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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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domingo, 1 de diciembre de 2013

Anne Rice - Taltos - 3

Anne Rice - Taltos

3

21

Marklin oyó el tañido de la campana.
No estaba realmente dormido, sino trazando pla­nes. Cuando lo hacía en estado de duermevela, perci­bía unas imágenes muy vívidas, unas posibilidades que no acertaba a ver cuando se hallaba completamente despierto.
Irían a América. Se llevarían toda la valiosa infor­mación que habían logrado reunir. Al diablo con Stuart y Tessa. Stuart los había dejado en la estacada. No deja­rían que volviera a traicionarlos. Llevarían siempre consigo el recuerdo de Stuart, sus creencias y princi­pios, su pasión por lo misterioso, pero eso sería lo úni­co que los ligaría a él.
Alquilarían un pequeño apartamento en Nueva Or­leans e iniciarían una vigilancia sistemática de las brujas Mayfair. Puede que eso les llevara años, pero los dos disponían de dinero. Marklin poseía una cantidad de dinero normal, mientras que Tommy disponía de una suma anormal que se expresaba en billones. Tommy se había hecho cargo hasta ahora de todos los gastos, pero Marklin podía mantenerse a sí mismo sin problemas. A sus familias les dirían que habían decidido tomarse un año sabático. Quizá se inscribieran en unos cursos de una universidad cercana. En cualquier caso, no había ningún problema.
Cuando tuvieran a los Mayfair bajo su punto de mira, empezaría de nuevo la diversión.
La campana, Dios santo, esa campana...
Las brujas Mayfair. Marklin hubiera querido hallar­se en esos momentos en Regent's Park, entre los archi­vos. Contemplar aquellas fotografías, los últimos in­formes de Aaron, fotocopiados. Michael Curry; leer las abundantes notas de Aaron sobre Michael Curry, el hombre capaz de engendrar un monstruo, el hombre a quien Lasher había elegido en su infancia. Los informes de Aaron, apresurados, nerviosos y, en definitiva, lle­nos de preocupación, no contenían ninguna duda al respecto.
¿Es posible que un hombre vulgar y corriente llega­se a aprender las artes hechiceras? No sólo se trataba de un pacto diabólico. ¿Es posible que una transfusión de sangre de una bruja pudiera transmitirle unas dotes te­lepáticas? Seguramente no, pero impresionaba pensar en el poder que tenía esa pareja, Rowan Mayfair, doc­tora y bruja, y Michael Curry, el progenitor de una hermosa bestia.
¿Quién dijo que era una hermosa bestia? ¿Stuart? ¿Dónde puñetas estaba Stuart? Maldito seas, Stuart. Huiste como una sabandija. Nos dejaste plantados, sin una llamada telefónica, sin unas palabras de despedida, sin un hasta la vista.
Pero saldrían adelante sin Stuart. Y, a propósito de Aaron, ¿cómo conseguirían que su nueva esposa ame­ricana les entregara sus documentos?
Todo dependía de una cosa. Tenían que marcharse de allí con una reputación intachable. Tenían que pedir permiso para ausentarse un tiempo, sin despertar sos­pechas.
Sobresaltado, Marklin abrió los ojos. Tenía que salir de allí. No quería pasar ni un minuto más en aquel lugar. Sin embargo, había el problema de la campana. Era la señal de que iba a comenzar el funeral. Su tañido fúnebre lo puso nervioso.
-Despierta, Tommy -dijo Marklin.
Tommy se había arrellanado en una butaca que ha­bía junto a la mesa y ahora roncaba, dejando que un hi­lillo de saliva le colgara de la comisura de los labios. Sus pesadas gafas con montura de concha se habían desliza­do hasta la punta de su redonda nariz.
-Tommy, la campana.
Marklin se incorporó, se arregló la ropa y abando­nó la cama.
Se acercó a Tommy y lo tocó en el hombro.
Durante unos instantes Tommy mostró la expre­sión desconcertada e irritada de quien acaba de ser des­pertado bruscamente, pero enseguida se impuso el sen­tido común.
-Sí, la campana -dijo con calma, pasándose las ma­nos por su alborotado pelo rojo-. La dichosa campana.
Entraron uno detrás de otro en el baño para lavarse la cara. Marklin cogió un pañuelo de papel, lo untó con la pasta dentífrica de Tommy y se limpió los dientes con la mano. Tenía que afeitarse, pero no había tiempo. Habían decidido ir a Regent's Park, recoger todas sus cosas y salir hacia América en el primer avión.
-Nada de solicitar permiso para ausentarnos -di­jo Marklin-. Es mejor que nos larguemos cuanto an­tes, sin más preámbulos. ¡Al diablo con la ceremonia!
-No seas idiota -murmuró Tommy-. Diremos lo que tengamos que decir, y averiguaremos lo que po­damos averiguar. Luego elegiremos el momento más apropiado para marcharnos con discrección.
¡Maldita sea!
Sonaron unos golpes en la puerta.
-¡Ya vamos! -exclamó Tommy irritado, frun­ciendo el ceño, al tiempo que se alisaba la chaqueta. Pa­recía sofocado.
Marklin tenía la chaqueta muy arrugada y no en­contraba la corbata. La camisa no quedaba mal con el jersey. Tendría que presentarse así. Seguramente se ha­bía quitado la corbata mientras conducía y se la habría dejado en el coche.
-Tres minutos -comunicó la voz a través de la puerta. Era uno de los ancianos. «Este lugar estará ates­tado de ancianos», pensó Marklin.
-Esta costumbre me parecía insoportable incluso cuando me consideraba un novicio consagrado a la Or­den -observó Marklin-. Ahora me parece sencilla­mente inadmisible. Esto de que te despierten a las cua­tro de la mañana... o a las cinco, para asistir a un funeral. Resulta tan estúpido como lo de esos moder­nos druidas, disfrazados con sábanas, que montan su espectáculo en Stonehenge en el solsticio de verano. Dejaré que hables tú. Te esperaré en el coche.
-Ni hablar -respondió Tommy, pasándose el pei­ne por su seco cabello. Era inútil.
Salieron juntos de la habitación. Tommy se detuvo para cerrar la puerta. El pasillo estaba helado.
-Puedes hacer el equipaje si quieres -dijo Mar­klin-, pero yo no quiero volver a subir. Por mí, pue­den quedarse con lo que haya en mi habitación.
-Eso sería una estupidez. Conviene que hagas el equipaje como si te marcharas por una razón normal. ¿Por qué no quieres hacerlo?
-No puedo permanecer aquí ni un instante más.
-Supón que te dejas algo importante en la habita­ción, alguna pista que haga que descubran el pastel.
-No me he dejado nada importante, estoy seguro.
Los pasillos y la escalera estaban desiertos. Posible­mente fuesen los últimos novicios que habían oído la campana.
En la planta baja se oían unos suaves murmullos. Al llegar abajo, Marklin comprobó que la cosa era peor de lo que había imaginado.
Había velas por doquier. Todos, absolutamente to­dos, vestían de negro. Habían apagado todas las luces eléctricas. Una asfixiante ráfaga de aire caliente envol­vió a Marklin y a Tommy. Las dos chimeneas se hallaban encendidas. ¡Dios santo!, habían colocado crespo­nes en todas las ventanas.
-Esto es increíble -murmuró Tommy-. ¿Por qué no nos advirtieron que debíamos vestir de negro?
-Es repugnante -dijo Marklin-. Me largo den­tro de cinco minutos.
-No seas idiota -contestó Tommy-. ¿Dónde es­tán los otros novicios? Sólo veo ancianos.
Había aproximadamente un centenar de asistentes, reunidos en pequeños grupos, o bien en solitario, de pie, junto a los oscuros muros revestidos de roble. Por doquier se veían cabezas canas. ¿Dónde diablos se ha­bían metido los jóvenes?
-Vamos -dijo Tommy, agarrando a Marklin del brazo y empujándolo hacia la sala de actos.
Sobre la mesa habían dispuesto un suntuoso bufé.
-¡Pero si han organizado un banquete! -exclamó Marklin. Sintió náuseas al contemplar las fuentes de cordero y buey asado, con humeantes patatas, las pilas de relucientes platos y la cubertería de plata-. ¡Fíjate cómo se cuidan! -murmuró.
Junto al bufé había un nutrido grupo de hombres y mujeres ancianos que llevaban sus platos lentamente y en silencio. Entre ellos se encontraba Joan Cross, en su silla de ruedas. Había estado llorando. También se ha­llaba presente el arrogante Timothy Hollingshed, co­mo de costumbre luciendo sus innumerables títulos en $u rostro, aunque no tuviese ni un centavo.
Elvera se abrió paso entre la multitud, con un frasco de vino tinto en sus manos. Las copas estaban sobre el aparador. «Necesito una copa de vino», pensó Marklin.
De pronto se imaginó a sí mismo muy lejos de allí, a bordo de un avión que se dirigía a América, relajado, li­berado de sus zapatos, mientras la azafata le servía unas copas y una deliciosa cena. Era cuestión de horas.
La campana seguía repicando. ¿Cuánto tiempo iba a durar aquello? Marklin se fijó en unos individuos que estaban junto a él, todos ellos de corta estatura, que ha­blaban en italiano. Asimismo había varios ingleses, amigos de Aaron, que protestaban por todo, y también una mujer joven -o al menos así le pareció-, morena y con los ojos muy pintados. Sí, cuando uno los con­templaba detenidamente se daba cuenta de que eran miembros veteranos, pero no unos viejos decrépitos. Marklin vio también a Bryan Holloway, de Amster­dam, así como a unos mellizos de aspecto anémico y ojos saltones que trabajaban en Roma.
Nadie miraba a nadie, aunque los asistentes conver­saban entre sí. El ambiente era solemne pero cordial. Marklin oyó a la gente de su alrededor murmurar que si Aaron esto, que si Aaron lo otro... siempre Aaron, el reverenciado Aaron. Parecían haberse olvidado de Marcus, que no se merecía menos, por haberlos vendi­do por un plato de lentejas.
-Servíos un poco de vino -le dijo Elvera a Marklin y a Tommy, indicando las finas copas que se hallaban so­bre el aparador. Habían dispuesto la mejor vajilla, crista­lería y cubertería para la ocasión. Marklin se fijó en los tenedores de plata antigua con delicadas incrustaciones; y en los hermosos platos de porcelana, que probable­mente habían sacado de una cámara de seguridad para llenarlos con dulces de chocolate y pastelitos helados.
-No, gracias -declinó Tommy secamente-. No puedo comer mientras sostengo un plato y una copa en las manos.
Alguien lanzó una sonora carcajada en medio de los murmullos y susurros. Otra voz se elevó sobre las de­más. Joan Cross estaba sola, sentada en su silla de rue­das, con la frente apoyada contra la mano.
-¿A quién se supone que hemos venido a llorar? -preguntó Marklin en voz baja-. ¿A Marcus o a Aaron?
Tenía que decir algo. Las velas producían un irri­tante resplandor en medio de la densa oscuridad que le rodeaba. Marklin parpadeó. Siempre le había gustado el olor de la cera, pero aquello era excesivo, absurdo.
Blake y Almage charlaban en tono acalorado en un rincón. Al cabo de unos minutos, Hollingshed se unió a ellos. Marklin supuso que debían de tener cerca de se­senta años. ¿Dónde estaban los otros novicios? No ha­bía más novicios que ellos dos. Ni siquiera se hallaban presentes los serviles y antipáticos Ansling y Perry. El instinto de Marklin le decía que algo raro sucedía.
Marklin se acercó a Elvera, la agarró del codo y le preguntó:
-¿Estábamos invitados Tommy y yo?
-Naturalmente -respondió Elvera.
-No vamos de luto.
-No importa. Toma -dijo Elvera, entregándole a Marklin una copa de vino.
Marklin dejó el plato en el borde de la mesa. Segu­ramente era de mala educación, pensó, pues nadie lo había hecho. Miró la inmensa cabeza de jabalí que tenía ante sí, con una manzana en la boca, y el humeante co­chinillo rodeado de frutas sobre una fuente de plata. Pese a todo, debió reconocer que los aromas de los dis­tintos platos eran deliciosos. De pronto notó que esta­ba hambriento. ¡Qué absurdo!
Al volverse, Marklin comprobó que Elvera había desaparecido, pero Nathan Harberson estaba junto a él, otro viejo fósil de nariz aguileña, y lo observaba con desprecio.
-¿Es costumbre de la Orden? -preguntó Mark­lin-. Me refiero a organizar un banquete cuando mue­re un miembro.
-Tenemos nuestros ritos -contestó Nathan Har­berson con tono melancólico-. Somos una orden muy antigua. Nos tomamos muy en serio nuestros votos.
-Sí, muy en serio -repitió uno de los mellizos de ojos saltones que trabajaba en Roma. Se trataba de En­zo, ¿o quizás era Rodolfo? Marklin no estaba seguro. Sus ojos le recordaban a los de un pez, exageradamente saltones e inexpresivos, quizá debido a una enfermedad que afectaba a los dos hermanos. Cuando los mellizos sonreían, como sucedía en esos momentos, mostraban un aspecto grotesco. Tenían el rostro arrugado y enju­to. Sin embargo, existía una importante diferencia entre ellos. ¿Cuál era? Marklin no la recordaba.
-Existen ciertos principios básicos -afirmó Na­than Harberson, alzando su aterciopelada voz de barí­tono como si se sintiera muy seguro de sí mismo.
-Y ciertas cosas -apostilló Enzo, uno de los me­llizos-, no son cuestionables.
Timothy Hollingshed se acercó al grupo y miró con desdén a Marklin, como de costumbre. Tenía la nariz aguileña y el cabello blanco y espeso, como el de Aaron. A Marklin no le gustaba su aspecto. Era una versión cruel de Aaron, más alto, más ostentosamente elegante. Llevaba los dedos cargados de anillos, cada uno de los cuales encerraba presuntamente una historia de batallas, traiciones y venganzas. ¡Qué vulgaridad! ¿Cuándo po­drían largarse de allí? ¿Cuándo acabaría aquello?
-Algunas cosas son sagradas para nosotros -de­cía Timothy-, como si constituyéramos una pequeña nación.
En aquel momento apareció de nuevo Elvera.
-Sí, no se trata simplemente de una cuestión de tra­diciones -dijo.
-En efecto -apostilló un hombre alto y moreno, con los ojos negros y el rostro tostado por el sol-. Se trata de un profundo compromiso moral, de lealtad, en definitiva.
-Y de respeto -respondió Enzo-. No olvides el respeto.
-Un consenso -dijo Elvera, mirando a Marklin fijamente, como los demás-, respecto a lo que tiene valor y cómo debemos protegerlo a toda costa.
En aquel momento entraron más personas en la sala, más miembros veteranos de la Orden, lo cual au­guraba un aumento en el número de banalidades pro­nunciadas por los presentes. Alguien lanzó otra carca­jada. ¿A qué venían esas risas en un acto para honrar a un difunto?
A Marklin le inquietaba que Tommy y él fueran los únicos novicios presentes. A propósito, ¿dónde se había metido Tommy? De pronto Marklin se dio cuenta, con sobresalto, de que había perdido a Tommy de vista. No, ahí estaba, engullendo un racimo de uvas como una es­pecie de plutócrata romano. ¡Qué falta de respeto!
Tras disculparse ante sus contertulios con un leve gesto de cabeza, Marklin se abrió paso entre la multi­tud que atestaba la sala, tropezando con el pie de al­guien, hasta llegar alcanzar la posición de Tommy.
-¿Qué diablos te pasa? -preguntó Tommy, mi­rando disimuladamente al techo-. Serénate, hombre. Dentro de unas horas estaremos rumbo a América. Luego...
-No digas una palabra -le interrumpió Marklin, consciente de que su voz no sonaba normal, que ya no la controlaba. No recordaba haberse sentido jamás tan inquieto como en aquellos instantes.
En aquel instante se fijó en los crespones negros que colgaban de las paredes; también los dos relojes y los espejos que había en la sala ostentaban unos crespones negros. Marklin se puso nervioso. Jamás había visto una sala decorada con crespones negros, a la anti­gua usanza. Cuando moría alguien en su familia, los restos eran trasladados al depósito y luego llamaban para informarles de que éstos habían sido incinerados. Eso fue lo que sucedió cuando fallecieron sus padres. Marklin había vuelto de la escuela y estaba tumbado en su cama leyendo una obra de Ian Fleming, cuando llamaron para comunicarle la triste noticia. Marklin se limitó a asentir con un movimiento de cabeza y siguió leyendo tranquilamente. ¡Lo había heredado todo, ab­solutamente todo!
De pronto Marklin se sintió asqueado de las velas. Toda la sala estaba llena de valiosos candelabros de plata maciza, algunos de ellos con incrustaciones de piedras preciosas. ¿Cuánto dinero ocultaba la Orden en los só­tanos y en la cámara blindada? Sí, era como una peque­ña nación. Pero la culpa la tenían los imbéciles como Stuart, el cual tiempo atrás había legado toda su fortuna a la Orden y actualmente, en vista de lo sucedido, con toda seguridad habría modificado su testamento.
En vista de lo sucedido. Tessa. El plan. ¿Dónde es­taba ahora Stuart? ¿Con Tessa?
Las voces se iban animando, mezclándose con el tintineo de las copas. Elvera se acercó de nuevo a él y le sirvió más vino.
-Anda, bebe, Mark -dijo Elvera.
-Pórtate bien, Mark -murmuró Tommy, echán­dole el aliento en la cara.
Marklin se volvió. Ésa no era su religión. No tenía por costumbre celebrar la muerte de un compañero co­miendo y bebiendo al amanecer, vestido de negro.
-Yo me largo -declaró de repente. Era como si su voz hubiera explotado de su boca y su eco se propagase a través de los muros de la habitación.
Todos los presentes enmudecieron.
Durante unos segundos, en medio del insólito si­lencio, Marklin tuvo deseos de gritar. Era un deseo tin­tado de angustia o de pánico, más puro que el que sen­tía a veces de niño.
Tommy le pellizcó el brazo y señaló hacia la puerta.
La puerta de doble hoja que daba acceso al come­dor estaba abierta. Así que ése era el motivo del repen­tino silencio. ¿Acaso habían trasladado los restos de Aaron a la casa matriz?
El comedor también se encontraba adornado con velas y crespones. Marklin estaba decidido a no entrar en aquella siniestra caverna; sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta la multitud empezó a empujarlos, a Tommy y a él, lenta y solemnemente hacia el come­dor, transportándolos casi en volandas.
«Ya he visto suficiente, quiero marcharme de aquí...»
Al llegar al comedor, la multitud se dispersó y Mar­klin dio un suspiro de alivio. De pronto observó que todos se acercaban a la mesa. Parecía como si hubiera un cadáver dispuesto sobre la misma. ¡Dios mío! ¿Sería Aaron?
«Saben que soy incapaz de mirarlo -pensó Mar­klin-, esperan que me dé un ataque de pánico y salga corriendo, y que las heridas de Aaron comiencen a san­grar.»
Era horrible, absurdo. Marklin sujetó a Tommy por el brazo.
¡Estáte quieto! -le amonestó éste.
Al fin llegaron a un extremo de la enorme y antigua mesa de madera. Sobre ella yacía un hombre vestido con una chaqueta de lana cubierta de polvo y unos za­patos manchados de barro. ¡Barro! ¡Qué manera de disponer un cadáver para que sus compañeros le pre­sentaran sus respetos!
-Esto es increíble -murmuró Tommy.
-¿Qué clase de funeral es éste? -preguntó Marklin.
A continuación se inclinó lentamente para observar el rostro del cadáver, el cual estaba vuelto hacia el otro lado. Era Stuart, Stuart Gordon yacía muerto sobre aquella mesa. Marklin contempló su enjuto rostro de nariz afilada, como el pico de un ave, y sus ojos azules e inexpresivos. ¡Dios mío, ni siquiera le habían cerrado los ojos! ¿Acaso se habían vuelto todos locos?
Marklin retrocedió de forma apresurada y torpe y chocó con Tommy, al que propinó un pisotón. Se sentía tan confundido que era incapaz de razonar. Un profundo temor se apoderó de él. "Stuart, está muerto -se dijo-, está muerto."
-¿Qué significa esto? -preguntó Tommy, en voz baja y llena de ira-. ¿Qué le ha ocurrido a Stuart...? -Pero sus palabras estaban desprovistas de emoción. El tono de su voz, por lo general frío y monótono, resultó áun más inexpresivo que de costumbre debido a la conmoción que había sufrido al descubrir el cadáver de su mentor.
Los otros se acercaron a Marklin y Tommy, agolpándose a su alrededor. La mano izquierda de Stuart, pálida e inerme, yacía junto a ellos.
-Por el amor de Dios -dijo Tommy indignado-, que alguien le cierre los ojos.
Los miembros de la Orden se habían situado alrededor de la mesa, un ejército de compañeros de Stuart que habían acudido, debidamente enlutados, a llorarlo. ¿O no era así? Hasta Joan Cross se encontraba allí, a la cabeza de la mesa, con los brazos apoyados sobre los brazos de su silla de ruedas y observando la escena con ojos enrojecidos.
Nadie dijo una palabra. Nadie se movió. La primera fase del silencio había sido la ausencia de palabras. La segunda, la ausencia de movimeinto. Todos estaban tan inmóviles que Marklin ni siquiera les oía respirar.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Tommy.
Nadie respondió. Marklin no conseguí apartar la vista del pequeño cráneo de Stuart, cubierto por unas pocas canas. "¿Te has suicidado, loco? ¿Es eso lo que has hecho? ¿Quitarte la vida por temor a ser descubierto?"
De pronto, Marklin se dio cuenta de que los otros no miraban a Stuart, sino a Tommy y a él.
Sintió un dolor en el pecho, como si alguien le oprimiera con fuerza la clavícula.
Marklin se volvió, desesperado, escrutando los rostros que lo rodeaban: Enzo, Harberson, Elvera y los demás, todos ellos observándolo con expresión perversa. Elvera le miró directamente a os ojos; a su lado, Timothy Hollingshed lo observaba con implacable frialdad.
El único que no tenía su vista fija en él era Tommy. Cuando Marklin se volvió para ver lo que atraía su atención de forma tan poderosa hasta el punto de mostrarse indiferente al grotesco espectáculo que se ofrecía ante sus ojos, vio a Yuri Stefano, ataviado conr opas fúnebres, a pocos pasos de ellos.
¡Yuri! Marklin no advirtió hasta entonces la presencia de Yuri. ¿Habría sido él el autor de la muerte de Stuart? ¿Por qué no había sido Stuart más listo, por qué no había hecho algo para frustar las intenciones de Yuri? El plan de interceptar las comunicaciones, la falsa excomunión, habían tenido por objeto impedir que Yuri regresara a la casa matriz. Y ese idiota, Lanzing, había permitido que Yuri escapara del valle.
-No -dijo Elvera-, la bala alcanzó el blanco. Pero no fue mortal. Y ha regresado.
-Vosotros erais los cómplices de Gordon -dijo Hollingshed con desprecio-. Tú y Tommy. Y ahora sois los únicos que quedáis con vida.
-Sí, sus cómplices -repitió Yuri desde el otro la­do de la mesa-. Sus inteligentes pupilos, sus genios.
-¡No! -protestó Marklin-. ¡No es cierto! ¿Quién lo dice?
-El mismo Stuart -respondió Harberson-. To­do apunta hacia vosotros: los papeles que se hallaban en la torre, su diario, sus versos, Tessa...
¡Tessa!
-¿Con qué derecho habéis entrado en su casa? -inquirió Tommy, rojo de ira, dirigiendo su mirada hacia los otros.
-¡No tenéis a Tessa! ¡No os creo! -gritó Mar­klin-. ¿Dónde está? ¡Todo lo hicimos por ella!
De pronto, al darse cuenta de que había cometido un grave error, comprendió lo que venía sospechando desde el principio.
¡Por qué no había hecho caso de su intuición! Su intuición le había advertido que se marchara, y ahora le decía, claramente, que era demasiado tarde.
-Soy un ciudadano británico -dijo Tommy en voz baja-. No permitiré que me detengáis aquí para someterme a juicio.
Inmediatamente la multitud se precipitó sobre ellos, obligándolos a retroceder hacia el otro extremo de la mesa. Marklin notó que unas manos lo asían por los brazos. Eran la del impresentable Hollíngshed, que le sujetaban con fuerza. Marklin oyó a Tommy protestar de nuevo.
-¡Soltadme! -gritó éste.
Resultaba imposible huir. La multitud los empujó a través del pasillo, mientras el eco de las pisadas sobre el pulido suelo de madera resonaba bajo el techo above­dado. Estaban atrapados por la multitud, una multitud de la que no podían escapar.
Las puertas del viejo ascensor se abrieron con un violento sonido metálico y la multitud los obligó a em­pellones a entrar en él. Marklin se volvió, angustiado por la sensación de claustrofobia que lo invadió, y sin­tió de nuevo ganas de gritar.
Las puertas del ascensor se cerraron bruscamente. Marklin y Tommy estaban rodeados por Harberson, Enzo, Elvera, el hombre alto y moreno, Hollingshed y otros individuos, todos ellos muy fuertes.
El vetusto ascensor descendió, entre chirridos y ba­lanceo precario, hacia los sótanos.
-¿Qué vais a hacer con nosotros? -preguntó Marklin.
-Insisto en que me devolváis a la planta principal -dijo Tommy con desdén-. Insisto en que me soltéis de inmediato.
-Existen ciertos delitos que nos parecen delezna­bles -respondió Elvera en voz baja, mirando esta vez a Tommy-. Ciertas cosas que, como miembros de la Or­den, no podemos perdonar ni olvidar.
-¿A qué te refieres? -inquirió Tommy.
El destartalado ascensor se detuvo bruscamente y todos salieron al pasillo. Marklin sintió que unas ma­nos como garras lo sujetaban por los brazos.
Acto seguido los condujeron hacia los sótanos por una ruta desconocida, a lo largo de un pasadizo soste­nido por unos toscos maderos, semejante a la galería de una mina. El aire olía a tierra. Los miembros de la Orden formaban un grupo compacto en torno a -Tommy y a Marklin. Al cabo de unos instantes avista­ron dos puertas al final del pasadizo, unas grandes puertas de madera enmarcadas por un arco y cerradas con llave.
-No podéis retenerme aquí contra mi voluntad -protestó Tommy-. Soy un ciudadano británico.
-Habéis matado a Aaron Lightner -contestó Har­berson.
-Habéis matado a otros en nuestro nombre -aña­dio Enzo. Su hermano, que estaba junto a él, repitió sus palabras como si de un siniestro eco se trataba.
-Habéis manchado el nombre de la Orden -dijo Hollingshed-. Habéis cometido unos actos gravísimos en nuestro hombre.
-No confesaré nada -replicó Tommy.
-No es necesario que hagáis nada -apostilló Enzo.
-Aaron murió creyendo en vuestras mentiras -dijo Hollingshed.
-¡No consiento que me tratéis de esta forma! -gritó Tommy.
Marklin sin embargo, no tenía fuerzas para mostrarse furioso e indignado por el hecho de que lo hubieran apresado y lo condujeran hacia la misteriosa puerta.
-Esperad un momento, os lo ruego -balbuceó, desesperado-. ¿Acaso sabéis si Stuart se suicidó? ¿Qué fue lo que le sucedió? Si él estuviera aquí, nos eximiría de los delitos que nos imputáis; no pensaréis que un hombre de la edad de Stuart...
-Guárdate esas mentiras para Dios -respondió Elvera con suavidad-. Hemos examinado las pruebas minuciosamente durante toda la noche. Hemos hablado con vuestra diosa de cabello blanco. Podéis aliviar vuestra conciencia explicándonos la verdad, pero no tratéis de enganarnos.
Los miembros de la Orden cerraron filas en torno a Tommy y a Marklin, mientras los obligaban a avanzar hacia la puerta que daba acceso a una habitación secreta o a una mazmorra.
-¡Deteneos! -gritó Marklin de pronto-. ¡Por el amor de Dios! ¡Deteneos! Hay ciertas cosas sobre Tessa que desconocéis, cosas que no podéis comprender.
-No les sigas el juego, idiota -dijo Tommy-. ¿Crees que si desaparezco mi padre no hará algunas preguntas? No soy un huérfano. Tengo una gran familia. ¿Acaso crees...?
En aquellos momentos Marklin notó que un brazo lo sujetaba con fuerza por la cintura, miembras otro lo asía por el cuello. Las puertas de la misteriosa habitación se abrieron hacia dentro. Por el rabillo del ojo vio cómo Tommy intentaba liberarse a patadas del individuo que lo tenía sujeto por detrás.
Una ráfaga de aire frío surgió de la puerta abierta. Marklin observó que la habitación estaba completamente a oscuras. "No puedo permanecer encerrado en la oscuridad, es superior a mí."
Al fin, sin poder contenerse, soltó un grito; un angustioso grito que comenzó antes de que lo empujaran hacia delante, antes de que tropezara en el umbral de la puerta y cayera rodando en la oscuridad, hacia la nada, arrastrando consigo a Tommy, quien no dejaba de blasfemar y maldecirlo. Marklin no comprendió sus palabras, pues quedaron ahogadas por el eco de su propio grito.
Al cabo de unos instantes Marklin aterrizó en el suelo. La oscuridad lo envolvía, y también la sentía en su interior. Luego experimentó un intenso dolor en las piernas. Permaneció tendido en el suelo, entre unos objetos afilados y coratantes. Al tratar de incorporarse, apoyó la mano sobre unos objetos que se desintegraron al instante y que despedían un olor a ceniza.
Marklin alzó la vista y percibió un haz de luz que se filtraba por encima de las cabezas de las figuras cuyas siluetas se dibujaban en la peurta.
-¡No podéis hacerlo! -gritó horrorizado, arrastrándose en la oscuridad, y luego, sin necesidad de ningún punto de apoyo, se puso en pie.
Marklin no alcanzaba a ver los rostros de las figuras que se hallaban en la puerta; ni siquiera podía distinguir la forma de sus cabezas. Había caído a una profundidad de varios metros, quizá diez. No lo sabía.
-¡No podéis retenernos aquí, no podéis encerrar­nos en este lugar! -gritó, alzando las manos como si implorara. Pero las figuras retrocedieron y Marklin, ho­rrorizado, oyó el chirrido que produjeron los goznes de la puerta al cerrarse. La luz se extinguió de golpe.
-¿Dónde estás, Tommy? -preguntó angustiado. El eco de sus palabras le inquietaba; lo envolvía y no podía huir de él. Marklin palpó el suelo y tocó los sua­ves y extraños objetos que se habían desintegrado entre sus dedos. De pronto percibió algo húmedo y cálido.
-¡Tommy! -exclamó Marklin aliviado, sintiendo los labios, la nariz y los ojos de aquél-. ¡Tommy!
Luego, en una fracción de segundo que se le antojó una eternidad, comprendió la situación. Tommy estaba muerto. Se habría matado al caer. A los otros, eso no les importaba. Jamás regresarían para sacar a Marklin de allí. De haber podido ampararse en los recursos y san­ciones, de que dispone la ley no los habrían arrojado desde semejante altura. Tommy yacía muerto y Mar­klin estaba solo, encerrado en esa mazmorra, en la os­curidad, junto al cadáver de su amigo y los objetos que lo rodeaban, que según pudo comprobar con su tacto eran huesos.
-¡No podéis hacerlo! ¡No podéis justificar seme­jante cosa! -gritó Marklin-. ¡Sacadme de aquí! -De nuevo oyó el eco de sus gritos, como si éstos fueran unos gallardetes que se alzaran bajo el efecto del viento y luego volvieran a caer sobre él-. ¡Sacadme de aquí!
Sus gritos se tornaron más tenues y desesperados. Aquel terrible sonido le proporcionaba un extrañó consuelo. Marklin comprendió que era el último y úni­co consuelo que le quedaba en la vida.
Al cabo de un rato dejó de gritar y se quedó tum­bado en el suelo, junto a Tommy, sujetándole un bra­zo. Quizá Tommy no estuviera muerto. Quizá se des­pertaría, y ambos explorarían ese lugar en busca de una salida. Quizás existiera una salida y los otros dese­aban que la hallaran, que atravesaran el valle de la muerte hasta dar con ella; no pretendían matarlos pues, a fin de cuentas, eran sus hermanos y hermanas de la Orden. Resultaba imposible que Elvera, la ama­ble Elvera, Harberson, Enzo y su viejo profesor, Cler­mont, quisieran matarlos. Eran incapaces de cometer semejante atrocidad.
Al fin Marklin se incorporó de rodillas, pero cuan­do trató de ponerse en pie el tobillo izquierdo cedió, produciéndole un intenso dolor.
-¡Puedo arrastrarme, maldita sea! -murmuró Mark­lin-. ¡Puedo arrastrarme! -repitió, gritando.
Comenzó a avanzar por el suelo de la mazmorra, apartando de su camino los huesos, los fragmentos de piedras o huesos, o lo que fuera aquello. «No pienses en ello -se dijo-: No pienses en las ratas. No pienses en nada.»
De pronto su cabeza chocó contra un muro.
Al cabo de pocos segundos ya había recorrido toda la extensión de aquel muro, de otro, otro y otro más. La habitación no era sino un pequeño cuchitril.
«No me preocuparé sobre cómo salir de aquí hasta que me encuentre mejor y pueda sostenerme en pie pa­ra buscar una puerta, una ventana u otra salida -se di­jo Marklin-. Afortunadamente, entra un poco de aire fresco.
»Descansaré un rato -pensó, acurrucándose junto a Tommy y oprimiendo la frente contra la manga de su amigo- mientras reflexiono sobre lo que debo hacer. Soy demasiado joven para morir de este modo, en esta mazmorra a la que me han arrojado unos perversos sa­cerdotes y monjas, es imposible... Sí, descansa, no tra­tes de resolver ahora mismo el problema. Descansa...»
Al cabo de unos minutos empezó a sentir sueño. Tommy había sido un estúpido al pelearse con su ma­drastra, al decirle que no quería tener más trato con ella. Pasarían seis meses, quizás un año... No, el banco inten­taría averiguar su paradero, el banco de Tommy y el su­yo, al ver que no acudían a cobrar sus cheques trimes­trales. No, era imposible que sus compañeros hubieran decidido enterrarlos vivos en ese espantoso lugar.
De pronto Marklin oyó un extraño ruido que lo so­bresaltó.
Al cabo de unos instantes volvió a oírlo, varias ve­ces más. Marklin sabía lo que era, pero no conseguía identificarlo. Maldita sea, en la oscuridad ni siquiera podía identificar de dónde provenía. Se puso a escuchar atentamente. Percibió una serie de sonidos, que al fin logró descifrar.
Estaban colocando unos ladrillos y cubriéndolos con mortero. Ladrillos y mortero, y el sonido provenía de arriba.
-Pero esto es absurdo, inconcebible. Es una prác­tica medieval. ¡Despierta, Tommy! -dijo Marklin.
Sintió de nuevo deseos de gritar, pero no quería hu­millarse y que esos cabrones lo oyeran dar alaridos mientras tapiaban la puerta.
Marklin comenzó a sollozar suavemente, con el rostro apoyado en la manga de Tommy. No, era una medida provisional, un truco para hacerlos sufrir y conseguir que se arrepintieran antes de entregarlos a las autoridades. No pretendían dejarlos encerrados allí por siempre, para que se pudrieran en esa mazmorra. Se trataba de una especie de castigo ritual, destinado tan sólo a atemorizarlos. Pero lo peor era que Tommy había muerto. Por fortuna, había sido un accidente. Cuando aparecieran los otros Marklin se mostraría dó­cil, cooperaría con ellos. Lo importante era salir de allí. Eso era lo único que le preocupaba, salir de aquel lugar.
«No puedo morir así, es impensable que muera de esta forma, es imposible que me arrebaten la vida en plena juventud, los sueños, la grandeza que vislumbré con Stuart y Tessa...»
En el fondo Marklin sabía que su lógica adolecía de graves errores, unos errores fatales, pero continuó construyendo el futuro. Imaginó que sus compañeros acudían a rescatarlo y le decían que sólo habían preten­dido darle un susto y que la muerte de Tommy había sido un accidente, que no sabían que podría matarse al caer... los muy embusteros, traidores y estúpidos. Lo importante era estar preparado, serenarse, dormir un rato, mientras persistía en sus oídos el ruido producido por los ladrillos y el mortero. No, esos sonidos habían cesado. Quizá ya hubiesen tapiado la puerta, pero no importaba. Ya encontraría otra forma de salir de esa mazmorra. En poco rato, empezaría a explorarla a la búsqueda de una salida.
De momento, lo mejor era permanecer tendido jun­to a Tommy, a la espera de que se disipara el ataque ini­cial de pánico y pudiera pensar de una forma racional.
¡Qué estúpido había sido al olvidarse del mechero de Tommy! Tommy no fumaba, al igual que él, pero siempre llevaba un mechero para encender los cigarri­llos de las chicas guapas.
Marklin registró los bolsillos del pantalón y la cha­queta de su amigo, y al fin halló el pequeño encendedor de oro. Confiaba en que tuviera gasolina o un cartucho -de butano o lo que fuera para poderlo encender.
Marklin se incorporó lentamente, lastimándose la palma de la mano izquierda con un objeto afilado, y encendió el mechero. La pequeña llama chiporroteó unos segundos y luego se hizo más larga e iluminó el pequeño cuchitril subterráneo.
A la luz del mechero, Marklin observó que el suelo estaba sembrado de fragmentos de huesos, de huesos humanos. Junto a Marklin había una calavera que lo miraba con las cuencas de los ojos vacías e inexpresivas, y más allá había otra. ¡Dios mío! Eran unos huesos tan viejos que algunos se habían convertido en cenizas. Y el rostro de Tommy, muerto, con un hilillo de sangre seca en la comisura de los labios y en el cuello; a su alrede­dor, diseminados por todo el suelo, fragmentos de hue­sos humanos.
Marklin soltó el mechero y se llevó las manos a la cabeza. Luego cerró los ojos, abrió la boca y lanzó un grito terrible y ensordecedor. Lo único que percibía era la oscuridad y el eco de su propio grito, un grito que lo había liberado, transportando su terror y su angustia hacia el cielo. Marklin comprendió que todo iría bien si él no dejaba de gritar; siempre y cuando sus gritos bro­taran de sus labios, cada vez con mayor fuerza, sin ce­sar jamás.










