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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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domingo, 9 de junio de 2013

LAS MEJORES HISTORIAS DE TERROR I

LAS MEJORES
HISTORIAS DE TERROR
I

El mono
Stephen King
Uno de los hitos para los aficionados al terror durante los años sesenta fue una
serie de revistas editadas con ostentoso vulgaridad y seleccionadas por Robert
A. W. Lowndes para algo llamado Health Knowledge, Inc. Los títulos que
tuvieron una vida más prolongada de sus varias series fueron Magazine of
Horror y Startling Mystery Stories; en su mayor parte reeditaban historias de
otro modo inaccesibles de fuentes tales como las míticas Weird Tales y
Strange Tales, con alguna ocasional historia original, normalmente ilegible,
firmada por alguien de quien nadie nunca había oído hablar. Ramsey
Campbell, que por aquel entonces tenía ya un libro en su haber, era uno de
tales oscuros escritores, y otro era Stephen King, que vendió a esas revistas
sus primeras dos historias (por un precio conjunto de sesenta y cinco dólares).
Nacido el 21 de septiembre de 1946 en Portland, Maine, King empezó a
escribir a la edad de doce años. El éxito no fue instantáneo. Tras graduarse en
la universidad, trabajó en una lavandería por sesenta dólares a la semana
antes de encontrar un trabajo docente en una escuela superior por seis mil
cuatrocientos dólares al año. Sus primeras novelas consiguieron tan sólo cartas
de rechazo, pero en las revistas para hombres, particularmente Cavalier, King
encontró un mercado dispuesto a recibir los relatos cortos de horror, y decidió
probar fortuna con la novela de horror popular. Allí King tuvo algo más de
suerte: su primera novela. Carrie, fue publicada en 1974, seguida por Salem's
Lot (La hora del vampiro), The Shining (El resplandor), la colección de relatos
Night Shift (En el umbral de la noche), The Stand (La danza de la muerte), The
Dead Zone (La zona muerta), y Firestarter (Ojos de fuego). Su éxito fue tal que
es muy poco probable que King tenga que volver alguna vez a su trabajo en la
lavandería. El mono se publicó como una separata inserta en el número de
Gallery de noviembre de 1980... uno de los lugares más inusuales para que
puedan perseguirlo los coleccionistas de primeras ediciones. Mientras lo leía,
he intentado recordar qué le ocurrió al monito de cuerda que yo tenía cuando
era un chiquillo. He intentado recordarlo intensamente...
Cuando Hal Shelbum lo vio, cuando su hijo Dennis lo sacó de una deteriorada
caja de Ralston-Purina que había sido arrinconada bajo un montón de trastos
en una buhardilla, brotó en él una sensación tan grande de horror y desánimo
que por un momento creyó que iba a lanzar un grito. Apretó un puño contra su
boca, como para empujarlo de vuelta y tragárselo... y entonces se limitó a toser
tras su puño. Ni Terry ni Dennis se dieron cuenta de aquello, pero Petey miró a
su alrededor, momentáneamente curioso.
—¡Eh, qué bonito! —dijo Dennis con deferencia. Era un tono que Hal raramente
obtenía ya de su hijo. Dennis tenía doce años.
—¿Qué es? —preguntó Petey, y miró de nuevo a su padre antes de que sus
ojos fueran atraídos otra vez hacia aquello que su hermano mayor había
encontrado—. ¿De qué se trata, papá?
—Es un mono, chico listo —dijo Dennis—. ¿Nunca habías visto un mono
antes?
—No llames a tu hermano chico listo —dijo Terry automáticamente, y se puso a
examinar una caja llena de cortinas. Las cortinas estaban apolilladas, y las dejó
rápidamente—. Uf.
—¿Puedo quedármelo, papá? —preguntó Petey. Tenía nueve años.
—¿Qué quieres decir? —exclamó Dennis—. ¡Lo encontré yo!
—Chicos, por favor —dijo Terry—. Me estáis dando dolor de cabeza.
Hal apenas les oyó... a ninguno de ellos. El mono resplandecía imprecisamente
entre las manos de su hijo mayor, sonriendo con su vieja sonrisa familiar. La
misma sonrisa que había atormentado sus pesadillas cuando era niño,
atormentado hasta que él...
Afuera sopló una repentina ráfaga de viento, y por un momento unos labios sin
carne hicieron sonar una larga nota a través del viejo y oxidado canalón. Petey
se acercó a su padre, los ojos fijos de modo intranquilo en las vigas de madera
del techo de la buhardilla, llenas de clavos.
—¿Qué ha sido eso, papá? —preguntó cuando el silbido murió en un zumbido
gutural.
—Sólo el viento —dijo Hal, sin dejar de mirar al mono.
Sus platillos, más bien medias lunas de latón que círculos completos, estaban
inmóviles a la débil luz de una bombilla desnuda, quizás a treinta centímetros
de distancia el uno del otro. Añadió automáticamente:
—El viento puede silbar, pero no puede entonar una canción.
Entonces se dio cuenta de que ésta era una de las frases de su tío Will, y un
escalofrío recorrió su espina dorsal.
La larga nota llegó de nuevo con el viento procedente del Crystal Lake en un
largo y zumbante descenso y luego vibró en el canalón. Media docena de
pequeñas ráfagas lanzaron el frío aire de octubre contra el rostro de Hal... Dios,
aquel lugar era tan parecido al cuarto trastero de la casa en Hartford que
parecía como si todos ellos hubieran sido transportados a treinta años atrás en
el tiempo.
No debo pensar en eso.
Pero el pensamiento no podía ser rechazado.
En el cuarto trastero donde encontré ese maldito mono en esa misma maldita
caja.
Terry se había apartado un poco para examinar una canasta de madera llena
con chucherías, y caminaba agachada debido a la fuerte inclinación del techo.
—No me gusta —dijo Petey, y buscó la mano de Hal—. Dennis puede
quedárselo si quiere. ¿Nos vamos, papá?
—¿Tienes miedo a los fantasmas, gallina? —inquirió Dennis.
—Dennis, ya basta —dijo Terry ausentemente, mientras cogía una tacita de
hojalata con un dibujo chino—. Esto es bonito. Creo que...
Hal vio que Dennis había encontrado la llave de la cuerda en la espalda del
mono. El terror aleteó con negras alas en su interior.
—¡No hagas eso!
Sus palabras brotaron más agudas de lo que hubiera deseado, y había
arrancado el mono de entre las manos de Dennis antes de darse cuenta de lo
que hacía. Dennis miró a su alrededor y luego a él, sorprendido. Terry miró
también hacia atrás por encima de su hombro. Y Petey alzó los ojos. Por un
momento todos permanecieron en silencio, y el viento silbó de nuevo, muy
suavemente esta vez, como una desagradable invitación.
—Quiero decir que lo más probable es que esté roto —dijo Hal.
Solía estar roto... excepto cuando deseaba estar arreglado.
—Bueno, pero no hacía falta que me lo quitaras —dijo Dennis.
—Dennis, cállate.
Dennis parpadeó, y por un momento pareció casi inquieto. Hal no le había
hablado de forma tan cortante desde hada mucho tiempo. Desde que había
perdido su trabajo en la National Aerodyne en California hacía dos años y se
habían mudado a Texas. Dennis decidió no seguir adelante con aquello... por
ahora. Se volvió de espaldas a la caja de Ralston-Purina y de nuevo empezó a
revolver trastos, pero todo lo que había era pura basura. Juguetes rotos
mostrando sus tripas de relleno y muelles.
El viento era más fuerte ahora, ululando en vez de silbar. La buhardilla empezó
a crujir suavemente, haciendo un ruido como de pasos.
—Por favor, papá —pidió Petey, apenas lo suficientemente alto como para que
su padre le oyera.
—Sí —dijo éste—. Terry, vámonos.
—No he terminado con este...
—He dicho vámonos.
Ahora le tocó a ella mostrarse asombrada.
Habían tomado dos habitaciones contiguas en un motel. Aquella noche a las
diez, los chicos estaban durmiendo en su habitación y Terry estaba dormida en
la habitación de los adultos. Había tomado dos Valium en el camino de vuelta
desde la vieja casa en Casco, para librarse de la migraña. Últimamente tomaba
mucho Valium. Había empezado aproximadamente en la época en que la
National Aerodyne había despedido a Hal. Durante los últimos dos años él
había estado trabajando para la Texas Instruments... Eran cuatro mil dólares
menos al año, pero al menos era un trabajo. Él le había dicho a Terry que
tenían suerte. Ella había asentido. Había muchos especialistas en software
cobrando el desempleo, había dicho él. Ella había asentido. El empleo en
Amette era exactamente igual de bueno que el puesto en Fresno, había dicho
él. Ella había asentido, pero él tuvo la impresión de que su asentimiento era
una mentira.
Y él estaba perdiendo a Dennis. Podía sentir al chico alejándose, alcanzando
una prematura velocidad de escape. Adiós, Dennis. Hasta otra, desconocido.
Fue bueno compartir este tren contigo. Terry deda que el chico fumaba
marihuana. Podía olerlo a veces. «Tienes que hablar con él, Hal.» Y él había
asentido, pero hasta ahora no lo había hecho.
Los chicos estaban durmiendo. Terry estaba durmiendo. Hal se metió en el
cuarto de baño, cerró la puerta, se sentó en la tapa del inodoro y miró al mono.
Odiaba su aspecto, su blando y lanudo pelaje marrón, pelado en algunos lados.
Odiaba su sonrisa... Ese mono sonríe exactamente igual que un negro, había
dicho en una ocasión el tío Will, pero no sonreía como un negro, no sonreía
como nada humano. Su sonrisa era todo dientes, y si se le daba cuerda, sus
labios se movían, sus dientes parecían hacerse más grandes, convertirse en
los dientes de un vampiro, los labios se contorsionaban y los platillos sonaban.
Estúpido mono, estúpido mono a cuerda, estúpido, estúpido...
Lo dejó caer. Sus manos estaban temblando y lo dejó caer.
La llave chasqueó contra las baldosas del cuarto de baño cuando golpeó el
suelo. El sonido pareció muy fuerte en el silencio y la quietud. Se quedó
sonriendo con sus lóbregos ojos ambarinos, ojos de muñeco, llenos con una
alegría idiota, sus platillos de latón preparados como para puntuar con sus
golpes una marcha interpretada por alguna sombría banda infernal, y en el
fondo estampada la frase Made in Hong Kong.
—No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando yo tenía nueve
años.
El mono le sonrió desde el suelo.
Hal Shelburn se estremeció.
Afuera, en la noche, un negro soplo de viento sacudió el motel.
Bill, el hermano de Hal, y Collette, la esposa de Bill, se encontraron con ellos
en la casa del tío Will y la tía Ida al día siguiente.
—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que una muerte en la familia es una
forma realmente asquerosa de renovar las relaciones familiares? —le preguntó
Bill con el principio de una sonrisa. Había sido bautizado así en honor al tío
Will. Will y Bill, campeones del rodayo, acostumbraba a decir el tío Will, y
revolvía el pelo de Bill. Era una de sus frases... como que el viento puede silbar
pero no puede entonar una canción. El tío Will había muerto hacía seis años, y
la tía Ida había vivido desde entonces allí sola, hasta que la semana anterior un
ataque al corazón se la había llevado. Todo muy repentino, había dicho Bill
cuando llamó desde larga distancia para darle a Hal la noticia. Como si él
pudiera saberlo, como si cualquiera pudiera saberlo. Había muerto sola.
—Sí —dijo Hal—. He pensado en ello.
Miraron juntos el lugar, la vieja casa donde habían terminado de crecer los dos.
Su padre, un marino mercante, había desaparecido como si hubiera sido
borrado de la faz de la Tierra cuando ellos eran pequeños; Bill decía que lo
recordaba vagamente, pero Hal no tenía ni el menor recuerdo de él. Su madre
había muerto cuando Bill tenía diez años y Hal ocho. Entonces se trasladaron a
casa del tío Will y de la tía Ida desde Hartford, y fueron criados allí, y fueron a
la universidad allí. Bill se había quedado y ahora era un rico abogado en
Portland.
Hal observó que Petey se estaba alejando hacia las zarzamoras que crecían en
el lado oriental de la casa, formando una tupida maraña.
—Apártate de ahí, Petey —dijo.
Petey le devolvió una interrogadora mirada. Hal sintió que su sencillo amor
hacia el muchacho le inundaba... y entonces, repentinamente, pensó de nuevo
en el mono.
—¿Por qué, papá?
—El viejo pozo está en algún lugar por aquí —dijo Bill—. Pero que me condene
si recuerdo exactamente dónde. Tu papá tiene razón, Petey... Esa maraña de
zarzamoras es un lugar del que es mejor permanecer alejado. Los pinchos
harían un buen trabajo contigo. ¿No es así, Hal?
—Exacto —dijo Hal automáticamente.
Petey se apartó del lugar, sin mirar hacia atrás, y luego bajó por el malecón
hacia la pequeña playa de guijarros donde Dennis estaba arrojando piedras al
agua. Hal sintió que algo en su pecho se aflojaba un poco.
Bill podía haber olvidado dónde estaba el viejo pozo, pero a última hora de
aquella tarde, Hal se dirigió directamente hacia allá, abriéndose camino entre
las zarzas que desgarraron su vieja chaqueta de franela y buscaron sus ojos.
Llegó junto a él y se detuvo allí, respirando pesadamente, mientras
contemplaba las podridas y combadas planchas de madera que cubrían su
boca. Tras un momento de vacilación, se arrodilló (sus rodillas crujieron como
dos secos disparos de pistola) y apartó a un lado dos de las tablas.
Desde el fondo de aquella húmeda garganta rodeada de piedra, un rostro se le
quedó mirando: los ojos muy abiertos, la boca distorsionada en una mueca, y
un lamento escapando por ella. No era fuerte, excepto en su corazón. Allí había
resonado con intensidad.
Era su propio rostro, reflejado en la oscura agua.
No era el rostro del mono. Por un momento había pensado que era el rostro del
mono.
Estaba temblando. Temblando de arriba a abajo.
Lo tiré al pozo. Lo tiré al pozo, por favor, Dios mío, no dejes que me vuelva
loco. Lo tiré al pozo.
El pozo se había secado el verano que Johnny McCabe murió, el año después
de que Bill y Hal llegaron a la vieja casa para quedarse con el tío Will y la tía
Ida. El tío Will había pedido prestado dinero al banco para perforar un pozo
artesiano, y las zarzamoras habían crecido alrededor del viejo pozo. El pozo
seco.
Excepto que el agua había vuelto. Como el mono.
Esta vez no podía negar el recuerdo. Hal permaneció sentado allí, impotente,
dejando que acudiera a él, intentando ir con él, cabalgándolo como alguien que
hace surf cabalga la monstruosa ola que puede aplastarlo si cae de su tabla,
intentando simplemente seguir su paso de modo que desapareciera de nuevo
por el otro lado.
Se había deslizado con el mono hasta allí afuera a finales de aquel verano, y
las zarzamoras estaban en sazón, con su olor denso y empalagoso. Nadie iba
hasta allí a cogerlas, aunque a veces tía Ida se detenía al borde de las zarzas y
tomaba un puñado de zarzamoras en su delantal. En el interior del zarzal, las
zarzamoras habían madurado en exceso; algunas se estaban pudriendo ya,
rezumando un espeso fluido blanco como pus, y los grillos cantaban
enloquecedoramente en la alta hierba, bajo sus pies su chirrido interminable:
criiiiiiiiii...
Las zarzas se clavaron en él, punteando bolitas de sangre en sus desnudos
brazos. No hizo ningún esfuerzo por evitar sus pinchazos. Había estado ciego
de terror... Tan ciego que por unos pocos centímetros estuvo a punto de
tropezar con las tablas que cubrían el pozo, quizá a unos centímetros de caer
diez metros hasta el lodoso fondo del pozo. Había agitado los brazos para
mantener el equilibrio, y más espinas habían ensartado sus antebrazos. Era
ese recuerdo lo que le había hecho llamar secamente a Petey para que
volviera atrás.
Era el día en que Johnny McCabe había muerto;, su mejor amigo... Johnny
había estado trepando por los travesaños de madera de la escalera de cuerda
que conducía hasta su casa en la copa del árbol, en el patio de atrás. Los dos
habían pasado muchas horas ahí arriba aquel verano, jugando a los piratas,
viendo imaginarios galeones allá afuera en el lago, disparando sus cañones,
preparándose para el abordaje. Johnny había estado trepando a su casa en la
copa del árbol como había hecho miles de veces antes, y el travesaño justo
debajo de la puerta trampilla en el fondo de la casa en el árbol se había partido
bajo sus manos, y Johnny había caído diez metros hasta el suelo y se había
roto el cuello, y la culpa era del mono, el mono, el maldito y odioso mono.
Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió mucho la boca y luego formó una
O de horror, cuando su amiga Milly de más abajo de la calle le dio la noticia,
cuando tía Ida dijo «Sal al porche, Hal, tengo que darte una mala noticia...»,
había pensado con mórbido horror: ¡El mono! ¿Qué ha hecho el mono ahora?
No había habido ningún reflejo de su rostro atrapado en el fondo del pozo aquel
día. Únicamente los guijarros cayendo a la oscuridad y el olor del lodo húmedo.
Había mirado al mono tirado allá en la resistente hierba que crecía entre las
zarzas, sus platillos en suspenso, sus sonrientes y enormes dientes entre sus
entreabiertos labios, su pelaje, desgastado aquí y allá hasta formar manchas
peladas, sus inmóviles ojos.
—Te odio —le había susurrado.
Rodeó con su mano aquel detestable cuerpo, sintiendo crujir el lanudo pelaje.
El mono le sonrió mientras lo mantenía delante de su rostro.
—¡Adelante! —le desafió, echándose a llorar por primera vez aquel día.
Lo sacudió. Los inmóviles platillos se agitaron levemente. Destruía todo lo
bueno. Absolutamente todo.
—¡Adelante, hazlos sonar! ¡Hazlos sonar!
El mono simplemente sonreía.
—¡Vamos, hazlos sonar! —Su voz se alzó histéricamente—. ¡Salta, salta y
hazlos sonar! ¡Vamos, atrévete! ¡Te desafío a que lo hagas!
Sus ojos amarillo amarronados. Sus enormes y regocijados dientes.
Entonces lo arrojó al pozo, loco de pesar y de terror. Lo vio girar sobre sí
mismo una vez mientras caía, un simiesco acróbata haciendo un truco, y el sol
se reflejó por última vez en aquellos platillos. Golpeó el fondo con un golpe
sordo, y eso debió desencadenar su mecanismo, pues de repente los platillos
empezaron a sonar. Su rítmico, deliberado y cantarín sonido ascendió hasta
sus oídos, resonando con extraños ecos en la garganta de piedra del pozo
muerto: jang-jang-jang-jang...
Hal aplastó sus manos sobre su boca y, por un momento, pudo verle allí abajo,
quizá tan sólo con los ojos de la imaginación... Tendido allá en el lodo, los ojos
resplandeciendo hacia arriba, mirando al pequeño círculo de su rostro infantil
asomado sobre el borde del pozo (como si silueteara su forma para siempre),
los labios abriéndose y contrayéndose en torno a aquellos sonrientes dientes,
los platillos sonando, el alegre mono de cuerda.
Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto? Jang-jang-jang-jang, ¿es Johnny
McCabe, cayendo con los ojos desorbitados, trazando su propia pirueta
acrobática mientras cae a través del brillante aire veraniego de vacaciones con
el roto peldaño aún sujeto en sus manos para golpear contra el suelo con un
único y amargo crujido de algo que se rompe? ¿Es Johnny, Hal? ¿O eres tú?
Gimiendo, Hal había colocado las tablas sobre el agujero, clavándose astillas
en las manos, sin importarle, sin darse siquiera cuenta hasta más tarde. Y aún
podía oírlo, incluso a través de las tablas, ahora ahogado y, en cierto modo,
peor aún: estaba ahí abajo en aquella oscuridad de piedra, golpeando sus
platillos y contorsionando su repulsivo cuerpo, y el sonido ascendía como el
sonido de un hombre enterrado prematuramente, arañando en busca de una
salida.
Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto esta vez?
Tambaleante, se abrió camino a través de las zarzas, de vuelta a casa. Los
espinos trazaron nuevos surcos de sangre en su rostro, los lampazos se
aferraron a las vueltas de sus téjanos, y en una ocasión cayó cuan largo era,
sus oídos tintineando aún, como si el mono le estuviera siguiendo. El tío Will lo
encontró más tarde, sentado en un neumático viejo en el garaje y sollozando, y
pensó que Hal estaba llorando por su amigo muerto. Así era, pero también
lloraba como secuela de su terror.
Había arrojado al mono al fondo del pozo por la tarde, a primera hora. Aquel
anochecer, mientras el ocaso se arrastraba a través de un brillante manto de
nieblas bajas, un coche avanzando demasiado rápido para la reducida
visibilidad había arrollado en la carretera al gato de la isla de Man de tía Ida y
luego prosiguió su camino. Hubo intestinos esparcidos por todas partes y Bill
vomitó, pero Hal simplemente había vuelto su rostro, su pálido y crispado
rostro, mientras oía a tía Ida sollozar (esto, añadido a las noticias de la muerte
del chico McCabe, había ocasionado un ataque de llanto casi histérico, y
pasaron dos horas antes de que el tío Will consiguiera calmarla por completo)
como si estuviera a kilómetros de distancia. En su corazón había una fría y
exultante alegría. No había sido su tumo. Había sido el gato de tía Ida, no él, ni
su hermano Bill o su tío Will (dos campeones del rodayo). Y ahora el mono ya.
No estaba, permanecía en el fondo del pozo, y un zarrapastroso gato de la isla
de Man con sus orejas llenas de garrapatas no era un precio demasiado
grande a pagar. Si el mono deseaba tocar sus infernales platillos, que lo
hiciera. Podía tocarlos y tocarlos para los insectos y los escarabajos, todas las
cosas oscuras que tenían su hogar en la garganta de piedra del pozo. Se
pudriría allá abajo en la oscuridad, y sus repulsivos engranajes y ruedas y
muelles se oxidarían en las tinieblas. Moriría ahí abajo. En el lodo y la
oscuridad. Las arañas tejerían su sudario.
Pero... había vuelto.
Lentamente, Hal tapó de nuevo el pozo, como había hecho aquel otro día, y en
sus oídos resonó el eco fantasmal de los platillos del mono: Jang-jang-jangjang,
¿quién ha muerto, Hal? ¿Es Terry? ¿Dennis? ¿Es Petey, Hal? ¿Es tu
favorito, verdad? ¿Es él? Jang-¡ang-jang...
—¡Deja eso!
Petey se echó hacia atrás y soltó el mono, y por un momento de pesadilla Hal
pensó que iba a ocurrir, que la sacudida iba a desencadenar la maquinaria y
los platillos iban a empezar a sonar y a tintinear.
—Papi, me has asustado.
—Lo siento. Sólo que... no quiero que juegues con eso.
Los demás se habían ido a ver una película, y él había pensado que llegaría de
vuelta al motel antes que ellos, pero se había quedado en la vieja casa más
tiempo del que había supuesto. Los viejos y odiosos recuerdos parecían
moverse en su propia y eterna zona de tiempo...
Terry estaba sentada cerca de Petey, mirando The Beverly Hillbillies.
Contemplaba la vieja y granulosa impresión con una concentración fija y
absorta que hablaba de una reciente toma de Valium. Dennis estaba leyendo
una revista de rock, con el grupo Styx en la portada. Petey había permanecido
sentado con las piernas cruzadas en la moqueta, jugueteando con el mono.
—No funciona de ninguna de las maneras —dijo Petey.
Lo cual explica por qué Dennis se lo ha dejado, pensó Hal, y entonces se sintió
avergonzado y furioso consigo mismo. Parecía incapaz de controlar la
hostilidad que sentía hacia Dennis cada vez más a menudo, pero luego se
notaba rebajado y vulgar..., impotente.
—No —dijo—. Es viejo. Voy a tirarlo. Dámelo.
Tendió su mano y Petey, con aspecto afligido, se lo entregó.
—Papi se está volviendo un esquizofrénico asustado —dijo Dennis a su madre.
Hal ya cruzaba la habitación incluso antes de darse cuenta de lo que estaba
haciendo, sonriendo como aprobadoramente con el mono en una mano. Sacó a
Dennis de su silla tirando de su camisa, y se produjo un sonido susurrante
cuando una de las costuras se rasgó en algún lugar. Dennis pareció casi
cómicamente impresionado. Su ejemplar de Tiger Beat cayó al suelo.
––¡Eh!
—Ven conmigo —dijo Hal severamente, tirando de su hijo hacia la puerta que
comunicaba con la otra habitación.
—¡Hal! —casi gritó Terry. Petey sólo abrió mucho los ojos.
Hal sacó a Dennis fuera. Cerró la puerta de un golpe y luego empujó a Dennis
contra la puerta. Dennis empezaba a parecer asustado.
—Estás convirtiéndote en un problema —dijo Hal.
—¡Suéltame! Me has roto la camisa, me has...
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—Sí —dijo—. Un auténtico problema de descaro. ¿Te han enseñado eso en la
escuela? ¿O allá en el fumadero?
Dennis enrojeció, el rostro momentáneamente crispado por la culpabilidad.
—¡Yo no estaría en esa mierda de escuela si a tí no te hubieran despedido! —
estalló.
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—No fui despedido. Eliminaron mi puesto y tú lo sabes. Y no necesito tu mierda
de opinión al respecto. ¿Tienes problemas? Bienvenido al mundo, Dennis. Pero
no eches tus problemas sobre mí. Comes cada día. Tus posaderas están
cubiertas. Después de once años... no necesito... ni una mierda... de tí.
Puntuó cada frase tirando del muchacho hacia delante, hasta que sus narices
estuvieron casi tocándose, y luego lo empujó contra la puerta. No lo hacía con
la suficiente violencia como para hacerle daño, pero Dennis estaba asustado...
Su padre no había alzado la mano sobre él desde que se habían mudado a
Texas, y ahora empezó a llorar con los fuertes, roncos y saludables sollozos de
un cuerpo joven.
—¡Adelante, pégame! —le gritó a Hal, su rostro crispado y moteado por el flujo
de la sangre—. ¡Pégame si quieres! ¡Sé cuánto me odias!
—No te odio. Te quiero mucho. Dennis. Pero soy tu padre y tienes que
mostrarme respeto o voy a tener que zurrarte para conseguirlo.
Dennis intentó soltarse, pero Hal tiró del muchacho hacia sí y lo abrazó. Dennis
luchó por un momento, y luego apoyó su rostro contra el pecho de Hal y lloró
como si estuviera exhausto. Era la especie de llanto que Hal no había oído a
ninguno de sus hijos desde hacía años. Cerró los ojos, dándose cuenta de que
él también se sentía exhausto.
Terry empezó a golpear al otro lado de la puerta.
—¡Ya basta, Hal! ¡Sea lo que sea lo que le estás haciendo, ya basta!
—No lo estoy matando —dijo Hal—. Tranquilízate, Terry.
—Pero tú...
—Todo va bien, mamá —dijo Dennis, la voz ahogada contra el pecho de Hal.
Pudo sentir su perplejo silencio por un momento, y luego ella se apartó de la
puerta. Hal miró de nuevo a su hijo.
—Siento lo que te dije, papá —dijo Dennis, a disgusto.
—Cuando volvamos a casa, la próxima semana, aguardaré dos o tres días y
luego voy a registrar todos tus cajones, Dennis. Si hay en ellos algo que no
quieras que yo vea, será mejor que te desembaraces de ello.
De nuevo el ramalazo de culpabilidad. Dermis bajó los ojos y se secó los
mocos con el dorso de la mano.
—¿Puedo irme ahora? —dijo nuevamente hosco.
—Por supuesto —dijo Hal, y le dejó marchar.
Tenemos que ir de camping en la primavera, solos los dos. Pescar un poco,
como el tío Will acostumbraba a hacer con Bill y conmigo. Acercarme un poco a
él. Intentarlo.
Se sentó en la cama, en la vacía habitación, y miró al mono. Nunca te
acercarás de nuevo a él, Hal, parecía decir su sonrisa. Nunca más. Nunca más.
El simple hecho de mirar al mono le hizo sentirse agotado. Lo dejó a un lado y
se puso una mano sobre los ojos.
Aquella noche, en el cuarto de baño, Hal estaba limpiándose los dientes y
pensando: Estaba en la misma caja. ¿Cómo podía estar en la misma caja?
El cepillo de dientes se desvió hacia arriba, lastimando sus encías. Dio un
respingo.
El tenía cuatro años, y Bill seis, la primera vez que vio el mono. Su
desaparecido padre había comprado una casa en Hartford, había terminado de
pagarla y era completamente de ellos antes de que muriera o desapareciera o
lo que fuese. Su madre trabajaba como secretaria en la Holmes Aircraft, la
fábrica de helicópteros en las afueras de Westville, y una serie de muchachas
habían pasado por la casa para cuidar a los chicos, excepto que por aquel
entonces tan sólo era a Hal a quien tenían que cuidar durante el día... Bill
estaba ya en la escuela, en primer grado. Ninguna duraba mucho tiempo. O se
quedaban embarazadas y se casaban con sus amigos, o se iban a trabajar a
Holmes, o la señora Shelbum descubría que habían dado cuenta de su jerez
para cocinar o de la botella de coñac que guardaba en el aparador para las
ocasiones especiales. La mayoría eran chicas estúpidas que lo único que
parecían desear era comer o dormir. Ninguna deseaba leerle a Hal del modo
que lo hada su madre.
Aquel largo verano, la niñera fue una voluminosa y zalamera chica negra
llamada Beulah. Adulaba a Hal cuando la madre de Hal estaba por los
alrededores, y a veces le pellizcaba cuando su madre no estaba. Sin embargo,
Hal sentía un cierto aprecio hacia Beulah, que de vez en cuando le leía algún
espeluznante relato de una de sus revistas románticas o de detectives. («La
muerte avanzaba solapadamente hacia la voluptuosa pelirroja», entonaba
Beulah amenazadoramente en el soñoliento silencio de la sala de estar, y se
metía otro cacahuete salado en la boca, mientras Hal estudiaba solemnemente
las mal impresas figuras de los dibujos a página entera y bebía su leche.) Y ese
aprecio hizo que las cosas fueran peores.
Descubrió el mono en un frío y nuboso día de marzo. Caía una esporádica
aguanieve afuera en las ventanas, y Beulah estaba dormida en el sofá, con un
ejemplar de My Story abierto boca abajo sobre su admirable seno.
De modo que Hal se dirigió al cuarto trastero para echar una ojeada a las cosas
de su padre.
El cuarto trastero era un lugar para guardar cosas que ocupaba toda la longitud
del segundo piso por el lado izquierdo, un espacio extra que nunca había sido
terminado. Uno entraba en el cuarto trastero utilizando una pequeña puerta —
una especie de puertecilla como de conejera— en el lado de Bill de la
habitación de los chicos. A ambos les gustaba meterse allí dentro, pese a que
hacía frío en invierno y demasiado calor en verano, tanto como para salir con
un cubo lleno del sudor brotado de sus poros. Largo y estrecho, y en cierto
modo misterioso, el cuarto trastero estaba lleno de fascinantes cosas viejas. No
importaba cuántas cosas mirara uno allí dentro, nunca parecía posible mirar
todo lo que había. Él y Bill habían pasado varias tardes de sábado enteras allí
arriba, apenas hablándose, sacando cosas de cajas, examinándolas, dándoles
vueltas y más vueltas hasta que sus manos pudieran absorber cada única
realidad, luego devolviéndolas a su sitio. Ahora Hal se preguntaba si él y Bill no
habrían estado intentando, de la mejor manera posible, ponerse en contacto
con su desvanecido padre.
Había sido marino mercante y el lugar estaba lleno con fajos de mapas,
algunos señalados con precisos círculos (y el orificio de la punta del compás en
el centro de cada uno de ellos). Había veinte volúmenes de algo llamado Guía
para la Navegación Barron. Unos binoculares torcidos que hacían que los ojos
ardieran y que falseaban de forma curiosa las cosas si se miraba por ellos
demasiado rato. Había recuerdos turísticos de una docena de puertos de
escala —muñecas de hula-hula de caucho, un sombrero hongo de cartón negro
con una retorcida banda que decía PICA A UNA CHICA Y TE HAGO
PICADILLY, una bola de cristal con una pequeña Torre Eiffel dentro—, y había
también sobres, con sellos de muchos lugares dispuestos cuidadosamente en
su interior, y monedas de otros países; había muestras de roca de la isla
hawaiana de Maui, un cristal negro..., pesado y en cierto modo amenazador, y
divertidos discos en idiomas extranjeros.
Aquel día, con el aguanieve cayendo hipnóticamente del techo justo encima de
sus cabezas, Hal se abrió camino hasta el extremo más alejado del cuarto
trastero, apartó a un lado una caja y debajo vio otra caja: una caja de Ralston-
Purina. Mirando desde su interior, un par de vidriosos ojos color avellana. Le
dieron un sobresalto y por un momento retrocedió, el corazón latiéndole
fuertemente, como si hubiera descubierto a un mortífero pigmeo. Luego vio su
silencio, la fija mirada de aquellos ojos, y se dio cuenta de que era algún tipo de
juguete. Avanzó de nuevo y lo sacó cuidadosamente de la caja.
Le sonrió con su dentona sonrisa sin edad bajo la amarilla luz, sus platillos muy
separados.
Encantado, Hal había dado la vuelta al juguete, sintiendo lo encrespado de su
lanoso pelaje. Su alegre sonrisa le agradaba. Sin embargo, ¿no había habido
algo más allí? ¿Una casi instintiva sensación de disgusto que había aparecido
y desaparecido incluso antes de que fuera consciente de ella? Quizá fuera así,
pero con un viejo recuerdo como aquél hay que procurar no creer demasiado.
Los viejos recuerdos pueden mentir, pero... ¿no había visto la misma expresión
en el rostro de Petey, en la buhardilla de la vieja casa?
Había descubierto la llave inserta en la parte baja de su espalda y le dio
cuerda. La llave giró casi demasiado fácilmente y la cuerda no dejó oír el
sonido del engranaje. Por tanto, estaba rota. Rota, pero el juguete seguía
siendo bonito.
Se lo llevó afuera para jugar con él.
—¿Qué es eso que trae, Hal? —preguntó Beulah, despertando de su siesta.
—Nada —dijo Hal—. Lo encontré.
Lo colocó en la estantería de su lado en el dormitorio. Estaba encima de sus
cuadernos Lassie para colorear, sonriente, mirando al espacio, los platillos en
equilibrio. Estaba roto, pero pese a todo sonreía. Aquella noche, Hal se
despertó de algún sueño intranquilo, la vejiga llena, y salió para utilizar el
cuarto de baño del vestíbulo. Bill era un montón de sábanas respirando
regularmente al otro lado de la habitación.
Hal volvió del cuarto de baño, casi dormido de nuevo... y repentinamente el
mono empezó a golpear sus platillos, uno contra el otro, en la oscuridad.
Jang-jang-jang-jang...
Se despertó por completo, como si le hubiesen golpeado en pleno rostro con
una toalla fría y mojada. Su corazón dio un brinco de sorpresa, y un agudo
chillido, casi de ratón, escapó de su garganta. Miró al mono, los ojos muy
abiertos, los labios temblando.
Jang-jang-jang-jang...
Su cuerpo se agitaba y saltaba en el estante, mientras sus labios se abrían y
cerraban, se abrían y cerraban, odiosamente alegres, revelando unos dientes
enormes y carnívoros.
—Para —susurró Hal.
Su hermano se dio la vuelta en la cama y emitió un único y fuerte ronquido.
Todo lo demás permaneció en silencio... excepto el mono. Los platillos
resonaban y tintineaban, y seguramente iban a despertar a su hermano, a su
madre, a todo el mundo. Iban a despertar incluso a los muertos.
Jang-jang-jang-jang...
Hal avanzó hacia él, dispuesto a pararlo como fuera, quizá poniendo su mano
entre los platillos hasta que se acabara la cuerda (pero estaba rota, ¿no?) y se
detuviera por sí mismo. Los platillos entrechocaron una última vez —¡jang!— y
luego se separaron lentamente hasta su posición original. El latón relucía en las
sombras. Los sucios y amarillentos dientes del mono sonreían en su
improbable sonrisa.
La casa estaba de nuevo silenciosa. Su madre se dio la vuelta en su cama e
hizo eco al ronquido de Bill. Hal volvió a su cama y se tapó con las sábanas, su
corazón latiendo aún apresuradamente, y pensó: Mañana lo devolveré al cuarto
trastero. No lo quiero.
Pero a la mañana siguiente olvidó por completo devolver el mono a su lugar
original, debido a que su madre no fue a trabajar: Beulah había muerto. Su
madre no quiso decirles exactamente lo ocurrido.
—Fue un accidente. Sólo un terrible accidente —fue todo cuanto dijo.
Pero aquella tarde Bill compró un periódico, camino de vuelta a casa desde la
escuela, y llevó hasta su habitación, escondida bajo su camisa, la página
cuatro. (Dos muertos a tiros en un apartamento, decían los titulares.) Leyó
vacilantemente el artículo a Hal, siguiéndolo con el dedo, mientras su madre
preparaba la cena en la cocina, Beulah McCaffery, de 19 años, y Sally
Tremont, de 20, fueron muertas a tiros por el amigo de la señorita McCaffery,
Leonard White, de 25 años, a resultas de una discusión sobre quién iba a salir
a recoger el encargo que habían hecho de un menú chino. La señorita Tremont
murió en el Hartford, donde había sido trasladada urgentemente; Beulah
McCaffery murió en el acto.
Era como si Beulah hubiera desaparecido dentro de una de sus propias
revistas de detectives, pensó Hal Shelbum, y sintió que un frío estremecimiento
recorría su espina dorsal y luego rodeaba su corazón. Entonces se dio cuenta
de que los disparos se habían producido aproximadamente al mismo tiempo
que el mono...
—¿Hal? —Era la voz de Terry, soñolienta—. ¿Vienes a la cama?
Escupió la pasta dentífrica al lavabo y se enjuagó la boca.
—Sí —dijo.
Antes había puesto el mono en su maleta y la había cerrado con llave. Iban a
volar de vuelta a Texas dentro de dos o tres días, pero antes quería librarse
definitivamente de aquella maldita cosa. Fuera como fuese.
—Fuiste muy duro con Dennis esta tarde —dijo Terry, en la oscuridad.
—Dennis necesita que alguien empiece a mostrarse un poco duro con él, creo.
Está deslizándose. Simplemente, no quiero que empiece a caer.
—Psicológicamente, pegar al chico no es la forma...
—¡Por el amor de Dios, Terry! ¡No le pegué!
—... más productiva de afirmar la autoridad paterna.
—No empieces de nuevo con la mierda esa de las sesiones de grupo —dijo
Hal, furioso.
—No comprendo por qué no deseas discutir eso —su voz era fría.
—También le dije que quería ver todas esas drogas fuera de casa.
—¿Has hecho eso? —Ahora sonaba aprensiva—. ¿Cómo se lo tomó? ¿Qué
dijo?
—¡Vamos, Terry! ¿Qué podía decir? ¿«Lárgate y déjame en paz»?
—Hal, ¿qué ocurre contigo? Tú no eres así... ¿Qué es lo que va mal?
—Nada —dijo, mientras pensaba en el mono encerrado en su Samsonite.
¿Lo oiría si empezaba a hacer sonar sus platillos? Sí, seguro que lo oiría.
Apagado, pero audible. Haciendo sonar el sino de alguien, como lo había
hecho para Beulah, Johnny McCabe, Daisy la perra del tío Will, Jang-jang-jang,
¿eres tú, Hal?
—Lo que ocurre es que he estado un poco tenso últimamente.
—Espero que sólo sea eso, porque no me gustas así.
—¿No? —Y las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas; ni
siquiera lo deseó—. Entonces es mejor engullir unos cuantos Valiums y todo
vuelve a estar bien, ¿eh?
Oyó que contenía la respiración y luego exhalaba su aliento temblorosamente.
Entonces se echó a llorar. Hal hubiera podido consolarla (quizá), pero no
parecía haber consuelo en él. Había demasiado terror. Todo iría mejor cuando
el mono hubiera desaparecido de nuevo, desaparecido definitivamente. Por
Dios, desaparecido definitivamente.
Permaneció tendido en la cama, despierto hasta muy tarde, hasta que el
amanecer empezó a teñir el aire de gris allá afuera. Pero pensó que sabía lo
que tenía que hacer.
Fue Bill quien encontró el mono la segunda vez.
Aproximadamente un año y medio después de que Beulah McCaffery resultara
muerta en el acto. Era verano. Hal acababa de terminar su jardín de infancia.
Volvía de jugar con Stevie Arlingen y su madre le dijo:
—Lávate las manos, Hal. Vas sucio como un cerdo.
Estaba en el porche, tomando un té helado y leyendo un libro. Eran sus
vacaciones; tenía dos semanas.
Hal metió sus manos bajo el chorro de agua fría y dejó sus huellas de suciedad
en la toalla.
—¿Dónde está Bill?
—Arriba. Dile que ordene su lado de la habitación. Parece una pocilga.
Hal, que gozaba siendo el mensajero de noticias desagradables en tales
cuestiones, se apresuró escaleras arriba. Bill estaba sentado en el suelo. La
pequeña puerta conejera que conducía al cuarto trastero estaba abierta de par
en par. Tenía el mono entre sus manos.
—No funciona —dijo Hal inmediatamente—. Está roto.
Se sentía aprensivo, aunque apenas recordaba su vuelta del cuarto de baño
aquella noche, y al mono empezando a tocar repentinamente sus platillos.
Aproximadamente una semana después de aquello, había tenido un mal sueño
acerca del mono y de Beulah —no podía recordar exactamente cuál había
sido— y se había despertado gritando, creyendo por un momento que el suave
peso sobre su pecho era el mono, que iba a abrir los ojos y lo vería sonriéndole
ante él. Por supuesto, el suave peso era tan sólo su almohada, que él mantenía
aferrada en su pánico. Su madre acudió rápidamente con un vaso de agua y
dos tranquilizantes infantiles con ligero sabor a naranja. Ella pensaba que era
la muerte de Beulah lo que había ocasionado la pesadilla. Así era, pero no en
la forma que ella creía.
Apenas recordaba nada de aquello ahora, pero el mono seguía asustándole,
particularmente sus platillos. Y sus dientes.
—Lo sé —dijo Bill, y tiró el mono a un lado—. Es estúpido.
El mono aterrizó sobre la cama de Bill y se quedó mirando al techo, los platillos
abiertos. A Hal no le gustaba verlo así.
—¿Quieres que vayamos a lo de Teddy y nos compremos unos polos?
—Ya me he gastado mi asignación —dijo Hal—. Además, mamá quiere que
arregles tu parte de la habitación.
—Puedo hacerlo luego —dijo Bill—. Y te prestaré cinco centavos, si quieres.
Bil acostumbraba a gastarle malas pasadas a Hal, y ocasionalmente se
enfadaba con él y le pegaba unos cuantos puñetazos sin razón aparente, pero
normalmente se llevaban bien.
—Estupendo —dijo Hal, agradecido—. Pero primero voy a llevar ese mono roto
al cuarto trastero, ¿eh?
—No —dijo Bill, tomándolo—. Déjalo.
Hal cedió. El humor de Bill era cambiable, y si se entretenían para devolver el
mono a su lugar, podía perder su polo. Fueron a lo de Teddy y los compraron, y
luego bajaron al descampado donde algunos chicos estaban jugando un
partido de béisbol. Hal era demasiado pequeño para jugar, pero se sentó fuera
del cuadrado, chupando su polo y persiguiendo lo que los chicos mayores
llamaban «las pelotas que se van a la China». No volvieron a casa hasta que
casi oscurecía, y su madre riñó a Hal por haber ensuciado la toalla del cuarto
de baño. Al terminar de cenar vieron la televisión, y después de todo aquello
Hal había olvidado por completo el mono. Este encontró en cierto modo su
lugar en la estantería de Bill, donde se estableció al lado de la foto autografiada
de Bill Boyd. Y allí se quedó durante casi dos años.
Cuando Hal cumplió los siete años, las niñeras se habían convertido en una
extravagancia, y la última palabra de la señora Shelbum a los dos antes de irse
cada mañana era: «Bill, cuida de tu hermano».
Ese día, sin embargo, Bill tenía que quedarse en la escuela después de las
clases para una reunión de la Patrulla de Seguridad Infantil y Hal regresó solo a
casa, deteniéndose en cada cruce hasta asegurarse de que no venía
absolutamente ningún vehículo en ninguna de las dos direcciones. Entonces
cruzaba a la carrera, los hombros hundidos hacia delante, como un soldado de
infantería atravesando la tierra de nadie.
Cuando entró en la casa, con la llave que había debajo del felpudo, se dirigió
inmediatamente a la nevera para tomar un vaso de leche. Nada más coger la
botella, ésta se deslizó entre sus dedos, se estrelló contra el suelo haciéndose
añicos, y los trozos de cristal volaron por todas partes, mientras el mono
empezaba a batir sus platillos repentinamente, allá arriba en las escaleras.
Jang-jang-jang-jang, una y otra vez.
Hal se quedó inmóvil mirando hacia los trozos de cristal y el charco de leche,
lleno de un terror que no podía nombrar ni comprender. Estaba simplemente
ahí, fluyendo al parecer de todos sus poros.
Dio media vuelta y echó a correr escaleras arriba, hacia su habitación. El mono
permanecía erguido en el estante de Bill, y parecía mirarle fijamente. Había
derribado la foto autografiada de Bill Boyd, boca abajo sobre la cama de Bill. El
mono saltaba y sonreía y hacía sonar sus platillos a la vez. Hal se le acercó
lentamente. No deseaba hacerlo, pero era incapaz de permanecer alejado. Los
platillos se apartaban y luego volvían a juntarse con un estruendoso tintineo,
para apartarse de nuevo. Cuando se acercó, pudo oír el mecanismo girando en
las entrañas del mono.
Bruscamente, soltando un grito de revulsión y terror, lo barrió del estante del
mismo modo que uno barrería un enorme y asqueroso bicho. El mono golpeó
contra la almohada de Bill y luego cayó al suelo, los platillos golpeando uno
contra el otro, jang-jang-jang, los labios abriéndose y cerrándose mientras
permanecía allí tendido sobre su espalda, en un cuadrado de luz de un sol de
finales de abril.
Entonces, repentinamente, Hal recordó a Beulah. Aquella noche, el mono
también había hecho sonar sus platillos.
Le dio un puntapié con su zapato Buster Brown, tan fuerte como pudo, y esta
vez el grito que escapó de sus labios era un grito de furia. El mono de cuerda
se deslizó por el suelo, golpeó contra la pared, y se quedó allá inmóvil. Hal
permaneció de pie, mirándolo, los puños apretados y el corazón saltando en su
pecho. El mono le sonreía insolentemente, con el sol reflejándose en un
destello en uno de sus ojos de cristal. Patéame cuanto quieras, parecía decirle.
No soy más que ruedas dentadas y engranajes y un tomillo sin fin o dos.
Patéame cuanto gustes. No soy real, únicamente un divertido mono de cuerda,
eso es todo lo que soy. ¿Y quién está muerto? ¡Ha habido una explosión en la
fábrica de helicópteros! ¿Qué es lo que ha subido volando hacia el cielo como
una enorme y ensangrentada pelota, con los ojos allá donde no deberían en
absoluto estar? ¿Es la cabeza de tu madre, Hal? ¡Allá abajo, en la esquina de
Brook Street! ¡El coche iba demasiado rápido! ¡El conductor estaba borracho!
¡Y ahora hay un chico de la Patrulla menos! ¿Puedes oír el sonido crujiente
cuando las ruedas pasan por encima del cráneo de Bill y sus sesos brotan por
sus orejas? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá? A mí no me lo preguntes, yo no lo sé. No
puedo saberlo. Todo lo que sé es golpear esos platillos entre sí: jang-jang-jang.
¿Y quién está muerto, Hal? ¿Tu madre? ¿Tu hermano? ¿O eres tú, Hal? ¿Eres
tú?
Corrió de nuevo hacia él, con la intención de saltar sobre él, de aplastar su
asqueroso cuerpo, de patearlo hasta que ruedas y engranajes saltaran por
todos lados y sus horribles ojos de cristal rodaran por el suelo. Pero justo
cuando lo alcanzaba, sus platillos empezaron a sonar de nuevo, muy
suavemente... (jang), cuando, en algún lugar dentro de él, un muelle se
expandió una última y minúscula vez... y una astilla de hielo pareció abrirse
camino a través de las paredes de su corazón, empalándolo, congelando su
furia y dejándole de nuevo enfermo de terror. El mono casi pareció darse
cuenta de ello... ¡Cuan jubilosa parecía su sonrisa!
Lo cogió sujetando uno de sus brazos entre el índice y el pulgar de su mano
derecha como si fueran unas pinzas, la boca crispada en un gesto de asco,
como si estuviera recogiendo un cadáver. Su sarnoso pelaje de imitación
parecía caliente, casi febril, contra su piel. Abrió de un golpe la puertecilla que
conducía al cuarto trastero y encendió la bombilla. El mono le sonreía mientras
Hal se arrastraba hasta el fondo del área de almacenamiento entre cajas
apiladas sobre cajas, pasado el montón de libros de navegación, los álbumes
de fotografías con sus emanaciones de viejos productos químicos y los
recuerdos y los trajes viejos, y Hal pensó: Si empieza a tocar sus platillos ahora
y se mueve en mi mano, gritaré, y si grito, hará algo más que sonreír,
empezará a reír, a reírse de mí, y entonces me volveré loco y me encontrarán
aquí, babeando y riendo, loco, me volveré loco, oh por favor querido Dios, por
favor querido Jesús, no dejéis que me vuelva loco...
Llegó al fondo del cuarto trastero y echó dos cajas a un lado, volcando una de
ellas. Arrojó el mono de vuelta a su caja de Ralston-Purina en el rincón, y el
mono se acurrucó allí, confortablemente, como si estuviera finalmente en casa,
los platillos separados, sonriendo con su sonrisa simiesca, como si el chiste
estuviera aún en Hal. Hal reptó hacia atrás, sudando, sintiendo a la vez frió y
calor, todo él fuego y hielo, esperando que los platillos empezaran a sonar de
nuevo y que, cuando sonaran, el mono saltara de su caja y se deslizara como
un escarabajo hacia él, su cuerda zumbando, sus platillos resonando
alocadamente y...
...y nada de aquello ocurrió. Apagó la luz y cerró de golpe la pequeña puerta
conejera y se apoyó contra ella, jadeando. Finalmente empezaba a sentirse un
poco mejor. Se dirigió escaleras abajo sobre piernas de caucho, buscó una
bolsa vacía, y empezó a recoger cuidadosamente todos los trozos de cristal de
la rota botella de leche, preguntándose si iba a cortarse con ellos y
desangrarse hasta morir, si era eso lo que los resonantes platillos habían
proclamado. Pero tampoco ocurrió aquello. Encontró un trapo y secó toda la
leche, luego se sentó a la espera de que su madre y su hermano regresaran a
casa.
