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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 8 de junio de 2009

LA CASA DEL JUEZ

LA CASA DEL JUEZ

Próxima la época de exámenes, Malcolm Malcolmson decidió ir a algún lugar solitario donde poder estudiar sin ser interrumpido. Temía las playas por su atractivo, y también desconfiaba del aislamiento rural, pues conocía desde hacía mucho tiempo sus encantos. Lo que buscaba era un pueblecito sin pretensiones donde nada le distrajera del estudio. Refrenó sus deseos de pedir consejo a algún amigo, pues pensó que cada uno le recomendaría un sitio ya conocido donde, indudablemente, tendría amigos. Malcolmson deseaba evitar las amistades, y todavía tenía menos deseos de establecer contacto con los amigos de los amigos. Así que decidió buscar por sí mismo el lugar. Hizo su equipaje, tan sólo una maleta con un poco de ropa y todos los libros que necesitaba, y compró un billete para el primer nombre desconocido que vio en los itinerarios de los trenes de cercanías.

Cuando al cabo de tres horas de viaje se apeó en Benchurch, se sintió satisfecho de lo bien que había conseguido borrar sus pistas para poder disponer del tiempo y la tranquilidad necesarios para proseguir sus estudios. Acudió de inmediato a la única fonda del pequeño y soñoliento lugar, y tomó una habitación para la noche. Benchurch era un pueblo donde se celebraban regularmente mercados, y una semana de cada mes era invadido por una enorme muchedumbre; pero durante los restantes veintiún días no tenía más atractivos que los que pueda tener un desierto.

Al día siguiente de su llegada, Malcolmson buscó una residencia aún más aislada y apacible que una fonda tan tranquila como El Buen Viajero. Sólo encontró un lugar que satisfacía realmente sus más exageradas ideas acerca de la tranquilidad. Realmente, tranquilidad no era la palabra más apropiada para aquel sitio; desolación era el único término que podía transmitir una cierta idea de su aislamiento. Era una casa vieja, anticuada, de construcción pesada y estilo jacobino, con macizos gabletes y ventanas, más pequeñas de lo acostumbrado y situadas más alto de lo habitual en esas casas; estaba rodeada por un alto muro de ladrillos sólidamente construido. En realidad, daba más la impresión de un edificio fortificado que de una simple vivienda. Pero todo esto era lo que le gustaba a Malcolmson. «He aquí -pensó- el lugar que estaba buscando, y sólo si lo consigo me sentiré feliz. » Su alegría aumentó cuando se dio cuenta de que estaba sin alquilar en aquel momento.

En la oficina de correos averiguó el nombre del agente, que se sorprendió mucho al saber que alguien deseaba ocupar parte de la vieja casona. El señor Carnford, abogado local y agente inmobiliario, era un amable caballero de edad avanzada que confesó con franqueza el placer que le producía el que alguien desease alquilar la casa.

-A decir verdad -señaló-, me alegraría mucho, por los dueños, naturalmente, que alguien ocupase la casa durante años, aunque fuera de forma gratuita, si con ello el pueblo pudiera acostumbrarse a verla habitada. Ha estado vacía durante tanto tiempo que se ha levantado una especie de prejuicio absurdo a su alrededor, y la mejor manera de acabar con él es ocuparla.... aunque sólo sea -añadió, alzando una astuta mirada hacia Malcolmson- por un estudiante como usted, que desea quietud durante algún tiempo.

Malcolmson juzgó inútil pedir detalles al hombre

acerca del «absurdo prejuicio»; sabía que sobre aquel terna podría conseguir más información en cualquier otro lugar. Pagó pues por adelantado el alquiler de tres meses, se guardó el recibo y el nombre de una señora que posiblemente se comprometería a ocuparse de él, y se marchó con las llaves en el bolsillo. De ahí fue directamente a hablar con la dueña de la fonda, una mujer alegre y bondadosa a la que pidió consejo acerca de qué clase y cantidad de víveres y provisiones necesitaría. Ella alzó las manos con estupefacción cuando él le dijo dónde pensaba alojarse.

-¡En la Casa del Juez no! -exclamó, palideciendo.

Él respondió que ignoraba el nombre de la casa, pero le explicó dónde estaba situada. Cuando hubo terminado, la mujer contestó:

-¡Sí, no cabe duda..., no cabe duda de que es el mismo sitio! Es la Casa del Jue

Entonces él le pidió que le hablase de la casa, por qué se llamaba así y qué tenía ella en contra. La mujer le contó que en el pueblo la llamaban asi porque hacía muchos años (no podía decir exactamente cuántos, puesto que ella era de otra parte de la región, pero debían de ser al menos unos cien o quizá más) había sido el domicilio de cierto juez que en su tiempo inspiró gran espanto a causa del rigor de sus sentencias y de la hostilidad con la que siempre se enfrentó a los acusados en su tribunal. Acerca de lo que había en contra de la casa no podía decir nada. Ella misma lo había preguntado a menudo, pero nadie la supo informar. De todos modos, el sentimiento general era de que allí había algo, y ella Por su parte no aceptaría ni todo el dinero del Banco de Drinkswater si a cambio se le pedía que permaneciera una sola hora a solas en la casa. Luego se excusó ante Malcolmson ante la posibilidad de que sus palabras pudieran preocuparle.

-Es que esas cosas, señor, no me gustan nada, y además el que usted, un caballero tan joven, se vaya, y perdone que se lo diga, a vivir allí tan solo... Si fuera hijo mío, y perdone que se lo diga, no pasaría usted allí ni una noche, aunque tuviera que ir yo misma en persona y hacer sonar la gran campana de alarma que hay en el tejado.

La pobre mujer hablaba de buena fe, y con tan buenas intenciones, que Malcolmson, además de regocijado, se sintió conmovido. Le expresó cuánto apreciaba el interés que se tomaba por él y luego, amablemente, añadió:

-Pero mi querida señora Witham, le aseguro que no es necesario que se preocupe por mí. Un hombre que, como yo, estudia matemáticas superiores, tiene demasiadas cosas en la cabeza para que pueda molestarle ninguno de esos misteriosos «algos»; por otra parte, mi trabajo es demasiado exacto y prosaico como para permitir que algún rincón de mi mente preste atención a misterios de cualquier tipo. ¡La progresión armónica las permutaciones, las combinaciones y las funciones elípticas son ya misterios suficientes para mí!

La señora Witham se encargó amablemente de su ministrarle provisiones, y fue en busca de la vieja que le habían recomendado para «ocuparse de él». Cuando, al cabo de unas dos horas, regresó con ella a la Casa del Juez, se encontró con la señora Witham, que le esperaba en persona, junto con varios hombres y chiquillos portadores de diversos paquetes, e incluso de una cama que habían transportado en una carreta, puesto que, como dijo ella, aunque era posible que las sillas y las mesas estuvieran todas muy bien conservadas y fueran utilizables, no era bueno ni propio de huesos jóvenes descansar en una cama que no había sido oreada desde hacía por lo menos cincuenta años. La buena mujer sentía todas luces curiosidad por ver el interior de la casa, y recorrió todo el lugar, pese a manifestarse tan temerosa de los «algos» que al menor ruido se aferraba a Malcolmson, del cual no se separó ni un solo instante.

Tras examinar la casa, Malcolmson decidió ocupar el gran comedor, que era lo suficientemente espacioso corno para satisfacer todas sus necesidades; y la señora Witham, con ayuda de la señora Dempster, la asistenta, procedió a ordenar las cosas. Una vez desempaquetados los bultos, Malcolmson vio que, con mucha y bondadosa previsión, la mujer le había enviado de su propia cocina provisiones suficientes para varios días. Antes de marcharse, la mujer expresó toda clase de buenos deseos y, ya en la misma puerta, se volvió para decir:

-Quizá, señor, puesto que la habitación es grande y con muchas corrientes de aire, puede que no le venga mal instalar uno de esos biombos grandes alrededor de la cama por la noche... Pero, la verdad sea dicha, yo me moriría de miedo si tuviera que quedarme aquí encerrada con toda esa clase de.... ¡de «cosas» que asomarán sus cabezas por los lados o por encima del biombo y se pondrán a mirarme!

La imagen que acababa de evocar fue excesiva para sus nervios y huyó precipitadamente.

La señora Dempster, con aires de superioridad, lanzó un despectivo resoplido cuando se hubo ido la otra mujer y afirmó categóricamente que ella por su parte no se sentía en absoluto inclinada a atemorizarse ni ante todos los duendes del mundo.

-Le diré a usted lo que pasa, señor -dijo-. Los duendes son toda clase de cosas... ¡menos duendes! Ratas, ratones y escarabajos; y puertas que crujen, y tejas caídas, y tiradores de cajones que aguantan firmes cuando usted tira de ellos y luego se caen solos en medio de la noche. ¡Observe el zócalo de la habitación! ¡Es viejo..., tiene cientos de años ! ¿Cree usted que no va a haber ratas y escarabajos ahí detrás? ¡Claro que sí! ¿E imagina usted que no va a verlos? ¡Claro que no! Las ratas son los duendes, se lo digo yo, y los duendes son las ratas.... ¡y no crea otra cosa!

