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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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sábado, 8 de junio de 2013

El origen del mal - Crónicas Necrománticas - Brian Lumley

El origen del mal
Crónicas Necrománticas
Brian Lumley



Capítulo 1
Simonov
El agente estaba tendido en una mancha de nieve, sobre un montón de
piedras blancas, en la cresta oriental de lo que había sido en otro tiempo el paso de
Perchorsk, en el centro de los montes Urales. A través de unos prismáticos de
visión nocturna observó una zona de casi una hectárea de tierras onduladas y de un
gris plateado que se extendía sobre el barranco abierto a sus pies. Vista a la luz de
la luna, aquella superficie podía ser tomada fácilmente por hielo, pero Mijaíl
Simonov sabía que no se trataba de un glaciar ni de un río helado, sino de una
plancha de metal de unos ciento veinte metros de longitud por algo menos de
sesenta de ancho. A todo lo largo de los bordes irregulares que la recorrían en el
sentido longitudinal, donde su bóveda suavemente curvada se juntaba con las
paredes rocosas del desfiladero, y a ambos extremos, donde el arqueado metal se
elevaba en línea recta hacia unas macizas barreras de masa pétrea o diques,
«sólo» tenía quince centímetros de grueso, pero en su centro la plancha moldeada
era de sesenta centímetros. Esto, por lo menos, es lo que habían registrado los
instrumentos de observación de los satélites espías americanos, como también el
hecho de tratarse de la mayor reserva de plomo acumulada en toda la superficie
del globo.
Mijaíl Simonov pensó que era como mirar desde arriba una gigantesca botella
que estuviera enterrada en sus tres cuartas partes y que tuviera el cuello recubierto
de plomo, una botella mágica, en verdad, aunque en este caso el tapón ya se había
retirado y el genio que la habitaba había salido volando por los aires. Simonov
estaba allí para descubrir cuál era la naturaleza de tan dudoso fugitivo. Lanzó un
suspiro, refrenó el ramalazo de fantasía en lo más recóndito de su mente y
concentró la mirada y la atención en la escena que tenía a sus pies.
El fondo del desfiladero había sido un lecho de agua sujeto a fuertes
inundaciones estacionales. Río arriba, por encima de la «húmeda» pared del dique,
había un lago artificial cuya superficie parecía de plomo..., pero sólo su superficie.
Canalizada por debajo del gran tejado de plomo a través de invisibles conductos, el
agua reaparecía en forma de cuatro grandes y esplendentes surtidores procedentes
de canales de la pared inferior. El agua de los chorros se elevaba en el aire, se
helaba y caía en forma de escarcha, o volvía a ser arrastrada al fondo del
desfiladero bajo la apariencia de nieve o hielo, donde a pesar del aparente volumen
de agua ahora sólo había un arroyuelo que seguía el antiguo curso. Debajo de la
coraza de plomo había cuatro grandes turbinas que permanecían inactivas,
sorteadas por las impetuosas aguas procedentes del lago. Ya hacía dos años que
estaban paradas, desde el día en que los rusos pusieron a prueba su arma por
primera y última vez.
A pesar de todas las medidas de camuflaje tecnológico empleadas por la
URSS, los satélites espías americanos también detectaron aquella prueba. Lo que
vieron exactamente fue algo que no salió nunca a la luz pública, ni siquiera fue
objeto de alusiones fuera de las elevadas esferas del gobierno y de los
correspondientes departamentos subalternos, si bien fue suficiente para poner en
marcha, en los Estados Unidos, el SDI o «Guerra de las Galaxias». En círculos
castrenses muy restringidos, pero muy poderosos y altamente secretos del mundo
occidental, se habían iniciado apresuradamente conversaciones sobre los «escudos»
de APB, Accelerated Particle Beam (Haz de Partículas Aceleradas), sobre láseres
impulsados por energía nuclear o por plasma e incluso sobre algo llamado «Motor
Magma», que en teoría podía restaurar la energía del pequeño agujero negro que
algunos científicos creen que existe en el núcleo de la Tierra, consiguiéndose al
mismo tiempo alimentar y proveer de combustible al planeta. Sin embargo, todas
estas discusiones se habían quedado en meras conjeturas. Era un hecho que desde
Rusia no se había filtrado nada realmente importante, dejando aparte las pruebas
aportadas por los satélites, es decir, no se había filtrado nada que no pudiese
calificarse de informes habituales. En efecto, en lo que se refería a la región de
Perchorsk en los montes Urales, durante un tiempo había existido una reserva muy
superior incluso a la del Centro Espacial de Baikonour en los días de los Sputniks.
Aquella reserva, en los tiempos de las secuelas de la espantosa y única prueba,
parecía haberse cuadruplicado repentinamente.
Simonov temblaba, arrebujado en su blanco anorak forrado de piel, y con
mucho cuidado limpió sus prismáticos, se aplastó materialmente en el suelo
cubierto de hielo como amparándose entre las piedras, mientras las nubes que
cruzaban el espacio se entreabrían y él quedaba iluminado por la luna llena. Hacía
frío allí arriba durante la época que ellos llamaban «verano», pero a finales de
otoño podía decirse que aquello era una especie de infierno glacial. Ahora era otoño
y, por poca que fuese la suerte que acompañara a Simonov, esperaba que podría
escapar a los rigores de otro invierno. Sin embargo, Simonov hubo de corregirse
mentalmente y considerar que debería contar con muchísima suerte. ¡Una suerte
loca!
Bajo los rayos de la luna que se derramaban a raudales, la escena que
divisaba abajo parecía bañada en plata, si bien las lentes especiales de Simonov se
adaptaron automáticamente a ella. Las dirigió ahora hacia el paso propiamente
dicho o lo que había sido el paso hasta que el Perchorsk Projekt se puso en marcha
hacía cinco años.
Aquí, en el costado oriental del desfiladero, el paso se había ido erosionando
por la parte del flanco de la montaña a consecuencia de la acción de una de las
fuentes del río Sosva en su curso descendente hacia Berezov, mientras que por la
parte oeste se había dinamitado hasta quedar convertido en una profunda
depresión. El camino, que bajaba en forma muy accidentada desde las montañas,
seguía de forma más o menos paralela al curso del río Kama por espacio de
cuatrocientos kilómetros hasta Berezniki y Perm, en el tramo del ferrocarril Kirov-
Sverdlovsk.
En los cuarenta años anteriores al Projekt, el paso lo utilizaban principalmente
madereros, tramperos y buscadores de minas, y para el transporte de herramientas
y productos agrícolas en ambas direcciones a través de la cordillera. En aquellos
tiempos la estrecha carretera se abrió literalmente con explosivos en la dura roca y
así permaneció hasta época reciente: un camino accidentado, pero expedito, a
través de las montañas. Sin embargo, el Perchorsk Projekt había aportado drásticos
cambios.
Con la construcción del tramo del ferrocarril Zapadno-Serinskaya por la parte
este y la prolongación del ferrocarril de Utja a Vorkuta en dirección norte, aquel
puerto tan elevado había dejado de gozar del favor de la gente como ruta de
tránsito a través de las montañas y únicamente conservaba su importancia para un
puñado de agricultores locales y gente parecida, cuyos medios de subsistencia
contaban muy poco en el campo más amplio de las cosas importantes. Lo que se
había hecho era trasladarlos a otro lugar. Esto ocurrió hace cuatro años y medio,
pero después con toda la celeridad, el ingenio y los músculos que una
superpotencia es capaz de reunir, se volvió a abrir el paso, se ensanchó y mejoró,
dotándolo de carreteras bien asfaltadas, provistas de dos carriles. No se trataba, sin
embargo, de una autopista pública o accesible a las comunidades locales, por cierto
muy diseminadas; es más, el uso del paso les estaba estrictamente prohibido.
En resumen, el proyecto había tardado casi tres años en realizarse; durante
este tiempo los servicios secretos soviéticos sólo habían dejado transparentar
inocuos detalles acerca de «un paso en los Urales que está siendo sometido a
reparaciones y mejoras». Aquélla había sido la actitud oficial, encaminada a
interceptar o a confundir el intento de reconstruir el verdadero cuadro tal como era
visto desde el espacio por los Estados Unidos. Y por si todavía se requerían más
pruebas de la inocencia del Perchorsk Projekt, se habían tendido conducciones de
gas y de petróleo en el paso comprendido entre Ujta y los yacimientos de gas de
Ob. Lo que los rusos no podían ocultar ni enmascarar era la construcción de los
diques y el movimiento de la pesada maquinaria utilizada para ello, el increíble
macizo blindaje de plomo, construido en capas, sobre el antiguo lecho del poderoso
torrente de un desfiladero, y quizá, lo más importante, el gradual crecimiento de un
movimiento de tropas en la zona hasta llegar a una presencia militar permanente.
Había habido gran cantidad de explosiones, excavaciones y formación de túneles,
además del traslado de muchos miles de toneladas de rocas por camiones al lugar,
a veces simplemente arrojadas a los precipicios locales, aparte de la instalación de
un gran contingente de complicados equipos eléctricos y otros aparatos. Todo esto
había sido vigilado desde el espacio y había intrigado e irritado a los servicios
secretos y de seguridad de Occidente hasta la exasperación. Como siempre, los
soviéticos ponían las cosas difíciles a los demás. Sea lo que fuere lo que se llevaban
entre manos, actuaban de una manera que resultaba prácticamente inescrutable,
en un desfiladero de laderas escarpadas y a casi trescientos metros de profundidad,
lo que exigía que, para ver lo que hacían, fuera necesario disponer de un satélite
colocado directamente sobre el lugar de los hechos.
En Occidente seguían haciéndose conjeturas y las alternativas eran muchas.
¿Estaban los rusos realizando una operación disimulada encaminada a la detección
de minas? ¿Habrían descubierto importantes yacimientos de mineral de uranio de
alta calidad en la región de los Urales? ¿Se dedicaban quizás a la construcción de
instalaciones nucleares experimentales bajo las montañas? ¿No estarían
preparándose para hacer pruebas de algo totalmente nuevo y radicalmente
diferente? Cuando al fin se supo de qué se trataba, es decir, dos años después,
resultó que aquellos que se habían inclinado por la tercera alternativa fueron los
que estaban en lo cierto.
Mijaíl Simonov disipó sus fantasías y volvió al momento presente, atraído por
el grave rugido de unos transportes propulsados por motores diesel que
retumbaban desde el desfiladero y apagaban el débil plañido del viento. En el
momento en que la luna volvía a ocultarse detrás de unas nubes, los faros de un
convoy de camiones que avanzaban pesadamente proyectaron sus haces de luz
blanca en la oscuridad, en la que se movían, al salir de lo más profundo de la
abertura que formaba la depresión occidental. Los enormes y cuadrados camiones
estaban a menos de kilómetro y medio de distancia al otro lado del desfiladero y a
unos ciento cincuenta metros de profundidad desde la posición ventajosa en la que
se encontraba Simonov, a pesar de lo cual se pegó materialmente al suelo,
arrellanado en el escondrijo que le brindaban las piedras desnudas. Era una
reacción controlada, automática, casi instintiva, frente a un posible peligro, no una
retirada dictada por el pánico. Simonov había sido concienzudamente entrenado y
en su preparación no se había reparado en gastos.
Cuando el convoy atravesaba el paso y se dirigía por la empinada rampa
descendente de una carretera abierta en el mismo costado del desfiladero, toda una
batería de faros cobró vida, proyectando su luz desde la abrupta pared e
iluminando perfectamente la bien pavimentada carretera. Fascinado, Simonov
prestó oído a los potentes motores y contempló la rutina de una recepción
perfectamente organizada.
Sin apartar los prismáticos de sus ojos, hurgó en el bolsillo y sacó de él una
minúscula cámara fotográfica, que encajó en la parte inferior de los prismáticos.
Después pulsó un botón de la cámara y siguió observando. Lo que mirara quedaría
impresionado automáticamente, una fotografía cada seis segundos durante cuatro
minutos y medio, cuarenta y cinco diminutas fotos fijas de claridad cristalina. No es
que esperase ver nada realmente importante, puesto que ya sabía qué contenían
los camiones, y las fotografías de la cámara eran simplemente para certificar que
aquél era su destino y para satisfacer a gente de Occidente.
Cuatro camiones: uno con los elementos de una valla electrificada de tres
metros, otros dos con los componentes y municiones de tres cañones Katushev de
13 mm, especialmente aptos contra blancos blindados, y el cuarto y último cargado
con una batería de generadores propulsados con motores diesel. No, la carga no
tenía ninguna importancia. La pregunta era ésta: si los rusos pensaban defender el
Perchorsk Projekt, ¿contra quién pensaban hacerlo?
¿Contra quién o... contra qué?
La cámara de Simonov chasqueaba de manera casi inaudible y sus ojos
observaban todo lo que ocurría allí abajo. Sabía perfectamente que sólo podía
permanecer allí diez o quince minutos como máximo, debido a la gran cantidad de
radiaciones, pero sus pensamientos ya estaban volando por otros sitios. Volvía a
encontrarse en Londres, donde pasó un par de meses hacía dos años. El fotografiar
la llegada de los camiones tenía la culpa de todo, porque era lo que había hecho
que Simonov se pusiera a pensar en las otras fotografías que el MI6 y los
norteamericanos le habían mostrado en Londres. Pero entonces se trataba de una
película corta, no de fotos fijas. Se relajó durante unos instantes. Estaba haciendo
lo que se esperaba de él, por lo que bien podía concederse alguna divagación. De
hecho, después de haber contemplado la película, lo difícil era no seguir
recordándola.
La película hacía referencia a algo que había ocurrido siete semanas después
del incidente de Perchorsk (al que se aludía con la palabra «pi», Perchorsk Incident)
y que había sido bautizado con las siglas «pi II» o «Pill». Sí, menuda pildora la que
había tenido él que tragar.1 Había sucedido lo siguiente:
Una mañana temprano de un día radiante de mediados de octubre en la costa
oriental de los Estados Unidos. A lo largo del DEW-line2 canadiense el ambiente
estuvo agitado por espacio de unas tres horas. ¿Causa? Un par de aparatos espías
con radares superpuestos, situados sobre los mares de Barents y de Kara volando
desde Arkángel a Igarka a través de los Urales, enviaban informes secretos mediante
destellos por encima del polo a receptores del Canadá y de las bases USAF3
de Maine y de New Hampshire. Washington fue informada del hecho y se envió una
notificación de alerta moderada a las bases de misiles de Groenlandia y a la base de
la península de Foxe en la isla de Baffin. También recibieron notificaciones otros adheridos
al DEW-line, pero Gran Bretaña mostró poco interés y pidió ampliación de
noticias, Dinamarca se mostró nerviosa, como era lógico esperar (debido a
Groenlandia), Islandia no exteriorizó ningún tipo de interés por el asunto y Francia
se hizo la desentendida.
Pero las cosas ahora empezaban a coger un poco más de ritmo. Los espías del
espacio habían perdido al intruso (un «intruso» es cualquier objeto aéreo que
circule de este a oeste a través del océano Glacial Ártico) y ya no lo detectaban en
sus radares, pero al mismo tiempo aquél había sido detectado por el DEW-line
cruzando el Círculo Polar Ártico siguiendo un curso un tanto irregular; pero, en
líneas generales, aproximándose a la isla Queen Elizabeth. Y lo que es más, los
rusos habían puesto un par de interceptores Mig procedentes de sus aeropuertos
militares de Kirovsk al sur de Murmansk. Noruega y Suecia se habían unido a
Dinamarca en su nerviosismo. Los Estados Unidos, por su parte, se mostraban
extremadamente curiosos, pero de momento no se sentían preocupados (el objeto
se movía muy lentamente para constituir una verdadera amenaza). No obstante se
había desviado de su vuelo rutinario a un avión de reconocimiento AWACS4 hasta
una línea de intercepción y habían salido dos aviones de combate de una franja
situada cerca de Fort Fairfield, Maine.
Hace cuatro horas que el posible OVNI fue avistado por primera vez sobre
1 Hace referencia a la palabra «pill», que significa «pildora» en inglés. (N. de la t.)
2 DEW-line, o Distant Early Warning, es un grupo de estaciones de radar del norte del océano Glacial
Ártico (N. de la t.)
3 USAF: United States Air Force, es decir, Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos. (N. de la t.)
4 AWACS: Airborne Warning And Control System, avión equipado con un sistema de reconocimiento
provisto de un radar especial capaz de detectar y perseguir un avión o un proyectil que se aproxime al
mismo. (N. de la t.)
Novaya Zemlya y hasta ahora ha cubierto poco más de mil cuatrocientos
kilómetros, ha pasado por la parte oeste de la Tierra de Francisco José siguiendo lo
que ahora parece una línea recta en dirección a la isla de Ellesmere, el lugar donde
los Migs le dan alcance, aun cuando no aparece totalmente en la imagen. Desde el
punto de vista geográfico le han dado alcance, pero pese a que se encuentran a la
altura máxima, el OVNI todavía está tres kilómetros más alto que ellos. Es
evidente, sin embargo, que ellos lo ven... y que él también los ve a ellos.
Lo que ocurre después no está comprobado, la base de Kirovsk ha ordenado
silencio radiofónico, pero teniendo en cuenta lo que va a ocurrir más tarde,
podemos adivinar lo sucedido. El objeto baja, coge velocidad, ¡y ataca! Es probable
que los Migs abrieran fuego durante los segundos que precedieron al momento en
que quedaron reducidos a confetti. Los restos de los aparatos se pierden en la nieve
y el hielo a unos mil kilómetros del polo y a distancia parecida de Ellesmere.
¡Y ahora sí que el intruso actúa como verdadero intruso! Acelera su velocidad
a unos quinientos cincuenta kilómetros por hora y se lanza recto como una flecha.
El AWACS ha informado que los Migs han desaparecido de sus pantallas,
presumiblemente por haberse precipitado en picado, pero una llamada
superurgente desde Washington a Moscú no consigue otra cosa que las
ambigüedades de costumbre:
—¿Qué Migs? ¿Qué intruso?
Los Estados Unidos se muestran un poco irritados.
—Este avión ha salido de su espacio aéreo y ha entrado en el nuestro. No
tiene ningún derecho a permanecer en él. Si continúa llevando el mismo rumbo
será interceptado y obligado a aterrizar. En caso de que no obedezca o de que dé
muestras de hostilidad, es probable que sea atacado y destruido...
Y de pronto la inesperada respuesta de los rusos.
—¡Perfecto! Sea lo que sea lo que vean en sus pantallas, no tiene nada que
ver con nosotros y renunciamos totalmente a responsabilizarnos del hecho. ¡Hagan
lo que quieran con el aparato en cuestión!
Ahora ya están llegando informes noruegos mucho más detallados desde la
estación receptora de Hammerfest. Se cree que el objeto procede de una región de
los Urales próxima a Labytnangi, en el mismo Círculo Polar Ártico,
aproximadamente a unos ciento sesenta kilómetros. De haberse situado unos
cuatrocientos cincuenta kilómetros más al sur, los informes habrían sido más
exactos, puesto que el paso de Perchorsk se encontraba a esa distancia de la fuente
que ellos citaban. Desgraciadamente, en la otra dirección, al norte de Labytnangi,
estaba Vorkuta, el emplazamiento de misiles más septentrional de la URSS,
aprovisionado por ferrocarril desde Ujta. Ahora los americanos habían pasado de
estar levemente irritados a sentirse profundamente recelosos. ¿Qué demonios
querrán los rojos? ¿No se les habrá escapado algún proyectil experimental de
Vorkuta y ahora resulta que lo han perdido? Y de ser así, ¿tendrá la ojiva explosiva?
¿Cuántas ojivas explosivas puede tener?
La inquietud va en aumento, mientras Moscú es objeto de la máxima atención
y se producen contactos que reflejan una gran alarma. Pese a todo, los soviéticos
continúan negando, aunque se nota que están nerviosos.
Las cosas empiezan a ponerse mejor y ahora van a llegar mensajes más
claros. Tenemos el objeto localizado por satélite, por radar terrestre y por el
AWACS. Todavía no se ha detectado ningún ser humano, ni se sabe qué puede ser
físicamente, pero sí que está allí. Los aparatos espías aventuran la idea de que se
trate de una densa bandada de pájaros, pero ¿qué pájaros vuelan a más de
quinientos kilómetros por hora a una altura de ocho kilómetros a través del Círculo
Polar Ártico? La colisión con los pájaros podría haber desviado a los Migs, por
supuesto, pero... Las instalaciones del radar secreto y altamente tecnificado situado
en el DEW-line declara que se trata de un gran avión o... de una plataforma
espacial caída de la órbita que seguía. Pero esta clase de artilugios tienen un
contenido en metal muy bajo, mejor dicho, un contenido nulo. Sin embargo, los
servicios secretos no admitirían la existencia de una nave aérea (y menos aún de
una estación espacial) de sesenta y pico de metros de longitud y hecha de lona. El
AWACS informa que el objeto volador lo hace a base de unos movimientos rápidos
y bruscos, como si fuera un inmenso pulpo aéreo. El AWACS está más o menos en
lo cierto.
Hace una hora que los interceptores norteamericanos se han entrometido.
Volando cerca del Mach II, han atravesado la bahía de Hudson desde las islas
Belcher hasta un lugar situado a unos trescientos veinte kilómetros al norte de
Churchill. Esto ha hecho que dieran alcance al AWACS y que lo dejaran atrás al
cabo de unos minutos. El AWACS les ha dicho que el objetivo se encuentra mucho
más adelante y que ahora ha descendido hasta una altura de tres mil metros. Y
ahora, por fin, al igual que los Migs que están situados más adelante, han
detectado al intruso.
Éstas habían sido las explicaciones y el escenario de los hechos que la CÍA y
el MI6 habían facilitado a Simonov antes de mostrarle el film del AWACS y, en el
momento en que el oficial encargado de las informaciones había pronunciado las
tres últimas palabras —«detectado al intruso»—, la película había empezado a
desplegarse ante sus ojos. Todo ello muy impresionante, tal como correspondía...
«Detectar al intruso», pensaba ahora Simonov, mientras las palabras dejaban
un regusto amargo en su lengua hasta el punto de que al pronunciarlas casi las
escupía.
¡Y tanto que sí! Aquellas palabras precisamente daban nombre al juego, ¿no
es verdad? En cuestiones de seguridad, en asuntos relacionados con los servicios
secretos o con el espionaje, siempre se trataba de lo mismo: Detectar al intruso. Y
todos actuaban lo mejor que su experiencia les dictaba, algunos un poco mejor que
otros. Ahora, y en ese lugar, el intruso era él: Michael J. Simmons, alias Mijaíl
Simonov. Sólo que a él todavía no lo habían detectado.
Después, mientras volvía a concentrar toda su atención en la escena que se
desarrollaba en el fondo del barranco, sintió o quizás oyó algo que no pudo
identificar. De un lugar detrás de él y algo más abajo le había llegado el ruido que
hace una piedra al salir desplazada y toda una serie de ruidos mientras la piedra,
dando tumbos, arrastraba en su camino otras piedras que caían rodando montaña
abajo. El último tramo de la ascensión había sido por una empinada arista con
varios terraplenes. Más que subir por aquel tramo había tenido que gatear, lo que
había provocado el desprendimiento de muchos guijarros y piedrecillas que habían
quedado sueltas a lo largo del trayecto. Es posible que a su paso hubiera quedado
suspendida en precario equilibrio alguna piedra en un saliente de la roca y que
alguna ráfaga de viento la hubiera hecho saltar. Simonov pensó que no podía ser
otra cosa, pero...
Pero ¿y si era otra cosa? Era una sensación que acababa de sentir, como una
inquietante sospecha que iba tomando forma poco a poco: la impresión de que
alguien, desde alguna parte, tenía conciencia de su presencia. Alguien de quien él
todavía no se había apercibido. Suponía que se trataba de una de aquellas
sensaciones con las que los espías acostumbran a tener que convivir. Quizá todo se
había desarrollado tan bien que no había más remedio que ahora surgieran
dificultades. Esperaba que no fuera más que eso. Pero para asegurarse...
Sin volver la vista atrás ni cambiar de postura, bajó la cremallera del anorak,
metió la mano en su interior y sacó un revólver automático de aspecto avieso y
cañón corto, con el grueso silenciador colocado. Comprobó el cargador y, sin hacer
ruido, lo agarró con fuerza. Todo esto lo hizo con una sola mano, con la facilidad
que da la práctica, sin suspender la fotografía de los camiones que circulaban por el
desfiladero. Es posible que el último par de fotos hubieran quedado un poco
desenfocadas, pero esto tenía poca importancia. Simonov estaba contento de lo
que había conseguido.
La minúscula cámara encajada en los prismáticos de Simonov emitió un
último chasquido y un zumbido de advertencia con el que indicaba que la secuencia
había terminado. Retiró la cámara y la dejó aparte, colocó después los prismáticos
perfectamente en la base de una piedra, puso con mucho cuidado el dedo en el
gatillo de la pistola, se dio media vuelta y se puso de rodillas. Sin salir de su
escondrijo, atisbo prudentemente a través de la abertura en forma de «V» que se
abría en medio de dos piedras. Por allí no se veía nada o, por lo menos, él no veía
nada. Sólo abruptos acantilados que se despeñaban desde trescientos metros de
altura, con algún que otro espolón diseminado y finísimas capas de nieve blanca y
fulgurante en todas las superficies planas. Y mucho más abajo, sumidas en la
oscuridad de la noche, lomas más bajas y suaves que señalaban el límite de la
vegetación arbórea. Todo estaba inmóvil, monocromo, bajo la débil luz de las
estrellas y el esporádico esplendor de la luna; sólo leves ráfagas de viento
levantaban la nieve que desalojaban de los espolones y de los salientes más altos.
Eran mucho los sitios donde alguien podría ocultarse; nadie mejor que Simonov,
experto en esconderse, podía saberlo, pero si alguien lo hubiera seguido, ¿por qué
molestarse en subir hasta allá arriba? ¿No habría sido más fácil esperarlo abajo?
Con todo, seguía persistiendo en él aquella sensación, la de no estar solo, que
había ido creciendo progresivamente en las últimas dos o tres visitas que había
hecho a este lugar.
Este lugar, tierra propicia a la producción de extraños monstruos...
Volvió a colocarse en la misma postura de antes, cogió de nuevo los
prismáticos y se los acercó a los ojos. En el fondo del barranco, donde la
accidentada carretera recorría el desfiladero hasta las imponentes paredes gemelas
del dique y la curvada superficie de plomo que se extendía entre ellas, se abría una
cavernosa entrada en el acantilado por la que salía la luz. El último camión dejó la
carretera para girar a la izquierda, en dirección a una zona llana, después de
colocarse tras unas grandes puertas de plomo provistas de ruedas y enmarcadas de
acero. Un grupo de hombres vestidos de amarillo que se encargaban de dirigir el
tráfico hicieron señales con unos banderines y el camión entró ruidosamente. Al
poco rato se perdió de vista, después de lo cual lo siguieron hacia el interior del
acantilado, desde donde irradiaba aquella luz cegadora. Otros hombres venían
corriendo por la carretera, recogiendo al mismo tiempo las baliza de luz destellante
que iluminaban el camino. Al llegar a las grandes puertas, éstas se cerraron, pero
había quedado abierta una portezuela lateral, semejante a la puerta de una cueva,
por la que emergía un haz de luz amarilla. Los hombres que llevaban las balizas
entraron por ella y la puerta se cerró. Los focos que iluminaban el paso desde
arriba se apagaron de pronto y al momento todo quedó sumido en la oscuridad.
Únicamente el agua de la presa y el gran escudo de plomo refulgían al reflejar la luz
de las estrellas.
Todo el plomo que había allá abajo lo sumía en profundas reflexiones, al igual
que las peligrosas cumbres, bastante más radiactivas de lo que parecían a primera
vista... y también aquella Cosa filmada por el AWACS mientras se escabullía de los
aviones de combate americanos. Simonov no pudo reprimir un ligero
estremecimiento, que esta vez no era debido al intenso frío reinante. Dobló los
prismáticos y los metió en un estuche plano de cuero que deslizó dentro de su
anorak, aunque sin quitarse del cuello la correa de piel de la que los llevaba
colgados. Todavía se quedó unos momentos allí tumbado, con los ojos clavados en
la enigmática sima que se abría allá abajo, mientras por su mente iba desfilando en
la oscuridad la secuencia de hechos que había presenciado en Londres, en el film
desenfocado que había rodado el AWACS...
Pero, pese a recordarlo, rehuía su recuerdo. ¡Ya era bastante terrible que de
vez en cuando poblara sus sueños! ¿Sería posible que aquello..., aquello..., fuera lo
que fuese, hubiera salido precisamente de allí? ¿Una mutación monstruosa? ¿Un
guerrero clónico gigantesco y odioso conjurado por algún experimento increíble de
un genetista enloquecido? ¿Una arma «biológica» fuera de todas las anteriores
experiencias del hombre, fuera totalmente de su comprensión? Para eso estaba allí,
para descubrirlo. O mejor dicho, esto es lo que debía probar de manera
concluyente: que era éste el lugar donde aquella Cosa había nacido o donde había
sido fabricada: aquel hervidero, aquella pulsación, todo aquel retorcimiento...
La nieve crujió levemente bajo una pisada furtiva.
Simonov se puso en pie de un salto y al mismo tiempo se giró, lo que le
permitió contemplar una cabeza y unos ojos clavados en él que asomaban por
encima de una acumulación baja de rocas. Con la pistola automática en la mano, se
lanzó tras las piedras que tenía a la izquierda para ampararse en ellas, al tiempo
que extendía el brazo derecho, pronto a disparar. Un hombre vestido con una parka
de un blanco inmaculado seguía agazapado detrás de las piedras con una arma en
la mano, apuntando a Simonov. En el instante en que Simonov se arrojó a un lado
tuvo tiempo de hacer dos disparos, el primero le alcanzó en el hombro, y al
levantarse, el segundo fue a darle en el pecho y lo derribó hacia atrás, dejándolo
tumbado en la nieve que cubría a rachas el suelo.
Las sordas detonaciones, amortiguadas por el silencio del arma de Simonov,
no habían levantado ecos, pero apenas había tenido tiempo de recobrar el aliento
cuando Simonov oyó un ronco y jadeante gruñido a su lado y vio fulgurar
repentinamente en el aire un destello plateado que reflejaba la luz de la luna. Del
espacio cubierto de nieve que Simonov tenía a su izquierda, a menos de medio
metro de distancia, se levantó de pronto una polvareda de nieve.
—¡Hijo de puta! —oyó que le decían en ruso, mientras aparecía una manaza
que agarraba a Simonov por los cabellos y un piolet describía un arco en el aire
que, al bajar, le atravesaba la mano que empuñaba el arma a nivel de la muñeca y
se la dejaba casi clavada en el terreno pedregoso donde se había situado.
El ruso, tumbado en un hoyo lleno de nieve, le había estado aguardando.
Ahora se abalanzó hacia él, tratando de descargar todo su corpachón sobre
Simonov. El agente tuvo tiempo de ver una cara de tez cetrina, una hilera de
dientes blancos y fieros, enmarcados por una barba y un collarín de pieles blancas,
y descargó sobre ella con toda su fuerza un terrible golpe con el codo izquierdo. Se
oyó un crujido de huesos y dientes y el ruso profirió un grito acompañado de un
estertor, aunque no por ello soltó a Simonov, al que continuaba agarrando por los
cabellos. Después, lanzando imprecaciones, el gigantesco soviético levantó el piolet
para asestar un segundo golpe.
Simonov trató de servirse del arma, pero todo fue inútil. Sentía la mano
inerte, que le colgaba como un pez atravesado por el arpón. El ruso se dobló sobre
él, dejando que la sangre goteara sobre Simonov, al que ahora tenía agarrado por
el cuello, y volvió a levantar el pico en el aire en actitud amenazadora.
—¡Karl! —se oyó decir a otra voz amparada en las sombras de otras piedras—
¡Lo queremos vivo!
—¿Muy vivo o poco vivo?
Karl masculló las palabras entre esputos de sangre, aunque soltó el piolet
enseguida y con un puño duro como el hierro sujetó a Simonov en el suelo
apretándole la frente. El espía sintió que se desmayaba, lo que casi supuso para él
un alivio.
De la oscuridad surgió una tercera figura, otro ruso, que se colocó al lado de
Simonov, ahora boca abajo. Después de comprobar el pulso del hombre
inconsciente dijo:
—¿Estás bien, Karl? Si te encuentras en condiciones de hacerlo, ve a ver
cómo está Boris. Me parece que éste le ha metido en el cuerpo un par de balas.
—¿Te parece? Bueno, yo estaba más cerca de él que tú y te aseguro que sí —
refunfuñó Karl.
Tocándose cuidadosamente su maltrecha cara con dedos temblorosos, se
acercó a Boris, que estaba despatarrado en el suelo.
—¿Está muerto? —dijo en voz baja el hombre colocado de rodillas al lado de
Simonov.
—De muerto nada —rezongó Karl—, ¡ojalá estuviera muerto!
Y señaló a Simonov con un dedo acusador.
—Ha matado a Boris, me ha hecho polvo la cara... tendrías que dejar que le
machacara la cabeza.
—No me parece muy original —le cortó el otro; después, se levantó.
Aquel tipo era alto y más delgado que una vara, pese incluso a su voluminosa
parka. Tenía la cara pálida, labios finos y expresión sardónica vista a la luz de la
luna, los ojos hundidos y oscuros brillaban como joyas. Se llamaba Chingiz Khuv y
era comandante, pero en la rama especializada de la KGB donde trabajaba había
que evitar los uniformes y el uso de títulos y graduaciones. El anonimato
aumentaba la productividad y aseguraba la longevidad. Khuv había olvidado quién
había dicho aquella frase, pero se adhería plenamente a ella. El anonimato
conseguía esas dos cosas, pero había que asegurarse al mismo tiempo que no
disminuyera la autoridad.
—Es un enemigo nuestro, ¿sí o no? —refunfuñó Karl.
—Sí, pero no es más que una persona y nuestros enemigos son muchos.
Estoy de acuerdo contigo en que sería formidable retorcerle el pescuezo y a lo
mejor tienes oportunidad de hacerlo..., pero no será antes de que yo le haya hecho
papilla los sesos.
—Necesito que me atiendan —dijo Karl, frotándose un poco de nieve
suavemente por la cara.
—A él le ocurre lo mismo —dijo indicando con un gesto a Simonov— y
también al pobre Boris.
Volvió a su escondrijo entre las rocas y sacó una radio de bolsillo, extendió la
antena y, hablando por el micrófono, dijo:
—Zero... aquí Khuv. Envía enseguida el helicóptero de socorro. Estamos a un
kilómetro del Projekt río arriba, en la parte superior del centro oriental. El piloto
verá la antorcha... Cambio
—Zero... voy enseguida, camarada... Cambio y corto —fue la respuesta,
aguda y acompañada de ruidos.
Khuv cogió una antorcha, la prendió, la hincó en el suelo y apiló nieve a su
alrededor. Inmediatamente después bajó la cremallera del anorak de Simonov y
comenzó a revolverle los bolsillos. No había mucha cosa: los prismáticos de visión
nocturna, cargadores suplementarios para el arma automática, cigarrillos rusos,
una fotografía ligeramente arrugada de una esbelta campesina sentada en un
campo de margaritas, un lápiz y un pequeño bloc, media docena de cerillas sueltas,
un carnet «oficial» del servicio secreto soviético y una barra curvada de goma de
un centímetro de grueso por cinco centímetros de largo. Khuv observó unos
momentos el trozo de goma negra, en el que divisó unas marcas que parecían...
—¡Marcas de dientes! —dijo, asintiendo con la cabeza.
—¿Cómo? —masculló Karl.
Se había acercado a Khuv para ver qué hacía. Hablaba a través de un puñado
de nieve con el que pretendía restañar las heridas que tenía en la nariz y en los
labios.
—¿Qué has dicho? ¿Marcas de dientes?
Khuv le mostró la goma.
—Es un protector de las encías —le informó—. Seguro que lo usa por las
noches, para evitar que le rechinen los dientes.
Se pusieron de rodillas al lado de Simonov y Karl comenzó a manipular sus
mandíbulas. El hombre, que estaba inconsciente, se quejó y se resistió un poco,
hasta que finalmente se rindió a la presión de las manazas del ruso. Karl le obligó a
abrir la boca y dijo:
—Llevo una linterna en forma de lápiz en el bolsillo de arriba.
Khuv hurgó en el bolsillo del otro y le sacó la linterna, con la que iluminó la
boca de Simonov. En la mandíbula inferior, a la izquierda, muy atrás, la segunda
pieza contando desde la muela del juicio... A primera vista parecía una muela
empastada, pero, si se observaba con más atención, era evidente que se trataba de
una muela hueca, dentro de la cual se alojaba un minúsculo cilindro. Había
desaparecido parte del esmalte, que dejaba ver el metal brillante que se encontraba
debajo.
—¿Cianuro? —se preguntó Karl.
—No, actualmente tienen algo mejor —respondió Khuv—. Es instantáneo y
totalmente indoloro. Mejor que se lo saquemos antes de que despierte. No se sabe
nunca... a lo mejor se empeña en convertirse en un héroe.
—Vuélvele la cara del lado izquierdo y acércasela al suelo —masculló Karl.
Había puesto las armas de Simonov y de Boris en uno de sus bolsillos y ahora
las sacó para usar la culata del arma de Simonov como palanca para separarle las
mandíbulas. El arma de su camarada muerto tenía un cañón largo y fino.
—¡Ésta no me hará más daño a mí que a él! —masculló Karl—. Me figuro que
a Boris le gustaría saber que utilizo su arma.
—¿Cómo? —le gritó Khuv—. ¿Te gustaría dispararle? Vas a estropearle la cara
y a lo mejor se muere del susto.
—Me encantaría pegarle un tiro —respondió Karl—, pero no es ésa mi
intención.
Puso el talón sobre la culata del revólver.
Khuv miró para el otro lado. Esta parte era para gente como Karl.
A Khuv le gustaba pensar que él estaba un poco por encima de la simple
brutalidad animal. Miró por encima del borde del acantilado, hizo rechinar los
dientes en una especie de morbosa empatia al oír que Karl daba un golpe con el
mango del martillo en la culata del arma.
—¡Ya está! —dijo Karl con aire de satisfacción—. ¡Terminado!
En realidad le había sacado dos dientes completos, la muela que contenía el
cilindro y la vecina. Ahora metió un dedo pringoso en la boca llena de sangre de
Simonov para hacerse con las muelas.
—Todo terminado —volvió a decir Karl—, y además no he roto el cilindro.
Fíjate que tiene la tapadera puesta. Ya estaba a punto de volver en sí, creo, pero
ahora el dolor lo mantendrá atontado.
—Lo has hecho perfectamente —dijo Khuv con un leve estremecimiento—.
Métele un poco de nieve en la boca... pero no mucha.
E inclinando la cabeza, añadió:
—¡Ya vienen!
Desde el fondo del precipicio llegaba una luz tenue y artificial, como los rayos
de un falso amanecer que se presentara a oleadas. Ahora iba aclarándose
rápidamente. Con la luz llegó el sonido intermitente y cortante de los rotores de un
helicóptero...
Jazz Simmons estaba cayendo, cayendo, cayendo... Estaba en la cima de una
montaña y caía sin saber cómo. Era una montaña altísima y tardaría mucho tiempo
en llegar al suelo. La verdad es que hacía tanto rato que estaba cayendo que más
bien parecía estar flotando. Flotaba en el aire, despatarrado como una rana, en
caída libre, igual que un experto paracaidista que estuviese aguardando el
momento oportuno para abrir el paracaídas. Lo que pasaba es que Jazz no tenía
paracaídas. Debía de haberse golpeado con algo al caer, porque tenía la boca llena
de sangre.
Las náuseas y el vómito lo sacaron de la pesadilla para sumirlo en una
realidad todavía peor que una pesadilla. ¡Estaba cayendo de veras! Súbitamente lo
recordó todo y el pensamiento iluminó su cabeza.
¡Oh, Dios santo! ¡Me han arrojado por el precipicio!
Pero en realidad no caía, sino que flotaba. Por lo menos esta parte del sueño
era real. Y ahora, mientras su cerebro empezaba a funcionar y la impresión parecía
irse atenuando un poco, sintió la fuerte presión de las correas y la enorme fuerza
del aire que proyectaba el gran ventilador del helicóptero, situado más arriba de su
cabeza. Estiró el cuello y retorció el cuerpo y con grandes esfuerzos consiguió dirigir
la vista hacia arriba. Encima tenía un helicóptero que con sus faros iluminaba las
profundidades de la sima, pero encima mismo de su cabeza...
Encima mismo de su cabeza un hombre muerto giraba lentamente suspendido
de una cuerda, suspendido de un gancho por el cinturón, los brazos y las piernas
colgando fláccidamente. Sus apagados ojos estaban abiertos y cada vez que se
daba la vuelta se clavaban en los de Jazz. Por las manchas carmesí que destacaban
en su blanca parka, Jazz supuso que se trataba del hombre contra el cual había
disparado.
Después...
Volvió a desmayarse, una especie de ingravidez, un vértigo frío, un viento
restallante y el ruido, combinándose todo para hacerle perder el sentido por
segunda vez. Lo último que recordó al caer en otro precipicio —un pozo negro como
la noche de un misericordioso olvido— fue la pregunta que se hizo: ¿por qué tenía
la boca llena de sangre y qué había ocurrido con sus muelas?
Unos momentos después de haber viajado en el helicóptero, lo descargaron
en la parte plana que coronaba la pared de la presa situada mas arriba y unos
hombres con chaquetas amarillas lo sacaron de allí y le retiraron las correas,
gancho incluido. También descargaron a Boris Dudko, otro héroe de la Madre Rusia.
Después se encargaron de transportar a Jazz Simmons sin demasiados
miramientos, si bien él no se enteró y por eso le importó muy poco.
Tampoco sabía que iba a vivir el sueño de todo agente secreto del mundo
occidental: entrar en el interior del Perchorsk Projekt.
Salir de allí ya sería otra cosa...

Capítulo 2
El interrogatorio
Aunque prolijo, el interrogatorio fue extremadamente considerado y hay que
decir que Simmons jamás habría imaginado que pudiera ser tan clínicamente
aséptico. Por supuesto que en su caso debía hacerse con comedimiento, ya que
había estado a las puertas de la muerte cuando sus amigos lo habían sacado
subrepticiamente de la URSS. Esto había ocurrido unas semanas atrás —así se lo
habían dicho— y al parecer ahora estaba hecho un lío.
El interrogatorio había sido respetuoso, pero en algunos momentos irritante,
especialmente porque el oficial que lo interrogaba insistía en llamarle «Mike», pese
a saber seguramente que Simmons siempre había respondido únicamente al
nombre de Michael o de Jazz, y en Rusia, naturalmente, al de Mijaíl. Pero éste era
un detalle sin importancia comparado con el hecho de gozar de libertad y estar
todavía con vida.
Del tiempo pasado como prisionero recordaba muy poco, apenas nada. Los de
seguridad sospechaban que había sido objeto de un lavado de cerebro, que le
habían dicho que olvidara, pero en cualquier caso no habían perdido demasiado
tiempo en este aspecto. Lo importante había sido su trabajo, lo que había
conseguido. Tal vez hubiera un momento en que los rojos tuvieron intención de
conservarlo e incluso de reprogramarlo como doble agente. Pero se ve que después
cambiaron de opinión, lo arrojaron al foso y dejaron su cuerpo drogado y maltrecho
en la dársena de salida que había debajo de la presa. Su cuerpo fue recuperado a
ocho kilómetros de distancia río abajo desde Perchorsk, flotando boca arriba en
aguas encalmadas, pero acercándose peligrosamente a unos saltos de agua que
indudablemente acabarían con él. De haber ocurrido así, la cosa no habría tenido
importancia ninguna: un maderero, un buscador de minas a ratos libres, un tal
Mijaíl Símonov, se había caído en el río y, agotado por el frío extremo, se había
ahogado. Un accidente que podía ocurrirle a cualquiera, ni era el primero ni el
último. Que Occidente pensara lo que quisiera, si alguna vez se enteraran del
hecho.
Simmons, sin embargo, no se ahogó. Gente que «simpatizaba» con él había
empezado a buscarlo al ver que no volvía al campamento de los madereros, lo
localizaron, se ocuparon de él y lo pusieron en manos de unos agentes que lo
encaminaron por una ruta de escape fiable. El propio Jazz recordaba únicamente
algunos detalles, breves episodios, borrosos en la memoria, de los pocos momentos
en que había estado consciente. Un hombre con suerte. De veras que había sido un
hombre con suerte.
Los días que duró su recuperación transcurrieron sin complicaciones. Estuvo
incómodo, pero no sufrió complicaciones. Iba despertándose a un dolor que iba
creciendo lentamente, un dolor que parecía provenir de sus venas tanto como de
sus órganos o de partes identificables de su cuerpo. Estaba inmóvil, con la mitad
inferior encajonada y (sospechaba) sometida a una especie de tracción, el brazo
izquierdo entablillado y vendado y la cabeza igualmente vendada. El hecho de
despertar fue para él como salir de un país surreal para emerger en un mundo
igualmente espectral, poblado de sombras grises y de cautos movimientos que
discurrían por el exterior.
La luz le llegaba a través de los vendajes, pero si trataba de ver era como
mirar a través de la nieve o de una ventana cubierta de escarcha. Al parecer tenía
toda la cara magullada, pero los médicos habían conseguido salvarle los ojos. Ahora
tenía que dejar que descansasen, como también que descansase el resto de su
cuerpo. Simmons no había sido nunca vanidoso y no se formulaba preguntas con
respecto a su cara, aunque a veces pensase cómo podía haber quedado. Era
natural.
Lo que más le perturbaba eran los sueños, unos sueños que no podía recordar
del todo, salvo que le inquietaban, le sumían en un mar de angustias y de
acusaciones. Esos sueños le preocupaban y le confundían en los ratos que
mediaban entre la vigilia y el comienzo del dolor, pero después lo único que le
preocupaba era esto, el dolor. Por lo menos le permitían pulsar un botón para
indicar que estaba despierto, para que se enteraran «ellos», los ángeles de aquel
infierno en la tierra tan particular: su médico y el oficial que lo interrogaba.
Volverían igual que sombras por la nieve de sus vendajes. El médico le
tomaría el pulso (nunca hacía otra cosa) y alborotaría como una gallina
preocupada, mientras que el agente de los interrogatorios se limitaría a decir:
—Tranquilízate, Mike, tranquilízate ahora.
Y entonces sentiría el pinchazo de la aguja. Pero el pinchazo no lo
tranquilizaría y lo único que haría sería quitarle el dolor y facilitar que hablase. No
hablaba solamente porque el agente quería que hablase, sino porque sabía que
debía hablar y por simple agradecimiento. ¡Hasta aquí puede llegar el dolor!
Esto era lo que le habían dicho: que aunque estaba muy mal, no es que no
tuviese remedio. Lo habían sometido a una operación y todavía tenían que volver a
intervenirle, pero lo peor había pasado ya. El calmante empleado provocaba
adicción y ahora tenían que desacostumbrarle poco a poco. De momento ya le
habían bajado considerablemente la dosis y muy pronto sólo tendría que tomar
pastillas. El dolor ya no sería tan intenso. Entretanto, el oficial que lo interrogaba
tenía que sacárselo todo, hasta la última gota, y debía estar seguro de que decía la
verdad. Seguro que aquel «maldito Johnnie-Rojo» le había metido en la cabeza una
sarta de mentiras. Gracias a los métodos que actualmente se empleaban, no era
difícil alterar la memoria de un hombre, la percepción que tenía de las cosas, los
malditos límites de las cosas. Jazz no sabía que hubiera personas que todavía
hablaban de esta manera.
Así es que, para asegurarse de que le sacaban lo que debían sacarle, habían
empezado por el principio, antes de que Simmons hubiera sido contratado por el
Servicio Secreto; en realidad, antes incluso de que hubiera nacido...
El nombre de Simonov no había sido difícil de adoptar, puesto que era el
nombre de su padre. A mediados de los años cincuenta, Sergei Simonov desertó y
se fue a Occidente, al Canadá. Era monitor de un equipo de patinadores soviéticos
que se renovaban constantemente. Había sido un hombre frío y disciplinado
mientras vivió entre hielos pero, fuera de ellos, le dio por cometer arbitrariedades y
por tomar decisiones precipitadas e imprudentes. Más tarde, ya más calmado, a
menudo cambiaba de idea, si bien hay cosas difíciles de rectificar. Una es la
deserción.
Una aventura amorosa con una patinadora canadiense armó un cierto ruido e
hizo que se encontrara desamparado. Pese a todo, había tenido ofertas de trabajo
en Norteamérica y la libertad total constituía para él una experiencia embriagadora.
En el curso de un viaje a Nueva York, en el que acompañaba a una compañía de
patinadoras, conoció a Elizabeth Fallon, una periodista británica que hacía de
corresponsal en los Estados Unidos, de la que se enamoró. Las relaciones fueron
tumultuosas y al poco tiempo se casaron. Ella le consiguió un trabajo en Londres y,
nueve meses después del día en que sus padres se conocieron en un restaurante
serbio de Greenwich Village, nacía Michael J. Simmons en Hampstead.
Siete años más tarde, el 29 de octubre de 1962, el día después de que
Kruschev se retirara de Cuba, Sergei entró en la embajada rusa y no volvió a salir.
Por lo menos no salió cuando hubieran podido verle. Sus ancianos padres le habían
escrito desde un pueblo en las afueras de Moscú, donde la verdad es que no lo
estaban pasando demasiado bien. Sergei, por su parte, había pasado por un
período de depresión como resultado de su matrimonio, que quedó roto durante un
tiempo. Su doble deserción fue otra de sus apresuradas decisiones, típicas de su
manera de ser y que lo empujó a volver a casa a fin de comprobar qué podía
salvarse del naufragio. Elizabeth Simmons (que había insistido siempre en usar la
versión inglesa del apellido) se limitó a decir:
—¡Menudo peso me he quitado de encima! ¡Ojalá que lo lleven a cualquier
parte y que no le falte nunca hielo!
Más adelante resultó que su deseo se había cumplido. En el otoño de 1964,
una semana antes de que Jazz cumpliera los nueve años, su madre tuvo noticias
del departamento del gobierno encargado de comunicarle que Sergei Simonov
había sido abatido de un disparo cuando, después de haber matado a un guardián,
se disponía a escaparse de un campo de concentración situado cerca de Tura, en la
Tunguska siberiana.
Derramó unas cuantas lágrimas en memoria de los buenos ratos pasados
juntos y después siguió adelante. Jazz, por su parte...
Jazz quería mucho a su padre, a aquel hombre moreno y apuesto que solía
hablarle en dos idiomas, que le había enseñado a patinar y a esquiar cuando
todavía era muy pequeño y que le hablaba con tanta vivacidad de su patria, como
si quisiera sembrar en él una semilla que con el tiempo fructificaría y haría que
amase todo lo que era ruso..., un amor que había persistido hasta ahora. También
le hablaba con amargura de las injusticias del sistema, si bien aquel aspecto
quedaba más allá de la comprensión del pequeño Jazz. Ahora, sin embargo, cuando
no contaba más que nueve años, las palabras de su padre volvían a cobrar vida,
adquirían significado e importancia ante sus ojos y entraban en conflicto con su sed
de conocimientos. Aquel padre al que Jazz amaba y de quien siempre había sabido
que un día volvería, había muerto, y la Rusia que Sergei Simonov amaba era su
asesina. A partir de aquel momento el interés de Jazz no se centró tanto en la
avasalladora grandeza y en las gentes de la que había sido la patria de su padre
sino en la opresión que reinaba en ella.
Jazz había ido a una escuela privada antes de los cinco años y, como era
lógico, la asignatura que había elegido como objeto de enseñanza especial, y para
la cual había que pagar una matrícula complementaria, era el ruso, lengua en que
su padre lo había instruido continuamente. Al cumplir los doce años se hizo
evidente que estaba especialmente dotado para el ruso, ya que obtuvo un
sobresaliente en un examen especial de esta lengua. A los diecisiete años entró en
la universidad, donde consiguió clasificaciones excelentes en ruso y, al cumplir los
veinte, comenzó a destacar en matemáticas, asignatura en la que siempre había
mostrado tener una gran facilidad y en la que su mente despierta siempre se había
distinguido. Un año más tarde su madre moría de leucemia. Como Jazz no estaba
interesado en cursar una carrera, buscó trabajo como intérprete-traductor
industrial. En sus ratos de ocio dedicaba todo el tiempo de que disponía a los
deportes de invierno, que practicaba en todo el mundo, buscando siempre lugares
de clima favorable y asequibles a su situación económica particular. Aunque tenía
unas cuantas amigas, no le unía relación seria con ninguna.
Más adelante, cuando contaba veintitrés años y pasaba unas vacaciones en el
Harz, Jazz conoció a un comandante británico que estaba haciendo un curso de
entrenamiento militar de invierno. Este nuevo amigo era miembro del Servicio
Secreto destacado en el BAOR y puede decirse que aquel encuentro resultó
decisivo. Un año más tarde Jazz se encontraba en Berlín en calidad de NCO1 de
aquel mismo cuerpo auxiliar. Pero ni Berlín ni el BRIXMIS eran de su agrado, si bien
entonces el Servicio Secreto ya le había puesto los ojos encima y no quería que se
arriesgara demasiado. De momento era un mero agente, pero ahora debía empezar
a aprender las triquiñuelas del oficio. Se tramitó entonces su desmovilización, que
se mantendría durante los seis años siguientes de su vida, para enorme satisfacción
de Michael J. Simmons.
A partir de ese momento todo fueron entrenos y más entrenos. Se entrenó en
vigilancia, en protección, en huidas, en evasiones, en prácticas militares de
1 NCO: Noncommissioned Offices: suboficial. (N. de la t.)
invierno, en supervivencia, en el manejo de armas (se convirtió en un buen
tirador), en demolición y en combates sin armas. La única cosa que no le podían
proporcionar era la experiencia.
Se dispuso que Jazz se trasladase a Moscú, donde actuaría como «intérprete
diplomático», cuando surgió «Pill» (surgió o «cayó», según decía la CÍA). Se le
relevó de su trabajo original (en cualquier caso, había sido poca cosa más que un
ejercicio de entrenamiento) y se le adjudicó la Operación Pill. El Servicio la tenía
planeada desde que los soviéticos tenían en marcha el Perchorsk Projekt; los
«servicios locales» estaban perfectamente establecidos y funcionaban a las mil
maravillas. Jazz fue informado con todo detalle, se trasladó a Moscú bajo el nombre
de Henry Parsons, como si fuera un turista corriente y, al cabo de una hora de
haber aterrizado, ya estaba provisto de un documento de identidad ruso. Un agente
del Servicio Secreto que ya estaba en la URSS se encargó de adoptar la identidad
de Parsons (junto con su pasaporte, etc.) y se sirvió de su billete para regresar a
Londres.
—¡Uno fuera, otro dentro, y aquí se acaba el cuento! —le había explicado el
jefe de informaciones a Jazz—. Es como en el juego del hokey-cokey, sólo que aquí
no hay pie izquierdo, aquí todos son derechos.
Jazz desconocía muchas cosas de Moscú como uno de los terminales de la
red; lo habían mantenido en la ignorancia de manera deliberada, por si acaso. Y lo
mismo podía decirse de la estructura de Magnitogorsk, que tenía un departamento
de envíos por ferrocarril destinados al Perchorsk Projekt. No acababa de entender
por qué ese agente que lo interrogaba se sentía tan irritado al ver que no sabía más
de esas cosas. Ésta era la impresión que tenía: que a pesar de haber facilitado
todos los detalles posibles, el que preguntaba quería saber más. El simple hecho
que lo explicaba todo es que las cosas estaban montadas sobre la base de informar
únicamente de lo necesario y en realidad Jazz no necesitaba saber más.
En cuanto a los «servicios locales», estaba enterado de todo. Durante las
muchas sesiones dedicadas a interrogatorios, Jazz lo había contado todo.
En los años cincuenta, Kruschev había decidido dispersar una bolsa de
campesinos ucranianos judíos que le resultaban políticamente sospechosos, los
trasladó de la región próxima a Kiev en la que vivían a las lomas y valles orientales
de los Urales. A lo mejor se figuró que el frío ya se encargaría de acabar con ellos.
Una vez reinstalados, se les asignaron tierras y trabajo. El trabajo era éste:
ocuparse en faenas forestales y poner trampas para cazar durante el invierno, todo
lo cual debía realizarse bajo la supervisión e instrucciones de los oficiales de la vieja
guardia del Komsomol, con sede en los yacimientos de petróleo y gas natural del
oeste de Siberia. Aunque no se trataba de trabajos forzados propiamente dichos, la
verdad es que se les parecía mucho.
Pero los disidentes ucranianos eran una gente muy curiosa: cumplieron con su
trabajo a pesar de las dificultades, cubrieron los objetivos, pusieron un gran interés
y se establecieron en la zona. Su éxito, unido a la rápida expansión de las
industrias de petróleo y gas natural del este, que eran mucho más importantes,
hizo difícil e incluso innecesario el estricto control de las colinas judías. Sus
vigilantes tenían cosas mejores en que ocuparse. Era a todas luces evidente que
una región hasta entonces esencialmente rústica se había convenido ahora en una
zona productora de madera y de pieles, que aprovechaba los recursos naturales
que poseía y ofrecía trabajo a la gente. Estaba claro que la maniobra de Kruschev
había dado buen resultado, al lograr transformar un hatajo de gandules y de parias
políticos y levantiscos en ciudadanos rusos intachables y conscientes de su
condición. ¡Ojalá hubiera acertado también en otras cosas! Sea como fuere, las
visitas de los funcionarios encargados del control se fueron espaciando en
proporción directa con los buenos resultados del programa.
En realidad, todo lo que los judíos querían era que los dejasen tranquilos para
vivir a su antojo y de acuerdo con sus costumbres. Aunque el clima cambiase, ellos
seguirían siendo los mismos. Instalados en sus campamentos y ocupados en
labores forestales al pie de las montañas, vivían relativamente satisfechos. Por lo
menos allí nadie los importunaba y tenían más que suficiente para vivir. Era duro,
pero se estaba bien. Tenían toda la madera que querían para construir sus casas en
verano y para calentarse en invierno, disponían de carne en abundancia, cultivaban
hortalizas e incluso iban acumulando un buen montón de rublos como resultado de
comerciar en secreto con las pieles. En los ríos había algo de oro, que ellos
buscaban y lavaban de vez en cuando con éxito más que regular, la caza y la pesca
eran abundantes, los horarios flexibles de trabajo aseguraban su buena distribución
y todos tenían su parte en la «prosperidad» y en las cosas buenas de la vida. Hasta
el frío trabajaba en favor suyo, porque alejaba a los entrometidos y reducía a un
mínimo las interferencias.
Varios colonos eran de estirpe rumana y estaban unidos con fuertes lazos con
su tierra. Sus opiniones políticas no eran acordes con las de la Madre Rusia ni lo
serían nunca, mientras no desapareciese la opresión y la gente no pudiera trabajar
a su manera y observar su culto y desaparecieran las restricciones que prohibían
emigrar a voluntad. Eran judíos y eran ucranianos, pero se sentían rumanos; si les
hubieran ofrecido libertad de elección, quizá se considerarían rusos. Sin embargo,
lo que eran por encima de todo era ciudadanos del mundo, sin más amo que ellos
mismos. Sus hijos habían crecido con las mismas creencias y aspiraciones.
En resumen, mientras hubiera muchas familias trasladadas a la zona que no
eran otra cosa que campesinas, sin una confesión política determinada, en los
nuevos pueblos y campamentos había que contar con muchos elementos
anticomunistas, disidentes e incluso quintacolumnistas rabiosos. Estaban
conectados con enlaces rumanos y en Rumania había grupos similares que tenían
lazos sólidos con Occidente.
Mijaíl Simonov —su capa de persona exaltada, educada en la ciudad y amiga
de armar jaleos, al que se le había brindado la oportunidad de convertirse en un
pionero del Komsomol— había ido a parar a casa de la familia Kirescu, en la aldea
de Yelizinka, para trabajar como leñador. Sólo el viejo, Kazimir Kirescu, y su hijo
mayor, Yuri, sabían cuál era la verdadera finalidad que perseguía Jazz al pie de los
Urales, y lo encubrían para que dispusiera de todo el tiempo posible. Jazz se
dedicaba a buscar minas, a cazar o a pescar... pero Kazimir y Yuri sabían la verdad:
que lo que hacía era espiar. Y sabían, además, qué espiaba, cuál era su misión:
descubrir el secreto de la base militar experimental instalada allá abajo, en el
corazón del desfiladero de Perchorsk.
—No sólo te juegas el cuello, sino que pierdes el tiempo —le había dicho con
rudeza el viejo una noche a Jazz, poco tiempo después de instalarse en casa de los
Kirescu.
Jazz se acordaba perfectamente de aquella noche. Anna Kirescu y su hija
Tassi habían salido para asistir a una reunión de mujeres que se celebraba en el
pueblo, y el hermano pequeño de Yuri, Kaspar, dormía en su cama. Había sido una
ocasión que ni pintada para aquella conversación, la primera que sostenían.
—No hace falta bajar allá abajo para ver lo que se llevan entre manos —había
continuado Kazimir—. Yuri y yo te lo podemos contar todo, como te lo podría contar
cualquiera que viva en esos andurriales si quisiera.
—¡Una arma! —había intervenido Yuri, el hijo leñador, con un corazón como
una catedral, pestañeando incesantemente y moviendo su grande y desgreñada
cabeza—. Una arma como no se ha visto nunca otra igual, como nadie ha podido
imaginar, una arma que convertirá a los soviéticos en el pueblo más fuerte del
mundo. La construyeron allá abajo en el barranco e incluso la probaron... pero no
salió bien.
El viejo Kazimir había asentido con un gruñido, después de lo cual escupió en
el fuego como para subrayar lo dicho y dar más importancia al asunto.
—Hace poco más de dos años... —explicó, con los ojos clavados en las llamas,
que rugían en la amplia chimenea de piedra—... pero nosotros ya hacía semanas
que sabíamos que se estaba cociendo alguna cosa. Oíamos el ruido de las
máquinas, ¿comprendes? Los grandes motores que mueven la cosa.
—¡Eso mismo! —había vuelto a continuar Yuri—. Las grandes turbinas que
hay debajo de la presa. Me acuerdo de cuando las instalaron hace más de cuatro
años, antes de que pusieran aquel tejado de plomo sobre el trasto ese. Ya entonces
habían prohibido cazar y pescar en la parte del paso, pero yo me acercaba lo
mismo. Cuando construyeron la presa... los peces bullían en aquel lago artificial.
Ahora, como te cogieran, te las cargabas de lo lindo. En cuanto a las
turbinas... fui tan imbécil que me figuré que quizá querían ponernos electricidad.
Todavía estamos sin luz eléctrica. ¿Para qué necesitaban toda esa energía?
Y al decir estas palabras se golpeaba la parte lateral de la nariz.
—Lo que sea... —continuó su padre—, lo que pasa es que aquí hay tanta
tranquilidad que ciertas noches podrías oír un grito o el ladrido de un perro desde
kilómetros de distancia. Pues ya te puedes figurar qué pasó con las turbinas cuando
empezaron a hacerlas funcionar. Aunque estuvieran en el fondo del desfiladero,
oías sus chirridos y sus zumbidos como si estuvieran aquí en el pueblo. En cuanto a
la energía que producían es fácil saber en qué la empleaban: para sus minas y sus
túneles, para sus taladros eléctricos y para las herramientas que sirven para abrir
la roca, para las luces y para las máquinas de dinamitar. ¡Y claro! También para
calentarse y para su comodidad, como es natural, aunque aquí en Yelizinka
tengamos que calentarnos quemando troncos. Pero debieron de sacar miles de
toneladas de roca de aquel desfiladero, o sea que ya me perdonarás si te digo que
sólo Dios sabe para qué han excavado esa madriguera debajo de la montaña.
Después le volvió a tocar el turno a Yuri:
—Pues allí es donde construyeron el arma... ¡debajo de la montaña! Después
llegó el momento de probarla. Mi padre y yo habíamos preparado unas cuantas
trampas y aquella noche regresábamos tarde a casa. Me acuerdo de todo como si
fuese ahora: era una noche como ésta, clara y luminosa. En lo más oscuro del
bosque, si mirabas entre las copas de los árboles, veías la aurora boreal refulgiendo
como una extraña y pálida cortina que cubriera la parte norte del cielo...
»El zumbido de las turbinas no había sido nunca tan fuerte y parecía que
sentías las palpitaciones en el aire. Aunque hay que decir que era como un latido
sordo y distante, ¿comprendes?, porque el Projeckt está a diez kilómetros de aquí.
Mi padre y yo estábamos más o menos a medio camino, quizás a cuatro o cinco
kilómetros de la fuente. De todos modos, eso te dará una idea de la energía que
sacaban del río.
—En la cumbre de la cresta de Grigor —dijo Kazimir pegando la hebra—, nos
paramos y miramos para atrás. Una estela de luz, igual que la aurora, inundaba el
borde del barranco de Perchorsk. Debo decirte que yo fui uno de los primeros que
vino a estas tierras, una de las primeras víctimas del programa de Kruschev, para
ser más exactos, y en todos los años que he pasado aquí no había visto nunca una
cosa parecida. Aquello no era la naturaleza, no, ¡qué va! ¡Aquello era la máquina, el
arma! Lo que ocurrió después fue terrible...
Y se quedó un momento moviendo la cabeza como si no encontrara las
palabras adecuadas.
Yuri se había excitado y volvió a intervenir:
—Las turbinas chirriaban a tope... hasta que de pronto se oyó como una
especie de gemido, algo así como un suspiro. Del fondo del barranco salió un haz
de luz..., ¡no!, fue como un tubo de luz, como un gran cilindro que fuera todo luz.
Los picos de las montañas quedaron iluminados como si fuese de día, y después
saltó al cielo. ¿Quieres saber si se movía? Pues te diré que el rayo, comparado con
aquella luz, es lento. Eso es lo que a mí me pareció, por lo menos. Fue como una
pulsación de luz, porque no es que la vieras, sino que lo que veías era la imagen
que quedaba después en tus pupilas. Al momento ya había desaparecido, igual que
un cohete lanzado al espacio. Como un rayo a la inversa. ¿Un láser? ¿Un proyector
gigante? No, no tiene nada que ver... algo más sólido.
Ante aquellas palabras Jazz no había podido por menos de sonreír, pero el
viejo Kazimir no había sonreído.
—¡Es tal como cuenta Yuri! —había declarado—. Cuando ocurrió era una
noche muy clara, pero al cabo de una hora el cielo estaba cubierto de nubes que no
sé de dónde salieron y comenzó a caer una lluvia caliente. Después se desató una
ventolera cálida que parecía el aliento de una bestia, como si la vomitaran las
montañas. Y por la mañana, de los picos y de los pasos más altos bajaron volando
los pájaros para venir a morir aquí abajo. ¡Los había a millares! Y también
animales. No hay rayo de luz, por potente que sea, que pueda conseguir eso. Y
esto no es todo, porque así que hubieron hecho la prueba, una vez proyectaron
aquella barra de luz en el cielo, se notó aquel tufillo a quemado, a cosa eléctrica
quemada, ¿comprendes? No sé si sería ozono. Pero después sonaron las sirenas.
