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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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miércoles, 19 de junio de 2013

CEMENTERIO DE ANIMALES - Stephen King








CEMENTERIO DE ANIMALES - Stephen King

Título original: Pet Sematary  © 1983.
Traductora: Ana Mª De La Fuente.
ISBN:84-01-49102-9

Escaneado y corregido por Sonar
Marzo 2002.

Revisado por: El Trauko
Última revisión:  Junio de 2002

























Edición electrónica: El Trauko
Versión 1.0 en Word

La Biblioteca de El Trauko
Chile - Junio de 2002

Texto digital # 131

Este texto digital es de carácter didáctico y sólo puede ser utilizado dentro del núcleo familiar, en establecimientos educacionales, de beneficencia u otras instituciones similares, y siempre que esta utilización se efectúe sin ánimo de lucro.

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CEMENTERIO DE ANIMALES
Stephen King
Para Kirby McCauley

He aquí a varias personas que escribieron libros para contar las cosas que hicieron y por qué las hicieron:
John Dean, Henry Kissinger, Adolf Hitler, Caryl Chessman, Jeb Magruder, Napoleón, Talleyrand, Disraeli, Robert Zimmerman (alias Bob Dylan), Locke, Charlton Heston, Errol Flynn, el ayatolá Jomeini, Gandhi, Charles Olson, Charles Colson, un caballero Víctoriano, el doctor X.
La mayoría de la gente cree que también Dios escribió un Libro o Libros, para decir las cosas que hizo y —en cierta medida— por qué las hizo, y puesto que esa gente cree asimismo que los humanos fueron creados a imagen y semejanza de Dios, también Él puede ser considerado persona o, para expresarlo más correctamente, Persona.
He aquí a varias personas que no escribieron libros para contar las cosas que hicieron..., ni las que vieron:
El hombre que enterró a Hitler, el que hizo la autopsia a John Wilkes Booth, el que embalsamó a Elvis Presley, el que embalsamó —bastante mal por cierto, al decir de la mayoría de los enterradores— al papa Juan XXIII, las tres o cuatro docenas de enterradores que limpiaron Jonestown, acarreando bolsas de cadáveres y ensartando vasos de cartón con esos pinchos que usan los guardas de los parques públicos, mientras espantaban las moscas, el hombre que incineró a William Holden, el que recubrió de oro el cuerpo de Alejandro Magno, para que no se pudriera, los que momificaron a los faraones.
La muerte es un misterio y el entierro, un secreto.

* * *

PRIMERA PARTE

Jesús dijo a sus discípulos: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.»
Los discípulos se miraban y algunos sonreían, porque no sabían que Jesús hablaba en sentido figurado. «Señor, si duerme, sanará.»
Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, sí... pero vayamos a él.»
Evangelio de san Juan (paráfrasis)

1

Louis Creed, que se quedó sin padre a los tres años y no conoció a sus abuelos, no esperaba encontrar a un padre a los treinta y tanto años, pero esto fue exactamente lo que ocurrió..., aunque a aquel hombre él le llamaba amigo, como haría cualquier persona adulta que encontrara ya de mayor al hombre que hubiera debido ser su padre. Conoció al individuo la tarde en que él, su esposa y sus dos hijos se mudaban a la gran casa de piedra y madera blanca de Ludlow. Con ellos iba Winston Churchill. Church era el gato de su hijita Eileen.
El comité de la universidad encargado de buscar una vivienda en un radio de fácil acceso se había movido despacio, la búsqueda fue muy laboriosa y cuando ya se encontraba cerca del lugar en el que debía de estar la casa («Todos los hitos concuerdan... como los signos astrológicos la noche que precedió al asesinato de César», pensaba Louis morbosamente») los viajeros estaban cansados y con los nervios a flor de piel. Gage estaba echando los dientes y lloriqueaba casi sin parar. Por más que Rachel le cantaba, el pequeño no se dormía. La madre le dio el pecho, a pesar de que no era su hora. Gage, que conocía el horario tan bien como ella —o tal vez mejor—, la mordió con sus dientecitos nuevos. Rachel, que aún no las tenía todas consigo respecto a aquel traslado a Maine desde Chicago, de donde no se había movido en toda su vida, se echó a llorar. Eileen, al parecer por una especie de solidaridad femenina, la imitó. En la trasera de la furgoneta, Church seguía paseando incansablemente, como hiciera durante los tres días que habían invertido en el viaje desde Chicago. Si mientras estuvo en la cesta sus maullidos resultaban cargantes, no era menos molesto aquel continuo ir y venir que mantenía el animal desde el momento en que ellos se rindieron y lo dejaron suelto.
Hasta el propio Louis se hubiera echado a llorar de buena gana. De pronto, se le ocurrió una idea descabellada pero tentadora: propondría retroceder hasta Bangor para comer algo mientras esperaban el camión de la mudanza y, en cuanto se apearan los tres rehenes que le habían tocado en suerte, él pisaría a fondo el acelerador y desaparecería sin mirar atrás, alimentando generosamente el enorme carburador de cuatro cilindros de la furgoneta con carísima gasolina. Se dirigiría hacia el sur y no pararía hasta llegar a Orlando, Florida, donde, bajo nombre supuesto, conseguiría un puesto de médico en Disney World. Pero antes de llegar a la autopista del sur se detendría para dejar también al jodido gato.
Pero entonces doblaron el último recodo, y allí estaba la casa, que hasta aquel momento sólo él había visto. Una vez consiguió la plaza en la Universidad de Maine, hizo un viaje en avión, para visitar cada una de las siete viviendas seleccionadas por fotografía, y se quedó con ésta: una vieja mansión estilo colonial de Nueva Inglaterra (debidamente remozada y aislada: el coste de la calefacción era una buena carga, pero el consumo podía considerarse razonable), con tres grandes habitaciones en la planta baja y cuatro en el piso y un espacioso cobertizo en el que, con el tiempo, podían hacerse más habitaciones: todo ello, rodeado por un manto de césped, verde y jugoso incluso con el calor de agosto. Detrás de la casa había una gran explanada en la que podrían jugar los niños y, más allá, el bosque que parecía no acabar nunca. Según le dijo el corredor de fincas, la propiedad lindaba con tierras del Estado, en las que no se iba a edificar en mucho tiempo. Los restos de la tribu de los indios micmacs reclamaban casi tres mil doscientas cincuenta hectáreas en Ludlow y ciudades situadas al este de la región, y el complicado litigio, en el que intervenían las autoridades federales además de las del Estado, podía prolongarse hasta más allá del año 2000.
Rachel dejó de llorar bruscamente y se irguió en el asiento.
—¿Es ésta...?
—Esta es. —Louis estaba intranquilo; mejor dicho, estaba preocupado. Bueno, en realidad se sentía francamente angustiado. Por aquella casa había hipotecado él doce años de su vida. No acabaría de pagarla hasta que Eileen tuviera diecisiete años, una edad increíble.
Louis tragó saliva.
—¿Qué te parece?
—Me parece preciosa —dijo Rachel. Y a él se le quitó un peso de encima. Ella era sincera; se le notaba por su forma de mirarla mientras daban la vuelta por el camino asfaltado, y de recorrer con los ojos las ciegas ventanas como si ya pensara en cortinas, forros de armarios y cosas así.
—¿Papá? —dijo Ellie desde el asiento trasero. También ella había dejado de llorar. Hasta Gage estaba callado. Louis saboreaba el silencio.
—¿Qué quieres, cielo?
Por el retrovisor, Louis veía los ojos castaños y el pelo rubio oscuro de su hija que contemplaba la casa, el césped, el tejado de otra casa que asomaba a lo lejos, hacia la izquierda, y el prado que llegaba hasta el bosque.
—¿Es ésta nuestra casa?
—Lo será, tesoro.
—¡Hurra! —gritó ella, y casi le dejó sordo. Y Louis, que a veces se irritaba bastante con su hija, se dijo que no le importaba en absoluto no llegar a poner los pies en Disney World, Orlando.
Detuvo el coche delante del cobertizo y quitó el contacto.
El motor crepitó suavemente. En el silencio, que parecía inmenso para quienes venían de Chicago y estaban habituados al ajetreo de State Street y del bucle, un pájaro cantaba a la luz del atardecer.
—Nuestra casa —murmuró Rachel, contemplando la escena.
—Casa —dijo Gage desde su regazo, con aire de satisfacción.
Louis y Rachel se miraron. Los ojos de Eileen, reflejados en el retrovisor, se agrandaron.
—¿Tú has...?
—¿Él...?
—¿Lo ha...?
Hablaron los tres a la vez y los tres se echaron a reír. Gage, impasible, se chupaba el pulgar. Hacía casi un mes que decía «ma, ma, ma» y un par de veces había ensayado algo que sonaba como «pa, pa, pa», aunque quizá no fueran más que las ganas que Louis tenía de oírlo.
Pero esto, ya fuera casualidad o mimetismo, era una palabra de verdad. Casa.
Louis tomó a Gage del regazo de su esposa y lo abrazó.
Y así fue como los Creed llegaron a Ludlow.

2

En la memoria de Louis, aquel momento conservó siempre una cualidad mágica: quizá, en parte, porque fue mágico de verdad; pero, principalmente, porque el resto de la tarde fue caótico. Durante las tres horas siguientes, ni la magia ni la paz hicieron acto de presencia.
Louis había guardado las llaves meticulosamente (él era hombre ordenado y metódico) en un sobre de papel manila en el que había escrito: «Casa de Ludlow - llaves recibidas el 29 de junio», y las puso en la guantera del coche. Estaba completamente seguro. Y ahora las llaves no aparecían.
Mientras él las buscaba, con cierta impaciencia y su poco de ansiedad, Rachel se puso al niño en la cadera y siguió a Eileen hasta el árbol que había en el prado. Louis estaba mirando debajo de los asientos por tercera vez cuando su hija dio un grito y rompió a llorar.
—¡Louis! —llamó Rachel—. ¡La niña se ha hecho daño!
Eileen se había caído de un columpio hecho con una cámara de neumático y había dado con la rodilla en una piedra. Era sólo un arañazo, pero la chiquilla chillaba como el que acaba de perder una pierna, según pensó Louis (con muy poca caridad). Miró hacia la casa del otro lado de la carretera, en cuya sala se veía luz.
—Bueno, Ellie —dijo—. Ya basta. O los vecinos van a pensar que se está asesinando a alguien.
—¡Me dueleeee!
Louis, conteniéndose en silencio, se fue al coche. Las llaves habían desaparecido, pero el botiquín seguía en la guantera. Lo sacó y volvió junto a su familia. Eileen, al ver el estuche, gritó aún con más fuerza.
—¡No! ¡La cosa que pica, no! ¡La cosa que pica, no! ¡No, papá, no...!
—Eileen, la mercromina no pica...
—A ver si te portas como una chica mayor —dijo Rachel—. No es más que...
—No-no-no-no-noo...
—Si no te callas, será el culo lo que te pique —dijo Louis.
—Está cansada, Lou —murmuró Rachel.
—Sí —dijo Louis—; sé lo que es eso. Sostente la pierna.
Rachel dejó a Gage en el suelo y agarró la pierna de Eileen que Louis embadurnó de mercromina, a pesar de los chillidos histéricos de la pequeña.
—Alguien ha salido al porche de esa casa —dijo Rachel. Tomó en brazos a Gage, que había empezado a gatear por la hierba.
—Fantástico —murmuró Louis.
—Lou, la niña está...
—... cansada, ya lo sé. —Tapó el frasco y miró a su hija, muy serio—. Ya está. Y no ha dolido nada. Tienes que ser valiente, Ellie.
—¡Sí que duele! Dueleee...
A Louis se le iba la mano y se asió el muslo con fuerza.
—¿Tienes las llaves? —preguntó Rachel.
—No las encuentro —dijo Louis cerrando el estuche y poniéndose en pie... Ahora yo...
Gage empezó a gritar. No lloraba, sino que berreaba y se debatía en los brazos de Rachel.
—¿Qué tiene el niño? —gritó Rachel, casi echándoselo encima. Al parecer, pensaba Louis, ésta era una de las ventajas de haberse casado con un médico: cada vez que el crío se pone a morir, no tienes más que pasárselo a tu marido—. Louis, ¿qué...?
El niño se restregaba el cuello, chillando como un energúmeno. Louis lo puso boca abajo y vio que tenía un bulto blanco debajo de la oreja. Y vio algo más: en el tirante del mono había algo peludo que se agitaba ligeramente.
Eileen, que había empezado a calmarse, se puso a gritar otra vez: «¡Una abeja! ¡UNA ABEEEEJA!» Dio un salto atrás y tropezó con la misma piedra que le había desollado la rodilla, cayó sentada y empezó a llorar, del dolor y del susto.
«Voy a volverme loco —pensó Louis con extrañeza— ¡Auuuuuu!»
—¡Pero haz algo, Louis! ¿Es que no piensas hacer nada?
—Tiene que sacar el aguijón —dijo a su espalda una voz grave—. Es el truco. Sacar el aguijón y echarle un poco de levadura para bajar la hinchazón. —Pero la voz tenía un acento local tan cerrado que Louis, cansado y aturdido como estaba, no acertaba a traducir el dialecto: «Saca l'aguijong y ponel'le levaúra pabajá l'hinchazong.»
Louis volvió la cabeza y vio a un hombre robusto de unos setenta años, bien llevados, con mono de peto y camisa de algodón por la que asomaba un cuello surcado de profundos pliegues y arrugas. Tenía la cara tostada por el sol y fumaba un cigarrillo sin filtro. Cuando Louis le miró, el hombre aplastó el cigarrillo entre el pulgar y el índice y, pulcramente, se lo echó al bolsillo. Extendió las manos y sonrió con la boca torcida... y a Louis le gustó enseguida la sonrisa, aunque él no era hombre que se encariñara con las personas a primera vista.
—No crea que trato de enseñarle su oficio, doctor —dijo. Y así conoció Louis a Judson Crandall, el hombre que debió ser su padre.

3

Les vio llegar desde el otro lado de la calle, y venía a ver si podía ayudar en algo, porque le pareció que estaban «un poco agobiados», para usar su expresión. Mientras Louis mantenía al niño contra su hombro, Crandall se acercó, miró el bulto del cuello de Gage y extendió una mano maciza y deforme. Rachel abrió la boca para protestar —parecía una mano muy torpe y era casi tan grande como la cabeza de Gage—, pero antes de que ella pudiera articular palabra, los dedos del anciano habían hecho un movimiento certero, con tanta agilidad y precisión como los de un malabarista que hiciera pasear las cartas sobre los nudillos o escamoteara una moneda. Y ya estaba el aguijón en la palma de la mano.
—Es grande —comentó—. No diré yo de campeonato, pero muy desarrollado.
Louis se echó a reír.
Crandall le miró con su sonrisa torcida y dijo:
—Como una buena verga, ¿verdad?
—¿Qué dice, mamá? —preguntó Eileen con extrañeza, y también Rachel soltó la carcajada.
Era una falta de educación, desde luego, pero, en cierto modo, no estaba fuera de lugar.
Crandall sacó un paquete de Chesterfield Kings, se puso uno en la comisura de sus labios, surcados de arruguitas verticales, y movió la cabeza, complacido, mientras ellos se reían —hasta Gage hacía gorgoritos, a pesar de la picadura— y encendió una cerilla de madera con la uña del pulgar. «Los viejos tienen sus trucos —pensó Louis—. Son trucos pequeños, pero, algunos, muy buenos.»
Dejó de reír y extendió una mano, la que no sostenía el trasero de Gage: el húmedo trasero de Gage.
—Celebro conocerle, señor...
—Jud Crandall —dijo el otro estrechándole la mano—. Es usted el médico ¿no?
—Louis Creed. Rachel, mi esposa, mi hija, Ellie, y el del aguijón, Gage.
—Encantado de conocerles a todos.
—Perdóneme, perdónenos por habernos reído. Es que... estamos un poco cansados.
Volvió a entrarle la risa: la expresión no podía ser más floja. Él estaba reventado.
Crandall movió la cabeza.
—Es natural —dijo. Miró a Rachel—. ¿Quiere entrar un momento con los niños, señora Creed? Le pondremos al pequeño una compresa de levadura para refrescar la inflamación. Mi esposa se alegrará de poder saludarla. Casi no sale de casa. Desde hace un par de años la artritis le da muchas molestias.
Rachel miró a Louis y él asintió.
—Muy amable, Mr. Crandall.
—Oh, atiendo por Jud —dijo el hombre.
De pronto, sonó un fuerte bocinazo, un motor aminorando revoluciones y en el camino interior que conducía a la casa apareció, bamboleándose, el camión azul de las mudanzas.
—¡Santo Dios! —exclamó Louis—. Y las llaves que no aparecen.
—No se apure —dijo Crandall—. Yo tengo un juego. Me lo dieron los Cleveland, el matrimonio que vivía antes aquí. Oh, hace ya mucho tiempo, por lo menos catorce o quince años. Tuvieron la casa muchos años. Joan Cleveland era la mejor amiga de mi mujer. Murió hace dos años y Bill se mudó a un apartamento de una comunidad de ancianos de Orrington. Ahora mismo se las traigo. Al fin y al cabo, son suyas.
—Es muy amable, Mr. Crandall —dijo Rachel con sincero agradecimiento.
—No tiene importancia. Nos alegra mucho tener cerca a gente joven. Pero vigile a los niños, Mrs. Creed. Pasan muchos camiones por esa carretera.
Se oyeron chasquidos de puertas y los hombres de la mudanza que habían saltado del camión se acercaban a ellos.
Ellie se había alejado un trecho y dijo entonces:
—¿Qué es eso, papá?
Louis, que ya iba al encuentro de los hombres, volvió la cabeza. Al extremo del prado, donde empezaban los matorrales, se abría un sendero de un metro de ancho, muy bien recortado, que subía por la ladera, sorteando unos arbustos y se perdía de vista tras un bosquecillo de abedules.
—Es un camino —dijo Louis.
—Ah, sí —sonrió Crandall—. Algún día te diré adonde lleva ese camino, jovencita. ¿Ahora quieres que curemos a tu hermano?
—Sí —dijo Ellie, y añadió, ilusionada—: ¿Pica la levadura?

4

Cuando Crandall volvió con las llaves, Louis ya había encontrado las suyas. El sobre se había introducido detrás del salpicadero por una rendija que quedaba en lo alto de la guantera. Louis lo sacó y abrió la puerta a los encargados de la mudanza. Crandall le entregó el otro juego, que estaba mate y áspero al tacto. Louis le dio las gracias y se lo guardó en el bolsillo con aire distraído, mientras observaba a los hombres que entraban en la casa con las cajas, cómodas, mesitas y demás enseres acumulados en doce años de matrimonio. Allí, fuera de su lugar habitual, parecían más pequeños e insignificantes. «Un montón de trastos», pensó y de pronto se sintió triste y deprimido; seguramente, aquello era lo que la gente llamaba nostalgia del hogar.
—Arrancados y trasplantados —dijo Crandall a su lado, y Louis se sobresaltó.
—Parece conocer la sensación —dijo.
—Pues no es así. —Crandall encendió un cigarrillo. ¡Chas! hizo el fósforo, brillando vivamente a la luz del atardecer—. Esa casa de ahí enfrente la construyó mi padre. Aquí trajo a vivir a su mujer y aquí dio a luz ella. Y el niño que tuvo era yo. Fue en el mil novecientos.
—Entonces usted tiene...
—Ochenta y tres —dijo Crandall, y Louis se alegró de que no añadiera: «pero me siento como un muchacho». Le reventaba la frase.
—Parece mucho más joven.
Crandall se encogió de hombros.
—Lo cierto es que he pasado aquí toda mi vida. Me alisté cuando entramos en la Gran Guerra, pero lo más cerca que llegué de Europa fue Bayonne, en Nueva Jersey. Un lugar infecto. Ya lo era en 1917. Con que me alegré de volver. Me casé con mi Norma, estuve trabajando en el ferrocarril y aquí sigo. Pero he visto muchas cosas de Ludlow. Muchas cosas.
Los hombres de la mudanza se pararon junto a la puerta del cobertizo, con el canapé de la cama de matrimonio.
—¿Dónde va esto, Mr. Creed?
—Arriba... Un momento, yo les indicaré. —Echó a andar, se detuvo y miró a Crandall.
—Adelante —dijo Crandall sonriendo—. Yo voy a ver cómo está su familia. Luego se los envío. Ahora será mejor despejar el terreno. Pero una mudanza da sed. Yo acostumbro a sentarme en el porche, a eso de las nueve, con un par de cervezas. Me gusta ver llegar la noche en el verano. A veces, Norma se sienta conmigo. Acérquese, si le apetece.
—Puede que vaya —dijo Louis, decidido a no hacerlo. La inmediata sería una consulta de confianza sobre la artritis de Norma (y gratis) en el porche. Le gustaba Crandall, le gustaba su sonrisa torcida, su franqueza y hasta su acento y su manera de arrastrar las sílabas. Buena persona, pensó Louis; pero los médicos suelen desconfiar de la gente. Era una lata, hasta tus mejores amigos acaban pidiéndote consejo profesional. Y con los viejos es el cuento de nunca acabar—. De todos modos, no se quede esperándome. Llevamos un día muy pesado.
—Sólo quería que supiera que no necesita invitación por escrito —dijo Crandall. Y había algo en su sonrisa ladeada que hizo comprender a Louis que el viejo sabía lo que él estaba pensando.
Siguió con la mirada al hombre durante unos momentos, antes de reunirse con los de la mudanza. Crandall andaba con soltura, como si tuviera sesenta años en lugar de ochenta y tantos. Louis sintió una primera y leve oleada de afecto.

5

A las nueve, los de las mudanzas se habían marchado ya. Ellie y Gage, exhaustos, dormían en sus nuevas habitaciones; Gage, en la cuna y Ellie en un colchón puesto en el suelo, con una montaña de cajas a los pies: sus innumerables lápices, nuevos, gastados o rotos, sus pósters de Barrio Sésamo, sus libros de cuentos, sus vestidos y sabe Dios cuántas cosas más. Y, cómo no, allí estaba también Church, roncando levemente. Aquel ligero gruñido era lo más parecido a un ronroneo que era capaz de emitir el gatazo.
Antes, Rachel había recorrido la casa de arriba abajo con Gage en brazos, tratando de localizar dónde Louis había mandado colocar cada cosa, y haciéndolo cambiar todo de sitio. Louis no había extraviado el cheque: seguía en el bolsillo del pecho, junto con los cinco billetes de diez dólares que había apartado para la propina. Cuando, por fin, el camión quedó vacío, él entregó el cheque y el dinero, correspondió a las gracias con un movimiento de cabeza, firmó el recibo y desde el porche los vio ir hacia el camión. Probablemente, pararían en Bangor a tomar unas cervezas para refrescarse. También a él le caerían bien un par de cervezas. Eso le hizo pensar otra vez en Jud Crandall.
Él y Rachel se sentaron a la mesa de la cocina. Ella tenía ojeras.
—Tú, a la cama —le dijo.
—¿Órdenes del médico? —preguntó Rachel, sonriendo levemente.
—Sí.
—De acuerdo —dijo ella, poniéndose en pie—. Estoy molida. Y es posible que Gage se despierte esta noche. ¿Vienes?
Él titubeó.
Todavía no. Ese viejo del otro lado de la calle...
—Carretera. En el campo se dice carretera. Aunque probablemente Judson Crandall dirá carreteeyra.
—Pues entonces, del otro lado de la carreteeyra. Me invitó a tomar una cerveza y me parece que voy a aceptar la invitación. Estoy cansado, pero me parece que la excitación no me dejaría dormir.
—Acabarás preguntando a Norma Crandall dónde le duele y cómo es el colchón de su cama —sonrió Rachel.
Louis se echó a reír, pensando que era gracioso —gracioso y alarmante— que una mujer pudiese leerte el pensamiento de ese modo, al cabo de unos cuantos años.
—Él vino cuando le necesitábamos —dijo—. Si yo puedo hacerle un favor...
—¿Hoy por ti, mañana por mí?
Él se encogió de hombros. Ni quería ni hubiera sabido explicarle por qué Crandall le había causado tan buena impresión.
—¿Qué tal la mujer?
—Muy cariñosa —dijo Rachel—. Tomó en brazos a Gage y él no protestó, a pesar de que ha tenido un día muy malo y tú ya sabes que, ni aun en las mejores circunstancias, le hacen gracia las personas extrañas. Y a Eileen le dejó una muñeca para que jugara.
—¿Y cómo te ha parecido que está de la artritis?
—Muy mal.
—¿En silla de ruedas?
—No..., pero anda muy despacio y tiene los dedos así. —Rachel curvó sus finos dedos. Louis asintió—, pero no tardes, Lou. Las casas extrañas me dan escalofríos.
—Pronto dejará de ser una casa extraña —dijo Louis, dándole un beso.

6

Cuando Louis regresó, se sentía un poco avergonzado. Nadie le había pedido que examinara a Norma Crandall; cuando él cruzó la calle (la carreteeyra, rectificó, sonriendo), la buena señora ya se había acostado. Jud era una silueta borrosa detrás de la tela mosquitera que cubría el porche. Se oía el sosegado roce de una mecedora sobre linóleo. Louis golpeó la puerta que repicó suavemente en el marco. La brasa del cigarrillo brillaba, fosforescente, como una luciérnaga grande y apacible. A través de un aparato de radio con el volumen bajo se oía una retransmisión deportiva. Todo ello produjo a Louis la extraña sensación de que entraba en su casa.
—Hola, doctor —dijo Crandall—. Me figuré que sería usted.
—Supongo que lo de la cerveza iba en serio —dijo Louis al entrar.
—Tratándose de cerveza, yo nunca miento —dijo Crandall—. El que miente al hablar de cerveza se hace enemigos. Siéntese, doctor. Puse un par de latas más en hielo, por si acaso.
El porche era largo y estrecho y estaba amueblado con sillones y otomanas de roten. Louis se sentó en un sillón y notó con sorpresa que era muy cómodo. A mano izquierda tenía un cubo con hielo y varias latas de Black Label. Tomó una.
—Gracias —dijo al abrirla—. Los dos primeros tragos le cayeron en la garganta como una bendición.
—No hay de qué —dijo Crandall—. Deseo que sean muy felices aquí, doctor.
—Amén.
—Si quiere unas galletas o algo de comer se lo traigo. Tengo un pedazo de queso que estará en su punto.
—Gracias, pero la cerveza será suficiente.
—De acuerdo, pues, nos dedicaremos a la cerveza. —Crandall eructó, satisfecho.
—¿Su esposa se acostó ya? —preguntó Louis, sin conseguir explicarse por qué estaba dándole pie.
—Sí. Unas veces se queda y otras, no.
—¿Es muy dolorosa su artritis?
—¿Sabe de algún caso que no lo sea? —preguntó Crandall.
Louis movió negativamente la cabeza.
—Será tolerable, imagino —dijo Crandall—. Ella no se queja. Buena muchacha mi Norma. —Había en su voz un afecto sincero y profundo. Por la carretera 15 pasó un camión-cisterna. Era tan grande y tan largo que, durante un momento, Louis no pudo ver su casa. En un rótulo pintado en el costado del camión, a la luz del crepúsculo, se leía: ORINCO.
—Vaya armatoste —comentó Louis.
—La Orinco está cerca de Orrington —dijo Crandall—. Es una fábrica de fertilizantes. Están todo el día arriba y abajo. Y luego, los de la gasolina, y los volquetes, y los que van a trabajar a Bangor o a Brewer y regresan a casa por la noche. —El viejo movió la cabeza—. Eso es lo único que no me gusta de Ludlow. Esa condenada carretera. Mucho ruido. Noche y día. A veces despiertan a Norma. Y hasta a mí, y eso que yo duermo como un leño.
Louis que, después del constante estrépito de Chicago, percibía en aquellos extraños parajes de Maine una paz casi imponente, se limitó a mover la cabeza.
—Cualquier día los árabes cerrarán la espita y entonces se podrán cultivar violetas africanas en la misma raya amarilla.
—Tal vez tenga razón. —Louis se llevó la lata a los labios y se sorprendió de encontrarla vacía.
—Ande, doctor, reengánchese —rió Crandall.
Louis vaciló y dijo:
—De acuerdo, pero sólo una. Tengo que marcharme pronto.
—Lo comprendo. ¿No es un trajín eso de la mudanza?
—Lo es —convino Louis, y los dos hombres quedaron en silencio. Era un silencio grato, como si se conocieran de mucho tiempo. Era una sensación sobre la que Louis había leído en los libros, pero nunca experimentado. Ahora se sentía avergonzado de haber pensado con tanta ligereza lo de la visita del médico gratis.
Por la carretera pasó zumbando una camioneta lanzando destellos con los faros, como una estrella a ras de tierra.
—Dichosa carretera —remachó Crandall, pensativo, casi ausente. Luego, se volvió a mirar a Louis con una peculiar sonrisa en sus labios surcados de fisuras. Insertó un Chesterfield en un ángulo de la sonrisa y encendió un fósforo con la uña del pulgar—, ¿Se acuerda del sendero que vio la niña?
De momento, Louis no supo de qué le hablaba.
Antes de quedarse dormida, Ellie había hablado de un montón de cosas. Luego, recordó. Aquella senda bien recortada que serpenteaba cuesta arriba, rodeando el bosquecillo.
—Sí; usted le prometió explicarle adonde lleva.
—Se lo prometí y se lo diré —respondió Crandall—. El camino atraviesa unos dos kilómetros y medio de bosque. Los chiquillos que viven cerca de la carretera 15 y de Middle Drive lo cuidan bien porque son ellos los que lo usan. Pero los chicos se renuevan... Ahora la gente se muda con más frecuencia que cuando yo era joven; entonces uno elegía un sitio y allí se quedaba. Aunque ellos se lo dicen unos a otros y cada primavera una pandilla corta la hierba del camino y lo mantiene limpio durante todo el verano. No todos los mayores de por aquí saben que existe, muchos sí, pero no todos, quiá. Pero los crios sí, ya lo creo.
—¿Ellos saben adonde lleva?
—Sí; al cementerio de animales.
—El cementerio de animales —repitió Louis, desconcertado.
—No es tan extraño como parece —dijo Crandall, fumando y meciéndose—. Es esa carretera, que se lleva a cantidad de animales. La mayoría, perros y gatos, pero también a otros. Un camión de la Orinco atropelló al mapache domesticado de los pequeños Ryder. Eso fue..., ¡caray!, debió de ser en el setenta y siete o tal vez antes. Desde luego, antes de que las autoridades prohibieran tener en casa a mapaches y zorrillos.
—¿Por qué lo prohibieron?
—Por la rabia —dijo Crandall—. Hay muchos casos de rabia en el Maine. Un viejo San Bernardo pilló la rabia hace un par de años en la zona sur del estado y mató a cuatro personas[1]. Si esos estúpidos se hubieran preocupado de vacunar al perro, no habría ocurrido eso. Pero a un mapache o a un zorrillo no siempre le toma la vacuna, ni aunque se la pongas dos veces al año. El mapache de los chicos Ryder era muy cariñoso. Estaba la mar de lúcido, y se te acercaba y te lamía la cara lo mismo que un perro. El padre hasta lo llevó al veterinario para que lo capara y le quitara las zarpas. Eso debió de costarle un riñón.
»Ryder trabajaba en la IBM de Bangor. La familia se trasladó a Colorado hace cinco años... o tal vez seis. Tiene gracia pensar que esos arrapiezos pronto tendrán edad para sacar el carnet de conducir. ¿Que si les dolió lo del mapache? ¡Ya lo creo! Matty Ryder estuvo llorando tanto tiempo que su madre se asustó y pensó en llevarlo al médico. Supongo que ya se le habrá pasado el disgusto, pero esas cosas no se olvidan. Cuando un buen animal es atropellado en la carretera, eso a un chaval no se le olvida.
Louis pensó en Ellie y la recordó tal como la viera aquella noche, profundamente dormida con Church ronroneando al pie del colchón.
—Mi hija tiene un gato —dijo—. Winston Churchill. Le llamamos Church para abreviar.
—¿Y le cuelga algo al andar?
—¿Cómo dice? —Louis no tenía ni idea de lo que quería decir el hombre.
—Que si aún tiene las bolas o está operado.
—No —dijo Louis—. No; no está operado.
A decir verdad, en Chicago habían tenido sus más y sus menos a este respecto. Rachel quería que caparan a Church y hasta pidió hora al veterinario. Pero Louis la anuló. Aún no sabía por qué. No fue por algo tan simple y estúpido como equiparar su propia virilidad a la del gato de su hija, ni porque le irritara pensar que había que castrar a Church para evitarle a la gorda de la vecina la molestia de asegurar la tapadera del cubo de la basura a fin de que Church no pudiera tirarla con la pata para investigar su contenido. Ambas razones contribuyeron, sí; pero, sobre todo, estaba la vaga pero firme aversión a privar a Church de algo que Louis consideraba valioso: a poner en los verdes ojos del gato la mirada del pasota. Finalmente, Louis hizo ver a Rachel que, puesto que se iban a vivir al campo, aquello ya no tenía por qué ser un inconveniente. Y ahora Judson Crandall le salía con que la vida en el campo requería tomar precauciones respecto a la carretera 15 y con que si Church estaba operado. Un poco de filosofía, doctor Creed, es buena para la circulación.
—Yo lo haría operar —dijo Crandall aplastando el cigarrillo entre el índice y el pulgar—. Un gato capado no sale tanto a vagabundear. Pero si anda siempre cruzando de un lado al otro, un día se le acabará la suerte y tendrá que ir a hacer compañía al mapache de los chicos Ryder, al negro cocker de Timmy Dressler y al loro de Mrs. Bradleigh. Y no es que al loro lo atropellaran, pero un día amaneció patas arriba.
—Lo pensaré —dijo Louis.
—Piénselo. —Crandall se puso en pie—. ¿Cómo va la cerveza? Me parece que será mejor que saque el queso, después de todo.
—La cerveza se acabó —dijo Louis levantándose a su vez—. Y yo me marcho. Mañana me espera un día de mucho trabajo.
—¿Empieza en la universidad?
Louis asintió.
—Los chicos no irán hasta dentro de dos semanas, pero, para entonces, ya tengo que saber en qué consiste mi trabajo, ¿no le parece?
—Sí. Puede tener problemas, si no sabe dónde están las píldoras. —Crandall le tendió la mano y Louis se la estrechó, aunque sin apretar, pensando que los huesos viejos duelen enseguida—. Venga cualquier noche —dijo—. Quiero que conozca a mi Norma. Me parece que le caerá usted bien.
—Así lo haré —dijo Louis—. Me alegro de haberle conocido, Jud.
—Lo mismo digo. Ya verá cómo se aclimatan enseguida. Y hasta puede que se queden una buena temporada.
—Eso espero.
Louis recorrió el sendero de losas desiguales y salió a la carretera. Allí tuvo que pararse porque pasaba otro camión, seguido de una pequeña caravana de cinco coches, en dirección a Bucksport. Luego, alzando la mano en señal de saludo, cruzó la calle (la "carreteeyra", rectificó de nuevo mentalmente) y entró en su nueva casa.
Dentro reinaba la quietud del sueño. Ellie ni se había movido, y Gage seguía en su cuna, durmiendo al estilo Gage, boca arriba, con los brazos extendidos sobre la cabeza y las piernas abiertas, y el biberón al alcance de la mano. Louis se quedó mirando a su hijo y sintió que se le llenaba el corazón de un cariño tan fuerte que hasta le dio un poco de miedo. Pensó que en parte se debería a que condensaba en el pequeño el afecto que antes sintiera hacia lugares y personas de Chicago que habían desaparecido de su horizonte, borrados por los kilómetros como si nunca hubieran existido. «Ahora la gente se muda con más frecuencia... Antes uno elegía un sitio y allí se quedaba.» Tenía razón.
Se acercó al niño y, puesto que nadie le veía, ni siquiera Rachel, se besó las yemas de los dedos y, pasando la mano a través de los barrotes de la cuna, rozó ligeramente la mejilla de Gage.
El niño suspiró y se puso de lado.
—Que duermas bien, hijo —dijo Louis.
*  *  *
Louis se desnudó con precaución y se acostó en su mitad de la cama que, provisionalmente, no era más que un colchón en el suelo. Sintió que iba mitigándose la tensión del día. Rachel no se movió. Las cajas, aún sin vaciar, parecían fantasmas al acecho.
Antes de intentar conciliar el sueño, Louis se incorporó en la cama apoyándose en un codo y miró por la ventana. La habitación estaba en la parte de delante y desde allí podía ver la casa de los Crandall, al otro lado de la carretera. Estaba muy oscuro y no se distinguían los detalles, pero sí la brasa del cigarrillo. «Sigue levantado —pensó—. Seguramente, se acostará muy tarde. Los viejos suelen padecer insomnio. Como si montaran guardia.»
«¿Guardia contra qué?»
Pensando en esto, Louis se quedó dormido. Soñó que estaba en Disney World y conducía una reluciente furgoneta blanca con una cruz roja en el costado. A su lado iba Gage que, en el sueño, tenía ya unos diez años. Church le miraba con sus brillantes ojos verdes desde encima del salpicadero. Fuera, en Main Street, junto a la estación de ferrocarril fin de siglo, Mickey Mouse daba la mano a los niños que se apiñaban a su alrededor. Las manos pequeñas y confiadas de la chiquillería desaparecían dentro del enorme guante de cartón blanco.

7

Las dos semanas siguientes fueron de mucho ajetreo para la familia. Ante Louis empezaban a perfilarse las funciones de su nuevo cargo (pero cuando convergieran en el campus diez mil estudiantes, entre los que habría cantidad de drogadictos y alcohólicos, inadaptados, depresivos, un buen puñado de anoréxicos —la mayoría, chicas— y algunos, con nostalgia del hogar paterno del que habrían salido ahora por primera vez en su vida..., entonces su trabajo tomaría otro cariz). Y, mientras Louis se familiarizaba con su labor de jefe de los Servicios Médicos de la Universidad, Rachel hacía lo propio con su nueva vivienda. Y, entretanto, ocurrió algo que Louis deseaba fervorosamente: ella se enamoró de la casa.
Gage andaba muy atareado sufriendo los coscorrones y batacazos que comportaba el acostumbrarse al nuevo entorno y, durante algún tiempo, su reposo nocturno sufrió un grave trastorno, pero hacia mediados de la segunda semana ya volvía a dormir toda la noche de un tirón. Únicamente Ellie, que veía acercarse el día en que tendría que empezar a ir al nuevo parvulario, parecía estar siempre sobreexcitada y en ascuas. A la menor nimiedad, le entraba la risita loca, o una depresión menopáusica, o agarraba unas rabietas impresionantes. Rachel decía que la niña superaría aquel nerviosismo tan pronto como descubriera que la escuela no era el coco que ella imaginaba, y Louis estaba de acuerdo con Rachel. Casi siempre, Ellie seguía siendo lo que siempre había sido: un encanto de criatura.
La cerveza nocturna en casa de Crandall se había convertido en un hábito para Louis. Cuando Gage empezó a dormir bien otra vez, Louis tomó la costumbre de llevar su propia caja de seis latas a casa de su vecino cada dos o tres noches. Conoció a Norma Crandall, una mujer muy agradable que sufría artritis reumática, esa pesadilla que amarga la existencia de tantos hombres y mujeres de edad avanzada que, por lo demás, están sanos; pero se mantenía animosa. No se rendía al dolor; nada de banderas blancas. A ver si podía con ella. Louis calculó que le quedaban entre cinco y siete años soportables.
Actuando contra su costumbre, Louis la examinó por propia iniciativa, repasó las recetas extendidas por el médico que la trataba y comprobó que no había nada que objetar. Se sentía un poco decepcionado por no poder proponer alguna sugerencia, pero el doctor Weybridge llevaba bien el caso, dentro de lo que cabía, salvo complicaciones, desde luego. Las cosas hay que tomarlas como vienen, o acabas encerrado en un cuartito escribiendo cartas a la familia con un lápiz.
Rachel la apreciaba, y las dos mujeres sellaron su amistad intercambiando recetas de cocina como los chicos intercambian cromos de béisbol, empezando con la tarta de manzana de Norma Crandall y por el buey stroganoff de Rachel. Norma se encariñó con los dos pequeños Creed, especialmente con Ellie, quien, según ella, iba a ser toda una belleza «a la antigua». Por lo menos, no dijo que Ellie sería «una preciosidad de pimpollo», comentó Louis aquella noche. Rachel se echó a reír con tanta fuerza que soltó una ventosidad y entonces las carcajadas de los dos despertaron a Gage.
Llegó el día en que Ellie debía empezar a ir al parvulario. Louis, que ya estaba al corriente de su cometido en la enfermería y dominaba el funcionamiento de las instalaciones médicas de la universidad, se tomó un día de permiso. (Además, la enfermería estaba vacía; la última paciente, una estudiante del curso de verano que se había roto una pierna en las escaleras de la Asociación de Estudiantes, había sido dada de alta la semana anterior.) Estaba en el jardín, al lado de Rachel, con Gage en brazos, cuando el gran autobús amarillo dobló la esquina de Middle Drive y paró frente a la casa. La puerta de delante se abrió doblándose por la mitad, y una algarabía de voces infantiles salió al aire tibio de septiembre.
Ellie se volvió a mirarles como preguntando si no existiría el medio de evitar aquel paso, y quizá lo que vio en sus rostros la convenció de que ya era tarde y que, después de aquel primer día, habría comenzado un proceso irreversible, como el de la artritis de Norma Crandall. La niña subió al autobús, que cerró sus puertas con un resoplido de dragón. Cuando el vehículo arrancó, Rachel se echó a llorar.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Louis. Él no lloraba. Porque se aguantaba las ganas—. Sólo es medio día.
—¿Y te parece poco medio día? —preguntó Rachel con irritación, llorando con más fuerza. Louis la atrajo hacia sí y Gage los abrazó a los dos por el cuello. Normalmente, cuando Rachel lloraba, Gage la imitaba, pero esta vez no. «Nos tiene a los dos para él solo —pensó Louis—, y el muy bandido lo sabe.»
*  *  *
Esperaron el regreso de Ellie con cierta zozobra, mucho café y constantes cábalas sobre lo que estaría haciendo la niña. Louis se fue al cuarto de atrás, donde pondría su estudio, y estuvo revolviendo papeles sin ton ni son. Rachel empezó a preparar el almuerzo mucho más temprano de lo habitual.
Cuando, a las diez y cuarto, sonó el teléfono, Rachel se lanzó a contestar con un entrecortado: «¿Diga?», antes de que se oyera la segunda señal y Louis se asomó a la puerta de su estudio, seguro de que quien llamaba era la maestra de Ellie, para decirles que la niña no podía seguir, que el estómago de la enseñanza pública no la asimilaba y la devolvía. Pero era Norman Crandall: Jud había recogido ya todo el maíz y podían disponer de una docena de mazorcas, si querían. Louis fue a recogerlas con una cesta de la compra y regañó a Jud por no haber permitido que le ayudara a arrancarlas.
—De todos modos, la mayoría no valen una mierda —dijo Jud.
—Te agradeceré que evites esas expresiones cuando yo esté delante —dijo Norma, que sacaba al porche una vieja bandeja de Coca-Cola con unos vasos de té helado.
—Lo siento, amor mío.
—¡Qué vas a sentir! —dijo Norma haciendo una mueca de dolor al sentarse.
—Vi a Ellie subir al autobús —dijo Jud encendiendo un Chesterfield.
—Ya verás cómo le gusta la escuela —dijo Norma—. Casi siempre ocurre así.
«Casi», pensó Louis lúgubremente.
* * *
Pero a Ellie le gustó. Regresó a casa a mediodía radiante de felicidad. El viento hinchaba la falda de su vestido azul, estrenado el primer día de colegio, dejando al descubierto sus magulladas rodillas (y traía una herida nueva que habría que admirar). Traía en la mano un dibujo de dos niños, o tal vez dos perchas, un zapato desabrochado, un lazo menos en el pelo y gritaba: «¡Hemos cantado El viejo MacDonald! ¡Mamá! ¡Papá! ¡Hemos cantado El viejo MacDonald! ¡Igual que en el otro colegio!»
Rachel miró a Louis, que estaba sentado junto a la ventana, con Gage en las rodillas. El niño estaba a punto de quedarse dormido. Había en la mirada de Rachel una sombra de tristeza y, aunque ella volvió la cara casi enseguida, Louis sintió una punzada de pánico terrible. «Realmente, nos hacemos viejos —pensó—. Es verdad. No nos escapamos. Ellie va para arriba... y nosotros para abajo.»
Ellie corrió hacia él, tratando de enseñarle el dibujo y el nuevo arañazo y de contarle lo de El viejo MacDonald y Mrs. Berryman al mismo tiempo. Church se le cruzaba entre las piernas ronroneando de entusiasmo. Era casi un milagro que Ellie no tropezara con él.
—Sssh —hizo Louis al darle un beso. Gage, ajeno a la conmoción, acababa de quedarse dormido—. Déjame que acueste al niño y luego me lo cuentas.
Louis empezó a subir la escalera con el niño en brazos. Por la ventana entraban los oblicuos rayos del cálido sol de septiembre. Al llegar al rellano, se detuvo, helado, presa de un siniestro presagio de horror y tinieblas. Miró en derredor, preguntándose qué era lo que podía habérselo provocado. Oprimió al niño con más fuerza, estrujándolo casi, y Gage se debatió protestando. Louis sentía la piel de gallina en los brazos y la espalda.
«¿Qué pasa?», se preguntó, aturdido y asustado. El corazón le galopaba. Sentía el cuero cabelludo frío y encogido y percibía la descarga de adrenalina detrás de los ojos. El ojo humano se sale realmente de la órbita con el miedo; eso lo sabía él. No es que uno los abra más de lo normal, sino que se proyectan hacia afuera al aumentar la presión sanguínea y la presión hidrostática de los fluidos craneales. «¿Qué diablos pasa aquí? ¿Fantasmas? Dios, es como si algo me hubiera rozado aquí, en esta escalera, algo que casi he visto.»
Abajo, la puerta mosquitera repicó en el marco.
Louis Creed se sobresaltó y casi lanzó un grito. Luego, se rió. Aquello era, sencillamente, una de esas lagunas frías por las que a veces cruza la mente, ni más ni menos. Una fuga momentánea. Cosas que pasan, eso. ¿Qué le dijo Scrooge al fantasma de Jacob Marley? «Tal vez no seas más que una patata medio cruda. Eres más fantoche que fantasma.» Y, en esto, Charles Dickens acertaba más de lo que él mismo imaginaba. Los fantasmas no existían; por lo menos, que él supiera. En el ejercicio de su profesión, Louis había certificado la defunción de dos docenas de personas, y nunca sintió pasar un alma.
Llevó a Gage a su habitación y lo dejó en la cuna. Pero, mientras arropaba a su hijo, un escalofrío le recorrió la espalda y de pronto se acordó de la «tienda» de su tío Carl. Porque allí no se exhibían coches relucientes, ni televisores con los más modernos dispositivos, ni lavavajillas con parte delantera de cristal para que uno pudiera contemplar los mágicos aclarados. Allí todo eran cajas con la tapa levantada, iluminadas cada una por un foco bien camuflado. El hermano de su padre tenía una funeraria.
«¡Dios del cielo! ¿A qué viene esa sensación de horror? ¡Vamos, reacciona, hombre! ¡Déjate de monsergas!»

