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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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domingo, 14 de julio de 2013

EL ALEPH - JORGE LUIS BORGES

EL ALEPH
JORGE LUIS BORGES

O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2.

But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nuncstans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hicstans for a infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."
El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno
- Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción.
He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema (1 ).
Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa (2):
Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -
Que da al corral de ovejas catadura de osario.
- ¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
- Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
- Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¡El Aleph! - repetí.
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
- Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:
- Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.
- La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿La viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura (3). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.




Confesiones Antes de Ser Ahorcado

Confesiones Antes de Ser Ahorcado
(1949)
Por John Haig

Mañana seré ahorcado. Pasaré, por primera y última vez por esa puerta de mi celda (hay dos en ella) que nunca he visto abrirse. La otra sirve a los guardianes cuando vienen a visitarme. Pero sé que por la segunda puerta, esa siempre cerrada, es arrastrado el hombre destinado a la ejecución. En verdad, es el umbral del más allá.
Atravesaré ese umbral sin miedo ni remordimiento. Los hombres me han condenado porque me temían. Amenazaba su miserable sociedad, su orden constituido. Pero estoy muy por encima, participo de una vida superior, y todo eso que he hecho, lo que ellos llaman "delitos", lo he realizado porque me guiaba una fuerza divina. He aquí por qué me es completamente indiferente que se me trate de malvado o loco: de igual modo me es indiferente que comadres tontas soliciten verme. En efecto, parece, al menos a estar a lo que me ha dicho un guardián, que llegan a la prisión muchas cartas dirigidas a mí de parte de ese frívolo sexo. Me pregunto si existe alguien sobre la Tierra capaz de comprenderme. A decir verdad, algunas veces me cuesta a mí mismo, y ahora, mientras refiero mi experiencia, desespero de encontrar ni siquiera un solo lector que esté a mi altura.
La primera persona que he matado fue William Donald McSwan. A continuación maté a su padre y a su madre. La manera como conocí a Swan no tiene en sí nada de misteriosa. El era propietario de una sala de juego en Tooting, en los alrededores de Londres.
Una tarde de otoño de 1944 encontré a Swan en un café de Kensington. Estaba preocupado. Temía que lo llamaran a las armas, y me confió su intención de esconderse para evitar la conscripción militar. Desde aquella vez lo volví a ver con frecuencia. Me llevó, además, a casa de los suyos. Una noche, le propuse visitar mi departamento y, en el sótano, mi laboratorio, en Gloucester Road número 79. El joven Swan accedió. Entró junto conmigo...
No puedo referir lo que hice entonces sin contar previamente algunos hechos que se remontan a mi infancia. Es necesario que hable de los sueños que tenía en aquel tiempo. El primer sueño del cual me acuerdo con precisión se remonta a la época en que formaba parte del coro de la catedral de Wakefield. De noche, en la cama, cerraba los ojos y volvía a ver el Cristo torturado sobre la cruz. Miraba el crucifijo en la iglesia, y a veces veía la cabeza coronada de espinas, a veces el cuerpo entero de Cristo, de cuyas heridas brotaba copiosamente la sangre. Me sentía horrorizado.
En otro sueño me construía una inmensa escalera telescópica, por medio de la cuál llegaba a la Luna. Desde allí miraba la Tierra a mis pies, no más grande que una pelota. ¿Qué significado tenía este sueño? Pensaba que quería decir que haría en mi vida alguna cosa grande, que sería el mejor de todos.
La mayor parte de las veces la sangre era el asunto de mis sueños. Estos sueños tenían un papel fascinante y terrible en mi existencia. Y todavía no conocía el sabor de la sangre. Una pura casualidad me la hizo gustar, y desde entonces ya no pude olvidármelo.
Tendría diez años. Me había herido en la mano con un cepillo para cabello, de pelos metálicos. Lamí la sangre que brotaba, y algo se me mezcló en todo mi ser. Esa cosa viscosa, cálida y salada que sorbía a flor de piel era la vida misma. Fue una revelación que me obsesionó por muchos años.
