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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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viernes, 24 de mayo de 2013

LA LAMPARA DE ALHAZRED - H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH


LA LAMPARA DE ALHAZRED
H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH



Siete años habían transcurrido desde la desaparición de su abuelo Whipple cuando Ward Phillips recibió la lámpara. Esta, así como la casa de la calle Angell, donde vivía Ward, habían pertenecido a su abuelo. Phillips había estado habitando en la casa desde la desaparición de su abuelo, pero la lámpara había quedado en manos del abogado hasta pasados los siete años que deberían transcurrir hasta darle definitivamente por muerto. Había sido deseo de su abuelo que la lámpara estuviese bien guardada durante esos años, en manos del ahogado, por si acaeciese algo imprevisto, la muerte o cualquier otro accidente. El caso era que Phillips dispusiese del tiempo necesario para familiarizarse con la imponente biblioteca de Whipple, en la que le esperaba una gran cantidad de sabiduría. El viejo Whipple había decidido que, cuando Phillips hubiese acabado de leer los enormes volúmenes que llenaban las estanterías, habría alcanzado un grado de madurez suficiente para poder heredar el «tesoro más valioso» de su abuelo, según declaración del propio Whipple.
Phillips tenía entonces treinta años y una salud delicada, lo cual era normal, pues desde niño, siempre había sido un poco enfermizo. Había nacido en el seno de una familia medianamente rica, pero los ahorros de su abuelo volaron en unas inversiones desacertadas, de modo que a Phillips lo único que le quedaba era la casa de la calle Angell y lo que ésta encerraba. Phillips trabajaba como redactor en unas revistas de escándalo, y luego, para redondear las pocas ganancias que le producía el oficio, se dedicaba a revisar y corregir los innumerables y poco prometedores manuscritos de prosa o de poesía que otros escritores, más inexpertos que él, le enviaban con la esperanza de llegar a ver su obra publicada, una vez que la pluma de Phillips hubiese obrado un milagro. La vida sedentaria que llevaba no había mejorado su resistencia a la enfermedad; era alto, delgado, llevaba gafas, tenía frecuentes catarros y, una vez, para gran vergüenza suya, enfermó del sarampión.
Cuando los días eran cálidos, le gustaba mucho pasear por los campos donde había jugado de pequeño. En esas ocasiones, solía llevar sus papeles debajo del brazo y trabajar al aire libre, sentado en la encantadora y frondosa ribera del río que, durante su infancia, había sido su escondite predilecto. Esta orilla del río Seekonk no había cambiado en todos esos años, y Phillips, que vivía mucho del pasado, creía que una forma de desafiar el tiempo era permanecer cerca de los lugares que no cambiaban. En una carta a un corresponsal, había descrito esta forma de sentir suya: «Entre esos caminos del bosque que tan bien conozco, el salto entre el presente y los años 1899 ó 1900 desaparece totalmente, de modo que muchas veces me sorprende, al encontrarme nuevamente en la ciudad, constatar que ésta ha perdido su apariencia de fin de siècle». Además de la ribera del Seekonk, otro de los lugares que elegía para sus paseos era la colina de Nentaconhaunt. Le gustaba poder contemplar, desde allí, su ciudad natal a la puesta del sol, y esperar el plácido panorama de la población al recogerse en su vida nocturna, con los campanarios y los tejados de estilo holandés que, progresivamente, iban oscureciéndose sobre el fondo anaranjado y carmín del atardecer. Le emocionaba el brillo esmeralda o perlado en que se fundía el horizonte, y finalmente las luces centelleantes que transformaban la vasta y desigual ciudad en una tierra mágica que ejercía para Phillips una mayor atracción que durante el día.
Hacía mucho tiempo que Phillips había renunciado a alumbrarse con luz eléctrica, pues ésta resultaba excesivamente cara para sus modestos ingresos. Pero como sus largas excursiones diurnas le obligaban a trabajar hasta muy avanzada la noche, la famosa lámpara de su abuelo Whipple, por muy extraña y vieja que fuera, le iba a ser de una gran utilidad. La carta que acompañaba el último regalo del viejo, cuya relación con su nieto había sido muy profunda desde la muerte de los padres del niño, le explicaba que la lámpara provenía de una tumba de Arabia, en los comienzos de la historia. Decía que había pertenecido a un árabe medio loco, llamado Abdul Alhazred. Era obra de la fabulosa tribu de Ad, una de las cuatro misteriosas y poco conocidas de Arabia -Ad estaba en el sur, Thamood en el norte, y el centro de la península estaba ocupado por Tasm y Jadis-. Había sido hallada hace mucho tiempo en una ciudad oculta llamada Irem. Edificada por Shedad, el último de los déspotas de Ad, era la Ciudad de las Columnas, conocida por algunos como la Ciudad Sin Nombre. Decían que se encontraba cerca de Hadramant; según otros, debía estar enterrada bajo las antiquísimas y siempre movedizas arenas de Arabia. De todas maneras, salvo los favoritos del profeta que habían logrado encontrarla, nunca nadie había conseguido verla. Para terminar su larga carta, el viejo Whipple había escrito: «Puede proporcionar tanto placer encendida como apagada. Igualmente puede traer dolor. Es la fuente del éxtasis o del terror.»
El aspecto de la lámpara de Alhazred era poco corriente. Funcionaba con aceite, y parecía ser de oro. Por su forma, se asemejaba a una marmita oblonga, con un asa curvada a un lado y una espita para la llama al otro. Su decoración consistía en unos extraños dibujos, mezclados con letras y colocados de tal manera que parecían formar unas palabras. Pero aquel lenguaje era desconocido para Phillips, que conocía varios dialectos árabes y, sin embargo, no lograba descifrar la inscripción de la lámpara. No era sánscrito. Indudablemente se trataba de un idioma más antiguo; su escritura se componía de letras y jeroglíficos, algunos de los cuales eran pictografías. Phillips dedicó una tarde entera a limpiarla por dentro, por fuera y , después de haberle sacado brillo, la llenó de aceite.
Esa misma noche, Phillips retiró las velas y la lámpara de petróleo, que le habían alumbrado durante tantas y tantas noches de trabajo, y encendió la lámpara de Alhazred. Le sorprendió un poco lo cálido de su brillo, la estabilidad de su llama, y la calidad de su luz. Pero la cantidad de trabajo que le esperaba era tal que no podía seguir entreteniéndose con la lámpara. Sin perder más tiempo, se puso a revisar una obra en verso, que empezaba de la siguiente manera:
En la brillante y temprana alborada
De un año, mucho antes de nacer yo,
Cuando la tierra era aún el caos,
Mucho antes de cubrirse de luchas...
y continuaba así, en ese mismo estilo arcaico caído completamente en desuso. Sin embargo, era un estilo que a Phillips le gustaba. Vivía tanto en el pasado que sus puntos de vista y su filosofía acerca de la influencia del pasado desbordaban toda fantasía. Su noción del tiempo y del espacio estaba, desde sus primeros recuerdos, tan inextricablemente ligada a sus más profundos pensamientos y sentimientos, que cualquier intento de describir con palabras sus estados de ánimo parecería artificial, exótico o convencional. Durante décadas enteras, los sueños de Phillips estuvieron compuestos por una extraña mezcla de inquietud aventurera unida a paisajes, perspectivas arquitectónicas y efectos de la bóveda celeste. En su mente conservaba cierta imagen de sí mismo a los tres años: se encontraba sobre un puente ferroviario. A través de los huecos de la barandilla, su vista penetraba en la parte más densa de la ciudad. Y entonces sintió la inminencia de algún prodigio, que no podía describir ni llegar a comprender en su totalidad; era la intuición de algo maravilloso, de una liberación escondida en oscuras dimensiones. Presentía que, aunque raras veces y con muchas dificultades, aquellas dimensiones podían alcanzarse mediante ciertas perspectivas visuales, tales como la de una vieja calle vista a través de leguas de campo montañoso; o la de las balaustradas de unas terrazas enfocadas desde abajo, desde el mismo pie de la interminable escalera de mármol que conduce a ellas. Es cierto que Phillips soñaba con vivir en el siglo dieciocho, o incluso antes, cuando todavía había tiempo para el arte de la conversación y cuando el hombre podía vestirse con cierta elegancia sin ser observado con extrañeza por sus vecinos. Pero por muy intenso que fuera su deseo de volver a un tiempo en que el mundo era más joven y menos apurado, la falta de imaginación y las pocas ideas que reflejaban las líneas sobre las cuales estaba trabajando, sumadas a su propio cansancio, le hicieron sentirse incapaz de seguir con su tarea. Reconoció que no podía interesarse por estas líneas tan poco inspiradas; apartó el manuscrito y se inclinó hacia atrás para descansar.
Fue entonces cuando observó el súbito cambio que se había operado a su alrededor.
Las familiares paredes tapizadas de libros, salvo en los huecos de las ventanas -Phillips tenía la manía de taparlas con cortinas para que ninguna luz exterior, ya fuera la del sol, la de la luna, o la de las estrellas, invadiese su santuario- estaban extrañamente cambiadas. No era sólo la claridad difundida sobre ellas por la lámpara de Arabia lo que las había modificado, sino que la misma luz proyectaba contra las paredes objetos desconocidos para Phillips. Dondequiera que iluminara la lámpara, contra las paredes, sobre los tomos de los libros alineados en sus estantes, Phillips contemplaba unas escenas que ni los fondos más misteriosos de su imaginación hubiesen podido crear. En cambio, en todas las zonas oscuras, tales como la gran mancha de sombra que el respaldo de la silla de Phillips proyectaba sobre una parte de los estantes, no veía nada, nada más que la oscuridad de las sombras y en ellas la monotonía de los libros alineados.
Phillips permaneció sentado y, maravillado, contempló las escenas que se desarrollaban ante él. Luego quiso reaccionar y pensó que era víctima de una ilusión óptica. Pero tal explicación a ese fenómeno no le satisfacía, y la rechazó. Por otra parte, tenía el curioso convencimiento de que no deseaba hallar explicación alguna, de que no la necesitaba: algo maravilloso había ocurrido, sabía que tenía que ser pasajero y no quería conocer o sentir más que la admiración por lo que sus ojos presenciaban. El mundo que veía a la luz de la lámpara era de una rareza suprema. Era un mundo al que nunca había tenido acceso, ni por la vista, ni por la lectura, ni siquiera por la vía de sus sueños.
La escena parecía representar la tierra en sus principios, cuando aún estaba en período de formación. Unos chorros de vapor salían de las fisuras de sus rocas. Las huellas dejadas por unos reptiles se veían claramente dibujadas en el barro. Arriba, volando en el aire, unas bestias gigantescas peleaban y se destrozaban entre sí. Entre las rocas de una playa, el tentáculo de algún animal monstruoso se desenroscaba sinuosa y amenazadoramente en la luz roja del día, como una criatura extraída de alguna ficción fantástica.
Entonces, suavemente, la escena cambió. Las rocas fueron sustituidas por un desierto arrasado por el viento, y, como un espejismo, surgió la oculta y desierta Ciudad de las Columnas, conocida también como Irem. Phillips sabía que ahora, cuando ningún pie humano pisaba ya las calles de esa ciudad, unos seres terribles seguían merodeando entre los pilares de piedra de las viviendas, que no estaban en ruinas, sino que permanecían en el estado en que se encontraban cuando sus antiguos habitantes fueron aniquilados o echados de la ciudad por aquellos entes venidos del cielo para asediar Irem y apoderarse de ella. De aquellos seres no se veía nada, tan sólo se adivinaba el angustioso movimiento merodeante, como una sombra fuera del tiempo. Y a lo lejos, detrás de la ciudad y del desierto, se erguían las montañas cuyas cimas estaban cubiertas de nieve; cuando aún las estaba contemplando, Phillips tuvo conocimiento do sus nombres, porque en ese mismo momento se revelaron a su mente. La ciudad en el desierto era la Ciudad Sin Nombre, y las cumbres nevadas eran las Montañas de la Locura, o quizá Kadath en el Páramo Frío. A Phillips le divertía dar sus nombres a estos lugares del paisaje, pues se le ocurrían con facilidad; le venían a la mente como si hubiesen estado rondando el perímetro de sus pensamientos, en espera de la oportunidad que les permitiera encarnar en una vivencia real.
