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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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domingo, 13 de abril de 2008

CUENTOS PARA NO DORMIR -- VARIOS AUTORES

CUENTOS PARA NO DORMIR
VARIOS CUENTOS
VARIOS AUTORES





La declaración de Randolph Carter
por Howard Phillips Lovecraft

Les repito, caballeros, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que ustedes llaman justicia; pero yo no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar se lo he contado a ustedes con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro... A esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.
Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo – casi espero – que ha encontrado la paz y el olvido definitivos, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo más íntimo, y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería de desear, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadas y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel en la única escena que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla – y espero fervientemente que lo fueran –, pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro... o algo desconocido que no puedo describir.
Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos en idiomas que no entiendo. La mayoría, creo, son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal – el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo – que provocó los acontecimientos, estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones..., ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba ininterrumpidamente de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años. Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenia la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche.
Desde luego, tenía mucho que ver con e1 libro que Warren llevaba – aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de la India un mes antes –, pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cypress. Probablemente es cierto, aunque yo no lo recuerdo claramente. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semi transparentes. El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda y húmeda hondonada, cubierta de musgo y de maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes veíanse señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un silencio letal de siglos. Por encima del borde de la hondonada la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriante vegetación.
Mi primera impresión vívida de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadas, en tanto que mi compañero habia cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos las azadas y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura.
Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contemplar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azada como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.
Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su melíflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.
– Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie – dijo –, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a una muerte o una locura probables. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata... Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.
Todavía puedo oír, en mi recuerdo, aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y justó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.
Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la negra abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oir el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez.
Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.
Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí absolutamente nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. El, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:
– ¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!
No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:
– ¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble!
Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:
– Warren, ¿qué es? ¿Qué es?
De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:
– ¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo... ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo... ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!
Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:
– ¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate... es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!
Le oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:
– ¡Dale esquinazo! ¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa y dale esquinazo, Carter! La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo.
Formé y grité una decisión:
- ¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar!
Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:
– ¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre... es lo único que puedes hacer ahora por mí.
El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experi mentaba por mi suerte.
– ¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!
No traté de contradecirle; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.
– ¡Carter, apresúrate! Todo es inútil... tienes que huir... es mejor uno que dos... la losa... Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:
– Todo va a terminar... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo... no pierdas más tiempo... hasta nunca, Carter... no volveremos a vernos.
E1 susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos...
– ¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!
Después, silencio. Ignoro durante cuantos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:
– ¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahi?
Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya he dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oido para escuchar. Grité de nuevo: «Warren, ¿estás ahí?», y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro. No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la consciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural. inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí, y no se nada más... La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos... La oí surgiendo de las abismáticas profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.
Y esto fue lo que dijo:
«¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!»
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Hombre con manías
por Robert Bloch


Serían mas o menos las diez cuando salí del hotel. La noche era cálida y necesitaba beber algo.
Era insensato probar en el bar del hotel porque el lugar era como un manicomio. La Convención de jugadores de bolos también lo había invadido.
Bajando por Euclid Avenue tuve la impresión de que todo Cleveland estaba lleno de jugadores de bolos. Y lo curioso es que la mayoría de ellos parecían ir en busca de algo que beber. Cada taberna que pase estaba abarrotada de hombres en mangas de camisa, con sus distintivos. Y no porque necesitaran identificación, la mayor parte llevaba en la mano la característica bolsa con la bola dentro.
Cuando Washington Irving escribió sobre Rip van Winkle y los enanos, demostró que entendía perfectamente a los ju- gadores de bolos. Bueno, en esta Convención no había enanos..., solo bebedores de tamaño natural. Cualquier zumbido de truenos de las distantes montañas hubiera sido ahogado por los gritos y las carcajadas.
Yo deseaba quedar al margen. Así que deje Euclid y seguí andando al azar, en busca de un lugar tranquilo. Mi propia bolsa empezaba a pesarme. En realidad, me proponía llevarla a la estación y dejarla en consigna hasta la hora del tren, pero antes necesitaba beber.
Por fin encontré un lugar. Era un local oscuro, tétrico, pero también desierto. El encargado de la barra estaba completamente solo, en un extremo, escuchando un partido por radio.
Me senté cerca de la puerta y deposite la bolsa sobre el taburete, a mi lado. Pedí una cerveza:
-Traigame una botella - dije - , así no tendré que interrumpirle.
Lo hacia solo por mostrarme amable, pero podía haberme evitado la molestia. Antes de tener la oportunidad de volver a su partido, entro otro cliente.
-Whisky doble, olvidese del agua.
Levanté la cabeza.
Los jugadores de bolos habían ocupado efectivamente la ciudad. El cliente era un hombre grueso, de unos cuarenta anos, con arrugas que le Ilegaban casi arriba de la calva. Lle- vaba abrigo y la inevitable bolsa: negra, abultada, muy pa- recida a la mía. Mientras le miraba, la colocó cuidadosamente sobre el taburete contiguo y alcanzó su vaso.
Echó la cabeza hacia atrás y tragó. Pude ver el movimiento de su cuello blancuzco. Luego empujó el vaso vacío:
-Otro - dijo al de la barra- . Y baje la radio, ¿quiere, Mac?
Sacó un puñado de billetes. Por un momento la expresión del de la barra dudo entre una mueca y una sonrisa. Pero al ver los billetes lloviendo sobre la barra, ganó la sonrisa. Se encogió de hombros, manipulo el control del volumen y redujo la voz del comentarista a un lejano zumbido. Yo sabia lo que estaba pensando: "Si me pidiera cerveza le mandaría al infierno, pero este tío esta pagando whisky".
El segundo vaso bajo casi tan de prisa como el volumen de la radio.
-Otro- ordenó el fornido.
El de la barra volvió, le sirvió, cogió el dinero, lo metió en la caja registradora y marchó al extremo del mostrador. Allí se agachó sobre la radio, tratando de captar la voz del comentarista.
Contemplé como desaparecía el tercer vaso. El cuello del desconocido era, ahora, de un rojo vivo. Tres vasos de whisky en dos minutos producen maravillas en la tez. También sueltan la lengua.
-Juegos de pelota- masculló el desconocido .- No comprendo como alguien puede escuchar ese rollo... - Se secó la frente y me miró . -A veces, uno tiene la idea de que no hay nada mas en el mundo que aficionados al béisbol. Un puñado de locos desgañitándose por nada, durante todo el verano. Luego viene el otoño y empiezan los partidos de fútbol. Exactamente igual, solo que peor. Y tan pronto termina, empieza el baloncesto. ¡Santo Dios!, pero que ven en ello?
-Todo el mundo tiene alguna manía - dije.
-Sí. Pero, ¿qué clase de manía es esta? Quiero decir, ¿quién puede excitarse al ver a un grupo de monos peleando por agarrar una pelota? No me digan que les importa de verdad quien pierda o quien gane. Muchos van a un partido por diferentes razones. ¿Ha ido alguna vez a ver un partido, Mac?
-Alguna que otra vez.
-Entonces ya sabe de lo que estoy hablando. Les ha oído allí; les ha oído gritar. Esta es la razón por la que van..., por gritar. Y,¿ qué es lo que gritan? Se lo diré : ¡Matad al arbitro! Si, eso es lo que gritan: ¡Muerte al arbitro!
Terminé rápidamente lo que me quedaba de cerveza y empecé a bajar del taburete.
-Venga, una mas, Mac - me dijo . -Le invito.
Sacudí la cabeza.
-Lo siento, tengo que coger el tren a medianoche.
Miró el reloj.
-Tiene tiempo de sobra.
Abrí la boca para protestar, pero el de la barra estaba ya abriendo una botella y sirviendo whisky al forastero. Este volvía a hablarme:
-El fútbol es peor. Uno puede hacerse mucho daño jugando al fútbol, algunos se lastiman de verdad. Y esto es lo que la gente quiere ver. Y chico, cuando empiezan a gritar pidiendo sangre, se le revuelve a uno el estomago.
-No sé. Después de todo, es una forma inocente de liberar las represiones.
Puede que me entendiera, puede que no, pero asintió con la cabeza.
-Libera algo, como usted dice, pero no estoy seguro de que sea tan inocente. Fijese en el boxeo y en la lucha libre. ¿Llama usted deporte a eso? ¿Le llamaria pasatiempo, manía...?
-Bueno- ofrecí ,- a la gente le gusta ver c6mo se sacuden.
-Claro, solo que no lo confiesan. -Su rostro ahora estaba completamente rojo; empezaba a sudar .- ¿Y qué me dice de la caza y la pesca? Si lo piensa bien, viene a ser lo mismo. Só1o que ahí es uno mismo el que mata. Coge un arma y dispara contra un pobre animal tonto. 0 corta un gusano vivo y lo mete en un anzuelo y el anzuelo corta la boca de un pez, y usted lo encuentra excitante, ¿no?, cuando entra el anzuelo y pincha y destroza...
-Espere un momento. Puede que no este mal. ¿Que es un pez? Si asi se evita que la gente sea sadica...
-Déjese de palabras rimbombantes - me interrumpió. Luego me guin6 el ojo .- Sabe que es cierto. Todo el mun-do siente esta necesidad, tarde o temprano. Ni los juegos ni el boxeo les satisfacen realmente. Asi que, de vez en cuando o con frecuencia, necesitamos tener una guerra. Entonces hay una buena excusa para matar de verdad. Millones.
Nietzsche creia ser un filosofo lugubre. Tenfa que haber sabido lo de los whiskis dobles.
-¿Que soluci6n encuentra? - Me esforce por eliminar el sarcasmo de mi voz . -¿Cree que se haria menos dano si se suprimieran las leyes contra el crimen?
-Tal vez. - El calvo contempó su vaso vacio .- Depende de quien fuera asesinado. Supóngase que solo se asesinaran a vagos y vagabundos. 0 a las putas, quiza. Ya me entiende, alguien sin familia, sin parientes, sin nada. Alguien que no se echara en falta. Uno podria salirse sin que le cogieran.
Me incline hacia delante, y mirandole fijamente le pregunté:
-¿Cree que podria?
No me miró. Contempó su bolsa antes de contestar.
-Entiendame, Mac - dijo con una sonrisa forzada . Yo no soy un asesino. Pero estaba pensando en un tipo que solía hacerlo. Aquí, en esta ciudad, ademas. Pero de eso hará unos veinte años.
-¿Le conoció? No, claro que no. Nadie le conocía, ahí esta lo bueno. Por eso se libraba siempre. Pero todo el mundo sabia de el. Lo único que había que hacer era leer los periódicos. - Terminó su vaso .- Le llamaban el Sajatorsos de Cleveland continuó- . En cuatro años cometió trece asesinatos, en Kingsbury y por los alrededores de Jackall Hill. La Policía se volvía loca tratando de encontrarle. Suponían que venía a la ciudad los fines de semana. Encontraba algún desgraciado o atraía a un vagabundo a un callejón o en los vertederos cerca de las vías. Les prometería darles una botella o algo. Y haría lo mismo con las mujeres. Después sacaba su navaja.
-Quiere decir que no eran pasatiempos, que no se engañaba. Iba a matar.
El hombre asintió.
-En efecto. Verdaderas emociones y un autentico trofeo final. Vera, le gustaba cortarles sus...
Me puse en pie y alargue la mano hacia la bolsa. El forastero se rió:
-No tenga miedo, Mac. Ese tío abandonó la ciudad en 1938 o así. Quizá cuando empezó la guerra se fue a Europa y allí se alistó. Formara parte de algún comando y así siguió haciendo lo mismo..., solo que entonces era un héroe en lugar de un asesino. ¿Me comprende?
-Tranquilo- le dije .- Le comprendo muy bien. Pero, no se lo tome así. La teoría es suya, no mía.
Bajó la voz:
-¿ Teoría? Puede que sí, Mac. Pero esta noche he tropezado con algo que le impresionaría de verdad. ¿Por que supone que he estado tragando todos esos vasos?
-Todos los jugadores de bolos beben - le dije . -Pero si realmente piensa así de los deportes, ¿cómo se ha hecho jugador de bolos?
El calvo se acercó a mi:
-Un hombre tiene derecho a tener manías, Mac, o estallaría. ¿Entiende?
Abrí la boca para contestarle, pero antes de poder hacerlo oí otro ruido. Ambos lo oímos a la vez..., el zumbido de una sirena en la calle.
El de la barra levantó la cabeza y comentó:
-Parece como si viniera hacia aquí, ¿verdad?
EI calvo se puso de pie y se encaminó a la puerta. Corrí tras el:
-Tome, no se olvide de la bolsa.
Ni me miró. Murmuró:
-Gracias. Gracias, Mac.
Y se fue. No se quedó en la calle, sino que se perdió por un callejón entre dos edificios cercanos. En un momento desapareció. Me quedé en el umbral mientras la sirena atronaba la calle. Un coche patrulla paró frente a la taberna, pero no paró el motor. Un sargento de uniforme llegaba siguiéndole por la acera, corriendo, y se paró sin aliento. Miro la acera, miró el interior de la taberna, me miró a mi.
-¿Ha visto a un hombre grueso, calvo, con una bolsa de jugador de bolos?- jadeó.
Tuve que decirle la verdad.
-Pues, si. Salió de aquí no hace ni un minuto...
-¿En que dirección?
Señalé entre los dos edificios y el gritó unas órdenes a los hombres del coche patrulla. El coche arrancó y el sargento se quedó atrás.
-Cuenteme - me dijo, empujándome otra vez dentro.
-Esta bien, pero, ¿de que se trata?
-Asesinato. En el hotel de la Convención de jugadores de bolos. Hace cosa de una hora. El botones le vio salir de la habitación de una mujer, y sospechó que era un amigo del bien ajeno, porque le vio utilizar la escalera en lugar del ascensor.
-¿Amigo de lo ajeno?
-Ratero..., ¿sabe? Rondan las convenciones, se meten en las habitaciones y roban lo que pueden. En todo caso, este salió corriendo de la habitación. El botones se fijó bien en el y avisó al policía de la casa. El policía encontró a la mujer en la cama. Le había rebanado el cuello, y bien. Pero el tipo llevaba mucha ventaja.
Respire profundamente:
-El hombre que estaba aquí - dije .- Robusto, calvo... Estuvo hablandome de el Sajatorsos de Cleveland. Pero pensé que estaba borracho o que...
-La descripción del botones concuerda con la que nos dio un vendedor de periódicos de esta calle. Le vio venir hacia aquí. Como usted dice, era un tío robusto y calvo.
Se quedó mirando mi bolsa.
-Se llevó la suya, ¿verdad?
Afirme con la cabeza.
-Esto fue lo que nos ayudo a seguirle hasta aquí. Su bolsa de jugador de bolos.
-¿Alguien la vio?, ¿la describió?
-No, no hacia falta describirla. ¿Se fijó en que vine corriendo por la acera? Estaba siguiendo el rastro. Y aquí mismo..., eche una mirada al suelo, debajo del taburete. Mire. Como puede observar no llevaba una bola en su bolsa. Las bolas no gotean.
Me senté en mi taburete y la habitación pareció dar vueltas. No me había fijado en la sangre antes. Levante la cabeza. Un policía entró en el local. Había venido corriendo a juzgar por cómo resoplaba, pero su rostro no estaba sofocado. Tenia un color blanco verdoso.
-¿Le alcanzaron?- preguntó el sargento.
-Lo que quedó de el. - El policía apartó la mirada .- No quiso detenerse. Disparamos por encima de su cabeza, a lo mejor oyó usted el disparo. Saltó valla que hay detrás de esta manzana, corrió hacia la vía y lo arrolló un mercancías.
-¿Esta muerto?
El sargento soltó una palabrota entre dientes.
-Entonces no podemos estar seguros - comentó . -Quiza, después de todo, no era mas que un ratero.
-Ya lo vera - dijo el policía .- Hanson trae su bolsa. Cayó lejos de el cuando el tren le embistió.
En aquel momento, otro policía entró con la bolsa. El sargento se la quitó de las manos y la puso sobre el mostrador.
-¿Era esta la que llevaba? - me preguntó.
-Si.
La voz se me pego a la garganta. Me volví, no quería ver como el sargento abría la bolsa. Ni quería ver sus rostros cuando miraran dentro. Pero, naturalmente, les oí. Creo que Hanson se mareó.
Di al sargento mi declaración oficial, tal como me pidió. Quería un nombre y una dirección y se los di. Hanson tomó nota de todo y me hizo firmar.
Le conte la conversación con el desconocido, toda la teoria del asesinato como manía o pasatiempo, la idea de elegir a los desgraciados de este mundo como víctimas, porque nadie les echaría en falta.
-Suena a loco, cuando se habla así, ¿verdad? Yo todo el tiempo creí que hacia comedia.
El sargento miró la bolsa y luego me miró a mi:
-No era comedia. Era, probablemente, la manera de funcionar de la mente de un asesino. Conozco bien su historia..., todos los de la Policía han estudiado los casos de el Sajatorsos, durante años. La historia concuerda. El asesino dejó la ciudad hace veinte anos, cuando la cosa se puso dificil . Probablemente se alistó en Europa y, tal vez, se quedó en los países ocupados cuando terminó la guerra. Después sintió la necesidad de volver a empezar de nuevo.
-¿Por que? -pregunté.
-¡Quien sabe! Puede que para el fuera un pasatiempo. Una especie de juego. Quizá le gustaba ganar trofeos. Pero imaginese el valor que tuvo, metiendose en plena Convención de jugadores de bolos y Ilevando a cabo semejante cosa. Con una bolsa para poder Ilevarse...
Imagino que se fijó en mi expresión, porque apoyó su mano en mi hombro.
-Perdóneme. Comprendo cómo se siente. Estuvo en gran peligro, hablando así con el. Probablemente el mas inteligente de los asesinos psicópatas que jamas hayan vivido. Considerase afortunado.
Asentí y me dirigí a la puerta. Todavía podría alcanzar el tren de medianoche. Coincidía con el sargento sobre el riesgo corrido, y sobre el mas inteligente de los asesinos psicópatas del mundo.
También estuve de acuerdo en lo afortunado que era. Quiero decir cuando, en el ultimo momento, el ratero salió huyendo de la taberna y yo le entregue la bolsa que goteaba. Fue una suerte para mi que jamas pudiera darse cuenta de que había cambiado mi bolsa por la suya.
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Ecos
por Lawrence C.Conolly