-Señora Dempster -dijo gravemente Malcolmson con una pequeña inclinación de cabeza-, ¡sabe usted más que un catedrático de matemáticas! Permítame decirle que, en señal de mi estima hacia su indudable salud mental, cuando me vaya le daré la posesión de esta casa y le permitiré que resida aquí usted sola durante los dos últimos meses de mi alquiler, puesto que las cuatro primeras semanas bastarán para mis propósitos.

-¡Muchas gracias por su amabilidad, señor! -respondió ella---. Pero no puedo dormir ni una noche fuera de mi dormitorio: vivo en la Casa de Caridad Greenhow y si pasara una sola noche fuera de mis habitaciones perdería todo los derechos de seguir viviendo allí. La reglas son muy estrictas, y hay demasiada gente esperando una vacante para que yo me decida a correr e menor riesgo. Si no fuera por esto, señor, vendría con mucho gusto a dormir aquí para atenderle durante su estancia.

-Mi buena señora -dijo apresuradamente Malcolmson-, he venido aquí con el propósito de estar so lo, y créame que le estoy profundamente agradecido a difunto señor Greenhow por haber organizado su casa de caridad, o lo que sea, de forma tan admirable que m vea privado por la fuerza de la oportunidad de tan terrible tentación. ¡San Antonio en persona no habría podido ser más rígido al respecto!

La vieja se rió secamente.

-¡Ah! -dijo-, ustedes los señoritos jóvenes asustan de nada. Puede estar seguro de que encontrar aquí toda la soledad que desea.

Y se puso a trabajar en la limpieza y, al anochece cuando Malcolmson regresó de dar su paseo (siempre llevaba uno de sus libros para estudiar mientras paseaba) se encontró con la habitación barrida y aseada, un fuego ardiendo en la chimenea y la mesa servida para la cena con las excelentes provisiones de la señora Witham.

-¡Esto sí es comodidad! -dijo mientras se frotaba las manos.

Tras terminar dé cenar y poner la bandeja con los restos de la cena al otro extremo de la gran mesa de roble, volvió a sus libros: echó más leña al fuego, despabiló la lámpara y se sumergió en su duro trabajo. No hizo ninguna pausa hasta más o menos las once, cuando suspendió su tarea durante unos momentos para avivar el fuego y despabilar de nuevo la lámpara y hacerse una taza de té. Siempre había sido muy aficionado al té; durante toda su vida universitaria solía quedarse estudiando hasta muy tarde, y siempre tomaba té y más té hasta que dejaba de estudiar. El descanso era un lujo para él, y lo disfrutaba con una sensación de delicioso, voluptuoso desahogo. El fuego reavivado saltó y chisporroteó y proyectó extrañas sombras en la vasta y antigua habitación y, mientras tomaba a sorbos el té caliente, gozó con la sensación de aislamiento de sus semejantes. Fue entonces cuando notó por primera vez el ruido que hacían las ratas.

«Seguro que no han hecho tanto ruido durante todo el tiempo que he estado estudiando -pensó-. ¡De lo contrario me hubiera dado cuenta!» Luego, mientras el ruido iba en aumento, se tranquilizó diciéndose que aquellos rumores eran realmente nuevos. Resultaba evidente que al principio las ratas se habían asustado por la presencia de un extraño y por la luz del fuego y de la lámpara, pero a medida que transcurría el tiempo se habían ido volviendo más atrevidas, y ya se hallaban entretenidas de nuevo en sus ocupaciones habituales.

¡Y eran realmente activas! ¡Subían y bajaban por detrás del zócalo que revestía la pared, por encima del cielo raso, por debajo del suelo, se movían, corrían, bullían, roían y arañaban! Malcolmson sonrió al recordar las palabras de la señora Dempster: «los duendes son las ratas y las ratas son los duendes». El té empezaba a hacer su efecto estimulante sobre nervios e intelecto, y el estudiante vio con alegría que tenía ante sí una nueva inmersión en el largo hechizo del estudio antes de que

terminase la noche, cosa que le proporcionó tal sensación de comodidad que se permitió el lujo de echar un ojeada por la habitación. Tomó la lámpara en una mano y recorrió la estancia, preguntándose por qué una casa tan original y hermosa como aquélla había permanecido abandonada durante tanto tiempo. Los panel de roble que recubrían las paredes estaban finamente labrados, y el trabajo en madera de puertas y ven ana era hermoso y de raro mérito. Había algunos cuadro viejos en las paredes, pero estaban tan densamente cubiertos de polvo y suciedad que no pudo distinguir ningún detalle a pesar de que levantó la lámpara todo lo posible para iluminarlos. Aquí y allá, en su recorrido topó con alguna grieta o agujero bloqueados por u momento por la cabeza de una rata, cuyos brillante ojos relucían a la luz, pero al instante la cabeza desaparecía, con un chillido y un rumor de huida. Sin embargo, lo que más intrigó a Malcolmson fue la cuerda de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un rincón de la estancia, a la derecha de la chimenea Arrastró hasta cerca del fuego una gran silla de roble tallado y respaldo alto y se sentó para tomar su última taza de té. Cuando hubo terminado, avivó el fuego volvió a su trabajo, sentado en la esquina de la mes con el fuego a su izquierda. Durante un buen rato las ratas perturbaron su estudio con su continuo rebullir pero acabó por acostumbrarse al ruido, del mismo m do que uno se acostumbra al tic-tac de un reloj o al rumor de un torrente; y así se sumergió de tal forma en trabajo que nada en el mundo, excepto el problema q estaba intentando resolver, hubiera sido capaz de hacer mella en él.

Pero de pronto, sin haber conseguido resolverlo aún levantó la cabeza: en el aire notó esa sensación tan peculiar que precede al amanecer y que tan temible resulta para los que llevan vidas dudosas. El ruido de las ratas había cesado. Desde luego, tenía la impresión de que había cesado hacía tan sólo unos instantes, y que precisamente había sido este repentino silencio lo que le había obligado a levantar la cabeza. El fuego se había ido apagando, pero todavía arrojaba un profundo y rojo resplandor. Al mirar en esa dirección, y a pesar de toda su sang froid, sufrió un sobresalto.

Allí, sobre la silla de roble tallado y alto respaldo, a la derecha de la chimenea, había una enorme rata que le miraba fijamente con sus tristes ojillos. Hizo un gesto para ahuyentarla, pero la rata no se movió. Ante lo cual hizo ademán de arrojarle algo. Tampoco se movió, sino que le mostró encolerizada sus grandes dientes blancos; a la luz de la lámpara, sus crueles ojillos brillaban con una luz de venganza.

Malcolmson se asombró, y, tomando el atizador de la chimenea, corrió hacia la rata para matarla. Pero antes de que pudiera golpearla ésta, con un chillido que parecía concentrar todo su odio, saltó al suelo y, trepando por la cuerda de la campana de alarma, desapareció en la oscuridad donde no llegaba el resplandor de la lámpara, tamizado por una pantalla verde. Al instante, y eso fue lo más extraño, el ruidoso bullicio de las ratas tras los paneles de roble se reanudó.

Esta vez Malcolmson no consiguió sumergirse de nuevo en el problema; pero, cuando el gallo cantó afuera anunciando la llegada del alba, se fue a la cama a descansar.

Durmió tan profundamente que ni siquiera se despertó cuando llegó la señora Dempster para arreglar la habitación. Sólo lo hizo cuando la mujer, una vez barrida la estancia y preparado el desayuno, golpeó discretamente en el biombo que ocultaba la cama. Aún se sentía un Poco cansado de su duro trabajo nocturno, pero una cargada taza de té lo despejó pronto y, tomando un libro, salió a dar su paseo matutino, llevándose consigo "'los bocadillos por si no le apetecía volver hasta la hora de la cena. Encontró un sendero apacible entre los olmos, y allí pasó la mayor parte del día estudiando su Laplace. A su regreso pasó a saludar a la señora Witham a darle las gracias por su amabilidad. Cuando ella le vio llegar a través de una ventana de su sanctasanctórum emplomada con rombos de vidrios de colores, salió a calle a recibirle y le pidió que pasase. Una vez dentro, miró inquisitivamente y negó con la cabeza al tiempo que decía:

-No debe trabajar tanto, señor. Esta mañana es usted más pálido que otras veces. Estar despierto hasta tan tarde y con un trabajo tan duro para el cerebro no bueno para nadie. Pero dígame, señor, ¿cómo ha pasado la noche? Espero que bien. ¡No sabe cuánto me alegré cuando la señora Dempster me dijo esta mañana que había encontrado tan profundamente dormido cuan llegó!

-Oh, sí, todo ha sido estupendo -repuso él con una sonrisa-; todavía no me han molestado los «algos». Sólo las ratas. Tienen montado un auténtico un circo por todo el lugar. Había una, de aspecto diabólico, que hasta se atrevió a subirse a mi propia silla, junto al fuego, y se habría marchado de no haberla yo amenazado con atizador; entonces trepó por la cuerda de la campana alarma y desapareció allá arriba, por encima de las p redes o el techo; no pude verlo bien debido a la oscuridad.

-¡Dios nos asista! -exclamó la señora Witham ¡Un viejo diablo, y sobre una silla junto al fuego! ¡Tenga cuidado, señor! ¡Tenga mucho cuidado! A veces hay cosas muy verdaderas que se dicen en broma.

