranquilizarla-, como tampoco pudo hacerlo Gifford.
Pero procuraría hacerlo, y si ella y Celia no lo conseguían, lo haría Mona. Ésta había sido una de las revelaciones más asombrosas de aquella tarde, el hecho de que ella, Mona, formaba parte de un equipo; no permitiría que esa chica no alcanzara sus sueños, no mientras le quedara un soplo de vida en su joven cuerpo.
-Es una muchacha encantadora, a su estilo -reconoció Celia.
 -Sí, estaba muy graciosa con ese esparadrapo en la rodilla -murmuró Michael en voz alta sin darse cuenta-. Qué muchacha. Estoy de acuerdo con lo que dijo sobre Rowan.
-Yo también -dijo Beatrice-. Pero...
-¿Pero qué? -preguntó Michael, impaciente. -¿Y si Rowan se encierra para siempre en su mutismo?
-¡Qué ocurrencia! -exclamó Celia, dirigiendo a su hermana una mirada de reproche.
-¿Te parecía sexy ese espadradapo, Michael? -preguntó Mona intencionadamente.
-Pues sí, toda ella tenía un aire bastante sexy -respondió Michael-. Pero ¡a mí qué me importa!
Parecía sincero, y cansado. Quería regresar junto Rowan. Cuando aparecieron los otros en el jardín estaba sentado junto a Rowan, leyendo un libro.
A partir de aquella tarde, Mona habría jurado que Rowan tenía un aspecto distinto, los ojos más abiertos. una mirada más perspicaz, como si se estuviera formu ]ando una pregunta a sí misma. A lo mejor las palabra, de Mary Jane la habían beneficiado. Quizá le deberían pedir a Mary Jane que regresara, o puede que regresar: sin que nadie se lo pidiera. Mona tenía ganas de volvc a verla. Podía decirle al nuevo chófer que preparara la imponente limusina, que llenara los compartimento de cuero con hielo y bebidas y la llevara a la casa inunndada. Puesto que el coche era suyo, no había ningún problema. Lo cierto es que Mona aún no se había acos tumbrado a esas cosas.
Durante dos o tres días Rowan pareció haberse recuperado un poco. Mostraba siempre el entrecejo leve mente arrugado, lo cual, después de todo constituía una expresión facial.
Pero ahora, en esta apacible, solitaria y calurosa tarde veraniega...
Mona tuvo la sensación de que Rowan había empeorado. Ni siquiera el calor parecía afectarla. Permanecía inmóvil en aquella húmeda atmósfera, con la frente perlada de sudor, sin la presencia de Celia para enjugárselo y sin que ella hiciera el menor ademán para secarse la frente.
-Por favor, Rowan, di algo -le rogó Mona en un tono franco, casi infantil-. No quiero ser la heredera del legado si tú no lo apruebas. -Luego se apoyó en un codo, dejando que su melena pelirroja formara un velo entre ella y la verja del jardín. Así quedaban al resguardo de miradas indiscretas-. Vamos, Rowan. Ya oíste lo que dijo Mary Jane Mayfair. Sé que puedes oírme. Venga, haz un esfuerzo. Mary Jane dijo que nos estabas escuchando.
Mona alzó la mano para ajustarse el lazo del pelo. Pero no llevaba ningún lazo. No había vuelto a ponerse un lazo desde que murió su madre. Ahora llevaba el pelo sujeto con un pasador decorado con perlitas, que la estaba molestando. Al quitárselo, el cabello le cayó sobre los hombros.
-Mira, Rowan, si quieres que me vaya no tienes más que hacer un gesto, el que sea, y desapareceré sin más.
Rowan permaneció con la mirada fija en el muro del jardín, contemplando la lantana, el seto recubierto de florecillas marrones y anaranjadas. O puede que contemplara los ladrillos del muro.
Mona lanzó un suspiro, en un pequeño y petulante gesto de impaciencia. Lo había intentado todo, excepto pegarle cuatro gritos. Quizá fuera eso lo que le convenía a Rowan.
Pero no podía hacerlo.
Al cabo de unos minutos se levantó, se acercó a la tapia, arrancó dos ramitas de lantana y se las ofreció, como si Rowan fuera una diosa que estuviera sentada bajo una encina atendiendo las súplicas de la gente.
-Te quiero, Rowan -dijo Mona-. Te necesito.
Durante unos instantes los ojos se le empañaron de lágrimas. El verde intenso del jardín parecía cubierto por un velo. Mona sintió el latido de sus sienes y un nudo en la garganta. Luego experimentó una sensación de angustia, más desagradable que un ataque de llanto, como si de golpe recordara todas las cosas terribles que habían sucedido.
Esa mujer estaba herida, quizá de forma irreparable. Y ella, Mona, la heredera del legado, debía tener un hijo para que la cuantiosa fortuna de los Mayfair pasara un día a manos de éste. ¿Qué futuro aguardaba a Rowan? Seguramente no podría volver a ejercer la medicina, pero a ella no parecía importarle nada ni nadie.
De repente Mona se sintió sola, huérfana de cariño, como una intrusa. Tenía que marcharse de allí cuanto antes. Era una vergüenza que hubiera permanecido tanto tiempo en aquella casa, sentada a esa mesa, pidiendo perdón por haber tenido una aventura con Michael, por ser joven, rica, atractiva y capaz de parir hijos, por haber sobrevivido cuando su madre, Alicia, y su tía Gifford, dos mujeres a las que a la vez quería, odiaba y necesitaba, habían muerto.
Era una egoísta.
-No pretendía robarte a Michael -dijo en voz alta, dirigiéndose a Rowan-. Pero ¡basta, no hablemos más de ese tema!
Nada, ni la menor reacción. Sin embargo, los ojos grises de Rowan no mostraban una expresión ausente, no estaba soñando. Tenía las manos apoyadas en el regazo, una encima de la otra, en un pulcro gesto. La alianza de oro era tan fina que hacía que sus manos parecieran las de una monja.
Mona deseaba acariciarle una mano, pero no se atrevió. Podía pasarse media hora hablándole, pero no podía tocarla, no debía forzar un contacto físico con
Rowan. Ni siquiera se atrevía a depositar las ramitas de lantana en sus manos. Hubiera sido un gesto demasiado íntimo, como si se aprovechara de su silencio.
-No temas, no te tocaré. No te cogeré la mano para acariciarla o intentar averiguar a través de su tacto tu estado de ánimo. No te tocaré ni te besaré, porque si yo estuviera en tus condiciones no me gustaría que una cría pecosa y pelirroja lo hiciera.
Pelirroja, con pecas, ¿qué importancia tiene eso si no es para reconocer que aunque me haya acostado con tu marido tú eres la mujer misteriosa, poderosa, la mujer que él ama y siempre ha amado? Yo no significo nada para él. Tan sólo soy una jovencita que consiguió embaucarlo y acostarse con él. Y que aquella noche no tomó ninguna precaución. Pero no te preocupes, no es la primera vez que se me retrasa la regla. El me miraba tal como lo hizo esta tarde con esa chica, Mary Jane. Era algo puramente sexual, eso es todo. Estoy segura de que dentro de unos días me vendrá la regla, como de costumbre, y mi médico me largará otro sermón.
Mona cogió las ramitas de lantana que yacían sobre la mesa, junto a la taza de porcelana, y se alejó.
Por primera vez, al observar cómo las nubes se deslizaban sobre las chimeneas del edificio principal, se dio cuenta de que hacía un día espléndido.
Michael estaba en la cocina, preparando unos zumos, o mejor dicho el «brebaje», como solían llamarlo, una combinación de zumo de papaya, coco, pomelo y naranja. Lo había ensuciado todo de líquido y de unos indefinibles trozos de pulpa.
Mona pensó, aunque trató de no analizarlo, que Michael tenía un aspecto más saludable y atractivo cada día. Había estado haciendo gimnasia arriba, por consejo médico. Había engordado unos siete kilos desde que Rowan se despertó del coma y se levantó de la cama.
-A ella le gusta mucho -dijo Michael, como si hubieran estado hablando de su «brebaje»-. Lo sé. Bea comentó un día que era demasiado ácido, aunque no da la impresión de que Rowan lo considerase así, quién sabe -añadió, encogiéndose de hombros. -Creo que ha dejado de hablar por culpa mía -dio Mona.
Mona miró a Michael y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No quería romper a llorar delante de él. No quería dar un espectáculo. Pero se sentía muy triste. ¿Qué demonios pretendía de Rowan? Apenas la conocía. Era como si necesitara sentirse querida y protegida por la heredera del legado que había perdido la capacidad de perpetuar el linaje.
-No, tesoro -contestó él, sonriendo con suavidad para tranquilizarla.
-Le conté lo nuestro, Michael -dijo Mona-. No quería hacerlo. Fue la primera mañana que hablé con ella. Temí decírtelo. Creí que guardaba silencio porque estaba cansada. No supuse... No quise... Después de contárselo, no volvió a pronunciar palabra, ¿no es cierto, Michael? Se encerró en su mutismo el mismo día de mi llegada.
-Cariño, no te tortures -respondió Michael, pasando un trapo por la mesa. Hablaba con tono pausado, tranquilizador, pero estaba demasiado cansado para discutir, y Mona se sintió avergonzada-. Rowan dejó de hablar el día antes de que tú llegaras. Ya te lo dije. Debes prestar más atención. -Michael sonrió como burlándose de sí mismo y continuó-: En aquel momento no me di cuenta de que había dejado de hablar. Bueno, ahora viene el gran dilema -dijo, removiendo el zumo-. Echar o no echar un huevo.
-¿Un huevo? No puedes echarle un huevo a un zumo de frutas.
-¿Por qué no? Se nota que no has vivido en el norte de California, cariño. Es una receta riquísima y muy
saña. Lo malo es que los huevos crudos pueden producir salmonella. La familia no se pone de acuerdo sobre el asunto del huevo crudo. El domingo, cuando vino a vernos Mary Jane, debí pedirle su opinión.
-¡Mary Jane! -exclamó Mona, haciendo un gesto despectivo con la cabeza-. ¡Al cuerno con la familia!
-No estoy de acuerdo contigo -respondió Michael-. Beatrice piensa que los huevos crudos son peligrosos, y tiene razón. Por otro lado, cuando jugaba al fútbol en la escuela secundaria cada mañana me tomaba un batido con un huevo crudo. Pero Celia dice que...
-Bendito sea el Señor -dijo Mona, imitando a la perfección a Celia-. ¿Qué sabe la tía Celia sobre huevos crudos?
Estaba tan harta de que la familia se pasara el día hablando sobre lo que le gustaba y le disgustaba a Rowan, sobre los glóbulos rojos de Rowan, o el color de Rowan, que si volvía a verse mezclada en una absurda e inútil discusión de ese tipo se echaría a gritar.
O quizás estuviera harta del revuelo que se había organizado desde que le comunicaron que ella era la heredera. La gente no paraba de darle consejos, de preocuparse de su salud, como si ella fuera la inválida. Había escrito unos divertidos titulares en su ordenador:

A UNA JOVEN LE CAE ENCIMA UN MONTÓN DE DINERO, PROVOCÁNDOLE UNA CONMOCIÓN CEREBRAL O, UNA HUÉRFANA HEREDA BILLONES, ANTE LA INQUIETUD DE SUS ABOGADOS.

La palabra «inquietud» resultaba algo desfasada, pero le gustaba.
De pronto se sintió tan deprimida mientras estaba ahí en la cocina, charlando con Michael, que se echó a llorar como una criatura.
-Mira, tesoro, Rowan dejó de hablar el día antes de que tú llegaras, te lo aseguro -insistió Michael-. Recuerdo la última frase que pronunció. Estábamos sentados ante esa mesa. Rowan se tomó varias tazas de café. Dijo que se moría de ganas de beber café al estilo de Nueva Orleans, y yo se lo preparé. Habían pasado unas veinticuatro horas desde que despertó del coma y aún no había dormido nada. Estábamos charlando. Parecía cansada. De pronto dijo: «Me apetece salir al jardín. No, quédate Michael, quiero estar sola un rato.»
-¿Estás seguro que eso fue lo último que dijo?
-Segurísimo. Yo quería llamar a todos para informarles de que Rowan estaba perfectamente. Puede que eso la asustara. En todo caso, yo soy el culpable. A partir de aquel momento no volvió a decir palabra.
Michael cogió un huevo, lo cascó en el borde de la batidora, retiró la cáscara y depositó la clara y la yema en el vaso.
-No creo que tus palabras le hicieran daño, Mona. De veras, lo dudo mucho. Naturalmente, preferiría que no le hubieras contado que seduje a su prima menor de edad en el sofá del salón. Las mujeres tenéis la manía de contar siempre esas cosas -dijo Michael, dirigiéndole una mirada de reproche. El sol brillaba en sus ojos-. No os gusta que nosotros lo hagamos, pero vosotras siempre os vais de la lengua. En cualquier caso, no creo que oyera lo que le dijiste. Parece como si... todo le importara un comino.
Michael se detuvo, emocionado. El líquido que contenía el vaso tenía un aspecto más bien repugnante.
-Lo siento, Michael.
-No te preocupes, tesoro.
-No tengo ningún derecho a quejarme; yo estoy bien, la que está mal es ella. ¿Quieres que le lleve eso? Es una porquería, Michael. Me da náuseas.
Mona observó la espuma y el extraño color de la bebida.
-Tengo que batirlo -contestó Michael, colocando la tapa de goma en el vaso. Al oprimir el botón, sonó el desagradable ruido de las hojas al girar mientras el líquido saltaba dentro de la batidora.
Quizás hubiese sido mejor no saber que contenía un huevo crudo.
-Esta vez he añadido zumo de brécol -dijo Michael.
-Dios mío, no me extraña que se niegue a bebérselo. ¡Zumo de brécol! ¿Acaso quieres matarla?
-Se lo beberá de un trago, ya lo verás. Le encanta. Le gustan todos los zumos que le preparo. No recuerdo exactamente lo que contiene éste. Ahora, escúchame. Aunque Rowan no oyera tu confesión, no estoy seguro de que la hubiera sorprendido. Mientras permaneció en coma oía todo lo que se decía. Ella misma me lo dijo. Oyó las cosas que decían las enfermeras cuando yo no estaba presente. Por supuesto, nadie sabía lo de nuestra pequeña transgresión.
-¡Por el amor de Dios, Michael, no bromees! Esto es muy serio. Si en este estado existe el delito por violación de menores, te recomiendo que te pongas inmediatamente en contacto con su abogado. Le edad de consentimiento mutuo entre primos probablemente sea los diez años, y quizás exista una ley especial que la rebaje a ocho en el caso de unos Mayfair.
-No te hagas ilusiones, cariño -respondió Michael, sacudiendo la cabeza-. Pero volviendo al tema anterior, supongo que Rowan oyó las cosas que tú y yo dijimos cuando nos hallábamos junto a su cama. Estamos hablando de brujas, Mona, no lo olvides.
Michael se quedó serio y pensativo. Mona lo observó. Estaba más guapo, atractivo e interesante que nunca.
-No se trata de lo que dijera nadie -prosiguió. Michael al cabo de unos momentos. Se le veía triste, profundamente abatido, como suele sucederles a los hombres de su edad cuando se deprimen. Mona se asustó un poco-. Es por todo lo que padeció Rowan. Quizá lo último fue lo que...
Mona asintió. Trató de visualizar de nuevo la escena, tal como él se la había contado. La pistola, el disparo, el cuerpo que se desploma. El terrible secreto de la leche.
-No se lo habrás dicho a nadie, ¿verdad? -preguntó Michael, preocupado.
«Si se enterara de que se lo había dicho a alguien sería capaz de matarme en este mismo momento», pensó Mona.
-No, jamás se lo diré a nadie -contestó-. Sé guardar un secreto, pero...
-No me dejó tocar el cadáver -prosiguió Michael-. Insistió en transportarlo ella misma, aunque apenas podía dar un paso. Jamás olvidaré aquella escena. Lo demás, no sé, puedo asumirlo, pero ver a una madre arrastrar el cadáver de su hija...
-¿Fue eso lo que te afectó? ¿Que se tratara de su hija?
Michael no respondió, y se mantuvo con la mirada perdida en el infinito mientras el dolor y la preocupación desaparecían poco a poco de su rostro. Al cabo de unos minutos se mordió el labio y casi sonrió.
-No se lo cuentes jamás a nadie -murmuró-. Jamás. Nadie debe saberlo. Es posible que algún día Rowan desee hablar de ello. Quizá fuera eso lo que la llevó a encerrarse en su mutismo.
-Descuida, jamás se lo revelaré a nadie -contestó Mona-. No soy una niña, Michael.
-Lo sé, tesoro, lo sé -dijo él, mirándola con afecto. Durante unos breves instantes pareció más animado.
Luego volvió a sumirse en sus pensamientos, olvidándose de ella, olvidándose de ellos dos y del enorme vaso de zumo que había preparado. Parecía haber
abandonado toda esperanza, como si estuviera tan desesperado que nadie, ni siquiera Rowan, fuera capaz de ayudarlo.
-Por el amor de Dios, Michael, no debes hundirte. Rowan se pondrá bien, estoy segura.
Michael guardó silencio durante unos instantes. Luego murmuró con voz entrecortada:
-Se sienta en ese lugar, no sobre la tumba, sino junto a ella.
Mona temió que Michael rompiese a llorar. Deseaba acercarse a él y abrazarlo; pero lo habría hecho para consolarse a sí misma, no para ayudarle a él.
De pronto Mona se dio cuenta de que Michael estaba sonriendo, sin duda para tranquilizarla.
-Tendrás una vida plena y fructífera -dijo Michael con afabilidad-, pues los demonios han sido aniquilados, y alcanzarás el edén. -Luego se encogió de hombros con aire de resignación y añadió-: En cuanto a ella y a mí, nos llevaremos a la tumba los remordimientos por lo que hicimos o dejamos de hacer, o debimos hacer, o no hicimos el uno por el otro.
Michael suspiró, cruzó los brazos y se apoyó en la mesa, contemplando el sol, el jardín, las hojas verdes que se agitaban suavemente y la primavera.
Su discurso parecía haber finalizado.
Ahora volvía a ser el Michael de siempre, filosófico pero no vencido por la derrota.
Al cabo de unos momentos se incorporó, cogió el vaso y lo limpió con una vieja servilleta blanca.
-Eso es lo más agradable de ser rico -dijo.
-¿El qué? -preguntó Mona.
-Disponer de una servilleta de hilo cuando te apetece -respondió-. Y de pañuelos de hilo. Celia y Bea siempre los usan. Mi padre se negaba a utilizar pañuelos de papel. Hummm. Hacía tiempo que no pensaba en eso.
Luego se volvió hacía ella y le guiñó el ojo. Mona sonrió. Qué tontería. Pero ¿qué otra persona era capaz de guiñarle el ojo de esa manera? Nadie.
-¿Sabes algo de Yuri? -le preguntó Michael.
-No -contestó Mona. Le dolía oír pronunciar el nombre de Yuri.
-¿Le has dicho a Aaron que hace tiempo que no tienes noticias de él?
-Cientos de veces; esta mañana, tres. Tampoco él sabe nada. Está muy preocupado. Pero está decidido a no regresar a Europa, pase lo que pase. Vivirá aquí, con nosotros, hasta el fin de sus días. Siempre me recuerda que Yuri es increíblemente listo, como todos los investigadores de Talamasca.
-¿Crees que le ha sucedido algo malo?
-No sé qué pensar -contestó Mona con tristeza-. Quizá se haya olvidado de mí.
No deseaba ni pensar en esa posibilidad. Era demasiado espantosa. Pero uno tenía que afrontar las cosas. Yuri era un hombre de mundo.
Michael observó el zumo. Quizá Mona tuviese razón, pero en vez de arrojarlo por el fregadero cogió una cuchara y empezó a removerlo.
-Es posible que ese brebaje haga que Rowan recupere el habla -dilo Mona-. Cuando se haya bebido la mitad, dile lo que le has echado.
Michael soltó una carcajada profunda y seductora. Luego cogió la jarra del zumo y llenó un vaso grande.
-Acompáñame. Vamos a verla.
Mona dudó unos instantes.
-Prefiero que no nos vea juntos -dijo.
-Usa tus artes mágicas, tesoro. Ella sabe que seré su esclavo hasta el día que me muera.
La expresión de Michael se trastocó de nuevo. Miró a Mona con calma, casi fríamente, y ella volvió a comprender que estaba desesperado.
-Sí, desesperado -dijo Michael, esbozando una sonrisa que casi parecía una mueca. Y sin decir más, cogió el vaso y se dirigió hacia la puerta-. Vamos a hablar con ella, a ver si somos capaces de adivinar lo que piensa. Puede que entre los dos logremos descifrar su estado de ánimo. Quizá deberíamos volver a hacer el amor, tú y yo, sobre la hierba. Puede que eso la hiciera reaccionar.
Mona se quedó paralizada. ¿Es posible que hablara en serio? No, ésa no era la cuestión: lo desconcertante es que fuera capaz de decir semejante cosa.
Mona no contestó, pero supo lo que él sentía. Al menos, eso pensaba. Sin embargo, también sabía que no podía tener una certeza absoluta. Las experiencias dolorosas afectan a los hombres de la edad de Michael de forma distinta a como pueden afectar a una joven como ella. Mona lo sabía, con independencia de que mucha gente se lo hubiese explicado más o menos. Era una cuestión no tanto de humildad como de lógica.
Mona siguió a Michael a través del jardín hasta llegar a la parte trasera. Él llevaba unos vaqueros muy ceñidos y tenía una forma de caminar muy sexy. «¿Te parece bonito pensar en esas cosas?», se dijo Mona. El polo también se adhería a su cuerpo, resaltando la musculatura de sus hombros y espalda.
«No puedo dejar de pensar en ello; ojalá no se le hubiera ocurrido eso de hacer el amor sobre la hierba», pensó Mona. Estaba muy excitada. Los hombres siempre se quejaban de sentirse muy alterados ante la presencia de una mujer sexy. Pues bien, a ella le excitaban tanto las palabras como las imágenes: sus ceñidos vaqueros y las eróticas imágenes que invadieron su mente después del absurdo comentario que él había hecho.
Rowan se hallaba sentada junto a la mesa, en la misma posición en que Mona la había dejado. Las ramitas de lantana seguían, allí encima, algo desordenadas, como si Rowan las hubiera movido con un dedo.
Rowan tenía el ceño ligeramente fruncido, como si meditara sobre algo muy serio. Mona pensó que era una buena señal, pero decidió no decir nada para no infundirle falsas esperanzas a Michael. Rowan parecía no haberse percatado de la presencia de ambos. Permanecía con la mirada fija, contemplando las flores que crecían junto a la tapia.
Michael se inclinó y la besó en la mejilla. Luego depositó el vaso sobre la mesa. Rowan no se inmutó. La brisa agitaba un mechón que le caía sobre la frente. Michael cogió su mano derecha y la ayudó a sujetar el vaso.
-Bébetelo, tesoro -dijo Michael, en el mismo tono que había empleado con Mona, a la vez brusco y cariñoso.
Tesoro, tesoro, "tesoro" significaba Mona, Rowan o Mary Jane, o tal vez cualquier otra hembra. ¿Hubiera llamado también «tesoro» al cadáver que estaba enterrado en el agujero junto al de su padre? ¡Cómo hubiera deseado verlos Mona, por lo menos a uno de ellos! Todas las mujeres dé la familia Mayfair que se habían topado con él mientras huía lo pagaron con sus vidas. Excepto Rowan...
De pronto, Rowan le levantó el vaso y se lo llevó a los labios. Mona la observó, temerosa, mientras Rowan bebía el zumo sin apartar los ojos de las flores de la tapia; únicamente se apreciaba en ella un parpadeo natural y pausado, pero nada más. Todavía tenía el entrecejo levemente fruncido, como si estuviera enfrascada en sus pensamientos.
Michael también la observó, con las manos en los bolsillos, y de repente hizo algo muy extraño. Se refirió a ella en voz alta, como si Rowan no pudiera oírle. Fue la primera vez que hacía semejante cosa.
-Cuando el médico habló con ella -le explicó Michael a Mona-, cuando le dijo que debía someterse a pruebas, ella se levantó y se largó. Reaccionó co:mo si un extraño se hubiera sentado junto a ella en un banco del parque y le hubiera dicho alguna impertinencia. Estaba aislada, sola por completo.
Michael cogió el vaso, que presentaba un aspecto aún más repugnante que antes. A decir verdad, seguramente Rowan hubiera bebido cualquier cosa que él le hubiera dado.
El rostro de Rowan permaneció impasible.
-Podría llevarla al hospital para que le hicieran las pruebas. Estoy seguro de que no se resistiría. Siempre hace lo que le pido.
-¿Y por qué no la llevas?
-Porque cuando se levanta por las mañanas se pone un camisón y una bata. A veces le preparo ropa de calle, pero no quiere ponérsela. Sólo quiere el camisón y la bata. Supongo que prefiere quedarse en casa -respondió Michael con brusquedad.
Tenía las mejillas coloradas y los labios apretados, como si estuviera de malhumor.
-De todos modos, los análisis no la ayudarán a recuperarse -prosiguió-. Lo que le conviene es tomar muchas vitaminas. Los análisis sólo servirían para confirmar ciertas cosas. Tal vez no merezca la pena hacérselos.
Michael miró a Rowan. Hablaba con voz tensa, como si su enojo fuera en aumento.
De pronto depositó el vaso sobre la mesa, apoyó las manos a ambos lados de la misma y se inclinó hacia delante, con su mirada fija en Rowan. Esta no se movió.
-Te lo suplico, Rowan -murmuró Michael-. Regresa a mí.
-No la atosigues, Michael -protestó Mona.
-¿Por qué no? Rowan, te necesito. ¡Te necesito! -gritó Michael, golpeando la mesa con los puños.
Rowan parpadeó, pero fue el único movimiento que hizo.
-¡Rowan! -gritó de nuevo Michael, extendiendo los brazos como si quisiera agarrarla por los hombros y zarandearla para obligarla a reaccionar, pero no lo hizo.
Al cabo de unos instantes cogió el vaso, dio media vuelta y se marchó.
Mona se quedó inmóvil, atónita. Pero así era Michael. Mona sabía que había obrado de buena fe, aunque había sido una escena dura y desagradable.
Mona permaneció todavía un rato allí. Se sentó en la silla al otro lado de la mesa, frente a Rowan, el mismo lugar que había ocupado todos los días.
Lentamente, se fue serenando. No sabía con seguridad por qué se había quedado allí, pero le parecía un gesto de lealtad. Quizá no deseaba dar la impresión de ser la aliada de Michael. El remordimiento la invadía.
Rowan estaba muy guapa, si se prescindía del hecho de que no hablaba. Llevaba el cabello largo, casi hasta los hombros. Se la veía hermosa y ausente. Lejana.
-Sabes -dijo Mona-, probablemente seguiré viniendo aquí hasta que me indiques que no quieres verme más. Sé que eso no me absuelve, ni tampoco justifica mi insistencia. Pero puesto que sigues encerrada en tu mutismo, obligas a la gente a actuar, a tomar decisiones. Lo que quiero decir es que no podemos simplemente dejarte sola. Es imposible. Sería injusto.
Mona respiró hondo, sintiéndose más relajada.
-Soy demasiado joven para saber ciertas cosas -prosiguió-. No voy a decir que comprenda lo que te ha sucedido; sería una estupidez por mi parte.
Mona miró a Rowan; sus ojos parecían verdes, como si reflejaran el color del brillante césped primaveral.
-Pero... me preocupa lo que nos está sucediendo a todos, o a casi todos. Sé muchas más cosas que nadie, excepto Michael y Aaron. ¿Te acuerdas de Aaron?
Qué pregunta tan tonta. Claro que Rowan recordaría a Aaron, suponiendo que no hubiera perdido la memoria.
-Bueno, lo que quiero decir es que existe un hombre llamado Yuri. Ya te hablé de él. Creo que no lo has visto nunca; de hecho, estoy segura de ello. Se ha marchado y no sé nada de él. Estoy preocupada, y Aaron también. Es como si todo se hubiera paralizado... tú aquí; en el jardín, sin decir palabra, aunque las cosas nunca detienen su curso.
Mona se detuvo. Este sistema era peor que el otro. Resultaba imposible saber sí esta mujer sufría. Mona suspiró, apoyó los codos en la mesa y observó a Rowan. Habría jurado que Rowan la había mirado con disimulo y había apartado rápidamente la vista.
-Te pondrás bien, Rowan -murmuró Mona.
Luego contempló la verja de hierro, la piscina y el césped que cubría la parte delantera del jardín. La lisímaquia había florecido. Cuando Yuri se fue, las ramas estaban peladas.
Recordaba el día en que Yuri y ella estuvieron charlando en voz baja en el jardín.
«Pase lo que pase en Europa -le había dicho Yuri-, regresaré junto a ti.»
Mona no se había equivocado, Rowan la estaba mirando. La miraba directamente a los ojos.
Mona estaba tan asombrada que no pudo hablar ni moverse. Temía hacer un gesto y que Rowan apartara la vista. Deseaba creer que esto era una buena señal, que significaba que Rowan la perdonaba. Por lo me
nos, había conseguido captar su atención.
Mientras Mona la observaba, la preocupación de Rowan fue desapareciendo poco a poco y su expresión se tiñó de una elocuente e inconfundible tristeza. -¿Qué te pasa, Rowan? -preguntó Mona. Rowan emitió un pequeño sonido, como si carraspeara.
-No es Yuri -murmuró Rowan. Luego frunció de nuevo el ceño y sus ojos reflejaron temor, pero no retiró la mirada.
-¿Qué ocurre? -preguntó Mona-. ¿Qué es lo que has dicho sobre Yuri?
Mona tuvo la impresión de que Rowan seguía hablando, sin darse cuenta de que no emitía ningún sonido. -Háblame, Rowan -murmuró Mona-. Rowan... Mona se detuvo, como si no tuviera valor para continuar.
Rowan seguía mirándola. Al cabo de unos instantes levantó la mano derecha y se alisó su rubio cabello. Un ademán natural, normal, pero su mirada no lo era. Parecía esforzarse en transmitir a través de sus ojos lo que pensaba.
De pronto Mona oyó un sonido que la distrajo. Era la voz de Michael y la de otro hombre. Luego oyó el alarmante sonido de una mujer que no se sabía bien si lloraba o reía.
Mona se giró y vio a la tía Beatrice dirigirse precipitadamente hacia ellas por el camino empedrado que bordeaba la piscina, cubriéndose la boca con una mano y agitando la otra como si temiera caer de bruces y buscara un apoyo. Era ella a quien había oído llorar hacía unos instantes. Se le había deshecho el moño y el pelo le caía en greñas sobre la cara. Su vestido de seda estaba manchado de agua.
Michael y un hombre vestido con un traje oscuro seguían a Beatrice, caminando de forma apresurada y hablando entre ellos.
Beatrice sollozaba desconsoladamente. Sus tacones se clavaban en el césped, impidiéndole avanzar.
-¿Qué pasa, tía Bea? -preguntó Mona, levantándose.
Rowan se levantó también y observó a Beatrice avanzar torpemente por el césped; de pronto se torció un tobillo y estuvo a punto de caer. Al llegar junto a ellas, se dirigió directamente a Rowan.
-Es horrible -balbuceó Bea, jadeante-. Lo han matado. Lo ha atropellado un coche. Lo he visto con rnis propios ojos.
-¿A quién han matado, Bea? -preguntó Mona-. No te estarás refiriendo a Aaron...
-Sí -respondió Bea, asintiendo frenéticamente. Tenía la voz ronca y apenas era audible. Mona y Rowan se acercaron a ella mientras Bea seguía moviendo la cabeza como un autómata-. Lo han matado. Yo lo vi. El coche dobló la esquina de la avenida de St. Charles. Le dije a Aaron que iría a buscarlo, pero contestó que prefería venir dando un paseo. El coche lo embistió y pasó tres veces sobre su cuerpo.
Cuando Michael se acercó a ella y la abrazó, Bea se desplomó como si hubiera perdido el conocimiento. Michael la sostuvo para impedir que cayera al suelo y Bea apoyó la cabeza contra su pecho, llorando suavemente. El pelo le caía sobre el rostro y sus manos temblaban como pajarillos incapaces de remontar el vuelo.
El hombre del traje oscuro era un policía -Mona observó que llevaba una pistola debajo de la chaqueta-, un chino americano con un rostro sensible y muy expresivo.
-Lo lamento -dijo con marcado acento de Nueva Orleans. Mona nunca había oído hablar a un chino con ese acento.
-¿Lo han matado? -preguntó Mona en voz baja, mirando al policía y a Michael, quien trataba de consolar a Bea besándole la frente y acariciándole el cabello.
Mona jamás había visto a Bea llorar de ese modo.
De pronto cruzaron su mente dos ideas: que Yuri debía de estar muerto y que Aaron había sido asesinado, lo cual probablemente significaba que todos corrían peligro. En cualquier caso, la muerte de Aaron representaba una terrible tragedia para Bea.
Rowan se dirigió al policía y le habló con calma, aunque tenía la voz ronca y apenas se la oía en medio de la confusión y excitación de aquellos momentos.
-Quiero ver el cadáver -dijo Rowan-. ¿Puede acompañarme al depósito? Soy médico. Deseo verlo. Sólo tardaré unos minutos en vestirme.
Michael y Mona se quedaron atónitos. Sin embargo, la odiosa Mary Jane ya lo había dicho: «Nos está escuchando. Hablará cuando desee hacerlo.»
Gracias a Dios que Rowan había reaccionado por fin, recuperando el habla en aquellos dramáticos momentos.
Pese a su frágil aspecto y la voz ronca y forzada, su mirada era clara y firme. Rowan miró a Mona, sin hacer caso de la amable respuesta del policía, quien indicó que tal vez fuera preferible que no viera el cuerpo, dado que lo había atropellado un coche y se hallaba muy desfigurado.
-Bea necesita a Michael -dijo Rowan, sujetando firmemente a Mona por la muñeca-. Y yo te necesito a ti. ¿Quieres acompañarme?
-Desde luego -contestó Mona-. Iré contigo.