Marie se quedo de pie en la cocina, con la mirada fija en los pájaros imantados que haba sobre la puerta de la nevera. Poco después, Billy grita desde la sala reclamando leche para su hermano Paul. Ella no contestó. Paul hacía tres meses que había muerto.
-¿Mami?- Miro a su alrededor, intentando recordar para qué haba ido a la cocina.-¡Mami! Paul quiere leche. ¿Puedes traérsela?
El juego no podía continuar. Empezaba a ser aburrido. Billy ya era lo suficientemente mayor como para comprender la muerte, para poder comprender que era imposible que Paul estuviese en la sala mirando la televisión. Billy tenía seis anos. Paul, de no haberse ido, tendría cinco.
Dio la vuelta para regresar a la sala y sintió el agudo e hiriente dolor en su espalda, que el médico le había dicho que sentiría el resto de su vida. Marie tenia veintinueve anos. El resto de su vida... Eso era mucho tiempo si moría de vieja y no de otro accidente. Se preguntó si alguna vez podría considerar el dolor como algo normal.
La sala estaba a oscuras. Antes del desayuno había intentado correr las pesadas cortinas azules pero Billy no le había dejado. Se había vuelto un chico casero, y prefería las habitaciones oscuras antes que el mundo exterior. Prefería la compañía de su hermano muerto antes que h de los niños vivos. Se sentaba solo, apoyándose en el brazo del diván, con el cuerpo grácilmente lacio.
Era sorprendente la rapidez con que su joven cuerpo se había recuperado. Los miedos habían desaparecido. Sus huesos rotos ya estaban soldados. Observándolo, era difícil pensar que también resultó afectado. Un donut entero estaba sobre la mesita. Ella lo señaló y dijo:
-¿No te lo vas a comer?
El negó con la cabeza.
-Se lo he dejado a Paul, pero no se lo comerá si no le traes leche. Esta enfadado porque no le has preparado el desayuno.
Ella miró a la televisión y preguntó:
-¿Qué están dando?
-Edge of Night. Paul quiere saber si...
-¿No hay ningún programa infantil?
-Si, pero tu pusiste este canal. ¿Te acuerdas? Lo pusiste, y luego te fuiste a la cocina. Paul dice...
-Bueno, mejor lo quitamos. Tengo dolor de cabeza y...
-¿Por qué haces esto?
-Que cosa?
-Hablar de otras cosas cuando yo hablo de PauI.
-¿Qué quieres para almorzar?
-¿Mami?
Estaba a punto de llorar, y ella estuvo a punto de ceder, a punto de decirle ¡hola! al espacio vacío junto a Billy, a punto de ir a la cocina a por leche. Seria fácil seguir el juego. Ella lo sabia. Ya lo había hecho antes. Y algunas veces se había convencido a si misma de que Paul estaba allí...
-¿Mami?
Ella se dio la vuelta, conocedora de que, si la discusión continuaba, Billy saldría ganando. Y ella no lo podía permitir. La noche pasada, Roger había regresado pronto a casa y los había encontrado a los dos hablándole a Paul. Roger entonces impuso su ley. Le había dicho que no era adecuada tal farsa. No lo era para nadie. Volvió a mirar hacia el diván, a su hijo mayor qUe volvía a ser un niño solitario, y le dijo:
-Luego quiero que vayas al colmado. Nos estamos quedando sin mantequilla.
Billy empezó a mordisquear el donut intacto. Marie se preguntó si lo estaba consiguiendo.
Mas tarde, cuando la hueca tarde empezó a tornarse oscura, Roger se sirvió un martini y le preguntó qué tal había ido el día. Ella le contestó que bien, y el, tomando una silla, se sentó frente a ella, al otro extremo de la mesa de la cocina. El ya no llevaba la escayola en el cuello, pero ella podía ver que el dolor no mejoraba. El médico no quería que trabajase la jornada completa, pero Roger no era de los que aceptan órdenes. Seguramente se serviría dos martinis mas antes de cenar. La televisión seguía conectada en la sala. Billy se había pasado todo el día frente al aparato, mirando todo lo que habían puesto en el canal 4. El sonido seguía estando demasiado alto. Roger miró por encima del hombro de Marie hacia la sala, y algo en su expresión inquieto a su esposa. Se temía lo que iba a venir.
-Marie - dijo el .-¿Por que está encendido el televisor?
-Por favor, Roger, deja al niño.
Ella se lo había insinuado. Seguro que seria suficiente. Pero miro hacia otro lado cuando se levantó de la mesa. El se acercó a la sala. La televisión quedo en silencio.
-No quiero que hagas esto - dijo, regresando a la cocina .- No quiero que sigas con ese juego en una sala vacía.
Ella gritó. Luego intentó contarle la conversación que había tenido con Billy aquella mañana. Pero cada vez que ella empezaba, el le preguntaba por la cena, o por sus labores, o por la señora Burke, su vecina. Poco después, cuando pareció inútil insistir, ella se puso el abrigo y se acercó al colmado a por mantequilla. Quedaba a cinco manzanas. E1 paseo era doloroso, pero ella no quería conducir. Ya no se sentía segura en un coche.
Roger quedó atrás en la casa vacía. Se sirvió el segundo martini, preguntándose si lo estaba consiguiendo.
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La condena
por Maximiliano Ferzzola (MadMax)