8

Aquel sábado, cuando Ellie había terminado su primera semana de colegio y estaba a punto de empezar el curso de la universidad, Jud Crandall cruzó la carretera y se acercó a la familia Creed que estaba sentada en el jardín. Ellie acababa de bajar de la bicicleta y bebía un vaso de té helado. Gage gateaba por la hierba, examinando insectos y tal vez comiéndose alguno que otro. Gage no era exigente en la selección de sus fuentes de proteínas.
—Hola, Jud —dijo Louis poniéndose en pie—. Te traeré una silla.
—No hace falta. —Jud llevaba jeans, camisa de algodón a cuadros y unas botas verdes. Mirando a Ellie, dijo—: ¿Aún quieres saber adonde lleva ese camino, Ellie?
—¡Sí! —dijo la niña, levantándose de un salto, con los ojos brillantes—. George Buck me dijo en la escuela que iba al cementerio de las mascotas y yo se lo conté a mamá, pero ella dice que será mejor que me lleves tú, porque sabes dónde es.
—Y tiene razón —dijo Jud—. Si no tenéis inconveniente, nos iremos dando un paseo. Pero debes ponerte botas. Hay bastante barro en ese camino.
Ellie corrió hacia la casa.
Jud la siguió con una mirada afectuosa y divertida.
—¿Nos acompañas, Louis?
—Encantado. —Louis miró a Rachel—. ¿Vienes tú, cariño?
—¿Y Gage? Tengo entendido que hay que andar más de dos kilómetros.
—Lo llevaré en la sillita-mochila.
—De acuerdo —rió Rachel—. Pero la espalda es suya, jefe.
*  *  *
Salieron diez minutos después, todos calzados con botas, excepto Gage, que iba colgado de los hombros de su padre, mirándolo todo con ojos redondos. Ellie correteaba delante, persiguiendo mariposas y recogiendo flores.
La hierba del prado estaba muy alta; les llegaba casi por la cintura, y había mucha vara de oro, ese heraldo de finales del verano que todos los años viene anunciando el otoño. Pero aquel día no se advertía en el aire ni asomo del otoño; el sol era todavía de agosto, a pesar de que, según el calendario, llevaban ya casi dos semanas de septiembre. Cuando llegaron a lo alto de la primera cuesta, andando a buen paso por el recortado sendero, Louis tenía manchas de sudor en la camisa, en la zona de las axilas.
Jud hizo un alto. Al principio, Louis pensó que el viejo se había quedado sin aliento, pero luego reparó en el panorama que se ofrecía detrás.
—No está mal la vista, ¿eh? —dijo Jud poniéndose una ramita de tomillo entre los dientes. Louis pensó que la frase era todo un compendio de la sobriedad de expresión yanqui.
—Es soberbio —susurró Rachel, y miró acusadoramente a Louis—. ¿Cómo no me habías dicho nada de esto?
—Es que no sospechaba que estuviera aquí —dijo Louis, un poco avergonzado. Se hallaban dentro de los límites de su propiedad y hasta aquel momento él no se había molestado en subir hasta la cima de la colina que estaba detrás de la casa.
Ellie se había adelantado un buen trecho. Ahora volvía sobre sus pasos, contemplando la vista con franca admiración. Church trotaba suavemente, casi pegado a sus talones.
La colina no era alta, ni falta que hacía. Por el este, un espeso bosque tapaba la vista; pero, hacia el oeste, el terreno descendía mansamente, pintado de los tonos dorados de los últimos días del verano. Todo estaba quieto, brumoso, apacible. Ni siquiera pasaba por la carretera un camión de la Orinco que turbara el silencio.
Lo que tenían ante sus ojos era la cuenca del río, desde luego, el Penobscot, por el que antaño los leñadores hacían descender los troncos desde el nordeste hasta Bangor y Derry. Pero ellos estaban un poco al sur de Bangor y al norte de Derry. El río bajaba anchuroso y apacible, como sumido en su propio sueño. Louis distinguió Hampden y Winterport a lo lejos y, en la margen de este lado, se adivinaba el sinuoso trazado de la carretera 15 que seguía el curso del río casi hasta Bucksport. Más allá del río, festoneado de árboles frondosos, se extendían los campos, surcados de caminos y carreteras. La esbelta torre de la iglesia baptista de North Ludlow asomaba entre un grupo de viejos olmos y, a la derecha, se veía el achaparrado edificio de ladrillo de la escuela de Ellie.
En el cielo, unas nubes blancas se movían perezosamente hacia la línea del horizonte de un azul desvaído. Y, por todas partes, la tierra, que por estas fechas de las postrimerías del verano ya había rendido sus frutos, aparecía dormida pero no muerta, y tenía un inverosímil color marrón encendido.
—Soberbio es la palabra justa —dijo Louis al fin.
—Antiguamente la llamaban la Colina del Mirador —dijo Jud. Se puso un cigarrillo en la comisura de los labios, pero no lo encendió—. Algunos de los viejos aún la llaman así, pero ahora que ha llegado tanta gente joven, el nombre está casi olvidado. No creo que haya muchos que conozcan este sitio. No parece que la vista pueda ser nada extraordinaria, porque la colina no es muy alta. Pero se ve... —Extendió el brazo en un amplio ademán y quedó en silencio.
—Se ve toda la región —dijo Rachel en voz baja, intimidada. Miró a Louis—. Cariño, ¿es nuestro este sitio?
Y, antes de que Louis pudiera contestar, Jud dijo:
—Está dentro de la propiedad, desde luego.
Lo cual, según pensó Louis, no era lo mismo.
*  *  *
Hacía más fresco en el bosque, tal vez cinco o seis grados menos. El sendero seguía siendo ancho, estaba jalonado de tiestos y latas de café con flores —marchitas, la mayoría— y alfombrado de agujas de pino. Habían recorrido medio kilómetro, ahora cuesta abajo, cuando Jud llamó a Ellie, que había vuelto a adelantarse.
—Éste es un paseo muy bonito para una niña —le dijo cariñosamente—, pero, quiero que prometas a tus padres que cuando vengas por aquí no te saldrás del camino.
—Lo prometo —dijo Ellie con rapidez—. ¿Por qué?
Jud miró a Louis, que se había parado a descansar. El acarrear a Gage, incluso a la sombra de aquellos viejos abetos, era trabajo duro.
—¿Sabes dónde estamos? —preguntó Jud.
Louis repasó mentalmente todas las respuestas posibles y fue desestimándolas una a una: Ludlow, Ludlow Norte, detrás de mi casa, entre la carretera 15 y Middle Drive. Movió la cabeza.
Jud señaló por encima de su hombro con el pulgar.
—Por ahí está todo —dijo—. La ciudad y demás. Por aquí, sólo bosques y más bosques en un radio de más de ochenta kilómetros. Lo llaman los bosques de Ludlow Norte, pero abarcan una punta de Orrington, parte del término de Rockford y llegan hasta esas tierras del gobierno que los indios reclaman. Sé que parece extraño que vuestra hermosa casita, situada al pie de la carretera principal, con su teléfono, su luz eléctrica y su televisión por cable, linde con bosques vírgenes, pero así es. —Volvió a mirar a Ellie—. Lo que quiero decir es que no debes andar vagando por ahí, Ellie. Podrías perderte y sabe Dios dónde irías a parar.
—No lo haré, Mr. Crandall. —Ellie estaba impresionada, y hasta intimidada, pero no asustada, según advirtió Louis. Rachel, sin embargo, miraba a Jud con gesto de preocupación, y el propio Louis se sentía un poco intranquilo. Lo atribuyó al instintivo temor que la gente de ciudad experimenta hacia los bosques. Hacía más de veinte años, desde su época de "boy-scout", que Louis no tenía una brújula en la mano, y sus recuerdos de cómo orientarse por la estrella Polar o por el lado en el que crece el musgo en los troncos de los árboles eran tan vagos como los de la forma de hacer nudos de margarita o de media pina.
Jud los miraba sonriendo ligeramente.
—De todos modos, no hemos perdido a nadie en estos bosques desde 1934. Por lo menos, a nadie de por aquí. El último fue Will Jeppson, y no puede decirse que fuera una gran pérdida. Aparte de Stanny Bouchard, Will era el mayor borracho de este lado de Bucksport.
—A nadie de por aquí —dijo Rachel, con una voz un poco forzada, y Louis casi podía leerle el pensamiento: «Y nosotros no somos de por aquí.» Por ahora.
Jud meditó un momento y luego asintió.
—Cada dos o tres años se pierde algún que otro forastero, porque la gente cree que, estando tan cerca de la carretera principal, nadie va a extraviarse. Pero, más tarde o más temprano, los encontramos. No hay que preocuparse.
—¿Hay alces? —preguntó Rachel con recelo. Y Louis sonrió. Si ella quería preocuparse, no le faltarían motivos.
—A veces se ve alguno —dijo Jud—. Pero no son peligrosos, Rachel. Durante la época del apareamiento andan un poco soliviantados, pero habitualmente se conforman con mirar. A los únicos a los que parecen tenérsela jurada fuera de la época del celo son a los de Massachusetts. No sé por qué, pero así es. —Louis pensó que el viejo bromeaba, pero no estaba seguro. Jud parecía hablar muy en serio—. Lo he visto una y otra vez. Tipos de Saugus, de Milton o de Weston subidos a los árboles y chillando que les perseguían manadas de alces del tamaño de un camión. Es como si los alces pudieran oler a los de Massachusetts. A lo mejor lo que huelen son las prendas de L. L. Bean. No sé. Me gustaría que universitarios de esos que estudian el comportamiento de los animales eligieran el tema para su tesis, pero no creo que a nadie se le ocurra.
—¿Qué es la época de celo? —preguntó Ellie.
—Ahora eso no importa —dijo Rachel—. No quiero que vengas por aquí si no es con una persona mayor, Ellie. —Rachel dio un paso hacia Louis.
Jud parecía contrariado.
—Yo no quería asustarte, Rachel. Ni tampoco a la niña. No hay que tenerle miedo al bosque. El camino es seguro. En primavera se llena de hierba, y en algunos puntos hay barro todo el año, menos en el cincuenta y cinco, que fue el verano más seco que yo recuerde; pero ni siquiera hay hiedra venenosa, como en los campos que están al lado del jardín de la escuela. Y procura no tocarla Ellie, si no quieres pasarte tres semanas metida en un baño de almidón.
Ellie ahogó la risa con la mano.
—El camino es seguro —dijo Jud a Rachel, que no parecía muy convencida—. Si hasta Gage podría seguirlo... Y, como ya os dije, los chicos del pueblo vienen mucho por aquí. Ellos lo limpian. Y lo hacen sin que nadie se lo mande. No quisiera privar a Ellie de esta diversión. —Se inclinó haciendo un guiño—. Esto es como otras muchas cosas de la vida, Ellie: si te mantienes en el camino, todo va bien; pero, a la que te sales, como no tengas suerte, te pierdes. Y luego tiene que salir a buscarte un grupo de rescate.
Siguieron andando. A Louis empezaba a agarrotársele la espalda del peso de la silla. De vez en cuando, Gage le agarraba un mechón de pelo en cada mano y tiraba con entusiasmo o le daba un alborozado puntapié en los riñones. Los últimos mosquitos de la temporada le bailaban delante de la cara con su penetrante zumbido.
El camino descendía zigzagueando entre viejos abetos. Más allá, atravesaba una zona de densos matorrales. Realmente, el terreno era muy húmedo, y las botas de Louis se hundían en el barro y los charcos. En un punto, tuvieron que cruzar sobre unos leños. Pero aquél fue el paso más difícil. Después, el camino empezaba a subir otra vez entre árboles. Gage parecía haber aumentado cinco kilos por arte de magia. Y la temperatura, diez grados. A Louis le corría el sudor por la cara.
—¿Cómo vas, cariño? —preguntó Rachel—. ¿Quieres que yo lleve al niño un rato?
—No; estoy bien —dijo él. Y era verdad, a pesar de que el corazón le latía con fuerza. Porque Louis estaba más acostumbrado a recomendar ejercicio que a hacerlo.
Ellie iba al lado de Jud; su pantalón amarillo limón y su blusa roja eran dos manchas de color vivo sobre el fondo verde y marrón oscuro del umbroso bosque.
—Lou, ¿tú crees que sabe adonde nos lleva? —preguntó Rachel en voz baja y tono preocupado.
—Sin duda —dijo Louis.
Jud les gritó alegremente por encima del hombro:
—Ya no falta mucho. ¿Resistes bien, Louis?
«¡Dios mío! —pensó Louis—. Ochenta y tantos años y ni siquiera está sudando.»
—Muy bien —respondió Louis con cierta agresividad. Probablemente, el amor propio le hubiera hecho responder lo mismo aunque hubiera notado los síntomas de una coronaria. Sonrió ampliamente, se ajustó las correas de la sillita y siguió andando.
Llegaron a la cima de la segunda colina. Desde allí, el camino descendía entre una maraña de arbustos y matorrales que les llegaba a la altura de la cabeza. Luego se estrechaba y, a poca distancia, Louis vio a Jud y Ellie pasar por debajo de un arco de viejas tablas castigadas por la intemperie. Escrito en ellas, en borrosas letras negras, apenas legibles, se descifraba la inscripción:
PET SEMATARY.[2]
Él y Rachel intercambiaron una mirada risueña y cruzaron bajo el arco, asiéndose instintivamente las manos, como si hubieran ido allí para casarse.
Por segunda vez aquella mañana, Louis se quedó admirado.
Allí el suelo estaba limpio de agujas de pino. En un círculo de unos quince metros de diámetro, casi perfecto, la hierba había sido segada a ras de tierra. Rodeaba el círculo una maraña de densos matorrales, interrumpida por unos árboles derribados que formaban un montón de aspecto a la vez siniestro y amenazador. «El que tratara de pasar por ahí o de escalar ese montón de leños debería tomar la precaución de ponerse un buen blindaje», pensó Louis. El claro estaba sembrado de una especie de lápidas, fabricadas evidentemente por artesanos infantiles con los materiales más diversos que habían podido conseguir: cajas de madera, tablas y planchas metálicas. No obstante, en medio de aquel cerco de arbustos bajos y árboles desmedrados que luchaban por espacio vital y buscaban la luz del sol, el mero hecho de su tosca factura y la circunstancia de que fueran obra de manos humanas, parecían darles una cierta homogeneidad. Con el bosque como telón de fondo, el lugar tenía un aire fantasmagórico, un ambiente más pagano que cristiano.
—Es muy bonito —dijo Rachel, aunque por su tono no parecía muy convencida.
—¡Uaaau! —gritó Ellie.
Louis se desprendió de la sillita y puso al niño en el suelo, para que pudiera gatear. Louis sintió un gran alivio en la espalda.
Ellie iba de tumba en tumba, lanzado exclamaciones. Louis se fue tras ella, mientras Rachel se quedaba vigilando al niño. Jud se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en una peña y se puso a fumar.
Louis observó que las tumbas estaban dispuestas en círculos más o menos concéntricos.
El GATO SMUCKY, rezaba una tabla. El trazado de las letras era ingenuo pero esmerado. FUE OVEDIENTE. Y, debajo: 1971-1974. En el círculo exterior, un poco más allá, Louis observó una losa de pizarra y, escritos con pintura roja casi borrada pero todavía legibles, unos versos decían: BIFFER, BIFFER, TENÍA BUENOS HOCICOS HASTA QUE MURIÓ NOS HIZO MÁS RICOS.
—"Biffer" era el cocker spaniel de los Dessler —dijo Jud. Había excavado un pequeño hoyo con el tacón, en el que sacudía la ceniza del cigarrillo—. Lo atropello un volquete el año pasado. ¿No tiene gracia el epitafio?
—La tiene —convino Louis.
Algunas de las tumbas tenían flores: unas, frescas; casi todas, mustias, y no pocas completamente secas. Más de la mitad de las inscripciones estaban casi borradas o habían desaparecido, y Louis supuso que habrían sido hechas con lápiz o tiza.
—¡Mami! —gritó Ellie—. ¡Aquí hay un pez! ¡Ven a verlo!
—Paso —dijo Rachel, y Louis se volvió a mirarla. Su mujer se había quedado de pie, fuera del círculo exterior, y estaba más nerviosa que nunca. «Incluso aquí se siente incómoda», pensó Louis. La afectaba mucho todo lo relacionado con la muerte (más que a la mayoría de la gente), probablemente por lo de su hermana. La hermana de Rachel había muerto muy joven, y ello le había dejado una cicatriz que, según averiguó el propio Louis a poco de que se casaran, era preferible no tocar. La hermana se llamaba Zelda y había muerto de meningitis espinal. Probablemente, su enfermedad debió de ser larga y terrible, y Rachel estaba en una edad impresionable. Por lo tanto, pensaba Louis, si ella prefería olvidar, tanto mejor.
Louis le guiñó un ojo, y Rachel le sonrió con gratitud.
Louis levantó la mirada. Se encontraban en un claro del bosque. Supuso que por eso crecía bien la hierba; estaba a pleno sol. No obstante, habría que cuidarla y regarla. Eso suponía traer regaderas hasta aquí arriba, o tal vez bombas indias, que pesarían más que Gage. Y los que las acarreaban eran niños. Volvió a pensar que era muy extraña tanta constancia en unos niños. Por lo que él recordaba de su propia infancia y por lo que observaba en Ellie, las aficiones infantiles eran como humo de pajas.
Pero aquello duraba mucho, tenía razón Jud. Así pudo comprobarlo a medida que se acercaba al centro. Las tumbas de los círculos interiores eran más antiguas y las inscripciones legibles, más escasas. Allí estaba TRIXIE, ATROPEYADO EN LA CARRETERA EL 15 SET. 1968. En el mismo círculo, había una tabla de madera hincada profundamente en tierra. La lluvia y el hielo la habían mellado y ladeado, pero aún se leía: A LA MEMORIA DE MARTA, NUESTRA CONEJITA MUERTA EL 1 MARZO 1965. En la otra hilera estaba el GENERAL PATTON (UN! BUEN! PERRO! Puntualizaba la inscripción), muerto en 1958, y POLYNESIA (que, si Louis recordaba correctamente la historia del «Doctor Doolittle», debió de ser un loro) que gritó por última vez «Poly quiere galleta» en el verano de 1953. No había ninguna inscripción legible en los dos círculos siguientes y, después, todavía muy lejos del centro, grabado toscamente en una losa de piedra caliza, leyó: HANNAH LA MEJOR PERRA DEL MUNDO 1929-1939. Si bien la piedra caliza era relativamente blanda —y, en consecuencia, las letras eran ya poco más que una sombra, Louis se quedó atónito al pensar en las horas de trabajo que habría costado a un niño grabar aquellas ocho palabras. Era realmente abrumadora la magnitud del amor y la pena que se traducía en el esfuerzo. Aquello era algo que los mayores no hacían ni por sus propios padres, ni por sus hijos si morían jóvenes.
—Chico, esto viene de antiguo —dijo a Jud que se acercaba a él.
Jud asintió.
—Ven, quiero enseñarte una cosa —dijo Jud.
Se acercaron al tercer círculo desde el centro. Su circunferencia era mucho más perfecta que la de los círculos exteriores. Jud se detuvo frente a una pequeña placa de pizarra que estaba caída. Se arrodilló con tiento y la enderezó.
—Antes había unas palabras escritas. Las grabé yo mismo, pero ya se han borrado. Aquí enterré yo a mi primer perro. "Spot". Murió de viejo en 1914, el año en que estalló la Gran Guerra.
Louis, impresionado por la idea de que aquel cementerio fuera más antiguo que muchos de los utilizados por los humanos, se acercó al centro, examinando atentamente algunas de aquellas estelas funerarias. Ninguna tenía ya letras y algunas se estaban desintegrando.
Cuando levantó una de ellas, casi cubierta por la hierba, sonó como un crujido quejumbroso en la tierra. Varios escarabajos ciegos huyeron de la zona que acababa de dejar al descubierto. Louis se sobrecogió y pensó: «El "Boot Hill" de los animales. Me parece que esto no me gusta nada.»
—¿De cuándo data esto?
—Pues no lo sé —dijo Jud, hundiendo las manos en los bolsillos—. Ya existía cuando murió "Spot", desde luego. Éramos una buena pandilla en aquellos tiempos. Mis amigos me ayudaron a cavar la tumba de "Spot". No creas que es fácil cavar aquí. El suelo es muy pedregoso y difícil de remover. Y yo también les ayudaba a ellos. —Iba señalando aquí y allá con un dedo recio y calloso—. Ahí está el perro de Pete Lavasseur, si mal no recuerdo. Y ahí, tres gatos de Albion Grotley, uno al lado del otro.
»El viejo Fritchie criaba palomas de competición. Yo, Al Groatley y Karl Hannah enterramos a una que un perro mató. Está ahí. —Se quedó pensativo—. Yo soy el último de la panda. Todos han muerto. Todos.
Louis no dijo nada. Se quedó mirando las tumbas de las mascotas, con las manos en los bolsillos.
—Hay mucha piedra aquí —insistió Jud—. No se puede plantar nada. Sólo cadáveres, imagino.
Gage, que estaba en el borde del claro, empezó a lloriquear, y Rachel lo tomó en brazos y se acercó a los dos hombres, con el niño apoyado en la cadera.
—Gage tiene hambre —dijo—. Creo que deberíamos regresar, Lou. —«Por favor, ¿nos vamos ya?» Decían sus ojos.
—Sí —respondió Lou. Se colgó la sillita de los hombros y se volvió de espaldas, para que Rachel instalara al niño—. ¡Ellie! ¡Eh!, Ellie, ¿dónde estás?
—Allí—dijo Rachel señalando el montón de troncos. Ellie trepaba por los troncos como si fueran primos hermanos de las espalderas del colegio.
—¡Oh, Ellie, baja de ahí enseguida! —gritó Jud, alarmado—. Si metes el pie donde no debes y el tronco se mueve, podrías torcerte el tobillo.
Ellie saltó al suelo.
—¡Ay! —gritó, y se acercó a ellos frotándose la cadera. No tenía herida, pero una rama le había rasgado el pantalón.
—¿Lo ves? —dijo Jud alborotándole el pelo—. Esos troncos tienen malas bromas. Ni siquiera los que están acostumbrados a andar por los bosques trepan por ellos, si pueden dar un rodeo. Los árboles que quedan caídos en un montón se vuelven ruines y, si te descuidas un poco, te hacen daño.
—¿En serio? —preguntó Ellie.
—Completamente en serio. Están amontonados como paja y, si pisas donde no debes, se vienen todos abajo.
Ellie miraba a Louis.
—¿Es verdad eso, papá?
—Creo que sí, cariño.
—¡Uf! —Ellie gritó a los troncos—: ¡Me habéis roto los pantalones, árboles feos!
Los tres mayores se echaron a reír. Los troncos, no. Siguieron blanqueándose al sol, como habían hecho durante décadas. A Louis le parecían el esqueleto de un monstruo muerto hacía mucho tiempo por un caballero andante. Los huesos de un dragón gigantesco abandonados allí, en un primitivo monumento funerario.
Incluso entonces Louis pensó ya que había algo artificial y estudiado en la forma en que los troncos se alzaban entre Pet Sematary y los grandes bosques que se extendían más allá, bosques que Jud Crandall llamaba con naturalidad «los bosques indios». Su aparente desgaire parecía excesivo para ser obra de la naturaleza. Era...
En aquel momento, Gage le retorció una oreja gorgoteando de gusto, y Louis se olvidó de los troncos amontonados al fondo del cementerio de animales. Era hora de regresar a casa.

9

Al día siguiente, Ellie se acercó a Louis con semblante preocupado. Louis estaba en su pequeño estudio construyendo uno de sus modelos a escala. Éste era un Rolls Royce Silver Gbost 1917: 680 componentes y más de cincuenta piezas móviles. Lo tenía casi terminado, y a Louis ya le parecía estar viendo al chofer de librea, descendiente directo de los cocheros ingleses del siglo XVIII o XIX, sentado al volante con empaque majestuoso.
Louis era un apasionado de los modelos a escala desde que tenía diez años. Empezó con un Spad de la Primera Guerra Mundial que le compró su tío Carl, siguió con casi todos los aeroplanos Revell y, ya de adolescente, pasó a cosas más importantes. Tuvo su época de barcos en botellas, su época de artilugios de guerra y hasta su época de armas. Sus armas estaban tan bien imitadas que parecía imposible que no se disparasen al apretar el gatillo. Hacía Coks, Winchesters, Lugers y hasta una Buntline Special. Durante los cinco años últimos, se había dedicado a los grandes trasatlánticos. En su despacho de la universidad tenía una reproducción del Lusitania y otra del Titanic, y un modelo a escala del Andrea Doria, terminado poco antes de que salieran de Chicago, navegaba sobre la repisa de la chimenea de la sala de estar. Ahora había pasado a los coches clásicos y, a juzgar por el ritmo que hasta entonces llevara su afición, transcurrirían cuatro o cinco años antes de que sintiera el afán de reproducir otros ingenios. Rachel contemplaba este único hobby de su marido con condescendencia femenina no exenta, según creía él, de cierto desdén: seguramente, incluso tras diez años de matrimonio ella esperaba todavía que lo superase con la edad. Tal vez esta actitud reflejaba, en cierta medida, la convicción de su padre que seguía creyendo, ahora con la misma firmeza que cuando Rachel se casó con Louis, que le había tocado en suerte un yerno imbécil.
«Puede que ella tenga razón —pensaba Louis—. Tal vez un buen día me despierte, a mis treinta y siete años, suba todos estos cachivaches al desván y me dedique al vuelo en ala delta.»
Pero ahora Ellie traía la cara muy seria.
A lo lejos, en el aire limpio de la mañana, se oía el perfecto sonido dominical de la campana de la iglesia llamando a los fieles.
—Hola, papá.
—Hola, tesoro, ¿qué me cuentas?
—Oh, nada —dijo Ellie. Pero su cara decía otra cosa; su cara decía que había mucho que contar, y no precisamente fabuloso, qué va. Tenía el pelo recién lavado y suelto sobre los hombros. Con aquella luz parecía más rubio, y se disimulaba su tendencia a oscurecerse. Llevaba vestido, y Louis reparó en que su hija casi siempre se ponía vestido los domingos, a pesar de que ellos no iban a la iglesia—. ¿Qué construyes ahora?
Mientras pegaba cuidadosamente un guardabarros, Louis se lo dijo.
—Mira esto. —Le enseñaba un tapacubos—. ¿Ves las dos «R» entrelazadas? Bonito detalle, ¿eh? Si para el día de Acción de Gracias volvemos a Chicago y volamos en un L-1011, podrás verlas también en los motores.
—Un tapacubos. Fabuloso. —Le devolvió la pieza.
—Si eres dueña de un Rolls-Royce entonces lo llamas embellecedor. Cuando se tiene un Rolls se puede presumir. Tan pronto como gane mi segundo millón, me compraré uno. Rolls-Royce Corniche. Así, cuando Gage se maree podrá vomitar sobre piel de verdad. —«Y, a propósito, Ellie, ¿qué te preocupa?» Pero con Ellie no podían plantearse las cosas de este modo. Nada de preguntas directas. La niña era reservada, rasgo que Louis admiraba.
—¿Somos ricos, papi?
—No; pero tampoco vamos a morirnos de hambre.
—Michael Burns, un chico del colé, me dijo que todos los médicos son ricos.
—Mira, puedes decirle a Michael Burns del cole, que muchos médicos se hacen ricos, pero tardan veinte años..., y ésos no trabajan en la enfermería de una universidad. Te haces rico si eres especialista. Ginecólogo, traumatólogo o neurólogo. Ellos se enriquecen deprisa. Los de medicina general como yo tardan más.
—Entonces, ¿por qué no te haces especialista, papá?
Louis pensó entonces en sus modelos a escala, en cómo un día se cansó de construir aviones de combate, o decidió que no iba a perder más tiempo con los tanques Tiger ni los emplazamientos de cañones, o comprendió (casi de la noche a la mañana, según le parecía ahora) que era una tontería meter barquitos en botellas; y trató de imaginar lo que sería pasar el resto de su vida examinando pies infantiles para diagnosticar dedos martillo o poniéndose guantes de fino látex para palpar con un dedo bien entrenado el conducto vaginal de una señora, buscando bultitos u otras anomalías.
—Porque no me gustaría —dijo.
Church entró en el estudio, se detuvo, inspeccionó la situación con sus brillantes ojos verdes, saltó silenciosamente al alféizar de la ventana y pareció quedarse dormido.
Ellie le miró con el entrecejo fruncido, lo cual sorprendió a Louis. Generalmente, Ellie miraba a Church con una expresión que de tan cariñosa resultaba preocupante. La niña empezó a dar vueltas por la habitación, mirando los distintos modelos y, con una voz casi natural, dijo:
—Chico, ¡cuántas tumbas había en Pet Sematary!
«Aja, con que ahí le duele», pensó Louis; pero no la miró. Después de leer atentamente las instrucciones, se dispuso a pegar los faros al Rolls,
—Muchas, sí —contestó—. Yo diría que más de cien.
—Papá, ¿por qué los animales no viven tanto como la gente?
—Bueno, los hay que sí; incluso más. Los elefantes viven muchos años, y hay tortugas marinas tan viejas que nadie sabe cuántos años tienen..., o, si alguien lo sabe, no se lo cree.
Ellie refutó la afirmación con toda facilidad.
—Yo no me refería a elefantes ni a tortugas, sino a los animales que viven con nosotros. Michel Burns dice que, para un perro, un año es como nueve para nosotros.
—Siete —rectificó Louis automáticamente—. Ya sé lo que quieres decir, cariño, y es verdad. Un perro es muy viejo a los doce años. Verás, hay algo que se llama metabolismo, y al parecer lo que hace el metabolismo es marcar el tiempo. Oh, hace otras muchas cosas: hay gente que come mucho y está delgada a causa del metabolismo, como le pasa a tu madre. Otros, como yo, por ejemplo, no podemos comer tanto sin engordar. Nuestro metabolismo es diferente, eso es todo. Pero, más que nada, el metabolismo es como una especie de reloj del cuerpo. Los perros tienen un metabolismo bastante rápido. El de las personas es mucho más lento. La mayoría de nosotros vivimos hasta los setenta y dos años. Y, créeme, setenta y dos años son muchos años.
Louis, al verla tan preocupada, deseó parecer más sincero de lo que él mismo se sentía. Tenía treinta y cinco años, y le habían pasado tan fugazmente como una corriente de aire por debajo de una puerta.
—Las tortugas marinas tienen un metabo...
—¿Y los gatos? —preguntó Ellie, mirando otra vez a Church.
—Bueno, los gatos viven tanto como los perros; por lo menos, la mayoría.
Era mentira, y él lo sabía. Los gatos vivían peligrosamente y muchos tenían una muerte violenta, casi siempre, fuera del alcance de la vista de los humanos. Allí estaba Church, dormitando al sol (o aparentándolo), Church que todas las noches dormía apaciblemente en la cama de Ellie, Church que era tan gracioso cuando chiquito, jugando y enredándose con el ovillo de lana. Y no obstante, Louis le había visto acechar a un pájaro que tenía un ala rota, con sus verdes ojos brillantes de curiosidad y de sadismo, según le pareció a Louis, de placer. El gato casi nunca mataba a los bichos que acechaba, con la única excepción de una rata grande que atrapó en el callejón situado junto a su bloque de apartamentos. Realmente, aquella vez Church se cargó a la rata. Volvió a casa tan magullado y lleno de sangre que Rachel, que estaba de seis meses de Gage, tuvo que ir corriendo al baño a vomitar. Vidas violentas y muertes violentas. Un perro los abría en canal en lugar de limitarse a perseguirlos, como hacían los perros torpes y un poco tontos de las películas de la tele, o se los llevaba por delante otro gato, o un cebo envenenado, o un coche. Los gatos eran los gángsters del mundo animal, que vivían y a menudo morían fuera de la ley. Eran muchos los que no llegaban a viejos al calor de la chimenea.
Pero no vas a decirle estas cosas a una niña de cinco años que contempla por primer vez el misterio de la muerte.
—Lo que quiero decir es que Church no tiene más que tres años y tú, cinco. Quizá viva todavía cuando tú tengas quince años y vayas a la escuela secundaria. Y eso es mucho tiempo.
—A mí no me parece tanto tiempo —dijo Ellie, y ahora le temblaba la voz—. ¡Oh, no!
Louis dejó de simular que estaba trabajando en el modelo y le hizo una seña para que se acercara. Ella se sentó en sus rodillas y, una vez más, Louis se sintió impresionado por su belleza, acentuada ahora por la tristeza. Tenía la tez oscura, casi bizantina. Tony Benton, un médico compañero suyo de Chicago, la llamaba Princesa India.
—Cariño —dijo—, si de mí dependiera, yo haría que Church viviera hasta los cien años. Pero yo no mando.
—¿Y quién manda? —preguntó ella, y añadió con infinito desdén—: Dios, seguramente.
Louis tuvo que hacer un esfuerzo para no reír. Aquello era muy serio.
—Dios o Alguien —dijo él—. Los relojes tienen que pararse un día u otro, eso es todo lo que yo sé. No hay vuelta de hoja, muñeca.
—¡Yo no quiero que Church sea como esos animales muertos! —gritó ella, llorosa—. ¡Yo no quiero que Church se muera! ¡Es mi gato! ¡No es el gato de Dios! ¡Que Dios se busque otro gato! ¡Que se busque todos los gatos que quiera y que los mate! ¡Church es mío!
Se oyeron pasos en la cocina y Rachel se asomó a la puerta, intrigada. Ellie lloraba apoyada en el pecho de Louis. El horror se había traducido en palabras. Ya había salido. Ya se le había pintado en la cara, ya se podía mirar. Y, aunque no fuera posible cambiarlo, por lo menos podías llorar frente a él.
—Ellie —dijo Louis meciéndola suavemente—, Ellie, Ellie, Church no ha muerto, está ahí, dormido.
—Pero se puede morir —sollozó ella—. Se puede morir en cualquier momento.
Él la abrazaba y la mecía, convencido, con razón o sin ella, de que Ellie lloraba por el carácter inapelable de la muerte, por su impasibilidad ante las protestas y las lágrimas de una niña, por su arbitrariedad. Y lloraba también por esa facultad del ser humano, que puede ser maravillosa o funesta, para sacar de un símbolo deducciones sublimes o siniestras. Si todos aquellos animales estaban muertos y enterrados, luego Church podía morir (¡en cualquier momento!) y ser enterrado; y lo mismo podía ocurrirle a su madre, a su padre o a su hermanita. O a ella misma. La muerte era una idea abstracta. Pet Sematary era real. En aquellas toscas estelas había verdades que incluso la mano de una niña podía palpar.
Hubiera sido fácil mentir ahora, como había mentido antes sobre la vida media de los gatos. Pero la mentira se recordaría más adelante y tal vez se inscribiera en la ficha que todos los hijos extienden sobre sus padres. Su propia madre le había contado a él una de aquellas mentiras: la mentira inocente de que las mujeres encuentran a los niños entre la hierba fresca cuando realmente los desean. Pero, pese a lo inocente de la mentira, Louis nunca se la perdonó a su madre; ni se perdonó a sí mismo por haberla creído.
—Cariño, eso forma parte de la vida.
—¡Una parte "muy mala"! —gritó ella—. ¡Muy mala!
No había respuesta para esto. Ellie siguió llorando. Al fin dejaría de llorar. Aquél era el primer paso dirigido a establecer una paz precaria con una verdad inmutable.
Louis abrazaba a su hija mientras escuchaba el repique de campanas del domingo por la mañana que flotaba en el aire, sobre los campos de septiembre, y tardó algún tiempo en darse cuenta, después de que cesara el llanto, de que Ellie, al igual que Church, se había dormido.
*  *  *
Louis subió a dejar a la niña en la cama y luego bajó a la cocina, donde Rachel estaba batiendo la masa del pastel con un brío un tanto exagerado. Se mostró sorprendida de que Ellie se hubiera quedado dormida a media mañana; no era propio de ella.
—No —dijo Rachel, dejando el cuenco en el mostrador con un golpe seco—; no acostumbra hacerlo. Pero me parece que ha estado despierta casi toda la noche. La oí rebullir, y Church pidió para salir a eso de las tres. Sólo lo hace cuando ella está nerviosa.
—Pero, ¿por qué...?
—¡Vamos, tú sabes perfectamente por qué! —dijo Rachel, furiosa—. ¡Ese dichoso cementerio! La impresionó, Lou. Era el primer cementerio que ella veía y... la trastornó. No creas que pienso escribir una cartita de agradecimiento a tu amigo Jud Crandall por esa excursión.
«Vaya, ahora resulta que es mi amigo», pensó Louis, perplejo y dolido.
—Rachel...
—Y no quiero que la niña vuelva a ese sitio.
—Rachel, lo que dijo Jud del camino es verdad.
—No me refiero al camino, y tú lo sabes perfectamente —dijo Rachel, tomando el cuenco y poniéndose a batir el pastel con más fuerza que antes—. Es ese maldito lugar. Es morboso. Eso de que los niños cuiden las tumbas y limpien el camino... es malsano, no hay otra palabra. Si los crios de este pueblo están enfermos, no quiero que Ellie contraiga la enfermedad.
Louis la miraba, desconcertado. Estaba casi convencido de que una de las razones por las que su matrimonio resistía mientras, al parecer, no pasaba año sin que dos o tres parejas amigas se separaran, era el respeto que ambos profesaban al misterio, esa idea apenas intuida y nunca explicada con palabras de que, a fin de cuentas, a la hora de la verdad, la cosa del matrimonio no existía, ni tampoco la unión, de que el alma de cada cual estaba sola y, en definitiva, desafiaba a la razón. Éste era el misterio. Y por más que tú creyeras conocer a tu pareja, había veces en que te encontrabas frente a un muro ciego o un pozo sin fondo. Y había veces (pocas, gracias a Dios) en que te veías metido en una turbulencia de corrientes desconocidas, como las que, de pronto, sin más ni más zarandean a todo un avión de pasajeros, y advertías una actitud insospechada y tan estrambótica (por lo menos, a tus ojos) que te parecía incluso patógena. Y entonces pisabas con cautela, si valorabas en algo tu matrimonio y tu serenidad de espíritu. Entonces tratabas de recordar que enojarse por semejante descubrimiento es propio de los imbéciles que creen realmente que una mente puede llegar a conocer a otra.
—Cariño, no es más que un cementerio de animales —dijo él.
—Después de oírla llorar de ese modo ahí dentro —dijo Rachel señalando la puerta del estudio con una cuchara llena de pasta—, ¿crees que para ella no es más que un cementerio de animales? Eso va a dejarle huella, Lou. No. Ellie no volverá a ir allí. No es el camino; es el lugar. Ya está pensando que Church va a morir.
Durante un momento, Lou sintió la extraña impresión de que seguía hablando con Ellie que se había puesto unos zancos, un vestido y una máscara de Rachel muy bien imitada. Hasta la expresión era la misma: crispada y un poco hosca por fuera, pero vulnerable por dentro.
De pronto, Louis decidió insistir, porque ahora la cuestión le parecía importante; no era algo que pudiera soslayarse por respeto a aquel misterio, a aquella suprema soledad. Insistía porque creía que ella estaba pasando por alto algo tan grande que casi llenaba todo el paisaje, y para eso había que mantener los ojos cerrados deliberadamente.
—Rachel —dijo—, Church va a morir.
Ella le miró, irritada.
—No se trata de eso —dijo lentamente, hablándole como a un niño torpe—. Church no va a morir hoy ni mañana...
—Eso es lo que traté de decirle.
—...ni pasado mañana, ni, probablemente, hasta dentro de años...
—Cariño, nunca se sabe...
—¡Pues claro que sí! —gritó ella—. Nosotros le cuidamos muy bien. El gato no va a morir, aquí no va a morir nadie. ¿Por qué inquietar a una criatura por algo que no podrá comprender hasta que sea mucho mayor?
—Rachel, escucha.
Pero Rachel no quería escuchar. Estaba echando chispas.
—Por si no fuera bastante duro encajar una muerte, la de un animal, un amigo, un familiar, cuando llega, no faltaría sino que la gente tratara de convertirla en atracción para turistas, una especie de «Forest Lawn» para animales... —Le corrían las lágrimas por las mejillas.
—Rachel —dijo él, tratando de asirla por los hombros, pero ella le rechazó con brusquedad.
—Deja. No sirve de nada hablar contigo. No tienes ni la más remota idea de lo que estoy diciendo.
Él suspiró.
—Me siento como si me hubiera caído por una trampilla a una gigantesca batidora eléctrica —dijo él, tratando de arrancarle una sonrisa. No la obtuvo; sólo una mirada candente, fija. Él se daba cuenta de que Rachel estaba, no ya irritada, sino francamente furiosa—. Rachel —dijo de pronto, sin estar seguro de lo que iba a decir, hasta que oyó sus propias palabras—, ¿cómo dormiste tú anoche?
—¡Vamos, hombre! —exclamó ella con desdén, volviéndole la espalda. Pero no sin que él observara un parpadeo de mortificación en sus ojos—. Eso es muy inteligente, realmente inteligente. Nunca cambiarás, Louis. Cuando algo no va bien, tiene la culpa Rachel, ¿no? Rachel, siempre con los nervios a flor de piel.
—Eso no es justo.
—¿No? —Ella se llevó la fuente de la masa al mostrador más alejado, y la depositó bruscamente al lado del fogón. Luego, con los labios apretados, se puso a engrasar un molde.
Él dijo pacientemente:
—No tiene nada de malo que una criatura averigüe algo sobre la muerte, Rachel. En realidad, me parece necesario. La reacción de Ellie, su llanto, me pareció perfectamente natural. Es...
—Oh, te ha parecido natural —dijo Rachel revolviéndose con brusquedad—. Yo considero perfectamente natural que Ellie se ponga a llorar a lágrima viva por un gato que no podría estar más sano.
—Basta —la atajó él—. Eso no tiene nada que ver.
—No quiero seguir hablando de ello.
—Pero vamos a seguir hablando —dijo él, enfadado también—. Tú ya has soltado el parrafito. Ahora me toca a mí.
—La niña no va a subir nunca más. Por lo que a mí respecta, asunto terminado.
—Ellie sabe desde el año pasado de dónde vienen los niños —dijo Louis lentamente—. Le enseñamos el libro de Myers y se lo explicamos, ¿lo recuerdas? Los dos estábamos de acuerdo con que los niños deben saber de dónde vienen.
—Eso es distinto...
—No; no lo es —dijo él ásperamente—. Cuando hablaba con ella ahí dentro, acerca de Church, me acordé de mi madre y del cuento que me contó sobre las hojas de col cuando le pregunté de dónde sacaban las madres a los niños. Es una mentira que no se me ha olvidado. No creo que los niños lleguen a olvidar las mentiras que les dicen sus padres.
—¡De dónde vienen los niños no tiene absolutamente nada que ver con un cochino cementerio de animales! —le gritó Rachel, y lo que sus ojos le decían era: «Puedes estar haciendo comparaciones todo el día y toda la noche, Louis; puedes estar hablando hasta ponerte morado. A mí no me convencerás.»
No obstante, él lo intentó.
—El cementerio de los animales la impresionó porque es una concretización de la muerte. Ella ya sabe cómo nacen los niños. Bien, ese lugar de ahí arriba la impulsó a preguntar sobre el extremo opuesto. Es algo perfectamente natural. A mí me parece lo más natural del m...
—¿Quieres dejar de repetir eso de una vez? —chilló ella. Chillaba realmente, y Louis retrocedió, sobresaltado, golpeando con el codo la bolsa de la harina que estaba abierta encima del mostrador y tirándola al suelo. Se alzó una fina nube blanca.
—Oh, mierda... —murmuró, consternado.
En una habitación del piso de arriba, Gage rompió a llorar.
—Fantástico —dijo ella, llorando también—. Has despertado al niño. Muchas gracias por una mañana de domingo tranquila y sin agobios.
Rachel fue a pasar por su lado, pero él, furioso a su vez la retuvo asiéndola del brazo. Al fin y al cabo, era ella la que había despertado a Gage con aquellos gritos.
—Deja que te pregunte algo —dijo él—. Porque yo sé que a los seres vivos puede ocurrirles cualquier cosa, literalmente cualquier cosa. Soy médico y sé de lo que estoy hablando. ¿Quieres ser tú quien le explique qué pasará si el gato pilla el moquillo o leucemia? Los gatos son propensos a la leucemia, ¿no lo sabías? ¿O si lo atropellan en esa carretera? ¿Tú se lo explicarás, Rachel?
—Suéltame —siseó ella. Pero el furor que había en su voz no era nada comparado con el terror y la confusión de su mirada. «No quiero seguir hablando de esto, y tú no vas a obligarme, Louis —decía aquella mirada—. Suéltame, tengo que ir a ver qué le pasa a Gage antes de que se caiga de la c...
—Porque quizá tuvieras que ser tú quien se lo dijera —insistió él—. Podrías decirle que de esas cosas no se habla, que las personas educadas no hablan de eso; sólo lo entierran y basta. Pero no digas «entierran», porque podrías crearle complejo.
—¡Te odio! —sollozó Rachel, desasiéndose.
Y entonces él lo sintió, naturalmente; pero ya era tarde, naturalmente.
—Rachel...
Ella le dio un empujón, llorando con más fuerza.
—Déjame en paz. ¡Ya está bien! —Ella se volvió a mirarle desde la puerta. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. No quiero hablar de esto nunca más delante de Ellie, Lou. Te lo digo en serio. La muerte no tiene nada de natural. Nada. Y tú, como médico, deberías saberlo.
Ella giró bruscamente y se fue, dejando a Louis solo en la cocina, en la que aún vibraba el eco de sus voces. Luego, Louis fue a la despensa a buscar la escoba. Mientras barría, pensaba en la última frase que ella le había dicho, en la enormidad de aquella disparidad de criterios que había permanecido tanto tiempo oculta. Porque, como médico, él sabía que la muerte era, salvo tal vez en el parto, la cosa más natural del mundo. No eran tan seguros los impuestos, ni los problemas humanos, ni los conflictos sociales, ni el éxito o el fracaso. Al final, lo único que contaba era el reloj y lo único que quedaba, la lápida, que iba borrándose poco a poco. Hasta las tortugas marinas y las secoyas gigantes acababan por sucumbir.
—Zelda —dijo en voz alta—. ¡Mierda, aquello debió de ser muy fuerte para ella!
La duda que ahora se le planteaba era si debía dejar las cosas como estaban o tratar de arreglarlas.
Vació la pala en el cubo de la basura y la harina cayó con un golpe sordo, empolvando las cajas y las latas vacías.

10

—Espero que Ellie no se impresionara mucho —dijo Jud Crandall aquella noche, y una vez más Louis pensó que aquel hombre tenía la rara, e inquietante, habilidad de poner el dedo en la llaga.
Él, Jud y Norma Crandall estaban sentados en el porche, tomando el fresco del anochecer y bebiendo té helado en lugar de cerveza. Por la 15 zumbaba un tráfico bastante intenso de regreso del fin de semana: aquella bonanza no podía durar, y cada fin de semana podía ser el último del verano y había que aprovecharlo, pensaba Louis. Al día siguiente, empezaría a desempeñar plenamente sus funciones en la enfermería de la Universidad de Maine. Durante todo el día de ayer y de hoy habían estado llegando los estudiantes, llenando apartamentos en Orono y dormitorios del campus, haciendo camas, renovando amistades y, sin duda, lamentándose de la llegada de otro curso, con clases desde las ocho de la mañana y comida insípida. Rachel seguía mostrándose fría con él —más que fría, gélida— y Louis estaba seguro de que, cuando volviera a casa aquella noche, la encontraría dormida, probablemente, con Gage y, los dos, acurrucados tan al borde de la cama que el niño correría peligro de caer al suelo. El resto de la cama, casi las tres cuartas partes, sería como un gran desierto desolado.
—Decía que espero...
—Perdona —dijo Louis—. Estaba pensando en las musarañas. Sí, está un poco nerviosa. ¿Cómo lo adivinaste?
—Como ya te dije, por aquí han pasado muchos niños. —Tomó suavemente la mano de su mujer y le sonrió—. ¿Verdad, querida? Llegan y se van.
—Muchos, muchos —dijo Norma Crandall—. A nosotros nos encantan los niños.
—Para algunos, ese cementerio de animales es el primer contacto real con la muerte —dijo Jud—. Ellos ven morir a la gente en la tele, pero saben que eso es de mentirijillas, como en las películas del Oeste que antes ponían los sábados por la tarde. En las películas, la gente se lleva las manos al estómago o al pecho y cae al suelo. Pero ese sitio de ahí arriba, en la colina, a la mayoría les parece mucho más real que todas las películas habidas y por haber, ¿comprendes?
Louis asintió pensando: «¿Por qué no se lo cuentas a mi mujer?»
—A algunos niños no les afecta en absoluto; por lo menos, no lo acusan, aunque imagino que a la mayoría les queda dentro y luego lo van rumiando poco a poco, lo mismo que se meten en el bolsillo todas esas cosas que coleccionan, y se las llevan a casa para mirarlas despacio. La mayoría no tienen problemas. Pero otros... ¿Te acuerdas del pequeño Symonds, Norma?
Ella asintió. El hielo tintineó suavemente en el vaso que tenía en la mano. Llevaba las gafas colgadas de una cadena y los faros de un coche la iluminaron brevemente.
—Tenía cada pesadilla... —dijo—. Soñaba con cadáveres que salían de la tierra, qué sé yo. Luego, se le murió el perro... Comió un cebo envenenado, o eso dijo la gente del pueblo, ¿no, Jud?
—Un cebo envenenado —dijo Jud moviendo afirmativamente la cabeza—. Eso se dijo, sí. Fue en 1925. Billy Symonds tendría entonces diez años. Luego llegó a senador del estado y más tarde se presentó a las elecciones para la Cámara de Representantes, pero las perdió. Fue poco antes de lo de Corea.
—Él y sus amigos organizaron un funeral por el perro —recordó Norma—. No era más que un perro callejero, pero él lo quería mucho. Recuerdo que sus padres se oponían a lo del entierro, por las pesadillas y demás, pero todo salió bien. Dos de los chicos mayores le hicieron un ataúd, ¿verdad, Jud?
Jud asintió y apuró su té helado.
—Dean y Dana Hall —dijo—. Ellos y aquel otro chico que andaba con Billy, ahora no me acuerdo cómo se llamaba, pero me parece que era uno de los hermanos Bowie: ¿Te acuerdas de los Bowie, que vivían en Middle Drive, en la vieja casa Brochette, Norma?
—¡Sí! —dijo Norma tan excitada como si hubiera ocurrido la víspera..., y tal vez así le parecía a ella—. Era un Bowie, Alan o Burt...
—O puede que fuera Kendall —dijo Jud—. De todos modos, recuerdo que tuvieron una discusión sobre quién iba a llevar el ataúd. El perro no era muy grande, por lo que no daba más que para dos personas. Los Hall decían que debían ser ellos los que lo llevaran, porque el ataúd lo habían hecho ellos, y también porque eran gemelos y formaban una pareja a juego. Billy decía que ellos no conocían a Bowser, así se llamaba el perro, lo suficiente para ser quienes lo llevaran. Dice mi padre que son los amigos más íntimos los que llevan el ataúd y no cualquier carpintero, gritaba él. —Jud y Norma se echaron a reír y Louis sonrió.
—A punto estaban ya de liarse a puñetazos, cuando Mandy Holloway, la hermana de Billy, salió con el cuarto tomo de la Enciclopedia Británica —dijo Jud—. Su padre, Stephen Holloway, era el único médico que había entre Bangor y Bucksport en aquella época, Louis, y la suya, la única familia de Ludlow que poseía una enciclopedia.
—También fueron los primeros en tener luz eléctrica —apuntó Norma.
—De todos modos —continuó Jud—, lo cierto es que Mandy salió muy tiesecita, como si se hubiera tragado el palo de la escoba, como decía mi madre, con sus ocho años, las enaguas volando al viento y aquel libro enorme en los brazos. Billy y el chico Bowie (me parece que era Kendall, el que se estrelló y se quemó en Pensacola en 1942, entrenando a pilotos de guerra), iban a zumbar a los gemelos Hall por el privilegio de llevar al cementerio al pobre chucho envenenado.
Louis empezó a reír por lo bajo y luego soltó una carcajada. Sentía relajarse la tensión que le había dejado su pelea de aquella mañana con Rachel.
—La niña salió gritando: «¡Esperad! ¡Esperad! ¡Mirad esto!» Ellos se quedaron quietos y que me ahorquen si...
—Jud —reconvino Norma.
—Perdona, cariño. Cuando me embalo, no puedo reprimirme, ya lo sabes.
—Sí, ya lo sé —dijo ella.
—Bueno, la niña tenía el libro abierto por la página de FUNERALES y allí había una fotografía de la reina Víctoria, recibiendo el último adiós y "bon voyage" con más de cincuenta personas a cada lado del ataúd, unas sudando con el armatoste a cuestas y otras sólo de pie, vestidas de punta en blanco, como para ir a las carreras. Y dice Mandy: «En un entierro de lujo puedes poner a toda la gente que quieras. Lo dice el libro.»
—¿Eso resolvió el problema? —preguntó Louis.
—Eso zanjó la cuestión. Al final eran más de veinte chavales y, ¡canastos!, estaban lo mismo que la foto que Mandy había encontrado, aparte las chisteras y las levitas. Mandy lo organizó todo, sí señor. Los puso en fila y dio a cada uno una flor silvestre, un diente de león, una campanilla, una margarita, y allá se fueron. Qué caray, yo he dicho siempre que el país perdió a un buen elemento al no votar a Mandy Holloway para el Congreso de Estados Unidos. —Se echó a reír moviendo la cabeza—. De todos modos, desde entonces Billy Symonds dejó de tener pesadillas sobre el cementerio de los animales. Lloró a su perro, luego se consoló y la vida continuó. Es lo que nos pasa a todos, supongo.
Louis volvió a pensar en la actitud casi histérica de Rachel.
—Tu Ellie lo superará —dijo Norma revolviéndose en el asiento—. Pensarás que no sabemos hablar más que de la muerte, Louis. Jud y yo ya tenemos muchos años, pero no somos macabros.
—Pues claro que no —dijo Louis—. Qué ocurrencia.
—Pero no creas que es mala cosa ir haciéndose a la idea. Hoy en día... no sé... nadie habla de la muerte, ni piensa en ella. La han quitado de la tele porque imaginan que puede impresionar a los niños... Y la gente quiere los ataúdes cerrados, para no ver al muerto, ni decirle adiós... Es como si todo el mundo quisiera olvidarse de ello.
—Pero, al mismo tiempo, van y ponen la tele por cable, con todas esas películas en las que la gente sale... —Jud miró a Norma y carraspeó— haciendo lo que suele hacerse con las persianas echadas. Es curioso cómo cambia todo de una generación a otra.
—Sí —dijo Louis—; muy curioso.
—Bueno, nosotros somos de otra época —dijo Jud, casi en tono de disculpa—. Nosotros estábamos más acostumbrados a la muerte. Después de la Gran Guerra, vino la epidemia de gripe, también morían las mujeres al dar a luz, y los niños se iban al otro mundo con infecciones y fiebres que los médicos curan ahora como por arte de magia. Cuando yo y Norma éramos jóvenes, si pillabas un cáncer, ya tenías el certificado de defunción. En los años veinte no había radioterapia que valiera. Dos guerras, asesinatos, suicidios...
Quedó un momento en silencio.
—Entonces la muerte era enemiga y era compañera —dijo al fin—. Mi hermano Pete murió de apendicitis en 1912, cuando Taft era presidente. Pete tenía catorce años y lanzaba la pelota de béisbol más lejos que ningún otro chico del pueblo. En aquellos tiempos no necesitabas matricularte en la universidad para estudiar lo que es la muerte. Ella se te metía en casa, te saludaba, se sentaba a cenar contigo y hasta sentías su dentellada en el trasero.
Esta vez Norma no le llamó la atención, sino que asintió en silencio.
Louis se puso en pie desperezándose.
—Tengo que marcharme —dijo—. Mañana va a ser un día de mucho trabajo.
—Sí; mañana te empieza el jaleo, ¿no? —dijo Jud levantándose a su vez. Vio que Norma quería levantarse también y le dio la mano. Ella se puso en pie con una mueca.
—Esta noche te duele, ¿verdad? —dijo Louis.
—No mucho —respondió ella.
—Ponte calor al acostarte.
—Así lo haré —dijo Norma—. Es lo que hago siempre. Louis..., no te inquietes por Ellie. Este otoño va a estar muy ocupada con sus nuevos amigos para pensar en ese sitio. Quizá un día vayan todos juntos a repintar las estelas, arrancar hierbas o plantar flores. A veces lo hacen, cuando les da la ventolera. Y ella se sentirá más tranquila. Habrá empezado a acostumbrarse.
«Eso será si mi mujer no lo impide.»
—Ven mañana por la noche a contarnos qué tal ha ido el primer día de clases —dijo Jud—. Te daré una paliza al "cribbage".
—Quizá yo te emborrache antes —dijo Louis—. Así podré hacerte trampas.
—Doctor —dijo Jud con gran sinceridad—, el día en que alguien pueda hacerme trampas al "cribbage" será el día en que me ponga en manos de un matasanos como tú.
Louis los dejó riendo y cruzó la carretera, en la oscura noche de verano.
*  *  *
Rachel dormía junto al niño, en su lado de la cama de matrimonio, con las rodillas dobladas, en postura fetal y protectora. Louis pensó que ya se le pasaría: habían tenido en su matrimonio otras peleas y épocas de tirantez; pero ésta había sido la peor de todas. Él estaba triste, irritado y dolido, todo al mismo tiempo; quería hacer las paces, pero no sabía cómo, ni siquiera estaba seguro de que le correspondiera a él dar el primer paso. Parecía todo tan absurdo. Una tormenta en un vaso de agua. Habían tenido otras peleas y discusiones, sí, pero pocas tan fuertes como la suscitada por las lágrimas y las preguntas de Ellie. Louis suponía que no necesitarían muchos golpes como aquél para que un matrimonio sufriera daños graves en su estructura... Y luego un día, en lugar de leerlo en la carta de un amigo («Bueno, creo que es preferible que lo sepas por mí antes que por otra persona, Lou; Maggie y yo vamos a separarnos...») o en el periódico, te había tocado a ti.
Se desnudó en silencio y puso el despertador a las seis. Luego, se duchó, se lavó el pelo, se afeitó y masticó una tableta de Rolaid antes de cepillarse los dientes; el té helado de Norma le había dado acidez. O tal vez fue el llegar a casa y ver a Rachel tan apartada en su lado de la cama. Todo es cuestión de territorio, ¿no lo había estudiado así en una clase de Historia?
Una vez concluido el día con aseo general, Louis se acostó..., y no pudo dormir. Había algo más, algo que le roía. No hacía más que pensar en los dos últimos días mientras oía a Rachel y Gage respirar acompasadamente. GEN PATTON... HANNAH, LA PERRA MÁS BUENA DEL MUNDO... MARTA NUESTRA CONEJITA... Ellie, furiosa: «¡Yo no quiero que se muera Church...! ¡No es el gato de Dios! ¡Que Dios se busque otro gato!» Y Rachel, no menos furiosa: «Tú, como médico, deberías saber...» Norma Crandall diciendo: «Es como si todo el mundo quisiera olvidarse de ello...» Y Jud, con una terrible firmeza en la voz, una voz de otro tiempo: «A veces, se sentaba a cenar contigo y hasta sentías su dentellada en el trasero.»
Y aquella voz se confundía con la de su madre, que, cuando Louis Creed tenía cuatro años, le mintió acerca del sexo, pero luego, a los doce, le dijo la verdad cuando su prima Ruthie murió en un estúpido accidente de automóvil, aplastada en el coche de su padre por un tractor de Obras Públicas conducido por un niño que, al ver las llaves puestas, decidió ir a dar un paseo y luego descubrió que no sabía pararlo. El niño sólo sufrió contusiones sin importancia; pero el Fairlane del tío Carl quedó destrozado. «Ruthie no puede haber muerto», respondió él a la escueta afirmación de su madre. Él oía las palabras, pero era incapaz de entender su significado. «¿Qué estás diciendo, muerta? ¿De qué hablas?» Y luego, recapacitando: «¿Y quién la enterrará?» Porque el padre de Ruthie era enterrador, pero Louis no podía imaginar que su tío Carl se encargara de organizar el funeral. Y él, aturdido y asustado, se aferraba a aquella pregunta como si fuera lo más importante. Era una auténtica adivinanza como la de, ¿quién corta el pelo al barbero del pueblo?
«Supongo que lo hará Donny Donahue», repuso su madre. Tenía los ojos irritados; pero, más que otra cosa, parecía cansada. Su madre daba la impresión de estar enferma de cansancio. «Es un buen compañero de tu tío. Oh, Louis..., la pobrecita Ruthie... No soporto pensar que haya sufrido... Ven, Louis, vamos a rezar. Rezaremos por Ruthie. Necesito que me ayudes.»
Y él y su madre se arrodillaron en la cocina y rezaron. Fue aquella oración lo que por fin le hizo comprender la verdad. Si su madre rezaba por el alma de Ruthie Hodge, entonces era que su cuerpo había muerto. Ante sus ojos cerrados apareció la imagen horrenda de Ruthie que venía a la fiesta de su decimotercer cumpleaños, con sus ojos descompuestos colgando sobre las mejillas y un musgo azulado creciendo entre su cabellera rojiza, y la imagen provocó una sensación no ya de horror, sino de desesperación por un amor imposible.
Y Louis exclamó con la mayor angustia que experimentara en su vida: «¡No puede haber muerto! ¡MAMÁ, NO PUEDE HABER MUERTO, YO LA QUIERO!»
A lo que su madre respondió con la voz apagada pero cuajada de imágenes: un páramo bajo un cielo de noviembre, pétalos de rosa esparcidos, ocres y con los bordes rizados, estanques vacíos con un poso de algas, podredumbre, descomposición, polvo:
«Ha muerto, cariño. Es muy triste, pero ha muerto. Se ha ido.»
Louis se estremeció pensando: «Lo muerto, muerto está... ¿A qué preguntar?»
De pronto, Louis supo qué era lo que había olvidado, por qué seguía despierto, hurgando en viejas heridas, la noche antes de empezar su nuevo trabajo.
Se levantó y se dirigió a la escalera. De pronto, dio media vuelta en el corredor y entró en el cuarto de Ellie. La niña dormía apaciblemente, con su pijama azul de una pieza que ya le estaba pequeño. «Dios mío, Ellie —pensó Louis—, estás creciendo como una espiga. —Church estaba hecho un ovillo entre los arañados tobillos de Ellie, muerto para el mundo—. Perdona, es metáfora.»
Abajo, en la pared del teléfono, había un tablero en el que se clavaban avisos, recordatorios y facturas. En la parte superior, Rachel, con su letra clara y pulcra, había escrito: ASUNTOS A RETRASAR TODO LO POSIBLE. Louis sacó la guía de teléfonos, buscó un número y lo anotó en un papel. Debajo del número escribió: Quentin L. Jolander, veterinario —pedir hora para Church— si Jolander no castra animales, dará razón.
Louis miró la nota. Se preguntaba si sería el momento, pero en el fondo sabía que sí. Algo concreto tenía que resultar de aquel disgusto, y durante aquel día había decidido —sin darse cuenta de que estaba decidiéndolo— que tenía que hacer algo para evitar que Church anduviera cruzando la carretera.
Volvió a pensar que capar al gato equivalía a disminuirlo, a convertirlo antes de tiempo en un bicho gordo y viejo, sin más afán que dormir al lado del radiador, hasta que alguien le echara algo al plato. Louis no quería hacerle aquello a Church. Le gustaba el animal tal como era ahora, flaco y canalla.
Fuera, en la oscuridad, por la carretera 15, pasó zumbando un camión, y esto le decidió. Clavó la nota en el tablero y subió a acostarse.

