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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 23 de julio de 2012

El soldado y la muerte - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev


El soldado y la muerte 
  
Aleksandr Nikoalevich Afanasiev 



Un soldado, después de haber cumplido su servicio  durante  veinticinco  años,  pidió  ser licenciado y se fue a correr mundo.
 
Anduvo  algún  tiempo,  y  se  encontró  a  un pobre  que  le  pidió  limosna.  El  soldado  tenía sólo  tres  galletas  y  dio una  al  mendigo,  quedándose  él  con  dos.  Siguió  su  camino,  y  a poco  tropezó  con  otro  pobre  que  también  le pidió  limosna  saludándolo  humildemente.  El soldado  repartió  con  él  su  provisión,  dándole una galleta y quedándose él con la última.

Llevaba  andando  un  buen  rato  cuando  se encontró a un tercer mendigo. Era un anciano de pelo blanco como la nieve, que también lo saludó  humildemente  pidiéndole  limosna.  El soldado  sacó  su  última  galleta  y  reflexionó
así:

«Si le doy la galleta entera me quedaré sin provisiones; pero si le doy la mitad y encuentra  a  los  otros  dos  pobres,  al  ver  que  a  ellos les he dado una galleta entera a cada uno se


podrá ofender. Será mejor que le dé la galleta entera; yo me podré pasar sin ella.»

Le  dio  su  última  galleta,  quedándose  sin provisiones. Entonces el anciano le preguntó:

-Dime,  hijo  mío,  ¿qué  deseas  y  qué  necesitas?

-Dios  te  bendiga  -le  contestó  el  soldado-.
¿Qué  quieres  que  te  pida  a  ti,  abuelito,  si eres tan pobre que nada puedes ofrecerme?

-No  hagas  caso  de  mi  miseria  y  dime  lo que  deseas;  quizá  pueda  recompensarte  por tu buen corazón.

-No  necesito  nada;  pero  si  tienes  una  baraja, dámela como recuerdo tuyo.

El anciano sacó de su bolsillo una baraja y se la dio al soldado, diciendo:



-Tómala,  y  puedes  estar  seguro  de  que, juegues con quien juegues, siempre ganarás. Aquí  tienes  también  una  alforja;  a  quien  encuentres  en el camino, sea persona, sea animal  o  sea  cosa,  si  la  abres  y  dices:  «Entra aquí», en seguida se meterá en ella.

-Muchas gracias -le dijo el soldado.

Y sin dar importancia a lo que el anciano le había  dicho,  tomó  la  baraja  y  la  alforja  y  siguió su camino.

Después de andar bastante tiempo llegó a la orilla de un lago y vio en él tres gansos que estaban  nadando.  Se  le  ocurrió  al  soldado ensayar su alforja; la abrió y exclamó:

-¡Ea, gansos, entren aquí!

Apenas  tuvo  tiempo  de  pronunciar  estas palabras cuando, con gran asombro suyo, los gansos  volaron  hacia  él  y  entraron  en  la  al

forja. El soldado la ató, se la puso al hombro y siguió su camino.

Anduvo,  anduvo  y  al  fin  llegó  a  una  gran ciudad  desconocida.  Entró  en  una  taberna  y dijo al tabernero:

-Oye, toma este ganso y ásamelo para cenar; por este otro me darás pan y una buena copa de aguardiente, y este tercero te lo doy a ti en pago de tu trabajo.

Se  sentó  a  la  mesa  y,  una  vez  lista  la  cena,  se  puso  a  comer,  bebiéndose  el  aguardiente  y  comiéndose  el  sabroso  ganso.  Conforme cenaba, se le ocurrió mirar por la ventana  y  vio  cerca  de  la  taberna  un  magnífico palacio  que  tenía  rotos  todos  los  cristales  de las ventanas.

-Dime  -preguntó  al  tabernero-,  ¿qué  palacio es ése y por qué se halla abandonado?



-Ya hace tiempo -le dijo éste-que nuestro zar hizo construir ese palacio, pero le fue imposible establecerse en él. Hace ya diez años que  está  abandonado,  porque  los  diablos  lo han  tomado  por  residencia  y  echan  de  él  a todo  el  que  entra.  Apenas  llega  la  noche  se reúnen  allí  a  bailar,  alborotar  y  jugar  a  los naipes.

El  soldado,  sin  pararse  a  pensar  en  nada, se dirigió a palacio, se presentó ante el zar, y haciendo un saludo militar, le dijo así:

-¡Majestad! Perdóname mi audacia por venir  a  verte  sin  ser  llamado.  Quisiera  que  me dieses  permiso  para  pasar  una  noche  en  tu palacio abandonado.

