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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 12 de octubre de 2009

Diagnóstico de Muerte


Diagnóstico de Muerte
Ambrose Bierce
1
- No soy tan supersticioso como algunos de tus doctores de ciencia, como tu te
complaces en decir - dijo Hawver, replicando una acusación que no había sido
hecha - Algunos de ustedes, solo algunos, confieso, creen en la inmortalidad del
alma, y en apariciones que tu no tienes la honestidad de llamar fantasmas. No voy
decir más que tengo la convicción que los vivos algunas veces son vistos donde
no están, en lugares donde han estado, donde ellos vivieron tanto tiempo, quizás
tan intensamente, como para dejar sus impresiones en todo lo que los rodea. Lo
se, en efecto, puede ser que un ambiente pueda ser tan afectado por la
personalidad de una persona como para impresionar, mucho después, una
imagen de uno mismo a los ojos de otro. Indudablemente la personalidad impresa
tiene que ser el tipo justo de personalidad y los ojos perceptores tienen que ser el
tipo justo de ojos, los míos por ejemplo.
- Si, el tipo justo de ojos, sensaciones convincentes del lugar erróneo del cerebro -
dijo el Dr. Frayley, sonriendo.
- Gracias; uno gusta tener sus espectativas gratificada; esto es en réplica de lo
que yo supongo que haría alguien civilizado.
- Perdón, pero tu dices que lo sabes. Es algo facil de decir, ¿no crees? Quizás tu
no pensarás en el problema de decirme como lo supiste.
- Tu lo llamarás una alucinación - dijo Hawver, - pero no es tal cosa - y le contó la
historia.
El último verano, como tu sabes, fui a pasar la temporada de calor a la ciudad de
Meridian. Los parientes cuya casa intentaba habitar estaban enfermos, así que
busqué otros cuartos. Luego de algunas dificultades renté una de las habitaciones
vacantes que había sido ocupada por un excéntrico doctor llamado Mannering,
quien se había ido varios años atrás, no se sabía adonde, ni siquiera su agente. Él
había construído una casa y había vivido allí durante diez años, acompañado por
un viejo sirviente. Su práctica, no muy extensa, lo tuvo ocupado durante algunos
años. Él también se vio abstraído de la vida social y se convirtió en un recluso. Me
lo contó un doctor del pueblo, que fue la única persona que tuvo alguna relación
con él, que durante su retiro, se hizo devoto de una única línea de estudio, el
resultado de lo que él expuso en un libro que no fue recomendado a la aprobación
de sus colegas médicos, quienes, sin embargo le consideraron no enteramente
sano.
2
No he visto el libro y no puedo recordar su título, pero me dijo que exponía una
extraña teoría. Él decía que era posible que una persona de buena salud pudiera
pronosticar su propia muerte con precisión, varios meses antes del evento. El
límite, creo, eran dieciocho meses. Hubo cuentos locales sobre que había ejercido
sus poderes de pronóstico, que quizás tu llames diagnóstico; y que las personas a
las que advirtió el deceso, murieron súbitamente en el plazo fijado, sin causa
conocida. Todo esto, por cierto, no tiene nada que ver con lo que te dije; pienso
que puede divertir a un médico.
La casa estaba amueblada, como él había vivido ahí. Era una oscura morada para
alguien que había sido un recluso más que un estudiante, y creo que me dio algo
de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; siempre sentí una
cierta melancolía que no estaba en mi disposición natural, según creo, debido a la
soledad. No tenía sirvientes que durmieran en la casa, pero siempre tuve la
adicción, como tu sabes, a la lectura. Cualquiera que fuera la causa, el efecto fue
un rechazo y un sentido de mal inminente; esto fue especialmente en el estudio
del Dr. Mannering, a pesar de que esta habitación era una de las más luminosas y
aireadas de la casa. El retrato de tamaño real del doctor parecía dominarlo
completamente. No había nada inusual en la foto; el hombre evidentemente lucía
bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metalizado, una cara
recién afeitada y unos ojos oscuros y serios. Algo en la imagen siempre acaparaba
mi atención. La apariencia del hombre se convirtió en familiar para mí, hasta me
'hechizó'.
Una tarde estaba paseando a través de esta habitación para ir a mi dormitorio, con
una lámpara (no había gas en Meridian). Me paré, como era usual, frente al
retrato, que parecía a la luz de la lámpara cobrar una nueva expresión, no
fácilmente descriptible, pero realmente escalofriante. Me interesé pero no me
inquieté. Moví la lámpara de un lado a otro y observé los efectos de alterar el
punto de iluminación. Mientras estaba tan absorto sentí un impulso en voltearme.
