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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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martes, 25 de junio de 2013

EL ÍDOLO OSCURO - Clark Ashton Smith

EL ÍDOLO OSCURO
Clark Ashton Smith


El sol no brillaba ya con su blancura fantástica sobre Zothique, el último continente,
sino que estaba totalmente empañado y opaco, como si lo cubriese un vapor de sangre.
Nuevas estrellas, en número incontable, se habían presentado en los cielos y las sombras
del infinito se aproximaron. De las sombras, habían vuelto junto al hombre los dioses
antiguos; los dioses olvidados desde los tiempos de Hyperbórea, Mu y Poseidonis, con
otros nombres pero con los mismos atributos. Y también los antiguos demonios habían
regresado, agitándose sobre los humos que se elevaban de malvados sacrificios y
favoreciendo de nuevo las antiguas hechicerías.
Muchos en Zothique eran nigromantes y magos, y la fama de sus hechos infames y
maravillosos eran objeto de leyendas por todas partes en los últimos tiempos. Pero entre
todos ellos, ninguno fue mayor que Namirrha, que impuso su negro yugo sobre las
ciudades de Xylac, y más tarde, en su orgulloso delirio, se consideró el mismísimo igual
de Thasaidón, el señor del Mal.
Namirrha había construido su morada en Ummaos, la principal ciudad de Xylac,
donde llegó procedente del desértico país de Tasuun con el sombrío renombre de sus
taumaturgias detrás suyo como una nube de arena. Y nadie sabía que, al volver a
Ummaos, regresaba a la ciudad que le había visto nacer, porque todos le consideraban
nativo de Tasuun. Indudablemente, nadie habría soñado que el gran hechicero fuese la
misma persona que el mendigo Narthos, un muchacho huérfano de dudoso linaje que
pidió diariamente el pan por las calles y bazares de Ummaos. Había vivido
desastradamente, solo y despreciado, y el odio hacia la cruel y opulenta ciudad creció en
su corazón como una llama oculta que arde en exceso, esperando el momento en que se
convertirá en un incendio devorador de todas las cosas.
El rencor y odio de Narthos contra los hombres se fue haciendo más amargo durante
su infancia y primera juventud. Un día, el príncipe Zotulla, un muchacho poco mayor
que él mismo, se cruzó con él en la plaza ante el palacio imperial, cabalgando sobre un
inquieto palafrén, y Narthos le imploró una limosna. Pero Zotulla, burlándose de su
petición, siguió altivamente adelante espoleando su palafrén y Narthos fue derribado y
pisoteado por los cascos. Después, próximo a la muerte a causa del atropello, yació sin
sentido durante muchas horas, mientras la gente pasaba a su lado sin prestarle atención.
Recobrando finalmente el sentido, pudo arrastrarse hasta su chamizo, pero a partir de
entonces cojeó ligeramente durante el resto de su vida y la marca de un casco
permaneció sobre su cuerpo a manera de señal, sin desvanecerse nunca. Más tarde
abandonó Ummaos y fue rápidamente olvidado por la gente de la ciudad. Yendo hacia
el sur, hacia Tasuun, se perdió en el gran desierto y estuvo a punto de perecer. Pero,
finalmente, llegó a un pequeño oasis donde habitaba el mago Ouphaloc, un solitario que
prefería la compañía de honrados chacales y hienas a la de los hombres. Y Ouphaloc,
viendo la gran maldad e inteligencia del desamparado muchacho, le socorrió y le acogió
allí. Durante años vivió con Ouphaloc, convirtiéndose en su discípulo y heredero de la
sabiduría que le había enseñado el demonio. Extrañas cosas aprendió en aquella choza y
era alimentado con frutos y cereales que no habían nacido del húmedo suelo y con vino
que no era el jugo de la uva terrestre. Igual que Ouphaloc, se convirtió en un maestro de
demonología y estableció su pacto con el archienemigo Thasaidón. Cuando Ouphaloc
murió, tomó el nombre de Namirrha y se presentó a los pueblos nómadas como un
poderoso hechicero, y a las escondidas momias de Tasuun. Pero nunca pudo olvidar las
miserias de su juventud en Ummaos y el mal que le había causado Zotulla, y año tras
año hiló en sus pensamientos la negra red de la venganza. Su fama se hizo más amplia y
sombría cada vez, y los hombres de países remotos más allá de Tasuun le temían. En las
ciudades de Yoros y en Zul-Bha-Sair, la morada de la deidad vampírica Mordiggian, se
hablaba de sus hazañas en bajos susurros. Mucho antes de la llegada de Namirrha en
persona, la gente de Ummaos le conocía como una calamidad fabulosa, que era más
horrible que el simún o la peste.
