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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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viernes, 11 de octubre de 2013

Crónicas Vampíricas - Memnoch El Diablo II - Anne Rice


Crónicas Vampíricas
Memnoch El Diablo
 II
Anne Rice




11
—Demos un paseo por el bosque mientras charlamos —dijo Memnoch—. Si no te importa caminar un rato.
—En absoluto —respondí.
Memnoch se retiró algunas briznas que aún habían quedado adheridas a su túnica, una bonita, aunque discreta y sencilla prenda, que podía haberse puesto ayer o hace un millón de años. Memnoch tenía una talla algo más grande que la mía, quizá superior a la de la mayoría de humanos; colmaba las míticas expectativas de un ángel, excepto por sus alas blancas, que eran diáfanas y, por razones prácticas, conservaban su forma ocultas bajo un manto de invisibilidad.
—Estamos fuera del tiempo —dijo—. No te preocupes por los hombres y mujeres que nos encontremos en el bosque. No pueden vernos. Ninguno de los que están aquí puede vernos, y por eso puedo conservar mi forma actual. No tengo que recurrir al cuerpo siniestro y diabólico que según Él es el más indicado para llevar a cabo mis maniobras terrenales, ni a la forma del Hombre Corriente, que es la que prefiero.
—¿De modo que no podías aparecer en la Tierra ante mí bajo tu forma angelical?
—No sin discutir y suplicar, lo cual no me apetecía —contestó Memnoch— Eso habría inclinado la balanza excesivamente a mi favor. Bajo esta forma, parezco demasiado bondadoso. No puedo entrar en el cielo de otro modo; Él no quiere verme con la otra apariencia, cosa que no le reprocho. Francamente, en la Tierra me resulta más sencillo asumir el aspecto del Hombre Corriente.
Memnoch me ayudó a levantarme. Su mano tenía un tacto firme y cálido. De hecho, su cuerpo parecía tan sólido como el de Roger hacia el final de su fantasmagórica visita. El mío estaba intacto y presentaba el mismo aspecto de siempre.
No me asombró comprobar que tenía el pelo alborotado. Me apresuré a pasarme el peine y me sacudí los pantalones y la chaqueta. En Nueva Orleans me había puesto un traje oscuro que ahora aparecía manchado de polvo y tenía pegadas unas briznas de hierba, pero aparte de eso no había sufrido ningún desperfecto. El cuello de la camisa estaba roto, como si yo mismo lo hubiera desgarrado al sentirme asfixiado. Aparte de esos detalles sin importancia, ofrecía como siempre un aspecto elegante en medio de aquel frondoso jardín, tan distinto a todos los que había visto en mi vida.
Un rápido vistazo me confirmó que aquello no era una selva tropical, sino un bosque bastante menos denso, aunque muy primitivo.
—Fuera del tiempo... —dije.
—Bueno, digamos que entramos y salimos de él a nuestro antojo —contestó Memnoch—. Exactamente nos hallamos a varios miles de años anteriores a tu época. Pero te repito que los hombres y mujeres que deambulan por estos bosques no pueden vernos, así que no te preocupes. Por otra parte, los animales no pueden atacarnos. Somos unos meros observadores; nuestra presencia no puede influir en nada de lo que vemos. Ven, conozco este terreno como la palma de mi mano. Sígueme, cerca de aquí hay un sendero que atraviesa el bosque. Tengo mucho que contarte. Las cosas a nuestro alrededor empezarán a cambiar.
—¿Tu cuerpo es real? ¿Completo?
—Los ángeles somos invisibles por naturaleza —respondió Memnoch—. Es decir, somos inmateriales en el sentido de la materia terrenal, o de la materia del universo físico o como quieras describir la materia. Pero tenías razón al decir que poseemos un cuerpo esencial, y podemos obtener suficiente materia de diversas fuentes para crearnos un cuerpo completo y funcional, del que posteriormente nos desembarazamos.
Caminamos despacio y con tranquilidad a través de la hierba. Mis botas, suficientemente gruesas para hacer frente a los rigores del invierno en Nueva York, resultaban muy útiles para avanzar por el accidentado terreno.
—Quiero decir —prosiguió Memnoch, volviéndose para mirarme (medía unos siete centímetros más que yo) con sus grandes ojos rasgados— que no es un cuerpo prestado, ni tampoco totalmente artificial. Es mi cuerpo cuando está rodeado y saturado de materia. Dicho de otro modo, es el resultado lógico una vez que mi esencia ha logrado obtener los materiales que necesita para elaborarse un cuerpo.
—Es decir, que puedes asumir el aspecto que desees.
—Justamente. El cuerpo de diablo es una penitencia; el Hombre Corriente, un mero subterfugio. Éste es mi aspecto natural. En el cielo hay muchos ángeles como yo. Tú sólo te fijaste en las almas humanas, pero está lleno de ángeles.
Traté de recordar. ¿No había visto a unos seres más altos de lo normal, dotados de alas? Sí, creía haberlos visto, pero no estaba seguro. De pronto resonó en mis oídos el beatífico clamor del cielo. Experimenté la alegría, la felicidad de sentirse a salvo y, por encima de todo, la satisfacción de las almas que estaban allí. Pero no me había fijado en los ángeles.
—Asumo mi aspecto natural —continuó Memnoch— cuando estoy en el cielo o me hallo fuera del tiempo; cuando voy por libre, por decirlo así, y cuando no estoy en la Tierra. Otros ángeles, como Miguel o Gabriel, etcétera, pueden aparecer en la Tierra en su forma glorificada si lo desean. Sería completamente natural. La materia que atraen mediante su fuerza magnética les confiere un aspecto muy hermoso, tal como los concibió Dios. Pero por lo general no se presentan así en la Tierra, sino como hombres o mujeres corrientes, porque resulta más sencillo. No conviene apabullar a los seres humanos; resulta contraproducente para nuestros intereses y los de nuestro Señor.
—¿Y cuáles son esos intereses? ¿Qué te propones, puesto que declaras que no eres un ser maligno?
—Empecemos por la Creación. En primer lugar debo decir que no sé nada sobre la procedencia de Dios, ni el cómo ni el porqué. Nadie lo sabe. Todos los escritores místicos, los profetas de la Tierra, hindúes, zoroástricos, hebreos, egipcios, reconocen la imposibilidad de comprender los orígenes de Dios. Eso no me incumbe, aunque sospecho que al final de los tiempos lo sabremos.
—¿Te refieres a que Dios no ha prometido revelarnos de dónde procede?
—¿Sabes una cosa? —replicó Memnoch con una sonrisa—. Creo que ni Dios mismo lo sabe. Creo que ése fue el motivo de que creara el universo físico. Piensa que observando la evolución del universo conseguirá averiguar sus orígenes. Ha puesto en marcha un gigantesco jardín salvaje, un experimento descomunal, para comprobar si al final aparece otro ser como Él. Dios nos ha hecho a todos a su imagen y semejanza, es antropomórfico, sin duda, pero no es material.
—Y cuando apareció aquella luz cegadora en el cielo, cuando te cubriste los ojos, apareció Dios.
Memnoch asintió.
—Dios Padre, Dios, la Esencia, Brahma, el Aten, el Dios Bondadoso, En Sof, Yahvé, Dios.
—Entonces ¿cómo es posible que sea antropomórfico?
—Su esencia posee una forma, igual que la mía. Nosotros, los primeros seres que creó, fuimos hechos a su imagen y semejanza. Él mismo nos lo dijo. Dios posee dos piernas, dos brazos y una cabeza. Nos convirtió en unas imágenes invisibles de sí mismo. Luego puso en marcha el universo para estudiar el desarrollo de esa forma a través de la materia, ¿comprendes?
—No del todo.
—Pienso que Dios nos creó a partir de su propia imagen. Creó un universo físico cuyas leyes determinarían la evolución de unas criaturas semejantes a Él, unas criaturas materiales. Pero no tuvo en cuenta un curioso detalle. Sí, la historia de la Creación está plagada de curiosos detalles. Ya sabes lo que opino. Tu amigo David lo descubrió cuando era mortal. Creo que el plan de Dios fracasó.
—Es cierto, David dijo que los ángeles creían que el plan de la Creación, tal como lo había concebido Dios, había fracasado.
—En efecto. Pienso que Dios creó el universo para comprobar qué hubiera sucedido de haber estado constituido Él mismo por materia. Creo que pretendía averiguar sus orígenes, por qué tiene la forma que tiene, una forma semejante a la tuya o la mía. Al observar la evolución del hombre, Dios confiaba en descifrar su propia evolución, suponiendo que eso hubiera ocurrido. En cuanto al resultado de su plan, juzga por ti mismo.
—Un momento —dije—. Pero si Él es espiritual, está hecho de luz o de la nada, ¿qué le hizo pensar en la materia?
—Lo que me planteas es un misterio cósmico. En mi opinión, fue su imaginación la que creó la materia, o la previo o la deseó. Creo que esto último constituye un aspecto muy importante de su mente. Si Dios se originó a partir de la materia... ello significa que esto es un experimento para comprobar si la materia puede evolucionar hasta convertirse de nuevo en Dios.
»Por otra parte, si Dios no se originó a partir de la materia, si es algo que Él imaginó o deseó, ello no incide básicamente sobre Él. Él deseaba la materia. No se sentía satisfecho sin ella. De otro modo no la habría creado. No fue un hecho fortuito, te lo aseguro.
»Pero debo advertirte que no todos los ángeles coinciden en esta interpretación. Algunos creen que no es necesario tratar de interpretarlo y otros sostienen unas tesis completamente distintas. En cualquier caso ésta es mi tesis, y puesto que soy y hace siglos que vengo siendo el diablo, el adversario, el príncipe de las tinieblas, el gobernante del infierno, creo que merece la pena que exprese mi opinión. Pienso que es absolutamente creíble. Éste es mi artículo de fe.
»La concepción del universo es inmensa, por utilizar un término que en este caso resulta pobre, pero el proceso de la evolución de las especies fue un experimento ideado por Él, y nosotros, los ángeles, fuimos creados mucho antes de que éste se iniciara.
—¿Cómo era todo antes de que existiera la materia?
—No te lo sabría decir. Lo sé, pero sinceramente no lo recuerdo. El motivo es muy simple: cuando Dios creó la materia también creó el tiempo. Los ángeles comenzaron a existir no sólo en gloriosa armonía con Dios, sino que al mismo tiempo empezaron a ser testigos y a participar en el tiempo.
»Ahora podemos salirnos de él, e incluso recuerdo vagamente cuando no existía el aliciente de la materia y el tiempo; pero no podría describir ese estadio primitivo. La materia y el tiempo lo modificaron todo. No sólo eliminaron el estado puro que les precede, sino que lo superaron, lo...
—Eclipsaron.
—Exacto. La materia y el tiempo eclipsaron al tiempo anterior al tiempo.
—¿Recuerdas haber sido feliz entonces?
—Una pregunta muy interesante —respondió Memnoch—. No sé si atreverme a decirlo. Recuerdo cierta insatisfacción, la sensación de ser incompleto, más que una absoluta felicidad. Por otra parte, había menos cosas que comprender.
»No puedes suponer el impacto que nos causó la creación del universo físico. Imagina, por un instante, lo que significa el tiempo, lo deprimido que te sentirías si no existiera. No, no me he expresado de forma correcta. Me refiero a que sin el tiempo no tendrías conciencia de ti mismo ni en términos de fracaso ni de triunfo, ni en términos de movimiento hacia atrás ni hacia delante, ni advertirías el efecto que ello produce sobre todo lo demás.
—Comprendo. Debe de ser algo así como unos ancianos que han perdido tanta capacidad intelectual que no recuerdan nada. Se convierten en unos vegetales, dejan de ser humanos, no tienen nada en común con el resto de su raza porque no tienen ningún sentido de nada... ni de sí mismos ni de los demás.
—Una analogía perfecta. Aunque te aseguro que esos ancianos todavía poseen un alma, la cual en un momento determinado deja de depender de sus atrofiados cerebros.
—¡Ah, el alma! —exclamé.
Caminamos despacio, pero sin detenernos. Yo intenté no desviar mi atención hacia los árboles y las flores que nos rodeaban, pero siempre me han seducido las flores. Las flores que vi en aquel lugar tenían un tamaño que en nuestro mundo sería tildado de poco práctico, y sin embargo pertenecían a unas especies que yo conocía. Este era el mundo que había existido antes.
—Sí, tienes razón —dijo Memnoch—. ¿Sientes el calor que nos rodea? Es una etapa de desarrollo evolucionista muy interesante en nuestro planeta. Cuando los hombres se refieren al edén o al paraíso, «evocan» esta época.
—Aún no se ha producido el período glaciar.
—Se aproxima el segundo período glaciar. No cabe la menor duda. El mundo se renovará y el edén resurgirá. Durante el período glaciar, los hombres y las mujeres experimentarán una transformación. Pero ten presente que se trata de una época en la que la vida, tal como la conocemos, hacía millones de años que existía.
Me detuve y me cubrí el rostro con las manos, a fin de repasar todo lo que me había revelado Memnoch. (Si el lector desea hacerlo, puede releer las dos últimas páginas.)
—Pero Él sabía lo que era la materia —observé.
—No, no estoy seguro de que lo supiera —respondió Memnoch—. Tomó aquella semilla, aquel huevo, aquella esencia y con ello produjo la materia. Pero no sé hasta qué punto había previsto el alcance de su acción. Ahí se centra nuestra gran discusión. No creo que Él prevea las consecuencias de sus actos. No creo que preste la debida atención a lo que hace. Por eso nos peleamos.
—De modo que Él creó la materia quizás al descubrir lo que era mientras la creaba.
—Sí, la materia y la energía, que como sabes son intercambiables. Sí, Él las creó, y sospecho que la clave de los orígenes de Dios reside en la palabra «energía». Si alguna vez el ser humano logra dar una explicación satisfactoria a la existencia de los ángeles y Dios, la clave residirá en la energía.
—De modo que Él era energía —dije— y al crear el universo hizo que una parte de esa energía se convirtiera en materia.
—Sí, y para conseguir un intercambio circular independiente de sí mismo. Por supuesto, nadie nos dijo esto al principio. Él no dijo nada. Creo que no lo sabía. Nosotros, desde luego, no lo sabíamos. Lo único que teníamos claro era que sus creaciones nos dejaban asombrados. Estábamos maravillados ante el tacto, el sabor, el calor, la solidez y la acción gravitatoria de la materia en su batalla con la energía. Sólo sabíamos lo que veíamos.
—Y visteis cómo se desarrollaba el universo. Asististeis al Big Bang.
—Te recomiendo que utilices ese término con reservas. Sí, contemplamos el nacimiento del universo; vimos cómo se ponía todo en marcha, por decirlo así. ¡Fue impresionante! Este es el motivo de que prácticamente todas las religiones primitivas que existen en la Tierra celebren la majestuosidad, la grandeza y el genio del Creador, de que los primeros himnos que se cantaron en la Tierra ensalzaran la gloria de Dios. Nos sentimos impresionados, al igual que les sucedería más tarde a los humanos, y en nuestras mentes angelicales Dios era todopoderoso y prodigioso y portentoso antes de que el hombre fuera creado.
»Pero deja que te recuerde, ahora que paseamos por este magnífico jardín, que presenciamos millones de explosiones y transformaciones químicas, tremendos cataclismos, en los que intervenían moléculas no orgánicas antes de que existiera la «vida».
—Ya existían las montañas.
—Sí.
—¿Y las lluvias?
—Torrentes de lluvia.
—Y los volcanes entraban en erupción.
—Continuamente. Fue muy excitante. Observamos cómo se espesaba y desarrollaba la atmósfera, cómo cambiaba su composición.
»Y entonces se produjo lo que llamaré, para que lo entiendas, las trece revelaciones de la evolución física. Con la palabra "revelación" me estoy refiriendo a lo que se nos reveló a nosotros, los ángeles, que fuimos quienes observamos esos fenómenos.
«Podría explicártelo con más detalle, mostrarte el interior de cada especie de organismo básico que ha existido en el mundo. Pero no lo recordarías. Sólo te contaré lo que seas capaz de recordar, a fin de que puedas tomar una decisión mientras todavía estés vivo.
—¿Aún estoy vivo?
—Por supuesto. Tu alma no ha padecido la muerte física; no ha abandonado la Tierra, excepto conmigo y mediante una dispensa especial para el viaje que hemos iniciado. Eres Lestat de Lioncourt, aunque tu cuerpo ha experimentado una mutación debido a la invasión de un espíritu extraño y alquímico cuya historia y tribulaciones tú mismo has relatado.
—Entonces, si decido acompañarte... seguirte... ¿debo morir?
—Naturalmente —contestó Memnoch.
Me detuve de nuevo y me llevé las manos a las sienes. Miré la hierba que había a mis pies. Observé el enjambre de luz insectil que se alimentaba de los últimos rayos del sol. Observé el reflejo del resplandor y la frondosidad del bosque en los ojos de Memnoch.
Memnoch alzó la mano lentamente, como dándome la oportunidad de alejarme de él, y luego la apoyó en mi hombro. Era un gesto de respeto que me encantaba, y que yo mismo procuraba utilizar de vez en cuando.
—Todo depende de ti. Puedes volver a convertirte en lo que eres en estos momentos.
No respondí. Era consciente de las palabras que atravesaban mi mente: inmortal, inmaterial, terrenal, vampiro. Pero no las pronuncié en voz alta. ¿Cómo podía renunciar a aquello? De nuevo vi su rostro y oí sus palabras: «Jamás te convertirás en mi adversario.»
—Veo que respondes perfectamente a lo que te explico —dijo Memnoch sonriendo con afabilidad—. Aunque ya sabía que lo harías.
—¿Por qué? —pregunté—. Dímelo. Necesito que me animes. Me avergüenzo de mis lágrimas y gimoteos, aunque confieso que no me apetece hablar de mí mismo.
—Lo que tú eres forma parte de lo que estamos haciendo —respondió Memnoch.
De pronto nos topamos con una inmensa tela de araña que se mantenía suspendida sobre el sendero por unos gruesos y relucientes hilos. De forma respetuosa, Memnoch agachó la cabeza en lugar de destruirla, plegando las alas para no quedar enganchado en ella, y yo le seguí.
—Tienes la virtud de la curiosidad —dijo Memnoch—. Deseas saber. Eso es lo que el viejo Marius te dijo, que él, tras haber sobrevivido miles de años, más o menos... estaba encantado de responder a las preguntas de un joven ser vampírico que mostraba deseos de saber.
»A pesar de ser un impertinente y un engreído, quieres saber. Nos has ofendido continuamente a Dios y a mí, como toda la gente de tu época. Eso no tiene nada de particular, excepto que en tu caso posees una gran curiosidad y afán de conocer. Contemplaste con asombro el jardín salvaje, en lugar de limitarte a seguir un papel determinado en la función de la vida. Ese es uno de los motivos por los que te he elegido.
—De acuerdo —dije con un suspiro.
Lo que decía Memnoch tenía sentido. Recordaba muy bien las revelaciones que me había hecho Marius. Había dicho las mismas cosas a las que se había referido Memnoch. También sabía que mi amor por David y Dora giraba alrededor de unas características muy similares que ambos poseían: una curiosidad sin límites y la voluntad de aceptar la consecuencia de las respuestas.
—¡Dios mío, Dora! ¿Está bien?
—Esa es una de las cosas que me sorprenden de ti, la facilidad con que te distraes. Justo cuando creo que te he asombrado con una de mis revelaciones, que he captado tu atención, me haces una pregunta que no tiene nada que ver con el tema. Ello no merma tu curiosidad, pero es una forma de controlar la situación, por decirlo así.
—¿Insinúas que en estos momentos debería olvidarme de Dora?
—Te responderé claramente. No tienes nada de que preocuparte. Tus amigos, Armand y David, han dado con Dora y la están vigilando, sin revelar sus identidades.
Memnoch sonrió para tranquilizarme y sacudió la cabeza en un gesto de perplejidad y reproche.
—Debes tener presente que tu querida Dora posee unos recursos físicos y mentales tremendos —dijo—. Es posible que hayas conseguido lo que Roger te pidió. Dora ha tenido desde muy joven una gran fe en Dios, y eso es lo que siempre la ha distinguido del común de los mortales; lo que tú le has mostrado ahora no ha hecho sino incrementar esa fe. Pero prefiero no seguir hablando de Dora. Quiero seguir describiendo la Creación.
—Continúa, te lo ruego.
—¿Por dónde íbamos? Te decía que existía Dios y que nosotros estábamos con Él. Teníamos una forma antropomórfica pero no la calificábamos así porque nunca habíamos visto nuestra propia forma material. Sabíamos que estábamos dotados de brazos, piernas, cabezas, rostros y una especie de movimiento que es puramente celestial, pero que cohesiona todas nuestras partes con armonía y fluidez. Sin embargo, no sabíamos nada sobre la materia ni la forma material. Luego, Dios creó el universo y el tiempo.
»Nos quedamos al mismo tiempo asombrados y entusiasmados. Absolutamente entusiasmados.
»Dios nos dijo: "Observad con atención, porque vais a contemplar una maravilla que excederá vuestras nociones y vuestras expectativas, al igual que las mías".
—¿Eso es lo que os dijo Dios?
—Sí, a mí y a los otros ángeles. "Observad con atención." Si examinas las Sagradas Escrituras, verás que uno de los primeros términos con que se describía a los ángeles era con el de "observadores".
—Sí, en el Libro de Enoc y en varios textos hebreos.
—Cierto. Y si examinas otras religiones que existen en el mundo, cuyos símbolos y lenguaje te resultan menos familiares, observarás una cosmología de seres similares a nosotros, una raza primitiva de criaturas divinas que custodiaban o precedieron a los seres humanos. Resulta todo bastante confuso, pero en cierta forma... todo está allí. Nosotros fuimos testigos de la Creación de Dios. La precedimos, y por tanto no asistimos a la nuestra. Pero nos hallábamos presentes cuando Dios creó las estrellas.
—¿Insinúas que esas otras religiones poseen la misma validez que la religión a la que nos estamos refiriendo? Estamos hablando de Dios nuestro Señor, como si fuéramos unos europeos católicos...
—Todo es muy confuso, pero puedes hallarlo en innumerables textos en todo el mundo. Algunos, que desgraciadamente han desaparecido, contenían una información extraordinariamente precisa sobre la cosmología; existen otros que los hombres conocen y algunos más que han caído en el olvido, aunque es posible que dentro de un tiempo sean recuperados.
—Dentro de un tiempo...
—Básicamente, es la misma historia. Pero escucha mi punto de vista sobre ella y no tendrás ninguna dificultad en conciliarla con tus propios puntos de referencia y con la simbología que te resulte más comprensible.
—Pero, volviendo a la validez de las otras religiones, lo que dices es que el ser que vi en el cielo no era Jesús.
—Yo no he dicho eso. Al contrario, dije que era Dios Encarnado. Pero espera a que lleguemos a ese punto.
Habíamos salido del bosque y nos hallábamos en las lindes de una estepa. De pronto divisé a lo lejos a los humanos cuyo olor me tenía obsesionado. Era un grupo de nómadas vestidos sucintamente que avanzaban a través de la hierba. Había unos treinta, quizá menos.
—Y todavía no se ha instaurado el período glaciar —dije.
Me volví varias veces en un intento de asimilar y memorizar los detalles de los inmensos árboles. Al hacerlo, advertí que el bosque había cambiado.
—Observa con atención a los seres humanos —dijo Memnoch, señalándolos—. ¿Qué es lo que ves?
Entrecerré los ojos e hice acopio de mis poderes vampíricos para observarlos con más detalle.
—Unos hombres y mujeres muy parecidos a los de hoy en día. Yo diría que pertenecen a nuestra especie, la del Homo sapiens sapiens.
—Exactamente. ¿No adviertes nada especial en sus rostros?
—Que tienen unas expresiones absolutamente modernas, al menos comprensibles para una mente moderna. Algunos parecen preocupados; otros hablan entre sí; un par de ellos están inmersos en sus pensamientos. El hombre que se ha quedado rezagado, el de la larga pelambrera, parece desgraciado; y aquella mujer de pechos voluminosos... ¿Estás seguro de que no puede vernos?
—No, está mirando hacia aquí pero no puede vernos. ¿Qué es lo que la distingue de los hombres?
—Para empezar, sus pechos y el hecho de no tener barba. Todos los hombres tienen barba. La mujer lleva el pelo más largo, lógicamente, y es bonita, delicada, femenina. No lleva un niño en los brazos, pero los otros sí. Debe de ser la más joven del grupo, o quizá no ha parido todavía.
Memnoch asintió.
La mujer tenía los ojos entrecerrados, como yo, y me pareció que nos estaba mirando. Tenía el rostro alargado, ovalado, lo que un arqueólogo denominaría un rostro Cromagnon; no presentaba ningún rasgo simiesco, ni tampoco sus compañeros. Su piel era de color dorado, como la de las gentes semíticas o árabes, como la de Dios. El viento agitaba suavemente su hermosa cabellera. De pronto la mujer se volvió y siguió avanzando.
—Van desnudos —observé.
Memnoch lanzó una pequeña carcajada.
Nos dirigimos de nuevo hacia el bosque y la estepa desapareció. La atmósfera era densa, húmeda y perfumada.
A nuestro alrededor se alzaban inmensas coníferas y helechos. No había visto jamás unos helechos de aquel tamaño. Sus monstruosas frondas eran mayores que las de los plátanos, y por lo que respecta a las coníferas, sólo eran comparables a las descomunales secoyas de los bosques del oeste de California, unos árboles que siempre me han infundido temor y una sensación de soledad.
Memnoch siguió adelante, indiferente a la exuberante selva tropical que nos rodeaba. Junto a nosotros se deslizaban diversos animales e insectos; a lo lejos percibimos unos rugidos. El suelo estaba tapizado de hierba verde y aterciopelada, y a veces sembrado de piedras.
De repente se levantó una fresca brisa y me volví. La estepa y los humanos habían desaparecido. Los helechos eran tan tupidos que durante unos instantes no me di cuenta de que había comenzado a llover. La lluvia caía sobre las copas de los árboles y sólo nos alcanzaba su suave y apacible sonido.
Los humanos no habían pisado jamás aquella selva, resultaba evidente, pero era posible que se ocultaran en ella unos monstruos que nos estuvieran acechando en las sombras.
—Ahora —dijo Memnoch, apartando con la mano derecha el denso follaje mientras seguíamos caminando—, permíteme que vaya al grano, es decir, que te hable sobre lo que yo he organizado como las trece revelaciones de la evolución, tal como las captaron los ángeles y las comentaron con Dios. Ten presente que hablaremos sólo de este mundo; los planetas, las estrellas y otras galaxias, no tienen nada que ver con nuestra discusión.
—¿Te refieres a que somos los únicos seres vivos que hay en el universo?
—Me refiero a que lo único que conozco es mi mundo, mi cielo y mi Dios.
—Comprendo.
—Como te he dicho, presenciamos numerosos y complejos procesos geológicos; vimos cómo se erigían las montañas, cómo se creaban los mares, cómo se desplazaban los continentes. Entonábamos continuamente himnos de alabanza a Dios; era algo indescriptible. Tú has contemplado sólo una parte del cielo, lleno de humanos que cantaban. En aquel tiempo los únicos coros celestiales eran los nuestros, y cada nueva creación propiciaba infinidad de salmos y cánticos. Era un sonido muy distinto. No digo que mejor, sino distinto.
«Entretanto, nos dedicábamos a descender a la atmósfera de la Tierra sin preocuparnos de su composición, concentrándonos en la multitud de detalles que nos rodeaban. Las minucias de la vida, a diferencia del reino celestial, nos exigían una gran atención.
—De modo que lo veíais todo con gran claridad.
—El amor de Dios, plenamente iluminado, no se veía aumentado, intensificado ni interferido por los pequeños detalles.
Llegamos a una pequeña cascada cuyas aguas desembocaban en un arroyo. Me detuve unos instantes y sentí la fresca espuma en mi rostro y mis manos. Memnoch se detuvo también para refrescarse.
De repente de mi cuenta de que iba descalzo. Memnoch introdujo el pie en el arroyo y dejó que el agua se deslizase entre los dedos. Tenías las uñas de los pies de color marfil, perfectamente recortadas.
Mientras Memnoch contemplaba la cascada sus gigantescas alas empezaron a alzarse de nuevo, las plumas cubiertas de relucientes gotas. Al cabo de unos minutos replegó las alas, como un ave, y éstas desaparecieron.
—Imagina —dijo— a legiones de ángeles, multitudes de todas las jerarquías, pues entre los ángeles también existen jerarquías, descendiendo a la Tierra, fascinados por algo tan sencillo como esta cascada o las distintas tonalidades en que se descompone la luz solar al atravesar los gases que rodean el planeta.
—¿Era más interesante que el cielo? —pregunté.
—Sin duda. Claro que, al regresar al cielo, sentíamos una profunda satisfacción, especialmente si Dios se mostraba complacido; pero luego experimentábamos de nuevo la necesidad de volver a la Tierra, movidos por una innata curiosidad, por los pensamientos que se agolpaban en nuestra mente. Éramos conscientes de poseer una mente y unos pensamientos, pero permíteme que continúe con las trece revelaciones.
»La primera revelación consistió en el cambio de moléculas inorgánicas a moléculas orgánicas... de la roca a unas diminutas moléculas vivas, por decirlo así. Olvídate del bosque. Por aquel entonces no existía. Pero observa la cascada. Fue en unos manantiales de las montañas, cálidos, llenos de gases de los hornos de la Tierra, donde se iniciaron esos procesos, donde aparecieron las primeras moléculas orgánicas.
»Un clamor se elevó hasta el cielo. "¡Señor, fijaos en lo que ha creado la materia!", exclamamos. Dios todopoderoso esbozó una benévola sonrisa de aprobación. "Observad atentamente", nos dijo. De pronto se originó la segunda revelación: unas moléculas comenzaron a organizarse en tres formas diferentes de materia: células, enzimas y genes. No bien había aparecido la forma unicelular de una de esas cosas, cuando empezaron a aparecer unas formas multicelulares, y lo que habíamos adivinado al observar las primeras moléculas orgánicas se hizo evidente; una chispa de vida animaba a esos organismos, los cuales habían sido creados con un fin, por rudimentario que fuera. Era casi como si pudiéramos ver esa chispa, una minúscula evidencia de la esencia de la vida que nosotros poseíamos con creces.
»En suma, en el mundo se producían constantemente nuevos y extraordinarios acontecimientos; y mientras observábamos esos minúsculos seres compuestos de múltiples células que se deslizaban a través del agua formando las primitivas algas y los hongos, asistimos a cómo unos organismos verdes se apoderaban de la Tierra. Del agua brotó el cieno que había permanecido durante millones de años pegado a las costas. Y de esas cosas verdes y viscosas brotaron los helechos y las coníferas que vemos a nuestro alrededor, las cuales crecieron hasta alcanzar un tamaño gigantesco.
»Los ángeles somos también muy altos, y caminábamos bajo esas cosas por el mundo tapizado de verde. Trata de oír en tu imaginación los himnos de alabanza que se elevaban a los cielos; escucha la alegría de Dios, quien percibía todo aquello a través de su intelecto, los coros, los relatos y las oraciones de sus ángeles.
»Los ángeles empezaron a dispersarse por todo el mundo; unos preferían las montañas, otros los valles profundos, algunos los ríos y los lagos, otros los verdes y umbrosos bosques.
—De modo que se convirtieron en unos espíritus del agua —dije— o de los bosques, esos espíritus que posteriormente adoraron los hombres.
—Exacto. Pero no te precipites.
»Mi reacción ante esas dos primeras revelaciones fue semejante a la de muchas de mis legiones; tan pronto como percibimos una chispa de vida en esos organismos de plantas multicelulares, empezamos a notar la muerte de esa misma chispa en cuanto un organismo devoraba a otro o se apoderaba de él y le arrebataba la comida. En suma, presenciamos la multiplicidad y la destrucción de esos organismos.
»Lo que antes constituía simplemente un cambio, un intercambio de energía y materia, había adquirido una nueva dimensión. Empezamos a atisbar el comienzo de la tercera revelación. Sólo que no nos dimos cuenta hasta que observamos los primeros organismos de animales, distintos a los de las plantas.
»Mientras contemplábamos los movimientos precisos y deliberados de esos nuevos seres, que parecían disponer de un margen de acción más amplio, comprendimos que la chispa de vida que los animaba era muy parecida a la vida que palpitaba en nosotros. ¿Qué les ocurría, qué proceso experimentaban esos seres, esos pequeños animales y plantas?
»Pues que morían. Nacían, vivían, morían y empezaban a descomponerse. Esto dio paso a la tercera revelación de la evolución: la muerte y descomposición de los organismos vivos.
El rostro de Memnoch mostraba una expresión sombría. Conservaba cierto aire de inocencia y asombro, pero reflejaba una mezcla de temor y desencanto, de ingenua perplejidad ante un final inesperadamente trágico.
—De modo que la tercera revelación, la muerte y descomposición de los organismos vivos —dije—, te horrorizó.
—No es que me horrorizara. Supuse que se trataba de un error —contestó Memnoch—. Me presenté ante Dios y le espeté: «Esos minúsculos seres dejan de vivir, la chispa que los anima se extingue, lo cual no es Tu caso ni el nuestro, y sus restos se pudren.» Debo decir que no fui el único ángel que protestó ante Dios.
»Pero creo que mis himnos de alabanza y asombro estaban más teñidos de recelo y temor que los de mis compañeros. Sí, de pronto sentí un profundo temor, del cual yo no era consciente; se había originado al presenciar la muerte y descomposición de los seres vivos, que yo interpretaba como un castigo.
Memnoch se volvió hacia mí y me miró.
—Ten en cuenta que éramos ángeles —dijo—. Hasta aquel momento la noción de castigo no existía en nuestra mente; nada nos había causado sufrimiento. ¿Comprendes? Yo sufría, en parte debido al temor que experimentaba.
—¿Qué respondió Dios?
—¿Tu qué crees?
—Que todo formaba parte de un plan.
—Exactamente. «Observad, observad y comprobaréis que esencialmente no ocurre nada nuevo, sino que todo se limita a un intercambio entre energía y materia.»
—Pero ¿y la chispa? —pregunté.
—«Sois unos seres vivos —dijo Dios—. El hecho de que percibáis estos fenómenos demuestra vuestra perspicacia. Pero observad, pues se producirán nuevos portentos.»
—Pero el sufrimiento, el castigo...
—Todo se resolvió en una gran discusión. Una discusión con Dios no sólo supone el uso de palabras coherentes sino un inmenso amor hacia Él, la luz que viste en el cielo, rodeando e impregnándonos a todos. Dios nos tranquilizó, asegurándonos que no teníamos nada que temer.
—Comprendo.
—Pasemos a la cuarta revelación. Ten presente que he organizado esas revelaciones de forma arbitraria. Como he dicho, no puedo detenerme en pequeños detalles. La cuarta revelación fue la revelación del color, que arrancó con la creación de las flores, la aparición de un nuevo método de unión, extraño y sin duda muy hermoso, entre organismos vivos. Por supuesto, siempre había existido el apareamiento, incluso entre animales unicelulares.
»Pero las flores presentaban una profusión de colores que jamás había existido en la naturaleza, excepto en el arco iris. Unos colores que existían en el cielo y sólo a él atribuíamos, pero que por lo visto podían desarrollarse en ese gran laboratorio que llamábamos la Tierra por razones naturales.
»Debo decir que en esa época las criaturas marinas también ostentaban un colorido espectacular. Pero la exquisita belleza de las flores nos dejó extasiados, y al contemplar sus múltiples especies formadas por infinidad de tipos de pétalos, tallos y hojas, elevamos unos himnos de alabanza al Señor más melodiosos y profundos que nunca.
»Esa música, no obstante, contenía un matiz sombrío, por decirlo así, el cual expresaba las dudas y los recelos que nos había producido la revelación de la muerte y la descomposición. Con la creación de las flores, ese elemento sombrío cobró mayor intensidad en nuestros cánticos y exclamaciones de asombro y gratitud, pues cuando las flores perecían, cuando perdían su pétalos, cuando caían a la tierra, lo sentíamos como una pérdida irreparable.
»La chispa de la vida emanaba con fuerza de las flores, los grandes árboles y las plantas que proliferaban por doquier, de forma que su muerte hacía que nuestros cánticos asumieran esa nota sombría a la que me he referido antes.
»No obstante, estábamos maravillados con la Tierra. De hecho, el carácter del cielo se transformó por completo. Todo el cielo, Dios, los ángeles de todas las jerarquías, teníamos nuestra atención puesta en la Tierra. Resultaba imposible permanecer en el cielo cantando himnos de alabanza a Dios, como habíamos hecho hasta entonces. Los cánticos, lógicamente, debían referirse también a la materia, al proceso de creación y a la belleza. Los ángeles capaces de componer los cánticos más complejos conjugaron esos elementos —la muerte, la decadencia, la belleza— en unos himnos más coherentes que los que entonaba yo.
»Estaba francamente preocupado. Era como si poseyera una mente que no descansa en mi alma. Había algo en mí que se había vuelto insaciable...
—Ésas fueron la palabras que le dije a David al hablarle de ti, cuando empezaste a perseguirme —dije.
—Provienen de un antiguo poema dedicado a mí, escrito en hebreo, cuya traducción ahora resulta difícil encontrar. Son las palabras que pronunció el oráculo de la sibila al describir a los observadores, a los ángeles que Dios había enviado para observar los portentos que se producían en el mundo. Yo lo incorporé en mi definición de mí mismo. Otros ángeles, sabe Dios por qué, se contentan con menos.
Memnoch mostraba un talante más sombrío. Me pregunté si la música del cielo que yo había oído incluía esa sombría nota que él había descrito, o si había recuperado su primitiva alegría.
—No, lo que tú oíste era la música de las almas humanas y de los ángeles —dijo Memnoch—. Es un sonido completamente distinto. Pero permite que prosiga con las revelaciones, aunque comprendo que es un fenómeno difícil de comprender en su conjunto.
»La quinta revelación fue la de la encefalización. Hacía tiempo que los animales se habían diferenciado en el agua de las plantas, y ahora esas criaturas gelatinosas empezaban a adquirir un sistema nervioso y un esqueleto, lo cual dio paso a la encefalización, es decir, empezaron a desarrollar una cabeza.
«Nosotros, los ángeles, sabíamos perfectamente que teníamos cabeza. Los procesos intelectuales de los organismos en permanente evolución se centraban en la cabeza. Por tanto, era evidente que nuestra inteligencia angelical sabía cómo estábamos organizados. La clave radicaba en los ojos. Poseíamos ojos, los cuales formaban parte de nuestro cerebro; la vista guiaba nuestros movimiento, nuestras respuestas y la búsqueda del saber, más que ningún otro sentido.
»En el cielo se produjo un tumulto.
»—¿Qué es lo que está pasando, Señor? —pregunté—. Esas criaturas están desarrollando unas formas... dotadas de patas, cabeza... —De nuevo se elevaron los himnos, pero estaba vez un elemento de confusión se unía a la exaltación, de temor a que Dios pudiera crear a partir de la materia unas extrañas criaturas dotadas de cabeza.
»Luego, antes de que los reptiles brotaran del mar y se pasearan por terreno firme, se produjo la sexta revelación, la cual me dejó aterrado. Aquellas criaturas dotadas de patas y cabeza, que presentaban todo tipo de extrañas formas y estructuras, tenían rostro. Un rostro como el nuestro. El antropoide más simple poseía dos ojos, una nariz y una boca. ¡Un rostro como el mío! Primero había aparecido la cabeza y ahora el rostro, la expresión de una mente inteligente.
»Yo estaba desconcertado.
»—¿Es esto obra de tu voluntad? —pregunté a Dios—. ¿Dónde va a terminar esto? ¿Qué clase de criaturas son? La chispa de la vida que las anima se vuelve cada vez más potente, más resistente, y tarda más en extinguirse. ¡Presta atención!
»Algunos de mis compañeros se escandalizaron al oírme increpar a Dios de esa forma. Me dijeron:
»—Ten cuidado, Memnoch, estás yendo demasiado lejos. Es evidente que existe un gran parecido entre nosotros, los excelsos hijos de Dios, los miembros del bene ha elohim, y esas criaturas. La cabeza, el rostro, sí, todo parece indicarlo... Pero ¿cómo te atreves a criticar el plan de Dios?
»Sin embargo, yo no me resignaba. Estaba receloso, al igual que los ángeles que coincidían conmigo. Nos sentíamos perplejos. Regresamos a la Tierra y nos paseamos por ella, tratando de comprender aquellos fenómenos. Aprendí a calcular mi tamaño comparándolo con el de los seres que me rodeaban. Solía tumbarme entre los lechos de las plantas para oír como crecían, pensando en ellas, dejando que sus colores deleitaran mis ojos. No obstante, seguía obsesionado por el temor de que se produjera un desastre. Luego ocurrió algo extraordinario. Dios vino a hablar conmigo.
»Dios no abandona el cielo para hablar con sus ángeles. Simplemente se extiende, por decirlo así. Su luz se extendió hasta alcanzarme, me envolvió por completo y me habló.
»Lógicamente, eso me tranquilizó. Hacía tiempo que no gozaba de la presencia de Dios, y el hecho de que Él acudiera a mí para envolverme con su amor me produjo un gran consuelo. Todas mis dudas y recelos desaparecieron al instante. Dejé de sufrir. Me olvidé del proceso de muerte y descomposición que padecían todos los seres vivos.
«Cuando Dios me habló, sentí que me fundía con Él; en aquellos momentos no tenía conciencia de mi forma. Antiguamente habíamos estado muy unidos, sobre todo cuando Él me había creado. Sentí una profunda calma y un inmenso bienestar.
»—Tú ves más allá que otros ángeles —dijo Dios—. Piensas en el futuro, un concepto que ellos apenas conocen. Son como espejos que reflejan la magnificencia de cada paso, mientras que tú recelas de mi plan. Desconfías de mí.
»Sus palabras me llenaron de tristeza. "Desconfías de mí." Esa frase me desconcertó, pues yo no había interpretado mis temores como una falta de confianza en Él. El caso es que Dios me ordenó que regresara al cielo para que observara los acontecimientos que se producían con una cierta perspectiva, en lugar de descender a los valles y estepas de la Tierra.
Yo no aparté los ojos de Memnoch mientras me explicaba esas cosas. Estábamos todavía junto al arroyo. Pese a hablarme del consuelo que sintió al hablar con Dios, parecía inquieto, impaciente por continuar su relato.
—Regresé al cielo, pero, tal como te he dicho, el carácter del cielo había cambiado. Todo se centraba ahora en la Tierra. La Tierra constituía el «discurso celestial». Me presenté ante Dios, me arrodillé delante de Él, le conté mis dudas y temores, y sobre todo le expresé mi gratitud por haberme tranquilizado. Cuando terminé, le pregunté si me autorizaba a regresar de nuevo al mundo.
»Dios contestó con una de sus sublimes y ambiguas respuestas, que venía a decir: "No te prohíbo que vayas. Eres un observador y tu deber es observar." De modo que descendí de nuevo a la Tierra...
—Espera —le interrumpí—. Quiero hacerte una pregunta.
—De acuerdo —contestó Memnoch pacientemente—. Pero prosigamos nuestro camino.
Atravesamos el arroyo saltando de piedra en piedra y al cabo de unos minutos ya habíamos dejado atrás el sonido de la cascada y nos hallábamos en un bosque aún más denso que el anterior, poblado de animales que no alcanzaba a ver pero cuya presencia intuía.
—Mi pregunta es la siguiente —dije—: ¿Te parecía el cielo aburrido comparado con la Tierra?
—No, pero la Tierra centraba toda nuestra atención. No podíamos estar en el cielo y olvidarnos de la Tierra, porque todos la observábamos y cantábamos sus alabanzas. Eso es todo. No, el cielo seguía siendo un lugar tan fascinante y maravilloso como siempre; de hecho, la nota sombría que constituía la muerte y descomposición de los organismos vivos añadió una infinita variedad de elementos sobre los que reflexionar y cantar.
—Comprendo. Supongo que podría decirse que esas revelaciones ampliaron e intensificaron el cielo.
—¡Sin duda! Y no olvides la música, no creas que se trataba de un lugar común inventado por la religión. La música alcanzaba continuamente unas cotas inimaginables en su celebración de los prodigios a los que asistíamos. Pasaron milenios antes de que los instrumentos musicales alcanzaran un nivel siquiera comparable a la música que creaban los ángeles con sus voces, el batir de sus alas y el murmullo de los vientos que se alzaban de la Tierra.
Yo asentí.
—¿Qué pasa? —preguntó Memnoch—. ¿Querías decir algo?
—No sé cómo explicarlo. Sólo sé que nuestra concepción del cielo está destinada a fallar una y otra vez porque no nos enseñan que el cielo tiene puesta su atención en la Tierra. Siempre he oído decir lo contrario, que es la denigración de la materia, que constituye una cárcel para el alma.
—Bien, has visto el cielo con tus propios ojos —respondió Memnoch—. Pero, permíteme proseguir:
»La séptima revelación consistía en que los animales surgieron del mar. Penetraban en los bosques que cubrían la Tierra y aprendieron a habitar en ellos. Nacieron los reptiles, los cuales se convirtieron en grandes lagartos, unos monstruos de tal tamaño que ni siquiera la fuerza de los ángeles habría podido detenerlos. Esos seres poseían una cabeza y un rostro, y no sólo nadaban con unas patas semejantes a nuestras piernas, sino que caminaban sobre ellas; algunos caminaban sobre dos patas en lugar de cuatro, sosteniendo contra su pecho dos diminutas patas similares a nuestros brazos.
»Yo observé este acontecimiento como quien observa la propagación de un incendio. El pequeño fuego que había brotado tiempo atrás, proporcionándonos calor, se había convertido en una conflagración.
«Aparecieron insectos de toda clase. Algunos volaban de una forma distinta y monstruosa comparada con la nuestra. El mundo estaba plagado de unas nuevas especies de seres vivos, móviles y hambrientos que se devoraban entre sí, como siempre había sucedido en el caso de los organismos vivos, pero ahora las matanzas eran más espectaculares y se producían aparatosas escaramuzas entre los lagartos, que se despedazaban unos a otros, y las grandes aves reptiles se deslizaban sigilosamente para apoderarse de animales más pequeños y llevárselos a sus nidos.
»La forma de reproducción empezó a cambiar. Algunas criaturas nacían de unos huevos que ponían las hembras.
«Durante millones de años estudié esos fenómenos. De vez en cuando los comentaba con Dios en el cielo, y cantaba sus alabanzas cuando me sentía abrumado por su belleza. Mis preguntas, como de costumbre, seguían incomodando a todo el mundo. Se produjeron grandes discusiones. ¿Acaso no debíamos cuestionar nada de lo que veíamos? ¡Fijaos, la chispa de la vida estalla violentamente y derrama su calor cuando el gigantesco lagarto muere! Pero cuando mi agitación alcanzaba un nivel insostenible, Dios me atraía con suavidad hacia sí para envolverme con su amor.
»—Observa el plan de forma más detenida. Sólo te fijas en una parte —me decía Dios. Me hizo ver que nada se desperdiciaba en el universo, que los restos putrefactos de un organismo se convertían en alimento para otros, que el intercambio consistía en matar y devorar, digerir y excretar.
»—Cuando estoy contigo —dije a Dios—, veo la belleza de lo que has creado. Pero cuando bajo a la Tierra, cuando me tumbo en la hierba y observo lo que me rodea, lo percibo de manera distinta.
»—Eres mi ángel y mi observador. Debes superar esa contradicción —contestó Dios.
«Regresé a la Tierra, y entonces se produjo la octava revelación de la evolución: la aparición de aves de sangre caliente dotadas de alas con plumas.
Yo sonreí. Por una parte me divertía la expresión de su rostro, paciente, resignada, y por otra la vehemencia con que había descrito a esos nuevos seres con alas.
—¡Unas alas como las nuestras! —exclamó Memnoch—. Primero descubrimos nuestros rostros en las cabezas de los insectos, lagartos y otros monstruos. Y ahora de pronto aparecían unas criaturas de sangre caliente mucho más frágiles, de vida más precaria y dotadas de alas, que volaban como nosotros. Se alzaban, extendían sus alas y se echaban a volar.
»Por una vez, no fui el único que protesté enérgicamente. Miles de ángeles se quedaron estupefactos al comprobar que aquellas pequeñas criaturas nacidas de la materia poseían alas, igual que nosotros. También estaban cubiertas de suaves plumas, que les permitían deslizarse por el aire... Todo ello tuvo su corolario en el mundo material.
»El cielo se llenó de cánticos, exclamaciones y gritos de protesta. Los ángeles echaban a volar detrás de las aves, imitándolas y siguiéndolas hasta sus nidos para ver cómo salían las crías de los huevos y se desarrollaban hasta alcanzar la madurez.
»Como te he explicado, habíamos visto a otras criaturas nacer, crecer y alcanzar la madurez, pero no a unos seres tan parecidos a nosotros.
—¿Dios no decía nada?
—No. Pero nos convocó a todos los ángeles y nos recriminó el no haber logrado superar nuestros temores y orgullo. El orgullo, según dijo, era lo que nos hacía sufrir; nos sulfuraba el hecho de que unos seres tan pequeños, con unas cabezas y unos rostros minúsculos, poseyeran alas como nosotros. Por último nos hizo una severa advertencia: «Este proceso continuará y veréis cosas que os asombrarán. Sois mis ángeles, me pertenecéis, y debéis confiar en mí.»
»La novena revelación de la evolución fue muy dolorosa para todos los ángeles. A algunos les infundió horror, a otros pavor. Esa novena revelación hizo aflorar todas las emociones que se agitaban en nuestro corazón. Me refiero a la aparición de los mamíferos en la Tierra, unos seres cuyos angustiosos gritos de dolor se elevaban al cielo, produciendo un sonido de sufrimiento y muerte como jamás habíamos oído. El horror que nos inspiraba la muerte y descomposición de los seres vivos se multiplicó.
»La música que brotaba de la Tierra se transformó. Lo único que podíamos hacer era cantar para expresar nuestro temor y sufrimiento. Los cánticos se hicieron más complejos y adquirieron unos tonos aún más sombríos. La faz de Dios, la luz de Dios, permanecía inmutable.
»Al fin se produjo la décima revelación de la evolución: la aparición de unos monos que caminaban en posición erecta. ¡Era como si imitaran a Dios! Unos seres peludos, grotescos, dotados de dos piernas y dos brazos, a cuya imagen y semejanza habíamos sido creados nosotros. Al menos, éstos no poseían alas. De hecho, las criaturas aladas no guardaban la menor semejanza con esos monstruos que se paseaban por la Tierra, garrote en mano, brutales, salvajes, despedazando a sus enemigos con los dientes, golpeando, mordiendo y aniquilando a todo aquel que se les resistiera. ¡La imagen de Dios y sus excelsos hijos, sus ángeles, en una versión peluda y pertrechada con todo tipo de siniestros instrumentos!
»Estupefactos, examinamos las manos de aquellos seres. ¿Tenían pulgares? Casi. Atónitos, los espiamos cuando se reunían. ¿Eran capaces de hablar, de expresar sus pensamientos de forma audible y elocuente? ¡Casi! ¿Qué era lo que se había propuesto Dios? ¿Qué le había llevado a hacer eso? ¿No se indignaría al contemplar el resultado de su obra?
»Pero la luz de Dios fluía eterna e incesante, como si los gritos de los simios moribundos no pudieran alcanzarlo, como si ningún testigo presenciara la muerte del mono despedazado por unos agresores más grandes y fuertes que él, ni observara el estallido de la chispa antes de que ésta se extinguiera definitivamente.
»No, esto es impensable, me dije. Me presenté de nuevo ante Dios y Él me dijo lisa y llanamente, sin tratar de consolarme:
»—Memnoch, yo mismo he creado a ese ser y no me siento ridiculizado por él. ¿A qué viene tanta indignación? Tranquilízate, asómbrate y goza de estos prodigios, y no vuelvas a molestarme. Los himnos que suenan por doquier me informan sobre cada detalle de mi Creación. ¡Y tú, Memnoch, te atreves a interrogarme y acusarme! ¡Basta, no estoy dispuesto a consentirlo!
»Me sentí humillado. La palabra "acusarme" me asustó y me hizo reflexionar. ¿Sabías que el nombre de Satanás significa en hebreo "el acusador"?
—Sí —contesté.
—Permite que prosiga. El concepto de acusación me resultaba totalmente nuevo, pero lo comprendí; había reprochado a Dios el haberse equivocado, insistiendo en que el proceso evolutivo que experimentaba el mundo no podía ser lo que Él se había propuesto en un principio.
»Dios me indicó sin rodeos que dejara de protestar y de importunarlo, que examinara más detenidamente su plan. Luego me permitió contemplar durante unos instantes desde su perspectiva, que lógicamente abarcaba mucho más que la mía, la inmensidad y diversidad de los prodigios que presenciaba.
»Como digo, me sentí humillado.
»—¿Puedo permanecer junto a ti, Señor? —pregunté.
»—Naturalmente —respondió Dios.
»Nos reconciliamos y me quedé adormecido bajo su divina luz, aunque de vez en cuando me despertaba alarmado, como un animal temeroso de que su enemigo estuviera al acecho. ¿Pero qué está pasando allí abajo?, me preguntaba a mí mismo.
»"¡He aquí mi Creación!" ¿Son ésas las palabras que debía utilizar? o acaso debería expresarme en el mismo tono que el Libro del Génesis y decir "¡Mirad!", con toda su fiereza. A todo esto, los seres peludos llevaban a cabo un extraño ritual. Se comportaban de una forma muy curiosa y compleja. Permíteme que vaya directamente al grano y me salte los detalles: los seres peludos enterraban a sus muertos.
Miré a Memnoch con perplejidad. Se hallaba tan conmovido por su relato que su rostro mostraba por primera vez una expresión de auténtica tristeza, aunque conservaba su belleza. Nada podía mermarla, ni siquiera el dolor.
—¿Se trataba de la undécima revelación de la evolución? —pregunté—. ¿El hecho de que enterraran a sus muertos?
Memnoch me observó durante unos minutos. Noté su frustración, su incapacidad de describir todo lo que deseaba explicarme.
—¿Qué significaba? —insistí, impaciente por conocer la respuesta—. ¿Por qué enterraban a sus muertos?
—Por muchos motivos —murmuró Memnoch, sacudiendo el dedo enérgicamente—: ese ritual de enterrar a sus muertos iba acompañado de una solidaridad que rara vez habíamos observado en otras especies. Los más fuertes cuidaban de los más débiles, todo el grupo ayudaba y alimentaba a los enfermos e indefensos, y por último enterraban a sus muertos con flores. ¡Imagínate, Lestat! Depositaban flores sobre la fosa. La undécima revelación de la evolución significó que el hombre moderno había comenzado a existir. Caminaba por la Tierra con un aspecto salvaje, las espaldas encorvadas, movimientos torpes, cubierto de pelo como los monos pero con un rostro muy parecido al nuestro. El hombre moderno conocía el significado del afecto como sólo los ángeles lo habían conocido hasta entonces, los ángeles y Dios, que los había creado y prodigaba ese afecto a sus semejantes; el hombre moderno amaba las flores, como nosotros, y lloraba y demostraba su dolor —con flores— cuando enterraba a sus muertos.
Guardé silencio durante largo rato y pensé, sobre todo, en lo que me había explicado Memnoch, cuando afirmó que Dios y los ángeles representaban el ideal hacia el que la forma humana evolucionaba ante sus mismos ojos. No lo había considerado desde esa perspectiva. De nuevo vi la imagen de Él, junto a la balaustrada, volviéndose hacia mí y diciéndome con absoluta convicción: «¡Jamás te convertirás en mi adversario, ¿no es cierto Lestat?»
Memnoch me observó y yo aparté la vista. Sentía una profunda lealtad hacia él, debido a la historia que relataba y a las emociones que ésta suscitaban en él, y las palabras de Dios me confundían.
—Es lógico que te sientas confuso —dijo Memnoch—. La pregunta que debes hacerte es la siguiente: «Conociéndote como sin duda te conoce, Lestat, ¿cómo es que Dios no te considera su adversario?» ¿No adivinas la respuesta?
Me quedé atónito, incapaz de articular palabra.
Memnoch esperó a que me recuperase, para proseguir su relato; temí que no lo reanudara nunca. Me sentía poderosamente atraído hacia él, cautivado por su historia, y al mismo tiempo ansioso de huir de algo que me abrumaba, algo que amenazaba mi cordura.
—Cuando estaba junto a Dios —continuó Memnoch— veía lo que Él veía: seres humanos que se reunían con sus familias para asistir a un nacimiento o cubrir las sepulturas de sus muertos con piedras ceremoniales. Veía lo que veía Dios, la eternidad, en todas las direcciones, y era como si la complejidad de cada aspecto de la Creación, cada molécula de humedad y cada vibración que emitían las aves o los seres humanos, no fuera sino el resultado de la grandeza de Dios. En aquellos momentos brotaban de mi corazón unas canciones como jamás había cantado.
»Dios me repetía una y otra vez:
»—Memnoch, permanece junto a mí en el cielo. Observa la Tierra desde aquí.
»—¿Es preciso? —contestaba yo—. Deseo observar a los humanos de cerca, velar por ellos. Deseo sentir con mis manos invisibles la suavidad de su piel.
»—Tú eres mi ángel, Memnoch. Ve y obsérvalos, pero recuerda que todo cuanto veas ha sido creado y deseado por mí.
»Miré hacia bajo antes de abandonar el cielo; hablo en sentido figurado, ambos los sabemos. Pues bien, miré hacia abajo y vi el mundo lleno de ángeles que lo observaban, fascinados, desde los valles hasta el mar.
»Pero se advertía algo en la atmósfera de la Tierra que la había cambiado, un nuevo elemento, o quizás unas minúsculas partículas; no, eso sugiere algo más grande de lo que en realidad era. En cualquier caso, el cambio era evidente.
»Me dirigí a la Tierra de inmediato y los otros ángeles me confirmaron que ellos también habían notado la presencia de ese nuevo elemento en la atmósfera de la Tierra, aunque no dependía del aire como los otros organismos vivos.
»—¿Cómo es posible? —pregunté.
»—Presta atención —contestó el ángel Miguel—. Escucha y lo oirás.
»—Es algo invisible pero vivo —apostilló el ángel Rafael—. ¿Qué puede existir bajo el cielo que sea invisible y esté vivo salvo nosotros?
«Cientos de ángeles se congregaron para comentar esta novedad, para relatar su propia experiencia respecto a ese nuevo elemento, esa nueva realidad invisible que nos rodeaba, ajena a nuestra presencia pero que la sentíamos vibrar, producir un sonido inaudible.
»—¡Estarás satisfecho! —exclamó un ángel, al que prefiero no nombrar, dirigiéndose a mí—. Has conseguido enojar a Dios con tus acusaciones y recelos, y ha creado a otro ser que es invisible pero que posee nuestros poderes. Ve ahora mismo a hablar con Él, Memnoch, y averigua si se ha propuesto deshacerse de nosotros para dejar que gobierne ese nuevo ser invisible.
»—¿Pero cómo es posible? —inquirió Miguel. Miguel, de entre todos los ángeles, es el más sosegado y razonable. Lo afirma la leyenda, la angelología, el folclore. Es cierto. Jamás pierde la calma. Miguel advirtió a los ángeles que estaban alarmados que aquellas presencias invisibles no poseían nuestro poder. Eran incapaces de hacerse visibles ante nosotros, que éramos ángeles, ante los cuales nada en la Tierra podía permanecer oculto.
»—Tenemos que averiguar de qué se trata —dije yo—. Es algo terrenal, que forma parte de la Tierra. No es celestial. Se halla aquí, junto a los bosques y las colinas.
»Todos se mostraron de acuerdo. Nosotros conocíamos la composición de todo lo que contenía la Tierra. Otros seres pueden tardar años en descifrar lo que es la cinobacteria o el nitrógeno, pero nosotros lo sabíamos. Sin embargo, no comprendíamos lo que era ese nuevo elemento. Es decir, no reconocíamos su composición.
—Entiendo.
—Escuchamos con atención y extendimos los brazos. Notamos que era incorpóreo e invisible, sí, pero que poseía una permanencia, una individualidad, o mejor dicho, una multitud de individualidades. Poco a poco percibimos un sonido en nuestro ámbito de invisibilidad, a través de nuestros oídos espirituales, y nos dimos cuenta de que esas individuales estaban llorando.
Memnoch hizo otra pausa.
—¿Comprendes lo que digo? —preguntó.
—Se trataba de unos individuos espirituales —contesté.
—Cuando entonamos unos cánticos con los brazos extendidos para consolar a esas extrañas presencias mientras atravesábamos de forma hábil e invisible la materia de la Tierra con objeto de intentar descifrar el enigma, de pronto se nos apareció un portento que nos dejó atónitos. Ante nuestros ojos se hallaba la duodécima revelación de la evolución física. Nos causó un impacto brutal que hizo que nos olvidáramos de los extraños gemidos. Nos dejó confusos y desorientados. Nuestros cánticos dieron paso a unas risas y unos alaridos histéricos.
»La duodécima revelación de la evolución consistía en que la hembra de la especie humana había empezado a asumir un aspecto distinto al del macho, en un grado muy superior a cualquier otro ser antropoide. Se trataba de una hembra muy hermosa y seductora, sin pelo en el rostro, con los brazos y las piernas bien formados. Su talante trascendía las necesidades de la supervivencia; era tan bella como las flores, como las alas de las aves. De la unión entre los peludos simios había surgido una hembra de piel suave y rostro radiante. Aunque los ángeles no teníamos pechos y ella carecía de alas, ¡se parecía a nosotros!
Memnoch y yo nos miramos en silencio.
Lo comprendí al instante.
Lo supe de forma instintiva. Miré su amplio y hermoso rostro, su larga cabellera, sus suaves piernas y brazos, su expresión afable, y comprendí que tenía razón. No era necesario ser un estudioso de la evolución de las especies para comprenderlo. Al mirarlo me di cuenta de que encarnaba a la perfección la seducción de lo femenino. Era como los ángeles de mármol, como las estatuas de Miguel Ángel; su físico contenía la absoluta precisión y armonía de lo femenino.
Memnoch estaba visiblemente nervioso. Parecía a punto de estrujarse las manos de desesperación. Clavó la mirada en mí, como si quisiera traspasarme con los ojos.
—En resumidas cuentas —dijo—, asistimos a la decimotercera revelación de la evolución. Los machos copularon con las hembras más hermosas, más gráciles y esbeltas, las que tenían la piel más suave y la voz más melodiosa. De ese acto nacieron unos machos tan hermosos como las hembras. Presentaban aspectos muy diversos. Algunos tenían la piel clara y otros oscura; los había de cabello pelirrojo, rubio, negro, castaño e incluso blanco. Tenían los ojos grises, marrones, verdes o azules. Los rasgos simiescos desaparecieron, los peludos rostros y el torpe caminar, y el macho brilló con la belleza de un ángel, al igual que la hembra, su compañera.
Yo permanecí en silencio.
Memnoch se volvió de espaldas a mí, aunque no por una cuestión personal. Deduje que necesitaba concederse una pausa, renovar sus fuerzas.
Observé sus grandes alas plegadas, con los extremos casi rozando el suelo, cubiertas de plumas tornasoladas. Al cabo de unos minutos se situó de nuevo de frente. Su rostro había perdido su aire angelical y su expresión me desconcertó.
—Ahí estaban, el macho y la hembra, creados por Él y, salvo por el hecho de que uno era macho y la otra hembra, habían sido creados a la imagen y semejanza de Dios y de sus ángeles. ¡Imagínate, Lestat! ¡Dios dividido en dos! ¡Los ángeles divididos en dos!
»No sé cuánto tiempo lograron retenerme los otros ángeles, pero al final me dirigí hacia el cielo, atormentado por las dudas, las conjeturas y los recelos. Estaba furioso. Los gritos de los mamíferos que sufrían, así como los gemidos y alaridos de las guerras entre aquellas criaturas simiescas, me habían enseñado lo que era la ira. La muerte y descomposición de los organismos vivos me había enseñado lo que era el temor. Todo cuanto Dios había creado había suscitado en mí unas emociones que me confundían y angustiaban. Quería presentarme ante Él e increparle: "¿Es eso lo que deseabas? ¿Dividir tu imagen en un macho y una hembra? ¡La chispa de la vida estallará con estrépito cuando uno o la otra mueran! ¡Es grotesco! ¡Es monstruoso! ¿Qué te propones?"
»Me sentía indignado. Lo consideraba un desastre. Estaba furioso. Extendí los brazos y rogué a Dios que razonara conmigo, que me perdonara, que me salvara con su prudencia y sabiduría, pero no obtuve respuesta. Nada. Ni luz envolvente ni palabras, ni un castigo, ni una amonestación.
»Me di cuenta de que me hallaba en el cielo, rodeado de ángeles que me observaban y aguardaban.
»La única señal que me envió Dios fue una apacible luz. Desesperado, rompí en sollozos.
»—Mirad —dije a los otros ángeles—, lloro como ellos. —Por supuesto, mis lágrimas eran inmateriales. Al cabo de un rato comprendí que no era el único que estaba llorando.
»Me volví y miré a mis compañeros, a los coros de ángeles, los observadores, los querubines, los serafines. Sus rostros mostraban una expresión absorta y misteriosa.
»—¿Quién de vosotros está llorando? —pregunté.
»De súbito lo comprendí y también mis compañeros. Formamos un corro, con las alas plegadas y las cabezas agachadas, y escuchamos atentamente. De la Tierra brotaban las voces de los espíritus invisibles, las misteriosas individualidades. ¡Eran ellos los que lloraban! Su llanto alcanzó el cielo mientras la luz de Dios seguía brillando eternamente, sin que nosotros experimentáramos ningún cambio.
»—Observemos lo que sucede —dijo Rafael—, tal como nos ha ordenado Dios que hiciéramos.
»—Sí, quiero comprobar de qué se trata —contesté yo. Descendí a la atmósfera de la Tierra, seguido por el resto de ángeles; el torbellino que produjimos dispersó a esos minúsculos seres que lloraban y que no alcanzábamos a ver.
»Los gemidos humanos se confundían con el llanto de las presencias invisibles.
»Los ángeles y yo, condensados pero formando una multitud, nos acercamos a un pequeño grupo de seres humanos, de piel suave y muy hermosos, que se encontraban en un campamento.
»En medio de éstos yacía un joven agonizante, presa de violentas convulsiones, sobre un lecho de hierba y flores que habían confeccionado sus compañeros. Tenía mucha fiebre, debida a la mordedura de un insecto mortal. Todo formaba parte del ciclo, como habría dicho Dios.
»El llanto de los seres invisibles rodeaba a la víctima, mientras los lamentos de los seres humanos se hacían más intensos y alcanzaban un nivel insoportable.
»Yo me eché llorar de nuevo.
»—Silencio —indicó Miguel, con su infinita paciencia.
»Luego señaló más allá del pequeño campamento, donde yacía el joven moribundo, y vimos a los espíritus que lloraban y gemían.
»Por primera vez contemplamos con nuestros ojos a los misteriosos espíritus; se congregaban en grupos, se dispersaban e iban y venían con torpes movimientos. Presentaban una forma que recordaba vagamente la de los seres humanos. Indefensos, confundidos, perdidos, desorientados, se deslizaban por la atmósfera con los brazos extendidos hacia el joven que agonizaba postrado sobre un catafalco. Al cabo de unos instantes, éste expiró.
Silencio.
Memnoch me miró como si desease que yo pusiera fin a su relato.
—Cuando el joven expiró, la chispa de la vida no se extinguió —dije—, sino que se convirtió en un espíritu que adquirió la forma humana del difunto y se unió al resto de los espíritus que habían acudido para llevárselo.
—En efecto.
Memnoch suspiró y extendió los brazos. Luego aspiró una profunda bocanada de aire, como si se dispusiera a lanzar un rugido. Levantó la vista y miró el cielo a través de los gigantescos árboles.
Yo permanecí inmóvil.
El frondoso bosque pareció hacerse eco del suspiro de Memnoch. Advertí que estaba temblando, a punto de lanzar un grito que estallaría con la fuerza de un terrible heraldo. Pero al cabo de unos instantes agachó la cabeza y se limitó a guardar silencio.
El bosque había cambiado de nuevo. Era un bosque de nuestra época. Reconocí los robles, los árboles de oscuros troncos, las flores silvestres, el musgo, los pájaros y los pequeños roedores que correteaban a través de las sombras.
Aguardé.
—La atmósfera estaba invadida por esos espíritus —dijo Memnoch—. Tras haberlos visto, tras haber detectado su tenue silueta y sus persistentes voces, jamás podríamos dejar de verlos. Pululaban alrededor de la Tierra entre gemidos y sollozos de rabia. Eran los espíritus de los muertos, Lestat. Los espíritus de los muertos humanos.
—¿Unas almas, Memnoch?
—Sí.
—¿Unas almas creadas a partir de la materia?
—Sí, creadas a imagen y semejanza de Dios. Unas almas, unas esencias, unas individualidades invisibles. ¡Unas almas!
Yo aguardé de nuevo en silencio.
—Ven conmigo —dijo Memnoch al cabo de unos momentos. Se enjugó el rostro con el dorso de la mano.
Cuando alargué la mía noté por primera vez el tacto de una de sus alas al roce con mi cuerpo. Sentí que me recorría un escalofrío, pero no estaba atemorizado.
—Habían brotado unas almas de esos seres humanos —dijo Memnoch—. Estaban intactas y vivas, suspendidas sobre los cuerpos materiales de los humanos de cuya tribu provenían.
»No podían vernos; no alcanzaban a ver el cielo. Sólo veían a quienes los habían sepultado, a quienes los habían amado en vida, su progenie, los cuales arrojaban un puñado de tierra ocre sobre sus cadáveres antes de enterrarlos, de cara al Este, en unas sepulturas que contenían los ornamentos que les habían pertenecido.
—Y los humanos que creían en ellos —dije—, los que adoraban a sus antepasados, ¿notaban su presencia? ¿La intuían? ¿Sospechaban que sus antepasados se hallaban todavía presentes en forma de espíritu?
—Sí —respondió Memnoch.
Yo callé durante unos minutos, inmerso en mis pensamientos.
Tenía la sensación de que mi conciencia estaba inundada del olor de la madera y sus oscuras tonalidades, la infinita variedad de marrones, dorados y rojos que nos rodeaban. Elevé la vista al cielo y miré la luz, gris, sombría, fragmentada, pero grandiosa.
No hacía sino pensar en el torbellino que nos había envuelto durante nuestro viaje hacia al cielo y en la multitud de almas que nos rodeaban, como si el aire que se extendía desde la Tierra hasta el cielo estuviera plagado de éstas. Unas almas condenadas a vagar eternamente. ¿Adonde puede dirigirse uno entre aquellas tinieblas? ¿Qué puede buscar? ¿Qué puede saber?
De pronto me pareció que Memnoch reía. Era una risa tenue, melancólica, íntima, llena de dolor. O quizás estaba cantando en voz baja, como si la melodía constituyera una prolongación natural de sus pensamientos. Era un sonido que provenía de sus pensamientos, como el perfume brota de las flores; el canto, el sonido de los ángeles.
—Memnoch —dije, consciente de que él sufría pero yo no podría resistirlo por mucho más tiempo—. ¿Lo sabía Dios? —pregunté—. ¿Sabía Él que los hombres y las mujeres poseían una esencia espiritual? ¿Lo sabía, sabía que poseían un alma?
Memnoch no respondió.
Oí de nuevo un murmullo, su canción. Memnoch alzó también la mirada al cielo, cantando con más energía; era un cántico sombrío y monótono, distinto a la música más contenida y pautada que conocemos nosotros, pero aun así pleno de elocuencia y dolor.
Memnoch observó las nubes que se deslizaban por el firmamento, densas y blancas.
¿Era comparable la belleza de aquel bosque a lo que yo había visto en el cielo? Resultaba imposible responder. Sin embargo, lo que sí sabía era que la belleza del cielo no mermaba la hermosura de aquel paraje. El jardín salvaje, ese posible Edén, ese antiguo lugar, era prodigioso en sí mismo y en sus espléndidas limitaciones. De pronto comprendí que no podía seguir contemplándolo, ver las pequeñas hojas desprendiéndose de los árboles, enamorarme de él, sin conocer la respuesta a mi pregunta. Nada me había parecido jamás tan esencial como eso.
—¿Sabía Dios lo de las almas, Memnoch? —pregunté—. ¿Lo sabía?
Memnoch se volvió hacia mí.
—¡Cómo podía no saberlo, Lestat! —respondió—. ¿Quién crees que fue al cielo a informarle? Él se mostró muy sorprendido, como si le hubiera pillado por sorpresa. Su luz parecía intensificarse y disminuir por momentos, hacerse más brillante y oscurecerse, como si aquélla fuera la noticia más portentosa que hubiera oído jamás.
Memnoch suspiró de nuevo. Parecía a punto de estallar de ira, pero luego se calmó y se quedó pensativo.
Seguimos caminando. El bosque cambió una vez más, los descomunales árboles dejaron lugar a otros más airosos, cuyas ramas se extendían con gracia. La alta hierba se inclinaba bajo la brisa.
La brisa, impregnada del olor del agua, agitaba suavemente el cabello rubio y espeso de Memnoch, levantándolo sobre su frente. Sentí que me refrescaba el rostro y las manos, pero no mi corazón.
Nos detuvimos para contemplar un valle profundo y agreste. Contemplé las lejanas montañas, las verdes laderas, un pequeño bosque, unos claros donde se oreaba el trigo u otro tipo de grano salvaje. El bosque trepaba por las laderas hacia la cima de las montañas, hundiendo sus raíces en la roca. A medida que nos aproximábamos al valle, conseguí ver a través de las ramas de los árboles las relucientes aguas de un río o un mar.
Dejamos atrás el frondoso bosque. Nos hallábamos en un paraje maravilloso y fértil. El suelo estaba tapizado de flores amarillas y azules, cuyos vividos colores relucían bajo el sol. Había numerosos olivos y árboles frutales de ramas bajas y retorcidas, propias de los árboles que han dado fruto durante muchas generaciones. El sol derramaba sus rayos sobre el paisaje.
Me volví bruscamente. A nuestras espaldas, el paisaje no había cambiado. Allí estaban las escarpadas colinas que daban paso a gigantescas montañas, con kilómetros y kilómetros de laderas practicables, tachonadas de árboles frutales y misteriosas cuevas.
Memnoch no dijo nada.
Contemplaba con tristeza el curso del río, el lejano horizonte donde las montañas parecían cerrar el paso a las aguas, para después verse forzadas a dejar que éstas siguieran su inexorable destino.
—¿Dónde estamos? —pregunté con suavidad.
Memnoch tardó unos momentos en responder. Luego dijo:
—Las revelaciones de la evolución, de momento, han concluido. Te he contado lo que vi, un mero esbozo de lo que sabrás cuando mueras.
»Aún falta el núcleo central de mi historia, que deseo relatarte aquí, en este hermoso paraje, aunque los ríos hace tiempo que desaparecieron de la Tierra, al igual que los hombres y las mujeres que lo poblaban en esa época. Para responder a tu pregunta acerca de dónde nos encontramos, te diré que aquí es donde caí cuando Él me expulsó del cielo.