Y cuando lo hice ¡vi a un hombre que se movía a través de la habitación y se
dirigía hacia donde yo estaba! Tan pronto como él se acercaba a la lámpara su
rostro se iluminó, y vi que era el Dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato
estuviera caminando!
'Le pido disculpas', dije, algo fríamente, 'pero si usted golpeó no lo escuché'.
Él me pasó, dentro de una braza, extendió su dedo índice como en advertencia, y
sin una palabra, se marchó de la estancia, a pesar de que observé su ida no más
que lo que vi su entrada.
Por supuesto, no necesito decirte que esto puede ser lo que tu llamarías una
alucinación y lo que yo llamo una aparición. Esta habitación tiene solo dos puertas,
una de las cuales estaba cerrada; la otra llevaba al dormitorio, desde donde no
había otra salida. Mi sentimiento sobre esto es que no es una parte importante del
incidente.
3
Indudablemente esto te parecerá un lugar común "el cuento de fantasmas" algo
que uno construye sobre las líneas dejadas por los viejos maestros del arte. Si así
fuera, no te lo habría contado, aún si hubiera sido verdad. Pero el hombre no está
muerto; lo conocí hoy mismo en la Calle Unión. Me cruzó entre una multitud.
Hawver finalizó su historia y ambos hombres se quedaron callados. El Dr. Frayley
distraídamente golpeó la mesa con sus dedos.
- ¿Te dijo algo hoy, - preguntó - alguna cosa que te haya hecho inferir que no
estaba muerto?
Hawver lo miró fijamente y no replicó.
- Quizás - continuó Frayley - él hizo alguna señal, un gesto, alzó un dedo. Es un
truco que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de
un diagnóstico, por ejemplo.
- Si, lo hizo, su aparición lo hizo. Pero, ¡por Dios! ¿Lo conocías?
Hawver estaba poniéndose aparentemente nervioso.
- Lo conocí. Leí su libro, como todo médico de hoy en día. Es una de las más
importantes contribuciones del siglo a la ciencia de la Medicina. Si, lo conocí; lo
traté en su enfermedad durante los últimos tres años. Él murió.
Hawver buscó una silla, visiblemente incómodo. Dio un par de zancadas y se
sentó. Luego se dirigió a su amigo, y en una voz no muy clara, dijo:
- Doctor, ¿tiene usted algo para decirme como médico?
- No, Hawver; tu eres el hombre más saludable que conocí. Como amigo te
recomiendo que vayas a tu habitación. Tocas el violín como un ángel. Tócalo, toca
algo alegre y jovial. Ten este maldito asunto fuera de tu mente.
Al siguiente día Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello,
el arco sobre las cuerdas, su música se escuchó antes de la Marcha Fúnebre de
Chopin.

domingo, 11 de octubre de 2009

Chamanismo sudamericano y plantas sagradas

Chamanismo sudamericano y plantas sagradas
Jorge S. Gallardo
-
En los tiempos actuales las grandes ciudades del mundo siguen creciendo a pasos agigantados mientras por otro lado se achican sus valores, comunicaciones con trato directo y personal para dar mas espacio al trato laboral, la comunicación telefónica, virtual y comercial.
Pero escarbando un poco en relaciones más primitivas, podemos pensar: ¿qué es lo que nos queda de aquellas antiguas costumbres? Y quizás nuestra respuesta se asemeje a actividades tales como soñar cuando dormimos, hacer el amor, comer y tratar de respondemos autopreguntas universales como de dónde venimos, quienes somos y hacia dónde vamos.
Pero es en estos tiempos y medios, donde por lo mismo se manifiesta una crisis medicinal en aspectos físicos, mentales y espirituales. Los médicos, psicólogos, psiquiatras y pseudo religiosos son quienes presiden esta crisis sin dar soluciones es estos tiempos en que su actividad no parece dar respuestas que resuelvan este problema. Así es tal la necesidad de la gente, que vemos cómo crece el consumo de libros y programas de televisión sobre autoayuda, religión, chamanismo etc. desde las pequeñas librerías barriales hasta en los centros comerciales más reconocidos en los países y en el mundo. Muchos de estos libros no sólo muestran a la gente otra dimensión de vida, sino también ese otro lado sobre el cual se puede manejar este otro plano ordinario en el que vivimos.
