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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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miércoles, 13 de octubre de 2010

AMANECER VUDU -- MADRE DE SERPIENTES



Madre De Serpientes



Robert Bloch





El vuduísmo es algo muy raro. Hace cuarenta años era un tema desconocido, salvo en ciertos círculos esotéricos. En la actualidad existe una sorprendente cantidad de información al respecto debido a la investigación... y una sorprendente cantidad de información errónea.


Recientes libros populares sobre el tema son, en su mayor parte, fantasías puramente románticas, elaboradas con las incompletas teorizaciones de los ignorantes.


Sin embargo, quizá esto sea lo mejor. Pues la verdad sobre el vudú es tal que a ningún escritor le interesaría o se atrevería a imprimirla. Parte de ella es peor que sus más descabelladas fantasías. Yo mismo he visto algunas cosas de las que no quiero discutir. Además, sería inútil contárselo a la gente, pues no me creería. Y una vez más quizá sea lo mejor. El conocimiento puede ser mil veces más aterrador que la ignorancia.


No obstante, yo lo sé porque he vivido en Haití, la isla oscura. He aprendido mucho por las leyendas, he tropezado con muchas cosas por accidente, y casi todo mi conocimiento proviene de la única fuente de verdad auténtica: las declaraciones de los negros. Por lo general, esos viejos nativos del país de la colina negra no son gente habladora. Hizo falta paciencia y un trato prolongado con ellos antes de que se abrieran y me contaran sus secretos.


Ésa es la razón por la que muchos de los libros de viaje son tan palpablemente falsos... ningún escritor que permanece en Haití durante seis meses o un año podría ganarse la confianza de aquellos que conocen los hechos. Hay tan pocos que en realidad los conocen... tan pocos que no tienen miedo de relatarlos.


Pero yo los he descubierto. Dejad que os hable de los viejos días; los viejos tiempos en que Haití se levantó en un imperio transportado en una ola de sangre.










Fue hace muchos años, poco después de que los esclavos se hubieran rebelado. Toussaint l’Ouverture, Dessalines y el Rey Christophe los liberaron de sus amos franceses, los liberaron después de sublevaciones y masacres y establecieron un reino basado en una crueldad más fantástica que el despotismo que imperaba antes.


Por entonces no había negros felices en Haití. Habían conocido demasiado la tortura y la muerte; la vida despreocupada de sus vecinos de las Indias Occidentales era por completo ajena a estos esclavos y descendientes de esclavos. Floreció una extraña combinación de razas: salvajes hombres tribales de Ashanti, Dambalalah y la costa de Guinea; caribeños hoscos; vástagos morenos de franceses renegados; mezclas bastardas de sangre española, negra e india. Mestizos y mulatos taimados y traicioneros gobernaban la costa, pero había moradores aún peores en las colinas de allende.


Había selvas en Haití, junglas impenetrables, bosques rodeados de montañas e infestados de ciénagas llenas de insectos venenosos y fiebres pestilentes. Los hombres blancos no se atrevían a entrar allí, pues eran peores que la muerte. Plantas chupadoras de sangre, reptiles venenosos y orquídeas enfermas atiborraban los bosques, que escondían horrores que África jamás había conocido.


Pues es en aquellas colinas donde floreció el vudú verdadero. Se dice que allí vivían hombres, descendientes de los esclavos fugados, y facciones proscritas que habían sido expulsados de la isla. Rumores furtivos hablaban de pueblos aislados que practicaban el canibalismo, mezclado con oscuros ritos religiosos más terribles y pervertidos que cualquier cosa que hubiera salido del mismo Congo. La necrofilia, la adoración fálica, la antropomancia y versiones distorsionadas de la Misa Negra eran corrientes. La sombra de Obeah estaba por todas partes. El sacrificio humano era común, las ofrendas de gallos y cabras cosas aceptadas. Había orgías alrededor de los altares vudú, y se bebía sangre en honor de Barón Samedi y los otros dioses negros traídos desde tierras antiguas.


