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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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jueves, 2 de junio de 2011

H. P. Lovecraft El extraño






H. P. Lovecraft
El extraño



Infeliz es aquél a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquél que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
 Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
 Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
 Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
 De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
 Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas.
 Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
 Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
 No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
 Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
 Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

LOS UPANISHADS



LOS UPANISHADS

Los Upanishads son supremas visiones espirituales expresadas verbalmente entre los siglos ocho y cuarto antes de Jesucristo. A los primeros Upanishads se agregaron otros que se fueron componiendo hasta el siglo quince de nuestra era, ampliando o explicando las visiones primeras eternas; y su número aumentó hasta el punto que se han podido imprimir en sánscrito hasta ciento doce Upanishads. La colección completa casi iguala a la de los textos de la Biblia. Los dos Upanishads más extensos son el Chandogya y el Brihadarangaka, de unas cien páginas cada uno. Son tal vez los más antiguos. El más breve es el Isa Upanishad que sólo tiene dieciocho versículos y ocupa unas dos páginas de este libro. No es uno de los más antiguos, tal vez del tiempo del BHAGAVAD GITA unos cuatrocientos años antes de Jesucristo, pero debido a su cósrnica grandeza suele encabezar las colecciones de Upanishads en sánscrito en la India. En este libro hay traducciones completas de siete Upanishads, del Isa al Svetasvatara; y de los otros hay selecciones, escogidas por su elevación poética o espiritual. La palabra Upanishad se relaciona con la raíz sánscrita SAD, estar sentado. En el Sermon de la Montaña podemos imaginar a los discípulos sentados a los pies del Maestro escuchando el sublime Upanishad.


El espíritu de los Upanishads lo encontramos en las Palabras del Evangelio "El reino de Dios es en vosotros"; y en los versos de San Juan de la Cruz cuando el alma, en una noche oscura:

Sin otra luz y guía

Sino la que en el corazón ardía

va a unirse con su Dios.


Anteriores a los primeros Upanishads tenemos en la India la creación de los Vedas, visiones poéticas y espirituales en las que la imaginación humana ve primero a los dioses y los expresa en creación poética, y después va avanzando hacia unidades más intensamente poéticas y espirituales hasta llegar al Brahmán único de los Upanishads, unidad suprema como la del Dios uno de Moisés, del Cristianismo y de la religión islámica.


Así como San Francisco de Asís se dirige en canto sublime al Dios de la naturaleza y habla del "hermano sol, hermano viento, hermana agua y hermano fuego" los ve todos expresando la gloria de un Dios del universo, y por tanto, Dios del sol del viento, del agua y del fuego, en los Vedas hay la visión de un dios del sol, un dios del viento, un dios del agua y un dios del fuego, y la gloriosa poesía de estos y otros dioses. En los Upanishads la visión espiritual y poética va desde una diversidad hacia una unidad, y de los dioses a Brahmán, el Dios de todos los dioses, suprema unidad del Universo que reúne y supera su inmensa variedad.


Los creadores de los Upanishads fueron pensadores y poetas; y el poeta bien sabe que si la poesía nos aleja de lo que se llama realidad es sólo para elevarnos hacia una Realidad más alta donde, lejos de las limitaciones de un estar, encontramos la infinita alegría de un Ser.


Estas creaciones están tan por encima de la curiosidad arqueológica de algunos eruditos como lo está la luz del sol por encima de sus definiciones. Necesitamos de la erudición para ir a buscar los frutos de sabiduría de los tiempos antiguos; pero es sólo una elevación espiritual que nos permite gozar de esos frutos y transformarlos en vida.


El Brahmán del universo, el Dios trascendente de tiempo y de espacio, pero inmanente en el tiempo y en el espacio es, según los Upanishads, el mismo Ser nuestro y el Ser de todas las cosas. El Brahmán trascendente cuando es inmanente en nosotros se llama Atman. Son dos nombres para un mismo Ser: el Infinito se llama Brahmán, y el Infinito manifestado en lo finito y limitado se llama entonces Atman. En su eterna clarividencia los maestros supremos vieron un Infinito de unidad trascendente y al mismo tiempo un Infinito de variedad inmanente. Es el Dios expresado como el "Todo en el todo" de poetas, místicos y videntes, y después explicado, y a veces complicado, en teologías que son a la experiencia de algo eterno, lo que la gramática es a la poesía: un estudio y análisis intelectual, y no experiencia vital, Realidad de vida, una abstracción de pensamiento como son los números, ideas indispensables para cálculos, pero no cosas que podamos tocar con las manos exteriormente, aunque mucho menos impalpables ilusiones. Como nos dice y sugiere el Kena Upanishad, Brahmán o Atman, no es algo que se pueda ver, oír, gustar o tocar con los sentidos, no es algo que se pueda comprender, imaginar, o concebir con el pensamiento. Está más allá ,de los sentidos y de todo pensamiento. Es un Amor hacia un más allá. Un Amor a quien se va por el camino del amor, y cuanto más puro y más intenso es el amor tanto más se ve y comprende y se siente y se vive el Amor infinito que es la causa de nuestro finito amor. Brahmán no se puede pensar con la mente; es: "Aquello que hace posible que la mente pueda pensar".