Al entrar en el tema chamanismo, especialmente el sudamericano, se tocarán temas tabúes para occidente como el uso de de plantas sagradas, tales como Peyote (Lophopora Williamsii), aunque ésta pertenece al territorio mexicano, Ayahuasca (Banisteriopsis Caapi), San Pedro (Trichocereus Pachanoi), Wilca (Piptadenia Macrocarpa) y Tabaco (Nicotiana Rustica). La falta de información sobre el uso medicinal y ritual de estas plantas en general, fascinará al lector y en muchos casos, éste querrá acceder a esos estados modificados de conciencia para satisfacer su curiosidad y buscar solución a sus problemas.
Claro que el trabajo con estas plantas entre otras no es cosa fácil, pues un uso adecuado, es decir, en su forma tradicional, requiere mucho trabajo consistente en preparaciones del cuerpo y la mente. Y quizás por esto es que mucha gente se siente defraudada al desear tanto. esta experiencia, cuando finalmente encuentran una experiencia psicodélica en la cual su vida continúa igual que antes, aunque con una alteración profunda en su pasado no muy diferente a lo ya experimentado en el uso profano de sustancias sagradas o no. No es cuestión de sentarse en una montaña, tomar la planta y esperar que aparezcan dioses conocidos por nuestra cultura o elaborados por nuestra mente a clarificarnos todo
Hoy día mucha gente se toma su tiempo de vacaciones, en el cual buscan una experiencia sagrada. Quien se acerque a lugares ya famosos como los andes o la amazonia, recibirá hasta con cierta demanda varios tours chamánicos ajustados a su medida, intereses y monto económico disponible, del cual la empresa turística se quedará con mayor porcentaje que el que recibirá el curandero (real o no) que acepte convidar la planta a cada participante en la ceremonia.
Son muchas las posibilidades de comerciar lo sagrado, lo vemos en las famosas religiones y en otras más pequeñas también. Esto ocurre con todas las cosas, y más aún en tiempos que lo sagrado, lo "primitivo" e iniciativo no ha tenido cabida en el mundo competente, ambicioso y acelerado de occidente.
Entonces esto, mas la deformación del uso sagrado de plantas relacionado al punto de vista occidental del tema droga, no solo subestima tales prácticas, sino que la torna más rentables con esa minoría que da todo lo que pueda, para hacer lo que autores como Carlos Castaneda han dicho a sus lectores, aunque sin pistas para continuar tal camino.
Esa es en cierto modo la situación actual del chamanismo sudamericano que se encuentra en medios mestizos y urbanos. Gran parte trabaja de esta manera, y otra parte más difícil de conocer, aún emplea su sabiduría de manera menos comercial y más tradicional.
Veamos dos ejemplos:
1)
En la costa del pacífico ecuatoriano, como también en ciudades como Quito, se encuentra un sincretismo en el que confluyen discursos al mejor estilo de indígenas de películas norteamericanas con prácticas religiosas y chamánicas, donde se toma el San Pedro que es una planta andina, la cual crece en dicha región del Ecuador, entre otros países. Este grupo la usa sin los ritos de los nativos de esa área, sino que parecería una nueva creación del consumo ritualizado de una planta, para los nuevos jóvenes que nunca dieron todo de sí en la búsqueda del consumo de plantas que los convenza.
Luego de la ceremonia parecería que eso les gustó, y entre esos dogmas y ritos de indio de película parecen satisfacer su búsqueda enteógena - espiritual. Este grupo dice depender de la ya famosa Native American Church y que fue traída a Sudamérica por un mexicano.
Antes de la toma de la planta, realizan una práctica llamada temascal, la cual consiste en introducirse dentro de una carpa, en la cual con piedras al rojo vivo situadas en el medio de la misma, dentro de un hueco en la tierra que representa la garganta de la tierra. Sobre esas piedras se hecha agua, la cual creando un vapor que envuelve a todos los participantes hace llegar el ambiente a una temperatura tan alta que logra un estado modificado de conciencia muy interesante. Esa es una antigua práctica de los aborígenes norteamericanos.
Luego viene la toma de la planta, en otro ambiente preparado para esto en el cual se ubica una fogata en el medio. Para esto ya se habla del precio sugerido, sabiendo que la mayoría de la gente asiste mas que por el temascal por la toma de la planta.
El San Pedro, que una vez preparado es de consistencia sólida casi como la de la miel, siempre lo he visto tomado en dosis de medio a un vaso entero. Esta preparación (según ellos sin aditivos) en esta ceremonia se tomaba en una medida muy pequeña como se toma la ayahuasca. Su sabor de hecho era como el de la ayahuasca, pero su efecto un tanto suave era como el del San ~ Pedro y un tanto como el de la ayahuasca, pero según ellos era solo San Pedro; Personalmente percibí gato encerrado.