3

Había prometido a aquel pequeño hombre que entroría en el hotel al cabo de unos minutos. «Si entras conmigo todos se fijarán en ti -le había dicho Samuel-. No te quites las gafas de sol.»
Yuri estuvo de acuerdo. No le importaba esperar sentado en el coche unos minutos, observando a la gente pasar frente a las elegantes puertas del Claridge's. Tras el valle de Donnelaith, Londres era como un bálsamo.
El largo viaje hacia el sur en compañía de Samuel, conduciendo de noche por unas autopistas que hubiesen podido hallarse en cualquier lugar del mundo, le había puesto nervioso.
El recuerdo del siniestro valle seguía grabado en su memoria. ¿Qué le hizo pensar que era prudente ir allí solo, en busca de información sobre los diminutos seres y los Taltos? Por supuesto, había hallado justamente lo que andaba buscando. Y de paso alguien le había `:disparado una bala del calibre 38, que le alcanzó el hombro.
El incidente le causó un fuerte impacto emocional. amás lo habían herido de un disparo. Pero lo que más
le impresionó fue los enanos.
Sentado en el asiento posterior del Rolls, recordó de nuevo la inquietante escena: la noche encapotada, el pálido reflejo de la luna a través de las espesas nubes y el sonido fantasmagórico de los tambores y las gaitas que se propagaba a través de los riscos.
De pronto vio a los enanos formando un círculo v cantando, aunque las palabras que entonaban con sus voces de barítono le resultaban incomprensibles.
Yuri no estuvo seguro de que existieran hasta aquel momento.
Bailaban sin cesar, agitando sus cuerpos deformes al ritmo de sus cánticos, alzando sus cortas piernas y balanceándose de un lado a otro. Algunos bebían en jarras, otros en botellas. Llevaban las cartucheras sobre los hombros. De vez en cuando disparaban sus pistolas contra la oscura y ventosa noche mientras reían de forma histérica como salvajes. Los disparos sonaban sofocados, como unos petardos. El insistente batir de los tambores contrastaba con la melodía apagada y melancólica de las gaitas.
Cuando le alcanzó la bala Yuri supuso que le había disparado uno de esos misteriosos hombrecillos, tal vez un centinela. Pero se equivocaba.
Al cabo de tres semanas abandonó el valle.
Ahora se encontraba frente al hotel Claridge's. Dentro de un rato llamaría a Nueva Orleans para hablar con Aaron y Mona y explicarles el motivo de su prolongado silencio.
En cuanto al riesgo que corría en Londres debido a la proximidad de la casa matriz de Talamasca y de quienes trataban de matarlo, Yuri se sentía infinitamente más seguro ahí que en el valle, donde una bala le hirió el hombro.
Había llegado el momento de subir para encontrarse con el misterioso amigo de Samuel, que ya había llegado y cuyo aspecto Yuri desconocía. Había llegado el momento de hacer lo que el pequeño hombre le había
pidido. Le había salvado la vida y le había ayudado a fecobrar la salud, y ahora deseaba que Yuri conociera a su amigo, quien al parecer desempeñaba en este comejo drama un papel de gran importancia. Yuri se apeó del coche y el amable portero del hotel se apresuró a ayudarlo.
De pronto sintió un agudo dolor en el hombro. ¿Cuándo aprendería a utilizar la mano izquierda? Lo Vábía intentado varias veces, sin éxito. Soplaba un aire helado pero Yuri apenas tuvo tiempo de sentirlo, pues entró inmediatamente en el inmenso
y cálido vestíbulo del hotel. A continuación se dirigió hacia la amplia escalinata que había a su derecha.
Se escuchaban los suaves acordes de un cuarteto de cuerda que procedían del bar. El ambiente apacible del hotel serenó a Yuri, haciendo que se sintiera a salvo y feliz.
La cortesía de esos ingleses no dejaba de asombrarlo -el portero, el botones, el amable caballero con el que se cruzó en la escalera-; parecían no fijarse en su jersey viejo ni en sus sucios pantalones negros. Yuri pensó que eran demasiado educados.
Atravesó el segundo piso hasta alcanzar la puerta de la suite ubicada en la esquina, que Samuel le había descrito minuciosamente. Al ver que la puerta estaba abierta se adentró en un pequeño y acogedor recibidor, semejante al de una elegante mansión, que daba acceso a una estancia más grande, tan lujosa como había dicho el pequeño hombre.
Samuel estaba arrodillado, colocando unos troncos en la chimenea. Se había quitado la chaqueta de mezcliha, y la camisa blanca ponía de relieve sus brazos deformes y su joroba.
-Pasa, Yuri -indicó el enano sin levantar la vista.
Yuri se detuvo en el umbral. Junto a Samuel se hallaba el otro hombre, su amigo.
Éste presentaba un aspecto tan extraño como el del enano, pero en un sentido por completo distinto. Era extremadamente alto, aunque dentro de una normalidad. Tenía la tez pálida y el pelo oscuro y largo, lo cual contrastaba con el impecable traje de paño negro, la elegante camisa blanca y la corbata roja que llevaba. Tenía un aire decididamente romántico. Pero ¿qué significaba eso? Yuri no estaba seguro y, sin embargo, ésa fue la palabra que acudió de inmediato a su mente. El extraño no tenía un aspecto atlético -no era uno de esos gigantes del deporte que destacan en los juegos olímpicos televisados o en los ruidosos campos de baloncesto-, sino romántico.
Yuri lo miró a los ojos. Pese a su estatura, no le inspiraba temor. Su rostro era suave y juvenil, de rasgos casi afeminados, con largas y espesas pestañas y unos labios finamente perfilados. Sólo sus canas le daban cierto aire de autoridad, aunque su talante era amable y cordial. Sus ojos, grandes y castaños, observaron a Yuri con curiosidad. En general, presentaba un aspecto distinguido, a excepción de sus manos, excesivamente grandes. Yuri jamás había visto dedos tan largos y delgados como aquéllos.
-De modo que tú eres el gitano -dijo el hombre. Tenía una voz profunda y sensual, muy distinta al cáustico tono de barítono de Samuel.
-Entra y siéntate -indicó el enano con impaciencia mientras atizaba el fuego-. He pedido que nos suban algo de comer, pero cuando llegue el camarero quiero que te metas en el dormitorio. Prefiero que no te vea nadie.
-Gracias -respondió Yuri en voz baja.
De pronto se dio cuenta de que aún llevaba puestas las gafas oscuras. Al quitárselas, la iluminación de la estancia lo deslumbró. Estaba decorada al estilo clásico, con terciopelo de color verde oscuro y cortinas floreadas. Era una habitación agradable, en la que se advertía lá impronta de sus diferentes ocupantes.
El célebre hotel Claridge's. Conocía los hoteles más impoítantes del mundo, pero nunca había estado en el
laridge's. Las otras veces que estuvo en Londres se alojó en la casa matriz de la Orden.
-Mi amigo me comentó que te han herido -dijo el extraño, acercándose a Yuri y mirándolo con afecto.
Pese a su imponente estatura, Yuri no sintió el menor temor. De pronto, el hombre alzó las manos y extendió sus largos dedos, como si quisiera enmarcar el rostro de Yuri para examinarlo en detalle.
-_Estoy perfectamente. Me hirieron de un disparo, pero su amigo me extrajo la bala. De no ser por él, estaría muerto.
-Eso me ha dicho. ¿Sabes quién soy?
-No.
-¿Sabes qué es un Taltos? Eso es lo que soy yo.
Yuri no respondió. Jamás lo hubiera sospechado, como tampoco podía sospechar que existieran unos extraños y diminutos seres como los que había visto en el valle. Taltos significaba Lasher, un asesino, un monstruo, una amenaza. Se quedó atónito, incapaz de articular palabra. Observó el rostro del extraño pensando que, a excepción de las manos, nada hacía pensar que no: fuera simplemente un gigante humano.
-Por el amor de Dios, Ash -dijo el enano-, sé más discreto.
El espléndido fuego ardía con vigor. Después de limpiarse los pantalones, el enano se sentó en un amplio sillón, un tanto deforme, que parecía muy cómodo. Sus pies no alcanzaban el suelo.
Era imposible adivinar la expresión de su arrugado semblante. ¿Estaba realmente enojado? Su voz era lo único que reflejaba el estado de ánimo del enano, que tara vez dejaba traslucir a través de su mirada lo que pensaba o sentía. El intenso color rojo de su cabello confirmaba el tópico sobre el carácter colérico e impaciente de los pelirrojos. El enano comenzó a tamborilear con sus pequeños dedos sobre los brazos del sillón.
Yuri se dirigió al sofá y se sentó en un extremo del mismo, consciente de que el extraño se había acercado a la chimenea y contemplaba el fuego. Yuri no quería cometer la descortesía de observarlo fijamente.
-Un Taltos -dijo Yuri con una voz aceptablemente serena-. Un Taltos. ¿Por qué desea hablar conmigo? ¿Por qué quiere que le ayude? ¿Quién es usted, y por qué ha venido aquí?
-¿Has visto al otro? -preguntó el extraño, mirando a Yuri con una curiosa mezcla de franqueza y timidez. De no haber sido por sus desproporcionadas manos, cuyos nudillos eran demasiado prominentes, ese hombre podría haber representado el modelo ideal de belleza masculina.
-No, no llegué a verlo -contestó Yuri. -Pero ¿estás seguro de que ha muerto? -Sí.
El gigante y el enano. Yuri se contuvo para no soltar una carcajada. Los defectos del extraño le daban cierto atractivo, mientras que los defectos del enano le conferían a éste un aspecto maléfico. Era injusto, una broma de la naturaleza, una cuestión que sobrepasaba lo que Yuri consideraba comprensible.
-¿Tenía ese Taltos una compañera? -preguntó el extraño-. ¿Una hembra Taltos?
-No, su compañera era una mujer llamada Rowan Mayfair. Ya se lo conté a su amigo. Era su madre y al mismo tiempo su amante. Es lo que en Talamasca llamamos una bruja.
-Nosotros también -terció el enano-. En esta historia aparecen muchas brujas poderosas, Ashlar. Pero deja que este hombre te cuente la historia.
-Ashlar. ¿Es ése su nombre? -preguntó Yuri, sorprendido.
Cuatro días antes de abandonar Nueva Orleans, Aaron le había resumido la historia de Lasher, el demonio del valle. San Ashlar... Había repetido varias veces ese nombre. San Ashlar.
-Sí -dijo el extraño-. Ash es la versión abreviada, y que prefiero, de mi nombre. No pretendo ser descortés, pero puesto que prefiero el nombre de Ash, cuando me llaman Ashlar no suelo responder -añadió amablemente pero con firmeza. El enano soltó una carcajada y dijo:
-Yo lo llamo Ashlar para fastidiarlo y obligarle a ,prestar atención.
El extraño no hizo caso de ese comentario y siguió calentándose las manos ante el fuego. A la luz de las llamas, con los gigantescos dedos extendidos, ofrecía un aspecto depravado.
-¿Te molesta la herida? -preguntó el hombre, volviéndose hacia Yuri.
-Sí, aunque procuro disimularlo. Me hirieron en el hombro y cada vez que muevo el brazo me duele. Permítame que me recline en el sofá, así estaré más cómodo. Me siento desconcertado. ¿Quién es usted?
-Ya te lo dicho -respondió el extraño-. Prefiero que me hables de ti. Cuéntame tu historia.
-Ya te he explicado que este hombre es mi mejor amigo y confidente, Yuri -terció el enano con impaciencia-. Te he dicho que conoce la orden de Talamasca. Es más sabio que ningún otro ser vivo. Confía en él.Cuéntale lo que desea saber.
-Confío en usted -dijo Yuri-. Pero ¿por qué de sea conocer la historia de mi vida? ¿Para qué quiere esa información?
-Para ayudarte, por supuesto -respondió el extraño con un leve movimiento de cabeza-. Samuel me ha dicho que los hombres de Talamasca tratan de asesinarte. Me resulta difícil aceptarlo. Siempre he sentido gran afecto por la orden de Talamasca. Procuro protegerme de ella, como de todo lo que pueda limitar mis actuaciones. Pero los hombres de Talamasca no son mis enemigos... al menos no lo han sido durante mucho tiempo. ¿Quién te ha atacado? ¿Estás seguro de que se trata de miembros de la Orden?
-No, no estoy seguro -contestó Yuri-. Cuando me quedé huérfano, los de Talamasca me acogieron. Aaron Lightner es la persona que más me ayudó. Samuel lo conoce.
-Yo también -dijo el extraño.
-Durante toda mi vida he servido a la Orden, viajando por el mundo, cumpliendo misiones cuyo significado muchas veces desconocía. Por lo visto, aunque yo lo ignoraba, mis votos se basaban en mi lealtad hacia Aaron Lightner. Cuando Aaron se marchó a Nueva Orleans para investigar a una familia de brujas, las cosas se complicaron. Las brujas pertenecen a la familia Mayfair. Leí su historia en los archivos de la Orden antes de que me vedaran el acceso a ellos. El Taltos es hijo de Rowan Mayfair.
-¿Quién era el padre? -preguntó el extraño.
-Un hombre.
-¿Un ser mortal? ¿Estás seguro?
-Totalmente, pero existen otras consideraciones no menos importantes. Esa familia se ha visto perseguida durante muchas generaciones por un espíritu al mismo tiempo bondadoso y maléfico. El espíritu, que asistió al insólito parto, se apoderó de la criatura que llevaba Rowan Mayfair en su vientre. El Taltos nació completamente desarrollado y poseía el alma de ese espíritu. Le pusieron el nombre de Lasher. Que yo sepa, es su único nombre. Como le he dicho, ese ser ha muerto.
El extraño sacudió la cabeza, perplejo. Luego se sentó en un sillón, se volvió cortésmente hacia Yuri y cruzó sus largas piernas. Mantenía la espalda erguida, como si no lo turbara ni avergonzara su estatura.
-El hijo de dos brujos -murmuró el extraño.
-Sin duda -respondió Yuri.
-¿Por qué dices eso? -preguntó el extraño-. ¿Qué significa?
-Existen numerosas pruebas genéticas que así lo confirman. Los de Talamasca poseen esas pruebas. Algunos miembros de las distintas ramas de esa familia de brujas poseen unos genes extraordinarios. Los genes de los Taltos, que normalmente no son activados por la naturaleza, en este caso - bien a través de la brujería o de la posesión demoníaca- crearon un Taltos.
El extraño sonrió. Yuri observó que la sonrisa imprimía a su rostro una expresión más cálida y afectuosa, como si se sintiera satisfecho.
-Te expresas como todos los miembros de Talamasca -dijo el extraño-. Hablas como los sacerdotes de Roma, como si no pertenecieras a esta época.
-Me formé en sus textos, en latín -respondió Yuri-. La historia de ese ser, Lasher, se remonta al siglo XVII. La he leído de cabo a rabo, junto con la historia de esa familia, la cual posee una gran fortuna y poder, y sus tratos secretos con ese espíritu, Lasher. He leído centenares de documentos sobre ellos.
-¿De veras?
-No he leído nada sobre los Taltos, si a eso se refiere -replicó Yuri-. La primera vez que oí esa palabra fue en Nueva Orleans, cuando fueron asesinados dos miembros de la Orden al tratar de liberar a ese Taltos, Lasher, del hombre que lo mató. Pero no puedo revelarle esa historia.
-¿Por qué? Deseo saber quién lo mató.
-Se lo diré cuando le conozca mejor, cuando se haya sincerado conmigo, tal como he hecho yo.
-¿Qué puedo decirle? Me llamo Ashlar. Soy un Taltos. Hace siglos que no veo a otro miembro de mi especie. Sé que existen, he oído hablar de ellos, he procurado dar con ellos y en ocasiones casi lo conseguí. Pero al final siempre fallaba algo. Hace siglos que no toco a un ser de mi propia especie.
-Entonces debe de ser muy viejo -observó Yuri-. La vida de los seres humanos se cuenta por años, no por siglos.
-Sí, debo de ser muy viejo -contestó el extraño-. Tengo algunas canas, como habrás podido comprobar. Pero ¿cómo puedo saber los años que tengo, ni qué aspecto tendré cuando sea viejo o los años que tardaré en
convertirme en un ser decrépito e inútil? Cuando vivía feliz entre mis congéneres, era demasiado joven para aprender todo lo que iba a necesitar para este largo y solitario viaje. Dios no me concedió el don de una memoria sobrenatural. Como cualquier hombre normal y corriente, recuerdo algunas cosas con toda claridad; otras se han borrado de mi memoria.
-¿Le conocen los de Talamasca? -preguntó Yuri-. Debo saberlo. La orden de Talamasca era mi vocación.
-¿Era? Explícate.
-Como le he dicho, Aaron Lightner fue a Nueva Orleans. Aaron es un experto en brujos. Nosotros estudiábamos a los brujos.
-No divages -terció el enano-. Continúa.
-No seas grosero, Samuel -dijo el extraño suavemente pero con firmeza.
-No seas imbécil, Ash, este gitano se está enamorando de ti.
El Taltos miró a Samuel indignado. Durante unos instantes la ira se reflejó en su hermoso rostro, luego sacudió la cabeza y cruzó los brazos como quitando importancia al comentario del enano.
Yuri se quedó de una pieza. Le escandalizaba la falta de discreción y educación que imperaba hoy en día.
e sintió humillado porque era cierto que experimentaba cierta atracción hacia el extraño, muy distinta al sentimiento, más intelectual, que le inspiraba Samuel.
Yuri volvió la cabeza, dolido. No tenía tiempo de contar la historia de su vida, de cómo había caído bajo el dominio de Aaron Lightner y la fuerza y el poder que los hombres de acusada personalidad ejercían sobre él. Deseaba decir que no se trataba de nada erótico. Pero sí lo era, en la medida en que todo en la vida se basa en el erotismo.
El Taltos observó con frialdad al enano.
Yuri prosiguió:
-Aaron Lightner acudió a ayudar a las brujas Mayfair en sus incesantes batallas con Lasher. Aaron Lightner no llegó a averiguar de dónde procedía el espíritu. Sólo se sabía que en el año 1665 fue invocado por una bruja en Donnelaith.
»Cuando el espíritu asumió una apariencia mortal, después de causar la muerte de numerosas brujas, Aaron Lightner lo vio y supo de su propia boca que era el Taltos, que había habitado con anterioridad en un cuerpo humano, en tiempos del rey Enrique, y que había muerto en Donnelaith, el valle donde la bruja invocó su nombre.
»Esos datos no constan en los archivos de Talamasca que yo conozco. Apenas han transcurrido tres semanas desde que ese ser fuera asesinado. Sin embargo, es posible que se hallen en unos archivos secretos que alguien conoce. Cuando los de Talamasca supieron que Lasher se había reencarnado, por decirlo de alguna manera, lo persiguieron a fin de aniquilarlo. Es posible que asesinaran a varias personas inocentes. Lo ignoro. Sólo sé que Aaron no tuvo nada que ver con aquello y que se sintió traicionado por sus colegas. Por eso debo preguntarle a usted si ellos le conocen, si sus datos están en sus archivos secretos.
-Sí y no -respondió el extraño-. No parece que seas un mentiroso.
-No digas cosas extrañas, Ash -protestó el enano.
Estaba repantigado en el sillón, con sus cortas y deformes piernas extendidas, las manos enlazadas sobre su chaleco de lana y el cuello de la camisa desabrochado. En sus ojillos se reflejaba una curiosa luz.
-No era más que un comentario, Samuel. Ten un poco de paciencia --contestó el extraño, lanzando un suspiro-. En todo caso, eres tú quien dice cosas extrañas.
Ash parecía irritado. Tras unos instantes, se volvió hacia Yuri.
-Permíteme que responda a tu pregunta, Yuri -dijo, pronunciando su nombre con simpatía y familiaridad-. Probablemente los actuales miembros de Talamasca no sepan nada sobre mí. Sólo un genio sería capaz de desenterrar todas las historias sobre nosotros que se conservan en los archivos de Talamasca, suponiendo que esos documentos existan. Jamás he comprendido la importancia o el significado de esos documentos, los archivos de la Orden. Una vez, hace siglos, leí unos manuscritos y no pude evitar reírme. En aquellos tiempos el lenguaje escrito se me antojaba muy ingenuo. Actualmente, algunos escritos me producen la misma sensación.
Aquellas palabras sorprendieron a Yuri. El enano tenía razón; Yuri se sentía profundamente atraído hacia el extraño. Había perdido su habitual y prudente renuencia a confiar en los demás. Cuando uno se enamora se despoja de todo sentimiento de alienación y desconfianza, de forma que la aceptación del otro constituye una experiencia intelectualmente orgásmica.
-¿Existe algún lenguaje que no le parezca cómico? -preguntó Yuri.
-El argot moderno -contestó el extraño-, el realismo de las obras de ficción y el periodismo, rebosante de coloquialismos. Por lo general carecen de cualquier atisbo de ingenuidad; han perdido formalidad y se basan en una intensa condensación. Lo que se escribe hoy en día parece el chirriante sonido de un silbato comparado con las canciones que se solían cantar antiguamente.
Yuri se echó a reír y dijo:
-Tiene razón. Pero no es el caso de los documentos de Talamasca.
-No. Tal como he dicho, son melódicos y divertidos.
-De todas formas, hay documentos y documentos. ¿Está seguro de que no saben que usted existe?
-Cada vez estoy más convencido de ello. Pero continúe. ¿Qué fue de ese Taltos?
-Trataron de secuestrarlo, pero sus raptores murieron en el intento. El hombre que asesinó al Taltos mató también a los hombres de Talamasca. Antes de morir, esos hombres confesaron que disponían de un Taltos hembra, que hacía siglos que trataban de conseguir la unión entre un macho y una hembra de esa especie. Según dijeron, ése era el fin primordial de la Orden. El propósito oculto y clandestino. Esta revelación desmoralizó profundamente a Aaron Lightner.
-Lo comprendo.
Yuri prosiguió:
-Lasher, el Taltos, no pareció asombrarse ante esa noticia. Durante su primera encarnación, los de Talamasca habían tratado de llevárselo de Donnelaith, probablemente con la intención de obligarlo a unirse con la hembra. Pero Lasher no se fiaba de ellos y se negó a acompañar al hombre que pretendía secuestrarlo. En aquel tiempo era un sacerdote. Todos lo consideraban un santo.
-San Ashlar -apostilló el enano. Su voz pareció brotar no de entre las arrugas de su rostro, sino de su pesado tronco-. San Ashlar, que siempre aparece de nuevo.
El extraño inclinó levemente la cabeza mientras sus oscuros ojos castaños examinaban la alfombra como si tratasen de descifrar el complicado diseño oriental. Luego miró a Yuri, sin alzar la cabeza, de forma que sus pobladas cejas mantenían ocultos sus ojos.
-San Ashlar -dijo con melancolía.
-¿Es usted ese hombre?
-No soy un santo, Yuri. Espero que no te importe que te llame Yuri. Pero, por favor, no hablemos de santos.
-Por supuesto que puedes llamarme Yuri. ¿Me permites que te llame Ash y te tutee? Pero no has respondido a mi pregunta. ¿Eres el hombre que consideraban un santo? Hablas de cosas que sucedieron hace siglos mientras nosotros estamos sentados en esta habitación, junto al fuego, esperando que el camarero nos traiga unos refrescos. Contesta. No puedo protegerme de mis hermanos de la Orden si no me ayudas a entender lo que ocurre.
Samuel se levantó apresuradamente y se dirigió hacia la puerta de la habitación.
-Métete en el dormitorio, Yuri -dijo-. Vamos, desaparece.
Yuri se levantó, sintiendo por unos instantes un intenso dolor en el hombro, entró en el dormitorio y cerró la puerta tras él. La habitación estaba en penumbra; las elegantes cortinas filtraban la tenue luz matutina. Yuri descolgó rápidamente el teléfono, pulsó un número para obtener línea con el exterior y luego marcó el prefijo de Estados Unidos.
De pronto se detuvo, incapaz de contarle a Mona las mentiras que debía decir para protegerse. Deseaba también hablar con Aaron e informarle de lo que sabía, pero temió que el gigante y el enano le impidieran hablar con ellos.
En varias ocasiones, durante el trayecto desde Escocia, Yuri había intentado telefonear desde una cabina pública, pero el enano le había instado a subir de nuevo al coche para proseguir el viaje.
¿Qué podía decirle a su joven amada? ¿Qué podía revelarle a Aaron durante los escasos momentos de que dispondría para hablar con él?
Yuri marcó apresuradamente el prefijo de Nueva Orleans y el número de la casa de los Mayfair en la esquina de St. Charles con Amelia, y aguardó. De repente se dio cuenta de que en América era ya de noche.
Un error imperdonable, a pesar de las circunstancias. Al cabo de unos minutos respondió la voz de una mujer que Yuri conocía pero no logró identificar.
-Disculpe, llamo desde Inglaterra. Deseo hablar con Mona Mayfair -dijo-. Espero no haber despertado a toda la casa.
-¿Es usted Yuri? -preguntó la mujer.
-Sí -confesó él, sin asombrarse de que ésta hubiera reconocido su voz.
-Aaron Lightner ha muerto -dijo la mujer-. Soy Celia, la prima de Beatrice. La prima de Mona. Han matado a Aaron.
Se produjo una larga pausa durante la cual Yuri permaneció inmóvil, incapaz de pensar o visualizar nada. Sintió pánico, pánico de lo que significaban las palabras .de Celia; jamás volvería a ver a Aaron, no volvería a hablar con él, Aaron y él... Aaron había desaparecido para siempre.
Trató de decir algo, pero no consiguió articular palabra. Impotente, Yuri se limitó a pellizcar el cable del teléfono, un pequeño y absurdo gesto.
-Lo lamento, Yuri. Estábamos muy preocupados por usted, sobre todo Mona. ¿Dónde está? ¿Puede llamar a Michael Curry? Le daré su número.
-Estoy bien -respondió Yuri en voz baja-. Ya tengo su número.
-Mona está allí, en casa de Michael Curry. Querrán saber dónde está, si se encuentra bien y cómo ponerse en contacto con usted.
-Aaron... -musitó Yuri, desesperado, pero no pudo continuar. Hablaba con un hilo de voz, abrumado por las tremendas emociones que le nublaban la vista y comprometían su equilibrio, el sentido de su propia identidad-. Aaron...
-Fue atropellado de forma intencionada por un coche con un hombre al volante. Aaron acababa de salir del hotel Pontchartrain, donde había dejado a Beatrice con Mary Jane Mayfair. Él y Beatrice habían acompañado a Mary Jane al hotel. Beatrice se disponía a bajar al vestíbulo cuando oyó el ruido. Ella y Mary Jane presenciaron el accidente. El coche pasó varias veces sobre el cuerpo de Aaron.
-Entonces fue un asesinato -dijo Yuri.
-Sí. Han arrestado al individuo que lo hizo. Un asesino a sueldo. Fue contratado para atropellar a Aaron, pero afirma ignorar la identidad del hombre que lo contrató. Recibió cinco mil dólares en efectivo por el trabajo. Llevaba una semana intentándolo. Se había gastado la mitad del dinero.
Yuri sintió deseos de colgar el auricular. No podía seguir hablando. Al cabo de unos instantes, se pasó la lengua por el labio superior y dijo:
-Celia, le agradecería que diera un recado a Mona Mayfair y a Michael Curry de mi parte. Dígales que estoy en Inglaterra, que estoy bien. Me pondré en contacto con ellos muy pronto. Transmita mi pésame a Beatrice Mayfair. Transmítales a todos mi... afecto.
-Descuide, así lo haré.
Yuri colgó. Si Celia añadió algo más, él no lo oyó. El teléfono se quedó silencioso. Los colores pasteles de la habitación lo ayudaron a serenarse. La luz se reflejaba de forma tenue en el espejo. Los aromas de la habitación eran frescos y limpios.
Yuri experimentó una profunda sensación de enajenación, de falta de confianza en el futuro y en los demás. Roma. Su encuentro con Aaron. Aaron había desaparecido, no del pasado, pero sí del presente y del futuro.
Yuri permaneció inmóvil. Por unos momentos había perdido la noción del tiempo.
Al cabo de un rato comenzó a reaccionar. Tuvo la sensación de que llevaba horas plantado ante el tocador. Se dio cuenta de que Ash, el gigantesco extraño, había entrado en la habitación, pero no para alejarlo del teléfono.
De pronto la cálida y amable voz del extraño intensificó de forma dolorosa la angustia que sentía Yuri.
-¿Por qué lloras, Yuri? -preguntó Ash, con la pureza de un niño.
-Aaron Lightner ha muerto -respondió Yuri-. No quise llamarlo para informarle de que habían tratado de asesinarme. Debí decírselo. Debí prevenirlo...
La voz ligeramente corrosiva de Samuel, que se hallaba junto a la puerta, le interrumpió.
-Él lo sabía, Yuri. Tú mismo me dijiste que Aaron te aconsejó que no fueras al valle, te advirtió que andaban tras él.
-Sí, pero...
-No debes culparte por lo ocurrido -dijo Ash.
Yuri notó cómo las inmensas manos del extraño se posaban suavemente sobre sus hombros.
-Aaron... era mi padre -dijo Yuri con voz inexpresiva-. Aaron era mi hermano. Mi amigo.
Yuri experimentó una mezcla de remordimientos y dolor, junto al insoportable pavor que le inspiraba la muerte. En aquellos momentos le pareció imposible que Aaron hubiera desaparecido de su vida, pero sabía que con el tiempo acabaría aceptando la fría e implacable realidad.
De pronto se sintió como si fuera de nuevo un niño y se encontrara en la aldea de su madre, en Yugoslavia, junto a su lecho de muerte. Fue la última vez que había experimentado un dolor como el que sentía ahora. Yuri apretó los dientes, temiendo perder el control y echarse a llorar o a gritar.
-Lo mataron los de Talamasca -afirmó-. ¿Quién sino ellos? Lasher, el Taltos, ha muerto. Ellos son los culpables de todos los asesinatos. El Taltos mató a las mujeres, pero no a los hombres. Fueron los de Talamasca.
-¿Fue Aaron quien mató al Taltos? -preguntó Ash-. ¿Era él su padre?
-No. Pero amaba a una mujer de Nueva Orleans, que supongo estará destrozada por su muerte.
Yuri sintió deseos de encerrarse en el baño, aunque no sabía muy bien con qué objeto. Quizá para sentarse en el suelo de mármol, apoyar la cabeza en las rodillas v llorar.
Pero el enano y el gigante se lo impidieron. Alarmados y preocupados, le obligaron a regresar a la salita de la suite. Mientras el gigante le ayudaba a sentarse en el sofá, procurando no lastimarle el hombro, el enano se apresuró a ofrecerle una taza de té y unos pastelitos; un tentempié frugal pero apetitoso.
Yuri contempló el fuego, el cual parecía consumirse rápidamente. Admitió que se le había acelerado el pulso y que estaba sudando. Se quitó bruscamente el grueso jersey, lastimándose el hombro y olvidando que no llevaba nada debajo, y permaneció sentado con el torso desnudo, el jersey entre las manos.
De golpe oyó un leve ruido junto a él. Al volverse el enano le entregó una camisa blanca, envuelta en el papel de la lavandería. Yuri la desabrochó y se la puso. Le quedaba demasiado grande y supuso que pertenecía a Ash. Se arremangó las mangas y se abrochó varios botones, agradecido de que Samuel le hubiera dado algo con qué cubrirse. Se sentía cómodo con aquella camisa holgada. El jersey yacía a sus pies, sobre la alfombra. Yuri observó que tenía adheridas unas briznas de hierba, unas hojas y un poco de tierra.
-¡Y yo que creí que había sido un rasgo generoso por mi parte no comunicar a Aaron lo sucedido! -se reprochó Yuri con amargura-. No quería alarmarlo. Decidí esperar a que la herida cicatrizase y yo me sintiese recuperado del todo antes de ponerme en contacto con él y confirmarle que me encontraba perfectamente.
-¿Por qué pretendían los de Talamasca matar a Aaron Lightner? -inquirió Ash.
Había vuelto a su sillón y estaba sentado con las manos juntas, entre las rodillas, y la espalda tiesa como una vara. Era sin duda un hombre muy apuesto.
Yuri se sintió como si hubiera perdido el conocimiento y contemplara la escena por primera vez. Observó la sencilla correa negra y el reloj digital de oró en la muñeca de Ash. El enano pelirrojo se hallaba de pie junto a la ventana, que había abierto para airear la habitación. Yuri notó la gélida corriente de aire y vio que el fuego de la chimenea se avivaba.
-¿Por qué, Yuri? -repitió Ash.
-No lo sé. Confiaba en que estuviéramos equivocados, y que los de Talamasca no tuvieran nada que ver en este asunto, que no hubieran asesinado a unas personas inocentes, que fuera mentira que disponían de un Taltos hembra para obligarla a unirse con un macho de su especie. Me costaba creer que se propusieran cometer semejante barbaridad. Disculpa, no pretendo ofenderte...
-... por supuesto.
-Supuse que las aspiraciones de la Orden eran más nobles, que su trayectoria era absolutamente pura y transparente; unos eruditos consagrados al estudio y a sus archivos, que se abstenían de intervenir en lo que observaban; unos estudiosos de los fenómenos sobrenaturales. ¡Qué estúpido fui! Mataron a Aaron porque descubrió la verdad. Y por eso tienen que matarme a mí. La Orden debe proseguir su labor como si nada hubiera sucedido. Imagino que me estarán vigilando desde la casa matriz, para impedirme a toda costa la entrada. Supongo que tendrán los teléfonos controlados. Aunque quisiera no podría llamar allí, ni a Amsterdam ni a Roma. Si trato de enviar un fax lo interceptarán. Jamás bajarán la guardia ni dejarán de vigilarme hasta que haya muerto.
»De ese modo nadie podrá delatarlos, revelar a sus hermanos y hermanas el terrible secreto de esa Orden maléfica... lo cual parece confirmar las viejas máximas de la Iglesia católica: todo aquello que es sobrenatural y no proviene de Dios es diabólico. Su propósito de encontrar un macho Taltos para hacer que se una con la hembra...
Yuri levantó la vista. Ash estaba triste y pensativo. Samuel, apoyado en la ventana, que había vuelto a cerrar, también demostraba a través de las profundas arrugas de su rostro tristeza y preocupación. «Cálmate -pensó Yuri-, mide bien tus palabras. No te dejes llevar por la histeria.»
-Hablas de siglos como otros hablan de años -dijo Yuri, dirigiéndose a Ash-. La hembra de los Talamasca probablemente habría vivido siglos. Sin duda, ése era el propósito de la Órden: tejer una tela de araña tan pérfida y diabólica que ni el hombre moderno hubiese sido capaz de concebir semejante atrocidad. Es muy sencillo. Esos estúpidos hombres y mujeres aguardaban el momento de atrapar un Taltos, una criatura capaz de procrear con su compañera de modo tan rápido y eficaz que su especie no tardaría en dominar el mundo. Me pregunto a qué se debe que los invisibles y anónimos Mayores de la Orden se sientan tan seguros de sí mismos, tan convencidos de que no...
Yuri se detuvo bruscamente. No se le había ocurrido pensar en ello. ¡Por supuesto! ¿En cuántas ocasiones había estado en la misma habitación con un ser de aspecto mortal que no era humano? Ésta era la primera vez. Quién sabe cuántos seres de esa especie vivían en nuestro cómodo mundo y se paseaban tranquilamente como si fueran humanos mientras perseguían sus fines inconfesables. Taltos. Vampiros. El viejo enano, con su propio reloj, sus rencores y sus historias.
El enano y el gigante lo observaban en silencio. ¿Acaso habían acordado secretamente dejarlo hablar para que les revelara lo que ellos deseaban averiguar?
-¿Sabéis lo que me gustaría hacer? -preguntó Yuri.
-No -respondió Ash.
-Ir a la casa matriz de Amsterdam y matar a todos los Mayores. Pero seguramente no los encontraría allí. Quizá no hayan estado nunca en la casa matriz de Amsterdam. No sé quiénes son. Quiero que cojas el coche, Samuel. Debo ir a ver a mis hermanos y hermanas que se encuentran aquí, en Londres.
-No vayas -contestó Samuel-. Te matarán.
-No creo que en estos momentos se hallen todos en la casa. Es mi última esperanza;' nos hemos dejado engañar por un puñado de canallas. Quiero que me lleves en coche a la casa matriz que está en las afueras de Londres. Entraré rápidamente y, antes de que descubran mi presencia, hablaré con mis hermanos y hermanas y les obligaré a escucharme. ¡Debo hacerlo! Debo prevenirles, informarles de que han matado a Aaron.
Yuri se detuvo, perplejo, al comprobar que había alarmado a sus extraños amigos. El enano, con sus cortos y deformes brazos cruzados sobre su amplio pecho, presentaba un aspecto grotesco. Tenía el ceño fruncido. Ash se limitaba a observar a Yuri en silencio, pero visiblemente preocupado.
-¿Qué te importa lo que pueda pasarme? -inquirió Yuri dirigiéndose al enano-. En una ocasión me salvaste la vida, cuando me dispararon en el valle, pero nadie te pidió que lo hicieras. ¿Por qué? ¿Qué significo para ti?
Samuel soltó un pequeño gruñido, dando a entender que su pregunta no merecía respuesta.
-Quizás ambos seamos gitanos como tú, Yuri -dio Ash suavemente.
Yuri no respondió; no creía en los sentimientos que describía el extraño. No creía en nada, excepto en que Aaron había muerto. Imaginó a Mona, su pequeña bruja. Vio con toda nitidez su carita y su espléndida melena pelirroja. Vio sus ojos. Pero no podía sentir nada por ella. En aquellos momentos deseó con todas sus fuerzas tener a Mona junto a él.
-No tengo nada -murmuró.
-Escúchame, Yuri -dijo Ash-. Talamasca no fue fundada para investigar a los Taltos. Créeme. Aunque no conozco a los actuales Mayores de la Orden, antiguamente conocí a algunos y te aseguro que no eran unos Taltos, ni tampoco creo que los de ahora lo sean. ¿Qué imaginas que son, Yuri, unas hembras de nuestra especie?
Ash se expresaba con tono suave y pausado, pero enérgico.
-Las hembras Taltos son tan caprichosas e infantiles como los machos -apuntó Ash-. Una hembra, cansada de vivir entre otras hembras, se habría arrojado de inmediato a los brazos de ese ser, Lasher. ¿Qué sentido tiene que enviaran a unos hombres mortales a capturar ese trofeo y ese enemigo? Ya sé que desconfías de mí, pero quizá te sorprenda oír las historias que podría relatarte. Tranquilízate, tus hermanos y hermanas no han sido engañados por la Orden. Pero creo que tu tesis es acertada. No fueron los Mayores quienes empañaron el espíritu inicial de Talamasca, a fin de capturar a esa criatura llamada Lasher. Fue un pequeño grupo de miembros, que descubrió los secretos de esa antigua especie.
Ash se detuvo; parecía como si de pronto hubiera dejado de sonar una música en la estancia. Ash observó a Yuri con ojos francos y pacientes.
-Confío en que tengas razón -respondió Yuri con suavidad-. No soportaría que estuvieras equivocado.
-Nosotros tres conseguiremos descubrir la verdad -prosiguió Ash-. Sinceramente, aunque me caíste bien en cuanto te conocí y decidí ayudarte por una cuestión de solidaridad, de simpatía, ahora deseo ayudarte por otra razón. Recuerdo cuando no existía Talamasca. Recuerdo cuando sólo había un hombre. Las catacumbas entonces albergaban una biblioteca de una extensión no mayor que la de esta habitación. Luego los miembros pasaron a ser dos, tres, y más tarde cinco, diez. Recuerdo a sus fundadores. Sentía gran afecto hacia ellos. Mi propio secreto, mi propia historia, se oculta en sus archivos, esos archivos que han sido traducidos a lenguas modernas y almacenados electrónicamente.
-Lo que intenta decir Ash -intervino Samuel con un tono seco, tratando a la vez de contener su impaciencia-, es que no debemos permitir que subviertan y alteren la naturaleza de Talamasca. Los de Talamasca saben demasiado sobre nosotros y sobre otras muchas cosas. En mi caso no se trata de lealtad, sino de querer que me dejen en paz.
-Yo sí lo hago por lealtad -replicó Ash-. Por cariño y gratitud. Por múltiples razones.
-Es evidente -dijo Yuri.
Sintió que se apoderaba de él un profundo cansancio, el inevitable resultado de un tumulto emocional, el inevitable rescate, la imperiosa necesidad de dormir.
-Si este pequeño grupo de miembros de la Orden supiera que existo -dijo Ash en voz baja-, me perseguiría igual que hizo con Lasher. Tampoco es la primera vez que los seres humanos persiguen a los de mi especie. Las bibliotecas que guardan grandes secretos son muy peligrosas. Alguien puede penetrar en ellas y robarlos.
Yuri comenzó a llorar, en silencio, sin derramar una lágrima. Miró la taza de té. No había tomado ni un sorbo, y el té se había enfriado. Cogió la servilleta de hilo, la desdobló y se secó los ojos. Tenía un tacto áspero, pero no le importó. Estaba hambriento y le apetecía comerse uno de aquellos pastelillos, pero dadas las circunstancias le pareció una frivolidad.
-No pretendo ser el ángel guardián de Talamasca -continuó Ash-. Nunca lo pretendí. Pero la Orden se ha visto amenazada en varias ocasiones y no consentiré que nadie la perjudique o la destruya.
-Existen varias razones por las que una pequeña banda de renegados de Talamasca desearía atrapar a Lasher -dijo Samuel, dirigiéndose a Yuri-. Sería un magnífico trofeo. Puede que los humanos deseen capturar a un Taltos por motivos muy distintos de los que cabría imaginar. Quizá no sean unos hombres dedicados a la ciencia, a la magia ni a la religión; ni siquiera unos eruditos. Quizá sólo deseen contemplar a ese raro e indescriptible ser, hablar con él, estudiarlo y observar cómo se reproduce.
-O puede que decidan hacerlo pedazos -terció Ash-. O clavarle unas agujas para oírlo gritar de dolor.
-Es posible -dijo Yuri-. Quizá se trate de un complot fraguado fuera de la Orden por unos renegados o unas personas ajenas a la misma. Estoy cansado. Deseo acostarme en una cama. No sé por qué os he dicho cosas tan terribles.
-Yo sí -contestó el enano-. Tu amigo ha muerto. Yo no estaba allí para salvarlo.
-¿Mataste al hombre que trató de asesinarte, Yuri? -preguntó Ash.
-No, lo maté yo -respondió el enano-. En realidad, no pretendía hacerlo. Comprendí que si no lograba abatirlo volvería a disparar contra el gitano. Confieso que lo hice por diversión, dado que Yuri y yo no habíamos intercambiado aún palabra. Me enfurecí al ver que ese hombre le apuntaba con la pistola. El cadáver está en el valle. ¿Quieres ir a verlo? Probablemente los enanos lo dejaron en el mismo sitio donde cayó.
-De modo que así fue como sucedió -dijo Ash.
Yuri guardó silencio. Comprendió vagamente que debió ir en busca del cadáver de ese hombre y examinar sus documentos de identidad. Pero la herida del hombro y el accidentado terreno se lo impidieron. Le preocupaba la posibilidad de que el cadáver de ese hombre se perdiera para siempre en el valle de Donnelaith, que los enanos dejaran que se descompusiera.
Los enanos.
Antes de caer bajo el impacto de la bala, Yuri había contemplado el espectáculo de aquellos diminutos seres que bailaban sobre la hierba del valle como unos modernos gnomos deformes y maléficos. La luz de sus antorchas fue lo último que había visto antes de perder el conocimiento.
Cuando abrió los ojos vio a Samuel, su salvador, sosteniendo la pistola y la cartuchera. Su rostro era tan viejo y estaba tan arrugado como las raíces enmarañadas de un vetusto árbol. «Han venido a matarme -pensó Yuri-. Pero los he visto. Quisiera decírselo a Aaron. He visto a los enanos...»
-Es un grupo ajeno a Talamasca -dijo Ash, despertando bruscamente a Yuri de su pesadilla y atrayéndolo de nuevo hacia el pequeño círculo formado por los tres hombres-. No tiene nada que ver con la Orden.
«El Taltos -pensó Yuri-, he visto al Talcos. Estoy en una habitación con un individuo que afirma ser uno.»
De no ser porque el honor de la Orden había sido mancillado, y porque el dolor que sentía en el hombro le recordaba la violencia y la traición de que había sido objeto, Yuri se habría sentido profundamente impresionado por haber visto al Taltos. Pero ése era el precio que uno tenía que pagar por contemplar esas visiones. Todo tenía un precio, según le había dicho Aaron. Desgraciadamente, ya nunca podría contárselo.
-¿Cómo sabes que se trata de un grupo ajeno a Talamasca? -preguntó Samuel un tanto mordaz.
El enano presentaba un aspecto muy distinto al que tenía la noche en que se conocieron, vestido con un jubón raído y unos pantalones viejos. Sentado junto al fuego, parecía un horripilante sapo mientras contaba sus balas, llenaba los espacios vacíos de su cartuchera, bebía whisky y ofrecía la botella con insistencia a Yuri. Aquella noche Yuri se emborrachó como jamás lo había hecho. Necesitaba calmar su dolor.
«Eres como un gnomo maléfico...», le había dicho Yuri.
«Puedes llamarme así si lo deseas -le contestó entonces el enano-. Me han dicho cosas peores. Pero mi nombre es Samuel.»
«¿En qué idioma cantan?», había preguntado Yuri.
El persistente sonido de las voces y los tambores le enervaban.
«En nuestra lengua. ¡Cállate y déjame contar las balas!», replicó el enano.
Ahora, el enano se encontraba cómodamente instalado en un civilizado sillón y vestido con ropa civilizada, mientras contemplaba al prodigioso gigante, Ash, que seguía sin responder a la pregunta que le había formulado Samuel.
-Sí, ¿por qué crees que se trata de un grupo ajeno a la Orden? -preguntó Yuri, tratando de olvidar el frío, a oscuridad, los tambores y el intenso dolor producido ,Por el disparo.
-Su torpeza -contestó Ash-. El disparo de la pistola. El coche que atropelló a Aaron Lightner. Existen métodos más sencillos para matar a una persona. Los miembros de Talamasca lo saben bien; lo aprendieron estudiando a brujas, hechiceros y otros príncipes de lo maléfico. Nunca dispararían contra un hombre en el valle como si fuera un animal. Es inconcebible.
-Pero si la pistola es el arma del valle, Ash -indicó Samuel con tono burlón-. ¿Por qué no habrían de utilizarlas los brujos si las utilizan los enanos?
-Es el juguete del valle -respondió Ash sin perder la calma-. Lo sabes perfectamente, Samuel. Los hombres de Talamasca no son unos monstruos espiados y perseguidos que se ocultan en la selva y se dedican a aterrorizar a la gente. El peligro no proviene de los Mayores de la Orden. Se trata de un pequeño grupo de individuos ajenos a Talamasca, que descubrieron
cierta información y decidieron considerarla muy valiosa. Libros, discos de ordenadores... ¿Quién sabe? Quizá fueron unos sirvientes quienes les vendieron, esos secretos.
-Deben de creer que nos comportamos como niños -dijo Yuri-. Deben de tenernos por curas y monjas dedicados a archivar documentos y secretos en unos bancos de datos.
-¿Quién es el padre del Taltos? ¿Quién mató a éste? -preguntó de repente Ash-. Prometiste decírmelo si yo te revelaba lo que deseabas saber. ¿Qué más quieres? He sido más que franco contigo. ¿Quién es ese brujo capaz de prohijar un Talcos?
-Se llama Michael Curry -respondió Yuri-. Probablemente también intenten matarlo.
-No, no creo que lo hagan -dijo Ash-. Por el contrario, tratarán de que vuelva a procrear un Taltos. La bruja, Rowan...
-No puede tener más hijos -respondió Yuri-. Pero existen otras brujas en la familia. Una de ellas es tan poderosa que... -
Yuri notó que lo vencía el cansancio. Se pasó la mano derecha por la frente para despejarse, pero tenía la mano caliente. Al inclinarse hacia delante se sintió muy mareado, de modo que volvió a reclinarse en el sofá, lentamente, procurando no lastimarse el hombro, y cerró los ojos. Luego sacó del bolsillo del pantalón el billetero y lo abrió.
Yuri extrajo del billetero una pequeña fotografía escolar de Mona, en colores muy vivos. Su amada aparecía sonriendo, mostrando su blanca dentadura, el rostro enmarcado por su abundante cabellera pelirroja. Una bruja adolescente, simpática y cariñosa, pero una bruja al fin.
Yuri se limpió los ojos y los labios. La mano le temblaba de tal forma que el bello rostro de Mona parecía estar desenfocado.
Ash cogió la fotografía por el borde con sus largos dedos. El Taltos se hallaba de pie junto a Yuri, con una mano apoyada en el respaldo del sofá y la otra sosteniendo la fotografía mientras la examinaba en silencio.
-¿Pertenece a la misma rama familiar que la madre? -preguntó Ash suavemente.
Yuri le arrebató bruscamente el retrato y lo oprimió contra su pecho. Luego se inclinó de nuevo hacia delante, mareado, presa de un lacerante dolor en el hombro.
Ash se retiró con discreción y se dirigió hacia la chimenea. El fuego casi se había apagado. Apoyó las manos en la repisa de la chimenea y mantuvo la espalda erguida, en una postura casi militar, su oscuro y largo cabello cubriéndole el cuello. Desde el lugar donde se hallaba sentado, Yuri no distinguía sus canas, sólo su cabello castaño oscuro.
-Supongo que intentarán secuestrarla -dijo Ash, sin volverse, alzando la voz para que Yuri le oyera-. O quizás intenten secuestrar a otra bruja de la familia.
-Sí -contestó Yuri, ofuscado. ¿Cómo pudo pensar que no la amaba? ¿Cómo es posible que la sintiera tan lejos de él?-. ¡Tratarán de raptarla! ¡Dios mío! ¡Les hemos dado ventaja! -exclamó-. ¡Ordenadores! ¡Archivos! ¡El mismo sistema que utiliza la Orden!
Yuri se levantó apresuradamente. Sintió un intenso dolor en el hombro, pero no le importó. Seguía estrechando la fotografía de Mona contra su pecho.
-¿A qué te refieres? -preguntó Ash, volviéndose hacia él. El resplandor de las llamas iluminaba su rostro de forma que sus ojos parecían verdes como los de Mona y su corbata una mancha de sangre.
-¡A las pruebas genéticas! -respondió Yuri-. Toda la familia se ha sometido a unas pruebas para evitar que vuelva a nacer un Taltos. ¿No lo comprendes? En la clínica están compilando unos historiales médicos en los que constan datos genéticos y ginecológicos. Por medio de estos documentos esos canallas sabrán quién es una bruja y quién no. Estarán mejor informados que el estúpido Taltos. Dispondrán de un arma de la que él carecía. El Taltos intentó aparearse con numerosas mujeres de la familia y las mató. Todas ellas murieron sin darle lo que él deseaba, una hija. Pero...
-¿Me permites ver de nuevo la fotografía de la joven bruja pelirroja? -preguntó Ash con timidez.
-No -contestó Yuri.
Le latían las sienes y sintió que por su brazo se deslizaban unas gotas de sangre. Se le había abierto la herida.
-No -repitió, mirando a Ash.
Ash guardó silencio.
-No me pidas eso -dijo Yuri-. Te necesito. Necesito que me ayudes, pero no me pidas que te enseñe ahora su rostro.
Ambos se miraron y Ash asintió.
-Muy bien -dijo-. No te lo pediré. Pero te advierto que es muy peligroso amar a una bruja con tanta vehemencia. Supongo que lo comprendes, ¿no?
Yuri no respondió. Durante unos momentos lo entendió todo: que Aaron había muerto, que Mona corría peligro, que le habían arrebatado casi todo cuanto él amaba, que apenas le quedaban esperanzas de alcanzar algún día la felicidad, que se sentía demasiado cansado y dolorido para pensar con claridad, que deseaba tumbarse en la cama del dormitorio, la primera que veía desde que lo habían herido. Comprendió que jamás debió haber enseñado la fotografía a ese extraño que lo observaba con fingida amabilidad e infinita paciencia. Y también comprendió que él, Yuri, estaba a punto de derrumbarse.
-Vamos, Yuri -intervino Samuel de forma repentina pero amable, encaminándose hacia él con su torpe andar y extendiéndole su mano gruesa y deformeDebes dormir un rato. Cuando te despiertes te tendremos preparada una suculenta cena.
Yuri dio unos pasos pero se detuvo, resistiéndose a que el enano, que tenía tanta fuerza como cualquier hombre de estatura normal, lo condujera hacia el dormitorio. Yuri se volvió y miró a Ash, que permanecía junto a la chimenea.
Luego entró en el dormitorio y se desplomó sobreel lecho, y el enano le quitó los zapatos.
-Lo siento -dijo Yuri.
-No te preocupes -contestó el enano-. ¿Quieres que te cubra con la colcha?
-No, hace calor. Me siento cómodo, seguro.
Yurí oyó cómo se cerraba la puerta, pero no abrió los ojos. Notó que empezaba a sumirse en un profundo sueño que lo iba alejando de la realidad. De pronto vio a Mona sentada a los pies de la cama, invitándolo a aproximarse, a abrazarla. El vello que tenía entre las piernas era de un tono rojizo aún más oscuro que el de su cabello. Yuri abrió los ojos. Durante unos instantes sólo fue consciente de la oscuridad que lo rodeaba, una inquietante ausencia de luz. Luego advirtió que Ash estaba de pie junto a la cama, observándolo. Un temor instintivo lo obligó a permanecer inmóvil, con los ojos fijos en el abrigo de paño de Ash.
-Descuida, no te robaré la fotografía mientras duermes -murmuró Ash-. He venido a decirte que esta noche partiré hacia el norte para visitar el valle. Nos veremos mañana, cuando regrese.
-He cometido un error -respondió Yuri-. No debí enseñarte la fotografía. ¡Cuán estúpido he sido!
Yuri siguió contemplando el paño oscuro del abrigo. De pronto, ante su rostro vio los blancos dedos de la mano derecha de Ash. Yuri giró la cabeza lentamente y alzó la vista. La proximidad del rostro del gigante le horrorizó, pero no emitió ningún sonido. Miró sus ojos vidriosos, que lo observaban con curiosidad, y sus voluptuosos labios.
-Creo que me estoy volviendo loco -dijo Yuri.
-No -contestó Ash-, pero a partir de ahora procura ser más perspicaz. Duerme. No temas, estás a salvo. Samuel se quedará contigo hasta que yo regrese.