En cierta oportunidad empecé a tajearme adrede los dedos y las manos, sólo para poder posar los labios sobre la herida fresca y volver a sentir aquella sensación inefable.
La casualidad, pues, me había hecho volver, a través de los siglos de civilización, a los tiempos fabulosos en que los seres sacaban fuerza de la sangre humana. Descubrí que pertenecía a la raza de los vampiros. ¿Por qué? ¿Por qué justamente yo? No sabría explicarlo. Sólo puedo contar lo que experimentaba.
¿Comprenden ahora lo que pudo sucederle al joven Swan, cuando se encontró a solas conmigo, en aquella tarde de otoño? Lo desmayé con la pata de una mesa, o con un pedazo de caño, ya no lo recuerdo exactamente. Y después le corté la garganta con un cortapluma.
Procuré beber su sangre, pero no era nada fácil. Aún no sabía bien qué sistema usar. Le tuve sobre el lavamanos, y traté de recoger de algún modo el líquido rojo. Al fin, me parece que resolví sorberlo directamente de la herida, con un sentimiento de profunda satisfacción.
Cuando me aparté, sentí espanto ante la presencia de aquel cadáver. No tenía remordimientos. Sólo me preguntaba como podía hacer para desembarazarme de él. De súbito se me ocurrió un buen método. Tenía ya en mi laboratorio una gran cantidad de ácidos, sulfúrico y clorhídrico, que me servían para atacar los metales. Sabía bastante de química para estar enterado de que el cuerpo humano está compuesto en su mayor parte, de agua. Y el ácido sulfúrico es muy ávido de agua.
Por desgracia, no tenía nada preparado. Sólo al sexto o séptimo caso, comencé a preocuparme de preparar anticipadamente el medio más adecuado para hacer desaparecer los cuerpos.
Debí buscar un recipiente para meter el cadáver. Encontré en un cementerio una especie de barril de metal. Para transportarlo hasta mi sótano, pedí prestado a un maestro albañil una carretilla. Acomodé al señor Swan en el barril.
Ahora no me quedaba más que verter el ácido en el barril. Debía servirme de un cubo. No había previsto el humo que se desprendió, y sentí tal náusea que hube de salir un poco al aire para retomar aliento.
Luego volví a la tarea y, finalmente abandoné el sótano, cerrando la puerta tras de mí. Cuando más tarde regresé allí, pude comprobar que la operación había salido bien. El cuerpo estaba disuelto. Levanté una trampa que comunicaba con las cloacas y vertí por el hueco la mezcla. Si queda aún algo de míster Swan, se lo encontrará en el mar, ahí donde se descargan las cloacas de Londres.
Dos meses después, hice otra víctima: esta vez se trató de una mujer. Tendría cerca de treinta y cinco años. Era morena, de mediana estatura. Nunca la había visto antes.
Nos encontramos en la calle, en el distrito de Hammersmith. La abordé sobre un puente. Comprendí en seguida que debía morir. Era durante un ciclo de sueños y tenía necesidad de beber en la copa. Ella aceptó venir a mi casa. Le di un golpe en la cabeza y bebí su sangre.
Tampoco esta vez había hecho planes para desembarazarme del cadáver; pero aún tenía un poco de ácido y mi barrilejo. Arreglé en él a la muchacha, pensando entonces que sería cómodo tener una bomba para verter el ácido. Salí a comprarme una.
Sólo después del segundo McSwan, el padre de William, se me ocurrió usar una especie de máscara para evitar la náusea por los vapores del ácido. Y en seguida me procuré un mandil, botas y guantes de goma. Así equipado, y armado de un palo revolvía la "mezcla".
A los viejos McSwan los maté juntos el mismo día.
Durante el proceso se me ha preguntado con cuál cortapluma acostumbraba a cortar la garganta de mis víctimas. En verdad no sabría decirlo; tenía tres de ellos. Debo decir, a este propósito, que no acierto a recordar ningún detalle de lo que sucedía en esos momentos. Cuando estaba bajo la influencia de mis sueños, casi no veía otra cosa que la copa, esa copa tendida ante mí, mientras yo aullaba de deseo, y que se rehusaba a mi garganta sedienta, hasta que no me decidía a arrastrar un ser humano a mi sótano, y entonces, por un instante, podía al fin chupar la vida de su garganta abierta, con inefable alivio.
Mi quinta víctima fue un jovencito desconocido, un tal Max. Pero prefiero hablar de los números seis y siete, la joven pareja Henderson. Archibald Henderson era un médico londinense. Tenía una mujer joven, hermosísima: Rose... desaparecieron en febrero de 1948. La policía no habría resuelto nunca este misterio si no la hubiera ayudado revelándole haber sido yo quien mató a los Henderson.
