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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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jueves, 20 de diciembre de 2012

Nostradamus


Nostradamus

Michel de Nostradamus, el vidente más renombrado y famoso de cuantos han sabido interpretar los astros, nació en SaintRémydeProvence, sur de Francia, el año de gracia de 1503, un jueves 14 de diciembre, hacia el mediodía. Su padre fue Jaime de Nostredame, notario de aquel lugar; su madre fue Renée de SaintRémy, sus abuelos paternos y maternos eran profundos conocedores de las ciencias matemáticas y de la medicina. Como médicos habían vivido el uno en la Corte de René que, además de Conde de Provenza, era Rey de Jerusalén y de Sicilia; y el otro, en la Corte de Juan, Duque de Calabria a hijo del antedicho René.
Es necesario demostrar la inexactitud de ciertas versiones sobre los orígenes del gran vidente, formuladas por envidiosos de su celebridad o por quienes desconocen la realidad.
La familia de Nostradamus, según algunos, era de origen judío, de la tribu de Isacar, convertidos al cristianismo. Y de ahí que atestigüe nuestro autor haber recibido directamente de sus abuelos el conocimiento de las ciencias matemáticas; y en el prólogo de sus Centurias él mismo afirma que ellos le transmitieron el don de predecir el futuro.
Después de la muerte de su bisabuelo materno, que le había infundido, casi como juego, el gusto por las ciencias de los astros, Nostradamus fue enviado a Aviñón para cursar letras y formarse en humanidades.
Desde Aviñón el joven estudiante pasó a Montpellier, donde frecuentó la célebre universidad estudiando en sus aulas medicina, hasta que una grave pestilencia, declarada en las regiones de Narbona, Tolosa y Burdeos, le dio ocasión de poner al servicio de los apestados el fruto de cuanto había aprendido durante sus estudios. Tenía entonces 22 años.
Después de haber ejercido la medicina durante cuatro años en aquellas regiones, le pareció oportuno volver a Montpellier para conseguir el título de doctor, que obtuvo al poco tiempo con la admiración y el aplauso de todos.
Pasando por Tolosa, llegó a Agen, ciudad situada a orillas del Garona, donde Julio César Scaliger le retuvo junto a sí. Era este hombre un personaje muy erudito y un verdadero mecenas. Nostradamus tuvo con él una extraordinaria amistad que más tarde se tornó en oposición, discordia y divergencia, como suele suceder entre hombres sabios, según atestiguan muchos escritos.
En ese período se casó con una joven de la alta sociedad, de la que tuvo dos hijos, un niño y una niña. Murieron los tres y Nostradamus tomó la decisión de instalarse definitivamente en Provenza, su tierra natal.
De vuelta a Marsella, se instaló en AixenProvence, parlamento de la región, donde ejerció durante tres años un cargo público ciudadano. Fue entonces, en 1546, cuando la peste azotó terriblemente aquella zona, según describe el señor de Launay en su Teatro del mundo sirviéndose de los relatos que le fueron hechos por el propio vidente. Estos hechos han sido confirmados por la investigación histórica de aquella época.
Desde AixenProvence llegó a SalondeCrau, pequeña ciudad que dista de Aix una jornada de camino hasta Aviñón y media jornada hasta Marsella. Contrajo segundas nupcias; y fue aquí, en este lugar, donde, previendo los grandes cambios y las trágicas convulsiones que perturbaron luego y revolvieron a toda Europa, las sangrientas luchas civiles y los desgraciados acontecimientos que iban a precipitarse sobre Francia, comenzó, lleno de una exaltada inspiración a invadido de un frenesí irresistible, la redacción de las Centurias.
Centurias y presagios que él guardó por mucho tiempo en secreto, creyendo que la naturaleza insólita del argumento le acarrearía calumnias, envidias y ataques muy ofensivos, tal como luego sucedió.
Vencido, al fin, por el deseo de que los hombres sacasen algún provecho de sus predicciones, las dio conocer. El rumor que suscitaron inmediatamente fue grande y corrió su fama de boca en boca, no sólo entre nosotros, sino también entre los extranjeros que sintieron por el vidente y por su obra una extraordinaria admiración. Esta fama impresionó tanto al poderoso Enrique II, Rey de Francia, que éste, en el año de gracia de 1556, mandó llamar al vidente a la Corte. Después de que revelara un cierto número de acontecimientos importantes que habían de suceder, recibió numerosos presentes y se volvió a su Provenza natal. Algunos años más tarde, concretamente en 1564, visitando Carlos IX las provincias y habiendo concedido la paz a las ciudades que contra él se habían rebelado, vino a Salon y no quiso dejar de visitar al profeta e insigne héroe, mostrándose para con él tan generoso, que lo honró con el cargo de consejero y le nombró médico suyo en la Corte.
Resultaría una tarea excesivamente prolija escribir todo cuanto él predijo, ya en general, ya en particular,y sería superfluo dar el nombre de todos los grandes señores, de los insignes sabios y otros muchos que vinieron de toda la región y de toda Francia para consultarle como oráculo. Lo que San Jerónimo decía de Tito Livio yo puedo decirlo del gran vidente: cuantos venían a Francia desde fuera no se proponían otro objetivo que ir a visitarle.
Cuando vino a verle Carlos IX, Nostradamus, que había sobrepasado los 60 años, estaba muy envejecido y se hallaba gravemente debilitado por las dolencias que le atormentaban desde hacía mucho tiempo, especialmente una artritis y la gota minaban constantemente su salud. Murió el día 2 de julio del año 1566, poco antes de salir el sol, después de una crisis que le duró ocho días y que le causó un acceso de hidropesía consecutivo a un ataque agudo de artritis.
