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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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viernes, 24 de octubre de 2008

" EL" -- "ELLA" -- MIEDO

" EL" -- "ELLA" -- MIEDO
“El”
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Tengo miedo, mucho miedo, no se como puedo estar despierto ahora. Dios mío!!! ayúdame
por favor, ya no quiero verlo mas, ya no quiero escuchar ese ruido, por favor te pido, no
quiero morir , no Dios , te ruego, por favor ...
...Silencio.
Imagen oscura asoma en la puerta.
Una sombra .
Una figura humana.
Oscura.
Sin rostro.
Sin ropa.
No esta desnuda.
Me ve desde la puerta.
Me observa.
Dios mío, por favor , no quiero verlo!.
Se acerca.
Se arrodilla junto a mi.
Que es ese ruido!?.
Sonido ensordecedor.
Agudo, muy agudo...
...Haaaaa! No lo soporto mas!, quiero moverme, mover mis pies! Mis manos! No puedo!
Estoy soñando. Dios mío esto es un sueño!. Esto es un sueño. Esto es un sueño. No es real
Dios mío. Por favor despierta. Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Despiertaaa
Tiiiiiiiiiiiiiiiii. Despierta por favoooor!!!.tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii...
...Silencio.
La figura desaparece.
Silencio.
Abro mis ojos.
Despierto. Muevo mis pies, mis manos.
Transpiro.
Transpiro.
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“Ella”
_
Habitación oscura
Luz en la puerta.
Pasos.
Pasos en las escaleras.
Ella sube.
No puedo mover mis manos. Mis piernas tampoco.
Desespero.
Esto no es real. Dios este dolor . ayúdame!!! Estoy muriendo ¡? Que esto Dios mío!!
Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinooooo! Por favor Dios ayudameeee.Iiiiiiiiiiiiiiiii. No otra vez por favor ,
que es esto!?
Alguien en la puerta
Mi hija.
Se asoma.
Se acerca.
Se acerca despacio.
No puedo moverme.
Desespero.
No es ella
No es mi hija!
Que es Dios!? Nooooooooo tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii despieeertaaaa por favor Diooooooosssssss
miiiiiioooooiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
No es ella.
Es el!!!
Silencio.
Despierto.
No hay nadie en la habitación.
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“Ellos”
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Silencio en la casa.
Intento de dormir .
Un ruido.
Un mueble cruje?.No. Es un ruido en el piso.
Se erizan mis pelos.
Me duele la espalda. Tengo miedo que haya alguien.
La habitación se oscurece.
No hay luz.
Ya no hay luz en ningún lado. Algo esta mal.
Tiiiiiiiiiiiiiiiii . No por favor ese sonido!. Otra vez no!
Silencio.
Una gotera del baño.
Oscuridad absoluta.
Silencio profundo.
No por favor ! que es lo que estoy viendo! No puede ser! Que es eso!? Que diablos es eso ¡
no por favor ¡ no te acerques! Dios mío! Esto no puede ser cierto, Dios ayúdame, Dios ,
Dios , por favor ¡! Piedad, piedad, piedad, no quiero morir, no quiero morir!!!
Tocan mis pies
Noooooooooo! Por favor Dioooooos!!!!!!Haaaaa! esto no es real , esto no es real.
Figuras asoman en mi cama.
Caras.
Demonios
Caras sin forma.
Ayúdame Diooos por favor ! que quieren de miii!?
Ellos están por todos lados.
Están detrás mío también.
No puedo moverme.
Una figura distinta se acerca.
Una cara se acerca.
Que es eso ¡? Se acerca, se acerca mas Dios mío! Nooooooo
Se mete en mi cuerpo.
Se mete en mi mente.
Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
Silencio.
Despierto agitado.
Transpiro
Tengo miedo
Estoy despierto pero tengo miedo.
Luz de velador.
Tranquilidad.

NEPHILIM -- HIBRIDOS, ENTRE ANGELES Y HUMANOS

NEPHILIM -- HIBRIDOS, ENTRE ANGELES Y HUMANOS
Nota:Angeles,o demonios,androginos?, o carentes de sexo; segun la tradicion. los angeles carecen de sexo...
En los albores del tiempo hubo un puñado de ángeles renegados que al convivir en la
Tierra junto a los hombres empezaron a tomar como propias las costumbres y deseos de
éstos. Estos seres empíreos otrora concebidos como criaturas andróginas, tomaron
esposas para paliar esa pasión y, fruto de esa unión, fueron concebidos los llamados
nephilim: híbridos entre humanos y ángeles.