11

A la mañana siguiente, Ellie vio el papel y preguntó a su padre qué quería decir.
—Quiere decir que hay que hacer una pequeña operación a Church —dijo Louis—. Probablemente, tendrá que pasar una noche en casa del veterinario. Y, cuando vuelva a casa, se quedará en el jardín y ya no tendrá ganas de salir a zascandilear por ahí.
—¿Ni cruzar la carretera? —preguntó Ellie.
«Aunque no tiene más que cinco años, desde luego no se chupa el dedo la niña», pensó Louis.
—Ni cruzar la carretera —dijo él.
—Ya —dijo Ellie. Y aquí acabó la conversación.
Louis, que esperaba una escena de protestas y llantos porque Church tuviera que pasar una noche fuera de casa, se quedó atónito por la docilidad de Ellie. Y entonces comprendió lo preocupada que debía de estar. Quizá Rachel no estuviera descaminada al juzgar el efecto que le había causado Pet Sematary.
La propia Rachel, que estaba dando a Gage el huevo del desayuno, le miró con gratitud y aprobación, y Louis sintió que se le quitaba un peso de encima. Aquella mirada le dijo que había pasado el enfado, que el hacha estaba enterrada. Ojalá lo estuviera para siempre.
Después, cuando el gran autobús amarillo se hubo engullido a Ellie para toda la mañana, Rachel se acercó a Louis, le echó los brazos al cuello y le besó suavemente en la boca.
—Te agradezco que hayas hecho eso —le dijo—. Siento mucho haberme puesto tan antipática.
Louis le devolvió el beso; pero se sentía un poco incómodo. Estaba pensando que, si bien ella no solía prodigar la frase «siento mucho haberme puesto antipática», él la había oído ya otras veces. Y, generalmente, después de que Rachel se saliera con la suya.
Gage, mientras tanto, se había acercado a la puerta con paso vacilante y miraba la carretera vacía por el cristal de abajo.
—Bus —dijo, tirándose distraídamente del pañal—. Ellie, bus.
—Está creciendo muy deprisa —dijo Louis.
—Demasiado.
—Bueno, por mí que siga creciendo hasta que no necesite usar pañales. Que pare después.
Ella se rió. Todo había vuelto a la normalidad. Todo iba perfectamente. Ella se echó hacia atrás, le retocó un poco la corbata y le miró de arriba abajo con severidad.
—¿Da usted el visto bueno, mi sargento?
—Estás muy guapo.
—Sí, eso ya lo sé. Pero, ¿tengo facha de cirujano de corazón? ¿Parezco uno de esos tipos que ganan doscientos mil dólares al año?
—No; te pareces al viejo Lou Creed —rió ella—. El rey del rock-and-roll.
—El rey del rock-and-roll tiene que calzarse sus zapatos de bailarín y salir disparado.
—¿Estás nervioso?
—Sí, un poco.
—No hay motivo —dijo ella—. Te dan sesenta y siete mil al año por poner vendajes de primeros auxilios, extender recetas contra la gripe y la resaca, dar la píldora a las chicas...
—Y no te olvides de la loción antipiojos —dijo Louis sonriendo. Una de las cosas que más le sorprendieron durante la primera inspección de la enfermería fueron las enormes existencias de colonia antiparásitos, que parecían más propias de un cuartel que de una universidad mediana.
Miss Charlton, la enfermera, sonrió cínicamente. «Los apartamentos de fuera del "campus" dejan bastante que desear. Ya verá, doctor.»
Sin duda, tenía razón.
—Que pases un buen día —dijo Rachel, volviendo a besarle largamente. Cuando se apartó, le miró con burlona seriedad—. Y, por lo que más quieras, recuerda que eres un director, no un interno ni un residente de segundo.
—Sí, doctor —respondió Louis humildemente, y los dos se echaron a reír de nuevo. Por un momento, él pensó en preguntar: «¿Fue Zelda, cariño? ¿Es eso lo que te atormenta? ¿Es ésa la zona de las borrascas? ¿Cómo murió Zelda?» Pero no iba a preguntarle eso, y mucho menos, ahora. Como médico, él sabía muchas cosas, la más importante, desde luego, que la muerte es tan natural como el nacimiento; pero no le iba muy a la zaga el que no hay que hurgar en una herida que empieza a cicatrizar.
De manera que, en lugar de preguntar, le dio otro beso y se fue.
Era un buen comienzo y un buen día. Maine brindaba su apoteosis estival: un cielo azul y sin nubes y una temperatura ideal de veinticuatro grados. Al salir a la carretera, Louis pensó que hasta entonces no había visto ni asomo del célebre follaje del otoño que se suponía tan espectacular. Bueno, esperaría.
Encaró el Honda Civic, el segundo coche de la familia, hacia la universidad y avanzó a velocidad regular. Aquella mañana, Rachel llamaría al veterinario, operarían a Church y se habrían acabado las historias de Pet Sematary (tenía gracia cómo se te grababan en la mente las faltas de ortografía, hasta hacérsete más familiares que la forma correcta) y el miedo a la muerte. ¿Qué falta hacía pensar en la muerte en una mañana de septiembre tan hermosa?
Louis puso la radio y estuvo maniobrando hasta que se tropezó con los Ramones que vociferaban el "Rockaway Beach". Subió el volumen y coreó la canción, desentonando pero con entusiasmo.

12

Lo primero que advirtió al entrar en el recinto de la universidad fue el súbito y espectacular aumento del tráfico. Turismos, bicicletas y gente corriendo con shorts de gimnasia. Tuvo que frenar bruscamente para no atropellar a dos muchachos que venían haciendo "jogging" desde el Dunn Hall hacia las pistas de atletismo, situadas detrás del pabellón polideportivo. Del frenazo, se le clavó el cinturón en el hombro. Hizo sonar el claxon. Le indignaba el modo en que corredores y ciclistas prescindían de toda precaución. Al fin y al cabo, estaban haciendo deporte. Uno de ellos, sin mirarle siquiera, le hizo un gesto con el dedo. Louis suspiró y siguió adelante.
La segunda novedad era que la ambulancia no estaba en el aparcamiento, frente a la enfermería, y esto le intranquilizó. La enfermería estaba preparada para tratar cualquier enfermedad o accidente menos grave; había tres salas de reconocimiento muy bien equipadas, a las que se entraba directamente desde el gran vestíbulo, y dos salas con quince camas cada una. Pero no había quirófano ni nada parecido. Los casos graves eran transportados en ambulancia al Centro Médico de Maine Oriental. Steve Masterton, el médico ayudante que acompañó a Louis en su primer recorrido de las dependencias, le mostró con justificado orgullo el libro registro de los dos cursos anteriores: sólo treinta y ocho servicios de ambulancia en todo aquel tiempo... No estaba mal, si uno tenía en cuenta que el censo de estudiantes rebasaba los diez mil y la población total era de casi diecisiete mil personas.
Y, el primer día del curso, ya no estaba la ambulancia.
Louis dejó el coche en el hueco en el que, en un rótulo recién pintado, se leía: RESERVADO PARA EL DOCTOR CREED y entró rápidamente en la enfermería.
Encontró a Miss Charlton, una mujercita canosa y delgada, de unos cincuenta años, en la primera sala de reconocimientos, tomando la temperatura a una jovencita con téjanos y corpiño playero. La muchacha, según observó Louis, tenía quemaduras solares recientes y estaba despellejándose.
—Buenos días, Joan —dijo—. ¿Dónde está la ambulancia?
—Oh, ha sido toda una tragedia —dijo la mujer, extrayendo el termómetro de la boca de la estudiante y leyendo la temperatura—. Cuando Steve Masterton llegó esta mañana a las siete, encontró un buen charco debajo del motor, entre las ruedas delanteras. Se rajó el radiador. Se la han llevado con la grúa.
—Magnífico —dijo Louis, pero se sentía aliviado. Por lo menos, no había salido para una urgencia, como temió al principio—. ¿Cuándo nos la devolverán?
Joan Charlton se echó a reír.
—Por el modo de trabajar del taller mecánico de la universidad, supongo que nos la mandarán hacia el quince de diciembre, con un lazo navideño. —Miró a la estudiante—. Tienes medio grado de temperatura —dijo—. Toma dos aspirinas y procura no acercarte a los bares ni a los callejones oscuros.
La muchacha se puso en pie, lanzó a Louis una rápida mirada escrutadora y salió.
—Nuestra primera paciente del curso —dijo la Charlton agriamente, sacudiendo el termómetro.
—No parece muy satisfecha.
—Conozco el tipo —dijo ella—. Oh, y también el reverso de la medalla, los atletas que siguen jugando con fisuras de huesos, tendinitis y demás porque no quieren quedarse en el banquillo. Son muy machos, no pueden defraudar al equipo, aunque con ello se jueguen su vida profesional. Pero ahí tiene usted a la señorita Treinta y Siete y Medio. —Señaló por la ventana con un movimiento de la cabeza. Louis vio a la despellejada dirigirse hacia el complejo de dormitorios Gannett-Cumberland-Androscoggin. En la sala de reconocimientos, la joven daba la impresión de encontrarse mal y estar esforzándose por sobreponerse al dolor. Ahora andaba contoneándose, mirando y haciéndose mirar.
—La típica hipocondríaca universitaria. —Miss Charlton introdujo el termómetro en un esterilizador—. La tendremos aquí dos docenas de veces antes de que termine el curso. Sus visitas coincidirán con los exámenes parciales. Una semana antes de los finales, estará segura de tener pulmonía o bronconeumonía. Luego, lo dejará en bronquitis. Se saltará cuatro o cinco exámenes, aquellos en los que el profesor sea un hueso, como dicen ellos, y conseguirá que le pongan pruebas atenuadas. Las enfermedades se agravan cuando saben que van a ponerles temas concretos en lugar de trabajos de carácter general.
—¡Caramba, pues no estamos cínicos ni nada esta mañana! —dijo Louis. Realmente, se sentía atónito. Ella le guiñó un ojo haciéndole sonreír.
—Yo no me lo tomo muy a pecho, doctor. Haga usted otro tanto.
—¿Dónde está ahora Stephen?
—En su despacho, contestando cartas y rellenando estúpidos formularios oficiales.
Louis entró en su despacho. A pesar del cinismo de la Charlton, se sentía cómodo y seguro.
*  *  *
Al mirar atrás, Louis pensaría —cuando pudo soportar pensar en aquello— que la pesadilla empezó alrededor de las diez de aquella mañana, cuando le llevaron a Víctor Pascow, el muchacho moribundo.
Hasta entonces, todo estuvo tranquilo. A las nueve, media hora después de que llegara él, se presentaron las dos estudiantes de enfermera que harían el turno de nueve a tres. Louis les dio un bollo y una taza de café y les habló durante quince minutos, para explicarles cuáles eran sus obligaciones y, lo que era tal vez más importante, cuáles no eran sus obligaciones. Luego, la Charlton las tomó bajo su tutela. Cuando salían de su despacho, Louis la oyó preguntar:
—¿Alguna de vosotras es alérgica a la mierda o al vómito? Porque aquí vais a ver mucho de las dos cosas.
—¡Ay, Dios! —murmuró Louis cubriéndose los ojos con la mano. Pero sonreía. No dejaba de tener sus ventajas contar con un cabo de varas como la Charlton.
Louis empezó a rellenar los largos formularios oficiales que suponían un completo inventario de los medicamentos y material. («Todos los años la misma historia —murmuró Steve Masterton con voz de mártir—. Todos los años, la misma cochina historia. ¿Por qué no pones: «Instalación completa para trasplantes de corazón. Valor aproximado: ocho millones de dólares?» Eso les dará que pensar.») Louis estaba totalmente absorto en su trabajo mientras el subconsciente le murmuraba que no le caería mal una taza de café, cuando oyó gritar a Masterton en el vestíbulo:
—¡Louis, eh, Louis, sal enseguida! ¡Qué barbaridad!
El pánico que había en la voz de Masterton hizo que Louis saliera corriendo. Se levantó del sillón como si hubiera estado esperando aquello. Donde sonaba la voz de Masterton se oyó un chillido fino y cortante como una astilla de vidrio. Fue seguido de una fuerte palmada.
—¡Cállate o largo de aquí! ¡Cállate ya!
Louis salió disparado a la sala de espera. Al principio, sólo vio la sangre, cantidad de sangre. Una de las aspirantes a enfermera sollozaba. La otra, blanca como la leche, se apretaba las comisuras de los labios con los puños, distendiéndolas en una ancha sonrisa de repugnancia. Masterton, arrodillado en el suelo, trataba de sostener la cabeza del muchacho que estaba tendido sobre la moqueta.
Steve miró a Louis con los ojos agrandados por el horror. Abrió la boca, pero no le salían las palabras.
Al otro lado de las grandes puertas de cristal del Centro Médico se apretujaba la gente, haciendo pantalla con las manos para mirar al interior. La escena evocó en Louis un recuerdo aberrante: se vio a sí mismo, con seis años, sentado en la sala de estar con su madre, mirando la televisión por la mañana, antes de que ella se fuera a trabajar. Estaban dando aquel viejo programa que se llamaba "Today", de Dave Garroway. Había mucha gente fuera que miraba embobada a Dave y a Frank Blair, y al bueno de J. Fred Muggs. Volvió la cabeza y vio más caras en las ventanas. Lo de las puertas no podía impedirlo; pero...
—Echa las cortinas —dijo a la aspirante que había gritado.
Como ella no se moviera, la Charlton le dio un golpe en las posaderas.
—¡Muévete, chica!
La muchacha se puso en movimiento. Al momento, las cortinas quedaron echadas. Charlton y Steve Masterton se situaron instintivamente entre el herido y las puertas, a fin de tapar la vista en la medida de lo posible.
—¿La camilla dura, doctor? —preguntó la Charlton.
—Que la traigan, si es que la necesitamos —dijo Louis agachándose al lado de Masterton—. Aún no sé lo que tiene.
—Vamos, tú —dijo la Charlton a la muchacha que había corrido las cortinas. La joven se volvía a tirar de los labios con los puños, formando aquella mueca de horror que le descubría los dientes como una sonrisa.
—¡Oh, agg! —gimió la muchacha mirando a la Charlton.
—De acuerdo, oh ag. Pero andando. —La enfermera la sacudió por un hombro y la muchacha se alejó rápidamente. El borde de su falda a rayas rojas y blancas le rozaba las pantorrillas.
Louis se inclinó para examinar a su primer paciente de la Universidad de Maine, en Orono.
Era un muchacho de unos veinte años, y Louis no tardó ni tres segundos en hacer su diagnóstico. Estaba prácticamente muerto. Tenía la cabeza aplastada y el cuello roto. La clavícula fracturada le tensaba la piel del hombro derecho, hinchado y deforme. De la cabeza, un fluido amarillo y purulento goteaba en la alfombra mezclado con la sangre. Por un boquete del cráneo, Louis veía palpitar la masa del cerebro, de un blanco grisáceo. Era como mirar por una ventana rota. El orificio tenía unos cinco centímetros de diámetro. Era lo bastante grande como para que naciera un niño, si lo hubiera llevado en la cabeza, como Zeus, que paría por la frente. Parecía imposible que aún estuviera vivo. De pronto, le pareció oír la voz de Jud Crandall que decía: «A veces sentía su dentellada en el trasero.» Y su madre: «Lo muerto, muerto está.» Sintió el disparatado impulso de reír. Lo muerto, muerto. Sí, señora; esto era categórico.
—Llama a la ambulancia —dijo a Masterton—. Hay que...
—Louis, la ambulancia está...
—¡Vaya! —Louis se dio una palmada en la frente. Miró a la Charlton—. Joan, ¿qué hacen en estos casos? ¿Llaman a seguridad del "campus" o al Centro Médico de Maine Oriental?
Joan parecía aturdida y trastornada, algo insólito en ella, supuso Louis. Pero su voz sonaba bastante firme al responder:
—No lo sé, doctor. Nunca habíamos tenido un caso como éste desde que yo estoy en el Centro Médico. Louis pensó con toda la rapidez de que era capaz.
—Avisen a la policía del "campus". No podemos esperar a la ambulancia del hospital. Si es necesario, podemos llevarlo a Bangor en un coche de bomberos. Por lo menos, tiene sirena y luces especiales. Llámeles, Joan.
La mujer se fue, pero no sin que Louis captara la mirada de profunda conmiseración que le lanzó. Aquel muchacho, musculoso y bronceado —quizá de haber estado todo el verano reparando carreteras, pintando fachadas o dando clases de tenis— que no llevaba más ropa que unos "shorts" colorados con listas blancas, aquel muchacho iba a morir de todos modos. Y habría muerto también aunque la ambulancia hubiera estado aparcada en su sitio y con el motor en marcha cuando lo trajeron.
Increíblemente, el moribundo se movía. Agitó los párpados y abrió los ojos. Unos ojos azules con el iris ribeteado de sangre, que miraba sin ver. Trató de mover la cabeza y Louis le sujetó con más fuerza, pensando que tenía el cuello partido. El terrible traumatismo craneal no excluía la posibilidad de que sintiera dolor.
«¡Qué agujero, Señor, qué agujero!»
—¿Qué le ha pasado? —preguntó a Steve, comprendiendo que la pregunta era estúpida e inútil. La pregunta de un mirón. Pero ante aquel agujero él no podía ser más que eso, un mirón—. ¿Lo trajo la policía?
—No; lo trajeron unos estudiantes, en una manta. No sé nada más.
Lo que importaba era lo que iba a pasar ahora. Y eso le afectaba a él.
—Ve a buscarlos. Hazlos entrar por la otra puerta. Quiero tenerlos a mano, pero que no vean más de lo que han visto ya.
Masterton, con cara de alivio por tener una excusa para marcharse, se fue hacia la puerta y la abrió. Se oyó un murmullo de voces excitadas y curiosas. Louis percibió también el aullido de la sirena de la policía. Ya venían los de seguridad. Louis sintió un leve y mezquino alivio.
El moribundo hacía una especie de gorgoteo. Estaba tratando de hablar. Louis oía sílabas —cuando menos, fonemas— pero las palabras eran ininteligibles.
Louis se inclinó y dijo:
—Todo va bien, chico. —Al decirlo se acordó de Ellie y de Rachel y sintió un espasmo en el estómago. Se puso una mano en la boca para ahogar la náusea.
—Caaa —dijo el muchacho—. Gaaaaaa...
Louis miró en derredor y vio que se había quedado solo con el moribundo. Oía a lo lejos la voz de Joan Charlton que decía a las aspirantes que la camilla dura estaba en el armario de la sala Dos. Louis tenía sus dudas de que ellas supieran cuál era la sala Dos. Al fin y al cabo, era su primer día de prácticas. Y vaya día. No olvidarían fácilmente su primer contacto con el mundo de la medicina. En la moqueta verde había un círculo marrón oscuro que se ensanchaba por momentos en torno a la destrozada cabeza del herido. Menos mal que había dejado de fluir el líquido intercraneal.
—En Pet Sematary —dijo el joven con una voz que era como un graznido... y sonreía. Era una sonrisa muy parecida a la mueca grotesca e histérica de la aspirante que había corrido las cortinas.
Louis le miró fijamente, resistiéndose a dar crédito a sus oídos. Luego pensó que había tenido una alucinación auditiva. «Habrá hecho más ruidos con la garganta y mi imaginación les ha dado coherencia con las impresiones del subconsciente.» Pero no era eso, y así tuvo que reconocerlo instantes después. Sintió un vértigo de terror y se le erizó el vello. Era como si la piel de los brazos y del vientre se deslizara arriba y abajo, en olas... Pero aun así se negaba a aceptarlo. Sí, los labios ensangrentados del herido se habían movido y los oídos de Louis captaron unas sílabas, pero eso sólo significaba que la alucinación fue visual además de auditiva.
—¿Qué dices? —susurró Louis.
Y esta vez, con la misma claridad que una cotorra o un cuervo con la lengua partida, las palabras sonaron, inconfundibles: «No es un cementerio de verdad.» Los ojos tenían la mirada extraviada y derrames de sangre; la boca se abría en una gran sonrisa de carpa muerta.
El horror traspasó el cuerpo de Louis atenazándole el corazón con unos dedos helados. Él se sentía más y más pequeño, hasta que no pensó más que en salir corriendo para escapar de aquella cabeza parlante, ensangrentada y rota, que yacía en el suelo de la sala de espera de la enfermería. Él no era hombre de profundos principios religiosos, ni se sentía atraído por supersticiones ni ocultismos. No estaba preparado para aquello, fuese lo que fuese.
Sobreponiéndose con todas sus fuerzas al impulso de echar a correr, se obligó a inclinarse más aún hacia el herido.
—¿Qué has dicho? —preguntó.
Aquella sonrisa. Qué espanto.
—El fondo del corazón humano es aún más árido, Louis —susurró el muchacho—. El hombre siembra sólo aquello que puede. Y lo cuida.
«Louis —pensó él, sin oír nada más después de su nombre—. ¡Oh, Dios mío, sabe cómo me llamo!»
—¿Quién eres? —preguntó Louis con voz temblona—. ¿Quién eres?
—Indio trae pescado.
—¿Cómo sabes mi...?
—Apártate de nosotros. Sabemos...
—¿Vosotros?
—"Caa" —hizo el muchacho, y ahora a Louis le pareció que el aliento le olía a muerte; lesiones internas, arritmia, fallo, ruina.
—¿Qué? —De buena gana le hubiera sacudido por un hombro.
El muchacho de los "shorts" rojos se estremeció de pies a cabeza. De pronto, pareció quedar congelado, con todos los músculos en tensión. Durante un momento, sus ojos miraron a Louis sin aquella expresión ausente. Entonces se relajó bruscamente. Olía muy mal. Louis pensó que iba a volver a hablar, que tenía que volver a hablar. Pero los ojos volvieron a perderse en el vacío, vidriosos... El hombre había muerto.
Louis se sentó sobre sus talones, con toda la ropa pegada al cuerpo. Estaba empapado en sudor. Se le nubló la vista y las imágenes empezaron a ladearse. Al darse cuenta de lo que le ocurría, se volvió, se puso la cabeza entre las rodillas y se oprimió las encías con las uñas del pulgar y del índice hasta hacerlas sangrar.
Al cabo de un momento, el entorno volvió a despejarse.

13

Entonces la habitación se llenó de gente. Parecían actores que hubieran estado esperando la entrada. Ello acrecentó el aturdimiento y el desconcierto de Louis: la fuerza de estas sensaciones, que él había estudiado en los cursos de psicología, pero nunca experimentado por sí mismo, le dejó aterrado. Así debía de sentirse uno cuando alguien le echaba una buena dosis de LSD en la bebida.
«Es como una obra de teatro, representada exclusivamente para mí —pensó—. Primeramente, se despeja la escena, a fin de que la sibila moribunda pronuncie una oscura profecía que yo y sólo yo puedo escuchar. Y, en cuanto el hombre muere, todos vuelven.»
Entraron las dos aspirantes transportando torpemente la camilla dura que se utilizaba en los casos de lesiones dorsales y cervicales. Las seguía Joan Charlton, que anunciaba la llegada de la policía del "campus". El muchacho había sido atropellado mientras hacía "jogging". Louis se acordó de la pareja que se le había cruzado aquella mañana y sintió una punzada de angustia.
Detrás de la Charlton venían Steve Masterton y dos agentes del servicio de Seguridad.
—Louis, los que trajeron a Pascow están... —Se interrumpió y preguntó vivamente—: Louis, ¿te encuentras bien?
—Estoy perfectamente —dijo él y se levantó. Sintió un vahído, pero se le pasó enseguida. Por decir algo, preguntó—: ¿Se llamaba Pascow?
Uno de los agentes respondió:
—Víctor Pascow, según la chica que corría con él.
Louis miró el reloj y restó dos minutos. En la habitación donde Masterton tenía secuestrados a los que habían traído a Pascow sonaba el llanto desconsolado de una muchacha. «Bienvenida a la universidad, jovencita, pensó él. Que tengas un buen semestre.»
—Mr. Pascow falleció a las diez horas y nueve minutos de la mañana —dijo.
Uno de los agentes se pasó el dorso de la mano por los labios.
Masterton insistió.
—Louis, ¿estás bien? Tienes una cara horrible.
Cuando Louis abría la boca para contestar, una de las auxiliares soltó el extremo de la camilla y salió corriendo mientras vomitaba en el delantal. Empezó a sonar un teléfono. La muchacha que lloraba se había puesto a llamar a gritos al muerto: «¡Vic! ¡Vic! ¡Vic!» El barullo era espantoso. Uno de los agentes preguntaba a la Charlton si podía darles una manta para tapar el cadáver, y la Charlton le decía que no sabía si estaba autorizada para disponer de una manta. Louis recordó entonces una frase de Maurice Sendak: «Que empiece la barahúnda.»
Volvía a sentir en la garganta aquella risa inoportuna, y consiguió ahogarla. ¿Había pronunciado realmente las palabras Pet Sematary el tal Pascow? ¿Le había llamado realmente por su nombre? Esto era lo que le tenía trastornado, lo que le había hecho salirse de su órbita. Pero su cerebro parecía estar ya envolviendo aquellos momentos en una película protectora, esculpiendo, retocando, sustituyendo. Sin duda, había dicho otra cosa (si realmente había hablado) y, con la impresión y los nervios del momento, Louis había entendido mal. Lo más probable era que Pascow sólo hubiera articulado sílabas incoherentes, tal como pensó al principio.
Louis trató de reaccionar, buscando en sí aquella personalidad que indujo a la junta de la universidad a elegirle a él entre los cincuenta y tres candidatos a la plaza. Allí faltaba alguien que tomara la iniciativa. La sala estaba llena de gente aturullada.
—Steve, dale un tranquilizante a esa chica —dijo. Al oír su propia voz empezó a sentirse mejor. Era como si estuviera en una nave espacial y acabaran de encenderse los cohetes para despegar de un minúsculo asteroide. Y el asteroide era, desde luego, el momento en el que Pascow había hablado. Louis había sido contratado para dirigir aquello. Y eso se proponía hacer.
—Joan, una manta.
—Doctor, no hemos hecho inventario...
—Traiga esa manta de todos modos. Luego vaya a ver qué tiene la aspirante. —Miró a la otra muchacha, que seguía sosteniendo un extremo de la camilla. Miraba el cuerpo de Pascow como si estuviera hipnotizada—. ¡Señorita! —gritó Louis ásperamente, y ella apartó los ojos del cadáver.
—¿Qu... qu...?
—¿Cómo se llama su compañera?
—¿Qu... quién?
—La que vomita —dijo él con deliberada rudeza.
—Ju... Ju... Judy. Judy DeLessio.
—¿Y usted?
—Carla. —La muchacha parecía un poco más tranquila.
—Carla, vaya a ver cómo está Judy. Y traiga la manta. Encontrará un montón de ellas en el armario pequeño de la sala de reconocimientos Uno. Ahora, si son tan amables, salgan todos. Un poco de profesionalidad, por favor.
Los demás se pusieron en movimiento. Al poco, cesaron los gritos en la habitación contigua. El teléfono, que había enmudecido, volvió a sonar. Louis oprimió el botón de espera sin descolgar.
El de más edad de los dos agentes parecía más sereno, y a él le preguntó Louis:
—¿A quién hay que dar parte? ¿Puede facilitarme una lista?
El hombre asintió.
—Es el primer caso en seis años —dijo—. Mal empieza el curso.
—Y tan mal —dijo Louis. Descolgó el teléfono y soltó el botón de espera.
—¿Oiga? ¿Quién está...? —decía una voz excitada.
Louis colgó el aparato y empezó a hacer sus llamadas.

14

Las cosas no empezaron a calmarse hasta casi las cuatro de la tarde, después de que Louis y Richard Irving, jefe de Seguridad del "campus", hicieran una declaración a la prensa. El joven Víctor Pascow estaba haciendo "jogging" con otras dos personas, una de ellas, su novia. Un automóvil conducido por Tremont Withers, de veintitrés años, de Haven, Maine, que circulaba a velocidad excesiva por la avenida procedente del Gimnasio Femenino Lengyll en dirección al centro del "campus", embistió a Pascow y lo lanzó contra un árbol. Pascow fue llevado a la enfermería en una manta por sus amigos y dos transeúntes y murió diez minutos después. Withers estaba detenido. Podrían formulársele cargos por conducción temeraria, conducción en estado de embriaguez y homicidio por imprudencia.
El redactor del periódico universitario preguntó si podía decir que Pascow había muerto a consecuencia de las heridas recibidas en la cabeza. Louis, pensando en aquella ventana rota por la que se veía el cerebro, dijo que era el forense del condado de Penobscot quien debía dictaminar las causas de la muerte. El redactor preguntó entonces si las cuatro personas que habían transportado a Pascow en la manta no le habrían producido la muerte involuntariamente.
—No —respondió Louis, contento por tener la oportunidad de eximir de culpa a aquellos cuatro jóvenes que habían actuado rápida y humanitariamente—. En absoluto. En mi opinión, la herida que recibió Mr. Pascow era mortal de necesidad.
Se hicieron varias preguntas más, pero en realidad esta respuesta puso fin a la rueda de prensa. Ahora Louis estaba sentado en su despacho (Steve Masterton se había ido a casa hacía una hora, inmediatamente después de la rueda de prensa: para verse en las noticias de la tarde, según sospechaba Louis) tratando de despachar el trabajo del día, o quizá de recubrirlo de una capa de rutina. Él y la Charlton repasaban las fichas de la carpeta Uno: las de los estudiantes que se esforzaban por cursar una carrera a pesar de alguna incapacidad física. En la primera carpeta había veintitrés diabéticos, quince epilépticos, catorce parapléjicos y varios casos de leucemia, parálisis cerebral y distrofia muscular, dos ciegos, dos mudos y un enfermo de anemia celular, una variedad que Louis ni siquiera había visto.
Quizá el peor momento de la tarde fue cuando, poco después de que se fuera Steve, entró la Charlton y dejó un volante rosa en el escritorio de Louis. «Alfombras Bangor vendrán mañana a las 9.00.»
—¿Alfombras? —preguntó él.
—Hay que reparar la moqueta —dijo la enfermera—. Esa mancha no hay quien la quite, doctor.
Naturalmente. Fue entonces cuando Louis entró en el dispensario y se tomó un Tuinal, Entonal lo llamaba su compañero de habitación del primer año de facultad. «Sube al tranvía de Entonalandia, Louis. Vamos a hacer un viajecito.» Las más de las veces, Louis declinaba la invitación, y tal vez fuera mejor así. Su compañero colgó los libros en tercero y aquel tranvía lo llevó nada menos que a Vietnam, en calidad de auxiliar de Sanidad. Louis se lo imaginaba a veces atiborrado de droga, «viajando» por la selva.
Pero ahora necesitaba algo. Si tenía que ver el papelito rosa cada vez que levantara los ojos de las fichas, necesitaba la tableta.
Se encontraba viajando, bastante entonado, cuando Mrs. Baillings, la enfermera de la tarde, se asomó a la puerta para decirle:
—Le llama su esposa, doctor Creed. Línea uno.
Louis miró el reloj y vio que eran casi las cinco y media. Tenía intención de marcharse hacía media hora.
Descolgó el aparato y oprimió la línea uno.
—Hola, cariño. Ahora mismo...
—Louis, ¿estás bien?
—Sí, muy bien.
—Lo he oído por la radio, Lou. Lo siento. —Hizo una pausa—. Han dado un reportaje de la rueda de prensa. Has hablado muy bien.
—¿Sí? Me alegro.
—¿Seguro que te encuentras bien?
—Sí, Rachel, muy bien.
—Ven pronto a casa —dijo ella.
—Sí —respondió Louis. Era una buena idea lo de irse a casa.

15

Rachel salió a recibirle a la puerta. Louis se quedó con la boca abierta. Ella llevaba el sujetador de tul que tanto le gustaba a él, unas braguitas semitransparentes y nada más.
—Estás fenomenal —dijo él—. ¿Y los niños?
—Se los llevó Missy Dandridge. Estamos libres hasta las ocho y media. Tenemos dos horas y media. No perdamos el tiempo.
Ella le abrazó. Louis notó un leve perfume. ¿Esencia de rosas? La rodeó con sus brazos, primero por el talle, luego deslizó una mano hacia las nalgas, mientras la lengua de ella danzaba ligeramente sobre sus labios y penetraba en su boca, explorando.
Cuando, por fin, se deshizo el beso, él preguntó con la voz un poco ronca:
—¿Tú eres la cena?
—El postre. —Ella empezó a mover lentamente el vientre, apretándose contra él—. Pero te prometo que no vas a tener que comer nada que no te guste.
Él trató de sujetarla, pero ella se escabulló y le tomó una mano.
—Sube —dijo.
Le preparó un baño caliente, le desnudó despacio y le empujó hacia el agua. Luego, se puso el guante de toalla que estaba colgado de la ducha, y que casi nunca usaba, le enjabonó y le aclaró. Él sentía relajarse la tensión de aquel día: aquel horrible primer día. Rachel se había mojado y las bragas se le pegaban al cuerpo como una segunda piel.
Louis fue a salir de la bañera, pero ella le sujetó.
—¿Qué...?
Entonces, el guante le asió suavemente..., suavemente, pero con una fricción casi insoportable, con un lento vaivén.
—Rachel... —Él estaba sudando y no era sólo por el calor del baño.
—Ssssh.
Aquello parecía durar una eternidad. Cuando él estaba a punto, el guante casi se detenía. Pero no del todo, sino que oprimía, soltaba y volvía a oprimir, hasta que él se corrió con tal violencia que le zumbaron los oídos.
—¡Dios mío! —murmuró cuando pudo hablar—. ¿Dónde has aprendido a hacer eso?
—En las "girl-scouts" —dijo ella, muy seria.
*  *  *
Rachel había preparado un stroganoff que estuvo cociendo a fuego lento durante el episodio del baño, y Louis, que a las cuatro de la tarde habría jurado que no volvería a probar bocado hasta la víspera de Todos los Santos, tomó dos platos.
Luego, ella le llevó otra vez arriba.
—Ahora veamos qué puedes hacer tú por mí.
Vistas las circunstancias, Louis estimó que había estado a la altura.
*  *  *
Después, Rachel se puso su viejo pijama azul. Louis, vestido con una camisa de franela y unos pantalones de pana sin forma alguna —su pelele, los llamaba Rachel— fue a buscar a los niños.
Missy Dandridge quería que le contara el accidente con pelos y señales, y Louis le hizo un resumen mucho más escueto que la noticia que aparecería en el "Bangor Daily News" del día siguiente. No le gustaba tener que hablar de aquello —se sentía como un chismoso macabro—, pero Missy no quería cobrar nada por cuidar de los niños y él le estaba muy agradecido por la velada que había pasado con Rachel.
Gage se quedó profundamente dormido antes de que recorrieran los dos kilómetros de camino, y la misma Ellie bostezaba y tenía los ojos brillantes. Louis le cambió el pañal a Gage, le puso el pijama y lo metió en la cuna. Luego, leyó un cuento a Ellie. Como siempre, ella pedía a gritos "Dónde viven las fieras salvajes", pues tenía mucho de fiera salvaje, pero tuvo que conformarse con "El gato en el sombrero". Se quedó dormida a los cinco minutos, y Rachel entró a arroparla.
Cuando Louis bajó a la sala, Rachel estaba sentada en el sofá, tomando un vaso de leche. Tenía una novela de misterio de Dorothy Sayers abierta sobre uno de sus largos muslos.
—¿De verdad estás bien, Louis?
—Estupendamente, cariño. Y muchas gracias. Por todo.
—A su disposición. —Le sonrió con picardía—. ¿No vas a tomar una cerveza en casa de Jud?
—Esta noche no. Estoy molido.
—Supongo que yo tengo parte de culpa.
—Eso creo.
—Entonces, doctor, un vaso de leche y a la cama.
Louis pensaba que le costaría dormirse, como le ocurría cuando estaba de interno y el día había sido movido. Pero se sumió suavemente en el sueño, como si resbalara por un tobogán de poca pendiente. No recordaba dónde había leído que una persona normal tarda unos siete minutos en quitar todas las clavijas que lo conectan al día. Siete minutos durante los cuales consciente y subconsciente van girando como las paredes trucadas de la casa encantada del parque de atracciones. Resultaba un poco inquietante.
Ya casi había caído cuando oyó decir a Rachel, a lo lejos:
—...pasado mañana.
—¿Mmmmm?
—Jolander, el veterinario. Opera a Church pasado mañana.
—Oh. —«Church. Disfruta de tus cojones mientras puedas, amiguito.» Y se quedó profundamente dormido, como si hubiera caído por un agujero. Y sin soñar.

16

Algo le despertó mucho después. Fue un golpe lo bastante fuerte como para que él se incorporara en la cama pensando si Ellie se habría caído o si se habría desmontado la cuna de Gage. Entonces salió la luna de detrás de una nube, inundando la habitación de una luz fría y pálida, y Louis vio a Víctor Pascow en la puerta. El golpe lo había dado Víctor Pascow al abrir la puerta.
Allí estaba, con la cabeza hundida detrás de la sien izquierda. La sangre se le había secado en la cara dejándole unas rayas moradas que recordaban la pintura de guerra de los indios. Se le veía la protuberancia blanquecina de la clavícula. Estaba sonriendo de oreja a oreja.
—Venga conmigo, doctor —dijo—. Tenemos que ir a un sitio.
Louis miró en derredor. Su mujer no era más que un bulto impreciso bajo el edredón amarillo, y dormía. Volvió a mirar a Pascow, que estaba muerto y no muerto. Sin embargo, Louis no tenía miedo. Enseguida comprendió por qué.
«Es un sueño —pensó. Y el alivio que este pensamiento le produjo le hizo darse cuenta de que sí había tenido miedo al fin y al cabo—. Los muertos no vuelven; fisiológicamente es imposible. Este muchacho está en un cajón frigorífico de Bangor con la marca del patólogo —una costura en forma de Y— en la espalda. Probablemente, el patólogo le habrá metido el cerebro en la cavidad torácica, después de extraer una muestra del tejido para análisis y le habrá rellenado el cráneo de papel marrón para que no gotee —eso es mucho más fácil que tratar de colocar el cerebro otra vez en su sitio, como si fuera una pieza de puzzle.» El tío Carl, padre de la infortunada Ruthie, le había contado que los patólogos hacían eso, y le había contado otras muchas cosas que probablemente harían gritar de horror a Rachel, con su necrofobia. Pero Pascow no podía estar aquí. Ni hablar, amigo. Pascow estaba en un cajón frigorífico con una etiqueta colgada del dedo gordo del pie. «Y tampoco tendrá puestos esos "shorts" colorados.»
No obstante, sentía el impulso de levantarse. Los ojos de Pascow estaban fijos en él.
Louis apartó la ropa de la cama y puso los pies en la alfombrilla de ganchillo, regalo de boda de la abuela de Rachel. Las borlas se le hundieron en los talones. Aquel sueño era muy real. Tan real que Louis no siguió a Pascow hasta que éste dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras. El impulso de seguirle era fuerte, pero Louis no quería que un cadáver ambulante le tocara, ni siquiera en sueños.
Pero se fue tras él. Brillaba la seda de los "shorts" colorados.
Cruzaron la sala de estar, el comedor y la cocina. Louis esperaba que Pascow descorriera el pestillo e hiciera girar el picaporte de la puerta que comunicaba la cocina con el cobertizo que hacía las veces de garaje para la furgoneta y el Civic, pero Pascow atravesó la puerta sin abrirla. Louis pensó entonces con un leve asombro: «¿Conque así es como hay que hacerlo? Sencillísimo. Eso lo hace cualquiera.»
Él lo intentó —y le produjo cierto regocijo chocar con la dura madera. Evidentemente, él era un realista incluso cuando estaba soñando. Louis hizo girar el cerrojo Yale, descorrió el pestillo y entró en el garaje. Pascow no estaba. Louis se preguntó si su visitante habría dejado de existir. Eso acostumbraban hacer los personajes de los sueños. Con la misma facilidad con que uno cambiaba de escenario. Tanto estabas desnudo al lado de una piscina con una erección de campeonato, hablando de la posibilidad de hacer un intercambio de parejas con Roger y Missy Dandridge, por ejemplo, como escalando un volcán hawaiano. Quizá había perdido a Pascow porque ahora iba a empezar el segundo acto.
Pero cuando Louis salió del garaje, volvió a verle. Estaba de pie, en la embocadura del sendero, iluminado por la luna.
Entonces sintió miedo. Se le metía por todos los huecos del cuerpo y los llenaba de un humo sucio. Louis no quería ir allí arriba. Se detuvo.
Pascow miró por encima del hombro. A la luz de la luna, sus ojos parecían de plata. Louis sintió un nudo de angustia en el vientre. Aquel hueso que sobresalía, aquellas manchas de sangre coagulada... Pero era inútil tratar de resistirse a aquellos ojos. Por lo visto, se trataba de un sueño sobre la hipnosis... sobre lo que era sentirse dominado e incapaz de evitar las cosas, como fue incapaz de evitar la muerte de Pascow. Ya puedes haber estudiado veinte años, que si te ponen delante a un tipo con un boquete como aquél en la cabeza, de nada te sirven. Para el caso, lo mismo habría sido llamar a un fontanero, a un zahorí o a Perico de los Palotes.
Pero mientras pensaba en estas cosas ya iba hacia el sendero, siguiendo los "shorts" que, con aquella luz, parecían tan morados como la sangre de la cara de Pascow.
A Louis no le gustaba el sueño aquel. Quiá. Era demasiado real. Las borlas de la alfombrilla, el no haber podido traspasar la puerta. En un sueño como es debido, cualquiera puede filtrarse por puertas y paredes (o debería poder)... y ahora sentía el rocío helado en los pies y la brisa de la noche en el cuerpo, desnudo salvo por los "shorts" del pijama. Y, cuando llegaron a los árboles, las agujas de los pinos se le clavaban en las plantas de los pies. Otro detalle que resultaba más real de lo necesario.
«No importa. No importa. Estoy en casa y en la cama. No es más que un sueño, por muy real que parezca, y, como todos los sueños, mañana parecerá ridículo. Despierto, descubriré sus incongruencias.»
Una ramita le arañó en el bíceps y Louis hizo una mueca de dolor. Allí delante, Pascow no era más que una sombra, y ahora el terror de Louis parecía haber cristalizado dentro de su cabeza en estas palabras: «Voy al bosque detrás de un muerto, voy a Pet Sematary andando detrás de un muerto, y no es un sueño. Que Dios me proteja, no es un sueño. Esto está pasando de verdad.»
Bajaron por el otro lado de la colina. El sendero serpenteaba entre los árboles y luego cruzaba la espesura. Ahora no llevaba botas. Sintió una fría jalea bajo los pies y tenía que avanzar sujetándose a las ramas para no resbalar. Se oían desagradables chasquidos como de ventosas. Sentía el lodo entre los dedos de los pies, separándoselos.
Trató desesperadamente de aferrarse a la idea de que todo era un sueño.
No cuajaba.
Llegaron al claro y la luna volvió a salir de su arrecife de nubes, inundando el cementerio de una claridad fantasmal. Las estelas —pedazos de madera y de hojalata cortada con las tenazas de papá y luego aplastada con el martillo, losas melladas de pizarra— se destacaban con claridad tridimensional, proyectando sombras negras y nítidas.
Pascow se detuvo junto a SMUCKY GATO OVEDIENTE y miró a Louis. El horror, el terror que sentía entonces... Le parecía que estos sentimientos seguirían creciendo y creciendo hasta que su cuerpo reventara por efecto de su presión implacable. Pascow le sonreía con sus labios ensangrentados enseñando los dientes, y su sano color bronceado adquiría a la luz de la luna el tono marfileño del cadáver que va a ser amortajado.
Pascow levantó el brazo señalando. Louis siguió con la mirada la dirección que le indicaba y lanzó un gemido. Sus ojos se dilataron y se apretó los labios con los nudillos. Sintió algo frío en la cara y se dio cuenta de que estaba llorando de terror.
El montón de troncos del que Jud hiciera bajar a Ellie tan alarmado, se había convertido en un montón de huesos. Y los huesos se movían, retorcían y entrechocaban: mandíbulas, fémures, cúbitos, molares, incisivos; vio las sardónicas calaveras de seres humanos y animales, falanges que tintineaban. Aquí, los restos de un pie flexionaban sus pálidas articulaciones...
Ah, y se movía; estaba reptando.
Pascow venía ahora hacia él, con su cara ensangrentada, sombría a la luz de la luna, y el último vestigio de pensamiento coherente de Louis acabó de diluirse en una idea repetitiva: «Tienes que gritar para despertarte, aunque asustes a Rachel, a Ellie, a Gage y a todo el vecindario, tienes que gritar para despertarte gritargritargritarparadespertartedespertartedespertarte...»
Pero no le salía más que un tenue soplo de aire, como el sonido que hace el niño que trata de aprender a silbar.
Pascow se acercó y empezó a hablar.
—La puerta no debe abrirse —dijo Pascow. Se inclinaba para hablarle, porque Louis había caído de rodillas. Ya no le sonreía de oreja a oreja. Había en su cara una expresión que en un principio Louis tomó por compasión. Pero no era compasión, sino una horrible paciencia. Señaló al montón de huesos que rebullían—. No traspase la barrera, por mucho que lo desee, doctor. La barrera se levantó para ser respetada. Recuerde esto: aquí hay una fuerza superior a lo que usted imagina. Es una fuerza vieja y siempre inquieta. Recuérdelo.
Louis volvió a tratar de gritar, y no pudo.
—Vengo como amigo —dijo Pascow; pero, ¿dijo realmente "amigo"? Louis creía que no. Era como si Pascow hablara en una lengua extranjera que Louis interpretaba gracias a una magia especial de los sueños..., y "amigo" era el equivalente más aproximado que podía hallar la atribulada mente de Louis—. Usted y aquellos a los que ama están expuestos a la destrucción, doctor. —Estaba lo bastante cerca como para que Louis notara su olor a muerte.
Pascow extendía el brazo hacia él.
Y aquel leve y alucinante entrechocar de huesos.
Louis se echaba hacia atrás, en su afán por rehuir aquella mano. Su propia mano tropezó con una estela derribándola. El rostro de Pascow, inclinado sobre él, llenaba todo su campo visual.
—Doctor, recuérdelo.
Louis trató de gritar, y el mundo se borró de su vista dando vueltas, pero seguía oyendo el repiqueteo de huesos en la cripta de la noche iluminada por la luna.

17

Una persona normal tarda siete minutos en dormirse; pero, según la "Fisiología humana" de Hand, la misma persona tarda entre quince y veinte minutos en despertar. Al parecer, el sueño es un lago del que cuesta más salir que entrar. El ser humano despierta por etapas, pasando del sueño profundo al sueño ligero y a ese estado llamado «duermevela» en el que la persona oye sonidos y hasta contesta a preguntas que después no recuerda, salvo, si acaso, como un sueño.
Louis oía el castañeteo de huesos, pero el sonido se hacía más metálico y agudo por momentos. Un golpe. Un grito. Más sonidos metálicos... ¿Algo que rodaba? «Claro —convino su aletargado cerebro—. Los huesos, rodando.»
Louis oyó la voz de su hija:
—¡Toma, Gage! ¡Toma!
Siguió un gorgorito de alegría de Gage, y entonces Louis abrió los ojos y vio el techo de su habitación.
Se quedó muy quieto, dejándose inundar por la realidad, la estupenda realidad, la bendita realidad.
Todo, un sueño. Espantoso y vivido, pero sueño. Sólo un fósil del subconsciente.
Volvió a oír el sonido metálico. Era un cochecito de juguete de Gage que corría por el pasillo de arriba.
—¡Toma, Gage!
—¡Toma! —gritó Gage—. ¡Toma-toma-toma!
Pumba-pumba-pumba. Los pies descalzos de Gage batían la alfombra. Los niños reían por lo bajo.
Louis miró a su derecha. Rachel ya se había levantado. La cama estaba abierta. El sol brillaba ya muy alto. Louis miró el reloj y vio que eran casi las ocho. Rachel le había dejado dormir... probablemente a propósito.
Normalmente, ello le hubiera irritado, pero no esta mañana. Respiró profundamente, satisfecho por el momento con estar allí, con aquel sol que entraba por la ventana, palpando la inconfundible textura del mundo real. Motas de polvo bailaban en aquel rayo de sol.
—¡El! —gritó Rachel desde abajo—. Ya es hora de que bajes, recojas tu bocadillo y salgas a esperar el autobús.
—Voy, mamá. —Las pisadas de la niña, más fuertes—. Toma tu coche, Gage. Yo tengo que ir a la escuela.
Gage se puso a chillar, indignado. Sus protestas eran enmarañadas. —Las únicas palabras que se distinguían eran: "Gage, coche, toma y Ellie, bus"—. Pero el mensaje estaba bien claro: Ellie debía quedarse, el colegio podía irse a la porra por un día.
Otra vez la voz de Rachel:
—El, despierta a papá antes de bajar.
Entró Ellie, con el pelo recogido en una cola de caballo y su vestido rojo.
—Estoy despierto, cariño —dijo él—. Anda al autobús.
—Sí, papá. —La niña se acercó, le dio un beso en la áspera mejilla y salió corriendo hacia la escalera.
El sueño empezaba a diluirse, a perder coherencia. Magnífico.
—¡Gage! —gritó Louis—. ¡Un beso a papá!
Gage hizo caso omiso. Bajaba la escalera detrás de Ellie tan aprisa como podía, chillando a voz en cuello:
—¡Toma! ¡Toma! ¡TOMA!
Louis apenas alcanzó a entrever la figura rechoncha del niño que sólo llevaba el pañal y las braguitas de plástico.
—¿Estás despierto, Louis? —gritó Rachel desde abajo.
—Sí —dijo Louis sentándose en la cama.
—¡Ya te lo he dicho! —gritó Ellie—. Me voy. ¡Adiós! —Un portazo y un berrido de indignación de Gage subrayaron estas palabras.
—¿Un huevo o dos? —preguntó Rachel.
Louis apartó la ropa de la cama y puso los pies en la alfombrilla de ganchillo y ya iba a responder que nada de huevos, sólo un tazón de cereales antes de salir corriendo..., cuando las palabras se le ahogaron en la garganta.
Tenía los pies sucios de tierra y agujas de pino.
El corazón le hizo una pirueta de saltimbanqui. Con un movimiento brusco, los ojos desorbitados y los dientes clavados en una lengua insensible, Louis arrancó la sábana de encima de un puntapié. La parte baja de la cama estaba sembrada de agujas de pino y las sábanas, manchadas de barro.
—¿Louis?
Entonces vio que también tenía agujas de pino en las rodillas. De pronto, se miró el brazo derecho. Vio un arañazo reciente en el bíceps, exactamente donde se le clavara la rama... en el sueño.
«Voy a gritar. Me lo noto.»
El grito retumbaba en su interior, como la detonación del frío proyectil del miedo. Su realidad se tambaleaba: la verdadera realidad eran las agujas de pino, el barro de las sábanas, la herida del brazo.
«Voy a gritar, y luego me volveré loco y ya no tendré que preocuparme más.»
—¿Louis? —Rachel estaba subiendo la escalera—. Louis, ¿te has dormido otra vez?
Durante dos o tres segundos, trató de sobreponerse haciendo un esfuerzo, al igual que cuando se organizó aquel barullo en el Centro Médico, poco después de que llevaran a Pascow en la manta, moribundo. Lo consiguió. Le ayudó el afán de impedir que ella le viera en aquel estado, con los pies cubiertos de barro, la ropa de la cama amontonada en el suelo y aquella sábana enlodada.
—Estoy despierto —gritó jovialmente. Le sangraba la lengua, del mordisco que se había dado. Tenía un remolino de ideas en la cabeza y, en el fondo de su mente, lejos de donde se desarrollaba la acción del raciocinio, se preguntaba si habría estado siempre tan próximo a aquella irracionalidad desaforada. Si lo estábamos todos.
—¿Un huevo o dos? —Rachel se había parado en el segundo o tercer peldaño. Gracias a Dios.
—Dos —respondió él casi sin darse cuenta—. Revueltos.
—Así se habla —dijo ella, volviendo a la cocina.
Louis cerró un momento los ojos y respiró aliviado, pero en la oscuridad volvió a ver los ojos plateados de Pascow y volvió a abrirlos inmediatamente. Louis empezó a moverse con rapidez, desterrando todo pensamiento. Quitó las sábanas. Las mantas estaban bien. Hizo un ovillo con las sábanas, salió al pasillo y las arrojó por la trampilla de la ropa sucia.
Casi corriendo, entró en el baño, conectó la ducha manual y se limpió pies y piernas con un agua que casi le escaldó, pero él ni se preocupó de graduar la temperatura.
Empezaba a sentirse mejor, más sereno. Mientras se secaba, le asaltó la idea de que aquella misma sensación debían de experimentar los asesinos cuando creían haberse librado de todas las pruebas comprometedoras. Se echó a reír. Siguió secándose y riendo. Parecía no poder parar.
—¡Eh, el de ahí arriba! —gritó Rachel—. ¿Qué es eso tan divertido?
—Un chiste muy personal —contestó Louis sin dejar de reír. Estaba asustado, pero el miedo no le quitaba la risa. Era una risa que nacía de un vientre más duro que los ladrillos de una pared. Sí; había estado acertado al tirar las sábanas por la trampilla. Missy Dandridge venía cinco días a la semana a pasar el aspirador, limpiar y... hacer la colada. Rachel no vería aquellas sábanas hasta que las pusiera otra vez en la cama... limpias. Era posible que Missy comentara lo de las manchas a Rachel, pero él no lo creía. Probablemente, la buena mujer cuchichearía a su marido que los Creed hacían en la cama cosas muy extrañas con barro y agujas de pino, en lugar de pinturas corporales.
Esta idea hizo que Louis riera aún más fuerte.
Mientras se vestía, la risa fue apagándose hasta extinguirse por completo y Louis se sintió un poco mejor. No comprendía por qué, pero así era. Ahora la habitación volvía a estar normal, aunque sin las sábanas. Se había librado del veneno. Tal vez la palabra adecuada fuera «pruebas», pero para él era un veneno.
«Tal vez esto sea lo que hace la gente con lo inexplicable —pensó—. Tal vez esto haga la gente con lo irracional que no encaja con el principio de causas y efectos que rige el mundo occidental.» Tal vez así afrontaba la mente el platillo volante que ves una mañana suspendido en el aire encima de tu jardín de atrás, la lluvia de ranas, la mano que sale de debajo de la cama y te toca el pie a medianoche: una crisis de risa o una crisis de llanto... Y puesto que aquello era un ente inviolable que no podías descomponer, tenías que expulsarlo intacto, como una piedra de riñón.
*  *  *
Gage estaba sentado en su silla alta, tomando la papilla de cereales al cacao con la que embadurnaba la mesa, decoraba la alfombrilla de plástico colocada debajo de su silla y se friccionaba el pelo.
Rachel salió de la cocina con el plato de huevos revueltos y una taza de café.
—¿Qué chiste era ése? —preguntó Rachel—. Te reías como un loco. Hasta me asustaste.
Louis abrió la boca sin saber lo que iba a decir, y lo que salió fue un chiste que había oído la semana anterior en el supermercado de la carretera, sobre un sastre judío que se compró un loro que sólo sabía decir: «Ariel Sharon se hace la paja.»
Rachel se reía... y también Gage, por cierto.
«Magnífico. Nuestro héroe se ha deshecho de las pruebas comprometedoras, léase las sábanas, y ha explicado satisfactoriamente el ataque de risa en el baño. Ahora nuestro héroe leerá el periódico matutino, o le echará un vistazo por lo menos, para dar a la mañana un aire de normalidad.»
Con este pensamiento, Louis abrió el periódico.
«Así se hace, muy bien —pensaba con un profundo alivio—. Tienes que expulsarlo como si fuera un cálculo y sanseacabó... Si acaso, puedes hablar de ello una noche con los amigos, alrededor de una hoguera de campamento, cuando sople el viento y salgan a relucir hechos inexplicables. Porque junto a un fuego de campamento, en las noches de viento, se habla mucho.»
Louis comió los huevos y besó a Rachel y a Gage. Sólo al salir lanzó una mirada al armario de la ropa sucia. Todo estaba perfectamente. Otra mañana espléndida. Parecía que el verano no iba a acabar nunca. Todo, perfectamente. Lanzó una mirada al sendero mientras sacaba el coche del garaje, pero también estaba a la perfección. Y uno, tan tranquilo. Lo expulsas como si fuera una piedra.
Todo siguió bien hasta que hubo recorrido unos quince kilómetros. Entonces le entró un temblor tan fuerte que tuvo que salir de la carretera 2 y parar en el desierto aparcamiento de Sing's, el restaurante chino que estaba cerca del Centro Médico de Maine Oriental... adonde habrían llevado el cuerpo de Pascow. Al Centro Médico, se entiende, no al restaurante chino. Vic Pascow no volvería a tomar una ración de "mu gu gaipan". Ja, ja.
Aquellos espasmos hacían de su cuerpo lo que querían. Louis se sentía indefenso y aterrado, pero no por algo sobrenatural, que ahora, a la luz del sol, parecía imposible, sino aterrado por la posibilidad de que estuviera volviéndose loco. Le parecía que un alambre invisible se le estaba enrollando en el cuerpo.
—Basta —dijo—. Basta ya.
Buscó en la radio con dedos torpes y tropezó con Joan Báez que cantaba sobre brillantes y herrumbre. Aquella voz dulce y fresca le serenó y, cuando acabó la canción, Louis se sintió con ánimo de seguir conduciendo.
*  *  *
Al entrar en la enfermería, saludó de pasada a la Charlton y se metió directamente en el lavabo, seguro de que tendría un aspecto horrible. Pero no. Sólo unas leves ojeras, y ni la propia Rachel había reparado en ellas. Se echó agua fresca a la cara, se secó, se peinó y se fue a su despacho. Allí estaban Steve Masterton y Surrendra Hardu, el médico indio, tomando café y repasando la carpeta Uno.
—Buenos días, Lou —dijo Steve.
—Buenos días.
—Esperemos que mejores que ayer —dijo Hardu.
—Eso. Pero tú te perdiste el jaleo.
—Surrendra tuvo sus propias emociones anoche —asintió Masterton—. Cuéntaselo, Surrendra.
Hardu se limpió los lentes sonriendo.
—A eso de la una, dos chicos me trajeron a su amiguita. Ella estaba bebida y alegre, celebrando la vuelta a la universidad. Tenía un corte en un muslo y yo le dije que debía darle cuatro puntos, pero no le quedaría cicatriz. Cosa, cosa, me dice ella. Yo me pongo a coser, inclinándome así. —Hardu dobló el tronco sobre un invisible muslo.
Louis, imaginando lo que iba a oír entonces, empezó a sonreír.
—Y, mientras estoy suturando, ella me vomita encima de la cabeza.
Masterton soltó una carcajada. Louis hizo otro tanto. Hardu sonrió apaciblemente, como si aquello le hubiera sucedido miles de veces en miles de vidas.
—¿Desde qué hora estás de guardia, Surrendra? —preguntó Louis.
—Desde la medianoche —dijo Hardu—. Ya me iba. Sólo esperaba para saludarte.
—Pues salúdame —dijo Louis estrechando la mano morena y pequeña del indio—, y anda a acostarte.
—Casi hemos terminado ya con la carpeta Uno —dijo Masterton—. Puedes cantar el aleluya, Surrendra.
—Yo me abstengo —dijo Hardu sonriendo—. No soy cristiano.
—Pues canta el himno de Karma Instantáneo o algo por el estilo.
—Que los dos sigáis brillando —dijo Hardu sin dejar de sonreír. Dio media vuelta y salió sosegadamente.
Louis y Steve Masterton le siguieron con la mirada en silencio, se miraron y se echaron a reír. A Louis la risa nunca le pareció más sana y más... normal.
—Y menos mal que ya hemos terminado con esa carpeta —dijo Masterton—. Hoy es día de recibo de traficantes de droga.
Louis asintió. Los visitadores de los laboratorios farmacéuticos empezarían a llegar a las diez. Como solía decir Steve bromeando, los martes eran día D en la Universidad de Maine, Orono, y la «D» quería decir Dervon, su suministrador predilecto.
—Y un consejito, oh Gran Jefe —dijo Steve—. No sé cómo sería esa gente en Chicago, pero aquí no se paran en barras y te ofrecerán cualquier cosa, desde cacerías en el Allagash en noviembre con todos los gastos pagados, hasta vales para la bolera de Bangor. Una vez uno se empeñó en que le aceptara una muñeca hinchable. ¡Yo! Y eso que no soy más que el ayudante. Como no consigan venderte sus drogas, te obligarán a consumirlas.
—Creo que hubieras debido aceptar la muñeca.
—Naa, era pelirroja. No son mi tipo.
—En fin, como dice Surrendra, esperemos que hoy sea mejor que ayer.