Uno de los mensajes de los Upanishads, explicado después en el Bhagavad Gita, es que sólo amando se comprende el amor, y no mediante explicaciones o definiciones: amar y saber son, al principio, divergentes, como los lados de un ángulo; pero a medida que se va subiendo por los dos lados, el saber comprende más al amor hasta que al fin son uno. El amor puro transforma el estar en un ser, y en tal sublime transformación, algo finito y temporal se ha convertido en algo infinito y eterno, lo mortal se ha convertido en algo inmortal. Es como el salir a la luz de dentro una cueva oscura, un despertar después de dormir, un momento de Eternidad y alegría suprema por encima de la ilusión de placeres que Pasan y dolores que Perduran, un ser consciente más allá de un estar inconsciente, un momento de vida tan intensa, tan absoluta, que permite una fe basada en experiencia, y no una creencia procedente de palabras y libros, si bien libros y palabras pueden ayudar al alma inflamada de anhelos; finalmente un momento de vida que permite a un San Juan de la Cruz decir:


Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

Aunque es de noche.


En el saber estudiamos la variedad de las cosas, las definimos y comprendemos, y así las dominamos: es la ciencia. Pero en el amor puro contemplamos las cosas sin deseo de posesión, sólo por el gozo de la contemplación: es la poesía. En el saber nos separamos de las cosas, hay un nuestro yo que estudia y la cosa estudiada; pero en el amor nos unimos con las cosas y en la alegría de la contemplación desaparece el sentido de posesión, de egoísmo y de destrucción. Un grandioso árbol milenario puede ser objeto de contemplación en silencio para el poeta, de estudio y gran actividad cerebral para el científico, un objeto de mero lucro para un comerciante que, sin consideración a la grandeza sublime del árbol milenario, está dispuesto a comprarlo, venderlo, y hasta quemarlo. ¡Cuando pensamos y analizamos, vemos las cosas en su variedad; pero cuando amamos, las vemos en su unidad. El saber amplía la vida tanto hacia el bien como hacia el mal, pero el amor puro la eleva siempre hacia el bien. Por eso es que el Katha Upanishad dice: "Quien ve la variedad y no la unidad muere una y otra vez".


El Mandukya Upanishad menciona un cuarto estado de conciencia: Ser puro, OM, Airnan, Dios. En el Chandogya Upanishad, 8.I., encontramos una visión poética de la misma idea: hay en nuestro corazón un diminuto espacio y, sin embargo, en él moran el sol, la luna y las estrellas, existe todo el universo, "porque todo el universo es en Él, y Él es en nuestro corazón".


Esta idea sublime, tal vez la más sublime que ha concebido el hombre sobre la tierra, puede ser objeto de concentración, meditación, contemplación y unión: es la idea central de los Upanishads. La concentración es una forma intensa de atención. El pajarillo que busca un árbol para construir su nido, empieza por la atención y concentración. Después parece que considera, instintivamente, el lugar más seguro y protegido del árbol: es una meditación, superada cuando el hombre de ciencia considera el mismo árbol. En estas dos actividades intelectuales, o instintivas, hay un movimiento mental o cerebral. El poeta o el pintor Contemplan el árbol, aunque antes hayan dedicado su atención a su pensar. Contemplación es silencio interior. Los movimientos cerebrales, tal vez electrónicos, mentales, olas del mar de la mente, se van calmando los ruidos o sonidos exteriores o interiores desaparecen, y un silencio, más o menos intenso, parece que permite la luz del alma iluminar el objeto de la contemplación. Nos acercamos a lo infinito y a lo eterno.