12
—Dios dijo: «¡Aguarda!», de modo que me detuve a las puertas del cielo, junto con mis compañeros, los ángeles que solían apoyarme. Miguel, Gabriel y Uriel, aunque no coincidían conmigo, también se hallaban presentes.
»—Memnoch, mi acusador —dijo Dios, pronunciando las palabras con su característica suavidad y rodeadas de un gran resplandor—. Antes de que entres en el cielo e inicies tu diatriba, regresa a la Tierra y estudia detenidamente y con respeto todo lo que has visto, de forma que cuando regreses hayas tenido oportunidad de comprender todo lo que he creado. La humanidad forma parte de la naturaleza, y está sometida a esas leyes de la naturaleza que has observado cómo se iban desplegando. Nadie puede comprender esto mejor que tú, salvo Yo, naturalmente. Ve de nuevo a la Tierra y compruébalo por ti mismo. Entonces, y sólo entonces, convocaré en reunión a los ángeles, de todas las jerarquías y categorías y escucharé lo que tengan que decir. Lleva contigo a aquellos que buscan las mismas respuestas que tú y deja aquí a los que nunca les ha preocupado ni interesado otra cosa que vivir bajo mi Luz.
Memnoch se detuvo.
Caminamos despacio por la orilla del estrecho mar hasta que alcanzamos un lugar donde nos sentamos sobre unas piedras para descansar. No me sentía físicamente fatigado, pero el cambio de postura agudizó mis sentidos, mis temores y mi impaciencia por escuchar su relato. Memnoch se sentó a mi derecha, se volvió hacia mí y sus alas volvieron a desvanecerse. Antes, sin embargo, su ala izquierda se alzó durante unos segundos sobre mi cabeza, lo cual me sobresaltó. Pero desaparecieron de inmediato. Su enorme tamaño, impedía que al sentarse pudiera plegarlas a sus espaldas, de modo que las hacía desaparecer.
—Tras las palabras pronunciadas por Dios —prosiguió Memnoch—, se produjo un gran revuelo a la hora de establecer quiénes serían los ángeles que descenderían conmigo a la Tierra para examinar la Creación y quiénes permanecerían en el cielo. Como te he dicho, los ángeles habían visitado toda la Tierra, seducidos por los valles, las ensenadas e incluso los desiertos que habían comenzado a aparecer. Pero éste era un mensaje especial de Dios dirigido a mí que venía a decir «ve a aprender todo cuanto puedas sobre la humanidad», y mis compañeros comenzaron a discutir sobre quiénes se sentían tan interesados como yo en los misterios de la raza humana.
—Aguarda un momento —le interrumpí—. Disculpa, ¿cuántos ángeles había? Según he creído entender, Dios habló de «los ángeles de todas las jerarquías y categorías».
—Supongo que conocerás una parte de la verdad que encierra el folclore —contestó Memnoch—. Dios nos creó primero a nosotros, los arcángeles Memnoch, Miguel, Gabriel, Uriel y muchos otros cuyos nombres nunca se han dado a conocer, de forma intencionada o por descuido, así que prefiero no citarlos. ¿El número total de arcángeles? Cincuenta. Nosotros fuimos los primeros, como he dicho, aunque el orden en que fuimos creados se ha convertido en un exaltado tema de debate en el cielo, que no me interesa en absoluto. Por lo demás, estoy convencido de que yo fui el primero. Pero eso no tiene importancia.
«Nosotros somos quienes nos comunicamos de forma más directa con Dios, y también con la Tierra. Por este motivo nos llaman ángeles custodios, además de arcángeles, y a veces en la literatura religiosa nos otorgan una jerarquía inferior a otros. Pero no somos inferiores. Somos los que poseemos una personalidad más acusada y una mayor capacidad de mediación, entre Dios y el hombre.
—Comprendo. ¿Y Raziel, Metatrón y Remiel?
Memnoch sonrió.
—Sabía que esos nombres te resultarían familiares —contestó—. Todos ocupan su lugar entre los arcángeles, pero no puedo explicártelo con detalle. Ya lo averiguarás cuando mueras. Es demasiado complicado para que una mente humana, incluso una mente vampírica como la tuya, lo comprenda.
—Está bien —dije—. Pero lo que dices es que los nombres se refieren a unas entidades reales. Sariel es una entidad.
—Sí.
—¿Y Zagzagel?
—También. Pero permíteme que prosiga. Deja que continúe mi relato. Como he dicho, nosotros somos los mensajeros de Dios, los ángeles más poderosos. Como habrás podido comprobar, me había convertido en el acusador de Dios.
—El nombre de Satanás significa «acusador» —dije—, y todos esos espantosos nombres que te disgustan guardan relación con esa idea. Acusador.
—Exacto —contestó Memnoch—. Los escritores primitivos de temas religiosos, que sólo conocían una parte de la verdad, creían que yo acusé al hombre, no a Dios; existen motivos para ello, como enseguida comprenderás. Puede decirse que me he convertido en el gran acusador de todo el mundo. —Memnoch parecía ligeramente irritado, pero al cabo de unos instantes reanudó su relato con calma y midiendo perfectamente sus palabras—. Me llamo Memnoch —me recordó—, y no existe un ángel más poderoso ni astuto que yo.
—Comprendo —dije educadamente. Por otra parte, no ponía en duda esa afirmación. ¿Por qué iba a hacerlo?—. ¿Y los nueve coros?
—Los nueve coros son los que conforman el bene ha elohim —respondió Memnoch—. Han sido muy bien descritos por los eruditos hebreos y cristianos gracias a los tiempos de las revelaciones y quizás a los desastres, aunque sería difícil determinar la naturaleza de cada acontecimiento. La primera tríade se compone de tres coros, los serafines, querubines, tronos u ofannim, como prefiero llamarlos. Los ángeles de la primera tríade están vinculados a la gloria de Dios. Son sus siervos, gozan de la luz capaz de cegar o deslumbrar a otros y casi nunca se alejan de esa luz.
»En ocasiones, cuando estoy enfadado y suelto mi discurso en el cielo los acuso, y disculpa la expresión, de estar pegados a Dios como por un imán y de no ser libres ni tener la personalidad que tenemos nosotros. Pero ellos tienen otras ventajas, incluso los ofannim, que son los menos inteligentes y elocuentes. De hecho, son capaces de permanecer durante siglos sin decir una palabra. Cualquier ángel de la primera tríade puede ser enviado por Dios a cumplir una misión en la Tierra. Algunos serafines se han aparecido de forma espectacular a hombres y mujeres. Debo reconocer que adoran a Dios, hasta el punto de experimentar sin reservas el éxtasis de su presencia. Dios les llena por completo, de modo que no cuestionan nada de lo que Él hace y son más dóciles, o más conscientes de Dios, según el punto de vista de cada cual.
»La segunda tríade está formada por tres coros a los que los hombres han impuesto los nombres de dominaciones, virtudes y poderes. Pero, a decir verdad, existe poca diferencia entre esos ángeles y los de la primera tríade. La segunda tríade se halla un poco más alejada de la luz de Dios, es decir, tan cerca de Él como se lo permiten sus dotes, y demuestra una menor inteligencia en materia de lógica o preguntas. ¿Quién sabe? En todo caso, la segunda tríade es más dócil que la primera; pero se producen más idas y venidas a la Tierra entre la segunda tríade que entre los devotos, magnetizados y arrogantes serafines. Como supondrás, todo ello conduce con frecuencia a ásperas disputas en el cielo.
—Sí, lo comprendo.
—Ambas tríades cantan constantemente cuando están en el cielo, y buena parte del tiempo que pasan en la Tierra; sus cánticos se elevan al cielo de forma espontánea y constante; no estallan con el júbilo de mi canción o las canciones que entonan los ángeles semejantes a mí, ni tampoco guardan silencio durante largos períodos como solemos hacer los arcángeles.
«Cuando mueras oirás los cantos de las tres tríades. Ahora te destruirían. He permitido que oyeras una parte de las voces, risas, canciones y música que suenan en el cielo, pero en estos momentos sólo puedes percibirlas como una confusa algarabía.
Yo asentí. Había sido al mismo tiempo una experiencia dolorosa y maravillosa.
—La tríade inferior comprende a los principados, arcángeles y ángeles —continuó Memnoch—, aunque esa clasificación puede inducir a confusión, como ya he dicho, pues nosotros, los arcángeles, somos los más poderosos e importantes, tenemos una personalidad muy marcada y somos los más inquisitivos y a los que más nos preocupaba la humanidad. Los otros ángeles interpretan eso como un defecto. Los serafines no suelen suplicar misericordia divina para los hombres.
»Así es a grandes rasgos la configuración del cielo. Los ángeles son innumerables y gozan de una gran movilidad; algunos se acercan a Dios más que otros, y cuando se sienten abrumados por su majestad, se alejan un poco y entonan unos cánticos más suaves.
»Lo importante es que los ángeles custodios de la Tierra, los observadores, los que sentían un mayor interés por todo lo referente a la Creación, provenían de todas las jerarquías. Incluso entre las filas de los serafines hay algunos que han pasado millones de años en la Tierra y luego han regresado al cielo. Ese ir y venir es muy común. La organización que he descrito es innata, pero no inamovible.
»Los ángeles no son perfectos, como habrás podido comprobar. Son unos seres creados. No lo saben todo. Dios sí lo sabe todo, eso resulta evidente para cualquiera. Sin embargo, los ángeles saben muchas cosas, pueden saber todo cuanto existe en el tiempo si lo desean, y ahí es donde radica la diferencia entre ellos. Algunos desean saber todo lo que existe en el tiempo y a otros sólo les interesa Dios y el reflejo de Él en los espíritus más devotos.
—Comprendo. Con esto vienes a decir que todos están en lo cierto y todos están equivocados.
—Están más en lo cierto que equivocados. Los ángeles son unos individuos, ésa es la clave. Los que caímos no constituimos una especie, a menos que el hecho de ser los más listos, inteligentes y perspicaces nos convierta en una especie, cosa que no creo.
—Continúa.
Memnoch soltó una carcajada y preguntó:
—¿Crees que iba a detenerme ahora?
—No lo sé —respondí—. Pero ¿qué tengo yo que ver en todo esto? No me refiero a Lestat de Lioncourt, sino al vampiro.
—Eres un fenómeno terrestre, algo semejante a un fantasma. Nos ocuparemos de ellos dentro de unos instantes. Cuando Dios nos envió a la Tierra para observar, y en concreto para observar a la humanidad, nos inspiraban tanta curiosidad los muertos como los vivos, esas almas que veíamos y oíamos vagar por el mundo y a las que inmediatamente denominamos sheol porque creímos que el ámbito que habitaban las almas en pena era el reino de las tinieblas. Sheol significa «tinieblas».
—Y el espíritu que creó a los vampiros...
—Espera. Es muy sencillo. Pero deja que te lo describa tal como yo lo percibí. De lo contrario, ¿cómo podrás llegar a entender mi postura? Mi petición de que te conviertas en mi lugarteniente es algo tan personal y decisivo que no conseguirás comprenderlo plenamente a menos que escuches con atención.
—Te ruego que prosigas.
—De acuerdo. Unos cuantos ángeles decidieron acompañarme, a fin de estudiar tan a fondo como fuera posible la materia y extraer nuestras propias conclusiones, comprender mejor esos fenómenos, tal como nos había pedido Dios. Miguel vino conmigo, así como muchos otros arcángeles. Entre mis acompañantes había unos pocos serafines y ofannim. También se nos unieron algunos ángeles de las jerarquías inferiores, menos inteligentes aunque no por ello dejasen de ser ángeles, que se sentían fascinados por la Creación e intrigados por averiguar cuál era el motivo de mi disputa con Dios.
»No puedo decirte con exactitud cuántos éramos. Pero cuando llegamos a la Tierra, cada uno tomó un camino distinto, aunque nos reuníamos con frecuencia para comentar lo que habíamos visto y averiguado.
»Lo que nos unía era nuestro interés en la frase que había pronunciado Dios, en la afirmación de que la humanidad formaba parte de la naturaleza. No acabábamos de comprenderlo. Por consiguiente, decidimos estudiar el asunto.
»No tardé mucho en constatar que los hombres y las mujeres, a diferencia de otros primates, vivían en grandes grupos dentro de unas viviendas que ellos mismos construían y se pintaban el cuerpo de distintos colores, que las mujeres vivían a menudo aisladas de los hombres y que todos creían en algo invisible. ¿Pero en qué? ¿Acaso en las almas de sus antepasados, sus seres queridos que habían muerto y permanecían cautivos en la atmósfera de la Tierra, incorpóreos y desorientados?
»En efecto, era las almas de sus antepasados, aunque los humanos adoraban también a otras entidades. Imaginaban a un Dios que había creado a los animales salvajes, al que rendía culto por medio de sacrificios que realizaban sobre unos altares en el convencimiento de que esa vertiente de Dios Todopoderoso constituía una personalidad de unos límites muy precisos y fácil de complacer o disgustar.
»No puedo decir que aquello me pillara de sorpresa, después de las cosas que había presenciado. Ten presente que he condensado millones de años con el fin de resumirte la historia de las revelaciones. Pero al aproximarme a esos altares, cuando oí las oraciones que elevaban al Dios de los animales salvajes, cuando vi el cuidado y la atención con que ejecutaban esos sacrificios en los que degollaban un carnero o un ciervo, me sorprendió el hecho de que aquellos humanos no sólo parecían ángeles, sino que habían adivinado la verdad.
»La habían descubierto de forma instintiva. Existía un Dios. Lo sabían. No sabían cómo era, pero sabían que existía, y ese conocimiento instintivo parecía brotar de la misma esencia que sus almas espirituales. Me explicaré.
»La conciencia de la muerte había creado una fuerte sensación de individualidad en los humanos, y esta individualidad temía la muerte, la aniquilación. Lo veían, sabían lo que significaba, lo presenciaban continuamente. Y rogaban a Dios para que no permitiera que este trance careciera de significado en el mundo.
»Fue esa tenacidad de su individualidad lo que hizo que el alma humana permaneciera viva después de abandonar el cuerpo, aferrándose a la vida, por decirlo así, perpetuándose al adaptarse al único mundo que conocía.
No dije nada. Estaba fascinado por la historia que relataba Memnoch y sólo deseaba que continuara. Pero, naturalmente, pensé en Roger. Pensé en él porque Roger era el único fantasma que yo había conocido y lo que Memnoch acababa de describir era una versión notablemente precisa y contundente de Roger.
—Exacto —dijo Memnoch—, lo cual seguramente explica por qué Roger acudió a ti, aunque en aquel momento me fastidió en extremo.
—¿No querías que Roger acudiera a mí?
—Observé. Escuché. Me quedé asombrado, al igual que tú, pero era el primer fantasma que lograba asombrarme. No es que fuera algo extraordinario, pero te aseguro que no fue una cosa orquestada por mí, si a eso te refieres.
—Como sucedió prácticamente al mismo tiempo que tus apariciones, supuse que ambos hechos guardaban relación.
—¿De veras? ¿Qué relación puede haber? Te aconsejo que la busques dentro de ti. ¿Acaso crees que es la primera vez que un muerto trata de hacerse oír? ¿Crees que los fantasmas de tus víctimas no han intentado ponerse en contacto contigo? Reconozco que éstos suelen morir en un profundo estado de trance y confusión, ignorando que eres el instrumento de su muerte. Pero no siempre ha sido así. Quizás eres tú quien ha cambiado. Ambos sabemos que amabas a ese hombre mortal, Roger, que lo admirabas, que comprendías su vanidad y amor por lo sagrado, lo misterioso y lo costoso, porque tú también posees esos rasgos.
—Lo que dices es cierto, sin duda —respondí—, pero sigo creyendo que tuviste algo que ver en el hecho de que se me apareciera.
Memnoch me miró perplejo durante unos instantes, como si fuera a enojarse, pero luego soltó una carcajada.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué iba a molestarme en hacer que se te apareciera Roger? Ya te he dicho lo que quiero de ti. Sabes lo que significa. Conoces las revelaciones místicas y teológicas. Cuando eras un niño y vivías en Francia, ante el temor de que pudieses morir sin comprender el significado del universo no dudaste en acudir con urgencia al párroco de la aldea y preguntarle: «¿Cree usted en Dios?»
—Sí, pero eso sucedió hace mucho tiempo. Cuando afirmas que no existe ninguna relación... no acabo de creerlo —dije.
—¡Eres el tipo más terco que jamás he conocido! —exclamó Memnoch, levemente irritado pero sin perder la paciencia—. Lestat, ¿no comprendes que lo que te impulsó hacia Roger y su hija Dora fue la misma cosa que me llevó a mí a elegirte? Alcanzaste un punto en que deseabas bucear en lo sobrenatural. Pedías a gritos ser destruido. El apoderarte de David fue el primer paso hacia el abismo moral al que te encaminabas. Te perdonaste a ti mismo por haber convertido a la pequeña Claudia en una vampira debido a que eras joven y estúpido.
»Pero convertir a David en un vampiro, contra su voluntad... Apoderarte de su alma para convertirla en un alma vampírica... Ese fue el peor crimen que has cometido. Un crimen que clamaba al cielo. David, al que habíamos permitido que nos vislumbrara en una ocasión, durante una fracción de segundo, por el que sentíamos un profundo interés...
—De modo que os aparecisteis ante David deliberadamente.
—Creo habértelo dicho ya.
—Pero Roger y Dora estorbaban.
—Sí. Naturalmente, tú elegiste a la víctima más brillante y atrayente. Elegiste a un hombre que desempeñaba tan bien su trabajo (sus crímenes, sus estafas, sus robos) como tú el tuyo. Fue un paso aún más audaz. Tu voracidad aumenta con el tiempo. Se convierte en algo cada vez más peligroso para ti y para quienes te rodean. Ya no te conformas con los marginados, los desposeídos y los maleantes. Cuando te fijaste en Roger, te sentiste atraído por su poder y carisma, ¿pero qué has conseguido?
—Me siento destrozado.
—¿Por qué?
—Porque siento amor hacia ti —contesté—, y eso es algo que siempre me alarma, como ambos sabemos. Me siento atraído por ti. Quiero conocer el resto de tu relato. Sin embargo, creo que mientes respecto a Roger y Dora. Creo que todo está relacionado. Y cuando pienso en Dios Encarnado... —me detuve, incapaz de continuar.
Me sentí invadido por la sensualidad del cielo, los fragmentos que todavía recordaba, que aún sentía, y ese recuerdo me dejó sumido en una tristeza mayor que lo que podía expresar con lágrimas.
Creo que cerré los ojos, porque al abrirlos me di cuenta de que Memnoch sostenía mis manos en las suyas. Sus manos eran cálidas, fuertes y suaves en extremo. ¡Qué frías debían de parecerle las mías!
Sus manos eran más grandes; perfectas. Las mías eran... mis extrañas, blancas y relucientes manos. Mis uñas, como de costumbre, brillaban como hielo bajo el sol.
Memnoch se apartó bruscamente. Mis manos permanecieron rígidas, enlazadas, abandonadas.
Memnoch se encontraba a unos metros de distancia, de espaldas a mí, contemplando el estrecho mar. Advertí que la silueta de sus inmensas alas se agitaba levemente, como si una tensión interna moviera los invisibles músculos a los que estaban adheridas. Era un ser perfecto, irresistible y desesperado.
—¡Quizá Dios tenga razón! —exclamó rabioso, con su voz profunda, sin apartar la vista del mar.
—¿Respecto a qué? —pregunté.
Memnoch no se volvió.
—Continúa, te lo ruego —dije—. A veces temo derrumbarme bajo el peso de las cosas que me cuentas. Pero prosigue, por favor.
—¿Es ésta tu forma de disculparte? —preguntó Memnoch con suavidad, volviéndose hacia mí.
Las alas se desvanecieron. Se acercó despacio y se sentó a mi derecha. El borde de su túnica estaba cubierto de polvo. Yo asimilé cada detalle antes de pensar en ello. Tenía una hoja pegada en su larga y enmarañada cabellera.
—No —respondí—. No era una disculpa. Por lo general digo lo que pienso.
Examiné su rostro, el delicado perfil, la ausencia de pelo sobre su magnífica piel. Resultaba indescriptible. Cuando contemplas una estatua en una iglesia renacentista y compruebas que es más grande que tú, perfecta, no te asustas porque sabes que es de piedra. Pero ésta estaba viva.
Memnoch se volvió como si hubiera advertido que lo estaba observando y me miró a los ojos. Luego se inclinó hacia delante. Sus ojos eran límpidos y encerraban un sinfín de colores. Sentí sus labios, suaves, húmedos, rozar mi mejilla. Sentí un fuego abrasador, una llama que atravesaba cada partícula de mi cuerpo, como sólo es capaz de hacerlo la sangre, la sangre humana. Noté un agudo dolor en el pecho. Habría podido señalar con un dedo el lugar exacto donde experimentaba el dolor.
—¿Qué sientes? —pregunté, resistiéndome a permitir que me avasallara.
—Siento la sangre de centenares de personas —murmuró Memnoch—. Siento un alma que ha conocido un millar de almas.
—¿Conocido, o simplemente destruido?
—¿Vas a apartarme de tu lado debido al odio que sientes hacia ti mismo? —preguntó Memnoch—. ¿O continúo con mi relato?
—Continúa, por favor.
—El hombre había inventado o descubierto a Dios —dijo. Su voz tenía un tono sosegado, cortés, casi humilde—. En algunos casos, las tribus adoraban a más de una deidad, a la que consideraban artífice de una parte del mundo. Sí, los humanos sabían que las almas de los muertos sobrevivían; y les hacían regalos para que intercedieran por ellos. Depositaban ofrendas en sus tumbas. Les rezaban, les suplicaban que les ayudaran en la caza, durante el parto, en todas las circunstancias de su vida.
»Cuando los ángeles nos asomamos al sheol, el reino de las tinieblas, cuando penetramos en él, invisibles, nuestra esencia no causó ninguna perturbación puesto que sólo estaba lleno de almas... nada más que almas... comprendimos que esas almas se veían reforzadas en su afán de sobrevivir por las atenciones de los humanos que permanecían en la Tierra, por el amor que les hacían llegar, por los pensamientos que les dedicaban. Todo formaba parte del proceso.
»Al igual que en el caso de los ángeles, esas almas eran unas entidades que poseían distintos grados de intelecto y curiosidad. Asimismo, estaban sometidas a todas las emociones humanas, aunque en muchos casos, por fortuna, las emociones habían perdido intensidad.
«Algunas almas, por ejemplo, sabían que estaban muertas y trataban de responder a las oraciones de sus hijos, intentaban aconsejarlos, expresándose con toda la potencia de la que podían hacer acopio en una voz espiritual. Se esforzaban en aparecer ante sus hijos. A veces conseguían traspasar durante unos segundos la barrera de lo material, atrayendo hacia sí unas partículas de materia mediante la fuerza de su esencia invisible. Otras, cuando el alma del humano que dormía estaba receptiva a otras almas, se les aparecían en sueños. Hablaban a sus hijos de la amargura y las tinieblas de la muerte, y les decían que debían ser valientes y fuertes en la vida. Les daban consejos.
»En algunos casos parecían conscientes de que el amor y la atención de sus hijos les proporcionaba fuerzas. Les pedían que rezaran por ellas y les hicieran ofrendas, recordaban a sus hijos su deber para con ellas. Esas almas se sentían confundidas, salvo en una cosa: creían haber visto todo cuanto existía en el mundo.
—¿No llegaban a atisbar el cielo?
—No, en el reino de las tinieblas no penetraba la luz del cielo, ni tampoco la música. Desde el sheol sólo se veía la oscuridad y las estrellas, así como las gentes que se hallaban en la Tierra.
—Debía de ser insoportable.
—No si crees que eres un dios para tus hijos y obtienes fuerza de las libaciones que éstos derraman sobre tu sepultura. No si te complaces en aquellos que siguen tus consejos y te enojas con quienes no lo hacen; no si puedes comunicarte de vez en cuando con tus seres queridos, con resultados espectaculares.
—Comprendo. De modo que para sus hijos eran dioses.
—Una especie de dioses ancestrales. No el Creador de todo. Como he dicho, los humanos, en esta materia, tenían las cosas muy claras.
»El reino de las tinieblas me fascinaba. Lo recorrí de punta a punta. Algunas almas no sabían que estaban muertas. Sólo sabían que estaban perdidas y ciegas. Se sentían muy desgraciadas y lloraban constantemente, como los niños. Eran tan débiles que ni siquiera eran capaces de advertir la presencia de otras almas.
»Otras almas se engañaban. Se creían todavía vivas. Perseguían a sus familiares vivos en un vano intento de que sus hijos escucharan sus ruegos, cuando lo cierto es que éstos no podían oírlas ni verlas. Esas almas que creían estar vivas no tenían la capacidad de atraer partículas de materia y aparecerse en sueños a sus hijos, porque ignoraban que estaban muertas.
—Ya.
—Algunas almas sabían que cuando se aparecían ante los mortales asumían la forma de fantasmas. Otras creían estar vivas y que el mundo entero se había vuelto en contra de ellas. Algunas otras se limitaban a vagar errantes, viendo y oyendo de forma remota los sonidos que producían otros seres, como si estuvieran sumidas en un estado de sopor o en un sueño. Por fin, otras almas perecían.
—Yo mismo las vi morir. Enseguida comprendí que muchas almas se estaban muriendo. El alma moribunda duraba una semana, quizás un mes en términos de tiempo humano, después de haberse separado del cuerpo, reteniendo su forma, y luego empezaba a desvanecerse. La esencia se dispersaba de modo progresivo, como la esencia de un animal cuando éste expira. Se esfumaba, quizá para regresar a la energía y a la esencia de Dios.
—¿Eso era lo que sucedía? —pregunté, ansioso de obtener una confirmación—. ¿Su energía regresaba al Creador; la luz de una vela regresaba al fuego eterno?
—Lo ignoro. No vi unas llamitas que se elevaran al cielo atraídas por un poderoso y benévolo fuego. No, no vi nada de eso.
»Desde el reino de las tinieblas no se distinguía la luz de Dios. Para las almas en pena, el consuelo de Dios no existía. Sin embargo eran unos seres espirituales, hechos a nuestra imagen y semejanza, los cuales se aferraban a esa imagen y ansiaban gozar de una vida después de la muerte. Ése era su tormento: el ansia de gozar de una vida después de la muerte.
—¿Significaba eso que el alma simplemente se extinguía? —pregunté.
—No. El ansia era una cosa innata, que se desvanecía en el reino de las tinieblas antes de que el alma se desintegrara. Las almas pasaban por numerosas experiencias en el reino de las tinieblas. Las más fuertes se consideraban dioses, o bien unos humanos que habían accedido al reino del Dios bondadoso, desde el cual velaban por los seres humanos; esas almas adquirían el suficiente poder para influir en otras almas, para reforzarlas y en ocasiones impedir que se extinguieran.
Memnoch se detuvo, como si hubiera perdido el hilo del discurso. Luego continuó:
—Algunas almas, sin embargo, comprendían la realidad. Sabían que no eran dioses. Sabían que eran unos humanos que habían muerto y no tenían derecho a modificar el destino de las personas que les invocaban; sabían que las libaciones eran fundamentalmente simbólicas. Comprendían lo que significaba el concepto de lo simbólico. Sabían que estaban muertas, y se sentían perdidas. De haber sido capaces, no habrían dudado en reencarnarse, pues sólo así podían gozar de la luz, el calor y el consuelo que habían conocido. Y a veces lo conseguían.
»Es un fenómeno que presencié en varias ocasiones. Vi a algunas almas descender a la Tierra y apoderarse de un estupefacto mortal, adueñarse de su cuerpo y su cerebro y habitarlo hasta que el individuo conseguía expulsar el alma que lo habitaba. Tú conoces mejor que nadie esas cosas. Tú mismo has poseído un cuerpo que no te pertenecía, y tu cuerpo ha pasado a ser habitado por otra alma.
—Sí.
—Pero estábamos en los albores de ese invento. Resultaba fascinante contemplar a esas astutas almas en su aprendizaje de las normas del juego, asistir a cómo cada vez se volvían más poderosas.
»Lo que no dejaba de espantarme, siendo como yo era el "acusador" a quien le horrorizaba la naturaleza, según Dios, y lo que no podía pasar por alto era que esas almas influían en las personas vivas. Algunos seres humanos se habían convertido en oráculos. Se drogaban o bebían una poción que hacía que su mente se volviera pasiva, de forma que el alma muerta pudiera expresarse a través de su voz.
»Y comoquiera que esos poderosos espíritus, pues así es como debo llamarlos de ahora en adelante, conocían únicamente lo que habían aprendido en la Tierra y en el reino de las tinieblas, con frecuencia instaban a los humanos a cometer trágicos errores. Les impulsaban a declarar la guerra, a ejecutar a sus enemigos. Les exigían el sacrificio de seres humanos.
—Es decir, asististe a la creación de la religión por parte del hombre —dije.
—Sí, en la medida en que el hombre sea capaz de crear algo. No olvidemos quién nos creó a todos.
—¿Cómo reaccionaron los otros ángeles ante esas revelaciones?
—Nos reunimos, comentamos llenos de asombro lo que habíamos presenciado y luego cada cual prosiguió con sus propias exploraciones; la Tierra nos fascinaba hasta el punto de obsesionarnos. Pero en síntesis, los ángeles reaccionaron de diversas maneras. Algunos, sobre todo los serafines, opinaban que el fenómeno en su conjunto era una maravilla; que Dios merecía que le dedicáramos un millar de himnos de alabanza por haber creado un universo en el que un ser material era capaz de convertirse en una deidad invisible que, en su intento por sobrevivir, ordenaba a los humanos de la Tierra que declararan la guerra a sus adversarios.
»Otros sostenían que era un error, una abominación, que era inconcebible que las almas de los humanos pretendieran ser dioses y que era preciso poner fin a aquel dislate.
»En cuanto a mí, declaré apasionadamente "¡Esto no puede continuar así! ¡Es una catástrofe! Es el comienzo de un nuevo estadio de la vida humana, incorpórea pero resuelta e ignorante, que a cada segundo que pasa adquiere mayor poder, que ha llenado la atmósfera del mundo de potentes y odiosas entidades tan ignorantes como esos humanos a cuyo alrededor pululan sin cesar."
—Supongo que algunos ángeles estarían de acuerdo contigo.
—Sí, algunos se mostraron tan vehementes como yo, pero entonces dijo Miguel: «Confía en Dios, Memnoch, el Creador del universo. Dios conoce el plan divino.»
»Miguel y yo manteníamos largas conversaciones. Rafael, Gabriel y Uriel no nos acompañaban, no tomaron parte en la misión que nos había llevado a la Tierra. La razón es muy sencilla. Esos cuatro ángeles casi nunca van juntos. Digamos que se trata de una regla, una costumbre, una... vocación; dos de ellos suelen permanecer de guardia en el cielo, por si Dios los necesita. En este caso, Miguel fue el único que insistió en acompañarnos.
—¿Todavía existe el arcángel Miguel?
—¡Por supuesto! Ya lo conocerás. Podrías conocerlo ahora mismo si desearas, pero no creo que acceda a presentarse. Está de parte de Dios. Pero si te unes a mí, sin duda llegarás a conocerlo. De hecho, te sorprenderá comprobar que Miguel comprende mi postura, la cual no debe de ser irreconciliable con los designios del cielo, por que, de otro modo, no se me permitiría hacer lo que hago.
Memnoch me miró fijamente.
—Esos espíritus del bene ha elohim que te he descrito están vivos. Son inmortales. ¿Acaso lo dudabas? Pero sigamos. Algunas de las almas que por aquel entonces se hallaban en el reino de las tinieblas ya no existen, al menos en una forma que yo conozca, aunque quizá sí en una forma que sólo conoce Dios.
—Entiendo. Fue una pregunta estúpida —confesé—. Mientras presenciabas esos fenómenos, con profunda aprensión, según tú mismo has reconocido, ¿qué relación veías entre ello y la afirmación de Dios acerca de que la humanidad formaba parte de naturaleza?
—Sólo lo entendía como un incesante intercambio de energía y materia. Las almas eran energía, pero conservaban unos conocimientos adquiridos a partir de la materia. Más allá de eso, no era capaz de conciliar ambas cuestiones. Miguel, sin embargo, sostenía otra opinión. Decía que nos hallábamos en una escalera; las moléculas inferiores de materia inorgánica constituían los escalafones inferiores. Esas almas incorpóreas ocupaban el escalafón inmediatamente superior al hombre, pero inferior a los ángeles. Según Miguel, se trataba de una infinita procesión, pero él estaba convencido de que Dios lo había creado todo con una intención y era su voluntad que las cosas fueran así.
»A mí me parecía increíble, porque el sufrimiento de las almas me horrorizaba. A Miguel también le dolía. Se tapaba los oídos para no oír sus lamentos. Y la muerte de las almas me horrorizaba aún más. Si éstas podían vivir, ¿a qué venía tanto secreto? ¿Acaso estaban condenadas a permanecer eternamente en el reino de las tinieblas? ¿Qué otra cosa en la naturaleza se mantenía tan estática? ¿Es que se habían convertido en unos asteroides que sentían y padecían, condenados a girar incesantemente alrededor del planeta, en unas lunas capaces de gritar, gemir y llorar?
»—¿Cómo acabará todo esto? —pregunté a Miguel—. Las tribus rezan a distintas almas. Esas almas pasan a convertirse en sus dioses. Algunas son más poderosas que otras. Las guerras asolan el mundo.
»—Pero Memnoch —respondió Miguel—, los primates ya se comportaban así antes de que tuvieran alma. Todo cuanto existe en la naturaleza devora y es devorado. Es lo que Dios ha tratado de explicarte desde que empezaste a protestar por los lamentos que oías en la Tierra. Esos espíritus-dioses-almas son unas expresiones de los humanos, forman parte de la humanidad, nacen de los humanos y se nutren de ellos, y aunque esos espíritus llegaran a adquirir el poder de manipular a los mortales a su antojo, no dejarían de formar parte de la materia y la naturaleza, tal es lo que afirma Dios.
»—Así pues, la naturaleza consiste en este incesante e indescriptible horror —dije—. Por lo visto, no basta con que un tiburón devore a un joven delfín, o que una mariposa muera triturada entre las fauces de un lobo, indiferente a su belleza. No, la naturaleza debe seguir su curso, crear a partir de la materia esos espíritus atormentados. La naturaleza parece aproximarse al cielo, pero en realidad se halla tan alejada de él que el mundo se ha convertido en el reino de las tinieblas.
»Este discurso fue demasiado para Miguel. Uno no puede hablarle de esa forma al arcángel Miguel. Es un error. Miguel se apartó al instante de mí, no furioso ni temeroso de que le cayera un rayo divino y le partiera el ala izquierda, sino en silencio, como diciendo, Memnoch, tu impaciencia te granjeará un disgusto. Luego se volvió hacia mí y dijo:
»—Memnoch, no profundizas en las cosas. Esas almas acaban de iniciar su evolución. ¿Quién sabe lo poderosas que llegarán a ser? El hombre ha penetrado en lo invisible. ¿Y si se convirtieran en unos seres semejantes a nosotros?
»—¿Cómo quieres que eso suceda, Miguel? —pregunté yo—. ¿Cómo quieres que esas almas sepan lo que son los ángeles o el cielo? ¿Acaso crees que si apareciéramos ante ellos y les dijéramos...? —Pero me detuve. Sabía que aquello era inconcebible. No me hubiera atrevido, ni en un millón de años.
»No bien se nos hubo ocurrido ese pensamiento, empezamos a darle vueltas y a comentarlo con nuestros compañeros. Los otros ángeles dijeron:
»—Las personas vivas saben que estamos aquí.
»—¿Cómo es posible? —pregunté. Aunque sentía una profunda lástima por la humanidad, no consideraba a los mortales muy inteligentes. Uno de los ángeles se apresuró a explicármelo.
»—Algunas personas han intuido nuestra presencia. La intuyen de la misma forma que intuyen la presencia de un alma muerta. Lo hacen con la parte del cerebro con que perciben otras cosas invisibles. No tardarán en imaginar cómo somos, ya lo verás.
»—No creo que eso sea voluntad de Dios —afirmó Miguel—. En todo caso, opino que debemos regresar de inmediato al cielo.
»La mayoría se mostró de acuerdo con él y lo manifestó como suelen hacerlo los ángeles, en silencio. Yo me quedé solo, mirando a la legión de ángeles que me habían acompañado a la Tierra.
»—Dios me ha encomendado una misión. No puedo regresar hasta que la haya cumplido —insistí—. No comprendo lo que está pasando.
»Mi respuesta provocó una tremenda discusión. Al final, Miguel me besó suavemente en los labios y las mejillas, como besan los ángeles, y subió al cielo, seguido de los otros.
«Permanecí solo en la Tierra. No rogué a Dios que me ayudara; no recurrí a los hombres. Miré dentro de mí y me pregunté: "¿Qué puedo hacer? No quiero que me vean como a un ángel. No quiero que me adoren como a esas pobres almas. No deseo enojar a Dios, pero debo cumplir la misión que me ha ordenado. Debo tratar de comprender. Ahora soy invisible, pero podría intentar hacer lo que hacen algunas almas, es decir, crearme un cuerpo con minúsculas partículas de materia procedentes de todas partes. Nadie sabe mejor que yo de qué se compone el hombre, puesto que he observado su evolución. Sé de qué están hechos sus tejidos, sus células, sus huesos, sus nervios y su cerebro." ¿Quién podía saberlo mejor que yo? Nadie, excepto Dios.
»Así pues, centré todos mis esfuerzos en construirme un cuerpo humano, completo, y elegí, sin casi darme cuenta, un cuerpo masculino. ¿Es necesario que te explique el motivo?
—No —contesté—. Imagino que habías visto a suficientes mujeres violadas o víctimas del parto y te inclinaste por una apariencia masculina. Es lógico.
—Así es. Pero a veces me pregunto si fue una decisión acertada. A veces me pregunto si las cosas habrían sido distintas si hubiera adoptado un aspecto femenino. En realidad, las mujeres se parecen más a nosotros que los hombres. Aunque, si los ángeles participamos de ambos sexos, sin duda poseemos más rasgos masculinos que femeninos.
—Por lo que he visto, estoy de acuerdo contigo.
—Conque asumí un cuerpo humano. Tardé un poco más de lo previsto en crearlo, pues tuve que esforzarme en recordar toda la información que había almacenado en mi angélica memoria. Tuve que construirlo poco a poco, y luego insuflarle mi esencia como si se tratara de la esencia natural de la vida. Tuve que embutirme en este extraño cuerpo, asumir sus rasgos sin temor ni vacilaciones y mirar a través de sus ojos.
Asentí en silencio con una leve sonrisa. Después de haber renunciado a mi cuerpo vampírico a cambio de un cuerpo humano, comprendía lo que Memnoch debió sentir en aquellos momentos. Pero no quería hacerme el listo.
—No fue un proceso doloroso —prosiguió Memnoch—, sólo tuve que someterme a una forma mortal. Dejé de ser un espíritu inmaterial para convertirme en una criatura con un cuerpo de carne y hueso y así formar parte de la naturaleza, por emplear la palabra favorita de Dios, aunque conservé, eso sí, mi propia esencia. Sólo omití las alas. Cuando me dirigí hacia un lago, caminando erguido como un ángel, y me miré en sus aguas, vi por primera vez a Memnoch con forma humana. Observé mi cabello rubio, mis ojos, mi piel, todos los dones que Dios me había otorgado y que hasta ese momento habían permanecido en la invisibilidad.
»Pero enseguida comprendí que había ido demasiado lejos. Tenía un cuerpo gigantesco, apabullante. De modo que hice unos retoques y reduje de tamaño, con el fin de parecerme más a un hombre corriente.
«Aprenderás a hacer todo eso cuando estés conmigo —dijo Memnoch—, si decides morir y convertirte en mi lugarteniente. Pero debo decir que no es ni imposible ni tampoco terriblemente sencillo; no es como pulsar las teclas de un complicado programa informático y observar cómo el ordenador ejecuta escrupulosamente tus órdenes. Por otro lado, tampoco requiere grandes esfuerzos, tan sólo ciertos conocimientos, una paciencia y una voluntad angelicales.
»Junto al lago había un hombre desnudo, rubio, de ojos claros, muy parecido a muchos habitantes de aquella región, aunque más perfecto, que estaba dotado de unos órganos físicos de tamaño razonable aunque no extraordinario.
»Toda mi esencia se centraba en esos órganos, concretamente en el escroto y en el pene. Sentí algo que jamás había sentido cuando era un ángel. Era una sensación totalmente desconocida. Sabía que existían dos sexos, el femenino y el masculino; sabía que los humanos presentaban cierta vulnerabilidad, pero no estaba preparado para aquella sensación tan intensa.
«Supuse que al adoptar una forma humana me convertiría en un ser humilde, que temblaría de vergüenza al observar mi insignificancia, mi inmovilidad y muchas otras cosas, las mismas que tú sentiste cuando cambiaste tu cuerpo vampírico por el de un hombre.
—Lo recuerdo perfectamente.
—Pero no sentí nada de eso. Nunca había sido corpóreo. Nunca se me había ocurrido convertirme en un ser material. Jamás había pensado siquiera en desear contemplar mi imagen en un espejo terrenal. Conocía mi imagen por haberla visto reflejada en los ojos de otros ángeles. Conocía las partes de mi ser porque las veía con mis ojos angélicos.
»Pero ahora era un hombre. Sentí mi cerebro dentro del cráneo. Noté su húmeda, compleja y caótica mecánica, así como sus tejidos, que encerraban las fases más primitivas de la evolución y las agrupaban en un conjunto de células superiores que se hallaban en el córtex, de un modo que al mismo tiempo parecía totalmente ilógico y por completo natural; natural si uno sabía lo que yo, en tanto ángel, sabía.
—¿Por ejemplo? —pregunté, tratando de no parecer grosero.
—Por ejemplo, que las emociones que se agitaban en la parte límbica de mi cerebro podían apoderarse de mí sin haberse dado a conocer antes a la conciencia —contestó Memnoch—. Eso no puede sucederle a un ángel. Nuestras emociones no pueden sustraerse a nuestra mente consciente. No podemos sentir un temor irracional. Al menos, eso creo. Y en cualquier caso, no lo pensé cuando me encontraba en la Tierra, metido en un cuerpo de carne y hueso.
—¿Podían haberte herido, o matado, cuando presentabas esa forma humana? —pregunté.
—No. Pero ya volveremos sobre ello. El caso es que mientras me hallaba en esa zona agreste y boscosa, en ese valle que hoy es Palestina, me di cuenta de que mi cuerpo era un cebo para los animales, de modo que creé a mi alrededor una coraza muy resistente formada por mi esencia angelical. Funcionaba como un mecanismo eléctrico. Es decir, cuando se me acercaba un animal, lo cual sucedió casi de inmediato, era repelido al instante por esa coraza.
«Protegido por esa coraza invisible, decidí visitar unos poblados cercanos a fin de echar un vistazo, sabiendo que nadie podía herirme ni atacarme. Sin embargo, no quería ofrecer un aspecto milagroso. Por el contrario, ante un ataque habría intentado zafarme, comportarme de forma que nadie advirtiera nada extraño en mí.
«Aguardé hasta que anocheció y entonces me dirigí al poblado más próximo, el mayor de aquella zona, el cual se había hecho tan poderoso que exigía tributo de otros poblados. Se trataba de un campamento amurallado, con unas chozas donde vivían hombres y mujeres. En cada choza ardía una fuego. También había un recinto central, donde se reunían todos. Por la noche cerraban las puertas del campamento.
»Entré sigilosamente, me oculté junto a una choza y observé durante horas lo que hacían sus moradores al atardecer y por la noche. Recorrí todo el lugar y me asomé a cada una de las pequeñas chozas con el fin de observar sus costumbres.
»Al día siguiente me dirigí al bosque, para observar el campamento desde allí. Vi un grupo de cazadores, aunque ellos no podían verme. Cuando descubrieron mi presencia salí huyendo, pues dadas las circunstancias me parecía lo más razonable. Nadie me persiguió.
«Permanecí en las inmediaciones del poblado durante tres días y tres noches. En ese tiempo descubrí sus limitaciones, sus necesidades fisiológicas, sus sufrimientos e incluso la lujuria, que pronto sentí arder dentro de mí.
»Al anochecer del tercer día ya había sacado una serie de conclusiones respecto al motivo por el que esa gente no formaba parte de la naturaleza. Tenía fundados argumentos para rebatir las afirmaciones de Dios y, dando así por concluida mi misión, me dispuse a partir.
»Hay una cosa que siempre ha fascinado a los ángeles, y que no había experimentado en mi propia carne; la unión sexual. Bajo la forma de un ángel invisible puedes espiar a una pareja que está copulando y ver sus ojos entornados, oír sus gemidos, tocar los ardientes pechos de la mujer y notar los acelerados latidos de su corazón.
»Lo había hecho innumerables veces. En aquel momento pensé que, a fin de comprender mejor a los seres humanos, era preciso que experimentara personalmente la unión carnal. Sabía lo que eran la sed, el hambre, el dolor, el cansancio, sabía cómo vivían esas gentes, cómo sentían, pensaban y hablaban. Pero no sabía lo que experimentaban durante la unión sexual.
»Al anochecer del tercer día, cuando me hallaba a orillas de este mismo mar, lejos del poblado, el cual estaba ubicado a varios kilómetros a la derecha de donde nos encontramos nosotros, apareció de repente una mujer muy bella, la hija de un hombre.
»No era la primera mujer hermosa que veía. Como te he dicho, cuando contemplé por primera vez la belleza femenina... antes de que los hombres se convirtieran en unos seres de piel suave, desprovistos de pelo... me sentí muy impresionado. Durante aquellos tres días, como es lógico, había observado de lejos a muchas mujeres hermosas. Sin embargo, no me atrevía a acercarme a ellas; al fin y al cabo, tenía forma humana y procuraba pasar inadvertido.
»Hacía tres días que estaba metido en aquel cuerpo y los órganos sexuales, perfectamente construidos, reaccionaron de inmediato ante la visión de esa mujer, que se acercaba caminando por la orilla del mar; una mujer rebelde, temeraria, sin la compañía de un hombre u otras mujeres que le dieran escolta, una joven de largos cabellos y expresión huraña, pero muy bella.
»Iba vestida con una tosca piel de animal que sujetaba con un cinturón de cuero. Estaba descalza y mostraba sus piernas desnudas a partir de las rodillas hasta los pies. Su cabello era largo y oscuro, lo cual contrastaba con sus ojos azules. Tenía un rostro muy juvenil pero con mucho carácter, rebelde, lleno de ira. Parecía desesperada, hasta el punto de estar dispuesta a cometer una locura.
»La joven me vio.
»Se detuvo, consciente de su vulnerabilidad. Y yo, que nunca me había preocupado de cubrirme con una prenda, permanecí de pie, desnudo, ante ella. Mi miembro la deseaba, con urgencia y ardor; imaginé lo que sentiría al unirme con ella. Por primera vez sentí un intenso deseo sexual. Durante tres días había vivido con la mente de un ángel, pero ahora mi cuerpo me hablaba y yo lo escuché con los oídos de un ángel.
»La joven no huyó de mí, sino que avanzó unos pasos resuelta, como si hubiera tomado una decisión, aunque ignoro en qué se basaba; sin embargo, era evidente que estaba dispuesta a abrirme sus brazos si yo se lo pedía. Luego, con un airoso movimiento de caderas y un ademán de su mano derecha, se levantó el cabello y lo dejó caer, indicándome así que estaba preparada para recibirme.
»Me acerqué y ella me cogió la mano y me condujo por la ladera hacia esa cueva que ves allí, a la izquierda. Me condujo hasta la cueva y al llegar comprendí que me deseaba tanto como yo a ella.
»Esa joven no era virgen. Ignoro su historia, pero resultaba obvio que había conocido la pasión. Sabía lo que era y la buscaba. Restregó su cuerpo contra el mío, y cuando me besó e introdujo la lengua entre mis labios sabía bien lo que pretendía.
»Me sentí abrumado. La aparté por unos instantes con el fin de contemplar su misteriosa belleza material, una belleza de carne y hueso que perecería y se pudriría, pero que rivalizaba con la de cualquier ángel. Yo le devolví los besos de forma brutal. Ella se rió y apretó sus pechos contra mí.
»Al cabo de unos segundos nos tumbamos en el suelo de la cueva, cubierto de musgo, tal como había visto hacer a numerosas parejas de mortales. Cuando introduje mi miembro en su vagina y sentí el arrebato de la pasión, supe lo que ningún ángel podría saber jamás. Aquello nada tenía que ver con la razón, la observación o el entendimiento, con escuchar o tratar de aprender. Estaba dentro de ella y sentí un placer abrasador, igual que ella. Los músculos de la peluda boca de su vagina me oprimieron el miembro con fuerza, como si quisieran devorarme, y mientras me movía dentro de ella vi que de pronto su rostro se teñía de rojo; entonces puso los ojos en blanco y su corazón se paralizó.
»Ambos alcanzamos el orgasmo al mismo tiempo. Noté que eyaculaba con fuerza dentro de ella, inundando su cálida y estrecha cavidad. Seguí moviéndome durante unos momentos al mismo ritmo, hasta que aquella extraordinaria e indescriptible sensación empezó a desvanecerse y al fin desapareció.
«Permanecí tendido a su lado, con un brazo sobre ella, mientras la besaba suavemente en la mejilla, y dije en su idioma, de forma atropellada: "¡Te amo, te amo, te amo, hermosa y dulce criatura, te amo!"
»Ella se volvió y esbozó una pequeña y respetuosa sonrisa. Luego se acurrucó junto a mí, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Su osadía había dejado paso a una maravillosa ternura. Su alma sufría, lo notaba a través de las palmas de sus manos.
»Dentro de mí se agitaba un cúmulo de pensamientos y emociones. Había experimentado un orgasmo. Había sentido las intensas sensaciones físicas que procura el acto sexual. Contemplé el techo de la cueva, incapaz de moverme, de articular palabra.
»Al cabo de unos minutos sentí que la joven se sobresaltaba. Entonces se aferró a mi cuello, se incorporó de rodillas y huyó.
»Al levantarme vi una luz que provenía del cielo. Era la luz de Dios, que me perseguía. Salí corriendo de la cueva.
»—¡Aquí estoy, Señor! —grité—. ¡He experimentado un gozo indescriptible! —Acto seguido entoné un himno de alabanza a Dios. De pronto las partículas materiales de mi cuerpo empezaron a disolverse, como si el poder de mi voz angelical las hiciera desaparecer. Erguido, extendí las alas y canté al Señor, lleno de gratitud por lo que había sentido entre los brazos de aquella mujer.
»Dios me habló con tono sosegado, pero lleno de ira.
»—¡Memnoch! —exclamó—. ¡Eres un ángel! ¿Qué hace un ángel, un hijo de Dios, con la hija de un hombre?
»Antes de que yo pudiera responder, la luz desapareció y me dejó sumido en un violento torbellino. Al volverme descubrí a la mujer en la orilla del mar, aterrada, como si hubiera visto y oído algo que le resultaba inexplicable. Luego huyó.
«Mientras ella echaba a correr el torbellino me alzó hasta las puertas del cielo, pero por primera vez éstas adquirieron unas dimensiones descomunales, como cuando tú llegaste a ellas, y se cerraron. En aquel momento la luz divina me derribó violentamente y noté que me precipitaba en el vacío, como te precipitaste tú mientras yo te sostenía en mis brazos; sin embargo yo estaba solo, espantado, y al fin aterricé, invisible pero magullado, entre angustiosos gemidos, sobre la tierra húmeda.
»—¡Te nombré uno de mis observadores! ¿Qué has hecho? —me increpó la voz de Dios, pequeña, junto a mi oído.
»Yo rompí a llorar, desconsolado.
»—¡Señor, se trata de un malentendido. Deja... que te lo explique.
»—¡Quédate con los humanos a los que tanto amas! —me dijo Dios—. Que ellos se ocupen de ti, pues me niego a escucharte hasta que mi ira se haya aplacado. Abraza el cuerpo de esa mujer que tanto deseas, y que te ha contaminado. No volverás a presentarte ante mí hasta que te mande llamar.
»El viento empezó a soplar y, al tumbarme de espaldas, advertí que no tenía alas, que había vuelto a adoptar el cuerpo de un hombre.
»Estaba de nuevo embutido en el cuerpo que yo mismo había creado y que el Señor me había devuelto generosamente, hasta la última célula. Permanecí tendido en el suelo, dolorido, débil, gimiendo lastimosamente.
»Jamás me había oído llorar con voz humana. No sollozaba con rabia ni desespero. Estaba aún muy seguro de mí mismo, de que Dios me amaba. Sabía que estaba enojado conmigo, sí, pero no era la primera vez que eso sucedía.
»Lo que sentí fue el dolor de la separación de Dios. No podía ascender al cielo por voluntad propia. No podía abandonar mi cuerpo mortal. Al fin me incorporé y levanté los brazos como si quisiera elevarme, pero no lo conseguí. Presa de una profunda sensación de tristeza y soledad, agaché al cabeza.
»Había anochecido. El firmamento estaba tachonado de estrellas, que me parecieron tan remotas como si nunca hubiera pisado el cielo. Cerré los ojos y oí los lamentos de las almas que se hallaban en el reino de las tinieblas. Las oí cerca de mí, preguntándome quién era, qué era lo que habían presenciado, por qué Dios me había arrojado a la Tierra. Antes mi presencia había pasado inadvertida, pero cuando Dios me arrojó a la Tierra caí de forma espectacular como ángel y asumí de inmediato la forma de un hombre.
»Las almas que poblaban el reino de las tinieblas me abrumaban con sus acuciantes preguntas.
»—¿Qué puedo responder, Señor? ¡Ayúdame! —grité.
»De pronto percibí el perfume de la mujer. Al volverme la vi acercarse con cautela. Cuando vio mi rostro, cuando observó mis lágrimas y mi tristeza, se dirigió resuelta hacia mí, oprimió sus cálidos pechos contra mi torso y me abrazó con manos temblorosas.

