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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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sábado, 29 de marzo de 2008

EL ALQUIMISTA -- HOWARD P. LOVECRAFT


EL ALQUIMISTA
HOWARD P. LOVECRAFT


El viejo castillo de mis antepasados se yergue allá en lo alto, apoyado sobre la verde cumbre de un
rollizo monte, en cuyas laderas radica, en su parte más baja, un bosque de antiquísimos y nudosos
árboles. Durante muchos siglos, las almenas han dominado desde su rígido trazado el campo nunca
cultivado que las rodea. Sus muros han servido de morada y fortaleza a la presuntuosa casa cuyo
linaje es mucho más antiguo que las musgosas paredes del castillo. Sus torres inmemoriales,
oscurecidas por el paso de las generaciones y averiadas por la inexorable zapa del tiempo supieron
ser durante el feudalismo uno de los más temibles e inexpugnables reductos fortificados en toda
Francia. Desde su interior fueron desafiados barones, condes e incluso reyes, sin que jamás el
enemigo pudiera poner los pies dentro del castillo.
Mas todo ha cambiado desde aquellos años de gloria. Algo así como una pobreza a veces
indistinguible de la miseria, aliada a un orgullo también ancestral que condena cualquier intento de
mitigarla entregándose a actividades comerciales o manuales, ha determinado que los herederos de
nuestra familia no hayan podido conservar las propiedades de acuerdo con su antiguo brillo.
Derrumbes en las paredes, la agreste vegetación en los parques, el foso convertido en una irregular y
polvorienta hendidura del terreno, los suelos hundidos, los podridos revestimientos de madera, las tapicerías reducidas a mugrientos jirones que cuelgan de algunos sitios, todos éstos son apenas
algunos datos que balbucear; la triste historia de una grandeza perdida. El tiempo fue abatiendo una
a una las cuatro grandes torres; finalmente sólo quedaron las maltrechas ruinas de una de ellas. Allí debieron ubicarse los escasos descendientes de quienes en mejores tiempos, fueran los más
poderosos señores de aquellas tierras.
Precisamente en una de esas inmensas y oscuras cámaras de la devastada torre fue donde yo,
Antoine, el último de los desdichados condes de C., nací hace noventa años. Pasé los primeros años de mi vida entre esos muros, en los bosques laberínticos, en los barrancos siempre amenazadores, en las grutas que se abrían al pie de la ladera.
No conocí a mis padres. Mi padre murió un mes antes que yo naciera, como consecuencia del
desprendimiento de una gran piedra de uno de los muros del castillo. Tenía treinta y dos años. Mi madre murió como consecuencia del parto, a los pocos días de mi nacimiento. Por lo tanto mi
crianza y educación quedó obligadamente en manos del único servidor que quedaba en la casa: era
un anciano de gran fidelidad e inteligencia, cuyo nombre, si mal no recuerdo, era Pierre. Yo era hijo
único y la soledad que esta circunstancia siempre comporta se vio aumentada en mi caso por el
celoso cuidado que tuvo mi padre adoptivo por apartarme de los hijos de los campesinos que vivían
en modestas moradas que se diseminaban de tanto en tanto por las llanuras que rodeaban al monte.
Recuerdo haberle oído a Pierre que dicha prohibición se debía a que la nobleza de mi cuna impedía
que alternara con semejante plebe. Sin embargo, supe mucho después que el verdadero propósito
que guiaba al criado consistía en evitar que llegaran a mis oídos las historias acerca de la terrible
maldición que, infinitamente contada, ampliada y modificada, ocupaba las noches de los campesinos reunidos en torno al fuego.
Condenado a la soledad y librado a mi albedrío, pasé toda mi niñez escudriñando los viejos y
musgosos tomos que abarrotaban la biblioteca del castillo y vagabundeando incesantemente entre el polvoriento y retorcido bosque que cubre la ladera casi hasta la llanura. Tal vez por ambas
circunstancias, mi personalidad fue tiñéndose con un fuerte tinte de melancolía. Por lo demás,
aquellos estudios y tareas arraigadas en lo oculto y misterioso de la naturaleza eran las que más me gustaban.
Muy poco llegué a saber acerca de mi estirpe, pero ese poco sirvió para sumirme en la depresión.
Posiblemente en un comienzo fue la propia y férrea resistencia de mi viejo preceptor al referirse a mi
pasado lo que suscitó ese terror que siempre he sentido ante la sola mención de mi casa paterna. No
obstante, al crecer fui enhebrando fragmentos aislados, entresacados de conversaciones cuyo centro
