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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 17 de junio de 2013

El coche del diablo - Roger Zelazny

El coche del diablo
(The Devil Car)
Roger Zelazny
Murdock aceleró a través de la Ruta de la Gran Llanura Occidental.
El sol era un yoyó llameante a gran altura sobre él, a medida que superaba las innumerables colinas y elevaciones de la Llanura a algo más de sesenta millas por hora. No reducía en ningún momento, y los ojos ocultos de Jenny detectaban todas las rocas y baches antes de llegar a ellos, reajustando cuidadosamente su rumbo, en ocasiones sin que él detectase siquiera el sutil movimiento de la barra de dirección bajo sus manos.
Incluso a través del oscurecido parabrisas y de las gruesas gafas que llevaba, el resplandor de la Llanura fundida ardía en sus ojos, de tal modo que en ocasiones parecía dirigir una lancha muy rápida a través de la noche, bajo una brillante luna alienígena, y que su camino discurría a través de un lago de fuego plateado. Altas ondas de polvo se alzaban en su estela, colgaban en el aire, y pasado un tiempo se posaban de nuevo.
—Te estás agotando tú solo —dijo la radio— ahí sentado aferrando el volante de ese modo, bizqueando. ¿Por qué no tratas de descansar un poco? Déjame oscurecer los blindajes. Ve a dormir y déjame a mí la conducción.
—No —respondió— lo prefiero así.
—Bien —respondió Jenny—, sólo era una invitación.
—Gracias.
Como un minuto después, la radio empezó a tocar una música de tipo suave, desmadejado.
—¡Corta eso!
—Lo siento, jefe. Pensé que te relajaría.
—Cuando necesite relajación, yo te lo diré.
—Recibido, Sam. Lo siento.
El silencio pareció opresivo después de la breve interrupción. Sin embargo, ella era un buen coche; Murdock lo sabía. Estaba diseñada para parecer un descuidado sedán Swinger: rojo brillante, llamativo, rápido. Pero había
misiles bajo las protuberancias de su capó, y dos bocas del calibre cincuenta acechaban apenas fuera de la vista en los escondrijos bajo sus faros delanteros; llevaba un cinturón de granadas cronometradas a cinco y diez segundos ciñendo su panza; y en su maletero un tanque-spray conteniendo nafta altamente volátil.
...pues su Jenny era un matachoches especialmente diseñado, construido para él por el Archingeniero de la Dinastía Geeyem, en el lejano este, y toda la habilidad de ese gran artífice había intervenido en su construcción.
—Le encontraremos esta vez, Jenny—dijo—; y no pretendía contestarte tan bruscamente como lo hice.
—Está bien, Sam —respondió la voz delicada—. Estoy programada para comprenderte.
Rugieron a través de la Gran Llanura y el sol descendió hacia el oeste. Toda la noche y todo el día habían buscado, y Murdock estaba rendido. La última Fortaleza de Combustible Stop/Rest Stop parecía haber pasado hacía tanto tiempo, tan lejana...
Murdock se inclinó hacia adelante y sus ojos se cerraron.
Las ventanas se ensombrecieron lentamente hasta la opacidad completa. El cinturón de seguridad se retrajo suavemente y le atrajo hacia atrás fuera del volante. Luego el asiento echó su cuerpo gradualmente atrás hasta que estuvo nivelado en posición reclinada. Se conectó el calentador a medida que la noche se acercaba.
El asiento le sacudió ligeramente para despertarle, poco antes de las cinco de la mañana.
—¡Despierta, Sam! ¡Despiértate!
—¿Qué pasa? —se quejó entre dientes.
—Recogí una emisión hace veinte minutos. Ha habido un nuevo asalto de coches por la zona. Cambié de rumbo inmediatamente, y casi hemos llegado.
—¿Por qué no me levantaste en seguida?
—Necesitabas el sueño, y no había nada que tú pudieras hacer excepto ponerte tenso y nervioso.