En un relampaguee de luz eterna, el Poeta o el pintor ven el árbol en contemplación. Es la visión. Después viene la creación, el dominio y la técnica de un idioma, o el dominio técnico del pintor, formando la base, el principio necesario para la expresión poética o artística. En la unión, el conocedor y la cosa conocida son uno en un momento eterno. El poeta o el pintor por un momento no ven el árbol, son el árbol, y su intensidad de ser depende de su intensidad de amor; y de su intensidad de visión depende la grandeza de su creación. La visión pura es una realidad suprema; Pero, desgraciadamente, al lado de la fe creadora hay el fanatismo destructor, al lado de la visión que eleva, hay la ilusión que transforma sublimes verdades y visiones espirituales, en bajas ilusiones. Toda visión real está por encima de la razón humana, pero la razón la admite y defiende. En cambio, cuando la visión es ilusión, está por debajo de la razón, aunque pueden cubrirla nubes negras tan oscuras que hacen difícil, sino imposible, que la luz del alma pura y de la razón clara pueda disiparlas. Los videntes de los Upanishads no crearon una religión. Su visión suprema es tan elevada que está por encima de religiones, de humanismos que quieren substituirla, o de actitudes científicas que quieren ignorarla, e infinitamente por encima de fanatismos, ilusiones e indiferencias humanas. Su visión está también por encima de ceremonias religiosas, teologías o filosofías; y presupone una visión creadora de la mente del hombre de donde Proviene todo lo espiritualmente puro, bueno y bello, y por tanto, verdadero, que haya o pueda haber en religiones, filosofías y teologías. Si la ciencia es una, la verdad espiritual tiene a lo menos que ser una. Afortunadamente el hombre moderno aspira a esta unidad; y la indiferencia o repugnancia humanas contra toda forma de fanatismo, intolerancia o superstición son, tal vez, expresiones inconscientes de los anhelos de bondad, verdad y belleza: anhelos de amor infinito que residen en el fondo de todo corazón humano, reflejando, como en un espejo, la luz de un Sol de Amor. El espejo del alma que, por naturaleza, es puro, limpio y clarísimo, puede sin embargo, encontrarse cubierto de nubes más o menos oscuras, resultado de pasadas o presentes desarmonías egocéntricas, y las nubes impiden un claro reflejo de la luz pura e impiden que el alma sienta el Ser Puro, la visión Pura y la pura alegría que son el Brahmán de los Upanishads, el Dios de las religiones, el humanismo puro o razón pura entrevistos entre las confusiones y ofuscaciones humanas. Por eso la plegaria pura de los Upanishads es un anhelo de luz pura, cuando suplica que de las apariencias de la vida, de su noche oscura, y de su muerte final, el Atman supremo nos conduzca a algo que es Realidad, Luz e Inmortalidad.


En dos versos sánscritos muy posteriores a los tiempos primeros de los Upanishads escuchamos la Plegaria que dice: "Que el hombre malo sea bueno, y que el hombre bueno tenga paz. Que en la paz se libere de sin lazos, y que el hombre libre dé libertad a otros". Uno de los problemas educativos más importantes es el inducir a los que poseen más inteligencia, energía, constancia y otras virtudes, a que las empleen en buena voluntad para ayudar a los otros que no las poseen en tan alto grado; y no para fines egoístas, para dominar más o menos a los otros: el camino del hombre sobre la tierra va de lo finito a un Infinito donde no hay más ni menos, pues hay un Todo en el todo.


Aunque el Brahmán de los Upanishads no puede expresarse en palabras, nos dejaron tres palabras que sugieren su más allá; SAT, CIT, ANANDA, Ser puro, Conciencia pura, Alegría pura.


Según los Upanishads, el espacio y el tiempo son emanaciones de Brahmán cuyo ser es un más allá del espacio y del tiempo. ¿Por qué? Por la alegría de creación. ¿Por qué hay el mal? Por la alegría de superarlo con el bien. ¿Por qué hay la oscuridad? Para que la luz pueda brillar más intensa. ¿Por qué hay el dolor? Para hacer posible la alegría de superarlo, la alegría del sacrificio por amor. ¿Por qué la creación e infinita evolución del universo? Porque en el fondo todo es amor, y amor puro es pura alegría.