-¿Qué quiere usted decir? Palabra que no la comprendo.

-¡Un viejo diablo! El viejo diablo, quizá. ¡Oh, señor no se ría usted! -pues Malcolmson había estallado una franca carcajada-. Ustedes, la gente joven, cree que es muy fácil reírse de cosas que hacen estremecer a los viejos. ¡Pero no importa, señor! ¡No haga caso! Quiera Dios que pueda usted continuar riendo todo el tiempo. ¡Eso es lo que le deseo¡

Y la buena señora rebosó de nuevo alegre simpatía, olvidados por un momento todos sus temores.

-¡Oh, perdóneme! -dijo entonces Malcolmson-. No me juzgue descortés, es que la cosa me ha hecho gracia.... eso de que el viejo diablo en persona estaba anoche sentado en mi silla...

Y al recordarlo se rió de nuevo. Luego se fue a su casa a cenar.

Aquella noche el rumor de las ratas empezó más temprano; con toda seguridad se había iniciado ya antes de su regreso, y sólo dejó de oírse unos momentos mientras les duró el susto causado por su imprevista llegada. Después de cenar se sentó un momento junto al fuego a fumar y, tras limpiar la mesa, empezó de nuevo su trabajo como otras veces. Pero esa noche las ratas le distraían más que la anterior. ¡Cómo correteaban de arriba abajo, por detrás y por encima! ¡Cómo chillaban, roían y arañaban! ¡Y cómo, más atrevidas a cada instante, se asomaban a las bocas de sus agujeros y por todas las grietas y resquebrajaduras del zócalo, con sus ojillos brillantes como lámparas diminutas cuando se reflejaba en ellos el fulgor del fuego! Pero para el estudiante, habituado sin duda a ellos, esos ojos no tenían nada de siniestro; por el contrario, sólo veía en ellos un aire travieso y juguetón. A menudo, las más atrevidas hacían incursiones por el suelo o a lo largo de las molduras de la pared. Una y otra vez, cuando empezaban a molestarle demasiado, Malcolrnson hacía un ruido para asustarlas, golpeaba la mesa con la mano o emitía un fiero «Ssssh, ssssh» para que huyesen inmediatamente a sus escondrijos.

Así transcurrió la primera mitad de la noche; luego, a pesar del ruido, Malcolmson fue sumergiéndose cada vez más en el estudio.

De repente, alzó la vista, como la noche anterior, dominado por una súbita sensación de silencio. No se oía ni el más leve ruido de roer, chillar o arañar. Era un silencio de tumba. Entonces recordó el extraño suceso la noche anterior, e instintivamente miró a la silla que había junto a la chimenea. Una extraña sensación recorrió entonces todo su cuerpo.

Allá, al lado de la chimenea, en la gran silla de roble tallado de respaldo alto, estaba la misma enorme rata mirándole fijamente con unos ojillos fúnebres y malignos.

Instintivamente tomó el objeto que tenía más al alcance de su mano, unas tablas de logaritmos, y se 1 arrojó. El libro fue mal dirigido y la rata ni se movió; a que tuvo que repetir la escena del atizador de la noche anterior; y de nuevo la rata, al verse estrechamente ce cada, huyó trepando por la cuerda de la campana alarma. También fue muy extraño que la fuga de esta rata fuese seguida inmediatamente por la reanudación d ruido de la comunidad. En esta ocasión, como en la precedente, Malcolmson no pudo ver por qué parte de estancia desapareció el animal, pues la pantalla de lámpara dejaba en sombras la parte superior de la habitación y el fuego brillaba mortecino.

Miró su reloj y observó que era casi medianoche no descontento del divertissement, avivó el fuego y preparó una taza de té. Había trabajado perfectamente sumergido en el hechizo del estudio y se creyó merecedor de un cigarrillo; así pues, se sentó en la gran silla d roble tallado junto a la chimenea y fumó con delectación. Mientras lo hacía, empezó a pensar que le gusta saber por dónde lograba meterse el animal, ya que empezaba a acariciar la idea de poner en práctica al día siguiente algo relacionado con una ratonera. En previsión de ello, encendió otra lámpara y la colocó de forma que iluminase bien el rincón derecho que formaban la chimenea y la pared. Luego apiló todos los libros que tenía, colocándolos al alcance de la mano para arrojárselos al animal si llegaba el caso. Finalmente, levantó la cuerda de la campana de alarma y colocó su extremo inferior encima de la mesa, pisándolo con la lámpara. Cuando tomó la cuerda en sus manos no pudo por menos que notar lo flexible que era, sobre todo teniendo en cuenta su grosor y el tiempo que llevaba sin usar. «Se podría colgar a un hombre de ella», pensó para sí. Terminados sus preparativos, miró a su alrededor y exclamó, satisfecho:

-¡Ahora, amiga mía, creo que vamos a vernos las caras de una vez!

Reanudó su estudio, y aunque al principio le distrajo el ruido que hacían las ratas, pronto se abandonó por completo a sus proposiciones y problemas.

De nuevo fue reclamado de pronto por su alrededor. Esta vez no fue sólo el repentino silencio lo que llamó su atención; había, además, un ligero movimiento de la cuerda, y la lámpara se tambaleaba. Sin moverse, comprobó que la pila de libros estuviese al alcance de su mano y luego deslizó su mirada a lo largo de la cuerda. Pudo observar que la gran rata se dejaba caer desde la cuerda a la silla de roble, se instalaba en ella y le contemplaba. Tomó un libro con la mano derecha y, apuntando cuidadosamente, se lo lanzó. La rata, con un rápido movimiento, saltó de costado y esquivó el proyectil. Tomó entonces un segundo y luego un tercero, y se los lanzó uno tras otro, pero sin éxito. Por fin, y en el momento en que se disponía a arrojarle un nuevo libro, la rata chilló y pareció asustada. Esto aumentó más aún su deseo de dar en el blanco; el libro voló, y alcanzó a la rata con un golpe resonante. El animal lanzó un chillido terrorífico y, echando a su perseguidor una mirada de terrible malignidad, trepó por el respaldo de la silla, desde cuyo borde superior saltó hasta la cuerda de la campana de alarma, por la cual subió con la velocidad del rayo. La lámpara que sujetaba la cuerda se tambaleó bajo el repentino tirón, pero era pesada y no llegó a caerse. Malcolmson siguió a la rata con la mirada y la vio, gracias a la luz de la segunda lámpara, saltar a una moldura del zócalo y desaparecer por un agujero en uno de los grandes cuadros colgados de la pared, indescifrable bajo la espesa capa de polvo y suciedad.

-Mañana le echaré una ojeada a la vivienda de mi amiga -dijo en voz alta el estudiante, mientras recogía los volúmenes tirados por el suelo-. El tercer cuadro partir de la chimenea: no lo olvidaré. -Cogió los libros uno a uno, haciendo un comentario sobre ellos mientras iba leyendo sus títulos-. Secciones cónicas ni lo rozó, ni tampoco Oscilaciones cicloideas,. ni los Principia, ni los Cuaternios, ni la Termodinámica. ¡Éste es el libro que la alcanzó! -Malcolmson lo tomó del suelo y miró el título y, al hacerlo, se sobresaltó y una súbita palidez cubrió su rostro. Miró a su alrededor, inquieto, y se estremeció levemente mientras murmuraba para sí-: ¡La Biblia que me dio mi madre! ¡Qué extraña coincidencia!

Volvió a sentarse y reanudó su trabajo; las ratas d zócalo volvieron a sus cabriolas. Sin embargo, ahora le molestaban; al contrario, su presencia le proporcionaba una cierta sensación de compañía. Pero no pudo concentrarse en el estudio y, después de intentar inútil mente dominar el tema que tenía entre manos, lo dejó con desesperación y fue a acostarse, justo cuando el primer resplandor del amanecer penetraba furtivamente por la ventana que daba al este.

Durmió pesadamente pero inquieto, y soñó mucho cuando le despertó la señora Dempster, ya muy entrada la mañana, su aspecto era de haber descansado mal, durante algunos minutos no pareció darse cuenta exacta de dónde se encontraba. Su primer encargo sorprendió bastante a la criada.

-Señora Dempster, cuando me ausente hoy de casa quiero que coja la escalera, saque el polvo y limpie bien todos esos cuadros.... especialmente el tercero a partir de la chimenea. Quiero ver qué hay en ellos.

Hasta bien entrada la tarde estuvo Malcolinson estudiando a la sombra de los árboles; a medida que transcurría el día notó que sus asimilaciones mejoraban progresivamente y fue volviendo al alegre optimismo del día anterior. Ya había conseguido solucionar satisfactoriamente todos los problemas que hasta entonces le habían eludido, y se encontraba en un estado tal de euforia que decidió hacer una visita a la señora Witham en El Buen Viajero. La encontró en su confortable cuarto de estar, acompañada por un desconocido que le fue presentado como el doctor Thornhill. La mujer no parecía hallarse totalmente a gusto, y esto, unido a que el hombre se lanzó de inmediato a hacerle toda una serie de preguntas, hizo pensar a Malcolmson que la presencia del doctor no era casual, así que dijo sin ambages:

-Doctor Thornhill, contestaré gustosamente cualquier pregunta que quiera hacerme, si primero me contesta usted a una que deseo hacerle yo.