Luego de una ceremonia de unas catorce horas, recién se autoriza a irse a los participantes recordándoles a los que no pagaron que regresen a hacerlo en cuanto puedan.
En la cuenca amazónica también hay ciudades de intenso turismo, donde los turistas pueden acceder en su programa turístico a sesiones de la famosa y poderosa liana amazónica, ayahuasca.
Ejemplo: trekking y observación de flora y fauna exótica en parque nacional... Navegaremos por los afluentes del río Napo llegando a la comunidad tal de nativos Wittoto, en la misma se participará de una sesión de ayahuasca (opcional) El precio no incluye el ticket de entrada a la comunidad. Este es un tipo de texto que ofrece un programa muy común en lo que las agencias pueden ofrecer a sus clientes.
Claro que fuera de las ciudades y circuitos turísticos existen chamanes en las comunidades y cumplen un papel esencial en el medio social que habitan, donde la gente recurre a ellos para que les dé recomendaciones para tomar decisiones difíciles, al no encontrar respuestas a sus problemas, para obtener poder físico, mental y espiritual y para curar enfermedades que requieran el uso de plantas o no.
2) En la selva ecuatoriana conocí a un nativo Shuar (conocidos también como Jivaros aunque ellos repudian ese nombre porque pertenece a un chancho de la selva, y se lo pusieron los españoles despectivamente a esta guerrera etnia) que me llevó a conocer su casa y su familia.
Allí hablar de ayahuasca era tan común como hablar del estado del tiempo. De hecho, así de la nada me dijeron que en algún momento de mi estancía la tomaríamos juntos. Nada de esto implicaba pagos previos ni posteriores. ¿Cómo ellos iban a vender lo que le habían dejado sus padres, sus antepasados, su madre naturaleza? Lo sagrado no es comerciable para ellos, usar dinero para los gastos que implica es otro tema, aunque en este caso en la selva no hacía falta dinero ni para prepararla ni para tomarla. Sólo se requiere de conocimiento, tiempo y trabajo.
La mujer de este amigo Shuar estaba enferma, con mucho síntomas desagradables un tanto parecidos a la malaria, entre ellos pinchazos tipo agujas en la cabeza mientras sentía el olor de la malicua como llaman ellos al floripondio (Brugmansia Suaveolens), lo cual lo atribuía a un mal que le habían hecho. Pero ellos, grandes conocedores de la malaria, aseguraban que no era eso. La propia enferma afirma que los remedios que le habían ido a comprar al pueblo por orden de un médico no le habían servido, sino lo contrario, la hacían sentir bastante peor. Y comentaba que la ayahuasca no sólo la hacía sentir realmente mejor, sino que la curaba y hasta le mostraba qué era lo que la hacía sentirse mal. De hecho cuando la conocí decía estar mucho mejor que antes, y cuando me fui de la comunidad ya estaba dada de alta por su tío, quien era médico vegetalista. Término usado en la amazonia para designar a quienes conocen los remedios de ese pulmón del mundo. Todo este tipo de afirmaciones etc. y uso de la ayahuasca lo viven todos los Shuar en general, incluso niños preadolescentes guiados por sus padres o el encargado del tema.
Estas son partes de las realidades del chamanismo actual. Los que están mas actualizados y relacionados al mundo moderno, aprovechan el hambre de experiencias sagradas del que es víctima el hombre occidental y así encuentran una forma de lucro bastante efectiva. Claro que los mayores beneficiados económicamente son los intermediarios de las agencias de turismo. Esto cuando no se trata de pseudo chamanes que se ofrecen con volante en mano ellos mismos sin intermediarios, muchas veces a precios similares a los de las agencias turísticas como es el caso de una señora rubia que ronda las calles de la ciudad del Cuzco con fines de lucro.
La experiencia chamánica es una experiencia iniciática, en la cual es necesario morir simbólicamente para renacer. El chamán muere varias veces hasta formarse como tal, incluso varias veces teme quedarse en el mundo de los espíritus para siempre. Para atravesar esas etapas es imprescindible perder el miedo y tomarse valiente para afrontar cada una de las hazañas a las que se aventura.
Es quizás en parte por esto que los psiconautas de nuestro contexto cultural muchas veces no encuentran lo que creyeron que encontrarían en la experiencia chamánica. Nuestros psiconautas se inician en el uso de sustancias sagradas en una búsqueda hedonista en muchos casos, y como consecuencia, esta práctica deriva en la iniciación chamánica. Esta experiencia es la que asusta a muchos que jamás supusieron dedicar tanto esfuerzo para dar con esto, y que el comienzo sea por las tinieblas, de la misma manera en que Jesucristo descendió los infiernos para luego ascender a los cielos. A causa de esto entre otras cosas, la búsqueda de los integrantes de nuestra cultura queda interrumpida por el miedo. Especialmente con lo referente al uso de ayahuasca y hongos sagrados (Stropharia Cubensis, Psilocibe Sp. etc.)