En los años que siguieron a la marcha del muchacho Narthos de Ummaos, Pithaim,
el padre del príncipe Zotulla, fue asesinado por el veneno de una pequeña víbora que se
había deslizado en su lecho en busca de calor, en una noche de otoño. Algunos dijeron
que la víbora había sido colocada por Zotulla, pero esto era algo que nadie podía afirmar
con certeza. Después de la muerte de Pithaim, Zotulla, que era su único hijo, fue el
emperador de Xylac y gobernó en la maldad, desde su trono de Ummaos. Era tiránico e
indolente y estaba lleno de extraños vicios y crueldades, pero la gente, que también era
malvada, le alababa en sus torpezas. Así fue próspero y los señores del Cielo y el
Infierno no le golpearon. Y los rojos soles y las lunas cenicientas continuaron pasando
sobre Xylac, dirigiéndose al oeste, poniéndose en aquel mar donde pocos viajaban y
que, si los cuentos de los marinos eran ciertos, se extendía como un río crecido más allá
de la infame isla de Naat y se derrumbaba, formando una catarata tan ancha como el
mundo, sobre el espacio exterior desde el lejano borde de la Tierra cortado a pico.
Se embruteció cada vez más y sus pecados eran como frutos hinchados que
madurasen sobre un profundo abismo. Pero los vientos del tiempo soplaron suavemente
y los frutos no cayeron. Y Zotulla se reía rodeado de sus bufones, sus eunucos, y sus
amantes y la historia de sus pecados viajó muy lejos y era relatada entre gentes de
lejanos países como una maravilla gemela con las rumoreadas nigromancias de
Namirrha.
Así sucedió que en el año de la Hiena y en el mes de la estrella Canicular, Zotulla dio
un gran festín a los habitantes de Ummaos. Por todas partes se veían carnes que habían
sido cocinadas con especias exóticas procedentes de Sotar, la isla oriental, y los
ardientes vinos de Yoros y Xylac, llenos de subterráneos fuegos, eran servidos
incansablemente a todos de urnas gigantescas. Estos provocaron una furiosa alegría y
una locura digna de reyes, y después una somnolencia no menos profunda que la de la
tumba.
Y uno a uno, según iban bebiendo, los alborotadores iban cayendo por las calles,
casas y jardines, como si una plaga les hubiese alcanzado, y Zotulla dormía en el salón
de banquetes de oro y ébano, con sus odaliscas y chambelanes a su alrededor. Así pues,
ni un hombre ni una mujer estaban despiertos en todo Ummaos en el momento en que
Sirius comenzaba a caer hacia el este.
Así fue como nadie vio u oyó la llegada de Namirrha. Pero cuando, muy avanzada la
mañana siguiente, el emperador se despertó pesadamente, oyó un confuso alboroto y el
molesto clamor de las voces de aquellos de sus eunucos y mujeres que se habían
despertado antes que él. Al preguntar el motivo, le dijeron que durante la noche había
ocurrido un extraño prodigio; mas todavía atontado por el vino y el sopor, comprendió
bastante poco sobre su naturaleza hasta que su concubina favorita, Obexah, le condujo
al pórtico oriental del palacio, desde el que podía contemplar la maravilla con sus
propios ojos.
Ahora bien, el palacio se erguía en solitario en el centro de Ummaos, y al norte, oeste
y sur, en amplias distancias, se extendían los jardines imperiales, llenos de palmeras
majestuosamente arqueadas y de fuentes que formaban soberbias espirales. Pero hacia el
oeste había una amplia zona despejada, utilizada como una especie de patio entre el
palacio y las mansiones de los nobles de más rango. En este espacio, que al atardecer
había estado completamente vacío, se elevaba un edificio colosal y señorial bajo el
fuerte sol, con cúpulas que semejaban monstruosos hongos de piedra que hubiesen
surgido durante la noche. Y las cúpulas, que igualaban en altura a las de Zotulla, estaban
construidas de mármol blanco como la muerte, mientras que la gigantesca fachada, con
pórticos de muchas columnas y profundas galerías, estaba formada por zonas alternas de
ónice negro como la noche y un pórfido que tenía el tono de la sangre de los dragones.