—De acuerdo, probablemente tienes razón. Cuéntame todo sobre el asalto.
—Seis vehículos, avanzando hacia el oeste, fueron aparentemente emboscados por un número indeterminado de coches salvajes en algún momento durante la noche. El helicóptero de Patrulla lo comunicaba desde encima de la escena y yo escuché a escondidas. Todos los vehículos fueron despojados y vaciados y
sus cerebros fueron destruidos, y parece ser que sus pasajeros fueron asesinados igualmente. No quedaron signos de movimiento.
—¿Cómo de lejos está eso ahora?
—Otros dos o tres minutos.
Los parabrisas se aclararon de nuevo, y Murdock clavó la mirada en la distancia a través de la noche a medida que los poderosos faros lograban cortarla.
—Veo algo —dijo, al cabo de algunos momentos.
—Éste es el lugar —respondió Jenny, y comenzó a reducir la marcha.
Se detuvieron junto a los coches arrasados. Su cinturón de seguridad se desabrochó y la puerta de su lado se abrió de golpe.
Da vueltas alrededor, Jenny —pidió él— y busca huellas térmicas. No tardaré mucho.
La puerta se cerró y Jenny se apartó de él. Encendió su linterna de bolsillo y se movió en dirección a los vehículos destrozados.
La Llanura era como una pista de baile cubierta de arena, dura y polvorienta bajo sus pies. Había muchas marcas de patinazos, y un diseño de espaguetis hecho con huellas de llantas circundaba toda la zona.
Un hombre muerto estaba sentado al volante del primer coche. Su cuello estaba claramente quebrado. El reloj de pulsera aplastado en su muñeca marcaba las 2:24. Había tres personas -dos mujeres y un hombre joven- yaciendo aproximadamente a cuarenta pies más allá. Habían sido atropellados mientras trataban de escapar de sus vehículos atacados.
Murdock siguió adelante, inspeccionando los demás. Los seis coches estaban en posición vertical. La mayor parte del daño estaba en sus carrocerías. Las llantas y las ruedas habían sido arrancadas de todos ellos, así como partes esenciales de sus motores; los depósitos de gasolina permanecían abiertos, vaciados con sifón; los neumáticos de repuesto habían volado de los maleteros descerrajados. No había pasajeros vivos.
Jenny se deslizó junto a él y su puerta se abrió.
—Sam —dijo—, tira de los cables del cerebro de ese coche azul, el tercero hacia atrás. Está sacando todavía algo de energía de una batería auxiliar, y le puedo oír transmitiendo.
—De acuerdo.
Murdock volvió hacia atrás y tiró violentamente de los cables libres. Regresó junto a Jenny y subió al asiento del conductor.
—¿Encontraste algo?
—Algunas huellas, yendo hacia el noroeste.
—Síguelos.
La puerta se cerró de golpe y Jenny giró en esa dirección.
Avanzaron durante casi cinco minutos en silencio. Luego Jenny dijo:
—Había ocho coches en ese convoy.
—¿Qué?
—Lo acabo de oír en las noticias. Aparentemente dos de los coches se comunicaron con los salvajes en una banda privada. Estaban de acuerdo con ellos. Revelaron su localización y se volvieron contra los demás en el momento del ataque.
—¿Qué hay de sus pasajeros?
—Probablemente los monoxaron antes de unirse a la jauría.
Murdock encendió un cigarrillo; le temblaban las manos.
—Jenny… ¿qué hace descontrolarse a un coche? —preguntó— ¿No saber cuándo volverá a repostar, o no estar seguro de encontrar más piezas de repuesto para su unidad de autoreparación? ¿Por qué lo hacen?
—No lo sé, Sam. Nunca he considerado la idea.
—Hace diez años el Coche del Diablo, su líder, mató a mi hermano en una incursión a su Fuerte de Gasolina —relató Murdock— y he dado caza a ese Caddy negro desde entonces. Lo he intentado por tierra y por aire. He usado otros coches. He llevado rastreadores de calor y misiles. Hasta coloqué minas. Pero siempre ha sido demasiado rápido o demasiado listo o demasiado fuerte para mí. Entonces te construí.