Nuestra búsqueda no tiene nada de malo, pues ha existido siempre en toda la historia de la humanidad en el planeta entero. Nuestro problema es la falta de educación sobre el tema, por lo cual nuestra aproximación a los estados alterados de conciencia muchas veces resulta catastrófica derivando al abuso de drogas, tanto las legales como las ilegales, concluyendo en empeorar las formas de vida cuando estas sustancias siempre han cumplido la función de dar claridad a las vidas de quien las use, y en las de quien el chamán pretenda ayudar.
Otra experiencia de relacionarse al chamanismo, es muy diferente a la búsqueda de los propios chamanes. Ya resignado por llegar siempre a comerciantes, uno finaliza ya la búsqueda de lo que parece imposible. Pero la toma continua de plantas en la participación de actividades sagradas, hace que la propia planta nos valía enseñando sobre el conocimiento que se adquiere en el otro mundo, suponiendo que existe un mundo paralelo a este en el cual extraemos conocimientos para aplicarlos en este otro mundo material.
Es así como personas iguales a nosotros (occidentales) terminan conociendo bien esta disciplina y por lo mismo van formándose como maestros del uso sagrado de plantas. En casos así, esa resignación nos puede llevar a conocer a un occidental en el cual no depositamos ninguna especulación sobre temas chamánicos, y junto a esta persona tomar una y varias veces una planta de poder en lugares sagrados. Así poco a poco nos damos cuenta que se trata de un curandero, comprendiendo así (con lo poco que hay para razonar sobre esto) que el chamán que aparece en la vida de uno, aparece cuando uno menos se lo espera y cuando uno menos lo busca, para transformarnos en un ambiente tranquilo sin la agitación de las especulaciones y cantidad de inquietudes que a uno lo llevan en la búsqueda de esto.
Esa es la situación actual en la que el que busca parece que no encuentra lo que busca, por lo menos a corto plazo. Es posible que quien parta en búsqueda de esta gente hacia los sitios donde surgieron y aún se encuentran, encuentre algo que en parte cambie su vida, como también es posible que no encuentre mas que a la plaga de comerciantes que hay entre todos estos temas. También es posible que esa búsqueda pueda satisfacerse en la ciudad occidental en la que uno habita, donde hay personas que guardan en su interior el conocimiento que les fue concedido a lo largo de sus experiencias sagradas y ya están capacitados para compartir esto con los neófitos que se le acerquen.
Así son las cosas en este planeta de la relatividad, donde la especulación egoísta y la ambición no dan en el blanco sino que en el tiro errado se golpean fuertemente para asumir un compromiso desde las tinieblas opuestas al hedonismo.
El chamanismo sudamericano aún existe, desde la profundidad más impenetrable de las selvas hasta en los centros urbanos menos sospechados. Afrontando discriminación, incomprensión y otras injusticias que hoy maneja el mundo imperante.
Que continúe existiendo es realmente increíble, dando a entender que su papel es esencial para la salud humana, ya que viene desde el tiempo prehistórico como primera manifestación religiosa que halla expresado la humanidad hasta nuestros días.
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1. Comentaba un nativo americano que el hombre blanco va a la iglesia a hablar sobre dios, mientras que el indígena va a su sitio de trabajo chamánico a hablar con dios.
2. Por otro lado un nativo y amigo Shuar llamado Manuel Chuintantich comentaba que: del bien se aprende lo bueno y lo malo, y del mal se aprende lo malo y el bien.
_____________
1. Quizás porque dios no es un ser específico, sino la totalidad del universo que se observa en la experiencia chamánica.
2: Y quizás el bien y el mal no existen, sino que quizás existe el equilibrio, sobre el cual no hay duda que occidente se encuentra lejos, muy lejos.


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sábado, 26 de septiembre de 2009

LA BESTIA EN LA CUEVA


H. P. Lovecraft
LA BESTIA EN LA CUEVA
*

La horrible conclusión que había ido gradualmente imponién­dose en mi mente confundida y reacia resultaba ahora de una espantosa certeza. Estaba perdido, completa y descorazonadora­mente perdido en las vastas y laberínticas profundidades de la cueva Mammoth. Hacia donde me volviese, por más que forzase la vista no lograba distinguir nada que pudiera servirme de pista para encontrar el camino de salida. Mi intelecto ya no albergaba dudas sobre que nunca más llegaría a contemplar la bendita luz del día, ni a deambular por las amables colinas y valles del hermoso mundo exterior. La esperanza se había esfumado. Pero, condicio­nado como estaba por una vida de estudios filosóficos, obtuve no poca satisfacción de mi desapasionada postura; ya que aunque había leído suficiente acerca del salvaje frenesí que acomete a las víctimas de sucesos similares, yo no experimenté nada parecido, sino que mantuve la calma apenas descubrí que me había perdido.