temático era otro, que ya en sus tiempos más seniles escapaban a su proverbial reserva; esas aisladas
pistas se orientaban hacia determinada circunstancia que siempre había considerado extraña, pero que por entonces se había tornado francamente terrible.
Me refiero al hecho que todos los condes de la familia habían encontrado la muerte a edad muy
temprana. En un comienzo, como ya dije, había considerado a esta circunstancia como una
característica natural: en nuestra familia los hombres tenían una vida corta. Paulatinamente fui
pensando más en detalle sobre aquellas muertes prematuras y relacionándolas con los delirios del anciano, los que con frecuencia volvían a cierta maldición que durante siglos había impedido a mis ancestros varones sobrepasar los treinta y dos años. Al cumplir los veintiún años, recibí de manos de
Pierre un documento y la somera explicación que durante generaciones había pasado de padres a
hijos. El contenido era sobrecogedor y no hizo más que confirmar todos mis temores. Por entonces,
yo creía a pie juntillas en lo sobrenatural; si así no hubiese sido habría desechado sin más la
desmesurada revelación del pergamino.
Éste me devolvía al siglo XIII, época en la que las ruinas donde ahora moraba eran una
inexpugnable y temible fortaleza. El documento se refería a determinado anciano que vivía en
nuestras posesiones, hombre de cualidades muy especiales aunque de condición no muy diferente a
la de los demás campesinos. Se llamaba Michel y a su nombre se había colgado el apodo de le
mauvais, el malo, con el que se hacía exiguo homenaje a su reputación. Pese a su clase, era hombre
que había cursado muchos estudios, todos ellos orientados a asuntos tales como la piedra filosofal o el elíxir de la eterna juventud; también era conocedor de los secretos de la magia negra y la alquimia.
Michel le mauvais tenía una hijo llamado Charles, joven tan conocedor como el padre de las artes
ocultas; por estas habilidades también él había recibido el sobrenombre de le sorcier, el brujo. Padre
e hijo, a quienes la gente procuraba evitar, eran sospechados de prácticas horribles. Del viejo, por
ejemplo, se rumoreaba que había quemado viva a su esposa como sacrificio ritual al diablo. La
misteriosa desaparición de muchos pequeños, hijos de campesinos de la zona, era atribuida a estos
dos siniestros personajes. Al margen de ese generalizado sentir, también era cierto que en ambos
brillaba la luz de una intensa humanidad: el viejo amaba a su hijo con una intensa pasión mientras éste experimentaba hacia el padre un afecto mucho mayor que el filial.
Cierta noche, la confusión hizo presa del castillo como consecuencia de la misteriosa
desaparición de Godfrey, el joven hijo del conde Henri. El apesadumbrado padre reunió un grupo e inició una desesperada búsqueda que culminó en la casa de los brujos. Allí encontró a Michel le
mauvais concentrado en revolver un bullente y misterioso caldo que llenaba un enorme caldero.
Inducido por la desesperación, cegado por la furia y la locura, arrastrado por la fama de padre e hijo,
sin prueba alguna, tomó al anciano del cuello y sólo aflojó la presión de sus enormes manos cuando
Michel ya había dejado de respirar. Casi de inmediato, los criados trasmitían la novedad que el joven
Godfrey había aparecido en una de las habitaciones más apartadas del castillo, en una cámara que no
se utilizaba. Michel había muerto absurdamente. En el momento en que el conde y sus acompañantes
abandonaban la humilde morada del alquimista, surgió Charles le sorcier. Los nerviosos
comentarios de los criados le permitieron formarse una idea de lo sucedido; en un principio pareció
no afectado por la muerte del padre, pero luego, lentamente, salió al paso del conde y con voz
desprovista de toda emoción descargó sobre él la espantosa maldición que de allí en más caería
sobre la casa de C.:
«¡Que ninguno de los de tu estirpe criminal
cumpla más años de los que tienes ahora!»
Tras esas palabras terribles, dio un paso hacia atrás, sacó de entre sus ropas un frasco conteniendo
un líquido incoloro y lo arrojó a la cara del conde. Luego desapareció entre los árboles y la noche.
Henri murió sin alcanzar a pronunciar palabra alguna y fue enterrado al día siguiente. Poco antes
había cumplido treinta y dos años. Denodados grupos de campesinos recorrieron infatigablemente
los bosques y llanuras vecinas en pos del asesino, pero nunca lograron descubrir el menor rastro de él.