-¡Tú estás loco! Se han presentado ya muchos  hombres  audaces  y  valientes  pidiéndome  lo  mismo;  a  todos  les  di  permiso,  pero ninguno de ellos ha vuelto vivo.



-El soldado ruso ni se ahoga en el agua ni se  quema  en  el  fuego  -contestó  el  soldado-. He  servido  a  Dios  y  al  zar  veinticinco  años  y no me he muerto. ¿Crees que ahora me voy a morir en una sola noche?

-Pero  te  advierto  que  siempre  que  ha  entrado al anochecer un  hombre vivo, a la mañana  siguiente  sólo  se  han  encontrado  los huesos -contestó el zar.

El  soldado  persistió  en  su  deseo,  rogando al zar que le diese permiso para pasar la noche en el palacio abandonado.

-Bueno  -dijo  al  fin  el  zar-.  Ve  allí  si  quieres;  pero  no  podrás  decir  que  ignoras  la muerte que te espera.

Se fue el soldado al palacio abandonado, y una vez allí se instaló en la gran sala, se quitó  la  mochila  y  el  sable,  puso  la  primera  en un  rincón  y  colgó  el  sable  de  un  clavo.  Se sentó  a  la  mesa,  sacó  la  tabaquera,  llenó  la


pipa,  la  encendió  y  se  puso  a  fumar  tranquilamente.

A  las  doce  de  la  noche  acudieron,  no  se sabe  de  dónde,  una  cantidad  tan  grande  de diablos que no era posible contarlos. Empezaron  a  gritar,  a  bailar  y  alborotar,  armando una algarabía infernal.

-¡Hola, soldado! ¿Estás  tú también aquí? gritaron al ver a éste-. ¿Para qué has venido?
¿Acaso  quieres  jugar  a  los  naipes  con  nosotros?

-¿Por qué no he de querer? -repuso el soldado-.  Ahora  que  con  una  condición:  hemos de  jugar  con  mi  baraja,  porque  no  tengo  fe en la de ustedes.

En seguida sacó su baraja y empezó a  repartir las cartas. Jugaron un juego y el soldado ganó; la segunda vez ocurrió lo mismo. A pesar  de  todas  las  astucias  que  inventaban los diablos, perdieron todo el dinero que tení

an,  y  el  soldado  iba  recogiéndolo  tranquilamente.

-Espera, amigo -le dijeron los diablos-; tenemos  una  reserva  de  cincuenta  arrobas  de plata  y  cuarenta  de  oro:  vamos  a  jugar  esa plata y ese oro.

Mandaron a un diablejo para que les trajese  los  sacos  de  la  reserva  y  continuaron  jugando.  El  soldado  seguía  ganando,  y  el  pequeño  diablejo,  después  de  traer  todos  los sacos  de  plata,  se  cansó  tanto  que,  con  el aliento perdido, suplicó al viejo diablo calvo:

-Permíteme descansar un ratito.

-¡Nada  de  descanso,  perezoso!  ¡Tráenos en seguida los sacos de oro!

El diablejo, asustado, corrió a todo correr y siguió  trayendo  los  sacos  de  oro,  que  pronto se  amontonaron  en  un  rincón.  Pero  el  resul

tado  fue  el  mismo:  el  soldado  seguía  ganando.

Los  diablos,  a  quienes  no  agradaba  separarse  de  su  dinero,  derribaron  la  mesa  a  patadas y atacaron al soldado, rugiendo a coro:

-Despedácenlo, despedácenlo.

Pero  el  soldado,  sin  turbarse,  cogió  su  alforja, la abrió y preguntó:

-¿Saben qué es esto?

-Una alforja -le contestaron los diablos.

-¡Pues entren todos aquí!

Apenas pronunció estas palabras, todos los diablos en pelotón se precipitaron en la alforja, llenándola por completo, apretados unos a otros.  El  soldado la  ató  lo  más  fuerte  posible con una cuerda, la colgó de la pared, y luego, echándose sobre los sacos de dinero, se dur

mió  profundamente  sin  despertar  hasta  la mañana.

Muy  temprano,  el  zar  dijo  a  sus  servidores:

-Vayan  a  ver  lo  que  le  ha  sucedido  al  soldado, y si se ha muerto, recojan sus huesos.

Los  servidores  llegaron  al  palacio  y  vieron con asombro al soldado paseándose contentísimo por las salas fumando su pipa.

-¡Hola,  amigo!  Ya  no  esperábamos  verte vivo. ¿Qué tal has pasado la noche? ¿Cómo te las has arreglado con los diablos?

-¡Valientes  personajes  son  esos  diablos!
¡Miren cuánto oro y cuánta plata les he ganado a los naipes!