Su madre llegó primero, preguntando:
—¿Dónde está Bill?
Con una voz pálida y lenta, seguro ahora de que Bill debía estar muerto, Hal
empezó a explicar lo de la reunión de la Patrulla, sabiendo que, por muy larga
que hubiera sido la reunión, Bill debería haber llegado a casa hada al menos
media hora.
Su madre se le quedó mirando con curiosidad y empezó a preguntar qué era lo
que iba mal, entonces la puerta se abrió y entró Bill... sólo que no era en
absoluto Bill, no realmente. Era el fantasma de Bill, pálido y silencioso.
—¿Qué ocurre? —exclamó la señora Shelburn—. Bill, ¿qué ocurre?
Bill se echó a llorar, y supieron la historia a través de sus lágrimas. Había sido
un coche, dijo. Él y su amigo Charlie Silverman volvían juntos a casa después
de la reunión, y el coche apareció por la esquina de Brook Street demasiado
rápido, y Charlie se había quedado como helado, y Bill había tirado de la mano
de Charlie una vez, pero ésta se le había escapado de entre los dedos y el
coche...
Bill empezó a gemir muy fuerte, entre histéricos sollozos, y su madre lo apretó
contra ella, acunándolo, y Hal miró afuera, al porche, y vio a dos policías de pie
allí. El coche patrulla en el que habían traído a Bill a casa estaba junto al
bordillo. Entonces empezó a llorar él también... pero sus lágrimas eran lágrimas
de alivio.
Ahora le tocó a Bill tener pesadillas..., sueños en los cuales Charlie Silverman
moría una y otra vez. y sus botas de cowboy Red Ryder saltaban de sus pies, y
él se empotraba contra el capó del viejo Hudson Homet que el borracho
conducía. La cabeza de Charlie Silverman y el parabrisas del Hudson se
encontraban con un ruido explosivo, y ambos reventaban al unísono. El
conductor borracho, que era propietario de una tienda de dulces en Milford,
sufría un ataque al corazón poco después de haber sido llevado a la cárcel
(quizá fuera la visión de los sesos de Charlie Silverman secándose en sus
pantalones), y su abogado obtenía un gran éxito en el juicio con su «este
hombre ya ha sido suficientemente castigado». El borracho había recibido una
condena de sesenta días (aplazada) y se le había retirado la licencia de
conducir en el estado de Connecticut durante cinco años... Casi el mismo
período de tiempo que duraron las pesadillas de Bill Shelbum. El mono estaba
oculto de nuevo en el cuarto trastero. Bill nunca se dio cuenta de que faltaba de
su estante... o, si se dio cuenta, nunca hizo mención de ello.
Hal se sintió seguro por un tiempo. Y de nuevo empezó a olvidar al mono, o a
creer que todo aquello no había sido más que un mal sueño. Pero cuando llegó
a casa procedente de la escuela, la tarde en que su madre murió, el mono
estaba de vuelta en su estante, los platillos separados e inmóviles, sonriéndole.
Se acercó lentamente a él, como si estuviera fuera de su cuerpo..., como si él
también se hubiera convertido en un juguete de cuerda a la vista del mono. Vio
su propia mano tenderse y cogerlo. Sintió el lanudo pelaje crujir bajo su mano,
pero la sensación parecía como embotada; una simple presión, como si alguien
le hubiera inyectado una dosis entera de novocaína. Podía oír su respiración,
rápida y seca, como el resonar del viento entre la paja.
Le dio la vuelta y sujetó la llave. Años más tarde pensaría que su drogada
fascinación era como la de un hombre que toma un seis tiros con una cámara
cargada, hace girar el tambor, lo apoya contra su cerrado y tembloroso párpado
y aprieta el gatillo.
No lo hagas... Déjalo, tíralo lejos. No lo toques...
Hizo girar la llave, y en el silencio oyó una perfecta sucesión de ligeros clics a
medida que la cuerda se remontaba. Cuando soltó la llave, el mono empezó a
hacer sonar sus platillos y pudo sentir su cuerpo contorsionarse, distenderse-ycontorsionarse,
distenderse-y-contorsionarse, como si estuviera vivo. Estaba
vivo, agitándose en su mano como un repugnante pigmeo, y la vibración que
sentía a través de su pelaje marrón con grandes manchas peladas no era el de
engranajes girando, sino el latido de su negro y ceniciento corazón.
Con un gruñido, Hal dejó caer el mono y retrocedió, sus uñas clavándose en la
carne bajo sus ojos, su palma apretada contra su boca. Tropezó con algo y casi
perdió el equilibrio (entonces hubiera caído al suelo junto a él, sus desorbitados
ojos azules mirando directamente a los ojos de cristal color avellana del mono).
Se tambaleó hacia la puerta, la cerró de golpe a sus espaldas y se apoyó
contra ella. Repentinamente, echó a correr hacia el cuarto de baño y vomitó.
Fue la señora Stukey de la fábrica de helicópteros quien trajo la noticia y se
quedó con ellos aquellas dos primeras e interminables noches, hasta que tía
Ida llegó de Maine. Su madre había muerto de una embolia cerebral a media
tarde. Estaba de pie junto al distribuidor del agua fría con un vaso de agua en
una mano y se había derrumbado de pronto como si hubiera recibido un tiro,
sujetando aún el vaso de papel en una mano. Con la otra había intentado
agarrarse al depósito de cristal del aparato y lo había derribado junto con ella.
Se había hecho añicos... Pero el doctor de la fábrica, que llegó a toda prisa,
dijo más tarde que creía que la señora Shelburn estaba muerta antes de que el
agua la empapara a través de su traje y su ropa interior. A los chicos no les
dijeron nada de esto, pero Hal lo supo de todos modos. Soñó de nuevo, una y
otra vez en las largas noches que siguieron a la muerte de su madre. ¿Sigues
teniendo problemas para conciliar el sueño, hermanito?, le había preguntado
Bill, y Hal supuso que Bill pensaba que todas sus inquietudes y malos sueños
tenían que ver con la repentina muerte de su madre. Y tenía razón..., pero sólo
en parte. Se trataba de la culpabilidad; la certeza, el absoluto convencimiento
de que él había matado a su madre dándole cuerda al mono en aquel soleado
atardecer después de la escuela.
Cuando finalmente Hal se quedó dormido, su sueño debió de ser profundo.
Cuando despertó, era casi mediodía. Petey estaba sentado en una silla, con las
piernas cruzadas, al otro lado de la habitación. Comía metódicamente una
naranja gajo a gajo y observaba un concurso en la televisión.
Hal sacó las piernas de la cama, sintiendo como si alguien le hubiera sumido
en aquel sueño... y luego le hubiera despertado sacándole de él. La cabeza le
palpitaba.
—¿Dónde está mamá, Petey?
Petey miró a su alrededor.
—Ella y Dennis se fueron de compras. Yo dije que me quedaba contigo.
¿Siempre hablas en sueños, papá?
Hal miró cautelosamente a su hijo.
—No, no lo creo. ¿Qué es lo que he dicho?
—No eran más que murmullos. No he podido entender nada. Me asusté un
poco.
—Bueno, aquí estoy, dispuesto y cuerdo otra vez —dijo Hal, y consiguió
esbozar una sonrisita.
Petey se la devolvió, y Hal sintió de nuevo aquel sencillo amor hacia el
chiquillo, una emoción que era clara e intensa, sin complicaciones. Se preguntó
por qué siempre había sido capaz de sentir aquello hacia Petey, que le
comprendía y que podía ayudarle, y por qué Dennis parecía una ventana
demasiado oscura como para mirar a su través, un misterio en su forma de
actuar y en sus hábitos, el tipo de chico que él no podía comprender porque
nunca había sido ese tipo de chico. Era demasiado fácil decir que el traslado
desde California había cambiado a Dennis, o que...
Sus pensamientos se congelaron. El mono. El mono estaba sentado en el
antepecho de la ventana, los platillos separados e inmóviles. Hal sintió que su
corazón se paraba bruscamente en su pecho y luego, de repente, se lanzaba al
galope. Su visión osciló, y su palpitante cabeza empezó a dolerle ferozmente.
Había escapado de la maleta y ahora estaba apoyado en el antepecho de la
ventana, sonriéndole. Pensaste que te habías librado de mí, ¿eh? Pero ya
habías pensado lo mismo antes, ¿no?
Sí, pensó de modo enfermizo. Sí, lo había pensado.
—Petey, ¿has sacado tú ese mono de mi maleta? —preguntó, conociendo ya
la respuesta: había cerrado la maleta con llave y se había metido la llave en el
bolsillo de su abrigo.
Petey miró al mono, y algo —Hal pensó que era inquietud— pasó por su rostro.
—No —dijo—. Mamá lo puso ahí.
—¿Mamá lo hizo?
—Sí. Lo sacó de tu lado. Se rió de ello.
—¿Lo sacó de mi lado? ¿De qué estás hablando?
—Lo tenías en la cama contigo. Yo estaba lavándome los dientes, pero Dennis
lo vio. Él también se rió. Dijo que parecías un bebé con su osito de felpa.
Hal miró al mono. Su boca estaba demasiado seca como para tragar saliva.
¿Había estado en la cama con él? ¿En la cama? ¿Aquel asqueroso pelaje
contra su mejilla, quizá contra su boca, aquellos ojos de cristal mirando su
rostro dormido, aquellos sonrientes dientes cerca de su cuello? ¡Dios mío!
Se volvió bruscamente y se dirigió hacia el armario empotrado. La Samsonite
estaba allí, aún cerrada con llave. La llave seguía todavía en el bolsillo de su
abrigo.
Tras él, la televisión se apagó. Cerró lentamente el armario empotrado. Petey
estaba mirándole seriamente.
—Papá, no me gusta ese mono —dijo, con una voz tan baja que casi no se oía.
—A mí tampoco —dijo Hal.
Petey lo miró fijamente para ver si estaba bromeando, y vio que no lo estaba.
Avanzó hacia su padre y lo abrazó fuertemente. Hal se dio cuenta de que
temblaba.
Petey habló entonces en su oído, muy rápidamente, como si tuviera miedo de
no tener el suficiente valor para decirlo de nuevo... o de que el mono pudiera
oírle..
—Parece que te mira. Que te mira no importa donde tú estés en la habitación.
Y si vas a la otra habitación, parece que sigue mirándote a través de la pared.
No puedo evitar sentir como si... como si me deseara para algo.
Petey se estremeció y Hal lo abrazó más fuerte.
—Como si deseara que le dieras cuerda —dijo Hal.
Petey asintió violentamente.
—No está realmente roto, ¿verdad, papá?
—A veces lo está —dijo Hal, mirando al mono por encima del hombro de su
hijo—. Pero a veces vuelve a funcionar.
—No dejo de sentir deseos de ir hasta allá y darle cuerda. Estaba todo tan
tranquilo, y pensé: «No puedo, despertaré a papá». Pero seguía deseándolo, y
me dirigí hacia allá y... lo toqué, y odié aquel contacto... Pero me gustó
también... Era como si me estuviera diciendo: «Dame cuerda, Petey;
jugaremos. Tu padre no va a despertarse, nunca más volverá a despertarse.
Dame cuerda, dame cuerda...»
El chiquillo estalló repentinamente en lágrimas.
—Es malo, sé que lo es. Hay algo malo en él. ¿Podemos tirarlo, papá? ¿Por
favor?
El mono sonreía a Hal con su eterna sonrisa. Podía sentir las lágrimas de
Petey entre ellos. El sol del mediodía destellaba en los platillos de latón del
mono... la luz se reflejaba hacia arriba y ponía franjas de luz solar en el liso
estuco blanco del techo de la habitación del motel.
—¿Cuándo dijo tu madre que ella y Dennis iban a estar de vuelta, Petey?
—Hacia la una. —Se secó sus enrojecidos ojos con la manga de su camisa,
como si se sintiera embarazado por sus lágrimas; pero se negó a mirar al
mono—. Puse la televisión —susurró—. Y la puse muy alta.
—Eso estuvo bien, Petey.
—Tuve una extraña idea —dijo Petey—. Tuve la idea de que si le daba cuerda
a ese mono, tú... Tú simplemente morirías, aquí en la cama. Durmiendo. ¿No
fue una extraña idea, papá? —Su voz había bajado nuevamente de tono, y
temblaba sin poder controlarse.
¿Cómo hubiera ocurrido? ¿Un ataque al corazón? ¿Una embolia, como mi
madre? ¿Qué? Realmente no importa, ¿verdad? Y, pisándole los talones a esa
idea, otro pensamiento, más estremecedor aún: Librémonos de él, dice.
Tirémoslo. Pero, ¿puede alguien librarse realmente de él? ¿Para siempre?
El mono le sonreía-burlonamente, sus platillos bien separados. ¿Había cobrado
repentinamente vida la noche en que tía Ida murió?, se preguntó de pronto.
¿Fue ese el último sonido que ella oyó, el ahogado jang-jang-jang del mono
golpeando sus platillos allá arriba, en la oscura buhardilla, mientras el viento
silbaba por el canalón?
—Quizá no tan extraña —dijo Hal lentamente a su hijo—. Ve a buscar tu bolsa
de viaje, Petey.
Petey le miró sin comprender.
—¿Qué es lo que vamos a hacer?
Quizá podamos librarnos de él. Quizá permanentemente, quizá tan sólo por un
tiempo... Mucho o poco tiempo. Quizá simplemente vuelva y vuelva y vuelva
otra vez y es así como ocurren las cosas... Pero quizá yo —nosotros—
podamos decirle adiós por un largo tiempo. Ha necesitado veinte años para
volver esta vez. Ha necesitado veinte años para salir del pozo...
—Vamos a dar una vuelta —dijo Hal.
Se sentía completamente tranquilo, pero de algún modo había como un peso
demasiado grande debajo de su piel. Incluso los globos de sus ojos parecían
haber aumentado de peso.
Pero antes quiero que vayas a buscar tu bolsa de viaje y la lleves ahí, al final
del aparcamiento, y encuentres tres o cuatro piedras de buen tamaño. Ponías
dentro de la bolsa y tráemelo todo. ¿De acuerdo?
La comprensión parpadeó en los ojos de Petey.
—De acuerdo, papi.
Hal miró su reloj. Eran las 12.15.
—Apresúrate. Quiero haberme ido antes de que vuelva tu madre.
—¿Adonde vamos?
—A la casa de tío Will y tía Ida —dijo Hal—. A la vieja casa.
Hal se dirigió al cuarto de baño, miró tras la taza del inodoro y cogió la escobilla
que había apoyada contra la pared. Regresó junto a la ventana y se detuvo allí
con la escobilla en la mano, como si fuera una varita mágica de ocasión. Miró
afuera, a Petey con su chaqueta de meltón, cruzando el aparcamiento con su
bolsa de viaje, con la palabra DELTA escrita en grandes letras blancas en su
costado sobre fondo azul. Una mosca golpeó contra la esquina superior de la
ventana, lenta y estúpida en el final de la estación cálida. Hal sabía cómo se
sentía.
Observó cómo Petey recogía tres piedras de buen tamaño y luego regresaba
cruzando el aparcamiento. De pronto, un coche apareció girando la esquina del
motel, un coche que avanzaba demasiado rápido, indudablemente demasiado
rápido. Y, sin pensarlo, reaccionando con el tipo de reflejo de un buen
boxeador parando un golpe de su oponente, su mano se lanzó hacia adelante,
como si fuera a dar un golpe de karate..., y se detuvo.
Los platillos se cerraron silenciosamente sobre su mano interpuesta y Hal sintió
algo en el aire: algo parecido a la cólera.
Los frenos del coche chirriaron. Petey retrocedió rápidamente. El conductor le
hizo impacientemente un gesto, como si lo que había estado a punto de ocurrir
fuera culpa de Petey, y Petey corrió, cruzando el aparcamiento con el cuello de
su chaqueta aleteando, y penetró en la entrada trasera del motel.
El sudor resbalaba por el pecho de Hal; lo sintió en su frente como un goteo de
oleosa lluvia. Los platillos se apretaban fríamente contra su mano,
entumeciéndola.
Sigue adelante, pensó obstinadamente. Sigue adelante, puedo esperar todo el
día. Hasta que el infierno se congele, si se necesita tanto tiempo.
Los platillos se separaron y volvieron a su posición de reposo. Hal oyó un débil
¡clic! en el interior del mono. Retiró su mano y la miró. Tanto en el dorso como
en la palma había unos semicírculos grisáceos marcados en la piel, como si
ésta se hubiera helado allí.
La mosca zumbó incierta, intentando encontrar el frío sol de octubre que
parecía tan cercano.
Petey entró en tromba, respirando rápidamente, las mejillas encendidas.
—He encontrado tres buenas piedras, papá, yo... —se interrumpió—. ¿Te
encuentras bien, papá?
—Estupendamente —dijo Hal—. Trae la bolsa.
Con el pie, Hal arrastró la mesa cercana al sofá hacia la ventana, de modo que
quedara debajo del antepecho, y colocó la bolsa de viaje en ella. La abrió como
uno abre una boca. Podía ver las piedras que Petey había recogido en el
fondo. Utilizó la escobilla del water para echar el mono dentro. Vaciló por un
momento en el antepecho y luego cayó dentro de la bolsa. Hubo un débil ¡jing!
cuando uno de los platillos golpeó contra una de las piedras.
—¡Papá! ¡Papá!
La voz de Petey sonaba asustada. Hal lo miró. Algo era diferente; algo había
cambiado. ¿Qué era?
Entonces vio la dirección de la mirada de Petey y lo supo. El zumbido de la
mosca se había detenido: yacía muerta en el antepecho de la ventana.
—¿Ha hecho eso el mono? —susurró Petey.
—Vamonos —dijo Hal, cerrando la cremallera de la bolsa—. Te lo diré mientras
conducimos hacia la vieja casa.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? Mamá y Dennis se llevaron el coche.
—Iremos allá, no te preocupes —dijo Hal, y revolvió el pelo de Petey.
Mostró al empleado de la recepción su permiso de conducir y un billete de
veinte dólares. Tras recibir el reloj digital de Texas Instruments como garantía
adicional, el empleado del motel le tendió a Hal las llaves de su propio coche:
un deteriorado AMC Gremlin. Mientras conducían hacia el este por la carretera
302 hacia Casco, Hal empezó a hablar, vacilantemente al principio, luego un
poco más rápido. Empezó contándole a Petey que su padre probablemente
había comprado el mono en ultramar, como un regalo para sus hijos. No era un
juguete particularmente único, no había nada de extraño o valioso en él.
Debían de haber centenares de miles de monos de cuerda como aquél en el
mundo, algunos hechos en Hong Kong, algunos en Taiwan, algunos en Corea.
Pero en algún lugar a lo largo de su periplo —quizá incluso en el oscuro cuarto
trastero de la casa en Connecticut donde los dos muchachos habían crecido al
principio—, algo le había ocurrido al mono. Algo terrible, maligno. Podía ser, le
dijo Hal a Petey mientras intentaba hacer que el Gremlin del empleado pasara
de los sesenta (era muy consciente de la cerrada bolsa de viaje que había en el
asiento de atrás, y Petey no dejaba de mirarla), que algo del mal que había en
el mundo —quizá incluso la mayor parte del mal que había en el mundo— ni
siquiera fuese consciente de que lo era. Podía ser que la mayor parte del mal
que había en el mundo fuera algo muy parecido a un mono con un mecanismo
al que uno puede darle cuerda; entonces el mecanismo gira, los platillos
empiezan a sonar, los dientes sonríen, los estúpidos ojos de cristal ríen... o
parecen reír...
Le habló a Petey de cómo había encontrado el mono, pero se descubrió
pasando por encima de grandes aspectos de la historia, evitando aterrorizar al
ya asustado muchacho más de lo que estaba. Así la historia resultó
deslavazada, no demasiado clara, pero Petey no hizo preguntas. Quizá estaba
llenando por sí mismo las lagunas, pensó Hal, del mismo modo que él había
soñado la muerte de su madre una y otra vez, aunque no estuvo allí.
Tío Will y tía Ida sí habían estado allí para el funeral. Después, el tío Will había
regresado a Maine —era la época de la cosecha— y tía Ida se había quedado
durante un par de semanas con los niños para arreglar los asuntos de su
hermana. Pero más que eso había pasado el tiempo haciéndose querer por los
chiquillos, tan desconcertados por la repentina muerte de su madre que casi
parecían sonámbulos. Cuando no podían dormir, ella estaba allí con un vaso
de leche caliente, cuando Hal se despertaba a las tres de la madrugada con
sus pesadillas (pesadillas en las cuales su madre se acercaba al distribuidor
del agua sin ver al mono que flotaba y se agitaba en sus frías profundidades
color zafiro, sonriendo y haciendo sonar sus platillos, que a cada contacto
dejaban escapar una hilera de burbujas) estaba allí, cuando Bill cayó enfermo
primero con fiebre y luego con un acceso de dolorosas llagas en la boca y
luego con urticaria tres días después del funeral estaba allí. Se hizo conocer y
querer por los muchachos, y antes de que tomaran el avión desde Hartford
hasta Portland con ella, tanto Bill como Hal habían ido a ella separadamente y
habían llorado en su regazo mientras ella los abrazaba y los acunaba, y los
lazos se establecieron.
El día antes de que abandonaran Connecticut definitivamente para ir «allá
abajo en Maine» (como se decía en aquellos días), el trapero llegó con su
enorme y viejo camión traqueteante y cargó la enorme pila de trastos inútiles
que Bill y Hal habían transportado hasta la acera desde el cuarto trastero.
Cuando todos los trastos habían sido apilados junto al bordillo para ser
recogidos, tía Ida les había dicho que fueran al cuarto trastero y cogieran todos
los recuerdos que desearan conservar especialmente. «No tenemos espacio
para todo lo que hay ahí, muchachos», les dijo, y Hal supuso que Bill había
tomado sus palabras al pie de la letra y había hecho caso omiso de todas
aquellas fascinantes cajas que su padre había dejado atrás la última vez. Hal
no siguió a su hermano mayor. Hal había perdido su afición hacia el cuarto
trastero. Una terrible idea se le había ocurrido durante aquellas dos primeras
semanas de luto: quizá su padre no hubiera simplemente desaparecido, ni se
hubiese ido porque tenía la pasión por la aventura y había descubierto que no
estaba hecho para el matrimonio.
Quizá el mono se había encargado de él.
Cuando oyó el camión del trapero rugir, traquetear y petardear acercándose
calle abajo, Hal se decidió. Agarró el deteriorado mono de cuerda de su
estante, donde había permanecido desde el día en que murió su madre (no se
había atrevido a tocarlo desde entonces, ni siquiera a arrastrarlo de vuelta al
cuarto trastero), y corrió escaleras abajo con él. Ni Bill ni tía Ida lo vieron.
Aposentada sobre un barril lleno de recuerdos rotos y libros enmohecidos
estaba la caja de Ralston-Purina, llena con trastos similares. Hal lanzó al mono
de vuelta a la caja de donde había salido originalmente, desafiándole
histéricamente a que empezara a tocar sus platillos (adelante, adelante, te
desafío, te desafío, TE DESAFÍO), pero el mono se quedó allí, recostado
tranquilamente de espaldas, como si estuviera esperando el autobús,
sonriendo con su horrible sonrisa de complicidad.
Hal, un chiquillo con unos viejos pantalones de pana y unas deterioradas
Buster Browns, se quedó parado allí mientras el trapero, un tipo italiano que
llevaba un crucifijo y silbaba entre los dientes, empezaba a cargar cajas y
barriles en su viejo camión de altos costados de madera. Hal lo observó
mientras alzaba el barril y la caja de Ralston-Purina en equilibrio sobre él;
observó cómo el mono desaparecía en las fauces del camión; observó mientras
el hombre trepaba de nuevo a su cabina, se sonaba ruidosamente en la palma
de su mano, secaba ésta con un enorme pañuelo rojo, y poma en marcha el
motor del camión con un ensordecedor rugido y un apestoso petardeo de
aceitoso humo azul; observó cómo el camión se alejaba. Y un gran peso
desapareció de su corazón... Realmente lo sintió marcharse. Dio un par de
saltos, tan altos como le fue posible, los brazos abiertos, las palmas hacia
arriba, y si alguno de los vecinos le vio, debió de pensar que aquella actitud era
extraña hasta el punto de la blasfemia, quizá... ¿Por qué estará ese chiquillo
saltando de alegría (porque eso era indudablemente; un salto de alegría
difícilmente puede ser disimulado) cuando su madre ni siquiera lleva un mes en
la tumba?
Estaba saltando de alegría porque el mono había desaparecido, para siempre.
Desaparecido para siempre, pero no tres meses más tarde, cuando tía Ida le
envió a la buhardilla a buscar las cajas de adornos de Navidad, y mientras iba
de un lado para otro buscándolas, llenando de polvo las rodillas de sus
pantalones, se había encontrado de pronto cara a cara con él, y su sorpresa y
su terror habían sido tan grandes que había tenido que morderse fuertemente
el canto de su mano para no gritar... o perder completamente el sentido. Allí
estaba, sonriendo con su dentona sonrisa, los platillos separados e inmóviles
pero dispuestos a golpear, echado tranquilamente sobre su espalda contra un
rincón de una caja de Ralston-Purina, como si estuviera aguardando el
autobús, como si dijera: Creíste haberte librado de mí, ¿eh? Pero no es tan
fácil librarse de mí, Hal. Me gustas, Hal. Estamos hechos el uno para el otro,
como un chico y su monito preferido, un par de buenos amigos. Y en algún
lugar al sur hay un estúpido viejo trapero italiano tendido en su bañera, con los
ojos desorbitados y la dentadura postiza medio salida de su boca, su gritante
boca, un trapero que huele como una vieja batería quemada. Me había
apartado para su nieto, Hal, y me puso en el estante con su jabón y su navaja y
su crema de afeitar y la radio que estaba escuchando mientras se bañaba, y yo
empecé a tocar los platillos, y uno de mis platillos golpeó esa vieja radio y cayó
dentro de la bañera. Y entonces vine de nuevo a tí, Hal. Hice todo el camino
por carreteras comarcales, de noche, y la luz de la luna se reflejaba en mis
dientes a las tres de la madrugada, y dejé muerte en mi despertar, Hal. Vine
hasta tí. Soy tu regalo de Navidad, Hal, dame cuerda. ¿Quién está muerto?
¿Es Bill? ¿Es el tío Will? ¿Eres tú, Hal? ¿Eres tú?
Hal había retrocedido, su boca locamente crispada, los ojos desorbitados, y
estuvo a punto de caer escaleras abajo. Le dijo a tía Ida que no había podido
encontrar los adornos de Navidad —era la primera mentira que le decía, y ella
vio la mentira en su rostro, pero no le preguntó por qué se la decía, gracias a
Dios—, y más tarde cuando vino Bill, le pidió que los buscara él, y Bill regresó
con los adornos de Navidad. Más tarde, cuando estuvieron solos, Bill le susurró
que era un tonto incapaz de encontrar su propio culo con las dos manos y una
linterna. Hal no dijo nada. Hal estaba pálido y silencioso, tomando
ausentemente su cena. Y aquella noche soñó de nuevo con el mono, uno de
sus platillos golpeando la vieja radio mientras desgranaba las notas de una
canción de Deán Martín, y la radio caía dentro de la bañera mientras el mono
sonreía y golpeaba sus platillos con un JANG y un JANG y un JANG. Sólo que
no era el trapero italiano quien estaba en la bañera cuando el agua se volvía
eléctrica.
Era él.
Hal y su hijo bajaron al embarcadero que había detrás de la vieja casa y se
dirigieron hacia la caseta de botes que se proyectaba sobre el agua
encaramada a sus viejos pilotes. Hal llevaba la bolsa de viaje en su mano
derecha. Su garganta estaba seca, sus oídos eran anormalmente sensibles a
todos los sonidos agudos. La bolsa parecía terriblemente pesada.
—¿Qué hay ahí abajo, papá? —preguntó Petey.
Hal no respondió. Depositó en el suelo la bolsa de viaje.
—No toques eso —dijo, y Petey retrocedió unos pasos.
Hal rebuscó en sus bolsillos el manojo de llaves que Bill le había dado y
encontró una claramente etiquetada C-BOTES con una tira de cinta adhesiva.
El día era claro y frío, ventoso, el cielo de un azul brillante. Las hojas de los
árboles que llenaban la orilla del lago habían cambiado sus deslumbrantes
tonalidades del rojo sangre al burlón amarillo. Susurraban y hablaban en el
viento. Las hojas revoloteaban en torno a los zapatos de lona de Petey
mientras éste permanecía ansiosamente de pie junto a él, y Hal podía oler el
noviembre en el viento, con el invierno empujando detrás.
La llave giró en el candado, y Hal empujó las puertas batientes, abriéndolas por
completo. La memoria era buena; Ni siquiera tuvo que mirar para colocar con el
pie el bloque de madera que mantenía abierta la puerta. El olor allí dentro era
todo verano: lonas y madera barnizada, un persistente olor a humedad.
El bote de remos del tío Will estaba aún allí, los remos cuidadosamente
preparados, como si hubiera sido cargado con el equipo de pesca y las dos
cajas de seis latas de cerveza heladas la tarde anterior. Bill y Hal habían ido a
pescar con el tío Will muchas veces, pero nunca juntos; el tío Will sostenía que
el bote era demasiado pequeño para tres. El asiento rojo, que el tío Will
repintaba cada primavera, estaba ahora con la pintura rayada y desgastada, y
las arañas habían tejido sus telas en la proa del bote.
Hal soltó las sujeciones y tiró del bote rampa abajo hacia la pequeña imitación
de playa. Las excursiones de pesca habían sido uno de los mejores momentos
de su infancia con el tío Will y la tía Ida. Tenía la sensación de que para Bill
había significado lo mismo. El tío Will era normalmente el más taciturno de los
hombres, pero una vez tenía el bote en la posición que él quería, unos sesenta
o setenta metros lejos de la orilla, los sedales echados y los flotadores
meciéndose en el agua, abría una cerveza para él y otra para Hal (que
raramente bebía más de la mitad de la única que el tío Will le permitía, siempre
con la advertencia ritual de que tía Ida nunca debía enterarse porque «me
pegaría un tiro si supiera que os doy cerveza a vosotros los chicos, ¿sabéis?»),
y se convertía en el más expansivo de los hombres. Contaba historias,
respondía a preguntas, volvía a cebar el anzuelo de Hal si era necesario; y el
bote podía ir derivando allá donde el viento y la débil corriente lo quisieran
llevar.
—¿Por qué nunca vas directamente al centro del lago, tío Will? —había
preguntado Hal en una ocasión.
—Mira por este lado de aquí, Hal —le había respondido el tío Will.
Hal lo había hecho. Vio agua azul y su sedal hundiéndose en la oscuridad.
—Estás mirando a la parte más profunda del Crystal Lake —dijo tío Will,
aplastando una lata de cerveza vacía con una mano y seleccionando una
fresca con la otra—. Unos treinta metros, centímetro más, centímetro menos. El
viejo Studebaker de Amos Culligan está ahí abajo en algún lugar. El maldito
estúpido lo metió en el lago a principios de un diciembre, antes de que se
formara del todo la capa de hielo. Tuvo suerte pudiendo salir con vida. Nunca lo
podrán sacar, ni verlo hasta que suenen las trompetas del día del Juicio Final.
Las cosas más grandes están precisamente ahí, Hal. No es necesario ir más
lejos. Déjame ver cómo está tu gusano. Enrolla ese cabrón de sedal.
Hal lo hizo, y mientras el tío Will colocaba en su anzuelo un gusano fresco de la
vieja lata de Crisco que le servía de caja para los cebos, miró al agua,
fascinado, intentando ver el viejo Studebaker de Amos Culligan. Todo oxidado
y con algas surgiendo flotantes por la abierta ventanilla del lado de conductor a
través de la cual había escapado Amos en el último momento, algas
festoneando el volante como una corona mortuoria, algas colgando del espejo
retrovisor y agitándose hacia delante y hacia atrás como una extraña rosaleda.
Pero sólo podía ver el agua azul oscureciéndose hasta el negro, y allí estaba la
silueta de la lombriz del tío Will, el anzuelo oculto en sus nudos, colgando allí
arriba, en medio de muchas cosas, su propia versión de la realidad inundada
de sol. Hal tuvo una breve y mareante visión de hallarse suspendido sobre un
inmenso abismo, y tuvo que cerrar los ojos por un momento hasta que el
vértigo pasó. Ese día, creía recordar, se había bebido toda la lata de cerveza.
...La parte más profunda del Crystal Lake... Unos treinta metros, centímetro
más, centímetro menos.
Hizo una momentánea pausa, jadeando, y alzó la vista hacia Petey, que aún le
observaba ansiosamente.
—¿Quieres que te ayude, papá?
—Dentro de un momento.
Recuperó de nuevo el aliento, y ahora tiró de la barca de remos cruzando la
estrecha franja de pedregosa arena hasta el agua, dejando un profundo surco.
La pintura se había desconchado, pero la barca había sido mantenida bajo
cubierto y parecía segura.
Cuando él y el tío Will salían, era el tío Will quien tiraba de la barca rampa
abajo, y cuando la proa estaba a flote, trepaba en ella, agarraba un remo para
empujar con él, y decía: «Empújame fuerte, Hal... ¡Así fortalecerás tus
piernas!»
—Trae la bolsa hasta aquí, Petey, y luego dame un empujón —dijo Hal a su
hijo. Y, sonriendo un poco, añadió—: Así fortalecerás tus piernas.
Petey no le devolvió la sonrisa.
—¿Voy a venir contigo, papá?
—Esta vez, no. En otra ocasión te llevaré conmigo a pescar, pero... no esta
vez.
Petey vaciló. El viento agitaba su cabello marrón, y unas cuantas hojas
amarillentas, crujientes y secas, remolinearon en torno a sus hombros y
aterrizaron en el borde del agua, balanceándose como otros tantos botes.
—Deberías haberlos amortiguado —dijo Petey en voz muy baja.
—¿Qué? —preguntó, aunque creyó comprender lo que quería decir Petey.
—Haber puesto algodón en los platillos. Haberlos almohadillado. Así no
podrían... hacer ese ruido.
Hal recordó repentinamente a Daisy acercándosele —no andando, sino
bamboleándose— y cómo, de pronto, la sangre empezaba a manar de ambos
ojos de Daisy en un flujo que empapaba el pelaje de su cuello y goteaba hasta
el suelo del granero, cómo se derrumbaba sobre sus patas delanteras... y
cómo, en el quieto y lluvioso aire de primavera de aquel día, escuchó el sonido,
no amortiguado, sino curiosamente claro, procedente de la buhardilla de la
casa, a veinte metros de distancia: ¡Jang-jang-jang-jang!
Se había puesto a gritar histéricamente, dejando caer la brazada de madera
que llevaba para el fuego. Echó a correr hacia la cocina en busca del tío Will,
que estaba comiendo huevos revueltos y tostadas, antes incluso de haberse
puesto los tirantes sobre los hombros.
Era una perra vieja, Hal, había dicho el tío Will, su rostro ojeroso y triste... Él
también parecía viejo. Tenía doce años, y eso son muchos años para un perro.
No deberías tomártelo así, muchacho... A la vieja Daisy no le hubiera gustado.
Vieja, había hecho eco el veterinario, pero, pese a todo, pareció
desconcertado, porque los perros no mueren de una hemorragia ce- rebral
explosiva, ni siquiera a los doce años («como si alguien hubiera hecho estallar
un petardo en su cabeza», había oído Hal que el veterinario le decía al tío Will,
mientras el tío Will cavaba un hoyo detrás del granero, no lejos del lugar donde
había enterrado a la madre de Daisy en 1950: «Nunca he visto nada así, Will»).
Y más tarde, aterrado hasta casi perder el control, pero incapaz de resistirse,
Hal había subido hasta la buhardilla.
Hola, Hal, ¿cómo te encuentras?, había sonreído el mono desde su oscuro
rincón. Sus platillos estaban inmóviles, separados entre sí unos treinta
centímetros. El cojín del sofá que Hal había colocado entre ellos estaba ahora
al otro lado de la buhardilla. Algo —alguna fuerza— lo había arrojado hasta allí,
con tanto impulso como para rasgar su cubierta, y el relleno brotaba del
desgarrón. No te preocupes por Daisy, susurró el mono dentro de su cabeza,
sus cristalinos ojos color avellana fijos en los azules y muy abiertos de Hal
Shelburn. No te preocupes por Daisy, era vieja. Vieja, Hal. Incluso el veterinario
lo ha dicho. Además, ¿viste la sangre brotar por sus ojos, Hal? Dame cuerda,
Hal. Dame cuerda y juguemos. ¿Y quien está muerto, Hal? ¿Eres tú?
Cuando recuperó la cordura se dio cuenta de que había estado arrastrándose
hacia el mono como si estuviera hipnotizado, y que tenía una mano tendida
para coger la llave. Entonces retrocedió bruscamente y casi estuvo a punto de
caerse por las escaleras de la buhardilla en su apresuramiento...
Probablemente se hubiera caído si la caja de la escalera no hubiera sido tan
estrecha. Un leve gemido escapó de su garganta.
Ahora se sentó en el bote, mirando a Petey.
—Amortiguar los platillos no sirve de nada —dijo—. Ya lo intenté una vez.
Petey lanzo una nerviosa mirada a la bolsa de viaje.
—¿Qué ocurrió, papá?
—Nada de lo que desee hablar ahora —dijo Hal—, y nada que tú desees oír.
Ven y dame un empujón.
Petey se inclinó hacia la barca, y la popa de la embarcación rascó contra la
arena. Hal empujó con un remo, y de pronto aquella sensación de estar ligado
a la tierra desapareció. El bote estaba avanzando ligeramente, de nuevo en su
elemento tras varios años en la oscuridad del cobertizo para los botes,
balanceándose en el ligero oleaje. Hal colocó los remos en sus toletes, primero
uno, luego el otro, y luego cerró las chumaceras.
—Ven con cuidado, papá —dijo Petey. Su rostro estaba pálido.
—No voy a estar mucho rato —prometió Hal, pero miró hacia la bolsa de viaje y
se interrogó a sí mismo.
Empezó a remar, inclinándose ligeramente para hacerlo. El viejo y familiar dolor
en la parte baja de su espalda y entre sus omoplatos empezó. La orilla fue
alejándose. Petey tenía mágicamente ocho años de nuevo, seis, un niño de
cuatro años de pie en el borde del agua. Se protegió los ojos con una mano
infantil.
Hal miró casualmente a la orilla, pero no se permitió estudiarla realmente.
Habían pasado cerca de quince años, y si estudiaba atentamente la línea de la
costa vería los cambios más que las similitudes y se encontraría perdido. El sol
golpeaba contra su cuello, y empezó a sudar. Miró la bolsa de viaje, y por un
momento perdió el ritmo de empuja-y-tira. La bolsa de viaje parecía... parecía
estar agitándose. Empezó a remar más aprisa.
El viento soplaba ahora, secando el sudor y enfriando su piel. El bote se alzó y
la proa hendió el agua hacia uno y otro lado cuando volvió a caer. ¿Había
refrescado el viento, justo en el último minuto o así? ¿No estaba Petey gritando
algo? Sí. Hal no podía entender lo que decía por encima del viento. No
importaba. Librarse del mono por otros veinte años —o quizá para siempre (por
favor. Dios, para siempre)—, eso era lo que importaba.
El bote se alzó y volvió a caer. Miró hacia la izquierda y vio pequeñas cabrillas.
Miró hacia la orilla de nuevo y vio la Punta del Cazador y un edificio en ruinas
que debía haber sido el cobertizo para botes de Burdon cuando él y Bill eran
niños. Ya casi había llegado, pues. Casi estaba encima del lugar donde el
Studebaker de Amos Culligan se había hundido entre el hielo un diciembre de
hacía muchos años. Casi encima de la parte más profunda del lago.
Petey estaba gritando algo; gritando y señalando. Hal seguía sin poder oír. El
bote de remos se alzaba y caía, lanzando nubecillas de espuma a ambos lados
de su desconchada proa. Un pequeño arcoiris brilló en uno de los lados, se
deshizo en una miríada de puntos. La luz del sol y las sombras se perseguían
cruzando el lago, y las olas no eran suaves ahora; las cabrillas habían crecido.
Su sudor se había secado poniendo carne de gallina en su piel, y la espuma
había empapado la parte de atrás de su chaqueta. Remó tercamente, los ojos
yendo alternativamente de la orilla a la bolsa de viaje. El bote se alzó de nuevo,
esta vez tanto que por un momento el remo izquierdo palmeó el aire en vez del
agua.
Petey estaba señalando hacia el cielo, sus gritos ahora reducidos a un débil
asomo de sonido.
Hal miró por encima de su hombro.
El lago era un frenesí de olas. Se había convertido en una masa de azul oscuro
lleno de costurones blancos. Una sombra cruzaba la superficie del agua hacia
el bote y algo en su forma era familiar, tan terriblemente familiar, que Hal alzó
la vista, y entonces el grito estuvo allí, debatiéndose en su congestionada
garganta.
El sol estaba detrás de la nube, convirtiéndola en una forma claramente
identificable, con dos crecientes dorados mantenidos aparte. Había dos
agujeros en un extremo de la nube, y el sol brotaba a través de ellos formando
como dos pozos de luz.
Cuando la nube cruzó por encima del bote, los platillos del mono, apenas
ahogados por la bolsa de viaje, empezaron a sonar. Jang-jang-jang-jang, eres
tú, Hal. Finalmente eres tú. Estás encima de la parte más profunda del lago
ahora y es tu turno, tu turno, tu turno...
Todos los elementos necesarios de la línea de la costa habían encajado en su
lugar. Los carcomidos huesos del Studebaker de Amos Culligan estaban en
algún lugar allá abajo, allí era donde estaban las cosas grandes, aquél era el
lugar.
Hal metió los remos en un rápido movimiento, se inclinó hacia delante sin darse
cuenta de los alocados bandazos del bote, y aferró la bolsa de viaje. Los
platillos seguían lanzando su loca música pagana; los costados de la bolsa se
hincharon como impelidos por una tenebrosa respiración.
—¡Exactamente aquí, hijo de puta! —gritó Hal—. ¡EXACTAMENTE AQUÍ!
Arrojó la bolsa por encima de la borda.
Se hundió rápidamente. Por un momento pudo verla descender, sus costados
agitándose, y durante aquel interminable momento pudo oír aún los platillos
sonando. Y por un momento las negras aguas parecieron aclararse y pudo ver
hacia abajo hasta aquel terrible abismo de agua lleno de cosas enormes; allí
estaba el Studebaker de Amos Culligan, y la madre de Hal estaba detrás de su
legamoso volante, un sonriente esqueleto con una perca asomándose y
escrutando fríamente desde la cavidad nasal de su calavera. El tío Will y la tía
Ida estaban recostados a su lado, y el pelo gris de la tía Ida flotaba hacia arriba
mientras la bolsa iba cayendo, girando y girando sobre sí misma, con unas
cuantas burbujas plateadas ascendiendo hacia la superficie: Jang-jang-jangjang...
Hal volvió a meter bruscamente los remos en el agua, rascándose los nudillos
hasta hacerse sangre (¡Oh Dios! ¡El asiento de atrás del Studebaker de Amos
Culligan estaba lleno de niños muertos! Charlie Silverman... Johnny
McCabe...), y empezó a impulsar el bote.
Hubo un crujido como el seco disparo de una pistola entre sus pies, y de
repente un chorro de limpia agua empezó a brotar entre dos tablas. El bote era
viejo: la madera se había contraído ligeramente, sin la menor duda. Se trataba
tan sólo de una pequeña fisura. Pero no había ninguna cuando remaba hacia el
centro del lago. Podía jurarlo.
La orilla y el lago cambiaron de orientación con respecto a él. Petey estaba a
sus espaldas ahora. Por encima de su cabeza, aquella horrible nube simiesca
estaba desgarrándose. Hal siguió remando. Veinte segundos fueron suficientes
para convencerle de que estaba remando para salvar su vida. Era tan sólo un
nadador mediocre, y ni siquiera uno excelente se pondría a prueba en aquellas
repentinamente agitadas aguas.
Otras dos tablas se agrietaron bruscamente con aquel sonido parecido a un
disparo. Más agua penetró en el bote, empapando sus zapatos. Hubo
pequeños sonidos metálicos restallantes, que supuso eran clavos partiéndose.
Una de las chumaceras de los remos crujió, se rompió y cayó al agua... ¿Iba a
seguirle el tolete?
El viento soplaba ahora desde su espalda, como si intentara frenarle o incluso
empujarle hasta el centro del lago. Se sentía aterrorizado, pero al mismo
tiempo sentía una especie de loca alegría a través del terror. El mono había
desaparecido definitivamente esta vez. Lo sabía de algún modo. Ocurriera lo
que le ocurriese a él, el mono no volvería a arrojar sombras sobre la vida de
Dennis o de Petey. El mono había desaparecido, y ahora yacía quizá sobre el
techo, quizá sobre el capó del Studebaker de Amos Culligan, en el fondo del
Crystal Lake. Había desaparecido para siempre.
Remó, inclinándose hacia delante y tirando hacia atrás. Aquel sonido crujiente
de la madera llegó de nuevo, y ahora la vieja lata de cebos oxidada que había
estado en el fondo del bote flotaba en un palmo de agua. La espuma azotaba el
rostro de Hal. Hubo un fuerte sonido restallante, y el asiento de proa se partió
en dos trozos y quedó flotando cerca de la caja de cebos. Una tabla se partió
en el lado izquierdo del bote, y luego otra, ésta en la línea de flotación, en el
lado derecho. Hal siguió remando. La respiración raspaba en su boca, caliente
y seca, y su garganta le dolía con el sabor metálico del agotamiento. Sus
empapados cabellos se agitaban.
Ahora el crujido llegó directamente del fondo del bote, zigzagueó entre sus pies
y avanzó hacia proa. El agua penetró en tromba; se encontró con agua hasta
los tobillos, luego hasta las pantorrillas. Siguió remando, pero el avance del
bote hacia la orilla era ahora fangoso. No se atrevía a mirar hacia atrás para
ver a qué distancia se hallaba.
Otra tabla se soltó. El crujido que recoma el centro del bote se ramificó, como
un árbol, y el agua lo inundó.
Hal empezó a manejar los remos a toda la velocidad que le fue posible,
respirando entrecortadamente, jadeando. Empujó una vez..., dos veces..., y al
tercer empujón ambos toletes se partieron. Perdió un remo, aferró
desesperadamente el otro, se puso en pie y empezó a sacudir el agua con él.
El bote se inclinó de costado hasta casi volcar y le arrojó hacia atrás, contra su
asiento, con un fuerte golpe.
Segundos más tarde otras tablas se soltaron, el asiento se hundió, y se
encontró tendido en el agua que llenaba el fondo del bote, sorprendido ante su
frialdad. Intentó ponerse de rodillas, pensando desesperadamente: Petey no
debe ver esto, no debe ver a su padre ahogándose delante de sus ojos. Vas a
nadar, chapotearás como un perro si es necesario, pero lo harás. Tienes que
hacer algo...
Hubo otro chasquido desgarrante —casi un crujido—, y se encontró en el agua,
nadando hacia la orilla como nunca había nadado en su vida... y la orilla estaba
sorprendentemente cerca. Un minuto más tarde estaba de pie en el agua, que
le cubría hasta el pecho, a menos de cinco metros de la playa.
Petey chapoteó hacia él, los brazos extendidos, gritando, llorando y riendo. Hal
avanzó hacia él, forcejeando. Petey, con el agua hasta el pecho, forcejeó
también.
Se abrazaron fuertemente.
Hal inspiró profundamente, jadeando, apretando con fuerza al muchacho entre
sus brazos y llevándolo hasta la playa, donde ambos se dejaron caer sobre la
arena, agotados.
—Papá, ¿se ha ido realmente ese mono?
—Sí. Creo que se ha ido realmente.
—El bote se hizo pedazos. Así, sencillamente, se hizo pedazos a tu alrededor...
Desintegrado, pensó Hal, y miró las tablas que flotaban a la deriva en el agua,
a quince metros de distancia. No tenían el menor parecido con el resistente
bote de remos hecho a mano que había sacado del cobertizo de botes.
—Todo está bien ahora —dijo Hal, echándose hacia atrás y apoyándose sobre
sus codos.
Cerró los ojos y dejó que el sol calentara su rostro.
—¿Viste la nube? —susurró Petey.
—Sí. Pero ahora no la veo... ¿Y tú?
Miraron al cielo. Había algunos jirones de nubes aquí y allá, pero ninguna nube
grande y oscura. No se la veía... como acababa de decir.
Hal ayudó a Petey a ponerse en pie.
—Debe de haber toallas ahí arriba en la casa. Vamos. —Pero hizo una pausa,
mirando a su hijo—. ¿Estás loco, correr como lo has hecho?
Petey le miró solemnemente.
—Has sido un valiente, papá.
—¿Lo he sido?
El pensamiento del valor jamás había cruzado por su mente. Sólo el del miedo.
El miedo había sido demasiado grande como para ver ninguna otra cosa. Si es
que realmente había habido alguna otra cosa.
—Vamos, Petey.
—¿Qué vamos a decirle a mamá?
Hal sonrió.
—No vamos a contarle nada de esto, gran muchacho. Ya se nos ocurrirá algo.
Hizo una pausa, mirando las tablas que flotaban en el agua. El lago estaba
nuevamente en calma, con pequeñas olitas chispeantes. Hal pensó en los
veraneantes que nunca llegaría a conocer... quizá un hombre y su hijo,
pescando en busca de peces grandes. ¡He cogido algo, papi!, grita el niño.
¡Sácalo y veamos lo que es!, dice el padre. Y surgiendo de las profundidades,
con algas colgando de sus platillos, sonriendo son su terrible sonrisa de
bienvenida... el mono.
Se estremeció... pero aquellas eran tan sólo cosas que podían ocurrir.
—Vamos —le dijo de nuevo a Petey, y caminaron hacia el sendero que subía
por entre los resplandecientes árboles otoñales hacia la vieja casa.
Del Bridgton News
24 de octubre de 1980:
EL MISTERIO DE LOS PECES MUERTOS
por Betsy Moriarty
Centenares de peces muertos fueron hallados flotando panza arriba en el
Crystal Lake, en las inmediaciones del municipio de Casco, a finales de la
semana pasada. La mayoría de ellos parecían haber muerto en las
inmediaciones de la Punta del Cazador, aunque las corrientes del lago hacen
que eso sea un poco difícil de determinar. Los peces muertos incluyen todos
los tipos que comúnmente se encuentran en esas aguas: lucios, carpas,
truchas marrones y arcoiris, incluso un salmón de agua dulce. Las autoridades
del departamento de Caza y Pesca afirman estar desconcertadas, y
recomiendan a los pescadores y a las mujeres que no coman ningún tipo de
pescado procedente del Crystal Lake hasta que se hayan efectuado los
correspondientes análisis...