—¿Las sirenas? —Jazz iba sintiéndose interesado por momentos—. ¿Desde el
Projekt?
—¡Claro! ¿Desde dónde, si no? —respondió Kazimir—. Eran sus sirenas de
alerta, sus alarmas. Se había producido un accidente y era de consideración. Sí,
hubo rumores. Y durante las dos o tres semanas siguientes... hubo helicópteros que
entraban y salían, ambulancias que circulaban por la nueva carretera, hombres con
la vestimenta contra las radiaciones que descontaminaban las paredes del
desfiladero. La consigna ahora era: deshacer lo hecho. El arma había lanzado su
descarga al cielo, eso estaba claro, pero también había tenido unos efectos de
retroceso en la caverna donde se alojaba. Había actuado igual que un incinerador:
había fundido la roca, había hecho saltar el tejado y, por poco, arranca toda la
cubierta. Estuvieron más de una semana sacando muertos, y desde entonces no
han vuelto a hacer pruebas.
—¿Y qué pasa ahora? —parecía que Yuri había de decir la última palabra.
Después de encoger sus poderosos hombros, dijo:
—Ahora, de cuando en cuando, hacen funcionar las turbinas, quizá sólo para
mantenerlas en forma, pero como dice mi padre, ahora el arma está quieta. No ha
habido más pruebas. Quizás aquella primera prueba les enseñó algo que todavía no
sabían. Lo que yo creo es que ahora se han dado cuenta de que no están en
condiciones de controlarla, que la máquina les puede. Aunque esto no explica por
qué siguen aquí, por qué no lo han desmantelado y han ahuecado el ala.
Ante aquellas palabras Jazz movió la cabeza y dijo: —Bueno, pues ésta es
precisamente una de las cosas que tengo que descubrir. Mirad, en Occidente hay un
montón de hombres muy importantes y muy inteligentes que están preocupados
por el Perchorsk Projekt. Y cuantas más cosas sé acerca de él, más convencido
estoy de que tienen motivos para preocuparse...
Una noche, cuando dieron las pildoras a Jazz, éste no se las tomó. Hizo como
que se las tragaba, pero se las dejó a un lado de la boca y bebió el agua sin
engullirlas. En parte era un acto de rebeldía —contra lo que equivalía a un
encarcelamiento físico, e incluso mental, aunque bien intencionado— y en parte
otra cosa. Necesitaba tiempo para pensar. Era algo de lo que nunca tenía bastante:
tiempo para pensar. O estaba durmiendo o tomando pildoras para dormir, O sufría
dolores o estaba bajo los efectos de la inyección que amortiguaba el dolor y le
ayudaba a hablar con el oficial que hacía los interrogatorios, pero nunca lo dejaban
en paz para estar tumbado y pensar.
Tal vez no querían que pensara. Entonces no podía por menos de
preguntarse: ¿por qué no quieren que piense? Aunque su cuerpo estaba bastante
apabullado, a su cerebro no parecía haberle pasado gran cosa.
Cuando se quedó solo (así que oyó que salían de la habitación y cerraban la
puerta) volvió un poco la cabeza a un lado y escupió las píldoras. Le habían dejado
un poco de mal sabor, pero era soportable. Si volvía el dolor, siempre podía tocar el
timbre, que tenía al alcance de la mano derecha, la que tenía libre. Lo único que
tenía que hacer era un poco de presión con el índice.
Pero no volvió el dolor ni vino tampoco el sueño, por lo que Jazz tuvo ocasión
de quedarse tumbado en la cama pensando. Y lo mejor de todo fue que, al cabo de
un ratito, sus pensamientos se hicieron menos confusos. De hecho, en lugar de
aquella confusión mental a la que ya se había acostumbrado, sus pensamientos se
volvieron diáfanos como el cristal. Y comenzó a preguntarse de nuevo todas
aquellas cosas que se había estado preguntando hasta entonces, pero a las que
todavía no había tenido tiempo de contestar. Como ésta: ¿dónde demonios estaban
sus amigos?
Había salido de Rusia... ¿cuánto tiempo hacía?, ¿dos semanas quizás...?, y las
únicas personas que había visto (o, mejor dicho, las únicas que lo habían visto a él)
eran un médico, un agente encargado de interrogarle y una enfermera que se
dedicaba a refunfuñar, pero que no hablaba nunca. Sin embargo, él en el Servicio
tenía amigos, y era más que seguro que sabían que había vuelto. ¿Por qué no
habían ido a visitarle?, ¿tan mal estaba? ¿Estaría mal de verdad?
«No estoy tan mal como eso», se dijo Jazz en un hilo de voz.
Movió el brazo derecho y cerró el puño. El agujero de la muñeca ya se había
cerrado y sobre la perforación había crecido nueva piel, tanto por la parte de arriba
como por la de abajo. Había tenido la suerte loca de que la punta del piolet se
hubiera deslizado entre los huesos y no le hubiera tocado las arterias. Todavía tenía
la mano un poco envarada, pero esto era por la falta de movimiento. Nada más.
Notaba cierto dolor, pero era soportable. Ahora que lo pensaba con más
detenimiento, en ese momento prácticamente no le dolía nada y, por supuesto, lo
podía mover todo. ¿Podía moverlo todo? Jazz decidió que era mejor no hacer la
prueba.
En cuanto a la vista, ¿estaba a oscuras la habitación o estaba iluminada? La
«nieve» de sus vendajes era gruesa y oscura y le habían dicho que le habían
salvado la vista. ¿Salvado de qué? ¿En qué habían quedado afectados los ojos?
Decir que le habían salvado la vista podía significar cualquier cosa. Por ejemplo,
que estaría en condiciones de ver... pero ¿igual que antes?
De pronto, por primera vez desde que se encontraba en aquel recinto, sintió
pánico. A lo mejor no se lo habían dicho todo porque esperaban el momento de
interrogarlo a fondo, para no desmoralizarlo ni distraerlo. Algo así como: mientras
hay vida, hay esperanza. ¿Sería verdad? ¿Sería verdad que no se lo habían dicho
todo?
Jazz trató de dominarse y soltó una risita burlona. ¿Decírselo todo? Pero si no
le habían dicho nada. Era él quien se había encargado de...
De hablar...
Aquella claridad mental que ahora tenía lo conducía por un camino que lo
aterrorizaba, un camino que llevaba cuesta abajo. Cuanto más consideraba las
posibilidades, tanto más aprisa caminaba y tanto más aterrador le parecía todo. Las
piezas de un rompecabezas cuya existencia no había sospechado comenzaban a
encajar y a ponerse en su sitio. Y el dibujo que aparecía era el de un payaso, el de
un títere con su nombre y todo: Michael J. Simmons, el incauto.
Dobló el codo derecho, levantó la mano hasta la cabeza vendada y comenzó a
tirar de los vendajes que le cubrían los ojos. Pero lo hacía con muchísimo cuidado,
porque lo único que necesitaba era un pequeño resquicio nada más. Una
pequeñísima abertura entre las vendas. Quería ver sin ser visto.
Al cabo de un momento se dio cuenta de que lo había conseguido, pero era
difícil afirmarlo con absoluta seguridad. La nieve seguía allí pero si entornaba los
ojos ante las rendijas de luz (la verdad es que era muy escasa) casi parecía todo
natural. Era como cuando era pequeño: solía quedarse en cama con los ojos
cerrados y simulaba la respiración lenta y regular de los que duermen. Entonces
entraba su madre y encendía la luz, se quedaba de pie mirándolo, sin estar nunca
segura de si dormía de verdad o estaba despierto. Pero ahora, con todos estos
vendajes que le envolvían la cara, tenía que ser muchísimo mas fácil.
Volvió a estirar el brazo, palpó el botón y lo pulsó. Ahora la enfermera sabría
que estaba despierto, pero el principio seguiría siendo el mismo: cuando ella
entrase, él la miraría y ella no sabría que la miraba. ¡Así lo esperaba, por lo menos!
Al instante se oyeron unos pasos ligeros pero sin apresuramiento. Jazz volvió
a presionar la cabeza en la almohada y quedó a la espera de lo que ocurriese en la
semioscuridad de la habitación. Oía a su alrededor el zumbido leve del aire
acondicionado, el aire olía ligeramente a antiséptico y sentía en la piel el tacto
áspero de las sábanas. Entonces pensó: «Esto no parece la habitación de un
hospital. Los hospitales, en el mejor de los casos, parecen artificiales, irreales. Pero
esta habitación tiene un aire falsamente artificial...»
Pero se abrió la puerta y entró la luz.
Jazz desvió los ojos hacia arriba; gracias a que los tenía entornados, no quedó
deslumbrado por la luz de la bombilla desnuda que colgaba de un cordón
suspendido del techo. En cuanto al techo, era de piedra gris oscuro con hoyos y
surcos producidos por explosiones. La habitación del hospital de Jazz era una cueva
excavada por el hombre o, cuando menos, parte de una cueva.
Demasiado aturdido para moverse, se quedó completamente inmóvil mientras
la enfermera se acercaba a su lecho. Después, luchando contra la rabia y la
repugnancia que sentía crecer en su interior, volvió lentamente la cabeza para
mirarla. Ella apenas le dirigió una mirada y se limitó a agacharse para tomarle el
pulso. Era baja y gruesa, con el cabello lacio y corto, como los caballeros
medievales; en la cabeza, el gorro almidonado característico del uniforme de las
enfermeras, pero no de las enfermeras británicas. Los más espantosos temores de
Jazz se habían hecho realidad.
Sintió los dedos de la mujer en su muñeca y retiró la mano en un movimiento
brusco. Ella lanzó un profundo suspiro, dio un paso atrás y el talón de uno de sus
zapatos negros y cuadrados pisó algo que había en el suelo y que crujió al
aplastarse. La mujer se quedó inmóvil, miró al suelo, observó a Jazz y frunció el
entrecejo. Sus ojos verdes se empequeñecieron como si estuviera tratando de
introducir su mirada por la estrecha rendija que se abría entre los vendajes. Tal vez
veía el brillo acerado de los ojos grises de Jazz. En cualquier caso se limitó a
suspirar por segunda vez y a llevarse la mano a la boca.
Después se arrodilló, recogió los fragmentos de la píldora, se irguió furiosa y
su rostro regordete dejó traslucir una rabia contenida. Clavó la mirada en Jazz, giró
sobre sus talones y se dirigió a la puerta. Él la dejó hacer, pero finalmente la
interpeló:
—¿Camarada?
La mujer se paró instintivamente, giró en redondo y avanzó la mandíbula,
miró ceñuda y con odio al espía, se apresuró a salir y dio un portazo terrible. En su
precipitación por salir e ir a informar del hecho, se olvidó de apagar la luz.
Jazz pensó: «Me quedan unos dos minutos de tiempo antes de que las cosas
empiecen a caldearse. Mejor será aprovecharlos.»
Dirigió la mirada hacia la izquierda, el costado supuestamente «muerto», y
vio un plato hondo en el que había un líquido de un color amarillo claro puesto en
una mesilla. Inclinando la cabeza y estirando el cuello todo lo que le fue posible en
aquella dirección, aspiró profundamente y notó un fuerte olor a antiséptico. ¡Qué
fácil era crear un ambiente de hospital! Bastaba con poner unas baldosas de goma
en el suelo para amortiguar los pasos, un plato con TCP para difundir un poco de
olor a limpio y una aportación constante de aire templado y estéril. Tan sencillo
como eso.
Las paredes de la habitación de Jazz (¿su celda?) eran planchas de metal
acanalado aseguradas con pernos a unos montantes de acero verticales. Jazz
suponía que también debía de haber una plancha de recubrimiento para mantener
la habitación aislada e insonorizada. También podía ser que toda esta zona fuera un
hospital, construido para atender al personal del Projekt. Después del incidente de
Perchorsk es probable que lo hubieran considerado aconsejable. El hecho de contar
con un hospital era práctico para realizar chequeos periódicos y seguramente debía
de estar situado junto a unas instalaciones de descontaminación, puesto que con
certeza aquí abajo debía de haber todavía un reactor atómico. En Occidente
estaban totalmente seguros de que lo había. De todos modos, Jazz ya había
detectado en la pared un aparato indicador de exceso de radiación, que en aquel
momento estaba verde, con sólo un leve tinte rosado en la abertura.
El techo irregular de roca debía de estar a unos dos metros y medio de altura,
era extremadamente duro en cuanto a su aspecto y no tenía ninguna grieta, o por
lo menos Jazz no observó ninguna. Teniendo en cuenta los macizos montantes de
acero, Jazz experimentó una sensación de claustrofobia, algo así como el peso
enorme de una montaña que le oprimiese, puesto que ahora ya no tenía ninguna
duda con respecto al lugar en que se encontraba: estaba debajo de los Urales.
Sintió unos pasos que se acercaban corriendo y la puerta se abrió de par en
par. Jazz levantó la cabeza todo lo que se lo permitían las restricciones y clavó la
mirada en los hombres que acababan de entrar jadeando en la habitación. Eran dos
y detrás de ellos seguía la enfermera gorda. Pisándoles los talones apareció un
tercer hombre con una bata blanca y una aguja hipodérmica en la mano. Jazz supo
quién era al momento: el médico que alborotaba como una gallina, su tomador de
pulso favorito. Pues bien, quizás ahora tendría motivos para cacarear.
—Mike, amigo mío... —dijo el hombre que iba delante, vestido con ropas de
paisano normales, avanzando y dejando a los otros atrás.
Acercándose más a la cama añadió:
—¿Qué es esto que nos ha contado nuestra querida enfermera? ¿Cómo es
esto? ¿No te has tomado las pastillas? ¿Por qué? ¿No querían ir para abajo?
Aquella voz que pretendía ser agradable era la del funcionario encargado de
sus interrogatorios.
Jazz, muy envarado, asintió con la cabeza.
—Exactamente, «viejo» —respondió con aspereza—, se me han quedado
atascadas en el buche.
Levantó la mano derecha, cogió los falsos vendajes y desgarró los que le
cubrían los ojos, después los clavó en los cuatro hombres, que se quedaron
inmóviles como moscas atrapadas en la miel.
Al instante el doctor murmuró algo en ruso, dio un paso adelante en señal de
impaciencia y se dispuso a clavarle la aguja. El hombre número dos de la
habitación, que también iba vestido de paisano, lo cogió por el brazo e impidió que
hiciera nada.
—No —dijo Chingiz fríamente al médico, en ruso—. ¿No os dais cuenta de que
está despierto? Pues si está despierto, consciente y al corriente de todo, dejemos
que siga de esa manera. De todos modos, quiero hablar con él. Ahora me
pertenece completamente.
—¡No! —dijo Jazz, clavando en él los ojos—. Sólo me pertenezco a mí mismo.
Si quiere hablar conmigo, déjelos que me droguen, porque es la única forma de
conseguir que hable.
Khuv sonrió, se acercó a la cama y miró a Jazz.
—Usted ya ha hablado bastante, mister Simmons —dijo, no sin un cierto deje
de malicia—. Ya ha hablado bastante, se lo aseguro. De todos modos, no tengo
intención de preguntarle nada. Lo que quiero simplemente es decirle unas cuantas
cosas y quizá mostrarle otras. Nada más.
—¡Ah! —dijo Jazz.
—Sí, eso es. Lo que voy a decirle es lo que usted tiene más ganas de saber:
todo lo relativo al Perchorsk Projekt, qué intentamos hacer aquí y qué hemos hecho
de momento. ¿Le gustará saberlo?
—Me encantará —dijo Jazz—. ¿Y qué es lo que piensa enseñarme, el lugar
donde fabrican sus espantosos monstruos?
Los ojos de Khuv se empequeñecieron, pero volvió a sonreír.
—Más o menos —dijo—, si bien hay algo que conviene que sepa desde el
principio: no los hacemos nosotros.
—¡Por supuesto que sí que los hacen! —dijo Jazz, afirmando al mismo tiempo
con la cabeza—. De eso estamos más que seguros. Aquí es donde está la fuente.
Aquí es donde nació..., donde se generó.
La expresión de Khuv no cambió.
—Se equivoca —dijo—, pero es lógico que piense así, porque usted no conoce
más que la mitad de la historia. La cosa salió de aquí, eso es verdad, pero no nació
aquí. No, nació en un mundo toalmente diferente.
Se sentó en la cama de Jazz y lo miró fijamente.
—Me sorprende que usted sea un superviviente, mister Simmons.
Jazz no pudo reprimir una risita de mofa.
—¿Voy a sobrevivir también a esto?
—Es posible.
Ahora la sonrisa de Khuv era auténtica, como si se las estuviese prometiendo
muy felices.
—Primero tenemos que ponerlo a usted de pie y mostrarle este lugar y
después...
Jazz movió la cabeza con aire inquisitivo.
—Y después..., después veremos qué clase de superviviente es usted
realmente.

Capítulo 3
El Perchorsk Projekt
El vasto complejo construido en la base de la montaña situada en el fondo del
barranco de Perchorsk sólo producía cierto grado de orgullo ruso a Chingiz Khuv
acompañando a Michael J. Simmons en una visita de inspección, si bien Khuv no
dejaba de sentir respeto por el considerable talento que poseía Jazz para destruir.
Durante el paseo, el agente británico estaba literalmente metido en una especie de
camisa de fuerza que lo inutilizaba de cintura para arriba y, por si fuera poco, Karl
Vyotsky estuvo presente todo el tiempo, como arrogante guardaespaldas de su jefe
de la KGB.
—Échele las culpas a la laguna que tenemos en la tecnología en caso de que
tenga que contar con un chivo expiatorio —dijo Khuv al agente británico—. Los
norteamericanos, con sus microchips, sus satélites espías, sus complicados e
inteligentes sistemas electrónicos de escucha... Me refiero a que ¿dónde está la
seguridad si pueden escuchar cualquier llamada telefónica que se haga en este
amplio mundo? Y éstas no son más que unas pocas de las muchas maneras
mediante las cuales se puede obtener información. El arte de espiar —y dirigió una
mirada de soslayo a Jazz, aunque sin hostilidad ninguna— adopta una gran
cantidad de formas e involucra a algunos formidables e incluso diría aterradores
talentos. Me refiero a ambos bandos, el Este y el Oeste por igual. Una gran
tecnología por un lado y lo sobrenatural por otro.
—¿Lo sobrenatural? —dijo Jazz levantando las cejas y con aire interrogativo—.
A mí el Perchorsk Projekt me parece una cosa que no tiene nada de sobrenatural.
Y, por otra parte, siento decir que no creo mucho en los fantasmas.
Khuv sonrió y asintió con la cabeza.
—Lo sé —dijo—, lo sé. Ya hemos hablado de esas cosas. ¿O es que no lo
recuerda?
Jazz se quedó en suspenso y frunció el entrecejo. Ahora que se detenía a
pensarlo, sí lo recordaba. Había formado parte de los interrogatorios, si bien
entonces no le prestó demasiada atención. En realidad, se figuraba que el
funcionario le estaba tomando el pelo. Eso de preguntarle si sabía algo de INTESP o
de la Rama-E, que se servían de la percepción extrasensorial como instrumento de
espionaje... De hecho, las iniciales ESP1 eran las primeras letras de la palabra
espionaje. De todos modos, Jazz no sabía absolutamente nada de esto y,
probablemente, de haberlo sabido, tampoco lo habría creído.
—Si lo de la telepatía fuera verdad —dijo a Khuv—, no habrían tenido
necesidad de enviarme a mí, ¿no cree? La verdad es que ya no habría secretos.
—Exactamente, exactamente —respondió Khuv después de una pausa
momentánea—. En otro tiempo yo pensaba lo mismo. Y como usted acaba de
indicar, todo esto —y al mismo tiempo hizo un gesto amplio con el brazo— no tiene
nada de sobrenatural.
«Todo esto» era el gimnasio donde, durante la última semana, Jazz había
estado poniéndose en forma después de los quince días que había pasado tumbado
boca arriba. El que le hubieran sonsacado tan fácilmente todo lo que sabía no
encajaba muy bien con su manera de ser. Ahora, mientras se paraban un momento
para dejar que Karl Vyotsky se sacara el jersey y trabajara unos minutos con las
pesas, Jazz pensó que también él personalmente habría hecho con gusto unas
cuantas preguntas que le interesaban.
1 ESP: Extra Sensory Perception, percepción extrasensorial. La palabra «esper» se aplica aquí a personas
dotadas de esta facultad. (N.de la t.)
Estaba completamente seguro de que, cualesquiera que fueran las preguntas
que le hiciera a éste, se las contestaría de manera directa y sincera. En este
aspecto el comandante de la KGB era totalmente accesible. Por otra parte, ¿por qué
no había de mostrarse franco con él? No tenía nada que perder. Sabía que no
saldría de este sitio nunca más en la vida. De esto se había podido dar cuenta
enseguida. Por lo menos esto es lo que ellos se figuraban.
—Usted me sorprende —dijo— quejándose de la pericia de los
norteamericanos. Se supone que yo estoy a prueba de lavados de cerebro en un
setenta y cinco por ciento, pero usted se las arregló para sacarme el tapón y canté
como el primero. No ha habido torturas ni amenazas y además soy resistente al
pentotal... La verdad es que me ha sido imposible mantener cerrada la boca.
¿Cómo lo ha conseguido?
Khuv clavó los ojos en él y volvió a observar a Vyotsky, que estaba
manejando pesas como si fueran papier-mâché. Jazz también observaba a Vyotsky.
El subordinado de Khuv era un hombre corpulento: alrededor de metro
noventa y más de noventa kilos, todo músculos. Parecía que no tenía cuello y un
tórax que era como un cañón montado en la cintura. Por debajo de los pantalones
de un azul claro se le notaban los muslos, turgentes y prietos. Sentía los ojos de
Jazz fijos en él y por detrás de su negra barba asomaba una sonrisa, mientras hacía
ostentación de unos bíceps que habrían avergonzado a un oso.
—¿Te gustaría trabajar conmigo, británico?
El hombre terminó sus ejercicios y ahora soltó las pesas, que retumbaron al
caer al suelo.
—¿En un ring y sin guantes, quizá?
—No tienes más que decir una palabra, Iván —respondió Jazz con una media
sonrisa y bajando la voz—. ¿No recuerdas que te debo dos muelas?
Vyotsky le mostró las suyas, pero esta vez no con una sonrisa, y le puso el
jersey. Khuv se volvió a Jazz y dijo:
—No se arriesgue con Karl, amigo. Le gana por diez kilos de más y por diez
años de experiencia, aparte de que tiene costumbres muy feas. Cuando lo atrapó
en la montaña, le arrancó dos muelas, de acuerdo, pero puede creerme si le digo
que tuvo una suerte loca, porque lo que habría querido arrancarle hubiera sido la
cabeza. Y es posible que lo hubiera hecho, y con poco esfuerzo, además. Incluso yo
habría podido dejar que lo hiciera, aunque habría sido un despilfarro inútil y ya
hemos despilfarrado bastante aquí.
Volvieron a ponerse en marcha, atravesaron el gimnasio y entraron en una
sala con una pequeña piscina. No estaba embaldosada y había sido construida
dinamitando el lecho de roca sobre una falla natural. El techo irregular y veteado
era aquí un poco más alto. Había varios miembros del personal del Projekt nadando
en el agua caliente de la piscina; la sala se llenaba de ecos al chocar la carne contra
el plástico, mientras dos mujeres jugaban a la pelota. Un hombre delgado y de
cabello ralo practicaba el lanzamiento de cuchillos desde un trampolín.
—En cuanto al interrogatorio al que ha sido sometido —dijo Khuv
encogiéndose de hombros—, le diré que hay técnicas y técnicas. Occidente tiene
sus artilugios miniatura, su soberbia electrónica, nosotros tenemos nuestros...
—¿Químicos búlgaros? —le interrumpió Jazz.
La franja embaldosada al borde de la piscina estaba húmeda y resbaladiza.
Jazz patinó, pero Vyotsky lo cogió con fuerza por el brazo y evitó su caída. Jazz
lanzó una imprecación en voz baja.
—¿Saben lo incómodo que es tener que caminar con esto encima?
Se refería a la camisa de fuerza.
—Es una precaución necesaria —dijo Khuv—. Lo siento, pero es mejor así. La
mayoría de los que están aquí no van armados. Son hombres de ciencia, no
soldados. Los soldados guardan las entradas del Projekt, naturalmente, pero sus
cuarteles están en otra parte; no lejos de aquí, pero no aquí. Sin embargo, aquí
también hay algunos soldados, como podrá comprobar, lo que pasa es que son
especialistas. Así es que, si usted anduviera suelto por ahí... —nuevamente volvió a
encogerse de hombros— ... podría hacer mucho daño antes de que se encontrara
con un tipo como Karl.
Al llegar al extremo de la piscina, pasaron por otra puerta y accedieron a un
pasadizo que describía una curva suave que Jazz reconoció como el perímetro. Así
era como lo llamaban: «el perímetro», un túnel revestido de metal con el
pavimento de goma que rodeaba todo el complejo aproximadamente a nivel medio.
Desde el perímetro, unas puertas conducían al interior de las diferentes zonas del
Projekt. Todavía había algunas puertas que Jazz no había atravesado y que eran las
que requerían medidas especiales de seguridad. Había visitado las zonas donde se
hacía vida —el hospital, las salas de recreo, el comedor y algunos de los
laboratorios—, pero no había visto la máquina propiamente dicha, suponiendo que
existiera semejante bestia. Khuv le había prometido, sin embargo, que hoy visitaría
«las entrañas» de aquel lugar.
Khuv iba delante, seguido de Jazz y de Vyotsky, que cerraba la comitiva. A su
alrededor circulaba gente que iba y venía, ataviada con batas de laboratorio o con
monos. Algunos llevaban blocs o notas en la mano; otros, piezas de maquinaria o
instrumentos. Aquel sitio habría podido ser una fábrica de alta tecnología de
cualquier lugar del mundo. Seguido de Jazz y de su escolta, Khuv dijo:
—En cuanto a lo que me ha preguntado sobre su interrogatorio, he de decirle
que tiene razón en lo de nuestros amigos, los búlgaros. Hay que reconocer que
están muy dotados para preparar poderosos brebajes... y que conste que no me
estoy refiriendo únicamente al vino. Las pildoras eran para provocarle dolor, para
desencadenarle calambres en los músculos y para potenciar su sensibilidad. Las
inyecciones eran en parte el suero de la verdad y en parte sedantes. Sus efectos
consisten en conseguir que la persona sea susceptible a las sugestiones que se le
hacen. No sirven tanto para conseguir que no se resista como para hacerlo más
propenso a creerse todo lo que se le diga. El encargado de hacerle los
interrogatorios no sólo habla muy bien el inglés, sino que además es un psicólogo
de primera clase. Así que no se eche las culpas si acabó cediendo, porque la verdad
es que no tenía más opción que ésa. Usted se figuraba que estaba entre los suyos y
que no hacía otra cosa que cumplir con su deber.
Jazz se limitó a gruñir por toda respuesta. Su rostro no reflejaba emoción
alguna, pues así era como había aprendido a mantenerse desde que descubrió que
había sido engañado.
—Por supuesto —continuó Khuv— que sus «químicos» británicos también son
listos. Fíjese en la artimaña de la cápsula que guardaba usted en la boca. Aquí en el
Projekt no hemos podido analizarla. Aunque esto no tiene por qué sorprender a
nadie, ya que aquí no disponemos de todo lo necesario para hacer análisis..., no es
ésta la finalidad del Perchorsk Projekt. Con todo, por lo menos hemos podido llegar
a la conclusión de que la minúscula cápsula que llevaba en la muela contenía una
sustancia extraordinariamente compleja. Por esto la enviamos a Moscú. ¡Quién
sabe! A lo mejor contiene alguna cosa que nos pueda ser útil.
Mientras hablaba con Jazz, Khuv no paraba de volverse para mirarlo,
repasándolo constantemente de arriba abajo, como hiciera las semanas pasadas. Lo
único que veía en él era a un hombre de no más de treinta años sobre cuyos
hombros los jefes de los servicios secretos de Occidente habían cargado una pesada
responsabilidad. Y pese a toda la preparación de Simmons, pese a su forma física y
mental, era un hombre inexperto. Sin embargo, se planteaba una vez más la
pregunta, ¿hasta qué punto puede ser «experto» un agente activo del Servicio
Secreto? Cada misión era como una moneda echada al aire: si salía cara, ganabas;
si salía cruz... a lo mejor perdías la cabeza. O, como habría podido decir el propio
agente británico, era como un juego de la ruleta rusa.
Pese a toda la experiencia de Simmons en muchos otros campos, se trataba
de facultades aplicables únicamente en teoría, pero que aún no había puesto a
prueba en situación de «combate», pues la verdad es que en la primera misión los
dados le fueron adversos, el cilindro se puso en su sitio y la bala salió directamente
hacia el blanco. Desgraciadamente para Michael J. Simmons, pero afortunadamente
para Chingiz Khuv.
Una vez más, los ojos oscuros y fulgurantes del comandante de la KGB se
posaron en Simmons. El inglés tenía una talla superior al metro ochenta, un par o
tres de centímetros menos que Khuv. Mientras se dedicó a maderero se dejó crecer
una barba roja que armonizaba con su mata desgreñada de pelos. Ahora ya no la
llevaba, por lo que quedaba al descubierto su mandíbula cuadrada y sus mejillas
ligeramente hundidas. Estaba algo flaco, ya que, al parecer, a los británicos les
gustaba que sus agentes tuvieran un cierto aire famélico. Los gordos no corren
tanto como los delgados, y son mucho más vulnerables a las balas.
Pese a su juventud, la frente de Simmons estaba profundamente marcada por
las arrugas, debido a que tenía la costumbre de adoptar una expresión de
enfurruñamiento; no se trataba únicamente de sus actuales circunstancias, sino
que habitualmente tampoco parecía un hombre particularmente feliz ni que lo
hubiera sido en ningún momento de su vida. Tenía los ojos profundos, grises y
penetrantes, y la dentadura (descontando las muelas que Karl le había arrancado)
en buenas condiciones, fuerte, cuadrada y blanca; en cuanto a su grueso cuello,
llevaba colgada de él una crucecita sencilla que pendía de una cadena de plata,
única joya con la que se adornaba. Tenía manos fuertes, pese a ser largas y finas, y
unos brazos quizás excesivamente largos que le prestaban un aspecto un poco
desgarbado y torpe. Khuv, sin embargo, sabía que las apariencias pueden ser
engañosas y que Simmons era un atleta bien dotado y con un cerebro de primera
clase.
Llegaron a una zona del perímetro que Jazz no había visto con anterioridad.
Aquí había muchas menos idas y venidas del personal y, así que los tres doblaron la
curva del largo pasillo, apareció una puerta de seguridad que lo cortaba por
completo. Cerca de dicha puerta el techo y las paredes estaban tiznados de negro,
como por efecto de un incendio, y en la pintura se apreciaban grandes ampollas. En
el sitio más próximo a la puerta daba la impresión de que la roca del techo se había
fundido, que se había licuado igual que cera y solidificado después sobre el frío
metal de las paredes artificiales. Las piezas de goma que cubrían el suelo se habían
quemado hasta la misma plancha abombada de metal que tenían debajo. Resultaba
un poco paradójico que en un estante de la pared exterior hubiera un lanzallamas
del ejército ruso, afianzado con una abrazadera. En un sitio como aquél Jazz habría
podido esperar que hubiera un extintor, no un lanzallamas. Tomó nota
mentalmente del hecho para hacer la pregunta más tarde y de momento preguntó:
—En cuanto al incidente de Perchorsk...
Y se quedó observando a Khuv para ver cuál era su reacción.
—Sí, tiene usted razón.
Sin embargo, la expresión del rostro del ruso no varió ni un ápice y se limitó a
mirar a Jazz a los ojos.
—Ahora vamos a sacarle la camisa de fuerza. La razón es muy sencilla: en los
niveles más bajos va a necesitar libertad de movimientos. No quiero que se caiga y
se haga daño. De todos modos, si intenta hacer alguna locura, Karl tiene mi
permiso..., mejor dicho, tiene instrucciones concretas para atacarlo seriamente.
Debo decirle igualmente que si usted se perdiera por aquí, podría encontrarse en
una zona de elevada radiactividad. Es posible que alguna vez descontaminemos
todas las zonas peligrosas, pero no es probable que lo hagamos. ¿Para qué, si no
pensamos volver a frecuentar dichas zonas? Así es que, según el tiempo que usted
tardara en rendirse o el tiempo que tardáramos nosotros en desalojarlo, no hay
duda de que el perjuicio para su salud sería más o menos considerable... e incluso
podría ser fatal. ¿Lo ha entendido?
Jazz movió la cabeza en señal de asentimiento.
—¿De veras se figura que soy tan estúpido como para huir corriendo?
¿Adonde quiere que vaya? ¡Por el amor de Dios!
—Como ya le he dicho —le recordó Khuv, mientras Vyotsky le desataba las
correas de la camisa de fuerza—, no nos preocupa demasiado que trate de escapar.
Sería un puro suicidio y usted ahora ya no tiene razones para querer morir,
suponiendo que las haya tenido alguna vez. Lo que nos preocupa es el daño que
podría hacer, quizás incluso un sabotaje a gran escala. Y esto podría tener
consecuencias muy graves no sólo para las personas que están aquí, sino para el
mundo entero.
Por primera vez se mudó la expresión de Jazz: torció la boca para sonreír y en
vez de una expresión humorística le salió una risita irónica.
—¿No se está poniendo un poco melodramático, camarada? Me parece que ha
visto demasiadas películas decadentes de James Bond.
—¿Eso cree usted? —dijo Khuv, con sus ojos ligeramente oblicuos, que se
empequeñecieron un poco más y se volvieron mucho más brillantes—. ¿En serio lo
cree usted?
Sacó una llave del bolsillo y se volvió hacia la pesada puerta de metal. Estaba
provista de una cerradura, colocada en el centro de una rueda de mano, como las
que sirven para cerrar las cámaras acorazadas de los bancos. Cuando introdujo la
llave, la rueda giró un cuarto de círculo y los bordes de la puerta se separaron con
un crujido. Khuv dio un paso atrás. Alguien se acercaba por el otro lado.
La puerta se abrió completamente hacia los tres, que se habían quedado
esperando, y asomaron por ella un grupo de técnicos y dos hombres vestidos con
impecables trajes de calle. Uno de ellos era gordo, alegre, jovial: un visitante
importante de Moscú. El otro, de aspecto mas grave, bajo y delgado, tenía el rostro
cubierto de cicatrices y la mitad izquierda y el cráneo de piel amarillenta surcada de
venas, estaban totalmente desprovistos de pelo. Jazz lo había visto con
anterioridad: era Viktor Luchov, director del Perchorsk Projekt y uno de los
supervivientes de los incidentes de Perchorsk uno y dos.
Khuv y los dos hombres intercambiaron breves saludos, después toda la
comitiva prosiguió su camino. Jazz y sus acompañantes atravesaron la puerta y
Khuv la cerró al pasar.
El complejo, al otro lado de la puerta, tenía un aspecto completamente
diferente. Comparados con los desperfectos de esta zona, los del otro lado eran
superficiales. Jazz lo contempló todo con ojos muy abiertos y trató de encontrar un
sentido a todo aquel caos. En todas partes se evidenciaban los efectos del
espantoso calor que allí se había desarrollado: los montantes estaban ennegrecidos
y en algunos puntos estaban consumidos por el calor; las losas del suelo faltaban
completamente y habían sido sustituidas por tablones de madera; la cara de la
pared rocosa exterior —literalmente, la propia montaña— estaba completamente
negra, deslucida y llena de bultos, como cubierta por una capa de lava que hubiera
quedado detenida en su curso. Una silla o una mesa de metal —habría sido difícil
decir de qué se trataba— y un armario de acero eran chatarra retorcida que parecía
surgir de un nódulo de lava, fundido a su vez y adherido a la pared, y por encima
de él se veía un tronco cilindrico de unos tres metros y medio de diámetro,
incrustado en la roca según un ángulo de cuarenta y cinco grados, por cuya
abertura era visible la lava que en parte se había derramado.
Jazz observó la oscura abertura de aquel cilindro y se preguntó cómo lo
habrían cortado y dónde iría a parar. Levantó una mano para tocar el costado del
borde, lugar por donde el cilindro se abría al corredor. La roca era fina como el
cristal, no rugosa como el material volcánico que había salido por la boca del
cilindro... Dándose cuenta de que Khuv lo estaba observando, Jazz le dirigió una
mirada que era toda una interpelación.
—Me han dicho que tenía una sección transversal cuadrada, con lados de algo
menos de dos metros —informó Khuv—. Y que estaba forrado con un espejo
perfecto, constituido por un vidrio de muy alta densidad sobre cerámica opaca, lo
que produce casi un ciento por ciento de poder reflectante. Después de lo que usted
ha llamado el incidente de Perchorsk, esto fue todo lo que quedó del cilindro.
Supongo que en este caso usted podría decir que esto pasó por querer meter un
clavo redondo por un agujero cuadrado, ¿verdad?
Y antes de que Jazz pudiera contestar, siguió:
—Por supuesto que yo no me encontraba cuando sucedió. Comprenderá,
Michael, que yo tengo mi trabajo. Supongo que me perdona la familiaridad,
¿verdad? Trabajo en una rama de los servicios haciendo algo que usted encontraría
absolutamente increíble. Se trata de la Rama-E, acerca de la cual ya hemos
hablado.
Jazz no dijo nada y continuó mirando a su alrededor, tratando de hacerse
cargo de todo cuanto veía y oía. No sabía de qué podía servirle, pero formaba parte
de su manera de trabajar.
—Sí, Michael, la Rama-E —prosiguió Khuv—. Ustedes, los ingleses, también
tienen una Rama-E, usted lo sabe perfectamente, razón por la cual nosotros
teníamos tanto interés en averiguar si usted era miembro de la organización. En
caso de que usted lo hubiera sido —dijo encogiéndose de hombros—, nos
habríamos visto obligados a eliminarlo desde el primer momento.
Jazz, como tenía por costumbre, enarcó las cejas.
—Sí, naturalmente —prosiguió Khuv como si sus palabras no tuvieran ninguna
importancia—, porque no habríamos podido permitir que transmitiera al mundo
exterior, ni por vía telepática ni a través de ningún otro medio, lo que usted pudiera
saber de este sitio. Podía ser peligrosísimo, hasta el punto de desencadenar incluso
una tercera guerra mundial.
—¡Más melodrama! —murmuró Jazz.
Khuv exhaló un profundo suspiro.
—Acabará por entenderlo —dijo—, pero primero busque un sitio donde
sentarse un momento y yo le contaré todo cuanto ha venido a descubrir aquí. Debe
darse cuenta de que lo que yo quiero es que lo entienda todo. Más adelante sabrá
por qué.
Khuv se encaramó a un saliente de la roca negra, mientras Jazz encontraba
asiento en uno de los lados del armario de acero, por la parte que salía del nódulo
de lava. Vyotsky se quedó de pie, sin decir nada, ocupado simplemente en mirar.
La instalación de aire acondicionado del Projekt susurraba débilmente pero, aparte
de esto y de la voz de Khuv, todo estaba en silencio. Khuv hablaba en voz muy
baja y el efecto era pavoroso. Era como un murmullo que resonara en una extraña
bóveda enterrada en grandes profundidades.
—Tiene que echar la culpa de todo lo que ve aquí al escenario del SDI o
Guerra de las Galaxias de los Estados Unidos —empezó—. Por supuesto que no se
había pensado en estas expresiones en aquel entonces, pero es evidente que la
idea ya estaba presente. Nosotros lo sabíamos por las fuentes normales usadas por
los servicios secretos. En cuanto al Perchorsk Projekt era poca cosa más que una
teoría ingeniosa hasta que Norteamérica empezó a soñar en su iniciativa de defensa
espacial. Pero después de esto fue la historia de siempre: era preciso que
contásemos con un sistema defensivo todavía mejor. Si hay que tener bombas más
grandes y mejores, lo mismo ocurre con los sistemas de defensa. Si la Guerra de
las Galaxias podía significar la pérdida del noventa y cinco por ciento de nuestra
capacidad nuclear, nosotros debíamos tener algo que destruyese totalmente la
capacidad de ataque de Occidente.
»Perchorsk sería el primer paso, el campo de pruebas. De haber surtido
efecto, se habrían podido instalar construcciones similares a todo lo largo de las
fronteras de Rusia. Es posible que los países satélites tuvieran que valerse por sí
mismos en un futuro holocausto, pero el corazón del pueblo soviético debía quedar
incólume. ¡Totalmente incólume! ¿Me ha seguido hasta aquí?
Jazz inclinó la cabeza a un lado.
—Me está diciendo que esto no fue concebido como una arma, ¿no es eso? —
dijo echando una mirada a su alrededor.
—Exactamente —dijo Khuv y asintiendo con la cabeza—, esto tenía que ser
exactamente lo contrario de una arma: un escudo, un paraguas impenetrable
colocado sobre la cabeza de la Unión Soviética. ¡Ah! Ya me estoy dando cuenta de
que la cosa le interesa. Por fin parece que nos animamos un poquito. ¿Quiere que
continúe?
—Por supuesto —dijo Jazz enseguida—, prosiga.
Khuv reanudó el hilo de sus explicaciones.
—No me pregunte nada sobre la mecánica del asunto. Yo soy..., yo soy «un
policía», no un físico. Franz Ayvaz era el cerebro y el motor de Perchorsk, Viktor
Luchov era el segundo de a bordo. Ayvaz, como usted seguramente debe de saber,
era el número uno en la aceleración de haces de partículas y en otros campos
relacionados con éste. En sus años jóvenes fue un destacado pionero de la
tecnología del láser; sus credenciales eran impecables y su teoría (por lo menos,
sobre el papel) parecía ser exactamente lo que el personal de defensa estaba
buscando. Un campo de fuerza con un propósito doble: destruir los proyectiles que
llegaban y hacer totalmente inocua su capacidad nuclear.
»Así fue como nació el Perchorsk Projekt hace cinco años y aquí es donde
murió tres años más tarde. Ayvaz murió con él y Luchov todavía sigue aquí
reuniendo información, tratando de reconstruirlo y mirando de recuperar alguna
cosa. En cuanto a lo que ocurrió exactamente...
»Lo que se supone que ocurrió fue esto. Había que generar un haz en lo más
hondo, en los niveles más bajos. Allí era donde solía estar toda la maquinaria.
Acelerado hasta los límites tolerables y excitado por el bombardeo atómico, se
proyectaría a través de este cilindro como un láser enorme hacia el interior del
barranco. Allí donde el cilindro surgía en dirección al barranco, un conjunto de
espejos dividiría el haz en abanico y se proyectaría a través del cielo hacia el
espacio. Iba a ser una prueba y nada más que una prueba. La primera de una
serie.
»Por desgracia hubo un fallo en los motores que gobernaban el movimiento
de los espejos exteriores. Se averiaron en la peor posición posible y en el peor
momento posible. Los científicos que había aquí estuvieron sometidos a una gran
tensión, su trabajo era apresurado y se realizaba en unas condiciones que no eran
las mejores, no se habían incorporado una serie de mecanismos de protección
automática. ¿Sabe qué ocurre, Michael, cuando uno obtura el cañón de una arma,
la carga y aprieta el gatillo? ¡Vaya pregunta ridicula para hacérsela a un hombre
experto en armas de fuego! Por supuesto que sabe qué pasa...
»Pues bien, esto es lo que sucedió aquí. Hubo una colosal expansión de
retroceso. Se liberó una energía suficiente para llenar un arco de espacio que
cubriría la zona comprendida entre Afganistán y la Tierra de Francisco José, pero
esta energía quedó atrapada en el interior, encerrada en el cilindro y dirigida de
nuevo a su fuente. Se produjo una terrible colisión de fuerzas, la generación
instantánea de temperaturas increíbles y la materia situada en las proximidades
inmediatas del rayo experimentó cambios radicales. Por supuesto que ésta es la
explicación de un lego en la materia, de alguien que no sabe de técnica. Si quiere
saber más cosas tendría que hablar con Luchov, pero le aseguro que no entendería
ni jota. A no ser que dentro de usted haya muchísimas cosas que no hemos
descubierto.
»Así es que esto fue el incidente de Perchorsk o "pi", según lo han bautizado
los occidentales. Los estragos que usted ve aquí no son ni la centésima parte de la
ruina que se produjo abajo, donde iremos dentro de un momento. En cuanto a
pérdidas de vidas humanas, debo decir que el tributo fue terrible, Michael, aunque
no tan terrible como el tributo que posiblemente tengamos todavía que pagar...
Con estas enigmáticas palabras resonando en sus oídos, Khuv se puso en pie
de pronto.
—¡Vayamos abajo! —dijo con palabras entrecortadas, urgentes—, ¡enseguida!
Bajaremos dos niveles más y quizás entonces estará en condiciones de darse
cuenta de lo que ocurrió realmente.
Jazz se puso de pie y siguió adelante. Una vez más Vyotsky se puso a la cola
para seguir recorriendo el perímetro; después, más abajo, y a través de unas
escaleras de madera muy empinadas, hasta un lugar que parecía pertenecer al
reino de la fantasía.
Con una mano en la barandilla, Jazz escrutaba los oscuros rincones de un
gran desorden, un espantoso caos. En aquel lugar la iluminación era pobre, quizá
deliberadamente, ya que era cierto que lo poco que se podía ver allí era, para
calificarlo de alguna manera, desconcertante, por no decir aterrador. Atravesaron
una maraña de plástico retorcido, piedras fundidas y chatarra, a ambos lados de la
cual había unos túneles de sesenta a noventa centímetros de diámetro,
sorprendentemente sólidos y finamente taladrados, que serpenteaban y ondeaban
como galerías excavadas por gusanos a través de viejos maderos, sólo que éstos se
abrían a través de la roca maciza y de las vigas arrugadas.
Por la cabeza del agente británico cruzó la idea de que algo, alguna fuerza
impetuosa, había intentado conferir una cierta homogeneidad a aquel lugar, como
si quisiese convertir en igual todo cuanto era diferente. O bien había tratado de
deformarlo todo hasta el punto de hacerlo irreconocible. No era tanto que los
diferentes materiales hubieran quedado fundidos por el calor y el fuego, sino que
parecía que habían sido amasados, como cuando se juntan los ingredientes para
hacer con ellos una pasta o como si un niño monstruoso hubiera amalgamado con
sus manos plastilinas de diferentes colores.
—Todavía hay algo peor —dijo Khuv con voz tranquila, abriendo nuevamente
el camino en dirección hacia un lugar situado más abajo—. Esos extraños túneles
no han sido abiertos en el magma. Así es como Viktor Luchov llama a este amasijo
de materia, un «magma». Esos túneles fueron «comidos» por la energía
desprendida con la expansión de retroceso. No sé qué habría pasado si la
instalación se hubiera encontrado en la superficie.
Las escaleras bajaban a un auténtico lecho de magma y sólo se interrumpían
cuando llegaban a una pared vertical de roca maciza como la superficie de un
acantilado. Aquí las maderas del suelo formaban un camino que giraba a la derecha
en ángulo de noventa grados y corría paralelo al pie de la pared de roca que se
erguía enhiesta. Debajo de los maderos, el suelo estaba lleno de caóticos baches y
de irregularidades, puesto que los diferentes materiales se habían amalgamado de
tal forma que resultaban irreconocibles. A través de esa masa petrificada de
materiales terrenos, imposibles de reconocer, discurrían los canales irregulares,
parecidos a galerías de gusanos, excavados por la energía, semejantes a las
oquedades que abren en la roca los crustáceos marinos, aunque aquí a escala
gigantesca.
—«Comidos» —dijo Jazz reflexionando sobre la palabra—. Usted ha dicho que
estos agujeros estaban «comidos» en la materia, pero ¿comidos por qué cosa?
—¿Quizá sería mejor decir que fueron «convertidos»? —Khuv clavó en él los
ojos—. Quizá se aproxima más a la realidad decir que el material fue convertido en
energía, pero si tiene un poco de paciencia, le mostraré un ejemplo mucho más
gráfico. Ahora no dirigimos al lugar donde estaba el reactor atómico. También fue
comido... o, si lo prefiere, convertido.
—¿El reactor?
Al principio, el significado de las palabras de Khuv no se registraron en los
confusos pensamientos de Jazz.
—Sí, el reactor atómico que era la principal fuente de energía del Projekt —le
explicó el ruso—. El contragolpe se lo comió... esto es evidente. Y a lo que parece,
después se comió a sí mismo.
Jazz habría podido también interrogarse sobre la frase, pero en aquel
momento vio asomar a la izquierda del camino un enorme agujero, perfectamente
circular, en la misma superficie negra de la pared de roca. Por aquel túnel salía luz
que se dirigía en ángulo hacia abajo. Jazz no necesitó que le explicaran que aquello
era una continuación del tronco del cilindro que había visto en el nivel superior, que
una vez —y sólo una vez— había transportado un temible haz de energía al mundo
exterior.
El camino giraba hacia la izquierda, se metía en la boca del cilindro y volvía a
convertirse en escalera. La luz blanca y cegadora era dolorosa comparada con la
relativa oscuridad de los dos niveles a través de los cuales había bajado el grupo.
Enfrente y abajo, el extremo opuesto del cilindro era un disco blanco de refulgente
brillo, con el borde inferior ennegrecido por la plataforma del camino. Jazz se
protegió los ojos con la mano y observó a un joven soldado ruso de uniforme
apoyado en la curvada pared. El hombre se puso firme al momento, se cuadró y dio
una palmada a su rifle Kalashnikov en señal de saludo.
—¡Descanso! —dijo Khuv—. Necesitamos gafas.
El soldado apoyó el rifle en la pared y hurgó en un talego que llevaba colgado
del hombro. Sacó tres pares de gafas de celofán de color con montura de cartón,
parecidas a las gafas que Jazz había usado en alguna ocasión hacía mucho tiempo
para contemplar las películas en tres dimensiones.
—Es por la luz —explicó Khuv, pese a que no había necesidad de explicación—
Te podría dejar ciego cuando no estás acostumbrado.
Se puso las gafas.
Jazz lo imitó y siguió a Khuv por las escaleras construidas a lo largo del tronco
cilindrico, fino como el cristal. Desde atrás llegó el estrépito del rifle al caer cuando
el soldado se disponía a cogerlo, a lo que la voz ronca y amenazadora de Karl
Vyotsky reaccionó espetándole con voz sibilante:
—¡Idiota! ¡Imbécil! ¿Tienes ganas de pasarte todas las noches de un mes
haciendo guardias?
—¡No, señor! —dijo el soldado con voz jadeante—. Lo siento, señor. Ha
resbalado.
—Tienes motivos sobrados para sentirlo —le gritó Vyotsky con aspereza—, y
no sólo por el rifle. ¿Para qué demonios te crees que estás aquí? Pues te lo diré:
para revisar pases. ¡Para eso! ¿Conoces a ese hombre de ahí delante, me conoces a
mí, conoces al hombre que viene con nosotros?
—¡Oh, sí, señor! —dijo el soldado temblando—. El hombre de ahí delante es el
camarada comandante Khuv, señor, y usted es un agente de la KGB. El otro
hombre es..., es..., un amigo de ustedes, señor.
—¡Payaso! —le espetó Vyotsky—. Ese hombre no es amigo mío. Ni tuyo
tampoco. Ni de nadie de este condenado sitio.
—Señor, yo...
—Y ahora sostén bien el rifle delante de ti —le ordenó Vyotsky—. Con el brazo
estirado, un dedo en el guardamonte, un dedo debajo del alza. ¡Qué demonios...!
¡Con el brazo estirado, he dicho! Y ahora quédate así y cuenta despacio hasta
doscientos. Después vuelve a prestar atención. Y como vuelva a cogerte pensando
en las musarañas, vas listo, porque te voy a meter en ese infierno blanco que hay
abajo y con la polla por delante, ¿me entiendes bien?
—¡Sí, señor!
Mientras seguía a Khuv en dirección al blanco fulgor del final del tubo, Jazz
murmuró con ironía:
—Un amante de la disciplina, nuestro Karl.
Khuv se volvió a mirar para atrás y negó con la cabeza.
—No, la disciplina no es su fuerte. Lo suyo es el sadismo. Me repugna tener
que admitirlo, pero tiene su utilidad...
Al final del cilindro había un rellano provisto de barandilla donde terminaban
las escaleras y giraban a la izquierda. Khuv se detuvo en el rellano con Jazz a su
lado. Mientras miraba a Vyotsky, los dos contemplaron una fantástica escena.
Era como estar en una cueva, si bien no era posible confundirla con una cueva
ordinaria. Jazz observó que la roca había sido horadada en forma de esfera
perfecta, una gigantesca burbuja en la base de la montaña, si bien era una burbuja
como mínimo de unos treinta y cinco metros de diámetro. La pared curvada, negra
y brillante que la rodeaba era fina como el cristal, salvo que tenía también aquellas
galerías que la perforaban por todas partes, incluso el techo abovedado. La boca
del cilindro, junto a la cual estaban de pie Jazz y Khuv, apuntaba hacia abajo, en
ángulo de noventa grados, directamente hacia el centro del espacio, que era el
lugar de donde surgía también el foco de luz, cosa que resultaba verdaderamente
fantástica.
Aquella zona central era una bola de luz de nueve metros de diámetro,
aparentemente suspendida en aquel lugar, a medio camino entre el techo
abovedado y el suelo curvado hacia arriba. Una esfera deslumbrante que colgaba,
inmóvil, dentro de otra esfera de aire, las dos enterradas en el pie de una montaña.
Entornando los ojos para evitar el deslumbramiento, que era muy intenso
incluso a pesar del celofán oscuro de las gafas, Jazz comenzó a advertir que aquella
cueva esférica en realidad contenía otras cosas. A media altura de la pared y
alrededor de aquel fuego vivo que pendía en el centro había andamios construidos
con una especie de telarañas. Dichos andamios sostenían una plataforma de
madera que rodeaba la fantasmagórica fuente luminosa que recordó vagamente a
Jazz el anillo que rodea a Saturno. Desde el anillo y en dirección hacia el interior
salía un camino que conducía directamente al borde de la esfera de luz.
Por la parte exterior, apoyados contra las negras paredes recorridas por
galerías y colocados a intervalos regulares a lo largo de todo el perímetro y
sostenidos por toda una estructura de soportes, había tres cañones Katushev cuyas
bocas apuntaban directamente al centro incandescente. Había también varias
personas colocadas en posición de alerta, situadas de cara a la esfera, con los
rostros blancos y porte de seres extraterrestres, con antenas en la cabeza y ojos
saltones como los de los insectos, preparados para observar un blanco tan
deslumbrante como aquél.
Entre las armas y la esfera se levantaba una valla electrificada de treinta
metros de altura, provista de una puerta donde la madera cubría la abertura que se
extendía entre el anillo de Saturno y el centro. Allí se notaba cierto ajetreo,
nerviosismo e inquietud, aunque no demasiado. El hedor provocado por el miedo
era tan intenso en aquel lugar, pese al supuesto aire acondicionado, que Jazz casi
lo percibía en su piel como si tuviera cieno pegado en ella.
Se agarró a la barandilla de madera y, dejando que aquella escena se grabara
de forma indeleble en su memoria, dijo:
—¿Se puede saber qué diablos es...?
Y volviendo la cabeza para mirar a Khuv, continuó:
—La noche en que ustedes me cogieron pude presenciar la entrada de todas
estas armas y de la valla electrificada. Me figuraba que su destino era defender
Perchorsk contra ataques del exterior, cosa que me pareció de lo más descabellado.
Pero ¿para defenderse de dentro? Esto todavía tiene menos sentido... ¿Qué es
esto? ¿Y por qué están tan desesperadamente aterrados todos estos hombres?
Y de pronto, sin que mediara aviso alguno, conoció la respuesta antes de que
tuvieran tiempo de dársela... aunque no toda. De pronto parecía que todo
encajaba: lo que había visto y lo que Khuv le había contado. Y de manera especial
aquella monstruosidad voladora que los aviones de combate americanos habían
ametrallado de lo lindo y habían derribado envuelta en una bola de fuego y
sumergido desde lo alto en la costa oeste de la bahía de Hudson. Y hablando de
llamas, ¿no era aquel escuadrón de cuatro hombres un equipo de especialistas
lanzallamas, apostados en la plataforma del anillo de Saturno? Sí, esto es lo que
era.
Vyotsky se había acercado sin hacer ruido y se había colocado detrás de Jazz
y de Khuv, que seguían de pie junto a la barandilla. Puso una mano sobre el
hombro de Jazz, provocando su sobresalto, y dijo:
—En cuanto a qué es esto, británico —dijo—, te diré que es una especie de
puerta. Y por tanto, a nosotros no nos asusta.
Jazz notó, sin embargo, que el tono de voz de Vyotsky había cambiado e
incluso le pareció advertir un poco de miedo.
—Karl tiene razón —dijo Khuv—: no, nosotros no estamos asustados por la
puerta propiamente dicha... pero yo desafío a cualquiera que esté en su sano juicio
a no tener miedo de las cosas que a veces salen por ella.

Capítulo 4
Una puerta abierta... ¿a qué?
Comenzaron a bajar el último tramo de escaleras hasta el anillo de Saturno o
plataforma de tela de araña, después giraron en derredor de la esfera central hasta
acercarse al camino que conducía a su corazón, un corazón fríamente
incandescente. Cuando estaban a tres metros de distancia de la valla eléctrica,
Khuv se detuvo, se volvió a Jazz y dijo:
—Bueno, ¿qué le parece?
Sólo podía estar hablando del globo tan deslumbrador como enigmático que
se encontraba al otro lado de la puerta, tal vez a siete pasos de distancia. Estaba
totalmente inmóvil, no emitía sonido alguno y, pese a todo, su aspecto era
amenazador.
—Dijo usted que aquí es donde estaba el reactor atómico, ¿verdad? —
intervino Jazz—. ¿Cómo, suspendido en el aire? No, estoy bromeando. Lo que
quiere usted decir es que después de la expansión de retroceso todo lo que había a
veinte metros aproximadamente de distancia del centro de esto..., esto... sea lo
que sea..., quedó esfumado, ¿no es eso?
—Ésa habría sido también mi explicación —dijo Khuv asintiendo con la
cabeza—, pero no habría sido exacto. Como ya he señalado anteriormente, la
palabra es conversión. Según Viktor Luchov, la energía del haz que quedó atrapado
se sintió atraída por la energía latente, es decir, por la energía activa del reactor.
Podría hacer la comparación con el clavo atraído por un imán. En la fusión final no
hubo explosión. Lo que quizás hubo fue implosión. Ni el propio Luchov sabe del
asunto más que yo, pero el material que formaba el pavimento de este lugar y el
propio reactor con su combustible..., sí... y toda la maquinaria que llenaba esta
zona..., todas estas cosas, aparte del centro y de la pared esférica que usted puede
contemplar, todo quedó comido, transformado, convertido. Y también los hombres:
diecisiete físicos nucleares y técnicos murieron instantáneamente: no quedó ni
rastro de ellos.
Jazz estaba impresionado, si no por la manera de cómo Khuv le contaba la
historia, cuando menos por su contenido.
—¿Y la radiación? —dijo—. Debió de haber una descarga masiva de...
Khuv negó con la cabeza, cosa que hizo que Jazz se quedara parado.
—Respecto a lo que se pudo detectar, se escapó muy poca radiación. Algunos
de los extremos de estas galerías, que se adentran en la roca entre cuatro metros y
medio y seis metros, eran puntos calientes. Hicimos lo que pudimos y los tapamos.
En los niveles superiores todavía quedan sitios peligrosos, pero la mayoría también
han quedado clausurados. Y en algún caso estos niveles ya no se utilizan ni
volverán a utilizarse nunca más. Usted ha visto una parte del magma, pero no lo ha
visto todo. En aquella explosión de misteriosa energía, el metal, el plástico y la roca
no fueron los únicos materiales que se amalgamaron de forma inseparable, Michael.
Pero la roca, el metal y el plástico no se pudren y, cuando digo lo que digo, estoy
seguro de que sabe a qué me refiero...
Jazz dijo con una mueca:
—¿Y cómo..., cómo limpiaron el lugar? Tenía que ser una pesadilla...
—Y sigue siéndolo —replicó Khuv—. Por eso está atenuada la iluminación de la
zona. Se empleó ácido. Fue la única manera. Pero en el magma quedaron restos
realmente repugnantes de ver. Lo de Pompeya debió de ser parecido, pero allí las
figuras humanas eran, por lo menos, reconocibles. No quedaron alargadas,
retorcidas o... vueltas del revés.
Jazz se quedó pensando, pero no hizo ninguna pregunta acerca del significado
exacto de las palabras de Khuv.
Vyotsky se había puesto nervioso durante unos momentos.
—¿Tenemos que quedarnos aquí? —refunfuñó de pronto—. ¿Por qué hemos
de estar aquí haciendo de blanco de todo el armamento?
A Jazz aquel hombre le disgustaba profundamente, se diría casi que lo odiaba.
Sí, lo había odiado desde el primer momento en que le puso los ojos encima y no
podía resistirse a darle un chasco siempre que tenía ocasión de ello. Ahora dijo
despectivamente al ruso:
—¿Se figura que les van a resbalar los dedos? —e hizo un ademán en
dirección al personal encargado del Katushev más próximo—. ¿O es que éstos
también tienen algo contra usted?
—Británico —dijo Vyotsky, dando un paso amenazador en dirección hacia él—
como me pase por la cabeza, te echo contra esa valla y te dejo frito. Ya te han
dicho que mucho cuidadito con la boca. Espero que vayas siguiendo con la racha de
suerte hasta que tú mismo decidas echarte de cabeza por la borda...
—¡Cálmate un poco, Karl! —le dijo Khuv—. Está tratando de calarte, esto es
todo. —Y dirigiéndose a Jazz, continuó—: No se está refiriendo al tipo de blanco que
usted cree. O quizá sí, pero no de la manera que usted piensa. Lo que pasa es que,
si de esa bola de luz que hay aquí sale algo..., algo que se aparte de lo común...,
esos hombres tienen orden de abrir fuego inmediatamente y destruirlo todo o de
tratar de destruirlo. Y estas órdenes no tienen absolutamente en cuenta el hecho de
que nosotros nos encontremos aquí mirando, precisamente a tiro de los cañones.
—Si ocurriera —añadió Vyotsky—, si saliera por aquí lo que puede salir, yo
personalmente estaría encantado de convertirme en blanco de algún proyectil.
Después de un ligero estremecimiento, Khuv precisó:
—Vayámonos de aquí. Karl tiene razón. Es una tontería que nos quedemos
aquí tentando a la suerte. Ya ha ocurrido cinco veces y no hay ninguna garantía de
que no vuelva a ocurrir.
Al volverse y dirigirse a las escaleras, Jazz preguntó:
—¿Lo tienen filmado? Me refiero a si el hecho es habitual...
—No, habitual no lo es —puntualizó Khuv—. Cinco... llamémosles «sucesos»
en dos años no puede decirse que sea cosa frecuente. Pero entiendo lo que quiere
usted decir, Michael. Sí, aprendimos muy pronto la lección. Después de los dos
primeros encuentros, preparamos cámaras y ahora las tenemos también montadas
en los cañones, que se disparan automáticamente. Lo que ven los que disparan es
lo que captan las cámaras... por lo menos en la película. En cuanto al hecho en sí,
los de su bando lo codificaron con el nombre de «Pill». Fue la primera vez. Nadie se
lo esperaba. La segunda vez fue de menores proporciones, pero tampoco nos lo
esperábamos. Después fue cuando se instalaron las cámaras.
—¿Hay alguna posibilidad de ver alguna de las cosas de las que estamos
hablando? —dijo Jazz, como jugándoselo todo a una carta.
Había pocas posibilidades o quizá ninguna de salir de allí, pero a pesar de
todo trataría de averiguar todo lo que pudiera y de sacar en limpio algo de aquel
caos.
—Ciertamente —dijo Khuv sin dudar un momento—, pero si lo prefiere puedo
enseñarle algo mucho más interesante que unas simples películas.
Había algo en el tono de voz que avisaba a Jazz de que tuviera cuidado, pero
a pesar de todo contestó:
—Bien, aunque sólo sea para que no decaiga el interés...
La risita sardónica de Vyotsky, al resonar sarcásticamente detrás de él, hizo
que Jazz se preguntara si había optado adecuadamente...
Retrocedieron y subieron por los niveles de magma, inquietantes pese a su
tranquilidad, hasta llegar al perímetro y, siguiendo el curso del mismo, se dirigieron
a la zona de seguridad donde se albergaban los laboratorios del Projekt. Pasando
por dos puertas de seguridad, llegaron finalmente a una puerta de acero en la que
aparecía dibujada una calavera escarlata y esta terrible advertencia:
¡PRECAUCIÓN!
¡SÓLO GUARDIÁN Y PERSONAL DE SEGURIDAD SELECCIONADO!
Jazz no pudo evitar volver a pensar: ¿más melodrama? Pero Khuv y Vyotsky
estaban muy tranquilos, por lo que pensó que tal vez le convenía imitarlos. Así
pues, mantuvo el pico cerrado mientras se preguntaba para sus adentros el porqué
de la palabra «guardián». ¿Guardián de qué?
Khuv disponía de una tarjeta que lo identificaba como agente del servicio
secreto, que introdujo en una abertura de la puerta. La tarjeta entró por la ranura,
fue «leída» y devuelta, después de lo cual se oyó un rechinar de mecanismos y la
puerta se abrió con un chasquido. Antes de empujarla para que se abriera del todo,
Khuv se dirigió a Vyotsky, que apagó las luces de la antecámara. Jazz, pese a la
poca luz del ambiente, vio que Vyotsky estaba pálido y que la cara le brillaba con
un sudor frío. Además, la nuez del cuello le sobresalía más de lo acostumbrado.
Aunque era indudable que aquel hombretón ruso era duro y cruel, por lo visto había
cosas que lo impresionaban particularmente. Al parecer, Jazz estaba a punto de
conocer una de ellas.
Khuv, sin embargo, se mostraba tan frío como de costumbre. Abrió la pesada
puerta e indicó a Jazz que pasara. No sin cierto recelo, el agente británico penetró
en la oscuridad de la sala. Vyotsky le seguía de cerca y en último lugar iba Khuv,
quien se encargó de cerrar la puerta.
La oscuridad era casi total, ya que en el techo sólo había unas cuantas luces
rojas del tamaño de las bombillas de flash de fotografía.
A la escasa luz reinante, Jazz pudo observar la forma rectangular de un
recipiente de cristal arrimado a una de las paredes que daba la impresión de ser un
enorme acuario de peces tropicales. De la oscuridad salió la voz de Khuv.
—¿Está usted preparado, Michael?
—Sí, si lo está usted —fue la respuesta de Jazz.
Pese a todo, mientras pronunciaba aquellas palabras, tenía perfecta
conciencia de que no estaba allí para admirar peces de colores.
Se oyó un fuerte chasquido y se encendieron las luces.
Algo dentro del recipiente se movió y se echó para atrás.
Detrás de Jazz, Vyotsky dejó escapar un ruido ahogado. Él ya había visto
aquello, sabía que estaba allí, pero el hecho de saberlo únicamente servía para
precipitar la reacción instintiva que provocaba en él. Ahora que Jazz vio de qué se
trataba, comprendió el porqué de aquella reacción.