Y Zotulla juró horriblemente, llamando numerosas blasfemias a los dioses y demonios
de Xylac, y su confusión fue grande, considerando que aquello era la obra de un mago.
Las mujeres se apiñaron a su alrededor, llorando con estridentes gritos de miedo y
terror, y según se iban despertando, más y más de su cortesanos vinieron a engrosar el
tumulto y los gordos castrados se estremecieron en sus túnicas doradas, como inmensas
mermeladas negras en recipientes de oro. Pero Zotulla, recordando su poder como
emperador de todo Xylac, intentó ocultar su propia agitación diciendo:
- ¿Quién es éste que se ha atrevido a entrar en Ummaos como un chacal en la
oscuridad y ha construido su impía guarida en la proximidad y a la vista de mi palacio?
Id y preguntad el nombre del bribón; pero antes de ir, instruid al verdugo para que afile
su espada, la que maneja con ambas manos.
Entonces, temerosos de la rabia del emperador si se demoraban, varios de los
mayordomos se adelantaron de mala gana y se acercaron a la puerta del extraño edificio.
Hasta que se acercaron bastante, éstas parecieron estar desiertas; después apareció en el
umbral un esqueleto titánico, más alto que ningún ser humano, que se adelantó a
encontrarlos con largas zancadas.
El esqueleto vestía un taparrabos de seda escarlata con un broche de azabache y
llevaba un turbante negro adornado de diamantes, cuya parte superior casi tocaba el alto
dintel. En las profundas cuencas brillaban unos ojos que parecían señales de fuego, y
una lengua ennegrecida, como la de alguien que lleva largo tiempo muerto, sobresalía
entre sus dientes, pero, por lo demás, no tenía ni una brizna de carne y los huesos
resplandecían blancos al sol mientras se acercaba.
Los mayordomos, en silencio, permanecieron ante él y no se oía otro sonido que los
tintineos de sus cinturones dorados y el áspero crujido de la seda de sus vestiduras al
estremecerse y temblar. Los huesos de los pies del esqueleto resonaron profundamente
sobre el pavimento de ónice negro y pronunció, con voz untuosa y nauseabunda, estas
palabras:
- Regresad y decid al emperador Zotulla que Namirrha, vidente y mago, ha venido a
vivir a su lado.
Al oír hablar al esqueleto como si hubiese sido un hombre vivo y escuchar el odiado
nombre de Namirrha como el que escucha el toque a rebato que señala el fin de una
ciudad, los mayordomos no pudieron soportarlo más y huyeron con desmañada rapidez
para llevarle el mensaje a Zotulla.
Ahora bien, al saber quién era el que había venido a establecerse como su vecino en
Ummaos, la ira del emperador se extinguió como una llama débil y fluctuante sobre la
que hubiese soplado el viento de la oscuridad; y el vinoso color púrpura de sus mejillas
se salpicó de una extraña palidez y no dijo nada, sino que sus labios se movieron
oscuramente, como si estuviese rezando o maldiciendo. La noticia de la llegada de
Namirrha pasó por el palacio y la ciudad como el vuelo de malvados pájaros nocturnos,
dejando un horrible temor que residió en Ummaos de allí en adelante. Pues Namirrha,
debido a la negra fama de sus actos milagrosos y a las espantosas entidades que le
servían, se había convertido en un poder que ningún soberano secular se atrevía a
desafiar, temiéndole los hombres en todas partes, de la misma forma que temían a los
gigantescos y sombríos señores del Infierno y del espacio exterior. En Ummaos, la
gente decía que había venido de Tasuun en el viento del desierto junto con sus
servidores, tan rápido como la peste, y que, con la ayuda de los demonios, en una hora
había erigido su casa al lado del palacio de Zotulla. Se decía que los cimientos de la
casa descansaban sobre el adamantino núcleo del Infierno y que en sus pavimentos
había agujeros por cuyo fondo ardían los fuegos interiores o por adonde podían verse
pasar las estrellas por la noche del otro lado de la Tierra. Y los servidores de Namirrha y
el abismo, y seres híbridos, locos y malvados que el impío hechicero había creado en
uniones prohibidas. Los hombres evitaron la vecindad de su señorial casa y pocos, en el
palacio de Zotulla, se atrevían a acercarse a las ventanas y galerías que daban a ella; el
propio emperador no hablaba de Namirrha, pretendiendo ignorar al intruso, y las
mujeres del harén murmuraban constantemente en un siniestro cotilleo que se refería a
Namirrha y sus concubinas. Pero el hechicero no fue visto nunca por la gente de la
ciudad, aunque algunos creían que salía cuando quería, arropado en la invisibilidad.