Si uno sabe donde buscar, las referencias a ellos en el Pentateuco del Antiguo
Testamento son numerosas, tanto en el Levítico, Números o en el Deuteronomio. Desde
Hércules hasta Sansón muchos son los ejemplos mitológicos de estos engendros, seres
con poderes sobrenaturales sin llegar a ser divinos, ya que también lastraban las
miserias propias de los simples mortales. Se les llamaron de muchas maneras: héroes,
titanes, semidioses, gigantes... Pero el término más común y, a la vez, el menos
relacionado con ellos, es el de vampiros.

Los nephilim o nosferatu, no envejecen según los cánones del ser humano, ya que por
sus venas corre sangre divina. Les repugna el banquete más apetecible para nosotros, ya
que en sus orígenes degustaban los más suculentos manjares del Edén. Ver cualquier
símbolo relacionado con su pasado celestial les produce una insoportable agonía, ya que
les recuerda que jamás volverán a ver el Paraíso. Al no poder nutrirse ni reproducirse
como nosotros, lo hacen por el llamado ritual de la sangre.

El elixir de la vida es lo único que toleran sus mestizos e inhumanos estómagos. No son
criaturas malvadas por naturaleza, pero el éxtasis que les produce la ingesta del flujo
humano a veces les impide parar de alimentarse a tiempo para no quitar la vida a su
presa.

En el mejor de los casos, la víctima con una pesada jaqueca, recuerda el ataque como
un simple sueño que se disipa gota a gota en el estanque de la memoria. Otras veces, el
nosferatu, no es capaz de cesar de cebarse a tiempo y la desventurada víctima perece en
un dulce sueño. Sólo en contadas ocasiones, cuando el nephilim es lo bastante poderoso
como para dominar ese orgasmo guloso y, el ser humano es lo bastante fuerte de cuerpo
y de mente como para sobrevivir, se crea un nuevo ser. Un vástago de no muerto. Un
nuevo maldito. Yo estuve en contacto continuo con una de estas criaturas durante tres
largos años.

El pánico que precedía todo enfrentamiento en el frente siempre lo combatíamos con
bromas, tabaco y coñac. Si había algo en abundancia en esa terrible guerra era tabaco y
coñac. ¿Cuántos soldados enemigos y, en ocasiones de mi propio bando, habré
masacrado sin piedad con mi gatillo borracho?

En la naturaleza, según un filósofo francés toda causa produce un efecto, por lo tanto, la
ingesta desmesurada de líquidos produce el irremisible deseo de mear. No es que me
importara hacerlo dentro de la trinchera, pero el triste valor pasajero que produce el
orujo hizo que un infausto ocaso decidiera acercarme a un bosquecillo cercano para que
me diera un poco el aire.

Dicen que Las Alpujarras es un paraje mágico donde las brujas parían niños
engendrados por el mismo Satanás. Yo creo que es el Infierno.

En el estado lamentable en el que me encontraba debí tropezar y golpearme con una
piedra en al cabeza porque la siguiente escena que recuerdo es mi despertar en la
caverna que me sirvió de hogar hasta más tarde de que acabara la guerra.

No es que desertara, ni que decidiera no tener más contacto con la humanidad, sino que
fui almacenado como perenne fuente de alimentación de un vampiro.

Sólo en profundas pesadillas recuerdo su semblante, supongo que mi subconsciente, en
un intento desesperado de no perder el juicio, ha enterrado su efigie en lo más profundo
de mi ser.

Fueron años de duermevela. Sólo había tres momentos de consciencia para mí, que eran
como mi desayuno, comida y cena.

Por la mañana, mi captor se ocupaba de mi sustento, ya fuera con bayas o frutas
silvestres o con carne cruda de alimañas de la sierra. Por la tarde se alimentaba de mí.

Esto me dejaba en un estado casi de coma del que despertaba siempre a medianoche tan
agotado que lo único que podía hacer era contemplar ensimismado la oscura belleza de
mi carcelero.

En contra de la creencia popular, los vampiros duermen, o al menos, éste lo hacía por
las noches. Reposaba con los ojos abiertos y hablaba bajito, en susurros, de una forma
tan inaudible que, al principio, no me daba cuenta de que estaba hablando.