13
—La mujer me condujo de nuevo al campamento. Al entrar, los hombres, las mujeres y los niños que estaban sentados alrededor de una hoguera se levantaron y corrieron hacia mí. Yo sabía que poseía una belleza angelical, y sus miradas de admiración no me sorprendieron. Pero me preguntaba qué se proponían hacer conmigo.
»Me senté y me dieron de comer y beber. Tenía hambre y estaba sediento. Durante tres días sólo había bebido agua y había comido unas pocas bayas que había cogido en el bosque.
»Me senté junto a los hombres, con las piernas cruzadas, y comí la carne asada que me ofrecieron. La mujer, la hija del hombre, se apretó contra mí, en una actitud desafiante, para demostrar que estábamos unidos y nada ni nadie podía separarnos, y habló.
»Se puso en pie, levantó los brazos y relató en voz alta lo que había visto. Se expresaba en un lenguaje sencillo, pero suficientemente elocuente para explicar que me había encontrado en la orilla del río, desnudo, y que se había entregado a mí en un acto de devoción y adoración, pues sabía que yo no era un hombre terrenal.
»Tan pronto como mi semen penetró en su cuerpo, una magnífica luz invadió la cueva. Ella huyó aterrada, pero yo me enfrenté a la luz sin temor, como si la conociera, y me transformé ante sus ojos, de tal modo que ella podía ver a través de mí y a la vez seguir viéndome. Según dijo la mujer, me convertí en un ser inmenso provisto de unas alas blancas. Esa visión de una criatura transparente como el agua la pudo contemplar sólo durante unos instantes. Luego desapareció. Es decir, me esfumé. Temblando, la mujer se puso a rezar a sus antepasados, al Creador, a los demonios del desierto, a todas las potencias, para implorar su protección. De pronto me vio aparecer de nuevo —transparente, para resumir sus sencillas palabras, pero visible— alado y gigantesco, precipitándome hacia la Tierra en una caída mortal, pues había vuelto a convertirme en un ser mortal, tan sólido como todos los que se hallaban allí presentes.
»—Dios —le rogué yo—, ¿qué puedo hacer? Lo que esa mujer ha dicho es cierto. Pero no soy un dios. Tú eres Dios. ¿Qué debo hacer?
»No obtuve ninguna respuesta del cielo, al menos no la percibí en mis oídos, ni tampoco en mi corazón ni en mi complejo cerebro.
»En cuanto a nuestros interlocutores, unos treinta y cinco si excluimos a los niños, todos guardaron silencio y se limitaron a observarnos con aire pensativo. Nadie quería precipitarse en aceptar el relato de la mujer, pero tampoco iban a rechazarlo sin haberlo meditado debidamente. Parecían impresionados por mi talante y mi empaque.
»No me sorprendió. Desde luego, no me acobardé ante ellos ni me puse a temblar ni demostré que sufría. No había aprendido a expresar el sufrimiento angélico a través de la carne. Me limité a permanecer sentado, consciente de que también les impresionaba mi juventud, mi belleza, mi misterio. Les faltaba valor para agredirme como hacían con otros, para matarme a golpes o a cuchilladas o quemarme en la hoguera, como les había visto hacer con sus enemigos e incluso con los de su propia tribu.
»De pronto todos comenzaron a murmurar entre sí. Un hombre muy anciano se levantó y habló con unas palabras aún más singulares que las de la mujer. Diría que poseía la mitad del vocabulario de ésta, pero le bastaba y sobraba para expresarse.
»—¿Qué tienes que decir? —me preguntó.
»Los otros reaccionaron como si me hubiera hecho una pregunta genial. Quizá lo fuera. La mujer se sentó junto a mí, me miró con aire implorante y me abrazó.
«Comprendí que su suerte estaba ligada a la mía. Temía a aquellas gentes, aunque eran sus conciudadanos, y en cambio yo no le infundía ningún temor. Eso es obra de la ternura y el amor, pensé, y de un prodigio. ¡Y Dios insiste en que esa gente forma parte de la naturaleza!
«Permanecí con la cabeza agachada, reflexionando, durante unos momentos, pero luego me puse en pie, ayudé a la mujer, a mi compañera, a levantarse y, utilizando todas las palabras conocidas de su lengua, incluidas algunas que los niños habían ido añadiendo a lo largo de esa generación y que los adultos desconocían, dije:
»—No pretendo haceros ningún daño. Vengo del cielo. He venido para conocer vuestras costumbres y aprender a amaros. No os deseo ningún mal, sino todo lo contrario.
»Mis palabras provocaron un gran vocerío, un clamor de satisfacción. La gente se levantó y comenzó a aplaudir, mientras los niños daban saltos de alegría. Todos se mostraron de acuerdo en que Lilia, la mujer con la que había estado, regresara al grupo. Cuando la vi caminando por la orilla del mar la habían expulsado del poblado. Pero ahora había regresado acompañada por una deidad, un ser celestial, exclamaban, haciendo todo tipo de combinaciones de sílabas para describirme.
»—¡No! —protesté—. No soy un Dios. Yo no creé el mundo. Tan sólo venero, al igual que vosotros, al Dios creador del universo.
»Esas palabras también fueron acogidas con grandes gritos de júbilo. El desenfreno empezó a alarmarme. Era consciente de las limitaciones de mi cuerpo mientras los otros bailaban y chillaban a mi alrededor, asestando patadas a los troncos que ardían en la hoguera, y la hermosa Lilia me abrazaba.
»—Necesito dormir —dije. Era verdad. Apenas había dormido más de una hora seguida durante los tres días que llevaba encarnado en un hombre y me sentía cansado, magullado y deprimido por haber sido expulsado del cielo. Deseaba acostarme junto a aquella mujer y hundir la cabeza entre sus brazos.
»Todos manifestaron su aprobación. A continuación nos prepararon una choza. La gente corría de un lado a otro transportando las mejores pieles y cueros curtidos para acondicionar nuestra vivienda. Luego me condujeron hasta ella en silencio y me tendí sobre la piel de una cabra montesa, larga y suave.
»—¿Qué quieres que haga, Dios mío? —pregunté en voz alta.
»No obtuve respuesta. En la choza reinaba sólo el silencio y la oscuridad. De pronto sentí cómo los brazos de la hija del hombre me rodeaban con ternura y pasión, esa misteriosa y milagrosa combinación que conjuga el amor con la lujuria.
Memnoch se detuvo. Parecía extenuado. Se levantó y se acercó a la orilla del mar. Vi la silueta de sus alas durante unos instantes, tal vez como la había visto la mujer, pero luego éstas desaparecieron y asumió de nuevo la forma de un hombre alto de hombros encorvados; se hallaba de espaldas a mí y ocultaba el rostro entre las manos.
—¿Qué sucedió, Memnoch? —pregunté—. ¡Es imposible que Dios te abandonara de ese modo! ¿Qué hiciste? ¿Qué pasó a la mañana siguiente, cuando te despertaste?
Memnoch suspiró, se volvió y se sentó de nuevo junto a mí.
—A la mañana siguiente, tras haber copulado con ella media docena de veces me encontraba medio muerto, pero aprendí otra lección. No sabía qué hacer. Mientras Lilia dormía, recé a Dios, a Miguel, a los otros ángeles, suplicándoles que me indicaran lo que debía hacer.
»¿A que no adivinas quién me respondió? —preguntó Memnoch.
—Las almas del reino de las tinieblas —contesté.
—Justamente. ¿Cómo lo has adivinado? Fueron esos espíritus, los más fuertes, quienes oyeron mis ruegos al Creador y percibieron el ímpetu y la esencia de mis gemidos, mis disculpas y mis súplicas de perdón y comprensión. Lo oyeron y asimilaron todo, como oían y asimilaban los deseos espirituales de sus hijos humanos. Cuando amaneció, cuando los hombres del grupo se reunieron, sólo tenía la certeza de una única cosa:
«Pasara lo que pasase, cualquiera que fuera la voluntad de Dios, las almas del reino de las tinieblas ya no serían las mismas. Habían aprendido demasiadas cosas a través de la voz del ángel caído, el cual había elevado sus desesperados ruegos al cielo y a Dios.
«Lógicamente, en aquellos momentos no lo pensé, no me puse a reflexionar sobre ello. Las almas más fuertes habían vislumbrado el paraíso. Sabían que existía una luz que hacía que un ángel llorara sin consuelo e implorara perdón ante el temor de no volver a verla. No, no pensé en ello.
»Dios me había abandonado. Eso era lo único que me preocupaba. Dios se había alejado de mí. Al salir de la choza vi que el campamento estaba atestado de gente. Habían acudido hombres y mujeres de todos los poblados cercanos para verme.
»Tuvimos que abandonar el recinto y dirigirnos a uno de los campos. Mira hacia la derecha. ¿Ves esas onduladas colinas, ese extenso prado donde el agua..?
—Sí.
—Ahí es donde nos reunimos. Enseguida se hizo evidente que esa gente esperaban algo de mí: que hablara, obrara un milagro, me salieran alas o algo así. En cuanto a Lilia, seguía abrazada a mí, hermosa y seductora, mientras me contemplaba con asombro...
»Nos subimos en esa roca de ahí, entre esas piedras que los glaciares depositaron hace millones de años. Lilia se sentó en ella y yo permanecí de pie ante la multitud con los brazos extendidos y la mirada elevada al cielo.
»Rogué a Dios con todo mi corazón que me perdonara, que me acogiera de nuevo en su seno, que me permitiera recuperar mi forma angelical, invisible, y ascender al cielo. Lo deseé con todas mis fuerzas, imaginando que ocurría, intenté por todos los medios recuperar mi antigua naturaleza. Pero fue en vano.
»No vi otra cosa en el cielo que lo que veían los hombres: la bóveda celeste, las nubes blancas que se deslizaban hacia el este y la vaga silueta de la Luna, puesto que era de día. El sol me hería los hombros y la coronilla. En aquel momento comprendí algo que me horrorizó: probablemente moriría encerrado en ese cuerpo. ¡Había renunciado a mi inmortalidad! Dios me había convertido en un ser mortal y me había vuelto la espalda.
»Medité en ello durante un buen rato. Lo había sospechado desde el primer momento, pero ahora tenía el convencimiento. De pronto me enfurecí. Miré a los hombres y las mujeres que me rodeaban y recordé las palabras de Dios: "Ve con aquellos a los que tanto amas." En aquellos momentos tomé una decisión.
»Si ése era mi fin, si iba a morir en aquel cuerpo mortal como cualquier hombre, si sólo me quedaban unos días, semanas o años —el tiempo que mi cuerpo consiguiera sobrevivir en ese mundo salpicado de peligros— debía ofrecer a Dios lo mejor de mí mismo. Debía morir como un ángel, si ése era mi destino.
»—¡Te amo, Señor! —exclamé mientras me devanaba los sesos en un intento de pensar algún acto extraordinario que ofrecerle a Dios.
»Al cabo de unos instantes se me ocurrió algo inmediato y lógico, tal vez hasta evidente. Enseñaría a esas gentes todo cuanto sabía. No sólo les hablaría del cielo, de Dios y los ángeles, pues eso no les serviría de nada, sino que les aconsejaría que procuraran morir de forma plácida e intentasen alcanzar la paz en el reino de las tinieblas.
»Era lo menos que podía hacer. Además, también les enseñaría lo que yo había aprendido sobre su mundo, lo que había percibido con mi lógica y ellos aún desconocían.
»Empecé a hablarles sin más dilación. Los conduje hacia las montañas, entramos en las cuevas y les mostré las vetas minerales. Les dije que cuando ese metal estaba caliente brotaba de la tierra en forma líquida, pero que ellos podían calentarlo de nuevo para hacerlo maleable y así confeccionar todo tipo de objetos con él.
»Cuando regresamos a la orilla del mar cogí un puñado de tierra y formé con ella unas figuritas. Luego cogí un palo, tracé un círculo en la arena y les hablé sobre los símbolos. Les dije que podíamos hacer un símbolo parecido a un lino que representara a Lilia, cuyo nombre en su lengua significa "lirio", y así como otro símbolo que representara lo que yo era: un hombre alado. Hice unos dibujos en la arena y les mostré lo fácil que resultaba ligar una imagen a un concepto o a un objeto concreto.
»Al atardecer, las mujeres se congregaron a mi alrededor y les enseñé cómo trenzar tiras de cuero, lo cual jamás se les había ocurrido, para una pieza grande con ese material. Todo era lógico y se ajustaba a lo que yo había deducido mientras observaba el mundo cuando era un ángel.
»Esas gentes ya conocían las estaciones de la Luna, pero no el calendario del Sol. Yo les expliqué cuántos días componían un año, dependiendo del movimiento del Sol y los planetas, y les dije que podían escribir eso con símbolos. Luego cogimos un poco de arcilla de la orilla del mar y formamos con ella unas placas en las que dibujé con una vara las estrellas, el cielo y los ángeles. Luego dejamos que esas placas, o tablas, se secaran al sol.
»Durante días y noches permanecí con mi pueblo, transmitiéndole mis conocimientos. Cuando un grupo se cansaba de la lección, me acercaba a otros, examinaba lo que hacían y les corregía.
»No todos los conocimientos se los impartí yo. Al cabo de un tiempo aprendieron por sí solos a tejer, un arte que les permitiría confeccionar unas prendas más perfectas. Les mostré unos pigmentos similares al ocre rojo que ya utilizaban. Extraje sustancias de la tierra para que pudieran obtener con ellas diversos colores. Cada idea que se me ocurría, cualquier cosa que pudiera facilitarles la vida, se la enseñaba de inmediato. Les ayudé a ampliar su lenguaje, les enseñé a escribir y a componer un nuevo tipo de música. También les enseñé muchas canciones. Las mujeres acudían a mí una y otra vez (Lilia se retiraba entonces discretamente) para que impregnara con mi semilla, la semilla del ángel, a las "hermosas hijas del hombre".
Memnoch hizo otra pausa. Parecía muy triste al evocar esos recuerdos. Tenía la mirada distante y en sus ojos se reflejaba el azul pálido del mar.
Suavemente, con cautela, dispuesto a detenerme a la menor señal que me hiciera, cité de memoria un párrafo del Libro de Enoc:
—«Y Azazel les enseñó los metales y el arte de trabajarlos, y a confeccionar pulseras y otros ornamentos, y el uso del antimonio, y la forma de pintar y embellecer sus párpados, y todo tipo de valiosas piedras, y tintes de diversos colores.»
Memnoch se volvió hacia mí. Parecía casi incapaz de pronunciar palabra. Cuando habló, citando otras líneas del Libro de Enoc, lo hizo con una voz tan suave como la mía:
—«Fue una época impía, las gentes fornicaban y se alejaban del camino de la virtud... —Memnoch se detuvo unos instantes y luego prosiguió—: Cuando las gentes morían gritaban de desesperación, y sus gritos alcanzaban el cielo.» —Memnoch se interrumpió de nuevo, y esbozó una amarga sonrisa—. ¿Y qué más, Lestat? ¿Qué es lo que yace entre líneas en los párrafos que hemos citado ambos? ¡Mentiras! Yo les enseñé lo que era la civilización. Les hablé del cielo y de los ángeles. Eso fue lo que les enseñé. No se produjeron derramamientos de sangre ni desmanes, ni tampoco aparecieron gigantes monstruosos en la Tierra. ¡Son mentiras, fragmentos y más fragmentos sepultados entre mentiras!
Yo asentí sin vacilar, convencido, comprendiéndolo perfectamente, a la vez que también entendía el punto de vista de los hebreos, quienes después creyeron firmemente en la purificación y la ley para erradicar la maldad y la perversión... y hablaban sin cesar de esos observadores, esos maestros, esos ángeles que se habían enamorado de las hijas de los hombres.
—No hubo ritos mágicos —dijo Memnoch en voz baja—. Ni encantamientos. No les enseñé a fabricar espadas ni a declarar la guerra a sus semejantes. Cuando averiguaba que existían otras gentes que habían desarrollado otros conocimientos, me apresuraba a informar de ello a mi pueblo. Les decía que en el valle de otro río había gente que recolectaba el trigo con guadañas; que en el cielo había unos ángeles llamados ofannim que eran redondos, unas ruedas, y que si copiaban esa forma, uniendo dos piezas redondas mediante un sencillo trozo de madera, podrían transportar un objeto sobre ellas.
Memnoch emitió un suspiro y al cabo de unos momentos prosiguió:
—No descansaba, estaba loco. El hecho de impartir mis enseñanzas era una tarea tan agotadora para mí como lo era para ellos tratar de asimilarlas. Iba a las cuevas y grababa mis símbolos en los muros. Dibujé el cielo, la Tierra y los ángeles. Dibujé la luz de Dios. Trabajé incansablemente hasta que cada músculo de mi cuerpo mortal me dolió.
»Luego, incapaz de seguir soportando la compañía de esas gentes, saturado de mujeres hermosas, aferrándome a Lilia para que me diera solaz, me dirigí al bosque con la excusa de que necesitaba conversar con Dios en silencio. Al llegar allí, me desplomé.
»Permanecí inmóvil, tendido en el suelo, consolado por la silenciosa presencia de Lilia, y pensé en todo lo que había ocurrido. Pensé en los argumentos que iba a exponer ante Dios para defender mi postura, pues nada de lo que había visto en los hombres podía inducirme a cambiar de parecer, sino todo lo contrario. Sabía que había ofendido a Dios y lo había perdido para siempre, que me esperaba el reino de las tinieblas, donde languidecería durante toda la eternidad. Esas cosas me atormentaban sin cesar, pero no podía cambiar de opinión.
»Lo que pensaba exponer ante Dios Todopoderoso era que esas gentes estaban por encima de la naturaleza y exigían más de Él, y que todo cuanto había visto reforzaba mi opinión al respecto. Las gentes deseaban conocer los misterios celestiales. Habían sufrido y buscaban algo que diera sentido a su sufrimiento. Deseaban creer en su Hacedor y que Éste tenía sus motivos... Sí, sufrían de manera atroz. Y en el fondo de todo ello latía el secreto de la lujuria.
«Durante mi orgasmo, al derramar mi semilla en la vagina de la mujer, había sentido un éxtasis semejante al gozo que se experimenta en el cielo, lo había sentido única y exclusivamente con relación al cuerpo que yacía debajo de mí, y en una fracción de segundo había comprendido que los hombres no formaban parte de la naturaleza, sino que eran mejores que ésta y su lugar estaba junto a Dios y junto a nosotros.
»Cuando acudían a mí con sus confusas creencias (¿acaso no existían monstruos invisibles por doquier?) les dije que las rechazaran, que sólo Dios y su corte celestial lo disponían todo en el universo, incluso la suerte de las almas de sus seres queridos que habitaban en el reino de las tinieblas.
»Cuando me preguntaban si las personas malvadas, aquellas que no obedecían sus leyes, eran arrojadas en su muerte a las llamas eternas (una idea muy extendida entre esas y otras gentes) quedé horrorizado y respondí que Dios jamás consentiría tal cosa. ¿Cómo iba a permitir Dios que un alma recién nacida fuera condenada a abrasarse en las llamas eternas? Era una atrocidad. Les repetí que debían venerar a las almas de los muertos para aliviar el dolor de éstas y el propio, y que cuando les sobreviniera la muerte no debían temer, sino partir hacia la región de las tinieblas sin perder de vista la esplendorosa luz de la vida que brilla en la Tierra.
»Les decía esas cosas porque, en el fondo, no sabía qué decir.
«¡Blasfemia! ¡Había cometido el peor de los pecados! ¿Cuál sería ahora mi suerte? Me haría viejo y moriría, un maestro venerado por sus alumnos, y antes de morir de viejo o que la peste o un animal salvaje me arrebataran la vida, dejaría grabado en piedra y arcilla todo cuanto pudiera. Luego partiría hacia el reino de las tinieblas y atraería a las almas hacia mí para decirles: "¡Clamad, clamad al cielo!" Les enseñaría a mirar hacia arriba, a buscar la luz que brilla en el cielo.
»Memnoch hizo una pausa, como si cada una de las palabras que pronunciaba le abrasara los labios.
Yo recité suavemente otro pasaje del Libro de Enoc:
—«Mirad, las almas de los que han muerto gritan desesperadas e imploran misericordia ante las puertas del cielo.»
—Ya veo que conoces bien las Sagradas Escrituras, como todo diablo que se precie —señaló Memnoch con amargura. Pero su rostro expresaba tanta tristeza y compasión que su burla no llegó a ofenderme—. ¿Quién sabe lo que puede pasar? —preguntó—. ¿Quién sabe? Sí, yo proporcionaría fuerza a las almas que habitaban el reino de las tinieblas hasta que sus gritos consiguieran derribar las puertas del cielo. Si existen unas almas y son capaces de crecer, pueden llegar a ser ángeles. Esa era la única esperanza que me quedaba, gobernar entre los seres abandonados por Dios.
—Pero Dios no permitió que eso sucediera, ¿no es así? No dejó que murieras dentro de ese cuerpo.
—No. Tampoco envió una inundación ni todo cuanto yo había enseñado a la gente desapareció con el diluvio. Lo que se convirtió en mito y quedó plasmado en las Sagradas Escrituras fue que yo había estado ahí y que el hombre había aprendido esas cosas que nada tenían de extraordinario; todo tenía su lógica, no se trataba de magia e incluso las almas habrían llegado a descubrir por sí mismas los secretos del cielo. Más pronto o más tarde, lo habrían descubierto.
—¿Pero cómo conseguiste escapar? ¿Qué fue de Lilia?
—¿Lilia? Ah, Lilia. Murió venerada por sus semejantes, la esposa de un dios. Lilia. —El rostro de Memnoch se animó y lanzó una alegre carcajada—. Lilia —repitió, como si su memoria fuera capaz de sacarla del relato y devolverla a su lado—. Mi Lilia. La habían expulsado del poblado y ella eligió unir su destino al de un dios.
—¿Fue por esa época cuando Dios puso fin a lo que estabas haciendo? —pregunté.
Ambos nos miramos unos instantes.
—No fue tan sencillo. Hacía unos tres meses que había llegado al poblado, cuando un día me desperté y comprobé que Miguel y Rafael habían acudido en mi busca. «Dios desea que regreses», dijeron.
»Y yo, el irreductible Memnoch, respondí:
»—¿Ah, sí? ¿Pues por qué no me saca de aquí, por qué no me obliga a volver?
»Miguel me miró con tristeza, como si sintiera lástima de mí, y dijo:
»—Memnoch, por el amor de Dios, regresa voluntariamente a tu forma anterior. Deja que tu cuerpo recupere las dimensiones que poseía antes; deja que tus alas te transporten al cielo. Dios desea que regreses por tu propia voluntad. Piénsalo bien antes de...
»—No es necesario que me aconsejes cautela, querido amigo —dije a Miguel—. Iré con lágrimas en los ojos, pero iré —Luego me arrodillé y besé a Lilia, que estaba dormida. Ella abrió los ojos y me miró—. Me despido de ti, mi compañera, mi maestra —dije, besándola de nuevo. Luego me volví y me convertí en ángel; en ese momento dejé que la materia me definiera para que Lilia, que se había incorporado y me miraba estupefacta, contemplase aquella última visión que la consolaría en los momentos de tristeza.
»Luego, ya invisible, me reuní con Miguel y Rafael y regresé al cielo.
»En los primeros momentos apenas podía dar crédito a lo que estaba pasando; cuando atravesé el reino de las tinieblas y oí los lamentos de las almas extendí las manos para consolarlas y dije:
»—¡No os olvidaré, lo juro! ¡Llevaré vuestras plegarias al cielo! —Mientras me elevaba la luz descendió para acogerme y envolverme en su calor, el cálido amor de Dios; no sabía si aquello presagiaba un severo juicio, un castigo o el perdón. Al aproximarme al cielo percibí un vocerío ensordecedor.
»Todos los ángeles del bene ha elohim se habían reunido para darme la bienvenida. La luz de Dios se extendía, vibrante, desde el centro.
»—¿Acaso vas a castigarme? —pregunté. Sentí una profunda gratitud ante el hecho de que Dios me hubiera permitido ver de nuevo, siquiera durante unos instantes, su luz.
»Era incapaz de mirarla de frente. Tuve que taparme los ojos con las manos. Entonces, como suele suceder siempre que se reúnen todos los habitantes del cielo, los serafines y los querubines rodearon a Dios de modo que su luz se extendiera en unos rayos, gloriosa, arrojando un resplandor que nos resultara soportable.
»La voz de Dios se dejó oír de forma inmediata y rotunda.
»—Tengo algo que decirte, mi valiente y arrogante ángel —me dijo—. Deseo que medites, con tu angelical sabiduría, sobre un determinado concepto. Se trata del concepto de gehenna, el infierno. —Tan pronto como Dios pronunció esa palabra comprendí su significado—. El fuego y el tormento eternos —dijo Dios—, lo contrario del cielo. Dime, Memnoch, con sinceridad: ¿crees que ése sería el castigo adecuado para ti, lo opuesto al goce al que renunciaste para permanecer con las hijas del hombre? ¿Crees que sería una sentencia justa condenarte a padecer eternamente o hasta que el tiempo deje de existir?

