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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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domingo, 21 de diciembre de 2008

Metzengerstein -- Edgar Allan Poe

Metzengerstein

Edgar Allan Poe

Pestis eram vivus - mariens tua mars era. (1)

(Martín Lutero)

El horror y la fatalidad han aparecido libremente en todas las edades. ¿Por qué atribuir entonces una fecha a la historia

que vaya contar? Baste decir que en la época de que hablo existía en el interior de Hungría una arraigada, aunque oculta,

creencia en las doctrinas de la metempsícosis. De estas doctrinas mismas -esto es, de su falsedad o de su probabilidad-

nada diré. Afirmo, sin embargo, que gran parte de nuestra incredulidad (como dice La Bruyere, de toda nuestra

infelicidad) vient de ne pouvoir etre seuls (2).

Pero en algunos puntos la superstición húngara tendería por completo a lo absurdo. Ellos -los húngaros- diferían

esencialmente de sus autoridades orientales. He aquí un ejemplo: el alma -afirman, y cito las palabras de un agudo e

inteligente parisiense- ne demeure qu'une seule fois dans un corps sensible: au reste un cheval, un chien, un homme meme,

n' est que la ressemblance peu tangible de ces animaux (3).

Las familias de Berlifitzing y Metzengerstein hallábanse enemistadas desde hacía varios siglos. Jamás hubo dos casas tan

ilustres agriadas mutuamente Por una enemistad tan mortal. El origen de la enemistad parecía radicar en las palabras de

una antigua profecía: "Un augusto nombre sufrirá una espantosa caída cuando, como el jinete sobre su caballo, la

mortalidad de Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing".

Seguramente estas palabras significan poco o nada en sí mismas. Pero causas más triviales han dado origen -y no hace

falta que nos remontemos mucho- a consecuencias memorables. Además, los dominios de las casas rivales eran contiguos y

ejercían desde largo tiempo una influencia rival en los asuntos de un gobierno bullicioso. Por otra parte, vecinos tan

inmediatos son rara vez amigos y los habitantes del castillo de Berlifitzing podían contemplar desde sus elevados

contrafuertes las ventanas del palacio de Metzengerstein. Y no era en absoluto la magnificencia más que feudal así

ostentada al que intentaba mitigar los irritables sentimientos de los Berlifitzing, menos antiguos y menos ricos. ¿Cómo

extrañarse entonces de que las necias palabras de una predicción lograran hacer estallar y mantener viva la discordia

entre dos familias ya predispuestas al rencor por todas las razones de un orgullo hereditario?. La profecía parecía

entrañar, si es que entrañaba algo, el triunfo final de la casa más poderosa. Y lo más débiles y menos influyentes la

recordaban con amarga animosidad.

Wilhelm,conde de Berlifitzing, aunque de augusta estirpe, era en la época de nuestra narración un anciano achacoso y

chocho, que sólo se hacía notar por una loca e inveterada antipatía personal hacia la familia de su rival y por una

pasión desordenada hacía la equitación y la caza, a cuyos peligros ni su debilidad personal ni su incapacidad mental le

impedían dedicarse a diario.

Frederick, barón de Metzengerstein, no había alcanzado aún la mayoría de edad. Su padre, el ministro G..., había muerto

joven, y su madre, lady Mary, lo siguió muy pronto. Frederick tenía a la sazón dieciocho años, edad que no representa

casi nada en las ciudades; pero en una soledad, y en una soledad tan magnífica como la de aquella vieja soberanía, el

péndulo vibra con un sentido más hondo.

Debido a las peculiares circunstancias derivadas de la administración de su padre, el joven barón heredó, al morir aquél,

sus vastos dominios. Rara vez se había visto a un noble húngaro dueño de un patrimonio semejante. Sus castillos eran

incontables. El más esplendoroso, el más amplio, era el palacio Metzengerstein. La línea fronteriza de sus dominios nunca

había sido claramente definida, pero su parte principal abarcaba un circuito de cincuenta millas.