Permaneció sentado durante mucho tiempo, fascinado, hasta que una leve sensación de alarma le removió. Los paisajes que desfilaban ante sus ojos eran similares a los que podrían aparecer en un sueño, y sin embargo, Phillips sentía crecer su inquietud. Intuía algo parecido a la presencia de lo maligno, a la vez que tomaba conciencia de ciertos inconfundibles indicios de los horribles seres que ocupaban estos parajes. Finalmente, no pudo resistir más tiempo a esa angustia envolvente; apagó la luz y, algo tembloroso, encendió una vela. Se sintió inmediatamente confortado por su brillo descolorido y familiar.
Estuvo meditando largo rato sobre todo cuanto había visto. Su abuelo le había dicho de la lámpara que era su «más valiosa posesión»; con lo cual resultaba evidente que sus propiedades le eran conocidas. ¿Y qué eran esas propiedades sino el poder de transmitir el recuerdo ancestral y mágico de una revelación, de tal modo que quien se sentara a su luz podía contemplar los lugares de terror y belleza que sus dueños habían conocido? Phillips estaba convencido de que los paisajes que había podido ver eran lugares familiares a Alhazred. Pero esta explicación tenía muy poca lógica. Y cuantas más vueltas le daba, más aumentaba su perplejidad. Decidió volver al trabajo que había apartado; se volcó en él y consiguió alejar de sí todas las fantasías y alarmas que empezaban a instalarse en su mente.
Al día siguiente, Phillips salió a la declinante luz de octubre para pasearse fuera de la ciudad. Tomó el coche de línea hasta el final del barrio residencial, y después caminó en dirección al campo. Llegó a un lugar que no conocía, y que distaba por lo menos una milla de cualquier lugar por donde hubiera paseado antes. Siguió una carretera hasta la bifurcación al noroeste de Plainfield Pike y subió por la falda oeste del Nentaconhaunt. Allí pudo disfrutar de una vista realmente idílica. Era un panorama de praderas, de viejas paredes de piedra, de blancas alamedas y de lejanos tejados al oeste y al sur. Phillips se encontraba a menos de tres millas del corazón de la ciudad y sin embargo, estaba como sumergido en la primaria Nueva Inglaterra rural de los primeros colonizadores.
Antes de la puesta del sol, subió hasta arriba de la colina en dirección a uno de sus escondrijos familiares, que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se había percatado ante la perspectiva que tenía del extenso campo. Todo era resplandor de riachuelos, bosques lejanos y cielo naranja místico, con el gran disco solar rojo hundiéndose entre las franjas de estratos de nubes. Se adentró en el bosque y pudo contemplar la misma puesta del sol a través de los árboles. Luego volvió hacia el este para cruzar la colina en dirección a uno de sus escondrijos familiares y que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se había percatado de la inmensa extensión de Nentaconhaunt. Más que una simple colina, era una verdadera planicie en miniatura, con sus valles, sus cordilleras, y sus cimas propias. Desde alguna de sus praderas ocultas -tan alejadas de toda señal de vida humana- la vista que se le ofrecía sobre el remoto cielo urbano le maravilló: era un sueño de picachos encantados y de cúpulas medio flotando en el
aire y rodeadas de un oscuro aura de misterio. Las ventanas superiores de algunas de las torres más altas conservaban la incandescencia que el sol ya había perdido, y ofrecían una visión de resplandor irreal. Seguidamente, Phillips pudo admirar el gran disco de la luna de Orión flotando alrededor de los campanarios y alminares, mientras que al oeste, en el horizonte brillantemente anaranjado, Venus y Júpiter empezaban a parpadear. Se adentró en la llanura. El camino atravesaba unos paisajes muy variados: algunas veces serpenteaba por el interior, y otras penetraba en los bosques y los cruzaba para acercarse a los valles oscuros que se deslizaban hacia la llanura inferior. Los grandes pedruscos que se balanceaban en las alturas rocosas producían un efecto espectral, druídico, al recortarse en el crepúsculo.
Finalmente llegó a unos parajes que le eran más familiares. Allí, recubierto por la hierba, el promontorio de un viejo acueducto enterrado le daba la ilusión de pisar los restos de una carretera romana; y allí estaba la cima de la colina que siempre habla conocido. Extendida a sus pies, la ciudad se iluminaba rápidamente y se asemejaba a una constelación yaciendo en el profundo anochecer. La luna derramaba una inundación de oro pálido, y, al oeste, el resplandor de Venus y de Júpiter se acrecentaba con intensidad en el horizonte cada vez más difuso. El camino que le conduciría a su casa estaba ante él; no tenía más que bajar esa última pendiente para llegar al coche de línea que le llevaría a los prosaicos lugares frecuentados por el hombre.
Pero durante todas estas horas apacibles, Phillips no había olvidado un solo instante su experiencia de la noche anterior, y no podía negar que ansiaba anticipar la llegada de la noche. La sensación de alarma que se había apoderado de él se había convertido en la promesa de una nueva experiencia nocturna de naturaleza desconocida.
Esa noche, tomó su solitaria cena con más rapidez que de costumbre para poder acudir en seguida al estudio, donde las hileras de libros, que llegaban al techo, le esperaban con su saludo permanente. Pero él no miró siquiera el trabajo que había abandonado sobre la mesa, sino que encendió la lámpara de Alhazred y se sentó a esperar lo que pudiese ocurrir.
El suave resplandor amarillento de la lámpara se extendía sobre las paredes cubiertas de estantes. La llama no se movía; ardía tranquila y establemente, e igual que la víspera, la primera impresión que Phillips recibió fue la de un calor confortante y arrullador. Entonces, con suavidad, los libros y los estantes parecieron difuminarse, desteñirse, y dieron paso a escenas de otro mundo y otros tiempos. Aunque le fueran completamente desconocidos, los nombres de las escenas y de los lugares que veía afloraban con naturalidad a su mente, como si el resplandor de la lámpara de Alhazred estimulase su imaginación. Vio una casa muy bella, coronada de humo, en un promontorio como el cercano Gloucester. Vio un antiguo pueblo de estilo holandés, con un oscuro río que lo atravesaba, un pueblo como Salem, pero más malvado y misterioso, y llamó al pueblo Arkham, y al río Miskatonic. Vio la oscura ciudad costera de Innsmouth, y detrás de ella el Arrecife del Diablo. Vio las profundidades acuáticas de R'lyeh donde el difunto Cthulhu yacía durmiendo. Contempló la Meseta de Leng, arrasada por el viento, y las oscuras islas de los Mares del Sur. Pudo apreciar las Tierras del Ensueño, los paisajes de otros lugares, del espacio, así como las formas de vida que habían existido en otros tiempos y que, más viejos que la propia tierra, remontaban a los Primordiales, hasta Hali, e incluso más allá.
Pero presenciaba estas escenas como a través de una ventana que parecía invitarle a abandonar su propio mundo para viajar a estos reinos de maravilla y belleza; y en Phillips la tentación era cada vez más fuerte: temblaba con el deseo de obedecer, de dejar de ser lo que era, de intentar ser lo que tal vez podría ser. Pero, como la noche anterior, apagó la luz y agradeció la aparición de las paredes llenas de libros del estudio de su abuelo Whipple.
Renunció a las monótonas revisiones que le esperaban, y se pasó el resto de la noche, a la luz de la vela, escribiendo relatos cortos, inspirándose en las escenas y los seres que había visto a la luz de la lámpara de Alhazred.
Pasó toda la noche escribiendo, y todo el día siguiente durmiendo, exhausto.
Y a la noche, antes de ponerse de nuevo a escribir, estuvo contestando unas cartas. En ellas hablaba de sus «sueños», como ignorando si había visto realmente las imágenes que habían pasado ante sus ojos, o si las había soñado. Reconocía que los mundos de su propia ficción se entretejían con los mundos de la lámpara. Los deseos y anhelos de su juventud se habían fundido en su mente con las visiones de sus intentos creativos, que habían absorbido de igual forma los lugares de la lámpara y los secretos ocultos de su corazón, el cual, como la lámpara de Alhazred, había alcanzado los lejanos extremos del universo.
Pasaron muchas noches sin que Phillips volviese a encender la lámpara.
Las noches se sumaron, llegando a formar meses, y los meses años.
Envejeció, sus relatos de ficción fueron publicados, y con ellos las mitologías de Cthulhu; de Hastur el Inefable; de Yog-Sothoth; de Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques con sus Mil Crías; de Hypnos, el dios del sueño; de los Primigenios Mayores y de su mensajero, Nyarlathotep; todos esos seres mitológicos, con el oscuro mundo de sombras que representaban, llegaron a formar parte integrante de la intimidad de Phillips. Su conocimiento de ellos era tal que pudo traer Arkham a la realidad. Descubrió la sombra sobre Innsmouth, habló de los murmullos en la oscuridad y del moho de Yuggoth, y dio a conocer el horror de Dunwich. Y en toda su prosa, en todos sus versos, la luz de la lámpara de Alhazred brillaba, aun cuando Phillips ya no la utilizara.
Dieciséis años transcurrieron de esta forma, hasta que, una noche, Ward Phillips se acercó a donde había dejado la lámpara, detrás de una fila de libros, sobre uno de los estantes inferiores de la biblioteca de su abuelo Whipple. La sacó de allí, e inmediatamente todos los viejos encantos y todas las maravillas se reavivaron para él. Volvió a limpiarla y la colocó sobre la mesa. En los últimos años, el estado de salud de Phillips había empeorado mucho. Padecía una enfermedad incurable y sabía que sus días estaban contados; pero no quería morir sin volver a contemplar, una última vez, los mundos de belleza y de terror que encerraba la lámpara de Alhazred.
Encendió la lámpara otra vez y miró hacia las paredes. Pero sucedió algo extraño. En las mismas paredes donde antes le habían sido presentados los lugares y seres relacionados con la vida de Alhazred, surgía ahora la aparición mágica de un lugar muy conocido por Ward Phillips, pero no del tiempo actual, sino tal como era en una época pasada, un tiempo querido y perdido, cuando retozaba de chiquillo en las orillas del Seekonk, ocupado con los juegos que inspiraba a su imaginación la mitología griega. Allí estaba otra vez la niñez; allí estaban las ensenadas donde había pasado sus años de juventud; allí estaba la glorieta que había construido en honor del gran Pan; toda la irresponsabilidad y la feliz libertad de aquella niñez se reproducían sobre las paredes, porque lo que la lámpara reflejaba ahora eran sus propios recuerdos.
Anhelante, pensó que quizá siempre le había proporcionado la lámpara recuerdos ancestrales, pues ¿quién podía negar que su abuelo Whipple, cuando era joven, o los que le precedieron en la línea de Ward Phillips, habían visto todos aquellos lugares iluminados por la lámpara?
Y otra vez fue como si mirase por una puerta abierta. La escena le invitaba. Se levantó dificultosamente y caminó hacia la pared. No dudó más que un instante; luego siguió hacia los libros.
La luz del sol irrumpió repentinamente a su alrededor. Se sintió libre de sus cadenas y empezó a correr ligeramente a lo largo de la orilla del Seekonk, donde los escenarios de sus primeros años le esperaban para que rejuveneciese, para que volviera a empezar una vida en los tiempos apacibles, cuando el mundo era joven...
Se descubrió la desaparición de Ward Phillips cuando un admirador de sus cuentos, que sentía curiosidad por conocerle, vino a la ciudad a hacerle una visita. Se llegó a la conclusión de que se había sentido mal en el bosque y había fallecido allí, pues sus paseos solitarios eran bien conocidos por los vecinos de la calle Angell, así como el paulatino agravamiento de su salud.
Organizaron varias excursiones para explorar los alrededores de Nentaconhaunt y las orillas, pero no encontraron rastro de Ward Phillips. La policía confiaba en que algún día se encontrarían sus restos, pero nada descubrió y, con el tiempo, el misterio sin resolver se perdió en los archivos.
Los años pasaron. La casa de la calle Angell fue derribada, la biblioteca adquirida por algunas librerías, y lo que había en la casa se vendió como chatarra, incluyendo una vieja y antigua lámpara árabe, por la que nadie, en un mundo tecnológico posterior a la época de Phillips, se interesó y a la que no se encontró utilidad alguna.