Todo el mundo lo sabía. Cada noche los tambores rada resonaban desde las colinas, y los fuegos centelleaban por encima de los bosques. Muchos papalois y hechiceros conocidos residían en el linde mismo de la costa, pero jamás se los molestó. Casi todos los negros “civilizados” aún creían en los hechizos y los filtros; incluso los que iban a la iglesia se entregaban a los talismanes y encantamientos en tiempos de necesidad. Los así llamados negros “educados” de la sociedad de Port—au—Prince eran abiertamente emisarios de las tribus bárbaras del interior, y a pesar de la muestra exterior de civilización, los sangrientos sacerdotes todavía gobernaban detrás del trono.


Desde luego había escándalos, desapariciones misteriosas y protestas esporádicas de los ciudadanos emancipados. Pero no era sabio meterse con aquellos que se inclinaban ante la Madre Negra, o provocar la ira de los terribles ancianos que moraban a la sombra de la Serpiente.


Ése era el rango de la hechicería cuando Haití se convirtió en una república. La gente a menudo se pregunta por qué existe aún la magia hoy en día; quizá sea más secreta, pero todavía sobrevive. Se pregunta por qué los espantosos zombis no son destruidos, y por qué el gobierno no ha intervenido para erradicar los demoníacos cultos de sangre que aún acechan en la penumbra de la jungla.


Tal vez esta historia proporcione una respuesta: este cuento secreto y antiguo de la nueva república. Los funcionarios, al recordar el relato, todavía tienen miedo a interferir demasiado, y las leyes que han sido promulgadas se hacen cumplir con poca fuerza.


Porque el Culto de la Serpiente de Obeah jamás morirá en Haití... en Haití, esa isla fantástica cuya sinuosa costa se parece a las fauces abiertas de una monstruosa serpiente.










Uno de los primeros presidentes de Haití era un hombre culto. Aunque nacido en la isla, fue educado en Francia, y cursó extensos estudios durante su estancia en el extranjero. En su acceso al cargo más alto de la tierra se le vio como un cosmopolita ilustrado y sofisticado del tipo moderno. Por supuesto que aún le gustaba quitarse los zapatos en la intimidad de su despacho, pero nunca exhibió sus pies desnudos en capacidad oficial. No me malinterpretéis, el hombre no era un Emperador Jones; sencillamente, era un caballero de ébano instruido cuya natural barbarie en ocasiones atravesaba su lustre de civilización.


De hecho, era un hombre muy astuto, Tenía que serlo con el fin de llegar a presidente en aquellos tempranos días; sólo los hombres extremadamente astutos alcanzaron alguna vez ese rango. Quizá os ayude un poco que os diga que en aquellos tiempos el término “astuto” era para un haitiano educado sinónimo de “deshonesto”. Por lo tanto, resulta fácil darse cuenta del carácter que tenía el presidente cuando se sabe que se lo consideraba uno de los políticos de más éxito que jamás haya dado la república.


En su corto reinado pocos enemigos se le opusieron; y aquellos que trabajaban contra él por lo general desaparecían. El hombre, alto y negro como el carbón, con la conformación física de cráneo de un gorila albergaba un cerebro notablemente capaz bajo su frente prominente.


Su habilidad era fenomenal. Tenía una perspicacia para las finanzas que le benefició mucho; es decir, le benefició tanto en su vida oficial como personal. Siempre que consideraba necesario subir los impuestos, también incrementaba el ejército y lo enviaba a escoltar a los recaudadores. Sus tratados con los países extranjeros eran obras maestras de ilegalidad legal. Este Maquiavelo negro sabía que debía trabajar deprisa, ya que los presidentes tenían una manera peculiar de morir en Haití. Parecían particularmente sensibles a la enfermedad... “envenenamiento por plomo”, como podrían decir nuestros modernos amigos gángsters. Así que el presidente actuó deprisa en verdad, y realizó un trabajo magistral.