Los conocí del modo más sencillo. Habían publicado un aviso para vender una casa en Ladbroke Square. Contesté. Era un buen método para entrar en contacto con nuevas personas. Lo he empleado varias veces. El señor Henderson era el segundo marido de Rose, y Rose era su segunda mujer. El era viudo. Ella, divorciada. Había estado casada con un ingeniero alemán, Rudolf Erren. Durante la Segunda Guerra Mundial Erren había formado parte del famoso grupo de pilotos apodado "Circo Richtofen", capitaneado por Goering. Después de la guerra se había establecido en Inglaterra. Ahora ha vuelto a vivir en Alemania.
Cuando sé que una persona puede convertirse en una víctima mía, es extraño, pero no logro experimentar amistad por ella.
Rose me confió que, bajo aquella apariencia acomodada, ella y su marido tenían dificultades financieras. No es entonces por interés que los he matado. Archie tenía deudas, y a menudo discutía con su mujer por cuestiones de dinero.
Los Henderson partieron en 1948 para una breve estancia en Brighton, en el hotel Metropole. El ciclo de mis sueños estaba entonces en el ápice. Me sentía mal. Archie se quejaba de mi desatención: le parecía que no escuchaba lo que me decía. En efecto, estaba completamente preso de mi horrible necesidad. Veía de nuevo bosques de crucifijos que se transformaban en árboles que goteaban sangre. Me despertaba con ese atroz deseo imperioso.
Necesitaba que Archie fuera mi próxima víctima. Con un pretexto cualquiera, le hice venir desde Brighton a Crawley, a mi laboratorio de Leopold Road, y le disparé una bala en la cabeza con el revólver de su propiedad, que le robara durante una noche pasada en su casa.
Volví a Brighton y le dije a Rose:
- Archie se ha sentido mal en mi casa. Nada grave, pero quisiera que usted fuera a buscarle. Venga conmigo.
Me siguió enseguida, sin ninguna sospecha. Apenas entró en el laboratorio la maté. Cómo, no lo recuerdo.
Chupé una buena parte de la sangre de Archie y de Rose. Me sentía protegido por una mano invisible. Estaba tan seguro de mí, que dejé los cadáveres al descubierto en el laboratorio minetras iba a comprar una máscara de gas y un segundo recipiente para el ácido. La máscara, como ya he explicado, debía servir para evitarme la náusea por las emanaciones de ácido sulfúrico que se elevaban de mi "mezcla". El nuevo recipiente era para la mujer. Dejé a Archie y Rose en perfecto reposo. Disolví al primero el viernes por la tarde. Y el sábado por la tarde el bello cuerpo que en vida había constituido la fascinación de Rose Henderson, se fundió en el ácido como una muñeca de cera al calor. Su forma y su color desaparecieron lentamente, gigantescos pedazos de azúcar que yo revolvía con un bastón, continua, paciente y serenamente...
Mary fue mi víctima número ocho. Encontré a esa muchacha en Eastbourne, donde estaba de vacaciones o por trabajo, ya no lo recuerdo bien. En todo caso, no era del lugar. De ella sólo conozco su nombre, Mary. Charlamos largamente, y le pedí que viniera a comer conmigo a Hastings. Fuimos a un café cerca del mar. Estábamos a fines de verano o en los comienzos del otoño, en todo caso en los últimos días cálidos. El sol poniente transformó por un instante el mar en sangre. Me estremecí. Miré a Mary y le dije estúpidamente:
- Es hermoso, ¿verdad? Parece exactamente una tarjeta postal en colores.
Pero yo, distante de aquellos pensamientos vulgares, me sentía dominado por mi sacro deseo. Me llevé sin esfuerzo a Mary a Crawley. Entramos en mi laboratorio de Leopold Road. Sin esperar, tomé un utensilio por el mango y la golpeé salvajemente en la cabeza. Después, le abrí la garganta y me arrojé ávidamente sobre la herida.
Durante la noche, tuve el acostumbrado sueño satisfecho que me venía siempre después de cada crimen. La aparición me tendió la copa de sangre y me dejó beber a largos sorbos.
Mary tenía el acento de Gales. Recuerdo su vestidito blanco y azul y sus zapatos blancos escotados. No había casi nada en su bolso, fuera de un frasquito de perfume. Nunca logré descubrir su nombre. La policía tampoco.
Hablaré ahora de la novena persona que fue "muerta" por mí. Esta es la expresión que deseo usar. No me agrada llamarlo que la había "asesinado", porque esta palabra da la impresión de crueldad y sufrimiento. "Matar" en cambio, era el resultado inevitable de la voluntad de un Espíritu de gran poder que me guiaba, ordenándome tomar la sangre de los hombres. El hombre es solo un peón en manos del Ser Supremo.
La misma fuerza ha decidido ahora que ha llegado para mí el tiempo de morir y yo acepto su divino juicio. Por otra parte, también estoy cansado. Mis ojos no pueden más. He leído y escrito mucho, y tengo prisa de concluir estas memorias. Para poder continuar escribiendo, me veo obligado a ponerme los anteojos con montura de oro del doctor Henderson, mi sexta víctima.