14
—No tardé ni un segundo en responder —dijo Memnoch, arqueando ligeramente las cejas y mirándome.
»—No, Señor —contesté—, tú no le harías eso a nadie. Todos somos hijos tuyos. Sería un castigo demasiado cruel. No, Señor, cuando los hombres y las mujeres de la Tierra me dijeron que habían soñado esos tormentos para quienes les habían causado grandes sufrimientos y tristeza, les aseguré que ese lugar no existía y nunca existiría.
»Mis palabras fueron acogidas con grandes carcajadas que resonaron de un extremo al otro del cielo. Todos los ángeles se echaron a reír; era una risa alegre y melodiosa, como de costumbre, pero eran risas, no canciones. Sólo uno no rió. Memnoch, un servidor. Había hablado completamente en serio, y me asombraba que mis palabras provocaran esa hilaridad.
»En aquel momento se produjo un fenómeno muy curioso. Dios se unió a las risas de los ángeles, pero en un tono más suave, más tranquilo. Al fin, cuando su risa se fue desvaneciendo ellos también dejaron de reír.
»—De modo que tú, Memnoch, les dijiste que jamás podría existir un lugar como el infierno, el castigo eterno para los malvados.
»—Así es, Señor —contesté yo—. No podía imaginar de dónde habían sacado eso. Claro que a veces se enfurecen con sus enemigos y...
»—¿Has dejado todas tus células mortales en la Tierra, Memnoch? —preguntó Dios—. ¿Conservas tus facultades angélicas o es que te haces el ignorante?
»Los ángeles estallaron de nuevo en sonoras carcajadas. Yo respondí:
»—No, Señor. He soñado muchas veces con este momento. Sufría al verme separado de ti. Lo que hice lo hice por amor. Lo sabes tan bien como yo.
»—Sí, fue por amor, de eso no cabe duda —contestó Dios.
»—Señor, soñé con presentarme ante ti para exponerte mis argumentos, cuando de repente apareció la hija del hombre y me sentí atraído por ella. ¿Me permites que lo haga ahora?
» Silencio.
»Dios no dijo nada, pero de pronto advertí que algunos de los ángeles se habían aproximado a mí. Al principio pensé que se habían movido para desplegar sus alas y filtrar así la intensa luz que emitía Dios, pero luego vi que detrás de mí se había congregado una pequeña legión de ángeles a modo de escolta. Por supuesto, los conocía a todos, algunos más íntimamente que otros, por haber comentado y discutido con ellos los fenómenos que habíamos presenciado. Pertenecían a todas las jerarquías celestiales. Los miré perplejo y luego dirigí la vista hacia la Divina Presencia.
»—Memnoch —dijo el Señor—, esos ángeles que se han agrupado detrás de ti, tus compañeros, también desean que te permita exponer tu caso, defender tu postura, que es la misma que sostienen ellos.
»—No lo comprendo, Señor —contesté. Pero al volverme vi la tristeza reflejada en sus rostros y comprendí que se habían aproximado a mí como si yo fuera su protector. Esos ángeles habían recorrido también la Tierra entera, y habían contemplado y hecho las mismas cosas que yo.
»—Pero no de forma tan espectacular e ingeniosa —dijo el Señor—. Sin embargo, es cierto, han presenciado también la pasión y el misterio que envuelve a un hombre y una mujer cuando se unen carnalmente, se han sentido también atraídos por las hijas de los hombres y las han tomado por esposas.
«Entonces estalló un gran tumulto. Algunos ángeles seguían riendo alegres y felices, como si aquella escena formara parte de una espléndida y entretenida novela, mientras que otros expresaban su asombro y los observadores, mis compañeros, quienes en comparación con los miembros del bene ha elohim constituían un grupo insignificante, me miraron desconcertados, asustados y algunos con aire de reproche.
»—Nosotros te vimos hacerlo, Memnoch —murmuraron algunos.
»Ignoro si en aquellos instantes Dios se reía. La luz proyectaba sus inmensos rayos sobre las cabezas y los hombros de los serafines y los querubines, derramando un eterno y constante caudal de amor.
»—Mis hijos celestiales han descendido a la Tierra para visitar las tribus que pueblan el mundo y conocer los placeres de la carne, como bien sabes, Memnoch; no obstante como ya he dicho, han procedido de forma menos espectacular, sin perturbar la densa atmósfera de la naturaleza ni alterar mi plan divino.
»—Perdóname, Señor —murmuré.
»La legión de ángeles que se hallaba a mis espaldas emitió unos respetuosos murmullos de solidaridad.
»—Pero, decidme los que os habéis situado detrás de Memnoch, ¿cómo podéis justificar vuestras acciones, qué argumentos podéis exponer ante esta corte celestial?
«Silencio. Los ángeles cayeron postrados ante el Señor, implorando su perdón con tal abandono que sobraban las palabras. Sólo yo permanecí de pie.
»—Según parece, Señor —dije—, me he quedado solo.
»—¿Acaso no ha sido siempre así? Siempre has actuado de forma independiente, mi ángel que no confía en su Señor.
»—¡Cómo no voy a confiar en ti, Señor! —me apresuré a contestar—. ¡Confío plenamente! Pero no comprendo esas cosas y no puedo reprimir mis pensamientos ni mi personalidad, es imposible. Bien, no es imposible pero... no me parece justo guardar silencio. Debo expresar lo que pienso. Estoy obligado a exponer la situación tal como yo la entiendo, y al mismo tiempo deseo complacer a Dios.
»Había una gran división de opiniones —no entre los observadores, que no se atrevían a ponerse en pie y se cubrían con las alas como pájaros asustados en el nido, sino entre los que componían la corte celestial—. Hubo murmullos de desaprobación, cánticos, fragmentos de melodías, risas y preguntas. Muchos rostros se volvieron hacia mí para observarme con curiosidad e incluso con irritación.
»—Puedes exponer tu caso —dijo el Señor—. Pero antes de que comiences, recuerda, por mi bien y por el de todos los presentes, que lo sé todo. Conozco la humanidad como jamás tú podrás conocerla. He contemplado sus altares ensangrentados, sus danzas para invocar la lluvia, sus bárbaros sacrificios, he oído los lamentos de los heridos, los afligidos, los moribundos. Veo en la humanidad a la naturaleza, como la veo en los impetuosos mares y en los bosques. No me hagas perder el tiempo, Memnoch. O mejor dicho, no pierdas el tiempo que te concedo.
»Había llegado el momento. Guardé silencio mientras preparaba mi discurso. Era el momento más importante de mi existencia. Sentí inquietud, cierto nerviosismo, al darme cuenta del significado de aquel acontecimiento. Tenía una nutrida audiencia pendiente de mis palabras. No albergaba ninguna duda sobre lo que sentía e iba a decir, pero estaba furioso con la legión de ángeles que se hallaban postrados ante el Señor, sin decir palabra. De pronto comprendí que mientras permanecieran en aquella postura, dejándome solo ante Dios y su corte celestial, no diría nada. De modo que crucé los brazos y aguardé.
»Dios se echó a reír con suavidad, y toda su corte le imitó. Al cabo de un rato el Señor dijo a los ángeles que estaban postrados ante Él:
»—Levantaos, o me temo que, de lo contrario, permaneceremos aquí por los siglos de los siglos.
»—Comprendo que os burléis de mí, Señor, lo tengo merecido —dije—. Pero os doy las gracias.
»Los ángeles se levantaron, en medio de un gran murmullo de alas y túnicas, y permanecieron en pie, erguidos como los humanos indómitos y valientes que yo había visto en la Tierra.
»—El caso que deseo exponer es muy sencillo, Señor —dije—, pero sin duda ya sabes a qué me refiero. Trataré de exponerlo tan simple y claramente como pueda.
»"Hasta un determinado momento en la evolución de la Creación, el primate que habitaba en la Tierra formaba parte de la naturaleza y estaba sometido a sus leyes. Dotado de un cerebro más grande que el de otros animales, era infinitamente más astuto y feroz que éstos. Su inteligencia le permitía idear continuamente nuevos y salvajes métodos de atacar a sus semejantes. Pero pese a las guerras y ejecuciones que he presenciado, pese a haber visto asentamientos y poblados enteros quemados y destruidos, jamás he contemplado nada comparable a la violencia del reino de los insectos, el de los reptiles o el de los mamíferos inferiores, quienes luchan ciega y denodadamente por sobrevivir y propagarse.
»Tras esas palabras hice una pausa, por cortesía y para imprimir mayor dramatismo a mi relato. El Señor guardó silencio. Al cabo de un rato continué:
»—Después llegó el momento en que esos primates, cuyo aspecto, a esas alturas, guardaba un gran parecido con tu Imagen tal como la percibíamos en nosotros mismos, se separaron del resto de la naturaleza. No es que de pronto se les revelara su propia personalidad o la lógica de la vida y la muerte; no, no era tan sencillo. Por el contrario, el sentido de su propia identidad brotó de una nueva y anómala capacidad de amar. Fue entonces cuando la humanidad se dividió en familias, clanes y tribus, ligados por el íntimo conocimiento de la individualidad de cada cual, más que por el hecho de pertenecer a la misma especie, y permaneció unida a través del sufrimiento y las alegrías mediante el vínculo del amor. La familia humana trasciende la naturaleza, Señor. Si descendieras a la Tierra y...
»—Cuidado, Memnoch —murmuró Dios.
»—Sí, mi Señor —respondí, asintiendo y colocando las manos a la espalda para no parecer agresivo—. Quise decir que cuando bajé a la Tierra y observé a la familia humana en el mundo que tú has creado y que permites que se desarrolle conforme a tu plan divino, vi la familia como una flor nueva y sin precedentes, una flor rebosante de emociones y capacidades intelectuales que se había escindido del tallo de la naturaleza que la había alimentado y se hallaba a merced del viento. Vi el amor, Señor, percibí el amor que sentían el hombre y la mujer entre ellos y hacia sus hijos, su voluntad de sacrificarse el uno por el otro, de llorar a sus muertos, de venerar sus almas y de creer en un más allá donde poder reunirse de nuevo con esas almas. Fue gracias a ese amor y a la familia, a esa rara flor tan creativa, Señor, como el resto de tu obra, que las almas de esos seres permanecían vivas después de la muerte. ¿Qué otra cosa es capaz de comportarse así en al naturaleza, Señor? Todo devuelve a la Tierra lo que ha tomado de ella. Tu sabiduría se manifiesta en todo el universo; y quienes sufren y mueren bajo la bóveda celeste permanecen misericordiosamente ignorantes del plan que preveía su muerte. Ni los hombres ni las mujeres eran conscientes de ello. Pero en sus corazones, amándose como se aman, el compañero con la compañera, la familia con la familia, han imaginado el cielo, Señor, han imaginado el momento en que se reunirán con las almas de sus seres queridos y juntos entonarán cantos de gozo y alegría. Han imaginado la eternidad porque el amor lo exige, Señor. Han concebido esas ideas del mismo modo que conciben hijos de carne y hueso. Esto es lo que yo, en tanto que observador, he visto.
»Se produjo otro silencio. En el cielo, el silencio era tan profundo que sólo se percibían los sonidos que procedían de la Tierra, el murmullo del viento, de los mares, y los gritos, débiles y lejanos, de las almas que se hallaban en la Tierra y en el reino de las tinieblas.
»—Señor —dije—, esas gentes ansían creer en el cielo. Y mientras imaginan la eternidad, o la inmortalidad, pues no sé cómo definirlo, padecen injusticias, separaciones, enfermedades y muerte, como ningún otro animal de la Creación. Las almas que habitan el reino de las tinieblas tratan de ayudar a otras, así como a los mortales que se hallan en la Tierra, entregándose con generosidad en nombre del amor. El amor fluye eternamente entre la Tierra y sheol. Maldicen a tu corte invisible. Tratan de provocar tu ira, Señor, porque saben que estás aquí. Desean saber todo lo referente a ti, y a ellos mismos. ¡Desean saberlo todo!
»Ése era el núcleo de mi argumentación. Pero Dios no contestó ni interrumpió mi discurso.
»—Sólo puedo interpretarlo como tu mayor logro, Señor —dije—, un ser humano consciente de sí, del tiempo, dotado de un cerebro lo suficientemente vasto para comprender unos fenómenos que se sucedían a tal velocidad que nosotros, los observadores, apenas éramos capaces de tomar constancia de ellos. Pero el sufrimiento, el tormento y la curiosidad constituían un lamento destinado sólo a los oídos de los ángeles, y de Dios, si se me permite decirlo. Lo que deseo pedirte, Señor, es que concedas a esas almas, tanto las mortales como las que habitan en el reino de las tinieblas, una parte de nuestra luz. ¿No podrías darles luz como darías agua a un animal sediento? ¿No son esas almas merecedoras de ocupar un pequeño lugar en esta corte divina?
»El silencio parecía irreal, eterno, como el tiempo antes del tiempo.
»—¿No podrías intentarlo, Señor? De lo contrario, ¿qué suerte aguarda a esas almas invisibles que sobreviven sino hacerse cada vez más fuertes y vincularse a la carne, de forma que en lugar de propiciar unas revelaciones sobre la auténtica naturaleza de las cosas, propicien unas ideas tergiversadas que se fundamentan en pruebas inconexas y un pánico instintivo?
»Esta vez, renuncié a la idea de hacer una pausa cortés y proseguí sin detenerme.
»—Cuando asumí un cuerpo mortal, cuando yací con una mujer, lo hice porque me atraía, sí, porque se parecía a nosotros y porque me ofrecía un placer carnal como jamás había experimentado. Es cierto, Señor, que ese placer es inconmensurablemente pequeño si se compara con tu magnificencia, pero cuando yacíamos juntos, y alcanzábamos el placer, esa pequeña llama rugía con un sonido muy parecido a los cánticos celestiales. Nuestros corazones dejaron de latir al unísono, Señor. Experimentamos la eternidad en nuestra carne; el hombre que yo llevaba dentro sabía que la mujer lo sabía. Experimentamos una sensación que supera todas las sensaciones terrenales, una sensación que se aproxima a lo divino.
»Tras estas palabras, guardé silencio. ¿Qué podía añadir? Era inútil que tratase de embellecer mis argumentos con una serie de ejemplos, puesto que Dios lo sabe todo. De modo que crucé los brazos y bajé la mirada, de forma respetuosa, mientras meditaba. De pronto, los gemidos de las almas del reino de las tinieblas me distrajeron durante unos instantes e hicieron incluso que me olvidara de que estaba en presencia de Dios, recordándome mi promesa e instándome a regresar pronto junto a ellas.
»—Señor, perdóname —dije—. Tus prodigios me han confundido. Y si ése no era tu plan, entonces reconozco que estaba equivocado.
»De nuevo se hizo un silencio, suave, denso, vacío, como los habitantes de la Tierra no pueden concebir. Me mantuve firme porque no podía hacer otra cosa. Estaba convencido de que cada palabra que había pronunciado era sincera y valiente. Comprendí con toda claridad que si el Señor me expulsaba del cielo o me aplicaba cualquier otro castigo, lo tenía merecido. Él me había creado; yo era su ángel y su siervo. Si lo deseaba, podía destruirme. Recordé los lamentos de las almas de los muertos y me pregunté, como hubiera hecho un ser humano, si Dios iba a enviarme al reino de las tinieblas o me reservaba un castigo más terrible, pues en la naturaleza abundaban los ejemplos de catástrofes y destrucción, y Dios podía someterme a cualquier tormento que creyera justo.
»—Confío en ti, Señor —dije de pronto, pensando y hablando al mismo tiempo—. De otro modo, me habría postrado ante ti como los otros observadores. Eso no significa que ellos no confíen en ti, sino que creo que deseas que yo comprenda la bondad, que tu esencia es bondad, y no consentirás que esas almas sigan lamentándose en el reino de las tinieblas y la ignorancia. No consentirás que el hombre, con su vasta inteligencia, permanezca ajeno a todo lo divino.
»Por primera vez Dios contestó a mis palabras con calma.
»—Tú le has procurado una idea más que aproximada, Memnoch.
»—Es cierto, Señor. Pero las almas de los muertos han inspirado y alentado a los hombres, y sin embargo esas almas se hallan fuera de la naturaleza, tal como hemos visto, y cada día se hacen más fuertes. Francamente, no me lo explico, a menos que exista una especie de energía natural y tan compleja que no alcance a comprender. Esas almas parecen estar hechas de lo mismo que nosotros, de lo invisible, y cada individuo posee una identidad propia.
»Se produjo silencio. Al cabo de unos momentos el Señor respondió:
»—Muy bien. He escuchado tus argumentos. Ahora deseo hacerte una pregunta. ¿Qué es exactamente lo que te ha dado la humanidad a cambio de lo que tú le has dado a ella?
»La pregunta me dejó perplejo.
»—Y no me hables ahora del amor, Memnoch —añadió Dios—. De su capacidad para amarse. Sobre este particular, esta corte celestial está perfectamente informada. ¿Qué es lo que te ofrecieron a cambio, Memnoch?
»—La confirmación de mis sospechas, Señor —contesté con absoluta sinceridad—. Sabían que yo era un ángel. Me reconocieron enseguida. Tal como había supuesto.
»—¡Ah! —Del trono celestial brotó una sonora carcajada que retumbó en todo el cielo. Estoy seguro de que hasta debieron oírla en el reino de las tinieblas. Todos los ángeles reían y cantaban alborozados.
»Al principio no me atreví a moverme ni a decir nada, pero luego, de pronto, enfurecido, o quizá debería decir desconcertado, levanté la mano y dije:
»—¡Lo digo en serio, Señor! Yo no era un ser con el que jamás hubieran soñado. ¿Era esto lo que te proponías al crear el mundo, que esas gentes alzasen la voz contra ti? ¿Puedes contestar a mi pregunta?
»Poco a poco los ángeles se fueron calmando y sus risas se desvanecieron, para dar paso a unos himnos de alabanza a Dios por su infinita paciencia conmigo.
»No me uní al coro de voces. Contemplé los rayos de luz que emanaban de Dios, y el misterio de mi obcecación, mi ira y mi curiosidad hizo que me aplacara un poco, aunque sin caer en ningún momento en el desánimo.
»—Confío en ti, Señor —dije—. Tú sabes bien lo que haces. Debes de saberlo. De lo contrario... estamos perdidos.
»Al comprender lo que acaba de decir me quedé atónito. Jamás había llegado tan lejos en mis disputas con Dios, jamás me había atrevido a decir nada semejante. Horrorizado, alcé la vista hacia la luz y pensé: "¿Y si Dios no supiera lo está haciendo ni lo hubiera sabido nunca?".
»Me tapé la boca con las manos para no soltar un despropósito, mientras ordenaba a mi cerebro que dejara de pensar esos pensamientos temerarios y blasfemos. Conocía bien a Dios. Él estaba ahí.
Me hallaba en su presencia. ¿Cómo se me había ocurrido pensar semejante cosa? Sin embargo, Dios había dicho: "No confías en mí", sabiendo que tenía razón.
»La luz de Dios se intensificó de forma extraordinaria; se expandió. Las formas de los serafines y los querubines se volvieron más pequeñas y transparentes. La luz lo llenaba todo, envolviéndonos a mí y a todos los ángeles. Me sentí unido a ellos por el amor que Dios derramaba sobre nosotros, un amor tan infinito y total que no hubiéramos podido ansiar ni imaginar una dicha mayor.
»Cuando Dios habló de nuevo sus palabras quedaron eclipsadas por el resplandor de su amor, el cual me abrumaba. No obstante, las escuché atento y me llegaron al corazón.
»Los otros ángeles también las escucharon.
»—Ve al reino de las tinieblas, Memnoch —dijo el Señor—, y busca diez almas, entre los millones de almas que hay allí, que sean merecedoras de compartir el cielo con nosotros. Interrógalas, diles lo que quieras, pero busca diez almas que creas que sean dignas de vivir con nosotros. Cuando las encuentres, tráemelas.
»—Sé que lo conseguiré, Señor —respondí, eufórico—. ¡Estoy seguro!
»De pronto me fijé en los rostros de Miguel, Rafael y Uriel, ahora casi oscurecidos por la luz divina, la cual ya había empezado a disminuir para alcanzar un grado más tolerable. Miguel parecía preocupado por mí y Rafael lloraba. Uriel me observaba fríamente, sin manifestar ninguna emoción. Era el rostro que tenían los ángeles antes de que comenzara el tiempo.
»—¿Puedo partir ahora mismo? —pregunté—. ¿Cuándo debo regresar?
»—Cuando quieras —respondió el Señor—, o cuando puedas.
»Estaba claro. Si no daba con esas diez almas no regresaría jamás.
»Yo asentí, acatando la decisión de Dios. Era lógica.
»—Mientras hablamos los años pasan en la Tierra, Memnoch. El poblado que visitaste y los que visitaron los otros ángeles se han convertido en importantes ciudades; el mundo gira bañado por la luz del cielo. ¿Qué puedo añadir, querido hijo? Ve al reino de las tinieblas y regresa cuanto antes con diez almas dignas de vivir en el cielo con nosotros.
»Abrí la boca para preguntar qué iba a ser de los observadores, de esa pequeña legión de dóciles ángeles que también habían conocido los placeres de los carne, cuando el Señor respondió:
»—Aguardarán tu regreso en un lugar adecuado del cielo. No conocerán mi decisión, ni su suerte, hasta que me hayas traído esas diez almas.
»—De acuerdo, Señor. Y ahora, con tu permiso, me marcho.
»Y sin hacer ninguna pregunta respecto a las condiciones o límites que entrañaba mi misión, yo, Memnoch, el arcángel y acusador de Dios, abandoné el cielo de inmediato y descendí hacia el inmenso y lúgubre reino de las tinieblas.

15
—Pero, Memnoch, Dios no te dio ningún criterio para evaluar esas almas, ¿no es cierto? —le interrumpí—. ¿Cómo podías saber cuáles eran dignas de compartir el cielo con vosotros?
Memnoch sonrió.
—Así es, Lestat, eso es exactamente lo que Él hizo y el modo en que lo hizo. Y en cuanto penetré en el reino de las tinieblas, la cuestión del criterio que debía adoptar para elegir a las diez almas se convirtió en mi obsesión. Ésa es la forma en que Dios hace las cosas.
—Yo se lo hubiera preguntado.
—No, no quise hacerlo —respondió Memnoch—. Como te he dicho, así es como Él actúa y sabía que mi única esperanza era elaborar mi propio criterio. ¿Comprendes?
—Creo que sí.
—Estoy seguro de ello —dijo Memnoch—. Bien, imagina la situación. La población del mundo ha aumentado hasta sumar millones de habitantes, han aparecido importantes ciudades, buena parte de ellas en el valle al que había descendido y donde había dejado mi impronta en los muros de las cuevas. La humanidad se ha desplazado hacia el norte y el sur del planeta; los asentamientos, los poblados y las fortificaciones se hallan en diferentes etapas de desarrollo. La tierra de las ciudades se llama Mesopotamia, creo, o puede que sea Sumer o quizás Ur. Vuestros eruditos descubren nuevos datos cada día.
»Los sueños del hombre respecto a la inmortalidad y su reencuentro con los muertos han facilitado la propagación de la religión. En el valle del Nilo se ha desarrollado una civilización de asombrosa estabilidad, mientras siguen estallando guerras en la que llamamos Tierra Santa.
»Al llegar al reino de las tinieblas, que hasta entonces sólo he observado desde fuera, compruebo que es inmenso y que aún alberga a algunas de las primeras almas que fueron creadas en el universo. Está poblado por millones de almas cuyos credos y afán de eternidad las han atraído de forma muy poderosa a ese lugar. La desesperación ha sumido a algunas en un mar de confusión y otras han adquirido tanta fuerza que dominan a las demás; algunas han aprendido el truco de bajar a la Tierra, escapando de la influencia de otras almas invisibles, para pasearse entre los mortales con el propósito de apoderarse de ellos, manipularlos, lastimarlos o amarlos.
»El mundo está poblado de espíritus. Algunos de ellos, los cuales no recuerdan haber sido humanos, se han convertido en lo que los hombres y las mujeres vendrán a denominar demonios, y pululan por el mundo ansiosos de poseer, de provocar graves disturbios o cometer simples diabluras, según su estadio de desarrollo.
—Y uno de esos demonios —dije— se convirtió en la madre y el padre vampíricos de nuestra especie.
—Exacto. Y creó esa mutación. Pero no fue el único. Existen otros monstruos en la Tierra que se mueven entre lo visible y lo invisible. Pero la gran preocupación del mundo ha sido y será siempre la suerte de sus millones de hombres y mujeres.
—Las mutaciones nunca han influido en la historia.
—Bueno, sí y no. ¿Crees que un alma enloquecida que grita por la boca de un profeta de carne y hueso no constituye una influencia, cuando las palabras de ese profeta son registradas en cinco lenguas distintas y se venden hoy en día en las librerías de Nueva York? Digamos que el proceso que yo había presenciado y luego describí ante Dios no se había detenido; algunas almas habían muerto; otras adquirieron una gran fuerza; otras consiguieron regresar encarnadas en otros cuerpos, aunque en aquellos momentos yo ignoraba qué medios empleaban para lograrlo.
—¿Lo sabes ahora?
—La reencarnación no es tan común como crees. Además, las almas que logran reencarnarse ganan muy poco con ello. No es difícil imaginar las situaciones que la propician. No siempre supone la aniquilación de un alma joven, es decir, la sustitución de ésta en el nuevo cuerpo. Sin duda, quienes consiguen reencarnarse continuamente representan un fenómeno que no podemos ignorar, aunque eso, como la evolución de los vampiros y otros seres inmortales terrenales, pertenece a un ámbito muy reducido. Aquí estamos hablando sobre el destino del conjunto de la humanidad. Hablamos de la totalidad del mundo humano.
—Sí, lo comprendo perfectamente, quizá mejor de lo que crees.
—De acuerdo. Aunque no tengo ningún criterio en que basarme, no obstante penetro en el reino de las tinieblas y compruebo que es una copia idéntica de la Tierra. Las almas han imaginado y proyectado, en su invisible existencia, todo tipo de estrambóticos edificios, criaturas y monstruos; es un alarde de imaginación sin una orientación divina y, tal como sospechaba, la gran mayoría de almas ignora que están muertas.
»Al entrar procuro hacerme invisible, pasar totalmente inadvertido. Pero resulta muy difícil, pues aquello es el reino de lo invisible; allí todo es invisible. Así pues, bajo mi forma angelical empiezo a recorrer los tenebrosos caminos del sheol entre almas deformes, a medio formar e informes, entre las almas que se lamentan y las moribundas.
»No obstante, esas almas apenas se fijan en mí. Están confusas, no distinguen las cosas con claridad. Como sabes, ese estado ha sido descrito por los chamanes humanos, por los santos y por quienes han atravesado la experiencia de la muerte pero han sido reanimados y han seguido viviendo.
—Sí.
—Bien, las almas humanas veían sólo un fragmento de cuanto las rodeaba. Yo veía la totalidad. Me paseé entre ellas sin temor y sin tener en cuenta el tiempo, o mejor dicho fuera de él, aunque el tiempo no detiene jamás su curso, por supuesto. Salía y entraba por donde quería.
—Un manicomio de almas.
—Más o menos, pero dentro de ese manicomio había un sinfín de mansiones, por emplear los términos de las Sagradas Escrituras. Las almas que sostenían unos credos similares se unían en su desesperación para reforzar sus mutuas creencias y aplacar sus temores. Pero la luz de la Tierra era demasiado tenue y la del cielo no llegaba hasta allí.
»De modo que, sí, era una especie de manicomio, el valle de la sombra de la muerte, ese terrible río de monstruos que las almas no se atrevían a atravesar para acceder al paraíso. Ninguna había conseguido alcanzarlo.
»Lo primero que hice fue escuchar atentamente, oír la canción que cualquier de esas almas quisiera cantar, es decir hablar, en mi lengua. Oí muchas afirmaciones, preguntas y conjeturas que me impresionaron por su coherencia. ¿Qué sabían esas almas? ¿En qué se habían convertido?
»En resumen, constaté que en aquel espantoso y tétrico lugar existían unas jerarquías creadas a partir del deseo de las almas de relacionarse con otras semejantes a ellas mismas. Era un lugar estratificado de forma un tanto aleatoria, pero presidido por un orden derivado del grado de conciencia, aceptación, confusión o ira que experimentaba cada alma.
»En el escalafón más próximo a la Tierra se hallaban las almas más miserables, las que se ocupaban sólo de comer, beber o apoderarse de otras, o que no podían aceptar ni comprender lo que les había sucedido.
»En el nivel inmediatamente superior se hallaban las almas confundidas y desesperadas, las cuales no hacían sino que luchar entre sí, gritar, organizar tumultos, tratar de lastimar a otras, invadir el territorio ajeno o escapar. Esas almas ni siquiera me vieron. Sin embargo, los humanos han visto esto y lo han plasmado en multitud de manuscritos a lo largo de los siglos. Nada de lo que yo pueda decir representaría una novedad.
»El último escalafón, el más próximo al cielo, hablando metafóricamente, estaba formado por las almas que comprendían que habían abandonado la naturaleza y se encontraban en otro lugar. Esas almas, algunas de las cuales llevaban allí desde el principio de los tiempos, habían asumido una actitud paciente; observaban la Tierra y trataban de ayudar, impulsadas por el amor, a las otras que las rodeaban para que aceptasen su propia muerte.
—Hallaste unas almas capaces de amar.
—Todas son capaces de amar —respondió Memnoch—. No existe una sola que no sienta amor hacia algo o alguien, aunque ese algo o ese alguien exista únicamente en su memoria o como un ideal. Pero sí, hallé unas almas que expresaban plácida y serenamente su inmenso amor hacia otras, así como hacia los seres vivos de la Tierra. Algunas habían centrado toda su atención en la Tierra y se dedicaban de forma exclusiva a responder a las plegarias de los desesperados, los necesitados y los enfermos.
»Por aquel entonces, en la Tierra habían estallado múltiples y cruentas guerras y vanas civilizaciones habían desaparecido a causa de las erupciones volcánicas. El abanico de posibilidades de sufrimiento se ampliaba sin cesar, y no sólo en proporción a los conocimientos adquiridos por la humanidad o al desarrollo cultural. Aquello se había convertido en algo incomprensible para un ángel. Cuando contemplaba la Tierra, ni siquiera me detuve a establecer qué era lo que diferenciaba las pasiones de un grupo humano de una determinada selva de las de otros grupos que habitaban en otra, o el motivo de que una población se dedicara generación tras generación a erigir monumentos de piedra. Por supuesto, yo lo sabía prácticamente todo, pero en aquellos momentos no cumplía una misión terrenal.
»Los muertos se habían convertido en mi especialidad.
»Me aproximé a las almas que contemplaban a sus semejantes con misericordia y compasión, tratando de influir en ellas por medio del pensamiento. Diez, veinte, treinta, vi millares de esas almas, en las cuales se había desvanecido toda esperanza de renacer o de una gran recompensa; unas almas resignadas a que aquello era la muerte definitiva, la eternidad; unas almas que se habían enamorado de la carne, al igual que nosotros, los ángeles.
»Me sentaba entre esas almas, aquí y allá, donde pudiera captar su atención, y hablaba con ellas. Enseguida comprendí que mi forma nada les importaba, pues suponían que la había elegido de igual manera que ellas habían elegido la suya. Algunas tenían aspecto de hombres y mujeres, pero otras no presentaban ninguna forma determinada. Sospecho que me tomaban por un novato que agitaba continuamente los brazos, las piernas y las alas para atraer la atención. Por lo general, sin embargo, si me acercaba a ellas con respeto y educación conseguía que se olvidaran durante unos instantes de la Tierra y respondieran a mis preguntas, a fin de averiguar la verdad.
»Creo que hablé con millones de ellas. Recorrí el reino de las tinieblas hablando con las almas que lo poblaban. Lo más difícil era captar su atención, pues siempre estaban pensando en la Tierra o en el fantasma de una existencia anterior, o sumidas en un estado de contemplación espiritual en el que la concentración les resultaba tan difícil y exigía tal esfuerzo que no podía ser perturbada.
»Al principio, las almas más sabias y llenas de amor hacia sus semejantes no querían molestarse en responder a mis preguntas. Al fin comprendieron que yo no era un hombre mortal sino algo hecho de una sustancia muy distinta, y que mis preguntas estaban relacionadas con un lugar de origen que se hallaba más allá de la Tierra. Ése era el dilema, ¿comprendes? Llevaban tanto tiempo en el reino de las tinieblas que habían dejado de pensar en los motivos de la vida o la Creación; ya no maldecían a un Dios que no conocían ni buscaban a un Dios que se ocultaba de ellas. Cuando empecé a formularles mis preguntas, me tomaron por un recién llegado iluso que soñaba con castigos y recompensas que jamás iban a producirse.
»Esas almas contemplaban sus vidas pasadas desde un largo y plácido estado de ensoñación, y trataban de responder a las plegarias de la Tierra, como ya he dicho. Velaban por sus parientes, por los miembros de sus clanes, por sus naciones y por todos aquellos que atraían su atención con espectaculares muestras de religiosidad; observaban con tristeza el sufrimiento de los humanos y se esforzaban en ayudarlos por medio del pensamiento.
»Casi ninguna de esas almas fuertes y pacientes trataba de reencarnarse, aunque algunas de ellas lo habían hecho con anterioridad. Habían bajado a la Tierra para reencarnarse y al final habían descubierto que no recordaban ninguna de sus vidas mortales, de modo que no tenía sentido tratar de renacer de nuevo. Era mejor permanecer allí, en el reino de las tinieblas, una eternidad que ya conocían, y dedicarse a contemplar la belleza de la Creación, la cual les parecía sin duda magnífica, al igual que a nosotros.
«Precisamente a través de sus respuestas a mis preguntas, de esas interminables y profundas charlas con los muertos, elaboré mi criterio para elegir a las diez almas que me había pedido Dios.
»En primer lugar, para ser merecedora del cielo, para que Dios le diera una oportunidad, el alma tenía que comprender la vida y la muerte en el sentido más simple. Hallé muchas almas que lo entendían. Luego debían ser capaces de apreciar la belleza de la obra de Dios, la armonía de la Creación desde la perspectiva del propio Dios, una visión de la naturaleza envuelta en infinitos ciclos de supervivencia, reproducción, evolución y desarrollo.
«Muchas almas comprendían eso perfectamente. Sin embargo, muchas de las que creían que la vida era hermosa también pensaban que la muerte era triste, eterna y terrible, y que de haber podido evitarlo no habrían nacido.
»Yo no sabía qué hacer ante esa postura, muy generalizada. Por qué nos ha creado Dios, quienquiera que sea, si tenemos que permanecer aquí eternamente, separados de la naturaleza, a menos que decidamos bajar de nuevo a la Tierra para volver a sufrir a cambio de unos breves instantes de placer que no apreciaremos más que la última vez, pues al volver a nacer no recordamos nuestras experiencias anteriores.
»Ese era el motivo de que muchas almas hubiesen renunciado a desarrollarse y evolucionar. Sentían una gran preocupación y lástima por los vivos, pero conocían el dolor y ya ni siquiera podían imaginar lo que significaba la alegría. Tendían a buscar la paz, que era el estado más perfecto al que podían aspirar. Una paz interrumpida por el esfuerzo de responder a las plegarias de la Tierra, difícil de alcanzar, pero que a mí, en tanto ángel, me parecía muy atrayente. Permanecí junto a esas almas durante mucho tiempo.
»Pensé que si podía explicarles la situación, instruirlas, por decirlo así, quizá lograría hacerlas cambiar, prepararlas para el cielo, pero en ese estado no estaban preparadas y yo no sabía si creerían mis palabras. Por otra parte, temía que me creyeran y ansiaran ir al cielo, pero que Dios les impidiera la entrada.
«Comprendí que debía proceder con mucha cautela. No podía lanzar un sermón desde lo alto de una roca como había hecho durante el breve tiempo que había pasado en la Tierra. A fin de rescatar a una de esas almas, tenía que asegurarme de que estaba preparada para seguirme hasta el trono de Dios.
«¿Comprender la vida y la muerte? Eso no bastaba. ¿Resignarse ante la muerte? No era suficiente. Una actitud indiferente hacia la vida y la muerte tampoco bastaba. ¿Dejar que permaneciera en un estado de plácida confusión? No, ese alma había perdido su personalidad. Se hallaba tan lejos de lo que era un ángel como la lluvia que caía sobre la Tierra.
»Al fin llegué a una región más pequeña, donde moraban unas cuantas almas. Hablo desde un punto de vista comparativo. Ten en cuenta que soy el diablo; paso mucho tiempo en el cielo y el infierno. Así que cuando hablo de unas cuantas almas, es para que te resulte más fácil entenderme. Para ser más precisos, digamos que había unos cuantos millares de almas. En todo caso, me refiero a un número importante.
—Comprendo.
—Me asombró la felicidad que emanaba de esas almas, su tranquilidad y el grado de conocimiento que habían adquirido y conservado. En primer lugar, casi todas poseían una forma humana prácticamente completa. Es decir, habían creado su forma original o quizás ideal en lo invisible. ¡Parecían ángeles! Tenían forma de hombres, mujeres y niños, y mantenían los rasgos que presentaban cuando estaban vivos. Algunas de esas almas acababan de llegar, tras experimentar una muerte que aceptaban y haberse preparado para lo misterioso. Otras habían aprendido todo lo que sabían en el sheol, a lo largo de siglos de observar a su alrededor y siempre temerosas de perder su individualidad, por terrible que pareciera la situación. Todas eran intensamente visibles; también antropomorfas, aunque por supuesto diáfanas, como todos los espíritus; algunas eran más pálidas que otras. Pero todas, sin excepción, eran visibles.
»Me paseé entre ellas, suponiendo que se mostrarían indiferentes ante mí, pero enseguida comprendí que esas almas me veían de un modo distinto de las otras. Lo veían todo de forma diferente. Captaban mejor las sutilezas de lo invisible porque aceptaban sus condiciones sin reservas. Mi aspecto no les turbaba; antes bien, contemplaban con curiosidad a esa criatura extraordinariamente alta, dotada de alas, con el cabello largo y vestida con una túnica. Al poco rato de llegar sentí una gran felicidad a mi alrededor. Constaté que me aceptaban. Noté una ausencia total de resistencia y una profunda curiosidad. Sabían que yo no era un alma humana, y eso era así porque habían alcanzado un estadio en su desarrollo que les permitía entenderlo. Comprendían muchas cosas sobre las otras almas, y también sobre el mundo.
»Una de esas almas tenía forma de mujer, pero desgraciadamente no era mi Lilia, a la cual jamás volví a ver. Se trataba de una mujer que había muerto a una edad madura tras haber parido numerosos hijos, algunos de los cuales se hallaban con ella; otros seguían en la Tierra. Esa alma existía en una serenidad tan intensa que casi se había convertido en un resplandor, es decir, su evolución se hallaba tan desarrollada respecto a lo invisible que había empezado a generar algo parecido a la luz de Dios.
»—¿Por qué sois distintas de las otras almas? —le pregunté—. ¿En qué os diferenciáis de ellas?
»Con un aplomo que me dejó asombrado, la mujer me preguntó quién era. Las almas de los difuntos no suelen hacer esa clase de preguntas, sino que se lanzan a relatarte sus cuitas y obsesiones. Pero ella me preguntó:
»—¿Quién eres y qué es lo que eres? Jamás había visto a un ser como tú en este lugar. Sólo cuando estaba viva.
»—Prefiero no revelártelo todavía —respondí—. Quiero hacerte algunas preguntas. Das la impresión de sentirte feliz. ¿Cuál es el motivo?
»—Me hallo junto a las personas que amo y puedo contemplar el mundo y ver lo que sucede allí.
»—¿No te planteas ninguna duda? —insistí—. ¿No deseas saber por qué has nacido, por qué sufriste, por qué has muerto o por qué estás aquí?
»Ante mi gran asombro, la mujer se echó a reír. Era la primera vez que oía reír a alguien en el reino de las tinieblas. Era una risa suave, alegre, dulce, como la risa de los ángeles. Yo correspondí a su alegría entonando una canción y ella estalló como una flor, como hacen los mortales cuando descubren que se aman.
»—Eres muy hermoso —murmuró con respeto.
»—¿Por qué se sienten las otras almas tan desgraciadas, mientras que vosotras reís y cantáis de alegría y felicidad? Sí, lo sé, he contemplado el mundo. También sé que te encuentras rodeada de las personas que amas. Pero las otras almas también.
»—Ya no le guardamos rencor a Dios —contestó la mujer—. No lo odiamos.
»—¿Y las otras sí?
»—No es que odien a Dios —respondió la mujer con suavidad, como si temiera lastimarme—. Pero no pueden perdonarlo por todo esto... por los sufrimientos del mundo, por lo que ha pasado y por este reino de las tinieblas en el que languidecemos. Pero nosotros sí podemos perdonarlo. Lo hemos hecho por varias razones, pero lo importante es que lo hemos perdonado. Reconocemos que nuestras vidas han sido unas experiencias maravillosas, que ha merecido la pena todo lo que hemos padecido, y recordamos con alegría los momentos felices y de armonía que hemos gozado. Perdonamos a Dios por no habérnoslo explicado, por no haberlo justificado, por no haber castigado a los malvados y recompensado a los buenos, y esas cosas que las otras almas, las vivas y las muertas, esperan de él. Nosotros lo perdonamos. No estamos seguros, pero sospechamos que Dios conoce el secreto de cómo curar este dolor que sentimos. Si no quiere revelárnoslo, está en su derecho, porque es Dios. Sea como fuere, nosotros le perdonamos y le amamos, aunque sabemos que le importamos tan poco como las piedrecitas de la playa.
»Sus palabras me dejaron atónito. Permanecí inmóvil, mientras las almas se congregaban a mi alrededor. Luego, un alma muy joven, el alma de un niño, dijo:
»—Al principio nos pareció terrible que Dios nos trajera a este mundo para ser asesinados —mis padres y yo morimos en una guerra—, pero le hemos perdonado porque sabemos que si Él es capaz de hacer algo tan bello como la vida y la muerte, significa que debe comprenderlo todo.
»—Como ves, todos pensamos igual —dijo otra alma—. Si pudiéramos volver a nacer, pese a haber sufrido grandes penalidades no dudaríamos en hacerlo. Trataríamos de ser más bondadosos con nuestros semejantes. La vida es hermosa y merece la pena ser vivida.
»—Sí —apostilló una tercera alma—. Tardé toda la vida en perdonar a Dios por los sufrimientos del mundo, pero lo hice poco antes de morir, y vine a habitar en este reino de las tinieblas, como los otros. Si te fijas, verás que hemos convertido este lugar en una especie de jardín. Nos ha costado mucho. Trabajamos sólo con nuestra mente, nuestra voluntad, nuestra memoria y nuestra imaginación, pero estamos construyendo un lugar donde podamos recordar sólo lo bueno. Hemos perdonado a Dios y le amamos por habernos concedido tantos dones.
»—Sí—dijo otra—, agradecemos a Dios todo lo que nos ha dado y le amamos profundamente. Sabemos que ahí fuera, en la oscuridad, está la nada. Hemos conocido a muchos mortales que estaban obsesionados con la nada y el sufrimiento, y ello les impedía gozar de las alegrías de la vida.
»—Esto no resulta fácil —añadió otra—. Ha supuesto un gran esfuerzo. Era agradable hacer el amor, beber buen vino, bailar y cantar, emborracharte y correr bajo la lluvia. Más allá se extendía el caos, el vacío, y me siento agradecido de haber podido contemplar el mundo y ahora recordarlo y verlo desde aquí.
«Reflexioné durante unos instantes antes de responder, mientras aquellas almas seguían hablándome, atraídas hacía mí, como si la luz que yo producía fuese una especie de imán. De hecho, cuanto más interés mostraba yo en lo que me relataban, más se sinceraban conmigo y más profundas e intensas eran sus declaraciones.
»No tardé en comprender que esas personas provenían de diversas naciones y estratos sociales. Aunque muchos de ellos pertenecían a una misma familia o clan, no todos estaban emparentados. De hecho, muchos habían perdido de vista a sus parientes, que habían ido a parar a otros ámbitos del reino de las tinieblas. Algunos no habían vuelto a verlos después de morir, mientras que otros habían sido acogidos por sus seres queridos en el momento de expirar. Esas personas habían vivido en el mundo y seguían manteniendo sus creencias en este lugar donde empezaba a brillar la luz.
»—¿Existía un denominador común que os uniera en la Tierra? —les pregunté.
»Pero no supieron responderme. No lo sabían. No se habían interrogado sobre sus respectivas vidas, y a medida que les iba formulando preguntas al azar comprendí que no había existido tal denominador común. Algunos habían sido muy ricos, otros pobres, algunos habían sufrido lo indecible, otros no habían padecido, sino que habían gozado de una vida cómoda y próspera y habían llegado a amar la Creación antes de morir. Se me ocurrió que podía empezar a recopilar esas respuestas y a evaluarlas. Dicho de otro modo, todas esas almas habían llegado a perdonar a Dios de diversas formas. Pero era posible que existiera una forma más perfecta que otras, más eficaz. Tal vez, aunque no estaba seguro.
»Abracé a esas almas y las estreché contra mí.
»—Quiero que hagáis un viaje conmigo —les dije, tras hablar con cada una de ellas para cerciorarme de que no me equivocaba—. Quiero que vengáis al cielo y os presentéis ante Dios. Puede que sólo lo veáis unos segundos o que Él no permita siquiera que lo veáis. Quizás os obligue a regresar aquí, sin haber averiguado lo que deseáis saber, pero en cualquier caso no habréis sufrido ningún mal. La verdad es que no puedo garantizar lo que sucederá. Nadie conoce a Dios.
»—Lo sabemos —contestaron.
»—Os propongo venir conmigo al cielo para que le expliquéis a Dios lo que me habéis contado a mí. Ahora responderé a la pregunta que me hicisteis al principio: soy su arcángel Memnoch, hecho del mismo molde que los ángeles de los que habíais oído hablar cuando estabais vivos. ¿Queréis acompañarme?
»Muchas se quedaron atónitas y dudaron antes de responder. Pero la mayoría contestó al unísono, como una sola voz:
»—Iremos contigo. La oportunidad de ver a Dios, siquiera por un instante, merece cualquier sacrificio. Si eso no es así, entonces significa que no recuerdo el dulce aroma del olivo ni el tacto de la hierba cuando me tumbaba sobre ella. Jamás he probado el sabor del vino ni he yacido con la mujer que amaba. Sí, iremos contigo.
«Algunas se negaron. De pronto me vieron como lo que era, y al comprender lo que les había sido negado perdieron la paz que sentían y la capacidad de perdonar. Me contemplaron enfurecidas y horrorizadas. Las otras almas trataron de hacerles cambiar de parecer, sin conseguirlo. No, no deseaban ver a ese Dios que había abandonado su Obra, dejando que los mortales colocaran unos dioses sobre unos altares en todo el planeta y les rogaran en vano que intercedieran por ellos el día del juicio. ¡No!
»—Venid —dije a las otras almas—. Trataremos de penetrar en el cielo. ¿Cuántos somos? ¿Diez mil? ¿Un millón? ¿Qué importa? Dios habló de diez pero no lo limitó a ese número. Seguramente quiso decir que por lo menos le llevara diez almas. ¡Vamos!

16
—No tardaré en conocer la respuesta, pensé. O bien Dios nos admitirá en el cielo o nos arrojará de nuevo al reino de las tinieblas. Una vez me arrojó a la Tierra. Quizá juzgue mi éxito o fracaso antes de que llegue a las puertas del cielo y haga que nos desintegremos todos. ¿Qué fue lo que dijo el Señor en su infinita sabiduría? Dijo: «Ve y regresa cuanto antes.» Estreché a esas almas contra mí, como cuando te transporté en brazos hasta el cielo; abandonamos el reino de las tinieblas y ascendimos envueltos en el intenso resplandor que se derramaba sobre los muros y las puertas del cielo. Las gigantescas puertas, que nunca había visto durante mis primeros tiempos, se abrieron ante nosotros. Allí estábamos, un arcángel y varios millones de almas humanas, de pie en medio del cielo ante una legión de ángeles sonrientes y perplejos que se agolparon a nuestro alrededor, formando un enorme círculo, entre exclamaciones y gritos destinados a atraer la atención de todo el mundo.
»Hasta ahora todo va bien, pensé. Hemos conseguido entrar en el cielo. Al ver a los ángeles las almas humanas exclamaron de júbilo. Cada vez que recuerdo ese momento siento deseos de echarme a cantar y bailar. Las almas estaban eufóricas, y cuando los ángeles iniciaron su cacofonía de cantos, preguntas y exclamaciones, las almas humanas se pusieron a cantar.
»Jamás había contemplado una escena semejante. Comprendí que el cielo ya no volvería a ser el mismo, pues esas almas poseían un inmenso poder de proyección, es decir, de crear alrededor de ellas, de lo invisible, el entorno que deseaban para sentirse a gusto, y al que dedicaban todos sus esfuerzos.
»La geografía del cielo cambió de forma radical e inmediata. Aparecieron las torres, los castillos y las mansiones que viste cuando te conduje al cielo, suntuosos palacios, bibliotecas, jardines y las maravillosas proyecciones de flores que brotaban por doquier; todas esas cosas que a los ángeles jamás se les había ocurrido llevar al cielo. Brotaron árboles plenamente desarrollados; empezó a caer una suave lluvia impregnada del perfume de las plantas. La temperatura del cielo se hizo más cálida y sus colores se avivaron. Utilizando el tejido invisible del cielo —energía, esencia, la luz divina, el poder creador de Dios o lo que fuere— esas almas crearon a nuestro alrededor, en un abrir y cerrar de ojos, todas esas maravillas que simbolizaban su curiosidad, su concepto de la belleza y sus aspiraciones.
«Aplicaron todos los conocimientos que habían adquirido en la Tierra para crear un fantástico e irresistible paraíso.
»Se organizó un tumulto como yo jamás había contemplado desde la Creación del universo.
»El más asombrado era el arcángel Miguel, que me miraba como diciendo: "¡Has conseguido traerlos al cielo, Memnoch!."
»Pero antes de poder pronunciar esas palabras, mientras las almas, extasiadas, se paseaban de un lado a otro tocando a los ángeles y las cosas que habían imaginado y creado, apareció la luz de Dios, En Sof. Ésta se elevó y extendió por detrás de los serafines y los querubines para derramarse suavemente sobre las almas humanas, llenándolas y poniendo al descubierto sus secretos.
»Las almas exclamaron de gozo. Los ángeles entonaron unos himnos de alabanza. Yo abrí los brazos y empecé a cantar: "Señor, os he traído las almas que me pediste. Contempla tu Creación, contempla las almas de los seres de carne y hueso que creaste a partir de unas minúsculas células, a los que luego arrojaste al reino de las tinieblas y que ahora se hallan ante tu excelso trono. ¡He cumplido mi misión, Señor! He regresado y tú lo has permitido."
»Tras esas palabras, me postré de rodillas ante Dios.
»Los cánticos alcanzaron un frenesí, un sonido que ningún ser de carne y hueso podría soportar. Todos los ángeles entonaban himnos de alabanza al Señor. Las almas humanas empezaron a adquirir una mayor densidad, a hacerse más visibles, hasta que se aparecieron ante nosotros con tanta claridad como nosotros ante ellas. Algunas se cogieron de las manos y empezaron a saltar y brincar como niños; otras lloraban y gritaban mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
»De pronto la luz se volvió más intensa y entonces comprendimos que Dios se disponía a hablar. Todos enmudecimos. Todos los miembros del bene ha elohim nos hallábamos presentes. Dios dijo: »—Hijos míos, queridos hijos. Memnoch ha venido acompañado de millones de almas merecedoras del cielo.
»Luego, Dios calló y su luz se hizo más intensa y cálida. Todos los presentes lanzaron exclamaciones de júbilo y amor.
»Yo me tendí en el suelo del cielo, extenuado, contemplando el inmenso firmamento tachonado de estrellas que se extendía sobre mí. Oí cómo las almas de los humanos corrían de un lado a otro. Oí los himnos y cánticos con que los ángeles daban la bienvenida a los recién llegados. Lo oí todo, y luego, como un mortal, cerré los ojos.
»Ignoro si Dios duerme alguna vez. El caso es que cerré los ojos y permanecí inmóvil, bañado por la luz del Señor. Después de pasar tantos años en el reino de las tinieblas, me hallaba de nuevo en un lugar cálido y seguro, a salvo.
»Al cabo de un rato me di cuenta de que cuatro serafines se habían acercado y me observaban fijamente. Sus rostros irradiaban una luz tan intensa que casi no podía mirarlos.
»—Dios desea hablar contigo —dijeron.
»—¡Ahora mismo! —contesté, levantándome de un salto.
»De pronto me encontré solo, alejado de las eufóricas multitudes de ángeles y almas humanas, rodeado de silencio, sin nadie que me apoyara. Me cubrí los ojos con el brazo para impedir que la luz me cegara, tan cerca como estaba de la presencia de Dios.