lunes, 16 de junio de 2008

El Sello de R'lyeh -- August Derleth

El Sello de R'lyeh
August Derleth


I

Mi abuelo paterno, a quien siempre vi en una habitación oscura, solía decir a mis padres, refiriéndose a mí: «¡Cuidad que siempre esté lejos de la mar!», como si yo tuviera alguna razón para temer el agua, cuando de hecho siempre me ha atraído. Como se sabe, los que nacen bajo uno de los signos acuáticos -el mío es Piscis- sienten una natural predilección por el agua. También se dice que poseen ciertos dones psíquicos, pero ésta es otra cuestión. El cualquier caso, tal era el criterio de mi abuelo, hombre extraño, a quien no podría describir aunque de ello dependiera la salvación de mi alma -lo cual, dicho a la luz del día, resulta un modismo un tanto ambiguo-. Antes de morir mi padre en accidente de automóvil, acostumbraba a repetirlo con frecuencia, también. Después, ya no fue necesario; mi madre me crió entre montañas, bien lejos de la vista, del ruido y de los olores del mar.
Pero tarde o temprano, sucede lo que tiene que suceder. Me encontraba estudiando en una universidad del Medio Oeste, cuando murió mi madre. Una semana después, murió también mi tío Sylvan, dejándome todo cuanto poseía. yo no había llegado a conocerle. Era el excéntrico de la familia, el raro, la oveja negra. Se le conocía por una gran diversidad de apodos y todo el mundo lo despreciaba, excepto mi abuelo, que suspiraba con pena cada vez que hablaba de él. Yo era el único descendiente directo de mi abuelo. Tenía un tío abuelo que vivía en Asia, según me habían dicho siempre, aunque al parecer, nadie sabía a qué se dedicaba allí, salvo que sus actividades se relacionaban con la mar o la navegación... Era natural, pues, que heredara yo las posesiones de tío Sylvan.
Tenía dos propiedades, y daba la casualidad de que ambas lindaban con la mar. Una se hallaba en un pueblo de Massachusetts llamado Innsmouth, y otra estaba también en la costa, pero bastante al norte de dicho pueblo. Después de pagar los derechos reales, me quedó dinero suficiente para no tener que volver a la Universidad, ni verme obligado a emprender trabajos que no me apetecían. Mi propósito era precisamente llevar a cabo lo que me había sido prohibido durante veintidós años: ver la mar, y tal vez comprar un balandro, un yate, o lo que quisiera.
Pero las cosas no iban a suceder como yo deseaba. Fui a Boston a ver al abogado y después marché a Innsmouth. Me pareció un pueblo extraño. La gente no era cordial. Algunos me sonreían cuando se enteraban de quién era yo, pero en sus sonrisas había algo extraño y enigmático, como si supieran algo inconfesable de tío Sylvan. Afortunadamente, la finca de Innsmouth era la más pequeña de las dos. Saltaba a la vista que mi tío no se había ocupado mucho de ella. Se trataba de una vieja mansión lóbrega y sombría que, para sorpresa mía, resultó ser la casa solariega de mi familia, mandada construir por mi bisabuelo -el que estuvo dedicado al comercio con China- y habitada por mi abuelo durante buena parte de su vida. El nombre de Phillips despertaba aún una especie de temeroso respeto en aquel pueblo.
Mi tío Sylvan había pasado casi toda su vida en la otra finca. Tenía sólo cincuenta años cuando murió, pero últimamente había llevado una existencia muy similar a la de mi abuelo. Raramente se le veía, retirado en aquella casa que coronaba un promontorio rocoso situado en la costa, al norte de Innsmouth. No era lo que un amante de la belleza llamaría un casa encantadora, pero de todos modos tenía su atractivo, y por mi parte, lo capté inmediatamente. Desde el primer momento sentí como si aquella casa perteneciese a la mar. En ella resonaba siempre el Atlántico. Una muralla de árboles frondosos la aislaba de la tierra. En cambio, sus inmensos ventanales se abrían al océano. No era un edificio viejo como el otro. Tendría unos treinta años, según me dijeron, y había sido construido por mi tío, en el mismo solar donde se alzara otro más antiguo, que también había pertenecido a mi bisabuelo.
Era una casa de muchas habitaciones. De todas, la única que merece la pena recordar es el gran estudio central. Aunque el resto de la casa era de un sola planta y rodeaba a dicho salón central, éste tenía una altura de dos pisos por lo menos; sus paredes estaban cubiertas de libros y objetos curiosos, de tallas y esculturas de formas exóticas, de pinturas, de máscaras procedentes de distintas partes del mundo, en especial de las civilizaciones polinesia, azteca, maya, inca, y de antiguas tribus indias de las regiones nordoccidentales del continente americano. Era, pues, una colación fascinante, comenzada por mi abuelo y continuada por tío Sylvan. Una gran alfombra de artesanía, adornada con una extraña figura octópoda, cubría el centro del salón. Todos los muebles estaban situados entre las paredes y dicho centro.
Nada había colocado sobre al alfombra.
Por lo demás, se observaba un extraño simbolismo en la decoración de la casa. Tejido en las alfombras -también en la que ocupaba el centro del estudio-, en los cortinajes, en los entrepaños, se repetía un motivo ornamental que parecía como un sello singularmente sorprendente: en el centro de un disco aparecía una representación rudimentaria del símbolo astronómico de Acuario, el portador de agua -acaso elaborada en edades remotas, cuando la forma de Acuario no era exactamente como es hoy- coronando los vestigios de una ciudad enterrada, contra la cual, en el centro exacto del círculo, se alzaba una figura indescriptible, a la vez reptil y pez, octópoda y semihumana, que, aunque en miniatura, pretendía representar un ser gigantesco e imaginario. Finalmente, en letras tan tenues que apenas podían leerse, el disco estaba circundado por unas palabras que no entendí, pero que tuvieron la virtud de remover algo en lo más profundo de mi ser:
Pb'glui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgh'nagl fhtagn
No me pareció extraño, en absoluto, que este curioso dibujo ejerciera sobre mí la más grande atracción desde el primer momento, aunque no entendiese su significado hasta más tarde. Igualmente inexplicable era el imperioso hechizo de la mar. Aunque jamás había puesto los pies en este sitio, experimenté una vivísima sensación de haber regresado a casa. Nunca en mi vida había pasado de Ohio, hacia el Este. Lo más cerca que estuve de la costa fue con ocasión de unas esporádicas excursiones al lago Michigan y al lago Hurón. Esta atracción innegable que sentía hacia la mar, la atribuí a una tendencia ancestral que me venía de familia. ¿No habían trabajado mis antepasados en la mar, y habían formado sus hogares junto a la costa? ¿y durante cuántas generaciones? Al menos, yo conocía dos, pero eran más. Generación tras generación, todos habían sido navegantes, hasta que, por lo visto, sucedió algo que determinó a mi abuelo a irse a vivir tierra adentro y apartarse de la mar en lo sucesivo, obligando a los demás a hacer lo mismo.
Hablo de esto porque su significado se me hizo manifiesto a la luz de lo que sucedió después, y quiero dejar constancia antes de que llegue la hora de reunirme con los míos. La casa y la mar me atraían; ambas constituían mi hogar. Incluso esta palabra cobraba más sentido en ellas que en la morada que tan felizmente compartiera con mis padres unos años antes. Era muy extraño. No obstante -y esto era más extraño aún-, no me lo parecía a mí. Al contrario, me resultaba lo más natural, y no me pregunté el por qué.
Al principio. no contaba con elementos de juicio para saber qué clase de hombre había sido mi tío Sylvan. Encontré un retrato suyo bastante antiguo, hecho sin duda por algún aficionado a la fotografía. Representaba a un joven tremendamente serio, de unos veinte años de edad, que, aun no careciendo de cierto atractivo, podía resultar desagradable a mucha gente, ya que su rostro sugería algo vagamente inhumano. Tal vez esta impresión provenía de su nariz un tanto aplastada, de su boca enorme, o de sus ojos extrañamente saltones, de basilisco. No encontré fotografías suyas más recientes, pero conocí a algunas personas que se acordaban de él, de cuando iba a Innsmouth, a pie o en coche, a hacer sus compras. Me enteré de esto un día en la tienda de Asa Clarke, donde fui a comprar provisiones para la semana.
-¿Es usted de los Phillips? -me preguntó el anciano propietario.
Le contesté que sí.
-¿Hijo de Sylvan?
-Mi tío no llegó a casarse.
-Ya... Eso decía él -replicó-. Entonces será usted hijo de Jared. ¿Cómo está su padre?
-Ha muerto.
-También, ¿eh?.. Era el último de su generación, ¿verdad? Y usted...
-Yo soy el último de la mía.
-Los Phillips, en tiempos, fueron grandes y poderosos por esta parte. Una familia muy antigua... Pero usted lo sabe mejor que yo.
Le dije que no. Venía del interior, y sabía muy poca cosa de mis antepasados.
-¿Es posible?
Me miró un instante casi con incredulidad.
Bueno, los Phillips son tan antiguos como los Marsh. Las dos familias formaban una sociedad hace muchos años. Comerciaban con China. Los fletes salían de aquí y de Boston con destino a Oriente: Japón, China, las islas... y de allí traían... -aquí se detuvo; su rostro palideció ligeramente, y luego se encogió de hombros- muchas cosas, ¡muchas! -me miró perplejo-. Se va a quedar por aquí, ¿verdad?
Le contesté que había heredado la residencia de mi tío, y que había tomado posesión de ella. Ahora andaba buscando personal de servicio.
-No encontrará -dijo moviendo la cabeza- La finca está demasiado lejos, y a la gente no le gusta. Si quedara alguno de los Phillips... -abrió los brazos con desaliento-. Pero casi todos murieron el año veintiocho, cuando el fuego y las explosiones. Sin embargo, quizá pueda encontrar a alguno de los Marsh que le eche una mano. No todos murieron aquella noche.
Esta referencia vaga y confusa no me inquietó entonces lo más mínimo. Lo único que me preocupaba era encontrar a alguien que me ayudara en los avíos de la casa.
-Marsh -repetí-. ¿Podría darme el nombre y la dirección de uno de ellos?
-Conozco a una -dijo pensativamente, y sonrió a continuación como para sus adentros.
Así conocí a Ada Marsh.
Tenía veinticinco años, pero había días en que parecía mucho más joven, y otros, mucho más vieja. Fui a la casa, la encontré, y le pedí que viniera a trabajar para mí. Resultó que tenía automóvil -un Ford viejísimo de modelo T- y que podía ir y volver; además, la perspectiva de trabajar en lo que llamaba ella el «refugio de Sylvan», pareció atraerla. En verdad, se mostró casi ansiosa por entrar a mi servicio, y me prometió que iría a casa aquel mismo día, si me hacía falta. No era una muchacha atractiva, pero, igual que en mi tío, encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros. Para mí, aquella boca inmensa de labios aplastados tenía cierta gracia, y sus ojos, innegablemente fríos, me parecían muy cálidos en ciertos momentos.
Vino a la mañana siguiente. Al verla andar por la casa, comprendí que ya había estado antes en ella.
-No es la primera vez que viene usted por aquí, ¿verdad? -dije.
-Los Marsh y los Phillips son viejos amigos -dijo, y me miró como si yo tuviera la obligación de saberlo. Y en aquel momento, me invadió la sensación de que yo sabía que así era, en efecto.
-Muy, muy viejos amigos, señor Phillips. Tan viejos como la tierra misma, tan viejos como el portador del agua, y como el agua.
También ella era extraña. Me enteré de que había estado más de una vez en la casa como invitada del tío Sylvan. Ahora había accedido a venir a trabajar para mí, sin vacilar, y con una singular sonrisa en los labios -«tan viejos como el portador del agua, y como el agua»-, que me hizo pensar en el dibujo que tanto se repetía a nuestro alrededor. Pensándolo bien, creo que ésta fue la primera vez que se me ocurrió esta asociación, y experimenté una vaga sensación de inquietud.
-¿Ha oído, señor Phillips? -preguntó entonces.
-¿El qué?
-Si lo hubiera oído, no necesitaría que se lo dijera.
Pero su verdadero propósito no era trabajar para mí. Lo que ella quería era tener acceso a la casa. Lo descubrí un día que salí a buscar unos documentos, y la encontré entregada, no a su trabajo, sino a un registro minucioso y sistemático de la gran habitación central. La estuve observando un rato: cogía los libros y los hojeaba, separaba cuidadosamente los cuadros de las paredes, levantaba las esculturas de las estanterías... En una palabra, registraba en todas partes donde pudiese haber algo escondido. Volví a salir, di un portazo, y cuando entré de nuevo en el estudio, la vi dedicada a quitar el polvo, como si nunca hubiera hecho otra cosa.
Mi primer impulso fue decírselo, pero pensé que sería mejor callar. Si buscaba algo, quizá lo encontrara yo antes que ella. Así que no le dije nada, y, cuando se fue aquella noche, empecé a registrar por donde ella lo había dejado. No sabía lo que buscaba, pero sí su tamaño, sobre poco más o menos, a juzgar por los sitios donde la había visto mirar. Debía de ser algo delgado, pequeño, no más grande que un libro.
-¿Sería un libro precisamente? Aquella noche me repetí cientos de veces esa misma pregunta.
Como es natural, no encontré nada, a pesar de que estuve buscando hasta medianoche. Lo dejé estar, rendido de cansancio, pero satisfecho: había registrado mucho más de lo que Ada registraría a la mañana siguiente. Me senté a descansar en una de las mullidas butacas alineadas junto a la pared, en aquella misma estancia, y entonces sufrí mi primera alucinación. La llamo así a falta de otra palabra mejor y más precisa. Me había quedado algo adormilado, cuando oí un ruido semejante a la apagada respiración de una bestia de grandes proporciones. Al instante se me quitó toda somnolencia, persuadido de que la casa misma, el peñasco entre el cual se asentaba, y la mar que bañaba las rocas al pie del acantilado, respiraban al unísono como las diferentes partes de un enorme ser vivo. Tuve entonces la misma impresión que he tenido otras veces al contemplar los cuadros de ciertos pintores contemporáneos -en especial los de Dale Nichols- que representan la tierra y sus relieves como si fueran partes de un hombre o una mujer dormidos. Entonces me dio la impresión, digo, de que me hallaba en el pecho, o en el vientre, o en la frente de un ser tan grande que me era imposible percibirlo en su inmensidad.
No recuerdo lo que duró esta impresión. Pensé en la pregunta de Ada Marsh: «¿Ha oído?» ¿Era a esto a lo que se refería? No me cabía duda de que la casa, y el peñasco que se servía de base, estaban tan vivos e inquietos como aquella mar que dejaba correr sus ondas hacia el horizonte de Oriente. Continué sentado, bajo el influjo de dicha ilusión, durante largo rato. ¿Temblaba la casa como si efectivamente respirara? Estaba convencido de que sí. De momento lo atribuí a algunas grietas de su estructura, y pensé que seguramente estos temblores y ruidos tendrían algo que ver con la aversión de aquellas gentes hacia este lugar.
Al tercer día abordé a Ada Marsh en pleno registro.
-¿Qué busca usted, Ada? -pregunté.
Ella me miró con sumo candor. Debió comprender que ya la había visto registrar anteriormente.
-Su tío investigaba algo, y yo he creído que a lo mejor había descubierto lo que buscaba. A mí también me interesa. Y quizá a usted. Usted es como nosotros, es uno de los nuestros... como los Marsh y los Phillips de antes.
-¿Y qué es lo que busca?
-Puede ser un cuaderno de notas, un diario, unos papeles... -encogió los hombros-. Su tío me dijo muy poca cosa, pero yo lo sé. Se iba muy a menudo, y a veces estaba ausente durante largas temporadas. ¿Adónde? Tal vez había alcanzado su objetivo, porque jamás se iba por carretera.
-Tal vez pueda descubrirlo yo.
Negó con la cabeza.
-Usted no tiene idea. Usted es como... como un forastero.
-¿Pero me podría usted explicar algo?
-No. Nadie se atrevería a hablar de eso a una persona demasiado joven para comprender. No, señor Phillips, no le diré nada. No está usted preparado.
Aquello me hirió. Me sentí ofendido. Sin embargo, no quise despedirla. Su actitud era como de desafío.


