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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 16 de mayo de 2011

Edgar Allan Poe El pozo y el péndulo









Edgar Allan Poe
El pozo y el péndulo

(1809-1849)


Impia tortorum longas hic turba furores sanguinis innocui, non satiata,
aluit, sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro, mors ubi dira fuit vita
salusque patent.
(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que debió erigirse en
el solar del Club de los Jacobinos, en París.)


Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga
agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté
que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia
de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis
oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció
que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido
aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa
de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino.
Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más.
No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible
exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran
blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy
escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco,
adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su
resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía
que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían
aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal, les vi
pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el
sonido no seguía al movimiento.
Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda
y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que
cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los
siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa.
Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los
imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero
entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí
que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en
contacto con el hilo de una batería galvánica. Y las formas
angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de
llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio
alguno. Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en
mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la
tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato
para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi
espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las
figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los
grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron
por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las
sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca
y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche,
silencio, inmovilidad.
Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese
perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré
definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido.
En medio del más profundo sueño..., ¡no! En medio del delirio...,
¡no! En medio del desvanecimiento..., ¡no! En medio de la muerte...,
¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre.
Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la
telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es
tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado.
Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de
la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece
probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar
las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los
recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. ¿Y cuál es ese
abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las
de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer
grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no
obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser
solicitadas, mientras, maravillados. nos preguntamos de dónde
proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá
extraños palacios y casas singularmente familiares entre las
ardientes llamas; no será el que contemple, flotantes en el aire, las
visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar, no será el
que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que
se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese
llamado su atención hasta entonces.
En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi
enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de
vacío aparente en el que mi alma había caído, hubo instantes en
que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos en que he
llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón
lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que
parece aniquilada la conciencia. Muy confusamente me presentan
esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban,
transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia
abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo
espantoso a la simple idea del infinito en descenso.
También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba
el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese
corazón. Luego el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo
lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de
espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado,
y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea.
Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de
humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una
memoria que se agita en lo abominable.
De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el
movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos.
Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de
nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante
penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi
existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego,
bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía
escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero
estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego,
un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de
movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los
negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y
el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde.
Únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he
logrado recordarlo vagamente.
No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que
estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y
pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos
minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar
dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una
gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví.
Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me
rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles,
sino que me aterraba la idea de no ver nada.
A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente
los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado.
Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la
intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera
era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e
hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos
inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición
verdadera. Había sido pronunciada la sentencia y me parecía que
desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No
obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente
muerto.
A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es
absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me
encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a
muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde
del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de esta
especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para
aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses
más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser.
Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente
de víctimas. Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las
celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había
en él alguna luz.
Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes
hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi
insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté
sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra.
Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a
mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante,
temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar
contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis
poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la
larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé
con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus
órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos
pasos, pero todo estaba vacío y negro. Respiré con mayor libertad.
Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían
reservado no era el más espantoso de todos.
Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se
confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre
los horrores de Toledo corrían. Sobre estos calabozos contábanse
cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin
embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja.
¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de
tinieblas, o qué muerte más terrible me esperaba? Puesto que
conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar
de que el resultado era la muerte, y una muerte de una amargura
escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que
me preocupaba y me aturdía.
Mis extendidas manos encontraron, por último un sólido obstáculo.
Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda
y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida
desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas.
Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno
para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la
vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de
lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué
el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui
conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas
habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña.
Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había
pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin
embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no
obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me
pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la
coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto
con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi
calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de
tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía, pero no había tenido en
cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era
húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato.
Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar
tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella
posición.
Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un
cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en
tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde
reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré
llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado
ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta
encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de
cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda,
calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo.
Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared,
y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había
duda alguna de que aquello era una cueva.
No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda
seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me
impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la
superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema
precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura,
era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un
rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando
cruzarlo en línea recta.
De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado
que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome
caer de bruces violentamente.
En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia
no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después,
hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla
apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte
superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura
que la barbilla, no descansaban en ninguna parte. Me pareció, al
mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y
que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué
el brazo y me estremecí, descubriendo que había caído al borde
mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel
momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal,
logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo.
Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba
en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió
por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo
instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta
abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de
luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en
seguida.
Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por
el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el
mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a
tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como
fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había
oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que
la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables
torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada.
Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el
punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me
consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase
de tortura que me aguardaba.
Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme
morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas
de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo
hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de
una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos, pero en
aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra
parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a
aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la
vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio
infernal de quien los había concebido.
Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo.
Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la
primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me
consumía una sed abrazadora, y de un trago vacíe el cántaro. Algo
debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos
irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al
de la muerte. No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero,
al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban.
Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude
descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.
Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las
paredes no podían tener más de veinticinco yardas de
circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó
grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles
circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante
podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma
ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me
dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las
medidas a aquel recinto. Por último se me apareció como un
relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había
contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese
instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela.
Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces
me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre
mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión
de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la
vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la
derecha.
También me había equivocado por lo que respecta a la forma del
recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos,
deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso
es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo
o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves
depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales.
La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creí mampostería
parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes
planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones.
La superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada
groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos,
nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de
demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y
otras imágenes del horror más realista llenaban en toda su
extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de
aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que
los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la
humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En
su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado,
pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.
Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación
física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de
espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de
armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que
parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis
miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi
brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo
para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían
dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta
de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me
devoraba una sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis
verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento
que contenía el plato era una carne cruelmente salada.
Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una
altura de treinta o cuarenta pies y parecíase mucho, por su
construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi
atención una figura de las más singulares. Era una representación
pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en
lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se
trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No
obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo
mirarla con más detención.
Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues
hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver
que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su
balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta
desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza la observé durante unos
minutos. Cansado, al cabo de vigilar su fastidioso movimiento, volví
mis
ojos a los demás objetos de la celda.
Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes
ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía
distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba,
subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el
olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas.
Transcurrió media hora, tal vez una hora—pues apenas
imperfectamente podía medir el tiempo— cuando, de nuevo, levanté
los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido.
El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como
consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor.
Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que
había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto
observé entonces que su extremo inferior estaba formado por media
luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de
largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia
arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja
barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y
ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se
ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba
moviéndose en el espacio.
Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había
preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la
Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo,
cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario
como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión
como la Ultima Tule de todos los castigos. El más fortuito de los
accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabia que el arte
de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una
rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones
misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo,
no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba
destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte
distinta y más dulce ¡Mas dulce! En mi agonía, pensando en el uso
singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.
¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más
que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del
acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente,
efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para
mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía
bajando, bajando.
Pasaron días, tal vez muchos días, antes que llegase a balancearse
lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre.
Hería mi olfato el olor de acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo
con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero.
Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir
al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de
pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido
sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a
un juguete precioso.
Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un
intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo
hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible
que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían
seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a
su capricho podían detener la vibración.
Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como
resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la
naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso,
extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo
permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se
habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un
informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojo en
mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y
yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con
frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se
completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de
alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al
nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis
largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las
ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.
La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba
ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta
de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de
mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A
pesar de la gran dimensión de la curva recorrida—unos treinta pies,
más o menos—y la silbante energía de su descenso, que incluso
hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía
hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje.
Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de
él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta
insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla.
Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pasar sobre mi
traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de
la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los
dientes me rechinaron.
Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo
hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba
abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia
la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el
chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar
furtivo del tigre. Yo aullaba y reía alternativamente, según me
dominase una u otra idea.
Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a
tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con
violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo
hasta la mano. Únicamente podía mover la mano desde el plato que
habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran
esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del
codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que
hubiera sido como intentar detener una avalancha.
Siempre mas bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo.
Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración.
Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con
el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente,
cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la
muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin
embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría
que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre
mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y
hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la
esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase
oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de
la Inquisición.
Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente,
pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje, Y con esta
observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de
la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos
días, tal vez, pensé por primera vez. Se me ocurrió que la tira o
correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una
ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la
media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que
desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de
mi cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El
resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra
parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del
verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo
atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar
frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi
cabeza lo bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis
miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos
sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida.
Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera
posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría
definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de
la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había
flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios
ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente,
débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa.
Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla
a la práctica.
Hacia varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba
acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran
tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos, como si no
esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa. "¿A qué clase
de alimento—pensé—se habrá acostumbrado en este pozo?"
Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para
impedirlo, había devorado el contenido del plato; pero a la larga, la
uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia .
Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos
dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante
que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde
me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me
quedé inmóvil y sin respirar.
Al principio, lo repentino del camino y el cese del movimiento
hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron
alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró
más que un instante. No había yo contado en vano con su
glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos o más atrevidas se
encaramaron por el caballete y oliscaron la correa. Todo esto me
pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió
del pozo. Agarrándose a la madera, la escalaron y a centenares
saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba el movimiento regular
del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la
engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban
incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mi
garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.
Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba
contantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido
en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un
pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que en más
de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución
sobrehumana, continué inmóvil.
No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no
habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos,
colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del
péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. L estameña de mi traje
había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones
más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el
instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron
tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y
decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el
banquillo, me deslicé fuera del abrazo y de la tira y del alcance de la
cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre.
¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de
mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de
mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir
atraída hacia el techo por una fuerza invisible. Aquélla fue una
lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos
mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la
muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a
algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando
en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que
me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en principio no pude
apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la
habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno
de ensueños y escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e
incoherentes.
Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que
iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de
anchura, que extendíase en torno del calabozo en la base de las
paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban,
completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella
abertura, aunque, como puede imaginarse, inútilmente. Al
levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto,
el misterio de la alteración que la celda había sufrido.
Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos
de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente
claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan
de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e
intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y
diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más
firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y
feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo
anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y
brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente,
quería considerar completamente imaginario.
¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor
de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante.
A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos
clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre
aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba
con grandes esfuerzos. No había duda sobre el deseo de mis
verdugos, los más despiadados y demoníacos de todos los
hombres.
Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del
calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la
frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia
sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo.
El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más
ocultas. No obstante, durante un minuto de desvarío, mi espíritu
negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello
penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en
mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror!
¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal,
y, escondiendo mi rostro entre las manos, lloré con amargura.
El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez mas los ojos,
temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un
segundo cambio, y este efectuábase, evidentemente, en la forma.
Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo
que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La
venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había
frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto.
La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus
ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto obtusos los otros dos.
Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el
terrible contraste.
En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un
rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni
esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para
aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna
paz. "¡La muerte!—me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del
pozo!" ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era
necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente
que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que
pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión?
Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me
dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de
mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto.
Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con
una fuerza irresistible.
Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y
retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis
pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi
alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de
desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví
los ojos...
Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un
huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil
truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás
precipitadamente. Un brazo alargado me cogió del mío, cuando, ya
desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general
Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La
Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.
FIN

Edgard Allan Poe La Carta Robada




Edgard Allan Poe
La Carta Robada




La carta robada
Nihil sapientis odiosus acumine nimio. SENECA
Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de18..., me hallaba en París, gozando de la
doble voluptuosidad de lameditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C.
Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, autroisieme, No. 33, rue Dunot, faubourg
St. Germain. Durante una horapor lo menos, habíamos guardado un profundo silencio; a
cualquiercasual observador le habríamos parecido intencional y exclusivamente ocupados con las
volutas de humo que viciaban la atmósfera del cuarto. Yo, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente
ciertos tópicosque habían dado tema de conversación entre nosotros, hacía algunashoras solamente; me
refiero al asunto de la rue Morgue y el misteriodel asesinato de Marie Rogét. Los consideraba de algún
modo coincidentes, cuando la puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso anuestro antiguo
conocido, monsieur G***, el prefecto de la policíaparisina.
Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombrecasi tanto de divertido como de despreciable,
y hacía varios años queno le veíamos. Estábamos a oscuras cuando llegó, y Dupin se
levantócon el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sinhaberlo hecho, porque
G*** dijo que había ido a consultarnos, o másbien a pedir el parecer de un amigo, acerca de un asunto
oficial quehabía ocasionado una extraordinaria agitación.
- Si se trata de algo que requiere mi reflexión - observó Dupin,absteniéndose de dar fuego a la mecha
-, lo examinaremos mejor en laoscuridad.
- Esa es otra de sus singulares ideas - dijo el prefecto, que tenía lacostumbre de llamar "singular" a
todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente, rodeado de una absoluta legión
de"singularidades".
- Es muy cierto -respondió Dupin, alcanzando a su visitante unapipa, y haciendo rodar hacia él un
confortable sillón.
- ¿Y cuál es la dificultad ahora? -pregunté- Espero que no sea otroasesinato.
- ¡Oh! no, nada de eso. El asunto es muy simple, en verdad, y notengo duda que podremos manejarlo
suficientemente bien nosotrossolos; pero he pensado que a Dupin le gustaría conocer los detalles
delhecho, porque es un caso excesivamente singular!...
- Simple y singular -dijo Dupin.
- Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido desconcertados
porque el asunto es tansimple, y, sin embargo nos confunde a todos.
- Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta austed -dijo mi amigo.
- ¡Qué desatino dice usted! -replicó el prefecto, riendo de todo corazón.
- Quizás el misterio es demasiado sencillo -dijo Dupin.
- ¡Oh! ¡por el ánima de! ... ¡quién ha oído jamás una idea semejante!
- Demasiado evidente por sí mismo.
- ¡Ja! ¡ja! ¡ja!... ¡ ¡jo! ¡jo! ¡jo! -reía nuestro visitante, profundamente divertido- ¡Oh, Dupin, usted me
va a hacer reventar de risa.
- ¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? -pregunté.
- Se lo diré a usted -replicó el prefecto, profiriendo un largo, fuertey reposado puff y acomodándose
en su sillón- Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré que este es un asunto
quedemanda la mayor reserva, y que perdería sin, remedio mi puesto si sesupiera que lo he confiado a
alguien.
- Continuemos -dije.
- 0 no continúe -dijo Dupin.
- De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un documento de la
mayor importancia ha sido robadode las habitaciones reales. El individuo que lo robó es conocido;
sobreeste punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de llevárselo. Se sabe también que
continúa todavía en su poder.
- ¿Cómo se sabe esto? -preguntó Dupin.
- Se ha deducido perfectamente -replicó el prefecto-, de la naturaleza del documento y de la no
aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras manos; es decir, a
cansadel empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.
- Sea usted un poco más explícito -dije.
- Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedorcierto poder en una cierta parte,
donde tal poder es inmensamentevalioso.
El prefecto era amigo de la jerga diplomática.
- Todavía no le comprendo bien -dijo Dupin.
- ¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona,que es imposible nombrar, pondrá en
tela de juicio el honor de unpersonaje de la más elevada posición; y este hecho da al poseedor
deldocumento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor ytranquilidad son así comprometidos.
- Pero este ascendiente -repuse- dependería de que el ladrón sepaque dicha persona lo conoce.
¿Quién se ha atrevido?...
- El ladrón -dijo G***- es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos hombres tan inconvenientes
como convenientes. Elmétodo del robo no fue menos ingenioso que arriesgado. El documentoen
cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibida por el personaje robado, en circunstancias que
estaba sólo en el boudoir real.Mientras que la leía, fue repentinamente interrumpido por la entradade
otro elevado personaje, a quien deseaba especialmente ocultarla.Después de una apresurada y vana
tentativa de esconderla en unagaveta, se vio forzado a colocarla, abierta como estaba, sobre una mesa.
La dirección, sin embargo, quedaba a la vista; y el contenido, asícubierto, hizo que la atención no se
fijara en la carta. En este momentoentró el ministro D***.
Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconocen laletra de la dirección, observa la
confusión del personaje a quien hasido dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones
sobrenegocios, de prisa, como es su costumbre, saca una carta algo parecidaa la otra, la abre, pretende
leerla, y después la coloca en estrecha yuxtaposición con la que codiciaba. Pónese a conversar de
nuevo, duranteun cuarto de hora casi, sobre asuntos públicos. Por último, levantándose para marcharse,
coge de la mesa la carta que no le pertenece. Sulegítimo dueño le ve, pero, como se comprende, no
se atreve a llamarla atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba asu lado. El
ministro se marchó dejando su carta, que no era de importancia, sobre la mesa.
- Aquí está, pues -me dijo Dupin-, lo que usted pedía para hacerque el ascendiente del ladrón fuera
completo, el ladrón sabe de que esconocido del dueño del papel.
- Sí - replicó el prefecto -; y el poder así alcanzado en los últimosmeses ha sido empleado, con objetos
políticos, hasta un punto muypeligroso. El personaje robado se convence cada día más de la necesidad
de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede serhecho abiertamente. En fin, reducido
a la desesperación, me ha encomendado el asunto.
- ¿Y quién puede desear -dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo-, o siquiera imaginar,
un oyente mas sagaz que usted?
- Usted me adula -replicó el prefecto- pero es posible que algunasopiniones como ésas puedan haber
sido sostenidas respecto a mí.
- Está claro -dije-, como lo observó usted, que la carta está todavíaen posesión del ministro, puesto
que es esta posesión, y no su empleo,lo que confiere a la carta su poder. Con el uso, ese poder desaparece.
- Cierto -dijo G***-, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer cuidado fue
hacer un registro muy completo de laresidencia del ministro; y mi principal obstáculo residía en la
necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido delpeligro que resultaría de
darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.
- Pero -dije-, usted se halla completamente au fait en este tipo deinvestigaciones. La policía parisina ha
hecho estas cosas muy a menudo antes.
- Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres delministro me dan, además, una gran
ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus sirvientes no son numerosos.
Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, ysiendo principalmente napolitanos, se
embriagan con facilidad.