4

El depósito de cadáveres era pequeño, sucio, y consistía en unas pequeñas habitaciones con el suelo y los muros revestidos de baldosas blancas, unas tuberías oxidadas y unas mesas metálicas desvencijadas y tambaleantes.
Rowan, pensó que sólo en Nueva Orleans podía existir algo semejante. Sólo allí dejarían que una joven de trece años se acercara al cadáver para verlo y rompiera a llorar.
-Espérame fuera, Mona -dijo Rowan-. Quiero examinar el cuerpo de Aaron.
Las piernas le temblaban casi tanto como las manos. Era como el viejo chiste: Un hombre está sentado en un banco, presa de violentos tics, y cuando alguien le pregunta a qué se dedica contesta: «Soy neuro... neuro... neurocirujano.»
Con la mano izquierda apoyada en la mesa para sostenerse, levantó la sábana ensangrentada. El coche no había desfigurado su rostro; era Aaron.
Aquél no era lugar para rendirle homenaje, para recordar su bondad y sus vanos intentos de ayudarla. Sin embargo, en su mente conservaba una luminosa imagen capaz de borrar la suciedad, el hedor, la ignominia del cuerpo de un noble ser humano tendido sobre una mesa mugrienta.
Aaron Lightner en el funeral de su madre; Aaron Lightner tomándola del brazo y ayudándola a avanzar entre una multitud de parientes lejanos para aproximarse al féretro de su madre, consciente de que eso era lo que ella deseaba y debía hacer: contemplar el hermoso, maquillado-y perfumado cadáver de Deirdre Mayfair.
Ningún cosmético le había sido aplicado al rostro de este hombre que yacía aquí, indiferente a cuanto le rodeaba, con su cabello blanco lustroso como de costumbre, símbolo de su sabiduría y extraordinaria vitalidad. Sus pálidos ojos estaban entornados, pero inconfundiblemente muertos. Su boca mostraba una expresión amable y relajada, testimonio de una existencia vivida sin apenas amargura, odio o sarcasmo.
Rowan apoyó la mano sobre su frente y movió la cabeza de Aaron hacia un lado. Calculó que la muerte se había producido hacía menos de dos horas.
Tenía el pecho aplastado. La camisa y la chaqueta estaban empapadas de sangre. La muerte debió de ser instantánea. Tenía los pulmones destrozados y, probablemente, también el corazón.
Rowan le tocó suavemente los labios, separándolos como una amante que se dispusiera a besarlo. Notó que tenía los ojos húmedos y de repente experimentó una intensa sensación al recordar los aromas del funeral de Deirdre, la abrumadora presencia de flores blancas y perfumadas. Aaron tenía la boca llena de sangre.
Rowan observó sus ojos sin vida. «Te quiero», murmuró, inclinándose sobre él. Sí, había muerto instantáneamente a causa de las lesiones del corazón, no del cerebro. Rowan le cerró los párpados con suavidad.
¿Quién, en este agujero de mala muerte, podría practicar una autopsia? El hedor que brotaba de los cajones de cadáveres era insoportable.
Irritada, Rowan retiró la sábana con brusquedad. La pierna derecha estaba destrozada. Por lo visto, el extremo inferior del pie se había separado del resto y lo habían vuelto a introducir dentro del pantalón. La mano derecha mostraba sólo tres dedos; los otros dos habían sido amputados brutalmente. ¿Habría recogido alguien los dedos que faltaban?
Rowan oyó un chirrido de pasos. Era el detective chino que acababa de entrar. Las losas del suelo estaban tan sucias como el resto de la habitación.
-¿Se encuentra bien, doctora? -preguntó el detective.
-Sí -respondió ella-. Casi he terminado.
Rowan se dirigió al otro extremo de la mesa y apoyó la mano sobre la frente y el cuello de Aaron mientras pensaba, escuchaba y palpaba.
Aaron había muerto a causa del accidente de tráfico; así de simple y brutal. Si había padecido, su expresión no lo manifestaba. Si había luchado para no morir, Rowan tampoco podía adivinarlo. Beatrice lo vio cómo intentaba esquivar el coche. Según dijo Mary Jane: «Trató de evitar que éste lo atropellara, pero no lo consiguió.»
Rowan se apartó. Quería lavarse las manos, pero no sabía dónde hacerlo. Al fin se dirigió al lavabo, abrió el oxidado grifo y se las enjuagó. Luego cerró el grifo, se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta de algodón, salió de la habitación seguida del policía y entró en la pequeña antesala donde se hallaban los cajones con los cadáveres que nadie había reclamado.
Michael la estaba esperando allí, con un cigarrillo en la mano y el cuello de la camisa desabrochado. Parecía abrumado por el dolor y los problemas de una vida fácil.
-¿Quieres verlo? -preguntó Rowan. Todavía le dolía la garganta, pero no le preocupaba-. Su rostro está intacto, pero no mires el resto de su cuerpo.
-Prefiero no hacerlo -contestó Michael-. Jamás me he encontrado en una situación semejante. Si dices que está muerto, que el coche lo atropelló y que no se puede hacer nada, no quiero verlo.
-Lo comprendo.
-Este olor me produce náuseas. Mona se ha mareado.
-Yo ya estoy acostumbrada -contestó Rowan.
Michael se acercó a ella, la agarró por la nuca con su mano grande y curtida y la besó de forma torpe y brusca, muy diferente a cómo la besaba durante las semanas que ella permaneció en coma. Rowan se estremeció, separó sus labios y lo besó y abrazó con toda la fuerza de que era capaz.
-Tengo que salir de aquí -dijo Michael.
Rowan retrocedió unos pasos y dirigió la vista hacia el ensangrentado cadáver que yacía en la otra habitación. El policía chino había vuelto a cubrirlo con la sábana por respeto, o quizá simplemente por costumbre.
Michael observó las hileras de cajones alineados de la pared que había frente a él. El insoportable hedor se debía a los cadáveres que contenían. Rowan advirtió que un cajón estaba medio abierto, quizá porque no pudieron cerrarlo. De él asomaban el rostro moreno- de un cadáver y los rosados pies de otro que yacía sobre el primero. El rostro estaba cubierto de verdín, pero eso no era lo más espantoso, sino el hecho de que los dos cadáveres se hallasen apilados en un cajón, en una postura tan íntima como si fueran dos amantes.
-No soporto... -dijo Michael.
-Lo sé, vámonos -contestó Rowan.
Cuando subieron al coche, Mona ya había dejado de llorar. Permanecía silenciosa, mirando por la ventanilla y absorta en sus pensamientos, sin ganas de hablar. De vez en cuando se giraba para ver a Rowan y ésta le devolvía la mirada, sintiendo su fuerza y calor. Durante las tres semanas que había estado escuchando las confidencias de aquella adolescente -unas hermosas y poéticas declaraciones que a veces Rowan ni siquiera oía debido a su estado de ensoñación-, había acabado cogiéndole cariño.
La heredera, la que parirá el hijo a cuyas manos pasará el legado. Una adolescente dotada de un útero y las pasiones de una mujer experimentada. Una adolescente entre cuyos brazos había gozado Michael y que, en su generosidad e ignorancia, se olvidó de que éste padecía del corazón y podía morir de un ataque cardíaco en cualquier momento de frenesí sexual. Pero Michael no había muerto. Había abandonado su estado de invalidez y se había preparado para recibir a su esposa tras una larga ausencia. Los remordimientos abrumaban a Mona, haciendo que se sintiera desorientada, confundida.
Nadie pronunció ni una sola palabra mientras circulaban por la autopista.
Rowan iba sentada junto a Michael, apoyada en él, resistiendo los deseos de dormir, de dejarse arrastrar por unos pensamientos que fluían de forma ágil e imperturbable como las aguas de un río, unos pensamientos como los que la habían rondado durante varias semanas y a partir de los cuales irrumpían suavemente las palabras y las acciones. Unas voces que le hablaban a través del murmullo del agua.
Rowan sabía lo que debía hacer. Sería otro duro golpe para Michael.
Ninguno de ellos se sorprendió al ver la casa llena de gente y rodeada de policías. Tampoco hizo falta que nadie explicara a Rowan lo ocurrido. Nadie sabía quién había contratado al asesino a sueldo que acabó con la vida de Aaron Lightner.
Celia había acudido con el fin de tranquilizar a Bea, y dejó que ésta llorara y se desahogase en el cuarto de húespedes que solía ocupar Aaron en el segundo piso. Ryan Mayfair también se hallaba presente, como siempre vestido de forma impecable, ya fuese para asistir a un baile o la iglesia, advirtiéndoles sobre las medidas que debían adoptar.
Todos se volvieron para mirar a Rowan. Ella había visto sus rostros junto a su lecho. Los había visto desfilar ante ella mientras permanecía sentada en el jardín, inmóvil y silenciosa.
Se sentía incómoda con aquel vestido que Mona le había ayudado a elegir, y que no recordaba haber visto antes. Pero eso era lo de menos. Rowan estaba desfallecida de hambre y miró complacida el espléndido buffet al estilo Mayfair que habían dispuesto en el comedor.
Michael se apresuró a llenarle el plato antes de que lo hicieran otros. Rowan, sentada a la cabecera de la mesa, observó mientras comía los pequeños grupos que deambulaban a su alrededor. Se bebió con avidez un vaso de agua helada. Nadie le dirigía la palabra, por respeto o debido a un sentimiento de impotencia. ¿Qué podían decirle? La mayoría de ellos apenas estaban informados de lo ocurrido. Jamás llegarían a comprender su secuestro, como ellos lo llamaban, su cautividad o las agresiones que había sufrido. Eran buenas personas. La querían y se preocupaban por ella, pero no podían hacer nada, salvo dejarla en paz.
Mona estaba sentada junto a ella. De pronto, se inclinó hacia Rowan y la besó en la mejilla. Fue un gesto pausado, deliberado. Rowan pudo habérselo impedido, pero no lo hizo. Por el contrario, la asió de la muñeca, la atrajo hacia sí y le devolvió el beso, sintiendo el suave tacto de su piel y pensando vagamente cuánto debió gozar Michael al contemplar, acariciar y poseer esa piel.
-Voy a acostarme un rato -dijo Mona-. Si quieres algo estoy arriba.
-Te quiero a ti -contestó Rowan.
Lo dijo en voz tan baja que seguramente Michael no lo oyó. Michael estaba sentado a su derecha, entretenido con un plato colmado de comida y una cerveza helada.
-Bueno, voy a acostarme -repitió Mona. Su rostro reflejaba cansancio, tristeza y temor.
-Nos necesitamos mutuamente -dijo Rowan, con una voz tan queda que apenas resultaba audible.
Ambas se miraron fijamente, en silencio.
Mona asintió con un movimiento de cabeza y se marchó, sin ni siquiera despedirse de Michael.
«Una delicadeza, fruto del remordimiento», pensó Rowan.
De golpe oyó una sonora carcajada. Los Mayfair, con independencia de las circunstancias, siempre reían. Mientras ella agonizaba y Michael lloraba junto a la cabecera de su cama, Rowan había oído a menudo risas. Recordó que había pensado de forma fría y desapasionada, como si nada tuviera que ver con ella, en el contraste entre ambos sonidos. La risa es un sonido más perfecto que el llanto; fluye de forma espontánea y violenta, siempre melodiosa. El llanto suele ser un sonido reprimido, sofocado, humillante.
Michael se terminó el rosbif, el arroz y la salsa y apuró la cerveza. Alguien se apresuró a colocar junto a su plato otra lata de cerveza, y Michael se bebió la mitad de un trago.
-¿Crees que le conviene a tu corazón? -preguntó Rowan.
Michael no contestó.
Rowan miró su plato, que también estaba vacío. Eran unos glotones.
Arroz con salsa. Comida típica de Nueva Orleans. Rowan hubiese querido decirle a Michael cuánto la había conmovido que él mismo le diera de comer durante las semanas que permaneció en coma. Pero ¿de qué hubiera servido? El hecho de que él la amara era tan prodigioso co­mo todo cuanto le había sucedido a ella misma y a la gente de esta casa. Sí, todo había sucedido en esta casa. Sentía que pertenecía a este lugar con tanta intensidad como jamás lo había sentido con relación a ningún otro, ni siquiera al Sweet Christine que navegaba a tra­vés del Golden Gate. Estaba segura de que éste era su hogar, de que nunca dejaría de serlo, y mientras miraba su plato recordó el día en que Michael y ella recorrie­ron juntos la casa, cuando abrieron un armario en la cocina y encontraron esta maravillosa vajilla de porce­lana y cubertería de plata.
Sin embargo, todo esto podía desaparecer, podía serle arrebatado a ella y a los demás, por un remolino de aire caliente surgido de la boca del infierno. ¿Qué fue lo que le había dicho su nueva amiga, Mona Mayfair, pocas horas antes? «Esto no se ha terminado, Rowan.»
No, no se había terminado. ¿Y Aaron? ¿Habían lla­mado a la casa matriz para comunicar a sus viejos ami­gos lo sucedido? ¿O acaso iban a enterrarlo entre sus nuevos amigos y parientes políticos?
Los candelabros alumbraban la estancia desde la re­pisa de la chimenea. Aún no había oscurecido del todo. A través de los laurocerasos Rowan contempló el le­gendario color púrpura del cielo. Los murales mos­traban sus reconfortantes colores en la penumbra de la habitación, y las cigarras cantaban en las magníficas en­cinas, unas encinas que ofrecían consuelo y refugio; el aire tibio de la primavera penetraba en la habitación a través de las ventanas abiertas, aquí y en el salón, y qui­zás a través de las ventanas posteriores que daban a la enorme piscina desierta y a la tumba del jardín, donde yacían los cadáveres de sus únicos hijos.
Michael apuró su segunda cerveza, estrujó la lata y la depositó sobre la mesa con cuidado, como si temiera que fuera a caerse. No miró a Rowan. Observaba los
laureles, cuyas ramas rozaban las columnas del porche y los cristales de las ventanas de la parte superior de la ca­sa. Quizá miraba el cielo violáceo. Quizá escuchaba los cantos de los estorninos, que aparecían en grandes ban­dadas para devorar a las cigarras. Todo estaba traspasa­do por la muerte, ese baile, esas cigarras que revolotea­ban de un árbol a otro, aquellas bandadas de pájaros que atravesaban el cielo al atardecer, sólo por la muerte, una especie que devoraba a otra.
«Así es», había dicho Rowan el día que despertó, con el camisón, las manos y los pies manchados de ba­rro, junto a la tumba recién cavada donde reposaban sus hijos. «Así es, Emaleth. Una cuestión de supervi­vencia, hija mía.»
Por una parte, deseaba regresar junto a la tumba del jardín, a la mesa de hierro forjado que había debajo del árbol, a la danza macabra de los pájaros que invadían el cielo violáceo con sus maravillosos cantos. Por otra parte, no se atrevía. Temía que si volvía a sentarse a aquella mesa abriría los ojos y comprobaría que había pasado una noche, o quizá más... La espantosa y trági­ca muerte de Aaron la pillaría por sorpresa y le diría: «Despierta, te necesitan. Ya sabes lo que debes hacer.» ¿O acaso fue el mismo espíritu de Aaron el que le había susurrado al oído? No, no había sido nada tan claro o personal.
Rowan miró a su marido. El hombre sentado con la espalda encorvada, estrujando una lata de cerveza hasta convertirla en un objeto redondo y casi plano, con la mirada fija en las ventanas.
Un hombre al mismo tiempo maravilloso y terrible, increíblemente atractivo a sus ojos. El horrible y vergon­zoso hecho era que su amargura y sufrimiento lo habían vuelto aún más atractivo; lo habían marcado maravillo­samente. Ya no parecía tan inocente como antes, tan di­ferente del hombre que era en realidad. Su verdadero yo afloraba a través de su hermosa piel y modificaba la textura de todo su ser, confiriéndole a su rostro cierta ferocidad, junto a numerosos y sutiles matices.
Unos colores apagados. Michael le había hablado una vez sobre los colores «apagados», en los días felices de recién casados, antes de descubrir que su hijo era un duende. Michael le explicó que en la época victoriana pintaban las cosas con colores «apagados». Eso signifi­caba oscurecer un poco los tonos para hacerlos más sombríos, matizados y complejos. Todas las casas vic­torianas de América estaban pintadas en esos tonos. Eso fue lo que le había dicho Michael. A él le encanta­ban aquellos rojos marronáceos, el verde oliva y el gris plomizo, pero no sabía qué palabra emplear para des­cribir el gris del atardecer o el verde profundo de las sombras, los tonos de la oscuridad que se cernía sobre la casa violeta con sus alegres postigos.
Quizá Michael se sentiera «apagado». ¿Era eso lo que le había ocurrido? ¿O no era ésa acaso la palabra que definía la expresión melancólica de sus ojos, o la forma en que su rostro revelaba tan poco, a primera vista, sin por ello mantener una expresión mezquina y cruel?
Michael la miró. Sus ojos cambiaban constante­mente de expresión y hasta de color. Cuando se volvían azules, casi parecían sonreír. «Hazlo otra vez -pensó Rowan-. Mírame otra vez con esos ojos grandes y azules y deslumbrantes.» ¿Era quizás un inconveniente tener unos ojos como los de Michael?
Rowan extendió la mano y le acarició la incipiente barba que cubría su rostro, barbilla y cuello. Luego acarició su fino cabello negro y las escasas canas, de tacto más áspero, hundiendo los dedos en sus rizos.
Michael se inclinó bruscamente hacia delante, como sobresaltado, volvió la vista de forma lenta y cautelosa, sin mover la cabeza, y la miró.
Rowan retiró la mano al mismo tiempo que se le­vantaba, y él también se puso en pie.
Michael la tomó del brazo y Rowan advirtió que le temblaba la mano. Luego le apartó la silla y ella dejó que sus cuerpos se rozasen al pasar junto a él.
Subieron la escalera en silencio y con rapidez.
El dormitorio presentaba el mismo aspecto de siem­pre, sereno, cálido, tal vez en exceso. La cama estaba destapada para que ella pudiera acostarse en el momen­to que lo deseara.
Rowan cerró la puerta y echó el pestillo. Michael se quitó la chaqueta. Ella se desabrochó la blusa, se la qui­tó y la dejó caer al suelo.
-Supuse que la operación que te practicaron... -di­jo él.
-No, estoy bien. Quiero hacerlo.
Michael se acercó y la besó en la mejilla, haciendo que girase la cabeza. Rowan sintió su barba áspera, sus rudas manos estirándole del pelo mientras la obligaba a echar la cabeza hacia atrás. Ella le tiró de la camisa.
-Quítatela -dijo.
Al desabrocharse la falda, ésta cayó al suelo. Estaba muy delgada, pero no le importaba su aspecto. Quería verlo a él. Michael estaba desnudo, con el pene erecto.
Rowan le acarició el vello negro y rizado del pecho y le pellizcó los pezones.
-Me haces daño -murmuró él, estrechándola en­tre sus brazos y aplastando sus pechos contra el suyo. Ella introdujo la mano entre sus piernas y le acarició el miembro, duro, dispuesto para penetrarla.
Rowan se encaramó sobre la cama, avanzando por ella de rodillas, y se tumbó sobre la sábana de algodón. Al cabo de unos segundos sintió el peso de él, sus gran­
des huesos aplastándola, su cabello, el dulce olor de su cuerpo y su perfume, sus uñas arañándole la piel, sus movimientos bruscos y excitantes.
-Hazlo rápido -exigió ella-. La segunda vez lo haremos más despacio. Vamos, quiero sentirte dentro de mí.
Pero él no necesitaba ningún otro estímulo. -¡Hazlo con fuerza! -murmuró ella, apretando los dientes.
Michael la penetró. El tamaño del miembro la sor­prendió, y le produjo dolor. Pero era un dolor exqui­sito, perfecto. Rowan intentó retener el pene, pero los músculos de su vagina estaban débiles y doloridos y no obedecieron. Su maltrecho cuerpo la había traicio­nado.
No importaba. Michael la embistió con fuerza has­ta conseguir que alcanzara el orgasmo, súbitamente, sin gritos ni suspiros.
Rowan se hallaba fuera de sí, con el rostro enrojeci­do, los brazos extendidos sobre la sábana, intentando abrazarle el pene con la vagina sin importarle el dolor, al tiempo que él seguía agitándose con fuerza, rítmica­mente, hasta que se corrió entre movimientos espas­módicos que parecían querer arrancarlo de sus brazos; luego se desplomó sobre ella, húmedo, satisfecho e in­tensamente amado. Michael.
Se tendió junto a ella.
No podría volver a hacerle el amor hasta pasado un rato. Era lógico. Tenía el pelo húmedo, pegado a la frente. Rowan permaneció inmóvil, destapada, sintiendo el aire que le secaba el sudor, observando el lento movimiento de las aspas del ventilador que se hallaba instalado en el techo.
El ventilador se movía muy despacio, como si qui­siera hipnotizarla. «Deténte», ordenó Rowan a su cuer­po, a su sexo, a sus órganos internos. Temió rememorar en sueños los momentos que había pasado entre los brazos de Lasher, pero afortunadamente ya no le im­portaban; puede que éste hubiera sido un dios salvaje y apasionado, pero el ser con el que acababa de hacer el amor era un hombre, un hombre brutal con un corazón inmenso y generoso. Había sido una experiencia divi­na, feroz, deslumbrante, dolorosa y simple.
Michael se levantó de la cama. Rowan supuso que dormiría un rato, aunque ella misma no podía conciliar el sueño.
Él empezó a vestirse, con la ropa limpia que había sacado del armario del baño. Estaba de espaldas a ella, y cuando se volvió la luz del baño iluminó su rostro.
-¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te fuiste con él? -gritó Michael.
-No levantes la voz -contestó Rowan, llevándo­se un dedo a los labios-. Acudirán todos corriendo. Comprendo que me odies...
-¿Odiarte? ¿Cómo puedes decir eso, cuando to­dos los días te repetía que te amaba? -Michael se acer­có, apoyó las manos en la barandilla del pie de la cama y la miró furioso, tremendamente atractivo-. ¿Cómo fuiste capaz de abandonarme? ¿Por qué lo hiciste? Luego se acercó a ella y la agarró del brazo, claván­dole los dedos en su desnuda carne.
-¡No lo hagas! -exclamó ella, procurando no al­ zar la voz, consciente de que ésta sonaba ronca y asus­tada-. No me pegues, te lo advierto. Eso es lo que ha­cía él, pegarme, pegarme continuamente. ¡Si me pegas te mataré!
Rowan se soltó, se levantó de la cama y corrió hacia el baño. El frío mármol de las baldosas le quemaba los pies.
¡Matarlo! ¡Dios Santo, si no se controlaba era capaz de matar a Michael con sus poderes sobrenaturales! Cuántas veces había intentado matar a Lasher, escu­piéndole a la cara el odio que sentía hacia él, tratando de aniquilarlo. Él se había reído. Pero Michael moriría si ella proyectaba sobre él su invisible rabia. Moriría como todos aquellos otros a quienes ella había matado; eran tantos los repugnantes y atroces asesinatos que habían configurado su vida, que la habían llevado hasta esta casa, en estos momentos.
Rowan sintió terror ante el angustioso silencio de la habitación. Se volvió lentamente y miró a través de la puerta entreabierta. Michael estaba de pie junto a la ca­ma, observándola.
-Debería temerte -dijo Michael-. Pero no te te­mo. Sólo me da miedo una cosa: que no me quieras.
 -Claro que te quiero -respondió ella-. Siempre te he querido. Siempre.
Michael la miró con tristeza durante unos instantes, unos segundos, y luego le dio la espalda. Estaba herido, pero jamás volvería a aparecer tan vulnerable como ha­cía unos momentos.
Había dejado de ser el hombre tierno y amable de siempre.
Había una silla junto al ventanal que daba a la terra­za, y Michael se sentó en ella, de espaldas a Rowan. «Voy a herirte de nuevo», pensó Rowan.
Deseaba acercarse a él, hablarle, abrazarlo. Conver­sar con él como hicieron el día en que ella despertó del coma y enterró a su hija, la única hija que tendría, ­bajo la encina.
Deseaba expresarle su amor con la misma alegría que sintió entonces, su amor infinito, absurdo, total, incondicional.
Pero aquello le costaba tanto como le había costado pronunciar las primeras palabras tras recobrar la con­ciencia.
Rowan se pasó las manos por el pelo. Luego, en un gesto mecánico, abrió los grifos de la ducha.
Mientras se duchaba empezó a pensar con mayor claridad. El sonido y la tibieza del agua la ayudaron a serenarse.
Había allí tanta ropa que no sabía qué elegir. No re­cordaba tener tantos vestidos colgados en los armarios. Al fin eligió un pantalón de lana, un viejo pantalón que había comprado hacía años en San Francisco, y un hol­gado jersey de algodón.
Había refrescado. Era una noche típica de primave­ra. Rowan se sintió a gusto vestida con el tipo de pren­das que solía usar. ¿Quién habría comprado todos aque­llos vestidos?
Se cepilló el pelo, cerró los ojos y pensó: «Vas a per­derlo, y con razón, si no hablas ahora mismo con él, si no te sinceras, si no tratas de superar tu temor instinti­vo a las palabras y hablas con él.»
Dejó el cepillo sobre el tocador. Michael se encon­traba de pie junto a la puerta. Ella había dejado la puer­ta abierta mientras se duchaba y vestía.
Al verlo y observar su expresión serena, resigna­da, Rowan se tranquilizó. Casi rompió a llorar. Pero semejante comportamiento hubiera sido estúpido y egoísta.
-Te quiero, Michael -dijo-. Te quiero mucho. Jamás he dejado de quererte. Lo hice por vanidad y arrogancia; en cuanto al silencio, fue una debilidad del espíritu, incapaz de sanar y recuperarse, o quizás el ine­vitable refugio que buscaba el espíritu impulsado por su egoísmo.
Michael la escuchó con atención, el ceño ligeramen­te arrugado, y una expresión sosegada pero no inocente como antaño. Tenía los ojos húmedos, pero su mirada era dura y estaba traspasada por la tristeza.
-No comprendo cómo fui capaz de lastimarte ha­ce un rato -dijo Michael-. No me lo explico. -Michael, no...
-Déjame decirlo. Sé lo que has pasado. Sé lo que él te hizo. No entiendo cómo he podido culparte por lo sucedido, enfurecerme y herirte de ese modo.
-Lo sé, Michael -respondió ella-. No sigas, me vas a hacer llorar.
-Yo lo destruí, Rowan -dijo Michael, reduciendo su voz a un murmullo casi imperceptible tal como sue­le hacer la gente cuando se refiere a la muerte-. Lo destruí, pero no es suficiente. Yo... yo...
-No sigas. Perdóname, Michael, perdóname por el daño que te he hecho a ti y a mí misma. Perdóname. Rowan se inclinó hacia delante y lo besó con fuerza para acallar su respuesta.
Michael la abrazó con ternura, como si quisiera protegerla, y la hizo sentirse a salvo, como cuando ha­bían hecho el amor.
Puede que existiera algo más hermoso que abando­narse en sus brazos y sentir la unión de sus cuerpos, pe­ro Rowan no fue capaz de imaginar qué era; en cual­quier caso, no sería la violencia de la pasión. Ese goce también existía, naturalmente, pero lo que sentía ahora jamás lo había sentido con ningún otro ser humano.
Al cabo de unos minutos Michael se apartó, le co­gió las manos y se las besó, esbozando aquella pícara sonrisa que Rowan temía no volver a contemplar nun­ca. Luego le guiñó el ojo y dijo con voz ronca, emocio­nado:
-Me alegra saber que todavía me amas.
-Me enamoré de ti hace años -contestó Rowan-, y siempre te amaré. Ven, acompáñame hasta la encina. Quiero permanecer un rato junto a ellos. No sé por qué. Tú y yo somos los únicos que sabemos que están enterrados juntos.
Bajaron por la escalera trasera y cruzaron la coci­na. El guardia que se hallaba junto a la piscina les salu­dó con un gesto de la cabeza. El jardín estaba muy os­curo.
Cuando alcanzaron la mesa de hierro forjado, Ro­wan le tendió los brazos al cuello y Michael la abrazó con fuerza. «Me querrás durante un tiempo -pensó  Rowan-, pero luego me odiarás.»