La herencia de un propietario tan joven, inmensamente rico y dotado de un carácter bien conocido, provocó pocas dudas

sobre su probable línea de comportamiento. En efecto, durante los tres primeros días la conducta del heredero excedió la

de Herodes y superó en magnificencia la expectación de sus admiradores más entusiastas. Vergonzosos libertinajes,

flagrantes felonías, atrocidades inauditas, hicieron comprender rápidamente a sus temblorosos vasallos que ni la servil

sumisión por parte de ellos, ni los escrúpulos de conciencia por parte del amo, les garantizarían de allí en adelante

contra las garras despiadadas del pequeño Calígula. Durante la noche del cuarto día estalló un incendio en las

caballerizas del castillo de Berlifitzing, y la opinión unánime agregó la acusación de incendiario a la ya horrenda lista

de delitos y enormidades del barón.

Pero durante el tumulto ocasionado por el accidente, el joven aristócrata se hallaba aparentemente sumido en meditación

en una amplia y desolada estancia enclavada en la parte alta del palacio solariego de Metzengerstein. Las ricas aunque

ajadas colgaduras, que cubrían fúnebremente las paredes, representaban figuras vagas y majestuosas de mil ilustres

antepasados. Aquí sacerdotes revestidos de rico manto de armiño y dignatarios pontificales sentábanse familiarmente con

el autócrata y el soberano, vetaban los deseos de un rey temporal o contenían con el fiar de la supremacía papal el cetro

rebelde del archienemigo. Allí las atenazadas y enormes figuras de los príncipes de Metzengerstein, montados en sus

briosos corceles de guerra, que pisoteaban los cadáveres del enemigo caído, sobrecogían los nervios más firmes con su

vigorosa expresión; y allí también las figuras voluptuosas, como de cisnes, de las damas de antaño flotaban lejos, en el

laberinto de una danza irreal, a los sones de una melodía imaginaria.

Pero mientras el barón escuchaba o fingía escuchar el creciente alboroto en las caballerizas de Berlifitzing o meditaba

quizá algún nuevo acto de audacia aún más osado, sus ojos se volvieron sin querer hacia la figura de un enorme caballo

pintado con un color que no era natural, representado en el tapiz como perteneciente a un sarraceno antepasado de la

familia de su rival. El caballo aparecía en primer plano, inmóvil como una estatua, mientras más allá, hacia el fondo, su

derribado jinete perecía bajo el puñal de un Metzengerstein.

En los labios de Frederick se dibujó una sonrisa diabólica al darse cuenta de lo que sus ojos contemplaban

inconscientemente. No pudo, sin embargo, apartarlos de allí. Antes bien, una ansiedad abrumadora parecía caer sobre sus

sentidos como un paño mortuorio. A duras penas podía conciliar sus soñolientas incoherentes sensaciones con la certeza de

hallarse despierto. Cuanto más lo contemplaba, más absorbente era el encantamiento y más imposible le parecía poder

arrancar su mirada de la fascinación del tapiz. El tumulto del exterior se hizo de repente más violento y Frederick logró

concentrar su atención en los rojizos resplandores que las llameantes caballerizas proyectaban sobre las ventanas de la

estancia.

Su nueva actitud, empero, no duró mucho, y sus ojos volvieron a posarse maquinalmente en el muro. Para su indescriptible

horror y asombro, la cabeza del gigantesco corcel parecía haber cambiado de posición durante aquel intervalo. El cuello

del animal, antes curvado, como si la compasión lo hiciera inclinarse sobre el postrado cuerpo de su amo, se tendía ahora

en dirección al barón. Los ojos, antes invisibles, mostraban una expresión enérgica y humana y brillaban con un extraño

resplandor rojizo, como de fuego; y los abiertos belfos de aquel caballo aparentemente furioso permitían ver sus

sepulcrales y repulsivos dientes.

Estupefacto de terror el joven aristócrata se dirigió tambaleante hacia la puerta. En el momento de abrirla, un relámpago

de luz roja flameó dentro de la habitación proyectando claramente su sombra sobre la trémula tapicería, y Frederick se

estremeció al ver que aquella sombra (mientras él permanecía vacilante en el umbral) asumía la postura exacta y llenaba

completamente el contorno del implacable y triunfante matador del Berlifitzing sarraceno.