*
I
Ahí entra ella, lo sé, la escucho...la presiento. Cierro los ojos, me hago el dormido. Se acerca lentamente, y yo... víctima,
inocente e inconsciente, quedo inmóvil. Se sienta a mi lado, la cama se hunde y mi cuerpo toca suavemente el suyo, su calor me
estremece. Me mira, siento sus ojos clavarse en mi ser y esa mirada me daña el alma destruida por el pasado. Su tierna mano
toca mi frente y nuevamente me estremezco. Pero solo me aterrorizo cuando escucho su dulce voz maternal decir:
-despierta, mi amor, se te hace tarde para la escuela....Ya te tengo el desayuno listo...chocolatada...tu favorita....
Era un martirio, ¿porqué tenía que ser tan amable? ¿Cuándo acabará este suplicio?... AHORA!!!!, esto debe terminar
AHORA!!!! Debe morir, aunque me condene nuevamente...
Y así, Sr. Juez, la ira y el afán de ser libre me cegó. De un ágil salto me reincorporé, tomé el adornito de la mesa de luz, ese
angelito de alas extendidas que ella había puesto ahí para que me protegiera. Y una y otra vez la inocencia de aquel adorno se
tiñó de rojo contra la cabeza de mi madre. Nunca olvidaré su cara, Sr. Juez, mezcla de dolor y sorpresa, y lo peor, es que no
se defendió, ella sólo dejó que el angelical ala se clavara repetidas veces en su cabeza, sin inmutarse, sólo me miraba a los
ojos, como preguntando el porqué. Cuando reaccioné, yo estaba cubierto de sangre, de la sangre de mi sangre, y ella tendida
sobre la cama con el cráneo abierto y sus sesos desparramados por toda la habitación. Y esa imagen me enloqueció, pense en
mi futuro... ¿qué seria de un niño de 10 años sin madre? ¿Qué dispondría la justicia de mí? Demasiadas preguntas y la única
respuesta era la muerte. Y el por eso de esta carta Sr. Juez, le quiero contar mi historia, tal vez en busca de perdón o tal vez
sólo porque necesite hacerlo, tómelo como una advertencia, en su trabajo siempre hay oportunidades para hacer lo peor.
Usted me conoce como Jonathan, pero mi verdadero nombre es Frank Dream, si... yo sé que suena complicado, pero siga
leyendo y lo comprenderá. Yo era un asesino a sueldo, trabajaba Freelance como se dice, pero generalmente era la mafia la
que me contrataba, le dejo estos papeles que detallan sus manejos corruptos, no voy a ser el único que caiga, después de todo
ellos tienen parte de la culpa de que yo me encuentre en esta posición. Como le decía, yo era Frank Dream, y trabajaba como
asesino, puede chequear sus archivos, y verá que esa persona existió y que además tenía antecedentes policiales. Cierto día
recibo un llamado de Robert Belushi, algo así como el padrino de la mafia de este olvidado costado del mundo. Tenía un
trabajito para mí y quería que fuera a su “oficina” para darme los detalles. Recuerdo ese día, por que fue uno de los más
calurosos de 1988, y el aire acondicionado de mi auto no andaba, así que llegué todo sudado a mi cita y Belushi hizo un
gracioso comentario al respecto. Me dejó refrescarme en su baño y luego me contó la misión.
Parece ser, que había un grupo de ciudadanos, los cuales se hacían llamar “Los vigilantes” que cansados del trato que sufrían
por parte de la mafia y con el apoyo de la policía, estaban molestando a mi jefe. La situación era grave, ya habían confiscado
un par de cargamentos de armas, armas que ahora eran usadas contra sus dueños originales, lograron hackear la computadora
del contador de la “cosa nostra” e iban a utilizar esa data en los jurados, habían logrado despachar varios integrantes
importantes de la organización, y por lo visto no iban a detenerse hasta acabar de raíces con la entidad que presidía Robert
Belushi. Mi misión era acabar con la existencia del líder de “Los vigilantes” Jonathan Swamp y dar ejemplo de lo que era capaz
de hacer la mafia para acabar con las “molestias”. Esperé hasta la noche y partí hacia la casa de Jonathan Swamp.

*
II
Luego de acabar con mi objetivo, me recuerdo colgado de cadenas hirvientes, que llagaban mis muñecas, totalmente desnudo
y con heridas que supuraban un líquido negro y viscoso. Un insoportable dolor en lo más profundo de mi ser me hacía
imposible descansar en esa estancia con paredes de fuego de las que se desprendían alaridos que taladraban mi mente, estaba
rodeado por personas empaladas por el ano que todavía conservaban su consciencia, me miraban y extendían sus brazos en
señal de ayuda. El piso completamente inundado de gusanos, sangre y visceras se movía de un lado a otro tragando a aquellos
que atrevieran pisarlo. Mas allá había una especie de piscina llena de escorpiones, arañas, víboras y hormigas y en medio de
toda esa fauna un humano suplicando por perdón. Pero eso no era nada, lo que realmente me aterrorizaba era esa figura en el
medio de la habitación, con cara como de gato como de cabra, que sentada en su trono de huesos humanos me miro, como
examinándome por un tiempo infinito, semanas, meses, años ¿quién podría decirlo?
Su cara reflejaba sabiduría, odio, aburrimiento, ira todo al mismo tiempo y no me sacaba los ojos de encima. Yo inmerso en un
éxtasis entre locura y cordura, del que no moría, pero creí morir varias veces, creí estar mas loco que nadie, creí ver a mis
peores miedos tatuados en la piel, creí que esto era para siempre, creí que este era el fin, pero... tal vez 20 años después la
criatura habló, y su voz me hizo recobrar parcialmente la cordura como para escucharla.
-Cuéntame tu historia y tal vez... solo tal vez, te dé otra oportunidad. Cuéntame como te has condenado.
Entonces narre con lujo de detalles, como maté aquella vez a esos tres vagabundos sólo porque me pidieron una moneda en
un mal día, le conté acerca de las mil muertes que ocasionó mi bomba en el congreso y como me deshice de aquel policía
torturándolo por tres días porque no tenía otra cosa que hacer. ÉL parecía disfrutarlo, y entre nosotros Sr. Juez YO tambien.
Y así seguí y seguí y seguí, tal vez otros tres años, hasta llegar a la fatal noche en la que perdí la vida. Y en esto seré mas
detallado para con Ud. Sr. Juez, ya que es de vital importancia para entender mi historia y mi suplicio.

*
III
La tarde del 5 de enero de 1988 me había llamado Robert Belushi, como ya le había comentado al principio de esta carta,
para exterminar una molestia, Jonathan Swamp. Por lo tanto a la noche ya me encontraba apostado frente a la residencia
Swamp vigilando sus movimientos. Primero salió la esposa de Jonathan, Jenifer Swamp, a comprar cigarrillos y mientras ella no
estaba, llegó su hijo adolescente, Frank Swamp, con unos amigos; al cabo de media hora regresó Jenifer y 5 minutos después
los amigos de Frank se van. Jenifer se pone a cocinar un rico asado al horno, y unos 20 minutos después llega Jonathan. La
familia estaba unida, era el momento perfecto...
Silenciosamente me deslicé por su jardín, la oscuridad de aquella noche me hizo mucho más fácil la labor. Observé por la
ventana unos minutos mientras comían y sin más, apunté mi automática al pecho de Frank, y sólo tuve que apretar el gatillo
para ver como el pequeño se desplomaba de su silla dejando un río de sangre sobre su plato de asado. Lo demás sucedió en
cámara lenta, el chico se cayó de su silla, sus padres lo miraban y no entendían que estaba sucediendo, Jonathan sacó su
revólver y fue hacia la puerta de atrás, donde lo estaba esperando, cuchillo en mano. Nomás cruzó el umbral mi cuchillo entró
por su estómago. Y luego todo se aceleró, tomé a Jonathan por los pelos, lo tire al interior de la casa donde estaba su esposa
con un tremendo cuchillo de cocina aguardando alguna víctima, alguien que le hiciera olvidar el dolor de ver morir a su hijo,
levante a Jonathan del suelo, le apunte a la cabeza y ordené a Jenifer que tirara el cuchillo. Lo hizo. Después, metí la pistola en
la boca de Jonathan y ordené a la mujer que se desnude. Entre insultos, lágrimas y nervios tambien lo hizo. Lo que sigue es lo
más recuerdo, tal vez porque fue lo que desencadeno mi desgracia. Me abalance sobre ella, le arranque las prendas intimas
restantes, que tal vez por pudor no se había sacado, saqué mi miembro erecto y la penetré una y otra vez, tuve tres orgasmos
adentro de ella y le puedo asegurar Sr. Juez que fueron los mejores tres orgasmos de mi puta vida. Ella quedó destrozada,
modestia aparte, sobre la mesa en la cual se había consumado el hecho, cerré mi cremallera y saqué la automática para rematar
a Jonathan, pero él ya no estaba donde lo había dejado, un sendero de sangre lo reemplazaba, este me indicaba que había ido
hacia unos de los baños. Seguí el sendero pero en cierto lugar desaparecía, mire para todos lados y nada, después lo ultimo
que recuerdo fue un ruido como de disparo y algo frío entrando por mi cabeza. Con el transcurso de los años me entere que
Jonathan se había escondido detrás de una de las puertas y que de ahí vino su certero disparo, y tambien me entere que luego
de dispararme murió.