Conoció anticipadamente el día de su tránsito y la hora exacta pues él había escrito, de su puño y letra, en las Efemérides de Jean Stadius, estas palabras en latín: Hic prope morn est, es decir: «Mi muerte está próxima».
Sobre su sepulcro se esculpieron las palabras de un epitafio, compuesto a imitación del de Tito Livio, historiador romano; epitafio que hoy puede todavía verse en la Iglesia de los Cordeleros de Salon, en la que, con grandes honores, fue enterrado el cuerpo de Nostradamus. La inscripción está en latín; traducida dice lo siguiente:
«Aquí descansan los restos mortales del ilustrísimo Michel de Nostradamus, el único hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi divina, bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo.»
Murió en SalondeCrau, en Provenza, el 2 de julio del año de gracia de 1566, a la edad de sesenta y dos años, seis meses y diecisiete días.Fulgurante carrera de médico
La familia Nostradamus, estaba firmemente vinculada a Provenza y sus descendientes, en vez de circuncidarse, como judíos, habían sido bautizados, lo cual les había permitido adquirir bastantes derechos; sus hijos, por tanto, habían podido dejar las modestas ocupaciones anejas a la artesanía y a la práctica del pequeño comercio y dedicarse por completo al cultivo de las artes liberales. En la familia Nostradamus la medicina constituía una tradición que se transmitía ininterrumpidamente de padres a hijos: el padre de Jaime, Pierre de Nostredame, había sido médico en Arlés, y sólo la envidia de los drogueros y boticarios de aquella ciudad le había obligado a buscar refugio y ayuda fuera de ella, entre los poderosos. Aquéllos, efectivamente, no habían podido tolerar que Pierre curase a sus propios pacientes con remedios y medicamentos que él mismo preparaba; y no dudaron, por consiguiente, en denunciarle como falsificador y contraveniente de su oficio. Destituido de sus funciones de médico ciudadano, Pierre entro primero al servicio del Duque de Calabria, y luego del rey René d'Anjou, que más tarde le nombró médico personal suyo. El venerable y ya anciano sabio, versado en la ciencia de Esculapio y en aquella otra que deduce de los astros la interpretación de los sucesos del mundo, gozó siempre de la máxima confianza del Rey. Fue natural que, cuando el joven Michel tuvo la edad suficiente para escoger su futura profesión, se inclinase por el estudio de la medicina.
En aquel entonces, para quien vivía en Provenza, Aviñón representaba la ciudad or excelencia, era como la meca donde convergían, de todos los rincones de la provincia, cuantos aspiraban a ser alguien, o cuantos deseaban evadirse de la dura brega del campo y hallar en la gran ciudad las comodidades de la vida fácil. Majestuosamente ceñida por sus altas y torneadas murallas, con el Ródano que las acariciaba dulcemente deslizándose bajo sus magníficos puentes, Aviñón era una ciudad donde alternaban palacios suntuosos y callejones de mal olor, señoriales calles por donde paseaban elegantes carrozas y pobres tuguriones en los que se hacinaba una humanidad sin rostro.
A quienes procedían de una tranquila ciudad provinciana les parecía muy atractivo poder mezclarse con la inmensa muchedumbre que llenaba calles y plazas hasta estrujarse; en cuanto a diversiones y tentaciones, hábían proliferado desde el momento en que un nutrido grupo de aventureros y hampones se habían aposentado como en su propia casa, dentro por el libertinaje que reinaba en sus muros.
Nostradamus llegó, pues, a Aviñón y empezó sus estudios con seriedad y tenacidad. El estudio constituía para él una verdadera vocación y aun cuando su edad, porque era todavía muy joven, lo hiciese vulnerable a las seducciones de una vida desordenada y licenciosa, demostró desde el principio una clara tendencia y un verdadero amor a cuanto era introspección y búsqueda de la verdad, ajeno a cualquier tipo de ambición personal.
En la ciudad de los Papas, el joven Michel alternaba su tiempo ocupado en dos actividades principales: los deberes escolásticos y la observación del firmamento estrellado que, desde siempre, había ejercido en él una extraordinaria fascinación. La matemática, la astronomía y la astrología le eran materias muy conocidas, hasta tal punto familiares que podía discutir con profundo conocimiento y perfecta competencia ante cualquier auditorio, que siempre quedaba cautivado.
A este primer período de estudio en Aviñón siguió el segundo en Montpellier, a donde se trasladó Michel para seguir en su universidad los cursos de medicina.
En el siglo XVI, Montpellier gozaba de extraordinario renombre gracias a su facultad de medicina, conocida dentro y fuera de los confines de Francia: era lógico, pues, que Nostradamus frecuentase aquella universidad y prolongase allí su estancia hasta conseguir su doctorado.
Para ello necesitó tres años que aprovechó con extraordinaria aplicación; durante los cuales se hizo dueño y señor de los secretos del cuerpo humano, como más tarde se hizo conocedor de los del espíritu.
La Naturaleza ejercía sobre él auténtica fascinación; y así no se conformó con ser médico, sino que decidió profundizar sus propios conocimientos en el campo de la herboristería y de los remedios que de las hierbas y de las plantas pudieran obtenerse.
Empezó entonces a recorrer todo el país de comarca en comarca para estudiar su flora, deteniéndose, cuando le parecía poder sacar de ello algún provecho, con quienes podían informarle sobre recetas y pociones. No olvidemos sobre el particular que, en aquel tiempo, mediana y herboristería iban de consuno y representaban el único remedio del que disponían entonces los hombres para oponerse a los traidores ataques de la enfermedad que se manifestaba de mil modos distintos.