«Sí, me odiarás, estoy convencida de ello.» Rowan  le besó el cabello, la mejilla, restregando el rostro con­tra su barba. Oyó a Michael suspirar suavemente, un suspiro profundo que le brotaba del pecho.
«Sé que me aborrecerás», pensó ella. Pero ¿qué otra persona sería capaz de perseguir a los hombres que ma­taron a Aaron?










5

El avión aterrizó en el aeropuerto de Edimburgo a las once de la noche. Ash dormitaba con la cara apoya­da en la ventana. Observó los faros de los coches que avanzaban hacia él, negros, de marca alemana, unos se­danes que lo trasladarían a él y a su pequeño séquito por las estrechas carreteras hasta Donnelaith. Ya no era necesario hacer el viaje a caballo. Ash se alegraba de ello, no porque no hubiera disfrutado durante esos pe­riplos a través de las escarpadas montañas sino porque quería llegar cuanto antes al valle.
«La vida moderna hace que nos volvamos impacien­tes», pensó Ash. ¿Cuántas veces en su larga vida había emprendido el camino de Donnelaith, decidido a visitar el lugar de sus más trágicas pérdidas y revisar de nuevo su destino? En ocasiones había tardado varios años en atravesar Inglaterra y alcanzar las tierras altas del norte; otras, sólo unos meses.
Actualmente realizaba el trayecto en cuestión de horas, lo cual era una ventaja. El viaje no era lo más problemático, sino la estancia en el valle.
Ash se levantó del asiento mientras Leslie, la joven y so­lícita ayudante con la que había hecho el viaje desde Améri­ca, iba en busca de su abrigo, una manta y una almohada.
-¿Tienes sueño, querida? -le preguntó Ash con un leve tono de reproche. Esas jóvenes hacían a veces cosas muy raras. No le habría sorprendido que se hu­biera puesto un camisón.
-Son para usted, señor Ash. El viaje dura casi dos horas. Supuse que así estaría más cómodo.
Ash sonrió y se dirigió hacia la salida. ¿Qué sentía esta chica cada vez que él la obligaba a emprender un vuelo nocturno hacia un lugar situado en el otro extre­mo de la Tierra? Escocia no era sino uno de los nume­rosos lugares a los que solían viajar. Nadie podía adivi­nar lo que esto significaba para él.
Cuando bajó por la escalerilla del avión, le asombró la fuerza con que soplaba el viento. Hacía más frío allí que en Londres. Su viaje le había llevado de un círculo
de hielo a otro y a otro. Nada más apearse del avión de­seó haber permanecido en el cálido y acogedor hotel londinense, una reacción un tanto pueril. Pensó en el gitano que yacía en el dormitorio, esbelto y con la piel morena, una boca cruel y unas cejas y unas pestañas ne­gras, largas y rizadas como las de un niño.
¿Por qué tenían los niños unas pestañas tan largas? ¿Por qué se les caían más tarde? ¿Acaso necesitaban de pequeños esa protección? ¿Tenían también los Taltos unas pestañas largas y rizadas cuando eran pequeños? Ash no recordaba haber tenido infancia, aunque tam­bién existía ese periodo en la vida de los Taltos.
«La memoria perdida...» Había escuchado esas pa­labras en innumerables ocasiones.
Era terrible este regreso, negarse a avanzar sin man­tener antes una amarga consulta con el alma.
El alma. «Tú no tienes alma», al menos eso han dicho.
A través del cristal que separaba la parte delantera de la posterior Ash observó cómo la joven Leslie ocu­paba el asiento que tenía frente a él. Se alegraba de dis­poner de todo el compartimento posterior y de que hu­bieran enviado dos coches para conducirlo a él y a su pequeño séquito hacia el norte. Hubiera resultado in­soportable sentarse junto a un ser humano, escuchar el parloteo de los humanos, percibir el olor de una hem­bra humana, joven y dulce.
Escocia. El olor de los bosques; el olor del mar trans­portado por el viento.
El coche circulaba suavemente, manejado por un experto conductor. Menos mal. Habría sido intolerable verse zarandeado de un lado a otro hasta llegar a Don­nelaith. Durante unos instantes advirtió tras él el res­plandor de los faros del coche de su escolta, que lo se­guía a todas partes.
De repente sintió una terrible premonición. ¿Por qué someterse a ese trago tan amargo? ¿Por qué había decidido ir a Donnelaith? ¿Por qué se disponía a subir a la montaña y visitar los lugares de su pasado? Ash ce­rró los ojos y durante unos segundos vio el brillante ca­bello rojo de la pequeña bruja de la que Yuri estaba enamorado como un escolar. Vio sus ojos verdes, de mirada fría, que contrastraban con el infantil lazo que llevaba en el pelo. ¡Cuán estúpido era Yuri!
El chófer pisó el acelerador.
Ash no veía nada a través de los cristales tintados. Era lamentable. Intolerable. Los automóviles de su pro­piedad no tenían cristales tintados. Nunca se había preo­cupado de proteger su intimidad. Contemplar el mundo en sus colores naturales era para él tan imprescindible como respirar.
Decidió dormir un rato, confiando en que no le per­turbaran los sueños.
De pronto oyó una voz, la de la joven Leslie, por el equipo de megafonía que se hallaba instalado en el te­cho del automóvil.
-He llamado a la posada, señor Ash, y he comu­nicado nuestra llegada. ¿Quiere que nos detengamos unos momentos?
-No, deseo llegar cuanto antes. Trataré de dormir un rato. Es un viaje muy largo.
Pensó de nuevo en el gitano, en su rostro delgado y moreno, en su deslumbrante dentadura blanca y per­fecta, la dentadura de un hombre moderno; tal vez fue­ra un gitano rico. Era evidente que la bruja era rica, se­gún pudo deducir de la conversación que mantuvo con Yuri. Imaginó que le desabrochaba un botón de la blu­sa que lucía en la fotografía. Deseaba contemplar sus pechos. Tenía los pezones rosados, y tocó las venitas azules que se transparentaban bajo la piel. Ash suspiró, dejando escapar un silbido, y volvió la cabeza.
El deseo era tan intenso y doloroso que se vio obli­gado a borrar esas imágenes de su mente. Luego se le apareció de nuevo la imagen del gitano. Vio su brazo largo y moreno extendido sobre la almohada. Aspiró el olor de los bosques y el valle que emanaba de él. «Yu­ri», murmuró en su fantasía, inclinándose sobre el jo­ven y besándolo en la boca.
La situación se estaba poniendo al rojo vivo. Ash se incorporó, apoyó los codos en las rodillas y se cubrió la cara con las manos.
«Un poco de música», murmuró. Se reclinó en el asiento, y apoyó la cabeza en la ventanilla, tratando de ver el paisaje a través de aquellos desagradables crista­les ahumados; y entonces empezó a tararear con voz de falsete una canción que nadie comprendería salvo Sa­muel, y quizá ni siquiera él.
Eran las dos de la mañana cuando Ash, le ordenó al conductor que se detuviera. No podía continuar. Tras los cristales oscuros del coche se hallaba el mundo que él estaba impaciente por contemplar.
-Casi hemos llegado, señor.
-Lo sé. La ciudad se encuentra a unos pocos kilo­metros. Ve allí directamente. Espérame en la posada. Avisa a mis escoltas. Diles que te sigan. Quiero estar solo.
Ash no esperó a que se produjeran los inevitables argumentos y protestas.
Se apeó apresuradamente del coche y cerró la por­tezuela antes de que el conductor pudiera bajarse para ayudarlo. Tras despedirse de él con un ademán, echó a caminar por el arcén hacia el bosque frondoso y frío.
El viento había amainado. La luna, oculta entre las nubes, emitía una luz sutil e intermitente. Ash aspiró el aroma de los pinos escoceses, la tierra oscura y fría, las
primeras e intrépidas briznas de hierba primaveral, el leve perfume de las flores primaverales.
Sintió el agradable tacto de la corteza de los árboles bajo sus dedos.
Caminó durante un buen rato, a través de la oscuri­dad, tropezando de vez en cuando y apoyándose en los gruesos troncos de los árboles. No quería detenerse para descansar. Conocía bien el terreno. Conocía las es­trellas que brillaban en lo alto, aunque las nubes trata­sen de ocultarlas.
El espectáculo del cielo sembrado de estrellas le produjo una emoción extraña y dolorosa. Al fin se de­tuvo sobre un promontorio. Las piernas le dolían un poco, cosa que le pareció normal. Sin embargo, al dete­nerse en aquel lugar sagrado, que significaba para él más que ningún otro del mundo, recordó la época en que habría podido subir corriendo la colina sin que sus piernas se resintieran ni tener que detenerse para reco­brar el aliento
Pero ¿qué importaba que le dolieran un poco las piernas? Eso le permitía comprender mejor el dolor y sufrimiento de los demás. Los seres humanos sufrían mucho. Ash pensó de nuevo en el gitano que dormía en su cálido lecho, mientras soñaba con su bruja. El dolor era dolor, ya fuera físico o psicológico. Ni siquiera el más sabio de los Taltos sabría decir cuál era peor, si el del corazón o el de la carne.
Al cabo de un rato continuó trepando por la es­carpada colina, avanzando con cautela y sosteniéndose con ayuda de las gruesas ramas que colgaban de los ár­boles.
Soplaba un ligero viento. Ash notó que tenía las manos y los pies fríos, pero no le molestó. El frío más bien le tonificaba.
Gracias a Remmick, había cogido su abrigo forrado de piel y tuvo la precaución de ponerse unas prendas de lana; y gracias al cielo, el dolor que sentía en las piernas no había aumentado, aunque le molestaba bastante.
Algunos tramos del terreno eran peligrosos, pero los altos árboles formaban una barrera que le impedía des­peñarse y le permitía avanzar sin mayores dificultades.
Al cabo de un rato giró y echó a andar por un sen­dero que conocía bien, el cual serpenteaba entre dos pequeñas colinas cubiertas por unos vetustos árboles que habían permanecido intactos durante siglos, al abri­go de los intrusos.
El sendero descendía hacia un pequeño valle sem­brado de grandes piedras que le lastimaban los pies y lo hacían tropezar continuamente. Luego, Ash comenzó a trepar de nuevo por una empinada colina, jadeante pe­ro convencido de que su voluntad conseguiría superar su cansancio.
Al fin llegó a un pequeño claro, sin perder de vista la cima que se erguía ante él. La frondosa vegetación le impidió hallar el sendero o un camino practicable, y continuó avanzando por entre los matorrales. Al girar hacia la derecha, pudo observar, a los pies de un pro­fundo precipicio, las aguas del lago en las que se refleja­ba la pálida luz de la luna, y más allá las gigantescas rui­nas de una catedral.
Ash se detuvo, impresionado. Ignoraba que hubie­ran reconstruido una gran parte de la catedral. Divisó la nave de la iglesia, numerosas tiendas de campaña y co­bertizos y unas diminutas luces, apenas mayores que la cabeza de un alfiler. Ash se apoyó en la roca y contem­pló ese panorama, sintiéndose entonces seguro, sin pe­ligro de resbalar o caer al vacío.
Sabía lo que se sentía al precipitarse en un abismo, intentando agarrarse a algo y gritando de terror, inca­paz de frenar la caída, mientras el cuerpo adquiere cada vez más peso y velocidad.
Se había desgarrado el abrigo y tenía los zapatos húmedos debido a la nieve.
Durante unos instantes se sintió abrumado por los intensos aromas de aquella tierra y notó que un placer erótico le invadía el cuerpo.
Cerró los ojos y dejó que la suave e inocua brisa le acariciara el rostro y le refrescara las manos.
«Estás muy cerca. Sólo tienes que subir un poco más y girar al llegar a esa roca gris que aparece iluminada por la luna. Dentro de un momento las nubes volverán a ta­par la luna, pero te será muy fácil dar con la roca.»
De pronto percibió un sonido lejano. Por unos ins­tantes creyó haberlo imaginado, pero al cabo de un rato oyó el batir de tambores y el sonido melancólico de unas gaitas, sombrío y desprovisto de ritmo y melodía, que lo llenó de angustia. El sonido se hizo cada vez más intenso, o al menos él lo iba percibiendo con mayor claridad. Durante unos segundos el viento sopló con fuerza, y luego amainó; el rugido de los tambores reso­naba en el valle, acompañado por el ruido de las gaitas. Ash trató de hallar en ese sonido un esquema melódico, y al no hallarlo apretó los dientes y se tapó las orejas con las palmas de las manos.
«La cueva. Vamos, sigue adelante. Puedes refugiarte en ella. No hagas caso de los tambores. Si supieran que estás aquí, ¿crees que tocarían una bonita canción para atraerte? ¿Crees que recuerdan siquiera alguna can­ción?»
Ash continuó su ascensión, y al llegar a la roca pal­pó su fría superficie con ambas manos. A seiscientos metros de distancia se encontraba la boca de la cueva, oculta por la vegetación, pero Ash reconocía las forma­ciones de piedra. Siguió adelante, jadeando, arrastran­do los pies. El viento silbaba entre los pinos. Ash apar­tó las ramas para impedir que le arañaran el rostro. Al cabo de un rato alcanzó la tenebrosa cueva. Entró en ella, se sentó con la espalda apoyada en la pared, sin re­suello, y cerró los ojos.
No se oía nada; tan sólo el murmullo del viento, que por fortuna sofocaba el batir de los lejanos tambo­res, suponiendo que siguieran emitiendo aquel espan­toso ruido.
-Estoy aquí -murmuró Ash. Sus palabras que­braron el silencio, alcanzando los rincones más recón­ditos de la cueva. Pero no obtuvo respuesta. Apenas se atrevía a pronunciar su nombre.
Ash se levantó, dio un paso, y después otro. Siguió avanzando, apoyándose en los muros de la cueva y no­tando que su cabello rozaba el techo de la misma, hasta alcanzar un punto donde el camino se ensanchaba; el eco de sus pasos le indicó entonces que el techo de la cueva era allí más alto. No veía nada.
Durante unos momentos sintió temor; quizás había avanzado con los ojos cerrados, dejándose guiar por las manos y los oídos, y ahora, al abrir los ojos en busca de una luz, sólo veía oscuridad. Temió caerse. Tuvo la sen­sación de que no se hallaba solo, pero se negó a echar a correr, a salir huyendo como un pájaro asustado, de forma humillante, con riesgo de sufrir un accidente.
Ash trató de dominar su temor. La oscuridad seguía envolviéndolo. El único sonido que percibía era el de su respiración.
-Estoy aquí -repitió-. He vuelto. -Las pala­bras brotaban de sus labios y caían en el vacío-. Por favor, una vez más, te lo ruego... -murmuró Ash. Silencio.
A pesar del frío que reinaba en la cueva, estaba su­dando. Sentía el sudor en la espalda, bajo su camisa, y en la cintura, debajo del cinturón de cuero con que sujetaba sus pantalones de lana. Sentía la frente impregna­da de una humedad grasienta y repugnante.
-¿Por qué he venido? -preguntó. Su voz sonó débil y distante. Luego, alzando la voz, añadió-: He venido con la esperanza de que vuelvas a coger mi ma­no, aquí, como hiciste en otra ocasión, y me procures consuelo.
El eco de sus vehementes palabras retumbó entre los muros de la cueva, haciéndolo estremecer.
Sin embargo, en lugar de contemplar una dulce apa­rición, le asaltaron los recuerdos del valle que jamás lo abandonarían. La batalla, el humo, los gritos. Oyó la
voz de ella gritando entre las llamas: «¡Maldito seas, Ashlar!» El calor y la ira hirieron cruelmente su cora­zón y sus tímpanos. Sintió de nuevo el viejo terror, la vieja convicción.
«„. espero que sufras hasta el fin de tus días.» Silencio.
Tenía que volver sobre sus pasos, debía hallar el es­trecho pasadizo que conducía a la salida. Si permanecía allí, sin ver nada, incapaz de hacer otra cosa que no fuese recordar, sufriría un accidente. Aterrado, dio media vuelta y echó a andar apresuradamente hasta que palpó los fríos y ásperos muros de piedra de la cueva.
Cuando vio de nuevo las estrellas lanzó un profun­do suspiro de alivio. Durante unos momentos permaneció inmóvil, con la mano sobre el corazón, escuchan­do el incesante batir de los tambores. Parecían más cer­canos, quizá porque el viento había dejado de soplar. Habían iniciado una cadencia, rápida y luego más lenta, similar al redoble de tambor antes de una ejecución.
-No, aléjate de mí -murmuró Ash.
Deseaba huir de aquel lugar. Confiaba en que su fa­ma y su fortuna le ayudarían a escapar de allí. No po­dían dejarlo abandonado sobre aquella colina, soportan­do el espantoso sonido de los tambores y las gaitas, que interpretaban una siniestra melodía. ¿Por qué había co­metido la locura de ir allí? Detrás de él, a pocos metros, se abría la boca de la cueva.
Necesitaba ayuda. ¿Dónde estaban las personas que obedecían todas sus órdenes? Había sido un estúpido al separarse del resto del grupo para escalar solo la coli­na. Se sentía tan solo y desgraciado que comenzó a ge­mir como una criatura.
Al cabo de unos minutos empezó a descender por la cuesta. No le importaba tropezar, ni desgarrarse el abrigo ni engancharse el cabello con las ramas de los ár­boles. Siguió avanzando deprisa, pese a que los pies le escocían.
Los tambores rugían cada vez más fuerte. Temía pasar junto a ellos y las gaitas, las cuales emitían un de­sagradable sonido nasal y al mismo tiempo irresisti­ble. No debía pararse. No debía escuchar. Siguió des­cendiendo y, aunque se cubrió los oídos con las manos, todavía oía las gaitas y la siniestra cadencia, lenta y mo­nótona, de los tambores, cuyo sonido parecía brotar de su cerebro, de sus huesos, como si estuviera en medio de ellos.
Desesperado, echó a correr, tropezando y perdien­do el equilibrio. Al caer se desgarró el pantalón y se hi­zo daño en las manos, pero siguió corriendo hasta que de pronto advirtió que los tambores y las gaitas lo rodeaban. La melancólica canción lo atraía y atrapaba co­mo una tela de araña, haciéndolo girar una y otra vez, incapaz de huir. Al abrir los ojos vislumbró a través del frondoso bosque la luz de unas antorchas.
No se habían percatado de su presencia. No habían advertido su olor ni sus pasos. Por suerte, el viento so­plaba a su favor. Ash se apoyó en los troncos de dos pe­queños pinos como si fueran los barrotes de una pri­sión y contempló el pequeño espacio oscuro en el que tocaban y bailaban formando un pequeño círculo. «¡Qué movimientos más torpes!», pensó. Resultaban grotescos.
El estrépito de los tambores y las gaitas era ensorde­cedor. Ash no podía moverse, tan sólo limitarse a con­templar el espectáculo mientras aquellos seres ridículos saltaban y brincaban como locos. Uno de ellos, un di­minuto individuo de cabello largo y canoso, se plantó en medio del círculo, alzó sus cortos brazos y recitó en una antigua lengua:
-¡Oh, dioses, tened misericordia de vuestros des­graciados hijos!
«Mira observa -se dijo Ash, aunque la música no le permitiera apenas articular esas sílabas en su imagi­nación-. Mira, observa, no dejes que la música te dis­traiga. Fíjate en sus harapos, en las cartucheras que lle­van colgadas del hombro. Observa las pistolas que empuñan.» De improviso sonaron unos disparos que rompieron el silencio de la noche, y Ash vio unas pe­queñas llamas que brotaban de los cañones de las pisto­las. Una violenta ráfaga de aire apagó por un instante las antorchas, pero su fuego volvió a avivarse de inme­diato y a lucir cual flores siniestras.
Ash percibió el olor a carne chamuscada, pero no era real; tan sólo era un recuerdo.
-¡Maldito seas, Ashlar! -gritó una voz.
A continuación, unos himnos entonados en la nueva lengua, la lengua de los romanos, y el hedor, el hedor de carne devorada por las llamas.
De pronto se oyó un alarido y la música cesó. To­dos los instrumentos permanecieron mudos, a excep­ción de un tambor, que ejecutó un par de notas más.
Ash se dio cuenta de que era él quien había gritado. «Corre -se dijo-. Pero ¿por qué? ¿A dónde? Ya no tienes por qué huir. Ya no perteneces a este lugar. Na­die puede lastimarte.»
Ash observó en silencio, con el corazón acelerado, el pequeño círculo de individuos que se iba ensanchan­do y lentamente, agitando las antorchas, se desplazaba en su dirección.
-¡Taltos! -gritaron.
Habían percibido su olor. Los hombrecillos echa­ron a correr profiriendo gritos de alarma. Luego vol­vieron a congregarse ante él.
-¡Taltos! -gritó uno de ellos. Las antorchas se iban aproximando.
A medida que avanzaban Ash distinguió cómo sus rostros lo observaban fijamente, sosteniendo en alto las antorchas cuyas llamas proyectaban extrañas sombras sobre los ojos, mejillas y bocas de los diminutos indivi­duos. El hedor a carne quemada que despedían las an­torchas le produjo náuseas.
-¿Qué habéis hecho, desgraciados? -les increpó Ash, blandiendo los puños-. ¿Acaso las habéis sumer­gido en la grasa de un niño que no ha sido bautizado?
Se oyó una carcajada, seguida de otra, hasta que to­dos estallaron en risotadas histéricas.
Ash se volvió y los contempló fijamente.
-¡Sois despreciables! -gritó. Estaba tan rabioso que no le importaba su dignidad ni las muecas que pu­diera hacer.
-Taltos -dijo un individuo, acercándose a él-. Taltos.­
«Míralos, fíjate en ellos.» Ash volvió a agitar los pu­ños, dispuesto a defenderse a golpes y patadas si era ne­cesario.
-¡Aiken Drumm! -exclamó Ash, reconociendo al anciano que lucía una larga barba enmarañada que rozaba el suelo-. Robin y Rogart, también os he reco­nocido.
-¡Ashlar!
-Sí, y Fyne y Urgart. ¡Hola, Rannoch!
De pronto advirtió que no había ninguna mujer entre ellos. Todos los rostros que lo observaban eran masculinos, pertenecían a unos hombres que él conocía perfectamente. No, no había mujeres entre ellos gritan­do ni agitando los brazos.
Ash se echó a reír. ¿Era aquello real? Sí, completa­mente real. Comenzó a avanzar hacia ellos, obligándo­los a retroceder. Urgart levantó bruscamente su antor­cha, con la intención indefinida de golpearlo o poderle ver mejor el rostro.
-¡Urgart! -gritó Ash, y haciendo caso omiso de la antorcha se abalanzó sobre el diminuto individuo para agarrarlo del cuello y zarandearlo.
Los demás echaron a correr profiriendo gritos de terror y dispersándose en la oscuridad. Eran unos ca­torce individuos, todos hombres. ¿Por qué no se lo ha­bía dicho Samuel?
Ash cayó de rodillas, riendo a carcajadas, y se tum­bó sobre el suelo del bosque; en esa postura, contempló a través de las ramas de los pinos las estrellas que res­plandecían sobre las nubes mientras la luna se deslizaba suavemente hacia el norte.
Debió suponerlo. Debió haberlo calculado. Debió haberlo comprendido la última vez que estuvo allí y las mujeres, viejas, enfermas y tullidas, le arrojaron piedras y lo cubrieron de insultos. Había percibido el olor de la muerte del mismo modo en que lo percibía ahora, pero no se trataba del olor de la sangre de las mujeres sino del olor seco y corrosivo de los hombres.
Al cabo de un rato se puso de costado, con el rostro descansando sobre la tierra, y cerró los ojos. Oyó los sigilosos pasos de los hombrecillos.
-¿Dónde está Samuel? -preguntó uno. -Dile a Samuel que regrese.
-¿Por qué has venido? ¿Has conseguido librarte del maleficio?
-¡No me hables del maleficio! -replicó Ash, in­corporándose bruscamente-. No te atrevas a dirigir­me la palabra, cerdo -añadió, agarrando la antorcha que sostenía el anciano. Al aproximársela a la nariz, percibió el inconfundible olor a grasa humana y la arrojó al suelo.
-¡Maldítos! ¡Sois peores que la peste! -gritó. Uno de los individuos le pellizcó la pierna. Otro le arrojó una piedra que le alcanzó la mejilla y le produjo una herida superficial. Otros le lanzaron palos.
 -¿Dónde está Samuel?
-¿Te ha enviado él?
De pronto Aiken Dumm soltó una risotada y dijo: -Pensábamos zamparnos a un apetitoso gitano, has­ta que Samuel se lo llevó para presentárselo a Ashlar. -¿Dónde está nuestro gitano? -exigió Urgart. Más gritos, carcajadas e insultos.
-¡Que el diablo te lleve y devore a pedazos! -gri­tó Urgart.
Los tambores empezaron a sonar de nuevo. Los golpeaban con los puños, en tanto las gaitas emitían una serie de notas desafinadas.
-¡Idos al infierno! -exclamó Ash-. ¿Queréis que yo mismo os acompañe hasta allí?
Acto seguido dio media vuelta y echó a correr sin saber qué dirección tomar. Al fin decidió bajar por el mismo sendero por el que había escalado la colina, sintiendo el crujido de las ramas bajo sus pies, el murmullo del roce de las hojas y el silbido del aire. Por fin estaba a salvo de sus tambores, sus gaitas y sus burlas.
Al poco rato dejó de oír la música y las voces. Al fin se hallaba solo.
jadeante y con el pecho, las piernas y los pies dolo­ridos, avanzó despacio hasta que, al cabo de un buen rato, llegó a la carretera. Al pisar el asfalto se sintió co­mo si estuviera soñando, aunque era consciente de ha­ber regresado al mundo, frío, desierto y silencioso. Las estrellas llenaban cada cuadrante del cielo. La luna se asomaba y volvía a ocultarse tras las nubes, la brisa agi­taba levemente los pinos y el viento soplaba desde las montañas, impulsándole a seguir andando.
Cuando llegó a la posada, Leslie, su joven ayudante, lo estaba esperando. Al verlo hizo un gesto de asombro y se apresuró a ayudarlo a despojarse del abrigo, que estaba roto y manchado. Al subir la escalera Leslie le tomó de la mano.
-Qué calentita está la habitación -dijo él.
-Sí, señor, la leche también está caliente -respon­dió la joven, ayudándole a desabrocharse la camisa. So­bre la mesita de noche había un vaso grande de leche.
-Gracias, querida.
-Que descanse -dijo Leslie.
Ash se dejó caer sobre la cama. La joven lo cubrió con el edredón de plumas y le colocó bien la almohada. El lecho lo acogió cual suave y cálido nido, y Ash no tardó en sumergirse en el primer ciclo de sueño.
El valle, su valle, el lago, su lago, su tierra. «Has traicionado a tu propia gente.»
Por la mañana desayunó de forma apresurada en la habitación mientras sus ayudantes lo disponían todo para su inmediato regreso a Estados Unidos. Esta vez no iría a visitar la catedral. Había leído los artículos en la prensa. San Ashlar, sí, él también había oído esa his­toria. La joven Leslie lo miró perpleja.
-Creí que el motivo del viaje era visitar la tumba del santo -dijo Leslie.
-Ya volveremos algún día -le respondió él, enco­giéndose de hombros.
En otra ocasión quizá darían un paseo hasta la ca­tedral.
 Al mediodía aterrizó en Londres.
Samuel lo esperaba junto al coche. Iba impecable­mente vestido con un traje de mezclilla, una camisa blanca y una elegante corbata. Parecía un caballero en versión diminuta. Hasta se había peinado decentemen­te y su rostro presentaba el respetable aspecto del de un bulldog inglés.
-¿Has dejado solo al gitano?
-Se marchó mientras yo dormía -confesó Sa­muel-. No lo oí salir. Se ha largado. No dejó ningún mensaje.
Tras reflexionar unos momentos, Ash dijo:
-Bien, no importa. ¿Por qué no me dijiste que las mujeres habían desaparecido?
-No seas idiota. ¿Acaso crees que te hubiera deja­do ir allí si hubieran estado las mujeres? Piensas poco. No cuentas los años. No razonas. Te dedicas a jugar con tus juguetes y tu dinero y te olvidas de todo lo demás. Por eso eres feliz, porque tienes la capacidad de olvidar. El coche partió del aeropuerto hacia la ciudad.
-¿Vas a refugiarte en tu maravilloso parque de jue­gos? -preguntó Samuel.
-No. Sabes que debo hallar al gitano -respondió Ash-. Quiero descubrir el secreto de Talamasca.­
-¿Y la bruja?
-Sí, también debo encontrarla a ella -contestó Ash con una sonrisa y volviéndose hacia Samuel-. Al menos para acariciar su cabello rojo, besar su piel páli­da y aspirar su perfume.
-¿Y ..?
-¿Cómo quieres que lo sepa? -Creo que sí lo sabes.
-Entonces, déjame en paz. Si ha de ser así, tengo los días contados.