Tengo llaves, como usted sabe, con las que puedo abrir cualquiercuarto o gabinete de París. Durante
tres meses, no ha pasado una noche sin que haya estado empeñado personalmente en escudriñar
lamansión de D***. Mi honor está en juego y, para mencionar un gransecreto, la recompensa es
enorme. Por eso no he abandonado la partidahasta convencerme plenamente de que el ladrón es mas
astuto que yomismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos losescondrijos de los
sitios en que es posible que el papel pueda ser ocultado.
- ¿Pero no es posible -sugerí-, aunque la carta pueda estar en laposesión de] ministro, como es incuestionable,
que la haya escondidoen alguna parte fuera de su casa?
- Es poco probable -dijo Dupin- La presente y peculiar condiciónde los negocios en la corte, y especialmente
de esas intrigas en lascuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea validezdel
documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, unpunto de casi tanta importancia
como su posesión.
- ¿La posibilidad de ser exhibido? -dije.
- Es decir, de ser destruido -dijo Dupin.
- Cierto -observé-; el papel tiene que estar claramente al alcancede la mano. Supongo que podemos
descartar la hipótesis de que elministro la lleva encima.
- Enteramente -dijo el prefecto- Ha sido dos veces asaltado pormalhechores, y su persona rigurosamente
registrada bajo mí propiainspección.
- Se podía usted haber ahorrado ese trabajo -dijo Dupin- D***,presumo, no está loco del todo; y si
no lo está, debe haber previsto esasasechanzas; eso es claro.
- No está loco del todo -dijo G***-; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la
locura.
- Cierto -dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada dehumo de su pipa-, aunque yo
mismo sea culpable de algunas malasrimas.
- Supongamos -dije-, que usted nos detalla las particularidades desu investigación.
- Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido larga
experiencia en estos negocios.Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las noches detoda
una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario decada habitación. Abrimos todos los
cajones posibles; y supongo queusted sabe que, para un ejercitado agente de policía, son imposibles
loscajones secretos. Cualquiera que en investigaciones de esta clase permite que se le escape un cajón
secreto, es un bobo. La cosa así, essencilla. Hay una cierta cantidad de capacidad, de espacio, que
contaren un mueble. En este caso, establecemos minuciosas reglas. La quincuagésima parte de una línea
no puede escapársenos. Después delgabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examinados con
esasdelgadas y largas agujas que usted me ha visto emplear. De las mesas,removemos las tablas superiores.
- ¿Por qué?
- Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliariosimilarmente arreglada, es levantada
por la persona que desea ocultarun objeto; entonces la pata es excavada, el objeto depositado dentro
desu cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares delas camas son utilizados con el
mismo fin.
- ¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? pregunté.
- De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca asu alrededor una cantidad suficiente
de algodón en rama.
Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin ruidos.
- Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hechopedazos todos los artículos de
mobiliario en que hubiera sido posibledepositar un objeto de la manera que usted menciona. Una carta
puedeser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no difiriendo mucho en forma o volumen
a una aguja para hacer calceta, y deesta forma puede ser introducida en el travesaño de una silla,
porejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no es así?
- Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos lostravesaños de cada silla de la casa, y
en verdad, todos los puntos deunión de todas las clases de muebles, con la ayuda de un
poderosomicroscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, nohabríamos dejado de
notarla instantáneamente. Un solo grano delserrín producido por una barrena en la madera, habría sido
tan visiblecomo una manzana. Cualquier alteración en las encoladuras, cualquierdesusado agujerito en
las uniones, habría bastado para un seguro descubrimiento.
- Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes ylas láminas, y examinarían los lechos,
y las ropas de los lechos, asícomo las cortinas y las alfombras.
- Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del mobiliario de
esa manera, examinamos la casamisma. Dividimos su entera superficie en compartimentos, que numeramos
para que ninguno pudiera escapársenos, después registramospulgada por pulgada el terreno de la
pesquisa, incluso las dos casasadyacentes, con el microscopio, como antes.
- ¡Las dos casas adyacentes! -exclamé-; deben ustedes haber causado una gran agitación.
- La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.
- ¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?
- Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nosdieron poco trabajo. Examinamos el
musgo de las junturas de los,ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.
- ¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, yentre los libros de su biblioteca?
- Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo¡Abrimos todos los libros, sino que
dimos vuelta todas las hojas detodos los volúmenes, no contentándonos con una simple sacudida
deellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía. Medimos también el espesor
de cada tapa de libro, con la máscuidadosa exactitud, y aplicamos a cada uno el más celoso examen
conel microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones hubiera sidotocada para ocultar la carta,
habría sido completamente imposible queel hecho escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis
volúmenes,recién traídos por el encuadernador, los examinamos con todo cuidado, sondeando las
tapas.
- ¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?
- Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos losbordes con el microscopio.
- ¿Y el papel de las paredes?
- También.
- ¿Buscaron en los sótanos?
- Sí
- Entonces -dije- han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta noestá entre las posesiones del ministro,
como suponen.
- Temo que usted tenga razón -repuso el prefecto-. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja que haga?
- Hacer una nueva revisión de la casa de] ministro.
- Eso es absolutarnente innecesario -replicó G***-; estoy tan seguro como que respiro, de que la
carta no está en la casa.
- Pues no tengo mejor consejo que darle -dijo Dupin ¿Téndrá usted, como es natural, una cuidadosa
descripción de la carta?
- ¡Ya lo creo!
Y aquí el prefecto, sacando un memorándum, nos leyó en voz altaun minucioso informe de la carta,
especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de esta descripción,
cogiósu sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había vistonunca antes.
Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita,encontrándonos ocupados exactamente
de la misma manera que la otravez. Cogió una pipa y una silla, y principió una conversación
sobrecosas ordinarias. Por último, le dije:
- Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumoque se habrá usted convencido, al fin,
de que no hay cosa más difícilque sorprender al ministro.
- ¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo, como Dupin me lo
aconsejó, pero ha sido tiempoperdido, como yo suponía.
- ¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? preguntó Dupin.
- ¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamenteliberal; no quiero decir cuánto exactamente,
pero diré una cosa: y esque estaría dispuesto a dar un cheque con ¡mi firma por cincuenta
milfrancos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está haciendo día a día cada vez más
importante, y la recompensa ha sidorecientemente doblada. Pero aunque fuera triplicada, no podría
hacermás de lo que he hecho.
- Veamos- dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada dehumo-; realmente pienso, G***, que
usted no ha hecho todo lo quepodía en este asunto. ¿No cree que podría hacer un poco más?
- ¿Cómo? ¿De qué manera?
- ¡Pst! creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejosobre este asunto; puff, priff, puff.
¿Se acuerda usted de lo que secuenta de Abernethy!
- ¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!
- ¡Está bueno! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto ricacho muy
avaro concibió la idea de obtenergratis de ese Abernethy una opinión médica. Habiendo procurado
conese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó supropio caso como el de un
individuo imaginario.
- Supongamos- dijo el tacaño -, que sus síntomas son tales y tales;ahora doctor, ¿qué le aconsejaría
usted?
- ¿Qué le aconsejaría? -dijo Abernethy-; ¡psh! que viera a un médico.
- Pero -dijo el prefecto, algo desconcertado-, yo estoy dispuesto apedir consejo, y a pagarlo. Daría
realmente cincuenta mil francos acualquiera que me ayudara en este asunto.
- En ese caso - replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques-, puede usted
perfectamente hacerme un cheque porla cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado, le entregaré la
carta.
Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo.Durante algunos minutos permaneció
sin habla y sin movimiento,mirando incrédulamente a mi amigo con la boca abierta y los ojos
queparecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrandola conciencia de su ser,
cogió una pluma y, después de algunas pausasy miradas sin objeto, hizo por último y firmó un cheque
por 50.000francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo
guardó en su cartera; después, abriendo su escritorio,cogió de él una carta y la entregó al prefecto. El
funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión de alegría, la abrió con manotemblorosa,
arrojó una rápida ojeada a su contenido, y entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia
de ninguna especiesalió del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desdeque Dupin le
había pedido que hiciera el cheque.
Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.
- La policía parisina -dijo- es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante, ingeniosa, astuta
y perfectamente versada en losconocimientos que sus deberes parecen necesitar con más urgencia.
Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la casade D***, tuve plena confianza
en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta donde lo permiten sus conocimientos.
- ¿Hasta dónde lo permiten? -pregunté.
- Sí -dijo Dupin- Las medidas adoptadas eran, no solamente lasmejores de su clase, sino que se
acercaban a la perfección absoluta. Sila carta hubiera estado oculta en el radio de esa pesquisa, los
agentesde policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.
Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que decía.
- Las medidas, pues - continuo él-, eran buenas en su clase y bienejecutadas; su defecto estaba en ser
inaplicables al caso y al hombre.Un cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son para el prefecto
una especie de lecho de Procusto, a los que adapta forzadamentesus designios. Así es que perpetuamente
yerra por ser demasiado profundo, o demasiado superficial, en los asuntos que se le confían,
ymuchos niños de escuela son mejores razonadores que él. He conocidouno, de unos ocho años de
edad, cuyos éxitos adivinando en el juegode "pares y nones" atraían la admiración de todo el mundo.
Este juegoes simple, y se juega con canicas. Uno de los jugadores oculta en sumano una cantidad de
esas canicas, y pregunta a otro si ese número espar o non. Si el preguntado adivina, gana una; si no,
pierde una. Elniño de que hablo, ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente, tenía algún
método para acertar, y éste se basaba en la simpleobservación y el cálculo de la astucia de sus contrincantes.
Por ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada, y pregunta:
¿son pares o nones? Nuestro niño replica: "Nones",y pierde; pero a la segunda vez gana, porque
entonces se dice a símismo: "El bobalicón tenía pares la primera vez, y su cantidad deastucia es justamente
la suficiente para llevarlo a poner nones en lasegunda; por consiguiente, apostaré "nones"; apuesta
a nones, y gana.Ahora, con un bobo de un grado mayor que el primero, hubiera razonado así: "Este
tal, sabe que en el primer caso aposté a nones, y en elsegundo se le ocurrirá, en el primer impulso, una
simple variación depares a nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundopensamiento
le sugerirá que ésta es una variación demasiado simple,y, finalmente, decidirá poner pares como antes.
Por consiguiente,apostaré a pares"; apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema derazonar en el
niño de escuela, a quien sus compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último análisis?
- Es simplemente -dije- una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario.
- Eso es - dijo Dupin -; y después de preguntar al niño cómoefectuaba esa completa identificación en
que residía su éxito, recibí lasiguiente respuesta: "Cuando deseo saber cuán sabio o cuán estúpido,o
cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientosen un instante dado, acomodo la
expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible, de acuerdo con la expresión del
rostrode él, y entonces trato de ver qué pensamientos o sentimientos nacenen mi mente, que igualen o
correspondan a la expresión de mi cara."La respuesta de este niño de escuela supera incluso la éxpurea
profundidad que ha sido atribuida a La Rochefoucault, la Bruyere, Maquiavelo y Campanella.
- Y la identificación -dije- del intelecto del razonador con el de sucontrario, depende, si le entiendo a
usted bien, de la exactitud con quese mide la inteligencia de este último.
- Para su valor práctico depende de eso - replicó Dupin-; y el prefecto y toda su cohorte fracasan tan
frecuentemente, primero, por nolograr dicha identificación, y segundo, por mala apreciación, o masbien
por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideranúnicamente sus propias ideas ingeniosas; y
buscando cualquier cosaoculta, tienen en cuenta solamente los medios con que ellos la
habríanescondido. Tienen mucha razón en todo: que su propio ingenio es unafiel representación del de
las masas; pero cuando la astucia del reo esdiferente en carácter de la de ellos, el reo se les escapa; es
lógico. Esosucede siempre que esa astucia es superior de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está
por abajo. No tienen variación de principio ensus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven
excitados poralgún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extendero exagerar sus
viejas rutinas de práctica, sin modificar sus principios.Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha
hecho para modificar elprincipio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar yregistrar
con el microscopio, y dividir la superficie del edificio encuidadosas pulgadas cuadradas y numeradas?