En la Edad Media y durante el Renacimiento, Europa fue devastada en varias ocasiones por la este: «la bestia selvática», como la definió el médico Galeno. En el correr de cuatro siglos desencadenó unos treinta y dos ataques contra nuestro continente, entre los que se cuenta el tristemente famoso de la «peste negra», que duró dieciséis largos años (13341350) y que exterminó 25 millones de europeos, es decir, una cuarta parte de la población total del continente.
Lo mismo que los demás doctores, también actuaba Nostradamus entre la enfurecida peste; pero, a diferencia de sus colegas, prestaba eficacísima ayuda a los desventurados que se debatían entre las garras del terrible morbo. Había en nuestro doctor un algo de taumatúrgico que hacía que, a su paso, se obrase el prodigio de la salud. Él mismo nos ha dejado escritas unas palabras relativas al modo como curaba el mal, en un tratado suyo titulado Excelente y óptimo opúsculo, necesario para quiener deseen conocer varias eficaces recetas.
No es posible hoy, a tantos años de distancia, saber si su medicamento produjo efectos tan maravillosos como para considerar a Nostradamus vencedor del terrible azote; pero sí es cierto e incontestable este hecho: Nostradamus tuvo fama de excelente médico, no sólo por la extraordinaria erudición de su ciencia, sino también por el espíritu misionero con que la ejercía. Los africanos, que durante tantos lustros acudieron a Lambaréné, donde el gran doctor blanco Albert Schweitzer Obraba tan admirables portentos de curaciones físicas y de amor, estarían tal vez en mejores condiciones que nosotros mismos para entender el gran prodigio realizado por el vidente. Sus compatriotas supieron mostrarle su gratitud, bien merecida por cierto: a su paso, la gente se echaba a sus pies y bendecía su nombre; y esta fama de bienhechor y de salvador le precedía y le acompañaba por toda la Próbenza. Cuando terminó la terrible plaga, cansada ya de segar miles y miles de vidas humanas, Nostradamus fue honrado con el público reconocimiento y colmado de honores por quienes, gracias al insigne doctor, se habían salvado.
Pero ni el oro, ni las riquezas, ni la fama podían hacer mella en su ánimo totalmente entregado a la búsqueda de la verdad y a la investigación del misterioso arcano de la vida. Transcurrido, pues, algún tiempo, volvió a su retiro, estableciéndose entonces en la ciudad de Aix.
Allí reanudó su labor de médico y, al mismo tiempo, volvió a ocuparse de la herboristería, de la cosmética y de los bálsamos, a preparar jarabes y confituras, esencias y extractos que le aseguraron la imperecedera gratitud de cuantos los utilizaron. La vida se deslizaba tranquila y serenamente y un buen día el doctor Nostradamus tomó por esposa a una joven doncella. Su casa pudo regocijarse pronto con el nacimiento de dos hijos que vinieron al mundo, uno tras otro en el espacio de pocos meses. Entonces el fuego de la presciencia, el anhelo de escudriñar los secretos de la vida y de la muerte parecían en él decisivamente adormecidos. Las enseñanzas que desde su más tierna infancia le habían transmitido los ancianos de su familia, su capacidad de escrutar el firmamento estelar, con aquella agudísima vista de quien sabe interpretar el camino de los astros y prever, por su curso, los futuros acontecimientos del mundo, parecían en aquel entonces momentos lejanos de otra persona.
Una respetabilísima profesión, un vivo amor por el prójimo, una familia que completaba su existencia, parecían un baluarte suficientemente sóhdo para impedir a su «yo» que reanudase la ruts de las estrellas. Pero nada puede detener ciertas predestinaciones que marcan al hombre. Oponerse al destino es imposible, porque equivaldría a torcer el curso de los astros o a detener la impetuosa corriente de los ríos.
Así le ocurrió a Nostradamus que, sin darse cuenta de ello y sin proponérselo, se vio empujado por los acontecimientos a reanudar el camino de las predicciones. De pronto, su vida sufrió un cambio sustancial: la muerte llamó a su puerta y le arrebató de golpe a toda su familia, que tan afectuosamente le rodeaba. Cómo y por qué ocurrió esta grave desgracia, nadie ha podido hasta ahora averiguarlo. Pero sabemos que la vida de Nostradamus dio un vuelco definitivo y éste se entregó, desde entonces, a una actividad completamente distinta.
Dejó la ciudad de Aix, que despertaba en su ánimo recuerdos demasiado dolorosos, y se estableció en Salon, alojándose en una casa construida en una plaza tranquila. Aunque seguía ejerciendo su profesión de médico, pasaba mucho tiempo en una especie de extraña contemplación que a veces provocaba ciertas dudas sobre sus facultades mentales. Si no hubiera sido por la fama de excelente médico que le aureolaba, sus ciudadanos habrían creído que sus potencias y facultades, tan extraordinariamente desarrolladas en él, habían disminuido peligrosamente e, incluso, que se habían alterado. Pero, por el contrario, su reputación de astrólogo y de vidente empezó a crecer de día en día y le situaba en un plano muy diverso ante la gente que tenía contacto con él.
El mago de Salon
La vida del doctor Nostradamus transcurría tranquila, libre de cualquier desorden. Día tras día visitaba a sus enfermos y les ofrecía el consuelo de su taumatúrgica sabiduría que, al parecer, podía realizar cualquier claw de milagros. La gente de Salon se había acostumbrado a verle pasar por calles y plazas cubierto con su large capa negra agitada por el viento.