II

Dos días más tarde, di con lo que buscaba Ada.
Los papeles de mi tío Sylvan estaban ocultos en un lugar donde Ada había mirado al principio: detrás de un estante de libros raros. Pero se hallaban guardados en un cajoncito secreto que abrí por pura casualidad. Allí encontré un diario, muchos recortes y varias hojas de papel cubiertas con la letra menuda de mi tío. Inmediatamente lo llevé todo a mi habitación y lo guardé, como si temiera que, a esas horas de la noche, pudiera venir Ada Marsh a arrebatármelos. Cosa absurda, porque no sólo no le tenía miedo, sino que me sentía atraído hacia ella, muchísimo más de lo que podía haberme imaginado la primera vez que la vi.
Incuestionablemente, el descubrimiento de los papeles supuso un giro radical en mi existencia. Digamos que mis primeros veintidós años habían transcurrido, monótonos, como en un compás de espera, y que los primeros días de mi estancia en la residencia de tío Sylvan habían constituido como una fase de latencia, previa a mi acceso a un nuevo plano biológico. Mi mutación se desencadenó, sin duda, con el descubrimiento -y la lectura, evidentemente- de los papeles.
Pero del primer párrafo donde se posaron mis ojos, no entendí ni una palabra:
«Plataforma cont. sub. Extremo Norte Inns. extendiéndose curv. hasta aprox. Singapur. ¿Origen: Ponapé? A. supone R. en Pacífico, cerca Ponapé; E. sostiene que R. está cerca de Inns. Princ. autores lo suponen en las profundidades. ¿Podría ocupar R. totalmente la Plataforma Cont. de Inns. a Singapur?»
Este era el primer párrafo. El segundo, era aún más desconcertante:
«C..., que aguarda soñando en R., es todo en todo y en todas partes. El está en R. (en Inns. y Ponapé), entre las islas y en lo más hondo. Los Profundos: ¿dónde tuvieron Obad. y Cyrus el primer contacto? ¿En .Ponapé o en una de las islas menores? ¿Y cómo? ¿En tierra, o bajo las aguas?
Pero en el tesoro que acababa de encontrar, no había sólo notas de mi tío. Había también otros documentos con revelaciones aún más turbadoras, como por ejemplo, una carta del Rev. Jabez Lovell Phillips dirigida, hacía más de un siglo, a una persona que no nombraba. Decía así:
«Cierto día de agosto de 1797, el Cap. Obadiah Marsh, acompañado de su Primer Piloto Cyrus Alcott Phillips, comunicó que su barco, el Cory, había naufragado con toda su tripulación en las Marquesas. El Capitán y el Primer Piloto arribaron al puerto de Innsmouth en un bote de remos sin muestra alguna de sufrimiento ni fatiga, no obstante haber recorrido una distancia de varios miles de kilómetros en una embarcación prácticamente incapaz de realizar esa proeza. A partir de entonces, comenzó en Innsmouth una serie de sucesos que convirtieron al pueblo en un lugar maldito, en el curso de una generación. Surgió una raza extraña entre los Marsh y los Phillips, y cayó una maldición sobre sus descendencias. No se sabe de dónde salieron las mujeres que el Capitán y el Primer Piloto tomaron por esposas, pero dieron a luz una camada de seres endemoniados y prolíficos que nadie pudo contener, y contra la cual no me han valido mis plegarias al Señor.
»¿Qué son esas bestias que salen de las aguas a retozar, en las altas horas de la noche? Algunos decían que eran sirenas, pero creer eso es necedad. ¿Qué habían de ser, sino las hordas malditas, engendradas por Marsh y por Phillips ?»...
No continué leyendo. Este lenguaje me llenaba de inquietud.
Volví a coger el diario de mi tío, y busqué la última anotación:
«R. está donde yo me figuraba. La próxima vez veré al propio C., aletargado en las profundidades, en espera del día de su resurgimiento.»
Pero no hubo próxima vez para tío Sylvan, sino la muerte. Antes de esta última anotación había muchísimas más. Evidentemente, mi tío se había ocupado de cuestiones que estaban fuera de mis alcances. Hablaba de Cthulhu y R'lyeh, de Hastur y Lloigor, de Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, de la Meseta de Leng, de los Fragmentos de Sussex, del Necronomicon, de la Galería de Marsh, del Abominable Hombre de las Nieves... Pero de lo que hablaba con más frecuencia, era de R'lyeh, del Gran Cthulhu -el «R.» y el «C.» de sus papeles- y de la búsqueda que él había llevado a cabo, la cual, como bien se deducía de sus escritos, tenía por objeto descubrir los refugios de esos seres o los seres que se refugiaban en esos refugios, que yo apenas si lograba distinguir los unos de los otros, según la forma con que él anotaba sus ideas. Desde luego, sus notas estaban redactadas para su uso personal, de forma que sólo él las entendería. Yo no tenía ningún marco de referencia al que poder recurrir.
Entre los documentos encontré también un mapa trazado con tosquedad por alguna mano más antigua que la de mi tío Sylvan, a juzgar por lo viejo y arrugado del papel. Este mapa me fascinaba, a pesar de no tener idea exacta de su importancia ni utilidad. Era una representación desmañada del mundo, pero no del mundo que conocía yo, no del mundo de los atlas geográficos, sino más bien de un mundo que sólo había existido en la imaginación de quien lo había trazado. En el corazón de Asia, por ejemplo, el artista había situado la «Mes. Leng»», y al norte de ésta, en el lugar que correspondía a Mongolia estaba «Kadath, en el Desierto de Hielo», zona que era definida como un «continuo tempo-espacial coextensivo». En el mar de Polinesia estaba indicada la «Galería Marsh», que sería (supuse yo) una grieta en el fondo del océano. También estaba señalado el Arrecife del Diablo, a cierta distancia de Innsmouth, así como Ponapé. Estos últimos puntos eran perfectamente reconocibles, pero los demás nombres geográficos de aquel mapa fabuloso eran absolutamente desconocidos para mí.
Escondí mi botín en un lugar donde a Ada Marsh no se le ocurriría buscarlo, y regresé, pese a lo tarde que era ya, a la habitación central. Allí, como movido por un instinto, busqué sin vacilar en el estante tras el cual había descubierto los papeles. En él estaban algunos de los libros que mencionaba tío Sylvan en sus notas: los Fragmentos de Sussex, los Manuscritos Pnakóticos, los Cultes des Goules del conde d'Erlette, el Libro de Eibon, los Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt, y muchos otros. Pero, ¡lástima!, la mayoría estaban en latín o en griego, lenguas que apenas dominaba yo, aun cuando, mal que peor, pudiera defenderme en francés o alemán. No obstante, descifré lo bastante de ésos como para sentir miedo de verdad, para sentir terror y, a la vez, una excitación no exenta de cierta euforia, como si mi tío Sylvan me hubiese legado, no sólo la casa y sus propiedades, sino también sus investigaciones, y una ciencia que ya era vieja millones de años antes de aparecer el hombre.
Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali, en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth... y todos habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: Los Profundos, que poblaban los mares y las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn. En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R'lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»
Y las exploraciones de mi tío no tenían otro objeto, sin duda, que el de encontrar ¡el refugio subacuático de Cthulhu!
A la fría luz de la madrugada me esforcé por criticar mis propias conclusiones. ¿Acaso creía mi tío Sylvan en semejante maraña de fábulas? ¿O tal vez sus pesquisas no eran más que un modo de combatir su aburrimiento de hombre solitario? La biblioteca de mi tío era inmensa, abarcaba toda la literatura universal. Sin embargo, una sección de estanterías estaba dedicada exclusivamente a libros de temas esotéricos, a libros sobre creencias extrañas y hechos más extraños aún, inexplicables a la luz de la ciencia, a libros sobre religiones herméticas, casi desconocidas. Tenía, además, una abundante cantidad de álbumes con artículos recortados de periódicos y revistas, cuya lectura me produjo, a la vez, una sensación de miedo y una chispa de irresistible regocijo. En efecto, estos hechos, relatados de manera prosaica, constituían una prueba singularmente convincente a favor de los mitos en que creía mi tío.