*
IV
Al terminar mi historia, la criatura parecía complacida y dijo:
-Interesante...me has entretenido y eso es difícil de lograr, te daré otra oportunidad...
Luego una luz blanca me envolvió, vi la cabeza de un señor vestido de médico a través de lo que parecía ser una cueva y sus
manos que tomaban mi cabeza intentando sacarme. Después ese señor me agarró de los pies y dijo algo así como:
-Es un varoncito ¿cómo lo va a llamar Señora Swamp?
-Jonathan, en honor a su padre, Jonathan Swamp.
Dicho esto mi madre me agarro y me abrazo, y sentí por primera vez su calor maternal, y ahí Sr. Juez fue cuando comenzó mi
infierno.
Se dará cuenta ahora el porque de la decisión de quitarme la vida, Sr. Juez, prefiero volver a ese averno de paredes de fuego
y horribles mutilaciones, que seguir viviendo en este infierno personal en donde soy el fruto de la atroz violación que cometí
sobre mi madre diez años atrás.

Frank Dream o Jonathan Swamp
Enero de 1998
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La gallina degollada
por Horacio Quiroga


Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitósamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así 1o sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
- ¡Hijo, mi hijo querido! – sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
- A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido.
Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
- ¡Sí...! ¡sí...! – asentía Mazzini –. Pero dígame; ¿Usted cree que es herencia, que...?
- En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su jovcn maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
- Me parece – díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
- Es la primera vez – repuso al rato – que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
- De nuestros hijos, ¿me parece?
- Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta asi? – alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
- ¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
- ¡Ah, no! – se sonrió Berta, muy pálida – ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! – murmuró.
- ¿Qué, no faltaba más?
- ¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
- ¡Dejemos! – articuló, secándose por fin las manos.
- Como quieras; pero si quieres decir...
- ¡Berta!
- ¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su compla cencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
- ¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
- Bueno, es que me olvido ; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
- ¡No, no te creo tanto!
- Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
- ¡Qué! ¿Qué dijiste...?
- ¡Nada!
- Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido
tú!
Mazzini se puso pálido.
- ¡Al fin! – murmuró con los dientes apretados –. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
- ¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos
como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
- ¡Vibora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al amimal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
- ¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta Ilegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
- ¡Que salgan, María! ¡Echelos! ¡Echelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse en seguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
- ¡Suéltame! ¡Déjame! – gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
- ¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! – lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y
cayó.
- Mamá, ¡ay! Ma...
No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
- Me parece que te llama – le dijo a Berta.
Prestaron oído inquietos pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
- ¡Bertita!
Nadie respondió.
- ¡Bertita! – alzó mas la voz ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnbre para su corazón simpre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
- ¡Mi hija, mi hija! – corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre.
Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso conteniéndola:
- ¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
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El extraño caso del señor Valdemar
por Edgar Allan Poe