18

El representante de la Upjohn no se presentó a las diez en punto y Louis, sin poder resistir más, llamó a secretaría. Habló con una tal Mrs. Stapleton, quien prometió enviarle inmediatamente una copia del expediente de Víctor Pascow. Cuando Louis colgó el teléfono, allí estaba ya el de la Upjohn. No le ofreció ningún regalo; sólo le preguntó si quería comprar un abono para los partidos de los Patriots de Nueva Inglaterra con descuento.
—No, señor —dijo Louis.
—Lo que yo suponía —dijo tristemente el hombre, y se fue.
A mediodía, Louis se acercó a la Cueva del Oso a comprar un bocadillo de atún y una Coke. Se los llevó al despacho y mientras almorzaba estuvo leyendo el expediente de Víctor Pascow. Buscaba alguna relación entre el muerto y su persona, o North Ludlow, donde estaba el Sematary... puesto que incluso para un fenómeno tan disparatado tenía que haber alguna explicación racional. Quizá el chico se había criado en Ludlow e, incluso, tenía a un perro o gato enterrado allí arriba.
Louis no encontró el punto de contacto que buscaba. Pascow era de Bergenfield, Nueva Jersey, y fue a la universidad para estudiar electrotecnia. En aquellas pocas páginas mecanografiadas, Louis no encontró nada que lo asociara con aquel muchacho que había muerto en la sala de espera, excepto, naturalmente, las circunstancias de la muerte en sí.
Louis apuró su bebida dando un sonoro sorbetón con la caña en el fondo del vaso de cartón y tiró todo el servicio a la papelera. El almuerzo había sido frugal, pero se lo comió con apetito. Por ahí todo iba bien; y por lo demás, también. Ahora ya sí. No le habían repetido los espasmos y hasta el horror de aquella mañana se le antojaba como un simple bache, una jugarreta de los nervios sin más consecuencias.
Tamborileó con las yemas de los dedos en el bloc, se encogió de hombros y descolgó el teléfono. Marcó el número del Centro Médico de Maine Oriental y pidió por el depósito.
Cuando le pusieron con el empleado de patología, se identificó y dijo:
—Tienen ustedes ahí a uno de nuestros estudiantes, Víctor Pascow.
—Ya no está —dijo la voz—. Se fue.
A Louis se le cerró la garganta. Por fin, consiguió articular:
—¿Cómo dice?
—El cadáver salió anoche en avión consignado a sus padres. Se hizo cargo de él uno de Pompas Fúnebres Brookings-Smith. Lo embarcaron en un Delta mmm... —Ruido de papeles—. Delta, vuelo 109. ¿Dónde imaginó que se había ido? ¿Al baile?
—No —dijo Louis—. Claro que no. Es sólo que... —¿Qué? ¿A santo de qué había llamado? No había forma de indagar en el caso con sensatez. Había que desistir, borrarlo, olvidar. De lo contrario, sólo conseguiría crear problemas inútilmente—. Sólo que todo parece haber ido muy deprisa. —Terminó en tono conciliador.
—Bueno, la autopsia se hizo ayer tarde. —Otra vez el rumor de papeles—. Alrededor de las tres y veinte, doctor Rynzwyck. Para entonces el padre ya había hecho todos los trámites. Supongo que el cadáver llegaría a Newark sobre las dos de la madrugada.
—Oh. Bien, en el tal caso...
—Eso, si los transportistas no metieron la pata y lo enviaron a otro sitio —dijo el empleado animadamente—. No sería la primera vez. Aunque, con Delta nunca hubo problemas. Son bastante buenos. Tuvimos a uno que murió mientras pescaba en el condado de Aroosto, en uno de esos lugarejos que no tienen más nombre que un par de coordenadas en el mapa. El infeliz se atragantó con el tapón de la cerveza. Sus compañeros tardaron dos días en llegar a la civilización, y usted ya sabe que para entonces ya es problemático que el embalsamado surta efecto. De todos modos, se lo inyectaron, esperando que todo fuera bien, y metieron el cadáver en el compartimiento de carga de un avión de línea regular, consignado a Grand Falls, Minnesota. Pero alguien la cagó y el féretro fue a parar a Miami y de allí, a Des Moines y a Fargo, en Dakota del Norte. Cuando por fin lo localizaron ya habían pasado otros tres días. El embalsamado no actuó. El tío estaba negro y olía a guiso de cerdo descompuesto. Por lo menos, eso me dijeron. Seis mozos de equipajes se marearon. —La voz del otro lado del hilo rió alegremente.
Louis cerró los ojos y dijo:
—Bien, muchas gracias.
—Puedo darle el número particular del doctor Rynzwyck, si lo desea, doctor; pero él suele ir a Orono a jugar al golf por la mañana. —Otra carcajada.
—No —dijo Louis—; está bien.
Colgó el teléfono. «Ponle ya el finiquito —pensó—. Cuando tú tenías ese sueño estúpido, o lo que fuere, seguramente el cuerpo de Pascow estaba ya en una funeraria de Bergenfield. Asunto concluido. Punto.»
*  *  *
Mientras volvía a casa aquella tarde, se le ocurrió la explicación lógica de por qué había amanecido con aquel barro en las sábanas, y se sintió inmensamente aliviado.
Fue un caso de sonambulismo, provocado por la impresión sufrida al ver morir en su enfermería a un estudiante, en su primer día de trabajo efectivo.
Eso lo explicaba todo. El sueño parecía real, porque había en él elementos reales: el contacto de la alfombra, la humedad del rocío y, naturalmente, la rama que le había arañado el brazo. Ello explicaba por qué Pascow pudo pasar a través de la puerta y él, no.
Imaginó la escena si Rachel hubiera bajado en el momento en que él se daba de narices contra la puerta de la cocina. La idea le hizo sonreír. El susto que se hubiera llevado.
Una vez fijada la hipótesis del sonambulismo, ya pudo examinar con tranquilidad las causas del sueño, y lo hizo de buen grado. Fue al Pet Sematary porque él asociaba aquel lugar a experiencias desagradables vividas recientemente. En realidad, fue la causa de una fuerte disputa con su mujer... y, además, hizo que su hija se planteara por primera vez la idea de la muerte. Todo eso debía de llevar él en el subconsciente cuando subió a acostarse.
«Menos mal que volví a casa sano y salvo. No recuerdo esa parte. Pondría el piloto automático.»
Pues fue una suerte. No quería ni pensar lo que habría sido despertar por la mañana al lado de la tumba del GATO SMUCKY, desorientado, empapado de rocío y, probablemente, cagado de miedo: lo mismo que Rachel, a buen seguro.
Pero ya había pasado.
«Se acabó —pensó Louis con profundo alivio—. Pero, ¿y las cosas que dijo antes de morir?», trató de preguntarle a su mente, pero Louis le puso una mordaza.
*  *  *
Aquella tarde, mientras Rachel planchaba y Ellie y Gage, sentados en la misma butaca, seguían atentamente el programa de los «teleñecos», Louis dijo con naturalidad que iba a salir a dar una vuelta: para respirar un poco.
—¿Volverás antes de que acueste a Gage? —preguntó ella sin levantar la mirada de la plancha—. Ya sabes que se duerme antes si estás tú.
—Descuida.
—¿Adonde vas, papi? —preguntó Ellie sin quitar ojo de la tele, donde "Miss Piggy" se disponía a dar un tortazo a "Kermit".
—Por ahí detrás, cariño.
—Oh.
Louis salió.
*  *  *
Quince minutos después, estaba en el Pet Sematary, mirando en derredor con curiosidad y tratando de sobreponerse a la sensación de haber estado allí muy recientemente. Pero era evidente que había estado. La pequeña estela que honraba la memoria del gato "Smucky" estaba tumbada. La había tirado él cuando, hacia el final de la parte del sueño que él recordaba, se le acercó la visión de Pascow. Louis la enderezó distraídamente y se acercó a la barrera de árboles derribados.
No le gustaba aquello. El recuerdo de aquel montón de troncos y ramas blanqueadas por la intemperie, convertidos en huesos, aún le daban escalofríos. Haciendo un esfuerzo, se acercó y tocó uno de aquellos troncos que, colocado en precario equilibrio, cedió al contacto de su mano y cayó rodando. Louis dio un salto atrás y el leño le pasó rozando el zapato.
Trató de rodear el montón, primero por la izquierda y después por la derecha. A uno y otro lado, la maleza era impenetrable. Además, no eran matorrales por los que uno pudiera tratar de abrirse paso. No, si tenía uno sentido común. Cerca del suelo, había unas exuberantes masas de hiedra venenosa (durante toda su vida, Louis había oído a personas que presumían de ser inmunes a ella, pero él sabía que casi nadie lo era) y más allá se veían unos espinos enormes, de pésima catadura.
Luis volvió a situarse frente al centro del montón. Se quedó mirándolo con las manos en los bolsillos de atrás de los téjanos.
«No estarás pensando en subir ahí, ¿verdad?»
«¿Yo? Ni hablar. ¿Por qué había de cometer semejante estupidez?»
«Magnífico. Me habías dado un susto, Lou. Parece el medio más seguro de ir a parar a tu propia enfermería con una pierna rota, ¿verdad?»
«Por supuesto. Además, está anocheciendo.»
Satisfecho de estar de acuerdo consigo mismo, Louis empezó a trepar por los troncos.
Estaba por la mitad cuando sintió que los troncos temblaban bajo sus pies, con un crujido peculiar.
«Huesos rodando.»
Cuando el montón volvió a temblar, Louis dio marcha atrás a toda prisa. Tenía los faldones de la camisa por fuera del pantalón.
Llegó a tierra firme sin incidentes y se frotó las manos para desprender fragmentos de corteza. Tomó por el sendero que le llevaría de regreso a casa, donde estaban sus hijos, que querrían que les leyera un cuento antes de irse a la cama, y Church que vivía su último día de macho reglamentario, y donde, cuando hubieran acostado a los niños, él y su mujer tomarían una taza de té en la cocina.
Antes de alejarse, se volvió a mirar el claro por última vez, admirado de su silencio y su verdor. Jirones de niebla flotaban a ras del suelo entre las estelas. Aquellos círculos concéntricos... Era como si, involuntariamente, las manecitas de varias generaciones de niños de Ludlow hubieran construido una especie de Stonehenge en pequeño.
«Pero ¿es eso todo, Louis?»
Aunque sólo pudo entrever fugazmente lo que había al otro lado del montón de troncos antes de que aquel movimiento le pusiera nervioso, habría jurado que el sendero continuaba, bosque adentro.
«Eso a ti no te importa, Louis. Déjalo ya.»
«Está bien, jefe.»
Louis dio media vuelta y regresó a casa.
Aquella noche, Louis se quedó leyendo una hora después de que Rachel subiera a acostarse, leyendo una serie de revistas médicas que ya había visto y negándose a reconocer que la idea de irse a la cama —de dormir— le ponía nervioso. Nunca había tenido una experiencia de sonambulismo, y no había forma de saber si iba a repetirse..., hasta que se repetía.
Oyó que Rachel se levantaba y le llamaba suavemente desde lo alto de la escalera.
—¿Lou? ¿Subes, cariño?
—Ahora mismo —dijo él, apagando la luz de sobremesa de su estudio y poniéndose en pie.
*  *  *
Aquella noche tardó mucho más de siete minutos en desconectar la máquina. Mientras oía respirar profundamente a Rachel a su lado, la aparición de Víctor Pascow le parecía menos cosa de sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía abrirse bruscamente la puerta y allí estaba él, Nuestra Estrella Invitada Víctor Pascow, con sus "shorts", su lívido bronceado y su clavícula salida.
Parecía que iba a quedarse dormido cuando, al pensar lo que sería despertarse en Pet Sematary, entre aquellos círculos concéntricos iluminados por la luna, y tener que volver andando, despierto, por aquel bosque, ya volvía a estar desvelado.
Eran más de las doce cuando, por fin, el sueño le pilló desprevenido y se lo echó al saco. Aquella noche no soñó. A la mañana siguiente, despertó puntualmente a las siete y media y oyó repicar en los cristales la fría lluvia del otoño. Levantó la ropa de la cama con cierta zozobra. Las sábanas estaban impecables. Sus pies, con el dedo martillo y los callos, no podían optar a este calificativo; pero, por lo menos, estaban limpios.
Cuando quiso darse cuenta, Louis estaba silbando en la ducha.

19

Missy Dandridge se quedó cuidando a Gage mientras Rachel llevaba a "Winston Churchill" al veterinario. Aquella noche, Ellie estuvo despierta hasta más de las once, lamentándose con voz dolorida de que sin Church ella no podía dormir y pidiendo vasos y vasos de agua. Hasta que Louis se negó a darle más agua, no fuera a mojar la cama. Esto provocó un berrinche de tal ferocidad que Rachel y Louis se miraron alzando las cejas, desconcertados.
—Tiene miedo por Church —dijo Rachel—. Deja que se desahogue, Lou.
—No creo que resista mucho tiempo con ese tren —dijo Louis—. O así lo espero.
Estaba en lo cierto. Los bramidos cedieron paso a quejidos, hipo y suspiros. Finalmente, se hizo el silencio. Cuando Louis se asomó, la encontró dormida en el suelo, abrazada a la cesta que Church casi nunca se dignaba ocupar.
Louis le quitó la cesta, la acostó, le apartó suavemente el pelo de la húmeda frente y le dio un beso. Luego, impulsivamente, entró en el cuartito que Rachel utilizaba como despacho y escribió en grandes letras de imprenta en una hoja de papel: VUELVO MAÑANA BESOS CHURCH. Dejó el papel en la cesta del gato y volvió a su habitación, en busca de Rachel. Rachel estaba allí. Hicieron el amor y se durmieron abrazados.
*  *  *
Church volvió a casa el viernes en que se cumplía la primera semana de trabajo de Louis. Ellie le trató con mimo, gastó una parte de su asignación en una caja de galletas para gatos y casi dio un cachete a Gage por haber intentado tocarlo. Aquello hizo llorar a Gage con una aflicción que no le provocaban las medidas disciplinarias paternas. Para él un correctivo de Ellie era como un correctivo del mismo Dios.
A Louis le entristecía ver a Church. Comprendía que era una ridiculez; pero eso no cambiaba su manera de sentir. La antigua arrogancia de Winnie Church se había esfumado. Y sus andares de pistolero. Ahora se movía con el pasito lento y comedido del convaleciente. Dejaba que Ellie le pusiera la comida en la boca y no quería salir de casa, ni siquiera para ir al garaje. Parecía otro. Tal vez, en definitiva, fuera una suerte.
Ni Ellie ni Rachel parecían notar el cambio.

20

Pasó el verano indio. A los árboles les salieron vivos colores que brillaron efímeramente y se diluyeron. A mediados de octubre, tras unas lluvias frías y torrenciales, empezaron a caer las hojas. Ellie volvía a casa cargada de adornos para la víspera de Todos los Santos que hacía en la escuela y contaba a Gage el cuento del Jinete sin Cabeza. Gage se pasó una tarde discurseando animadamente a cerca de un tal Chiete Sinuesa. A Rachel le entró la risa y no podía parar. Aquel principio de otoño fue una época muy grata para todos.
El trabajo de Louis se había encauzado en una rutina exigente pero agradable. Visitaba a los pacientes, asistía a las reuniones del Consejo de Colegios Universitarios, escribía las cartas de rigor al periódico universitario para advertir a los estudiantes de que la enfermería trataba las enfermedades venéreas con la máxima discreción o recomendarles que se vacunaran contra la gripe, ya que para el invierno se esperaba otra epidemia del tipo A. Asistía a juntas. Presidía comités. Durante la segunda semana de octubre, asistió a la Conferencia sobre Medicina Universitaria en Nueva Inglaterra, que se celebró en Providence, y presentó un trabajo acerca de las repercusiones jurídicas de la asistencia médica a estudiantes. En su trabajo mencionaba a Víctor Pascow con el seudónimo de "Henry Montez". El trabajo fue bien recibido. Empezó a preparar el presupuesto de la enfermería para el siguiente año académico.
También sus tardes seguían una rutina: cena, niños, un par de cervezas con Jud Crandall... A veces, si Missy podía quedarse un rato con los niños, Rachel iba con él, y Norma se unía al grupo; pero casi siempre estaban Louis y Jud solos. Louis se encontraba a sus anchas en compañía del viejo, que contaba historias de Ludlow que databan hasta de trescientos años antes, como si las hubiera vivido. Jud hablaba mucho, pero nunca divagaba. Louis no se cansaba de escucharle, aunque más de una vez había sorprendido a Rachel ahogando un bostezo.
Casi todas las noches, Louis regresaba a su casa antes de las diez y, casi todas las noches, hacía el amor con Rachel. Nunca, desde el primer año de matrimonio, lo habían hecho tan a menudo y, nunca, tan satisfactoriamente. Rachel decía que debía de ser por el agua del pozo artesiano y Louis lo atribuía a los aires de Maine.
La trágica muerte de Víctor Pascow, acaecida el primer día del curso empezó a borrarse de la memoria del alumnado y de la de Louis. La familia, sin duda, seguiría llorándole. Louis habló por teléfono con el padre de Pascow, le impresionó oír su voz rota —y menos mal que no tuvo que verle la cara—, llamó para cerciorarse de que se había hecho todo lo humanamente posible, y Louis le aseguró que así era. No le habló de la confusión, ni de la mancha que iba creciendo en la moqueta, ni le dijo que el muchacho prácticamente murió en el acto, aunque éstas eran cosas que el propio Louis nunca podría olvidar. Sin embargo, para aquellos que sólo lo consideraban otra víctima de la carretera, el recuerdo ya se iba difuminando.
Louis aún recordaba su noche de sonámbulo y el sueño que la acompañó, pero ya era casi como si aquello le hubiera ocurrido a otro o fuera una secuencia de un telefilme. Su única visita a una puta de Chicago, hecha seis años atrás, le había dejado la misma impresión; ambos episodios le parecían ahora totalmente insignificantes, dos incidentes desligados de la realidad, falsos sonidos producidos en una caja de resonancia.
Y en cuanto a lo que el moribundo pudiera haber dicho o dejado de decir, en eso ya ni pensaba siquiera.
La noche de Todos los Santos hubo una fuerte helada. Louis y Ellie emprendieron la típica ronda de la noche de Difuntos, en busca de las golosinas propias de la festividad, por la casa de los Crandall. Ellie soltó una risita de bruja muy aceptable, cabalgó en su escoba por la cocina de Norma y recibió los elogios de rigor.
—¡Qué graciosa está! ¿Verdad, Jud?
Jud se mostró de acuerdo y encendió un cigarrillo.
—¿Y dónde está Gage, Louis? Creí que también le disfrazaríais.
En un principio, pensaba llevarle con ellos. Rachel estaba muy ilusionada, porque ella y Missy Dandridge habían confeccionado una especie de disfraz de escarabajo, con unas perchas retorcidas y forradas de papel de crespón a modo de antenas; pero Gage había pillado un fuerte resfriado con bronquitis y, después de auscultarle —los pulmones le sonaban un poco— y mirar el termómetro que estaba colgado en el vano de la ventana y que marcaba sólo cuatro grados a las seis de la tarde, Louis desistió de llevárselo. Rachel, aunque decepcionada, se mostró de acuerdo.
Ellie prometió repartir con él las golosinas; pero, al observar sus exageradas muestras de pesar, Louis se preguntó si, en el fondo, no se alegraba de que Gage no fuera con ellos: habría sido una rémora y un competidor.
—Pobre Gage —dijo la niña en el tono de voz que generalmente se reserva para hablar de los desahuciados. Gage, ajeno a lo que se perdía, estaba sentado en el sofá mirando los dibujos de la tele. Church dormitaba a su lado.
—Ellie, bruja —dijo Gage con indiferencia, y volvió a la tele.
—Pobre Gage —repitió Ellie con otro suspiro. Louis pensó en las lágrimas de los cocodrilos y sonrió. Ellie empezó a tirarle de la mano—. Vamos, papi. Vamos, vamos, vamos.
—Gage tiene un poco de bronquitis —dijo Louis a Jud.
—Qué lástima —dijo Norma—. Pero el año próximo disfrutará más. Pon la cesta, Ellie... ¡Oooop!
Norma había tomado una manzana y un caramelo de un cuenco que había encima de la mesa, pero las dos cosas le resbalaron de la mano. Louis se sintió impresionado al ver lo deformada que estaba aquella mano. Se agachó a recoger la manzana que rodaba por el suelo. Jud puso el caramelo en la cesta de Ellie.
—Oh, te daré otra manzana, guapa —dijo Norma—. Ésa tiene un golpe.
—Está perfecta —dijo Louis, tratando de echarla a la cesta, pero Ellie retrocedió, manteniendo la cesta bien cerrada.
—Yo no quiero manzanas pochas, papá —dijo mirándole como si se hubiera vuelto loco—. Les salen manchas negras, ¡uf...!
—Ellie, no seas maleducada.
—No la regañes por decir la verdad, Louis —dijo Norma—. Sólo los niños dicen toda la verdad. Por algo son niños. Y las manchas negras son feas.
—Muchas gracias, Mrs. Crandall —dijo Ellie mirando a su padre con ojos ofendidos.
—De nada, cariño —dijo Norma.
Jud los acompañó al porche. Por el sendero del jardín venían dos fantasmitas en los que Ellie reconoció a compañeros de clase y los acompañó a la cocina. Jud y Louis se quedaron solos en el porche un momento.
—Está peor de la artritis —dijo Louis.
Jud movió la cabeza, sacudiendo la ceniza del cigarrillo en un cenicero.
—Sí. En otoño y en invierno siempre se pone peor, pero esta vez le ha dado más fuerte que nunca.
—¿Qué dice el médico?
—Nada. No puede decir nada, porque Norma no ha ido a visitarse.
—¿Qué? ¿Por qué no?
Jud miró a Louis. A la luz de los faros de la furgoneta que esperaba a los dos fantasmas, su expresión denotaba un profundo abatimiento.
—Quería pedírtelo en mejor ocasión, Louis; pero me parece que ninguna ocasión es buena para abusar de la amistad. ¿Querrías reconocerla?
En la cocina, los dos fantasmas aullaban lúgubremente y Ellie soltaba su risa de bruja —llevaba ensayándola toda la semana. Todo muy tétrico y apropiado.
—¿Qué más le pasa a Norma? —preguntó—. ¿Tiene miedo de algo?
—Le duele el pecho —dijo Jud en voz baja—. No quiere volver más al doctor Weybridge. Estoy preocupado.
—¿Y ella? ¿Está preocupada?
Jud titubeó.
—Yo diría que está asustada y que por eso no quiere ir al médico. Betty Coslaw, una de sus mejores amigas, murió el mes pasado en el hospital. Cáncer. Tenía la misma edad que Norma. Está asustada.
—La veré encantado. No hay inconveniente.
—Gracias, Louis —dijo Jud con alivio—. Cualquier noche la pillamos desprevenida y entre los dos...
Jud se interrumpió, ladeó la cabeza y miró a Louis a los ojos con expresión interrogante.
Después, Louis sería incapaz de recordar lo que sintió en aquellos momentos ni cómo se sucedieron sus emociones. Cada vez que trataba de analizarlas acababa confuso. Lo único que sabía era que la curiosidad se trocó rápidamente en la sensación de que había ocurrido algo malo. Su mirada tropezó con la de Jud. Ninguno de los dos disimulaba la angustia. Louis tardó un momento en reaccionar.
—Uuuu, uuuu —aullaban los fantasmas en la cocina—. Uuuu, uuu. —De pronto, el grito subió de tono y se hizo realmente espeluznante—. Uuuu A A AA...
Y uno de los fantasmas se puso a chillar.
—¡Papá! —La voz de Ellie era desgarrada y tensa—. ¡Papá! ¡La señora Crandall se ha caído!
*  *  *
—¡Oh, Dios! —casi gimió Jud.
Ellie salió corriendo al porche, con su falda negra ondeando. Con una mano, oprimía fuertemente el mango de la escoba. Su carita pintada de verde y consternada parecía la de un enano en la última fase de intoxicación alcohólica. Los dos fantasmas la seguían llorando.
Jud se lanzó hacia la puerta con una agilidad asombrosa para un hombre de más de ochenta años. Más que correr, parecía volar. Iba llamando a su mujer.
Louis se inclinó y puso las manos en los hombros de Ellie.
—No te muevas de aquí, Ellie. ¿Me has comprendido?
—Papi, tengo miedo —susurró ella.
Los dos fantasmas corrían por el camino haciendo sonar las bolsas de caramelos y llamando a gritos a su mamá.
Louis cruzó el pasillo a toda velocidad y entró en la cocina, sin hacer caso de los gritos de Ellie que le pedía que volviera.
Norma estaba tendida sobre el ondulado linóleo, al pie de la mesa, entre un montón de manzanas y barritas de caramelo. Sin duda, al caer se agarró a la fuente de las golosinas esparciendo su contenido. La fuente había quedado boca abajo, como un pequeño platillo volante de Pyrex. Jud le frotaba una muñeca a su mujer. Miró a Louis con la cara crispada.
—Ayúdame, Louis. Ayuda a Norma. Me parece que se está muriendo.
—Apártate —dijo Louis. Al arrodillarse aplastó un caramelo relleno, sintió que el zumo se le filtraba a través de la pana de su viejo pantalón, y un olor a manzana inundó la cocina.
«Otra vez. Lo mismo que Pascow», pensó Louis. Pero desechó el pensamiento con tal violencia que la idea se fue de su mente como si llevara ruedas.
Le buscó el pulso y encontró algo muy débil y rápido: aquello no eran pulsaciones sino simples espasmos. Arritmia extrema, lo inminente, el paro cardíaco. «Tú y Elvis Presley, Norma», pensó.
Le desabrochó el vestido, descubriendo una combinación de seda crema. Con movimientos certeros, le ladeó la cabeza y empezó a administrarle masaje al corazón.
—Escúchame, Jud —dijo. La palma de la mano izquierda, a un tercio de la base del esternón, cuatro centímetros por encima del proceso xifoideo. Con la derecha, sujetar la muñeca izquierda para darle firmeza y presión. «Con firmeza, pero cuidado con esas viejas costillas: nada de pánico, todavía. Y, por el amor de Dios, no hagas que se contraigan los pobres pulmones.»
—Di lo que sea —murmuró Jud.
—Llévate a Ellie —dijo Louis—. Mucho cuidado al cruzar la calle, no vayan a atropellaros. Dile a Rachel lo que pasa y que te dé mi maletín. No el que está en el estudio; el otro, el que puse en el estante de arriba del cuarto de baño. Ella sabe cuál. Que llame a una ambulancia del Servicio Médico de Bangor.
—Bucksport está más cerca —dijo Jud.
—Bangor es más rápido. Ve. No llames tú; que llame Rachel. Necesito el maletín: «Y, cuando ella se entere de lo que pasa aquí, no creo que quiera acercarse», pensó Louis.
Jud se fue. Louis oyó golpear la puerta mosquitera. Estaba solo con Norma Crandall y el olor a manzana. En la sala de estar sonaba el monótono tictac del reloj.
De pronto, Norma emitió un largo ronquido y movió los párpados, y Louis se estremeció con una funesta certidumbre.
«Ahora abrirá los ojos... Oh, Dios mío, abrirá los ojos y empezará a hablar de Pet Sematary.»
Pero ella sólo le miró con una velada expresión de reconocimiento y volvió a cerrar los ojos. Louis se sintió avergonzado de sí mismo por aquel miedo estúpido, tan impropio de él. Al mismo tiempo, experimentó un esperanzado alivio. En aquellos ojos había dolor pero no angustia. A primera vista, el ataque no parecía grave.
Louis jadeaba y sudaba. El masaje cardíaco sólo parecía fácil en la tele. En realidad, consumías cantidad de calorías. Al día siguiente, le dolerían los brazos y los hombros.
—¿Puedo ayudar en algo?
Louis volvió la cabeza. Una mujer, vestida con un pantalón de casa y jersey marrón le miraba desde la puerta apretando un puño sobre el busto. «La madre de los fantasmas», pensó Louis. Su criterio le dijo rápidamente que la mujer estaba asustada, pero no histérica.
—No —dijo, y enseguida—: Sí. Moje un paño, por favor. Escúrralo bien y póngaselo en la frente.
La mujer se puso en movimiento. Louis miró a Norma. Ella había vuelto a abrir los ojos.
—Louis, me caí —susurró—. Creo que me desmayé.
—Has tenido algo de coronarias —dijo Louis—. No parece grave. Ahora quédate tranquila y callada, Norma.
Louis descansó unos momentos y le tomó el pulso otra vez. Las pulsaciones eran muy rápidas. Hacían lo que el doctor Tucker de la Facultad de Medicina de Chicago llamaba el mensaje en morse: el corazón latía varias veces con regularidad, luego hacía algo que era casi como una fibrilación y volvía a latir normalmente. Pumba-pumba-pumba, cras-cras-cras, pumba-pumba-pumba. No era muy bueno, pero mejor que la arritmia.
La mujer puso el paño húmedo en la frente de Norma y se retiró titubeando. Entonces entró Jud con el maletín.
—¿Louis?
—Se pondrá bien —dijo Louis mirando a Jud, pero hablando a Norma—. ¿Viene la ambulancia?
—Tu mujer estaba hablando con ellos. No esperé a que terminara.
—Hospital... no —susurró Norma.
—Hospital, sí—dijo Louis—. Cinco días en observación, tratamiento y luego a casa a descansar, Norma, guapa. Y como digas una palabra más, te hago comer todas esas manzanas con el corazón y todo.
Ella sonrió débilmente y volvió a cerrar los ojos.
Louis abrió el maletín, revolvió en su interior, sacó el frasco del Isodil y extrajo una pastilla. Era tan pequeña como la media luna de una uña. Tapó el frasco y tomó la pastilla entre el índice y el pulgar.
—Norma, ¿me oyes?
—Sí.
—Quiero que abras la boca. Tú has hecho tu numerito y ahora vas a recibir el premio. Te pondré una pastilla debajo de la lengua. Es muy pequeña. Mantenla ahí hasta que se disuelva. Es un poco amarga, pero eso es lo de menos, ¿de acuerdo?
Ella abrió la boca. El aliento le olía a dentadura rancia, y Louis sintió una profunda compasión hacia aquella mujer que estaba tendida en el suelo de su cocina, entre un revoltijo de manzanas y caramelos. Pensó que un día habría tenido diecisiete años y que los chicos del vecindario le habrían mirado el escote con interés, y todos los dientes serían suyos, y aquel corazón, un robusto motor.
Ella puso la lengua encima de la pastilla e hizo una pequeña mueca. La pastilla amargaba, sí. Pero, por lo menos, ella no estaba como Víctor Pascow; aún se la podía ayudar, aún la tenía a su alcance. Louis pensaba que Norma superaría el ataque. Ella palpaba el aire y Jud le asió la mano, suavemente.
Louis se levantó, encontró la fuente y empezó a recoger las golosinas. La mujer, que dijo ser Mrs. Buddinger, que vivía un poco más abajo, junto a la carretera, le ayudó y se despidió. Tenía que volver al coche. Sus dos hijos estaban asustados.
—Muchas gracias por todo, Mrs. Buddinger —dijo Louis.
—Yo no he hecho nada —respondió ella categóricamente—. Pero esta noche daré gracias a Dios de rodillas porque estuviera usted aquí, doctor Creed.
Louis agitó una mano, violento.
—Lo mismo digo yo —agregó Jud. Miró fijamente a Louis. El momento de confusión y temor ya había pasado—. Te debo una, Louis.
—Déjalo ya —dijo Louis y saludó a Mrs. Buddinger con la mano. Ella le sonrió y saludó a su vez. Louis mordió una manzana bañada en arrope. Estaba tan dulce que le insensibilizó momentáneamente el paladar..., pero no era una sensación desagradable. «Esta noche puedes apuntarte un tanto, Lou», pensó mientras devoraba la manzana. Estaba hambriento.
—Nada de eso —dijo Jud—. Si un día necesitas un favor, dímelo antes que a nadie.
—Está bien —dijo Louis—. De acuerdo.
*  *  *
Veinte minutos después, llegó la ambulancia de Bangor. Mientras observaba a los enfermeros cargar la camilla, Louis vio a Rachel en la ventana de la sala y agitó una mano. Ella alzó la mano a su vez.
Él y Jud siguieron con la mirada a la ambulancia que se alejaba lanzando destellos pero sin la sirena.
—Me parece que me voy al hospital —dijo Jud.
—No te dejarán verla esta noche, Jud. Nada más llegar, le harán un electrocardiograma y la pondrán en Cuidados Intensivos. Durante doce horas, nada de visitas.
—¿Tú crees que se pondrá bien, Louis? ¿Bien del todo?
Louis se encogió de hombros.
—No se puede garantizar. Ha tenido un ataque al corazón. Yo personalmente creo que se recuperará. Y quizá esté mejor que nunca, después del tratamiento.
—Ajá —dijo Jud encendiendo un Chesterfield.
Louis sonrió y miró el reloj. Le sorprendió comprobar que no eran más que las ocho menos diez. Parecía que tenía que ser mucho más tarde.
—Jud, tengo que ir a buscar a Ellie para terminar la ronda de visitas.
—Pues claro que sí. Dile de mi parte que deseo que se divierta.
—Así lo haré —prometió Louis.
*  *  *
Cuando Louis llegó a casa, Ellie seguía vestida de bruja. Rachel trató de convencerla de que se pusiera el pijama, pero la niña se resistió, por si existía la posibilidad de que la fiesta, suspendida por ataque al corazón, aún se celebrara. Cuando su padre le dijo que se pusiera el abrigo, ella lanzó un grito de alegría.
—Se va a hacer muy tarde, Louis.
—Iremos en el coche —dijo él—. Por favor, Rachel, lleva un mes esperándolo.
—Bueno... —Rachel sonrió y Ellie volvió a gritar y echó a correr hacia el ropero—. ¿Cómo está Norma?
—Mejor. —Él se sentía satisfecho. Cansado, pero satisfecho—. No ha sido muy fuerte. De ahora en adelante tendrá que cuidarse; pero a los setenta y cinco años tampoco va uno a hacer cabriolas.
—Ha sido una suerte que tú estuvieras allí. Parece cosa de la Providencia.
—Dejémoslo en suerte. —Sonrió a Ellie que volvía con el abrigo—. ¿Lista, bruja Hazel?
—Lista. ¡Vamos, vamos, vamos!
Cuando, una hora después, volvían a casa con la cesta a medio llenar (Ellie protestó cuando Louis decidió dar por terminada la fiesta, pero se dejó convencer fácilmente, pues estaba cansada), la niña le sorprendió al preguntar:
—¿Fue culpa mía que Mrs. Crandall tuviera el ataque al corazón, papi? ¿Fue porque no quise la manzana que tenía el golpe?
Louis la miró con extrañeza, preguntándose de dónde sacaban los niños aquellas ideas semisupersticiosas. Trae desgracia pisar raya... Me quiere, no me quiere... Aquello le recordó el Sematary y sus círculos chapuceros. Quiso sonreír y no acabó de conseguirlo.
—No, cariño —dijo Louis—. Cuando tú entraste con los dos fantasmas...
—No eran fantasmas. Eran los gemelos Buddinger.
—Está bien. Mientras vosotros estabais en la cocina, Mr. Crandall me decía que su esposa tenía pequeños dolores en el pecho. En realidad, puede decirse que tú le salvaste la vida o, por lo menos, impediste que se pusiera peor.
Ahora fue Ellie quien se sorprendió.
Louis asintió.
—Ella necesitaba un médico. Yo soy médico, pero sólo estaba allí porque había ido a acompañarte en la ronda de Todos los Santos.
Ellie reflexionó largamente y asintió.
—De todos modos, se morirá —dijo llanamente—. Todos los que tienen un ataque al corazón se mueren. Aunque parece que van a vivir, tienen otro, y otro, y otro hasta que... ¡buum!
—¿Y dónde has aprendido tú tanta ciencia?
Ellie se encogió de hombros con una actitud que parecía calcada de su padre, según observó Louis con regocijo.
La niña le dejó llevar la cesta —suprema prueba de confianza—, y Louis meditó sobre su reacción. La idea de que Church pudiera morir casi le provocó una crisis de histerismo, pero la posibilidad de que muriera la abuela Crandall... eso lo aceptaba con toda calma, como algo natural. ¿Qué fue lo que dijo? Otro y otro, y otro, hasta que... ¡buum!
La cocina estaba desierta, pero se oía a Rachel andar por el piso de arriba. Louis dejó la cesta en el mostrador y dijo:
—No siempre ocurre eso, Ellie. Ha sido un ataque muy leve y yo pude darle el tratamiento enseguida. Es posible que su corazón no haya sufrido ningún daño. Ella...
—Oh, bueno, ya lo sé —dijo Ellie casi con alegría—. Pero ya es vieja y, de todos modos, se morirá pronto. Y Mr. Crandall también. ¿Puedo comer una manzana antes de acostarme, papi?
—No —dijo él, mirándola pensativo—. Sube a limpiarte los dientes, cariño.
«¿Habrá alguien que crea comprender realmente a los niños?»
*  *  *
Cuando la casa estuvo recogida y se acostaron, Rachel preguntó en voz baja:
—Lou, ¿se impresionó mucho Ellie? ¿Estaba muy trastornada?
«No —pensó él—. Ella sabe que los viejos la palman uno tras otro, del mismo modo que sabe que hay que soltar al saltamontes cuando echa baba..., o que si caes en el número trece cuando juegas a la rayuela se muere tu mejor amigo..., o que en el cementerio las tumbas tienen que ponerse en círculos...»
—No —dijo—. Se portó muy bien. Vamos a dormir, Rachel, ¿de acuerdo?
Aquella noche, mientras ellos dormían y Jud velaba, hubo otra helada fuerte. De madrugada se levantó un viento que arrancó de los árboles la mayor parte de las hojas que quedaban, ya ocres y poco vistosas.
El viento despertó a Louis y él se incorporó apoyándose en los codos, medio dormido y desconcertado. Se oían las pisadas en la escalera... Alguien subía lentamente, arrastrando los pies. Pascow había vuelto. Pero ahora, pensó Louis, ahora hacía ya dos meses. Cuando se abriera la puerta, él no vería más que podredumbre, los shorts rojos estarían cubiertos de moho, le faltarían trozos de carne, el cerebro no sería más que una pasta putrefacta. Sólo los ojos tendrían vida... y un brillo escalofriante. Esta vez Pascow no hablaría: sus cuerdas vocales ya no estarían en condiciones de producir sonidos. Pero sus ojos... le obligarían a seguirle.
—No —jadeó Louis, y los pasos se apagaron.
Se levantó, se fue a la puerta y la abrió bruscamente, apretando los labios en una mueca de miedo y resolución y sintiendo un hormigueo en todo el cuerpo. Allí estaría Pascow, con los brazos levantados como el espectro de un director de orquesta a punto de atacar la atronadora obertura de La noche de "Walpurgis".
De eso nada, como hubiera dicho Jud. El corredor estaba vacío y silencioso. Sólo se oía el rumor del viento. Louis volvió a la cama y se durmió.

21

Al día siguiente, Louis llamó por teléfono a la unidad de cuidados intensivos del Centro Médico de Maine Oriental. El estado de Norma aún se consideraba crítico, pero esto era lo habitual durante las veinticuatro horas siguientes a un ataque al corazón. Louis escuchó una opinión mucho más optimista del doctor Weybridge, el médico de Norma.
—Yo no lo llamaría ni un pequeño infarto —dijo—. No hay necrosis. Gracias a usted, doctor Creed.
Impulsivamente, Louis pasó por el hospital al cabo de unos días con un ramo de flores y descubrió que Norma había sido trasladada a una habitación semiprivada de la planta baja. Buena señal. Jud estaba con ella.
Norma alabó las flores y tocó el timbre para pedir un jarrón a la enfermera. Luego, estuvo dando instrucciones a Jud hasta que estuvieron en agua, arregladas a su gusto y colocadas sobre la cómoda del rincón.
—Mamá se encuentra mucho mejor —comentó Jud secamente, después de haber manoseado las flores por tercera vez.
—No seas impertinente, Judson —dijo Norma.
—No, señora.
Por fin, Norma miró a Louis.
—Quiero darte las gracias por lo que hiciste —dijo con una timidez completamente natural y, por lo tanto, doblemente conmovedora—. Dice Jud que te debo la vida.
—Exagera —dijo Louis, violento.
—Nada de eso —protestó Jud. Miraba a Louis con los ojos entornados y casi con una sonrisa—. ¿No te decía tu madre que nunca se deben rechazar las gracias?
Su madre no decía nada de eso, por lo menos, que Louis recordara. Lo que sí dijo una vez era que la falsa modestia encerraba medio pecado de orgullo.
—Norma —dijo—. Si algo hice fue con mucho gusto.
—Eres una buena persona —dijo Norma—. Y ahora llévate a este hombre donde pueda invitarte a una cerveza. Tengo sueño y no consigo librarme de él.
Jud se levantó rápidamente.
—¡Canastos! No hay más que hablar. Vámonos antes de que cambie de parecer.
*  *  *
La primera nevada cayó una semana antes del día de Acción de Gracias. El veintidós de noviembre cayeron otros diez centímetros, pero el día antes de la fiesta fue claro, azul y frío. Louis llevó a su familia al Aeropuerto Internacional de Bangor, donde embarcarían para la primera etapa del viaje a Chicago. Rachel y los niños iban a pasar unos días con los padres de ella.
—No me gusta —dijo Rachel por enésima vez desde que empezaron a hablar del asunto hacía casi un mes—. No me gusta dejarte solo en casa el día de Acción de Gracias. Es una fiesta familiar, Louis.
Louis se cambió de brazo a Gage, que abultaba mucho con su primer anorak de chico mayor. Ellie estaba en una de las ventanas, viendo despegar a un helicóptero de la Fuerza Aérea.
—No creas que voy a estar llorando en la cerveza —dijo Louis—. Jud y Norma me han invitado a comer el pavo en su casa. Yo soy el que se siente culpable. Nunca me han gustado esas reuniones familiares. Empiezo a beber a las tres de la tarde mientras veo el partido por la tele y me quedo dormido a las siete, y al día siguiente me parece tener dentro de la cabeza a todas las chicas del Rodeo de Dallas bailando y gritando como condenadas. Me revienta que tengas que hacer el viaje sola con los dos niños.
—Estaré perfectamente. Viajo en primera, como una princesa. Y Gage dormirá durante el vuelo de Logan a O'Hare.
—O así lo esperas —dijo él, y los dos se rieron.
Anunciaron el vuelo por los altavoces y Ellie se acercó corriendo.
—Es el nuestro, mami. Vamos, vamos, vamos. Se irán sin nosotros.
—No; no se irán —dijo Rachel. Apretaba con una mano las tres cartulinas rosas de las tarjetas de embarque. Llevaba su abrigo de piel, una imitación de algo de un marrón intenso..., probablemente rata almizclera, según pensó Louis. Pero, fuera lo que fuera, estaba guapísima con él.
Tal vez en sus ojos se reflejó algo de lo que sentía, porque ella le abrazó impulsivamente, comprimiendo a Gage entre los dos. Gage pareció sorprendido pero no molesto.
—Louis Creed, te quiero —dijo ella.
—Ma-mii —dijo Ellie, en el paroxismo de la impaciencia—. Vamos, vamos, va...
—Oh, ya va. Pórtate bien, Louis.
—Ya veremos —sonrió él—. Tendré mucho cuidado. Saluda a tus padres.
—¡Qué cosas tienes! —dijo ella arrugando la nariz. No la había engañado. Ella sabía perfectamente por qué Louis renunciaba al viaje—. ¡Muy gracioso!
Él los siguió con la mirada por la rampa de embarque..., hasta que desaparecieron de su vista para toda una semana. Ya los estaba echando de menos. Se acercó a la ventana donde antes estuviera Ellie, con las manos en los bolsillos y se quedó mirando a los mozos que cargaban el equipaje.
La verdad era muy sencilla. Mr. Irwin Goldman, de Lake Forest, y su esposa habían tomado a Louis entre ojos desde el principio. Él procedía de un barrio humilde, pero eso era lo de menos. Lo peor era que, por lo visto, esperaba que Rachel le mantuviera mientras él estudiaba su carrera en la que, sin duda, fracasaría.
Louis hubiera podido transigir con esto; en realidad, lo soportaba. Pero entonces ocurrió algo, algo que Rachel no sabía ni sabría nunca... por lo menos, por Louis. Irwin Goldman le ofreció pagarle todos los estudios. El precio de la «beca» (así lo llamó Goldman) era que Louis rompiera con Rachel inmediatamente.
Louis Creed no se encontraba en momento propicio para hacer frente a semejante insulto; pero tan melodramáticas proposiciones (o sobornos, para llamar al pan, pan y al vino, vino) rara vez se plantean a personas que se encuentren en momento propicio, el cual podría darse alrededor de los ochenta y cinco años. Primeramente, estaba cansado. Pasaba dieciocho horas semanales en clase, veinte empollando, otras quince sirviendo mesas en una pizzería situada cerca del hotel Whitehall. Además, estaba nervioso. La insólita jovialidad que mostró Mr. Goldman aquella noche contrastaba violentamente con su frialdad habitual, y cuando Goldman le invitó a pasar al estudio a fumar un cigarro, Louis creyó advertir que el matrimonio Goldman intercambiaban una mirada significativa. Después —mucho después, cuando pudo enfocar el incidente con cierta perspectiva— Louis se diría que algo parecido debían de sentir los caballos al olfatear el primer humo de un incendio en la pradera. Estaba temiendo que, de un momento a otro, Goldman le echase en cara haberse acostado con su hija.
Pero cuando, en lugar de eso, Goldman le hizo aquella inefable oferta —llegando incluso a sacar el talonario de cheques del bolsillo interior del esmoquin, lo mismo que un rufianesco personaje de una comedia de Noel Coward y agitarlo ante sus narices—, Louis estalló. Acusó a Goldman de pretender conservar a su hija como una pieza de museo, de no tener consideración con los demás, y le llamó cerdo arrogante y cerril. Louis tardó mucho tiempo en reconocer que aquella indignación, en gran medida, estaba alimentada por el alivio.
La descripción del carácter de Irwin Goldman, aunque certera, no estuvo acompañada de una pequeña dosis de diplomacia que mitigara su crudeza. Allí terminó toda similitud con Noel Coward; si en el resto de la conversación hubo algo de humor, fue de una calidad mucho más basta. Goldman le dijo que se marchara inmediatamente y que si volvía a verle en la puerta de su casa le mataría como a un perro amarillo. Louis le contestó que podía meterse el talonario en el culo. Goldman repuso que en su vida había visto vagabundos que valían más que Louis Creed. Louis dijo a Goldman que, donde el cheque, se metiera también sus tarjetas American Express y Bank Americard.
Nada de esto podía favorecer el establecimiento de unas buenas relaciones entre Louis y sus futuros suegros.
Al fin, Rachel consiguió apaciguarlos (cuando los dos habían tenido tiempo de arrepentirse de lo dicho, aunque ninguno modificó la opinión que tenía del otro). No hubo más melodrama, ni, desde luego, frases abominablemente teatrales como «desde este momento, ya no tengo hija». Probablemente, Goldman no habría renegado de su hija ni aunque Rachel se hubiera casado con el monstruo de la laguna Negra. No obstante, la cara que asomaba entre las solapas del chaqué de Irwin Goldman el día en que su hija contrajo matrimonio con Louis, tenía un gran parecido con las que están esculpidas en algunos sarcófagos egipcios. Su regalo de bodas fue una vajilla de porcelana Spode de seis servicios y un horno microondas. De dinero, nada. Durante la mayor parte de los agitados años de facultad de Louis, Rachel trabajó de dependienta en una tienda de modas. Y desde aquel día hasta hoy Rachel no supo sino que las relaciones entre sus padres y su marido seguían siendo «tensas»..., especialmente entre su padre y Louis.
Louis hubiera podido ir a Chicago con su familia. Si bien el calendario de la universidad le obligaba a regresar tres día antes que Rachel y los niños, no era eso lo malo; para él, lo malo habría sido tener que pasar cuatro días con Imhotep y su esposa, la Esfinge.
Los niños habían conquistado a los abuelos, como suele ocurrir. Y Louis sospechaba que él hubiera podido consumar la total reconciliación sólo con simular que había olvidado la escena de aquella noche en el estudio de Goldman. Aunque su suegro comprendiera que no era más que simulación. Pero la verdad era (y él tenía por lo menos el valor de admitirlo) que Louis no deseaba aquella reconciliación. Diez años es mucho tiempo, pero no el suficiente como para quitarle el mal sabor de boca que le entró cuando, ante unas copas de coñac, el viejo metió la mano en aquel ridículo esmoquin y sacó el talonario que anidaba en su interior. Sí; Louis sintió un gran alivio al comprobar que no se habían descubierto las noches —cinco en total— que Rachel pasó en su pequeño y astroso apartamento; pero el asco y la indignación estaban justificados, y los años no los habían mitigado.
Louis hubiese podido ir a Chicago; pero prefirió enviar a su suegro los nietos, la hija, y recuerdos.
El Delta 727 se apartó de la rampa, viró... y Louis distinguió a Ellie en una de las ventanillas de delante, agitando la mano frenéticamente. Él saludó también, sonriendo, y entonces alguien —Ellie o Rachel— arrimó a Gage a la ventanilla. Louis agitó el brazo y Gage hizo otro tanto, quizá porque le había visto o quizá imitando a Ellie.
—Buen viaje —murmuró Louis. Luego, se subió la cremallera del chaquetón y se dirigió al parking. Allí el vendaval que silbaba y rugía con fuerza, casi le arrancó el gorro de caza, y él lo apretó con la mano. Mientras sacaba las llaves, el reactor asomó por detrás de la terminal atronando con sus turbos y Louis se volvió y lo vio elevarse con la proa levantada hacia el azul intenso del cielo.
Louis, sintiéndose muy solo —y con unas ridículas ganas de llorar— volvió a agitar la mano.
Aún se sentía deprimido cuando, por la noche, cruzó la carretera 15 hacia su casa, después de tomar un par de cervezas con Jud y Norma; Norma bebió un vasito de vino, algo que el doctor Weybridge le había recomendado. Hoy, obligados por la temperatura, habían pasado la velada en la cocina.
Jud cargó la vieja estufa de leña y los tres se sentaron alrededor. La cerveza estaba fresca y la cocina, bien caldeada. Jud les contó que, hacía doscientos años, los indios micmacs habían rechazado un desembarco de los ingleses en Machias. En aquellos tiempos, los micmacs eran temibles, dijo, y agregó que los abogados encargados del litigio sobre las tierras estatales y federales aún los consideraban así.
Hubiera podido ser una agradable velada, pero Louis no hacía más que pensar que le aguardaba una casa vacía. Mientras cruzaba el jardín haciendo crujir la escarcha con los pies, oyó que empezaba a sonar el teléfono. Echó a correr, entró por la puerta principal, cruzó la sala precipitadamente (tirando un revistero) y atravesó patinando casi toda la cocina, al resbalar en el linóleo por causa del hielo que tenía adherido a las suelas. Arrancó el auricular de la horquilla.
—¿Diga?
—¿Louis? —Era la voz de Rachel, lejana pero absolutamente perfecta—. Ya hemos llegado. Ningún contratiempo.
—¡Magnífico! —dijo él sentándose para hablar, mientras pensaba: «Ojalá estuvierais aquí.»