Entre los libros sagrados de la humanidad, los Upanishads bien pueden llamarle Himalayas del Alma. Sus apasionadas aventuras para descubrir y encontrar el sol de un Espíritu en nosotros, de quien tenemos la luz de nuestra conciencia y el fuego de nuestra vida; la grandeza de sus preguntas y la sublime sencillez de sus respuestas; su irradiante alegría cuando sienten la revelación de lo Supremo en su alma, y uno de sus poetas puede exclamar: "La luz del sol es la luz que es mía"; sus paradojas y contradicciones donde encontramos una verdad vital; sus sencillas narraciones donde con ejemplos concretos se explican las más altas verdades metafísicas con palabras claras como las de un niño; los resplandores de su visión que revelan la grandeza infinita de nuestro mundo interior; su gran variedad, pero dentro de una absoluta unidad en su sublime concepción de Brahmán; su fe ardiente y elevadora en el alma humana que es una con el Alma (el universo; su tolerancia de los Vedas, pero su interpretación espiritual, y por lo tanto simbólica, de todo ritual exterior, indicando así el verdadero camino de elevación espiritual a todos los hombres del porvenir; sus semillas de grandes ideas psicológicas y filosóficas; las vastas armonías que resuenan en sus palabras, su buen sentido y sabiduría espiritual que pueden satisfacer a diferentes temperamentos en su buscar el camino de la luz; sus imágenes y semejanzas de una gran sencillez que encontramos repetidas por santos y poetas que nunca conocieron los Upanishads, y así nos confirman la unidad de toda vida o visión espiritual; el esplendor de su Imaginación romántica que convierte a su creadores en hermanos de espíritu con los creadores de belleza de todos los tiempos y que nos enseñan como podemos convertir nuestra vida en una obra de belleza; todo ello es como una armonía de trompetas resonando una gloria de luz y de amor que, más allá de dudas y de la muerte, proclama la victoria de nuestra vida inmortal.



KATA UPANISHAD

PRIMER ADHYAYA

PRIMER VALLI

1. Vagasravasa, deseoso de recompensas celestiales, entregó en sacrificio
todo lo que poseía. Tenía un hijo cuyo nombre era Nakiketas.

2. Mientras los presentes eran entregados, la fe entró en el corazón de
Nakiketas, que todavía era un muchacho, y pensó:

3. "Malditos seguramente son los mundos a donde va un hombre que ofrece en
sacrificio vacas que han bebido agua, comido heno, dado su leche y son
estériles."

4. Aquél, conociendo que su padre había prometido entregar todo lo que
poseía, y por consiguiente también a su hijo, dijo a su padre: "Estimado
padre, ¿a quién vas a entregarme?" Lo dijo por segunda y tercera vez.

Entonces el padre replicó enojado:

"Te entregaré a la Muerte."

(El padre, por haber dicho aquello, aunque fruto de su precipitación, tuvo que ser fiel a su palabra y sacrificar a su hijo.)

5. El hijo contestó: "Voy a la muerte como cabeza de muchos que todavía
tienen que morir y con muchos que ahora están muriendo.
¿Cuál será la obra de Yama (el soberano de los fallecidos) que hoy tiene que
hacer conmigo?

6. "Miro al pasado y observo lo que ocurrió a los que vinieron, miro al
futuro y observo lo que ocurrirá a los que tienen que venir. El hombre
mortal madura como el maíz y, como el maíz, brota de nuevo."

(Nakiketas entra en la morada de Yama, donde no hay nadie para recibirle.


Uno de los sirvientes de Yama le increpa así):

7. "El fuego penetra en las casas cuando un brahmín entra como invitado. Tal
fuego solamente puede ser aplacado con una ofrenda de paz. ¡Trae agua, pues,
oh Vaivasrata!

8. "Un brahmín que mora en la casa de un hombre necio sin recibir nada para
comer, destruye todas las esperanzas y deseos del dueño de la casa, todas
sus posesiones, su honestidad, sus sagradas y buenas acciones y todos sus
hijos y ganado.

(Yama, regresando a su casa después de tres días de ausencia, durante los
cuales Nakiketas no había recibido hospitalidad de él, se dirige a Nakiketas):

9. "Oh, brahmín, puesto que tú, venerable huésped, has permanecido en mi
casa tres días sin comer, escoge como compensación tres deseos."

10. Nakiketas contestó: "Oh Muerte, como el primero de mis deseos, escojo
que Gautama, mi padre, permanezca Calmo, bondadoso y no se enoje conmigo; de
este modo podrá conocerme y saludarme cuando tú me liberes".

11. Yama repuso: "Por mi favor, Andalaki Aruni, tu padre, te aceptará y se
comportará contigo como antes. Dormirá serenamente por la noche y la cólera
no se apoderará de él cuando vea que has sido liberado de las fauces de la
muerte".

12. Nakiketas añadió: "En el mundo celestial no hay miedo alguno, pues tú no
moras allí, oh Muerte. En ese reino nadie tiene que llegar a la vejez. Allí
no hay hambre, ni sed, ni dolor. Todo es gozo en ese mundo.

13. "Tú conoces, oh Muerte, el sacrificio del fuego que nos conduce al
cielo; revélamelo, pues mi corazón rebosa de fe. Aquellos que viven en el
reino celestial alcanzan la inmortalidad; éste es, pues, mi segundo deseo."