Pero vayamos, pues, a la señora Olive Durand-Deacon, la última persona de esta tierra de quien he bebido un vaso de sangre. Cuando la encontré, era una de esas mujeres "en el tramonto de su vida", para usar las palabras del Ministerio Público en mi proceso. Debo admitirlo, con ella he sido muy descuidado. No es de mi naturaleza. Usualmente, me gusta repetir que prefiero una injusticia a un desorden. Pero me sentía de tal modo protegido por la fuerza superior que me dirigía, que olvidé tomar las precauciones más elementales.
La señora Durand-Deacon vivía en la misma pensión familiar en que yo me alojaba, en Kensington. Es así como la he conocido. Le agradaba a la anciana señora porque le hablaba de música, de arte, de literatura. Teníamos también conversaciones filosóficas y religiosas. Ella había escrito un libro titulado "Así Habla Dios". Yo había dado alguna conferencia en congregaciones religiosas. Recuerdo que conmovía a las oyentes hasta las lágrimas. También había escrito algunos artículos en diversas revistas de teología. Todo lo cual me granjeó las simpatías de la señora Durand-Deacon, quien veía en mí, a pesar de mis cuarenta años, "un joven verdaderamente ventajoso".
Durante mi proceso, el público ha sido informado del ridículo motivo que la indujo a venirme a ver a mi laboratorio. La anciana señora sufría por haber perdido las uñas, y yo le había dicho que, tal vez, lografía fabricarle otras con material plástico.
Y fue así como ella partió para su último viaje, el 18 de febrero de 1949. La maté de un balazo en la nuca. Después le practiqué una incisión en la garganta y bebí un vaso de sangre. Llevaba una cadenita con una pequeña cruz alrededor del cuello. Experimenté un goce extraordinario al estrujarla.
El sistema para desembarazarme del cadáver se había hecho ahora automático. Además, para la señora Durand-Deacon había preparado con anticipación el barrilejo de ácido.
He dicho ya que aquella vez hice todas estas operaciones con descuido. Había comprado el ácido dando mi verdadero nombre. Quemé sólo parcialmente el bolso de la señora Durand-Deacon, y los polizontes encontraron fragmentos. No disolví completamente el cuerpo, desde el momento en que fueron encontrados restos suficientes para justificar la acusación de asesinato.
En realidad, para mí no había sido todo fácil con la señora Durand-Deacon. Debí hacer entrar aquel cadáver de noventa kilos en un pequeño barril. Pero esto no basta para explicar mi negligencia. Quizás, estaba sencillamente cansado de matar, y no veía la hora de concluir con aquella misión que la divinidad superior me había confiado, y tenía necesidad de descansar, así fuera en el inmundo pedazo de tierra reservado a los ajusticiados.
Extenuado por el manipuleo del pesado cadáver de la vieja, salí a tomar una taza de té. Cuando regresé, ¡recordé haber dejado la puerta abierta! Cualquier hubiera podido entrar y ver el cadáver.
Maté a la señora Durand-Deacon un viernes. El domingo siguiente estaba en casa de amigos. Una muchacha me dijo de pronto:
- ¡No me mire así!
Aparté la mirada pero continué tratando de verla mentalmente
Ella manifestó entonces.
- Siento que él sigue mirándome.
Y de repente me gritó:
- ¡Asesino!
Aquel poder de adivinación (aún cuando yo no esté de acuerdo, como lo he explicado, acerca de la palabra "asesino") me pareció incomprensible.
Bien pronto los polizontes, que indagaban sobre la desaparición de la señora Durand-Deacon, descubrieron en mi sótano los vestigios de su cuerpo y sus vestidos. Mi destino se cumplía.
Ahora que todo ha concluido y que he llegado al término de mi relato quiero agregar aún algo.
Será una pequeña vanidad (que bien puede perdonársele a un hombre a punto de morir) pero quisiera que el traje que llevaba durante el proceso se entregue al Museo de Cera de Madame Tussaud, para vestir mi muñeco. Quisiera que se envíen allí mis medias verdes y mi corbata a cuadritos rojos y verdes. Espero que mi retrato de cera sea parecido. Deseo que el conservador del Museo Toussaud cuide de que mis pantalones conserven siempre una raya impecable. He engordado en la prisión: es desagradable. Espero que en mi retrato se me conserve una línea más esbelta.
Mi proceso me ha aburrido mucho. Tenía la impresión de ver un film por segunda vez. Pero, sin embargo, me ha divertido la manera con que ciertos testigos agregaban detalles picantes a mi historia.
Sé que desde la puerta de mi celda son menester apenas quince pasos para llegar al patíbulo. Son pocos para alcanzar la eternidad. Veo a la lluvia bañar la cima de los álamos más allá del muro de la prisión. Me inspira el mismo deseo que a veces sentía bajo la fronda de un magnífico bosque cuando, solitario, buscaba una meta que tal vez no existe.