Realmente fue notable, a la vista de su pasado humilde. Pues la suya fue una saga de éxito al estilo del buen Horatio Alger. No conoció a su padre. Su madre era una bruja en las colinas, y aunque bastante famosa, había sido muy pobre. El presidente había nacido en una cabaña de madera; todo un entorno clásico para una futura y distinguida carrera. Sus primeros años habían sido plácidos, hasta que a los trece años lo adoptó un benevolente ministro protestante. Durante un año vivió con ese hombre amable, realizando las tareas de un criado en la casa. De repente, el pobre ministro murió a causa de un oscuro mal; fue de lo más lamentable, pues había sido bastante rico y su dinero aliviaba gran parte del sufrimiento de esa zona en particular. En cualquier caso, ese rico ministro murió, y el hijo de la pobre bruja partió a Francia para recibir una educación universitaria.


En cuanto a ella, se compró una mula nueva y no dijo nada. Su habilidad con las hierbas le había proporcionado a su hijo una posibilidad en el mundo, y estaba satisfecha.


Pasaron ocho años antes de que el muchacho regresara. Había cambiado mucho desde su partida; prefería la sociedad de los blancos y la de los mulatos de piel clara de Port—au—Prince. Se sabe que también le prestaba poca atención a su anciana madre. Su melindrez recién adquirida le hacía ser dolorosamente consciente de la ignorante simpleza de la mujer. Además, era ambicioso, y no le interesaba publicitar su relación con una bruja tan famosa.


Porque ella era bastante famosa a su manera. De dónde había venido y cuál era su historia original, nadie lo sabía. Pero durante muchos años su cabaña en las montañas había sido el punto de encuentro de adoradores extraños e incluso de emisarios extraños. Los oscuros poderes de Obeah se evocaban en su sombrío altar de las colinas, y un grupo furtivo de acólitos residía allí con ella. Sus fuegos rituales siempre brillaban en las noches sin luna, y se entregaban bueyes en bautismos sangrientos al Reptil de la Medianoche. Pues era una Sacerdotisa de la Serpiente.


Ya sabéis, el Dios—Serpiente es la deidad real de los cultos a Obeah. Los negros adoraban a la Serpiente en Dahomey y Senegal desde tiempos inmemoriales. Veneran a los reptiles de forma peculiar, y existe cierto vínculo oscuro entre la serpiente y la luna creciente. ¿Curiosa, verdad, esa superstición de la serpiente? El Jardín del Edén tuvo a su tentador, ya sabéis, y la Biblia habla de Moisés y su báculo de serpientes. Los egipcios reverenciaban a Set, y los antiguos hindúes tenían un dios cobra. Da la impresión de estar generalizado por todo el mundo ese odio y adoración por las serpientes. Siempre parecen ser reverenciadas como criaturas del mal. Los indios americanos creían en Yig, y los mitos aztecas siguen el modelo. Y, por supuesto, las danzas ceremoniales de los Hopi son del mismo orden.


Pero las leyendas de la Serpiente Africana son especialmente terribles, y las adaptaciones haitianas de los ritos sacrificales son peores.










En la época de la que hablo se creía que algunos de los grupos vudú criaban en realidad serpientes; pasaban a los reptiles de contrabando desde Costa de Marfil para usarlos en sus prácticas secretas. Había rumores de pitones de unos seis metros que se tragaban bebés que les eran ofrecidos en los Altares Negros, y de envíos de serpientes venenosas que mataban a los enemigos de los maestros del vudú. Es un hecho conocido que un peculiar culto que adoraba a los gorilas había introducido furtivamente en el país a unos simios antropoides; por lo que las leyendas de la serpiente podrían haber sido igualmente verdad.


Sea como fuere, la madre del presidente era una sacerdotisa, y tan famosa, a su manera, como su distinguido hijo. Él, justo después de su regreso, había ascendido poco a poco al poder. Primero había sido recaudador de impuestos, luego tesorero, y por último presidente. Varios de sus rivales murieron, y aquellos que se le opusieron no tardaron en descubrir que era oportuno eliminar su odio; pues aún era un salvaje de corazón, y a los salvajes les gusta torturar a sus enemigos. Se rumoreaba que había construido una cámara de torturas secreta bajo el palacio, y que sus instrumentos estaban oxidados, aunque no por el desuso.


El abismo entre el joven estadista y su madre comenzó a ensancharse justo antes de su subida al poder presidencial. La causa inmediata fue su matrimonio con la hija de un rico plantador mulato de piel clara de la costa. No sólo la anciana se vio humillada porque su hijo contaminó la estirpe familiar (ella era negra pura, y descendiente de un rey—esclavo de Nigeria), sino que se mostró más indignada debido a que no fue invitada a la boda.