22

La comida de Acción de Gracias que prepararon Jud y Norma fue excelente. Después de comer, Louis se fue a su casa, ahito y amodorrado. Subió al dormitorio, saboreando aquella paz, se descalzó y se tumbó en la cama. Eran poco más de las tres. Hacía un sol tenue e invernal.
«Sólo un sueñecito», pensó, y se quedó profundamente dormido.
Le despertó el timbre del teléfono. Alargó el brazo hacia la extensión del dormitorio, tratando de coordinar ideas, desconcertado al observar que ya era casi de noche. Oía el silbido del viento en el alero de la casa y el leve y ronco borboteo de la caldera.
—¿Diga? —Sería Rachel, que le llamaba desde Chicago, para desearle feliz día de Acción de Gracias. Luego pasaría el auricular a Ellie, y Ellie le hablaría, y luego, a Gage, y Gage parlotearía... ¿Y cómo diablos había podido pasar toda la tarde durmiendo, si quería ver el partido...?
Pero no era Rachel. Era Jud.
—¿Louis? Lo siento, pero voy a darte un pequeño disgusto.
Louis saltó de la cama, mientras trataba de despejarse.
—¿Qué disgusto, Jud?
—Bueno, hay un gato muerto en nuestro jardín —dijo Jud—. Parece el de tu hija.
—¿Church? —Sintió una súbita opresión en el vientre—. ¿Estás seguro, Jud?
—No al ciento por ciento; pero, desde luego, se le parece.
—Oh. Oh, mierda. Ahora mismo voy, Jud.
—Está bien, Louis.
Louis colgó el auricular y se quedó sentado un minuto. Luego, fue al retrete, se puso los zapatos y bajó.
«Quizá no sea Church. Dice Jud que no está seguro. Caray, si ese gato ya ni sube la escalera, a no ser que alguien le lleve en brazos... ¿A qué iba a salir a la carretera?»
Pero en su interior algo le decía que sí era Church. Y si Rachel llamaba aquella noche, como era lo más seguro, ¿qué podía él decirle a Ellie?
Aturdido, se oyó decir a Rachel: «Yo sé que a los seres vivos puede ocurrirles cualquier cosa. Soy médico y lo sé... ¿Quieres ser tú quien le explique lo ocurrido, si atrepellan al gato?» Pero en el fondo él no creía que a Church pudiera pasarle algo, ¿o sí?
Recordaba que Wicky Sullivan, uno de sus compañeros de póquer, le preguntó una vez cómo podía Louis calentarse por su mujer y no calentarse por todas las mujeres desnudas que veía a diario. Louis trató de explicarle que las cosas no eran como imaginaba la gente; la que va a hacerse un Papanicolau o aprender a explorarse los pechos no tira bruscamente de la sábana y se presenta como una Venus sobre la concha. Uno ve un pecho, una vulva, un muslo. El resto está cubierto por una sábana. Además, siempre hay una enfermera delante, más para salvaguardar la reputación del médico que para otra cosa. Pero Wicky no se dejó convencer. Una teta siempre es una teta, era su tesis, y un chocho, un chocho. Y tú o tienes que estar caliente a todas horas o no estarlo nunca. Lo único que Louis supo responder fue que la teta de tu mujer es diferente.
«Del mismo modo que uno supone que su familia es diferente», pensaba ahora. Todos daban por sentado que a Church no podía pasarle nada porque estaba dentro del círculo mágico de la familia. Lo que Louis no consiguió hacer comprender a Wicky era que los médicos hacían distinciones lo mismo que todo el mundo. Una teta no era una teta como no fuera la de tu mujer. En el consultorio, una teta era un caso. Uno podía hablar de la leucemia infantil y dar cifras durante un simposio; pero si uno de tus chavales la pillaba te quedabas lívido y sin poder creerlo. ¿Mi hijo? O, incluso: ¿el gato de mi hija? Doctor, usted no puede hablar en serio.
«Bueno, tranquilo. Las cosas, por sus pasos contados.»
Pero era difícil conservar la calma al recordar cómo se puso Ellie sólo de pensar que Church podía morir un día.
«Estúpido gato de mierda. ¿Por qué tendríamos un jodido gato? Eso es lo que yo quisiera saber.»
«Pero el jodido gato ya no jodia. Y eso debía impedir que se muriese.»
—¿Church? —llamó Louis, pero sólo se oía el roncar de la caldera, quemando dólares y dólares. El sofá de la sala, donde últimamente Church pasaba casi todo el día, estaba vacío. No estaba en ninguno de los radiadores. Louis hizo sonar el plato del gato, el único medio infalible para hacerle acudir; pero esta vez no vino gato alguno... ni vendría ya nunca más, por desgracia.
Louis se puso el chaquetón y el gorro y se fue hacia la puerta. Luego, volvió sobre sus pasos. Admitiendo el dictado del sentido común, abrió el armario del fregadero y se agachó. Allí se guardaban bolsas de plástico de dos clases: pequeñas y blancas para las papeleras de la casa y grandes y verdes para el cubo de la basura. Louis tomó una de las verdes, Church había engordado desde la operación.
Guardó la bolsa en el bolsillo del chaquetón, pues no le gustaba sentir en los dedos el contacto frío y resbaladizo del plástico. Salió por la puerta principal y se dirigió a casa de Jud.
Eran alrededor de las cinco y media y casi estaba oscuro. El paisaje tenía un aspecto tétrico. El último resplandor de ocaso era una extraña franja anaranjada en el horizonte, al otro lado del río. El viento soplaba en paralelo a la carretera, cortando las mejillas de Louis y arrastrando las nubéculas blancas de su aliento. Él tiritó, pero no del frío. Fue una sensación de soledad lo que le hizo estremecerse. Era algo fuerte y perceptible, pero él no encontraba metáfora que lo concretara. Algo amorfo. Se sentía aislado, eso era: incapaz de conectar.
Divisó a Jud al otro lado de la carretera, envuelto en su gran chaquetón verde de pluma. La capucha ribeteada de piel le sombreaba la cara. Allí, de pie en el helado jardín, parecía una estatua, otra cosa sin vida en aquel paisaje crepuscular, en el que no cantaba ni un pájaro.
Cuando Louis iba a cruzar, Jud se movió haciéndole retroceder con un ademán. Le gritó algo que Louis no entendió porque el viento le zumbaba en los oídos. Louis dio un paso atrás, advirtiendo de pronto que el silbido del viento había aumentado. Un instante después sonó un fuerte claxon y pasó rugiendo un camión de la Orinco, tan cerca que el aire le pegó los pantalones a las piernas. Caray, por poco no se había metido debajo de las ruedas.
Cuando se dispuso otra vez a cruzar, miró en ambos sentidos. Sólo se veían las luces traseras de la cisterna que se diluían en la penumbra.
—Creí que te pillaba el camión —dijo Jud—. Has de tener cuidado, Louis. —Ni aun estando tan cerca distinguía Louis las facciones de Jud, y persistía en él la extraña sensación de que aquella figura podía ser cualquiera.
—¿Y Norma? —preguntó Louis, sin mirar el bulto peludo que estaba a los pies de Jud.
—Se ha ido al oficio de Acción de Gracias —dijo Jud—. Y luego se quedará a la cena de la parroquia, imagino, aunque estoy seguro de que no va a probar bocado. No tiene apetito. —Una ráfaga de viento levantó la capucha y Louis vio que era Jud, en efecto. ¿Y quién podía ser, si no?—. No es más que una excusa para quedarse a cotorrear. No creo que, después de la comilona del mediodía, tomen más que unos bocadillos. Regresará a eso de las ocho.
Louis se arrodilló para mirar al gato. «Que no sea Church —pensaba, mientras le volvía suavemente la cabeza con una mano enguantada—. Que sea otro gato. Ojalá Jud esté equivocado.»
Pero era Church, desde luego. El animal no estaba reventado ni desfigurado, como si le hubiera pasado por encima alguno de aquellos camiones-cisterna y grandes remolques que circulaban por la carretera 15. («¿Y qué hacía aquel camión Orinco en la carretera el día de Acción de Gracias?», se preguntó Louis distraídamente.) Había quedado con los ojos entreabiertos, mates como dos canicas verdes. Había sacado sangre por la boca; no mucha, la suficiente para mancharle su peto blanco.
—¿Es el vuestro, Louis?
—El nuestro —suspiró él.
Por primera vez, advertía que también él quería a Church, no con el apasionamiento de Ellie, sino a su manera, distraídamente. Durante las semanas que siguieron al capado, Church cambió, se hizo lento y perezoso y engordó. Estableció una rutina que le llevaba de la cama de Ellie al sofá y del sofá al plato. Nunca salía de casa. Ahora, muerto, se parecía al viejo Church. La boca, pequeña y ensangrentada, llena de dientecitos como alfileres, estaba abierta en una mueca pendenciera. Los apagados ojos parecían furiosos. Era como si, tras la abulia de su breve existencia de castrado, en el momento de su muerte, Church hubiera recobrado su verdadera naturaleza.
—Sí, es Church —dijo Louis—. Maldito si sé cómo darle la noticia a Ellie.
Se le ocurrió una idea. Enterraría a Church arriba, en Pet Sematary, pero sin estela ni bobadas. Aquella noche, cuando hablaran por teléfono, no diría nada a Ellie acerca de Church, mañana mencionaría de pasada que no había visto al gato en todo el día, y pasado insinuaría que tal vez Church se había ido. Algunos gatos hacían eso. Ellie se llevaría un disgusto, sí, pero no se lo plantearía como algo irremediable y definitivo... El no tendría que volver a enfrentarse con la negativa actitud de Rachel frente a la muerte..., y poco a poco se olvidarían del animal...
«Cobarde», sentenció una parte de su mente.
«Sí... no lo discuto. Pero ¿de qué iba a servir armar alboroto?»
—Ellie quiere mucho al gato, ¿no? —preguntó Jud.
—Sí —dijo Louis, ausente. Volvió a mover la cabeza de Church. El animal empezaba a estar rígido, pero la cabeza le bailaba. El cuello roto. Eso. Ahora Louis creía poder adivinar lo sucedido. Church estaría cruzando la carretera —el motivo sólo Dios lo sabía—, cuando un coche o un camión, de un topetazo, le rompió el cuello y lo lanzó al jardín de Jud Crandall. O quizá el animal se había partido el cuello al caer sobre el hielo. Eso carecía de importancia; lo cierto era que Church estaba muerto.
Louis levantó la cabeza hacia Jud, pero el viejo miraba la pálida franja anaranjada del horizonte. Tenía la capucha ligeramente echada hacia atrás y su rostro estaba pensativo, severo, casi hosco.
Louis sacó del bolsillo la bolsa de plástico verde y la desdobló, sosteniéndola con fuerza para que el viento no se la arrancara de las manos. El penetrante crujido del plástico sacó a Jud de su abstracción.
—Sí, estoy seguro de que le quiere mucho.
Resultaba extraño oírle hablar en presente... Toda la escena, con la luz del crepúsculo, el frío y el viento parecía extraña y rocambolesca.
«Aquí está Heathcliff, en el páramo desolado de Cumbres Borrascosas —pensó Louis contrayendo la cara contra el viento—. Ahora se dispone a meter al gato de la familia en una bolsa de basura. Sí, señor.»
Agarró al animal por la cola, abrió la bolsa y levantó al gato. Frunció el entrecejo con expresión de repulsión y pena al oír el sonido que hizo el cuerpo del gato al desprenderse del hielo al que había adherido... crrrass. El animal pesaba de un modo increíble, como si la muerte hubiera puesto una carga material en su cuerpo. «Canastos, parece un saco de arena.»
Jud sostenía el otro extremo del saco y Louis dejó caer a Church, contento de librarse de aquel extraño y desagradable peso.
—¿Qué piensas hacer ahora con él? —preguntó Jud.
—Lo dejaré en el garaje y lo enterraré por la mañana —dijo Louis.
—¿En Pet Sematary?
Louis se encogió de hombros.
—Probablemente.
—¿Se lo dirás a Ellie?
—Eso... tengo que pensarlo.
Jud guardó silencio unos momentos y pareció tomar una decisión.
—Espera un par de minutos, Louis.
Jud se alejó, sin tener en cuenta, al parecer, que tal vez Louis no deseara quedarse allí esperando un par de minutos, con aquella noche tan cruda. Caminaba con una firmeza y una elasticidad asombrosas para un hombre de su edad. Y Louis descubrió que no tenía inconveniente en esperar. Se sentía como si no fuera él. Siguió con la mirada a Jud, perfectamente conforme con quedarse allí.
Cuando la puerta se cerró con un chasquido, él se volvió de cara al viento, con la bolsa de la basura que contenía a Church a los pies.
«Conforme.»
Sí, lo estaba. Por primera vez desde que llegaron a Maine, se sentía plenamente encajado, en su casa. En aquella soledad, a la luz grisácea del anochecer, en el umbral del invierno, se sentía triste y extrañamente excitado a la vez. Y también colmado, colmado como nunca se había sentido, o no recordaba haberse sentido.
«Aquí va a pasar algo, hermano. Y algo muy extraño.»
Echó la cabeza hacia atrás y vio las frías estrellas del invierno en un cielo que se oscurecía por momentos.
No habría podido decir cuánto tiempo estuvo allí, aunque no debió de ser mucho, calculado en minutos y segundos. Luego, en el porche de Jud parpadeó una luz que oscilaba, se acercaba a la puerta y bajaba las escaleras. Era una gran linterna de cuatro elementos que Jud traía en la mano. Con la otra mano sostenía algo que a Louis le pareció una X grande... y luego vio que era un pico y una pala.
Jud le tendió la pala a Louis, que la tomó con su mano libre.
—Jud, ¿qué te propones? No podemos enterrarlo esta noche.
—Sí podemos y lo enterraremos. —La cara de Jud quedaba en la sombra, detrás del deslumbrante haz de la linterna.
—Jud, está oscuro. Es tarde. Y hace frío...
—Vamos —dijo Jud—. Manos a la obra.
Louis sacudió la cabeza y trató de resistirse, pero no encontraba palabras, palabras razonables, explicaciones. Parecían carentes de sentido en medio del ulular del viento y bajo aquel dosel de estrellas centelleantes.
—Eso puede esperar hasta mañana, cuando haya luz...
—¿Ellie quiere al gato?
—Sí, pero...
La voz de Jud era suave y la entonación, lógica.
—¿Y tú la quieres a ella?
—Naturalmente, es mi hi...
—Pues ven conmigo.
Y Louis fue con él.
*  *  *
Dos veces —tal vez tres— Louis trató de hablar a Jud aquella noche, camino de Pet Sematary, pero Jud no respondió y Louis desistió. Seguía sintiendo aquel sosiego, extraño, dadas las circunstancias, pero real. Parecía dimanar de todas partes. Lo percibía incluso en la fatiga de acarrear en una mano a Church y en la otra, la pala. Lo percibía en el viento helado que le insensibilizaba las partes de su cuerpo que estaban al descubierto. Y en los mismos árboles. Y en la luz oscilante de la linterna de Jud. Louis sentía la presencia indiscutible, omnímoda y magnética de un misterio. Un misterio tenebroso.
Dejaron atrás el bosque, en el que apenas había nieve. Habían llegado al claro. Allí se adivinaba el leve resplandor de la nieve.
—Vamos a hacer un alto para descansar —dijo Jud, y Louis dejó la bolsa. Se enjugó el sudor de la frente con la manga. «¿Un alto?» Pero si ya habían llegado. Louis distinguió las estelas a la luz de la linterna que describió un círculo errabundo cuando Jud se sentó y apoyó la cara entre los brazos.
—Jud, ¿te encuentras bien?
—Perfectamente. Sólo necesitaba recobrar el aliento. Louis se sentó a su lado e hizo media docena de inspiraciones profundas.
—En estos momentos, me siento divinamente —dijo Louis—. Hacía más de seis años que no me encontraba tan bien. Ya sé que parece un disparate decir eso, cuando uno va a enterrar al gato de su hija, pero es la pura verdad, Jud.
Jud respiró profundamente un par de veces.
—Sí; sé a lo que te refieres. Sucede de vez en cuando. Uno no elige el momento para sentirse bien ni para sentirse de otro modo. Y el lugar influye, pero tampoco hay que atribuirlo a eso. La heroína da una sensación de bienestar al adicto mientras se la inyecta en el brazo y, no obstante, le está envenenando. Le envenena el cuerpo y le envenena el pensamiento. Este lugar puede tener el mismo efecto, Louis, no lo olvides. Ojalá no me equivoque en lo que voy a hacer. Creo que no, pero no estoy seguro. A veces soy incapaz de pensar con claridad. Debe de ser la senilidad.
—No sé a qué te refieres.
—Este lugar tiene poder, Louis. Aquí aún no es muy fuerte, pero... donde ahora vamos...
—Jud...
—Sígueme. —Jud se había puesto en pie. La luz de la linterna iluminó el montón de árboles derribados. Jud se dirigía hacia allí. Louis recordó de pronto su noche de sonámbulo. ¿Qué le había dicho Pascow en aquel sueño?
«No pase de ahí, por más que crea necesitarlo, doctor. No se debe pasar la barrera.»
Pero ahora, esta noche, aquel sueño, advertencia o lo que fuere, parecía haber ocurrido varios años atrás, no sólo unos meses. Louis se sentía sereno y lleno de energía, dispuesto a enfrentarse a todo e intrigado. Pensó que esto también parecía un sueño.
Entonces Jud se volvió hacia él. La capucha parecía rodear una cavidad vacía y, durante un momento, Louis imaginó que era el propio Pascow el que estaba ahora frente a él y que de un momento a otro el haz luminoso de la linterna alumbraría una sonrisa descarnada y burlona, y sintió que se le helaba la sangre.
—Jud, no podemos trepar por ahí —dijo—. Nos romperemos una pierna cada uno y nos moriremos de frío al tratar de volver.
—Tú sígueme —dijo Jud—. Sígueme sin mirar abajo. No vaciles ni mires abajo. Yo conozco el camino, pero hay que pasar deprisa y con seguridad.
Louis empezó a pensar que quizá, al fin y al cabo, aquello fuera realmente un sueño. Sin duda, aún no había despertado de la siesta. «Si estuviera despierto —pensó—, no me subiría a ese montón de troncos ni borracho. Pero voy a subir. Creo que sí. Por consiguiente, estoy soñando, ¿no?»
Jud se desvió ligeramente hacia la izquierda. El haz luminoso enfocó el montón de (huesos) árboles derribados y troncos secos. El círculo de luz iba concentrándose a medida que se acercaban. Sin detenerse ni por asomo, sin mirar siquiera para cerciorarse de que estaba en el sitio justo, Jud empezó a subir. No trepaba con el cuerpo doblado hacia adelante, como el que asciende por una cuesta empinada o por una ladera arenosa. Parecía estar subiendo una escalera. El que sube escaleras no se preocupa de mirar abajo, porque sabe dónde está cada peldaño. Jud subía seguro de dónde ponía el pie.
Louis le seguía con idéntica seguridad.
No miraba dónde pisaba. Sin saber por qué, tenía la certidumbre de que los troncos no podrían lastimarle si él no lo consentía. Era una majadería, desde luego, como la estúpida confianza del que cree no hay peligro alguno en conducir estando borracho siempre que uno lleve la medalla de san Cristóbal.
Pero estaba dando resultado.
Ni hubo estampido seco cual disparo de pistola al partirse una rama, ni angustioso desplome en hoyo provisto de afiladas astillas dispuestas a pinchar y desgarrar.
Sus zapatos (mocasines Hush Puppy, muy poco recomendables para pisar troncos) no resbalaron en el musgo seco que cubría muchos de los árboles caídos. No vacilaba ni hacia adelante ni hacia atrás. El viento rugía entre los abetos que les rodeaban.
Louis vio a Jud de pie en lo alto de la montaña de troncos. Luego, su guía empezó a bajar por el otro lado y de la vista de Louis desaparecieron las pantorrillas, las caderas, y luego el pecho del hombre. La luz bailaba entre las ramas de los árboles agitadas por el viento al otro lado de la... la barrera. Sí; era eso, ¿por qué tratar de negarlo? La barrera.
Louis llegó arriba y se detuvo un momento, con el pie derecho descansando sobre un viejo tronco colocado en un ángulo de treinta y cinco grados y el izquierdo en otro algo más flexible... ¿Un amasijo de viejas ramas de abeto? No miró para averiguarlo, y se limitó a cambiar de mano el pesado saco que contenía el cuerpo de Church y la pala, más liviana. Alzó la cara al viento que soplaba ininterrumpidamente, alborotándole el pelo. Era tan frío, tan limpio, tan... constante.
Moviéndose con soltura, casi con paso elástico, Louis empezó a bajar. Una rama, del grueso de la muñeca de un hombre robusto, se partió bajo sus pies con un fuerte chasquido, pero él no se asustó y su pie encontró el soporte de una rama más gruesa unos diez centímetros más abajo. Louis ni se tambaleó. Ahora creía comprender cómo los jefes de compañía de la Primera Guerra Mundial podían pasear por el borde de las trincheras silbando "Tipperary" mientras las balas zumbaban alrededor. Era demencial, pero, por lo mismo, electrizante.
Bajó mirando hacia adelante, donde brillaba la luz de la linterna de Jud que se había parado a esperarle. Cuando llegó abajo se sintió inundado de una euforia que era como la llamarada que brota de las brasas al rociarlas con fuel.
—¡Lo conseguimos! —gritó. Puso la pala en el suelo y dio a Jud una palmada en el hombro. Ahora recordaba el día en que, de niño, cruzó un puente ferroviario y el día en que trepó a la rama más alta de un manzano que se balanceaba al viento como el mástil de un barco. Hacía más de veinte años que no se sentía tan joven ni tan visceralmente vivo—. ¡Jud, lo conseguimos!
—¿Lo habías dudado? —preguntó Jud.
Louis abrió la boca para responder —«¿Lo habías dudado? ¡Podíamos habernos matado!»—, pero volvió a cerrarla. En realidad, no lo dudó ni un momento desde que vio a Jud acercarse a los troncos. Y no le preocupaba el regreso.
—Creo que no —dijo.
—Vamos. Aún queda un trecho. Unos cinco kilómetros.
Siguieron andando. El sendero continuaba, en efecto. En algunos tramos parecía muy ancho, aunque, a aquella luz movediza no se distinguía claramente; era más bien una sensación de espacio, la sensación de que los árboles retrocedían. Una o dos veces, Louis levantó la mirada y vio parpadear las estrellas entre las copas oscuras de los abetos. Una sombra cruzó el sendero y la luz se reflejó fugazmente en unos ojos verdosos.
En otros puntos, el sendero se estrechaba y los matorrales arañaban la tela del chaquetón de Louis. Ahora se cambiaba de mano el saco y la pala con más frecuencia, pero el dolor de los hombros era constante. Ajustó el paso a una cadencia rítmica que casi llegó a hipnotizarle. Allí había una fuerza, sí, la sentía. Recordó un día en que, estando en tercer año de la escuela secundaria salió con una muchacha y con otra pareja de paseo por el campo y fueron a parar a un camino que terminaba en una central eléctrica. Estaban arrullándose cuando, al poco rato, la muchacha que estaba con Louis dijo que quería irse a casa o, por lo menos, a otro sitio, porque le dolían las muelas (las que tenían empaste, que eran casi todas). Louis se alegró de marcharse de allí. El aire que rodeaba la central le hacía sentirse nervioso y en vilo. Aquí le ocurría lo mismo, pero el efecto era aún más fuerte. Más fuerte, pero en modo alguno desagradable. Era...
Jud se había parado al pie de una cuesta. Louis tropezó con él.
—Casi hemos llegado —dijo Jud volviéndose—. El trecho que viene ahora es como los troncos. Hay que andar con serenidad y firmeza. Tú sígueme y no mires abajo. Hasta ahora hemos andado cuesta abajo, ¿lo has notado?
—Sí.
—Ahora estamos al borde de lo que los micmacs llamaban el Pequeño Dios Pantano. Los tratantes de pieles que pasaban por aquí lo llamaban el Paso del Muerto, y la mayoría de los que conseguían cruzarlo ya nunca más volvían por aquí.
—¿Arenas movedizas?
—Oh, sí, cantidad. Hay corrientes que suben burbujeando a través de una capa de arena de cuarzo que dejó el glaciar. Nosotros la llamamos arena de sílice, aunque probablemente tiene otro nombre.
Jud le miraba fijamente y, durante un momento, Louis creyó percibir un brillo no del todo agradable en los ojos del viejo.
Entonces, Jud movió la linterna y el brillo se apagó.
—Por estos contornos hay cosas muy raras, Louis. El aire es más denso..., tiene electricidad..., qué sé yo.
Louis se sobresaltó.
—¿Qué te pasa?
—Nada —respondió Louis.
—Podrías ver el fuego de San Telmo. Dibuja formas muy curiosas, pero no pasa nada. Si te fastidia, no tienes más que mirar a otro lado. También podrías oír un rumor como de voces, pero no son más que los somormujos del lado de Prospect. El eco llega lejos. Curioso, ¿no?
—¿Somormujos? —preguntó Louis con escepticismo—. ¿En esta época?
—Oh, sí —dijo Jud con una voz totalmente inexpresiva. Durante un momento, Louis deseó vivamente ver la cara del viejo. Aquella mirada...
—Jud, ¿adonde vamos? ¿Qué puñetas hacemos a oscuras, en estos parajes de ultratumba?
—Te lo diré cuando lleguemos. —Jud dio media vuelta y siguió andando—. Ten cuidado con los desniveles.
Siguieron avanzando, asentando los pies en las protuberancias del suelo pantanoso. Louis no miraba por dónde iba. Parecía encontrar automáticamente, sin el menor esfuerzo, el lugar más seguro para poner el pie. Sólo resbaló una vez, cuando su zapato izquierdo rompió una fina lámina de hielo y se hundió en un charco frío. Lo sacó de allí rápidamente y siguió andando tras la luz oscilante. Aquel haz luminoso que bailoteaba entre los árboles le traía recuerdos de las novelas de piratas que leía de chico. Forajidos que iban a enterrar los doblones a la luz de la luna... y, naturalmente, uno de ellos sería arrojado al hoyo con el cofre, con una bala en el corazón, porque los piratas creían —por lo menos, así lo afirmaban solemnemente los autores de aquellos tétricos relatos— que el espíritu del camarada muerto permanecería allí, guardando el botín.
«Pero el caso es que nosotros no vamos a enterrar un tesoro. Lo que nosotros llevamos es el gato capado de mi hija.»
Tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar la risa.
No oyó ningún «rumor como de voces» ni vio el fuego de San Telmo; pero, tras salvar una media docena de ondulaciones, miró al suelo y vio que sus pies, pantorrillas, rodillas y la parte baja de los muslos estaban envueltos en una niebla blanca, densa y opaca. Era como andar por un ventisquero impalpable.
El aire parecía tener ahora una leve fosforescencia, y Louis hubiera jurado que era más cálido. Veía a Jud caminar con paso uniforme y él pico al hombro. Aquel pico le daba estampa de enterrador de tesoros.
Louis seguía sintiendo aquella extraña euforia, y de pronto se le ocurrió que, tal vez, Rachel estuviera llamando por teléfono, que en su casa estuvieran sonando unos timbrazos machacones y prosaicos, que...
Casi se echó encima de Jud. El viejo estaba parado en medio del sendero con la cabeza ladeada y los labios apretados.
—Jud, ¿qué es...?
—¡Sssh!
Louis miró en torno con inquietud. La niebla se había diluido un poco, pero él aún no podía verse los pies. Entonces oyó crujir unas ramas. Algo se movía en la espesura, algo bastante grande.
Abrió la boca para preguntar a Jud si podía ser un alce (en realidad, estaba pensando en un oso), pero volvió a cerrarla sin decir nada. «Es el eco», había dicho Jud.
Louis ladeó la cabeza a su vez, imitando a Jud instintivamente sin darse cuenta, y tendió el oído. El sonido, al principio lejano, estaba ahora muy cerca, iba hacia ellos de un modo alarmante. Louis sintió que el sudor le manaba de la frente y le resbalaba por las mejillas agrietadas por el frío. Se cambió de mano la pesada bolsa que contenía el cuerpo de Church. El plástico le resbalaba por la húmeda palma. Ahora la cosa parecía estar tan cerca que Louis esperaba verla de un momento a otro alzarse sobre los cuartos traseros, tapando las estrellas con la mole de su cuerpo peludo.
Ahora ya no pensaba en un oso.
Ahora ya no sabía en qué pensaba.
Y entonces se esfumó.
Louis volvió a abrir la boca con la pregunta de «¿Qué ha sido eso?» en la punta de la lengua, cuando de la oscuridad brotó una risa estridente y frenética que subía y bajaba de tono con histéricas oscilaciones taladrándole los tímpanos y helándole la sangre. A Louis le parecía que todas las articulaciones de su cuerpo se habían congelado y que había aumentado de peso hasta el extremo de que si daba media vuelta y echaba a correr se lo tragaría el lodo.
La risa se quebró en un áspero cacareo como se parte una roca por una falla múltiple, subió en un chillido agudo y se cuarteó en un gorgoteo que, antes de apagarse del todo, sonó como un sollozo.
Se oyó un chapoteo, y sobre sus cabezas rugió el viento como un río que corriera por el lecho del cielo. Por lo demás, el Pequeño Dios Pantano quedó en silencio.
Louis empezó a tiritar de pies a cabeza. Se le puso la piel de gallina. Era como si se le abrieran las carnes, sobre todo en el bajo vientre. Tenía la boca seca. No le quedaba ni una gota de saliva. A pesar de todo, persistía aquella euforia demencial.
—¿Qué diablos...? —susurró roncamente.
Jud se volvió a mirarle. A aquel tenue resplandor, parecía tener ciento veinte años. En sus ojos no había ya ni asomo de aquel brillo. Estaba demacrado y su mirada reflejaba puro terror. Pero con voz bastante firme dijo:
—No era más que un somormujo. Vamos, ya casi hemos llegado.
Continuaron. El suelo volvía a ser firme. Durante unos momentos, Louis experimentó la sensación de encontrarse en un espacio abierto, aunque el aire ya no tenía aquella débil fosforescencia, y lo único que distinguía era la espalda de Jud, a menos de un metro de distancia. Ahora pisaban una hierba rala, endurecida por la escarcha, que se quebraba como el cristal. Luego, volvieron a meterse entre árboles. Olía a pino y, de vez en cuando, le rozaba alguna rama.
Louis había perdido la noción del tiempo y de la dirección, pero, al poco rato, Jud volvió a pararse y le dijo:
—Escalones. Están tallados en la roca. Hay cuarenta y dos o cuarenta y cuatro, no recuerdo exactamente. Tú sígueme. Cuando lleguemos arriba ya no habrá que andar más.
Empezó a subir y Louis le siguió.
Los escalones eran bastante anchos, pero la sensación de apartarse del suelo resultaba inquietante. De vez en cuando, bajo sus suelas crujían guijarros y fragmentos de piedra.
«... doce... trece... catorce...»
El viento era ahora más fuerte y más frío. Louis tenía la cara insensible. «¿Estaremos por encima de las copas de los árboles?», se preguntó. Levantó la mirada y vio millones de estrellas, luces frías en la oscuridad. Nunca en la vida las estrellas le habían hecho sentirse tan pequeño, infinitesimal, insignificante. Se formuló la vieja pregunta: «¿Habrá seres inteligentes ahí arriba?» Y la idea, en lugar de suscitar una ensoñadora curiosidad, le produjo un vivo horror, como si acabara de preguntarse a sí mismo qué le parecería comerse un puñado de hormigas.
«...veintiséis... veintisiete... veintiocho...»
«¿Quién tallaría estos escalones, por cierto? ¿Los indios? ¿Los micmacs? ¿Manejaban herramientas? Tengo que preguntárselo a Jud.» Entonces se acordó de la cosa que se había acercado a ellos en el bosque. Tropezó con un escalón y con el dorso de su enguantada mano buscó el apoyo de la pared que tenía a la izquierda. La notó áspera, estriada y rugosa. «Como una piel reseca y gastada», pensó.
—¿Vas bien, Louis? —murmuró Jud.
—Muy bien —dijo, aunque estaba casi sin aliento y tenía los brazos dormidos por el peso de Church.
«...cuarenta y dos... cuarenta y tres... cuarenta y cuatro...»
—Cuarenta y cinco —dijo Jud—. Lo había olvidado. Hace doce años que no subía, y no creo que vuelva. Aja... ¡Arriba!
Agarró del brazo a Louis para ayudarle a subir el último escalón.
—Ya hemos llegado —dijo Jud.
Louis miró en derredor. Se veía bastante bien a la luz de las estrellas. Estaban en una plataforma rocosa sembrada de cascajo, que asomaba de la tierra que se extendía más allá como una lengua oscura. Al otro lado, por donde habían venido, se veían las copas de los abetos. Al parecer, habían subido a lo alto de una especie de mesa, un accidente geológico más propio de Arizona o Nuevo México. Allí arriba, en lo alto de la mesa —o colina achatada o lo que fuera—, no había árboles, sino sólo hierba, por lo que el sol había fundido la nieve. Al volverse hacia Jud, Louis vio unos matorrales que se agitaban al viento y descubrió que no se encontraban en una cumbre aislada, sino que delante de ellos el terreno volvía a elevarse hacia unos árboles. Pero era tan extraña la configuración de aquella plataforma entre las suaves ondulaciones de las viejas colinas de Nueva Inglaterra...
«Indios que manejaban herramientas», pensó de pronto.
—Sígueme —dijo Jud, y recorrió unos veinte metros hacia los árboles. El viento soplaba con fuerza, pero parecía más puro. Louis distinguió unas formas oscuras al pie de los abetos más altos que viera en su vida. La impresión que producía aquel lugar elevado y solitario era de vacío..., pero un vacío que vibraba.
Las formas oscuras eran "cairns", montones de piedras que marcaban tumbas.
—Los micmacs cubrieron de arena la cima de esta colina —dijo Jud—. No se sabe cómo lo hicieron, pero tampoco se sabe cómo construían los mayas sus pirámides. Los mismos micmacs lo han olvidado, al igual que los mayas.
—¿Por qué?
—Éste era su cementerio —dijo Jud—. Te he traído para que entierres aquí al gato de Ellie. Los micmacs no hacían distinciones; enterraban a los animales al lado de sus amos.
Esto hizo a Louis pensar en los egipcios; pero éstos aún iban más lejos: los egipcios mataban a los animales favoritos de la realeza, para que las almas de las mascotas pudieran acompañar a las de sus amos al Más Allá. Recordaba haber leído que en una ocasión, con motivo de la muerte de una hija del faraón, fueron sacrificados más de diez mil animales domésticos: entre otros, seiscientos cerdos y dos mil pavos reales. Antes del degüello, se perfumó a los cerdos con esencia de rosas, la favorita de la princesa.
«Y también construían pirámides. Nadie sabe a ciencia cierta para qué servían las pirámides mayas —dicen algunos que para la navegación y la medición del tiempo, como Stonehenge—, pero todo el mundo sabe lo que eran y son las pirámides de Egipto: monumentos funerarios, las mayores tumbas del mundo. Aquí reposa Ramsés II, era muy "ovediente"», pensó Louis sin poder contener la risa.
Jud le miró sin la menor sorpresa.
—Anda, entierra a tu animal —dijo—. Yo voy a fumar un pitillo. Te ayudaría, pero tienes que hacerlo tú solo. Cada cual entierra a los suyos. Así se hacía entonces.
—Jud, ¿qué pasa? ¿Por qué me has traído aquí?
—Porque tú salvaste la vida a Norma —dijo Jud, y aunque parecía sincero, y Louis estaba convencido de que creía ser sincero, él no pudo menos que pensar que el viejo mentía..., o que él mismo era objeto de un engaño y que transmitía el engaño a Louis. Recordó la mirada que vio, o creyó ver, en los ojos de Jud.
Pero allí arriba aquello parecía carecer de importancia. Allí lo más importante era el viento, aquella corriente incesante que le alborotaba el pelo.
Jud se sentó con la espalda apoyada contra un árbol, encendió una cerilla en el hueco de las manos y prendió un Chesterfield.
—¿Quieres descansar un poco antes de empezar a cavar?
—No; estoy bien —dijo Louis. Hubiera podido seguir preguntando, pero en aquel momento le tenían sin cuidado las respuestas. No le parecía bien, pero tampoco le parecía mal, y decidió dejarlo..., por el momento. En realidad, sólo una cosa le interesaba—. ¿Tú crees que voy a poder cavar una tumba aquí? La capa de tierra parece muy delgada. —Señaló con un movimiento de cabeza el lugar en el que la roca emergía de la tierra, al borde de la escalera.
Jud movió la cabeza despacio.
—Sí —dijo—. Si hay tierra suficiente para que crezca la hierba, tiene que haberla para cavar una tumba, Louis. Y hace mucho tiempo que la gente cava tumbas en este sitio. Aunque fácil no será.
No fue fácil. La tierra era dura y pedregosa, y Louis comprendió enseguida que, para abrir una fosa lo bastante honda para Church, iba a necesitar el pico. Usó el pico y la pala alternativamente, para remover y quitar la tierra y las piedras. Le dolían las manos. Había entrado en calor. Sentía la imperiosa necesidad de hacer bien el trabajo. Empezó a canturrear entre dientes, como hacía algunas veces cuando suturaba una herida. Cuando el pico tropezaba con una piedra saltaban chispas y una vibración se transmitía a sus brazos por el mango de la herramienta. Se le formaban ampollas en las palmas de las manos, pero no le importaba, a pesar de que, como la mayoría de los médicos, se cuidaba mucho las manos. El viento seguía silbando y silbando su melodía de tres notas.
Los golpes del pico eran el contrapunto. Al mirar por encima del hombro, vio que Jud estaba agachado, reuniendo las piedras más grandes que había excavado y formando con ellas un montón.
—Son para el "cairn" —dijo al notar que le observaba.
—Oh —dijo Louis. Y volvió a su trabajo.
Cavó una fosa de unos sesenta centímetros de ancho por ochenta de largo —«un Cadillac de fosa para un cochino gato», pensaba él— y, cuando llegó a unos setenta centímetros de profundidad y el pico empezó a hacer saltar chispas casi a cada golpe, dejó las herramientas a un lado y preguntó a Jud si era suficiente.
Jud se levantó y echó una mirada indiferente al hoyo. —A mí me parece que está bien —dijo—. De todos modos, lo que importa es lo que creas tú.
—¿No vas a explicarme qué es esto?
Jud sonrió levemente.
—Los micmacs consideraban a este monte un lugar mágico. Para ellos todo el bosque, desde el pantano hacia el norte y el este, era mágico. Construyeron esto y aquí enterraban a sus muertos, lejos de todo. Las otras tribus se mantenían apartadas. Los penobscots decían que estos bosques estaban llenos de fantasmas. Después, los traficantes de pieles decían lo mismo. Algunos veían el fuego de San Telmo en el pantano y creyeron ver fantasmas.
Jud sonrió y Louis pensó: «Eso no es lo que crees tú.»
—Con el tiempo, ni los propios micmacs se atrevían a venir por aquí. Uno aseguraba haber visto a un "wendigo" y decía que esta tierra se había corrompido. El Gran Consejo se reunió para hablar de ello..., o así me lo contaron cuando era chico, Louis, pero el que me lo contó era el borrachín de Stanny B., como llamábamos a Stanley Bouchard, y lo que Stanny B. no sabía lo inventaba.
Louis, que sólo sabía que un "wendigo" era un espíritu de las tierras del norte, dijo:
—¿Y tú crees que esta tierra está corrompida?
Jud sonrió, o, por lo menos, sus labios se movieron.
—Yo creo que es un lugar peligroso —dijo suavemente—, pero no para gatos, perros o hámsters. Anda, entierra al bicho, Louis.
Louis introdujo la bolsa verde en el hoyo y, lentamente, empezó a echar tierra. Ahora tenía frío y estaba cansado. Era deprimente oír golpear la tierra en el plástico, y, si bien no se arrepentía de haber venido, su euforia se esfumaba por momentos y él deseaba terminar cuanto antes la aventura. Le esperaba una buena caminata de regreso.
El repiqueteo fue amortiguándose hasta cesar por completo; ya sólo se oía el roce de la tierra sobre la tierra. Raspó el suelo con la pala, para aprovechar toda la tierra removida («nunca hay bastante —pensó, recordando lo que su tío, el enterrador, le dijo una vez hacía casi mil años—, nunca hay bastante para volver a llenar el hoyo») y se volvió hacia Jud.
—Ahora el "cairn" —dijo Jud.
—Oye, estoy cansado y...
—Es el gato de Ellie —dijo Jud, y su voz, aunque suave, era implacable—. Ella querría que lo hicieras como es debido.
Louis suspiró.
—Me figuro que sí.
Le llevó otros diez minutos apilar las piedras que Jud iba dándole, una a una. Cuando hubo terminado, sobre la tumba de Church había un cono de piedras. Realmente, Louis, a pesar del cansancio, lo miraba con cierto placer. Ahora armonizaba con las demás, a la luz de las estrellas. Aunque Ellie nunca la vería —la sola idea de que la niña cruzara aquel pantano de arenas movedizas le pondría los pelos de punta a Rachel—, la había visto él, y le parecía bien.
—La mayor parte se han derrumbado —dijo a Jud, poniéndose en pie y sacudiéndose la tierra de las rodillas. Ahora las veía más claramente y distinguía las piedras esparcidas. Pero Jud puso buen cuidado en que para construir su "cairn" utilizara sólo las piedras que había sacado de la fosa excavada por él mismo.
—Ajá —dijo Jud—. Ya te dije que el lugar era muy viejo.
—¿Hemos terminado ya?
—Ajá. —Dio a Louis una palmada en un hombro—. Has hecho un buen trabajo, Louis. Estaba seguro. Vamos a casa.
—Jud... —empezó Louis. Pero el viejo ya iba hacia la escalera, con el pico en la mano. Louis recogió la pala y tuvo que trotar para darle alcance. Luego, prefirió reservarse el aliento para caminar. Miró atrás una vez, pero el cairn que marcaba la tumba del gato de su hija se había diluido en la oscuridad.
*  *  *
«Fue como pasar la película al revés», pensó Louis un rato después, cuando salieron del bosque a la explanada situada detrás de su casa. No sabía cuánto tiempo habían estado fuera. Se había quitado el reloj cuando se acostó después de comer, y lo dejó en el alféizar de la ventana, al lado de la cama. Sólo sabía que estaba reventado, molido. No recordaba haberse sentido tan cansado desde el primer día que trabajó con una cuadrilla del servicio de limpieza de Chicago un verano, hacía dieciséis o diecisiete años.
Regresaron por el mismo camino, pero Louis recordaba muy poco del trayecto. Había tropezado cuando cruzaban el montón de troncos, eso lo recordaba: salió disparado hacia adelante y, absurdamente, le vino a la memoria una frase de "Peter Pan": «Oh, Jesús, dejé escapar mis alegres pensamientos y ahora me caigo», pero allí estaba la mano de Jud, firme y recia, e instantes después pasaban junto a la última morada del gato "Smucky", de "Trixie" y de "Marta, nuestra conejita" y entraban en el sendero que Louis recorriera no sólo con Jud, sino con toda su familia.
Le parecía ahora que, casi insensiblemente, había tenido presente el sueño de Víctor Pascow que provocó su episodio de sonambulismo, pero sin encontrar ningún punto de enlace entre aquel paseo y la expedición de hoy. También comprendía que la aventura había sido peligrosa, realmente peligrosa. Y lo de menos era que se hubiera llagado las manos mientras se hallaba en un estado casi de sonambulismo. Podía haberse matado al pasar por los troncos. Podían haberse matado los dos. Costaba trabajo asociar semejante conducta con la sensatez. El estado de agotamiento en que se encontraba, lo atribuía al aturdimiento y al disgusto causado por la muerte de un animal querido de toda la familia.
Y, al cabo de un rato, ya estaban otra vez en casa.
Juntos se acercaron a la casa, sin decir nada, y se pararon en la entrada de coches. El viento rugía y silbaba. Sin una palabra, Louis tendió el pico a Jud.
—Será mejor que entre en casa cuanto antes —dijo Jud al fin—. De un momento a otro, Louella Bisson y Ruthie Parks traerán a Norma y ella se extrañaría de no encontrarme.
—¿Tienes hora? —preguntó Louis. Le sorprendía que Norma no estuviera ya en casa. Sus músculos le decían que debía de ser más de medianoche.
—Aja. Llevo la cuenta del tiempo mientras estoy vestido. Luego, lo dejo escapar.
Extrajo un reloj del bolsillo del pantalón y lo abrió.
—Son más de las ocho y media —dijo cerrándolo de nuevo con un chasquido.
—¿Las ocho y media? —repitió Louis estúpidamente—. ¿Nada más?
—¿Qué hora creías tú que era? —preguntó Jud.
—Más tarde.
—Hasta mañana, Louis —dijo Jud dando media vuelta.
—Jud.
El viejo volvió la cabeza, con un leve gesto de interrogación.
—Jud, ¿qué es lo que hemos hecho esta noche?
—¿Qué? Enterrar al gato de tu hija.
—¿Eso es todo?
—Todo. Eres buena persona, Louis, pero haces demasiadas preguntas. A veces uno tiene que hacer lo que cree que es justo. Lo que el corazón le dice que es justo. Y si, después de hacerlo, uno no se siente del todo bien, como si tuviera indigestión, pero no en el buche, sino en la cabeza, entonces empieza a hacer preguntas y a pensar que quizá se ha equivocado. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Sí —respondió Louis, pensando que Jud debía de haberle leído el pensamiento mientras cruzaban la explanada, hacia las luces de la casa.
—Pero quizá se les escapa que, antes de dudar de sí mismos, deberían desconfiar de sus propias dudas —dijo Jud mirándole fijamente—. ¿Tú qué opinas, Louis?
—Opino que tal vez tengas razón —dijo Louis lentamente.
—Y en cuanto a lo que uno siente en su corazón, no es muy bueno hablar de ello, ¿verdad?
—Depende...
—No —dijo Jud, como si Louis se hubiera mostrado plenamente de acuerdo—. No es bueno. —Y con aquella voz serena, firme e implacable, aquella voz que daba escalofríos a Louis, agregó—: Esas cosas son secretos. Se supone que son las mujeres las que mejor guardan los secretos, y algunos tendrán, pero cualquier mujer sensata te dirá que nunca ha podido averiguar lo que hay en el fondo del corazón del hombre. El fondo del corazón del hombre es árido, Louis, como el suelo de ese viejo cementerio micmac de ahí arriba. Es casi roca viva. El hombre cultiva lo que puede..., y lo cuida.
—Jud...
—No hagas preguntas, Louis. Acepta los hechos y déjate llevar por tu corazón.
—Pero...
—Pero nada. Acepta los hechos, Louis, y déjate llevar por tu corazón. Esta vez lo que hemos hecho está bien... Por lo menos, así lo espero por mi vida... Otra vez puede estar rematadamente mal.
—¿No me contestarás ni a una pregunta?
—Según lo que sea.
—¿Cómo conociste ese sitio? —La pregunta se le ocurrió durante el regreso, al especular sobre si el propio Jud no tendría sangre micmac, aunque no lo parecía; su aspecto no podía ser más anglosajón.
—Anda, pues por Stanny B. —dijo Jud con gesto de sorpresa.
—¿Él te habló del cementerio?
—No —dijo Jud—. No es un lugar del que uno habla por las buenas. Allí enterré yo, cuando tenía diez años, a mi perro "Spot" que se arañó con un alambre de espino oxidado mientras perseguía a un conejo. La herida se infectó y lo mató.
Allí había algo que no encajaba con lo que Louis había oído antes; pero el cansancio no le permitía pensar con claridad. Jud no dijo más, sólo le miraba con sus impenetrables ojos de anciano.
—Buenas noches, Jud.
—Buenas noches.
El anciano cruzó la carretera cargado con el pico y la pala.
—¡Gracias! —gritó impulsivamente Louis.
Jud no volvió la cabeza; sólo levantó una mano, para indicar que le había oído.
De pronto, en la casa, empezó a sonar el teléfono.
Louis echó a correr haciendo una mueca por el dolor que se le despertó en muslos y caderas; pero cuando entró en la caldeada cocina, el aparato había llamado ya seis o siete veces y, en el momento en que Louis le puso la mano encima, enmudeció. Él contestó a pesar de todo, pero sólo se oía el zumbido de la señal para marcar.
«Era Rachel —pensó—. Ahora mismo la llamo.»
Pero de repente le parecía un trabajo excesivo tener que marcar, intercambiar unas envaradas frases con la madre —o, peor aún, con el padre esgrimidor de talonarios—, esperar a que se pusiera Rachel..., y luego Ellie. Porque la niña aún estaría levantada; era una hora antes en Chicago. Y Ellie le preguntaría por Church.
«Está divinamente. Lo atropelló un camión de la Orinco. No sé por qué, estoy seguro de que ha sido un Orinco. Si no, sería una incongruencia, no sé si me entiendes. ¿Que no? Bueno, no importa. Murió en el acto, pero no quedó desfigurado. Jud y yo lo hemos enterrado en el cementerio micmac de la montaña... Una especie de anexo de Pet Sematary, como si dijéramos. El camino es chulísimo, tesoro. Cualquier día te llevo, para que pongas unas flores en la tumba, o sea, en el cairn. Pero eso, cuando se hielen las arenas movedizas y los osos se hayan ido a dormir para todo el invierno.»
Louis colgó el teléfono, cruzó hacia el fregadero y llenó la pila de agua caliente. Se quitó la camisa y se lavó. A pesar del frío, había sudado como un cerdo y a eso olía, a cerdo.
Había restos de asado de carne en el frigorífico. Louis los cortó en lonchas que puso sobre una rebanada de pan y agregó dos rodajas de cebolla. Se quedó contemplando unos momentos el plato y luego lo roció de ketchup y lo cubrió con otra rebanada de pan. Si Rachel y Ellie hubieran estado allí, habrían fruncido la nariz con idéntica mueca de repugnancia: ¡púa, qué basto!
«Pues ustedes se lo pierden, señoras —pensó Louis con vivo regodeo, mientras devoraba el bocata. Estaba de fábula—. Dice Confucio que quien huele como un cerdo come como un lobo», pensó sonriendo. Hizo bajar el bocadillo con varios tragos de leche que bebió directamente del cartón —otra costumbre que Rachel detestaba—, subió a su habitación, se desnudó y se metió en la cama sin cepillarse los dientes. El dolor muscular se había reducido a un hormigueo que casi resultaba grato.
El reloj seguía donde lo había dejado. Louis miró la hora. Las nueve y diez. Increíble.
Louis apagó la luz, se volvió de lado y se quedó dormido.
*  *  *
Se despertó a eso de las tres de la madrugada y se levantó para ir al baño. Mientras orinaba, haciendo guiños a la blanca luz fluorescente del cuarto de baño, de pronto cayó en la cuenta de qué era lo que no concordaba, y sus ojos se agrandaron. Era como si dos piezas que debían encajar entre sí hubieran chocado rebotando.
Aquella noche, Jud le había dicho que su perro murió cuando él tenía diez años: murió de la infección de las heridas que se produjo con un alambre de espino oxidado. Pero aquel día de finales de verano, en que subieron todos juntos a Pet Sematary, Jud dijo que su perro había muerto de viejo y que estaba enterrado allí..., hasta señaló la estela de la que el tiempo había borrado la inscripción.
Louis descargó el depósito, apagó la luz y volvió a la cama. Había otra discrepancia... y la descubrió enseguida. Jud había nacido con el siglo y aquel día, en el cementerio, dijo a Louis que su perro murió durante el primer año de la Gran Guerra. Si se refería al primer año de guerra en Europa, Jud tenía entonces catorce y, si había querido decir el primer año de guerra para Estados Unidos, diecisiete.
Pero esta noche dijo que tenía diez años cuando murió "Spot".
«Bueno, Jud es un viejo, y a veces los viejos se hacen un lío con las fechas —pensó Louis, intranquilo—. Él mismo dice que se ha vuelto olvidadizo, que a veces le cuesta trabajo dar con nombres y direcciones que antes se sabía de memoria y que hay días en los que al levantarse no se acuerda de lo que la víspera había proyectado hacer. De todos modos, para su edad eso no es nada..., no llega a senilidad, sólo son pequeños despistes. No tiene nada de particular que una persona olvide la edad de un perro que murió hace más de setenta años. Ni de qué murió. No le des más vueltas, Louis.»
Pero no podía volver a quedarse dormido. Se quedó despierto mucho rato, sintiendo el vacío de la casa y oyendo silbar el viento en los aleros.
De pronto, se durmió sin darse cuenta; así debió de suceder porque, cuando ya iba a caer, le pareció oír unos pies descalzos que subían lentamente la escalera y pensó: «Déjame en paz, Pascow, déjame en paz. Lo hecho, hecho está y los muertos, muertos.» Y las pisadas se extinguieron.
Aunque, a medida que iban acortándose los días, ocurrieron otras muchas cosas inexplicables, Louis no volvió a ser molestado por el espectro de Pascow, ni despierto ni dormido.

23

Se despertó a las nueve de la mañana. Por las ventanas orientadas al este entraba un sol resplandeciente. Estaba sonando el teléfono. Louis descolgó.
—¿Diga?
—¡Eh! —dijo Rachel—. ¿Te he despertado? Pues me alegro.
—Sí, me has despertado, pécora —sonrió él.
—¡Oooh! ¿Qué modales son ésos? Grosero —dijo ella—. Te llamé anoche. ¿Estabas en casa de Jud? Él vaciló apenas una fracción de segundo.
—Sí —dijo—. Nos tomamos unas cervezas. Norma había ido a no sé qué cena de Acción de Gracias. Quería llamarte, pero... ya sabes lo que ocurre.
—Sí, ya sé lo que ocurre.
Charlaron un rato. Rachel le puso al corriente de las novedades de la familia, aunque maldita la falta. No obstante, se alegró de saber que la calva de su suegro aumentaba de tamaño a pasos agigantados.
—¿Quieres hablar con Gage? —preguntó Rachel.
Louis sonrió ampliamente.
—¡Cómo no! Pero no le dejes colgar el teléfono como la otra vez.
Se oían ruidos al otro extremo del hilo y la voz de Rachel que instaba al niño a decir hola a papá.
Por fin Gage dijo:
—Hola, paaá.
—Hola, Gage —respondió Louis alegremente—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces? ¿Has vuelto a tirar el soporte de las pipas del abuelo? Me gustaría mucho. A ver si ahora arreglas los sellos de la colección.
Gage estuvo parloteando jubiloso durante unos treinta segundos salpicando su discurso de alguna que otra palabra reconocible: "mammi, Élite, huelo, buela, coche, joe y caca". Su vocabulario era cada día más extenso.
Por fin, Rachel consiguió arrancarle el auricular de las manos, con estridentes protestas de Gage y profundo alivio de Louis. Él quería mucho a su hijo y le echaba de menos atrozmente, pero mantener una conversación con un crío de menos de dos años era como tratar de jugar a las damas con un demente: las fichas bailaban por todas partes y acababas comiéndote las tuyas.
—¿Y cómo van las cosas por ahí? —preguntó Rachel.
—Oh, muy bien —dijo Louis, esta vez sin la más leve vacilación; pero comprendía que antes, cuando Rachel le preguntó si estaba en casa de Jud la noche anterior y él respondió que sí, había dado un paso decisivo. Le pareció oír la voz de Jud Crandall: «El fondo del corazón del hombre es más árido Louis... El hombre cultiva lo que puede, y lo cuida.»—. Un poco aburrido, si quieres que te diga la verdad. Os echo de menos.
—¿Quieres decir que no estás disfrutando de tus vacaciones sin la "troupe"?
—Oh, el silencio se agradece —reconoció él—. Pero, después de las primeras veinticuatro horas, empieza a pesar.
—¿Me dejas hablar con papá? —Era la voz de Ellie, distante.
—¿Louis? Aquí está Ellie.
—Está bien, que se ponga.
Estuvo hablando con Ellie casi durante cinco minutos. Ella le contó que su abuela le había comprado una muñeca, que el abuelo la había llevado de visita a los almacenes («Chico, qué mal huele aquello», dijo y Louis pensó: «Pues tu abuelito tampoco es una rosa», rica), que había ayudado a hacer pan y que Gage se había escapado mientras mamá le cambiaba. Echó a correr por el pasillo y se coló en el despacho del abuelo («¡Bravo, Gage!», pensó Louis sonriendo de oreja a oreja).
Ya pensaba que iba a librarse —por lo menos, por hoy— y se disponía a decir a Ellie que pasara el teléfono a su madre para despedirse de ella, cuando Ellie le preguntó:
—¿Cómo está Church, papi? ¿Me echa de menos?
La sonrisa se borró de la cara de Louis, pero él respondió con perfecta naturalidad.
—Está bien, supongo. Anoche le di las sobras del estofado y lo dejé salir. Hoy aún no lo he visto, pero es que acabo de despertarme.
«Oh, chico, tú serías el asesino perfecto, más fresco que una lechuga. Doctor Creed, ¿cuándo vio a la víctima por última vez? Cuando vino a cenar. Tomó un plato de estofado, por cierto. Desde entonces no he vuelto a verle.»
—Dale un besito de mi parte.
—A tu gato le besas tú —dijo Louis, y Ellie soltó la risa.
—¿Quieres hablar otra vez con mamá?
—Sí; pásamela.
Ya estaba. Louis habló con Rachel un par de minutos más. No se mencionó a Church. Él y su mujer se despidieron con el «te quiero mucho» de rigor y Louis colgó el auricular.
—Listos por hoy —dijo Louis en voz alta, dirigiéndose a la habitación vacía y soleada. Tal vez lo peor fuera que no se sentía mal. No tenía ni asomo de remordimientos.