De todos modos, aquella mitología no constituía ninguna novedad. Todas las creencias religiosas, todos los mitos, cualquiera que sea la cultura a que pertenecen, poseen una cierta analogía en sus fundamentos. Siempre giran en torno a la lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal. Este tema también formaba parte de las teorías de mi tío. Los Primigenios y los Dioses Arquetípicos -que, según lo que pude colegir, venían a ser lo mismo- representaban el Bien original. Los Primordiales representaban el Mal. Como sucede en muchas religiones, apenas se nombraba a los dioses benefactores, en este caso, a los Dioses Arquetípicos. En cambio, se citaba continuamente a los Primordiales, que aún eran adorados y servidos por multitud de seguidores esparcidos por toda la Tierra y los espacios interplanetarios. Los Primordiales no sólo combatían a los Dioses Arquetípicos, sino que luchaban también entre sí, en un empeño supremo por la dominación final. Eran, en suma, representaciones de las fuerzas elementales, y cada uno correspondía a un elemento: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, a los espacios siderales. Otros, representaban las grandes fuerzas primitivas: Shub-Niggurath, Mensajera de los Dioses, la fertilidad; Yog-Sothoth, el continuo tempo-espacial; Azathoth, en cierto modo, el principio del mal.
¿No resultaba, en definitiva, una mitología muy semejante a las demás? Los Dioses Arquetípicos pudieron convertirse, andando el tiempo, en la Trinidad de las religiones judeocristianas; los Primordiales, para la mayoría de los creyentes, se transformaron después en Satán y Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Lo único que me inquietaba, era que existiesen a un tiempo los originales y sus copias. Pero tampoco esto tenía demasiada importancia, porque ya se sabe que en la historia de la humanidad se superponen continuamente distintos eslabones evolutivos de una misma creencia.
Más aún: había ciertos datos que permitían suponer que los mitos de Cthulhu eran muy anteriores no sólo al cristianismo, sino incluso a las creencias de la antigua China y de los albores de la humanidad, habiendo logrado sobrevivir en determinadas regiones de la Tierra: entre los Tcho-Tcho del Tíbet y los yeti de las altas mesetas de Asia, así como entre ciertos seres extraños que habitaban en la mar, conocidos como los Profundos, híbridos anfibios, nacidos de antiguos apareamientos entre humanoides y batracios, o producto quizá de ciertas mutaciones aparecidas en el curso de la evolución humana. Tales mitos habían sobrevivido igualmente, de manera reconocible, en determinados símbolos religiosos muy posteriores: en Quetzalcoatl y otros Dioses aztecas, mayas e incas; en los ídolos de la Isla de Pascua, en las máscaras ceremoniales de los polinesios y los indios americanos de la costa noroccidental, donde aún persistían, como motivos ornamentales, formas tentaculares y octópodas, análogas a la que simbolizaba a Cthulhu. En resumen, podía decirse con seguridad que los mitos de Cthulhu eran antiquísimos.
Aun adscribiéndolos al reino de la pura teoría, me sentí abrumado por la tremenda cantidad de artículos que había recogido mi tío. Las prosaicas reseñas periodísticas contribuyeron no poco a hacerme dudar de mi escepticismo, por su tono aséptico y puramente informativo. Tales artículos, además, no procedían de la prensa sensacionalista, sino de revistas serias como el National Geographic. Total, que me quedé hecho un mar de confusiones.
¿Qué pudo haberle pasado a Johansen* , con su barco Emma, sino lo que él mismo declaró? ¿Acaso cabía otra explicación?
¿Y por qué el gobierno americano envió destructores y submarinos para machacar con cargas de profundidad los alrededores del Arrecife del Diablo, frente al puerto de Innsmouth?** ¿Y por qué la policía detuvo a tantos vecinos de Innsmouth, a quienes no se volvió a ver nunca más? ¿Y el incendio que se declaró por toda la comarca costera, acabando con muchos otros? ¿Cómo explicar todo esto, si no era cierto que se habían descubierto extraños ritos entre gentes de Innsmouth que mantenían relaciones diabólicas con ciertos seres que habitaban en la mar, a los cuales se les veía en el Arrecife del Diablo, durante la noche?
¿Y que le sucedió a Wilmarth* en la montañosa comarca de Vermont cuando, en el curso de sus investigaciones acerca de los cultos a los Arcaicos, se acercó demasiado a la verdad? ¿y qué fue de todos los escritores que habían tomado el asunto como pura ficción -Lovecraft, Howard, Barlow-, o lo habían enfocado de forma científica -como Fort-, cuando se hallaban a punto de desvelar el misterio? Murieron. Murieron, o desaparecieron como Wilmarth. Y casi todos de muerte prematura, cuando todavía eran jóvenes. Mi tío tenía sus obras, aunque de todos ellos, sólo Lovecraft y Fort las habían publicado en forma de libro. Los leí, y lo que decían me inquietó aún más, porque me pareció que las fantasías de H. P. Lovecraft se hallaban tan cerca de la verdad como los hechos -tan inexplicables para la ciencia- recogidos por Charles Fort. Aunque los relatos de Lovecraft fueran fantasías, se ceñían a los hechos -aun rechazando los recopilados por Fort- que subyacen bajo las creencias del género humano. En sí mismos, estos relatos eran cuasi míticos, como el destino final de su autor, cuya muerte prematura llegó a suscitar infinidad de leyendas que dificultaban aún más la tarea de esclarecer la verdad desnuda. Pero había llegado el momento, para mí, de ahondar en los secretos contenidos en los libros de mi tío, y de bucear en sus anotaciones y colecciones de artículos. Una cosa estaba clara: mi tío había creído en ello hasta el punto de emprender la búsqueda del reino sumergido -o de la ciudad sumergida- de R'lyeh. Yo no sabía si era reino ni ciudad, o si rodeaba la tierra desde la costa atlántica de Massachusetts hasta las Islas del Pacífico; pero sí sabía que era allí, donde había sido desterrado Cthulhu, muerto, y sin embargo, no muerto: «¡Cthulhu muerto, sueña!», decía más de un relato... en espera de que llegue el momento de rebelarse nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero. Pues, ¿acaso no es cierto que, si triunfa el mal, se convierte en ley de vida, y entonces es justo combatir el bien? ¿Acaso no es la mayoría la que impone la norma, y que en ella no cabe lo anormal o, como dice la humanidad, el mal, lo abominable?
Mi tío había buscado R'lyeh, y había descrito sus investigaciones de manera sobrecogedora. Había descendido a las profundidades del Atlántico, desde esta casa suya que se asoma a la costa, hasta el Arrecife del Diablo y aún más allá. Pero no decía qué medios había empleado. ¿Había utilizado un equipo de buzo? ¿Acaso una batisfera? Por la casa no descubrí el menor rastro de aparatos de sumersión. Sus largas ausencias, por otra parte, se debían a estas exploraciones. Y con todo, no citaba en absoluto sus aparatos, ni éstos habían aparecido entre sus bienes.
Si R'lyeh era el objeto de los afanes de mi tío, ¿qué pretendía Ada Marsh? Tenía que averiguarlo. Para ello, dejé al día siguiente algunas notas de mi tío sobre la mesa de la biblioteca. Me las arreglé para poder vigilarla en el momento en que las descubriera. Su reacción no dejó lugar a dudas: lo que ella buscaba era lo que yo había encontrado. Ada Marsh conocía la existencia de esos papeles. Pero, ¿cómo?
Entré. Antes de que pudiera abrir la boca, me abordó.
-¡Los ha descubierto! -exclamó.
-¿Cómo sabía usted que existían?
-Porque conocía sus trabajos.
-¿Su búsqueda?
Afirmó con la cabeza.
-No es posible que crea usted en esas cosas -protesté yo.
-¡Cuidado que es usted estúpido! -exclamó coléricamente-. ¿No le dijeron nada sus padres? ¿Ni su abuelo? ¿Cómo ha podido vivir en la ignorancia?
Se acercó a mí y me arrojó los papeles.
-¡Déjeme ver los demás!
Hice un signo negativo.
-¡Por favor! A usted no le son de utilidad -insistió.
-Eso ya lo veremos.
-Dígame entonces si él había... si había iniciado sus exploraciones.
-Sí. Pero no sé cómo. No hay ni rastro de escafandra ni de bote.
Al oír estas palabras me lanzó un mirada desafiante, y a la vez, de desprecio y de lástima.
-¡Ni siquiera ha leído usted todos sus papeles! ¡No ha leído los libros tampoco!... ¡Nada! ¿Sabe lo que tiene a sus pies?
-¿La alfombra? -pregunté perplejo.
-No, no... el dibujo. Está en todas partes. ¿No sabe usted por qué? ¡Porque es el gran sello de R'lyeh! Lo descubrió hace años, y tuvo el orgullo de ponerlo en su propia casa, como blasón! ¡Está usted encima de lo que busca! Busque usted un poco más, y encontrará su anillo.