Pienso en las palabras escritas por un gran hombre de la antigüedad, no sé ya quién exactamente. Me parece oportuno citarle ahora:
"No antes que los telares se hayan detenido y las lanzaderas terminado de deslizarse, Dios desenvolverá el tapiz y revelará su motivo."
Nací el 24 de julio de 1909, en Stanford, en el Lincolnshire. Mi familia estaba por aquel tiempo en la miseria. Mi padre tenía treinta y ocho años, mi madre cuarenta. Mi padre era cabo electricista, pero sin trabajo. Mis progenitores no tenían con qué comprar la canastilla para el niño que debía nacer. Mi madre está convencida de que los meses de sufrimiento y preocupación que precedieron a mi nacimiento han sido la causa de lo que ella llama mi enfermedad mental.
- Es culpa mía - dijo ella - porque no he comparecido ante el juez junto con George. Soy responsable por lo que le toca.
La situación de mis progenitores no mejoró sino muchos meses después. Ambos eran muy piadosos. Mi padre gobernaba una comunidad religiosa. Me criaron en una atmósfera inhumana, peor que en un monasterio. No conocí ninguna de las alegrías que habitualmente tienen los niños.
Sobre la frente de mi padre hay una cicatriz azulada, una especie de cruz deformada. El me explicó que aquello era la marca de Satanás. Había pecado y el Diablo le castigó.
- Si cometes un pecado - decía -, Satanás te castigará del mismo modo.
Durante años miré las frentes de las personas para ver si estaban marcadas con una señal azul. Como nadie la tenía, deduje que mi padre era el único pecador, y que todo el resto del mundo era inocente.
Cada noche hacía mi examen de conciencia. Si tenía algo que reprocharme, con extremado temor me acercaba al espejo para ver si me había aparecido la marca en la frente.
Fui a la escuela hasta los diecisiete años. Formé parte del coro de la Catedral. El domingo me levantaba a las cinco para asistir al primer servicio. Permanecía en la iglesia el día entero, hasta las ceremonias de la noche. Al volver a casa, encontraba a mis progenitores orando y me unía a ellos.
A causa de lo extraño de esta vida, los niños de mi edad no me quería.
Sin embargo, yo estaba siempre dispuesto a ayudar a mi prójimo. Adoraba los animales. debo mi sustento a perros vagabundos. Amaba también a los conejos y los pájaros.
En 1927, a los dieciocho años, sentí irresistiblemente la necesidad de expresar el misticismo religioso que me colmaba: envié a una revista un artículo, "La Degradación del Hombre", que fue publicado.
Creía tener una gran misión que cumplir entre los hombres. Me puse a hablar en las congregaciones religiosas. La primera vez que lo hice descubrí esta cosa extraordinaria: tenía el don de saber hablar. La multitud de fieles me escuchaba palpitante, y corrían lágrimas sobre sus rostros. Mis progenitores estaban muy orgullosos de ello.
En el mes de julio de 1934 desposé una graciosa muchacha de 21 años, Beatrice Hamer. Pero mi dicha conyugal fue de breve duración. Mi mujer decidió no volver a verme nunca más. Le nació una hija que después fue adoptada por desconocidos. Existe hoy en alguna parte una muchacha de catorce años que ignora que su padre soy yo, John Haigh, el hombre que llaman "el Vampiro de Londres".
Gran Bretaña estaba en guerra. Encontré empleo en la Defensa Pasiva. Fueron los horrores de los grandes bombardeos sobre Inglaterra lo que me hizo abandonar la idea de un Dios justo y amoroso. Estaba un día en un puesto de guardia con una enfermera de la Cruz Roja, cuando las sirenas se pusieron a aullar. Aún no habían concluído, y ya las bombas caían. La enfermera y yo salimos corriendo para alcanzar el refugio. De súbito un silbido terrible, me arrojé bajo un portón. Cuando me levanté, herido, una cabeza rodó a mis pies. Era la de mi compañera que, un momento antes, estaba tan alegre y hermosa. ¿Cómo Dios había podido consentir este horror? Ahora no creo más en Dios, sino en una fuerza superior que nos impulsa a obrar y dirige misteriosamente nuestro destino, ignorante del bien y del mal. Ya he referido cómo esta fuerza me movió a degollar seres humanos, después de haberme hecho tener terribles sueños que me dejaban sediento de sangre. Justamente a mí, que amo y adoro las más pequeñas y débiles criaturas, me ha sido ordenado cometer estos crímenes y beber sangre humana.
No es posible, mis nueve delitos deben tener explicación en algún lugar fuera de nuestro mundo terreno. No es posible que sean absurdamente sólo el sueño de un demente lleno de sonido y furia, como dice Shakespeare.
¿Hay entonces una vida eterna? Pronto lo sabré. Esperándolo, adiós...