Aquella cosa era como las formas que había en el magma y que Khuv no le
había descrito, pero que Jazz había imaginado. Era como ellas, pero no era como
ellas, puesto que ésta estaba viva. Mientras aquella cosa iba retorciéndose
ondulante, resplandecía a través del grueso cristal del acuario y miraba con unos
ojos que eran realmente diabólicos. Tenía el tamaño de un perro, pero no era un
perro. No era nada que Jazz hubiera podido imaginar, sino la combinación de sus
peores pesadillas. No pudo contemplarla el tiempo suficiente para decidir qué era
exactamente. Y lo peor de todo es que ni aquella misma cosa sabía realmente qué
era.
Al verla aplastada un momento contra el cristal del recipiente, pensó que
habría podido ser una sanguijuela. Tenía la parte inferior toda arrugada, con un
aspecto semejante al de una ventosa alargada y enorme. En cambio, sus cuatro
patas, su cola y su cabeza la asemejaban más bien a una rata gigante. Durante una
fracción de segundo le pareció que esto era realmente, pero después...
De pronto la cabeza y las manos sufrieron una transformación, una rápida
metamorfosis, y se hicieron parecidas a las de un hombre. Un rostro casi humano
se aplastó contra el vidrio y miró directamente a la sala con aire que se habría
dicho de conmiseración. Hizo una mueca: una expresión que en parte era sonrisa,
en parte amenaza y en parte fiereza, hasta que sus mandíbulas humanas se
abrieron de forma inhumana. Dentro de aquella boca había varias hileras de
dientes, como si fuera una monstruosa piraña.
Jazz dio un paso atrás respirando afanosamente y tropezó con Vyotsky. El
imponente ruso lo agarró por los hombros y lo sujetó con firmeza. Mientras tanto,
de las manos de la cosa salieron unos ganchos que arañaron el vidrio, al tiempo
que su rostro se transformaba en una máscara de cuero negro, con un hocico en
espiral y unas orejas enormes, puntiagudas y llenas de pelos, parecidas a las de un
murciélago gigantesco; entre sus miembros crecieron unas telarañas que se
pegaron a su cuerpo y formaron unas alas. El monstruo pegó un salto y se golpeó
contra el techo de vidrio del acuario, después de lo cual volvió a caer pesadamente
en el suelo de arena que cubría el fondo.
Jazz tenía la impresión de que alguien —tal vez Khuv, sí, posiblemente Khuv—
había murmurado:
—¡Dios mío!
En aquel instante la cosa se alargó y se transformó en un gusano con la
cabeza en forma de espátula, con la que escarbó en la arena y desapareció de la
vista. Hubo sólo un estremecimiento de la arena y... todo volvió a quedar tranquilo.
Después de un rato de silencio, Jazz soltó un profundo suspiro. «¡Cristo
todopoderoso!», no pudo por menos de exclamar con voz sobrecogida.
Y después los tres hombres inspiraron una profunda bocanada de aire, como
si sus pulmones estuvieran exhaustos. Jazz cerró la boca, que tenía abierta de par
en par, y se quedó contemplando a los dos rusos.
—¿Dicen que esta... cosa... salió de aquella bola de luz?
Khuv, cuyo rostro ahora parecía muy pálido bajo la luz potente y con unos
ojos que eran manchas oscuras en su cara, asintió.
—Sí, salió por la puerta —dijo.
Jazz negó con un movimiento de cabeza, como si se resistiera a creerlo.
—Pero ¿cómo demonios consiguieron atraparlo?
La pregunta era muy razonable.
—Como ha podido comprobar —respondió Khuv—, no le gusta la luz, y
aunque puede cambiar de forma a voluntad, parece que se trata de un ser muy
primitivo en cuanto a procesos mentales... suponiendo que tenga algún sentido
aplicarle este lenguaje. Quizá no sea más que instinto animal en estado puro. Nos
figuramos que debió de atacar la Puerta por el lado opuesto. Seguramente viene de
un mundo donde todo es noche y aquella esfera deslumbrante debió de pareccrle
un enemigo o una presa. Pero cuando irrumpió en el lado donde estábamos
nosotros, en la esfera hueca de abajo, la luz era como de pleno día.
Afortunadamente para los que se encontraban allí en aquel momento, se fue
directamente a una de las galerías... a fin de escapar de la luz, ¿comprende? Y
hubo alguien con la suficiente presencia de ánimo como para poner en la boca del
agujero la cara abierta de un armario de acero. Al tratar de retroceder, quedó
atrapado.
—¿Cuánto tiempo hace que...?
Jazz tenía grandes dificultades para concentrarse y le resultaba muy difícil
apartar los ojos del acuario.
—¿Cuánto tiempo... esta cosa...?
—Dieciocho meses —respondió Khuv—. Este fue el tercer encuentro.
—De la clase más próxima... —consiguió articular finalmente Jazz.
—¿Cómo ha dicho? —repuso Khuv mirándolo directamente.
—Nada —dijo Jazz moviendo al mismo tiempo la cabeza—, pero dígame una
cosa: ¿qué come?
No sabía siquiera por qué lo había preguntado, quizá por la impresión que le
habían causado todos aquellos dientes y por el hecho de que Khuv hablara de
presas.
Los ojos de Khuv se entornaron, pero no como si se pusiera a la defensiva,
sino como si reflexionara. Abrió la puerta, apagó las luces y con una seña indicó a
Jazz y a Vyotsky que salieran. Volvieron al perímetro, donde Khuv abría la marcha
en dirección a la zona donde trabajaba. De camino, Jazz preguntó:
—¿Come o no come?
Khuv guardó silencio, pero Vyotsky contestó por él:
—Por supuesto que come. Parece que no es que necesite comer, pero cuando
se le ofrece algo, se lo come. Come personas... o lo que sea, con tal de que tenga
unas buenas visceras rojas y sabrosas. O por lo menos esto es lo que comería si se
lo diésemos. Su guardián lo alimenta a base de sangre y desperdicios, que le
suministra a través de un tubo. El sabe exactamente qué cantidad debe
suministrarle. Si le da mucho, se hace mucho más grande y más fuerte; si le da
poco, se marchita y se pone a hibernar. Cuando hayan descubierto la manera de
manipularlo sin peligro, tratarán de descubrir las características de su naturaleza.
—¿Quiénes?
—Pues los especialistas de Moscú —dijo Vyotsky encogiéndose de hombros—,
los de...
—¡Karl! —lo interrumpió Khuv llamándole por su nombre, lo que hizo que Jazz
pensara que, pese a que él era un prisionero y a pesar de toda la «glasnost» de
Khuv, todavía había puntos que eran intocables—. Sí —dijo Khuv—, los
especialistas. Es posible que, si descubren algo acerca de este ser, también puedan
descubrir algo acerca de su mundo.
Había algo que inquietaba a Jazz.
—¿Y qué me dicen de esos hombres con los lanzallamas que encuentro por
todas partes?
—¿Todavía no está bastante claro? —le espetó Vyotsky—. ¿O es que tú,
querido británico, eres un poco tonto?
—Lo que acaba con ellos es el fuego concentrado —intervino Khuv—. Hasta
ahora es lo único que lo consigue. Por lo menos eso es lo que descubrimos
nosotros.
Jazz ahora asintió con un gesto. Parecía que las cosas comenzaban a irse
aclarando en su cabeza.
—Comienzo a darme cuenta de las posibilidades —dijo secamente—. Y no es
preciso que me diga de dónde han salido estos especialistas de que me habla: del
departamento de estudios de la guerra química y biológica del Protze Prospekt, ¿no
es verdad?
Khuv no respondió, pero su boca se quedó torcida como resultado de la
sonrisa forzada que le dirigió.
Jazz asintió con un gesto. Su rostro reflejaba unos sentimientos que eran una
mezcla de sarcasmo y de asco.
—¿Y cómo resultaría... esto... como arma biológica?
Habían llegado a la zona de Khuv. Éste abrió la puerta y dijo:
—¿Qué prefiere? ¿Beber algo o que le diga a Karl que lo vuelva a meter en su
celda y le dé un pequeño vapuleo para que se entere de cómo debe comportarse?
Tenía la voz quebrada, sonaba igual que el hielo al quebrarse. Jazz había
tocado un punto sensible. El agente británico era mucho más rápido en sus
deducciones de lo que había supuesto Khuv.
Después de echar una ojeada al rostro de Vyotsky, en el que lucía ahora una
mueca sardónica, Jazz dijo:
—Me parece que por esta vez prefiero una copa.
—De acuerdo, pero tenga presente una cosa: usted aquí no está en situación
de criticar nada. Usted es un espía, un asesino, un aspirante a saboteador. Y
recuerde también esto: usted no sabe nada. ¡Nosotros tampoco sabemos nada!
¿Armas? ¿De qué armas está hablando? Personalmente, lo que yo haría es cerrar
esto, pero cerrarlo con cemento, hacer que la Puerta no pudiera volver a abrirse
nunca más... si fuera posible. Y lo mismo haría Viktor Luchov. Pero el Projekt está
patrocinado... Mejor dicho, el Projekt se puso en marcha bajo las órdenes del
Departamento de Defensa. Nosotros aquí no mandamos, Michael, nosotros somos
unos mandados. Y ahora grábese de una vez por todas esto en la cabeza: nosotros
podemos ser «amigos» o puedo hacer que alguien mucho menos comprensivo que
yo se encargue de completar sus informaciones. De usted depende...
¿Informaciones? No sabía por qué, pero no le había gustado nada la manera
como Khuv había usado aquella palabra. Era evidente que el tono lo había
traicionado. De hecho, aquí no se trataba de informar. En el fondo de sus
pensamientos una voz le avisaba y lo ponía en guardia. ¿Por qué le daban este
tratamiento? ¿Qué interés podían tener? Como no conocía las respuestas, dejó a un
lado las preguntas y dijo:
—¡De acuerdo, lo acepto! Vamos a cumplir todos con nuestro deber. Todos
cumplimos órdenes. Sólo le pido que me conteste una cosa más y ya no volveré a
interrumpirle.
Khuv hizo entrar a Jazz y a Vyotsky a su zona de trabajo.
—¡De acuerdo! —dijo—. ¿De qué se trata?
—Es sobre esa cosa que tienen metida en ese recipiente de vidrio, ese ser
venido de otro mundo —contestó Jazz arrugando la nariz al decirlo—. Dice usted
que tiene un guardián, una persona que se ocupa de él, que le da de comer, que lo
estudia... Sucede que no puedo imaginarme cómo ha de ser esa persona, pero
pienso que debe de tener unos nervios de acero.
—¿Qué? —dijo Vyotsky dejando escapar un resoplido que tenía algo de una
carcajada—. ¿Te figuras que se presentó voluntario? Es un hombre de ciencia, con
gafas y todo. Un hombre totalmente consagrado a la ciencia... y a la botella.
Jazz enarcó las cejas.
—¿Un alcohólico?
La expresión de Khuv no varió.
—Muy pronto —dijo, después de una pausa momentánea—. Sí, me temo que
lo será...
Tres horas más tarde, alrededor de las siete y media de la tarde, después de
haber recibido en su celda una taza de café tibio y sin aroma ninguno y un bocadillo
de carne fría, que constituían el menú estándar, y después de haber dado cuenta
de las dos cosas, se tumbó en su cama metálica de campaña y comenzó a dar
vueltas en su cabeza a todo lo que le había contado Khuv. El ruso había estado
hablando casi sin parar por espacio de una hora y media, espacio de tiempo
durante el cual el agente británico se mantuvo fiel a su palabra y no lo interrumpió
ni una sola vez. Mientras Khuv estaba metido en materia, Jazz no se sintió en
ningún momento tentado a interrumpirle, en parte porque el torrente de palabras e
imágenes era incesante y no precisaba de explicaciones, pero sobre todo porque lo
que le había contado era realmente fascinante.
Ahora, una vez más, Jazz hacía una recapitulación de todas las explicaciones.
El incidente de Perchorsk, conocido con la palabra «pi», había constituido la
desastrosa prueba realizada por Franz Ayvaz en el escudo subatómico. Después de
la confusión producida se procedió a la limpieza y, cuando ya casi estaba ultimada,
ocurrió «Pill», al que Khuv se refería como Encuentro Uno, si bien por lo que hubo
de explicar a Jazz el comandante de la KGB, no había sido tanto un encuentro como
una verdadera pesadilla.
Aquella criatura surgida de la esfera de luz había sido la monstruosidad que
Jazz había visto en la película impresionada por el aparato de reconocimiento
AWACS sobre la bahía de Hudson, que venía a ser como el hermano mayor de
aquella cosa que estaba metida en el recipiente de vidrio. Pero cuando el hermano
mayor se coló en este mundo por su cuenta...
La descripción que hizo Khuv del Encuentro Uno tal como él la había oído
contar por boca de testigos del mismo era así de gráfica:
—Usted ya lo vio en aquella película acerca de la cual nos ha hablado,
¿verdad, Michael? Ya sabe cómo es. ¡Ah, pero así es como era tras escapar por el
tubo, meterse en el barranco y echar a volar después! Cuando estaba en tierra era
mucho peor. Sí, se lo voy a contar de acuerdo con las descripciones de primera
mano de que dispongo. Sin embargo, primero trataré de explicarle cómo funciona
la Puerta o, mejor dicho, le diré qué ocurre cuando funciona. La «piel» de la esfera,
o sea, su superficie tal como la vemos nosotros, es una contradicción de la física
según entendemos nosotros esta ciencia. Viktor Luchov la ha equiparado a un
«horizonte de acontecimientos». Nosotros vemos las cosas en él después de
ocurridos los hechos e incluso antes de que ocurran. En el primer caso bajo la
forma de una especie de imagen que queda en la retina y que se imprime en la
esfera y, en el segundo caso, como una aparición gradual hasta que llega el
momento de que aparezca lo que sea.
»Ellos ven que la cosa se acerca, pero no saben qué ven. Recuérdelo, así fue
la primera vez. La vieron en la esfera; fue como si se oscureciera gradualmente la
superficie situada cerca de la bóveda de la esfera. La mancha oscura cobró forma,
la forma pasó a ser una imagen tridimensional pero nebulosa hasta que, al cabo de
un rato, se hizo realidad. Vieron la cabeza y la cara de un murciélago de unas
dimensiones equivalentes, más o menos, a un metro y medio. Era como un
holograma que lentamente, muy lentamente, fuera cambiando. Todo ocurría a
cámara lenta y constituía una cosa realmente fascinante de ver. Por lo menos así lo
dijeron. Las circunvoluciones de la trompa se iban arrugando, fenómeno que duró
alrededor de medio minuto, la orejas fueron proyectándose hacia adelante, un
movimiento fugaz trasladado al tiempo real, ya que sólo duró cinco segundos, y
finalmente la aparición de unos dientes que parecían agujas, de unos doce
centímetros de largo, hecho que se produjo en un abrir y cerrar de ojos.
»Ahora bien, piense un momento lo que voy a decirle: ellos disponían de
armas. Se trataba de un puñado de soldados que se encontraban allí con sus
armas, no con un propósito determinado, sino simplemente porque a veces los
soldados llevan armas. Pero ¿a quién podía pasarle por la cabeza que se podía
disparar contra una cosa como aquélla? Cuando todo acabara, quizá sí, pero no
mientras estaba ocurriendo. Escuche lo que voy a decirle: ¿dispararíamos contra las
imágenes que vemos en una pantalla? Pues esto es lo que era: una película de tres
dimensiones.
»Viktor Luchov también estaba presente. ¿Cree que habría permitido que
dispararan? ¡Ni por asomo! Entonces ni siquiera sabía qué era aquella esfera, pero
pensó que aquello podía ser su redención personal. En ausencia de Franz Ayvaz,
tuvo que hacerse responsable del incidente de Perchorsk y hete aquí que ahora le
tocaba en suerte aquel... fenómeno.
«Durante una hora fue mejorando su claridad. Los bordes desdibujados
fueron concretándose hasta que la imagen acabó por adquirir el brillo de una
imagen de televisión. Muchos habían ido a buscar sus cámaras y se habían puesto a
filmar, como hacen los turistas cuando ven un monumento antiguo o contemplan
alguna cosa cuya belleza te sale de lo común. Después de todo, sabían que no
podía ser verdad. ¿Cómo podía serlo? ¿Un murciélago con una cabeza tan grande
como la de un elefante?
»Entonces, de manera imprevista, ocurrió lo imposible. Advirtieron que el
hocico atravesaba la "piel" de la esfera y que el monstruo dejaba de ser una simple
imagen reflejada en una pantalla. Inspiró aire, aspiró varias bocanadas de aire... y
a los pocos momentos tenían aquella pesadilla ante sus ojos.
»El horizonte de los hechos aminora el ritmo de los movimientos, Michael,
pero una vez atravesada la Puerta, todo pasa a ser normal. Sin embargo, lo que
puede ser "normal" para aquella obscenidad era un infierno para todos aquellos que
la estaban contemplando. He dicho que aspiraba aire... En realidad era un enorme
murciélago que estaba olisqueando la presa, que los husmeaba a ellos. ¡Y entonces
cambió! Tanto la cara como la cabeza que surgió de su piel eran las de un lobo
gigantesco. ¿Se ha fijado en cómo era cuando la ha visto en el recipiente de vidrio?
Pues así, exactamente igual. Primero apareció la cabeza de aquel lobo y a
continuación aparecieron los hombros..., debajo de los cuales ya estaba pugnando
por salir el cuerpo de cuero de un murciélago, las grandes alas de un murciélago
que se desplegaban tan amplias como la propia esfera.
»¿Que si hubo pánico? Un pánico como pocas veces llega a experimentar un
hombre en su vida. Y para empeorar todavía más las cosas, la cosa no llegó a este
mundo en silencio, sino que profería unos gritos espantosos. ¡Y menuda voz la
suya!
«Lanzaba alaridos para manifestar toda la rabia que despertaba en ella la
intensidad de la luz, el hambre de la sangre que había olido, el temor ante un
ambiente que le era ajeno. Y entonces atacó. Atacó cuando todavía estaba saliendo
de la esfera. La parte trasera de la cosa era como un inmenso ciempiés cuyas patas
fueran saliendo a través de la Puerta, revolviéndose violentamente hacia todos los
lados. En ese momento volvió a cambiar y se transformó en una docena de
diferentes híbridos, prestos a matar todos ellos.
«Empujada por su ciega agitación, comenzó a arrancar cables... y si digo
ciega es porque la luz le resultaba insoportable. Fue una suerte que estuviera ciega
porque, de no haberlo estado, la carnicería todavía habría sido mucho peor. La
destrucción que provocó en la instalación eléctrica hizo que muchas de las luces se
apagaran, gracias a lo cual su visión fue mejorando progresivamente. Ahora ya
elegía sus víctimas con mayor deliberación y las devoraba con más presteza
todavía.
»Pero ahora los soldados también disparaban contra ella... o por lo menos los
soldados que tenían arrestos suficientes para hacerlo. No podían asegurar si las
balas le hacían algún daño, pero lo cierto es que el alboroto provocado por los
disparos causó en ella un estado de alarma. Fue a refugiarse al lugar más oscuro
que pudo encontrar, que fue, naturalmente, el cilindro, apenas iluminado. Pero
ahora se había transformado en algo muy parecido a la especie de calamar que
filmaron los aviadores de su AWACS. Era algo enorme, espantosamente enorme,
que se comprimía y se abría paso a través de los niveles de magma. De hecho, el
estado tan plástico en que había quedado su cuerpo no se diferenciaba demasiado
del magma y, a medida que iba procediendo de esta manera, iban apareciéndole
excrecencias con bocas y ojos y con... ¡oh!, con unos apéndices que resultan
verdaderamente indescriptibles. Imagínese que del costado comenzaba a salirle
una pata y que después la pata se transformaba en algo que parecía una araña.
Quizá ya sabe a qué me refiero.
»Pero finalmente consiguió meterse en el barranco, dejando tras de sí una
estela de destrucción y de muerte poblada de los quejidos de los agonizantes y de
los huecos que habían dejado los que se habían desvanecido para siempre. El
Perchorsk Projekt se había convertido por segunda vez en un degolladero y en
algún lugar del mundo andaba suelto y haciendo de las suyas un ser monstruoso.
No había nadie que tuviese la más ligera idea acerca de lo que había que hacer.
»Si nosotros, los rusos, tenemos algún defecto es éste, Michael, que somos
excesivamente disciplinados en la manera de pensar y no estamos acostumbrados
al fracaso. Así es que, después de aquel desastre, nos quedamos de una pieza,
absolutamente desorientados, como los niños pequeños que esperan que su mamá
les diga qué tienen que hacer a continuación. Esto fue lo que le ocurrió a Kruschev
cuando Kennedy le afrentó en público y cuando las "autoridades responsables",
para referirnos a ellas de alguna manera, tuvieron que dar explicaciones acerca del
avión de las líneas coreanas. Si vuelve a ocurrir algún nuevo desastre, no hay duda
de que la actitud volverá a ser la misma. Pues esto es lo que ocurrió con el asunto
de Perchorsk.
»Finalmente, se dio la alerta a los militares y éstos, a su vez, se encargaron
de avisar a Moscú. Pero ¿sabe usted cuál fue la reacción? "¿Cómo?, ¿que se ha
escapado algo de Perchorsk, de los Urales? Pero ¿qué es lo que se ha escapado?
¿De qué están hablando?" Por fin salieron unos Migs que despegaron de Kirovsk y
el resto ya lo sabe. En realidad, usted sabe más que yo acerca de esta parte del
asunto. Lo que yo sé, sin embargo, es por qué los aviones de combate rusos
fracasaron allí donde los aviones USAF resultaron airosos. Por lo menos hemos
aprendido esto de los demás encuentros... y esto también explica lo de los
lanzallamas.
»Así es: los aviones norteamericanos estaban equipados con proyectiles
experimentales aire-aire Firedevil, que no sólo estallan al colisionar sino que
despiden llamas destructoras alrededor. Un equipo menos voluminoso que el
napalm, pero muchísimo más efectivo. Fue eso lo que detuvo a la cosa sobre la
bahía de Hudson: el fuego. Fuego y luz..., la luz del sol. Hasta que los aviones
norteamericanos no establecieron contacto con ella, ésta estuvo volando a través
de nubes o cubierta por una densa capa grisácea, puesto que el sol todavía no era
muy fuerte. Pero así que el sol salió, la criatura bajó y buscó protección. Mire,
Michael, hay cosas frías y cosas que pertenecen a la oscuridad.
»Usted me ha descrito qué vio en aquella película del AWACS: nubes de gases
asesinos que, en cuanto aquella criatura se ponía en contacto con la luz del sol,
emanaban de su cuerpo y cómo éste, plano, extenso, aerodinámico, iba
apartándose del sol. ¡Ah, sí! No fue tanto que los Migs fracasaran en su intento
como que otras fuerzas naturales coadyuvaron con los norteamericanos en el éxito
conseguido. La cosa estaba exhausta cuando se encontró de manos a boca con los
norteamericanos y los Firedevils que éstos llevaban acabaron de rematarla.
—Ya entiendo. Y así fue como terminó el Encuentro Uno...
—Y ahora una especie de anticlímax: el Encuentro Dos era un lobo. Apareció
aproximadamente de la misma manera que la primera cosa, pero comparado con
ella era pequeño, normal, casi resultaba insignificante... Aunque no del todo. Quien
lo detectó primero fue un soldado, que le metió una bala en el cuerpo así que lo vio
salir renqueante por la Puerta. Esto lo dejó parado en seco, pero no le resultó fatal.
Fue examinado detenidamente y, por supuesto, con las máximas precauciones... ¡y
resultó ser un lobo! Era un animal viejo, sarnoso, casi ciego y medio muerto de
hambre. Le salvaron la vida, lo metieron en una jaula, le dieron de comer, le
dispensaron toda clase de cuidados y lo sometieron a una serie de pruebas. La
verdad es que no acababan de creérselo, ¿comprende? Pero... ¡era un lobo de
verdad! Era, en todos los aspectos, un hermano de las criaturas que aún hoy
pueblan los grandes bosques de estas regiones. Cuando murió, hará de eso nueve
meses, debido a su avanzada edad, estaba totalmente domesticado.
»Así es que se les ocurrió pensar que tal vez el mundo del otro lado no era,
después de todo, muy diferente del mundo del lado de acá. O que quizá la Puerta
que habíamos abierto conducía a muchos otros mundos. Viktor Luchov considera
que, como fenómeno físico, o como fenómeno de la física, se encuentra en alguna
parte situada entre un agujero negro y un agujero blanco. Los agujeros negros
están en las profundidades del espacio y pueden engullir mundos; ni siquiera la luz
puede escapar a la fantástica atracción de su fuerza de gravedad. Los agujeros
blancos, en cambio, son teóricos recipientes de fusión que dan nacimiento a las
galaxias. Unos y otros son puertas abiertas por las que circulan otros espaciostiempos.
Igual que nuestra esfera de luz blanca... aunque no tan violenta. Ésta es
la razón por la cual Luchov la llama "agujero gris", porque es una puerta que se
abre en ambas direcciones.
Al llegar a este punto, Khuv levantó una mano como si con ella quisiera avisar
a Jazz.
—No corte el hilo, Michael, ya que ahora todo va muy bien. Las preguntas ya
me las hará más tarde.
Y así que vio que Jazz volvía a adoptar una actitud distendida, prosiguió:
—Yo tampoco tengo ningún interés en los «agujeros» de la teoría física de
altos vuelos. Considero simplemente que se trata de una amenaza. Pero dejando
esto aparte...
»Usted fue testigo del Encuentro Tres y yo también le he hablado de él. En
cuanto al Cuatro, fue otro anticlímax, aunque no tan normal y aceptable como el
del lobo. Se trataba de un murciélago, orden Chiroptera, genus Desmodus. Lo
curioso del caso es que el Vampyrum es el falso vampiro r mientras gue Desmodus
y Diphylla son los verdaderos chupadores de sangre. Este tenía una amplitud de
alas casi de un metro, lo que para su especie es bastante grande, según me han
dicho, aunque tampoco se le pueda considerar un gigante. Se le vio aparecer con
mucha anticipación y, por supuesto, con él no se corrieron riesgos. En el mismísimo
instante en que salió, fue abatido de un disparo. Pero de la misma manera que el
lobo era un lobo de verdad, el murciélago también era un murciélago de verdad.
Por curioso que parezca, el murciélago vampiro es una criatura de América del Sur
o de América Central. A lo mejor nuestro agujero gris no sólo era una puerta
abierta a otros mundos, sino también a otras partes de este mundo.
»Bueno, en cualquier caso, en la siguiente ocasión yo estuve presente, o sea,
que el resto de lo que le voy a contar es de primera mano. ¡Ah!, y también puedo
mostrarle una película de la aparición del murciélago si le interesa. Aunque
tampoco se va a enterar de nada que no le haya contado, puesto que ocurrió
exactamente tal como se lo describo. En cuanto al Encuentro Cinco... fue algo
completamente diferente.
Al llegar a este punto del relato, Jazz observó que Vyotsky, detrás de su
barba oscura, había vuelto a quedarse muy pálido. También él había estado
presente en el Encuentro Cinco.
—Desembucha de una vez —dijo el hombretón de la KGB poniéndose de pie,
apurando la copa y comenzando a pasear de un lado a otro de la habitación—.
Cuéntaselo todo o enséñale la película, pero acaba con el asunto de una vez.
—A Karl no le gusta nada todo esto.
Khuv había hecho el comentario en tono indiferente, pero su sonrisa era fría y
sardónica.
—Pero tampoco me gusta a mí, si bien hay que reconocer que el hecho de que
te guste o no una cosa no la modifica en nada. No podemos modificar los hechos.
Venga y le mostraré la película.
En una segunda habitación pequeña al lado de las de Khuv tenía una especie
de estudio. Había unas estanterías, un pequeño escritorio, unas sillas de acero, un
proyector moderno y una pequeña pantalla. Vyotsky no demostró intención de
seguir a Jazz y a su superior y le limitó a servirse otro trago y a quedarse en la sala
de estar de Khuv. Jazz sabía, de todos modos, que aquélla era la única salida de las
habitaciones de Khuv y que únicamente unos pocos pasos y un endeble tabique lo
separaba del poderoso corpachón del agente de la KGB.
Ahora también se daba cuenta de que su entrada en la habitación no había
sido un hecho espontáneo y que Khuv la tenía preparada de antemano. Todo lo que
debía hacer ahora era apagar las luces y proyectar la película. Fuera lo que fuese lo
que Jazz se esperaba, es un hecho que no era lo que vio.
La película era en color y sonora, es decir, totalmente profesional en sus
detalles. A un lado de la pantalla, una sombra oscura, borrosa y desenfocada daba
la impresión de ser el costado de un soldado ruso, con un reluciente Kalashnikov
apoyado en el muslo. El centro de la pantalla estaba ocupado por la esfera de luz
blanca, es decir, por la Puerta, tal como ahora Jazz la veía, y proyectada en su
deslumbrante superficie —la parte inferior de la «fotografía» situada sólo a pocos
centímetros por encima de los tableros del pasadizo donde se extendía aquella
abertura entre la plataforma del anillo de Saturno y la esfera— había la imagen...
¡de un hombre!
La cámara se había aproximado rápidamente, dejando toda la pantalla en
blanco y, por tanto, mucho menos deslumbrante, con la imagen del hombre situado
en el mismo centro. Éste avanzó en línea recta, directo hacia la cámara. Sus
movimientos eran tan sumamente lentos que cada paso le costaba segundos, por lo
que Jazz no pudo por menos de preguntarse si llegaría a avanzar. Pero entonces
Khuv le hizo una advertencia:
—Fíjese en que la fotografía se va aclarando, lo que demuestra sin lugar a
dudas que está a punto de salir. Pero yo, en su lugar, no me quedaría a esperar
que esto suceda. Estúdielo mientras pueda.
La cámara, como por consideración, se había cerrado sobre el rostro del
hombre.
Tenía la frente en talud y llevaba el cráneo afeitado, salvo un mechón de pelo
en medio de la cabeza, que destacaba como una raya negra y ancha sobre una piel
blanquísima. El mechón le caía por detrás como una melena y estaba atado con un
nudo en la nuca. Tenía los ojos muy pequeños, muy juntos y como queriéndosele
salir de las órbitas. Los ojos le brillaban por debajo de unas cejas gruesas y
espesas, unidas en una maraña de pelos sobre el puente de una nariz chata y
aplastada. Tenía las orejas ligeramente puntiagudas y con unos lóbulos muy
grandes, aplastadas a ambos lados de la cara, sobre unas mejillas hundidas y
enjutas. Sus labios eran rojos y carnosos y tenía la boca torcida hacia la izquierda,
como si esbozara una permanente sonrisa de desprecio o de burla. Su barbilla era
puntiaguda, lo que quedaba acentuado por una pequeña barba negra, untada para
exagerar su forma. Pero el rasgo más marcado de su rostro era aquel par de ojos
pequeños y relucientes. Jazz volvió a mirarlos: eran rojos como la sangre y
centelleaban en unas órbitas negras y protundas.
Como si obedeciera a los deseos de Jazz, la cámara volvió a retroceder para
mostrar de nuevo todo el cuerpo del hombre. Llevaba un trozo de tela ceñido a las
caderas, los pies calzados con sandalias y un aro de un metal dorado en la oreja
derecha. Su mano derecha estaba recubierta con un guantelete erizado de pinchos,
cuchillos y ganchos..., ¡una arma increíblemente peligrosa!
Después de esto, Jazz sólo tuvo el tiempo suficiente para observar la extrema
delgadez del hombre, el estremecimiento de sus músculos y aquel caminar de lobo
que tenía al salir de la esfera y entrar en la pasarela. Después, todo empezó a
acelerarse...
El agente británico volvió a la realidad, se agarró al borde de la cama y se
sentó en la misma. Después se puso de pie y arrimó la espalda a la pared metálica.
La pared estaba fresca, pero no fría; a través de ella, Jazz sentía la vida del
complejo subterráneo, el discurrir nervioso e inquieto de su sangre asustada. Era
como estar en la bodega de un gran barco, donde a través del suelo, de las paredes
y los mamparos se nota el latido de los motores. Y de la misma manera que habría
tenido conciencia de la vida del barco, sentía ahora el terror que reinaba en aquel
sitio.
En la cueva artificial abierta en el corazón de la montaña había hombres,
hombres armados hasta los dientes. Algunos habían visto el hecho con sus propios
ojos y otros en películas como la que Jazz tenía ocasión de ver, que podía aparecer
por aquella Puerta que custodiaban. No era de extrañar que el Perchorsk Projekt
provocara miedo.
Sintió un ligero estremecimiento y después se rió entre dientes. Había
contraído la fiebre del Projekt, cuyos síntomas eran aquel temblor, incluso cuando
se tenía calor. Se había fijado en que todos temblaban; ahora también él temblaba
como los demás.
Jazz, deliberadamente, trató de sobreponerse y se obligó a recordar de nuevo
aquella película que Khuv le había mostrado...

Capítulo 5
¡Wamphyri!
Salió el hombre de la esfera para entrar en la pasarela... y en seguida se
aceleraron las imágenes.
Entornó los ojos ante la luz repentina, gritó como resistiéndose en una lengua
que Jazz entendió a medias o que le pareció entender y se echó al suelo, en actitud
defensiva. Pareció como si la película cobrara vida. Con anterioridad, era como si
los sonidos se hubieran amortiguado: alguna tosecilla ocasional, conversaciones
nerviosas, pies que se arrastraban y, de cuando en cuando, el sonido de los muelles
de las armas y el inconfundible chasquido metálico de la recámara al ser colocada
en su posición. Pero todo resultaba extraño y un poco fuera de tono, como los
primeros minutos de una película, cuando uno todavía conserva en los oídos los
sonidos de la calle y aún no se ha acostumbrado al nuevo medio en que el sonido
rebota contra las paredes.
Ahora, sin embargo, el sonido ya parecía más relacionado con la película. Se
oía la voz de Khuv que gritaba: «¡Cogedlo vivo! ¡No le disparéis! ¡Voy a hacer
consejo de guerra al primero que apriete el gatillo! No es más que un hombre, ¿o
es que no lo veis? ¡Venga, capturadlo!
Figuras vestidas con uniformes de combate pasaban corriendo por delante de
la cámara, haciendo que el cameraman y la película se movieran a sacudidas,
tapando un momento la imagen y ocupando la pantalla. Como les había ordenado
que no disparasen, llevaban las armas de una manera torpe, como si no supiesen
qué hacer con ellas. Jazz lo entendía: les habían dicho que en aquella esfera se
escondía la muerte, pero ahora resultaba que no era más que un hombre. ¿Cuántas
personas serían necesarias para reducir a un hombre? Con toda una gran variedad
de armas al alcance de la mano, seguramente debían de sentirse como hombres
tratando de aplastar insectos con cañones. Había que tener en cuenta, sin
embargo, que de aquella esfera habían salido cosas espantosas, y ellos lo sabían.
El hombre que había salido de la esfera vio que se acercaban y se irguió.
Ahora sus ojos enrojecidos ya estaban acostumbrados a la luz. Se quedó
aguardando a que los soldados se acercaran, aunque Jazz pensaba que aquel
hombre, que debía de medir casi dos metros, seguro que sabía cuidarse de sí
mismo.
¡No hay duda de que estaba en lo cierto!
La pasarela debía de tener unos tres metros de ancho. Los dos primeros
soldados se acercaron a aquel hombre prácticamente desnudo que había salido de
la esfera abordándolo desde ambos lados, cosa que fue un error. Ordenándole a
gritos que se pusiera manos arriba y avanzara, el más rápido de los dos se le
acercó y lo aguijoneó con la punta de su rifle Kalashnikov. Con sorprendente
presteza, el intruso pareció cobrar vida, apartó de un manotazo el cañón del arma
sirviéndose de su mano izquierda y agitó en el aire el arma que llevaba en la
derecha contra la cabeza del soldado.
El lado izquierdo de la cabeza del soldado pareció ceder, al hincarse los
ganchos del guantelete en los huesos rotos del cráneo. El recién llegado se irguió
un momento y después se agitó, vano intento, como un pez atravesado por un
arpón. Pero no era más que una reacción nerviosa, puesto que la acometida lo dejó
sin vida al instante. Después, el hombre de la Puerta refunfuñó y retiró
bruscamente la mano para liberarla, al tiempo que con el hombro expulsaba a su
víctima de la pasarela. El cuerpo del soldado desapareció de la vista.
El segundo soldado se detuvo y miró para atrás, el rostro lívido en el
momento en que la cámara captó su indecisión. Sus compañeros no sabían qué
actitud tomar, estaban fuera de sí y se sentían ávidos de abatir a aquel extraño
enemigo. Sintiéndose valiente, gracias al número de los que lo acompañaban,
volvió a hacer frente al intruso y precipitó la culata del rifle contra su cara. El
hombre bufó como un lobo y esquivó el golpe, al tiempo que describía un arco con
el guantelete que le cubría la mano. Con él sajó el cuello al soldado, dejándole una
herida escarlata y derribándolo de lado. Pero, después de caer cuan largo era, se
puso de rodillas, mientras el intruso descargaba su arma sobre su cabeza,
atravesándole con ella su gorro de piel y su cráneo.
Después comenzaron a aparecer las figuras preparadas para el combate, que
se congregaron alrededor del guerrero, arremetiendo contra él con sus rifles y
golpeándolo con las botas. Pero él se deslizó debajo de los soldados, lanzando
bramidos de furor y rabia. Los gritos de los soldados se habían convertido en un
rugido, pero Jazz pudo reconocer la voz de Khuv que destacaba por lo estentórea:
«¡Cogedlo, pero no lo matéis! Lo queremos vivo... ¡Vivo! ¿Está claro?»
Fue entonces cuando apareció Khuv, avanzando hacia la pasarela y agitando
frenéticamente los brazos por encima de su cabeza.
«¡Sujetadlo, pero no lo machaquéis!», gritaba. «Lo queremos íntegro.»
Estas tres palabras finales expresaban toda la sorpresa de Khuv y su
incredulidad. Al contemplar la película, Jazz comprendió por qué había advertido el
cambio en la voz de Khuv, por qué casi había simpatizado con él.
Aquel extraño guerrero había resbalado al bajar —posiblemente al pisar la
sangre— y era la única razón que explicaba por qué había bajado. Los cinco o seis
soldados que lo rodeaban, sus movimientos entorpecidos por las armas que
llevaban y desesperados por no ponerse al alcance de la terrible máquina
trituradora que llevaba en la mano derecha, no constituían unos contrincantes
dignos de él. Uno tras otro se movían hacia adelante y hacia atrás, tratando de
agarrarse a gargantas degolladas o a caras destrozadas; dos de ellos salieron
disparados hacia el borde de la pasarela, precipitándose a más de veinte metros de
profundidad en un magma que era como un pantano; otro, que se quedó paralizado
al darse la vuelta, salió despedido por los aires al recibir un puntapié de desprecio
del guerrero, quien al final se quedó todo cubierto de sangre, pero libre y solo, en
los tableros cubiertos de fango rojo que formaban la pasarela. Después vio a Khuv
y entre los dos no mediaban más que cuatro o cinco pasos a través de los tablones.
«¡El escuadrón de los lanzallamas!», gritaba Khuv con voz ronca, convertida
de pronto en un susurro ante el repentino silencio que invadía el lugar. «¡A mí!
¡Rápido!»
No volvió la cabeza para mirar, porque no se atrevía a apartar los ojos ni un
momento del ser amenazador que había surgido de la esfera.
Pero el guerrero lo había oído hablar e inclinó la cabeza a un lado, entornando
los ojos para mirar a Khuv. Quizá le había parecido que las palabras del
comandante de la KGB sonaban a desafío. Y contestó con una sola frase breve, que
casi sonó como un ladrido.
Probablemente era una pregunta formulada en una lengua que a Jazz le
parecía que entendía, una pregunta que terminaba con una palabra: «¿wamphyri?»
Dio dos pasos y repitió las palabras enigmáticas y vagamente familiares de la frase.
Ésta vez la última palabra, «¿wamphyri?», fue pronunciada con mayor intensidad,
en tono amenazador y arrogante.
Khuv cayó de rodillas y agarró una pistola automática de cañón largo. Con
mano vacilante apuntó al guerrero, sirviéndose de la mano que tenía libre para
urgir a los hombres a que se adelantasen.
«¡Escuadrón de lanzallamas!», graznó.
Cuando la película llegó a esta escena, parecía que ya no tenía saliva en la
boca, como no la había tampoco en la boca de Jazz.
En aquel momento el guerrero volvió a lanzarse hacia adelante, sólo que esta
vez no parecía tener intenciones de detenerse. Su manera de mirar y la forma
como amenazaba con su mortal guantelete hablaban con bastante elocuencia de
sus intenciones. Se oyó el ruido de botas al acercarse y unas cuantas figuras
oscurecieron los laterales de la pantalla; en ellos aparecían varios hombres que
avanzaban precipitadamente, pero Khuv no esperaba. Hasta él había olvidado sus
órdenes sobre el uso que había que hacer de las armas, sus palabras se habían
convertido en pura palabrería. Sostenía su pistola automática con manos
temblorosas y por dos veces disparó a bocajarro contra la amenazadora figura
humana, verdadera máquina de matar que avanzaba desde el otro lado.
El primer disparo alcanzó al guerrero en el hombro derecho, debajo de la
clavícula. Al tiempo que caía derribado hacia atrás apareció en su hombro una
mancha oscura semejante a una flor horrenda. Se quedó tumbado sobre los
tablones. Al parecer, no había conseguido alcanzarlo con el segundo disparo, pero
se sentó, se llevó la mano a su hombro herido y, sorprendido, se quedó
contemplando la sangre que manchaba su mano. Sin embargo parecía que el dolor
todavía no se había dejado sentir... cuando, un segundo más tarde, comenzó a
notarlo...
El alarido del guerrero no se parecía a ningún sonido humano, puesto que era
mucho más primitivo. Parecía venir de las cavernas que se pierden en la noche de
los tiempos, cavernas de un mundo lejano, más allá de extraños límites de espacio
y tiempo. Era tan espantoso y amedrentador como el hombre que lo profería.
Se habría abalanzado sobre Khuv y, de hecho, se agachó preparándose para
hacerlo, pero los tres lanzadores de llamas se le adelantaron. Los aparatos que
manejaban correspondían al tipo portátil, que un hombre puede llevar colgado de la
espalda. De todos modos, se trataba de un artilugio pesado, compuesto de un
depósito de combustible, montado sobre un carretón motorizado del que se
encargaba un hombre, mientras otro, a su lado, manejaba el lanzallamas. El tercer
miembro del escuadrón llevaba un gran escudo flexible de amianto, de hecho una
protección frágil contra el retroceso.
El hombre que había salido de la esfera, pese a estar herido, descargó el
arma de su guantelete contra el escudo de amianto y casi consiguió arrancarlo de
las manos de la persona que lo sostenía. Antes de retirar el guantelete, que parecía
haberse pegado al escudo, Khuv gritó: «¡Muéstrale el fuego! Pero muéstraselo
únicamente, ¡no le quemes!»
Estaban demasiado nerviosos, pero del aparato salió proyectada una
llamarada que lamió el costado del guerrero, lo que hizo que éste se pusiera a
gritar, presa de rabia y terror, y se diera media vuelta. Cuando el fuego se
extinguió, del costado del hombre seguían saliendo llamas químicas que le
quemaron la barba, las cejas y que, incluso, prendieron en el único mechón de pelo
que tenía en la cabeza.
En seguida comenzaron a formársele ampollas, mientras el hombre no dejaba
ni un momento de traducir en gritos sus sufrimientos e iba golpeando las llamas
con la mano izquierda. Súbitamente arrebató al soldado el escudo de amianto que
sostenía y lo arrojó contra el escuadrón. Antes de que los soldados tuvieran tiempo
de recuperarse del golpe, ardiendo, se volvió a la esfera blanca para encaminarse a
ella.
«¡Detenedlo!», gritó Khuv. «Disparad contra él... pero a las piernas. No dejéis
que se meta dentro...»
Al ponerse a disparar, vio que el cuerpo del hombre se estremecía y se
tambaleaba, mientras las balas se incrustaban en la parte trasera de sus muslos
desnudos y en la parte inferior de las piernas. Había alcanzado ya su objetivo
cuando un disparo afortunado le dio detrás de la rodilla derecha y consiguió
derribarlo en tierra. Ya estaba lo bastante cerca de la esfera para tratar de colarse
en ella, salvo que...
«¡Lo ha tumbado para atrás! Es como si hubiera tratado de introducirse por
una pared de ladrillo.»
En aquel instante, mientras contemplaba la película, Jazz comprendió —como
lo habían comprendido los que se encontraban presentes y cuantos la habían
visto— que la Puerta era una celada. Como el ascidio, dejaba penetrar en ella a sus
víctimas, pero les negaba la salida. Una vez atravesada, las criaturas
pertenecientes al mundo que había al otro lado de la misma debían quedarse en
éste, por lo que Jazz no pudo evitar preguntarse si le ocurriría lo mismo a una
persona que quisiera atravesarla desde este lado. Aunque difícilmente llegaría nadie
a descubrirlo.
«Ahora tendrá que volver y sin armar alboroto», dijo Khuv, que no cabía en sí
de gozo.
Así que cesó el tiroteo, Khuv bajó por la pasarela y se dirigió al escuadrón de
los lanzadores de llamas y se quedó detrás de ellos observando las lastimosas
payasadas que hacía el hombre que había aparecido por la Puerta. En aquel
momento Jazz sintió piedad de él, pero la verdad es que fue sólo un momento.
El hombre se sentó, se estremeció, perplejo, y extendió una mano hacia la
deslumbrante esfera de luz. La mano chocó con algo resistente y no pudo seguir
adelante. Se puso entonces de rodillas y volvió la cara a sus torturadores. Sus ojos
escarlata se abrieron de par en par y en ellos se reflejó su odio, lanzó un bufido y
escupió todo su desprecio a los de la pasarela. Pese a tener el cuerpo cubierto de
ampollas amarillas, que se reventaban y dejaban rezumar un líquido que le
resbalaba por el costado derecho, pese a estar herido y quizás indefenso, seguía
desafiándolos.
Khuv se adelantó y señaló el guantelete que llevaba el guerrero en la mano
derecha.
«¡Quítatelo», dijo acompañándose de gestos lo suficientemente gráficos para
que lo entendiera. «Quítatelo ahora mismo.»
El hombre se miró el guantelete y, por increíble que parezca, se puso de pie.
Khuv se hizo atrás y lo apuntó con el arma.
«¡Quítate eso de la mano!», le ordenó.
Pero el hombre de la esfera se limitó a sonreír. Contempló el arma de Khuv, el
lanzallamas cuya boca apuntaba directamente contra él, y sonrió torciendo la boca.
Era una expresión extraña, mezcla de triunfo, de ironía y hasta de tristeza o de
melancolía sardónica, pero no un signo de miedo.
«Wamphyri», dijo el hombre señalándose el pecho con el dedo y levantando
la cabeza con orgullo, después de lo cual, echándola para atrás, ululó nuevamente
la palabrita: «¡Wamphyri!»
Mientras los ecos de sus palabras se desvanecían lentamente, avanzó la cara
y volvió a clavar la mirada en los hombres que se encontraban en la pasarela, al
tiempo que con la expresión de su cara parecía decir: «¡Hacéis lo peor! No sois
nada ni sabéis nada.»
«¡El guantelete!», volvió a gritarle Khuv, indicándoselo con el dedo.
Y como para impresionarlo, disparó al aire, después de lo cual apuntó el arma
al corazón del guerrero. Sin embargo, éste aspiró una profunda y audible bocanada
de aire, después de lo cual lo soltó como en un jadeo.
De pie en la pasarela, balanceándose ligeramente de un lado a otro, el
hombre de la esfera abrió las mandíbulas desencajándolas hasta lo imposible. Tenía
una lengua hendida, escarlata, que asomaba por la caverna de su boca. Sus fauces
inmensas seguían abriéndose todavía más, se distendían visiblemente, emitiendo
un ruido como el que haría la vela de una barca al ser rasgada. Y como todo lo
demás estaba en el más absoluto silencio y el resto de la escena parecía haber
quedado congelado, la imagen y los sonidos que procedían de aquella metamorfosis
todavía resultaban más vividos.
Jazz retenía el aliento mientras observaba y, ahora, en su celda, volvía a
retenerlo recordando todo lo que había visto.
Los labios carnosos del guerrero se habían retraído hacia adentro, poniendo la
carne tan tirante que habían acabado por partirla, haciendo manar sangre por la
herida y poniendo al descubierto unas encías de color carmesí y unos dientes
puntiagudos como dientes de sierra, salpicados de sangre. No había nada que
pudiera parecerse tanto a las profundas fauces de un lobo como aquella boca... y el
resto de la cara era igualmente amedrentador, por no decir más. La nariz ancha y
aplastada todavía se había ensanchado más y en ella habían aparecido toda una
serie de crestas que la recorrían y que le daban la apariencia de la trompa
chupadora de un murciélago, con fosas nasales ovaladas y de un negro tan
resplandeciente que parecían pozos recubiertos de cuero negro. Las orejas, antes
planas y pegadas a la cabeza, se habían cubierto de manchas de pelo y habían
crecido apuntando hacia arriba y hacia fuera, formando una especie de conchas
carnosas cubiertas de venillas escarlata, que se movían nerviosamente. Su aspecto
recordaba cada vez más el de un murciélago. O quizás el de un demonio.
En aquella cara parecía escrita la palabra «infierno», reflejada en su
espeluznante expresión. Aquel rostro era en parte un murciélago, en parte un lobo,
pero evidentemente causaba horror. Con todo, el cambio todavía no se había
producido del todo.
Los ojos, antes pequeños y profundamente hundidos en la cara, habían
aumentado de tamaño hasta convertirse en sanguijuelas hartas de sangre.
Aparecían rojos y abultados en sus cuencas. En cuanto a los dientes..., parecían dar
un nuevo significado a la pesadilla, puesto que habían crecido y se habían curvado
sobre las laceradas encías de aquel ser extraño, transformándose en dagas de
hueso que habían herido su propia boca para alimentarse con su propia sangre. Los
dientes asomaban entre la sangre como los espantosos colmillos de algún carnívoro
primitivo.
En cuanto al resto del cuerpo, afortunadamente se había mantenido
antropomórfico, si bien la metamorfosis había hecho que su maltrecho tronco y sus
atropelladas piernas adquiriesen el brillo apagado del plomo, mientras todo su
cuerpo parecía vibrar como acometido por una increíble parálisis. Pero finalmente...
Finalmente había terminado. Sabiendo muy bien lo que se hacía, el hombre, o
la cosa aquella que había salido de la esfera, dio otro paso vacilante hacia adelante.
Y al mismo tiempo que daba un paso en dirección a Khuv, exclamó con voz
confusa: «¡Wamphyri!»
Khuv se había figurado que aquel ser era humano y apenas había tenido
tiempo de recuperarse de la sorpresa que le había producido su error. Los nervios,
las piernas, la voz... todo parecía fallarle. Habría sido fatal que en aquel momento
se sintiese mal, pero se recuperó para dar un paso atrás, fuera del alcance de aquel
ser, y gritar: «¡Asadlo vivo! ¡Acabad de una vez con ese monstruo hijo de puta!»
El hombre que sostenía la manguera no esperó a que dijera más; sin
necesidad de hacérselo repetir, se limitó a apretar el índice que tenía apoyado en el
gatillo. Un lengüetazo amarillo de fuego en el que anidaba una veta blanca y
cauterizadora salió por la boca y envolvió a aquel horror que había surgido de la
Puerta. Pasaron unos segundos que se hicieron larguísimos, el escuadrón cubrió
aquella cosa de fuego químico, aunque la cosa seguía de pie. Al fin se desplomó,
rendida ante el vómito de fuego, y pareció fundirse. Aquel ser había caído sentado.
«¡Alto!»
Khuv se había cubierto la cara con un pañuelo. Aquel río rugiente de fuego
todavía continuó durante uno o dos segundos, emitió un silbido antes de
consumirse y quedó apagado en su fuente. Pero el guerrero seguía ardiendo.
Estaba cubierto de llamas, que alcanzaban casi los dos metros por encima de su
cabeza, convertida ahora en una masa ovalada que iba derritiéndose lentamente y
que emitía un espantoso hedor. Jazz no había tenido ocasión de olerlo, pero estaba
convencido de que el olor que despedía debía ser repugnante.
Mientras las llamas iban ardiendo cada vez más bajas, crepitando, la forma se
hundía y se encogía al mismo tiempo que los jugos de su cuerpo burbujeaban al
hervir. Algo que podía ser un brazo largo y delgado se elevó de aquellos rescoldos
alquitranados, onduló como una cobra enferma entre nubes de humo, e inició unos
violentos temblores que no cesaron hasta que volvió a caer en la masa carbonizada
formada por los tablones de la pasarela.
«Otro chorro más», ordenó Khuv, provocando con ello una satisfacción al
escuadrón.
En breve espacio de tiempo se consiguió que no quedara nada.
La película había terminado y en la pantalla destellaban unas luces blancas,
pero Khuv y Jazz habían seguido sentados, mirando aquellas escenas que se habían
marcado con fuego en su memoria. Hasta después de oír el chasquido del rollo
vacío de película Khuv no se movió, pero a continuación se dirigió a apagar el
proyector y las luces.
Después... fueron a tomar otro trago. Pocas veces en la vida había tenido Jazz
ocasión de paladearlo más a gusto...
Mientras Michael J. Simmons estaba sentado en su litera pensando en todo lo
que había visto y oído, el latido del complejo fue reduciendo su ritmo
paulatinamente hasta adquirir una especial regularidad. Era de noche y hora de
dormir. Pero no todo el personal del Projekt ni las unidades complementarias se
disponían a dormir (por ejemplo, los que debían guardar la Puerta estaban muy
despiertos) y también aquella criatura que vivía en el complejo, un ser que ni era
humano ni pertenecía al mundo de los hombres y que seguramente tampoco debía
de dormir.
Eso era lo que pensaba su guardián, Vasily Agursky, sentado con la barbilla y
las hundidas mejillas en las palmas de sus manazas, observando al Encuentro Tres
a través de la gruesa pared de cristal del recipiente donde se encontraba. Agursky
era un hombre bajo que no superaba el metro sesenta, delgado, con los hombros
caídos y una cabeza de coronilla resplandeciente y puntiaguda que asomaba entre
los escasos cabellos grises y sucios que la cubrían como una especie de plumón.
Sus ojos, detrás de las gruesas lentes de sus gafas, parecían grandes y de un color
castaño claro que destacaba sobre la palidez de su rostro. Los tenía ribeteados de
rojo y se movían bajo unas cejas finas pero expresivas. Tenía labios finos y unas
orejas grandes que le daban un curioso aspecto de gnomo si bien, por paradójico
que parezca, no tenían nada de cómico.
La luz roja de la sala donde estaba la cosa estaba muy atenuada para no
asustarla ni obligarla a que se refugiara debajo de la arena. La cosa conocía a
Agursky y rara vez se excitaba en su presencia. Mientras él permanecía sentado
observándola, con sus delgadas piernas a horcajadas sobre una silla de acero y los
codos apoyados en el respaldo, la cosa se extendió en el suelo del recipiente como
si también lo estuviera observando. En aquel momento tenía el aspecto de un
sanguijuela y cara de roedor. Un seudópodo que hubiera brotado de algún lugar
situado a la izquierda. Se movía lentamente como una estrella de mar, examinando
con sus patas, cada una por su cuenta, los guijarros y los granos de arena y
descartándolos después de examinados. El único y rudimentario ojo del seudópodo
estaba abierto y miraba sin parpadear.
Estaba hambriento, y Agursky, incapaz de dormir pese a la media botella de
vodka de la que había dado buena cuenta, decidió bajar para darle de comer. Lo
que encontró extraño (una cosa extraña más entre tantas cosas extrañas),
últimamente había podido darse cuenta, era que las costumbres de aquel ser
comenzaban a afectarlo. Si lo veía inquieto, también él lo estaba. Y lo mismo le
ocurría cuando lo veía hambriento. Esta noche, y eso que había comido bien
durante el día, notaba que tenía hambre, cosa que le hizo pensar que también a
aquella criatura debía de pasarle lo mismo. En realidad no le tocaba comer, ni
parecía necesitarlo, pero sabía que le apetecería. Restos de la cocina, sangre de
animales, pellejos, pezuñas, ojos, sesos, tripas..., esas cosas que los hombres
desechan. Todo era aprovechable. Una vez picado, todo pasaba por aquel tubo que
utilizaba para darle de comer, y la cosa lo devoraba todo sin dejar nada.
—¿Qué clase de cosa eres? —preguntó Agursky a la criatura, probablemente
por milésima vez desde que estaba bajo su cuidado.
Era realmente decepcionante no saberlo, aunque si había alguien que pudiera
dar una respuesta, éste tendría que ser el propio Agursky. La zoología y la
psicología eran los campos que constituían su especialidad. Lo habían mandado
llamar especialmente para estudiar a aquella cosa y descubrir su naturaleza.
Después de permanecer un mes aproximadamente trabajando en el caso, habían
acudido otros científicos, supuestamente más cualificados que él, para ayudarlo en
sus investigaciones. Daba la impresión de que Agursky había fracasado. Sin
embargo, tras considerar las circunstancias y estudiar sus notas, se habían tenido
que marchar moviendo la cabeza desengañados. Y él se había quedado solo para
ver de seguir adelante. Pero ¿qué era lo que había de seguir? Conocía a aquella
criatura tan bien como pudiera conocerla cualquiera, pero a pesar de ello no sabía
cómo clasificarla.
Su sangre era parecida a la de todas las miríadas de animales que pueblan la
Tierra, aunque se diferenciaba lo suficiente de ella para poder afirmar que no era
igual. En la escala de la inteligencia, no podía considerársele un animal superior —
no podía compararse con el hombre, el delfín, los cánidos o las abejas— y sin
embargo tenía como una especie de astucia inteligente. Sus ojos, por ejemplo,
hipnotizaban con la mirada. De vez en cuando tenía que dejar de mirar a aquel ser
y desviar la vista a otro lado, porque sentía como que se quedaba dormido. De
hecho, ya se había dormido en varias ocasiones, e invariablemente, en estos casos,
las pesadillas lo despertaban y se encontraba pronunciando palabras inconexas.
Podía aprender, pero se resistía. Sabía, por ejemplo, que cuando su guardián
le mostraba una tarjeta blanca, a continuación le daba de comer. Y también que
una tarjeta negra significaba que corría peligro de recibir una descarga eléctrica. Le
había costado aprender que una tarjeta negra y otra blanca significaban, cuando
estaban juntas, que no debía tocar la comida hasta que fuera retirada la tarjeta
negra. Sin embargo, la aparición de las dos tarjetas juntas le volvía furioso. Cuando
había comida, no le gustaba que se la negasen ni que lo amenazaran. Éstas eran
unas cuantas de las pocas cosas que Agursky había aprendido sobre la criatura, si
bien, al mirarla, tenía la desagradable sensación de que aquella cosa sabía mucho
más acerca de él. Conocía su espantosa capacidad de odio... y sabía a quién
odiaba.
—¡Es hora de comer! —dijo a la cosa—. Voy a echarte una porquería
asquerosa y putrefacta y tú te la vas a zampar como si fuera la leche de tu madre,
como si fuera miel de un panal de abejas... ¡Bicho repugnante!
No hay duda de que hubiera preferido una o dos ratas blancas vivas, pero el
solo hecho de imaginarlo poblaba de pesadillas la cabeza de Agursky. Había algo
que también sabía de la cosa; que aunque se alimentara de sangre coagulada, en
realidad prefería perforar una arteria y tomarla todavía palpitante, es decir, que era
un vampiro.
Cuando Agursky se puso de pie para empezar a preparar el aparato
dispensador de comida, se acordó de la primera vez que dio a la cosa una rata viva.
Había hecho falta drogarla primero y dejar que se durmiera. Para conseguirlo había
bastado con darle una pequeña cantidad de sangre con una dosis masiva de un
tranquilizante. Así que la cosa empezó a dar muestras de sufrir los efectos del
somnífero y se retiró a dormir bajo la arena, entonces él retiró los dispositivos de
seguridad que afianzaban la tapadera y metió en el interior del tanque a la
bulliciosa ratita. Tres horas más tarde (período de tiempo extremadamente corto
considerada la dosis de la droga), la cosa recuperó la conciencia y se asomó a la
superficie para ver qué pasaba.
La rata no tenía escapatoria. Por supuesto que se había defendido como
puede defenderse una rata cuando se ve acorralada en un rincón, pero le sirvió de
muy poco. El vampiro la inmovilizó, la mordió en el cuello y le sorbió toda la
sangre. Para hacerlo, le formó en el cuello un par de tubos carnosos y finos como
una aguja, verdaderos sifones que deslizaba en los vasos seccionados de la rata.
El «banquete» duró tan sólo uno o dos minutos y aquélla era la vez que
Agursky vio a la criatura alimentarse con mayor avidez. Posteriormente, de vez en
cuando la cosa adoptaba ciertas características propias de los roedores, cosa que su
guardián atribuía a haberlas «aprendido» de la criatura devorada. Y al decir
«devorada» no empleamos una palabra demasiado fuerte, puesto que después de
chupar la sangre de la rata, la criatura consumió su piel, sus huesos e incluso el
rabo.
Aquélla y otras comidas de alimento vivo que Agursky le sirvió, lo indujeron a
sacar varias conclusiones que, sin embargo, todavía no había tenido ocasión de
comprobar. El Encuentro Uno había sido con un vampiro. Por lo menos se trataba
de un carnívoro, si no de un vampiro. Antes de que escapara del complejo, se le
había visto devorar a varios hombres. El ser del Encuentro Dos, un lobo, también
era un depredador, un animal que se alimentaba de carne. El cuarto fue un
murciélago y, más específicamente, un murciélago vampiro. Y el quinto se había
declarado wamphyri. ¿Había algo en aquel mundo que estaba al otro lado de la
Puerta que no tuviera que ver con los vampiros o que no fuera carnívoro? La
conclusión de Agursky fue que no le habría importado visitar aquel mundo para
poder describirlo de primera mano.
Otra de sus reflexiones o de sus divagaciones, que habrían podido llevar a
varias conclusiones impensables, era que tres de los cinco encuentros —las cinco
incursiones del más allá— habían sido con seres de forma cambiante, criaturas no
vinculadas a una forma específica.
La cosa del tanque, tras examinar y comerse una rata, estaba en condiciones
de asumir de manera imperfecta la identidad de un roedor. ¿Sería capaz de emular
a un hombre? Esto, a su vez, conducía a otra pregunta: ¿sería el guerrero
wamphyri un hombre dotado de la facultad de cambiar de forma, o era otra cosa
que imitaba a un hombre?
Pensamientos y preguntas morbosas como éstas habían empujado a Agursky
a la bebida. El solo hecho de volver a reflexionar en ellas le hacía desear que ojalá
ahora dispusiera de una botella. Pero se daba el caso de que ahora no la tenía.
Cuanto antes terminara con aquel asunto, más pronto podría volver a su cuarto y
echar un buen trago antes de meterse en la cama.
Junto a la puerta había un carrito de ruedas con el alimento de la criatura
metido en un contenedor provisto de tapadera. El contenedor estaba colgado de un
gancho a una bomba eléctrica. Agursky acercó el carrito al tanque y lo enchufó a la
corriente. Acopló la salida del contenedor al tubo dispensador situado en la pared
extrema del tanque, hizo girar las válvulas del contenedor y del tanque dejándolas
en posición de apertura y puso en marcha el motor. Aquel motor eléctrico era de
una eficiencia máxima. Primero hubo un chasquido, después se oyó un gorgoteo e
inmediatamente comenzaron a fluir una serie de líquidos viscosos.
Mientras trabajaba, Agursky se dio cuenta de que la cosa lo estaba
observando. Era curioso que lo mirase a él y no al dispensador de comida, es decir,
que permaneciese en la misma postura en que se había quedado. Lo único que se
desplazaban eran sus ojos, que iban siguiendo sus movimientos. Agursky estaba
desconcertado. Caían dentro del tanque gruesos grumos de color rojo oscuro,
mezclados con un flujo de sangre medio coagulada, que salían en esporádicos
chorretones y que quedaban sobre la arena formando un montón de visceras en un
extremo del cubil. Pero la cosa ni se movía.
Agursky frunció el entrecejo. Aquella criatura era capaz de consumir una
cantidad de comida igual a la mitad de su peso y hacía cuatro días que no comía.
¿Estaría enferma? ¿Funcionaría debidamente la entrada de aire? ¿Qué diablos
estaba ocurriendo?
Volvió a su silla y se sentó como antes, con los brazos doblados en el respaldo
y la barbilla reposando en el dorso de la mano izquierda. La criatura lo observaba
con unos ojos que ahora parecían casi humanos. Su rostro en estos momentos
había perdido mucha de su identidad de roedor y había adquirido unos rasgos que
se aproximaban mucho a los humanos. Aquel cuerpo parecido a un saco que tanto
recordaba al de una sanguijuela se había alargado, había perdido su coloración
oscura y todas las rugosidades que lo cubrían. Le estaban saliendo piernas... y
brazos... ¿y eso otro?, ¿eran pechos?
—¿Cómo? —murmuró Agursky, apretando los clientes—. ¿Qué...?
El miembro espurio con el que solía examinar las piedras se había encogido y
retirado en la enorme masa del cuerpo. Era un cuerpo prácticamente humano, por
lo menos en cuanto a su forma. Ahora parecía una muchacha e incluso tenía la
cabellera de una muchacha. Sin embargo, en la cabeza de la criatura, aquella mata
de pelo era áspera y sin brillo, como la falsa cabellera de una muñeca barata. Los
pechos eran meros bultos sin pezones, como pálidos amasijos de carne pegados al
tórax de un hombre. Las dimensiones tampoco correspondían a la realidad, puesto
que tenía unas dimensiones semejantes a las de un perro grande, lo que sólo podía
equivaler a una mujer muy bajita.
A medida que iban pasando los minutos, la expresión del rostro de Agursky
iba reflejando el asco que le inspiraba aquel ser. Estaba intentando parecerse a una
mujer, pero sólo se convertía en una imitación que parecía una pesadilla. Las
manos ahora adquirían la forma de meros apéndices que se asemejaban a las
manos humanas, si bien los dedos, excesivamente delgados, tenían unas uñas
extremadamente largas y eran de un color rojo brillante. Lo peor de todo era que
los pies también eran manos. Aquella criatura no sabía distinguir. En este punto, el
rostro idiota y bobalicón de la cosa sonrió a Agursky y súbitamente recordó dónde
había visto antes aquella sonrisa.
¡Eran la cara y la sonrisa, e incluso el cabello, de aquella mujerzuela sedienta
de sexo que se llamaba Klara Orlova, una científica especializada en física teórica,
larguirucha como una escoba, que estaba fascinada por la criatura y que, de vez en
cuando, la visitaba para poder admirarla! La cosa había visto su cara, sus manos de
uñas pintadas, las redondeces de su busto, que se cubría con una blusa
desabotonada hasta bastante abajo para dar dentera a los soldados... Pero la cosa
no sabía nada de pezones, ni tampoco le había visto los pies, por lo que había dado
por sentado que tenían que ser igual que las manos.
Agursky se contuvo: no, no por esto iba a atribuirle inteligencia, puesto que
ya sabía que no se trataba de un ser especialmente despierto. Su mímica era como
un parloteo sin sentido, aunque parecido al humano, como el del loro, o como el
mono que se pone gafas para «leer» un libro. De hecho, ni siquiera era eso, ya que
en ese caso se trataba de puro instinto. Era como el cambio de color del camaleón
o, mejor aún, el control de color del camaleón más la elasticidad del pulpo.