22

Los aviones rara vez le transmiten a uno la sensa­ción de aislamiento total. Incluso a bordo de aquel apa­rato lujosamente amueblado, con sus cómodos sillones y su amplia mesa, uno era consciente de hallarse en un avión. Sabes que te encuentras a doce mil metros de al­tura sobre el Atlántico, y notas las pequeñas turbulen­cias producidas por el viento, como si el avión fuera un inmenso barco que navegara por el mar.
Ocupaban los tres sillones agrupados en torno a la mesa, como tres puntos de un triángulo equilátero invi­sible. Un sillón había sido diseñado específicamente para Ash, lo cual resultaba obvio. Ash se encontraba de pie junto a él, cuando les indicó a Rowan y a Michael que tomaran asiento en los otros dos.
Otras sillas, que se hallaban junto a las paredes do­tadas de ventanas, permanecían vacías. Semejaban grandes manos enguantadas dispuestas a acoger y sos­tener con firmeza los traseros de los pasajeros. Una de ellas, sin duda destinada a Ash, era mayor que las otras.
Todo estaba decorado en tonos caramelo y oro, y todo, hasta el más pequeño detalle, era ultramoderno y perfecto. La joven americana que les había servido unas copas, perfecta; la música de Vivaldi que sonó du­rante un breve rato, perfecta.
Samuel, el extraño enano, dormía en una cabina que se hallaba en la parte posterior del aparato, acostado en una cama y agarrado a la botella que se había llevado del apartamento de Belgravia, después de insistir en que le llevaran un bulldog, un capricho que los emplea­dos de Ash no pudieron satisfacer.
-Les dijiste que me dieran todo lo que quisiera, Ash -se quejó Samuel-. Oí cómo se lo ordenabas a tus sirvientes. ¡Pues quiero un bulldog, y lo quiero ahora mismo!
Rowan permanecía sentada en el sillón, recostada hacia atrás y con las manos apoyadas en los brazos del mismo.
No sabía cuánto tiempo llevaba sin dormir. Antes de que llegaran a Nueva York procuraría descabezar un sueñecito. En aquellos momentos se sentía profunda­mente intrigada, observando a los dos hombres que se hallaban frente a ella.
Michael estaba fumando un cigarrillo y sostenía la colilla entre dos dedos, con el extremo humeante diri­gido hacia él.
Ash vestía una de sus holgadas chaquetas cruzadas de seda, muy a la moda, con las mangas arremangadas, mostrando los puños de la camisa adornados con unos gemelos de oro y unas piedras que a Rowan le recorda­ban a los ópalos, aunque ella no fuese experta en piedras preciosas ni semipreciosas, ni nada por el estilo. Opa­los. Los ojos de Ash poseían una cualidad opalescente, o al menos eso le parecía a ella. Llevaba un pantalón ancho, como el de un pijama, un estilo que también es­taba muy de moda. Mantenía uno de los pies apoyado de modo informal en el borde del sillón, y en la muñeca derecha lucía un fino brazalete de oro que constituía simplemente un adorno, sin una función específica, una delgada banda de metal que a Rowan le pareció extraordinariamente sugerente, aunque no sabía muy bien por qué.
Ash alzó la mano y se la pasó por su oscuro cabe­llo, deslizando el meñique a través de las canas no co­mo si quisiera olvidar que las tenía, sino para incorpo­rarlas al resto de su espesa y ondulada cabellera. Ese pequeño gesto confirió a su rostro cierta animación. Luego, sus ojos recorrieron la habitación y se detuvie­ron en Rowan.
Rowan apenas se había fijado en lo que había saca­do apresuradamente de la maleta: algo rojo, algo suave, algo holgado y corto que apenas le rozaba las rodillas.
Michael le había colocado las perlas alrededor del cuello, un pequeño y hermoso collar. Ese gesto la sor­prendió. Se sentía confusa por todo lo sucedido.
Los sirvientes de Ash se habían encargado de pre­parar todo el equipaje.
-No sabía si usted quería que le proporcionára­mos a Samuel un bulldog -había repetido Leslie, la jo­ven secretaria, por enésima vez, con la preocupación de haber disgustado a su jefe.
-No tiene importancia -había respondido Ash al fin, como si la oyera por primera vez-. Le comprare­mos uno en Nueva York. Podrá acomodarlo en el jar­dín de la azotea. ¿Sabes, Leslie, que algunos perros vi­ven en las azoteas de Nueva York y que jamás han pisado la calle?
¿Por quién la ha tomado?, había pensado Rowan. ¿Qué opinión tenían sus empleados de él? ¿Acaso lo respetaban por ser increíblemente rico y apuesto?
-Pero quiero un bulldog esta noche -había insis­tido el enano, hasta perder de nuevo el conocimiento-, y lo quiero ahora.
Cuando Rowan vio al enano por primera vez reci­bió una fuerte impresión. ¿Se debía quizás a sus genes de bruja? ¿O a sus conocimientos de bruja? ¿O a que los grotescos pliegues que cubrían su rostro la horrori­zaban desde su perspectiva de médico? El rostro de Sa­muel parecía una enorme y jaspeada piedra viva. ¿Y si un cirujano eliminara esos pliegues, poniendo al descu­brimiento unos ojos normales, una boca, unos pómu­los y una barbilla correctamente formados? ¿Modifica­ría eso la vida del enano?
-El brujo y la bruja Mayfair -había dicho Samuel al ver a Rowan y a Michael.
-¿Es que acaso nos conoce todo el mundo? -ha­bía preguntado Michael, malhumorado-. ¿Es que nues­tra reputación nos precede allá a donde vamos? Cuan­do vuelva a casa, me dedicaré a leer obras sobre brujería para estudiar el tema a fondo.
-Una idea excelente -había respondido Ash-. Con tus poderes, podrás conseguir lo que te propongas.
Michael se había echado a reír. Rowan observó que ambos se habían caído bien desde el principio. Com­partían determinados criterios y actitudes frente a la vi­da. Yuri era demasiado nervioso, impulsivo, demasiado joven.
Durante el trayecto de regreso, tras la macabra visi­ta a Stuart Gordon en su torreón, Michael les había contado la larga historia que le había relatado Lasher sobre una vida vivida en el siglo XVI, sus primeros y ex­traños recuerdos y la sensación que tenía de haber vivi­do otra existencia anterior.
No había sido un relato frío y desapasionado, sino una emotiva confesión que sólo él y Aaron conocían. Michael se lo había contado una vez a Rowan, y ésta lo recordaba más bien como una serie de imágenes y ca­tástrofes que de palabras.
Al oírlo de nuevo en la limusina negra, mientras conducía a gran velocidad por la carretera hacia Lon­dres, le pareció contemplar de nuevo aquellas imágenes con mayor detalle. Lasher el sacerdote, Lasher el santo, Lasher el mártir, y luego, cien años más tarde, la figura de Lasher como presencia constante junto a la bruja, una voz invisible en la oscuridad, un viento huracana­do que arrasaba los campos de trigo y arrancaba las ho­as de los árboles.
-La voz del valle -había dicho el enano en Lon­dres, señalando a Michael con el pulgar.
¿Sería cierto?, se había preguntado Rowan. Ella co­nocía el valle, jamás olvidaría su estancia allí como pri­sionera de Lasher, el cual la arrastró a través de las rui­nas del castillo; jamás olvidaría los momentos en que Lasher «evocaba» lo sucedido, cuando su nuevo cuer­po se apoderó de su mente y borró de ésta los conoci­mientos que pueda poseer un fantasma.
Michael no conocía el valle. Quizás irían a visitarlo juntos un día.
Mientras se dirigían al aeropuerto, Ash le había aconsejado a Samuel que intentara dormir un rato.
El enano se había bebido otra botella de whisky, entre protestas y eructos, y lo habían tenido que subir al avión en un estado próximo al coma.
Ahora volaban sobre el Ártico.
Rowan cerró y abrió los ojos. La cabina estaba inun­dada de luz.
-Jamás le haría daño a Mona -dijo Ash de impro­viso, sobresaltando a Rowan y haciendo que se despe­jara, mientras observaba fijamente a Michael.
Michael dio una última calada a su cigarrillo y lo apagó en el cenicero de cristal mientras se retorcía co­mo un gusano. Tenía los dedos grandes, recios, cubier­tos de vello negro.
-Ya lo sé -respondió Michael-. Pero hay cosas que no comprendo. Es lógico. Yuri estaba muerto de miedo.
-Eso fue culpa mía, una estupidez por mi parte. Es por eso por lo que tenemos que hablar largo y tendido los tres, aparte de otras razones.
-Pero ¿por qué te fías de nosotros? -preguntó Michael-. ¿Por qué te interesa nuestra amistad? Eres un hombre muy ocupado, un multimillonario...
-También tenemos eso en común, ¿no es cierto? -contestó Ash.
Rowan sonrió.
Ambos ofrecían una fascinante posibilidad de estu­dio de contrastes: el hombre de voz profunda, con los ojos azules y unas cejas negras y tupidas; y el otro, in­creíblemente alto y esbelto, con un movimiento de ma­nos en extremo grácil y elegante. Dos exquisitos ejem­plos de virilidad, dotados de un cuerpo perfectamente proporcionado y de una acusada personalidad, y am­bos -como todos los hombres importantes- hacían gala de una aplastante seguridad en sí mismos y de una profunda calma interior.
Rowan miró hacia el techo. Estaba tan cansada que veía las cosas distorsionadas. Tenía los ojos resecos y necesitaba dormir, pero no podía hacerlo. Todavía no.
-Conoces una historia que sólo yo puedo oír -di­jo Ash-. Y deseo oírla. Yo también te contaré una que sólo tú debes oír. ¿Acaso no confías en mí? ¿Es que no quieres mi amistad ni, posiblemente, mi amor?
Michael reflexionó unos instantes.
-Creo que sí quiero esas cosas, ya que me lo pre­guntas -contestó, encogiéndose de hombros y son­riendo-. Puesto que me lo preguntas.
-Bien -dijo Ash con suavidad.
Michael soltó una breve y profunda carcajada.
-Pero tú sabes que maté a Lasher, ¿no? Te lo dijo Yuri. ¿No me guardas rencor por haber matado a uno de los tuyos?
-No era uno de los míos -respondió Ash, son­riendo de forma amable.
La luz puso de relieve las canas de su sien izquierda. Un hombre de unos treinta años, con unas canas que le conferían un toque de distinción, una especie de niño prodigio del mundo empresarial con el cabello prema­turamente gris. Un hombre que contaba siglos e infini­tamente paciente.
De pronto Rowan recordó con cierto orgullo que había sido ella quien había matado a Gordon. No él.
Sí, lo había matado. Era la primera vez en su des­graciada existencia que había gozado al usar ese poder, condenando a muerte a un hombre por medio de su voluntad, destruyendo sus tejidos, confirmando lo que siempre había sospechado: si quería hacerlo, si colabo­raba con ese poder en lugar de tratar de sofocarlo, éste actuaba de forma rápida y eficaz.
-Quiero contarte algo -dijo Ash-. Quiero que conozcas la historia de lo que sucedió y cómo llegamos al valle. Ahora no, pues todos estamos demasiado can­sados; hablaremos más adelante.
-Sí -contestó Michael-, quiero saberlo. -In­trodujo la mano en el bolsillo, sacó el paquete de taba­co hasta la mitad y extrajo un cigarrillo-. Quiero co­nocer tu historia, por supuesto. Quiero estudiar el libro, si es que no has cambiado de opinión y nos lo de­jas ver.
-Desde luego -respondió Ash, acompañando sus palabras con un gesto de la mano, mientras la otra per­manecía apoyada en las rodillas-. Sois una auténtica tribu de brujos. Nos parecemos mucho, vosotros y yo. En el fondo, no es muy complicado. He aprendido a vivir con una profunda sensación de soledad. Durante años consigo olvidarme de ella, pero luego surge de pronto el deseo de que alguien me coloque en el debido contexto. El deseo de ser conocido, comprendido, juz­gado moralmente por una mente sofisticada. Eso fue lo que me atrajo desde el principio de Talamasca, el hecho de poder acudir allí y sincerarme con los eruditos, con­versar con ellos hasta bien entrada la noche. La Orden ha atraído a numerosos seres no humanos. No soy el único que ha recurrido a ellos.
-Eso es lo que necesitamos todos, ¿no es cierto? -dijo Michael, mirando a Rowan. Se instauró otro de esos momentos silenciosos, secretos, como un beso in­visible.
Rowan asintió con un movimiento de cabeza.
-Sí -contestó Ash-. Los seres humanos no sue­len sobrevivir sin ese tipo de intercambios, de comuni­cación. Amor, en definitiva. Nuestra especie era amable y cariñosa. Nos costó mucho comprender el significa­do de la agresividad. Al principio, cuando nos conocen, los humanos nos toman por niños, pero se equivocan. Somos de temperamento dulce y apacible, pero tam­bién testarudos, caprichosos, impacientes, y nos gustan las cosas simples.
Ash se detuvo. Luego preguntó con tono sincero:
-¿Qué es lo que os inquieta? ¿Por qué dudasteis en aceptar cuando os pedí que me acompañarais a Nue­va York? ¿Qué fue lo que pensasteis en aquellos mo­mentos?
-Maté a Lasher por una cuestión de supervivencia -respondió Michael-, ni más ni menos. Había un testigo, un hombre capaz de comprender y perdonar­me, suponiendo que alguien deba perdonarme por ello. Ese hombre ha muerto.
-Aaron.
-Sí, quería llevarse a Lasher, pero comprendió por qué no se lo permití. En cuanto a los otros dos indivi­duos... podríamos decir que fue en defensa propia.
-Y esas muertes te atormentan -dijo Ash con suavidad.
-Maté a Lasher deliberadamente -respondió Mi­chael, como si hablara consigo mismo-. Ese ser había lastimado a mi esposa, me había arrebatado a mi hijo. Aunque quién sabe lo que hubiera sido de esa criatu­ra. Existen numerosos interrogantes, numerosas posibi­lidades. Lasher había atacado a varias mujeres. Las ha­bía asesinado en su afán de perpetuarse. No podía vivir con nosotros, como tampoco habría podido hacerlo una plaga o un insecto. La coexistencia era impensable, y luego estaba -para utilizar el término que has emplea­do tú- el contexto, la forma en que se había presenta­do, bajo la apariencia de un fantasma, la forma en que... me utilizó desde el principio.
-Te comprendo perfectamente -dijo Ash-. De haber estado en tu lugar, yo también lo habría matado.
-¿Estás seguro? -preguntó Michael-. ¿No le habrías perdonado la vida por ser uno de los pocos de tu especie que aún quedaban en la Tierra? ¿No habrías sentido ninguna lealtad hacia él?
-No -contestó Ashlar-. Creo que no me com­prendes, te hablo en un sentido general. He pasado to­da mi vida tratando de demostrarme a mí mismo que soy prácticamente un ser humano. ¿Recuerdas? En cierta ocasión intenté convencer al papa Gregorio de que teníamos alma. No soy amigo de las almas errantes que ambicionan el poder, un alma vieja que usurpa un nuevo cuerpo. Eso no suscita en mí la menor lealtad.
Michael asintió con un movimiento de cabeza, dan­do a entender que lo comprendía.
-De haber hablado con Lasher -prosiguió Ash-, de haber hablado de sus recuerdos, quizás eso me ha­bría hecho reflexionar. Pero no, no habría sentido nin­guna lealtad hacia él. Los cristianos y los romanos jamás creyeron que matar fuese asesinar, tanto si se tra­taba de un ser humano como de uno de nuestra especie. Pero yo sí lo creo. He vivido demasiado como para caer en el error de creer que los seres humanos no son dignos de compasión, que son «distintos». Todos esta­mos relacionados; todo está relacionado. Cómo y por qué, no lo sé. Pero es así. Lasher asesinó para alcanzar sus fines, y si era posible acabar con esa maldad para siempre... -Ash se encogió de hombros y sonrió con amargura, o quizá con una mezcla de tristeza y amar­gura-. Siempre creí, imaginé, soñé, que si regresába­mos algún día, si teníamos otra oportunidad en la Tie­rra, quizá podríamos borrar ese crimen.
-Y ahora ya no lo crees -dijo Michael, esbozando una sonrisa.
-No -respondió Ash-, pero tengo mis motivos para no pensar en esas posibilidades. Lo comprenderás cuando nos sentemos a charlar con calma en mis apo­sentos de Nueva York.
-Yo odiaba a Lasher -dijo Michael-. Era per­verso y cruel. Se reía de nosotros. Tal vez fue un error fatal. No estoy seguro. Por otra parte, estaba convenci­do de que había otras personas, vivas y muertas, que deseaban que yo lo matara. ¿Crees en el destino?
-No lo sé.
-¿Cómo que no lo sabes?
-Hace siglos me dijeron que mi destino era con­vertirme en el único superviviente de mi especie. La profecía se ha cumplido. Pero no sé si fue el destino. Yo fui muy hábil, logré sobrevivir a inviernos durísimos, batallas y todo tipo de avatares. Continúo sobrevivien­do. ¿Fue cosa del destino o de mí propia capacidad de supervivencia? No lo sé. Pero, en cualquier caso, ese ser era tu enemigo. ¿Por qué necesitas que te perdone por lo que hiciste?
-Ese no es el problema -terció Rowan, antes de que Michael pudiera responder. Se encontraba cómo­damente sentada en el sillón, con la cabeza apoyada en el respaldo. Podía verlos a los dos, y ambos la observa­ban a ella-. Al menos, no creo que sea eso lo que le preocupa a Michael.
Michael no la interrumpió.
-Lo que le preocupa es algo que yo he hecho, algo que él no podría haber hecho jamás.
Ash y Michael aguardaron sin interrumpirla.
-He matado a otro Taltos, a una hembra -dijo Ro­wan.
-¿Una hembra? -preguntó Ash suavemente-. ¿Un auténtico Taltos hembra?
-Sí, una auténtica hembra, la hija que tuve de La­sher. La maté. Disparé contra ella. La maté en cuanto comprendí qué y quién era, y que estaba ahí, conmigo. La maté. La temía tanto como a Lasher.
Ash parecía fascinado ante aquella revelación, pero en absoluto disgustado.
-Temía una unión entre un macho y una hembra Taltos -prosiguió Rowan-. Temía las crueles profe­cías que él había hecho, así como el siniestro futuro que había descrito. Temía que Lasher hubiera engendrado un hijo entre las mujeres Mayfair, un macho, y que éste hallara a mi hija y así se perpetuaran. Ésa habría sido la victoria de Lasher. Michael y yo, y las otras brujas Mayfair, habíamos sufrido tanto desde el principio por esa... esa unión, ese triunfo del Taltos.
Ash asintió con un ademán de la cabeza.
-Sin embargo, mi hija vino a mí llena de amor -di­jo Rowan.
-Sí -murmuró Ash, impaciente por oír el final de la historia.
-Maté a mi propia hija -dijo Rowan-. Disparé contra mi vulnerable e indefensa hija. Ella me curó, me regaló su savia y me liberó del trauma del parto.
»Eso es lo que nos preocupaba a Michael y a mí, el hecho de que tú lo supieras, que tú, que deseas ser ami­go nuestro, descubrieras horrorizado que pudiste ha­berte unido con una hembra de tu especie de no haber­la matado yo.
Ash se inclinó hacia delante, con los codos apoya­dos en las rodillas y un dedo sobre el labio inferior. Mi­ró a Rowan con las cejas arqueadas y el ceño levemente fruncido.
-¿Qué hubieras hecho de haber descubierto a mi Emaleth? -preguntó Rowan.
-¿Era ése su nombre?
-El nombre que le impuso su padre. Él me violó repetidas veces, aunque los abortos que sufría conti­nuamente me estaban matando. Hasta que al fin esa criatura, Emaleth, consiguió ver la luz.
Ash suspiró. Se reclinó de nuevo en el sillón, apoyó su mano en el borde del brazo de cuero y estudió a Ro­wan. No parecía entristecido ni enojado por la noticia. De cualquier modo, resultaba imposible adivinar su reacción.
Durante una fracción de segundo Rowan pensó que había sido una locura contárselo ahí, sentados en su avión particular, mientras volaban silenciosamente por los aires. Pero luego comprendió que era inevitable, que no había tenido más remedio que hacerlo de ese modo si quería sincerarse con él para cimentar su amis­tad, para no enturbiar el amor que había nacido entre ellos a raíz de lo que habían presenciado y oído.
-¿Habrías intentado unirte a ella? -preguntó Ro­wan-. ¿Habrías sido capaz de remover cielo y tierra con tal de dar con ella, de salvarla, de llevártela para procrear y fundar con ella una nueva tribu?
Rowan observó en los ojos de Michael que éste te­mía por ella. Al mirarlos a ambos, comprendió que no estaba revelando esas cosas en beneficio de ellos, sino de ella misma, de la madre que había matado a su hija, que había disparado contra ella.
De improviso, Rowan cerró los ojos y se estreme­ció. Luego volvió a abrirlos y se reclinó en el sillón, con la cabeza ladeada. Había oído el ruido del cuerpo al caer al suelo, había visto cómo se desintegraba su rostro bajo el impacto del proyectil, había probado el sabor de su savia, una savia dulce y espesa como un jarabe, que ella había bebido con avidez.
-Rowan -dijo Ash suavemente-, no dejes que esos recuerdos te atormenten de nuevo, no quiero que sufras por mi culpa.
-¿Acaso no habrías removido cielo y tierra para encontrarla? -insistió Rowan-. Es por eso por lo que viniste a Inglaterra cuando te llamó Samuel, cuando te relató la historia de Yuri. Viniste porque habían visto a un Taltos en Donnelaith.
Ash asintió con un ademán lentamente.
-No puedo responder a tu pregunta. No conozco la respuesta. Habría venido, sí. Pero no sé si habría tra­tado de llevármela. Sinceramente, no lo sé.
-No te creo. ¿Cómo no ibas a desearlo?
-¿Te refieres a procrear y fundar una nueva tribu?
-Sí.
Ash sacudió la cabeza con aire pensativo, apoyando de nuevo el índice en su labio inferior, el codo sobre el brazo de la silla.
-Sois unos brujos muy extraños -murmuró.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Michael.
Ash se levantó de repente y su cabeza casi rozó el techo de la cabina.
Estiró los brazos y las piernas, se volvió de espaldas a ellos y dio unos pasos, con la cabeza agachada, antes de girarse de nuevo.
-No podemos responder a las preguntas que nos estamos haciendo mutuamente -dijo-. Lo único que puedo deciros en estos momentos es que me alegro de que la hembra haya muerto. De veras. -Ash hizó un ademán para reforzar sus palabras y apoyó la mano en el respaldo del sillón. Alto y enjuto, con la mirada per­dida en el infinito y un mechón de pelo cayéndole so­bre la frente, mostraba un aspecto misterioso y dramá­tico, semejante al de un mago-. Os juro que me alegro de saber que esa criatura existió pero ya ha muerto.
Michael asintió con un movimiento de cabeza y dijo:
-Creo que empiezo a comprenderte.
-¿De veras? -preguntó Ash.
-No podemos compartir esta Tierra, ¿no es cier­to? Somos dos tribus aparentemente similares, pero totalmente distintas.
-No, no podemos compartirla -contestó Ash, sacudiendo la cabeza para dar mayor énfasis a sus pa­labras-. ¿Qué raza puede convivir con otra? ¿Qué re­ligión puede coexistir con otra? Hay guerras en todo el mundo, unas guerras tribales, de exterminio, tanto si se trata de los árabes contra los kurdos, como de los turcos contra los europeos o de los rusos contra los orientales. Jamás cesarán. La gente sueña con que un día finalicen las guerras, pero eso es imposible. Natu­ralmente, si un día aparecieran de nuevo los de mi es­pecie y eliminaran a los humanos de la Tierra, mis gen­tes conseguirían al fin vivir en paz, que es lo que pretenden todas las tribus.
-No tiene por qué haber guerras -replicó Micha­el-. Es conceptible que algún día las tribus dejen de luchar entre sí.
-Conceptible, sí, pero no posible.
-Una especie no tiene por qué dominar a otra -in­sistió Michael-. Una raza no tiene por qué conocer si­quiera la existencia de la otra.
-¿Insinúas que debemos vivir en secreto? -pre­guntó Ash-. ¿Sabes a qué velocidad se duplica, triplica y cuadruplica nuestra población? ¿Tienes idea de lo fuertes que somos? No puedes saberlo, jamás has visto nacer a un Taltos, no lo has visto desarrollarse hasta al­canzar su plena estatura durante los primeros meses u horas o días de su existencia. Ni siquiera puedes imagi­narlo.
-Yo sí lo he visto -terció Rowan-. Lo he vivido en dos ocasiones.
-¿Y qué opinas? ¿Qué pasaría si deseara unirme a con una hembra?, ¿si pretendiera hallar una sustituta de Emaleth?, ¿si copulara con tu inocente Mona y la deja­ra preñada con una semilla capaz de engendrar un Tal­tos y matar quizás a la madre?
-Sólo puedo decirte esto -contestó Rowan, dete­viéndose un instante y respirando hondo-. En el mo­mento de disparar contra Emaleth, no tuve la menor duda de que representaba una grave amenaza para mi especie y que por ello debía morir.
Ash sonrió e hizo un gesto de aprobación.
-Tenías razón -dijo.
Los tres guardaron silencio. Al cabo de unos minu­tos, Michael dijo:
-Ahora ya conoces nuestro terrible secreto.
-Sí, ya lo sabes -apostilló Rowan suavemente.
-Me pregunto si alguna vez descubriremos el tuyo -apuntó Michael.
-Lo sabréis a su debido tiempo -respondió Ash-. Creo que ahora deberíamos dormir un rato. Me escue­cen los ojos, y en cuanto llegue tengo que resolver un centenar de pequeños problemas en la empresa. Id a dormir, y cuando estemos en Nueva York os lo contaré todo. Conoceréis todos mis secretos, desde el más os­curo hasta el más inocente.











23

-Despierta, Mona.
Mona escuchó el murmullo del pantano antes de al­canzar a verlo. Oyó el croar de las ranas y el revoloteo de las aves nocturnas, así como el rumor del agua que la rodeaba, turbia y estancada, pero que de vez en cuando se movía en el interior de una tubería oxidada, o al ro­zar el costado de un esquife. Se habían detenido. Aquél debía de ser el embarcadero al que se había referido Mary Jane.
Mona había tenido un sueño muy raro. Soñó que tenía que pasar un examen y que la persona que lo aprobara gobernaría el mundo. Mona había contesta­do todas las preguntas, las cuales cubrían distintos ám­bitos: ciencias, matemáticas, historia, informática, que tanto le gustaba, la Bolsa, en la que era una experta, y el significado de la vida, la materia que le había resulta­do la más difícil puesto que se sentía tan llena de vida ,que se sentía incapaz de justificarlo. Uno simplemente sabe que es magnífico estar vivo. ¿Había respondido correctamente a todas las preguntas? ¿Llegaría a go­bernar el mundo?
-Despierta, Mona -murmuró Mary Jane.
Mary Jane no se dio cuenta de que Mona tenía los ojos abiertos y contemplaba el paisaje a través de la ventanilla. Vio los raquíticos árboles, inclinados y cu­biertos de musgo, las parras enrolladas como cuerdas alrededor de los inmensos y vetustos cipreses. A la luz de la luna, Mona advirtió el brillo de las aguas del pan­tano a través de la vegetación y los nudos de los cipre­ses, las peligrosas ramas que brotaban de los gruesos troncos de los árboles, así como unos pequeños insec­tos negros que se movían en la oscuridad quizá fueran cucarachas, aunque prefería no pensar en ello.
Le dolía la espalda. Cuando trató de inclinarse hacia delante, Mona se sintió abotargada y dolorida. Le ape­tecía otro vaso de leche. Se habían parado dos veces pa­ra que Mona bebiera leche, pero quería más. Llevaban varios cartones en la nevera portátil, pero era mejor es­perar a que llegaran a casa. Allí se bebería un gran vaso de leche.
-Vamos, tesoro, baja del coche y espérame aquí. Dejaré el coche donde nadie pueda verlo.
-¿Cómo vas a ocultar este trasto tan descomunal?
Mary Jane abrió la portezuela y ayudó a Mona a apearse. Luego retrocedió unos pasos y la miró asusta­da, aunque trató de disimularlo. La luz del interior del coche iluminaba el rostro de Mary Jane.
-¡Dios mío, Mona! ¿Y si te mueres?
Mona sujetó la muñeca de Mary Jane y se levantó, plantando los pies firmemente en la tierra suave y com­pacta, sembrada de conchas blancas que relucían en la oscuridad. Frente a ella vio la silueta del espigón.
-Deja de pensar en eso, Mary Jane, esperemos que no suceda.
Mona se agachó para recoger un saco de comesti­bles, pero no consiguió levantarlo del suelo.
Mary Jane encendió la linterna. Al volverse, la luz iluminó sus ojos, confiriéndole un aspecto fantasmagó­rico. Mona distinguió el destartalado cobertizo que se alzaba tras Mary Jane, el espigón desmoronado y los fi­lamentos de musgo que colgaban de las desnudas ramas de los árboles.
El ambiente estaba infestado de bichitos que no ce­saban de revolotear a su alrededor.
-Mona Mayfair, tu aspecto es lamentable. Tienes la piel tan delgada y transparente que a través de ella veo los huesos de tus pómulos e incluso tus dientes.
-No digas bobadas -contestó Mona-. Estás lo­ca. Se debe a la luz. Tú también pareces un fantasma.
Lo cierto es que se sentía muy débil y tenía todo el cuerpo dolorido; le dolían hasta los pies.
-Tienes un color de piel horrible, parece que te ha­yas dado un baño de magnesia.
-Me encuentro bien, sólo que no puedo levantar este saco.
-Ya lo cogeré yo. Apóyate en ese árbol y descansa. Es el ciprés del que te hablé, el más antiguo de esta re­gión. Ahí está la pequeña laguna donde la familia solía ir a remar. Toma, coge la linterna, el mango no está ca­aiente.
-Tiene un aspecto peligroso. En las películas del Oeste, los malos siempre arrojan una linterna como ésta en el pajar donde se encuentra atrapado el protago­nista para quemarlo vivo. No me gusta.
-No te preocupes, nadie va a prender fuego al pa­jar -replicó Mary Jane mientras sacaba del coche los sacos de comida y los depositaba sobre las conchas que tapizaban el suelo-. Para empezar, no hay ningún pajar, y si lo hubiera la paja estaría húmeda.
Los faros del coche iluminaban el pantano, la inter­annable hilera de apretados troncos, gruesos y delga­dos, y los deteriorados palmitos y plátanos. Pese al he­dor que despedía y la quietud de sus aguas, el pantano respiraba, suspiraba y se agitaba levemente.
-Qué lugar tan inhóspito -murmuró Mona, aunque en cierto modo le agradaba. Le encantaba el frescor del ambiente, suave y lánguido, que más parecía mecer­se al ritmo del agua que por el impulso de la brisa.
Mary Jane dejó caer la pesada nevera.
-Mira, échate a un lado, y cuando me suba al co­che y gire para hacer marcha atrás, podrás ver Fonte­vrault a la luz de los faros.
Mary Jane cerró la portezuela y puso el coche en marcha. Los neumáticos chirriaron sobre las piedre­citas.
El vehículo giró hacia la derecha y los potentes fa­ros iluminaron aquellos raquíticos árboles fantasmagó­ricos. De pronto Mona vio la gigantesca mansión, que parecía escorarse hacia un lado, y sus ventanas abuhar­dilladas reluciendo a la luz de los faros, mientras el co­che describía un círculo.
Luego se hizo de nuevo la oscuridad, pero la ima­gen que había contemplado Mona se le quedaría graba­da en la mente para siempre: una inmensa mole negra que se recortaba contra el cielo, desmoronándose a pe­dazos.
Mona sintió ganas de gritar, aunque no sabía muv bien por qué. Era imposible que se alojaran en aquella casa, un edificio en ruinas, a punto de venirse abajo. Una cosa era una mansión edificada sobre un pantano, pero aquello era un desastre. Cuando el coche se alejó, exhalando una nubecilla de humo blanco, Mona distin­guió unas luces en la casa. Las vió brillar en el piso supe­rior, en el centro del porche, al fondo de la casa. Cuan­do el ruido del motor del coche se apagó, Mona creyó oír, durante un instante, el lejano sonido de una radio.
La luz de la linterna era bastante potente, pero rei­naba una oscuridad impenetrable. La única fuente de iluminación era la linterna y la tenue luz que provenía de las entrañas de la desmoronada mansión.
Mona dedujo que Mary Jane no se había dado cuen­ta de que la casa se había inclinado durante su ausencia.
Tenemos que sacar a la abuela de allí -pensó Mo­na-, suponiendo que no se haya ahogado en las féti­das aguas del pantano.
Jamás había percibido un he­dor tan repugnante como aquél, pero cuando alzó los ojos vio que el cielo estaba teñido de un rosa típico de las noches de Louisiana, y que los árboles alargaban sus enclenques ramas en un inútil intento de enlazarse unas con otras, y que el musgo ofrecía un aspecto translúci­do, como un velo. Oyó las voces de los pájaros y vio que las ramas superiores de los árboles eran muy delga­das y estaban cubiertas de unas telas plateadas, como telas de araña, ¿o serían tal vez gusanos de seda?
-Reconozco que este lugar posee cierto encanto --dijo Mona-. La lástima es que la casa esté a punto de derrumbarse.
Madre.
«Estoy aquí, Morrigan.»
De pronto oyó un ruido detrás de ella, en la carrete­ra. Al volverse vio a Mary Jane que corría hacia ella, so­la en medio de la oscuridad. Mona levantó la linterna. El dolor que sentía en la espalda era casi insoportable, aun­que no había hecho ningún esfuerzo ni había levantado ningún objeto pesado. Tan sólo sostenía la linterna.
«¿Acaso se supone que la teoría de la evolución ex­plica la presencia de todas las especies que existen en estos momentos en el planeta? Quiero decir, ¿no existe una segunda teoría sobre una generación espontánea?»
Por más vueltas que le dio, Mona no halló la res­puesta a esa pregunta. La verdad era que la evolución nunca le había parecido lógica. «La ciencia ha llegado al punto en que una serie de creencias que antiguamente ente eran tachadas de metafísicas, hoy resultan totalmente posibles.»
Mary Jane apareció inopinadamente en la oscuri­dad, corriendo como una niña, mientras sostenía en la mano derecha sus zapatos de tacón alto. Al alcanzar la posición de Mona se detuvo, con la respiración entre­cortada, para recobrar el aliento.
-Caray, Mona Mayfair -dijo entre jadeos, su bo­nito rostro perlado de sudor-, tengo que llevarte hasta la casa cuanto antes.
-Tienes las medias destrozadas.
-Me alegro -respondió Mary Jane-. Las odio. -Luego cogió la nevera y echó a correr hacia el espi­gón-. Vamos, Mona, apresúrate, no sea que te caigas muerta aquí mismo.
-¿Quieres dejar de decir esas barbaridades? Te va a oír el bebé.
Mona oyó un ruido seco. Mary Jane había arrojado la nevera en el bote. Mona trató de correr sobre las preca­rias tablas del espigón, pero cada paso le suponía un gran esfuerzo. De pronto sintió un dolor lacerante, como si le hubieran propinado un latigazo en la espalda y la cintura, mejor dicho, lo que quedaba de su cintura. Se detuvo bruscamente, mordiéndose el labio para no gritar.
Mona vio a Mary Jane correr hacia el bote cargada con otro bulto.
-Me gustaría ayudarte -dijo Mona, sin apenas fuerzas para pronunciar la última palabra.
Echó a andar lentamente hacia el borde del espigón, pensando en que era una suerte que llevara zapatos pla­nos, aunque no recordara habérselos puesto. Luego vio la piragua, en la que Mary Jane estaba colocando el úl­timo saco y un montón de almohadas y mantas.
-Dame la linterna y quédate ahí hasta que acerque más el bote al espigón.
-Te confieso que el agua me da un poco de miedo, Mary Jane. Quiero decir que me siento torpe, tengo mie­do de caer al agua.
Mona sintió de nuevo un fuerte dolor. Te quiero, mamá, tengo miedo.
-¡Cállate! No tienes por qué tener miedo -dijo Mona.
-¿A qué viene esto? -preguntó Mary Jane.
Mary Jane saltó a la amplia piragua de metal, agarró el remo que estaba amarrado a un costado de la embar­cación e hizo varias maniobras hasta situarla de popa. La linterna yacía frente a ella, sobre un pequeño banco. Detrás de Mary Jane se encontraban los sacos de comi­da y demás objetos que habían llevado.
-Vamos, cariño, sube rápidamente, eso, mete los dos pies.
-¡Dios, vamos a ahogarnos!
-No digas tonterías, el agua no tiene aquí ni dos metros de profundidad. Nos pondremos perdidas, eso sí, pero no nos ahogaremos.
-Yo soy capaz de ahogarme en dos metros de agua -replicó Mona-. ¿Te has fijado en la casa, Mary Jane?
-Sí, ¿qué?
Por fortuna, el mundo dejó de oscilar. Mona seguía asiendo con fuerza la mano de Mary Jane. Al fin la sol­tó y ésta empuñó el remo con ambas manos, y empeza­ron a alejarse del espigón.
-Mira, Mary Jane -dijo Mona.
-Sí, ésa es nuestra casa. No te muevas, tesoro, lle­garemos enseguida. Esta piragua es muy sólida y resis­tente, no volcaremos. Si quieres puedes arrodillarte, o sentarte, pero te recomiendo que no lo intentes en estos momentos.
-¡Fíjate en la casa! ¡Se inclina hacia un lado!
-Cariño, hace cincuenta años que está así.
-Sabía que dirías eso. ¿Y si se hunde el bote?¡Dios, no soporto mirar esa horrible mole, parece co­mo si fuese a derrumbarse...!
Mona sintió otra punzada en el vientre, breve pero profunda.
-¡Pues no la mires! -contestó Mary Jane-. No vas a creerlo, pero yo solita, con un compás y un trozo de cristal, he calculado el ángulo de inclinación y he comprobado que es menos de cinco grados. Es la línea vertical de las columnas lo que produce la impresión de que la casa está muy inclinada y puede desmoronarse de un momento a otro.
Mary Jane levantó el remo, y la piragua se deslizó rápidamente hacia delante, impulsada por su propia inercia. La oscuridad de la noche suave y lánguida las envolvía; las ramas pendían de un árbol tan inclinado que parecía estar también a punto de precipitarse con­tra el suelo.
Mary Jane hundió de nuevo el remo en el fondo del agua, propulsando la piragua hacia delante, volando hacia la inmensa sombra que se erguía ante ellas.
-¿Esa desvencijada puerta es la entrada principal? -preguntó Mona, aterrada.
-Sí, se ha soltado de las bisagras, pero no te preo­cupes, cariño. Te llevaré hasta la misma escalinata que hay en el vestíbulo. Dejaré la piragua amarrada allí, co­mo de costumbre.
Al alcanzar el porche, Mona se tapó la boca con ambas manos. Sintió deseos de taparse también los ojos, pero temió caer de la piragua. Sobre sus cabezas pendían unas tupidas parras. Todo estaba lleno de espi­nas. Quizás antiguamente crecieron allí unos rosales. Frente a ella, entre las sombras, resplandecían unas gli­cinas. A Mona le entusiasmaban las glicinas.
Mona jamás había contemplado unas columnas tan gigantescas. Le extrañaba que no se hubieran derrum­bado ya.
Nunca había imaginado, al mirar los cuadros en los que aparecía Fontevrault, que se tratase de una impo­nente mansión de estilo neoclásico. Claro que nunca había conocido a nadie que hubiera vivido aquí, al me­nos nadie que ella recordara.
Las molduras del techo del porche estaban podri­das. En el centro del mismo había un agujero capaz de albergar a una pitón o un nido de cucarachas. Las ranas croaban alegremente, produciendo un sonido muy her­moso, fuerte y potente comparado con el suave mur­mullo de las cigarras que cantaban en el jardín.
-Supongo que no habrá cucarachas -dijo Mona.
¿Cucarachas? -repitió Mary Jane-. Cariño, aquí tenemos de todo: víboras de agua, serpientes y hasta co­codrilos. Mis gatos se comen las cucarachas.
Se deslizaron a través de la puerta principal y de pronto se encontraron en el espacioso vestíbulo, inva­dido por el olor del yeso húmedo y la cola del papel que cubría las paredes y que se caía a pedazos, así como de la madera. Mona se sintió mareada debido al olor a podredumbre y al hedor procedente del pantano, a la cantidad de bichos que pululaban a su alrededor y a los destellos del agua sobre los muros y el techo, los cuales formaban unas ondas de luz.
De pronto imaginó a Ofelia flotando en el río, con unas flores en el pelo.
A través de la puerta del vestíbulo Mona divisó un destartalado salón. La luz que se reflejaba en las pare­des ponía de relieve las manchas oscuras que la hume­dad había causado en la tapicería, hasta el punto de que resultaba imposible adivinar su color originario. Del techo colgaban unas tiras de papel.
La piragua chocó bruscamente con la escalera. Mo­na extendió la mano y se agarró a la balaustrada, te­miendo que ésta se desmoronara, pero no fue así. De pronto sintió otra punzada que le recorrió el vientre y espalda, que le cortó la respiración.
-Más vale que nos apresuremos, Mary Jane.
-No hace falta que me lo digas, Mona Mayfair. Es­toy muerta de miedo.
-Tienes que ser valiente. Morrigan te necesita.
La luz de la linterna iluminó durante unos instantes el techo del segundo piso. El papel que revestía las pa­redes estaba salpicado de ramitos de flores, tan deste­ñidos que sólo quedaba la silueta del dibujo. El yeso es­taba lleno de agujeros, pero Mona no vio nada a través de éstos.
-No te preocupes, todos los muros son de piedra, como en la casa de la calle Primera -dijo Mary Jane mientras amarraba la embarcación. Al fin habían llega­do. Mona se sujetó a la balaustrada, temerosa de bajar de la piragua pero incapaz de permanecer en ella ni un minuto más.
-Sube, yo voy enseguida -dijo Mary Jane-. La abuela está en una habitación que hay al fondo de la planta. Ve a saludarla. No te preocupes por los zapatos, te daré unos secos. Yo subiré las cosas.
Con cautela, entre leves quejidos, Mona se agarró con ambas manos a la balaustrada, bajó de la piragua y se detuvo al pie de la escalera.
Contempló la amplia escalinata. De no haber esta­do inclinada, ofrecería un aspecto totalmente seguro. Con una mano sobre la barandilla y la otra apoyada en el húmedo yeso de la pared, Mona alzó la cabeza y de pronto sintió como si la poderosa presencia de la casa la envolviera, su podredumbre, su fuerza, su resistencia a hundirse en las turbias aguas del pantano.
Era un edificio recio y descomunal, que había ce­dido lentamente unos centímetros. Tal vez no llegara a derrumbarse. Pero teniendo en cuenta que sus ci­mientos se asentaban en el lodo, a Mona le parecía un milagro que no se la hubieran tragado ya las aguas del pantano, como a los malos en las películas del de­sierto.
-Anda, sube -insistió Mary Jane, dejando caer uno de los sacos sobre el escalón, junto a Mona. La chi­ca estaba trabajando duro.
Mona echó a andar. Sí, la escalera era firme y resis­-tente y, a medida que subía, notó que la balaustrada y el Yeso de la pared tenían un tacto más seco, como si el cálido sol primaveral hubiera penetrado por el techo y
o hubiera secado todo.
Cuando Mona llegó por fin al segundo piso, calculó que el ángulo de inclinación debía de ser inferior a cin­co grados, lo cual ya bastaba para ponerla a una ner­viosa.
Se detuvo y entornó los ojos. En el extremo opues­to del pasillo avistó otra puerta con abanico, unas luces laterales y unas bombillas que colgaban de unos alam­les suspendidos del techo. También le pareció ver una .tmensa mosquitera, a través de la cual brillaba la suave tez de las bombillas.
Mona avanzó unos pasos, agarrándose a la pared de tacto duro y seco. De pronto escuchó unas risitas que provenían del otro extremo del pasillo, y cuando subió Mary Jane con la linterna y la depositó sobre un saco en la cima de la escalera, Mona vio a un chiquillo de pie en la puerta de una habitación que había al fondo del pasillo.
Era un niño delgaducho, con la tez muy oscura, los ojos grandes, el pelo suave y negro y una carita pareci­a a la de un pequeño santón hindú.
-Hola, Benjy, ayúdame a transportar estas cosas. ¡Tienes que ayudarme! -gritó Mary Jane.
El chico se adelantó y Mona comprobó que de cer­ca no resultaba tan pequeño. Era casi tan alto como ella, lo cual no significaba gran cosa dado que Mona medía tan sólo un metro y cincuenta y ocho centíme­tros, y seguramente ya no crecería más.
Era un chico guapísimo, con una misteriosa mezcla de sangre: africana, hindú, española, francesa y, proba­blemente, Mayfair. Mona deseaba tocarlo, acariciarle la mejilla y comprobar si su piel, tostada y lustrosa como el cuero fino, era tan suave como parecía. De golpe re­cordó algo que le había dicho Mary Jane, algo acerca de que el chico vendía sus favores en la ciudad, y, en un es­tallido de misteriosa luz, Mona vio unas habitaciones empapeladas de color morado, pantallas con flecos, ca­balleros decadentes como el tío Julien, ataviados de blanco, y a ella misma acostada en una cama de metal con ese adorable jovenzuelo.
Era una locura.
En aquel momento Mona sintió otra punzada en el vientre, pero en lugar de detenerse siguió avanzando, arrastrando un pie tras otro. De pronto aparecieron unos gatos, grandes, con la cola larga, peludos y de mi­rada demoníaca, como los gatos de las brujas. Había una media docena de gatos que se deslizaban a lo largo de las paredes.
El hermoso niño de cabello negro echó a andar por el pasillo cargado con dos sacos de víveres. Mona com­probó que el pasillo estaba limpio, como si el chico lo hubiera barrido y fregado.
Mona tenía los zapatos empapados; apenas podía levantar los pies.
-¿Eres tú, Mary Jane? ¿Ha llegado mi nieta, Benjy? ¡Mary Jane!
-Ya voy, abuela. ¿Qué haces?
Mary Jane pasó apresuradamente junto a Mona, sosteniendo torpemente la nevera portátil, con los co­dos apuntando hacia fuera y agitando su largo y rubio cabello.
-Hola, abuela -dijo Mary Jane, desapareciendo por el recodo del pasillo-. ¿Qué estás haciendo?
-Me estoy comiendo unas galletas con queso. ¿Quieres una?
-No, ahora no, dame un beso. ¿Se ha estropeado la tele?
-No, tesoro, me he cansado de mirarla. Me he en­tretenido cantando unas canciones mientras Benjy es­cribía la letra.
-Escucha, abuela, tengo que irme. He venido con Mona Mayfair. Voy a llevarla a la buhardilla, para que esté cómoda y calentita.
-Sí, sí, por favor -murmuró Mona.
Se apoyó en la pared, cuya inclinación era tan acu­sada que casi hubiera podido acostarse en ella. Tenía los pies hinchados y sentía unos persistentes dolores en el vientre y la espalda.
Ya voy, mamá.
«Espera unos minutos, cariño, aún falta un tramo de escalera.»
-Trae a Mona Mayfair, tráela aquí.
-No, abuela, ahora no -contestó Mary Jane.
Dicho esto, salió de la habitación, con tanta prisa que su falda blanca chocó contra el marco de la puerta, y extendió los brazos hacia Mona.
-Ánimo, tesoro, ya sólo quedan unos pocos esca­lones -dijo Mary Jane.
En el preciso momento en que Mary Jane tomaba a su prima por los hombros para ayudarla a subir el si­guiente tramo de escalera, Mona vio salir de la habita­ción del fondo a una diminuta anciana de cabello cano, peinada con dos trenzas sujetas con unas cintas. Su ros­tro parecía un trapo arrugado, con unos expresivos ojos negros surcados de arrugas que reflejaban un acu­sado sentido del humor.
-Tengo que apresurarme -dijo Mona, agarrada a la barandilla y moviéndose tan rápidamente como le 9m posible-. Esta inclinación me marea.
-Lo que te marea es el bebé -replicó Mary Jane.
-Corre a encender las luces, Benjy -ordenó la anciana, sujetando a Mona del brazo con una mano asombrosamente firme-. ¿Por qué no me dijiste que es­ta niña estaba embarazada? ¿No es ésta la hija de Ali­cia? ¡La pobrecita casi se muere cuando le amputaron el sexto dedo!
-¿Quién, yo? -preguntó Mona, volviéndose ha­cia la anciana.
Esta apretó los labios y asintió con un movimiento de cabeza.
-¿Se refiere a que nací con un sexto dedo? -in­quirió Mona.
-Sí, tesoro, y por poco te vas al cielo cuando te anestesiaron. ¿No te han contado nunca que la en­fermera te puso dos inyecciones de anestesia que casi te paralizaron el corazón, y que Evelyn te salvó la vida?
En aquel momento apareció Benjy, subiendo los es­calones de dos en dos, sus pisadas resonando sobre las desnudas tablas del suelo.
-No, nadie me dijo nada -respondió Mona-. ¡Ese maldito sexto dedo!
-No te quejes, eso te ayudará -dijo Mary Jane.
A Mona le pareció que aún quedaba un centenar de escalones para llegar hasta donde se encontraba Benjy, quien, después de encender las luces, inició de forma lenta y lánguida el descenso aun cuando Mary Jane no cesara de darle órdenes a gritos.
La abuela se había detenido al pie de la escalera que conducía a la buhardilla. Llevaba puesto un camisón blanco que rozaba el suelo. Sus ojos negros y perspica­ces observaban detenidamente a Mona, como si la estu­viera estudiando. «No cabe duda de que es una May­fair», pensó Mona.
-Ve en busca de unas mantas y unas almohadas -dijo Mary Jane a Benjy-. Apresúrate. Y trae leche. No te olvides de la leche.
-¡Un momento! -gritó la abuela-. Por el aspec­to que tiene, no creo que a esta chica le convenga pasar la noche en una buhardilla. Deberías llevarla de inme­diato al hospital. ¿Dónde está la furgoneta? ¿La has de­jado en el embarcadero?
-.Olvídate de la furgoneta, tendrá al niño aquí -con­testó Mary Jane.
-¡Mary Jane! -gritó la abuela-. ¡Maldita sea! No puedo subir esos escalones debido a mi cadera.
-Vuelve a la cama, abuela. Dile a Benjy que se apresure. ¡Como no traigas enseguida las cosas que te he pedido, no te pagaré, Benjy!
Mona y Mary Jane continuaron trepando por la es­calera hacia la buhardilla. A medida que subían, el aire se tornaba más cálido.
El espacio era inmenso.
Mona vio unas bombillas suspendidas de unos ca­bles que recorrían el techo, al igual que en la habitación del piso inferior, así como unos gigantescos baúles y ar­marios roperos que ocupaban todos los gabletes, ex­cepto uno, el cual acogía el lecho y, junto a éste, una lámpara de queroseno.
El lecho era enorme aunque sencillo, de madera os­cura, como los que se suelen utilizar en el campo, des­provisto de dosel y cubierto con una tupida mosquitera que ocultaba la entrada al gablete. Mary Jane la levantó justo a tiempo de que Mona cayera de bruces sobre el mullido colchón.
El seco y cómodo lecho estaba cubierto con un suave ,edredón de plumas y un montón de cojines.
La luz de la lámpara, aunque peligrosamente próxi­n a a él, lo convertía en una especie de acogedora tienda de campaña.
¡Benjy, trae inmediatamente la nevera!
-Chére, acabo de llevar la nevera al porche trasero -contestó éste, o algo parecido, con un acento clara­mete cajun.
El chico no se expresaba como la anciana, la cual hablaba como una típica Mayfair, según Mona.
-Da lo mismo, ve a por ella -le ordenó Mary Jane.
La mosquitera atrapaba la luz dorada de la lámpara y aislaba el espléndido lecho del resto de la habitación. "Es un buen lugar para morir -pensó Mona-, incluso quizá mejor que hacerlo en un río rodeada de flores."
Sintió de nuevo un intenso dolor, pero esta vez Mona estaba mucho más cómoda. ¿Qué se suponía que debía hacer? Lo había leído en alguna parte. ¿Contener la respiración o algo por el estilo? No lograba recordarlo. No era un tema que hubiera estudiado a fondo. ¡Dios, estaba a punto de dar a luz!
Mona agarró la mano de Mary Jane. Ésta se acostó junto a ella, mirándola con preocupación y enjugándole la frente con algo blanco y suave, más suave que un pañuelo.
-No temas, tesoro, estoy aquí. Cada vez se hace más grande, Mona, no es un bebé...
-Nacerá -respondió Mona-. Es mío. Nacerá, pero si muero, tú y Morrigan tendréis que construirlo entre las dos.
-¿El qué?
-Un catafalco de flores...
-¿Un qué?
-Calla, esto es muy importante.
-¡Mary Jane! -gritó la abuela desde el pie e la escalera-. Baja y ayuda a Benjy a subirme en brazos a la buhardilla.
-Una valsa llena de flores -dijo Mona-; con glicinas, rosas y flores silvestres, como los lirios que crecen en los pantano...
-Si, si, de acuerdo, ¿y qué más?
-Quiero que sea muy frágil, para que mientras me deslice flotando sobre ella, la balsa se vaya deshaciendo lentamente y al final yo me hunda en el fondo del río... como Ofelia.
-Si, si, lo que quieras. Tengo miedo, Mona. Estoy muy asustada.
-Entonces, compórtate como una bruja, porque ya no podemos cambiar nada.
De pronto Mona sintió que algo se rompía en su interior, como si la hubieran atravesado con un objeto punzante. Por unos instantes temió que el bebé estuviera murto.
No, mamá, ya vengo. Prepárata para cogerme de la mano. Te necesito.
Mary Jane estaba arrodillada en el lecho, las manos sobre las mejillas.
-¡Dios santo! -exclamó.
-¡Ayúdala! ¡Ayúdala, Mary Jane! -gritó Mona.
Mary Jane cerró los ojos y apoyó las manos sobre el descomunal vientre de su prima. Aquel dolor lacerante cegaba a Mona.
Trató de ver la luz atratada en la mosquitera, los ojos cerrados de Mary Jane, sentir sus manos, oír las palabras que murmuraba, pero no pudo. Notó que caía rodando entre los árboles del pantano mientras agitaba las manos en un intento desesperado por asirse a las ramas...
-¡Ven a ayudarme, abuela! -gritó Mary Jane.
Al cabo de unos instantes oyó los apresurados pasos de la anciana.
-¡Sal de aquí, Benjy! -ordenó la anciana-. Baja inmediatamente, ¿me has oído?
Mona sintió que seguía precipitándose a través de la marisma, mientras el dolor se hacía cada vez más intenso.
No resultaba extraño que las mujeres odiaran pasar por ese trance. No se trataba de ninguna broma. Era horrible. "¡Dios mío, ayúdame!"
-¡Jesús, María y José! -exclamó la abuela-. ¡Es un bebé que camina!
-Ayúdame, abuela, cógele la mano -dijo Mary Jane-. ¿Sabes lo que es eso, abuela?
-Un bebé que camina, hija. He oído hablar de ellos toda mi vida, pero jamás había visto uno. Cuando Ida Bell Mayfair parió un bebé que caminaba, en el pantano, siendo yo niña, la gente decía que el niño era más alto que su madre y que al nacer ya caminaba. Grandpére Tobías bajó y lo despedazó con un hacha mientras la madre yacía postrada en el hospital, chillan­do como una loca. ¿No has oído hablar nunca de los bebés que caminan, niña? En Santo Domingo los que­maban vivos.
-¡A este bebé no! -gritó Mona.
Seguía sumida en la oscuridad, tratando de abrir los ojos. ¡Dios, qué dolor tan atroz! De pronto una mano pequeña y resbaladiza cogió la suya: «No te mueras, mamá.»
-Dios te salve María, llena eres de Gracia -dijo la abuela, y Mary Jane se unió a la oración-. Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito sea el...
-¡Mírame, mamá! -susurró la criatura al oído de Mona-. ¡Mírame! Te necesito, necesito que me ayudes a desarrollarme y a hacerme grande, grande, grande.
-¡Grande y fuerte! -gritaron las mujeres, pero sus voces sonaban muy lejanas-. ¡Grande y fuerte! Dios te salve María, llena eres de Gracia, ayúdala a ha­cerse grande y fuerte.
Mona se echó a reír. «Eso es, Madre de Dios, ayuda a mi bebé que camina.»
Pero seguía rodando a través de los árboles del pan­tano, cuando de pronto alguien le cogió ambas manos, Mona alzó la mirada y a través de la rutilante luz verde observó su propio rostro inclinado sobre ella. Su pro­pio rostro, pálido, pecoso, con sus mismos ojos verdes y su cabello rojo. ¿Acaso era ella misma, quien había acudido a salvarla? ¡Era su misma sonrisa!
-No, mamá, soy yo -dijo la voz, aferrando con sus manos las de Mona-. Mírame. Soy Morrigan.
Mona abrió los ojos lentamente. Sentía una gran opresión en el pecho que le impedía respirar, pero trató de levantar la cabeza, de acariciar aquella espléndida ca­bellera roja, de incorporarse lo suficiente para... para cogerle la cara entre las manos y... besarla.