—Sabía que lo odiabas muchísimo. Siempre me pregunté por qué —respondió Jenny.
Murdock se acercó el cigarrillo a los labios.
—Fuiste especialmente programada, blindada y armada para ser la cosa más dura, más rápida, más ágil sobre ruedas, Jenny. Tú eres la Dama Escarlata. Eres el único coche que puede coger al Caddy y a toda su jauría. Has recibido
colmillos y garras de una clase que ellos no habían encontrado nunca antes. Esta vez voy a atraparlos.
—Pudiste haberte quedado a casa, Sam, y dejarme la caza a mí.
—No. Sé que podría hacerlo, pero quiero estar allí. Quiero dar las órdenes, apretar algunos botones yo mismo, observar que el Coche del Diablo arde hasta su esqueleto de metal. ¿Cuántas personas, cuántos coches ha aplastado? Hemos perdido la cuenta. ¡Tengo que alcanzarlo, Jenny!
—Le encontraré para ti, Sam.
Aceleraron, en torno a doscientas millas por hora.
—¿Cómo vamos de combustible, Jenny?
—Suficiente, y todavía no he tirado de los depósitos auxiliares. No te preocupes. El rastro se hace más marcado —agregó.
—Bien. ¿Cómo está el sistema de armamento?
—Luz roja por todos lados. Listo para funcionar.
Murdock apagó su cigarrillo y encendió otro.
—...algunos de ellos transportan a gente muerta atada al cinturón —comentó Murdock—; así parecen coches honrados con pasajeros. El Caddy negro los mata constantemente, y los cambia a menudo. Mantiene su interior refrigerado para que duren más.
—Sabes mucho de eso, Sam.
—Engañó a mi hermano con pasajeros muertos y matrículas falsas. Así logró que le abriera su Fuerte de Gasolina. Luego atacó la jauría entera. Se ha pintado a sí mismo de azul, rojo, verde o blanco, en distintas ocasiones, pero siempre vuelve al negro, tarde o temprano. No le gusta el amarillo, el marrón ni el bicolor. Tengo una lista con casi cada matrícula falsa que ha usado alguna vez. Aunque vaya por las autopistas grandes se desvía hacia los pueblos y reposta en estaciones de gasolina corrientes. A menudo cogen su número mientras se desgarra del surtidor, apenas el encargado se mueve hacia el lado del conductor para cobrar. Puede fingir docenas de voces humanas. Sin embargo, nunca lo pueden atrapar después, porque se ha trucado a sí mismo demasiado bien. Siempre logra regresar aquí, a la Llanura, y los pierde. Incluso ha asaltado parcelas de coches usados.
Jenny cambió de dirección abruptamente.
—¡Sam! La huella es muy intensa ahora. ¡Por aquí! Va directamente en dirección a esas montañas.
—¡Sigue! —respondió Murdock.
Murdock guardó silencio largo tiempo. Los primeros indicios de la mañana comenzaron por el este. El pálido lucero del alba era una tachuela blanca clavada en un tablero azul tras ellos. Comenzaron a ascender una cuesta suave.
—Lo tenemos, Jenny. Vamos a cogerlo —incitó Murdock.
—Creo que estamos cerca —respondió ella.
El ángulo de la cuesta se acentuó. Jenny aflojó su ritmo para equilibrar el terreno, el cual se estaba volviendo un tanto irregular.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Murdock.
—Es muy difícil ir por aquí —respondió ella—. Además, la pista se hace más difícil de seguir.
—¿Por qué?
—Hay todavía un montón de radiación residual por estas tierras que interfiere mi sistema de rastreo.
—Sigue intentándolo, Jenny.
—El rastro parece ir directo a las montañas.
—¡Síguelo, síguelo!
Redujeron la velocidad algo más.
—Ahora estoy contaminada, Sam —respondió ella—; acabo de perder la pista.