Tampoco el pensamiento de haber errado más allá del alcance de una búsqueda normal me hizo ni por un momento perder la calma. Si había de morir, reflexionaba, entonces esta caverna terrible pero majestuosa me resultaría un sepulcro tan grato como el que pudiera brindarme un camposanto; una idea que me provocaba tranquilidad antes que desesperación.
La muerte por inanición sería mi destino; de eso estaba con­vencido. Yo sabía que algunos habían enloquecido en similares circunstancias, pero sentía que tal no sería mi fin. Mi desgracia no era fruto sino de mi propia voluntad, ya que, a escondidas del guía, me había despegado voluntariamente del grupo visi­tante y, deambulando cerca de una hora a través de las prohibi­das galerías de la cueva, me había encontrado luego incapaz de desandar los intrincados vericuetos recorridos tras abandonar a mis compañeros.
Mi antorcha comenzaba ya a flaquear y pronto me hallaría sumido en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras permanecía al resplandor de la menguante y temblorosa luz, especulé ocioso sobre las circunstancias exactas en que se produciría mi cercano fin. Recordé las historias sobre la colonia de tuberculosos que, habiéndose instalado en esta gigantesca gruta buscando la salud en su temperatura uniforme y suave, su aire puro y su pacífica tranquilidad, habían, sin embargo, muerto en circunstancias extrañas y terribles. Yo había mirado los tristes restos de sus chozas destartaladas al pasar con el grupo, preguntándome qué antinatural efecto podría lograr una larga estancia en esta caverna inmensa y silenciosa sobre alguien como yo, saludable y vigoroso. Ahora, me dije tétrica­mente, había llegado la ocasión de comprobar tal respecto, a no ser que la falta de comida acelerase mi tránsito.
Según se esfumaban en la oscuridad los últimos e intermi­tentes resplandores de mi antorcha, resolví no dejar piedra sobre piedra, ni desdeñar cualquier posible medio de escapar; así que prorrumpí en una sucesión de gritos tremendos, a pleno pul­món, con la vana esperanza de llamar la atención del guía. Sin embargo, mientras vociferaba, tuve la sensación de que mis gri­tos resultaban un despropósito, y que mi voz, aumentando y reverberando por las innumerables paredes del negro laberinto circundante, no llegaba a otros oídos que los míos. Sin embargo, a una, mi atención se volvió sobresaltada hacia un sonido de suaves pasos que imaginé escuchar acercándoseme sobre el suelo rocoso de la cueva. ¿Era inminente mí salvación? ¿No habían sido entonces todos mis horribles temores otra cosa que nade­rías, y el guía, habiéndose percatado de mi inexplicable ausen­cia, había seguido mi rastro, buscándome a través de este labe­rinto calcáreo. Mientras aquellas preguntas felices brotaban en mi interior, estuve a punto de reanudar mis gritos para acelerar mi descubrimiento; pero en un instante mi alegría se trocó en horror al volver a escuchar, ya que mis siempre agudos oídos, ahora afinados aún más por el completo silencio de la cueva, dieron a mi entumecido entendimiento la inesperada y espan­tosa certeza de que aquellas pisadas no sonaban como las de un ser humano. En la quietud ultraterrena de esa subterránea región, la aparición del guía con su calzado hubiera resultado como una serie de golpes claros e incisivos. Aquellos sonidos eran blandos y sigilosos, como los que podrían producir las zarpas almohadi­lladas de un felino. Además, a veces, escuchando cuidadosa­mente, me parecía distinguir el paso no de dos, sino de cuatro pies.