6

Eran las ocho cuando Mona abrió los ojos. El reloj dio la hora pausadamente, con un sonido profundo y solemne. Pero no fueron las campanadas del reloj lo que la despertó, sino una llamada de teléfono. Sonaba en la biblioteca, pero estaba demasiado lejos para que ella lo cogiera y ya llevaba mucho rato sonando. Mona se dio la vuelta, acomodándose en el sofá de terciopelo repleto de mullidos cojines, y contempló el jardín, que aparecía inundado de sol.
El sol penetraba por el amplio ventanal, dotando al suelo de la habitación situada junto al porche lateral de un hermoso color dorado.
El teléfono dejó de sonar. Seguramente habría con­testado alguno de los nuevos empleados de la casa, Cu­llen, el nuevo chófer, o Yancy, el joven mayordomo, o quizá la vieja Eugenia, la cual miraba a Mona con aire serio cada vez que se topaban.
La noche anterior Mona se había quedado dormida en el sofá, sin ni siquiera quitarse su nuevo vestido de seda; el mismo sofá en el que ella y Michael habían he­cho el amor. Aunque trató de soñar con Yuri, el cual le había telefoneado para dejarle a Celia el recado de que estaba bien y de que enseguida se pondría en contacto con ellos, acabó pensando en Michael, en aquellos tres revolcones, la experiencia más transgresiva y erótica que Mona había vivido hasta la fecha.
No es que Yuri no fuera un amante maravilloso, que lo era. Pero ambos habían sido muy prudentes, habían hecho el amor con excesiva cautela. Mona se arrepentía de no haber sido más explícita con Yuri acerca de sus deseos, en una palabra, de no haberse desmadrado.
Desmadrado. Esa palabra le encantaba. Encajaba per­fectamente con su forma de ser. «Te estás desmadran­do», le decía Celia o Lily. «Gracias por el cumplido -respondía ella-. Tomo nota.»
Lamentaba no haber hablado personalmente con Yuri. Celia le dijo a Yuri que llamara a la casa de la calle Primera. ¿Por qué no lo había hecho? Mona jamás lo sabría.
Incluso el tío Ryan se había molestado.
-Tenemos que hablar con él, explicarle lo de Aa­ron -había dicho Ryan.
Eso era lo más triste, que fuera Celia quien se lo co­municara. Nadie sabía lo que Aaron significaba para Yuri, excepto Mona, con la cual se había sincerado. La noche que estuvo con Yuri, su primera y única noche juntos, él había preferido hablar a hacer el amor. Du­rante aquellas breves horas de pasión, Yuri le había re­latado, con sus negros ojos centelleantes de emoción y en un lenguaje claro y conciso -el hermoso e idio­mático inglés que utilizan las personas para las que éste constituye su segundo idioma- los hechos más im­portantes de su trágica y, sin embargo, afortunada his­toria.
-No puedes darle de sopetón a ese chico, al gitano, una noticia así, que su mejor amigo ha muerto atrope­llado por un loco.
De pronto Mona recordó que hacía un rato había sonado el teléfono. Quizá fuera Yuri, que deseaba ha­blar con ella. Pero nadie la había visto entrar allí la no­che anterior y nadie sabía que había dormido en el sofá. Mona se sintió cautivada por Rowan desde el pri­mer momento en que la tarde anterior ésta se había puesto en pie y empezó a hablar. ¿Por qué le pidió Ro­wan que se quedara allí? ¿Qué quería decirle, a solas, en privado? ¿Qué es lo que se proponía?
Rowan estaba perfectamente, de eso no cabía duda. A lo largo de toda la tarde y durante la cena, Mona la estuvo observando y pudo comprobar que se encontra­ba totalmente recuperada.
Rowan no volvió a sumirse en el silencio en el que había permanecido atrapada durante tres semanas. Por el contrario, tomó las riendas de la casa de inmediato.
 Por la noche, después de que Michael se retirase a su  habitación, bajó para consolar a Beatrice y animarla a que durmiera en la vieja habitación de Aaron. Al prin­cipio Beatrice se había mostrado reticente, pues temía sufrir una crisis emocional al ver las pertenencias de Aaron, pero al final confesó que lo que deseaba hacer precisamente era acostarse en la cama de Aaron, en el -cuarto de huéspedes.
-Notará el olor de Aaron en la habitación -le di­jo Rowan a Ryan-, y se sentirá segura.
Mona pensó que se trataba de un comentario nor­mal. Ése era justo el motivo de que muchas personas decidieran dormir en la cama de su compañera o com­pañero una vez muertos éstos: para consolarse. Según ;decían, era una terapia muy eficaz. Ryan estaba muy preocupado por Bea. En realidad estaba preocupado por todo el mundo, pero en presencia de Rowan mos­traba el aire de un general, serio y eficiente, que se ha­llase ante el jefe del Estado Mayor.
Rowan había conducido a Ryan a la biblioteca y durante dos horas, con la puerta abierta para que todos pudieran oír lo que decían, habían hablado de un sinfín de cosas, desde los planes del Mayfair Medical hasta di­versos detalles relativos a la casa. Rowan quiso ver el historial médico de Michael. Si bien era cierto que mos­traba un aspecto tan saludable como el día en que se habían conocido, ella insistió en ver su historial y Mi­chael, para evitar una discusión, le dijo que hablara con Ryan.
-Lo importante es que tú te recuperes del todo. Quieren que vayas a hacerte unas pruebas -dijo Ryan en el momento en que entró Mona a darles las buenas noches.
Yuri había dejado el mensaje en la calle Amelia poco antes de medianoche, y Mona había experimentado una serie de emociones tan intensas -odio, amor, dolor, pa­sión, remordimientos, añoranza y preocupación- que acabó extenuada.
-No tengo tiempo de hacerme esas pruebas -con­testó Rowan-. Hay otras cosas más importantes. Por ejemplo, ¿qué fue lo que encontrasteis en Houston cuando abristeis la puerta de la habitación donde Lasher me tenía secuestrada?
En aquel momento Rowan se interrumpió al ver a Mona entrar en la habitación.
Luego se levantó, como si fuera a saludar a un im­portante personaje. Tenía los ojos relucientes y una ex­presión más seria que distante, que a Mona no le pasó inadvertida.
-No quería interrumpiros -dijo Mona-. No me apetece volver a la calle Amelia. He pensado que podría quedarme a dormir aquí...
-Desde luego -contestó Rowan sin vacilar disculpa, te he dejado abandonada durante horas.
-Sí y no -respondió Mona, que prefería quedarse aquí a irse a su casa.
-Es imperdonable -insistió Rowan-. ¿Habla­mos mañana por la mañana?
-De acuerdo -contestó Mona con cara de can­sancio.
«Al menos me trata como si fuera una mujer adulta -pensó Mona-, cosa que no hacen los demás.» -Ya eres una mujer hecha y derecha -le había di­cho Rowan, dirigiéndole una sonrisa muy personal. Luego volvió a sentarse y reanudó su conversación con Ryan.
-En la habitación de Houston había un montón de papeles, unas notas que él había tomado. Había redac­tado unas genealogías antes de que su memoria empe­zara a deteriorarse...
«Vaya -pensó Mona, alejándose de la biblioteca tan despacio como pudo-. Está hablando con Ryan sobre Lasher, y Ryan, que es incapaz de pronunciar el nombre de Lasher, se ve obligado a enfrentarse a unos hechos que le cuesta aceptar. Papeles, genealogías, no­tas tomadas por ese monstruo que asesinó a Gifford, la mujer de Ryan.»
Mona comprendió de inmediato que no iba a que­darse al margen del asunto. Al fin y al cabo, Rowan la trataba como si fuera una persona importante. Todo había cambiado. Y si Mona preguntaba a Rowan en los próximos días qué contenían esos papeles -las notas de Lasher-, es posible que Rowan se lo dijera.
Era increíble haber visto sonreír a Rowan, observar que la fría máscara de poder se había roto, que sus ojos grises la miraban con simpatía, así como captar en su
profunda y hermosa voz una nota de calor y afecto que una sonrisa jamás llegaría a expresar... Era prodigioso. Mona echó a andar más deprisa, con la idea de que es mejor abandonar cuando uno todavía lleva ventaja.  Además, estaba demasiado cansada para espiarlos.
Lo último que oyó fue a Ryan diciendo, con voz tensa, que todo lo de Houston había sido examinado y clasificado.
Mona recordaba el día en que esos objetos habían llegado a Mayfair y Mayfair. Recordaba que las cajas desprendían un olor a él. Todavía lo percibía algunas veces en la salita, aunque casi había desaparecido.
Mona se había tumbado en el sofá de la salita, de­masiado cansada para pensar en esas cosas.
Los demás ya se habían marchado, Lily dormía arri­ba, cerca de Beatrice. Vivían, la tía de Michael, había re­gresado a su apartamento de la avenida de St. Charles.
La salita estaba vacía, la brisa soplaba a través de las ventanas que daban al porche lateral. Un guardia patru­llaba el jardín, por lo que Mona supuso que no era ne­cesario que cerrara el ventanal. Así pues, se dejó caer en el sofá, pensando en Yuri y en Michael, acomodó su ca­ra entre el terciopelo y se quedó profundamente dor­mida.
Dicen que cuando te haces mayor no duermes de forma tan profunda. A Mona eso no le preocupaba. Después de uno de esos sueños siempre se sentía esta­fada, como si hubiera abandonado el universo durante un rato de forma involuntaria e incontrolada.
Se despertó a las cuatro, sin saber muy bien por qué. El ventanal permanecía abierto, y el guardia se esta­ba fumando un cigarrillo en el jardín.
Medio dormida, Mona percibió los sonidos de la no­che, las voces de los pájaros en las oscuras ramas de los árboles, el estruendo lejano de un tren circulando junto al muelle, el murmullo de agua al caer en una fuente o una piscina.
Debió de transcurrir así una media hora hasta que su atención se vio acaparada por el sonido del agua. No había ninguna fuente, por lo que supuso que alguien se estaba bañando en la piscina.
Con la idea de que tal vez se encontraría con un simpático fantasma -la pobre Stella, por ejemplo, o al­guna otra aparición-, Mona salió descalza al jardín,  atravesó el césped. El guardia había desaparecido, pero si se tenía en cuenta la extensión de la finca aquello no resultaba nada extraño.
Sin duda había alguien nadando en la piscina.
A través de las gardenias Mona avistó a Rowan, que desnuda se deslizaba a una velocidad increíble de un extremo al otro de la piscina. Nadaba con la cabeza in­clinada a un lado, respirando de forma acompasada, co­mo una nadadora profesional, o mejor dicho como una profesional de la medicina preocupada por mantenerse en un perfecto estado físico.
«No es el momento de importunarla», pensó Mona todavía medio dormida, deseando volver al sofá o tum­barse allí mismo, sobre la fresca hierba. Había visto al­go, sin embargo, que la había desconcertado. Quizá fuera el hecho de que Rowan estuviera desnuda o de que nadara tan rápidamente; o quizá que el guardia se hubiera esfumado y estuviera espiando a Rowan a tra­vés de los arbustos, lo cual no le hizo ninguna gracia a Mona.
Sea lo que fuere, Rowan sabía que había unos guar­dias encargados de vigilar la casa. Había pasado una hora hablando sobre ello con Ryan.
Mona volvió a su sofá.
Al despertarse, lo primero que hizo fue pensar en Rowan, incluso antes de invocar el rostro de Yuri o sentir los habituales remordimientos por lo de Michael, o recordarse a sí misma, como si se pellizcara cruel­mente el brazo, que Gifford y su madre habían muerto.
Mona contempló los rayos de sol que penetraban en la estancia, bañando el suelo y la butaca de damasco dorado junto al ventanal. Puede que ése fuera el pro­blema. Desde la muerte de Alicia y Gifford, el mundo que rodeaba a Mona parecía sumido en la penumbra; y ahora, desde que esa mujer había demostrado interés por ella, esa misteriosa mujer que significaba tanto para Mona por múltiples razones, las luces habían vuelto a encenderse.
La muerte de Aaron era una tragedia, pero podía asumirla. De hecho, ahora sentía la misma excitación egoísta que experimentó el día anterior, cuando Rowan había mostrado por primera vez cierto interés en ella y le dirigió una mirada confidencial y respetuosa. «Probablemente quiere preguntarme si deseo estu­diar en un internado», pensó Mona. Los zapatos de ta­cón alto yacían junto a la butaca. No podía ponérselos ahora. Era agradable caminar descalza sobre el parqué de la casa de la calle Primera. Desde que habían contra­tado a Yancy, el nuevo mayordomo, los suelos apare­cían siempre pulidos; incluso la vieja Eugenia trabajaba más y protestaba menos.
Mona se levantó e intentó alisarse el vestido de se­da, que mostraba un aspecto lamentable. Luego se acercó a la ventana que daba al jardín y dejó que el sol la acariciara mientras sentía la humedad del aire y aspi­raba los aromas; todas esas cosas, en la calle Primera parecían cobrar una dimensión más maravillosa de lo habitual y merecían que les prestara unos instantes de atención antes de emprender sus tareas cotidianas.
Necesitaba una buena dosis de proteínas, hidratos de carbono y vitamina C. Estaba muerta de hambre. La noche anterior se había servido un espléndido bufé mien­tras toda la familia trataba de consolar a Beatrice, pero Mona se había olvidado de cenar.
«No me extraña que te despertaras a las cuatro de la mañana», se dijo Mona. Cada vez que se saltaba una comida le dolía la cabeza. De pronto pensó en Rowan nadando sola en la piscina, desnuda, sin preocuparle la hora ni la presencia de los guardias. «No seas idiota, es chica californiana. Allí están acostumbrados a esas cosas.»
Después de practicar unos pequeños ejercicios de estiramiento, Mona separó las piernas, se tocó los de­dos de los pies con las manos, se inclinó hacia atrás y sacudió la cabeza de un lado a otro a fin de espabilarse. Luego salió de la habitación, atravesó el largo pasillo y el comedor y entró en la cocina.
Huevos, zumo de naranja, el brebaje que preparaba Michael. Quizá quedase un poco en el frigorífico.
Le sorprendió el aroma a café recién hecho. Cogió una taza negra del armario y levantó la cafetera. Café exprés, bien cargado, como le gustaba a Michael, como el que solía tomar en San Francisco. Pero Mona se dio cuenta de que no le apetecía, sino que prefería algo frío y dulzón, como un zumo de naranja. Michael siempre guardaba una jarra de zumo de naranja casero en el fri­gorífico. Después de llenar la taza con zumo de naran­ja, volvió a tapar la jarra para impedir que las vitaminas se evaporaran.
De pronto advirtió que no estaba sola.
Al girarse vio a Rowan sentada a la mesa de la coci­na, observándola. Aspiró el humo del cigarrillo que es­taba fumando y echó la ceniza en un platito de porcela­na decorado con flores. Lucía un traje de chaqueta de seda negro, unos pendientes y un collar de perlas. La chaqueta era cruzada, larga y ceñida, y la llevaba abro­chada, sin blusa ni camisa debajo, mostrando un discre­to escote.
-No te he visto -se disculpó Mona.
Rowan asintió con un leve movimiento de cabeza. -¿Sabes quién me compró esta ropa? -preguntó. Su voz sonaba tan dulce y aterciopelada como la noche anterior, una vez disipada la tensión y frialdad.
-Probablemente la misma persona que me compró a mí este vestido -respondió Mona-. Beatrice. Tengo el ropero lleno de ropa adquirida por ella. Todo de seda.
-Yo también tengo el ropero lleno de vestidos de seda -dijo Rowan, sonriendo divertida. Rowan llevaba el cabello peinado hacia atrás, suel­to, rozándole el cuello de la chaqueta; tenía las pestañas largas y oscuras, y llevaba los labios pintados de un ro­sa violáceo pálido que resaltaba su atractiva boca car­nosa.
-¿Te encuentras bien? -preguntó Mona. -Siéntate -contestó Rowan, indicando la silla si­tuada al otro lado de la mesa.
Mona obedeció.
Rowan olía a perfume caro, una mezcla de limón y agua de lluvia.
Su traje de seda negro era realmente magnífico; en los días anteriores a la boda, nadie había visto a Rowan vestida con algo tan deliberadamente sensual. Bea tenía la costumbre de husmear en los roperos de las personas para comprobar su talla, y no se limitaba a mirar la eti­queta sino que tomaba medidas con una cinta métrica para luego vestirlas como ella creía que debían vestir.
En el caso de Rowan había acertado.
«¡Y yo he destrozado mi vestido azul!», pensó Mo­na. No estaba preparada para aquellas exquisiteces, ni tampoco para unos zapatos de tacón alto como los que había dejado tirados en el suelo de la salita.
Rowan inclinó la cabeza mientras apagaba el ciga­rrillo. Un mechón de cabello rubio le cayó sobre el pó­mulo. Su enjuto rostro tenía un aire profundamente dramático, como si la enfermedad y el dolor lo hubie­ran afinado hasta conferirle esa belleza por la que las aspirantes a estrellas y modelos se matan de hambre.
Mona no podía competir con aquella imponente belleza. Sólo podía presumir de su melena pelirroja v de sus curvas; si a uno no le gustaba ese tipo de mujer, no podía gustarle Mona.
Rowan rió suavemente.
-¿Desde cuándo haces eso? -preguntó Mona, be­biendo un sorbo de zumo de naranja. Estaba delicioso-. Me refiero a adivinar lo que estoy pensando. ¿Lo haces siempre?
La pregunta pilló a Rowan por sorpresa, pero son­rió divertida.
-No, sólo a ratos. Cuando estoy preocupada y en­frascada en mis pensamientos. Es como un destello, co­mo si encendiera una cerilla.
-Me gusta la metáfora. Comprendo lo que quieres decir -contestó Mona, bebiendo otro trago de naran­jada. Estaba tan fría que durante unos segundos sintió un intenso dolor en las sienes. Mona trató de no mirar a Rowan con adoración. Era como estar enamorada de la maestra, una experiencia por la que Mona nunca había pasado.
-Cuando me miras -dijo Rowan-, no puedo adivinar lo que piensas. Quizá sea porque tus ojos ver­des me deslumbran. No olvides mencionarlos en tu carné de identidad. Un cutis perfecto, una mata de ca­bello pelirrojo espectacular, largo y abundante, y unos inmensos ojos verdes; además de la boca, claro, y el cuerpo. Creo que en estos momentos tienes una opi­nión de ti misma algo confusa. Quizá se deba a que te interesan más otros temas, como el legado, la muerte de Aaron o cuándo regresará Yuri.
A Mona se le ocurrió una respuesta bastante inge­niosa, pero se le borró enseguida de la mente. No era de las que se pasan horas delante del espejo. Aquella ma­ñana, sin ir más lejos, no se había mirado al espejo ni si­quiera para peinarse.
-No dispongo de mucho tiempo -dijo Rowan, juntando las manos sobre la mesa-. Hablemos sin rodeos.
-De acuerdo -respondió Mona-. Adelante. -Comprendo que te hayan nombrado heredera del legado. No existe ningún resentimiento por mi par­te. Es lógico que te hayan elegido a ti. Lo supe de forma instintiva en cuanto comprendí lo que había sucedido. Ryan me lo explicó todo. Las pruebas y el perfil de muestran que eres la persona ideal. Eres inteligente, fuerte y equilibrada. Tienes una salud de hierro. Escierto que posees esos cromosomas extraordinarios, pero hace siglos que existen en la familia Mayfair. No hay motivo para pensar que lo que sucedió en Navidad vuelva a repetirse.
-Estoy de acuerdo -contestó Mona-. Además, no tengo por qué casarme con alguien que posea esos cromosomas adicionales. Ya sé que piensas que eso puede cambiar, pero de momento no existe en mi vida ningún amor de infancia cargado de peligrosos genes.
Rowan reflexionó unos instantes y asintió con la cabeza. Luego se llevó la taza de café a los labios, apuró las últimas gotas y volvió a depositarla en la mes.
-Quiero que sepas que no te guardo ningún rencor por lo de Michael.
-Me cuesta creerlo, porque lo que hice fue una barbaridad.
-Más que una barbaridad, una imprudencia. Por otra parte, comprendo que sucediera. A Michael no le gusta hablar de ello. No me refiero a la seducción, sino a las consecuencias.
-Si conseguí curarlo, supongo que no iré al infierno -dijo Mona, sonriendo con tristeza. Su voz y su rostro denotaban un profundo sentimiento de culpa y autodesprecio, y ella lo sabía. Pero se sentía tan aliviada que fue incapaz de expresarlo con palabras.
-Si, conseguiste curarlo. Quizás fuera ésa tu misión. Algún día hablaremos de los sueños que tuviste y del Victrola que apareció en tu habitación.
-Así que Michael te lo dijo.
-No, me lo dijiste tú. Cada vez que pensaba en ello al recordar el vals de La Traviata y al fantasma de JUlian incitándote a que lo hicieras. Pero eso no me importa. Lo que me importa es que sepas que ya no te odio. Eres la heredera, debes ser fuerte, sobre todo teniendo en cuenta la situación. No quiero que te preocupes por cosas que no existen.
-Si, tienes razón. Ahora sé que no me odias. Estoy segura de ello.
-Es una pena que no te dieras cuenta antes -contestó Rowan-. Eres más fuerte que yo. El adivinar los pensamientos y emociones de la gente es un truco. De niña odiaba tener esa facultad. Me aterraba, como a muchos otros niños que poseen poderes especiales. Pero más tarde aprendía a utilizarlo de forma sutil, casi inconsciente. Espera un segundo después de que una persona te hay dicho algo, sobre todo si sus palabras resultan confusas, y sabrás lo que piensa.
-Tienes razón, así es, yo misma lo he comprobado.
-Es una facultad que con el curso del tiempo se va perfeccionando y adquiriendo fuerza. Conociéndote como te conozco -creo que bastante bien-, supongo que a ti te resultará más fácil. Yo era una joven absolutamente normal, una excelente estudiante que sentía pasión por la ciencia, y que se crió con todos los lujos propios de una hija única de familia acomodada. Tú sabes lo que eres.
-¿Te importa que fume?
-No -contestó Mona-. Me gusta el olor del tabaco, siempre me ha gustado.
Pero Rowan se detuvo, introdujo el cigarrillo en el paquete y dejó el encendor junto a él.
Luego miró a Mona. Su rostro adquirió de pronto una expresión dura, como si estuviera inmersa en sus propios pensamientos y hubiera olvidado ocultar su dureza interior.
Era una expresión fría e implacable, casi masculina, que no concordaba con sus hermosos ojos grises, sus cejas perfectamente perfiladas y su suave cabello rubio. Parecía un ángel. Era, sin duda, una mujer muy bella. Mona se sentía tan intrigada y fascinada que no conseguía apartar los ojos de Rowan.
En un instante la expresión de Rowan se suavizó, tal vez deliberadamente.
-Me voy a Europa -dijo-. Me marcho dentro de un rato.
-¿Por qué? ¿A dónde vas? -inquirió Mona-. ¿Lo sabe Michael?
-No -contestó Rowan-. Cuando se entere, sufrirá de nuevo.
-No puedes hacerle eso, Rowan, espera un segundo. ¿Por qué te marchas?
-Porque debo hacerlo. Soy la única persona capaz de descifrar el misterio de Talamasca. La única que puede averiguar por qué mataron a Aaron.
-Tienes que llevar a Michael contigo. Si lo abandonas de nuevo, ni siquiera una adolescente de trece años podrá salvar su amor propio y su masculinidad.
Rowan la observó pensativa.
Mona se arrepintió al instante de haber dicho aquello, pero luego pensó que no había dado suficiente énfasis a sus palabras.
-Si, le va a doler -dijo Rowan.
-No te hagas ilusiones -respondió Mona-, quizá no lo encuentres aquí cuando regreses.
-¿Qué harías tú en mi lugar? -preguntó Rowan.
Mona reflexionó unos momentos mientras se bebía otro trago de zuma naranja.
-¿De veras te interesa saberlo?
-Por supuesto -contestó Rowan.
-Llevármelo a Europa. ¿Por qué no? ¿Qué lo retiene aquí?
-Varias cosas -contestó Rowan-. Es el único que comprende el peligro al que está expuesta la familia. Además, es posible que él también corra un grave peligro.
-Si esos tipos de Talamasca quieren matarlo, podrán hacerlo con mayor facilidad si se queda en casa. Además, ¿has pensado en tu propia seguridad? Eres la persona que más sabe sobre este asunto, aparte de Michael. ¿No crees que debe ir contigo para protegerte? ¿De veras estás dispuesta a marcharte sola?
-No estaré sola, estaré con Yuri.
-¿Yuri?
-Volvió a llamar esta mañana, hace un rato.
-¿Por qué no me lo dijiste?
-Te lo digo ahora -contestó Rowan con frialdad-. Sólo disponía de unos minutos para hablar. Llamaba desde una cabina pública de Londres. Le pedí que fuera a recogerme al aeropuesto de Garwick. Partiré dentro de unos horas.
-Debiste avisarme, Rowan, debiste...
-No te exaltes. Yuri llamó para aconsejarte que permanecieras junto a tu familia y tuvieras cuidado. Esto es lo más importente. Yuri teme que quieran secuestrarte. Hablaba muy en serio. No quiso darme más detalls. Se refirió a los historiales genéticos, a que ciertas personas pudieran acceder a las historias clínicas y descubrir así que eres el miembro más poderoso del clan.
-Si, hace tiempo que lo sospecho. Pero si persiguen brujas, ¿por qué no te persiguen a ti?
-Porque no puedo tener más hijos. Sin embargo, tú sí. Yuri cree que también quieren secuestrar a Michael. Michael es el padre de Lasher. Según Yuri, esos canallas, quienesquiera que sean, pretenden uniros a ti y a Michael. Creo que se equivoca.
-¿Por qué?
-Porque eso de hacer que se unan una bruja y un brujo, confiando en que sus genes originen un Taltos, me parece absurdo. Es demasiado complicado. Según la historia de la familia, el único intento con éxito de unir a una bruja y un brujo se produjo al cabo de trescientos años. Fue un plan perfectamente estudiado. Mi partici­pación fue decisiva. Puede que de no haber participado yo hubiese fracasado.
-¿Y Yuri cree que quieren obligarnos a Michael y a mí a hacer eso?
Rowan mantenía los ojos fijos en Mona, escrután­dola, sopesando cada una de las palabras que ella pro­nunciaba.
-No estoy de acuerdo con él -respondió Ro­wan-. Creo que los malos de la película mataron a Aaron para ocultar su identidad, y también por ese moti­vo intentaron acabar con Yuri. Quizá se propongan li­quidarme simulando un accidente. Por otra parte... -Entonces, tú también corres peligro. ¿Qué fue lo que le sucedió a Yuri? ¿Cuándo y dónde ocurrió? -Ésa es la cuestión -contestó Rowan-. Quienes nos hallamos implicados en este asunto no conocemos los límites del peligro que corremos, y no los conoce­mos porque ignoramos los motivos de los asesinos. La teoría de Yuri, de que no descansarán hasta conseguir que nazca un Taltos, es la más pesimista y la más com­pleja. En cualquier caso, debemos protegeros a Michael y a ti. En realidad, Michael es el único de la familia que sabe por qué. Es imprescindible que permanezcáis en esta casa.
¿De modo que vas a dejarnos a Michael y a m: aquí juntitos, bajo tu propio techo? Rowan, debo de­cirte algo, por duro que resulte.
-Adelante, no te cortes -contestó Rowan sin in­mutarse.
-No conoces bien a Michael. Lo estás subestiman­do en todos los aspectos. Si te marchas sin comunicárselo, no se quedará aquí con los brazos cruzados. ¿Por quién le tomas? Y suponiendo que decida acostarse con­migo, ¿cómo crees que voy a reaccionar? Lo has planea­do todo como si fuéramos unos peones que movieras a tu antojo sobre el tablero de ajedrez. Pero te equivo­cas, Rowan.
Rowan no contestó. Tras una breve pausa, sonrió y dijo:
-Sabes, Mona, me gustaría llevarte conmigo. Me gustaría que me acompañaras.
-¡Iré contigo! Te acompañaremos Michael y yo. Iremos los tres.
-La familia no me lo perdonaría nunca, ni yo tam­poco.
-¡Esto es absurdo! ¿A qué viene esta conversa­ción? ¿Por qué me preguntas cosas tales como qué opi­no sobre lo que está sucediendo?
-Existen múltiples razones por las que debes per­manecer aquí junto a Michael.
-¿No te preocupa que tu marido y yo nos acoste­mos?
-Eso es cosa tuya.
-Genial, lo abandonas y se supone que yo debo consolarlo...
Rowan sacó de nuevo un cigarrillo, se detuvo unos segundos antes de encenderlo, suspiró y volvió a me­terlo en el paquete.
-No me molesta que fumes -dijo Mona-. Yo no fumo, debido a mi inteligencia superior, pero...
-Dentro de poco te molestará.
-¿Qué quieres decir?
-¿Acaso no lo sabes?
Mona se quedó atónita, incapaz de responder.
-¿Te refieres a que...? ¡Dios mío, debí suponerlo! -exclamó.
Mona se reclinó en la silla, tratando de pensar con claridad. No sería la primera falsa alarma que se produ­cía. Estaba cansada de llamar a su ginecóloga para co­municarle que se le había retrasado la regla.
-Esta vez no se trata de una falsa alarma -dijo Rowan-. ¿Es hijo de Yuri?
-No -contestó Mona-. Es imposible. Sir Gala­had fue muy prudente. Es del todo imposible. -Entonces es hijo de Michael.
-Sí. ¿Pero estás segura de que estoy embarazada? Hace sólo un mes de aquello y...
-Sí -contestó Rowan-. La bruja y la doctora coinciden en su diagnóstico.
-Entonces este niño podría ser el Taltos -dijo Mona.
-¿Buscas un pretexto para desembarazarte de él?
 -No, en absoluto. Nada ni nadie me obligará a des­hacerme de él.
-¿Estás segura?
-Pues claro -contestó Mona-. Somos una fami­lia católica, Rowan. No nos desembarazamos de los bebés. Además, no quiero abortar, sea quien sea el pa­dre. Y si es Michael, tanto mejor, porque forma parte de la familia. No nos conoces, Rowan. Todavía note has enterado. Si es hijo de Michael... Si es cierto que es­toy embarazada...
-Termina la frase, por favor. -¿Por qué no la terminas tú?
-No, prefiero oírtelo decir a ti, si no te importa. -Si es hijo de Michael, eso significa que Michael será el padre de la próxima generación que heredará es­ta casa.
-En efecto.
-Y si fuera niña, la nombraré heredera del legado  tú y Michael seréis los padrinos. Así, todos estaríamos satisfechos. Michael tendría un hijo y mi hijo tendría un padre al que todo el mundo quiere y respeta.
-Sabía que lo describirías de forma más pinto­resca que yo -señaló Rowan suavemente, no sin cier­ta tristeza-. Pero no me esperaba esto. Tienes razón.
Hay muchas cosas que aún no conozco sobre esta familia.
-Celebraremos el bautismo en la iglesia de San Al­fonso, donde fueron bautizadas Stella, Antha y Deir­dre. Y me parece que... me parece que a ti también te bautizaron allí.
-No lo sabía.
-Creo que me lo dijo alguien, ahora no recuerdo quién. Es lógico que te bautizaran en esa iglesia. ¿Estás segura de que no quieres deshacerte del niño?
-¿Bromeas? ¡Ni hablar! Deseo tener un hijo. Voy a ser tan rica que podré adquirir lo que me apetezca, pero nada puede sustituir a un hijo. Si conocieras mejor a la familia, si no hubieras vivido en California, com­prenderías que ésa es una posibilidad que ni siquiera me planteo, a menos, claro está... Pero aun así...
¿Aun así?
-Es inútil preocuparse antes de tiempo. En caso de que fuera anormal, supongo que habría alguna indica­ción, alguna señal.
-Puede que sí y puede que no. Cuando estaba em­barazada de Lasher... no advertí ninguna señal antes del parto.
Mona quiso responder, decir algo, pero estaba in­mersa en sus pensamientos. Un hijo. A partir de aho­ra no dejaría que nadie, absolutamente nadie, intentara atropellarla. Iba a tener un hijo, lo cual la convertiría en ;una persona adulta a pesar de su edad. Su propio hijo. De golpe empezó a visualizar una serie de cosas. Vio una cuna. Vio a un niño, un bebé de carne y hueso, y se vio a sí misma sosteniendo el collar de esmeraldas que colocó alrededor del cuello del bebé.
-¿Se lo explicarás a Yuri? -preguntó Rowan-. ¿Crees que lo comprenderá?
Mona deseó responderle que sí, pero la verdad es que no lo sabía. Pensó en Yuri, rápidamente, de una forma vaga. Lo vio sentado en la cama la noche que pa­saron juntos, diciéndole: «Existen diversas e importan­tes razones por las que debes casarte con alguien de tu misma clase.» Ella no quería reconocer que era una jo­vencita de trece años, rica y caprichosa. En cualquier caso, lo que menos le importaba en aquel momento era si Yuri comprendería lo del bebé.
Ni siquiera se había molestado en averiguar qué le había sucedido a Yuri, cómo habían tratado de matarlo. Ni siquiera había preguntado si estaba herido.
-Trataron de acabar con él de un tiro -dijo Ro­wan-, pero fracasaron. Lamentablemente, la persona que consiguió salvarle la vida mató a su agresor. No se­rá fácil hallar el cadáver. Ni siquiera lo intentaremos. Tenemos otro plan.
-Escucha, Rowan, sea cual sea vuestro plan, debes comunicárselo a Michael. No puedes marcharte sin de­círselo.
-Lo sé.
-¿No temes que esos tipos os maten a Yuri y a ti? -Tengo algunas armas secretas. Yuri conoce bien la casa matriz. Creo que lograré entrar en ella. Hablaré con uno de los miembros más ancianos, alguien respe­tado por sus compañeros y de toda confianza. Necesito pasar quince minutos con él para averiguar si ese dia­bólico plan es cosa de la Orden o de un pequeño grupo.
-No creo que se trate de una sola persona, Rowan. Ha muerto mucha gente.
-Tienes razón. Han muerto tres de sus hombres. Pero podría tratarse de un pequeño grupo dentro de la Orden, o de unas personas ajenas a ella que conocen a algunos de sus miembros.­
-¿Crees que conseguirás llegar hasta los respon­sables?
-Sí.
-¿Por qué no me utilizas como cebo?
-¿Y también al niño que llevas en el vientre? Si es hijo de Michael...
-Lo es.
-En tal caso tendrán más interés en apoderarse de él que de ti. Mira, no quiero hacer conjeturas. No quie­ro pensar que las brujas constituyen un artículo de lujo para las personas que saben manipularlas ni que al­gunas mujeres de la familia han sido víctimas de una nueva especie de científicos locos. Estoy harta de dis­parates científicos. Estoy harta de monstruos. Quiero acabar con este asunto. Pero no puedes acompañarme, Mona. Ni tampoco Michael. Debéis permanecer aquí.
Rowan se arremangó un poco la manga de su cha­queta de seda negra y consultó un pequeño reloj de oro. Mona la había visto lucir en otras ocasiones ese re­loj. Probablemente se lo había comprado Beatrice. Era pequeño y delicado, como los relojes que solían llevar las mujeres cuando Beatrice era joven.
-Subiré a hablar con mi marido -dijo Rowan.
-Gracias a Dios que has recapacitado -contestó Mona-. Iré contigo.
-No, por favor.
-Lo siento, pero subiré contigo.
-¿Por qué?
-Para asegurarme de que le cuentas toda la verdad.
-De acuerdo, acompáñame. Quizá sea mejor así. Darás a Michael un motivo para colaborar conmigo. Pero permíteme que te lo pregunte una vez más, Jeza­bel: ¿tienes la certeza de que ese niño es suyo?
-Es hijo de Michael. Incluso puedo decirte cuándo fue engendrado. Sucedió después del funeral de Gif­ford. Volví a aprovecharme de él. No se me ocurrió tomar ninguna precaución, como tampoco la tomé la pri­mera vez. Gifford había muerto y yo estaba poseída por el diablo, te lo juro. Poco después alguien trató de colarse por la ventana de la biblioteca y yo percibí su olor.
Rowan guardó silencio.
-Era un hombre. Venía a por mí después de haber estado con mi madre. Estoy segura. Cuando trató de entrar, me desperté. Entonces fui a verla, y ya estaba muerta.
-¿Era un olor intenso?
-Sí, mucho. A veces todavía lo percibo en el sa­lón, y en el dormitorio del piso de arriba. ¿No lo has notado?
Rowan no contestó.
-Quiero que me hagas un favor -dijo al cabo de unos instantes.
-¿Cuál?
-No le digas a Michael lo del niño hasta después de haberte hecho los análisis. ¿Tienes a alguien en quien poder confiar como si fuera tu madre?
-No te preocupes -respondió Mona-. Dispon­go de mi propia ginecóloga secreta; tengo trece años.
-Por supuesto -dijo Rowan-. Pase lo que pase, regresaré antes de que te veas obligada a contárselo a la familia.
-Eso espero. Ojalá resuelvas cuanto antes este asunto. Pero ¿y si no regresas, y Michael y yo no sabe­mos lo que os ha pasado a ti y a Yuri?
Rowan reflexionó unos instantes. Luego se encogió de hombros y contestó:
-Descuida, regresaré. Pero déjame que te haga una última advertencia.
-Adelante.
-Si le revelas a Michael lo del niño y más tarde de­cides deshacerte de él, se llevará un disgusto de muerte. En dos ocasiones creyó que iba a ser padre, y se llevó una gran decepción. Si tienes alguna duda al respecto, no le digas nada hasta estar bien segura de que deseas a ese niño.
-Estoy impaciente por darle la noticia. Iré a ver a mi ginecóloga esta misma tarde. Le diré que he tenido una crisis nerviosa y que es urgente, está acostumbrada a que le organice esos números. Cuando los análisis confirmen que estoy embarazada, se lo diré a Michael. No dejaré que nada, absolutamente nada, me impida tener este niño.
Cuando Mona se dispuso a levantarse, se dio cuenta de lo que acababa de decir y de que Rowan nunca vol­vería a enfrentarse a ese tipo de dilema. Pero Rowan no parecía ofendida por sus palabras, y menos aún dolida. Estaba pensativa, observando el paquete de tabaco. -Haz el favor de salir de aquí para que pueda fu­mar en paz -dijo Rowan, sonriendo-. Luego iremos a despertar a Michael. Dispongo de hora y media para coger el avión.
-Rowan, me arrepiento de haberme acostado con Michael, pero no de haberme quedado embarazada.
-Yo tampoco -contestó Rowan-. Si Michael ga­na con esto un hijo propio y una madre que lo quiera y lo mime, quizá consiga perdonarme el daño que le he hecho. Pero recuerda, Jezabel, que yo soy su esposa. Tú tienes la esmeralda y el niño. Pero Michael es mío.
 -De acuerdo -contestó Mona-. Me caes muy bien, Rowan, de veras. Me gusta tu forma de ser, aparte de quererte por ser prima mía y una Mayfair como yo. Si no estuviera embarazada te obligaría a llevarme contigo a Europa por tu bien, por el de Yuri y por el de todos. -¿Y cómo me obligarías?
-Yo también tengo mis armas secretas.
Ambas se miraron durante unos instantes. Luego, Rowan asintió con un movimiento de cabeza y sonrió.