Mientras pensaba en esto, se fijó en que la cosa había limado ciertas
imperfecciones. La tonalidad de la piel era mucho más normal, como también el
arco de la boca que parecía pintada. Pese a todo, la nariz seguía siendo fea y
extraña, cubierta de rugosidades, de circunvoluciones temblorosas... En su
ambiente natural (dondequiera que se encontrase), su sentido del olfato constituía
el instrumento más importante para asegurar su supervivencia; cambiar la forma
de aquel órgano equivaldría a degradar drásticamente su función. En cualquier
caso, la imagen final que presentaba, aunque resultase errónea y grotesca, ¿tenía
algo de tentadora?
¿Pero de qué tentación se trataba?
Súbitamente Agursky se sintió indignado. ¿Acaso aquella maldita sabandija
devoradora de carne se había propuesto seducirlo?
—¡Condenada! ¡Eso es!, ¿verdad? —exclamó poniéndose de pie—. Estás al
corriente de la diferencia que existe entre nosotros... o por lo menos la intuyes. ¡Y
te gustaría sacar partido de ella! Te figuras que me mostraría más condescendiente
con mi extraña putita chupadora de sangre si se me antojaba hacer el amor con
ella, ¿verdad? Pues mira... ¡te has equivocado de hombre!
Igual que un gato juguetón, la cosa se tumbó en el suelo, se colocó patas
arriba e irguió sus pálidos e inútiles pechos como ofreciéndoselos. No tenía ombligo
en el vientre, pero un poco más abajo del lugar que correspondía al ombligo había
un tubo carnoso y palpitante que se prolongaba como una protuberancia y que
seguramente equivalía a la idea que se hacía de la vulva de una mujer. Aquellas
insinuaciones de carácter sexual pusieron a Agursky lívido de rabia. ¡La cosa estaba
intentando seducirlo! Sacándose una tarjeta negra del bolsillo del guardapolvo, la
mostró a la cosa, que seguía sonriéndole y haciendo muecas.
—¿Has visto esto, monstruosidad que ni siquiera conoces a tu madre?
¿Quieres bailar un ratito? Esto ya no te gusta tanto, ¿verdad?
Palabras, sólo palabras, y la criatura lo sabía. Sus ojos límpidos miraban a
través del vidrio a uno y otro lado de la sala, pero Agursky no había traído consigo
la caja de las sacudidas eléctricas. Se sentía impotente para dar realidad a sus
amenazas.
Aquel potingue rojizo y gorgoteante seguía saliendo del tubo dispensador y
amontonándose en el recipiente. El contenedor ya estaba casi lleno, pero la cosa
parecía no sentirse tentada a iniciar el banquete. Pero ahora, mientras Agursky,
tembloroso, volvía a ocupar su asiento, un río de la papilla escarlata salió del
montón de carne y, describiendo un camino en zigzag, llegó hasta el lugar donde se
encontraba la criatura y le tocó el costado. La metamorfosis que se operó en ella
fue instantánea.
Torció el cuello en un ángulo imposible para que su rostro casi humano
pudiera ver la sangre que sentía resbalar por su costado. Nuevamente volvió el
rostro y entonces Agursky pudo observar que sus ojos habían adquirido la
coloración de la sangre que acababa de mirar. Aquellos ojos parecían escupir fuego.
Aquella grotesca imitación de una cara comenzó a desleírse y a cobrar otras
características, otra forma. La boca se ensanchó hasta abarcar casi la cara entera,
se abrió desmesuradamente para mostrar su cavernosa abertura en la que se
alineaban unos dientes curvados y finos como agujas y donde había una garganta
roja que llegaba hasta allí donde Agursky podía mirar. En ella vibraba la lengua
bífida de una serpiente, cuyas puntas entraban y salían a través de los labios
ensangrentados de la cosa.
—¡Así me gusta! —exclamó Agursky, con la impresión de haber conseguido
una victoria—. Como te ha fallado el plan, muéstrate como eres en realidad.
El contacto con aquella pulpa enrojecida y sanguinolenta despertó el hambre
de la cosa y le arrancó la máscara del rostro. Cuando se encontraba frente a
necesidades urgentes, se sentía incapaz de llevar adelante el engaño. Salvo que...
a pesar de todo el tiempo que había pasado con aquella criatura, Agursky jamás
había tenido ocasión de verla como ahora. Su comida estaba allí y aquella cosa que
había venido del otro lado de la Puerta lo sabía, pero se había despertado algo más
que hambre y sed de sangre. Nuevamente el científico se preguntó si estaría
enferma, si estaría sufriendo. Y si era así, ¿qué le pasaba?
Como si la vibración de la lengua no hubiera sido más que el comienzo, el
catalizador, ahora todo el cuerpo empezaba a temblar. La palidez humana de su
protoplasma —ya que a Agursky le costaba pensar que aquella cosa tenía un
cuerpo de carne— estaba adquiriendo un tono pizarroso, como leproso, mientras
por todas partes le aparecían mechones de pelo áspero. Sus miembros iban
retrayéndose, volvían a formar parte de su masa y en la totalidad de la misma se
notaban vibraciones regulares, sísmicas, espasmódicas.
Al contemplar aquella escena —fascinado contra su voluntad hasta el punto de
no poder apartar de ella los ojos— los labios de Agursky se retrajeron de sus
dientes amarillentos en una silenciosa mueca de asco. ¡Dios santo! Aquella cosa
parecía una inmensa y morbosa placenta... una placenta con cabeza.
Pero los ojos carmesíes seguían clavados en él y, como a él le resultaba
imposible dejar de observarla, vio que la cosa arrollaba para atrás su lengua bífida
hasta retirarla al fondo de la garganta. Sus espasmos se convirtieron en arcadas
hasta que, finalmente, la criatura expulsó nuevamente la lengua y la hizo visible.
En equilibrio sobre las puntas ligeramente curvadas hacia arriba de su lengua había
una esfera temblorosa, parecida a una perla de empañado brillo, más o menos del
tamaño de una canica.
Agursky se levantó al momento, se acercó al recipiente, se agachó y se quedó
mirando el extraño objeto en forma de bola, aparentemente dura, que la criatura
sostenía con la lengua. Fuera lo que fuese, era algo vivo. Su superficie estaba
recubierta de una película perlácea, si bien a Agursky le pareció ver varias hileras
de cilios que aleteaban en torno a su superficie, haciendo girar verticalmente la
esfera sobre su eje, tal como se encontraba depositada sobre la lengua.
—¿Y ahora qué...? —comenzó a decir.
Pero en aquel mismo momento la criatura echó la cabeza hacia adelante, su
lengua se desdobló y proyectó la esfera perlácea directamente a la cara del
científico.
Agursky retrocedió automáticamente y se alejó. La reacción era ridicula, ya
que la criatura no podía hacerle ningún daño mientras el grueso vidrio siguiese
separándolos. Allí era donde había ido a parar aquel objeto reluciente y donde se
había quedado, aplastado contra el cristal. Pero aunque Agursky se levantó y se
sacudió nerviosamente la ropa, pudo darse cuenta de que la esfera se movía.
Se deslizaba por la pared interna del recipiente y durante un breve espacio de
tiempo descansó sobre la arena y las piedras cubiertas de sangre. Recobró su
forma esférica y se quedó flotando como una burbuja sobre la película que se había
formado en la sangre. Después, ayudándose con sus miríadas de aleteantes cilios,
se dio impulso y siguió con celeridad la corriente hasta su origen, situado debajo
del tubo dispensador. A continuación ocurrió un hecho sorprendente.
Como una pelota de ping-pong que se encaramara por un surtidor, aquel
esferoide subió por el último goterón sanguinolento que salía del tubo y desapareció
en su interior. Con el entrecejo fruncido y la boca ligeramente entreabierta,
Agursky se acercó a la parte del recipiente. Las válvulas seguían abiertas,
naturalmente, y pensó que habría sido formidable poder aislar aquella cosa... ¿tal
vez un parásito? ¿Era eso en realidad? ¿Era un organismo parasitario instalado en
el cuerpo de otro ser? Quizá, pero...
Agursky sentía bullir en la cabeza toda suerte de ideas y de palabras. El
mismo había comparado a la criatura con una placenta unos momentos antes de
que expulsara aquello. A lo mejor no había estado tan desencaminado al hacer
aquella comparación. Daba la impresión de que la criatura experimentaba una
especie de cataplasia, una reversión de sus células y tejidos en dirección a una
forma más primitiva, casi embrionaria. Placenta, cataplasia, embrión...
¿protoplasma?
¿Huevo?
Agursky cerró las válvulas y desconectó la bomba, empujó el carretón para
acercarlo y levantó la pesada tapadera del contenedor de alimento. En el interior,
en el fondo del contenedor y exactamente en el centro, flotando sobre una capa de
sangre entre grumos de cartílagos sanguinolentos y restos imposibles de identificar,
la esfera perlácea rodó con un movimiento casi imperceptible de los cilios. Agursky
clavó en ella los ojos y movió la cabeza con aire desorientado.
En un momento de descuido, fascinado por lo que veía y olvidándose de lo
que hacía, metió la mano en el contenedor y rozó con el índice de la mano derecha
aquella cosa extraña. En el momento en que lo hacía tuvo conciencia de lo
desatinado de su proceder, pero ya era demasiado tarde para rectificar.
El esferoide se volvió rojo como la sangre en el mismísimo instante y subió
por la mano del hombre introduciéndose debajo del puño de su bata blanca de
laboratorio. Agursky lanzó un grito de angustia, se enderezó retrocediendo, como
tratando de apartarse del carrito. Sentía que el esferoide, un cuerpo extrañamente
húmedo, le iba subiendo por el antebrazo, se trasladaba rápidamente hacia arriba y
llegaba al hombro. No había tardado nada en llegarle al cuello y en asomar por
debajo de la camisa. Pegando saltos como si hubiera enloquecido, comenzó a lanzar
imprecaciones y a tratar de sacudirse de encima aquello y, al sentir la humedad en
la palma de la mano, creyó por un instante que lo había aplastado. Pero en seguida
se dio cuenta de que lo tenía en la nuca.
¡Allí era exactamente donde aquello quería estar! El huevo vampiro penetró
como azogue a través de la piel de Agursky y se instaló en su columna vertebral.
Sintió un dolor fuerte en el cuerpo, en los miembros y en el cerebro. Presa de
una reacción extraña, como si acabara de tocar un cable por el que pasara la
corriente, se puso a saltar como un loco. Se dio un golpe contra la pared, se alejó
de ella mareado y tambaleándose y al final cayó de rodillas. Como pudo, se esforzó
por ponerse de pie y atravesó la habitación inmerso en un mar de dolor. Tenía que
hacer algo, pero aquello era odioso... intolerable...
Sentía en su cerebro como rojos cohetes que estallaban y se lo cauterizaban.
Alguien o algo estaba echando gota a gota un ácido en sus terminaciones
nerviosas, que sentía en carne viva como si se las acabaran de sajar. Agursky lanzó
un grito y, mientras el mundo entero se tornaba carmesí, descubrió la única
salvación posible: el negro botón de alarma metido en la caja de vidrio con marco
rojo que tenía en la pared.
Aunque sintió que iba a desmayarse, todavía pudo reunir la fuerza suficiente
para abrir de un puñetazo la caja de vidrio...

Capítulo 6
Harry Keogh, practicante de necroscopia
Harry, sentado a la orilla del río, hablaba con su madre. Se figuraba estar solo
y que nadie le veía, pero no había diferencia. Nadie tendría nada que decir si
hubiera visto a un ermitaño loco que hablaba consigo mismo, sentado al borde del
río. Sospechaba que había bastantes personas en la localidad que lo consideraban
así, un anacoreta excéntrico, una persona a la que había que tratar con cautela,
pero en realidad inofensiva. Lo sospechaba, pero la verdad es que no le importaba
demasiado. De haber estado en el sitio de ellos, probablemente habría opinado lo
mismo.
De hecho, a veces le habría gustado estar en su lugar, ser una persona
normal, una de esas personas corrientes que cuidan el jardín, una persona del
montón. Homo sapiens con una vida normal. Pero la verdad es que no estaba en el
sitio de ellos, sino en el suyo, que difícilmente habría podido calificarse de normal.
Practicaba la necroscopia y, que él supiera, era el único que quedaba en el mundo
que la practicase. Habría habido otro, su hijo, pero su hijo Harry ya no estaba en
este mundo y, si estaba, Harry no sabía dónde.
Harry miró entre sus rodillas, las piernas colgaban balanceándose, y
contempló su cara reflejada en la superficie del agua. Vio cómo su rostro
inexpresivo adoptaba un ademán cínico. ¿Por qué la designaba como su cara? Para
complicar todavía más las cosas, no era su cara. O tal vez sí lo era ahora... porque
en realidad, en otro tiempo había sido la cara de Alec Kyle, antiguo jefe de la
Rama-E británica. Pero Harry también tenía la impresión de verse a sí mismo, el
Harry Keogh que había sido en otro tiempo, sobrepuesto al rostro del extraño,
creando una máscara combinada que en realidad no tenía nada de extraña. Por lo
menos ahora había dejado de serlo para él. Le había costado ocho largos años
acostumbrarse. Ocho años de levantarse por las mañanas y de mirarse al espejo
con horror pensando: «¡Dios mío!, ¿y éste quién es?» Hasta que al final la pregunta
se había convertido en algo puramente mecánico. Ahora sabía quién era: era él, por
lo menos mentalmente, ya que no en el cuerpo.
¿Harry?, le gritó de pronto, ansiosa, la voz de su madre imponiéndose a su
paradoja mental. Sabes muy bien que no tendrías que preocuparte por esa clase de
cosas. Esa parte de tu vida ha terminado, es agua pasada. Te llamaron para que
hicieras un trabajo y lo hiciste. Hiciste más de lo que habría hecho nadie. Y pese a
todos los...., los cambios, bueno, tú sabes que sigues siendo tú.
—Pero en el cuerpo de otro hombre —contestó él, irónico.
Alec estaba muerto, Harry, le dijo en un exabrupto, puesto que no había otra
forma de decírselo. Estaba peor que muerto, de su mente no quedaba nada... ni de
su mente ni de su alma. De todos modos, tampoco podías elegir.
Los pensamientos de Harry, espoleados por las palabras de su madre,
retrocedieron en el tiempo, a ocho años atrás:
Alec Kyle realizaba una misión en Rumania: destruir los restos de un vampiro
humano sobre el terreno. Thibor Ferenczy había muerto, pero parte de su cuerpo
había quedado en la tierra para contaminarla y para contaminar a todo aquel que
se encontrara cerca. Kyle cumplió con su cometido, quemó la cosa y ya estaba a
punto de regresar a Inglaterra cuando los «espers» soviéticos lo detuvieron. Tras
llevarlo en avión a Rusia, al château Bronnitsy, el entonces cuartel general de la
Rama-E soviética, fue sometido a un método particularmente espantoso de lavado
de cerebro. Le secaron el cerebro por un procedimiento electrónico, vaciándoselo
literalmente. Todo lo que sabía. No se trató de aplicar luces blancas deslumbrantes,
manguera de goma, suero de la verdad ni cosas por el estilo. Extrajeron el
contenido de su mente mediante un procedimiento violento, de hecho innecesario,
como si le hubieran sacado una muela buena y la hubieran arrojado a cualquier
parte. Entretanto, los expertos soviéticos en telepatía se habían hecho con aquello
que les interesaba, los secretos de sus enemigos, los «espers» británicos. Cuando
terminaron con Kyle, éste todavía estaba vivo, lo habían mantenido con vida, pero
tenía el cerebro completamente vacío, muerto. Privado de lo que sustentaba su
vida, también su cuerpo acabaría por morir. Esta había sido la intención de sus
torturadores: dejarlo morir y abandonar su cuerpo en Berlín Occidental. En todo el
mundo no habría habido ningún patólogo capaz de afirmar con absoluta seguridad
de qué había muerto.
Éste era el guión. Pero mientras Alec Kyle había sido un pellejo, una vaina,
una mente vacía en un cuerpo vivo, el que entonces era Harry Keogh era
únicamente una fuerza mental. Un ser incorpóreo, un habitante del continuo de
Möbius que carecía de cuerpo. Harry había buscado a Kyle, lo había encontrado y
todo el resto puede decirse que casi había escapado a su control. La naturaleza
aborrece el vacío, tanto en el mundo físico como en el metafísico. El universo
normal era inútil para un ser incorpóreo y el cerebro de Kyle sufría un lamentable
vacío. Así fue como la mente de Harry pasó a identificarse con el cuerpo de Kyle.
Desde entonces... ¡cuántas cosas habían ocurrido desde entonces!
Harry se obligó a desenfurruñar el ceño y clavar con mas ahínco la mirada en
su imagen, reflejada en la calma del agua del río. Sus cabellos (¿o serían los de
Alec?) tenían un color castaño rojizo, eran abundantes y, naturalmente, ondulados;
sin embargo, durante los últimos ocho años habían perdido buena parte de su brillo
y habían comenzado a aparecer gran abundancia de cabellos blancos. No pasaría
mucho tiempo antes de que el gris predominase sobre el castaño, y eso que Harry
todavía no había cumplido los treinta años. Tenía los ojos también castaños, de un
color parecido al de la miel, muy grandes, muy inteligentes y, cosa que resultaba
extraña por demás, muy inocentes. Incluso ahora, pese a todo lo que había visto,
experimentado y sabido, seguían siendo inocentes. Podría decirse que los ojos de
algunos asesinos tenían aquel mismo aspecto, si bien en el caso de Harry aquella
inocencia era auténtica. Él no había pedido ser lo que era, ni solicitado tampoco
hacer las cosas que había hecho.
Tenía una dentadura fuerte, no demasiado blanca y algo irregular, aunque la
boca era excepcionalmente sensible a pesar de que en ocasiones también era cruel
y cáustica. Tenía una frente ancha, en la que de vez en cuando había descubierto
pecas. El viejo Harry tenía pecas, pero eso era antes.
En cuanto al resto del cuerpo de Harry, en otro tiempo había sido un hombre
más bien entrado en carnes, incluso algo gordo, detalle que no contaba mucho
debido a su estatura. Al menos no contaba para Alec Kyle, cuyo trabajo con la
Rama-E había sido en gran parte sedentario. Pero le había importado a Harry.
Había entrenado su nuevo cuerpo y lo había puesto en forma. No había quedado
mal para ser un cuerpo de cuarenta años, aunque habría sido mejor tener sólo
treinta, la edad del propio Harry.
Ya vuelves a andar a la greña con tu persona, ¿verdad, Harry?, le dijo su
madre. ¿Qué te preocupa ahora, hijo? ¿Sigue siendo Brenda? ¿Y el pequeño Harry?
—De nada serviría negarlo —contestó él, malhumorado, encogiéndose de
hombros con gesto irritado—. Tú no lo conociste, ¿verdad? Él también habría
hablado contigo, ya lo sabes. Pero yo... todavía no puedo llegar a superarlo. Una
cosa es perder una persona... o incluso dos personas..., y otra muy distinta no
saber por qué. Por lo menos habría podido decirme a qué sitio se la llevaba, me
podría haber explicado sus razones. Después de todo, yo no tengo ninguna culpa de
que ella fuera como era..., ¿no crees? O quizá sí tengo la culpa... —Otra vez volvió
a encogerse de hombros antes de decir—: Ya no sé qué pensar...
Su madre ya había oído todas estas cosas otras veces, sabía qué quería decir,
comprendía íntimamente aquellas vagas expresiones y aquellas palabras suyas,
incluso comprendía aquel tono de voz. Aunque en realidad no había ninguna
necesidad, generalmente él le hablaba en voz alta. No habría tenido necesidad
porque él era un necroscopio (mejor dicho, él era el necroscopio, el hombre que se
comunica con los muertos) y ella estaba muerta, había muerto cuando Harry
todavía era muy niño. Estaba allá abajo desde hacía más de veintisiete años, entre
el fango y los hierbajos del río, asesinada por el padrastro de Harry. Aunque el
traidor ahora también estaba con ella, en el sitio donde lo había dejado Harry,
aunque él hacía mucho tiempo que había dejado de hablar con nadie.
¿Por qué no miras las cosas desde el punto de vista de ellos?, le dijo su
madre, muy sensata. Brenda lo pasó muy mal, considerando que es una chica de
pueblo. Quizá lo que ella quería... era simplemente alejarse por un tiempo de todo
esto... a lo menos por un tiempo...
—Sí, ocho años, ¿verdad?
En la voz de Harry se advertía una cierta inseguridad.
Sí, claro, pero una vez rota la relación, resulta que descubrió que era más
feliz, dijo su madre, procurando mostrarse diplomática, y como él se dio cuenta de
que era más feliz, por eso decidieron no volver. Después de todo lo que se hizo y lo
que se dijo, tu preocupación principal tendría que ser su felicidad, ¿no lo entiendes,
Harry? Y tú tendrías que ser el primero en admitir que tú no eras el hombre con
quien ella se casó. Bueno, no eras exactamente el mismo. ¡Oh!
Se la imaginaba llevándose la mano a la boca, aun sabiendo que su madre ya
no tenía ninguna de esas dos cosas. Por desgracia, acababa de dar un traspié
tratando de exponer sus argumentos diciendo no sólo lo que ella pensaba sino
también lo que pensaba él.
Me refería a que...
—Sí —dijo él reprimiendo un sollozo—, sé perfectamente a qué te refieres. Y
además tienes toda la razón... hasta cierto punto.
De todos modos, como su madre había tratado de ser diplomática, ese punto
no estaba desacertado. Y Harry lo sabía.
Lo que había ocurrido ocho años atrás era lo siguiente:
En el continuo de Möbius Harry había descubierto por azar los elementos de
una insidiosa intriga que se desarrollaba en el mundo terrenal. El vampiro Thibor
Ferenczy había puesto en marcha una metamorfosis gradual en un niño que todavía
no había nacido: había contaminado físicamente (y no sólo físicamente, sino
también espiritualmente) a una mujer a punto de ser madre, una mujer inocente
que nada sospechaba, consiguiendo que se transmitiera al feto algo de sí mismo.
Ahora aquel niño se había convertido en un joven, Yulian Bodescu, y al
desarrollarse su potencial para el mal había vencido sus rasgos humanos y
humanitarios, consiguiendo que predominara en 61 el aspecto monstruoso del
vampiro.
La función de la Rama-E británica había tenido una doble misión: localizar y
destruir lo que pudiera quedar de influencias vampírícas (especialmente lo que
quedaba de Thibor) en la URSS y países satélites y asegurar de esta forma que
nunca más volvería a producirse el «caso Bodescu»; y, por otra parte, eliminar al
propio Yulian Bodescu, a través del cuál Thibor había decidido aterrorizar
nuevamente al mundo.
Pero Bodescu había descubierto los manejos de la Rama-E y sus artimañas
para deshacerse de él, por lo que dirigió sus terribles poderes vampíricos y su furia
fría y cruel contra ella. Su principal adversario en la Rama era el incorpóreo Harry
Keogh, que en aquel entonces se encontraba entrampado en el espíritu de su
propio hijo. Matar a Harry hijo significaría deshacerse también de Harry. Después,
los restantes miembros de la Rama-E podrían ser localizados y eliminados uno tras
otro, a discreción del vampiro.
Se trataba de un plan bastante monstruoso, pero la verdadera monstruosidad
se cifraba en las secuelas de aquel baño de sangre, puesto que entonces ya no
habría nada que parase los pies a Bodescu, que podría formar casi a voluntad un
ejército de seguidores que irían extendiéndose como la peste negra por toda la faz
de la tierra. Se trataba de una posibilidad real, ya que Bodescu, aunque había
pasado a convertirse en uno de los wamphyri, carecía de la disciplina que los
caracterizaba a éstos. Eran esencialmente territoriales, tenían su frío orgullo, eran
solitarios y cautelosos y solían ser muy firmes en el control de sus propios destinos.
Y lo que más contaba era que estaban celosos de sus poderes, protectores de su
naturaleza y de su historia de vampiros, conscientes y enamorados de sus
cualidades humanas y de su ingenio. Si la humanidad hubiera sabido que eran
seres reales y no meras criaturas míticas y legendarias, los hombres se hubieran
esforzado en darles caza y en destruirlos para siempre. Pero Yulian Bodescu era un
autodidacta y no tenía la instrucción propia de los wamphyri. No poseía ninguna de
las cualidades que los convertían en lo que eran, ni ninguna de sus prerrogativas.
No era más que un vampiro, ¡y loco por añadidura!
Brenda y su hijo Harry, de pocos meses de edad, vivían en un ático de
Hartlepool, en la costa nordeste de Inglaterra, cuando los asuntos llegaron a su
desenlace. Dejando tras de sí una estela de sangre y destrucción, Bodescu burló los
intentos maquinados por la Rama-E para atraparlo, abandonó su casa de Devon y
se dirigió hacia el norte. Como había heredado la experiencia de su mentor en las
abominables artes de la nigromancia, estaba en condiciones de «examinar» los
profanados cadáveres de sus víctimas y de leer en su cerebro, en su sangre y en
sus entrañas sus más íntimos secretos. Ésta era su intención con respecto a los dos
Harry, padre e hijo: asesinarlos y robar los secretos de la necroscopia, para
descubrir así la naturaleza y las propiedades del metafísico continuo de Möbius.
La Rama-E, centrándose en la casa de Devon para destruirla, se quedaba sin
la cantera principal, pero descubrió en ella inconcebibles horrores. La tía, el tío y el
primo de Bodescu habían sido torturados y vampirizados; el perro negro de
Bodescu era algo más que un simple perro; una cosa de naturaleza semiplástica
ocupaba la tierra que había debajo de la amplia bodega, y la madre de Bodescu
había perdido la razón al conocer aquello en lo que se había convertido Yulian.
Tanto la casa como los que la habitaban fueron pasados por el fuego.
La Rama-E tenía hombres en Hartlepool, gente dotada de cualidades psíquicas
que se encargaba de vigilar el edificio eduardiano en el que estaba el piso de
Brenda. También se había informado a la policía local y a la Rama Especial (aunque
muy discretamente, a fin de no alarmar a la población), advirtiéndoles que la mujer
y el niño que ocupaban el ático posiblemente eran las víctimas que se proponía
atacar un loco que andaba suelto por allí. Pero la presencia de los agentes no sirvió
para disuadir al vampiro, que invadió el edificio, mató sin piedad a todos cuantos se
pusieron en su camino, hizo gala de su aterradora eficiencia y, finalmente,
consiguió su objetivo. Sin embargo, allí donde el incorpóreo Harry Keogh había
resultado impotente, su hijo fue plenamente efectivo. Los extraños poderes de su
padre habían pasado a él y estaba en condiciones de hablar con los muertos e
incluso podía hacerlos salir de sus tumbas del cementerio que estaba enfrente de
su misma casa.
Harry padre pensaba que él había quedado metido en la psique del niño, pero
no era éste el caso. El niño lo había retenido por una única razón: explorar la
mente de Harry y aprender de ella. Físicamente era un niño indefenso, pero
mentalmente...
El talento de Harry hijo ya era mucho más grande que el que poseía su padre
o incluso que el que pudiera haber soñado poseer. Y su potencial era enorme. En la
cabeza del niño estaba toda la teoría y lo único que le faltaba era la aplicación
práctica y la experiencia. Pero no tardaría en poseer también estos requisitos.
Brenda, en su intento de proteger a su hijo de aquella increíble pesadilla que
era Yulian Bodescu, había sido retirada de escena por el vampiro. Como se
encontraba inconsciente, no había podido ser testigo de la confrontación final.
Ahora que Harry volvía a recordar la escena que había tenido lugar en el piso, se le
aparecía con la misma viveza de las cosas que le habían ocurrido el día anterior.
Los ojos del niño, por los que miraban los dos Harry, vieron la cara de Yulian
Bodescu, reflejándose en ella el propio terror. Inclinado sobre la camita del niño, su
espantosa mirada hablaba bien a las claras de sus intenciones.
Harry pensó que todo había acabado, que aquél era el final.
Pero otra voz que no era la suya resonó en su cabeza y le dijo que no, que no
era así, que de él había aprendido todo cuanto tenía que aprender, pero que ahora
ya no lo quería de aquella manera, aunque seguía necesitándolo como padre. Así es
que ya podía irse y ponerse a salvo.
Tan sólo podía ser una persona la que le hablaba por vez primera, cuando no
había tiempo para formularse preguntas acerca del cómo ni el porqué. Después...
Harry sintió que las coerciones del niño se desprendían de él igual que cadenas
rotas, soltándolo y dejándolo en libertad. En libertad de dirigir su mente incorpórea
hacia la seguridad del continuo de Möbius. Se habría podido marchar en aquel
mismísimo momento, dejando a su hijo solo ante lo que pudiera esperarte. Sí,
hubiera podido marcharse, pero no lo hizo.
Las mandíbulas de Bodescu se abrieron, desencajadas, igual que un pozo,
mostrando una lengua de serpiente que aleteaba detrás de unos dientes
fulgurantes como dagas.
¡Vete!, dijo de nuevo el pequeño Harry, todavía con mayor insistencia.
¡Tú eres mi hijo!, había exclamado Harry. ¡Maldita sea, pero no me puedo
marchar! ¡No puedo abandonarte así!
¿Abandonarme así?
Había sido como si el niño no pudiera seguir sus razonamientos. Pero después
lo hizo y dijo:
¿Te figuras que voy a quedarme aquí?
Las manos en forma de garra de la bestia se acercaban ya al pequeño que
estaba en su camita. Este vio la saña que brillaba en los ojos del monstruo; volvió a
uno y otro lado la redonda cabeza, buscando una puerta hacia Möbius. Entre los
cojines apareció una puerta. Era algo que estaba en sus genes, era puro instinto. La
puerta había estado allí todo el tiempo. El dominio que tenía sobre su mente era
terrible; el que tenía sobre su cuerpo era mucho menos fiable, aunque había
conseguido también poder sobre éste. Poniendo en juego los músculos inexpertos,
se arrolló sobre sí mismo y atravesó la puerta de Möbius, mientras las manos del
vampiro, al igual que sus mandíbulas, se cerraban para apresar tan sólo aire.
Después de esto todo quedó en manos de Yulian Bodescu. Harry no convocó a
los muertos del cementerio local, pero su hijo sí. Los muertos habían aprendido a
querer a aquel niño que hablaba con ellos, que había hablado con ellos desde que
estaba en el vientre de su madre. Lo querían tanto como querían a su padre y
confiaban en él. Y si Harry hijo tenía algún problema, sólo necesitaban esto para
mover los miembros envarados por la muerte, para devolver a una falsa vida
tejidos y tendones que desde hacía mucho tiempo se habían transformado en cuero
y que los gusanos habían roído.
Inmovilizaron al vampiro, lo sujetaron con estacas entre sus tumbas abiertas,
le cercenaron del cuerpo aquella cabeza que no cesaba de chillar y lo redujeron a
cenizas. Y Harry padre, que ya no estaba prisionero y volvía a ser dueño y señor
del continuo de Möbius, los vigiló mientras lo hacían, dándoles instrucciones cuando
los veía titubear.
Más adelante... Harry había descubierto que aquel niño no sólo había salvado
su vida sino que incluso había sustraído del peligro a su propia madre. El niño se
había servido de la metafísica Möbius o Zollnerist para trasladarse él y a Brenda a
un lugar seguro... de hecho, al sitio más seguro posible: ¡los cuarteles generales de
la Rama-E en Londres! Y Harry se había quedado a merced de su destino, para
habitar el caparazón del que en otro tiempo había sido Alec Kyle.
Esto era lo que había hecho, aunque en el proceso para conseguir este fin
había destruido el nuevo juguete de la KGB, el centro de espionaje soviético
instalado en el château Bronnitsy.
Después... se precisaba un período de tiempo para descansar, para hacer una
pausa y evaluar la situación, hacer ajustes, reorganizar su vida. Pero el personal de
la Rama-E, contento de su triple éxito —la eliminación de Yulian Bodescu, la
terminación de las fuentes vampíricas residuales en el extranjero y la destrucción
del cuerpo de espías rusos corrompidos de la KGB—, no había apreciado totalmente
los reveses sufridos por Harry y su familia. Hecho el trabajo, querían analizarlo
todo, registrarlo, estudiarlo y entenderlo más a fondo. El único hombre capaz de
entenderlo todo era Harry. Durante un mes les dio todo lo que querían e incluso
consideró la posibilidad de ocupar el puesto de director de la Rama-E, pero en esta
misma época era evidente que las cosas relacionadas con Brenda no iban
demasiado bien. Como había señalado recientemente la madre de Harry, no había
ningún misterio en este estado de cosas. De hecho, el derrumbamiento de Brenda
era previsible, no cabía esperar otra cosa.
Después de todo, hacía poco tiempo que había sido madre y todavía estaba
convaleciente, después de una incómoda reclusión y de un parto difícil. Hubo un
tiempo en que los médicos creyeron que la perdían. A esto se añadían las
cualidades de su marido —era necroscopio—, cosa que ella sabía, y dominó su
mente durante meses enteros, y que su hijito parecía tener poderes semejantes o
incluso más aterradores, hasta el punto de que incluso entre los hombres de la
Rama-E, también dotados de especiales cualidades, era considerado como una
rareza. Por no hablar de que Harry era ahora, literalmente, una persona diferente,
una persona que era Harry, con todo su pasado, sus recuerdos, sus peculiaridades,
pero metido en el cuerpo de una persona totalmente extraña. Contaba también el
inmenso terror que había sufrido aquella noche, cara a cara con el monstruo Yulian
Bodescu, cosa que ni siquiera en sus peores noches de pesadilla habría podido
imaginar...
No era de extrañar, pues, que la mente de aquella pobre muchacha hubiera
comenzado a flaquear después de tantas tensiones. Y para colmo, odiaba Londres y
le era imposible volver a Hartlepool. Ahora su piso era como un veneno que sólo le
traía recuerdos inquietantes. A medida que sus conexiones mentales con el mundo
real iban deteriorándose, aumentaban gradualmente sus visitas a diferentes
especialistas y clínicas psiquiátricas, hasta que una mañana ella y el niño...
—¡Se han marchado! —exclamó Harry gritando—. Y no están en ninguna
parte, no he podido dar con ellos en ninguna parte. Y lo peor de todo es que han
desaparecido sin avisar, sin decir nada. Él apareció y se la llevó... no sé adonde. ¿Y
sabes que a mí no me dijo nunca ni media palabra? Después de aquella primera vez
en el piso, cuando Yulian Bodescu por poco acaba con nosotros, no me dijo nunca
nada. Me habría podido decir alguna cosa, me miraba de aquella manera que miran
los niños, y yo sabía perfectamente que habría podido hablar conmigo. Pero no me
dijo nunca nada.
Harry suspiró y se encogió de hombros.
—Quizá también me echaba a mí la culpa..., quizá los dos me echaban la
culpa de todo. ¿Quién podría asegurar que no tenían razón? Si yo hubiera sido de
otra manera...
¿Qué dices?, dijo su madre, que ahora parecía enfadada.
A su madre no le gustaba aquel tono de conmiseración que sorprendía en la
voz de Harry. ¿Dónde estaba aquella serena energía que antes solía tener?
¿Si no hubieras sido así, cuando Boris Dragosani seguía vivo en Rusia, y
Yulian Bodescu sembraba Dios sabe cuántas maldades por el mundo y todas las
miríadas de muertos, abandonados y olvidados, perdidos y solitarios, figurándose
que sus pensamientos estaban muertos para siempre bajo la fría tierra sin saber
que en realidad no estaban solos? Pero tú lo cambiaste todo, Harry, y ahora no hay
forma de volver atrás... Si hubieras sido de otra manera... ¡Qué cosas dices!.
Asintió con la cabeza, dándose cuenta de que su madre tenía razón. Después
cogió una piedra y la arrojó al agua, transformando su imagen en una serie de
círculos concéntricos.
—De todos modos —dijo mientras su cara volvía a recomponerse
lentamente—, me gustaría saber dónde han ido a parar, me gustaría saber que
están bien. ¿Estás segura, mamá, de que no has oído nada?
¿De los muertos? Mira, Harry, no hay ninguno de nosotros que no esté
dispuesto a ayudar. Créeme, si Brenda y el pequeño Harry estuvieran... con
nosotros, tú serías el primero en saberlo. No sé dónde están, pero si que están
vivos. De eso puedes estar seguro.
Frunció el entrecejo y se restregó la frente con aire cansado.
—¿Sabes una cosa, mamá? Es que no me cabe en la cabeza. Si tiene que
encontrarlo alguien, ése soy yo. ¡Y no tengo ni el más mínimo indicio siquiera!
Cuando desaparecieron, hice que esa gente de la Rama-E se ocupara del caso, pero
ni rastro... Hubo incluso quien avanzó la idea de que quizá Brenda y el niño habían
muerto, aun cuando me lo dijeron con las debidas precauciones. Y cuando, seis
meses más tarde, pasé el trabajo a Darcy Clarke, parecía que todo el mundo estaba
plenamente convencido de que los dos estaban muertos.
»Actualmente, los de la Rama-E tienen gente capaz de encontrar a quien sea
y donde sea, gente que capta las emanaciones psíquicas que vienen del otro
extremo del mundo..., pero ni siquiera esas personas han sido capaces de localizar
a mi hijo. Y hay que admitir que el pequeño Harry me superaba de largo en lo que
a talento se refiere. En cambio, tu gente (estaba hablando de la Gran Mayoría, de
los incontables muertos) dice que están vivos, que tienen que estar vivos puesto
que no figuran entre los muertos. Y yo sé que ninguno de los tuyos me ha mentido
nunca. Así es que forzosamente tengo que preguntarme: si no están muertos ni
están en ningún sitio donde yo pueda encontrarlos, ¿dónde demonios están? Esto
es lo que me atormenta.
Se daba cuenta de que su madre se sentía contrariada, que estaba triste.
Te comprendo, hijo, te comprendo.
Él continuó, como si no la hubiera oído:
—En cuanto a lo que se dice buscarlos físicamente, ¿hay algún sitio de este
mundo donde no haya buscado? Pero si los de la Rama-E no han podido
encontrarlos, ¿qué probabilidades tengo de encontrarlos yo?
La madre de Harry ya había oído todo esto muchísimas veces. Era la obsesión
de su hijo, la pasión de su vida. Era como el jugador que está enganchado a la
ruleta, cuyo único sueño es encontrar la clave de algo que no tiene clave alguna. Se
había pasado casi cinco años buscando y casi tres más planeando los diferentes
estadios de la búsqueda. Lo cual no le había servido de nada. Ella había tratado de
ayudarlo en todas las fases del recorrido, pero hasta ahora había sido un camino
largo y amargo.
Harry se levantó, y se sacudió el polvo de los pantalones.
—Vuelvo a casa, mamá. Me siento muy cansado. Me parece como si hiciera
mucho tiempo que estuviera cansado. Creo que tendría que concederme un buen
descanso. A veces pienso que me convendría dejar de pensar... o, cuando menos,
dejar de pensar en ellos.
Su madre sabía qué quería decir: que había llegado al final del trayecto y que
ya no tenía dónde mirar.
—Eso es —dijo, apartándose de la orilla—, no tengo dónde mirar y, en
cualquier caso, de nada me va a servir. Me parece que ya no hay nada que me
pueda servir.
Se marchó cabizbajo y tropezó con alguien que lo cogió por el brazo para
detenerlo. De pronto Harry no lo reconoció, pero sólo al primer momento.
—¿Darcy? ¡Darcy Clarke!
Harry esbozó una sonrisa, pero la sonrisa se transformó enseguida en una
mueca.
—¡Ah, sí! Darcy Clarke —dijo, esta vez más pausadamente—. Y no estarías
aquí si no quisieras alguna cosa. Me parece que ya dije una vez a tu gente que no
quería saber nada de vosotros.
Clarke estudió su cara, una cara que conocía desde muy antiguo, cuando
pertenecía a otra persona. En ella había ahora más arrugas que antes y algo más
de carácter. No es que a Alec Kyle le faltara carácter, pero en aquella cara se había
ido grabando el de Harry. En aquella cara, además, había cansancio y huellas de
dolor.
—Harry —dijo Clarke—, dime si es verdad lo que acabo de oír, que no hay
nada que te pueda servir. ¿Eso piensas?
Harry lo miró con dureza.
—¿Cuánto rato hace que me espías?
Clarke se quedó desconcertado.
—Estaba aquí junto al muro —dijo—, pero no te estaba espiando, Harry. Lo
que pasa es que no quería molestarte. Nada más.
Después, indicando con una señal el río, dijo:
—Aquí es donde está tu madre, ¿verdad?
Harry se puso a la defensiva. Dejó vagar un momento la mirada y volvió a
mirarlo y asintió. Después de todo, de aquel hombre no tenía nada que temer.
—Sí —dijo—, ahí está. Era con mi madre con quien hablaba.
Sin pararse a pensar, Clarke echó una ojeada en derredor.
—¿Que estabas hablando con tu...?
Y de nuevo volvió a contemplar las aguas tranquilas del rio y cambió de
expresión. Bajando la voz, dijo:
—¡Ah, claro! Casi lo había olvidado.
—¿En serio?
Harry se puso rápidamente en marcha.
—¿Quieres decir que no viniste por esto?
Y aminorando un poco el paso, añadió:
—Muy bien, vamos a casa. De camino podemos charlar.
Mientras caminaban entre tojos quebradizos y zarzas silvestres, Clarke se
dedicó a estudiar al necroscopio a placer. No era sólo que Harry pareciera un poco
ausente y abstraído, sino que daba la impresión de que todo su porte en general
había experimentado un cambio. Llevaba una camisa con el botón de arriba
desabrochado debajo de un holgado jersey gris, unos pantalones finos también
grises e iba calzado con unas chancletas. Era la indumentaria propia de una
persona que no da ninguna importancia a la vestimenta.
—Vas a coger un resfriado de padre y muy señor mío —le dijo Clarke,
sinceramente preocupado, y el jefe de la Rama-E añadió con una sonrisa forzada—:
¿Todavía no te has enterado de que pronto estaremos en noviembre...?
Caminaron a lo largo de la orilla del río en dirección a la gran casa victoriana
que se levantaba detrás de la imponente tapia del jardín. La casa había pertenecido
en otro tiempo a la madre de Harry, a continuación a su padrastro y ahora, por ley
natural, había pasado a sus manos.
—Si quieres que te diga la verdad, el tiempo no me preocupa demasiado —
acabó por contestar Harry—. Cuando note que hace frío, me pondré más ropa.
—Ya, pero esto importa poco, ¿verdad? —dijo Clarke—. La cosa no tiene
ninguna importancia. Ni esto ni nada, en realidad. Lo cual quiere decir que todavía
no los has encontrado. Lo siento, Harry.
Ahora le tocaba a Harry estudiar a Clarke.
El jefe de la Rama-E había sido elegido para este puesto porque, según Harry,
era el candidato adecuado. El talento de Clarke era garantía de continuidad. Era lo
que se llamaba un «desviador», es decir, lo contrario de una persona propensa a
los accidentes. Podía pasar por un campo sembrado de minas y salir de él sin un
rasguño. Y, si hubiera pisado una, seguro que habría sido de las que no estallan. Su
talento lo protegía y lo utilizaba para eso. Servía para asegurar que siempre estaría
allí, que nada ni nadie lo sacaría de en medio, cosa que les había ocurrido, en
cambio, a los dos jefes precedentes. Darcy Clarke tenía que morir algún día, puesto
que tarde o temprano le toca morir a todo el mundo, pero moriría de viejo.
Sin embargo, de no saber quién era Clarke, nadie habría sospechado que
pudiera ocuparse de nada y mucho menos de la rama más secreta del Servicio
Secreto. Harry pensó que probablemente era el hombre más inclasificable de este
mundo. Estatura mediana (alrededor de un metro setenta y cinco), cabello de
ratón, un caminar ligeramente encorvado y un poco de barriga, pero tampoco un
excesivo sobrepeso. Formaba parte del término medio en todos los aspectos. Y
dentro de unos cuatro o cinco años más se convertiría en un hombre de mediana
edad.
Unos ojos de color avellana claro volvieron a fijarse en Harry. Unos ojos
clavados en una cara muy dada a la risa, aunque Harry tenía motivos para
sospechar que hacía mucho tiempo que no se entregaba a ese tipo de expansiones.
Pese a que Clarke iba muy abrigado, que llevaba Un duffle-coat y un echarpe,
producía una impresión de frialdad, aunque no tanto en el aspecto físico como en el
espiritual.
—Estás en lo cierto —respondió finalmente el necroscopio—, no los he
encontrado y eso me ha cortado las alas. ¿Es por eso por lo que estás aquí, Darcy?
¿Para fijarme un nuevo objetivo, para darme una nueva orientación?
—Más o menos —dijo Clarke asintiendo con la cabeza—. Eso es lo que espero,
por lo menos.
Por una puerta abierta en la tapia que rodeaba la casa, entraron en el
descuidado jardín que Harry tenía en la parte de atrás de su casa, en aquellos
momentos un lugar de lúgubre aspecto, sumido como estaba en las sombras
proyectadas por los gabletes y cornisas, una casa con la pintura descascarillada y
las altas ventanas igual que ojos adustos en un rostro adusto. Desde hacía años
aquel jardín iba cobrando de día en día un aire más salvaje: zarzas y ortigas crecían
sin orden ni concierto e invadían el camino, por lo que los dos hombres tuvieron
que recorrerlo con cuidado, pisando las desordenadas losas, hasta llegar a la zona
del patio, cubierta de cantos rodados, al otro lado del cual se encontraban las
puertas correderas de vidrio que conducían al estudio de Harry, que en este
momento se encontraban abiertas. La habitación estaba en sombras y cubierta de
polvo; no era nada acogedora. Clarke, sin darse cuenta, titubeó unos momentos en
el umbral antes de decidirse a entrar.
—Entra por propia voluntad, Darcy —le dijo Harry, a lo que Clarke contestó
dirigiéndole una mirada incisiva.
El talento de Clarke, sin embargo, le advertía que todo estaba bien, que no
había nada que impidiese entrar en aquel aposento, que no era urgente rehuirlo. El
necroscopio sonrió, aunque casi sin ganas.
—Es un chiste —dijo—. Los gestos son como las actitudes y, si la perspectiva
es diferente, cambian.
Clarke penetró en el interior.
—¡Mi hogar! —dijo Harry siguiéndole y deslizando las puertas para cerrarlas—.
¿No encuentras que esta casa me va?
Clarke no respondió, pero se quedó pensando que los gustos de Harry no
habían sido nunca exagerados y que era indudable que el lugar se acomodaba a su
talento.
Harry indicó a Clarke con un gesto una silla de mimbre para que tomara
asiento, mientras él se acomodaba detrás de una imponente mesa de roble cuya
coloración se había oscurecido con los años. Clarke echó una ojeada a su alrededor
como tratando de penetrar la oscuridad tan poco natural en la que estaba sumida la
habitación. Parecía que aquella habitación estaba concebida para ser un cuarto
ventilado, pero Harry había puesto cortinas en ella como para impedir la entrada de
luz, que únicamente se filtraba por las puertas de vidrio. Clarke, incapaz de
contenerse por más tiempo, dijo:
—Un poco funerario, ¿no te parece?
Harry le indicó con un gesto de la cabeza que estaba de acuerdo con él.
—Era el estudio de mi padrastro —dijo—. Shukshin..., aquel asesino hijo de
puta. Intentó matarme, ¿lo sabías? Hacía de observador, pero era diferente de los
demás, porque no se limitaba a detectar espías, sino que además los odiaba. No
quería ni olerlos, porque le ponían la piel de gallina, le sacaban de quicio. Esto hizo
que acabara matando a mi madre y que se hubiera propuesto liquidarme también a
mí.
Clarke asintió con la cabeza.
—Estoy enterado de todo, como todo el mundo, Harry. Está en el río,
¿verdad? ¿Shukshin? Oye, si es que te molesta, ¿por qué demonios sigues viviendo
aquí?
Harry dejó vagar la mirada a lo lejos un momento.
—Sí, está en el río —dijo—, que es donde él quería que estuviese yo. Ojo por
ojo. El que él viviera aquí me importa un comino. ¿No recuerdas que mi madre
también está aquí? Sólo tengo un puñado de enemigos entre los muertos, el resto
son amigos míos y son buenos amigos. Los muertos no piden nada...
Se quedó callado un momento y después siguió:
—De todos modos, Shukshin consiguió lo que quería. De no haber sido por él,
es muy posible que yo nunca hubiera ido a la Rama-E... y ahora tampoco estaría
aquí hablando contigo. Estaría en cualquier parte, escribiendo historias sobre los
muertos.
Clarke, como la madre de Harry, se sintió turbado por aquella tétrica
introspección.
—¿Ya no escribes?
—Las historias no eran mías. Como todo lo demás, eran un medio para llegar
a un fin. No, ahora ya no escribo. Hago poca cosa. —Bruscamente, cambió de
tema—: No la quiero, ¿sabes?
—¿Cómo?
—A Brenda —dijo Harry encogiéndose de hombros—. Quizás amo al pequeño,
pero no a su madre. Mira, me acuerdo de qué ocurría cuando la quería..., bueno,
claro que la quiero, porque yo no he cambiado..., pero yo, físicamente, soy
diferente. Químicamente soy diferente. Brenda y yo no nos habríamos llevado
nunca bien. Lo que me preocupa no es esto, que me tiene sin cuidado. Lo que me
preocupa es no saber dónde están. Saber que están en algún sitio, pero no saber
dónde. Esto es lo que me preocupa. Ya hubo bastantes cambios en mi vida para
que, encima, se tuvieran que marchar. Y de manera especial él. ¿Sabes una cosa?
Hubo un tiempo en que yo formaba parte de aquel personajillo. Sin comerlo ni
beberlo, de una manera inconsciente... porque fui yo quien le enseñó gran parte de
todo lo que sabe. Me lo sacó de mi cabeza... y me gustaría saber qué uso le ha
dado. Pero al mismo tiempo me doy cuenta de que, si no se hubieran marchado,
ella y yo haría mucho tiempo que habríamos terminado... aunque ella se hubiera
recuperado del todo. A veces pienso que quizá fue mejor que se fueran, y no sólo
para ella, sino también para él.
Harry iba hablando sin parar, sin hacer ninguna pausa. Clarke estaba
complacido, le parecía entrever una grieta en la pared; quizás Harry estaba
descubriendo que a veces también convenía hablar con los vivos.
—Si no sabes dónde ha ido a parar, ¿cómo puedes decir que es mejor para él?
¿Por qué lo dices?
Harry se puso más derecho y, al volver a hablar, su voz había recuperado
toda su frialdad.
—¿Cómo sería su vida en la Rama-E? —dijo—. ¿Qué haría ahora, un niño de
nueve años? El pequeño Harry Keogh hijo..., ¿sería acaso necroscopio y explorador
del continuo de Möbius?
—¿De veras lo crees? —dijo Clarke con voz monocorde—. ¿Eso es lo que
piensas de nosotros?
A lo mejor Harry tenía razón, pero a Clarke le gustaba ver las colas de
manera diferente.
—Él habría podido llevar la vida que hubiera querido —dijo—. Esto no es la
URSS, Harry. Nadie le habría obligado a hacer nada. ¿Hemos intentado atarte,
acaso? ¿Te hemos forzado a algo, te hemos amenazado, te hemos impuesto que
trabajaras para nosotros? No hay duda de que tú eres uno de nuestros elementos
más valiosos, pero hace ocho años, cuando dijiste que ya bastaba..., ¿te obligamos
a algo? Lo único que te pedimos fue que te quedaras y ya está. No hubo nadie que
te presionara para nada.
—Pero habría crecido con nosotros —dijo Harry, quien lo había pensado
muchísimas veces—. Habría quedado marcado. Quizá lo sabía y por esto prefirió la
libertad, ¿no crees?
Clarke se estremeció, como si quisiera sacudirse de encima lo que el otro
estaba tratando de imponerle. Había hecho una parte de lo que había venido a
hacer: conseguir que Harry Keogh le hablara de tus problemas. Ahora tenía que
conseguir que hablara y pensara en problemas mucho más importantes,
especialmente uno en particular.
—Harry —dijo, hablando con cierto énfasis—, hace seis años que dejamos de
buscar a Brenda y al niño. Lo habríamos dejado incluso antes, pero considerábamos
que teníamos un deber contigo... a pesar de que tú habías dejado bien claro que no
considerabas que lo tuvieras con nosotros. El hecho es que nosotros creíamos de
verdad que habían muerto, ya que de otro modo los habríamos localizado. Pero
esto era entonces y ahora estamos en otra época y las cosas han cambiado...
¿Habían cambiado las cosas? Lentamente, las palabras de Clarke habían
penetrado en él y Harry sintió como si su rostro sudara sangre. Sentía una especie
de comezón en el cuero cabelludo. Ellos habían creído que estaban muertos, pero
las cosas habían cambiado. Harry se inclinó sobre la mesa, casi como luchando para
acercarse a Clarke, al que miraba con ojos asombrados.
—¿Es que habéis encontrado... alguna pista?
Clarke levantó unas manos que imponían calma, que imploraban
comedimiento, y, medio encogiéndose de hombros, prosiguió:
—Puede ser que hayamos tropezado con un caso paralelo o algo enteramente
diferente, no lo sé. Ya ves que no tenemos medios para comprobarlo. Tú eres el
único que puede hacer la comprobación, Harry.
Los ojos de Harry se entornaron. Le pareció sentirse conducido, se sintió
como un asno al que le muestran una zanahoria, pero no quería dejarse engatusar.
Si la Rama-E contaba con algo..., hasta una zanahoria era mejor que las hierbas
que lo habían obligado a masticar. Se levantó, dio la vuelta al escritorio y se acercó
lentamente a Clarke, que seguía sentado, y lo miró fijamente.
—Entonces lo mejor es que me lo cuentes —dijo—. No prometo nada, sin
embargo.
Clarke negó con la cabeza y dijo:
—Yo tampoco.
Después, mirando con desaprobación la sala, dijo:
—¿No podrías poner un poco más de luz aquí? ¿Y un poco más de aire? Tengo
la impresión de que me encuentro en medio de la niebla.
Harry volvió a fruncir el entrecejo. ¿Siempre tenía que dominar la situación
Clarke, conseguir las cosas con tanta facilidad? Pese a todo, abrió las puertas de
cristal, pero corrió las cortinas. Después, volviendo a sentarse silenciosamente
detrás de la mesa, dijo:
—Habla.
Ahora la habitación estaba más clara y Clarke tenía la sensación de poder
respirar. Se llenó los pulmones, se irguió echando el cuerpo para atrás y descansó
las manos en las rodillas.
—Hay un sitio en los Urales que se llama Perchorsk —dijo—. Fue allí donde
empezó todo...

Capítulo 7
¡Los turistas de Möbius!
Darcy Clarke había llegado hasta Pill —el misterioso objeto de naturaleza
desconocida abatido sobre la bahía de Hudson— cuando Harry lo interrumpió.
—De todos modos —se quejó el necroscopio—, pese a que todo esto es muy
interesante, no veo qué relación tiene conmigo ni con Brenda ni con Harry hijo.
Clarke dijo:
—Pero lo verás. Como puedes comprender, no es una cosa de la que sólo te
pueda contar una parte o fragmentos que puedan interesarte. Si no ves el cuadro
en su totalidad, todo el resto te será mucho más difícil de entender. De todos
modos, si decides seguir adelante, tienes que saberlo todo. Ya llegaré
posteriormente a las cosas que pueden interesarte.
Harry asintió con la cabeza.
—De acuerdo..., pero vayamos a la cocina. ¿Te apetece un café? Me temo que
tendrá que ser café soluble, porque yo no tengo paciencia para preparar cafés
tradicionales.
—Sí, el café me va —dijo Clarke—, aunque sea soluble. Cualquier tipo de café
será mejor que el que acostumbro a tomar en la máquina del cuartel general.
Y siguiendo a Harry a lo largo de los lóbregos corredores de la vieja casa,
sonrió. Pese a la respuesta aparentemente negativa del necroscopio, Clarke se daba
cuenta de que empezaba a serenarse.
Ya en la cocina, Clarke esperó a que Harry preparara el café en la gran mesa
de madera de la cocina y, tras sentarse, se dispuso a volver a reanudar la historia
en el sitio donde la había dejado.
—Como te decía, abatieron esta cosa de que te hablaba sobre la bahía de
Hudson. Ahora bien...
—Espera un momento —dijo Harry—. Acepto que cuentes las cosas a tu
manera, pero ya que es así, mejor que conozca todos los detalles. Como, por
ejemplo, ¿cómo te interesaste por Perchorsk?
—Pues fue por casualidad —respondió Clarke—. No nos informan
automáticamente de todo, ¿comprendes? Seguimos siendo sobre todo el
«personaje silencioso», para decirlo de algún modo, cuando se trata de la
seguridad del país. No hay más de media docena de tipos dedicados al servicio de
Su Majestad en Whitehall..., uno de ellos una mujer, dicho sea de paso, que tenga
noticias de nuestra existencia. Y así es como queremos que sea. Como siempre,
esto dificulta la financiación, por no hablar además de la adquisición de
instrumentos de nuevas tecnologías, pero seguimos adelante. Artilugios y
fantasmas, éste es el ambiente en el que siempre nos hemos movido. Nos
encontramos en el punto medio, más o menos, entre la super-ciencia y lo que se
califica como sobrenatural, y aquí es donde seguiremos todavía un cierto tiempo.
»Pero desde el caso Bodescu las cosas se han mantenido relativamente
tranquilas. A menudo se solicita a nuestros físicos para que ayuden a la policía; de
hecho, cada vez confían más en nosotros. Encontramos oro robado, como también
tesoros artísticos y escondrijos de armamento; incluso les avisamos cuando todo el
jaleo de Brighton y había un par de los nuestros que ya se habían puesto en camino
cuando se produjo el atentado. Pero en general todavía estamos en mantillas. Ni lo
decimos todo, ni tampoco nos lo dicen todo. Incluso los que saben cosas de
nosotros tienen dificultades para ver de qué modo los esquemas de probabilidad
computerizada pueden actuar junto con la precognición. Hemos recorrido un largo
camino, pero hay que reconocer que la telepatía no es tan fiable como el teléfono.
—¿Ah, no?
El contacto de Harry con los muertos era exacto en un ciento por ciento.
—No, si el otro lado sabe que estás escuchando.
—Pero es más secreto —señaló Harry con tono molesto, que Clarke no dejó
de detectar—. ¿Cómo fue, pues, que por azar te enteraste de lo de Perchorsk?
—Nos tuvimos que enterar por fuerza, debido a que nuestros «camaradas» de
Perchorsk no querían que nos enterásemos. Te explicaré: ¿recuerdas a Ken Layard?
—¿El detector? Por supuesto que me acuerdo —respondió Harry.
—Pues bien, la cosa fue así de sencilla. Ken estaba comprobando la actividad
militar rusa en los Urales..., movimientos encubiertos de tropas y todo ese tipo de
cosas... cuando se encontró con una resistencia. Una resistencia mental por parte
de algunos «espers» soviéticos, que estaban recubriendo todo aquello de niebla
mental.
En este punto se produjo una cierta animación en el pálido semblante de
Harry y le brillaron los ojos, que parecieron excitarse de un modo especial. Eso
quería decir que sus viejos amigos, los «espers» soviéticos, se habían reagrupado,
¿no era eso?
—La Rama-E soviética vuelve a estar en funcionamiento, ¿no?
—Por supuesto que sí —replicó Clarke—. Nosotros ya hace tiempo que
estamos enterados. Pero después de lo que hiciste en el château Bronnitsy no se
arriesgan demasiado. Todavía actúan más moderadamente que nosotros. Ahora
cuentan con dos centros: uno en Moscú, al lado mismo de los laboratorios de
biología de Protze Prospekt, y otro en Mogocha, cerca de la frontera china. Así
pueden mantener un ojo vigilante sobre el peligro amarillo.
—Y también están esos de Perchorsk —le recordó Harry.
—Ésos constituyen un grupo pequeño —repuso Clarke— y están allí para
evitar que vayamos nosotros. Por lo menos eso es lo que nos figuramos. Pero ¿qué
demonios pueden estar haciendo los soviéticos en ese lugar que cuenta tanto para
ellos en su lista de seguridad? Después del asunto Pill, decidimos averiguarlo.
»Las ramas militares nos deben favores. Nos enteramos de que estaban
tratando de poner allí a uno de sus agentes..., un tal Michael J. Simmons... y
bueno, decidimos hacer una prospección.
—¿Llegasteis hasta él? —dijo Harry enarcando las cejas—. ¿Cómo? Y para ser
más preciso te diré que, puesto que es uno de los nuestros, no le veo la
necesidad...
—Lo hicimos simplemente porque no queríamos que se enterara.
Clarke pareció sorprenderse de ver que Harry no lo hubiera desentrañado por
su cuenta.
—¿Cómo? Con todos los «espers» soviéticos rondando a su alrededor, ¿qué
teníamos que hacer? ¿Conectar con él telepáticamente? No, no era posible, porque
sus psíquicos hubieran dado con él en un santiamén. Así es que decidimos pincharlo
directamente, pero como no estaba al corriente del asunto, decidimos que tampoco
diríamos nada a sus jefes del MI5. Las cosas claras: no hay quien pueda hablar de
una cosa que ignora, ¿no te parece?
Harry soltó una risita.
—¡No, por supuesto que no! —dijo—. Aparte de que no veo por qué la mano
izquierda tiene que decir qué hace a la derecha.
—De todos modos, ellos tampoco se habrían creído lo que les dijéramos —dijo
Clarke, desentendiéndose del sarcasmo del otro—. Ellos no entienden más que un
tipo de espionaje y lo más probable es que no hubieran captado el nuestro. Nos
hicimos con una cosa que pertenecía a Simmons y se la dimos a uno de los nuevos,
a David Chung, para que trabajara con ella.
—¿Un chino? —dijo volviendo a enarcar las cejas.
—Sí, es chino, pero en realidad es un cockney —dijo Clarke riéndose con
disimulo—. Nacido y educado en Londres. Es detector y vidente a través de cristal...
y de primera clase, además. Así que dimos a Chung una cruz que lleva Simmons.
Éste se figuró que la había perdido y arreglamos las cosas de manera que la
volviera a encontrar. David Chung, entretanto, había establecido un «enlace
simpático» con la cruz, al objeto de saber en un momento dado dónde estaba e
incluso de ver o de mirar a través de ella, como si se tratara de una bola de vidrio.
La cosa dio resultado, por lo menos durante un cierto tiempo.
—¿Ah, sí?
El interés de Harry volvía a bajar. No había tenido nunca un concepto muy
elevado del espionaje y consideraba que, de las muchas formas que adoptaba, el
tipo llamado espionaje era el más insignificante. Ésta era otra de las razones que lo
habían inducido a dejar la Rama-E. En el fondo estaba convencido de que los que
practicaban esta modalidad, los «espers», se servían de sus facultades de igual
manera que los videntes psíquicos. Sabía, por otra parte, que era mejor que
trabajasen para el bien común que contra él. En cuanto a sus propias facultades,
eso ya era otro cantar. Los muertos no lo tenían por un mirón vulgar sino por un
amigo, y lo respetaban como tal.
—La otra cosa que hicimos fue la siguiente —prosiguió Clarke—: convencimos
a sus jefes de que no le pusieran una D-cap.
—¿Una qué? —dijo Harry frunciendo la nariz—. Esto me suena a una especie
de complot familiar.
—¡Ay, perdona! —explicó Clarke—. No estuviste bastante tiempo con nosotros
para saber de qué se trata, ¿verdad? La cápsula D o D-cap es una manera rápida
de sacarse los problemas de encima. A veces uno se encuentra metido en una
situación que más le valdría estar muerto. Cuando lo someten a tortura, por
ejemplo, o cuando sabe que una respuesta errónea (o una respuesta acertada)
puede comprometer a una gran cantidad de buenos amigos. La misión de Simmons
era de este tipo. Como sabes, nosotros tenemos agentes que se hacen el dormido
en Redland, de la misma manera que ellos también tienen aquí los suyos. Tu
padrastro era uno, por ejemplo. Pues bien, Simmons estaría trabajando con un
grupito de dormilones que habían sido activados; si lo pescaban... a lo mejor él no
quería ponerlos en un aprieto. La iniciativa para servirse de la cápsula letal tenía
que partir del propio Simmons, como es lógico. La cápsula está metida en una
muela y todo lo que hay que hacer es morder con fuerza y...
Harry puso cara de contrariedad.
—¡Como si no hubiera bastantes muertos!
Clarke se dio cuenta de que estaba perdiendo a Harry, de que lo estaba
llevando demasiado lejos del redil. Entonces se dio prisa:
—De todos modos, logramos convencer a sus jefes de que le dieran una Dcap
de mentirijillas, es decir, una cápsula que contuviera sustancias químicas
complejas pero inofensivas y que como máximo lo atontasen un poco y nada más.
Harry frunció el entrecejo:
—Entonces ¿qué necesidad había de darle una cápsula?
—Le iba a servir de incentivo —dijo Clarke—. Como él no sabría que era
inofensiva, le serviría de recordatorio para ir con pies de plomo.
—¡Madre mía! ¡Se os ocurre cada cosa! —dijo Harry con asco.
Clarke estuvo de acuerdo con él y asintió con aire de contrariedad.
—Todavía no sabes lo peor. Le dijimos que nuestros pronosticadores le
adjudicaban un elevado índice de éxitos, es decir, que volvería con la mercancía, si
bien...
—¿Qué? —dijo Harry entornando los párpados.
—Bueno, el hecho es que no tenía ninguna oportunidad, porque sabíamos que
lo cogerían.
Harry pegó un salto y descargó con tal fuerza el puño sobre la mesa que la
hizo temblar.
—En ese caso, dejar que lo mandaran allí es un acto criminal —gritó—. Lo
pescarían, cuando lo sometieran a presión tendría que irse de la lengua,
perjudicaría a los que lo habían ayudado... por no hablar de lo que podía pasarle a
él. Pero ¿qué ha estado ocurriendo en la Rama-E durante estos últimos ocho años?
Estoy seguro de que sir Keenan Gormley no habría tolerado ninguna de estas
cosas.
Clarke estaba pálido como un muerto y se limitó a torcer ligeramente la
comisura de los labios, pero sin moverse de su sitio.
—Naturalmente que lo habría tolerado, Harry. Ahora sí.
Clarke hizo un esfuerzo para relajarse y dijo:
—De todos modos, las cosas no están tan negras como yo las he pintado.
Mira, Chung es tan bueno que, así que cogieran a Simmons, se iba a enterar al
momento. Y así fue, por lo que tan pronto como nos lo comunicó, nosotros
pasamos la noticia. Sabemos que el MI5 alertó a todos los contactos que tenía allí y
que éstos hicieron lo necesario para cubrirse las espaldas o incluso para salir bien
parados del asunto.
Harry volvió a sentarse, pero estaba que echaba chispas.
—Ya tengo bastante con lo que me has contado —dijo—. Ahora veo
claramente que te has metido en un agujero y que has venido para pedirme que te
saque de él. Bueno, si ése es el caso, mejor será que el resto de lo que tengas que
decirme sea bueno porque... francamente, todo este trapicheo me saca de quicio.
¡Bueno, recapitulemos! Pese a saber que Simmons sería detenido, le pusisteis una
D-cap de pega y lo enviasteis a realizar una misión imposible. Además...