EL HUECO
Ramsey Campbell
Nacido el 4 de enero de 1946 en Liverpool, Ramsey Campbell ha dedicado la
mayor parte de su vida a ahuyentar turistas asustados de esa ciudad. Campbell
es un escritor de horrores urbanos que deambulan por deterioradas vecindades
y barrios industriales, por lo que no sorprende que Liverpool haya sido la sede
de muchas de sus historias y novelas. El primer libro de Campbell, The
Inhabitant of the Lake & Less Welcome Tenants (El habitante del lago y los
menos bienvenidos inquilinos) fue publicado por Arkham House en 1964.
Desde su enamoramiento quinceañero por la obra de H. P. Lovecraft, Campbell
avanzó rápidamente hasta establecer su propio enfoque a la ficción del terror, y
hoy es considerado como uno de los mejores estilistas de dicho género.
Campbell es versátil. Sus libros incluyen recopilaciones de sus propias
historias: Demons by Daylight (Demonios a la luz. del día), The Height of the
Scream (La culminación del grito); antologías originales seleccionadas por él:
Superhorror, retitulada The Far Reaches of Fear (Los largos alcances del
miedo) en edición de bolsillo, New Tales of the Cthulhu Mythos (Nuevos relatos
de los mitos de Cthulhu), y New Terrors (Nuevos terrores) en dos volúmenes; al
igual que novelas: The Doll Who Ate His Mother (La muñeca que se comió a su
madre), The Face That Must Die (El rostro que debe morir), To Wake the Dead
(Despertar a los muertos), que fue retitulada The Parasite (El parásito) para su
edición en los Estados Unidos, con un final alternativo.
Campbell vive con su esposa, Jenny, en un Liverpool amenazado de
canibalismo, donde durante los últimos años ha trabajado como escritor a
tiempo completo... evocando inesperados horrores surgidos de territorios que
amenazan con expandirse por todo el mundo. Actualmente (1980), Campbell
se halla trabajando en una novela de horror situada en Chapell Hill, Carolina
del Norte. El hueco se publicó en el segundo número de Fantasy Readers
Guide, subtitulado The File on Ramsey Campbell (El archivo sobre Ramsey
Campbell). Ese folleto contiene un índice de toda la obra de ficción de
Campbell hasta entonces, junto con varios comentarios y apreciaciones, y lo
recomiendo a todos los aficionados serios a la literatura fantástica.
Tate estaba encajando un pájaro en el cielo cuando oyó el coche. Se apresuró
hacia la ventana. La luz del sol se reflejó en los coches, una doble gargantilla
allá en la distante carretera principal; las nubes se habían transformado sobre
las colinas, juntando el cielo. Sí, eran los Dewhurst: podía verles, apretados en
el asiento delantero de su Fiat mientras éste penetraba en el camino particular.
Sobre su mesa, fragmentos de nubes estaban esparcidos en tomo al
rompecabezas. No esperaba a los Dewhurst hasta dentro de una hora. Miró
todas las piezas aún por colocar y luego, resignado, se dirigió a la escalera.
En el tiempo que necesitó para bajar las escaleras y abrir la puerta principal,
los otros habían salido ya del coche. Los botones de la chaqueta de David
reflejaban varios colores entrelazados. A continuación apareció su esposa
Dottie: su auténtico nombre era Carla, pero creían que Dave y Dottie formaban
una combinación más atractiva en las portadas de los libros; idea con la que
parecían estar de acuerdo millones de lectores. Su apariencia era la de la típica
turista norteamericana de las caricaturas: pantalones abultados como
salchichas, pelo cuidadosamente plateado. A veces Tate deseaba que su ojo
de escritor estuviera menos opresivamente alerta a los detalles reveladores.
Dewhurst hizo un gesto hacia su coche, como un prestidigitador desvelando
una sorpresa.
—Y aquí están nuestros amigos que te prometimos.
¿Había habido una promesa? Aquello parecía más bien un efecto secundario
de su invitación a los Dewhurst. ¿Y cuándo su amigo se había convertido en
plural? De todos modos, Tate se sentía incapaz de experimentar mucho
resentimiento; estaba demasiado saciado por el hecho de haber terminado su
novela sobre brujería.
El rostro agresivamente huesudo del joven estaba rematado por un pelo tan
corto como el césped; el rostro de la muchacha tenía casi el color y la textura
de la tiza.
—Éste es Don Skelton —dijo Dewhurst—. Don, Lionel Tate. Supongo que los
dos tendréis mucho de qué hablar; estáis en el mismo campo. Y ésta es la
amiga de Don, esto...
Skelton miró a la enorme y antigua villa como si no pudiera creer que se
suponía que debía sentirse impresionado.
Dejó que la muchacha llevara su maleta hasta arriba, y ella se negó a dársela a
Tate cuando éste protestó.
—Ésta es su habitación —dijo Tate a Skelton, y se sintió como un casero
desaprobador—. No tenía la menor idea que no iba a venir solo.
—No se preocupe, haré sitio para ella.
Si la muchacha hubiera sido más atractiva, si su enmarañado pelo hubiera sido
menos inerte y su rostro menos ansioso, ¿hubiera envidiado a Skelton?
—Tomaremos un cóctel antes de ir a cenar, si le apetece —dijo a la puerta
cerrada.
El rompecabezas le ayudó a relajarse. El atardecer penetró en la casa, las
sombras se hicieron más intensas en el interior de las grandes ventanas. La
mesa relucía oscura en el último hueco del rompecabezas, entonces colocó la
pieza en su lugar. ¿Hubo un eco de aquel ruido detrás de él? Se volvió, pero
nadie estaba observándole.
Mientras se afeitaba en uno de los cuatro de baño oyó a alguien bajar las
escaleras. Buen Dios, no era un anfitrión muy eficiente. Se apresuró,
terminando el nudo de su corbata justo cuando alcanzaba el salón, pero se
tranquilizó cuando vio que allí tan sólo estaban Skelton y la muchacha. Al
menos ella llevaba ahora algo parecido a un traje de tarde; la parte superior de
su pálido pecho estaba salpicado de pecas.
—Generalmente nos cambiamos para la cena —dijo Tate.
Skelton alzó sus hundidos hombros.
—Está bien.
El alcohol hizo a Skelton más hablador.
—Tendré algo como esto en algún lugar —dijo, mirando a la habitación
victoriana con muebles de caoba tallada. Y tras una calculada pausa añadió—:
Pero mejor.
Tate hizo un último esfuerzo por conectar con él.
—Me temo que no he leído nada suyo.
—Pronto no habrá mucha gente capaz de decir lo mismo. —Sonaba
extrañamente amenazador. Rebuscó en su maletín y extrajo un libro—. Le daré
algo para que lo conserve.
Tate observó cajas talladas, una cámara, un pequeño destello redondo que le
provocó una indefinible punzada de aprensión, antes de que el maletín volviera
a cerrarse. Unas letras plateadas brillaron en el libro de bolsillo, tan negro y
lustroso como el carbón: La senda negra.
Una virgen estaba siendo mutilada, contemplada perversamente desde encima
por la elegante prosa. Tate buscó alguna pregunta que no sonara insultante.
Finalmente consiguió decir:
—¿Cuáles son sus temas?
—La autobiografía.
Quizá Skelton fuera uno de esos escritores de lo macabro que necesitan
bromear defensivamente acerca de su obra, puesto que los Dewhurst estaban
riendo.
La cena en el mesón fue para crispar los nervios. La luz de las velas hacía que
la comida brincara incansablemente en los platos, los camareros aparecían
bajo las inclinadas y bajas vigas del techo arrojando sus vagas sombras sobre
las mesas. Los Dewhurst se alegraron pronto, pero no consiguieron arrastrar a
la muchacha a la conversación. Mientras un camarero dirigía a las ropas de
Skelton una marchita mirada, éste preguntó a Tate:
—¿Cree usted en la brujería?
—Bueno, he tenido que efectuar una minuciosa investigación para mi libro.
Alguna de las cosas que he leído me ha hecho pensar.
—No —dijo Skelton impacientemente—. ¿Cree usted en ella... como una forma
de vida?
—Cielos, no. Por supuesto que no.
—Entonces, ¿por qué malgasta su tiempo escribiendo sobre ella? —Estaba
observando aún al camarero desaprobador. ¿Era la luz de las velas la que
hacía que sus labios se crisparan?—. Va a dejar caer eso —dijo.
La sombra del camarero pareció perder su equilibrio antes que él. Su bandeja
llena de comida se estrelló contra una mesa. La vela se rompió, llameando; la
luz osciló en las vigas de roble. Cera fundida salpicó toda la chaqueta del
camarero, la comida caliente saltó a su rostro.
—Usted es un escritor —dijo Skelton, ignorando la conmoción—, pero no tiene
ni idea del poder de las palabras. Quedamos muy pocos que lo sepamos. —
Sonrió mientras otros camareros se llevaban a su compañero lastimado—.
Entienda, las palabras son sólo una parte. La ciencia no nos ha robado el
poder, nos ha proporcionado más herramientas. Teléfonos, cámaras..., tantas
formas de anunciar el poder.
Obviamente estaba bebido. Los Dewhurst le contemplaban como si fuera su
hijo preferido, aunque en cierto modo incontrolable. Tate se sintió feliz de volver
a casa. Las luces brillaban a través de las ventanas, encantamientos contra los
ladrones; la muchacha se apresuró hacia ellas, delante del resto del grupo.
Skelton se demoró, feliz con la oscuridad.
Después de que sus huéspedes se hubieran ido a la cama, Tate se llevó el
libro de Skelton escaleras arriba. El desdén de Skelton había apresurado las
dudas que siempre sentía cuando terminaba un nuevo libro. Vería qué tipo de
logros tenía Skelton que ofrecer, puesto que parecía tan orgulloso de sí mismo.
No había llegado ni a la mitad del libro cuando lo arrojó al otro lado de la
habitación. El narrador había buscado perversiones, tomado todas las drogas
disponibles, probado la mayoría de los crímenes en la búsqueda de su poder,
su pasatiempo preferido era el robo, y la mayoría de las escenas eran
pornográficas. De modo que esto era autobiográfico, ¿eh? Algunas drogas
podían explicar el estado de la silenciosa muchacha.
Los ojos de Tate estaban sensibilizados por noches de revisión y
mecanografiado. Mientras leía La senda negra, las paredes parecieron oscilar y
adelantarse, los muebles habían flexionado sus patas. Necesitaba dormir, no la
basura de Skelton.
Lo despertó el amanecer. Oh Dios, sabía qué era lo que había visto brillar en el
maletín de Skelton... Un ojo. Seguro que se trataba de un sueño, nacido de una
imagen particularmente desagradable del libro. Intentó volverle la espalda a la
imagen, pero no pudo dormirse de nuevo. Atisbos desagradables lo
mantuvieron despierto: su propia novela con una brillante portada negra, sus
amigos rechazándole, su incrédulo disgusto volviendo a leer su propio libro.
¿Podía su libro ser acusado de los pecados de Skelton? Nunca antes se había
sentido tan inseguro acerca de su trabajo.
Sólo había una forma de tranquilizarse a sí mismo, o convencerse de sus
temores. Echándose una bata por encima, pasó por delante de la hilera de
cerradas puertas hacia su estudio. ¿Podía volver a leer toda su novela antes
del desayuno? Las largas sombras de la mañana se iban acortando
imperceptiblemente. La de una mujer brotaba de las abiertas puertas de su
estudio.
¿Tan pronto había venido su asistenta? Al cabo de un instante se dio cuenta de
que había sido tan absurdamente confiado como los Dewhurst. La muchacha
silenciosa estaba de pie justo al otro lado del umbral. Como guardiana era un
fracaso, porque Tate tuvo tiempo de ver a Skelton junto a su escritorio,
reuniendo páginas del manuscrito de su novela.
La muchacha empezó a chillar, un gimiente sonido desigual que parecía no
necesitar hacer acopio de aire. Aunque era tan perturbador como la sirena de
un coche de la policía, Tate mantuvo su mirada fija en Skelton.
—Salga de ahí —dijo.
Una sospecha lo atenazó.
—No, lo he pensado mejor... quédese donde está.
Skelton se mantuvo inmóvil, con una expresión apenada, como la víctima de un
ineficiente detective de almacén, mientras Tate se aseguraba de que todas las
páginas estaban aún sobre su escritorio. Aquellas que Skelton había
seleccionado eran las mejor documentadas. De modo intolerable, aquello era
un tributo.
Los Dewhurst aparecieron, parpadeando mientras se envolvían en sendas
batas.
—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Carla.
—Vuestro amigo es un ladrón.
—Oh, vamos —protestó Dewhurst—. ¿Sólo por lo que dijo acerca de este
libro? No te creas todo lo que dice.
—Te aconsejo que elijas más cuidadosamente a tus amigos.
—Creo que somos perfectamente aptos para juzgar a la gente. ¿Qué otra cosa
crees que hace que nuestros libros tengan tanto éxito?
Tate estaba demasiado furioso como para contenerse.
—Una competente técnica, un ingenio de cuarto grado, una fe ingenua en la
gente y una promesa de vida después de la muerte. Vendéis a vuestros
lectores lo que ellos desean... Todo menos la verdad.
Contempló cómo se marchaban apresuradamente. La muchacha aún estaba
produciendo aquel sonido, algo entre el jadeo y el lamento, mientras bajaba
penosamente la maleta. No la ayudó. Mientras se metían en el coche, tan sólo
Skelton le dirigió una mirada. Su sonrisa parecía casi cálida, ciertamente
complacida. Tate la encontró insufrible, y miró hacia otro lado.
Cuando se hubieron ido y la humareda del tubo de escape se hubo disipado,
releyó de nuevo toda su novela. Parecía inteligente y nada sensacionalista...
Por encima de lo habitual. Esperaba que sus editores pensaran así también.
¿Cómo se leería una vez impresa?
Nunca le satisfacían entonces..., pero él era su lector menos importante.
¿Debería haber llamado a la policía? Ahora parecía trivial. Lástima por los
Dewhurst... Aunque si eran tan estúpidos, resultaba mejor librarse de ellos. La
policía ya se encargaría de Skelton si había hecho todo aquello de lo que se
vanagloriaba en su libro.
Después de comer, Tate paseó hacia las colinas. Las laderas resplandecían
con su verdor, e incontables llamaradas de hierba se agitaban suavemente.
Las nubes ponían polvo en el horizonte. Se tendió, gozando de la paz del cielo.
Al anochecer, el enorme vacío de la casa fue relajante. Tras cenar en el
mesón, regresó paseando, negándose a mirar hacia las furtivas formas que se
movían y susurraban a su lado.
Durmió bien. ¿Por qué le sorprendió eso al despertar? El correo le aguardaba
al extremo de su cama, colocado allí suavemente por su asistenta. El sobre con
las franjas azules y rojas era de su agente en Nueva York...Una nueva venta en
América para una edición de bolsillo. Estupendo. ¿Qué más? Una factura
asomándose por su ventanilla de celofán, otra circular y una resonante caja de
cartón envuelta en papel marrón.
Su dirección estaba anónimamente escrita a máquina sobre la caja; no había
remitente. Su contenido se desplazaba libremente en su interior, una ola de
cascotes. Finalmente rasgó el envoltorio. Cuando abrió la caja sin ninguna
identificación, el contenido se esparció ante él y confirmó lo que sospechaba:
un rompecabezas.
¿Era una ofrenda de paz de los Dewhurst? Habían elegido uno sin foto en la
tapa porque quizá pensaban que así disfrutaría más con la dificultad. Y,
efectivamente, así era. Deshizo el paisaje de cielo y bosques que había sobre
la mesa y metió las piezas en su caja. Al otro lado de la ventana, árboles y
nubes se agitaron.
Empezó a montar la esquina del rompecabezas. Ah, era la cuarta esquina. Una
cálida brisa agitó las cortinas hacia dentro. Tras él, la puerta se abrió unos
centímetros al vacío de la casa.
El mediodía había barrido la mayor parte de las sombras de la habitación
cuando hubo compuesto el borde. La mayor parte de los mezclados fragmentos
eran de un color marrón lustroso, como el barnizado de un mueble, pero había
una figura humana... No. Dos. Las ensambló parcialmente —una iba vestida
con un temo, la otra con un traje de dril—, luego bajó para comer la ensalada
de verduras que su asistenta le había preparado.
El rompecabezas había puesto en acción su mente para pensar en las
posibilidades de todo aquello. ¿Una historia de rivalidad entre autores...? ¿Una
historia de asesinato? ¿Dos colaboradores, uno de los cuales se vuelve
resentido, celoso, determinado a conseguir la fama para sí? Pero no podía
imaginar a nadie colaborando con Skelton. Guardó la idea en la parte de atrás
de su mente para un posterior uso.
Volvió a subir las escaleras. ¿Qué estaba haciendo su asistenta? ¿Había
barrido el rompecabezas fuera de la mesa? No, por supuesto: se había
marchado a casa hacía horas... Tan sólo se trataba de la sombra de un árbol
agitándose en el suelo.
Las incompletas figuras aguardaban. El ojo de una pieza le contemplaba desde
la mesa. No debería montar las secciones fáciles primero. Seguramente debía
haber puntos en los cuales podía ir montándolo hacia adentro a partir del
borde. Sí, ahí había uno: la pata de algo, probablemente un mueble...
Inmediatamente vio otras tres piezas. Era una vitrina tipo imperio. La sombra
de una nube se arrastró hacia él.
Las conexiones se iban haciendo claras. Alcanzó el estadio en el que su
subconsciente dirigía su atención hacia las piezas apropiadas. La habitación
iba encajando: una estantería de nogal, una mesa de caoba, una rinconera.
Cuando la sombra se inclinó hacia él, tuvo un sobresalto y esparció algunas
piezas. Debía de tratarse de un árbol al otro lado de la ventana... No se
necesitaba mucho para ponerle nervioso ahora: había reconocido la habitación
en el rompecabezas.
¿Debía desmontarlo sin terminar? Eso seria como admitir que le había
inquietado. Absurdo. Colocó la figura con el temo en su lugar sobre la mesa.
Antes de acabar de componer el rostro, con su único ojo de perfil, pudo ver que
la figura era él mismo.
Se detuvo a punto de terminar el rompecabezas, y se volvió para mirar detrás
de él. ¿Cuándo había sido tomada la fotografía? ¿Cuándo se había deslizado
tras él la figura vestida con un traje de dril, sin ser oída? Resistiéndose con
irritación a una urgencia de mirar por encima de su hombro, puso de golpe la
figura en su lugar y colocó en su sitio las últimas piezas.
Quizá era Skelton: sus trajes estaban lo suficientemente deshilachados y
manchados. Pero todas las piezas que hubieran compuesto el rostro faltaban.
La luz que se reflejaba en el hueco sobre la mesa proporcionaba como rostro a
la figura un pálido y plano resplandor.
—¡Malditas tonterías!
Dio media vuelta rápidamente, pero allí sólo había la entreabierta puerta
arrojando su sombra encima de la moqueta. Skelton debía de haber
superpuesto la figura; no había la menor duda de que había disfrutado
haciéndola aparecer amenazadora..., inclinada ansiosamente hacia delante, las
manos tendidas. ¿Había pretendido dejar un hueco allá donde debía estar su
rostro, a fin de oscurecer sus intenciones?
Tate sostuvo la caja como un cubo de la basura, y barrió dentro de ella el
desintegrado rompecabezas. El sonido detrás de él no fue más que el eco de
su caída. Se negó a volverse. Dejó la caja sobre la mesa. ¿Debía mostrársela a
los Dewhurst? Sin duda se alzarían de hombros considerándolo una broma...
Realmente, era ridículo tomárselo siquiera un poco en serio.
Se dirigió al mesón. Debía hacer que su asistenta le preparara la cena más a
menudo. Se anticipaba... porque tenía hambre, eso era todo. ¿Por qué
deseaba estar de vuelta a casa antes de que oscureciese? En el sendero, parte
de un insecto se contorsionaba.
En el mesón había una gran fiesta. Tuvo que aguardar, en una mesa apenas
más grande que un taburete. Camareros y clientes, sus rostros oscurecidos, le
rodeaban. Se dio cuenta de que estaba observando compulsivamente cada vez
que la luz de una vela iluminaba un rostro. Cuando finalmente volvió a casa, su
mente estaba murmurando a las inquietantes formas de ambos lados del
sendero: marchaos, marchaos.
Un lejano coche parpadeó y desapareció. Las luces de su casa eran las únicas
que podían verse. Parecían menos acogedoras que perdidas en la noche. No,
su asistenta no estaba. Que le condenaran si iba a registrar todas las
habitaciones para asegurarse. La presencia que sentía era tan sólo el calor,
desparramándose por toda la casa. Cuando se sintió cansado de su esfuerzo
por intentar leer, el calor se fue a la cama con él.
Finalmente lo despertó. El amanecer convertía la habitación en un apunte al
carbón. Se sentó en la cama, presa del pánico. Nada estaba observándole
desde los pies de la cama, lo cual era en cierto modo el problema: más allá de
la cama, una ausencia flotaba en el aire. Cuando se alzó, vio que estaba
colgada de los hombros. La figura, con un traje de dril, avanzó rápidamente a
tientas en torno a la cama. Cuando se abatió sobre él, sus manos se alzaron,
ágiles y ansiosas, como una varita mágica.
Gritó, y la luz fue borrada de sus ojos. Permaneció tendido, temblando, en una
absoluta oscuridad. ¿Seguía aún dormido? Gradualmente, un atisbo de la
habitación empezó a formarse a su alrededor, como si estuviera surgiendo de
entre la niebla. Sólo entonces se atrevió a encender la luz. Aguardó a la llegada
del amanecer antes de volver a dormirse.
Cuando oyó pasos abajo, se levantó. Era idiota pasar las horas rumiando
acerca de un sueño. Antes de hacer nada más debía librarse de aquel odioso
rompecabezas. Se dirigió apresuradamente a su habitación y se detuvo
vacilante. La luz del sol inundaba la vacía mesa.
Llamó a su asistenta.
—¿Ha quitado usted una caja de ahí?
—No, señor Tate. —Cuando él frunció el ceño, insatisfecho, añadió
altaneramente—: Por supuesto que no.
Parecía nerviosa. ¿A causa de su desconfianza o a causa de que estaba
mintiendo? Debía de haber tirado la caja por error y ahora temía ser
reprendida; hacerle más preguntas no conseguiría más que disgustarla.
La evitó durante toda la mañana, aunque los ruidos que hacía por las otras
habitaciones le molestaban, del mismo modo que los ocasionales atisbos de su
sombra. ¿Por qué sentía la tentación de pedirle que se quedara? Era absurdo.
Cuando ella se fue, se sintió contento de poder oír la soledad de la casa.
Gradualmente, su placer se desvaneció. La casa, cálidamente iluminada por el
sol, parecía demasiado brillante, incluso expectante, como un escenario
aguardando un primer acto. También él estaba escuchando, pero menos para
absorber el silencio que para penetrar en él. ¿En busca de qué? Vagó sin
rumbo fijo. Su compulsión de mirar por todos los rincones le enfurecía. Nunca
se había dado cuenta de la cantidad de sombras que contenía cada habitación.
Después de comer, luchó por empezar a organizar sus ideas para el próximo
libro, al menos en líneas generales. Pero era demasiado pronto después del
último. Su mente parecía tan vacía como la casa. ¿En cuál de ellas había una
sensación de intrusión, de paciente y distante acechanza? No, por supuesto
que su asistenta no había regresado. La luz del sol se escapaba de la casa,
dejando un congelado residuo de calor. Las sombras se arrastraban
imperceptiblemente.
Necesitaba un film absorbente. El de Bergman en el Academy. Iría ahora y
cenaría en Londres. Impulsivamente, se metió La senda negra en el bolsillo,
para sacarla de la casa. El sonido de la puerta delantera al cerrarse resonó en
mil ecos por las vacías habitaciones. Desde los árboles y las paredes y los
arbustos se extendían las sombras, sus siluetas se agitaban al mismo ritmo
inquieto de la hierba. Un pájaro se alzó zigzagueando del suelo, con algo
colgando en su boca.
¿No había nadie en la estación del ferrocarril? Finalmente, un taciturno y
demacrado hombre respondió a sus golpes en la ventanilla de los billetes.
Mientras pagaba, Tate se dio cuenta de que se había dejado llevar por sus
dudas durante todo el trayecto desde su casa hasta allí. Al parecer, todo
aquello eran secuelas de escribir obras fantásticas de ficción.
Esta conclusión le hizo sentirse vulnerable. Caminó arriba y abajo por la corta
plataforma. Un lecho de flores componía el nombre de la estación, y unas
cuantas farolas tendían hacia delante sus deslustradas cabezas luminosas.
Estaba solo, a excepción de un hombre sentado en la sala de espera al otro
lado de la plataforma. La ventana estaba llena de polvo, y la brillante imagen de
las nubes se reflejaba en el cristal. No podía distinguir el rostro del hombre.
¿Por qué deseaba distinguirlo?
El tren llegó a marcha lenta. Llevaba pocos pasajeros, como las últimas
exhibiciones de un maltrecho museo de cera. Las estaciones pasaron,
mostrando plataformas vacías. Los campos se extendían interminables hacia la
menguante luz.
A cada estación, el tren se detenía esperando recoger pasajeros, pero siempre
partía decepcionado... Hasta que, justo antes de llegar a Londres, Tate vio a un
hombre avanzando a largas zancadas para alcanzarlo. ¿En qué plataforma?
Tan sólo podía ver el reflejo del hombre: ropas azuladas, rostro impreciso. El
vacío vagón crujía a su alrededor; el metal vibraba bajo sus pies. Aunque el
tren estaba ganando velocidad, el hombre mantenía su ritmo, y seguía
avanzando tan sólo a largas zancadas; no parecía sentir la necesidad de
correr. Buen Dios, ¿cuál era la longitud de sus piernas? Una repentina
explosión de follaje llenó la ventanilla. Cuando desapareció, el hombre ya no
estaba.
La estación de Charing Cross estaba hormigueante, como siempre, y una
resonante voz decía algo a través de los altavoces. Mientras Tate salía
apresuradamente, sorteando un pequeño tren de carretillas, unas letras
plateadas llamearon hacia él desde el kiosco de libros y revistas: La senda
negra. Y también allí, en otro lado, en un exhibidor especial: La senda negra.
Seria una justa ironía si alguien los robaba. De la gente que le rodeaba, varios
llevaban traje de dril.
Comió un curry en el Wampo Egg de Charing Cross Road. Conocía otros
restaurantes mejores por los alrededores, pero estaban en calles laterales;
prefería permanecer en la calle principal..., no importaba el porqué. Siluetas
vestidas de dril contemplaban el menú en el escaparate. El menú tapaba sus
rostros.
Pasó de largo ante la estación de Leicester Square. No deseaba bajar a
aquella oscuridad donde los trenes se enterraban, resonando metálicamente.
Además, tenía tiempo para pasear; era una tarde agradable. Los colores de las
librerías eran relajantes.
Vio libros suyos en un par de tiendas, lo cual era reconfortante. Pero el título de
Skelton resplandecía en el escaparate de Book-smith's. ¿Había un hueco junto
a él en el exhibidor? No, era el reflejo de un callejón, del cual estaba surgiendo
ahora una silueta. Tate se volvió y localizó el callejón, pero la silueta debía de
haberse apartado a un lado.
Siguió hacia Oxford Street. El libro de Skelton estaba allí también, en Claude
Gill's. Más allá, entre las sombras de la acera opuesta, una figura vestida de dril
espiaba. Tate se volvió, pero un autobús cruzó la calle, bloqueando su visión.
Evidentemente, había muchos transeúntes llevando trajes de dril.
Cuando llegó junto al cine Academy había vislumbrado aquella figura varias
veces, reflejándose en las lunas de los escaparates y, más frustrante aún,
siguiéndole el paso por la acera opuesta, en el límite de su ángulo de visión.
Caminó más allá del cine, pensando en cuántos rostros sería incapaz de ver en
la oscuridad.
Dirigiéndose instintivamente hacia las luces más brillantes, bajó por Poland
Street. El anochecer había alcanzado ya las estrechas calles del Soho,
despertando a las luces de neón. SEX SHOP. AYUDAS SEXUALES. FILMS
ESCANDINAVOS. Las tiendas estaban pegadas unas a otras, una hilera de
competidores codo contra codo. En un escaparate iluminado por un enfermizo
neón, entre El placer por la esclavitud y Novedades en caucho, vio el libro de
Skelton.
Peatones y coches inundaban las calles. Mirara hacia donde mirara, Tate
siempre entreveía una figura vestida de dril en la otra acera. Por supuesto, no
necesitaba ser la misma todas las veces... Era imposible decirlo, porque nunca
podía vislumbrar su rostro. Nunca se había llegado a dar cuenta de cuántos
rostros es uno incapaz de ver en una multitud. Se había dirigido hacia aquellas
calles precisamente para estar entre la gente.
Realmente, era absurdo. Se había permitido ir hacia todas aquellas miserables
librerías en busca de compañía, como un fugitivo de Edgar Allan Poe... ¿Y por
qué? ¿Una conversación idiota, un rompecabezas igualmente estúpido, unos
pocos atisbos inconcretos? Aquello probaba que las maldiciones podían
funcionar en la imaginación... pero, cielos, ésa no era razón para sentirse
aprensivo. Y, sin embargo, se sentía así, porque detrás de los transeúntes
pintados de neón había una figura moviéndose como un cazador, al acecho,
cerca de la pared. El miedo de Tate tenía sabor a curry.
Muy bien, su perseguidor existía. Eso podía ser explicado a través de la
realidad: era Skelton, escondiéndose. ¡Qué fácilmente encajaban entre sí esas
palabras! Skelton debía de haberle visto contemplando La senda oscura en el
escaparate. Era propio de Skelton pasear por ahí admirando su propia obra en
los exhibidores. Seguramente decidió perseguir a Tate, ponerlo un poco
nervioso.
En cuanto entreviera el rostro de Skelton, saltana hacia él. Bruscamente cruzó
la calle, aprovechando un hueco en la secuencia de coches. Las imágenes de
neón, mezcladas con las otras imágenes provocadas por el neón, danzaron
tras sus párpados. ¿Dónde estaba el maldito remolón? ¿Se había metido en
alguna tienda? Por un momento Tate lo había visto, en la acera que en este
momento ocupaba él. Pero cuando la visión de Tate se liberó de imágenes
accidentales, el rostro se había confundido entre la multitud.
Tate cruzó de nuevo la calle, con el mismo resultado. Así que Skelton estaba
jugando al escondite, ¿eh? Bien, Tate también podía jugar a lo mismo. Se
metió en una tienda. Un jadeo amplificado resonaba rítmicamente al otro lado
de una puerta interior.
—El film de porno duro acaba de empezar, señor —dijo el hindú que estaba
detrás del mostrador.
Varios hombres, algunos de ellos vistiendo de dril, estaban de pie junto a las
estanterías de las revistas. Ninguno de sus rostros era visible para Tate.
Estaba comportándose ridículamente... y eso lo asustaba: había permitido que
sus defensas fueran abatidas. ¿Cuánto tiempo pretendía sumirse en aquella
absurda persecución? ¿Cómo podía poner fin a aquello?
Miró hacia afuera de la tienda. Los transeúntes le devolvieron la mirada, como
si estuviera incitándoles. Las aceras se retorcían, incesantemente agitadas por
los neones. La batalla de luces sacudía las sombras de la multitud. Los rostros
brillaban verdes, ardían rojos.
Si tan sólo pudiera descubrir a Skelton... ¿Qué haría entonces? Cerca de la
puerta donde se encontraba había un callejón, vacío excepto por la oscuridad.
En su otro extremo brillaba otra calle. Podía cruzar aquel callejón y eludir a su
perseguidor. Quizá encontrara algún policía; eso le enseñaría a Skelton...
Aquello ya iba mucho más allá de una broma.
Allí estaba Skelton, atisbando desde un oscuro portal casi frente a él. Tate hizo
como si saliera en su persecución, e inmediatamente la figura se escabulló tras
un grupo de peatones. Tate echó a correr por el callejón.
Sus pisadas resonaron en las paredes. Más allá de la angosta salida al otro
lado, las figuras pasaban como las coristas de un espectáculo. Una pared rozó
contra su hombro; un bulto invisible golpeaba repetidamente contra su costado.
Era La senda negra, aún metido en su bolsillo. Lo tiró rabiosamente. Se enredó
entre sus pies en la oscuridad hasta que le lanzó una patada y oyó partirse el
lomo. Al fin libre.
Estaba a medio camino del callejón, donde la oscuridad era más intensa, y miró
hacia atrás para confirmar que nadie le había seguido. Vacilando ligeramente,
volvió la vista hacia delante, y las manos de la figura que había ante él lo
sujetaron por los hombros.
Retrocedió jadeando y la pared golpeó contra sus omoplatos. La oscuridad era
absoluta frente a él, pero sintió el otro cuerpo apretándose contra el suyo, el
empuje de la invisible cabeza contra él, y su cara recibió una impresión helada;
no podía distinguir la forma de lo que la tocaba. Luego el contacto desapareció
y sólo hubo silencio.
Permaneció de pie, temblando. Sus manos colgaban a los costados, como si
temieran moverse. Comprendía por qué no lograba ver nada —no había luz tan
al fondo en el callejón—, pero... ¿por qué no podía oír? Incluso el sabor a curry
había desaparecido. Su cabeza parecía como anestesiada, y en cierto modo
incorpórea. Se dio cuenta de que no se atrevía a volverla para mirar a ninguno
de los dos extremos iluminados. Lentamente, con temor, sus manos tantearon
hacia arriba, hacia su rostro.
Los gatos de Père Lachaise
Neil Olonoff
Quizás el aspecto más fascinante de preparar una antología como la presente
sea el de tropezar constantemente con historias de horror que han sido
publicadas en los más insospechados lugares. Los gatos de Père Lachaise es
una de tales historias: fue publicada en Francia en A Touch of Paris, una
revista en lengua inglesa dedicada a los turistas que visitan esa ciudad, y yo
nunca hubiera llegado a encontrarla si otro escritor, Tim Sullivan, no me
hubiera llamado la atención sobre ella.
Neil Olonoff nació en Brooklyn en 1950, se graduó en la universidad de
Oklahoma, y normalmente reside en Miami, Florida. Estaba viviendo en París
en la época en que escribió esta historia, enseñando inglés y escribiendo
artículos para una revista de noticias, Metro. El director de A Touch of Paris
expresó su interés acerca de algún relato de ficción relacionado con París, y
Olonoff respondió con Los gatos de Pére Lachaise. El director de la revista le
puso un nuevo título a la historia, no tan efectivo, a mi modo de ver. He
restituido aquí el título original a petición del autor. Olonoff ha trabajado
también como auxiliar en psiquiatría y como exportador, entre otros trabajos, y
ha vivido un año en Sao Paulo, Brasil. Es una de las personas que difícilmente
dejan crecer la hierba bajo sus pies. Hace poco, Olonoff me escribía diciendo:
«Estoy terminando mi primera novela, empezada hace cuatro años. Trata de la
muerte».
Bateman odiaba llegar tarde. Se sentía irritado después de haber perdido
media mañana intentando convencer a su esposa de que acudiera al funeral de
Osear. Ahora, subiendo hacia la entrada del crematorio de Pére Lachaise, se
sentía más irritado aún por tener que abrirse camino entre un grupo de
enormes gatos tomando el sol en los amplios escalones. Al llegar casi arriba,
cansado de mirar constantemente a sus pies, pisó descuidadamente una cola.
El maullido fue lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos,
pensó divertido. Pero los gatos no salieron en estampida, alarmados. En vez de
ello, arquearon sus lomos y le miraron con malevolencia. Con una nerviosa
mirada por encima del hombro hacia los gatos, Bateman penetró en la fría
penumbra del crematorio.
Se entretuvo un momento en la puerta de la estancia del crematorio. Pierre
estaba sentado en medio del pequeño grupo de acompañantes que hacían
guardia frente a la puerta del homo funerario. A Bateman le recordó aquella vez
en que había observado la sala del tribunal durante el divorcio de Pierre y
Alicia, hacía doce años. Ahora vaciló, preparando una explicación para la
ausencia de Alicia. ¡Maldita fuera su testarudez! Los niños eran una buena
excusa, por supuesto, o quizá el hecho de que ella estuviese resfriada. Se
decidió por el resfriado. Aunque primero mencionaría los niños. Quizá pudiera
evitar las miradas de reproche de Pierre, que siempre hacían que se sintiera
culpable.
La puerta del homo crematorio estaba alzándose para revelar el resplandor rojo
en su interior. Con un gemido de maquinaria automática, el sencillo ataúd de
pino avanzó hacia allí. Bateman se sentó detrás de Pierre y su hermana. La
puerta descendió. Eso era todo. Mientras el grupo se levantaba con un suspiro
colectivo. Pierre se volvió y vio a Bateman. Éste observó la decepción de Pierre
al no ver a Alicia a su lado. Bateman dijo:
—Lo sentimos mucho. Pierre.
Pierre respondió casi rudamente con una mecánica inclinación de cabeza y le
dijo a su hermana que se fuera a casa, que quería recibir las cenizas él solo. El
grupo se dispersó, y los dos hombres salieron fuera del crematorio y caminaron
cruzando la gran plaza pavimentada.
Oscar, el difunto, era el cuñado de Pierre. Podía decirse que había muerto a
causa de la bebida, pero de una forma más bien macabra. Osear se había
ahogado tras perder el conocimiento a causa del frío bajo el Pont Neuf, durante
una tormenta. Sencillamente, el río subió de nivel a su alrededor. La policía lo
encontró allí, sin ninguna corte d'identité. Tomaron sus huellas dactilares, pero
Osear había nacido en Toulouse. Antes de que la familia se enterara de su
muerte, el cuerpo había sido llevado al crematorio público de Pére Lachaise, el
famoso cementerio en el 20° arrondissement. Lo más sencillo era seguir
adelante con el funeral de los pobres.
—Hemos tenido suerte de que lo incineren solo —dijo Pierre a Bateman—.
Normalmente las cremaciones de los indigentes se hacen de cuatro a la vez.
Bateman alzó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Caminaron lentamente a
lo largo de uno de los senderos pavimentados del cementerio, parpadeando
ante las manchas de luz que salpicaban el suelo. Era un agradable atardecer, y
las hojas de los viejos árboles se agitaban sobre sus cabezas.
—¿Cómo está ella? —preguntó Pierre, refiriéndose a Alicia.
—Está bien —dijo Bateman, reflexionando que no estaba más seguro de los
sentimientos de ella que de los de Allan Kardek, el médium espiritista muerto
hacía mucho, junto a cuya tumba de granito estaban pasando.
—¿Y Janine? —preguntó Pierre.
—También está bien —dijo Bateman.
Janine era la hija de Pierre, tan sólo un bebé cuando Alicia se divorció de él.
Pierre era un hombre adusto y silencioso por naturaleza, pero hoy parecía estar
buscando una forma de prolongar la conversación. Bateman sintió pena por él,
consciente de que a Pierre le resultaba difícil superar su timidez y cortedad.
Pero Bateman tampoco se sentía tan comunicativo como de costumbre.
Su camino se vio entonces cruzado por uno de los grandes gatos que residían
en el cementerio. Parecían estar por todas partes, espiándole a uno desde
detrás de las tumbas, emboscándose en las húmedas criptas. Eran enormes, y
Bateman supuso que se alimentaban de ratones de campo y de otros roedores.
—Mira esos gatos —dijo Pierre—. Son enormes.
Bateman sonrió. Tenía la sensación de que era capaz de predecir cualquier
cosa que Pierre fuera a decir. La mente de aquel hombre era la de un
ingeniero, pensó, estrictamente orientada a lo concreto y real. Bateman podía
mirar al frente y captar los más notables detalles de los caminos del
cementerio. Mientras pasaban junto a ellos. Pierre hacía alguna observación
sobre cada uno. Bateman se sentía divertido ante esta confirmación, no por vez
primera, de la diferencia de sus caracteres. Bateman siempre había sido capaz
de ignorar lo obvio, de actuar como si las condiciones reales de la vida y las
exigencias de los convencionalismos simplemente no existieran.
Alicia también era así. Cuando se había iniciado su aventura en una pequeña
galería de arte de la Rué du Bac, el resto del mundo había parecido fundirse en
el entorno. Su matrimonio con Pierre, su hija y la posición de Pierre en la
fábrica de ladrillos y tejas de su suegro se convirtieron en algo secundario ante
la supremacía del hecho que llenaba ahora sus vidas: su mutuo amor.
Bateman se hallaba en viaje de compras, añadiendo nuevas propiedades a la
colección de arte de un hombre que era propietario de varios almacenes en
Nueva York. Durante varios meses, él y Alicia estuvieron pegados a las líneas
telefónicas que unían París y Nueva York. Él gastó sus ahorros en viajes
aéreos. Finalmente, Bateman convenció al rico neoyorquino de que lo enviara
permanentemente a París. Pocos años más tarde, Bateman abría su propia
galería. Pero el período anterior al divorcio fue doloroso para todos ellos.
Pierre permaneció junto a Alicia durante todo ese tiempo por el bien de Janine,
preparando biberones y cuidando de sus diarreas matinales. Alicia prosiguió a
la vez su floreciente carrera como artista y su amor con el norteamericano, y de
algún modo halló entre ambas dedicaciones algo de tiempo para su bebé.
Bateman imaginó que Pierre hubiese preferido tenerlos a ambos junto a él, aun
sin el amor de Alicia, que no tener a ninguno. Luego, Pierre nunca encontró a
otra mujer que le conviniera. Era un sacrificio del cual Bateman no hubiera sido
capaz. Debido a ello, Janine creció como una niña feliz.
Durante aquel año, Bateman y Alicia escandalizaron a sus amigos y familiares
viviendo su aventura a plena luz. Ella traía a menudo a Janine al apartamento
de él o a la galería, aunque a veces también la dejaba con Pierre. Cuando
Bateman la llamaba desde Nueva York, era inevitable que algunas veces Pierre
se pusiera al aparato. Las primeras veces que esto ocurrió, Bateman colgaba,
pero a medida que iba acostumbrándose a la situación, empezó a preguntar
por ella e incluso a dejarle mensajes. Pierre lo aceptó sin una palabra de
protesta.
Bateman miró a Pierre, reflexionando que probablemente esa misma reprimida
y poco imaginativa cualidad era la que le había permitido sobrevivir aquel tenso
período, por no mencionar los últimos doce solitarios años. Detrás de un árbol
vio cómo desaparecía la cola de un gato.
—Me pregunto qué comerán esos gatos —dijo—. ¿Crees que hay alguien que
les da de comer?
Pierre se echó a reír de aquella forma ahogada tan característica, una especie
de agitación de la cabeza con los labios apretados, de los cuales apenas salía
sonido alguno de regocijo. Sus ojos mantenían su eterna expresión de tristeza,
pero por una vez hubo como una chispa de animación. Dijo:
—Hablé con uno de los hombres que trabajan en el crematorio antes de que tú
llegaras. Le pregunté por los hornos y cosas así.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bateman.
—DeLaye tiene que reparar constantemente los revestimientos internos de
ladrillo —dijo Pierre.
DeLaye era el nombre de soltera de Alicia y el nombre de la compañía de su
padre, para la cual seguía trabajando Pierre.
—Oh, entiendo.
—Los ladrillos tienen que ser reemplazados cada cuatro años o así. No es
mucho trabajo.
—¡Dios mío! ¿Has visto ese gato? —dijo Bateman—. Debe de pesar sus
buenos diez kilos.
Pierre miró al atigrado gato.
—Sí, es uno de los grandes —dijo—. El tipo ése me contó una curiosa historia
acerca de los gatos. No sé si creerla.
—¿De qué se trata?
El gato atigrado estaba mirando a Bateman con la expresión maníaca que
adoptan cuando están hambrientos.
—Los hornos poseen quemadores a gas que alcanzan los mil doscientos
grados —dijo Pierre—. Pero el gas es tan caro estos días que intentan
economizarlo reduciendo el tiempo entre cremaciones, de modo que los hornos
no tengan oportunidad de enfriarse.
—Eso tiene sentido.
—Sí, excepto que eso supone que tienen que retirar los cadáveres antes. A
menudo, cuando se trata de un cuerpo grande, especialmente uno de los que
han sido congelados en el depósito de cadáveres, los huesos no se hallan
completamente reducidos a cenizas.
—Estás bromeando —dijo Bateman—. ¿Qué hacen entonces?
—Bueno, generalmente rompen los huesos con la raclette.
—Una raclette? ¿Como la que utilizan los panaderos?
—Más o menos. Pero eso no es lo peor. El cráneo y el cerebro constituyen un
problema mayor.
—¿El cerebro?
—Oh, sí. Y puedes imaginar. Se halla encerrado, rodeado de líquido, y es muy
difícil de quemar. Además, ya sabes, en verano los cuerpos deben mantenerse
a una temperatura muy cercana a la congelación. Se necesita mucho más
tiempo para incinerar un cadáver congelado.
—Ya entiendo... —dijo Bateman, con un principio de náusea en su pecho.
—Sea como sea, el tipo dijo... —Pierre se interrumpió mientras doblaban una
esquina.
Habían llegado a una sección de las tumbas cubierta con pintadas, muchas de
ellas obscenas. «Quiero joderte, Jim.» «La Serpiente.» «Patrick, Harley
Davidson, 1984.» Y finalmente, pintada con spray en brillantes colores sobre
una losa de granito sin labrar, la explicación: «Jim Morrison, The Doors».
Se detuvieron a contemplar los centenares de inscripciones garabateadas con
tiza o pintura. Algunas llevaban años allí, pero otras parecían recientes. Para
Bateman resultaba consternante. Parecía como si no les importara nada. Se
sintió avergonzado por ellos, incluso después de todo aquel tiempo
transcurrido.
Había un pequeño grupo de ciclistas descansando en aquella curva del
camino. La bicicleta era una estupenda forma de ver el cementerio. Los
senderos eran lisos y libres de tráfico, aunque uno no podía vagabundear entre
las tumbas; por eso habían dejado sus bicicletas encadenadas juntas y se
habían encaminado por entre las tumbas cubiertas de hierba. Bateman y Pierre
podían oír sus risas mientras examinaban las anticuadas inscripciones. Los
ciclistas avanzaron hacia ellos hablando en inglés, dos muchachos y dos
chicas caminando directamente por entre las tumbas sin preocuparse por el
sendero que había entre ellas. Bateman apartó la vista. El sol se ocultó tras
una nube y entonces miró su reloj. ¿Las cinco y media ya? Se estaba haciendo
tarde. Caminó un poco sendero abajo, procurando no ver las profanaciones
practicadas allí para conmemorar a una estrella del rock norteamericana. Pierre
siguió en su lugar, leyendo los nombres y comentarios. Minutos más tarde,
Bateman miró hacia atrás y vio a Pierre arrodillado junto a las bicicletas,
hablando con uno de los muchachos, sin duda acerca de sus máquinas.
Bateman podía ver la plaza del Crematorio y al otro lado el Columbario, donde
instalaban las urnas conteniendo las cenizas. Sus ojos fueron atraídos por una
extraña escena. En medio de la plaza, un enorme perro pastor alemán
permanecía de pie, inmóvil. Incluso a aquella distancia podía ver los desnudos
colmillos y la cola bajada entre las piernas del perro. Rodeándole había una
docena de enormes gatos. Uno de ellos avanzó hacia el perro, y el anillo de
gatos se contrajo en tomo al animal. El gato más cercano lanzó un amago
hacia el perro, como si estuvieran a punto de atacarlo en masse, cuando,
procedente del Crematorio, un hombre apareció blandiendo un largo palo hacia
los agazapados gatos. Retrocedieron, observando al hombre mientras tiraba
del perro, alejándolo.
Hubo sonido de risas y una especie de forcejeo entre los chicos y chicas en el
recodo del sendero. No les estaba prestando mucha atención. Pierre todavía
seguía atrás. Bateman sabía que la tumba que contema los restos de Víctor
Hugo estaba en algún lugar por aquella zona. Un poco más abajo pudo
descubrir los de Rothschild y Gertrude Stein.
Las tumbas eran pintorescas. Algunas estaban amuebladas con una especie
de silla baja de respaldo almohadillado, diseñada para poder arrodillarse y
rezar, llamada prie-dieu. Algunas tenían ganchos en las paredes, para colgar
coronas. Aunque la mayoría de las criptas estaban cerradas con llave, alguna
permanecían abiertas. Miró hacia las sombras de una que había sido utilizada
como refugio por generaciones de borrachos, a juzgar por la cantidad de
botellas de vidrio verde esparcidas por el suelo. Enrollado en el acolchado
asiento del antiguo prie-dieu había un enorme gato gris de ojos amarillos.
¿Era su imaginación, o aquel gato le observaba con una mirada
particularmente salvaje? Nunca le habían gustado demasiado los gatos.
Cuando abrían sus bocas, mostrando la punta de sus lenguas, sus ojos
vidriosos fijos en un inimaginable éxtasis felino, los encontraba positivamente
repulsivos. Deseaba salir de aquel lugar. Miró de nuevo su reloj. ¡Casi las seis!
Realmente tenía que irse. Se volvió en redondo para llamar a Pierre, y se
encontró ante su rostro. Disimuló su impresión con una risa nerviosa.
—¡Oh, estás aquí! —dijo Bateman—. Creí que te habías ido en bicicleta con
ellos.
—No —dijo Pierre, frunciendo el ceño.
—Realmente debo irme —dijo Bateman—. Le dije a mi mujer que esta noche
saldríamos a cenar. —Por un momento había olvidado con quién estaba
hablando, pero ya era demasiado tarde para rectificar—. Por supuesto, me
refiero a Alicia.
—Por supuesto —dijo Pierre—. Yo también tengo..., tengo algo que hacer.
—De veras, Pierre —dijo Bateman—. Lo siento.
—¿El qué? —preguntó Pierre, sus ojos brillando repentinamente.
Estaba irritado, pensó Bateman, y eso le cogía por sorpresa. Era la primera vez
que veía a Pierre mostrar su temperamento. Pierre tenía algo, un trozo de
metal, en su mano, y estaba dándole vueltas con sus dedos.
En un tenso silencio, caminaron por un atajo entre las hileras de decrépitas
tumbas y denso follaje. Las sombras iban alargándose, y Bateman se sintió
incómodo caminando delante de Pierre. Notaba una especie de picor en su
cuero cabelludo. ¿Tenía miedo de que Pierre, tras todos aquellos años, pudiera
tomarse alguna especie de venganza física? Nunca había dicho una palabra en
contra de Bateman, nunca le había colgado el teléfono, nunca había dejado de
transmitir uno de sus mensajes. Como cornudo, pensó Bateman, había sido tan
cooperativo como era posible imaginar. Bateman lamentó inmediatamente
aquel pensamiento. Pierre era diez veces más generoso que él. Se merecía su
simpatía, su ayuda, no su desprecio.