No pretenderé, naturalmente, opinar que no exista motivo alguno para asombrarse de que el caso extraordinario del señor Valdemar haya promovido una discusión. Sería un milagro que no hubiera sucedido así, especialmente en tales circunstancias. El deseo de todas las partes interesadas en mantener el asunto oculto al público, al menos hasta el presente o hasta que haya alguna oportunidad ulterior para otra investigación, y nuestros esfuerzos a ese efecto han dado lugar a un relato mutilado o exagerado que se ha abierto camino entre la gente, y que llegará a ser el origen de muchas falsedades desagradables, y, como es natural, de un gran descrédito.
Se ha hecho hoy necesario que exponga los hechos, hasta donde los comprendo yo mismo. Helos sucintamente aquí:
Durante estos tres últimos años ha sido repetidamente atraída mi atención por el tema del mesmerismo o hipnotismo animal, y hace nueve meses, aproximadamente, se me ocurrió de pronto que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una muy notable y muy inexplicable omisión: nadie había sido aún hipnotizado in articulo mortis. Quedaba por ver, primero, si en semejante estado existía en el paciente alguna sensibilidad a la influencia magnética; en se gundo lugar, si, en caso afirmativo, estaba atenuada o aumentada por ese estado; en tercer lugar, cuál es la extensión y por qué período de tiempo pueden ser detenidas las intrusiones de la muerte con ese procedimiento. Había otros puntos que determinar; pero eran éstos los que mas excitaban mi curiosidad, el último en particular, dado el carácter enormemente importante de sus consecuencias.
Buscando a mi alrededor algún sujeto por medio del cual pudiese comprobar esas particularidades, acabé por pensar en mi amigo el señor Ernesto Valdemar, compilador muy conocido de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las traducciones polacas de Wallenstein y de Gargantúa. El señor Valdemar, que había residido principalmente en Harlem. N. Y., desde el año de 1839, es (o era) notable sobre todo por la excesiva delgadez de su persona – sus miembros inferiores se parecían mucho a los de John Randolp – y también por la blancura de sus cabellos, que, a causa de esa blancura, se confundían de ordinario con una peluca. De marcado temperamento nervioso, esto le hacía ser un buen sujeto para las experiencias magnéticas. En dos o tres ocasiones le había yo dormido sin dificultad; pero me sentí defraudado en cuanto a otros resultados que su peculiar constitución me había hecho, por supuesto, esperar. Su voluntad no quedaba en ningún momento positiva o enteramente bajo mi influencia, y respecto a la clairvoyance (clarividencia), no pude realizar con él nada digno de mención. Había yo atribuido siempre mi fracaso a esas cuestiones relacionadas con la alteración de su salud.
Algunos meses antes de conocerle, sus médicos le habían diagnosticado una tisis comprobada. Era, en realidad, costumbre suya hablar con toda tranquilidad de su cercano fin como de una cuestión que no podía ni evitarse ni lamentarse.
Respecto a esas ideas a que he aludido antes, cuando se me ocurrieron por primera vez, pensé como era natural, en el señor Valdemar. Conocía yo la firme filosofía de aquel hombre para temer cualquier clase de escrúpulos por su parte, y no tenía él parientes en América que pudiesen, probablemente, intervenir. Le hablé con toda franqueza del asunto, y ante mi sorpresa, su interés pareció muy excitado. Digo ante mi sorpresa, pues aunque hubiese él cedido siempre su persona por libre albedrío para mis experimentos, no había demostrado nunca hasta entonces simpatía por mis trabajos. Su,enfermedad era de las que no admiten un cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal. Quedó, por último, convenido entre nosotros que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su muerte.
Hace más de siete meses que recibí la siguiente esquela del propio señor Valdemar:
«Mi querido P***:
»Puede usted venir ahora. D*** y F** están de acuerdo en que no llegaré a las doce de la noche de mañana, y creo que han acertado con el plazo exacto o poco menos.
VaIdemar. »
Recibí esta esquela una media hora después de haber sido escrita, y a los quince minutos todo lo más, me encontraba en la habitación del moribundo. No le había visto en diez días, y me quedé aterrado de la espantosa alteración que en tan breve lapso se había producido en él. Su cara tenía un color plomizo, sus ojos estaban completamente apagados, y su delgadez era tan extremada, que los pómulos habían perforado la piel. Su expectoración era excesiva. El pulso, apenas perceptible. Conservaba, sin embargo, de una manera muy notable sus facultades mentales y alguna fuerza física. Hablaba con claridad, tomaba algunas medicinas calmantes sin ayuda de nadie, y cuando entré en la habitación, se ocupaba en escribir a lápiz unas notas en un cuadernito de bolsillo. Estaba incorporado en la cama, gracias a unas almohadas. Los doctores D*** y F*** le prestaban asistencia.
Después de haber estrechado la mano del señor Valdemar, llevé a aquellos caballeros aparte y obtuve un minucioso informe del estado del paciente. El pulmón izquierdo se hallaba desde hacía ocho meses en un estado semióseo o cartilaginoso y era, por consiguiente, de todo punto inútil para cualquier función vital. El derecho, en su parte superior, estaba también parcial, si no totalmente osificado, mientras la región inferior era sólo una masa de tubérculos purulentos, conglomerados. Existían varias perforaciones extensivas, y en cierto punto había una adherencia permanente de las costillas. Estas manifestaciones en el lóbulo derecho eran de fecha relativamente reciente. La osificación había avanzado con una inusitada rapidez; no se había descubierto ningún signo un mes antes, y la adherencia no había sido observada hasta tres días antes. Con independencia de la tisis, se sospechaba un aneurisma de la aorta, en el paciente; pero sobre este punto, los síntomas de osificación hacían imposible un diagnóstico exacto. En opinión de los dos médicos, el señor Valdemar moriría alrededor de medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete de la noche del sábado.
Al separarse de la cabecera del doliente para hablar conmigo, los doctores D*** y F*** le dieron un supremo adiós. No tenían intención de volver; pero, a requerimiento mío, consintieron en venir a visitar de nuevo al paciente hacia las diez de la noche inmediata.
Cuando se marcharon hablé libremente con el señor Valdemar sobre su cercana muerte, así como en especial del experimento proyectado. Se mostró decidido a ello con la mejor voluntad, ansioso de efectuarlo, y me apremió para que comenzase en seguida. Estaban allí para asistirle un criado y una sirvienta; pero no me sentí bastante autorizado para comprometerme en una tarea de aquel carácter sin otros testimonios de mayor confianza que el que pudiesen aportar aquellas personas en caso de accidente repentino. Iba a aplazar, pues, la operación hasta las ocho de la noche siguiente, cuando la llegada de un estudiante de Medicina, con quien tenia yo cierta amistad (el señor Teodoro L***l), me sacó por completo de apuros. Mi primera intención fue esperar a los médicos; pero me indujeron a obrar en seguida, en primer lugar, los apremiantes ruegos del señor Valdemar, y en segundo lugar, mi convicción de que no podía perder un momento, pues aquel hombre se iba por la posta.
El señor L***l fue tan amable, que accedió a mi deseo de que tomase notas de todo cuanto ocurriese, y gracias a su memorándum, puedo ahora relatarlo en su mayor parte, condensando o copiando al pie de la letra.
Faltarían unos cinco minutos para las ocho, cuando, cogiendo la mano del paciente, le rogué que manifestase al señor L***l, lo más claramente que le permitiera su estado, que él (el señor Valdemar) tenía un firme deseo de que realizara yo el experimento de hipnotización sobre su persona en aquel estado.
Replicó él, débilmente, pero de un modo muy audible:
– Sí, deseo ser hipnotizado – añadiendo al punto – : Temo que lo haya usted diferido demasiado.
Mientras hablaba asi, comencé a dar los pases que sabía ya eran los más eficaces para dominarle. Estaba él, sin duda, influido por el primer pase lateral de mi mano de parte a parte de su cabeza; pero, aunque ejercité todo mi poder, no se manifestó ningún efecto hasta unos minutos después de las diez, en que los doctores D*** y F*** llegaron, de acuerdo con la cita. Les expliqué en pocas palabras lo que me proponía hacer, y como ellos no opusieron ninguna objeción, diciendo que el paciente estaba ya en la agonía, proseguí, sin vacilación, cambiando, no obstante, los pases laterales por otros hacia abajo, dirigiendo exclusivamente mi mirada a los ojos del paciente.
Durante ese rato era imperceptible su pulso, y su respiración estertorosa y con intervalos de medio minuto.
Aquel estado continuó inalterable casi durante un cuarto de hora. Al terminar este tiempo, empero, se escapó del pecho del moribundo un suspiro natural, aunque muy hondo, y cesó la respiración estertorosa, es decir, no fue ya sensible aquel estertor; no disminuían los intervalos. Las extremidades del paciente estaban frías como el hielo.
A las once menos cinco percibí signos inequívocos de la influencia magnética. El movimiento giratorio de los ojos vidriosos se convirtió en esa expresión de desasosegado examen interno que no se ve nunca más que en los casos de somnambulismo, y que no se puede confundir. Con unos pocos pases laterales rápidos hice estremecerse los párpados, como en un sueño incipiente, y con otros cuantos más se los hice cerrar. No estaba yo satisfecho con esto, a pesar de todo, por lo que proseguí mis manipulaciones de manera enérgica y con el más pleno esfuerzo de voluntad, hasta que hube dejado bien rígidos los miembros del durmiente, después de colocarlos en una postura cómoda, al parecer. Las piernas estaban estiradas por entero; los brazos, casi lo mismo, descansando sobre el lecho a una distancia media de los riñones. La cabeza estaba ligeramente levantada.
Cuando hube realizado esto eran las doce dadas, y rogué a los caballeros allí presentes que examinasen el estado del señor Valdemar. Después de varias pruebas, reconocieron que se hallaba en un inusitado y perfecto estado de trance magnético. La curiosidad de ambos médicos estaba muy excitada. El doctor D*** decidió en seguida permanecer con el paciente toda la noche, mientras el doctor F*** se despidió, prometiendo volver al despuntar el día. El senor L***l y los criados se quedaron allí.
Dejamos al señor Valdemar completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la madrugada; entonces me acerqué a él, y le encontré en el mismo estado que cuando el doctor F*** se marchó, es decir, tendido en la misma posición. Su pulso era imperceptible; la respiración, suave (apenas sensible, excepto al aplicarle un espejo sobre la boca); los ojos estaban cerrados con naturalidad, y los miembros, tan rígidos y f.ríos como el mármol. A pesar de todo el aspecto general no era en modo alguno el de la muerte.
Al acercarme al señor Valdemar hice una especie de semiesfuerzo para que su brazo derecho siguiese al mío durante los movimientos que éste ejecutaba sobre uno y otro lado de su persona. En experimentos semejantes con el paciente no había tenido nunca un éxito absoluto, y de seguro no pensaba tenerlo ahora tampoco; pero, para sorpresa mía, su brazo siguió con la mayor facilidad, aunque débilmente, todas las direcciones que le indicaba yo con el mío. Decidí arriesgar unas cuantas palabras de conversación.
– Señor Valdemar – dije –, ¿duerme usted?
No respondió, pero percibí un temblor en sus labios, y eso me indujo a repetir la pregunta una y otra vez. A la tercera, todo su ser se agitó con un ligero estremecimiento; los párpados se levantaron por sí mismos hasta descubrir una linea blanca del globo; los labios se movieron perezosamente, y por ellos, en un murmullo apenas audible, salieron estas palabras:
– Sí, duermo ahora. ¡No me despierte!... ¡Déjeme morir así!
Palpé sus miembros, y los encontré más rígidos que nunca. El brazo derecho, como antes, obedecía la dirección de mi mano... Pregunté al somnámbulo de nuevo:
– ¿Sigue usted sintiendo dolor en el pecho, señor Valdemar?
La respuesta fue ahora inmediata, pero menos audible que antes:
– No siento dolor... ¡Estoy muriendo!
No creí conveniente molestarle más, por el momento, y no se dijo ni se hizo ya nada hasta la llegada del doctor F***, que precedió un poco a la salida del sol; manifestó su asombro sin límites al encontrar al paciente todavía vivo. Después de tomarle el pulso y de aplicar un espejo a sus labios, me rogó que hablase de nuevo al somnámbulo. Asi lo hice, diciendo.
– Señor Valdemar, ¿sigue usted dormido?
Como antes, pasaron algunos minutos hasta que llegó la respuesta, y durante ese intervalo el yacente pareció reunir sus energías para hablar. Al repetirle por cuarta vez la pregunta, dijo él muy débilmente, de un modo casi ininteligible:
– Sí, duermo aún... Muero.
Fue entonces opinión o más bien deseo de los médicos que se dejase al señor Valdemar permanecer sin molestarle en su actual y, al parecer, tranquilo estado, hasta que sobreviniese la muerte, lo cual debía de tener lugar, a juicio unánime de ambos, dentro de escasos minutos. Decidí, con todo, hablarle una vez más, repitiéndole simplemente mi pregunta anterior.
Cuando lo estaba haciendo se produjo un marcado cambio en la cara del somnámbulo. Los ojos giraron en sus órbitas despacio, las pupilas desaparecieron hacia arriba, la piel tomó un tinte general cadavérico, pareciendo no tanto un pergamino como un papel blanco, y las manchas héticas circulares, que antes estaban muy marcadas en el centro de cada mejilla, se disiparon de súbito. Empleo esta expresión porque lo repentino de su desaparición me hizo pensar en una vela apagada de un soplo. El labio superior al mismo tiempo se retorció, alzándose sobre los dientes, que hacía un instante cubría por entero, mientras la mandíbula inferior cayó con una sacudida perceptible, dejando la boca abierta por completo y al descubierto, a simple vista, la lengua hinchada y negruzca. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho mortuorio; pero el aspecto del señor Valdemar era en aquel momento tan espantoso y tan fuera de lo imaginable, que hubo un retroceso general alrededor del lecho.
Noto ahora que he llegado a un punto de este relato en que todo lector, sobrecogido, me negará crédito. Es mi tarea, no obstante, proseguir haciéndolo.
No había ya en el señor Valdemar el menor signo de vitalidad, y llegando a la conclusión de que había muerto, le dejábamos a cargo de los criados cuando observamos un fuerte movimiento vibratorio en la lengua. Duró esto quizá un minuto. Al transcurrir, de las separadas e inmóviles mandíbulas salió una voz tal, que sería locura intentar describirla. Hay, en puridad, dos o tres epítetos que podrían serle aplicados en cierto modo; puedo decir, por ejemplo, que aquel sonido era áspero, desgarrado y hueco; pero el espantoso conjunto era indescriptible, por la sencilla razón de que sonidos análogos no han hecho vibrar nunca el oido de la Humanidad. Había, sin embargo, dos particularidades que – así lo pensé entonces, y lo sigo pensando – pueden ser tomadas justamente como características de la entonación, como apropiadas para dar una idea de su espantosa peculiaridad. En primer lugar, la voz parecía llegar a nuestros oídos – por lo menos, a los míos – desde una gran distancia o desde alguna profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo realmente que me sea imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o viscosas impresionan el sentido del tacto.
He hablado a la vez de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido era de un silabeo claro, o aún más, asombrosa, espeluznantemente claro. El señor Valdemar hablaba, sin duda, respondiendo a la pregunta que le había yo hecho minutos antes. Le había preguntado, como se recordará, si seguía dormido. Y él dijo ahora:
– Sí, no; he dormido..., y ahora..., ahora... estoy muerto.
Ninguno de los presentes fingió nunca negar o intentó reprimir el indescriptible y estremecido horror que esas pocas palabras, así proferidas, tan bien calculadas, le produjeron. El señor L***l (el estudiante) se desmayó. Los criados huyeron inmediatamente de la habitación, y no pudimos inducirles a volver a ella. No pretendo hacer inteligibles para el lectar mis propias impresiones. Durante una hora casi nos afanamos juntos, en silencio – sin pronunciar una palabra – nos esforzamos en hacer revivir al señor L***l. Cuando volvió en sí proseguimos juntos de nuevo el examen del estado del señor Valdemar.
Seguía bajo todos los aspectos tal como he descrito últimamente, a excepción de que el espejo no recogía ya señales de respiración. Una tentativa de sangría en el brazo falló. Debo mencionar también que ese miembro no estaba ya sujeto a mi voluntad. Me esforcé en balde por que siguiera la dirección de mi mano. La única señal real de influencia magnética se manifestaba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que dirigía yo una pregunta al señor Valdemar. Parecía él hacer un esfuerzo para contestar, pero no tenía ya la suficiente voluntad. A las preguntas que le hacía cualquier otra persona que no fuese yo, parecía absolutamente insensible, aunque procuré poner a cada miembro de aquella reunión en relación magnética con él. Creo que he relatado cuanto es necesario para hacer comprender el estado del somnámbulo en aquel período. Buscamos otros enfermeros, y a las diez salí de la casa en compañía de los dos médicos y del señor L***l.
Por la tarde volvimos todos a ver al paciente. Su estado seguía siendo exactamente el mismo. Tuvimos entonces una discusión sobre la conveniencia y la posibilidad de despertarle, pero nos costó poco trabajo ponernos de acuerdo en que no serviría de nada hacerlo. Era evidente que, hasta entonces, la muerte (o lo que suele designarse con el nombre de muerte) había sido detenida por la operación magnética. Nos pareció claro a todos que el despertar al señor Valdemar sería, sencillamente, asegurar su instantáneo o, por lo menos, su rápido fin.
Desde ese período hasta la terminación de la semana última – en un intervala de casi siete meses – seguimos reuniéndonos todos los días en casa del señor Valdemar, de cuando en cuanda acompañados de médicos y otros amigos. Durante ese tiempo, el somnánbulo seguía estando exactamente tal como he descrito ya. La vigilancia de los enfermeros era continua.
Fue el viernes último cuando decidimos, por fin, efectuar el experimento de despertarle, o de intentar despertarle, y es acaso el deplorable resultado de este último experimento el que ha dado origen a tantas discusiones en los círculos privados, en muchas de las cuales no puedo por menos de ver una credulidad popular injustificable. A fin de sacar al señor Valdemar del estado de trance magnético, empleé los acostumbrados pases. Durante un rato resultaron infructuosos. La primera señal de su vuelta a la vida se manifestó por un descenso parcial del iris. Observamos como algo especialmente notable que ese descenso de la pupila iba acompañado de un derrame abundante de un licor amarillento (por debajo de los párpados) con un olor acre muy desagradable.
Me sugirieron entonces que intentase influir sobre el brazo del paciente, como en los pasados días. Lo intenté y fracasé. El doctor F*** expresó su deseo de que le dirigiese una pregunta. Lo hice del modo siguiente:
– Señor Valdemar, puede usted explicarnos cuáles son ahora sus sensaciones o deseos?
Hubo una reaparición instantánea de los círculos héticos sobre las mejillas; la lengua se estremeció, o más bien se enrolló violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron tan rígidos como antes), y, por último, la misma horrenda voz que ya he descrito antes prorrumpió:
– ¡Por amor de Dios!... De prisa.-., de prisa..., hágame dormir o despiérteme de prisa..., ¡de prisa!... ¡Le digo que estoy muerto!
Estaba yo acorbadado a más no poder, y durante un momento permanecí indeciso sobre lo que debía hacer. Intenté primero un esfuerzo para calmar al paciente, pero al fracasar, en vista de aquella total sus pensión de la voluntad, cambié de sistema, y luché denodadamente por despertarle. Pronto vi que esta tentativa iba a tener un éxito completo, o, al menos, me imaginé que sería completo mi éxito, y estoy seguro de que todos los que permanecían en la habitación se preparaban a ver despetar al paciente.
Sin embargo, es de todo punto imposible que ningún ser humano estuviera preparado para lo que ocurrió en la realidad.
Cuando efectuaba yo los pases magnéticos, entre gritos de «¡Muerto, muerto!», que hacían por completo explosión sobre la
lengua, y no sobre los labios del paciente, su cuerpo entero, de pronto, en el espacio de un solo minuto, o incluso en menos tiempo, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió terminantemente bajo mis manos. Sobre el 1echo, ante todos los presentes, yacía una masa casi líquida de repugnante, de aborrecible putrefacción.
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La Operación
por José León Cano