24

Cuando Rowan se despertó, nevaba. Vestía un grueso y largo camisón de algodón, que le habían pro­porcionado para combatir el duro invierno neoyorqui­no. El dormitorio estaba decorado en blanco y se halla­ba en silencio. Michael dormía profundamente junto a ella.
Ash trabajaba en su despacho, que estaba en el piso inferior, o al menos eso le había dicho que haría, aun­que quizá ya hubiese concluido sus tareas y se había ido a acostar.
Rowan no percibía el menor sonido en esa habita­ción de mármol, en el silencioso y nevado cielo de Nue­va York. Se detuvo frente a la ventana, contemplando el plomizo cielo y los pequeños copos de nieve que caían sobre los tejados de los edificios que la rodeaban, sobre el alféizar de la ventana y en airosas ráfagas contra el cristal, desvaneciéndose al instante.
Había dormido seis horas. Era suficiente.
Se vistió rápidamente con un sencillo traje negro que sacó de la maleta, de nuevo una costosa prenda ele­Ida por otra mujer, quizá más extravagante que el tipo de ropa que ella acostumbraba usar. Perlas y más perlas.
nos zapatos que se abrochaban con unos cordones so­bre el empeine, pero con unos tacones peligrosamente altos. Medias negras. Un leve toque de maquillaje.
Luego echó a caminar a través de los silenciosos pa­sillos. Si quería visitar el museo de muñecas, según le habían dicho tenía que oprimir el botón en el que apa­recía una M.
Las muñecas. ¿Qué sabía ella sobre muñecas? De niña habían constituido su pasión secreta, que siempre le había dado vergüenza confesar ante Ellie y Graham, e incluso ante sus amigas. Por Navidad siempre pedía cosas como un juego de instrumentos químicos, una raqueta de tenis o un equipo estereofónico para su ha­bitación.
El viento aullaba a través de la caja del ascensor co­mo si se tratara de una chimenea. A Rowan le gustaba ese sonido.
Las puertas del ascensor se abrieron, revelando un interior forrado con paneles de madera y hermosos es­pejos, que Rowan apenas recordaba haber visto aquella mañana, cuando habían llegado poco antes del amane­cer. Partieron al amanecer; llegaron al amanecer. Ha­bían ganado seis horas. Según su reloj biológico era de noche, y ella se sentía despierta y llena de energía para afrontar la noche.
Rowan bajó en el ascensor, en un silencio mecánico, escuchando el fantasmagórico sonido del viento y pre­guntándose si a Ash también le gustaba.
Rowan suponía que de pequeña debió de tener mu­ñecas, como todas las niñas, pero no lo recordaba. To­do el mundo regala muñecas a las niñas, ¿no? Quizá no. Quizá su amable y afectuosa madre adoptiva sa­bía que el baúl del desván contenía las muñecas de las brujas, confeccionadas con cabello y huesos humanos. Quizá sabía que allí había una muñeca por cada bruja Mayfair que había existido durante los últimos años. Puede que a Ellie no le gustaran las muñecas. Algunas
personas, con independencia de su clase social, gustos personales o creencias religiosas, sienten temor de las muñecas.
¿Y ella? ¿También les tenía miedo?
Cuando se abrieron las puertas del ascensor Rowan observó unas vitrinas de cristal, unos apliques de bron­ce, y los inmaculados suelos de mármol, comunes al resto del edificio. En la pared había una placa de bronce que rezaba simplemente: COLECCIÓN PRIVADA.
Rowan salió del ascensor, dejando que la puerta se cerrara automáticamente tras ella, y comprobó que se hallaba en una inmensa sala iluminada con profusión.
Estaba rodeada de muñecas. Rowan observó sus grandes ojos de cristal, sus rostros de facciones perfec­tas, sus labios entreabiertos, expresión de un sincero y conmovedor asombro.
En una enorme vitrina de cristal, que había frente a ella, Rowan vio una muñeca de porcelana que medía aproximadamente un metro de estatura, con una larga cabellera de mohair y un exquisito vestido de seda, algo descolorido. Se trataba de una preciosa muñeca france­sa del año 1880, creada por Casimir Bru, según indica­ba la placa de la vitrina, posiblemente el fabricante de muñecas más importante del mundo.
Era justo reconocer su belleza, tanto si a uno le gus­taban las muñecas como si no. Sus ojos, azules y rasga­dos, irradiaban luz y estaban dotados de unas espesas pestañas. Las manos, de color rosa pálido, estaban mo­deladas con tal exquisitez que parecían estar a punto de moverse. Pero era el rostro de la muñeca, su expresión, lo que cautivó a Rowan. Las cejas, finamente perfila­das, presentaban una leve asimetría, lo cual dotaba de vida a su mirada. Tenía una expresión a la vez curiosa, inocente y pensativa.
Sin duda, se trataba de un ejemplar único, incompa­rable. Y, al margen de que Rowan, cuando era niña, hu­biera deseado que le regalaran muñecas, en aquellos mo­mentos sintió un intenso deseo de tocar la muñeca que tenía ante sí, de palpar sus redondas mejillas sonrosadas, quizás incluso de besar sus labios entreabiertos y acari­ciar con la yema del índice derecho sus sutiles pechos in­sinuantes y comprimidos por un ajustado corpiño. Ob­viamente, con el paso del tiempo había perdido parte de su dorada cabellera; y sus elegantes zapatos de cuero es­taban gastados y rotos. Pero el efecto era imborrable, irresistible, «un placer intemporal». Rowan sintió deseos de abrir la vitrina y estrecharla entre sus brazos.
Rowan se imaginó acunándola, como a un recién nacido y cantándole una nana, aunque no fuese un be­bé; era una niña. De los lóbulos de sus orejas, perfecta­mente dibujadas, pendían unas pequeñas cuentas azu­les. Alrededor del cuello lucía un vistoso collar, tal vez propiedad de alguna mujer. Cuando uno examinaba atentamente todos los detalles, comprobaba que en el fondo no se trataba de una niña, sino de una pequeña mujer sensual y de extraordinaria frescura, acaso una peligrosa y astuta coqueta.
Una pequeña placa, a los pies de la muñeca, descri­bía sus singulares rasgos, explicaba que su estatura era superior a lo normal, que vestía unas prendas origina­les, que era perfecta, y que fue la primera muñeca que Ash Templeton adquirió. Sobre éste no constaban más datos, tan sólo su nombre, probablemente porque no era necesario.
La primera muñeca. Ash le había explicado breve­mente a Rowan, cuando le habló sobre el museo, que la había visto en el escaparate de una tienda parisina.
Resultaba lógico que la muñeca hubiera atraído su atención y le hubiera conquistado el corazón. Era ló­gico que la hubiera llevado consigo a todas partes du­rante un siglo; que hubiera fundado su imperio en ho­menaje a la muñeca, con el fin de ofrecer, según había dicho, «su gracia y belleza a todo el mundo en una forma distinta».
La muñeca no tenía nada de trivial, sino que poseía una cualidad deliciosamente misteriosa. Mostraba una expresión desconcertada, sí, pensativa, una muñeca ca­paz de reflexionar.
«Al mirarla -pensó Rowan-, tengo la sensación de comprenderlo todo.»
Luego contempló las demás vitrinas que había en la sala. Algunas contenían otras obras maestras francesas, creadas por Jumeau y Steiner y otros fabricantes cuyos nombres jamás lograría retener, así como centenares de pequeñas muñecas francesas con caras redondas como la luna llena, boquitas pintadas de rojo y ojos rasgados. «Qué inocentes parecéis», murmuró Rowan. A continuación descubrió unas muñecas elegantemente vesti­das, que lucían miriñaques y sofisticados sombreros.
Rowan hubiera permanecido horas allí, paseando por el museo y examinando vitrinas. Resultó mucho más interesante de lo que había imaginado. Además, allí reinaba un silencio reconfortante y a través de las ventanas se divisaba un maravilloso paisaje nevado.
Pero no estaba sola.
A través de los cristales de diversas vitrinas descu­brió que Ash había bajado a reunirse con ella; estaba inmóvil, como si llevara un rato observándola. El cris­tal distorsionaba levemente su expresión. Al fin se mo­vió, y Rowan dio un suspiro de alivio.
Ash se dirigió hacia ella, con pasos silenciosos, y Rowan vio que sostenía la maravillosa muñeca Bru.
-Toma, puedes cogerla si lo deseas -dijo Ash.
-Parece muy frágil -contestó Rowan.
-Es una muñeca.
Al sostener su cabeza en la palma de su mano iz­quierda, Rowan experimentó una extraña y poderosa sensación. Luego percibió el delicado sonido que pro­dujeron los zarcillos al rozar el cuello de porcelana. Su cabello tenía al mismo tiempo un tacto suave y áspero, y la peluca presentaba numerosas zonas calvas.
A Rowan le entusiasmaron los diminutos dedos. Le encantaron las medias de encaje y las enaguas de seda, muy antiguas, desteñidas, que amenazaban con rom­perse si las tocaba.
Ash permaneció inmóvil, observándola con expre­sión sosegada, casi insultantemente atractivo, con el cabello canoso perfectamente cepillado y las manos, unidas como si rezara, apoyadas en la barbilla. Ahora, llevaba un traje de seda blanco holgado, muy moderno, probablemente italiano. La camisa era de seda ne­gra y la corbata, blanca. Parecía la versión amable de un gángster, alto, esbelto, misterioso, luciendo unos enor­mes gemelos de oro y unos llamativos y costosos zapa­tos blancos y negros.
-¿Qué sensación te produce esa muñeca? -pre­guntó Ash con aire inocente, como si realmente deseara saberlo.
-Posee una virtud mágica -murmuró Rowan, te­merosa de que su voz sonara más fuerte que la de él. Luego depositó la muñeca en sus manos.
-¿Una virtud mágica? -preguntó Ash, contem­plando la muñeca y alisándole el pelo y las arrugas del vestido con unos breves y sencillos ademanes. Acto se­guido la alzó en el aire y la besó, mirándola embelesa­do-. Una virtud mágica... -repitió-. Pero ¿qué sen­sación te produce?
-De tristeza -contestó Rowan, apoyando la ma­no en la vitrina y observando una muñeca alemana, in­finitamente más natural, que estaba sentada en una pe­queña silla de madera. La tarjeta decía: MEIN LIEBLING. Era mucho menos decorativa y sofisticada. No tenía el aspecto de una coqueta, pero poseía una belleza radian­te y, a su estilo, era tan perfecta como la Bru.
-¿Tristeza? -preguntó Ash.
-Sí, por una femineidad que he perdido, o que tal vez no he poseído nunca. No es que lo lamente, pero siento tristeza por algo con lo que quizá soñé de joven. No lo sé.
Luego, mirándolo a los ojos, Rowan añadió:
-No puedo tener más hijos. Mis hijos eran unos monstruos. Están enterrados juntos, debajo de un árbol.
Ash asintió con un ademán, mirándola con simpatía y comprensión. La expresión de su rostro era suficien­temente elocuente, de modo que sobraban las palabras.
Rowan deseaba decir otras cosas, como que jamás había imaginado que existieran semejantes obras de ar­te en el universo de las muñecas, ni que éstas pudieran ser tan interesantes y diversas entre sí o estar dotadas de un encanto inmediato y sencillo.
Pero detrás de esas reflexiones, en el fondo de su corazón, pensaba fríamente: «Poseen una belleza triste, aunque no sé por qué, al igual que la tuya.»
Rowan pensó de pronto que si Ash intentaba be­sarla en aquellos momentos, ella cedería sin oponer la menor resistencia, que su amor por Michael no le im­pediría rendirse a ese impulso, aunque confiaba fer­vientemente en que a Ash no se le ocurriera semejante idea.
Rowan decidió no dar ocasión a que eso sucediera. Cruzó los brazos y se dirigió hacia otra zona inexplo­rada de la sala, que estaba presidida por las muñecas alemanas. Las vitrinas contenían una colección de niñas alegres y sonrientes, de labios abultados, vestidas con unos sencillos trajes de algodón. Pero Rowan ni siquie­ra se fijó en ellas. No podía dejar de pensar en que Ash estaba a sus espaldas, observándola. Sentía su mirada, percibía el leve sonido de su respiración.
Al cabo de unos minutos, Rowan se volvió. La mi­rada de Ash la desconcertó. Sus ojos expresaban sin di­simulo una profunda emoción, un conflicto que se agi­taba en su interior.
«Si lo haces, Rowan, perderás a Michael para siem­pre.» Luego bajó la mirada lentamente y se alejó con pasos suaves de él.
-Este lugar es mágico -dijo Rowan, sin volver­se-. Pero tengo tantas ganas de conversar contigo, de conocer tu historia, que prefiero aplazar nuestra charla hasta mejor momento, cuando pueda saborearla.
-De acuerdo. Michael está despierto, supongo que ya habrá desayunado. ¿Porqué no subimos a reunirnos con él? Estoy dispuesto a pasar por el penoso trance de contaros mi historia.
Rowan observó a Ash mientras éste colocaba de nuevo la muñeca francesa en su vitrina de cristal, ali­sándole una vez más el pelo y la falda con movimientos rápidos y hábiles. Luego se besó las yemas de los dedos y las aplicó en la frente de la muñeca. Por último cerró la vitrina, giró la pequeña llave dorada y la guardó en el bolsillo.
-Sois mis amigos -dijo Ash, volviéndose hacia Rowan. Después extendió la mano y pulsó el botón de llamada del ascensor-. Creo que he empezado a ama­ros, lo cual es peligroso.
-No quiero que sea peligroso -respondió Ro­wan-. Me siento demasiado atraída hacia ti para dejar que nuestra relación nos cause problemas o nos hiera. Pero siento la curiosidad de saber algo, ¿significa eso, acaso, que estás enamorado de los dos?
-Por supuesto, de otro modo me hincaría de rodi­llas y te suplicaría que me permitieras hacerte el amor -contestó Ash. Luego añadió, bajando la voz-: Te seguiría hasta el fin del mundo.
Rowan se volvió y entró en el ascensor, ofuscada y con las mejillas ardiéndole, Antes de que las puertas del ascensor se cerraran, echó una última ojeada a las her­mosas muñecas que estaban expuestas en las vitrinas del cristal.
-Lamento haberte dicho eso -se excusó Ash con timidez-. Ha sido deshonesto por mi parte primero decírtelo y luego negarlo, discúlpame.
-Estás disculpado -murmuró Rowan-. Me sien­to... muy halagada. ¿Es ésa la palabra adecuada?
-No, sería más justo decir «intrigada» o «fascina­», pero no creo que te sientas halagada. Amas a tu marido con tal vehemencia que cuando estoy junto a ti siento el fuego de tu pasión. Deseo ese fuego. Quiero que derrames tu luz sobre mí. Jamás debí pronunciar esas palabras.
Rowan no contestó. En realidad, no sabía qué decir. Sólo sabía que en estos momentos no podía concebir estar separada de Ash, ni creía que Michael tampoco pudiera. En cierto modo, era como si Michael necesi­tara a Ash más que ella misma, aunque todavía no ha­bían tenido ocasión de hablar de esas cosas.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Rowan se encontró en una amplia sala de estar con el suelo de mármol rosa y crema y unos confortables sillones de cuero, iguales a los del avión, aunque éstos fueran más grandes y de una piel más suave.
En esta ocasión se sentaron también alrededor de una mesa, más baja que la del avión, en la que había unas pequeñas fuentes con queso, nueces, fruta y dis­tintas clases de pan.
A Rowan sólo le apetecía un gran vaso de agua fría. Michael, vestido con una vieja chaqueta de mezclilla con sus gafas de carey caladas, leía el New York Times.
Cuando Rowan y Ash tomaron asiento, Michael le­vantó la vista, dobló el periódico y lo dejó a un lado. Rowan no quería que Michael se quitara las gafas; le daban un aire distinguido. De golpe Rowan sonrió al pensar que le gustaba tener a esos dos hombres junto a ella, uno a cada lado.
Durante unos segundos tuvo unas vagas fantasías de un ménage á trois, aunque sabía que esas cosas no funcionaban nunca e imaginaba que Michael jamás con­sentiría ni participaría en ello. En el fondo, era preferi­ble dejar las cosas tal como estaban.
«Tienes otra oportunidad con Michael -pensó Ro­wan-. Sabes que la tienes, al margen de lo que él pueda pensar. No tires por la borda el único amor que te ha importado. Compórtate como una mujer adulta y ten paciencia, a fin de saborear el amor en sus múltiples fa­cetas; trata de sosegar tu espíritu para que cuando apa­rezca de nuevo la felicidad, seas capaz de atraparla al vuelo.»
Michael se quitó las gafas, se reclinó en el sillón y apoyó un tobillo sobre la rodilla de la pierna contraria. Ash se había instalado también cómodamente en el sillón.
«Formamos un triángulo -pensó Rowan-, y yo soy la única que enseño las rodillas y mantengo los pies bajo la mesa, como si tuviera algo que ocultar.»
Ese pensamiento la hizo sonreír. El aroma de café la distrajo, y al bajar la vista vio sobre la mesa, al alcance de su mano, un bote de café y una taza.
Pero antes de que Rowan pudiera moverse, Ash se adelantó y le sirvió una taza de café. Estaba sentado a su derecha, más próximo a ella que en el avión. Todos estaban sentados más cerca los unos de los otros. Vol­vían a formar un triángulo equilátero.
-Deseo hablar con vosotros -dijo de pronto Ash. Juntó de nuevo las manos como si rezara y se estiró el labio inferior. Tenía el ceño levemente fruncido, pero luego la expresión de preocupación desapareció y dijo, con cierta tristeza-: Esto es muy difícil para mí, muy difícil, pero quiero hacerlo.
-Lo comprendo -respondió Michael-. Pero ¿por qué quieres hacerlo? Estoy impaciente por oír tu historia, pero ¿por qué te atormentas de este modo?
Ash reflexionó unos instantes. Rowan observó los pequeños signos de tensión en sus manos y su rostro.
-Porque quiero que me améis -respondió Ash con suavidad.
Rowan lo miró atónita, incapaz de articular palabra, y al mismo tiempo se sintió un poco triste. Michael, en cambio, sonrió de forma franca y direc­ta, como era habitual en él, y dijo:
-Entonces, cuéntanoslo todo, Ash. Anda, dispara.
Ash se echó a reír ante la ocurrencia. Luego, todos guardaron silencio, pero era un silencio amable. A continuación, Ash empezó a relatar su historia.