—Antes me estabas contando algo —dijo Bateman, dándose la vuelta.
Pierre andaba con la mirada baja, las manos unidas a su espalda, y Bateman
se sintió más avergonzado aún de su secreta burla. Pierre alzó lentamente la
vista. Parecía como si Bateman hubiera interrumpido algún monólogo interior.
—Sí —dijo—, pero ni yo mismo lo creo. Aunque supongo que sería interesante
conocer la verdad.
—No sigo tus... —dijo Bateman.
—Los gatos —dijo Pierre—. Preguntaste cómo consiguen estar tan gordos. Tú
piensas que deberían estar muertos de hambre. Y muchos otros también.
—Sí.
—Sea como sea, espero que tengas razón —dijo Pierre—. Probablemente
alguien les da de comer. Aunque el hombre del Crematorio parecía hablar
seriamente.
—Pierre, estás hablando con rodeos. Preferiría que dijeras con claridad lo que
piensas.
—¿De la misma forma que lo haces tú? —preguntó Pierre.
—No sé a qué te refieres —murmuró Bateman.
—No importa. Vamos. Quizá pueda mostrarte lo que comen los gatos.
Habían salido, por la parte de atrás, al Columbario. No era más que una pared
de nichos, en los cuales se depositaban las urnas. En cada uno se fijaba una
placa grabada con el nombre y las fechas. Algunos estaban vacíos y señalados
con un «Réservée». Cruzaron el amplio patio que daba frente al Crematorio,
con el imponente edificio silueteado ahora por el rojizo sol.
Abandonaron la plaza y continuaron hacia la salida a través de una sección de
viejas tumbas, formando terrazas a varios niveles. Aquel era un sector de «bajo
alquiler», con gran cantidad de tumbas abandonadas y muy pocas espléndidas
y bien cuidadas.
—Dijo que lo había puesto en algún lugar por aquí —murmuró Pierre, subiendo
una pendiente para alcanzar el nivel superior.
Avanzaban entre grandes árboles que bloqueaban el sol. En dos ocasiones,
Bateman tropezó con enredaderas mientras intentaba seguir los pasos de
Pierre.
—¡Increíble! —oyó exclamar a Pierre—. ¡El tipo decía la verdad!
Bateman salió a una zona de hierbas altas casi oculta de la sección principal.
Allí había un pequeño grupo de antiguas tumbas familiares, con verjas de
hierro oxidado. Pierre estaba arrodillado en el deteriorado reclinatorio de una
de las criptas, examinando el contenido de un pequeño plato. Retrocedió
cautelosamente fuera de la pequeña estructura de piedra.
—Echa una ojeada —dijo—. Ve con cuidado, hay mierda de gato por todas
partes.
—No me extraña —dijo Bateman—. Mira ahí.
Había no menos de veinticinco grandes gatos congregados en torno a la puerta
de otra tumba. Se estremeció y escrutó la penumbra de la cripta, intentando
descubrir qué era lo que había en el pequeño plato de cerámica. No sentía
ningún deseo de ensuciarse los pantalones en aquel suelo.
—No podrás verlo desde aquí —dijo Pierre—. Está demasiado oscuro ahí
dentro.
Bateman dio un paso hacia la angosta oscuridad. Había una corona marchita y
una cruz de plástico suspendidas de ganchos a su derecha. Tuvo que
arrodillarse en el prie-dieu para echar una ojeada a lo que había en el plato. Lo
reconoció inmediatamente. No hay nada tan inconfundible como el tejido
cerebral, con sus retorcidas circunvoluciones. Pero nunca antes había visto un
cerebro de aquel tamaño, y ya estaba parcialmente consumido. Por los gatos,
supuso.
Sufrió un violento sobresalto cuando una araña reptó por su mano. La aplastó
contra la pared de piedra con el dorso de la mano. Hubo un suave y sordo ruido
y el crujido de hojas sobre él, como si algo aterrizara en el techo; un enorme
gato, sin lugar a dudas. Alguien tocó un silbato. Era la hora de cerrar. Empezó
a alzarse del prie-dieu cuando oyó un fuerte chirrido y sintió que la puerta de la
tumba se cerraba contra la suela de sus zapatos. Aquello no era un accidente.
Hubo un fuerte che metálico. Se volvió en redondo, dificultado por el angosto
espacio. Bajó la mirada a la cerradura de la puerta y vio el brillo de un robusto
candado con cerradura de combinación, de los usados en las cadenas para
bicicletas. Tenía que haber sido Pierre, pero no pudo distinguir a nadie.
—¡Abre, Pierre! —gritó.
No hubo respuesta. Estaba seguro de que Pierre aún se hallaba cerca. Lo
recordó arrodillado con los muchachos junto a la tumba de Jim Morrison.
Después de que se fueran, él llevaba un trozo de brillante metal en su mano.
«Meaouuu», oyó, junto con el ahogado sonido de varios pares de
almohadilladas patas. El enorme rostro de un gato apareció en la ventana
opuesta a la verja. Sus malignos ojos brillaban dorados bajo la agonizante luz.
Lanzó todo su peso contra la verja de hierro. Parecía como si fuera a
desmoronarse al primer golpe, pero no fue así. De nuevo empujó con su
hombro. Era inútil. No podía retroceder lo suficiente para tomar impulso. El gato
de la ventana saltó al interior, a su lado. Los rostros de otros dos aparecieron
en su lugar.
El enorme gato en el suelo dio un zarpazo a su tobillo, inclinando la cabeza
como si sintiera curiosidad por ver su reacción. Bateman sintió un agudo dolor
y lanzó una patada al gato. Éste arqueó su lomo y bufó, sonando muy fuerte en
el reducido espacio. ¿Qué ocurriría si atacaban todos a la vez, como habían
estado a punto de hacer en la plaza? No conseguiría defenderse de ellos en
aquel claustrofóbico espacio. Apenas podía mover brazos y piernas.
—¡Pierre! —gritó—. ¡Por el amor de Dios!
Hubo varios golpes sordos a su lado. Tres gatos aparecieron repentinamente
en el suelo, junto a él. Otro, enorme y negro, estaba en la ventana. Saltó hacia
él y sintió cómo le clavaba sus uñas en la nuca y una pata delantera trazaba
surcos junto a su ojo derecho. Con toda su fuerza, ignorando las uñas afiladas
como cuchillos, arrancó al animal y lo estrelló contra la pared, mientras pateaba
a los otros, que habían empezado a atacar sus piernas.
—¡Que alguien me ayude! —gritó.
Entonces vio a Pierre, a unos metros de distancia de la verja, exhibiendo en su
rostro la misma expresión afligida de siempre. Bateman casi estaba histérico:
—¿Están atacándome! —gritó—. ¡Por favor, abre eso!
—Sólo son gatos —dijo Pierre—. Además, no sé la combinación.
Había el asomo de una sonrisa aflorando a sus labios, aunque su mirada
seguía siendo compasiva.
Uno de los gatos clavó sus uñas en la pantorrilla de Bateman, y éste dio un
salto de dolor.
Pierre había dado media vuelta y empezaba a andar sendero abajo, hacia la
salida.
—¡Por el amor del cielo! —gritó Bateman—. ¡Piensa en Alicia?
Pierre detuvo sus pasos: parecía estar reconsiderando la situación.
Bateman se aferró a los oxidados barrotes de su jaula mientras Pierre
desaparecía de su vista.
—No te preocupes, Bateman —oyó—. Le diré que llegarás tarde para cenar.
De guardia
Dennis Etchison
Una de esas adorables preguntas estúpidas que siempre se les hace a los
escritores fantásticos es: «¿De dónde saca usted sus ideas?» Un secreto
profesional, por supuesto. Ocasionalmente, sin embargo, un autor puede
experimentar un sueño (o, si ustedes quieren, una pesadilla) particularmente
vivido, e incorporarlo a su historia. Tal es el caso de esta inquietante y kafkiana
pesadilla de Dennis Etchison.
Nacido el 30 de marzo de 1943 en Stockton, California, Etchison vive
normalmente en Los Angeles: el sitio ideal para un escritor con un ávido interés
por el cine y la televisión. Aunque lleva escribiendo profesionalmente desde
1961, sólo recientemente ha empezado a recibir el reconocimiento que se
merece. Esto es debido principalmente al hecho de que Etchison trabaja casi
exclusivamente en el campo de la historia corta, y de que la mayor parte de su
trabajo se publica fuera de las pocas revistas de ciencia ficción y fantasía con
las que están familiarizados la mayor parte de los aficionados. De guardia
apareció en un fanzine mensual dedicado a las noticias dentro del género de la
fantasía: Fantasy Newsletter. Otras de sus historias más recientes han
aparecido en Mike Shayne's Mystery Magazine, Adelina, Dark Forces y New
Terrors I. Además, Etchison ha escrito la novelización del film The Fog (La
niebla), así como varios guiones cinematográficos que se hallan aún en fase de
preproducción. Su novela de horror The Shudder (El escalofrío) aguarda su
publicación, y una recopilación de sus historias cortas de ficción sería bien
recibida. Si bien su sombrío e intensamente introspectivo estilo no es del gusto
de todos (por algo está tan elaborado), lo que no cabe la menor duda es que
Dennis Etchison es probablemente el mejor escritor de horror psicológico que
este género haya dado.
—Léalo ahora —proclamaba el vendedor de periódicos ciego—, ¡Muchos están
muriendo y muchos están muertos!
Wintner redujo la marcha y giró en la esquina, intentando hallar un hueco. Pasó
junto a una tienda de fotos, una tintorería y lavandería, una papelería, un
aparcamiento a varios niveles que ocupaba la mitad de la manzana y, en la
siguiente esquina, la parada de la floristería. Sintió una momentánea desilusión
al comprobar que desde su carril no podía ver siquiera un atisbo de la joven
que trabajaba allí; la mayor parte de los días la veía en su trayecto de vuelta
desde la autopista, su rostro evolucionando entre las flores, y la alegría de la
visión, su precisión, parecían acortar la distancia de su camino y hacían su
carga algo más fácil de soportar. De todos modos, era sábado, recordó. Debía
seguir adelante.
Tendría que dar otra vuelta.
Podía, por supuesto, encontrar fácilmente aparcamiento en la estructura
municipal, pero a Laurie nunca le había gustado tener que caminar todo aquel
trecho desde la entrada de la clínica.
¿Cuánto tiempo tardaría su esposa esta vez? ¿Diez minutos? Más, pensó.
Probablemente veinte, si las cosas iban como siempre. O treinta.
Sólo tengo que saber el resultado de los rayos X, le había dicho. No me llevará
mucho tiempo.
Dios, esperaba que no. Sabía lo que pasaba con el tiempo cuando la mente de
ella se absorbía en algo.
Dio otra vuelta a la manzana, justo en el momento en que un Mustang negro se
metía en un sitio libre frente al edificio de la clínica. Gruñó y rechinó los dientes.
Había perdido la cuenta de las veces que había dado la vuelta a la manzana.
Giró su muñeca para mirar el reloj, pero no podía recordar cuánto tiempo hacía
que la había dejado.
Se acercó a la esquina.
Empezaba a atardecer. Observó cómo los edificios habían empezado a
parecerse a cajas oblongas, hilera tras hilera, colocados interminablemente,
mientras las sombras llenaban los umbrales de las puertas y descendían de los
tejados. Redujo a marcha lenta y observó que el coche estaba avanzando
realmente al paso de uno de los peatones, un viejo de hombros encorvados
que caminaba laboriosamente por la acera de enfrente de la clínica. Wintner
sintió un estremecimiento, sin comprender realmente por qué, y redujo aún más
la velocidad.
Había un aparcamiento para taxis junto al semáforo. Puso punto muerto y se
acercó al bordillo. Cortó el encendido, ajustó el retrovisor de modo que pudiera
verla cuando saliera, y se quedó sentado escuchando los crujidos del motor a
medida que se iba enfriando.
Una mujer policía pasó junto a su ventanilla abierta. Agitó su casco y le hizo
señas de que se fuera. Asintió. Cuando volvió por segunda vez —cuarenta
minutos más tarde—, puso el coche en marcha, rebasó el cruce y condujo
hasta que encontró un lugar donde aparcar en la siguiente manzana.
—Lo siento —dijo la enfermera—, pero no puedo encontrar ninguna señora
Winter.¿Es ése el nombre? No la encuentro aquí en el registro.
—Sólo vino para saber el resultado de unas radiografías. —Le ofreció una
sonrisa, dirigió una intensa mirada a la enfermera y desvió los ojos—. Hará
como una hora.
—Bien, espere un momento. Preguntaré a la otra chica.
Chica, se repitió para sí mismo maravillado. Sólo las mujeres muy jóvenes —y
las de edad madura como aquélla— se llamaban a sí mismas de esa manera.
¿Cuántos años más serían capaces de continuar con aquello? ¿Hasta que sus
rostros se cuartearan y se convirtieran en polvo?
Wintner observó la sala de espera. Lisas y monótonas paredes, un
desordenado revistero lleno de revistas con fundas de plástico, una jardinera
llena de apagadas llores artificiales. Una interminable dosis de música enlatada
surgiendo de un altavoz oculto. Reflexionando, identificó la selección como el
tema de la película Doctor Zhivago.
Una segunda enfermera apareció por detrás de la división de cristal opaco.
—¿Señor? —dijo con un tono de voz preciso y controlado.
Como una bibliotecaria, pensó.
—Su esposa seguramente está con uno de los doctores. Es probable que él
haya querido estudiar los resultados con ella. ¿Por qué no se sienta y aguarda
un poco? Estoy segura de que saldrá dentro de un minuto.
Había una fría autoridad en su voz. Seguramente procedía de su sentido de la
territorialidad, pensó Wintner. O quizá había sido bibliotecaria alguna vez, hacía
mucho tiempo. Podía presionarla, pero, ¿para qué preocuparse?
Indudablemente tenía razón. Además, hada calor, estaba cansado, y... Lo dejó
correr.
Se volvió hacia la sala de espera. No. Agitó la cabeza. No necesitaba codearse
con la serie de pobres enfermos que llenaban la habitación, no ahora. Evitó
mirarlos. Una lluvia permanente de consultas, chequeos y cosas por el estilo,
pensó. Suspiró y se encaminó hacia afuera, pasando junto a una mujer de
mejillas sonrosadas y sus dos niños con cara de mono.
Había una cervecería alemana al otro lado de la calle, apenas identificable por
un rótulo en letras góticas. Tomó asiento en la barra, en un lugar desde donde
podía observar la fachada de la clínica.
Pidió una jarra de Lowenbrau Negra y miró más allá de la cecina de buey y
huevos en salmuera hasta que la jarra estuvo vacía.
Todavía ninguna señal de Laurie.
Siguió con otra Lowenbrau y, sorprendentemente, empezó a sentir los efectos.
Entonces recordó que aún no había comido nada. Le parecía haber pasado
todo el tiempo yendo de un lado para otro, haciendo llamadas, apurando su
agenda a fin de poder recoger a Laurie antes de que la clínica cerrara...
Cuando se acercó de nuevo a la recepción, no pudo evitar el darse cuenta de
lo sucia que estaba. La pintura aparecía desconchada apenas cruzar la puerta;
el estuco empezaba a desprenderse en los bajos, formando montoncitos de
polvo finísimo que parecía producto de insectos roedores. Había un aviso de
apariencia oficial clavado a la puerta, algo acerca de la Semana Nacional del
Suicidio. No se detuvo a leerlo.
Una nueva enfermera, más joven que la anterior, alzó la vista. El apoyó sus
manos abiertas sobre el mostrador.
—¿Cómo se encuentra usted hoy? —preguntó ella.
Sus ojos le miraron aleteantes, leyendo sus rasgos mientras alcanzaba un
formulario.
—Me encuentro estupendamente —empezó él—. Se trata de mi esposa. Sé
que parece una locura, pero...
Le contó lo que había ocurrido. Cuando terminó, ella dijo:
—Iré a ver.
Observó mientras otra figura de blanco se materializaba detrás del cristal
opaco. Oyó a la primera enfermera resumiendo su historia.
Su conclusión fue:
—Pienso que tal vez debiera ver al doctor...
No pudo captar el nombre.
La otra enfermera, la cuarta que había visto, le examinó de arriba abajo.
Empezaba a sentirse como un hombre atrapado sin documentos en un campo
de nudistas.
La mujer agitó secamente su cabeza de lado a lado. Casi pudo oír un clic
mental mientras ella llegaba a una decisión.
—No, no lo creo —dijo, y luego a él—: Quizá haya venido de incógnito.
—¿Qué?
—He dicho que quizá ella haya venido de incógnito. ¿N0 lo cree usted así?
—Es lo que yo dije —murmuró la otra enfermera—. Pruebe a ver.
—¿Incógnito? —repitió él.
Parecía como si hubiera perdido algo. Repitió la palabra mentalmente varias
veces, hasta que perdió todo su significado.
—Al menos podría usted comprobarlo —dijo la primera enfermera, regresando
a su silla, mientras la enfermera mayor desaparecía tras la partición.
Sintió deseos de echarse a reír. Abrió impotente las manos, volviéndose para
compartir la broma con cualquiera que hubiera estado escuchando.
Pero nadie prestaba la menor atención. Realmente, pensó, quizá hubiera
debido esperar allí desde el principio. Después de todo, quizá no se había dado
cuenta de su salida. ¿Quién sabe?
Meneando la cabeza, regresó hacia la salida. Pasó junto a la misma mujer con
los dos niños. ¿Qué clase de lugar era aquél? Aquellos chicos no parecían
necesitar cuidado alguno. Sus mejillas estaban llenas de color. ¿Qué demonios
estaban haciendo en aquel lugar?
Ella no le aguardaba junto al coche.
El cielo estaba oscureciéndose rápidamente. La calle adoptó una hosca y
vagamente amenazadora apariencia a medida que las sombras se alargaban
sobre el opaco y liso borde de la acera bajo la inquietante asimetría de la
arquitectura. Viejas comisas, remates y canalones se proyectaban como
dientes rotos cerca de los paneles de cristal, convirtiendo a los edificios en algo
extraño, inestable, a punto de desmoronarse; cada paso que daba parecía
amenazar con derrumbarlo todo a su alrededor.
Se detuvo junto a la cervecería alemana, intentando recomponer su actitud. Se
sentía como alguien esperando un tren, uno del que no sabía siquiera si iba a
parar en su estación.
Vio solamente a algunos peatones dispersos por la calle. Incluso el tráfico
había disminuido hasta hacerse casi invisible. Pero era consciente de una
pared de sonido casi física, procedente de otra parte de la ciudad. Se volvió
hacia el ventanal del restaurante y entró. Los rostros agrupados en la barra
eran viejos. Todos ellos. Podía tratarse de una ilusión provocada por el espejo
sin limpiar, pero no lo creía así.
Un rostro en particular le resultaba extrañamente familiar.
De pronto estuvo seguro. Sí, había visto a aquel hombre en la sala de espera,
sentado calmadamente con los demás, leyendo una revista o... No, estaba
mirando al suelo... Wintner recordó. La gente en la sala. Todos mirando al
suelo. Esperando.
Sólo que no era exactamente el mismo hombre. Wintner parecía recordarlo
más joven, más saludable.
Captó su propio reflejo en el sucio espejo y contuvo la respiración. Se sintió
sorprendentemente aliviado.
Su propio rostro, al menos, era aproximadamente tal como lo recordaba.
Mientras cruzaba la calle hacia la clínica comprobó las tiendas de ambos lados.
Todas eran destartaladas, ruinosas. La mayoría de ellas estaban ya cerradas
para la noche. De todos modos, ninguna pertenecía al tipo de las que Laurie
acostumbraba a entrar.
Creyó ver una silueta deslizándose fuera de su ángulo de visión. Fue el único
movimiento en toda la acera. No pudo dilucidar de qué se trataba. Quizá fuese
uno de los propietarios de las tiendas cerrando su negocio y marchándose a
casa, pero por un segundo casi reconoció el modo de andar.
El tirador de la puerta casi se le quedó entre las manos.
Una pareja de viejos se cruzó con él camino de la salida, oliendo a lilas y a
aldehido fórmico. Pudo ver a dos nuevas enfermeras, ambas más jóvenes que
las otras con las que había hablado. Cuando se acercó al mostrador dejaron de
hablar. Casi pudo oír lo que estaban diciendo.
—¿Tiene usted concertada alguna cita? —dijo la primera, mirando preocupada
al reloj que zumbaba con fuerza en la blanca pared—. Me temo que la mayor
parte de los doctores ya se han ido.
—Escuche —dijo él, y le contó la historia. Se lo contó todo. Luego dijo—:
Deseo hablar con alguien responsable. Luego deseo que esa persona, o usted,
o quien sea, compruebe las salas de consulta, las oficinas, los laboratorios, los
lavabos, todo, por el amor de Dios. Quiero saber si mi esposa se encuentra aún
en el edificio, y quiero saberlo ahora.
—Un momento, señor.
Los dedos de Wintner tabalearon en el estéril mostrador.
Mientras aguardaba allí, una puerta que daba a una oficina interior se abrió de
golpe y salió la mujer con los dos niños. Una enfermera mantuvo la puerta
abierta para ellos. Lo necesitaban. La mujer avanzaba tan lentamente que
parecía a las puertas de la muerte; los niños estaban pálidos como fantasmas.
Saludó automáticamente con la cabeza cuando pasaron. La vieja mujer alzó
sus cansados ojos, observó su rostro y murmuró algo ininteligible.
—Por aquí, por favor.
Al principio no se dio cuenta de que la enfermera le hablaba a él. Luego vio que
la puerta blanca seguía abierta como un ala protectora. Para él.
—La ha encontrado —dijo él, sintiendo que sus músculos se relajaban.
La enfermera carraspeó, pero no dijo nada.
La siguió. El pasillo era tan inmaculado como su almidonado uniforme. Podía
oír el roce entre sí de sus medias blancas mientras le guiaba hasta una
habitación al final del corredor.
—El doctor de guardia le ayudará —dijo ella.
—Espere un mo...
La puerta se cerró tras él.
La oficina estaba confortablemente decorada, con cuero y madera oscura.
Había otra puerta en el otro lado. Probó un sillón demasiado mullido, pero de
nuevo se levantó para pasear arriba y abajo sobre la moqueta. Había libros por
todas partes, y sepultados entre ellos variados artefactos que parecían los
despojos disecados de pequeños animales de especies desconocidas.
Se dirigió al escritorio.
Un fajo de notas asomando por el borde de un pisapapeles. Un bloc de notas
escrito con una caligrafía indescifrable. Tras el escritorio, enmarcados, un
surtido de certificados de fundaciones de todo el país, incluida una de la Clínica
Menninger de Topeka.
Así que se trataba de eso. Un médico de la cabeza... Uno de esos doctores
hurgacerebros...
¿Es eso lo que creen que necesito?
Dio un paso atrás. Su hombro tocó una de las estanterías. Se volvió.
Una hilera de frascos de cristal sellados con resina, cada uno más grande que
el anterior. Contenían extracciones embalsamadas de algunos organismos
extrañamente familiares, en diversos estadios de crecimiento, flotando. Sus
ojos siguieron la secuencia. Cerca del final, los frascos se convertían en
botellas, luego en bocales.
¿Qué era lo que habían hecho con ella?
Sonó un golpe ahogado en la pared del fondo, detrás de la puerta del otro lado.
Sin pensarlo, sus dedos se cerraron en tomo a uno de los frascos de
especímenes.
La puerta chasqueó y empezó a abrirse con un leve chirrido.
Su cuerpo se sobresaltó mientras sus pies se movían hacia atrás con excesiva
rapidez. Buscó a tientas la puerta que conducía al vestíbulo, encontró la
manija, salió tambaleándose.
Hubo un movimiento tras él, pero no miró hacia atrás. Oyó las suelas de crepé
de los zapatos de las enfermeras chimando al cruzar el suelo de la recepción.
Oyó sus nerviosas, experimentadas, demasiado jóvenes voces, vio
confusamente sus manos que intentaban sujetarle mientras pasaba corriendo
junto a ellas. Vio el vinilo curvando las portadas de las viejas revistas, captó el
flotante aroma de muerte conservada en el aire. Olió los productos químicos
sobre su piel, sintió el contacto de la fría y pegajosa puerta, y el repentino azote
del aire nocturno en su pecho. Notó el sabor de la oscuridad y el coágulo de
miedo en su garganta.
Mientras corría, algunas voces intentaron abrirse camino dentro de él.
Las enfermeras. ¿Qué era lo que decían cuando él había entrado? Sonaba
como..., como...
Vivimos de la muerte, creía haber oído.
Y el vendedor de periódicos. ¿No había estado gritando algo más el ciego?
Ninguno de los muertos ha sido identificado, pensó que había dicho.
Y la mujer vieja. ¿Qué intentó decirle?
Nosotros somos los muertos, había dicho. Nosotros somos los muertos.
Cambió su carrera a un paso rápido. Casi podía ver al viejo que antes había
divisado en la acera, arrastrando los pies, alejándose de la clínica. Un hombre
que antes había sido —no hacía demasiado tiempo, quizá en absoluto
demasiado tiempo— mucho más joven de lo que ahora era.
Se descubrió a sí mismo en el cruce, cerca de la floristería. Estaba oscura,
vacía excepto por el aroma dulzón de las coronas y los ramos de flores que
aguardaban en las sombras.
Se estremeció y cruzó la calle rápidamente, mecánicamente, in- tentando llegar
hasta su coche.
Pasó ante la cervecería alemana.
Había rostros en el interior. Estaban agrupados en tomo a la barra de madera
oscura. Todos eran viejos, ahora más allá de toda credibilidad, mortalmente
enfermos, mirando al espejo, aguardando. Le recordaron los rostros que había
visto antes.
Entonces vio a la muchacha de la floristería.
Entró.
Ella permanecía allí de pie. Su voz era casi alegre mientras se movía entre
ellos, haciendo preguntas, dando consejos, arreglando las cosas. Por primera
vez notó que a ella le faltaba un brazo, y su rosado muñón, redondeado y liso,
surgía bajo la abertura de su traje de verano.
¿Cuánto tiempo llevaba así?, se preguntó. ¿O las cosas funcionaban de otro
modo también para ella? Alocadamente, pensó: ¿Acaso nació incluso con
menos?
Se quedó allí de pie, temblando, observando su animada figura, y el jarrón de
marchitas flores en el extremo de la oscura y pulida barra. Al cabo de un
minuto, ella se dio cuenta de que la estaban observando.
Lentamente, él tendió su mano hacia ella.
—Le he traído una cosa —se oyó decir a sí mismo, aún inseguro, intentando
pensar en las palabras adecuadas mientras le tendía el frasco—. Yo... pensé
que debía usted ver esto. Dios la maldiga.
Ella se volvió con un movimiento cuidadosamente estudiado, sus músculos
crispándose y relajándose, crispándose y relajándose con cada parte de su
movimiento, hasta que finalmente su mirada se detuvo en la de él.
—¿Qué? —dijo.
Hubo una pausa que pareció prolongarse eternamente. Luego, alguien lanzó
un sonido que era algo así como una risa y un estertor de muerte, y el negro
miedo le invadió.
La catacumba
Peter Shilston
Hasta la fecha, Rosemary Pardoe ha publicado dos excelentes libritos de
cuentos dedicados a M. R. James, conteniendo artículos relativos a la obra del
famoso escritor inglés junto con relatos originales escritos al estilo de este
maestro de las historias de fantasmas. Peter Shilston ha visto dos de sus
narraciones incluidas en ellos, así como algunas otras en distintas
publicaciones especializadas. Aunque la reimpresión aquí de La catacumba
puede que sea su primera aparición como profesional en el campo de los
relatos de ficción, Shilston lleva publicados más de setenta artículos sobre el
tema de la gimnasia femenina, en cuyo deporte trabaja como entrenador y
como corresponsal para diversas revistas británicas y norteamericanas.
Nacido en 1946, Shilston, que vive en Stoke-on-Trent, se graduó en historia en
Cambridge y se gana la vida como profesor de historia. Empezó a interesarse
por lo fantástico a la edad de once años, cuando comenzó a leer a J. R. R.
Tolkien, seguido por M. R. James y Jorge Luis Borges. «La catacumba —
explica Shilston— está basada en realidad en una visita que efectué a Sicilia
hace dos años. La ciudad y la catedral representan Cefalú (el emplazamiento,
casualmente, de la famosa «abadía» de Aleister Crowley); la propia catacumba
es el cementerio capuchino de Palermo». De todos modos, creo que yo no
debería consultar mis guías de viaje en busca de esa catedral.
Estoy relatando esta historia tal como me fue contada. Imaginen si pueden un
autocar efectuando la visita de la isla de Sicilia a mediados de agosto,
transportando un par de docenas de turistas ingleses de vacaciones, ansiosos
de inspeccionar los lugares habituales de interés... Palermo en dos días,
Agrigento en otros dos, Siracusa mereciendo sólo uno, un viaje en telesilla
hasta la cima del Etna, y luego de vuelta a casa. El tipo de gente que uno
encuentra en tales viajes es invariablemente el mismo: cierto número de
maestros de escuela, serias parejas de jubilados, padres que han traído
equivocadamente a sus hijos y están empezando a preguntarse por qué no se
han ahorrado problemas yendo simplemente a la playa, y un puñado de
personas solas sin ningún lazo aparente. Además, su comportamiento es
siempre el mismo: algunos pasan todo el tiempo gruñendo sobre la calidad de
los hoteles y la comida, los jóvenes se preguntan por qué no hay chicas
jóvenes y atractivas disponibles en el viaje, los niños se aburren, y los maestros
de escuela cargan por todos lados con sus mapas y sus guías y toman muchas
fotos. Otros no parecen mostrar el menor interés por los lugares históricos y
pasan todo su tiempo sentados en el café más próximo o comprando los
recuerdos más horribles y variados.
Ese autocar en particular era uno de los típicos, creo. Entre sus miembros
había un tal señor Pearsall, un tranquilo y solitario hombre de mediana edad de
apariencia vagamente erudita. Había gozado del viaje turístico y se había
mostrado convenientemente impresionado por los templos griegos de
Agrigento y los mosaicos de la gran catedral de Monreale, pero no había
conseguido hacer amistad con ninguno de los demás pasajeros, y como las
vacaciones estaban a un par de días de su término empezaba a considerar el
regreso a casa. En consecuencia, se mostró ligeramente irritado cuando la
vieja señora Tavistock, en la parte de atrás del autocar, empezó a quejarse de
dolores en el estómago. No había dejado de quejarse en todo el viaje, pero
ahora parecía realmente enferma, lo que dio como resultado que Giuliano, el
guía, pidiera al conductor que se detuviera en el primer pueblo a fin de buscar
un doctor.
El primer pueblo resultó ser un conjunto de casas que ni siquiera estaba
señalizado en los mapas, apiñadas debajo de un enorme farallón, sin ningún
rasgo característico que permitiera distinguirlo de cualquiera de los otros
cincuenta pequeños pueblos por los que habían cruzado a lo largo de su
camino. Allí Giuliano fue en busca de un médico, dejando a sus turistas medio
adormilados, leyendo ociosamente sus libros o charlando de cosas inconcretas.
Era la media tarde, y el sol caía con fuerza. Todos los sicilianos sensatos
estaban dentro de sus casas durmiendo la siesta. Todos los postigos de las
ventanas estaban cerrados, y no se veía ni un alma en la calle.
Al cabo de un rato regresó Giuliano, lamentando informarles que iban a tener
que esperar al menos una hora antes de que la señora Tavistock pudiera
recibir atención y ellos pudieran continuar. Mientras tanto, podían salir y estirar
las piernas, aunque era difícil que hallaran algo abierto. El autocar haría sonar
el claxon para llamarles de vuelta cuando llegara el momento. En este punto se
enzarzó en una animada conversación en italiano con Umberto, el conductor,
que hizo varios gestos enfáticos, resultado de los cuales fue una información
no demasiado alentadora. La gente del lugar, dijo Giuliano, no era muy sociable
precisamente, de modo que los turistas no iban a encontrar muchas facilidades.
Los autocares normalmente no se paraban nunca allí, y no tenía el menor
objeto visitar el pueblo; realmente, no tema nada que ofrecer. Expresó de
nuevo su consternación y habló unas cuantas palabras más con Umberto. El
conocimiento del italiano del señor Pearsall no era demasiado grande, pero
creyó captar que «no es probable que surjan complicaciones si van todos
juntos».
Sin embargo, el señor Pearsall no tenía la menor intención de permanecer con
los demás mientras se quedaban parados sin saber qué hacer. Había
vislumbrado una iglesia en la parte de debajo de una calle lateral cuando
penetraban en el pueblo, le pareció antigua y sorprendentemente grande para
un lugar tan insignificante, y pensó que quizá valdría la pena efectuar una visita
de exploración. Las «complicaciones» que Giuliano había mencionado
(suponiendo que lo hubiera comprendido bien) podían interpretarse como
ladrones. Les había advertido que tuvieran cuidado con los tirones de bolsos en
las grandes ciudades, pero era muy poco probable que bandas de asaltantes
se molestaran en patrullar un pueblo donde los turistas no se paraban nunca.
Las calles aparecían absolutamente desiertas. Además, el señor Pearsall aún
estaba en buena forma, e imaginaba que podía defender sus pertenencias
contra cualquier tipo de ratero; o, en el peor de los casos, echar a correr lo
suficientemente rápido como para librarse de él. Así pues, agarrando su
cámara, comunicó su pretendido destino a otro pasajero (que no demostró ni la
más pequeña inclinación a acompañarle) y partió decidido.
Las calles laterales del pueblo eran muy estrechas y ascendían en pronunciada
pendiente la colina hacia el imponente farallón que lo dominaba desde arriba.
Algunas de ellas tenían gradas. El señor Pearsall se preguntó si no sería
claustrofóbico vivir bajo aquella gran sombra negra, y también especuló acerca
de si el pueblo no habría sufrido nunca daños por la caída de rocas. Tras un
par de vueltas por calles sin salida, desembocó en una pequeña placita
pavimentada con guijarros, y tan desprovista de gente como el resto del
pueblo, que daba paso a la iglesia. Una mirada al sol le indicó que estaba
acercándose a ella por su lado oeste: la esquina meridional casi tocaba la base
del farallón. Debido a que tenía exactamente el mismo color y textura que
aquella imponente masa, la iglesia daba la inquietante impresión de haber sido
tallada, por la mano de un gigante, de un solo bloque de la enorme roca.
Su primera sensación, nos dijo el señor Pearsall, fue de gran vejez y ruina
general. La iglesia parecía mucho más vieja que los templos dóricos de
Agrigento que habían admirado aquella misma semana, aunque su intelecto le
decía que aquél no podía ser el caso. Supuso que debía tratarse de un edificio
normando, aunque posiblemente erigido sobre unos cimientos aún más viejos:
árabes o incluso romanos. El estilo era sin embargo lo suficientemente típico,
aunque más bien fuera de proporciones. Dos achaparradas y pesadas torres,
con muy pocas ventanas (y además muy pequeñas), flanqueaban un pórtico de
tres amplios arcos puntiagudos. La escasa decoración que pudo existir en
algún momento allí, apenas era ahora discernible. Parecía como si en su época
hubiese habido frescos en el interior del pórtico, pero ahora el enlucido estaba
terriblemente cuarteado, y en algunos lugares había caído por completo. Sólo
unas pocas e imprecisas siluetas de figuras humanas —presumiblemente
santos— podían descubrirse aún. Había una gran puerta de madera,
deteriorada y carcomida, con paneles tallados en lo que en su tiempo habían
sido recargados esquemas abstractos. Influencia morisca, se dijo a sí mismo el
señor Pearsall, y empujó la puerta. Estaba cerrada.
Aquello era predecible bajo cualquier circunstancia, pero aun así irritante. El
señor Pearsall retrocedió hasta la plaza para tomar una foto, y luego miró su
reloj. Apenas habían pasado quince minutos desde que abandonara el autocar
y aún quedaba mucho tiempo que matar. El día era más caluroso que nunca, y
si había algunas tiendas en aquella plaza olvidada de Dios, todas estaban
resueltamente cerradas. Decidió dar la vuelta a la iglesia, a falta de otra cosa
que hacer. Además, durante parte del recorrido estaría en la sombra, donde
haría más fresco. Sin gran entusiasmo, inició el camino. Era un hombre de
temperamento tranquilo, pero si había algo que le irritaba era encontrarse de
pronto sin nada que hacer cuando había confiado en estar ocupado.
A lo largo del lado sur, las cerradas casas estaban situadas tan cerca de la
iglesia que la calle más bien parecía un túnel. No había avanzado gran cosa
cuando observó una pequeña puerta lateral. No debe sorprendemos que
intentara abrirla. Para su gran alegría, descubrió que no estaba cerrada con
llave. Sorprendido ante su buena suerte, y felicitándose por su persistencia,
penetró en el interior.
Al principio no vio nada, tan oscuro estaba después del fuerte resplandor del
sol de la tarde allá afuera. Muy pronto, los ojos del señor Pearsall se
acostumbraron a la penumbra y fue capaz de mirar a su alrededor.
Inmediatamente supo que su paseo había sido provechoso. Con su metódica
costumbre, empezó a clasificar cuanto podía ver. Una larga y alta nave, con
pequeñas naves laterales a ambos lados. Claramente, otra iglesia normanda,
con los puntiagudos arcos aprendidos de los árabes. Pero, a diferencia de
algunas de las otras que había visto en sus visitas, aquella no había sido
reformada durante el período barroco. No se veía ninguna pilastra corintia. Los
capiteles de las columnas parecían una masa de grotesca talla, aunque
estaban tan sucios de un espeso tizne que no podían distinguirse claramente.
Por supuesto, todo el interior estaba muy sucio; los bancos llenos de polvo y
las velas tan descoloridas que parecía como si no hubieran sido encendidas en
años. Sin lugar a dudas, no esperaban visitantes, puesto que no había guía
alguno para la visita ni postales visibles por ningún lado.
Entonces el señor Pearsall vio los mosaicos. Había sido iniciado ya en las
maravillas que los normandos habían legado a Sicilia al respecto, con muestras
tan asombrosas como las de la catedral de Monreale y la Capilla Palatina en
Palermo, pero, pese a ello, los ejemplos de aquel arte desplegados en aquel
lugar apartado le hicieron perder el aliento. Allí, algún anónimo artesano del
siglo XII había tomado el estilo bizantino y lo había interpretado con un vigor y
un álito propios. Una verdadera biblia popular de sorprendente fuerza cubría las
paredes. El señor Pearsall olvidó por completo el paso del tiempo mientras
seguía aquellos tesoros. Allí estaba la creación del mundo en una secuencia de
siete cuadros, y allí estaban Adán y Eva tentados por la serpiente y expulsados
del Paraíso. Seguían más escenas: Caín asesinando a Abel, la construcción
del Arca, la embriaguez de Noé, la Torre de Babel, Abraham y la destrucción
de las Ciudades de la Llanura, el sacrificio de Isaac; y así muchas más, cada
una más sorprendente que la anterior.
Resultaba extraño, pensó el señor Pearsall mientras avanzaba de escena en
escena lleno de maravilla y admiración, que los habitantes de aquel pueblo
desanimaran a los turistas. Allí tenían algunos de los mosaicos más excelentes
de la isla, si no de toda Italia, y sin embargo dejaban que fueran deteriorándose
lejos de la vista, en una sucia iglesia cerrada. Solamente con un poco de
iniciativa y energía por parte de las autoridades del pueblo, era seguro que los
visitantes acudirían en tromba para ver tales maravillas. ¿Qué tenían en contra
de los turistas? Seguro que en el lugar había suficientes propietarios de cafés
en perspectiva y vendedores de recuerdos como para insistir en que se hiciera
algo. ¿Por qué la iglesia no se mencionaba en ninguna de las guías turísticas
que tan asiduamente había leído antes de iniciar el viaje? Tales eran los
pensamientos que cruzaron la mente del señor Pearsall, pero al cabo de un
rato empezó a sufrir otras dudas.
Se le hizo evidente que, aunque el artista poseía un gran vigor natural, era la
plasmación del mal lo que más atraía lo mejor de su arte. La serpiente en el
Jardín del Edén, por ejemplo, poseía un rostro humano que exhibía una
siniestra y seductora mirada de soslayo. En la historia de Caín y Abel, no había
la menor duda de que era Caín quien representaba al héroe: Abel, mientras
yacía impotente en el suelo, era un simple y desventurado bobalicón, mientras
que su asesino, de pie sobre él con una espada alzada para hendirle el cráneo,
estaba lleno de potencia salvaje. En Babel, los soldados del rey Nimrod
parecían meros autómatas sin voluntad. Por su parte, el cuadro de Saúl y la
bruja de Endor estaba situado en el extremo más oscuro de la iglesia, quizá
deliberadamente, cubierto de telarañas. Tras examinarlo de cerca, el señor
Pearsall casi se alegró de ello, porque dentro de la cueva de la bruja había
algunas desagradables formas no humanas que quizá hubiera sido mejor no
exponerlas a la vista.
«Quizás el artista era un maniqueo —se dijo el señor Pearsall—, un cátaro o un
albigense. (¿O son todos lo mismo? ¿He tomado bien las fechas?), más
convencido de la existencia del mal que de la del bien. Quizá sus mosaicos
fueron condenados por heréticos. Pero, en ese caso, ¿por qué no fueron
destruidos, en vez de mantener cerrada la iglesia? Me pregunto qué habrá
hecho con el Nuevo Testamento...»
Aquellos mosaicos aún le resultaron más turbadores. El señor Pearsall no pudo
descubrir una Anunciación, ni siquiera una Natividad, pero había una
horriblemente realista Matanza de los Inocentes, en la cual se representaba un
amplio número de ingeniosos y repugnantes medios para asesinar niños,
mientras el rey Heredes permanecía sentado en su trono, contemplando la
carnicería y riendo. El retrato de Judas recibiendo sus treinta monedas de plata
por parte de Caifas hubiera sido considerado una obra maestra de todos los
tiempos, de no haber sido tan absolutamente desagradable. Y así seguía... a
través de varios detestables retratos de gente poseída por los demonios, a
través de las historias de Simón Mago y Ananías, los cuales eran de nuevo la
más viva caracterización de sus respectivas escenas, hasta el aterrador cuadro
de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
En ese momento, el señor Pearsall no sólo estaba claramente trastornado por
los mosaicos, sino que empezaba a sentirse francamente mal. Al principio la
iglesia estaba en completo silencio, pero ahora parecía llena de pequeños
ruidos incapaces de localizar. Sus pasos resonaban una y otra vez en un largo
decrescendo, pero parecía como si les respondiesen extraños roces y crujidos.
Sin duda eran los sonidos normales de la vida roedora, o de una madera
envejecida al inicio de su penosa muerte, pero cuando, como el señor Pearsall,
uno se encuentra solo en una antigua iglesia en medio de un pueblo extraño,
donde ni siquiera un solo habitante ha mostrado aún su rostro y donde además
uno está rodeado por las más inquietantes ilustraciones del mal bíblico, tales
explicaciones racionales pierden inevitablemente fuerza. Una o dos veces
contuvo el aliento y permaneció completamente inmóvil para ver si los ruidos
continuaban. No sólo por eso, sino que además tema la creciente sensación de
que estaba siendo observado. Probablemente sólo eran los rostros de los
mosaicos los que le provocaban aquello, pero en más de una ocasión pensó
que había visto un movimiento exactamente en su ángulo de visión. Alarmado,
dio media vuelta sólo para descubrir que no había nada.
Finalmente llegó ante una Virgen María que no sólo estaba desprovista de la
habitual serenidad, sino que además poseía la voluptuosidad de un vampiro.
Tan sorprendente era su expresión, que por un momento pensó que debía
tratarse de una representación de la Prostituta Escarlata de Babilonia, pero no,
tenía la postura y las ropas habituales de la Virgen. Además, en sus brazos
estaba el niño Jesús, un horrible pequeño con una untuosa y mojigata sonrisa
que hizo pensar al señor Pearsall en el saciado apetito hacia algo perverso. Se
estremeció y sintió una sensación de tan agudo desagrado que por un
momento olvidó completamente los ruidos.
Durante todo aquel tiempo había evitado mirar hacia el lado este, procurando
reservar para el final la visión de lo que siempre era la gloria de las iglesias
sicilianas: la gran figura de Cristo en el ábside encima del altar. Incapaz de
contenerse por más tiempo, volvió su mirada en aquella dirección.
Por supuesto, era una obra maestra, pese a la suciedad y a las telarañas que
lo envolvían. Como es costumbre, la imagen representaba la cabeza y los
hombros de Cristo, vestido de rojo y azul, el brazo derecho levantado para dar
la bendición, el izquierdo sosteniendo un libro abierto escrito en griego. El
tratamiento dado por el desconocido artista era maravilloso, pero la expresión
en el rostro de Cristo únicamente podía calificarse de horrible: una maligna
sonrisa de desprecio, la mirada muy penetrante. El señor Pearsall no sabía
griego, pero sospechó que las palabras escritas en la página abierta del libro
no eran ningún texto normal de las escrituras. Y la mano derecha... ¿Era el
gesto habitual de bendición? ¿O el primero y último dedos estaban erguidos
con... el conocido gesto de los cuernos del diablo?
«Ésta es una iglesia blasfema —se dijo el señor Pearsall a sí mismo—. Los
mosaicos pueden ser excelentes, pero también son terribles. Algún obispo,
quizá incluso el Papa, los condenó e hizo que la iglesia fuera cerrada. Ni
siquiera la gente del pueblo querrá hablar de ellos porque sigue siendo gente
muy religiosa, ni dejará que los turistas entren en ella. En realidad, esos
cuadros son capaces de provocar pesadillas a cualquiera. Bien, me alegro de
haberlos visto, pero éste no es un lugar agradable para visitar solo.»
Miró a su reloj, y casi se sintió aliviado al descubrir que su hora había
prácticamente expirado. Eso le dio una excusa para marcharse sin explorar el
resto de la iglesia. Con paso rápido, que cualquier observador imparcial hubiera
dicho que estaba peligrosamente cerca de una carrera motivada por el pánico,
volvió a la puerta del lado sur por donde había entrado.
Estaba cerrada.
Durante un rato, el señor Pearsall luchó con la puerta de forma más bien fútil,
sacudiéndola, girando a un lado y a otro la manija metálica, intentando
averiguar si se había quedado trabada con algo, pero enteramente incapaz de
conseguir algún resultado. Golpeó la puerta con la palma de las manos y le dio
patadas, con lo que un gran estruendo resonó formando múltiples ecos por
toda la iglesia, parecidos a una salva de cañonazos, y hasta el día de hoy jura
que desde algún lugar le llegó como respuesta una especie de siniestra risita.
Con un considerable esfuerzo, logró tranquilizarse.
«Eso es estúpido —se dijo a sí mismo—. Probablemente se trata de algún
vigilante que olvidó cerrar la iglesia antes de la siesta, y sólo se dio cuenta de
su error cuando despertó. Debe de ser un hombre muy estúpido o descuidado,
de lo contrario hubiese mirado para comprobar si había alguien dentro.»
De todos modos, no deseaba volver a golpear de nuevo la puerta y obtener
aquel horrible eco, así que decidió buscar otra puerta que pudiera estar abierta.
La lógica le sugería que debía haber una en el lado norte, quizá abriéndose a
un claustro o algo parecido. Cruzó la nave con una cierta ansiedad nerviosa (y
evitando cuidadosamente mirar la blasfema figura del Cristo, aunque podía
sentir la cruel mirada clavada en él con una fuerza casi tangible) y fue en su
busca.
Por supuesto, existía una puerta en el ángulo de la nave lateral norte, y no
estaba cerrada, aunque daba la sensación de que hacía mucho tiempo que no
había sido abierta. Necesitó desarrollar una gran fuerza para hacerla girar.
Chirrió horriblemente mientras se abría hacia dentro, dejando escapar una
lluvia de polvo, y un peculiar olor a moho se expandió por el aire. El señor
Pearsall se encontró ante un tramo de gastados peldaños de piedra que
descendían hacia la oscuridad.
Aquello no parecía en absoluto una salida. De hecho, el olor sugería que la
cámara inferior, fuera lo que fuese, estaba completamente aislada del aire
exterior, y así había estado durante mucho tiempo. Era un camino nada
prometedor para alguien que deseaba abandonar el edificio, e incluso hoy el
señor Pearsall no ha sido nunca capaz de proporcionar una explicación
satisfactoria del porqué decidió descender aquellos peldaños. Ya era tarde, y
después del turbador efecto de los mosaicos, la mayor parte de su celo
explorador se había evaporado. Sin embargo, no conseguía resistir la atracción
de aquel umbral. Más tarde se preguntó si realmente había poseído un
completo control de sus movimientos. Todo aquel lugar tenía un aire
claramente siniestro; pese a todo, empujó la puerta hasta abrirla por completo y
dio sus primeros pasos tentativos hacia la descendente oscuridad.
La escalera era larga y curiosamente húmeda pese a la sequedad del clima.
Muy pronto, todo rastro de luz procedente del cuerpo principal de la iglesia (que
le había parecido tan tenebrosa cuando entró) desapareció, viéndose obligado
a sacar el encendedor de su bolsillo y avanzar a la luz de la oscilante llama.
Giró un recodo bajo un amenazante arco de piedra sin desbastar, descendió
una rampa, y se quedó con la boca abierta ante la visión.
Era una catacumba. Un largo corredor se abría ante él, con pasadizos laterales
a ambos lados. Quizá cubría toda el área bajo la nave. Y estaba habitada. Una
larga hilera doble de formas humanas se alineaba en cada pasadizo. Todas las
clases y edades tenían sus representantes allí: hombres, mujeres y niños,
monjes y guerreros, eruditos y damas encopetadas. Todos vestidos con ropas
que en su tiempo debieron de ser las mejores; pieles, sedas y trajes
recamados, ahora lamentablemente rotos y deteriorados, pero conservando
aún un destello de su pasada gloria. Y todos tenían rostro, puesto que
evidentemente se había gastado mucho ingenio para conservar los cuerpos,
aunque con distintos grados de éxito. Había una muchachita cuyas ropas
parecían tener al menos doscientos años de antigüedad, pero que por su piel y
su pelo cualquiera hubiera dicho que estaba dormida. Sin embargo, más allá,
un hombre con ropas de clérigo había perdido su nariz y sus mejillas, y sus
ojos se habían degradado hasta convertirse en unos glóbulos lechosos. Y algo
más apartado, un soldado con coraza de acero repujado, que quizá fuera un
mercenario del período del Renacimiento, había perdido enteramente su carne,
sonriendo impávido desde su calavera desnuda.
¡Pobre señor Pearsall! El efecto habría sido ya bastante desagradable bajo una
potente luz eléctrica y rodeado por sus compañeros de viaje, pero allí,
completamente solo, encerrado, y tras la alarma y el trastorno de aquellos
horribles mosaicos, y sólo con una tenue llama para protegerle de la oscuridad,
la impresión fue abrumadora. Jamás ha conseguido explicar por qué no dio
media vuelta y salió huyendo. Se refugia diciendo que «sintió como una
llamada» que le atraía hacia allí. Realmente es irrefutable que caminó
adentrándose en aquel pasillo, por entre aquellas espeluznantes hileras de
muertos, el horror apoderándose de él, entrando en él, pero totalmente incapaz
de retroceder.