El paso del tiempo y la casi nula conservación de recuerdos sepultaron la idea de la maldición en
los familiares del conde. Por eso, cuando Godfrey, detonante casual de la tragedia y entonces
portador del título, murió como consecuencia de una flecha mal dirigida en el curso de una jornada
de cacería, precisamente a la edad de treinta y dos años, nadie experimentó otros sentimientos que
los de aflicción por la perdida de una joven vida. Pero, muchos años después, cuando Robert, el
conde que sucedió a Godfrey, apareció muerto de causa desconocida, los campesinos comenzaron a
murmurar acerca del hecho que su señor acababa de cumplir los treinta y dos años. Louis, el hijo de Robert, fue encontrado ahogado en el foso a la fatídica edad. Con esa terrible secuencia transcurría la historia familiar: todos los Henri, Robert, Antoine y Armand abandonaron esta vida poco después de cumplir la edad que tenía Henri en el momento de morir.
De acuerdo con lo que acababa de leer, me quedaban once años de vida como mucho. Hasta
entonces le había dado poco valor a la vida, pero a partir de ese momento fui apreciándola cada vez
más, sobre todo cuando me adentraba más y más en los misterios de la magia negra. Dado mi
aislamiento, la ciencia moderna me era completamente ajena y trabajaba del mismo modo que en la
Edad Media, tal como seguramente lo habían hecho el viejo Michel o su hijo Charles,
completamente enajenados por el afán de llegar a la posesión del saber alquimista. Pese a mis
esfuerzos, en los libros no encontraba ninguna explicación acerca de la maldición que pesaba sobre
mi familia. Trataba de investigar por un camino más racional, buscando alguna explicación natural,
suponiendo que las primeras muertes podían haber sido obra de los descendientes del brujo; pero
tras escrupulosas investigaciones llegué a la irrefutable conclusión que el alquimista no había tenido
descendencia. Nuevamente volví al ocultismo procurando descubrir algún medio que suspendiese la
terrible maldición. Sólo tenía una cosa en claro. Jamás me casaría: puesto que en la familia no había
ninguna otra rama, podía hacer que la maldición concluyera conmigo.
Cerca de mis treinta años, el viejo Pierre murió. Con mis propias manos lo enterré bajo las losas
del patio, sitio por el que había paseado durante toda su vida. Quedé a solas, como único habitante
de las ruinas del castillo. En medio de la soledad, lentamente fui renunciando a la lucha contra el
inexorable fin que me aguardaba mientras me reconciliaba pasivamente con el destino que me uniría
a mis antepasados. La mayor parte del tiempo la invertía en pasear por las habitaciones ruinosas y
abandonadas, por los sitios del castillo que debido al miedo que me inspiraban había evitado durante
la niñez y la adolescencia; según lo que me contaba Pierre, se trataba de lugares que no habían sido
hollados por ningún pie humano en, al menos cuatrocientos años. Singulares y espantosos me
resultaban muchos de los objetos con los que me encontraba. Descubrí muebles cubiertos por
gruesas capas de polvo y carcomidos por la humedad; en todas partes colgaban gruesas telarañas, de
una densidad como jamás había visto, y enormes murciélagos aleteaban en todos los lóbregos
rincones.
Por mi parte, llevaba una estricta cuenta de mi edad, con cifras que incluían días y hasta horas;
sentía que cada movimiento del péndulo del enorme reloj que colgaba de la biblioteca se llevaba un
trozo de mi apreciada existencia. De este modo, inevitablemente vi la cercanía del día que tanto
había temido. Dado que la mayor parte de mis antepasados habían muerto poco antes de cumplir la
edad que tenía el conde Henri, no tenía otra expectativa que aguardar la inevitable muerte. Ignoraba
completamente la forma en que se cumpliría la maldición, pero había llegado a la convicción que
fuera como fuese, no me sorprendería amedrentado ni pasivamente. Supongo que algún arresto de
esa decisión fue lo que me llevó a registrar denodadamente el viejo castillo.
Precisamente, durante una de esas exploraciones en la parte más derruida y, por lo tanto,
abandonada del castillo, poco menos de una semana antes que se cumpliera el plazo fatal, extinguido
el cual no esperaba seguir estando en el mundo de los vivos, ocurrió un suceso extraordinario que
habría de cambiar mi vida. Había ocupado una mañana entera en bajar y subir por los restos de las
escaleras que llevaban a lo alto de una de las más ruinosas torres. En un momento determinado bajé