17
»—¡Mírame! —dijo el Señor.
»Al instante, consciente de que Dios podía interpretar el gesto de cubrirme los ojos como un gesto de desacato, lo cual podría significar mi aniquilación, obedecí.
»El resplandor se había vuelto uniforme, glorioso pero tolerable. En medio de él, descubrí un semblante parecido al mío. No puedo decir que fuera un rostro humano. Vi un semblante, una persona, una expresión... El semblante de Dios me observó directa y fijamente.
»Resultaba tan hermoso que hubiera sido imposible volverme para no mirarlo. Al cabo de unos instantes su resplandor se hizo más intenso, obligándome a parpadear y a reprimir el deseo de protegerme los ojos para no quedar irremediablemente cegado.
»Luego, la luz disminuyó; redujo su intensidad hasta un nivel tolerable y me envolvió suavemente en lugar deslumbrarme. Me quedé inmóvil, temblando, satisfecho de no haber cedido al deseo de cubrirme el rostro.
»—Te felicito, Memnoch —dijo Dios—. Has traído unas almas del reino de las tinieblas que merecen compartir el cielo con nosotros; has incrementado la alegría y el gozo del cielo; en definitiva, has cumplido la misión que te encomendé.
»En señal de gratitud, entoné un himno de alabanza, repitiendo que Dios había creado esas almas y que en su infinita misericordia había permitido que llegaran a Él.
»—Pareces muy satisfecho —observó Dios.
»—Sí, pero sólo si Tú también lo estás —respondí, lo cual no era del todo cierto.
»—Ve a reunirte con los otros ángeles —me ordenó el Señor—. Te perdono por haberte convertido en un mortal de carne y hueso sin mi consentimiento y haber yacido con las hijas de los hombres. Atenderé tus súplicas de misericordia para las almas del sheol. Ahora, retírate y no vuelvas a interferir en el curso de la naturaleza, ni de la humanidad, puesto que insistes en que ésta no forma parte de aquélla, aunque estás equivocado.
»—Señor... —empecé a decir tímidamente.
»—¿Sí?
»—Señor, esas almas que he traído del reino de las tinieblas constituyen menos de una centésima parte de las almas que habitan en esa región; menos de una centésima parte de las que se han desintegrado o desaparecido desde el comienzo del mundo. En el sheol reina la confusión, el caos. Estas almas son las elegidas.
»—¿Acaso crees que no lo sé? ¿Crees que no estoy informado de todo cuanto ocurre en el universo? —preguntó Dios.
»—Deja que regrese al reino de las tinieblas y trate de instruir a aquellas que aún no han alcanzado el nivel del cielo. Deja que las purifique a fin de que sean merecedoras de gozar de tu divina Presencia.
»—¿Por qué?
»—Señor, por cada millón de almas que consigan salvarse, se condenarán varios millones.
»—Ya sabes que lo sé, ¿no es cierto?
»—¡Apiádate de ellas, Señor! Apiádate de los seres humanos de la Tierra que mediante toda clase de ritos tratan de llegar a ti, de conocerte, de aplacar tu ira.
»—¿Por qué?
»No respondí. Estaba desconcertado. Al cabo de unos momentos, pregunté:
»—¿Acaso no te importan esas almas que vagan inmersas en un mar de confusión, que sufren en esas tinieblas?
»—¿Por qué deberían importarme? —inquirió Dios.
»Hice otra pausa, a fin de meditar debidamente la respuesta. Pero antes de que pudiera responder, el Señor me preguntó:
»—¿Eres capaz de contar todas las estrellas que hay en el cielo, Memnoch? ¿Conoces sus nombres, sus órbitas, sus destinos en la naturaleza? ¿Puedes hacer un cálculo aproximado del número de granos de arena que hay en el mar?
»—No, Señor —contesté.
»—En toda la Creación existen innumerables criaturas, de las cuales sólo sobrevive una pequeña parte: peces, tortugas, insectos... Bajo la trayectoria del Sol en un solo día puede nacer un centenar, un millón de miembros de una especie, de los cuales sólo un puñado conseguirá sobrevivir y reproducirse. ¿No lo comprendes?
»—Sí, Señor. Lo comprendí hace tiempo, cuando presencié la evolución de los animales.
»—Así pues, ¿qué me importa que sólo acceda al cielo un puñado de almas? Es posible que dentro de un tiempo te envíe de nuevo al reino de las tinieblas, pero no puedo asegurártelo.
»—Señor, la humanidad siente y padece.
»—¿Acaso quieres volver a discutir sobre la naturaleza? La humanidad fue creada por mí, Memnoch, y su desarrollo sigue mis leyes.
»—Pero, Señor, todo cuanto existe en el mundo acaba muriendo, y esas almas tienen la posibilidad de vivir eternamente. Están fuera del ciclo. Constituyen una voluntad y una sabiduría invisibles. ¿Es que tus leyes no prevén que puedan acceder al cielo? Te lo pregunto, Señor, deseo que me respondas porque, pese al gran amor que te profeso, no alcanzo a comprenderlo.
»—Memnoch, lo invisible y la voluntad se encarnan en mis ángeles y obedecen mis leyes.
»—Sí, señor, pero no mueren. Tú hablas con nosotros, te revelas ante nosotros, nos amas, nos permites ver cosas.
»—¿No crees que la belleza de la Creación revela mi luz a la humanidad? ¿No comprendes que esas almas, que tú mismo has traído aquí, se han desarrollado a partir de una percepción de la gloria de todo cuanto existe en el universo?
»—Podrían acceder muchas más al cielo, Señor, si las ayudáramos. El número de almas que he traído es insignificante. ¿Qué pueden concebir los animales inferiores que no sean capaces de conseguir? Es decir, el león concibe la carne de gacela y la consigue, ¿no es cierto? Pues bien, los animales humanos conciben a Dios Todopoderoso y ansían gozar de su presencia.
»—Eso ya me lo has demostrado —respondió Dios—. Se lo has demostrado a todos los moradores del cielo.
»—¡Pero son muy pocas las almas que han accedido al cielo! Señor, si fueras un hombre de carne y hueso, si hubieras descendido a la Tierra como yo...
»—Cuidado, Memnoch.
»—No, Señor, discúlpame, pero no puedo renunciar a la lógica, y la lógica me dice que si descendieras a la Tierra y te convirtieras en un hombre de carne y hueso entenderías mejor a esas criaturas a las que crees conocer, pero en realidad no conoces.
«Silencio.
»—Señor, tu luz no traspasa la carne humana; la toma por carne animal. Puede que lo sepas todo, Señor, pero no estás al corriente de cada minúsculo detalle del universo. Es imposible, puesto que de otro modo no permitirías que esas pobres almas languidecieran en el reino de las tinieblas. No consentirías que el sufrimiento de los hombres y mujeres de la Tierra careciera de sentido. No lo creo. ¡Me niego a creerlo!
»—No tengo necesidad de repetir las cosas, Memnoch.
»Yo callé.
»—Como verás, me muestro benevolente contigo —dijo Dios.
»—Es cierto, pero te equivocas, Señor. Si permitieras a esas almas acceder al cielo, entonarían sin cesar himnos de alabanza a Ti, ensalzando tu infinita bondad y sabiduría. En el cielo sonarían eternamente cantos e himnos de gloria.
»—No necesito esos himnos, Memnoch —contestó Dios.
»—Entonces ¿por qué los cantamos los ángeles?
»—¡Tú eres el único de mis ángeles que se atreve a acusarme! No confías en mí. Esas almas que rescataste del sheol confían más en mí que tú. ¿No fue ése el criterio que te guió a la hora de elegirlas? ¿El hecho de que confiaban en la sabiduría de Dios?
»No pude reprimirme y contesté:
»—Cuando me convertí en un hombre de carne y hueso comprendí muchas cosas que confirmaron mis sospechas, Señor. ¿Qué quieres que haga, Señor? ¿Mentirte? ¿Decir cosas que no son ciertas para complacerte? Señor, en la humanidad existe algo misterioso que ni Tú mismo alcanzas a comprender. No hay otra explicación, pues de otro modo no existiría la naturaleza ni las leyes.
»—Vete, Memnoch. Aléjate de mi vista. Baja a la Tierra pero no te atrevas a interferir en nada, ¿me has entendido?
»—Haz la prueba, Señor. Conviértete en un hombre de carne y hueso como hice yo. Eres omnipotente, puedes asumir una forma mortal...
»—¡Silencio, Memnoch!
»—Si no te atreves a hacerlo, si te parece indigno del Creador que trate de comprender cada célula de su Creación, entonces silencia los himnos de alabanza que te dedican los ángeles y los hombres. Haz que callen, puesto que aseguras que no los necesitas, y reflexiona sobre lo que tu Creación significa para ti.
»—¡Fuera de aquí! —exclamó el Señor. Al instante aparecieron de nuevos todos los ángeles, todos los espíritus que conformaban el bene ha elohim, junto con el millón de almas que habían conseguido salvarse. Miguel y Rafael se situaron ante mí, observándome horrorizados mientras me obligaban a retroceder y abandonar el cielo.
»—¡Eres implacable con los seres que has creado, Señor! —grité con todas mis fuerzas para hacer oír mi voz sobre el canto de los ángeles, mientras el torbellino me arrastraba hacia abajo—. ¡Esos hombres y mujeres que has creado a tu imagen y semejanza tienen razón al odiarte! ¡Habría sido mejor para ellos no haber nacido!
Memnoch se detuvo.
Luego arrugó levemente el ceño, juntando sus simétricas cejas, y agachó la cabeza como si hubiera oído un ruido sospechoso. Al cabo de unos momentos se volvió lentamente y me miró.
Yo sostuve su mirada.
—Es lo que tú hubieras hecho, ¿no es así? —preguntó.
—No lo sé —respondí—, te aseguro que no lo sé.
El paisaje había cambiado. Mientras Memnoch y yo nos mirábamos de frente, el mundo que nos rodeaba se iba llenando de nuevos sonidos. Deduje que había unos seres humanos cerca de donde nos hallábamos, unos hombres que conducían unos rebaños de cabras y ovejas. A lo lejos divisé las murallas de una población y, en la cima de una colina, un pequeño asentamiento. Nos encontrábamos en un mundo poblado, antiguo, pero no muy distinto al nuestro.
Sabía que esas personas no podían vernos ni oírnos. No hacía falta que Memnoch me lo dijera.
Memnoch siguió mirándome de hito en hito, con aire interrogante. El sol brillaban con fuerza. Me di cuenta de que tenía las manos húmedas, sudorosas. Me enjugué el sudor de la frente y miré las gotas de sangre que había en la palma de mi mano. Memnoch tenía la frente ligeramente perlada de sudor, pero nada más. Siguió contemplándome fijamente.
—¿Qué pasó? —pregunté—. ¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué no continúas?
—Sabes perfectamente lo que pasó —contestó Memnoch—. Mira tu ropa. Llevas una túnica, una prenda más adecuada para el desierto. Ven, quiero que contemples lo que hay al otro lado de esas colinas... conmigo.
Memnoch se levantó y yo le seguí. Nos encontrábamos en Tierra Santa, sin duda. Pasamos junto a numerosos grupos de gente, pescadores, cerca de una pequeña población costera, y de pastores de cabras y ovejas, que conducían sus pequeños rebaños hacia unos asentamientos o recintos amurallados.
Todo me resultaba familiar. Turbadoramente familiar, como si hubiera vivido en ese lugar y lo tuviera grabado a fuego en la mente. Me refiero absolutamente a todo, incluido aquel hombre desnudo con las piernas torcidas, ciego, apoyado en una vara, que gritaba como un energúmeno.
Debajo de las múltiples capas de arenilla que lo cubrían todo, descubrí a mi alrededor formas, estilos y tipos de conducta que yo conocía íntimamente a través de las Sagradas Escrituras, los grabados, las ilustraciones de los libros y las películas. Era un terreno —en toda su escueta y magnífica gloria— sagrado y familiar.
Vimos a unas personas ante las cuevas donde vivían, allí en las laderas. Vimos también unos pequeños grupos de gentes que, sentadas bajo la sombra de un árbol, dormitaban o charlaban. En las ciudades fortificadas se oía un lejano murmullo. El aire estaba lleno de arena, que se me metía en la nariz y se pegaba a mis labios y a mi cabello.
Memnoch no tenía alas. Llevaba una túnica sucia, como la mía. Creo que ambas eran de lino; en cualquier caso, eran livianas y frescas. Se trataba de unas túnicas largas, sin adornos. Nuestra piel, nuestras formas, permanecían intactas.
El cielo era de un azul intenso y el Sol brillaba sobre mi cabeza como sobre la de cualquier ser de la Tierra. El sudor me refrescaba, pero en algunos momentos me resultaba insoportable. Pensé que en otras circunstancias me habría quedado maravillado ante el Sol, aquel Sol que les era negado a los hijos de la noche; sin embargo ahora apenas había reparado en él, porque después de haber visto la luz de Dios, el Sol había dejado de representar para mí la luz divina.
Memnoch y yo trepamos por agrestes colinas y escarpados senderos. Al cabo de un rato vimos ante nosotros, a nuestros pies, una inmensa zona cubierta de arena seca y ardiente que se removía levemente bajo la brisa.
Memnoch se detuvo en la orilla de ese desierto, por llamarlo así, el punto donde abandonaríamos terreno firme, pese a las piedras y a su accidentado trazado, para adentrarnos en el árido y mullido mar de arena.
Al cabo de unos minutos alcancé a Memnoch, pues me había quedado un poco rezagado. Memnoch me echó el brazo izquierdo sobre los hombros. Su gesto me tranquilizó, pues estaba un poco asustado, como si presintiera algo.
—Cuando Dios me expulsó del cielo —dijo Memnoch— vagué sin rumbo por la Tierra.
Tenía la vista fija en los áridos, ardientes y rocosos peñascos que se erguían a lo lejos, hostiles como el propio desierto.
—Anduve errante, como tú has hecho con frecuencia, Lestat. Sin alas y con el corazón hecho pedazos, recorrí las ciudades y naciones de la Tierra, los continentes y desiertos. Algún día te lo explicaré detalladamente, si lo deseas. Ahora no es necesario.
»Sólo te diré que no me atreví a hacerme visible ni darme a conocer a los hombres, sino que me oculté de ellos, sin atreverme a adoptar una forma humana por temor a enojar de nuevo a Dios; sin atreverme a unirme a la lucha de la humanidad bajo ninguna guisa, por temor a Dios y al perjuicio que podía causar a los seres humanos. Esos mismos temores me impidieron regresar al reino de las tinieblas. No quería aumentar los sufrimientos de aquellas desgraciadas almas. Sólo Dios podía liberarlas. ¿Qué esperanzas podía ofrecerles yo?
»Pero veía el reino de las tinieblas, su inmensidad, y sentía el dolor que experimentaban las almas que lo poblaban. Me desconcertaban los complejos y mutables esquemas de confusión que habían ido creando los mortales a medida que adoptaban una fe, secta o credo tras otro en su afán de alcanzar aquella tétrica región.
»De pronto se me ocurrió una brillante idea: si penetraba en el reino de las tinieblas podía instruir a las almas a fin de que ellas mismas pudieran transformarlo, crear en él unas formas que fuesen producto de la esperanza en lugar de la desesperanza, y hasta un jardín. A fin de cuentas, las almas elegidas, los millones de almas que yo había llevado al cielo, habían logrado transformar la parte en la que habitaban. Pero ¿y si no conseguía mi propósito, sino tan sólo que aumentara el caos? No me atreví a intentarlo, por temor a Dios y a mi incapacidad de alcanzar ese sueño.
»Durante mis andanzas por el mundo formulé numerosas teorías, pero no cambié de opinión sobre lo que creía firmemente y había referido ante Dios. Le rezaba con frecuencia, pero Él no respondía. Le decía que seguía pensando que había abandonado a su suerte su mejor creación. A veces, cansado, cantaba sus alabanzas; otras, guardaba silencio. Miraba, escuchaba... observaba...
»Memnoch, el observador, el ángel caído.
»¡Qué poco imaginaba que mi discusión con Dios no había hecho más que empezar! Al cabo de un tiempo regresé a los valles que había visitado con anterioridad, donde los hombres habían construido las primeras ciudades.
»Esa tierra representaba para mí la tierra de los comienzos, pues aunque habían aparecido grandes pueblos en muchas naciones, fue ahí donde yo había yacido con las hijas de los hombres; también fue ahí donde había aprendido como mortal muchas cosas que Dios ignoraba.
»Al regresar a este lugar, entré en Jerusalén, que se halla tan sólo a unos diez kilómetros al oeste de donde nos encontramos.
«Enseguida comprendí que los romanos gobernaban esta tierra, que los hebreos habían sufrido un largo y terrible cautiverio y que las tribus que se remontaban a los primeros asentamientos, y que creían en un solo Dios, se hallaban dominadas por los politeístas, quienes no tomaban en serio sus leyendas.
»Las tribus de los monoteístas no estaban de acuerdo en numerosas cuestiones. Algunos hebreos eran estrictos fariseos, otros saduceos y otros trataban de crear unas comunidades puras en las cuevas de aquellas colinas que se alzan frente a nosotros.
»Una de las características de aquellos tiempos que más me impresionó fue el poder del Imperio Romano, el cual se extendía más allá de cualquier imperio en Occidente que yo conocía. Curiosamente, desconocía la existencia del gran Imperio de China, como si no perteneciera a este mundo.
»Algo me atrajo a este lugar. Intuía una presencia que era como una llamada, como si alguien me rogara que acudiera pero no quisiese utilizar su potente voz. Sentí la necesidad de venir aquí, como si buscara algo. Quizás esa presencia me siguió y me sedujo, como yo hice contigo. No lo sé.
»Recorrí Jerusalén en su totalidad, escuchando lo que decían los hombres en su lengua.
»Hablaban sobre profetas y hombres santos que vivían en los bosques, sobre disputas referentes a las leyes y la purificación y la voluntad de Dios. Hablaban sobre las tradiciones y los libros sagrados. Hablaban sobre hombres que eran "bautizados" en el agua a fin de "salvarse" ante los ojos de Dios.
»También hablaban de un hombre que después de su bautismo se había marchado al desierto, porque en el momento de meterse en el río Jordán para ser bautizado en sus aguas se habían abierto los cielos y todos habían contemplado la luz de Dios.
»Había oído ese tipo de historias en todo el mundo. No era una novedad, pero me sentí atraído por ellas. Éste era mi país. Salí de Jerusalén y partí hacia el este, como si una mano me guiara, hacia el desierto. Mi perspicacia de ángel me decía que me hallaba cerca de la presencia de algo misterioso, algo que participaba de lo sagrado y que yo, en tanto ángel, reconocería al instante. Mi razón rechazaba esa idea, pero seguí caminando bajo el ardiente sol, sin alas e invisible, en dirección al desierto.
Memnoch me pidió que le siguiera y nos adentramos en el desierto, cuya arena no era tan profunda como yo había imaginado, aunque sí era caliente y estaba llena de piedrecitas. Pasamos a través de unos desfiladeros y subimos por unas colinas; al fin llegamos a un pequeño claro, donde había unas piedras dispuestas en un círculo, como preparadas para acoger a las personas que acudían de vez en cuando a ese lugar; era tan normal como el otro lugar donde habíamos permanecido largo rato charlando. Un hito en el desierto, por decirlo así, quizás un monumento a algo.
Yo deseaba con impaciencia que Memnoch reanudara su relato. Cuando nos encontrábamos a un metro de distancia del conjunto de piedras, Memnoch se detuvo y dijo:
—Al aproximarme a esas piedras me puse a espiar con mis ojos angélicos, tan poderosos como los tuyos, y divisé a lo lejos un ser humano. Pero mis ojos me dijeron que no se trataba de un humano, sino de un hombre que poseía el fuego de Dios.
»Me parecía increíble, pero seguí avanzando, incapaz de detenerme, hasta llegar a este lugar, desde donde observé la figura que se hallaba sentada en una de esas piedras, mirándome.
»¡Era Dios! Estaba seguro de ello. Tenía un cuerpo mortal, tostado por la acción del sol, el cabello oscuro y los ojos negros de las gentes del desierto, pero era Dios. ¡Mi Dios!
»La figura permaneció sentada en la piedra, mirándome con ojos humanos, que al mismo tiempo eran los ojos de Dios. La luz divina lo llenaba por completo, estaba contenida en su cuerpo, oculta a los ojos del mundo como si el cuerpo constituyera la membrana más fuerte que existiese entre el cielo y la Tierra.
»Pero más terrible aún que esa aparición era el hecho de que Él me mirase como si me conociera y me estuviera aguardando, y que yo, en aquellos momentos, sólo sintiera hacia Él un profundo amor.
«Entonamos sin cesar las canciones del amor. Tal vez en esos cánticos se hallaran resumidas todas las canciones dedicadas a la Creación.
»Lo miré aterrado, impresionado ante la visión de su cuerpo mortal, su carne quemada por el sol, su sed, el vacío que sentía en el estómago, el sufrimiento que reflejaban sus ojos bajo aquel sofocante calor, la presencia de Dios Todopoderoso en Él y el inmenso amor que me inspiraba.
»—Aquí me tienes, Memnoch —dijo en la lengua de los mortales y con voz humana—. He venido.
»Yo me postré ante Él, en un gesto instintivo. Tendido en el suelo, alargué la mano para tocar el extremo de la correa de su sandalia. Suspiré y mi cuerpo tembló de alegría por haber hallado a Dios, por haberme librado de la soledad. Luego me puse a llorar, conmovido al sentirme junto a Él, verlo, tocarlo, maravillado ante ese prodigio.
»—Levántate y siéntate a mi lado —dijo Dios—. Soy un hombre y soy Dios, pero tengo miedo.
»Su voz me produjo una emoción indescriptible. Era humana pero estaba llena de sabiduría divina. Se expresaba en la lengua y con el acento de Jerusalén.
»—¿Qué puedo hacer para aliviar tu sufrimiento, Señor? —pregunté, pues era evidente que sufría. Luego obedecí y me levanté—. ¿Qué has hecho y por qué?
»—He hecho exactamente lo que sugeriste que hiciera, Memnoch —respondió Dios, esbozando una maravillosa sonrisa—. Me he convertido en un hombre. Pero te he superado. He nacido de una mujer mortal, tras depositar yo mismo mi semilla en su vientre. He vivido en esta Tierra a lo largo de treinta años, como niño y como hombre, alimentando la duda durante largos períodos, no, incluso olvidando y dejando de creer en ello... de que yo fuese Dios.
»—Sé que eres tú, mi Dios y mi Señor —dije. Estaba impresionado por su rostro, el cual reconocí bajo la máscara de piel que cubría los huesos de su cráneo. Durante unos mágicos instantes recuperé la sensación que había experimentado al contemplar su semblante bajo la luz divina, y ahora veía la misma expresión en su rostro humano. Caí de rodillas y exclamé—: ¡Eres mi Dios!
»—Ahora lo sé, Memnoch, pero decidí sumergirme por completo en un cuerpo humano para olvidarlo, para saber lo que siente, tal como tú dijiste, un ser mortal; quise experimentar en mi propia carne los sufrimientos que padecen los humanos, sus temores y sus deseos, lo que son capaces de aprender aquí en la Tierra o en el cielo. Hice lo que me pediste que hiciera, y lo hice mejor que tú, Memnoch, tal como debe hacerlo Dios, con todas sus consecuencias.
»—Señor, no soporto verte sufrir —dije, incapaz de apartar la mirada de Él y soñando con poder llevarle agua y comida—. Deja que te enjugue el sudor. Deja que vaya a buscar agua. Deja que te conduzca hasta una fuente. Deja que te consuele, te lave y te vista con unas prendas dignas del Dios hecho Hombre.
»—No —contestó Dios—. Cuando creí haberme vuelto loco, cuando apenas recordaba que era Dios, cuando comprendí que había renunciado a mi omnisciencia para padecer y conocer las limitaciones de los mortales, podrías haberme convencido de seguir ese camino. Quizás habría aceptado tu oferta. Sí, conviérteme en un rey, me revelaré ante ellos de esa forma. Pero ahora, no. Sé quién soy, y lo que soy. Sé lo que acontecerá. Tienes razón, Memnoch, en el reino de las tinieblas hay unas almas preparadas para ir al cielo, y yo mismo las llevaré. He aprendido lo que tú me sugeriste que aprendiera.
»—Señor, tienes hambre. Estás sediento. Utiliza tu poder para convertir estas piedras en pan y aplacar así tu hambre, o deja que vaya en busca de comida.
»—Por una vez escúchame, Memnoch —dijo Dios con una sonrisa—. Deja de hablar de agua y comida. Yo soy quien ha asumido un cuerpo mortal. ¡Eres incorregible! No haces más que discutir. Calla y escucha. Soy de carne y hueso. Ten piedad de mí y déjame hablar.
»El Señor me miró con afecto y se echó a reír.
»—Asume tú también un cuerpo mortal y siéntate junto a mí, como si fueras mi hermano en lugar de mi adversario —dijo—. Siéntate a mi lado, junto al Hijo de Dios, y hablemos.
»Yo le obedecí de inmediato, y me creé un cuerpo similar al que ves ahora como si fuera la cosa más natural del mundo. Me vestí con una túnica parecida a la suya y me senté en una piedra, junto al Señor. Al darme cuenta de que era más grande que Él, me apresuré a reducir mi talla para que ambos tuviéramos unas proporciones parecidas. Pese a haber asumido un cuerpo humano, seguía conservando mi forma angélica y no tenía hambre ni sed, ni estaba cansado.
»—¿Cuánto tiempo llevas en el desierto? —le pregunté—. En Jerusalén dicen que hace casi cuarenta días que estás aquí.
»Dios asintió con un movimiento de cabeza, y respondió:
»—Sí, aproximadamente cuarenta días. Debo iniciar mi ministerio, el cual durará tres años. Tengo que impartir importantes lecciones a los hombres a fin de que puedan acceder al cielo. Es preciso enseñarles a apreciar la Creación y su desarrollo, su belleza y las leyes que permiten al hombre aceptar el sufrimiento, la injusticia y el dolor. A aquellos que sean capaces de conocer a Dios y reconocer su Obra, les prometeré la gloria eterna, que es, precisamente, lo que me pediste que hiciera.
»No me atreví a responder.
»—He aprendido a amarlos como tú deseabas, Memnoch. He aprendido a amar como aman los hombres y las mujeres; he yacido con mujeres y he conocido el éxtasis, la chispa de júbilo a la que te referiste con tanta elocuencia cuando yo no podía siquiera concebir tal cosa.
Y prosiguió:
»—Les hablaré sobre todo del amor. Diré cosas que los hombres y las mujeres acaso no comprendan e incluso tergiversen mis palabras. Pero mi mensaje será un mensaje de amor. Tú me has convencido por completo de que eso es lo que sitúa a los humanos por encima de los animales, aunque el hombre es un animal.
»—¿Pretendes enseñarles la forma en que deben amar? ¿A poner fin a las guerras y unirse para adorarte...?
»—No, sería una intromisión absurda por mi parte, y sólo conseguiría estropear el plan que he puesto en marcha. Entorpecería la dinámica del universo. Para mí los seres humanos forman parte de la naturaleza, como ya te he dicho, Memnoch, aunque son superiores a los animales. Es una cuestión de jerarquías. Los humanos se rebelan porque sufren y son conscientes de su sufrimiento, pero en cierto sentido se comportan como los animales inferiores, en tanto que el sufrimiento es el motor que los hace evolucionar. Son lo suficientemente inteligentes para comprender el valor del sufrimiento, mientras que los animales sólo aprenden a evitarlo de un modo instintivo. Los humanos pueden mejorar a través de una vida de sufrimientos, pero siguen formando parte de la naturaleza. El mundo sigue su curso en su forma habitual, lleno de sorpresas. Algunas de esas sorpresas serán terribles, otras maravillosas. Pero lo cierto es que el mundo seguirá desarrollándose y la Creación seguirá evolucionando.
»—Tienes razón, Señor —dije—, pero el sufrimiento es injusto.
»—¿Recuerdas lo que te dije, Memnoch, cuando acudiste a mí por primera vez con el reproche de que era injusto que el cuerpo mortal pereciera y se descompusiera? ¿Es que no comprendes el valor del sacrificio humano?
»—No —respondí—. Sólo veo en él la destrucción de la esperanza, el amor, la familia; la destrucción de la paz de espíritu; veo el indescriptible dolor que sufre la humanidad, veo al hombre doblegarse ante él y caer en la amargura y el odio.
»—No has profundizado en la cuestión. No eres sino un ángel, Memnoch. Te niegas a comprender a la naturaleza. Aportaré mi luz a la naturaleza, a través de esta forma de carne y hueso, durante tres años. Enseñaré a los hombres las cosas más sabias que sepa y pueda expresar con mi mente y mi cuerpo mortal; luego, moriré.
»—¿Morirás? ¿Por qué? ¿Quieres decir que tu alma...? —Me detuve, vacilante.
»Dios sonrió con benevolencia.
»—Porque tienes un alma, ¿no es cierto? —proseguí—. Eres mi Dios, encarnado en el Hijo del Hombre, cuya luz inunda cada partícula de tu ser, pero... ¡No tienes un alma! ¡No tienes un alma humana!
»—Esos detalles carecen de importancia, Memnoch. Soy Dios Encarnado. ¿Cómo quieres que tenga un alma humana? Lo importante es que permaneceré en este cuerpo mientras me torturan y me matan; y mi muerte demostrará mi amor hacia los seres que he creado y he permitido que sufran. Compartiré su sufrimiento y conoceré su dolor.
»—Perdóname, Señor, pero hay algo que no comprendo, algo que no encaja.
»Dios sonrió de nuevo, como si le divirtiera mi perplejidad.
»—¿Qué es lo que no comprendes, Memnoch? ¿Que asuma la forma del Dios Agonizante del Madero?, ¿ese que hombres y mujeres han imaginado, soñado y cantado desde tiempos inmemoriales, un dios agonizante que simboliza el ciclo de la naturaleza en la que todo cuanto nace debe morir? Moriré y resucitaré, como el dios de los mitos del eterno regreso de la primavera tras el invierno que alimentan todas las naciones del mundo. Seré el dios destruido y el dios resucitado, pero sucederá de forma real aquí, en Jerusalén, no en una ceremonia ni con sustitutos humanos. El Hijo de Dios cumplirá esos mitos. Santificaré esas leyendas con mi muerte.
»Y prosiguió:
»—Abandonaré el sepulcro. Mi resurrección confirmará el eterno regreso de la primavera después del invierno. Confirmará que en la naturaleza todas las cosas que han evolucionado ocupan el lugar que les corresponde. Lo terrible es que me recordarán por mi muerte, Memnoch, no por mi resurrección, pues muchos no creerán en ella. Sin embargo, mi muerte vendrá a ser una confirmación de la mitología, superior a todos los mitos que la han precedido. Mi muerte será el sacrificio de Dios para conocer su Creación, tal como me pediste.
»—Pero, Señor, hay un error...
»—Olvidas quién eres y con quién estás hablando —respondió Dios afablemente.
»Lo miré, obsesionado por la mezcla de lo humano y lo divino que veía en su rostro, maravillado de su belleza y su divinidad. No obstante, estaba seguro de que había un error en el plan que había descrito.
»—Memnoch, te he contado algo que nadie sabe, excepto yo —dijo el Señor—. No me hables como si estuviera equivocado. No desperdicies estos momentos con el Hijo de Dios. ¿Es que no puedes aprender de mí en tanto Hombre como aprendiste de los seres humanos? ¿Crees que no tengo nada que enseñarte, mi amado arcángel? ¿Por qué te empeñas en discutir conmigo? ¿Qué es lo que te preocupa?
»—No lo sé, Señor, sinceramente no conozco la respuesta. Sólo sé que hay algo que no entiendo. En primer lugar, ¿quiénes van a torturarte y matarte?
»—Las gentes de Jerusalén —contestó el Señor—. Conseguiré ofender a todo el mundo, a los hebreos conservadores, a los crueles romanos, todos se sentirán ofendidos por mi mensaje de amor y lo que éste exige a los seres humanos. Mostraré mi desprecio hacia los usos y costumbres de otros, sus ritos y sus leyes. Al fin, caeré en los engranajes de su justicia. Me condenarán por traidor cuando hable de mi condición divina, cuando afirme ser el Hijo de Dios, Dios Encarnado... Mi mensaje les sublevará y me torturarán de forma tan despiadada que el mundo jamás olvidará mi tormento, mi muerte por crucifixión.
»—¿Por crucifixión? ¿Has visto a hombres morir de esa forma, Señor? ¿Sabes el sufrimiento que entraña? Los clavan al madero y mueren asfixiados, incapaces de sostener su peso sobre los pies clavados en la cruz, ahogándose en su propia sangre y en medio de indecibles dolores.
»—Naturalmente que he visto a hombres morir así. Es un método de ejecución muy común. Es repugnante y muy humano.
»—¡No! —exclamé—. ¡No lo creo! Sería absurdo que coronaras tus enseñanzas con esa ejecución tan espectacular como inútil, con tu propia y salvaje muerte.
»—Mi muerte no será inútil —respondió el Señor—. Seré un mártir de mis propias enseñanzas, Memnoch. Desde que existe el mundo los humanos han sacrificado el cordero inocente a su Dios. Le ofrecen lo que es valioso para ellos para demostrarle su amor. ¿Hay alguien que sepa mejor que tú quién les espió en sus altares y escuchó sus plegarias, e insistió en que yo también debía escucharlas? En esos ritos se conjugan el sacrificio y el amor.
»—Señor, esos sacrificios los hacen por temor. No tiene nada que ver con el amor a Dios. ¿Y los niños que son sacrificados a Baal o cientos de ritos, a cual más bárbaro, que se llevan a cabo en el mundo? ¡Los hacen movidos por el temor! ¿Qué tiene aquí que ver el amor con el sacrificio?
»De pronto me tapé la boca con las manos. No podía seguir razonando. Estaba horrorizado. No podía reprimir el horror que me inspiraba aquel disparatado plan. Luego, como si pensara en voz alta, dije:
»—Es injusto, Señor. Es injusto que Dios se vea degradado como el ser humano más vil, es inconcebible; pero permitir que los hombres hagan eso a Dios... ¿Acaso sabrán lo que hacen? ¿Sabrán que eres Dios? Me refiero a que no podrán... No podrán hacerlo a menos que estén confundidos, que no sepan a quién ejecutan. ¡Eso significa el caos, Señor! ¡Las tinieblas!
»—Naturalmente —respondió el Señor—. ¿Quién en su sano juicio iba a crucificar al Hijo de Dios?
»—¿Entonces qué significa? —pregunté.
»—Significa que me habré sometido a la justicia humana por amor a los seres que he creado. Soy un hombre de carne y hueso. Hace treinta años que me he encarnado en un hombre. ¿Quieres explicarte, Memnoch?
»—Es injusto que mueras de esa forma, Señor. Es una muerte horrenda, un ejemplo terrible que ofrecer a la raza humana. Tú mismo has dicho que te recordarán más por tu muerte que por tu resurrección o por la luz de Dios que brotará de tu cuerpo mortal para aliviar el sufrimiento humano.
»—La luz no brotará de este cuerpo —respondió Dios—. Este cuerpo perecerá. Experimentaré la muerte. Penetraré en el reino de las tinieblas y permaneceré allí tres días, entre las almas de los difuntos. Luego me encarnaré de nuevo en este cuerpo y resucitaré de entre los muertos. Sí, será por mi muerte que me recordarán. ¿Cómo podría resucitar si no muero antes?
»—No quiero que mueras ni resucites —dije—. Te lo imploro. No hagas ese sacrificio. No te sometas a ese sangriento y bárbaro ritual. ¿Has percibido alguna vez el hedor que emana de los altares donde se practican sacrificios? Sí, sé que te he pedido que atendieras las plegarias de los humanos, pero no que descendieras de tu trono celestial para oler el hedor de la sangre y del animal muerto, ni contemplar el mudo terror que expresan sus ojos cuando lo degüellan. ¿Has visto alguna vez a criaturas humanas sacrificadas como tributo al feroz dios Baal?
»—Memnoch, éste es el camino que el hombre ha ideado para llegar hasta Dios. En todo el mundo los mitos cantan la misma canción.
»—Sí, pero porque tú nunca quisiste impedirlo, dejaste que pasara, dejaste que los hombres evolucionaran y contemplaran con horror a sus antepasados animales, contemplaran su propia mortalidad y trataran de recuperar a un dios que los ha abandonado. Señor, buscan el significado de las cosas, pero no lo han hallado.
»Dios me miró en silencio, como si me hubiera vuelto loco.
»—Me has decepcionado, Memnoch —dijo con suavidad—. Fuiste tú quien me convenciste, quien logró conmover mi corazón humano. —Luego me acarició el rostro con sus ásperas manos, las de un hombre que había trabajado de forma tan dura, como yo jamás lo había hecho durante mi breve visita a la Tierra.
»Cerré los ojos y guardé silencio. Pero de pronto tuve una revelación, comprendí dónde estaba el error, pero no sabía explicarlo. No conseguí articular palabra.
»Abrí los ojos de nuevo y dejé que Él me acariciara; sentí los callos de sus dedos, contemplé su enjuto rostro. Había ayunado durante cuarenta días. ¡Cómo debió de sufrir en este desierto! ¡Cuan duramente había trabajado durante esos treinta años!
»—¡No, es un error!
»—¿Qué ocurre, mi arcángel? —preguntó el Señor con infinita paciencia y una consternación humana.
»—Señor, los hombres eligieron esos ritos que implican sufrimiento porque no pueden evitar el padecer en el mundo natural. Es en el mundo natural donde reside el error. ¿Por qué debe alguien padecer como lo hacen los humanos? Sus almas llegan al sheol deformadas por el dolor, negras como las cenizas debido al calor de la pérdida, la desgracia y la violencia que han presenciado. El sufrimiento es el mal que aqueja al mundo. El sufrimiento significa muerte y putrefacción. Es terrible. Señor, no puedes creer que el sufrimiento beneficie a nadie. Este sufrimiento, esta indescriptible capacidad de sangrar y conocer el dolor y la aniquilación es lo que debe erradicarse del mundo para que los hombres lleguen a Dios.
»Dios no respondió.
»—Mi amado ángel —dijo, retirando las manos de mi rostro—, siento por ti un afecto aún mayor ahora que poseo un corazón humano. ¡Qué simples son tus razonamientos! ¡Qué poco sabes sobre la vasta Creación material!
»—¡Pero fui yo que te pedí que descendieras a la Tierra! ¡Cómo puedes decir que no sé nada sobre ella! Me nombraste tu observador, vi lo que otros ángeles no se atrevían a mirar por temor a romper a llorar y a despertar tu cólera.
»—No conoces la carne, Memnoch. El concepto es demasiado complejo para ti. ¿Cómo crees que las almas del reino de las tinieblas alcanzaron su perfección? ¿Acaso no fue el sufrimiento? Sí, llegan deformadas y quemadas cuando no han conseguido ver más allá del sufrimiento de la Tierra. Algunas caen en la desesperación y desaparecen. Pero en el reino de las tinieblas, a través de siglos de sufrimiento y ansia de ver a Dios, otras almas han sido purificadas. Memnoch, la vida y la muerte forman parte del ciclo, y el sufrimiento constituye un elemento de ese ciclo. La capacidad humana para conocer el sufrimiento no exime a nadie. Las almas iluminadas que sacaste del reino de las tinieblas lo conocían, habían aprendido a aceptar su belleza; el sufrimiento es lo que las había hecho dignas de acceder al cielo.
»—¡No, no es cierto, Señor! —protesté—. Estás equivocado por completo. Ahora lo comprendo todo.
»—¿De veras? ¿Qué tratas de decirme? ¿Que Dios, tras habitar durante treinta años este cuerpo, no ha sido capaz de descubrir la verdad?
»—¡A eso me refiero! Tú siempre has sabido que eras Dios. Dijiste que en ocasiones creías haberte vuelto loco o que casi habías olvidado que eras Dios, pero eso ocurría sólo durante unos breves instantes. Sin embargo, mientras planificas tu muerte, sabes quién eres y no lo olvidarás, ¿no es cierto?
»—No, no lo olvidaré. Debo de ser el Hijo de Dios Encarnado para cumplir mi ministerio, para obrar milagros.
»—Eso significa, Señor, que no sabes lo que representa ser un hombre mortal.
»—¿Cómo te atreves a suponer semejante cosa, Memnoch?
»—Cuando permitiste que asumiera un cuerpo mortal, cuando me arrojaste a la Tierra para que las hijas de los hombres me curaran y atendieran, durante los primeros siglos de existencia del mundo, no prometiste volver a admitirme en el cielo. No has jugado limpio en este experimento, Señor. En cambio tú siempre has sabido que regresarías, que volverías a ser Dios.
»—¿Quién puede comprender mejor que yo lo que significa habitar un cuerpo mortal? —inquirió el Señor.
»—Alguien que no sepa que es el Creador inmortal del universo —respondí—. Cualquier hombre mortal que en estos momentos esté clavado en una cruz del Gólgota, en las afueras de Jerusalén, lo sabe mejor que tú.
»Dios me miró fijamente, pero no rebatió mi argumento. Su silencio me inquietó. De nuevo, el poder de su expresión, la luz divina que irradiaba Dios Encarnado me deslumbró, invitando al ángel que había en mí a guardar un respetuoso silencio y postrarse de rodillas ante Él. Pero no lo hice.
»—Señor, cuando descendí al reino de las tinieblas —dije— no sabía si regresaría al cielo. ¿No lo comprendes? No pretendo saber lo que tú sabes, conocer los misterios del universo como tú los conoces. Si fuera así, no estaríamos hablando aquí en estos momentos. Pero tú no prometiste volver a admitirme en el cielo. Por eso llegué a conocer el sufrimiento y las tinieblas, porque corría el riesgo de no regresar de ellas jamás. ¿No lo comprendes?
»Dios reflexionó durante unos momentos y luego sacudió la cabeza con tristeza y respondió:
»—Eres tú quien no comprendes, Memnoch. Los hombres se sienten más cerca de Dios cuando sufren por el amor de otro ser humano, cuando mueren para que otro pueda seguir viviendo, cuando se precipitan a una muerte segura para proteger a los que permanecen en la Tierra o las verdades que han aprendido a través de la Creación.
»—¡Pero el mundo no necesita eso, Señor! No, no y no. No necesita el sufrimiento, la guerra, el derramamiento de sangre. No fue eso el motor que impulsó a los humanos a amar; son los animales quienes se despedazan y destruyen por instinto. Los humanos aprendieron a amar a través del calor y el afecto de sus semejantes, el amor de un niño, el amor de su compañero o compañera, la capacidad de comprender el sufrimiento de otro ser y el deseo de protegerlo, de superar su naturaleza salvaje y formar una familia, un clan, una tribu que les proporcione paz y seguridad.
»Tras mis palabras se produjo un largo silencio. Luego, el Señor se echó a reír suavemente y dijo:
»—Memnoch, mi arcángel, lo que has aprendido de la vida te ha sido enseñado en el lecho.
»—Es cierto, Señor. Pero el sufrimiento y la injusticia pueden afectar el equilibrio psicológico de los humanos y hacer que olviden las magníficas lecciones que han aprendido en el lecho.
»—Sin embargo, cuando alcanzas el amor a través del sufrimiento, Memnoch, éste posee una fuerza que jamás se puede lograr a través de la inocencia.
»—¿Por qué dices eso? ¡No lo creo! No lo comprendes, Señor. Escúchame. Existe una posibilidad de poder demostrarte lo que pienso. Una posibilidad.
»—Si crees que voy a permitirte que interfieras en mi ministerio y mi sacrificio, si crees que vas a poder invertir el curso de los acontecimientos, de las poderosas fuerzas que he puesto en marcha, no eres un ángel, sino un demonio —dijo el Señor.
»—No es eso lo que pretendo —respondí—. Adelante, difunde tus enseñanzas entre los hombres, provócalos, deja que te arresten, que te condenen y te ejecuten en la cruz. Hazlo, pero hazlo como un hombre mortal.
»—Es lo que me propongo.
»—No es cierto; sabes que eres Dios. ¡Olvídate de que lo eres! Sepulta tu condición divina en tu carne, tal como has hecho durante mucho tiempo. Sepúltala, Señor, piensa sólo en tu fe y en tu esperanza en el cielo, como si ello te hubiera sido dado a través de una revelación inmensa e innegable. Pero sepulta en este desierto la certeza de que eres Dios. De este modo experimentarás el dolor como un hombre. Conocerás el auténtico significado del sufrimiento, despojado de cualquier atisbo de gloria. Contemplarás lo que los hombres ven cuando les arrancan la carne y los mutilan y su cuerpo sangra. ¡Verás la podredumbre del cuerpo mortal!
»—Memnoch, todos los días mueren en el Gólgota muchos hombres. Lo importante es que el Hijo de Dios morirá por su propia voluntad en el Gólgota encarnado en un hombre.
»—¡No! —contesté—. Eso es una catástrofe.
»El Señor me miró con una expresión tan triste que creí que iba a echarse a llorar. Tenía los labios resecos y agrietados debido al sol del desierto. Sus manos eran tan delgadas que podían verse las venas a través de la piel. No era un hombre corpulento, sino de una complexión corriente, y ofrecía un aspecto cansado debido a los muchos años de duro trabajo.
»—Estás medio muerto de hambre, sed, sufrimiento, cansancio, perdido en las tinieblas de la vida; experimentas los auténticos y espontáneos males de la naturaleza mientras sueñas con alcanzar la gloria cuando abandones este cuerpo. ¿Qué clase de lección pretendes dar a la humanidad con tu sacrificio? ¿A cuántos dejarás que corroa la culpa de tu asesinato? ¿Qué será de los mortales que te negaron? Escúchame, Señor, te lo ruego. Si no quieres renunciar a tu condición divina, no sigas adelante con este disparatado plan.
»No mueras. No permitas que te asesinen. No cuelgues de un árbol como el dios de los bosques en las leyendas griegas. Ven conmigo a Jerusalén para gozar de las mujeres, el vino, las canciones, el baile, del espectáculo de un niño recién nacido y de todos los gozos que el corazón humano puede experimentar. Señor, en ocasiones incluso los hombres más duros sostienen a un niño en sus brazos, a sus hijos, y la felicidad y satisfacción que sienten en esos momentos es tan sublime que no existe ningún horror en la Tierra que pueda destruir la paz que entonces experimentan. Tal es la capacidad humana de amor y comprensión cuando uno alcanza la armonía pese al dolor y al sufrimiento. Muchos hombres y mujeres lo consiguen, te lo aseguro. Ven a bailar y cantar con tu pueblo. Celebra con ellos el hecho de estar vivo. Abraza a las mujeres y a los hombres para sentir su calor, para conocer sus virtudes y defectos.
»—Siento lástima de ti, Memnoch —respondió el Señor—. Te compadezco como compadezco a quienes van a matarme, a quienes no entienden mis leyes. Pero sueño con aquellos que se sentirán conmovidos hasta lo más profundo de su corazón por mi tormento, con los hombres y las mujeres que jamás lo olvidarán, que comprenderán que fue por amor hacia los mortales que dejé que me crucificaran antes de abrir las puertas del sheol. Sí, te compadezco, pues tus remordimientos se convertirán en una carga insoportable.
»—¿Mis remordimientos? ¿A qué te refieres?
»—Tú eres la causa de esto, Memnoch. Fuiste tú quien me dijiste que debía bajar a la Tierra y encarnarme en un hombre. Tú me incitaste a hacerlo, y ahora no comprendes el milagro de mi sacrificio. Cuando lo comprendas, cuando veas a las almas en su ascenso al cielo, perfeccionadas por el dolor, ¿qué pensarás de los mezquinos hallazgos que hiciste en brazos de las hijas de los hombres? ¿Es que no lo comprendes, Memnoch? Yo redimiré a los hombres a través del sufrimiento. Haré que alcancen su mayor potencial dentro del ciclo. Dejaré que entonen su más excelsa canción.
»—¡No, no, no! —protesté al tiempo que me levantaba—. Haz lo que te pido, Señor. Si estás decidido a seguir adelante con tu plan, hazlo, funda este milagro sobre tu asesinato, pero sepulta la certidumbre de tu condición divina a fin de morir en verdad, Señor, a fin de que cuando te claven las manos y los pies en el madero sepas lo que siente un hombre mortal y cuando penetres en el reino de las tinieblas lo hagas con un alma humana. ¡Te lo suplico, Señor, en nombre de toda la humanidad! No soy capaz de predecir el futuro, pero jamás me he sentido tan asustado como en estos momentos.
Memnoch se detuvo.
Nos hallábamos solos en las arenas del desierto. Memnoch tenía la mirada perdida en el infinito; yo permanecía junto a él, estremecido por su relato.
—Pero no te hizo caso —dije—. Murió sabiendo que era Dios. Murió y resucitó sabiéndolo. El mundo duda y lanza toda clase de conjeturas sobre ello, pero Él lo sabía. Cuando lo clavaron en la cruz, sabía que era Dios.
—Sí —contestó Memnoch—. Era un hombre, pero un hombre que en ningún momento renunció al poder de Dios.
De pronto me fijé en algo que me llamó la atención.
Memnoch había enmudecido, impresionado por cuanto acababa de relatarme.
El paisaje había experimentado un cambio. Miré el círculo de piedras y vi una figura sentada en una de ellas, un hombre de tez y ojos oscuros, enjuto, cubierto de arena, que nos miraba fijamente. Aunque cada músculo y nervio de su cuerpo eran humanos, comprendí al instante que era Dios.
Me quedé petrificado.
Había perdido el mapa. No sabía hacia dónde avanzar o retroceder, ni lo que yacía a mi izquierda o a mi derecha.
No me podía mover, pero no estaba asustado. El hombre, el desconocido de tez y ojos oscuros, nos miraba con profundo amor y comprensión, con la misma infinita benevolencia que había observado en Él cuando me abrazó en el cielo.
El Hijo de Dios.
—Acércate, Lestat —dijo, alzando suavemente su voz humana para hacerse oír por encima del viento del desierto.
Me volví hacia Memnoch, que también tenía la mirada fija en el Señor.
—Siempre es preferible hacer lo que Él te ordena, Lestat —dijo Memnoch mientras sonreía con amargura—. Se comporte como se comporte, debes obedecerle.
Las blasfemas palabras de Memnoch me hicieron estremecer.
Me dirigí hacia la figura, consciente de cada paso que daba a través de la arena abrasadora. A medida que me aproximaba distinguí con mayor claridad la oscura y esquelética forma de aquel hombre cansado y doliente. Caí de rodillas ante Él y le miré a los ojos.
—Señor —murmuré.
—Quiero que vayas a Jerusalén —dijo el Señor al tiempo que extendía la mano para acariciarme el cabello. Tal como había dicho Memnoch, tenía las manos encallecidas y tostadas por el sol, al igual que el rostro. Su voz poseía un timbre entre natural y sublime, más allá de lo angélico. Era la misma voz que me había hablado en el cielo, pero esta vez guardaba un sonido humano.
No pude responder ni moverme. Sabía que no haría nada hasta que Él me lo ordenara. Memnoch se hallaba a unos metros de distancia, con los brazos cruzados, observando la escena. Permanecí arrodillado, mirando a los ojos a Dios Encarnado.
—Dirígete a Jerusalén —dijo el Señor—. Sólo tardarás unos minutos en llegar. Deseo que vayas a Jerusalén con Memnoch el día en que yo muera, para asistir a mi Pasión, para que me veas coronado de espinas y portando la cruz. Hazlo por mí, antes de tomar la decisión de servir a Memnoch o a Dios.
Yo sabía que no podía hacerlo. No sería capaz de soportarlo. No podría presenciar su muerte. Estaba paralizado. No era una cuestión de desobediencia o blasfemia, sino que era incapaz de asistir a su calvario. Miré su rostro tostado, sus ojos de mirada serena y benevolente, sus mejillas cubiertas de arena, su largo cabello oscuro alborotado por el viento.
—¡No! ¡No puedo! ¡No lo soporto!
—Sí puedes —respondió el Señor—. Lestat, mi valiente asesino de tantas víctimas inocentes. No querrás regresar a la Tierra sin contemplar antes lo que yo te ofrezco, y perder la oportunidad de verme coronado de espinas. No es propio de ti desperdiciar una oportunidad como ésta, piensa en lo que te estoy ofreciendo. No, no creo que la rechaces, aunque Memnoch te lo pidiera.
Sabía que Él tenía razón. Sin embargo, también sabía que no podría soportarlo. No podía ir a Jerusalén y ver a Jesús cargado con la cruz. No tenía valor, era incapaz... Permanecí inmóvil, en silencio, mientras un torbellino de pensamientos se agolpaba en mi mente.
—¿Cómo puedo presenciar eso? —protesté, cerrando los ojos.
Cuando los abrí miré de nuevo al Señor y luego a Memnoch, el cual me observaba con una expresión más serena que fría.
—Memnoch —dijo Dios Encarnado—, llévalo a Jerusalén, deja que contemple mi calvario. Tú serás su guía. Luego puedes continuar con tu examen y tus postulados.
El Señor me miró sonriente. Parecía inverosímil que un cuerpo tan frágil pudiera contener su divina magnificencia. Tenía ante mí a un hombre con el rostro surcado de arrugas a causa del ardiente sol del desierto y la dentadura mellada.
—Recuerda, Lestat —dijo Dios—. Esto no es más que el mundo, y tú ya lo conoces. Sin embargo, no conoces el reino de las tinieblas. Has visto el mundo y el cielo, pero aún no has visto el infierno.

18
Habíamos llegado a la ciudad, una ciudad de piedras marrón oscuro y amarillo y arcilla. Deduzco que habían pasado tres años. Lo único que sabía con certeza era que nos hallábamos rodeados de una gran multitud de personas ataviadas con raídas túnicas y velos, que percibía el olor a sudor humano, la tibieza de sus fétidos alientos, el hedor de excrementos humanos y de camellos, el contacto de aquellos cuerpos sucios y hediondos, y que el aire que respirábamos entre las murallas de aquella ciudad conformada por estrechas callejuelas estaba impregnado de arena, al igual que el aire del desierto.
Las gentes se agolpaban en los pequeños portales y se asomaban a las ventanas. El hollín se mezclaba con la omnipresente arena. Unos grupos de mujeres con el rostro cubierto por un velo avanzaban entre la muchedumbre, abriéndose paso a codazos. De pronto oí unos gritos, pero la multitud que se arremolinaba en torno a mí me impedía moverme. Desesperado, me volví en busca de Memnoch.
Se hallaba a mi lado y contemplaba tranquilamente la escena. Ninguno de los dos emitíamos un resplandor sobrenatural que nos distinguiese entre aquellos desarrapados y sucios mortales, los hombres y mujeres de esos primitivos y violentos tiempos.
—No quiero verlo —protesté, tratando de resistirme a los empellones de la multitud—. No lo soporto. No deseo verlo, Memnoch, no tengo necesidad de presenciarlo. No... no quiero seguir adelante. Suéltame, Memnoch.
—¡Silencio! —ordenó bruscamente Memnoch—. Casi hemos llegado al lugar por donde Él pasará.
Rodeándome los hombros con su brazo izquierdo, Memnoch se abrió paso a través de la muchedumbre hasta que alcanzamos a aquellas personas que se habían situado en una calle relativamente ancha para presenciar en primera fila el paso de la procesión. Los gritos eran ensordecedores. Unos soldados romanos pasaron frente a nosotros, sus túnicas manchadas de barro, sus rostros expresando cansancio y aburrimiento. Al otro lado de la calle, ante nosotros, una mujer muy hermosa, con el cabello cubierto por un largo velo blanco, levantó las manos y lanzó un grito al ver aparecer al Hijo de Dios.
Éste portaba el madero transversal de la cruz sobre sus hombros y sus manos, atadas a la cruz, pendían ensangrentadas de las cuerdas que las sujetaban. Mantenía la cabeza agachada; sobre su cabello castaño, sucio y alborotado, llevaba una tosca corona de espinas; los espectadores que abarrotaban la calle le increparon y cubrieron de insultos, otros guardaron silencio.
Apenas podía abrirse paso con la cruz entre la muchedumbre. Tenía la túnica hecha jirones, las rodillas ensangrentadas, pero seguía avanzando. Los muros que nos rodeaban despedían un nauseabundo hedor a orines.
Cristo avanzó hacia nosotros, con la cabeza agachada. De pronto perdió el equilibrio y apoyó una rodilla en tierra. Detrás de Él caminaban unos hombres que portaban el palo vertical que clavarían en el suelo.
Los soldados que flanqueaban a Cristo se detuvieron y volvieron a cargar en sus hombros el madero transversal, que había resbalado. El Señor nos miró. Se hallaba a un metro de distancia de nosotros. Observé su rostro curtido por el sol, las enjutas mejillas, sus labios resecos y entreabiertos, sus ojos oscuros, inexpresivos, resignados. De las espinas negras que tenía clavadas en la frente manaban unos pequeños hilos de sangre que se deslizaban sobre sus ojos y mejillas. Su torso desnudo aparecía cubierto de marcas de latigazos.
—¡Dios mío! —grité.
Sentí que me abandonaban las fuerzas. Memnoch me sostuvo mientras ambos mirábamos el rostro de Dios. La multitud seguía gritando, blasfemando y empujando para no perder detalle de aquella espantosa escena. Los niños intentaban asomar sus cabezas por entre los adultos; las mujeres aullaban, otras reían. La apestosa multitud resistía sin desfallecer bajo el implacable sol, cuyos rayos se reflejaban sobre los muros manchados de orines.
Cristo se aproximó a nosotros. ¿Nos había reconocido? Su cuerpo temblaba espasmódicamente, la sangre fluía por su rostro hasta penetrar en sus agrietados labios. De pronto emitió un quejido sofocado, como si se ahogara, y vi que tenía la túnica empapada en sangre debido a los latigazos que le habían propinado. Estaba a punto de perder el conocimiento, pero los soldados lo obligaron a seguir avanzando. Cristo se detuvo frente a nosotros, con los ojos clavados en el suelo, el rostro empapado en sudor y cubierto de sangre. Luego, despacio, se volvió hacia mí y me miró.
Rompí a llorar con amargura. La feroz escena que presenciaba jamás se había producido en ningún otro lugar o época. Las leyendas y oraciones de mi infancia adquirieron en esos momentos una grotesca viveza; olía la sangre. El vampiro que habitaba en mí percibía el olor a sangre. Oí mis sollozos y de repente extendí los brazos y grité:
—¡Dios mío!
Un tenso silencio cayó sobre el mundo. La gente seguía gritando y empujando, pero no en el ámbito en el que nos hallábamos nosotros. Dios nos miró fijamente a Memnoch y a mí, fuera del tiempo, aferrándose a aquel instante en su plenitud, en su agonía.
—Lestat —dijo con una voz tan débil y quebrada que casi no pude oírla—. ¿Deseas probarla?
—¿Qué dices? —respondí horrorizado, sin apenas poder controlar los sollozos que ahogaban mi voz.
—La sangre. ¿No deseas probar la sangre de Cristo?
En su rostro se dibujó una terrible sonrisa de resignación, casi una mueca. Su cuerpo tembló bajo el peso de la cruz mientras la sangre seguía manando de las heridas que le causaban las espinas. Cada vez que respiraba, éstas se le clavaban más hondo en la frente y las llagas de su pecho se abrían y sangraban.
—¡No! ¡Dios mío! —grité, extendiendo las manos y tocando sus frágiles brazos sujetos al madero, sus esqueléticos brazos bajo las desgarradas mangas de la túnica, mientras contemplaba el rostro ensangrentado.
Sollozando, lo tomé por el cuello, sintiendo el áspero tacto de la cruz en mis nudillos, y lo besé. Luego abrí la boca casi sin darme cuenta e hinqué los dientes en su carne. Le oí lanzar un gemido, un largo gemido que parecía elevarse y llenar el mundo con su lastimoso eco, mientras la boca se me llenaba de sangre.
La cruz, los clavos que le atravesaban las muñecas, no las manos, su cuerpo presa de violentos espasmos como si en el último momento fuera a escaparse, y su cabeza aplastada contra la cruz, de forma que las espinas se le hundían en el cráneo, y los clavos que le atravesaban los pies, y sus ojos en blanco y el sonido del martillo, y de improviso aquella luz, una inmensa luz que se elevaba del mismo modo en que lo había hecho sobre la balaustrada del cielo, llenando el universo y borrando incluso la placentera sensación que experimenté al ingerir su cálida y espesa sangre. La Luz, la luz de Dios. Ésta remitió, rápida y silenciosamente, dejando tras de sí un largo túnel o sendero, el cual conducía directamente de la Tierra a la Luz.
La luz comenzó a desaparecer. La separación me producía un dolor indescriptible.
Sentí un golpe que me derribó al suelo.
Al abrir los ojos noté que estaban llenos de arena. La gente gritaba a mi alrededor. Tenía sangre en la lengua y en los labios. El tiempo parecía haberse detenido, el calor era sofocante. Y Él estaba ante nosotros, mirándonos fijamente, mientras las lágrimas rodaban por su rostro, y se mezclaban con la sangre.
—¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! —exclamé, tragando las últimas gotas de sangre que tenía en la boca entre desesperados sollozos.
La mujer que estaba frente a nosotros avanzó de pronto hacia Él, alzando la voz sobre los gritos y las injurias, la odiosa cacofonía de aquellos primitivos y salvajes humanos que se deleitaban con la siniestra escena.
Se quitó el velo blanco que le cubría el cabello y lo sostuvo ante el rostro de Cristo.
—Dios, mi Señor, soy Verónica —dijo—. ¿Te acuerdas de mí? Hace doce años padecí una hemorragia, y cuando toqué el borde de tu túnica me curé.
—¡Impura! ¡Eres escoria! —gritó la muchedumbre.
—¡Blasfema!
—¡Cómo te atreves a decir que es el Hijo de Dios!
—¡Impura, impura, impura!
Los gritos de la multitud alcanzaron el paroxismo. Las gentes extendieron las manos hacia la mujer, pero sin pretender tocarla. Le arrojaron piedras. Los soldados, perplejos y furiosos, no sabían qué hacer.
Pero Dios Encarnado, con los hombros encorvados bajo la cruz, la miró y dijo:
—Sí, Verónica, tu velo, suavemente, tu velo, amada hija mía.
Verónica le acercó el blanco e inmaculado velo al rostro para enjugarle la sangre y el sudor, para tranquilizarlo y consolarlo. Durante un instante el perfil de Cristo se dibujó con claridad bajo la tela, pero los soldados se apresuraron a apartar a la mujer, quien permaneció inmóvil con el velo entre sus manos.
El rostro de Cristo había quedado impreso en él.
—¡Fíjate, Memnoch! —exclamé—. ¡Mira el velo de Verónica!
Su rostro había quedado grabado en la tela con gran nitidez, de un modo que ningún pintor habría conseguido, como si el velo constituyera la más perfecta fotografía del semblante de Cristo... como si la imagen impresa sobre la tela estuviera formada por una delgada capa de carne, la sangre fuera realmente sangre y Cristo hubiera grabado a través de su mirada una copia exacta de sus ojos y los labios hubieran dejado también su huella encarnada.
Quienes estábamos junto al Señor observamos el asombroso parecido. La gente nos empujaba y pisoteaba para conseguir ver el velo. Los gritos no cesaban.
Cristo liberó una mano de la cuerda que la sujetaba al madero y cogió el velo que sostenía Verónica, quien cayó de rodillas y se cubrió la cara. Los soldados, estupefactos, trataban de contener a la enardecida multitud. Luego, Cristo se volvió y me entregó el velo.
—Toma —murmuró—. Ocúltalo en un lugar seguro.
Yo cogí el velo con cuidado, temeroso de manchar o destruir la imagen divina, y lo sostuve contra mi pecho para impedir qué me lo arrebataran.
—¡Ese hombre tiene el velo! —gritó alguien, mientras noté que unas manos me agarraban por detrás.
—¡Quitádselo! —gritó otro, mientras intentaba sujetarme por los brazos.
Los que se precipitaron hacia nosotros se vieron de pronto bloqueados por las gentes que avanzaban desde atrás para presenciar el espectáculo. Nos apartaron violentamente a un lado mientras se abrían paso entre los sucios y desarrapados cuerpos, a través de las voces y los gritos. Al cabo de unos momentos la procesión desapareció de nuestra vista y el vocerío empezó a perder intensidad.
Yo doblé el velo, di media vuelta y eché a correr.
No sabía dónde estaba Memnoch ni hacia dónde iba yo. Corrí a través de las callejuelas, pasando frente a grupos de personas que acudían a presenciar la crucifixión, sin reparar en mí, o que se dirigían a realizar sus labores cotidianas.
Jadeante, con los pies llagados y doloridos, seguí corriendo a través de la ciudad. Todavía notaba en mi boca el sabor de la sangre de Cristo. De pronto vi su luz. Cegado por el deslumbrante resplandor, oculté el velo dentro de mi túnica. No permitiría que nadie me lo arrebatara. Nadie.
De mis labios brotó un angustiado gemido. Alcé la mirada. El cielo límpido y azul que se extendía sobre Jerusalén había experimentado un cambio, al igual que la atmósfera cargada de arena. De pronto se levantó una violenta ráfaga de aire que en un instante se convirtió en un torbellino. La sangre de Cristo penetró en mi pecho y en mi corazón, y su luz llenó mis ojos mientras seguía apretando el velo contra mi cuerpo.
El torbellino me transportó en silencio por los aires. Al mirar hacia abajo vi que mi túnica se había transformado en una chaqueta y una camisa, en las prendas que me había puesto para afrontar las nieves de Nueva York. Debajo del chaleco, pegado a la camiseta, llevaba el velo cuidadosamente doblado. Temí que el viento me arrancara la ropa y hasta el cuero cabelludo, y agarré con fuerza la valiosa reliquia que transportaba junto a mi pecho. De la Tierra se alzó una columna de humo y oí los gritos de la multitud, acaso más terribles que los que rodeaban a Cristo en el camino hacia el Calvario.
De pronto choqué violentamente contra un muro y aterricé en el suelo. Junto a mí pasaron unos caballos que casi me rozaron la cabeza con sus cascos, haciendo que las piedras despidieran chispas. Ante mí yacía una mujer con el cuello partido, la cual sangraba por la nariz y las orejas. La gente huía despavorida. Percibí de nuevo el olor a excrementos mezclado con sangre.
Me encontraba en una ciudad en guerra. Los soldados saqueaban viviendas y comercios y arrastraban a sus víctimas por las calles, mientras los gritos resonaban entre los muros de la ciudad y las llamas se alzaban por doquier, casi chamuscándome el cabello.
«¡El velo!», exclamé, palpándolo con la mano para asegurarme de que aún lo llevaba oculto entre la camiseta y el chaleco. De repente un soldado me propinó una patada en la sien y caí de bruces sobre los adoquines del suelo.
Al levantar la vista comprobé que no estaba en una calle, sino en una inmensa iglesia con el techo abovedado y numerosas galerías formadas por columnas y arcos romanos. A mi alrededor, entre los espléndidos mosaicos dorados, yacían hombres, mujeres y niños que habían sido asesinados por los soldados. Los caballos pisoteaban sus cuerpos inertes. Un soldado agarró a un niño y lo estrelló contra un muro que había junto a mí, partiéndole el cráneo; su diminuto cuerpo cayó a mis pies como si se tratara de los restos de un animal sacrificado. Los soldados golpeaban a las gentes con sus sables, amputándoles los brazos y las piernas. Una violenta explosión de llamas inundó la iglesia de luz. Vi a hombres y mujeres que huían a través de los portones, perseguidos por los soldados. El suelo estaba empapado de sangre. La sangre se extendía por el mundo entero.
Los mosaicos dorados de los muros y el techo mostraban unos rostros que parecían petrificados ante aquella feroz matanza. Santos y más santos. Las llamas se alzaban por doquier, ejecutando una danza macabra. En el suelo yacían montones de libros ardiendo, junto a fragmentos ennegrecidos de iconos y estatuas que contrastaban con el resplandor del oro que se consumía devorado por las llamas.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
Memnoch se hallaba sentado tranquilamente junto a mí, con la espalda apoyada en el muro de piedra.
—En Hagia Sofía, amigo mío —respondió Memnoch—. No tiene mayor importancia. Se trata de la cuarta Cruzada.
Alargué la mano izquierda para tocarlo mientras con la derecha seguía sujetando el velo contra mi pecho.
—Estás contemplando la muerte de cristianos griegos a manos de los cristianos romanos. Eso es todo. Egipto y Tierra Santa han quedado de momento relegadas a un segundo plano. Los venecianos disponen de tres días para saquear la ciudad. Ha sido una decisión política. Por supuesto, han venido con el propósito de reconquistar Tierra Santa, donde hemos estado tú y yo, pero la batalla no estaba prevista, de modo que las autoridades han permitido que las tropas campen a sus anchas por la ciudad. Son asesinos cristianos: romanos contra griegos. ¿Quieres que salgamos a dar un paseo? ¿Quieres presenciar más matanzas? Millones de libros se han perdido para siempre. Manuscritos en griego, siríaco, etíope y latín. Libros que versaban sobre Dios y los hombres. ¿Quieres que nos acerquemos a los conventos donde las monjas son sacadas a la fuerza de sus celdas por los cristianos para ser violadas? Constantinopla está siendo saqueada. Pero no tiene mayor importancia, créeme.
Permanecí tendido en el suelo, llorando, mientras intentaba cerrar los ojos para no contemplar aquella barbarie, aunque no podía dejar de ver lo que sucedía a mi alrededor; temía que los cascos de los caballos me pisotearan y me sentía abrumado por el olor a la sangre del niño asesinado que yacía junto a mi pierna, empapado como una extraña criatura marina. Lloré con amargura. Junto a mí había el cadáver de un hombre con la cabeza prácticamente separada del tronco y sobre las piedras se estaba formando un charco de sangre. Otro individuo tropezó con el cadáver, extendió una mano ensangrentada para evitar caer al suelo y al tocar el cuerpo del niño, cuya cabeza estaba totalmente aplastada, lo apartó de un manotazo.
—El velo —murmuré.
—Ah, sí, el precioso velo —dijo Memnoch—. ¿Te apetece cambiar de escenario? Podemos trasladarnos a Madrid y deleitarnos con un auto de fe, cuando torturan y queman vivos a los judíos que se niegan a convertirse al cristianismo. También podemos regresar a Francia y ver cómo matan a los cathars en el Languedoc. Supongo que habrás oído esas leyendas cuando eras niño. Consiguieron acabar con todos los herejes. Fue una misión muy eficaz por parte de los padres dominicos, quienes posteriormente la emprendieron contra las brujas, naturalmente. O bien podemos ir a Alemania para asistir al martirio de los anabaptistas; o a Inglaterra, para ver cómo arden en la hoguera, por orden de María Estuardo, aquellos que se rebelaron contra el Papa durante el reinado de su padre, Enrique. Te describiré una escena extraordinaria que he revivido con frecuencia. Estrasburgo, 1349. Dos mil judíos serán quemados allí en febrero de ese año, acusados de provocar la muerte negra, la peste. Son cosas que suceden en toda Europa...
—Conozco la historia —repliqué, intentando dominarme—. ¡Sé lo que ha sucedido!
—Sí, pero el hecho de verlo resulta muy distinto, ¿no es cierto? Como te he dicho, esto no tiene mayor importancia. Lo único que conseguirán con estas escaramuzas es dividir a los católicos griegos y romanos para siempre. A medida que Constantinopla comience a debilitarse, el nuevo pueblo que aparece citado en la Biblia, el musulmán, atravesará sus debilitadas defensas y penetrará en Europa. ¿Quieres presenciar una de esas batallas? Podemos trasladarnos directamente al siglo veinte. Podemos ir a Bosnia o Herzegovina, donde en estos momentos los musulmanes y cristianos libran una encarnizada batalla. Actualmente los nombres de esas regiones, Bosnia y Herzegovina, están en boca de todo el mundo.
»Y ya que hablamos de los pueblos que se nombran en la Biblia (musulmanes, judíos, cristianos), ¿por qué no vamos a Irak y escuchamos los lamentos de los kurdos que mueren de hambre, cuyas llanuras han sido arrasadas y sus gentes exterminadas? Si lo deseas, podemos centrarnos exclusivamente en los lugares sagrados, en las mezquitas, catedrales e iglesias. Podemos utilizar ese método para trasladarnos a la época actual. Todos los pueblos bíblicos que he mencionado creen en Dios o en Cristo. Estamos hablando de los pueblos que aparecen en la Biblia, la cual parte de un solo Dios que se va transformando y desarrollando.
»Hoy, esta misma noche, arderán unos documentos de inestimable valor. La historia de la Creación, de la evolución. Un sufrimiento sin duda santificado por alguien, puesto que todos estos pueblos adoran al mismo Dios.
No respondí.
Memnoch guardó silencio, pero la batalla no cesó. De repente se produjo una violenta explosión. Las gigantescas llamas me impedían ver los santos que adornaban el techo. En un instante toda la nave de la basílica comenzó a arder, incluidas las numerosas columnas y arcos de media punta que sostenían la cúpula. La luz disminuyó y luego sonó otra explosión seguida de unos gritos desgarradores.
Cerré los ojos y permanecí inmóvil, haciendo caso omiso de los pisotones y puntapiés que me propinaban los soldados al pasar sobre mí. Lo importante era que nadie me arrebatara el velo.
—¿Es posible que el infierno sea peor que este lugar? —pregunté con voz apenas audible. No sabía si Memnoch alcanzaría a oír mis palabras en medio de aquella barahúnda.
—Sinceramente, lo ignoro —contestó en un tono confidencial que nos unía y mediante el cual nos comunicábamos sin esfuerzo.
—¿El infierno es el sheol? —insistí—. ¿Pueden abandonarlo las almas?
Memnoch guardó silencio durante unos minutos.
—¿Crees que me enfrentaría a Él si no supiera que las almas pueden abandonarlo? —respondió al fin, como si la idea de un infierno eterno le ofendiera.
—Sácame de aquí, te lo ruego —murmuré.
Seguía tendido de bruces en el suelo. El hedor de los excrementos de caballo se mezclaba con el del orín y la sangre. Pero lo peor eran los gritos y gemidos, junto con el incesante sonido que producían las armas y artilugios de metal.
—¡Sácame de aquí, Memnoch! ¡Dime a qué viene esta batalla! ¿Acaso tiene algo que ver con tu disputa con Dios? ¡Explícame sus normas!
Tras algunos esfuerzos conseguí incorporarme y me enjugué los ojos con la mano izquierda, sin soltar el velo que guardaba celosamente dentro de mi chaqueta. El humo me hacía toser. Los ojos me escocían.
—¿A qué te referías cuando dijiste que necesitabas mi ayuda, que estabas ganando la batalla? ¿Qué sentido tiene esta batalla que libras con Él? ¿Qué pretendes que haga yo? ¿Por qué te has convertido en su adversario? ¿Qué se supone que debo hacer?
Miré a Memnoch, el cual permanecía sentado tranquilamente, con una rodilla encogida y los brazos apoyados en ella. Las llamas iluminaban de vez en cuando su rostro. Estaba cubierto de polvo y hollín, pero ofrecía un aspecto extrañamente relajado. La expresión de su rostro no era amarga ni sarcástica, sino pensativa, ensimismada, como la de aquellos rostros de los mosaicos que se erigían en testigos mudos de cuanto acontecía a su alrededor.
—¿Qué importan las guerras? ¿Qué importan las matanzas que hemos presenciado? —contestó—. Sí, hemos asistido al sacrificio de muchos mártires, ¿y qué? Imaginación no te falta, Lestat.
—Déjame descansar, Memnoch. Responde a mis preguntas. No soy un ángel, sólo un monstruo. Marchémonos de aquí.
—De acuerdo —respondió Memnoch—. Vamonos. Debo reconocer que has sido muy valiente, aunque no esperaba menos de ti. Has derramado abundantes lágrimas y tu sentimiento es sincero.
No contesté. Me costaba respirar. Sujeté el velo con la mano derecha y me tapé el oído izquierdo con la otra. No podía moverme. Mis piernas se negaban a obedecerme. ¿Acaso esperaba que el torbellino nos envolviera de nuevo y nos trasladara al siguiente lugar que eligiese Memnoch?
—Vamos, Lestat —repitió Memnoch.
El viento comenzó a soplar con furia y los muros de la basílica se esfumaron. Sujeté el velo con fuerza y Memnoch me murmuró al oído:
—Descansa, no temas.
Las almas giraban a nuestro alrededor en las tinieblas. Apoyé la cabeza en el hombro de Memnoch mientras el viento agitaba violentamente mis cabellos.
Cerré los ojos y vi al Hijo de Dios penetrar en un lugar inmenso y sombrío. Los rayos de luz que despedía su lejana aunque nítida silueta se extendían en todos los sentidos, iluminando a centenares de formas humanas que giraban y se retorcían, formas de almas, formas fantasmales.
Sheol —murmuré.
Estábamos atrapados en el torbellino, y la imagen que contemplaba se recortaba contra la negrura de mis párpados. De pronto la luz se hizo más potente; se convirtió en un gran haz de rayos que confluían y me deslumbraban, como si me hallara ante la Divina Presencia. Oí unos cánticos, claros y sonoros, que sofocaban los gemidos de las almas en pena, y al fin la mezcla de lamentos y cantos se transformó en la naturaleza de la visión y la naturaleza del torbellino, y ambos fueron una misma cosa.