III

Después de marcharse Ada Marsh, volví a los escritos de mi tío. No los dejé hasta mucho después de medianoche, cuando los hube leído casi todos, algunos de ellos con especial atención. Me resultaba difícil creer aquello, a pesar de que mi tío no sólo lo había escrito íntimamente convencido de su veracidad, sino que además parecía haber tomado parte en algunos de los hechos que describía. Desde temprana edad se había dedicado a la busca del reino sumergido, y había profesado una abierta devoción a Cthulhu; lo más escalofriante era que en sus anotaciones figuraban veladas alusiones a ciertos encuentros, que unas veces tuvieron lugar en las profundidades del océano, y otras, en las calles de Arkham, ciudad envuelta en misteriosas leyendas, cuyos tejados y buhardillas se alzan tierra adentro, a orillas del río Miskatonic, ya cerca de Innsmouth y Dunwich. Al parecer, los ciudadanos de Arkham, que según algunos no eran enteramente humanos, creían lo mismo que mi tío y, como él, se habían vinculado a ese mito que resucitaba de un pasado remoto.
Y no obstante, pese a mi escepticismo, yo sentía también una sombra de credulidad irreprimible. Mi razón vacilaba entre las extrañas insinuaciones de sus notas, ante aquellos apuntes llenos de abreviaturas y elipsis, que sólo él podía entender con claridad, y que no detallaba por tratarse de temas para él de sobra conocidos. Así, aludía a las bodas profanas de Obadiah Marsh y «otros tres» (¿quizá algún Phillips entre ellos?), al descubrimiento de unas fotografías de algunas mujeres de la familia Marsh: la viuda de Obadiah -de rostro singularmente aplastado, piel excesivamente morena, boca enorme y labios finos-, y sus hijas, que casi todas habían salido a la madre... También me llenaban de inquietud las extrañas alusiones a la forma en que caminaban, como a saltos, «los descendientes de aquellos que se salvaron del naufragio del Cory», como decía textualmente tío Sylvan. No había posibilidad de equivocarse respecto al significado de sus notas: Obadiah Marsh se había casado en Ponapé con una mujer que no era polinesia, aunque vivía allí, y que pertenecía a una raza marina semihumana; sus hijos, y los hijos de sus hijos, nacieron con el estigma de ese matrimonio, lo que más tarde tuvo como consecuencia la hecatombe de 1928, en la que perdieron la vida tantísimos miembros de las viejas familias de Innsmouth. Aunque mi tío refería de pasada estos detalles, detrás de sus palabras palpitaba el horror y aún resonaba el eco del desastre.
En efecto, las personas que mencionaba en sus escritos estaban siempre aliadas a los Profundos, y eran, como éstos, criaturas anfibias. No decía si esa mancha hereditaria se había extendido mucho o poco, ni especificaba qué tipo de relación había entre él y esas criaturas. Ni el capitán Obadiah Marsh, ni Cyrus Phillips, ni tampoco los otros dos tripulantes que se habían quedado en Ponapé, poseían los rasgos típicos de sus mujeres y sus hijos. Pero era imposible averiguar si el estigma se mantenía después de la primera generación. ¿Se refirió a eso Ada Marsh, cuando me dijo: «¡Usted es de los nuestros!»? ¿O aludía a un secreto más sombrío todavía? Probablemente, la aversión que sentía mi abuelo a la mar era debida a que conocía las hazañas de su padre. Al menos él, había conseguido eludir su tenebroso destino hereditario.
Pero los escritos de mi tío eran, por una parte, demasiado vagos para poder sacar una idea coherente de todo el asunto, y por otra, demasiado ingenuos para convencer plenamente. Lo que más me inquietó desde el primer momento, fueron sus repetidas alusiones a que su casa era un «abrigo»», un «punto» de contacto, un «acceso a lo que está debajo». En sus primeras anotaciones encontró también frecuentes consideraciones sobre la «respiración» de la casa y de la punta rocosa sobre la cual se elevaba, pero más adelante no volvió a hacer ninguna otra referencia a estas cuestiones. Sus notas eran oscuras y difíciles, tremendas y maravillosas. Me llenaban de terror y, a la vez, de una colérica incredulidad mezclada, contradictoriamente, a un vivo deseo de creer y de saber.
Indagué por todas partes, pero sin resultado. La gente de Innsmouth era recelosa. Algunas personas me esquivaban declaradamente. Otras, cambiaban de acera al verme venir; en el barrio italiano, se santiguaban de manera descarada, como si vieran al diablo. Nadie quiso darme información alguna. Tampoco pude hacer uso de libros y crónicas locales en la biblioteca pública porque, según me dijo el bibliotecario, habían sido confiscados en su mayoría por el Gobierno a raíz del incendio y las explosiones de 1928. Busqué en otras partes. En Arkham y Dunwich conocí secretos aún más sombríos; en la gran biblioteca de la Universidad del Miskatonic descubrí, por fin, la fuente y origen de todos los libros de saber oculto: el casi mítico Necronomicon, del árabe loco Abdul Alhazred, libro que sólo me fue permitido manejar bajo la estrecha vigilancia de un auxiliar bibliotecario.
Unas dos semanas después de haber descubierto los papeles de mi tío encontré la sortija. La encontré donde menos habría imaginado, y, sin embargo, era un sitio bien lógico: en un paquete de objetos personales remitido por la empresa de pompas fúnebres, que estaba guardado en un cajón del escritorio. El anillo era de plata maciza, y tenía montada una piedra de color lechoso que parecía una perla -aunque no lo era-, y en su superficie llevaba grabado el sello de R'lyeh.
La examiné atentamente. A primera vista no tenía nada de extraordinario, salvo su tamaño. Sin embargo, el hecho de llevarla puesta traía consigo efectos inimaginables: apenas me la hube colocado en un dedo, cuando sentí como si ante mí se abrieran dimensiones nuevas, o como si los horizontes habituales retrocediesen ilimitadamente. Todos mis sentidos se aguzaron. Lo primero que noté a este respecto, fue el susurro de la casa y el peñasco, acompasado ahora al blando movimiento de la mar. Era como si la casa y la roca se elevaran y descendieran con las olas. Incluso me parecía oír el rítmico vaivén del agua bajo el mismo edificio.
Al mismo tiempo, y tal vez esto tenía mayor importancia, cobré conciencia de un luminoso despertar psíquico. Gracias a la sortija, percibí la opresiva existencia de unas fuerzas invisibles incalculablemente poderosas, que tenían la casa de mi tío como punto focal. En una palabra, notaba como si yo atrajese las inmensas fuerzas elementales que me rodeaban, como si se precipitasen sobre mí hasta convertirse en una isla azotada por una mar embravecida, batida por un torbellino de huracanes. Me sentí desgarrado, próximo a la desintegración, hasta que, por último, y casi con alivio, oí el sonido de un voz horrible, animal, que se elevaba en un ulular espantoso. No provenía de la mar ni del cielo, sino de las profundidades de la tierra: ¡de debajo de la casa!
Me arranqué la sortija del dedo y, en el acto, todo se calmó. La casa y el peñasco volvieron a su quietud y soledad. Los vientos y las aguas que habían estremecido el mundo se apaciguaron, y se extinguió todo rumor. La voz se acalló, restableciéndose el silencio. Mi vivencia extrasensorial había terminado, y nuevamente pareció como si las cosas recobraran su primitiva actitud de espera. La sortija de mi tío era, pues, un talismán, clave de su sabiduría y acceso a otras regiones del ser.
Gracias a la sortija descubrí el camino que había seguido mi tío para llegar a la mar. Yo llevaba mucho tiempo buscando un sendero que bajase hasta la playa, pero no descubrí ninguno que mostrara señales de uso constante. Sin embargo, había algunos caminos que descendían por el declive acantilado; en determinados puntos, habían excavado unos peldaños, de forma que se pudiera llegar hasta el borde del agua desde la casa misma, situada en lo alto del promontorio. Pero no había sitio para varar una embarcación, y el agua allí era profunda. En aquel paraje me bañé varias veces, con una sensación de goce casi irracional, tan grande era el placer que me daba el nadar. Pero había muchas rocas, y la playa quedaba demasiado lejos del promontorio para cubrir la distancia a nado, a menos que se tratara de un buen nadador como -para asombro mío- comprobé que era yo.