a los niveles más inferiores hasta dar con una especie de mazmorra medieval o, tal vez, un polvorín
de tiempos más recientes. El corredor estaba tapizado con una gruesa capa de salitre y, tras recorrer
la última escalera, comprobé que el piso comenzaba a humedecerse y, pocos pasos más adelante, la
luz de la antorcha me reveló una pared completamente empapada que cerraba el paso. Al volverme
para desandar el camino descubrí a mis pies una especie de trampa con una argolla. Me incliné sobre
ella, tiré de la argolla y sin dificultad dejé a la vista una negra abertura de la que emanaron vapores
malsanos que chisporrotearon en el fuego de la antorcha. Una vez que la luz se estabilizó pude
descubrir en las tinieblas una escalera que se hundía en las entrañas de la tierra. Introduje la antorcha
en las malsanas profundidades hasta lograr una cierta firmeza en su combustión. Entonces me
aventuré a las profundidades. La escalera parecía larga y llevaba a un corredor muy angosto que, por
lo que se veía, se internaba profundamente en el subsuelo. Efectivamente, el corredor era muy largo
y concluía ante una impresionante puerta de roble completamente impregnada de humedad, pero aún
lo suficientemente firme como para resistir incólume todos mis intentos por abrirla. Tras arduos
esfuerzos comprobé la inutilidad de mi propósito y ya me volvía por el corredor cuando una
sobrecogedora sensación puso en duda los datos que la razón me brindaba acerca de la realidad.
Inesperadamente oí un chirrido a mis espaldas que no podía provenir de otra fuente que no fuese el
movimiento de apertura de la enorme puerta, el ruido de sus herrumbrados goznes. Mis impresiones
y sensaciones fueron completamente caóticas. Tenía la absoluta certeza que el castillo no albergaba
otra presencia humana que no fuese la mía; por eso, la hipótesis más razonable llevaba a pensar en lo
espectral, con lo que me invadió un indescriptible horror. Luego de algunos momentos en que estuve
completamente paralizado, logré volverme hacia el lugar de donde había surgido el chirrido y estuve a punto de desvanecerme ante la presencia que se erguía ante mí.
En medio de la gigantesca puerta había una figura humana. Se trataba de un hombre enfundado en
una amplia túnica medieval de color oscuro y con una suerte de casco de tela en la cabeza. Tenía
cabellos muy largos y una abundante barba renegrida que le confería un aspecto terrible. La frente
era muy amplia, las mejillas lucían hundidas y cubiertas de arrugas e impresionaban sus manos en forma de garras aunque de una blancura nívea, como jamás había visto. Toda su figura era de una delgadez esquelética, encorvada y se confundía en los recios pliegues de su vestimenta. Sin
embargo, lo más impresionante eran sus ojos: semejaban dos pozos de abismales tinieblas, en cuyo
fondo brillaba tanto la brasa de la inteligencia como una inhumana perversidad. Y justamente ahora, que estaban hundidos en mí, sentía cómo el odio que en ellos destellaba se cebaba en mí dejándome clavado en el lugar donde me encontraba.
Luego de una eternidad, la figura habló con una atronadora y gutural voz que resonó como un
terremoto en mis amedrentados oídos. Hablaba en ese latín degradado que fue el idioma entre la
gente docta durante la Edad Media, lengua que me era familiar por las largas horas que había
dedicado al estudio de los viejos alquimistas y demonólogos en la polvorienta biblioteca del castillo.
La singular figura habló de la maldición, aludió a mi próximo fin, refirió extensamente el mal que
mi antepasado había hecho al viejo Michel le mauvais y se demoró entusiasmado en la venganza
urdida por Charles le sorcier. Explicó el modo en que el joven Charles se había internado en la
oscuridad, de donde surgió años después para matar de un certero flechazo a Godfrey, exactamente
el mismo día en que llegaba a la edad que tenía su padre al morir, refirió su secreto regreso a los
dominios de la familia para instalarse precisamente en la cámara donde ahora me encontraba, recinto
ya por entonces abandonado, describió la manera en que había sorprendido a Robert, el hijo de
Godfrey, para hacerle tragar un fulminante veneno exactamente el mismo día en que cumplía los
treinta y dos años, con lo que mantenía puntualmente vigente la maldición vengadora. A través de sus palabras comencé a comprender el mayor de todos los enigmas, es decir la continuidad del
maleficio, luego que, según la ley natural, Charles le sorcier debía haber abandonado este mundo; el hombre habló de los profundos y exitosos estudios que sobre la alquimia habían practicado ambos