25

Todos los Taltos nacen sabiendo numerosas cosas hechos históricos, leyendas, ciertas canciones, la necesidad de ciertos ritos, la lengua de la madre, así co­mo las que se hablan en torno a ella, los conocimientos elementales de la madre y probablemente otros supe­riores que ésta posee.
Estas dotes básicas son similares a una inexplora­da veta aurífera de una montaña. Ningún Taltos sabe cuánto podrá extraer de la memoria residual. Con es­fuerzo, uno puede descubrir cosas realmente asombro­sas en su mente. Algunos son incluso capaces de hallar el camino de regreso a Donnelaith, aunque nadie sabe por qué. Algunos se sienten atraídos hacia la remota costa septentrional de Unst, la isla que está situada en el extremo septentrional de Gran Bretaña, para contem­plar, más allá de Burrafirth, el faro de Muckle Fluggs, en busca de nuestra tierra natal perdida.
La explicación de todo esto reside en la química ce­rebral. Sin duda se trata de una cuestión asombrosa­mente simple, pero no lograremos comprenderla hasta fue no sepamos con exactitud por qué los salmones re­gresan al río donde han nacido para desovar, o por qué cierta especie de mariposas, cuando les llega el momen­to de reproducirse, se dirige a una pequeña zona del bosque.
Poseemos un oído superior al humano; los ruidos estruendosos nos hieren. La música puede llegar a pa­ralizarnos, por lo que debemos ser muy prudentes con ella. Reconocemos al instante a otro Taltos por su olor; reconocemos a un brujo o a una bruja en cuanto los ve­mos, y su presencia siempre nos impresiona. Un brujo o una bruja es un ser humano al que los Taltos no po­demos permitirnos el lujo de ignorar.
Pero entraré en más detalles sobre estas cuestiones a medida que vaya relatando mi historia. Antes de nada quiero decir que no poseemos, al menos que yo sepa, dos vidas, como creía Stuart Gordon, por más que se trate de una creencia muy difundida entre los seres hu­manos. Cuando exploramos nuestros recuerdos racia­les más profundos, cuando nos aventuramos en el pasa­do, enseguida comprendemos que éstos no pueden ser los recuerdos de un solo individuo.
El joven Lasher era un ser que había vivido antes, sí. Un alma inquieta que se negaba a aceptar la muerte, cosa que lo llevó a reencarnarse de modo trágico y tor­pe, un error por el que pagaron otros.
En los tiempos del rey Enrique y la reina Ana, los Taltos fueron una mera leyenda en Escocia. Lasher no supo explorar los recuerdos con los que había nacido; su madre era humana, y él estaba empeñado en conver­tirse en un ser humano, como muchos otros Taltos.
Deseo precisar que, respecto a mí, la vida comenzó cuando todavía éramos un pueblo de la tierra perdida y Britania era una tierra fría e inhóspita. Nosotros cono­cíamos esa tierra, pero nunca nos dirigimos allí porque vivíamos en una isla de clima templado. Todos mis re­cuerdos constitutivos se referían a esa isla. Eran unos recuerdos alegres y soleados, desprovistos de preocu­paciones, que con el tiempo se han ido desdibujando bajo el peso de los acontecimientos, bajo el peso de mi larga vida y mis reflexiones.
La tierra perdida se hallaba en el mar del Norte, frente a las costas de Unst, tal como he indicado, en un lugar donde por aquel tiempo la corriente del Golfo hacía que los mares que bañaban nuestras costas fueran templados.
Pero la tierra en la que realmente nos desarrollamos era, según creo recordar, nada menos que el gigantesco  cráter de un inmenso volcán, con muchos kilómetros de diámetro, que ofrecía el aspecto de un fértil valle ro­deado de escarpados pero hermosos riscos, un valle tropical dotado de innumerables géyseres y aguas ter­males que brotaban de la tierra y formaban pequeños riachuelos y grandes lagos de aguas límpidas. El am­biente se mantenía siempre húmedo, los árboles que crecían alrededor de nuestros pequeños lagos y ríos eran inmensos, y no menos gigantescas eran las plantas; la fruta de distintas variedades y colores -mangos, pe­ras, melones-, se hallaba presente en grandes cantida­des mientras que sobre los riscos crecían viñas y bayas silvestres, y la hierba era tupida e intensamente verde.
La fruta más exquisita era la pera, que es casi blanca. Los mejores productos del mar eran las ostras, las al­mejas y las lapas, que también son blancos. El fruto del árbol de pan tenía la pulpa blanca. Bebíamos la leche que nos proporcionaban las cabras, cuando conseguía­mos atraparlas, aunque no fuese tan buena como la le­che materna o la de las mujeres que ofrecían su néctar a quienes amaban.
Los vientos soplaban rara vez en el valle, puesto que quedaba al abrigo, a excepción de dos o tres desfi­laderos, de la costa. Esta era muy peligrosa, pues aun­que el agua fuese más templada que en la costa de Brita­nia, no dejaba de ser fría, y uno podía verse arrastrado por los fuertes vientos y morir ahogado. Cuando un Tal­tos deseaba morir, cosa que, según me han contado, su­cedía en algunas ocasiones, se arrojaba al mar.
Creo, aunque nunca lo sabré con certeza, que la nuestra era realmente una isla, muy grande, pero en de­finitiva una isla. Los seres con el pelo completamente blanco tenían la costumbre de recorrerla toda, a lo lar­go de sus playas, para lo cual, según me han contado, necesitaban varios días.
Conocíamos el fuego, pues en las montañas había unos lugares donde surgía de la tierra. De algunos de esos lugares brotaba tierra ardiente, lava, que en forma de diminuto riachuelo se deslizaba hasta el mar.
Sabíamos cómo obtener fuego, cómo mantenerlo vivo, alimentarlo y hacer que durara. Lo utilizábamos para iluminar las largas noches de invierno, aunque desconocíamos su nombre y tampoco hacía frío. En ocasiones lo usábamos para preparar grandes festines, pero en la mayoría de los casos no era necesario. A ve­ces incluíamos el fuego en el círculo, cuando se pro­ducía un parto. Bailábamos alrededor de él, y en oca­siones incluso jugábamos con él. Jamás presencié un incidente en el que alguien resultara herido a causa del fuego.
Ignoro cuán lejos son capaces los vientos de trans­portar las semillas, los pájaros, las ramas, los troncos de los árboles derribados, pero todo aquello que ama­ba el calor prosperaba en esa tierra, y allí es donde co­menzamos.
De vez en cuando, uno de los nuestros nos contaba que había visitado las islas de Britania -conocidas ac­tualmente como las Shetland o las Orkney, e incluso la costa de Escocia. Nosotros las llamábamos las islas del invierno, o, más exactamente, las islas heladas. Eran unos relatos apasionantes. A veces, un Taltos caía al mar y conseguía alcanzar a nado la tierra del invierno, donde construía una balsa para regresar a casa.
Algunos Taltos se lanzaban al mar en unos preca­rios botes en busca de aventuras y, si no perecían aho­gados, regresaban medio muertos de frío, jurando no volver jamás a la tierra del invierno.
Todo el mundo sabía que existían numerosos ani­males salvajes en aquella tierra, cubiertos de pelo, capa­ces de matarte si podían. Teníamos centenares de le­yendas e ideas equivocadas y canciones sobre las nieves invernales y los osos de los bosques, así como del hielo que flotaba formando grandes masas en los lagos.
En contadas ocasiones, un Taltos cometía un delito. Éste o ésta copulaban sin permiso y engendraban un nuevo Taltos que, por algún motivo, no era bien acogi­do por los demás. O bien alguien hería deliberadamen­te a otro, el cual moría a consecuencia de las heridas. Sin embargo, eso sucedía muy rara vez. Lo sé porque me lo han contado, no por haberlo presenciado. Los culpables eran conducidos entonces a Britania a bordo de grandes embarcaciones para dejarlos morir allí.
No conocíamos el ciclo de las estaciones, pues en Escocia incluso el verano nos parecía terriblemente frío. Calculábamos el tiempo a partir de las fases luna­res y, que yo recuerde, no sabíamos lo que era un año.Por supuesto existía una leyenda que oiréis por do­quier sobre una época anterior a la luna.
Se trataba del legendario tiempo anterior al tiempo, al menos eso creíamos, aunque nadie lo recordara. Soy incapaz de precisar cuánto tiempo viví en esa tierra antes de que fuera destruida. Conocía el podero­so aroma de los Taltos que poblaban esa tierra, pero era tan natural como el aire. No fue hasta más tarde cuan­do ésta adquirió una característica singular, para señalar la diferencia entre los Taltos y los humanos.
Recuerdo el Primer Día, al igual que todos los Tal­tos. Nací, mi madre me acarició amorosamente, per­manecí varias horas junto a mis padres, hablando con ellos, y luego me dirigí hacia los elevados riscos, justo debajo de la boca del cráter, donde se hallaban los Tal­tos de cabello blanco en animada conversación. Mi ma­dre me amamantó durante muchos años. Era sabido que la leche de las mujeres se secaba si no permitían que otros la bebieran, así como que no volvía a aparecer hasta que parían de nuevo. Las mujeres no querían que se les secara la leche, y les gustaba que los hombres be­bieran de sus pechos; el hecho de que succionaran sus pezones les proporcionaba un delicioso placer. Era cos­tumbre yacer con una mujer y dejar que el acto de ma­mar, de una forma u otra, se convirtiera en la suprema expresión de amor. El semen de los Taltos era blanco, naturalmente, como el de los seres humanos.
Las mujeres, como es lógico, amamantaban a las otras mujeres, y se burlaban del hecho de que los pezo­nes de los hombres no contuvieran leche. Pero noso­tros defendíamos que nuestro semen, aunque no tuvie­se tan buen sabor, resultaba tan nutritivo y saludable como la leche de las mujeres.
Uno de los juegos preferidos de los varones era ha­llar a una hembra sola, abalanzarnos sobre ella y suc­cionar su leche, hasta que los otros oían sus protestas y nos obligaban a dejarla tranquila. Pero a nadie se le hu­biera ocurrido crear otro Taltos con esa mujer. Y, si real­mente ella no quería que bebiéramos la leche de sus pechos, al cabo de un rato nos deteníamos.
De vez en cuando, las mujeres asaltaban también a sus compañeras con objeto de beber su leche. La belle­za tenía mucho que ver con la poderosa atracción que ejercían ciertas mujeres sobre quienes perseguían ese placer, al igual que la personalidad; cada cual poseía su propia personalidad, aunque el buen humor casi siem­pre fuese común a todos nosotros.
Teníamos nuestros usos y costumbres, pero no re­cuerdo que existieran leyes.
Los Talcos morían siempre a causa de un accidente. Dado nuestro carácter aventurero y temerario, muchos Taltos morían al despeñarse, al tragarse el hueso de un melocotón o al ser atacados por un roedor salvaje, lo cual producía una hemorragia imposible de detener.
Los Taltos jóvenes rara vez se partían un hueso, pero cuando su piel perdía la tersura propia de la infancia, les crecían en la cabeza unas canas y a partir de aquel momento se exponían a caer de un risco y matarse. Era durante esa época, según creo recordar, cuando la ma­yoría de los Talcos morían. Éramos un pueblo de gente de cabello blanco, rubio, pelirrojo o moreno. Muy po­cos tenían el pelo castaño, y, por supuesto, los jóvenes superaban en número a los ancianos.
En ocasiones se extendía por el valle una plaga que diezmaba la población. Las historias sobre la plaga son las más tristes que he oído relatar.
Ignoro qué tipo de plaga era. Según parece, las que matan a los seres humanos no nos afectan a nosotros.
Sin embargo, recuerdo la época de la plaga, y tam­bien recuerdo haber atendido a los enfermos. Nací sa­biendo cómo conseguir fuego y transportarlo hasta el valle. Sabía cómo hacer fuego a fin de no tener que ir a buscarlo, aunque el método más sencillo fuese arreba­társelo a otro. Nací sabiendo cómo cocinar almejas y lapas sobre el fuego. Sabía preparar un pasta negra con las cenizas del fuego para utilizarla después como pin­tura.
Pero volvamos al tema de la muerte. El concepto del asesinato no existía entre nosotros. Nadie creía que un Taltos tuviera el poder de matar a otro. Si te pelea­bas con otro y lo arrojabas de un risco, y éste moría, to­dos creían que había sido un «accidente». Nadie te acu­saba de haberlo asesinado, aunque podían acusarte de temeridad y expulsarte del valle.
Los Taltos de pelo blanco que se entretenían rela­tando historias y leyendas vivían más tiempo que los otros, pero nadie los consideraba viejos. Se se aostaban una noche y al día siguiente no se despertaban, se suponía que habían muerto a causa de un golpe provocado por un accidente imprevisto. Los Taltos de pelo blanco solían tener la piel muy osura, y tan fina que casi podía verse fluir la sangre por sus venas. Muchos de ellos habían perdido su aroma. Aparte de eso, desconocíamos el significado de la vejez.
Ser viejo significaba conoer las historias más largas e interesantes, poder relatar un sinfín de fábulas y leyendas sobre Taltos ya desaparecidos.
En esas ocasiones las historias eran recitadas en verso libre, o bien cantadas, o simplemente narradas con gran profusión de imágenes y ritmos, fragmentos de melodías y risas. La narración de esas historias constituían una experiencia maravillosa, era la faeta espiritual de la vida.
En cuantoa la vertiente material de la vida, no estoy seguro de que existiera, al menos en sentido literal. No existía la propiedad, excepto con relación a los instrumentos musicales o los pigmentos para pinturas, pero incluso esas cosas las compartíamos con nuestros compañeros. Todo resultaba muy sencillo.
De vez en uando aparecía una ballena muerta en nuestras costas, y cuando su carne yas se había descompuesto cogíamos los huesos para fabricar con ellos objetos diversos, mejor dicho, juguetes. Nos divertíamos cavando hoyos en la rena, o arrancando piedras de la ladera y dejándolas rodas cuesta abajo. También disfrutábamos tallando una figuritas y unos aros on los huesos de las ballenas, con ayuda de una piedra afilada o un hueso.
Para narrar historias, ¡ah!, eso requería una respetable dosis de talento y memoria; no bastaba con evocar los recuerdos que uno conserva en la mente, sino que era preciso incluir los recuerdos que otros ya habían contado.
¿Comprendéis a dónde quiero ir a parar? Nuestras ideas sobre la vida y la muerte se basaban en esas ideas y condiciones especiales. La obediencia era una virtud natural en los Taltos; mostrarse conforme, también. No existían rebeldes ni visionarios, hasta que la sangre de los humanos se mezcló con la nuestra.
Existían muy pocas mujeres con el abello blanco, quizás una por cada veinte hombre. Esas mujeres eran muy solicitadas, pues su fuente se había secado, como la de Tessa, y no quedaban preñadas cuando se entregaban a los hombres.
Por regla general, muchas mujeres morían al dar a luz, aunque nadie lo dijese en aquella época. Los partos las debilitaban y si una mujer no fallecía al cuarto o quinto parto, al cabo de un tiempo se quedaba dormida y moría. Muhas mujeres no querían parir, o sólo lo hacían una vez.
La copulación de una pareja de euténticos Taltos siempre daba como fruto un hijo. No fue hasta más tarde, al mezclarnos con los humanos, que las mujeres se secaron como Tessa tras padecer repetidas hemorragias. Pero los Taltos poseen orígenes humanos y comparten numerosos rasgos que detallaré más adelante con ellos. Quién sabe, es posible que Tessa tuviera hijos. Todo es posible.
Generalmente, las mujeres deseaban copular con los hombres, aunque no sentía deseos de hacerlo hasta al cabo de un tiempo de haber naido. Los hombres deseaban hacerlo constantemente, porque gozaban con ello. Sin embargo, todos sabían que cuando un hombre y una mujer copulaban, de esa unión nacía un niño tan alto o más que su madre, de modo que nadie lo hacía simplemente por diversión.
Cuando sólo deseaban divertirse, los Taltos hacían el amor con una mujer de diversas formas, o con un hombre; o yacían con las bellezas de cabello blanco; simplemente para gozar. O bien un varón era solicitado por varias vírgenes, ansiosas de que les hiciera un hijo. Asimismo, se divertían tratando de hallar a una mujer capaz de parir seis o siete hijos sin menosabo en su salud; o una joven que, por motivos que nadie conocía, fuese estéril. El acto de succionar los pezonaes de esas mujeres constituían un exquisito plaer; hacerlo en grupo todavía procuraba mayor goce, pues la mujer que ofrecía sus pechos solía caer en un sensual trance. De hecho, las mujeres experimentaban un intenso placer y solían alcanzar el orgasmo sin necesidad de ningún otro tipo de contacto físico.
No recuerdo que se produjeran violaciones; ni tampoco ejecuciones. No recuerdo que los rencores duraran mucho tiempo.
Si recuerdo, en cambio, súplicas y discusiones, e incluso alguna que otra violenta disputa a propósito de un ompañero o una compañera, pero siempre dentro de los límites de los antos o las palabras.
No recuerdo a gente malhumorada o cruel. No recuerdo a inviduos invivilizados. Es decir, todos los poseíamos ya al naer los onceptos de amabilidad, bondad y del valor de la felicidad. Amábamos el placer y deseábamos que los otros lo comportieran con nosotros, pues ellos contrubuía a garantizar la satisfacción de la tribu.
Los hombres solían enamorarse profundamente de las mujeres, y viceversa. La pareja conversaba durante días y noches, hasta que decidía unirse. También podía discurtir por algún motivo, lo cual impedía que se consumara la unión.
Nacían más mujeres que varones. Al menos, eso deían, aunque nadie se dedicara a controlarlo. Yo creo que nacían más mujeres, pero también morían con más facilidad que los hombres. Supongo que ése era uno de los motivos por el que los hombres se comportaban con tanta ternura con las mujeres: sabían que orrían el riesgo de morir antes que ellos. Las mujeres transmitían la fuerza de sus cuerpos; las mujeres de espíritu sencillo estaban muy solicitadas, siempre alegres y contentas ante la vida sin temor a parir. En resumen, las mujeres poseían un temperamento más infantil, aunque los hombres también eran sencillos e ingenuos.
Las muertes por accidente eran inevitablemente seguidas por una cópula ceremonial y la sustitución del individuo que había muerto. A las épocas de plagas les sucedía siempre un periodo de orgías desenfrenadas, pues la tribu deseab repoblar cuanto antes su territorio.
No existía escasez. Nuestra tierra no padecía problemas de aglomeración. La gente no se peleaba por la fruta, los huevos o la leche de los animales. Había gran abundania de todo. Vivíamos en un paraje precioso de clima templado, y nos dedicábamos a atividades diversas, a cual más agradable.
Era el paraíso, el Edén, la época dorada a la que se han referido todos los pueblos de la Tierra, anterior a aquella otra en que se enojaron los dioses, antes de que Adán mordiera la fatídica manzana, una época de felicidad y abundancia. Lo recuerdo perfectamente. Yo estaba allí.
No recuerdo ningún concepto relativo a las leyes.
Recuerdo ritos, bailes, cánticos, gente formando círculos, cada uno de los cuales se movían en sentido contrario al cíarculo que alojaba en su interior; y reuerdo a hombres y mujeres que tocaban la gaita y el tambor, e incluso unas pequeñas arpas fabricadas con conchas. Recuerdo a un grupo de individuos, entre los que me encontraba yo, que recorrían con antorchas los riscos más escarpados simplemente para comprobar quién era capaz de hacerlo sin despeñarse.
Recuerdo que algunos Taltos eran aficionados a pintar, arte que practicaban tanto en los peñascos como en las cuevas que rodeaban el valle, y que a veces emprendíamos una exursión de un día para visitar las cuevas.
Cada pintor mezclaba sus colores con tierra o con su propia sangre; también podía hacerlo con la sangre de una pobre cabra o una oveja que se hubiera despeñado o con otras sustanias naturales.
Recuerdo que en ocasiones la tribu se reunía en el valle para formar un sinfín de círculos, aunque ignoro el motivo de diha reunión.
Otras veces formábamos pequeños círculos aislados para constituir una cadena de memoria según los recuerdos que conservábamos en nuestra mente, no como lo ha descrito Stuart Gordon.
Uno preguntaba: “¿Quién recuerda lo que sucedió hace mucho, mucho tiempo?” Y alguien comenzaba a relatar una historia que le habían contado sólo nacer sobre unos Taltos de cabello blanco que habían muerto tiempo atrás. Relataba esas historias tal como las recordaba, presentándolas como si fueran las más antiguas, hasta que otro alzaba su voz y narraba una historia todavía más antigua.
Después intervenían otros para relatar sus primeros recuerdos; la gente discutía acerca de un dato o añadía otros a fin de ampliar las historias que narraban sus compañeros. Al fin, entre todos conseguíamos formar una secuencia de hechos, rigurosos y pormenorizados.
Esas fascinantes secuencias recogían una dilatada época jalonada de acontecimientos que se vinculaban entre sí por la visión o la actitud de un individuo. Era una experiencia muy especial, y constituía nuestro mejor logro mental, aparte de la música y el baile.
Esas secuencias no solían ser espectaulares. Lo que nos interesaba era el sentido del humor, una pequeña excentricidad y, por supuesto, todo lo que fuera bello. Nos encantaba hablar de cosas bellas. Cuando nacía una mujer pelirroja, lo considerábamos un maravilloso acontecimiento.
Si un hombre era más alto que el resto, también lo considerábamos una magnífia cualidad. Si una mujer estaba dotada para el arpa, ésta era también una magnífica cualidad. Los accidentes trágicos los recordábamos tan sólo por un tiempo breve. Existían ciertas historias sobre visionarios –quienes afirmaban oír voces y adivinar el futuro-, pero no eran frecuentes. Existían fábulas sobre la vida de un músico o un pintor, o una mujer pelirroja, o un constructor de barcos que había emprendido una travesía a Britania, arriesgando su vida, y a su regreso había expliado sus aventuras. Había historias sobre hombres y mujeres de gran belleza que nunca habían copulado, y que precisamente por ellos eran muy admirados y solicitados.
Esos juego mnemotécnicos solíamos practiarlos durante los días más largos del año, es deir, aquéllos en que apenas había tres horas de oscuridad. Teníamos cierto sentido de las estaciones a través de la luz y la osuridad, pero no era ése un tema que nos preocupara, puesto que ni los largos días estivales ni los ortos días de invierno influían en nuestras vidas. Así pues, no nos regíamos por las estaciones; no calculábamos el tiempo que duraba la luz y la oscuridad. Jugábamos y retozábamos más durante los días más largos, pero por lo demás, apenas le conedíamos importancia. Los cortos días de invierno eran tan templados como los estivales; las cosas crecían con idéntica profusión. Nuestros géyseres nunca se enfriaban.
Sin embargo, esta cadena de memoria, ese ritual de contar historias y recuerdos, ha adquirido gran importancia para mí por lo que llegó a representar más tarde. Tras emigar a la tierra helada, ése era el sistema que empleábamos para conocernos a nosotros mismos y averiguar quiénes eramos. Era crucial para nosotros, que luchábamos para sobrevivir en las tierras altas de Escocia. Nosotros, que no disponíamos de ningún tipo de escritura, almacenábamos todos nuestros conocimientos en la memoria.
Luego, en la tierra perdida, se convertía en un excelente pasatiempo, un juego divertido.
El acontecimiento más serio para nosotros era el nacimiento. Nunca la muerte –que era frecuente, accidental y triste, aunque intrascendente-, sino el nacimiento de una nueva persona.
Cualquiera que no se tomara eso en serio era tildado de estúpedio.
Para que se produjera un acoplamiento, los guardianes de la mujer debían consentirlo, y los hombres dar su autorización a un determinado varón.
Era sabido que los hijos siempre se parecían a sus padres, que crecían y se desarrollaban de forma inmediata, y que poseían características de uno de sus progenitores, o de ambos. Los hombres se oponían enérgicamente a que una mujer copulara con un varón de aspecto físico debilucho, aunque todo el mundo tenía derecho a copular al menos una vez.
En cuantoa la mujer, lo importante era que comprendiera los riesgos que entrañaba el hecho de tener un hijo. Le advertían que sufriría dolores indecibles, que su cuerpo se debilitaría, que tras el parto podría padecer una hemorragia y que incluso podía morir en el momento de nacer la criatura, o al cabo de unos días.
Se consideraba que ciertas combinaiones físicas eran más propicias que otras. De hecho, ése era el motivo de lo que podríamos llmar nuestras disputas. Nunca eran sangrientas, pero sí muy escandalosas. Cuando se peleaban, los Taltos gritaban, pataleaban y se injuriaban en una lengua que hablaban a gran velocidad, hasta que el contrincante acababa agotado e incapaz siquiera de razonar.
En ocasiones excepcionales nacía un varón o una hembra tan perfecto de cuerpo y de rosto, tan alto y bien proporcionado, que era un honor copular con éste o ésta para tener un hijo tan perfecto como su padre o su madre. A tal fin, se organizaban juegos y torneos.
Pero éstas son las únicas cosas dolorosas o duras que recuerdo, tal vez porque las únicas veces que me sentí deseperado fue cuando participé en esos juegos, y no deseo extenderme en ello. Por otra parte, abandonamos esos ritos cuando nos trasladamos a la tierra helada. A partir de aquel momento tuvimos que enfrentarnos a numerosos contratiempos y desgracias.
Una vez que la pareja había obtenido el permiso para su unión carnal –recuerdo una ocasión en que pedí permiso a veinte personas y, tras discutir y pelearme con ellas, me hicieron aguardar su respuesta durante varios días-, la tribu formaba multitud de cículos, que se extendían hasta el fondo del valle; muhas personas se quejaban de estar demasiado alejadas y no poder contemplar bien el espectáculo.
Los tambores empezaban a sonar y se abría el baile. Si era de noche, aparecían las antorchas. La pareja se abrazaba, entre besos y caricias, prolongando los juegos amorosos hasta que llegaba el momento culminante. Era una celebración muy larga. Si los juegos preliminares duraban una hora, era maravilloso, su duraban dos, el goce era sublime. Muchos eran incapaces de prolongar los juegos amorosos más allá de media hora. Sea como fuere, cuando llegaba el momento de consumar el acto, la pareja también procuraba prolongarlo durante el mayor tiempo posible. ¿Cuánto? No lo sé. Creo que más de lo que podían resistir los humanos o los Taltos hijos de humanos. Quizás una hora; tal vez más.
Cuando la pareja se separaba y ambos yacían pos­trados en el suelo, extenuados, era porque el nuevo Tal­tos estaba a punto de nacer. El vientre de la madre se hinchaba hasta adquirir unas dimensiones increíbles. El padre ayudaba entonces a extraer a la inmensa y grotes­ca criatura del vientre de la mujer y le procuraba calor entre sus manos. Luego, la entregaba a la madre para que ésta le diera de mamar.
Todos se aproximaban para contemplar el milagro, pues ese niño, que irrumpía en su vida como un ser que ya medía entre sesenta y noventa centímetros, extrema­damente delgado, delicado y frágil, empezaba a desa­rrollarse en el acto. Durante los siguientes quince mi­nutos, o menos, crecía hasta alcanzar la altura de un adulto. El cabello le crecía también a una velocidad ver­tiginosa, al igual que sus dedos; los delicados huesos de su cuerpo, flexibles y resistentes, sustentaban su cuerpo gigantesco. La cabeza alcanzaba un tamaño tres veces mayor al que ostentaba en el momento de nacer.
La madre yacía como si estuviera muerta, medio dormida, mientras el niño, tendido junto a ella, le ha­blaba. A veces, en lugar de caer dormida hablaba con su hijo y le cantaba, aunque se sintiese aturdida y marea­da, y hacía que el niño le recitara sus primeros recuer­dos, a fin de que no los olvidara jamás.
A veces olvidamos.
Somos muy capaces de olvidar. El hecho de contar nuestros recuerdos nos ayuda a memorizarlos, a rete­nerlos en nuestra memoria. Contarlos equivale a com­batir nuestra terrible soledad, fruto del olvido, la temi­ble ignorancia, la tristeza de no recordar. Al menos, eso pensábamos.
La criatura, ya fuese varón o hembra, y la mayoría de las veces era hembra, proporcionaba una gran ale­gría a la tribu. Para nosotros ese dato significaba más que el hecho de que hubiera nacido un ser. Significaba que la vida de la tribu era excelente, y que ésta perdu­raría.
Por supuesto, jamás lo pusimos en duda, pero co­mo ciertas ciertas leyendas que sostenían que no siempre ha­bía sido así, que en ciertas épocas las mujeres habían copulado y habían parido unos hijos enclenques, o que no habían quedado preñadas, y que la tribu había disminuido hasta casi extinguirse. Las epidemias de peste esterilizaban a las mujeres, y a veces también a los hombres.
Los niños que nacían eran amados y atendidos por ambos padres, aunque en el caso de las hembras, éstas eran conducidas a un lugar habitado sólo por mujeres.
En general, los hijos constituían un vínculo entre el hombre y la mujer. Estos no pretendían amarse de una forma distinta o en privado. Teniendo en cuenta lo que para nosotros significaba el parto, el concepto del ma­trimonio o la monogamia, así como la conveniencia de permanecer con una sola mujer, nos parecían ideas abu­rridas, peligrosas y absurdas.
Sin embargo a veces podía suceder que un hombre y una mujer se amaran tanto que no quisieran separar­se, aunque no recuerdo que eso me ocurriera a mí. Na­da se interponía entre el deseo de frecuentar a una mu­jer o a un hombre; el amor y la amistad no eran unos conceptos románticos, sino puros.
Hay muchos otros aspectos de la vida de los Taltos que os podría describir, como la clase de canciones que cantábamos, la naturaleza de nuestras disputas, las cuales poseían sus propias reglas, el tipo de lógica que imperaban entre nosotros, y que seguramente os pa­recería extraño, así como las torpezas y errores que cometían los jóvenes Taltos. En la isla había unos pequeños animales mamíferos -muy parecidos a los mo­nos-, pero no se nos ocurría cazarlos ni devorarlos; una idea tal nos habría parecido intolerable.
Podría describir también los distintos tipos de vi­viendas que construíamos y los escasos adornos que lu­cíamos -no llevábamos ropa, pues no lo necesitába­mos ni nos gustaba cubrir nuestro cuerpo con materias impuras-; podría describir nuestras embarcaciones, que eran muy rudimentarias, y mil cosas más.
A veces nos acercábamos con sigilo al lugar donde vivían las mujeres, para verlas abrazadas, haciendo el amor. Cuando descubrían nuestra presencia, nos echa­ban de allí. Había unos lugares en los riscos, grutas y cuevas, pequeños nichos próximos a manantiales, que se habían convertido en auténticos santuarios donde hacían el amor tanto hombres con hombres, como mu­jeres con otras mujeres.
Resultaba imposible aburrirse en aquel paraíso. Existían numerosas actividades. Podíamos retozar du­rante horas en la playa o nadar en el mar, si nos atrevía­mos.
Recogíamos huevos, fruta, cantábamos, bailába­mos. Los pintores y los músicos eran muy laboriosos, y también había constructores de barcos y de chozas.
La astucia y el ingenio eran cualidades muy aprecia­das entre nosotros. A mí me consideraban muy listo, pues notaba ciertas cosas que a mis compañeros les pa­saban inadvertidas, como por ejemplo que ciertos mo­luscos que habitaban en las charcas de agua templada se desarrollaban más deprisa cuando el sol brillaba sobre ellas, y que algunas setas eran más abundantes en los días oscuros. Me gustaba inventar artilugios, como un tosco elevador fabricado con parras y unas cestas he­chas con ramas por medio del cual transportábamos la fruta desde la copa del árbol hasta el suelo.
Sin embargo, aunque mis compañeros admiraran mi inteligencia, no renunciaban a burlarse de mí. En el fondo, opinaban que los instrumentos que yo inventa­ba no eran imprescindibles.
El trabajo fatigoso era impensable. Cada día que amanecía ofrecía multitud de posibilidades. Nadie du­daba de la perfecta bondad del placer.
El dolor era malo.
Ése era el motivo por el que el parto nos infundía a todos un gran respeto, pues sabíamos que a las mujeres les producía un intenso sufrimiento. Debo precisar que las mujeres Taltos no eran esclavas de los hombres. Muchas eran tan fuertes como los machos, y estaban dotadas de unos brazos tan largos y unos cuerpos tan ágiles como los de sus compañeros. Las hormonas que poseían creaban una química totalmente distinta.
El parto, en el cual se mezclaban el dolor y el placer, constituía el misterio más trascendente para nosotros; en realidad, el único misterio trascendente que existía en nuestras vidas.
Ahora ya conocéis lo que deseaba que supierais. El nuestro era un mundo en el que reinaba la armonía y la felicidad, un mundo en el que existía un gran misterio y muchas cosas maravillosas.
Era el paraíso, y jamás ha existido un Taltos, aun­que por sus venas corriera sangre humana procedente de un linaje corrupto, que no recordara la tierra perdi­da, así como la época en que reinaba la armonía. Ni uno solo.
Estoy convencido de que Lasher lo recordaba. Y también Emaleth.
Llevamos la historia del paraíso en la sangre. Pode­mos verlo, oímos los cánticos de los pájaros, sentimos el calor de los manantiales volcánicos. Percibimos el sa­bor de la fruta, oímos las canciones; alzamos la voz y cantamos. Y, por tanto, sabemos algo que los humanos sólo imaginan: que el paraíso puede existir de nuevo en la Tierra. Antes de referirnos al cataclismo y a la tierra del in­vierno, permitidme añadir una cosa.
Creo que entre nosotros existían individuos malva­dos, capaces de cometer actos violentos. Estoy conven­cido de ello. Probablemente fuesen incluso capaces de matar. Es lógico que existieran. Pero nadie quería ha­blar de ello. Jamás se incluían esas cosas en los relatos. Por consiguiente, no teníamos una historia de episo­dios sangrientos, de violaciones, de conquistas de un grupo de individuos por otro. La violencia nos horro­rizaba.
Ignoro el sistema que se empleaba en nuestra tierra para impartir justicia. No teníamos unos líderes en el sen­tido estricto de la palabra; sólo había un grupo de indi­viduos sabios que formaban una elite, por decirlo así, y a los cuales recurríamos en busca de ayuda o consejo.
Otro motivo que me hace suponer que se cometie­ron actos violentos, es que poseíamos unos conceptos muy definidos sobre el Dios Bondadoso y sobre el Ma­ligno. Naturalmente, el Dios Bondadoso era un ser mas­culino o femenino -esta deidad no estaba dividida-, ­que nos había proporcionado la tierra, el sustento y el placer; y el Maligno había creado la inhóspita tierra hela­da. El Maligno gozaba con los accidentes que provoca­ban la muerte de los Taltos; de vez en cuando, conseguía apoderarse de un Taltos, aunque no era frecuente.
Ignoro si existían otros mitos y leyendas sobre esta vaga religión. Nuestros ritos religiosos no implicaban sacrificios cruentos para aplacar a los dioses. Adorába­mos al Dios Bondadoso con canciones, poesías y bailes que ejecutábamos en un círculo. Cuando danzábamos al engendrar un hijo, siempre nos sentíamos unidos al Dios Bondadoso.
Recuerdo con frecuencia las canciones que cantába­mos. A veces, por las tardes, cuando salgo a pasear por las calles de Nueva York, solo entre la multitud, canto las canciones que recuerdo y percibo de nuevo el aro­ma y el sabor de la tierra perdida, el sonido de los tam­
bores y las gaitas, y veo a los hombres y las mujeres bailando en el círculo. Eso sólo se puede hacer en Nue­va York, donde nadie se fija en ti. Es muy divertido.
En ocasiones, cuando recorro las calles de esta ciu­dad, se me acercan algunas personas que están cantu­rreando, o murmurando en voz alta, para charlar unos minutos conmigo. Luego se alejan tranquilamente. En otras palabras, los locos de Nueva York me aceptan. Y aunque todos estamos solos, durante aquellos breves momentos gozamos de nuestra mutua compañía. Es el submundo de la ciudad.
Después, me apeo del coche y reparto abrigos y bu­fandas de lana entre los necesitados. A veces envío a Remmick, mi mayordomo. En ocasiones, cuando nieva instalamos a los mendigos y vagabundos en el vestíbu­lo del edificio para que pasen allí la noche. Les propor­cionamos sopa caliente y mantas para abrigarse. Sin embargo, cuando empiezan a pelearse entre sí y uno acu­chilla a otro, tenemos que arrojarlos de nuevo a la calle.
Eso me hace recordar otro problema que nos afecta­ba en la tierra perdida. Casi lo había olvidado: algunos Taltos se sentían atrapados por la música y no podían escapar a ella. Quedaban atrapados por las melodías que interpretaban sus compañeros, de tal forma que no lo­graban liberarse hasta que éstos dejaban de tocar o can­tar. Otras veces quedaban atrapados en sus propias can­ciones, y seguían cantando hasta caer muertos; o bien bailaban hasta morir de agotamiento.
Con frecuencia me entretenía durante horas can­tando y bailando, pero siempre conseguía despertarme de esos trances ya que, o bien la música tocaba a su fin, o yo me cansaba o perdía el ritmo. En cualquier caso, jamás corrí el peligro de morir de agotamiento, como les había sucedido a otros compañeros.
Todos creían que los Taltos que morían mientras bai­
laban o cantaban iban al cielo, con el Dios Bondadoso.
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Pero nadie hablaba de ello. La muerte nos resultaba extremadamente desagradable, y las cosas desagrada­bles era mejor olvidarlas. Ése era uno de nuestros prin­cipios básicos.
Cuando estalló el cataclismo, ya habían pasado mu­chos años desde mi nacimiento. No sé exactamente cuántos; quizá treinta o cuarenta.
El cataclismo fue un fenómeno natural. Más tarde los hombres dijeron que los soldados romanos y los pictos nos habían arrojado de nuestra tierra. Es menti­ra. Los únicos seres que había en nuestra tierra éramos nosotros. Jamás la pisó un humano.
Un violento terremoto hizo que nuestra tierra se pusiera a temblar y se desintegrase. Todo comenzó con un murmullo acompañado de una leve sacudida, mien­tras unas nubes de humo cubrían el cielo. Los géyseres
abrasaban a nuestras gentes. Los lagos estaban tan ca­lientes, que no podíamos beber su agua. La tierra no cesaba de estremecerse día y noche.
Muchos Taltos murieron, así como los peces de los arroyos, y los pájaros abandonaron los riscos. Hombres y mujeres huyeron despavoridos en busca de un lugar apacible, pero no lo hallaron y tuvieron que regresar.
Al fin, tras haberse producido innumerables muer­tes, todos los miembros de la tribu comenzaron a cons­truir botes y piraguas para trasladarse a la tierra helada. No quedaba otra opción. Debíamos abandonar nuestra tierra si no queríamos perecer.
No sé cuántos Taltos permanecieron en nuestra tie­rra, ni cuántos lograron escapar.
Día ' y noche la gente trabajaba con ahínco en la construcción de unas embarcaciones para salir de allí. Los sabios ayudaban a los ingenuos -así era como dis­tinguíamos a los viejos de los jóvenes-, y hacia el déci­mo día, según mis cálculos, partí con dos de mis hijas, dos hombres a quienes amaba y una mujer.
Fue en la tierra del invierno, una tarde que contem­plé cómo mi tierra natal se hundía en el mar, cuando se .inició realmente la historia de mi pueblo.
eA partir de aquel momento comenzaron las des­gracias y tribulaciones, los sufrimientos, y apareció nuestro primer concepto del valor y el sacrificio. Fue l origen de todas esas cosas que los seres humanos consideran sagradas, y que sólo pueden surgir de las dificultades, el esfuerzo y la creciente idealización de la dicha y la perfección, cuestiones que sólo consiguen prosperar en nuestra mente cuando hemos perdido el paraíso.
Desde un acantilado contemplé cómo el gran cata­dismo hallaba su culminación; desde allí pude ver có­mo nuestra tierra se desintegraba y se hundía en el mar, y -cómo las diminutas siluetas de los Taltos desapare­cían con ella. Fue desde allí que vi las gigantescas olas romper contra los riscos y las colinas e invadir los re­cónditos valles y bosques.
El Maligno había triunfado, dijeron los que se ha­llaban conmigo. Por primera vez, las canciones que en­tonamos y las historias que recitamos se convirtieron en un auténtico lamento.
Debió ser hacia finales de verano cuando huimos a la tierra helada. Reinaba un frío polar. El agua que ba­ñaba las costas estaba tan helada que nos cortaba la res­piración. Comprendimos de inmediato que nunca lle­garía a templar.
Pero no estábamos preparados para el crudo invier­no que imperaba en aquella región. La mayoría de los Taltos que consiguieron escapar de la tierra perdida, perecieron durante el primer invierno. Los escasos su­pervivientes nos afanábamos en copular y engendrar hijos a fin de restablecer la tribu. Y, como no sabíamos que el invierno volvería a presentarse, fueron muchos los Taltos que murieron el siguiente invierno.
No empezamos a comprender el ciclo de las esta­ciones hasta el tercer o cuarto año.
Durante aquellos primeros años se instaló entre no­sotros la superstición; circulaban toda clase de hipóte­sis acerca de por qué habíamos sido expulsados de la tierra perdida, por qué la nieve y el viento habían trata­do de aniquilarnos y sobre la razón de que el Dios Bondadoso se hubiera vuelto contra nosotros.
Mi afición a observar las cosas y crear artilugios me convirtió en líder indiscutible de la tribu. Pero todos aprendimos rápidamente a defendernos del frío por medio de pieles de oso y otros grandes animales, a refu­giarnos en unos hoyos subterráneos en vez de hacerlo en cuevas, puesto que ofrecían más calor, y a cavar nuestras madrigueras con cuernos de antílopes muer­tos, para cubrirlas después con troncos de árboles y con piedras.
Pronto aprendimos el arte de encender fuego, pues en la nueva tierra éste no surtía de la roca. Varios Tal­tos, a lo largo de distintas épocas, inventaron diversos tipos de ruedas, y con ellas construíamos carretas para transportar la comida y a los enfermos.
Poco a poco, los que conseguimos sobrevivir todos los inviernos en la tierra helada empezamos a aprender cosas muy útiles y prácticas, que enseñábamos a los jó­venes. Por primera vez comprendimos la importancia de prestar atención a todo cuanto nos rodeaba. Parir y amamantar a un niño se convirtió en un medio de sub­sistencia. Todas las mujeres parían al menos una vez, a fin de contrarrestar la elevada tasa de mortalidad que arrojaba nuestra tribu.
De no haber sido la vida tan dura para nosotros, ha­bríamos considerado aquellos años como una época de gran placer creativo. Podría describiros los numerosos descubrimientos que hicimos.
Baste decir que éramos un pueblo de cazadores y agricultores muy primitivo, aunque no comíamos la carne de los animales a menos que estuviéramos faméli­cos, y que nuestro progreso seguía un curso bastante errático, muy distinto al de los seres humanos.
Nuestro desarrollado cerebro, nuestra gran capaci­dad verbal, nuestra extraña mezcla de intuición e inteli­gencia nos hizo, en muchos aspectos, a la vez más listos y más torpes, más perspicaces y más imprudentes.
Por supuesto, entre nosotros estallaban numerosas disputas a consecuencia de la escasez de alimentos o de disparidad de criterio sobre si tomar este o aquel cami­no o cazar determinados animales. Algunos pequeños grupos se independizaron del grupo central para seguir un camino propio.
Yo me había acostumbrado al papel de líder y no permitía que nadie discutiera mis decisiones. Me llama­ban simplemente por mi nombre, Ashlar, puesto que los títulos no eran necesarios entre nosotros. Ejercía una gran influencia sobre mis compañeros, y me aterra­ba la idea de que se perdieran, murieran devorados por algún animal salvaje o lucharan entre sí y se hirieran. Las batallas y las disputas estaban a la orden del día.
Cada invierno que pasaba adquiríamos mayores co­nocimientos y aptitudes. Cuando seguíamos a los ani­males hacia el sur, o nos desplazábamos en esa direc­ción por instinto o por azar, llegábamos a unas tierras más cálidas, donde el verano duraba mucho tiempo. Fue en aquella época cuando comenzamos a sentir un gran respeto, y experimentar una gran dependencia, por las estaciones del año.
Montábamos caballos salvajes por diversión, por de­porte, pero no creíamos que pudieran ser domados. Nos conformábamos con los bueyes para tirar de las carretas, que al principio, arrastrábamos nosotros mismos.
Esas vicisitudes nos condujeron al período religioso más intenso de nuestra existencia. Yo invocaba el nom­bre del Dios Bondadoso cada vez que estallaba el caos, a fin de restablecer el orden en nuestras vidas. Las eje­cuciones, por lo general, se llevaban a cabo dos veces al año.
Podría escribir y contar muchas cosas que sucedie­ron durante esos siglos. Lo cierto es que constituyeron una época única -el período entre la tierra perdida y la aparición de seres humanos-, y que buena parte de lo que habíamos deducido, supuesto, aprendido y memo­rizado quedó destruido, por decirlo así, con la apari­ción de los seres humanos.
Baste decir que nos convertimos en un pueblo muy desarrollado, que rendíamos culto al Dios Bondadoso mediante festines y bailes, como siempre habíamos he­cho. Seguíamos practicando el juego de la memoria y observábamos unas rígidas normas de conducta, aun­que ahora los hombres, al nacer, «recordaban» cómo ser violentos, luchar, competir y esforzarse en ganar, mien­tras que las mujeres nacían con el recuerdo del temor.
Ciertos hechos extraños produjeron en nosotros un impacto tremendo, mucho mayor del que nadie pudie­ra imaginar.
Sabíamos que existían otros hombres y mujeres en Britania. Habíamos oído hablar de ellos por boca de unos Taltos, quienes afirmaban que eran tan odiosos y crueles como los animales. Los Taltos habían matado a varios en defensa propia. Esas extrañas gentes, que no eran Taltos, habían dejado tras de sí unos potes hechos de tierra, pintados con decorativos dibujos, y armas fabricadas con piedra mágica; además de unos pequeños y curiosos seres parecidos a los monos, aunque despro­vistos de pelo e incapaces de valerse por sí mismos, que supusimos serían sus hijos.
Este hecho nos confirmó que se trataba de unas gen­tes brutales, pues, según nuestro criterio, sólo las bestias parían hijos incapaces de valerse por sí mismos. Ni si­quiera las crías de las bestias eran tan indefensas como esos diminutos seres.
Los Taltos se apiadaron de ellos; los alimentaron con leche y les prodigaron toda clase de cuidados. Al fin, tras oír hablar tanto de ellos, decidimos comprar cinco de esos extraños seres, que habían cesado de llo­rar continuamente y ya sabían caminar.
Esos seres no vivían mucho tiempo. Unos treinta y omco años aproximadamente, pero durante ese tiempo
registraban en ellos unos cambios espectaculares. Aquellas diminutas criaturas rosadas y desvalidas pasa­ban a ser unos individuos altos y fuertes para, final­mente, convertirse en unos viejos encogidos y arruga,dos. Llegamos a la conclusión de que no eran sino unos animales, y no creo que tratáramos a esos rudimenta­rios primates mejor de lo que tratábamos a los perros.
No eran inteligentes, no comprendían nuestra rápi­da lengua; como mucho, entendían algunas palabras si las pronunciábamos lentamente; ellos, al parecer, no poseían un lenguaje.
Nacían ignorantes, según descubrimos, dotados de menos conocimientos innatos que los pájaros y los zo­rros; y, aunque a medida que se desarrollaban adquirían una mayor capacidad de raciocinio, eran mucho menos ,fuertes que nosotros, bajitos y horriblemente peludos.
Cuando un macho de nuestra especie copulaba con una hembra de la suya, ésta sufría una hemorragia y moría. Los hombres de esa extraña especie también provocaban hemorragias en nuestras hembras. Por lo más, eran toscos y torpes.
A lo largo de los siglos nos tropezamos en múlti­tud de ocasiones con esos extraños seres, o bien se los ad­quiríamos a otros Taltos, pero jamás vimos que estuvieran organizados de alguna forma. Suponíamos que eran inofensivos. No sabíamos cómo llamarlos. No aprendimos nada de ellos, y nos desesperábamos al ver que eran incapaces de aprender lo que nosotros tratá­bamos de enseñarles.
Es lamentable, pensábamos, que esos grandes ani­males que se parecen tanto a nosotros, que caminan en posición erecta y no tienen cola, sean unos estúpidos e ignorantes.
Por aquel entonces nuestras leyes se habían hecho aún más severas. La ejecución era el castigo último a la desobediencia. Se había convertido en un rito, aunque no lo celebrábamos, en el que el reo era rápidamente despachado mediante unos precisos y contundentes golpes en el cráneo.
El cráneo de un Taltos es más resistente que los otros huesos de su cuerpo. No obstante, si se posee cierta habilidad es muy sencillo partirlo y nosotros, la­mentablemente, habíamos adquirido esa habilidad.
Sin embargo, la muerte nos seguía horrorizando. Los asesinatos eran poco frecuentes. La pena de muerte se aplicaba a quienes representaban una amenaza para la comunidad. El parto seguía siendo la ceremonia más importante para nosotros. Cuando hallábamos un lu­gar apropiado para establecernos, un lugar que nos ofreciera posibilidad de permanencia, elegíamos un lu­gar para celebrar nuestras danzas religiosas formando un círculo, y colocábamos unas piedras -a veces utili­zábamos unas piedras inmensas- para señalar esos lu­gares, de los cuales nos enorgullecíamos.
¡Ah, los círculos de piedras! Llegamos a ser conoci­dos en todas partes, aunque no éramos conscientes de ello, como el pueblo de los círculos de piedras.
Cuando nos veíamos obligados a trasladarnos a otro territorio -debido al hambre o porque había pe­netrado en nuestro antiguo territorio otro grupo de Taltos con los que no nos llevábamos bien y no quería­mos tratos-, solíamos construir inmediatamente un nuevo círculo. El diámetro de nuestros círculos y el pe­so de sus piedras se convirtió en un signo de propiedad de determinados territorios, y cuando veíamos un gran círculo de piedras construido por otras gentes com­prendíamos que esa región les pertenecía y buscábamos otro lugar donde asentarnos.
Quienes cometían la imprudencia de irrumpir en un círculo sagrado que no les correspondía, eran perse­guidos implacablemente para obligarlos a marcharse. Como es lógico, a menudo era la escasez la que impo­nía las normas. Una amplia planicie podía sustentar tan sólo a unos pocos cazadores. Era preferible establecer­se junto a un lago, un río o en el litoral, pero no existía ningún lugar que fuera un paraíso, una inagotable fuen­te de calor y abundancia como la tierra perdida.
Contra los invasores e intrusos, invocábamos la protección divina. Recuerdo que una vez tallé una figu­ra del Dios Bondadoso, tal como yo lo imaginaba -con pechos femeninos y un pene- sobre una de las inmen­sas piedras del círculo, en nuestro territorio.
Cuando estallaba una auténtica batalla, fruto de la agresividad de algunas gentes, un error o el afán de apoderarse de un determinado territorio, los invasores derribaban las piedras de quienes habitaban allí y a continuación construían un círculo nuevo para delimi­tar el territorio recién conquistado.
El hecho de vernos expulsados de nuestro territorio tener que buscar un nuevo hogar era agotador, pero una vez asentados en un nuevo lugar experimentába­mos la apremiante necesidad de construir un círculo mayor y más imponente que el anterior. A tal fin, bus­camos unas piedras tan grandes que nadie fuera capa­z ni siquiera de intentar derribarlas.
Nuestros círculos expresaban nuestra ambición y estra sencillez, la alegría de nuestros bailes y nuestro deseo de luchar y morir por defender el territorio de estra tribu.
Nuestros principios básicos, aunque permanecían inalterados desde los tiempos de la tierra perdida, se habían endurecido respecto a ciertos ritos. Era obliga­torio que toda la tribu asistiera al parto de un nuevo Taltos. La ley exigía que dicho acontecimiento estuviera presidido por una mezcla de respeto y sensualidad, y con frecuencia se desataba una auténtica euforia sexual para celebrarlo.
El nuevo Taltos era considerado una especie de au­gurio; si no era físicamente perfecto, bien proporciona­do y hermoso, el pánico se apoderaba de la tribu. Un recién nacido perfecto constituía una bendición divina, al igual que antiguamente, pero nuestras creencias ha­bían adquirido unos tintes más sombríos, y al mismo tiempo que extraíamos unas conclusiones erróneas a partir de unos fenómenos puramente naturales, nuestra obsesión por los grandes círculos de piedras, nuestra fe en que éstos complacían al Dios Bondadoso y que eran moralmente esenciales para la tribu, iba en aumento.
Al fin llegó el año en que nos afincamos en la planicie.
Ésta se hallaba en el sur de Britania, en un lugar co­nocido actualmente como Salisbury donde reinaba un magnífico clima, el mejor de cuantos habíamos conoci­do. ¿La época? Anterior a la aparición de los seres hu­manos.
Habíamos llegado a la conclusión de que no podía­mos huir del invierno, de que no existía ningún lugar en el mundo donde éste no existiera. Bien pensado, era una deducción absolutamente lógica. En esa región de Britania los veranos era largos y cálidos, los bosques eran frondosos y estaban poblados de ciervos, y el mar se hallaba muy cerca.
Por la planicie deambulaban grandes manadas de antílopes.
Fue ahí donde decidimos construir nuestro definiti­vo hogar.
La idea de mudarnos continuamente para evitar disputas con nuestros vecinos o disfrutar de una caza más abundante, había perdido su encanto. Nos había­mos convertido, en cierto modo, en un pueblo de colo­nizadores. Todas nuestras gentes ambicionaban hallar un refugio estable, un lugar permanente donde poder entonar nuestros cantos sagrados, practicar el sagrado juego de la memoria, ejecutar los bailes sagrados, y, por supuesto, el sagrado ritual del parto.
La última invasión que padecimos fue muy penosa, pues nos habíamos resistido ferozmente a abandonar nuestro territorio con interminables argumentaciones; los Taltos siempre procuran convencer primero al con­trincante por medio de las palabras. Al fin, tras nume­rosas batallas y ultimátums semejantes a «¡de acuer­do, si insistís en instalaros en estos bosques, nos iremos nosotros!», accedimos a marcharnos.
Nos considerábamos muy superiores a otras tribus por diversos motivos; entre otros, porque la mayo­ría de nosotros habíamos vivido en la tierra perdida y muchos miembros de nuestra tribu tenían el cabello blanco. En muchos sentidos, éramos el grupo mejor organizado y el que contaba con más ritos y costumbres. Algunos poseíamos caballos, que montábamos. Nues­tra caravana estaba compuesta por numerosas carretas. Disponíamos de grandes rebaños de ovejas y cabras, así como de una especie de ganado salvaje que ya no existe.
Algunos se reían de nosotros, especialmente por­que montábamos a caballo y caíamos repetidamente, pero en general los otros Taltos nos respetaban y acu­dían a nosotros en busca de ayuda cuando se hallaban en un apuro.
Cuando nos establecimos en Salisbury Plain, a fin de señalar que aquel territorio era nuestro construi­mos el mayor círculo de piedras que ha contemplado jamás el mundo.
Por experiencia, sabíamos que la construcción del círculo unía a la tribu, contribuía a organizarla, evita­ba que se produjeran altercados y hacía que los bailes fueran más alegres a medida que añadíamos piedras al círculo y éste iba adquiriendo unas proporciones gi­gantescas.
Esta descomunal obra, la construcción del mayor círculo de piedras que existe en el mundo, configuró va­rios siglos de nuestra existencia y supuso para nosotros un gigantesco avance en materia de inventiva y organi­zación. La búsqueda de los monolitos de piedra arenis­ca, los medios para transportar las piedras hasta el lugar donde íbamos a construir el círculo, el hecho de darles forma, erigirlas y, por último, colocar sobre ellas otras piedras en sentido horizontal a modo de dinteles, se convirtió en el motor principal de nuestras vidas.
El concepto de diversión y juego prácticamente había desaparecido de nuestra vida. Los bailes adqui­rieron un carácter sagrado. Todo había adquirido un carácter sagrado. Sin embargo, fue una época muy es­timulante.
Quienes deseaban compartir nuestra vida podían hacerlo; nuestra población se incrementó de tal modo que éramos capaces de resistir cualquier invasión. El primer monolito que colocamos inspiró tal respeto y fervor que otros Talcos acudían para rendir tributo a sus dioses, para incorporarse a nuestro círculo o sim­plemente para asistir a nuestros ritos, en lugar de tratar de robarnos una parte de nuestro territorio.
La construcción del círculo se convirtió en la base de nuestro futuro desarrollo.
Durante esos siglos nuestra vida alcanzó su punto culminante. Construimos nuestros campamentos por toda la planicie, a escasa distancia de nuestro círculo, y encerrábamos a nuestros animales en pequeños corra­les formados por empalizadas. Plantamos saúcos y es­pinos negros alrededor de nuestros campamentos, y és­tos se convirtieron en fortalezas.
Durante esa época construimos unas tumbas subte­rráneas, donde dábamos sepultura a los muertos según nuestros ritos. Toda nuestra existencia reflejaba las consecuencias de un asentamiento permanente. No nos dedicábamos a la cerámica, pero adquiríamos muchas piezas de cerámica a otros Taltos que, a su vez, afirma­ban habérselas adquirido a los extraños y peludos seres que navegaban por nuestras costas a bordo de unas em­barcaciones hechas con pieles de animales.
Algunas tribus acudían de todos los rincones de Britana para formar un círculo viviente y bailar alrede­dor de nuestros monolitos.
Los círculos se convirtieron en unas inmensas y ser­penteantes procesiones. Se consideraba que traía buena suerte parir entre las gigantescas piedras de nuestro cír­culo. Por otra parte, el comercio con otras tribus au­mentó, lo cual nos procuró una gran prosperidad.
Entretanto, en nuestra tierra comenzaron a erigirse otros imponentes círculos. Unos círculos inmensos, maravillosos, aunque ninguno comparable al nuestro. Durante esa productiva y fascinante época, la fama de nuestro círculo se extendió a todos los confines de la Tierra; la gente acudía no para tratar de copiarlo, sino para admirarlo, bailar en él y unirse a nuestra proce­sión, mientras nos deslizábamos a través de las puertas formadas por los dinteles y los monolitos.
Al cabo de un tiempo se implantó la costumbre de viajar a otros territorios para admirar sus círculos y bailar con las tribus que habitaban allí. Durante esas reuniones intercambiábamos información y formába­mos grandes cadenas de memoria; en ellas, cada cual re­lataba sus recuerdos, aportaba nuevos datos a las histo­rias más populares y se corregían algunas leyendas que hablaban de la tierra perdida.
Viajábamos en grupos para contemplar el círculo que actualmente se denomina Avebury, o admirar otros círculos que se hallaban más al sur, cerca de Glaston­bury, el lugar preferido de Stuart Gordon. También so­líamos viajar hacia el norte para visitar otros círculos.
Sin embargo, el nuestro seguía siendo el círculo más impresionante de cuantos existían. Cuando Ashlar y sus gentes acudían a visitar el círculo de otra tribu, ésta lo consideraba un gran honor. Nos pedían consejo, nos invitaban a permanecer un tiempo en su territorio y nos ofrecían valiosos regalos.
Como ya sabréis, nuestro círculo se convirtió en Stonehenge. Tanto éste como otros muchos todavía existen. Pero, permitidme que os aclare lo que sólo re­sulta obvio para los estudiosos de Stonehenge. Noso­tros no erigimos en su totalidad el monumento que existe hoy en día, o que se supone existió en determina­do momento.
Construimos únicamente dos círculos de monoli­tos, cuyas piedras fueron extraídas de canteras de otras zonas, incluida la remota Marlborough Downs, pero mayormente de Amesbury, que está muy cerca de Sto­nehenge. El círculo interior constaba de diez monoli­tos, y el exterior de treinta. La colocación de los dinte­les sobre las gigantescas piedras ha sido objeto de todo tipo de conjeturas. Ya en un principio se decidió colo­car unos dinteles, aunque yo no era muy partidario de hacerlo. Había soñado con un círculo de piedras que imitara a uno formado por hombres y mujeres. Cada piedra tendría aproximadamente dos veces la altura de un Taltos, con una anchura equivalente a la estatura del Taltos. Ésa era mi visión.
Pero a los otros miembros de la tribu, los dinteles les transmitían la idea de refugio, recordándoles el gran cono volcánico que antiguamente había protegido el valle tropical de la tierra perdida.
El círculo de arenisca azul y muchas otras forma­ciones de Stonehenge fueron construidos más tarde por otros pueblos. Hubo un momento en que nuestro ama­do templo al aire libre se hallaba rodeado por una cons­trucción de madera que había sido levantada por unas tribus humanas salvajes. Prefiero ni pensar en los san­grientos ritos que debieron celebrarse allí. Pero eso no fue cosa nuestra.
En cuanto a los emblemas tallados en los monoli­tos, utilizamos sólo uno, esculpido en una piedra cen­tral que hace tiempo que desapareció. Era un símbolo del Dios Bondadoso, en el que éste aparecía con pechos y falo. Se hallaba profundamente grabado en la piedra y estaba al alcance de cualquier Taltos, de forma que la si­lueta se pudiera palpar en la oscuridad.
Posteriormente, los seres humanos tallaron otras fi­guras en los monolitos, de igual modo que utilizaron Stonehenge para otros fines.
Pero os aseguro que nadie -ni Taltos, ni ser huma­no ni individuo de otra especie- ha contemplado nues­tro gigantesco círculo sin experimentar ante él cierto respeto o sentir la presencia de lo sagrado. Mucho antes de ser completado ya se había convertido en un lugar de inspiración, y todavía lo sigue siendo.
En ese monumento se encierra la esencia de nuestro pueblo. Es el único gran monumento que erigimos.
Para comprender cómo éramos realmente, es preci­so tener presente que conservábamos nuestros princi­pios. Deplorábamos la muerte y no la celebrábamos. No realizábamos sacrificios sangrientos. No conside­rábamos la guerra algo glorioso, sino caótico y nefasto. Y la máxima expresión de nuestro arte son los círculos de Stonehenge, donde cantábamos y bailábamos.
En nuestros tiempos de máximo esplendor, los fes­tivales que se celebraban en homenaje al parto, los de la cadena de memoria y los musicales contaban con la presencia de miles de Taltos, que acudían de todos los rincones de la Tierra. Era imposible contar los círculos que se formaban entonces, ni calcular cuál era el más grande. Es imposible calcular cuántas horas y días du­raban esos ritos.
Imaginad la vasta planicie cubierta de nieve, el cielo azul y despejado, el humo que se alzaba de los campa­mentos y las chozas que había junto al círculo de pie­dras, donde nos refugiábamos en busca de calor, comi­da y bebida. Imaginad a los Taltos, hombres y mujeres tan altos como yo, con el cabello largo, a menudo hasta la cintura o hasta los tobillos, vestidos con pieles de animales minuciosamente cosidas y calzados con botas altas de cuero, danzando con las manos unidas y for­mando estas bellas y sencillas figuras mientras elevaban sus voces en una sola canción.
En el pelo lucíamos hojas de hiedra, muérdago, ace­bo u otras plantas verdes de invierno, que plantábamos en nuestro suelo; las ramas de pino u otros árboles no perdían sus hojas.
En verano utilizábamos un sinfín de flores. Enviá­bamos a unos emisarios para que rastrearan los bos­ques en busca de flores y plantas silvestres.
Los cantos y la música eran magníficos. Resultaba difícil sustraerse al hechizo de los círculos; algunas per­sonas eran incapaces de marcharse mientras siguiera sonando la música. Entre las hileras de bailarines en­cendíamos pequeñas fogatas para calentarnos las ma­nos. Algunos bailaban y cantaban, y se abrazaban hasta caer rendidos de cansancio o muertos.
Al principio nadie presidía esas celebraciones, pero al cabo de un tiempo me pidieron que me situara en el centro, que pulsara las cuerdas del arpa y con ello de­clarase abierto el baile. Después de pasar varias horas allí, acudía otro a sustituirme, seguido de otro, y otro. Cada nuevo cantante o músico interpretaba una melo­día que los otros imitaban, propagándose la canción de un pequeño círculo a uno más grande, como las ondas que se forman en un estanque cuando se arroja en él una piedra.
En ocasiones encendíamos varias fogatas antes de que se iniciara el baile, una en el centro y otras en di­versos puntos, de forma que los bailarines pasaban jun­to a ellas numerosas veces mientras seguían la ruta cir­cular.
El nacimiento de un Taltos dentro del círculo era para el recién nacido un acontecimiento sin igual. En la tierra perdida los círculos eran voluntarios, espontá­neos y reducidos. Aquí, sin embargo, el nuevo ser abría los ojos ante una enorme tribu de individuos de su es­pecie, oía un coro de voces que parecían ángeles, y per­manecía dentro del círculo durante los primeros días y noches de su vida mientras todos le atendían y acaricia­ban, y su madre le amamantaba.
Como es lógico, nosotros íbamos cambiando. A medida que variaba nuestra percepción de las cosas, nosotros también cambiábamos. Es decir, lo que apren­díamos modificaba la estructura genética del recién na­cido.
Los Taltos que nacían en los círculos poseían un sentido de lo sagrado más acusado que los viejos, y eran menos propensos que nosotros al humor, la ironía y los recelos. Quienes nacieron en la época de los círcu­los eran más agresivos, capaces incluso de asesinar en caso de necesidad, fríamente, sin conmoverse.
Si me hubierais pedido en aquella época mi opinión, os habría dicho que estaba convencido de que nues­tra especie gobernaría por siempre. Si me hubierais ad­vertido: «Pero aparecerán unos hombres que matan a otros por diversión, que violan a las mujeres y queman lo que encuentran a su paso», no lo habría creído. Mi respuesta hubiese sido: «Hablaremos con ellos, les rela­taremos nuestras historias y recuerdos, y les pediremos que nos relaten los suyos; luego se pondrán a bailar y a cantar, y dejarán de luchar y de ambicionar cosas que no pueden poseer.»
Cuando aparecieron los seres humanos, supusimos que se trataba de los individuos diminutos y peludos, de los amables comerciantes que a veces arribaban a nuestras costas en unos barcos hechos con pieles de ani­males, para vendernos sus mercancías.
Habíamos oído historias sobre feroces ataques y matanzas, pero no podíamos creerlas. ¿Quién sería ca­paz de cometer tales atrocidades?
Luego comprobamos con asombro que los seres humanos que habían irrumpido en Britaniá tenían la piel suave como nosotros, y que habían utilizado su piedra mágica para fabricar escudos, cascos y espadas, que habían traído centenares de caballos adiestrados y que se precipitaban sobre nosotros, a lomos de sus cor­celes, para quemar nuestros campamentos, clavar sus lanzas en nuestros cuerpos y cortarnos la cabeza.
Secuestraron a nuestras mujeres y las violaron hasta que murieron a causa de las hemorragias. Secuestraron a nuestros hombres y los esclavizaron, burlándose de ellos y ridiculizándolos hasta que, en muchos casos, enloquecieron.
Al principio los ataques eran esporádicos. Los gue­rreros llegaban por mar, y nos atacaban por la noche desde los bosques. Nosotros creíamos que cada uno de esos ataques sería el último.
Con frecuencia conseguíamos detenerlos. No éra­mos feroces como ellos, pero sabíamos defendernos. Nos reuníamos en grandes círculos para hablar sobre sus armas de metal y la posibilidad de fabricar unas si­milares. Apresamos a varios seres humanos, a nuestros invasores, para tratar de obtener información. Com­probamos que cuando nos acostábamos con sus muje­res, tanto si éstas accedían de forma voluntaria como si las forzábamos, morían. Los hombres detestaban nues­tro temperamento afable. Nos llamaban «los locos del círculo» o «los necios de las piedras».
La vana esperanza de que conseguiríamos derrotar a los invasores se vino abajo al poco tiempo. Más tarde supimos que tiempo atrás nos habíamos salvado de ser aniquilados por una sencilla razón: no poseíamos lo que esas gentes deseaban. Ellos buscaban apoderarse de nuestras mujeres para gozar con ellas, así como de al­gunos de los valiosos regalos que los peregrinos habían traído a nuestro santuario.
Otras tribus de Taltos llegaron a la planicie en busca de refugio. Habían sido expulsadas de sus hogares de la costa por los bárbaros humanos, que les inspiraban un terror mortal. Los caballos que montaban les propor­cionaban a esos individuos una desmesurada sensación de poder. Los humanos gozaban perpetrando esos ac­tos, invadiendo nuestros territorios y asesinándonos.
Decidimos fortificar nuestros campamentos de cara al invierno. Los Taltos que se unieron a nosotros susti­tuyeron a muchos de nuestros hombres que habían caí­do en combate.
Entonces se produjeron las primeras nevadas; dis­poníamos de suficiente comida y se había restaurado la paz en nuestros campamentos. Puede que a los invaso­res no les gustara la nieve. Éramos muchos y habíamos conseguido arrebatar a los muertos un gran número de lanzas y espadas, de modo que nos sentíamos seguros.
Llegó el momento de convocar el círculo para cele­brar los nacimientos de nuevos Taltos, lo cual, dadas las bajas que se produjeron durante el año anterior, era muy importante. No sólo debíamos procrear para in­crementar la población de nuestras aldeas, sino para en­viar individuos jóvenes a otras aldeas que habían sido quemadas y cuyos habitantes se vieron obligados a huir.
Muchos acudieron desde muy lejos para asistir al círculo destinado a celebrar el nacimiento de nuevos Tal­tos en invierno, y nos relataron más historias de muer­tes y tragedias.
Como ya he dicho, éramos muchos. Y el invierno constituía nuestra época sagrada.
Formamos unos círculos y encendimos las fogatas sagradas. Había llegado el momento de declarar ante el Dios Bondadoso que creíamos que el verano vendría de nuevo, que los partos que iban a producirse repre­sentaban una afirmación de nuestra fe, una confirma­ción de que el Dios Bondadoso deseaba que sobrevi­viéramos.
Pasamos dos días entre cantos, bailes y festines para celebrar los partos, cuando de pronto irrumpieron las tribus humanas en la planicie.
Percibimos el sonido de los cascos de los caballos antes de verlos; era un estruendo parecido al que se produjo cuando se desintegró la tierra perdida. Los ji­netes se abalanzaron sobre nosotros; los círculos de monolitos quedaron salpicados con nuestra sangre.
Muchos Taltos, ebrios de música y juegos eróticos, fueron incapaces de oponer la menor resistencia. Los que echamos a correr hacia los campamentos, lucha­mos encarnizadamente contra los invasores.
Una vez disipado el humo y después de que los ji­netes desaparecieron llevándose a centenares de nues­tras mujeres en nuestras propias carretas, cuando cada campamento ya había sido reducido a cenizas, com­probamos que tan sólo quedábamos unos pocos. Está­bamos hartos de tantas guerras.
No queríamos volver a presenciar aquel horror. To­dos los recién nacidos de nuestra tribu habían sido ase­sinados, sin excepción. Habían muerto a los pocos días de nacer. Quedaban pocas mujeres en el campamento, y muchas habían parido ya numerosas veces.
La segunda noche después de la matanza, nuestros emisarios regresaron y confirmaron nuestras sospe­chas: los guerreros habían levantado sus campamentos en el bosque. Habían comenzado a construir unas edi­ficaciones permanentes, al parecer con la intención de afincarse en la región meridional.
Así pues, nos vimos obligados a trasladarnos hacia el norte.
Tuvimos que regresar a los recónditos valles de las tierras altas de Escocia, unos lugares inaccesibles para esos crueles bárbaros. Fue un viaje largo y arduo, en el que invertimos el resto del invierno y durante el cual los partos y la muerte se convirtieron en hechos coti­dianos. En más de una ocasión fuimos atacados por pe­queños grupos de seres humanos, y también en más de una ocasión los espiamos en sus asentamientos para observar sus costumbres.
Conseguimos matar a más de una banda de enemi­gos. En dos ocasiones atacamos sus fuertes para resca­tar a nuestros hombres y mujeres, cuyos cantos oímos a gran distancia.
Cuando encontramos el elevado valle de Donne­laith era primavera, la nieve había empezado a fundirse, el frondoso bosque volvía a mostrar su verdor, el lago ya no estaba helado; nos hallábamos en un refugio al que sólo se podía acceder a través de un serpenteante río cuya ruta formaba tantos meandros que resultaba imposible divisar el lago desde el mar; por otra parte, la tan ensenada a través de la cual entraban los navegan­tes parecía desde lejos una cueva.
Después, como sabéis, el lago pasó a ser un puerto, que los hombres quisieron abrirlo al mar.
Pero en aquellos tiempos nos sentíamos seguros allí.
Habíamos logrado rescatar a muchos Taltos, que contaron historias espeluznantes. Por lo visto, los hu­manos habían descubierto el milagro del parto a través de nosotros. Cautivados por su magia, torturaron des­piadadamente a nuestros hombres y mujeres, tratando de forzarlos a copular, y luego exclamaron de gozo al contemplar a los Taltos recién nacidos. Violaron a algu­nas mujeres hasta matarlas, pero muchas se habían re­sistido; algunas habían hallado el medio de poner fin a su vida y otras murieron al oponer resistencia, al atacar a cada ser humano que se les acercaba e intentar una y otra vez la huida.
Cuando los seres humanos comprobaron que los recién nacidos se desarrollaban en el acto y que ya eran capaces de reproducirse, los obligaron a hacerlo; y és­tos, aturdidos y asustados, obedecían dócilmente. Los humanos conocían el poder que la música ejercía sobre los Taltos, y sabían cómo utilizarlo. Los seres huma­nos consideraban a los Taltos sentimentales y cobardes, aunque ignoro las palabras que empleaban para descri­birnos.
En suma, entre los guerreros y nosotros se generó un profundo odio. Nosotros los considerábamos unos animales que sabían hablar y construir cosas, unos seres abominables que eran capaces de destruir todo lo her­moso que existía en el mundo. Ellos nos consideraban unos monstruos ridículos, relativamente inofensivos. Al poco tiempo comprendimos que el mundo no estaba lleno de gentes como nosotros, sino de individuos con una estatura semejante a la de los guerreros, e incluso más bajos, que se reproducían y vivían como ellos.
En nuestras incursiones a sus campamentos conse­guimos apoderarnos de numerosos objetos que esas gentes habían traído de muy lejos. Los esclavos conta­ban historias de inmensos reinos rodeados de murallas, de palacios edificados sobre las arenas del desierto y en las selvas, de tribus guerreras y grandes congregaciones de personas que vivían en unos gigantescos campamen­tos, los cuales tenían nombres.
Todos esos pueblos se reproducían de forma huma­na. Todos parían unas criaturas diminutas y desvalidas. Todos se criaban medio salvajes y medio inteligentes. Todos eran agresivos, les gustaba la guerra y disfruta­ban matando. Deduje que a lo largo de los siglos esos seres debieron de exterminar a todos los individuos de su especie que no fueran agresivos, de modo que ellos eran los únicos responsables de haberse convertido en lo que eran.
Durante nuestros primeros días en el valle de Don­nelaith -fuimos nosotros quienes le pusimos ese nom­bre- nos dedicábamos a meditar y discutir acerca de cómo debíamos construir nuestro nuevo círculo, un círculo tan imponente como el anterior, a rendir culto al Dios Bondadoso y a orar.
Celebramos el nacimiento de numerosos Taltos, a quienes preparamos para las vicisitudes que deberían afrontar. Enterramos a muchos que murieron a causa de viejas heridas, y a algunas mujeres que murieron a consecuencia de los partos, como sucedía con frecuen­cia, así como a otros que, fuera de la planicie de Salis­bury, no deseaban seguir viviendo.
Fue una época de gran sufrimiento para mi pueblo, peor incluso que la matanza que había padecido. Vi a unos Taltos fuertes, de cabello blanco, grandes cantan­tes, abandonarse por completo a su música hasta caer muertos sobre la hierba del valle.
Al fin, una vez que establecimos el nuevo consejo, integrado por recién nacidos, viejos Taltos de cabello blanco y todos aquellos que deseaban participar en las decisiones de la tribu, llegamos a una conclusión muy lógica, ¿No adivináis de qué se trataba?
Decidimos que debíamos aniquilar a los seres hu­manos. Si no lo hacíamos, destruirían todo lo que el Dios Bondadoso nos había proporcionado. Utilizaban u caballería, sus antorchas y sus espadas para arrasarlo todo. Era preciso eliminarlos.
En cuanto al hecho de que los humanos prolifera­sen a lo largo y ancho del mundo, nosotros teníamos la ventaja de que nos reproducíamos con mucha más ra­pidez que ellos. Podíamos reemplazar a nuestros muer­tos de forma inmediata. Ellos, por el contrario, tarda­ban años en poder sustituir a un guerrero caído en combate. Sabíamos que podíamos superarlos en núme­ro cuando nos enfrentáramos a ellos, siempre y cuan­do... fuéramos capaces de presentarles batalla.
Al cabo de una semana, tras infinitas discusiones decidimos que no estábamos hechos para luchar. Algu­nos quizá sí, pues nos sentíamos tan rabiosos y llenos de odio que no habríamos dudado en atacarlos y des­pedazarlos, pero la gran mayoría era incapaz de matar de esa forma; en general, no poseíamos la ferocidad de los seres humanos. Lo sabíamos perfectamente. Al fi­nal, los humanos habrían acabado con nosotros de for­ma cruel y a sangre fría.
Naturalmente, desde aquellos tiempos, y segura­mente mil veces con anterioridad a ellos, muchos pue­blos han sido aniquilados a causa de su falta de agresivi­dad, o por carecer de la furia de otra tribu, clan, nación o raza.
La diferencia, en nuestro caso, era que nosotros lo sabíamos. Los incas fueron aniquilados por los españo­les sin apenas darse cuenta, pero nosotros comprendía­mos que nos iban a borrar de la faz de la Tierra.
Por supuesto, estábamos seguros de nuestra supe­rioridad con respecto a los humanos; nos asombraba que no se sintieran atraídos por nuestros cantos y nues­tras historias; estábamos convencidos de que no sabían lo que hacían cuando nos atacaban.
Tras comprender que no podíamos compararnos a ellos como guerreros, supusimos que podríamos razo­nar con ellos, enseñarles lo que habíamos aprendido, demostrarles que la vida era infinitamente más hermosa y agradable sin guerras.
Hay que tener en cuenta que hacía poco que había­mos empezado a conocerlos.
Hacia finales de aquel año, nos habíamos aventura­do fuera del valle para apresar a unos cuantos humanos, quienes nos demostraron que las cosas eran mucho peores de lo que sospechábamos. Su misma religión se cimentaba en la muerte, que era un acto sagrado para ellos.
Mataban en nombre de sus dioses, sacrificando a centenares de individuos de su propia especie durante sus ritos. La muerte constituía el centro de su exis­tencia.
Lógicamente, aquello nos horrorizó.
Decidimos construir nuestra vida única y exclusiva­mente dentro de los límites del valle. En cuanto a la suerte de otras tribus de Taltos, nos temíamos lo peor. Durante nuestras pequeñas incursiones en busca de es­clavos humanos habíamos visto multitud de aldeas abrasadas, campos arrasados, el suelo sembrado de huesos de Taltos que el viento invernal se había encar­gado de desperdigar.
Los años transcurrían y nosotros permanecíamos a salvo en el valle, lugar que abandonábamos rara vez y con gran cautela. Nuestros emisarios se aventuraban tan lejos como se lo permitía su valor.
Al final de la década, supimos que en esa zona de Britania no quedaba ningún asentamiento Taltos. To­dos los viejos círculos habían sido abandonados. Asi­mismo, a través de los pocos guerreros que logramos capurar -lo cual no era tarea fácil- nos enteramos de que los humanos nos perseguían a fin de servir como ofrenda a sus dioses.
Las matanzas eran cosa del pasado. Los Taltos eran perseguidos con el único afán de capturarlos, y sólo los mataban si se negaban a reproducirse.
Se había comprobado que su semilla causaba la muer­te de las mujeres humanas. Debido a ello, mantenían a los hombres sujetos con cadenas y en unas condiciones deplorables.
Un siglo más tarde los invasores se adueñaron de la Tierra.
Muchos de los emisarios que enviábamos en busca de otros Taltos, para que los devolviesen al valle, no re­gresaron jamás. Pero siempre había algunos jóvenes dispuestos a partir en busca de sus compañeros, que deseaban ver lo que había más allá de las montañas, que querían bajar al lago y navegar por el mar.
A medida que los jóvenes Taltos heredaron a través de la sangre nuestros recuerdos, su carácter se tornó más agresivo y belicoso. Su deseo era matar a seres hu­manos. Al menos, eso pensaban.
Los emisarios que lograban regresar, a menudo con un par de prisioneros humanos, confirmaron nuestras peores sospechas. Los Taltos estaban siendo sistemáti­camente exterminados a lo largo y ancho de Britania. En muchos lugares nuestra especie ya no era más que una leyenda, y algunas poblaciones, las cuales se habían instalado en los antiguos asentamientos, estaban dis­puestas a pagar una fortuna por un Taltos; pero los hombres ya no los perseguían, y algunos ya ni siquiera creían que hubieran existido alguna vez semejantes monstruos.
Los Taltos que lograban capturar eran salvajes. ¿Salvajes?, preguntamos perplejos. ¿Qué significa­ba esa palabra?
No tardamos en enterarnos.
En numerosos campamentos, al llegar el momento de realizar el sacrificio a sus dioses, las mujeres elegi­das, muchas de las cuales ardían en deseos de copular con un hombre, eran conducidas ante un Taltos para encender su pasión y luego morir a causa de su semilla. Decenas de mujeres perecieron de ese modo en el pre­ciso instante en que muchos varones humanos morían ahogados en unas calderas, o decapitados, o quemados en unas horribles jaulas de madera para complacer a los dioses de las tribus humanas.
Sin embargo, a lo largo de los años pudimos com­probar que algunas de esas mujeres seguían vivas. Al­gunas habían conseguido escapar con vida del altar del sacrificio, y al cabo de unas semanas daban a luz.
Parían un Taltos, una semilla salvaje de nuestra es­pecie. El Taltos acababa invariablemente con la vida de su madre humana, no de forma deliberada, sino porque ésta no sobrevivía al parto de semejante criatura. Pero no siempre sucedía así. Si la madre vivía lo suficiente para amamantar a su hijo, el Taltos crecía, dentro de las acostumbradas tres horas, hasta alcanzar su plena ma­durez física.
En algunas aldeas eso era considerado un excelente augurio; en otras, un desastre. Los seres humanos no se ponían de acuerdo al respecto. Pero se divertían tratan­do de capturar a una pareja de Taltos nacidos de una madre humana, para después forzarlos a parir más Tal­tos; éstos permanecían entonces prisioneros, y se les oblijaba a bailar, cantar y reproducirse.
Esos eran los Taltos salvajes.
Existía otra forma de crear un Taltos salvaje. De vez en cuando un varón humano conseguía dejar preñada a una hembra Taltos. Esa desgraciada, a la que mantenían prisionera para que los hombres gozaran de su cuerpo, al principio no sospechaba que estaba preñada. Al cabo de unas semanas paría un niño, que en cuanto alcanza­ba la talla de un adulto era apartado de su madre para ser utilizado de la forma más vil y deleznable.
¿Y quiénes eran esos mortales capaces de unirsecarnalmente con un Taltos? ¿Qué rasgos le caracterizaban? Al principio lo ignorábamos; no percibíamos en ellos ningún signo visible. Pero más adelante, a medida que aumentaba el número de esos Taltos, observamos que existían ciertos tipos de humanos más propensos que otros, ya fuese para concebir o para procrear un Taltos. Se trataba de un ser humano con grandes dotes espirituales, capaz de adivinar lo que un ser humano encerraba en su corazón, de pronosticar el futuro o de imponer sus manos sobre otro para hacer que sanara. Finalmente, aprendimos a detectar a esos seres humanos con gran facilidad.
Pero ese proceso tardó varios siglos en desarrollarse. La sangre de los humanos y la de los Taltos se mezcló en incontables ocasiones.
Los Taltos salvajes huían de sus raptores. Las mujeres humanas, preñadas con la semilla de un Taltos y con el vientre monstruosamente hinchado, se dirigían al valle en busca de refugio. Por supuesto, no dudábamos en acogerlas.
Esas madres humanos nos explicaron muchas cosas.
Si nuestros bebés nacían al cabo de unas horas, los suyos tardaban entre quince días y un mes en nacer, dependiendo de que la madre conociera o no la existencia de la criatura. Si la madre lo sabía y hablaba con el hijo y le cantaba para calmar sus temores, el desarrollo de éste se aceleraba. Los Taltos híbridos nacían con los conocimientos de sus antepasados humanos. Dicho de otro modo, nuestras leyes de dotación genética abarcaban los conocimeintos adquiridos de la especie humana.
En aquella época no disponíamos de un lenguaje apropiado para comentar esas cosas. Sólo sabíamos que un híbrido podía cantar canciones humanas en lenguas humanas y fabricar botas de cuero con una habilidad desconocida para nosotros.
De ese modo, nuestras gentes adquirieron toda cla­se de conocimientos humanos.
Pero los Taltos salvajes, nacidos en cautividad, tam­bién poseían los recuerdos de los Taltos, por lo que de­sarrollaron un profundo odio hacia los tiranos huma­nos. En cuanto se presentó la ocasión, huyeron hacia el bosque, y hacia el norte, posiblemente en busca de la tierra perdida. Algunos desgraciados, según nos entera­mos más tarde, regresaron a la planicie, y al no hallar allí un refugio subsistieron como pudieron en el bos­que, o bien fueron capturados y asesinados.
Inevitablemente, algunos de esos Taltos salvajes se unieron entre ellos; algunos se encontraron como fugi­tivos, otros fueron obligados a reproducirse mientras se hallaban cautivos. Siempre podían copular con un Tal­tos puro que hubiese caído prisionero, pariendo de for­ma pura, es decir, inmediatamente. Así, en los impene­trables bosques de Britania habitaba una frágil raza de Taltos, un reducido número de marginados por cuyas venas corría sangre humana, que buscaban desesperada­mente a sus antepasados y el paraíso de sus recuerdos.
Durante esos siglos la raza de los TalTos salvajes se mezcló con gran cantidad de humanos. Los Taltos sal­vajes desarrollaron sus propias creencias y hábitos. Vi­vían en las copas de los árboles, elaboraban pinturas con diversos pigmentos naturales y se cubrían con ho­jas de parra u otras plantas.
Fueron ellos, según afirman algunos, quienes crea­ron a los seres diminutos.
Es posible que los seres diminutos habitaran siem­pre en las sombras y en los lugares ocultos. Seguramen­te los habíamos visto con anterioridad, cuando gober­nábamos en Britania, pero procuraban mantenerse alejados de nosotros. Según nuestras leyendas, eran una especie de monstruos. Su aspecto nos atraía tan poco como el de los seres humanos peludos que veíamos.
Pero de pronto llegó a nuestros oídos la noticia de que esa especie se había originado a partir de la mezcla de sangre Taltos con la humana, y que cuando se pro­ducía la concepción pero el feto no se desarrollaba co­mo es debido, nacía un enano jorobado, en lugar de un esbelto y grácil Taltos.
¿Era eso cierto? ¿O acaso tenían los mismos oríge­nes que nosotros? ¿Habíamos sido quizá primos, antes de la época de la tierra perdida, cuando ambas especies se habían unido en algún paraíso originario? ¿Fue aca­so en la época anterior a la luna cuando una rama se desgajó del árbol, cuando una tribu se separó de la otra?
No lo sabíamos. El caso es que durante la época de los híbridos, cuando se produjeron ese tipo de experi­mentos, cuando los Taltos salvajes trataban de averiguar lo que podían y no podían hacer, o quién podía unirse con quién, descubrimos que esos horribles monstruos, esos pequeños, extraños y pérfidos seres eran capaces de engendrar un hijo con un Taltos. Si lograban seducir a uno de nuestra especie, ya fuese hombre o mujer, era muy probable que naciera un Taltos.
¿Se trataba acaso de una raza compatible, de un ex­perimento evolutivo estrechamente vinculado a noso­tros ?
Jamás conseguimos averiguarlo. Pero la leyenda se extendió rápidamente, y los seres diminutos comenza­ron a perseguirnos con tanta virulencia como los hu­manos. Nos tendían todo tipo de trampas; intentaban atraernos con música; no se presentaban como bandas de guerreros, sino como serpientes que trataran de he­chizarnos con sus maléficas artes. Deseaban crear un Taltos. Soñaban con convertirse en una raza de gigan­tes, según nos llamaban a nosotros. Cuando conseguían atrapar a nuestras mujeres, copulaban con ellas hasta matarlas; y cuando capturaban a nuestros hombres, los atormentaban cruelmente para obligarlos a reproducir­se como seres humanos.
La leyenda se cultivó a lo largo de los siglos; anti­guamente, los seres diminutos habían sido altos y her­mosos como nosotros. Habían disfrutado de nuestras mismas ventajas. Pero unos demonios los habían con­vertido en lo que eran actualmente, los expulsaron del paraíso en el que vivían y los hicieron sufrir. Eran lon­gevos como nosotros. Sus monstruosos hijos nacían con tanta rapidez y de forma tan desarrollada como los nuestros.
Pero nosotros los temíamos, los odiábamos, no que­ríamos ser manipulados por ellos, y llegamos a creer que nuestros hijos, si no conseguían leche, si no eran amados, se convertirían en uno de ellos.
La verdad, fuera cual fuese, y si es que alguien la co­nocía, permanecía sepultada en el folklore.
Los seres diminutos habitan todavía en el valle; existen algunos nativos de Britania que no han oído ha­blar de ellos. Se les conoce con multitud de nombres, junto a otras criaturas mitológicas: hadas, gnomos, duen­des, elfos.
Esos seres se están extinguiendo en Donnelaith por diversas razones. Todavía viven en lugares oscuros y recónditos. De vez en cuando secuestran a una mujer humana para engendrar un hijo, pero, al igual que no­sotros, no tienen éxito en su empresa. Ansían hallar a un brujo o una bruja, un mortal con poderes extraordi­narios que, al unirse con uno de su especie, suele con­cebir o procrear un Taltos. Y cuando hallan a una cria­tura de esas características, no la dejan escapar.
No creáis que no pueden lastimaros en Donnelaith, o en otros valles y bosques. Son capaces de mataros y quemar la grasa de vuestros cuerpos con sus antorchas, simplemente por diversión.
Pero ésta no es la historia de los seres diminutos.
Otro, quizá Samuel, pueda relatar mejor su histo­ria. Aunque Samuel también podría explicarnos sus an­danzas personales. Sería una historia más interesante que la de los seres diminutos.
Pero volvamos a la historia de los Taltos salvajes, los híbridos portadores de genes humanos. Estos solían congregarse fuera del valle, siempre que les era posible, para intercambiar recuerdos e historias y constituir sus propios asentamientos.
Periódicamente salíamos en su búsqueda para lle­varlos a nuestro poblado. Se unían con miembros de nuestra tribu, nos proporcionaban hijos y nosotros, a cambio, les dábamos consejos y les transmitíamos nues­tros conocimientos.
Curiosamente, nunca se quedaban con nosotros. Se presentaban de vez en cuando en el valle para descan­sar, pero al cabo de un tiempo regresaban a los bosques; allí arrojaban lanzas contra los humanos y luego echa­ban a correr riendo a mandíbula batiente, convencidos de que eran unas criaturas mágicas, tal como creían los humanos, quienes los perseguían para sacrificarlos en sus altares.
La gran tragedia es que, en su afán de recorrer el mundo libremente, acabaron por revelar el secreto del valle a los humanos.
En cierto sentido, somos unos necios. Unos necios por no haber previsto que eso podía suceder, que esos Taltos salvajes, una vez capturados, relatarían historias sobre nuestro valle, a veces para amenazar a sus enemi­gos con la perspectiva de una venganza por parte de un pueblo secreto, o acaso por ingenuidad; o bien para que, tras relatar la historia a otros Taltos salvajes que jamás nos habían visto, éstos la explicasen a su vez a otros.
¿Comprendéis lo que sucedió? La leyenda del valle, de los seres altos que parían niños capaces de hablar y caminar sólo nacer, empezó a extenderse. En todos los rincones de Britania ya habían oído hablar de nosotros. Nos convertimos en una leyenda, junto con los seres diminutos y otras extrañas criaturas a las que los seres humanos rara vez llegaban a ver, pero que hubieran da­do cualquier cosa con tal de capturar.
Así, la vida que habíamos construido en Donne­laith, una vida que se desarrollaba entre grandes torres y fortificaciones de piedra, desde las cuales confiába­mos en poder repeler algún día las invasiones enemigas, entre los viejos ritos que habíamos preservado y seguía­mos practicando, entre nuestros recuerdos y nuestros valores, con nuestra fe en el amor y, sobre todo, en el nacimiento de un nuevo ser, corría el peligro de ser des­truida por quienes deseaban cazar monstruos por mera diversión, por quienes sólo pretendían «ver con sus propios ojos».
En aquel entonces ocurrió otro hecho de gran im­portancia. Como he dicho, siempre había algún Taltos nacido en el valle que deseaba abandonarlo para reco­rrer mundo. Nosotros procurábamos inculcarles la ne­cesidad de recordar el camino de regreso. Les dijimos que debían fijarse en las estrellas y dejarse guiar por ellas. Eso se convirtió muy pronto en una parte de los conocimientos innatos, pues pusimos gran empeño en cultivar ese tipo de enseñanzas. De hecho, nuestro mé­todo resultó tan eficaz que enseguida comprendimos las innumerables posibilidades que ofrecía. Podíamos incluir en esos conocimientos innatos toda suerte de cosas prácticas. En ocasiones poníamos a prueba nues­tro sistema formulando ciertas preguntas a los Taltos recién nacidos. Era asombroso. Conocían el mapa de Britania tan bien como nosotros mismos y lo conserva­ban en su memoria con gran precisión. Sabían cómo utilizar armas, conocían la importancia de recelar de los extraños, del odio hacia los seres humanos y cómo evi­tarlos o vencerlos. Conocían el Arte de la Lengua.
El Arte de la Lengua, según lo denominamos noso­tros, era algo en lo que jamás habíamos pensado hasta que aparecieron los humanos. Se trataba, esencialmen­te, de hablar y razonar con la gente, cosa que hacíamos constantemente. Por lo general, entre nosotros habla­mos mucho más rápido que los humanos. Aunque no siempre, claro está. A los humanos les suena como un silbido, un murmullo o el zumbido de un insecto. Tam­bién somos capaces de hablar según el ritmo de los hu­manos, y habíamos aprendido a hablar con ellos a su mismo nivel, es decir, procurando confundirlos y des­concertarles, fascinarlos e influir en ellos.
Evidentemente, el Arte de la Lengua no bastaba pa­ra salvarnos de ser aniquilados.
Sin embargo, podía salvar a un Taltos que resultara capturado en el bosque por un par de seres humanos, o a otro que fuera apresado por un pequeño clan humano sin ningún vínculo con las tribus guerreras que habían invadido nuestros territorios.
Cualquiera que se aventurara fuera del valle debía conocer el Arte de la Lengua, ser capaz de hablar des­pacio con los humanos, a su mismo nivel, y de forma convincente. Inevitablemente, algunos Taltos que aban­donaban el valle decidían afincarse en otro lugar.
Construyeron unas torres como las nuestras, de piedra seca sin mortero, y habitaban en lugares remo­tos y aislados, pasando por humanos a los ojos de la gente que se aproximaba a sus casas.
Llevaban una vida de clan, a la defensiva, en lugares diseminados por toda la geografía.
Pero, inevitablemente, esos Taltos acababan reve­lando su naturaleza a los humanos, o bien los humanos les declaraban la guerra o alguien descubría el secreto de su nacimiento, y entonces comenzaban de nuevo a circular entre los seres humanos leyendas sobre el valle y sobre nosotros.
Incluso yo mismo, que poseía una gran inventiva y era de temperamento audaz -no solía rendirme nunca, ni siquiera cuando vi estallar en pedazos nuestra tierra perdida-, pensé que la nuestra era una causa perdida. Hasta el momento habíamos conseguido defender el valle del ataque esporádico de los intrusos, pero lo cier­to es que estábamos atrapados.
La cuestión de los Taltos que se hacían pasar por se­res humanos, los que vivían entre humanos y fingían formar una tribu o un clan, me intrigaba profundamen­te. Me puse a pensar... ¿Y si nosotros los imitáramos? ¿Y si en lugar de impedir el acceso al valle a los huma­nos les permitiéramos entrar, haciéndoles creer que también éramos una tribu humana, y viviéramos entre ellos, siempre manteniendo nuestros ritos en secreto?
Mientras tanto, se habían producido grandes cam­bios en el mundo que nos tenían intrigados. Deseába­mos hablar con viajeros, aprender cosas.
Al fin, ideamos un peligroso plan...