—Espera un momento —dijo Clarke—. Todavía no lo sabes todo. En lo que a
nosotros se refiere, ésta era la verdadera misión: que lo pescaran. Bueno, en todo
caso, nosotros sabíamos que lo pescarían.
La expresión denotaba tanta frialdad como la de Harry, pero no tenía nada del
furor de éste.
—No veo que esto mejore las cosas —dijo Harry al cabo de un rato—. Esto no
hace más que. empeorarlas. Y todo para meter a un hombre en el Perchorsk
Projekt a fin de que Chung, vuestro vidente, pudiera espiar a través de él. Pero ¿es
que no os pasó por la cabeza que los «espers» soviéticos también detectarían a
Chung?
—Sí, sabíamos que acabarían por pescarlo también a él —dijo Clarke
asintiendo con la cabeza—. Aunque Chung se sirviera de sus facultades a base de
incursiones rápidas, también acabarían por cogerlo. De hecho, creemos que esto es
lo que debe de haber ocurrido. Sin embargo, esperábamos que, cuando esto
ocurriera, ya estaríamos enterados de lo que se traen entre manos. De una forma u
otra, tendríamos pruebas fehacientes de lo que están haciendo los soviéticos... o de
lo que están criando...
—¿Criando?
La boca de Harry dibujó lentamente una O perfecta y ahora, al hablar, su tono
de voz fue mucho más tranquilo.
—¿Qué diablos estás tratando de decirme, Darcy?
—Esa cosa que abatieron sobre la bahía de Hudson —dijo Clarke muy
pausado, pero también muy claro— era algo diabólico, Harry. ¿No te lo imaginas?
Harry sintió que volvía a picarle el cuero cabelludo.
—Mejor será que me lo digas tú mismo —dijo.
Clarke asintió con un gesto y se levantó, se apoyó con los nudillos en la mesa
y se inclinó hacia adelante.
—¿Recuerdas aquello que Yulian Bodescu crió y tenía encerrado en su
bodega? Pues esto, Harry, es lo que era, pero lo bastante grande para que la
criatura aquella de Bodescu resultara minúscula comparada con ella. Y ahora ya
sabes por qué te necesitamos. Has de saber que era el vampiro más grande y
espantoso que se pueda imaginar. ¡Y venía de Perchorsk!
Tras una larguísima pausa, Harry Keogh dijo:
—Si se supone que esto es un chiste, me parece que es demasiado gordo
para...
—No es ningún chiste, Harry —lo interrumpió Clarke—. En el cuartel general
tenemos la filmación, impresionada por un AWACS antes de que los de combate lo
alcanzaran y lo derribaran envuelto en llamas. Si no era un vampiro (o por lo
menos no era de la pasta de los vampiros) querrá decir que estoy en la inopia. Pero
aquellos de nuestros hombres que sobrevivieron a aquella incursión en casa de
Bodescu, están muchísimo más cualificados que yo y todos han dicho que era
exactamente igual que éste, cosa que me confirma que sólo puede tratarse de una
cosa.
—¿Crees que los rusos pueden estar experimentando? ¿Que los están
produciendo para utilizarlos como armas?
Estaba muy claro que el necroscopio no creía en aquella posibilidad.
—¿No es eso exactamente lo que aquel lunático de Gerenko tenía en la
cabeza antes de que tú... te ocuparas de él?
Clarke era tozudo.
Harry negó con la cabeza.
—Yo no lo maté —dijo—. Faethor Ferenczy lo hizo por mí.
Después de acariciarse la barbilla con los dedos volvió a mirar a Clarke y le
dijo:
—Pero tú ya has establecido tus conclusiones.
Harry bajó la cabeza, entrelazó las manos detrás de la espalda y se puso a
pasear por la triste casa en dirección al estudio. Clarke lo siguió, tratando de
refrenarse y de no exteriorizar su impaciencia. Pero estaban perdiendo el tiempo y
él necesitaba desesperadamente la ayuda de Keogh.
Era media tarde y a través de las ventanas se filtraban los rayos de sol de
finales de otoño revelando la fina capa de polvo que lo cubría todo. Parecía que era
la primera vez que Harry la veía. Pasó el dedo por un estante cubierto de polvo y
después se quedó un instante contemplando la acumulación de pelusilla oscura y
áspera que se había adherido a la yema del dedo. Después, volviéndose a Clarke,
dijo:
—Así es que no hay un «caso paralelo». Simplemente es para asegurarme de
que te he oído bien.
Clarke negó con la cabeza.
—Harry, si hay en este mundo una persona a la que no le mentiría en la vida,
esa persona eres tú. Y eso porque sé que tú detestas que te mientan y porque te
necesitamos. Existe realmente un caso paralelo. Mira, me acuerdo muy bien de
cómo planteaste las cosas hace ocho años cuando tu mujer y tu hijo
desaparecieron... antes de que abandonases la Rama-E. Entonces dijiste: «No han
muerto, pero no están aquí. Así que ¿dónde están?» Me acuerdo de esto porque
parece que acaba de ocurrir lo mismo.
—¿Ha desaparecido alguien? ¿De la misma manera?
Harry frunció el entrecejo como tratando de adivinar:
—¿Te estás refiriendo a Simmons?
—Sí, Jazz Simmons ha desaparecido de la misma manera —respondió
Clarke—. Lo atraparon hace algo menos de un mes y lo encerraron en Perchorsk.
Después de eso se hizo imposible establecer contacto con él, resultó prácticamente
imposible. David Chung consideró que era: a) porque el complejo se encuentra en
el fondo de un barranco, lo que hace que la enorme masa de rocas impida el
contacto psíquico; b) porque está protegido por un grueso escudo de plomo, cuyos
efectos son los mismos, y c) principalmente porque hay «espers» soviéticos que
bloquean el sitio con su mente. A pesar de todo, Chung pudo introducirse en el
lugar ocasionalmente y lo que vio o lo que le ofreció la bola de vidrio no es nada
tranquilizador.
—Continúa —dijo Harry, cuyo interés volvía a aumentar.
—Pues bien. —Clarke suspiró y se quedó callado. Después continuó—: No es
nada fácil, Harry. Quiero decir que hasta al propio Chung le costó explicarlo y yo no
hago otra cosa que repetir lo que dijo él. Pero, al parecer, vio algo metido en un
recipiente de vidrio. Dice que no puede dar datos más detallados al respecto porque
da la impresión de que cada vez se trata de una persona diferente. No, no me
hagas ninguna pregunta —dijo rápidamente, al tiempo que levantaba las manos y
movía la cabeza de un lado para otro—. Yo, personalmente, no tengo ni la más
ligera idea de lo que es, y si la tuviera, no tendría el más mínimo inconveniente en
exponerla.
—Continúa —dijo Harry—, exponla, pues.
—No debo —dijo Clarke, y siguió negando con la cabeza—. Estoy seguro de
que sabes qué quiero decir...
Harry asintió con un gesto.
—De acuerdo. ¿Algo más?
—Nada más. Chung dijo que sintió miedo, que el complejo estaba lleno de
gente presa de terror. Dijo que toda la gente estaba desesperada y aterrada por
algo, pero seguimos sin saber de qué. Así es como estaban las cosas hace sólo tres
días, pero resulta que...
—¿Sí?
—Pues que se rompió el contacto. No es que haya simplemente impedimentos
por parte de los soviéticos, sino que no hay literalmente ningún contacto. Ni la cruz
de Simmons y, presumiblemente, ni siquiera el propio Simmons... están allí. De
hecho, no estaban en ninguna parte.
—¿Muerto? —dijo Harry con aire compungido.
Pero Clarke negó con el gesto.
—No —dijo—, y es a esto a lo que me refiero cuando digo que se trata de un
caso paralelo, porque se parece mucho a lo de tu mujer y tu hijo. Ni el propio
Chung se lo explica. Dice que él sabe que la cruz sigue existiendo, que no está rota,
ni fundida, ni alterada en ninguna forma, y cree que sigue en poder de Simmons.
Lo que pasa es que no sabe dónde está. Y pone a prueba sus facultades para
averiguarlo, pero está furioso y se siente decepcionado. En realidad, sus
sentimientos se parecen mucho a los tuyos: se levanta contra algo que ni entiende
ni puede imaginar y se echa la culpa de todo. Incluso había empezado a perder la
fe en sus dotes como vidente, pero le hemos hecho algunas pruebas y está como
siempre.
Harry hizo un gesto afirmativo con la cabeza y dijo:
—Comprendo lo que debe de sentir. Debe de sentirse exactamente así: sabe
que la cruz existe y que Simmons continúa vivo, pero no sabe dónde se
encuentran.
—Exactamente —dijo Clarke, asintiendo con la cabeza—, pero lo que sí sabe
es dónde no está la cruz. ¡No está en esta Tierra! Por lo menos si hemos de hacer
caso a Chung.
El esfuerzo por concentrarse arrugó la frente de Harry. Volviendo la espalda a
Clarke, dejó vagar la mirada a través de la ventana.
—Por supuesto —dijo— que puedo saber rápidamente si Simmons está
muerto o no. La cosa es muy sencilla: los muertos me lo dirán. Puedo preguntarles
si un inglés llamado Michael «Jazz» Simmons ha muerto recientemente en la zona
de los Urales y ellos me contestarán... al momento. No es que yo dude de que
vuestro hombre, ese Chung, sea bueno, especialmente si tú me aseguras que lo es,
pero a mí me gustaría comprobarlo.
—Entonces, sigue adelante, pregunta y lo sabrás —respondió Clarke.
Sin embargo, no pudo reprimir un estremecimiento al ver que el necroscopio
hablaba de aquello con tanta naturalidad.
Harry volvió el rostro hacia su visitante y le sonrió de una manera extraña,
como desalentado. Sus ojos castaños se oscurecieron pero Clarke, al fijarse en
ellos, vio que parecían iluminarse.
—Acabo de hacer la pregunta —dijo—, me contestarán tan pronto como
tengan la respuesta...
La respuesta no tardó en llegar: aproximadamente una media hora después,
período de tiempo durante el cual Harry se enfrascó en sus pensamientos («¿y en
los pensamientos de quién más?», no pudo por menos de preguntarse Clarke)
mientras el hombre de la Rama-E iba recorriendo el estudio paseándose de un lado
para otro. La luz del sol comenzó a desleírse, mientras un reloj antiguo iba
desgranando su tictac en un oscuro rincón. Después...
—¡No está con los muertos! —dijo Harry exhalando un suspiro al tiempo que
pronunciaba las palabras.
Clarke no dijo nada. Contuvo el aliento y aguzó el oído para tratar de
escuchar a los muertos que hablaban con Harry... al tiempo que temía
escucharlos..., pero no oyó nada. Ni oyó, ni vio, ni sintió nada, pero Clarke sabía
que Harry Keogh había recibido verdaderamente el mensaje desde el otro lado de la
tumba. Clarke seguía esperando.
Harry se levantó de detrás de la mesa, se aproximó a él y se quedó de pie a
su lado.
—Bueno —dijo—, parece que vuelvo a estar reclutado, ¿no?
—¿Que vuelves a estar reclutado? —preguntó Clarke como queriendo
disimular el sentimiento de alivio que emanaban todos los poros de su cuerpo.
Harry asintió.
—La última vez fue sir Keenan Gormley el que me vino a buscar y esta vez
eres tú. Tal vez tendrías que tomarlo como una advertencia.
Clarke sabía qué insinuaba. Gormley había sido destripado por Boris
Dragosani, el nigromante soviético. Dragosani le había sacado las tripas para
robarle sus secretos.
—No —dijo Clarke moviendo la cabeza—, esto no reza conmigo. ¡Ni por
asomo! Mis facultades se reducen a un cobarde instinto de conservación: al primer
signo de que se acerca algo desagradable, tanto si quiero como si no, mis piernas
me obligan a darme media vuelta, a echar a correr y a abandonar el lugar. De
todos modos, afrontaré los riesgos que me esperen.
—¿De veras?
Aquella pregunta estaba hecha con intención.
—¿En qué estás pensando?
—Dejé algunas cosas mías en la Rama-E —dijo Harry—. Ropa, útiles de aseo,
diferentes objetos... ¿Están allí todavía?
Clarke hizo un gesto de asentimiento.
—Tu habitación está intacta y sólo se ha intervenido en ella para limpiarla.
Teníamos la esperanza de que volverías.
—Entonces no hará falta que me lleve nada de aquí. Cuando quieras, estoy
dispuesto.
Cerró la puerta que daba al patio y Clarke se levantó.
—Llevo dos billetes de ferrocarril de Edimburgo a Londres. He venido de la
estación en taxi, así es que necesitaremos llamar un...
Hizo una pausa y vio que Harry no se movía y que su sonrisa era un poco
extraña, evasiva incluso.
Clarke le preguntó:
—¿Qué ocurre? ¿Pasa algo?
—Antes has dicho que estabas dispuesto a correr riesgos —le recordó Harry.
—Sí, pero... ¿de qué riesgos estamos hablando?
—Hace un montón de tiempo que no voy a ninguna parte en coche, ni en
barco, ni en tren, Darcy —dijo Harry—. Es un sistema de transporte que te hace
perder muchísimo tiempo. La distancia más corta entre dos puntos es una
ecuación... ¡una ecuación Möbius!
Los ojos de Clarke estaban como desencajados y se escuchaba su respiración.
—Espera un minuto, Harry, yo...
—Has venido aquí sabiendo perfectamente que cuando me contases esa
historia me sentiría incapaz de negarme —lo interrumpió Harry—. Ni tú ni la Rama-
E corréis ningún riesgo, a ti te guarda tu talento y la Rama se ocupa de sí misma,
pero los problemas son para Harry Keogh. Estoy seguro de que allí donde vaya
habrá momentos en que desearé no haberte prestado atención. Así es que, como
puedes ver, yo sí que corro riesgos de verdad. Yo confío en ti, confío en la suerte y
en mi talento. ¿Y tú? ¿Dónde has dejado la fe, Darcy?
—¿Quieres llevarme a Londres... a tu manera?
—Sí, a través de la banda de Möbius, siguiendo el continuo de Möbius.
—Esto es algo perverso, Harry —dijo Clarke, acompañándose de una mueca.
Todavía no estaba convencido de que el otro hablara en serio. La idea del
continuo de Möbius lo fascinaba, pero al mismo tiempo lo aterraba.
—Esto es como obligar a un niño asustado a que haga una figura de ocho con
los esquíes. Como sobornarlo para que lo haga ofreciéndole algo que no puede
rechazar.
—Es peor aún —dijo Harry—: el niño tiene vértigo.
—Yo no tengo...
—Lo tendrás —le prometió Harry.
Clarke parpadeó rápidamente.
—¿Es seguro? Quiero referirme a que yo no sé nada de todas esas cosas que
tú dominas.
Harry se encogió de hombros.
—Si no fuera seguro, intervendría tu talento, ¿no es verdad? ¿Sabes una
cosa? Para ser un hombre tan protegido como lo estás tú, no pareces tener mucha
confianza en ti.
—Aquí está lo paradójico del caso —admitió Clarke—. Tienes toda la razón.
Sigo quitando la corriente cuando tengo que cambiar una bombilla. ¡De acuerdo,
ganas tú! ¿Cómo se hace? ¿Estás..., estás seguro de conocer el camino? El camino
al cuartel general, quiero decir.
Clarke estaba empezando a sentir pánico.
—¿Y cómo sabes que todavía estás en condiciones de hacerlo? Oye una cosa,
yo...
—Es como montar en bicicleta.
Harry hizo una mueca, pero Clarke tuvo la satisfacción de observar que se
trataba de una mueca de las habituales en él.
—O como nadar. Si lo haces una vez, podrás hacerlo siempre. La única
diferencia es que ésta es una habilidad casi imposible de enseñar. Yo tuve al mejor
maestro del mundo, al propio Möbius en persona, y a pesar de todo me llevó
mucho tiempo aprender. Así es que ni siquiera trataré de dar explicaciones. Las
puertas de Möbius están en todas partes, pero hay que ponerlas a punto antes de
servirse de ellas. De todos modos, se hace en un segundo. Sé qué ecuaciones las
ponen a punto. Después no tengo más que empujarte y ya puedes pasar por una.
Clarke retrocedió, pero se trataba de una reacción instintiva. No era su talento
lo que hablaba por él.
—Bailemos —dijo Harry.
—¿Cómo?
Clarke miró a uno y otro lado, como si estuviese buscando una escapatoria.
—Aquí —le dijo Harry—, cógeme la mano. Eso mismo. Ahora pásame la mano
por la cintura. Ya ves, es muy fácil.
Comenzaron como a bailar un vals, Clarke con pasos remilgados y Harry
dejándose llevar, pero entretanto conjurando los fluctuantes símbolos de Möbius en
la pantalla de su mente.
—Uno, dos, tres... uno, dos, tres...
Al conjurar una puerta, dijo:
—¿Vienes aquí a menudo?
Era lo que más se acercaba a una broma que se había permitido Harry desde
hacía mucho rato. Clarke consideró oportuno contestarle en el mismo tono:
—Sólo en la época de apareamiento... —contestó casi sin aliento.
Harry atravesó con su compañero la invisible puerta de Möbius.
¡Un momento!, dijo Clarke con voz ronca, y añadió: ¡Oh, Jesús!
Al otro lado de la metafísica puerta de Möbius reinaba la oscuridad: la
Oscuridad Primigenia, la que ya existía antes de que tuviera inicio el universo. Era
un lugar donde no había más que la negación absoluta, no había siquiera un plano
paralelo de la existencia, porque allí no había nada, nada en condiciones normales.
Si ha habido alguna vez un lugar donde la oscuridad cubre la faz de lo profundo,
era éste. Muy bien pudiera haber sido el mismo lugar desde el cual Dios ordenó
aquel «Hágase la luz» que llenó el universo y lo arrancó del vacío en que se
encontraba. Puesto que el continuo de Möbius no tenía forma y era el vacío.
Decir que Clarke estaba desconcertado sería rebajar mucho sus emociones;
de hecho, la manera como se sentía constituía para él una nueva emoción
destinada a cubrir una nueva experiencia. Harry Keogh no sentía aquella misma
emoción que sintió la primera vez que entró en el continuo de Möbius, porque él lo
había entendido por instinto, lo había imaginado y lo había conjurado, mientras que
Clarke se había visto proyectado hacia él.
Allí no había aire, pero tampoco había tiempo, por lo que a Clarke no le era
necesario respirar. Y como no existía el tiempo, tampoco existía el espacio; había
una ausencia de estos dos ingredientes esenciales de cualquier universo material, si
bien Clarke no se quebraba ni salía despedido volando, por el simple hecho de que
no había ningún sitio hacia el cual fuera posible salir volando.
Podría haber gritado, lo habría hecho, pero sostenía la mano de Harry Keogh,
que era su única áncora, la que lo mantenía unido a la Salud, al Ser y a la
Humanidad. No podía ver a Harry, puesto que no había luz, pero sentía la presión
de su mano, que era lo único que podía sentir en aquel espantoso ningún-lugar.
Sin embargo, quizá también porque él poseía extraños poderes psíquicos
propios, Clarke tenía una cierta comprensión de aquel lugar. Sabía que existía
realmente, porque Harry se servía de él, y que, por lo menos esta vez, no tenía
necesidad de temerlo, ya que su talento no le había impedido estar allí. Por esto, a
pesar de la confusión provocada por el pánico que lo invadía, todavía tenía
capacidad para explorar sus sensaciones e incluso de hacer conjeturas.
Ya que no había espacio, aquello era literalmente ningún-lugar pero, por la
misma razón, ya que no existía tiempo, podía ser cualquier-parte y cualquiermomento.
Era a la vez núcleo y superficie, interior y exterior. Desde allí se podía ir
a cualquier parte si uno conocía el camino o ir a parar para siempre a ningún lugar,
que habría sido el destino de Clarke si Harry Keogh lo hubiera abandonado.
Perderse aquí habría sido perderse para siempre, puesto que en aquel no ambiente
intemporal y no espacial nada envejecería ni cambiaría nunca, salvo por la fuerza
de voluntad y aquí no había fuerza de voluntad ninguna, a menos que la trajera
alguien que se perdiera en este sitio o alguien que viniera aquí y supiera cómo
manipularla, es decir, alguien como Harry Keogh. Aunque Harry no era más que un
hombre, era sorprendente las cosas que podía conseguir a través del continuo de
Möbius. ¿Qué habría ocurrido, pues, si el que hubiera venido hubiera sido un
supermán o un dios?
Clarke volvió a pensar en el Dios, el que había operado el Gran Cambio a
partir de un vacío informe y quiso crear un universo. Y también se le ocurrió
pensar: «Harry, no deberíamos estar aquí. Este lugar no nos corresponde...». Estas
palabras, que no llegó a articular, resonaron igual que gongs en su cerebro. ¡El
ruido era ensordecedor! Y por lo visto resonaron también en el cerebro de Harry.
No te alborotes le dijo el necroscopio. No hay necesidad de gritar.
Era evidente, dada la ausencia total de todo, ya que hasta los pensamientos
tenían una masa extraordinaria.
Este no es nuestro sitio, insistió Clarke. ¡Harry, estoy terriblemente asustado!
Te pido por el amor de Dios que no te apartes de mí.
Por supuesto que no, fue la respuesta. No debes tener ningún miedo.
La voz mental de Harry era tranquila.
De todos modos, siento y entiendo lo que te pasa, pero aun así, ¿no sientes la
magia que esto tiene? ¿No te traspasa hasta dentro del alma?
Y como si el pánico que sentía comenzara ya a remitir, Clarke tuvo que
admitir que, efectivamente, era así. Lentamente fue librándose de la tensión y
empezó a sentir una distensión gradual; en otro momento le pareció notar la
influencia de fuerzas inmateriales.
Siento... como si me empujaran, como si me llevara el impulso de la marea,
dijo.
Sí, no es como si tiraran de ti, sino como si te empujaran, le confirmó Harry.
El continuo de Möbius nos rechaza, somos como motas que nos hubiéramos metido
en sus ojos inmateriales. Si pudiera, nos expulsaría, pero no vamos a quedarnos
aquí tanto como eso. Si permaneciéramos aquí mucho tiempo, trataría de
expulsarnos... o quizá de deglutirnos. Hay millones de puertas por las que podría
empujarnos y me temo que cualquiera de ellas nos sería fatal. O podríamos
encontrarnos subsumidos, vernos forzados a adaptarnos, lo cual aquí supondría ser
erradicados. Hace mucho tiempo que descubrí que o dominas el continuo de Möbius
o él te domina a ti. Pero, claro, esto supondría quedarnos una cantidad de tiempo
terriblemente largo..., expresado en términos mundanos.
Aquellos comentarios de Harry no hicieron más que aumentar la angustia de
Clarke.
¿Cuánto tiempo nos vamos a quedar aquí, quiso saber. Diablos, ¿cuánto
tiempo llevamos ya?
Un minuto o un kilómetro, respondió Harry, para responder a tus dos
preguntas. Un año-luz o un segundo. Escucha, lo siento, pero ya no vamos a
quedarnos mucho rato más. En cuanto a mí, cuando estoy aquí, esta clase de
preguntas tienen muy poco sentido para mí. Este es un continuo diferente, aquí no
rigen las viejas constantes. Este lugar es el DNA del espacio y del tiempo, esto son
los ladrillos del edificio de la realidad física. Pero... se trata de algo muy difícil,
Darcy. He tenido muchísimo «tiempo» para pensar en todas estas cosas y a pesar
de todo no tengo todas las respuestas. ¡Qué digo todas! No tengo más que unas
pocas. Aun así, lo poco que puedo hacer aquí, lo hago bien. Y ahora quiero
enseñarte una cosa.
¡Espera!, dijo Clarke. Acaba de ocurrírseme. Lo que estamos haciendo aquí es
telepatía. Eso lo hacen los que la practican en nuestro cuartel general.
No exactamente, respondió Harry. Ni siquiera los mejores son tan buenos
como eso. En el continuo de Möbius los pensamientos tienen materia, peso. Esto es
porque, en realidad, son cosas físicas en un lugar inmaterial. Imagina un minúsculo
meteorito en el espacio, que pudiese agujerear la piel de un explorador espacial.
Esto es algo parecido. Emite un pensamiento aquí y seguirá y seguirá para siempre,
de la misma manera que la luz y la materia continúan para siempre en nuestro
universo. Nace una estrella y la vemos parpadear a la vida billones de años más
tarde, porque éste es el tiempo que tarda en llegar su luz hasta nosotros. Así es
como funciona aquí nuestro pensamiento: mucho después de que nosotros nos
hayamos ido, nuestros pensamientos seguirán existiendo todavía. Pero hasta cierto
punto tienes razón en lo de la telepatía. A lo mejor los que la practican tienen algún
procedimiento para introducirse en el continuo de Möbius, algún sistema mental
que ni ellos mismos entienden. Y riéndose por lo bajo, Harry añadió: Hay «un
pensamiento» para ti pero, si la cosa es así, ¿qué decir de los videntes? ¿Y de los
vaticinadores?
De momento Clarke no captó lo que quería decir.
Lo siento, pero...
Pues, si los que practican la telepatía se sirven del continuo de Möbius,
aunque sea de una manera inconsciente, ¿qué diremos de los adivinos? ¿También
se entrometen para leer en el futuro?
Clarke volvía a sentirse inseguro.
Por supuesto, dijo, lo había olvidado. Tú también lees en el futuro, ¿verdad?
Algo hay de eso, respondió Harry. En realidad, puedo. En mis tiempos
incorpóreos, incluso podía manifestarme en tiempo pasado y en tiempo futuro, pero
ahora que vuelvo a tener cuerpo, está fuera de mis facultades... por lo menos de
momento. Aun así, puedo seguir corrientes de tiempo pasadas y futuras, siempre
que me mantenga en el continuo de Möbius. Ya veo que lo has entendido. Sí, esto
es lo que quiero mostrarte: el futuro y el pasado.
Harry, no sé si estoy preparado para esto. Yo...
No llegaremos a esto, dijo Harry como tranquilizándolo. Sólo tendremos un
atisbo y nada más.
Y antes de que Clarke tuviera tiempo de protestar, abrió una puerta al futuro.
Clarke se quedó junto a Harry en el umbral y su mente se sintió como
paralizada ante la maravilla y el espanto de lo que vio. Había un caos de millones o
de billones de líneas de una purísima luz azul inscrita en lo que de otro modo habría
sido un fondo impenetrable, constituido por una eternidad de terciopelo negro. Era
como una increíble lluvia de estrellas, donde todos los meteoros se apartaban de él
proyectándose hasta inimaginables profundidades del espacio, aunque las estelas
no quedaban oscurecidas sino brillantemente impresas en el cielo o, en realidad,
impresas en el tiempo. Y lo más terrible de todo era esto: que uno de aquellos
haces de luz azul que serpenteaban y se retorcían salía de él, se extendía o se
proyectaba a partir de él y se precipitaba a plomo en el futuro. Al lado de Clarke,
Harry emitía igualmente un haz azul. Partía de él y salía disparado siguiendo su
curso propio hacia el mañana parecido a un tubo de neón.
¿Qué es esto?
La pregunta de Clarke fue un murmullo en el éter metafísico de Möbius.
Harry también quedó impresionado ante aquella visión.
Son los hilos de la vida de la humanidad, respondió. Aquí está toda la
Humanidad, en la que estos dos haces de aquí, el tuyo y el mío, representan la
fracción más pequeña posible. El mío es el que fue en otro tiempo el de Alec Kyle y
al final iba afinándose hasta casi apagarse. Ahora, sin embargo...
¡Ahora es uno de los que más brillan!
De pronto Clarke se dio cuenta de que le había pasado el miedo, incluso
cuando Harry dijo:
Atraviesa esta puerta y podrás seguir el hilo de tu vida hasta el final. Yo
puedo hacerlo y regresar, en realidad ya lo he hecho, aunque no he llegado hasta el
final. Es algo que no quiero saber. Quisiera creer que no hay final, que el Hombre
puede vivir siempre.
Cerró la puerta y abrió otra. Esta vez no tuvo que decir nada.
Era la puerta del pasado, la que llevaba al mismo comienzo de la vida humana
en la Tierra. Igual que antes, había toda una miríada de hilos azules igual que los
de antes, pero esta vez, en lugar de perderse en la distancia, se contraían, se
estrechaban, apuntaban a un lejano y deslumbrante origen azul.
Antes de que Harry pudiera cerrar aquella puerta, Clarke dejó que la escena
se desvaneciera en su memoria. Si en el futuro no obtenía nada de la vida, por lo
menos esta aventura en el continuo de Möbius iba a ser algo que quería recordar
hasta el día de su muerte.
Pero al final la puerta al pasado se cerró, hubo un súbito y rápido movimiento
y...
... y Harry dijo:
¡Ya hemos llegado!

Capítulo 8
A través de la Puerta
Se abrió una cuarta puerta y Clarke sintió la urgencia de atravesarla. Pero la
brusca sensación de velocidad en el movimiento lo alarmó, además de turbarlo
profundamente, pues no se había recuperado todavía.
¿Harry?, dijo, mientras aquel pensamiento temblaba igual que una hoja en el
vacío inmaterial del continuo de Möbius.
—¿Harry? —dijo seguidamente.
Pero esta vez fue su propia voz lo que oyó y no simplemente sus
pensamientos. Estaba junto a Harry Keogh en su despacho del cuartel general de la
Rama-E en Londres. Permaneció un momento turbado y vacilante.
El mundo físico, el mundo real —el de la gravedad, el de la luz, el de todas las
sensaciones humanas y especialmente el del sonido, sobre todo el del sonido— se
imprimía con fuerza en aquella persona tan desprevenida que era Clarke. La
mayoría del personal había abandonado ya el local, pero quedaban el Oficial de
Servicio y un puñado de funcionarios. Por supuesto, los sistemas de seguridad
estaban en funcionamiento como siempre. En el piso superior del complejo se
dispararon las alarmas e irrumpieron en él Clarke y Keogh, primero bajo pero
aumentando gradualmente en volumen y frecuencia hasta que al cabo de unos
momentos ya eran insoportables. La pantalla de un monitor situado cerca de la
mesa de Clarke cobró vida y en ella apareció el escrito siguiente:
MR. DARCY CLARKE NO ESTÁ DISPONIBLE EN ESTE MOMENTO. USTED SE
ENCUENTRA EN UN ZONA DE SEGURIDAD. TENGA LA AMABILIDAD DE
IDENTIFICARSE CON SU VOZ NORMAL O ABANDONE INMEDIATAMENTE ESTE
SITIO, DE LO CONTRARIO...
Pero Clarke ya había recuperado el control parcial de sí mismo.
—Soy Darcy Clarke —dijo—, ya he vuelto.
Y por si la máquina no había identificado su voz temblona, no teniendo deseo
ninguno de que comenzara a desgranar su sarta de amenazas frías y mecánicas, se
acercó un tanto vacilante al cuadro de mandos de su escritorio y eliminó el contacto
de seguridad.
Antes de enmudecer, la pantalla todavía le advirtió:
NO SE OLVIDE DE VOLVER A ACTIVAR EL MECANISMO ANTES DE SALIR DEL
DESPACHO.
Acto seguido quedaron desconectadas las alarmas.
Clarke se desplomó en su silla y, en aquel momento, el interfono comenzó a
zumbar insistentemente. Pulsó el botón de contacto y oyó al Oficial de Servicio que
con voz alterada le decía:
—¿Hay alguien aquí o es que esto no funciona?
Se oyó una voz que, detrás de la puerta, refunfuñaba:
—Mejor creer que hay alguien.
Era evidente que se trataba de uno de los «espers».
Harry Keogh, con cara de pocos amigos, dijo, acompañando con un gesto de
cabeza sus palabras:
—No fue gran cosa perder este sitio. ¡Qué va!
Clarke, manteniendo apretado el pulsador de mando, dijo:
—Aquí Clarke. Ya estoy de vuelta y me he traído a Harry. Mejor dicho, él me
ha traído a mí. No os precipitéis. De momento veré al Oficial de Servicio; después
ya hablaremos.
Era evidente que había hablado para todos, después de lo cual miró a Harry y
le dijo:
—Lo siento, pero uno no puede llegar así por las buenas a un sitio como éste
sin que nadie se entere.
Harry le indicó con una sonrisa que lo había comprendido, pero aquella
sonrisa reflejaba también su extrañeza.
—Antes de que se lancen al ataque —dijo—, ¿podrías decirme desde cuándo
se ha dado por desaparecido a Jazz Simmons? Quiero decir, ¿cuándo advirtió su
ausencia David Chung?
—Hace tres días... —dijo Clarke, echando una ojeada al reloj—... en un
espacio de tiempo de seis horas. Alrededor de medianoche. ¿Por qué lo preguntas?
Harry se encogió de hombros.
—Por algún sitio tengo que empezar —dijo—. ¿Cuál era su dirección aquí en
Londres?
Clarke le dio la dirección antes de oírse al Oficial de Servicio llamar con los
nudillos en la puerta. La puerta estaba cerrada con llave. Se levantó Clarke con la
llave y atravesó la habitación con aire vacilante para dejar entrar a un hombre alto
y desgarbado, de temperamento nervioso, vestido con un traje gris de lana fina. El
Oficial de Servicio llevaba un revólver en la mano, que volvió a meter en su funda
al comprobar que tenía delante a su jefe.
—Fred —dijo Clarke, cerrando la puerta nuevamente con llave y dejando fuera
todo un conjunto de caras curiosas que atisbaban desde el pasillo—. Me parece que
no conoces a Harry Keogh. Harry, éste es Madison, Fred Madison. Él...
Pero súbitamente advirtió la expresión de sorpresa que reflejaba la cara de
Madison.
—¿Qué te pasa, Fred? —dijo, al tiempo que los dos echaban una mirada a la
habitación en la que, aparte de ellos dos, no había nadie más.
Clarke se sacó un pañuelo del bolsillo y se lo pasó por la frente al tiempo que
Madison lo agarraba al verle que se desplomaba contra la pared. Clarke tenía todo
el aspecto de encontrarse muy mal.
—Estoy bien, no te preocupes —dijo, enderezándose—. En cuanto a Harry...
Y volvió a echar una ojeada a su despacho, después se quedó moviendo la
cabeza.
—¿Qué decías, Darcy? —dijo Madison.
—Nada, que ya lo conocerás en otra ocasión. Éste es un sitio que no goza de
sus especiales preferencias...
Cuatro días antes, en el Perchorsk Projekt ocurría lo siguiente:
Chingiz Khuv, Karl Vyotsky y el director del Projekt, Viktor Luchov, se
encontraban en el hospital a la cabecera de la cama de Vasily Agursky. Hacía cuatro
días que éste había ingresado, a causa de ciertos síntomas, y habían iniciado una
desintoxicación de alcohol. Es más, se figuraban haberlo conseguido. De hecho,
había sido sumamente fácil. Desde que Agursky fue liberado de la responsabilidad
de ocuparse de aquella cosa cerrada en el tanque, su dependencia del vodka y del
slivovitz barato desapareció por completo. Sólo una vez pidió de beber y fue al
recuperar la conciencia el primer día, si bien a partir de entonces no volvió a
mencionar el alcohol y no parecía haber empeorado como resultado de la privación.
—¿Te encuentras mejor, Vasily? —dijo Luchov, sentándose al borde de la
cama de Agursky.
—Todo lo bien que cabe esperar —replicó el paciente—. Me parece que he
estado mucho tiempo al borde de una crisis. Debido al trabajo, por supuesto.
—¿El trabajo? —dijo Vyotsky, que no parecía demasiado convencido—. Lo que
tiene el trabajo, cualquier tipo de trabajo, es que produce unos resultados. En lo
que respecta al tuyo, camarada, cuesta creer que pueda ser agotador.
El hombre barbudo clavó los ojos en el hombre que yacía en la cama y lo
observó con ceño.
—Vamos, Karl —intervino Khuv—, sabes perfectamente que, de la misma
manera que hay diferentes tipos de trabajo, las presiones que ejercen sobre las
personas que los realizan son diferentes. ¿Te gustaría ser el guardián de la cosa?
Me imagino que no. Lo del camarada Agursky no era agotamiento propiamente
dicho y, si lo era, se trataba más bien de un agotamiento nervioso, provocado por
la proximidad de la criatura.
Luchov, máximo responsable en el complejo de Perchorsk y, por consiguiente,
máxima autoridad, levantó los ojos para mirar a Vyotsky y frunció el entrecejo.
Físicamente, Luchov no abultaba ni la mitad del hombre de la KGB, pero en el
orden jerárquico del Projekt estaba por encima de él e incluso por encima de Khuv.
En el tono de voz empleado para hablar con aquel bruto dejó traslucir todo el
desprecio que le inspiraba:
—Tiene usted muchísima razón, comandante. Si hay alguien que considere
que el trabajo de Vasily Agursky es fácil de hacer, no tiene más que ponerse en su
sitio y tratar de hacerlo. ¿Es que contamos con un voluntario quizá? ¿Pretende
decirnos su hombre que él sabría desempeñarlo mejor?
El comandante de la KGB y el director del Projekt miraron significativamente a
Vyotsky. Khuv, con su sonrisa ambigua y el rostro lleno de cicatrices; Luchov, sin
ningún rastro de emoción y sin sombra de complacencia. Su disgusto se
evidenciaba en el latido de las venas, visibles en la mitad de su cráneo mondo y
lirondo cubierto de quemaduras. La aceleración de su pulso denotaba siempre que
desaprobaba algo o a alguien, en este caso a Karl Vyotsky.
—¿Y bien? —dijo Khuv, que últimamente había tenido varios encontronazos
con la rudeza y los malos modos de su subordinado—. A lo mejor es que me
equivoco y que sí te interesa el puesto. ¿Qué me dices, Karl?
Vyotsky se tuvo que tragar el orgullo. Khuv fue lo bastante perverso para
dejar que saliera como pudiera del brete en el que se había puesto.
—Yo... —dijo—, me refiero a que yo...
—¡No, no! —dijo el propio Agursky tratando de salvar a Vyotsky de aquel mal
paso y acomodándose mejor en las almohadas—. Ni que decir tiene que no se trata
de que nadie ocupe mi puesto, e incluso resulta ridículo sugerir que una persona
que no está cualificada para ello pueda desempeñar mi trabajo. No lo digo en modo
alguno para rebajarte, camarada —dijo dirigiendo una mirada indiferente a
Vyotsky—, pero cada uno tiene sus propios méritos. Ahora que he superado dos de
los problemas que me afectaban: mi crisis nerviosa y mi absurda... obsesión por la
bebida, me niego a considerarlo vicio... les prometo que no me va a ser difícil
superar el tercero. Si se me concede un período de tiempo igual al que llevo ya
empleado, pueden estar seguros de que aquella criatura me enseñará todos tus
secretos. Sé que los resultados que he obtenido hasta ahora no son demasiado
prometedores, pero de ahora en adelante...
—Tómatelo con calma, Vasily —le dijo Luchov poniéndole una mano en el
hombro, refrenando un entusiasmo que tenía muy poco que ver con el
temperamento apático de Agursky.
Era evidente que no estaba recuperado del todo. Aun así, los médicos
hubiesen asegurado que estaba en perfectas condiciones de volver al trabajo; lo
cierto es que sus nervios todavía no estaban totalmente repuestos.
—¡Mi trabajo es importante! —protestó Agursky—. Necesitamos saber qué
hay detrás de la Puerta y es posible que esa criatura tenga la respuesta. Si sigo
aquí, no podré descubrirla.
—Un día más no te hará ningún daño —dijo Luchov poniéndose de pie—, y yo
personalmente me ocuparé de que de ahora en adelante cuentes con un ayudante.
No puede ser bueno para nadie tener que encargarse en solitario de un ser como
ése. Estoy seguro de que algunos de nosotros —y al decir estas palabras miró
significativamente a Vyotsky— ya haría mucho tiempo que se habrían
desmoronado...
—Está bien, me quedaré un día más —dijo Agursky volviendo a tumbarse—,
pero tendré que ponerme a trabajar inmediatamente. Creedme si os digo que la
relación que se ha establecido entre aquella criatura y yo es algo sumamente
personal y que no pienso rendirme hasta llegar al final.
—Descansa —dijo Luchov— y ven a verme tan pronto como te encuentres en
condiciones. Yo mismo me ocuparé de que puedas hacerlo.
Los visitantes de Agursky salieron de la habitación y éste pudo quedarse a
solas. Ya no tenía que andarse con más vueltas. Su rostro dibujó una sonrisa
taimada y a la vez llena de amargura, una sonrisa que reflejaba en parte la
sensación de triunfo que le embargaba por haber conseguido engañar a todos
cuantos lo habían visto y en parte su terror ante lo desconocido y ante el hecho de
quedarse a solas, pero aquella sonrisa desapareció de su cara con la misma rapidez
con la que había aparecido. Se vio sustituida por una angustia nerviosa revelada en
el temblor de sus pálidos labios y en un insistente tic que contraía el músculo de la
comisura de su boca. Sabía engañar tanto a médicos como a visitantes, eso era
cierto, pero no podía engañarse a sí mismo.
Los médicos lo habían examinado concienzudamente y lo único que
encontraron fue un ligero agotamiento psíquico y quizás un cierto cansancio físico
—ni siquiera llegaba a la extenuación de Vyotsky—, y sin embargo Agursky sabía
que lo que él padecía era mucho más gordo. Aquella cosa que estaba en el
recipiente había puesto algo dentro de él, algo que se había introducido dentro de
él. Pero las ruedas seguían girando y el tiempo seguía su curso. Lo que uno podía
preguntarse era esto: ¿cuánto tiempo permanecería escondida en él aquella cosa?
¿Cuánto tiempo tardaría en encontrar la respuesta e invertir el proceso,
cualquiera que fuese? Y si no podía encontrar la respuesta, ¿qué haría aquella cosa
mientras vivía y crecía dentro de él? ¿Cómo sería cuando saliera a la superficie? De
momento aquel hecho sólo lo conocía él, por lo que a partir de ahora debería
vigilarse estrechamente, para poder conocer antes que nadie si... si le ocurriría algo
extraño. Si se enteraban, si descubrían que dentro de él había algo que procedía
del otro lado de la Puerta, si sospechaban siquiera que...
Agursky comenzó a temblar sin poder controlarse, rechinaban sus dientes y
sus puños se cerraban en un espasmo de terror. Ellos habían quemado aquellas
cosas que atravesaron la Puerta, las habían rociado con fuego hasta convertirlas en
pequeños montoncitos de engrudo. ¿No irían ahora a quemarlo a él si..., si...?
¿En qué se convertiría cuando aquellas ruedecillas interiores que giraban
lentamente hubiesen realizado su ciclo completo? Lo peor de todo era esto: no
saber...
Tras salir del perímetro y dejar a Luchov, que siguió su camino, Khuv y
Vyotsky se encaminaron a su lugar de trabajo dentro del escuadrón de «espers» del
Projekt y en aquel momento vieron aparecer a uno de éstos que se dirigía jadeando
a su encuentro. Era un hombre gordo y grasiento llamado Paul Savinkov, que antes
de trabajar en Perchorsk había estado en las embajadas de Moscú. Su predilección
antinatural por los hombres y especialmente por los miembros más jóvenes del
personal extranjero de las embajadas había hecho que su trabajo pasara a
convertirse en un riesgo. Rápidamente fue trasladado a Perchorsk, si bien seguía
tratando de escapar de aquel lugar, cosa que pensaba lograr principalmente
haciendo lo posible para tener contento a Khuv. Estaba seguro de que llegaría a
convencer a su vigilante en la KGB de que había otros sitios en los que su talento
podría resultar más efectivo o utilizado de manera más productiva. Su don especial
era la telepatía, en la que en ocasiones destacaba extraordinariamente.
El rostro de niño gordo y reluciente de Savinkov exteriorizaba una gran
preocupación en el momento en que chocó con Khuv y Vyotsky en el amplio
corredor exterior.
—¡Ay, camaradas! ¡A vosotros era a quien andaba buscando! Iba a hacer mi
informe...
Hizo una pausa para apoyarse en la pared y recobrar el aliento.
—¿Qué te pasa, Paul? —dijo Khuv.
—Estaba de servicio tratando de no perder de vista a Simmons... bueno, es
un decir..., cuando hará cosa de diez minutos que trataron de ponerse en contacto
con él. Es imposible que me equivoque: ha habido un potente sondeo telepático
apuntado directamente hacia él. Lo he percibido y me las he arreglado para
desbaratarlo, he logrado interferirlo y, en cuanto he dejado de detectarlo, he venido
corriendo a buscaros. He dejado a otros dos del escuadrón en mi sitio por si había
algún nuevo intento. ¡Ah!, de camino me han dado esto para que te lo pasara.
Y tendió a Khuv una nota del Centro de Comunicaciones.
Khuv le echó una ojeada y al momento frunció la frente, que quedó cubierta
de arrugas. Volvió a leer y sus ojos oscuros parecieron fulminar la hoja de papel.
—¡Mierda! —exclamó en voz baja, cosa que en él equivalía a algo mis que una
mera expansión.
Y dirigiéndose a Vyotsky, Je dijo:
—Ven, Karl, tendremos que ir a hablar inmediatamente con mister Simmons.
Voy a adelantar un poco los planes que tenemos con él. Seguramente te contrariará
saber que a partir de esta misma noche ya no podrás continuar tomándole el pelo
porque no estará aquí.
Se metió el informe del Centro de Comunicaciones en el bolsillo y despidió al
adulador de Savinkov con un gesto de la mano.
Vyotsky casi tenía que andar corriendo para alcanzar a Khuv cuando éste,
desviándose del camino que llevaban, se encaminó a la celda de Simmons.
—¿Qué pasa, comandante? —dijo—. ¿De dónde viene la nota que has recibido
y qué dice?
—Este contacto telepático del que acaban de informarnos... —masculló Khuv,
como si no hubiera oído las preguntas del otro—. No es el primero, como sabes
muy bien...
Siguió adelante rápidamente, con Vyotsky pegado a sus talones.
—La mayoría eran meramente inquisitivos y eran fruto de la labor de varios
grupos de videntes y adivinos extranjeros que intentan descubrir qué pasa aquí.
Pero eran insignificantes, porque los «espers» extranjeros no pueden precisar con
exactitud nuestra localización, es decir, no cuentan con un punto definido en que
centrarse y porque el barranco nos protege. Nuestros psíquicos han sabido
desembarazarse de ellos con bastante facilidad y burlar sus planes. Pero si una
potencia extranjera consiguiese introducir realmente a un «esper» bien dotado en
este lugar, ¡sería harina de otro costal!
—Simmons no tiene esas condiciones —protestó Vyotsky—. De eso podemos
estar bastante seguros.
—De esto no cabe duda —dijo Khuv con un gruñido—, aunque me parece que
han encontrado la manera de utilizarlo para sus fines. De hecho, el informe que
tengo en el bolsillo lo confirma. —Dejó escapar una risita siniestra, como la del
jugador que acaba de perder una pieza en el juego de ajedrez—. Sólo puede
tratarse de los británicos, que son los que están más avanzados en estas
artimañas. ¡Los de la Rama-E son buenos de verdad! Siempre lo han sido... y
extremadamente peligrosos además, como lo comprobaron nuestros «espers» en
ocasión de lo del château Bronnitsy.
—No te sigo —dijo Vyotsky con aire de desprecio hablando como a través de
la barba—. Simmons no está aquí porque se haya introducido él; fuimos nosotros
quienes lo metimos aquí, y no muy a la chita callando, por cierto.
—Vuelves a estar en lo cierto —dijo Khuv asintiendo enérgicamente con la
cabeza—. Fuimos nosotros los que lo atrapamos y los que lo metimos aquí, pero
créeme, no podemos seguir teniéndolo aquí dentro. ¡Tenemos que sacarlo esta
misma noche!
Habían llegado a la celda de Simmons. Junto a la puerta un soldado armado y
uniformado hacía guardia con aire distraído; se puso inmediatamente en posición
de firme al advertir que Khuv y Vyotsky se acercaban. En una celda contigua a la
del prisionero, un par de «espers» vestidos de paisano estaban ante una mesa
sumidos en sus pensamientos y divagaciones. Khuv entró y les dijo unas pocas
palabras:
—¡Eh, vosotros dos! Supongo que Savinkov ya os habrá dicho qué ha
ocurrido. La noticia exige redoblar la seguridad, ¡y estar más alerta que nunca!
Quiero que el escuadrón completo..., todos, Savinkov incluido..., se dediquen a
trabajar a partir de ahora. ¡Jornada completa! Estas órdenes no se mantendrán
durante mucho tiempo, probablemente sólo durante unas horas, pero mientras no
diga otra cosa, lo quiero así. Pasad la orden y encargaos de que se cumpla.
Volvió junto a Vyotsky y el soldado de servicio los dejó pasar a la celda de
Jazz. El agente británico estaba tumbado en su litera con las manos detrás de la
cabeza. Se sentó así que entraron, se restregó los ojos y, con un bostezo, dijo con
su sarcasmo habitual:
—¡Tengo visita! ¡Fantástico! Ya estaba pensando que me tenían olvidado. ¿A
qué se debe el honor?
Khuv sonrió fríamente.
—Estamos aquí para hablar con usted de la D-cap, Michael... entre otras
cosas. ¡Es interesante e ingenioso lo de la D-cap!
Jazz se manoseó un poco el lado izquierdo de la cara por la parte de la
mandíbula inferior y la movió de un lado a otro.
—Lo siento, pero me parece que ya está en su poder —dijo con petar—. Y la
muela de al lado también. Pero se están curando muy bien, gracias.
Vyotsky se adelantó con aire amenazador.
—¿Quieres ver cómo dejan de curarse bien, británico? —le preguntó con un
gruñido—. Puedo hacerte pedazos y verás cómo no te curas.
Khuv lo refrenó con un suspiro de impaciencia.
—Karl, a veces eres un plomo —le dijo—. Sabes perfectamente que
necesitamos que mister Simmons esté en forma, ya que de otro modo no valdría la
pena realizar nuestro experimento.
Después de eso miró con intención al prisionero.
Jazz se enderezó ligeramente en la cama.
—¿Un experimento? —dijo, tratando de sonreír, pero presa de inquietud—.
¿Qué clase de experimento? ¿Y qué es todo esto de mi D-cap?
—Sí, hablemos primero de esto —respondió Khuv—. Nuestros hombres de
Moscú han analizado su contenido: se trata de drogas muy complejas pero
totalmente inofensivas. Habrían hecho que durmiera unas cuantas horas, pero nada
más.
Observó atentamente su reacción y vio que Jazz fruncía el entrecejo y
evidenciaba una franca incredulidad.
—Eso es una ridiculez —replicó—. No es que pensara servirme de ella..., por
lo menos esto es lo que creo..., pero esta clase de cáplulas son letales. —Y
entornando los párpados añadió—: ¿Qué pretende de mí, camarada? ¿Se trata de
algún plan desatinado para atraerme a su bando?
Volvió a sonreír.
—No, porque me temo que nosotros no le resultaríamos de ninguna utilidad,
Michael, especialmente ahora que conoce los entresijos del Perchorsk Projekt. Pero
no desdeñe tanto esa posibilidad. No creo que con nosotros le fuera peor de lo que
le ha ido. Después de todo, los suyos hasta ahora no le han tratado tan bien como
eso...
—No sé de qué me habla —dijo Jazz moviendo la cabeza y dejando de hacer
comedia—. ¿Por qué no me dice claramente qué quiere de mí?
—Ya se lo he dicho —respondió Khuv—, por lo menos en parte. En cuanto a lo
que le estoy hablando le diré que su gente estaba esperando que lo cogieran, si
bien no estaban seguros de la recepción que le dispensaríamos y por eso debían
asegurarse de que usted no te liquidase demasiado pronto.
Jazz frunció el entrecejo.
—Demasiado pronto... ¿para qué?
—Antes de que pudieran servirse de usted, por supuesto.
Jazz seguía con el entrecejo fruncido.
—Aunque lo que está diciendo parece que tiene sentido, sé que no puede
tener sentido —dijo Jazz—. ¡Claro, suponiendo que dice la verdad!
—Su confusión es comprensible —dijo Khuv asintiendo con la cabeza— y muy
tranquilizadora, porque me revela que usted no tenía parte en el asunto. La D-cap
era para engañarle, para asegurarse de que usted representaría su papel hasta el
final. Y también para engañarnos a nosotros. Estaba pensada para ponernos todas
las trabas posibles. Imagino que sus «espers», los británicos de la Rama-E,
urdieron todo el chanchullo. Más tarde o más temprano se las habrían arreglado
para llegar hasta usted, en caso de haber tenido tiempo. Pero no lo tenían. Ya no lo
tenían.
—¿La Rama-E? ¿El ESP? —dijo Jazz levantando las manos—. Ya le he dicho
que no sé una palabra de todo esto, ¡que ni siquiera creo en todo esto!
Khuv se sentó en una silla al lado de la cama de Jazz y dijo:
—Entonces hablemos de algo que usted crea.
Ahora su voz era muy tranquila, peligrosa incluso.
—Usted cree en aquella Puerta espacio-tiempo que hay en el fondo de las
entrañas del magma. En eso sí cree, ¿verdad?
—Acepto la evidencia que me llega a través de mis cinco sentidos, sí —
respondió Jazz.
—Entonces acepte también lo que voy a decirle: esta noche usted cruzará esa
Puerta.
Jazz se quedó estupefacto.
—Que yo, ¿qué?
Khuv se puso de pie.
—Ésa ha sido mi intención desde el principio, pero primero quería estar
absolutamente seguro de que se había recuperado totalmente de las heridas antes
de servirme de usted. Como máximo, dejaré pasar tres o cuatro días más.
Se encogió de hombros.
—Pero ahora debo puntualizar una cosa. Lo crea o no, las Ramas-E mundiales
son absolutamente reales. Yo soy el monitor y guardián de un grupo de psíquicos, y
destacados aquí conmigo hay varios de mis «espers». Los de Occidente quieren
servirse de usted como se servirían de un «espejo» para enterarse de lo que
hacemos aquí. Hasta ahora no lo han conseguido. Hoy nos aseguraremos de que no
lo conseguirán nunca.
Jazz se puso de pie y se adelantó hacia Khuv. Vyotsky se interpuso entre los
dos y dijo:
—Vamos, británico, ahí me tienes.
Jazz se apartó. Le habría encantado hacer algo con aquel ruso enorme, pero
en su propio espacio y en su propio tiempo.
—Si me obliga a atravesar aquella Puerta quiere decir que usted no es otra
cosa que un asesino —dijo a Khuv.
—No —dijo Khuv negando con un gesto de la cabeza—, yo soy un patriota
consagrado al bienestar de su patria. ¡El asesino es usted, Michael! ¿Se olvida de
Boris Dudko, el hombre que mató en lo alto del barranco?
—¡Él quería matarme a mí! —protestó Jazz.
—No es verdad —repuso Khuv—, pero si lo hubiera hecho, simplemente
hubiera cumplido con su obligación. —Y demostrando que se sentía profundamente
ultrajado, Khuv añadió—: ¿Cómo? ¿Un agente enemigo dedicado a espiar dentro de
las fronteras de un país pacifico? Naturalmente que habría cumplido con su
obligación. Como nosotros cumpliríamos con la nuestra si ahora le quitásemos la
vida.
—Sería una violación de los convenios.
Aunque Jazz sabía que carecía de argumentos, comprendía que valía la pena
intentarlo.
—En un caso como éste los convenios no cuentan para nada —respondió Khuv
con voz tranquila—. Tenemos que desembarazarnos de usted, es evidente. Tiene
que comprenderlo. Además, no será ningún asesinato.
—¿Que no lo será? —dijo Jazz volviendo a tumbarse en la cama—. De
acuerdo, puede llamarlo experimento si usted quiere, pero yo lo llamo asesinato.
¡Jesús! ¿Es que no ha visto lo que sale por esa esfera o por esa Puerta o como
quiera llamarle? ¿Qué posibilidades tiene un hombre en el mundo del que ellos
vienen?
—Muy pocas —respondió Khuv—, pero mejor eso que nada.
Jazz reflexionó sobre esto, trató de imaginar cómo sería y procuró poner
orden en sus pensamientos, súbitamente arremolinados
—Un hombre solo en un lugar así —dijo—, cuando ni siquiera se qué digo
cuando digo «un lugar así».
Khuv asintió con un gesto.
—Es impresionante, ¿verdad? Pero no se trata necesariamente de un hombre
solo...
Jazz clavó en él los ojos.
—¿Es que me acompaña alguien?
—Desgraciadamente no —dijo Khuv con una sonrisa—. Debo decir, en cambio,
que hay alguien, de hecho tres personas ya, que han hecho este viaje.
Jazz movió la cabeza.
—No acabo de entenderlo —tuvo que admitir.
—La primera fue un ladrón y un asesino, uno de la localidad. Se le dio a
elegir: ejecución o Puerta. No tenía mucho donde elegir, diría yo. Fue provisto de lo
necesario, al igual que lo será usted, y emprendió el viaje. Tenía una radio, pero no
la llegó a utilizar y, si quiso servirse de ella, la Puerta actuó como barrera. De todos
modos, valía la pena intentarlo, porque habría sido una novedad eso de recibir
transmisiones desde otro universo, ¿no le parece? Llevaba también alimentos
concentrados, armas, una brújula y, lo más importante de todo, muchas ganas de
vivir. El equipo que transportaba era de la más alta calidad y era abundante...,
muchas más cosas de las que he mencionado. Usted no llevará menos; al contrario,
dispondrá de más. Todo es cuestión de lo que puede llevar o de lo que esté
dispuesto a llevar. En cualquier caso, transcurridos quince días, decidimos
suprimirlo de la lista. Si es que había un camino de vuelta, él no lo encontró... o
quizás hubo algo que lo encontró a él primero. Aunque he dicho que lo tachamos,
en realidad puede estar vivo, pero al otro lado. Después de todo, no sabemos qué
ocurre al otro lado.
»A continuación probamos con un "esper". Uno de los mejores de entre los
más distinguidos. Se llamaba... quizá siga llamándose, Ernst Kopeler, un hombre
dotado de la extraordinaria facultad de ver el futuro. Seguramente usted piensa
que fue un despilfarro enviar un hombre de esas condiciones a través de la Puerta.
Pero la verdad es que Kopeler no llegó nunca a acomodarse a nuestra manera de
ver la vida y que por dos veces intentó... ¿cómo lo llaman ustedes? ¿Desertar? Sí,
ustedes pueden llamarlo así, pero nosotros lo consideramos una traición de lo más
ruin. ¡Qué estúpido! Con un talento como el suyo y encima se figuraba que iba a
gozar de libertad. Las razones que lo movieron al final fueron de lo más irónico.
Parece que vio su futuro y descubrió que era monstruoso, ¡insoportable!
Después de meditar un momento, Jazz dijo:
—Sí, descubrió que atravesaría la Puerta.
Khuv se encogió de hombros.
—Es posible. ¿Cómo se dice? Creo que es «qué será, será». Los hombres no
pueden evitar lo que los espera, Michael. El sol se pone y vuelve después a
levantarse para todos.
—Salvo para mí, ¿verdad? —dijo Jazz con una risita irónica—. Y en cuanto al
tercer «voluntario», ¿qué? ¿También era un traidor?
Khuv asintió con un gesto de la cabeza.
—Es posible que lo fuera, en realidad no estamos seguros de que fuera
verdaderamente una traidora.
—¿Una traidora? —dijo Jazz, incrédulo—. ¿Quiere decir que la tercera persona
fue una mujer?
—Sí, es exactamente lo que estoy diciendo —respondió Khuv—, y muy bonita
además. ¡Fue una verdadera lástima! Se llamaba o se llama Zek Föener. Zek es el
diminutivo de Zekintha. Su padre era alemán, de Alemania Oriental, y su madre
griega. Había sido una de las «espers» más competentes pero... ocurrió algo. No
sabemos exactamente qué fue lo que la cambió, pero el hecho es que perdió
facultades... o eso era lo que ella decía por lo menos. Y lo que siguió diciendo
durante los seis años que estuvo encerrada en una institución mental, donde su
conducta fue juzgada excesivamente problemática. Después pasó otros dos años en
un campo de trabajos forzados de Siberia, donde los «espers» no la perdieron de
vista ni un momento. Éstos juraban que seguía conservando sus dotes telepáticas,
pero ella lo negaba a machamartillo. En conjunto, un caso muy enojoso y una
terrible pérdida de tiempo. Había sido una persona dotada de extraordinarias dotes
telepáticas y se había convertido, en cambio, en una disidente, en alguien que se
negaba a colaborar, que exigía derecho a emigrar a Grecia. En resumen, que se
convirtió en un problema en muchísimos aspectos. Así es que...
—Así es que decidieron desembarazarse de ella, ¿verdad? —dijo Jazz con
enorme desdén.
Khuv hizo como que no advertía el desprecio que reflejaban los ojos de su
interlocutor.
—Lo que le dijimos fue esto: atraviesa la Puerta, sírvete de tus dotes
telepáticas para decirnos qué ocurre al otro lado, porque aquí tenemos gente que
captará lo que tú les transmitas, de esto puedes estar segura, y si tienes suerte y
haces las cosas a nuestra entera satisfacción, te devolveremos aquí.
Jazz miró fríamente a Khuv y dijo:
—Pero ustedes no podían traerla aquí. ¡No sabían!
Khuv volvió a encogerse de hombros.
—No, pero eso ella no lo sabía.
—O sea que, en cualquier caso, estamos hablando de asesinato —dijo Jazz
asintiendo nuevamente con la cabeza—. Si son capaces de hacer una cosa así con
uno de los suyos, ¿cómo puedo esperar que me dispensen mejor trato? Ustedes
son... ¡al diablo!... ¡son una mierda!
Vyotsky gruñó una advertencia... o quizás era un desafío. Lo cierto es que se
adelantó hacia él con sus manazas levantadas. Khuv lo detuvo cogiéndolo por el
brazo.
—También a mí se me ha acabado la paciencia, Karl. Pero ¿qué importa?
Mejor que ahorres tus energías. De todos modos, este asunto ya está tocando a su
final. Créeme si te digo que estoy tan harto como tú de mister Simmons, pero que
sigo queriendo que pase entero por la Puerta.
Se dispusieron a salir de la celda y para ello Khuv llamó con los nudillos a la
puerta, que les fue abierta desde fuera. Cuando ya estaba a punto de salir, el
comandante de la KGB dijo de pronto:
—¡Ay, por poco se me olvida! Enséñale a Michael tus asquerosas fotos. Si
somos mierda, comportémonos como mierda.
Khuv atravesó la puerta y desapareció sin darse la vuelta. Vyotsky, en
cambio, se volvió y, mirando a Jazz, le dirigió una sonrisa sardónica y se sacó del
bolsillo un pequeño sobre de papel manila:
—¿Te acuerdas de tus amigos del campamento de madereros? Sí, me refiero
a los Kirescu. Tan pronto como te cogimos, tus amigos de Occidente nos
previnieron sobre ellos. Nosotros ya hacía tiempo que teníamos sospechas y nos
pusimos a vigilarlos hasta que descubrimos que intentaban escapar. ¡No sé dónde
se figuraban que podían ir! Anna Kirescu irá a un campo de trabajos forzados y su
hijo Kaspar a un orfanato. En cuanto a Yuri, trató de resistirse y tuvimos que
matarlo de un tiro... ¡qué lástima! Así es que sólo quedaron dos.
—Kazimir y su hija, Tassi. ¿Qué ha sido de ellos? —dijo Jazz poniéndose de
pie.
Sentía un impulso irresistible de abalanzarse sobre Vyotsky. ¡Cómo deseaba
cargarse a aquel bestia!
—Los tenemos con nosotros, naturalmente. Pueden decirnos muchas cosas.
Hablarnos de sus contactos aquí en Rusia y en su antigua patria. Pero como son
gente muy ruda, los métodos que empleamos para sacarles información tienen que
ser muy directos. Nosotros sabemos ir al grano cuando nos conviene. ¿Me sigues?
Jazz dio un paso adelante. Tanto sus emociones como sus sentimientos
estaban a flor de piel y sabía que, si daba un paso más, tendría que llegar hasta el
final y arrojarse sobre Vyotsky. Lo más probable es que aquel matón de la KGB no
esperase otra cosa.
—¿Un viejo y una muchacha? —dijo articulando las palabras entre dientes—.
¿Quieres decir que los han torturado?
Vyotsky se pasó la lengua por los labios ásperos y carnosos y, lanzando el
sobre desde el otro extremo de la celda, lo situó sobre la cama de Jazz.
—Hay torturas y torturas —dijo con voz ronca y extrañamente lasciva—. Por
ejemplo, estas fotografías serán una tortura para ti. Me refiero a que tú y la
pequeña Tassi tengo entendido que simpatizabais bastante, ¿no es verdad?
Jazz sintió como si toda su cara rezumase sangre, miró el sobre y a
continuación volvió a mirar a Vyotsky. Se sentía desgarrado.
—Pero ¿qué diablos...? —exclamó.
—Ve las fotografías —dijo Vyotsky arrastrando las palabras—, el comandante
sabe lo mucho que disfruto provocándote, por lo que me dijo que veía muy bien
que yo y la chica realizásemos una pequeña sesión fotográfica. Espero que las fotos
te gusten, porque son muy artísticas.
Jazz avanzó hacia él dispuesto a agredirlo, pero Vyotsky le dio con la puerta
en las narices.
Jazz, dentro de la celda, se concedió un momento de respiro, mientras
clavaba los ojos en la puerta y sentía su respiración jadeante cómo resonaba en su
pecho y en su garganta. En aquel momento habría cogido con gusto un cuchillo
oxidado, habría abierto la barriga a Vyotsky y le habría sacado los intestinos.
Habría sido una operación sin anestesia. Aquellas fotografías...
Jazz se acercó a la cama y cogió cinco fotos del sobre. La primera estaba un
poco arrugada. Jazz ya la había visto antes: Tassi sentada en un campo de
margaritas. La muchacha le había dado aquella fotografía. La fotografía siguiente la
mostraba... desnuda, sujetada con argollas a una pared de acero. Tenía las manos
afianzadas con cadenas sobre la cabeza y las piernas abiertas. La muchacha tenía
los ojos cerrados, los párpados apretados debido a la fuerza que hacía para
mantenerlos cerrados. Vyotsky, a su lado, con malévola sonrisa en los labios,
parecía sopesarle el pecho izquierdo con la palma de la mano.
La tercera foto era peor. Jazz ni siquiera se dignó mirar las restantes. Las
estrujó con la mano y arrojó la bola lejos de sí. Después se acurrucó en la cama y,
hecho un ovillo, se concentró en otras imágenes. Volvían a centrarse en los
intestinos de Vyotsky, aunque esta vez se los extraía con una navaja, sino que se
los arrancaba con las uñas.
Vyotsky se quedó unos momentos con la oreja pegada al frío acero de la
puerta de la celda. Nada. Silencio absoluto. Vyotsky pensó que Jazz no debía de
tener sangre en las venas, sino agua. Después de dar Unos fuertes golpes en la
puerta gritó:
—Michael, Khuv me ha dicho que esta noche, cuando nos hayamos librado de
ti, puedo divertirme con ella una o dos horas. La vida también tiene sus momentos
buenos, ¿no crees? A lo mejor podrías indicarme qué cosas le gustan más,
¿quieres?
Pero la sonrisa desapareció del rostro de Vyotsky que, frunciendo el entrecejo,
dio unos pasos atrás.