Tampoco sus servidores fueron vistos, pero, algunas veces, un ulular como el de los
condenados salía de las puertas, y a veces se oía una risotada seca, como si alguna
imagen de adamanto se hubiese reído en alto; también a veces se oía un chasquido como
el sonido de hielo roto en un infierno helado. Unas sombras vagas se movían por los
pórticos cuando no había ni luz ni lámpara que las arrojase y luces rojas y terribles
aparecían y desaparecían en las ventanas al atardecer, como el parpadeo de unos ojos
demoníacos. Lentamente, los soles del color de la brasa pasaban sobre Xylac y se
apagaban en los lejanos mares y las lunas cenicientas se ennegrecían cada noche al caer
en el escondido golfo. Entonces, viendo que el mago no había traído ningún mal
evidente y que nadie sufrió daños palpables por su presencia, la gente cobró ánimos y
Zotulla bebió tanto y comió tan despreocupadamente como en su lujuria anterior; y el
oscuro Thasaidón, príncipe de todos los vicios, fue el verdadero, aunque nunca
reconocido, señor de Xylac. Y con el tiempo, el pueblo de Xylac alardeó un poco de
Namirrha y sus terribles milagros, de la misma forma que habían presumido de los
regios pecados de Zotulla.
Pero Namirrha, al que todavía ninguna mujer ni hombre alguno pudieron ver sentado
en las salas interiores de aquella casa que sus demonios le habían construido, daba
vueltas y vueltas en sus pensamientos a la negra red de la venganza. Y en todo Ummaos
no había nadie, ni siquiera entre sus compañeros de mendicidad, que se acordase del
muchacho Narthos. Y la injusticia que Zotulla había cometido con Narthos, hacía
tiempo, era la más pequeña de las crueldades que el emperador había olvidado.
Entonces, cuando los temores de Zotulla estaban algo apaciguados y sus mujeres
murmuraban menos a menudo sobre la vecindad del mago, ocurrió una nueva maravilla
y un renovado terror. Porque un atardecer que se sentaba a la mesa del festín, rodeado
por sus cortesanos, el emperador oyó un ruido como el de diez mil caballos con cascos
de hierro que viniesen al galope por los jardines de palacio. A pesar de su creciente
ebriedad, los cortesanos oyeron también el ruido y se sobresaltaron; el emperador se
enfadó y envió a algunos de sus guardias para que inquiriesen la causa del escándalo.
Pero al escudriñar los céspedes y parterres iluminados por la luna, los guardias no
vieron ninguna forma visible, aunque el fuerte sonido del galope continuase todavía de
un lado para otro. Parecía que un rebaño de sementales salvajes corriese ante la fachada
del palacio, galopando y cabriolando tumultuosamente. Al ver y escuchar esto, los
guardias fueron presa del terror y no se atrevieron a salir fuera, sino que volvieron junto
a Zotulla. El propio emperador se despejó al oír esta historia y salió con gran agitación a
presenciar el prodigio. Los invisibles cascos resonaron fuertemente sobre el pavimento
de ónice durante toda la noche dejando marcadas sus profundas huellas sobre la hierba y
las flores. Las hojas de las palmeras se agitaban en el calmado aire como apartadas por
caballos a la carrera y era visible que los lirios de altos tallos y las exóticas flores de
anchos pétalos estaban siendo pisoteadas. La ira y el terror anidaban juntos en el
corazón de Zotulla, mientras permanecía en una galería sobre el jardín, escuchando
aquel tumulto espectral y contemplando el daño hecho a sus preciosas plantaciones de
flores. Las mujeres, los cortesanos y los eunucos se apretujaban a sus espaldas y ningún
habitante del palacio pudo dormir, pero hacia el amanecer el clamor de los cascos se
alejó en dirección a la casa de Namirrha.
Cuando la aurora estaba en su apogeo sobre Ummaos, el emperador salió al exterior,
rodeado de sus guardias, y vio que las hierbas aplastadas y los rotos tallos estaban
negros, como a causa del fuego, en el lugar donde habían caído los cascos. Sobre todo el
césped y los parterres, las señales se marcaban con toda claridad, como las huellas de
una gran manada de caballos, pero cesaban en el límite de los jardines. Y aunque todo el
mundo pensaba que la visita había llegado de la casa de Namirrha, sobre los terrenos
que formaban el frente de la morada del hechicero no había ninguna prueba de ello,
porque aquí el césped estaba intacto.