26

-Yuri Stefano al habla. ¿Puedo ayudarle?
-¡Qué si puedes ayudarme! ¡Dios, cómo me ale­gro de oír tu voz! -exclamó Michael-. Hace menos de cuarenta y ocho horas que nos separamos, pero se interpone entre nosotros el océano Atlántico.
-Michael. Gracias a Dios que me has llamado. No sabía dónde localizarte. ¿Todavía estáis con Ash?
-Sí, creo que nos quedaremos aquí otros dos días. Descuida, te lo contaré todo. ¿Cómo estás?
-Se ha terminado, Michael. Se ha terminado. El mal ha desaparecido y Talamasca vuelve a ser lo que era. Esta mañana recibí mi primera comunicación de los Mayores. Vamos a tomar serias medidas para asegu­rarnos de que no vuelvan a producirse ese tipo de inter­ceptaciones. Estoy muy ocupado redactando los infor­mes. El nuevo Superior General me ha recomendado que descanse, pero es imposible.
-Pero tienes que descansar, Yuri. Lo sabes de so­bra. Todos lo sabemos.
-Duermo unas cuatro horas. Luego me levanto, reflexiono sobre lo sucedido y me pongo a escribir. Es­cribo durante unas cuatro o cinco horas. Luego me acuesto otra vez. A la hora de comer y cenar vienen a avisarme. Me obligan a bajar al comedor. Es muy agra­dable. Es agradable estar de nuevo con ellos. ¿Y tú có­mo estás, Michael?
-Amo a este hombre, Yuri. Amo a Ash como ama­ba a Aaron. Le he estado escuchando durante horas. Aunque lo que nos ha contado no es ningún secreto, no permite que lo grabemos. Dice que deberíamos utilizar únicamente lo que recordemos de modo natural. Yuri, no creo que este hombre sea capaz de lastimarnos a Rowan y a mí, ni a nadie próximo a nosotros. Estoy convencido de ello. Tengo plena confianza en él. Y si nos hace daño, por el motivo que sea, significará que me habré equivocado.
-Comprendo. ¿Cómo está Rowan?
-Creo que ella también lo ama. Sé que lo ama. Pe­ro no sé hasta qué punto ni de qué forma. Eso es asun­to de ella. Como te he dicho, permaneceremos aquí du­rante un par de días, o quizá más, y luego regresaremos al sur. Estamos un poco preocupados por Mona.
-¿Por qué?
-No se trata de nada terrible. Se ha largado con su prima Mary Jane Mayfair, una jovencita que no has te­nido el placer de conocer. Son un poco jóvenes para an­dar solas por esos mundos.
-He escrito a Mona. Tenía que hacerlo. Antes de marcharme de Nueva Orleans, Mona y yo nos com­prometimos en matrimonio. Pero he comprendido que Mona es demasiado joven para comprometerse. Y aho­ra que he regresado a casa, junto a la Orden, me he da­do cuenta de que no soy el hombre adecuado para ella. He enviado mi carta a la dirección de la calle Amelia, pero temo que Mona se enfade conmigo.
-Yuri, en estos momentos Mona tiene otros pro­blemas. Probablemente es la mejor decisión que po­días haber tomado. No olvidemos que Mona tiene trece años. Todos solemos olvidar la edad que tiene, incluso la propia Mona. Has hecho lo que debías. Además, si lo desea puede ponerse en contacto contigo, ¿no es así?
-Desde luego, estoy aquí, a salvo. Estoy en casa.
-¿Y Tessa?
-Se la han llevado, Michael. Así son los de Talamas­ca. Estoy seguro que eso es lo que ha sucedido. Estaba rodeada por un grupo muy educado de señores, que la invitaron a acompañarlos, probablemente a Amsterdam. Le di un beso antes de que se marchara. Alguien mencio­nó un lugar agradable donde podría descansar, y donde todos sus recuerdos e historias serían archivados. Nadie es capaz de calcular su edad. Nadie sabe si lo que afirmó Ash sobre Tessa es cierto, que morirá pronto.
-Lo importante es que sea feliz y que los de Tala­masca cuiden de ella.
-Sí, de eso no me cabe la menor duda. No está pri­sionera; si alguna vez decide marcharse puede hacerlo. Pero no creo que se le ocurra. Creo que Tessa anduvo deambulando de un lado a otro durante años -aunque nadie sabe cuántos-, de un protector a otro. A propó­sito, la muerte de Gordon no parece haberla dejado desconsolada. Dice que es mejor no pensar en cosas de­sagradables.
Michael soltó una carcajada y respondió:
-Lo comprendo perfectamente. Tengo que dejarte. Vamos a cenar juntos, y luego Ash seguirá contándonos su historia. Esto es precioso. Está nevando y hace frío, pero es precioso. Todo cuanto rodea a Ash refleja su per­sonalidad. Como ocurre siempre. Elegimos los edificios porque nos gustan y nos sentimos cómodos en ellos; siempre son un reflejo de nosotros mismos. Este lugar está decorado con mármol de colores y con cuadros y... con las cosas que a él le interesan. Supongo que no debe­ría hablar de ello. Ash defiende su intimidad, quiere se­guir viviendo tranquilo cuando nos marchemos.
-Lo sé. Lo comprendo. Escucha, Michael, cuando veas a Mona, dale un recado de mi parte... Dile... dile que yo...
-Ella lo comprenderá, Yuri. Está viviendo unos momentos muy importantes para ella. La familia quiere que abandone el Sagrado Corazón y que estudie con tutores privados. Tiene un cociente de inteligencia increíble. Y es la heredera del legado Mayfair. Creo que durante los próximos años Mona pasará mucho timpo con Rowan y conmigo, estudiando, viajando, recibiendo la educación que corresponde a una joven de su clase y con sus... ambiciones. Tengo que marcharme. Te volveré a llamar desde Nueva Orleans.
-Sí, llámame, por favor. Os quiero. Os quiero... a los tres. Saluda con cariño de mi parte a Ash y a Rowan.
-De acuerdo. A propósito, ¿qué ha sido de los secuaces de Gordon?
-Se ha terminado. Han desaparecido, no volverán a perjudicar a la Orden. Espero que me llames pronto, Michael.
-Adiós, Yuri