Con la mayor estima y respeto, no dudaban en detenerle pare consultarle los más diversos problemas. Tal era realmente su fama que todos le tenían por un gran sabio en el más completo sentido de la palabra; y así cualquier asunto que se desease aclarar, cualquier problema clue preocupase, le era expuesto inmediatamente para escuchar sus sabios consejos. Él tenía la respuesta más exacta y el remedio más apropiado para todos los males.
A partir del año 1555 Nostradamus empezó a escribir sus propios vaticinios en forma de cuartetas; y puesto que cada libro contenía exactamente cien de estas breves combinaciones métricas de cuatro versos, los llamó Centurias.
Tan extendido estaba en aquella época el arte de la magia que a nadie atemorizaba la lectura del futuro. Pululaban por pueblos y ciudades un sinfín de hábiles vaticinadores de la suerte que hallaban, con suma facilidad, un público dispuesto a escucharles y que Ies entregaba, como recompense, alguna moneda de oro o de plata, con tal de que se les anunciase sucesos favorables y les tranquilizara ante las densas sombras del futuro.
El doctor Nostradamus no pertenecía a esta abominable ralea de falseadores charlatanes ni sacaba provecho alguno de sus predicciones. La luz divina se encendía en él y penetraba en los misterios del futuro; no era, pues, fruto de improvisadas charlatanerías.
Completamente solo, en el silencio de la noche, Nostradamus se acomodaba en el sillón, rodeado de los instrumentos que utilizaba y de los textos en los que bebía su misteriosa ciencia astronómica.
Se extendía, ante sus penetrantes ojos, la bóveda celeste que él contemplaba a través de la ventana: aquel firmamento estrellado tenía para él pocos secretos y en aquellos innumerables cuerpos celestes leía como en un inmenso libro abierto. Mas no siempre es agradable este privilegio porque ocurre, algunas veces, que aquello que está escrito en las misteriosas páginas de los astros no corresponds a Ios deseos y a los intereses de quienes tienen la llave para interpretar sus signos. De esta forma, Nostradamus leyó en la bóveda celeste un futuro doloroso para sí y para sus seres más queridos: la esposa y sus dos hijos serían pronto presas de la muerte y envueltos en las frías tinieblas de la tumba.
Y cuando se cumplió puntualmente aquel trágico vaticinio, Nostradamus, impotente, se vio obligado a aceptar la decisión de un destino que se le había dado a conocer, pero en el que no podía intervenir para detenerlo.
Entonces su vida se vio bruscamente trastornada y el sabio tuvo que pagar un duro y penoso tributo a la notoria fama de su nombre. Las crónicas de su vida nos dicen que viajó durante mucho tiempo por lejanos países.
En el año 1556, poco después de la primera edición de las siete primeras Centurias, Nostradamus se trasladó a Italia, y en Roma fue recibido por el Santo Padre. Durante este viaje se detuvo algún tiempo en Turín.
Después de sus viajes por el extranjero Nostradamus se instaló de nuevo en Salon y reanudó su vida de siempre; sin embargo, su fama había crecido hasta tal punto que príncipes y reyes, ricos y poderosos, acudían a él para interrogarle sobre los acontecimientos futuros.
Transcurrieron los años y las profecías de Nostradamus se cumplieron con inexorable puntualidad: la conjura de Amboise, el levantamiento de Lyon y la muerte de Francisco I son otros acontecimientos vaticinados por el sabio vidente.
En el decurso de los años Nostradamus salió con menos frecuencia de Salon, ya que su quebrantada salud no le permitía fatigosos desplazamientos. Por esta razón, quienes deseaban consultarle sobre algún tema acudían a él, en Provenza.
El 17 de octubre de 1564, llegó a las puertas de la ciudad donde vivía el mago un lujoso cortejo; cuando los prohombres salieron para presentar su homenaje a los ilustres visitantes, les salió al encuentro el propio rey Carlos IX en persona, que venía a consultar al eminente doctor.
Nostradamus murió cristianamente tal como había vivido durante toda su vida.

Nostradamus
Hechos Históricos predichos y realizados
En su obra profética, conocida por todo el mundo con el nombre de Cen-turias, Nostradamus quiso recoger los acontecimientos relacionados con el futuro de la Humanidad, desde los días en que él empezó a escribir hasta el fin de los tiempos.
Qué son las Centurias puede decirse en pocas palabras. Así como un libro está dividido en capítulos y un poema en cantos, de la misma manera las profecías del vidente de Salon están divi-didas en Centurias, cada una de las cuales contiene un número variable de cuartetas (originariamente habían de ser cien por Centuria) en las que se da siempre una rima, forzada algunas veces, y en las que, en la mayor parte de los casos, no puede decirse que haya un nexo lógico de tiempo y de lugar y, sobre todo, una claridad de interpreta-ción que las haga fácilmente inteligi-bles y nos dé a conocer exactamente el tiempo en que se realizarán los aconte-cimientos vaticinados.
Se dice hoy que son doce las Centu-rias, pero sólo las diez primeras son, sin lugar a dudas, de Nostradamus. La primera edición de estas diez Centurias vio la luz en 1555, por obra de un edi-tor de Lyon.
Después, las sucesivas ediciones que han aparecido en diversas épocas han presentado, añadidas a las diez Centu-rias, un cierto número de nuevas cuar-tetas proféticas y, concretamente, cua-tro cuartetas añadidas a la Centuria VII, seis a la Centuria VIII y una a la Cen-turia X. Sólo dos cuartetas han for-mado la Centuria XI y once la Centu-ria XII.