24

Alrededor de las nueve y media, le llamó Steve Masterton para preguntar si quería jugar un partido de frontón; la cancha estaba disponible y podrían jugar todo el día, si les apetecía, añadió con alborozo.
Louis comprendió su alegría —cuando la Universidad funcionaba, la lista de espera para el frontón abarcaba hasta dos días—, pero declinó la invitación, pretextando que tenía que trabajar en un artículo que preparaba para la "Revista de Medicina Universitaria".
—¿Estás seguro? —preguntó Steve—. Mucho trabajo y poca distracción no es bueno para la salud.
—Llámame luego —dijo Louis—. A lo mejor me tientas. Steve prometió hacerlo así y colgó. Esta vez Louis había dicho sólo una media mentira; efectivamente, tenía intención de trabajar en aquel artículo, que se refería al tratamiento de las enfermedades contagiosas como varicela y mononucleosis en una enfermería, pero la razón principal por la que había renunciado a jugar con Steve era la de que tenía todo el cuerpo dolorido. Lo averiguó cuando, después de hablar con Rachel, entró en el cuarto de baño para limpiarse los dientes. Los músculos de la espalda le tiraban y pinchaban, tenía los hombros magullados de acarrear la maldita bolsa de plástico y las corvas eran como cuerdas de guitarra tensadas para tres octavos más de lo normal. «Joder, y tú que pensabas estar en forma.» Bonito papel habría hecho en el frontón, persiguiendo la pelota como un viejo artrítico.
A propósito de viejos, aquella excursión al bosque no la hizo solo, sino con un sujeto que frisaba los ochenta y cinco. Le hubiera gustado saber si Jud estaba aquella mañana tan cascado como él.
Estuvo una hora y media trabajando en el artículo, pero la cosa no iba bien. La soledad y el silencio empezaban a ponerle nervioso y acabó guardando los blocs de notas y las gráficas que había pedido al John Hopkins en el estante situado encima de la máquina de escribir, se puso el chaquetón y cruzó la carretera.
Jud y Norma habían salido, pero encontró un sobre con su nombre, prendido en la puerta del porche. Lo quitó y levantó la solapa con el pulgar.
Louis:
La santa esposa y yo nos hemos ido a Bucksport de compras y ver una cómoda que tienen en el Emporium Galorium a la que Norma le tiene echado el ojo desde hace cien años, o así parece. Seguramente, nos quedaremos a almorzar en McLeod's y regresaremos a media tarde. Pasa esta noche a tomar un par de cervezas, si quieres.
Tu familia es tu familia. No quiero ser entrometido, pero si Ellie fuera hija mía yo aún no le diría que su gato había sido atropellado. ¿Para qué estropearle las vacaciones?
A propósito, Louis, yo tampoco mencionaría por estos contornos lo que hicimos anoche. Hay otras personas que conocen ese viejo cementerio micmac y algunos han enterrado allí a sus animales. Es como un arrabal de Pet Sematary. ¡Lo creas o no, allí arriba han enterrado hasta un toro! El viejo Zack McGovern, que vivía en Stackpole Road, enterró en el cementerio micmac a su toro "Hanratty", que fue premiado en un concurso de ganado. Debió de ser en 1967 o 68. ¡Ja, ja! Cuando me dijo que él y sus dos hijos habían llevado al toro hasta allí arriba, casi me hernio de tanto reír. Pero a la gente de por aquí no le gusta hablar de ello, ni es que estén enterados los que ellos consideran «forasteros», no porque sean supersticiones que datan de hace más de trescientos años, sino porque, en cierto modo, ellos las creen y les parece que un «forastero» tiene que reírse de esas cosas. ¿Consideras que esto tiene sentido? Yo creo que no, pero así están las cosas. Conque hazme el favor de no decir nada. ¿De acuerdo?
Ya hablaremos de ello, probablemente, esta misma noche, y entonces lo comprenderás mejor; pero, entretanto, quiero decirte que te portaste muy bien. Estaba seguro.
JUD.
PS. — Norma no sabe lo que dice esta carta —le he contado otro cuento— y, si a ti no te importa, prefiero que no se entere. En los cincuenta y ocho años que llevamos casados le he dicho a Norma más de una mentira. Supongo que la mayoría de los hombres mienten a sus esposas, pero me parece que casi todos ellos podrían presentarse ante Dios y confesar sus mentiras sin tener que bajar la cabeza.
Bueno, ven esta noche y pimplaremos un poco.
J.
Louis se quedó en lo alto de la escalera que conducía al porche —ahora vacío, pues los confortables sillones de mimbre estaban guardados hasta otra primavera— mirando la carta con el entrecejo fruncido. ¿No decir a Ellie que el gato había muerto? No se lo había dicho. ¿Otros animales enterrados allí? ¿Supersticiones que databan de hacía más de trescientos años?
«... y entonces lo comprenderás mejor.»
Resiguió aquella línea con el dedo y, por primera vez, se puso a pensar deliberadamente en lo que habían hecho la noche anterior. Los recuerdos estaban borrosos, difuminados, como las imágenes de los sueños o de los actos que se realizan bajo los efectos de un estupefaciente. Se acordaba de haber subido al montón de troncos, y de aquel leve resplandor que había en el pantano, y de que allí había por lo menos de cinco a diez grados más de temperatura, pero todo ello era como esa conversación que mantienes con el anestesista antes de que te haga dormir.
«... y supongo que la mayoría de los hombres mienten a su mujer...»
«A su mujer y a su hija», pensó Louis, pero parecía cosa de magia la forma en que Jud había adivinado lo ocurrido aquella mañana, tanto en el teléfono como dentro de su cabeza.
Louis dobló la carta lentamente, que estaba escrita en papel rayado como de una libreta de colegial, y volvió a meterla en el sobre. Luego, guardó el sobre en el bolsillo de atrás del pantalón y cruzó la carretera para volver a su casa.

25

Era sobre la una de la tarde cuando Church regresó, lo mismo que el gato de la vieja canción infantil. Louis estaba en el garaje, donde llevaba más de seis semanas trabajando a ratos perdidos en un proyecto de estanterías bastante ambicioso. Quería guardar en aquellas estanterías, fuera del alcance de Gage, todas las cosas peligrosas del garaje, como el líquido del limpiaparabrisas, anticongelante y herramientas cortantes. Estaba clavando un clavo cuando entró Church. Louis ni dejó caer el martillo, ni tan sólo se golpeó el pulgar: el corazón se le puso a hacer "jogging", pero no le dio un vuelco; sintió en el estómago como un alambre candente, pero enseguida se enfrió, como el filamento de una bombilla que fulgura un momento antes de fundirse. Era, según se dijo después, como si toda aquella soleada mañana del día siguiente al de Acción de Gracias hubiera estado esperando el regreso de Church; como si en una parte más profunda y primitiva de su mente, conociera ya la finalidad de su excursión nocturna al cementerio micmac.
Dejó el martillo cuidadosamente, se quitó los clavos que sostenía entre los labios y los guardó en el bolsillo de su delantal de trabajo, se acercó a Church y lo levantó del suelo.
«Pero vivo —pensó en una excitación malsana—. Pesa lo mismo que antes del accidente. Es peso vivo. Pesaba más cuando estaba en la bolsa. Pesaba más cuando estaba muerto.»
Ahora el corazón le dio un brinco —casi una voltereta— y se le nubló la vista.
Church, con las orejas gachas, se dejaba tocar. Louis lo sacó a la luz del sol y se sentó en la escalera de atrás. Entonces el gato trató de saltar al suelo, pero Louis le sujetó acariciándole. Ahora el corazón le trotaba acompasadamente.
Palpó suavemente el cuello del animal, recordando cómo le bailaba la cabeza la noche antes. Ahora no encontró más que músculos y tendones firmes. Levantó a Church y le miró atentamente el hocico. Lo que vio le hizo dejar al gato al momento y cerrar los ojos cubriéndose la cara con una mano. Todo le daba vueltas y sentía una viva náusea, como la que te invade cuando has bebido mucho y estás a punto de vomitar.
Church tenía una costra de sangre seca en el hocico y dos briznas de plástico verde pegadas a sus largos bigotes. Fragmentos de la bolsa.
«Hablaremos de ello y entonces comprenderás mejor...»
Ay, Dios, demasiado lo comprendía ya.
«Denme una oportunidad y comprendiendo, comprendiendo, iré a parar al manicomio.»
Dejó entrar en la casa a Church, sacó su plato azul y abrió una lata de atún e hígado para gatos. Mientras Louis echaba cucharadas de pasta en el plato, el gato ronroneaba y se restregaba contra sus tobillos. Aquel contacto ponía la piel de gallina y Louis tuvo que hacer un esfuerzo y apretar los dientes para no dar un puntapié al animal. Tenía los flancos demasiado suaves, gordos, repulsivos, vaya. Louis pensó que ojalá no tuviera que volver a tocar al gato en su vida.
Cuando él se agachó para dejar el plato en el suelo, Church pasó junto a él al lanzarse hacia la comida y Louis hubiera jurado que la piel le olía a tierra corrompida.
Dio un paso atrás y se quedó mirando al animal. Church hacía ruido al masticar. ¿Siempre había comido así? Seguramente, pero Louis no lo había notado. De todos modos, el sonido era muy desagradable. Basto, diría Ellie.
Louis dio media vuelta bruscamente y se fue hacia la escalera. Empezó a subir a paso normal, pero cuando llegó arriba iba casi corriendo. Se desnudó y tiró toda la ropa a lavar, a pesar de que se la había puesto limpia por la mañana. Se preparó un baño caliente, todo lo caliente que podía resistir, y se sumergió en él.
El vapor le envolvía y sentía que el agua caliente le relajaba los músculos. El baño le relajaba también las ideas. Cuando el agua empezó a enfriarse, Louis se sentía un poco amodorrado y casi completamente tranquilo.
«El gato ha vuelto. ¿Y qué? Pues nada.»
Todo había sido un error. ¿Acaso él mismo no pensó la noche antes que Church estaba muy entero para haber sido arrollado por un coche?
«Piensa en todos esos gatos y perros que has visto en la carretera —se dijo— reventados y con las tripas fuera. Tecnicolor, como dice Loudon Wainwright en ese disco del canalla muerto.»
Estaba perfectamente claro. Church había quedado sin sentido, del golpe. El gato que él había llevado al cementerio micmac estaba inconsciente, no muerto. ¿No decían que los gatos tienen siete vidas? Era una suerte no haber dicho nada a Ellie. No hacía falta ni que se enterara de lo poco que faltó.
«La sangre del hocico y del cuello..., la forma en que le colgaba la cabeza...»
Pero él era médico, no veterinario. Se había equivocado en el diagnóstico, sencillamente. Las circunstancias dejaban mucho que desear para que pudiera examinarlo debidamente: agachado en el jardín de Jud, a seis o siete grados bajo cero, prácticamente a oscuras. Además, llevaba guantes. Eso pudo...
Una sombra monstruosa se proyectó en las baldosas de la pared. Parecía la cabeza de un dragón o de una serpiente gigantesca. Algo le rozó el hombro, resbalando. Louis se levantó, galvanizado, con un chapoteo que empapó la alfombra del baño. Se volvió, encogiéndose sobre sí mismo y tropezó con los ojos amarillo terroso del gato de su hija que se había encaramado al asiento del inodoro.
Church oscilaba lentamente de atrás adelante, como si estuviera borracho. Louis le miraba con repugnancia, apretando los dientes para reprimir el grito que tenía en la garganta. Church nunca había hecho aquello —nunca se balanceó como la serpiente que trata de hipnotizar a su presa— ni antes de la operación, ni después. Por primera y última vez, Louis especuló con la idea de que podía tratarse de otro gato, muy parecido al de Ellie, otro gato que se había colado en el garaje mientras él montaba la estantería, y que el verdadero Church seguía enterrado bajo el "cairn" en aquel risco del bosque. Pero las señales coincidían: la oreja mellada... y la pata un poco torcida. Ellie se la pilló con la puerta de atrás de su casita de las afueras cuando Church era un gatito.
Desde luego, era Church.
—Fuera de aquí —susurró Louis roncamente.
Church se quedó mirándolo un momento —Dios, los ojos no parecían los mismos. No sabía por qué, pero no parecían los mismos— y saltó al suelo. Pero no fue un salto elegante. Nada de gracia felina. El animal se tambaleó, chocó contra la bañera con las ancas y se fue.
Louis salió de la bañera y se secó apresuradamente. Estaba afeitado y casi vestido cuando el teléfono sonó con estridencia en la casa vacía. Al oír el timbre, Louis dio media vuelta y levantó las manos, con los ojos muy abiertos. Luego, las bajó lentamente. Se le había disparado el corazón. Sentía los músculos llenos de adrenalina.
Era Steve Masterton, interesándose por el partido de pelota. Louis quedó en encontrarse con él en el Memorial Gym dentro de una hora. En realidad, no podía permitirse perder el tiempo, y un partido de pelota era lo que menos le apetecía, pero tenía que salir de casa. Quería escapar del gato, aquel gato tan raro que no tenía por qué estar allí.
Se apresuró, metiéndose el faldón de la camisa en el pantalón con movimientos bruscos, puso unos shorts, una camiseta y una toalla en la bolsa de deporte y bajó rápidamente la escalera.
Church estaba echado en el cuarto peldaño contando desde abajo. Louis tropezó con él y estuvo a punto de caerse. Aún pudo agarrarse a la barandilla y evitar lo que podía haber sido un formidable trompazo.
Se quedó al pie de la escalera, jadeando, con el corazón desbocado y todo el cuerpo bañado en adrenalina.
Church se levantó, se desperezó... y pareció sonreírle sardónicamente.
Louis salió. Hubiera tenido que sacar al gato, sí; pero no lo hizo. En aquel momento, se sentía incapaz de tocarlo.

26

Jud encendió un cigarrillo con una cerilla de madera de la cocina que luego apagó agitándola y depositó en un cenicero de latón que tenía en el fondo un anuncio de Jim Beam casi borrado.
—Aja. A mí me llevó allí Stanley Bouchard. —Se quedó pensativo un momento.
Estaban en la cocina de Jud. Delante de ellos, sobre el hule a cuadros que cubría la mesa, había unos vasos de cerveza casi intactos. El depósito de fuel fijado a la pared gorgoteó tres veces reposadamente y enmudeció. Louis había cenado con Steve en el casi desierto autoservicio de la Guarida del Oso. Con un poco de comida en el cuerpo, Louis había empezado a reconciliarse con la idea del regreso de Church, le parecía ver la situación con más claridad; sin embargo, no tenía ninguna prisa por volver a su casa, oscura y vacía, donde —admitámoslo, camaradas— podía tropezarse con el gato en cualquier sitio.
Norma estuvo un buen rato con ellos, viendo la tele y bordando un cuadro con una puesta de sol y una capilla. La cruz del tejado se recortaba en negro sobre los fulgores del ocaso. Dijo a Louis que era para el bazar que iban a poner en la iglesia la semana antes de Navidad. Era un acontecimiento importante. Movía bien los dedos al meter y sacar la aguja de la tela puesta en el bastidor. Esta noche apenas se le notaba la artritis. Louis lo atribuyó al tiempo que, aunque frío, había sido seco. La mujer se había recuperado perfectamente del ataque al corazón y aquella noche, menos de diez semanas antes de que un derrame cerebral la matara, Louis la veía rejuvenecida. Aquella noche podía uno incluso hacerse una idea de cómo había sido de joven.
A las nueve y cuarto, la mujer les dio las buenas noches y se fue a la cama, y Louis estaba ahora con Jud que había dejado de hablar y miraba cómo subía y subía el humo del cigarrillo, como un niño que contemplara la enseña de una barbería, para ver a dónde van las rayas.
—Stanny B. —dijo Louis suavemente, instándole a seguir hablando.
Jud parpadeó, saliendo de su abstracción.
—Oh, aja. En Ludlow, en Bucksport, Prospect y hasta en Orrington, todo el mundo le llamaba Stanny B. El año en que murió "Spot", mi perro, me refiero a la primera vez que murió, en 1910, Stanny ya era viejo y estaba bastante loco. Por estos contornos había otros que conocían el viejo cementerio micmac, pero yo me enteré por Stanny B. A él se lo había dicho su padre, y a su padre, el abuelo. Toda una estirpe de borrachines.
Louis rió y bebió un sorbo de cerveza.
—Aún me parece oírle hablar con su acento francés, comiéndose la mitad de las palabras. Me encontró sentado detrás del establo que había en la carretera 15, y que entonces era, simplemente, la carretera Bangor-Bucksport, mismamente ahí donde ahora está la fábrica Orinco. "Spot" no había muerto aún, pero se estaba acabando, y mi padre me mandó a comprar comida para las gallinas al viejo Yorky. Nosotros no necesitábamos comida para las gallinas más que una vaca una pizarra, y yo sabía muy bien por qué me mandaba.
—¿Iba a matar al perro?
—Mi padre sabía lo mucho que yo quería a "Spot" y por eso me alejó de casa. Mientras el viejo Yorky me ponía el grano, yo me fui a la parte de atrás y me senté en la vieja piedra de molino que había allí, llorando.
Jud movió lentamente la cabeza, aún con una leve sonrisa.
—Entonces se me acercó el viejo Stanny B. La mitad del vecindario creía que era inofensivo y la otra mitad, peligroso. Su abuelo había sido trampero y traficante de pieles a principios del 1800. El abuelo de Stanny iba desde la costa hasta Bangor y Derry, llegando a veces hasta Skowhegan hacia el sur, para comprar pieles, o eso decía la gente. Llevaba un gran carromato con una cubierta hecha de tiras de piel, como los de los charlatanes que vendían curalotodo. Tenía cruces por todas partes, porque era buen cristiano y, cuando estaba lo bastante borracho, predicaba sobre la Resurrección. Eso decía Stanny, a quien le gustaba mucho hablar de su abuelo.
»Pero también tenía señales indias, porque creía que todos los indios, cualquiera que fuera su tribu, formaban en realidad una sola tribu, aquella de Israel que dice la Biblia que se perdió. Decía que todos los indios estaban condenados, pero que su magia era eficaz porque, a su manera, ellos también eran cristianos.
»El abuelo de Stanny seguía traficando con los micmacs y haciendo negocio con ellos mucho después de que la mayoría de tramperos y traficantes abandonaran o se fueran al oeste, porque pagaba un precio justo y, según Stanny, se sabía la Biblia de memoria de cabo a rabo, y a los micmacs les gustaba oírle hablar, porque les decía las mismas palabras que les predicaban los hombres vestidos de negro antes de que llegaran los cazadores y los granjeros.
Jud calló. Louis esperaba.
—Los micmacs hablaron al abuelo de Stanny B. del cementerio, que ellos ya no usaban porque el "wendigo" había corrompido el suelo, y del dios Pantano, y de la escalera, y demás.
»Por cierto, en aquella época, la historia del "wendigo" era muy corriente en todo el norte. Supongo que ellos necesitarían una historia como aquélla, del mismo modo que nosotros, los cristianos, hemos de tener las nuestras. Norma me llamaría sacrílego si me oyera; pero, Louis, es la verdad. A veces, cuando el invierno era muy largo y crudo y la comida escaseaba, los indios del norte tenían que elegir entre morir de hambre o... hacer ciertas cosas.
—¿Canibalismo?
—Tal vez. —Jud se encogió de hombros—. Tal vez elegían a algún viejo ya gastado, y así tenían comida por algún tiempo. Y la historia que contaban era que una noche, mientras todos dormían, el "wendigo" había pasado por la aldea o campamento y los había tocado. Y todo el mundo sabía que el "wendigo" daba a aquellos que tocaba el gusto por la carne de su propia especie.
—Lo que equivalía a decir que el diablo les había inducido a ello —asintió Louis.
—Más o menos. Personalmente, yo sospecho que los micmacs de por aquí tuvieron que hacerlo en alguna ocasión y que enterraron los huesos de las víctimas, una o dos o quizá una docena, en el cementerio de ahí arriba.
—Y luego dijeron que se había corrompido la tierra —murmuró Louis.
—Y aquel día Stanny B. se presentó en el almacén, seguramente en busca de una botella —dijo Jud—. Ya venía un poco achispado. La gente decía que su abuelo dejó al morir más de un millón de dólares... Y Stanny B. era el mendigo del pueblo. Al verme llorar me dijo que él sabía cómo arreglar el asunto, pero que yo tenía que ser valiente y estar bien seguro de desear que lo arreglara.
»Yo le dije que haría cualquier cosa para que "Spot" se curara y le pregunté si conocía a algún veterinario que pudiera conseguirlo. «Yo no conozco a ningún veterinario, pero sé cómo arreglar lo de tu perro —dijo él. Y añadió—: Vete a casa y di a tu padre que meta al perro en un saco, pero no se te ocurra enterrarlo, ¿eh? Lo llevas a Pet Sematary y lo dejas al pie de los troncos. Cuando lo hayas hecho, ven a avisarme.»
»Yo le pregunté de qué serviría eso, y Stanny me dijo que aquella noche me quedara despierto y que cuando él me tirara una piedra a la ventana, bajara a reunirme con él. «Y quizá sea más de medianoche, chico. Pero si te olvidas de Stanny B. y te duermes, Stanny B. se olvidará de ti y entonces adiós, perro, y al infierno con él.»
Jud miró a Louis y encendió otro cigarrillo.
—Todo ocurrió tal como dijo Stanny. Cuando llegué a casa, mi padre me dijo que había disparado un tiro en la cabeza a "Spot" para ahorrarle sufrimientos. Y fue él mismo el que me habló de Pet Sematary. Me dijo si no me parecía que "Spot" querría que lo enterrase allí y yo le contesté que seguramente. Y allí me fui, arrastrando el saco con el perro dentro. Mi padre me preguntó si necesitaba ayuda y yo, recordando las palabras de Stanny B., contesté que no.
»Aquella noche estuve despierto una eternidad, o así me parecía a mí. Ya sabes lo que es la espera para un niño. Yo me figuraba que ya tenía que amanecer de un momento a otro y entonces el reloj daba las diez, o las once. Un par de veces casi di una cabezada, pero siempre volvía a espabilarme como si alguien me hubiera sacudido por un hombro diciendo: «¡Despierta, Jud! ¡Despierta!» Parecía que había allí algo que quería asegurarse de que no me dormía.
Louis arqueó las cejas al oír esto, y Jud se encogió de hombros como diciendo que ya sabía que era un solemne disparate.
—Cuando dieron las doce en el reloj del recibidor, me levanté y me quedé esperando, vestido, sentado a los pies de la cama, a la luz de la luna que entraba por la ventana. Luego, el reloj dio la media, y la una, y Stanny B. no venía. Ese estúpido francés se ha olvidado de mí, pensé. Ya iba a desnudarme otra vez cuando en el cristal de la ventana rebotaron dos piedras que a punto estuvieron de romperlo. Una hizo una grieta, pero yo no la vi hasta la mañana siguiente, y mi madre no se dio cuenta hasta el invierno, y pensó que habría sido la helada. Fue una suerte para mí.
»Yo me lancé hacia la ventana casi volando y levanté el cristal. Las guías chirriaron como sólo chirrían cuando eres un crío y quieres salir de casa después de la medianoche...
Louis rió, aunque no recordaba haber deseado nunca salir de casa de noche, cuando tenía diez años. Pero estaba seguro de que la ventana hubiera chirriado.
—Yo estaba seguro de que mis padres pensarían que estaban entrando en casa los ladrones, pero cuando se me apaciguó un poco el corazón oí que mi padre seguía roncando en su cuarto. Me asomé y vi a Stanny B. en el sendero del jardín, mirando hacia arriba y tambaleándose como si hiciera un gran vendaval, pero no corría ni un soplo de aire. Creo que estuvo a punto de no venir, Louis, pero la borrachera que llevaba era de las que te mantienen más despierto que un mochuelo con diarrea y hacen que todo te importe un rábano. Y entonces me dijo a gritos, aunque supongo que él creía estar susurrando: «¿Qué, chico? ¿Bajas o tengo que subir a buscarte?»
»¡Sssh!, hice yo, temiendo que se despertara mi padre y me diera la tunda de mi vida. «¿Qué dices?», preguntó Stanny B. en un tono de voz aún más alto. Si mis padres hubieran dormido a este lado de la casa, Louis, donde estamos ahora, creo que me la hubiera cargado. Pero estaban en la habitación de atrás, la que ahora tenemos Norma y yo, la que mira al río.
—Apuesto a que bajarías esa escalera como el rayo —dijo Louis—. ¿No tendrías otra cerveza, Jud? —Ya llevaba dos más del cupo, pero aquella noche eso parecía no importar. Al contrario, era casi obligado.
—La tengo. Y tú sabes dónde están —dijo Jud encendiendo otro cigarrillo. Esperó a que Louis volviera a sentarse—. No; no me atreví a bajar por la escalera. Hubiera tenido que pasar por delante de la habitación de mis padres. Me descolgué por la enredadera lo más aprisa que pude. Estaba asustado, sí, pero en aquel momento temía más a mi padre que ir a Pet Sematary con Stanny B.
Aplastó el cigarrillo.
—Allá nos fuimos los dos. Creo que Stanny B. se cayó por el camino más de media docena de veces. Realmente, estaba como una cuba y olía como si acabara de salir de un barril de whisky. A punto estuvo de ensartarse el cuello en una rama. Pero llevaba un pico y una pala. Cuando llegamos al cementerio, yo esperaba que me pasara las herramientas y se tumbara a dormir la borrachera mientras yo cavaba la fosa.
»Pero, al contrario, pareció que se serenaba un poco. Me dijo que teníamos que continuar un trecho por el bosque, más allá de los troncos, donde había otro cementerio. Yo miré a Stanny, que apenas se tenía en pie, miré el montón de troncos y dije: «Tú no puedes subir por ahí, Stanny B., te romperás la crisma.»
»Y él me contestó: «Yo no voy a romperme la crisma, ni tú tampoco. Yo iré delante y tú me seguirás arrastrando el saco.» Efectivamente, pasó los troncos sin la menor dificultad y sin mirar ni dónde ponía los pies. Yo fui tras él, llevando al perro a rastras, que debía de pesar sus buenos dieciséis kilos, y yo no llegaba ni a los cuarenta y cinco. Pero al día siguiente me dolía todo el cuerpo. A propósito, ¿cómo te sientes tú hoy?
Louis movió la cabeza afirmativamente sin decir nada.
—Seguimos andando y andando —dijo Jud—. A mí me parecía que el camino no se acababa nunca. Entonces los bosques impresionaban aún más que hoy. Había más pájaros chillando en los árboles, pájaros que uno no conocía. Ahora hay animales, pero casi todo son ciervos, mientras que entonces había alces, y osos, y linces. Yo arrastraba a "Spot". Al cabo de un rato me dio por pensar que no estaba siguiendo al viejo Stanny B., sino a un indio. Seguía a un indio que de un momento a otro se volvería enseñando unos dientes muy blancos y unos ojos muy negros, con la cara pintada con ese ungüento que hacían los indios de grasa de oso, y que en la mano tendría un "tommahawk" hecho con una piedra afilada atada con tiras de piel a un mango de madera de fresno y que me agarraría por el cuello y me arrancaría la cabellera, llevándose medio cráneo. Stanny ya no se tambaleaba ni se caía, sino que caminaba derecho y con la cabeza alta, y eso fue lo que me dio la idea del indio. Pero cuando llegamos al borde del dios Pantano y él se volvió para hablarme, entonces vi que era Stanny desde luego, y que si ahora no tropezaba ni se caía era porque tenía miedo. Del miedo se le había pasado la borrachera.
»Me dijo lo mismo que yo te dije a ti anoche, acerca de los somormujos y del fuego de San Telmo y que no tenía que hacer caso a nada de lo que pudiera ver u oír. Y, sobre todo, si algo te habla, tú no contestes. Y empezamos a cruzar el pantano. Y vaya si vi. No voy a decirte lo que vi, pero desde que tenía diez años he estado allí cinco veces más y nunca he visto nada igual. Ni lo veré, Louis, porque la de anoche fue mi última visita al cementerio micmac.
«Yo no estoy aquí sentado creyéndome todas estas cosas, ¿verdad? —se preguntó Louis casi con sorna. Las tres cervezas que llevaba le ayudaban a adoptar aquel tono ligero, o que a él le sonaba ligero—. Yo no me creo esta novela de tramperos franceses, cementerios indios, de esa cosa llamada "wendigo" y mascotas resucitadas, ¿verdad? Qué porras, el gato quedó inconsciente. Un coche le dio un golpe y lo dejó atontado, eso es todo. Lo demás son monsergas de viejo.»
Pero no lo eran, y Louis lo sabía. Y eso no lo modificaban tres cervezas, ni treinta y tres.
Church estaba muerto, ésa era una; ahora estaba vivo y ésa era otra; el animal había cambiado, había cambiado a peor, y ésa era la tercera. Había ocurrido algo. Jud quiso corresponder a lo que él consideraba un favor..., pero la medicina que se daba en el cementerio micmac no era tan buena al fin y al cabo, y lo que Louis veía ahora en los ojos de Jud le decía que el viejo lo sabía. Louis pensó en lo que había visto —o creído ver— la víspera en los ojos de Jud. Aquella mirada regocijada y maliciosa. Ahora recordaba haber pensado que tal vez no fuera Jud quien tomó la decisión de llevar a Louis y al gato de Ellie en aquella expedición nocturna.
«Si no fue él, entonces, ¿quién?», se preguntó. Al no encontrar respuesta, Louis desechó la pregunta.
—Enterré a "Spot" y construí un "cairn" —prosiguió Jud llanamente—. Cuando terminé, Stanny B. dormía como un leño. Tuve que sacudirle de firme para que se despertara, pero cuando llegamos al pie de esos cuarenta y cuatro escalones...
—Cuarenta y cinco —murmuró Louis.
—Ajá —asintió Jud—. Cuarenta y cinco, ¿verdad? Cuando llegamos al pie de los cuarenta y cinco escalones, el hombre andaba otra vez tan ligero como si estuviera sobrio. Regresamos por el pantano, los bosques y el montón de troncos, y luego cruzamos la carretera y llegamos a mi casa. Me parecía que habían pasado por lo menos diez horas, pero aún era noche cerrada.
»«¿Y ahora, qué?», pregunté a Stanny B. «Ahora tú no tienes más que esperar», me dijo él, y se marchó haciendo eses otra vez. Supongo que aquella noche él dormiría detrás del almacén. Por cierto, Stanny B. murió dos años antes que mi perro "Spot". El hígado se le descompuso y lo envenenó. El 4 de julio de 1912, dos chiquillos lo encontraron, más tieso que un atizador, detrás del almacén.
»Pero, aquella noche, yo trepé hasta la ventana de mi cuarto por la enredadera, me metí en la cama y me quedé dormido en cuanto la cabeza me cayó en la almohada.
»A la mañana siguiente, no me desperté hasta casi las nueve. Mi madre estaba llamándome. Mi padre trabajaba en el ferrocarril y se habría ido a las seis. —Jud se interrumpió unos momentos, pensativo—. Mi madre no es que me llamara, Louis, es que chillaba mi nombre.
Jud se acercó al frigorífico, sacó una Miller's y la abrió con el tirador del cajón situado debajo de la caja del pan y la tostadora. A la luz de la lámpara del techo, tenía la cara amarilla como de nicotina. Bebió media cerveza, soltó un eructo que sonó como un cañonazo y miró por el pasillo hacia la habitación donde dormía Norma. Luego, mirando a Louis, dijo:
—Me cuesta trabajo hablar de esto. He pensado mucho en ello, durante años y años, pero nunca se lo conté a nadie. Los que sabían lo ocurrido tampoco me hablaban de ello. Más o menos, lo mismo ocurre con el sexo. Si te lo cuento a ti, Louis, es porque ahora tú tienes un animal diferente. No forzosamente peligroso, pero... diferente. ¿No te has dado cuenta?
Louis recordó el torpe salto que había dado Church al bajar del inodoro, golpeándose el costado contra la bañera, recordó aquellos ojos turbios y casi estúpidos, aunque no del todo, fijos en los suyos.
Al fin asintió.
—Cuando llegué abajo, encontré a mi madre acorralada en un rincón de la despensa, entre la nevera y un mostrador. Había en el suelo una cosa blanca..., unas cortinas que ella iba a colgar. En la puerta de la despensa vi a "Spot", mi perro. Estaba cubierto de tierra y con las patas llenas de barro. Tenía el pelo del vientre pegado y enredado. No gruñía ni se movía; sólo estaba allí parado, pero, queriendo o sin querer, a mi madre la había asustado. Estaba aterrorizada, Louis. No sé lo que tú sentirías por tus padres, Louis, pero yo quería mucho a los míos. La idea de que había hecho algo que había puesto a mi madre en aquel estado, me impidió alegrarme de ver a "Spot". Ni siquiera estaba sorprendido.
—Conozco la sensación —dijo Louis—. Cuando vi a Church esta mañana, yo... Me pareció algo... —se interrumpió. «¿Perfectamente natural?» Fueron las primeras palabras que se le ocurrieron, pero no eran las más indicadas— ...que tenía que suceder.
—Sí —dijo Jud. Encendió otro cigarrillo. Las manos le temblaban un poco—. Cuando mi madre me vio, todavía sin vestir, me gritó: «¡Da de comer a tu perro, Jud! Tu perro tiene que comer. ¡Llévatelo antes de que ensucie, las cortinas!»
»Recogí unas sobras y le llamé. Al principio, no venía. Era como si no supiera su nombre, y yo casi pensé: «Éste no es "Spot". Es un perro vagabundo que se le parece, nada más...»
—¡Sí! —exclamó Louis con tanta vehemencia que se sorprendió a sí mismo.
Jud asintió.
—Pero a la segunda o tercera vez de llamarle, acudió. Vino como movido por un resorte. Y cuando lo saqué al porche, tropezó con la puerta y casi se cae. Se comió las sobras, mejor dicho, las devoró. Entonces ya se me había pasado la primera impresión y empezaba a hacerme una idea de lo ocurrido. Me arrodillé y le abracé. Estaba contento de volver a verle. Durante un segundo, sentí miedo al darme cuenta de que estaba abrazándole y... Tal vez fueran sólo imaginaciones, pero me pareció que el perro gruñía. Fue sólo un segundo. Luego, me lamió la cara y...
Jud se estremeció y apuró la cerveza.
—Louis, tenía la lengua helada. Era como si alguien me pasara por la mejilla una carpa muerta.
Los dos hombres se quedaron en silencio unos instantes. Luego, Louis dijo:
—Continúa.
—Cuando hubo comido, saqué un barreño viejo que teníamos para él y le di un baño. A "Spot" nunca le gustó el baño. Por regla general, teníamos que bañarlo entre mi padre y yo, y acabábamos los dos sin camisa y con el pantalón chorreando, y mi padre, echando pestes, y el perro, con ese aire compungido que suelen tener los perros. Y casi siempre se iba directamente a revolcarse en la tierra y se sacudía al lado de la ropa que mi madre tenía tendida, llenando de tierra las sábanas, y ella entonces nos gritaba que el día menos pensado le dispararía un tiro al perro.
»Pero, aquel día, "Spot" se sentó en el barreño y me dejó hacer. No se movió para nada. A mí no me gustó aquello. Era como..., como bañar un trozo de carne. Luego, lo sequé bien con una toalla vieja. Vi las señales de la alambrada. Tenía hendiduras en la carne y, aunque no estaban cubiertas de pelo, parecían cicatrices de más de cinco años, no sé si sabes lo que quiero decir.
Louis asintió. En su profesión, había visto aquellas cicatrices hendidas. Era como si la carne no acabara de crecer. Ello le hizo pensar en las tumbas de sus días de aprendiz de enterrador, y en que siempre faltaba tierra para rellenarlas.
—Luego le miré la cabeza. Allí, detrás de la oreja, tenía un pequeño hoyo, pero estaba cubierto de pelo blanco.
—Donde tu padre le disparó —dijo Louis.
—Aja.
—Un tiro en la cabeza no siempre es definitivo, Jud. Hay suicidas frustrados que vegetan en los hospitales, alimentados por tubos, y otros que andan por ahí tan frescos. Y es que el proyectil puede rebotar en el cráneo, desplazarse pegado a él en semicírculo y salir por el otro lado sin penetrar en el cerebro. Yo vi a un hombre que se disparó un tiro encima del oído derecho y murió porque la bala le atravesó la yugular, después de dar toda la vuelta a la cabeza. La trayectoria de la bala parecía una carretera.
Jud asintió sonriendo.
—Sí, leí algo parecido en un periódico de Norma, el "Star" o el "Enquirer". Pero si mi padre decía que "Spot" estaba muerto, es que estaba muerto, Louis.
—De acuerdo.
—¿Estaba muerto el gato de tu hija?
—A mí me pareció que sí.
—Un poco más de precisión, Louis, que eres médico.
—Soy médico, pero no Dios. Estaba oscuro...
—Sí, estaba oscuro, y la cabeza le giraba como si tuviera cojinetes, y cuando lo levantaste del suelo, estaba pegado al hielo, Louis. Hizo un ruido como de esparadrapo. Lo que está vivo no suena así. Para no fundir el hielo que tienes debajo has de estar muerto.
En la habitación contigua, el reloj dio las diez y media.
—¿Qué dijo tu padre al volver a casa y ver el perro? —preguntó Louis con curiosidad.
—Yo estaba en el jardín, jugando a las canicas y esperándole. Me sentía como si hubiera hecho algo malo y supiera que, probablemente, iba a recibir unos azotes. Él cruzó la verja a eso de las ocho, con su mono de peto y la gorra de cotín... ¿Sabes lo que quiero decir?
Louis asintió ahogando un bostezo con el dorso de la mano.
—Sí —dijo Jud—. Se hace tarde. Tengo que abreviar.
—No es tan tarde —dijo Louis—. Lo que ocurre es que llevo más cervezas de las que acostumbro. Continúa, Jud, y a tu ritmo. Eso me interesa.
—Mi padre cruzó la verja balanceando la fiambrera por el asa y silbando. Estaba oscureciendo, pero me vio y dijo: «¡Hola, Judkins!» como siempre, y luego: «¿Dónde está...?»
»No dijo más, porque entonces "Spot" salió de la sombra, no venía corriendo, como siempre, dispuesto a brincar de alegría, sino andando despacio y moviendo la cola. Mi padre dejó caer la fiambrera y dio un paso atrás. Creo que hubiera dado media vuelta y echado a correr, pero su espalda tropezó con la cerca y se quedó quieto, mirando al perro. Y cuando "Spot" se alzó por fin sobre los cuartos traseros, mi padre le tomó la patas como si fueran las manos de una señorita con la que fuera a bailar. Se quedó mirando al perro mucho rato y luego me miró a mí y dijo: «Necesita un baño, Jud. Aún tiene el hedor de la tierra en la que lo enterraste.» Y entró en casa.
—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Louis.
—Darle otro baño. Y él lo aceptó, sentado en el barreño. Y cuando entré en casa mi madre ya se había acostado, a pesar de que no eran las nueve todavía. Mi padre me dijo: «Tenemos que hablar, Judkins.» Yo me senté frente a él, y él me habló como a un hombre, por primera vez en mi vida, mientras del otro lado de la carretera, donde ahora está tu casa, venía el perfume de la madreselva y, de nuestro propio jardín, el de las rosas silvestres. —Jud Crandall suspiró—. Yo siempre pensé que me gustaría que él me hablara así, pero no, no me gustó nada. Lo de esta noche, Louis, ha sido como asomarse a un espejo que está colocado frente a otro espejo y verse proyectado por un interminable corredor. Me pregunto cuántas veces se habrá transmitido esta historia. Una historia en la que sólo cambian los nombres. Es como la cosa del sexo, ¿no te parece?
—Tu padre lo sabía.
—Aja. «¿Quién te ha llevado allí arriba, Jud?», me preguntó. Yo se lo dije. Él movió la cabeza como dando a entender que ya se lo había figurado. No obstante, después averigüé que en aquel tiempo había en Ludlow seis u ocho personas que hubieran podido llevarme. Supongo que pensó que Stanny B. era el único que estaba lo bastante loco como para hacerlo.
—¿Le preguntaste por qué no te había llevado "él", Jud?
—Sí; durante nuestra larga conversación de aquella noche se lo pregunté, y él me dijo que era un lugar malo, muy malo, y que casi nunca le hacía bien ni a la gente que había perdido a su animal ni al animal. Me preguntó si me gustaba "Spot" tal como estaba y, Louis, me costó mucho trabajo contestar a esto... Y tengo que decirte lo que yo sentí entonces, porque tú vas a preguntarme ahora por qué te llevé allí si sabía que el sitio era malo, ¿no?
Louis asintió. ¿Qué pensaría Ellie de Church cuando regresara? Aquella tarde, mientras jugaba con Steve Masterton, no podía pensar en otra cosa.
—Quizá lo hice porque a los niños les conviene saber que a veces es preferible la muerte —dijo Jud lentamente—. Eso es algo que tu Ellie ignora, seguramente porque su madre lo ignora también. Dime que estoy equivocado y lo dejamos.
Louis abrió la boca y volvió a cerrarla.
Jud siguió hablando muy despacio, pasando de una palabra a otra como pasara la víspera sobre las ondulaciones del pantano.
—Lo he visto varias veces en el curso de los años —dijo—. Me parece que ya te conté que Lester Morgan enterró allí arriba su toro campeón. Era de raza black angus y se llamaba "Hanratty". ¿No crees que es un nombre ridículo para un toro? Murió de una úlcera interna, y Lester lo subió hasta allí en un trineo. No sé cómo pudo llegar, ni me explico cómo pasaría el montón de troncos. Pero dicen que querer es poder, y por lo que respecta a ese cementerio, creo que es verdad.
»Bien, "Hanratty" volvió, pero Lester le pegó un tiro a las dos semanas. Aquel toro se volvió malo, realmente malo. Que yo sepa, es el único animal al que le pasó eso. La mayoría parecen sólo... un poco tontos..., un poco... lentos..., un poco...
—¿Un poco muertos?
—Aja. Un poco raros. Un poco muertos. Como si hubieran estado en algún sitio y no hubieran vuelto del todo. Pero tu hija no sabe nada, Louis. No sabe que al gato lo mató un coche y luego volvió. Y tú me dirás que a una criatura no se le puede enseñar una lección si ella no sabe lo que tiene que aprender. Aunque...
—Aunque a veces sí se puede —dijo Louis, hablando más consigo mismo que con Jud.
—Sí; a veces sí se puede. Ella notará algo. Se dará cuenta de que Church estaba mejor antes. Tal vez aprenda algo sobre el carácter de la muerte, que es allí donde termina el dolor y empiezan los buenos recuerdos. Que no es el final de la vida, sino el final del dolor. No tienes que decirle esas cosas. Ella sola las descubrirá.
»Y, si se parece a mí, seguirá queriendo a su animalito. El gato no se volverá malo, ni morderá, ni nada de eso. Ella seguirá queriéndole... y sacando conclusiones... y suspirará aliviada cuando el animal se muera por fin.
—Por eso me llevaste allí —dijo Louis. Ahora se sentía mejor. Ya conocía la explicación. Era un poco vaga y se apoyaba más en los sentimientos que en la razón; pero, dadas las circunstancias, estaba dispuesto a admitirla. Ahora ya podía olvidar aquella expresión que creyó ver fugazmente en la cara de Jud la noche antes..., aquel siniestro y malicioso regocijo—. Está bien. Esto...
De pronto, con una brusquedad pasmosa, Jud se cubrió la cara con las manos. Louis pensó que le había dado algún ataque, y fue a levantarse, alarmado cuando, al observar las convulsiones de su pecho, comprendió que el anciano estaba tratando de contener los sollozos.
—Es por eso y no es por eso —dijo con voz ahogada—. Lo hice por la misma razón que Stanny B. y que Lester Morgan. Lester llevó allí a Linda Levesque cuando atrepellaron a su perro. Y la llevó a pesar de que había tenido que matar al toro por perseguir a los chicos por el campo como un loco. Lo hizo a pesar de todo, "a pesar de todo", Louis. —Jud casi gemía ahora—. ¿Cómo diablos te explicas eso?
—Jud, ¿de qué estás hablando? —preguntó Louis, alarmado.
—Lester y Stanny lo hicieron por lo mismo que yo. Lo haces porque algo se apodera de ti. Lo haces porque ese cementerio es un lugar secreto, y quieres compartir con alguien ese secreto y cuando encuentras una razón que se te antoja lo bastante buena, pues entonces... —Jud bajó las manos y miró a Louis con unos ojos que parecían increíblemente viejos y cansados—. Entonces lo haces y se acabó. Y las razones te las inventas... Y es que lo haces porque quieres hacerlo. O porque tienes que hacerlo. Mi padre no me llevó porque él había oído hablar del sitio, pero no había estado allí. Stanny B., sí..., y me llevó a mí... Y setenta años después..., de pronto...
Jud movió la cabeza y ahogó una tos seca con la palma de la mano.
—Escúchame —dijo—. Escúchame, Louis. El toro de Lester es, que yo sepa, el único animal que se volvió malo de verdad. Puede que el pequinés de Miss Levesque mordiera un día al cartero, después... Y hubo alguna que otra cosa más... de animales que se volvían huraños..., pero "Spot" fue siempre un buen perro. Siempre siguió oliendo a tierra, por más que lo bañara, pero era un buen perro. Mi madre no volvió a tocarlo nunca más, pero era un buen perro. Ahora bien, Louis, si esta noche tú coges al gato y lo matas, yo no diré ni una palabra.
»Ese sitio... De pronto sientes que te domina... y fabricas las razones más lindas..., pero he podido equivocarme, Louis. Es lo único que puedo decir. Lester pudo equivocarse. Stanny B. pudo equivocarse. Qué diablo, yo tampoco soy Dios. Y eso de devolver la vida a los muertos es pisarle el terreno a Dios, ¿no?
Louis volvió a abrir y cerrar la boca. Lo que iba a decir hubiera sonado mal, muy mal, y hubiera sido cruel: «Jud, yo no pasé todo aquello para luego matar al cochino gato.»
Jud terminó su cerveza y alineó cuidadosamente el envase con todos los que habían vaciado aquella noche.
—Y eso es todo, creo yo —dijo—. Se me acabó la cuerda.
—¿Puedo hacerte sólo otra pregunta? —preguntó Louis.
—Adelante.
—¿Nunca enterraron ahí arriba a una persona?
El brazo de Jud se movió convulsivamente, cayeron al suelo dos botellas de cerveza y una se rompió.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó—. ¡No! ¡Ni pensarlo! ¡De esas cosas ni se habla, Louis!
—Era simple curiosidad —dijo Louis, violento.
—Hay cosas que es mejor no tocar ni por curiosidad —dijo Jud Crandall, y por primera vez, Louis Creed lo vio realmente anciano y desvalido, como si estuviera al borde de su propia tumba recién abierta.
Y después, ya en casa, Louis reparó en otro matiz del aspecto que tenía Jud en aquel momento.
Daba la impresión de estar mintiendo.

27

Louis no se dio cuenta de que estaba borracho hasta que llegó a su garaje.
Fuera había estrellas y una gélida corteza de luna. No daban claridad suficiente como para proyectar sombras, pero se veía bastante bien. En el garaje, la oscuridad era total. El interruptor de la luz tenía que estar por allí, pero maldito si recordaba dónde. Avanzaba despacio, arrastrando los pies. Le daba vueltas la cabeza. Louis temía darse un golpe en la rodilla o tropezar con algún juguete. Ya le parecía sentir el sobresalto del choque y tal vez de la caída. La bicicleta de Ellie, con sus ruedecitas rojas de apoyo, el carrito de Gage...
—¿Dónde estaba el gato? ¿Lo había dejado dentro?
Perdió el rumbo y chocó contra la pared. Una astilla le arañó la palma de la mano y él gritó: «¡Mierda!» en la oscuridad, y enseguida se dio cuenta de que su voz sonaba más asustada que furiosa. Todo el garaje parecía haber dado media vuelta disimuladamente. Ahora no era ya el interruptor; ahora no encontraba nada, ni siquiera la jodida puerta de la cocina.
Empezó a andar otra vez, lentamente. Le escocía la palma de la mano. «Es como estar ciego», pensó, y eso le hizo recordar un concierto de Stevie Wonder al que fue con Rachel... ¿Cuándo? ¿Seis años atrás? Pues sí, aunque parecía imposible. Ella esperaba a Ellie. Dos tipos acompañaron a Wonder hasta el sintetizador, guiándole de manera que no tropezara con los cables tendidos por el suelo del escenario. Y después, cuando él se levantó para bailar con una de las chicas del coro, ella le condujo cuidadosamente hacia una zona despejada. A Louis le pareció que bailaba muy bien; pero necesitó una mano que le guiara.
«Lo que yo necesito ahora es una mano que me guíe hasta la puerta de la cocina», pensó... y se estremeció bruscamente.
Si ahora tropezaba con una mano en la oscuridad, empezaría a gritar, a gritar, a gritar.
Se quedó muy quieto, con el corazón alborotado. «Anda ya —se dijo—, déjate de puñetas, vamos, vamos...»
«¿Dónde estará ese jodido gato?»
Entonces tropezó con algo: el parachoques trasero del Civic y el dolor de la espinilla hizo que se le saltaran las lágrimas. Se frotó la pierna, manteniéndose en equilibrio sobre un solo pie, como una cigüeña. Por lo menos, ahora se había orientado. La geografía del garaje volvía a estar clara. Además, sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad. Ahora recordaba que el gato se había quedado dentro, que él no se sintió con ánimo de tocarlo, levantarlo del suelo, dejarlo fuera...
Y fue entonces cuando el pelo suave y caliente de Church le rozó el tobillo y aquella cola repugnante le rodeó la pantorrilla con movimiento de serpiente. Y Louis gritó, abrió mucho la boca y gritó.