hechiceros y, en especial, de las investigaciones que Charles le sorcier había realizado sobre el elíxir de la eterna juventud.
Llevado por el entusiasmo del relato, durante algunos momentos desapareció de sus ojos la
oscura maldad que tanto me había impresionado en un primer momento; mas de pronto lo
demoníaco volvió a centellar en su mirada y tras soltar una especie de silbido, que asocié al de la
serpiente, levantó un frasco de vidrio con el obvio propósito de acabar conmigo del mismo modo
con que Charles le sorcier había terminado con mi antecesor. Instintivamente rompí el sortilegio que hasta entonces me había paralizado y arrojé contra la fatal criatura la ya debilitada antorcha. El
frasco se rompió inofensivamente contra las losas del piso, mientras la túnica de aquel demonio
comenzaba a ser devorada por un fuego que iluminaba siniestramente la escena. Un atroz aullido en el que coexistían tanto el pánico como la expresión de una maldad absoluta brotó de aquel ser
demoníaco y logró acabar con el ya precario equilibrio de mis maltrechos nervios; caí al suelo
inconsciente.
Cuando recuperé el sentido me envolvía la oscuridad. Mi razón se negaba a rememorar lo que
poco antes había ocurrido, pero el acicateo de la curiosidad era intenso. ¿Quién era ese hombre
maligno? ¿Cómo había entrado al castillo? ¿Qué lo movía a querer vengar la muerte de Michel le
mauvais? ¿Cómo se había cumplido la maldición al cabo de seiscientos años? Pese a mi confusión,
una cosa era clara: me había librado de un miedo secular, ya que el ser que había destruido era el
instrumento mediante el cual la maldición se iba a cumplir en mí. Me sentía liberado y con unas
súbitas ganas de saber más sobre la amenaza que durante tantos siglos se había cernido sobre mi
familia, y que tanta angustia había producido a mi juventud. Nada me impediría proseguir con la
exploración que había iniciado; con ese impulso busqué en los bolsillos pedernal y algunos otros
elementos que en poco tiempo me permitieron contar con una nueva antorcha. La luz me entregó la
figura ennegrecida y retorcida del desconocido. Tenía los ojos cerrados. Impresionado con aquella
visión, me aparté internándome en la habitación que cerraba la enorme puerta de roble. En lo
fundamental era lo que parecía el laboratorio de un alquimista. En uno de los rincones se veía un
considerable montón de un metal amarillo que refulgía a la luz de la antorcha. Tal vez fuese oro,
pero no me ocupé en constatarlo porque todavía estaba muy afectado por lo ocurrido poco antes. En la pared del fondo se distinguía un agujero que evidentemente daba a una de las laderas del monte.
Asombrado, comprendí entonces cómo el hombre había conseguido ingresar al castillo. Poco más
tenía que hacer en aquel lugar, por lo que decidí emprender el retorno. Me armé de la intención de pasar junto a los restos del desconocido sin mirarlos. No obstante, al deslizarme por un costado me pareció percibir un tenue murmullo que se desprendía de ellos, como si los restos aún conservaran algo de vida. Pese al horror que me produjo semejante descubrimiento, me acerqué al montón carbonizado que yacía en el suelo.
De repente, los espantosos ojos, mucho más negros que el conjunto en el que sobresalían, se
abrieron y trasmitieron una sensación que no soy capaz de describir. Los labios destrozados
procuraban pronunciar unas palabras que yo no entendía. En un determinado momento me pareció oír el nombre de Charles le sorcier, luego las palabras años y maldición. Ignoraba qué sentido podían tener aquellos jadeos póstumos. Mi incapacidad de entender el significado de sus intentos de expresión exacerbó el centelleo maligno de aquellos ojos y pese a que sabía inerme a mi enemigo, no pude evitar un estremecimiento de terror.
Haciendo acopio de ignotas energías, el ser consiguió alzar la cabeza del piso húmedo. En tanto
yo seguía inmovilizado por el pánico, logró hilvanar estas últimas palabras que desde aquel
momento me acompañan día y noche como una nueva maldición:
¾Imbécil ¾me dijo¾, ¿no adivinas mi secreto? ¿No tienes cerebro para acatar el designio que
durante seiscientos años se ha cumplido en esta casa? Te he instruido sobre el gran elíxir de la
verdad. ¿Cómo es que no sabes quién fue el que resolvió el secreto de la alquimia? ¡Fui yo! ¡Yo!
¡Yo, el que ha vivido seiscientos años para llevar a cabo mi venganza! ¡Yo, Charles le sorcier!
F I N
Título Original: The Alquimist ( 1916 )