- ¡La peste caiga sobre Namirrha si es él quien ha hecho esto! - gritó Zotulla -.
Porque, ¿qué daño le he hecho yo? En verdad que pondré mi pie sobre el cuello de ese
perro y la rueda de la tortura le hará tanto bien como esos caballos del Infierno han
hecho a mis lirios de Sotar del color de la sangre, a mis veteados iris de Naat y a mis
orquídeas de Uccastrog, purpúreas como las señales del amor. Sí, aunque sea el virrey
de Thasaidón sobre la Tierra y señor de los diez mil demonios, mi rueda le destrozará y
el fuego pondrá la rueda al rojo vivo hasta que se quede tan negro como las flores
calcinadas.
Así fanfarroneaba Zotulla, pero no daba órdenes para la ejecución de la amenaza y
nadie en el palacio se movió hacia la casa de Namirrha. De la casa del mago no salió
nadie, o, si algo lo hizo, no hubo ningún signo ni sonido visibles.
Así pasó el día y llegó la noche, trayendo una luna ligeramente más oscura por los
bordes. La noche fue tranquila, y Zotulla, sentado durante largo rato a la mesa del
banquete, vació su copa de vino muchas veces. Lleno de ira, murmuraba nuevas
amenazas contra Namirrha. La noche siguió adelante y no parecía que la visita fuera a
repetirse. Pero a medianoche, cuando se encontraba en su aposento junto a Obexah,
profundamente hundido en el sopor producido por el vino, Zotulla fue despertado por el
monstruoso estruendo de unos cascos que corrían y cabriolaban en los pórticos del
palacio y en las largas galerías. Toda la noche tronaron los cascos de un lado para otro
resonando terriblemente bajo la bóveda de piedra, mientras Zotulla y Obexah, que los
escuchaban, se acurrucaban juntos entre los cojines y las colchas; todos los ocupantes
del palacio, despiertos y temerosos, oyeron el ruido, pero no se movieron de sus
aposentos. Los cascos partieron repentinamente poco antes de la aurora, y después,
durante el día, se encontraron sus huellas sobre las losas de mármol de los pórticos y las
galerías; las señales eran incontables, profundamente impresas y negras, como si
estuvieran marcadas por medio del fuego.
Las mejillas del emperador se pusieron como el mármol veteado cuando vio los
suelos estampados de cascos, y de allí en adelante el terror habitó con él, siguiéndole a
las profundidades de sus borracheras, puesto que no sabía cuándo cesaría aquella
persecución. Sus mujeres murmuraban y algunas deseaban escapar de Ummaos, y
parecía que las fiestas del día y de la noche fuesen ensombrecidas por alas de mal
agüero que proyectasen su sombra sobre el amarillo viento y velaran las lámparas de
oro. Y hacia la medianoche, de nuevo fue el sueño de Zotulla interrumpido por los
cascos que galopaban y corrían sobre el tejado del palacio y por todos los salones y
corredores. Desde aquel momento hasta el amanecer, los cascos llenaron sordamente
sobre las cúpulas más elevadas, como si el séquito de los dioses cabalgase por allí,
trasladándose de un cielo a otro en tumultuosa cabalgata.
Zotulla y Obexah, que yacían juntos mientras los terribles cascos iban de un lado
para otro, en el salón que estaba delante de su aposento, no tuvieron ni ánimos ni deseos
de pecar ni pudieron encontrar ningún consuelo en su proximidad. En la grisácea hora
que precede a la madrugada, oyeron un ruido atronador sobre la atrancada puerta de
bronce de su cámara, como si algún poderoso semental, encabritándose, hubiese
tamborileado allí con sus patas delanteras. Poco rato después, los cascos se alejaron,
dejando un silencio que parecía un interludio mientras se preparaba la tormenta final.
Más tarde se encontraron por todas partes las señales de los cascos en los salones,
estropeando los brillantes mosaicos. En las alfombras de hilo de oro, plata y escarlata
había negros agujeros producidos por las quemaduras, y las altas y blancas cúpulas
estaban marcadas como con la viruela; en la puerta de bronce de la cámara de Zotulla
estaban profundamente marcadas las huellas de los cascos anteriores de un caballo.
