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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 21 de mayo de 2012

¿QUIERE USTED ESPERAR?





¿QUIERE USTED ESPERAR?
ALFRED BESTER


Los hay que siguen escribiendo esos relatos anticuados sobre Tratos con el
Demonio. Ya saben, azufre, conjuros y pentagramas; engaños, burlas y
ensueños. No saben lo que dicen. El demonismo del siglo veinte es liso y
aerodinámico como los ascensores automáticos, la televisión, las máquinas
tragaperras y el resto de los aparatos y servicios modernos que te dejan
desvalido y furioso.
Hace un año me echaron por tercera vez en diez meses de mi trabajo. Tuve
que enfrentar el hecho de que era un fracasado. Estaba además sin un
céntimo. Decidí vender mi alma al Diablo; el único problema era encontrarlo.
Acudí a la sala principal de referencia de la biblioteca y leí todo lo que había
sobre demonología. Como dije, pura palabrería. De cualquier modo, si hubiese
podido permitirme disponer de los costosos ingredientes que, según decían,
podían servir para conjurar al Diablo, no habría tenido en realidad necesidad
alguna de tratar con él. No veía salida alguna, así que hice lo más natural: me
dirigí al Servicio de Celebridades. Un delicado joven contestó a mi llamada.
—¿Puede decirme usted dónde está el Diablo?—pregunté.
—¿Es usted suscriptor del Servicio de Celebridades?
—No.
—Entonces no puedo proporcionarle ninguna información.
—Puedo pagar una pequeña cuota por una sola información.
—¿Quiere usted un servicio limitado?
—Sí.
—¿Quién es la celebridad, por favor?
—El Demonio.
—¿Quién?
—El Demonio... Satanás, Lucifer, Belcebú... el Demonio.
—Un momento, por favor—al cabo de cinco minutos estaba de vuelta, muy
enojado—. Lo siento mucho. El Demonio ya no es una celebridad.
Colgó. Hice lo más razonable, mirar en la guía telefónica. En la misma página
decorada con anuncios del Restaurante Sardi encontré Satán, Shaitan,
Carnage & Bael,477 Madison Avenue, Judson 3-1900. Llamé. Una clara voz
femenina contestó.
—SSC & B. Buenos días.
—¿Puedo hablar con el señor Satán, por favor?
—La línea está ocupada. ¿Quiere usted esperar?
Esperé y perdí mi moneda. Discutí con la telefonista y perdí otra moneda, pero
obtuve la promesa de un reintegro en sellos de correos. Llamé de nuevo a
Satán, Shaitan, Carnage & Bael.
—SSC & B. Buenos días.
—¿Puedo hablar con el señor Satán? Le suplico que no me deje colgado del
teléfono. Estoy llamando desde una...
Hubo una conexión y sonó un timbre. Esperé. Mi aparato emitió un clic de
aviso. Al fin se despejó la línea.
—Oficina de la señorita Hogan.
—¿Puedo hablar con el señor Satán?
—¿Quién llama?
—El no me conoce. Es una cuestión personal.
—Lo siento. El señor Satán ya no está en nuestra organización.
—¿Puede decirme usted dónde puedo encontrarlo? Hubo una apagada
discusión y luego la señorita Hogan dijo:
—El señor Satán está ahora con Belcebu, Belial, Demonio & Orgía.
Los localicé en la guía telefónica. 383 Madison Ayenue, Murray Hill 2-1900.
Marqué. Sonó el teléfono una vez y alguien descolgó. Una voz metálica habló
en un sonsonete:
—El número que ha marcado ha sido suprimido. Tenga la bondad de consultar
su guía para dar con el número correspondiente. Este es un mensaje grabado.
Consulté mi guía. Decía Murray Hill 2-1900. Marqué de nuevo y recibí la misma
respuesta grabada.
Al final comuniqué con una telefonista a la que convencí para que me diese el
número de Belcebú, Belial, Diablo & Orgía. Llamé. Una alegre voz femenina
contestó.