Todos aquellos cuerpos llevaban allí mucho tiempo. El conocimiento que el
señor Pearsall tenía de la historia de la indumentaria no era muy grande, pero
estaba completamente seguro de que ninguno de aquellos deteriorados
atuendos se había colocado más allá de mediado el siglo XVIII, y sin embargo
la mayoría parecían medievales. Lo que le quedaba de su mente racional le
dijo que catacumbas similares eran algo común en todas partes, pero tal pieza
de información parecía extraordinariamente inútil. A medida que penetraba en
la catacumba, le parecía retroceder en el tiempo hasta los inicios de la Edad
Media. Muy pocos de los rostros conservaban carne ya en ellos; algunos casi
estaban desnudos, con las ropas reducidas a pobres andrajos, y otras
simplemente caídas en el suelo. Pero siguió adelante, hasta llegar al final.
Por entonces ya había perdido todo sentido de la orientación, pero sospechaba
que estaba avanzando bajo el altar, bajo el Cristo de los cuernos del diablo
bendiciendo y su malevolente mirada. Y allí estaba el centro de aquel laberinto
de muerte: un gran trono de madera dorada, en buena parte podrida, donde
había un cuerpo sentado, con las espléndidas ropas y la mitra de un obispo.
Todo esto, el señor Pearsall lo vio a distancia, pero a medida que se iba
acercando no miraba directamente a la figura. Intentó forzar la vista para mirar
solamente las zapatillas, pues estaba convencido de que perdería la razón si
miraba más arriba. Pero fue incapaz de luchar cuando una fuerza más fuerte
que su propia mente le hizo levantar gradualmente la cabeza más y más arriba:
la capa consistorial bordada en oro, las esqueléticas manos con el anillo
episcopal rodeando holgadamente el hueso de un dedo, el báculo sujeto
verticalmente en la otra mano, los huesos del rostro desnudos de toda carne,
los risueños dientes amarillos, los ojos... ¡Los ojos! ¡No habían desaparecido!
¡Seguían vivos, penetrantes, mirando fijamente! ¡Dios mío! ¡Los mismos ojos
del Cristo en el mosaico!
El encendedor cayó de la inerte mano del señor Pearsall, que se vio sumido en
la oscuridad. Era un encendedor de forma cilíndrica, y pudo oír cómo rodaba
fuera de su alcance. Por unos breves segundos tanteó inútilmente el suelo en
su busca, luego se dio cuenta de que la búsqueda era inútil. Tendría que
encontrar su camino de salida en una total oscuridad. ¿Cuan lejos estaba?
¿Cuántas vueltas había dado? Agitó sus brazos hacia delante y a ambos lados,
caminó unos pocos pasos, tocó piedra, se volvió, anduvo un poco más hasta
que encontró otro obstáculo, giró de nuevo... Fue en ese instante cuando
empezó de nuevo a oír ruidos, un roce seco, horrible, que hubiese querido
pensar que se trataba de una rata. Iba detrás de él. Avanzó más de prisa y
chocó con uno de los cuerpos. Su rostro se enterró en la podrida tela y sintió
cómo los brazos sin vida rodeaban sus hombros. Perdiendo completamente los
nervios, gritó: un sonido ahogado que se extinguió rápidamente. Corrió a la
ventura, golpeó contra otro cuerpo, volvió a correr y chocó de nuevo. Los
cadáveres se estaban derrumbando a todo su alrededor, y sin embargo aún se
oía un roce como si se arrastraran y un seco y sepulcral crujido detrás de él,
también moviéndose. No rápidamente, pero pronto le alcanzaría si no
conseguía hallar las escaleras. Cayó, se cortó en las manos y gritó de nuevo,
pero no de dolor. Perdió la cuenta de cuántas veces tropezó con obstáculos,
hasta que, lleno de arañazos y sangrante, no pudo ir más allá y se cubrió las
espaldas apoyándolas contra el muro de piedra. El sonido susurrante estaba
muy cerca ahora. Luz. ¡Necesitaba luz! Había perdido su encendedor y no
tenía cerillas. Frenéticamente, sus manos rebuscaron en sus bolsillos
esperando un milagro. ¡Por supuesto! ¡Los cubos de flash para su cámara! Con
dedos temblorosos, extrajo uno y tanteó durante lo que le pareció una
eternidad hasta conseguir encajarlo en su lugar. Pulsó el disparador y nada.
¡Un fracaso! Le dio un cuarto de vuelta y probó otra vez. Nada tampoco. El
sonido susurrante estaba ahora tan sólo a unos pocos centímetros. ¡Piensa
hombre, piensa! ¡Claro! Había olvidado correr la película, así que el flash no
podía funcionar. Haz pasar la película a inténtalo de nuevo... justo a tiempo...
En el cegador instante pudo verle a no más de un metro de su rostro: las ropas
doradas, la mitra, el cráneo, y los ojos, los terribles ojos...
Debió de perder el conocimiento. Cuando despertó, estaba rodeado por la
brillante luz del día, tendido en el asiento trasero del autocar, y Giuliano se
inclinaba sobre él. El otro turista le había dicho dónde se había dirigido el señor
Pearsall, y cuando vieron que no regresaba a tiempo, Giuliano y Umberto se
habían dirigido a la iglesia en su busca. Al entrar por la puerta sur (negaron
categóricamente que estuviese cerrada) oyeron sus gritos desde la cripta y
vieron el flash. Lo encontraron sin dificultad: estaba a pocos metros de las
escaleras.
Giuliano se sentía más aliviado que irritado, pero reprendió al señor Pearsall
por desordenar los cuerpos de la catacumba. Chocar contra ellos en la
oscuridad podía considerarse una falta de cuidado y poco respeto, pero
arrastrar deliberadamente un cuerpo desde su lugar de reposo... y además el
cuerpo de un obispo...
El señor Pearsall no tuvo fuerzas para discutir.
EL HOMBRE NEGRO CON UN CUERNO
T. E. D. Klein
El nombre de T. E. D. Klein ha aparecido recientemente en algunas
importantes antologías dedicadas a relatos de horror, aunque estas apariciones
han sido escasas. Sin embargo, esa escasez no es reflejo de la mayor o menor
calidad de sus escritos: lo que ocurre es que Klein es un autor que prefiere
trabajar en el campo de la novela y la novela corta, creando meticulosamente
sus historias al ritmo de aproximadamente una al año o así. El año 1980 vio
precisamente un aumento en su producción, con la aparición de este relato y
de la novela corta Children of the Kingdom (Hijos del reino) en la antología de
Kirby McCauley Dark Forces (Fuerzas oscuras).
Klein es natural de Nueva York, donde nació en 1947, y ahora vive en
Manhattan. Anteriormente enseñó en una escuela superior de Maine, trabajó
en el departamento de guiones de la Paramount Pictures, y es el director de la
nueva revista Twilight Zone. Además de sus relatos de ficción, Klein ha escrito
artículos para el New York Times, así como las notas introductorias de la
antología de horror de Kirby McCauley Beyond Midnight (Más allá de la
medianoche). Es licenciado por las universidades de Brown y Columbio, y fue
durante los cuatro años que vivió en Providence, mientras asistía a aquella
universidad, que Klein empezó a interesarse por los escritos de H. P. Lovecraft.
Del mismo modo que M. R. James influyó a escritores de lo sobrenatural en
Gran Bretaña, Lovecraft inspiró a sucesivas generaciones de escritores para
continuar sus Mitos de Cthulhu. Por lo general, tales continuaciones son
horribles más allá de lo imaginable. El hombre negro con un cuerno ofrece la
prueba de que tal afirmación no necesita ser una regla, al mismo tiempo que es
una amarga glosa a la obsesiva adoración de los seguidores del héroe muerto.
El negro (palabras oscurecidas por el matasellos) era
fascinante... Tenía que haberle tomado una instantánea.
H.P.LOVECRAFT
(postal a E. Hoffmann Price, 23/7/1934)
Hay algo inherentemente reconfortante en la primera persona del pretérito
indefinido. Conjura visiones de un narrador ante su escritorio dando
contemplativamente chupadas a una pipa en la seguridad de su estudio,
perdido en tranquila reminiscencia, templado pero esencialmente incólume por
cualquier experiencia que esté relatando en ese momento. Es un pretérito que
dice: «Estoy aquí para contaros la historia. La viví personalmente».
La descripción, en mi propio caso, es perfectamente exacta... por cuanto puedo
decir. Verdaderamente estoy sentado en una especie de estudio: en realidad
un pequeño cuarto de trabajo, pero con una estantería llena de libros ocupando
uno de sus lados, debajo de un paisaje de Manhattan pintado hace varios años,
por mi hermana, de memoria. Mi escritorio es una mesa de bridge plegable que
en su tiempo le perteneció a ella. Delante de mí, la máquina de escribir
eléctrica, precariamente apoyada, zumba suavemente. Y a mis espaldas,
desde la ventana, llega el susurro familiar del viejo acondicionador de aire
librando su solitaria batalla contra la cálida noche. Más allá, en la oscuridad del
exterior, los pequeños ruidos nocturnos son sin lugar a dudas tranquilizadores:
el viento en las palmeras, el monótono canto de los grillos, el ahogado parloteo
de la televisión de un vecino, un coche ocasional dirigiéndose hacia la
carretera, cambiando de marcha mientras acelera pasada la casa...
La casa, en realidad, puede describirse con unas pocas palabras: es un
bungalow de estuco verde, de una sola planta, el tercero de una hilera de
nueve situados a varios cientos de metros de la carretera. Sus únicos rasgos
distintivos son el reloj de sol en el patio delantero, traído hasta aquí por mi
hermana de su anterior casa, y la pequeña y destartalada valla de estacas,
ahora casi cubierta de hierbajos, que ella erigió pese a las protestas de los
vecinos.
Difícilmente será el más romántico de los lugares, pero bajo circunstancias
normales puede constituir un entorno adecuado para la meditación en tiempo
pasado. «Aún sigo aquí», dice el escritor, ajustando el tono. (Sujeto incluso con
los dientes la necesaria pipa, llena con tabaco turco.) «Ahora ya ha terminado
todo. Lo viví personalmente.»
Una premisa reconfortante, quizá. Sólo que en este caso resulta no ser verdad.
Si la experiencia «ha terminado» realmente es algo que nadie puede decir; y si,
como yo sospecho, el último capítulo aún tiene que establecerse, entonces la
noción de estar «viviéndolo personalmente» parecerá una patética presunción.
Sin embargo, no puedo decir que considere el pensamiento de mi propia
muerte como algo particularmente inquietante. A veces me siento tan cansado,
en esta pequeña habitación con sus muebles de mimbre baratos, sus
manoseados libros viejos, la noche queriendo entrar desde fuera... Y ese reloj
de sol ahí en el patio, con su estúpido mensaje. «Envejece conmigo...»
Eso es lo que he hecho, y mi vida difícilmente parece haber importado en el
esquema de las cosas. Seguramente su final tampoco importará en absoluto.
Ah, Howard, tendrías que haber comprendido.
¡Eso, muchacho, es lo que yo llamo
una experiencia de viaje!
LOVECRAFT
12/3/1930
Si mientras lo escribo, este relato adquiere un final, promete ser un final infeliz.
Pero el principio no es así; de hecho, puede que parezca más bien
humorístico... lleno de cómicas caídas de culo, bajos de los pantalones
mojados, y una bolsa para el mareo cayéndose.
—Me fortalecí para soportarlo —estaba diciendo la vieja dama de mi derecha—
. No me importa decirle que estaba excesivamente asustada. Me aferré a los
brazos del asiento y, simplemente, rechiné los dientes. Y luego, ¿sabe?,
inmediatamente después de que el capitán nos advirtiera de esa turbulencia,
cuando la cola empezó a alzarse y a caer, flip-flop, ffip-flop, bien... —exhibió su
dentadura hacia mí y me palmeó la muñeca—, no me importa decírselo, no
había nada que hacer excepto vomitar.
¿Dónde había aprendido aquella mujer tales expresiones? ¿Y qué era lo que
intentaba conseguir de mí? Su mano se aferraba húmeda a mi muñeca.
—Espero que me deje pagar la tintorería.
—Señora —dije—, no se preocupe por eso. El traje ya estaba manchado.
—¡Qué hombre tan encantador!
Inclinó la cabeza tímidamente hacia mí, aún sujetando mi muñeca. Aunque el
blanco de sus ojos hacía mucho que se había vuelto del color de las viejas
teclas de un piano, no dejaban de ser atractivos. Pero su aliento me repelía.
Deslizando mi libro en un bolsillo, llamé a la azafata.
El percance descrito había ocurrido hacía varias horas. Al subir a bordo del
avión en Heathrow, rodeado por lo que parecía ser un equipo de rugby
aborigen (todos vestidos igual, chaquetas azul marino con botones de hueso),
fui empujado desde atrás y tropecé con una sombrerera de cartón negro en la
cual algún chino había guardado su comida: sobresalía por el pasillo, cerca de
los asientos de primera clase. Algo que había en su interior se derramó sobre
mis tobillos —salsa de pato, sopa quizá— y dejó una pegajosa mancha amarilla
en el suelo. Me volví a tiempo para ver a un alto y corpulento caucásico con
una bolsa de Air Malay y una barba tan espesa y negra que parecía surgida de
los tiempos del cine mudo. Sus modales eran también de cine mudo, puesto
que después de apartarme con el hombro (con un hombro tan ancho como mi
maleta) se abrió camino por el atestado pasillo, la cabeza bamboleándose
cerca del techo como un globo hinchado de gas, y repentinamente desapareció
de la vista en la parte de atrás del avión. En su estela capté el aroma de
melaza, e instantáneamente recordé mi infancia: sombreritos de fiesta de
cumpleaños, bolsas con regalos, y dolor de barriga después de comer.
—Mucho lo siento.
Un pequeño y grueso Charlie Chan miró temerosamente la aparición que se
alejaba, luego se inclinó para deslizar su comida debajo de su asiento,
jugueteando con las cintas de su traje.
—No se preocupe —dije.
Aquel día me sentía benévolo hacia todo el mundo. Volar seguía siendo una
novedad. Mi amigo Howard, por supuesto (como he recordado al público de mi
conferencia esta misma semana), acostumbraba a decir que él odiaba ver
cómo los aeroplanos se convertían en algo de uso comercial común, puesto
que añadían una maldita e inútil velocidad a una vida ya lo suficientemente
rápida. Los despreciaba como «artilugios para la diversión de los caballeros».
Pero él sólo habla subido a uno de ellos una única vez, en los años veinte, y
tan sólo durante el tiempo que le permitió el pago de 3,50 dólares. ¿Qué podía
saber él de silbantes motores, de la satisfacción de cenar a mil metros de
altitud, de la posibilidad de mirar por una ventanilla y descubrir que la Tierra es,
después de todo, completamente redonda? Todo esto se lo había perdido: está
muerto, y por ello debe compadecérsele.
Pero incluso en la muerte había triunfado sobre mí...
Todo esto me dio algo en qué pensar mientras la azafata me ayudaba a
ponerme en pie, mirando con preocupación profesional la mancha en mi
regazo... Aunque lo más probable era que estuviera pensando en la limpieza
que le aguardaba cuando yo abandonara mi asiento.
—¿Por qué hacen esas bolsas tan resbaladizas? —preguntó
quejumbrosamente mi vieja vecina—. Y todo sobre ese precioso traje
masculino. Realmente, tendría usted que hacer algo al respecto.
El avión descendió bruscamente y luego se estabilizó. Ella hizo girar los ojos en
sus órbitas.
—Puede volver a ocurrir —dijo.
La azafata me condujo por el pasillo hacia el lavabo situado en el centro del
aparato. A mi izquierda, una ojerosa joven arrugó la nariz y sonrió hacia el
hombre que tenía a su lado. Yo intenté disimular mi frustración con una
apariencia irritada («¡No soy yo quien ha causado todo este desastre!»), pero
dudo que tuviera éxito. El brazo de la azafata que sujetaba el mío era
superfluo, pero confortable; me apoyé más en ella a cada paso. Existen, como
vengo sospechando desde hace tiempo, algunas pocas y preciosas ventajas en
tener setenta y seis años y aparentarlos..., y una de ellas es ésta: aunque a
uno se le excusa de la frustración de flirtear con una azafata, sí puede
apoyarse tranquilamente en su brazo. Me volví hacia ella para decir algo
divertido, pero no lo hice; su rostro era tan inexpresivo como la esfera de un
reloj.
—Le esperaré aquí fuera —dijo ella, y abrió la lisa puerta blanca.
—No es necesario. —Me erguí—. Pero, ¿podría usted...? Quiero decir...,
¿podría hallarme otro asiento? No tengo nada contra esa dama, compréndalo,
pero no deseo ver de nuevo su comida.
Dentro del lavabo, el zumbido de los motores parecía más fuerte, como si las
paredes de plástico rosa fueran todo cuanto me separaba del chorro propulsor
y de los vientos árticos. Ocasionalmente, el aire por el que cruzábamos debía
volverse más agitado, ya que el avión rateaba y oscilaba como un patín sobre
hielo irregular. Si levantaba la tapa del inodoro casi esperaba ver la Tierra a
kilómetros de distancia bajo nosotros, un helado Atlántico gris salpicado de
icebergs. Inglaterra estaba ya a miles de kilómetros de distancia.
Con una mano en la manecilla de la puerta para apoyarme, me limpié los
pantalones con una toalla de papel perfumada que saqué de un envoltorio de
aluminio, y metí varias más en mi bolsillo. Las vueltas del pantalón aún
llevaban residuos de la pegajosidad china. Esta parecía la fuente del olor a
melaza. Lo limpié infructuosamente, observándome a mí mismo en el espejo:
un viejo equipaje, calvo y de aspecto inofensivo, con hundidos hombros y un
traje mojado (tan distinto del confiado joven en la foto titulada «HPL y
discípulo»)... Abrí el pestillo y salí. Una mezcla de olores. La azafata había
encontrado un asiento vacío para mí en la parte de atrás del aparato.
Fue mientras me acomodaba que me di cuenta de quién ocupaba el asiento
contiguo: estaba reclinado hacia el otro lado, durmiendo, con su cabeza
apoyada contra la ventanilla, pero reconocí la barba.
—Esto, azafata...
Me volví, pero sólo vi la espalda de su uniforme alejándose por el pasillo. Tras
un momento de vacilación me senté, haciendo tan poco ruido como me fue
posible. Después de todo, me recordé a mí mismo, yo tenía todo el derecho a
estar allí.
Ajustando la inclinación del respaldo (para irritación del negro que había detrás
de mí), me acomodé y busqué el libro en mi bolsillo. Finalmente se habían
decidido a reeditar uno de mis primeros relatos, y ya había encontrado cuatro
errores tipográficos. Pero ¿qué otra cosa podía esperar? La portada, con su
chillona calavera dibujada, lo decía todo: «Repeluznos: trece escalofríos
cósmicos en la tradición lovecraftiana».
Así que era a eso a lo que me veía reducido... El trabajo de toda una vida
puesto de lado por cualquier inventor de frases propagandísticas como «digno
del propio Maestro», las creaciones de mi cerebro tratadas como meros
refritos. Y los propios relatos, una vez calificados por tan elaborada alabanza,
eran ahora simplemente —como si eso fuera suficiente recomendación—
«lovecraftianos». Ah, Howard, tu triunfo fue completo en el momento en que tu
nombre se convirtió en adjetivo.
Sospeché eso durante años, por supuesto, pero sólo con la conferencia de la
pasada semana me vi obligado a admitir el hecho de que lo que importaba a la
presente generación no era mi propia obra en su conjunto, sino más bien mi
asociación con Lovecraft. E incluso esto resultaba degradado: tras años de
amistad y apoyo, ser etiquetado —simplemente porque yo era más joven—
como mero «discípulo» parecía un chiste demasiado cruel.
Y cada chiste resultaba mejor que el anterior. Este último aún estaba en mi
bolsillo, impreso en cursiva en el doblado programa amarillo de la conferencia.
No necesitaba volver a echarle una ojeada; allí estaba, definido para siempre
como «un miembro del círculo lovecraftiano, educador en Nueva York, y autor
de la célebre recopilación Más allá de la tumpa».
Ahí estaba, la cúspide de la indignidad: ¡ser inmortalizado por un error de
imprenta! Tú hubieras apreciado eso, Howard. Casi puedo oírte reír
suavemente desde —¿dónde si no?— más allá de la tumpa...
Mientras tanto, del asiento contiguo al mío llegaban los raspantes sonidos de
una garganta constreñida; mi vecino debía de estar soñando. Dejé mi libro y lo
estudié. Parecía más viejo de lo que había parecido al principio; quizá sesenta
años o más. Sus manos eran callosas, de aspecto fuerte. En una de ellas
llevaba un anillo con una curiosa cruz de plata. La brillante barba negra que
cubría la mitad inferior de su rostro era tan densa que parecía casi opaca; su
misma oscuridad parecía innatural, porque en su cabeza el pelo estaba
estriado de gris.
Miré más de cerca, allá donde la barba se unía al rostro. ¿Era un pedacito de
gasa lo que vi debajo del pelo? Mi corazón dio un pequeño salto. Inclinándome
hacia delante para mirar desde más cerca, estudié la piel al lado de su nariz:
aunque curtida por una larga exposición al sol, tenía una extraña palidez. Mi
mirada prosiguió hacia arriba a lo largo de las curtidas mejillas, hacia los
oscuros pozos de sus ojos.
Estos se abrieron.
Por un momento miraron fijamente a los míos sin una comprensión aparente,
vidriados y enrojecidos. Al instante siguiente se desorbitaban y giraban como
los de un pez atrapado por el anzuelo. Sus labios se abrieron, y una voz muy
débil chirrió:
—Aquí no.
Permanecimos sentados en silencio, sin movernos ninguno de los dos. Yo me
sentía demasiado sorprendido, demasiado azorado para contestar. En la
ventanilla, más allá de su cabeza, el cielo aparecía brillante y claro, y sin
embargo podía sentir el aparato azotado por corrientes invisibles, las puntas de
sus alas agitándose furiosamente.
—No lo haga aquí —susurró finalmente, encogiéndose en su asiento.
¿Acaso aquel hombre era un lunático? ¿Peligroso, quizá? En algún lugar en mi
futuro vi unos gigantes titulares: «Pasajero aterrorizado... Maestro retirado de
Nueva York víctima de...» Mi inseguridad debió de apreciarse, pues le vi
humedecerse los labios y mirar más allá de mi cabeza. Esperanza, y un rastro
de astucia, pasaron por su rostro. Me sonrió.
—Lo siento, no hay nada de qué preocuparse. ¡Uf! Debe de haber sido una
pesadilla.
Como un atleta después de una carrera particularmente dura, agitó su masiva
cabeza, recuperando el control de la situación. Su voz tenía el ligero acento
arrastrado de Tennessee.
—Amigo —dejó escapar lo que debería haber sido una risa surgida del
corazón—, ¡habría sido mejor no probar ese zumo del diablo!
Le sonreí para tranquilizarle, aunque no había nada en él que sugiriera que
había estado bebiendo.
—Esa es una expresión que no había oído en años.
—¿De veras? —dijo con poco interés—. Bueno, he estado fuera.
Sus dedos tamborilearon nerviosamente, (¿impacientemente?) en el brazo de
su asiento.
—¿Malaca?
Se envaró, y el color desapareció de su rostro.
—¿Cómo lo sabe usted?
Señalé con la cabeza hacia la bolsa de vuelo de color verde a sus pies.
—Le vi con eso cuando subió a bordo. Usted... parecía tener un poco de prisa,
por decirlo de algún modo. De hecho, estuvo usted a punto de tirarme al suelo.
—Eh —su voz estaba controlada ahora, su mirada firme y tranquila—, siento de
veras eso, amigo. El hecho es que creía que alguien tal vez estuviera
siguiéndome.
Sorprendentemente, le creí. Parecía sincero... o tan sincero como puede serlo
cualquiera detrás de una falsa barba negra.
—Va usted disfrazado, ¿verdad? —pregunté.
—¿Se refiere usted a la barba? La compré en Singapur. Una tontería, sabía
que no iba a engañar a nadie mucho tiempo, al menos no a un amigo. Pero a
un enemigo, bueno... —No hizo ningún movimiento para quitársela.
—Usted está... Déjeme adivinarlo... Usted está en el servicio, ¿verdad?
El servicio diplomático, quería decir; francamente, lo tomé por un espía en
acción.
—¿En el servicio? —Miró significativamente a derecha e izquierda, luego bajó
la voz—. Bueno, sí, puede decirlo de esta forma. A Su servicio. —Señaló hacia
el techo del avión.
—¿Quiere decir...?
Asintió.
—Soy misionero. O lo fui hasta ayer.
Los misioneros son infernales engorros a los que
se debería mantener en sus casas.
LOVECRAFT
12/9/1925
¿Ha visto usted alguna vez un hombre temiendo por su vida? Yo sí, aunque no
desde que tenía veinte años. Tras un verano de ociosidad había encontrado
finalmente un empleo temporal en la oficina de quien resultó ser un más bien
dudoso hombre de negocios —supongo que hoy lo llamarían estafador de poca
monta— que, habiendo ofendido no sé cómo a «la pandilla», estaba
convencido de que estaría muerto antes de Navidad. Estaba equivocado, sin
embargo: pudo gozar de aquéllas y de otras muchas Navidades con su familia,
y no fue hasta muchos años más tarde que le encontraron muerto en su
bañera, boca abajo en un palmo de agua. No recuerdo gran cosa acerca de
ese hombre, excepto lo difícil que resultaba entablar con él una conversación;
nunca parecía estar escuchando.
En cambio, hablar con el hombre que se sentaba al lado mío en el avión resultó
incluso demasiado fácil. No tenía nada del aire distraído, las vagas respuestas
y la preocupada mirada del otro, por el contrario, estaba alerta y altamente
interesado en todo lo que se le decía. Excepto por su pánico inicial, de hecho
había muy poco que sugiriera que era un hombre perseguido.
Y, sin embargo, eso era lo que proclamaba ser. Acontecimientos posteriores
dejarían bien sentadas todas estas cuestiones, pero en aquel momento yo no
tenía forma de juzgar si estaba diciéndome la verdad o si su historia era tan
falsa como su barba.
Si le creí, fue debido casi enteramente a sus modales, no a la sustancia de lo
que dijo. No, no afirmó haberse apoderado del Ojo de Klesh; era más original
que eso. Tampoco había violado a la hija única de un doctor brujo. Pero
algunas de las cosas que me contó acerca de la región en la cual había estado
trabajando —un estado llamado Negri Sembilan, al sur de Kuala Lumpur—
parecían francamente increíbles: casas invadidas por árboles, carreteras
construidas por el gobierno que simplemente desaparecían, uno de sus
colegas regresando de unas vacaciones de diez días para encontrarse con su
césped invadido de cosas viscosas que tuvo que quemar dos veces para
destruir. Afirmaba que allí había pequeñas arañas rojas que saltaban hasta la
altura de los hombros de un hombre «Hubo una chica en el pueblo que se
quedó medio sorda porque una de esas asquerosas criaturillas se le metió en
el oído y creció hasta hacerse tan grande que se lo taponó» y lugares donde
había tantos mosquitos que asfixiaban al ganado. Describió unas tierras de
humeantes pantanos llenos de mangles y plantaciones de caucho tan grandes
como los antiguos reinos feudales, unas tierras tan húmedas que el papel de
las paredes burbujeaba en las noches más cálidas y las biblias se cubrían de
moho.
Mientras permanecimos sentados en el avión, encerrados en un mundo de
plástico color pastel y con aire acondicionado, ninguna de esas cosas parecía
posible. Con el helado azul del cielo más allá de mi alcance, las azafatas
caminando vivarachamente junto a mí con sus uniformes azul y oro, los
pasajeros a mi izquierda sorbiendo refrescos o durmiendo o pasando las hojas
de una revista, me descubrí a mí mismo creyendo menos de la mitad de lo que
me estaba diciendo, y atribuí el resto a la exageración y a la inclinación sureña
por ese tipo de cuentos. Sólo cuando llevaba una semana en casa y efectué
una visita a mi sobrina en Brooklyn revisé mi anterior estimación, puesto que
echando una ojeada al libro de geografía de su hijo me encontré con este
pasaje: «A lo largo de la península (de Malaca) los insectos forman abundantes
enjambres; allí existen probablemente más variedades que en cualquier otro
lugar de la Tierra. Hay muy buena madera, y los alcanforeros y ébanos se
encuentran en profusión. Se producen muchas variedades de orquídeas,
algunas de ellas de extraordinario tamaño». El libro aludía a la «rica mezcla de
razas y lenguajes» en la zona, a su «extrema humedad» y a su «exótica fauna
nativa», y añadía: «Sus junglas son tan impenetrables que incluso las bestias
salvajes tienen que mantenerse en los cauces de los senderos ya trazados».
Pero quizá el aspecto más extraño de aquella región era que, pese a sus
peligros e incomodidades, mi compañero afirmaba amar el lugar.
—Hay una montaña en el centro de la península... —Mencionó un nombre
impronunciable y agitó la cabeza—. La cosa más hermosa que haya visto
usted. Hay algunas regiones realmente hermosas abajo, a lo largo de la costa,
que uno juraría pertenecen a algunas de las islas de los Mares del Sur.
Confortable también. Oh, de acuerdo, es húmedo, especialmente en el interior,
donde se supone que estaba la nueva misión... Pero la temperatura nunca
alcanza los cuarenta grados. Intente decir lo mismo para la ciudad de Nueva
York.
Asentí.
—Sorprendente.
—Y la gente... —prosiguió—. Bueno, creo sencillamente que es la gente más
amistosa de todo el mundo, ya sabe. He oído multitud de cosas malas de los
musulmanes. La mayor parte de ellos forman parte de la secta sunní, pero le
diré que nos trataron con la más extremada cortesía que se debe a unos
vecinos... Mientras nuestras enseñanzas estuvieran disponibles, por decirlo así,
y no interfiriéramos con sus asuntos... Y no lo hicimos. No debiéramos haberlo
hecho. Lo que construimos, entienda, fue un hospital. Bueno, una clínica como
mínimo: dos enfermeras diplomadas y un doctor que acudía dos veces al mes.
Y una pequeña biblioteca con libros y películas. Y no sólo teología. Todos los
temas. Estábamos justo en las afueras del poblado, y todos tenían que pasar
delante de nosotros al ir hacia el río. Cuando creían que ninguno de los lontoks
estaba mirando, se metían dentro y echaban una ojeada.
—¿Ninguno de los qué?
—Sacerdotes, o algo parecido. Había un montón. Pero no interferían con
nosotros, ni nosotros con ellos. No sé realmente qué hace que haya tantos
conversos, pero nunca he tenido nada malo que decir acerca de esa gente.
Hizo una pausa y se frotó los ojos. Repentinamente, pareció tener su verdadera
edad.
—Las cosas iban estupendamente. Y entonces me dijeron que estableciera
una segunda misión, más al interior.
Se detuvo de nuevo, como si sopesara cómo continuar. Una rechoncha mujer
china estaba levantándose lentamente de su asiento para salir al pasillo
mientras se sujetaba a los asientos de ambos lados para mantener el equilibrio.
Sentí su mano casi rozando mi oído cuando pasó por mi lado. Mi compañero la
observó con cierta inquietud, aguardando hasta que hubo pasado. Cuando
habló de nuevo, su voz era notablemente más aguda.
—He estado por todo el mundo, en un montón de lugares donde la mayor parte
de norteamericanos no pueden ir hoy en día... Y siempre, estuviera donde
estuviese, he tenido la impresión de que Dios estaba a buen seguro
observando. Pero cuando me adentré por aquellas colinas, bien... —Meneó la
cabeza—. Iba prácticamente solo, entienda. La mayor parte del personal
vendría más tarde, una vez yo me hubiera instalado. Conmigo sólo venía uno
de nuestros exploradores, dos porteadores, y un guía que era a la vez
intérprete. Todos ellos nativos. —Frunció el ceño— El explorador, al menos,
era cristiano.
—¿Necesitaba usted un intérprete?
La pregunta pareció distraerle.
—Para la nueva misión, sí. Mi malayo es bastante bueno para las tierras bajas,
pero en el interior utilizan docenas de dialectos locales. Me hubiera sentido
perdido allí arriba. A donde iba hablan algo que la gente de allá abajo, en el
poblado, llama agon di-gatuan... El viejo lenguaje. Nunca llegué a comprender
realmente buena parte de él. —Bajó la mirada hasta sus manos—. No estuve
allí mucho tiempo.
—Problemas con los nativos, supongo.
No respondió de' inmediato. Finalmente, asintió.
—Realmente creo que es la gente más detestable que nunca haya vivido —dijo
con gran deliberación—. A veces me pregunto cómo Dios pudo crearlos. —Miró
por la ventanilla, a las colinas de nubes por debajo de nosotros—. Se llamaban
a sí mismos los chauchas, por lo que pude entender. Alguna influencia colonial
francesa, quizá, pero parecían asiáticos, con apenas un toque de negritud. Una
gente pequeña, de apariencia inofensiva. —Se estremeció ligeramente—. Pero
no eran en absoluto lo que parecían. No se podía llegar hasta el fondo con
ellos. Llevan viviendo allá arriba, en aquellas colinas, no sé cuántos siglos, y
fuera lo que fuese lo que estaban haciendo allí, no estaban dispuestos a
permitir que entrara ningún extranjero. Se llaman a sí mismos musulmanes,
igual que los de las tierras bajas, pero estoy seguro de que tienen también
algunos dioses ancestrales. Al principio pensé que eran primitivos, me refiero a
algunos de sus rituales... No lo creería usted. Pero ahora pienso que no eran
en absoluto primitivos. Simplemente, conservan estos rituales porque gozaban
con ellos.
Intentó sonreír. Aquello acentuó las arrugas en su rostro.
—Oh, al principio parecieron bastante amistosos. Uno podía acercarse a ellos,
comerciar un poco, observar cómo criaban sus animales. Incluso se podía
hablar con ellos acerca de la Salvación. Y ellos se quedaban sonriendo,
sonriendo todo el tiempo. Como si uno realmente les cayera bien.
Pude adivinar la decepción en su voz, y algo más.
—Entienda —confió, inclinándose de pronto hacia mí—. Allá en las tierras
bajas, en los pastos, hay un animal, una especie de caracol, al que los malayos
matan apenas lo ven. Una cosa pequeña y amarillenta, pero que los asusta de
forma absurda: creen que si pasa por encima de la sombra de su ganado,
chupará toda la fuerza de éste. Acostumbraban a llamarlo el «caracol
chaucha». Ahora sé por qué.
—¿Por qué? —pregunté.
Miró a su alrededor, por todo el avión, y pareció suspirar.
—Entienda. Por aquel entonces seguíamos viviendo en tiendas. Aún no
habíamos construido nada. Bien, el clima empeoró, los mosquitos empeoraron
aún más, y después de que el explorador desapareciera, los demás se fueron.
Creo que el guía les persuadió de ello. Por supuesto, esto me dejó...
—Espere un momento. ¿Dice que su explorador desapareció?
—Sí. Antes de terminar la primera semana. Estábamos recorriendo uno de los
campos a menos de cien metros de las tiendas, y yo estaba abriéndome paso
entre las altas hierbas, convencido de que él venía detrás de mí, y cuando me
volví ya no estaba.
Ahora hablaba precipitadamente. Tuve visiones de películas de los años
cuarenta (asustados nativos desapareciendo con las provisiones) y me
pregunté cuánto de cierto habría en aquello.
—Así que con los demás también desaparecidos no tenía forma alguna de
comunicarme con los chauchas, excepto a través de una especie de lenguaje
intermedio, una mezcla de malayo y su idioma. Pero yo sabía que algo ocurría.
Durante toda la semana no dejaron de reírse de algo. Abiertamente. Tuve la
impresión de que en cierto modo ellos eran responsables. Quiero decir de la
desaparición del hombre. ¿Comprende? Él era en quien yo confiaba. —Su
expresión se hizo pesarosa—. Una semana más tarde, cuando me lo
mostraron, todavía estaba con vida, pero no podía hablar. Creo que ellos lo
deseaban así. Entienda. Ellos..., ellos hicieron crecer algo en él. —Se
estremeció.
Justo en aquel momento, directamente detrás de nosotros, llegó un chillido
inhumanamente agudo que atravesó el aire como una sirena, alzándose por
encima del zumbido de los motores. Surgió con una brusquedad capaz de
parar el corazón, y ambos nos pusimos rígidos. Vila boca de mi compañero
abriéndose enormemente, como si hiciera eco al grito. Era demasiado: nos
convertimos en dos hombres viejos, pálidos hasta el límite, y aferrándose
temblorosamente el uno al otro. Era algo realmente cómico. Debió de pasar
todo un minuto antes de que yo consiguiera girar la cabeza.
Por aquel entonces la azafata ya había llegado allí y estaba dando palmadas
en algún lugar. El hombre que había detrás de mí, al quedarse dormido había
dejado caer el cigarrillo en su regazo. Los pasajeros que le rodeaban,
especialmente los blancos, le dirigían feroces miradas, y creí oler a carne
chamuscada. Finalmente, la azafata le ayudó a ponerse en pie auxiliada por
uno de sus compañeros de tripulación, que no dejaba de lanzar intranquilas
risitas.
Por insignificante que fuera, el accidente había perturbado nuestra
conversación y puesto nervioso a mi compañero; era como si se hubiese
refugiado detrás de su barba. No habló más, excepto para hacerme vulgares y
más bien triviales preguntas acerca del precio de la comida y de los hoteles.
Dijo que se dirigía a Florida, a pasar allí el verano o, como él dijo, «una
temporada de descanso y recuperación», aparentemente financiado por su
secta. Le pregunté, un poco sin esperanzas, qué le había ocurrido al
explorador. Me dijo que había muerto. Nos sirvieron bebidas y el continente
norteamericano avanzó hacia nosotros desde el sur: primero un dedo de hielo,
poco después una quebrada línea de verdor. Me sorprendí dándole la dirección
de mi hermana —Indian Creek estaba cerca de Miami, donde él iba a
instalarse—, e inmediatamente lamenté haberlo hecho. ¿Qué sabía yo de él,
después de todo? Me dijo que su nombre era Ambrose Mortimer.
—Mortimer significa «Mar Muerto» —dijo—. Procede de las Cruzadas.
Cuando insistí en volver al tema de la misión, lo apartó con un gesto de su
mano.
—Ya no puedo seguir llamándome misionero. Ayer, cuando abandoné el país,
perdí ese derecho. —Intentó una sonrisa—. Honestamente, ahora no soy más
que un civil.
—¿Qué es lo que le hace pensar que le persiguen? —pregunté.
Su sonrisa se desvaneció.
—No estoy seguro de que lo hagan —dijo, aunque de manera poco
convincente—. Quizá tan sólo me esté volviendo paranoico, a causa de la
edad. Aunque podría jurar que en Nueva Delhi, y de nuevo en Heathrow, oí que
alguien cantaba... una determinada canción. Una vez fue en el lavabo de
caballeros, al otro lado de una pared; y la otra detrás de mí, en una cola. Y era
una canción que reconocí. Cantada en el «viejo lenguaje». —Se alzó de
hombros—. Ni siquiera sé lo que significa la letra.
—¿Por qué alguien iba a cantar? Quiero decir, si estuviera siguiéndole.
—Ahí está el detalle. No lo sé. —Agitó la cabeza—. Pero creo... que forma
parte del ritual.
—¿Qué ritual?
—No lo sé —dijo de nuevo.
Parecía realmente afligido, y resolví terminar con aquel interrogatorio. Los
ventiladores aún no habían disipado el olor a tela y carne quemadas.
—Pero usted había oído la canción antes —dije—. Ha dicho que la reconoció.
—Sí. —Apartó la mirada hacia las nubes que se aproximaban. Estábamos
pasando sobre Maine. De pronto, la Tierra pareció un lugar muy pequeño—. Oí
a algunas de las mujeres chaucha que la cantaban —dijo finalmente—. Es una
especie de canción agrícola. Se supone que hace que las cosas crezcan.
Ante nosotros flotaba la niebla azafranada que cubre Manhattan como una
cúpula. La luz de «No Smoking» parpadeó silenciosamente en la consola.
—Esperaba no tener que cambiar mis planes —dijo entonces mi compañero—,
pero el vuelo a Miami no sale hasta dentro de una hora y media. Creo que voy
a salir del aeropuerto y dar una vuelta, a estirar un poco las piernas. Me
pregunto cuánto tiempo demorarán los trámites aduaneros.
Parecía hablar más consigo mismo que conmigo. De nuevo lamenté mi
impulsividad dándole la dirección de Maude. Estuve a punto de mencionarle
que sufría alguna enfermedad contagiosa, o que tenía un marido celoso.
Aunque, de todos modos, lo más probable era que no la llamara nunca; ni
siquiera se había molestado en anotar su nombre... Y si nos hacía alguna
visita... Bien, me dije a mí mismo, quizá fuera más comunicativo cuando se
diera cuenta de que se hallaba a salvo entre amigos. Puede que incluso se
revelara como una buena compañía; después de todo, él y mi hermana tenían
prácticamente la misma edad.
Mientras el avión dejaba de agitarse y se sumergía en las capas cálidas del
aire, los pasajeros cerraron libros y revistas, prepararon sus pertenencias,
efectuaron las últimas y apresuradas incursiones al cuarto de baño para
palmear un poco de agua fría en sus rostros, y yo limpié mis gafas y me eché
hacia atrás lo que quedaba de mi pelo. Mi compañero seguía mirando por la
ventanilla, la bolsa verde de Air Malay en su regazo, sus manos dobladas como
si rezara. Ya empezábamos a ser extranjeros.
—Por favor, pongan los respaldos de sus asientos en posición vertical —
ordenó una voz incorpórea.
Afuera, al otro lado de la ventanilla, más allá de la cabeza ahora vuelta
completamente de espaldas a mí, el suelo ascendió a nuestro encuentro, dimos
unos cuantos botes sobre la pista y los chorros rugieron a la inversa. Las
azafatas, ya en pie, recorrían el pasillo sacando chaquetas y abrigos de los
alojamientos sobre nuestras cabezas. Pasajeros del tipo ejecutivo, sin hacer
caso de las instrucciones, estaban poniéndose también de pie y enfundándose
los impermeables. Afuera pude ver figuras uniformadas moviéndose arriba y
abajo en lo que prometía ser una cálida llovizna gris.
—Bien —dije sin convicción—, hemos llegado.
Me levanté. Él se volvió y me lanzó una enfermiza sonrisa.
—Adiós. —Me tendió la mano—. Ha sido realmente un placer.
—E intente descansar y disfrutar de Miami —le dije, buscando un hueco entre
la gente que me permitiera deslizarme al pasillo—. Eso es lo más importante...
Simplemente descansar.
—Lo sé —asintió gravemente—. Lo sé. Dios le bendiga.
Encontré mi hueco y me coloqué en la fila. Desde atrás le oí.
—No olvidaré visitar a su hermana.
Mi corazón se fue a pique. Sin embargo, mientras avanzaba hacia la puerta me
volví para gritarle un último adiós. La vieja dama estaba dos personas por
delante de mí, pero ni siquiera me dedicó una sonrisa.
Un problema con los adioses es que a veces resultan superfluos. Unos
cuarenta minutos más tarde, habiendo pasado como un bocado a través de
una serie de tubos de plástico blanco, corredores, e hileras de aduaneros, me
hallaba en una de las tiendas de regalos del aeropuerto, dejando transcurrir la
hora que faltaba hasta que mi sobrina acudiera a recogerme. Allí vi de nuevo al
misionero.
Él no me vio: estaba de pie ante uno de los expositores de libros —la sección
de los llamados «clásicos», llena de gente—, y estaba mirando hilera tras hilera
con aire preocupado, apenas deteniéndose a leer los títulos. Al igual que yo,
estaba obviamente matando el tiempo.
Por alguna razón —llámese apuro, una cierta aversión a estropear lo que había
sido un afortunado adiós—, me contuve de llamarle. En vez de ello, retrocedí
hacia el siguiente pasillo y me refugié detrás de las novelas góticas, que
pretendí estudiar mientras que de hecho le estudiaba a él.
Momentos más tarde, apartó de los libros la mirada y se acercó deambulando a
un expositor de discos envueltos en celofán, volviéndose a colocar
distraídamente la barba en su lugar por debajo de su patilla derecha. De pronto
dio media vuelta y examinó la tienda. Incliné la cabeza hacia la literatura gótica
y gocé de una visión normalmente reservada a los multifacetados ojos de un
insecto: mujeres, docenas de ellas, huyendo de un número igual de diminutas
mansiones.
Finalmente, con un encogimiento de sus amplios hombros, empezó a rebuscar
entre los álbumes del expositor, tirando secamente de cada uno de ellos en un
impaciente staccato. Pronto, examinado todo el surtido, pasó al siguiente
expositor y empezó de nuevo.
De pronto lanzó un pequeño grito y le vi encogerse hacia atrás. Por un
momento permaneció inmóvil, mirando fijamente algo en el expositor; luego se
volvió y caminó rápidamente saliendo de la tienda, apartando con brusquedad
a su paso a una familia que iba a entrar.
—Debe de habérsele hecho tarde para su vuelo —le dije a la sorprendida
vendedora, y me dirigí hacia los álbumes.
Uno de ellos estaba boca arriba, encima de la pila... Un disco de jazz con la
foto de John Coltrane al saxofón en la portada. Confuso, me volví para
observar a mi ex compañero, pero se había desvanecido entre la multitud que
se apresuraba al otro lado de la puerta.
Aparentemente, algo en el álbum le había alterado. Lo estudié con más
atención. Coltrane permanecía de pie, silueteado contra un atardecer tropical,
sus rasgos oscurecidos, la cabeza inclinada hacia atrás, el saxofón sonando
silenciosamente bajo el cielo carmesí. La pose era espectacular, pero muy
manida. No pude hallarle ningún significado especial: se parecía a cualquier
otro negro tocando el saxo, o un cuerno.
Nueva York eclipsa a todas las demás ciudades en la
espontánea cordialidad y generosidad de sus habitantes,
al menos la de aquellos que me he encontrado.
LOVECRAFT
29/9/1922
¡Cuán rápidamente cambiaste de opinión! Llegaste para descubrir una dorada
ciudad dunsaniana de arcos, cúpulas y fantásticas agujas... o eso nos dijiste.
Sin embargo, cuando huiste, dos años más tarde, sólo podías ver «hordas
extranjeras».
¿Qué fue lo que destruyó tu sueño? ¿Fue ese imposible matrimonio? ¿Esos
rostros desconocidos en el metro? ¿O fue simplemente el robo de tu nuevo
traje de verano? Entonces creí, Howard, y aún sigo creyéndolo, que la pesadilla
era únicamente tuya. Aunque tú regresaste a Nueva Inglaterra como un
hombre emergiendo de nuevo a la luz del sol, había, te lo aseguro, una
espléndida vida que descubrir entre las sombras. Yo me quedé... y sobreviví.
Casi desearía estar de vuelta allí ahora, en vez de hallarme en este pequeño y
feo bungalow, con el zumbante acondicionador de aire, los semipodridos
muebles de mimbre y la húmeda noche chorreando en las ventanas.
Casi desearía estar de vuelta en las escalinatas del museo de historia natural
donde, aquella trascendental tarde de agosto, me detuve transpirando a la
sombra del caballo de Teddy Roosevelt, mientras observaba a las matronas
pasando rápidamente junto a Central Park con sus perros y niños a remolque, y
me abanicaba inútilmente con la tarjeta postal que acababa de recibir de
Maude. Estaba esperando a mi sobrina, que tenía que hacer unas gestiones en
coche e iba a dejarme a su hijo, con el que yo planeaba visitar el museo. Él
deseaba ver el modelo a escala real de la ballena azul y, justo allí arriba, en las
escaleras, los dinosaurios...
Recuerdo que Ellen y su chico llevaban más de veinte minutos de retraso.
Recuerdo también, Howard, que estaba pensando en ti aquella tarde, y con
cierto regocijo. Tanto como detestaste Nueva York en los años veinte, te
sentirías horrorizado si vieras en qué se ha convertido hoy en día. Incluso
desde la escalinata del museo podía ver un montón enorme de desperdicios, y
un parque que podrías recorrer en toda su longitud sin oír hablar nuestra
lengua ni una sola vez. Las pieles negras superaban con mucho a las blancas,
y podía oírse música de mambo resonando al otro lado de la calle.
Recuerdo todas esas cosas porque, como luego se hizo evidente, aquél fue un
día especial: el día en que vi, por segunda vez, al negro con su funesto cuerno.
Mi sobrina llegó tarde, como de costumbre. Tenía preparada la habitual
disculpa y el habitual comentario:
—¿Cómo puedes seguir viviendo aquí? —preguntó, dejando a Terry en la
acera—. Me refiero a toda esa gente.
Señaló con la cabeza hacia un banco del parque, a cuyo alrededor se
congregaban negros y latinos como figuras en un retrato de grupo.
—¿Brooklyn es acaso mucho mejor? —contraataqué, como manda la tradición.
—Por supuesto En los Heights, al menos. No lo comprendo... ¿Por qué este
odio patológico a mudarte? Al menos podrías probar el East Side. Seguro que
puedes permitírtelo.
Terry nos observaba impasible, apoyado contra el guardabarros. Pensé que
estaba de mi lado y contra su madre, pero era demasiado listo para
demostrarlo.
—Ellen —dije—, enfréntate a ello. Sencillamente, soy demasiado viejo para
empezar a ir de un lado para otro. Además, en el East Side únicamente leen
best-sellers y odian a cualquiera que pase de los sesenta. Estoy mejor donde
crecí... Al menos sé donde están los restaurantes baratos.
Lo cual, en el fondo, era un terrible problema: obligado a elegir entre los
blancos a los que despreciaba y los negros a los que temía, a veces prefería el
temor.
Para ablandar a Ellen leí en voz alta la tarjeta postal de su madre. Era del tipo
prefranqueado, de esas que no llevan foto. «Todavía sigo usando el bastón —
había escrito Maude, con su caligrafía tan impecable como cuando había
ganado su medalla en la escuela—. Livia ha vuelto a Vermont para pasar el
verano, de modo que las partidas de cartas se han suspendido, y me he metido
de lleno a leer a Pearl S. Buck. Tu amigo el reverendo Mortimer me visitó y
charlamos amigablemente. ¡Qué historias tan entretenidas! Gracias de nuevo
por la suscripción a McCall's; le enviaré a Ellen los ejemplares atrasados.
Espero veros a todos después de la estación de los huracanes.»