7

La colina estaba cubierta de barro y hacía frío, pero a Marklin le encantaba trepar por aquella pendiente resbaladiza, tanto en invierno como en verano, para contemplar la maravillosa vista que se divisaba desde Wearyall Hill, junto a Sacred Thorn. El paisaje que se extendía a su alrededor se mantenía siempre verde, in­cluso en invierno, pero ahora presentaba los intensos colores de la primavera.
Marklin tenía veintitrés años y era rubio, de ojos azules y una piel muy blanca que enrojecía con facili­dad al contacto con el viento y el frío. Llevaba una ga­bardina forrada de lana, unos guantes de piel y una go­rrita de lana que, pese a su reducido tamaño, le servía de abrigo.
Marklin tenía dieciocho años cuando Stuart los llevó allí a Tommy y a él, ambos excelentes estudiantes, ena­morados de Oxford, enamorados de Stuart y pendien­tes siempre de cada palabra que surgiese de sus labios.
Durante su época de estudiantes en Oxford, habían visitado periódicamente aquel lugar. Alquilaban unas habitaciones pequeñas y acogedoras en el George and Pilgrims Hotel y se dedicaban a pasear por la calle ma­yor examinando las vitrinas de las librerías y tiendas en las que se vendían amuletos y barajas de tarot, comen­tando en voz baja sus secretas pesquisas y compartien­do su actitud científica con respecto a temas que otros consideraban puramente mitológicos. Ni los creyentes locales ni antiguos hippies o los fanáticos de la Nueva Era, como tampoco los bohemios ni los artistas que an­dan siempre a la búsqueda del encanto y la tranquilidad de un lugar semejante, les atraían lo más mínimo.
Marklin y Tommy se dedicaban a descifrar el pasa­do, con avidez, haciendo uso de los diversos instru­mentos de que disponían. Stuart, su profesor de len­guas antiguas, era también su sumo sacerdote, su enlace mágico con un auténtico santuario: la biblioteca y los archivos de Talamasca.
El año anterior, tras el descubrimiento de Tessa, en Glastonbury Tor, Stuart les había dicho: «He hallado en vosotros lo que siempre he buscado en un estudian­te, un pupilo o un novicio. Sois los primeros a quienes deseo ofrecer todo cuanto sé.»
A Marklin aquello le pareció un honor supremo, más destacable que todos los honores que pudieran concederle en Eton u Oxford, o en cualquier otro lugar del mundo donde decidiera proseguir sus estudios.
Aquél había representado incluso un momento más importante que su ingreso en la Orden. Y ahora, al re­flexionar sobre ello, comprendía que su ingreso en la Orden lo llenó de orgullo precisamente porque signifi­có mucho para Stuart, quien había dedicado su vida a Talamasca y, según decía, pronto moriría entre sus cua­tro paredes.
Stuart había cumplido ochenta y siete años y era uno de los miembros en activo más ancianos de Tala­masca, si es que el hecho de enseñar idiomas podía ser considerado en mayor medida una actividad de la orga­nización de Talamasca que una pasión a la que se con­sagraba Stuart en su retiro. La referencia a la muerte no era romántica ni melodramática. Y nada había cambia­do en la actitud que mantenía Stuart con respecto al Más Allá.
«Si un hombre de mi edad que conserva sus faculta­des mentales no afronta la muerte con valor, si no de­muestra curiosidad e interés en ver qué sucede, signifi­ca que ha desperdiciado su vida. Es un imbécil.»
Ni siquiera el descubrimiento de Tessa consiguió despertar en Stuart un ansia de alargar el tiempo de vi­da que le quedaba. Su amor por Tessa, su fe en ella, no se fundaba en algo tan pueril. Marklin temía la muerte de Stuart mucho más que el propio Stuart. Por otra parte, se daba cuenta de que había cometido un gran error con él, que debía tratar de recuperar su amistad y su confianza. Dejar que la muerte le arrebatara a Stuart era inevitable; perderlo antes de ese momento, era im­pensable.
«Os halláis en la sagrada tierra de Glastonbury -les había dicho Stuart aquel día, cuando comenzó todo-. ¿Quién yace enterrado bajo este tolmo? ¿El mismo Arturo o sólo los anónimos celtas que nos legaron sus mo­nedas, sus armas, sus barcos con los que surcaron los mares desde este lugar que antaño fuera la isla de Ava­lon? jamás lo sabremos. Pero existen unos secretos que podemos desvelar, y el significado de esos secretos es tan inmenso, tan revolucionario y tan insólito que me­rece nuestra adhesión a la Orden, cualquier sacrificio que debamos hacer. Si no estamos dispuestos a ello, so­mos unos hipócritas.»
Marklin pudo haber evitado que Stuart les amena­zara a Tommy y a él con abandonarlos, que en su indig­nación ante lo ocurrido les volviera la espalda. No era necesario revelarle todos los detalles de su plan. Mark­lin comprendía ahora que su negativa a asumir el con­trol de la operación era lo que había provocado la dis­puta. Stuart tenía a Tessa... Había expresado sus deseos con toda claridad y no tenía por qué enterarse de lo su­cedido. Fue un error que Marklin achacaba a su inma­durez y a su amor por Stuart, el cual le había incitado a contárselo todo.
Marklin estaba decidido a recuperar a Stuart. Éste había accedido a acudir. Probablemente ya habría llega­do y se habría detenido junto a Chalice Well, como so­lía hacer antes de ascender por Wearyall Hill y condu­cirlos hasta el tolmo. Marklin sabía lo mucho que Stuart lo quería. Conseguiría recuperar su amistad ha­blándole desde lo más profundo del alma, con senti­miento y un fervor sincero.
Marklin no tenía la menor duda de que él mismo vi­viría muchos años, de que ésta era sólo la primera de las numerosas y arriesgadas aventuras que emprendería. Lograría apoderarse de las llaves del tabernáculo, del mapa del tesoro, de la fórmula de la pócima mágica. Es­taba convencido de ello. Si esta primera empresa fraca­saba, supondría para él un desastre moral. Seguiría ade­lante, por supuesto, pero su juventud había constituido una cadena ininterrumpida de éxitos y este plan tam­bién debía triunfar a fin de no detenerlo en su ascensión.
Era preciso ganar, debía ganar siempre. Jamás ini­ciaría una empresa que no pudiera coronar con éxito. Ésta era la promesa que Marklin se había formulado a sí mismo, y que siempre había cumplido.
En cuanto a Tommy, era fiel a los votos que habían hecho los tres, al concepto y a la persona de Tessa. Tommy no le preocupaba a Marklin. Estaba demasiado ocupado investigando con el ordenador, con sus crono­logías y gráficos. Los mismos motivos por los que no había peligro de que Tommy desertara eran los que lo hacían tan valioso: era incapaz de contemplar el pro­yecto en su totalidad o de cuestionar su validez.
En los aspectos más elementales, Tommy jamás ha­bía cambiado.
Seguía siendo el muchacho que Marklin conoció en su infancia, un coleccionista, un rastreador, un archivo viviente, un investigador. Por lo que a Marklin se refe­ría, Tommy jamás hubiera existido sin él. Se conocie­ron cuando ambos tenían doce años... en un internado de América. La habitación que ocupaba Tommy estaba siempre llena de fósiles, mapas, huesos de animales, ex­traños artilugios informáticos y una nutrida colección de libros de bolsillo de ciencia-ficción.
Marklin solía pensar que en aquellos tiempos Tom­my debía considerarlo un personaje de esas novelas -Marklin detestaba el género- y que al conocerse,
Tommy dejó de ser un observador para convertirse en un protagonista de un relato de ciencia-ficción. La leal­tad de Tommy nunca había sido puesta en entredicho. Es más, durante los años en que Marklin ansiaba ser li­bre Tommy permaneció siempre junto a él, dispuesto a hacerle cualquier favor. Marklin inventaba tareas para mantener a su amigo ocupado y darse un respiro. Tom­my jamás había protestado.
Marklin empezó a sentir frío, pero no le importó. Glastonbury siempre sería para él un lugar sagrado, aunque no creía en casi nada que estuviera relacionado con él.
Cada vez que se dirigía a Wearyall Hill, con la ínti­ma devoción de un monje, imaginaba al honesto José de Arimatea plantando su vara en ese lugar. No le importaba que la actual Santa Espina procediera del vásta­go de un vetusto árbol, el cual ya había desaparecido, como tampoco muchos otros detalles. En esos lugares experimentaba una emoción que lo estimulaba, una re­novación religiosa, por llamarlo así, que le daba fuerzas  para perseguir con más ahínco sus propósitos.
Alcanzar sus propósitos. Eso era lo más importan­te, pero Stuart no lo había entendido de ese modo.
Sí, las cosas se habían complicado demasiado, no cabía la menor duda. Habían muerto unos hombres cu­ya naturaleza e inocencia exigían mayor justicia. Pero Marklin no tenía toda la culpa de eso. Y la lección que había extraído era que, a la postre, nada de aquello im­portaba.
«Ha llegado el momento de que yo instruya a mi maestro -pensó Marklin-. Nos reuniremos de nuevo en este maravilloso paraje, a muchos kilómetros de la casa matriz, como hemos venido haciendo durante tan­tos años. Nada se ha perdido. Debo procurarle a Stuart la autorización moral de beneficiarse de lo que ha suce­dido.»
Tommy ya había llegado.
Siempre llegaba el segundo. Marklin observó cómo el viejo auto de Tommy bajaba lentamente por la calle mayor. Después de aparcar, Tommy se apeó del coche sin cerrar la portezuela con llave, como de costumbre, y empezó a subir por la colina.
¿Y si no se presentaba Stuart? ¿Y si ni siquiera se acercaba por allí? ¿Y si había decidido abandonar a sus seguidores? Pero eso era imposible.
Stuart se hallaba junto al pozo. Siempre bebía un tra­go de agua al llegar y otro antes de marcharse. Sus pere­grinajes eran tan rígidos como los del antiguo druida o el monje cristiano. Viajaba de santuario en santuario.
Los hábitos de su maestro siempre habían suscitado un sentimiento de ternura en Marklin, al igual que sus palabras. Stuart los había «consagrado» a una vida secre­ta dedicada a descubrir « el misterio y el mito, a fin de al­canzar el horror y la belleza que subyacen en el núcleo».
Resultaba razonablemente poético, tanto antes co­mo ahora. Pero era preciso convencer de ello a Stuart por medio de métaforas y nobles sentimientos.
Tommy casi había alcanzado el árbol. Caminaba con cautela, para no resbalar en el barro y caer. Marklin se ha­bía caído una vez, hacía años, al poco de iniciar sus pere­grinajes. Eso le había supuesto pasar una noche en el Ge­orge and Pilgrims Hotel, mientras le limpiaban la ropa. No se lamentaba de que hubiera ocurrido, puesto que la velada fue maravillosa. Stuart había permanecido junto a él. Marklin pidió prestada una bata y unas zapa­tillas, y se pasaron la noche charlando en una habi­tación pequeña y encantadora. Ambos habían deseado en vano subir al tolmo a medianoche para comunicarse con el espíritu del rey que allí reposaba.
Por supuesto, Marklin jamás creyó que el rey Artu­ro descansara bajo Glastonbury Tor. De haberlo creí­do, hubiera cogido una pala y se habría puesto a cavar.
En su vejez, Stuart había llegado a la conclusión de que el mito sólo era interesante cuando tras él se ocul­taba una verdad susceptible de ser desvelada, e incluso obtener pruebas físicas de la misma.
«Los eruditos de la Orden -pensó Marklin - tie­nen un defecto insalvable: para ellos poseen el mismo valor las palabras que las acciones.» Ese era el motivo de la confusión que se había producido ahora. Stuart, a los ochenta y siete años, se había adentrado por prime­ra vez en la realidad.
Realidad y Sangre se mezclaban.
Tommy se acercó a Marklin. Concentró su aliento sobre sus manos, que estaban heladas, y luego se puso los guantes. Era muy propio de él subir a la colina sin ponerse los guantes, olvidándose de que los llevaba en el bolsillo hasta ver los guantes de piel de Marklin, que precisamente se los había regalado él.
-¿Dónde está Stuart? -preguntó Tommy-. Sí, sí, los guantes. -Miró a Marklin con unos ojos enormes que asomaban a través de sus gruesas gafas redondas, sin montura. Era pelirrojo y llevaba el pelo corto y bien peinado, lo que le confería un aspecto de abogado o ban­quero-. Vale, ya me pongo los guantes. ¿Dónde está? Marklin se disponía a decirle que Stuart aún no había llegado cuando lo vio apearse del coche en el aparcamiento, y subir el último tramo del camino a pie. Marklin lo observó perplejo.
Stuart presentaba el mismo aspecto de siempre: delgado bajo su amplio abrigo, con una bufanda de cachemir cuyos extremos ondeaban al viento y su enjuto rostro que parecía tallado en madera. Su pelo canoso, como de costumbre, parecía un nido de pájaros.
Al acercarse, Stuart miró a Marklin. Este se dio cuenta de que estaba temblando. Tommy retrocedió unos pasos. Stuart se detuvo a un metro y medio de ellos, con los puños crispados, y observó a ambos jóvenes con expresión angustiada.
-¡Vosotros matasteis a Aaron! -exclamó Stuart-. ¡Fuisteis vosotros! Asesinasteis a Aaron. ¿Cómo pudisteis hacer semejante cosa?
Marklin se quedó atónito. Su confianza y sus planes se desmoronaron en un instante. Apenas podía dominar el temblor de sus manos. Sabía que si trataba decir algo, su voz sonaría frágil y sin autoridad. No soportaba que Stuart se sintiera enojado o decepción con él.
-¿Qué habéis hecho, desgraciados? –prosiguió Stuart-. ¿Y qué he hecho yo para poner en marcha ese infernal plan? ¡Dios mío! ¡Yo soy el culpable!
Marklin tragó saliva, pero no pronunció palabra.
-Tú, Tommy, ¿cómo pudiste participar en esto? -inquirió Stuart-. Y tú, Mark, tú eres el autor.
-Escúchame, Stuart, te lo ruego -replicó Mark
-¿Que te escuche? -dijo desafiante Stuart, aproximándose con las manos metidas en los bolsillos del abrigo-. ¿Que te escuche? Permíteme que te haga una pregunta, mi joven y valiente amigo en quien tenía depositadas todas mis esperanzas. ¿Qué te impedirá matarme a mí, como has hecho con Aaron y Yuri Stefano?
-Lo hice por ti, Stuart -insistió Marklin-. Si dejas que te explique, lo comprenderás. No son más que unas flores de las semillas que plantaste cuando inicia­mos esto juntos. Era preciso acallar a Aaron, impedirle que regresara a la casa matriz y presentara su informe. Yuri Stefano también constituía un peligro. Fue una suerte que decidiera visitar Donnelaith, en lugar de re­gresar a casa directamente desde el aeropuerto.
-Hablas de circunstancias, de detalles -dijo Stuart avanzando otro paso hacia ellos.
Tommy guardaba silencio, impasible, mientras el viento agitaba su pelo rojo. Permanecía junto a Mark­lin, observando fijamente a Stuart a través de sus gruesas gafas.
Stuart se encontraba fuera de sí.
-Hablas de métodos expeditivos, pero no de la vi­da y la muerte, mi distinguido alumno -insistió-. ¿Cómo fuiste capaz de hacerlo? ¿Cómo es posible que asesinaras a Aaron?
La voz de Stuart se quebró, demostrando el profun­do dolor que sentía, tan inmenso como su rabia.
-Si pudiera yo mismo te destruiría, Mark. Pero soy incapaz de hacerlo, y supuse ingenuamente que tú tampoco te atreverías a hacer algo semejante. Pero me equivoqué contigo.
-Merecía la pena hacer cualquier sacrificio, Stuart -respondió Marklin-. ¿Y qué valor tiene un sacrifi­cio si no es un sacrificio moral?
Stuart lo miró horrorizado, pero ¿qué otra cosa po­día hacer Marklin excepto lanzarse de cabeza? Tommy debía decir algo, pensó Stuart, pero sabía que cuando éste expresara su opinión él se mantendría firme.
-Acabé con quienes podían detenernos -dijo Mark-. Ni más ni menos, Stuart. Lamentas la muer­te de Aaron porque lo conocías.
-No seas idiota -replicó Stuart con amargura-. Me lamento por la muerte de un inocente, por una estupidez monstruosa. ¿Crees que la Orden no ve la muerte de ese hombre? Crees que conoces a Talamasca, que eres tan inteligente que te han bastado unos pocos años para descifrar todos sus entresijos» Pero lo único que has conseguido es captar sus debilidades organizativas. Aunque vivieras cien años no llegaría a conocer bien Talamasca. Aaron era mi hermano. Has matado a mi hermano. Me has fallado, Mark. Tú también, Tommy. Os habéis fallado a vosotros mismos, a Tessa.
-No -dijo Mark-, no estás diciendo la verdad, lo sabes. Mírame, Stuart, mírame a los ojos. Me pediste que trajera a Lasher hasta aquí, me pediste que abandonara la biblioteca y lo organizara todo, igual que a Tommy también. ¿Crees que podrías haber orquestado el plan sin nosotros?
-Olvidas un detalle muy importante, Mark  -indicó Stuart-. Has fracasado. No lograste rescatar al Taltos y traerlo hasta aquí. Tus soldados eran idiotas, lo mismo que el general.
-Ten paciencia con nosotros -intervino Tommy sin perder la calma-. Desde el primer día comprendí que era imposible llevar a cabo el plan sin que alguien pagara con su vida por ello.
-No me dijiste nada de eso.
-Permíteme que te recuerde -prosiguió Tommy secamente- que fuiste tú quien señaló que debía impedir que Yuri y Aaron se inmiscuyeran... y que se debía borrar toda evidencia de que había nacido un Taltos en la familia Mayfair. ¿Cómo querías que lo hiciéramos a no ser de la forma que lo hicimos? No tenemos nada de que avergonzarnos, Stuart. Nuestros fines justifican plenamente nuestros métodos.
Marklin trató de contener un suspiro de alivio.
Stuart miró a Marklin y a Tommy y luego contempló el pálido paisaje formado por las verdes colinas onduladas y la cima de Glastonbury Tor. Al cabo de unos mi­nutos se volvió hacia el tolmo y agachó la cabeza como si estuviera comunicándose con una deidad personal.
Marklin se acercó y apoyó suavemente las manos sobre los hombros de Stuart. Era mucho más alto que su amigo, pues Stuart había perdido unos centímetros en su vejez. Marklin le murmuró al oído:
-La suerte estaba echada cuando nos deshicimos del científico. No podíamos retroceder. En cuanto al médico...
-No -contestó Stuart, sacudiendo la cabeza con energía y con la vista fija en el tolmo-. Esas muer­tes podrían atribuírsele al propio Taltos, ¿no lo com­prendes? Ahí radica lo bueno. La figura del Taltos anu­la las muertes de los dos hombres, que no podían sino haber utilizado indebidamente la revelación que había llegado a sus manos.
-Stuart -dijo Mark, consciente de que su amigo no había tratado de liberarse de su leve abrazo-, debes comprender que Aaron se convirtió en nuestro enemi­go cuando se convirtió en el enemigo oficial de Talamasca.
-¿Enemigo? Aaron nunca fue un enemigo de Talamasca. Vuestra absurda excomunión le causó un dis­gusto tremendo.
-Stuart -insistió Mark-, comprendo que la ex­comunión fuera un error, pero en todo caso fue nuestro único error.
-Aquello fue inevitable -dijo Tommy secamen­te-. Nos arriesgábamos a ser descubiertos. Hice lo que debía, y procuré que resultara lo más convincente posible. Hubiera sido imposible mantener una corres­pondencia fingida entre los Mayores y Aaron. Era de­masiado peligroso.
-Reconozco que fue un error -dijo Marklin-. Sólo su lealtad a la Orden hubiera impedido que Aarón desvelara ciertas cosas que había visto y había empezado a sospechar. Si cometimos un error, Stuart, lo cometimos los tres. No debimos enfrentar a Aaron y a Stefano. Debimos haber jugado mejor nuestras cartas.
-La tela de araña era demasiado compleja –dijo Stuart-. Os lo advierto. Acércate, Tommy. Os lo vierto a los dos. No tratéis de atacar a la familia Mayfair. Ya habéis hecho suficiente daño. Habéis matado al mejor hombre que he conocido en mi vida, y por un motivo tan pueril que la Providencia se vengará de vosotros. ¡No hagáis nada que pueda perjudicar a esa familia!
-Me temo que ya lo hemos hecho -contestó Tommy con su acostumbrado tono práctico-. Aarón Lightner se había casado hacía poco con Beatrice Mayfair; tenía mucha amistad con Michael Curry, y con el resto del clan, por lo que esa unión no era necesaria para consolidar su relación con la familia. Pero el caso es que se casaron, y para los Mayfair el matrimonio constituye un lazo sagrado. Aaron se había convertido en un miembro de la familia.
-Espero por vuestro bien que te equivoques -sentenció Stuart-. En caso contrario, ya podéis encomendaros a Dios. Si provocáis la ira de las brujas Mayfar nada ni nadie podrá salvaros.
-Lo hecho, hecho está; pensemos en lo que vamos hacer a partir de ahora -dijo Marklin-. Bajemos al hotel, Stuart.
-¿Para que otros puedan oír nuestra conversación? ¿Acaso estás loco?
-Llévanos junto a Tessa, Stuart. Podemos hablar allí -insistió Marklin.
Era el momento clave. Marklin lo sabía. Se había precipitado, no debió pronunciar aún el nombre Tessa.
Stuart seguía mirándolos con desprecio e indignación. Tommy permanecía impávido, con sus enguanta­das manos cruzadas sobre el pecho. Llevaba el cuello ¿el abrigo levantado, ocultándole la boca, por lo que sólo se veían sus fríos ojos.
Marklin temió estar a punto de romper a llorar. No había llorado jamás en su vida.
-Puede que no sea el momento oportuno para ir a verla -dijo Marklin, apresurándose a reparar el daño.
 -Quizá sea preferible que no volváis a verla -mur­muró Stuart con aire pensativo.
-No lo dirás en serio -contestó Mark.
-Si os llevo junto a Tessa, corro el riesgo de que me matéis también a mí.
-¿Cómo puedes decir semejante cosa? Nos duele que pienses así de nosotros. No somos unos canallas sin principios. Hemos consagrado nuestros esfuerzos a un mismo fin. Aaron debía morir. Lo mismo que Yuri. Yuri nunca formó parte de la Orden. Cuando las cosas se complicaron, se marchó apresuradamente.
-Sí, y vosotros tampoco fuisteis nunca miembros de la Orden -replicó Stuart con dureza.
-Estamos consagrados a ti -respondió Marklin-. Estamos perdiendo un tiempo precioso, Stuart. No nos lleves junto a Tessa si no lo deseas, pero eso no merma­rá mi fe ni la de Tommy en ella. Nada impedirá que persigamos nuestro objetivo.
-¿Y cuál es ese objetivo? -preguntó Stuart-. Lasher ha desaparecido, como si no hubiera existido jamás. ¿O acaso dudas de la palabra de un hombre que siguió a Yuri por tierra y mar para asesinarlo de un tiro?
-No podemos hacer nada por Lasher -terció Tom­my-. Creo que todos estamos de acuerdo en ello. Lo que vio Lanzing no puede interpretarse de ninguna otra forma. Pero Tessa está en tus manos, tan real como el día en que la descubriste. Stuart sacudió la cabeza.
-Tessa es real, está sola y siempre lo ha estado. La unión no se llevará a cabo. Mis ojos se cerrarán siempre sin haber contemplado el milagro.
-Todavía es posible, Stuart -respondió Marklin. La familia, las brujas Mayfair.
-¿Qué pretendes? -le espetó Stuart, sin controlar el tono exaltado de su voz-. Si les atacas te destruirán. Has olvidado la primera advertencia que te hice. Las brujas Mayfair siempre derrotan a que tratan de perjudicarlas. ¡Siempre! ¡Individualmente o como familia!
Los tres guardaron silencio durante unos minutos-
-¿Por qué dices que le destruirán a él, Stuart -inquinó Tommy-. ¿Acaso no nos destruirán a los tres ?
Stuart estaba desesperado. Su cabello canoso, agitado por el viento, semejaba la pelambrera de un borracho. Agachó la cabeza y fijó la vista en el suelo. Su nariz curva relucía como un  cartílago recién puljdo. Parecía un águila, sí, pero no un águila vieja.
Stuart tenía los ojos enrojecidos y llorosos, como si se hubiera resfriado. Marklin temió que cayera enfermo. Observó el mapa de venitas azules que surca sus sienes. Stuart temblaba violentamente.
-Tienes razón, Tommy -contestó Stuart-. Los Mayfair nos destruirán a todos. ¿Por qué no iban a hacerlo? -Stuart se volvió hacia Marklin y añadió-¿Qué crees que lamento más de este asunto? ¿La muerte de Aaron? ¿El que no pueda celebrarse la unión en­tre el macho y la hembra Taltos? ¿El fracaso de nuestro plan, que ha dado al traste con la cadena de memorial que confiábamos descubrir, eslabón a eslabón hasta sus orígenes? ¿O el hecho de que ambos os hayáis condenado por lo que habéis hecho? En definitiva os he perdido No me importa que los Mayfair nos destruyan a todos. Es justo que así sea.