No se sabe con certeza cuál es el ori-gen de estas cuartetas, posteriormente insertas en la obra profética del mago de Salon.
En esta cuestión, sólo podemos aven-turar hipótesis. Así, algunos investiga-dores afirman que, al morir Nostra-damus, se hallaron entre sus papeles un cierto número de profecías, escritas ciertámente por él y que, por tanto, podrán añadirse a las suyas propias. Otros, por el contrario, las han atri-buido a quienes nada tenían que ver con el vidente y las consideran, por consiguiente, apócrifas.
Pero volvamos a los versos con los que comienza el fascinante y cautiva-dor misterio de las predicciones.
La imagen por ellos evocada es alta-mente sugestiva, y resulta fácil recons-truír, a través de las palabras empleadas por el profeta, la atmósfera tan sepa-rada del mundo en la que nuestro mago ejercía su facultad adivinatoria.
En el tranquilo refugio de su mo-rada, donde se agolpaban durante el día ilustres o modestos visitantes que acudían para consultar a Nostradamus en su doble calidad de médico y de profeta, solía él encerrarse a altas horas de la noche en su propio estudio.
Según hemos podido averiguar, era una pieza amplia y separada de las demás estancias de la casa, que le servía tanto de retiro como de laboratorio. El sabio guardaba aquí, con preciado cui-dado, libros y manuscritos valiosos y curiosos objetos relacionados con sus exploraciones astrológicas, plantas y hierbas útiles para su labor de médico: retortas, alambiques, vasos de cristal en los que destilaba preparados a infu-siones destinados a sanar el cuerpo y a darle, independientemente de la edad, la fuerza y el vigor; astrolabios y espe-jos mágicos que el sabio utilizaba para explorar el porvenir, habitualmente impenetrable para el común de los mortales. Preciosos talismanes, meda-llas, sellos y sagrados amuletos consti-tuían para él otros tantos instrumentos de poder sobre la misteriosa fuerza de lo ultrasensible.
En las claras noches estrelladas en las que el firmamento de los astros parecía un inmenso y maravilloso libro abierto de par en par ante los hombres, mientras el silencio envolvía misterio-samente todo cosas y personas, Nostradamus se acomodaba en un asiento de cobre (o de bronce) y, des-pués de haber cumplido los ritos sagra-dos que exigían el use de una banqueta mágica (la varilla que el vidente men-ciona en la cuarteta) y algunas ceremo-nias de purificación, veía materializarse ante sus ojos, y bajo la forma de una exigua llamita, la evocación ilumina-dora, gracias a la cual el Señor Dios suscitaba en él la visión profética de los acontecimientos.
La minúscula llama danzaba en la os-curidad y brillaba con el resplandor del agua lustral, recogida en un barreño de cobre.
El reverbero de la llama atenazaba los ojos del profeta y su mente caía en un estado de trance por el que no sólo descubría, en el fondo del futuro, un sinfín de hechos y de sucesos lejanos, sino que percibía asimismo sonidos y voces como si fuesen verdaderamente reales, hasta tal punto que los persona-jes, protagonistas de los eventos que él preveía, se agitaban vivos ante él y pa-recían no tener secretos para el gran vidente.
Y la voz de Dios, percibida por él con claridad, pero que parecía salir de los amplios pliegues de su manto, le ilustraba los hechos que desfilaban ante sus ojos y a los que él mismo, como invitado de honor, asistía, inva-dido siempre de un cierto reverencial respeto y de un santo y tranquilo temor.
Como sentía un irreprimible deseo de legar a los demás un recuerdo pe-renne de lo que él había conocido sobre el futuro, Nostradamus tomó nota de todo «modelando el borde y el pie de lo que no se cree en vano», o dicho en otras palabras: encerrando en los versos de sus proféticas cuartetas, lo que su mente había descubierto es-cudriñando en el porvenir.
Las exiguas tirillas de papel en las que Nostradamus escribía sus herméti-cos versos rimados, se amontonaban junto a él y abrían simas de interrogan-tes para quienes, andando el tiempo, los examinarían con ojos puramente humanos.
Por desgracia para nosotros, muy pocas de las cuartetas que compuso el gran vidente poseen la relativa claridad de las dos primeras con las que co-mienza la obra; y de ahí la dificultad de la interpretación.
Fiel al convencimiento de que el porvenir no había de ser claramente desvelado a la mayoría de los hombres y temeroso de que los tesoros de su profecía fuesen despreciados y concul-cados, como perlas echadas a los puer-cos, por quienes los tomasen en sus manos, Nostradamus compuso una obra asequible sólo a un corto número de iniciados.
Todo lo que de extraordinario y portentoso realizaba Nostradamus en los cuerpos y en las almas de cuantos a él acudían, porque le consideraban un eminente sabio y un gran profeta, lo atribuían sus envidiosos y denigrantes adversarios a Satanás y a inspiraciones diabólicas; sus propios admiradores sentían un cierto temor reverencial ante sus prodigiosas facultades. Que Nostradamus era un hombre recto, honrado y apreciado y de extraordina-ria caridad, nadie lo ponía en duda; pero de dónde le provenía aquel nota-ble poder que le distinguía de cual-quier otro ser humano, nadie, rico o pobre, sabio o ignorante, había atinado a descifrarlo.
Según hemos podido observar, Nos-tradamus nunca dejó de ser hombre de su tiempo y, por consiguiente, sabía muy bien que los severos censores mi-nistros de la Inquisición habrían po-dido averiguar fácilmente sus actos e interpretarlos maliciosamente en caso de que los rumores y las veladas insi-nuaciones hubiesen sido graves a insis-tentes o hubiesen hallado en sus escritos siquiera la más leve sospecha o pruéba de algo que consideraban punible.