19
Me hallaba tendido en un espacio abierto, sobre un suelo sembrado de piedras. Notaba que todavía llevaba el velo sobre mi pecho, pero no me atrevía a sacarlo para examinarlo.
Vi a Memnoch a unos metros de distancia, erguido en todo su esplendor, con las alas plegadas a sus espaldas, y vi a Dios Encarnado, resucitado, las heridas todavía visibles en sus tobillos y muñecas, aunque lo habían bañado y limpiado; su cuerpo tenía las mismas dimensiones que el de Memnoch, es decir, era más grande que el de un ser humano. Vestía una túnica blanca e inmaculada y su oscuro cabello estaba aún manchado de sangre, pero perfectamente peinado. Daba la impresión de que sus células epidérmicas emitían una luz aún más potente que antes de su crucifixión, la cual hacía palidecer la luz que emanaba de Memnoch, si bien ambos resplandores eran similares.
Permanecí tendido en el suelo, escuchando su discusión. Por el rabillo del ojo, y antes de que pudiera percibir sus voces, vi que me hallaba en un campo de batalla sembrado de cadáveres. No era el mismo escenario que el de la cuarta Cruzada, sino el de una epopeya anterior. Los cadáveres lucían armaduras y ropajes que yo relacionaba con el siglo tercero, aunque no estaba seguro. En todo caso, era una época muy remota.
Los cadáveres apestaban. El aire estaba infestado de insectos y cuervos que habían acudido a devorar los restos putrefactos de los soldados. A lo lejos oí cómo Dios y Memnoch sostenían una áspera discusión, ladrando y gruñendo como lobos.
—Ya entiendo —declaró Memnoch, furioso. Se expresaba en una lengua que no era inglés ni francés, pero comprendí lo que decía—. De modo que las puertas del cielo están abiertas para todos aquellos que mueran conociendo y aceptando la armonía de la Creación y la bondad de Dios. ¿Pero y los otros? ¿Y los millones de almas que languidecen en el sheol?
—¿Qué me importan los otros? —respondió el Hijo de Dios— ¿Qué me importan los que mueren sin comprender, aceptar ni conocer a Dios? No significan para nada mí.
—¡Son tus hijos, tú los creaste! Poseen la capacidad de acceder al cielo, siempre que se les guíe. El número de almas perdidas es infinitamente mayor que el de las pocas que poseen la sabiduría, experiencia y el don de salvarse. Lo sabes de sobra. ¿Cómo puedes permitir que tantas almas languidezcan en el reino de las tinieblas, se desintegren o se conviertan en espíritus malignos que rondan por la Tierra? ¿Acaso no has venido para salvarlas a todas ellas?
—¡He venido a salvar a las que deseen salvarse! —replicó el Señor—. Ya te lo he dicho; es un ciclo natural, y por cada alma que consigue acceder a la luz del cielo hay miles que fracasan en su empeño. ¿Qué valor tiene el comprender, aceptar, conocer, ver la belleza? ¿Qué pretendes que haga?
—Ayuda a las almas que están perdidas. No las abandones en la región de las tinieblas en su eterno esfuerzo por comprender lo que contemplan en la Tierra. Tu muerte no ha servido sino para empeorar las cosas.
—¿Cómo te atreves a decir eso?
—Es la verdad. Fíjate en este campo de batalla. Tu cruz, que apareció en el cielo antes de que se iniciara la batalla, se ha convertido en el emblema del imperio. Desde la muerte de los testigos que asistieron a tu resurrección, sólo unas pocas almas han accedido a la luz del cielo, mientras que multitud de seres humanos han muerto en los campos de batalla debido a absurdas disputas e incomprensiones y languidecen en el reino de las tinieblas.
—Mi luz es para quienes estén dispuestos a recibirla.
—¡Esa respuesta no me sirve!
Dios Encarnado abofeteó a Memnoch con fuerza. Este retrocedió y desplegó las alas, en un acto reflejo, a fin de echarse a volar. Pero se apresuró a plegarlas de inmediato, haciendo que se desprendieran unas pocas plumas blancas, y se tocó la dolorida mejilla, estaba roja como la sangre, como las llagas que tenía Cristo en los tobillos y las muñecas.
—Muy bien —dijo el Señor—, puesto que te preocupan más las almas descarriadas que tu Dios, te nombro su guardián. Tu reino será el sheol. Te ocuparás de preparar a los millones de almas que lo habitan a fin de que un día consigan acceder al reino de la luz. Ninguna se disolverá ni desintegrará más allá de tu poder para rescatarlas; ninguna se perderá, sino que todas estarán a tu cargo, serán tus pupilos, tus seguidores, tus siervos.
»Y hasta que llegue a ese día, hasta que todas las almas que pueblan el sheol suban al cielo, tú serás mi adversario, el diablo, condenado a pasar no menos de un tercio de tu existencia en la Tierra que tanto te ha dado y no menos de un tercio en el sheol o infierno, como quieras llamarlo, en tu reino. De vez en cuando te concederé la gracia de penetrar en el cielo, bajo tu forma angelical.
»Cuando desciendas a la Tierra asumirás una forma demoníaca. Los mortales te verán como la bestia de Dios, el dios del baile, el vino, la diversión, la carne, todas esas cosas que tanto amas. Tus alas tendrán el color del hollín y las cenizas y ostentarás las patas de un macho cabrío, como el dios Pan. O bien aparecerás ante los mortales con forma humana, sí, te concederé ese don para que puedas mezclarte entre ellos, ya que la especie humana te merece tal admiración. Pero jamás aparecerás ante ellos como un ángel. ¡Jamás!
»No utilizarás tu forma angelical para confundir y desorientar a los mortales, para deslumbrarlos o humillarlos, como hicisteis tú y tus observadores. Pero cuando te presentes ante mí en el cielo deberás mostrar el aspecto que corresponde a un ángel, con la túnica y las alas blancas e inmaculadas. En mi reino asumirás tu forma primitiva.
—¡Yo enseñaré y guiaré a los mortales! —contestó Memnoch—. Déjame hacer las cosas a mi modo en el infierno y los prepararé para que accedan al cielo. Repararé el daño que tu ciclo natural ha provocado en la Tierra.
—De acuerdo, me gustará ver cómo lo consigues —dijo el Hijo de Dios—. Envíame más almas a través de tu purgatorio. Adelante, incrementa mi gloria. Incrementa el bene ha elohim. El cielo tiene un poder infinito. Te agradeceré tus esfuerzos.
»Pero no regresarás al cielo de forma permanente hasta haber cumplido tu labor, hasta que el tránsito de la Tierra al cielo incluya a todos los que mueran o el mundo sea destruido, hasta que la evolución haya alcanzado un punto en que el sheol, por un motivo u otro, quede vacío. Pero ten presente, Memnoch, que puede que ese día no llegue nunca. No he prometido que el universo deje de evolucionar, de modo que te aguarda una larga y ardua tarea, Memnoch.
—¿Cuáles serán mis poderes en la Tierra? ¿Qué puedo hacer, como dios-macho cabrío o como hombre?
—Advertir a los humanos. Prevenirlos para que en lugar de ir al sheol vengan a mí.
—¿Pero dejarás que haga las cosas a mi modo? ¿Dejarás que les diga que eres un Dios cruel e implacable, que matar en tu nombre es una infamia, que el sufrimiento en vez de redimir deforma y condena a sus víctimas? ¿Podré contarles la verdad? ¿Que si quieren ir al cielo, tendrán que abandonar tus religiones y tus guerras santas y tu magnífico martirio? ¿Qué deben tratar de comprender el misterio de la carne, el éxtasis del amor? ¿Me autorizas a explicarles la verdad?
—Puedes decirles lo que quieras. Pero cada vez que a través de tus manipulaciones y engaños consigas alejar a un ser humano de mis iglesias y mis revelaciones, tendrás un alumno más en tu escuela infernal, otra alma a la que deberás reformar. ¡El infierno estará lleno a rebosar!
—Si eso sucede no será a debido a mis manipulaciones, Señor —replicó Memnoch—, sino gracias a ti.
—¡Cómo te atreves a pronunciar semejante blasfemia!
—Deja que el universo siga su curso, tal como has dicho. Pero de ahora en adelante el infierno y yo formaremos parte de él. ¿Dejarás que me acompañen los ángeles que opinan como yo para que trabajen para mí y compartan conmigo la región de las tinieblas?
—¡No! No te proporcionaré a ningún espíritu angelical. Deberás reclutar a tus ayudantes entre los mortales. Ellos serán tus demonios. Los observadores que cayeron contigo se arrepienten de su error. No permitiré que te acompañe ningún espíritu de mi corte celestial. Eres un ángel, te bastas solo.
—Muy bien. Aunque me obligues a asumir una forma terrenal, triunfaré. Enviaré más almas al cielo a través del sheol que tú a través de tus absurdas enseñanzas y revelaciones. Enviaré a más almas reformadas cantando al paraíso que tú a través de tu estrecho túnel. ¡Seré yo quien consiga llenar el cielo y magnificar tu gloria!
Ambos guardaron silencio. Memnoch, furioso, y Dios Encarnado, no menos furioso, se miraron cara a cara. Ambas figuras tenían las mismas dimensiones, pero Memnoch había desplegado sus alas para demostrar su poder y de Dios emanaba una luz muy potente e increíblemente hermosa.
De improviso, Dios Encarnado sonrió y dijo:
—De un modo u otro, yo triunfaré.
—¡Yo te maldigo! —exclamó Memnoch.
—No —respondió Dios suavemente, con tristeza.
Luego tocó la mejilla de Memnoch y al instante desapareció de su angélica piel la huella del violento bofetón que le había propinado.
—Te quiero, mi valiente adversario —dijo Dios—. Me alegro de haberte creado, al igual que me alegro de haber creado el universo. Envíame tantas almas como puedas. Tú mismo formas parte del ciclo, de la naturaleza, eres tan prodigioso como un rayo o la erupción de un volcán, como una estrella que estalla de improviso en las galaxias, a tanta distancia de la Tierra que transcurren miles de años antes de que los mortales puedan contemplar su luz.
—Eres un Dios implacable —respondió Memnoch, negándose a ceder—. Enseñaré a los seres humanos a perdonarte por ser como eres, majestuoso, infinitamente creador e imperfecto.
Dios Encarnado sonrió y besó a Memnoch en la frente.
—Soy un Dios sabio y paciente —dijo—. Soy tu Creador.
Las imágenes se esfumaron. No se disiparon paulatinamente, sino que desaparecieron de pronto.
Me quedé solo, postrado en el campo de batalla.
El intenso hedor formaba una capa de gases que contaminaba el aire, casi me impedía respirar.
El campo de batalla estaba sembrado de cadáveres.
De repente oí un ruido que me sobresaltó. Un lobo de aspecto depauperado se aproximó a mí con la cabeza gacha, olfateando el aire. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. Vi sus ojos estrechos y rasgados mirándome fijamente mientras acercaba el morro a mi rostro. Percibí su aliento cálido y acre y volví la cabeza. Le oí husmear mi oreja y mi cabello. Le oí emitir un gruñido ronco y profundo. Cerré los ojos y palpé el velo que llevaba dentro de la chaqueta.
Noté los dientes del lobo junto a mi cuello. Al instante me incorporé y lo derribé de una patada, haciendo que el animal echara a correr aullando entre los cadáveres de los soldados.
Respiré hondo. Al levantar la vista hacia el cielo comprendí que era de día. Contemplé las nubes blancas y el lejano horizonte que se extendía bajo ellas. Oí el zumbido de los insectos —moscas y mosquitos que revoloteaban sobre los cadáveres— y vi a los grandes y grotescos buitres acercarse sigilosamente para participar en el festín.
A lo lejos oí el sonido de un llanto humano.
Pero el cielo estaba radiante y despejado. Las nubes se deslizaban, permitiendo que el sol derramara sus cálidos y potentes rayos sobre mis manos y mi rostro, sobre los cadáveres que se descomponían a mi alrededor.
Creo que perdí el conocimiento. Lo deseaba. Deseaba desplomarme de nuevo en el suelo, yacer con la frente apoyada en la tierra y deslizar la mano dentro de mi chaqueta para asegurarme de que aún conservaba el velo.

20
Era como el jardín destinado a la espera, la antesala del cielo. Un lugar tranquilo y radiante del que de vez en cuando regresan las almas, cuando la muerte las conduce hasta él y les comunican que todavía no ha llegado el momento, que pueden volver a la Tierra.
A lo lejos, debajo del espléndido firmamento azul cobalto, vi cómo las almas de los humanos que acababan de expirar saludaban a los que habían muerto hacía tiempo. Vi cómo se abrazaban y oí sus exclamaciones. Por el rabillo del ojo avisté los elevados muros y las puertas del cielo. También vi numerosos coros de ángeles, menos sólidos que las otras formas, que se movían libremente a través del cielo y descendían para acoger a los grupos de mortales que atravesaban el puente. Los ángeles, ora visibles ora invisibles, se desplazaban de un lado a otro mientras observaban y ascendían, para luego desvanecerse en el infinito azul del cielo.
Al otro lado de los muros del cielo percibí unos sonidos tenues y profundamente seductores. Cuando cerraba los ojos casi podía ver los colores zafirinos. Todos los cantos contenían el mismo estribillo: «Entra sin temor. El caos ha cesado. Esto es el cielo.»
Pero yo me hallaba lejos de ese lugar, en un pequeño valle. Estaba sentado entre flores silvestres, unas diminutas flores blancas y amarillas, a orillas del río que atraviesan todas las almas para acceder al cielo, aunque su aspecto era el mismo que el de cualquier otro río límpido e impetuoso. Sus aguas desgranaban una canción que decía así: después del humo y la guerra, después del hollín y la sangre, después del hedor a muerte y el sufrimiento, todos los ríos son tan magníficos como éste.
El agua canta en múltiples voces a medida que se desliza sobre las rocas, cae a través de pequeñas cañadas y fluye a través del escabroso terreno para precipitarse de nuevo en una melodiosa cascada, mientras las hierbas se inclinan para contemplar el espectáculo.
Me apoyé en el tronco de un árbol similar a un melocotonero, cuyas ramas estaban siempre cargadas de frutas y flores y pendían no en señal de sumisión, sino debido a la abundancia de fragantes frutos, en una fusión de los dos ciclos que marca una perenne riqueza. Más arriba, entre los delicados pétalos de flores, cuya profusión parecía inextinguible, vi el fugaz movimiento de unas pequeñas aves. Más allá, contemplé una multitud de ángeles que parecían hechos de aire, unos espíritus ligeros y luminosos que por momentos se desvanecían en la brillante cúpula celeste.
El paraíso de los murales, de los mosaicos, si no fuese porque ningún arte puede compararse con esto. Pregúntenselo a quienes han pasado por aquí. A los seres humanos cuyo corazón dejó de latir sobre una mesa de operaciones y sus almas volaron hacia este jardín, para luego regresar a la Tierra y asumir de nuevo su forma mortal. Nada es comparable a esto.
El aire que me rodeaba, fresco y perfumado, fue eliminando lentamente las capas de hollín y suciedad que se adherían a mi chaqueta y mi camisa.
De pronto, como si me despertara de una pesadilla, metí la mano dentro de la camisa y saqué el velo. Lo desdoblé y lo sostuve por sus bordes.
El rostro del Señor seguía impreso en él como si estuviera grabado a fuego, sus ojos observándome fijamente, la sangre de un rojo tan intenso como antes, la piel de una tonalidad perfecta. La imagen poseía una profundidad casi holográfica, aunque el rostro variaba ligeramente de expresión a medida que la brisa agitaba el velo. Afortunadamente, no se había manchado, roto o perdido.
Al contemplarlo noté que mi corazón latía aceleradamente y mis mejillas ardían.
Los ojos castaños reflejaban la misma serenidad que en el momento en que Verónica había enjugado el rostro de Cristo. Estreché el velo contra mi pecho, luego lo doblé apresuradamente y lo guardé dentro de la camisa, en contacto con mi piel. Por fortuna, no había perdido ningún botón de la camisa. La chaqueta estaba sucia pero intacta, aunque le faltaban todos los botones, incluso los de las mangas, que eran meramente decorativos. Al mirar los zapatos observé que estaban destrozados, pese a ser de un excelente cuero.
Al pasarme la mano por el pelo cayó sobre mis pantalones y mis zapatos una cascada de pétalos rosas y blancos.
—¡Memnoch! —dije de pronto, mirando a mi alrededor. ¿Dónde se había metido? ¿Me había dejado solo? A lo lejos divisé la procesión de almas que cruzaba alegremente el puente. Me pareció que las puertas del cielo se abrían y cerraban, pero no estoy seguro.
Miré hacia la izquierda, donde crecía un grupo de olivos, y descubrí junto a ellos una figura que al principio no reconocí. Luego me di cuenta de que era Memnoch, el Hombre Corriente. Permanecía inmóvil, observándome muy serio; luego la imagen empezó a crecer y a extenderse. Su cuerpo se fue transformando poco a poco y adoptó unas gigantescas alas negras y patas de macho cabrío, mientras su rostro angelical relucía como si estuviera tallado en granito negro. Era el Memnoch que había visto la primera vez, bajo la forma de un demonio.
No me resistí ni traté de cubrirme el rostro. Examiné los detalles de su torso, la forma en que la túnica caía sobre sus grotescas patas cubiertas de pelo y rematadas por unas pezuñas que se clavaban en el suelo, pero sus manos y brazos eran humanos. El aire agitaba su larga melena, negra como el ala de cuervo. Memnoch constituía la única nota sin color de todo el jardín, un ser opaco, o al menos visible para mí, y en apariencia sólido.
—El argumento es muy simple —dijo—. Supongo que no tendrás ninguna dificultad en comprenderlo.
Sus alas negras parecían envolver su cuerpo; los extremos inferiores se curvaban hacia delante, rozando sus pezuñas pero sin tocar el suelo. Memnoch avanzó hacia mí despacio, su perfecto torso y cabeza sostenidos por unas patas de animal, un ser horripilante y deforme que simbolizaba el concepto humano de la maldad.
—Bien, hablemos —dijo, sentándose de forma lenta y pesada sobre una piedra.
Las alas desaparecieron de nuevo y Memnoch, el dios-macho cabrío, me miró fijamente. Tenía el cabello encrespado pero su rostro estaba sereno como de costumbre, ni más duro ni más suave, ni más sabio ni más cruel, pues parecía tallado en piedra en lugar de ser de carne y hueso. Luego prosiguió:
—Dios no hacía más que repetirme: «Todo cuanto existe en el universo es utilizado... consumido... ¿comprendes?» Y Él había descendido a la Tierra, había sufrido, había muerto y resucitado para santificar el sufrimiento humano y convertirlo en un medio para alcanzar un fin; ese fin era la iluminación, la superioridad del alma.
»Pero el mito del Dios agonizante y doliente, tanto si nos referimos a Tammuz de Sumer, Dionisio de Grecia o cualquier deidad cuya muerte y desmembramiento fueran anteriores a la Creación, es una concepción humana. Una idea concebida por los humanos, que no podían imaginar una Creación surgida de la nada y que no implicara un sacrificio. El Dios agonizante que da origen al hombre era una idea joven en la mente de aquellos mortales demasiado primitivos para concebir nada tan absoluto y perfecto. De modo que Él —el Dios Encarnado— se convirtió en un mito humano a fin de explicar las cosas como si éstas tuvieran un significado, cuando tal vez no lo tengan.
—Sí.
—¿Qué sacrificio le costó el hecho de crear el mundo? —preguntó Memnoch—. No era Tiamat, que fue asesinado por Marduk. No era Osiris, el cual acabó despedazado. ¿A qué tuvo que renunciar Dios Todopoderoso para crear el mundo material? No recuerdo que nadie le arrebatara nada. Es cierto que brotó de Él, pero no recuerdo que resultara lastimado, diezmado, mutilado o debilitado por el hecho de crear el mundo. Ese mismo Dios creó los planetas y las estrellas. En todo caso, su gloria se incrementó, al menos a los ojos de sus ángeles, quienes no cesaban de cantar sus alabanzas. Su naturaleza como Creador cobró dureza ante nosotros a medida que la evolución seguía su curso.
»Pero cuando vino a la Tierra como Dios Encarnado, imitó unos mitos que los hombres habían creado para santificar el sufrimiento, para tratar de decir que la historia no era un horror, sino que tenía un significado. Creó una religión en torno a su figura humana y aportó su gracia divina a las imágenes religiosas, y sancionó el sufrimiento mediante su muerte, el cual no había sido santificado en su Creación, ¿comprendes?
—Fue una Creación incruenta, sin sacrificios de ninguna clase —dije. Mi voz sonaba cansada pero mi mente se hallaba más despierta que nunca—. ¿Es eso lo que tratas de decirme? Pero Dios cree que el sufrimiento es sacrosanto, o puede llegar a serlo, que nada se pierde, que todo se utiliza.
—Sí. Pero lo que yo sostengo es que en lugar de eliminar el grave defecto que presentaba su cosmos: el dolor humano, la desgracia, la capacidad de padecer terribles injusticias, Dios halló un lugar para él dentro de las peores supersticiones del hombre.
—Pero cuando las personas mueren, ¿qué sucede? ¿Consiguen hallar sus creyentes el túnel, la luz, a sus seres queridos?
—Si han vivido en paz y prosperidad, generalmente sí. Ascienden al cielo sin odio ni rencor. Al igual que algunos que no creen en Él ni en sus enseñanzas.
—Porque ellos también están iluminados...
—Sí. Eso complace a Dios y hace que el cielo se expanda y enriquezca con las nuevas almas que ascienden a él de todos los rincones del mundo.
—Pero el infierno también está lleno de almas.
—El infierno es mucho más grande que el cielo. ¿En qué punto del planeta ha gobernado Él sin que se produjeran sacrificios, injusticias, persecuciones, tormentos, guerras? Cada día aumenta el número de mis confundidos y amargados pupilos. Durante ciertas épocas, el hambre y las guerras causan tales estragos en el mundo que son muy pocas las almas que ascienden pacíficamente al cielo.
—Pero a Él no le importa.
—Justamente. Dice que el sufrimiento de los seres humanos es como la podredumbre: fertiliza y favorece el crecimiento del alma. Cuando asiste desde las alturas a las feroces matanzas sólo ve magnificencia. Ve a hombres y mujeres purificados por medio de la muerte de sus seres queridos, a través del sacrificio por los demás o de un abstracto concepto de Dios; del mismo modo contempla al ejército conquistador que arrasa un territorio, ahuyentando al ganado y ensartando a niños con sus lanzas.
»¿Su justificación? Así es la naturaleza. Es lo que Él creó. Y si las almas confundidas y amargadas deben caer primero en mis manos y padecer los tormentos del infierno, tanto mejor, pues se harán más grandes.
—Y tu tarea se vuelve cada vez más ardua, ¿no es así?
—Sí y no. Estoy ganando, pero debo conseguirlo según los términos de Dios. El infierno es un lugar de sufrimiento. Pero examinemos el asunto detenidamente. Veamos lo que ha hecho Él.
«Cuando Dios abrió las puertas del sheol, cuando bajó al reino de las tinieblas igual que el dios Tammuz había descendido al infierno de Sumer, las almas se agolparon a su alrededor y vieron su redención y las llagas en sus manos y pies; el hecho de que Dios muriera por ellas fue como una luz en medio de su confusión y, naturalmente, ascendieron con él al cielo, pues sus sufrimientos de pronto parecían cobrar un sentido.
»¿Pero tenía realmente un sentido? ¿Puedes otorgar un significado sagrado al ciclo de la naturaleza simplemente por el hecho de sumergir tu divino ser en ella? ¿Crees que eso basta?
»¿Y las almas deformadas por la amargura, las injusticias, esas almas pisoteadas por los soldados invasores que entran en la eternidad maldiciendo a Dios? ¿Qué me dices del mundo moderno, que está enojado con Dios y maldice a Jesucristo y a Dios mismo como hizo Lutero, Dora e incluso tú mismo, como hacen todos?
»Las gentes de tu mundo moderno de fines del siglo veinte nunca han dejado de creer en Él. Pero le odian; sienten rencor hacia Él; están furiosos con Él. Se creen...
—Superiores a él —dije en voz baja, consciente de que Memnoch acababa de decir lo mismo que yo había le había dicho a Dora. Odiamos a Dios.
—Sí —respondió Memnoch—. Te sientes superior a Él.
—Y tú también.
—En efecto. No puedo mostrar a las almas que se hallan en el infierno las llagas de Cristo; no puedo rescatar de este modo a esas desgraciadas y furiosas víctimas del dolor y el sufrimiento. Sólo puedo decirles que fueron los padres dominicos quienes, en su santo Nombre, quemaban vivas a las personas que tomaban por brujas y hechiceros; o que cuando sus familias y clanes y aldeas fueron aniquilados por los soldados españoles en el Nuevo Mundo, fue una hazaña justa porque portaban unos estandartes que ostentaban las llagas de Cristo. ¿Crees que si les cuento eso conseguiré sacar a algún alma del infierno? ¿Que otras almas ascenderán al cielo sin sufrir el menor dolor o sufrimiento?
»Si tratara de instruirlas con esa imagen de "Cristo murió por ti" ¿cuánto tiempo crees que llevaría la educación de un alma en el infierno?
—No me has explicado cómo es el infierno ni lo que enseñas a las almas que lo habitan.
—Yo hago las cosas a mi manera, de eso puedes estar seguro.
»He colocado mi trono sobre el de Él, como dicen los poetas y los autores de las Sagradas Escrituras, porque sé que para que las almas alcancen el cielo no es necesario que sufran; para que comprendan y amen a Dios no era necesario que Cristo fuera torturado y crucificado. Sé que el alma humana trasciende la naturaleza, pero para ello basta con que sea capaz de apreciar la belleza. Job era Job antes y después de sufrir. ¿Qué le enseñó el sufrimiento que no supiera antes?
—Entonces ¿qué hacen por ellas en el infierno?
—No les digo que, según Él, el ojo humano expresa del mismo modo la perfección de la Creación cuando contempla con horror un cuerpo mutilado que cuando admira un jardín.
»Él insiste en que todo reside ahí. Tu jardín salvaje, Lestat, constituye su versión de la perfección. Todo arranca de la misma semilla y yo, Memnoch, el diablo, no alcanzo a comprenderlo. Debe de ser porque poseo la mente simple de un ángel.
—¿Cómo consigues luchar contra Él en el infierno y al mismo tiempo hacer que los condenados se salven y alcancen el cielo?
—¿Qué piensas que es el infierno? —preguntó Memnoch—. Supongo que te habrás hecho alguna idea al respecto.
—En primer lugar, es lo que llamamos purgatorio —respondí—. Todo ser humano puede redimirse, según te oí decir cuando yacía en el campo de batalla. Pero ¿qué clase de tormentos deben padecer las almas que están en el infierno para alcanzar el cielo?
—¿Tú qué crees?
—No lo sé. Tengo miedo. ¿Vas a llevarme allí?
—Sí, pero me gustaría saber qué idea te has formado sobre el infierno.
—No lo sé exactamente. Sólo sé que quienes han matado a otras personas, como he hecho yo, deben sufrir por ello.
—¿Sufrir o pagar por ello?
—¿Acaso no es lo mismo?
—Supongamos que tuvieras la oportunidad de perdonar a Magnus, el vampiro que te metió en esto, supongamos que lo tuvieras delante y te dijera: «Perdóname, Lestat, por haberte arrebatado la vida mortal, por colocarte al margen de la naturaleza y obligarte a beber sangre para subsistir. Haz conmigo lo que quieras, pero perdóname.» ¿Cómo reaccionarías?
—Has elegido un mal ejemplo —contesté—. Ya lo he perdonado. Creo que no sabía lo que hacía. Estaba loco. Era un monstruo del Viejo Mundo. Me corrompió movido por un extraño impulso personal. Ni siquiera pienso en él, me trae sin cuidado. Si quiere pedir perdón a alguien, que se lo pida a los mortales que asesinó durante su existencia.
»En su torre había una mazmorra que estaba llena de hombres mortales a los que había asesinado, unos jóvenes que se parecían a mí, a los cuales había conducido allí para ponerlos a prueba, y en vez de iniciarlos en los ritos vampíricos los había matado salvajemente. Recuerdo los montones de cadáveres de jóvenes rubios y ojos azules. Unos jóvenes a quienes había privado de la posibilidad de vivir, de gozar de la vida. Los que deben perdonarlo son los seres humanos a quienes arrebató la vida.
Había empezado a temblar de nuevo. Era propenso a sufrir arrebatos de indignación. Me había indignado muchas veces cuando los otros me acusaban de diversos y espectaculares ataques contra hombres y mujeres mortales. Y niños. Niños indefensos.
—¿Y tú? —preguntó Memnoch—. ¿Qué crees que deberías hacer para entrar en el cielo?
—Por lo visto, bastará con que trabaje para ti —contesté con tono impertinente—. Al menos, eso es lo que he deducido. Pero no me has dicho exactamente lo que debo hacer. Me has contado la historia de la Creación y la Pasión, me has hablado de la distinta forma de ver las cosas que tenéis Dios y tú, me has explicado cómo te opusiste a Él en la Tierra, e imagino las implicaciones de esa oposición, pues ambos somos unos sensualistas, unos firmes creyentes en la sabiduría de la carne.
—Amén.
—Pero no me has explicado de forma concreta lo que haces en el infierno. ¿Por qué dices que estás ganando la batalla? ¿Por la celeridad con que envías almas al cielo?
—Sí, con celeridad y total aceptación por su parte —respondió Memnoch—. Pero no estoy hablando de la oferta que te hecho ni de mi oposición a los métodos de Dios, sino que deseo hacerte la siguiente pregunta: teniendo en cuenta lo que has visto, ¿cómo crees que es el infierno?
—Temo responder, pues sé que lo merezco.
—Jamás has demostrado tener miedo. Adelante. Di lo que piensas. ¿Cómo crees que es el infierno, qué cualidades debe poseer un alma para ser digna del infierno? ¿Crees que basta con decir «creo en Dios, creo en el sufrimiento de Jesús»? ¿Piensas que basta decir «me arrepiento de todos mis pecados porque te he ofendido, Señor», o bien «me arrepiento de mis pecados porque cuando estaba en la Tierra no creía en Ti y ahora sé que existes, que existe el infierno y deseo reunirme contigo en el cielo» ?
Yo no respondí.
—¿Crees que todo el mundo debería ir al cielo? —preguntó Memnoch.
—No. Eso es imposible —contesté—. Los seres como yo, que han torturado y asesinado a otros seres, no deben ir al cielo. Las personas que con sus actos han provocado catástrofes tan terribles como la peste, el fuego o un terremoto no deben ir al cielo. No sería justo que fueran al cielo si no saben, si no comprenden que han obrado mal, como yo he empezado a comprenderlo. El cielo acabaría convirtiéndose en un infierno si todas las personas crueles, egoístas y malvadas entraran en él. No quiero encontrarme allí con los monstruos que pululan por la Tierra. Si fuera tan fácil, el sufrimiento del mundo sería...
—¿Qué?
—Imperdonable —murmuré.
—¿Qué es lo que sería perdonable, desde el punto de vista de un alma que muere sumida en el dolor y la confusión? Me refiero a un alma que sabe que a Dios no le importa su suerte.
—No lo sé —contesté—. Cuando describiste a los elegidos del sheol, el primer millón de almas que condujiste al cielo, no te referías a unos monstruos reformados, sino a personas que habían perdonado a Dios por crear un mundo injusto, ¿no es cierto?
—Así es. Ésas fueron las almas que me llevé al cielo, sí.
—Pero te referías a ellas como si fueran las víctimas de la injusticia de Dios. No hablaste sobre las almas de los culpables, de los seres como yo, los transgresores, los corruptos.
—¿No crees que cada cual tiene su propia historia?
—Es posible que algunos cometan atrocidades a causa de su estupidez, sus pocas luces y el temor a la autoridad. Pero muchos otros son como yo, saben que son malvados pero no les importa. Se conducen así porque... les gusta. A mí me gusta crear vampiros. Me gusta beber sangre. Me gusta matar. Siempre me ha gustado.
—¿Por eso bebes sangre? ¿Simplemente porque te gusta? ¿O acaso es porque te han convertido en una máquina sobrenatural perfecta que ansía beber sangre y se alimenta de ella, una siniestra criatura de la noche creada por un mundo injusto al que tú y tu destino le importáis tan poco como cualquier niño que pudiera morir de hambre aquella misma noche en París?
—No pretendo justificar lo que hago ni lo que soy. Si crees que intento justificarme, si es por eso que quieres que me convierta en tu lugarteniente, que acuse a Dios... te has equivocado de persona. Merezco pagar por lo que he hecho. ¿Dónde están las almas de las personas a las que he asesinado? ¿Estaban preparadas para ir al cielo o han acabado en el infierno? ¿Acaso han perdido su identidad y permanecen atrapadas en un torbellino, entre el cielo y el infierno? Sé que allí hay unas almas que aguardan su destino, las he visto con mis propios ojos.
—Sí, es cierto.
—Es posible que haya enviado a algunas almas a ese torbellino. Soy la encarnación del egoísmo y la crueldad. He devorado a los mortales que he asesinado, como si fueran comida y bebida. No tengo perdón.
—¿Crees que deseo que te justifiques? —preguntó Memnoch—. ¿Qué violencia he justificado hasta ahora? ¿Qué te hace pensar que te apreciaría más si trataras de hallar una explicación a tus actos? ¿Acaso he defendido alguna vez a alguien que hubiera hecho sufrir a otro ser humano?
—No.
—Entonces ¿a qué viene eso?
—Quiero saber qué es el infierno, qué es lo que haces allí. Según parece, no quieres que la gente sufra, ni siquiera yo. No puedes acusar a Dios y decir que Él hace que todo sea maravilloso y tenga un significado. Es imposible. Eres su adversario. ¿Qué es el infierno?
—¿Qué crees tú que es? —volvió a preguntarme Memnoch—. ¿Qué estás dispuesto a aceptar moralmente antes de rechazar mi propuesta, antes de huir de mí? ¿Qué clase de infierno deseas que exista y tú mismo crearías si te hallaras en mi lugar?
—Un lugar donde las personas comprendan el mal que han causado a otros; donde tengan que enfrentarse a cada detalle y analizar cada partícula de su existencia, hasta llegar a la conclusión de que jamás volverían a cometer esos actos; un lugar donde las almas se reforman a través del conocimiento del mal que han causado y la forma en que pudieron haberlo evitado. Cuando comprendan, como dijiste sobre los elegidos del sheol, cuando no sólo sean capaces de perdonar a Dios por haber creado un mundo injusto sino a sí mismos por sus debilidades y fracasos, sus reacciones violentas, su rencor y su mezquindad, cuando consigan amar y perdonar a todo el mundo, entonces serán dignos de entrar en el cielo. El infierno debería ser un lugar donde recapacitaran sobre las consecuencias de sus actos, pero siempre conscientes de lo insignificantes que son y lo poco que saben.
—Exactamente. Entender el daño que has causado a otros, comprender que no lo sabías, que nadie te lo había explicado, aunque tenías la capacidad de evitarlo. Y perdonar, perdonar a tus víctimas, a Dios y a ti a mismo.
—Sí. Eso pondría fin a mi ira, a mi indignación. Si pudiera perdonar a Dios y a mí mismo, no volvería a enfurecerme con nadie.
Memnoch guardó silencio. Permaneció sentado, con los brazos cruzados, mirándome de hito en hito, su oscura frente perlada de sudor debido a la humedad del ambiente.
—¿No es así como debería ser el infierno? —pregunté, temeroso—. Un lugar donde comprendas el mal que has hecho a otros seres... donde te des cuenta del sufrimiento que has causado.
—Sí, y es terrible. Yo lo creé y mi propósito es restaurar las almas de los justos y los pecadores, de quienes han sufrido y de quienes han cometido actos crueles. La única lección del infierno es el amor.
Yo estaba asustado, tan asustado como cuando nos dirigíamos a Jerusalén.
—A Dios le complace que le envíe tantas almas —dijo Memnoch—, pues éstas justifican su manera de hacer las cosas.
Sonreí con amargura.
—La guerra le parece magnífica, la enfermedad representa para Él otro medio para alcanzar el cielo y la autoinmolación le parece una sublimación personal de su gloria. ¡Como si él conociera su significado! Se han perpetrado más injusticias en el nombre de la cruz que en el nombre de otra causa, emblema, filosofía o credo que haya existido sobre la Tierra.
—Estoy vaciando el infierno a gran velocidad, alma tras alma. Les hablo sobre lo que sufren los humanos, lo que ellos saben y lo que pueden hacer, y gracias a mis enseñanzas las almas se reforman rápidamente y suben al cielo.
»¿Quién crees que llega al infierno sintiéndose más estafado, furioso y amargado: el niño que murió en la cámara de gas en un campo de exterminio o el soldado con las manos manchadas de sangre hasta los codos a quien aseguraron que si aniquilaba al enemigo del estado hallaría su lugar en valhala, el paraíso o el cielo?
No respondí; me limité a guardar silencio, a escucharlo y observarlo.
Memnoch se inclinó hacia delante con objeto de reclamar mi atención y súbitamente cambió de fisonomía, ante mis propios ojos, dejando de ser el diablo, un hombre-animal con patas de macho cabrío, para convertirse en un ángel ataviado con una sencilla túnica. Sus ojos azules y luminosos contrastaban con la hosca expresión de su semblante.
—En el infierno trato de subsanar las torpezas que Él ha cometido —dijo Memnoch—. Borro el daño que el sufrimiento y las injusticias causan en los seres humanos. Les enseño que pueden ser mejores que Él.
»Pero ése es mi castigo por haber discutido con Él: habitar en el infierno para ayudar a las almas a cumplir su ciclo tal como Él lo entiende. En caso de no conseguir instruirlas y ayudarlas, permaneceré allí por siempre.
»Sin embargo, el infierno no es mi campo de batalla.
»Mi campo de batalla es la Tierra, Lestat. No lucho contra Él en el infierno, sino en la Tierra. Recorro el mundo tratando de derribar todos los edificios que Él ha construido para santificar la autoinmolación y el sufrimiento, para santificar la agresión, la crueldad y la destrucción. Alejo a hombres y mujeres de sus iglesias para enseñarles a bailar, cantar, beber y abrazarse con gozo y pasión. Hago cuanto puedo para mostrarles la mentira que encierran todas las religiones. Trato de destruir las mentiras que Él ha permitido que se propagaran por el universo a medida que éste evolucionaba.
»Él es el único que puede disfrutar impunemente del sufrimiento, puesto que es Dios y no conoce el significado de esa palabra. Ha creado unos seres que están dotados de una mayor capacidad de conocimiento, sentimiento y amor que Él mismo. La última victoria sobre la maldad humana no se producirá hasta que Él no haya sido destronado, desmitificado, olvidado, repudiado, y hombres y mujeres busquen la bondad, la justicia, la ética y el amor que guardan dentro de sí.
—Eso es justamente lo que los seres humanos intentan hacer, Memnoch —respondí—. A eso se refieren cuando afirman que odian a Dios. A eso se refería Dora cuando crispó los puños y dijo: «Pregúntale por qué permite que existan estas cosas.»
—Lo sé. ¿Vas a ayudarme a luchar contra Él y contra su Cruz?
»Me acompañarás a la Tierra, al cielo y al infierno, ese funesto lugar donde las almas se retuercen entre tormentos, obsesionadas con el sufrimiento de Él. No me servirás en un solo lugar, sino en los tres. Y, al igual que yo, pronto comprobarás que la intensidad de las emociones que experimentas en el cielo resulta tan insoportable como el infierno. El éxtasis que se respira allí hará que desees bajar al infierno para ayudar a las almas confusas y atormentadas a que abandonen las tinieblas. Cuando contemplas la luz, no puedes olvidarte de ellas. En eso consistirá tu misión.
Tras detenerse unos momentos, Memnoch preguntó:
—¿Tienes valor para bajar a contemplarlo?
—Sí.
—Te advierto que se trata del infierno.
—Empiezo a imaginar...
—No existirá siempre. Llegará un día en que el mundo será destruido por sus adoradores humanos, o bien todos los que mueran vean su luz y se rindan ante Dios y se apresuren a reunirse con Él en el cielo.
»Un mundo perfecto o un mundo destruido. En cualquier caso, ello marcará el fin del infierno. Entonces regresaré al cielo, satisfecho de poder permanecer allí por primera vez en mi existencia, desde el comienzo del tiempo.
—Condúceme al infierno, deseo conocerlo.
Memnoch me acarició la cabeza y las mejillas. Sus manos tenían un tacto suave y cálido que me procuró tranquilidad.
—Varias veces, en el pasado —dijo Memnoch—, estuve a punto de apoderarme de tu alma. La vi abandonar tu cuerpo, pero luego la poderosa carne sobrenatural, el coraje del héroe, conseguía rescatarla, restituirla al monstruo, y se me escapaba de las manos. Ahora me arriesgo a precipitarte a una muerte prematura, en la confianza de que podrás soportar lo que vas a ver y oír, y después regreses conmigo para ayudarme.
—¿Hubo algún momento en que mi alma pudo haber alcanzado el cielo, zafándose de ti y de tu infernal torbellino?
—¿Tú qué crees?
—Recuerdo una vez... cuando estaba vivo...
—Sigue.
—Fue un momento maravilloso, que se produjo mientras bebía unas copas de vino y charlaba con mi buen amigo Nicolás en una posada de mi aldea natal, en Francia. De pronto todo me pareció tolerable y bello, con independencia de cualquier horror e injusticia que pudiera existir. Fue un instante fugaz, embriagador. Más tarde lo describí en un libro, en un intento de evocarlo. Fue un momento en que me sentí capaz de perdonarlo todo, de darlo todo, quizá cuando ni siquiera existía, cuando todo lo que veía se hallaba más allá de mi alcance, fuera de mí. No lo sé. Quizá si hubiera muerto en aquel instante...
—Pero te asustaste al comprender que aunque murieras quizá no llegarías a entenderlo todo, que quizá no existiera nada...
—... sí. Y ahora temo algo peor. Temo que exista algo, algo que sea infinitamente peor que la nada.
—Tienes razón. Bastan unas tuercas, unos clavos y una hoguera para hacer que los seres humanos deseen no haber nacido nunca. ¡Imagínate, desear no haber nacido nunca!
—Conozco esa sensación. Temo volver a experimentarla.
—Y no te equivocas. Pero nunca has estado tan preparado como en estos momentos para afrontar lo que voy a revelarte.