El doctor pareció sorprenderse, pero sonrió y respondió al momento:

-,¡De acuerdo! ¿De qué se trata?

-¿Le pidió a usted la señora Witham que viniera aquí a verme y aconsejarme?

El doctor Thornhill, se mostró por un momento desconcertado, y la señora Witham enrojeció vivamente y volvió la cara hacia otro lado; sin embargo, el doctor era un hombre sincero e inteligente y no dudó en contestar con franqueza:

-Así fue, en efecto, pero no quería que usted se enterase. Supongo que han sido mi torpeza y mi apresuramiento los que le han hecho sospechar. Pero en fin, lo que me dijo fue que no le gustaba la idea de que estuviese usted en esa casa completamente solo, y tomando tanto té y tan cargado. Deseaba que yo le aconsejase que dejara el té y no se quedara a estudiar hasta tan tarde. Yo también fui un buen estudiante en mis tiempos, y por ello espero que me permita tomarme la libertad de darle un consejo sin ánimo de ofenderle, puesto que no le hablo como un extraño, sino como un universitario puede hablarle a otro.

Malcolmson le tendió la mano con una radiante sonrisa.

-¡Choque esos cinco!, como dicen en América -exclamó-. Le agradezco muchísimo su interés, y también a la señora Witham; y su amabilidad me obliga a pagarles en la misma moneda. Prometo no volver a tomar té cargado, ni sin cargar, hasta que usted me autorice Y esta noche me iré a la cama a la una de la madrugada lo más tarde. ¿De acuerdo?

-Estupendo -dijo el médico-., Y ahora cuénteme usted todo lo que ha visto en el viejo caserón.

Malcolmson relató con todo detalle lo sucedido en las dos últimas noches. Fue interrumpido de vez en cuando por las exclamaciones de la señora Witham hasta que finalmente, al llegar al episodio de la Biblia toda la emoción reprimida de la mujer halló salida en un tremendo alarido, y hasta que no se le administró un buen vaso de coñac con agua no se repuso. El doctor Thornhill lo escuchó todo con expresión de creciente gravedad, y cuando el relato llegó a su fin y la señora Witham quedó tranquila preguntó:

-¿La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma?

-Sí, siempre.

-Supongo que ya sabrá usted -dijo el doctor tras una pausa- qué es esa cuerda.

-Es -dijo el doctor lentamente- la misma que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.

Al llegar a este punto fue interrumpido de nuevo por otro grito de la señora Witham, y hubo que poner otra vez en juego los medios para que volviera a recobrarse. Malcolmson tras consultar su reloj, observó que ya era casi hora de cenar y se marchó a su casa tan pronto corno ella se hubo recobrado. cuando la señora Witham volvió totalmente en sí, asaetó al doctor Thornhill con coléricas preguntas acerca de qué pretendía metiendo aquellas horribles ideas en la cabeza del pobre joven.

El doctor Thornhill respondió:

-¡Mi querida señora, mi propósito es bien distinto! Lo que yo quería era atraer su atención hacia la cuerda de la campana y mantenerla fija allí. Es posible que se halle en un estado de gran sobreexcitación, por haber estudiado demasiado o por lo que sea, pero de todas formas me veo obligado a reconocer que parece un joven tan sano y fuerte mental y corporalmente como el que más. Pero luego están las ratas..., y esa sugerencia del diablo... -El doctor agitó la cabeza y prosiguió-: Me habría ofrecido a ir a pasar la noche con él, pero estoy seguro de que eso le hubiera humillado. Parece que por la noche sufre algún tipo de extraño terror o alucinación, y de ser así deseo que tire de esa cuerda. Como está completamente solo, eso nos servirá de aviso y podremos llegar hasta él a tiempo aún de serle útiles. Esta noche me mantendré despierto hasta muy tarde y tendré los oídos bien abiertos. No se alarme usted, señora Witham, si Benchurch recibe una sorpresa antes de mañana.

-Oh, doctor, ¿qué quiere usted decir?

-Exactamente esto: es muy posible, o mejor dicho probable, que esta noche oigamos la gran campana de alarma de la Casa del Juez.

Y el doctor hizo un mutis tan efectista como cabía esperar.

-Ya tiene allí demasiadas preocupaciones -añadió.

Cuando Malcolmson llegó a la casa descubrió que era un poco más tarde que de costumbre y que la señora Dempster ya se había marchado: las reglas de la Casa de Caridad Greenhow no eran de desdeñar. Se alegró muucho de ver que el lugar estaba limpio y reluciente, alegre fuego ardía en la chimenea y la lámpara esta bien despabilada. La tarde era muy fría para el mes abril, y soplaba un pesado viento con una violencia que crecía tan rápidamente que podía esperarse una buena tormenta para la noche. El ruido que hacían las ratas cesó durante unos pocos minutos tras su llegada, pero tan pronto como se volvieron a acostumbrar a su presencia lo reanudaron. Se alegró de oírlas, y una vez más notó que en su bullicioso rumor había algo que le hacía sentirse acompañado. Sus pensamientos retrocedieron hasta el extraño hecho de que las ratas sólo dejaban de manifestarse cuando aquella otra rata (la gran rata de ojillos fúnebres) entraba en escena. Sólo estaba encendida la lámpara de lectura, cuya pantalla verde mantenía en sombras el techo y la parte superior de la estancia, de tal modo que la alegre y rojiza luz de la chimenea se extendía cálida y agradable por el pavimento, brillaba sobre el blanco mantel que cubría la mesa. Malcolmson se sentó a cenar con buen apetito y espíritu alegre. Después de cenar y fumar un cigarrillo se entregó firmemente a su trabajo, decidido a que nada le distrajese pues recordaba la promesa hecha al doctor y quería aprovechar de la mejor manera posible el tiempo de que disponía.

Durante más de una hora trabajó sin problemas, luego sus pensamientos empezaron a desprenderse de los libros y a vagabundear por su cuenta. Las actuales circunstancias en las que se hallaba y la llamada de atención sobre su salud nerviosa no eran algo que pudiera despreciar. Por aquel entonces, el viento se había convertido ya en un vendaval, y el vendaval en una tormenta. La vieja casa, pese a su solidez, parecía estremecerse desde sus cimientos, y la tormenta rugía y bramaba a través de las múltiples chimeneas y los viejos gabletes, produciendo extraños y aterradores sonidos en los pasillos y las estancias vacías. Incluso la gran campana de alarma del tejado debía de estar sufriendo los embates del viento, pues la cuerda subía y bajaba levemente, como si la campana estuviera moviéndose un poco, y el extremo inferior de la flexible cuerda azotaba el suelo de roble con un ruido duro y hueco.

Al escucharlo, Malcolmson recordó las palabras del doctor: «Es la cuerda que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.» Se acercó al rincón de la chimenea y la tomó entre sus manos para contemplarla. Parecía sentir como una especie de morboso interés por ella, y mientras la estaba observando se perdió un momento en conjeturas sobre quiénes habrían sido esas víctimas y sobre el lúgubre deseo del juez de tener siempre ante su vista una reliquia tan macabra. Mientras permanecía allí, el suave balanceo de la campana del tejado había seguido comunicando a la cuerda cierto movimiento, pero ahora, de pronto, empezó a notar una nueva sensación, una especie de temblor en la cuerda, como si algo se estuviera moviendo a lo largo de ella.

Levantó instintivamente la vista y vio a la enorme rata que, lentamente, bajaba hacia él mirándole con fijeza. Soltó la cuerda y retrocedió con brusquedad, mascullando una maldición; la rata dio la vuelta, trepó de nuevo por la cuerda y desapareció; y en ese instante Malcolmson se dio cuenta de que el ruido de las ratas, que había cesado hacía un momento, volvía a comenzar.

Todo esto le dejó pensativo; entonces recordó que no había investigado la madriguera de la rata ni mirado los cuadros como había pensado hacer. Encendió la otra lámpara, que no tenía pantalla, y levantándola se situó frente al tercer cuadro a la derecha de la chimenea, que era por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.

A la primera ojeada retrocedió, tan bruscamente sobresaltado que casi dejó caer la lámpara, y una mortal palidez cubrió sus facciones. Sus rodillas entrechocaron, pesadas gotas de sudor perlaron su frente, y tembló como un álamo. Pero era joven y animoso, y consiguió armarse nuevamente de valor; tras una pausa de unos segundos avanzó lentamente unos pasos, alzó la lámpara y examinó el cuadro, que una vez desempolvado y limpio era ya claramente distinguible.

Era el retrato de un juez vestido de púrpura y armiño. Su rostro era fuerte y despiadado, maligno, vengativo y astuto, con una boca sensual y una nariz ganchuda de rojizo color y forma semejante al pico de un ave de presa. El resto de la cara era de un color cadavérico. Los ojos, de un brillo peculiar, tenían una expresión terriblemente maligna. Contemplándolos, Malcolmson sintió frío, pues en ellos vio una réplica exacta a los ojos de la enorme rata. Casi se le cayó la lámpara de la mano cuando vio a ésta mirándole con sus ojillos fúnebres desde el agujero de la esquina del cuadro y notó el repentino cese del ruido de las demás. Pese a ello, volvió a reunir todo su valor y continuó examinando la pintura.