Existían, además, otros motivos de justificación de su siempre extremada prudencia: el primero y principal era el de aparecer profeta de terribles des-venturas. El hecho de predecir los su-cesos más trágicos de historia de la Humanidad con palabras fácilmente comprensibles habría levantado contra él toda la opinion popular y se hubiese visto condenado al extrañamiento, a la cárcel o a la muerte. Los profetas de desventuras, según nos enseña la His-toria, nunca han sido bien recibidos; y se sabe que la gente prefiere precipi-tarse en el abismo, desconociendo a ig-norando lo que les va a suceder, antes que conocer la desgracia que les es-pera. Nostradamus sabía muy bien todo esto y así prefirió ocultar sus profecías a la gran masa de los hombres, deján-dolas voluntariamente enigmáticas y nebulosas y confiando sólo en un redu-cido número de iniciados capaces de comprenderlas y, llegado el caso, de explicarlas.
Esto explica el lenguaje hermético y oscuro al tratar del porvenir de Fran-cia, su querida Francia, y que no fuera tan impenetrable al hablar de otros pueblos y naciones.
Para conseguir el oportuno grado de misterio, el escritorprofeta redactó sus cuartetas no sólo en francés arcaico para aquella época, sino que también lo mezcló con palabras alemanas, españo-las, italianas, provenzales, y neologis-mos que tomaba de raíces griegas y latinas, o anagramando los nombres más conocidos de aquella época.
Así, Francia se transforma a veces en sus versos en Nercaf o Cerfan, París en Rapis o Sipar; Henric se presenta con la grafía Chydren; Mazarin se cambia en Nizaram y Lorrains toma la forma de Norlais. Con la grafía «Phi» indica el nombre de Felipe; Estrage se convierte en Estrange, es decir extranjera, y de-signa con este nombre a la reina María Antonieta, esposa de Luis XVI, aun-que él transforma la palabra en Er-gaste.
El estudio comparativo y atento de las muchas ediciones de las Centurias, permite asegurar que algunas grafías de palabras, consideradas sucesiva-mente por los comentaristas como errores del autor o del editor que las publicó, son, en cambio, inexactitudes expresamente queridas por el autor para velar sus profecías.
Es razonable que después de hablar con tanto encarecimiento de Nostra-damus y de sus excepcionales dotes de vidente, sintamos curiosidad y tenga-mos un vivísimo deseo de poder «leer», a través de sus cuartetas, los eventos humanos que él predijo.
En diversas épocas, insignes investi-gadores y oscuros comentaristas han estudiado las Centurias, intentando es-clarecer por todos los medios a su al-cance el sentido arcano de las frases contenidas en aquellos versos. En mu-chos casos los resultados han sido satis-factorios; en otros, por el contrario, si bien costosos y estimables, a nada es-clarecedor han conducido y las frases han conservado su secreto intacto; sólo desaparecerá el enigma cuando un acon-tecimiento histórico ofrezca a los estu-diosos la clave que muestre su , meca-nismo.
De entre sus profecías, la primera que maravilló extraordinariamente a sus contemporáneos fue la que hizo Nostradamus refiriéndose a su propia muerte. La vida terrenal del gran pro-feta se extinguió en Salon, el día 2 de julio de 1566, un poco antes de la au-rora, como consecuencia de un ataque de artritis y gota que había degenerado en hidropesía.
Pero la profecía que le valió, por sí sola, fama y notoriedad mientras aún vivía, fue la que consta en las Centurias y se refiere a Enrique II, Rey de Fran-cia y esposo de Catalina de Médicis, en la cuarteta treinta y cinco de la Cen-turia I.
Esta cuarteta consigue dar, con vi-veza excepcional y concisión admira-ble, todos los detalles de la muerte del Rey; no es de maravillar, pues, el asom-bro que suscitó al aparecer pública-mente este vaticinio.
A simple vista podría parecer in-cluso absurda, ya que un rey nunca se batía en duelo; no obstante dio mucho que pensar a cuantos estaban junto a Enrique. Los hechos ocurrieron de esta manera:
En junio de 1559 Enrique II se ha-llaba en París; se acababa de firmar el Tratado de ChateauCambrésis que po-nía fin a las discordias entre España y Francia. Por él el soberano francés re-nunciaba a sus miras sobre Italia y res-tituía las tierras del Duque de Saboya, a quien había concedido, además de consolidar su situación política fuera de sus fronteras, la mano de su her-mana Margarita. Y a Felipe II, viudo de María Tudor, habíale prometido por esposa a su jovencísima hija Isabel.
La Corte francesa festejaba aquellos esponsales y se había organizado, en aquella ocasión, un brillante torneo en la plaza que se extendía ante el palacio real, en aquel entonces palacio de los Torrejones (Tournelles).
El 30 de junio el Rey bajó al campo vestido con una magnífica armadura, con el propósito de batirse en combate individual a caballo contra tres adver-sarios por lo menos.