Para aliviar la depresión de su espíritu, el barón salió presuroso al aire libre. En la puerta principal del palacio

encontró a tres caballerizos, que con gran dificultad y con riesgo de sus vidas trataban de calmar los convulsivo saltos

de un gigantesco caballo de color de fuego.

-¿De quién es este caballo? ¿Dónde lo habéis encontrado? -preguntó el joven con un tono tan sombrío como colérico, al

reconocer inmediatamente que el misterioso corcel de la tapicería era la réplica exacta del furioso animal que tenía ante

los ojos.

-Es vuestro, señor -contestó uno de los caballerizos-, o al menos no sabemos que nadie lo reclame. Lo capturamos cuando

huía echando humos y espumeante de rabia de las caballerizas incendiadas del conde de Berlifitzing. Suponiendo que era

uno de los caballos extranjeros del conde fuimos a devolverlo, pero los mozos negaron haber visto nunca al animal, lo

cual es extraño puesto que muestra señales evidentes del fuego del que se ha librado de milagro.

-Las letras W. V. B. están cláramente marcadas en su frente -interrumpió el segundo caballerizo-. Como es natural

supusimos que eran las iniciales de Wilhelm van Berlifitzing, pero en el castillo niegan terminantemente que el caballo

les pertenezca.

-¡Es muy extraño! -dijo el joven barón con aire pensativo y sin cuidarse al parecer del sentido de sus palabras-. Como

decís, es un caballo notable, un caballo prodigioso, aunque, como justamente observáis, tan peligroso como intratable...

Pues bien, dejádmelo -agregó luego de una pausa-, quizá un jinete como Frederick de Metzengerstein sepa domar hasta el

mismísimo diablo de las cuadras de Berlifitzing.

-Os engañáis, señor; este caballo, como creo haberos indicado, no proviene de las cuadras del conde, pues, en tal caso,

conocemos muy bien nuestro deber para traerlo a presencia de vuestra familia.

-¡Cierto! -observó secamente el barón.

En aquel momento un ayuda de cámara llegó corriendo desde el palacio todo sofocado. Musitó al oído de su amo para

informarle de la repentina desaparicion de un pequeño trozo de la tapicería de cierto aposento, agregando numerosos

detalles tan precisos como concretos. Pero como comunicó todo aquello en un tono de voz muy bajo no se escapó nada que

pudier satisfacer la excitada curiosidad de los caballerizos.

Mientras duró el relato del paje, el joven Frederick pareció agitado por muy diversas emociones. No obstante, pronto

recobró la calma, y una expresión de resuelta perversidad afloró a su rostro cuando daba órdenes perentorias para que la

estancia en cuestión fuera al punto cerrada y se le entregara inmediatamente la llave.

-¿Habéis oído la noticia de la lamentable mUerte del viejo cazador Berlifitzing? -dijo uno de sus vasallos al barón

cuando, después de marcharse el ayuda de cámara, el enorme corcel, que el noble acababa de adoptar como suyo, redoblaba su furia, mientras lo llevaban por la larga avenida que se extendía desde el palacio hasta las caballerizas de los

Metzengerstein.

-¡No! -exclamó el barón, volviéndose bruscamente hacia el que hablaba-. ¿Que ha muerto, dices?

-Es cierto, señor, y pienso que para un noble de vuestro apellido no será una noticia desagradable.

Una rápida sonrisa cruzó por el rostro del barón.

-¿ Cómo ha muerto?

-Entre las llamas, cuando se esforzaba imprudentemente por salvar una parte de sus caballos de caza favoritos.

-¡Re...al...men...te! -exclamó el barón, pronunciando cada sílaba como si una idea apasionante se apoderara en ese

momento de él.

-¡Realmente! -repitió el vasallo.

-¡Espantoso! -dijo tranquilamente el joven que regresó en silencio al palacio.