lunes, 24 de marzo de 2008

EL BARRIL DE AMONTILLADO – Edgar Allan Poe (1809 –1849)

Título en Inglés: THE CASK OF AMONTILLADO
Texto de dominio público.

EL BARRIL DE AMONTILLADO
Edgar Allan Poe



Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
—Querido Fortunato —le dije en tono jovial—, este es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
—¿Cómo? —dijo él—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
—Por eso mismo le digo que tengo mis dudas —contesté—, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y he de pagarlo.
—¡Amontillado!
—Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...
—Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
—Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
—Vamos, vamos allá.
—¿Adónde?
—A sus bodegas.
—No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...
—No tengo ningún compromiso. Vamos.
—No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
—A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire,
[1] me dejé conducir por él hasta mi palazzo.
Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
—¿Y el barril? —preguntó.
—Está más allá —le contesté—. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
—¿Salitre? —me preguntó, por fin.
—Salitre —le contesté—. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
—¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
—No es nada —dijo por último.
—Venga —le dije enérgicamente—. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
—Basta —me dijo—. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
—Verdad, verdad —le contesté—. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
—Beba —le dije, ofreciéndole el vino.
Se llevó la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
—Bebo —dijo— a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
—Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
—Esas cuevas —me dijo— son muy vastas.
—Los Montresors —le contesté— era una grande y numerosa familia.
—He olvidado cuáles eran sus armas.
—Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
—¿Y cual es la divisa?
—Nemo me impune lacessit
[2]
—¡Muy bien! —dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
—El salitre —le dije—. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
—No es nada —dijo—. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. Él repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprende usted? —preguntó.
—No —le contesté.
—Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
—¿Cómo?
—¿No pertenece usted a la masonería?
—Sí, sí —dije—; sí, sí.
—¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
—Un masón —repliqué.
—A ver, un signo —dijo.
—Este —le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
—Usted bromea —dijo, retrocediendo unos pasos—. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
—Bien —dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Se apoyó pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas.
En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo.
Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
—Adelántese —le dije—. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
—Pase usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
—Cierto —repliqué—, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho.
Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte.
El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
—¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je! a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
—El amontillado —dije.
—¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
—Sí —dije—; vámonos ya.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
—¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
—¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