Con delicada saña pasó la hoja del bisturí sobre la piel rozándola apenas. Al hacerlo, sintió la euforia de un patinador sobre hielo que acabara de realizar una graciosa pirueta. El vientre desnudo de la muchacha se ofrecía a sus manos de cirujano como un fruto prohibido. Luego posó sus dedos enguantados sobre la tentación del pubis y el ombligo y no pudo evitar un hondo estremecimiento. Era la adolescente más hermosa que había tocado en su vida. Advirtió cómo, pese a la anestesia, la piel de la enferma se erizaba con aquel contacto. Tenía diecisiete años y había ingresado poco tiempo atras en el hospital, aquejada de una peritonitis. Era necesario operar de inmediato.
"En el mejor de los casos -pensó- le quedará la huella de la cuchillada para siempre."
Esta idea le produjo un extraño sentimiento, en el que participaban por igual la compasión y la complacencia. Porque con el bisturí entre las manos se creyó un ser todopoderoso, capaz de otorgar la vida o la muerte a su capricho, y en este último caso, impunemente. Al fin hundió su instrumento el Sitio preciso, y de la piel cortada comenzó a manar la sangre con una insistencia que a él casi le pareció gozosa.
El espectáculo de la sangre caliente puso en funcionamiento un tortuoso mecanismo de su mente, cuyo resultado (si de sangre femenina se trataba) era una creciente satisfacción de carácter sexual. Observar su roja fluidez, sentir su tibia textura, apreciar su olor agridulce y penetrante, su curso lento y cada vez más viscoso le estimulaba hasta la excitación, compensándole su impotencia crónica, sublimándole el temible deseo de la cópula. Por eso -reconoció eufórico- se había hecho cirujano.
La mañana, sin embargo, era especialmente desagradable y triste. Como lo habían sido, en general, los cuarenta años de su vida. La soledad y el resentimiento se acumulaban en su pasado, como esas grisáceas brumas de otoño que intentaban traspasar los grandes ventanales de¡ hospital. En compensación, deseó poseer de aquella chica algo más que el equívoco calor de la sangre: quiso experimentar el placer supremo de los sacerdotes aztecas ante la losa de los sacrificios. Proclamar, en su fuero interno, la realidad de un poder ilimitado.
La tentación del sacrificio fue acogida por su conciencia, al principio, con irónico distanciamiento. Pero la belleza de la muchacha le turbaba tanto como le exasperaba la imposibilidad de poseerla. Adivinó las apetecibles formas de sus muslos, sin duda desnudos y anhelantes bajo las sábanas. Deseó conocer su rostro y, suspendiendo su labor cisoria pero sin que su mano abandonara el bisturí, ordenó a una de las enfermeras que levantase la tela que lo cubría. El cabello rubio le caía, con abundancia casi impertinente, sobre la redonda tersura de los hombros. Le atrajo como una llamada imperiosa su boca entreabierta, de labios abultados y gesto sugerente. Sus pequeños senos quedaron igualmente al descubierto, palpitantes en el sincronismo de la respiración, en la dulce simetría de los pezones. Levantó uno de los párpados de la anestesiada y contempló la mirada ciega de un espléndido ojo azulado, en cuyo iris se reflejó la adusta y ansiosa cara del oficiante. Aunque la presencia de las dos enfermeras le impedían besar esa boca, atraer hacia el suyo aquel cuerpo delicioso, cuyo vientre acababa de conocer la violación simbólica de su bisturí, advirtió, por la forma en que le miraban, que una y otra estaban sorprendidas ante su inusual forma de actuar. No tuvo más remedio, por tanto, que volver a centrar su atención en la incisión del vientre.
Introdujo sus dedos en la herida y profanó el secreto de los intestinos. Descubrió la raíz del mal y operó con impecable destreza, sajando, saturando y cosiendo donde era menester. Pero oprimió también determinado conducto venoso, cierta zona vulnerable donde se concentraba el fluido de la vida. Un rayo de maldad iluminó su mente, producido por la insania de un placer prohibido. Porque oprimir ese punto era como apretar el corazón de la muchacha. Sentía en las yemas de los dedos el ritmo de la sangre detenida como los golpes de un tambor, y la muchacha sufrió las primeras convulsiones.
-¡Rápido! ¡La mascarilla de oxígeno!
Sabía ahora lo que significaba ser dueño de una vida, tenerla enteramente a su merced. Imaginó la inmensa alegría del verdugo con el hacha levantada, segundos antes de descargar el golpe mortal. Pero se contuvo, tratando de prolongar lo más posible aquel placer terrible y desconocido. Mientras las enfermeras le obedecían con puntualidad, colocando los conductos del oxígeno sobre la boca de la paciente, áflojó la presión de su mano. Su propia audacia le asustó, y a la vez que una parte de su ser se compadecía de la muchacha, la otra estaba exultante por el triunfo de su poder: la anestesia era impotente para contener el horror de la respiración entrecortado, ansiosa, y un alarido animal se escapó de la garganta de la chica. Flotó la sombra de la muerte en el quitófano, invocada por los dedos asesinos del cirujano.
-¡Es el corazón, doctor Rand!
-¡El corazón ... Sí... ¡Más oxígeno! ¡Inyectar escopolamina!
Pero los dedos de su mano segaran acariciando el conducto peligroso, y de nuevo volvía a ejercer presión sobre él. Tanta, que la cara de la muchacha se contrajo, echando espuma por la boca, y un tinte amoratado cubrió sus mejillas... Las enfermeras vieron cómo se nublaban los ojos del doctor Rand, cómo dejaba asomar la punta de su lengua y cómo trataba de ocultar, en vano, un obsceno gesto de placer. Mientras, el cuerpo de la muchacha se estremecía, su respiración se agotaba cada vez más, y la inminencia de un final inevitable parecía reflejarse en la terrible lucidez de sus ojos, triunfante a duras penas de la anestesia. Irrumpió, de pronto, toda la fuerza de su juventud. Se incorporó en un supremo esfuerzo, cayendo al suelo la rnascarilla de oxígeno, sin que los histéricos gestos de las enfermeras pudieran evitarlo. Pero la muerte segó su movimiento antes de que pudiera liberarse de aquella infame mano que oprimía sus entrañas. Cayó sobre la mesa de operaciones como un pelele, inundada de odio. Acto seguido, el semen fluyó y manchó los calzoncillos del doctor Rand.
El cuerpo sin vida de la muchacha componía una figura atroz mientras la sangre goteaba inexorablemente, manchando los ladrillos del suelo. Una última lágrima, producto tal vez de la desesperación póstuma, rodaba por su mejilla hasta sumirse en la magnificencia del cabello. Los brazos tensos, las manos agarrotadas, caían a ambos lados de la mesa, señalando en un imposible gesto acusatorio el charco de sangre cada vez mayor que se iba formando en el suelo. Los destrozos ocasionados en el vientre constituían un espectáculo nauseabundo, pues saltaba a la vista el pálido y complicado trenzado de las vísceras, el horrendo contraste de la incisión sanguinolento en una piel que rezumaba delicadeza y seguía inspirando el deseo, a pesar de todo.
El doctor Rand contemplaba su macabra labor atómal, como si le costara trabajo despertarse a la terrible realidad que había creado. Los ojos de la muchacha continuaban abiertos, y el horror que había sellado sus últimos momentos los seguían empujando fuera de las órbitas. «Si esos ojos pudieran volver a la vida y me miraran -pensó-, no podría soportarlo». Sintió asco de sí mismo, y al recordar su miserable acción no pudo evitar el vómito. Luego se puso a temblar, lloró sin proferir un solo gemido, y su camisa se empapó de un sudor viscoso y frío. En ese estado, ayudado por las dos enfermeras, logró salir del quirófano.
Regresó a su casa más temprano que de costumbre, agobiado por el peso de su conciencia, deseando dar cuanto le quedase de vida a cambio de poder borrar de su pasado lo sucedido por la mañana. Hay angustias que, el ser humano no puede soportar sin perder la razón, pero el doctor Rand no temía tanto esa pérdida como la horrorosa prueba de verse a solas consigo mismo, en la soledad de su casa. Pese a lo cual había traspasado la puerta de su apartado chalet una hora antes de lo acostumbrado, harto de vagar con su culpa a cuestas por las heladas calles de la ciudad. Estaba dispuesto a tomar un fuerte somnífero, beberse media botella de whisky y meterse inmediatamente en la cama con la esperanza de perder el sentido y, con un poco de suerte, no volver a recuperarlo nunca.
El sol, agonizante y perdido entre las brumas, aún repartía un poco de luminosidad por el cielo. Envuelto en sombras, fundiéndose con las del interior, un viento helado penetró en su casa cuando el doctor Rand abrió la puerta. Pulsó el interruptor de la luz, pero las bombillas no se encendieron. «Tal vez el viento -pensó- ha derribado algún poste, y por eso se ha cortado el fluido eléctrico.» El viento, en efecto, comenzaba a ulular por los intersticios de las ventanas mal cerradas. Aceptó que el inconveniente de vivir casi en el campo, aislado de las muchedumbres urbanas, era precisamente que los fenómenos de
la naturaleza se percibían con mayor intensidad, y sus consecuencias se sufrían de una forma más directa e inmediata. Pero apenas si le molestó esta fastidiosa circunstancia, sumido como estaba en la densa atmósfera de la desesperación. «Mejor si no hay luz -se dijo-. Así no tendré la oportunidad de verme la cara cuando pase delante de un espejo.»
A tientas, sin molestarse siquiera en encender un fósforo, se acercó al bar y cogió la botella de whisky, dirigiéndose con ella hacia el dormitorio. Dejó la botella sobre la mesilla de noche, cogió el somnífero de uno de los cajones, se lo tomó y se desvistió a oscuras. Una vez en la cama descorchó la botella y bebió un largo trago que le quemó las entrañas. Pero continuó bebiendo con celeridad hasta más allá de donde se había propuesto, y esperó luego la benigna llegada
de la inconsciencia.
Sin embargo, la acción del somnífero, combinada con la del alcohol, le produjo justamente un efecto contrarío al esperado, puesto que una aguda y distorsionada lucidez se adueñó de su mente, y recordó con espantosa claridad todas las imágenes de lo sucedido por la mañana. Vio de nuevo el cuerpo retorcido y jadeante de la muchacha. El calor de sus entrañas le seguía quemando la mano, y las lágrimas brotaron inútil y abundantemente de sus ojos. jamás se había sentido tan solo, tan deseoso de dar por terminada de una vez su miserable existencia.
El viento bramaba en los cristales, mientras la noche extendía por todas partes su negro poderío. El silencio comenzó a poblarse de susurros sigilosos, apenas audibles cuando el viento cesaba momentáneamente en su furia. Un calor nauseabundo, procedente del alcohol acumulado con exceso en el estómago, le anegó el cerebro, sin perder por ello la conciencia de sí, del mundo circundante y de los espantosos recuerdos de la mañana.
Creyó percibir cómo se abría lentamente, tal vez empujado por una mano invisible, la puerta de su dormitorio. Se incorporó sobresaltado, logrando reprimir un grito. Dedujo, en plena oscuridad, que era eso lo que estaba ocurriendo, habida cuenta del gruñido característico de las bisagras, de ese ruido familiar que ahora, sin embargo, le tenía paralizado. El gruñido se estiraba despacio, muy despacio, como si la fuerza que intentaba abrir esa puerta encontrara dificultades en el empeño o careciera absolutamente de prisa. Una angustia intolerable parecía querer arrancarle el corazón, y éste se resistía bombeando desesperadamente, reproduciendo en su propio pecho la horrible cadencia de latidos que su mano había cercenado por la mañana.
«Será una corriente de aire -trató de engañarse-. Sin duda es eso. Las ventanas no encajan como debieran. »
Pero el lento chirriar de las bisagras era demasiado lento, demasiado persistente y prolongado como para atribuirlo a una causa tan inocente. De pronto, un pavor irresistible se apoderó de su respiración, suspendiéndola: estaba viendo los dedos de una mano fosforescente, pálida como el papel, empujar la puerta.
Y entonces ya no pudo reprimir el grito que pugnaba por escapársele de las entrañas desde hacía largos minutos. Durante un segundo, su cerebro chisporroteó, espoleado por el terror, con mil ideas contradictorias. Quería levantarse rápidamente y cerrar la puerta, antes de que se abriera por completo, dejando ver la figura que la empujaba; quería extender el brazo izquierdo y encender la luz de la mesilla de noche; quería esconderse debajo de la cama; quería el poder de atravesar las paredes y lograr escapar de esta forma; quería que su tamaño se redujese hasta el punto de hacerse inencontrable; quería...
Pero lo cierto es que su cuerpo se negaba a obedecerle, que permanecía inmóvil sobre el lecho, que comunicaba a la cama las vibraciones de su temblor irreprimible, que su esfínter se había aflojado, que había desaparecido la tensión de la vejiga, y que el alma quería escapársele, aterrorizado, por todos los poros de su cuerpo.
La puerta, empujada por aquella mano inconcebible, continuaba lentamente su recorrido. El doctor Rand no veía otra cosa que el halo fosforescente de unos dedos acercándose cada vez más. Pero al fin la puerta se abrió del todo, y la figura abominable de una pesadilla se mostró a sus ojos. Algo como una leve gasa negra semi ocultaba la increíble fosforescencia de un cuerpo femenino desnudo, apenas esbozado entre las sombras, que portaba en la mano izquierda un bisturí. Pero lo que más impresionó al hombre acurrucado sobre la cama eran los movimientos rígidos, casi automáticos, de esa figura hierático cuya palidez semejaba la de un cadáver; la expresión de un rostro enajenado cuyos ojos sonámbulos, carentes de iris, aparecían con los glóbulos limpios como los ojos de las estatuas griegas; la boca entreabierta, grotesca, de belfo caído y dientes puntiagudos, de cuyas comisuras brotaba un líquido espeso y rojizo; el cabello enmarañado, pastoso, cuyo color pajizo lo hacía semejante a una estopa.
Escuchó un sonido gutural, inarticulado, mientras la figura, ya traspuesta del todo la puerta, señalaba a su vientre con la mano derecha. El doctor Rand observó entonces la existencia de una cicatriz sanguinolenta, y el miedo congeló la médula de sus huesos. Incapaz de reaccionar fue testigo del lento avance de la figura, cuyo bisturí expandía un brillo siniestro. Algo cayó entonces sobre su cabeza, ocultándole la visión e impidiéndole todo movimiento. Los últimos resortes del instinto le hicieron gritar de nuevo, con la desesperación atenazándole la garganta. Sus gritos se transformaron en aullidos cuando sintió la presencia de un cuerpo aplastándose contra el suyo, de una respiración afanosa junto a su cara cubierta por la sábana que no le dejaba moverse, de unas manos que aferraban tenazmente sus muñecas. Pero sus aullidos no le impidieron escuchar una voz femenina, proferida con tranquila furia:
-¡Cerdo!
Luego sintió la espantosa caricia del bisturí adentrándose en su vientre. En vano trató de incorporarse para repeler la agresión. No se lo permitieron la sábana que le había echado encima y las manos que le sujetaban. De nuevo sintió el bisturí adentrándose cruelmente en las entrañas, y otra vez escuchó la vengativa voz:
-¡Cerdo! ¡cerdo! ¡cerdo!
El insulto resonó largamente en su cerebro agonizante hasta las puertas mismas de la muerte. Las atravesó con el cuerpo cubierto de una infame mezcla: la que formaban su sangre y sus defecaciones. Aceptó como parte del castigo el no llegar a conocer la identidad de sus ejecutores. Si su mente no hubiera estado tan alterada por el somnífero, el alcohol y el remordimiento, no le hubiera costado trabajo reconocer a las dos enfermeras que le habían asistido durante la operación.
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El gusano vencedor
por Edgar Allan Poe