14. Yama replicó: "Cuando conozcas el sacrificio del fuego que conduce al
cielo, comprende, Oh Nakiketas, que con él se alcanzan los mundos infinitos,
escondidos en el corazón del hombre".

15. Yama entonces le enseñó a realizar el sacrificio del fuego, que es el
principio de todos los mundos. Le enseñó también qué ladrillos se requieren
para el altar y cuántos y cómo tienen que ser colocados. Nakiketas repitió
todo tal como se le había enseñado.


Entonces Mrityu complacido con él, le dijo:

16. "Te concedo otro deseo: El fuego del sacrificio, que te ha sido
revelado, tomará tu mismo nombre.

17. "Aquel, pues, que realiza este rito Nakiketas y hallando la unión con
los tres, cumple los tres deberes, se halla más allá del nacimiento y la
muerte.

Quien aprende y comprende este fuego, que nos da a conocer todo lo que ha
nacido de Brahma, todo lo venerable y divino, obtiene la paz eterna.

18. "El que conoce los tres fuegos -Nakiketas y, conociendo los tres,
prepara el sacrificio- Nakiketas rompe las cadenas de la muerte y se
regocija en el mundo que se halla más allá del dolor.


19. "Este, oh Nakiketas -exclamó la Muerte- es tu fuego que conduce al cielo
y que tú has escogido como segundo deseo. Escoge ahora, pues, tu tercer deseo."

20. Nakiketas dijo: "Hay una duda que surge en mí cuando muere un hombre.
Algunos afirman que su alma también muere y otros dicen lo contrario. Esto
me gustaría conocer; si tú me lo muestras, éste es mi tercer deseo".

21. La Muerte respondió: "En este punto incluso los dioses han dudado. No es
un tema fácil de comprender. Te ruego que escojas otro deseo, oh Nakiketas,
no me obligues a responderte".

22. Mas Nakiketas replicó: "Ciertamente en este punto incluso los dioses han
dudado. Con toda seguridad, pues, no hay otro deseo mejor que éste".

23. La Muerte repuso: "Escoge hijos y nietos que vivan cien años, ganado,
elefantes, oro y caballos. Escoge como morada la tierra entera y vive tantas
cosechas como quieras.

24. "Si puedes pensar en algún deseo parecido, escoge riqueza y larga vida.
Sé el rey de toda la tierra. Te concedo el goce de todos los deseos.

25. "Pide cualquier deseo, por difícil que sea de obtener entre los
mortales, pídelo según tu deseo: bellas doncellas con carros e instrumentos
musicales... Tales deseos ciertamente no son alcanzados por los hombres,
solamente por aquellos quienes yo permito obtenerlos. Pide lo que te plazca,
pero no preguntes acerca de la muerte."


26. Nakiketas sin embargo respondió: "Estas cosas son efímeras, sólo duran
hasta mañana, oh Muerte, puesto que su fuerza nace de los sentidos. Incluso
la vida más larga es breve. Quédate, pues, con tus caballos y tus danzas y
responde a mi deseo.

27. "Ningún hombre es feliz por la riqueza. ¿Acaso poseeremos riquezas
cuando te tengamos que ver?
¿Acaso viviremos cuando tú reines sobre nosotros? Sólo este deseo quiero
alcanzar.

28. "¿Qué mortal, después de conocer la liberación de la vejez gozada por
los inmortales, apreciará vivir una larga vida en esta tierra, donde no
existen los verdaderos placeres que nacen de la belleza y el amor?

29. "Oh Muerte, dinos qué hay en la otra Vida. Nakiketas no escoge otro
deseo sino aquel que es la llave del mundo de las tinieblas."


SEGUNDO VALLI

1. La Muerte replicó: "El bien es una cosa, el placer otra; estas dos,
teniendo fines distintos, encadenan al hombre. El hombre debe permanecer en
el bien, pues el que escoge el placer, malogra su destino.

2. "El bien y el placer se acercan al hombre, pero sólo el sabio puede
verlos y distinguirlos. Este prefiere el bien y desecha el placer, mas el
necio escoge el placer y la avaricia y desecha la virtud.


3. "Tú, oh Nakiketas, después de considerar todos los placeres que son o
parecen ser agradables, los has despreciado uno por uno. Tú no has entrado
en el camino que lleva a la riqueza, donde muchos son los que perecen.


4. "Muy separados y conduciendo a lugares muy distintos se encuentran la
ignorancia y lo que se conoce como sabiduría. Creo que tú, Nakiketas, deseas
el verdadero Conocimiento, pues muchos deseos no consiguieron desviarte de
tu propósito.