F I N

[1] Capa o capote
[2] Nadie me ofende impunemente

POPSY -- STEPHEN KING

POPSY
Por : Stephen King

Sheridan conducía con lentitud frente a la larga fachada lisa del centro comercial cuando vió al
chiquillo salir por las puertas principales, situadas bajo el cartel iluminado. Era un niño, de tal
vez algo más de tres años, aunque, sin duda, no pasaba de los cinco. En su rostro se leía una
expresión a la que Sheridan se había tornado muy perceptivo. Estaba intentando contener las
lágrimas, pero no tardaría en echarse a llorar.
Sheridan se detuvo un instante mientras le acometía la familiar sensación de disgusto..., aunque
cada vez que se llevaba a un niño, la sensación se hacía menos acuciante.
Sheridan estacionó la furgoneta en unas de las plazas mas cercanas al centro comercial y
reservadas a los inválidos. En la parte trasera de la furgoneta llevaba una matrícula especial que
el estado concede a los inválidos. La matrícula valía su peso en oro, porque impedía que los
guardias de seguridad sospecharan y, además, porque esas plazas resultaban muy prácticas y casi
siempre estaban vacías.
Se apeó de la furgoneta y camino hacia el niño, que miraba en derredor con una expresión de
creciente pánico. Sí, señor, pensó Sheridan, unos cinco años, tal vez seis, pero muy menudito.
Bajo las estridentes luces fluorescentes que emanaba el interior del edificio, el niño aparecía
blanco como la nieve, no solo asustado, sino realmente enfermo. Sheridan supuso que su aspecto
se debía al miedo. Por lo general, reconocía aquella expresión cuando la veía, porque había visto
un gran terror reflejado en su propio espejo durante el último año y medio.
El niño alzó los ojos esperanzado hacia las personas que pasaban junto a él, personas que
entraban en el centro comercial ansiosas por comprar, que salían cargadas de paquetes, con el
rostro soñador, casi como drogado, impregnado de algo que probablemente tomaban por
satisfacción.
El niño, enfundado en vaqueros Tuffskin y una camiseta de los Penguins de Pittsburgh, buscaba
ayuda, buscaba a alguien que le mirara y comprobara que algo andaba mal, buscaba a alguien
que le formulara la pregunta adecuada.
«Aquí estoy yo -pensó Sheridan mientras se acercaba-. Aquí estoy yo. »
Cuando estaba a punto de alcanzar al niño, divisó a uno de los guardias del centro comercial.
Avanzaba despacio por el pasillo central en dirección a las puertas principales. Tenía la mano
metida en un bolsillo, sin duda buscaba un paquete de cigarrillos. Dentro de un momento saldría
y al diablo con el golpe de Sheridan.
Sheridan retrocedió unos pasos y fingió rebuscar en sus bolsillos para asegurarse de que todavía
llevaba las llaves. Su mirada pasó del niño al guardia de seguridad y otra vez al niño. El pequeño
se echo a llorar. No a aullar, todavía no, pero gruesas lágrimas, que parecían rosadas, empezaron
a rodar por sus mejillas.
Al fin Sheridan decidió ir hacia donde el chiquillo estaba.
¿Has perdido a tu padre? pregunto Sheridan.
Mi papito- repuso el niño mientras se secaba las lagrimas. No lo encuentro.
De pronto el niño estallo en sollozos, y una mujer se volvió con una expresión de vaga
preocupación.
La mujer siguió su camino. Sheridan rodeó los hombros del chico en ademán de consuelo y tiró
de él hacia la derecha... en dirección a la furgoneta. A continuación echó otro vistazo al interior
del centro comercial.
Quiero a mi papito- Sollozó el pequeño
Claro que sí- Lo consoló Sheridan. Y lo encontraremos.
Empezó a dirigirse a la entrada principal, olvidadas ya las lágrimas, y Sheridan tuvo que hacer un
gran esfuerzo para no agarrar al pálido chiquillo en aquel preciso instante.
Primero tenía que conseguir que subiera a la furgoneta.
Llevo al chico a la furgoneta, que tenía cuatro años y estaba pintada de un desvaído color azul.
Abrió la portezuela y dedicó una sonrisa al niño, quien lo miró con expresión de duda. Los ojos
verdes parecían nadar en su pequeño rostro pálido, ojos tan grandes como los de un niño
extraviado de una de esas fotos que anuncian en los semanarios sensacionalistas baratos.
Sheridan salió del estacionamiento principal del centro comercial, se detuvo para comprobar que
no venían coches. El niño estaba sentado en el borde del asiento, con las manos sobre las rodillas
de los téjanos y los ojos completamente atentos.
¿Por que vamos por detrás?- Quiso saber el niño.
Hay que dar la vuelta para ir a las otras puertas- Explicó Sheridan.
La expresión atormentada del pequeño se transformo en otra de sublime alivio, y por un instante,
Sheridan sintió compasión por él. Al fin y al cabo, no era un monstruo ni un maníaco, por dios.