—BBDO. Buenos días.
—¿Puedo hablar con el señor Satán, por favor?
—¿Quién?
—El señor Satán.
—Lo siento. No hay nadie de ese nombre en nuestra organización.
—Entonces póngame con Belcebú o con el Diablo.
—Un momento, por favor.
Esperé. Cada medio minuto ella me decía: "Aún continúo llamando al Diablo..."
y luego cortaba antes de que yo pudiese contestar. Al fin se oyó una alegre y
juvenil voz femenina.
—Oficina del señor Diablo.
—¿Puedo hablar con él?
—¿Quién llama?
Di mi nombre.
—Está hablando por otra línea. ¿Quiere usted esperar?
Esperé. Me había provisto de una buena reserva de monedas. A los veinte
minutos, la alegre y juvenil voz femenina habló de nuevo:
—Acaba de acudir a una reunión de emergencia. ¿Puede llamarle él a usted?
—No. Ya llamaré yo.
Nueve días después le localicé por fin.
—Sí, dígame, ¿En qué puedo servirle?
Tomé aliento.
—Quiero venderle mi alma.
—¿Tiene usted algo sobre el papel?
—¿Qué quiere decir con algo sobre el papel?
—La Propiedad, hijo mío. No esperará usted que BBDO vaya a comprar a
ciegas. Tráiganos su Presentación. Mi secretaria concertará una cita.
Preparé una Presentación de mi alma. Luego llamé a su secretaria.
—Lo siento, está en la Costa. Vuelva a llamar dentro de dos semanas.
Cinco semanas después me concedió una cita. Acudí y me senté en la sala de
recepción de BBDO durante dos horas, con mi Presentación sobre las rodillas.
Por último me pasaron a una oficina decorada con hierros de marcar reses
tejanos de resplandeciente neón. El Demonio estaba sentado en su sillón. Era
un hombre alto con voz teatral de ejecutivo de ventas; de esos que hablan alto
en los ascensores. Me dio un Sincero apretón de manos e inmediatamente se
puso a leer mi Presentación.
—No está mal—dijo—. No está nada mal. Creo que podremos llegar a un
acuerdo. Bueno, ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Lo normal?
—Dinero, éxito, felicidad.
Asintió.
—Lo normal. Sepa que en esta firma no engañamos a nadie. Es una empresa
respetable. Garantizamos dinero éxito y felicidad.
—¿Por cuánto tiempo?
—Por todo el período normal de vida del individuo. Aquí no se hacen trampas,
hijo mío. Hacemos nuestros cálculos según las estadísticas oficiales. Y, de
pasada, yo diría que a usted le quedan todavía de cuarenta a cuarenta y cinco
años. Podemos incluir eso en el contrato más tarde.
—¿Y no hay ninguna trampa?
Hizo un gesto de impaciencia.
—Lo que usted piensa es todo cuestión de malas relaciones públicas. Se lo
aseguro, no hay ningún truco.
—¿Garantizado?
—No sólo garantizamos el servicio; insistimos en proporcionarlo. BBDO no
quiere que vaya nadie al Comité de Prácticas Mercantiles Justas. Tendrá que
visitarnos para el servicio por lo menos dos veces al año, si no quedará
rescindido el contrato.
—¿Qué clase de servicios?
Él se encogió de hombros.
—De cualquier clase. Limpiar sus zapatos; vaciar ceniceros; llevarle chicas.
Eso puede concretarse más tarde. Sólo insistimos en que nos utilice por lo
menos dos veces al año. Nosotros nos comprometemos a proporcionarle un
quid por su quo. Quid pro quo. ¿De acuerdo?
—¿Y sin trucos?
—Sin trucos. Haré que nuestro departamento legal redacte el contrato. ¿Quién
es su representante?
—¿Quiere decir un agente? No he buscado ninguno.
Pareció sorprenderse.
—¿No ha buscado agente? Hijo mío, vive usted peligrosamente. En realidad,
podríamos despellejarle. Consígase un agente y dígale que me llame.