¿Qué es todo eso, sino una exageración de la aplicación de unprincipio o conjunto de principios de
pesquisa, que está basado sobreun conjunto de nociones respecto a la ingeniosidad humana, a que
elprefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No veusted que G*** da por sentado
que todos los hombres que quierenocultar una carta, si no precisamente en un agujero hecho con
barrenaen la pata de una silla, lo hacen, cuando menos, en algún oculto agujero o rincón sugerido por el
mismo tenor del pensamiento que inspira aun hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la
pata de unasilla? ¿Y no ve usted también que tales rincones buscados para ocultar,se emplean únicamente
a las ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos
los casos de ocultamiento cabe presumir que en principio se ha efectuado dentro de esascoordenadas;
y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia ,sino del simple cuidado, la paciencia y la
determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia, o lo que quiere decir lomismo a
los ojos policiales, cuando la recompensa es de magnitud, lascualidades en cuestión jamás fallan.
Ahora entenderá usted indudablemente lo que quise decir, sugiriendo que, si la carta hubiera sido
ocultada en cualquier parte dentrode los límites del examen del prefecto, o en otras palabras, si el
principio inspirador de su ocultación hubiera estado comprendido dentro delos principios del prefecto,
su descubrimiento habría sido un asuntoabsolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha
sidocompletamente engañado; y la fuente originaria de sus fracaso resideen la suposición de que el
ministro es un loco porque ha adquiridofama como poeta. Todos los locos son poetas; esto es lo que
cree elprefecto, y es simplemente culpable de un non disiributio medii alinferir de ahí que todos los
poetas son locos.
- ¿Pero se trata realmente del poeta? -pregunté- Hay dos hermanos, me consta, y ambos han alcanzado
reputación en las letras. Elministro, creo, ha escrito doctamente sobre cálculo diferencial. Es
unmatemático y no un poeta.
- Está usted equivocado; yo le conozco bien, es ambas cosas.
Como poeta y matemático, habría razonado bien; como simplematemático no habría razonado absolutamente,
y hubiera estado amerced del prefecto.
- Usted me sorprende -dije- con esas opiniones, que han sido contradecidas por la voz del mundo.
Suponga que no pretenderá aniquilaruna bien digerida idea con siglos de existencia.
La razón matemática ha sido largo tiempo considerada como larazón por excelencia.
- Il y a parier - replicó Dupin, citando a Chamfort-, que toute idéepublique, toute convention reçue, est
une sottise, car elle a convenueau plus grand nombre.¹ Los matemáticos, concedo, han hecho cuanto
les ha sido posible para difundir el error popular a que usted alude, y que no es menos un error porque
haya sido promulgado comoverdad. Con un arte digno de mejor causa, por ejemplo, han introducido el
término "análisis" con aplicación al álgebra.
Los franceses son los culpables de esta superchería popular; perosi un término tiene alguna importancia,
si las palabras derivan algúnvalor de su aplicabilidad, "análisis" expresa "álgebra", poco más
omenos, como en latín ambitus implica "ambición", religio, "religión",homines honesti, "un conjunto de
hombres honorables".
- Temo que se enemiste usted -dije- con alguno de los algebristasde París; pero prosiga.
- Disputo la validez, y por consiguiente, el valor de esa razón quees cultivada en una forma especial
distinta de la abstractamente lógica.Disputo, en particular, la razón extraída del estudio de las matemáticas.
Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente
la lógica aplicada a laobservación a la forma y la cantidad. El gran error consiste en suponerque
hasta las verdades de lo que es llamado álgebra pura son verdadesabstractas o generales. Y este error
es tan extraordinario, que me confundo ante la universalidad con que ha sido recibido. Los
axiomasmatemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es verdad derelación (de forma y de
cantidad), es a menudo grandemente es falsorespecto a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia
por lo generalincierto que el todo sea igual a la suma de las partes. En química elaxioma falla también.
En el caso de una fuerza motriz falla igualmente, pues dos motores de un valor dado no alcanzan necesariamente
alsumarse una potencia igual a la suma de sus potencias consideradaspor separado. Hay
muchas otras verdades matemáticas, que son verdades únicamente dentro de los límites de la relación.
Pero el matemático arguye, apoyándose en sus verdades finitas, según es costumbre,como si ellas
fueran de una aplicabilidad absolutamente general, comosi el mundo imaginara, en realidad, que lo son.
Bryant, en su recomendable Mitología, menciona una análoga fuente de error, cuandodice que "aunque
las fábulas paganas no son creídas, sin embargo loolvidamos continuamente, y hacemos inferencias de
ellas, como sifueran realidades". Entre los algebristas, no obstante, que son realmente paganos, las
"fábulas paganas" son creídas, y las inferencias sehacen, no tanto por culpa de la memoria, sino por una
incomprensibleperturbación mental. En una palabra, no he encontrado nunca unsimple matemático en
quien se pudiera confiar, fuera de sus raíces yecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe, que x2 +
px es absolutae incondicionalmente igual a q. Diga usted a uno de esos caballeros,por vía de experimento,
si lo desea, que usted cree que puede presentarse casos en que x1 + px no es absolutamente
igual a q, y después dehaberle hecho entender lo que quiere decir, eche a correr tan pronto como le sea
posible, porque, sin ninguna duda,tratará de darle una paliza.
"Quiero decir - continúo Dupin, mientras me reía yo de su últimaobservación- que si el ministro hubiera
sido nada más que un matemático, el prefecto no habría tenido necesidad de darme este cheque.Le
conocía yo, sin embargo, como matemático y como poeta, y mismedidas fueron adaptadas a su capacidad,
con referencia a las circunstancias de que estaba rodeado. Le conocía como a un cortesano,
yademás como un audaz intrigant. Un hombre así, pensé, debe conocerlos métodos ordinarios de
acción de la policía. No podía haber dejadode prever, y los sucesos han probado que no lo hizo, los
registros a losque fue sometido. Debe haber previsto las investigaciones secretas desu casa. Sus frecuentes
ausencias nocturnas, que eran celebradas por elprefecto como una buena ayuda a sus éxitos,
las miré únicamentecomo astucias para procurar a la policía la oportunidad de hacer uncompleto registro,
y hacerles llegar lo más pronto posible a la convicción a la G*** llegó por último, de que la carta
no estaba en casa.