28

—¡Papi! —chilló Ellie.
Corría hacia él por el pasillo de desembarque, sorteando a los demás pasajeros con regates de futbolista. La mayoría se apartaba sonriendo. Louis se sintió un poco cohibido ante tanta vehemencia, pero notó que a su cara asomaba una sonrisa amplia y boba.
Rachel llevaba a Gage en brazos. El niño le vio cuando Ellie gritó:
—¡Payii! —aulló con exuberancia, debatiéndose en los brazos de Rachel. Ella sonrió (con un poco de cansancio, según creyó advertir Louis) y lo puso en el suelo. El niño corrió tras ella moviendo sus piernas regordetas—. ¡Payii! ¡Payii!
Louis aún tuvo tiempo de advertir que Gage llevaba un pichi nuevo —otra gracia del abuelito, pensó— antes de que Ellie le embistiera y empezara a trepar por él como por un árbol.
—¡Eh, papi! —vociferó, dándole un beso tan fuerte que estuvo reseñándole en el tímpano por lo menos quince minutos.
—Hola, cariño —dijo él, agachándose para levantar a Gage y abrazándolos a los dos—. Ya tenía ganas de veros.
Rachel llegó junto a ellos. Traía la bolsa de viaje y el bolso colgado de un brazo y la bolsa de los pañales de Gage en el otro. PRONTO SERÉ MAYOR se leía en la bolsa de pañales, frase que, sin duda, tenía por objeto animar a los padres más que al usuario de los pañales. Parecía una fotógrafo profesional al regreso de una larga y agotadora misión.
Louis, con un niño en cada brazo, le dio un beso en los labios.
—Hola.
—Hola, doctor —sonrió ella.
—Pareces reventada.
—Estoy reventada. Fuimos hasta Boston sin complicaciones. Hicimos transbordo sin complicaciones. Despegamos sin complicaciones. Pero, cuando volábamos por encima de la ciudad, Gage mira abajo, dice «Corre, corre» y se vomita encima.
—Oh, Dios —gimió Louis.
—Le cambié en el lavabo. No creo que sea un virus. Seguramente, se mareó.
—Vamos a casa —dijo Louis—. Tengo unos chiles en el fuego.
—¡Chiles! ¡Chiles! —vociferó Ellie al oído de Louis, en un transporte de júbilo.
—¡Chiche! ¡Chiche! —gritó Gage, perforándole el otro tímpano.
—Ahora vamos a recoger las maletas y andando —dijo Louis.
—Papi, ¿cómo está Church? —preguntó Ellie cuando él la dejó en el suelo.
Louis estaba preparado para esta pregunta, pero no para el gesto de ansiedad ni el profundo pliegue de preocupación que vio entre los ojos azul oscuro de su hija. Louis frunció el entrecejo y miró a Rachel.
—La otra mañana Ellie se despertó llorando —dijo Rachel en voz baja—. Tuvo una pesadilla.
—Soñé que atrepellaban a Church —dijo Ellie.
—Demasiados bocadillos de pavo, seguramente —dijo Rachel—. También tuvo un poco de diarrea. Tranquilízala, Louis, y vámonos de aquí. Durante esta última semana he visto aeropuertos suficientes para cinco años.
—Bueno, Church está bien, cariño —dijo Louis lentamente.
«Muy bien, sí. Se pasa el día tumbado por toda la casa, mirándote con los ojos turbios, como si hubiera visto algo que pulverizó por completo su inteligencia de gato. Está estupendamente. Por las noches lo saco empujándolo con la escoba para no tocarlo. Es como si lo barriera, y él se marcha. Y el otro día, cuando le abrí la puerta, Ellie, tenía delante un ratón..., o lo que quedaba de él. Se había zampado las visceras para desayunar. Y, a propósito de desayuno, aquel día yo me lo salté. Por lo demás...»
—Está muy bien.
—Oh —dijo Ellie, y desapareció el pliegue que tenía entre los ojos—. Uf, qué alegría. Cuando tuve aquel sueño, estaba segura de que había muerto.
—¿De verdad? —sonrió Louis—. Son curiosos los sueños.
—¡"Chueños"! —aulló Gage. Estaba en la fase de la cotorra, que Louis recordaba de cuando Ellie empezaba a hablar—. ¡"Chueños"! —Y le dio un efusivo tirón de pelo que casi le hizo llorar.
—Vámonos, tropa —dijo Louis. Y se fueron hacia la zona de equipajes.
Estaban llegando al coche cuando Gage empezó a decir: «Corre, corre», con una voz fina e hiposa. Esta vez vomitó encima de Louis que, para ir a esperar a su familia, se había puesto su pantalón nuevo de tricot doble faz. Al parecer, para Gage «corre, corre» era sinónimo de: «Lo siento mucho, pero tengo que vomitar, conque hagan el favor de apartarse.»
Y resultó que, efectivamente, era un virus.
*  *  *
Cuando habían recorrido los veinticinco kilómetros que separaban el aeropuerto de Bangor de su casa de Ludlow, Gage empezaba a mostrar síntomas de fiebre y había caído en un sueño intranquilo. Louis entró en el garaje dando marcha atrás y por el rabillo del ojo vio a Church deslizarse pegado a la pared con la cola levantada y sus extraños ojos fijos en el coche. El gato desapareció al sol de la tarde y, un momento después, Louis descubrió un ratón despanzurrado junto a una pila de cuatro neumáticos; había hecho poner los neumáticos de invierno mientras Rachel y los niños estaban fuera. Las visceras del ratón relucían con una fosforescencia rosada en la penumbra del garaje. Y le faltaba la cabeza.
Louis se apeó rápidamente y tropezó adrede con los neumáticos. Los dos de encima cayeron tapando el ratón.
—¡Pumba! —exclamó.
—Eres un pato, papi —dijo Ellie cariñosamente.
—Tienes razón —dijo Louis con forzada jovialidad. Tenía ganas de decir «corre, corre» y echar todo lo que tenía dentro del cuerpo—. Papi es un pato. —Que él recordara, antes de su extraña resurrección, Church sólo había matado un ratón. Generalmente, los acorralaba y jugaba con ellos a la macabra manera de los gatos que solía terminar en tragedia; pero casi siempre él, Rachel o la propia Ellie intervenían antes del final. Y Louis sabía que, una vez capado, un gato se limitaba a mirar a los ratones con cierto interés. Eso, si estaba bien alimentado.
—¿Piensas quedarte ahí, soñando despierto, o vas a venir a ayudarme con este niño? —preguntó Rachel—. Regrese ya del planeta Mongo, doctor Creed. Los terrícolas le necesitan. —Parecía cansada e irritable.
—Perdona, nena —dijo Louis. Tomó en brazos a Gage que estaba ardiendo.
Por lo tanto, sólo tres personas degustaron aquella noche los famosos chiles a la sureña de Louis. Gage, febril y apático, estaba recostado en el sofá de la sala, mirando un programa de dibujos animados de la tele y tomando un biberón tibio de caldo de pollo.
Después de la cena, Ellie se acercó a la puerta del garaje y llamó a Church. Louis, que estaba fregando los cacharros mientras Rachel deshacía las maletas en el piso de arriba, pensó que ojalá el gato no acudiera; pero acudió. Entró con su nuevo y desgarbado contoneo casi enseguida, como si..., como si hubiera estado acechando. Acechando. La palabra brotó espontáneamente.
—¡Church! —exclamó Ellie—. ¡Hola, Church! —Levantó al gato y lo abrazó. Louis la observaba por el rabillo del ojo. Sus manos, que buscaban los cubiertos que pudieran quedar en el fondo del fregadero, se habían quedado inmóviles. Vio cómo la expresión de dicha de Ellie se mudaba lentamente en perplejidad. El gato estaba quieto, con las orejas gachas, mirándola a los ojos.
Al cabo de un largo momento —a Louis le pareció larguísimo—. Ellie dejó al gato en el suelo. El animal se fue al comedor sin mirar atrás. «Verdugo de ratones —pensó Louis distraídamente—. Oh, Dios, ¿qué es lo que hicimos aquella noche?»
Con la mejor voluntad, trataba de recordarlo, pero todo aquello se le antojaba ya tan lejano y borroso como la turbulenta escena de la muerte de Víctor Pascow en la sala de espera de la enfermería. Recordaba ráfagas de viento cruzando el cielo nocturno y el resplandor de la nieve en la explanada de atrás. Nada más.
—¿Papi? —dijo Ellie con voz apagada.
—¿Sí, Ellie?
—Church huele raro.
—Ah, ¿sí? —dijo Louis con estudiada indiferencia.
—¡Sí! —respondió Ellie, apenada—. Sí. Él nunca había olido así. Huele a... Huele a caca.
—Se habrá revolcado en alguna porquería, cariño —dijo Louis—. Ese olor ya se le quitará.
—Así lo "espero" —dijo Ellie con cómica voz de gran dama. Y se fue.
Louis encontró el último tenedor, lo fregó y tiró del tapón. Se quedó mirando por la ventana mientras se vaciaba en el fregadero con un gorgoteo.
Cuando se apagó el sonido del desagüe, Louis oyó silbar el viento que venía del norte trayendo el invierno, y comprendió que estaba asustado, tontamente asustado sin saber por qué, como cuando una nube cubre de pronto el sol y oyes un crujido que no sabes de dónde viene.
*  *  *
—¿Treinta y nueve? —preguntó Rachel—. ¡Jesús, Louis! ¿Estás seguro?
—Es un virus —dijo Louis. Trató de no irritarse por el tono de Rachel, que era casi acusador. Estaba cansada. Había tenido un día agotador. Había cruzado la mitad de la nación con los dos niños, ahora eran las once de la noche y aún no había terminado la jornada. Ellie dormía profundamente en su habitación. Gage estaba acostado en la cama de matrimonio, aletargado. Hacía una hora, Louis había empezado a darle Liquiprin—. La aspirina le bajará la fiebre. Mañana estará mejor, cariño.
—¿No piensas darle ampicilina ni nada de eso?
—Se lo daría si tuviera gripe o una infección por estrepto —dijo Louis pacientemente—. Pero no es así. Se trata de un virus, y eso no sirve para los virus. No serviría más que para darle diarrea y deshidratarle más aún.
—¿Estás seguro de que es un virus?
—Si quieres otra opinión, podemos celebrar consulta —dijo Louis ásperamente.
—¡Haz el favor de no gritarme! —gritó Rachel.
—¡No te he gritado! —gritó Louis a su vez.
—Claro que sí —dijo Rachel—. Me has gri-gri-gritado. —Empezaban a temblarle los labios y se llevó una mano a la cara. Louis reparó entonces en sus profundas ojeras y se sintió avergonzado de sí mismo.
—Perdona —dijo, sentándose a su lado—. No sé lo que me pasa, ¡canastos! Perdóname, Rachel.
—No te lamentes ni des explicaciones —sonrió ella débilmente—. ¿No es eso lo que me dijiste una vez? El viaje ha sido agotador. Y estaba temiendo que cogieras el cielo con las manos cuando vieras el armario de Gage. Será mejor que te lo diga ahora, mientras me tienes lástima.
—¿Por qué tengo que coger el cielo con las manos?
Ella sonrió tímidamente.
—Mis padres le han comprado diez conjuntos. Hoy llevaba uno.
—Ya me di cuenta —dijo Louis lacónicamente.
—Y yo me di cuenta de que te dabas cuenta —repuso ella frunciendo el entrecejo en un cómico gesto de enfado que le hizo reír sin la menor gana—. Y también seis vestidos para Ellie.
—¡Seis vestidos! —exclamó él, dominando el impulso de lanzar un alarido. De pronto sentía un furor violento, malsano y un dolor vivo y profundo que no podía explicar—. Rachel, ¿por qué? ¿Por qué se lo consentiste? Nosotros no necesitamos... Nosotros podemos comprar...
Calló. La indignación le había dejado sin palabras. Durante un momento, se vio a sí mismo acarreando a través del bosque el gato muerto, cambiando de mano la bolsa de plástico... Y, mientras tanto, Irwin Goldman, aquel indecente pedazo de cabrito de Lake Forest, trataba de comprar el amor de su hija a golpes de su archifamoso talonario y archifamosa estilográfica.
En aquel momento, Louis estuvo a punto de gritar: «Él le ha comprado seis vestidos, pero yo he hecho que su cochino gato resucitara de entre los muertos, así que, ¿cuál de los dos la quiere más?»
Se tragó las palabras. Él nunca diría nada semejante. Nunca.
Rachel le acarició suavemente la nuca.
—Louis, no fue sólo mi padre; fueron los dos. Trata de comprenderlo. Por favor. Mis padres quieren mucho a los niños, y casi nunca los ven. Además, están muy viejos, Lou. A mi padre no lo reconocerías. De verdad.
—Sí lo reconocería —murmuró Louis.
—Cariño, compréndelo. Trata de hacerte cargo. Trata de ser caritativo. No te hará ningún daño.
Él la miró largamente.
—Pues me hace daño —dijo al fin—. Tal vez no tenga por qué hacérmelo, pero me hace daño.
Ella abrió la boca para contestar, y entonces Ellie gritó desde su cuarto:
—¡Papi! ¡Mami! ¡Que venga alguien!
Rachel fue a levantarse, pero Louis se lo impidió.
—Tú quédate con Gage. Yo iré. —Creía saber lo que ocurría. Pero ya había sacado al gato, ¡maldito! Después de que Ellie subiera a acostarse, lo encontró en la cocina husmeando su plato y lo sacó de la casa. No quería que el gato durmiera con la niña. Eso, nunca más. La idea de que el animal subiera a la cama de Ellie le sugería pensamientos de enfermedad y suscitaba recuerdos de la funeraria del tío Carl.
«Ella tiene que darse cuenta de que algo ha ocurrido y que el gato estaba mejor antes.»
Louis había sacado al gato, pero encontró a Ellie sentada en la cama, más dormida que despierta, y al gato tendido en la colcha, una sombra negra que recordaba la silueta de un gigantesco murciélago. Los ojos del animal estaban abiertos y, a la luz del pasillo, relucía con ellos una mirada estúpida.
—Papi, llévatelo de aquí —casi gimió Ellie—. Huele mal.
—Sssh, Ellie, duerme —dijo Louis, asombrado de la calma que denotaba su voz. Entonces recordó la mañana siguiente a su noche de sonámbulo, después de la muerte de Pascow, cuando, al llegar a la enfermería, se fue directamente al cuarto de baño para mirarse al espejo, convencido de que tendría un aspecto infernal. Sin embargo, estaba prácticamente normal. Estas cosas te hacían preguntarte cuántas personas andarían por ahí disimulando espantosos secretos.
«¡Pero esto no es un secreto, puñeta! ¡Es sólo el gato!»
Ellie tenía razón. Apestaba.
Agarró al gato y lo llevó abajo, tratando de respirar por la boca. Había olores peores que aquél; sin ir más lejos, el de la mierda, hablando en plata. Hacía un mes, vaciaron la fosa séptica y, como dijo Jud cuando se acercó a ver funcionar la bomba de Puffer e Hijos, «No huele precisamente a Chanel Cinco, ¿eh, Louis?». El olor de la gangrena —«carne caliente» como decía el viejo doctor Bracermunn de la facultad— también era peor. Incluso el olor del convertidor catalítico del Civic, cuando llevaba un rato funcionando en el garaje, era peor.
De todos modos, era un olor bastante asqueroso. Pero ¿cómo se había metido en casa el gato? Él lo sacó con la escoba hacía rato, cuando los tres —su familia— estaban arriba. Era la primera vez que tocaba al gato desde el día en que el animal volvió a casa hacía casi una semana. Se dejaba llevar en brazos dócilmente, y Louis creía estar transportando un foco de infección latente. «¿Por qué agujero te has colado, canalla?», pensaba Louis.
Entonces recordó el sueño en el que Pascow se filtrara a través de la puerta de la cocina.
Quizá no había agujero. Quizá había entrado como un fantasma.
—Lo que faltaba —murmuró Louis, con la voz un poco ronca.
De pronto, Louis pensó que el gato podía revolverse y arañarle. Pero Church se mantenía muy quieto, irradiando aquel calor estúpido y aquel tufo infecto y mirando fijamente a Louis como si pudiera leerle el pensamiento.
Abrió la puerta y echó el gato al garaje, tal vez con excesiva brusquedad.
—Anda —le dijo—, vete a matar ratones o lo que te dé la gana.
Church cayó pesadamente. Las patas traseras se le doblaron y quedó agazapado en el suelo. Lanzó a Louis una mirada verde que parecía estar cargada de hostilidad, se levantó y se alejó con paso de borracho.
«Caray, Jud —pensó Louis—, ¿por qué no te callaste?»
Se fue al fregadero y se lavó las manos y los antebrazos restregando vigorosamente, como para una operación. «Lo haces porque algo se apodera de ti... Las razones te las inventas..., se te antojan lo bastante buenas... Lo haces porque quieres..., pero sobre todo porque ese cementerio es un lugar secreto... Y tú quieres compartir con alguien ese secreto...»
No; no podía reprocharle nada a Jud. Él fue por su propia voluntad, y no podía echarle la culpa a Jud.
Cerró el grifo y empezó a secarse. De pronto, la toalla se inmovilizó y él se quedó con la mirada fija en el trozo de noche enmarcado en la ventana situada encima del fregadero.
«Entonces, ¿se ha apoderado también de mí ese lugar? ¿También es mío ahora?»
«No, si yo no lo consiento.»
Colgó la toalla y subió a su habitación.
*  *  *
Rachel estaba en la cama, con el edredón hasta la barbilla y Gage a su lado, bien arropado. Ella miró a Louis con aire contrito.
—¿Te molesta, cariño? Sólo por esta noche. Estaré más tranquila si lo tengo a mi lado. Está ardiendo.
—De acuerdo —dijo Louis—. No te preocupes. Dormiré abajo, en el sofá-cama.
—¿De verdad no te importa?
—No; a Gage no le hará ningún daño, y si tú estás más tranquila... —Hizo una pausa y sonrió—. Pero te contagiará el virus, eso casi puedo garantizarlo, aunque no creo que sirva de algo.
Ella sonrió a su vez moviendo la cabeza.
—¿Qué le pasaba a Ellie?
—Quería que me llevara a Church de su habitación.
—¿Ellie quería que te llevaras a Church? Ésa sí que es buena.
—Sí —convino Louis, y añadió—: Dice que huele mal, y, desde luego, el bicho está fragante. Se habrá revolcado en algún montón de estiércol.
—Qué lástima —dijo Rachel, poniéndose de lado—. Yo diría que Ellie echaba de menos a Church casi tanto como a ti.
—Humm-humm. —Louis la besó suavemente en los labios—. Que duermas bien, Rachel.
—Te quiero, Lou. Me alegro de estar otra vez en casa. Y siento que tengas que dormir en el sofá. Daremos una pequeña fiestecita mañana por la noche, ¿sí?
—Encantado —dijo Louis apagando la luz.
*  *  *
Louis quitó los almohadones del sofá, extendió el somier y trató de hacerse a la idea de tener toda la noche el travesaño de hierro clavado en los riñones a través del fino colchón. Por lo menos, la cama tenía puestas las sábanas y no sería necesario hacerla del todo. Sacó dos mantas del estante del armario del recibidor y las extendió. Ya había empezado a desnudarse cuando se quedó en suspenso.
«¿Te parece que Church ha vuelto a entrar? Muy bien. Entonces, echa un vistazo. No estará de más. Y al comprobar que todos los pestillos están echados no te expones ni a pillar un virus.»
Hizo una concienzuda ronda por toda la planta baja, repasando puertas y ventanas. Todo estaba perfectamente y a Church no se le veía por ninguna parte.
—Muy bien —dijo—. A ver si entras ahora, gato imbécil. —Mentalmente, hizo votos para que al gato se le congelasen las bolas. Claro que ya no las tenía.
Apagó las luces y se metió en la cama. El travesaño empezó a clavársele casi inmediatamente, y Louis ya estaba pensando que iba a pasar la noche en vela cuando se quedó dormido. Se durmió de lado, incómodo en la cama auxiliar, pero cuando despertó estaba...
«... en el cementerio micmac. Esta vez estaba solo. Había matado a Church con sus propias manos y ahora quería hacerle resucitar de nuevo. Dios sabría por qué; Louis, no, desde luego. Pero esta vez lo había enterrado más profundamente y Church no podía salir. Louis le oía maullar bajo tierra. Sonaba como el llanto de un niño. Los maullidos, salían por los poros de la tierra pedregosa, y también el olor, aquel tufillo agridulce a putrefacción. Sólo de respirarlo sentía una opresión en el pecho, un peso.»
«Y el llanto..., el llanto...»
... el llanto continuaba...
... y el peso le oprimía el pecho.
—¡Louis! —Era Rachel, y parecía alarmada—. Louis, corre, sube.
Más que alarmada, parecía asustada. Y el llanto era espasmódico, de alguien que se ahogaba. Era Gage.
Louis abrió los ojos y vio ante sí los amarillentos ojos de Church. Estaban a menos de diez centímetros de los suyos. Tenía el gato enroscado encima del pecho, robándole el aliento, como en los cuentos de viejas. El animal despedía su olor en lentas y nauseabundas vaharadas. Estaba ronroneando.
Louis lanzó un grito de sorpresa y asco y levantó las manos en instintivo ademán de defensa. Church se tiró de la cama aterrizando de costado y se alejó con su torpe contoneo.
«¡Dios, oh, Dios, si lo tenía encima! ¡Encima de mí, Dios mío!»
No habría sido mayor el asco si se hubiera despertado con una araña en la boca. Pensó que iba a vomitar.
—¡Louis!
Apartó la ropa de la cama y fue hacia la escalera tambaleándose. Del dormitorio salía una luz tenue. Rachel estaba en el descansillo, en camisón.
—Louis, está vomitando otra vez... Y se ahoga... Tengo miedo.
—Ya estoy aquí —dijo él, acercándose y pensando: «Entró. No sé por dónde, pero entró. Por el sótano, seguramente. Estará rota alguna ventana. Tiene que haber una ventana rota. Mañana lo comprobaré cuando vuelva. No; antes de marcharme. Miraré...»
Gage dejó de llorar y empezó a hacer un alarmante gorgoteo de asfixia.
—¡Louis! —chilló Rachel.
Louis se movió con rapidez. Gage estaba echado de lado, babeando en una toalla vieja que Rachel había extendido junto a él. Vomitaba, sí, pero no lo suficiente. La mayor parte seguía dentro y el niño empezaba a ponerse morado.
Louis lo levantó por las axilas, sintiéndolo muy caliente a través de la tela del pelele y se lo apoyó en el hombro, como para hacerle eructar. Luego, Louis saltó bruscamente hacia atrás, sacudiéndolo con fuerza. La cabeza de Gage se bamboleó violentamente, el niño soltó un rugido que tenía mucho de eructo y expulsó una gran masa de un vómito casi sólido que se esparció por el suelo y la cómoda. Gage volvió a llorar. Era un berrido estridente que a Louis le sonó a música. Para gritar así tenía que estar recibiendo un ilimitado suministro de oxígeno.
A Rachel se le doblaron las rodillas. Se dejó caer en la cama con la cara entre las manos. Temblaba violentamente.
—Ha estado a punto de morir, ¿verdad, Louis? Se ahog... ¡Oh, Dios mío!
Louis paseaba al niño por la habitación. Los berridos de Gage habían menguado hasta convertirse en hiposos suspiros. Ya casi dormía otra vez.
—Las probabilidades son de cincuenta a uno que hubiera podido sacarlo él solo, Rachel. Yo no hice más que echarle una mano.
—Pero le anduvo cerca —dijo ella mirándole con consternación e incredulidad—. Louis, le ha estado rondando.
De pronto, él la recordó gritándole en la soleada cocina: «El no va a morir, nadie de esta casa va a morir...»
—Cariño —dijo Louis—, nos ronda a todos. Constantemente.
*  *  *
Sin duda fue la leche lo que provocó aquel segundo vómito. Rachel le dijo que Gage se había despertado alrededor de las doce, aproximadamente una hora después de que Louis se acostara, había lanzado su «grito de hambre» y Rachel le dio un biberón. Luego, antes de que acabara de tomárselo, se quedó traspuesta. Una hora después, habían empezado los espasmos.
Nada de leche, dijo Louis, y Rachel asintió casi con humildad. Nada de leche.
Louis volvió a bajar alrededor de las dos y cuarto y pasó quince minutos buscando al gato. Durante la búsqueda, encontró entreabierta la puerta que comunicaba la cocina con el sótano. Lo que él se había figurado. Recordó que su madre solía decir que había tenido un gato que se daba muy buena maña en levantar las aldabas antiguas, como la que ellos tenían en la puerta del sótano. El gato trepaba por el canto de la puerta y empujaba la aldaba con la pata hasta hacerla saltar. Una maniobra muy hábil, pensó Louis. Pero no estaba dispuesto a conseguir que Church se valiera de ella. Al fin y al cabo, la puerta del sótano también tenía cerradura. Encontró a Church dormitando debajo del fogón y lo echó sin contemplaciones por la puerta principal. Al volver al sofá-cama, cerró la puerta del sótano.
Y esta vez corrió el cerrojo.

29

Por la mañana, la temperatura de Gage era casi normal. Tenía ojeras, pero le brillaban los ojos y estaba alegre. De repente, en menos de una semana, su jerga incomprensible se había convertido en una media lengua bastante clara. Repetía todo lo que oía. En aquel momento, Ellie quería que dijera «mierda».
—Di mierda, Gage —insistió Ellie mientras tomaban el cereal.
—Mierdagage —respondió Gage, complaciente, desde detrás de su plato de cereal. Louis había autorizado el cereal, a condición de que lo tomara con poco azúcar. Y, como de costumbre, más que comerlo, Gage parecía usarlo a modo de champú.
Ellie se partía de risa.
—Di pedos, Gage.
—Pedozgage —dijo el niño con la cara llena de cereal—. Pedoz-mierda.
Ellie y Louis soltaron la carcajada. Imposible contenerse.
Rachel no parecía divertirse tanto.
—Basta por hoy de palabrotas —dijo, pasando a Louis un plato de huevos.
—Mierda-pedoz-pedoz-mierda —cantó Gage alegremente, y Ellie se tapó la risa con la mano. A Rachel le temblaron los labios, y Louis pensó que tenía un aspecto excelente, a pesar de la mala noche. Debía de sentirse más tranquila. Gage estaba mejor y ella había vuelto a casa.
—No digas eso, Gage —dijo Rachel.
—Corre, corre —dijo Gage cambiando el estribillo y echando al plato todo el cereal que había comido.
—¡Oh, qué GUARRADA! —gritó Ellie huyendo de la mesa.
Entonces Louis perdió por completo la compostura. No pudo evitarlo. De la risa pasó al llanto y del llanto a la risa. Rachel y Gage le miraban como si se hubiera vuelto loco.
«No —hubiera podido decirles él—. He estado loco, pero creo que de ahora en adelante todo irá bien. Estoy convencido.»
Él no sabía si todo había terminado; pero parecía haber terminado. Quizá bastara con eso.
Y, durante algún tiempo, todo fue bien.

30

El virus de Gage persistió durante una semana y luego cedió. A la semana siguiente, el niño pilló una bronquitis. Ellie se contagió y, luego, Rachel. Durante el período anterior a la Navidad, los tres tosían como perros de caza achacosos. Louis se libró, y Rachel pareció tomárselo a mal.
La última semana de clases fue de verdadero agobio para Louis, Steve, Surrendra y Miss Charlton. No había gripe —por lo menos, todavía— pero sí muchos casos de mononucleosis y congestión pulmonar. Dos días antes de que terminaran las clases, seis estudiantes, quejumbrosos y borrachos, fueron llevados a la enfermería por sus atribulados amigos. Hubo unos momentos de desbarajuste, espantosamente similares a los provocados por el caso Pascow. Aquellos seis idiotas se habían metido en una vagoneta mediana (el sexto iba sentado en los hombros del hombre de cola, por lo que Louis pudo deducir) y lanzado pendiente abajo, más arriba de la planta generadora de vapor. De fábula. Sólo que, cuando la vagoneta tomó velocidad, se salió de la pista y fue a chocar contra uno de los cañones de la guerra civil. El balance fue de dos brazos, una muñeca y un total de siete costillas rotas, una conmoción e infinidad de contusiones. Sólo escapó ileso el que iba en los hombros de su compañero. El afortunado mortal salió despedido por el aire y fue a caer de cabeza en un montón de nieve. No fue tarea divertida la reparación de tanto desperfecto, y Louis echó un buen rapapolvo a la pandilla mientras cosía, vendaba e inspeccionaba fondos de ojo; pero después, al contárselo a Rachel, estuvo otra vez riendo hasta que se le saltaron las lágrimas. Ella lo miró con extrañeza, sin verle la gracia, y Louis no podía decirle que aquello había sido un accidente estúpido con heridos, pero que todos habían podido salir por su propio pie. La risa estaba provocada en parte por el alivio y en parte también por la satisfacción: hoy te anotaste un tanto, Louis.
La bronquitis de la familia había empezado a remitir cuando, el 16 de diciembre, el colegio de Ellie empezó las vacaciones y los cuatro se dispusieron a celebrar una Navidad alegre y rural, a la antigua usanza. La casa de North Ludlow que tan extraña les pareciera aquel día de agosto en que tomaron posesión (extraña e incluso hostil, cuando Ellie se hizo daño en la rodilla y una abeja picó a Gage casi al mismo tiempo) nunca estuvo tan hogareña y acogedora.
En Nochebuena, una vez los niños estuvieron dormidos al fin, Louis y Rachel bajaron sigilosamente del desván como dos ladrones, cargados de cajas de colores: una colección de bólidos Matchbox para Gage que acababa de descubrir el encanto de los coches de juguete, muñecas Barbie y Ken para Ellie, varios juegos, un triciclo enorme, vestiditos para las muñecas, una cocina con una bombilla que se encendía, etcétera.
Los dos se sentaron a la luz del árbol, Rachel con un pijama de seda y Louis con la bata, a armar los cachivaches. Él no recordaba haber pasado en toda su vida una velada más agradable. Había fuego en la chimenea y, de vez en cuando, uno de los dos se levantaba y echaba un tronco de abedul.
"Winston Churchill" pasó rozando a Louis una vez, y él lo apartó con una sensación de repugnancia casi instintiva... Aquel olor. Luego, vio que el animal trataba de echarse al lado de Rachel, pero ella lo ahuyentó con un «¡Fuera!» impaciente. Un momento después, Louis observó que su mujer se pasaba la palma de la mano por el muslo con el ademán del que cree haber tocado algo sucio o infecto. Él habría jurado que lo hacía maquinalmente.
Church se fue hacia la chimenea y se dejó caer pesadamente delante del fuego. El gato había perdido toda su elegancia de movimientos: la perdió una noche de la que Louis prefería no acordarse. Y perdió algo más. Louis sabía que le faltaba algo, pero tardó casi un mes en advertir lo que era. El gato ya no ronroneaba; él, que parecía un motor, especialmente cuando dormía. Había algunas noches en las que Louis tenía que levantarse a cerrar la puerta de la habitación de Ellie, para poder dormir.
Pero ahora el gato dormía en silencio. Como un muerto.
Aunque hubo una excepción. Fue la noche en que Louis despertó en el sofá-cama con el gato enroscado encima del pecho, como una manta pestilente... Aquella noche Church ronroneaba o, por lo menos, hacía ruido.
Pero, tal como suponía Jud Crandall, no todo fueron inconvenientes. Louis descubrió que una de las ventanas del sótano, la que quedaba detrás de la caldera, tenía un cristal roto. Cuando el vidriero lo cambió, el consumo de fuel descendió apreciablemente. Louis pensaba que tenía que estar agradecido a Ckurch por haber llamado su atención hacia aquella abertura que él, de no ser por el animal, tal vez hubiera tardado semanas, o meses, en descubrir.
Ellie ya no consentía que Church durmiera con ella, desde luego; pero, a veces, mientras miraba la tele, dejaba que el gato echara un sueñecito en su regazo. Aunque, según pensaba Louis mientras buscaba en la bolsa los mecanismos de plástico para armar el triciclo de Ellie, la niña casi siempre acababa por echarlo diciendo: «Vete, Church, que hueles mal.» De todos modos, seguía dándole de comer a diario cariñosamente, y hasta el propio Gage propinaba al animal algún que otro tirón de cola..., más amistoso que mal intencionado, de eso estaba seguro Louis. Parecía un minifraile sacudiendo una peluda cuerda de campana. Entonces Church se refugiaba lánguidamente bajo un radiador, fuera del alcance de Gage.
«Tal vez en un perro hubiéramos notado más la diferencia —pensó Louis—. Los gatos son esquivos por naturaleza. Esquivos y extraños. Incluso huraños.» No le sorprendía que los faraones y las reinas de Egipto los hicieran momificar y enterrar consigo en sus pirámides, para que les sirvieran de guía en el otro mundo. Los gatos parecían poseer dotes sobrenaturales.
—¿Cómo va ese triciclo, jefe?
Louis mostró la máquina con ademán de prestidigitador:
—¡Ta-tá!
Rachel señaló la bolsa en la que habían quedado tres o cuatro piezas de plástico.
—¿Y eso?
—Son repuestos —dijo Louis con una sonrisa de conejo.
—Es que, como no lo sean, tu hija se romperá la crisma.
—Eso, más adelante —dijo Louis aviesamente—. Cuando tenga doce años y quiera hacer pinitos con el patín.
—Por favor, doctor —gimió ella—. Tenga compasión.
Louis se puso en pie con las manos en los riñones, doblando la cintura hacia atrás. Le crujieron las vértebras.
—Listos los juguetes.
—Se acabó el montaje. ¿Te acuerdas del año pasado? —Rachel soltó una risita y Louis sonrió. Todo lo que compraron el año anterior tuvieron que montarlo ellos. Estuvieron trabajando hasta casi las cuatro de la madrugada y acabaron frenéticos. Y a media tarde del día de Navidad Ellie decidió que eran más divertidas las cajas que los juguetes.
—¡Qué GUARRADA! —dijo Louis, imitando a Ellie.
—Anda, vamos a la cama —dijo Rachel—. Yo tengo una cosa para ti.
—Mujer —dijo Louis ahuecando el torso—, eso me pertenece por derecho.
—Eso crees tú —rió ella, cubriéndose la boca con la mano. En aquel momento, tenía un gran parecido con Ellie... y con Gage.
—Un minuto —dijo él—. Aún queda algo por hacer.
Se fue corriendo al ropero del recibidor y volvió con una bota en la mano. Apartó el guardafuegos de la chimenea, en la que acababa de consumirse el último leño.
—Louis, ¿qué...?
—Ya lo verás.
A mano izquierda del hogar había una gruesa capa de ceniza y en ella hundió Louis la bota, dejando una profunda huella. Luego, utilizando la bota a modo de estampilla, grabó otra huella en los ladrillos del zócalo.
—Bueno —dijo Louis después de guardar la bota en el ropero—, ¿qué te parece?
Rachel se reía.
—Louis, Ellie se va a volver loca.
Durante las dos últimas semanas de colegio, Ellie había captado un perturbador rumor que circulaba por el parvulario, a saber, que Papá Noel eran los padres. La sospecha adquirió más consistencia cuando, pocos días antes, vio a un Papá Noel, bastante flaco por cierto, sentado en un taburete del mostrador de Deering comiendo una hamburguesa al queso, con la barba en una oreja. Aquello impresionó profundamente a Ellie (al parecer, más por la hamburguesa que por la barba torcida), a pesar de las explicaciones de Rachel, de que los Papá Noel de los grandes almacenes no eran sino «ayudantes» del verdadero, que por aquellas fechas estaba atareadísimo allá en el norte, terminando el inventario y leyendo las cartas de última hora enviadas por los niños, y no podía perder tiempo andando por ahí en campañas de relaciones públicas.
Louis volvió a colocar el guardafuegos con todo cuidado. Ahora había en su chimenea dos huellas clarísimas, una en la ceniza y otra en el zócalo de ladrillo. Las dos apuntaban al árbol, como si Papá Noel hubiera aterrizado sobre el rescoldo e ido directamente al árbol, a depositar los regalos que traía para los Creed. El efecto no podía ser más convincente, salvo para el que advirtiera que ambas huellas correspondían al pie izquierdo. Y Louis no creía que Ellie fuera tan observadora.
—Louis Creed, te adoro —dijo Rachel dándole un beso.
—Te casaste con un tío listo, nena. Tú quédate a mi lado y prosperarás.
—Sabes que puedes estar conmigo.
Fueron hacia la escalera. Él señaló la mesita que Ellie había preparado delante de la tele, con un platillo de galletas y rosquillas, una lata de cerveza y una cartulina en la que, en letras mayúsculas de trazo irregular, Ellie había escrito: PARA TI, Papá Noel.
—¿Una galleta o una rosquilla? —preguntó Louis.
—Una rosquilla —dijo ella, tomando la mitad. Louis abrió la lata y bebió media cerveza.
—Cerveza a esta hora me dará acidez —dijo.
—Bobadas. Vamos, doctor.
Louis dejó la lata y, bruscamente, se echó mano al bolsillo de la bata, como si en aquel momento se acordara del paquetito, cuyo leve peso no había dejado de percibir toda la noche.
—Toma —dijo—. Esto es para ti. Ya puedes abrirlo, son más de las doce. Feliz Navidad, cariño.
Ella empezó a dar vueltas a la cajita, envuelta en papel plateado y atada con una ancha cinta de satén azul.
—¿Qué es, Louis?
Él se encogió de hombros.
—Jabón, una muestra de champú... no recuerdo.
Rachel la abrió en la escalera y, al ver el estuche de Tiffany, lanzó un gritito. Luego, retiró la capa de algodón y se quedó inmóvil, con la boca entreabierta.
—¿Bueno? —preguntó él, intranquilo. Era la primera vez que le regalaba una alhaja y estaba nervioso—. ¿Te gusta?
Ella extrajo la cadenita de oro enredándola en los dedos e hizo brillar el pequeño zafiro a la luz de la lámpara del recibidor. La piedra oscilaba suavemente, lanzando fríos destellos azules.
—Oh, Louis, qué bárbaro...
Él vio que estaba a punto de echarse a llorar y se sintió conmovido y alarmado a la vez.
—Eh, nena, no... Anda, póntelo.
—Louis, no podemos. Tú no puedes...
—Sssh... He estado ahorrando desde la Navidad del año pasado. Además, no es tan caro.
—¿Cuánto te ha costado?
—Eso no pienso decírtelo, Rachel —dijo Louis con solemnidad—. Ni una legión de verdugos conseguirían arrancármelo. Dos mil dólares.
—¡Dos mil...! —Ella le dio un abrazo tan brusco y tan fuerte, que estuvo a punto de tirarle por la escalera—. Louis, ¡estás "loco"!
—Póntelo —dijo él otra vez.
Él la ayudó a abrocharlo.
—Voy a mirarme en el espejo —dijo ella volviéndose hacia él—. Tengo ganas de pavonearme.
—Puedes pavonearte mientras yo saco al gato y apago las luces.
—Te advierto que pienso quitármelo todo menos esto —dijo ella mirándole a los ojos.
—Pues, pavonéate deprisa —dijo Louis, y ella se echó a reír.
Louis levantó a Church, colocándoselo sobre el antebrazo; últimamente ya había prescindido de la escoba. A pesar de todo, casi había vuelto a acostumbrarse al gato. Se dirigió a la cocina, apagando luces a su paso. Cuando abrió la puerta que comunicaba con el garaje, notó una corriente de aire frío en los tobillos.
—Feliz Navidad, Ch...
No pudo terminar. En el felpudo había un cuervo muerto. Era muy grande. Tenía la cabeza destrozada y un ala arrancada. El ala estaba detrás del cuerpo, como un trozo de papel chamuscado. Church saltó al suelo y se puso a olisquear ávidamente el pájaro congelado. Antes de que Louis pudiera desviar la mirada, el gato avanzó la cabeza con las orejas gachas y arrancó uno de los vidriosos y lechosos ojos del ave.
«Church ataca de nuevo —pensó Louis con una vaga náusea, volviendo la cabeza, pero no sin ver la ensangrentada cuenca—. Eso no tendría por qué afectarme. He visto cosas peores. Oh, sí, lo de Pascow, por ejemplo. Aquello fue peor, mucho peor...»
Pero le afectaba. Se le había revuelto el estómago y se había enfriado su excitación sexual. «Caray, ese pájaro es casi tan grande como él. Lo habrá pillado desprevenido. Y tan desprevenido.»
Había que limpiar aquello. A nadie le haría gracia encontrar semejante regalo la mañana de Navidad. Y él era el responsable, ¿no? Naturalmente. Él y sólo él. Así lo reconoció tácitamente la misma tarde en que regresó su familia, al tirar los neumáticos sobre el cuerpo del ratón despedazado por Church.
«El fondo del corazón humano aún es más árido, Louis.»
Este pensamiento fue tan claro, tan audible, que Louis se sobresaltó ligeramente, como si Jud hubiera aparecido a su lado de improviso y hablado en voz alta.
«El hombre cultiva lo que puede..., y lo cuida.»
Church seguía inclinado golosamente sobre el pájaro. Ahora la había emprendido con la otra ala. Se oía un tétrico roce mientras tiraba de ella adelante y atrás, adelante y atrás. No te sulfures, chico, el pajarraco está más tieso que una boñiga de perro. ¿Qué puede importar que se lo coma el gato?
Louis dio al gato un puntapié. Un fuerte puntapié. Los cuartos traseros del animal se elevaron y chocaron contra el suelo esparrancados. Church lanzó a Louis otra de sus malévolas miradas amarillentas y se alejó.
—Anda, cómeme —dijo Louis con un siseo felino.
—¿Louis? —La voz de Rachel llegaba débilmente desde el dormitorio—. ¿Vienes a la cama?
—Ahora mismo —respondió él. «Un momento, que tengo aquí un pequeño fregado. Y es sólo mío, Rachel; así que a mí me toca limpiarlo.» Buscó el interruptor de la luz del garaje y volvió a la cocina, a buscar una de las bolsas verdes que se guardaban debajo del fregadero. Aquello le recordó otra noche... Llevó la bolsa al garaje y descolgó la pala de su gancho de la pared. Raspó el felpudo con el borde de la pala y echó el pájaro a la bolsa. Luego, recogió el ala y la metió también. Cerró la bolsa con un fuerte nudo y la depositó en el cubo que estaba al otro lado del Civic. Cuando terminó, los tobillos se le habían quedado helados.
Church le miraba desde la puerta. Louis le amenazó con la pala y el gato se esfumó como una sombra.
Rachel estaba en la cama y, según lo prometido, no llevaba nada más que el zafiro. Le sonrió suavemente.
—¿Por qué tardaste tanto, jefe?
—Estaba fundida la bombilla del fregadero, y he tenido que cambiarla —dijo Louis.
—Ven aquí —dijo ella tirándole y no precisamente de la mano—. Él sabe si estás dormido —canturreó ella, doblando las comisuras de los labios en una leve sonrisa—. Él sabe si estás despierto... ¡Oh, chico! Louis, ¿qué te ha pasado?
—Es algo que despertó de pronto —dijo él quitándose la bata—. Tendremos que intentar que se duerma otra vez antes de que llegue Papá Noel, ¿no te parece?
Ella se incorporó apoyándose en un codo. Él sintió su aliento cálido y dulce.
—Él sabe si has sido bueno o malo... Conque procura ser bueno..., anda... ¿Has sido bueno, Louis?
—Creo que sí —respondió él con voz no muy firme.
—Vamos a ver si estás tan bueno como aparentas. Mmmmm...
*  *  *
Todo fue muy bien, pero, después, Louis no se durmió enseguida apaciblemente como solía ocurrirle cuando todo iba bien y él se sentía en paz consigo mismo, con su mujer y con la vida. Pasó las primeras horas de aquella Navidad despierto en la cama, escuchando la respiración lenta y profunda de Rachel y pensando en el pájaro muerto que había encontrado en su puerta: el regalo de Navidad que le hacía Church.
«No se olvide de mí, doctor Creed. Yo vivía, luego morí y ahora vuelvo a vivir. He hecho el viaje de ida y vuelta y estoy aquí para decirle que del otro lado se vuelve sin ganas de ronronear y con la afición de la caza, para decirle que el hombre cultiva lo que puede, y lo cuida. No lo olvide, doctor Creed, ahora yo formo parte de lo que usted ha cultivado. Usted tiene esposa, una hija, un hijo... Y ahora me tiene a mí. Recuerde nuestro secreto y cuide bien su huerto.»
Al fin Louis se quedó dormido.

31

Fue pasando el invierno. Ellie recobró la fe en Papá Noel —por lo menos, temporalmente— gracias a las huellas de la bota. Gage abrió sus regalos espléndidamente, parándose de vez en cuando a masticar un pedacito de papel de aspecto suculento. Y aquel año, a media tarde, los dos niños estaban jugando con las cajas.
En Nochevieja, los Crandall entraron a degustar el ponche de huevo que había preparado Rachel, y Louis, insensiblemente, empezó a examinar a Norma con disimulo. Tenía una palidez y una fragilidad que él había visto en otros casos. Su abuela habría dicho que Norma había dado un «bajón», y no era desacertada la expresión. Sus manos, hinchadas y deformadas por la artritis, se habían cubierto de manchas oscuras de la noche a la mañana. Y tenía el pelo más pobre. Los Crandall se fueron a su casa a eso de las diez, y los Creed recibieron al Año Nuevo delante del televisor. Aquélla fue la última vez que Norma estuvo en la casa.
Fueron unas Navidades lluviosas y templadas. Si bien, por un lado el deshielo prematuro permitía a Louis ahorrar en calefacción, por otro lado, las brumas resultaban deprimentes y agobiantes. Louis pasaba el tiempo haciendo chapuzas en la casa, fabricando librerías y armarios para Rachel y construyendo un Porsche en miniatura para él. Cuando, el 23 de enero, se reanudaron las clases, Louis se alegró de volver a la universidad.
Por fin llegó la gripe —en el "campus" se declaró una epidemia bastante fuerte menos de una semana después de que se reanudara el curso— y Louis tuvo que trabajar de firme; algunos días, diez y hasta doce horas, pero ello no le desagradaba.
Aquel período relativamente templado acabó brusca y espectacularmente el 29 de enero, con una fuerte ventisca seguida de una semana de temperaturas inferiores a los veinte grados bajo cero. Un día, mientras Louis examinaba una fractura de brazo de un muchacho que creía —vanamente, en opinión de Louis— poder jugar al béisbol aquella primavera, una de las enfermeras auxiliares asomó la cabeza para decirle que su esposa le llamaba por teléfono.
Louis contestó desde el despacho. Rachel estaba llorando. Esto le alarmó. «Es Ellie —pensó—. Se ha caído del trineo y se ha roto un brazo. O se ha abierto la cabeza.» Recordó con angustia el accidente de los seis estudiantes borrachos.
—¿Rachel? —preguntó—. ¿Se ha hecho daño alguno de los niños?
—No, no —respondió ella, llorando con más fuerza—. No es uno de los niños. Es Norma, Lou. Norma Crandall. Murió esta mañana, a eso de las ocho, dice Jud que después del desayuno. Vino a ver si estabas, pero tú te habías marchado hacía media hora. Oh, Lou, está tan aturdido... tan viejo... Gracias a Dios, Ellie ya no estaba y Gage aún no comprende...
Louis frunció el entrecejo. A pesar de la terrible noticia, lo que ahora le preocupaba era Rachel. Ya estaba otra vez. No era nada concreto, sino una actitud general. La de que la muerte era un secreto, algo terrible que había que ocultar a los niños, del mismo modo que las damas y caballeros Víctorianos les ocultaban la cruda y escabrosa realidad de la vida sexual.
—¡Caray! ¿Ha sido el corazón?
—No lo sé. —Ya no lloraba, pero tenía la voz afónica—. ¿No podrías venir, Louis? Me parece que él te necesita. Eres amigo suyo.
«Amigo suyo.»
«Lo soy, sí —pensó Louis con una ligera sorpresa—. Nunca imaginé que me haría amigo de un octogenario, pero así es.» Y entonces se le ocurrió que era preferible que fueran amigos, teniendo en cuenta lo que había entre ellos. Seguramente, Jud había descubierto aquella amistad mucho antes que el propio Louis. Por eso trató de ayudarle entonces. Y, a pesar de todo lo ocurrido después, a pesar de los ratones, a pesar del cuervo, Louis pensaba que tal vez Jud había estado acertado o, si no acertado, por lo menos, solícito. Él haría ahora todo lo que pudiera por Jud, incluso actuar de maestro de ceremonias en el funeral.
—Ahora mismo voy —dijo. Y colgó.