Los  servidores  del  zar  se  quedaron  asombrados  y  no  se  atrevían  a  creer  lo  que  veían sus ojos.



-Se han quedado todos con la boca abierta
-siguió diciendo el soldado-. Envíenme pronto dos herreros y díganles que traigan con ellos el yunque y los martillos.

Cuando  llegaron  los  herreros  trayendo consigo el yunque y los martillos de batir, les dijo el soldado:

-Descuelguen esa alforja de la pared y den buenos golpes sobre ella.

Los herreros se pusieron a descolgar la alforja y hablaron entre ellos:

-¡Dios  mío,  cuánto  pesa!  ¡Parece  como  si estuviera llena de diablos!

Y éstos exclamaron desde dentro:

-Somos nosotros, queridos amigos.



Colocaron  el  yunque  con  la  alforja  encima y  se  pusieron  a  golpear  sobre  ella  con  los martillos  como  si  estuviesen  batiendo  hierro. Los  diablos,  no  pudiendo  soportar  el  dolor, llenos  de  espanto,  gritaron  con  todas  sus fuerzas:

-¡Gracia,  gracia,  soldado!  ¡Déjanos  libres!
¡Nunca te olvidaremos y ningún diablo entrará  jamás  en  este  palacio  ni  se  acercará  a  él en cien leguas a la redonda!

El soldado ordenó a los herreros que cesasen de golpear, y apenas desató la alforja los diablos  echaron  a  correr  sin  siquiera  mirar atrás; en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron  del  palacio.  Pero  no  todos  tuvieron  la suerte  de  escapar:  el  soldado  detuvo,  como prisionero  en  rehenes,  a  un  diablo  cojo  que no pudo correr como los demás.

Cuando  anunciaron  al  zar  las  hazañas  del soldado, lo hizo venir a su presencia, lo alabó
mucho  y  lo  dejó  vivir  en  palacio.  Desde  en

tonces el valiente soldado empezó a gozar de la  vida,  porque  todo  lo  tenía  en  abundancia: los  bolsillos  rebosando  dinero,  el  respeto  y consideración  de  toda  la  gente,  que  cuando se  lo  encontraban  le  hacían  reverencias  respetuosas, y el cariño de su zar.

Se  puso  tan  contento  que  quiso  casarse. Buscó  novia,  celebraron  la  boda  y,  para  colmo  de  bienes,  obtuvo  de  Dios  la  gracia  de tener un hijo al año de su matrimonio.

Poco  tiempo  después  se  puso  enfermo  el niño  y  nadie  lograba  curarlo.  Cuantos  médicos  y  curanderos  lo  visitaban  no  conseguían ninguna  mejoría.  Entonces  el  soldado  se acordó  del  diablo  cojo;  trajo  la  alforja  donde lo tenía encerrado y le preguntó:

-¿Estás vivo, Diablo?

-Sí, estoy vivo. ¿Qué deseas, señor mío?



-Se ha puesto enfermo mi hijo y no sé qué
hacer con él. Quizá tú sepas cómo curarlo.

-Sí  sé.  Pero  ante  todo  déjame  salir  de  la alforja.

-¿Y si me engañas y te escapas?

El  diablo  cojo  le  juró  que  ni  siquiera  un momento había tenido esa idea, y el soldado, desatando  la  alforja,  puso  en  libertad  a  su prisionero.

El  diablo,  recobrando  su  libertad,  sacó  un vaso  de  su  bolsillo,  lo  llenó  de  agua  de  la fuente,  lo  colocó  a  la  cabecera  de  la  cama donde  estaba  tendido  el  niño  enfermo  y  dijo al padre:

-Ven aquí, amigo, mira el agua.

El soldado miró el agua, y el diablo le preguntó:



-¿Qué ves?

-Veo la Muerte.

-¿Dónde se halla?

-A los pies de mi hijo.

-Está  bien.  Si  está  a  los  pies,  quiere  decir que el enfermo se curará. Si hubiese estado a la  cabecera,  se  hubiese  muerto  sin  remedio. Ahora toma el vaso y rocía al enfermo.

El  soldado  roció  al  niño  con  el  agua,  y  al instante se le quitó la enfermedad.

-Gracias -dijo el soldado al diablo cojo, y le dejó libre, guardando sólo el vaso.

Desde  aquel  día  se  hizo  curandero,  dedicándose a curar a los boyardos y a los generales.  No  se  tomaba  más  trabajo  que  el  de mirar en el vaso, y en seguida podía decir con


la mayor seguridad cuál de los enfermos moriría y cuál viviría.