—Sí, señor. ¿Puedo... podría hacer una pregunta?
—Desde luego. Estoy a su disposición.
—¿Qué me sucederá... cuando el contrato termine?
—¿Quiere saberlo realmente?
—Sí.
—No se lo aconsejo.
—Quiero saberlo.
Me lo mostró. Era como una odiosa sesión con un psicoanalista a
perpetuidad... una autoacusación eterna y torturante. Era el infierno. Me quedé
estremecido.
—Yo habría preferido que enemigos inhumanos me torturaran —dije.
Se echó a reír.
—Su inhumanidad no podría compararse con la inhumanidad del hombre para
consigo mismo. Bien... ¿Cambió de opinión, o cierra el trato?
—Cierro el trato.
Nos dimos la mano y me acompañó hasta la puerta.
—No lo olvide—me advirtió—. Protéjase. Consígase un agente. El mejor.
Firmé con Sibila & Esfinge. Esto fue el tres de marzo. Llamé a S & S el quince
de marzo. La señorita Esfinge dijo:
—Oh, sí, ha habido un cambio. La señorita Sibila estaba negociando en
nombre de usted con BBDO, pero tuvo que coger el avión para Sheol. Me he
hecho cargo yo de todo.
Llamé a primeros de abril.
—Oh sí—dijo la señorita Sibila—ha habido una ligera demora. La señora
Esfinge tuvo que irse a Salem. Hay una quema de brujas. Volverá la semana
próxima.
Llamé el quince de abril. La alegre voz de la joven secretaria de la señorita
Sibila me dijo que había ciertas dilaciones en la transcripción de los contratos.
Al parecer BBDO andaba reorganizando su departamento legal. El día uno de
mayo Sibila & Esfinge me dijo que habían llegado los contratos y que su
departamento legal estaba estudiándolos.
En junio tuve que aceptar un trabajo servil para mantener juntos alma y cuerpo.
Trabajé en el departamento de grabación de una cadena de radio. Por lo
menos una vez a la semana llegaba un guión sobre un contrato con el Diablo
firmado, sellado y aceptado. Yo solía reírme de ellos. Pero al cabo de cuatro
meses de negociación yo aún seguía igual.
Vi una vez al Demonio bajando por Park Avenue. Iba corriendo hacia el
Congreso, muy ocupado en tratar cordial y animosamente al electorado. Saludó
a todos los policías y porteros por el nombre. Cuando hablé con él se asustó un
poco, pensando que yo era un comunista o algo peor. No me recordaba en
absoluto.
En julio, todas las negociaciones se paralizaron; todos se habían ido de
vacaciones. En agosto todos estaban en ultramar en un Festival de Misa
Negra. En septiembre Sibila & Esfinge me llamaron a su oficina para firmar el
contrato. Tenía treinta y siete páginas y estaba lleno de correcciones y
añadidos. Había media docena de adiciones al margen de cada página.
—¡Si usted supiese el trabajo que ha llevado este contrato! —me dijo Sibila &
Esfinge con satisfacción.
—Muy largo, ¿verdad?
—Son los contratos cortos los que causan más problemas. Ponga las iniciales
en las adiciones que hay al margen y firme en la última página. Hágalo en las
seis copias, por favor.
Puse las iniciales y firmé. Cuando acabé, no percibí ninguna diferencia. Yo
esperaba empezar a recibir dinero, éxito y felicidad.
—¿Está cerrado el trato ya? —pregunté.
—No, hasta que no lo firme él.
—No puedo aguantar ya más.
—Se lo enviaremos por un mensajero.
Esperé una semana y luego llamé.
—Se olvidó usted de escribir las iniciales en una de las adiciones —me dijeron.
Fui a la oficina y puse mis iniciales. Tras otra semana llamé.
—Él se olvidó de poner las iniciales en una de las adiciones—me dijeron esta
vez.