lunes, 1 de julio de 2013

Los mitos

Los mitos

un delicado equilibrio de poder entre las fuerzas del bien y del mal..


A la mañana siguiente, no había ninguna carta para Sofia en el buzón. Pasó aburrida el largo día en el instituto, procurando ser muy amable con Jorunn en los recreos. En el camino hacia casa, comenzaron a hacer planes para una excur­sion con tienda de campaña en cuanto se secara el bosque.
De nuevo se encontró delante del buzón. Primero abrió una carta que llevaba un matasellos de México. Era una postal de su padre en la que decía que tenía muchas ganas de ir a casa, y que había ganado al piloto jefe al ajedrez por primera vez. Y también que casi había terminado los veinte kilos de li­bros que se había llevado a bordo después de las vacaciones de invierno.
Y había, además, un sobre amarillo con el nombre de Sofía escrito. Abrió la puerta de la casa y dejó dentro la cartera y el correo, antes de irse corriendo al Callejón. Sacó nuevas ho­jas escritas a máquina y comenzó a leer.

La visión mítica del mundo

          Hola, Sofía! Tenemos mucho que hacer, de modo que empecemos ya.
          Por filosofía entendemos una manera de pensar total­mente nueva que surgió en Crecia alrededor del año 600 antes de Cristo. Hasta entonces, habían sido las distintas religiones las que habían dado a la gente las respuestas a todas esas preguntas que se hacían. Estas explicaciones re­igioas se transmitieron de generación en generación a través de los mitos. Un mito es un relato sobre dioses, un rela­to que pretende explicar el principio de la vida.
Por todo el mundo ha surgido, en el transcurso de los milenios, una enorme flora de explicaciones míticas a las cuestiones filosóficas. Los filósofos griegos intentaron en­señar a los seres humanos que no debían fiarse de tales explicaciones.
Para poder entender la manera de pensar de los pri­meros filósofos, necesitamos comprender lo que quiere de­cir tener una visión mítica del mundo. Utilizaremos como ejemplos algunas ideas de la mitología nórdica; no hace falta cruzar el río para coger agua.
Seguramente habrás oído hablar de Tory su martillo. Antes de que el cristianismo llegara a Noruega, la gente creía que Tor viajaba por el cielo en un carro tirado por dos machos cabrios. Cuando agitaba su martillo, había truenos y rayos. La palabra noruega «torden» (truenos) significa precisamente eso, «ruidos de Tor».
Cuando hay rayos y truenos, también suele llover. La lluvia tenía una importancia vital para los agricultores en la época vikinga; por eso Tor fue adorado como el dios de la fertilidad.
Es decir: la respuesta mítica a por qué llueve, era que Tor agitaba su martillo; y, cuando llovía, todo crecía bien en el campo.
Resultaba en sí incomprensible cómo las plantas en el campo crecían y daban frutos, pero los agricultores in­tuían que tenía que ver con la lluvia. Y, además, todos creían que la lluvia tenía algo que ver con Tor, lo que le convirtió en uno de los dioses más importantes del Norte.
Tor también era importante en otro contexto, en un contexto que tenía que ver con todo el concepto del mundo.
Los vikingos se imaginaban que el mundo habitado era una isla constantemente amenazada por peligros exter­nos. A esa parte del mundo la llamaban Midgard («el patio en el medio»), es decir, el reino situado en el medio. En Midgard se encontraba además Ásgard («el patio de los dioses»), que era el hogar de los dioses. Fuera de Midgard estaba Utgard (“el patio de fuera”), es decir, el reino que se encontraba fuera. Aquí vivían los peligrosos trolls (los «gi­gantes»), que constantemente intentaban destruir el mundo mediante astutos trucos. A esos monstruos malvados se les suele llamar «fuerzas del caos». Tanto en la religión nór­dica como en la mayor parte de otras culturas, los seres hu­manos tenían la sensación de que había un delicado equi­librio de poder entre las fuerzas del bien y del mal.
Los trolls podían destruir Midgard raptando a la diosa de la fertilidad, Freya. Si lo lograban, en los campos no cre­cería nada y las mujeres no darían a luz. Por eso era tan importante que los dioses buenos pudieran mantenerlos en jaque.
También en este sentido Tor jugaba un papel impor­tante. Su martillo no sólo traía la lluvia, sino que también era un arma importante en la lucha contra las fuerzas peli­grosas. El martillo le daba un poder casi ilimitado. Por ejemplo, podía echarlo tras los trolls y matarlos. Y además, no tenía que tener miedo de perderlo, porque funcionaba como un bumerán, y siempre volvía a él.
He aquí la explicación mítica de cómo se mantiene la naturaleza, y cómo se libra una constante lucha entre el bien y el mal. Y esas explicaciones míticas eran precisa­mente las que los filósofos rechazaban.
Pero no se trataba únicamente de explicaciones.
La gente no podía quedarse sentada de brazos cruza­dos esperando a que interviniesen los dioses cuando amenazaban las desgracias -tales como sequías o epidemias- Las personas tenían que tomar parte activa en la lucha con­tra el mal. Esta participación se llevaba a cabo mediante distintos actos religiosos o ritos.