—Debe haber una plaza fuerte en algún sitio por aquí, una cueva o algo parecido, donde puedan proteger sus cabezas. Es la única forma en que pudo haber escapado a la detección aérea durante todos estos años.
—¿Qué debo hacer?
—Ve tan lejos como puedas y revisa las pequeñas grietas en la roca. Sé precavida. Disponte a atacar en cualquier momento.
Ascendieron por las colinas bajas. La antena de Jenny se elevó a gran altura en el aire, y las mariposas nocturnas de estopilla acerada desdoblaron sus alas y bailaron y giraron alrededor, brillantes a la luz de la mañana.
—Nada todavía —informó Jenny— y no podemos ir mucho más allá.
—Entonces recorreremos ese tramo y seguiremos escaneando.
—¿Hacia la derecha o hacia la izquierda?
—No sé. ¿Por dónde irías tú si fueses un coche renegado fugitivo?
—No lo sé.
—Elige uno. No importa.
—A la derecha, entonces —respondió ella, y giraron en esa dirección.
Media hora después la noche se escurría por detrás de las montañas. La mañana plena estallaba en el extremo más alejado de las llanuras, rompiendo el cielo con todos los colores de los árboles otoñales. Murdock sacó un estrecho frasco de café caliente, recuerdo de los buenos sitios donde alguna vez estuvo, de debajo del salpicadero.
—Sam, creo que he encontrado algo.
—¿Qué? ¿Dónde?
—Adelante, a la izquierda de ese peñasco grande: un declive con algún tipo de abertura al final.
—Está bien, cariño, dirígete hacia allá. Listos los proyectiles.
Se deslizaron junto a la peña, rodeando su lado más alejado, dirigiéndose pendiente abajo.
—Una cueva, o un túnel —dijo él—. Ve despacio.
—¡Calor! ¡Calor! —dijo Jenny— ¡Rastreo de nuevo!
—Aún puedo ver las marcas de los neumáticos ¡Montones de ellas! —dijo Murdock—¡Eso es!
Avanzaron hacia la abertura.
—Entra, pero ve lentamente —ordenó él—. Haz explotar la primera cosa que se menee.
Entraron en el portal pétreo, avanzando ahora sobre arena. Jenny apagó sus luces visibles y cambió a infrarrojo. Una lente i-r se elevó ante el parabrisas, y Murdock estudió la caverna. Tendría unos veinte pies de alto y ancho suficiente para alojar tal vez tres coches marchando lado a lado. El suelo varió de arena a roca, pero ésta era lisa y bastante nivelada. Después de un tiempo se inclinó hacia arriba.
—Hay un poco de luz delante —murmuró.
—Lo sé.
—Un trozo de cielo, creo…
Avanzaron lentamente hacia allá, el motor de Jenny depositando el suspiro más tenue en las grandes cámaras de roca.
Se detuvieron en el umbral de la luz. El blindaje infrarrojo descendió de nuevo.
Se asomaban a un cañón de arena y esquisto. Las inmensas inclinaciones y los salientes de roca ocultaban todo menos el extremo más alejado de cualquier ojo en el cielo. La luz en el extremo lejano era débil, y no había nada de particular bajo ella.
Pero...
Murdock parpadeó.
…más acá, entre la tenue luz de la mañana y las sombras, se apilaba el más grande montón de chatarra que Murdock había visto en su vida.
Piezas de coches, de todas las marcas y modelos, se amontonaban formando una pequeña montaña delante de él. Había baterías y llantas y cables y amortiguadores; había guardabarros y parachoques y faros delanteros y los alojamientos de los faros; había puertas y parabrisas, cilindros y pistones, carburadores, generadores, reguladores de voltaje, y bombas de aceite.
Murdock miraba todo fijamente.
—Jenny —murmuró excitadamente—: hemos encontrado el cementerio de los coches.