Tenía intención de preguntar a Ada Marsh acerca de la sortija. Fue por ella por quien supe de su existencia; pero desde el día en que me negué a cederle los papeles de mi tío, no había vuelto a aparecer por la casa. Lo cierto es que a veces la había sorprendido merodeando por los alrededores, o había descubierto su coche estacionado junto a una carretera que pasaba relativamente cerca de mi finca, tierra adentro. Un día fui a Innsmouth a buscarla, pero no estaba en su casa. Al preguntar por ella, la mayoría de la gente me manifestó abierta hostilidad y recelo; en cambio, hubo quienes me dirigían curiosas miradas, tímidas, aunque llenas de un significado que yo no supe interpretar. Cuando me miraban así, sistemáticamente se trataba de unos tipos mal vestidos y andar bamboleante que vivían en el barrio marinero.
De modo que no fue Ada Marsh quien me ayudó a encontrar el camino que llevaba a mi tío hasta la mar. Un día me puse la sortija y, atraído por el agua, decidí bajar hasta la orilla, cuando me di cuenta al cruzar la gran habitación central de que me era virtualmente imposible salir de ella; era como si todo el salón tirase del anillo. Dejé de debatirme al notar que empezaba a manifestarse una gran fuerza psíquica, y me quedé inmóvil, en espera de que ésta me guiara. Así, pues, cuando me sentí impulsado hacia cierta figura labrada en madera, singularmente repulsiva, que representaba un híbrido espantoso de batracio y se hallaba fija en un pedestal adosado a una de las paredes del salón, cedí al influjo, me acerqué, la agarré, empujé y tiré de ella, y finalmente traté de hacerla girar a derecha e izquierda. Al moverla hacia la izquierda, cedió.
Inmediatamente se oyó un crujido de cadenas, un rechinar de mecanismos, y toda la sección del suelo que estaba cubierta por la alfombra con el sello de R'lyeh, se levantó como una trampa enorme. Me acerqué asombrado. El pulso me latía aceleradamente por la excitación. Me asomé al pozo y vi una gran profundidad, oscura y bostezante, por la que descendían en espiral unos peldaños labrados en la sólida roca sobre la cual se asentaba la casa. ¿Conducían hasta el agua? Cogí al azar un tomo de las obras de Dumas, y lo dejé caer. Escuché atento unos momentos, hasta que se oyó un chapuzón distante.
Entonces, con mucha prudencia, bajé por la interminable escalera, sintiendo cada vez más fuerte el olor a mar. ¡No era extraño que se sintiera la mar dentro de casa! Continué mi descenso. El ambiente se hizo frío y húmedo, hasta que finalmente noté que las paredes y los escalones estaban mojados, y oí el incesante movimiento del agua, el chapoteo de la mar que entraba en la roca por alguna grieta. Por último, llegué al final de la escalera y vi que me encontraba en el borde mismo del agua, en una caverna tan grande que en ella habría cabido la misma casa. Efectivamente, éste, y no otro, era el camino que mi tío había empleado hasta la mar. Pero entonces me quedé más desconcertado que nunca: aquí tampoco había rastro alguno de bote ni equipo de buceo, sino huellas de pies únicamente... A la luz de las cerillas, aún descubrí algo más: unas señales largas, unos rastros espumajosos, como si algún ser monstruoso hubiese descansado en el piso de la caverna. Me hicieron pensar con la carne de gallina, en las estatuillas y bajorrelieves de Polinesia, del gran salón central, coleccionados por tío Sylvan y otras personas de mi familia.
No sé el tiempo que permanecí en ese lugar. Allí, al borde del agua, con el sello de R'lyeh en mi dedo, percibí en la profundidad de las aguas un rebullir de vida que provenía no de la misma caverna, sino del exterior, o sea de la mar abierta, lo que me hizo pensar en la existencia de alguna comunicación. Esta comunicación estaría bajo la superficie ya que, como pude comprobar a la luz de las cerillas, las paredes de la caverna eran de sólida roca sin grietas ni hendiduras. Por consiguiente, tenía que haber una comunicación con la mar y yo debía encontrarla sin demora.
Subí de nuevo las escaleras, cerré la abertura, cogí el coche y salí rápidamente para Boston. Volví ya de noche con una escafandra y una botella de oxígeno, dispuesto a sumergirme al día siguiente. No me quité ya la sortija, y aquella noche soñé con remotas edades de sabiduría, con ciudades que se alzaban en fabulosos rincones de la tierra: la desconocida Antártida, las regiones montañosas del Tíbet, las insondables profundidades de la mar... Soñé que me movía entre moradas de fantástica belleza, junto con otros individuos de mi especie. Teníamos por aliados a unos seres de pesadilla, criaturas cuyo aspecto me habría helado la sangre a la luz del día. En ese mundo nocturno estábamos todos reunidos por una sola razón: servir a los Grandes, de quienes formábamos el séquito. Pasé la noche entera soñando otros mundos, otras manifestaciones de vida, y experimentando sensaciones nuevas e increíbles, ante unos seres provistos de tentáculos que exigían de nosotros obediencia y sumisión religiosa. A la mañana siguiente me desperté agotado y, no obstante, lleno de alborozo, como si hubiera vivido aquellos sueños en la realidad, y me sintiera aún en posesión de un vigor inimaginable, dispuesto a soportar con alegría las duras pruebas que había de pasar.
Pero me encontraba en el umbral de un descubrimiento aún mayor.
Al atardecer del día siguiente me puse la escafandra y las aletas, me coloqué las botellas de oxígeno, y descendí a la caverna. Aun ahora me resulta difícil hablar de lo que me sucedió a continuación sin llenarme de asombro. Me sumergí con mucha precaución en aquellas aguas, busqué el fondo hasta encontrarlo, me orienté hacia el exterior y me adentré por una grieta cuya altura era más del doble que la de una persona. De pronto, llegué a su desembocadura y de allí, sin más, me lancé al vacío y comencé a descender hacia el fondo del océano a través de un mundo gris verdoso de rocas y arena, de vegetación acuática que ondeaba y se retorcía bajo la luz difusa de las profundidades.
Empecé a sentir la presión del agua, y me pregunté si no sería excesivo el peso de las botellas y la escafandra a la hora de subir. Tal vez me viese obligado a buscar una rampa costera que me ayudara a llegar hasta la orilla, y entonces apenas tendría tiempo para realizar mi inspección. A pesar de todo, continué adelante, alejándome de la costa de Innsmouth en dirección Sur.
De repente me di cuenta de algo horrible y es que, aun en contra de mi voluntad, avanzaba como atraído por un influjo. Las botellas no tardarían en agotarse y si me alejaba demasiado de la costa, no podría llenarlas antes de regresar. Sin embargo, me era imposible cambiar el rumbo que llevaba mar adentro. Era como si una fuerza me obligara a seguir avanzando, a alejarme invariablemente de la costa, a bajar la suave pendiente que arrancaba del pie de la punta rocosa de la casa en dirección Sudeste. Continué en esta dirección sin detenerme, a pesar de sentirme cada vez más sobrecogido por el pánico... Era preciso dar media vuelta, tenía que emprender el camino de regreso. Para nadar hasta la boca de la gruta sería necesario un esfuerzo casi sobrehumano. Y ahora que el aire estaba a punto de terminarse, sería casi imposible llegar al pie de la escalera secreta, si no volvía inmediatamente.
Había algo, empero, que no me permitía volver. Seguí avanzando como dominado por una voluntad superior que anulaba la mía propia. No tenía alternativa, había de seguir; cada vez me iba sintiendo más alarmado, y más violentamente me debatía entre lo que deseaba y lo que me sentía obligado a hacer. El oxígeno disminuía por segundos. Varias veces me elevé nadando vigorosamente. Pero a pesar de que no sentía la fatiga de nadar -en efecto, lo hacia casi con milagrosa facilidad-, siempre regresaba al fondo del océano y tomaba nuevamente el mismo rumbo.
En una ocasión me detuve a mirar alrededor. Traté en vano de escudriñar aquellas profundidades. Me dio la impresión de que me seguía un enorme pez verdoso y pálido que me hizo pensar en una sirena porque me pareció verle como una cabellera flotante. Pero poco después se perdió entre las rocas y las tupidas algas de aquel paraje. No me entretuve demasiado. En seguida me sentí forzado a continuar, hasta que por último me di cuenta de que el oxígeno tocaba a su fin. Mi respiración se hizo más trabajosa, luché desesperadamente por nadar hacia la superficie, pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caer por un tremenda grieta que se abría en el fondo del océano.
Unos segundos antes de perder el conocimiento, vi de nuevo la sombra del gran pez que me seguía. Se lanzó velozmente sobre mí y noté que unas manos manipulaban mi escafandra y mis botellas... No era un pez ni una sirena: ¡Era el cuerpo desnudo de Ada Marsh, con sus largos cabellos ondeantes, que nadaba con la soltura y facilidad de un habitante del océano!