El acto religioso más importante en la época de la an­tigua Noruega era el sacrificio, que se hacía con el fin de aumentar el poder del dios. Los seres humanos tenían que hacer sacrificios a los dioses para que éstos reuniesen fuer­zas suficientes para combatir a las fuerzas del caos. Esto se conseguía, por ejemplo, mediante el sacrificio de un ani­mal al dios en cuestión. Era bastante corriente sacrificar machos cabríos a Tor. En lo que se refiere a Odín, también se sacrificaban seres humanos.
El mito más conocido en Noruega lo conocemos por el poema «Trymskvida» (La canción sobre Trym). En él se cuenta que Tor se quedó dormido y que, cuando se des­pertó, su martillo había desaparecido. Se enfureció tanto que las manos le temblaban y la barba le vibraba. Acom­pañado por su amigo Loke fue a preguntar a Freya si le de­jaba sus alas para que éste pudiera volar hasta Jotunheimen (el hogar de los gigantes), con el fin de averiguar si eran los trolls los que le habían robado el martillo. Allí Loke se en­cuentra con Trym, el rey de los gigantes, que, en efecto, empieza a presumir de haber robado el martillo y de ha­berlo escondido a ocho millas bajo tierra. Y añade que no devolverá el martillo hasta que no logre casarse con Freya.
¿Me sigues, Sofía? Los dioses buenos se encuentran de repente ante un dramático secuestro: los trolls se han apoderado de su arma defensiva más importante, lo que da lugar a una situación insostenible. Mientras los trolls ten­gan en su poder el martillo de Tor, tienen el poder total so­bre el mundo de los dioses y de los humanos. Y a cambio del martillo exigen a Freya. Pero tal intercambio resulta igual de imposible: si los dioses tienen que desprenderse de su diosa de la fertilidad, la que vela por todo lo que es vida, la hierba en el campo se marchitará y los dioses y los humanos morirán. Es decir, la situación no tiene salida. Si te imaginas un grupo de terroristas amenazando con hacer explotar una bomba atómica en el centro de París o de Londres, si no se cumplen sus peligrosisímas exigencias, entiendes muy bien esta historia.
El mito cuenta que Loke vuelve a Ásgard, donde pide a Freya que se vista de novia, porque hay que casarla con los trolls. Desgraciadamente, Freya se enfada y dice que la gente pensará que está loca por los hombres si accede a casarse con un troll.
Entonces al dios Heimdal se le ocurre una excelente idea. Sugiere que disfracen a Tor de novia. Podrán atarle el pelo y ponerle piedras en el pecho para que parezca una mujer. Evidentemente a Tor no le hace muy feliz esta pro­puesta, pero entiende finalmente que la única posibilidad que tienen los dioses de recuperar el martillo es seguir el consejo de Heimdal.
Al final, Tor se viste de novia. Loke le va a acompañar como dama de honor. «Vayamos las dos mujeres a Jo­tunheimen», dice Loke.
Si prefieres un idioma más moderno, diríamos que Tor y Loke son los «policías antiterroristas» de los dioses. Disfrazados de mujeres deben meterse en el baluarte de los trolls para recuperar el martillo de Tor.
En cuanto llegan a Jotunheimen, los trolls empiezan los preparativos de la boda. Pero, durante la fiesta nupcial, la no­via -es decir Tor-, se come un buey entero y ocho salmo­nes, También se bebe tres barriles de cerveza. A Trym le ex­traña, y los «soldados del comando» disfrazados están a punto de ser descubiertos. Pero Loke consigue escapar de la peligrosa situación. Dice que Freya no ha comido en ocho noches por la enorme ilusión que le hacia ir a Jotunheimen.
Trym levanta el velo para besar a la novia, pero da un salto del susto, al mirar dentro de los agudos ojos de Tor. También esta vez es Loke el que salva la situación. Dice que la novia no ha dormido en ocho noches por la enorme ilusión que le hacía la boda. Entonces Trym ordena que se traiga el martillo y que se ponga sobre las piernas de la no­via, durante la ceremonia de la boda.
Se cuenta que Tor se echó a reír cuando le llevaron su martillo. Primero mató con él a Trym, y luego a toda la estirpe de los gigantes. Y así el siniestro secuestro tuvo un final feliz. Una vez más, Tor -el Batman o el James Bond de los dio­ses-  había vencido a las fuerzas del mal.
Hasta ahí el propio mito, Sofía. ¿Pero qué significa en realidad? No creo que se haya inventado sólo por gusto. Con este mito se pretende dar una explicación a algo. Ese algo podría ser lo siguiente: cuando había sequías en el país, la gente necesitaba una explicación de por qué no llovía. ¿Sería acaso porque los dioses habían robado el martillo de Tor?
El mito puede querer dar también una explicación a los cambios de estación del año: en invierno, la naturaleza muere porque el martillo de Tor está en Jotunheimen. Pero, en primavera, consigue recuperarlo. Así pues, el mito in­tenta dar a los seres humanos respuestas a algo que no en­tienden.
Pero habría algo que explicar además del mito. A me­nudo, los seres humanos realizaron distintos actos religio­sos relacionados con el mito. Podemos imaginarnos que la respuesta de los humanos a sequías o a malos años sería re­presentar el drama que describía el mito. Quizá disfrazaban de novia a algún hombre del pueblo -con piedras en lugar de pechos- para recuperar el martillo que los trolls habían robado. De esta manera, los seres humanos podían contri­buir a que lloviera y a que el grano creciera en el campo.
Conocemos muchos ejemplos de otras partes del mundo en los que los seres humanos dramatizaban un «mito de estaciones», con el fin de acelerar los procesos de la naturaleza.