El juez estaba sentado en una gran silla de roble tallado de respaldo alto, a la derecha de una chimenea de piedra junto a la cual colgaba desde el techo una cuerda que yacía con su extremo inferior enrollado en el suelo. Con una sensación de horror, Malcolmson reconoció en esa escena la habitación donde se hallaba ahora, y miró despavorido a su alrededor, como esperando hallar alguna extraña presencia a su espalda. Luego volvió a dirigir su mirada al rincón que formaba la chimenea lanzando un grito desgarrado, dejó caer la lámpara que llevaba en la mano.

Allí, en la silla del juez, con la cuerda colgando tras ella, se había instalado aquella enorme rata que tenía la misma fúnebre mirada que éste, ahora diabólicamente intensa. Excepto el ulular de la tormenta, todo mantenía un completo silencio.

La lámpara caída hizo que Malcolmson volviera a la realidad. Por fortuna, era de metal y el aceite no se derramó. Sin embargo, la necesidad de recogerla de inmediato serenó sus aprensiones nerviosas. Cuando hubo apagado la lámpara se secó el sudor y meditó un momento.

-Esto no puede ser -se dijo en voz alta-. Si sigo así voy a volverme loco. ¡Basta ya! Prometí al doctor que no tomaría té. ¡Por Dios que tenía razón! Mis nervios han debido llegar a un estado terrible. Es curioso que yo no lo note. Nunca en mi vida me he encontrado mejor. Pero ahora todo vuelve a ir bien, no volveré a comportarme como un necio.

Se preparó un buen vaso de brandy y se sentó resueltamente para proseguir su estudio.

Llevaba así cerca de una hora cuando levantó la vista del libro, atraído por el súbito silencio. Sin embargo, el viento ululaba y rugía más fuerte que nunca, y la lluvia golpeaba en ráfagas los cristales de las ventanas como si fuera granizo; en el interior de la casa, sin embargo, no se oía nada, excepto el eco del viento bramando por la gran chimenea como un arrullo de la tormenta. El fuego casi se había apagado; ardía ya sin llama, arrojando sólo un resplandor rojizo. Malcolmson escuchó con atención, y entonces oyó un tenue y chirriante ruido, casi inaudible. Provenía del rincón de la estancia donde colgaba la cuerda, y el estudiante pensó que debía de producirlo el roce de la cuerda contra el suelo cuando el balanceo de la campana la hacía subir y bajar. Sin embargo, al mirar hacia allí, observó sorprendido que la rata, agarrada a la cuerda, la estaba royendo. La cuerda estaba ya casi roída por entero; se podía ver un color más claro en el punto donde las hebras internas habían quedado al descubierto. Mientras observaba, la tarea quedó completada y la cuerda cayó con un chasquido sobre el piso de roble, al tiempo que, por un instante, la gran rata permanecía colgada, como una monsruosa borla o campanilla, del cabo superior, que empezó a balancearse a uno y otro lado. Malcolmson sintió por un momento otra oleada brusca de terror al darse cuenta de que la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior y pedir auxilio había quedado cortada, pero este sentimiento fue reemplazado en seguida por una intensa cólera y, agarrando el libro que estaba leyendo, lo arrojó contra la rata. El tiro iba bien dirigido, pero antes de que el proyectil pudiera alcanzarla, la rata se dejó caer y aten-izó en el suelo con un blando ruido. MalcoImson se abalanzó al instante sobre ella, pero el animal salió disparado y desapareció en las sombras de la estancia. Malcolmson comprendió que el estudio había terminado, al menos por aquella noche, y decidió alterar la monotonía de su vida con una cacería de ratas. Retiró la pantalla de la lámpara para conseguir un mayor radio de acción de la luz. Al hacerlo, se disiparon las tinieblas de la parte superior de la estancia, y ante aquella invasión de luz, cegadora en comparación con la oscuridad anterior, los cuadros de la pared destacaron limpiamente. Desde donde estaba MalcoImson pudo ver, justo frente a él, el tercero a la derecha de la chimenea. Se frotó con sorpresa los ojos, y luego un gran miedo empezó a invadirle.

En el centro del cuadro había un espacio vacío, grande e irregular, en el que se veía el lienzo pardo tan limpio como cuando fue colocado en el bastidor. El fondo del cuadro estaba como antes, con la silla, el rincón de la chimenea y la cuerda, pero la figura del juez había desaparecido.

Malcolmson estremecido de terror, fue girando lentamente, y entonces empezó a estremecerse y a temblar como afectado por un ataque de parálisis. Sus fuerzas parecían haberle abandonado, dejándole incapaz de hacer el menor movimiento, incluso casi incapaz de pensar. Sólo podía ver y oír.

Allí, en la gran silla de roble de alto respaldo, estaba sentado el juez, con su atuendo de púrpura y armiño, los fúnebres ojos brillando vengativos, una sonrisa de triunfo en la boca, firme y cruel, mientras sostenía en sus manos un negro birrete. Malcolmson notó que la .sangre huía de su corazón, como lo que se siente en los momentos de prolongada ansiedad. Le silbaban los oídos. Sin embargo, podía oír el bramar y el aullar de la tempestad y, atravesándola, deslizándose sobre ella, le llegaron las campanadas de medianoche, en grandes repiques, desde la plaza del mercado. Durante un tiempo que se le antojó interminable permaneció inmóvil como una estatua, casi sin respiración, con los ojos desorbitados, heridos de horror. A medida que iba sonando el reloj se intensificaba la sonrisa de triunfo en la cara del juez, y cuando hubo sonado la última campanada de medianoche se colocó el negro birrete en la cabeza.

Lenta, deliberadamente, el juez se levantó de su asiento y tomó el trozo de cuerda que yacía en el suelo, lo palpó con sus manos como si su contacto le produjese placer, y luego empezó a anudar uno de sus extremos. Apretó y comprobó el nudo con el pie, tirando fuertemente de él hasta quedar satisfecho, y entonces lo transformó en un nudo corredizo, que alzó en su mano. Después empezó a moverse a lo largo de la mesa, por el lado opuesto a donde se encontraba Malcolmson, con la mirada fija en él, hasta que le rebasó; entonces, con un rápido movimiento, se colocó ante la puerta. Malcolmson empezó a darse cuenta en ese momento de que había caído en una trampa, e intentó pensar qué debía hacer. Había cierta fascinación en los ojos del juez que no se apartaban de él, y cuya mirada Malcolmson se veía forzado a sostener. Vio que el juez se le aproximaba (sin dejar de mantenerse entre la puerta y el joven), levantaba el lazo y lo arrojaba en su dirección, como para capturarle. Con un gran esfuerzo hizo un rápido movimiento lateral y vio cómo la cuerda caía a su lado y la oyó golpear contra el suelo de roble. De nuevo levantó el nudo el juez y trató de cazarle, sin apartar sus fúnebres ojos de él, y el estudiante consiguió evitarlo haciendo un poderoso esfuerzo. Esto se repitió muchas veces, sin que el juez pareciera desanimarse por sus fracasos, sino más bien gozar con ellos, como un gato con un ratón. Por fin, en la cumbre de su desesperación, MalcoImson arrojó una rápida mirada a su alrededor. La lámpara parecía reavivada y una brillante luz inundaba la estancia. En las numerosas madrigueras y en las grietas y agujeros del zócalo vio los ojos de las ratas; y esta visión, puramente física, le proporcionó un destello de bienestar. Miró y pudo darse cuenta de que la cuerda de la gran campana de alarma estaba plagada de ratas. Cada centímetro estaba cubierto de ellas, cada vez salían más a través del pequeño agujero circular del techo de donde emergían, de tal modo que, bajo su peso, la campana empezaba a oscilar.

Osciló hasta que el badajo llegó a tocarla. El sonido fue muy tenue, pero apenas había comenzado su vaivén, y poco a poco iría aumentando la potencia del tañido.

Al oírlo, el juez, que había mantenido los ojos fijos en Malcolmson, los levantó, y un gesto de diabólica ira contrajo su rostro. Sus ojos relucieron como carbones encendidos y golpeó el suelo con el pie, haciendo un ruido que pareció estremecer toda la casa. El pavoroso estruendo de un trueno estalló sobre sus cabezas al mismo tiempo que el juez volvía a levantar el lazo y las ratas seguían subiendo y bajando por su cuerda, como si luchasen contra el tiempo. Pero esta vez, en lugar de arrojarlo, se fue acercando a su víctima, y fue abriendo el lazo a medida que se aproximaba. Al llegar frente al estudiante pareció irradiar algo paralizante con su sola presencia, y Malcolmson, permaneció rígido como un cadáver. Sintió sobre su garganta los helados dedos del juez mientras éste le ajustaba el lazo. El nudo se apretó. Entonces el juez, tomando en sus brazos el rígido cuerpo del muchacho, lo levantó, colocándolo en pie sobre la silla de roble y, subido junto a él, alzó su mano y cogió el extremo de la oscilante cuerda de la campana de alarma. Al alzar la mano, las ratas huyeron, chillando, por el agujero del techo. Tomando el extremo del lazo que rodeaba el cuello de Malcolmson, lo ató a la cuerda que colgaba de la campana y entonces, descendiendo de nuevo al suelo, quitó la silla.