Se celebró en Port—au—Prince. Los cónsules extranjeros asistieron, y la crema de la sociedad haitiana estuvo presente. La hermosa novia había sido educada en un convento y sus antecedentes se consideraban en la más alta estima. Sabiamente, el novio no se dignó a profanar la celebración nupcial incluyendo a su desagradable madre.


Sin embargo, ella fue y observó la celebración desde la puerta de la cocina. Y estuvo bien que no revelara su presencia, ya que habría avergonzado no sólo a su hijo, sino también a unos cuantos más... dignatarios que a veces la consultaban de manera no oficial.


Lo que vio de su hijo y de su prometida no fue agradable. El hombre era ahora un dandy afectado, y su esposa una coqueta tonta. La atmósfera de pompa y ostentación no la impresionó; detrás de sus máscaras festivas de educada sofisticación, sabía que la mayoría de los presentes eran negros supersticiosos que habrían ido corriendo a verla en busca de encantamientos o consejos oraculares en cuanto tuvieran problemas. No obstante, no hizo nada; sólo sonrió con amargura y volvió a casa cojeando. Después de todo, todavía amaba a su hijo.


Sin embargo, la siguiente afrenta no pudo pasarla por alto. Fue en la toma del cargo de nuevo presidente. Tampoco a ese acontecimiento se la invitó, pero ella fue. Y en esta ocasión no se quedó en las sombras. Después de que el juramento de posesión fuera recitado, marchó con decisión ante la presencia del nuevo gobernante de Haití y lo abordó delante de los mismos ojos del cónsul de Alemania. Era una figura grotesca: una vieja pequeña y fea que apenas medía un metro y medio, negra, descalza y vestida con harapos.


Naturalmente, el hijo ignoró su presencia. La bruja marchita se pasó la lengua por sus encías desdentadas en terrible silencio. Luego, con tranquilidad, comenzó a maldecirlo... no en francés, sino en el dialecto nativo de las colinas. Invocó la ira de sus sangrientos dioses sobre su cabeza desagradecida, y le amenazó tanto a él como a su esposa con venganza por su relamida ingratitud. Los invitados quedaron conmocionados.


También el nuevo presidente. No obstante, no perdió la compostura. Con calma llamó con un gesto a los guardias, quienes se llevaron a la ahora histérica bruja. Trataría con ella después.


La noche siguiente, cuando consideró adecuado bajar a la mazmorra a razonar con su madre, ella no estaba. Había desaparecido, le dijeron los guardias, moviendo los ojos misteriosamente. Hizo que fusilaran al carcelero y regresó a sus aposentos oficiales.


Estaba un poco preocupado respecto a la maldición. Veréis, él sabía de lo que era capaz la mujer. Tampoco le gustaron las amenazas que profirió contra su mujer. Al día siguiente hizo que le fabricaran unas balas de plata, igual que el Rey Henry en los viejos días. También compró un encantamiento ouanga de un hechicero que conocía. La magia lucharía contra la magia.


Aquella noche, una serpiente le visitó en sueños; una serpiente de ojos verdes que le susurró a la manera de los hombres y le siseó con aguda y burlona risa cuando él la golpeó en su sueño. Por la mañana había un olor reptilesco en su dormitorio, y un légamo nauseabundo sobre su almohada que emitía un olor similar. Y el presidente supo que sólo su encantamiento le había salvado.


Aquella tarde su esposa echó en falta uno de sus vestidos parisinos, y el presidente interrogó a los sirvientes en su cámara de torturas. Descubrió algunos hechos que no se atrevió a contarle a su mujer, y a partir de ese momento dio la impresión de estar muy triste. Ya había visto trabajar a su madre con figuras de cera antes: pequeños maniquíes que se parecían a hombres y mujeres, vestidos con partes de sus prendas robadas. A veces les clavaba agujas o los asaba sobre un fuego bajo. Siempre las personas reales enfermaban y morían. Ese conocimiento hizo al presidente bastante desdichado, y estuvo más preocupado cuando regresaron unos mensajeros y le dijeron que su madre había desaparecido de su vieja cabaña en las colinas.