5. "Los necios moran en la oscuridad. Sabios en su propia presunción, andan
en círculos, tambaleándose de aquí para allá, como ciegos guiados por ciegos.

6. "La otra vida nunca aparece ante los ojos del chiquillo distraído,
engañado por la ilusión de la riqueza. 'Esto es el mundo', piensa, 'no hay
otro mundo más que éste'. No se da cuenta que caerá así una y otra vez bajo
mi dominio.

7. "Aquello que muchos ni siquiera pueden oír, que muchos, cuando lo oyen,
no lo comprenden, admirable es el hombre, si hay alguno, que puede darlo a
conocer, y admirable el que lo comprende cuando un verdadero maestro se lo
muestra.


8. "Cuando esa verdad es dada a conocer por un hombre inferior, no es fácil
de ser comprendida. A menos que sea revelada por un ser perfecto, no hay
forma de acceder a ella, pues es inconcebiblemente más pequeña que lo pequeño.


9. "Esa doctrina no puede ser obtenida por discusión; mas cuando proviene de
la boca de un ser perfecto, entonces es fácil de comprender. Tú la has
obtenido, pues eres ciertamente un hombre de verdadera determinación. ¡Haya
siempre buscadores como tú!

10. Nakiketas asintió: "Sé que los tesoros terrenales son transitorios, pues
lo eterno no puede ser obtenido con cosas que no son eternas; mas yo, por
medio de lo transitorio he obtenido lo que está más allá de toda
transitoriedad".

11. Yama respondió: "Aunque has visto la satisfacción de todos los deseos,
la fundación del mundo, las infinitas recompensas de las buenas acciones, la
ribera donde no hay miedo alguno, loada en todas las alabanzas, y la gran
morada, has sido sabio y con firme determinación lo has despreciado todo.


12. "El sabio que mediante la meditación en su Ser, reconoce a Dios en el
Antiguo, aquel a quien muy pocos ven, que se halla en la más profunda
oscuridad y mora en lo oculto, ese sabio ciertamente está más allá del gozo
y el dolor.



13. "El mortal que, oyendo esto, lo acoge en su corazón y lo separa de todas
las cualidades, alcanzando de este modo el Ser sutil, se llena de gozo, pues
ha hallado la causa de todo regocijo. La morada está abierta para ti, oh
Nakiketas.


14. Nakiketas repuso: "Quiero que me digas lo que tú ves como ni esto ni
aquello, ni efecto ni causa, ni pasado ni futuro".

15. Yama respondió: "La Palabra de la que hablan todos los Vedas, buscada en
ayunos y austeridades por muchos hombres, te va a ser revelada.

16. "Esa Palabra imperecedera significa lo más alto; el que conoce este
Santo Verbo obtiene todo lo que desea.

17. "Esta es nuestra tabla de salvación, lo supremo de lo supremo. Quien
conoce esta Santa Palabra es engrandecido en el mundo de Brahma.

18. "El Inteligente no nace ni muere. No brotó de nada ni nada brotó de él.
El Antiguo es innato, eterno, imperecedero. No perece, aunque el cuerpo se
corrompa.


19. "Si el que mata cree que es él quien mata, y si el que muere cree que es
él quien muere, ambos no comprenden; pues ni uno mata, ni el otro muere a
manos de nadie.


20. "El Ser, más pequeño que lo pequeño, más grande que lo grande, está
escondido en el corazón de la criatura. El hombre que está libre de los
deseos y el dolor, puede ver la majestad del Ser por la gracia del Creador.

21. "Aunque quieto, camina hasta lo lejos; aunque tendido en el suelo, llega
a todas partes. ¿Quién, excepto yo, puede conocer a ese Dios que se regocija
sin regocijarse?

22. "El sabio que conoce al Ser incorpóreo en el interior de los cuerpos,
inmutable en medio de las cosas que cambian, grande y omnipotente, nunca sufre.

23. "Ese Ser no puede ser alcanzado leyendo los Vedas, ni tampoco ser
comprendido o aprendido. Sólo aquél a quien el Ser perfecto escoge puede
alcanzar su grandeza, pues el Ser ha escogido el cuerpo de ese hombre como
el suyo propio.


24. "Pero quien no se aparte de la maldad, ni permanezca tranquilo y sumiso,
jamás alcanzará el Ser, ni siquiera mediante el Conocimiento.

25. "¿Quién, entonces, conoce dónde está El, en quien todo desaparece y en
quien incluso la muerte es absorbida?