Comprendí también que todo el conjunto de ideas, que tendría algunadificultad en detallar a usted
ahora, relativo a los invariables principios de la policía en pesquisas de objetos ocultados, pasaría
necesariamente por la mente del ministro. Eso le llevaría, de una manerainevitable, a despreciar todos
los escondrijos ordinarios. No podía,reflexioné, ser tan simple que no viera que los más intrincados y
másremotos secretos de su mansión serían tan de fácil acceso como losrincones más vulgares, a los
ojos, a los exámenes, a los barrenos y losmicroscopios del prefecto. Vi, por último, que se vería
impulsado,como en un asunto de lógica, a la simplicidad, si no la había deliberadamente elegido por su
propio gusto personal. Recordará usted quizácon cuanta gana se rió el prefecto, cuando le sugerí en
nuestra primera entrevista que era muy posible que este misterio le perturbara tantopor ser su descubrimiento
demasiado evidente."
- Sí - dije-, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriríaconvulsiones.
- El mundo material - continúo Dupin- abunda en muy estrictasanalogías con el espiritual; y así se ha
dado algún color de verdad aldogma retórico de que la metáfora o el símil pueda ser empleada paradar
más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción. Elprincipio de visinertia, por ejemplo,
parece idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la primera, que un gran cuerpo es puesto
enmovimiento con más dificultad que uno pequeño, y que su subsecuenteimpulso es proporcionado a
esa dificultad, que lo es en la segunda, queintelectos de la más vasta capacidad, aunque más potentes,
constantesy fecundos en sus movimientos que los de inferior grado, son sin embargo los menos prontamente
movidos, y más embarazados y llenos devacilación en los primeros pasos de sus progresos. Otra
cosa: ¿ha notado usted alguna vez cuáles son las muestras de tiendas que más llaman la atención?
- Nunca se me ocurrió pensarlo -dije.
- Hay un juego de adivinanzas -replicó él- que se juega con unmapa. Uno de los jugadores pide al otro
que encuentre una palabradada, el nombre de una ciudad, río, estado o imperio; una palabra, enfin,
sobre la abigarrada y confusa superficie de un mapa. Un novato enel juego trata generalmente de
confundir a sus contrarios, dándoles abuscar los nombres escritos con las letras más pequeñas; pero el
buenjugador escogerá entre esas palabras que se extienden con grandescaracteres de un extremo a
otro del mapa. Éstas, lo mismo que losanuncios y tablillas expuestas en las calles con letras
grandísimas,escapan a la observación a fuerza de ser excesivamente notables; yaquí, la física inadvertencia
ocular es precisamente análoga a la inteligibilidad moral, por la que el intelecto permite que pasen
desapercibidas esas consideraciones, que son demasiado evidentes y palpables porsí mismas. Pero
parece que éste es un punto que está algo arriba oabajo de la comprensión del prefecto. Nunca creyó
probable o posibleque el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de lasnarices de todo
el mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundopudiera verla.
Pero cuanto más reflexionaba sobre el audaz, fogoso y discernido ingenio de D***, sobre el hecho de
que el documento debía haberestado siempre a mano, si intentaba usarlo con ventajoso fin; y sobre
ladecisiva evidencia, obtenida por el prefecto, de que no estaba ocultodentro de los límites de sus
pesquisas ordinarias, más convencidoquedaba de que para ocultar aquella carta el ministro había
recurridoal más amplio y sagaz expediente de no tratar de ocultarla absolutamente.
Convencido de estas ideas, me puse mis gafas verdes y una hermosa mañana, como por casualidad,
entré en la casa del ministro.Encontré a D*** bostezando, extendido cuan largo era,
charlandoinsustancialmente, como de costumbre, y pretendiendo estar aquejadodel más abrumador
ennui. Sin embargo, es uno de los hombres másrealmente activos que existen, pero tan sólo cuando
nadie lo ve.Para pagarle con la misma moneda, me quejé de mis débilesojos, y lamenté la forzosa
necesidad que tenía de usar gafas, bajo elamparo de las cuales examinaba cuidadosa y completamente
toda lahabitación, mientras en apariencia sólo me ocupaba de la conversacióncon mi anfitrión.Presté
especial atención a una gran mesa- escritorio, cerca de lacual estaba sentado D***, y sobre la que
había desparramados confusamente diversas cartas Y otros papeles, uno o dos instrumentos demúsica
v algunos libros. En ella, no obstante, después de un largo ydeliberado escrutinio, no vi nada capaz de
provocar mis sospechas.Por último, mis ojos, examinando el circuito del cuarto, se posaron sobre un
miserable tarjetero de cartón afiligranado, que pendía deuna sucia cinta azul, sujeta a una perillita de
bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea. En aquel tarjetero, que tenía treso cuatro
compartimentos, había seis o siete tarjetas de visita y unasolitaria carta. Esta última estaba muy manchada
y arrugada. Se hallaba rota casi en dos, por el medio, como si una primera intención dehacerla
pedazos por su nulo valor hubiera sido cambiado y detenido.Tenía un gran sello negro, con el monograma
de D***, muy visible, yel sobre escrito y dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y
femenina.
Había sido arrojada sin cuidado alguno, y hasta desdeñosamente,parecía, en una de las divisiones
superiores del tarjetero.No bien descubrí la carta en cuestión, comprendí que era la queandaba buscando.