¡Mirad! Noche de fiesta,
Solemne; es del futuro
En los postreroa años de la vida.
Un coro de guerubes,
Alados, y con tules encubiertos,
Ajando con sus lágrimas los tules,
A un drama de terror y de esperanzas
Asisten en grandioso coliseo
Mientras exhala sobrehumana orquesta
La musica sublime de los cielos.
Mimos. de Dios imagen,
Moviendose veloces, con cautela
Murmuran: ¡Meros titeres que impulsa
La voluntad de inmensos y disformes
Seres que van mudando
La escena, y arrojando de sus alas
De cóndor, agitadas en la sombra,
La invisible desgracia!
¡Oh, nunca este confuso Drama será olvidado!
Nunca con su Fantasma, eternamente
Por un tropel en vano perseguido,
De circulo a traves, que siempre gira
Y torna al mismo sitio;
Siendo la esencia de la oscura trama
El horror, la locura y el delito.
Mas ved! Entre la turba
Mimica se introdujo una rastrera
Figura! Ser inmundo,
Cuerpo color de sangre que acechaba
Alla en la soledad del escenario,
Se tuerce! Se retuerce! Con mortales
Tormentos en su pasto se convierten
Los mimos; y los a.nqeles gimieron
Cuando sus viles uñas
Mancho con sangre humana el vil insecto.
Las luces se extinguieron!
Y todo yace extinto!
Y, por cubrir las formas Tremulas, e1 telón, funebre manto,
Cae con la rapidez de una tormenta.
Y palidos y mustios los querubes,
Irguiendose, arranchndose sus velos,
Afirman que la misera comedia
Es la tragedia " Hombre"
Y el inmundo gusano
El heroe vencedor de esta tragedia.
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SONETOS
por W.Shakespeare

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I
De los hermosos el retoño ansiamos
para que su rosal no muera nunca,
pues cuando el tiempo su esplendor marchite
guardará su memoria su heredero.
Pero tú, que tus propios ojos amas,
para nutrir la luz, tu esencia quemas
y hambre produces en donde hay hartura,
demasiado cruel y hostil contigo.
Tú que eres hoy del mundo fresco adorno,
pregón de la radiante primavera,
sepultas tu poder en el capullo,
dulce egoísta que malgasta ahorrando.
Del mundo ten piedad: que tú y la tumba,
ávidos, lo que es suyo no devoren.

*
II
Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos
y ahonden surcos en tu prado hermoso,
tu juventud, altiva vestidura,
será un andrajo que no mira nadie.
Y si por tu belleza preguntaran,
tesoro de tu tiempo apasionado,
decir que yace en tus sumidos ojos
dará motivo a escarnios o falsías.
¡Cuánto más te alabaran en su empleo
si respondieras : - « Este grácil hijo
mi deuda salda y mi vejez excusa »,
pues su beldad sería tu legado!
Pudieras, renaciendo en la vejez,
ver cálida tu sangre que se enfría.