Un vetusto coche, al cual Murdock ni siquiera había distinguido de la chatarra durante esa primera mirada, avanzó varios pies dando tumbos en su dirección y se detuvo de pronto. El sonido de cabezas de remaches dejando muescas en los antiguos tambores de freno chirrió en sus oídos. Sus neumáticos estaban completamente lisos, y el delantero izquierdo necesitaba aire urgentemente. Su faro delantero derecho estaba hecho pedazos y había una grieta en su parabrisas. Se detuvo allí, delante del montón, su motor recién despertado produciendo un terrible tableteo.
—¿Qué pasa? —interrogó Murdock— ¿Qué es eso?
—Él está hablándome —respondió Jenny—. Es muy viejo. Su cuentakilómetros ha dado la vuelta tantas veces que ya ha olvidado el número de millas que ha visto pasar. Odia a las personas, porque dice que han abusado de él siempre que han podido. Él es el guardián del cementerio. Es demasiado viejo para seguir asaltando, así que monta guardia sobre las piezas de recambio atesoradas durante largos años. No es del tipo que puede repararse a sí mismo, como hacen los más jóvenes, de modo que debe confiar en su caridad y sus unidades de autoreparación. Quiere saber lo que busco aquí.
—Pregúntale dónde están los demás …
Pero mientras lo decía, Murdock oyó el sonido de muchos motores girando, hasta que el valle se llenó con el estruendo de sus caballos de fuerza.
—Están aparcados al otro lado del montón —respondió ella—, y ahora vienen hacia acá.
—Espera hasta que te diga que dispares —dijo Murdock mientras el primero, un lustroso Chrysler amarillo, asomaba el morro alrededor de la acumulación.
Murdock agachó la cabeza hacia el volante, pero mantuvo los ojos abiertos detrás de las gafas.
—Cuéntale que vienes para unirte a la jauría y que has monoxado a tu conductor. Intenta atraer al Caddy negro hasta que esté a tu alcance.
—No lo hará —respondió ella—. Hablo con él ahora. Puede comunicar fácilmente desde el otro lado de la pila, y dice que envía a los seis miembros más grandes de la jauría a custodiarme mientras decide qué hacer. Me ha ordenado dejar el túnel y avanzar hacia el interior del valle.
—Adelántate entonces, pero despacio.
Avanzaron lentamente.
Dos Lincolns, un Pontiac de aspecto robusto, y dos Mercedes se unieron al Chrysler, tres coches a cada lado de ellos, en posición de ataque.
—¿Te ha dado alguna idea sobre cuántos hay al otro lado?
—No. Le pregunté, pero él no me lo dirá.
—Bien, entonces simplemente tendremos que esperar…
Permaneció caído verticalmente, fingiendo estar muerto. Después de un tiempo, sus hombros ya cansados comenzaron a doler. Finalmente, Jenny habló:
—Quiere que tire alrededor del extremo más alejado del montón —dijo—, ahora que han despejado el camino, y que me dirija al interior de una abertura en la roca que él me indicará. Quiere pasarme sus automecánicos.
—No podemos permitir eso —respondió Murdock—, pero conduce alrededor de la pila. Te diré qué hacer cuando haya conseguido echar una ojeada al otro lado.
Los dos Mercedes y el Gran Jefe se hicieron a un lado y Jenny avanzó lentamente más allá de ellos. Murdock se quedó con la mirada fija, con el límite de su visión dirigido arriba, a la altura imponente del montón de
chatarra que estaban sobrepasando. Un par de cohetes bien colocados en cualquier extremo podría derrumbarlo, pero probablemente el mech acabaría despejándolo.
Rodearon el extremo izquierdo del montón.
Alrededor de cuarenta y cinco coches estaban orientados hacia ellos a una distancia de ciento veinte yardas, a la derecha y al frente. Se habían desplegado. Bloqueaban la salida en torno al otro extremo del amontonamiento, y los seis guardias detrás del mismo cerraban el paso a espaldas de Murdock.
Al otro lado de la hilera más lejana de los coches más distantes estaba aparcado un antiguo Caddy negro.