Desde aquella fecha, una notable alteración tuvo lugar en la conducta exterior del disoluto barón Frederick von

Metzengerstein. Su conducta defraudó todas las esperanzas y se mostró en completo desacuerdo con las expectativas y

manejos de más de una madre de niña casadera; al mismo tiempo, sus hábitos y maneras siguieron diferenciándose más que

nunca de los de la aristocracia circundante. Jamás se lo veía allende los límites de sus dominios y en su vasto mundo

ocial carecía de compañero, a menos que aquel extraño e impetuoso corcel de ígneo color, que montaba continuamente,

tuviera algún misterioso derecho a ser considerado como su amigo.

A pesar de lo cual y durante largo tiempo llegaron a palacio las invitaciones de nobles vinculados con su casa.

-¿Honrará el barón nuestras fiestas con su presencia?

-¿ Vendrá el barón a cazar con nosotros a una montería de jabalíes?

Las altaneras y lacónicas respuestas eran siempre:

-Metzengerstein no irá a la caza.

-Metzengerstein no concurrirá.

Aquellos repetidos insultos no podían ser tolerados por una aristocracia igualmente arrogante. Las invitaciones se

hicieron menos cordiales, menos frecuentes, hasta que cesaron por completo. Se oyó incluso a la viuda del infortunado

conde de Berlifitzing expresar su esperanza de que «el barón tuviera que quedarse en su casa cuando no deseara estar en

ella, puesto que desdeñaba la compañía de sus iguales, y que cabalgara cuando no quisiera cabalgar, puesto que prefería

la compañía de un caballo».

Estas palabras eran tan sólo el estallido de un rencor hereditario y probaban simplemente el poco sentido que tienen

nuestras palabras cuando queremos que sean especialmente enérgicas.

Los más caritativos, sin embargo, atribuían aquella alteración en la conducta del joven noble al natural dolor de un hijo

por la pérdida prematura de sus padres; ni que decir tiene que olvidaban su atroz y despreocupada conducta durante el

breve período que siguió de cerca a aquellas muertes. No faltaban quienes presumían en el barón un concepto excesivamente altanero de la dignidad. Otros (entre los cuales cabe mencionar al médico de la familia) no vacilaban en hablar de una

melancolía morbosa y mala salud hereditaria; la multitud hacía correr oscuras insinuaciones de naturaleza más equívoca.

Por cierto que el perverso cariño del joven barón por su caballo -cariño que parecía acendrarse a cada nueva prueba que

daba el animal de sus feroces y demoníacas inclinaciones- llegó a ser a la larga, a los ojos de los hombres, un cariño

horrible y contra natura. Bajo el resplandor del mediodía, en la oscuridad nocturna, enfermo o sano, en la calma o en la

borrasca, el joven Metzengerstein parecía estar clavado a la montura de aquel caballo colosal, cuya indomable audacia

armonizaba tan bien con su manera de ser.

Había, por añadidura, circunstancias que unidas a los últimos acontecimientos conferían un carácter extraterreno y

portentoso a la manía del jinete y a las posibilidades del corcel. Habíase medido cuidadosamente la longitud de sus

saltos, que excedían de manera asombrosa las conjeturas más fantásticas. El barón no usaba ningún nombre especial para su caballo pese a que todos los demás de su propiedad lo tenían. Su caballeriza también estaba situada a cierta distancia de

las otras, y sólo su amo osaba penetrar allí y acercarse al animal para darle de comer y ocuparse de su limpieza. Era

además notable que, aunque lo tres mozos que lo habían capturado cuando huía del incendio de Berlifitzing lo habían

contenido por medio de una cadena y de un lazo, ninguno de los tres podía afirmar con certeza que durante aquella

peligrosa lucha o en otro momento posterior hubiesen puesto sus manos sobre el cuerpo de la bestia.