Tres días después su esposa murió de una herida dolorosa en el costado que los médicos no pudieron explicar. Estuvo en agonía hasta el final, y justo antes de morir se rumoreó que su cuerpo se puso azul y se hinchó hasta el doble de su tamaño normal. Sus rasgos estaban carcomidos como con lepra, y sus extremidades dilatadas se parecían a las de una víctima de elefantiasis. En Haití hay horribles enfermedades tropicales, pero ninguna mata en tres días...


Después de eso, el presidente enloqueció.


Como Cotton—Matters antaño, inició una cruzada de caza de brujas. Se envió a los soldados y a la policía a peinar todo el campo. Los espías fueron a los cobertizos de las cimas de las montañas, y las patrullas armadas se agazaparon en campos lejanos donde trabajan los hombres—muertos vivientes, con sus vidriosos ojos mirando incesantemente a la luna. Se interrogó a las mamalois sobre los fuegos, y se asó a los poseedores de libros prohibidos sobre llamas alimentadas con esos mismos volúmenes que guardaban. Los sabuesos ladraron en las colinas, y los sacerdotes murieron en los altares donde solían realizar sacrificios. Sólo se había dado una orden especial: la madre del presidente debía ser capturada con vida y sin recibir daño alguno.


Mientras tanto, él permaneció sentado en palacio con las brasas de la lenta locura en sus ojos: brasas que ardieron con llama demoníaca cuando los guardias trajeron a la bruja marchita, a quien habían capturado cerca de aquella terrible arboleda de ídolos que hay en la ciénaga.


La llevaron abajo, aunque se debatió y arañó como un gato salvaje, y luego los guardias se fueron y dejaron a su hijo a solas con ella. Solo, en la cámara de torturas, con una madre que le maldijo desde el potro. Solo, con un fuego frenético en los ojos, y un gran cuchillo de plata en la mano...


El presidente pasó muchas horas en su cámara de torturas secreta durante los siguientes días. Rara vez se lo vio por el palacio, y sus sirvientes recibieron órdenes de que no debía molestársele. Al cuarto día subió por la escalera oculta por última vez, y la titilante locura de sus ojos se había desvanecido.


Qué sucedió en la mazmorra subterránea jamás se sabrá con certeza. Sin duda es lo mejor. El presidente era un salvaje de corazón, y para el bárbaro la prolongación del dolor siempre aporta éxtasis...


Sin embargo, se sabe que la vieja bruja maldijo a su hijo con la Maldición de la Serpiente en su último aliento, y ésa es la maldición más terrible de todas.


Se puede obtener cierta idea de lo que pasó conociendo la venganza del presidente, ya que tenía un sentido del humor lúgubre y la noción de la retribución de un salvaje. Su esposa había sido asesinada por su madre, quien creó una imagen de cera de ella. Él decidió hacer lo que sería exquisitamente apropiado.


Cuando subió por la escalera aquella última vez, sus sirvientes vieron que llevaba con él una vela grande, hecha de grasa de cadáver. Y como nadie vio nunca más el cuerpo de su madre, hubo conjeturas curiosas respecto a cómo había conseguido la grasa de cadáver. Pero también la mente del presidente se inclinaba hacia las bromas macabras...


El resto de la historia es muy sencilla. El presidente fue directamente a su despacho en el palacio, donde depositó la vela sobre su escritorio. Había descuidado el trabajo en los últimos días, y tenía muchos asuntos oficiales que atender. Permaneció sentado en silencio un rato, mirando la vela con una sonrisa curiosa y satisfecha. Luego ordenó que le llevaran los documentos y anunció que se ocuparía de ellos de inmediato.


Trabajó toda la noche, con dos guardias estacionados en el exterior junto a la puerta. Sentado a su mesa, se dedicó a su tarea a la luz de la vela... esa vela hecha con grasa de cadáver.