Al comenzar a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez se congregó de inmediato un gran gentío. Aparecieron luces y antorchas y, silenciosamente, la multitud se encaminó presurosa hacia allí. Golpearon fuertemente la puerta, pero nadie respondió. Entonces la echaron abajo y penetraron en el gran comedor; el doctor iba a la cabeza de todos.

El cuerpo del estudiante se balanceaba del extremo de la cuerda de la gran campana de alarma; en el cuadro, el rostro del juez mostraba una sonrisa maligna.

sábado, 16 de mayo de 2009

666 --- ¿CANTARÁ EL POLVO TUS ALABANZAS? --- 666

666 --- ¿CANTARÁ EL POLVO TUS ALABANZAS? --- 666
¿CANTARÁ EL POLVO TUS ALABANZAS?
Damon Knight



Y el Día de la Cólera llegó. El cielo resonó con trompetas, angustiantes, ominosas. Por todas partes las secas rocas se alzaron, gimiendo, y cayeron desmoronadas. Luego en cielo se hendió, y en resplandor apareció un trono de fuego blanco, en un arco iris que ardía verde.
Los relámpagos zigzagueaban desde todos los horizontes. Alrededor del trono flotaban siete majestuosas figuras vestidas de blanco, con cintas doradas cruzando sus pechos; y cada una llevaba en su gigantesca mano una redoma que humeaba hacia el cielo.
Desde el resplandor del trono llegó una voz:
- Seguid vuestros caminos, y verted vuestras redomas de la cólera de Dios sobre la tierra.
Y el primer ángel descendió, y vació su redoma en un torrente de oscuridad que humeó por encima de toda la tierra desierta. Y se hizo el silencio.
Luego el segundo ángel voló bajando a la tierra, y planeó de un lado a otro, sin vaciar su redoma: y finalmente regresó junto al trono, diciendo:
- Señor, debo vaciar la mía en el mar. ¿Pero dónde está el mar?
Y de nuevo se hizo el silencio. Porque las resecas y polvorientas rocas de la tierra se extendían ilimitadamente bajo el cielo; y allá donde habían estado los océanos había tan sólo cavernas abiertas en las rocas, tan resecas y vacías como el resto.
El tercer ángel exclamó:
- Señor, la mía es para los ríos y fuentes de agua.
Y luego el cuarto ángel dijo:
- Señor, déjame vaciar la mía.
Y vertió el contenido de su redoma hacia el sol; y en un instante ardió con una terrible radiación: y planeó de un lado para otro dejando caer su luz sobre la tierra. Tras un cierto tiempo vaciló y regresó junto al trono. Y de nuevo se hizo el silencio.
Entonces del trono brotó una voz diciendo:
- Ya basta.
Bajo el amplio domo de los cielos, no volaba ningún pájaro. Ninguna criatura reptaba o se arrastraba sobre la superficie de la tierra; no había ningún árbol, ninguna brizna de hierba.
La voz dijo:
- Este es el día señalado. Descendamos.
Entonces Dios anduvo sobre la tierra, como en los viejos tiempos. Su forma era como una moviente columna de humo. Y tras Él avanzaban los siete ángeles con sus redomas, murmurando. Estaban solos bajo el ciclo gris amarillento.
- Aquellos que están muertos han escapado de nuestra cólera - - dijo el Señor Dios Jehová -. Pero no escaparán al juicio.
El reseco valle en el que se encontraban era el Jardín del Edén, donde el primer hombre y la primera mujer habían recibido un fruto que no debían comer. Al este se hallaba el paso por el que la pareja condenada había sido arrojada al desierto. A una poca distancia hacia el oeste se divisaban las dentadas formas del monte Ararat, donde se había posado el Arca tras el Diluvio purificador.
Y Dios dijo con una gran voz:
- Abramos el libro de la vida; y que los muertos surjan de sus tumbas, y de las profundidades del mar,
Su voz resonó bajo el tenebroso cielo. Y de nuevo las resecas rocas se alzaron y cayeron; pero los muertos no aparecieron. Sólo el polvo se retorció, como si sólo eso quedara de los miles de millones de habitantes de la tierra, vivos y muertos.
El primer ángel sujetaba en los brazos un gran libro abierto. Cuando el silencio se hubo establecido durante un cierto tiempo, cerró el libro, y en su rostro hubo miedo; y el libro se desvaneció de entre sus manos.
Los otros ángeles murmuraban entre sí y suspiraban. Uno dijo:
- Señor, terrible es el sonido del silencio, cuando nuestros oídos deberían estar llenos de lamentaciones.
Y Dios dijo:
- Este es el día señalado. Sin embargo, un día en el cielo son mil años en la tierra. Gabriel, dime, según como cuentan los hombres el tiempo, ¿Cuántos días han transcurrido desde el Día?
El primer ángel abrió un libro y dijo:
- Señor, tal como los hombres cuentan el tiempo, ha pasado un día desde el Día.
Y volviéndose a ellos, Dios dijo:
- Sólo un día: un instante. Y sin embargo no se alzan.
El quinto ángel se humedeció los labios y dijo:
- Señor, ¿No eres Tu acaso Dios? ¿Qué secretos pueden haber para el Hacedor de todas las cosas?
- Paz – Dijo Jehová, y los truenos resonaron hacia el sombrío horizonte -. A su debido tiempo, haré que estas piedras se levanten y hablen. Seguidme, vamos un poco más lejos.
Vagaron por las resecas montañas y por entre los vacíos cañones del mar. Y Dios dijo:
- Miguel, tú estabas encargado de velar sobre esa gente. ¿Cómo fueron sus últimos días?
Hicieron una pausa cerca del fisurado del Vesubio, que en una época de distracción celeste había entrado en erupción dos veces, enterrando vivas a miles de personas.
El segundo ángel respondió:
- Señor, cuando los vi por última vez, estaban preparando una gran guerra.
- Sus iniquidades rebasan todo entendimiento – dijo Jehová -. ¿Cuáles eran las naciones que estaban preparando la guerra?
El segundo ángel respondió:
- Señor, eran llamadas Inglaterra y Rusia y China y América.
- Vayamos entonces a Inglaterra.
Al otro lado del reseco valle que había sido el Canal, la isla era una meseta de piedras, en ruinas y desolada. Por todas partes las rocas estaban cuarteadas y sin vigor. Y Dios se encolerizó más, y gritó fuerte:
- ¡Que las piedras hablen!
Entonces las grises rocas se desmoronaron en polvo, descubriendo cavernas y túneles, como las cámaras de un hormiguero vacío. Y en algunos lugares resplandeció el brillante metal, dispuesto en capas graciosas pero sin ningún diseño, como si el metal se hubiera fundido y hubiera corrido como agua.
Los ángeles murmuraron; pero Dios dijo:
- Esperad. Esto no es todo.
Y ordenó de nuevo:
- ¡Hablad!
Y las piedras se alzaron una vez más, para dejar al descubierto una cámara mucho más profunda. Y en silencio, Dios y los ángeles se inmovilizaron en un círculo en torno al pozo, y se inclinaron hacia delante para ver las formas que se movían allí.
En la pared de aquella profunda cámara, alguien había grabado una hilera de letras. Y cuando la máquina de aquella cámara había sido destruida, el metal incandescente había brotado y había llenado las letras en la pared, de tal modo que ahora brillaban como plata en la oscuridad.
Y Dios leyó las palabras.

NOSOTROS ESTÁBAMOS AQUÍ...
¿DÓNDE ESTABAS TÚ?


FIN

lunes, 20 de abril de 2009

VIAJE AL FONDO DE LA MENTE

VIAJE AL FONDO DE LA MENTE



Este mes hemos tenido acceso a los archivos del FORGOTTEN MEMORIAL, una institución mental norteamericana donde se encuentra recluido ROGER SAMMS tras haber hecho explotar por los aires un edificio de apartamentos y relatar a la policía que lo hizo siendo una cucaracha. El Doctor GLENN NICKS, psiquiatra de ROGER, nos ha proporcionado unas cintas con una de las sesiones que mantuvo con Samms antes de decidir recluirle de por vida.
ROGER SAMMS volvió a despertarse sudoroso y jadeante. Aquellas malditas pesadillas no cesaban de acosarle. Miró el reloj para darse cuenta un día más que ya era casi media mañana. Debía darse prisa si quería llegar a su cita de las 12,30. Se aseó un poco y cambió el pijama por unos pantalones de pana azul y un jersey gris. Abrió la puerta de su habitación y saludó a PETE, como todos los días. PETE era un buen hombre, aunque a ROGER no le caía muy bien porque le ataba cuando se ponía nervioso.
- ¿Tienes prisa, ROGER? -inquirió el corpulento hombretón con una estúpida sonrisa en su rostro.
- Tengo que darme prisa si quiero llegar a mi cita de las 12,30 -respondió el hombrecillo.
- Pareces algo nervioso
- N-no, de veras. Es sólo que me he quedado dormido y casi no llego a mi cita de las 12,30.
- Bien.
Roger aceleró el paso y recorrió el largo pasillo que le separaba de las escaleras que descendían hasta la planta baja, donde se encontraba la consulta de su psiquiatra. Por el camino, saludó con un gesto a varias enfermeras sin detenerse nunca para hablar con ellas. Miró el reloj de nuevo: las 12,29. A la carrera, llegó ante la puerta del despacho del Dr. NICKS y entró sin llamar.
NICKS: Buenos días ROGER -dijo NICKS sin levantar la vista de sus papeles.
ROGER: Hola doctor. Casi no llego a tiempo esta mañana -explicó ROGER tomando asiento.