-Rechazo esa justicia -replicó Tommy-. No pue­des volverte contra nosotros, Stuart.
-No puedes afirmar que hemos fracasado –dijo Marklin-. Las brujas pueden volver a concebir un Taltos.
_ ¿Dentro de trescientos años? -preguntó Stuart- ¿O mañana?
-Escúchame, te lo ruego -solicitó Marklin-. El espíritu de Lasher sabía lo que había sido, y lo que po­día ser, y la transformación que sufrieron los genes de Rowan Mayfair y Michael Curry sucedió bajo la mira­da vigilante del espíritu, a fin de que éste alcanzara su propósito.
«Nosotros también sabemos lo que es un Taltos, y lo que era, y cómo crearlo. ¡Y también lo saben las bru­jas! Por primera vez, conocen el destino de la hélice gi­gante. Y el hecho de que lo sepan les confiere tanto po­der como a Lasher.
Stuart no supo qué responder. Era evidente que no había pensado en ello. Tras observar a Marklin durante unos instantes, le preguntó:
-¿Estás convencido de ello?
-Su conocimiento les confiere un poder aún ma­yor -intervino Tommy-. No debemos subestimar la ayuda telequinética que podrían prestarnos en caso de que se produjera un parto.
-Ha hablado el científico -dijo Marklin, sonrien­do con aire triunfal. La corriente estaba cambiando. Podía percibirlo, lo veía en los ojos de Stuart.
-No olvidemos -señaló Tommy- que el espíritu era torpe, se sentía confuso. Las brujas son muy supe­riores, incluso las más estúpidas e ingenuas.
-No puedes saberlo con certeza, Tommy.
-Hemos llegado demasiado lejos, Stuart -dijo Mar­klin-. ¡No podemos dar marcha atrás!
-En definitiva -terció Tommy-, nuestros logros no son insignificantes. Hemos verificado la encarnación del Taltos, y si lográramos apoderarnos de las notas escritas por Aaron antes de morir, quizá podríamos verificar lo que todos sospechan: que no se trató de una encarnación, sino de una reencarnación.
-Sé lo que hemos conseguido -dijo Stuart- lo bueno y lo malo. No es necesario que me lo resumas, Tommy.
-Sólo pretendía aclarar las cosas -le respondió éste-. Las brujas no sólo conocen los viejos secretos de manera abstracta, sino que creen en el milagro físico. Disponemos de diversas e interesantes oportunidades para conseguir nuestros fines.                                                    .
-Confía en nosotros, Stuart -terció Marklin.
Stuart miró a Tommy y luego a Marklin. Ma.™, adivinó en sus ojos la vieja chispa, el amor que sea! hacia él.
-No habrá más muertes, Stuart -le apostilló ».„. lin-. Te lo aseguro. Los otros colaboradores involu. tarios serán apartados del tema sin que se hayan en ten do de nuestro plan.
-¿Y Lanzing? Debe de saberlo todo.
-Era un empleado nuestro, Stuart –contestó Marklin-. No comprendía lo que veía. Además, también ha muerto.
-Nosotros no lo matamos -se apresuró a decir Tommy-. Hallaron una parte de sus restos al pie del risco de Donnelaith. Su pistola había sido disparada dos veces.
-¿Una parte de sus restos? -inquirió Stuart.
Tommy se encogió de hombros.
-Dijeron que había sido devorado por los animales salvajes -respondió.
-En tal caso no podéis estar seguros de que matara a Yuri.
-Yuri no regresó al hotel -contestó Tommy-. No ha reclamado sus cosas. Yuri está muerto, Stuart. Las dos balas iban destinadas a él. No sabemos cómo se despeñó Lanzing, ni por qué, ni si fue atacado por algún animal, pero Yuri Stefano ha desaparecido a todos los efectos.
-¿Acaso no lo comprendes, Stuart? -preguntó Marklin-. A excepción del hecho de que se nos escapa­ra el Taltos, todo ha salido a pedir de boca. Podemos re­tirarnos a un segundo plano y centrarnos en las brujas Mayfair. No es necesario recurrir de nuevo a la Orden. Aunque descubran la interceptación, nadie puede acu­sarnos a nosotros.
-¿No teméis a los Mayores?
-No hay motivo para tal cosa -contestó Tom­my-. Los interceptadores siempre han funcionado perfectamente.
-Hemos aprendido de nuestros errores, Stuart -di­jo Marklin-. Pero quizá lo que ha sucedido tenía un motivo. No me refiero una razón sentimental. En gene­ral, el balance es positivo. Las personas que han muerto nos estorbaban.
-Me repugna que habléis con tanta crudeza de vuestros métodos -protestó Stuart-. ¿Qué me decís de nuestro Superior General?
Tommy se encogió de hombros.
-Marcus no sabe nada -respondió-. Salvo que pronto podrá retirarse con una pequeña fortuna. Jamás conseguirá unir todas las piezas del rompecabezas. Ni él ni nadie. Nadie descubrirá nuestro plan.
-Necesitamos unas semanas más -dijo Marklin- con objeto de protegernos.
-No estoy seguro -terció Tommy-. Creo que se­ría preferible retirar cuanto antes los interceptadores. Conocemos todo lo que Talamasca sabe sobre la familia Mayfair.
-No os precipitéis ni os mostréis tan seguros de vo­sotros mismos -dijo Stuart-. ¿Qué pasará cuando des­cubran vuestras falsas comunicaciones?
-Querrás decir, nuestras falsas comunicaciones. -replicó Tommy-. En el peor de los casos, se producirá cierta confusión, quizás una investigación. Pero nadie podrá averiguar que somos los autores de las cartas ni de la interceptación. Por eso mismo resulta imprescindible que sigamos representando el papel de novicios leales, que no hagamos nada que despierte menor sospecha.
Tommy miró a Marklin. La estrategia había terminado. El talante de Stuart había cambiado. Era quien volvía a dar las órdenes... prácticamente.
-Todo se ha hecho por vía electrónica -dijo Tommy-. No existen pruebas materiales de nada, excepto unos papeles en mi apartamento de Regent's Park. Sólo tú, Mark y yo sabemos dónde se encuentran esos papeles.
-Necesitamos tu ayuda, Stuart -dijo Marklin-. Estamos a punto de entrar en la fase más apasionan del plan.
-Silencio -contestó Stuart-. Dejad que os vea bien, que os tome la medida.
-Adelante -dijo Marklin-. Verás ante ti a unos intrépidos jóvenes, tal vez estúpidos, pero valientes y decididos.
-Mark se refiere a que nuestra posición es mejor de lo que habíamos imaginado -dijo Tommy-. Lanzing asesinó a Yuri y luego se mató al caer del risco. Stolov y Norgan han muerto. Sabían demasiado, eran un estorbo. Los hombres que contratamos para liquidar a los otros no conocen nuestra identidad. Y nosotros estamos aquí, como al principio, en Glastonbur
»Y Tessa está en tus manos. Sólo nosotros tres conocemos su existencia.
-Os felicito por vuestra elocuencia –murmuró Stuart-. Muy brillante.
-La poesía es la verdad, Stuart -dijo Marklin- La verdad suprema, y la elocuencia es un atributo de ésta.
Se produjo una pausa. Marklin quería que Stuart iniciase el descenso de la colina. Le echó un brazo alre­dedor de los hombros, en un gesto protector, y Stuart dejó que lo hiciera.
-Bajemos al hotel, Stuart -dijo Marklin-. Es ho­ra de cenar. Hace frío y estamos hambrientos.
-Si pudiéramos volver a empezar -dijo Tommy-, lo haríamos mejor. Reconozco que no era necesario matar a esas personas. Habría sido un reto más intere­sante tratar de alcanzar nuestros propósitos sin lasti­mar a nadie.
Stuart, enfrascado en sus pensamientos, miró dis­traídamente a Tommy. Se había vuelto a levantar un viento helado, y Marklin empezó a tiritar. Temía que Stuart pillara una pulmonía. Estaba impaciente por re­gresar al hotel y cenar en compañía de sus amigos.
-No hemos sido nosotros mismos, sabes, Stuart -dijo Marklin contemplando la población que se ex­tendía a sus pies, consciente de que sus dos amigos lo observaban-. Cuando estamos juntos formamos un único ser que ninguno de nosotros conocemos bien, quizás una cuarta entidad a la que deberíamos imponer un nombre puesto que es más poderosa que cada uno de nosotros por separado. Quizá deberíamos aprender a controlarla. Pero no podemos destruirla ahora, Stuart. Si lo hacemos, nos traicionaríamos mutuamente. Por duro que parezca, la muerte de Aaron no significa nada.
Había jugado su última carta. Había dicho las me­jores y peores cosas que debía decir, en lo alto de esa colina azotada por el gélido viento, sin pensarlo previa­mente, dejándose guiar tan sólo por su intuición. Al fin miró a su maestro y a su amigo, y comprobó que am­bos estaban impresionados por sus palabras, quizás in­cluso más de lo que habría podido esperar.
-Sí, fue esa cuarta entidad, como tú la llamas la que mató a mi amigo -respondió Stuart en voz baja- Tienes razón. Y sabemos que el poder, el futuro de esa cuarta entidad, es inimaginable.
-Exactamente -murmuró Tommy con frialdad.
 -Pero la muerte de Aaron es una tragedia terrible. Os prohibo que volváis a mencionarla en mi presencia o que habléis de ella con cualquiera.
-De acuerdo -contestó Tommy.
-¡Pobre amigo inocente -dijo Stuart-, que sólo pretendía ayudar a la familia Mayfair!
-Ningún miembro de Talamasca es inocente -contestó Tommy.
Stuart se volvió hacia él y lo miró entre enoja perplejo.
-¿A qué te refieres? -preguntó.
-No se puede pretender estar en posesión de tantos conocimientos sin que éstos influyan en uno mismo. Cuando se sabe algo se actúa en consecuencia a ello, ya sea para ocultarlo a quienes también se ven influidos por ello o bien para revelárselo. Aarón era consciente de eso. La organización de Talamasca es  perversa por naturaleza; ése es el precio que se debe pagar por el privilegio de acceder a sus bibliotecas, archivos y discos informáticos. Es algo parecido a Dios: ve que algunas de sus criaturas sufrirán y que otras triunfarán, pero no les revela lo que sabe. La Orden de Talamasca es más pérfida que el Ser Supremo, pero ésta no crea nada.
«¡Cuánta razón tienes!», pensó Marklin, aunque no se atrevió a decirlo en voz alta por miedo a la respuesta de Stuart.
-Puede que tengas razón -farfulló Stuart. Parecía derrotado, o quizá tratara de hallar algún argumento al que aferrarse.
-Es un sacerdocio estéril -declaró Tommy con su acostumbrado tono inexpresivo, ajustándose las gafas-. Los altares están desiertos; las estatuas han sido retiradas. Los miembros de la Orden estudian por el mero hecho de estudiar.
-Basta.
-Permíteme que hable de nosotros -respondió Tommy- Nosotros no somos estériles, asistiremos a la sagrada unión y oiremos las voces de la memoria.
-Sí -apostilló Marklin, incapaz de imitar el frío tono de su amigo-. Sí, nosotros somos los auténticos sacerdotes. Los mediadores entre la Tierra y las fuerzas de la naturaleza. Poseemos las palabras y el poder.
Se produjo otro silencio.
¿Conseguiría Marklin hacer descender a sus amigos de esa colina? Había ganado. Habían vuelto a reunirse, y anhelaba el calor del hotel George and Pilgrims. Esta­ba excitado e impaciente por celebrar su victoria.
-¿Y Tessa? -preguntó Tommy-. ¿Cómo está?
-Como siempre -respondió Stuart.
-¿Sabe que el Taltos macho ha muerto?
-No sabe nada de él -contestó Stuart.
-Ya.
-Vamos -dijo Marklin-. Bajemos al hotel.
-Sí -contestó Tommy-, aquí hace mucho frío.
Los tres amigos comenzaron a bajar la colina. Tommy y Marklin sostenían a Stuart del brazo para evitar que resbalara. Cuando llegaron al lugar donde Stuart había dejado aparcado el coche, decidieron su­birse a él en lugar de recorrer a pie el largo trecho que quedaba hasta el hotel.
-Antes de marcharme -dijo Stuart, entregando las llaves del coche a Marklin-, deseo visitar Chalice Well.
-¿Para qué? -inquirió Marklin con voz suave y respetuosa, como demostrando el cariño que sentía por Stuart-. ¿Acaso pretendes lavarte la sangre de las manos? Desengáñate, maestro, el agua del pozo ya está ensangrentada.
Stuart soltó una amarga carcajada y respondió
-Pero es la sangre de Jesús.
-Es la sangre de las convicciones -contestó Marklin-. Iremos al pozo después de cenar, antes anochezca. Te lo prometo.
Luego se subieron al coche y se dirigieron al hotel.









8
Michael le indicó a Clem que saldrían por la puerta delantera. Él mismo sacaría las maletas. Sólo había dos, la de Rowan y la suya.
No se trataba de un viaje de vacaciones, por lo que no era necesario coger los baúles y las bolsas para col­gar los trajes.
Michael echó una ojeada a su diario antes de cerrar­lo. Se detuvo en la página en que se hallaba una larga frase filosófica que escribió la noche de Carnaval, sin imaginar que poco después le despertaría una melancó­lica canción que sonaba en el tocadiscos y vería a Mo­na, vestida con un camisón blanco, bailando como una ninfa. Llevaba un lazo en el pelo y apareció tan lozana y fragante como pan recién horneado, leche fresca y fresones.
No, no podía pensar en Mona en estos momentos. Esperaba una llamada de Londres.
Además, quería leer el párrafo, que rezaba así:

Creo, en última instancia, que es posible adquirir cierta tranquilidad de espíritu pese a todos los horrores y tragedias que puedan producirse. Sólo podemos lograrla en la confianza de que las cosas cambiarán gracias a nuestra fuerza de voluntad por encima de todo, de que haremos lo que  debemos hacer en los momentos adversos.

Habían transcurrido seis semanas desde aquella noche en que, enfermo y trastornado por el dolor, había plasmado por escrito esos sentimientos. En aquellos días, y hasta el momento presente, había permanecido prisionero en casa. Michael cerró el diario. Lo guardó en una bolsa de cuero, cogió la bolsa y las dos maletas bajó la escalera, un poco nervioso porque no le quedaba una mano libre para agarrarse a la balaustrada y temía marearse y caer rodando.
Y si estaba equivocado respecto a lo que había escrito, en todo caso moriría con las botas puestas.
Rowan estaba en el porche hablando con Ryan. Mona también se hallaba presente y miraba a Michael con los ojos llenos de lágrimas y una renovada devoción. Llevaba un vestido de seda y estaba tan atractiva como siempre. Cuando Michael la miró, advirtió lo que Rowan había notado en ella -lo que él mismo ha visto una vez en Rowan-: la turgencia de sus pechos, el color de sus mejillas y el destello de su mirada, junto con un ritmo levemente distinto en sus sutiles gestos.
«¡Mi Tesoro!»
Michael lo creería cuando ella se lo confirmara. Hasta entonces, se negaba a pensar en monstruos y genes. Soñaría con sostener a un hijo o una hija en brazos cuando esa posibilidad fuese real.
Clem se apresuró a coger las maletas y se dirigió hacia la verja. A Michael le gustaba más el nuevo chofer que el antiguo. Le gustaba su sentido del humor y talante sencillo y relajado; le recordaba a unos músicos que había conocido.
El chófer cerró el maletero del coche. Ryan besó Rowan en ambas mejillas y Michael le oyó decir:
-... alguna otra cosa que quieras decirme.
-Sólo que esta situación no durará mucho. Pero no debéis bajar la guardia. Y no dejes que Mona salga sola bajo ningún concepto.
-Puedes encadenarme a la pared -dijo Mona, en­cogiéndose de hombros-. Es lo que habrían hecho con Ofelia, de no haberse ahogado en el río.
-¿Quién? -preguntó Ryan-. Hasta ahora me he tomado esto bastante bien, Mona, teniendo en cuenta que tienes trece años y...
-Tranquilo, Ryan -replicó ella-. La que mejor se lo ha tomado he sido yo.
Mona sonrió con tristeza y él la miró perplejo.
«Ahora viene lo peor», pensó Ryan. No soportaba las largas despedidas de los Mayfair. Se sentía confuso y preocupado.
-Me pondré en contacto contigo en cuanto pueda -le dijo Michael a Ryan-. Visitaremos a los compa­ñeros de Aaron para averiguar lo que podamos. No tardaremos en regresar.
-¿Podéis decirme exactamente a dónde vais?
-No -contestó Rowan, dando media vuelta y di­rigiéndose hacia la verja.
Mona bajó corriendo los escalones del porche.
-¡Eh, Rowan! -gritó, echándole los brazos al cuello y besándola en la mejilla.
Por un momento Michael temió que Rowan no re­accionara, que permaneciera inmóvil como una estatua debajo de la encina, sin corresponder a la fogosidad de Mona ni tratar de liberarse de ella. Pero sucedió algo imprevisto. Rowan abrazó a Mona con fuerza y la besó en la mejilla, acariciándole el cabello y la frente.
-No te preocupes, no pasará nada -la tranquilizó Rowan-. Pero haz todo lo que te he dicho.
Ryan bajó los escalones detrás de Michael.
-No sé qué decir, excepto desearos buena suerte -dijo Ryan-. Quisiera que me explicaras más sobre este asunto, sobre lo que vais a hacer.
-Dile a Bea que hemos tenido que marcharnos -respondió Michael-. A los demás explícales lo imprescindible.
Ryan asintió, receloso y preocupado, pero sobre todo resignado.
Rowan subió al coche. Michael se sentó junto a él y al cabo de unos segundos partieron, enfilando el camino sombreado por las ramas de los árboles. Mona Ryan ofrecían un simpático cuadro, de pie junto a la verja y saludando con la mano; Mona con el rostro marcado por su espléndida melena, cual estrella llameante, mientras que Ryan mantenía una expresión perpleja y preocupada.
-El pobre está condenado a organizar la vida de unas personas que nunca le explican lo que pasa -comentó Rowan.
-Lo intentamos una vez -respondió Michael- pero fue inútil. En el fondo, Ryan no desea enterarse de lo que pasa. Él cumplirá al pie de la letra lo que le hemos dicho. Lo que no puedo asegurar es que Mona tambien lo haga. Pero de Ryan estoy seguro.
-Todavía estás enfadado.
-No -contestó Michael-. Dejé de estarlo cuando regresaste a mí.
Sin embargo, no era cierto. Todavía se hallaba molesto por la intención de ella de partir sola y dejarlo a él al cuidado de la casa y del bebé que Mona llevaba en el vientre. De todos modos, sentirse molesto no era mismo que estar enfadado.
Rowan giró el rostro y miró hacia delante. Michael la observó de soslayo. Estaba todavía muy delgada, pero nunca le había parecido tan guapa. El traje negro, las perlas y los zapatos de tacón alto le conferían un conferían un aire provocativo, un tanto perverso. Pero Rowan no precisaba de esos aditamentos para resultar atractiva. Su be­lleza residía en su pureza, en la estructura ósea de su rostro, en las cejas oscuras y bien perfiladas que realza­ban su expresión, y en su suave y alargada boca que él deseaba besar en aquellos momentos preso de un brutal deseo masculino por despertarla, separar sus labios, sentir cómo su cuerpo se doblegaba entre sus brazos y poseerla.
Ésa era la única forma en que podía poseerla.
Rowan oprimió el botón para subir el panel de vi­drio instalado detrás del conductor. Luego se volvió hacia Michael.
-Estaba equivocada -dijo, sin rencor y sin tratar de justificarse-. Sé que querías a Aaron. Me quieres a mí. Quieres a Mona. Estaba equivocada.
-Olvidemos el tema -contestó Michael. Era duro para él mirarla a los ojos, pero estaba decidido a hacer­lo, a calmarse, a dejar de sentirse molesto, enfadado o lo que fuera.
-Pero hay algo que quiero que comprendas -in­sistió Rowan-. No pienso mostrarme amable y civili­zada con las personas que mataron a Aaron. No voy a responder ante nadie de mis actos, ni siquiera ante ti, Michael.
Él se echó a reír. Al contemplar sus grandes y fríos ojos grises se preguntó si ésa era la expresión que veían sus pacientes unos segundos antes de que la anestesia empezara a surtir efecto.
-Lo sé, cariño -respondió Michael-. Cuando lleguemos, cuando nos encontremos con Yuri, quiero averiguar lo que sabe. Quiero estar presente cuando hables con él. No pretendo tener tu talento ni tu valor. Pero quiero estar presente.
Rowan asintió con un leve movimiento de cabeza.
-Quién sabe, quizás encuentres alguna tarea para mí-sugirió Michael.
Ya lo había dicho. Era demasiado tarde para marcha atrás. Michael sabía que se había ruborizado}! apartó su mirada de ella.
Cuando Rowan contestó, lo hizo con una voz que Michael jamás le había oído utilizar excepto con él, que durante los últimos meses había adquirido nueva intensidad.
-Te amo, Michael. Sé que eres un buen hombre pero yo no soy una buena mujer.
-No sabes lo que dices, Rowan.
-Por supuesto que lo sé. He estado con los duendes, Michael. He penetrado en su círculo interno.
-Y has regresado -respondió él, con su vista en ella e intentando contener la explosión de los agitados sentimientos que lo invadían-. Has vuelto a ser Rowan, estás aquí. Existen cosas más importantes que la venganza.
De modo que no había sido él quien la había despertado de su letargo, sino la muerte de Aaron.
Michael se sentía tan herido, tan fuera de sí, que temió perder de nuevo el control.
-Te quiero, Michael -dijo Rowan-. Te quiero mucho. Y sé cuánto has sufrido. No creas que no soy consciente de ello.
Él asintió con la cabeza. No quería contradecirla, pero quizá se estaba engañando a sí mismo, y también a ella.
-Pero no sabes lo que supone ser la persona que soy. Yo estuve presente durante el parto, era la madre. Yo fui la causa, por decirlo así, el instrumento crucial. Y he pagado por ello. He pagado un precio altísimo. Ya no soy la misma de antes. Te quiero como te he querido siempre, mi amor hacia ti no mermó en ningún momen­to; pero no soy ni puedo ser la misma. Lo comprendí cuando permanecía sentada en el jardín, incapaz de res­ponder a tus preguntas, de mirarte o abrazarte. Lo comprendí perfectamente. Sin embargo te quería, y te sigo queriendo. ¿Comprendes lo que intento decirte?
Michael asintió de nuevo con un movimiento de cabeza.
-Deseas herirme, lo sé -dijo Rowan.
-No, no deseo hacerlo. No es eso. Sólo pretendo... arrancarte esa faldita de seda y esa chaqueta de corte impecable para que te des cuenta de que estoy aquí. ¡Soy yo, Michael! Qué vergüenza, ¿verdad? Qué salva­jada, ¿no?, que desee poseerte de la única forma en que puedo hacerlo, porque me abandonaste, me apartaste de tu lado...
Michael se detuvo. No era la primera vez que en medio de un arrebato de ira se daba cuenta de la inutili­dad de lo que hacía y decía. De nada servía enojarse. Michael comprendió que no podía seguir así, que con aquello no conseguiría otra cosa que deprimirse aún más.
Michael permaneció inmóvil, y notó que su ira se iba disipando. Sus músculos empezaron a relajarse y casi se sintió cansado. Se reclinó en el asiento y miró de nuevo a Rowan.
Ella también lo miró. No parecía asustada ni triste. Michael se preguntó si, en el fondo de su corazón, es­taba aburrida y se lamentaba de no haberlo dejado en casa mientras ella planeaba los siguientes pasos que iba a dar.
«Quítate esos pensamientos de la cabeza, tío, por­que si no lo haces jamás conseguirás volver a amarla.»
Michael sabía que la amaba. Estaba seguro de ello, no le cabía la menor duda. Amaba su valor y su frial­dad. Así es como ella se había comportado en su casa de Tiburón, cuando hicieron el amor bajo las vigas del techo, cuando pasaron horas charlando sin sospechar que, a lo largo de todas sus respectivas vidas ambos se habían ido aproximando el uno al otro.
Michael acarició la mejilla de Rowan, consciente de que su expresión no se había modificado, de que era totalmente dueña de sí misma y de la situación.
-Te quiero -murmuró él.
-Lo sé -respondió ella.
Michael soltó una risita.
-¿Lo sabes? -preguntó, sonriendo complacida Luego se rió de forma silenciosa y sacudió la cabeza- ¡Lo sabes!
-Sí -contestó ella-. Temo por ti, siempre lo hecho, y no porque no seas fuerte o capaz, ni esas cosas. Temo por ti porque poseo un poder que tú no u tienes. Esa gente -nuestros enemigos, los que mataron Aaron- también posee un poder especial, que procede de una ausencia total de escrúpulos.
Rowan se sacudió una mota de polvo de su corta y ceñida falda. Cuando suspiró, el suave sonido invadió el coche como un perfume.
Luego agachó la cabeza, un pequeño gesto que hizo que su sedoso cabello cayera hacia delante y ocultase parcialmente su rostro. Al levantar de nuevo la cabeza sus pestañas le parecían a Michael más largas y sus ojos más bellos y misteriosos.
-Llámalo poder de bruja, si quieres. Quizá sea así de sencillo. Quizá lo lleve en los genes. Quizá sea una facultad física que me permite hacer cosas que los de­más no pueden hacer.
-Entonces yo también lo poseo -señaló Michael.
-No. De modo fortuito quizá poseas la hélice lar­ga -contestó Rowan.
-No se trata de una casualidad. Él me eligió para ti, Rowan. Me refiero a Lasher. Hace años, cuando yo era un niño y me detuve ante la puerta de aquella casa, él me eligió. ¿Por qué crees que lo hizo? Seguro que no fue porque creyera que yo era un hombre honrado que podría destruir aquel cuerpo mortal que tanto esfuerzo le había costado adquirir. Fue por el extraño poder que yo poseía, Rowan. Tú y yo participamos de las mismas raíces célticas. Lo sabes muy bien. Soy hijo de un obre­ro y no conozco mi historia, pero sus orígenes son los mismos que los de la tuya. El poder está ahí. Lo tenía en mis manos cuando era capaz de adivinar el pasado y el futuro con sólo tocar a la gente; estaba ahí cuando oí la música interpretada por un fantasma con objeto de conducirme hasta Mona.
Rowan frunció el ceño, pensativa, entornando los ojos durante unos segundos.
-No hice uso de ese poder para acabar con Lasher -dijo Michael-. Estaba demasiado aterrado para ha­cerlo. Utilicé mi fuerza de hombre y unos simples ins­trumentos, tal como me indicó Julien. Pero poseo ese poder. Estoy convencido de ello. Y si tengo que utili­zarlo para lograr que me ames, que me ames como yo deseo, no dudaré en hacerlo. Ésa es mi intención.
-Mi querido e inocente, Michael -respondió ella con un tono levemente perplejo.
Michael sacudió la cabeza. Luego se volvió hacia ella y la besó. Quizá no fuera ése el gesto más oportu­no, pero no pudo contenerse. La sujetó por los hom­bros, la obligó a reclinarse hacia atrás y le besó los la­bios. Sintió que Rowan respondía sin vacilar con la misma pasión de antaño, abrazándolo y besándolo con fuerza, arqueando su espalda a fin de buscar el mayor contacto entre sus cuerpos.
Al cabo de unos instantes, Michael se separó de ella.
El coche circulaba a gran velocidad por la autopista. Estaban a punto de llegar al aeropuerto y no quedaba tiempo para la pasión que él sentía, para expresar su ira, su dolor y su amor.
Esta vez fue ella quien se volvió hacia él y le tomó la cabeza entre las manos para besarlo.
-Michael, amor mío -dijo Rowan-. Mi único y, verdadero amor.
-Estoy contigo, cariño -respondió él-. Jamás trates de alejarme de tu lado. Lo que tengamos que hacer por Aaron, por Mona, por el bebé, por la familia o por quien sea, lo haremos juntos.