32

No fue un ataque al corazón. Fue un derrame cerebral. Súbito y, probablemente, indoloro. Cuando Louis llamó a Steve Masterton a primera hora de la tarde para darle detalles, Steve dijo que a él no le importaría irse de aquel modo.
—Hay veces en las que Dios le da largas al asunto y otras se limita a hacerte una seña para que te largues.
Rachel no quiso hablar del asunto ni consintió que Louis lo mencionara siquiera.
Ellie, más que afligida, se mostró sorprendida e intrigada. En opinión de Louis, fue una reacción perfectamente sana y natural para una criatura de seis años. Preguntó si Mrs. Crandall había muerto con los ojos cerrados o abiertos. Louis contestó que no lo sabía.
Jud reaccionó lo mejor que cabía esperar, teniendo en cuenta que había compartido cama y mesa con aquella mujer durante casi sesenta años. Louis encontró al anciano —porque aquel día parecía realmente un anciano de ochenta y tres años— sentado junto a la mesa de la cocina, fumando un Chesterfield, bebiendo cerveza y contemplando la puerta de la sala con mirada ausente.
Cuando entró Louis, le miró y dijo:
—Bueno, se fue, Louis. —Lo dijo con una voz tan clara y en un tono tan natural que Louis pensó que aún no se había percatado de lo sucedido. Luego, empezó a mover los labios y se cubrió los ojos con un brazo. Louis se acercó a él y lo abrazó por los hombros. Jud entonces claudicó y se echó a llorar. Sí se había percatado. Jud comprendía perfectamente que su esposa había muerto.
—Eso te hará bien —dijo Louis—. Sigue. Además, ella querría que llorases. A lo mejor se ofende si no lo haces. —También él tenía los ojos llorosos. Jud se asió a él con fuerza y Louis le estrechó a su vez.
Jud estuvo llorando unos diez minutos, y luego se serenó. Louis escuchaba con gran atención todo lo que decía Jud. Le escuchaba como amigo y como médico, tratando de descubrir reiteraciones y, sobre todo, síntomas de si había perdido la noción del tiempo (la del lugar no podía perderla, porque para Jud Crandall nunca hubo más lugar que Ludlow, Maine) y si utilizaba el presente al hablar de Norma. No descubrió el menor indicio de que Jud estuviera perdiendo el control de sus facultades mentales. Louis sabía que no era insólito que una pareja que habían convivido durante tantos años murieran con un intervalo de un mes, una semana o, incluso, un día. Tal vez el trauma, o el afán de reunirse con el ausente (ésta era una idea que no se le hubiera ocurrido antes de lo de Church; Louis advertía que su modo de pensar sobre el mundo espiritual y sobrenatural había experimentado un cambio profundo). La conclusión que sacó fue que Jud estaba muy afligido, pero por lo menos, por el momento, su mente regía perfectamente. No detectó en Jud aquella fragilidad que mostrara Norma la víspera de Año Nuevo, cuando los dos matrimonios estuvieron bebiendo ponche de huevo en casa de los Creed.
Jud, aún con la cara congestionada, le sacó una cerveza del frigorífico.
—Aún es temprano; pero en algún sitio ya se habrá puesto el sol y, dadas las circunstancias...
—No digas más —le atajó Louis destapando la cerveza. Miró a Jud—. ¿Brindamos por ella?
—Pues claro —dijo Jud—. Si la hubieras visto a los dieciséis años, Louis, cuando volvía de la iglesia con la chaqueta desabrochada y aquella blusa blanca..., se te hubieran ido los ojos tras ella. Hasta el mismo diablo hubiera dejado la bebida por ella. Gracias a Dios, a mí nunca me lo pidió.
Louis movió la cabeza y levantó la botella.
—Por Norma —dijo.
Jud hizo chocar su cerveza con la de Louis. Estaba llorando otra vez, pero también sonreía y asentía.
—Que goce de la paz dondequiera que esté, y que no tenga artritis.
—Amén —dijo Louis. Y bebieron.
Fue la única vez que Louis vio a Jud más que medianamente achispado; pero ni aun así disparataba. De sus labios brotaba un torrente de anécdotas y recuerdos, cariñosos, vividos y, en ocasiones, conmovedores. Pero no por hablar del pasado descuidaba el presente, y Louis no podía sino admirar su entereza. Dudaba mucho que él hubiera reaccionado con tanta serenidad si Rachel hubiera caído fulminada aquella mañana, después del pomelo y el cereal.
Jud llamó a la funeraria Brookings—Smith de Bangor, avanzó por teléfono todos los datos y quedó en ir al día siguiente para ultimar detalles. Sí; quería que la embalsamaran. El vestido se lo daría él. Ropa interior, también. No, no quería que la funeraria le pusiera de esos zapatos que se abrochan detrás. ¿Podrían encargarse de que le lavaran el cabello? Ella se lo había lavado el lunes por la noche, de manera que ya lo tendría sucio. Se quedó escuchando y Louis, que conocía el ramo, supuso que el empleado de la funeraria estaba diciendo a Jud que el último lavado y marcado estaba incluido en el servicio. Jud asintió y dijo que muchas gracias. Sí, que la maquillaran; pero con discreción «Está muerta y todo el mundo lo sabe —dijo encendiendo otro Chesterfield—. No hace falta que le pongan muchos potingues.» El féretro estaría cerrado durante el funeral, dispuso en tono tranquilo y tajante, y abierto la víspera, durante el velatorio. Sería enterrada en el cementerio de Mount Hope, donde habían comprado tumbas en 1951. Tenía los papeles a mano y dio al empleado el número de la tumba, para que pudieran empezar los preparativos: H-101. Él, según dijo después a Louis, tenía el H-102.
Cuando colgó el teléfono, Jud miró a Louis y dijo:
—Para mí que el cementerio más bonito del mundo está precisamente aquí, en Bangor. Sácate otra cerveza, Louis, que esto va para largo.
Louis, que ya empezaba a estar mareado, iba a rehusar cuando ante sus ojos apareció de improviso una imagen grotesca: vio a Jud arrastrando el cadáver de Norma por el bosque en unas parihuelas, camino del cementerio micmac, más allá de Pet Sematary.
Aquella visión le produjo el efecto de una bofetada. Sin decir palabra, se levantó y sacó otra cerveza del frigorífico. Jud movió la cabeza afirmativamente y marcó otro número. Cuando, alrededor de las tres de la tarde, Louis se fue a su casa a comer un bocadillo y tomar un tazón de sopa, Jud tenía ya muy adelantada la labor de organización de los funerales por su esposa. Pasaba de una cosa a la siguiente como el que prepara una cena importante. Llamó a la iglesia metodista de North Ludlow, donde se celebraría el oficio, y a la oficina del cementerio Mount Hope. La funeraria llamaría de todos modos, pero Jud prefirió avisar personalmente por cortesía. Era éste un gesto que pocos deudos solían tener; unos, porque no caían en ello y otros, porque no se sentían con fuerzas. Louis admiraba a Jud por este detalle. Después avisó a los escasos parientes de Norma y a los suyos, hojeando una decrépita agenda de piel. Y, entre llamada y llamada, bebía cerveza y recordaba el pasado.
Louis sentía una gran admiración... ¿Y afecto?
Sí; le decía su corazón. Y afecto.
*  *  *
Aquella noche, cuando Ellie bajó ya con el pijama para darle un beso, preguntó a Louis si Mrs. Crandall iría al cielo. Lo dijo casi en un susurro, como si supiera que era preferible que su madre no lo oyera. Rachel estaba en la cocina, preparando un pastel de pollo que pensaba llevar a Jud al día siguiente.
Al otro lado de la calle, en casa de los Crandall, estaban encendidas todas las luces. Había coches aparcados en la senda del jardín y en hilera, junto a la carretera, a lo largo de unos treinta metros a cada lado de la casa. El velatorio oficial tendría lugar al día siguiente, en la funeraria, pero aquella noche la gente había ido a consolar a Jud lo mejor posible, a ayudarle a recordar, y hacerle compañía. Entre una y otra casa soplaba un gélido viento de febrero. En la carretera había placas de hielo negro. Ahora tenían encima lo más crudo del invierno de Maine.
—Bueno, cariño, pues no sé qué decirte —respondió Louis sentando a Ellie en sus rodillas.
En la tele había un tiroteo. Un hombre giró sobre sí mismo y se desplomó sin que ninguno de los dos le prestara atención. Louis se dijo entonces —un tanto incómodo— que probablemente Ellie sabía muchas más cosas acerca de Spiderman, Ronald McDonald y Burger King, que sobre Moisés, Jesús y san Pablo. Era hija de una judía no practicante y de un metodista apartado de su Iglesia, y suponía que las ideas de la niña acerca del mundo espiritual no podían ser más vagas —no ya mitos, ni sueños, sino sueños de sueños—. «Ya es tarde para eso —pensó Louis, desconcertado—. No tiene más que cinco años, pero ya es tarde. ¡Y es que se hace tarde tan pronto, rediez!»
Pero Ellie estaba mirándole, y había que decir algo.
—La gente cree muchas cosas acerca de lo que nos ocurre cuando morimos —dijo—. Unos piensan que vamos al cielo o al infierno. Otros, que volvemos a nacer.
—Sí, la carnación. Lo que le pasa a Audrey Rose en la película de la tele.
—¡Pero si tú no la has visto! —Louis pensó que si Rachel llegaba a sospechar que Ellie había visto Audrey Rose, seguro que tenía su propio derrame cerebral.
—Me lo contó Marie en el colegio —dijo Ellie. Marie era una niña desnutrida y desaliñada que parecía amenazada de impétigo, tiña e incluso escorbuto y que se había como autoproclamado la mejor amiga de Ellie. Tanto Louis como Rachel procuraban fomentar aquella amistad con la mejor voluntad, pero un día Rachel confesó a Louis que cuando Marie se marchaba sentía siempre el impulso de mirarle la cabeza a Ellie en busca de liendres y piojos. Louis se echó a reír moviendo afirmativamente la cabeza—. A Marie su mamá le deja ver todas las películas de la tele. Había en estas palabras una implícita crítica que Louis prefirió pasar por alto.
—Se dice reencarnación, pero imagino que ya tendrás una idea. Los católicos creen que hay cielo e infierno, pero, además, limbo y purgatorio. Y los hindúes y los budistas creen en el nirvana...
Una sombra se proyectó en la pared del comedor.
Rachel estaba escuchando.
Louis prosiguió, más despacio:
—... y probablemente hay otras muchas creencias. Pero en definitiva, Ellie, nadie lo sabe. La gente dice saberlo, pero lo que quiere decir es que lo cree por la fe. ¿Tú sabes lo que es la fe?
—Pues...
—Mira, tú y yo estamos ahora sentados en mi butaca. ¿Tú crees que mañana la butaca seguirá aquí?
—Sí.
—Eso es la fe. Tú confías en que seguirá aquí. Yo también. Tener fe es creer que va a pasar lo que tú imaginas. ¿Comprendido?
—Sí. —Ellie movió la cabeza, convencida.
—Pero ni tú ni yo sabemos si la butaca va a estar. Esta noche podría entrar en casa un ladrón de butacas y llevársela, ¿verdad?
Ellie ahogó la risa.
—Pero nosotros tenemos fe en que no ocurra eso. La fe es algo grande, y las personas auténticamente religiosas quisieran hacernos creer que la fe y la certidumbre son una misma cosa, pero yo no lo creo así. Porque existen demasiadas opiniones al respecto. Lo que sabemos es: cuando nos morimos, una de dos, o nuestra alma y nuestro pensamiento sobreviven a la muerte, o no. Si sobreviven, puede ocurrir cualquier cosa. Si no, pues punto. Fin.
—¿Como si te quedaras dormido?
Él reflexionó y dijo:
—Mejor, como si te dieran éter.
—¿Tú en cuál de las dos cosas tienes fe, papi?
La sombra de la pared se movió y volvió a quedarse quieta.
Durante casi toda su vida adulta, por lo menos desde su época de estudiante, Louis creyó que la muerte era el fin. Él había visto morir a mucha gente y nunca sintió el paso de un alma camino de... donde fuera. ¿No pensó lo mismo a la muerte de Víctor Pascow? Louis opinaba, como su profesor de psicología, que las experiencias de la vida después de la muerte, recogidas en revistas especializadas y divulgadas por la prensa popular, indicaban, probablemente, un último intento de la mente por resistir la acometida de la muerte: la mente humana, con su inagotable inventiva, se sustraía a la desesperación construyendo una alucinación de inmortalidad. Louis también estaba de acuerdo con lo que dijo un compañero de cuarto que tuvo en Chicago en su segundo año de facultad, durante una reunión que duró toda una noche, de que resultaba muy sospechoso que la Biblia estuviera llena de milagros que cesaron de producirse casi por completo durante la Época de la Razón («cesaron por completo», dijo al principio, pero luego fue obligado a retroceder por lo menos un paso por los que afirmaban, con cierta autoridad, que aún ocurrían multitud de cosas inexplicables, reductos aislados de perplejidad en un mundo cada vez más aséptico y bien iluminado; ahí estaba, por ejemplo, el Sudario de Turín, que había resistido todas las tentativas que se hicieron para desacralizarlo). «Se dice que Jesucristo hizo resucitar a Lázaro de entre los muertos —decía aquel muchacho que se convertiría en un prestigioso ginecólogo de Dearborn, Michigan—. Muy bien. Si no hay más remedio, me lo trago. Es decir, si yo tengo que aceptar el concepto de que algunas veces un gemelo puede engullir el feto de otro "in útero", digamos en un acto de canibalismo prenatal, no hay nada que oponer si veinte o treinta años después, aquél presenta dientes en los testículos o en los pulmones, para demostrarlo. Y, si me trago eso, puedo tragar cualquier cosa. Pero lo que yo quiero es ver el certificado de defunción. ¿Veis adonde quiero ir a parar? Yo no pongo en duda que saliera de la tumba. Pero que me enseñen el certificado de defunción. Yo soy como Tomás, que decía que no creería que Jesús había resucitado hasta que pudiera mirar por los agujeros de los clavos y meter la mano en la herida del costado del sujeto. Para mi él era el verdadero médico de la pandilla, y no Lucas.»
No; Louis nunca creyó en la otra vida. Por lo menos, hasta lo de Church.
—Yo creo que hay algo más allá —dijo a su hija, hablando despacio—. Pero cómo puede ser, eso no lo sé. Tal vez sea distinto para cada cual. Tal vez sea lo que cada uno creyó que sería durante toda su vida. Pero creo que hay algo y creo que Mrs. Crandall debe de estar en algún lugar donde pueda ser feliz.
—Tú tienes fe en eso —dijo Ellie. No era una pregunta. Parecía intimidada. Louis sonrió, entre satisfecho y cohibido.
—Seguramente. Y también tengo fe en que es hora de que te vayas a la cama. Llevas diez minutos de retraso. Le besó en los labios y en la punta de la nariz.
—¿Tú crees que los animales tienen otra vida?
—Sí —dijo él sin pensarlo, y estuvo a punto de añadir: Sobre todo, los gatos. Las palabras casi le asomaron a sus labios, y sintió que la piel le quedaba rígida y fría.
—Bueno —dijo la niña deslizándose al suelo—. Tengo que dar un beso a mamá.
—Pues, adelante.
Louis la siguió con la mirada. Al llegar a la puerta del comedor, la niña se volvió y dijo:
—Aquel día me puse muy tonta con Church, ¿verdad? ¡Y cómo lloraba!
—No, cariño —dijo él—. A mí no me pareciste tonta.
—Si ahora se muriera, me parece que podría resistirlo —dijo ella, y pareció quedarse un poco sorprendida por lo que acababa de decir. Luego, corroboró—: Sí, podría. —Y se fue en busca de Rachel.
*  *  *
Aquella noche, en la cama, Rachel dijo:
—He oído lo que le decías.
—¿Y no te parece bien? —preguntó Louis. Decidió que sería mejor hablar sin tapujos, si así lo quería ella.
—No es eso —dijo Rachel en un tono de vacilación impropio de ella—. No, Louis; no es eso. Es que... me asusto. Y tú ya me conoces, cuando me asusto me pongo a la defensiva.
Louis no recordaba haber oído nunca a Rachel hablar con tanta desconfianza y, de pronto, se sintió receloso, como si estuviera pisando un campo de minas.
—¿Te asustas? ¿De qué? ¿De la muerte?
—No es mi muerte lo que me asusta. Casi nunca pienso en ella... Ya no. Pero cuando era niña pensaba mucho en eso. Y no podía dormir. Soñaba con monstruos que venían a comerme en la cama. Y todos tenían la cara de mi hermana Zelda.
«Sí —pensó Louis—. Ya salió por fin, al cabo de todos estos años de matrimonio. Ya salió.»
—No hablas mucho de ella.
Rachel sonrió y le acarició la mejilla.
—Eres un encanto, Louis. Yo nunca hablo de ella. Y trato de no acordarme siquiera.
—Siempre pensé que tus razones tendrías.
—Y las tengo.
Guardó silencio, pensativa.
—Sé que murió... de meningitis espinal...
—Meningitis espinal —repitió ella, y Louis vio que estaba a punto de llorar—. En casa ya no hay ni una sola foto suya.
—Yo vi la foto de una niña en...
—... en el despacho de papá. Sí; lo había olvidado. Y mi madre lleva otra en el billetero, según creo. Tenía dos años más que yo. Cayó enferma..., y la pusieron en el dormitorio de atrás... en el cuarto de atrás, como un secreto vergonzoso, Louis, mi hermana murió en el cuarto de atrás, y eso ha sido siempre... un secreto vergonzoso.
De pronto, Rachel se vino abajo, y en el tono cada vez más agudo de sus sollozos, Louis detectó, alarmado, un síntoma de histerismo. Extendió la mano y tocó un hombro que se desasió bruscamente. Sintió en las yemas de los dedos el roce de la seda del camisón.
—Rachel..., nena... basta...
Ella aún pudo dominar los sollozos.
—No me impidas hablar, Louis. Sólo me quedan fuerzas para decirlo una vez, y no quiero volver a hablar de ello nunca más. De todos modos, tampoco iba a poder dormir esta noche.
—¿Tan horrible fue? —preguntó Louis, a pesar de que conocía la respuesta. Aquello explicaba muchas cosas, incluso incidentes que no parecían tener la menor relación encajaban ahora perfectamente. Rachel nunca asistió con él a un funeral, ni siquiera al de Al Locke, un compañero que murió en accidente de tráfico cuando el coche en el que viajaba chocó contra un camión. Al iba con frecuencia a visitarles al apartamento y Rachel le apreciaba. Pero no fue a su funeral.
«Aquel día se puso enferma —recordó Louis—. Parecía gripe o algo por el estilo. Bastante grave. Pero al día siguiente estaba perfectamente.»
«Estaba perfectamente después del funeral», rectificó. Ahora recordaba que ya entonces pensó que podía tratarse de algo psicosomático.
—Fue horrible, desde luego. Mucho peor de lo que puedas imaginar. Louis, la veíamos empeorar de día en día, sin poder hacer nada. Tenía dolores constantes. Su cuerpo parecía encogerse... contraerse... Se le encorvaron los hombros y se le desfiguró la cara hasta convertirse en una especie de máscara. Sus manos eran como las garras de un pájaro. A veces yo tenía que darle de comer. Me horrorizaba, pero lo hacía sin protestar. Cuando el dolor aumentó, empezaron a darle calmantes, suaves al principio, pero los que le daban después la hubieran dejado perturbada para siempre, por años que hubiera vivido. Aunque todos sabíamos que no viviría. Seguramente por eso es para nosotros un secreto. Porque queríamos que muriera, Louis, deseábamos su muerte, y no era para que ella acabara de sufrir, sino para no tener que sufrir nosotros. Era porque parecía un monstruo y empezaba a ser un monstruo... Oh, Dios, ya sé que parece una espantosa barbaridad...
Se cubrió la cara con las manos.
Louis la tocó con suavidad.
—Rachel, no es una barbaridad.
—¡Lo es! —gritó ella—. ¡Lo es!
—Es la realidad, sencillamente. A veces, las víctimas de una larga enfermedad se convierten en series ariscos y tiránicos. La imagen del enfermo sufrido y santo es falsa. Tan pronto como empiezan a llagarse, ya están amargándoles la vida a los que están a su lado. Y es que no pueden evitarlo. Pero eso no es un consuelo para los demás.
Ella le miraba sorprendida..., casi esperanzada. Luego volvió el gesto de desconfianza.
—Eso te lo inventas ahora.
Él sonrió tristemente.
—¿Quieres que te enseñe los libros? ¿Y la estadística de los suicidios? En las familias que han cuidado en casa a un enfermo desahuciado durante mucho tiempo, la cifra de suicidios se dispara hacia la estratosfera durante las seis semanas siguientes a la muerte del paciente.
—¡Suicidios!
—Se atiborran de pastillas, o abren la espita del gas, o se saltan la tapa de los sesos. Odio..., agotamiento..., repulsión..., tristeza... —Se encogió de hombros y juntó los puños con suavidad—. Los supervivientes empiezan a sentirse como si hubieran cometido un crimen. Y claudican.
En la cara de Rachel, congestionada por el llanto, se pintaba ahora una expresión de dolorido alivio.
—Zelda era exigente..., odiosa. A veces, se orinaba en la cama a propósito. Mi madre siempre le preguntaba si quería que la ayudase a ir al baño y, después, cuando ya no podía levantarse, si quería el orinal... y Zelda decía que no..., y entonces se lo hacía en la cama, para que mi madre o mi madre y yo tuviéramos que cambiarle las sábanas... Y decía que se le había escapado, pero había una sonrisa en sus ojos. Se veía la sonrisa. La habitación olía siempre a orines y medicina. Tomaba unos frascos de calmante que olía a ciruelas silvestres, como las gotas para la tos... Era un olor que no se quitaba con nada. A veces aun ahora me despierto por la noche oliendo a ciruela y, si no estoy despierta del todo, pienso: ¿Aún no ha muerto Zelda? Aún...
Rachel contuvo el aliento y Louis le apretó una mano con vehemencia.
—Cuando la cambiábamos se le veía la espalda retorcida y llena de bultos. Al final, Louis, al final, parecía que..., parecía que el culo se le hubiera subido hasta las paletillas.
Ahora los ojos húmedos de Rachel tenían la mirada horrorizada y vidriosa de los de una niña que recordara una persistente pesadilla.
—A veces, me tocaba con sus manos... sus manos de pájaro... y a mí me faltaba poco para ponerme a gritar, y un día se me cayó la sopa en el brazo porque ella me había tocado la cara, y me quemé, y entonces sí que grité. Y otra vez vi la risa en sus ojos.
»Hacia el final, los calmantes ya no hacían efecto. Y entonces la que gritaba era ella, y ninguno de nosotros podía recordarla como era antes, ni siquiera mi madre. Ya no era más que aquella cosa deforme que gritaba en el cuarto de atrás... Nuestro secreto vergonzoso.
Rachel tragó saliva y la garganta le chasqueó.
—Mis padres habían salido cuando ella, por fin..., cuando ella... bueno, cuando ella...
Con un esfuerzo terrible y desgarrador, Rachel pronunció la palabra.
—Cuando ella murió, mis padres no estaban en casa. Yo me quedé. Era Pascua y habían ido a ver a unos amigos. No iban a estar fuera más que unos minutos. Yo estaba en la cocina, leyendo una revista o, por lo menos, mirándola. Esperaba que fuera hora de darle la medicina, porque ella estaba gritando. Empezó a gritar en cuanto se fueron mis padres. Yo, con aquellos gritos, no podía leer. Y entonces... entonces... bueno... Zelda dejó de gritar. Yo tenía ocho años, Louis, y pesadillas todas las noches... Empezaba a pensar que mi hermana me odiaba porque yo tenía la espalda derecha, porque yo no tenía aquellos dolores, porque yo podía andar, porque yo viviría... Empezaba a pensar que quería matarme. Aún hoy, Louis, aún hoy no puedo creer que todo fueran imaginaciones. Estoy convencida de que me odiaba. No sé si hubiera llegado a matarme, pero si hubiera podido apoderarse de mi cuerpo..., echarme a mí de él como en un cuento de hadas..., eso sí lo habría hecho. Cuando dejó de gritar, subí a ver si le había ocurrido algo, si había caído de lado o resbalado de los almohadones. Entré en la habitación, la miré y pensé que se había tragado la lengua y estaba asfixiándose. Louis —su voz volvía a ser chillona y lacrimosa y tenía un alarmante acento infantil, como si hubiera regresado en el tiempo y reviviera la experiencia—, Louis, yo no sabía qué hacer. ¡Tenía ocho años!
—¡Qué ibas a saber! —dijo Louis abrazándola y Rachel se asió a él con el frenesí del mal nadador cuyo bote acaba de volcarse en medio de un lago—. ¿Alguien te ha hecho algún reproche?
—No —respondió ella—. Nadie me echó la culpa. Pero nadie pudo remediar lo ocurrido. Nadie pudo hacer que no ocurriera, Louis. No se había tragado la lengua. Entonces empezó a hacer un sonido extraño, no sé..., algo así como gaaaaa...
En su atormentada y vivida descripción de los sucesos de aquel día, Rachel debió de imitar bastante bien el ruido que hiciera Zelda, y a Louis le asaltó el recuerdo de Víctor Pascow. Estrechó con más fuerza a su esposa.
—...y babeaba...
—Basta, Rachel —dijo él con la voz no muy firme—. Conozco los síntomas.
—Tengo que explicar —respondió Rachel con testarudez—, explicar por qué no puedo ir a los funerales de la pobre Norma. Y también por qué aquel día tuvimos aquella estúpida pelea...
—Sssh..., eso ya está olvidado.
—Yo no lo he olvidado —dijo ella—. Lo recuerdo muy bien, Louis. Tan bien como recuerdo que mi hermana Zelda murió de asfixia el 14 de abril de 1965.
Durante unos instantes, se hizo el silencio.
—La puse boca abajo y le golpeé la espalda —continuó Rachel al fin—. No sabía qué otra cosa podía hacer. Ella pataleaba con sus piernas deformes..., y recuerdo que sonó un ruido como de pedos... Creí que era ella o tal vez yo; pero no eran pedos, sino las costuras de las mangas de mi blusa que se abrieron cuando le di la vuelta. Ella empezó a tener... espasmos... y vi que tenía la cara ladeada en la almohada, y pensé «Zelda está ahogándose, y cuando vengan dirán que yo la asfixié». «Tú la odiabas, Rachel —me dirán, y era verdad—, y deseabas que muriese», y también era verdad. Porque, Louis, lo primero que pensé cuando ella empezó a agitarse de aquel modo en la cama, fue: «Oh, Dios mío, por fin. Zelda se ahoga y esto va a terminar.» La puse otra vez boca arriba. Ahora tenía la cara negra, Louis, y los ojos se le salían de las órbitas y tenía el cuello hinchado. Y entonces murió. Yo di unos pasos atrás, supongo que buscando la puerta, pero choqué contra la pared y tiré un cuadro. Era un dibujo de uno de los cuentos de Oz que a Zelda le gustaban mucho antes de caer enferma con la meningitis. Era un dibujo de Oz el Grande y Terrible, sólo que Zelda decía siempre Oz el Ggande y Teggible, porque no podía pronunciar la erre. Mi madre lo mandó enmarcar... porque a Zelda le gustaba... Oz, El Ggande y Teggible... cayó al suelo, y el cristal se hizo añicos y el marco saltó en pedazos, y yo empecé a gritar, porque comprendí que había muerto y pensé..., creo que pensé que su espíritu quería castigarme, porque su espíritu debía de odiarme tanto como ella, pero su espíritu no estaba atado a la cama... Por eso eché a correr y salí a la calle gritando: «¡Zelda ha muerto! ¡Zelda ha muerto! ¡Zelda ha muerto!» Y salieron los vecinos... y me vieron correr por la calle, con la blusa rota, gritando «¡Zelda ha muerto!», Louis, y pensarían que estaba llorando, pero yo creo..., yo creo que me reía, Louis, sí, me reía.
—Si te reías, me descubro ante ti —dijo Louis.
—No hablas en serio —dijo Rachel con la absoluta certeza del que ha dado vueltas y más vueltas a una idea. Él no insistió. Pensaba que quizá algún día Rachel se librara de aquel recuerdo espantoso y putrefacto que la había atormentado durante tantos años, pero algo quedaría. No se borraría del todo. Louis Creed no era un psiquiatra, pero sabía que en el humus de toda vida hay objetos semienterrados y oxidados y que los humanos sienten una y otra vez el impulso de tirar y tirar de ellos, aunque les corten las manos. Hoy Rachel lo había arrancado casi todo. Era como una muela deforme, y podrida, de raíces ennegrecidas, infectadas, fétidas. Ya estaba fuera. Sólo quedaba una célula nociva que, si Dios era bondadoso, permanecería dormida para no aflorar más que en los sueños más profundos. Era casi increíble que hubiera podido expulsar tanto. Ello no sólo denotaba valor, sino que lo pregonaba a gritos. Louis estaba impresionado. Sentía deseos de lanzar un hurra. Se sentó en la cama y encendió la luz.
—Sí —dijo—; me descubro ante ti. Y, por si me faltaban motivos para..., para detestar a tus padres, ahora los tengo. Nunca debieron dejarte sola con ella, Rachel. NUNCA.
Como una niña —la niña de ocho años que era cuando ocurrió aquella historia increíble y vergonzosa—, ella protestó:
—Lou, era el tiempo de Pascua...
—Como si era el tiempo del Juicio Final —dijo Lou con la voz ronca de un furor candente que la hizo sobresaltarse. Él se acordaba de las dos estudiantes de enfermera, las dos auxiliares que tuvieron la mala fortuna de estar de servicio la mañana en que llevaron a Pascow moribundo. Una de ellas, una jovencita con mucho temple que se llamaba Carla Shavers, volvió al día siguiente y trabajó con tanta eficacia que hasta la misma Charlton quedó impresionada. A la otra no habían vuelto a verla. Louis no se sorprendió ni se lo reprochaba.
«¿Dónde estaba la enfermera? Debían de haber contratado a una enfermera diplomada. Pero no; se marcharon dejando a una criatura de ocho años sola con su hermana moribunda que probablemente estaba ya clínicamente perturbada. ¿Por qué? Porque era Pascua. Y porque, aquella mañana, la elegante Dory Goldman no pudo seguir soportando el mal olor y tuvo que salir un ratito a tomar el aire. Y Rachel se quedó de guardia. ¿Cierto, amigos y vecinos? Rachel se quedó de guardia. Ocho años, coletas y blusa de colegiala. Rachel tuvo que cargar con la jodida guardia. Rachel podía quedarse y aguantar el mal olor. ¿Por qué la enviaban después todos los años seis semanas al campamento Sunset de Vermont, sino porque aguantó los malos olores de su hermana, moribunda y demente? Los nuevos conjuntos de Gage y la media docena de vestidos de Ellie, y yo te pago los estudios si rompes con mi hija... ¿Dónde estaba el sustancioso talonario cuando tu hija se moría de meningitis espinal y tu otra hija estaba sola con ella, cerdo roñoso? ¿Dónde estaba la jodida enfermera diplomada?» Louis saltó de la cama.
—¿Adonde vas? —preguntó Rachel, alarmada.
—A traerte un Valium.
—Ya sabes que yo nunca...
—Esta noche, sí.
Rachel tomó la pildora y le contó el resto. Su voz permaneció tranquila. El calmante hacía su efecto.
Un vecino sacó a la pequeña Rachel de detrás del árbol donde se había acurrucado gritando: «¡Zelda ha muerto!» Le sangraba la nariz y tenía la blusa manchada. El mismo vecino llamó a la ambulancia y a los padres. Después de cortarle la hemorragia y darle una taza de té caliente y dos aspirinas para que se calmara, consiguió que le dijera el paradero de sus padres. Estaban en casa de los Cabrán, que vivían al otro lado de la ciudad. Peter Cabrán era el contable de la empresa del padre.
Antes de la noche, se habían producido grandes cambios en casa de los Goldman. Zelda ya no estaba. Su habitación fue vaciada y fumigada. Se llevaron todos los muebles. El cuarto de atrás era una caja vacía. Después —mucho después—, Dory Goldman instaló allí su cuarto de costura.
Aquella misma noche, Rachel tuvo su primera pesadilla. Cuando despertó, a las dos de la madrugada, llamando a gritos a su madre, descubrió aterrada que apenas podía moverse. La espalda le dolía terriblemente. Se la lastimó al mover a Zelda. En aquel paroxismo de pánico, pudo desarrollar la fuerza suficiente como para levantar a Zelda, abriéndosele la blusa en el esfuerzo.
Que se había producido una lesión al tratar de impedir que Zelda se ahogara estaba clarísimo para todo el mundo. Para todo el mundo, salvo para la propia Rachel. Ella estaba segura de que aquello era la venganza de Zelda. Zelda sabía que Rachel se alegraba de que hubiera muerto; Zelda sabía que cuando Rachel salió corriendo y gritando «¡Zelda ha muerto, Zelda ha muerto!», no lloraba, sino que reía; Zelda sabía que había sido asesinada y por eso ahora le había pasado la meningitis espinal a Rachel, y a Rachel pronto empezaría a deformársele la espalda, y también ella tendría que quedarse en la cama y poco a poco se convertiría en un monstruo y las manos se le retorcerían como garras.
Con el tiempo, gritaría de dolor, como Zelda, y mojaría la cama, y un día se ahogaría con la lengua. Era la venganza de Zelda.
Nadie pudo convencer a Rachel de que estaba equivocada: ni su madre, ni su padre, ni el doctor Murray, que diagnosticó una leve luxación y dijo a la niña con sequedad (cruelmente, en opinión de Louis) que estaba portándose muy mal, que sus padres estaban abrumados por el dolor y que no era el momento de hacer monerías de niña pequeña para llamar la atención. Hasta que remitió el dolor, Rachel no se convenció de que no era víctima de la venganza de Zelda ni de un castigo de Dios por su maldad. Durante muchos meses (eso dijo a Louis; en realidad, fueron ocho años), tuvo pesadillas en las que su hermana moría una y otra vez y, al despertar sobresaltada, se llevaba las manos a la espalda, para cerciorarse de que seguía perfectamente. Luego, en la horrible secuela de aquellas pesadillas, le parecía que la puerta del armario tenía que abrirse violentamente y Zelda se abalanzaría sobre ella, morada y contrahecha, con los ojos en blanco, la lengua fuera y las garras extendidas, para matar a la asesina que se acurrucaba en la cama con las manos pegadas a la espalda...
Rachel no asistió a los funerales de Zelda, ni a ningún otro.
—Si me lo hubieras dicho antes, se habrían aclarado muchas cosas —dijo Louis.
—No podía, Lou. —Su voz sonaba adormilada—. Desde entonces me quedó... una pequeña fobia en este tema. «Una pequeña fobia —pensó Louis—. Sí, eso.»
—No puedo evitarlo... Comprendo que tienes razón, que la muerte es perfectamente natural, y hasta buena. Pero entre lo que me dice la razón y lo que siento... aquí dentro...
—Ya...
—Aquel día en que me puse furiosa contigo, yo sabía que, por más que Ellie llorara ante la posibilidad de que Church muriera, ello no era sino un modo como otro cualquiera de hacerse a la idea, pero no pude contenerme. Perdóname, Louis.
—No hay nada que perdonar —dijo él, acariciándole el pelo—. Pero, ¡qué diantre!, acepto las disculpas, si eso hace que te sientas mejor.
Ella sonrió.
—Y así es. Me siento mejor, sí. Es como si hubiera expulsado algo que estuviera envenenando durante años una parte de mí.
—Quizá sea eso lo que has hecho en realidad.
Rachel cerró los ojos y volvió a abrirlos... lentamente.
—Y no le eches a mi padre toda la culpa, Louis. Fue una mala época para ellos. Los gastos de la enfermedad los dejaron casi arruinados. Mi padre no pudo abrir la sucursal que había proyectado poner en las afueras, y las ventas de la tienda del centro flojeaban. Además, mi madre estaba medio loca.
»Después, todo empezó a arreglarse. Fue como si la muerte de Zelda marcara el comienzo de una buena racha. Se acabó la recesión, volvió a circular el dinero, mi padre consiguió el préstamo y, desde entonces, los negocios le han ido bien. Pero todo aquello hizo que mis padres tendieran siempre a protegerme excesivamente. No es sólo que yo fuera lo único que les quedaba, sino también...
—Remordimiento —dijo Louis.
—Probablemente. ¿Y no te enfadarás si el día en que entierren a Norma me pongo enferma?
—No, cariño; no me enfadaré. —Le tomó una mano—. ¿Puedo llevar a Ellie?
La mano de ella se cerró con fuerza sobre la de Louis.
—Oh, pues no sé qué decirte. —Volvía a temblarle la voz a causa del miedo—. Aún es muy niña.
—Hace más de un año que sabe de dónde vienen los niños —le recordó él.
Ella guardó silencio, mirando al techo y mordiéndose los labios.
—Si a ti te parece bien —dijo al fin—. Si crees que no ha de afectarle...
—Ven aquí, Rachel —dijo él, y aquella noche durmieron espalda contra estómago, y cuando ella despertó temblando, una vez disipado el efecto del Valium, él la tranquilizó con sus caricias, susurrándole al oído que todo iba bien, y ella volvió a dormirse.

33

«Porque el hombre (y la mujer) son como las flores del valle, que hoy se abren y mañana son echadas al fuego: la vida del hombre es sólo una estación, que llega y pasa.» Oremos.
Ellie, resplandeciente con su vestido azul marino comprado ex profeso para el acto, agachó la cabeza tan bruscamente que Louis le oyó crujir la nuca. Ellie había estado muy pocas veces en la iglesia y éste era su primer funeral. Las circunstancias la habían reducido a un insólito silencio.
Aquellas circunstancias permitían a Louis mirar a su hija de un modo distinto. Normalmente, el amor que sentía por ella, como el que sentía por Gage, le impedía observarla fríamente; pero hoy creía tener delante lo que era casi un ejemplo típico de la niña que está a punto de terminar su primera fase de desarrollo: un organismo todo pura curiosidad que almacena información en unos circuitos casi sin fin. Ellie se mantenía quieta y callada y no dijo nada ni siquiera cuando Jud, muy raro pero elegante con su traje negro y zapatos con cordones (Louis pensó que era la primera vez que no le veía con zapatillas o botas) se inclinó para darle un beso y le dijo:
—Estoy muy contento de que hayas venido, cariño. Y supongo que Norma se alegrará también.
Ellie le miró con los ojos muy abiertos.
Ahora, el reverendo Laughlin, el pastor metodista, pronunció la bendición, pidiendo a Dios que volviera su rostro hacia ellos y les diera la paz.
—¿Hacen el favor de adelantarse los portadores? —preguntó.
Louis fue a levantarse, pero Ellie le tiró de la manga con fuerza. Parecía asustada.
—¡Papi! —dijo en un fuerte susurro—. ¿A dónde vas?
—Soy uno de los portadores, cielo —dijo Louis sentándose un momento y rodeándole los hombros con el brazo—. Eso quiere decir que tengo que ayudar a llevar a Norma hasta el coche. Somos cuatro: el cuñado de Jud, dos de sus sobrinos y yo.
—¿Dónde nos encontraremos? —La cara de Ellie aún estaba tensa y preocupada.
Louis miró hacia adelante. Los otros tres portadores ya estaban allí, junto a Jud. El resto de los asistentes salían ya. Algunos lloraban. Vio a Missy Dandridge, que no lloraba pero tenía los ojos irritados y que le saludó alzando levemente una mano.
—Si te quedas en la escalera, enseguida voy a buscarte. ¿De acuerdo, Ellie?
—Sí. Pero no te olvides de mí.
—No, descuida.
Él volvió a levantarse y ella le tiró de la mano.
—Papi.
—¿Qué, cielo?
—No la sueltes —susurró Ellie.
*  *  *
Louis se unió a los demás, y Jud le presentó a sus sobrinos, que en realidad eran primos en segundo o tercer grado..., descendientes del hermano del padre de Jud. Eran dos mocetones de unos veintitantos años con un aire de familia muy marcado. El hermano de Norma frisaba los sesenta, según supuso Louis, y si bien en su cara se advertían las huellas del disgusto, parecía sobrellevarlo bastante bien.
—Celebro conocerles —dijo Louis. Se sentía un poco violento. Al fin y al cabo, era un extraño a la familia.
Ellos le saludaron con un movimiento de cabeza.
—¿Ellie está bien? —preguntó Jud haciéndole una seña con el mentón. La niña remoloneaba en el vestíbulo y los miraba.
«Desde luego; sólo quiere asegurarse de que no me esfumo en el aire», pensó Louis casi con una sonrisa. Pero aquel pensamiento le sugirió otro: «Oz, el Ggande y Teggible.» Y la sonrisa se desvaneció.
—Sí, creo que sí —dijo Louis agitando la mano hacia ella. La niña hizo otro tanto y dio media vuelta para salir, haciendo volar la falda de su vestido azul marino. Louis observó en ella, con cierta dolorosa sorpresa, un aire de madurez. Fue sólo un momento, pero momentos como aquél le hacen a uno recapacitar.
—¿Qué? ¿Estamos listos? —preguntó uno de los sobrinos.
Louis asintió y lo mismo hizo el hermano menor de Norma.
—Con cuidado —dijo Jud. Tenía la voz ronca. Luego, dio media vuelta y subió por el pasillo lentamente, con la cabeza inclinada.
Louis se situó en el ángulo posterior izquierdo del féretro gris acero modelo American Eternal que Jud había elegido para su esposa. Agarró el asa que le correspondía y entre los cuatro hombres sacaron lentamente el ataúd de Norma a la mañana gélida y luminosa del primero de febrero. Alguien —seguramente el sacristán— había echado una gruesa capa de ceniza sobre el sendero resbaladizo de nieve pisada y helada. Junto a la acera, un furgón Cadillac despedía un humo blanco por el tubo de escape. A su lado, observándolos y preparados para ayudar por si alguno resbalaba o desfallecía (quizá el hermano), estaban el director de la funeraria y su hijo, un muchacho afónico.
Jud, de pie junto a ellos, contempló cómo introducían el féretro en el coche.
—Adiós, Norma —dijo encendiendo un cigarrillo—. Hasta pronto, muchacha.
Louis abrazó a Jud por los hombros, y el hermano de Norma se le acercó por el otro lado, relegando a segundo término al director y a su hijo. Los fornidos sobrinos (o primos segundos, o lo que fueran) ya habían hecho mutis, una vez realizado el simple trabajo del acarreo. Ellos no frecuentaban aquella rama de la familia. A Norma la conocían por las fotografías y alguna que otra visita de cumplido: largas tardes pasadas en la sala, comiendo las galletas de Norma y bebiendo la cerveza de Jud, no precisamente aburridos por las viejas historias de tiempos y personas que ellos no habían conocido, pero sí pensando en lo que hubieran podido hacer aquella tarde (lavar y abrillantar el coche, jugar una partida de bolos o, simplemente, ver por la tele un combate de boxeo con los amigos) y contentos de marcharse una vez satisfechas las formalidades.
Para ellos, la familia de Jud ya era cosa del pasado; era como un planetoide erosionado que se alejaba de la masa principal, a la deriva, disminuyendo de tamaño hasta convertirse en una mota. El pasado. Fotos en un álbum. Viejas historias contadas en habitaciones excesivamente caldeadas: ellos no eran viejos; sus articulaciones no estaban artríticas ni su sangre se había enfriado. El pasado se reducía a unas asas que había que agarrar de vez en cuando y luego soltar. Al fin y al cabo, si el cuerpo humano era la envoltura que contenía al alma humana, la carta que Dios enviaba al universo, según enseñaban la mayor parte de las religiones, el American Eternal sería la envoltura que contenía el cuerpo humano, y para aquellos aguerridos sobrinos o primos o lo que fueran, el pasado era una carta vieja que había que archivar.
«Dios salve el pasado», pensó Louis, estremeciéndose sin más motivo que el pensar que llegaría el día en que él se sentiría igual de desligado de su propia sangre, del fruto de los hijos de su hermano... o de sus propios nietos, si Ellie o Gage tenían hijos y él llegaba a conocerlos. El centro de gravedad se desplazaba. Los vínculos familiares se deterioraban. Caras jóvenes en fotos viejas.
«Dios salve el pasado», pensó nuevamente oprimiendo con más fuerza los hombros del anciano.
Los pajes colocaron las flores en la trasera del coche fúnebre y la luneta se alzó eléctricamente y quedó encajada en su ranura. Louis retrocedió para recoger a Ellie y juntos se dirigieron al coche. Louis sujetaba a la niña por el brazo, para que no resbalara con sus zapatos nuevos de suela de cuero. Arrancaban los motores de los coches.
—¿Por qué encienden las luces, papi? —preguntó Ellie con extrañeza—. ¿Por qué, si es de día?
—Lo hacen en señal de respeto por la muerta —dijo Louis, y notó que su voz sonaba ronca, mientras tiraba de la palanca que encendía los faros del Ford—. Vámonos.
*  *  *
Cuando, al fin, regresaban a casa —una vez terminada la ceremonia del cementerio, celebrada en la pequeña capilla de Mount Hope, ya que la tumba de Norma no podría cavarse hasta la primavera—, de pronto, Ellie se echó a llorar.
Louis la miró, sorprendido pero no muy alarmado.
—¿Qué tienes, Ellie?
—Ya no habrá más galletas —sollozó Ellie—. Ella hacía las mejores galletas de avena que he comido. Y ahora ya no podrá hacerlas nunca más, porque está "muerta". ¿Por qué tiene que morirse la gente, papá?
—En realidad, no lo sé —dijo Louis—. Supongo que para dejar sitio a los jóvenes, a la gente nueva como tú y como Gage.
—¡Yo no me casaré nunca, ni haré lo del sexo, ni tendré hijos! —declaró Ellie, llorando con más fuerza—. Entonces quizá a mí no me pase eso. ¡Es u—u—una guarrada!
—Pero también es la forma de acabar con el sufrimiento —dijo Louis en voz baja—. Y yo, como médico, he visto mucho sufrimiento. Si me busqué ese trabajo en la universidad fue porque estaba harto de ver sufrir a la gente, día tras día. Los jóvenes también tienen dolores, y a veces muy fuertes, pero es otra cosa.
Hizo una pausa.
—Aunque tú no lo creas, cielo, cuando uno es muy, muy viejo, la muerte no parece tan mala ni tan terrible como ahora te resulta a ti. Y tú aún tienes muchos, muchos años por delante.
Ellie lloró, luego hipó y por fin se calló. Antes de llegar a casa, preguntó si podía poner la radio. Louis le dijo que sí y ella encontró a Shakin's Stevens que cantaba "This Ole House" por la WACZ. Al poco rato, estaba coreando la letra. Cuando llegaron a casa, la niña fue en busca de su madre y empezó a darle detalles del funeral. En honor a Rachel, Louis reconoció que escuchaba con tranquilidad y hasta con interés, aunque un poco pálida y pensativa.
Luego, Ellie le preguntó si sabía hacer galletas de avena, y Rachel dejó inmediatamente la labor de punto que estaba tejiendo y se levantó como si no esperase otra cosa.
—Sí —respondió—. ¿Quieres que preparemos una fuente?
—¡Yay! —gritó Ellie—. ¿Ahora, mamá?
—Ahora, si tu padre vigila a Gage durante una hora.
—Será un placer —dijo Louis.
*  *  *
Louis pasó la tarde leyendo y tomando notas de un largo artículo que publicaba "The Duquesne Medical Digest". Había vuelto a plantearse el viejo tema de las suturas solubles; en el mundillo de las contadas personas que se interesaban en el cosido de las pequeñas heridas, la cuestión parecía tan interminable como aquella antigua controversia psicológica que enfrentaba a los partidarios de la crianza natural y a los de la educación reglamentada.
Louis decidió escribir una carta aquella misma noche, en la que demostraría que los argumentos del autor eran endebles, los ejemplos, amañados, y la documentación, casi criminalmente somera. En suma, se relamía de gusto ante la perspectiva de torpedear aquella estúpida monserga de una vez por todas. Estaba buscando su ejemplar de "El tratamiento de las heridas" de Troutman en la librería del estudio, cuando Rachel bajó hasta media escalera.
—¿Subes, Lou?
—Aún tardaré un rato. —Él la miró—. ¿Todo va bien?
—Ya duermen. Los dos.
Él la observó detenidamente.
—Duermen los dos, pero tú, no,
—Me encuentro bien. Estaba leyendo.
—¿Te encuentras bien? ¿De verdad?
—De verdad —sonrió ella—. Te quiero, Louis.
—Y yo a ti, nena. —Lanzó una rápida mirada al anaquel. Allí estaba Troutman, en su sitio de siempre. Louis puso la mano sobre el libro.
—Church trajo una rata a casa mientras tú y Ellie estabais fuera —dijo ella tratando de sonreír—. Uf, qué porquería.
—Caray. Rachel, sí que lo siento. —Louis procuró que su voz no dejara traslucir lo culpable que se sentía en aquel momento—. ¿Fue muy asqueroso?
Rachel se sentó en la escalera. Con su bata de franela rosa, la cara limpia de maquillaje, la frente brillante y el pelo recogido en una coleta con una goma, parecía una niña.
—Ya lo limpié. Pero tuve que echar de la puerta a ese gato estúpido dándole con la boquilla del aspirador, para que dejara de montar guardia al lado del... del cadáver. Y me gruñó. Church nunca me había gruñido. Últimamente está muy raro. ¿Crees que puede tener el moquillo, Louis?
—No; pero, si tú quieres, lo llevaré al veterinario.
—Supongo que no será nada —dijo, y entonces le miró con disimulo—. ¿Por qué no subes? Es que yo... Ya sé que estás trabajando, pero...
—Pues claro —dijo él levantándose como si no tuviera nada que hacer. Y, en realidad, tampoco era tan importante; pero él sabía que ya nunca escribiría aquella carta, porque el desfile nunca se detiene, y mañana habría otras cosas que hacer. Pero la rata era toda suya, ¿no? La rata que Church había traído a casa, seguramente hecha trizas, con los intestinos colgando y tal vez sin cabeza, era suya. Sí; él había adquirido los derechos.
—Vámonos a la cama —dijo, apagando las luces. Él y Rachel subieron la escalera. Louis la abrazó y le hizo el amor lo mejor que pudo..., pero incluso cuando entraba en ella, duro y erecto, escuchaba el gemido del viento al otro lado de los cristales cubiertos de escarcha y pensaba en Church, el gato que fuera de su hija y ahora era suyo, preguntándose dónde estaría y qué acecharía o mataría esta vez. «El fondo del corazón del hombre es más árido», pensó, y el viento silbaba su lúgubre música, y a no muchos kilómetros de allí, Norma Crandall, que había tejido unos gorros de punto a juego para sus hijos, yacía en su féretro de acero gris modelo American Eternal sobre una losa de mármol del depósito de Mount Hope, y el algodón con que le habían rellenado las mejillas habría empezado a ennegrecerse.

34

Ellie cumplió seis años. El día de su cumpleaños, volvió de la escuela con un sombrero de papel ladeado, varios retratos dibujados por sus compañeros (en el mejor de los cuales EÍlie parecía un espantapájaros risueño) y terribles relatos de caídas en el patio durante el recreo. La epidemia de gripe pasó. Tuvieron que enviar a dos estudiantes al Centro Médico de Bangor, y Surrendra Hardu probablemente le salvó la vida a un estudiante de primero que se llamaba nada menos que Peter Humperton y cayó gravemente enfermo, con convulsiones, poco después de ingresar. Rachel se prendó del rubio repartidor del supermercado A & P de Brewer y una noche estuvo ponderando a Louis lo relleno que tenía el pantalón vaquero. «Tal vez sea sólo papel higiénico» —agregó—. «Pues pellízcale —propuso Louis—. Si grita, es todo auténtico.» Rachel lloró de risa. Pasó febrero, azul, quieto y con temperaturas de muchos grados bajo cero y llegó marzo, con sus heladas y lluvias alternativas, los hoyos en el hielo y las señales anaranjadas en la carretera en homenaje al dios del PATINAZO. El dolor lacerante y angustioso de Jud Crandall fue mitigándose. Es el dolor que, según los psicólogos, empieza a los tres días de la muerte del ser querido y, en la mayor parte de los casos, dura seis semanas, como ese período que los habitantes de Nueva Inglaterra llaman «lo más crudo del invierno». Pero el tiempo pasa, encargándose de soldar entre sí los distintos estados de ánimo como una especie de arco iris. La pena aguda va haciéndose más roma, se convierte en añoranza y la añoranza, en recuerdo... Es un proceso que puede durar entre seis meses y tres años y aún quedar dentro de lo normal. Llegó el día del primer corte de pelo de Gage, y cuando Louis advirtió que a su hijo empezaba a oscurecérsele el cabello bromeó, pero lo sintió, aunque no lo manifestara.
Llegó la primavera y se quedó algún tiempo.

35

Louis Creed pensaría después que el último día realmente feliz de toda su vida fue el 24 de marzo de 1984.
Las cosas que iban a ocurrir y que se cernían sobre ellos como una mortífera avalancha, aún tardarían siete semanas en llegar; pero durante aquellas siete semanas no hubo nada que se destacara con aquel color y aquella fuerza. Aunque aquellos horrores no hubieran ocurrido, él habría recordado siempre aquel día. Los días realmente buenos —buenos de verdad— son escasos, pensaba él. Tal vez los de toda una vida, reunidos, no llegaran al mes, en las mejores circunstancias. A Louis le parecía que Dios, en su infinita sabiduría, se mostraba mucho más generoso cuando se trataba de repartir sufrimiento.
Aquel día era sábado y, por la tarde, él se quedó en casa, cuidando de Gage, mientras Rachel y Ellie hacían la compra semanal. Habían ido con Jud en su vieja camioneta IH 59, no porque estuviera averiado el coche grande de la familia, sino porque al anciano le gustaba su compañía. Rachel preguntó a Louis si tendría inconveniente en quedarse con Gage, y Louis contestó que ninguno, desde luego. Se alegraba de que ella pudiera salir; después de todo un invierno en Maine, casi sin moverse de Ludlow, pensaba que su mujer necesitaba distracción. Aunque Rachel en ningún momento se quejó, a Louis le parecía que empezaba a mostrar síntomas de inquietud.
Gage despertó de su siesta a eso de las dos, de muy mal humor. Louis hizo varias tentativas de distraerle, pero el niño no se dejaba impresionar. Para colmo de males, el muy repelente hizo una deposición monumental, cuya calidad artística no ganó en mérito a ojos de Louis por estar rematada por una canica azul. Una de las canicas de Ellie. El crío podía haberse ahogado. Louis decidió que en lo sucesivo, basta de canicas —todo lo que caía en manos de Gage iba directamente a la boca—, pero aquella decisión, aunque muy laudable, no le ayudaría a mantener distraído al niño hasta el regreso de su madre.
Louis oía silbar en torno a la casa el viento de la recien llegada primavera que hacía danzar las sombras de las nubes en el campo de Mrs. Vinton, contiguo a la casa, y de pronto se acordó de la cometa en forma de buitre que comprara por capricho hacía cinco o seis semanas, al regresar de la universidad. ¿Había comprado también cordel? En efecto. ¡Magnífico!
—¡Gage! —dijo—. Gage había encontrado un lápiz de cera verde debajo del sofá y estaba rayando uno de los cuentos favoritos de Ellie. «Un nuevo motivo para alimentar los sentimientos de rivalidad fraternos», pensó Louis con una sonrisa. Si Ellie se ponía muy pesada cuando descubriera las filigranas que Gage había dibujado en el libro, él no tenía más que aludir al adornito que había aparecido en los pañales del niño.
—¿Qué? —contestó Gage. Ya hablaba bastante bien, y Louis empezaba a pensar que tal vez fuera más que medianamente inteligente.
—¿Quieres salir?
—¡Quiere salir! —respondió Gage con entusiasmo—. ¡Quiere salir! ¿Patillas, papi?
La pregunta, traducida, era: ¿Dónde están mis zapatillas, papi? Con frecuencia, Louis se admiraba del modo de hablar de Gage, no porque fuera gracioso, sino porque le parecía que todos los niños pequeños hablaban como inmigrantes que estuvieran aprendiendo un idioma extranjero con un método anárquico y ameno. Él sabía que los bebés producían todos los sonidos que puede emitir la voz humana: el trino nasal tan difícil para los estudiantes de primer año de francés, los gruñidos y chasquidos guturales de los aborígenes australianos y las ásperas consonantes del alemán. Era una facultad que perdían al aprender la lengua materna y Louis se preguntaba a menudo si lo que se hacía durante la niñez no sería olvidar, más que aprender.
Las «patillas» de Gage aparecieron por fin... también debajo del sofá. Otra de las sospechas de Louis era la de que en las familias con niños pequeños, la zona situada debajo del sofá de la sala poseía una misteriosa fuerza magnética que succionaba toda clase de objetos, desde botellas e imperdibles hasta lápices de colores y tebeos con restos de comida rancia entre sus páginas.
Pero la chaqueta de Gage no estaba debajo del sofá: estaba a mitad de la escalera. Fue más difícil dar con la gorra de béisbol, sin la que Gage no consentía en salir de casa, porque estaba en su sitio, el armario que, naturalmente, fue el último lugar en el que miraron.
—¿Dónde vamos, papi? —preguntó Gage amistosamente, dando la mano a su padre.
—Al campo de Mrs. Vinton. A lanzar una cometa, amigo.
—¿Comeeta? —preguntó Gage, receloso.
—Te gustará. Un momento, chico.
Estaban en el garaje. Louis sacó su llavero, abrió el armario del garaje y encendió la luz. Después de revolver en el armario, encontró al «buitre», todavía dentro de la bolsa, con el ticket de caja prendido. Lo compró durante el crudo febrero, una tarde en que su alma necesitaba mantener un destello de esperanza.
—¿Eto? —preguntó Gage. O sea: «¿Qué diantres es eso que tienes ahí, padre?»
—Es la cometa —dijo Louis sacándola de la bolsa. Gage observaba con interés cómo Louis desplegaba el buitre, cuyas alas, de resistente plástico, tenían una envergadura de un metro y medio. Sus ojos, saltones y sanguinolentos, parecían mirarles desde la pequeña cabeza situada al extremo de un cuello flaco y desplumado.
—¡Pácaro! —gritó Gage—. ¡Pácaro, papá!
—Sí, un pájaro —dijo Louis introduciendo las varillas en las jaretas del dorso de la cometa y revolviendo otra vez en el armario en busca del ovillo de cordel que compró el mismo día. Por encima del hombro, repitió—: Verás cómo te gusta, compañero.
A Gage le gustó.
Llevaron la cometa al campo de Mrs. Vinton y Louis consiguió hacerla volar al viento de finales de marzo al primer intento, a pesar de que no lanzaba una cometa desde... ¿pero era posible?, desde que tenía doce años. ¿Habían pasado diecinueve años? Dios, qué espanto.
Mrs. Vinton era una anciana que tenía casi la edad de Jud, pero no su fortaleza. Vivía en una casa de ladrillo situada al borde del campo, aunque casi nunca salía. Detrás de la casa empezaba el bosque, el bosque en el que se encontraba Pet Sematary y, más allá, el cementerio micmac.
—¡La cometa vuela, papi! —chilló Gage.
—¡Mira cómo sube! —gritó Louis a su vez, riendo entusiasmado. Soltaba hilo tan deprisa que el roce casi le quemaba la palma de la mano—. ¡Mira el buitre, Gage! Se va a hacer caca de miedo...
—¡Caca de mieo...! —gritó Gage con una gran carcajada. El sol asomó por detrás de una esponjosa nube de primavera, y pareció que la temperatura subía cinco grados casi de repente. Estaba a la diáfana luz de un marzo templado y traidor que se las daba de abril, en medio del campo de Mrs. Vinton, cubierto de hierbas secas y altas, mientras el buitre subía y subía hacia el azul, con sus alas de plástico tensas contra el viento, y Louis, como hacía de niño, se alzó en espíritu hacia la cometa, fundiéndose con ella y contempló la verdadera faz del mundo, la que sin duda ven en sueños los cartógrafos: el campo de Mrs. Vinton, blanquecino y dormido después del deshielo, que ya no era un campo, sino un paralelogramo limitado por paredes de piedra en dos de sus lados y, en la base, la raya negra de la carretera y la cuenca del río. Eso veía el buitre con sus ojos saltones. Veía la cinta gris del río que aún arrastraba trozos de hielo y, al otro lado, Hampton, Newburgh, Winterport, con un barco en el puerto, tal vez incluso veía la fábrica St. Regís, en Bucksport, bajo su bandera de humo, y hasta el cabo, en el que el Atlántico embestía los acantilados.
—¡Mira cómo sube, Gage! —gritó Louis, riendo.
Gage echaba el cuerpo hacia atrás de tal manera que parecía que, de un momento a otro, iba a caerse de espaldas. Sonreía de oreja a oreja y saludaba a la cometa con la mano.
Cuando se aflojó la tensión del hilo, Louis dijo a Gage que pusiera la mano. Gage extendió el brazo, sin mirar siquiera. No podía apartar los ojos de la cometa que giraba y danzaba al viento mientras su sombra corría por el campo de un lado a otro.
Louis dio dos vueltas alrededor de la mano de Gage con el hilo y entonces sí que el pequeño bajó la mirada con un gracioso gesto de perplejidad al sentir el tirón.
—¡Oh!
—Ahora la haces volar tú —dijo Louis—. Tú mandas, compañero. Es tu cometa.
—¿Gage hace volar? —preguntó él. Aunque más que a su padre parecía preguntárselo a sí mismo. Tiró del hilo para probar y la cometa osciló al viento. Dio otro tirón más fuerte y el buitre hizo una pirueta. Louis y su hijo rieron al unísono. Gage extendió la mano libre y Louis se la tomó. Y así se quedaron, en medio del campo de Mrs. Vinton, mirando al buitre.
Fue un momento que Louis nunca olvidaría. Si cuando era niño se alzaba hasta la cometa, ahora sintió que se fundía con Gage, su hijo. Le pareció que se achicaba hasta caber dentro del pequeño cuerpo de Gage y que podía mirar por los ojos del niño aquel mundo inmenso y luminoso, un mundo en el que el campo de Mrs. Vinton era casi tan grande como las salinas de Bonneville, en el que la cometa volaba a kilómetros de altura, mientras el hilo le temblaba en la mano como si estuviera vivo y el viento le despeinaba.
—¡Vuela, cometa! —gritó Gage mirando a su padre, y Louis le rodeó los hombros con el brazo le dio un beso en la mejilla encendida por el viento.
—Te quiero mucho, Gage —dijo. Al fin y al cabo, quedaría entre los dos, y nadie podía decir nada.
Y Gage, a quien quedaban menos de dos meses de vida, reía con estrépito y alborozo.
—¡Vuela la cometa! ¡Vuela la cometa, papi!
*  *  *
Aún estaba la cometa en el aire cuando Rachel y Ellie volvieron a casa. Tan alta la tenían que casi se les había acabado el hilo y al buitre no se le veía la cara; era una pequeña silueta negra en el cielo.
Louis se alegró de verlas y soltó una carcajada cuando Ellie dejó escapar el hilo y lo persiguió entre la hierba, atrapándolo en el momento en que el ovillo iba a devanarse del todo, dando tumbos por el suelo. Pero la presencia de ellas dos cambiaba un poco las cosas, y Louis no lamentó mucho entrar en casa cuando, al cabo de veinte minutos, Rachel dijo que le parecía que Gage ya tenía bastante viento y que podía resfriarse.
Así que hubo que recoger el hilo y la cometa fue bajando. A cada vuelta del ovillo, pugnaba por volver al cielo, hasta que al fin se rindió. Louis se llevó debajo del brazo a aquel enorme pajarraco de los ojos saltones y volvió a guardarlo en el armario del garaje. Aquella noche, Gage tomó una cena enorme, a base de perros calientes y alubias y, mientras Rachel le ponía el pelele para acostarle, Louis se llevó aparte a Ellie y tuvo con ella una charla confidencial sobre las consecuencias de dejar las canicas por ahí tiradas. En otras circunstancias, tal vez hubiera acabado por gritarle, pues Ellie se ponía muy soberbia —y hasta impertinente— cuando se le reprochaba algo. Era sólo su forma de reaccionar a las críticas, pero ello no impedía que Louis perdiera los estribos cuando la niña se extralimitaba o él estaba cansado.
Pero, aquella noche, gracias a la cometa, estaba de muy buen humor y Ellie se mostró razonable. Prometió tener más cuidado y luego bajó a ver la tele hasta las ocho y media, una concesión del sábado por la noche a la que no hubiera renunciado por nada del mundo. «En fin, asunto terminado y puede que hasta haya sido una suerte», pensó Louis, sin sospechar que el peligro no estaba en las canicas, ni en los resfriados, sino en un gran camión de la Orinco y en aquella carretera..., tal como les advirtiera Jud Crandall un día de agosto.
*  *  *
Aquella noche, Louis subió la escalera unos quince minutos después de que Rachel acostara a Gage. Encontró al niño quieto en su cuna pero todavía despierto, apurando un biberón y con los ojos fijos en el techo en actitud contemplativa.
Louis le tomó un pie, lo levantó, le dio un beso y volvió a depositarlo en la cuna.
—Buenas noches, Gage.
—Vuela la cometa, papi.
—¡Cómo volaba! ¿Eh? —dijo Louis y, sin saber por qué, sintió lágrimas en el fondo de los ojos—. Hasta el cielo subió.
—Vuela la cometa. Hasta el cielo.
Se puso de lado, cerró los ojos y se durmió. Así, sin más.
Al salir al pasillo, Louis miró atrás y vio brillar unos ojos amarillentos dentro del armario de Gage. La puerta estaba entreabierta... sólo una rendija. Sintió que el corazón se le subía a la garganta y torció los labios en una mueca. Abrió la puerta del armario pensando no sabía qué.
(Zelda, Zelda está en el armario, con la lengua ennegrecida asomando entre los labios)
Naturalmente, era Church, el gato, que se había metido en el armario y al ver a Louis arqueó el lomo y dio un bufido enseñando unos dientecitos como alfileres.
—Fuera de ahí—susurró Louis.
Church volvió a bufar y no se movió.
—Fuera he dicho. —Louis agarró lo primero que le vino a mano del montón de juguetes de Gage: una locomotora de plástico rojo que a aquella luz débil tenía el color escarlata de la sangre coagulada, y amenazó con ella al animal. Church no sólo se quedó donde estaba, sino que, además, volvió a bufar.
De pronto, sin pensar, Louis arrojó el juguete al gato, y no para ahuyentarlo sino apuntando a dar, furioso y asustado porque se hubiera escondido en el armario del niño y, además, se negara a marcharse, como si tuviera derecho a estar allí.
La locomotora dio de lleno al animal que lanzó un maullido y huyó y, con su acostumbrada agilidad, tropezó con la puerta y estuvo a punto de caer.
Gage se movió, balbuceó, cambió de postura y volvió a quedarse quieto. Louis se sentía un poco mareado. Tenía la frente empapada en sudor.
—¿Louis? —preguntó Rachel desde abajo, alarmada—. ¿Se ha caído Gage de la cuna?
—No pasa nada, cariño. Church, que tropezó con unos juguetes.
—¡Ah, bien!
Louis sentía la misma sensación que hubiera experimentado si, al entrar a ver a su hijo, hubiera encontrado una serpiente deslizándose sobre él o una enorme rata agazapada en el estante situado sobre la cuna. Quizá fuera algo irracional, y quizá no. Pues, por supuesto que tenía que ser irracional. Pero cuando le bufó de aquel modo desde dentro del armario...
(¿Zelda, pensaste, Zelda, pensaste Ozz el Ggande y Teggible?)
Cerró la puerta del armario, empujando con el pie varios juguetes. Escuchó el chasquido del picaporte y, después de unos segundos de vacilación, echó el seguro. Louis volvió a acercarse a la cuna. Gage, al moverse, se había bajado las mantas hasta las rodillas. Louis volvió a arroparle con cuidado y se quedó largo rato allí plantado, contemplando a su hijo.

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