Terry estaba ansioso por enfrentarse a los dinosaurios; de hecho ya empezaba
a ser un poco mayor para que yo pudiera dominarle. Estábamos ya a medio
camino escalinata arriba antes de que hubiera podido quedar con Ellen acerca
de dónde nos encontraríamos luego. Al no haber escuela, el museo estaba casi
tan lleno como durante los fines de semana, con el eco de las salas
convirtiendo las llamadas y las risas en gritos de animales. Nos dirigimos hacia
la sala principal de la planta baja. ESTÁ USTED AQUÍ, rezaba un enorme
cartel verde, y debajo alguien había garabateado «Peor para ti». Seguimos
hacia la Sala de los Reptiles, con Terry tirando impacientemente de mí.
—Vi eso en la escuela —señaló hacia un diorama de secoyas—. Y eso
también. —Señaló el Gran Cañón.
Creo que estaba a punto de entrar en séptimo grado, y hasta ahora había
tenido pocas ocasiones de hablar; parecía más joven que los demás niños.
Pasamos los tucanes y los titís y la nueva ala de Ecología Urbana («cemento y
cucarachas», se burló Terry), y a su debido tiempo nos detuvimos ante el
brontosaurio, con algo de decepción:
—Olvidé que era sólo el esqueleto —dijo.
Detrás, un grupo de chicos negros avanzaron riendo hacia nosotros. Tiré
apresuradamente de mi sobrino-nieto y nos alejamos de los huesos hacia el
lugar más concurrido, dedicado, irónicamente, al Hombre en África.
—Esta es la parte más aburrida —dijo Terry, sin emocionarse ante las
máscaras y las lanzas.
El ritmo estaba empezando a fatigarme. Cruzamos a otra sala —el Hombre en
Asia—, y avanzamos rápidamente por delante de la imaginería china.
—Vi eso en la escuela. —Señaló con la cabeza una gruesa figura en una urna
de cristal, envuelta en ropas ceremoniales.
Algo con respecto a ella me resultaba familiar a mí también. Me detuve para
contemplarla. El atuendo externo, ligeramente ajado, estaba tejido de algún
material sedoso de color verde, y mostraba unos largos y retorcidos árboles a
un lado, una especie de estilizado río al otro. Por la parte frontal corrían cinco
figuras de color amarillo amarronado, con taparrabos y tocado,
presumiblemente huyendo hacia los deshilachados bordes de la ropa. Tras
ellas, de pie, había una figura más grande, toda de negro. En su boca había un
oscilante cuerno. La figura estaba burdamente bordada (de hecho, era poco
más que un monigote—, pero tenía un sorprendente parecido, tanto en pose
como en proporciones, con la de la portada del disco.
Terry volvió a mi lado, curioso por ver lo que yo había encontrado.
—Atuendos tribales —leyó, acercándose al cartel de plástico blanco en la parte
de abajo de la urna—. Península de Malaca, Federación de Malaysia, principios
del siglo XIX. —Guardó silencio.
—¿Es todo lo que dice?
—Ajá. Ni siquiera dicen a qué tribu corresponde. —Reflexionó un momento—.
No es que importe, realmente.
—Bueno, a mí sí me importa —dije—. Me pregunto quién puede saberlo.
Obviamente tenía que ir a consultar al servicio de información en el vestíbulo
principal junto a la entrada. Terry echó a correr hacia allá, mientras yo le seguía
aún más lentamente que antes; el pensamiento de un misterio evidentemente
me atraía, aunque fuera uno tan tenue y poco excitante como aquél.
Una chica joven, de aspecto aburrido, escuchó el principio de mi pregunta y me
tendió un folleto de debajo del mostrador.
—No podrá ver a nadie hasta septiembre —dijo, empezando ya a volverse
hacia otro lado—. Todos están de vacaciones.
Fruncí los ojos hacia la menuda letra de la primera página: «Asia, nuestro
mayor continente, ha sido llamada con justicia la cuna de la civilización, pero
puede que sea también el lugar de nacimiento del propio hombre».
Obviamente, el folleto había sido escrito antes de las últimas campañas en
contra del sexismo. Comprobé la fecha en la página de créditos: «Invierno de
1958». Aquello no iba a serme de ninguna ayuda. Sin embargo, en la página
cuatro mis ojos se posaron en la referencia que buscaba:
...el modelo a su lado lleva un atuendo ceremonial de seda verde de
Negri Sembilan, la más inhóspita de las provincias malayas. Observen
el motivo central del nativo soplando el cuerno ceremonial, y la graciosa
curva de su instrumento; se cree que la figura es una representación
del «Heraldo de la Muerte», posiblemente advirtiendo a los habitantes
del advenimiento de alguna calamidad. Regalo de un donante anónimo, el
atuendo es probablemente de origen tcho-tcho, y data de principios del siglo
XIX.
—¿Qué te pasa, tío? ¿Te encuentras mal? —Terry me sujetó por el hombro y
me miró con aire preocupado; obviamente, mi comportamiento había
confirmado sus peores temores acerca de la gente vieja—. ¿Qué dice ahí?
Le tendí el folleto y me dirigí con paso vacilante hacia un banco cerca de la
pared. Deseaba tiempo para pensar. El pueblo tcho-tcho, lo sabía muy bien,
figuraba en un cierto número de relatos de Lovecraft y sus discípulos —el
propio Howard los había llamado «los absolutamente abominables tchotcho
»—, pero no podía recordar mucho acerca de ellos excepto que se decía
que adoraban a una de sus imaginarias deidades. Por alguna razón, los asocié
con Burma...
Pero, fueran cuales fueran sus atributos, siempre había creído una cosa: los
tcho-tcho eran completamente ficticios.
Obviamente, estaba equivocado. Eliminando la improbable posibilidad de que
el folleto mismo fuera un fraude, me veía obligado a llegar a la conclusión de
que los malignos seres de las historias estaban de hecho basados en una raza
real que vivía en el subcontinente del sudeste de Asia; una raza cuyo nombre
el misionero había traducido erróneamente como «los chauchas».
Era un descubrimiento bastante turbador. Había esperado convertir algo de lo
que Mortimer me había relatado, fuera auténtico o no, en ficción.
Inconscientemente, me había proporcionado el material para tres o cuatro
buenos argumentos. Sin embargo, acababa de descubrir que mi amigo Howard
me había aventajado en ello, y que me hallaba en la incómoda posición de dar
vida a las historias de horror de otro hombre.
La expresión epistolar ha reemplazado largamente en mí la conversación.
LOVECRAFT
23/12/1917
No había esperado mi segundo encuentro con el hombre negro tocando el
cuerno. Un mes más tarde tuve una sorpresa aún mayor: vi de nuevo al
misionero.
O al menos su foto. Estaba en un recorte del Miami Herald que me envió mi
hermana, sobre el cual ella había escrito con bolígrafo: «Mira lo que dice el
periódico... ¡Qué horrible!»
No reconocí el rostro. La foto era obviamente antigua, la reproducción mala, y
el hombre iba sin barba. Pero las palabras que había debajo me dijeron que era
él.
SACERDOTE DESAPARECIDO
EN UNA TORMENTA
(Miér.) El reverendo Ambrose B. Mortimer, de 56 años, un pastor laico
de la Iglesia de Cristo, Knoxville, Tenn., ha sido dado por desaparecido
en la estela del huracán del lunes. Un portavoz de la orden ha dicho que
Mortimer se había retirado después de servir diecinueve años como misionero,
recientemente en Malaysia. Despues de trasladarse a Miami en julio, había
estado residiendo en el 311 de Pompano Canal Road.
Allí terminaba la noticia, con una brusquedad que parecía demasiado
apropiada al tema. Ignoraba si Ambrose Mortimer vivía aún, pero estaba
convencido de que después de salir huyendo de una península, se había
establecido en otra casi tan peligrosa, con un dedo metido en el vacío. Y el
vacío se lo había tragado.
De modo que, pese a todo, dejé correr mis pensamientos. A menudo he
sentido depresiones de parecida naturaleza, abocándome a una fantástica
filosofía que he compartido con mi amigo Howard: una filosofía que uno de sus
biógrafos menos favorablemente dispuestos ha titulado «futilitarianismo».
Sin embargo, por pesimista que fuera, no estaba dispuesto a dejar el asunto.
Mortimer podía haber desaparecido en la tormenta, podía incluso haber huido a
algún otro lugar por voluntad propia, pero si de hecho alguna lunática secta
religiosa había dado cuenta de él por haberse metido demasiado en sus
asuntos, había cosas que yo podía hacer al respecto. Escribí a la policía de
Miami aquel mismo día: «Caballeros, habiendo sabido de la reciente
desaparición del reverendo Ambrose Mortimer, creo que puedo proporcionar
información que tal vez sea de utilidad a los investigadores».
No es necesario copiar aquí el resto de la carta. Baste decir que reproduje mi
conversación con el hombre desaparecido, haciendo hincapié en los temores
que él había expresado respecto a su vida: persecución y «asesinato ritual» a
manos de una tribu malaya llamada los tcho-tcho. La carta era, en resumen,
una elaborada forma de gritar «juego sucio». Se la envié a mi hermana,
pidiéndole que la hiciera llegar a su correcto destinatario.
La respuesta del departamento de policía llegó con una inesperada rapidez.
Como todo ese tipo de correspondencia, era más lacónica que cortés:
«Apreciado señor —escribía un tal sargento de detectives A. Linahan—. En el
asunto del reverendo Mortimer teníamos conocimiento ya de las amenazas
sobre su vida. Hasta la fecha, una investigación preliminar en el Pompano
Canal no ha producido ningún hallazgo, pero las operaciones de dragado se
espera que prosigan como parte de nuestra investigación de rutina. Le damos
las gracias por su interés...»
Debajo de su firma, sin embargo, el sargento había añadido una corta postdata
de su puño y letra. Su tono era algo más personal (quizá las máquinas de
escribir le intimidaban): «Quizá le interese saber que recientemente hemos
descubierto que un hombre con un pasaporte de la Federación de Malaysia
ocupó habitaciones en el hotel North Miami durante la mayor parte del verano,
pero se marchó dos semanas antes de que su amigo desapareciera. No puedo
decirle más, pero tenga la seguridad de que estamos siguiendo varias pistas
simultáneamente. Nuestros investigadores están trabajando en el asunto, y
esperamos poder llegar muy pronto a una rápida conclusión».
La carta de Linahan llegó el 21 de septiembre. Antes de que terminara la
semana recibía una de mi hermana, junto con otro recorte del Herald. Puesto
que, al igual que una antigua novela victoriana, este capítulo parece haber
tomado una forma más bien epistolar terminaré con extractos de esos dos
datos.
La historia del periódico llevaba por título BUSCADO PARA
INTERROGATORIO. Como la noticia de Mortimer, era poco más que una foto
con un extenso pie.
(Juev.) Un ciudadano malayo está siendo buscado para
ser interrogado en relación con la desaparición de un
sacerdote norteamericano, según la policía de Miami.
Los informes indican que el ciudadano de Malaysia,
señor D. A. Djaktu-tchow, había ocupado habitaciones
amuebladas en el Barkleigh Hotella, en el 2401
de la avenida Culebra, posiblemente con un compañero
no identificado. Se cree que todavía se halla en la
gran área de Miami, pero desde el 22 de agosto sus
movimientos no pueden ser rastreados. Los oficiales del
Departamento de Estado informan que el visado de
Djaktu-tchow expiró el 31 de agosto; hay
pendiente una orden de búsqueda.
El sacerdote, el reverendo Ambrose B. Mortimer,
se halla desaparecido desde el 6 de septiembre.
La foto que había encima del artículo era a todas luces reciente, sin duda
reproducida del visado en cuestión. Reconocí el sonriente rostro en forma de
luna, aunque precisé un momento para situarlo como el hombre contra cuya
comida había tropezado yo en el avión. Sin el bigote, se parecía menos a
Charlie Chan.
La carta que acompañaba el recorte me proporcionaba algunos otros datos:
«Llamé al Herald —escribía mi hermana—, pero no pudieron decirme más de
lo que pone el artículo. Pese a lo cual necesité más de media hora para
averiguarlo, ya que la estúpida mujer de la centralita no dejaba de ponerme con
la persona equivocada. Creo que tienes razón: no basta con poner fotos a todo
color en la primera página para poderse llamar periódico.
»Esta tarde he llamado al departamento de policía, pero tampoco se mostraron
muy colaboradores. Supongo que tú nunca debes esperar descubrir gran cosa
por teléfono, aunque yo sigo confiando en él. Finalmente he conseguido
comunicarme con un tal oficial Linahan, quien me ha informado de que él era
precisamente quien había respondido a tu carta. ¿Has recibido ya algo de él?
El hombre es muy evasivo. Intentaba ser amable, pero juraría que estaba
impaciente por colgar. Me ha dado el nombre completo del hombre al que
están buscando —Djaktu Abdul Djaktu-tchow,¿no es eso maravilloso?—, y me
ha dicho que tienen algo más sobre él que todavía no pueden revelar. Yo he
discutido y suplicado (¡ya sabes lo persuasiva que puedo llegar a ser!) y
finalmente, después de afirmar que era una buena amiga del reverendo
Mortimer, he conseguido arrancarle algo que me ha jurado que iba a negar
haberme comunicado si yo se lo digo a alguien más que a ti. Aparentemente, el
pobre hombre estaba muy enfermo, incluso tuberculoso —tengo intención de ir
a hacerme una prueba de emplasto la próxima semana, sólo para estar
tranquila, y te recomiendo que tú hagas lo mismo— porque parece que en el
dormitorio del reverendo encontraron algo muy extraño: trozos de tejido
pulmonar. Tejido pulmonar humano».
Yo también fui detective en mi juventud.
LOVECRAFT
17/2/1931
¿Existen todavía los detectives aficionados? Quiero decir, ¿fuera de las
novelas? Lo dudo. ¿Quién, después de todo, tiene tiempo suficiente para tales
juegos hoy en día? Yo no, desgraciadamente. Aunque hace más de una
década que estoy nominalmente retirado, mis días están completamente llenos
con las poco románticas actividades que ocupan a todo el mundo a este lado
de la literatura popular: cartas, citas para almorzar, visitas a mi sobrina y a mi
doctor; libros (insuficientes) y televisión (demasiada) y quizá sesiones de cine
de la Edad de Oro (desde hace tiempo he dejado de ir a ver películas
modernas, ya que mi simpatía hacia sus héroes iba decreciendo cada vez
más).
Pasé la semana de Todos los Santos en Atlantic City, y la mayor parte de otra
intentando que un tremendamente educado editor joven se interesara por la
reimpresión de algunas de mis primeras obras.
Todo esto. por supuesto. se creerá que es una especie de disculpa por haber
dejado de lado nuevas indagaciones sobre el caso del pobre Mortimer hasta
mediados de noviembre. La verdad es que el asunto casi se me fue de la
mente; tan sólo en las novelas la gente no tiene cosas mejores que hacer.
Fue Maude quien volvió a despertar mi interés. Había estado revisando
ávidamente los periódicos en busca de posteriores informes sobre la
desaparición del hombre, creo que incluso telefoneó al sargento Linahan una
segunda vez, sin conseguir nada nuevo. Ahora me escribía un pequeño
fragmento de información, oído de tercera mano: una de sus compañeras de
bridge había sabido, «de fuentes de un amigo que estaba en las fuerzas de
policía», que la búsqueda del señor Djaktu había sido ampliada para incluir a
su presunto compañero: «un chico negro». O así me lo informó mi hermana.
Aunque había muchas posibilidades de que tal información fuera falsa, o que
se refiriera a un caso completamente distinto, parecía que ella la consideraba
como algo realmente siniestro.
Quizá fue por eso que la siguiente tarde me descubrió subiendo de nuevo
penosamente la escalinata del museo de historia natural... Tanto para
satisfacer a Maude como a mí mismo. Su alusión a un negro, después del
curioso descubrimiento en el dormitorio de Mortimer, me había hecho pensar
en la figura con el atuendo malayo, y me había sentido turbado toda la noche
por la fantasía de un hombre negro —un hombre muy parecido al mendigo que
acababa de ver reclinado contra la estatua de Roosevelt— tosiendo sus
pulmones en una especie de retorcido cuerno.
Encontré a poca gente por las calles aquella tarde, y hacía un frío poco
razonable para una ciudad que a menudo es templada hasta enero; yo llevaba
una bufanda, y mi abrigo de lana gris aleteaba tras mis talones. Dentro, sin
embargo, el lugar, como todos los edificios norteamericanos, estaba
sobrecalentado. Yo también lo estuve pronto cuando empecé a subir las
desmoralizantemente largas escaleras que conducían hasta el segundo piso.
Los pasillos estaban silenciosos y vacíos, excepto por la abúlica figura de un
guardia sentado ante uno de los gabinetes y el silbido del vapor de los
radiadores cerca del cielo raso de mármol. Lentamente, casi gozando de la
sensación de privilegio que procede de tener a todo un museo sólo para ti,
rehice mi camino de la otra vez, pasando junto a los inmensos esqueletos de
los dinosaurios («esas grandes criaturas que hollaron la tierra cuando nosotros
aún no caminábamos») hasta la Sala del Hombre Primitivo, donde dos jóvenes
portorriqueños, que obviamente habían hecho novillos, permanecían de pie en
el ala africana mirando con aire de adoración a un guerrero masai con atuendo
completo de guerra. En la sección dedicada a Asia hice una pausa para
recuperar el aliento, buscando en vano la achaparrada figura en su atuendo
ceremonial. La urna de cristal estaba vacía. En su parte delantera había una
nota impresa: «Retirada temporalmente para restauración».
Aquella era, sin la menor duda, la primera vez en cuarenta años que la figura
había sido retirada, y yo había elegido precisamente aquella ocasión para ir a
echarle una ojeada. Vaya suerte. Me dirigí a la escalera más próxima, al
extremo del ala. A mis espaldas resonó un estruendo metálico, seguido por la
irritada voz del guardia. Quizás aquella lanza masai había resultado ser una
tentación demasiado grande.
En el vestíbulo principal me extendieron un pase para entrar en el ala norte,
donde se hallaban las oficinas del personal.
—Usted pide por los talleres del sótano —dijo la mujer en el mostrador de
información: la aburrida alumna del verano se había convertido en una servicial
vieja dama que me prestó todo su interés—. Pregunte simplemente al guarda al
fondo de las escaleras, pasada la cafetería. Espero que encuentre lo que anda
usted buscando.
Mantuve cuidadosamente visible el distintivo rosa que ella me había entregado
para mostrárselo a cualquiera que me lo pidiese, y bajé. Cuando embocaba la
escalera me encontré frente a una especie de visión: una rubia familia de
aspecto escandinavo subía los peldaños hacia mí, los cuatro rostros mirando
arriba, casi intercambiables, una pareja y dos niñas pequeñas con los labios
fruncidos y los tímidos ojos esperanzados de los turistas, mientras que
inmediatamente detrás de ellos, aparentemente sin que se dieran cuenta,
avanzaba a saltos un sonriente joven negro, prácticamente pisándole los
talones al padre. En mi actual estado mental, la escena me pareció
particularmente inquietante —la expresión del muchacho era evidentemente de
burla—, y me pregunté si el guardia que estaba de pie ante la cafetería se
habría dado cuenta. Si así era, no dio la menor prueba de ello. Me dirigió una
mirada carente de curiosidad a mi paso y señaló hacia la puerta antiincendios
en el extremo del corredor.
Las oficinas en el nivel inferior eran sorprendentemente tristes —las paredes no
eran de mármol, sino que estaban estucadas y pintadas de un verde
descolorido—, y todo el corredor daba una sensación de «enterrado», sin duda
a causa de que la única luz del exterior provenía de un tragaluz a la altura del
suelo de la calle en la parte superior. Me habían dicho que preguntara por uno
de los adjuntos de investigación, un tal señor Richmond; su oficina formaba
parte de una estancia mayor, separada por divisiones de tablero perforado. La
puerta estaba abierta, y él se levantó de su escritorio tan pronto como me vio
entrar; sospeché que, a la vista de mi edad y de mi abrigo de lana, me había
tomado por alguien importante.
Era un joven rollizo, con barba color arena y apariencia de deportista un poco
en baja forma, pero su afabilidad se disolvió cuando mencioné mi interés por el
atuendo de seda verde.
—Supongo que es usted el hombre que se quejó al respecto ahí arriba, ¿eh?
Le aseguré que no me había quejado ante nadie.
—Bien, entonces algún otro lo hizo —dijo, sin dejar de mirarme con
resentimiento; en la pared, detrás de él, una máscara de guerra india hizo lo
mismo—. Algún maldito turista quizá, de visita en la ciudad por un día y
dispuesto a crear problemas. Amenazó con llamar a la embajada de Malaysia.
Si intentas discutir, esa gente de ahí arriba no duda en acudir corriendo al
Times.
Entendí su alusión: el año anterior el museo había obtenido una considerable
notoriedad por haber llevado a cabo algunos experimentos realmente
asombrosos —y a mi modo de ver completamente inútiles— con gatos. Hasta
entonces, la mayor parte del público no sabía que el edificio contenía varios
laboratorios de investigación.
—De todos modos —prosiguió—, el atuendo que le interesa está aquí abajo en
el taller, y estamos procediendo a su restauración. Probablemente
permanecerá aquí durante los próximos seis meses antes de que hayamos
acabado el trabajo. Estamos tan faltos de personal actualmente que la cosa no
resulta divertida. —Miró su reloj—. Venga, se lo mostraré. Luego le
acompañaré arriba de nuevo.
Le seguí a lo largo de un estrecho corredor que se dividía a ambos lados. En
un momento determinado dijo:
—A su derecha está el escandaloso laboratorio de zoología.
Mantuve mis ojos clavados al frente.
Cuando pasamos ante la siguiente puerta noté un olor familiar.
—Eso me hace pensar en melaza —dije.
—No anda usted muy desencaminado —dijo sin mirar hacia atrás—. Es melaza
en su mayor parte. Puro nutriente. Se utiliza para el cultivo de
microorganismos.
Me apresuré para mantenerme a su altura.
—¿Y para otras cosas?
Se alzó de hombros.
—No lo sé, señor. No pertenece a mi área.
Llegamos a una puerta cerrada por una verja de malla negra.
—Este es uno de los talleres —dijo, metiendo una llave en la cerradura y la
puerta se abrió a una larga habitación oscura que olía a virutas de madera y a
cola—. Siéntese aquí —dijo, conduciéndome a una pequeña antesala y
encendiendo la luz—. Estaré de vuelta en un segundo.
Miré el objeto más próximo a mí, una gran arca de ébano profusamente tallada.
Sus bisagras habían sido retiradas. Richmond regresó con el atuendo doblado
en su brazo.
—¿Lo ve? —dijo, agitándolo ante mí—. Realmente no está en tan malas
condiciones,¿verdad?
Me di cuenta de que seguía pensando que yo era el hombre que se había
quejado.
En el campo de ondeante verde huían las pequeñas figuras amarronadas,
perseguidas todavía por algún destino ignoto. En el centro estaba de pie el
hombre negro, el cuerno negro en sus labios, hombre y cuerno una sola línea
de ininterrumpido negro.
—¿Son los tcho-tcho un pueblo supersticioso? —pregunté.
—Lo eran —dijo significativamente—. Supersticiosos y no muy agradables.
Actualmente están extintos, como los dinosaurios. Supuestamente barridos por
los japoneses o algo así.
—Es extraño... —dije—. Un amigo mío afirma haber trabado conocimiento con
ellos a principios de este año.
Richmond estaba alisando la ropa; las ramas de los retorcidos árboles
flagelaron futilmente las sombras marrones.
—Supongo que es posible —dijo, tras una pausa—. Pero no he leído nada
sobre ellos desde que me gradué en la universidad. No se hallan relacionados
ya en los libros de texto. Lo he consultado y no hay nada sobre ellos. Este
atuendo tiene más de un centenar de años.
Señalé a la figura en el centro.
—¿Qué puede decirme usted acerca de ese individuo?
—El Heraldo de la Muerte —dijo, como si fuera un examen—. Al menos eso es
lo que dice la literatura. Se supone que está avisando de alguna inminente
calamidad.
Asentí sin alzar la vista; se limitaba a repetir lo que yo había leído en el folleto.
—Pero ¿no es extraño que esas otras figuras evidencien tal pánico? ¿Lo ve?
Ni siquiera están esperando para escuchar.
—¿Lo haría usted? —se burló, impaciente.
—Pero, si el hombre de negro sólo es un mensajero de algún tipo, ¿por qué es
mucho más grande que los demás?
Richmond empezó a doblar el atuendo.
—Mire, señor, no pretendo ser un experto en todas las tribus de Asia. Pero si
un personaje es importante, generalmente lo representan más grande. Al
menos, eso es lo que hicieron los mayas. Pero mire, será mejor que lo
dejemos. Tengo que asistir a una reunión.
Mientras él estaba fuera, de nuevo permanecí sentado allí, pensando en lo que
acababa de ver. Las pequeñas figuras marrones, por burdamente bordadas
que estuvieran, expresaban un terror que ningún simple mensajero podía
inspirar. Y aquella gran figura negra de pie, triunfante en el centro, con el
retorcido cuerno en su boca..., no era en absoluto un mensajero. Estaba seguro
de ello. Aquello no era el Heraldo de la Muerte. Aquello era la propia Muerte.
Regresé a mi apartamento justo a tiempo para oír sonar el teléfono, pero
cuando llegué junto a él dejó de sonar. Tomé asiento en la sala de estar, con
una taza de café y un libro que había permanecido sin tocar en una estantería
durante los últimos treinta años: Los caminos de la jungla, de aquel viejo
farsante llamado William Seabrook. Le había conocido allá por los años veinte
y lo consideré bastante creíble, aunque poco de fiar. Su libro describía docenas
de personajes tremendamente curiosos, incluido «un jefe caníbal que había
sido encarcelado y se había hecho famoso por haberse comido a su joven
esposa, una hermosa e indolente muchacha llamada Blito, junto con una
docena de sus amigas», pero no descubrí ninguna referencia a alguien tocando
un cuerno.
Acababa de terminar mi café cuando el teléfono sonó de nuevo. Era mi
hermana.
—Sólo te llamo para hacerte saber que hay otro hombre desaparecido —dijo
sin aliento; no pude averiguar si estaba asustada o simplemente excitada—. Un
ayudante de camarero del «San Marino». ¿Recuerdas? Te llevé allí.
El «San Marino» era un pequeño restaurante no muy caro en Indian Creek, a
varias manzanas de la casa de mi hermana. Ella y sus amigas comían allí
varias veces a la semana.
—Ocurrió la pasada noche —prosiguió—. Acabo de saberlo durante nuestra
partida de cartas. Dicen que salió con un cubo de cabezas de pescado para
echarlas al canal, y nunca regresó.
—Eso es muy interesante, pero... —Pensé por un momento que no era normal
que ella me llamara por una cosa así—. Pero Maude, ¿no pudo simplemente
haberse ido? Me refiero a qué te hace pensar que pueda haber alguna
conexión...
—¡Porque yo también llevé allí a Ambrose! —exclamó—. Tres o cuatro veces.
Allí es donde acostumbrábamos a encontrarnos.
Aparentemente, Maude había trabado mucho más conocimiento con el
reverendo Mortimer que lo que sus cartas habían dejado entrever. Pero no me
sentía interesado en seguir aquel camino precisamente ahora.
—Ese ayudante de camarero —pregunté—, ¿era alguien a quien tú conocías?
—Por supuesto Conozco a todo el mundo allí. Su nombre era Carlos. Un
muchacho tranquilo, muy amable. Estoy segura de que me atendió docenas de
veces.
En varias ocasiones había oído a mi hermana tan excitada. y no parecía haber
forma de calmar sus temores. Antes de colgar me hizo prometer que
adelantaría la visita que yo esperaba hacerle por Navidad. Le aseguré que
intentaría trasladarla al Día de Acción de Gracias, por aquel entonces a sólo
una semana de distancia, si podía encontrar plaza en algún vuelo.
—Inténtalo —dijo.
Y, como si fuera un relato de una de esas antiguas revistas, hubiera podido
añadir: «Si alguien puede llegar al fondo del asunto, ése eres tú». De todos
modos, tanto Maude como yo éramos conscientes de que yo acababa de
cumplir mi setenta y siete aniversario y que, de nosotros dos, yo era con mucho
el más tímido; así que lo que realmente dijo fue:
—Verte me ayudará a sacarme de la mente todas esas ideas.
No podría vivir ni una semana sin una biblioteca particular.
LOVECRAFT
25/2/1929
Eso era lo que yo pensaba también, hasta hace poco. Después de toda una
vida coleccionando había adquirido miles y miles de volúmenes, sin marcharme
nunca de cualquier sitio sin uno. Era esta enorme biblioteca particular, de
hecho, lo que me había mantenido anclado al mismo apartamento del West
Side durante casi medio siglo.
Sin embargo, aquí estoy sentado ahora, sin ninguna compañía excepto unos
pocos manuales de jardinería y una estantería de anticuados best-sellers...
Nada sobre lo que soñar, nada que desee mantener entre mis manos. Pese a
lo cual, he sobrevivido aquí una semana, un mes, casi toda una estación. La
verdad es, Howard, que te sorprenderías de las cosas sin las cuales puedes
vivir. En cuanto a los libros que dejé en Manhattan, simplemente espero que
alguien cuide de ellos mientras estoy fuera.
Pero no estaba en modo alguno tan resignado aquel noviembre cuando,
después de reservar con éxito una plaza en el primer vuelo disponible, me vi
con algo menos de una semana por delante en Nueva York. Todo el tiempo
que me quedaba lo pasé en la biblioteca... pública que hay en la Calle 42, con
los leones en la parte delantera y sin ningún libro mío en sus estanterías. Sus
dos salas de lectura son frecuentadas por hombres de mi misma edad o más
viejos, hombres retirados con días para llenar, pobres hombres que se limitan a
sentarse allí para calentarse los huesos; algunos hojean periódicos, otros
dormitan en sus asientos. Ninguno de ellos, estoy seguro, compartía mi
sensación de urgencia: había cosas que yo deseaba descubrir antes de irme,
cosas para las cuales Miami no me servía.
No era un extraño en aquel edificio. Hacía mucho tiempo, durante una de las
visitas de Howard, había emprendido algunas investigaciones genealógicas allí
con la esperanza de descubrir antepasados más importantes que los míos, y
en mi juventud había intentado ocasionalmente ganarme la vida, como los
habitantes de la New Grub Street de Gissing, escribiendo artículos recopilados
del trabajo de los demás. Pero actualmente me faltaba práctica: ¿cómo puede,
después de todo, hallar uno referencias de un oscuro mito tribal del sudeste de
Asia sin leer todo lo publicado sobre aquella parte del mundo?
Inicialmente, eso es exactamente lo que intenté: escudriñé todos los libros que
pude encontrar con «Malaya», «Malaca» o «Malaysia» en su título. Leí acerca
de dioses arcoiris y altares fálicos y algo llamado «el tatai», una especie de
compañero indeseado; pasé a través de los ritos nupciales y La Muerte de las
Espinas y una cierta cueva habitada por millones de babosas. Pero no hallé
ninguna mención de los tcho-tcho, y nada acerca de sus dioses.
Esto era sorprendente en sí mismo. Estamos viviendo unos días en los que ya
no hay secretos, en los que mi sobrino-nieto de doce años de edad puede
comprar su propio grimorio, y libros con títulos tales como La enciclopedia de
los conocimientos antiguos y prohibidos pueden encontrarse en librerías de
rebajas. Aunque mis amigos de los años veinte odiarían tener que admitirlo, la
idea de tropezarse con algún viejo y enmohecido «libro negro» en el desván de
una casa abandonada —algún diccionario de encantamientos y conjuros y
saber oculto— es simplemente una curiosa fantasía. Si el Necronomicón
existiera realmente, sería un libro de bolsillo de la editorial Bantam con un
prólogo de Lin Carter.
Resulta lógico pues que, cuando finalmente llegué a encontrar una referencia
de lo que estaba buscando, lo hiciera en la menos romántica de las formas,
dentro del guión mecanografiado de un film. Aunque quizás estuviera más
cerca de la verdad decir la «transcripción» del guión de un film, puesto que se
trataba de una película rodada en 1937 y que presumiblemente ahora se
hallaba acumulando polvo en algún olvidado sótano.
Lo descubrí en el interior de uno de esos legajos de cartón marrón, atados con
cintas, que los bibliotecarios utilizan para proteger los libros cuya
encuadernación se ha deshecho. El libro en sí, Recuerdos malayos, de un tal
reverendo Morton, demostró ser una decepción pese al sugestivo nombre de
su autor. El guión estaba junto a él, aparentemente colocado allí por error.
Aunque no parecía muy prometedor —sólo noventa y seis páginas, muy mal
mecanografiadas, y sujeto por una única grapa—, su lectura se reveló valiosa.
No había ningún título, ni creo que hubiera habido jamás uno; la primera página
identificaba simplemente el film como «Documental: Malaca hoy». Y
especificaba que había sido financiado en parte por una subvención del
gobierno de los Estados Unidos. El director o directores del film no aparecían
mencionados.
Pronto vi por qué el gobierno se había mostrado dispuesto a proporcionar algún
apoyo a la aventura, puesto que había un gran número de escenas en las
cuales los propietarios de plantaciones de caucho expresaban el tipo de
opiniones que los norteamericanos podían desear oír. A una pregunta del
inidentificado entrevistador, «¿Qué otros signos de prosperidad ve usted a su
alrededor?», un plantador llamado Pierce había respondido servicialmente:
«Bueno, observe el actual nivel de vida... Mejores escuelas para los nativos y
un nuevo camión para mí. Es de Detroit, ¿sabe? Es probable que incluso lleve
mi propio caucho en sus neumáticos».
ENTREVISTADOR: ¿Y qué piensa acerca de los japoneses?
¿Son actualmente uno de los mejores mercados?
PIERCE: Oh, mire, compran nuestra cosecha, de acuerdo, pero no
confiamos realmente en ellos,,comprende? (Sonrisas.) No nos
gustan ni la mitad de lo que nos gustan los yanquis.
Sin embargo, la parte final del guión era considerablemente mucho más
interesante. Registraba un cierto número de breves escenas que no llegaron a
aparecer nunca en el film terminado. Cito una de ellas en su integridad:
CUARTO DE JUEGOS EN
LA ESCUELA PARROOUIAL
ÚLTIMA HORA DE LA TARDE (suprimida)
ENTREVISTADOR: Este joven malayo ha trazado un boceto de un
demonio que él llama Shoo Goron. (Al muchacho.) ¿Puedes
decirme algo acerca del instrumento que está tocando? Se
parece al shofar judío, o cuerno de carnero. (De nuevo al muchacho.)
Todo va bien; no tienes por qué asustarte.
MUCHACHO: Él no sopla. Aspira.
ENTREVISTADOR: Entiendo... Inspira el aire a través del cuerno, ¿no es así?
MUCHACHO: No el cuerno. No es un cuerno. (Solloza.) Es él.
Miami no me produjo una gran impresión...
LOVECRAFI
19/7/1931
Mientras aguardaba en la sala de espera del aeropuerto con Ellen y su chico,
mis maletas ya facturadas y mi número de asiento confirmado, me sentí
constreñido por el tipo de ansiedad que me atormentaba en mi juventud: era la
sensación de que el tiempo se terminaba; y lo que causaba aquella sensación
era, creo, la hora que faltaba aún para que mi vuelo despegara. Era demasiado
tiempo para pasarlo sentado charlando de cosas intrascendentes con Terry,
cuya mente estaba evidentemente en otras cosas; sin embargo, era poco
tiempo para realizar la tarea que, de repente, me había dado cuenta de que no
había hecho.
Pero quizá mi sobrino pudiera ayudarme.
—Terry —dije—, ¿te importaría hacerme un favor? —Alzó la vista
ansiosamente; supongo que los chicos a su edad adoran ser útiles—.
¿Recuerdas ese edificio por el que pasamos cuando veníamos aquí? ¿El
edificio de Llegadas Internacionales?
—Claro. Aquí al lado.
—Sí, pero bastante más lejos de lo que parece. ¿Te crees capaz de ir hasta
allá y volver en la hora que falta, y averiguar una cosa para mí?
—Claro. —Ya estaba levantado de su asiento.
—Se me acaba de ocurrir que hay una oficina de reservas de la Air Malay en
ese edificio, y me pregunto si podrías averiguar allá...
Mi sobrina me interrumpió.
—Oh, no lo hará —dijo firmemente—. En primer lugar, no quiero que vaya
corriendo por ahí fuera y que algún estúpido conductor... —Ignoró las protestas
de su hijo—. Y segundo, no quiero verle mezclado con ese juego en que te has
metido con mamá.
El resultado de todo aquello fue que la gestión la hizo la propia Ellen,
dejándonos a Terry y a mí hablando de intrascendencias. Se llevó consigo un
trozo de papel en el que yo había escrito «Shoo Goron», un nombre al que se
quedó mirando con ácido escepticismo. No estaba seguro de que regresara
antes de mi partida (Terry, podía apreciarlo, iba poniéndose nervioso por
momentos), pero estuvo de vuelta antes de la segunda llamada para embarcar.
—Ella me dijo que lo habías escrito mal —anunció Ellen.
—¿Quién es ella?
—Una de las que atienden el mostrador de vuelos. Una chica joven, de unos
veintipocos años. Ninguna de las otras eran malayas. Al principio no reconoció
el nombre, sólo cuando lo hubo leído en voz alta unas cuantas veces.
Aparentemente es una especie de pez. ¿No es así? Como una rémora, sólo
que más grande. Al menos eso es lo que ella dijo. Su madre acostumbraba a
asustarla con él cuando era desobediente.
Como es lógico, Ellen o más probablemente la otra mujer, había comprendido
mal.
—¿Una especie de coco? —murmuré—. Bueno, supongo que es posible. Pero
¿dices que es un pez?
Ellen asintió.
—No creo que supiera mucho sobre él. De hecho, actuaba como si estuviera
un poco turbada; como si yo le hubiera preguntado algo inconveniente. —Al
otro lado de la sala, un altavoz lanzó la última llamada para los pasajeros. Ellen
me ayudó a ponerme en pie, hablando todavía—: Dijo que ella sólo era una
malaya, de algún lugar de la costa... ¿Malaca? No recuerdo... Y que era una
lástima que yo no hubiera acudido hace unos tres o cuatro meses, porque la
chica que la había reemplazado durante el verano era en parte chocha... ¿O
chocho? Algo así...
La cola iba haciéndose cada vez más pequeña. Les deseé a los dos un buen
Día de Acción de Gracias y me apresuré hacia el avión.
Debajo de mí, las nubes habían formado un paisaje de rodantes colinas. Podía
ver cada cerro, cada desvaído arbusto, y, en los lugares oscuros, los ojos de
animales.
Algunos de los valles estaban hendidos por irregulares líneas negras que
parecían como los ríos en un mapa. El agua, al menos, era real: allá, el banco
de nubes se había rasgado y hendido, revelando el oscuro mar debajo.
Durante todo el viaje fui consciente de la oportunidad perdida, agobiado por la
sensación de que mi destino me ofrecía una especie de posibilidad final. Con
Howard desaparecido, había seguido viviendo mi vida durante esos cuarenta
años a su sombra; evidentemente, sus relatos habían ensombrecido los míos.
Y ahora me descubría atrapado dentro de uno de ellos. Allí, a kilómetros por
encima del suelo, sentía cómo los grandes dioses guerreaban; abajo, la guerra
casi estaba perdida.
Los pasajeros a mi alrededor semejaban participantes en un baile de
máscaras: el untuoso y pequeño directivo que olía a algo extraño; el niño que
miraba y que no quería apartar la vista; el hombre dormido a mi lado, la boca
semiabierta, que se había echado a reír y me había tendido una página
arrancada de la revista que le habían dado en el avión. PÁGINA DE
PASATIEMPOS, con un ojo mirándome sorprendido desde el centro de un
enjambre de puntos: «Conecte los puntos y vea a lo que menos gracias dará
en este Día de Acción de Gracias». Debajo, medio enterrado entre un
crucigrama y unos anuncios de clubs privados, un poco de color local me puso
de talante receptivo.
PECES VIAJEROS
(Cortesía del Miami Herald.) Señora, si su marido llega a
casa jurándole que acaba de ver una bandada de peces cruzar su patio,
no le huela el aliento para averiguar si ha bebido. ¡Puede que esté
diciendo la verdad! Según los zoólogos de la universidad
de Miami, los barbos van a emigrar en un número récord este
otoño, y los residentes del sur de Florida probablemente verán
centenares de esos bigotudos animales arrastrarse por la tierra, a
kilómetros de distancia del agua. Aunque normalmente no son
más grandes que su gatito, algunos de ellos pueden sobrevivir sin....
El artículo terminaba allá donde mi compañero lo había arrancado de la revista.
Se removió en su sueño, murmurando algo silenciosamente. Me volví y apoyé
mi cabeza contra la ventanilla, donde el extremo de Florida empezaba a surgir
ante mí, atravesado por docenas de canales que parecían venas. El avión se
estremeció y se inclinó hacia allá.
Maude ya estaba en la puerta, un mozo de cuerda negro a su lado con una
carretilla vacía. Mientras aguardábamos a que descargaran mi equipaje, me
contó la secuela del incidente del «San Marino»: habían hallado el cuerpo del
muchacho, ahogado en un playa distante, con los pulmones en la boca y en la
garganta.
—Como vuelto del revés ¿Puedes imaginarlo? Durante toda la mañana no han
estado diciendo otra cosa en la radio. Con declaraciones de un desagradable
doctor acerca de la tos de los fumadores y de la forma en que se ahoga la
gente. No he podido seguir escuchando.
El mozo de cuerda cargó mis maletas en la carretilla y le seguimos hasta la
parada de taxis, con Maude utilizando su bastón para gesticular. Si no hubiese
descubierto lo envejecida que estaba, habría pensado que la excitación le
sentaba bien.
Hicimos que el conductor diera un rodeo hacia el oeste por el Pompano Canal
Road, donde hicimos un alto en el número 311, una de las nueve deterioradas
casitas pintadas de color verde que formaban una especie de patio en torno a
una pequeña y muy sucia piscina poco profunda. En una jardinera redonda de
cemento junto a la piscina crecía muy inclinada una solitaria y medio muerta
palmera, como en una especie de falso oasis. Así pues, aquél había sido el
último hogar de Ambrose Mortimer. Mi hermana estaba muy silenciosa, y la creí
cuando dijo que nunca antes había estado allí. Al otro lado de la calle brillaban
las oleosas aguas del canal.
El taxi giró hacia el este. Pasamos interminables hileras de hoteles, moteles,
edificios de apartamentos, centro comerciales tan grandes como Central Park,
tiendas de souvenirs con carteles más grandes que las propias tiendas, cestos
de conchas marinas y serpenteantes coches de juguete que se deslizaban
entre las piernas de los transeúntes. Hombres y mujeres de nuestra edad y
más jóvenes permanecían sentados en hamacas de lona en sus patios,
parpadeándole al tráfico. Los sexos se habían fusionado: algunas de las
mujeres más viejas eran casi tan calvas como yo, y los hombres llevaban ropas
del color del coral, la lima y el melocotón. Caminaban muy lentamente mientras
cruzaban la calle y avanzaban por la acera; los coches se movían casi tan
lentamente como ellos, y pasaron cuarenta minutos antes de que llegáramos a
casa de Maude, con las persianas color naranja pastel, y el farmacéutico
retirado y su esposa viviendo arriba. También allí, una especie de languidez se
había aposentado sobre el bloque, una languidez de la que era consciente, tan
sólo con una pizca de pesar, que pronto iba a invadirme a mí. La vida
transcurría cada vez más despacio hasta detenerse, y una vez el taxi se hubo
marchado, lo único que se movía eran los geranios en la maceta de la ventana
de Maude, estremeciéndose ligeramente en una brisa que yo ni siquiera podía
sentir. Un árido descanso. Las mañanas en la sala con aire acondicionado de
mi hermana. Las comidas con las amigas de mi hermana en restaurantes con
aire acondicionado. Involuntarias cabezadas por la tarde, de las que me
despertaba con dolor de cabeza. Charlas al atardecer, contemplando el ocaso,
las luciérnagas, las pantallas de televisión brillando detrás de las cortinas de los
vecinos. Por la noche, unas cuantas estrellas brillando débilmente entre las
nubes; por el día, pequeñas lagartijas deslizándose por el caliente suelo o
tomando tranquilamente el sol sobre las baldosas. El olor de viejas pinturas en
el cuarto trastero de mi hermana, y el insistente zumbido de los mosquitos en
su jardín. Su reloj de sol, un regalo de Ellen, con el mensaje de Terry pintado
en el borde. Comida en el «San Marino» y una breve e indiferente mirada al
embarcadero de la parte de atrás, ahora convertido en una especie de
atracción turística. Una tarde en la biblioteca local de Hialeah, buscando por
entre sus estanterías de libros de viajes, con un viejo dormitando en la mesa al
otro lado, un niño copiando trabajosamente su redacción escolar de una
enciclopedia. La comida de Acción de Gracias, con su llamada telefónica de
media hora a Ellen y al chico y la perspectiva de pavo para todo el resto de la
semana. Más amigos que visitar, y otro día en la biblioteca.
Más tarde, impulsado por el aburrimiento y el fantasma de un impulso,
telefoneé al Barkleigh Hotella, en Miami Norte, y reservé allí una habitación por
dos noches. No recuerdo exactamente qué días fueron porque ese tipo de
cosas ya no tienen gran significado, pero sé que era a mediados de la semana.
«Estamos en plena estación», me informó la propietaria, y el hotel estaba
completo todos los fines de semana hasta pasado Año Nuevo.
Mi hermana se negó a acompañarme a la avenida Culebra: no hallaba ningún
atractivo en visitar el lugar que una vez había ocupado un malayo fugitivo, ni
compartía mi fantasía propia de novela barata de que, viviendo realmente allí,
podía llegar a descubrir algún indicio que hubiera pasado desapercibido a la
policía. («Gracias al celebrado autor de Más allá de la tumpa...») Fui solo, en
taxi, llevando conmigo media docena de volúmenes de la biblioteca local.
Aparte de leer, no tenía otros planes.
El Barkleigh era un edificio de adobe rosa de dos pisos, coronado por un
antiguo rótulo de neón sobre el cual el polvo se veía espeso a la luz de la
primera hora de la tarde. Establecimientos similares se alineaban a ambos
lados del bloque, cada uno más deprimente que el anterior. No había ascensor
y, para mi decepción, ninguna habitación disponible en el primer piso; la
escalera tenía todas las apariencias de constituir un gran esfuerzo.
En la oficina de la planta baja pregunté, tan casualmente como me fue posible,
qué habitación había ocupado el conocido señor Djaktu. De hecho, confiaba en
que me alojaran en ella o en alguna otra cercana. Pero de nuevo me vi
decepcionado. El atento cubano que estaba detrás del mostrador había sido
contratado hacía tan sólo seis semanas y afirmaba no saber nada del asunto;
en un entrecortado inglés me explicó que la propietaria, una tal señora
Zimmerman, acababa de marcharse a Nueva Jersey para visitar a unos
parientes, y que no regresaría hasta Navidad. Obviamente, podía despedirme
de la posibilidad de algún chismorreo.
Por aquel entonces ya estaba medio tentado a anular mi estancia, y confieso
que lo que me mantuvo alli no fue tanto un sentido del amor propio como el
deseo de estar dos días separado de Maude, la cual, después de haber vivido
sola durante casi una década, era una persona con la que resultaba difícil
convivir.
Seguí al cubano escaleras arriba, observando cómo mi maleta golpeaba
rítmicamente contra sus piernas, y fui conducido por el pasillo hasta una
habitación que daba a la parte de atrás. El lugar olía débilmente a aire salado y
a brillantina, y la hundida cama había servido a muchas desesperadas
vacaciones. Una pequeña terraza de cemento se asomaba al patio y a un
terreno baldío tras él, este último lleno de hierbajos y el césped del patio sin
cortar desde hacía tanto tiempo que resultaba difícil decir dónde terminaba el
uno y dónde empezaba el otro. Un grupo de palmeras se alzaba en algún lugar
en medio de aquella tierra de nadie, increíblemente altas y delgadas, con sólo
unas pocas enhiestas hojas rematándolas. En el suelo, debajo de ellas, yacían
algunos cocos podridos.
Esta fue mi visión la primera noche cuando regresé de cenar en un restaurante
cercano. Me sentía anormalmente cansado y pronto me dormí. Puesto que la
noche era fría, el aire acondicionado no se hacía necesario. Mientras
permanecía tendido en la enorme cama podía oír a la gente moviéndose en la
habitación de al lado, el silbido de un autobús avanzando avenida abajo, y el
susurro de las hojas de las palmeras con el viento.
Pasé parte de la mañana siguiente escribiendo una carta a la señora
Zimmerman, para que le fuera entregada a su regreso. Después de la larga
caminata a la cafetería para comer, dormí la siesta. Después de cenar hice lo
mismo. Con la televisión encendida para tener compañía, una imprecisa
imagen parlanchina al otro lado de la habitación, me dediqué al montón de libro
que había en mi mesita de noche, procedentes del fondo de la estantería de
viajes; la mayoría no habían sido leídos por nadie desde los años treinta. No
encontré nada de interés en ninguno de ellos, al menos tras la primera
inspección. Pero antes de apagar la luz observé que uno de ellos, las
memorias de un tal coronel E. G. Paterson, iba provisto de un índice de
nombres. Aunque busqué en vano al demonio Shoo Goron, encontré una
referencia a él bajo una variante ortográfica.
El autor, muerto sin duda hacía mucho tiempo, había pasado la mayor parte de
su vida en Oriente. Su interés por el sudeste de Asia no era profundo y, en
consecuencia, el pasaje en cuestión era breve:
...Pese a la riqueza y variedad de su folklore, no tienen nada parecido
al shugoran malayo, una especie de coco utilizado para asustar a
los niños desobedientes. El viajero oye muchas descripciones
conflictivas al respecto, algunas bordeando lo obsceno. (Oran, por
supuesto, es «hombre» en malayo, mientras que shug, que aquí puede
interpretarse como «olfateador» o «rastreador», significa literalmente
«trompa de elefante».) Recuerdo muy bien la piel que colgaba sobre
el bar en el Club de Comerciante de Singapur, y que, según la tradición,
representaba al retoño de esta fabulosa criatura: sus alas eran negras,
como la piel de un hotentote. Poco después de la guerra, un cirujano
militar estuvo de paso allí en su viaje a Gibraltar y, tras un atento examen,
declaró que era la piel seca de un gran barbo. Nunca se le volvió a preguntar.
Mantuve la luz encendida hasta que empecé a quedarme dormido, escuchando
cómo el viento agitaba las hojas de las palmeras y silbaba arriba y abajo por las
hileras de terrazas. Cuando apagué la luz casi esperaba ver una forma oscura
en la ventana, pero no vi más que la noche, como dice el poeta.