El primer caballero con quien com-pitió el Rey fue Manuel Filiberto de Saboya; el segundo, el Duque de Guisa, y el tercero era Gabriel Montgo-mery, joven a impetuoso combatiente, comandante de la guardia del Rey. Uno tras otro, los asaltos se desarrollaron normalmente y las tres lanzas que el Rey había recibido terminaron rotas en el polvo. Un sentimiento de alivio pa-reció llenar el corazón de la multitud que había acudido a la plaza para pre-senciar el combate, y los íntimos del Rey se dijeron que el peligro estaba ya superado. Se relajó con ello la tensión, pero Enrique, no satisfecho con su tri-ple victoria, no se alejaba del circo, dando a entender con sus gestos que deseaba repetir el asalto con el último de sus adversarios, el Conde de Mont-gomery, que antes había inferido al Rey un golpe tan fiero que faltó poco para derribarle.
De nuevo en el campo, los caballe-ros se colocaron uno enfrente del otro, preparados para una nueva lucha, en medio de un profundo silencio, roto solamente por el furioso galopar de los cabellos. Calada la visera de la arma-dura y dirigida la lanza contra el adver-sario, cargaron impetuosamente el uno contra el otro. En un abrir y cerrar de ojos se cruzaron las lanzas y la del joven Montgomery, partida en peda-zos por el certero golpe del Rey, voló, otra vez, por los aires hasta el polvo-riento suelo.
Nada trágico había ocurrido y de momento se pudo pensar que era falsa la negra profecía, desmentida por la realidad. Sólo faltaba un detalle, un in-significante detalle: cumplir la regla que ordenaba que los dos caballeros, echadas las armas, volviesen al punto de partida. Pero Montgomery, desar-mado, no dejó la esquirla o pedazo que sostenía aún en su mano, sino que, al contrario, lo cogió con más fuerza y, al pasar junto al Soberano, con aquel tronco muñonero fue a chocar contra la visera del Rey la jaula de oro de la que había hablado Nostradamus, la levantó en parte y, habiendo hallado expedito el camino, fue a clavarse en el ojo saliendo trágicamente por el oído.
Enrique permaneció inconsciente durante cuatro días, y al cabo de once murió en medio de terribles dolores.
La profecía de Nostradamus se ha-bía cumplido punto por punto y el propio Rey moribundo la recordó, aña-diendo que nadie podía hurtarse a su propio estino.
Tras la muerte de su esposo, Cata-lina de Médicis vio realizada la segunda profecía que Nostradamus le había he-cho, cuando su hijo Francisco II ciñó la corona de Rey de Francia.
El mago de Salon más de una vez había escrutado los abismos de las es-trellas para sondear el destino de los hijos de Catalina y responder a los in-sistentes ruegos de la ambiciosa Reina.
Por lo que cuentan las crónicas de aquella época, la profecía que él hizo a propósito del destino de los príncipes fue una de las más famosas sesiones mágicas que recuerda la historia.
A altas horas de la noche, en el salón hexagonal de la torre del castillo de Chaumont, el mago de Salon invocó la presencia del Angel de la Muerte.
Acudió puntualmente el fatal perso-naje y rompió con su presencia los halos o círculos que sucesivamente, por orden de edad, hicieron durante la célebre sesión las sombras de los hijos de Catalina, ataviados con las insignias reales.
Cada halo correspondía a un año de reinado y la marcha espectral se inte-rrumpía en la fecha fijada por Anael, el Angel de la Muerte.
El mago respondió a la Soberana (que le pedía cuentas de lo que él veía) que los votos y deseos de ella serían absolutamente cumplidos, porque to-dos sus hijos sus tres hijos ocupa-rían el trono de Francia.
Lo que él se calló fue este detalle: que los tres hermanos se sucederían en el trono en un pequeño espacio de tiempo, relativamente breve, y ello por-que una temprana muerte los arrebata-ría en la flor de su edad, uno tras otro, como así sucedió.
Transcurrido sólo un año de rei-nado, Francisco Il murió después de una breve dolencia, tal como había va-ticinado el vidente en una de sus cuar-tetas. La Corte experimentó un nuevo estremecimiento de horror y se difun-dió el pánico entre los dignatarios que veían en el gran amigo de la Soberana un infalible vaticinador de desventuras.
Carlos IX sucedió a su hermano Francisco en el trono de Francia; era aún un niño y su madre fue regente hasta la mayoría de edad del Rey; pero habiendo muerto también el segundo hijo de Catalina, tal vez de remordi-miento por no haber sabido oponerse a la terrible matanza de la noche de San Bartolomé, ocupó el trono su hermano Enrique III, que volvió a la patria desde las lejanas tierras de Polonia, donde había aceptado ceñir la corona de Segismundo.
Pero murió también este Rey, asesi-nado por un fanático, Jaime Clement, y Nostradamus hizo también para él un presagio, el que está señalado con el número 58 y referido al año 1561, mientras que en realidad el regicidio tuvo lugar en 1589: «El reyrey no es ya (causa) la perniciosidad del Duce».
Y un comentarista del vidente des-taca que el doble substantivo em-pleado para Enrique III recuerda su doble corona, la de Polonia y la de Francia, y el nombre del Duce ha de entenderse como sinónimo del ape-llido del asesino Clement.
Desde la muerte de Nostradamus hasta nuestros días, la historia se ha encargado de registrar una serie de he-chos importantísimos para todos los países europeos. Si, por ejemplo, nos limitamos a las vicisitudes por las que ha pasado Francia, vemos que esta gran-de y poderosa nación, que desde hace muchos siglos ha cumplido la misión de guía, no sólo ha marcado con una impronta personalísima todos sus actos civiles, políticos o sociales, sino que con dos epopeyas trágicamente señeras ha cambiado, probablemente, el curso de la historia imprimiendo primero a Europa y después al mundo entero un giro que no dudaríamos en llamar «de-terminante». Nos referimos a la Revo-lución de 1789 y al advenimiento de Napoleón Bonaparte.