Todas las noches roncaba lo mismo. Unas palabras sin mucho sentido que se quedaron
marcadas a hierro candente en mi memoria. Fue la única voz que oí durante años hasta
que una mañana mi particular celador no volvió más a la celda.

“Allí estábamos mi amigo y yo encogidos detrás de las cortinas temblando de miedo.
Esperábamos que el monstruo no se diera cuenta de nuestra presencia, se cansara y se
fuera. Estábamos seguros de que pasaría de largo e incluso mi compañero me sonrío con
confianza guiñándome el ojo. Entonces vi sus ojos rojos, sentí un agudo dolor en el
cuello y un frío intenso en el corazón. Desperté con otros ojos, otras manos, otras uñas,
otro pelo, otros dientes... Las cortinas estaban descorridas y mi alma ya no existía. Mi
amigo yacía a mi lado en un charco de sangre con la yugular desgarrada y los ojos
abiertos. Su cara desencajada en una eterna agonía mostraba el terror absoluto. Y me dio
la risa... Me hacía gracia mirarle... Tenía sed y bebí su sangre muerta mientras coágulos
de la misma llovían de mis lagrimales. Lloraba, reía e hipaba en un doloroso frenesí. Mi
vida había cambiado”

Como podéis haber supuesto, ya que el vampiro estuvo libando de mí durante tanto
tiempo y al gozar de una inmejorable salud, debería estar infectado y haberme
convertido en un no muerto. Sólo han pasado cuatro años de aquello y todavía no he
apreciado si estoy envejeciendo de manera normal. De lo que estoy seguro es que
disfruto visitando la catedral de Santiago o paladeando un buen Rioja, y que no he
probado la sangre más que con la morcilla de Burgos.

Pero, ¿quién sabe a ciencia cierta como funciona este proceso de transformación?
¿Cómo estar seguro de que un día no aflore en mí una insaciable sed al contemplar
como mi hija se ha desgarrado la rodilla?

martes, 21 de octubre de 2008

EL BARRIL DE AMONTILLADO – Edgar Allan Poe (1809 –1849)

Edgar Allan Poe


El Barril De Amontillado
EL BARRIL DE AMONTILLADO – Edgar Allan Poe (1809 –1849)

Título en Inglés: THE CASK OF AMONTILLADO


EL BARRIL DE AMONTILLADO
Edgar Allan Poe



Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
—Querido Fortunato —le dije en tono jovial—, este es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
—¿Cómo? —dijo él—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
—Por eso mismo le digo que tengo mis dudas —contesté—, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y he de pagarlo.
—¡Amontillado!
—Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...
—Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
—Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
—Vamos, vamos allá.
—¿Adónde?
—A sus bodegas.
—No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...
—No tengo ningún compromiso. Vamos.
—No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
—A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire,
[1] me dejé conducir por él hasta mi palazzo.
Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
—¿Y el barril? —preguntó.
—Está más allá —le contesté—. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
—¿Salitre? —me preguntó, por fin.
—Salitre —le contesté—. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
—¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
—No es nada —dijo por último.
—Venga —le dije enérgicamente—. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
—Basta —me dijo—. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
—Verdad, verdad —le contesté—. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
—Beba —le dije, ofreciéndole el vino.
Se llevó la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
—Bebo —dijo— a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
—Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
—Esas cuevas —me dijo— son muy vastas.
—Los Montresors —le contesté— era una grande y numerosa familia.
—He olvidado cuáles eran sus armas.
—Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
—¿Y cual es la divisa?
—Nemo me impune lacessit
[2]
—¡Muy bien! —dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
—El salitre —le dije—. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
—No es nada —dijo—. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. Él repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprende usted? —preguntó.
—No —le contesté.
—Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
—¿Cómo?
—¿No pertenece usted a la masonería?
—Sí, sí —dije—; sí, sí.
—¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
—Un masón —repliqué.
—A ver, un signo —dijo.
—Este —le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
—Usted bromea —dijo, retrocediendo unos pasos—. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
—Bien —dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Se apoyó pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas.
En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo.
Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
—Adelántese —le dije—. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
—Pase usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
—Cierto —repliqué—, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho.
Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte.
El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
—¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je! a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
—El amontillado —dije.
—¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
—Sí —dije—; vámonos ya.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
—¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
—¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

F I N
[1] Capa o capote
[2] Nadie me ofende impunemente

algo para leer