Así  transcurrieron  unos  cuantos  años, cuando un día se puso enfermo el zar. Llamaron  al  soldado,  y  éste,  llenando  el  vaso  con agua de la fuente, lo colocó a la cabecera del lecho,  miró  el  agua  y  vio  con  horror  que  la Muerte estaba, como un centinela, sentada a la cabecera del enfermo.

-¡Majestad!  -le  dijo  el  soldado-.  Nadie  podrá  devolverte  la  salud.  Sólo  te  quedan  tres horas de vida.

Al oír estas palabras el zar se encolerizó y gritó con rabia:

-¿Cómo?  Tú  que  has  curado  a  mis  boyardos y a mis generales, ¿no quieres curarme a mí,  que  soy  tu  soberano?  ¿Acaso  soy  yo  de peor  casta  o  indigno  de  tu  favor?  Si  no  me curas  daré  orden  para  que  te  ejecuten  una hora después de mi muerte.



El  soldado  se  encontró  perplejo  ante  este problema  y  se  puso  a  suplicar  a  la  Muerte, diciendo:

-Dale  al  zar  la  vida  y  toma  en  cambio  la mía, porque si de todos modos he de perecer, prefiero  morir  por  tu  mano  a  ser  ejecutado por la del verdugo.

Miró otra vez en el vaso y vio que la Muerte le hacía una señal de aprobación y se colocaba a los pies del zar.

El  soldado  roció  al  enfermo,  y  éste  en  seguida  recobró  la  salud y  se  levantó  de  la  cama.

-Oye,  Muerte  -dijo  el  soldado-,  dame  tres horas  de  plazo;  necesito  volver  a  casa  para despedirme de mi mujer y de mi hijo.

-Está bien -contestó la Muerte.



El soldado se fue a su casa, se acostó y se puso  muy  enfermo.  La  Muerte  no  tardó  en llegar  y  en  colocarse  a  la  cabecera  de  su  cama, diciéndole:

-Despídete pronto de los tuyos, porque ya no te quedan más que tres minutos de vida.

El  soldado  extendió  un  brazo,  descolgó  de la pared la alforja, la abrió y preguntó:

-¿Qué es esto?

La Muerto le contestó:

-Una alforja.

-Es verdad; pues entra aquí.

Y  la  Muerte  en  un  instante  se  encontró
metida en la alforja.

El soldado sintió tan grande alivio que saltó  de  la  cama,  ató  fuertemente  la  alforja,  se


la colgó al hombro y se encaminó a los espesos  bosques  de  Briauskie.  Llegó  allí,  colgó  la alforja  en  la  cima  de  un  álamo  y  se  volvió
contento a su casa.

Desde  entonces  ya  no  se  moría  la  gente. Nacían  y  nacían,  pero  ninguno  se  moría.  Así
transcurrieron muchos años, sin que el soldado descolgase la alforja del álamo.

Una vez que paseaba por la ciudad tropezó
con una anciana tan vieja y decrépita, que se caía al suelo a cada soplo del viento.

-¡Dios  de  mi  alma,  qué  vieja  eres!  exclamó el soldado-. ¡Ya es tiempo de que te mueras!

-Sí,  hijo  mío  -le  contestó  la  anciana-. Cuando hiciste prisionera a la Muerte sólo me quedaba una hora de vida. Tengo gran deseo de descansar; pero ¿cómo he de hacer? Sin la muerte la tierra no me admite para que descanse en sus profundidades. Dios te castigará


por ello, pues son muchos los seres humanos que  están  sufriendo  como  yo  en  este  mundo por tu causa.

El soldado se quedó pensativo: «Se ve que es  necesario  libertar  a  la  Muerte  aunque  me mate a mí -pensó-. ¡Soy un gran pecador!»

Se  despidió  de  los  suyos  y  se  dirigió  a  los bosques  de  Briauskie.  Llegó  allí,  se  acercó  al álamo  y  vio  la  alforja  colgada  en  lo  alto  del árbol, balanceada por el viento.

-Oye,  Muerte,  ¿estás  viva?  -preguntó  el soldado.

La Muerte le contestó  con una voz apenas perceptible:

-Estoy viva, amigo.

El  soldado  descolgó  la  alforja,  la  desató  y la  abrió,  dejando  libre  a  la  Muerte,  a  la  que suplicó  que  lo  matase  lo  más  pronto  posible


para  sufrir  poco;  pero  la  Muerte,  sin  hacerle caso, echó a  correr y  en un instante desapareció.

El soldado volvió a su casa y siguió viviendo  muchos  años,  gozando  de  la  mayor  felicidad.

Todos  creían  que  ya  no  se  moriría  nunca; pero, según dicen, se ha muerto hace poco.
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