Era evidente que la maldición lanzada por su madre al morir no le molestaba en absoluto. Una vez satisfecho, su ansia de sangre saciada descartó toda posibilidad de venganza. Ni siquiera era lo suficientemente supersticioso como para creer que la bruja pudiera volver de la tumba. Permaneció bastante tranquilo allí sentado, todo un caballero civilizado. La vela proyectaba sombras ominosas sobre el cuarto en penumbra, pero él no lo notó... hasta que fue demasiado tarde. Entonces, alzó la vista... para ver la vela de grasa de cadáver retorcerse hasta adquirir una vida monstruosa.


La maldición de su madre...


¡La vela —la vela hecha con grasa de cadáver— estaba viva! Era una cosa sinuosa, y que se retorcía, moviéndose en su candelabro con un propósito siniestro.


El extremo de la llama pareció brillar con intensidad y adquirir un súbito y terrible parecido. El presidente, sorprendido, vio la cara ígnea de su madre; una cara diminuta y arrugada de fuego, con un cuerpo de grasa de cadáver que se lanzó hacia el hombre con espantosa facilidad. La vela se estiraba como si estuviera derritiéndose; se estiraba y extendía hacia él de un modo terrible.


El presidente de Haití aulló, pero era demasiado tarde. La resplandeciente llama del extremo se apagó, quebrando el hechizo hipnótico que mantenía en trance al hombre. Y en ese momento la vela saltó, mientras la habitación desaparecía en la temida oscuridad. Era una oscuridad horrible, llena de gemidos y el sonido de un cuerpo debatiéndose que se hizo cada vez más y más débil...


Estaba inmóvil cuando los guardias entraron y encendieron las luces de nuevo. Sabían lo de la vela de grasa de cadáver y la maldición de la madre—bruja. Ésa es la razón por la que fueron los primeros en anunciar la muerte del presidente; los primeros en meterle una bala en la nuca y afirmar que se había suicidado.


Le contaron la historia al sucesor del presidente, y éste dio órdenes de que se abandonara la cruzada contra el vudú. Era mejor así, pues el nuevo gobernante no deseaba morir. Los guardias le explicaron por qué le habían disparado al presidente y dicho que había sido suicidio, y su sucesor no quiso arriesgarse a caer en la Maldición de la Serpiente.


Pues el presidente de Haití había sido estrangulado por la vela de grasa del cadáver de su madre... una vela de grasa de cadáver que estaba enroscada alrededor de su cuello como una serpiente gigantesca.





domingo, 12 de septiembre de 2010

HERZELEID -- WOLLT IHR DAS BETT IN FLAMMEN SEHEN ? ( RAMMSTEIN )

WOLLT IHR DAS BETT IN FLAMMEN SEHEN ? ( RAMMSTEIN )


1. Wollt ihr das Bett in Flammen sehen?

Wollt Ihr das bett in flammen sehen
wollt ihr in haut und haaren untergehen
ihr wollt doch auch den dolch ins laken stecken
ihr wollt doch auch das blut vom degen lecken

Rammstein Rammstein

Ihr seht die kreuze auf dem kissen
ihr meint euch darf die unschuld küssen
ihr glaubt zu töten wäre schwer
doch wo kommen all die toten her

Rammstein Rammstein Rammstein Rammstein ...

Sex ist ein schlacht liebe ist krieg

Wollt ihr das bett in flammen sehen
wollt Ihr in haut und haaren untergehen
ihr wollt doch auch den dolch ins laken stecken
ihr wollt doch auch das blut vom degen lecken

Rammstein Rammstein Rammstein Rammstein ...


1º ¿Quieren ver la cama envuelta en Llamas?

Quieren ver la cama envuelta en llamas
quieren sumergirse entre la piel y el cabello
pero también quieren ocultar la daga debajo de las sabanas
también quieren lamer la sangre de la espada

Rammstein Rammstein

Ven la cruz sobre la almohada
piensan que podéis besar la inocencia
creen que matar sería difícil
sin embargo, de donde vienen todos los muertos


Rammstein Rammstein Rammstein Rammstein ...

El sexo en una batalla El amor es la guerra

Quieren ver la cama envuelta en llamas
quieren sumergirse entre la piel y el cabello
pero también quieren ocultar la daga debajo de las sabanas
también quieren lamer la sangre de la espada

Rammstein Rammstein Rammstein Rammstein ...