21
El viento barría el campo sembrado de piedras; la gran fuerza centrífuga disolvía y liberaba a las almas que se le resistían a medida que éstas asumían una forma humana y llamaban a las puertas del infierno o deambulaban a lo largo de sus gigantescos muros, entre el resplandor de las hogueras que ardían en su interior, gimiendo, implorando y apoyándose unas en otras.
Las voces quedaban sofocadas por el sonido del viento. Algunas almas con forma humana luchaban y se debatían, otras vagaban como en busca de algo pequeño y perdido, para luego alzar los brazos y dejarse engullir por el torbellino.
La figura de una mujer, pálida y delgada, se detuvo para acoger entre sus brazos a un grupo de almas infantiles que vagaban perdidas, llorando de forma desconsolada. Algunos de los niños eran tan jóvenes que aún no habían aprendido a caminar.
Nos acercamos a las puertas del infierno, formadas por unos gigantescos arcos negros y relucientes como una obra de ónice que hubiera sido tallada por artesanos medievales. Por doquier sonaban los lamentos y quejidos de las almas perdidas. Los espíritus extendían la mano para tocarnos. Los murmullos nos cubrían como las moscas y mosquitos que revoloteaban sobre el campo de batalla. Unas figuras espectrales trataban de asirme por el pelo y la chaqueta.
A nuestro paso se alzaban las voces de los condenados, como un rugido de oprobio: «Ayudadnos, dejadnos entrar, malditos, libradnos de este tormento, malditos, malditos...»
Yo parpadeé, en un intento de lograr ver algo entre la densa penumbra. Ante mí desfilaron unos rostros patéticos, de cuyos labios brotaban unas exclamaciones y gemidos que me abrasaban la piel.
Las puertas del infierno no eran sólidas; sólo eran unos arcos que daban acceso al mismo.
Más allá se encontraban los Espíritus Amables, en apariencia más sólidos y de un color más vivo que los otros, aunque igualmente diáfanos; éstos llamaban a las almas perdidas por su nombre, gritando a través del viento, y las exhortaban a hallar el medio de entrar, asegurándoles que ese lugar no significaba la perdición.
Algunos espíritus sostenían unas antorchas; sobre los muros ardían unas lámparas. El cielo aparecía iluminado por la luz de los relámpagos y una misteriosa lluvia de chispas que provenía de unos cañones antiguos y modernos. El aire olía a pólvora y sangre. Los fogonazos estallaban una y otra vez como un mágico espectáculo de fuegos artificiales en una antigua corte china, para luego dejar paso a una oscuridad sutil, insustancial, fría.
«Entrad», insistían los Espíritus Amables, unos fantasmas bien formados y proporcionados, decididos y enérgicos como Roger, que vestían ropajes de todas las épocas y naciones. Hombres y mujeres, niños y ancianos, ninguno de esos cuerpos era opaco, pero tampoco débil. Todos trataban de ayudar a aquellas almas que vagaban por el valle en su intento de liberarse del torbellino que las mantenía atrapadas mientras ellas maldecían su suerte y se hundían en la nada. Los Espíritus Amables de la India vestían unos saris de seda y los de Egipto unas túnicas de algodón; aquellas vestiduras correspondían a reinos antiquísimos y las joyas con que se adornaban eran magníficas joyas. Podía verse toda clase de ropajes, desde los más sencillos hasta los más suntuosos: tocados de plumas propios de las tribus que denominamos salvajes, togas sacerdotales, trajes cortesanos, etcétera.
Yo me agarré a Memnoch, impresionado ante aquel espectáculo, no sé si hermoso o grotesco, formado por una multitud de todas las naciones y épocas. Los espíritus —desnudos, negros, blancos, asiáticos, de todas las razas— se movían con seguridad entre las almas perdidas y confundidas, tratando de ayudarlas.
El suelo, cubierto de marga negra y conchas, me lastimaba los pies. ¿Por qué permites esto, Señor?, me preguntaba. ¿Por qué?
El paisaje que se extendía ante nosotros consistía en unas majestuosas laderas y unos precipicios cortados a pico tan profundos y tenebrosos como el abismo infernal.
Los portales estaban iluminados; junto a los elevados muros había unas escalinatas que conducían a unos valles que yo apenas lograba divisar y a unos impetuosos ríos dorados teñidos de sangre.
—¡Ayúdame, Memnoch! —murmuré. No podía cubrirme los oídos pues sujetaba el velo con ambas manos, temeroso de perderlo. Los gritos de los condenados me laceraban el corazón como si me lo partieran a hachazos—. ¡No lo soporto!
—No temas, nosotros te ayudaremos —dijeron los Espíritus Amables al tiempo que se agolpaban a mi alrededor y me observaban con curiosidad y preocupación, abrazándome y besándome—. Ha llegado Lestat. Lo ha traído Memnoch. Bienvenido al infierno.
Las voces aumentaban y disminuían de volumen, superponiéndose, como si una multitud estuviera rezando el rosario, cada cual desde una localización distinta, o entonando un extraño cántico.
—Te amamos.
—No temas. Te necesitamos.
—Quédate con nosotros.
—Haz que salgamos pronto de aquí.
Sus caricias no conseguían aplacar el terror que me producía la lívida luz, las explosiones de los cañones y el acre olor a humo.
—¡Memnoch! —grité, sin soltar su mano ennegrecida por el hollín mientras me conducía a través de sus dominios, su perfil remoto, su mirada fría y severa.
Más abajo, al pie de la montaña, había unas inmensas praderas repletas de almas que vagaban perdidas, temerosas, entre lamentos y discusiones, junto a aquellas que eran conducidas y consoladas por los Espíritus Amables y otras que corrían enloquecidas a través de la multitud, dibujando sin cesar círculos, como si pretendieran escapar.
¿De dónde provenía esa luz infernal, esa magnífica e implacable iluminación, esos incesantes destellos y estallidos de llamas rojas y cometas que centelleaban sobre los picos de las montañas?
Los gritos de las almas condenadas retumbaban entre los riscos. Otras gemían y cantaban. Los Espíritus Amables se apresuraban a ayudar a incorporarse a las que habían caído, a conducirlas hacia una escalinata, una cueva o un sendero.
—¡Maldito seas, maldito seas, maldito seas!
El eco de sus gritos resonaba entre las cimas de las montañas y los valles.
—¡Jamás obtendremos el perdón!
—No me digas que...
—... alguien tiene que ayudarnos...
—Ven, no temas, no te soltaré la mano —dijo Memnoch mientras descendíamos por una empinada y angosta escalinata que se ceñía al muro de un risco.
—¡No lo soporto! —grité de nuevo.
Pero el viento ahogó el sonido de mi voz. Introduje la mano derecha en la chaqueta para asegurarme de que no había perdido el velo y luego me agarré a la roca. Su áspera superficie presentaba unas hendiduras y grietas que parecían producidas por centenares de millares de manos que hubieran tratado de trepar por ella. Los gritos y gemidos me nublaron la razón. Al fin llegamos a un valle.
¿O era acaso un mundo tan vasto y complejo como el cielo? Al igual que en éste, había multitud de palacios, torres y arcos de un sombrío color pardo, teja y ocre, y oro viejo o ennegrecido, así como estancias llenas de espíritus de todas las edades y naciones que conversaban, discutían y cantaban. Algunos se abrazaban para consolarse mutuamente. Vi soldados de uniforme que habían participado en guerras antiguas y modernas, mujeres vestidas con los típicos ropajes negros y holgados de Tierra Santa, gentes del mundo moderno que llevaban trajes comprados en los grandes almacenes. Todos estaban cubiertos de polvo y hollín, lo cual impedía que los colores brillaran en todo su esplendor. Algunas almas lloraban y se acariciaban mutuamente para consolarse, otras asentían, gritaban o blandían furiosas el puño.
Vi también unas almas vestidas con toscos y raídos hábitos sacerdotales, monjas con unas tocas blancas e impecables, princesas con mangas abullonadas de terciopelo, hombres desnudos que se paseaban entre la multitud como si jamás hubieran vestido una prenda, sencillos trajes de algodón y otros de encaje antiguo, brillantes sedas y tejidos sintéticos, finos y gruesos, guerreras de color caqui, relucientes armaduras de bronce, túnicas campesinas, elegantes y modernos trajes de lana, vestidos plateados; cabellos de todos los colores, alborotados por el viento; rostros de todos los colores; ancianos que descansaban con las manos apoyadas en las rodillas, mostrando sus calvas sonrosadas y sus arrugados cogotes, y las depauperadas formas de gentes que habían muerto de hambre, y bebían de los arroyos como los perros, mientras otras permanecían sentadas con la espalda apoyada en una roca o el tronco de un árbol con los ojos semicerrados, cantando, soñando, rezando.
A medida que transcurría el tiempo mis ojos se iban acostumbrando a la penumbra, permitiéndome distinguir con detalle todo cuanto me rodeaba. En torno a cada alma había una docena de figuras cantando, bailando o gimiendo, que constituían unas imágenes proyectadas por esa misma alma y mediante las cuales se comunicaba con las otras.
La horripilante figura de una mujer devorada por las llamas representaba una quimera para aquellas almas que se arrojaban gritando al fuego en un intento de liberarla y sofocar las llamas que lamían sus cabellos, de rescatarla de aquella terrible agonía. Era el lugar donde quemaban a las brujas. ¡Todas ardían en la hoguera! ¡Sálvalas! ¡Dios mío, sus cabellos están en llamas!
Los soldados que disparaban los cañones y se tapaban los oídos para no oír las detonaciones suponían una espectral visión para las legiones de almas que sollozaban postradas de rodillas, y el gigante que blandía un hacha constituía un horripilante fantasma para los que la miraban estupefactos, reconociéndose en él.
—¡No lo soporto!
Ante mis ojos desfilaron unas monstruosas imágenes de asesinatos y torturas, casi abrasándome el rostro. Vi a unos espectros que eran arrastrados a una muerte segura en unas calderas que contenían alquitrán hirviendo, a unos soldados que caían de rodillas con los ojos desmesuradamente abiertos, a un príncipe de un reino persa que gritaba y se retorcía mientras las llamas se reflejaban en sus ojos negros.
Los lamentos, gritos y murmullos adquirieron un tono de protesta, interrogación, descubrimiento. A mi alrededor sonaban miles de voces; sólo era preciso tener el valor de escuchar lo que decían, rescatar las palabras, finas como hilos de acero, de entre aquella algarabía.
—Sí, sí, supuse, sabía...
—... mis niños, tesoros míos...
—... en tus brazos, porque tú nunca...
—... yo que creía que tú...
—Te quiero, te quiero, te quiero, sí, para siempre... no, no lo sabías. No lo sabías, no lo sabías.
—... siempre creí que era lo que debía hacer, pero sabía, presentía...
—... el valor de volverse y decir que aquello no era...
—¡No lo sabíamos! ¡No lo sabíamos! ¡No lo sabíamos!
Todo se reducía a aquella frase repetida hasta la saciedad: «¡No lo sabíamos!»
Ante mí se alzaba el muro de una mezquita, atestada de personas que gritaban y se cubrían la cabeza mientras llovían sobre ellas fragmentos que se desprendían del techo y las paredes. El estruendo de la artillería era ensordecedor. Todos eran fantasmas.
—No lo sabíamos, no lo sabíamos —se lamentaban las almas.
Los Espíritus Amables, arrodillados ante ellas mientras unos gruesos lagrimones rodaban por sus mejillas, repetían:
—Lo comprendemos, lo comprendemos.
—Y aquel año, el hecho de regresar a casa para reunirme con...
—Sí...
De pronto tropecé con una piedra y caí en medio de un numeroso grupo de soldados que se hallaban postrados de rodillas sollozando, abrazándose los unos a los otros y a los patéticos fantasmas de los conquistados, los asesinados, los que habían perecido de hambre, mientras se balanceaban y lloraban al unísono.
Súbitamente se produjo una serie de explosiones, cada una más violenta que la anterior, como sólo el mundo moderno puede provocar. El cielo apareció iluminado como si fuera de día por una fría e incolora luz que al cabo de unos instantes se desvaneció, haciendo que todo se sumiera de nuevo en la oscuridad.
Una oscuridad visible.
—Ayudadme a salir de aquí—supliqué.
Pero nadie hizo caso de mis gritos y súplicas. Cuando me volví en busca de Memnoch, vi las puertas de un ascensor que se abrían de repente y ante mí apareció una espaciosa y moderna estancia con magníficos candelabros, suelos relucientes e inmensas alfombras. Exhibía el duro y frío lustre de nuestro mundo mecanizado. De pronto vi a Roger dirigiéndose hacia mí.
Roger, vestido con una chaqueta de seda morada y un pantalón de excelente corte, el pelo perfumado y las manos impecablemente arregladas.
—¡Lestat! —exclamó—. Terry está aquí, todos están aquí, Lestat.
Roger me agarró por la chaqueta y me miró con los ojos que yo había visto en el fantasma y en el ser humano que yacía entre mis brazos mientras le chupaba la sangre, fijamente, arrojando el aliento en mi rostro, mientras la habitación se disolvía en humo y el tenue espíritu de Terry, con su estridente cabello platino, le arrojaba los brazos al cuello, estupefacta, muda de asombro. De pronto el suelo se abrió y apareció Memnoch con sus alas desplegadas para interponerse entre ellos y yo.
—Quería contarle lo del velo... —insistí, tratando de acercarme a Roger, pero Memnoch me lo impidió.
—¡Sígueme! —me ordenó.
Los cielos se abrieron con otra lluvia de chispas, los rayos estallaron y las nubes descargaron un atronador diluvio de agua helada.
—¡Dios mío! —grité—. ¡Ésta no puede ser tu escuela, Señor! ¡Es imposible!
—¡Mira!
Memnoch señaló a Roger, el cual se arrastraba a cuatro patas, como un perro, entre las víctimas que había asesinado mientras los hombres le imploraban con los brazos extendidos y las mujeres se abrían la túnica para mostrar sus heridas. El vocerío fue aumentando de volumen hasta que pareció como si el infierno estuviera a punto de estallar. Terry —la mismísima Terry— seguía aferrada al cuello de Roger, quien yacía en el suelo con la camisa desgarrada, los pies desnudos, rodeado de una espesa selva. En la oscuridad sonaron unos disparos, unas detonaciones producidas por rifles automáticos que escupían un sinnúmero de mortíferas balas. Entre la maraña de monstruosos árboles parpadeaban las luces de una casa. Roger se volvió hacia mí, tratando de incorporarse, pero se desplomó de nuevo en el suelo, sollozando, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—... cada acción, cada acto que realizamos, Lestat, yo no sabía... no lo sabía...
Vi la figura de Roger, nítida, fantasmagórica, implorante, alzarse ante mí para retroceder y confundirse entre la multitud de almas que nos rodeaban.
De pronto vi a las otras almas, las Almas Purificadas, que se dispersaban en todas las direcciones.
Los diferentes escenarios se sucedían sin pausa, mostrando unos colores que súbitamente se avivaban o desvanecían en una turbia neblina. De pronto, de los horripilantes y turbulentos campos del infierno brotaron las Almas Purificadas. En medio del batir de tambores y los gritos de las víctimas de inenarrables tormentos aparecieron unos hombres que vestían unas toscas túnicas blancas, los cuales fueron arrojados a la gigantesca hoguera, entre aullidos y gestos de dolor, mientras las otras almas retrocedían gritando de espanto, de remordimientos, reconociéndose en ellos.
—¡Dios mío, perdónanos!
Las almas comenzaron a ascender con los brazos extendidos. Sus túnicas desaparecieron o se transformaron en los anodinos ropajes de las almas que se habían salvado, mientras el túnel se abría para recibirlas.
Vi la luz y a un sinfín de espíritus que volaban por el túnel hacia el destello celestial. El túnel, completamente redondo, se ensanchaba a medida que lo atravesaban las almas, y durante un instante, un bendito instante, los cantos del cielo resonaron a través de él como si sus curvas no fueran de viento sino de una sustancia sólida capaz de devolver el eco de los etéreos cánticos, su ritmo organizado, su extraordinaria belleza que contrastaba con el indecible sufrimiento de este lugar.
—¡No lo sabía! ¡No lo sabía! —exclamaban las voces.
Luego, el túnel se cerró.
Seguí adelante, tropezando y volviéndome hacia un lado y otro. En un sitio vi a unos soldados que torturaban a una joven con unas lanzas, mientras otras lloraban y trataban de interponerse entre ésta y sus torturadores. En otro vi a unos niños de corta edad que corrían con los bracitos extendidos para arrojarse en brazos de sus llorosos padres, madres, asesinos.
Un individuo yacía postrado en el suelo, cubierto por una armadura, con una barba larga y pelirroja, la boca entreabierta, maldiciendo a Dios, al diablo y al destino.
—¡No, no, no, no! —gritaba.
—Mira quién hay detrás de esa puerta —dijo un Espíritu Amable, una forma femenina, su hermosa cabellera resplandeciendo alrededor de su etérea blancura, acariciándome el rostro suavemente—. Fíjate...
La puerta estaba a punto de abrirse. Las paredes de la estancia aparecían cubiertas de libros.
—Tus víctimas, querido, tus víctimas, las personas que tú asesinaste —dijo el espíritu.
Contemplé al soldado que yacía postrado en el suelo, gritando desesperadamente:
—¡Jamás afirmaré que fue justo, jamás, jamás...!
—¡No son mis víctimas! —protesté.
Di media vuelta y eché a correr. Tropecé y caí de bruces, sobre un montón de cuerpos. Más allá, las ruinas de una ciudad eran devoradas por las llamas; los muros se derrumbaban por doquier, el estruendo de los cañones era incesante y el aire estaba impregnado de un gas tóxico. La gente caía al suelo, tosiendo y respirando con dificultad, mientras el coro de NO LO SABÍA iba en aumento, cohesionándolo todo en un instante de orden peor que el caos.
—¡Ayúdame! —grité una y otra vez.
Jamás había sentido tal alivio al gritar, tal sensación de abandono y cobardía, implorando a Dios Todopoderoso en ese lugar de pesadilla donde los gritos no eran sino aire y nadie los oía, nadie excepto los sonrientes Espíritus Amables.
—Aprende, querido.
—Aprende. —Los murmullos eran suaves como besos. Un hombre de rostro tostado, un hindú, tocado con un turbante, repitió—: Aprende.
—Levanta la vista, mira las flores, el cielo... —Un Espíritu Amable femenino bailaba dibujando unos círculos; su vaporoso vestido blanco rozaba las nubes, el hollín y el polvo, mientras sus pies se hundían en la marga pero sin dejar de danzar.
—No te burles de mí, aquí no hay ningún jardín —grité. Estaba de rodillas. Tenía la ropa hecha jirones, pero aún conservaba el velo.
—Coge mis manos...
—¡No, suéltame! —grité, introduciendo enseguida la mano dentro de mi chaqueta para ocultar el velo. La tenue figura de un muchacho se alzó y avanzó torpemente hacia mí, con la mano extendida.
—¡Maldito seas! —exclamó—. ¡Tú, que te paseabas por las calles de París como el mismo Lucifer, rodeado de un resplandor dorado! ¡Cerdo! ¿No recuerdas lo que me hiciste?
Súbitamente la taberna cobró forma y el joven cayó hacia atrás debido al impacto del puñetazo que le propiné, derribando unos barriles. Unos hombres, sucios y borrachos, se dirigieron a mí con aire desafiante.
—¡Deteneos! —grité—. No dejéis que se acerque a mí. No lo recuerdo. Yo no lo maté. Os aseguro que no lo recuerdo. No puedo...
»—Claudia, ¿dónde estás? ¡Perdóname por el mal que te hice! ¡Claudia! ¡Ayúdame, Nicolás!
¿Estaban ahí, perdidos en ese torrente, o habían desaparecido a través del túnel hacia el resplandor divino, hacia los benditos cantos que integraban el silencio en sus acordes y melodías ? Rezad por mí desde el cielo.
Mis gritos habían perdido toda dignidad, pero sonaban desafiantes en mis oídos.
—¡Ayudadme! ¡Socorro!
—¿Debes morir antes de servirme? —preguntó Memnoch, alzándose ante mí, el ángel de granito, el ángel de las tinieblas, con las alas desplegadas. ¡Borra todos los horrores del infierno, te lo ruego, incluso bajo tu forma demoníaca!—. Gritas en el infierno al igual que cantabas en el cielo. Éste es mi reino, ésta es nuestra obra. ¡Recuerda la luz!
Caí hacia atrás, lastimándome el hombro y el brazo izquierdos, pero me resistí a soltar el velo que sujetaba con la mano derecha. Vi el cielo y las flores del melocotonero que asomaban entre las hojas del árbol y las suculentas frutas que pendían de sus ramas.
El humo hacía que me escocieran los ojos. Una mujer que estaba arrodillada junto a mí dijo:
—Ahora sé que nadie puede perdonarme, salvo yo misma, pero no me explico cómo fui capaz de hacerle aquello a mi hija, siendo tan pequeña, ni cómo pude...
—Creí que era otra cosa —dijo una joven aferrándome por el cuello, su nariz rozando la mía—, pero ya conoces esa sensación, esa bondad, le sostenía la mano y él...
—¡Perdonar! —murmuró Memnoch.
Luego agarró al monje que aparecía cubierto de sangre, su toga marrón hecha jirones, los pies llagados y abrasados.
—¡Aprended a perdonar de corazón, podéis hacerlo! —exclamó—. ¡Podéis ser mejores que Él, darle ejemplo!
—Lo amo... incluso a Él... —murmuró un alma al tiempo que se desintegraba—. Él no quería que sufriéramos de esta forma... Es imposible...
—¿Ha conseguido pasar la prueba? —pregunté—. ¿Ha pasado ese alma la prueba en este lugar infernal? ¿Te basta con lo que ha dicho? ¿Tienes suficiente con saber que no conocía a Dios? ¿O quizá sigue aún aquí, en un lugar invisible, entre esta podredumbre, o acaso se la ha tragado el túnel? ¡Ayúdame, Memnoch!
Busqué al monje que tenía los pies abrasados. Lo busqué por todas partes.
Una explosión hizo que se derrumbaran las torres de la ciudad. Me pareció oír el tañido de una campana. La gigantesca mezquita se había desplomado. Un hombre con un rifle disparaba contra la gente que huía. Unas mujeres cubiertas con un velo gritaban despavoridas mientras caían al suelo.
El tañido de la campana era cada vez más fuerte.
—¡Dios mío, Memnoch! ¿No lo oyes? ¡Suena más de una campana!
—Son las campanas del infierno, Lestat, y doblan por nosotros.
Memnoch me agarró del cuello como si se dispusiera a alzarme del suelo.
—Recuerda tus palabras, Lestat, cuando dijiste que oías el tañido de las campanas del infierno.
—¡No, suéltame! No sabía lo que decía. Fue una frase poética, una estupidez. Suéltame. ¡No lo soporto!
Había una docena de personas sentadas alrededor de una mesa, a la luz de una lámpara, que discutían sobre un mapa. Algunas de ellas se abrazaron mientras señalaban unas zonas que aparecían marcadas con diversos colores. De pronto una de ellas se volvió. ¿Un hombre? Un rostro.
—¡Eh, tú!
—¡Suéltame! —exclamé.
Di media vuelta y alguien me propinó un empujón, arrojándome contra un muro cubierto de estanterías que contenían relucientes tomos, los cuales cayeron sobre mí. Sentí que las fuerzas me abandonaban. Atravesé con el puño un globo terráqueo que se hallaba montado sobre un decorativo arco de madera. Un niño patizambo me miraba con las cuencas de los ojos vacías.
Vi una puerta y corrí hacia ella.
—No, déjame marchar. No quiero quedarme. Me niego.
—¿Te niegas? —preguntó Memnoch, sujetándome el brazo derecho al tiempo que me miraba enojado y desplegaba lentamente las alas como si pretendiera envolverme en ellas, como si yo le perteneciera—. ¿No quieres ayudarme a vaciar este lugar, a enviar estas almas al cielo?
—¡No puedo hacerlo! —contesté—. ¡Me niego a hacerlo!
De pronto sentí que la ira me recorría las venas como lava hirviendo y borraba el temor, los temblores y las dudas. Había recuperado mi energía y decisión características.
—¡No quiero saber nada de esto! ¡No lo haré ni por ti, ni por Él, ni por ellos ni por nadie!
Retrocedí unos pasos y miré con indignación a Memnoch.
—No voy a hacerlo por un Dios tan ciego como Él, ni por nadie que me exija lo que tú me exiges. Ambos estáis locos. No te ayudaré. Me niego rotundamente.
—¿Serías capaz de hacerme eso, de abandonarme? —preguntó Memnoch. Su oscuro rostro estaba contraído de dolor y sobre sus negras y relucientes mejillas brillaban unas lágrimas—. ¿Serías capaz de no mover un dedo para ayudarme? ¿Después de todo lo que has hecho, Caín, asesino de tu hermano, asesino de inocentes, te niegas a ayudarme...?
—Basta. No puedo apoyarte ni ayudarte en tu empresa. ¡No quiero crear esto! ¡No lo soporto! ¡No puedo enseñar en esta escuela!
Estaba ronco y la garganta me ardía. El ruido ahogaba mis palabras, pero Memnoch comprendió lo que decía.
—No, jamás aceptaré esta situación, estas normas, este sistema.
—¡Cobarde! —rugió Memnoch. Sus ojos almendrados parecían más inmensos que nunca, el fuego se reflejaba en sus negras mejillas y frente—. Tengo tu alma en mis manos, te ofrezco tu salvación a un precio por el que quienes han sufrido durante milenios estarían dispuestos a hacer cualquier cosa.
—No quiero formar parte de este dolor, ni ahora ni nunca. Ve a hablar con Él, cambia las normas, hazle entrar en razón, pero no cuentes conmigo para ayudarte en esta empresa inhumana, atroz, injusta.
—¡Esto es el infierno, idiota! ¿Acaso esperabas servir al señor del infierno sin sufrir lo más mínimo?
—¡No lo haré! —grité—. ¡Al infierno con todos! —dije entre dientes. Estaba furioso y resuelto a no ceder un ápice—. ¡No participaré en esto! ¿No lo comprendes? ¡No puedo aceptarlo! ¡No puedo soportarlo! Me marcho. Dijiste que podía decidir libremente. Bien, pues me marcho a casa. ¡Déjame ir!
Tras estas palabras di media vuelta.
Memnoch me agarró del brazo en un intento de detenerme, pero lo derribé violentamente sobre el montón de almas que giraban y se disolvían. Los Espíritus Amables presenciaban la escena alarmados y disgustados.
—Vete —dijo Memnoch con rabia, tendido todavía sobre el suelo—. A Dios pongo por testigo que cuando mueras regresarás aquí de rodillas, como alumno y pupilo mío, pero jamás volveré a ofrecerte la oportunidad de convertirte en mi príncipe, mi ayudante.
Volví la cabeza y lo contemplé, aún tumbado en el suelo, su codo clavándose en el suave plumaje de su ala mientras trataba de incorporarse sobre sus monstruosas patas de macho cabrío. Luego avanzó hacia mí y gritó:
—¿Me has oído?
—¡No puedo servirte! —grité con todas mis fuerzas—. ¡No puedo hacerlo!
Luego me volví por última vez, consciente de que no volvería a mirar atrás y pensando únicamente en huir. Eché a correr por la resbaladiza ladera de marga y atravesé los arroyos, abriéndome paso entre los atónitos Espíritus Amables y las almas que no cesaban de gemir.
—¿Dónde está la escalinata? ¿Dónde están las puertas? ¡No podéis negarme el derecho a abandonar este lugar! ¡La muerte no se ha apoderado aún de mí! —grité, sin mirar atrás, sin dejar de correr.
—¡Dora! ¡David! ¡Ayudadme! —grité.
De pronto oí la voz de Memnoch junto a mi oído:
—Lestat, no me hagas esto, no te vayas. No regreses, Lestat, es una locura, te lo ruego, por el amor de Dios. ¡Por amor a Él y a tus semejantes, ayúdame!
—¡No! —grité, volviéndome y propinándole un empujón.
Memnoch cayó hacia atrás y quedó tendido en un escalón, atontado, su grotesca figura enmarcada por sus inmensas alas negras.
Ante mí vi la luz que penetraba a través de la puerta abierta y corrí hacia ella.
—¡Detenedlo! —gritó Memnoch—. ¡No le dejéis salir! ¡No dejéis que se lleve el velo!
—¡Tiene el velo de Verónica! —exclamó uno de los Espíritus Amables abalanzándose hacia mí a través de la penumbra.
Resbalé y casi perdí el equilibrio, pero seguí corriendo, sin hacer caso del dolor que sentía en las piernas. Los Espíritus Amables me pisaban los talones.
—¡Detenedlo!
—¡No lo dejéis marchar!
—¡Detenedlo!
—¡Arrebatadle el velo! —gritó Memnoch—. Lo lleva dentro de la camisa. ¡No debe salir de aquí con el velo!
Yo agité la mano para obligar a los Espíritus Amables a retroceder, y éstos chocaron contra un risco que se elevaba como una informe y silenciosa masa. Ante mí se alzaban las gigantescas puertas del infierno. Vi la luz y comprendí que era la luz de la Tierra, brillante y natural.
De pronto noté las manos de Memnoch sobre mis hombros, tratando de detenerme.
—¡No lo conseguirás! —grité—. ¡Que Dios me perdone y tú también, pero no dejaré que me robes el velo!
Alcé la mano izquierda para impedir que me lo arrebatara y le propiné otro empujón, pero Memnoch se precipitó hacia mí propulsado por sus gigantescas alas, obligándome a retroceder hacia la escalinata. Luego clavó los dedos en mi ojo izquierdo, me levantó el párpado y me arrancó el ojo. Noté que la gelatinosa masa se deslizaba por mi mejilla y se escurría entre mis temblorosas manos.
—¡Oh, no! —exclamó Memnoch, llevándose las manos a la boca y contemplando horrorizado el mismo objeto que contemplaba yo.
Mi ojo, redondo y azul, relucía sobre el escalón. Los Espíritus Amables lo observaron estupefactos.
—¡Písalo, aplástalo! —gritó uno de los Espíritus Amables, precipitándose hacia el lugar donde yacía el ojo.
—¡Sí, písalo, aplástalo, machácalo! —gritó otro.
—¡No! ¡No lo hagáis! ¡Deteneos! —ordenó Memnoch—. Os prohíbo que hagáis esto en mis dominios.
—¡Písalo!
Ése era el momento, mi oportunidad de escapar.
Eché a correr escaleras arriba, sin que mis pies rozaran apenas los escalones, me precipité a través de la luz y el silencio y aterricé en la nieve.
Era libre.
Me encontraba en la Tierra. Mis pies avanzaban sobre la resbaladiza nieve.
Tuerto, con el rostro ensangrentado y sujetando el velo que llevaba dentro de la camisa, corrí bajo la nieve mientras mis gritos retumbaban entre los edificios que me resultaban familiares, los oscuros y omnipresentes rascacielos de la ciudad que conocía. Me hallaba en casa. En la Tierra.
El sol acaba de ponerse tras el velo gris plomizo de la tormenta, el crepúsculo invernal devorado por la oscuridad y la blancura de la nieve.
—¡Dora, Dora, Dora!
Seguí corriendo sin detenerme.
Las confusas formas humanas avanzaban bajo la nieve, a través de pequeños y resbaladizos senderos; los automóviles se deslizaban lentamente a través de la tormenta y sus faros perforaban la densa blancura. Me caí repetidas veces sobre la espesa capa de nieve que cubría el suelo, pero me incorporé y seguí corriendo.
Los arcos y las torres de San Patricio se erguían ante mí. San Patricio.
Más allá se alzaba el muro de la Torre Olímpica, su cristal sólido como la piedra pulida, invencible, de una altura monstruosa, como una moderna torre de Babel que intentara alcanzar el cielo.
Me detuve, sintiendo que mi corazón estaba a punto de estallar.
—¡Dora! ¡Dora!
Alcancé las puertas del vestíbulo y contemplé las deslumbrantes luces, los pulidos suelos, los mortales que entraban y salían del edificio, volviéndose para contemplar algo que se movía con demasiada rapidez para sus ojos. La música suave y las luces tenues contribuían a crear un ambiente artificialmente cálido.
Me dirigí hacia la caja de la escalera y ascendí por ella como una brasa por una chimenea, atravesé el suelo de madera del apartamento e irrumpí en su habitación.
Dora.
La vi al instante, percibí el olor de la sangre que fluía entre sus piernas, vi su deliciosa carita, pálida y asustada. A su lado, como unos duendes que hubieran salido de un cuento de hadas o de unas historias del infierno, se hallaban Armand y David, unos vampiros, unos monstruos, observándome atónitos.
Traté de abrir el ojo izquierdo que había perdido, luego volví la cabeza hacia un lado y otro para observar a los tres con el ojo derecho, el que todavía conservaba. Sentía un intenso dolor en la cuenca de mi ojo izquierdo, como si me clavaran un millar de alfileres.
Armand me miró horrorizado. Iba vestido como un maniquí, como de costumbre. Llevaba una chaqueta de terciopelo, una camisa adornada con encaje y unas botas relucientes como un espejo. Su rostro, como el de un ángel de Botticelli, expresaba una profunda conmiseración.
David me miraba también con dolor y simpatía. Ambas figuras se habían transformado en una sola, el anciano caballero inglés y el joven cuerpo en el que había quedado atrapado, vestido con prendas invernales de mezclilla y cachemir.
Unos monstruos vestidos como hombres terrenales, de carne y hueso.
Junto a ellos estaba la esbelta y juvenil figura de Dora, mi amada Dora con sus inmensos ojos negros.
—Cariño —dijo Dora—, ¡estoy aquí!
Sus delgados y cálidos brazos rodearon mis hombros, haciendo caso omiso de los copos de nieve que se desprendían de mi cabello y mi ropa. Caí de rodillas y oculté el rostro en su falda, cerca de la sangre que brotaba de entre sus piernas, la sangre de su útero, la sangre de la Tierra, la sangre de Dora que emanaba de su cuerpo. Luego, caí hacia atrás y permanecí tendido en el suelo.
No podía hablar ni moverme. De pronto noté los labios de Dora sobre los míos.
—Te hallas a salvo, Lestat —dijo ésta.
¿O era la voz de David?
—Estás con nosotros —dijo Dora.
¿O lo dijo Armand?
—Estamos aquí.
—Fijaos en sus pies. Sólo lleva un zapato.
—... y se ha roto la chaqueta... y ha perdido los botones.
—Cariño, cariño —dijo Dora, besándome de nuevo.
Me volví suavemente, procurando no aplastarla con el peso de mi cuerpo, le levanté la falda y sepulté el rostro entre sus muslos desnudos y calientes. El olor de su sangre inundó mi cerebro.
—Perdóname, perdóname —murmuré. Mi lengua atravesó sus finas braguitas de algodón, apartó la compresa y lamió la sangre que retenía su joven y rosada vulva, la sangre que brotaba de su útero, no una sangre pura, pero sangre de su sangre al fin, de su cuerpo fuerte y joven, una sangre que procedía de las cálidas células de su carne vaginal, una sangre que no le producía dolor alguno ni le exigía más sacrificio que tolerar mi execrable acción, mientras mi lengua hurgaba en su vagina y lamía suavemente la sangre de sus labios púbicos, sorbiendo hasta la última gota.
Impura, impura, le había gritado la multitud a Verónica en el camino del Gólgota, cuando ésta dijo: «Señor, toqué el borde de tu túnica y mi hemorragia cesó.» Impura, impura.
—Sí, impura, gracias a Dios que eres impura —murmuré, mientras seguía lamiendo sus partes íntimas, ensangrentadas, saboreando y oliendo su sangre, aquella dulce sangre que fluía sin que se hubiera producido una herida que Dora me ofrecía en señal de perdón.
La nieve batía sobre los cristales. Yo oía y olía la nieve blanca y cegadora de una típica tormenta invernal en Nueva York, cubriendo la ciudad con su manto helado.
—Cariño, ángel mío —murmuró Dora.
Apoyé la cabeza sobre sus piernas, jadeando. Había sorbido toda la sangre de su útero e incluso la que retenía la compresa.
Dora se inclinó hacia delante y, en un púdico gesto, me cubrió con los brazos, ocultándome a los ojos de David y Armand, pero no me rechazó ni protestó ni se mostró escandalizada ante mi abominable conducta. Luego me acarició la cabeza y se echó a llorar.
—Estás a salvo —repitió.
Los tres afirmaron lo mismo, pronunciando las palabras «a salvo» como un sortilegio. A salvo, a salvo, a salvo.
—¡No, no! —repliqué entre sollozos—. Ninguno de nosotros está a salvo. Jamás lo estaremos, jamás, jamás...

22
No dejé que me tocaran. No quería desprenderme todavía de mi chaqueta y mis zapatos rotos, no quería saber nada de sus peines, sus toallas. Lo único que me preocupaba era conservar celosamente el secreto que ocultaba dentro de la chaqueta.
Tan sólo les pedí algo con que cubrirme y me dieron una suave manta de lana.
El apartamento estaba casi vacío.
Según me explicaron, habían empezado a trasladar las cosas de Roger al sur. Encomendaron la tarea a unos agentes mortales. La mayoría de estatuas e iconos se encontraba ahora en el orfelinato de Nueva Orleans, donde habían sido instalados en la capilla que yo había visto y en la que sólo había un crucifijo. ¡Menudo presagio!
Todavía no habían terminado de trasladar todos los objetos. Aún quedaban un par de baúles, unas cajas de papeles y unos archivos.
Yo había estado ausente por espacio de tres días. Los periódicos habían publicado la noticia de la muerte de Roger, pero ellos no quisieron decirme cómo había sido descubierta. En el siniestro mundo de las mafias del narcotráfico había comenzado la lucha por el poder. Los periodistas habían dejado de llamar a la cadena de televisión para indagar acerca de Dora. Nadie conocía la existencia de este apartamento. Nadie sabía que ella estaba aquí.
Pocos conocían la existencia del orfelinato al que Dora pensaba regresar en cuanto hubiera trasladado todas las reliquias de Roger.
La cadena de televisión por cable había cancelado el programa de Dora. La hija del gángster había dejado de predicar. No había visto ni hablado con sus seguidores. Por algunos artículos de prensa e informativos de televisión, Dora se había enterado de que el escándalo la había convertido en un personaje vagamente misterioso. Pero, en general, la consideraban simplemente una telepredicadora que ignoraba los turbios negocios en que estaba metido su padre.
En la compañía de David y Armand, Dora había perdido todo contacto con su antiguo mundo. Instalada en Nueva York, padecía el peor invierno que habíamos tenido en cincuenta años, la incesante nieve, mientras vivía rodeada de reliquias y escuchaba sus palabras de consuelo, sus extraordinarias historias, sin preocuparse de lo que pensaba hacer en adelante, creyendo todavía en Dios...
Estas eran las últimas novedades.
Cogí la manta y atravesé, andando con un pie descalzo, el apartamento.
Entré en la pequeña habitación. Me envolví en la manta. La persiana estaba bajada, impidiendo que penetraran los rayos del sol.
—Dejadme tranquilo —dije—. Necesito dormir como un ser mortal. Necesito dormir veinticuatro horas, y luego os lo contaré todo. No me toquéis, no os acerquéis a mí.
—¿Me permites que duerma en tus brazos? —preguntó Dora desde la puerta.
Contemplé su figura blanca y vibrante, llena de sangre, custodiada por sus vampíricos ángeles.
La habitación a estaba oscuras. Sólo quedaba un arcón, que contenía unas pocas reliquias, pero en el pasillo quedaban todavía varías estatuas.
—No. Cuando salga el sol mi cuerpo hará cuanto pueda para protegerse de cualquier intromisión mortal. No puedes acompañarme en mi sueño. Es imposible.
—Entonces deja que me acueste un rato contigo.
Los otros dos, que se hallaban detrás de Dora, observaban cómo mi párpado izquierdo se agitaba de forma convulsiva sobre la cavidad vacía del ojo. Quizá tuviera aún algunas gotas de sangre pegadas al párpado. Pero la sangre de los vampiros se restaña rápidamente. Memnoch me había arrancado el ojo de cuajo. ¿Cómo era la raíz de un ojo? Todavía guardaba el olor y el sabor de la deliciosa sangre de Dora en mis labios.
—Déjame dormir —contesté.
Cerré la puerta con llave y me tumbé en el suelo, con las rodillas encogidas, abrigado y a salvo bajo la manta; percibí el olor a pinos y tierra que emanaba de mi ropa, a humo, excrementos y sangre, sangre humana, la sangre de los campos de batalla, la sangre del cadáver del niño que había caído sobre mí en Hagia Sofía, y a estiércol y marga.
El calor de la manta intensificaba los olores del infierno que habían quedado adheridos a mi ropa. Introduje la mano en la chaqueta con el fin de palpar el velo que ocultaba junto a mi pecho.
—¡No os acerquéis a mí! —ordené una vez más a los mortales que se hallaban al otro lado de la puerta, confundidos y perplejos.
Luego me quedé dormido.
Me sumí en un dulce y profundo letargo. Una dulce oscuridad.
Ojalá la muerte fuera así. Ojalá pudiéramos dormir eternamente.

23
Permanecí inconsciente durante veinticuatro horas. Me desperté a la tarde siguiente, cuando el sol moría detrás del cielo invernal. Sobre el arcón de madera alguien había dispuesto unas prendas limpias y un par de zapatos.
Traté de imaginar quién habría elegido esas prendas entre la ropa que David recogió del hotel donde yo me había hospedado. Probablemente, el mismo David. Sonreí al recordar las numerosas veces en que él y yo nos habíamos visto envueltos en una complicada aventura relacionada con la ropa.
Pero si un vampiro se desentiende de ciertos detalles, como la ropa, la historia carece de sentido. Incluso los personajes míticos más importantes —si son de carne y hueso— tienen que preocuparse de cosas como las hebillas de unas sandalias.
De pronto me di cuenta de que me hallaba de nuevo en el ámbito terrenal, donde la ropa cambia de forma a antojo del ser humano. También advertí que estaba cubierto de polvo y tierra y que sólo llevaba puesto un zapato.
Me levanté, completamente despejado, y saqué el velo sin desdoblarlo ni examinarlo, aunque me pareció ver la oscura imagen a través del tejido. Me desnudé y coloqué con cuidado todas las prendas sobre la manta, para que no se extraviara ni una hoja. Luego me dirigí al baño —el habitual cuarto revestido de baldosines e invadido de vapor— y me bañé como un hombre al que estuvieran bautizando en el Jordán. David había dispuesto junto a la bañera todos los juguetes de rigor: peines, cepillos, tijeras. En el fondo, los vampiros casi no necesitamos nada más.
Dejé la puerta del baño abierta. De haber entrado alguien en la habitación, habría saltado de la bañera para obligarle a abandonarla de inmediato.
Al fin salí del baño, limpio y chorreando, me peiné, me sequé y me puse la ropa limpia, desde las prendas interiores a las exteriores, es decir, desde los calzoncillos, camiseta y calcetines de seda hasta el pantalón de lana, la camisa, el chaleco y la chaqueta cruzada de color azul marino.
Luego me incliné y cogí el velo, sin atreverme a desdoblarlo.
Pero vi la imagen oscura que se transparentaba a través del tejido. Esta vez estaba seguro. Guardé el velo dentro de mi chaleco y abroché todos los botones.
Por último me miré en el espejo. Parecía un loco vestido con un traje de Brooks Brothers, un demonio con el pelo alborotado, el cuello desabrochado, que contemplara su propia imagen con el único ojo que le quedaba.
¡Dios mío, mi ojo!
Examiné la cuenca vacía, el párpado levemente arrugado que trataba de taparla. ¿Qué iba a hacer? De haber tenido un parche negro, como el que utilizan los caballeros que pierden un ojome lo habría puesto.
Mi rostro estaba deformado por la ausencia del ojo izquierdo. Me di cuenta de que estaba temblando violentamente. David había dejado dispuesto un foulard de seda morado que me enrollé alrededor del cuello, con lo que mi atuendo adquirió cierto toque antiguo. Parecía Beethoven.
Oculté los extremos del pañuelo dentro del chaleco. Al mirarme de nuevo en el espejo vi que en mi ojo derecho se reflejaba el color morado del foulard. Luego miré la cuenca vacía del ojo izquierdo; me obligué a hacerlo, en lugar de tratar de disimular el hecho de que lo había perdido.
Me calcé los zapatos, contemplé el montón de ropa sucia y rota que yacía sobre la manta y salí al pasillo.
El ambiente del apartamento estaba caldeado e impregnado de un olor a incienso que, sin embargo, no resultaba agobiante. El olor me recordó las iglesias católicas, cuando el monaguillo hace oscilar el incensario de plata que lleva colgado de una cadena.
Al entrar en el cuarto de estar vi a los tres con toda claridad, sentados en el alegre e iluminado espacio. La intensa luz convertía las ventanas en espejos, más allá de los cuales seguía cayendo la nieve sobre Nueva York. Deseaba contemplar la nieve. Me acerqué a la ventana y pegué el ojo derecho al cristal. El tejado de San Patricio estaba cubierto por un manto blanco, al igual que las elevadas agujas. La calle se había transformado en un valle blanco impracticable. ¿Acaso habían dejado de retirar la nieve?
Los ciudadanos de Nueva York transitaban por las calles. ¿Estaban todos vivos? Los observé atentamente con mi ojo derecho. Sólo veía lo que parecían ser unos individuos mortales vivos. Escruté el tejado de la iglesia, temiendo ver una gárgola tallada en él y descubrir que estaba viva y me observaba.
Pero no noté la presencia de nadie más que las personas que se hallaban conmigo en la habitación, a las que conocía y amaba, y aguardaban pacientemente a que yo abandonara mi melodramático mutismo.
Me volví bruscamente. Armand ostentaba de nuevo un look romántico y moderno, que conseguía con sus terciopelos y encajes, como el que uno veía en cualquier escaparate de las tiendas del profundo valle que se extendía más abajo. Llevaba el pelo suelto y largo, como en épocas pretéritas, cuando en calidad de santo patrón de los vampiros de Satanás, en París, no se habría permitido la vanidad de cortarse ni un mechón. Pero lo llevaba limpio y reluciente, y sus reflejos castaño dorados contrastaban con el intenso tono carmesí de la chaqueta. Observé sus ojos tristes y juveniles, las lozanas mejillas, los labios angelicales. Estaba sentado frente a la mesa, y mostraba un aire reservado, lleno de amor y curiosidad, e incluso una cierta y vaga humildad que parecía expresar: «Olvidemos nuestras disputas. Estoy aquí para ayudarte.»
—Sí —dije—. Gracias.
David también se hallaba sentado ante la mesa, el atlético anglo indio de cabello castaño, y ofrecía un aspecto tan atrayente y suculento como la noche en que yo lo había convertido en uno de los nuestros. Llevaba una chaqueta de mezclilla inglesa con parches de cuero en los codos, un chaleco con todos los botones abrochados, como yo, y un pañuelo de cachemir que le protegía el cuello del frío de Nueva York, al que, pese a su robusta naturaleza, no estaba acostumbrado.
Es curioso cómo de pronto sentimos frío. Uno puede hacer caso omiso de él, pero de pronto lo percibes como algo personal.
Mi radiante Dora estaba sentada frente a Armand y David se hallaba frente a mí, sentado entre ambos. La única silla vacante estaba colocada de espaldas al ventanal y al cielo, dispuesta para que la ocupara yo. Miré durante unos instantes aquel sencillo objeto, una silla lacada en negro de diseño oriental, con vagas reminiscencias chinas, funcional y sin duda cara.
Dora se levantó, como si sus piernas se hubieran enderezado de repente. Llevaba un vestido largo de seda color burdeos, muy sencillo, de manga corta, pero el calor artificial de la estancia la protegía de un posible resfriado. Su rostro expresaba preocupación; su casquete de cabello negro y reluciente estaba rematado por dos puntas a ambos lados de la cara que se adherían a las mejillas, un peinado tan de moda ochenta años atrás como en la actualidad. Sus ojos me seguían recordando a los de un búho, inmensos y llenos de amor.
—¿Qué ha pasado, Lestat? —preguntó—. Cuéntanoslo todo, por favor.
—¿Cómo perdiste el ojo? —preguntó Armand, en su estilo franco y directo, sin moverse de la silla. David, el educado caballero inglés, se levantó porque Dora se había puesto en pie, pero Armand seguía sentado, mirándome y formulando una pregunta tras otra—. ¿Qué ocurrió? ¿Conseguiste rescatarlo?
Yo miré a Dora.
—Pudieron haber salvado el ojo —dije, repitiendo las palabras que ella utilizó al contarme la historia del tío Mickey y los gángsters que lo habían dejado tuerto— si aquellos canallas no lo hubieran pisoteado.
—¿Qué dices? —preguntó Dora.
—No sé si lo pisotearon —contesté, irritado por el temblor y el tono dramático de mi voz—. No eran unos gángsters, sino unos fantasmas. Huí sin molestarme en recoger el ojo del suelo. Era mi única oportunidad de escapar. Puede que lo pisotearan y lo machacaran como si fuera una bola de grasa, no lo sé. ¿Enterraron al tío Mickey con el ojo de cristal?
—Creo que sí —respondió Dora, perpleja—. Nadie me lo dijo.
Los otros dos observaban con atención a Dora. Armand me miró y captó unas imágenes del tío Mickey yaciendo medio muerto en el suelo del Corona's Bar en la calle Magazine mientras uno de los gángsters le aplastaba el ojo con la punta del zapato.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó Dora, con impaciencia.
—¿Habéis trasladado ya casi todas las cosas de Roger? —pregunté.
—Sí, están en la capilla de St. Elizabeth, a salvo —respondió Dora. St. Elizabeth, ése era el nombre del orfelinato. Era la primera vez que se lo oía pronunciar—. A nadie se le ocurrirá buscarlas allí. La prensa ha perdido interés en mi persona. Los enemigos de Roger persiguen a sus contactos de negocios como perros de presa; tratan de investigar sus cuentas y giros bancarios, la caja fuerte. Serían capaces de asesinar con tal de apoderarse de la llave de ésta. Entre sus allegados, su hija ha sido declarada un personaje marginal, sin importancia, arruinada. Pero no me preocupa.
—Gracias a Dios —contesté—. ¿Les dijiste que Roger había muerto? ¿Crees que archivarán pronto esa historia? ¿Qué papel desempeñas en ella?
—Hallaron su cabeza —dijo Armand suavemente.
Con voz queda, me explicó que unos perros habían descubierto la cabeza entre un montón de basura y habían comenzado a pelearse por ella debajo de un puente. Un viejo mendigo que estaba sentado junto al puente, al calor de una hoguera, contempló la escena durante una hora hasta darse cuenta de que se trataba de una cabeza humana. Entonces avisó a las autoridades y a través de las pruebas genéticas que practicaron en el cabello y la piel comprobaron que era la cabeza de Roger. Las placas dentales no sirvieron de nada, pues Roger tenía una dentadura perfecta. Luego Dora fue a identificarla.
—Supongo que Roger quería que encontraran su cabeza —dije.
—¿Por qué lo dices? —preguntó David—. ¿Dónde has estado?
—Vi a tu madre —dije a Dora—. Vi su cabello rubio platino y sus ojos azules. No tardarán mucho en subir al cielo.
—¿Pero qué dices, cariño? No entiendo una sola palabra —respondió Dora—. Ángel mío, ¿qué es lo que tratas de decirme?
—Sentaos. Os contaré toda la historia. Escuchad con atención, sin interrumpirme. No, yo no quiero sentarme, no quiero estar de espaldas al cielo, al torbellino, a la nieve y a la iglesia. Prefiero pasearme por la habitación. Prestad atención.
»Tened presente una cosa: todo lo que voy a contaros me sucedió en persona. Pudo tratarse de un truco, de una engaño, pero os aseguro que lo vi con mis propios ojos y lo oí con mis propios oídos.
Lo expliqué todo, desde el principio. Algunos detalles ya los conocían, pero no sabían toda la historia: desde mi primer y fatal encuentro con Roger, mi pasión por su descarada sonrisa y sus ojos negros y relucientes de mirada culpable, hasta el momento en que había irrumpido la noche anterior en el apartamento.
Se lo conté todo. Cada palabra pronunciada por Memnoch y Dios Encarnado. Todo lo que había visto en el cielo, el infierno y la Tierra. Les hablé sobre el olor y los colores de Jerusalén. Hablé y hablé y hablé sin parar...
La historia ocupó toda la noche. Devoré las horas mientras me paseaba de un lado a otro de la habitación repitiendo ciertos pasajes que debían quedar perfectamente claros, hablándoles sobre los estadios de la evolución que habían asombrado y escandalizado a los ángeles, las inmensas bibliotecas del cielo, el melocotonero cubierto de flores y frutas, y Dios, sin olvidar al soldado que yacía postrado boca arriba en el infierno, negándose a ceder. Describí los pormenores del interior de Hagia Sofía. Les hablé sobre los hombres desnudos que había visto en el campo de batalla. Describí el infierno con todo lujo de detalles, y también el cielo. Repetí mis últimas palabras a Memnoch, cuando le dije que no podía ayudarle, que no podía enseñar en su escuela infernal.
Los tres me miraron en silencio.
—¿Tienes el velo? —preguntó Dora con voz temblorosa—. ¿Todavía lo conservas?
Me miraba con gran ternura, la cabeza ladeada, como si fuera capaz de perdonarme al instante aunque mi respuesta fuese: «No, se quedó en la calle, se lo regalé a un mendigo.»
—Ese velo no demuestra nada —respondí—. La imagen que tiene grabada no significa nada. Cualquiera puede hacer un juego de magia con un velo. No demuestra que sea verdad ni mentira ni que se trate de un truco, ni tampoco de un acto de brujería ni una teofanía.
—Cuando estabas en el infierno —dijo Dora suavemente, su rostro iluminado por la cálida luz de la lámpara—, ¿le dijiste a Roger que tenías el velo?
—No, Memnoch no me lo permitió. Sólo vi a Roger un minuto, un segundo. Pero sé que irá al cielo, porque es inteligente, y Terry irá con él. Pronto estarán en los brazos de Dios, a menos que Dios sea un mago de tres al cuarto y todo lo que vi fuese una mentira. Pero ¿por qué había de serlo? ¿Con qué objeto?
—¿No te crees lo que Memnoch te pidió? —preguntó Armand.
En aquel momento comprendí lo impresionado que estaba, lo aterrado que debió sentirse cuando se convirtió en un vampiro. En aquella época era muy joven y poseía un gran encanto terrenal. Era evidente que deseaba que la historia fuera cierta.
—Desde luego —contesté—. Le creí, aunque todo podría ser una gran mentira.
—¿No tuviste la impresión de que era verdad? —preguntó Armand—. ¿Para qué te necesitaba?
—¿Acaso pretendes volver con aquello de que si servimos a Satanás o a Dios? —repliqué—. Tú y Louis no hacíais más que discutir sobre ese tema en el Teatro de los Vampiros: que si somos hijos de Satanás, que si somos hijos de Dios...
—¿Le creíste o no? —insistió Armand.
—Sí. No. No lo sé —respondí—. ¡No lo sé! Odio a Dios. ¡Los odio a ambos, malditos sean!
—¿Y Cristo? —preguntó Dora, con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Sentía compasión de nosotros?
—En cierta forma, sí. Supongo. ¡Yo qué sé! Pero no vivió la Pasión exclusivamente como un hombre, tal como le rogó Memnoch que hiciera, sino que portaba su cruz como Dios Encarnado. Sus normas no son las nuestras. Las leyes humanas son más perfectas. ¡Estamos en manos de unos locos!
Dora rompió a llorar amargamente.
—¿Por qué no podemos saberlo con certeza?
—No lo sé —contesté—. Sé que estaban allí, que aparecieron ante mis ojos, que permitieron que yo les viera. ¡Pero no sé si es verdad!
David estaba enfrascado en sus pensamientos. Mostraba una expresión seria y malhumorada, que me recordaba a Memnoch. Al cabo de unos minutos preguntó:
—Y si todo consistiera simplemente en una serie de imágenes y trucos, producto de tu corazón y tu mente, ¿qué propósito tendría? Si no es cierto que Memnoch deseaba que fueras su lugarteniente, ¿qué motivo tenía para engañarte?
—¿Tú qué crees? —pregunté—. Por lo pronto, me han arrebatado el ojo. Os aseguro que, en lo que a mí respecta, todo lo que os he contado es cierto. ¡Me han dejado tuerto, maldita sea! No sé qué explicación tiene, a menos que todo sea cierto, hasta la última sílaba.
—Sabemos que estás convencido de que es cierto —dijo Armand—. Eres testigo de ello. Yo también lo creo. Durante mi largo peregrinaje por el valle de la muerte siempre he creído que era cierto.
—¡No seas imbécil! —le espeté.
Pero vi la llama en el rostro de Armand; vi el éxtasis y el dolor reflejados en sus ojos. Observé el cambio que se iba operando en él a medida que les relataba mi historia, como si no tuviera la menor duda de que era verdad.
—Supongo que las prendas que llevabas puestas —dijo David con calma— constituirán una prueba científica de todo cuanto dices.
—Deja de pensar como un intelectual. Esos seres juegan un juego que sólo ellos comprenden. ¿Qué más les da que hayan quedado pegadas a mis ropas unas hojas o unas briznas de hierba? Pero sí, he conservado esas reliquias, lo he conservado todo menos mi maldito ojo, el cual dejé sobre los escalones del infierno para poder huir. Yo también deseo que analicen esas pruebas. Quiero saber en qué clase de bosque me encontraba, qué lugares recorrí con Memnoch.
—Te dejaron marchar —dijo David.
—Si hubieras visto la cara que puso Memnoch cuando vio mi ojo sobre el escalón —respondí.
—¿Qué expresó en ese momento su rostro? —preguntó Dora.
—Horror, horror ante lo que había sucedido. Cuando se abalanzó sobre mí no creo que pretendiera dejarme tuerto, sino simplemente agarrarme del pelo. Pero hundió los dedos en mi ojo izquierdo y cuando quiso sacarlos me arrancó el ojo. Se quedó horrorizado ante lo que había hecho.
—Tú le quieres —dijo Armand suavemente.
—Sí, le quiero, opino que tiene razón en lo que dice. Pero no creo nada.
—¿Por qué no aceptaste su oferta? —preguntó Armand—. ¿Por qué no le entregaste tu alma?
Lo dijo con tal expresión de inocencia que pareció salirle del mismísimo corazón, un corazón al mismo tiempo anciano e infantil, tan extraordinariamente fuerte que llevaba cien años latiendo en compañía de otros corazones mortales.
Era muy astuto, mi amigo Armand.
—¿Por qué no aceptaste? —insistió.
—Te dejaron escapar, tenían un propósito —terció David—. Fue como la visión que tuve en el café.
—Sí, tenían un propósito —contesté—. Pero yo los derroté, ¿no es cierto? —pregunté a David, el más sabio, el más viejo en años humanos—. ¿No crees que los derroté cuando te saqué del ámbito terrenal? O quizá los derroté de otra forma. Ojalá pudiera recordar lo que decían cuando comencé a oír sus voces. Era algo sobre una venganza, aunque uno de ellos dijo que no se trataba de una simple venganza. Pero no recuerdo esos fragmentos. ¿Qué ha pasado? ¿Crees que volverán a por mí?
Me eché a llorar como un estúpido. Luego describí de nuevo a Memnoch, bajo todas sus formas, incluso la del Hombre Corriente, sus proporciones asombrosamente regulares, sus siniestros pasos, sus alas, el humo, la gloria del cielo, el canto de los ángeles...
—Zafirino... —murmuré—. Aquellas superficies, todo cuanto los profetas vieron y registraron en sus libros con palabras como topacio, berilo, fuego, oro, hielo, nieve, todo estaba allí... Él dijo: «Bebe mi sangre», y yo obedecí.
Los tres se acercaron a mí, asustados. Me expresaba en voz demasiado alta, con demasiada vehemencia, como si estuviera poseído. Me rodearon con sus brazos. Los brazos de Dora eran blancos, cálidos, tiernos. David me miró con preocupación.
—Si me lo permites —dijo Armand mientas sus dedos acariciaban mi cuello—, si me permites beber, entonces sabré..
—¡No, lo único que sabrás es que creo en lo que vi, eso es todo!
—No —replicó Armand al tiempo que sacudía la cabeza—. Cuando la pruebe sabré que era la sangre de Cristo.
—No os acerquéis —dije—. Ni siquiera sé qué aspecto tiene el velo en estos momentos. Quizá parezca un trapo con el que me he secado el sudor mientras dormía. ¡Alejaos de mí!
Los tres obedecieron. Yo estaba de espaldas al muro interior, de modo que veía a mi izquierda la nieve que caía, aunque para ello tuviera que volver la cabeza en esa dirección. Luego me volví hacia ellos, introduje la mano derecha en el chaleco y saqué el velo doblado. Al tocarlo, sentí entre mis dedos una cosa pequeña y extraña que no conseguía explicarme, ni a mí mismo, algo semejante a la trama del antiquísimo tejido.
Sostuve el velo en alto como había hecho Verónica para mostrárselo a la multitud.
Armand cayó de rodillas al tiempo que Dora emitía una exclamación de estupor.
—Dios santo —dijo David.
Temblando, bajé los brazos mientras sostenía el velo con ambas manos, y entonces lo giré para contemplar su reflejo en el oscuro cristal de la ventana, como si se tratara de la Gorgona y fuera a matarme.
¡Era su rostro! En el velo aparecía grabado el semblante de Dios Encarnado hasta el más minucioso detalle, no pintado ni cosido ni dibujado, sino grabado a fuego en la urdimbre, su rostro, el rostro de Dios, cubierto de sangre a causa de la corona de espinas.
—Sí —murmuré—. Sí, sí. —Caí de rodillas—. Sí, es su rostro, completo, hasta el último detalle.
De pronto Dora me arrebató el velo. De habérmelo quitado David o Armand me habría peleado con ellos. Pero dejé que Dora lo sostuviera en su diminuta mano, girándolo una y otra vez para que todos pudiéramos contemplar los oscuros y relucientes ojos de Cristo que aparecían grabados en él.
—¡Es Dios! —gritó Dora—. ¡Es el velo de la Verónica! —exclamó en tono triunfal—. ¡Lo has conseguido, padre! ¡Me has dado el velo!
Luego se echó a reír, como si hubiera contemplado todas las visiones que uno es capaz de soportar, y se puso a bailar alegremente por la habitación, mientras sostenía el velo en alto y cantaba la misma nota una y otra vez.
Armand estaba destrozado, hundido, allí postrado de rodillas mientras unas gruesas lágrimas de sangre rodaban por su rostro, dejando unas manchas grotescas sobre su pálida carne.
David, humillado y confundido, se limitaba a contemplar la escena. Observó con curiosidad el velo que sostenía Dora mientras bailaba por la habitación, la expresión de mi rostro, la patética figura de Armand, aquel niño perdido que vestía un exquisito traje de terciopelo y encaje manchado de lágrimas de sangre.
—Lestat —dijo Dora, profundamente conmovida—, me has traído el rostro de Dios. Nos lo has traído a todos. ¿No lo comprendes? Memnoch ha perdido. Tú lo has derrotado. ¡Dios ha ganado! Utilizó a Memnoch para lograr sus fines, lo condujo al laberinto que el propio Memnoch había creado. ¡Dios ha triunfado!
—¡No, Dora, no! —protesté—. No puedes creer eso. ¿Y si no fuera verdad? ¿Y si todo fuera mentira? ¡Dora!
Dora echó a correr por el pasillo y salió del apartamento. Armand, David y yo nos quedamos de piedra. Al cabo de unos momentos oímos descender el ascensor. ¡Se había llevado el velo!
—¿Qué crees que se propone hacer, David? ¡Ayúdame, David!
—¿Quién puede ayudarnos? —replicó David con aire de resignación pero sin amargura—. Domínate, Armand. No puedes rendirte ante esto —dijo con tristeza.
Pero Armand se sentía perdido.
—¿Por qué? —preguntó Armand, como un niño al que castigan a permanecer de rodillas—. ¿Por qué?
Mostraba la misma expresión que el día en que Marius, hace ya siglos, fue a liberarlo de sus captores venecianos, la expresión de un muchacho perdido y confundido al que habían secuestrado para gozar sexualmente de él, un muchacho que se había criado en el palacio de los no-muertos.
—¿Por qué no puedo creerlo? ¡Dios mío! ¡Sí lo creo! ¡Es el rostro de Cristo!
Armand se puso en pie torpemente, como si estuviera borracho, y echó a andar despacio por el pasillo, en pos de Dora.
Cuando llegamos a la calle, vimos a Dora de pie ante las puertas de la catedral, gritando como una posesa.
—¡Abrid las puertas! ¡Abrid la catedral! ¡Tengo el velo! —gritaba, dando patadas a las puertas de bronce con el pie derecho. A su alrededor se había congregado un grupo de mortales.
—¡El velo! —exclamaron cuando Dora se volvió para mostrarlo. Luego todos comenzaron a aporrear las puertas de la catedral.
El cielo empezó a iluminarse a medida que despuntaba el sol, implacable, fatal, amenazando con derramar su luz sobre nosotros a menos que corriéramos a refugiarnos.
—¡Abrid las puertas! —gritaba Dora.
El grupo de curiosos era cada vez mayor; los mortales acudían apresuradamente para presenciar el prodigio, impresionados, y caían de rodillas al contemplar el velo.
—Vete —dijo Armand—, ve a ocultarte antes de que sea demasiado tarde. Acompáñalo, David.
—¿Qué vas a hacer tú? —pregunté a Armand.
—Me quedaré aquí. Permaneceré de pie, con los brazos extendidos, y cuando salga el sol mi muerte confirmará el milagro.
Al fin se abrieron las inmensas puertas de San Patricio. Los sacerdotes, vestidos de negro, retrocedieron asombrados. Los primeros rayos plateados iluminaron el velo; luego, al abrirse las puertas de par en par, éste quedó inundado por la cálida luz eléctrica y la luz de las velas que alumbraban el interior de la catedral.
—¡Es el rostro de Cristo! —gritó Dora.
Uno de los sacerdotes se postró de rodillas. El otro, un hombre mayor, su hermano en Cristo o lo que fuera, que también vestía de negro, se quedó estupefacto al contemplar el velo.
—¡Dios santo! —murmuró al tiempo que se santiguaba—. Jamás en mi vida pude imaginar... ¡Es el velo de la Verónica!
Los mortales entraron precipitadamente en la catedral, entre empujones y codazos, detrás de Dora. Oí el eco de sus pasos a través de la gigantesca nave.
—El tiempo apremia —dijo David, tomándome en volandas, fuerte como Memnoch.
Pero esta vez no se produjo ningún torbellino. En el amanecer invernal, mientras la nieve caía, sólo oí las exclamaciones y los gritos de hombres y mujeres que corrían hacia la iglesia, y el tañido de las campanas.
—Apresúrate, Lestat —dijo David.
Echamos a correr, cegados por la luz. A mis espaldas, la voz de Armand se elevaba por encima del barullo que formaba la multitud.
—¡Sois testigos de que este pecador muere por Él!
De repente se produjo una violenta explosión. Percibí el olor del fuego y vi el reflejo de las llamas en los muros de cristal de los rascacielos.
—¡Armand! —grité.
David me arrastró de la mano y bajamos por unos escalones de metal que resonaban como el tañido de las campanas de San Patricio.
Mareado, sin fuerzas para oponer resistencia, dejé que David me guiara.
—Armand, Armand —sollocé con amargura.
Poco a poco, distinguí la silueta de David en la oscuridad. Estábamos en un lugar frío y húmedo, el subsótano de un elevado edificio desierto, azotado por el viento. David comenzó a escarbar la tierra.
—Ayúdame —dijo—. Me siento desfallecer, está saliendo el sol, no tardarán en encontrarnos.
—No temas, no podrán.
Ayudé a David a cavar una fosa profunda y ambos nos sepultamos en las entrañas de la tierra. Ni siquiera los sonidos de la ciudad penetraban en esta oscuridad. Ni siquiera el tañido de las campanas.
¿Se había abierto el túnel para acoger a Armand? ¿Había ascendido su alma al cielo? ¿O vagaba por los dominios del infierno?
—Armand —murmuré.
Cerré los ojos y vi el rostro demudado de Memnoch: «¡Ayúdame, Lestat!»
Con las últimas fuerzas que me quedaban, extendí la mano para asegurarme de que aún conservaba el velo, pero éste había desaparecido. Se lo había entregado a Dora. Dora tenía el velo en su poder y lo había llevado a la iglesia.
«¡Jamás te convertirás en mi adversario!»