27

Todo el mundo le había dicho que los Mayfaír de Fontevrault estaban locos. «Por eso acuden a ti», doc­tor Jack. La gente de la ciudad afirmaba que absoluta­mente todos, incluso sus acaudalados parientes de Nue­va Orleans, estaban locos.
Pero ¿qué necesidad tenía de comprobarlo perso­nalmente en una tarde como ésa, en la que reinaba una profunda oscuridad y la mitad de las calles de la ciudad aparecían inundadas?
Le habían mostrado una criatura que acababa de nacer en medio de esa tormenta, envuelta en unas man­tas malolientes ¡y metida en una nevera portátil! Mary Jane Mayfair había tenido el descaro de pedirle que re­dactara el certificado de nacimiento allí mismo, en su despacho.
El doctor había exigido ver a la madre.
Por supuesto, de haber sabido que Mary Jane iba a conducir la limusina de esa forma, en medio de la tor­menta y por esos caminos de tierra, y que él acabaría sosteniendo a esa criatura sobre sus rodillas, habría in­sistido en seguirla con su furgoneta.
Cuando Mary Jane indicó la limusina, el doctor su­puso que la conduciría un chófer. Se trataba de un co­che flamante y nuevecito, de más de siete metros de longitud, con techo transparente, cristales tintados, un reproductor de disco compactos y un teléfono. Y esa pequeña reina de las amazonas sentada al volante, con su vestido de encaje manchado por completo y las piernas y las sandalias cubiertas de barro.
-¿Pretnedes decirme -gritó el doctor para hacerse oír entre el ruido de la lluvia- que con un cochazo como éste no podías haber trasladado a la madre de la criatura al hospital?
El bebé, afortunadamente, tenía un buen aspecto. Había nacido con un mes de antelación, según dedujo el doctor, y estaba algo desnutrido, pero aparte de eso se encontraba bien y dormía plácidamente en la nevera portátil rodeado de esas manchas cochambrosas, que apestaba a whisky.
-No corras tanto, Mary Jane -ordenó el doctor. Iban a tal velocidad que el ruido que producían las ramas al rozas el techo del coche sonaba como unos latigazos y las hojas húmdas se pegaban al parabrisas. Por no hablar de los saltos que daban sobre los baches de la carretera-. Vas a despertar a la criatura.
-La criatura se encuentra perfectamente, doctor -respondió Mary Jane, arremangándose la falda hasta las inglés.
Era una joven con fama de excéntrica. El doctor había pensado al principio que la criatura pertenecía a Mary Jane y que ésta iba a intentar convencerlo de que se la había encontrado en la puerta de su casa. Pero no, resulta que la madre del bebé se había quedado descansando en la casa del pantano. ¡Qué cosas! El doctor decidió incluir esta historia en sus memorias.
-Casi hemos llegado -dijo Mary Jane, haciendo una brusca maniobra para no chocar con una cerca de bambú que había a la izquierda-. Cuando nos subamos al bote, coja usted al bebé, ¿de acuerdo, doctor?
-¿Qué bote? -preguntó el doctor.
Pero sabía perfectamente a qué bote se refería Mary ane. Todos le habían hablado sobre la vieja mansión, y le habían recomendado que se acercara al espigón de Fontevrault para contemplarla. Tenía un aspecto tan ajado, que parecía increíble que todavía se sostuviera en pie; uno de los costados estaba a punto de desmoronar­se. Sin embargo, el clan insistía en vivir allí. Mary Jane Mayfair prácticamente había acabado con las existen­cias de Wal-Mart, a fin de acondicionar la casa para que su abuela y ella pudieran vivir allí. Todo el mundo lo sabía cuando apareció Mary Jane en la ciudad, vestida con sus pantaloncitos blancos y sus camisetas ceñidas.
El doctor tuvo que reconocer que era una chica atractiva, a pesar del sombrero vaquero que llevaba siempre. Tenía los pechos más altos y puntiagudos que jamás había visto, y unos labios del color de la goma de mascar.
-Espero que no le hayas dado a la criatura whisky para que no llore -dijo el doctor.
El bebé seguía roncando, mientras formaba burbu­jas de aire con sus diminutos labios rosados. «Pobre criatura -pensó el doctor-. ¡Tener que vivir en esa casa!» Mary Jane no le había permitido examinarla, aduciendo que ya lo había hecho su abuela y que todo estaba en regla.
La limusina se detuvo bruscamente. Seguía llovien­do a cántaros. El doctor apenas alcanzaba a distinguir la silueta de la casa que se alzaba ante él, así como las grandes hojas de un palmito verde que crecía junto a ésta. Pero vio con claridad que había unas luces encen­didas. «Menos mal», pensó, pues le habían dicho que no disponían de corriente eléctrica.
-Aguarde un momento, me acercaré con el para­guas -dijo Mary Jane, cerrando la puerta del coche an­tes de que el doctor pudiera sugerir que era mejor espe­rar a que la lluvia amainara un poco. Al cabo de unos segundos Mary Jane abrió la portezuela del acompa­ñante y el doctor no tuvo más remedio que coger la ne­vera y apearse.
-Tenga, cúbrala con esta toalla para que el niño no se moje -dijo Mary Jane-. ¡Corra hacia el bote!
-Prefiero ir andando, si no te importa -contestó el doctor-. Ve delante, yo te seguiré.
-Procure que el bebé no se caiga.
-¡No seas impertinente, niña! Antes de llegar a es­te lugar dejado de la mano de Dios, me pasé treinta v ocho años asistiendo a parturientas en Picayune, Mis­sissippi.
¿Y por qué diantres habré venido aquí?, se pre­guntó el doctor. Era una pregunta que se había formu­lado mil veces, sobre todo cuando su joven y nueva es­posa, Eileen, nacida y educada en Napoleonvílle, no se hallaba presente para recordárselo.
La embarcación, según comprobó el doctor, consis­tía en una piragua de aluminio sin motor. El doctor ob­servó que la casa presentaba el color de la madera pu­trefacta que se desliza por el río. Una glicina violácea envolvía los capiteles de las columnas del piso superior y se colaba por la balaustrada. «Al menos -pensó el doctor-, los árboles son tan tupidos que impiden que nos sigamos mojando.» Un túnel de vegetación condu­cía hasta el porche. Afortunadamente, en las ventanas superiores se veía luces encendidas, lo cual evitaría que el doctor tuviera que abrirse camino a la luz de una lámpara de aceite. «Debo de estar loco -pensó-, al venir aquí con esta chiflada, atravesar el pantano en una frágil piragua y meterme en una casa que está a punto de venirse abajo.»
-El día menos pensado se derrumbará -había di­cho un día Eileen-. Una mañana pasaremos con el co­che frente esa casa y comprobaremos que ha desapare­cido, que se ha hundido en el pantano. Es un pecado que esa gente viva en esas condiciones.
Sosteniendo con una mano la nevera portátil en la que estaba el bebé, el doctor subió a la piragua y descu­brió horrorizado que contenía medio palmo de agua.
-Esto se va a hundir -dijo el doctor-. Podías ha­ber achicado el agua.
En cuanto puso los pies en el bote sus zapatos se llenaron de agua. ¿Por qué diablos había accedido a ir hasta allí? Cuando volviera a casa, Eileen le exigiría que le contara hasta el último detalle.
-No se preocupe, no se hundirá. Si sólo están ca­yendo cuatro gotas -respondió Mary Jane, empuñan­do el remo-. Agárrese bien y procure que la criatura no se moje.
Esa chica era una descarada. En Picayune, nadie se dirigía a un médico en ese tono. El niño seguía dur­miendo plácidamente y se le escapó un chorro de pipí bastante insólito para un recién nacido.
El doctor se quedó atónito al presenciar cómo se deslizaban hasta el mismo porche en aquel trasto des­vencijado y penetraban en el vestíbulo.
-¡Dios santo, esto parece una cueva! -exclamó-. ¿Cómo es posible que una mujer haya dado a luz en es­te lugar? ¡Pero si el agua llega hasta la biblioteca!
-No había nadie aquí cuando la casa se inundó -contestó Mary Jane, impulsando la embarcación con el remo.
El doctor oyó el sonido que produjo el remo al chocar contra las tablas de madera del suelo.
-Supongo que todavía hay muchos objetos flotan­do por el salón. Además, Mona Mayfair no dio a luz aquí abajo, sino en la buhardilla. Las mujeres no suelen parir en el salón, aunque no esté inundado.
El bote chocó con los escalones. Al sentir la violen­ta sacudida, el doctor se agarró a la resbaladiza balaus­trada y saltó del bote, apoyando firmemente ambos pies en el escalón para asegurarse de que no iban a ceder bajo su peso.
El vestíbulo estaba iluminado por la luz que porvenía del piso superior. El doctor percibió, por encima del rumor de la lluvia, otro sonido muy rápido "clic, clic, clic". Era un sonido que ya había escuchado otras veces. También pudo iír la voz de una mujer que tatareaba una bella melodía.
-Me asombra que la escalera no se haya desprendido de la pared -dijo el doctor, mientras subía con aquella nevera, que empezaba a pesarle como una tonelada de ladrillos, entre sus manos-. ¿Cómo es que este lugar se aguanta aún en pie? ¡Si toda la casa se está vininedo a bajo!
-Lleva doscientos años en este estado -replicó Mary Jane. Acto seguido subió corriendo la escalera, y al llegar al segundo piso se volvió hacia el doctor y le dijo-: Acompáñeme, tenemos que subir a la buhardilla.
El doctor alzó la cabeza y divisó a la abuela Mayfair en lo alto de la escalera, vestida con un camisón de franela estampado con flores, saludándolo con la mano.
-Hola, doctor Jack. ¿Cómo está mi simpático y guapo amigo? Deme un beso. Me alegro de verlo.
-Yo tamibén me alegro de verla, abuela -respondió el doctor.
Mary Jane pasó bruscamente junto a él, advirtiéndole de nuevo que no dejara caer al bebé. Aún faltaban cuatro escalones. El doctor estaba deseando dejar la nevera en el suelo; en realidad, no sabía por qué había tenido que transportarla él.
Al fin accedió al ambiente seco y cálido de la buhardilla. La anciana se puso de puntillas para que el doctor la besara en la mejilla. Éste tuvo que reconocer que la abuela Mayfair era una viejecita encantadora.
-¿Cómo está, abuela? ¿Se toma las pastillas que le receté? -preguntó el doctor.
En cuanto éste depositó la nevera en el suelo. Mary Jane la cogió y echó a correr. La buhardilla era el lugar más decente de la casa. Había unos cabes de los que colgaban unas bombillas y unas prendas de vestir. Los muebles eran viejos y confortables, y el aire no olía a moho, sino más bien a flores.
-¿Qué es ese ruido que oigo en el segundo piso? -le preguntó el doctor a la abuela Mayfair mientras esta lo agarraba del brazo.
-Usted limítese a hacer lo que tenga que hacer, doctor Jack, y firme el certificado de nacimiento del bebé. No queremos problemas legales con su nacimiento. ¿Le he contado alguna vez los problemas que tuve no por inscribir en el registro civil a Yancy Mayfair hasta pasados dos meses de su nacimiento? No se imagina los líos que tuvo con el Ayuntamiento y...
-Fue usted misma quien la ayudó a nacer, ¿no es cierto, abuela? -preguntó el doctor, propinándole una palmadita en la mano.
La primera vez que la abuela Mayfair se presentó en su consulta, sus enfermeras le advirtieron que era mejor no esperar a que terminara de contarle sus hisotiras, porque éstas no tenían fin. La abuela apareció en su consulta al segundo día de haberla abierto el doctor Jack, diciendo que ningún otro médico de la ciudad volvería a ponerle jamás las manos encima.
-Así es, doctor -respondió la abuela.
-La madre está ahí -dijo Mary Jane, señalando el gablete lateral de la buhardilla, que estaba cubierto por una mosquitera como si se tratara de una tienda de campaña rematada con tejado de punta. En un extremo había una ventana rectangular, por la que penetraba la luz y el murmullo de la lluvia.
Tenía un aspecto muy decorativo. Debajo de la mosquitera había una lámpara de queroseno que estaba encendida; el doctor percibió su olor y su cálido resplandor, reflejado en la pantalla de cristal ahumado. El lecho era muy grande y estaba cubierto con varia mantas y una colcha. De pronto el doctor se entristeció al pensar en su abuela, la cual había muerto ya hacía años, y en esos enormes lechos con tantas mantas que uno no podía mover siquiera los dedos de los pies, y lo calentito que se sentía al despertarse en las frías maña­nas de invierno en Carriere, Mississippi.
El doctor alzó el sutil velo de la mosquitera y aga­chó un poco la cabeza. Las tablas del suelo, de madera de ciprés, estaban desnudas y limpias y presentaban un color rojo burdeos. No había una sola gotera, aunque la lluvia que golpeaba el cristal de la ventana proyecta­ba unos breves destellos sobre todos los objetos que había en la habitación.
En el lecho yacía, medio dormida, una muchacha pelirroja. Mostraba unas profundas orejas oscuras y respiraba con dificultad.
-Esta joven debería encontrarse en el hospital.
-Está agotada, doctor. ¿Acaso no lo estaría usted si acabara de dar a luz? -replicó Mary Jane con desca­ro-. ¿Por qué no acabamos de una vez para que la po­bre pueda descansar en paz?
Al menos, la cama estaba más limpia que la impro­visada cuna. La joven yacía sobre unas sábanas inmacu­ladas, vestida con un camisón blanco ribeteado de en­caje y abrochado con unos botoncitos de perlas. Su cabello, largo y bien cepillado, se desparramaba sobre la almohada. El doctor jamás había contemplado pelo tan rojo como aquél. Es posible que el bebé hubiera he­redado el cabello rojo de su madre, pero de momento lo tenía de un color más pálido.
Y, a propósito de la criatura, el doctor se alegró de oírla emitir unos gorgoritos, pues ya se había empeza­do a preocupar por ella. La abuela Mayfair se apresuró a tomarla en brazos. El doctor observó, por la forma en que la cogía, que el bebé estaba en buenas manos, aunque le sorprendió que una mujer de esa edad tuvie­ra que hacerse cargo de la criatura. La joven que yacía postrada en el lecho era menor que Mary Jane.
El doctor Jack se acercó, se arrodilló, no sin esfuer­zo, en el desnudo suelo y apoyó la mano sobre la frente de la madre. Ésta abrió los ojos lentamente. El doctor se quedó asombrado al observar que eran de un mara­villoso e intenso color verde. La muchacha era una ni­ña, demasiado joven para ser madre.
-¿Te encuentras bien, guapa? -preguntó el doctor.
-Sí, doctor -respondió la joven con voz clara y firme-. ¿Sería tan amable de rellenar esos papeles?
-Sabes perfectamente que deberías...
-El bebé ya ha nacido, doctor -le interrumpió la joven. Por su acento, el doctor dedujo que no era de allí-. He dejado de sangrar. No pienso ir a ninguna parte. De hecho, me encuentro mejor de lo que había imaginado.
El doctor la observó atentamente. La carne debajo de sus uñas presentaba un buen color. Su pulso era nor­mal. Tenía los pechos muy hinchados. Y junto a la ca­ma había una jarra de leche. Se había bebido la mitad. «Estupendo -pensó el doctor-, le conviene beber mucha leche.»
Parecía una chica inteligente, segura de sí misma y bien educada. Era evidente que no se trataba de una campesina.
-Dejadme a solas con ella -indicó el doctor, diri­giéndose a Mary Jane y a la anciana, las cuales perma­necían de pie junto a él como dos gigantescos ángeles guardianes. El bebé empezó a lloriquear, como si aca­bara de descubrir que estaba vivo y eso no le gustase-. Apartaos para que pueda examinar a esta joven y ase­gurarme de que no sufre una hemorragia.
-Yo misma cuidé de ella -respondió la abuela sua­vemente-. ¿Piensa que dejaría que siguiera ahí postra­da si sufriera una hemorragia?
De todos modos, salió de la habitación tal como le había indicado el doctor, sosteniendo al bebé en brazos y acunándolo quizá con demasiada energía para un recién nacido.
El doctor supuso que la joven madre protestaría por ello, aunque no lo hizo.
Puesto que no había nadie que le ayudara, él mismo ­se vio obligado a sostener la lámpara a fin de examinar, la joven con profundidad.
La chica se incorporó sobre las almohadas. Su larga y alborotada cabellera enmarcaba su pálido rostro. EI doctor retiró las ropas de la cama para poder examinarla. Todo estaba limpio; tuvo que reconocer que Mary Jane y la abuela habían hecho un buen trabajo. La joven estaba tan inmaculada como si hubiera dado a luz en una bañera llena de agua. Le habían colocado debajo unas toallas blancas. Apenas sangraba. Pero no cabe duda de que era la madre del niño; resultaba evidente que acababa de parir. Su camisón blanco estaba inmaculado.
¿Por qué no habían limpiado al pequeño con tanto esmero como a la madre?, se preguntó el doctor. Eran tres mujeres, y ni siquiera fueron capaces de envolverlo, en unas mantas limpias.
-Descansa -le recomendó el doctor a la madre-. ­Por lo que veo, el niño no te ha causado ningún desgarro, aunque hubiera sido mejor, pues de ese modo parto habría sido rnás rápido. La próxima vez te aconsejo que des a luz en un hospital.
-De acuerdo, doctor -contestó la joven con voz somnolienta. Luego sonrió v dijo-: No se preocupe por mí, estoy bien.
«Toda una dama», pensó el doctor. Ya nunca volvería a ser una niña, aunque era menuda de talla. Cuando esta historia empezara a circular por la ciudad se arma­ría un escándalo monumental, aunque él no pensaba decirle a Eileen ni una palabra de ello.
-Ya le dije que se encontraba perfectamente -ter­ció la abuela, retirando la mosquitera con una mano mientras con la otra sostenía al bebé. La madre ni si­quiera miró a su hijo.
«Probablemente esté cansada a causa del parto», pensó el doctor. Era mejor que reposara.
-Muy bien -dijo el doctor Jack, cubriendo a la joven con la colcha-. Pero si empieza a sangrar, si le sube la fiebre, llévenla de inmediato con la limusina al hospital de Napoleonville.
-De acuerdo, doctor Jack, me alegro de que haya venido -contestó Mary Jane, tomándolo de la mano y conduciéndolo hacia la puerta.
-Gracias, doctor -dijo suavemente la joven peli­rroja-. ¿Hará el favor de rellenar los papeles? Ponga la fecha del nacimiento y todos los datos. Mary Jane y la abuela firmarán como testigos.
-Puede utilizar esta mesa -dijo Mary Jane, seña­lando un par de tablas de pino colocadas sobre dos vie­jas cajas de Coca-Cola que hacían las veces de improvi­sada mesita. Hacía mucho tiempo que el doctor no veía ese tipo de cajas en las que se depositaban las pequeñas botellas de Coca-Cola de cinco centavos; eran piezas de coleccionista. El doctor observó el viejo aplique de gas en la pared que tenía frente a él. Esta casa estaba lle­na de viejos objetos que Mary Jane habría podido ven­der en un mercadillo.
El doctor se inclinó sobre la mesa para rellenar los papeles. Estaba en una postura bastante incómoda, pe­ro no merecía la pena quejarse. Sacó la pluma del bolsi­llo y Mary Jane se apresuró a orientar la luz de una bombilla hacia él.
De pronto, oyó de nuevo el extraño ruido que pro­venía del piso de abajo, «clic, clic, clic», seguido de una especie de zumbido.
-¿Qué es ese ruido? -preguntó el doctor-. Vea­mos, ¿el nombre de la madre?
-Mona Mayfair.
-¿Y el del padre?
-Michael Curry.
-Casados legalmente...
 -Sáltese ese párrafo.
El doctor meneó la cabeza.
-La criatura nació anoche, ¿no es así?
-A las dos y diez de la mañana. Asistieron el parto Dolly Jean Mayfair y Mary Jane Mayfair. En Fonte­vrault. ¿Sabe cómo se escribe?
El doctor asintió con un movimiento de cabeza.
 -¿Nombre de la criatura?
-Morrigan Mayfair.
-Nunca había oído ese nombre. Es el nombre de un santo, ¿no?
-Será mejor que se lo deletrees, Mary Jane -indi­có la madre con un hilo de voz, desde el interior de la tienda formada por la mosquitera-. Con dos erres, doctor.
-Ya sé cómo se escribe -contestó el doctor Jack, deletreando el nombre para tranquilizar a la madre.- ­No he traído una báscula...
-Pesa tres kilos con trescientos veinte gramos -contestó la abuela, paseando arriba y abajo y propi­nándole a la criatura unas palmaditas en la espalda para tranquilizarla-. La pesé en la báscula de la cocina. Su estatura es normal.
El doctor meneó de nuevo la cabeza. Terminó de rellenar el formulario e hizo una copia. No merecía la pena discutir con esas mujeres.
De golpe descargó un rayo que iluminó las cuatro esquinas de la buhardilla, Norte, Sur, Este y Oeste, y acto seguido se desvaneció, dejando la estancia sumida en una acogedora oscuridad. La lluvia caía suavemente sobre el tejado.
-Les dejo esta copia -dijo el doctor, entregando el certificado a Mary Jane-, y me llevo el original para enviarlo por correo a la parroquia. Dentro de un par de semanas recibirán el documento oficial. Ahora -aña­dió, dirigiéndose a la madre-, procure dar de mamar al bebé. Todavía no le ha subido la leche, pero tiene ca­lostro y...
-Ya le he explicado todo eso, doctor Jack -le in­terrumpió la abuela-. Lo amamantará en cuanto usted se marche. Es muy tímida.
-Vamos, doctor -dijo Mary Jane-. Le acompa­ñaré a casa.
-Ojalá hubiera algún otro medio de regresar a casa -replicó el doctor.
-Si tuviera una escoba, lo llevaría en ella -dijo Mary Jane, indicándole que la siguiera mientras se diri­gía con paso apresurado hacia la escalera. El taconeo de sus sandalias resonó sobre las tablas del suelo.
La madre soltó una risita infantil. Por un instante su aspecto pareció completamente normal, incluso con al­go de color en las mejillas. Sus pechos parecían a punto de estallar. El doctor confió en que el bebé no resultara ser un remilgado. Pensándolo bien, era imposible decir cuál de las dos jóvenes era más atractiva.
El doctor levantó la mosquitera y se acercó de nue­vo al lecho. Tenía los zapatos llenos de agua, pero ¿qué podía hacer? La camisa también estaba empapada.
-¿Estás segura de que te encuentras bien? -le preguntó a la madre.
-Sí, seguro -contestó ésta, sin dejar de beber con avidez de la jarra de leche.
Era lógico que le apeteciera beber leche, pensó el doctor Jack, aunque no lo necesitaba. La joven sonrió, mostrando unos dientes muy blancos, los más blancos que el doctor había visto jamás. Tenía la nariz salpicada de pecas. Puede que fuera menuda, pero era la pelirroja más guapa que él había visto en su vida.
-Vamos, doctor -dijo bruscamente Mary Jane-. Mona tiene que descansar, y temo que el niño empiece a berrear. Adiós, Mona, adiós, Morrigan; adiós, abuela.
Acto seguido, Mary Jane cogió al doctor de la mano y lo arrastró a través de la buhardilla, deteniéndose sólo un instante para ponerse el sombrero vaquero, que se había quitado al entrar en la casa. Al colocárselo cayó un pequeño chorro de agua al suelo y se formó un pe­queño charco.
-Calla, calla -le dijo la abuela al bebé-. Apresú­rate, Mary Jane. Esta criatura se está poniendo muy nerviosa.
El doctor se disponía a decir que la mejor forma de calmar al bebé era entregárselo a su madre, pero temió que Mary Jane lo arrojara escaleras abajo de un empu­jón. La tenía pegada a los talones, hasta podía sentir sus puntiagudos pechos rozándole la espalda. Pechos, pe­chos, pechos. Menos mal que había elegido la especiali­dad de geriatría, pues no habría sido capaz de resistirse ante esas madres adolescentes vestidas con camisones transparentes, y haciendo ostentación de sus pezones con el mayor de los descaros.
-Le pagaré quinientos dólares por la visita, doctor -dijo Mary Jane en voz baja, rozándole la oreja con sus labios rosados y sensuales-, porque sé lo que sig­nifica venir hasta aquí en una tarde como ésta. Además, es usted tan amable y tan simpático...
-¿Y cuándo veré ese dinero, Mary Jane Mayfair? -preguntó el doctor Jack, malhumorado.
Las chicas de su edad eran todas unas descaradas. ¿Cómo reaccionaría Mary Jane si él se volviera de pron­to y le metiera mano, como ella parecía estar deseando que hiciera? Debía cobrarle por un par de zapatos nue­vos, pensó, ya que los que llevaba estaban hechos una pena. Siempre le quedaría el recurso de pedirle el dine­ro a aquellos parientes ricos de Nueva Orleans.
Un momento. Si precisamente esa chica que estaba acostada en la buhardilla pertenecía a los acaudalados Mayfair y había venido aquí para...
-No se preocupe por nada -dijo Mary Jane-, usted no entregó el paquete, sólo firmó conforme lo había recibido.
-¿De qué estas hablando? -preguntó el doctor.
-¡Apresúrese, tenemos que coger de nuevo en el bote!
Mary Jane corrió escaleras abajo, seguida por el doctor Jack, que apenas podía levantar los pies. En rea­lidad, la casa no estaba tan inclinada como parecía desde fuera. «Clic, clic, clic.» El doctor oyó de nuevo aquel ruido que lo tenía intrigado. Puede que uno acabara acostumbrándose a vivir en una casa inclinada, aunque la idea de vivir en una desvencijada mansión medio inun­dada...
De pronto cayó otro rayo que inundó de luz el ves­tíbulo, permitiendo la visión del papel de las paredes, los techos, los montantes sobre las puertas y el viejo candelabro del que colgaban dos cables inutilizados.
¡Eso es! ¡Aquel ruido provenía de un ordenador! El doctor Jack alcanzó a ver en la habitación del fondo, durante la fracción de segundo que duró el resplandor del rayo, a una mujer muy alta y de cabello rojo como el de la joven madre que yacía arriba... aunque el doble de largo, que se hallaba inclinada sobre el ordenador, tecleando apresuradamente, y canturreando como si repitiese en voz alta lo que iba escribiendo.
Después, las sombras cayeron sobre su silueta y so­bre la pantalla del ordenador, y el flexo proyectó un pe­queño círculo de luz amarilla sobre sus ágiles dedos.
«Clic, clic, clic.»
En aquel momento descargó un trueno que hizo vi­brar todos los objetos de cristal que había en la casa. Mary Jane se tapó los oídos. La joven y extraña mujer que estaba sentada ante el ordenador lanzó un grito y se levantó de un salto. Todas las luces de la casa se apa­garon de golpe, sumiéndolos en una penumbra tan densa que parecía haber anochecido.
La hermosa extraña no cesaba de gritar como una posesa. Era mucho más alta que el doctor.
-Calla, Morrigan, no grites -dijo Mary Jane, co­rriendo hacia ella-. Sólo ha sido un rayo. La luz no tardará en volver.
-¡Pero ha desaparecido! -contestó la joven.
Luego se volvió y vio al doctor Jack. Este pensó du­rante unos momentos que estaba perdiendo facultades. La chica tenía una cabeza idéntica a la de su madre, las mismas pecas, el mismo pelo rojo, la blanca dentadura, los ojos verdes. ¡Dios santo! Era como si alguien hu­biera arrancando la cabeza de la madre para colocarla sobre el largo cuello de esa extraña y gigantesca criatu­ra. Madre e hija podían haber sido gemelas. El doctor medía un metro setenta y siete centímetros, y esa chica larguirucha le pasaba al menos un palmo. Sólo llevaba puesto un camisón holgado, como su madre, que deja­ba ver sus suaves, blancas y larguísimas piernas. Debían de ser hermanas. A la fuerza.
-¡Eh! -exclamó, mirando fijamente al doctor Jack y echando a caminar descalza hacia él, aunque Mary Ja­ne trató de detenerla.
-Siéntate otra vez -le ordenó Mary Jane-. La luz volverá enseguida.
-Eres un hombre -dijo la joven, que no era ma­yor que la diminuta madre que yacía arriba, o que la propia Mary Jane. Se detuvo frente al doctor, mirándo­lo con cara de pocos amigos. Sus ojos, verdes, enmarcados por unas cejas rojas y unas pestañas larguísimas, eran más grandes que los de la joven madre.
-Ya te lo dije -respondió Mary Jane-, el doctor ha venido para rellenar los papeles del bebé. Doctor Jack, le presento a Morrigan, la tía del niño. Morrigan, este es el doctor Jack. Siéntate, Morrigan, el doctor tie­ne muchas cosas que hacer.
-No te pongas tan ceremoniosa -replicó la lar­uirucha joven, sonriendo. Luego se frotó sus largas y sedosas manos. Su voz tenía un timbre idéntico al de la joven madre que yacía arriba. Una voz bien educa­da-. Le ruego me perdone, doctor Jack, mis modales dejan todavía mucho que desear, aún estoy un poco verde, quizá trato de asimilar más información de la que nuestra especie es capaz de digerir, pero tenemos tantos problemas que debemos resolver; por ejemplo, ahora que ya tenemos el certificado de nacimiento, porque ya lo tenemos, ¿no es así, Mary Jane?, ¿o acaso no era eso lo que tratabas de decirme cuando me inte­rrumpiste de forma tan poco considerada, Mary Jane? Sin embargo, lo que realmente quisiera saber es qué habéis decidido sobre el bautizo del bebé porque, si la memoria no me falla, el legado estipula claramente que el bebé debe ser bautizado en la fe católica. Según he podido observar en estos documentos a los que aca­bo de tener acceso pero que sólo he hojeado, es más importante bautizarlo que inscribirlo en el registro civil.
-¿De qué diantres estás hablando? -preguntó el doctor Jack-. ¿Acaso te han vacunado en la RCA Vic­tor? Pareces un disco rayado.
La joven lanzó una carcajada y palmoteó de júbilo, moviendo al mismo tiempo la cabeza y sacudiendo su larga cabellera pelirroja.
-¿De qué está hablando usted, doctor? -contestó la joven-. ¿Cuántos años tiene? Es bastante madurito,¿no?, calculo que tendrá unos sesenta y siete años, ¿me equivoco? Déjeme ver sus gafas.
Antes de que el doctor pudiera protestar, se las arrebató de la nariz y lo observó a través de ellas. El doctor se quedó estupefacto; lo cierto es que tenía se­senta y ocho años. Miró a la joven, que se había conver­tido en una fragante silueta borrosa.
-Esto es genial -dijo la joven, colocando las gafas sobre el caballete de la nariz del doctor Jack. Tras recu­perar la visión, observó que la joven lo miraba sonriente, mostrando unos hoyuelos en las mejillas y los labios más perfectos que él había visto jamás-. Hacen que todo parezca un poco más grande, y pensar que no es más que uno de los numerosos inventos con los que me tropezaré durante mis primeras horas de vida, unas gafas, unos lentes, ¿es ésa la palabra correcta? Unas gafas, un horno microondas, unos pendientes de clip, el teléfono, pro­gramas informáticos, el monitor del ordenador... Tengo la impresión de que, cuando meditamos sobre ello, ad­vertimos cierta poesía en esos objetos con los que nos topamos ya al principio de nuestra vida, sobre todo si es verdad que nada es fortuito, que las cosas sólo parecen aleatorias según el punto de vista con que se miren y que, en última instancia, cuando valoramos detenida­mente nuestros instrumentos de observación compren­demos que incluso los inventos con los que nos topamos en una mansión abandonada y en ruinas se confabulan para expresar algo sobre sus ocupantes, algo más profundo de lo pudiéramos imaginar. ¿Qué opina, doctor?
El doctor lanzó una sonora carcajada y se dio una palmada en la pierna.
-Hija, no sé qué opinar sobre eso -contestó-, pero me encanta cómo lo has expresado. ¿Cómo dices que te llamas? ¿Morrigan? ¿De modo que le han puesto tu nombre al bebé? No me digas que también eres una Mayfair.
-Desde luego, me llamo Morrigan Mayfair -res­pondió la joven, alzando los brazos en un arrebato de entusiasmo.
De pronto se produjo un breve resplandor, seguido de un leve zumbido; entonces las luces volvieron a en­cenderse y el ordenador, que se hallaba detrás de ellos, empezó a emitir su característico sonido de puesta en marcha.
-¡Estupendo! -exclamó la joven, volviéndose apre­suradamente y agitando su melena pelirroja-. Volve­mos a estar en línea con Mayfair y Mayfair, hasta que la Madre Naturaleza decida humillarnos a todos, prescin­diendo de lo bien dotados, configurados, programados e instalados que estemos. Dicho de otro modo, hasta que caiga otro rayo.
La joven corrió a sentarse ante la pantalla del orde­nador y comenzó a teclear de nuevo, olvidándose por completo del doctor.
-¡Apresúrate, Mary Jane! -gritó la abuela desde arriba-. La criatura tiene hambre.
Mary Jane tiró de la manga del doctor.
-Espera un momento -dijo éste.
Pero el doctor Jack comprendió que había perdido irremediablemente a la asombrosa joven, del mismo modo que comprendió que debajo del camisón blanco no había más que su piel desnuda y que la luz del flexo ponía de relieve sus pechos, su vientre liso y sus esplén­didos muslos; ni siquiera llevaba braguitas. El doctor observó sus enormes pies, preguntándose si era pru­dente permanecer descalza ante un ordenador con la tormenta que estaba cayendo. Su larga melena pelirroja rozaba el asiento de la silla.
La abuela volvió a gritar desde arriba.
-¡Mary Jane, no olvides que tienes que devolver el niño antes de las cinco!
-Ya voy, ya voy. Vamos, doctor Jack.
-¡Adiós, doctor Jack! -gritó la hermosa y largui­rucha joven agitando su mano derecha, la cual remata­ba un brazo impresionantemente largo, sin apartar la vista del ordenador.
Mary Jane pasó corriendo frente al doctor y subió de un salto en al bote.
-¿Viene o no? -preguntó al doctor Jack-. Me marcho, tengo muchas cosas que hacer. ¿O es que se va a quedar ahí como un pasmarote?
-¿A dónde tienes que llevar al niño antes de las cinco? -preguntó al salir de su estupor mientras refle­xionaba sobre lo que acababa de decir la anciana-. Su­pongo que no pensarás llevarlo a bautizar.
-¡Apresúrate, Mary Jane!
-¡Leven anclas! -gritó Mary Jane, apoyando el remo en los escalones para impulsar el bote.
-¡Un momento!
El doctor pegó un salto y aterrizó violentamente dentro de la piragua, haciendo que ésta chocara con la balustrada y la pared.
-Haz el favor de reducir la marcha -le dijo a Mary Jane-. Llévame hasta el embarcadero sin arro­jarme al pantano.
«Clic, clic, clic.»
Afortunadamente la lluvia había amainado algo. A través de las espesas nubes asomaban tímidamente unos rayos de sol, haciendo que las gotas brillaran co­mo gemas.
-Tenga, doctor -dijo Mary Jane cuando el doctor Jack se subió al coche, entregándole un grueso sobre lleno de billetes de veinte dólares. El doctor calculó, de forma aproximada, que el sobre debía de contener unos mil dólares. Mary Jane cerró la portezuela y se sentó al volante.
-Esto es mucho dinero, Mary Jane -dijo el doc­tor, aunque estaba pensando en un nuevo cortacésped, un artilugio para eliminar rastrojos, una podadera de setos eléctrica y un televisor en color Sony. Por si fuera poco, no existía ningún motivo en el mundo que lo obligara a declarar ese dinero a Hacienda.
-Calle y métaselo en el bolsillo -respondió Mary Jane-. Se lo ha ganado viniendo aquí con este tiempe­cito.
Acto seguido, Mary Jane se arremangó de nuevo la falda hasta medio muslo. Sin embargo, no podía com­pararse con la espléndida jovencita pelirroja que habían dejado sentada ante el ordenador. El doctor hubiera da­do cualquier cosa por poder ponerle las manos encima siquiera durante cinco minutos, acariciar su aterciope­lada piel y sus largas piernas. «Basta, viejo idiota -se dijo-, vas a provocarte un ataque cardíaco.» Mary Jane dio marcha atrás de forma brusca, ha­ciendo que las ruedas giraran vertiginosamente en el barro, efectuó un peligroso giro de ciento ochenta gra­dos y se lanzó a toda velocidad por la carretera llena de baches.
El doctor se volvió para echar un último vistazo a la casa, a las inmensas y destartaladas columnas que se al­zaban sobre los cipreses y a las lentejas de agua que se introducían por las ventanas de la planta baja. Luego fi­jó de nuevo la vista en la carretera y dejó escapar un suspiro de alivio. Estaba impaciente por alejarse de aquel lugar.
Cuando llegara a casa y su esposa Eileen le pregun­tara: «¿Qué es lo que has visto en Fontevrault, Jack?», él no sabría qué responder. Desde luego, no le diría ni una palabra sobre las tres jóvenes tan atractivas que ha­bía visto reunidas bajo un mismo techo. Ni tampoco sobre el fajo de billetes de veinte dólares que guardaba en su bolsillo.