A la mañana siguiente hice mi maleta y me fui, consciente de que mi estancia
en el hotel había resultado infructuosa. Regresé a casa de mi hermana para
encontrarla en agitada conversación con el farmacéutico de arriba. Se hallaba
en un terrible estado de nervios, y me dijo que durante toda la mañana había
estado intentando localizarme. Se había despertado para descubrir que la
maceta de flores de la ventana de su dormitorio estaba volcada y los arbustos
que hay junto a ella pisoteados. Bajando por el lado de la casa corrían dos
enormes marcas como de cuchillo, separadas por unos dos metros.
Empezaban en el techo y continuaban en línea recta hasta el suelo.
Por todos los demonios, como vuelan los años. Firmemente
asentado en la edad madura... cuando tan sólo ayer era joven y
estaba ansioso y maravillado por el misterio de un
mundo aún por descubrir.
LOVECRAFT
20/8/1926
Hay muy poco más de lo cual informar. Aquí el relato degenera a una
heterogénea colección de datos que pueden o no estar relacionados: piezas de
un rompecabezas para todos aquellos que disfrutan resolviendo
rompecabezas, un enjambre de puntos al azar y, en el centro, un enorme ojo
abierto.
Por supuesto, aquel mismo día mi hermana abandonó la casa en Indian Creek
y tomó una habitación en un hotel del centro de Miami. Posteriormente se fue
tierra adentro para vivir con una amiga en un bungalow de estuco verde, a
varios kilómetros de los Everglades, el tercero de una hilera de nueve, justo al
lado de la carretera principal. Estoy sentado en su salón mientras escribo esto.
Después de que su amiga muriera, mi hermana vivió aquí sola haciendo el
viaje de varios kilómetros hasta Miami sólo en ocasiones especiales: para ir al
teatro con un grupo de amigos, uno o dos viajes de compras al año. Todo lo
demás que necesitaba lo tenía aquí mismo.
Yo regresé a Nueva York, pillé un enfriamiento y terminé el invierno en la cama
de un hospital, visitado mucho menos de lo que hubiera esperado por mi
sobrina y su chico. Por supuesto, conducir desde Brooklyn hasta allí no era
nada fácil.
Uno se recupera mucho más lentamente cuando ha alcanzado mit edad; es
una dolorosa verdad que todos tenemos que aprender si vivimos lo suficiente.
La vida de Howard fue corta, pero al final creo que lo comprendió. A los treinta
y cinco años podía burlarse tratando de locura el «anhelo de juventud» de uno
de sus amigos, pero diez años más tarde había aprendido a lamentarse de la
pérdida de la suya propia. «¡Los años hablan por sí mismos! —escribio—.
Vosotros los jóvenes no sabéis cuán afortunados sois!»
La vejez es realmente el gran misterio. ¿Por qué si no hubiera Terry adornado
el reloj de sol de su abuela con esta sacarinada tontería?
Envejece conmigo;
lo mejor aún no ha venido.
Cierto, el lema es tradicional en los relojes de sol..., pero ese joven estúpido
hubiera tenido que mirar la rima. Con diabólica imprecisión había escrito «Lo
mejor aún no ha venido»... Una frase que me hubiera hecho rechinar los
dientes, si aún me quedaran dientes que rechinar.
Pasé la mayor parte de la primavera en casa, cocinándome yo mismo
miserables comidas y trabajando infructuosamente en un proyecto literario que
mantuviera ocupados mis pensamientos. Era descorazonador descubrir que
escribía muy lentamente ahora, y que había cambiado tanto. Mi hermana sólo
acrecentó mi mal humor cuando me envió una historia más bien lasciva que
había descubierto en el Enquirer —acerca de la «cosa parecida a una
aspiradora» que se había aspirado a través de la escotilla a un marino sueco y
«convirtió su rostro en algo púrpura»— y escribió en la parte de arriba: «¿Lo
ves? Como salido de Lovecraft».
No fue mucho después de eso cuando recibí, para mi sorpresa, una carta de la
señora Zimmerman, excusándose profusamente por haber traspapelado mi
nota hasta que apareció durante su «limpieza de primavera». Es difícil de
imaginar cualquier tipo de limpieza en el Barkleigh Hotella, ni en primavera ni
en cualquier otra estación, pero incluso esa respuesta tardía era bienvenida.
«Lamento que el sacerdote que desapareció fuera amigo suyo —escribía—.
Estoy segura de que era un excelente caballero.
»Me preguntaba usted por "los particulares", pero por su nota deduzco que
conocía usted ya toda la historia. Realmente no hay nada que pueda decirle
que no dijera ya a la policía, aunque no creo que ellos lo comunicaran todo a la
prensa. Nuestros registros indican que nuestro huésped, el señor Djaktu, llegó
aquí hace aproximadamente un año, a finales de junio, y se marchó la última
semana de agosto debiéndonos una semana de alquiler, más varios
desperfectos, que ya no tengo muchas esperanzas de poder recuperar, aunque
he escrito a la embajada de Malaysia al respecto.
»En otros aspectos fue un excelente huésped. Pagaba regularmente, y de
hecho apenas abandonaba su habitación excepto para caminar de vez en
cuando por el patio trasero o ir a la tienda de comestibles. (Hemos desistido de
intentar que nuestros huéspedes no coman en las habitaciones.) Mi única queja
es que a mediados del verano tuviera a ese niño de color viviendo con él sin
nuestro conocimiento, hasta que una de las doncellas le oyó cantar cuando
pasaba por delante de su habitación. No reconoció el idioma, pero dijo que
parecía como si fuese hebreo. (La pobre mujer, que ahora ya no está entre
nosotros, apenas era capaz de leer.) Cuando hizo de nuevo la habitación, me
dijo que el señor Djaktu afirmaba que el niño era "suyo". Ella se fue porque lo
entrevió observándola desde el cuarto de baño. Dijo que estaba desnudo. No
hablé de eso en su tiempo puesto que no creo que sea cosa mía hacer juicios
sobre la moralidad de mis huéspedes. De todos modos, nunca volvimos a ver
al niño, y nos aseguramos de que la habitación fuera completamente
desinfectada para nuestros siguientes huéspedes. Créame, no hemos recibido
más que felicitaciones acerca de nuestros servicios. Pensamos que son
excelentes y espero que usted esté de acuerdo con ello. También confío en
que vuelva a ser nuestro huésped la próxima vez que venga a Florida.»
Desgraciadamente, la próxima vez que fui a Florida fue para el funeral de mi
hermana, a finales de aquel invierno. Ahora sé, aunque entonces no llegué a
saberlo, que había estado enferma casi todo el año anterior. Sin embargo, no
puedo dejar de pensar que los llamados «incidentes» —los actos de
vandalismo sin sentido dirigidos contra mujeres solas en la zona del sur de
Florida, culminando en varios ataques por parte de un merodeador sin
identificar— pudieron haber precipitado su muerte.
Cuando llegué allí con Ellen para hacerme cargo de los asuntos de mi hermana
y arreglar las cosas para el funeral, pretendía quedarme una o dos semanas
como máximo, cuidando de la transferencia de la propiedad. Sin embargo, de
algún modo, me demoré hasta mucho después de que Ellen se hubiera ido.
Quizá fuera el recuerdo del invierno en Nueva York, que a cada año que pasa
es más duro. Simplemente, no podía encontrar las fuerzas para volver, ni podía
decidirme a vender esta casa.
Si estoy atrapado aquí, es una trampa a la que me he resignado. Además,
mudarme nunca ha sido mi afición. Aunque me siento cansado en esta
pequeña habitación —y de hecho lo estoy—, no puedo pensar en ningún otro
lugar adonde ir. He visto todo el mundo que deseaba ver. Esta sencilla casa es
ahora mi hogar... y estoy convencido de que será el último. El calendario en la
pared me dice que han pasado ya casi tres meses desde que me trasladé aquí.
Sé que en algún lugar de estas páginas que faltan hallarán ustedes la fecha de
mi muerte.
La semana pasada hubo un nuevo rebrote de los «incidentes». La última noche
fue, con bastante diferencia, la más dramática. Puedo recitarla casi palabra por
palabra de las noticias de la mañana. Poco antes de medianoche, la señora
Florence Cavanaugh, una ama de casa que vive en el 24 de Alyssum Terrace,
en South Princeton, estaba a punto de cerrar las cortinas en su habitación
delantera cuando vio, atisbando hacia ella desde la ventana, a lo que describió
como «un enorme negro llevando una máscara de gas o una escafandra
autónoma». La señora Cavanaugh, que iba vestida tan sólo con su camisón, se
apartó rápidamente de la ventana y gritó llamando a su marido, que estaba
durmiendo en la habitación contigua, pero cuando éste llegó, el negro había
escapado.
La policía local se inclina por la teoría de la «escafandra autónoma», puesto
que cerca de la ventana descubrieron huellas que podían haber sido
producidas por un hombre pesado llevando aletas de caucho en los pies. Pero
fueron incapaces de explicar por qué alguien iba a llevar un equipo de
inmersión tantos kilómetros lejos del agua.
El informe concluye con la noticia de que «el señor y la señora Cavanaugh no
han podido ser localizados para efectuar alguna declaración».
La razón de que yo haya tomado tal interés en el caso —suficiente, al menos,
como para memorizar los detalles citados más arriba— es que conozco a los
Cavanaugh bastante bien. Son mis vecinos de la puerta de al lado.
Llámenlo el ego de un escritor que envejece si quieren, pero de alguna forma
no puedo dejar de pensar que la visita de la otra noche iba destinada a mí.
Esos pequeños bungalows de color verde se ven todos iguales en la oscuridad.
Bien, otra noche de plazo... El tiempo suficiente para rectificar el error. No
pienso ir a ningún lado.
Creo, de hecho, que será un final apropiado para un hombre de mi profesión:
ser absorbido en el desarrollo del relato de otro hombre.
Envejece conmigo;
lo mejor aún no ha venido.
Dime, Howard, ¿cuánto falta aún para que me llegue el turno de ver el negro
rostro aplastado contra mi ventana?
El Rey
William Relling, Jr.
William Relling, Jr. es uno de los últimos escritores recién llegados que han
irrumpido en el género fantástico con recientes ventas a publicaciones como
Cavalier, Dude, Whispers, y varias pequeñas publicaciones periódicas, así
como un artículo para una ya desaparecida revista de ciencia llamada Probe,
«que pese al título estaba en otro estante distinto al de Cavalier». Nacido el 14
de marzo de 1954 en St. Louis, Missouri, Relling ha trasladado actualmente su
hogar al área de Los Ángeles. Durante los últimos diez. años ha trabajado
como bibliotecario, conductor de camión, ordenanza en un hospital, músico
profesional, vendedor... Precisamente ahora, durante parte de su tiempo
enseña inglés para jóvenes en una escuela superior, mientras otra parte de su
tiempo la dedica como graduado a estudiar cine, televisión y dramaturgia en la
universidad del Sur de California. En su tiempo libre, Relling está trabajando en
un guión cinematográfico para «un fanfarrón de la ciencia ficción». Su historia
El Rey es un recordatorio de que los aficionados a lo fantástico no son los
únicos propensos a convertir en ídolos a sus héroes muertos y sacar provecho
de ellos.
Macho, eso ocurrió hace un tiempo y aún estoy temblando. Pero, ¿y quién no?
Probablemente nunca voy a dejar de temblar, al menos mientras pueda
recordar lo que vi. Y realmente no es probable que lo olvide.
Ni siquiera he vuelto a tocar los palillos desde entonces. Una especie de retiro
forzoso, ya sabes. No creo que pueda volver a ponerles la mano encima,
aunque tampoco he sentido muchas ganas de intentarlo. Y no pienso hacerlo
en mucho tiempo. No por mucho tiempo.
No es que no impresionara a todos los demás que estaban allí, como los chicos
de la banda, o la gente de aquel teatro, o cualquiera que lo leyó más tarde, los
cuales realmente no sabían qué había ocurrido. Pero yo le vi y él estaba allí, y
la muerte de Jay y la muerte de Tommy, yo sé que fue él. Lo sé.
Porque yo trabajé para él. ¿Recuerdas allá por el sesenta y nueve, cuando hizo
aquella reaparición y dio aquella gran sesión en Las Vegas, y la gira, y aquella
película en Hawai? Esa que pasaron por la televisión un par de veces. Bien, yo
trabajé en parte de aquella gira. Cuando estaban tocando por el Medio Oeste e
hicieron aquella sesión en Kansas City y Ronnie Tutt cayó con la gripe, fui
contratado —uno de los trompetistas me conocía, pues habíamos trabajado
juntos antes— hasta que Ron se pusiera bien. Así que actué en St. Louis y
Chicago, y entonces Ron volvió. Pero me quedé por allí y conseguí empleo
como percusionista debido a que le caía bien a El Hombre, ya sabes, y
deseaba tenerme por allí. Sólo como un favor.
Fue un trabajo estupendo, porque él pagaba muy bien a la banda, y todo era de
primera clase durante toda la gira. Y aquellos chicos, aquellos tipos de la
banda, sabían tocar. Glen Hardin estaba al piano y hacía casi todos los
arreglos y era estupendo, macho, realmente estupendo. Y James Burton, el
guitarrista. Nunca he oído a nadie que toque como él. Sólo por estar con
aquellos tipos valía la pena. Sí, valía la pena.
Pero El Hombre mismo era también grande. Era El Rey, ya sabes, tal como él
decía. Quiero decir que un montón de gente sólo le conocía de los primeros
días y de Hound Dog y de Ed Sullivan, o quizá de todas esas películas que hizo
y que no eran gran cosa. O tal vez sólo le conozcan del último año o así antes
de que muriera, cuando estaba tan mal, ya sabes, cuando había engordado
tanto y su voz se iba y todas esas historias acerca del alcohol y las píldoras y
toda la mierda.
Pero cuando yo le conocí estaba en la cumbre. Arriba del todo. Estaba en
buena forma —trabajaba duro, ya sabes, ejercicio y karate y todo lo demás,
dos, tres horas al día—, y su voz estaba realmente afinada y era fuerte. Dios,
podía cantar. ¿Has visto alguna vez esa cosa en la televisión desde Hawai?
Era grande. Realmente grande.
Y podía llevarse de calle a las multitudes. Absolutamente. No sólo a las nenas,
sino también a los chicos. Y no sólo a la gente joven, sino que gustaba también
a las viejas señoras y a las amas de casa y a las niñitas y a todos. Chillaban y
se desmayaban y mojaban sus pantalones. Los tema en un puño, macho, y lo
sabía todo el tiempo. Era increíble. Como si encendiera un fuego debajo de
cada uno de ellos. Y lo hacía. Realmente era así.
Nosotros podíamos sentirlo también, con sólo tocar detrás de él. Y aún le
quedaba algo de eso al final, ya sabes. Ese fuego, esa electricidad. Incluso
cuando ya iba para abajo, cuando estaba muriéndose, todavía seguían
aferrados a él. Incluso cuando estaba gordo y enfermo y todo y ya no podía
cantar como antes. Pero seguía siendo El Hombre. Aún los tenía en un puño,
aunque estuviera en baja forma.
Mira lo que ocurrió cuando murió.
Esa gente pensaba que era alguna especie de dios o algo así, y vinieron de
todas partes del mundo al funeral. Como si fuera algo más que un ser humano
normal, como si no fuera como el resto de nosotros, ya sabes. Y realmente era
así, en cierto sentido. Era especial. Y cualquiera que le hubiese conocido, o
que creyera que le había conocido, o que le hubiera querido, estaba allí. Eran
miles. Jesús, yo estaba allí y era..., bien, como nadie fuera de toda aquella
gente podrá llegar a creerlo, ya sabes, y todos se sentían muy tristes. Como si
él no tuviera derecho a ser mortal y realmente no pudiera morir. Podías sentirlo
como un peso sobre tus hombros en aquella multitud, aquella especie de
¿cómo-puede-habemos-hecho-esto-a-nosotros? Realmente, no podía estar
muerto.
Aún hoy siguen acudiendo.
Ahora que pienso de nuevo en ello, quizá eso formaba parte de lo que ocurrió
después. Ya sabes, toda aquella gente negándose a aceptar que estaba
muerto, deseando que volviera, rezándole como si él fuera un dios...
Quizá eso formaba parte de ello. Eso y algo más.
Los timadores. Los traficantes. Los asquerosos bastardos que acudieron
zumbando como moscardones para sacar un dólar de todo aquel dolor, de todo
aquel amor, de toda aquella adoración. Me puso enfermo ver aquellos tipos en
la calle, macho, delante mismo de aquella maldita tumba, vendiendo ceniceros
y camisetas y fotos y discos. Y la gente, esos miles y miles de personas
comprándolo todo, simplemente porque le querían y no deseaban que se fuera.
Como si tuvieran que llevarse parte de él para conservarlo. Los hubiera echado
a todos, y le di de puñetazos a uno de esos tipos, uno que estaba vendiendo
collares de pequeños ataúdes plateados, con su nombre grabado en ellos.
Tuvieron que sujetarme para que no matara a aquel hijo de puta.
Pero conocí a Jay, y Jay era honesto consigo mismo, y llevaba componiendo
su propio material desde hacía un par de años. El Hombre mismo había visto a
Jay en una ocasión y más tarde se habían encontrado un par de veces, y
realmente comprendió lo que hacía. Dijo que Jay era el único tipo que había
visto nunca que podía hacerlo bien, ya sabes. Y Jay era un gran admirador
suyo. Pero Jay hacía otra cosa en sus actuaciones; ya sabes, su propio
material y todo lo demás. Y, como digo, Jay llevaba pateándose el país desde
hacía tiempo.
De modo que no fue idea de Jay, realmente, sino de Tommy Adams, que había
oído a Jay en un club en Knoxville. Fue él quien vino con la idea para el cambio
en sus actuaciones y la oferta para ser el manager de Jay si éste seguía
adelante. Muchos billetes, dijo Tommy.
Por aquella época yo llevaba tocando con Jay desde hacía unos seis meses.
Me contrató después de que su antiguo batería se fuera allá por Springfíeld,
Illinois, y yo había vuelto al Medio Oeste después de patearme la zona de Los
Ángeles durante un par de años y me las arreglaba a duras penas. No
trabajaba regularmente cuando me encontré con Jay, y él me dio el trabajo. De
todos modos, cuando Tommy Adams fue hasta él con la oferta aquel
septiembre, Jay acudió a mí. Sabía que yo había conocido personalmente a El
Hombre —igual que él— y deseaba saber cómo me sentía al respecto. Así que
hablamos.
Le dije lo que pensaba de Tommy Adams, pero que realmente no veía nada
malo en el cambio, porque sabía de dónde venía él, me refiero a Jay, ya sabes.
Un homenaje, ¿eh? Una especie de conmemoración. El dinero no tema nada
que ver con ello.
Oh,no.
Así que Jay aceptó y se convirtió en Jay Redman, Príncipe Coronado en el
trono de El Rey. De lleno al traje blanco y el pañuelo al cuello, las lentejuelas,
las piedras preciosas falsas, la guitarra acústica nacarada, el pelo y las patillas,
la sonrisa, las joyas, los pantalones ajustados, el movimiento de caderas y los
golpes de karate. De lleno a Heartbreak Hotel, In the Ghetto, Burnin' Love,
Jailhouse Rock y todo lo demás.
Y yo me metí de lleno con él.
Quizá no debiera decir eso, no lo sé. Por aquella época no pensaba que fuera
malo en absoluto. Jay tuvo éxito casi de inmediato, y Tommy nos conseguía
actuaciones por todo el sur y el Medio Oeste, de Fort Lauderdale a Chicago, a
Atlanta, a Nashville, a Nueva Orleans, a St. Louis, en clubs y teatros de cenaespectáculo
y bares y de todo. Al llegar febrero me sacaba casi cinco billetes a
la semana, sólo para mí. Tommy no estaba bromeando cuando dijo que habría
entonces montones de billetes. Para todos nosotros.
Pero no se trataba del dinero.
Era realmente extraño. Actuábamos, ya sabes, en todos esos clubs de cenaespectáculo
y todo eso, y la gente, macho, era sencillamente asombrosa.
Quiero decir que Jay era bueno y había aceptado hacer aquello y todo lo
demás, pero seguía siendo Joe. Lo estaba imitando. Era una actuación,
¿comprendes?
Pero la gente... Era como estar de vuelta en aquella vieja gira, con las nenas
chillando y desmayándose, y tendiendo las manos para tocar a Jay cuando
éste movía las caderas o sonreía, o les guiñaba un ojo.
Curioso. Debía de haber por lo menos un centenar de otros tipos por todo el
país haciendo lo mismo, y, por lo que había oído, las cosas eran iguales con
todos ellos. La gente simplemente estaba loca por conservar algo.
Pero Jay se tomaba las cosas con calma y seguía siendo simplemente Jay. No
había ninguna transformación mágica ni nada parecido, en la que Jay
empezara a hablar como El Hombre cuando estaba fuera del escenario o se
sintiera poseído o cualquiera de esas otras tonterías que puede que hayas
oído. Sabía que se trataba de una actuación, así que en el escenario y fuera de
él seguía siendo siempre Jay. Seguro, conseguía toda la atención y el dinero
que quería, pero seguía siendo siempre él mismo.
Pero Tommy, ¡huau! No es que Tommy se volviera realmente loco, al menos
no psicológicamente o algo parecido. Era el dinero, ya sabes. La pasta empezó
a entrar, y Tommy iba todo el tiempo andando por ahí con esos grandes signos
del dólar en los ojos. Todo lo que le importaba era el dinero. Tommy era otro
buitre, exactamente igual que todos aquellos otros tipos.
Lo que hizo que todo empezara fue cuando Tommy firmó el contrato de Jay
para esa actuación en televisión y que era una especie de tête-à-tête para los
siete o así mejores personificadores que actuaban por ahí. Así que hicimos la
sesión en Las Vegas, en el «Caesar's Palace». Un buen asunto, ¿eh? Mucha
pasta. Todo fue estupendamente.
Excepto que Jay pierde y termina detrás de un par de tipos que quizá se
parecían un poco más a El Hombre o se movían más como él o sonaban más
como él o —como yo dije— simplemente eran mejores que Jay. ¿Y qué? Ya
sabes. Nos pagaron igual, y no lo hicimos mal del todo. Jay estuvo bien, como
siempre, y no íbamos a tener menos trabajo ni a perder nada por ello. Había
suficiente para nosotros y para todos aquellos otros tipos, y no por eso íbamos
a vernos apeados del negocio.
Sin embargo, Tommy no es feliz. No estamos haciendo lo suficiente, dice.
Tenemos que ir hasta el final, dice. Necesitamos otra idea, dice, como si
aquello no fuera ya suficiente idea. Así que intenta convencer a Jay de que
cambie su cara, por los clavos de Cristo, como haría cualquier payaso de
Florida, pero Jay le manda a tomar viento.
Así que Tommy vuelve con otra cosa distinta. El concierto de homenaje, ¿de
acuerdo? En Memphis, el 16 de agosto, el aniversario del día en que El
Hombre murió. Y todo el tiempo está Tommy explicándole esto a Jay y a mí y al
resto de la banda, y yo escuchando todo el rato ese ka-ching como una
pequeña caja registradora en la cabeza de Tommy, y viendo de nuevo esos
signos de grandes dólares en sus ojos.
Pero todos decimos que de acuerdo, que haremos el trabajo, y luego no
pensamos más en ello. Excepto Danny Palmer, el bajo, que vino con nosotros
aproximadamente por la época en que Jay cambió su actuación. No pienso
hacerlo, le dice Dan a Tommy. Me largo.
Esto es una gran sorpresa para todos nosotros, ya sabes, porque las cosas
marchan bien y el dinero entra a espuertas, y Dan es un buen bajo. Sin
embargo, Tommy no se muestra preocupado en absoluto, porque piensa qué
infiernos, hemos obtenido una buena actuación y contrataremos a otro bajo; no
hay por qué alarmarse. Lo cual era cierto, por supuesto. Pero había algo
acerca de Danny Palmer que me preocupó a mí personalmente.
Así que le pregunté, eh, Daniel, ¿por qué te largas?
Y al principio es algo así como, bien, ya hemos hecho todas esas actuaciones,
y la verdad es que empiezo a estar cansado de todo eso.
Pero nada de eso me suena a verdad. Vamos, hombre, le digo. Sé sincero
conmigo. Anda, cuéntamelo.
Está asustado. Está asustado y no sabe por qué.
¿Asustado?, digo. ¿Asustado de qué?
No lo sé, dice.
Y yo no sé qué decirle.
Luego dice, así son las cosas. Esa gente y Jay y Tommy y el resto de nosotros.
Entonces se interrumpe y me mira de una forma realmente curiosa.
¿Sabes lo que es la necrofilia?, pregunta.
No.
Me cuenta acerca de ello, y que lo que estamos haciendo es en cierto modo
horrible, alarmante y definitivamente indigno. Ocurrirá algo malo, dice.
Y yo me echo a reír.
Entonces él se volvió como loco y se largó, y así quedaron las cosas. Pero
seguí preocupado por todo aquello, aunque realmente no volví a pensar en ello
hasta mucho después.
De todos modos, contratamos a Bobby Redman, que era primo de Jay, para
tocar el bajo, y seguimos adelante, actuando como antes. No había ninguna
razón para que yo pensara que había algo malo en aquello, a pesar de lo que
pudiera decirme Dan Palmer. Además, fue olvidado casi inmediatamente
después de haberse ido.
Y aquel día 16 las cosas fueron estupendamente. Había un montón de gente
en la ciudad, ya sabes, y las entradas para el espectáculo estaban agotadas
desde hacía varias semanas, así que firmamos por una segunda sesión y las
entradas de ésa también se agotaron, tal como Tommy había imaginado que
ocurriría. Jay se sentía bien y relajado, y todos estábamos estupendos.
Aquella tarde, Jay y Bobby y yo fuimos a la mansión, donde El Hombre estaba
enterrado. Nos mezclamos con la multitud, que era realmente grande; lo cual
no es ninguna sorpresa, supongo. Pero tuve la misma sensación que había
tenido antes, ya sabes, esa tristeza y esa especie de peso sobre mis hombros,
y miré a Jay y él estaba mirando a la tumba, y sus ojos eran realmente
vidriosos y estaba pálido. De modo que dije, eh, macho, vamonos de aquí, y
Jay simplemente asintió y nos marchamos.
Fuimos al teatro y directamente a los camerinos, y Jay estuvo realmente quieto
durante un rato. Luego estuvo bien de nuevo. Ir a la mansión le había chafado,
dijo.
Muy pronto aparece el resto de la banda y Tommy está de vuelta con nosotros.
Nos preparamos para la actuación y él no deja de palmearnos en la espalda y
de decimos lo grandes que somos y lo grande que es Jay y todo eso. Son las
nueve.
Las luces de la sala se apagan y todo el mundo excepto Jay pisa el escenario,
que está negro como la tinta. Luego los amplificadores empiezan con Así
hablaba Zaratustra... Ya sabes, 2001. Termina ésta y abrimos con los primeros
compases de C C Rider, y la gente se pone ya en pie.
Entonces se encienden los focos y barren el público y luego el escenario, y,
¡jang!, ahí está Jay, saltando desde la izquierda del escenario, agitándose y
enviando besos al público. Y los tiene en un puño, macho, los tiene en un puño.
El lugar enloquece del todo.
Hacemos todo el programa, y cada canción les hace chillar más fuerte que la
anterior. Pero ocurre algo realmente extraño. Jay ya no es él, sino que es
realmente EL HOMBRE, y lo necesitan enormemente. Es como estar tendido
en una playa, ya sabes, y dejar que las aguas pasen por encima de ti. Y
podíamos sentir ese deseo en el aire a nuestro alrededor, macho, allá arriba en
el escenario. Jay estaba en la onda como nunca antes le había visto.
Cerramos el espectáculo con Girl Happy, y aquella multitud estaba literalmente
fuera de sí cuando Jay se fue del escenario junto con el resto de nosotros.
Tommy está allí, entre bastidores, y pasa un brazo en tomo al hombro de Jay y
se lo lleva consigo hacia el camerino. Yo podía ver la cabeza de Tommy
agitándose arriba y abajo, y podía imaginar aquella pequeña caja registradora
haciendo ka-ching de nuevo. Pero Tommy conoce su oficio, ¿no? Sabe cómo
llevar a esas gentes hasta un punto donde simplemente explotan, y entonces
dejar que Jay salga de nuevo en solitario y toque su solo y los remate.
Miré mi reloj y vi que eran las 10.15. Tiempo suficiente para el bis y luego
despejar la sala para la siguiente sesión. Tiempo suficiente.
Entonces cortaron las luces de la sala.
Los aplausos y los gritos eran suficientes como para estremecer todo aquel
maldito edificio como si fuera un terremoto. Estaba todo a oscuras y empezaron
a encender cerillas y mecheros, y parecían como antorchas o estrellas contra
un cielo nocturno. Entonces fue cuando oí el grito.
Vino de detrás, de algún lugar entre bastidores. Eché una mirada de soslayo a
Bobby, que estaba a mi lado en la oscuridad. ¿Has oído eso?, le pregunto.
¿Qué?, dice.
Ese grito, digo.
Jesús, dice, todos están gritando.
Detrás de mí alguien siseó que venía Jay. Me volví, y pasó a mi lado muy
lentamente, arrastrando los pies. Adelanté una mano para palmearle la
espalda, pero algo me detuvo. Y noté un olor.
Era realmente dulce y casi mareante, como cuando entras en una floristería y
abres uno de los refrigeradores donde guardan las rosas y los claveles y todo
lo demás. Era casi como para tumbarte de espaldas.
Estaba aún oscuro cuando se dirigió hasta el centro del escenario y tomó su
guitarra. Tocó los primeros acordes de Love Me Tender, y de repente todo
quedó en silencio. Era como si aquel sitio se hubiera convertido en una iglesia.
Entonces empezó a cantar.
Nunca antes había oído a Jay cantar la canción de aquella manera.
Normalmente lo hacía muy bien, y por eso siempre le pedían un bis. Pero esta
vez era distinto.
Era más que bueno. Era increíble. Era dolor y miedo y soledad y llanto y todas
las cosas tristes que hayas sentido en tu vida, o que puedas llegar a imaginar.
Y nadie en todo el lugar era capaz de producir un ruido, excepto él en el
escenario. Nadie era capaz de moverse siquiera.
Terminó la canción, y el lugar permaneció en silencio, como una tumba, hasta
que él dejó la guitarra y empezó a dirigirse hacia bastidores.
Entonces estallaron en aplausos.
Nosotros estábamos allí aguardándole y animándole, dispuestos a abrazarle y
a felicitarle. Pero cuando llegó lo suficientemente cerca y Bobby se adelantó
hacia él, algo nos congeló a todos y él pasó caminando por entre nosotros
como si fuéramos estatuas. Recorrió toda la parte de atrás del escenario hacia
los camerinos, pero no entró en ellos. En vez de ello siguió caminando, a lo
largo del oscuro pasillo, hacia la salida de artistas.
Entonces fue como si alguien conectara un interruptor y pudimos movernos de
nuevo. Eché a correr tras él y le llamé, pero él iba a unos buenos siete metros
por delante de mí cuando alcanzó la puerta. Estaba exactamente debajo de la
luz roja que decía «Salida».
Entonces se volvió y me miró, pero sólo por un segundo.
Luego se marchó.
Más tarde me dijeron que me habían encontrado junto a la salida, después de
mirar en el camerino y ver lo que quedaba de Jay y de Tommy. Al principio la
policía quería arrestarme, pero no necesitaron mucho tiempo para darse cuenta
de que yo no podía haberlos matado. Simplemente, era imposible.
En la encuesta, el funcionario del juzgado emitió un informe «oficial» y lo llamó
«asesinato-suicidio». Dijo que Jay y Tommy murieron entre las 10.15 y las
10.45. Que debió ser más bien a las 10.45, puesto que algunos testigos
afirmaron que Jay no terminó su bis hasta pasadas las 10.30.
Pero yo soy el único que sabe que murieron a las 10.15. Soy el único que
puede decirles que no fue Jay quien interpretó aquel último bis.
Pero no lo haré.
PISADAS
Harlan Ellison
Los últimos días de 1980 vieron la publicación de Shatterday (Houghton Miffin),
el más reciente libro de Harían Ellison, una importante colección de relatos
fantásticos para alinear junto con sus anteriores recopilaciones, Deathbird
Stories (1975) y Strange Wine (1978). Shatterday, el trigésimo octavo libro de
Ellison, incluye varias historias que han aparecido en antologías de relatos de
terror, además de su sorprendente fantasía semiautobiográfica All the Lies That
Are My Life (Todas las mentiras que son mi vida). Tan notable antologista como
autor y crítico, Ellison es el responsable de las controvertidas Dangerous
Visions [Visiones peligrosas, publicadas en tres volúmenes en la colección
«Super Ficción» de esta misma editorial], Again Dangerous Visions, y las largo
tiempo anticipadas Last Dangerous Visions. Nacido en Ohio en 1934, Ellison se
elevó por encima de los seguidores de la ciencia ficción y fue más allá de la
estrechez de miras de ese género para convertirse en un importante escritor
moderno. Normalmente reside en el área de Los Angeles.
De nuevo es París el marco para Pisadas (¿desean ustedes realmente efectuar
un viaje por Europa después de leer esta antología?), y el relato del propio
Ellison acerca de cómo fue escrita esta historia es en sí mismo una historia
fascinante.
INTRODUCCIÓN DEL AUTOR
Éste es mi relato más reciente. Tiene poco más de seis meses. Lo escribí entre
las 12 del mediodía y las 7.30 de la tarde en el escaparate de una librería del
barrio de Saint Germain, en París, el miércoles 14 de mayo de 1980.
Como Georges Simenon antes que yo, que se sentó en un escaparate de la
editorial Gallimard en París a principios de siglo (si alguien sabe la fecha
exacta, me sentiré muy agradecido de recibir esa información) y escribió toda
una novela en una semana —dignificando así, como yo más tarde, el acto de
crear en público—, he creado algunas de mis obras ante multitud de gente no
sólo en Bostón, Los Ángeles, Metz (Francia), San Diego, Londres y Nueva
York, sino también en París...
Simenon ya no está, pero sonrío al pensar que estoy siguiendo sus pisadas.
Las circunstancias fueron interesantes, así como sus condicionantes. Dado que
los periodistas de París —televisión, revistas y periódicos— eran escépticos
con respecto a la empresa (¿acaso ignoraban que Simenon también lo había
hecho?) y sugirieron que podía tratarse de algo amañado de antemano (que yo
usaría una historia ya escrita o que escribiría una la noche antes) decidí
hacerlo de la siguiente manera para asegurar la autenticidad de la
espontaneidad.
Los propietarios de la librería —Temps Futurs, en el 8 de la Rué Dante—
tenían que pensar en el tema sobre el que deseaban que yo escribiera. Tenían
que imaginar un punto de partida: una historia de amor, una aventura de
piratas, una fantasía. acerca de las ninfas, lo que fuera..., y hasta que yo no
entrara en la tienda con mi fiel Olympia portátil no iban a decirme cuál iba a ser
el tema de mi trabajo de aquel día. Cuando los periodistas oyeron eso, dijeron
que era imposible trabajar de esa forma, que los artistas no creaban así.
Cuando entré en Temps Futurs, Stan y Sophie Barets me habían preparado
una plataforma en el escaparate, una pesada mesa de caballetes, una silla... y
Perrier.
Preparé mi máquina de escribir, papel, pipa y tabaco, mi líquido corrector,
plumas, rotuladores, y Perrier. Hice que pusieran en el estéreo de la tienda una
cassette de Django Reinhardt... y esperé.
Stan, con aspecto avergonzado, me dijo que durante la tarde anterior, mientras
intentaba pensar en algo nuevo e inteligente para que yo lo utilizara como
arranque, había recibido una llamada telefónica de un disc jockey parisino que
se hada llamar El Hombre Lobo. El disc jockey le había dicho que si yo escribía
una historia acerca de un hombre lobo, iba a hacer publicidad de la librería
durante todo el día y la noche por la radio.
De modo que Stan dijo:
—Quiero que escribas una historia acerca de una mujer lobo que al mismo
tiempo es una violadora.
Y uno de los empleados de la librería, al oír eso, añadió:
—Y que tenga el pelo rubio y muy largo.
Y Sophie dejó oír su voz:
—Y tiene que ocurrir en París.
Mi respuesta no fue un desánimo completo, pero se le pareció. Porque lo que
es originalidad, había mucha y muy abundante. La idea de los licántropos,
hombres o mujeres, era una idea muy trabajada. Pero añadirle violación,
violación de hombres por una mujer, lo cual es virtualmente imposible, era casi
demasiado original como para trabajar en ello. El pelo rubio no era ningún
problema, pero aquél era tan sólo mi segundo viaje a París: apenas hablaba el
idioma, y no conocía la ciudad lo suficiente como para utilizarla en la historia
con un asomo de autenticidad.
Pero acepté los términos del trato, de modo que dije que lo haría. La mente
empezó a funcionar en esa forma que yo denomino el arte de escribir, una
forma que utiliza la habilidad y los subterfugios propios de un candidato
presidencial evitando tomar posiciones en un asunto delicado.
Por ejemplo: ¿quién dice que la mujer tiene que violar al hombre?
Y: la librería está llena de parisinos que conocen la ciudad. ¿No es ésta una
referencia muy a mano para crear una geografía y una ambientación
adecuadas?
Sin mencionar: ¿no he leído en algún lugar que los sádicos que brutalizan a
sus parejas descubren que el pene se congestiona y entra en erección en el
momento de mayor dolor o muerte? (.Fue Sade? ¿Gilíes de Rais? ¿Sacher-
Masoch? ¡Oh, qué demonios! ¿Quién va a contradecirme, cuántos husmeantes
expertos en cine van a estar por ahí?
Así que tomé la idea básica para el argumento y empecé a escribir. Durante
todo el día los periodistas acudieron y zumbaron a mi alrededor, tomaron sus
fotos y yo firmé libros para los visitantes, respondí a preguntas estúpidas,
escuché a Django, fumé mi pipa, bebí mi Perrier... y escribí. La historia que
tienen ustedes ahí.
Para ella, la oscuridad nunca llegaba a la Ciudad de la Luz. Para ella, la noche
era el tiempo de la vida, un tiempo lleno de momentos de luz más brillantes que
todo el neón barato que mancillaba Champs Elysées.
Como no había llegado nunca a Londres, ni a Bucarest, ni a Estocolmo, ni a
ninguna de las quince ciudades que había visitado en sus vacaciones. Su gira
de gourmet por las capitales de Europa.
Pero la noche había llegado frecuentemente a Los Ángeles.
Precipitando su huida, obligando a la precaución, produciendo dolor y hambre,
una terrible hambre que no podía ser saciada, un dolor que no podía ser
arrancado de su cuerpo. Los Ángeles se había vuelto peligrosa. Demasiado
peligrosa para uno de los hijos de la noche.
Pero Los Ángeles había quedado atrás, y todos los titulares de los periódicos
acerca del carnicero loco, acerca del destripador, acerca de las terribles
muertes. Todo quedaba atrás... y también Londres, Bucarest, Estocolmo, y una
docena de otros pastos. Quince maravillosos salones de banquete.
Ahora estaba en París por primera vez, y la noche se acercaba, con toda su luz
y toda su promesa.
En el Hotel des Saints Peres se bañó meticulosamente, tomándose el tiempo
que siempre se tomaba antes de salir a cenar, antes de salir en busca de la
pasión.
Se había quedado sorprendida al descubrir que los hoteles en Francia no
proporcionaban manoplas de baño. Al principio pensó que la doncella había
olvidado dejar la suya en la habitación, pero cuando llamó a la recepción, la
chica que respondió al teléfono no pudo comprender de qué le estaba
hablando. El inglés de la recepcionista no era bueno, y el francés era casi
incomprensible para Claire. Claire hablaba muy bien en Los Angeles, pero eso
no le servía de nada en París. Era una suerte que el idioma no fuera también
una barrera para Claire cuando se trataba de encargar su comida. Para ello no
tenía ningún problema en absoluto.
Durante diez minutos estuvieron lanzándose mutuamente sonidos
incomprensibles, hasta que la recepcionista comprendió por fin lo que le pedía.
—¡Ah! Oui, mademoiselle —dijo la recepcionista—. ¡Le gant de toilette!
Instantáneamente, Claire supo que había dado en el clavo.
—Sí, eso es.... Oui. Gant..., gant lo que sea... Oui. Una manopla de baño.
Después de otros diez minutos comprendió que los franceses pensaban que la
manopla con la que uno se lavaba el cuerpo era algo demasiado personal
como para dejarlo en una habitación de hotel, que los franceses llevaban
consigo sus propios gants de toilette cuando viajaban.
Se sintió sorprendida. Y ligeramente complacida. Aquello era indicio de una
distinta forma de vivir que prometía nuevos sabores, nuevas sensaciones,
posiblemente nuevas cimas en el amor. Pensó en transportes de éxtasis. En la
noche. A la brillante luz de la oscuridad.
Se entretuvo largo tiempo en el baño, utilizando el teléfono de la ducha para
lavar a conciencia su largo cabello rubio. La extremadamente caliente agua del
baño por toda la parte inferior de su cuerpo, entre sus muslos, la cascada de
agua caliente cayendo a chorro sobre ella, alivió la tensión del vuelo desde
Zurich, eliminó los primeros signos de claustrofobia de los aviones que había
estado insinuándose en ella desde Londres. Se tendió en la bañera y dejó que
el agua fluyera sobre su cuerpo. Renacimiento. Rejuvenecimiento.
Y se sentía ferozmente hambrienta.
Pero París es conocida mundialmente por su cocina.
Se sentó en la terraza de Les Deux Magots, el café del Boulevard St. Germain
donde Boris Vían, Sartre y Simone de Beauvoir se sentaban en los años
cuarenta y cincuenta para elaborar sus pensamientos y a veces escribir sus
palabras de soledad existencialista. Permanecían allí, bebiendo Pastis o
Pernod, y se sentían llenos de una sensación de unidad entre la humanidad y
el universo. Claire se sentó y pensó en su inminente unidad con una parte
selecta de la humanidad... Y el universo no le preocupaba. Para los hijos de la
noche, la soledad había nacido con la carne, se asentaba en la médula de los
huesos, fluía con la sangre. Para ella, la idea de la soledad existencial no era
una teoría abstracta, era su forma de vida. Desde su primer momento de
consciencia.
Se había vestido para impresionar. Aquella noche con el vestido de seda azul
celeste, con un escote muy abierto. Se sentó en la primera fila, de cara a la
acera, las piernas cruzadas, un simple vaso de Perrier avec citrón ante ella. No
había ordenado pâté o terrine: nunca hay que contaminar el paladar antes de
dedicarse a una comida de gourmet. Había evitado picar durante todo el día,
manteniéndose firmemente en la temblorosa frontera del hambre.
Y el festín movedizo pasó ante ella.
Tendría unos cuarenta y pocos años, de aspecto grueso, y se mantenía tan
erecto como el mariscal Foch en el libro de historia de Francia que había
comprado. Aquel hombre llevaba un traje gris, cruzado, de línea pomposa para
disimular el hecho de que la calidad no era demasiado buena.
El hombre —en quien Claire pensaba ahora como el mariscal Foch— pasó
caminando ante ella, captó un destello de nilón cuando ella cruzó las piernas
en su honor, lanzó una mirada de reojo, se encontró con sus ojos verdes y
tropezó contra una vieja con un cesto de mimbre lleno de verduras y pan.
Durante un momento pareció como si bailaran intentando esquivarse el uno al
otro, hasta que la vieja le apartó bruscamente con el codo, murmurando una
obscenidad para sí misma.
Claire se echó a reír alegre, cálida y cautivadoramente.
El mariscal Foch pareció turbado.
—Las viejas siempre tienen codos afilados —le dijo al hombre—. En casa se
los afilan cada día con piedra pómez.
El se la quedó mirando, y la expresión que pasó por su rostro la convenció de
que lo había atrapado.
—¿Habla usted mi idioma?
El se tomó un buen rato para cambiar sus engranajes lingüísticos y dio un paso
hacia ella. Asintió.
—Sí, en efecto. Lo hablo.
Su voz era profunda, pero mesurada: la voz de un hombre que miraba la acera
cuando caminaba para asegurarse de que no se ensuciaría los zapatos con
excrementos de perros.
—Lamento no hablar francés —dijo ella, e inspiró profundamente de modo que
el vestido azul celeste se entreabriera sobre su seno.
Asegurándose de que el gesto no había pasado inadvertido al hombre, dejó
que una pálida y fina mano se deslizara hacia sus pechos como pidiendo
disculpas. Él siguió el movimiento con entrecerrados ojos. Atrapado. Oh, sí,
atrapado.
—¿Es usted norteamericana?
—Sí. De Los Ángeles. ¿Ha estado usted allí?
—Sí, por supuesto. He estado varias veces en América. Asuntos de trabajo.
—¿A qué se dedica?
Él permanecía de pie ante la mesa, el maletín colgando de su mano izquierda,
el pecho hinchado para ocultar la blanda opulencia que la gravedad y los años
habían puesto sobre su estómago.
—¿Puedo sentarme?
—Oh, sí, por supuesto. No faltaría más. Siéntese, por favor.
Él apartó la silla metálica que había junto a ella, colocó el maletín debajo y se
sentó. Cruzó sus piernas con mucho cuidado, como si realmente fuera el
mariscal Foch, asegurándose de que las rayas de sus pantalones estaban
rectas. Metió su estómago y dijo:
—Comercio con obras de arte. Excelentes trabajos de nuevos pintores, artistas
gráficos... Viajo mucho por el mundo.
No a pie, pensó Claire. En 747, en el Trans Europ Express, en barcos
elegantes que sólo llevan a una docena de gordos pasajeros como carga. No a
pie. No tienes ni un centímetro correoso en tu suculento cuerpo, mariscal Foch.
—Eso parece maravilloso —dijo Claire.
Entusiasmo. Vino embriagador. Puertas abriéndose. Invitaciones en recio papel
pergamino con elegantes letras en relieve. Y como siempre, desde el amanecer
del mundo..., arañas y moscas.
—Oh, sí, creo que sí —dijo él, sonriendo orgullosamente.
No dijo creo, sino que pronunció cgeo.
Ella le miró. Él se hundió y se hundió en las verdes aguas de sus fríos ojos.
La invitó a una copa, ella le dijo que ya estaba tomando algo, él le ofreció otro
tipo de copa, algo más fuerte. Pero ella dijo que no, que ya estaba bebiendo,
gracias. Así le daba a entender bien claro que no era una prostituta. Siempre
ocurría lo mismo, en cualquier gran ciudad. Bebidas fuertes.
Confiaba en que él no oyera los gruñidos de su estómago.
—¿Ha cenado usted ya? —preguntó ella.
Él no respondió inmediatamente.
Ah, tienes una esposa e hijos esperándote, aguardándote para empegar a
cenar. Quizá en Neuilly. Eso está bien, sucio hombrecito maduro.
Entonces él dijo:
—Oh, no. Pero tengo que hacer una llamada telefónica para anular una cita de
negocios. ¿Le importaría cenar conmigo?
—Me encantaría —dijo ella, mostrándole con un estudiado giro de su cabeza el
ángulo preciso que realzaba sus excelentes pómulos.
Antes de acabar su frase, él ya se había levantado de su silla y se dirigía a las
cabines téléphoniques.
Ella permaneció sentada, sorbiendo su Perrier y aguardando a que regresara
su cena.
Ha sido rápido, pensó al ver que él regresaba apresuradamente. Déjame
adivinar lo que has dicho, querido: ha surgido algo importante... Un comprador
de la cadena Doubleday en América está interesado en las reproducciones de
Kawaierowicz y Meynard... Ya sabes que odio tener que quedarme en la ciudad
hasta tan tarde, pero es preciso... Oh, no, Francoise, no seas así... Di a los
niños que les traeré una tarta... ¡Basta, basta! Debo quedarme... Vendré tan
pronto como sea posible; cenad sin mí. No pienso... discutir contigo... Adiós. Au
revoir, salut, à bientôt... Dame una oportunidad, ¿quieres? Deseo sentirme
saciada... Quiero oírtelo decir ahora, mi querido mariscal Foch.
Y pensó algo más: Espero que no te guarden la cena caliente.
El le sonrió, pero los rasgos de su rostro estaban tensos. No es fácil para un
rostro disimular la tensión. Pero intentó valientemente no mostrar el efecto de la
llamada telefónica.
—¿Nos vamos?
Ella se puso lentamente en pie, dejando que las dos partes de su falda se
unieran del modo más artístico, y la sonrisa de su rostro se hizo más tentadora.
Oh, sí: atrapado.
Empezaron a caminar. Ella ya había dado un paseo por la zona. Prepárate, que
suena la marcha de las chicas exploradoras.
Le condujo hacia la Rue St. Benoit, creyendo que allí podría cenar sin atraer a
una multitud. Pero aún era demasiado pronto. La vida nocturna de París florece
por las calles hasta bastante después de las dos de la madrugada, y cenar al
fresco era casi imposible. A Claire nunca le había gustado comer a gran
velocidad.
Había dos restaurantes al final de la Rué St. Benoit, y él sugirió cualquiera de
los dos. Ella negó encantadoramente con la cabeza y dijo:
—¿Por qué no paseamos un poco más? Me gustaría algo más... romántico.
Él no discutió. Siguieron bajando por la Rue St. Benoit.
A la izquierda, hacia la Rué Jacob. Demasiado concurrida.
A la derecha, hacia la Rue des Saints Pères. También demasiado concurrida.
Pero, directamente al frente, el río. El oscuro Sena, al anochecer.
—¿Podemos ir hasta el río?
Él pareció confuso.
—Deseas cenar, ¿verdad?
—Oh, claro. Por supuesto. Pero primero caminemos un poco junto al río. Es tan
hermoso, tan encantador por la noche, y ésta es la primera vez que vengo a
París. Es tan romántico...
Él no discutió.
A su derecha, la enorme masa de un gran edificio estaba sumida en la
oscuridad. Ella lo miró, y más allá, hacia el cielo donde la luna llena brillaba
como un mensaje de advertencia.
Cenar bajo la luna llena era siempre delicioso.
—Este edificio es L'École des Beaux-Arts —dijo él—. Muy famosa.
Pronunció fau-mosa. Ella se rió.
Oscuridad. Siempre luz. La dulce luna llena cruzando los cielos. Una cena
cálida aguardando. Y allí estaba, un puente cruzando el negro río. Y una
escaleras bajando hacia la orilla. Ah.
—Le Pont Royal —dijo el mariscal Foch, señalando el puente—. Muy fau-moso.
Cruzaron, y ella le condujo hacia abajo, por las escaleras. En la orilla, dos
metros por encima del lánguido Sena, ella se volvió y miró a derecha e
izquierda. Entonces se reclinó contra él, se puso de puntillas y le besó. Él
hundió su estómago, pero no era para ocultar su rotundidad. Ella lo tomó de la
mano y le condujo hacia el Pont Royal.
—Bajo el puente —dijo.
El sonido de la respiración de él.
El sonido de los tacones altos de ella en las antiguas piedras.
El sonido de la ciudad sobre ellos.