24
Estábamos sentados sobre una pequeña tapia, en la Quinta avenida, junto a Central Park. Habíamos pasado tres noches así, observando la escena. A lo largo de la avenida había una cola larguísima formada por multitud de hombres, mujeres y niños que cantaban y pateaban el suelo para calentarse, mientras unas monjas y unos sacerdotes corrían de un lado a otro ofreciendo café y chocolate caliente a aquella gente que estaba aterida de frío. Habían encendido unas hogueras en el interior de unos grandes cilindros que se hallaban dispuestos a cada pocos metros.
La cola se extendía frente a los luminosos escaparates de Bergdorf Goodman y Henri Bendel, los peleteros, los joyeros, las librerías del centro, hasta alcanzar las puertas de la catedral.
David permanecía de pie, apoyado en el muro, con los brazos y los tobillos cruzados. Yo era el que estaba sentado sobre la tapia como un chiquillo, con la barbilla apoyada en el puño, el codo sobre una rodilla, con la cabeza ladeada, mientras contemplaba la escena con el único ojo que me quedaba y escuchaba sus voces. A lo lejos se oían gritos y exclamaciones cada vez que alguien aplicaba un lienzo limpio sobre el velo y la imagen quedaba impresa en él. Esa escena se repetiría durante toda la noche, y quizás al día siguiente, y al otro, una y otra vez, mientras el icono se reproducía en infinidad de lienzos, quedando el rostro de Cristo grabado a fuego sobre éstos.
—Hace frío —dijo David—. Vamos a dar un paseo.
—¿Por qué? —pregunté mientras caminábamos—. ¿Qué hago subido a una tapia para ver lo mismo que vimos anoche y anteanoche, y la noche anterior a ésta? Total, para tratar de hablar con ella, sabiendo que cualquier demostración de poder, cualquier don sobrenatural sólo sirve para confirmar el milagro. Dora no quiere saber nada de mí. Eso es evidente. ¿Quién se halla en estos momentos sobre los escalones de la iglesia, quién se inmolará al amanecer para que se cumpla el milagro?
—Mael.
—Ah, sí, el sacerdote druida. Muy propio de un sacerdote. De modo que esta mañana le toca a él caer como Lucifer envuelto en una gigantesca bola de fuego.
La noche anterior le había tocado el turno a un andrajoso bebedor de sangre llegado de quién sabe dónde, y al cual nadie conocía, que al amanecer se había convertido en una antorcha sobrenatural para deleite de las cámaras de televisión y los reporteros de prensa. Los periódicos contenían numerosas imágenes de la inmolación y del velo sagrado.
—Espera —dije.
Habíamos llegado a Central Park South. La multitud entonaba un antiguo himno militante:
Alabado sea el nombre de Dios.
Señor Todopoderoso, nos postramos ante ti.
Me quedé mirándolos, aturdido. En lugar de disminuir, el dolor que sentía en la cuenca del ojo izquierdo iba en aumento.
—¡Idiotas! —grité—. El cristianismo es la religión más cruel y sanguinaria que jamás ha existido en el mundo. ¡Yo soy testigo de ello!
—Calla y sígueme —dijo David, arrastrándome entre la muchedumbre que invadía la helada acera, antes de que repararan en nosotros. No era la primera vez que él trataba de contenerme. Estaba cansado de hacerlo, y no se lo reprocho.
En una ocasión unos policías me habían echado el guante.
Me habían atrapado y sacado de la catedral por la fuerza mientras intentaba hablar con ella. Una vez fuera, presintieron que no estaba vivo, como suelen presentirlo algunos mortales, y retrocedieron murmurando algo sobre el velo y sobre el milagro. Yo me había sentido totalmente impotente.
Había policías montando guardia por doquier, para atender a las personas que aguardaban a entrar en la catedral y ofrecerles un poco de té caliente o ayudarles a acercarse al fuego y calentarse las manos.
Nadie se fijó en nosotros. ¿Por qué iban a hacerlo? Éramos dos individuos corrientes que se confundían con el resto de la multitud; nuestra reluciente piel no llamaba la atención en medio de la cegadora blancura de la nieve, entre estos extasiados peregrinos que entonaban himnos de alabanza a Dios.
Los escaparates de las librerías estaban repletos de biblias y obras sobre el cristianismo. Había una inmensa pirámide de libros encuadernados en piel de color lavanda que se titulaban Verónica y el velo, cuya autora era Ewa Kuryluk, y otra pila de libros que respondían al título de Rostros sagrados, de Ian Wilson. La gente vendía folletos por la calle, o incluso los regalaba. Se oían acentos de todas partes del país, desde Tejas y Florida hasta Georgia y California. Biblias, biblias y más biblias que eran vendidas o regaladas.
Un grupo de monjas repartía estampas de santa Verónica. Pero los artículos más buscados eran las fotografías en color del velo, tomadas en el interior de la catedral por unos fotógrafos profesionales y de las cuales se habían hecho millares de copias.
«Su extraordinaria gracia, su extraordinaria gracia», cantaba un grupo al unísono, balanceándose mientras hacía cola.
«¡Gloria in excelsis deum!», exclamó un hombre de largas barbas con los brazos extendidos.
Al acercarnos a la iglesia, vimos unos reducidos grupos de gente que habían organizado unos seminarios religiosos. En el centro de uno de ellos, un joven hablaba con rapidez en tono vehemente y sincero:
—En el siglo catorce, Verónica fue declarada oficialmente santa. Se creía que el velo se había extraviado durante la cuarta Cruzada, cuando los venecianos conquistaron Hagia Sofía. —El joven se detuvo para ajustarse las gafas—. Por supuesto, el Vaticano tardará algún tiempo en tomar una decisión sobre este nuevo hecho, como hace siempre, pero lo cierto es que se han obtenido setenta y tres iconos del icono original, ante los ojos de innumerables testigos que están dispuestos a declarar ante la Santa Sede.
En otro lugar había varios hombres que vestían de negro, tal vez unos sacerdotes, a cuyo alrededor se habían congregado unos grupos de gente que los escuchaban atentamente, con los ojos entrecerrados para defenderse del resplandor de la nieve.
—No digo que los jesuitas no puedan venir —dijo uno de ellos—. Sólo digo que no van a venir y controlar la situación. Dora ha solicitado que sean los franciscanos quienes custodien el velo en el caso de que éste sea trasladado a otro lugar.
Dos mujeres que se hallaban detrás de nosotros afirmaban que se habían practicado unas pruebas que establecían sin ningún género de duda la edad del lienzo.
—En el mundo ya no se cultiva ese tipo de lino, sería imposible encontrar un pedazo nuevo de ese tejido. Es un milagro que el velo esté limpio e intacto.
—... todos los fluidos corporales, cada parte de la imagen, se derivan de los fluidos de un cuerpo humano. No han tenido que dañar el lienzo para descubrirlo. Es lo que llaman una... una...
—... acción enzimática. Pero ya sabes que la gente suele tergiversar estas cosas.
—No, el New York Times no iba a publicar que tres arqueólogos han declarado que el velo es auténtico si no fuera cierto.
—No han dicho que sea auténtico, sino que no han hallado una explicación científica a este fenómeno.
—¡Dios y el diablo son unos idiotas! —declaré.
Un grupo de mujeres se volvió para mirarme.
—Acepta a Jesús como tu Salvador, hijo —dijo una de las mujeres—. Ve a contemplar el velo con tus propios ojos. Él murió por nuestros pecados.
David me sacó de allí. Nadie reparó en nosotros. Por doquier seguían brotando pequeños seminarios, grupos de filósofos y testigos, así como curiosos que aguardaban a ver cómo los estupefactos peregrinos caían rodando por las escaleras de la iglesia con los ojos llenos de lágrimas mientras exclamaban: «¡Lo he visto, lo he visto! ¡Es el rostro de Cristo!»
Debajo de un arco, pegado a él, vi la elevada y desgarbada sombra del vampiro Mael, casi invisible para los demás, a la espera de hacer su aparición al amanecer con los brazos extendidos en forma de cruz.
Mael nos miró a David y a mí con sus perversos ojos.
—¡Vosotros! —masculló, haciendo que su voz sobrenatural llegara misteriosamente a nuestros oídos—. Ven, enfréntate al sol con los brazos abiertos, Lestat. Dios te ha elegido como su mensajero.
—Vamos —dijo David—. Ya hemos visto bastante.
—¿A dónde quieres que vayamos? —pregunté—. Deja de tirarme del brazo. ¿Me has oído, David?
—De acuerdo —respondió David educadamente, bajando la voz para indicarme que yo hiciera otro tanto.
La nieve caía con suavidad. El fuego crepitaba en un cilindro negro que había junto a nosotros.
—¡Los libros! —exclamé de pronto—. ¿Cómo pude olvidarme de ellos?
—¿Qué libros? —preguntó David al tiempo que me agarraba del brazo para apartarme del camino de un transeúnte. Estábamos junto a un escaparate, tras el cual había un grupo de personas disfrutando del calor del interior de la tienda mientras contemplaban el espectáculo que se desarrollaba ante la catedral.
—Los libros de Wynken de Wilde. Los doce libros de Roger. ¿Qué ha sido de ellos?
—Están allí —respondió David—, en el apartamento. Dora los dejó para ti. Ya te lo he explicado, Lestat. Dora te lo dijo anoche.
—Era imposible que hablara con sinceridad en presencia de tanta gente.
—Te dijo que podías quedarte con esas reliquias.
—Tenemos que rescatar los libros —insistí. ¡Qué imbécil había sido al olvidarme de aquellos maravillosos libros!
—Cálmate, Lestat, procura no llamar la atención. Nadie sabe nada sobre el apartamento, ya te lo he dicho. Dora no se lo ha contado a nadie. Nos lo ha cedido a nosotros. Jamás revelará a nadie que estuvimos allí. Me lo ha prometido. Te ha cedido el título de propiedad del orfelinato a ti, Lestat. ¿No lo comprendes? Ha cortado todos los vínculos con su vida anterior. Ha renunciado a su antigua religión. Ha renacido, se ha convertido en el guardián del velo.
—¡Pero no lo sabemos con certeza! —protesté—. Jamás lo sabremos. ¿Cómo puede Dora aceptar lo que no sabemos y nunca sabremos? —David me empujó contra la pared—. Quiero regresar al apartamento para recoger los libros —dije.
—Muy bien, haremos lo que tú quieras —respondió David.
Me sentía muy cansado. La gente que se hallaba congregada en la acera cantaba: «Y Él camina conmigo, y Él habla conmigo y deja que le llame por su Nombre.»
El apartamento estaba tal como lo habíamos dejado. Por lo visto, Dora no había regresado allí. Ninguno de nosotros lo habría hecho. David había ido a comprobar si todo estaba en orden y me había dicho la verdad. Todo permanecía intacto. Salvo por un detalle: en la pequeña habitación donde yo había dormido sólo estaba el arcón. Mi ropa cubierta de tierra y hojas del bosque milenario y la manta sobre la que la había colocado no estaban allí.
—¿Las has cogido tú? —pregunté a David.
—No —contestó—. Creo que las cogió Dora. Constituyen unas reliquias, aunque sucias y rotas, del mensajero angelical. Según tengo entendido, se encuentran en manos de las autoridades del Vaticano.
Yo me eché a reír y dije:
—Así podrán analizar todo el material, los fragmentos de materia orgánica del suelo del bosque.
—Las ropas del mensajero de Dios, según han publicado los periódicos —dijo David—. Debes recuperar el juicio, Lestat. No puedes pasearte por el mundo mortal de esta forma. Eres un peligro para ti mismo y para los demás. Debes contener tu poder.
—¿Un peligro? Después de esto, de lo que he hecho, creando un milagro, suministrando una nueva infusión de sangre a la religión que Memnoch detesta. ¡Dios!
—Tranquilízate —dijo David—. Los libros están en el arcón.
Me consolaba saber que los libros habían permanecido en la pequeña habitación donde yo había dormido. Me senté en el suelo, con las piernas cruzadas, balanceándome de un lado a otro. ¡Qué extraño es llorar con un solo ojo! No sabía si del ojo izquierdo brotaban lágrimas. Supongo que no. Creo que Memnoch me arrancó también el lagrimal.
David estaba de pie en la puerta. La luz que se reflejaba en el ventanal otorgaba a su perfil un aire frío y sereno.
Abrí el arcón, era un arca china con numerosas figuras grabadas. Contenía doce libros, cada uno envuelto cuidadosamente, tal como lo habíamos hecho en el apartamento de Roger. Estaban intactos. No tenía que abrir los paquetes para comprobarlo.
—Quiero que nos marchemos —dijo David—. Si te pones otra vez a vociferar, a explicar a la gente...
—Comprendo que estés harto, amigo mío —respondí—. Lo lamento. De veras.
David se había dedicado a aplacarme cada vez que me sulfuraba, a alejarme de la multitud para evitar que organizara un escándalo.
Pensé de nuevo en aquellos policías. Ni siquiera me había resistido a ellos. Recordé la forma en que habían retrocedido, como si se dieran cuenta de que se hallaban ante un ser perverso y sus moléculas les indicaran que debían alejarse cuanto antes.
Dora había hablado de un mensajero de Dios con total convencimiento.
—Debemos irnos —dijo David—. Los otros no tardarán en llegar. No quiero verlos. ¿Y tú? ¿Tienes ganas de responder a las preguntas de Santino, Pandora, Jesse o quienquiera que venga? ¿Qué más podemos hacer? Será mejor que nos marchemos enseguida.
—Crees que me dejé engañar por él, ¿no es cierto? —pregunté, mirando a David.
—¿Por quién? ¿Por Dios o por el diablo?
—No lo sé —respondí—. Dime lo que opinas.
—Quiero irme —repitió David—, porque si no nos vamos de inmediato, me reuniré al amanecer con Mael o con quien sea en los escalones de la catedral. Además, los otros están a punto de llegar. Los conozco. Los veo.
—¡No puedes hacer eso! ¿Y si cada palabra de esta historia fuera mentira? ¿Y si Memnoch no fuese el diablo y Dios no fuese Dios, y todo el asunto no fuera más que una grotesca broma urdida por unos monstruos peores que nosotros? ¡No puedes ir a reunirte con ellos! ¡Aférrate al hecho de que no sabemos nada con certeza! Sólo Él conoce las reglas. Se supone que sólo Él dice la verdad. Memnoch describió a Dios como un loco, como un idiota moral.
David se volvió despacio. La luz proyectaba unas sombras sobre su rostro.
—Es posible que hayas bebido realmente la sangre de Cristo —dijo con suavidad.
—¡No empieces a decir esas cosas! —repliqué—. ¡No podemos estar seguros! Me niego a participar en este juego, a tomar partido por uno u otro. Traje el velo para que Dora me creyera, eso es todo. No sospeché que fuera a organizarse este follón.
De pronto noté que me desvanecía. Vi la luz del cielo durante unos instantes, al menos eso creo. Lo vi a Él de pie junto a la balaustrada. Percibí el terrible hedor que ha brotado en numerosas ocasiones de la tierra, de los campos de batalla, de los suelos del infierno.
David se arrodilló junto a mí y me sostuvo por los brazos.
—Mírame, no se te ocurra perder el conocimiento —dijo—. Quiero que salgamos ahora mismo de aquí. ¿Comprendes? Regresaremos a casa. Luego quiero que me cuentes de nuevo toda la historia, que me la dictes, palabra por palabra.
—¿Para qué?
—Hallaremos la verdad en las palabras, lo descubriremos todo si repasamos los pormenores de la historia. Averiguaremos si Dios te utilizó o si lo hizo Memnoch. Si Memnoch te mintió o si Dios...
—Estás hecho un lío, ¿no es cierto? No quiero que escribas la historia. Si lo haces sólo existirá una visión, una versión. Existen ya muchas versiones sobre lo que ha dicho Dora, sobre los visitantes nocturnos, sus benévolos demonios, que le entregaron el velo. ¡No te das cuenta de que se han llevado mi ropa! ¿Y si hubiera unos fragmentos de mi piel adheridos a ella?
—Anda, coge los libros. Te ayudaré a transportarlos. Aquí hay tres sacos, pero sólo necesitamos dos. Mete unos cuantos libros en un saco y yo cargaré con el otro.
Obedecí las órdenes de David.
Metimos rápidamente los libros en los sacos. Estábamos listos para marcharnos.
—¿Por qué no enviaste los libros junto con los otros objetos a Nueva Orleans?
—Dora quería que los conservaras tú —contestó David—. Ya te lo he dicho. Quería que fueran a parar a tus manos. Dora te lo ha cedido todo. Ha cortado todos los vínculos con su vida anterior. Ha fundado un movimiento que atrae a los fundamentalistas y a los fanáticos de todo el mundo, a los cristianos cósmicos y a los cristianos de Oriente y Occidente.
—Debo tratar de hablar de nuevo con ella.
—No. Es imposible. Vamos. Ponte este abrigo, hace frío.
—¿Vas a ocuparte siempre de mí? —pregunté.
—Quizá.
—¿Y si voy a ver a Dora y de paso quemo el velo? Podría hacerlo. Podría hacer que estallara en mil pedazos. Bastaría con que utilizara mis poderes mentales.
—¿Por qué no lo haces?
—Yo... yo... —balbucí, estremeciéndome.
—Adelante. Ni siquiera tendrías que entrar en la iglesia. Podrías quemar el velo con tus poderes telequinésicos. Aunque sería interesante que no lo consiguieras, ¿verdad? Pero supongamos que consigues prenderle fuego y hacer que las llamas lo devoren como si fuera un tronco en una chimenea. ¿Y luego qué?
Rompí a llorar.
No podía hacerlo. Era incapaz. No estaba seguro de nada. ¿Y si Dios me había engañado, y si aquello formaba parte de un plan divino que afectara a toda la humanidad?
—¡Lestat! —dijo David, observándome con ojos fríos y severos—. Escucha, presta atención. No vuelvas a acercarte a ellos. No les hagas más favores ni más milagros. No puedes hacer nada. Deja que Dora cuente la historia del ángel mensajero a su modo. Ya ha entrado a formar parte de los anales de la historia.
—Quiero hablar una vez más con los periodistas.
—¡No!
—Esta vez me portaré bien, te lo prometo. No asustaré a nadie, te lo juro, David...
—Más adelante, Lestat, si todavía deseas... más adelante... —David se inclinó y me acarició el cabello—. Anda, salgamos de aquí.

25
El convento estaba helado. Sus gruesos muros de piedra, desnudos de cualquier sistema de aislamiento, mantenían el frío. Hacía más frío dentro del edificio que en la calle, al igual que durante mi primera visita. ¿Por qué me lo había regalado Dora? ¿Por qué me había cedido el título de propiedad y todas las reliquias de Roger? ¿Qué significaba ese gesto? Tan sólo que ella había desaparecido como un cometa a través del firmamento.
¿Existía algún país en la Tierra al que las cadenas de televisión no hubieran llevado el rostro de Dora, su voz, la historia del velo?
Estábamos en casa, ésta era nuestra ciudad, Nueva Orleans, nuestro pequeño territorio. Aquí no había nieve, sólo el suave perfume de los mirtos olorosos y las magnolias del abandonado jardín del convento, las cuales se desprendían de sus pétalos rosas. El suelo estaba tapizado de pétalos rosas.
Entre esos muros reinaba el silencio y la paz. Nadie conocía la existencia de ese lugar. Así pues, la Bestia podía disfrutar ahora de su palacio, recordar a la Bella y pensar en si Memnoch estaría llorando en el infierno, o si ambos —los hijos de Dios— se estarían riendo en el cielo.
Entré en la capilla. Supuse que la encontraría llena de envoltorios vacíos y cajas de cartón. Pero me equivocaba.
Se había convertido en un maravilloso santuario. Todo estaba en su lugar, limpio y ordenado. Las estatuas de san Antonio y santa Lucía, cuyos ojos yacían sobre una bandeja, el Niño Jesús de Praga envuelto en encajes españoles y los iconos que colgaban en las paredes, entre los ventanales.
—Pero ¿quién ha colocado todas estas cosas?
David se había marchado. ¿Adonde? No tenía importancia, sabía que regresaría. Lo importante era que los doce libros estaban en mi poder. Necesitaba un lugar cálido donde sentarme, quizá sobre los escalones del altar, y luz. Dado que estaba tuerto, necesitaba un poco más de luz que la mera iluminación nocturna que penetraba por las altas vidrieras de colores.
De pronto vi una figura en el vestíbulo. No emitía ningún olor. Sin duda se trataba de un vampiro. Mi joven pupilo. Louis. Era inevitable.
—¿Has sido tú quien ha colocado todos los objetos con tanto acierto en la capilla? —pregunté.
—Sí, me pareció que debía hacerlo —respondió, dirigiéndose hacia mí.
Lo vi con claridad, aunque tenía que volver la cabeza para contemplarlo con el único ojo que me quedaba y renunciar a intentar abrir el ojo izquierdo, puesto que lo había perdido.
Era alto, pálido, tal vez algo más delgado. Tenía el pelo negro, corto, y los ojos verdes, aterciopelados. Se movía con la elegancia de alguien a quien no le gusta hacer ruido ni llamar la atención. Llevaba un traje negro muy sencillo, como los judíos que se habían congregado ante la catedral en Nueva York para contemplar el espectáculo y los miembros de la comunidad amish, los cuales habían acudido en tren y vestían ropas tan austeras y sencillas como la expresión que mostraba el rostro de Louis.
—Vuelve a casa conmigo —dijo. Tenía una voz muy humana, bondadosa—. Ya tendrás tiempo de venir aquí a meditar. ¿No preferirías estar en casa, en el barrio francés, rodeado de nuestras cosas?
Si existía alguien en el mundo capaz de consolarme ése era Louis, con su costumbre de ladear la cabeza y mirarme como si tratara de infundirme ánimos, de protegerme, temeroso de lo que pudiera ocurrirme a mí o a él, o a todos nosotros.
Mi buen amigo, mi tierno y paciente alumno, un perfecto caballero, educado al estilo Victoriano e instruido por mí en los ritos y las costumbres de los vampiros. ¿Y si Memnoch se hubiera presentado ante él? ¿Por qué no lo había hecho?
—¿Qué he hecho? —le pregunté—. ¿Qué es lo que pretende Dios?
—Lo ignoro —contestó Louis, apoyando una mano sobre la mía. Su sosegada voz era un bálsamo para mis nervios—. Ven a casa. He escuchado durante horas, en la radio y la televisión, la historia del ángel de la noche que trajo el velo. Según dicen, las ropas del ángel han ido a parar a manos de sacerdotes y científicos. Dora se dedica a curar a la gente mediante la imposición de las manos. El velo ha obrado ya varios milagros. La gente acude a Nueva York desde todos los rincones del mundo. Me alegro de que hayas vuelto. Quiero tenerte aquí, conmigo.
—¿He servido a Dios? ¿Es eso posible? ¿A un Dios que aborrezco?
—No he oído tu versión —contestó Louis—. ¿Deseas contármela? —preguntó con naturalidad, sin emoción—. ¿O te resulta demasiado doloroso repetirlo todo de nuevo?
—Prefiero que escriba la historia David, de memoria —respondí, tocándome la sien—. Como sabes, tenemos una memoria excepcional. Creo que algunos de nuestros compañeros recuerdan incluso cosas que jamás sucedieron.
Luego miré a mi alrededor y pregunté:
—¿Dónde nos encontramos? ¡Dios mío, lo había olvidado! Estamos en la capilla. Ahí está el ángel que sostiene la pila de agua bendita, y el crucifijo; ya los había visto la primera vez que estuve aquí.
El crucifijo, a diferencia del vibrante velo, ofrecía un aspecto deslucido, sin vida.
—¿Han mostrado el velo en el noticiero de la noche? —pregunté.
—Una y otra vez —contestó Louis, sonriendo. No era una sonrisa burlona, sino tierna y amable.
—¿Qué pensaste cuando viste el velo?
—Que era el Cristo en el que solía creer. El Hijo de Dios que conocí de niño, y cuando ésta era la tierra de los pantanos —respondió Louis con tono paciente—. Vamos a casa. Hay ciertas cosas en este lugar que...
—¿Qué?
—No sé, unos espíritus, unos fantasmas... —contestó Louis. No parecía asustado—. Son unos seres diminutos, pero noto su presencia. Yo no poseo tus poderes, Lestat —añadió, sonriendo de nuevo—, de modo que por fuerza tienes que haberlos presentido tú también.
Cerré los ojos o mejor dicho, el ojo derecho. De pronto percibí un sonido extraño, algo así como las pisadas de numerosos niños que caminasen en fila india.
—Creo que están recitando la tabla de multiplicar.
—¿Las tablas de multiplicar?
—Sí, en aquella época enseñaban a los niños a multiplicar recitando la cantinela: dos por dos son cuatro, dos por tres son seis, dos por cuatro ocho...
Me detuve. Había alguien en el vestíbulo, junto a la capilla, entre la puerta que daba acceso al pasillo y la de la capilla, oculto en las sombras de la misma forma que yo me había ocultado de Dora.
Sin duda era uno de los nuestros, y era muy viejo. Presentía su poder. Era tan anciano que sólo Memnoch y Dios Encarnado lo habrían comprendido, o... Louis, quizá Louis, si creía sus recuerdos, sus visiones fugaces, sus breves e increíbles experiencias con los vampiros más ancianos, tal vez...
No parecía asustado. Me observaba fijamente, en guardia, pero no mostraba miedo.
—Vamos, sea quien sea no voy a dejarme acobardar —dije al tiempo que avanzaba hacia el misterioso ser. Llevaba colgados los dos sacos de libros sobre el hombro derecho y los sujetaba con la mano izquierda. Eso me permitía utilizar la mano derecha. Y el ojo derecho. ¿Quién sería el visitante?
—Es David —dijo Louis tranquilamente, como para demostrarme así que no tenía nada que temer.
—No, hay alguien junto a él, entre las sombras. Fíjate bien. ¿No ves la figura de una mujer, tan blanca, tan dura, que parece una estatua?
—¡Maharet! —exclamé.
—Aquí me tienes, Lestat —respondió ésta.
Yo solté una carcajada.
—¿No fue eso lo que respondió Isaías cuando le llamó el Señor? «Aquí me tienes, Señor.»
—Sí —contestó Maharet. Su voz apenas resultaba audible, pero era clara y modulada, desprovista de los lastres de la carne.
Salí de la capilla y me dirigí hacia el pequeño vestíbulo, donde se encontraba Maharet. David se hallaba junto a ella, como su lugarteniente, dispuesto a cumplir al instante sus órdenes. Ella era la mayor, o casi, la Eva de nuestra especie, nuestra Madre; en cualquier caso, era la única que quedaba. Al mirarla, recordé la estremecedora historia sobre sus ojos: cuando era humana la habían dejado ciega y los ojos que ahora utilizaba eran siempre prestados, humanos.
Eran unos ojos sangrantes, que Maharet había arrebatado a un muerto o a un ser vivo para colocárselos en sus propias cuencas, confiando en que le duraran lo máximo posible gracias a su sangre vampírica. Qué aspecto tan extraño tenían en su hermoso rostro.
¿Qué era lo que había dicho Jesse? Que parecía de alabastro. El alabastro es una piedra a través de la cual penetra la luz.
—Jamás le arrebataré un ojo a un ser humano —dije entre dientes.
Maharet guardó silencio. No había venido a juzgarme ni a aconsejarme. ¿Qué la había traído hasta aquí? ¿Qué quería?
—¿Quieres oír la historia?
—Tu amable amigo inglés asegura que ocurrió tal como lo has descrito. Dice que las canciones que se oyen por televisión contienen verdades; que eres el ángel de la noche, que le entregaste el velo a esa joven y que él estaba allí y te oyó relatar la historia.
—¡No soy un ángel! ¡No pretendía darle el velo a esa joven! Se lo llevé para demostrar que...
Mi voz se quebró.
—¿Para demostrar qué? —inquirió Maharet.
—Que Dios me lo había dado —murmuré—. Él me dijo: «Tómalo», y yo obedecí.
Acto seguido me eché a llorar. Louis aguardó, paciente, solemne. David aguardó también a que recuperara la compostura.
Al fin, dejé de llorar y dije:
—Si vas a escribir esta historia, David, quiero que recojas cada palabra, por ambigua que te parezca. Yo no puedo hacerlo. No quiero. Quizá... si veo que no la escribes correctamente es posible que me decida a escribirla yo mismo. ¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué has venido? No, no voy a escribirla. ¿Qué haces aquí, Maharet? ¿Por qué has venido al castillo de la Bestia? Responde.
Maharet no dijo nada. Su largo cabello de color rojo pálido le llegaba a la cintura. Llevaba un sencillo atuendo que hubiera pasado inadvertido en muchos países: una chaqueta larga y holgada, sujeta con un cinturón alrededor de su esbelta cintura, y una falda que rozaba la parte superior de sus diminutas botas. El reflejo a sangre que despedían sus ojos era muy potente. Esos ojos muertos, que me miraban fijamente, me resultaban repugnantes, insoportables.
—¡Jamás le arrebataré un ojo a un ser humano! —repetí, no sé si en un gesto de arrogancia o insolencia. Maharet era muy poderosa—. Jamás mataré a un ser humano —añadí. Eso era lo que en realidad había querido decir—. Jamás, aunque viva mil años, aunque sufra lo indecible, aunque me muera de hambre, jamás alzaré la mano contra otro ser, ya sea humano o uno de los nuestros, jamás, me niego rotundamente... antes que eso prefiero...
—Voy a retenerte aquí durante un tiempo —dijo Maharet—. Prisionero. Hasta que te calmes.
—Estás loca. No dejaré que me retengas aquí.
—He traído unas cadenas para sujetarte. David y Louis me ayudarán.
—¿A qué viene todo esto? ¿Y vosotros? ¿Os atreveríais a encadenarme? ¿Es que pretendéis acabar conmigo como si fuera Azazel? Si Memnoch no me hubiera abandonado, si él pudiera contemplar esta escena, se moriría de risa.
Pero ninguno de ellos dio un paso; ambos permanecieron inmóviles. El inmenso poder de Maharet quedaba disimulado bajo su esbelta y blanca figura. Los tres sufrían ante esta situación. Percibía el olor de su sufrimiento.
—Te he traído esto —dijo Maharet, extendiendo la mano—. Cuando lo leas gritarás y te desesperarás, y nosotros te retendremos aquí, a salvo, hasta que consigas dominarte. Bajo mi protección. En este lugar. Serás mi prisionero.
—¿Qué? ¿Qué es esto? —pregunté.
Se trataba de un pedazo de pergamino viejo y arrugado.
—¿Qué demonios es esto? —insistí—. ¿Quién te lo ha dado?
No me atrevía a tocarlo siquiera.
Maharet me sujetó la mano izquierda con una fuerza increíble, obligándome a soltar los sacos que contenían los libros, y me entregó el pergamino.
—Me lo dieron para que te lo entregara —dijo.
—¿Quién te lo dio? —pregunté.
—La persona que lo escribió. Léelo.
Tras soltar una palabrota, abrí apresuradamente el pergamino.
Sobre éste yacía mi ojo, mi ojo izquierdo. El pequeño paquete contenía mi ojo, envuelto en una carta. Mi ojo azul, vivo e intacto.
Sin pensármelo dos veces, cogí el ojo y me lo introduje en la cuenca izquierda. Sentí cómo los nervios oculares se extendían hacia el cerebro, para unirse a éste, y recuperé la visión del ojo.
Maharet me miraba fijamente.
—¿Por qué habría de gritar? —pregunté—. ¿Qué crees que veo? ¡Sólo veo lo que veía antes! —exclamé, volviendo la cabeza a izquierda y derecha. La angustiosa oscuridad había desaparecido de la cuenca del ojo izquierdo, el mundo volvía a mostrarse completo y veía las vidrieras de la capilla y al trío que tenía ante mí, observándome—. ¡Gracias, Dios mío! —murmuré. ¿Pero qué significaba esa invocación? ¿Una oración de gracias o simplemente una exclamación?
—Lee lo que dice el pergamino —dijo Maharet.
¿Qué era aquello? ¿Un lenguaje arcaico? ¿Una fantasía? Unas palabras en una lengua que no era tal, pero que se hallaban perfectamente articuladas. Así, conseguí descifrar entre la maraña de figuras y dibujos aquellas frases que aparecían escritas con sangre, tinta y hollín:
A mi príncipe,
en señal de gratitud por tu
espléndido trabajo.
Con amor,
Memnoch,
el diablo.
—¡Mentiras, mentiras, mentiras! —bramé. De pronto oí el sonido de unas cadenas—. ¡No existen cadenas capaces de sujetarme! ¡Malditos! ¡No son más que mentiras! ¡Vosotros no le visteis! ¡Él no os entregó esto!
David, Louis y Maharet con su inconcebible fuerza, una fuerza que existía desde tiempos inmemoriales, antes de que se grabaran las primeras tabletas en Jericó, me rodearon, acorralándome. Ella era infinitamente más poderosa que los otros; yo era como su hijo, revolviéndome contra ella y maldiciéndola.
Me arrastraron a través de la oscuridad. Mis gritos retumbaban entre los muros de la habitación que habían elegido para mantenerme prisionero, con sus ventanas tapiadas, parecida a una mazmorra. Por más que me resistí, al fin consiguieron sujetarme con las cadenas.
—¡Es mentira, mentira, mentira! ¡No lo creo! ¡Si alguien me engañó fue Dios! —grité—. Fue Él quien lo hizo. Nada es real a menos que lo haga Él, Dios Encarnado. No fue Memnoch. ¡Es imposible! ¡Es mentira!
Me quedé tendido en el suelo, exhausto, impotente. Nada me importaba ya. Incluso sentía cierto alivio ante el hecho de estar encadenado, de no poder aporrear las paredes con los puños hasta destrozarme las manos, o golpearlas con la cabeza, o peor aún...
—¡Mentira, mentira, todo es una gran mentira! ¡Eso es lo único que vi! ¡Un circo de mentiras!
—No todo es mentira —respondió Maharet—. Es el eterno dilema.
Guardé silencio. Noté que mi ojo izquierdo iba adquiriendo vigor a medida que se unía más estrechamente al cerebro. Había recobrado mi ojo. Recordé la expresión de horror de Memnoch al ver mi ojo sobre el escalón del infierno, y la historia del ojo del tío Mickey. No lograba entenderlo. Desesperado, comencé a gritar de nuevo.
Me pareció oír vagamente la suave voz de Louis, protestando, implorando, discutiendo. Oí el ruido de unos cerrojos y unos martillazos, como si alguien clavara unos clavos en un pedazo de madera. Oí a Louis suplicar.
—Sólo durante un tiempo... —dijo Maharet—. No podemos hacer otra cosa, es demasiado poderoso. O lo encerramos aquí o tendremos que matarlo.
—¡No! —gritó Louis.
Oí protestar a David, oponiéndose a la decisión de Maharet.
—No le mataré, pero permanecerá aquí hasta que le permita marcharse —dijo ésta.
Tras estas palabras, desaparecieron.
—Cantad —murmuré. Hablaba con los fantasmas de los niños—. Cantad...
Pero el convento estaba vacío. Todos los pequeños fantasmas se habían esfumado. El convento era mío: el siervo de Memnoch, el príncipe de Memnoch. Estaba solo en mi prisión.

26
Dos noches, tres noches. Fuera, en la metrópoli moderna, el tráfico circulaba por la amplia avenida. Oí pasar a unas parejas, murmurando entre las sombras de la noche. Oí el aullido de un perro.
¿Cuatro, cinco noches?
David estaba sentado junto a mí y leía el manuscrito de mi historia palabra por palabra, todo cuanto yo había dicho, tal como él lo recordaba, deteniéndose de vez en cuando para preguntar si era correcto lo que había escrito, si ésas eran las palabras que yo había utilizado, si ésa era la imagen. Maharet, que se hallaba sentada en un rincón, respondió:
—Sí, eso es lo que él te contó. Eso es lo que veo en su mente. Esas son sus palabras. Eso es lo que él sintió.
Finalmente, al cabo de aproximadamente una semana, Maharet se acercó a mí y me preguntó si ansiaba beber sangre.
—Jamás volveré a hacerlo —contesté—. Me secaré, me convertiré en un objeto duro como la piedra caliza y me arrojarán a un horno.
Una noche apareció Louis, con el apacible talante de un capellán que entra en una cárcel, inmune a las normas pero sin representar ningún riesgo para los carceleros.
Se sentó con movimientos lentos a mi lado, cruzó las piernas y volvió discretamente la cabeza para no mirarme, para no mirar a un prisionero encadenado y enfurecido.
Luego apoyó la mano en mi hombro. Su cabello ofrecía un aspecto relativamente moderno, es decir, lo llevaba corto, limpio y bien peinado. Sus ropas eran también nuevas y limpias, como si se hubiera puesto su mejor traje para venir a visitarme.
Sonreí al pensar que se había puesto sus mejores galas para venir a verme. Era un gesto habitual en él, y cuando yo veía que llevaba una camisa con botones antiguos de oro y madreperla comprendía que se había esmerado en su atuendo, lo cual le agradecía como un enfermo agradece que le apliquen un trapo fresco y húmedo en la frente.
Noté que sus dedos me apretaban el hombro, lo cual también le agradecí, aunque no tenía el menor interés en demostrarlo.
—He leído los libros de Wynken —dijo Louis—. Fui a recogerlos. Los habíamos dejado en la capilla —añadió, mirándome con naturalidad, aunque de forma respetuosa.
—Gracias —respondí—. Los dejé caer cuando cogí el ojo que estaba envuelto en el pergamino. ¿O me cogió ella la mano? Sea como fuere, dejé caer los sacos que contenían los libros y me olvidé de ellos. No puedo moverme con estas cadenas.
—He llevado los libros a nuestra casa de la calle Royale. Están allí, como muchos otros tesoros, dispersos por el apartamento para que nos deleitemos contemplándolos.
—Sí. ¿Has examinado las diminutas ilustraciones? —pregunté—. Yo no tuve tiempo de hacerlo como es debido, todo sucedió con tanta rapidez. Apenas pude abrir los libros. Si hubieras visto el fantasma de Roger en el bar y le hubieras oído describir los libros...
—Son una maravilla. Son magníficos. Te encantarán. Te quedan muchos años por delante para disfrutar de su lectura y examinarlos. He empezado a leerlos con ayuda de una lupa, pero tú no la necesitarás. Tienes una vista más potente que la mía.
—Quizá podamos leerlos juntos.
—Sí... leeremos los doce libros que escribió Wynken de Wilde —respondió Louis. Habló suavemente sobre las prodigiosas imágenes, las pequeñas figuras humanas, los animales y las flores, y el león yaciendo con el cordero entre las fauces.
Cerré los ojos. Me sentía satisfecho, contento. Louis comprendió que no deseaba seguir hablando.
—Te esperaré allí, en nuestro apartamento —dijo—. No pueden retenerte aquí por mucho tiempo.
¿Cuánto es mucho tiempo?
La temperatura parecía haber aumentado.
Quizá viniera a verme David.
A veces cerraba los ojos y los oídos y me negaba a escuchar cualquier sonido que estuviera destinado específicamente a mí. Oía cantar a las cigarras cuando el cielo aún estaba teñido de rojo, al atardecer, y los demás vampiros dormían. Oía a los pájaros volar y posarse sobre las ramas de los robles en la avenida Napoleón. Oía las risas de los niños.
También oía a los niños cantar o hablar en susurros, como si intercambiaran confidencias al abrigo de una tienda de campaña confeccionada con una sábana. Percibía sus pasos en la escalera.
Y más allá de los muros, el ruido, estruendoso, amplificado, de la eléctrica noche.
Una noche abrí los ojos y vi que me habían quitado las cadenas.
Estaba solo y la puerta de la habitación se encontraba abierta.
Tenía la ropa hecha jirones, pero no me importaba. Me levanté no sin esfuerzos. Tenía los músculos anquilosados y los brazos y las piernas me dolían. Por primera vez en las dos últimas semanas, me palpé el ojo izquierdo para asegurarme de que seguía allí, aunque veía perfectamente. En realidad, hacía tiempo que había dejado de pensar en él.
Salí del orfelinato a través del viejo patio. Durante unos instantes vi unos columpios de hierro, como los que solían fabricar antiguamente para los niños. Observé los soportes en forma de A que se hallaban a cada extremo, la barra transversal y a los niños y niñas columpiándose alegremente, con el cabello ondeando al viento, y oí sus risas. Luego alcé la vista, aturdido, y miré las vidrieras de la capilla.
Los niños habían desaparecido. El patio estaba desierto. Mi palacio se había esfumado. Dora había cortado todos los vínculos con el pasado. Se había marchado para saborear su extraordinaria victoria.
Caminé durante largo rato por la avenida St. Charles.
Caminé bajo los viejos robles, por las viejas aceras, frente a las mansiones de ladrillo, modernas y antiguas. Atravesé la avenida Jackson, con su curiosa mezcla de tabernas y carteles de neón, edificios en ruinas y elegantes comercios, una zona derruida y abandonada que se extiende hasta la parte baja de la ciudad.
Me detuve frente a una tienda desierta en la que antiguamente vendían costosos automóviles. Durante cincuenta años habían vendido lujosos automóviles, y ahora no era más que un espacio vacío que estaba rodeado de muros de cristal. Vi mi imagen reflejada en el cristal. Había recuperado mi extraordinaria visión y mis dos ojos veían por igual.
Me vi a mí mismo.
Deseo que vosotros me veáis. Deseo que me miréis, que contempléis el aspecto que presento actualmente, mientras juro que cada palabra de esta historia es cierta, que la he relatado con sinceridad.
Soy el vampiro Lestat. Esto es lo que vi. Esto es lo que oí. Esto es lo que sé. Lo único que sé. Os ruego que creáis mis palabras, lo que he dicho y escrito.                              Aún sigo aquí, soy el héroe de mis propios sueños; dejad que continúe siendo el héroe de los vuestros.
Soy el vampiro Lestat.
Permitid que pase de la ficción a la leyenda.