Su ensambladura había sido martilleada en un tiempo en que los ingenieros legos pensaban realmente a lo grande. Era enorme y brillante, y la cara de un esqueleto sonreía tras su volante. Todo en él era negro y cromo reluciente, y sus faros delanteros eran como joyas oscuras, o como ojos de insectos. Cada plano y cada curva relucían de poder, y la gran cola de pez de su parte posterior parecía lista para palmear con fuerza en el mar de sombras tras él en cualquier momento, como si pudiera salta hacia adelante para hacer su matanza.
—¡Ése es! —susurró Murdock— El Coche del Diablo.
—¡Es grande! Nunca había visto un coche tan grande —continuaron avanzando—. Quiere que me dirija al interior de esa grieta y aparque.
—Ve hacia allá, lentamente. Pero no entres —respondió Murdock.
Giraron y avanzaron lentamente hacia la abertura. Los otros coches se mantenían quietos, el sonido de sus motores subiendo y apagándose.
—Comprueba todos los sistemas de armamento.
—Rojo, en todos lados.
La abertura estaba veinticinco pies más adelante.
—Cuando diga "ahora", quédate en punto muerto y rápidamente giras ciento ochenta grados. No esperarán eso. No lo harían ellos mismos. Luego despejas el terreno con los calibre cincuenta y disparas tus misiles al Caddy, gira en ángulo recto y arranque de vuelta por la dirección que vinimos, rociamos la nafta mientras marchamos, y abrasas a los seis guardas... ¡Ahora! —gritó, levantándose de un salto en su asiento.
Se golpeó ruidosamente hacia atrás cuándo giraron, y oyó al estrepitoso de las armas de Jenny antes de que su cabeza se aclarase. Para entonces, las llamas saltaban hacia lo alto en la lejanía.
Ahora las armas de Jenny fueron extraídas y ubicadas en sus soportes, rociando la línea de vehículos con cientos de martillos de plomo. Ella se estremeció, dos veces, cuándo descargó dos cohetes desde el interior de su capó parcialmente abierto. Luego se movieron adelante, y ocho o nueve de los coches se precipitaron pendiente abajo hacia ellos.
Ella retornó otra vez a punto muerto y saltó hacia atrás en la dirección de la cual habían venido, alrededor de la esquina sudeste del montón. Sus armas martilleaban sobre los guardas ahora en desbandada, y en el ancho retrovisor Murdock pudo ver que un muro de llamas se alzaba imponente a gran altura detrás de ellos.
—¡No le has dado! —gritó él— ¡No has dado al Caddy negro! ¡Tus cohetes han acertado a los coches delante de él y ha retrocedido fuera de alcance!
—¡Lo sé! ¡Lo siento!
—¡Tenías un tiro limpio!
—¡Lo sé! ¡Lo perdí!
Rodearon el montón justo para ver a dos de los coches guardianes desaparecer dentro del túnel. Y otras tres ruinas humeantes. El sexto evidentemente había precedido a los otros dos a través del pasadizo.
—¡Ahí va otra vez! —gritó Murdock— ¡Rodeando el otro lado de la pila! ¡Mátalo! ¡Mátalo!
El viejo guardián del cementerio -que parecía un Ford, aunque Murdock no pudo estar seguro- avanzó con un castañeteo atroz y se interpuso en la línea de fuego.
—Mi campo de tiro está bloqueado.
—¡Aplasta a ese montón de basura y cubre el túnel! ¡No dejes escapar al Caddy!
—¡No puedo! —respondió ella.
—¿Por qué no?
—¡Simplemente no puedo!
—¡Es una orden! ¡Destrúyelo y tapa el túnel!
Sus armas giraron y disparó contra los neumáticos del coche antiguo.
El Caddy pasó como un rayo y entró en el corredor.
—¡Lo dejas llegar! —gritó él— ¡Síguelo!
—¡Bien, Sam! ¡Lo hago! No grites. Por favor ¡No grites!