En verdad, era, en apariencia, radicalmente distintade aquella que nos había leído el prefecto una
descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el monograma de D***;en la otra era
pequeño y rojo, con las armas ducales de la familiaS***. Aquí la dirección del ministro era diminuta y
femenina; en laotra la letra del sobre, dirigida a un cierto personaje real, era marcadamente enérgica y
decidida; el tamaño era su único punto de semejanza. Pero la naturaleza radical de esas diferencias, que
era excesiva,las manchas, la sucia y rota condición del papel, tan inconsistente conlos verdaderos
hábitos metódicos de D***, y tan reveladoras de daruna idea de la insignificancia del documento a un
indiscreto; estascosas, junto con la visible situación en que se hallaba, a la vista detodos los visitantes, y
así coincidente con las conclusiones a que yohabía llegado previamente; esas cosas, digo, eran muy
corroborativasde sospecha, para quien había ido con la intención de sospechar.Demoré mi visita tanto
como fue posible, y mientras manteníauna de las más animadas discusiones con el ministro, sobre un
tópicoque sabía que jamás había dejado de interesarle y apasionarle, volquémi atención, en realidad,
sobre la carta. En aquel examen, confié a lamemoria su apariencia externa y su colocación en el tarjetero;
y porúltimo, hice un descubrimiento que borraba cualquier duda trivial quepudiera haber concebido.
Registrando con la vista los bordes del papel,noté que estaban más chafados de lo que parecía necesario.
Presentaban una apariencia de rotura que resulta cuando un papel liso, habiendo sido una vez
doblado y apretado, es vuelto a doblar en unadirección contraria, con los mismos pliegues que ha
formado el primitivo doblez. Este descubrimiento fue suficiente. Fue claro para mí quela carta había
sido dada vuelta, como un guante, lo de adentro paraafuera; una nueva dirección y un nuevo sello le
habían sido agregados.Dilos buenos días al ministro, y me marché enseguida, abandonandosobre la
mesa una tabaquera de oro.A la mañana siguiente fui en busca de la tabaquera, y reanudamos
placenteramente la conversación del día anterior. Mientras Estábamos en ella empeñados, un fuerte
disparo, como de una pistola, seoyó inmediatamente debajo de las ventanas del edificio, y fue
seguidopor una serie de gritos de terror, y exclamaciones de una multitudasustada. D*** se lanzó a una
de las ventanas, la abrió y miró hacia lacalle. Mientras, me acerqué al tarjetero, cogí la carta, la metí en
mibolsillo y la reemplacé por un facsímil (de sus caracteres externos) quehabía preparado cuidadosamente
en casa, imitando el monograma deD***, con mucha facilidad, por medio de un sello de miga de
pan.El turnulto en la calle había sido ocasionado por la loca conducta de un hombre con un fusil. Había
hecho fuego con él entre ungrillo de mujeres y niños. Se comprobó, sin embargo, que el armaestaba
descargada, y se le permitió que continuara su camino, como aun lunático o un ebrio. Cuando se hubo
retirado, D*** se separó de laventana, a donde le había seguido yo inmediatamente después de conseguir
mi objeto. Al poco rato me despedí de él. El pretendido lunáticoera un hombre a quien yo había
pagado para que produjera el tumulto.
- Pero, ¿qué propósito tenía usted -pregunté- para reemplazar lacarta por un facsímil? ¿No hubiera
sido mejor, en la primera visita,arrebatarla abiertamente y salir con ella?
- D*** -replicó Dupin- es un hombre arrojado y valiente. Su casa,además, no carece de servidores
consagrados a los intereses del amo.Si hubiera yo hecho la atrevida tentativa que usted sugiere,
jamáshabría salido vivo de allí y el buen pueblo de París no hubiera vuelto asaber más de mí. Ya conoce
usted mis ideas políticas. Pero tenía unasegunda intención, aparte de esas consideraciones. En este
asunto,obré como partidario de la dama comprometida. Durante dieciochomeses el ministro la tuvo en
su poder Ella es la que lo tiene ahora ensu poder; como D*** no sabe que la carta no está ya en su
tarjetero,proseguirá con sus presiones como si la tuviera. Así provocará, élmismo, su ruina política. Su
caída, además, será tan precipitada comoridícula. Es igualmente exacto hablar, a propósito de su caso,
del facilis descensus Avernis; pues en todas especies de ascensiones, como laCatalani dice del canto, es
mucho más fácil subir que bajar. En elpresente caso no tengo simpatía, ni siquiera piedad, por el que
desciende. D*** es ese monstrum horrendum, el hombre de genio sinprincipios. Confieso, sin embargo,
que me gustaría mucho conocer elpreciso carácter de sus pensamientos cuando, siendo desafiado
poraquella a quien el prefecto llama "una cierta persona", se vea forzadaa abrir la carta que le dejé para
él en el tarjetero.
- ¿Cómo? ¿escribió usted algo particular en ella?
- Claro. No parecía del todo bien dejarla en blanco; eso hubierasido insultante.. Cierta vez D***, en
Viena, me jugó una mala pasada,acerca de la que le dije, sin perder el buen humor, que no lo
olvidaría.Así, como comprendí que sentiría alguna curiosidad respecto a laidentidad de la persona que
había sobrepujado su inteligencia, penséque era una lástima no dejarle un indicio para que la conociera.
Comoconoce perfectamente mi letra, me limité a copiar en medio de la página estas palabras:
... Un dessein si funeste, S'il n'est digne d'Atrée, est digne de Thyeste, que se pueden encontrar en
el Atreo de Crébillon.
Acerca del autor
Edgard Allan Poe
(1809 - 1849)
Datos biográficos: Escritor estadounidense. Debido a la muerte de sus progenitores fue adoptado
por un comerciante llamado Allan,que lo envió a estudiar a Inglaterra, de donde regresó en 1820. Fue
expulsado de la Universidad de Virginia, y un tiempo después unas deudas de juego motivaron el
distanciamiento con su padre adoptivo. Fue nombrado director del Southern Literary Messenger, pero
abandonó el cargo por los ataques de hipocondría y el abuso del alcohol. La muerte de su esposa
acentuó estas dos inclinaciones. Un ataque de delírium trémens produjo su fallecimiento. Se destacan en
ssu obra los cuentos da horror y fantásticos, ha sido admirado por escritores de las más diversas
procedencias geográficas, no así por la crítica estadounidense.
Acerca de esta obra: Ingenioso y magistral relato. El autor introduce el mecanismo de detección
mediante la deducción que tan bien sabe manejar. Original, profundo, Poe justifica con esta obra, y
muchas más, el ser uno de los grandes de la literatura anglosajona. Puede serle muy útil el haber leído
este libro cuando tenga que ocultar algo.

algo para leer