N: No te preocupes por retrasarte si algún día tienes algo que hacer. Ya sabes que yo estoy aquí siempre.

R: Claro doctor, pero una cita es una cita, y es de mala educación llegar tarde a una cita.

N: Muy bien. ¿Has vuelto a tener pesadillas? -preguntó el médico aún sin abandonar el papeleo.

R: Sí, y esta vez ha sido desde el principio hasta el final. Casi no consigo salir del edificio.

N: ¿Alguna variación? Cuéntame cómo ha sido esta vez. Túmbate en el sofá y cierra los ojos. Relájate.
El paciente obedeció al médico y se recostó, algo nervioso por el retraso de 2 segundos que había sufrido su rutina diaria. Aquella fracción de tiempo aparentemente insignificante, había significado para él la diferencia entre la vida y la muerte.

R: Estoy en mi habitación, con el medallón de mi madre en las manos. Siento un cosquilleo en los dedos y un latigazo salvaje me recorre toda la espina dorsal. De pronto, me doy cuenta de que yo ya no soy yo. Estoy en una tubería, y mi percepción del mundo es diferente. Mi mente flota sobre mí, me acompaña como un ente ajeno a mí que me ayuda y me observa al mismo tiempo, con asco y curiosidad. Abandono la tubería y me encuentro en el suelo de mi habitación, y subo por la pata de la estufa. Dentro de ella encuentro a unas criaturas, los seres más perfectos de la creación. No han evolucionado apenas nada en los últimos 400 millones de años, y son capaces de adaptarse a cualquier medio ambiente. Hace mucho tiempo, fueron los seres que dominaron el mundo. A su modo, se comunican conmigo y me explican algo que no entiendo muy bien sobre un terrible monstruo que lo absorbe todo a través de su larga trompa. Entonces me doy cuenta de que he dejado de ser humano, de que he abandonado mi envoltura carnal para transformarme en lo que realmente siempre he sido: un ser odiado y repudiado, pisoteado y despreciado por la especie dominante en el planeta. En el fondo me alegro, ya que mis semejantes no engañan ni asesinan. Son francos y sinceros, y jamás traicionan a uno de su especie.

N: ¿Eres una cucaracha y te gusta serlo?

R: Sí. Los seres humanos me han maltratado siempre, y las cucarachas son mis amigas.

N: ¿Y cómo has podido convertirte en semejante criatura?

R: N-n-no lo sé, pero no importa. Ahora soy libre. Salgo de la estufa y alcanzo un cementerio, aunque en realidad parece un campo de exterminio. Mis congéneres yacen por todas partes, envenenados por el hombre. Tratando de no detenerme ante toda aquella obscenidad, prosigo mi camino.

N: ¿Hacia dónde te diriges?

R: Voy en busca del monstruo que todo lo absorbe para acabar con él. Es la misión que me han pedido que lleve a cabo.

N: ¿Por qué tú?

R: Porque está claro que soy superior a mis amigas en un aspecto fundamental, y es que conservo mi inteligencia humana, que combinada con mis instintos de cucaracha y mi fuerza y resistencia físicas, me convierten en un ser único y especial, posiblemente uno de los más perfectos de la creación. Llego junto a una rata atrapada, y mi instinto me dice que no me acerque demasiado a su boca porque aún está viva. Obedezco y paso por encima de ella para encontrarme con un depredador de mi especie: una araña. Por suerte para mí, mi forma humana había dejado caer un cigarrillo encendido justo ante su tela, así que no tengo más que empujar con mi fuerza superior para colocar la colilla de forma que las ascuas apunten hacia el arácnido. El ansioso octópodo salta hacia mí y encuentra un horrible e incandescente final. Esto demuestra mi superioridad y el porqué de la elección de mis congéneres.

N: ¿No crees que en cierta manera, tú también eres un monstruo para las otras cucarachas?

R: En absoluto. Yo soy su líder, el elegido que llevaban esperando tanto tiempo.

N: ¿Un Mesías?

R: Algo así. Con mi conocimiento del mundo de los seres humanos puedo hacer que el universo de las cucarachas sea más confortable y menos peligroso. Y además evito caer en las trampas enseñando así a mis semejantes la forma de no perecer en una simple caja llena de veneno. Para poder cruzar al otro lado de la habitación y subir por la pata de la mesa, tengo que atravesar una caja infestada de cadáveres blanquecinos por el veneno. Me veo obligado a utilizar una larva como puente para pasar la última barrera de mata-cucarachas. Al fin me acerco a mi objetivo. Cuando llego al tablero de la mesa, me dirijo hacia la izquierda hasta encontrar el enchufe y provoco un cortocircuito en el cable que despierta al monstruo. Para acabar con él tengo que encontrar un cable pelado, sigo el cable hacia abajo y después a la izquierda, bajo por la pata de la mesa y cruzo el travesaño hasta la lata de pintura. Me agarro a la parte izquierda del cable como buenamente puedo y mi peso hace que baje un poco. Repito la operación y el rugido del monstruo queda silenciado para siempre.

N: Este éxito habrá aumentado considerablemente su autoestima.

R: Realmente no. Lo cierto es que lo único que me preocupa es sobrevivir, y en cierta forma, encontrar a mi madre.

N: ¿Tu madre? No me habías hablado de ella hasta ahora

R: Mi madre se me aparece en numerosas ocasiones, y me da valiosos consejos sobre lo que tengo que hacer. Además, me está ayudando a encontrarme a mí mismo. Cuando consiga purgar todos mis pecados y reparar todas mis faltas, podré encontrarme con mi madre y conocer mi verdadera identidad.

N: ¿Cómo se te aparece tu madre? ¿Ocurre en situaciones concretas?

R: Cada vez que la encuentro va vestida de novia, con un traje blanco precioso. Su voz es cálida y acogedora, llena de cariño y preocupación por mí. Casi siempre la encuentro después de haber hecho algo bueno, como premio a mis logros y progresos hacia la liberación del tormento.

N: Pero antes has dicho que eres totalmente feliz bajo la forma de cucaracha. ¿A qué te refieres con el tormento? ¿De qué tienes que liberarte?

R: Mi mente es consciente del pasado que conoce, y sabe todos los errores graves que he cometido. Y ese peso me martillea incesante flagelando con el recuerdo todas y cada una de mis acciones. Cada vez que hago algo bueno, es como si uno de mis pecados desapareciese y no volviese jamás a castigarme.

N: Entonces te has convertido en cucaracha como penitencia

R: Quizás sigo el cable del monstruo hasta el cubo de basura, y allí me muevo sobre una manguera metálica hasta llegar a una mesa llena de pinturas, y cruzo un charco corriendo sobre una brocha. Junto a las cerdas hay un agujero en la mesa y me cuelo por él para salir por otro agujero al otro extremo de la mesa. Trepo por un palo que hay más abajo hasta la caja de fusibles, y examino los indicadores de la derecha. Marcan 7-2-2-3. Sin querer he pasado sobre un fusible y ha chisporroteado, produciéndose un avance en uno de los contadores. Repito esta acción sobre los tres fusibles hasta obtener la lectura en los fusibles 7-6-5-8. El fusible de la izquierda se funde, inutilizando algún aparato en algún lugar del edificio.

N: ¿Por qué esos números? ¿Forman parte de alguna fecha especial?

R: No lo sé, pero estaban en mi mente cuando llegué a los fusibles. Quizá mi madre.

N: Bien, dejemos el asunto de los números.

R: Bajo de la caja de fusibles por el palo de una fregona y voy hasta la cama del casero, trepando por las patas hasta encontrar una bandeja con comida que utilizo para llegar hasta la radio. Me cuelo por detrás del ingenio y provoco un corto en un cable para ponerla en marcha. El casero se pone a bailar y yo contemplo la escena embobado, incrédulo ante la impresionante demostración de sentimientos por parte de un hombre que ha sido una de mis pesadillas durante años. También me doy cuenta de la profunda pena que embarga a ese hombre por algún suceso pasado que desconozco. Necesito librarme de él para poder moverme sin riesgos, así que subo encima de la radio y golpeo el frasco de somníferos por detrás. Arrastro la pastilla hasta la lata de cerveza y la empujo para que caiga dentro. Bajo al suelo y encuentro una caja de puros cerca de la cama; está llena de monedas. Cruzando la tapa de la caja atravieso un enchufe y aparezco en el baño, dentro del dispensador de toallas. Activo el mecanismo y el papel cae hasta el suelo, permitiéndome bajar por él y moverme libremente por los baldosines. Cerca del lavabo hay una ratonera, y al acercarme a ella presencio como el rey de las ratas devora a uno de mis congéneres. Debo tener cuidado.

N: ¿El rey de las ratas? ¿Por qué un rey? Me parece que estás mitificando sin necesidad a algunas criaturas.