Por lo que concierne a la Revolu-ción Francesa, lo que de ella dice Nostradamus es bastante incompleto, si bien hay algunas cuartetas con claras referencias a la grave convulsión social, política y religiosa que en ella tuvo su origen. En pocos versos cita expresa-mente el nombre del lugar, Varennes, donde el Rey Luis XVI fue detenido cuando intentaba huir, disfrazado, para eludir la guardia revolucionaria que buscaba capturarlo. Es más, el vidente da, con ligerísimas variantes, el nom-bre de la persona que lo reconoció y denunció a los revolucionarios. Y nos parece que estos detalles no pueden atribuirse a puras y simples coinciden-cias (Centuria IX, cuarteta XX).
Probablemente la más grave dificul-tad que encuentra un observador para descifrar estos versos se debe esencial-mente a la complejidad del lenguaje utilizado por Nostradamus para des-cribir un acontecimiento que debía modificar profundamente el rostro de Francia y alterar, con tan graves reper-cusiones, el orden establecido en todo el mundo.
Hombre de su tiempo, adicto a la Corona y profundamente respetuoso para con la autoridad y la persona del Rey (recordemos que fue médico cor-tesano, consejero y astrólogo muy apre-ciado en la Corte de Francia), Nostra-damus no se atrevía a predecir clara-mente a la monarquía (que le distinguía con su benevolencia y que probablemente estaba dispuesta a protegerlo contra cualquier eventual acción con-tra él por el terrible Tribunal de la Inquisición), el trágico acontecimiento después del cual la Corona sería susti-tuda por la República y el propio Rey ignominiosamente guillotinado.
Cuando se refiere a Napoleón, por el contrario, Nostradamus es sorpren-dentemente claro y sumamente inteli-gente; de él predice el lugar del naci-miento, la duración y los principales hechos de su reinado a incluso la natu-raleza de su amor por María Luisa (Centuria I, cuarteta LX).
El vidente no habría podido hablar más claro. Ningún otro emperador nació cerca de Italia; Napoleón costó muy caro al Imperio erigido por él mismo para su prestigio personal y para su propia gloria, la hecatombe de muertos directa o indirectamente pro-vocada por el corso, justifica el título de «carnicero» que Nostradamus le da en sus cuartetas. Y es ésta, asimismo, la opinión de muchos.
Aunque separadas una de otra por un espacio bastante largo que ocupan otras cuartetas, las dos citadas están perfectamente encadenadas y se com-plementan entre sí de tal modo que no es posible desconocer el nexo que las une.
La decimotercera cuarteta de la Cen-turia VII que, con maravillosa preci-sión, dice exactamente el número de años que Napoleón detentó el poder.
También aquí es muy fácil interpre-tar los versos: la ciudad marítima y tri-butaria es, evidentemente, Ajaccio, lu-gar donde nació Napoleón Bonaparte. La ciudad se levanta junto al mar, en el golfo de su nombre, en la isla de Cór-cega; y podía ser considerada como tri-butaria del gobierno central francés porque recientemente había sido ad-quirida por la Corona y anexionada a Francia, más o menos cuando nació en ella el joven jefe.
La explicación no deja lugar a dudas; y de un cuidadoso examen de todas las palabras se desprende la absoluta cer-teza sin temor a errar de que se trata de la capital de Córcega.
Por lo que respecta al segundo ver-so, puede parecernos un tanto sibilino y enigmático, pero basta un momento de reflexión para descartar cualquier clase de duda. La testa rapada en Fran-cia, a principios del siglo pasado, fue un exclusivo atributo de Napoleón, que nunca quiso llevar peluca, a dife-rencia hasta aquel entonces de los per-sonajes reales, sistemáticamente repre-sentados por pintores y retratistas con largas melenas ensortijadas.
Este particular detalle podría causar alguna extrañeza a los hombres de hoy, pero en los días aquellos en los que Napoleón empezó a imponer su auto-ridad y su prestigio, causó un efecto extraordinario entre las tropas y entre la población que le estaba sujeta. Sus propios soldados se complacían en lla-marle familiarmente le petit tondu, lite-ralmente «el pequeño pelón». Esta frase despierta con suma facilidad en nuestra mente la característica figura de Na-poleón.
El tercer verso, por el contrario, es muy oscuro y sólo se pueden aventu-rar, para intentar explicarlo, algunas hipótesis, como aquella que dice que cuando accedió Bonaparte al poder es-taba aún muy fresco el recuerdo de los hombres del Directorio que habían aterrorizado a la Francia revoluciona-ria, comportándose como «sórdidos» exponentes de un poder dictatorial que hubo de someterse, de buen o mal talante, al Primer Cónsul.
Referente al último verso, hemos de decir que contiene, al menos, dos datos incontrovertibles: el número «catorce» y la palabra «tiranía». La cifra indica con claridad la duración del reino, o mejor del poder, que detentó Napoleón: desde el 9 de noviembre de 1799 al 23 de junio de 1815. Son exacta-mente 14 años, siete meses y catorce días, que se reducen a algo menos de catorce años, si restamos de ellos los once meses que Napoleón estuvo des-terrado en la isla de Elba. La palabra «tiranía» ha sido empleada por Nostra-damus para destacar el carácter del ré-gimen imperial instaurado por Napo-leon, para quien los parlamentos y las asambeas no tenían absolutamente nin-gún valor.
¡Síntesis admirable de la vida de Na-poleón la que nos ofrece Nostradamus en sus cuartetas! Y no hay duda de que su vaticinio se cumplió en todos y en cada uno de los detalles


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