Ahora ya estaba convencido de que mis gritos habían des­pertado y atraído a alguna bestia salvaje, quizás un puma extra­viado por accidente en el interior de la cueva. Quizás, refle­xioné, el Todopoderoso me había designado una muerte más rápida y misericordiosa que el hambre. Aunque el instinto de conservación, nunca apagado por completo, se conmovió en mi ser y, a pesar de que evitar el peligro que se acercaba podía depararme un final más largo e inclemente, me dispuse, sin embargo, a vender la vida lo más cara posible. Por extraño que pueda parecer, mi mente no concebía otra intención en el visitante que la de una clara hostilidad. En consecuencia, permanecí inmóvil, esperando que la bestia desconocida, a falta de un sonido que la guiase, perdiese mi dirección y pasase de largo. Pero esa espe­ranza iba a revelarse infundada, ya que aquellas extrañas pisadas avanzaban implacables; sin duda, el animal me olfateaba y, en una atmósfera tan absolutamente limpia de cualquier influencia contaminante como resulta la de una cueva, podía sin duda seguirme hasta gran distancia.
Por consiguiente, viendo que debía armarme para defen­derme de un extraño e invisible ataque en la oscuridad, tanteé en busca de los mayores de entre los fragmentos de roca disper­sos por doquier en el suelo de la caverna circundante y, empu­ñando uno en cada mano, listos para ser usados, esperé resig­nado los inevitables sucesos. Mientras, el odioso paso de garras se acercaba. La conducta de esa criatura era realmente extraña. Casi todo el tiempo, los movimientos parecían propios de un cuadrúpedo, moviéndose con una curiosa descoordinación entre miembros delanteros y traseros; y, sin embargo, durante algunos pocos y cortos intervalos, me pareció que caminaba sobre dos patas tan sólo. Me pregunté qué clase de animal tenía delante; debía tratarse, suponía, de alguna infortunada bestia que había pagado la curiosidad de indagar a las puertas de la temible gruta con una reclusión de por vida en esas interminables profundida­des. Sin duda, se alimentaba de peces ciegos, murciélagos y ratas de la cueva, así como de los peces comunes que nadan en los manantiales del río Verde, el cual comunica por vías ocultas con las aguas de la caverna. Llené mi terrible espera haciendo grotes­cas conjeturas sobre los efectos que una vida cavernaria pudieran haber causado sobre la estructura física de la bestia, recordando las espantosas apariencias que la tradición local achacaba a los tuberculosos muertos tras una larga residencia en la cueva. Entonces, con un sobresalto, recordé que, aun en el caso de lograr matar a mi antagonista, nunca llegaría a contemplar su apariencia, dado que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y no tenía encima ni una cerilla. La tensión mental se volvía ahora espantosa. Mi imaginación desbocada conjuraba formas odiosas y temibles en la siniestra oscuridad circundante, que parecían ya casi presionarme. Las espantosas pisadas se acer­caban, cerca, más cerca. Creo que debí lanzar un grito, aunque de haber sido en verdad tan timorato como para hacerlo, mi voz apenas debió responderme. Estaba petrificado, clavado al sitio. Dudaba de que mi brazo derecho me respondiera lo bastante como para disparar sobre el ser llegado el momento crucial. El inexorable, pat, pat, de pisada está al alcance de la mano, ya muy cerca. Podía oír el trabajoso resuello del animal, y, aterrorizado como estaba, aún llegué a comprender que venía de muy lejos y estaba por tanto fatigado. Repentinamente se rompió el malefi­cio. Mi brazo derecho, guiado por mi siempre fiable oído, lanzó con todas sus fuerzas el pedazo de caliza, de bordes agudos, que sostenía, impulsándolo hacia el lugar de la oscuridad de donde provenían resuello y pisadas; y, por increíble que parezca, estuvo a punto de alcanzar su objetivo, ya que escuché brincar al ser, yendo a cierta distancia y pareciendo detenerse allí.
Reajustando el tiro, lancé el segundo proyectil, esta vez con mejores resultados, ya que lleno de alegría oí cómo la criatura caía de una forma que sonaba a desplome, quedando sin lugar a dudas tendida e inmóvil. Casi desbordado por el tremendo ali­vio consiguiente, me recosté tambaleándome contra la pared. El resuello proseguía, pesado, boqueando inhalaciones y exhalacio­nes; así que comprendí que no había hecho otra cosa que herir a la criatura. Y cualquier deseo de examinar al ser se esfumó. Por fin, algo semejante al miedo ultraterreno y supersticioso se alojó en mi cerebro y no me aproximé al cuerpo, ni seguí cogiendo hiedras para rematarlo. En vez de eso, eché a correr tan rápido como pude y, tanto como me lo permitía mi frenético estado, por donde había llegado. Bruscamente escuché un sonido o, mejor, una sucesión regular de sonidos. AI instante siguiente se habían convertido en un golpeteo claro y metálico. Ahora no había duda. Era el guía. Y entonces grité, chillé, vociferé, incluso aullé de alegría contemplando en los techos abovedados la lumi­nosidad débil y resplandeciente que yo sabía era el reflejo del brillo de una antorcha aproximándose. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de comprender del todo lo que hacía, estaba a los pies del guía, abrazándole las botas, balbuceando a pesar de mi reserva ostentosa de una forma que resultaba de lo más insensata y estúpida, barbotando mi terrible historia y, a la vez, aturullando a mi oyente con mis demostraciones de gratitud. El guía había notado mi ausencia cuando el grupo volvió a la entrada de la cueva y, llevado por su intuitivo sentido de la orientación, había procedido a realizar una exploración exhaus­tiva de los pasadizos frente a los que me viera por última vez, localizando mi paradero tras una búsqueda de unas cuatro horas.