28

Nos inventamos una identidad humana.
Nos «convertimos» en la antigua tribu de los pic­tos, altos porque proveníamos de los países septentrio­nales donde la gente tiene una estatura superior a la normal y ansiosos de vivir en paz con quienes no pre­tendieran perturbarnos.
Lógicamente, fue un proceso muy lento. Los rumo­res sobre nuestra existencia ya habían empezado a cir­cular. Al principio hubo un período de espera, durante el cual no permitimos la entrada al valle a ningún extra­ño; luego dejamos que entrara algún que otro viajero, que nos suministraba una información muy valiosa. Por último, decidimos aventurarnos fuera del valle, afirman­do que éramos pictos y ofreciendo nuestra amistad a todo aquel que nos cruzásemos en el camino.
Con el tiempo, pese a la leyenda que ha existido siempre sobre los Taltos, y que adquiría nuevas dimen­siones cada vez que un pobre Taltos era capturado, conseguimos engañarlos a todos. Nos sentíamos más seguros no porque nos hubiéramos atrincherado tras las almenas de nuestras torres, sino gracias a nuestro lento proceso de integración con los seres humanos.
Nos convertimos en el orgulloso y solitario clan de Donnelaith. Vivíamos como reclusos, aunque siempre estábamos dispuestos a ofrecer a otros nuestra hospita­lidad. No solíamos hablar con frecuencia de nuestros dioses. No nos gustaba que nos interrogaran acerca de nuestras costumbres ni de nuestros hijos.
Pero vivíamos como nobles, alimentando los con­ceptos del honor y el orgullo de nuestra patria.
Las cosas funcionaban a la perfección. Tras abrir las puertas del valle, tuvimos por primera vez ocasión de ad­quirir nuevos conocimientos de unos elementos ajenos a nuestro clan. Muy pronto aprendimos a coser y a tejer, tareas que se convirtieron en una obsesión para nosotros. Todos los Taltos, hombres y mujeres, pasábamos días y noches tejiendo. No podíamos apartarnos del telar.
El único remedio fue dedicar nuestra atención a otra actividad, por ejemplo a trabajar los metales, cosa que también llegamos a dominar. Aunque sólo acuñá­bamos monedas y fabricábamos puntas de lanza, era un arte que nos absorbía por completo.
También aprendimos a escribir. Arribaron otros pue­blos a las costas de Britania y, a diferencia de los crue­les guerreros que habían destruido nuestro mundo de la planicie, éstos escribían cosas sobre piedra, sobre tablillas y pieles de oveja preparadas por ellos mismos para que la escritura perdurara y resultara hermosa a la vista y al tacto.
La escritura sobre esas piedras, tablillas y pergami­nos estaba en griego y latín. Nuestros esclavos nos en­señaron a relacionar el símbolo con la palabra, y poste­riormente perfeccionamos el arte de la escritura con la ayuda de los eruditos que acudían a nuestro valle.
La escritura se convirtió, para muchos de nosotros, y entre ellos yo, en una auténtica obsesión. Leíamos y escribíamos constantemente, traduciendo en palabras nuestra propia lengua, que es mucho más antigua que todas las que existían en Britania. Ideamos una escritu­ra denominada ogham, la cual conformaba nuestros es­critos secretos. Puede observarse esa grafía en muchas piedras que se hallan en el norte de Escocia, pero nadie es capaz de descifrarla hoy en día.
Nuestra cultura, el nombre que adoptamos -pic­tos-, nuestro arte y nuestra escritura siguen siendo to­davía hoy un misterio. Muy pronto comprenderéis el motivo de que se perdiera la cultura de los pictos.
A menudo me pregunto, a título de curiosidad, qué fue de los diccionarios que tanto esfuerzo me costó completar y en los que invertíamos tantos meses de tra­bajo ininterrumpido excepto para dormir unas horas o comer algo.
Se hallaban ocultos en cámaras subterráneas o refu­gios que construimos en el subsuelo del valle, un exce­lente escondite en caso de que los humanos nos atacaran de nuevo; también se ocultaban allí muchos de los ma­nuscritos en griego y latín que yo estudiaba en aquellos días.
Las matemáticas representaban otra trampa, algo ca­paz de hechizarnos. Algunos de los tomos que cayeron en nuestras manos se referían a teoremas de geometría, que comentábamos durante días al mismo tiempo que trazábamos unos triángulos en la tierra.
Fue una época muy estimulante para nosotros. Nuestro plan nos permitió el acceso a nuevos inventos. Y, aunque disponíamos de tiempo suficiente para vigi­lar y advertir a los jóvenes e imprudentes Taltos que no confiasen en ningún extraño ni se enamorasen de uno de ellos, conseguimos conocer a muchos de los roma­nos que habían llegado a Britania, y averiguamos que esos romanos habían castigado a los bárbaros celtas que nos habían infligido semejantes atrocidades.
Esos romanos no creían en las supersticiones loca­les sobre los Taltos. Hablaban sobre un mundo civili­zado, vasto y lleno de grandes ciudades.
Sin embargo, los temíamos. Aunque construían unos edificios magníficos, como jamás habíamos con­templado, eran unos guerreros todavía más expertos que los otros. Habíamos oído muchas historias sobre sus conquistas. Habían perfeccionado el arte de la guerra hasta extremos inauditos. Por consiguiente, nos mantuvimos en nuestro remoto valle; no queríamos encontrarnos con ellos en el campo de batalla.
Muchos comerciantes llegaban con sus libros y per­gaminos para vendérnoslos. Yo leía con avidez a sus fi­lósofos, dramaturgos, poetas, cronistas satíricos y ora­dores.
Por supuesto, ninguno de nosotros era capaz de comprender la esencia auténtica de sus vidas, el am­biente, por utilizar un término moderno, su alma na­cional, su carácter. Pero aprendíamos con rapidez. Sa­bíamos que no todos los hombres eran unos bárbaros. Ésa era la palabra exacta que utilizaban los romanos para describir a las tribus que invadían Britania por los cuatro costados, unas tribus a las que los romanos pre­tendían someter en nombre de su poderoso imperio.
Los romanos, por cierto, nunca llegaron a nuestro valle, aunque durante doscientos años lucharon en Bri­tania. El romano Tácito escribió la crónica de la prime­ra campaña de Agricola, que alcanzó Escocia. Durante el siglo siguiente se construyó la Muralla de Antonino, un prodigio para las tribus bárbaras que residían en Roma, y cerca de ésta el Camino Militar, una carretera de setenta y tres kilómetros de longitud por la que no sólo pasaban los soldados, sino también los comercian­tes que portaban toda clase de artículos allende los ma­res, un asombroso testimonio de otras civilizaciones.
Finalmente el mismo emperador romano, Septimio Severo, llegó a Britania con objeto de someter a las tri­bus escocesas, pero él tampoco penetró en nuestros fuertes.
Los romanos permanecieron muchos años en Brita­nia, y proporcionaron singulares y valiosos botines a nuestra pequeña nación.
Cuando al fin se retiraron de nuestras tierras, ce­diéndoselas a los bárbaros, nosotros ya no vivíamos ocultándonos. Cientos de seres humanos se habían asen­tado en nuestro valle, rindiéndonos tributo, edifican­do sus pequeñas torres de piedra alrededor de las nues­tras, que eran más grandes, y considerándonos una gran, misteriosa pero humana familia de gobernantes.
No siempre resultó fácil mantener las apariencias, pero los usos y costumbres de la época nos facilitaron la tarea. Otros clanes fueron apareciendo en sus lejanos baluartes. No éramos un país de ciudades, sino de pe­queños feudos. Aunque nuestra estatura y la negativa a contraer matrimonio con miembros de nuestro clan eran consideradas poco comunes, en todos los demás aspectos resultábamos totalmente aceptables.
La clave, como es lógico, residía en no permitir ja­más que ningún extraño presenciase nuestro ritual del parto. En este aspecto los seres diminutos, que de vez en cuando acudían a nosotros en busca de protección, se convirtieron en nuestros centinelas.
Cuando decidíamos formar el círculo entre las pie­dras, advertíamos a todos los clanes inferiores de Don­nelaith que nuestros sacerdotes sólo podían presidir nuestros ritos familiares en la más estricta intimidad.
A medida que fuimos perdiendo el temor a ser des­cubiertos, dejamos que participaran otros, pero siem­pre desde los círculos exteriores más alejados del cen­tro. Jamás llegaron a contemplar lo que los sacerdotes hacían en el centro de la asamblea. Jamás presenciaron un parto. Imaginaban que se trataba de un rito dedica­do al cielo, el sol, el viento, la luna y las estrellas. Nos tenían por una familia de magos.
Por supuesto, todo eso dependía de la pacífica cola­boración con los que residían en el valle, colaboración que se mantuvo durante siglos.
En resumidas cuentas, pasábamos por ser personas normales y corrientes. Otros Taltos se sumaron a nues­tro plan, afirmando que eran pictos, aprendiendo nues­tra escritura y llevándola, junto con nuestro estilo ar­quitectónico y ornamental, a sus fortalezas. Todos los Taltos que deseaban sobrevivir estaban obligados a ac­tuar de ese modo, engañando a los seres humanos.
Sólo los Taltos salvajes seguían haciendo de las su­yas en los bosques, poniendo así en peligro nuestro plan. Pero incluso ellos conocían la escritura ogham y nuestros numerosos símbolos.
Por ejemplo, si un Taltos vivía solo en el bosque acostumbraba grabar un símbolo en un árbol para co­municar a otros Taltos que estaba allí, un símbolo que no tenía ningún significado para los seres humanos. Cuando un Taltos se topaba con otro en una posada, solía acercarse a él y le ofrecía un presente, un broche o un alfiler con nuestros emblemas.
Uno de los ejemplos más importantes de esos em­blemas es la aguja de bronce con un rostro humano que fue hallada siglos más tarde por unos pueblos modernos en Sutherland. Los humanos no advirtieron, al describir esa aguja, que se trataba de la imagen de un pequeño Taltos abandonando el útero materno, mostrando una cabeza gigantesca y unos pequeños brazos cruzados, aunque prestos a extenderse, como las alas de una nueva mariposa, y a desarrollarse.
Otros símbolos que tallábamos en las rocas, en la entrada de las cuevas o sobre piedras sagradas, repre­sentaban unas caprichosas imágenes de animales de la tierra perdida, presidida por la exuberancia tropical. Otras tenían un significado puramente personal. Las imágenes que nos caracterizaban como feroces guerre­ros eran engañosas, y habían sido hábilmente concebi­das para mostrar a unas personas que se saludaban en son de paz.
El arte de los pictos es el nombre cormún que se ha dado a todo lo que he descrito. Y esa tribu se ha con­vertido en el gran enigma de Britania.
¿Cuál era nuestro mayor temor, nuestra mayor ame­naza? Había transcurrido mucho tiempo y ya no te­míamos a los seres humanos, que nada sabían de noso­tros. Pero los seres diminutos sí sabían quiénes éramos, y ansiaban unirse con un Taltos y tener descendencia. Aunque necesitaban nuestra protección, todavía nos causaban de vez en cuando problemas.
Pero la verdadera amenaza a nuestra tranquilidad provenía de los brujos y las brujas, esos singulares seres humanos que captaban nuestro olor y pedían copular con nosotros, o que eran descendientes de individuos que habían copulado con nosotros. Los brujos -que eran muy raros, por supuesto- transmitían, de madre a hija y de padre a hijo, las leyendas de nuestra especie, así como la absurda idea de que si llegaban a copular con nosotros crearían unos monstruos de gran tamaño y belleza que vivirían eternamente. También sustenta­ban otra creencia, no menos absurda: si bebían la san­gre de los Talcos, los brujos y las brujas se convertirían en seres inmortales; si nos mataban, utilizando las pala­bras y maldiciones pertinentes, lograríar, arrebatarnos nuestro poder.
El aspecto más terrible de eso, y lo único cierto y tangible, era que los brujos, al vernos, podían descubrir que no éramos unos simples seres humanos, sino unos Taltos.
Nosotros evitábamos que entraran en el valle. Cuando viajábamos al extranjero, procurábamos no tener tratos con la bruja de la aldea o el hechicero que vivía en el bosque. Naturalmente, ellos también te­nían motivos para temernos, pues éramos capaces de detectar de modo infalible su presencia y, dado que éramos muy inteligentes y muy ricos, podíamos cau­sarles numerosos problemas.
Pero cuando aparecía un brujo o una bruja, corría­mos un gran peligro. Temíamos toparnos con una bruja o un brujo listo y ambicioso que estuviera empeñado en hallar a un auténtico Taltos de las tierras altas de Es­cocia entre los clanes de individuos de gran estatura que habitaban allí.
Siempre existía la posibilidad de que apareciera un poderoso y cautivador brujo o bruja capaz de atraer a un Taltos, atraparlo con sus hechizos y su música y obligarlo a participar en sus ritos.
De vez en cuando llegaba a nuestros oídos la noti­cia de que habían hallado a un Taltos en otro lugar. Co­rrían infinitas historias sobre nacimientos de híbridos, brujos, seres diminutos y magia.
No obstante, nos sentíamos seguros en nuestras fortalezas.
El mundo no conocía la existencia del valle de Don­nelaith y, mientras otras tribus peleaban incesantemen­te entre ellas, en nuestro valle reinaba la paz; ello no se debía a que la gente temiera que habitaran allí unos monstruos, sino a que lo consideraban el bastión de unos respetables nobles.
Durante aquellos años gozamos de una vida cómo­da y próspera, aunque cimentada en la mentira. Mu­chos jóvenes, incapaces de soportarlo, abandonaron el valle para no regresar jamás. En ocasiones, aparecía en Donnelaith un Taltos híbrido que ignoraba por com­pleto sus orígenes.
Poco a poco, fuimos bajando la guardia y cometi­mos un grave error. Algunos de nosotros contrajimos matrimonio con seres humanos.
Sucedía de la siguiente forma. Uno de nuestros hom­bres emprendía un largo viaje, en el transcurso del cual conocía a una bruja que vivía sola en un tenebroso bosque. El Taltos se enamoraba de ella, que era perfec­tamente capaz de darle hijos. El Taltos amaba sincera­mente a la bruja, y ésta a él; y, puesto que era una pobre y desgraciada criatura, imploraba al Taltos ayuda y protección. El Taltos la traía a casa, donde, pasado un tiempo, la bruja le daba otro hijo antes de morir. Algu­nos de esos híbridos se casaban con otros híbridos.
En ocasiones, una hermosa hembra Taltos se ena­moraba de un hombre humano y lo abandonaba todo por él. A veces transcurrían años antes de que ella pa­riera, y entonces nacía un híbrido, el cual unía más a la pareja, pues el padre se veía reflejado en su hijo, un Tal­tos, a quien exigía lealtad.
Así es cómo aumentó entre los de nuestra especie la sangre humana. Y también cómo nuestra sangre penetró en el clan humano de Donnelaith que nos sobrevivió.
No me referiré a la tristeza que nos invadía a menu­do, a las emociones que experimentábamos al celebrar nuestros ritos secretos. No trataré de describir nuestras largas conversaciones, en las que reflexionábamos so­bre el significado del mundo y sobre el motivo de que tuviéramos que vivir entre seres humanos. Vosotros os habéis convertido también en unos marginados. Lo sa­béis tan bien como yo. Y si no lo sabéis, sin duda po­déis imaginarlo.
¿Qué queda hoy en día del valle?
¿Dónde están las numerosas fortalezas y castillos que construimos? ¿Dónde están nuestras piedras con sus curiosas inscripciones y sus extrañas y serpentean­tes figuras? ¿Qué fue de los gobernantes pictos de aquella época, que con su apuesta estampa a caballo, y sus gentiles modales impresionaron a los romanos?
Como sabéis, lo que queda de Donnelaith es lo si­guiente: una pintoresca posada, un castillo en ruinas, una inmensa excavación que lentamente va revelando una gigantesca catedral, leyendas de brujería y desgra­cias, e nobles que murieron trágicamente y de una ex­traña familia que llegó a América desde Europa, por­tando un maleficio en la sangre, la posibilidad de parir monstruos, un maleficio reflejado en ciertos signos pro­pios e los brujos; una familia cuya sangre y dotes hechi­ceras trajeron a Lasher, el astuto e implacable fantasma de un de nuestra especie.
¿Cómo fueron aniquilados los pictos de Donne­laith? ¿Por qué sucumbieron al igual que los habitantes de la tierra perdida y las gentes de la planicie? ¿Qué su­cedió?
No fueron los britanos, los anglos ni los escotos quienes nos conquistaron. No fueron los sajones ni los irlandeses, ni tampoco las tribus germanas, quienes in­vadierton la isla. Estaban demasiado ocupados destru­yéndose entre sí.
Antes bien, fuimos destruidos por unos hombres tan amables como nosotros, con unas normas tan es­trictas como las nuestras y unos sueños tan hermosos como los nuestros. El líder al que seguían, el dios que adoraban, el salvador en el que creían se llamaba Jesús. Él fue la causa de nuestra perdición.
Fue el propio Jesús quien puso fin a quinientos años de prosperidad. Fueron sus gentiles monjes irlan­deses quienes precipitaron nuestra caída.
¿No adivináis cómo sucedió?
¿Imagináis lo vulnerables que éramos, nosotros, que en la soledad de nuestras torres de piedra nos en­tretenamos tejiendo y escribiendo, igual que unos chi­quillo, que canturreábamos todo el día, que creíamos en el amor y en el Dios Bondadoso y nos negábamos a considerar que la muerte fuera sacrosanta?
¿Cuál era el mensaje puro de los primitivos cristia­nos? ¿Y el de los monjes romanos y celtas que llega­ron a nuestras costas para predicar el nuevo evangelio?
¿Cuál es el mensaje puro que transmiten hoy en día esos cultos dispuestos a consagrarse de nuevo a Jesus y a sus enseñanzas?
Amor, el mismo en el que nosotros creíamos.
Perdón, una cualidad que nosotros considerábamos muy práctica. Humildad, una virtud que nosotros considerábamos, a pesar de nuestro orgullo, algo mucho más noble que la absurda arrogancia de quienes pelea­ban continuamente entre sí. Bondad de corazón, com­prensión, el goce de los justos, es decir, los valores que nosotros sustentábamos. ¿Y qté era lo que condenaban los cristianos? La carne, lo cual había constituido siem­pre nuestra perdición. Los pecados de la carne, que ha­bían hecho que nos convirtiéramos en unos monstruos a los ojos de los humanos, al copular en grandes círcu­los ceremoniales y parir hijos plenamente desarrolla­dos.
Estábamos listos para caer en la trampa. Estaba he­cha a nuestra medida.
El truco, el sublime truco, era que en el fondo el cristianismo no sólo abrazaba todas esas cosas, sino que sacralizaba la muerte y al mismo tiempo redimía esa sacralización.
¿Comprendéis mi lógica? La muerte de Jesús no se produjo en el campo de batalla, no fue la muerte del guerrero con la espada en la mano, sino un humilde sa­crificio, una ejecución que no podía ser vengada, una rendición total por parte de Dios a fin de salvar a sus criaturas humanas. Pero en definitiva era muerte, y eso era todo.
Resultaba magnífico. Ninguna otra religión habría conseguido hacernos caer en sis redes. Detestábamos los panteones de los dioses bárbaros. Nos reíamos de los dioses de los griegos y romanos. Los dioses de Su­meria y la India nos parecían igualmente ridículos. Pe­ro Jesús venía a colmar el ideal de todo Taltos.
Y aunque no hubiera salido plenamente desarrolla­do del vientre de su madre, había nacido de una virgen, lo cual resultaba no menos milagroso. El nacimiento de Jesús era tan importante como su aceptada crucifixión. Era el triunfo de lo que siempre habíamos defendido. Era el Dios al que estábamos dispuestos a entregarnos sin reserva.
Por último, permitidme que añada la piéce de résis­tance. Esos cristianos también habían sido perseguidos y amenazados con ser aniquilados. Diocleciano, el em­perador romano, los había sometido a una implacable persecución. Los fugitivos acudían al valle en busca del refugio que nosotros les ofrecíamos.
Los cristianos conquistaron nuestro corazón. Al con­versar con ellos, llegamos a creer que posiblemente el mundo estaba cambiando. Creímos que se había ini­ciado una nueva era y que nuestro resurgimiento e ins­tauración resultaban concebibles.
El último estadio de la seducción no pudo ser más simple.
Un monje llegó al valle en busca de refugio. Unos paganos andrajosos lo habían estado persiguiendo, y nos suplicó que le diéramos asilo. Como es lógico, no po­díamos negárselo. Lo conduje a mi casa, a mis aposen­tos, donde le pedí que me hablara del mundo exterior, puesto que hacía tiempo que yo no salía del valle.
Nos hallábamos a mediados del siglo VI d. de J., aunque en aquel entonces yo lo ignoraba. Tratad de vi­sualizarnos: unos hombres y unas mujeres ataviados con largas y sencillas túnicas ribeteadas de piel, borda­das con oro y gemas, los hombres con el cabello hasta los hombros. Llevan unos gruesos cinturones y man­tienen la espada siempre a mano. Las mujeres cubren su cabello con velos de seda sujetos por unas simples dia­demas de oro. Nuestras torres son austeras, aunque cá­lidas y acogedoras, llenas de pieles de animales, cómo­das sillas y fuegos que arden en las chimeneas para pro­porcionarnos calor. Todos éramos, por supuesto, muy altos.
Tratad de imaginarme a solas en mi torre con ese enjuto monje de cabello amarillo, vestido con un hábi­to marrón, que se apresuró a aceptar la copa de vino que le ofrecí.
Llevaba un abultado paquete del que no se separó en ningún momento, y más tarde me pidió que le pro­porcionara un guardia para que lo escoltara hasta la isla de lona.
Según me dijo, había emprendido viaje con dos com­pañeros, pero unos bandidos los habían asesinado y él se quedó solo e indefenso. Agregó que era preciso que llevara su preciado paquete a lona, pues de lo con­trario perdería algo más valioso que su vida.
Le prometí ocuparme de que llegara sano y salvo a lona. El extraño me dijo entonces que era el hermano Ninian, le habían impuesto el nombre de otro santo, el obispo Ninian; el cual había convertido a numerosos paganos en su capilla, o monasterio, en Whittern. Di­cho obispo había convertido a varios Taltos salvajes.
A continuación el joven Ninian, un afable y apues­to celta irlandés, depositó el paquete en una mesa y me reveló su contenido.
Yo había visto muchos libros, pergaminos y códices romanos, que estaban muy en boga. Sabía latín y griego. Incluso había visto algunos tomos muy pequeños llamados cathachs, que los cristianos portaban como talismanes cuando se dirigían al campo de batalla. Los escasos fragmentos de escritura cristiana que había vis­to me habían intrigado profundamente, pero no estaba
preparado para el tesoro que Ninian me mostró.
Se trataba de un espléndido tomo bellamente ilus­trado y decorado que contenía los Cuatro Evangelios.
La cubierta estaba adornada con oro y gemas, estaba encuadernado en seda y sus páginas contenían unos diminutos y exquisitos dibujos.
De inmediato me sentí poderosamente atraído por el libro, que casi devoré. Empecé a leerlo en voz alta, en latín, y aunque presentaba ciertas irregularidades, no tuve ninguna dificultad en comprender su significado. Lo leí apresuradamente, como si estuviera poseído, lo cual, por supuesto, era normal en un Taltos. El texto era de tal belleza que me pareció oírlo cantado.
A medida que pasaba las páginas del libro, me sentí asombrado no sólo por la historia que narraba, sino por los increíbles dibujos que representaban a fantásticas bestias y diminutas figuras. Era un arte que me subyugaba, por cuanto yo también lo había practicado.
Era como todo el arte que se practicaba en aquella época de las islas. Posteriormente los entendidos lo tacharían de tosco, pero a mí me encantó tanto su complejidad como la ingenuidad que había en él.
Ahora bien, para comprender el impacto que causaron en mí los Evangelios, es preciso tener en cuenta lo distintos que eran de cualquier tipo de literatura que había caído con anterioridad en mis manos. No incluyo el Torah de los hebreos, puesto que no lo conocía, pero en cualquier caso los Evangelios son muy distintos de aquél.
Era un libro diferente a cuantos yo había visto hasta entonces. En primer lugar, se refería a ese hombre, Jesús, el cual había predicado el amor y la paz y había sido perseguido, vejado, torturado y crucificado. Era una historia apasionante. Ese hombre había sido una persona humilde, remotamente emparentado con antiguos reyes. A diferencia de los otros dioses sobre los que yo había oído hablar, Jesús relató a sus seguidores un sinfín de cosas, encomendándoles la tarea de ponerlas por escrito y difundir su palabra en todo el mundo.
El mensaje apuntaba un renacer a la espiritualidad a través de la esencia de la religión. Aprender a ser sencillo, humilde, modesto y amar al prójimo.
Intentad comprender lo que yo sentí en aquellos momentos. No sólo se trataba de ese dios asombroso y su no menos asombrosa historia, sino de la relación de ésta con la forma en que había sido escrita.
Como sin duda habréis adivinado por mi relato, la unica cosa que compartíamos con nuestros vecinos bárb­aros era el recelo que nos inspiraba la escritura. La me­moria era algo sagrado para nosotros, y la escritura no nos merecía ningún respeto, aunque sabíamos leer y es­cribir. Sin embargo, ese humilde dios citaba pasajes del libro sagrado de los hebreos, vinculándose con sus innumerables profecías referentes a un mesías, y después ha­bía encargado a sus seguidores que escribieran sobre él.
Antes de acabar de leer el último Evangelio, mien­tras me paseaba de un extremo al otro de la estancia le­yendo en voz alta, sosteniendo el inmenso tomo entre los brazos, sujetando con los dedos los bordes de las páginas, comprendí que amaba a Jesús por las extrañas cosas que decía, por la forma en que se contradecía y por su paciencia con los que le habían matado. En cuanto a su resurrección, en un principio llegué a la conclusión de que se trataba de un individuo tan longe­o como nosotros, los Taltos, y que había logrado en­gañar a sus seguidores porque no eran más que unos seres humanos.
Nosotros también habíamos tenido que recurrir a toda clase de artimañas, asumir distintas identidades cuan­do hablábamos con nuestros vecinos humanos, a fin de confundirlos y evitar que descubrieran que existíamos desde hacía siglos.
Pero no tardé en comprender, a través de las pala­bras llenas de fervor de Ninian -un monje alegre y di­charachero-, que Jesús efectivamente había resucitado de entre los muertos y había ascendido al cielo.R
De pronto, como en un arrebato místico, vi todo el cuadro: a ese dios que predicaba el amor, que fue marti­rizado por ello, y el carácter radical de su mensaje. Me sentía atrapado por aquella historia, quizá porque era absolutamente increíble. La combinación de elementos que contenía resultaba absurda y ridícula.
Existía otro hecho que me intrigaba. Todos los cris­tianos creían que pronto se produciría el fin del mun­do. Según deduje por mí conversación con Ninian, siempre lo habían creído así. Prepararse para el fin del mundo constituía una parte esencial de su religión, y el hecho de que aún no se hubiera producido no había mermado su fe.
Ninian habló apasionadamente de la expansión de la Iglesia desde la época de Jesús, unos quinientos años antes, y me contó que José de Arimatea, amigo de Je­sús, y María Magdalena, la cual le había lavado los pies y se los había secado con sus cabellos, se habían desplaza­do a Inglaterra para fundar una iglesia en la sagrada co­lina de Somerset. Habían transportado a ese lugar el cáliz de la última Cena, y durante todo el año brotaba un manantial cuyas aguas eran rojas como la sangre debido a la mágica permanencia de la sangre de Jesús que había contenido el cáliz. La vara de José había sido clavada en el suelo de Wearyall Hill, y se había convertido en un es­pino siempre cubierto de flores.
Yo ardía en deseos de acercarcarme ahí, de ver el lu­gar sagrado por el que habían penetrado los discípulos del Señor en nuestra isla.
-Os lo ruego -exclamó Ninian-, mi buen amigo Ashlar, me habéis prometido llevarme a mi monasterio en lona.
El abad, el padre Columba, esperaba su llegada. En los monasterios de todo el mundo se producían nume­rosos libros como ése, el cual era muy importante y de­bía ser llevado a lona para que lo estudiaran los monjes.
Yo quería conocer a ese Columba. Parecía tratarse de un personaje tan pintoresco como Jesús. Es proba­ble que tú, Michael, conozcas la historia.
Así es como Ninian lo describió: Columba nació en el seno de una acaudalada familia, y pudo haberse con­vertido en el rey de Tara. Pero decidió tomar los hábi­tos y fundó numerosos monasterios cristianos. Un día se peleó con Finnian, otro monje, respecto a si él, Co­lumba, tenía derecho a hacer una copia del Salterio de san Jerónimo, otro libro sagrado que Finnian había lle­vado a Irlanda. ¿Una disputa sobre la propiedad de un libro? ¿Sobre el derecho a copiarlo?
La discusión acabó a puñetazos. Tres mil hombres murieron a causa de la pelea, y todos culparon por ello a Columba. Él aceptó humildemente su culpa y partió hacia lona, muy cerca de nuestra costa, con el propó­sito de convertirnos a nosotros, los pictos, a la fe cris­tiana. Su plan era salvar tres mil almas paganas para compensar los tres mil hombres que habían muerto a consecuencia de la pelea que sostuvo con Finnian.
No recuerdo quién realizó la copia del Salterio.
El caso es que Columba se hallaba en lona y, desde allí, enviaba misioneros a todos los rincones de Brita­nia. En esos recintos sagrados se realizaban unos libros maravillosos, para invitar a los paganos a abrazar la nueva fe. La iglesia de Jesús representaba la salvación de todos.
Pronto comprendí que aunque Columba y muchos otros sacerdotes y monjes misioneros como él habían sido reyes o personas de sangre real, las normas de los monasterios eran extremadamente severas, pues exi­gían una constante mortificación de la carne y sacrificios.
Por ejemplo, si un monje derramaba la leche mien­tras ayudaba a servir las comidas a la comunidad, debía dirigirse a la capilla mientras se cantaban los salmos y postrarse en el suelo, boca abajo hasta que se hubieran terminado de cantar doce salmos. Cuando rompían sus votos de silencio, los monjes eran azotados. Sin embar­go, nada podía impedir que los ricos y poderosos de la Tierra se recluyeran en esos monasterios.
Yo no salía de mi asombro. ¿Cómo podía ser posi­ble que un sacerdote que creía en Jesús iniciara una guerra en la que habían muerto tres mil hombres? ¿Có­mo era posible que unos hijos de reyes se dejaran azo­tar por haber cometido una falta? Sin embargo, tenía su lógica.
Partí hacia lona con Ninian y dos de mis hijos me­nores. Por supuesto, los Taltos seguíamos fingiendo una identidad humana. Ninian estaba convencido de ella.
Pero cuando llegué a lona, me quedé aún más asom­brado ante el imponente monasterio y la personalidad de Columba.
La isla era magnífica, llena de frondosos bosques y prados, con espléndidas vistas desde sus riscos, que permitían admirar la inmensidad y pureza del mar, lo cual proporcionaba de inmediato paz al espíritu.
Sentí que me embargaba una maravillosa calma. Era como si hubiera hallado de nuevo la tierra perdida, sólo que ahora los pilares eran la penitencia y la austeridad. Experimenté una gran armonía en mi interior, una fe en la bondad de la existencia.
El monasterio era celta, muy distinto a los monaste­rios benedictinos que más tarde se fundaron en toda Europa. Consistía en un enorme recinto circular -lla­mado vallum-, semejante a una fortaleza, y los mon­jes vivían en unos pequeños y austeros cobertizos de unos tres metros cuadrados. La iglesia no era suntuosa, sino una humilde estructura de madera.
Yo jamás había contemplado unos edificios que se integraran de forma tan armoniosa con el paisaje que los rodeaba. Era un lugar para escuchar tranquilamente a los pájaros, para pasear, pensar, rezar, para conversar con el encantador y afable Columba. Ese hombre tenía sangre real; yo hacía tiempo que era rey. El nuestro era el país septentrional de Irlanda y Escocia; nos comprendíamos perfectamente. Y algo en mí impresionó también al santo, quizá la sinceridad propia de un Tal­tos, mi ingenuidad, mi entusiasmo.
Columba no tardó en convencerme de que la dura vida monacal y la mortificación de la carne constituían las claves para alcanzar el amor que el cristianismo exi­gía a los hombres. No se trataba de un amor sensual, si­no de un amor espiritualmente elevado, más allá de la mera expresión carnal.
Columba ansiaba convertir a toda mi tribu o, mejor dicho, clan. Deseaba que me convirtiera en sacerdote y predicara entre mí pueblo.
-No sabes lo que dices -protesté.
Luego, obligándole a guardar el secreto de confe­sión, le relaté la historia de mi larga vida, de nuestra misteriosa y prodigiosa forma de parir, de que muchos de nosotros parecíamos capaces de vivir una vida de eterna juventud, a menos que un accidente, un desastre natural o una plaga nos destruyera.
Algunas cosas me las callé. No le dije que antigua­mente había sido el líder del gran círculo de danzas en Stonehenge.
Sin embargo, le conté todo lo demás. Incluso le ha­blé sobre la tierra perdida y le expliqué que habíamos vivido cientos de años en el valle, pasando del secreto al engaño de fingir que éramos seres humanos.
Columba me escuchó con gran interés. Luego me hizo una pregunta que me asombró:
-¿Puedes demostrarme que todo lo que me has contado es cierto?
Comprendí que eso era imposible. La única forma en que un Taltos puede demostrar que lo es, era unién­dose con otro y engendrando un hijo.
-No -respondí-. Pero no tienes más que fijarte en nuestra estatura.
Columba replicó que eso no significaba nada, pues en el mundo existían muchos individuos de gran esta­tura.
-Hace años que la gente sabe que existe vuestro clan; eres el rey Ashlar de Donnelaith, y saben que eres un buen gobernante. Si crees esas cosas sobre ti mismo, es porque el diablo te hace imaginarlas. Haz lo que Dios desea que hagas.
-Pregúntaselo a Ninian, toda la tribu tiene una es­tatura muy superior a la normal.
Pero Columba contestó que había oído hablar so­bre unos pictos extraordinariamente altos que vivían en Escocia. Al parecer, con nuestro plan habíamos conse­guido engañarlos a todos.
-Ashlar-dijo Columba-, no dudo de tu bondad. Pero te aconsejo que no hagas caso de esas fantasías, que son producto del diablo.
Al fin accedí a sus ruegos, por un motivo muy sen­cillo. No importaba que creyera o no las cosas que le ha ta contado sobre mi pasado. Lo importante es que había reconocido que yo poseía un alma.
Como bien sabes, Michael, ése era uno de los puntos más importantes del relato de Lasher, quien en tiempos del rey Enrique había querido convencerse de que po­seer un alma y no admitía el hecho de no poder ser un sacerd­ote de Dios como cualquier otro ser humano. Comprendo su terrible dilema. Todos aquellos que de algún modo se sientan marginados lo comprenden. ­Tanto si hablamos de legitimidad, como de un alma ­o de sentirse ciudadano de un país o hermano de alguie­n, el problema siempre es el mismo: anhelamos que consideren unos individuos esencialmente tan válido­s como cualquier otro.
Yo también lo anhelaba, y cometí el trágico error de aceptar el consejo de Columba. Me dejé arrastrar por mis deseos, olvidando la realidad.
Allí mismo, en lona, abracé la fe cristiana, y fui bautizado, al igual que mis hijos. Más tarde, mis hijos y yo seramos bautizados de nuevo en una ceremonia mera ente protocolaria. En aquella isla, alejada de la niebla e Escocia, nos convertimos en unos Taltos cris­tianos.
Yo olía pasar muchos días en el monasterio. Leí to­dos los libros de su biblioteca; me fascinaban las ilustra­ciones, y al poco tiempo comencé a realizar unas copias de las mismas; con la debida autorización, naturalmen­te. Copié un Salterio y un Evangelio, asombrando a los monjes con mi comportamiento obsesivo, típico de los Taltos. Me pasaba horas dibujando extraños animales de brillante colorido. A veces los monjes se reían de los fragmentos de poesías que copiaba. Les complacía que domira a el griego y el latín.
No existía otra comunidad que se pareciera tanto a la de lo Taltos. Pese a ser monjes, se comportaban co­mo chiquillos, renunciando al concepto de sofisticada madurez para servir al abad como su señor, y por ex­tensión Jesucristo, quien había muerto para salvarlos.
Fue una época muy feliz.
Poco a poco, empecé a comprender lo que muchos príncipe paganos habían visto en el cristianismo: la ab­soluta redención de todo. Mis sufrimientos cobraban sentido la luz de las desgracias del mundo y la misión de Jesús de salvarnos del pecado. Todos los desastres que había, presenciado no habían sino perfeccionado mi alma, preparándola para este momento. Mi monstruo­sidad, la monstruosidad de todos los Taltos, no sería obstáculo para que su Iglesia nos aceptara, ya que to­dos éramos bien recibidos en ella, al margen de nuestra raza; era una fe abierta a todos, y nosotros, al igual que cualquier, otro ser humano, podíamos someternos al bautismo del agua y del espíritu, a los votos de pobre­za, castidad y obediencia.
Las rígidas reglas, que obligaban incluso a los legos a mantenerse castos, nos ayudarían a controlar nuestra terrible ansia de procrear, nuestra nefasta afición a la danza y a la música. En cualquier caso, no tendríamos que renunciar por completo a la música, sino que, den­tro de los límites impuestos por la vida monacal -que para mí, en aquellos momentos, eran sinónimo de la vi­da cristiana- entonaríamos los cantos más sublimes y gozosos que jamás habíamos interpretado.
En definitiva, si la Iglesia nos aceptaba, si nos aco­gía en su seno, todos nuestros sufrimientos, pasados y futuros, adquirirían un significado. Nuestro carácter amable y afectuoso afloraría en libertad. No tendríamos que recurrir a más subterfugios. La Iglesia no permi­tiría que nos siguiéramos sintiendo obligados a llevar a cabo nuestros viejos ritos. Y aquellos de nosotros, como yo mismo, que, por razón de edad y experiencia, habíamos llegado a temer la ceremonia del parto por haber visto morir a tantos jóvenes, nos consagraríamos a Dios en castidad.
Resultaba perfecto.
Regresé de inmediato, acompañado de un pequeño séquito de monjes, al valle de Donnelaith y convoqué a todas mis gentes. Les dije que debíamos entregarnos a Jesús. En un largo discurso, no demasiado rápido para que mis acompañantes humanos pudieran compren­derlo, expliqué el motivo que me había inducido a dar ese paso, refiriéndome con fervor a la paz y armonía que experimentaríamos en nuestros corazones.
También les hablé de la creencia cristiana en el fin del mundo. Les aseguré que todo aquel horror termi­naría muy pronto. Luego les hablé del cielo, que ima­ginaba semejante a la tierra perdida, excepto que en él ninguno de nosotros sentiría el deseo de hacer el
amor, sino que se uniría al canto del coro de ángeles celestiales.
Por último, les insté a confesar sus pecados y dispo­nerse a recibir el Bautismo. Había sido su líder durante mil años, y debían seguirme. ¿Qué mejor ofrenda po­día hacer a mi pueblo que la oportunidad de redimirse?
Al término de mi discurso retrocedí unos pasos. Los monjes estaban embargados por la emoción, al igual que los centenares de Taltos que se habían congrega­do en el valle para oír mis palabras.
De pronto estallaron unas acaloradas disputas, típi­cas de nuestra especie -todas ellas expresadas en el Ar­te de la Lengua humana-, unas interminables discusio­nes sobre esa o aquella otra historia o leyenda, sobre nuestros recuerdos relativos al tema religioso; al fin lle­gamos a una conclusión: abrazaríamos la fe de Cristo.
Él era nuestro Dios Bondadoso. Nuestro Dios. Las al­mas de mis compañeros se mostraban tan abiertas a Je­sús como la mía.
Muchos declararon de inmediato su fe. Otros dedi­caron el resto de la tarde y la noche a examinar los li­bros que yo había llevado, comentando algunas de las cosas que habían oído decir o protestando por tener que mantenerse castos, aspecto que consideraban abso­lutamente contrario a nuestra naturaleza; no creían que pudiéramos vivir acatando el vínculo del matrimonio.
Entretanto, los monjes y yo reunimos a los seres hu­manos que habitaban en Donnelaith, a todos los clanes del valle, y ante ellos prediqué mi sermón de redención.
Allí, en medio de nuestro valle, entre las piedras, fueron centenares los que afirmaron su deseo de abra­zar la fe cristiana. Algunos de los humanos confesaron que ya se habían convertido a ella, pero que lo habían mantenido en secreteo por miedo a represalias.
Me quedé perplejo, sobre todo al comprobar que algunas familias habían sido cristianas durante tres generaciones. «Os parecéis a nosotros», pensé, pero no dije nada.
Dado que todos parecían dispuestos a convertirse al cristianismo, pedimos a los sacerdotes que empezaran a bautizarlos y a impartir su bendición.
Pero una de las mujeres más importantes de nuestra tribu, Janet, según la llamábamos nosotros, un nombre que en aquel entonces estaba muy en boga, alzó su voz para hablar contra mí.
Janet también había nacido en la tierra perdida, a la cual se refirió sin tapujos ante los seres humanos. Ellos, naturalmente, no sabían de qué se hablaba; pero noso­tros, sí. Janet me recordó que ella tampoco tenía canas en el cabello. Dicho de otro modo, ambos éramos jóve­nes y sabios, una combinación perfecta.
Yo había tenido un hijo con Janet, a la que amé sin­ceramente. Había pasado muchas noches en su lecho, sin atreverme a realizar el coito, sólo acariciándole los pechos mientras ella me prodigaba caricias, y de ese modo nos procurábamos mutuamente un exquisito placer sensual.
Amaba a Janet, pero sabía que estaba firmemente con­vencida de sus creencias.
Janet se adelantó y declaró que la nueva religión cons­tituía un hatajo de mentiras. Resaltó todos sus puntos débiles en términos de lógica y coherencia. Se mofó de ella. Contó algunas anécdotas que dejaban a los cristia­nos como unos fanfarrones y unos idiotas. Afirmó que el Evangelio resultaba ininteligible.
De inmediato las opiniones de la tribu se dividie­ron. El vocerío me impedía calcular quiénes estaban de parte de Janet y quiénes en contra. Una vez más, los Taltos trataban de resolver el problema con violentas e interminables disputas. Ningún ser humano podía pre­senciar aquel espectáculo sin darse cuenta de lo distin­tos que eramos de ellos.
Los monjes retrocedieron hacia nuestro círculo sagra­do donde consagraron la tierra a Jesús y rezaron por nosotros. Aunque todavía no se habían percatado las diferencias que nos separaban de los humanos, sabían que no eramos como ellos.
Al fin se produjo el temible cisma. Un tercio de los se negaron a convertirse, y amenazaron con lu­nchar contra el resto si tratábamos de convertir el valle santuario cristiano. Algunos temían el cristianism­os y los conflictos que podía acarrearnos con otras gentes. A otros, sencillamente no les convencía, pues preferían conservar sus costumbres en lugar de vivir con austeridad y en penitencia. La mayoría deseaba convertirse, pero no estaba dis­puesta a renunciar a su hogar, es decir, abandonar el va­lle. Esa posibilidad me resultaba por completo inconcebible. Yo era el gobernante de mi pueblo, del valle.
Como muchos otros reyes paganos, di por sentado que mi pueblo me seguiría en mi conversión a la nueva fe.
Las batallas verbales dieron paso a las agresiones fí­sicas. Al cabo de una hora comprendí que el futuro del valle se hallaba comprometido.
El fin del mundo no tardaría en producirse. Jesús lo sabía y había venido a prepararnos. Los enemigos de la Iglesia de Cristo eran los enemigos de Cristo.
En los prados del valle estallaron unas sangrientas escaramuzas, e irrumpió el fuego.
Se pronunciaron unas acusaciones muy graves. Los humanos, que siempre nos habían demostrado leadtad, nos acusaron de ser unos depravados, de resistirnos a contraer matrimonio legal, de ocultar a nuestros hijos y de practicar la magia negra. Otros declararon que hacía tiempo sospechaban que los Taltos practicaban ritos perversos, y comenzaron ­a formularnos una serie de preguntas: ¿Dónde ocultábamos a nuestros hijos? ¿Por qué nadie había visto nunca ningún niño entre nosotros?
Algunos individuos, enloquecidos de rabia por mo­tivos personales, declararon la verdad. Una mujer hu­mana que había tenido dos hijos Taltos señaló a su ma­rido y confesó que éste era un Taltos, y que si los Taltos lográbamos acostarnos con las mujeres humanas no tardaríamos en exterminar a su raza.
Los defensores incondicionales, a cuya cabeza me encontraba yo, declaramos que esas cosas ya no tenían importancia. Que nosotros, los Taltos, habíamos sido acogidos en el seno de la Iglesia por Jesús y el padre Columba. Insistimos en que estábamos dispuestos a re­nunciar a nuestros licenciosos hábitos y a vivir según los preceptos cristianos.
El valle se había convertido en un auténtico caos. La gente no cesaba de pelear y gritar.
En aquellos momentos comprendí perfectamente el hecho de que tres mil personas murieran a causa de una disputa sobre el derecho a copiar un libro. De pronto lo entendí todo.
Sin embargo, por desgracia, era demasiado tarde. La batalla ya había comenzado. Todos corrieron a sus torres para empuñar las armas y defender sus posicio­nes. Una vez armados, se abalanzaron sobre sus veci­nos.
El horror de la guerra, el horror que durante tantos años yo había tratado de mantener alejado de Donne­laith, se había desencadenado fatalmente.
Permanecí de pie, confundido, con la espada en la mano, sin saber qué hacer. Los monjes se acercaron a mí y dijeron:
-Ashlar, debes conducirlos a Jesús.
Yo estaba cegado por el fanatismo religioso, como tantos otros reyes anteriores a mí, y enfrenté a mis se­guidores con sus hermanos y hermanas.
Pero aún faltaba lo peor.
Cuando concluyó la batalla, los cristianos seguían siendo mayoría y vi, aunque en aquellos momentos de confusión no acertara a comprenderlo de forma abso­ta,.que buena parte de ellos eran humanos. La mayo­ria de Taltos que formaban la elite, cuyo número de integrantes, gracias a nuestro rígido control, nunca había sido muy elevado, habían sido asesinados. Sólo quedaba un grupo de unos cincuenta Taltos, los más viejos y sabios, y en algunos aspectos también los más consa­grados, plenamente convencidos de nuestra conver­sión.
¿Qué podíamos hacer con el puñado de humanos y Taltos que no se habían unido a nuestra causa y que no habían llegado a morir, únicamente porque la matanza cesó antes de que no quedase nadie con vida? Maltre­chos, heridos, cojeando, esos rebeldes, encabezados por Janet, nos maldijeron. Se negaron a abandonar el valle, y afirmaron que preferían morir antes que doble­garse ante nosotros.
-¡Mira lo que has conseguido, Ashlar! -me espe­tó Janet-. Contempla los cadáveres de tus hermanos y hermanas, hombres y mujeres que vivían desde los tiempos anteriores a los círculos. ¡Tú los has matado!
Apenas hubo lanzado Janet esa terrible acusación contra mí, cuando los fanáticos humanos empezaron a preguntar: «¿Cómo es posible que vivierais desde los tiempos anteriores a los círculos? Si no sois humanos ¿qué clase de extrañas criaturas sois?»
Al fin, uno de los más temerarios, un individuo que hacía años que se había convertido al cristianismo, se acercó a mí y rasgó mi túnica con su espada. Descon­certado por aquel inesperado acto de violencia, me quedé desnudo en medio del círculo.
Luego comprendí el objeto de aquello. Querían contemplar nuestro cuerpo, comprobar si los gigantes­cos Taltos poseíamos el cuerpo de un ser humano. «Muy bien -dije-, si eso es lo que queréis, os mostra­ré mi cuerpo.» Me quité la túnica, coloqué la mano so­bre los testículos, tal como se hacía antiguamente al for­mular un juramento -es decir, testificar-, y juré servir a Jesús tan fielmente como cualquier ser humano.
Pero la situación había experimentado un cambio. Los otros Taltos cristianos habían empezado a acobar­darse. Impresionados por la matanza, rompieron a llo­rar y a balbucear en la rápida lengua de nuestra especie, cosa que aterró a los humanos.
Yo alcé mi voz para exigirles silencio y lealtad. Tras ponerme la túnica de nuevo, me dirigí hacia ellos, enfu­recido, utilizando el Arte de la Lengua con gran preci­sión y eficacia.
¿Qué diría Jesús al ver lo que habíamos hecho? ¿Qué delito habíamos cometido, el de atacar a una tri­bu extranjera o el de haber asesinado a nuestros pro­pios hermanos? Sollocé de rabia, gesticulando y me­sándome los cabellos, hasta conseguir que los otros rompieran también a llorar.
Los monjes estaban aterrados, al igual que los cris­tianos humanos. Lo que siempre habían sospechado, se había confirmado. De nuevo insistieron en saber dónde ocultábamos a nuestros hijos.
De pronto otro Taltos, un hombre al que yo apre­ciaba mucho, se adelantó para declarar que a partir de ese momento se mantendría, en nombre de Jesús y de la Virgen, célibe. A continuación otros Taltos, hombres y mujeres, hicieron el mismo juramento.
-No tiene importancia lo que fuéramos antes -di­jo una de las mujeres-. Desde ahora seremos esposas de Jesús y fundaremos nuestro monasterio en este lugar, siguiendo el ejemplo de lona.
Sus palabras fueron acogidas con grandes exclama­ciones de júbilo. Los humanos que siempre nos habían querido,
que me amaban y respetaban como a su rey, se apresuraron a mostrarnos su adhesión.
Pero el peligro no había sido conjurado. Yo sabía que en el momento más inesperado podía surgir de nuevo suca refriega.
-Apresuraos, pronunciad vuestros votos de leal­tad a Jesús -dije, comprendiendo que nuestra única oportunidad de sobrevivir era comprometernos a man­tener la castidad.
Janet me ordenó que pusiera fin a ese absurdo y perfido plan. Luego, hablando de modo torpe y atro­pellado, se refirió a nuestras costumbres, nuestros hijos, nuestros ritos sensuales, nuestra larga historia, to­do lo que yo estaba dispuesto a sacrificar. Fue un error fatal.
-Los cristianos humanos se abalanzaron sobre ella y la ataron de pies y manos. Los que intentaron defen­derla fueron derribados a golpes. Algunos de los Taltos que acababan de abrazar la fe cristiana trataron de esca­par, pero los otros se lo impidieron. Estalló otra san­grienta batalla, durante la cual se prendió fuego a nu­merosas casas y cobertizos mientras la gente trataba de huir despavorida, gritando y pidiendo a Dios que «ani­quilara a los monstruos».
Uno de los monjes declaró que había llegado el fin del mundo. Varios Taltos corearon sus palabras y caye­ron de rodillas. Los humanos, al verlos en esa postura de sumisión, se apresuraron a matar a todos aquellos que no conocían, ni temían ni odiaban, perdonando la pida tan sólo a aquellos, pocos por los que sentían gran afecto.
Aparte de mí, sólo un puñado de Taltos se salvaron de la muerte: los que habían desempeñado un papel activo en el gobierno de la tribu y poseían una personali­dad carismática. Conseguimos defendernos con nuestras espadas de los pocos que aún tenían fuerzas para atacarnos, frenando a otros con una simple mirada o con una palabra de reproche.
Al fin -una vez que se calmaron los ánimos y los hombres cayeron rendidos al suelo, gritando y lloran­do al contemplar aquella carnicería-, comprobé que sólo quedábamos cinco Taltos; cinco consagrados a Je­sús. Los otros que se habían negado a aceptar a Jesús, excepto Janet, habían sido asesinados.
Los monjes trataron de imponer órden.
-Habla con tus gentes, Ashlar -dijo uno-. Si no lo haces, todo se habrá perdido. Donnelaith desapare­cerá del mapa, lo sabes perfectamente.
-Sí, hazlo -dijeron los otros Taltos-, pero pro­cura no enfrentarlas entre sí. Utiliza tu inteligencia.
Estaba hundido, me creía incapaz de cumplir esa misión. Sollozaba de rabia y tristeza al ver el valle sem­brado de cadáveres. Muchos de ellos habían nacido cuando construimos el círculo en la planicie, y ahora habían muerto y desaparecido para siempre, o quizá se consumieran entre las llamas del infierno sin la miseri­cordia de Dios.
Caí de rodillas y lloré hasta que ya no me quedaron más lágrimas. Cuando cesé de llorar, se hizo un profun­do silencio en el valle.
-Eres nuestro rey, Ashlar -dijeron los seres hu­manos-. Jura que no eres un diablo, y te creeremos.
Los otros Taltos me miraron aterrados. Su suerte estaba en mis manos. Sin embargo, la comunidad hu­mana del valle sentía un gran afecto y respeto por ellos. Teníamos una oportunidad de salvarnos, siempre v cuando yo no cometiera una torpeza que nos condenra a todos.
Pero ¿qué quedaba de mi pueblo? ¿Y qué proble­mas y conflictos había llevado yo a mi valle? Los monjes se acercaron a mí para decirme: -Ashlar, Dios pone a prueba a quienes ama.
Eran sinceros, sus ojos expresaban también una gran tristeza.
-Dios pone a prueba a quienes desea convertir en santos -dijeron, y haciendo caso omiso de lo que pensaran los otros sobre nuestra monstruosidad, me abra­zaron para demostrarme su lealtad, arriesgando así su vida.
Janet, que seguía sujeta por varios hombres, dijo entonces:
-Ashlar, has traicionado a tu pueblo. Has sembra­do.la muerte en el valle en nombre de un dios extranje­so. Has destruido al clan de Donnelaith, el cual ha habitado en este valle desde tiempos inmemoriales.
-¡Haced que calle esa bruja! -gritó alguien.
-¡Quemadla en la hoguera! -exigieron otros.
Mientras Janet seguía hablando, un murmullo se extendió entre los presentes, algunos de los cuales empezaron a preparar una hoguera en medio del círculo de piedra.
Yo observé la escena de reojo, con disimulo, al igual que Janet, quien no flaqueó en ningún momento.
-Yo te maldigo, Ashlar. Te maldigo ante los ojos del Dios Bondadoso.
Yo no podía articular palabra, pero sabía que debía decir algo. Tenía que hablar para salvarme a mí mismo, a los monjes, a mis seguidores. Tenía que hablar para impedir la muerte de Janet.
Transportaron unos troncos hasta la hoguera y aña­dieron unos trozos de carbón. Los seres humanos, al­gunos de los cuales siempre habían temido a Janet y a las las hembras Taltos que no podían poseer, lleva­n unas antorchas.
-Habla -dijo Ninian, que estaba junto a mí-. por el amor de Dios, di algo, Ashlar.
Cerré los ojos, recé, me persigné y luego pedí a to­dos que me escucharan.
-Veo ante mí un cáliz -dije, expresándome suavemente pero con voz alta y clara para que todos me oyeran-, el cáliz que contiene la sangre de Cristo y que José de Arimatea trajo a Inglaterra. Veo derramarse la sangre de Cristo en el Manantial; veo que el agua se tiñe de rojo, y conozco el significado de eso.
"La sangre de Crisot constituye nuestro sacramento y nuestro alimento. A partir de ahora sustituirá a la leche maldita de las mujeres, que nosotros bebíamos para el goce carnal; será nuestro nuevo sustento.
"Y pido a Jesús que acepte la terrible matanza que se ha producido hoy en el valle como nuestro primer sacrificio. Nos repugna matar. Siempre nos ha repugnado. Sólo matamos a los enemigos de Jesús, para implantar su Reino en la Tierra y que Él reine en ella para siempre.
Utilicé el Arte de la Lengua como mejor sabía, pronunciando las palabras con elocuencia y emoción. Cuando terminé, toda la asamblea, la multitud formada por humanos y Taltos, comenzó a aclamar a Jesús y arrojó sus espaldas al suelo, desprendiéndose de sus ricos ropajes y de sus alhajas, brazaletes y sortijas, y declarando su nacimiento a una nueva vida.
En aquel momento, tan pronto como hube pronunciado aquellas palabras comprendí que era mentira. Esa religión era una falacia; el cuerpo y la sangre de Cristo poseían un poder tan mortífero como el veneno de una serpiente.
Pero los Taltos, a quienes todos consideraban unos monstruos, nos habíamos salvado. Estábamos a salvo, excepto Janet.
La arrastraron entre varios hasta la hoguera. Por más que protesté, lloré y les rogué que la soltaran, los sacerdotes afirmaron que Janet debía morir, como castigo ejemplar para todos aquellos que negaran a Jesús.
A continuación encendieron la hoguera.
Desesperado, me arrojé al suelo. No podía sopor­tarlo. De pronto, me levanté de un salto y eché a correr hacia la hoguera, pero los sacerdotes me detuvieron.
-Tu pueblo te necesita, Ashlar -dijeron.
-¡Dales ejemplo! -gritaron otros.
Janet me miró fijamente. Las llamas empezaron a lamer su traje rosa y su larga cabellera rubia. Janet par­padeó para impedir que el humo la cegara, y de pronto gritó:
-¡Maldito seas, Ashlar! ¡Yo te maldigo! Espero que la muerte te rehuya siempre, que te veas obligado a vagar eternamente sin amor, sin hijos, sin tu pueblo, que nuestro milagroso nacimiento sea el único sueño que anime tu miserable soledad. Yo te maldigo, Ashlar. Espero que el mundo se derrumbe a tu alrededor antes de que tus sufrimientos toquen a su fin.
Las llamas se encresparon, ocultando el rostro de Janet, mientras el fuego devoraba rápidamente los troncos. Luego sonó de nuevo su voz, más fuerte, hen­chida de sufrimiento y valor:
-¡Maldito sea Donnelaith y sus gentes! ¡Maldito sea el clan de Donnelaith! ¡Maldito sea el pueblo de Ashlar!
De pronto vi que algo se agitaba entre las llamas. No sé si fue Janet en un último espasmo de dolor, o bien un efecto óptico provocado por el juego de luces y sombras.
Me postré de rodillas, sin dejar de llorar. No podía apartar los ojos de la hoguera. Era como si deseara compartir su dolor y sus sufrimientos. Entonces le ro­gué a Jesús: «Perdónala, porque no sabe lo que dice. En recompensa a su bondad, a su generosidad, condúcela al Cielo.»
Las llamas se alzaron bruscamente para luego em­pezar a extinguirse y dejar a la vista la pira, un montón de troncos carbonizados, huesos y fragmentos de carne abrasada, los restos de esa maravillosa criatura, más vieja y sabia que yo mismo.
En el valle reinaba un profundo silencio. Lo único que quedaba de mi pueblo eran los cinco varones que habían abrazado la fe cristiana y juraron mantenerse castos.
Eran muchas las vidas que habían existido durante siglos y ahora habían sido salvajemente aniquiladas. Por doquier aparecían miembros amputados, cabezas separadas del tronco, cuerpos mutilados.
Los cristianos humanos lloraban. Todos llorábamos ante aquel triste espectáculo.
En sus últimos momentos, Janet había lanzado su maldición sobre Donnelaith. Pero ¿qué peor desgracia podía sobrevenirnos después de aquel desastre?
Rendido y desesperado, me desplomé en el suelo.
En aquellos momentos no deseaba seguir viviendo. No quería asistir a más sufrimientos ni muertes, no quería saber nada de una religión capaz de provocar aquella abominable catástrofe.
Los monjes se acercaron y me ayudaron a levantar­me. Mis seguidores me rogaron que contemplara un milagro que se había producido ante los restos abrasa­dos de la torre que había sido el hogar de Janet y de sus allegados.
Aturdido, incapaz de articular palabra, me conduje­ron a rastras hasta allí y poco a poco me hicieron com­prender que un viejo manantial, que hacía tiempo se había secado, ahora brotaba de nuevo y se abría paso a través de las pequeñas colinas y las raíces de los árboles, hasta alcanzar un zona llena de flores silvestres.
¡Era un milagro!
Un milagro. Durante unos instantes guardé silencio y reflexioné. ¿Acaso no debía hacerles ver que ese ma­nantial había aparecido y desaparecido varias veces en el transcurso del último siglo? ¿Que las flores ya exis­tían ayer y anteayer porque la tierra estaba húmeda, pre­sagio de la pequeña fuente que acababa de brotar de nuevo?
O bien debía exclamar: «¡ Un milagro! »
-Es una señal divina -dije al fin.
-Arrodillaos -ordenó Ninian a todos los pre­sentes-. Lavaos con este agua milagrosa. Limpiad vuestros cuerpos de la sangre de quienes no quisieron aceptar la Gracia de Dios y se han condenado para la eternidad.
Imaginé a Janet abrasándose en las llamas eternas del Infierno, la pira que no se apagaría jamás, su voz que no cesaría de maldecirme...
Me estremecí, a punto de desvanecerme, y volví a caer de rodillas.
En el fondo de mi alma, sabía que debía entregarme sin reservas a la nueva fe, dejar que ésta consumiera mi vida; de lo contrario, estaba perdido.
No me quedaban esperanzas, ni sueños ni palabras, nada me interesaba ya. Si esta religión no me salvaba, moriría allí mismo sin mover un dedo para impedirlo, estático, sin probar bocado hasta que la muerte acudie­ra en mi busca.
Noté que alguien me arrojaba agua en la cara y mi ropa se empapaba. Los otros se estaban lavando tam­bién en el manantial. Los monjes empezaron a cantar los etéreos salmos que yo había oído en lona. Mis gen­tes, los humanos de Donnelaith, llorosos y apenados, ansiosos de alcanzar la redención, unieron sus voces a las de los monjes, al estilo antiguo, y todos los habitan­tes del valle cantaron al unísono alabanzas a Dios.
Todos fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
A partir de aquel momento, el clan de Donnelaith se convirtió al cristianismo. Excepto cinco Taltos, el res­to eran seres humanos.
Antes del amanecer hallamos a otros Taltos, en su mayoría mujeres jóvenes que habían tratado de prote­ger a dos varones Taltos casi recién nacidos en sus ca­sas, desde las cuales habían presenciado la matanza y la ejecución de Janet. En total eran seis Taltos.
Los cristianos humanos los condujeron ante mí. Los Taltos se negaron a hablar, ya fuese para aceptar o para negar a Cristo; se limitaron a mirarme horroriza­dos. Los humanos me preguntaron qué debíamos hacer con ellos.
-Dejadlos marchar -respondí-. Dejad que aban­donen el valle, si así lo desean.
Nadie tenía valor para derramar más sangre. Por otra parte, la juventud y el candor de los jóvenes consi­tuía un escudo que los protegía. En cuanto los nuevos conversos retrocedieron, los Taltos huyeron hacia el bosque, sin más pertenencias que la ropa que llevaban puesta.
Durante los días sucesivos, los cinco varones que quedábamos logramos conquistar el afecto de la gente. En el fervor de la nueva religión, nos dieron las gracias por haberles llevado a Jesús y nos mostraron su respeto por nuestro voto de castidad. Los monjes nos instruían día y noche, a fin de prepararnos para recibir las Sagra­das órdenes. Nuestra jornada se repartía entre clases, la lectura de los libros sagrados y la oración.
Al poco tiempo empezamos a construir la iglesia, un imponente edificio de estilo románico en piedra seca, con unas ventanas en arco redondo y una larga nave.
Yo mismo conduje la procesión a través del antiguo círculo, del que borramos todos los símbolos de épocas pasadas para grabar en la piedra nuevos emblemas, esta vez de los Sagrado Evangelios.
Eran las figuras de unos peces, que representaban a Jesús, la paloma, que simbolizaba al apóstol Juan, el león a Marcos, el buey a Lucas y el hombre a Mateo. Pa­ra rematar nuestro trabajo, también tallamos unas esce­nas bíblicas en las piedras lisas. Acto seguido nos tras­ladamos al cementerio, donde colocamos unas cruces en las antiguas tumbas, al estilo de las cruces que apare­cían en el libro, muy barrocas y rebuscadas.
Fueron unos momentos en los que volvió a apode­rarse nuevamente de nosotros el fervor que habíamos experimentado en la planicie de Salisbury. Pero, en lu­gar de una nutrida tribu sólo quedábamos cinco Talcos, que habíamos renunciado a nuestra naturaleza para complacer a Dios y a los humanos cristianos, cinco Tal­tos que habíamos asumido el papel de santos a fin de no morir ejecutados.
No obstante, yo sentía en mi interior, al igual que mis compañeros, una profunda angustia. ¿Cuánto du­raría esta precaria tregua? Cualquier pequeño inciden­te, cualquier menudencia podía derribarnos de nues­tros pedestales.
Mientras rezaba a Dios pidiéndole que me ayudara, que perdonara mis errores y me permitiera ser un buen sacerdote, entendí que mis cuatro compañeros y yo no podríamos permanecer por mucho tiempo en Donne­laith.
Era una tensión insoportable. Durante mis oracio­nes, mientras cantaba los salmos con los monjes, no ce­saba de oír las maldiciones de Janet y ver a mis gentes en un charco de sangre. Supliqué a Jesús que me diera fe, pero en el fondo de mi corazón no creía que el único camino de salvación para mi especie fuera el del sacrifi­cio y la castidad. Era imposible. ¿Acaso pretendía Dios que nos extinguiéramos?
Esto, más que un sacrificio, constituía un acto de renuncia total a nuestra identidad, a nuestra especie.
Sin embargo, yo sentía hacia Jesús un amor abrasa­dor, tenía una sensación personal de mi Salvador tan in­tensa y profunda como la de los cristianos. Noche tras noche, durante mis meditaciones, imaginaba el cáliz de Jesús, la colina sagrada sobre la que había florecido el espino de José de Arimatea, la sangre en el agua del Po­zo del Cáliz. Me juré dirigirme en peregrinación a Glastonbury.
Fuera del valle habían comenzado a circular ciertos rumores. Algunos hombres habían oído hablar de la Batalla Sagrada de Donnelaith, según se la había queri­do a denominar. Habían oído hablar de unos sacerdotes extraordinariamente altos, que habían hecho voto de castidad y poseían extraños poderes. Los monjes habían escrito a otros monjes, comunicándoles lo ocurrido.
Las leyendas de los Taltos cobraron vida. Otros Tal­tos que vivían como pictos en pequeñas comunida­des tuvieron que abandonar sus hogares debido a las amenazas de sus vecinos paganos y a la insistencia de los cristianos, quienes trataban de convencerlos de que debían renunciar a sus perversos ritos y convertirse en «hombres sagrados».
En el bosque, habían sido hallados algunos Taltos salvajes. Corrían rumores de que algunas personas ha­bían presenciado el parto mágico en esa o aquella po­blación. Por si fuera poco, los brujos y las brujas nos acechaban constantemente, jactándose de que podían obligarnos a abandonar nuestros escondites y arreba­tarnos así nuestros poderes.
Otros Taltos, ataviados lujosamente, armados hasta los dientes y demostrando abiertamente lo que eran, acudieron al valle en grupo para maldecirme por lo que yo había hecho.
Sus mujeres, vestidas con elegancia y custodiadas por los cuatro costados, dijeron haber oído rumores sobre las maldiciones de Janet, sin duda de labios de los Taltos que habían huido de Donnelaith, y me pidieron que las repitiera delante de ellos para poder juzgarlas.
Yo me negué. No dije una palabra.
Luego, ante mi horror e indignación, repitieron pa­labra por palabra las maldiciones que Janet había pro­ferido contra mí:
-«¡Maldito seas, Ashlar! ¡Yo te maldigo! Espero que la muerte te rehuya siempre, que te veas obligado a vagar eternamente sin amor, sin hijos, sin tu pueblo, que nuestro milagroso nacimiento sea el único sueño que anime tu miserable soledad. Yo te maldigo, Ashlar. Espero que el mundo se derrumbe a tu alrededor antes de que tus sufrimientos toquen a su fin.»
Habían convertido esas maldiciones en un poema que recitaban cuando les parecía conveniente. Al ter­minar, me escupieron a la cara.
-¡Cómo pudiste olvidar la tierra perdida, Ashlar! -exclamaron las mujeres-. ¡Cómo pudiste olvidar el círculo de Salisbury Plain!
Los arrogantes Taltos se pasearon entre las ruinas de las viejas torres; los humanos cristianos de Donne­laith los observaron con frialdad y temor, y dieron un suspiro de alivio cuando al fin abandonaron el valle.
A lo largo de los meses sucesivos, fueron llegando al valle unos Taltos que habían aceptado a Jesús y de­seaban convertirse en sacerdotes. Nosotros, por supues­to, los acogimos con alegría.
En todo el norte de Britania, los tiempos de paz ha­bían concluido para mi especie.
La raza de los pictos estaba desapareciendo rápida­mente. Quienes conocían la escritura ogham me dedi­caron terribles maldiciones por escrito, o bien las gra­baban con fervor en muros y piedras junto a sus nuevas creencias cristianas.
Los Taltos que eran descubiertos tenían la oportu­nidad de convertirse en sacerdotes o monjes, una trans­formación que no sólo tenía la virtud de aplacar al po­pulacho, sino que lo llenaba de gozo. Todas las aldeas deseaban contar con un sacerdote Taltos; los cristianos y otras tribus rogaban a los taltos célibes que acudieran a oficiar las misas. En cambio, los Taltos que no estaban dispuestos a aceptar ese juego, a renunciar a sus cos­tumbres paganas e invocar la protección de Dios, eran cruelmente perseguidos.
Entretanto, en medio de una gran ceremonia, unos cinco Taltos, y otros cuatro que habían llegado poste­riormente, recibimos las Sagradas órdenes. Dos Taltos hembra que habían venido al valle se consagraron co­mo monjas a nuestra comunidad, dedicándose a aten­der a los necesitados y a los enfermos. Yo fui designado padre abad de los monjes de Donnelaith, con autoridad sobre el valle y las comunidades circundantes.
Nuestra fama se acrecentó.
En ocasiones nos veíamos obligados a atrincherar­nos en nuestro nuevo monasterio para huir de los pere­grinos que acudían a «comprobar el aspecto que tenía un Taltos» y a tocarnos. Al poco tiempo se extendió la noticia de que éramos capaces de «curar» y de «realizar milagros».
Día tras día, mis fieles me instaban a ir al manantial sagrado y bendecir a los peregrinos que acudían para beber el agua milagrosa.
La torre de Janet también había sido destruida. Las piedras de su hogar, y los fragmentos de metal proce­dentes de su escudo, brazaletes y anillos que podían ser fundidos se emplearon en la construcción de la nueva iglesia. Junto al manantial erigimos una cruz con una inscripción en latín, para celebrar la ejecución de Janet en la hoguera y el milagro que se había producido.
Yo no salía de mi asombro. ¿Era acaso eso lo que los cristianos llamaban caridad? ¿Era eso amor? Estaba muy claro que para los enemigos de Jesús, la justicia Divina podía resultar muy amarga.
Pero ¿era eso lo que realmente pretendía Dios?
¿Destruir a mi pueblo, convertir a los pocos que quedábamos unos animales sagrados? Rogué a los monjes de Iona que desmintieran la opinión que la gen­te tenía sobre osotros.
-¡Esas gentes están convencidas de que poseemos poderes mágicos! -protesté.
Pero los monjes respondieron que era la voluntad de Dios.
-¿No lo comprendes, Ashlar? -me preguntó Ni­nian-. Es por eso por lo que Dios salvó a tu pueblo, para que ejercierais este singular sacerdocio.
Todo cuanto yo había soñado había sido en balde. Los Taltos no habían sido redimidos, no habían descu­bierto la forma de vivir en la Tierra en paz con los hombres.
La fama de la Iglesia se extendió por todas partes, la comunidad cristiana fue ampliándose rápidamente. Yo temía los caprichos de quienes nos reverenciaban.
Al poco tiempo empecé a dedicar una hora diaria, tras encerrarme en mi celda, a la realización de un gran libro ilustrado,' en el que apliqué los conocimientos que había adquirido de mis maestros de lona.
El libro recogía la historia de mi pueblo, al estilo de los cuatro Evangelios, con unas letras doradas en cada página y miniaturas a modo de ilustración.
Era mi libro.
El libro qué Stuart Gordon halló en los sótanos de Talamasca.
Cada palabra que escribí, haciendo uso de mis dotes para el verso, las canción y la oración, estaba dedicada al padre Columbá. En el libro describía la tierra perdida, nuestro periplo a la planicie de Salisbury y la construc­ción de nuestro gran círculo, Stonehenge. Relaté con minucioso detalle, en latín, todo cuanto recordaba so­bre nuestras luchas en el mundo de los hombres, lo mucho que habíamos sufrido, nuestro afán de sobrevi­vir, así como el estado al que al fin mi tribu, mi clan, ha­bía quedado reducido: cinco sacerdotes, entre un mar de humanos, admirados y respetados por unos poderes que no poseíamos, unos exiliados sin nombre, sin na­ción y sin un dios propio, que trataban de salvar el alma por medio del dios de un pueblo que nos temía.
«Lee las palabras que he escrito, padre -escribí-, tú que te negaste a escucharlas cuando traté de hablarte. Míralas grabadas aquí en la lengua de Jerónimo, Agus­tino, el papa Gregorio. Todo cuanto narro aquí es cier­to, y deseo entrar a formar parte de la Iglesia de Dios como lo que realmente soy. De otra forma, ¿cómo po­dría acceder al Reino de los Cielos?»
Una vez finalizada mi labor, contemplé satisfecho la cubierta del libro, que yo mismo adorné con piedras preciosas, la encuadernación, que había realizado con seda, y las letras, que yo mismo había escrito.
Mandé llamar al padre Ninian y le mostré el libro. Mientras éste lo examinaba, guardé silencio.
Me sentía orgulloso de mi labor, convencido de que nuestra historia hallaría un contexto redentor en las vastas bibliotecas de la doctrina e historia eclesiástica. «Pase lo que pase -pensé-, he relatado la verdad. He explicado lo que sucedió, y el motivo por el que Janet sacrificó su vida.»
Al fin, Ninian cerró el volumen y me miró con una expresión que me dejó perplejo.
Tras permanecer unos minutos en silencio, estalló en carcajadas.
-¿Es que has perdido el juicio, Ashlar? -pregun­tó Ninian-. ¿Pretendes que le lleve este libro al padre Columba?
Su reacción me desconcertó.
-Le he dedicado todos mis esfuerzos -respondí con timidez. .
-Es el libro más hermoso que he visto en mi vida -reconoció Ninian-. Las ilustraciones son perfectas, el texto, escrito en esmerado latín, está repleto de frases conmovedoras. Es inconcebible que un hombre pudie­ra realizarlo en menos de cuatro años en los scriptorium de lona y el hecho de que tú lo hayas escrito aquí, en la soledad de tu celda, en menos de un año, resulta poco menos que milagroso.
-¿De veras lo crees así?
-Pero el contenido, Ashlar, es una blasfemia. En el latín de las Sagradas Escrituras, utilizando el estilo de los Evangelios, has escrito unos versos paganos rebosantes de lujuria y monstruosidades. ¿Cómo se te ha ocurrido escribir tus frívolas historias de magia haciendo uso del estilo de los Salmos y los Evangelios del Señor?
-Lo he hecho para que el padre Columba vea esas palabras escritas y comprenda que expresan la verdad -contesté.
Pero Ninian tenía razón. Mi argumento no tenía sen­tido.
Al verme tan abatido, Ninian cruzó los brazos y me miró fijamente.
-Desde el primer día que entré en tu casa -dijo-, reconocí de inmediato tu sencillez y tu bondad. Sólo tú podías cometer un error tan estúpido como éste. Ol­vídate del libro; olvídate de tu historia. Dedica tu extra­ordinario talento a otras cosas más útiles.
Durante un día y una noche pensé en el consejo de Ninian.
Luego, tras envolver cuidadosamente el libro, se lo entregué de nuevo a Ninian.
-He sido nombrado abad de Donnelaith, y por tanto soy tu superior -dije-. Ésta es la última orden que te daré. Lleva este libro al padre Columba, tal como te pedí. Y dile de mi parte que he decidido emprender una peregrinación. No sé cuánto tiempo permaneceré ausente, ni dónde iré. Como puedes ver por este libro, mi vida abarca numerosas existencias. Es posible que no vuelva a ver al padre Columba, ni tampoco a ti, pero debo partir. Quiero ver el mundo. Ignoro si algún día regresaré a este lugar o a Nuestro Señor, sólo Él lo sabe.
Por más que Ninian trató de protestar, me mantuve firme. En pocos días Ninian debía trasladarse a Iona, de modo que no tuvo más remedio que ceder, no sin antes advertime que Columba no me había autorizado a partir, pero eso me tenía sin cuidado.
No volví a ver ese libro hasta que Stuart Gordon lo depositó sobre una mesa en su torre de Somerset.
No sé si el libro llegó a Iona.
Sospecho que sí, que permaneción en Iona durante muchos años, hasta que quienes conocían su existencia o sabían quién lo había escrito o por qué estaba allí, desaparecieron.
Jamás logré averiguar si el padre Columba lo llegó a leer. La misma noche en que Ninian partió hacia Iona, decidí abandonar donnelaith para siempre.
Reuní a los sacerdotes Taltos en la iglesia y les pedí que cerraran las puertas con llave. No me importaba lo que pensaran los humanos, ni que el hecho de que las puertas de la iglesia estuvieran cerradas les preocupara o infundiera recelo, como así sucedió.
Comuniqué a mis sacerdotes que iba a marcharme.
Les confesé que estaba asustado.
-No sé si he obrado bien, pero creo que sí -dije-. Temo a los humanos que nos rodean. Temo que en cualquier momento puedan atacarnos. Cualquier desastre natural, como un terremoto, una plaga, una terrible enfermedad que afectara a los hijos de las familias más poderosas, podría desencadenar una rebelión contra nosotros.
"Éstas no son nuestras gentes. He sido un necio al creer que podíamos llegar a convivir pacíficamente con ellos.
"Podéis hacer lo que gustéis, pero mi consejo, el consejo de Ashlar, vuestro líder desde que abandomos la tierra perdida, es que os alejéis de aquí. Buscad la absolución de vuestros pecados en un remoto monasterio, donde nadie os conozca, y solicitad permiso para practicar vuestros votos allí. Abandonad este valle.
"He decidido emprender un viaje de peregrenación. En primer lugar iré a Glastonbury para visitar el pozo donde José de Arimatea vertió la sangre de Cristo en el agua. Allí rezaré a Dios para que guíe mis pasos. Luego me dirigiré a Roma, y más tarde quizás a Constantinopla para ver los sagrados iconos que, según dicen, muestran el verdadero rostro de Cristo. Por último iré a Jerusalén para ver la montaña donde Cristo murió por nosotros. A partir de este momento, renuncio a mi voto de obediencia al padre columba.
Los sacerdotes protestaron y se echaron a llorar, rogándome que no me fuera. Pero no consiguieron hacerme desistir. Fue una forma de poner fin a una situación muy típica de los Taltos.
- Si estoy esquivocado, Jesús hará que regrese al redil. Confío en que me perdone. En caso contrario... iré al infierno -dije, encongiéndome de hombros.- Estoy decidido a marcharme.
Al finalizar este discurso, di media vuelta y fui a preparar mi viaje.