Jazz Simmons, que seguía acurrucado en la cama, dejó escapar un gemido.
Se había mordido el labio y por la herida no salía sangre sino fuego líquido...
Durante las cinco o seis horas siguientes Jazz tuvo un gran número de
visitantes. Se presentaron en su celda con varios artilugios cuyo funcionamiento le
explicaron y demostraron con todo detalle. Incluso lo autorizaron a manipularlos,
desmontarlos y volverlos a montar. Jazz puso mucha atención en todas estas
operaciones, puesto que significaban para él la supervivencia. El minúsculo
lanzallamas que le suministraron venía desprovisto de su lata de combustible y, en
lugar de la metralleta de pequeño calibre, le dieron un manual con su descripción.
El soldado que a última hora de la tarde apareció con el manual le entregó
también una caja de municiones medio vacía con balas inutilizadas y cargadores
oxidados. Era para que Jazz pudiera practicar la manera de cargar los cartuchos. En
combate, la rapidez en cargar el arma supone a veces salvar la vida. Jazz había
manoseado torpemente la primera carga, pero después, tras concentrarse en el
trabajo, había conseguido colocar el segundo cargador en muy poco tiempo. El
soldado se había quedado impresionado, pero al rato comenzó a bostezar y se
desinteresó del asunto. Jazz continuó cargando y descargando cartuchos durante
media hora más.
—¿Por qué estás ahí? —acabó preguntándole el soldado.
—¿Quieres decir que por qué estoy prisionero? Pues por espionaje —dijo Jazz.
No veía razón para disimular ni para ocultar la verdad.
—Pues yo, como no me dejen dormir pronto, es que me amotino —dijo el
muchacho señalándose el pecho con el dedo pulgar—. Anoche en el cuartel hubo
prácticas de alarma y desde entonces estoy de servicio. ¡Estoy que no me tengo de
pie!
Frunciendo el entrecejo, añadió:
—¿Has dicho espionaje?
—Sí, soy espía —dijo Jazz asintiendo con la cabeza.
Metió los viejos cartuchos y un puñado de balas descoloridas en la caja de
municiones, colocó la tapadera con un golpe y afirmó los cierres. Después se
restregó las manos en los pantalones y se puso de pie.
—Ya está, me parece que ya lo domino.
—De todos modos, no sirve de mucho saber cargar el cartucho si no dispones
de una arma —dijo el soldado riendo por lo bajo.
Jazz le devolvió la sonrisa.
—Tienes razón —le dijo—. ¿Me dejas una?
—¡Sí, hombre! —exclamó el chico echándose a reír—, una cosa es amotinarse
y otra muy distinta estar chalado. ¿Que te deje un arma? No voy a ser yo quien te
la deje. Ya te la darán después...
Ahora era ese «después» del que había hablado el soldado: las dos de la
madrugada en el mundo exterior, aunque dentro del subterráneo del complejo de
Perchorsk la hora tenía muy poca importancia. Allí las cosas variaban muy poco, ya
fuera de día o de noche. Eso por lo menos era lo que ocurría en las noches
normales. Esta noche, sin embargo, no era una noche normal.
En aquellos niveles de pesadilla situados en el interior del magma, en el
mismo núcleo de aquel complejo, Michael «Jazz» Simmons esperaba de pie en la
plataforma que formaba aquella especie de anillo de Saturno, pertrechándose con
el equipo que le habían preparado. En cualquier caso, no tenía más remedio que
hacer lo que le mandaban. Todavía no le habían dado la lata de combustible de su
lanzallamas miniatura y aún estaba sin su metralleta. Ésta se encontraba en las
manos muy capaces de Karl Vyotsky, que sostenían aquella arma ligera en sus
brazos enormes como si se tratara de un niño. Vyotsky tenía que escoltar a Jazz a
lo largo de la pasarela.
El agente iba cargado con todo lo que podía sostener, pese a lo cual seguía
moviéndose con cierta desenvoltura. Había rechazado una parka y un enorme
cuchillo de monte, que en conjunto habrían supuesto otros siete kilos de peso.
Había aceptado, sin embargo, una pequeña hacha con una hoja afilada como una
navaja barbera que podía servirle como arma o como utilísima herramienta.
Khuv, avanzando entre el círculo de personas que observaban a Jazz, dijo:
—Bien, Michael, así es como están las cosas. Ahora no me queda más que
decirle que, si creyera que ha de aceptarlos, ahora sería el momento de ofrecerle
mis mejores deseos.
—¿Ah, sí? —dijo mirándolo de arriba abajo—. ¡Yo nunca le ofrecería a usted
mierda, camarada!
Khuv apretó las comisuras de los labios.
—Perfectamente —dijo—, tiene que ser fuerte y mantenerse fuerte, Michael.
¡Quién sabe, a lo mejor incluso logra sobrevivir! En cualquier caso, si encuentra
forma de volver, nosotros le estaremos esperando. Y me encantará volver a tener
noticias suyas. Como usted sabe, nos gustaría que por aquí pudiera pasar todo un
ejército, por lo que todos los informes que podamos conseguir han de servirnos de
gran ayuda.
Hizo una seña con la cabeza a Vyotsky.
—¡Adelante, británico! —dijo el enorme ruso, pinchándolo con la punta de la
metralleta.
Jazz avanzó hacia el interior por el entarimado, se volvió para echar una
última ojeada, se encogió de hombros y se encaró con la esfera. Unas gafas
oscuras le protegían los ojos contra el deslumbramiento, pero hasta la misma
uniformidad de la superficie de la esfera le resultaba molesta, como si estuviera
contemplando un canal que no funcionase en la pantalla de un televisor. La
plataforma del anillo de Saturno ya se había quedado atrás y Jazz avanzaba por el
istmo de la pasarela. Las maderas carbonizadas que tenía bajo los pies le revelaban
que aquél era el lugar donde había muerto el guerrero y le parecía estar oyendo el
grito de aquel ser extraño: «¡Wamphyri!». Después...
... después llegaron a la esfera. Jazz se paró y avanzó una mano. Los dedos
pasaron fácilmente a través de aquella luz blanca y no sintió la resistencia hasta
que volvió a retirar la mano. Entonces notó una extraña viscosidad, como si la
esfera estuviese tirando de él. Parecía que no quería soltarlo, aun así era el primer
momento de penetración. Con bastantes esfuerzos consiguió liberar la mano.
—¡Aguanta, británico! —le dijo Vyotsky, detrás de él—. Y procura no ponerte
nervioso. ¡Toma, lo vas a necesitar!
Y colgó del macuto que llevaba a la espalda una botella cilindrica de aluminio
que contenía el combustible para el lanzallamas, después de lo cual le ordenó:
—¡Ahora date la vuelta!
Jazz le obedeció. Vyotsky, con una sonrisa sardónica, le dijo:
—¡Estás muy pálido, británico! Es una sensación extraña, ¿verdad?
—Sí, un poco —dijo Jazz francamente.
Ahora que veía el hecho como inevitable, sentía una extraña sensación. Pero
aún habría sido mucho peor si se hubiera concentrado en sus sentimientos, ya que
en realidad estaba concentrado en algo totalmente diferente.
Vyotsky escrutó su rostro un momento y dijo:
—¡Bah! No sé si eres un héroe o simplemente un estúpido. Dime, ¿qué eres?
—Sacó el cargador de la metralleta y pasó el arma a Jazz. Después, riendo por lo
bajo, añadió—: ¿Quieres también esto, británico? Mucho más a mano que los que
llevas en el macuto, ¿verdad?
Y agitó el cargador en la mano, que sonó de manera especial.
El rostro tenso de Jazz reflejaba una profunda concentración, pero no
denotaba ninguna emoción. De pronto Vyotsky pensó: «aquí está ocurriendo algo»
y, dejando de reír bruscamente, dio un paso atrás.
La mano derecha de Jazz se metió en el bolsillo del mono de combate que
llevaba y sacó de él un cargador oxidado, pero pese a ello utilizable. De un gesto
rápido introdujo el cartucho en el arma y apuntó al ruso con ella.
—¡Quieto! —dijo encañonándolo.
Vyotsky se quedó helado, mientras Jazz acortaba la distancia entre los dos y
colocaba la boca del cañón debajo mismo de la barbilla del ruso. Entonces,
hablando entre dientes, le espetó:
—¡Es curioso, pero encuentro que estás un poco pálido, Iván! ¿Hay alguna
cosa que te preocupa?
Khuv acudió corriendo desde la plataforma del anillo de Saturno.
—¡Alto el fuego! —vociferó, no dirigiéndose a Jazz, sino a los soldados
apostados en el perímetro con las armas apuntadas hacia el agente británico.
Khuv se detuvo a unos tres metros de distancia de los dos hombres.
—Michael —dijo jadeando—. ¿Qué mosca te ha picado?
—Me parece que está bastante claro —dijo Jazz, que ahora parecía estar
divirtiéndose de lo lindo—. El Iván el Terrible este que tengo a mi lado va a
acompañarme en la excursión.
Y agarrando con fuerza a Vyotsky por la barba, le presionó el cañón del arma
debajo de la barbilla y tiró de él hacia la esfera.
Vyotsky estaba pálido como un muerto.
—¡No! —tartamudeó, aunque sin atreverse a negarse, porque temía que el
inglés presionara el gatillo.
—¡Naturalmente que sí, Iván, si no quieres que te liquide aquí mismo! —le
dijo Jazz—. Lo que es yo, no tengo nada que perder.
Ya estaba notando la superficie externa de la Puerta que iba atrayéndolo hacia
ella.
Khuv todavía se acercó un poco más y a Jazz se le ocurrió un plan que aún le
pareció mejor.
—¡Tú también, comandante! —dijo—, o disparo ahora mismo contra este hijo
de puta y contra ti.
Khuv actuó con rapidez y se puso en movimiento en el mismo momento en
que Jazz pronunciaba aquellas palabras, desplomándose en la pasarela cuan largo
era y gritando:
—¡Fuego, fuego, fuego!
Jazz cayó pesadamente de espaldas dentro de la esfera, arrastrando en la
caída al tambaleante Vyotsky tras él. Y...
... ¡y allí había más que blancura! Blanco puro, un fondo de blancura
inmaculada sobre el cual Jazz y Vyotsky no constituían otra cosa que manchas de
suciedad. Rodaron por un suelo aparentemente sólido que resultaba invisible debido
a su misma blancura. Por encima de sus cabezas sonaron unos disparos que
formaron una ensordecedora barrera de retumbantes truenos... y que cesaron al
momento, cuando se oyó la voz de Khuv, transformada en una especie de zumbido
irreconocible que se producía muy lentamente y que parecía llegar desde una
distancia infinita:
—¡A-l-t-o e-l f-u-e-g-o! ¡A-l-t-o e-l f-u-e-g-o!
Ahora que se encontraban en el interior de la esfera y que Khuv ya estaba a
salvo, no quería que les hiciesen ningún daño.
Jazz se levantó y volvió la vista atrás. A través de una fina película lechosa
veía el «exterior» y tenía la impresión de que los movimientos de la gente eran tan
lentos que casi eran inexistentes. Era un efecto de doble sentido. Khuv estaba
levantándose del suelo y tenía el brazo en alto sobre su cabeza, dando orden de
que cesase el fuego.
Jazz lo saludó con el brazo, después de lo cual se volvió hacia Vyotsky,
tumbado en el suelo y con el terror pintado en el rostro, y lo apuntó con el arma.
—¡Arriba, Iván! —le dijo con una voz que sonó completamente normal—. Hay
que ponerse en movimiento, ¿no te parece?
Vyotsky miró a su alrededor como para dominar la situación. Tenía los
hombros caídos. Lentamente se puso de pie y dijo:
—¡Vete a la mierda, británico!
Y a continuación hizo un gesto como tratando de dirigirse hacia Khuv.
Pero no fue más que un intento, porque ahora sólo podía moverse en una
dirección. Como si hubiera chocado con una invisible barrera, se desplomó de
rodillas y sus uñas arañaron el aire. Y dándose cuenta de la situación en que se
encontraba, hizo lo que Jazz esperaba que hiciera: ponerse a gritar solicitando
ayuda.
Jazz lo contempló mientras se arrastraba por el suelo y después dijo:
—Haz lo que te venga en gana, Iván. Quédate aquí gritando y vociferando
todo lo que quieras y, al final, muérete.
Vyotsky volvió la cabeza rápidamente hacia él.
—¿Morirme?
Jazz asintió con un gesto.
—Sí, de hambre o de agotamiento...
Y volvió la espalda a la imagen que se veía tras la Puerta: Khuv, un telón de
fondo formado por las paredes del magma y toda la soldadesca moviéndose de
forma lentísima. Y avanzó hacia lo que parecía y se mostraba como una inmensidad
de tan extraordinaria blancura que casi le hacía daño.
Vyotsky, desde atrás, todavía le gritó:
—Pero ¿por qué?, ¿por qué? ¿De qué te va a servir que me quede aquí?
—De nada —le contestó Jazz—. Pero tampoco tú le serviste de nada a Tassi...

Capítulo 9
Al otro lado de la Puerta
El comandante de la KGB Chingiz Khuv estaba frente a su subordinado, Karl
Vyotsky, separados por una distancia no superior a los tres metros y viéndose a
través de una finísima película lechosa tan delgada que casi resultaba invisible. Aun
así, se encontraban en dos mundos diferentes. Khuv habría podido dar dos o tres
pasos adelante, tender la mano y estrechar la de Vyotsky. Habría podido hacerlo,
pero no se atrevía, puesto que dada la situación en que se encontraban, aunque el
comandante no habría podido sacar a Vyotsky tirándole de la mano, era indudable
que Vyotsky sí habría podido arrastrarlo a él hacia el interior. Con todo, podían
hablar, aunque con ciertas dificultades.
—¡Karl! —le llamó Khuv—. De momento no hay manera de que puedas salir
de ahí, pero tampoco puedes quedarte arrodillado como un niño abandonado.
Bueno, claro que puedes, pero no te va a servir de nada. Por supuesto que
podemos suministrarte alimento, naturalmente que sí, te lo arrojamos a través de
la Puerta y listos. En eso Simmons se ha equivocado. Seguramente no se le ha
ocurrido, pero tenía razón cuando te ha dicho que morirías. ¡Al final morirás, Karl!
El tiempo que puedas tardar en morir dependerá de lo que tarde en producirse el
Encuentro Seis. ¿Me sigues?
Khuv se quedó esperando la respuesta de Vyotsky. La comunicación por la
Puerta era desalentadora, pero finalmente Vyotsky asintió y se puso de pie. Para
conseguirlo tardó unos minutos. Entretanto, la figura del agente británico iba
desapareciendo en la distancia y lenta, muy lentamente, se perdía de vista. La cara
y la boca de Vyotsky comenzaron a moverse de una manera grotesca, mientras sus
palabras iban llegando apagadas, sordas, lentas. Khuv le oyó decir:
—¿Qué me aconsejas?
—Simplemente, esto: vamos a equiparte exactamente igual que a Simmons,
es decir, te suministraremos todo el equipo y el alimento concentrado que puedas
transportar. Por lo menos tendrás las mismas oportunidades que él.
Por fin llegó la respuesta:
—¿Quieres decir que así tampoco tendré ninguna oportunidad?
—Una oportunidad mínima, la verdad sea dicha —insistió Khuv—, pero no vas
a saber si la tienes hasta que intentes averiguarlo.
Llamó a un suboficial del escuadrón de soldados que tenía detrás de él y le dio
órdenes tajantes y perentorias. El hombre se marchó corriendo.
—Y ahora, Karl, escucha —prosiguió Khuv—. ¿Se te ocurre alguna cosa que
pueda serte útil? Me refiero a algo que no hayamos proporcionado a Simmons.
Vyotsky volvió a asentir lentamente con la cabeza y dijo:
—Una motocicleta.
Khuv se quedó con la boca abierta. No tenían ni la más mínima idea de cómo
debía ser el terreno, y así se lo dijo.
—Si no me puedo montar en ella, la dejo aquí tranquilamente —respondió
Vyotsky—. ¿Tan difícil es proporcionarme una motocicleta? Si supiera pilotar un
helicóptero, lo pediría.
Khuv, por tanto, dio nuevas órdenes. Como cumplirlas requería tiempo,
Simmons ya no era entonces más que un puntito en la blancura del horizonte, un
punto que iba haciéndose gradualmente más pequeño, como una hormiga que
recorriera una duna de arena.
Comenzó a llegar el equipo, transportado en un carro, que fue empujado
hacia el interior de la esfera. Vyotsky inició la interminable faena de ponerse
encima los arneses. Lo hacía con toda la rapidez que podía, pero para Khuv y los
demás observadores era como contemplar el lento avance de un caracol. La
paradoja era ésta: que a ojos de Vyotsky ocurría lo mismo con los demás.
Consideraba que se estaba moviendo con gran rapidez, pero los demás parecían
moscas moviéndose sobre miel. Para los compañeros de Vyotsky hasta las mismas
gotas de sudor que resbalaban por su frente tardaban segundos en llegar al suelo
invisible sobre el que tenía posados los pies.
Por fin llegó la moto: un pesado modelo militar, pero en buenas condiciones
de funcionamiento y con suficiente combustible para recorrer trescientos setenta y
cinco kilómetros. La moto fue colocada en otro carrito y empujada también hacia el
interior. Vyotsky, en el otro lado, iniciaba el proceso increíblemente lento de
montarse en la motocicleta y de poner en marcha el motor. Sin embargo, pese a la
anomalía que presentaba el ritmo del tiempo, el resto del espectro físico parecía
funcionar perfectamente. La moto emitió unos cuantos estampidos, hizo un ruido
parecido al de grandes martillos que golpeasen sobre madera de roble, puesto que
cada pistón producía un sonido diferente e individual, y Vyotsky levantó los pies del
suelo. Lentamente, muy lentamente, aunque con mucha mayor rapidez que
Simmons, Vyotsky y su moto fueron empequeñeciéndose en la blanca distancia
hasta desaparecer finalmente de la vista. Sólo quedaban dos carros vacíos...
Aunque Vyotsky ya había desaparecido, Khuv siguió contemplando la esfera
hasta que los ojos le comenzaron a doler. Después dio media vuelta, atravesó la
pasarela hasta el anillo de Saturno y comenzó a subir las escaleras de madera
hasta llegar al pozo que perforaba el magma. Allí, en la plataforma situada en la
boca del pozo, le esperaba Viktor Luchov. Khuv se paró y dijo:
—Director Luchov, he podido darme cuenta de que procuras quedarte al
margen de este experimento. De hecho, si en algo te has hecho notar ha sido
precisamente por tu desinterés —dijo un poco a la defensiva.
—Sí, de la misma manera que seguiré manteniéndome al margen de hechos
como éstos —respondió Luchov—. Tú eres aquí un comandante de la KGB, pero yo
soy un hombre de ciencia. Tú lo llamas experimento, pero yo lo llamo ejecución. A
lo que parece, dos ejecuciones. Me figuraba que ya habría terminado todo, por eso
he venido. Desgraciadamente, aún he estado a tiempo de ver a ese patán de
Vyotsky en el momento de desaparecer con la moto. Aunque es un bruto, me da
lástima. ¿Qué explicación piensas dar de todo esto a tus superiores de Moscú?
Las aletas de la nariz de Khuv temblaron un poco y se puso algo más pálido,
pese a lo cual su voz permaneció tranquila al responder:
—Me hago responsable de mis procedimientos de información, director. Tienes
razón: tú eres un hombre de ciencia y yo soy un miembro de la KGB. Pero fíjate en
que cuando digo «hombre de ciencia» no lo digo con la misma entonación con la
que diría «cerdo», por lo que te aconsejo que vayas con cuidado al utilizar la
palabra KGB. ¿Acaso porque tenga que desempeñar tareas más ingratas que las
que tú haces son menos meritorias? Yo más bien creo lo contrario. ¿Me vas a decir
en serio que como hombre de ciencia no te sientes fascinado por la oportunidad
que acaba de presentársenos?
—Si tú realizas esa clase de tareas mejor que yo es porque yo no estoy
dispuesto a realizarlas. —Y después de estas palabras añadió casi a gritos—: ¡Dios
mío, es que..., es que...!
—¿Qué te pasa, director? —dijo Khuv enarcando las cejas y con los labios
tensos, que dibujaban una sonrisa fina y desagradable.
—¡Hay gente que no aprende nunca! —gritó Luchov—. ¿Es que has olvidado el
juicio de Nuremberg? ¿Es que no sabes que todavía estamos llevando a gente ante
los tribunales de justicia?
Al darse cuenta de la expresión del rostro de Khuv se calló.
—¿Me estás comparando con los criminales de guerra nazis?
Khuv estaba ahora pálido como un muerto.
—¡Este hombre era uno de los nuestros! —dijo Luchov, señalando la esfera
con un dedo tembloroso.
—Sí, lo era —dijo Khuv bruscamente—, pero también era un psicópata, un ser
brutal, un hombre tortuoso, insubordinado y peligroso hasta el punto de constituir
un peligro potencial. Pero ¿no te habías preguntado nunca por qué no lo reprendía
nunca? Tú te figuras saberlo todo, ¿verdad, director? Pues bien, no es así. ¿Sabes
para quién trabajaba Vyotsky antes de trabajar conmigo? Era guardaespaldas de
Yuri Andropov en persona..., y todavía no hay nadie que sepa de cierto cómo
murió. Lo que sí se sabe es que no se llevaban nada bien y que Andropov había
intentado degradarlo. ¡Sí, puedes creerlo, Karl Vyotsky estaba implicado! Pues bien,
ahora te voy a decir por qué fue enviado aquí...
—No... no lo considero necesario —dijo Luchov agarrándose al pasamanos de
la escalera para sostenerse.
Parecía que de su rostro se había retirado la sangre y ahora estaba tan pálido
como Khuv.
—Me parece que ya lo sé.
Khuv bajó la voz.
—De todos modos voy a decírtelo —dijo con un hilo de voz—. De no haber
sido por la desgracia de esta noche, nuestro próximo «voluntario» habría sido
igualmente Karl Vyotsky. Así es que no te lamentes por él, querido director, porque
de todas maneras únicamente le quedaba un mes.
Luchov pareció horrorizado, pero miró estupefacto a Khuv mientras éste se
daba la vuelta y subía por las escaleras a través del pozo.
—¿Y él no lo sabía? —preguntó.
—Naturalmente que no —respondió Khuv sin volverse—. Si hubieras estado
en mi pellejo, ¿se lo habrías dicho?
Jazz siguió trabajosamente su camino.
Habría sido inútil apresurarse o desperdiciar energías innecesariamente y, de
momento, no tenía la impresión de que nada ni nadie fuera a atacarlo. Por lo
menos no aquí. De todos modos, debía tratar de conservar sus fuerzas. No sabía
cuánto camino le faltaba por recorrer; tanto podía ser un kilómetro más, como diez
o cien. Se sentía como si tuviera que atravesar un lago de sal, después de haberse
quedado cegado por el sol. Sí, así era como se sentía: como si avanzara a ciegas
por un camino interminable y bajo un sol abrasador. Un sol que, aun siendo
abrasador, no desprendía calor ninguno. Sólo luz. En realidad, sudaba, pero era por
el esfuerzo, no porque estuviera sometido a ninguna fuente de calor. En aquel
blanco túnel entre dos mundos no hacía calor ni frío, sino que la temperatura era
constante y no constituía ningún problema. De hecho, allí se habría podido vivir en
el supuesto de que hubiera habido vida, pero allí no había nadie que pudiera vivir
realmente, puesto que en aquel lugar la única realidad y todo lo demás era...
blancura.
Por dos veces había tomado un sorbo de la botella de agua que llevaba,
simplemente para reemplazar la humedad que había perdido, y las dos veces
pensó: «¿Es que no hay nada más aquí? ¿Sólo este vacío? ¿Qué va a pasar si
resulta que eso no va a ninguna parte?»
Pero entonces ¿de dónde habían salido el murciélago y el lobo y las demás
criaturas del magma? ¿Y el guerrero? No, aquello tenía que ir a parar a alguna
parte.
También había hecho una pausa para sacar el cargador oxidado de su
metralleta, arrojarlo lejos de sí y encajar en ella otro de los que llevaba de
repuesto. Si le hacía falta usar el arma, lo último que deseaba era que se le
quedara la bala encasquillada en el momento en que más la necesitara.
Fue entonces, después de haber encajado el nuevo cargador, cuando se
enteró de algo que no sabía acerca de aquel maldito lugar de la Puerta. Al sujetar
los correajes del macuto, levantó la vista y se dio cuenta de que no sabía qué
dirección debía tomar. Llevaba una brújula en la muñeca, pero se había hecho tarde
para servirse de ella, habría debido consultarla inmediatamente después de
penetrar en la esfera. Con todo, la miró... sólo para ver que la manecilla giraba sin
rumbo, tan perdida como él. Después volvió a mirar a su alrededor, girando
lentamente y dando una vuelta completa o lo que él creía que era una vuelta
completa. Pero ni siquiera de esto podía estar seguro.
Todo era igual, se girara hacia donde se girase: una blancura inmensa que se
extendía en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Un suelo blanco, un
cielo blanco, sin que apareciera ninguna distinción en parte alguna, sin ningún
horizonte ni cosa alguna diferente, aparte de su propia persona. Él y la fuerza de la
gravedad. Gracias a Dios que existía la gravedad, que sin aquella sensación de
tener algo sólido debajo... habría tardado muy poco en volverse loco.
Por lo menos la fuerza de la gravedad le permitía saber dónde estaba arriba y
dónde estaba abajo.
Se volvió y miró por encima del hombro. ¿De veras que había venido de esa
dirección? ¿O quizá de esa otra? Habría sido difícil asegurarlo. ¿Cómo podía saber
que iba en la dirección adecuada? ¿Y qué diablos podía querer decir en aquel sitio
dejado de la mano de Dios ir en la dirección adecuada?
Sin embargo, cuando trató de volver a ponerse en camino, encontró una
resistencia, una pared de espuma invisible que lo empujaba hacia atrás con una
fuerza igual a la que él desplegaba contra ella. Ir hacia la derecha no era tan difícil,
pese a que también costaba; hacia la izquierda ocurría lo mismo. Sólo se podía ir
en una dirección, lo que significaba que aquélla era la adecuada. Por esto no lo
había notado anteriormente, porque había escogido automáticamente el camino
que ofrecía menor resistencia o se había sentido guiado hacia él.
Después se habían renovado los esfuerzos y los sudores hasta que llegó el
momento de echar otro trago de la botella. Mientras miraba hacia adelante y
tragaba agua de la botella para refrescarse el gaznate, Jazz se dio cuenta de que
las cosas ya no eran de un color blanco inmaculado. Comprobarlo fue para él un
susto y poco le faltó para atragantarse. ¿Qué diablos era todo aquello? ¿Eran
montañas lo que divisaba a distancia? ¿Siluetas de peñascos? ¿Un cielo azul
intenso..., estrellas? Era como mirar a través de una cueva marina, como si
contemplara la escena desde el interior de un túnel una mañana de niebla. O como
si estuviera observando un dibujo al aguafuerte en un trozo de seda blanca. ¡Pero
qué lejos estaba!
Jazz se esforzó en mirar con mayor atención... pero al mismo tiempo sintió
mayor recelo. La escena estaba acercándose y haciéndose más brillante a medida
que las estrellas parpadeaban y eran sustituidas por débiles rayos de sol que
parecían venir de las montañas situadas en la parte derecha de la escena. Y en ese
momento fue cuando Jazz oyó el sonido.
Al principio lo asoció con la escena que estaba revelándose a su vista, pero
después se dio cuenta de que venía de atrás. Y entonces reconoció de qué ruido se
trataba: ¡era una moto! Se dio la vuelta y miró.
Karl Vyotsky iba montado en una moto con la correa de la metralleta colgada
del hombro derecho y la metralleta debajo del brazo con el cañón apuntando hacia
adelante. De momento todavía no podía ver la escena que Jazz acababa de
descubrir, ya que lo único que podía ver era a Jazz. El hombretón ruso hizo rechinar
los dientes y sus labios dibujaron una mueca de desprecio. Conducía la moto con la
mano izquierda y las rodillas, mientras con la derecha sostenía la culata del arma.
Deslizó el índice a lo largo del guardamonte y llevó la mano a la válvula de
estrangulación del motor, al tiempo que la moto daba un salto adelante.
—¡Británico! —gruñó como si hablase consigo mismo—, tienes el tiempo
contado. Da un besito a todo el mundo antes de desearles buenas noches.
Jazz se quedó estupefacto. ¡Una motocicleta! ¡Y él que había estado haciendo
tantos esfuerzos para caminar! El problema consistía ahora en conseguir que
aquella ventaja que Vyotsky tenía sobre él se transformara en desventaja. Pero
mientras caminaba, Jazz tuvo tiempo de dedicar algunos de sus pensamientos al
curioso aspecto de la Puerta. Le parecía que tenía la respuesta de aquella situación.
—Muy bien, Iván —murmuró para sí—, vamos a ver si eres tan listo como
crees.
Vyotsky estaba cada vez más cerca y ahora comenzó a acelerar hasta que en
el indicador apareció el número sesenta y sintió el latido de la moto debajo de él.
Aunque el avance de la moto era suave y regular como la seda, sabía que no le iba
a ser fácil hacer puntería con la metralleta. Sería, literalmente, dar en el blanco o
fallar. Pero tenía a su favor el elemento de la sorpresa o, por lo menos, del susto.
¿Qué estaría pensando ahora el inglés, se preguntaba, al ver aquella poderosa
máquina que se abalanzaba sobre él?
Jazz calculó que en aquel momento la moto estaba a poco menos de un
kilómetro de distancia y que sólo le quedaban treinta segundos. Se arrodilló, se
puso de lado, a fin de disminuir el blanco que ofrecía su silueta, y giró el arma en
dirección a Vyotsky. No pensaba dispararle y lo único que quería era ponerlo un
poco nervioso.
Cuando le quedaban unos cuatrocientos metros por recorrer, vio que el rostro
de Vyotsky se había convertido en la máscara del odio, como preludio del ataque.
Pero... súbitamente su presa se volvió más pequeña y estaba apoyada en una
rodilla. Al mismo tiempo Vyotsky vio la escena que se había desarrollado al otro
lado de la Puerta. Por un momento se quedó absorto en ella, pero en seguida volvió
a concentrarse en lo que estaba haciendo: ¡quería abatir a aquel inglés hijo de puta
y matarlo! Movió las rodillas, desplazó el peso del cuerpo, imprimió a la moto una
especie de lento bamboleo... y al mismo tiempo comenzó a disparar tiros aislados
en dirección a Jazz.
Quedaban unos ciento cincuenta metros y Jazz todavía se abstenía de
disparar. Ni siquiera había sacado el seguro ni preparado el arma. Parecía evidente
que aquel ruso loco quería abatirlo. Vyotsky confiaba en que Jazz se dejaría vencer
por los nervios y trataría de echar a correr para apartarse de su camino. Pero Jazz
tenía sus planes. Por fin sacó el seguro, preparó el arma, apuntó y... esperó.
Porque, en caso de no estar equivocado, era inútil disparar.
Sólo cincuenta metros y Vyotsky seguía disparando con su arma automática:
un río de plomo que zumbaba y hendía el aire alrededor de Jazz, demasiado cerca
para su tranquilidad. Por fin, ya en el último momento, se echó a un lado. La moto
de Vyotsky volcó y éste le imprimió un fuerte giro lateral. La moto quedó clavada
en el suelo con las ruedas en el aire después de haber proyectado a su conductor
fuera del sillín.
Moto y motorista iban dando volteretas en direcciones diferentes, mientras
Jazz se encaminaba cautelosamente hacia ellos y hacia la escena que aparecía al
otro lado de la Puerta. Como por milagro, Vyotsky dejó de patinar y de dar
volteretas y se encontró prácticamente incólume. Aquí el «terreno» era
evidentemente diferente. Tenía magulladuras por todo el cuerpo y se había
desgarrado una manga del mono de combate pero, aparte de asomarle el codo por
el desgarrón, todo parecía en orden. Se puso de pie con aire vacilante y con
expresión de incredulidad contempló al inglés, situado quizás a unos quince pasos
de distancia, que se dirigía a él.
—¡Hola, Iván! —le gritó Jazz—. Veo que has llegado por la vía directa.
Vyotsky cogió el arma, comprobó que no le había ocurrido nada y apuntó con
ella al enemigo que se acercaba. ¿Por qué se sonreía de aquella manera aquel
cabrón de mierda? ¿Por el accidente? ¿Lo encontraba divertido? No sabía qué le
había pasado a la moto. Seguramente se le había reventado un neumático... pero a
Simmons debía de habérsele reventado el cerebro, ni siquiera se defendía. Llevaba
el arma en brazos como si acunara un niño y se acercaba a él como si no pasara
nada en absoluto.
—¡Británico, eres hombre muerto! —dijo Vyotsky.
Apuntó deliberadamente a la parte baja del cuerpo, pensaba hacerle papilla
los muslos, las ingles, el vientre... Y apretó el gatillo. El arma estaba puesta en el
funcionamiento automático. Hizo tres disparos seguidos antes de que el dedo de
Vyotsky saltara del gatillo, cosa que ocurrió cuando el arma le golpeó en el pecho y
lo tumbó para atrás dejándolo espatarrado en el suelo. Vyotsky tuvo la sensación
de que le había hundido el pecho, de que le había roto las costillas. Posiblemente se
había roto una o dos.
Tumbado en tierra, rodeándose el pecho con los brazos, rechinando los
dientes y soltando una serie de ayes de dolor, seguía con la vista clavada en Jazz. A
distancia y entre los dos había tres balas perfectamente visibles en el suelo. La
metralleta las había disparado, pero lo único que había hecho era expulsarlas a
través el cañón. El resultado había sido tres poderosas coces en rápida sucesión
que ni siquiera el corpachón del enorme ruso había sido totalmente capaz de
amortiguar.
Vyotsky hizo un esfuerzo para alcanzar la metralleta humeante, pero ésta se
encontraba cerca de donde estaba Jazz, es decir, en dirección indebida. Por mucho
que se esforzase, sus intentos eran inútiles.
La metralleta estaba a menos de medio metro de distancia de sus dedos,
verdaderamente a muy poca distancia, pero igual podría haber sido un kilómetro o
no haber estado en ninguna parte. También la moto estaba en dirección opuesta.
Jazz se dirigió a la moto, la levantó, se colocó la rueda delantera entre las
piernas y enderezó el manillar volviéndolo a colocar en posición correcta, ya que
había quedado torcido con el golpe. No hizo ningún caso de los lamentos de
Vyotsky, sino que se limitó a empujar la moto y a recoger del suelo la metralleta
del ruso. Por fin habló:
—A lo que parece, el sonido y la luz son las dos únicas cosas que circulan aquí
en ambas direcciones —dijo—. Podemos oír lo que decimos y podemos vernos
mutuamente y, aunque tú estás más adelante que yo, al otro extremo de la Puerta,
tus palabras me llegan perfectamente bien. Como me llega igualmente tu imagen,
ya que puedo verte. Sin embargo, mientras estemos en esta misma posición, de ti
a mí no puede llegar nada sólido. De haber estado en posición inversa, seguro que
ahora estaría muerto. Pero no ha sido éste el caso. Así es que no hay manera de
que puedas hacerme ningún daño, Iván, ni con balas, ni con palos, ni con piedras.
¡Nada! Esas tres balas —dijo apartando de un puntapié los tres proyectiles
disparados— no han hecho otra cosa que descargar el arma contra ti. Si no te
hubiera dominado el odio, lo habrías descubierto tú mismo.
Después de escuchar estas palabras, Vyotsky frunció el entrecejo y asintió
con la cabeza y, abrazándose todavía el pecho con las manos, se sentó.
—Pues entonces acaba de una vez —dijo—. ¿A qué esperas?
Jazz lo miró fijamente e hizo una mueca.
—¿Serás imbécil? ¿No se te ha ocurrido pensar que a lo mejor somos los
únicos seres humanos que estamos en este lado de la Tierra? ¿Tú y yo? No es que
me encanten los hombres, pero no me veo matando a la mitad de la población
humana sólo para darme ese gustazo. La última vez que ocurrió fue cuando Caín
mató a Abel.
A Vyotsky le costaba muchísimo seguir la lógica de Jazz. Ni siquiera estaba
seguro de que el razonamiento fuese lógico.
—Pero ¿qué estás diciendo?
—Pues que, yendo en contra de mis propias convicciones, te concedo la vida
—le dijo Jazz—. Date cuenta de que no soy un loco asesino como tú. Ayer, en mi
celda, de haberte tenido en esta misma situación, las cosas seguramente habrían
sido muy diferentes. Y también habría sido culpa tuya, porque tú me provocaste.
Pero ahora, ni loco te mataría.
Vyotsky trató de soltar una risita burlona, pero sólo le salió una mueca.
—¡Cobarde de mierda, hijo de...!
Se puso en pie de golpe.
Jazz apuntó hacia abajo su metralleta y disparó una sola bala entre los pies
de Vyotsky, que rebotó en el suelo.
—Los palos y las piedras no pueden herir mis huesos —recordó—, pero las
palabras pueden hacer mucho daño a los tuyos.
Se montó en la moto y con un golpe dado con el pie, la puso en marcha.
—¿Vas a dejarme aquí sin el arma? —dijo Vyotsky, alarmado de pronto—.
¡Pues es lo mismo que si me mataras!
—Encontrarás el arma esperándote cuando cruces la Puerta —le dijo Jazz—.
Pero acuérdate de esto: como vuelva a encontrarte en mi camino, la historia va a
tener un final muy diferente. No sé si ese mundo que tenemos delante es muy
grande, pero me parece que basta para los dos. Tú lo has decidido así, por lo tanto,
no tengo nada más que decirte. Espero no volver a verte.
Puso la moto en marcha y pasó por delante de Vyotsky, cambió la marcha y
cogió un poco de velocidad. Después se volvió y miró un momento hacia atrás. El
ruso lo miró mientras desaparecía. Habría sido difícil decir qué reflejaba la
expresión de su rostro. Jazz suspiró, cambió las marchas sucesivamente y se dirigió
a la escena iluminada por el sol que se revelaba ante sus ojos. Pero algo en el
fondo de sus pensamientos lo avisaba de que acababa de cometer una grave
equivocación...
Otra equivocación era ésta: ¡no reconocer dónde terminaba la Puerta y dónde
empezaba el extraño mundo que se extendía más allá!
Jazz hacía tres o cuatro minutos que conducía a una velocidad regular de
treinta o cuarenta kilómetros por hora cuando, sin previo aviso, rompió la piel
exterior de la esfera, que por este lado también era una esfera, como pudo
comprobar al saltar al espacio. El problema era que por ese lado de la esfera
parecía colocada en la garganta de lo que parecía un cráter y el borde de dicho
cráter era un metro más alto que el terreno circundante.
Cayó la moto y Jazz con ella, consiguiendo liberarse de un puntapié de aquella
máquina cuyas ruedas seguían girando, al tiempo que los dos chocaban
estrepitosamente con la dura tierra y las esquirlas desprendidas de las rocas. Jazz
se quedó en el suelo hecho un ovillo esperando que sus sentidos se recuperasen del
golpe. Después se sentó y miró a su alrededor... y entonces se enteró de la suerte
que había tenido.
La deslumbrante esfera blanca tenía quizás unos nueve metros de diámetro, y
alrededor de su perímetro, penetrando la tierra y el cráter, unas paredes con un
radio de unos veinte metros y con las galerías del magma abiertas por doquier.
Jazz había aterrizado entre dos de esos agujeros y sabía muy bien que sólo la
buena suerte había impedido que cayera de cabeza por la boca de uno de ellos. Sus
paredes eran finas como el cristal y casi perpendiculares, mientras que su
profundidad tan sólo se podía conjeturar. Una vez dentro, le habría costado Dios y
ayuda volver a salir.
Jazz contempló la esfera, pero tuvo que apartar en seguida los ojos de ella
para evitar que lo cegara. Era una gigantesca pelota de golf, totalmente luminosa,
colocada sobre mortero húmedo y puesta a secar. Eso era lo que parecía.
—Pero ¿quién diablos la habrá puesto aquí? —dijo Jazz para sus adentros—.
¿Y por qué no gritó «¡ojo!»?
Se puso de pie y quiso comprobar qué se había hecho, pero lo único que
descubrió fueron chichones y magulladuras. Después (y pese a que se sentía casi
obligado a permanecer inmóvil y con la boca abierta ante aquel extraño mundo en
el que había penetrado) se dirigió a la moto para ver qué daños había sufrido. La
horquilla había quedado totalmente torcida; la rueda, inmóvil y aprisionada. De
haber tenido una llave inglesa y haber podido sacar la rueda, tal vez sirviéndose de
la fuerza bruta hubiera podido enderezar la horquilla, pero... no disponía de llave
inglesa.
¿Disponía de alguna herramienta?
Soltó las lengüetas que sujetaban el sillín y tiró de él para atrás... El
compartimento de herramientas que estaba debajo se encontraba vacío. La
máquina estaba destinada a quedarse allí hasta que se oxidase. Y lo mismo había
que decir del transporte...
En ese momento Jazz se acordó de Karl Vyotsky. El ruso se encontraba a dos
o tres kilómetros de distancia, lo que suponía cuarenta minutos en el mundo
exterior, incluso cargado con el equipo. Lo último que deseaba Jazz era encontrarse
allí cuando Vyotsky llegase, pero antes de marcharse todavía tenía que hacer una
101
cosa.
Llevaba una pequeña radio de bolsillo, un walkie-talkie que Khuv había
querido que se llevara. Lo puso en marcha y habló brevemente por el micro:
—¿Camarada cabrón comandante Khuv? Aquí Simmons. Estoy al otro lado y
no pienso decirle ni una puñetera palabra acerca de cómo he llegado hasta aquí ni
de qué aspecto tiene todo esto. ¿Qué le parece?
No hubo respuesta, ni siquiera ruido de interferencias. Quizás un débilísimo y
lejano silbido y una especie de crujido. En cualquier caso, nada que se pareciera ni
siquiera remotamente a una respuesta. De hecho, Jazz no la esperaba porque, si
los demás no lo habían conseguido, ¿por qué había de ser diferente en su caso?
Pero lo probó otra vez:
—¡Hola, aquí Simmons! ¿Me oye alguien?
Tampoco se oyó nada. La radio, que únicamente pesaba medio kilo, era ahora
un peso «muerto» que no le era de ninguna utilidad.
—¡Cojones! —exclamó a través del micrófono, y lo arrojó dentro de uno de los
agujeros del magma, por el que desapareció.
Y ahora..., ahora había llegado el momento de aspirar una profunda bocanada
de aire y de echar una ojeada a aquel lugar en el que había ido a parar.
Jazz estaba contento de haber hecho las cosas observando el orden correcto
de prioridades. Ahora se habría quedado allí de pie contemplando con la boca
abierta quién sabe cuánto tiempo el mundo situado a ese lado de la Puerta de
Perchorsk. En parte le resultaba familiar y fascinante, en parte extraño y
amedrentador, pero igualmente fascinante. La mirada quedaba confundida ante
tantos contrastes, cosas que habrían podido compararse a un paisaje surrealista si
no hubieran sido tan reales.
Jazz quiso observar primero las cosas que le resultaban más familiares: las
montañas, los árboles, el desfiladero que se abría como una boca entre colmillos de
piedra y laderas cubiertas de bosque, un desfiladero que a través de hileras de
árboles bordeaba las estribaciones desoladas y verticales de piedra grisácea que
parecían erguirse hasta una altura infinita. Aterrado ante tanta grandeza, Jazz se
sintió arrastrado por aquellas montañas y se alejó unos cien metros de la esfera y
allí hizo un alto y, levantando una mano, se resguardó los ojos del persistente
fulgor que emanaba de la esfera y contempló las montañas limítrofes.
Aunque no hubiera sabido que se encontraba en un mundo diferente, habría
deducido que aquellas montañas no eran de la Tierra. El había esquiado en las
montañas de la Tierra y sabía muy bien que no eran como éstas. Más que resultado
de un enorme plegamiento geológico, parecían creadas por las circunstancias
atmosféricas y, si en realidad esto no podía considerarse un hecho extraño en el
mundo de Jazz, tampoco imaginar que este fenómeno se diera a una escala tan
grande. Era un hecho increíble incluso en un mundo diferente: ¡que de la roca
virgen hubiera podido salir aquella fortaleza, una cordillera de montañas que habría
cubierto un planeta! ¡Eran tan altas, tan aserradas, tan salvajes, tan dramáticas e
impresionantes aquellas montañas! De haber prescindido de los árboles que
formaban la línea del bosque habrían parecido las montañas de la luna.
Jazz echó una ojeada a la brújula y advirtió que volvía a funcionar, lo que le
permitió comprobar que la poderosa cordillera iba de este a oeste, en ambos
sentidos hasta donde alcanzaba la vista. Sus picos se perdían en lejanos horizontes
y se confundían con ellos, disolviéndose en lontananzas moradas, azules y
aterciopeladas y desapareciendo en los confínes mismos del mundo. Y dejando
aparte aquel desfiladero, que en épocas remotas habrían formado las montañas al
abrirse de par en par, su continuidad no parecía interrumpirse en ningún punto.
Ahora, con la esfera detrás, Jazz miraba fijamente el «sol»... o lo que podía
ver de él. Los débiles rayos que había contemplado al pasar por la Puerta, a la
derecha de la imagen para dar su luz a aquella tierra, se filtraban por el desfiladero
desde el borde del lejano sol. Pero no era más que eso: el borde del sol.
Al otro lado del desfiladero se estaba levantando una burbuja de luz roja. (¿O
es que quizá se ponía, puesto que Jazz, en todo el tiempo que había estado allí, no
102
había apreciado que aumentase?) La burbuja proyectaba sus débiles rayos por el
muro de las montañas. Era el sol o un sol, por muy débil que brillase su luz; su
contacto era agradable en la cara y en las manos de Jazz, con las que protegía sus
ojos que no paraba de mover de un sitio a otro. Era imposible saber qué había al
otro lado de las montañas del lejano paraje invisible pero iluminado por el sol. Pero
a este lado...
Hacia el oeste se veía el flanco cubierto de bosque de la cordillera de
montañas y al pie de ésta se divisaba una llanura que se extendía hacia el norte y
que después de derivar hacia un tono azulado acababa por volverse azul
intensísimo antes de perderse en una distancia aparentemente incalculable. Hacia
el norte, el norte lejano situado más allá de la bóveda de la esfera, no había más
que oscuridad, en la que refulgían formando desconocidas constelaciones estrellas
como diamantes, incrustadas en el azabache abovedado de los cielos. Y debajo de
aquellas estrellas, que emitían y reflejaban los distantes rayos de aquel solburbuja,
se veía la superficie de lo que habría podido ser un tenebroso océano o
más probablemente una sábana de hielo glacial.
Ahora soplaba del norte un viento helado que iba abriéndose camino
gradualmente entre las ropas de Jazz hasta penetrar en sus huesos. Se estremeció
porque sabía que el «norte» era un lugar inhóspito. Instintivamente comenzó a
abrirse camino por la llanura de piedras y rocas en dirección al desfiladero que se
abría entre las montañas.
Pero... era muy extraño. Si las montañas se dirigían hacia el este y el oeste y
los hielos se encontraban en el norte, el sol debía de estar en el sur. Sin embargo,
aquella burbuja de luz y calor no se movía. ¿Era un sol que se encontraba en un
lejano sur, aparentemente inmóvil? Jazz movió la cabeza como desorientado. Por
fin dejó vagar un momento la mirada hacia el este, que era donde acababa de
golpe algo vagamente real y familiar y donde empezaba lo irreal o, en el mejor de
los casos, lo surreal. Si Jazz había tenido serias dudas de las fuerzas sísmicas o
corrosivas que habían formado las montañas, ¿qué podía pensar de las últimas
torres envueltas en niebla que se levantaban al este? Eran nidos de águilas de
kilómetro y medio de altura, esculpidos de manera fantástica, que se elevaban
como extraños rascacielos en la pedregosa llanura que se extendía a la sombra de
las enormes montañas. Jazz había advenido sus estructuras todo el tiempo que
había permanecido en aquel lugar, pese a que había procurado mantener apartados
de ellas los ojos; probablemente un signo más que confirmaba que la dirección que
había emprendido —el desfiladero y el camino a través del desfiladero— era el
acertado.
Es posible que las columnas o cañones se hubieran formado a partir de
montañas y se hubieran quedado allí como centinelas fantasmagóricos mientras las
montañas iban desintegrándose a su alrededor. No había duda de que se trataba de
fenómenos «naturales», pues era inconcebible que una criatura las hubiera
construido. Pero al mismo tiempo había algo en ellas que las convertía en algo más
que una obra de la naturaleza, evidente sobre todo en las torres, en los torreones y
en los contrafuertes aéreos de sus cumbres, que a ojos humanos se presentaban
como castillos.
Pero no, no podía tratarse de otra cosa que de su imaginación, de la
necesidad de poblar un lugar como aquél de criaturas que fueran semejantes a él.
Debía de tratarse de una ilusión producida por la luz espectral, por un espejismo
fruto de la niebla que, entrelazándose, vestía los enormes menhires, una distorsión
óptica y mental conjurada por la distancia y los sueños. Los hombres no podían
haber construido unos megalitos como aquéllos y, si habían sido los hombres, no
podía tratarse de hombres como los concebía Michael J. Simmons.
¿De qué clase de hombres podía tratarse? ¿De wamphyri? Podía tratarse muy
bien de un vuelo de la fantasía, pero Jazz volvía a ver ahora con los ojos de la
mente el guerrero en llamas que se consumía en la pasarela y oía su voz que se
elevaba orgullosa y desafiante: «¡Wamphyri!»
Aquellos castillos de más de mil quinientos metros de altura eran los nidos de
103
águilas de los wamphyri. Jazz lanzó un bufido, como si sus imaginaciones
pretendieran divertirse con él de una manera un poco sórdida..., pero ya la idea se
había apoderado de sus pensamientos y había quedado impresa en ellos.
De pronto se apoderó de él un sentimiento extraño: sintió una inmensa
soledad, una soledad como no había sentido en toda su vida. Se sentía
absolutamente solo y sin amigos en un mundo cuyos habitantes...
Pero ¿qué habitantes? ¿Serían animales? Jazz todavía no había visto a nadie.
Contempló el cielo y no vio en él ningún pájaro, ni siquiera un solitario milano
que saliera en busca de un poco de cena. Pero ¿acaso era de noche? Ésta era, por
lo menos, la sensación que tenía. Sí, aquello parecía la noche, pero no solamente
allí, sino en el mundo entero. ¿Sería aquél un mundo donde siempre era de noche?
Dado que el sol se encontraba tan bajo en el horizonte, la verdad es que era muy
posible. Por lo menos a este lado de las montañas. ¿Estaría la mañana al otro lado?
¿Sería aquél un lugar donde no existiera otra cosa que la mañana?
Parecía que el ensueño se había apoderado de sus pensamientos, cosa que no
formaba parte de la manera de ser de Jazz y de la que debería liberarse
indefectiblemente. Suspiró, se estremeció y se encaminó, decidido, a la abertura
del paso y a aquel sol-burbuja que veía al otro lado del mismo. Aquel desfiladero no
se encontraba a nivel del suelo, sino en un lugar elevado, camino de la cresta de
una garganta entre montañas. Es decir, Jazz debía trepar. Aunque parezca extraño,
aquel esfuerzo le pareció estimulante, porque le ayudaba a conservar el calor y era
una actividad en la que podía concentrarse. A lo largo del camino crecían hierbas
comunes, arbustos enanos e incluso algún que otro pino, mientras que más arriba
de las laderas cubiertas de guijarros se veían empinadas pendientes cubiertas de
densa arboleda. Ese sitio se parecía muchísimo a ciertas regiones del mundo que
conocía... aunque no pertenecían a él. Éste era un mundo extraño y Jazz tenía
pruebas de que daba cobijo a seres cuya naturaleza era letal.
Unos veinticinco minutos más tarde, al hacer una pausa para apoyarse un
momento en una piedra, Jazz se volvió y miró para atrás.
La esfera en este momento se encontraba situada a poco más de tres
kilómetros detrás de él y a un nivel más bajo. Había penetrado en la boca de la
sima donde se encontraba aquélla, como una cuchillada en la cordillera de
montañas. Pero en la llanura cubierta de locas, la esfera parecía un huevo
refulgente medio enterrado en aquel nido del magma donde se alojaba. Como un
microbio, había una mancha oscura que se movía sobre su refulgente superficie. No
podía tratarse de nadie más que de Vyotsky. Al cabo de un momento, Jazz movió la
cabeza con cierta contrariedad. Naturalmente, no podía tratarse más que de
Vyotsky.
De pronto llegaron hasta Jazz los ecos de un disparo, que fueron rebotando
de pared en pared hasta lo más hondo del desfiladero. El ruso había encontrado el
arma donde Jazz la dejara y ahora estaba anunciando a aquel mundo extraño su
presencia en él. Era como si dijera a sus habitantes: «¡Atención! Aquí hay un
hombre que debéis tener en cuenta. Os conviene no andaros con bromas, puesto
que ese hombre es nada menos que Karl Vyotsky».
Como los campesinos supersticiosos que, cuando están a oscuras, se ponen a
silbar. O es que quizá sólo quería advertirle a Jazz y decirle: «¡Simmons, esto
todavía no ha terminado! Quiero avisarte: ¡mira siempre para atrás!».
Jazz se prometió que no dejaría de hacerlo...
Ya en la parte baja de la esfera, Vyotsky dejó de soltar tacos, se colocó junto
al arma y miró la moto. Vio que el sillín estaba tirado para atrás, girado sobre sus
bisagras. Su rostro se deformó en una mueca. En uno de los bolsillos de un macuto
guardaba una pequeña caja de herramientas. Era la última cosa que le habían dado
al otro lado y, con las prisas, se había olvidado de guardarla debajo del asiento.
Aquella mueca burlona se borró instantáneamente de su rostro y exhaló un suspiro
de alivio. Desde que Simmons le quitó la moto, no había vuelto a acordarse de las
herramientas. De haber recordado que las llevaba, seguro que las habría arrojado
en cualquier parte durante los tres últimos kilómetros.
104
Descolgó una bolsa en forma de riñon que llevaba en la mochila, sacó unas
herramientas y soltó la rueda. De pie sobre una de las horquillas y metido como
una cuña debajo de la rueda, agachado y tirando de la otra horquilla con una mano,
notó que cedía y pudo liberar la rueda. Ahora sólo era cuestión de enderezar la
horquilla. Cogió la parte frontal de la moto y, medio a rastras y haciendo también
girar la rueda, la colocó sobre un par de grandes piedras que estaban juntas. Si
conseguía meter la horquilla torcida en el espacio comprendido entre las dos
piedras y hacer palanca en la dirección adecuada...
Levantó la moto y puso la horquilla en su sitio y comenzó a hacer fuerza...
pero se quedó helado. Tratando de evitar los jadeos que le causaba el esfuerzo y
dejando incluso de respirar un momento, pensó: «Pero ¿qué diablos es esto?» Se
precipitó hacia el arma, la agarró, la preparó para disparar y comenzó a mirar como
un loco a su alrededor. No había nadie, no había nada. Pero él había oído algo.
Habría jurado que acababa de oír algo. Se acercó corriendo a la moto y...
¡Otra vez! El gigante ruso sintió un estremecimiento y notó que se le ponía la
carne de gallina. ¿Qué era aquello? La voz era apenas perceptible. ¿Qué era aquel
grito metálico, que casi no se oía? ¿Era un grito de ayuda? Aguzó el oído y volvió a
oír lo mismo de antes. No era un murmullo, sino una voz muy débil y distante, pero
era una voz humana y salía de una de las galerías del magma.
Pero esto no era todo sino que Vyotsky incluso reconoció la voz. Sí, era la voz
de Zek Föener, una voz casi sin aliento y desesperada, pero ávida de comunicarse
con alguien, con algún ser humano que pudiese estar en aquel mundo extraño.
Se precipitó junto a la galería y miró el interior desde el borde de la misma.
La lisa abertura era perfectamente circular, tenía aproximadamente un metro de
diámetro y se curvaba hacia adentro, en dirección a la base enterrada de la esfera,
por lo que el interior no era visible. Pero precisamente allí donde el pozo se perdía
de vista había una pequeña radio parecida a la que Vyotsky llevaba en el bolsillo.
Era evidente que era la de Simmons y que seguramente éste se había desprendido
de ella. Cada vez que se oía la voz de Föener, en el panel de control parpadeaba la
luz de un pequeño monitor rojo. Aquella luz avisaba de la recepción, advertía a su
operador de que debía elevar el volumen.
—¿Hola? —volvió a decir la voz de Zek Föener—. ¡Hola! ¡Oh, responda, por
favor! ¿Hay alguien aquí? He oído su voz pero... yo estaba durmiendo. ¡Me figuraba
que estaba soñando! ¡Por favor, por favor... si hay alguien ahí afuera, diga por
favor quién es! ¡Y dónde está! ¡Hola! ¡Hola!
—¡Zek Föener! —exclamó Vyotsky con un suspiro y relamiéndose los labios al
tiempo que se la imaginaba.
¡Ah, pero qué mujer tan diferente era ésta de aquella puta de lengua viperina
que había rechazado sus avances en Perchorsk! ¿Este mundo había hecho esto con
ella? Sí, la había cambiado. Ahora se moría de ganas de tener compañía. ¡La que
fuese!
Vyotsky sacó su propia radio, la conmutó y tiró de la antena. Sólo había dos
canales. Transmitía sistemáticamente a través de los dos, y este fue su mensaje:
—Zek Föener, aquí Karl Vyotsky. Estoy seguro de que te acuerdas de mí.
Hemos descubierto un procedimiento para neutralizar el efecto de arrastre en un
sentido que tiene la Puerta. Me han enviado para localizar a los supervivientes de
los experimentos realizados con la Puerta y para devolverlos al otro lado. Ven aquí,
Zek, yo te sacaré. ¿Me oyes?
Así que terminó de hablar, la luz roja de su aparato comenzó a parpadear.
Estaba contestando, pero él no podía oírla. Subió el volumen y comenzó a oír
interferencias y todo tipo de ruidos. Agitó el aparato y lo miró con rabia. Tenía rota
la envoltura de plástico y el panel de control miniatura situado en la parte de arriba
estaba mellado. Debía de haberse roto al ser arrojado de la moto. Aparte de esto,
su proximidad a la radio desechada de Simmons también interfería la recepción en
el aparato.
—¡Mierda! —soltó, apretando los dientes.
Dejó a un lado el aparato roto y bajó la cabeza, un brazo y el hombro, que
105
introdujo en la galería. Se agarró al borde con la mano que le quedaba libre y se
colgó con un pie de una protuberancia de la roca. Estiró el cuerpo todo lo que pudo
hacia abajo y a su alrededor, extendiendo los dedos hacia la radio de Simmons.
Tenía la antena totalmente sacada y formaba una especie de medio aro fino y
flexible de secciones metálicas telescópicas en las que había algo colocado a los
lados del palo que impedía que la radio cayese hacia abajo. Los dedos inquietos de
Vyotsky tocaron la antena... y la movieron.
—¡Mierda!
El aparato desapareció de su vista y cayó dando bandazos hasta ignotas
profundidades.
Vyotsky salió con furia del agujero y se puso en pie de un salto. ¡Maldita
suerte la suya! Volvió a coger su aparato y dijo:
—Zek, no te oigo. Sé que estás ahí y que probablemente me estás oyendo,
pero yo no puedo oírte a ti. Si has oído mis palabras, probablemente querrás
ponerte en contacto conmigo. En este momento estoy en la esfera, pero no me
quedaré mucho rato. De todos modos, estaré ojo avizor, Zek. Me parece que soy la
única esperanza que te queda. ¿Quieres cambiar o no de situación?
La luz roja de su aparato comenzó a parpadear de nuevo, igual que un
telégrafo ininteligible que no pretendiera ser entendido. Vyotsky no sabía si le
estaba rogando algo o si le lanzaba un desafío. De todos modos, tarde o temprano,
ella tendría que salir a buscarlo. Aunque Vyotsky había mentido al decirle que él era
su única oportunidad, ella no podía saber que no era verdad. Y si lo sospechaba, no
podía permitirse el lujo de ignorar su presencia.
Vyotsky soltó una risita nerviosa. Por lo menos había una cosa en este
condenado mundo que podía suponerle una satisfacción. Y que seguramente lo
sería. Todavía con aquella risita en los labios, desconectó la radio...
106
Capítulo 10
Zek
Dos horas después de haber salido de la esfera —dos horas sombrías en
solitario, acompañado únicamente de sus propios gruñidos y exclamaciones—, Jazz
Simmons hizo un pausa para concederse su primer descanso y encontrar asiento en
una piedra, situada a cierta altura, que le ofrecía una excelente vista de todo el
terreno circundante. Cogió unas cuantas galletas de su macuto y dos pastillas de
chocolate negro que debía chupar, no morder. Tomó un sorbo de agua y pensó que
no tardaría en volver a ponerse en camino. De momento, allí sentado, mientras
alimentaba su cuerpo larguirucho pero fuerte y recuperaba un poco de fuerzas,
consideró que era el momento de inspeccionar a su alrededor y de considerar la
situación en que se encontraba.
Era una situación verdaderamente de risa. No se trataba, ciertamente, de una
situación envidiable: solo y en tierra extraña, con alimentos concentrados
suficientes para sobrevivir una semana, armamento bastante para iniciar la tercera
guerra mundial y hasta ahora sin nada a la vista que mereciera un disparo, una
explosión o un incendio... Pero no se lamentaba por esto. Volvió a ocurrírsele el
mismo pensamiento de pocos momentos antes: ¿dónde estaban?, ¿dónde diablos
estaban los habitantes de ese mundo? Y cuando por fin los encontrase —o ellos lo
encontraran a él—, ¿cómo serían? El hacerse esta consideración ya quería decir que
pensaba que aquí habría seres diferentes de los que ya conocía, lo cual ya era
suponer.
Fue como si estas consideraciones particulares actuaran como una invocación
porque ocurrieron dos cosas simultáneamente: en primer lugar, el brillo de media
luna que iba elevándose por la parte de poniente que teñía el cielo de un color azul
intenso con reflejos dorados y se mostraba sobre los picos del lado opuesto de la
garganta; y en segundo lugar..., en segundo lugar un lejano y angustiado lamento,
una nota sostenida que reverberaba y parecía arrancar ecos a la luna para volver a
bajar después, recogida por toda una serie de gargantas afines y que cruzaba
tristemente el desfiladero y se perdía en la distancia.
Los aullidos eran inequívocos: se trataba de lobos. Jazz recordó lo que le
habían contado acerca del Encuentro Dos. Sin embargo aquel lobo estaba ciego,
tullido, era inofensivo. Estos, no. Era imposible que un ser capaz de proferir un
grito de esta naturaleza no tuviera una excelente salud..., lo cual no presagiaba
nada bueno para la suya propia.
Jazz terminó de comer, se despejó el gaznate del chocolate grumoso que
acababa de comer, se ajustó el macuto y se bajó de la roca. Volvía a ponerse en
camino. Pero... tuvo que hacer una pausa, se quedó paralizado un momento en el
sitio donde se encontraba, fijó la mirada al frente y comenzó a subir, a subir sin
parar.
Anteriormente, la luz que procedía de aquel sol-burbuja, aunque débil, había
servido para delimitar la silueta de las paredes del cañón. Ante los ojos de Jazz se
presentaban como una masa negra, lateral, mientras que la escena principal se
situaba directamente enfrente. Aquel cuadro era el falso horizonte que había visto
en lontananza, el camino sembrado de piedrecillas que conducía a él y el fino arco
de resplandeciente luz amarilla situado más allá y que, como Jazz pudo observar,
había ido trasladándose gradualmente de oeste a este y que ahora se encontraba
en la misma esquina de la escena.
Durante los cuatro o cinco kilómetros últimos, cuando apartó un momento los
ojos del sol, volvió la cara a un lado y miró hacia arriba, al irse acostumbrando
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gradualmente sus ojos pudo divisar las alturas oscuras cubiertas de bosque y, por
encima de ellas, el hiriente fulgor plateado de la nieve. Pero, de hecho, tenía poco
tiempo para admirar el paisaje. Su atención se centraba más bien en el camino
inexistente que recorría y que iba encontrando a través de rocas desprendidas y de
piedras, escogiendo siempre el lugar más fácil para transitar por él. Mientras
avanzaba no se le ocurrió pensar en ello, pero de hecho allí había un camino. En su
propio mundo lo habría habido, pero en este no parecía haberlos. Esta vez, sin
embargo, le parecía que allí lo había.
La garganta era aquí mucho más estrecha. En la boca de la garganta, donde
estaba dos horas antes, la distancia entre las paredes era de algo más de un
kilómetro, quizás incluso de dos kilómetros, pero aquí se había estrechado hasta
llegar a menos de doscientos metros, convirtiéndose en una especie de cuello de
botella al pie de las escarpadas paredes del cañón. Tenía la impresión de que la
cresta del cerro estaba ahora solamente a unos cuatrocientos metros de distancia,
cuando por fin miró hacia abajo y contempló algo de aquel mundo en la parte de la
cordillera que estaba iluminada por el sol.
La causa de la impresión había sido que la luna, elevándose rápidamente por
la parte occidental de la garganta, brillaba ahora con luz plateada y amarillenta en
la pared este. Jazz estaba cerca de aquel lado de la garganta, por lo que la cara
que veía antes como una silueta ahora parecía descollar directamente sobre su
cabeza. Sin embargo, ya no era una silueta, ya no era un saliente de roca negra
que se proyectaba verticalmente, sino que el poderoso acantilado del cañón había
adoptado un aspecto completamente diferente.
Recortado ahora por la luna con todo detalle, Jazz vio un castillo construido a
una impresionante altura. Sí, un castillo de verdad y esta vez no había posibilidad
de equivocarse. Allí donde anteriormente un amplio saliente había mutilado la
ladera del acantilado, ahora se levantaban a fantásticas alturas las paredes de una
fortaleza hasta encontrar el imponente saledizo de piedra natural que se cernía
sobre ella. Un castillo, un puesto avanzado, un siniestro alcázar cargado de malos
augurios, levantado allí para guardar el paso.
Estirando el cuello todo lo que le fue posible, pudo captar en toda su terrible
desolación, iluminada por la luz de la luna, la sombría soledad de sus formas que
recordaban batallas y asedios: los muros de la fortaleza coronados de almenas, con
macizos merlones y amplias troneras; y allí donde las torres y torreones estaban
sostenidos por contrafuertes y arbotantes, se abrían las bocas de monstruosas
gárgolas. Arcos de piedra escalonados unían las partes arquitectónicas que de otro
modo habrían resultado inaccesibles, allí donde la roca natural del acantilado
sobresalía o se proyectaba hacia afuera y en general resultaba obstruida; tramos
de escaleras de piedra ascendían, empinadas, entre los varios niveles, excavadas
profundamente en la aspereza de la roca; los agujeros de las ventanas destacaban
tenebrosos como ojos oscuros en la piedra color de luna y miraban como
enfurruñados a Jazz, agachado en las sombras, contemplando maravillado todo lo
que veía.