Pero las deudas iban aumentando un poco mas cada vez. Y era la única forma que tenía para
pagarlo.
Sheridan extrajo unas esposas de la guantera sin que el niño lo notara.
El chico se inclinó por un momento, Sheridan se acercó a él y cerró una de las esposas sobre la
mano extendida del niño con toda la facilidad del mundo, y entonces empezaron los problemas.
El crío peleaba como un lobezno, retorciéndose con una fuerza a la que Sheridan nunca habría
dado crédito de no estar experimentando sus consecuencias en aquel mismo instante.
Sheridan agarró al niño por el cuello redondo de la camiseta y tiró de el hacia dentro. Intentó
cerrar la segunda esposa en torno a la riostra especial que había junto al asiento del copiloto, pero
falló. El niño le mordió la mano dos veces hasta hacerle sangrar. Dios, tenía los dientes como
cuchillas de afeitar. Le acometió un intenso dolor que le ascendió por el brazo. Asestó al niño un
puñetazo en la boca. El niño cayó sobre el asiento, medio atontado, con la sangre de Sheridan
sobre los labios, la barbilla y el cuello de la camiseta. Sheridan cerró la esposa sobre la riostra y
se hundió en su propio asiento mientras se succionaba la sangre de la mano.
El dolor era terrible. Se sacó la mano de la boca y observó las heridas a la mortecina luz del
salpicadero. Distinguió dos hileras de orificios superficiales, de unos cinco centímetros de
longitud, que avanzaban hacia la muñeca desde los nudillos. la sangre brotaba en pequeños
hilillos. Pese a todo no sentía deseos de volver a golpear al muchacho, y eso no tenía nada que
ver con dañar la mercancía.
-Se arrepentirá- Anunció el niño.
Sheridan miró en derredor con impaciencia.
-Mi papito es muy fuerte, señor.
Me encontrará.
ajá- dijo Sheridan
Puede olerme
Sheridan no lo dudaba. El mismo podía oler al crío. El miedo despedía un olor con el que se
había familiarizado en sus expediciones anteriores, pero el olor de este niño era irreal, una
mezcla de sudor, barro y ácido sulfúrico hervido. Cada vez estaba mas convencido de que al niño
le pasaba algo grave.
Siete kilómetros mas adelante, Sheridan tomó un camino de tierra apisonada que rodeaba el lado
norte de una laguna. Ocho kilómetros mas adelante y hacia el oeste, tomaría la carretera 41.
Echó un vistazo a la laguna, una extensión plateada a la luz de la luna... y de pronto la luna dejó
de brillar. Desapareció.
Sobre la furgoneta se oyó un ruido parecido al que producen las sábanas al ondear al viento.
¡Abuelito! gritó el niño.
-Cierra el pico- es un pájaro.
Pero de pronto sintió que un gran escalofrío le recorría el cuerpo. Un escalofrío tremendo. Miró
al pequeño. Había vuelto a abrir los labios, mostrando todos los dientes. Tenía dientes blancos,
muy blancos y grandes.
Algo aterrizó sobre el techo de la furgoneta con un gran golpe sordo.
¡Papito! Volvió a gritar el pequeño, casi loco de alegría.
De pronto Sheridan dejo de ver la carretera... una enorme ala membranosa, sembrada de venas
palpitantes, cubrió toda la extensión del parabrisas.
El abuelito sabe volar.
Sheridan lanzó un grito y pisó el freno con la esperanza de que aquella cosa saliera despedida del
techo.
Me ha raptado abuelito.
De pronto, una mano, que parecía mas una garra que una autentica mano, atravesó el vidrio de la
ventanilla y le arrebató dos dedos. Al cabo de un instante, el abuelito arrancó toda la portezuela
de cuajo, convirtiendo las bisagras en brillantes birutas de metal inútil.
El abuelito sacó a Sheridan del coche de un solo tirón, y sus garras se le clavaron en la chaqueta,
después en la camisa y a continuación, en lo mas profundo de la carne de sus hombros. De
repente los ojos verdes del abuelito adquirieron un color rojo oscuro como la sangre.
Hemos ido al centro comercial para comprar juguetes articulados- susurro el abuelito.
El aliento le olía a carne plagada de cresas.
Todos los niños los quieren. Debería haberlo dejado en paz.
Zarandeó a Sheridan como si de un muñeco se tratara. Cuando el hombre gritó, lo zarandeo un
poco mas. Sheridan oyó que el papito le preguntaba al niño con toda amabilidad si todavía tenía
sed; oyó al niño responder que sí, que tenía mucha sed, que el hombre malo lo había asustado y
que tenía la garganta muy seca. Vió la uña del pulgar de su abuelito una fracción de segundo
antes de que desapareciera bajo su barbilla; una uña mordida y gruesa que le rebanó el cuello
antes de que se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, y lo último que vió antes de sumergirse
en las tinieblas fue al niño, con las manos formando un cuenco para recoger en ellas el río de
sangre.


FIN.

algo para leer