Antes de dirigirme con esas palabras de despedida a mis sac
Cabalgué durante una hora a través del bosque, si­guiendo viejos senderos que sólo conocían los cazado­res de la comarca.
Me encaminé por unas cuestas empinadas y bosco­sas hacia un paso secreto que conducía a la carretera.
La tarde estaba muy avanzada, pero sabía que al­canzaría la carretera antes del anochecer. A la luz de la luna llena, seguiría mi camino hasta que el cansancio me obligara a detenerme.
Aunque a las gentes de hoy en día les cueste creerlo, en esos frondosos bosques reinaba una oscuridad casi total. Por aquellos tiempos todavía no se habían des­truido los grandes bosques de Inglaterra, los cuales es­taban repletos de tupidos y vetustos árboles.
Estábamos convencidos de que esos árboles eran los únicos seres vivos más viejos que nosotros que exis­tían en el mundo, pues no habíamos visto nada que vi­viera tantos años como un árbol o un Taltos. El bosque nos encantaba, y jamás lo habíamos temido.



Al poco rato de haber penetrado en el sombrío bos­que, pude oír las voces de los seres diminutos. Oí sus murmullos, susurros y risas.
Samuel aún no había Nacido, por lo que no se halla­ba presente, pero sí estaban Aiken Drumm y otros que aún hoy viven. Uno de ellos gritó:
-¡Ashlar, te has dejado engañar por los cristianos y has traicionado a tus gentes!
-¡Únete a nosotros, Ashlar, crearemos una nueva raza de gigantes y dominaremos el mundo! -gritó otro.
Siempre he detestado a Aiken Drumm. En aquel entonces era muy joven, y, su rostro no presentaba tan­tas arrugas como para no poder verle los ojos. Se aba­lanzó hacia mí a través de los matorrales, blandiendo el puño en actitud amenazadora y mirándome con rencor.
-¿Acaso piensas abandonar el valle después de ha­berlo destrozado todo, Ashlar? ¡Ojalá que la maldición de Janet se haga realidad! -exclamó rabioso.
Después de unos instantes, él y sus compañeros re­trocedieron por un motivo muy simple. Yo me estaba aproximando a una cueva que había en la ladera, y de la cual me había olvidado totalmente.
De forma espontánea, había elegido la senda que solían tomar las antiguas tribus cuando se disponían a celebrar sus ritos en ese lugar. En los tiempos en que los Taltos habitábamos en Salisbury Plain esas tribus había llenado la cueva de calaveras y más tarde otros pueblos la habían reverenciado como lugar en el que se llevaban a cabo rituales misteriosos y siniestros.
Durante los últimos silos, los campesinos solía ju­rar que en la cueva había una puerta abierta a través de la cual podían oírse las voces del infierno, o los cantos celestiales. Numerosos espíritus habían sido vistos me­rodeando por los bosques de los alrededores y las bru­jas, desafiando nuestra ira, habían acudido también al lugar. Aunque a veces ascendíamos las colinas en gru­pos, enfurecidos y dispuestos a arrojarlas de este terri­torio, durante los últimos doscientos años apenas nos habíamos ocupado de ellas.
Sólo había subido hasta ahí en un par de ocasiones, pero la cueva no me infundía ningún temor. Cuando observé que los seres diminutos estaban aterrados, ce­lebré poder librarme de ellos.
No obstante, a medida que el caballo avanzaba por el viejo sendero y nos aproximábamos a la cueva, divisé unas luces que parpadeaban en la penumbra del bos­que. Al cabo de unos minutos avisté una tosca choza en la ladera, construida quizás aprovechando una cueva, cubierta de piedras a través de las cuales se distinguían una pequeña puerta y una ventana, así como un agujero practicado en la parte superior por el que se deslizaba el humo.
La luz parpadeaba a través de las brechas y rendijas de la paredes de la cueva.
Frente a mí, a varios metros de altura, se abría el sendero que conducía a la inmensa cueva, cuya boca quedaba oculta por pinos, robles y tejos.
En cuanto vi la choza decidí evitarla. No quería tra­tos con quienquiera que viviera cerca de la cueva.
La cueva en sí me intrigaba. Puesto que creía en Je­sús, aunque hubiera desobedecido a mi abad, no temía a los dioses paganos. No creía en ellos. Pero había aban­donado mi hogar. Quizá jamás regresara a él. De pron­to sentí la tentación de entrar en la cueva para descan­sar un rato, oculto, a salvo de los seres diminutos.










29

-Escuchadme -dijo Morrigan, sin apartar la vista de la carretera-. Voy a tomar las riendas de la situa­ción. Lo he estado pensando desde que nací, sé exacta­mente lo que debemos hacer. ¿Se ha dormido la abuela?
-Como un tronco -contestó Mary Jane, que ocu­paba el asiento abatible que había entre los asientos trasero y delantero para poder vigilar a Morrigan, que era quien conducía.
-¿Qué quieres decir con eso de que vas a coger las riendas de la situación? -preguntó Mona.
-Pues eso -contestó Morrigan, sujetando el vo­lante por la parte superior con ambas manos. Conducía de forma relajada, pues hacía bastante rato que circula­ban a ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora y no les había parado ningún guardia-. Lleváis horas discu­tiendo sobre estupideces, meros tecnicismos morales.
Morrigan llevaba el cabello alborotado y le caía so­bre los hombros. los brazos; era de un rojo más inten­so, según comprobó Mona, pero de la misma tonalidad que el suyo. El extraordinario parecido entre ambos rostros hacía que Mona se sintiera incómoda después de observar un rato a Morrigan. En cuanto a la voz, el peligro era obvio. Morrigan podía fingir por teléfono que era Mona. Lo había hecho cuando al fin había lla­mado el tío Ryan desde Fontevrault. Fue una conversa­ción de lo más cómica. Ryan había preguntado a «Mo­na» con mucho tacto si estaba tomando anfetaminas, recordándole cariñosamente que cualquier cosa que ingiriera podía perjudicar a la criatura. Pero lo más di­vertido fue que el tío Ryan no sospechase que la joven­cita que hablaba a toda velocidad al otro lado de la línea y no cesaba de hacerle preguntas no era Mona.
Iban todas hechas un brazo de mar, según había di­cho Mary Jane, incluida Morrigan, a quien habían equipado en las tiendas más elegantes de Napoleonvi­lle. Llevaba un vestido camisero de algodón blanco que a Mona y a Mary Jane les hubiera llegado al tobillo, pe­ro que a ella apenas le rozaba la rodilla. Tenía una cin­tura muy ceñida y un sencillo escote en uve, símbolo del recato burgués, que en virtud de los desarrollados pechos de Morrigan resultaba de vértigo. Era la historia de siempre: le pones un vestido sencillo a una chica es­pectacularmente atractiva, y éste se convierte en una prenda más llamativa que el papel dorado o las martas cibelinas. Los zapatos no habían supuesto ningún pro­blema, una vez asumido que Morrigan calzaba el cua­renta; de haber calzado una talla más, habrían tenido que acudir al departamento de caballeros. Había elegi­do un par de zapatos con tacón de aguja y se había puesto a cantar y bailar alrededor del coche durante quince minutos, hasta que Mona y Mary Jane la cogie­ron con firmeza por el hombro y le ordenaron que ce­rrara la boca, que dejara de moverse y que se subiera de una vez al coche. Morrigan insistió entonces en que quería conducir. En fin, no era la primera vez...
La abuela, que vestía un elegante traje pantalón de algodón, dormía arropada con una manta eléctrica de color azul celeste. El cielo presentaba un espléndi­do color azul, las nubes eran de un blanco inmaculado.
Por fortuna, Mona ya no se sentía mareada, tan sólo débil. Terriblemente débil.
Faltaba una hora para que llegaran a Nueva Orleans.
-¿A qué tecnicismos morales te refieres? -pre­guntó Mary Jane-. Se trata de nuestra seguridad, sa­bes. ¿Qué pretendes con eso de que «vas a tomar las riendas»?
-Se trata de algo inevitable -respondió Morri­gan-, pero os lo contaré poco a poco para que lo en­tendáis.
Mona se echó a reír.
-Mamá, como es muy lista, lo ha comprendido en­seguida; supongo que el hecho de ser bruja le permite adivinar el futuro. Pero tú, Mary Jane, insistes en com­portarte como una mezcla de tía solterona y quejica y abogado del diablo.
-¿Estas segura de saber el significado de esas pa­labras?
-Querida, me he tragado dos diccionarios enteros. Conozco todas las palabras que conocía mi madre an­tes de que nacer yo, y muchas de las palabras que sabe mí padre. ¿Cómo iba a saber si no lo que es una llave de tuerca de boca tubular, y el motivo de que llevéis varias en el maletero?
-Volvamos al asunto que nos ocupa en estos mo­mentos, como a dónde debemos ir, a qué casa debemos dirigirnos y otras nimiedades por el estilo.
Sin dar tiempo a que las otras contestaran, Morri­gan prosiguió:
-En mi opinión, el hecho de que nos dirijamos a una u otra casa no es tan importante. La casa de la calle Amelia no es una buena idea, simplemente porque es­tá atestada de gente, como habéis repetido ya tres veces, y aunque sea la casa de mamá, en realidad pertenece a la tía Evelyn. Fontevrault queda demasiado lejos. Pase lo que pase, no estoy dispuesta a retroceder. La idea de ocultarme en un pequeño apartamento, alquilado bajo una identidad falsa, francamente no la soporto. Necesi­to espacio para vivir. La casa de la calle Primera perte­nece a Michael y a Rowan, es cierto, pero al fin y al ca­bo Michael es mi padre. Tenemos que ir a la calle Primera. Necesito el ordenador de Mona, sus archivos, las notas de Lasher y las que tomó mi padre cuando co­pió el célebre documento de Talamasca; todo lo que se encuentre en estos momentos en aquella casa y a lo que Mona tenga acceso. Sí, ya sé que teóricamente no pue­de tocar las notas de Lasher, pero ésa es otra cuestión técnica. Reivindico mis derechos a leer esas notas. Y no tengo el menor inconveniente en leer el diario de Mi­chael si consigo dar con él. No empecéis a protestar.
-Haz el favor de frenar un poco -ordenó Mary Jane-. No me gusta nada la forma en que has dicho eso de «coger las riendas».
-Vamos a pensar las cosas con más calma -terció Mona.
-Habéis repetido hasta la saciedad que de lo que se trata es de sobrevivir -replicó Morrigan-. Bien, pues para sobrevivir necesito esa información, diarios, archi­vos, documentos... En estos momentos la casa de la ca­lle Primera está vacía, de modo que podemos preparar tranquilamente el regreso de Michael y Rowan. Así pues, he decidido que nos quedaremos ahí, al menos hasta que Michael y Rowan regresen y los pongamos al corriente de la situación. Si mi padre decide entonces echarme de su casa, buscaremos otra vivienda, o bien pondremos en marcha el plan que ha ideado mamá para obtener los fondos necesarios con objeto de restaurar Fontevrault como Dios manda. ¿Se os ha quedado todo esto bien grabado en la cabeza?
-Mona te ha dicho que en aquella casa hay varias pistolas -contestó Mary Jane-. Las guardan en cual­quier sitio, en el piso de arriba y en la planta baja. Esa gente se asustará al verte. Es su casa. Empezarán a gritar. ¿Acaso no lo comprendes? Creen que los Taltos son unos seres malvados que tratan de dominar el mundo.
-¡Soy una Mayfair! -declaró Morrigan-. Soy hija de mi padre y de mi madre. Me importan un pi­miento las pistolas. No van a utilizarlas contra mí. Sería absurdo. Ni siquiera sospechan que estaré allí, no les dará tiempo a reaccionar. Además, vosotras estaréis a mi lado para protegerme, para alzar la voz en mí defen­sa, para advertirles que no deben hacerme ningún daño. Os agradecería que tuvierais presente que poseo una lengua con la que defenderme yo solita, que esta situa­ción no se parece en nada a otras situaciones anteriores, y que es preferible que nos instalemos allí, donde pue­do examinar todo lo que debería examinar, como el fa­moso Victrola, el jardín trasero... ¡No empecéis a gritar otra vez!
-¡Ni se te ocurra desenterrar los cadáveres! -ex­clamó Mona.
-Sí, déjalos tranquilos -dijo Mary Jane.
-Vale, vale. No desenterraré los cadáveres. Ha si­do una mala idea. Morrigan os pide disculpas. No vol­veré a insinuarlo, os lo prometo. No es el momento de ponerse a desenterrar cadáveres. Además, a mí que me importan esos cadáveres -añadió Morrigan, sacudien­do enérgicamente su larga y roja cabellera-. Soy hija de Michael Curry y de Mona Mayfair. Y eso es lo único que importa, ¿no?
-Estamos asustadas, eso es todo -declaró Mary Jane-. Ahora, si damos la vuelta y regresamos a Fon­tevrault...
-No sin unas bombas, unos andamios, unos gatos y unos tablones para restaurar la casa. Le tendré siem­pre un cariño muy especial, desde luego, pero en estos momentos no puedo vivir allí. Me muero de ganas de ver mundo, ¿es que no lo comprendéis? El mundo no se limita al almacén de Wal-Mart, Napoleonville y el último número de Time, Newsweek y The New Yor­leer. No quiero perder más tiempo. Además, puede que Rowan y Michael ya hayan regresado a casa. Tengo ga­nas de reunirme con ellos cuanto antes. Seguro que pondrán a mi disposición todos los archivos y docu­mentos que necesite, aunque en el fondo de su corazón sientan deseos de liquidarme.
-No han regresado -respondió Mona-. Ryan dijo que volverían dentro de un par de días.
-Bien, ¿pues de qué tenéis miedo?
-No lo sé -contestó Mona.
-Entonces iremos a la calle Primera, está decidido, y no quiero oír ni una palabra más sobre el asunto. ¿Hay un cuarto de huéspedes? Me instalaré en él. No si­gamos discutiendo. Más adelante buscaremos un lugar cómodo y agradable donde poder instalarnos de forma permanente. Además, me apetece ver esa casa, quiero ver la casa que construyeron las brujas. ¿Es que no comprendéis hasta qué punto mi persona y mi suerte están vinculadas a esa casa, una casa destinada a perpe­tuar el linaje de la hélice gigante? Sentimentalismos aparte, resulta obvio que Stella, Antha y Deirdre murie­ron para que yo pudiera vivir, y que los absurdos sue­ños de ese perverso espíritu, Lasher, han tenido como consecuencia una encarnación que él jamás pudo imagi­nar, pero que sin embargo constituye mi destino. Ambi­ciono vivir, ambiciono alcanzar una posición elevada.
-De acuerdo -dijo Mona-, pero tendrás que per­manecer calladita. No debes hablar con nadie, ni si­quiera con los guardias, ni contestar el teléfono.
-Sí, no te lances sobre el teléfono cuando suene -apostilló Mary Jane-, sería una locura.
Morrigan se encogió de hombros.
-Lo que no comprendéis -respondió-, es que cada día que pasa representa un importante paso en mi desarrollo. No soy la misma chica que era hace dos días -agregó. De pronto hizo una mueca y soltó un peque­ño gemido.
-¿Qué pasa, qué ocurre? -preguntó Mona.
-Los recuerdos se agolpan en mi mente. Pon en marcha la grabadora, mamá. Es muy extraño, algunos se desvanecen enseguida, pero otros no. Es como si los recuerdos procedieran de diversas personas, unas per­sonas como yo. Veo a Ashlar a través de los ojos de to­do el mundo... El valle es el mismo que figura en el documento de Talamasca, lo sé. Donnelaith. Oigo a Ash­lar pronunciar ese nombre.
-Habla más alto para que pueda oírte -protestó Mary Jane.
-Este recuerdo se refiere a las piedras; todavía no hemos llegado al valle, estamos cerca del río. Veo a unos hombres que arrastran las inmensas piedras hacia unos troncos con los que las transportarán hasta el lu­gar donde van a erigir el círculo. Nada es casual en este mundo, os lo garantizo; la naturaleza es lo suficiente­mente vasta y rica como para que las cosas sucedan casi de forma inevitable. Quizás os parezca que no tiene sentido, pero os aseguro que el caos y el sufrimiento de esas tenaces y valerosas brujas han hecho que llegue el momento de que esta familia se convierta en una fami­lia de humanos y Taltos. Experimento unas sensaciones muy extrañas. El círculo es más pequeño, pero es nues­tro, Ashlar ha consagrado ambos círculos, y las estre­llas que brillan en lo alto se encuentran en la configura­ción invernal. Ashlar desea que los sombríos bosques nos protejan, que se interpongan entre nosotros y el mundo hostil. Estoy muy cansada. Quiero dormir.
-No sueltes el volante -le advirtió Mary Jane-. Describe a ese hombre, Ashlar. ¿Tiene siempre el mis­mo aspecto? ¿Me refiero, en ambos círculos y en ambas épocas?
-Tengo ganas de llorar. Oigo una música. Cuando lleguemos allí tenemos que bailar.
-¿Cuando lleguemos a dónde?
-A la calle Primera, a donde sea. Al valle. A la pla­nicie. Tenemos que bailar formando un círculo. Os mostraré cómo, cantaré las canciones. Algo terrible me ha sucedido en más de una ocasión, a mí y a mis gentes. Veo muerte y dolor, ambas cosas se han convertido en algo normal. Sólo los inteligentes consiguen zafarse de la muerte y el dolor; los inteligentes no se dejan enga­ñar por los seres humanos. Los demás estamos ciegos.
-¿Ashlar es el único que tiene nombre?
-No, pero todo el mundo lo conoce. Es como un imán, que atrae las emociones de todos. No quiero...
-Tranquila -dijo Mona-. Cuando lleguemos allí podrás escribir todo lo que has visto. Podrás descansar dos días hasta que lleguen.
-¿Y quién seré entonces?
-Yo sé quién eres -contestó Mona-. Sabía quién eras cuando te llevaba en mi vientre. Eres Michael y yo, y algo más, algo muy fuerte y maravilloso, y también formas parte de las otras brujas.
-Habla, cariño -dijo Mary Jane, dirigiéndose a Morrigan-. Háblanos de él y de las muñequitas de ye­so que fabricaban. Cuéntanos cómo enterraban a las muñequitas al pie de los monolitos. ¿Lo recuerdas?
-Creo que sí. Las muñecas tenían unos pechos y un pene.
-Eso no lo habías mencionado.
-Eran unas muñecas sagradas. Pero todo esto debe de tener un propósito, una redención por este dolor... Yo... Quiero olvidar esos recuerdos, pero no antes de extraer todo cuanto contienen de valioso. ¿Serías tan amable de coger un pañuelo y enjugarme los ojos, Mary Jane? Os cuento esto para que conste, prestad atención. Estamos arrastrando la enorme piedra hacia
la planicie. Todo el mundo bailará y cantará alrededor de ella durante un rato, antes de empezar a construir una plataforma con los troncos que nos ayude a levan­tar el monolito. Todos han confeccionado unas muñe­quitas. Son diferentes, cada muñeca se parece a uno de ellos. Tengo sueño. Tengo hambre. Quiero bailar. Ash­lar nos pide que le prestemos atención.
-Dentro de quince minutos entraremos por la puerta trasera -dijo Mary Jane-. De modo que man­tén bien abiertos los ojitos.
-No digas una palabra a los guardias -dijo Mo­na-. Yo me ocuparé de ellos. ¿Qué más recuerdas? Quedamos en que estaban arrastrando la piedra hacia la planicie. ¿Cómo se llama esa planicie? Di su nombre en la lengua que empleaban ellos.
-Ashlar la llama simplemente la «tierra lisa», o la «tierra segura», o «la tierra de la hierba». Para pronun­ciarlo como hacen ellos tengo que hablar muy rápida­mente, sonará como un silbido. Todo el mundo conoce esas piedras. Lo sé. Mi padre las conoce, las ha visto. ¿Creéis que existe otra Morrigan idéntica a mí en algún del mundo? ¿Creéis que es posible? ¿Otra que está en­terrada debajo del árbol? ¡No es posible que yo sea la única que esté viva!
-Tranquilízate, cariño -respondió Mary Jane-. Tenemos mucho tiempo para averiguarlo.
-Somos tu familia -dijo Mona-. No lo olvides. Prescindiendo de todo lo demás, eres Morrigan May­fair, a quien he nombrado heredera del legado. Tene­mos tu certificado de nacimiento, el certificado de bau­tismo y quince instantáneas Polaroid con mi palabra de honor estampada en una etiqueta que he pegado al dor­so de cada foto.
-Eso no es suficiente -contestó Morrigan, lloran­do y haciendo pucheros como una criatura-. Son unos documentos sin valor legal.
El coche continuó avanzando por su carril corres­pondiente. Habían entrado en Metairie y el tráfico era muy denso.
-Quizá necesitaríamos una cinta de vídeo, ¿no crees, mamá? -preguntó Morrigan-. Pero tampoco bastará, lo único que basta y sobra es el amor. ¿Por qué nos molestamos en hablar de cuestiones legales?
-Porque son importantes.
-Pero, mamá, si no aman...
-Grabaremos una cinta de vídeo en cuanto llegue­mos a la casa de la calle Primera. Y tendrás todo el amor que necesitas, Morrigan, te lo aseguro. Yo te lo procura­ré. No permitiré que esta vez ocurra nada malo.
-¿Por qué estás tan segura, teniendo en cuenta tus reservas y temores así como tu deseo de protegerme de la mirada de los curiosos?
-Porque te quiero. Por eso estoy segura.
Las lágrimas no cesaban de brotar de los ojos de Morrigan. Mona no podía soportarlo.
-Si no me quieren, no tendrán que molestarse en utilizar una pistola -dijo Morrigan.
«Tu dolor me parte el corazón, cariño.»
-No digas tonterías -contestó Mona, tratando de expresarse con calma, como una mujer adulta-. Nues­tro cariño es suficiente. Sí tienes que olvidarlos, hazlo. Nos bastamos nosotras solas para darnos cariño, no necesitamos a nadie más, ¿me oyes?
Mona miró a la airosa gacela que iba conduciendo y llorando al mismo tiempo, rebasando a todos los vehí­culos que se interponían en su camino. «No cabe duda de que es hija mía -pensó-. Siempre he tenido una ambición monstruosa, una inteligencia monstruosa, un valor monstruoso, y ahora una hija monstruosa. Pero ¿cómo es exactamente, aparte de brillante, impulsiva, cariñosa, alegre, hipersusceptible ante todo lo que pue­da herirla u ofenderla, y dueña de una fantasía y un en­
tusiasmo desbordados? ¿Cómo se las arreglará? ¿Qué significa para ella recordar esas historias y anécdotas tan antiguas? ¿Acaso significa que las posee y que sus conocimientos se derivan de ellas? ¿Qué puede salir de todo esto? En el fondo, no me importa. Al menos, en estos momentos no, cuando acaba de empezar, cuando todo es tan interesante y existen tantas posibilidades.»
De pronto vio a su gigantesca hija caer herida al suelo, mientras ella extendía las manos para protegerla, sujetándole la cabeza y acercándosela a su pecho. «No os atreváis a lastimarla.»
Ahora todo era muy distinto.
-Deja que conduzca yo -terció Mary Jane-. Hay mucho tráfico y así no vamos a llegar nunca.
-Estás loca, Mary Jane -replicó Morrigan, desli­zándose hacia el borde del asiento y pisando el acelera­dor para pasar al coche que tenía a su izquierda. Luego se enderezó y se secó las lágrimas con el dorso de la mano-. No pienso soltar el volante hasta que llegue­mos a casa. No me perdería esto por nada en el mundo.








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