TERCER VALLI

1. "Existen dos Brahmas, el superior y el inferior, los cuales obtienen su
recompensa en el mundo de sus propias acciones; ambos habitan en la cueva
del corazón y moran en la cumbre más alta. Aquellos que conocen a Brahma los
llaman la sombra y la luz, así como los padres de familia que realizan el
sacrificio Trinakiketa.

2. "Así pues, dominemos perfectamente este rito Nakiketas, que es el puente
para los que ofrecen sacrificios y la barca para llegar a la orilla del
imperecedero Brahma.


3. "Conoce el Ser que se sienta en el carro: su cuerpo es el carro, el intelecto el auriga, y la mente las riendas.


4. "Los sentidos son los caballos y los objetos de los sentidos dos los caminos que aquellos toman. Cuando aquél (el Ser Supremo) está en perfecta
unión con el cuerpo, los sentidos y la mente, los sabios llaman a ese estado
la dicha Suprema.


5. "El que no comprende y cuya mente (las riendas del caballo) nunca está
sujeta firmemente, jamás podrá dominar los sentidos, igual que los caballos
de un auriga no pueden ser dominados por un cochero inexperto.


6. "Pero el que comprende y mantiene la mente firme, llega a dominar sus
sentidos como los caballos dóciles de un auriga.


7, "El que no comprende, debido a su negligencia e impureza nunca llega a
ese lugar, perdiéndose en la rueda de nacimientos.

8. "Pero el que comprende, aquel que es cuidadoso y siempre puro, alcanza en
verdad ese lugar donde no se nace de nuevo.



9. "El que comprende a su auriga y sujeta las riendas de la mente, alcanza
el fin de su viaje, que es el lugar más alto de Vishnu.

10. "Más allá de los sentidos están los objetos, más allá de los objetos
está la mente, más allá de la mente está el intelecto y más allá del
intelecto está el Gran Ser.

11. "Más allá del Grande está el Oculto, más allá del oculto está la
Persona, Más allá de la Persona no hay nada: esta es la meta del Camino
Supremo.

12. "Ese Ser permanece oculto en todos los seres, sin mostrar su brillo, mas
es visto por los buscadores sutiles por medio de su agudo y sutil intelecto.


13. "El sabio debe dominar la voz de la mente; debe mantenerla en el
interior del Ser, lo cual es el Conocimiento; debe así mismo mantener el
Conocimiento en el interior del Ser, lo cual es grandeza y debe mantener a
ésta en el interior del Ser, lo cual es Serenidad.

14. "¡Levántate y despierta! Ahora que has obtenido tus deseos.
¡Compréndelos! Tan difícil como pasar por el afilado filo de una navaja, así
de duro -dice el sabio- es este camino (hacia el Ser).
15. "El que ha percibido aquello que no tiene sonido, tacto, forma,
decadencia, y gusto, que es eterno y no tiene olor, principio ni fin, que
está más allá de lo Supremo y es inmutable, éste está libre de las fauces de
la muerte.


16. "El sabio que ha repetido u oído la antigua historia de Nakiketas
contada por la Muerte es ensalzado en el mundo de Brahma.

17. "Y aquel que repite este Supremo misterio en una reunión de brahamanes,
o cuyo corazón rebosa de devoción en el momento del sacrificio Sraddha,
obtiene también infinitas recompensas."



SEGUNDO ADHYAYA

CUARTO VALLI

1. La Muerte prosiguió: "El Auto-existente traspasó las aberturas de los
sentidos para que se dirigieran hacia afuera; por consiguiente el hombre
mira hacia afuera, no hacía adentro, a su propio ser. Algunos sabios, sin
embargo, cerrando sus ojos y anhelando la inmortalidad, pudieron contemplar
al Ser oculto.


2. "Los chiquillos corren tras los placeres externos y caen en la trampa que
les tiende la muerte. Solamente los sabios, conociendo la naturaleza de lo
que es inmortal, no buscan nada estable entre todo lo inestable.


3. "Aquello mediante lo cual conocemos las formas, el gusto, el olor, los
sonidos y el tacto de todo lo hermoso, de igual modo nos permite conocer lo
que existe en nuestro interior. Esto es lo que tú me has preguntado.

4. "El sabio que sabe que lo que le permite percibir todos los objetos en el
sueño o en la vigilia es el grande y omnipresente Ser, deja de sufrir.

5. "El que reconoce al Ser como el alma viviente, como el Señor del pasado y
del futuro, deja de sufrir. Así es.

6. "El que le conoce, conoce a aquel que nació del calor ardiente y mora en
el corazón. Así es.

7. "El que le conoce, también conoce a Aditi, que está unido a todas las
deidades y nace del Prana (aliento), que mora en el corazón y surgió de los
elementos. Así es.