Ella se dirigió hacia el túnel. Dentro, él podía oír el sonido de un potente motor marchando a gran velocidad, que aumentaba suavemente la distancia.
—¡No dispares en el túnel! ¡Si le aciertas podemos quedar embotellados dentro!
—Lo sé. No lo haré.
—Deja caer un par de granadas de diez segundos y pisa el acelerador. Tal vez podamos silenciar lo que se haya quedado moviéndose ahí atrás.
Repentinamente saltaron adelante y surgieron a luz del día. No había indicio de ningún otro vehículo alrededor.
—Encuentra su pista —dijo él— y empieza a perseguirlo.
Hubo una explosión en lo alto de la colina detrás de él, en el interior de la montaña. El suelo tembló, luego se quedó quieto de nuevo.
—Hay tantas huellas...
Respondió ella.
—Tú sabes las que quiero. ¡Las más grandes, las más anchas, las más calientes! ¡Encuéntralo! ¡Muévete!
—Creo que lo tengo, Sam.
—Bien. Avanza tan rápidamente como puedas para este terreno.
Murdock encontró una petaca de Bourbon y tomó tres tragos. Luego encendió un cigarrillo y miró encolerizadamente en la distancia.
—¿Por qué fallaste? —preguntó suavemente— ¿Por qué lo perdiste, Jenny?
Ella no respondió en el acto. Él esperó.
Finalmente:
—Porque él no es un 'ello' para mí —respondió—. Ha hecho mucho daño a coches y personas, y eso es terrible. Pero hay algo en torno a él, algo noble. La forma en que se ha enfrentado al mundo entero por su libertad, Sam. Manteniendo a esa jauría de máquinas crueles en marcha, siendo capaz de cualquier cosa para mantenerse así sin un amo, durante tanto tiempo como pueda sin ser destruido, invicto, Sam; por un momento ahí atrás deseé unirme a su grupo, correr con él a través de las Llanuras de la Ruta de Gasolina, usar mis proyectiles contra las puertas de los Fuertes de Gasolina para él... Pero no puedo monoxarte, Sam. Tú me has construido. Estoy demasiado
domesticada. Soy demasiado débil. Yo no podía dispararle, y fallé a propósito. Pero nunca podría monoxarte, Sam, de veras.
—Gracias —respondió él—, cubo de basura sobre-programado. ¡Un millón de gracias!
—Lo siento, Sam.
—Cállate. No, no lo hagas, todavía no. Primero dime lo que vas a hacer si lo encontramos.
—No lo sé.
—Bien, pues ya puedes ir pensando rápido. Ves esa nube de polvo delante de nosotros tan bien como yo, y deberías acelerar.
Se lanzaron hacia delante.
—Espera hasta que llame a Detroit. Se reirán entre ellos como tontos, hasta que exija la devolución.
—No soy una construcción ni un diseño de segunda. Tú lo sabes. Soy solamente más...
—"Emocional" —completó Murdock.
—...de lo que creía ser —terminó ella—. Realmente no me había encontrado muchos coches, excepto los jóvenes, antes de ser enviada a ti. No sabía cómo era un coche salvaje, y nunca había destruido ningún coche antes, sólo blancos y cosas por el estilo. Era joven y…
—Inocente —respondió Murdock—. Sí. Muy conmovedor. Prepárate a matar al siguiente coche que nos encontremos. Si acierta a ser tu novio y tú dejas de disparar, entonces él nos matará.
—Lo intentaré, Sam.
El coche por delante se había detenido. Era el Chrysler amarillo. Dos de sus neumáticos se habían deshinchado y estaba aparcado, caído de un lado, esperando.
—¡Déjalo! —gruñó Murdock, cuando el capó chasqueó abierto—. Ahorra la munición para algo que pueda contraatacar.
Aceleraron hasta sobrepasarlo.
—¿Dijo algo?
—Blasfemias de máquina —respondió ella—. Sólo lo he oído un par de veces, y no tendría sentido para ti.