R: Para nada. Es el rey de las ratas, mi madre me lo ha dicho. Subo por la pared utilizando la zona sin pintar que hay junto a la ratonera, y al llegar al lavabo, trepo por el espejo y me cuelo por una rotura del cristal. Dentro del armario, en la parte superior, hay una ranura para tirar las cuchillas usadas. Entro por él y empujo una tuerca para provocar un alud que suena como música celestial para mis oídos. El rey de las ratas ha muerto. ¡Viva el rey! Deshago el camino andado y entro en la ratonera con cuidado de no acercarme a las cuchillas. Mi madre vuelve a ayudarme y abre para mí un pasaje en el muro que me lleva a la cocina a través de las tuberías de la nevera. Bajo hasta el suelo por la puerta del refrigerador y subo a la cocina por el palo de la fregona, recorriendo toda una selva de comida estropeada y criaturas torturadas hasta llegar a los fogones. Paso por entre las dos cacerolas y entro por el agujero del regulador del gas que falta. Cierro la válvula del gas y salgo de allí tan rápido como puedo. De alguna forma, sé que ha comenzado una cuenta atrás.

N: ¿Qué ocurrirá al final de esa cuenta atrás?

R: De alguna forma, tengo la certeza de que me reuniré con mi madre. Bajo por el mueble de la cocina y cruzo hasta el otro lado por el asa hasta encontrar a una pequeña cría que grita desesperada pidiendo ayuda porque no puede escapar de un cruel y accidental encierro. Me acerco y salta sobre mi espalda. Es maravilloso sentir que se ayuda a un semejante sin pedir nada a cambio.

N: ¿Es la primera vez que piensas en alguien que no sea en ti mismo?

R: Sí. Bueno, en realidad no. También pienso a menudo en mi madre.

N: ¿Pero no crees que el pensar en tu madre no es más que un puro acto de egoísmo? Creo que te acuerdas de ella porque la necesitas, y por tanto no piensas en nadie más que en ti.

R: Es posible, pero ahora eso ha cambiado. Con la pequeña cucaracha sobre mis espaldas, subo hasta la pila y trepo por el cuchillo hasta el final, provocando la caída de un cubierto dentro del triturador de basuras, con lo que la peligrosa y afilada hoja detiene su veloz giro. Bajo por la tubería y llego al bar, donde encuentro un bate de béisbol que me permite cruzar a otro mueble. Sigo el rastro de cacahuetes y la providencial ayuda de mi madre me transporta al otro lado de un charco etílico que podría haber significado mi muerte. Encuentro un recetario de bebidas alcohólicas, y empujo el deslizador hasta dar con la combinación necesaria para preparar un Bad Mojo.

N: ¿BAD MOJO? ¿No decías que era una maldición, lo que te había metamorfoseado en cucaracha?

R: Eso no tiene nada que ver. Las palabras no son más que palabras, y su significado es sólo el que nosotros queremos darle. Es uno de los grandes errores de la humanidad. Existen otras formas de comunicación mucho más puras y claras. En mi nuevo estado las he descubierto, y ahora veo que el lenguaje no es sino una perversión que han creado los humanos para poder mentir y engañar a sus semejantes. Memorizo el orden de los ingredientes y vuelvo al bar, subiendo por las botellas para ingerir un poco de cada una de las bebidas: granadina, curaçao, brandy y vodka. Mi madre me alienta cada vez que me acerco más a mi destino, y al probar la última bebida, siento que mi conciencia se desvanece y floto en medio de un vacío cósmico en el que estoy solo, pero limpio y puro. Bad Mojo ha sido mi bautismo, una confesión que ha purificado mi alma de todos sus pecados preparándome para la reunión final con el Hacedor.

N: Si esto fuese así, deberíamos sustituir a los sacerdotes por camareros, y los altares por barras de bar. Me parece que exageras un poco.

R: ¡No, no me comprende! Escuche. Abandono este vacío y aparezco en mi habitación. Subo por la mesa de despacho y provoco un corto en el cable del ventilador para ponerlo en marcha, y todos los papeles de la bandeja vuelan por los aires. Bajo hasta el fax y pulso el botón de copia para bajar por el papel hasta el mando a distancia del televisor. Empujo el cigarrillo para que la señal pueda llegar al aparato y me preparo para volar a lomos de una mariposa. Ya sobre mi mesa de trabajo, voy hacia la parte izquierda, donde tengo un acuario con uno de mis experimentos. Bajo por el cable de alimentación con suma precaución, y mi gato se encarga de provocar un desastre que me permitirá verme a mi mismo tal y como soy. Subo de nuevo a la mesa de trabajo y trepo por la pared hasta el ventilador que hay cerca del techo. Estoy otra vez en el sistema de tuberías del edificio. Entro por la del baño y subo por el urinario hasta el cenicero, y empujo la colilla encendida hasta hacerla caer al suelo. Bajo y acerco la colilla a la toalla de papel. Corro de vuelta a mi despacho por el sistema de tuberías y bajo hasta el medallón de mi madre que yace en el suelo junto a mi forma humana. Nuevamente siento el tirón del vacío, pero esta vez mi madre está allí para guiarme. Tras una emotiva efusión de sentimientos largo tiempo escondidos, me conduce entristecida por perderme de nuevo hasta mi envoltura carnal. Despierto entre convulsiones, cojo el medallón y el maletín del dinero y abandono el edificio. En el exterior encuentro al casero. Aquel hombre fofo y repugnante es mi padre.

N: ¿Cómo te sentiste al darte cuenta de que ese hombre que según tus propias palabras, había sido una de tus pesadillas en los últimos años, era tu padre?

R: Me sentí emocionado y frustrado, asqueado y agradecido, todo al mismo tiempo. En mi interior se produjeron unas emociones de tal calibre, que me quedé sin habla durante unos minutos. Sin duda fue el último obsequio de mi madre, que había estado sufriendo ante el distanciamiento del hombre que la había amado y su hijo.

N: Bien Roger, ya puedes levantarte.

El delgaducho hombre se incorporó y se quedó con la mirada perdida durante unos segundos. Después, consultó su reloj y dijo:
- Debo marcharme, son las 12:59 y tengo una cita las 13:00 con HELEN. Tengo que darme prisa o llegaré tarde.
- ¿Ajedrez? -preguntó el médico.
- No, hoy es martes. Toca damas
- Muy bien ROGER. Mañana a la misma hora.
- Perfecto doctor. Buenos días.
Mientras el hombrecillo abandonaba el despacho del doctor NICKS, el psiquiatra recopilaba todo el historial de su paciente para presentarlo ante la junta del hospital. Salió tranquilamente de su consulta y se dirigió a la cuarta planta, donde estaba emplazada la sala de juntas. Se sentó ante el comité de evaluación y tras los saludos de rigor, comenzó a exponer el caso de ROGER SAMMS ante los sesudos regentes de la institución.
- El señor SAMMS tuvo una infancia muy dura. Tras la muerte de su madre durante el parto, su padre le abandonó en un hospicio de religiosas donde sufrió lo indecible hasta su mayoría de edad. De mente brillante, el señor SAMMS consiguió acceder a la universidad gracias a las becas logradas con sus esfuerzos, y llegó a convertirse en un reputado entomólogo con un obsesivo interés por las cucarachas. Aunque aún no he lo grado averiguar el porqué de esta fijación, está muy claro que considera que este insecto es el ser más perfecto de la creación, si bien interiormente lo ve como una criatura tremendamente inferior y deleznable. Por esta íntima repugnancia, que al mismo tiempo produce en él una irresistible atracción hacia las cucarachas, está convencido de haberse transformado en una de ellas. Se trata por tanto de una degeneración fantasiosa de la metamorfosis de KAFKA complicada por la fijación de SAMMS por su madre y el desconocimiento total y absoluto de su pasado y sus orígenes. Al igual que GREGORIO SAMSA, ROGER SAMMS se transforma en cucaracha, pero en lugar de sufrir de forma continua, se erige en Mesías y salvador de su especie al mismo tiempo que purga sus inexistentes pecados. En el fondo cree que la muerte de su madre fue culpa suya, un tema ya clásico de la psicología moderna. Con las constantes apariciones de su madre y su casi divinidad para poder ayudar a su hijo en la forma en que SAMMS lo ve, demuestra que sus sentimientos hacia ella son terriblemente contradictorios, ya que a pesar de considerarse culpable de su muerte, la culpa a ella por haberle abandonado. Cuando después de todo su delirio, ROGER SAMMS descubre que por puro azar, el casero de su apartamento resulta ser su padre, sus esquemas se rompen por completo y aunque su torpeza incendiaria le salva la vida al activarse la alarma de humos, intenta hacer explotar el único mundo que él conoce bien desde hace años: el edificio de apartamentos donde vive y recoge las muestras de sus experimentos. No tiene tendencias suicidas, y por tanto el final de su fantasía diverge del de la obra de KAFKA, si bien su madre le aplasta al final con el poderoso mazazo de la identidad de su padre. Creo que el señor SAMMS debe permanecer aquí de por vida, ya que insiste en no abandonar su mundo de cucarachas e insectos y difícilmente podrá hacerlo debido al impacto psicológico que le ha producido el conocer su origen. Sólo me resta decirles que he bautizado esta obsesión con el nombre de Bad Mojo, debido a las repetidas alusiones de SAMMS a este término.







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