8. "El que le conoce, conoce también a Agni (el fuego), el cual todo lo ve,
oculto entre los dos palos de la hoguera, bien protegido como un niño en el
vientre de la madre para ser adorado día tras día por los hombres cuando
despiertan y hacen sus ofrendas. Así es.

9. "Y conoce también aquello de donde el sol surge y adonde el sol va a
ponerse. Allí todos los Devas están contenidos y ni uno solo va más allá.
Así es.

10. "Lo que está acá, lo mismo está allá; y lo que está allá, lo mismo está
acá. Quien ve diferencia alguna entre allá y acá, va de la muerte hacia la
muerte.


11. "Incluso con la muerte Brahma tiene que ser alcanzado; entonces no hay
diferencia entre Creador y criatura. Quien ve diferencia en eso va de la
muerte a la muerte.

12. "El mora en el interior del Ser como Señor del pasado y el futuro. Quien
esto conoce deja de temer. Así es.

13. "El es como una luz sin humo, Señor del pasado y el futuro, igual hoy y
mañana. Así es.

14. "Igual que el agua de la lluvia caída en la montaña desciende por todos
los lados de las rocas, así quien ve diferencias entre las cualidades del
ser corre confuso tras ellas por todas sus vertientes.

15. "Como el agua pura que echada en agua pura permanece igual, así, oh
Gautama, es el Ser del discípulo que conoce al Perfecto.

QUINTO VALLI


1. "Hay una ciudad de once puertas que pertenece al innato, cuyos
pensamientos nunca son tortuosos. Quien se acerca a ella, deja de sufrir y,
liberado de todas las ataduras de la ignorancia, encuentra la libertad. Así es.

2. "El es el cisne que mora en el radiante cielo; él es Vasu (el aire), que
mora en el cielo; él es el sacrificador que mora en el hogar; él es el
huésped que mora en la tinaja de los sacrificios; él mora en los hombres, en
los dioses, en el sacrificio y en el cielo; él nace en el agua, en la tierra
y en las montañas; él es el Verdadero y lo Supremo.

3. "El es quien nos envía el aliento. Todos los Devas (los dioses) le
adoran, pues él es el adorable que se sienta en el centro de todo.

4. "Cuando el Ser mora en este cuerpo mortal es separado y liberado de su
disfraz, ¿qué queda entonces? Así es.


5. "Ningún mortal vive del aliento que asciende y desciende. Vivimos de otro
aliento en el cual estos dos reposan.

6. "Así pues, oh Gautama, te revelaré el misterio del antiguo Brahma, y lo
que sucede al Ser después de la muerte.

7. "Unos entran en el vientre de una mujer para tomar un cuerpo como seres
orgánicos y otros entran en la materia inorgánica según sus obras pasadas y
su conocimiento.

8. "Aquél, la Persona Suprema, que permanece despierta en nosotros mientras
dormimos, dando forma a nuestras visiones, aquél en verdad es lo Radiante,
aquél es Brahma; a él solo se le llama el Inmortal. Todos los mundos están
contenidos en él y nadie puede ir más allá. Así es.


9. "Como el fuego que, aunque uno, parece distinto según lo que arde en él,
así el Ser único que está dentro de todas las cosas parece distinto según la
materia en la cual él penetra, y sin la cual también existe.

10. "Como el aire que aunque uno, parece distinto según la materia en la que
penetra, así el Ser único que está dentro de todas las cosas parece distinto
según la materia en la que penetra, y sin la cual también existe.


11. "Como el sol, que no es contaminado por las impurezas externas vistas
por los Ojos, así el Ser único entre todos los seres nunca es contaminado
por la miseria del mundo, estando él mismo fuera de ella.


12. "No hay otro señor que el Ser que está dentro de todas las cosas, que
hace que las formas se multipliquen. A los sabios que le perciben pertenece
la felicidad eterna, a nadie más.


13. "No hay ningún pensador eterno que piense pensamientos no-eternos y que,
aunque sea uno solo, satisfaga los deseos de muchos. A los sabios que le
perciben dentro de su Ser, pertenece la paz eterna, a nadie más.

14. "Ellos perciben ese supremo e indescriptible placer y exclaman: 'Esto
es. Entonces, ¿cómo puedo yo comprenderlo? ¿Tiene su propia luz o es un nuevo
reflejo de otra?'


15. "Allí el Sol no brilla, ni la Luna, ni las estrellas, ni los relámpagos
ni el fuego. Cuando él brilla, todo brilla tras él, pues por su luz todo es
iluminado.

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