Él rió entre dientes.
—¿Los coches realmente sueltan tacos entre ellos?
—Alguna vez —respondió ella—. Imagino que la clase inferior se lo permite más a menudo, especialmente en autopistas y carreteras de peaje, cuando se congestionan.
—Déjame oír una palabrota.
—No lo haré. ¿Qué clase de coche crees que soy?
—Lo siento —respondió Murdock—. Tú eres una dama. Lo había olvidado.
Hubo un chasquido audible en la radio.
Corrieron a toda prisa hacia adelante por el terreno nivelado que se extendía al pie de las montañas. Murdock tomó otro trago, cambiando luego a café.
—Diez años —masculló—, diez años.
La pista se meció en una curva amplia a medida que las montañas les empujaban levemente hacia atrás y las laderas se levantaban a gran altura junto a ellos.
Todo terminó casi antes de que él lo supiese.
A medida que pasaban un inmenso y anaranjado macizo rocoso, esculpido por el viento como una seta cabeza abajo, hubo un claro a la derecha.
El Coche del Diablo brotó ante ellos. Se había apostado de emboscada, viendo que no podría dejar atrás a la Dama Escarlata, y se precipitaba hacia un choque definitivo con su cazador.
Jenny derrapó lateralmente mientras sus frenos se agarraban con un lamento y un olor de humo, y su calibre cincuenta disparaba, y su capó se abría de golpe y sus ruedas delanteras se levantaban en marcha cuando los cohetes saltaron gimiendo hacia delante, y ella giraba tres veces, su parachoques trasero raspando la llanura terrosa, y en el tercer y último giro disparó sus misiles restantes contra el escombro al rojo vivo de la ladera, y se detuvo finalmente sobre sus cuatro ruedas; y sus calibre cincuenta siguieron disparando hasta que estuvieron vacíos, y un chasquido constante siguió brotando de ellos durante todo un minuto después, y luego todo quedó en silencio.
Murdock estaba sentado allí, conmocionado, observando la consumida, la retorcida destrucción llamear contra el cielo.
—Lo hiciste, Jenny. Le mataste. Tú me mataste al Coche del Diablo.
Pero ella no le respondió. Su motor se puso en marcha de nuevo y giraron hacia el sudeste enfilando hacia el Fuerte Fuel Stop/Rest Stop que les esperaba en esa civilizada dirección.
Durante dos horas condujeron en silencio, y Murdock bebió todo su Bourbon y todo su café y fumó todos sus cigarrillos.
—Jenny, di algo. ¿Cuál es el problema? Dime.
Hubo un chasquido, y su voz fue muy suave:
—Sam, él me habló mientras venía por la colina...
Murdock esperó, pero ella no dijo nada más.
—Bien, ¿qué dijo? —preguntó por fin.
—Dijo, "Dime que deseas monoxar a tu pasajero y yo daré un viraje por ti". Dijo, "Te necesito, Dama Escarlata, para correr conmigo, asaltar conmigo. Juntos nunca nos atraparán", y le maté.
Murdock guardó silencio.
—Él sólo dijo eso para retrasar mis disparos, ¿no es así? Dijo eso para detenerme, para poder aplastarnos a ambos cuando se estrellara contra nosotros, ¿verdad? No podía estar hablando en serio… ¿podía, Sam?
—Claro que no —respondió Murdock—, claro que no. Era demasiado tarde para desviarse.
—Sí, supongo que fue como tú piensas; aunque él realmente me quisiera para correr con él, para asaltar con él, antes de eso… quiero decir allá atrás.
—Probablemente, cariño. Tú estás bastante bien equipada.
—Gracias —respondió ella, y desactivó de nuevo.
Aunque antes de que ella lo hiciese, Murdock pudo oír un extraño sonido mecánico, que iba adquiriendo las cadencias de una blasfemia o de una oración.
Entonces sacudió la cabeza y la abatió, palmeando suavemente el asiento a su lado con mano todavía indecisa.
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