El uno de octubre recibí un paquete por entrega especial. Recibí también una
carta certificada. El paquete contenía el contrato firmado y sellado entre el
Diablo y yo. Al fin podía ser rico, tener éxito, ser feliz. La carta certificada era de
BBDO y me informaba de que en vista de que yo no había cumplido la cláusula
27-A del contrato, lo consideraban rescindido y yo debía someterme al pago
según su conveniencia. Acudí rápidamente a Sibila & Esfinge.
—¿Cuál es la cláusula 27-A?—me preguntaron.
La buscamos. Era la cláusula que me obligaba a utilizar los servicios del
Demonio por lo menos una vez cada seis meses.
—¿Qué fecha tiene el contrato?—preguntó Sibila & Esfinge.
Lo miramos. El contrato tenía fecha de primero de marzo, el día de mi primera
entrevista con el Diablo en su oficina.
—Marzo, abril, mayo...—contó con los dedos la señorita Sibila—. Es cierto. Han
pasado siete meses. ¿Está usted seguro de que no pidió ningún servicio?
—¿Cómo iba a hacerlo? No tenía el contrato.
—Intentaremos resolverlo —dijo agriamente la señora Esfinge.
Llamó a BBDO y tuvo una acalorada discusión con el Demonio y su
departamento legal. Luego colgó.
—Él dice que cerraron el trato el primero de marzo—informó—. Estaba
dispuesto a seguir adelante de buena fe con su parte del compromiso.
—¿Y cómo podía saberlo yo? No tenía el contrato.
—¿No pidió usted nada?
—No. Yo estaba esperando el contrato.
Sibila & Esfinge llamó a su departamento legal y planteó la cuestión.
—Tendrá usted que someterse a un arbitraje —dijo el departamento legal, y
explicó que los agentes tenían prohibido actuar como procuradores de sus
clientes.
Acudí a la firma legal Brujo, Hechicero, Vudú Zahorí & Hechicera (99 Wall
Street, Exchange 3-1900) pára que me representase ante el Comité de
Arbitraje (479 Madison Avenue, Lexington 5-1900). Pidieron un anticipo de
doscientos dólares más el veinte por ciento de los beneficios del contrato. Yo
había conseguido ahorrar treinta y cuatro dólares durante los cuatro meses que
llevaba trabajando en el departamento de grabación. Pasaron por alto el
anticipo e iniciaron los preliminares del arbitraje.
El quince de noviembre en la cadena de radio me rebajaron de categoría
enviándome a la sala de correspondencia, y yo pensé seriamente en el
suicidio. Sólo me detuvo el hecho de que mi alma se hallase pendiente del
arbitraje.
El caso se vio el doce de diciembre. Fue juzgado por tres árbitros imparciales
que estuvieron todo el día analizando la cuestión. Me dijeron que se me
comunicaría por correo el fallo. Esperé una semana y llamé a Brujo, Hechicero,
Vudú, Zahorí & Hechicera.
—Es que están en vacaciones de Navidad—me dijeron.
Llamé el dos de enero.
—Uno de ellos está fuera de la ciudad.
Llamé el diez de enero.
—Ha vuelto ya, pero los otros dos están fuera de la ciudad.
—¿Cuándo sabré el fallo?
—Quizás tarde meses.
—¿Cree usted que tengo posibilidades de ganar?
—Bueno, nosotros no hemos perdido nunca un arbitraje.
—Eso es animador.
—Pero siempre puede ser la primera vez.
Esto parecía menos animador. Cogí miedo y pensé que sería mejor cubrirme.
Hice lo que me pareció más razonable: recorrí la guía telefónica hasta dar con
Serafín, Querubín & Ángel, 666 Quinta Avenida, Templeton 4-1900. Llamé. Una
alegre voz juvenil femenina contestó.
—Serafín, Querubín & Ángel. Buenos días.
—¿Puedo hablar con el Ángel, por favor?
—Está hablando por otra línea. ¿Quiere usted esperar?
Aún sigo esperando.
FIN

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