Esas pruebas de una inteligencia especial en la conducta de un caballo lleno de ardor no tiene por qué provocar una

atención fuera de lo común; pero ciertas circunstancias se imponían a los espíritus más escépticos y flemáticos; se

afirmó incluso que, a veces, la asombrada multitud que contemplaba a la bestia había retrocedido horrorizada ante la

profunda e impresionante significación de su terrible apariencia; ciertas ocasiones en que, incIuso el joven

Metzengerstein, retrocedía palideciendo ante la expresión repentina y penetrante de aquellos ojos casi humanos del corcel.

Nadie dudó, sin embargo, del ardiente y extraordinario cariño que sentía el joven por las fogosas cualidades de su

caballo. Nadie, salvo un insignificante pajecillo contrahecho que interponía su fealdad en todas partes y cuyas opiniones

poseían muy poca importancia. Este paje (si es que merece la pena mencionar sus opiniones) tenía el descaro de afirmar

que su amo no saltaba nunca a la silla sin un estremecimiento tan inexplicable como imperceptible y que al regresar de

cada una de sus interminables y habituales correrías, cada rasgo de su rostro aparecía reformado por una expresión de

triunfante malignidad.

Cierta tempestuosa noche, al despertar de un pesado sueño, Metzengerstein bajó como un maníaco de su estancia y montando a caballo a toda prisa se precipitó hacia las profundidades de la selva. Un hecho tan corriente no llamó especialmente la

atención, pero sus criados esperaron con intensa ansiedad su regreso; pocas horas después de su partida, los muros del

magnífico y suntuoso palacio de Metzengerstein empezaron a crujir ya temblar hasta sus cimientos bajo la acción de una

masa densa y lívida de indomable fuego.

Cuando fueron vistas aquellas llamas por primera vez era demasiado tarde; habían hecho ya tan terribles progresos que

todos los esfuerzos por salvar una parte cualquiera del edificio eran evidentemente inútiles; la atónita muchedumbre se

concentró alrededor envuelta en un silencio y patético asombro. Pero pronto un nuevo y pavoroso objeto atrajo la atención

de la multitud, demostrando hasta qué punto es más intensa la excitación provocada en ella por la contemplación de una

agonía humana que la causada por los espectáculos más aterradores de la materia inanimada.

Por la larga avenida de añosos robles, que formaba el principio de la floresta y que conducía hasta la entrada del

palacio de Metzengerstein, se vio venir un corcel dando enormes saltos, que llevaba en su silla un jinete sin sombrero y

con las ropas revueltas, semejante al verdadero Demonio de la Tempestad. Indiscutiblemente el jinete no dominaba aquella

carrera. La angustia de su rostro, los esfuerzos convulsivos de todo su cuerpo patentizaban una lucha sobrehumana; pero

ningún sonido, salvo un solo grito, escapó de sus labios desgarrados, que se mordía una y otra vez en la intensidad de su

terror. Por un momento resonó el golpeteo de los cascos, agudo y penetrante, por sobre el mugido de las llamas y el

aullido del viento; un instante después, franqueando de un solo salto el portón y el foso, el corcel se precepitó por la

escalinata del palacio y desapareció con su jinete en aquel torbellino de caótico fuego.

La furia de la tempestad cesó de inmediato, siendo sucedida por una profunda y sorda calma. Una blanca llamarada envolvía

aún el edificio como un sudario, mientras en la serena atmósfera brillaba un resplandor sobrenatural, mientras caía

pesadamente sobre los muros una nube de humo mostrando distintamente la colosal figura de un... caballo.

(1)."En vida era tu azote; muerto será tu muerte"

(2)."Proviene de no poder estar solos"

Mercier, en Lán deux mille quatre cents cuarante, mantiene seriamente las doctrinas de la metempsícosis y J. D´Israeli

afirma que "no hay ningun sistema tan sencillo y que repugne menos a la inteligencia". Se dice asimismo que el coronel

Ethan Allen, "el muchacho de las montañas verdes", era asimismo un adepto de la metempsícosis. (Nota de Edgar Allan Poe)

(3). "Solo permanece una vez en un cuerpo sensible: por lo demas, un caballo, un perro, un hombre mismo, no es sino la

semejanza poco tangible de esos animales".

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