El sonido de la luna llena brillando dorada y haciéndose grande en el cielo.
Y allí, bajo el puente, envueltos en oscuridad, ella se reclinó de nuevo contra él,
cogió su gruesa cabeza entre sus finas y pálidas manos, apoyó su boca contra
la de él y dejó que su dulce aroma lo impregnara. Lo besó durante un largo
rato, mordiéndole los labios con sus dientes, y él lanzó un ahogado sonido,
como un pequeño animal al ser estrujado. Pero ella iba por delante de él: su
pasión ya se había despertado.
Y Claire se esfumó para ser reemplazada por algo distinto.
Un hijo de la noche.
Hijo de la soledad.
Con la última parpadeante conciencia de su evanescente humanidad, ella
percibió el instante de saber que estaba en un abrazo amoroso con alguien
distinto, el hijo de la noche.
Fue el instante en que cambió.
Pero ese instante fue demasiado corto para que él pudiera liberarse. Ahora la
espina dorsal de ella se había curvado, ahora su boca se había llenado de
colmillos, ahora habían crecido las garras, ahora el cuerpo bajo el vestido azul
celeste se había llenado de pelaje, ahora le atraía debajo de ella, ahora ella
estaba encima de él, ahora las garras desgarraban el traje gris y la carne de él,
ahora una renegrida garra abría un tajo en la garganta de él para que no
pudiera gritar. Ahora había llegado la hora de la cena.
Tenía que hacerse de manera cuidadosa y rápida.
El estaba en plena erección, su pene hinchado con estática lujuria. Ahora ella
le tenía desnudo y ella estaba sobre él, acuclillándose sobre él, y él entró en
ella mientras su vida se le escapaba a borbotones. Ella cabalgó, agitándose y
sudando, mientras la boca de él trabajaba futilmente y sus ojos se desorbitaban
y brillaban a la luz de la luna.
El orgasmo de ella fue acompañado por un aullido que ascendió por encima del
Sena y se perdió en el cielo nocturno sobre París, hasta que la dominante luna
se lo tragó y brilló un poco más intensamente con la pasión.
Abajo, en la oscuridad, satisfecha su pasión, ella cenó elegantemente.
La comida en Berlín había sido demasiado fibrosa; en Bucarest la sangre era
demasiado fluida y no consiguió realzar el sabor; en Estocolmo la cena era
demasiado insípida; en Londres demasiado correosa; en Zurich fue tan grasa
que la puso enferma. Nada comparable con las excelencias de Los Ángeles.
Nada era comparable con la comida de casa... hasta París.
Los franceses eran justamente famosos por su cuisine.
De modo que salió a cenar cada noche.
Fue una excelente semana su primera semana en París. Un elegante hombre
maduro con bigote blanco engominado, que hablaba militarmente, incluso al
final. La peluquera de una tienda elegante, que llevaba una especie de mono
de color púrpura fluorescente y botas de cowboy, del color rojo de la manzana
al caramelo. Un estudiante de Westfield, Nueva York, que estudiaba en la
Sorbona y que no paraba de decir que estaba enamorado de ella, hasta el final
en que no dijo nada. Y otros. Unos cuantos otros. Empezó a temer que su línea
se echara a perder.
Y de nuevo era sábado. Samedi.
Había sentido deseos de bailar. Era una buena bailarina. Todos los ritmos
adecuados para el momento adecuado. Uno de sus menús le había indicado
que la bôite más interesante en aquel momento era una especie de barrestaurante
combinado con una discoteca: Les Bains-Douches, que podía
traducirse como «los baños y duchas», puesto que había sido una casa de
baños y duchas desde el siglo xix.
De modo que se dirigió a la Rué du Bourg l'Abbé y se quedó de pie ante el
enorme cristal de la pesada puerta. Un hombre y una mujer estaban detrás del
cristal, seleccionando a quienes podían entrar de quienes no podían. En París,
cuanto más tiempo se le mantiene a uno fuera del club, más deseos siente de
entrar.
El hombre y la mujer la miraron, y ambos alargaron la mano para abrir la
puerta. Claire sabía cuál era su aspecto: su atractivo era evidente tanto para
los hombres como para las mujeres. En ningún momento se había preocupado
por la posibilidad de que no la admitieran. Entró.
Ahora, a su alrededor, la excitación, el color y la carne joven y fuerte de París
se movía con majestuosa pasión, como plantas subacuáticas.
Bailó un poco, bebió un poco, y aguardó.
Pero no mucho tiempo.
Llevaba una camiseta muy ajustada, con la inscripción 1977 NCAA Soccer
Champions. Pero no era norteamericano ni inglés. Era francés, y sus téjanos,
como su camiseta, eran muy ajustados. Llevaba botas de motorista, con
pequeñas cadenas cruzando la puntera. Su pelo era largo y oscilaba
descuidadamente sobre sus hombros, pero no tenía los ojos oscuros de un
punk. Sus ojos eran agudos y azules, demasiado inteligentes para el rostro en
el cual estaban insertos. Bajó la vista hacia ella.
Por algunos momentos ella no se dio cuenta de que él estaba allí de pie,
mirándola, pese a que se hallaba frente a su mesa. Ella estaba pendiente de
una elegante pareja que daba vueltas en el extremo más alejado de la pista de
baile, y él se mantuvo allí de pie, inmóvil, observándola sin interferencias.
Pero cuando ella alzó la mirada y él no apartó la suya, cuando los ojos de él no
se entrecerraron ni se puso nervioso cuando ella volcó toda la fuerza de su
personalidad sobre él, ella supo que aquella noche era probable que gozara de
la mejor cena que hubiera disfrutado nunca.
Su nombre era Patrick y era un buen bailarín. Bailaron cómodamente juntos, y
él la sujetó contra sí con más fuerza de lo que ningún desconocido había tenido
nunca el derecho a hacer. Ella sonrió ante aquel pensamiento, porque no
serían desconocidos por mucho rato. Pronto, si la noche se llenaba de luz,
serían muy íntimos. Eternamente íntimos.
Y cuando abandonaron el club, él sugirió su apartamento en Le Marais.
Cruzaron el no hasta la parte vieja de la ciudad, ahora muy de moda. Él vivía
en un ático, pero no era rico. Se lo dijo claramente. Ella lo encontró encantador.
Allí, él encendió una suave luz azul y otra que estaba alojada en la pared,
detrás de una larga jardinera cromada y repleta de carnosas y saludables
plantas.
Él se volvió hacia ella y ella adelantó sus brazos para tomar la cabeza de él
entre sus manos. Él también alzó sus brazos y detuvo las manos de ella.
Sonrió y dijo, en un francés que ella pudo comprender:
—¿Quieres comer algo?
Ella sonrió. Sí, estaba hambrienta.
Él se dirigió a la cocina y regresó con una bandeja de zanahorias, espárragos,
remolachas y rábanos.
Se sentaron y hablaron. Habló él la mayor parte del tiempo, en un francés que
no presentaba ninguna dificultad para ella. Podía comprenderlo. Él hablaba tan
rápido y de una forma tan compleja como cualquier otro francés, pero cuando
los otros le hablaban, en el hotel, en la calle, en la discoteca, era un galimatías;
en cambio, cuando él hablaba le comprendía perfectamente. Al cabo de un
momento dejó de preocuparse por ello y, simplemente, le dejó hablar.
Y cuando se inclinó hacia él, finalmente, para besarle en la boca, él adelantó su
brazo, puso la mano bajo su largo cabello rubio, le sujetó la nuca, y atrajo su
rostro hacia el suyo.
A través de la ventana, ella podía ver la luna menguante. Sonrió débilmente en
pleno beso: no precisaba la luna llena. Nunca la había necesitado. En eso era
donde se equivocaban las leyendas. Pero las leyendas eran correctas en
cuanto a las balas de plata. La plata en cualquiera de sus formas... Ahí residía
la razón por la cual un vampiro no se reflejaba en los espejos. (Excepto que
ésa era otra leyenda. No había vampiros. Únicamente hijos de la noche que
habían sido mal observados.) Debido a que Jesús fue traicionado por Judas
por treinta monedas de plata, aquel metal se había convertido en un elemento
ligado al mal, y por ello, desde entonces, investido con el poder de alejar el
mal: no era el espejo el que no arrojaba el reflejo de los hijos de la noche, sino
la capa plateada que llevaba detrás del cristal. Claire podía verse en un espejo
de acero pulido o de aluminio, podía bañarse en el rio y ver su reflejo. Pero
nunca en un espejo con dorso plateado...
Como el que había sobre la chimenea, justo delante del sofá donde estaba
sentada con Patrick.
Un frisson de advertencia la recorrió.
Abrió los ojos. Él estaba mirando más allá de ella.
Al espejo.
Donde él permanecía sentado, abrazando la nada.
Y Claire empezó a levantarse, para ser reemplazada por el hijo de la noche.
Veloz. Se movió a gran velocidad.
El lomo curvándose, el pelaje enmarañándose, los dientes creciendo, los
dientes afilándose, las garras surgiendo. Y su mano que ya no era una mano
se alzó mientras le empujaba, apartándolo de ella, y rasgaba su garganta con
una garra que era como una navaja.
La garganta del hombre se abrió.
Y la savia verde fluyó. Por un momento. Luego la herida se cerró mágicamente,
sus labios volvieron a unirse y formaron la línea blanca de una cicatriz, que
luego también se desvaneció.
Él la miró mientras ella contemplaba la cicatriz curándose.
Por primera vez en su vida, Claire tuvo miedo.
—¿Te gustaría que pusiera un poco de música? —preguntó él.
Pero no habló. Su boca no se había movido.
Y ella comprendió entonces por qué su francés no había resultado
incomprensible para ella. El le hablaba desde el interior de su cabeza, sin
sonidos.
No pudo responder.
—Si no quieres música, quizá te apetezca algo de comer —dijo él, y sonrió.
Las manos de ella se movieron de una forma vaga, sin propósito. Miedo y una
total confusión la dominaban. Él pareció comprender.
—Este es un mundo muy extenso —dijo—. El espíritu se mueve por muchos
caminos, de muchas formas. Tú crees que estás sola, y realmente lo estás.
Hay muchos como nosotros, uno de cada, el último de nuestra especie quizá, y
cada uno está solo. La niebla se aparta y el niño emerge, y al cabo de un
tiempo el viejo muere, dejando al último de los niños huérfano de madre y
padre.
Ella no tenía ni idea de lo que él estaba diciendo. Siempre había sabido que
estaba sola. Así eran las cosas. No el estúpido concepto de soledad de Sartre
o de Camus, sino sola, absolutamente sola en un universo que la mataría si
supiera de su existencia.
—Sí —dijo él—, y es por eso que tengo que hacer algo contigo. Si eres la
última de tu especie, entonces esta vida de riesgos, únicamente para satisfacer
tus necesidades, debe terminar.
—¿Vas a matarme? Entonces hazlo rápido. Siempre he sabido que eso podía
ocurrir. Sencillamente, hazlo rápido, extraño hijo de puta.
Él había leído sus pensamientos.
—No seas estúpida. Sé que es difícil no volverse paranoide, que toda tu vida
has estado programando eso en tu interior. Pero no seas estúpida si puedes.
No hay posibilidades de supervivencia en la estupidez, por eso han
desaparecido tantos de los últimos de tu especie.
—¿Qué cosa eres tú? —quiso saber ella.
Él sonrió y le ofreció la bandeja de vegetales.
—¡Eres una zanahoria! ¡Una maldita zanahoria! —gritó ella.
—En absoluto —dijo la voz en su cabeza—. Pero soy de una madre y de un
padre distintos a los tuyos; de una madre y un padre distintos a cualquiera de
los que hay ahí afuera, en las calles de París, esta noche. Y ninguno de
nosotros dos morirá.
—¿Por qué deseas protegerme?
—Los últimos salvan a los últimos. Es muy sencillo.
—¿Para qué? ¿Para qué me protegerás?
—Para ti misma... Para mí...
Él empezó a quitarse las ropas. Ahora, a la azulada luz, ella pudo ver que era
muy pálido, sin el color que el maquillaje facial había puesto en su rostro; pero
tampoco era blanco. Quizá hubiera un ligero tono verde surgiendo débilmente
bajo la firme y dura piel.
En todos los demás aspectos era humano, y soberbiamente constituido. Ella
sintió que su propio cuerpo respondía a aquella desnudez.
Él avanzó hacia ella, y con cuidado, lentamente —porque ella no se resistió—,
le fue quitando las ropas. Ella se dio cuenta de que de nuevo era Claire, no el
velludo hijo de la noche. ¿Cuándo había vuelto a cambiar?
Todo estaba ocurriendo sin su control.
Desde hacía muchísimo tiempo, cuando se encontró abandonada a sus propios
recursos, siempre lo había controlado todo: su vida, la de aquellos a quienes
encontraba, su destino... Pero ahora estaba indefensa, y no le importaba
obtener o no el control de él. El miedo había huido de ella, y algo mucho más
rápido lo había reemplazado.
Cuando ambos estuvieron desnudos, él la tendió en la moqueta y empezó a
hacerle el amor, lenta y cuidadosamente. En la jardinera llena de plantas que
había sobre ellos, Claire creyó detectar el movimiento de aquellas nutritivas
cosas verdes estremeciéndose ligeramente, inclinándose hacia ellos y hacía la
energía que difundían mientras se sumían al unísono en un espasmo ritual y a
la vez completamente nuevo, pues la suya era la unión de lo no familiar,
aunque fuera tan antigua como la luna.
Y cuando la sombra de la pasión se cerró en tomo a ella, Claire le oyó susurrar:
—Hay muchas cosas para comer...
Por primera vez en su vida, ella no pudo oír el eco de las pisadas siguiéndola.
SIN TON NI SON
Peter Valentine Timlett
Peter Valentine Timlett nació en Londres en 1933 y vivió en Australia durante
unos cuantos años. Ahora tiene su hogar en Kent. Es conocido principalmente
por su trilogía fantástica atlántica The Seedbearers (Los portadores de la
semilla, 1974), The Power of the Serpent (El poder de la serpiente, 1976) y
Twilight of the Serpent (La decadencia de la serpiente, 1977). Novelas más
recientes incluyen una trilogía arturiana y una novela basada en el proceso por
brujería del padre Urbano Grandier, Ñor All Thy Tears (Ni todas tus lágrimas).
Ha trabajado como músico de jazz y en el departamento de distribución de una
gran editorial británica. Durante varios años, Timlett practicó la magia ritual,
hasta que empezó a sentirse frustrado con los objetivos del grupo ocultista al
cual pertenecía. El interés de Timlett por lo oculto queda reflejado en su trilogía
de los atlantes, que escribió sin ser consciente de que sería absorbida por la
moda del momento: la heroic fantasy (la edición de bolsillo en los Estados
Unidos fue lastrada con una portada que rivalizaba con las más chillonas de las
que hubiera hecho jamás Frank Frazetta para la serie de Conan). Nadie puede
confiar en las ideas propias de los editores. Timlett completó su trilogía
arturiana (aún sin publicar) ignorando que el mercado se vería saturado de
novelas arturianas aquel año. Timlett escribe sólo novelas, y Sin ton ni son es
su único relato corto publicado hasta la fecha. Ramsey Campbell consiguió
arrancárselo para sus New Terrors, y espero que tenga éxito en persuadir a
Timlett a que nos ofrezca algunos más.
Era una casa enorme, mucho más grande de lo que ella había esperado. Debía
de tener como mínimo cinco o seis dormitorios. No era demasiado vieja,
probablemente de finales del período Victoriano, y su jardín era soberbio.
Estaba asentada al final de una pequeña carretera muy secundaria, a casi dos
kilómetros del pueblo, sin ninguna otra casa a la vista. En consecuencia, era
hermosamente tranquila y pacífica. Podría llegar a ser muy feliz allí.
Pulsó el timbre y aguardó. Tras un par de minutos, pulsó de nuevo. Tenía que
haber alguien en casa, seguro. Su cita era a las tres en punto, y ella había sido
puntual casi al segundo.
—¿Sí? —dijo una voz aguda a sus espaldas.
Se volvió en redondo, sobresaltada.
—Oh, lo siento. No la oí llegar. —La mujer se acercaba a la cincuentena, era
alta y delgada, bien proporcionada, con unos claros ojos grises que la
estudiaban firmemente, casi ardientemente—. Soy la señorita Templeton...
Deborah Templeton. Me envía la agencia. ¿Es usted la señora Bates?
La mujer asintió.
—Es usted puntual. Me gusta eso. —Los grises ojos la examinaron de la
cabeza a los pies—. También es usted muy bonita. Le dije a la agencia que
tenía que ser usted bonita. Me gusta estar rodeada por cosas hermosas,
incluida la gente. No es usted hermosa, pero es usted muy bonita. Debe ser su
vestido, supongo, y la forma de su peinado. Bonita pero no hermosa.
La mano de la señorita Templeton se dirigió involuntariamente a su pelo.
—Normalmente llevo el pelo suelto —dijo.
—Sí, debería llevarlo así. Con el pelo suelto, una sombra de ojos decente, yo
diría que verde, y un traje de tarde un poco atrevido, causaría usted sensación.
La muchacha sonrió.
—Ha pasado mucho tiempo desde que vestía así. Luego no ha habido ocasión.
La señora Bates no hacía honor a su propia filosofía. Llevaba unos téjanos
descoloridos y remendados, sucios de tierra en las rodillas, y una especie de
blusa tipo guardapolvo que le hacía muy poco favor a su silueta. Llevaba el
pelo recogido hacia arriba y metido debajo de un viejo sombrero que parecía
haber llegado a la vida hacía una década como gorrita de moda, tipo jockey, en
cualquier tienda de Chelsea. Pero tenía esa clásica estructura ósea facial que
la mayoría de mujeres envidian y que proporcionan al rostro un precioso
aspecto sin edad. Con ropas adecuadas, aquella mujer podía conseguir un
aspecto sorprendente, pese a sus años.
La señora Bates fue consciente de su examen.
—Una debe vestir para complacerse a sí misma, no a los demás —dijo
firmemente—. Cuando estoy en el jardín, visto como un jardinero. Por las
tardes visto como una mujer, aunque esté sola. —Se volvió y echó a andar—.
Entremos en la casa —dijo por encima de su hombro.
La señorita Templeton la siguió. Rodearon la casa hacia una solana, cruzando
un par de ventanas estilo francés. Una curiosa mujer, aquella señora Bates. La
agencia había estado en lo cierto describiéndola como algo excéntrica. Pero la
sala era hermosa. Cada mueble, por lo que podía intuir, era una genuina
antigüedad, y la mujer le señaló una chaise-longue que ella sola debía de valer
una fortuna.
—Como llevo ropas de jardinería, yo permaneceré de pie —dijo la señora
Bates—. Soy una mujer rica, señorita Templeton. El contenido de esta casa
vale mucho más que la propia casa, y por esa razón debo ser cuidadosa con
quien invito a vivir conmigo.
—Comprendo.
—Y también está la cuestión de la compatibilidad de caracteres. —De nuevo
aquellos ojos grises la escrutaron de la cabeza a los pies—. Imagino que la
agencia le habrá dicho que soy una excéntrica.
—Me dijeron que era usted una persona fuertemente individualista —dijo con
precaución la señorita Templeton.
—Y lo soy. Ésta es mi casa, y por ello tengo derecho a determinar cómo hay
que organizaría.
—Por supuesto.
—Soy una fanática de la jardinería, señorita Templeton. Tanto en verano como
en invierno, paso la mayor parte de mi tiempo en el jardín. No deseo compañía,
que eso quede bien claro. Deseo a alguien que cuide de la casa y me deje libre
para atender al jardín. Cualquier cosa que tenga que ver con la casa,
absolutamente cualquier cosa, será responsabilidad suya.
—Así lo entiendo. La agencia me dio una lista de todos los deberes y
condiciones, y los encuentro del todo aceptables.
—Estupendo. En cuanto a las comidas, me encargaré yo misma de ellas
durante la semana. Usted deberá cocinar únicamente una comida a la semana,
la del sábado por la noche, en la cual espero que cene conmigo. Soy una
fanática del Jardín, pero no de la casa.
Con tal de que ésta esté razonablemente limpia y ordenada puede usted hacer
lo que mejor le parezca. Si le gusta caminar, encontrará que los alrededores
son deliciosos. No soy una mujer sociable, señorita Templeton. Puedo ser una
persona encantadora si me lo propongo, pero básicamente prefiero mi propia
compañía. Durante la semana, mientras no se dedique usted a los trabajos de
la casa, me sentiré muy satisfecha si permanece en sus habitaciones, pero me
encantará su compañía durante el sábado por la noche.
La muchacha asintió.
—Usted desea que la casa esté bien atendida sin que la molesten a usted, y yo
no debo interferir en sus quehaceres excepto los sábados.
La mujer sonrió.
—Exactamente. Todo esto puede parecer un poco excéntrico, pero es lo que
mejor me conviene, y necesito a alguien que pueda encajar en este esquema,
alguien que también se sienta feliz con su propia compañía la mayor parte del
tiempo. Su carta decía que tenía usted veintiocho años, era hija única, y que
sus padres han muerto. ¿Algunos otros familiares?
—No, ninguno. Ni siquiera un prometido.
—Entiendo. Lamento tener que hacer esas preguntas tan personales, pero las
razones son obvias. De todos modos, creo que es de justicia que yo actúe a la
recíproca. De modo, señorita Templeton, que puedo decirle que tengo cuarenta
y ocho años, y no me importa en absoluto que todo el mundo lo sepa. Como
usted, mis padres murieron cuando yo era joven, y como usted, soy hija única.
Debido a lo cual, ya era bastante rica antes de casarme, y mi esposo también
tenía dinero. Estuvimos casados diez años antes de que él me abandonara por
otra mujer más joven.
—Oh, lo siento.
—Para ser sincera, yo también lo sentí. Fue un buen matrimonio, o al menos
así lo creí yo, aunque no tuvimos hijos.
—¿Por qué se fue?
Durante un breve momento, una mirada de intenso odio cruzó sus ojos.
—Digamos que la chica en cuestión utilizó sus encantos físicos con todas sus
consecuencias. De modo que yo también estoy completamente sola, sin lazos
familiares. ¿Le informó la agencia acerca del sueldo?
—Sí. Estoy completamente de acuerdo con la cuestión monetaria.
—Estupendo. —De nuevo aquellos ojos grises la observaron críticamente—.
Bien, señorita Templeton, creo que vamos a llevarnos muy bien. La dejaré sola
durante unos minutos para que pueda pensar sobre ello. Eche con toda libertad
un vistazo a la casa. Sus habitaciones son las dos primeras de la derecha,
arriba, al final de las escaleras. Son un dormitorio, con su propio cuarto de
baño anexo, y un pequeño saloncito; hay una puerta que comunica ambas
estancias. Estoy segura de que se sentirá usted cómoda. Cuando esté
dispuesta me encontrará en el jardín.
Dio media vuelta y salió al patio.
Deborah Templeton siguió sentada allí unos instantes. Qué mujer tan curiosa,
pensó, y qué extraordinaria entrevista. Era el tipo de entrevista que hubiera
llevado a cabo un hombre, no una mujer. Por un breve instante, el pensamiento
de que la señora Bates tuviera gustos poco habituales pasó por su mente, lo
cual podía ser la razón de que su esposo la hubiese abandonado por una mujer
más normal, y también podía ser la razón de que hubiera insistido tanto en que
su empleada fuera joven y atractiva, pero desechó la idea al tiempo que se
levantaba. La mujer podía ser rara, pero ciertamente esa rareza no provenía de
Safo.
Recorrió la casa. Ella no procedía de un ambiente pobre precisamente, pero
nunca había vivido en un entorno tan lujoso como aquél. La cocina era enorme
y estaba dotada con todos los accesorios existentes en el mercado, y el salón
principal era de una elegancia exquisita. Subió por la escalera principal y entró
directamente en lo que iba a ser su dormitorio: contenía la más lujosa cama
doselada que hubiera visto nunca, tapizada en dorado y rojo, como algo
surgido de un cuento de hadas. Sabía muy bien que era una tontería dejarse
ganar por cosas tan triviales como una cama y permitir que eso influyera en su
decisión, pero siempre había sido una de sus fantasías dormir en una cama
con dosel.
Se miró a sí misma en el espejo móvil de cuerpo entero, y sonrió irónicamente.
Bonita pero no hermosa. Una descripción acertada, pero desmoralizadora.
Hubo un tiempo, hacía ya muchos años, en que había sido sorprendentemente
atractiva; una época en que se había vestido deliberadamente para tal efecto.
Pero la imagen que le devolvía ahora la mirada desde aquel espejo era una
imagen «marchita»; difícilmente capaz de despertar la libido masculina.
Se dirigió hacia la ventana y miró el jardín donde la señora Bates se ajetreaba
cuidando los macizos de flores. La mujer era ciertamente autoritaria, pero si
resultaba cierto que no iba a verla durante la mayor parte del tiempo, eso no
representaría ningún problema. Y, sin embargo, seguía habiendo algo extraño
en todo aquello. Todo resultaba demasiado bueno como para ser cierto. O
quizá lo extraño de todo el asunto tenía que ver más con la propia señora
Bates que con la posición que le ofrecía. Fuera como fuese, sería una estúpida
si dejaba escapar la ocasión.
El nombre que la agencia le había facilitado, junto con la lista de los deberes,
era el de Mary Elizabeth Bates, seguido por una firma indescifrable. El nombre
era realmente apropiado... «Mary, Mary, mujer de postín», murmuró, «¿cómo
haces crecer tu jardín?», y la respuesta era que realmente crecía muy bien, y
que Mary Bates era realmente una mujer de postín, de mucho postín,
evidentemente.
La muchacha abandonó la habitación y bajó al jardín.
—Creo que seré muy feliz aquí —se limitó a decir.
La mujer sonrió.
—Cuando leí su carta y vi su fotografía estuve ya medio segura, pero cuando la
vi de pie ante la puerta supe que era usted la indicada. ¿Cuándo empezará?
—¿Le parece bien el lunes?
La señora Bates le tendió su mano.
—Estupendo. La veré entonces.
Deborah había dicho el lunes sólo para concederse el fin de semana por si
cambiaba de opinión, pero a la hora de la comida del sábado ya pagaba a la
casera de su pequeño apartamento una semana de alquiler como
compensación por su marcha y ya tenía el equipaje hecho. Se sentía ansiosa
por marcharse. El sábado por la tarde y todo el domingo parecieron transcurrir
con tanta lentitud como la eternidad, pero finalmente llegó el lunes y un taxi la
condujo hasta su nueva casa al mediodía.
La señora Bates, llevando todavía el mismo par de viejos téjanos, le dio una
calurosa, aunque no efusiva, bienvenida.
—Ya sabe dónde están sus habitaciones. Emplee todo el día en instalarse.
Hágase usted misma la comida cuando desee. Mañana hablaré más
detenidamente con usted y examinaremos juntas las cuentas de la casa. —Dio
media vuelta y regresó al jardín.
Deborah sonrió irónicamente y subió sus cosas a la habitación. A las dos de la
tarde había deshecho las maletas y estaba preparada para explorar la casa.
Su madre siempre había dicho que una podía saber casi todo lo que había que
saber del entorno, temperamento y carácter de una mujer por el contenido de
los armarios de su cocina, su guardarropa, y su cesto de la ropa sucia. La
cocina no contenía ninguna sorpresa, teniendo en cuenta las muestras de
riqueza del resto de la casa. Los potes, frascos y botellas en los armarios
revelaban un gusto epicúreo muy caro, que prometía un delicioso futuro
culinario, aunque sin duda podía ser un desastre para cualquier dieta de control
de calorías. El botellero contenía una docena o más de botellas, en su mayor
parte vinos del Rin alemanes, aunque en la hilera de vinos blancos había dos
botellas de Nuit St. George. Obviamente, la señora Bates cenaba bien.
La muchacha no se atrevió a entrar en el dormitorio de su patrona para
examinar su guardarropa, pero sí efectuó un rápido examen al cesto de su ropa
sucia, y allí se encontró con una sorpresa que casi bordeó el shock. Había dos
portaligas, el uno negro y púrpura y el otro negro y escarlata, y cinco pares de
las bragas más exiguas que jamás hubiera visto, también de color escarlata,
negro y púrpura, todas de encaje y revelando más de lo que cubrían. Además
había dos sujetadores, uno negro y otro rojo, tan breves que apenas eran la
cuarta parte de un sujetador, inservibles para cualquier mujer normalmente
dotada. Era desconcertante. Aquella ropa interior era más propia de una
prostituta joven del Soho que de una semireclusa rural de cuarenta y ocho
años. La señora Bates estaba demostrando ser un intrigante misterio.
A las cuatro empezó a llover, y Deborah se apresuró hacia la ventana del
saloncito contiguo a su dormitorio para ver qué haría la señora Bates. La mujer
se metió apresuradamente en el invernadero, y al cabo de unos pocos minutos
salió vestida con botas de agua, unos pantalones encerados, y un anorak
impermeable con la capucha sobre su cabeza. Luego, tranquilamente, volvió a
su trabajo. La verdad era que su aspecto resultaba ridículo, inclinada sobre los
macizos de flores, con la lluvia goteando en su espalda. A finales de junio el
clima era cálido pese a la lluvia, y si una iba convenientemente protegida contra
el agua no había ninguna razón lógica para no seguir trabajando bajo la lluvia;
sin embargo, aquello parecía ridículo. La gente no cuida su jardín lloviendo.
Sencillamente, esas cosas no se hacen. ¿Y cómo encajaba aquella excéntrica
figura allí abajo, en medio de la lluvia, con el tipo de mujer que llevaba una ropa
interior tan extravagante y provocativa? Era algo deliciosamente misterioso.
Deborah no vio a la señora Bates aquella noche, pero a la mañana siguiente
encontró una nota en la cocina pidiéndole que acudiera a la biblioteca después
del desayuno, para examinar las cuentas de la casa. Bien, al menos podría ver
a la señora Bates con otro atuendo distinto a los téjanos. Pero cuando entró en
la biblioteca, se sintió sorprendentemente decepcionada. Iba vestida con unos
pan- talones holgados, azul pálido, y una blusa blanca de cuello alto. El
atuendo era sencillo, de buen gusto, y difícilmente en consonancia con el
erótico contenido del cesto de la ropa sucia. Y la señora Bates demostró tener
una mente clara, precisa y lógica. Las cuentas de la casa estaban claramente
anotadas y ordenadas por orden alfabético en un archivo adecuado en un
gabinete de la biblioteca. En media hora, la charla de instrucciones hubo
terminado y la señora Bates volvió a sus téjanos y a su jardín.
De acuerdo con las instrucciones, Deborah Templeton no interfirió en los
quehaceres de su patrona durante el resto de aquel martes y todo el miércoles,
aunque la señora Bates estuvo constantemente a la vista desde la casa. Y fue
esa constante visión de su patrona la que le reveló otro hecho extraño. Si bien
la señora Bates dedicaba su atención a todas las partes del jardín, una y otra
vez regresaba al mismo macizo de flores donde Deborah la había visto por vez
primera. Si se trasladaba a otra parte del jardín era sólo por unos pocos
minutos, diez como máximo, antes de regresar al que obviamente era su lugar
favorito.
El macizo de flores era un pequeño montículo de unos seis metros de largo por
dos de ancho, y se le hubiera podido llamar un montículo de rocalla de no ser
por el hecho de que no había rocas. Deborah Templeton no era jardinera y
apenas era capaz de citar el nombre de cualquier planta en aquella mezcla de
colores, excepto los tulipanes y las dalias. Por supuesto, algunas de ellas
parecían sorprendentemente extrañas a su ojo inexperto, y por lo tanto raras,
aunque en su conjunto era un hermoso macizo y obviamente respondía con
belleza a los amorosos cuidados que le dedicaba la señora Bates. «Con
campanas de plata y conchas marinas», murmuró mientras veía cómo la
señora Bates regresaba a su lugar favorito por enésima vez.
El jueves salió de compras al pueblo, y allí descubrió otra rareza, ésa más bien
alarmante.
—Bien, diré algo en favor de la señora Bates —le comentó el carnicero, un
hombre enorme, con redondas y sonrojadas mejillas—: ¡Realmente sabe
elegirlas!
—¿A qué se refiere?
Afortunadamente la tienda estaba vacía, de otro modo quizás el hombre no
hubiera seguido y la excentricidad hubiera permanecido oculta durante algún
tiempo más.
—Bien, usted es una atractiva joven, señorita Templeton, si me permite decirlo,
pero todas las muchachas de la señora Bates siempre han tenido muy buen
aspecto.
Más tarde, Deborah decidiría que aquél había sido el momento preciso en que
el primer timbre de advertencia resonó en su cabeza.
—¿Todas? —dijo—. ¿Por qué? ¿Cuántas ha habido?
El carnicero frunció los labios.
—Usted es la séptima, creo.
Ella firmó la cuenta. Ya estaba a punto de irse cuando, movida por un impulso,
preguntó:
—¿Recuerda usted sus nombres?
—Naturalmente —dijo él, y le proporcionó seis nombres—. Usted es, con
mucha diferencia, la más atractiva de todas —terminó galantemente.
Una vez fuera, escribió los nombres en su agenda antes de olvidarlos. Empezó
a caminar los casi dos kilómetros hasta la casa, pero antes de abandonar el
pueblo efectuó una llamada desde la cabina pública. No era una llamada que
se atreviera a hacer desde la casa.
La agencia fue educada y pidió muchas disculpas, pero no se mostró muy
cooperativa. Sí, ella era efectivamente la séptima. Sí, los seis nombres eran
correctos. No, no habían mencionado para nada a sus predecesoras porque
ésas habían sido las instrucciones de la señora Bates. Por lo que sabían, todas
las chicas que la habían precedido se habían aburrido rápidamente de su
trabajo al tener tan poco que hacer, y se habían marchado. No, no habían
tenido contacto con ninguna de las chicas después de que se fueran. No se
habían enterado hasta que la señora Bates se había puesto en contacto con la
agencia pidiendo un reemplazo. No, no creían que hubiese nada anormal.
Deborah no tuvo ocasión de hablar con la señora Bates durante aquel jueves, y
tampoco el viernes. No fue hasta el sábado por la mañana que su patrona se
dejó ver.
—Espero que no habrá olvidado que hoy es sábado.
—No, por supuesto. La cena estará a punto a las ocho.
A las siete, con todo preparado, Deborah subió a vestirse. Se dio una ducha
rápida y luego se peinó, dejando el cabello suelto y esponjoso. Después se
probó el único vestido largo que tenía. Hacía varios años que no se lo ponía y
aún le caía muy bien. No había engordado tanto como había sospechado. El
vestido era negro, con una sencilla línea ondulada como único adorno. Iba
atado en la nuca y dejaba la mitad de sus pechos al descubierto, con un escote
que llegaba hasta un poco más abajo de su ombligo. Por si eso no bastaba, en
su parte frontal había un corte hasta medio muslo, y se ajustaba de tal modo en
tomo a sus caderas y nalgas que cualquier ropa interior, por breve que fuera,
hubiera estropeado su caída. Se preguntó cómo había sido capaz alguna vez
de ponérselo. Se miró a sí misma criticamente en el espejo de cuerpo entero y
meneó la cabeza. Era un gran vestido, y le hubiera gustado ponérselo
simplemente para contradecir aquello de «bonita pero no hermosa», pero
realmente no era adecuado para la ocasión. A disgusto, se lo sacó y lo dobló.
Se puso ropa interior y un sencillo traje de cóctel que le llegaba hasta las
pantorrillas y no revelaba nada, y abandonó la habitación para ir escaleras
abajo.
Mientras cerraba la puerta de su dormitorio vio a su patrona bajando las
escaleras, y su visión casi la hizo jadear. Su propio traje negro hubiera sido
declarado púdico en comparación con el que llevaba la señora Bates. Era un
traje de un blanco purísimo, al estilo griego, de un material tan fino que parecía
como si su propietaria fuera dejando tras ella fragmentos a medida que
avanzaba, y era asombroso cuan poco de la señora Bates cubría. El contraste
con la figura con botas altas en el jardín era tan sorprendente que casi
resultaba increíble que se tratase de la misma mujer.
Sin pensar en ello, Deborah regresó a su dormitorio, se quitó el traje de cóctel y
la ropa interior, se puso el traje de noche y bajó para servir la cena.
Ninguno de los dos trajes fue mencionado durante la cena; de hecho, se habló
muy poco. La señora Bates hizo un comentario apreciativo acerca del cóctel de
mariscos, halagó los tournedos Rossini, y dijo que había encontrado delicioso
el sorbete de limón. No fue hasta que se trasladaron al salón para tomar el café
que hizo la primera apreciación.
—Una excelente comida, querida —dijo la señora Bates—. Y retiro por
completo mi anterior comentario acerca de que simplemente es usted bonita.
Su aspecto es sorprendente. Dudo de que ningún hombre fuera capaz de
mantener sus manos lejos de usted.
La muchacha sonrió.
—Con usted en la habitación, dudo incluso de que me vieran.
La señora Bates se miró a sí misma.
—Sí, los hombres son unos completos estúpidos respecto al físico. Con un
traje como éste, o uno como el suyo, todos los instintos del hombre salen a la
superficie para demostrar lo pequeño que es realmente. Todas las virtudes de
una mujer no son nada comparadas con el poder de un traje revelador. Lo sé
por propia experiencia.
Deborah bebió su café.
—¿La chica que le arrebató a su marido? —dijo suavemente.
La mujer sonrió con acidez.
—Venía mucha gente a casa por aquel entonces, principalmente amistades de
negocios de mi marido y gente de su oficina. Por aquel entonces yo no vestía
como usted me ve ahora. Acostumbraba a vestir elegantemente y con buen
gusto, pero sin revelar nunca nada. Una actitud anticuada quizá en estos días
de chillona sexualidad, pero todos tenemos nuestros gustos y modelos
particulares.
—¿Y la chica?
—Una ayudante personal de uno de los directores de mi marido. Vino a una de
nuestras cenas vestida con un traje casi exactamente igual a este, y para mi
marido quedó patente que sólo tenía que chasquear los dedos para que ella se
lo quitara en seguida. —La señora Bates puso su taza de café en una mesita
auxiliar y se reclinó en el sillón—. Dos semanas más tarde me abandonó y se
fue con ella.
—Lo siento —dijo la muchacha suavemente.
La mujer permaneció en silencio unos instantes.
—Hubiera terminado volviendo a mí, ya sabe, cuando la novedad ya no lo
fuera. Y yo le hubiera aceptado de nuevo. Era un buen matrimonio. Los
hombres son muy vulnerables a ciertos llamativos avances de cualquier mujer
atractiva. Pocos pueden resistirse. Casi forma parte de su naturaleza, usted
debe de saberlo bien.
—¿Qué ocurrió?
—Tres semanas después de abandonarme, ambos murieron en un accidente
de coche en el sur de Francia. Espero que ella se esté pudriendo en el infierno
por toda la eternidad. Todo aquello resultó innecesario... Una discreta aventura
hubiera sido mucho mejor; habría satisfecho la atracción sexual y preservado el
matrimonio.
La muchacha no hizo ningún comentario. Su simpatía estaba instintivamente
con el marido. Una mujer autócrata como la señora Bates tenía que ser alguien
con quien resultara difícil vivir en cualquier aspecto, sexual o de otra índole.
Probablemente debía haber más de una razón por la que él la había
abandonado.
—Y todo por culpa de un traje de noche que mostraba demasiado —dijo
amargamente la señora Bates—. Aquella chica trabajaba en las oficinas desde
hacía más de dos años, y sé que no había habido nada entre ellos antes de
aquella cena. Fue el traje el que lo hizo.
Deborah sorbió de nuevo su café. Era posible, pero no probable. Si se hubiera
tratado sólo de una cuestión de sexo, entonces una aventura discreta habría
satisfecho la situación. Tenía que haber habido algo más. La forma en que la
mujer seguía machacando aquel aspecto en particular parecía sugerir que la
señora Bates se sentía muy inadecuada e inferior en aquel aspecto.
—De modo que me decidí y compré este traje y algunos otros —dijo la señora
Bates—. ¿Y sabe usted por qué?
Deborah negó con la cabeza. No le gustaba la forma en que iban las cosas.
Aquella mujer tenía una expresión realmente peculiar en los ojos.
La señora Bates se puso bruscamente en pie.
—Entonces se lo mostraré, venga conmigo —y cogió la mano a la muchacha y
la condujo hasta el otro extremo del salón, donde un enorme espejo colgaba de
la pared—. Aquí está el porqué —dijo, señalando los dos reflejos—. Después
de quedar segunda en una ocasión notable, deseaba ver cómo podía
compararme si iba vestida de igual manera.
La muchacha sintió que la espina dorsal empezaba a picarle. No era miedo
exactamente, sino esa instintiva aprensión nerviosa que los cuerdos sienten a
veces en compañía de los locos. Dios, ¿cuánto tiempo llevaba aquella mujer
rumiando su desgracia para producir aquel tipo de loca reacción? La señora
Bates se medía contra ellas, una tras otra. ¿Y luego qué? Si la medición
resultaba a favor de la mujer mayor, entonces presumiblemente eso cerraba el
asunto y quedaba satisfecho el honor. Pero, ¿y si la comparación resultaba
desfavorable?
Deborah miró a los dos reflejos. Realmente, Mary Bates era una mujer
atractiva. Su cuerpo era bien proporcionado y terso, y su silueta era aún
soberbia, incluso sin sujetador. En aquel fragmento de traje parecía la gran
sacerdotisa de un culto pagano, sensual, sin inhibiciones, y devastadoramente
provocativa. Pocas mujeres de su edad podían compararse con ella. Pero tenía
cuarenta y ocho años, y los aparentaba. Nada podía ocultar la diferencia de
edad entre las dos mujeres reflejada en aquel espejo, e irónicamente los dos
provocativos trajes servían tan sólo para reflejar más claramente las
diferencias. Deborah no se vanagloriaba de su propia apariencia, pero sabía
que si alguien tenía que elegir en aquel preciso momento, la mayor parte de los
hombres la elegirían a ella. La señora Bates, simplemente, no podía
compararse.
La muchacha sonrió nerviosa.
—No hay punto de comparación —dijo gentilmente—. Si hubiera algún hombre
por los alrededores, yo no tendría la menor posibilidad.
En el espejo vio cómo los ojos de la mujer se entrecerraban, en una expresión
de frío odio.
—Tonterías, querida —dijo la señora Bates con franqueza—. Es usted mucho
más atractiva que yo. Si volviera a presentarse la misma situación, mi marido
se iría indudablemente con usted.
Deborah soltó su mano y regresó junto a la mesa de café.
—Se subestima usted, señora Bates. —Tomó su chai—. No resulto atractiva
para los hombres, y nunca lo he sido, lleve lo que lleve. ¿Por qué cree que vivo
sola? No es por decisión propia, se lo aseguro. —Empezó a dirigirse hacia la
puerta. Oh Dios, tenía que escapar de aquella estúpida locura—. De todos
modos, se está haciendo tarde y el vino me ha dado dolor de cabeza. Si me
disculpa, creo que iré a acostarme.
La expresión de odio había desaparecido de los ojos de la mujer.
—Por supuesto —dijo fríamente—. Gracias por esa encantadora cena, y por
tan interesante velada.
La muchacha se apresuró a ir a su habitación. Una vez en su dormitorio, se
apoyó de espaldas contra la puerta y cerró los ojos. Sus manos temblaban, y
tenía todo el cuerpo cubierto de sudor. ¡Qué extraña escena! No era
sorprendente que las otras se hubieran ido tan pronto. Lo primero que haría a
la mañana siguiente era ver si su antiguo apartamento estaba aún libre. No iba
a quedarse en la casa con aquella loca mujer ni un minuto más de lo necesario.
Se quitó el traje, se secó el sudoroso cuerpo, se puso el camisón, y se tendió
en la cama, pero su mente estaba demasiado alterada para poder dormir.
Eran pasadas las once y media cuando oyó que la señora Bates subía las
escaleras y se dirigía hacia su propio dormitorio. Una hora más tarde, Deborah
aún permanecía estremecidamente despierta. Se dirigió hacia la abierta
ventana y contempló el jardín. Era más hermoso todavía a la luz de la luna, y
algunas flores parecían realmente campanillas de plata. Era una noche cálida,
casi opresiva. Quizá un paseo por el jardín la calmara un poco.
Silenciosamente, abrió la puerta del dormitorio y se inmovilizó allí, escuchando,
pero todo estaba tranquilo. Aquella desdichada mujer debía de estar dormida
ya, soñando las extrañas imágenes que indudablemente debía forjar una mente
tan neurótica como la de la señora Bates. Se echó una bata por encima del
camisón, bajó las escaleras y salió al jardín.
Era una noche apacible, y por primera vez durante toda aquella velada fue
capaz de respirar más sosegadamente. En muchos aspectos, era una lástima
tener que irse. Mirado superficialmente, se trataba de un trabajo ideal en un
entorno ideal, pero ya desde el principio le había parecido demasiado bueno
como para ser cierto, y así había demostrado ser. Suspiró y caminó por el
césped. Un jardín muy hermoso, con una jardinera muy extraña. Incluso allí, en
el jardín, el comportamiento de su patrona era decididamente anormal, yendo
una y otra vez a su macizo particular. Deborah miró el alargado y bajo
montículo del macizo de flores favorito de la señora Bates. «Mary, Mary, mujer
de postín —murmuró—. ¿Cómo haces crecer tu jardín? Con campanas de
plata y conchas marinas, y hermosas doncellas haciendo de minas».
Y entonces, en aquel preciso momento, los anteriores timbres de aviso, el
extraño comportamiento de la señora Bates, y las chicas de las cuales no se
había vuelto a saber nada, se juntaron en una explosión de comprensión en su
mente. Tan repentina fue la revelación, y tan aterradora, que durante un minuto
completo fue incapaz de moverse, aunque todo el instinto dentro de ella gritaba
para que saliera huyendo, y todo su cuerpo temblaba, oleada tras oleada de
penetrante frialdad. Luego, lentamente, empezó a retroceder. ¡Oh, Dios santo,
no era posible! ¡No podía ser posible!
—¿Admirando las flores a la luz de la luna? —dijo una voz a sus espaldas.
Deborah se volvió en redondo y allí, a pocos pasos de distancia, estaba la
señora Bates, con aspecto pálido y fantasmal en su flotante bata blanca.
Aquella segunda impresión, tan próxima a la primera, estuvo a punto de
ocasionarle un fatal ataque al corazón. La muchacha lanzó un penetrante
alarido de terror y huyó presa del pánico hacia la casa. Irrumpió por el ventanal
de estilo francés y subió las escaleras casi sin rozar los peldaños, hacia su
habitación.
No había llave en la puerta del dormitorio, y ninguna silla de respaldo recto
para apoyar contra la manija. Frenéticamente, arrastró el tocador por encima
de la moqueta y lo apoyó contra la puerta, justo a tiempo.
—¿Qué demonios ocurre, muchacha? —gritó la señora Bates desde el pasillo,
tirando de la manija y empujando la puerta—. Déjame entrar. Me has asustado
mortalmente, gritando de ese modo. ¿Qué demonios te ocurre? ¡Déjame
entrar!
Deborah no respondió. Cogió unas tijeras y retrocedió hasta el centro de la
habitación. La señora Bates había conseguido abrir la puerta un par de
centímetros, pero no podía moverla más. Deborah vio cómo su pálida mano se
deslizaba serpenteando por la abertura para identificar el obstáculo.
—¡Esto es ridículo! —exclamó la mujer—. ¡Quita inmediatamente esto y abre la
puerta!
—¡Vayase! —chilló la muchacha—. ¡Vayase de aquí!
La mano desapareció, y luego siguió un silencio. Pasaron quince segundos,
medio minuto, y seguía sin producirse sonido alguno en el pasillo.
—Has olvidado la puerta de comunicación —dijo una tranquila voz tras ella, y
una mano descendió sobre su hombro.
De nuevo aquel alarido de histérico terror. Deborah se volvió en redondo y
golpeó ciegamente con las tijeras, una vez, y otra, y otra. Golpeó los ojos de la
mujer, su rostro, sus hombros, y cayó con ella al suelo, y siguió golpeando y
golpeando, sus brazos, su pecho, y otra, y otra vez, y otra, lo que quedaba de
su rostro, y luego se puso en pie de un salto, soltó las tijeras, corrió a través de
la puerta de comunicación, cruzó el saloncito, salió al pasillo y bajó las
escaleras tambaleándose histéricamente hacia el teléfono.
Veinte minutos más tarde, llegó la policía: un inspector, un sargento, dos
policías masculinos y uno femenino. Poco habían logrado entender con sus
histéricos balbuceos por teléfono y habían venido preparados para cualquier
cosa, aunque difícilmente para lo que se encontraron. La muchacha estaba
cubierta de sangre de la cabeza a los pies, y al principio supusieron que había
sido atacada y golpeada salvajemente, pero cuando consiguieron desentrañar
su historia empezaron a darse cuenta de que se trataba de algo mucho más
horrendo.
—¡Están ahí afuera! ¡Se lo aseguro! ¡Enterradas bajo ese macizo de flores!
¡Asesinadas por esa loca de ahí arriba! —gritaba Deborah—. ¡Y yo iba a ser la
siguiente! ¡Si no me creen, salgan y mírenlo! —Y estalló en profundos sollozos.
Dejando a los agentes abajo, con la mujer policía, el inspector y el sargento
subieron al dormitorio. Salieron de él en seguida y se apoyaron contra la pared,
luchando contra las náuseas.
—Usted conocía muy bien a la señora Bates —dijo finalmente el inspector—.
¿Es ella?
El sargento se secó la frente.
—¿Cómo infiernos puedo saberlo? ¡Ni siquiera parece un ser humano!
Finalmente los dos hombres bajaron las escaleras y cruzaron por la vidriera
francesa.
—Debe de haber alguna pala o una azada por ahí —dijo el inspector—. Que le
ayuden los dos agentes. Caven lo suficiente para verificar la historia. El resto
puede esperar.
El sargento regresó treinta minutos más tarde. Los dos hombres intercambiaron
algunos susurros y luego el inspector se acercó a Deborah.
—Está bien. Volvamos a empezar desde el comienzo.
—¿Qué es lo que pretenden? —gritó la muchacha, histéricamente—. ¡Han
visto lo que hay arriba y han visto lo que hay en el jardín! ¡Por el amor de Dios,
sáquenme de este lugar!
—La hemos visto a usted y, por supuesto, lo que hay arriba —dijo el inspector,
sombríamente—. Lo que no comprendo es el resto de la historia.
La muchacha dio un salto.
—¡Dios, Dios! ¡Hay seis chicas enterradas bajo ese macizo de flores! ¡Ya les
dije el por qué y el cómo! ¿Qué más necesita comprender?
El inspector agitó la cabeza.
—No hay nadie enterrado bajo el macizo de flores, señorita Templeton —dijo
suavemente—. Nada en absoluto. Ahora, volvamos al comienzo... Y hágalo
muy, muy despacio.
FIN
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