La estructura se erguía tal vez a quince metros de altura de la cara del
acantilado y se elevaba hasta la parte superior de un saliente solitario, proyectado
hacia afuera. En la chimenea situada entre el acantilado y el pilar se veían unas
escaleras de piedra que iban zigzagueando hacia arriba hasta llegar a la boca de
una cueva provista de bóveda. Era de presumir que la cueva fuera extensa y que
tuviera pasadizos que conducían al castillo propiamente dicho. Más arriba aún, las
fortificaciones se extendían hacia afuera por la ladera del acantilado, igual que
extraños hongos de piedra, cubriendo los bastiones de la naturaleza con obras
menores pero más útiles, construidas... ¿por hombres? A Jazz no le quedaba otra
alternativa que imaginar que era así.
Sin embargo, los que habían construido aquel nido de águilas, era evidente
que ahora no estaban en él. No se veía figura ninguna en las almenas ni en las
escaleras, no brillaban luces en las ventanas, en los miradores ni en los torreones,
y de las altas chimeneas no se veían espirales de humo subiendo hacia la ladera del
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acantilado. El lugar estaba desierto... probablemente. Y si pensaba en aquella
palabra, era porque Jazz estaba seguro, como lo había estado en todo momento, de
que había ojos ocultos que lo observaban y espiaban mientras él, a su vez, casi sin
aliento, se dedicaba a estudiar el castillo construido en la roca.
La parte inferior del saliente donde se encontraba, libre en gran parte de la
pared del cañón, estaba todavía en sombras que iban retirándose gradualmente a
medida que la luna subía a mayor altura. Jazz estaba contento con la luna, pues el
sol ahora estaba declinando. Cuando cruzara la cresta de la garganta, tal vez
alcanzaría un poco de sol y podría beneficiarse durante una hora o más de su luz
mortecina, pero aquí, al socaire de aquel tenebroso castillo, la luna era el único
astro. Avanzó rápidamente, yendo casi corriendo a causa de los ojos que
imaginaba, amparándose siempre que podía en las sombras de las rocas y cruzando
a gran velocidad los espacios iluminados por la luna. Había llegado a la base del
saliente de roca inclinada desde la que se proyectaba hacia afuera sobresaliendo del
acantilado. O por lo menos había llegado a la gran pared que rodeaba la base.
Era un muro hecho de bloques macizos, tenía unos cuatro metros de altura y
estaba coronado de merlones y troneras; bocas de dragones formaban caños para
los canalones de las ménsulas. Sin embargo, aquellos dragones tallados no eran
dragones de la Tierra. Jazz, rápidamente y en silencio, fue bordeando el muro hasta
llegar a una puerta construida con enormes tablones claveteados de hierro en los
que vio pintada una temible cimera: nuevamente el dragón, con la cara y las alas
de murciélago y el cuerpo de lobo. Le recordó enormemente aquella cosa del
magma que había visto metida en un recipiente en Perchorsk. Pero este dragón
estaba dividido por la mitad, a través de la cual se veía la amenazadora oscuridad
de un patio, ya que las grandes puertas estaban un poco abiertas hacia adentro.
Era como una invitación. Si lo era realmente, Jazz quiso ignorarlo y, en cambio, se
apresuró a encaminarse hacia el sol, que iba debilitándose por momentos,
deseando únicamente poner la máxima distancia posible entre él y aquel lugar
mientras hubiera luz suficiente para poder hacerlo.
Unos minutos más tarde comenzó a respirar con más libertad, llegó a la cima
y enseguida se sintió bañado por la cálida luz del sol que ya moría. Protegiéndose
los ojos frente a aquella luz repentina, aunque brumosa, se volvió para mirar hacia
atrás. A unos cuatrocientos metros de distancia, el castillo volvió a confundirse una
vez más con la ladera del acantilado. Jazz sabía que estaba allí porque lo había
visto con sus propios ojos —lo había sentido incluso—, pero la piedra se fundía con
la piedra y la ladera irregular del acantilado conseguía enmascararlo perfectamente.
Jazz se dio cuenta de que había tenido mucha suerte de haber salido indemne de
aquel lugar. Es posible que en él no hubiera nadie ni nada, pero seguía
considerando que había tenido mucha suerte.
Aspiró una profunda bocanada de aire y la soltó exhalando un suspiro... y, de
pronto, tuvo un susto terrible.
Algo se movía cerca de él, a la sombra de piedras caídas que se amontonaban
oscuramente a su izquierda. Y oyó una voz fría de mujer que, hablando en ruso, le
decía:
—Está bien, Karl Vyotsky, puedes escoger: habla o muérete. ¡Aquí y ahora!
Jazz tenía el dedo puesto en el gatillo de la metralleta desde que se había
alejado del castillo. Antes aun de que empezara a hablar la voz de mujer, Jazz se
había vuelto y había rociado la oscuridad donde ella se escondía. Ahora debía de
estar muerta... o lo habría estado si el arma hubiera estado amartillada. Jazz tuvo
suerte de que no lo estuviera. A veces, dada su rapidez y su puntería, convenía
tomar precauciones. En esta ocasión la precaución había sido dejar el arma con el
seguro puesto. Era una práctica buena para sus nervios y nada más. Disparar a las
sombras era una señal segura de que un hombre comenzaba a desmoronarse.
—¡Señora! —dijo con voz tensa—, ¿es usted Zek Föener? Yo no soy Karl
Vyotsky. De haberlo sido, probablemente usted estaría yendo camino de un extraño
cielo...
Unos ojos observaban a Jazz desde la oscuridad, pero no eran los ojos de una
109
mujer, sino unos ojos triangulares... y amarillos que estaban demasiado cerca del
suelo. De pronto apareció un animal gris, enorme y con expresión de hambre: ¡un
lobo! Su roja lengua pendía entre los incisivos, que tenían cuatro centímetros de
longitud. Ahora sí que amartilló el arma y, al hacerlo, ésta emitió el típico
chasquido.
—¡Detente! —dijo ahora la voz de la mujer—. Es mi amigo y hasta ahora...,
quizás incluso ahora..., el único que tengo.
Se oyeron unas piedras que resbalaban y la mujer salió de la sombra. El lobo
la seguía, a la derecha y un poco más atrás. Ella llevaba una arma como la de Jazz,
que temblaba en sus manos mientras lo apuntaba.
—Voy a repetírselo —dijo—, por si no me ha oído. Yo no soy Karl Vyotsky.
El arma de la mujer seguía temblando en sus manos, ahora con gran
violencia. Jazz, fijando en ella la vista, añadió:
—Aparte de que me parece que no haría blanco.
—¿Es usted el hombre de la radio? —dijo—. ¿El que se oyó antes de Vyotsky?
Reconozco... reconozco su voz.
—¿Cómo? —dijo Jazz, que al fin acabó por entenderla—. Sí, claro, soy yo.
Estaba intentando que Khuv lo pasara mal... pero me parece que no me oía. Fue
Khuv el que me hizo atravesar la Puerta, igual que hizo con usted. La única
diferencia es que a mí no me engañó. Yo soy Michael J. Simmons, agente británico.
No sé qué piensa usted de todo esto, pero... da la impresión de que estamos en el
mismo barco. Puede llamarme Jazz. Todos mis amigos me llaman Jazz y, si no le
importa, ¿quiere dejar de apuntarme con eso?
La mujer profirió un sollozo, un sollozo que habría partido el corazón de
cualquiera, y se lanzó en los brazos de Jazz. Éste se daba cuenta de que lo había
hecho incluso contra su propia voluntad, pero que había sido incapaz de evitarlo. El
arma retumbó al caer en el suelo de piedra al agarrarse con fuerza a Jazz.
—¿Británico? —volvió a sollozar con la cara apoyada en el cuello de Jazz—. No
me importaría que fueses japonés, africano o árabe. En cuanto al arma, no
funciona. Hace tiempo que está así. Por otra parte, tampoco me quedan balas. Si el
arma funcionase y hubiese dispuesto de municiones, seguramente que haría mucho
tiempo que me habría disparado un tiro. Yo... yo...
—¡Calma! —dijo Jazz—. ¡Calma!
—Los de la Tierra del Sol me persiguen —dijo sin parar de sollozar— para
entregarme a los wamphyri y Vyotsky me ha dicho que hay un procedimiento para
volver a casa y...
—¿Qué dices? —dijo Jazz, apretándola con más fuerza—. ¿Has hablado con
Vyotsky? Eso es impos...
Pero se reprimió. Por uno de los bolsillos superiores de Zek asomaba la
antena de una radio.
—Vyotsky es un embustero —dijo—. ¡Olvídate de él! No hay manera de
volver. Lo que él quiere es una compañera, eso es todo.
—¡Oh, Dios! —dijo, clavándole las uñas en los hombros—. ¡Oh, Dios!
Jazz la estrechó entre sus brazos, le acarició la cara, sintió sus lágrimas en el
cuello... También percibió su olor y se dio cuenta de que no olía precisamente a
flores, sino a sudor, a miedo y a suciedad. La apartó a la distancia de sus brazos y
la miró. A pesar de la luz engañosa que la iluminaba, tenía buen aspecto y, aunque
ojerosa, estaba guapa. Y muy humana, además. Aunque ella no podía saberlo, Jazz
se sentía desesperadamente feliz de haberla encontrado.
—Zek —le dijo—, quizá podríamos encontrar un sitio agradable donde fuera
posible hablar e intercambiar impresiones, ¿no te parece? Creo que podrías
ahorrarme mucho tiempo y una gran cantidad de esfuerzos.
—La cueva en la que descanso —dijo ella, respirando con una cierta
ansiedad— está a unos doce kilómetros de distancia. Yo estaba durmiendo cuando
oí tu voz por la radio. Creía estar soñando. Cuando me di cuenta de que no era así,
ya era demasiado tarde: te habías marchado. Por eso me encaminé hacia la esfera,
que era el lugar al que me dirigía. He seguido llamando cada diez minutos y
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después ha sido cuando me he puesto en contacto con Vyotsky...
Tuvo un ligero estremecimiento.
—Muy bien —le dijo Jazz—, está muy bien o todo lo bien que puede estar. Ya
me lo irás contando mientras nos dirigimos a esa cueva de la que hablabas,
¿quieres?
Se agachó para recogerle el arma y el lobo se agazapó al momento, adoptó
una expresión feroz y lanzó un gruñido de advertencia.
Pero Zek, con aire casi ausente, le dio unos golpecitos en la enorme cabeza,
en la parte plana del cráneo comprendida entre las orejas, al tiempo que le decía:
—¡Está bien, Lobo! No te preocupes, es un amigo...
—¿Lobo? —dijo Jazz sin poder reprimir una sonrisa, aunque un poco tensa—.
Lo encuentro muy original.
—Me lo dio Lardis —dijo ella—. Lardis es el jefe de una tribu de Viajeros.
Gente de la Tierra del Sol, por supuesto. Lobo debía ser mi protector y lo ha sido.
Nos hicimos muy amigos desde el primer momento, a pesar de que no se parece en
nada a un cachorro. En realidad, es bastante salvaje. Pero debes pensar en él como
si fuera un perro grande..., me refiero a que hay que considerarlo como un amigo,
entonces no hay ningún problema.
Se dio la vuelta y comenzó a guiarle a través del camino que iba bajando
desde la cumbre en dirección hacia la neblinosa esfera del sol, aparentemente
inmóvil en la boca sur del desfiladero.
—¿Es teoría o es realidad? —le preguntó Jazz—. Me refiero a Lobo, por
supuesto.
—Es realidad —contestó ella con simplicidad.
Después, con la misma rapidez con que se había puesto en camino, hizo una
pausa y lo agarró por el brazo.
—¿Estás seguro de que no podemos regresar atravesando la esfera? —
preguntó con una voz que tenía algo de súplica.
—Ya te lo he dicho —respondió Jazz, procurando no parecer demasiado
brusco—, Vyotsky es un embustero... entre otras muchas cosas más. ¿Te figuras
que él seguiría aquí si se pudiese marchar? Cuando me forzaron a atravesar la
Puerta arrastré a Vyotsky detrás de mí, y ésta es la razón de que se encuentre
aquí. Me hice la reflexión de que si esto era malo para mí, sería bueno para él.
Khuv y Vyotsky son..., sería difícil encontrar una palabra suficientemente ofensiva
para calificarlos.
—Atrévete a decirla —dijo Zek con amargura—, son unos hijos de puta,
¿verdad?
—Dime una cosa —dijo Jazz disponiéndose a seguirla al ver que volvía a
ponerse en camino—, ¿por qué te dirigías a la esfera?
Ella lo miró de manera significativa y dijo:
—Cuando lleves aquí tanto tiempo como yo no tendrás necesidad de
preguntar. Yo llegué aquí a través de aquella Puerta y es la única que conozco. Me
paso el tiempo soñando que un día volveré a atravesarla, me despierto con la idea
de que quizá los polos se han invertido y de que ahora se puede ir en dirección
opuesta. Es lo que iba a probar ahora, a la salida del sol. Una posibilidad y sólo una
y, en caso de que no pudiera atravesarla, pensaba no volver a la Tierra del Sol.
Jazz frunció el entrecejo.
—¿Qué es toda esta historia de la inversión de los polos? ¿Es científico todo
esto? ¿Tiene algún sentido?
Zek dijo que no con un movimiento de cabeza.
—No es más que mi fantasía —dijo—, pero merecía la pena probarlo por
última vez...
Estuvieron caminando en silencio un buen rato, mientras el lobo los seguía al
trote, colocado entre los dos. Había un millón de preguntas que Jazz habría querido
hacer, pero no quería cansarla. Por fin se decidió a preguntar:
—¿Dónde diablos están los demás? ¿Dónde están los animales, los pájaros...?
Quiero decir que la naturaleza ordena que cuando hay árboles haya también
111
animales para que se alimenten de ellos. Además, en Perchorsk he visto cosas que
me hacen pensar que he venido aquí como una bola de nieve que fuera rodando
hasta el infierno. Y en cambio no he visto...
—Ni lo verás —le interrumpió Zek—. No lo verás en la Tierra de las Estrellas ni
a la salida del sol. Ahora estamos bajando hacia la Tierra del Sol y allí empezarás a
ver animales y pájaros; al otro lado de la cordillera los verás en cantidad. Pero no
en la Tierra de las Estrellas. Créeme, Michael... ¿o Jazz?..., de veras que no te
gustaría ver ninguna cosa viva en la Tierra de las Estrellas...
Y con un estremecimiento se abrazó el pecho poniéndose las manos en los
codos.
—La Tierra de las Estrellas y la Tierra del Sol —reflexionó Jazz—. El polo está
allí, las montañas van de este a oeste y el sol está en el sur.
—Sí —dijo ella asintiendo con la cabeza—, siempre es así...
Zek tropezó y exclamó:
—¡Oh!
Había caído de rodillas. Jazz la ayudó a levantarse cogiéndola por el codo,
impidiendo que cayera en el suelo cuan larga era. Esta vez Lobo no manifestó
ningún signo de protesta. Jazz ayudó a Zek a ponerse de pie y la condujo hasta una
roca plana. Se descargó un macuto del hombro y sacó de él un paquete que
contenía alimento para mantener a un hombre durante veinticuatro horas.
Descargó el paquete sobre la roca e indicó a Zek que se sentara en ella.
—Estás débil porque tienes hambre —le dijo, tirando de la anilla de una latita
de zumo de fruta concentrado.
Tomó un sorbo para aclararse la boca y pasando la lata a Zek le dijo:
—Termínatela.
Zek lo hizo con gran delectación. Lobo se mantenía cerca, meneando el rabo
igual que un perro alsaciano atado a una correa. De su enorme lengua brotaba
espumante saliva. Jazz desprendió una pastilla de chocolate ruso concentrado y se
la arrojó. Lobo la atrapó cerrando rápidamente las mandíbulas antes de que llegara
a tocar el hielo.
—El mayor problema son los pies —dijo Zek.
Jazz le miró los pies y vio que llevaba unas sandalias de cuero áspero, pero
observó sangre seca entre los dedos. La niebla se había apartado un poco del sol y
ahora Jazz podía observarla con mayor detenimiento. Todavía costaba percibir los
verdaderos colores, si bien los perfiles, las sombras y las siluetas marcaban ya
contrastes perceptibles. El traje de una sola pieza que llevaba estaba roto por la
parte de los codos y de las rodillas y tenía un parche en la espalda. Llevaba colgada
de ella un macuto con algo arrollado que Jazz supuso era un saco de dormir.
—No es calzado adecuado para este terreno —dijo Jazz.
—Ahora lo sé —respondió Zek—, pero lo había olvidado. La Tierra del Sol es
mala, pero este desfiladero es peor. La Tierra de las Estrellas es un verdadero
infierno. Cuando llegué aquí llevaba botas, como tú, pero no duran mucho tiempo.
Los pies se endurecen pronto, ya lo verás, pero algunas de estas piedras y rocas
cortan como cuchillos.
Jazz le ofreció chocolate y ella casi se lo arrancó de las manos.
—Quizá deberíamos descansar aquí —dijo Jazz.
—Es bastante seguro, mientras tengamos el sol sobre nuestras cabezas —
respondió ella—, pero yo preferiría seguir moviéndome. Como no podemos
servirnos de la esfera ni podemos quedarnos en la Tierra de las Estrellas, es mejor
que volvamos a la Tierra del Sol enseguida que podamos.
Su tono era siniestro.
—¿Hay alguna razón especial? —dijo Jazz sabiendo de antemano que la
respuesta no iba a gustarle.
—Hay muchas razones —dijo ella—: todos viven aquí.
Y con un gesto indicó el lugar de donde venían.
—¿Te importaría decirme quiénes son... todos?
Jazz descolgó uno de los paquetes en forma de riñon que llevaba. Sabía que,
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entre otras cosas, contenía un paquete de primeros auxilios y de él sacó unas
vendas de gasa, un tubo de ungüento y esparadrapo y, mientras Zek hablaba, se
arrodilló y con mucho cuidado le sacó las sandalias y comenzó a vendarle los pies.
—¡Todos...! —repitió Zek como un eco, imprimiendo un sentido siniestro a la
palabra, y de nuevo la recorrió un estremecimiento—. Estás pensando en los
wamphyri, ¿verdad? Pues no son el problema peor, porque en la Tierra de las
Estrellas todavía hay cosas peores. ¿Viste aquel bicho de Agursky, el que tenía
metido en el tanque de Perchorsk?
Jazz levantó la cabeza y asintió.
—Sí, lo vi, pero si tuviera que explicar qué vi exactamente no sabría qué
decir.
Rasgó un trozo de gasa, la empapó en agua que llevaba en el frasco y le
limpió suavemente la sangre de las heridas de los pies. Zek se lo agradeció, suspiró
de alivio cuando le aplicó ungüento del tubo en las grietas que tenía debajo de los
dedos y en las plantas de los pies.
—Lo que viste es lo que ocurre cuando el huevo de un vampiro penetra en
una especie de la fauna local —le explicó Zek.
Lo dijo con extrema sencillez y su voz sonó perfectamente neutra.
Jazz dejó de curarle los pies, la miró directamente a los ojos y asintió
lentamente con la cabeza.
—Un huevo de vampiro, ¿verdad? ¿Es de eso de lo que estás hablando?
Ella fijó los ojos obstinadamente en él hasta que Jazz tuvo que desviar la
mirada.
—Exactamente, un huevo de vampiro —dijo Jazz encogiéndose de hombros y
comenzando a vendarle los pies—. O sea que lo que me estás diciendo es que los
wamphyri son ovíparos, que ponen huevos, ¿no es eso?
Zek negó con un gesto de la cabeza pero enseguida, como cambiando de
opinión, hizo un gesto de asentimiento.
—¡Sí y no! —dijo—. Los wamphyri son el resultado del huevo de un vampiro
cuando penetra en un hombre... o en una mujer.
Jazz calzó las sandalias a Zek. Le estaban algo grandes, de aquí que le
produjeran rozaduras y ampollas. Ahora le quedaban más apretadas e impedían
que los pies le rozaran.
—¿Así está mejor? —le preguntó Jazz.
Se quedó pensando un momento en lo que Zek acababa de decirle, pero
decidió dejar que se lo contase a su manera y que se tomara el tiempo que
quisiera.
—Ahora me siento mejor —dijo—. Gracias.
Se puso de pie, le ayudó a colgarse todos los paquetes y volvieron a dirigirse
hacia el sol.
—Oye una cosa —dijo cuando se pusieron en camino—. ¿Por qué no me
cuentas todo lo que te ha ocurrido desde que estás aquí y así yo me entero? ¿Por
qué no me cuentas todo lo que has visto, todo lo que sabes, todo aquello de lo que
te has enterado? Me parece que disponemos de tiempo sobrado y que las
perspectivas son buenas, que no corremos ningún peligro inmediato. Tenemos el
sol sobre nuestras cabezas y la luz de la luna es buena...
—¿Tú crees? —respondió Zek.
Jazz estiró el cuello y levantó la cabeza para mirar la luna. Había cruzado el
desfiladero y sus bordes parecían rozar las cimas más orientales. Unos minutos más
y habría desaparecido.
—El período de rotación planetaria es increíblemente lento —comenzó a
explicar Zek—, pero por otra parte la órbita de la luna está más próxima y es
mucho más rápida. Un «día» de aquí es aproximadamente como una semana de la
Tierra. Ah, dicho sea de paso, este lugar es «la Tierra». Así es como la llaman ellos.
No es nuestra Tierra, por supuesto, pero es la suya. Al principio lo encontré
extraño, pero después pensé: ¿cómo habrían de llamarla entonces?
»De todos modos, este planeta gira hacia el oeste de una manera muy lenta y
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sus polos no están totalmente alineados según el sol. Es como si el planeta se
bambolease. Se ve el sol como si se moviera de oeste a este, es decir, en sentido
opuesto al de las agujas del reloj, describiendo un círculo lento y pequeño. Ahora
bien, yo no soy astrónomo ni especialista en las ciencias del espacio, así es que no
me preguntes el cómo ni el porqué, lo único que sé decirte es que es así y nada
más.
»En la Tierra del Sol tenemos una "mañana" de unas veinticuatro horas de
duración, un "día" quizá de setenta y cinco horas, una "tarde" de veinticuatro horas
y una "noche" de unas cuarenta horas. El mediodía o el tiempo que lo rodea
corresponde a la salida del sol y toda la noche es la puesta.
Jazz volvió a mirar para arriba y ahora vio la luna dividida en dos por el borde
agudo de las montañas. Mientras la observaba le pareció que disminuía su fulgor,
como si se dispusiese a desaparecer de la vista.
—Yo tampoco soy astrónomo —dijo—, pero me parece evidente que tenemos
una luna que se mueve con gran rapidez.
—Exactamente —respondió ella—, y además también tiene una rotación muy
rápida; a diferencia de la antigua luna, muestra las dos caras, la de delante y la de
atrás.
Jazz hizo un gesto de asentimiento.
—No es nada tímida, ¿verdad?
Zek se echó a reír.
—Según cómo, me recuerdas a otro inglés que conocí —dijo—. Daba la
impresión de ser ingenuo, pero en realidad de ingenuo no tenía nada.
—¿Ah, sí? —dijo Jazz mirándola—. ¿Y quién era ese hombre afortunado?
—No era tan afortunado como eso —dijo ella, inclinando ligeramente la
cabeza.
Jazz contempló su rostro de perfil, iluminado por los últimos rayos de la luna,
y decidió que la mujer le gustaba. Y mucho.
—Así que, ¿quién era ese hombre?
—Era miembro de tu Rama-E británica... o quizás el jefe —respondió Zek—.
Se llamaba Harry Keogh y tenía un talento especial. Yo también tengo talento, pero
el suyo era... diferente. No sé siquiera si podría llamársele ESP. ¡Hasta ese punto se
diferenciaba de los demás!
Jazz se acordó de lo que Khuv le había dicho de Zek. Todo le parecía
exagerado en lo que a él se refería, pero lo mejor era no dejar que viera su
escepticismo.
—¡Ah, sí, por supuesto! —dijo—. Tú eres vidente, ¿verdad? Lees el
pensamiento. Y el talento de ese Keogh, ¿en qué consistía?
—Era necroscopio —dijo Zek, con una voz que de pronto pareció helada.
—¿Era qué?
—¡Podía hablar con los muertos! —dijo ella y, callándose de pronto, como si
estuviera enfadada, se apartó de Jazz.
Éste la miró sorprendido de su repentino arranque de mal genio y observó
también a aquel lobo colocado entre los dos, a aquel lobo que no paraba de mover
sus ojos amarillos de él a ella y de ella a él.
—¿Qué he hecho?
—¡No es lo que has hecho sino lo que has pensado! —soltó Zek—. Lo que has
pensado ha sido: ¡qué montón de mentiras!
—¡Es verdad! —dijo Jazz, porque eso era exactamente lo que había pensado.
—Oye una cosa —dijo ella, de pronto—, ¿sabes cuánto tiempo estuve
ocultando mis dotes telepáticas? Sabía que yo valía más que lo que ellos tenían,
pero no quería trabajar para ellos. No me atrevía a trabajar para ellos, porque sabía
que, si lo hacía, tarde o temprano volvería a tropezar con Harry Keogh. Yo he
sufrido a causa de mis dotes telepáticas, Jazz, e incluso ahora... aquí, donde esto
importa poco..., cuando admito la verdad de este poder...
—¡Demuéstramelo! —dijo él interrumpiéndola—. Me doy cuenta de que no
llegaremos a ninguna parte si no existe una confianza mutua, pero tampoco
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llegaremos a ninguna parte si nos mentimos mutuamente o decimos cosas
totalmente carentes de sentido. Si me dices que puedes hacer estas cosas, bien, lo
acepto, porque sé muy bien que hay mucha gente que cree en tu talento. Pero ¿no
tendrías manera de demostrármelo? Tienes que admitirlo, Zek, era fácil imaginar lo
que yo estaba pensando en ese momento y no sólo de tus dotes telepáticos, sino
también de ese tipo llamado Keogh... y de las cosas que, según tú, es capaz de
hacer. No me digas que no has topado nunca con el escepticismo, especialmente
tratándose de una cualidad que la mayoría de las personas consideran
sobrenatural.
—¿Quieres tentarme? —dijo con ojos llameantes—. ¿Quieres burlarte de mí?
¿Hacer un poco de broma? ¡Vade retro, Satanás!
—Bueno, ese talento tuyo es cosa divina, ¿no es así?
Jazz no podía ocultar totalmente su incredulidad.
—Si de verdad eres tan buena, ¿cómo es que no sabías quién subía por el
desfiladero? Si la telepatía y el ESP en general son cosas que existen realmente,
¿por qué Khuv no sabía que yo había escondido un cargador para mi metralleta,
que fue precisamente lo que me permitió arrastrar a ese imbécil de Vyotsky aquí
dentro conmigo?
Lobo lanzó un débil aullido y agachó las orejas.
—Lo estás poniendo nervioso —dijo Zek— y a mí también. Parece que no
acabas de entenderlo. En esto eres un poco machista. Te he dicho que tengo dotes
telepáticas y me pides que te lo demuestre. Después querrás que te demuestre que
soy una mujer.
Jazz asintió con un gesto enfurruñado.
—Tú te valoras en mucho, ¿no te parece? Sabe Dios qué clase de hombres
estás acostumbrada a tratar, pero yo...
—¡Perfectamente! —le espetó ella—. ¡Observa!
Zek miró a Lobo, le dirigió una simple mirada, después se volvió, inclinó la
cabeza y se dirigió hacia el sol. Recorrió cien metros aproximadamente, mientras
Jazz y el lobo permanecían en su sitio observando lo que hacía. Zek se paró y se
dio media vuelta.
—Yo ahora no diré nada —dijo Zek— y tú ya me dirás qué piensas de lo que
ocurra a continuación.
Jazz frunció el entrecejo y pensó: «¿Qué ocurrirá ahora?»
Pero al cabo de un momento Lobo le demostró qué ocurría. El animal se
acercó más a Jazz, con sus enormes mandíbulas lo agarró fuertemente, pero con
suavidad, por la manga del mono que llevaba y lo arrastró en dirección a Zek. Jazz
tropezó tratando de mantener el equilibrio y, cuanto más corría, tanto más corría
Lobo, hasta que los dos llegaron al lugar donde esperaba la joven. Sólo entonces el
lobo soltó a Jazz, cuando estuvieron delante de ella.
—¿Y bien? —dijo Zek, cuando Jazz se detuvo jadeante.
Jazz se llevó la lengua al agujero en la encía debido a la desaparición de las
dos muelas, levantó una mano y se rascó la nariz.
—Bien... —dijo—, yo...
—Estas pensando que soy domadora de animales, ¿verdad? —le cortó Zek—.
Pero si lo dices en voz alta, te diré que es así. Seguiremos caminos diferentes.
Hasta ahora he sobrevivido sin ti y puedo continuar como hasta ahora.
Lobo se apartó de Jazz y se puso al lado de ella.
—Estamos dos a uno —dijo Jazz con una mueca y con cierto pesar—. Y como
he creído siempre en el proceso democrático... no tengo más opción que aceptar lo
que dices: tienes dotes telepáticas.
Siguieron caminando, pero ahora un poco separados.
—Entonces ¿cómo es que no sabías que era yo el que subía por el desfiladero?
¿Cómo es que me llamaste como si yo fuera Vyotsky?
—Viste el castillo, ¿verdad? ¿Viste el torreón?
—Sí.
—Pues ésa es la razón.
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Jazz volvió la vista atrás. El castillo que se levantaba junto a los acantilados
debía estar ahora a kilómetros de distancia.
—Pero estaba vacío, abandonado.
—Tal vez sí y tal vez no. Los wamphyri están deseando apoderarse de mí. Y
no son estúpidos ni mucho menos. Saben que llegué aquí a través de la esfera, de
la Puerta, y seguramente piensan que tarde o temprano intentaré salir por el
mismo camino por el que entré. Les concedo por lo menos este poco de
inteligencia. No les habría costado mucho durante la última puesta de sol... es
decir, durante cualquiera de las muchas puestas de sol... poner a algún ser allí de
guardia. Debe de haber allí muchos huecos y muchos rincones en los que nunca
entra el sol.
Jazz hizo un gesto negando con la cabeza y levantó la mano como para
indicar que interrumpiese lo que decía.
—Aun suponiendo que entendiera lo que dices, que no es el caso, seguiría sin
saber qué tiene que ver conmigo —dijo.
—En este mundo —le respondió ella— tienes que tener mucho cuidado en lo
referente a cómo usas el ESP. Los wamphyri lo poseen bajo muy diferentes formas,
como también en menor grado la mayor parte de los animales. Sólo los hombres de
verdad carecen de él.
—¿Quieres decir que si los wamphyri dejaron algo en el castillo, una criatura
cualquiera, ésta habría captado tus pensamientos?
Jazz volvía a rozar la incredulidad.
—Podría haber oído mis pensamientos dirigidos, si es eso lo que me preguntas
—dijo ella asintiendo con la cabeza.
—Pero esto...
Jazz refrenó su lengua antes de que pudiera ofenderla.
—Lobo los oye —dijo Zek con toda simplicidad.
—¿Y yo? —repuso Jazz lanzando un bufido—. ¿Es que el hecho de no oírlos
me convierte en un idiota?
—No —dijo ella, acompañando sus palabras con un movimiento de cabeza—.
En un idiota no, sino en un hombre de verdad, tú no eres un «esper». Escucha una
cosa, cuando yo vine hacia aquí oí tus pensamientos, unos pensamientos distantes,
extraños y algo confusos. Pero no me atreví a centrarme en ti y en comprobar tu
identidad, para evitar que esto desencadenase algo que permitiera identificarme.
Ahora que nos encontramos bajo la luz del sol, la presión ha desaparecido, pero
cuanto más cerca esté de la Tierra de las Estrellas, más cuidado debo tener. Y
como no podía tener la seguridad absoluta de que tú no fueses Vyotsky, por eso
tuve que desafiarte. Tú me has dicho que probablemente él me habría matado. Tal
vez sí y tal vez no. Pero en caso afirmativo, también se habría visto obligado a
matar a Lobo, cosa que no le habría resultado tan fácil como eso. Y si me hubiera
matado, se habría quedado absolutamente solo. Aun así, era un riesgo que yo
debía correr...
Esta vez Jazz aceptó todo lo que ella le dijo; tenía que empezar en algún sitio
y parecía la mejor manera de proceder.
—Escucha una cosa —le dijo—, aunque me considero una persona dotada de
comprensión rápida, necesitaría que me explicases muchas cosas que todavía no
me has dicho. Pero antes de nada me gustaría enterarme ahora mismo de una
cosa: ¿necesito poner a buen recaudo mis pensamientos?
—¿Aquí en la Tierra del Sol? ¡No! En la Tierra de las Estrellas sí, en todo
momento... De todos modos, con un poco de suerte ya no tendremos necesidad de
volver a la Tierra de las Estrellas.
—¡Muy bien! —dijo Jazz, y asintió con la cabeza—. Pasemos ahora a cosas
más inmediatas. ¿Dónde está esa cueva de la que me hablaste? Me parece que
ahora tendríamos que descansar un poco. Al mismo tiempo podría acabar de
curarte los pies. Además, me parece que podrías tomar una comida bastante más
sustanciosa.
Zek le dedicó, por vez primera desde que estaban juntos, una amable sonrisa.
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Jazz habría querido poder contemplarla bajo la luz del sol, del sol de su tierra.
—Voy a decirte una cosa —dijo ella—. Hace mucho tiempo que aprendí a no
escuchar los pensamientos de los demás. A veces son agradables, te lo aseguro,
pero cuando no lo son, una se siente muy incómoda. A veces pensamos cosas que
no podríamos expresar con palabras. También a mí me ocurre. Una regla que
observábamos todos los «espers» es que debíamos respetar la intimidad de los
demás. Pero me he pasado mucho tiempo sola..., sin nadie con quien poder
relacionarme, quiero decir. Ninguna persona de mi propio mundo. Así es que,
mientras te oía hablar... también oía otras cosas. Cuando me acostumbre a estar
contigo, haré un esfuerzo para no inmiscuirme... incluso ahora ya lo intento, pero
me resulta imposible no escudriñar en tus pensamientos.
Jazz frunció el entrecejo.
—Dime, entonces, qué estaba pensando —insistió Jazz—. Me refiero a que lo
único que he dicho es que deberíamos descansar.
—Pero lo que tú querías decir, en realidad, es que yo debía descansar: yo,
Zek Föener. Eres muy amable y, si lo necesitara de verdad, lo aceptaría. Pero
también tú has recorrido un largo camino. De todos modos yo preferiría seguir
andando hasta que superemos el desfiladero. Debemos recorrer otros diez
kilómetros más y ya lo habremos superado. Como puedes ver tú mismo, el sol está
a punto de llegar al muro este. El proceso es lento pero antes de una hora y media
el paso volverá a estar sumido en la oscuridad. En la Tierra del Sol todavía quedan
veinticinco horas de sol, y la noche es igual de larga. Después... ya encontraremos
algún sitio donde poder escondernos.
Zek se estremeció.
Aunque Jazz no sabía nada de ESP, estaba en condiciones de leer muy bien lo
que pensaba la gente.
—Eres una mujer estupenda —le dijo, aunque no pudo evitar preguntarse por
qué había dicho aquella frase, ya que no era una persona muy dada a decir
cumplidos y no le salían muy bien.
Aun así, sabía que había hablado con sinceridad, como también lo sabía ella,
pese a no estar de acuerdo con él.
—No, no tengo nada de estupenda —dijo Zek, muy seria—. Quizá lo fui en
otro tiempo, pero me he vuelto muy cobarde. Pronto descubrirás por qué.
—Pero antes tendrías que informarme sobre los azares inmediatos —dijo
Jazz—, en el supuesto de que sean inmediatos. Has dicho algo de los habitantes de
la Tierra del Sol y de que estaban persiguiéndote. Y también de los wamphyri... que
andaban persiguiéndote como locos. Anda, dame más detalles.
—¡Los habitantes de la Tierra del Sol! —dijo ella con un suspiro, aunque sin
pretender darle una respuesta.
Calló de pronto, quedó tensa, mirando a su alrededor alarmada,
especialmente la zona de sombras proyectadas por los acantilados del este.
Después se llevó la mano a la frente y se la acarició con dedos temblorosos. A Lobo
se le erizaron los pelos del cuello, echó para atrás las orejas y profirió un gruñido
bajo y gutural.
Jazz quitó el seguro de la metralleta, la amartilló y comprobó que el cargador
estuviera colocado en su sitio.
—¡Zek! —la interpeló con voz ronca.
—¡Arlek! —dijo ella en un murmullo—. Esto es lo que ocurre por frenar mis
dotes telepáticas en consideración a ti. Jazz, yo...
Pero ya no tuvo tiempo de nada más, porque ya estaban metidos en el
problema.
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Capítulo 11
Castillos - Viajeros - ¡El Projekt!
Una hora antes, poco más o menos, ocurría lo siguiente: Procurando
guardarse de los murciélagos, Karl Vyotsky condujo su motocicleta por la llanura
cubierta de piedras en dirección a aquella especie de tubos, fantásticamente
tallados, que se erguían como espectrales centinelas en la parte este. Su primer
impulso consistió en dirigirse al desfiladero, hacia la fina rendija de sol que había
visto en el horizonte, en la parte más amplia de aquella «V» que formaba el cañón.
Pero el sol ya se había puesto a medio camino de la boca del desfiladero, y de sus
rayos sólo quedaba un abanico de haces de luz rosada por la parte sur del
firmamento.
La cordillera montañosa que se extendía al este y al oeste hasta donde
alcanzaba la vista formaba una silueta negra, realzada con manchas y rayas de un
color dorado resplandeciente allí donde la luz de la luna reflejaba sus fulgores. Sin
embargo, el cielo por encima de las montañas era de un color azul intenso,
recorrido por haces de luz de un amarillo desvaído y, como era evidente que en
aquel mundo estaba empezando a caer la noche, Vyotsky prefirió pasar por el
campo abierto que se extendía bajo la luna que moverse por la negrura del
desfiladero, que más parecía tinta que otra cosa. No sabía que al otro lado de la
cordillera la luz del día duraría un tiempo equivalente a dos de los días que él
conocía.
Así es que, con el faro encendido, dio la vuelta y se dirigió a aquellos tubos
excavados en la piedra y, mientras sus ojos iban acostumbrándose a la luz de la
luna y sus ruedas ligeramente excéntricas iban tragándose velozmente los
kilómetros, observó los enigmáticos nidos de águila situados a catorce o quince
kilómetros en dirección este con un sentimiento en el que había algo más que mera
curiosidad. ¿Eran luces realmente lo que veía en las torres más altas? Y si lo eran
realmente y en ellas había gente, ¿qué clase de gente sería? Mientras iba
reflexionando sobre estas cosas, se fijó en los murciélagos, que no eran
precisamente las pequeñas criaturas, semejantes a ratones voladores, que
poblaban la Tierra.
Tres de los murciélagos, con unas alas que medían un metro de punta a
punta, se abalanzaron sobre él y lo obligaron a desviarse y casi a caer de la moto.
El batir de sus alas membranosas emitía un ruido leve pero rápido, que agitaba el
aire con su latido. Parecían pertenecer a la misma especie del animal aparecido en
el Encuentro Cuatro: Desmodus el vampiro. Vyotsky no sabía qué podía haberlos
atraído hacia él, quizás el rugido del motor, que sonaba muy fuerte y extraño en el
silencio pavoroso de aquel lugar. Pero cuando uno de los murciélagos pasó por
delante de la luz del faro...
El vuelo de aquella criatura se hizo errabundo, casi frenético. Vyotsky disparó
hacia arriba y el grito estridente de alarma resonó salvajemente en la cabeza de
Vyotsky y fue contestado con nerviosos alaridos de sus compañeros de viaje. Esto
hizo que el ruso comprendiera que aquélla era una manera de librarse de ellos. Es
posible que fueran completamente inofensivos y que sólo se movieran por simple
curiosidad; vampiros o no, no era probable que atacaran a un hombre, por lo
menos mientras se mostrara activo y se moviera. Pero Vyotsky tenía trabajo para
dominar su motocicleta por aquel terreno tan accidentado. En la tierra seca y
polvorienta de la llanura había fisuras, rocas y piedras diseminadas por doquier.
Tenía que concentrarse para poder seguir su camino y para ello debía
desentenderse de los tres murciélagos gigantescos que iban persiguiéndolo.
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Decidió pararse, sacó una potente linterna de uno de los macutos que llevaba
y esperó a que los murciélagos se acercasen de nuevo. Uno, al parecer cegado, se
mantenía a distancia y patrullaba desde lo alto, pero al cabo de un momento los
demás se acercaron. Mientras iban volando en círculo a su alrededor, Vyotsky
seguía quieto pero, al precipitarse sobre él con la cabeza baja, Vyotsky dirigió la
linterna sobre ellos y, pulsando el botón, los inundó de luz. ¡Hubo una gran
confusión! Los dos murciélagos chocaron y cayeron con las alas enredadas. Ya en el
suelo, se separaron, se escabulleron, se movieron torpemente y profirieron
vibrantes gritos de alarma. Uno de ellos se las arregló para echar a volar hacia
arriba, pero su compañero no fue tan afortunado.
La metralleta de Vyotsky lo partió casi por la mitad y salpicó de sangre las
rocas circundantes. Cuando se desvanecieron los ecos retumbantes del arma, los
dos supervivientes ya habían desaparecido. Vyotsky dio unos cuantos bocinazos
para contribuir a alejar todavía más a aquellos pajarracos...
Esto había ocurrido hacía veinte minutos y desde entonces no había vuelto a
ser molestado. Se había dado cuenta de que había unas pequeñas sombras que
revoloteaban sobre su cabeza, pero en realidad no se divisaba nada en concreto.
Estaba contento de que así fuera ya que, si de algo estaba seguro, es de que no
podía gastar municiones dedicándose a matar murciélagos. Igual que el inglés,
Michael Simmons, sabía que en este mundo había cosas mucho peores que los
murciélagos.
Pero ahora también estaba seguro de una cosa: no se había equivocado con
respecto a las luces que se veían en los nidos de águila, ahora ya no tan distantes
como antes. El más próximo estaba a unos siete kilómetros de distancia, mientras
que los otros se encontraban diseminados irregularmente por la llanura que se
extendía detrás, perdiéndose en la distancia y haciéndose más y más pequeños,
más y más brumosos, a pesar incluso de la intensa luz de la luna. Las bases
parecían afianzadas con guijarros y reforzadas con muros y terraplenes. En el fuste
estriado y pétreo más próximo parpadeaban las luces de forma intermitente; y a
través de varias chimeneas echaba un humo que oscurecía el azul intenso del cielo
y la palidez de las estrellas; otras estructuras menores estaban adosadas a laderas
escarpadas, donde los salientes habían permitido una construcción
extremadamente precaria. Sin embargo, las edificaciones de piedra que coronaban
los fustes macizos sólo habrían podido describirse adecuadamente con una palabra:
¡castillos!
¿Quién los había construido? ¿Cómo? ¿Por qué? Eran detalles que quedaban
por descubrir, si bien Vyotsky tenía la seguridad de que se trataba de obras
realizadas por hombres. Sí, debía de tratarse de guerreros. Unos hombres, suponía,
capaces de entenderse con los rusos. Tenían que ser hombres fuertes, sin duda
alguna, y al pensarlo su mirada volvió a levantarse hacia la torre que tenía más
próxima, la estructura enorme de aspecto desolado y siniestro que parecía otear las
tierras que tenía a su alrededor como un enfurruñado centinela.
Al instante, volviendo a dirigir la mirada hacia el intrincado camino que tenía
delante, Vyotsky se vio obligado a accionar los frenos. Parecía como si en aquella
accidentada superficie hubiera crecido de pronto una pared baja de piedras
amontonadas unas sobre otras que se extendía a lo lejos hasta la llanura y de allí
hasta el mismo pie de las montañas. La pared tendría unos dos metros de altura y
un grosor aproximadamente igual en la base. Era evidente que estaba hecha por
mano humana y parecía ser un lindero. El ruso volvió la moto hacia el sur y,
dirigiéndola hacia el pie de la montaña, buscó una abertura en la pared. Pero,
enfrente, la pared se elevaba para ir a parar a un saliente muy inclinado de roca
lisa que Vyotsky sabía perfectamente que su moto era incapaz de subir. Y aunque
hubiera podido, él tampoco estaba dispuesto a subir por ella. Sintiéndose
contrariado, se dio la vuelta y se quedó un momento mirando pensativo el tubo que
tenía más cerca.
Desde aquel punto alto en el que ahora se había situado tenía una vista más
precisa de todo lo que le rodeaba. Seguía sentado en la moto y, sin darse cuenta,
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se puso a calcular las dimensiones de las poderosas columnas.
Ésta tendría unos doscientos metros de diámetro en la base e iba afinándose
a medida que ascendía hasta llegar aproximadamente a la mitad del diámetro
citado en la torre que la coronaba, situada a un kilómetro y medio de altura.
Básicamente la torre era una columna de piedra. Aun pudiendo parecer tan natural
como muchos afloramientos grotescos del Gran Cañón, lo que más impresionaba en
ella eran sus dimensiones y las estructuras que tenía encima. Pero mientras sus
ojos recorrían la tremenda altura de aquel rascacielos, se dio cuenta de qué en una
enorme caverna situada cerca del punto más alto había una cierta actividad.
Entornó los ojos para ver de distinguir de qué se trataba. ¿Qué podía ser?
Vyotsky sabía que en el fondo de su macuto más grande, llenado deprisa y
corriendo, cuando todavía no tenía las ideas muy claras, había unos prismáticos.
Eran unos prismáticos de buena calidad, pero no quería perder el tiempo en
sacarlos del macuto. Sin embargo, mientras estaba contemplando la inmensa
columna con todas sus estructuras que desafiaban las leyes de la gravedad, su
torre de vigía y la actividad que ahora había observado en...
¡En ese momento algo se precipitó al exterior desde lo alto de la cueva!
Vyotsky sintió que un estremecimiento le recorría la espina dorsal y que sus
labios carnosos dejaban al descubierto sus dientes, doloridos todavía por el codazo
que le había propinado Simmons. Aspiró una profunda bocanada de aire, al tiempo
que forzaba los ojos tratando de averiguar qué era lo que flotaba en el aire como
una nube negra y que parecía un aparato volador que iba describiendo lentos
círculos alrededor de la altísima columna al tiempo que iba perdiendo altura.
Al cabo de un rato la cara del ruso se quedó lívida al darse cuenta de que
aquel objeto volador era el hermano gemelo del personaje del Encuentro Uno: un
dragón extraño en el cielo de un país extraño. Vyotsky se quedó horrorizado,
aunque sólo fue un momento. No era conveniente dejarse vencer por el pánico.
Paró el motor de la moto y, manteniéndose junto a la pared, dejó que las ruedas
giraran libremente y lo llevaran desde el pie de las montañas hasta la llanura. Ya
allí, localizó un macizo saliente de roca y aparcó la moto a la sombra del mismo. La
luna, que parecía moverse a través del cielo con gran presteza, estaba situada
ahora directamente sobre su cabeza, lo que dificultaba enormemente que pudiera
esconderse. Amparándose en la poca sombra que había, el ruso porfió para
descargar los macutos que llevaba colgados, cargó la metralleta con un cargador
nuevo y se guardó uno de repuesto en el bolsillo del mono. Preparó luego un
pequeño lanzallamas y, pese a que era un hombre descreído, pensó: «¡Santo Dios!
¡Espero que esto me ayude a defenderme de esa ¡cosa!»
Entretanto «la cosa» se movía en círculo sobre la titánica columna por
segunda o tercera vez y ya parecía encontrarse a menos de trescientos metros de
altura. De pronto viró bruscamente en dirección a la llanura y pareció agrandarse
extraordinariamente al bajar en picado haciendo una serie de movimientos de
deslizamiento directamente hacia el lugar donde se escondía Vyotsky.
Se dio cuenta entonces de que no servía de nada fingir, que era inútil pensar
que su vuelo era una mera coincidencia con el hecho de que él permaneciera allí
escondido. Aquel ser extraño sabía que él estaba allí y venía a buscarlo.
Pasó por encima de su cabeza desviándose hacia el norte y proyectando una
inmensa sombra en la llanura que era como una gran mancha de tinta que se
desplazaba velozmente. Vyotsky, con la cabeza levantada, trató de medir su
tamaño. Con un cierto alivio vio que no era ni tan enorme ni terrible, ni mucho
menos tan cruel como la «cosa» que estuvo a punto de destruir Perchorsk. Tenía
unos quince metros de longitud y unas alas que cubrían una distancia todavía
mayor; su forma era similar a la de una gran manta sobre la tierra, pero tenía una
larga cola que le servía para mantener el equilibrio. Sin embargo, a diferencia de la
manta, tenía en la parte inferior del cuerpo unos ojos enormes desprovistos de
párpados que utilizaba para mirar en todas las direcciones imaginables.
Después la cosa se ladeó hacia la izquierda y volvió a lanzarse en picado, se
dejó caer un poco más bajo con un movimiento controlado y finalmente se posó en
120
tierra, desplegando las alas cubiertas de plumas, que levantaron tal nube de polvo
que incluso cubrió unos momentos su figura. Se había situado a unos treinta o
cuarenta metros de distancia y, así que el polvo se depositó nuevamente en el
suelo, Vyotsky vio que el animal se quedaba recostado y que volvía la cabeza hacia
él, pero de una manera que sólo habría podido calificarse de ausente o, como
mucho, de gesto no premeditado.
Sí, un gesto ausente e impremeditado, pues ahora el ruso se fijó en los
arneses que llevaba el animal: sobre el lomo, una silla de montar de cuero
ricamente repujado. Pero en quien se fijó sobre todo fue en el hombre que estaba
de pie al lado y que tenía los ojos clavados en su escondrijo. De todos modos, vio lo
bastante de él para darse cuenta de que no era un hombre o de que no lo era
totalmente, puesto que un «hombre» como aquél era el que había ardido hasta
morir en la pasarela del corazón de Perchorsk: ¡era un guerrero wamphyri!
Miraba directamente hacia Vyotsky y después se volvió en redondo con un
movimiento lento. Pero, antes de volverse del todo, Vyotsky tuvo tiempo de ver el
fulgor de sus ojos rojos, que brillaban como ascuas en su rostro. Sin embargo, más
que el rostro del guerrero, lo que impresionó al ruso fue el arma en forma de
guantelete que llevaba en la mano derecha, pues sabía el daño que podía hacer con
ella. Aunque esta vez, por lo menos, no se lo haría a Karl Vyotsky.
El hombretón ruso estaba quieto como un ratón, amparado en la sombra; no
se movía, no respiraba, no parpadeaba siquiera. El guerrero acabó de girarse y,
levantando la cabeza, fijó la mirada un momento en el castillo que coronaba la
columna, después de lo cual separó las piernas, se puso las manos en las caderas e
inclinó la cabeza a un lado. A continuación lanzó un penetrante silbido, más
parecido a una vibración del tímpano que a un verdadero sonido. En el cielo
aparecieron dos figuras familiares, que se movieron en círculo sobre el guerrero y
que inmediatamente después se precipitaron hacia Vyotsky, acurrucado a la
sombra de los salientes que lo protegían. Fue tan inesperado que cogieron
desprevenido al ruso.
Uno de los murciélagos estuvo a punto de golpear a Vyotsky con un
movimiento del ala, por lo que éste tuvo que apartarse para esquivarla. El cañón
corto de su metralleta golpeó la piedra y Vyotsky se dio cuenta de que se había
roto el protector. El guerrero se encaró con él, profirió un silbido con el que alejó a
los murciélagos y dio unos pasos hacia adelante. Ahora ya no le quedaba ninguna
duda: sabía dónde se ocultaba su presa. Sus ojos parecían un ascua y en su rostro
se dibujaba una extraña y sardónica mueca, al tiempo que se echaba unos
mechones hacia atrás y adoptaba una actitud orgullosa, con la barbilla levantada y
los hombros echados para atrás.
Vyotsky le dejó que se acercara y, cuando estuvo a veinte pasos de distancia,
salió al exterior y se colocó bajo la luz amarillenta de la luna, en medio de la
pedregosa llanura. Apuntando el arma hacia él, le gritó:
—¡Alto! ¡Quietecito, amigo, o se te ha acabado para siempre lo que te llevas
entre manos!
Le temblaba la voz y parecía que el guerrero se daba perfecta cuenta de ello.
Se limitó a cambiar bruscamente de postura como para variar el ángulo de enfoque
y volvió a aproximarse avanzando la cabeza, igual que antes.
Vyotsky no quería matarlo. Debía tratar de vivir aquí como pudiera y procurar
no morir en venganza por la muerte de aquel arrogante salvaje. El ruso prefería
llegar a un acuerdo con él y abstenerse de luchar, para así no tener a todo un
mundo enfrentado contra él. Apuntó el arma dispuesto a disparar un solo tiro
contra el guerrero que avanzaba, procurando que la bala pasase rozando por
encima de su cabeza. Disparó. La bala tocó el mechón de pelos del guerrero, tan
cerca pasó de su cabeza, pero él se paró, levantó la cabeza y olió el aire. Entonces
Vyotsky le gritó:
—Mira, tenemos que hablar.
Levantó la mano que tenía libre, con la palma abierta en dirección al guerrero,
y bajó la metralleta apuntando con ella las piedras del suelo. Consideró que esa
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actitud era la mejor que podía adoptar para indicar que iba en son de paz. Sin
embargo, al mismo tiempo se sirvió del pulgar para poner el arma en posición de
disparar fuego graneado. La próxima vez que apretara el gatillo, la cosa iría en
serio.
El guerrero levantó la mano y se tocó el mechón de pelo. Volvió a bajarla, se
olisqueó los dedos de manera suspicaz con su boca de labios gruesos, semejante
casi a un hocico de cerdo. Sus ojos se agrandaron y se quedaron tan redondos
como monedas inyectadas de sangre y por lo bajo refunfuñó algunas palabras que
Vyotsky creyó entender o adivinar.
—¿Cómo? ¿Te atreves a amenazarme?
El brazo derecho del guerrero se elevó hacia su hombro derecho en un gesto
que era como una especie de saludo. Tenía el guantelete cerrado, pero, al terminar
de hacer el saludo, se abrió de pronto y mostró todo un conjunto de cuchillas,
ganchos y hoces.
Después se agachó, adoptó una actitud combativa e hizo como si fuera a
abalanzarse sobre Vyotsky. Pero el gigante ruso no aguardó a que lo hiciera, sabía
que a una distancia de sólo seis o siete pasos sería imposible que fallase el tiro.
Apretó, pues, el gatillo, abrió fuego y regó el cuerpo del guerrero con una lluvia de
plomo letal... o que así debiera de haberlo sido.
Pero el hombre de la KGB no debía de tener mucha suerte con su arma
porque, al parecer, le salió una bala defectuosa y, después de tres o cuatro
disparos, se le encasquilló. La intención de Vyotsky había sido coser el cuerpo del
guerrero a tiros recorriéndoselo de derecha a izquierda, hacia arriba, en dirección
contraria y luego hacia abajo. Un simple chorro de la metralleta habría bastado, ya
que con él le habría soltado de quince a veinte balas y era casi seguro que por lo
menos la mitad habrían dado en el blanco, pero el arma sólo había disparado tres o
cuatro tiros, ninguno de los cuales había sido certero.
El primero abrió un corte en el costado izquierdo del guerrero, dejándole las
carnes abiertas como si acabaran de pasarle por ellas una sierra de dientes
afiladísimos; el segundo le perforó el hombro debajo de la clavícula derecha, junto
a la articulación del brazo; el resto de las balas, dos a lo sumo, habían fallado
totalmente el tiro. Aquellos dos primeros disparos hubieran sido como mazazos
capaces de parar los pies a cualquier soldado de la Tierra. Pero aquello no era la
Tierra, y el blanco no era simplemente un hombre.
Derribado por la fuerza del impacto en el hombro, cayó despatarrado en el
polvo, pero se sentó inmediatamente y miró a su alrededor con aire aturdido.
Vyotsky, lanzando unos cuantos sonoros tacos, sacó con brusquedad el cargador
del arma, volvió a amartillarla y echó una ojeada a la recámara. Un cartucho no se
había disparado y quedó encasquillado. Sacudió el arma tratando de sacar la bala
defectuosa, pero no le sirvió de nada, porque era preciso extraerla con sumo
cuidado. Y ahora el guerrero ya había vuelto a ponerse de pie.
Vyotsky se colgó el arma del cinturón para que no le estorbara y descolgó la
boquilla del lanzallamas. Preparó el encendido y sacó el seguro. Cuando vio al
guerrero herido avanzar hacia él dando trompicones, hizo un último intento
pacificador y adoptó la misma postura de antes, mostrándole la palma abierta de la
mano. Quizás el otro lo consideró un insulto, pero el hecho es que todo lo que
Vyotsky obtuvo como respuesta fue un gruñido de rabia. Después, pese a que el
guerrero había recibido un disparo en el hombro derecho, levantó el guantelete,
flexionó sus mortíferos instrumentos y los mostró a su contrincante.
—¡Ya basta! —gruñó el ruso.
Dejó que su enemigo se acercara tres o cuatro pasos más, apuntó la boquilla
del lanzallamas y accionó el dispositivo que lo ponía en marcha. La pequeña llama
azul que apareció en la punta se convirtió en lanza cauterizadora que atacó al
guerrero y convirtió en antorcha su costado izquierdo.
Despidiendo fuego, se puso a gritar sorprendido y aterrorizado y se alejó
dando saltos hasta que, revolcándose en el polvo y entre las piedras, consiguió
extinguir las llamas. Todavía echando humo, se tambaleó sobre sus pies y
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retrocedió, vacilante, hacia el lugar donde se encontraba su salvaje montura. Pero
ahora que Vyotsky había iniciado su acción, estaba decidido a terminarla.
Avanzó detrás del guerrero humeante y apuntó por segunda vez el
lanzallamas hacia él... y entonces ¡se quedó helado!
El guerrero wamphyri daba a su montura órdenes suplicantes pero
perentorias que ésta oyó y obedeció al punto. Dio la impresión de que todo el
cuerpo del animal se llenaba de arrugas, sus alas crecían y se transformaban en
velas enormes. Las hizo batir en el aire, aplanándolas al tiempo que se elevaba.
Empujado hacia arriba por lo que a Vyotsky le pareció un nido de enormes gusanos
rosados que se desenrollaban igual que muelles para elevarlo, le dio la impresión
de que aquello era como una enorme sábana de lona tosca y escamosa suspendida
en el aire. Los impulsores en forma de gusano se retraían introduciéndose en ella,
mientras se deslizaba en lo alto con su cola parecida a la de una raya desplegada y
moviéndose de un lado a otro. Así que su cuerpo comenzó a agrandarse y se puso a
batir las alas, los ojos que tenía en el vientre adquirieron nueva forma y
comenzaron a moverse en varias direcciones. Súbitamente dejaron de espiar y se
fijaron en el ruso.
Vyotsky retrocedió mientras la criatura voladora caía sobre él. Su forma
semejante a la de un pez lo cubrió enteramente, negra como la tinta, y al mismo
tiempo la parte inferior de su cuerpo, que tenía una consistencia parecida a la
goma, se abrió para dar salida a una gran boca o bolsa, revestida de púas. Vyotsky
vaciló y sintió que caía. Moviendo un gran vendaval con su cuerpo y trasladando
con él un hedor increíble, aquella cosa se situó sobre él. Con un aleteo de carne, lo
levantó y unos ganchos de materia cartilaginosa lo asieron por la ropa y ya no
sintió más que una oscuridad fría y húmeda que lo comprimía.
Vyotsky seguía con el dedo puesto en el dispositivo para accionar el
lanzallamas, pero no se atrevía a oprimirlo. De haberlo hecho, estando como estaba
en el interior de aquella criatura, no habría conseguido otra cosa que freírse. Podía
respirar, pero el aire era fétido y sucio. Toda aquella experiencia era una pesadilla
espantosa, siniestra, pero que la estaba viviendo realmente y que se prolongaba
cada vez más.
Los gases que emanaban de la criatura actuaban en él como un anestésico y,
sin saber siquiera que estaba perdiendo la conciencia, Vyotsky se desmayó...
«Estar metido en el problema» significaba para Jazz Simmons unos cinco
segundos para decidirse, que es lo que habría hecho de no haber estado presente
Zek Föener para asesorarlo. Jazz se decidió en dos segundos y, cuando las sombras
comenzaron a separarse de la gran sombra del desfiladero, ya estaba a punto de
convertir la decisión en acción si no hubiera sido por Zek, que lo frenó con estas
palabras:
—¡Jazz... no dispares!
—¿Cómo? —dijo él, incrédulo.
Las sombras eran hombres que se acercaban a ellos corriendo con intención
de rodearlos.
—¿Que no dispare? ¿Es que acaso conoces a esa gente?
—Sé que no nos harán ningún daño... —le contestó en un susurro—, que
somos para ellos más valiosos vivos que muertos y que si disparas un solo tiro no
vivirás lo suficiente para oír sus ecos. Al momento caerán sobre ti media docena de
flechas y de lanzas. Y probablemente también caerán sobre mí.
Jazz escondió el arma, pero lentamente y de mala gana.
—Esto es lo que se llama tener fe en tus amigos —refunfuñó sin pizca de
humor.
Y miró al grupo de hombres sigilosos y circunspectos que los rodeaban. Uno
de ellos se irguió, avanzó la barbilla y se dirigió a Zek. Hablaba sirviéndose de un
extraño graznido, dialecto o lengua que a Jazz le pareció que reconocía
perfectamente. Zek le respondió en una lengua que, evidentemente, reconocía.
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Había que decir como mínimo que la reconocía, por no decir más, ya que se trataba
de un rumano muy esquemático y un tanto deslavazado.
—¡Hola, Arlek Nunescu! —dijo Zek, y añadió a continuación—: Salid
rápidamente de las montañas y dejad que el sol funda los castillos de los
wamphyri... pero ¿esto qué es? ¿Acecháis y molestáis a los amigos Viajeros?
Ahora que Jazz sabía de qué lengua se trataba, le costaba menos
concentrarse en entenderla. Su conocimiento de las lenguas románicas no era muy
profundo, pero no le eran totalmente desconocidas. Las conocía en parte gracias a
su padre y algo menos gracias a sus estudios académicos posteriores. Lo que
contaba más era su instinto, puesto que siempre había tenido un don especial para
las lenguas.
Aquel hombre, Arlek, y de hecho todos los hombres que los rodeaban y otros
que estaban saliendo de sus escondrijos, eran gitanos. Ésta fue la primera
impresión de Jazz: que eran hombres pertenecientes a la raza gitana. Eso estaba
claro por su aspecto tan reconocible ahora como lo habría sido en el mundo que
habían dejado atrás, al otro lado de la Puerta. Tenían cabellos oscuros, manejaban
sonajas y cascabeles, eran delgados y de piel aceitunada, llevaban los cabellos
largos y grasientos, las ropas sueltas, y tenían un estilo y una elegancia muy
especiales. Una cosa que desorientaba es que muchos de ellos llevaban ballestas y
otros iban armados con estacas sumamente puntiagudas de madera dura. Dejando
aparte este detalle, Jazz había visto ese tipo de gente en países de todo el mundo...
del viejo mundo, por supuesto.
Eran gitanos, hojalateros, vendedores ambulantes de objetos metálicos,
músicos y... aficionados a decir la buenaventura.
—Que abandonemos rápidamente las montañas, ¿verdad? —le respondió
Arlek saludándola, hablando con más lentitud y de manera más reflexiva—. Tú
siempre sabes lo que tienes que decir, Zekintha, porque lo robas de las mentes de
los Viajeros. Pero desde que los hombres lo recuerdan, no hacemos más que
repetirlo: «Destruid las montañas». Hace muchísimo tiempo que lo decimos y
todavía siguen en pie. Y mientras las montañas sigan en su sitio, los wamphyri
seguirán en sus castillos. Nos pasamos la vida yendo de un sitio a otro, porque
quedarse en el mismo sitio significa morir. Hemos visto el futuro, Zekintha, y si te
damos cobijo vas a llevar el desastre sobre Lardis y su cuadrilla. Pero si te ponemos
en manos de los wamphyri...
—¡Bah! —dijo ella en tono desdeñoso—. Sois muy valientes ahora que Lardis
Lidesci está en el oeste, buscando un nuevo campamento para que os instaléis en
él y donde los wamphyri no puedan realizar incursiones. ¿Y qué vais a decirle
cuando vuelva? ¿Cómo vais a explicarle que os habéis conchabado para
entregarme? ¿Que habéis cedido a una mujer para apaciguar a vuestros peores
enemigos y hacerlos más fuertes? ¡Un acto muy cobarde, Arlek!
Arlek exhaló un profundo suspiro. Se irguió aún más, dio un paso hacia ella y
levantó la mano como si quisiera golpearla. Como se le habían subido los colores a
la cara con la excitación, Arlek todavía parecía más moreno. Jazz bajó el cañón del
arma hasta tocar con él el hombro de Arlek, apuntándole directamente a la oreja
izquierda.
—¡No lo hagas! —le advirtió Jazz en su propia lengua—. Lo que he visto de ti
hace que me importes muy poco, Arlek, pero si me obligas a matarte, también yo
moriré.
Esperaba que hubiera comprendido bien las palabras que acababa de
pronunciar.
Aparentemente había sido así. Arlek retrocedió y llamó a dos de sus hombres.
Éstos se acercaron a Jazz y él les mostró los dientes al dirigirles una fría sonrisa;
también les mostró el arma.
—Dásela —dijo Zek.
—Sí, no estaba pensando en otra cosa —dijo Jazz hablando entre dientes.
—Ya sabes qué quiero decir —dijo ella—, ¡que les des el arma!
—¿Acaso tus dotes telepáticas permiten que vayas por ahí desnuda,
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paseándote ante el cubil de los leones? —le preguntó.
Uno de los gitanos había agarrado el cañón de su metralleta, mientras la
mano de otro se cerraba alrededor de la muñeca de Jazz. Tenían unos ojos
profundos, oscuros, despiertos. Jazz sabía perfectamente que había varias ballestas
que apuntaban sus saetas contra él, pero a pesar de todo preguntó:
—¿Qué hago? Tú lo quieres así, ¿verdad, Zek?
—No podemos volver a la Tierra de las Estrellas —respondió ella
apresuradamente— y los Viajeros custodian el camino hacia la Tierra del Sol.
Aunque consigamos salir de ésta y apartarnos de ellos, acabarán por volver a
encontrarnos. Así que dales el arma. Por lo menos de momento estamos seguros.
—Lo hago en contra de mi voluntad —refunfuñó Jazz—. Pero supongo que no
hay más remedio.
Sacó el cargador, se lo metió en el bolsillo y les dio el arma.
Arlek sonrió con picardía.
—Esto también —dijo señalando con el dedo el bolsillo de Jazz—. Y el resto de
tus pertenencias.
Entender aquella lengua y hablarla era cosa sobre todo de inspiración. El
talento de Jazz para las lenguas hizo que buscara y encontrara unas cuantas
palabras.
—Estás pidiendo demasiado, Viajero —dijo Jazz—. Yo soy un hombre libre,
como tú..., más libre que tú incluso, porque yo no hago tratos con los wamphyri
para poder vivir.
Arlek se quedó muy sorprendido y preguntó a Zek:
—¿Es que también sabe leer los pensamientos de los hombres?
—Los únicos pensamientos que sé leer son los míos —dijo Jazz— y las
palabras con las que hablo también son las mías. No hables con ella de mí, ¡habla
conmigo!