*
III
Mira a tu espejo, y a tu rostro dile:
ya es tiempo de formar otro como éste.
Si no renuevas hoy su lozanía,
al mundo engañas y a una madre robas.
¿Quién es la bella del intacto seno
que tu cultivo marital desdeñe?
y ¿quién tan loco para ser la tumba
de un amor egoísta sin futuro?
Tu madre encuentra en ti, que eres su espejo,
la gracia de su abril, su primavera;
así, de tu vejez por las ventanas,
aunque mustio, verás tu tiempo de oro.
Mas si pasar prefieres sin memoria,
muere solo y tu imagen morirá.

*
IV
Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo tu herencia de hermosura?
Naturaleza presta y no regala,
y, generosa, presta al generoso.
Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
de lo que se te dio para que dieras?
Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
suma tan grande, si vivir no logras?
Al comerciar así sólo contigo,
defraudas de ti mismo a lo más dulce.
Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
podrás dejar que sea tolerable?
Tu belleza sin uso irá a la tumba;
usada, hubiera sido tu albacea.

*
V
Las horas que gentiles compusieron
tal visión para encanto de los ojos,
sus tiranos serán cuando destruyan
una belleza de suprema gracia:
porque el tiempo incansable, en torvo invierno,
muda al verano que en su seno arruina;
la savia hiela y el follaje esparce
y a la hermosura agosta entre la nieve.
Si no quedara la estival esencia,
en muros de cristal cautivo líquido,
la belleza y su fruto morirían
sin dejar ni el recuerdo de su forma.
Mas la flor destilada, hasta en invierno,
su ornato pierde y en perfume vive.

*
VI
No dejes, pues, sin destilar tu savia,
que la mano invernal tu estío borre:
aroma un frasco y antes que se esfume
enriquece un lugar con tu belleza.
No ha de ser una usura prohibida
la que alegra a quien paga de buen grado;
y tú debes dar vida a otro tú mismo,
feliz diez veces, si son diez por uno.
Más que ahora feliz fueras diez veces,
si diez veces, diez hijos te copiaran:
¿qué podría la muerte, si al partir
en tu posteridad siguieras vivo?
No te obstines, que es mucha tu hermosura
para darla a la muerte y los gusanos.

*
VII
¡Ve! si en oriente la graciosa luz
su cabeza flamígera levanta,
los ojos de los hombres, sus vasallos,
con miradas le rinden homenaje.
Y mientras sube al escarpado cielo,
como un joven robusto en su edad media,
lo siguen venerando las miradas
que su dorada procesión escoltan.
Pero cuando en su carro fatigado
deja la cumbre y abandona al día,
apártanse los ojos antes fieles,
del anciano y su marcha declinante.
Así tú, al declinar sin ser mirado,
si no tienes un hijo, morirás.

*
XV
Cuando pienso que todo lo que crece
su perfección conserva un mero instante;
que las funciones de este gran proscenio
se dan bajo la influencia de los astros;
y que el hombre florece como planta
a quien el mismo cielo alienta y rinde,
primero ufano y abatido luego,
hasta que su esplendor nadie recuerda:
la idea de una estada tan fugaz
a mis ojos te muestra más vibrante,
mientras que Tiempo y Decadencia traman
mudar tu joven día en noche sórdida.
Y, por tu amor guerreando con el Tiempo,
si él te roba, te injerto nueva vida.
*

XVI
¿Y por qué no es tu guerra más pujante
contra el Tirano tiempo sanguinario;
y contra el decaer no te aseguras
mejores medios que mi rima estéril?
En el cenit estás de horas risueñas.
Los incultos jardines virginales
darían para ti vivientes flores,
a ti más semejantes que tu efigie.
Tendrías vida nueva en vivos trazos,
pues ni mi pluma inhábil ni el pincel
harán que tu nobleza y tu hermosura
ante los ojos de los hombres vivan.
Si a ti mismo te entregas, quedarás
por tu dulce destreza retratado.
*

XVII
¿Quién creerá en el futuro a mis poemas
si los colman tus méritos altísimos?
Tu vida, empero, esconden en su tumba
y apenas la mitad de tus bondades.
Si pudiera exaltar tus bellos ojos
y en frescos versos detallar sus gracias,
diría el porvenir: « Miente el poeta,
rasgos divinos son, no terrenales ».
Desdeñarían mis papeles mustios,
como ancianos locuaces, embusteros;
sería tu verdad « transporte lírico »,
« métrico exceso » de un « antiguo » canto.
Mas si entonces viviera un hijo tuyo,
mi rima y él dos vidas te darían.
*

XVIII
¿A un día de verano compararte?
Más hermosura y suavidad posees.
Tiembla el brote de mayo bajo el viento
y el estío no dura casi nada.
A veces demasiado brilla el ojo
solar, y otras su tez de oro se apaga;
toda belleza alguna vez declina,
ajada por la suerte o por el tiempo.
Pero eterno será el verano tuyo.
No perderás la gracia, ni la Muerte
se jactará de ensombrecer tus pasos
cuando crezcas en versos inmortales.
Vivirás mientras alguien vea y sienta
y esto pueda vivir y te dé vida.
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Dulce (y otros poemas escritos a los cadáveres de sus víctimas)
por Dennis Nilsen

*
Dulce
Aquí, en el umbral de la abundancia , nada hay ahora.
Solo tú
en mis brazos,
más unas figuras sombrías que se acercan
con algunas formalidades
para hacerte entrar en su "sistema",
y yo,
Pienso
en tu vida solitaria.
Pronto será mañana
y se meterán en nuestros asuntos.
La intimidad no tiene fronteras
que no puedan ser franqueadas
en nombre de la ley.
Desde Brixton
Aunque digiera la retahíla de palabras
y mi mente urda las respuestas,
no podré ofrecerlas
ni la esperanza de resucitar a los muertos.
Todo el mundo quiere
colocarme etiquetas sin mancharse,
una sentencia cómoda
que lanze sus piedras contra el pecado.
Damas conservadoras ebrias de ira y de rabia
cantarán "Rule Britannias",
<>
La multitud que chilla
nunca conoció a Sinclair,
nunca lo acogerían,
ni aquí , ni nunca.

Fitful Head

Vidas de dolor,
huesos de los muertos
ofrecidos por el mar
a Fitful Head.
Un millón de aves marinas,
blancas de desesperación,
giran en lo alto
en el aire fresco y limpio...
Una mano, suave y vacía,
siempre inalcanzable.
La vida, como el cuerpo del marino
ahogado, junto a la playa.

Desde la cárcel

Confusión en el hecho de ser perverso,
<<¿Nacido perverso, desde siempre?>>
Cuando la maldad es el fruto,
¿qué duda puede haber
si matar hombres siempre ha sido delito?
¿Qué puedo decir a guisa de inmundo atenuante,
cuando pesan en mi alma otras inocentes?
Vivir como un cobarde
a salvo detrás de la Corona,
culpable de un número de víctimas devastador.
Es honroso matar al enemigo.
Es glorioso luchar hasta un final sangriento.
Pero ¿y el expolio violento
en base a una confianza sagrada,
el arrancar la vida misma a un amigo?
Condenar el hecho de ser perverso,
morir de maldad desde siempre.
Cuando el amor es el fruto,
¿qué duda puede haber
si amar hombres siempre ha sido delito?

Sobre la "Balada de la cárcel de Reading" de O.Wilde

Ahora ha cambiado el curso de los acontecimientos
y todos me preguntarán ¿por qué?
Duermo con la única compañía
siempre junto a mí.
¿Hay amor en una cosa así
si todo tiene que morir?

A Stephen Sinclair (una de sus víctimas.Escrito mientras contemplaba su cadáver)

Intento sonreír
a pesar de que la venganza me mira,
cubierta de tu pasta de tomate,
hombre de muchas partes,
intento olvidar.
Hasta el perfume que dejas al pasar
permanece.
Mas problemas ahora
con todos tus trozos.
Intento salir corriendo,
y estoy clavado a este lugar
lleno de tí por todas partes
de polvo y de huesos.
Intento llorar,
y tú cobras vida en mi celda,
de problemas hasta la tumba.
Intento una y otra vez
desentrañar los enigmas
y allá donde vaya
sigo agarrado a tí.
Intento sonreir,
pero tú no sonríes ahora.
En abril muere la muerte
y vive toda la vida nueva
sobre nuestra investigación maliciosamente sesgada.

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Me encanta dios
por Jaime Sabines



Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mí tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo-la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas.
Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.
Mueve una mano y hace el mar, mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales defuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es elpreferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.
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POEMAS
Por Heinrich Heine



Mi corazón, mi corazón está triste y, no obstante,
mayo brilla gozoso.
Me hallo de pie, apoyado en el tilo,
en lo alto, sobre el viejo bastión.
Allá abajo va fluyendo el azul foso
de la ciudad en serena calma;
navega un muchacho en una barca
y pesca y silba al mismo tiempo.
Más allá, se levantan amistosas,
en diminuta, policroma imagen,
quintas de recreo, y huertas,
y personas, y bueyes, y prados, y bosques.
Hacen las muchachas la colada
y saltan por la hierba. La rueda de molino
espolvorea diamantes.
Oigo un lejano zumbido.
Al lado de la vieja torre gris
se encuentra una garita;
un mozo de casaca colorada pasea arriba y abajo.
Anda jugando con su carabina, que centellea al rojo sol.
Presenta el arma y se la pone al hombro.
Ojalá me matase de un disparo.

***

Me dieron consejos. y buenos ejemplos,
me colmaron con toda suerte de honores,
me dijeron que, si esperaba, ya vería,
me quisieron brindar su protección.

Pero con todas sus ansias protectoras,
habría llegado a reventar de hambre,
de no haberse acercado un hombre bueno
que, con valor, se hizo cargo de mí.

¡Hombre excelente! ¡Me da de comer!
Nunca jamás voy a olvidar lo que hace!
Es una lástima que no pueda besarle!
Porque este hombre excelente soy yo mismo.
***

Llamé al diablo y acudió, y le observé con asombro.

No es nada feo ni renguea;
es hombre amable y encantador; un hombre en sus mejores años, complaciente, cortés y mundano.
Es hábil diplomático, y habla
con mucha gracia de la Iglesia y el Estado. Un tanto pálido, pero no es de extrañar: ahora está estudiando el sánscrito y Hegel. Su poeta favorito sigue siendo Fouqué. Pero no quiere ya dedicarse a la crítica que ha abandonado totalmente en manos de su querida abuela Hécate.
Ensalzó mí aspiración a ser jurista; también se entregó a ella en otro tiempo. Dijo que mi amistad no era en exceso apreciada por él, y a la vez -asintió con la cabeza, y preguntó: ¿No nos hemos visto antes, alguna vez, en la Legación de España?
Y al examinar más de cerca su rostro, descubrí en él a un antiguo conocido.

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