Sólo hemos echado un brevisimo vistazo al mundo de la mitología nórdica. Existe un sinfín de mitos sobre Tor y Odín Frey y Freya, Hoder y Balder, y muchísimos otros dioses. Ideas mitológicas de este tipo florecían por el mundo entero antes de que los filósofos comenzaran a hur­gar en ellas. También los griegos tenían su visión mítica del mundo cuando surgió la primera filosofía. Durante siglos, habían hablado de los dioses de generación en generación. En Crecia los dioses se llamaban Zeus y Apolo, Hera y Atenea, Dionisio y Asclepio, Heracles y Hefesto, por nom­brar algunos.
Alrededor del año 700 a. de C., gran parte de los mitos griegos fueron plasmados por escrito por Homero y Hesíodo. Con esto se creó una nueva situación. Al tener es­critos los mitos, se hizo posible discutirlos.
Los primeros filósofos griegos criticaron la mitología de Homero sólo porque los dioses se parecían mucho a los seres humanos y porque eran igual de egoístas y de poco fiar que nosotros. Por primera vez se dijo que quizás los mitos no fueran más que imaginaciones humanas.
Encontramos un ejemplo de esta crítica de los mitos en el filósofo Jenófanes, que nació en el 570 a. de C. “Los seres humanos se han creado dioses a su propia imagen», decía. «Creen que los dioses han nacido y que tienen cuerpo, vestidos e idioma como nosotros. Los negros piensan que los dioses son negros y chatos, los tracios los imaginan rubios y con ojos azules. ¡Incluso si los bueyes, caballos y leones hubiesen sabido pintar, habrían representado dioses con aspecto de bueyes, caballos y leones!»
Precisamente en esa época, los griegos fundaron una serie de ciudades-estado en Crecia y en las colonias grie­gas del sur de Italia y en Eurasia. En estos lugares los escla­vos hacían todo el trabajo físico, y los ciudadanos libres podían dedicar su tiempo a la política y a la vida cultural,
En estos ambientes urbanos evolucionó la manera de pensar de la gente. Un solo individuo podía, por cuenta propia, plantear cuestiones sobre cómo debería organizarse la sociedad. De esta manera, el individuo también podía hacer preguntas filosóficas sin tener que recurrir a los mitos hereda­dos. Decimos que tuvo lugar una evolución de una manera de pensar mítica a un razonamiento basado en la experiencia y la razón. El objetivo de los primeros filósofos era buscar ex­plicaciones naturales a los procesos de la naturaleza.

Sofia dio vueltas por el amplio jardín. Intentó olvidarse de todo lo que había aprendido en el instituto. Especialmente importante era olvidarse de lo que había leído en los libros de ciencias naturales.
Si se hubiera criado en ese jardín, sin saber nada sobre la naturaleza, ¿cómo habría vivido ella entonces la primavera?
¿Habría intentado inventar una especie de explicación a por qué de pronto un día comenzaba a llover? ¿Habría imagi­nado una especie de razonamiento de cómo desaparecía la nieve v el sol iba subiendo en el horizonte?
Sí, de eso estaba totalmente segura, y empezó a inventar e imaginar.
El invierno había sido como una garra congelada sobre el país debido a que el malvado Muriat se había llevado presa a
una fría cárcel  hermosa princesa Sikita. Pero, una mañana, llegó el apuesto principe Bravato a rescatarla. Entonces Sikita se pudo tan contento que comenzo a bailar por los campos cantando una canción que había compuesto mientras estaba en la fría cárcel Entonces la tierra, los arboles se emocionaron tanto que la nieve se convirtio en lagrimas. Pero luego salio el sol v secó todas las lágrimas. Los pájaros imitaron la canción de Sikita v. cuando la hermosa princesa soltó su pelo dorado, algunos rizos caveron al suelo, donde se convirderon en lirios del campo.
A Sofia le pareció que acababa de inventarse una her­mosa historia. Si no hubiera tenido conocimiento de otra ex­plicación para el cambio de las estaciones, habría acabado por creerse la historia que se había inventado.
Comprendió que los seres humanos quizás hubieran necesitado siempre encontrar explicaciones a los procesos de la naturaleza. A lo mejor la gente no podía vivir sin tales explicaciones. Y entonces inventaron todos los mitos en aquellos tiem­pos en que no había ninguna ciencia.



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