Cuando se hallaban sobrevolando el Atlántico Michael cerró los ojos e intentó dormir. Habían comido con avidez, habían bebido algo más de la cuenta y habían estado charlando durante una hora sobre Aarón. El interior del avión se encontraba en penumbra y en si­lencio, y ellos se habían arrebujado entre media doce de mantas.
Necesitaban descansar. Aaron les habría aconsejado que durmieran un rato.
Dentro de ocho horas aterrizarían en Londres, estaría amaneciendo, aunque según su reloj interno todavía sería de noche. Yuri estaría esperándolos, impaciente por conocer todos los detalles sobre la muerte de Aaron. El dolor, la tristeza de lo inevitable.
Michael estaba empezando a caer en un profunde sopor, sin saber si se hundiría en una pesadilla o en sueño alegre y absurdo como una mala historieta, cuando de pronto advirtió que Rowan le tocaba el brazo.
Se volvió perezosamente hacia ella. Rowan estaba; reclinada en el asiento, sosteniéndole la mano.
-Si salimos de esto -murmuró Rowan-, si no intentas entorpecer mis movimientos, si no vuelvo a ale­jarme de ti...
-Sí...
-Entonces nada se interpondrá entre nosotros. Nadie podrá separarnos jamás. Ni tampoco me impor­tará que tengas otra mujer más joven.
-No deseo otra mujer -contestó Michael-. Du­rante el tiempo que permaneciste alejada de mí ni siquie­ra soñé con otras mujeres. Quiero a Mona, sí, y siempre la querré, pero eso forma parte de nuestra naturaleza. La quiero y deseo tener un hijo suyo. Tengo tantas ganas de ser padre que me da miedo hablar de ello. Es demasiado pronto. No quiero llevarme una decepción. Pero sólo te amo a ti, desde el día en que nos conocimos.
Rowan cerró los ojos, y apoyó su mano sobre el brazo de Michael, hasta que al cabo de unos minutos ésta se deslizó y cayó, de forma natural, como si Ro­wan se hubiera quedado dormida. Michael se volvió y contempló su rostro perfecto y sereno.
-He matado -murmuró él, aunque no estaba se­guro de que ella pudiera oírlo-. He matado a tres per­sonas, y no siento el menor remordimiento. Eso cam­bia a cualquiera.
Rowan no respondió.
-Si fuese necesario volvería a hacerlo -dijo Michael. Rowan movió los labios.
-Lo sé -dijo suavemente, sin abrir los ojos, in­móvil, como si estuviera profundamente dormida-. Yo lo haré tanto si es preciso como si no. Me han ofendido mortalmente.
Rowan se inclinó hacia Michael y lo besó de nuevo en los labios.
-Así, no aguantaremos hasta llegar a Londres -di­jo él. ,
-Somos los únicos que viajamos en primera -con­testó Rowan, alzando las cejas y besándolo nuevamen­te-. Una vez, a bordo de un avión, sentí una especie de amor que jamás había sentido. Fue el primer beso que me dio Lasher, por decirlo así. Fue un beso salvaje, elec­trizante. Pero ahora deseo tus brazos, tu pene, tu cuer­po. No puedo esperar hasta que nos encontremos en Londres. ¡Lo necesito ahora!
No hacía falta que ella insistiera. De no haberse de­sabrochado Rowan la chaqueta, él le habría arrancado los botones en un típico arrebato romántico.








9
Apenas se advertían cambios. La imponente man­sión se alzaba en medio de una especie de parque o bos­que particular con la verja abierta y sin perros que la custodiaran; las ventanas en forma de arco y un sinfín de chimeneas enmarcaba aquella inmensa superficie perfectamente cuidada. Al contemplarla, uno imagina­ba tiempos pasados y percibía el eco de las atrocidades, el oscurantismo y el fuego en la noche negra y desierta.
Sólo los vehículos aparcados a ambos lados del ca­mino de grava, así como los que se hallaban dispuestos en largas hileras en unos garajes al aire libre, indicaban que se vivía en la época presente. Incluso los cables eléctricos permanecían ocultos bajo tierra.
Ash se encaminó a través de los árboles hacia el edifi­cio, escudriñando la fachada en busca de las puertas que recordaba. No vestía traje ni abrigo, sino ropa sencilla, un pantalón de pana marrón, como un obrero, y un grueso jersey de lana, la prenda favorita de los marinos.
A medida que se acercaba, la silueta de la casa se volvía más gigantesca. Había encendidas unas pocas y tenues luces. Los eruditos se hallaban en sus celdas.
A través de una serie de ventanucos protegidos con barrotes avistó una cocina que se hallaba en el sótano. Dos cocineras con uniformes blancos disponían la masa de pan sobre una mesa para que creciera. De la cocina emanaba un potente aroma de café recién hecho. Ash recordó que había una puerta de servicio. Caminó pegado a la pared, fuera del alcance de las luces, palpando las piedras de la fachada hasta alcanzar una puerta que parecía no haber sido utilizada desde hacía tiempo y que estaba atrancada.
No obstante, merecía la pena intentarlo. Además, iba preparado para ese tipo de contingencias. Confiaba en que la puerta no estuviera dotada de un sistema de alarma, como las de su casa. Al acercarse, observó su aspecto destartalado y comprobó que en lugar de una cerradura tenía un simple pestillo y que sus goznes estaban muy oxidados.
Ante su asombro, al empujar la puerta ésta se abrió con un desagradable chirrido. Frente a él vio un pasadizo de piedra y una pequeña escalera que conducía al piso superior. Observó la huella de pisadas recientes en la escalera y percibió una ráfaga de aire cálido y ligeramente enrarecido, típico de los ambientes que permanecen cerrados en invierno.
Ash entró y cerró la puerta. Una luz procedente de la cima de la escalera iluminaba un cartel que rezaba NO DEJEN ESTA PUERTA ABIERTA.
Tras cerciorarse de haberla cerrado, subió la escalera y llegó a un pasillo amplio y oscuro.
Se trataba del pasillo que recordaba. Echó a camina por él, sin intentar amortiguar el sonido de sus zapatillas deportivas ni ocultarse entre las sombras. Al cabo de unos minutos llegó a la biblioteca, no a los archivos que conservaban antiguos y valiosos documentos, sino a aquella sala de lectura con largas mesas de roble, modos sillones y montones de revistas de todas partes del mundo; en la chimenea quedaban algunos rescoldos, entre los troncos quemados y las cenizas.
Ash había supuesto que la biblioteca estaría vacía, pero al entrar vio a un anciano dormido en un sillón, un individuo corpulento, calvo, con unas pequeñas gafas que descansaban sobre la punta de su nariz y ataviado con una bella toga que le cubría la camisa y el pantalón.
No podía empezar por aquella habitación, pues te­mía que sonara una alarma. Abandonó la biblioteca de forma sigilosa, dando gracias a la Divina Providencia por no haber despertado a aquel hombre, y se dirigió hacia la amplia escalera.
Antiguamente, a partir del tercer piso se hallaban los dormitorios. En la confianza de que todavía fuera así, subió rápidamente la escalera.
Cuando alcanzó el extremo del pasillo del tercer pi­so, giró hacia la derecha y siguió por otro pequeño co­rredor. Al ver una luz que se filtraba por debajo de una puerta, decidió empezar por allí.
Sin molestarse siquiera en llamar, giró la manecilla de la puerta y entró en un pequeño pero elegante dor­mitorio. La única ocupante era una mujer de pelo en­trecano que se hallaba ante un escritorio, y que alzó la vista y lo miró con sorpresa pero sin temor.
Ash se acercó al escritorio con paso decidido.
La mujer tenía la mano izquierda apoyada sobre un libro abierto, mientras con la derecha subrayaba unas frases escritas en él.
El libro era De topicis differentiis, de Boecio. La mujer había subrayado la siguiente frase: «El silogismo es una argumentación en laque, establecidas ciertas co­sas, necesariamente resulta, por el hecho de haberlas es­tablecido, una cosa distinta a ellas.»
Ash soltó una carcajada.
-Discúlpeme -le dijo a la mujer.
Ella lo miró sin inmutarse. No había movido un músculo desde que él entró en la habitación.
-Es cierto pero a la vez gracioso, ¿verdad? Lo había olvidado.
-¿Quién es usted? -preguntó ella.
Su voz ronca, quizá debido a la edad, sorprendió a Ash. El cabello, abundante y salpicado de canas, lo llevaba recogido en un anticuado moño en la nuca, en lugar de lucir la anodina melena que solían lucir las mujeres en la actualidad.
-Soy un grosero, lo sé -dijo Ash-. Sé cuándo cometo una torpeza, y le ruego que me disculpe.
-¿Quién es usted? -repitió la mujer casi con idéntico tono de voz que antes, excepto que esta vez espació las palabras para darles mayor énfasis.
-¿Qué soy yo? -preguntó él-. Ésta es una pregunta más importante; ¿sabe usted lo que soy yo?
-No -contestó la mujer-. ¿Debería saberlo?
-No lo sé. Fíjese en mis manos. Son extraordinariamente largas y delgadas.
-Delicadas -rectificó la mujer con su voz profunda y ronca, observando brevemente las manos de Ash y mirándole de nuevo a los ojos-. ¿Por qué ha venido?
-Utilizo los métodos de un niño -contestó él- No conozco otro sistema más eficaz.
-No ha respondido a mi pregunta.
-¿Sabe que Aaron Lightner ha muerto?
La mujer lo miró fijamente durante unos instantes. Luego se reclinó en la silla, soltando el rotulador verde que sostenía en la mano derecha y apartando la vista bruscamente, impresionada por la noticia.
-¿Quién se lo ha dicho? -preguntó-. ¿Lo saben los demás?
-Creo que no.
-Sabía que él no regresaría -dijo la mujer, apre­tando los labios de forma que las arrugas que los cir­cundaban aparecieron muy definidas y oscuras-. ¿Por qué ha venido a comunicarme la noticia?
-Para comprobar su reacción. Para averiguar si ha tenido algo que ver en su asesinato.
-¿Cómo?
-Ya me ha oído.
-¿Asesinato? -repitió la mujer, levantándose len­tamente y mirándolo con desprecio, sobre todo al ad­vertir su elevada estatura. Luego dirigió su vista hacia la puerta, como si desease escapar. Entonces Ash alzó la mano con suavidad, rogándole que tuviera paciencia. Su gesto la detuvo.
-¿Dice que Aaron fue asesinado? -preguntó la mujer, frunciendo el ceño y observándolo fijamente a través de sus gafas con montura plateada.
-Así es. Un coche lo atropello de forma delibera­da. Murió en el acto.
La mujer cerró los ojos como si, incapaz de mover­se y escapar, estuviese buscando la forma de asimilar el impacto de la noticia. Durante unos instantes permane­ció inmóvil, como ajena a la presencia de Ash. Luego abrió los ojos y murmuró con rabia:
-¡Las brujas Mayfair! No debió haber ido ahí.
 -No creo que las brujas tuvieran nada que ver en ello-respondió Ash.
-Entonces ¿quién lo hizo?
-Alguien de la Orden.
-¡Es imposible! ¡No sabe lo que dice! Ninguno de nosotros haría algo semejante.
-Sé perfectamente lo que digo -replicó Ash-. Yuri, el gitano, afirmó que fue alguien de la Orden, y no tenía por qué mentir. No creo que Yuri sea un men­tiroso.
-Yuri. ¿Ha visto a Yuri, sabe dónde está?
-¿Acaso no lo sabe usted?
-No. Se marchó una noche, es lo único que sabe­mos. ¿Dónde está ahora?
-Está a salvo, aunque de milagro. Los mismos canallas que asesinaron a Aaron trataron de matarlo tambien a él. Tenían que hacerlo.
-¿Porqué?
-¿Realmente no sabe nada de este asunto? -preguntó Ash, ahora convencido de la inocencia de la mujer.
-No, espere. ¿A dónde va?
-A descubrir a los asesinos. Lléveme ante el Superior General.
La mujer no esperó a que se lo repitiera dos vez. Se dirigió apresuradamente hacia la puerta e indicó a Ash que la siguiera. Sus gruesos tacones resonaban sobre el suelo pulido mientras caminaba por el pasillo con la cabeza agachada y los brazos en un rítmico balanceo.
Recorrieron el largo pasillo hasta llegar a una puerta de dos hojas. Ash la recordaba, aunque antiguamente aparecía cubierta con varias capas de viejo barniz presentaba un aspecto tan limpio y lustroso como ahora.
La mujer llamó a la puerta. Ash temió que despertara a toda la casa, pero no había otra forma de conseguir lo que él pretendía.
Al abrirse la puerta la mujer se apresuró a entrar, y luego se volvió para indicar al hombre que se encontraba en la habitación que iba acompañada de otra persona.
El hombre miró hacia la puerta, y al descubrir a Ash su expresión de asombro se tornó de inmediatamente un gesto de aprensión y recelo.
-Sabe lo que soy, ¿verdad? -preguntó Ash con suavidad.
Acto seguido entró en la habitación y cerró la puerta. Se trataba de un amplio despacho con un dormitorio contiguo. En la habitación reinaba un ligero desorden, las lámparas estaban mal distribuidas, la iluminación era deficiente y la chimenea estaba vacía.
-Sí, lo sabe -dijo Ash-. Y también que han ase­sinado a Aaron Lightner.
El hombre no se mostró sorprendido, sino profun­damente alarmado. Era alto y corpulento, parecía go­zar de buena salud y tenía el aire de un irritado general que se sabe en peligro. Ni siquiera trató de fingir sor­presa. La mujer lo advirtió enseguida.
-No sabía que iban a hacerlo. Me dijeron que us­ted había muerto, que le habían matado.
-¿Yo?
El hombre retrocedió unos pasos. Parecía aterrado.
-Yo no di orden de que mataran a Aaron. Ni si­quiera sé por qué la dieron, ni por qué querían atraerlo a usted hasta aquí. No sé nada.
-¿Qué significa todo esto, Antón? -inquirió la mujer-. ¿Quién es esta persona?
-Persona, no es la palabra adecuada -respon­dió el hombre, cuyo nombre era Antón-. Tienes an­te ti a...
-¿Qué papel desempeñó usted en este asunto? -le preguntó Ash al hombre.
-¡Ninguno! -respondió éste-. Soy el General Su­perior. Me enviaron aquí para ocuparme de que se cumplieran los deseos de los Mayores.
-¿Fueran cuales fuesen esos deseos?
-¿Qué derecho tiene a interrogarme?
-¿Ordenó a sus hombres que hicieran regresar al Taltos aquí?
-Sí, pero fue por mandato de los Mayores -con­testó el hombre-. ¿De qué me acusa? ¿Qué he hecho para que se presente aquí y me exija que responda a sus preguntas? Los Mayores eligieron a esos hombres, no yo. -El hombre se detuvo, respiró hondo y miró a Ash, examinando los pequeños detalles de su cuerpo-. ¿Acaso no comprende mi posición? Si han matado a Aaron Lightner, ha sido por orden de los Mayores.
-Pero usted lo ha aceptado. ¿Lo han hecho también los demás?
-No lo saben, y no deben saberlo –respondió el hombre, indignado.
La mujer soltó un pequeño gemido. Quizás hasta ese momento guardó la esperanza de que Aarón no hubiera muerto. Ahora lo sabía con certeza.
-Debo informar a los Mayores que está usted  aquí -dijo el hombre-. Debo comunicarlo de inmediato.
-¿ Cómo piensa hacerlo?
El hombre señaló el fax que había sobre la mesa del despacho era tan grande que Ash ni siquiera se había fijado en el aparato, repleto de luces y bandejas para papeles. La mesa estaba llena de cajones. Ash supo que en uno de ellos se ocultaba una pistola.                                    
-Tengo que informarlos inmediatamente de su presencia -dijo el hombre-. Disculpe, pero debo rogarle que se retire.
-No -respondió Ash-. Es usted un corrupto, un perverso. Envió a unos hombres de la Orden a que mataran a unos inocentes.
-Me lo ordenaron los Mayores.
-¿Se lo ordenaron... o le pagaron por ello?
El hombre guardó silencio. Aterrado, se volvió hacia la mujer y dijo:
-Avisa a alguien. -Luego miró a Ash y añadió-. Les ordené que le hicieran regresar aquí. Lo que sucedio no fue culpa mía. Los Mayores me exigieron me trasladara aquí y cumpliera sus órdenes.
La mujer estaba visiblemente impresionada por lo que acababa de oír.
-Antón -murmuró, sin tratar siquiera de descolgar el teléfono.
-Le daré una última oportunidad -dijo Ash-, para que me diga algo que me impida matarlo.
Era mentira. Ash lo comprendió tan pronto como hubo pronunciado la frase. De todos modos, quizá la amenaza obligara al hombre a revelarle algo importante.
-¡Cómo se atreve! -protestó el hombre-. ¡No tengo más que dar unas voces para que alguien acuda de inmediato en mi ayuda!
-¡Adelante! -contestó Ash-. Estos muros son muy gruesos, pero puede intentarlo si lo desea.
-¡Vera, avisa a alguien! -dijo el hombre.
-¿Cuánto le pagaron? -preguntó Ash.
-Usted no sabe nada.
-Se equivoca. Usted sabe lo que yo soy, pero nada más. Tiene una mente decrépita e inútil. Me tiene mie­do, y miente. Sí, miente. Probablemente no les costó ningún trabajo corromperlo; le ofrecieron un anticipo, mucho dinero, y accedió a colaborar en este diabólico plan.
Ash miró a la mujer, que estaba horrorizada.
-No es la primera vez que esto sucede en su Or­den -dijo Ash.
-¡Fuera de aquí! -exclamó el hombre.
Luego empezó a gritar pidiendo ayuda. Su estentó­rea voz resonó en la inmensa estancia.
-Voy a matarle -dijo Ash.
-¡Espere! -exclamó la mujer, extendiendo las ma­nos para detenerlo-. No puede resolver las cosas de este modo. No es necesario que lo mate. Si han asesina­do a Aaron, debemos convocar de inmediato al Conse­jo. En estos momentos la casa está llena de miembros veteranos de la Orden. Eso haremos. Venga, le acom­pañaré.
-Puede convocarlo cuando yo me haya ido. Usted es inocente. No voy a matarla. Pero usted, Antón, cola­boró en este asunto, fue comprado. ¿Por qué no lo re­conoce? ¿Quién le compró? No fueron los Mayores quienes le dieron las órdenes.
-Le aseguro que fueron ellos.
El hombre trató de huir pero Ash extendió sus largos brazos y lo agarró del cuello con una fuerza superior a la de cualquier mortal. Empezó a apretar como si quisiera acabar con él en el acto, confiando en imprimir la fuerza suficiente para partirle el cuello, pero no lo consiguió.
La mujer se apresuró a descolgar el teléfono para pedir ayuda. El hombre tenía el rostro congestionado sus ojos amenazaban con salirse de las órbitas. Cuando perdió el conocimiento, Ash siguió apretando con fuerza hasta asegurarse de que el hombre estaba muerto y no se incorporaría al cabo de unos segundos, como sucedía en ocasiones. Luego lo dejó caer al suelo. La mujer soltó el auricular y gritó:
-¡Dígame cómo sucedió! ¡Quiero saber cómo mataron a Aaron! ¿Quién es usted?
Ash oyó unas voces en el pasillo.                   ¡
-Rápido, necesito el número que comunica con los Mayores.
-No puedo dárselo -contestó la mujer-. Solo nosotros podemos saberlo.
-No sea estúpida, señora. Acabo de matar a este hombre. Haga lo que le ordeno.
La mujer no se movió.
-Hágalo por Aaron -dijo Ash-, y por Yuri Stefano.
La mujer miró la mesa mientras se llevaba una mano a los labios, como si dudara. Luego cogió rápidamente una pluma, anotó algo en un papel y se lo entregó.
En aquel momento sonaron unos golpes en la puerta. Ash miró a la mujer. No había tiempo para seguir hablando.
Se volvió y abrió la puerta. Ante él vio a un nutrido grupo de hombres y mujeres que lo observaban con extrañeza.
Había algunas personas viejas y otras jóvenes. El grupo estaba formado por cinco mujeres, cuatro hom­bres y un muchacho, muy alto pero imberbe. En medio de ellos se hallaba el anciano de la biblioteca.
Ash cerró la puerta tras él, confiando en poder im­pedir que la mujer les contara lo sucedido.
-¿Alguno de ustedes sabe quién soy? -preguntó Ash, mirándolos detenidamente para memorizar los rasgos de cada uno de ellos-. ¿Saben lo que soy? Si lo saben, les ruego que me contesten.
Nadie dijo nada, sino que se limitaron a observarlo desconcertados. Ash oyó cómo la mujer lloraba en la habitación, emitiendo unos sollozos profundos y ron­cos como su propia voz.
La alarma empezó a cundir entre el grupo de curio­sos. Al cabo de unos segundos apareció otro joven.
-Es preciso que entremos -dijo una mujer-. Debemos averiguar lo que ha pasado.
-¿No me conocen? -insistió Ash. Luego se diri­gió al joven que acababa de llegar y le preguntó-: ¿No sabe quién soy ni por qué estoy aquí?
Ninguna de aquellas personas parecía reconocerlo. Nadie sabía nada. Sin embargo todos ellos eran miem­bros de la Orden, eruditos, no empleados del servicio. Eran hombres y mujeres en la plenitud de sus vidas.
La mujer que estaba dentro de la habitación empe­zó a tirar de la manecilla de la puerta hasta que consi­guió abrirla.
-¡Aaron Lightner ha muerto! -gritó-. Lo han ase­sinado.
Sus compañeros lanzaron exclamaciones de asom­bro y horror. Todos ellos eran la viva imagen de la ino­cencia. El anciano de la biblioteca parecía mortalmente herido por la noticia, y tan inocente como el resto. Había llegado el momento de desaparecer. Ash se abrió camino entre el grupo de personas, se dirigió con rapidez hacia la escalera y bajó los escalones de dos en dos antes de que alguien pudiera seguirlo. La mujer gritó para que se detuviera e instó a los demás a que no lo dejaran escapar. Pero Ash era más ágil y tenía las piernas más largas que ellos.
Ash alcanzó una puerta lateral antes de que sus per­seguidores salvaran el primer tramo de la escalera. Salió del edificio, atravesó rápidamente el húmedo césped y, tras volverse un instante para comprobar si lo perseguían, echó a correr. No se detuvo hasta que llegó a la verja, la cual superó de un salto. Luego se encaminó hacia su coche, que estaba aparcado frente al edificio, indicó al chófer que abriera la portezuela y partieron con premura.
Ash se acomodó en el asiento mientras el coche cir­culaba a gran velocidad por la autopista.
Entonces cogió el papel que le había dado la mujer y observó el número de fax que allí figuraba. Se trataba de un número que, según creyó recordar, pertenecía a Amsterdam.
Ash descolgó el teléfono que había junto a su asien­to y le preguntó a la telefonista si aquel número corres­pondía a Amsterdam.
En efecto, así era.
Tras memorizar el número, o al menos intentarlo, Ash dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo.
Ya de regreso al hotel, anotó el número de fax, en­cargó la cena, se dio un baño y aguardó pacientemente mientras los camareros disponían los suculentos platos sobre una mesa cubierta con un mantel de hilo. Sus co­laboradores, incluida la joven y bonita Leslie, se halla­ban de pie junto a él.
-Mañana temprano quiero que me busques otro alojamiento -le dijo Ash a Leslie-. Un hotel tan ele­gante como éste, pero más grande. Necesito poder dis­poner de un despacho y de varias líneas telefónicas. Cuando lo tengas solucionado ven a recogerme.
La joven Leslie, que parecía encantada de que su je­fe le hubiera encomendado una tarea tan importante, salió de la habitación seguida de los otros. Tras ordenar a los camareros que se retiraran, Ash empezó a devorar el apetitoso menú compuesto por espaguetis con salsa de queso, una jarra de leche fría y carne de langosta, que no le gustaba pero que, en definitiva, no dejaba de ser una carne blanca.
Luego se echó a descansar en el sofá, dejándose arrullar por el crepitar del fuego y confiando en que ca­yera una suave llovizna.
También confiaba en que Yuri regresase. No era pro­bable, pero había insistido en que sus empleados per­manecieran en el Claridge's por si Yuri decidía volver a ellos.
Al cabo de un rato llegó Samuel, tan borracho que apenas podía caminar. Llevaba la chaqueta de mezclilla colgada del hombro, y su camisa blanca estaba sucia y arrugada. Ash observó que era una camisa hecha a me­dida, al igual que el traje, con objeto de adaptarse mejor al grotesco cuerpo de Samuel.
Samuel se dejó caer torpemente junto al fuego. Ash se levantó, cogió unos cojines del sofá y los colocó deba­jo de la cabeza del enano. Éste abrió los ojos y lo miró como si no lo reconociera. Apestaba a alcohol y respira­ba con dificultad, pero eso no le importó a Ash, quien siempre había sentido un profundo cariño por Samuel. Por el contrario se habría discutido con cualquiera que no coincidiera con él en que Samuel poseía una ra­ra y tosca belleza, como esculpida en piedra. Pero ¿de -qué habría servido?
-¿Has encontrado a Yuri? -preguntó Samuel. -No -contestó Ash, apoyado sobre una rodilla para hablar con él sin necesidad de alzar la voz-. No he tratado de buscarlo. Londres es muy grande. No hubiese sabido por dónde empezar.
-Tienes razón, es una ciudad sin principio ni fin -dijo Samuel, lanzando un profundo suspiro-. Yo lo he buscado por todas partes. He visitado un montón de bares. Temo que intente regresar y que lo maten.
-Cuenta con numerosos aliados -respondió Ash-. Y uno de sus enemigos ha muerto. Toda la Orden está en guardia. Supongo que eso favorece a Yuri. He mata­do al Superior General.
-¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso? -preguntó Samuel, apoyándose sobre un codo y esforzándose por incorporarse hasta que al fin lo ayudó Ash.
Samuel se sentó con las piernas cruzadas, al estilo indio, y miró a Ash fijamente.
-Lo hice porque ese hombre era un corrupto y un embustero. Todo foco de corrupción dentro de Tala­masca representa un peligro. Además, sabía lo que yo era. Me confundió con Lasher. Cuando le amenacé con matarlo atribuyó la culpa de todo a los Mayores. Nin­gún miembro leal a la organización habría mencionado a los Mayores ante un extraño, ni tampoco habría in­tentado justificarse de esa manera.
-Así que lo mataste.
-Con mis propias manos, como de costumbre. Fue muy rápido. Apenas sufrió. Luego aparecieron otros miembros. Ninguno de ellos me reconoció. En mi opi­nión, la corrupción se encuentra entre las altas jerar­quías y todavía no ha penetrado en las bases, y si lo ha he­cho, ha sido de forma confusa. No saben lo que es un Taltos, y ni siquiera son capaces de reconocerlo cuando lo tienen ante sus propias narices.
-Quiero regresar al valle -dijo Samuel.
-¿No prefieres ayudarme para que el valle siga siendo un lugar seguro y tus repugnantes amigos pue­dan bailar, tocar la gaita, asesinar a seres inocentes y hervir la grasa de sus huesos en unas calderas?
-Tienes una lengua muy afilada.
¿Tú crees? Quizá tengas razón. -¿Qué vamos a hacer ahora?
-Ignoro cuál es el siguiente paso. Si Yuri no ha re­gresado por la mañana, supongo que deberemos mar­charnos.
-Lástima, me gustaba el Claridge's -protestó Sa­muel, arrojándose de bruces sobre un cojín y cerrando los ojos.
-Refréscame la memoria, Samuel -dijo Ash. -¿Qué quieres saber?
-¿Qué es un silogismo?
-¿Que te refresque la memoria? -contestó Sa­muel con una carcajada-. Pero si nunca has tenido ni idea de lo que es un silogismo. ¿Qué sabes tú de filo­sofía?
-Demasiado -respondió Ash, esforzándose en recordar lo que era un silogismo: Todos los hombres son bestias. Las bestias son salvajes. Por tanto, todos los hombres son salvajes.
Luego entró en el dormitorio y se tumbó en la cama. Durante unos momentos vio de nuevo a la hermosa  bruja, la novia de Yuri. Imaginó que ésta oprimía sus desnudos pechos contra su rostro, y que su espesa ca­bellera se los cubría a modo de manto.
Al cabo de un rato se quedó dormido. Soñó que recorría su museo de muñecas. Las baldosas de mármol estaban recién pulidas y vio en ellas el reflejo de un sin­fín de tonalidades, cuyos matices variaban en función de los colores que se situasen junto a ellas. Todas las muñecas que había en las vitrinas -las modernas, las antiguas, las feas, las más bonitas- empezaron a cantar al unísono. Las francesas bailaban, agitando sus peque­ñas faldas acampanadas y exhibiendo una alegre sonri­sas en sus caritas redondas; las espléndidas muñecas Bru sus preferidas, los tesoros de su colección, cantaban con voz de soprano mientras les centelleaban los ojos ba jo las luces fluorescentes. Ash jamás había oído una música semejante. Se sentía muy feliz.     
«Crearé unas muñecas capaces de cantar -se dijo Ash en sueños-. No como las antiguas, que no eran más que unos juguetes mecánicos, sino unas muñecas dotadas de un sistema electrónico que les permita cantar para siempre. Y cuando se produzca el fin del mundo, las muñecas seguirán cantando entre las ruinas.


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