Cuando me lo hubo contado, yo, envalentonado por la luz de su antorcha y por su compañía, comencé a pensar en la extraña bestia a la que había herido unos metros más atrás, en la oscuridad, y sugerí que fuéramos a ver, con ayuda del hacha, qué clase de criatura había yo abatido. Así que me volví sobre mis pasos, esta vez con un valor que nacía del estar acompa­ñado, hasta el escenario de mi terrible experiencia. Pronto des­cubrimos un cuerpo blanco en el suelo, más blanco aún que la propia caliza resplandeciente. Avanzando con precaución, pro­rrumpimos en simultáneas exclamaciones de asombro, ya que de todos los monstruos antinaturales que pudiéramos haber contemplado en nuestra vida, éste resultaba con mucho el más extraño. Parecía ser un mono antropoide de grandes dimensio­nes, escapado quizás de algún circo ambulante. Su pelaje era blanco como la nieve, debido sin duda a la acción decolorante de una larga existencia en los recintos negros como la tinta de la cueva, pero asimismo aquel pelo era sorprendentemente ralo, faltando por doquier, excepto en la cabeza, donde era tan largo y abundante que caía sobre sus hombros en profusión conside­rable. El rostro permanecía oculto, ya que la criatura estaba boca abajo. El ángulo de los miembros era también muy singular, explicando empero la alteración de uso que yo antes notara y por la cual la bestia empleaba unas veces cuatro zarpas para des­plazarse y otras sólo dos. Las manos o pies no eran prensiles, algo que atribuí a su larga estancia en la cueva que, como antes dije, parecía probada por aquella blancura completa y casi ultra­terrena tan característica de toda su anatomía. No parecía dota­da de cola.
La respiración se había vuelto ahora sumamente débil, y el guía había empuñado su pistola con la evidente intención de rematar a la criatura, cuando un inesperado sonido lanzado por esta última le hizo abatir el arma sin usarla. Aquel sonido era de naturaleza difícil de explicar. No era como los tonos normales que emiten las especies de simios conocidas, y me pregunté si aquella cualidad antinatural no sería el fruto de una larga estan­cia en silencio total, roto al fin por la sensación provocada por la llegada de luz, algo que la bestia no había visto desde su llegada a la cueva. El sonido, que de lejos puede definirse como una especie de profundo charloteo, proseguía débilmente. De repente, un fugaz espasmo de energía pareció estremecer el cuerpo de la bestia. Las zarpas se movieron convulsivamente y los miembros se contrajeron. Con un espasmo, el cuerpo blanco rodó hasta que el rostro giró en nuestra dirección. Por un ins­tante me vi tan abrumado por lo que mostraban aquellos ojos, que no vi nada más. Eran negros, esos ojos; profundos, tremen­damente negros, contrastando espantosamente con la nívea blancura de cabello y carnes. Como en otros moradores de
cavernas, estaba profundamente hundidos en las órbitas y care­cían completamente de iris. Mirando más detenidamente, vi que se encontraban en un rostro que era menos prognato que el de cualquier mono normal e infinitamente más peludo. La nariz era bastante distinta.
Mientras observábamos la extraña visión que teníamos ante los ojos, los gruesos labios se abrieron y brotaron algunos sonidos, tras lo cual el ser se relajó y murió.
El guía se aferró a la manga de la chaqueta, temblando con tanta violencia que la luz se estremeció espasmódicamente, proyec­tando sombras extrañas y móviles sobre los muros de alrededor.
Yo no hice gesto, sino que permanecí envaradamente quieto, los ojos espantados fijos sobre el suelo de delante.
Y entonces se disipó el miedo, suplantado por asombro, espanto, comprensión y reverencia, ya que los sonidos lanzados por la figura herida que yacía sobre el suelo calcáreo nos habían susurrado la terrible verdad. La criatura que yo había matado, la extraña bestia de la inexplorada caverna, era o había sido en tiempos,
¡¡¡un HOMBRE!!!

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