EN LA CRIPTA



En la cripta*
H.P. Lovecraft

***
Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable
que parece impregnar la psicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje
yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una
tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco.
Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite
contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias
resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca
comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor
Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron
resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve
horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y
destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había
otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de
borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente
sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y
carecía completamente de parientes.
Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y
primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos
resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se había estremecido de
haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el
apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al
disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no
siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible
y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente,
tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil
tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que
mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.
No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado.
Supongo que puede empezar en el frío Diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los
sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera.
Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue
imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y
anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo
amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos
ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado
cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente
abandono.
Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para
los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch,
aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable
mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso,
por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius
Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día
siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba
cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el
día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que
pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana.
Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.
La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a
trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del
todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde,
tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado
como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste
relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la
lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar
con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro
no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes
descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de
poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas
suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de
ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez
Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph
Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para
Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de
curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el
pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor
que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el
ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no
era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano
temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch
no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su
camino, buscando la caja de Fenner.
Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo,
empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El
angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su
cabeza virtualmente ninguna, así que se vió obligado a un profano palpar mientras hacía un
trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el
mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó porqué el enorme portón se
había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a
comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle
una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto
sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia
desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento
flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas
herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera
todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos
de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su
trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en
aquellos momentos a algún caminantehasta las cercanías, debería quedarse allí toda la
noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y
cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser
excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a
tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener
una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio
a ciegas.
Cuando se cercionó de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para
herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó
alrededor otras cosas de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el
angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo
que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y
en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser
ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él
mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido
a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo -
que Birch apenas se molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la puerta.
Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba
aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso,
permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible.
Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada
escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación
como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos
pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura
permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor,
pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que
podría ser colocado en lo alto encaso de que tal forma de escape necesitase aún mayor
altitud. Y, de esta forma el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los
inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en
miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaros a rajarse bajo el
esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construído ataúd del pequeño
Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida,
como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar
la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como
através de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente
junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que
se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego , Birch ascendió
cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes
eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se
abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear
con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de
aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la
inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda
sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de
una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.
Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto,
ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía
envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro se que
podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una cracterística suya el que esto no
contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el
lugar y la compañia que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra,
maldiciendo cuando le alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba
en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fué lo
bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes
se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para
conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel
apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado
y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja
del fondo a tomar fuerzas para esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El
hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó
vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y
casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana
media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso,
especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que
presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el
más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo
sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni
imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo
lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a
través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil
ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto.
Asiendo los bordes de la abertura, tratando de auparse cuando notó un extraño impedimento
en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera
vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón
que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de
salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de
espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y
similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y
se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un
medio desmayo.
El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó
con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente
luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia
la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin
pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno
es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había
perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda
respondió a sus débiles arañazos en la puerta.
Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin,
a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada
coherente, sino simplemnete musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame", o "Encerrado en la
tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al
paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban
espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar
sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más
que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados,
vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio
resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de
su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba
seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo
había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría
la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia
en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a
Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último,
cómo el vengático granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que
sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más,
añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como
pudiera y en no dejar que otro médico tratáse sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal
recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices
-antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo
para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la
cojera de su espírtu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente
afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes",
"tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a
casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por
algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de
remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que
trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio.
La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el
picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por
antiguas ordalías en salas de dirección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la
náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y
luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y
rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie
de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
-¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de
incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante
corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya
sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años
después de su pleito de lindes, y cómo pateo al perrillo que quizo morderle el agosto
pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a
la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera
fijado en mí!
-"¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no lo reprocho que le diera un ataúd de
segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí,
pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.
-"Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte,
porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto, y todo estaba
desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos,
Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos
tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!
* Título original: In The Vault (18 de septiembre de 1925). Primera publicación: The Tryou
, noviembre de 1925. Se conserva un manuscrito en la John Library de la Brown
University.

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