Arlek se enfrentó con él abiertamente.
—Está bien, entonces —dijo—, danos tus armas y tus cosas. Te las
guardaremos para que no puedas usarlas contra nosotros. Tú eres extranjero,
vienes del mundo de Zekintha... se ve por tu vestido y por las armas que llevas.
¿Por qué hemos de confiar en ti?
—¿Y por qué hay que confiar en vosotros? —le interrumpió Zek, mientras los
hombres de Arlek estaban ya apoderándose de las cosas de Jazz—. Vosotros
traicionáis a vuestro jefe mientras está lejos buscando lugares seguros.
Como para darle la razón, algunos de los Viajeros restregaron los pies en el
suelo y parecieron un poco avergonzados. Pero Arlek se volvió a Zek y protestó:
—¿Traición? ¿Tú me hablas de traición? Así que Lardis vuelve la espalda, si te
he visto no me acuerdo. ¿Y adonde vas, Zekintha? Pues a tu mundo, ¿verdad?,
aunque hayas dicho que no hay forma de volver a él. Quizá para encontrar algún
campeón, quizás este mismo hombre, ¡quién sabe! ¿O es que quieres entregarte a
los wamphyri y convertirte en una potencia del mundo? Yo también te entregaría a
ellos..., pero sólo a cambio de la seguridad de los Viajeros... ¡no para conseguir
ningún mérito personal!
—¡Mérito! —se burló Zek—. Yo más bien diría infamia.
—¿Por qué..., tú...?
No sabía qué palabras emplear.
Entretanto Jazz había sido despojado de todos sus paquetes y de sus armas,
pero no de su orgullo. Aunque parezca extraño, ahora que sólo llevaba su
indumentaria de combate, se sentía más seguro; sabía que no lo matarían por
temor a la destrucción que podían causar sus temibles armas. Ahora, por lo menos,
estaban en situación de hombre a hombre. Aun cuando no podía comprender todas
las palabras de Arlek, y aunque muchas de las que podía comprender le sonaban a
verdaderas, no le gustaba el tono de voz de Arlek cuando hablaba con Zek en aquel
tono. Por eso agarró al gitano por el hombro y, haciéndolo girar en redondo, se
enfrentó con él:
—Sabes gritar con las mujeres, ¿verdad? —le dijo.
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Arlek miró la mano de Jazz agarrada a su ropa y abrió unos ojos como platos.
—Tienes mucho que aprender, «hombre libre»... —le dijo entre dientes al
mismo tiempo que proyectaba el puño cerrado contra la cara de Jazz.
Jazz reaccionó: agachó rápidamente la cabeza, porque aquello era como
luchar con un colegial torpe y sin experiencia. Ninguno de los hombres del mundo
de Arlek había oído hablar de combates sin armas, es decir, del judo, del kárate o
similares. Jazz le propinó dos golpes casi simultáneos que lo dejaron tumbado al
momento. Pero, para colmo de males, también él quedó tumbado, porque uno de
los gitanos, atacando desde uno de los flancos, le golpeó la parte lateral de la
cabeza con la culata de su propia arma.
En el momento de perder el conocimiento oyó la voz de Zek que gritaba:
—¡No lo matéis! ¡No le hagáis ningún daño! Este hombre puede ser la única
respuesta a todos vuestros males, el único que puede traeros la paz.
Por un momento sintió los dedos finos y frescos de Zek posados en su rostro
ardiente y después...
... después se quedó sólo envuelto en una fría oscuridad...
Andrei Roborov y Nikolai Rublev eran estrellas menores de la KGB. Uno y otro
habían sido asignados al Perchorsk Projekt —que gozaba fama de puesto de
castigo— para ayudar a Chingiz Khuv, al distinguirse por el exceso de celo en su
trabajo. Unos periodistas occidentales los habían fotografiado pegando a una pareja
de moscovitas entregados al mercado negro. Los «criminales» de este caso eran un
matrimonio de edad avanzada que se dedicaban a vender los productos de una
huerta que tenían en las afueras de la ciudad. En resumen, Roborov y Rublev eran
unos matones. Y en esta ocasión eran matones que estaban metidos en un buen
lío.
Khuv los había enviado a «hablar» con Kazimir Kirescu; era la última
oportunidad que tenían de interrogar al viejo antes de someterlo al suero de la
verdad. Lo mejor era convencerlo de facilitar de buen grado la información
requerida (acerca de los vínculos occidentales y rumanos), puesto que las drogas
no eran muy buenas para el corazón de una persona de edad. Cuanto más viejo era
un hombre, peores eran los efectos que podían tener sobre él. Khuv deseaba
obtener información antes de que Kirescu muriese, porque después de muerto ya
sería demasiado tarde. Aunque esto pueda parecer perfectamente obvio, para los
miembros de la Rama-E soviética raras veces las cosas eran tan obvias como
parecían. En los viejos tiempos, cuando moría una persona sin facilitar la
información requerida, se llamaba al nigromante Boris Dragosani, pero ahora
Dragosani ya no estaba. Dicho sea de paso, tampoco estaba Kazimir Kirescu.
Al dirigirse a la celda del viejo para ver cómo se desenvolvían sus hombres,
Khuv llegó a tiempo de descubrir que se disponían a salir. Los dos llevaban capas o
ponchos de plástico transparente usados por el torturador profesional, si bien la
capa de Rublev estaba salpicada de sangre..., una cantidad excesiva de sangre.
También lo estaban los guantes de goma, cuando se los sacó con manos
temblorosas. Rublev tenía la cara mortalmente pálida y Khuv sabía que a veces
ésta era la reacción que experimentaban esa clase de hombres cuando hacen un
trabajo excesivamente bien o disfrutan demasiado con él. A veces les ocurría
también cuando temían las consecuencias de algún error importante.
Al volverse los dos después de cerrar la puerta con llave, Khuv quedó frente a
ellos y entornó los ojos al darse cuenta de cómo temblaba Rublev y de las
condiciones en que se encontraba su indumentaria protectora.
—¡Nikolai! —lo increpó—. ¡Nikolai!
—Camarada comandante —le soltó el otro, mientras el grueso labio inferior le
comenzaba a temblar—. Yo...
Khuv lo apartó de un empujón.
—Abre la puerta —ordenó a Roborov—. ¿Has pedido asistencia?
Roborov retrocedió un paso y negó con un gesto de la cabeza, larga y
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angulosa.
—¡Demasiado tarde, camarada comandante!
Pese a ello, se volvió y abrió la puerta. Khuv se metió en la celda, echó una
ojeada al interior y volvió a salir. Tenía los ojos encendidos de rabia. Agarró a los
dos por la parte delantera de la camisa y los sacudió con furia.
—¡Estúpidos, estúpidos...! —les dijo resollando con fuerza—. Esto no merece
otro nombre que carnicería.
Andrei Roborov estaba tan delgado que casi resultaba esquelético. Su rostro
cadavérico estaba siempre pálido, aunque nunca tanto como ahora. No tenía ni
pizca de grasa, por lo que, al sacudirlo, su cuerpo se limitaba a moverse hacia
adelante y hacia atrás bajo el asalto de Khuv, parpadeando rápidamente y velando
a intervalos sus ojos verdes totalmente inexpresivos y abriendo y cerrando la boca.
La primera vez que Khuv se enfrentó con aquel hombre pensó: «Este hombre tiene
ojos de pez... y probablemente también alma de pez».
Nikolai Rublev, en cambio, era un hombre muy corpulento pero con la cara de
color rosado, como el de un niño de pañales; la más mínima reprimenda podía
hacerle derramar lágrimas. Sus puños, por el contrario, eran enormes y duros como
el hierro. Khuv había llegado a la conclusión de que sus lágrimas solían ser de furia
reprimida o quizá de rabia. Sus rabietas, cuando se entregaba a ellas, eran
extraordinariamente espectaculares, si bien no era tan tonto como para
desahogarse delante de un superior... y menos aún delante de Chingiz Khuv.
Finalmente Khuv dejó que se fueran, se volvió bruscamente y cerró los puños.
Mirando por encima del hombro, sin fijar la vista directamente en ellos, dijo:
—Id a buscar una camilla y llevadlo al depósito de cadáveres... ¡no! Llevadlo a
vuestras habitaciones y aseguraos de que esté perfectamente cubierto durante el
traslado. Lo dejáis allí hasta que decidamos qué hacer con él. De todos modos,
hagamos lo que hagamos, que nadie lo vea... en estas condiciones. ¡Sobre todo
Viktor Luchov! ¿Queda entendido?
—¡Oh, sí, camarada comandante Khuv! —dijo Rublev jadeando.
Daba la impresión de que había perdido la razón.
Khuv seguía desviando la vista.
—Después preparáis los dos los informes habituales de defunción por
accidente, los firmáis y me los traéis. Y aseguraos de que cubren todos los detalles.
—Sí, camarada, desde luego —respondieron los dos al unísono.
—Bien, entonces... ¡moveos! —les gritó Khuv.
Los dos hombres chocaron entre sí y después desaparecieron corriendo por el
pasillo. Pero antes de que desaparecieran del todo, Khuv los llamó:
—¡Eh, os hablo a los dos!
Los hombres se detuvieron en seco.
—¡Nikolai, por el amor de Dios! ¿Quieres quitarte esa capa? —dijo Khuv
pronunciando las palabras lentamente entre dientes—. Y que ninguno de los dos se
acerque a la chica, la hija de Kirescu. ¿Está claro? Me ocuparé personalmente de
ver cuál de los dos trata con la chica. ¡Y ahora desapareced de mi vista!
Los dos desaparecieron en perfecto orden.
Khuv se encontraba todavía temblando de rabia por lo sucedido cuando llegó
corriendo Vasily Agursky procedente de los laboratorios. Vio a Khuv y se dirigió
cautelosamente hacia él.
—Me habían dicho que habías ido a ocuparte de los prisioneros —dijo.
Khuv asintió con un gesto.
—Sí, me estoy ocupando de ellos —respondió—. ¿Querías algo?
—Acabo de ir a ver al director Luchov y me ha devuelto a mi trabajo. Ahora
iba a enfrentarme con la criatura... es la primera visita que le hago desde hace una
semana... Si tuvieras la amabilidad de acompañarme, comandante Khuv...
Precisamente ahora no deseaba hacer otra cosa que acompañarlo. Echó una
mirada al reloj y dijo:
—Precisamente me pillas de camino.
Cualquier cosa era oportuna con tal de sacar a Agursky de allí antes de que
127
volvieran a aparecer Roborov y Rublev con la camilla.
—¡Estupendo! —dijo Agursky, que parecía radiante—. Mientras caminamos,
me tomaré la libertad de solicitar tu ayuda en cierta cuestión. Te diré
confidencialmente que es posible que aportes una significativa contribución a la
comprensión, tanto mía como de todos nosotros, de esa criatura procedente del
otro lado de la Puerta.
Khuv observó a aquel hombrecillo que pasaba por científico con el rabillo del
ojo. Su aspecto había cambiado; habría sido difícil decir en qué consistía el cambio,
pero era evidente que algo había ocurrido
—¿Que yo puedo hacer una contribución? —dijo Khuv levantando las cejas—.
¿En relación con la criatura? Vasily, ¿te importa que te llame Vasily?, yo estoy aquí
para proteger el Projekt de lo que podríamos llamar interferencias ajenas. Como
policía, como cazador de espías, como detective, como cualquiera de todas estas
cosas y con todas ellas juntas yo ya realizo mi contribución. En lo que respecta a
otros detalles de la labor que se realiza en el Projekt, no tengo ningún control sobre
el personal como tal ni tampoco ningún conocimiento «oficial» de ninguna de las
diferentes facetas del trabajo científico que aquí se hace. Yo mando en mis
hombres, eso sí, y protejo a los especialistas de Moscú y de Kiev pero, aparte de
estos deberes rutinarios, sería difícil ver qué ayuda puedo prestarte en tu trabajo.
Agursky, sin embargo, no desistió de sus propósitos, sino que, por el
contrario, su voz se hizo más ansiosa.
—Camarada, hay cierto experimento que me gustaría intentar. Todos los
trabajos teóricos que realizo actualmente con la criatura son de mi competencia
personal, por supuesto, pero ahora necesito algo que está por encima de las
exigencias normales.
Khuv volvió a observarlo como si lo midiese desde su altura, puesto que al
lado del altísimo comandante de la KGB, Agursky era poco más que un enano. La
calva coronilla que asomaba entre sus sucios cabellos grises todavía le daba un aire
más parecido al de un gnomo. Sin embargo, aquellos ojos ribeteados de rojo que
las gafas engrandecían más lo situaban en una perspectiva mucho menos cómica.
Era como un extraño espíritu encerrado en una botella que hubiera adoptado la
forma de un hombre.
¡Un espíritu tortuoso! Sí, ésta era la palabra que Khuv había estado buscando
para describir el cambio operado en Agursky. Había algo astuto en aquel
hombrecillo, algo furtivo.
Khuv dejó a un lado sus divagaciones mentales y lanzó un suspiro de
impaciencia. Nunca había considerado en mucho a aquel científico insignificante y
ahora todavía lo tenía en menos.
—Vasily —le dijo—, ¿no hay un oficial de suministros en el Projekt? ¿No hay
un comisario? Hay muchas cosas que giran en torno a lo que podamos averiguar
acerca de esta bestia. Estoy seguro de que todo lo que solicites para tu trabajo se
te facilitará a través de los adecuados canales. Es más, yo diría que gozas de una
prioridad absoluta. Todo lo que tienes que hacer es...
—Los adecuados canales... —lo interrumpió Agursky, moviendo la cabeza—.
¡Exactamente, exactamente! Pero precisamente aquí está el problema, camarada
comandante. Quizá los canales son demasiado adecuados...
Khuv se quedó estupefacto.
—¿Es que piensas pedir algo que no es del todo adecuado? ¿Algo inusitado?
Entonces, ¿por qué diablos no lo solicitas al director Luchov? Acabas de verlo, ¿no
es así? Yo diría que Viktor Luchov puede conseguir prácticamente...
—¡No! —exclamó Agursky cogiéndolo por el codo y obligándolo a pararse—.
¡En esto estriba exactamente el problema! Estoy totalmente seguro de que él no
aprobaría mi petición.
Khuv lo miró fijamente. Había gotas de sudor en su labio superior. Sus ojos,
que mantenía muy abiertos sin parpadear, parecían fulminar a Khuv a través de los
gruesos cristales de sus gafas. El comandante de la KGB reflexionó un momento:
«¿una petición que Luchov no aprobaría?» Se dio cuenta de que la mano de
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Agursky temblaba al agarrarlo por el codo. De pronto había llegado rápidamente a
la conclusión final. Khuv se apartó bruscamente del hombre, restregó la manga de
la chaqueta y dijo secamente:
—Creía que habías dejado de beber, Vasily. Comprendo que tener que dejarlo
así de pronto ha sido muy duro para ti, ¿verdad? Ahora te has quedado sin
repuesto de alcohol y lo necesitas —dijo moviendo la cabeza, plenamente
convencido de la verdad de sus palabras—. Me figuraba que los soldados de los
cuarteles de Ujta se ocupaban de cubrir tus necesidades. ¿O es que la urgencia es
mayor?
—Comandante —dijo Agursky, sin modificar su expresión—, lo último que me
hace falta es alcohol. Supongo que estás bromeando, acabo de decirte que el
asunto tiene que ver con la criatura. De hecho, tiene que ver con desentrañar la
naturaleza de la criatura. Te lo repito: el Projekt no está en condiciones de
satisfacer legítimamente mi petición y es seguro que Luchov no la aprobaría nunca.
Pero tú eres un oficial de la KGB, tú tienes contacto con la policía local, tú tienes
autoridad sobre ella, tú tratas con traidores y criminales. En resumen, estás en
situación, diría incluso en la situación ideal, para ayudarme. Y si mi teoría da
resultado, tendrás la satisfacción de saber que has sido responsable en parte del
descubrimiento.
Los ojos de Khuv se entornaron ligeramente. Aquel hombrecillo era ladino,
estaba lleno de sorpresas, no parecía el mismo de antes.
—¿Cuál es esa teoría, Vasily? Y mejor que me digas también cuál es tu
petición.
—En cuanto a lo primero —por vez primera desde que se había iniciado la
conversación, Khuv vio que Agursky parpadeaba muy nervioso dos o tres veces en
rápida sucesión—, no puedo decírtelo, porque probablemente considerarías que se
trata de una teoría descabellada y tampoco estoy totalmente seguro de estar en lo
cierto. En cuanto a lo segundo...
Y sin detenerse a hacer otra pausa, le dijo cuál era su petición...
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Capítulo 12
El trato con el diablo
Cuando Jazz Simmons recuperó el conocimiento vio que estaba en el mismo
sitio donde había caído, salvo que ahora tenía las manos atadas a la espalda. Zek,
que no estaba atada, se ocupaba en humedecerle la frente y los labios con un trapo
empapado en agua y lanzó un suspiro de alivio al ver que Jazz volvía en sí.
Arlek estaba sentado en una piedra, observando los movimientos de Zek.
Otros miembros del clan se movían en la sombra, que ahora se había alargado un
poco, y murmuraban palabras que eran como una música de fondo a poco
volumen. Mientras Jazz hacía esfuerzos para sentarse, Arlek se le acercó y se
quedó de pie a su lado. Jazz se palpó el chichón que tenía debajo de la oreja a
causa del golpe, aparte de que también mostraba el ojo derecho amoratado, a
punto de ponérsele negro, y el párpado se le iba cerrando por momentos.
—No había visto nunca a nadie luchar como tú —dijo a manera de cumplido a
su cautivo, en tono un poco tenso—. ¡Ni siquiera he visto que me hayas golpeado!
Jazz profirió un gruñido por toda respuesta, se apoyó contra una piedra y
levantó un poco las rodillas.
—¡Ahí está el detalle! —dijo—. Podría enseñarte muchas cosas más, una de
ellas cómo deshacerte de los wamphyri. Para eso tenían que servirme las armas:
para conservar la vida en un mundo donde gobiernan seres como los wamphyri.
¿En qué sitio de la escala de valores que rige en este mundo se encuentran los
hombres? ¿Por qué hay que hacer tratos con los wamphyri o humillarse ante ellos y
andar con reverencias, si es posible combatirlos?
Pese a poner cara de pocos amigos, Arlek no pudo por menos de soltar una
carcajada. Otros Viajeros le oyeron y se acercaron y Arlek les repitió lo que Jazz
acababa de decirle.
—¡Sí, combatir a los wamphyri! Ya tenemos bastante suerte de que pasen
tanto tiempo luchando entre ellos... Pero lo que es desafiarlos... ¡sí, sí! Tú no sabes
lo que ellos dicen. Según ellos, no luchan con los habitantes de la Tierra del Sol,
sino que lo que quieren es convertirlos en sus esclavos. ¿Has visto alguna vez a un
guerrero? Naturalmente que no lo has visto, de otro modo no estarías aquí. Ésta es
la razón de que nosotros seamos los Viajeros, porque si nos quedáramos fijos en un
sitio estaríamos a su merced. No es posible luchar con los wamphyri... sería una
estupidez; lo que hay que hacer es mantenerse fuera de su camino... siempre que
sea posible.
Se dio media vuelta y se marchó con los suyos. Volviéndose y hablando por
encima del hombro, todavía le gritó:
—Habla con ella. Es hora de que te cuente alguna cosa del mundo al que has
ido a parar. Así comprenderás por qué te entrego..., por qué os entrego a los dos a
Shaithis, señor de los wamphyri...
Lobo salió de las sombras y, acercándose a Jazz, le lamió la cara. Jazz riñó al
animal:
—¿Dónde estabas cuando Zek y yo estábamos peleando?
—Cuando tú estabas peleando —le corrigió ella—, Lobo no tenía nada que ver
en el asunto. No veo razón para que pusiera en riesgo su vida. Yo le dije que se
mantuviera quieto y lo que ha hecho ha sido ir a ver a sus hermanos y volver. Los
Viajeros tienen tres o cuatro lobos, que han criado desde que eran cachorros.
—Es curioso —dijo Jazz al cabo de un momento—, pero me parece que eres
una mujer que ha utilizado a fondo uñas y dientes. —No pretendía que aquel
comentario fuera un reproche, pero de hecho lo era, y lo lamentó inmediatamente.
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—Lo haría si sirviera de algo —dijo ella—, pero me parece que sería una
tontería pretender morder a una docena de Viajeros y a los lobos que los
acompañan, ¿no te parece? Mi única preocupación eras tú.
Jazz suspiró.
—Supongo que me quedé medio frito, ¿no? Pero me figuraba que tú habías
dicho que no había nada que temer.
—Sí, así podía haber sido —dijo ella—, pero mientras estabas aquí tumbado
en el suelo, Arlek ha recibido un mensaje por un explorador en el que se le
comunica que Lardis Lidesci está regresando de Occidente. Arlek sabe que Lardis no
me entregará a los wamphyri, por esto va a hacerlo él..., ¡ahora! Tendrá que pagar
un alto precio cuando Lardis se entere de lo ocurrido, pero Arlek tiene a este grupo
de su parte y cree que al final Lardis tendrá que pactar con él o escindir la tribu. De
todos modos, cuando Lardis llegue aquí, ya será demasiado tarde.
Jazz dijo:
—¿Puedes tocarme detrás de la oreja? ¡Oh! ¡Está muy sensible!
—Está blando —dijo ella, mientras a él le parecía que detectaba preocupación
en su voz—. ¡Dios mío, he llegado a creer que estabas muerto!
Le echó agua fría en la nuca y dejó que el paño remojara la parte de la cabeza
donde el cabello estaba pegado al cráneo debido a la sangre seca. Jazz miró a lo
lejos, en dirección sur, y vio que el sol había bajado un poco más y se había
trasladado un poco más al este.
Un rayo de luz iluminó la cara de Zek y le permitió verla de cerca por vez
primera. Aunque iba bastante sucia, seguía siendo hermosa. Tendría poco más de
treinta años, unos pocos más que Jazz, un metro setenta y cinco aproximadamente
y esbelta, rubia, con los ojos azules. Los rayos de sol le arrancaban brillos del pelo
y, cuando se movía, la cabellera dorada le ondulaba sobre los hombros. Su mono
de combate, aunque bastante raído, se amoldaba a su figura como un guante y
parecía acentuar sus delicadas curvas. Jazz pensó que, en aquellos momentos y en
aquel lugar donde se encontraba, cualquier mujer le habría parecido estupenda.
Pero no se le ocurría qué mujer le habría gustado tener a su lado o, mejor (se
apresuró a corregirse), qué mujer habría preferido no tener ahora a su lado, pues
aquél no era sitio para ninguna mujer.
—¿Qué va a ocurrir ahora? —preguntó Jazz cuando, gracias al agua fría, sintió
que empezaban a desaparecerle los aguijonazos que sentía en el cuello y en la
cabeza.
—Arlek me descubrió usando el talento de un viejo, Jasef Karis —le dijo Zek—
No era demasiado difícil. En realidad, sólo había un lugar hacia el cual podía
dirigirme: a través del paso que conducía a la esfera, para ver de regresar a casa.
Jasef es como yo, una persona dotada de facultades telepáticas.
—Me dijiste que los animales salvajes de aquí tienen un cierto grado de ESP
—le recordó Jazz—, pero no me has dicho nada acerca de la gente. Yo tenía la
impresión de que los únicos que poseían este tipo de talento eran los wamphyri.
—En general, es así —respondió ella—. El padre de Jasef cayó prisionero en
una incursión de wamphyri. Esto ocurrió hace muchísimo tiempo, pero él consiguió
escapar y volvió a través de las montañas. Juró que no lo habían cambiado en
absoluto y que había logrado escapar antes de que lord Belath pudiera convertirlo
en un zombi descerebrado. Su esposa volvió a aceptarlo, naturalmente, y tuvieron
un hijo: Jasef. Pero se descubrió que el padre de Jasef había mentido. Lord Belath
lo había cambiado, pero había podido escapar antes de que el cambio comenzara a
tener sus efectos. Por fin salió a flote la verdad y resultó que ya no era posible
dominarlo, puesto que se había convertido en algo innombrable. Los Viajeros
sabían cómo había que resolver el asunto: lo ataron a unas estacas, lo cortaron a
trozos y lo quemaron. Y después mantuvieron una estricta vigilancia sobre Jasef y
su madre. Ellos, sin embargo, estaban perfectamente bien. La telepatía de Jasef le
viene de su padre o de la cosa que lord Belath puso en su padre.
Jazz se sentía aturdido, en parte a causa del dolor que sentía en el lugar
donde había recibido el mazazo, pero sobre todo al querer asimilar todo lo que Zek
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le estaba contando.
—¡Calla! —le dijo—. Concentrémonos únicamente en lo importante. Cuéntame
qué otras cosas necesito saber acerca de este planeta. Traza un mapa que yo
pueda retener en la memoria. Háblame primero del planeta y, después, de sus
gentes.
—Está bien —dijo ella, y asintió con la cabeza—, pero primero más vale que
conozcas cuál es nuestra situación. El viejo Jasef y uno o dos hombres han ido
hasta el paso para ver si hay un centinela, un guardián que se encuentre allí al
acecho. En caso de que esté, Jasef enviará un mensaje telepático a su jefe, lord
Shaithis.
»En el mensaje le dirá que Arlek nos tiene cautivos y que piensa utilizarnos
para hacer un acuerdo con Shaithis. A cambio de nosotros, Shaithis prometerá no
atacar la tribu de los Viajeros de Lardis Lidesci. En caso de que haya acuerdo, nos
entregarán.
—Por lo que Arlek ha dicho de los wamphyri —dijo Jazz—, me sorprende que
estén interesados en hacer ningún trato. Si son tantos, es de temer que se nos
lleven cautivos.
—Esto si nos encuentran —respondió ella—, y sólo en caso de que sea de
noche. Únicamente pueden atacar cuando el sol está por debajo del horizonte. Hay
alrededor de dieciocho o veinte señores wamphyri... y tan sólo una señora. Son
territoriales y compiten entre sí. Se pasan el tiempo urdiendo artimañas contra sus
semejantes y, así que se les presenta la ocasión, van a la guerra. Forma parte de
su manera de ser. Nosotros seríamos valiosísimos para cualquiera de ellos, salvo
para lady Karen. Lo sé porque en una ocasión fui de su propiedad y me dejó
escapar.
Jazz pospuso hablar de esto para otra ocasión.
—¿Y por qué somos tan importantes? —quiso saber.
—Pues porque somos magos —dijo ella—. Tenemos poder, armas, habilidades
que ellos no entienden. Más aún que los Viajeros, entendemos de metales y de
mecánica.
—¿Cómo? —dijo Jazz, que volvía a sentirse perdido—. ¿Magos?
—Sí, yo practico la telepatía —dijo Zek encogiéndose de hombros—. Es raro
encontrar un hombre o una mujer de verdad que estén dotados de ESP. Además,
nosotros no pertenecemos a este mundo. Nosotros venimos de las misteriosas
tierras del infierno. Y cuando yo llegué aquí, poseía unas armas terribles. Al igual
que tú.
—Pero yo no poseo ningún talento ESP —le recordó Jazz—. ¿Qué utilidad
puedo tener para ellos?
Ella apartó la mirada.
—No demasiada. Lo que significa que tendrás que simular que posees dotes
extraordinarias.
—¿Qué quieres decir?
—Si de veras vamos a parar a manos de lord Shaithis, deberás decirle que
tú... puedes leer el futuro o cualquier otra cosa parecida. Algo que sea difícil de
desmentir.
—¡Fantástico! —exclamó Jazz con voz pastosa—. ¿Quieres decir que tengo
que hacer como Arlek? Según él, puede leer el futuro de la tribu.
Volvió a mirarle cara a cara y negó con la cabeza.
—Arlek es un charlatán. Es un agorero de pacotilla, como muchos gitanos de
la Tierra. De nuestra Tierra, quiero decir. Por eso es enemigo mío, porque sabe que
mi talento es real.
—Perfectamente —dijo Jazz—. Ahora olvidémonos de nuestra Tierra y
háblame un poco más de esta Tierra. De su topografía, por ejemplo.
—Es tan simple, que te resultará increíble —respondió ella—. Ya he descrito el
planeta en relación con su sol y con su luna. Muy bien, aquí tienes el mapa que
pedías.
»Este mundo tiene unas dimensiones aproximadamente iguales a las de la
132
Tierra. Esta cordillera de montañas está situada más hacia el hemisferio sur que
hacia el hemisferio norte, y discurre en dirección este-oeste. Esto si nos servimos
de la brújula a la manera que lo hacemos en la Tierra. Los wamphyri no pueden
soportar la luz del sol. Como dicen los viejos cuentos, una luz de sol excesiva
resulta fatal para los vampiros. ¡Y son vampiros de verdad! El lugar donde viven los
Viajeros es la Tierra del Sol, que está en las montañas. Como has podido ver, son
seres humanos. Viven en las proximidades de la cordillera porque les proporciona
agua, bosques y caza. Durante el día viven en casas levantadas de manera
bastante arbitraria, por la noche buscan cuevas donde poder cobijarse y se
introducen lo más adentro posible. Las montañas están llenas de pliegues que
forman grietas y cuevas. A quince kilómetros en dirección sur desde las montañas,
no hay Viajeros, porque allí no tienen de qué vivir. No hay más que desierto. Hay
sólo tribus desperdigadas de aborígenes que, en los períodos de pleno sol,
comercian ocasionalmente con los Viajeros. Yo los he visto y casi son humanos,
pese a que se encuentran a varios niveles por debajo del estadio de los
bosquimanos de Australia. No entiendo de qué viven, pero el hecho es que viven. A
ciento cincuenta kilómetros de las montañas ya no podrían vivir, porque allí no hay
nada, sólo tierra abrasada.
Pese a los dolores que sentía, Jazz estaba descubriendo que todo aquello era
fascinante.
—¿Qué me dices del este y el oeste? —dijo.
Ella asintió con un gesto.
—A eso iba. Esas montañas tienen una extensión de casi cuatro mil kilómetros
de este a oeste. Este paso se encuentra a unos novecientos kilómetros de la
prolongación occidental de la cordillera. Más allá de las montañas hay, por la parte
oeste, pantanos, al igual que en la parte este. No hay nadie que sepa qué extensión
tienen.
—¿Y por qué demonios no viven los Viajeros cerca de los pantanos? —dijo
Jazz, que estaba hecho un lío—. Si allí no hay montañas, quiere decir que no
pueden protegerse del sol, lo que quiere decir igualmente que no hay wamphyri.
—¡De acuerdo! —dijo ella—. Los wamphyri viven en sus castillos, exactamente
detrás de esas montañas. Pero los Viajeros no pueden ir ni muy hacia el este ni
muy hacia el oeste, porque los pantanos son los lugares donde se crían los
vampiros. Son fuentes de vampirismo, de la misma manera que este mundo es
fuente de leyendas de la Tierra.
Jazz trató de comprenderlo y entretanto movió afirmativamente la cabeza.
—Me has vuelto a desorientar —tuvo que admitir—. Dices que allí no hay
wamphyri y en cambio acabas de explicarme que en los pantanos se crían los
vampiros.
—Quizás es porque antes no me has prestado mucha atención —dijo ella—.
Pero lo comprendo. Es lo que decía Arlek: tienes mucho que aprender y muy poco
tiempo para aprenderlo. Ya te he explicado que los wamphyri son lo que resulta
cuando el huevo de un vampiro penetra en un hombre o en una mujer. Los
vampiros de verdad viven en los pantanos, que es donde se crían. De cuando en
cuando se produce un crecimiento súbito y entonces se desbordan e infestan los
animales locales. Y harían lo mismo con los hombres en caso de que los hubiera.
Los wamphyri se remontan a una época en que los hombres fueron infestados.
Ahora son ellos los que se dedican a infestar a los demás.
Zek se estremeció.
—Los wamphyri son hombres, pero modificados a causa de los vampiros que
intervinieron en ellos— añadió a modo de explicación.
Jazz aspiró una profunda bocanada de aire fresco y dijo:
—¡Bah! Volvamos a la topografía.
—Ya no queda más que decir —respondió Zek—. La Tierra de las Estrellas está
constituida por los castillos de los wamphyri y por los propios wamphyri. Al norte
del sitio donde están se encuentran las tierras heladas. Allí hay una o dos criaturas
de características polares, pero nada más. En cualquier caso, se trata de seres
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legendarios, ya que no hay ningún Viajero vivo que los haya visto. ¡Ah!, y al pie de
las montañas de la Tierra de las Estrellas, entre los castillos y las Cumbres, viven
los trogloditas. Son seres subterráneos, subhumanos. Se dan a sí mismos el
nombre de Szgany o trogs y tienen a los wamphyri por dioses. He visto algunos
conservados en naftalina en los almacenes de lady Karen. Son casi prehistóricos.
Zek hizo una pausa para tomar aliento y dijo:
—Así es que ya te he resumido todo lo relativo al planeta y a su gente. Tan
sólo hay una cosa que he omitido o, por lo menos, una cosa de la que me acuerde
de momento, puesto que ni yo misma estoy segura de ella. De todos modos,
puedes estar seguro de que se trata de algo monstruoso.
—¿Monstruoso? —dijo Jazz repitiendo sus palabras—. La mayoría de cosas
que me has dicho lo son. Dejémoslo así, de momento; después tengo otras
preguntas que hacerte.
—Muy bien —dijo ella frunciendo el entrecejo—, se supone que hay algo
llamado «Arbiteri Ingertos Westweich», que es una frase de los wamphyri que
significa...
—¿Él en su Jardín Occidental? —dijo Jazz como hablando consigo mismo.
Ella le dedicó una media sonrisa y asintió lentamente.
—Arlek se equivocaba contigo, al igual que yo —le dijo—. Aprendes deprisa.
Significa: El-Habitante-de-su-Jardín-de-Occidente.
—No hay ninguna diferencia —dijo Jazz encogiéndose de hombros, después
de lo cual le tocó a él el turno de fruncir el entrecejo—, aunque a mí esto me suena
muy plácido y no me parece nada monstruoso.
—Es posible —respondió ella—, pero los wamphyri le temen a él o a lo que
sea de una manera atroz. Sin embargo, ya te he dicho que ahora están peleándose
y riñendo unos con otros. Bueno, en determinadas circunstancias y, hasta cierto
punto, están extraordinariamente unidos. Todos los wamphyri. Hicieron mucho para
desembarazarse del Habitante. De acuerdo con la leyenda, es un mago fabuloso
cuya casa parece encontrarse en un verde valle situado no se sabe dónde, entre las
cimas que se levantan a occidente. Hablo de leyenda y esto puede causar una
impresión equivocada. En realidad, se trata de una leyenda muy reciente,
posiblemente con una antigüedad aproximada de doce años de la Tierra. Fue
entonces cuando aparentemente se iniciaron las historias. Se dice que a partir de
entonces ha vivido aquí, ha marcado su territorio, lo ha custodiado celosamente y
trata despiadadamente a los posibles invasores.
—¿Incluso a los wamphyri?
—Que se sepa, incluso a los wamphyri. Éstos cuentan de él espantosas
historias que te parecerían increíbles. Lo cual, dada su naturaleza, significa
bastante.
Así que terminó de hablar se advirtió que en el desfiladero había movimiento
en dirección al norte. Arlek y sus hombres se pusieron inmediatamente alerta,
ordenaron a sus lobos que avanzaran y empuñaron sus armas. Jazz se dio cuenta
de que llevaban antorchas embadurnadas con un líquido negro parecido al alquitrán
preparado para arder. Había otros preparados con pedernales.
Arlek se acercó rápidamente y atrajo a Jazz hacia sus pies.
—Podría ser Jasef —dijo con voz ronca— u otra cosa cualquiera. El sol casi se
ha puesto.
Jazz, dirigiéndose a Zek, dijo:
—¿Son de fiar estos pedernales que llevan? Tengo una caja de cerillas en el
bolsillo de arriba... y cigarrillos. Pero parece que eso no les interesa lo más
mínimo... sólo quieren lo importante.
Hablaba en ruso y Arlek no había captado el significado de sus palabras. El
gitano volvió su rostro de cuero, en actitud inquisitiva, en dirección a Zek.
Pero ésta se echó a reír y dijo algo que Jazz no acabó de comprender.
Después desabrochó el bolsillo de Jazz y sacó las cerillas, las mostró a Arlek y
encendió una. Ésta prendió inmediatamente y el gitano soltó un taco, pegó un salto
y la apartó de un golpe de la mano de la chica. La expresión de su rostro denotaba
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una extraordinaria sorpresa, una incredulidad total de lo que veían sus ojos.
Zek al momento le dirigió unas palabras, entre las cuales Jazz pescó la
palabra «cobarde». Habría preferido que no pronunciara esa palabra con tanta
ligereza, sobre todo tratándose de Arlek. Después, con gran lentitud y extrema
deliberación, como si estuviera hablando con un niño un poco tonto, Zek le dijo
entre dientes:
—¿Qué hacéis con las antorchas? ¿Y si no es Jasef?
Arlek la miró con la boca abierta, parpadeó con nerviosismo y, finalmente,
asintió dando a entender que había comprendido.
En cualquier caso se trataba de Jasef. Un viejo con un palo, auxiliado por dos
gitanos más jóvenes, se acercó renqueando bajo los últimos rayos de sol. Se
encaminó directamente a Arlek y dijo:
—Hay un centinela, un trog. Pero el jefe de los trogs, lord Shaithis, le ha
otorgado el poder de hablar a gran distancia. Vio al hombre..., a este Jazz...,
cuando atravesaba el desfiladero y lo comunicó a Shaithis. Habría venido al
momento, pero el sol...
—Sí, sí... puedes continuar —le urgió Arlek.
Jasef encogió sus frágiles hombros.
—Yo no he hablado con este Szgany cara a cara, ¿comprendes? Es posible
que haya peores cosas que él al acecho. Yo he estado fuera y he hablado con él a
través de mis pensamientos, a la manera de los wamphyri.
—Naturalmente, ya se entiende —dijo Arlek, que estaba casi a su lado.
—Yo he transmitido al trog tu mensaje y él lo ha pasado al señor de los
wamphyri. Después me ha dicho que volviera a tu lado.
—¿Cómo? —dijo Arlek, que evidentemente se había quedado atónito—. ¿Eso
es todo?
Jasef no pudo hacer otra cosa que volver a encogerse de hombros.
—Lo que él me ha dicho ha sido esto: «Di a Arlek de los Viajeros que mi señor
Shaithis hablará personalmente con él». No tengo idea de lo que quería decir con
estas palabras.
—¡Imbécil! —murmuró Arlek por lo bajo.
Se volvió y se apartó de Jasef mientras la radio de Zek comenzaba a crepitar,
puesto que la antena sobresalía dos o tres centímetros de su bolsillo. La minúscula
luz roja del monitor se puso a parpadear. Arlek lanzó un suspiro y retrocedió un
paso, al tiempo que señalaba con el dedo la radio y miraba a Zek con ojos saltones
mientras Zek la sacaba del bolsillo.
—¿Más juegos mágicos? —le dijo en tono acusador—. Hace mucho tiempo que
habríamos tenido que destruir todas tus cosas... y a ti incluso... en lugar de
permitir que Lardis te las devolviera.
Zek había tenido también un susto, pero sólo momentáneo.
—Si me fueron devueltas es porque son inofensivas y porque no os causan
ningún daño —dijo—. Además, son mías. A diferencia de vosotros, Lardis no es un
ladrón. He repetido multitud de veces a los Viajeros que esto sirve para
comunicarse a gran distancia, ¿no es verdad? Pero que si no funcionaba es porque
no había nadie con quien poder hablar. Esto es una máquina, no es magia. Sin
embargo, ahora hay alguien con quien poder hablar, alguien que quiere establecer
comunicación.
Después, dirigiéndose a Jazz en voz más baja, añadió:
—Creo que sé qué significa esto.
Jazz asintió con la cabeza y dijo:
—Esto que decías acerca de que nosotros tenemos una gran importancia. ..
—Sí, en efecto —respondió ella—. Creo que lord Shaithis ya cuenta con algo
importante, si no un as, por lo menos otra carta casi equivalente. ¡Tiene a Karl
Vyotsky!
Después habló a través de la radio:
—Llamada desconocida... aquí Zek Föener. ¿Cuál es su comunicación?
La radio volvió a crepitar y una voz en otro tiempo familiar, algo temblorosa,
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un poco apremiante y casi sin aliento, pero perfectamente coherente, dijo:
—Déjate de los procedimientos de la radio, Zek. Aquí Karl Vyotsky. ¿Está
Arlek de los Viajeros contigo?
Su voz dejaba traslucir la sensación de que no estaba demasiado seguro de lo
que decía, como si se limitara a transmitir las órdenes de otra persona.
—Déjame que hable con él —dijo Jazz, después de lo cual Zek le aproximó la
radio a la cara—. ¿Quién es la persona que quiere informarse, camarada? —
preguntó.
Hubo un momento de silencio y con una voz que súbitamente se hizo
suplicante, Vyotsky dijo:
—Escucha, británico, sé que estamos en bandos diferentes, pero si me fallas
ahora, todo ha terminado para mí. Esta radio está haciendo de las suyas. A veces
recibe y a veces no recibe. En estos momentos dispongo de una captación
excelente... no sabes lo bien que va..., pero de todos modos no me fío de este
aparato. Así es que no perdamos el tiempo con juegos. No puedo creer que me
dejaras vivir una vez y que ahora quieras liquidarme. Así es que si ese tipo, Arlek,
está aquí contigo, haz que se ponga. Dile que Shaithis, de los wamphyri, quiere
hablar con él.
Arlek había oído que su nombre se pronunciaba dos veces y el de Shaithis
varias veces más. Era evidente que la conversación giraba en torno a él y al señor
de los wamphyri. Tendió la mano hacia la radio y dijo:
—Dámela.
De haber estado la radio en manos de Jazz éste la habría arrojado al suelo, la
habría pisoteado y la habría destruido. Si no había comunicación, no había trato. Es
posible que Zek tuviera la misma idea, pero no actuó con rapidez suficiente. Arlek
le arrebató la radio, se puso a manipularla torpemente unos momentos y,
finalmente, con una cierta tosquedad en la expresión, dijo:
—Soy Arlek.
El aparato emitió una serie de ruidos y al cabo de un rato dijo una voz de
hombre:
—Arlek de los Viajeros, de la tribu de Lardis Lidesci... aquí Shaithis de los
wamphyri hablando contigo. ¿Por qué eres tú quien manda y no Lardis? ¿Es que
has ocupado su puesto en la tribu?
Aquella voz era la más bronca y amenazadora que Jazz había oído en su vida,
pero aun cuando tenía algo de inhumana, era evidente que se trataba de la voz de
un hombre. Era una voz profunda que articulaba perfectamente cada palabra con
inflexible autoridad, como si el propietario de la misma supiera que, quienquiera
que fuese la persona a la que se dirigía, siempre se trataba de un inferior.
Arlek dominó rápidamente el funcionamiento de la radio.
—Lardis no está —dijo—. Es posible que vuelva o que no vuelva. Y aun
suponiendo que vuelva, hay Viajeros conmigo que están descontentos de él como
jefe. El futuro no está claro y hay muchas cosas que son posibles.
Shaithis fue rápidamente al grano.
—Mi observador me ha dicho que hay contigo una mujer que era la ladrona de
los pensamientos de lady Karen. Esa mujer se llama Zekintha y viene de la Tierra
del Infierno. También tienes a un hombre de allí que es mago y lleva extrañas
armas.
—Lo que te ha dicho tu observador es verdad —respondió Arlek, que ahora
parecía sentirse más dueño de la situación.
—¿También es verdad que quieres llegar a un acuerdo conmigo con respecto
a este hombre y esta mujer?
—También es verdad. Dame tu palabra de que en el futuro no realizarás
ninguna incursión en la llamada tribu de Lardis y yo por mi parte te entregaré a
estos magos procedentes de la Tierra del Infierno.
La radio quedó en silencio, como si Shaithis estuviera sopesando la
proposición. Por fin dijo:
—¿Y sus armas?
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—También todas sus pertenencias, sí —respondió Arlek—. Te lo daré todo
salvo una hacha, que también pertenecía a ese hombre. El hacha la quiero para mí.
Aun así, los beneficios para los wamphyri, lord Shaithis, serán importantes. Hay
armas extrañas que pueden ayudarnos en las guerras, instrumentos como ese
comunicador, que por lo visto tú conoces muy bien, y toda su magia para que la
uses a voluntad.
Shaithis pareció vacilar.
—Pues... sabes muy bien que yo no soy más que uno de los señores y que los
wamphyri tienen otros. Yo sólo hablo por mí.
—¡Pero tú eres el más grande de los wamphyri! —Arlek ahora se sentía
seguro de sí mismo—. Yo no te pido protección, te digo simplemente que, en el
caso de que se presente la ocasión, impidas que los demás señores realicen
incursiones. Hay muchos Viajeros y, después de todo, nosotros no somos más que
un pequeña tribu. Tú no hagas ninguna incursión contra nosotros y, si te place, te
aseguras de que las incursiones de tus iguales, los demás señores, se realicen más
difícilmente...
La voz de Shaithis pareció hacerse todavía más profunda.
—No reconozco en los demás señores a mis compañeros, Arlek. En ellos sólo
veo enemigos. En cuanto a poner obstáculos en su camino, ya lo hago. Lo he hecho
siempre.
—Entonces, quizá podrías poner mayor diligencia en ello —siguió
presionándole Arlek, que le repitió—: nosotros somos una tribu pequeña, lord
Shaithis. Yo no te pido nada para los Viajeros de otras castas.
Zek intentó quitarle la radio, pero él le dio la espalda. Dos de los hombres de
Arlek la agarraron por los brazos y la inmovilizaron.
—¡Infame, traidor...!
Zek no encontraba las palabras.
—De acuerdo —dijo Shaithis—. Y ahora dime una cosa, ¿cómo me los
entregarás?
—Los ataré bien atados —respondió Arlek— y los dejaré aquí. Estamos un
poco más lejos de la atalaya del desfiladero.
—¿Dejaréis sus armas a mano?
—Sí —replicó Arlek levantando los hombros y haciendo vibrar las aletas de la
nariz.
Pese a la traición, tenía los ojos brillantes. Todo funcionaba de acuerdo con el
plan establecido. Los wamphyri eran una maldición, pero si la maldición
desaparecía, aunque sólo fuera en parte... no tardaría en pasar mucho tiempo
antes de que Lardis Lidesci perdiera su puesto.
—Entonces que sea ahora mismo, Arlek de los Viajeros. ¡Átalos, déjalos ahí y
desaparece! ¡Shaithis se pone en camino! Que no te encuentre en el momento de
mi llegada. En cualquier caso, el paso me pertenece... después del anochecer.
Se quedaron solos en la oscuridad, acompañados únicamente por el sonido de
su propia respiración. La cuadrilla de Arlek se puso en marcha con él al mando; al
parecer, Lobo los seguía. Mientras se escuchaban los sonidos de su apresurada
partida, Jazz comentó:
—Sigo pensando que ese animal tuyo tiene muy poco de perro guardián.
—No te muevas —le recomendó ella.
Pero no dijo nada más. Zek estaba inmóvil. Jazz volvió la cabeza y miró hacia
el norte, a la parte superior del desfiladero. Lo único que se veía por aquella parte
era el frío fulgor de la luz de las estrellas. Aguzó los oídos y siguió sin oír nada.
—¿Por qué tengo que estar quieto? —dijo en un murmullo.
—Estaba tratando de establecer contacto con Lobo —respondió ella—. Puede
atacarlos en cualquier momento... y provocar que lo maten. Yo procuro retenerlo.
Ha sido un buen amigo y compañero mío, pero no había llegado el momento.
¡Ahora es el momento!
—¿De qué?
—Ya has visto sus dientes... afilados como escoplos. Lo he llamado. Si me ha
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oído y no se siente demasiado involucrado con los demás lobos, volverá. Nos han
atado con tiras de cuero, pero con un poco de tiempo...
Jazz se dio la vuelta para mirarla.
—Sí, de eso por lo menos tendremos en abundancia. He visto los castillos de
los wamphyri en lo alto de las columnas. Están a kilómetros de distancia. Después
está también la longitud del paso.
Zek negó con la cabeza.
—Jazz, incluso ahora es demasiado tarde.
Mientras hablaba, llegó Lobo a la carrera con la lengua colgando. Detrás de él
la abertura sur del paso estaba iluminada con una bruma dorada que iba
dispersándose rápidamente.
—¿Demasiado tarde? —le repitió Jazz—. ¿Lo dices porque el sol se ha puesto?
—No, no es eso lo que quería decir —respondió ella—. Y por otra parte, no se
ha puesto. A un kilómetro y medio de aquí, en dirección sur, el paso se eleva un
poco para formar una cresta no muy alta, después se hunde bruscamente y gira un
poco hacia el este. Desde allí hay una cuesta bastante empinada que baja a la
Tierra del Sol. El sol está ahora en nuestro horizonte, nada más. En la Tierra del Sol
quedan muchas horas de luz todavía, pero... Shaithis ya no tardará en llegar.
—¿Dispone de algún transporte? —dijo Jazz un poco confundido, pero con una
cierta arrogancia.
—Sí, dispone de él —respondió Zek—. Jazz, no puedo ponerme boca abajo,
porque tengo clavada una roca. Pero, si tú puedes, le diré a Lobo que te rompa con
la boca las ataduras.
—Me parece que atribuyes una gran inteligencia a ese viejo lobo —dijo Jazz,
un tanto escéptico.
—Una imagen mental vale por mil palabras —repuso Zek.
—¡Ah! —dijo Jazz, al tiempo que se esforzaba en colocarse boca abajo, pero...
—Antes de que te vuelvas —le reconvino ella casi sin aliento—, ¿quieres
darme un beso?
Movió el cuerpo para acercarse un poco más.
—¿Qué? —preguntó, dejando de hacer esfuerzos.
—Sólo si quieres, claro —repuso ella—. Pero... es posible que ya no vuelva a
presentarse la ocasión.
Jazz estiró el cuello y la besó lo mejor que pudo. Imposibilitados de respirar,
finalmente se separaron.
—¿Lees mis pensamientos? —le preguntó él.
—No.
—¡Bien! Pero ahora que ya sé a qué sabes, cuanto antes se ponga Lobo a
trabajar en estas ataduras, mejor.
Se dio la vuelta y se quedó boca abajo. Estaba atado de una manera que
parecía un pollo. Tenía las rodillas dobladas y los pies levantados. Las muñecas las
tenía atadas a la espalda y después atadas nuevamente a los pies. Lobo se puso
inmediatamente a tirar de las ataduras de cuero que sujetaban a Jazz.
—¡No! ¿Qué estás haciendo? —exclamó Jazz escupiendo polvo—. ¡No tires del
cuero, muérdelo!
Lobo le obedeció al momento.
Jazz veía sus pertenencias, entre ellas la metralleta, y las cosas de Zek,
dejadas a poca distancia. Las armas, en la oscuridad, relucían con un brillo
metálico.
—Veo que Arlek se ha llevado el compo —dijo.
—¿Qué es el compo?
—Sí, el mejunje, la comida.
Zek se quedó en silencio.
—Quiero decir que él le ha dicho a Shaithis que lo dejaría todo, salvo el
hacha.
Zek contestó tranquilamente:
—Pero es que él sabía que la comida no tenía ninguna utilidad para Shaithis.
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Jazz trató de volver la cabeza hacia ella.
—Bueno, pero él come, ¿verdad?
Y se quedó callado. A través de la sombra que se proyectaba sobre el rostro
de Zek, Jazz veía sus ojos sin pestañear.
—Sí, hablo de lord Shaithis, el de los wamphyri —refunfuñó Jazz—. ¿No es un
vampiro?
—Jazz —dijo ella—. La esperanza es eterna, pero... quizá debo explicarte
cómo funcionarían las cosas en caso de que nos cogieran.
—Sí, me parece que deberías decírmelo —repuso.
Una cosa pequeña, negra, movediza, se puso a revolotear sobre ellos, se
acercó en un movimiento súbito y volvió a elevarse para desaparecer
inmediatamente en línea recta. Al poco rato llegó otra de esas cosas y enseguida
vinieron muchas más hasta que todo el aire se llenó de ellas. Jazz se había quedado
como de piedra, dejó de respirar, pero Zek dijo:
—Son murciélagos, no son más que murciélagos, murciélagos de tipo
corriente. No tienen nada que ver con los wamphyri. Los wamphyri se sirven de
ellos. Me refiero a los grandes: Desmodas, el vampiro.
Jazz notó que una de las tiras de la espalda se había partido y que
inmediatamente se rompía otra. Jazz flexionó las muñecas y sintió que las ataduras
cedían un poco. Lobo seguía masticando.
—Ibas a hablarme del transporte que utiliza Shaithis —le recordó Jazz.
—No —dijo ella—, no iba a decirte nada.
Por el tono de voz Jazz comprendió que no debía seguir preguntando. En todo
caso, a Jazz no le hacía falta saberlo. Cuando se partió la última tira de cuero y
consiguió separar sus muñecas doloridas, inmediatamente estiró las piernas
entumecidas, se volvió boca arriba y miró hacia lo alto. Su mirada se vio atraída
por un revuelo que se movía en las alturas. Situada al mismo nivel que las paredes
altas del desfiladero, se veía una gran mancha negra..., varias manchas negras...
que tapaban las estrellas a medida que iban bajando.
—¿Qué diablos es eso? —dijo Jazz en un murmullo.
—Ya están aquí —contestó Zek, suspirando—. ¡Rápido, Jazz! ¡Por favor, muy
rápido!
Lobo comenzó a saltar ansiosamente, moviéndose hacia adelante y hacia
atrás, lanzando aullidos, mientras Jazz ponía en movimiento sus dedos
agarrotados, porfiando por soltar las ataduras que sujetaban los pies de Zek. Por
fin pudo liberárselos. Después dio la vuelta a Zek, la puso sin miramiento boca
abajo sobre sus rodillas y comenzó a tratar frenéticamente de desatarle los nudos.
A medida que los iba soltando, seguía vigilando las alturas en dirección al norte
desde el lugar donde se encontraban.
Las manchas iban bajando lentamente, parecían piedras que fueran
hundiéndose parsimoniosamente en aguas tranquilas, balanceándose de un lado a
otro, posándose como hojas de otoño sobre la tierra en una mañana tranquila de
principios de septiembre. Ya se distinguía perfectamente la silueta de tres de
aquellas manchas: enormes, romboidales, con los vértices opuestos prolongados en
forma de cabeza y cola. Se inclinaban tanto a un lado como a otro y se posaban
silenciosamente en tierra, en dirección al lecho del desfiladero.
Zek ya casi tenía las manos libres; Jazz dejó de ocuparse de ellas para dirigir
su atención a los pies. Se le ocurrió pensar que lo mejor era levantarla, cargársela
sobre los hombros y echar a correr. Pero tuvo que afrontar la realidad, y la realidad
era que tenía las piernas agarrotadas y que la oscuridad era casi absoluta. Seguro
que habría tropezado y que Lobo únicamente le habría servido para desempeñar
una vigilancia de retaguardia bien poco efectiva.
Tres golpes sordos en rápida sucesión anunciaron que los objetos voladores
se había posado en tierra. Los dedos de Jazz recuperaron su agilidad y ahora se
mostraban diestros y perfectamente capaces de liberar los pies de Zek. Ésta no
paraba de jadear, evidenciando signos de evidente terror.
—No te asustes —le dijo él en un susurro—, falta sólo deshacer un nudo y
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podremos marcharnos.
Desfiladero abajo, quizás a unos cien metros de distancia, había tres figuras
acurrucadas contra un horizonte de estrellas, con cabezas anchas y chatas
balanceándose al extremo de largos cuellos. Desató el último nudo y, mientras Zek
porfiaba por ponerse de pie, vacilante, Lobo se quedó con el rabo entre piernas.
Soltó un aullido, a continuación un débil ladrido, y comenzó a retroceder en
dirección sur.
Jazz rodeaba con el brazo la cintura de Zek, como si tratase de sostenerla.
—Mueve los brazos, golpea con fuerza los pies en el suelo y activa la
circulación de la sangre —dijo.
No contestó y se limitó a mirar con ojos muy abiertos la imagen que se
observaba detrás de él, en dirección a los seres voladores que se habían posado en
el suelo. Jazz intuyó más que sintió el estremecimiento que recorría el cuerpo de su
compañera, un movimiento que se iniciaba en la cabeza y atravesaba todo su
cuerpo hasta los pies. Era una reacción involuntaria, casi como el perro que se
sacude el agua de encima. Jazz sabía, sin embargo, que aquello era algo que no se
sacudía tan fácilmente de encima como el agua. Se volvió para seguir la dirección
de la mirada de Zek.
Había tres figuras situadas a menos de diez pasos de distancia.
Únicamente se veían las siluetas, si bien esta circunstancia no restaba nada al
aura terrible de su presencia, puesto que ésta irradiaba de aquellos seres en forma
de ondas casi tangibles. Era una fuerza que advertía de su invulnerabilidad.
Contaba con todas las ventajas: podían ver en la oscuridad, eran más fuertes que
cualquier hombre terrenal dotado de los más poderosos músculos y estaban
armados. Y no sólo contaban con armas físicas, sino también con los poderes de los
wamphyri. Jazz todavía no sabía nada de estos últimos, a diferencia de Zek, que sí
sabía muchas cosas.
—Trata de evitar mirarlos a los ojos —le dijo ella con voz sibilante.
Los tres seres eran hombres o lo habían sido; esto era evidente, pero en todo
caso eran hombres muy fornidos y, aunque sólo veía su silueta recortada sobre el
fondo de estrellas y negrura, de extrañas bestias que se movían por el cielo, Jazz
se daba cuenta de qué clase de hombres eran. En su mente aparecía una y otra vez
la imagen recurrente de un hombre como éstos, agonizando en un infierno de calor
y de llamas, que gritaba con toda su furia un desafío, incluso en aquellos
momentos: «¡Wamphyri!»
El que estaba en medio debía de ser Shaithis; Jazz calculó que tendría casi
dos metros de altura y les sacaba a los otros dos toda la cabeza. Estaba muy
erguido, cubierto con una capa; el cabello le caía sobre los hombros. Las
proporciones de su cabeza eran extrañas, ya que mientras echaba rápidas miradas
curiosas a su alrededor, moviendo la cabeza de un lado a otro y poniéndose de
perfil, Jazz pudo advertir la longitud de su cráneo y la magnitud de sus mandíbulas,
su hocico arrollado en espiral, la movilidad de sus orejas en forma de caracola. El
suyo era un rostro compuesto: hombre-murciélago-lobo.
Los dos hombres que estaban a su lado iban casi desnudos; sus cuerpos eran
pálidos a la luz de las estrellas, musculosos, maleables como si estuvieran llenos de
líquido. Llevaban en la cabeza una especie de moño que formaba un copete del que
colgaba una cola y en la mano derecha... Eran siluetas que Jazz habría conocido en
cualquier parte. Sí, en las manos llevaban los guantes mortíferos de los wamphyri.
¡Parecían tan seguros de sí mismos! Estaban de pie con los brazos en jarras
totalmente despreocupados, con los ojos enrojecidos fijos en Jazz y en Zek, que los
observaban como si contemplasen las evoluciones de unos insectos.
—¡No están atados! —exclamó Shaithis con su voz bronca inconfundible—.
Esto quiere decir que Arlek es un embustero o que vosotros sois muy listos. Pero ya
veo las correas rotas, lo que quiere decir que sois muy listos. Se trata de vuestra
magia, naturalmente. Es decir, de mi magia ahora.
Jazz y Zek retrocedieron dos pasos en actitud vacilante. Pero los tres seres
avanzaron hacia ellos, más rápidos pero sin prisa, alineándose gradualmente en
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círculo a su alrededor. Los acólitos de Shaithis se movían de la misma manera que
los hombres, con pasos rápidos y seguros, si bien su amo parecía resbalar en el
suelo, como movido únicamente por la fuerza de su voluntad. Tenía ojos de color
carmesí, que parecían arder con una luz propia, interna y malévola. Era difícil evitar
sus ojos, pensaba Jazz. Eran como las puertas del infierno, aunque sería difícil
decirle a una polilla que no se acercara a la llama de una vela.
El codo de Zek se hundió con fuerza en sus costillas.
—¡No los mires a los ojos! —volvió a decirle—. ¡Huye, Jazz, si puedes! Yo
tengo calambres por todas partes y lo único que conseguiré es retrasarte.
Lobo surgió de la oscuridad, lanzando rugidos de rabia, y quizá también de
terror, dejando detrás de él las sombras del acantilado este. Se abalanzó sobre el
lugarteniente de Shaithis atacándolo por aquel flanco; el hombre se volvió con un
gesto indiferente hacia él y se lo sacudió de encima con la mano izquierda igual que
Jazz podría haberse sacudido un perro faldero que lo estuviese importunando. Lobo
retrocedió, lanzó un aullido y el hombre al que había atacado le mostró su
guantelete.
—Acércate, lobito —dijo como burlándose del animal—. Ven y deja que
Gustan acaricie el pelo sedoso y gris de tu cabecita.
—¡Apártate, Lobo! —le gritó Zek.
—¡Quietos! —ordenó Shaithis, señalando a Jazz y a Zek—. No perseguiré lo
que es mío. Acercaos inmediatamente o seréis castigados. ¡Severamente
castigados!
El tacón de Jazz tocó algo metálico, un objeto de acero. ¡Era su metralleta!
También tenía allí sus macutos.
Se desplomó sobre una rodilla y agarró el arma. Los tres seres que tenía
enfrente vieron el arma que empuñaba en su mano y se pararon. Permanecieron
inmóviles un momento, con los ojos enrojecidos clavados en él.
—¿Qué es esto? —dijo Shaithis con un tono de voz peligrosamente grave—.
¿Amenazas a tu dueño?
Jazz miró a los tres personajes, arrodillado como estaba en el suelo, y, a
tientas, buscó con la mano un macuto y después otro. Encontró lo que andaba
buscando, introdujo el cargador en el arma... y en ese momento Shaithis se
precipitó hacia adelante.
—Te he dicho...
—¿Amenazarte? —dijo Jazz preparando el arma—. Yo actúo, no amenazo.
Pero el hombre que se encontraba en el flanco derecho de Shaithis se acercó
agazapado y su pie, calzado con una sandalia, aplastó la muñeca derecha de Jazz,
inmovilizándola en el suelo. Jazz, deliberadamente, se arrojó al suelo y trató de
sacudirse de encima al hombre dándole un puntapié, pero éste era muy hábil.
Evitando los puntapiés de Jazz y manteniendo inmovilizados en el suelo su brazo y
el arma que sujetaba, se puso de rodillas, cogió a Jazz por la cara con su maciza
mano izquierda, inclinó su cabeza hacia atrás aparentemente sin hacer ningún
esfuerzo y le mostró el guantelete que esgrimió en lo alto. Abriendo el puño,
aparecieron los ganchos, los cuchillos, las fulgurantes hoces que reflejaban la luz de
las estrellas. Después de esto el hombre sonrió y enarcó las cejas mirando a Jazz
con aire inquisitivo y burlón, mientras éste seguía con la metralleta agarrada con la
mano. La boca del arma había quedado hincada en el polvo y Jazz no se atrevía a
apretar el gatillo.
Abrió la mano y soltó el arma, después el hombre que lo tenía agarrado por la
cara lo levantó del suelo sin soltarlo. Jazz no podía hacer nada, se daba cuenta de
que, si al lugarteniente de Shaithis se le hubiese antojado hacerlo, le habría
rebanado la carne del cráneo como quien monda una naranja.
Zek de un salto se plantó junto al hombre que estaba a la izquierda de
Shaithis, Gustan, que ahora avanzó hacia adelante.
—¡Bravucones! —le gritó, golpeándolo con los puños—. ¡Hijos de puta!
¡Vampiros!
Gustan la levantó en el aire sosteniéndola con un brazo y, con una sonrisa
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sarcástica, le recorrió todo el cuerpo con la mano izquierda, que tenía libre,
pellizcándola en diferentes sitios.
—Tendrías que dejarme a ésta un ratito, lord Shaithis —rezongó—, así
procuraría meterle un poco de juicio en la cabeza y le enseñaría qué significa ser
obediente.
Shaithis se volvió hacia él.
—Ésta será mi esclava y no la esclava de nadie más, así que mantén la boca
cerrada, Gustan. En el corral todavía queda sitio para otras bestias guerreras, si es
que te apetece ir.
Gustan pareció impresionarse.
—Lo único que yo quería...
—¡Tranquilo! —le interrumpió Shaithis.
Después se adelantó, olfateó a Zek y asistió con un movimiento de cabeza.
—Sí, hay magia en ésta, pero recuerda una cosa: que se escapó de manos de
la zorra de Karen. No la pierdas de vista, Gustan.
Y a continuación se puso a observar a Jazz.
—En cuanto a ti...
Nuevamente adelantó su hocico enrollado y pareció usarlo como un
monstruoso perro sabueso. Sus ojos se habían convertido en unas finísimas
rendijas de color escarlata.
—¡Es un mago extraordinario! —exclamó Zek, colgada como estaba de los
brazos de Gustan.
—¿Ah, sí? —dijo Shaithis echándole una mirada—. ¿Y cuál es su talento, si
tienes la bondad de decírmelo? Porque la verdad es que yo no detecto en él magia
alguna.
—Yo..., yo sé leer el futuro —dijo Jazz abriendo su boca magullada y haciendo
con ella un morrito.
Shaithis le dedicó una espantosa sonrisa.
—¡Fantástico!, porque yo acabo de leer el tuyo.
E hizo un ademán al hombre que sostenía a Jazz en lo alto.
—¡Espera! —exclamó Zek—. ¡Te aseguro que es verdad! Si lo matas, perderás
un poderoso aliado.
—¿Un aliado? —Shaithis parecía divertido—. Querrás decir un criado, quizá.
Después, acariciándose la barbilla, añadió:
—Muy bien, vamos a poner a prueba su talento. Déjalo en el suelo.
Jazz fue depositado en el suelo, donde se quedó de puntillas.
Shaithis se puso a observarlo atentamente y después inclinó la cabeza a un
lado como si pensara en una prueba apropiada.
—¡Venga, dime! —dijo por fin—, ¿qué ves en mi futuro, viajante de los
infiernos?
Jazz sabía que estaba perdido, pero todavía tenía que considerar a Zek.
—Fíjate en lo que te digo —respondió—. Si haces daño a esta mujer en la
forma que sea, aunque sólo le toques un pelo de la cabeza, vas a arder como una
tea. ¡Seguro que el sol te abrasa, Shaithis de los wamphyri!
—Eso no es predecir el futuro, sino simplemente lanzar una maldición —le
soltó Shaithis—. ¿Te has creído que lanzabas una maldición? ¿Qué has dicho? ¿Que
no tocara un solo cabello de su cabeza? ¿Quieres decir de esa cabeza?
Acercándose a Zek, la agarró por su rubia cabellera, se la juntó en un puño y
tiró de ella hasta que se puso a gritar.
Y el sol de pronto se levantó sobre el desfiladero a través de las montañas e
iluminó aquel paraje con sus rayos abrasadores y penetrantes.
Antes de que el hombre que sostenía a Jazz comenzara a chillar aterrorizado y
la soltara como si fuera una muñeca de trapo, el inglés no pudo por menos de
entretenerse en un pensamiento completamente frivolo:
«¡Es a esto a lo que yo llamo magia!», dijo para sí.

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