IV

Lo que siguió a esta visión casi de ensueño fue lo más increíble de todo. Casi inconsciente, sentí que Ada Marsh me arrancaba la escafandra y las botellas, y las arrojaba a la grieta. Luego, poco a poco, fui recuperando el conocimiento. Ada Marsh me arrastraba con sus dedos fuertes y robustos, nadando, no hacia la superficie, sino hacia adelante. Y descubrí que yo podía nadar con la misma facilidad que ella, y como ella, abría y cerraba la boca como si respirara a través del agua... ¡y así era, en efecto! Sin sospecharlo, poseía un don ancestral que ponía ahora a mi alcance todas las inmensas maravillas de la mar... ¡podía respirar sin necesidad de salir a la superficie! ¡Era anfibio!
Ada avanzaba delante de mí, y yo la seguía. Yo era veloz, pero ella lo era más. Ya no caminaba pesadamente por el fondo del océano, sino que cruzaba el agua impulsado por unos brazos y unas piernas que estaban hechos para nadar. Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua, hacia una meta que vislumbraba vagamente. Ada me señalaba el camino, yo la seguía de cerca, mientras allá arriba, en el mundo de los hombres, el sol se hundía en el ocaso, moría el día, se apagaba el resplandor del horizonte, y la luna, como una hoz, encendía la última luminaria de la tarde.
A esa hora subimos a la superficie, a lo largo de una pared rocosa que acaso pertenecía a la costa o a una isla. Cuando salimos a flote, vi que estábamos lejos de tierra, junto a un arrecife que emergía de la mar y desde el cual se podían ver las luces parpadeantes de un puerto lejano. Miré en torno, buscando con los ojos a Ada Marsh. La vi a la luz de la luna y me senté en la roca, a su lado. Entre nosotros y la costa, se balanceaban las sombras de unos botes. Entonces supe dónde estábamos: en el Arrecife del Diablo, frente a Innsmouth, donde una vez, antes de la desastrosa noche de 1928, nuestros antecesores habían confraternizado con sus hermanos de las profundidades.
-¿Cómo pudiste ignorarlo? -preguntó Ada-. Has estado a punto de morir asfixiado. Si no llego a seguirte...
-Nunca tuve ocasión de enterarme.
-¿Cómo crees que salía tu tío a explorar, más que así?
Lo que buscaba tío Sylvan era lo mismo que buscaba ella. Ahora, lo buscaría yo también. Encontraríamos primero el sello de R'lyeh, y después, al que duerme y sueña en las profundidades, al ser cuya llamada había sentido en mí: el gran Cthulhu. Ada estaba segura de que R'lyeh no se hallaba frente a Innsmouth. Y para demostrarlo, me condujo de nuevo a las simas que se abren al pie del Arrecife del Diablo. Allí me enseñó las grandes construcciones megalíticas -ahora en ruinas, como consecuencia de las cargas de profundidad arrojadas en 1928- donde, muchos años antes, los primeros Marsh y Phillips había mantenido contacto con los Profundos. Y nadamos entre las ruinas de la que en tiempos fuera gran ciudad, y entre ellas vi al primero de los Profundos, y su visión me llenó de horror. Era una caricatura grotesca de un ser humano en forma de rana; nadaba con unos movimientos exagerados, idénticos a los de los batracios. Se nos quedó mirando descaradamente con sus ojos abultados, sin ningún miedo, pues reconocía en nosotros a sus hermanos del exterior. Seguimos descendiendo entre monolitos, hasta llegar al piso del océano. La destrucción había sido enorme allí. De ese mismo modo habían sido derruidas otras ciudades submarinas, merced al empeño de un reducido numero de hombres determinados a evitar el regreso del gran Cthulhu.
Después, subimos y regresamos a la casa del promontorio, donde Ada había dejado sus ropas. Allí hicimos un pacto que nos uniría mutuamente, y proyectamos un viaje a Ponapé para continuar nuestra búsqueda.
A las dos semanas salimos con rumbo a Ponapé en un barco fletado, cuya tripulación ignoraba por completo el objeto del viaje. Confiábamos en el éxito; teníamos la esperanza de encontrar lo que buscábamos en alguna de las islas de Polinesia no registradas en las cartas de navegación. Y una vez hallado, nos uniríamos para siempre con nuestros hermanos de la mar, con los servidores que aguardan el día de la resurrección, cuando Cthulhu, y Hastur, y Lloigor, y Yog-Sothoth, se levanten de nuevo para vencer a los Dioses Arquetípicos en la titánica lucha que ha de venir.
En Ponapé establecimos nuestro cuartel general. Unas veces partíamos directamente desde allí para investigar; otras, zarpábamos en nuestro barco haciendo caso omiso de la curiosidad de los tripulantes. Registramos las aguas y en algunas ocasiones, tardamos varios días en volver. Mi metamorfosis no tardó mucho tiempo en completarse. No me atrevo a decir cómo ni de qué nos alimentábamos en aquellas expediciones submarinas. Una vez cayó al agua un gran avión de una línea comercial..., pero eso no sucedió más que una sola vez. Baste decir que sobrevivíamos, que hice cosas que sólo un año antes me habrían parecido propias de bestias, que únicamente nos impulsaba a seguir adelante la urgencia de nuestra búsqueda, y que nada nos importaba, sino vivir y alcanzar la meta que nos habíamos propuesto.
¿Cómo describir lo que vimos, y pedir después que se me crea? Encontramos las grandes ciudades del fondo oceánico. La más grande de todas, la más antigua, se hallaba frente a la costa de Ponapé. En ella pululaban los Profundos. Y entre las torres y las grandes lajas, entre alminares y cúpulas, paseamos días y días en aquella ciudad sumergida, casi perdida en medio de la vegetación submarina. Allí vimos cómo vivían los Profundos, confraternizamos con extraños seres acuáticos cuyo aspecto general recordaba a los pulpos, luchamos a menudo contra los tiburones, y sólo vivimos para servir a Aquel cuya llamada se oye en las profundidades, aunque no se sepa dónde yace y sueña con el día en que haya de volver.
Nuestras continuas exploraciones de ciudad en ciudad, de edificio en edificio, siempre a la busca del gran sello bajo el que yace El, transcurrían en un ciclo interminable de días y noches. Seguíamos adelante, animados por la esperanza y la acuciante urgencia de nuestro objetivo, que vislumbrábamos ante nosotros más cercano cada vez. El tiempo transcurría monótono. Sin embargo, cada día era diferente del anterior, y nadie podía predecir lo que nos depararía el siguiente. Cierto es que el barco que habíamos fletado no nos resultaba tan cómodo como habíamos pensado, ya que nos veíamos obligados a alejarnos de él en bote y buscar la costa de alguna isla que nos ocultara, para sumergirnos subrepticiamente hasta el fondo. Todo esto nos disgustaba. A pesar de las precauciones, los componentes de la tripulación hacían más preguntas cada vez, convencidos de que andábamos detrás de algún tesoro escondido y dispuestos a exigirnos su parte, de modo que se nos hacía difícil evitar sus preguntas y acallar sus crecientes sospechas.
Tres meses duraba ya nuestra busca, cuando hace dos días soltamos el ancla frente a una isla de roca negra, deshabitada, bastante apartada de las demás. Carecía de vegetación y su aspecto era yermo y desolado como si hubiera sido arrasada por un incendio. En efecto, parecía un solevantamiento geológico de roca basáltica, que en algún tiempo debió de emerger a gran altura sobre las aguas, pero que sin duda había sufrido intensos bombardeos durante la pasada guerra. Dejamos el barco, dimos la vuelta a la isla negra y nos zambullimos. También allí había una ciudad sumergida, igualmente en ruinas por la acción del enemigo.
Pero aun en ruinas, la ciudad no estaba deshabitada, y debido a su gran extensión, se veían bastantes zonas no dañadas. Y allí, en uno de los enormes edificios monolíticos, en el más grande y más antiguo, descubrimos lo que íbamos buscando. En el centro de una inmensa nave de techo más alto que el de una catedral, había una gran losa en cuya superficie se veía tallada la figura que había servido de modelo a los blasones de la residencia de mi tío: ¡el Sello de R'lyeh! Y recogidos ante él, oímos un ruido que brotaba de abajo, como el movimiento de un cuerpo tremendo y amorfo, inquieto como la mar, agitado por los sueños... Comprendimos que había llegado al final. Ahora podríamos dedicar una vida inmortal al servicio de Aquel Que Volverá a Levantarse, del que mora en las profundidades, del que sueña en los abismos y cuyos sueños significan el dominio de la tierra y de todos los universos, pues El necesitará de Ada Marsh y de mí para aplacar su indigencia hasta que suene la hora de su resurrección.
Escribo a bordo de nuestro barco. Es tarde ya. Mañana bajaremos otra vez, y buscaremos la forma de levantar el sello. ¿Fueron de verdad los Dioses Arquetípicos quienes precintaron la morada del Gran Cthulhu para impedir su regreso? ¿y nos atreveremos nosotros a hacer saltar el sello y comparecer ante la presencia de El Que Duerme allí? No estaremos solos Ada y yo; pronto habrá otro más, nacido ya en su elemento natural, para guardar y servir al Gran Cthulhu. Porque hemos oído su llamada y hemos obedecido, no estamos solos. Otros hay que vienen desde todos los rincones del mundo, nacidos también del apareamiento de los hombres con las mujeres de la mar, y pronto las aguas serán nuestras por entero, y después la Tierra toda, y más. Y gozaremos del poderío y la gloria para siempre.


Suelto aparecido el 7 de noviembre de 1947 en el Times de Singapur:

La tripulación del barco Rogers Clark ha sido puesta hoy en libertad, después de haber sido detenida con motivo de la desaparición del señor Marius Phillips y de su esposa, que habían fletado la citada embarcación para realizar ciertas investigaciones en las islas de Polinesia. El señor y la señora Phillips fueron vistos por última vez en las proximidades de un islote situado, más o menos, a 47° 53' latitud Sur, y 127° 37' longitud Oeste. Se habían alejado en bote, y abordaron la isla por la orilla opuesta a la que estaba fondeado el barco. Al parecer, del islote se lanzaron al agua, según varios miembros de la tripulación, quienes afirman haber presenciado un asombroso movimiento de agua en aquella parte de la isla. El capitán, que estaba en el puente junto con el primer piloto, declaró que ambos vieron cómo su patrón y su esposa eran lanzados al aire por un géiser, y cómo se sumergieron después. No volvieron a aparecer, aunque el barco estuvo aguardándoles varias horas. Al registrar la isla, hallaron las ropas de ambos esposos en el bote. En el sucucho de proa encontraron un manuscrito fantástico con pretensiones de veracidad, pero que, naturalmente, sólo contiene hechos ficticios. El capitán Morton dio parte a la policía de Singapur. No se ha encontrado rastro alguno del matrimonio Phillips...

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