Ahora bien, en Ummaos y en todo el país de Xylac ya era conocida la historia de
estos prodigios y se consideraban como algo amenazador, aunque había diversas
interpretaciones. Algunos sostenían que Namirrha los enviaba como una señal de su
supremacía sobre todos los reyes y emperadores y algunos pensaban que el causante era
un nuevo hechicero que había aparecido allá al este, en Tinarath, y deseaba suplantar a
Namirrha. Y los sacerdotes de los dioses de Xylac sostenían que sus diversas deidades
habían enviado las apariciones como una señal de que en los templos debían realizarse
más sacrificios.
Entonces Zotulla reunió a numerosos sacerdotes, magos y adivinos en el salón de
audiencias, cuyo pavimento de jaspe y alqueca había sido penosamente estropeado por
los invisibles cascos, y les pidió que averiguasen la causa de la aparición y encontrasen
un modo de exorcizarla. Pero viendo que no llegaban a ningún acuerdo entre ellos,
proveyó a las diversas sectas sacerdotales con sacrificios para sus varios dioses y los
mandó marchar; los magos y adivinos, bajo amenaza de decapitación si se negaban,
fueron enviados a visitar a Namirrha en su mágica morada para preguntarle, de su parte,
si por casualidad era él quien estaba enviando aquello, o si era obra de algún otro.
Abatidos quedaron los magos y adivinos que temían a Namirrha y no se atrevían a
penetrar en los aterradores misterios de su oscura mansión. Pero los soldados del
emperador les empujaron hacia delante, levantando sus grandes espadas curvas contra
ellos cuando vacilaban, así que, uno a uno, en inseguro orden, la delegación fue hacia la
puerta de Namirrha y se desvaneció en la casa construida por el demonio.
Antes del atardecer regresaron junto al emperador, pálidos, balbucientes e inquietos,
como hombres que han visto el infierno y contemplado su propio destino. Dijeron que
Namirrha les recibió cortésmente y les había enviado de vuelta con este mensaje:
- Que sepa Zotulla que la aparición es en recuerdo de algo que él ha olvidado y la
razón de esto le será revelada en la hora preparada y dispuesta por el destino. Y esa hora
se acerca, porque Namirrha invita al emperador y a toda su corte a un gran banquete
mañana por la tarde.
Habiendo entregado este mensaje, ante la consternación y asombro de Zotulla, la
delegación pidió licencia para retirarse. Aunque el emperador les interrogó
minuciosamente, parecían poco dispuestos a relatar las circunstancias de su visita a
Namirrha, y tampoco quisieron describir la famosa casa del hechicero, excepto en una
forma vaga, contradiciéndose unos a otros en lo que decían haber visto. Por tanto, y
después de un rato, Zotulla les mandó marchar; cuando se hubieron ido, estuvo
cavilando durante largo tiempo sobre la invitación de Namirrha, que era algo que no se
atrevía a rechazar, pero temía aceptar. Aquella noche bebió todavía más
abundantemente que de costumbre y durmió como un muerto sin que ningún ruido de
cascos galopando sobre el palacio le despertara. Durante la noche, los magos y profetas
salieron silenciosamente de Ummaos como sombras furtivas y nadie les vio partir; por
la mañana todos habían salido de Xylac hacia otros países para no regresar nunca...
Aquella misma noche, Namirrha estaba sentado a solas en el gran salón de su casa.
habiendo despedido a los sirvientes que le atendían de ordinario. Ante él, y en un altar
de azabache, estaba la oscura y gigantesca estatua de Thasaidón, que un escultor
engendrado por los demonios había esculpido en tiempos antiguos para un malvado rey
de Tasuun llamado Pharnoc. El archidemonio estaba representado por la forma de un
guerrero cubierto totalmente por la armadura. que elevaba una maza de pinchos como
en una batalla heroica. Durante largo tiempo, la estatua había estado en el palacio de
Pharnoc enterrado en el desierto y cuyo mismo emplazamiento era disputado por los
nómadas; Namirrha, gracias a su arte adivinatorio, lo encontró, y había llevado la
infernal imagen a vivir con él por siempre desde entonces. A menudo, Thasaidón
pronunciaba oráculos para Namirrha y le contestaba sus preguntas por boca de la
estatua.
Ante la imagen de armadura negra colgaban siete lámparas de plata forjadas con la
forma de los cráneos de los caballos y las llamas salían incesantemente, azules,
purpúreas y escarlatas, de sus cuencas. Su luz era salvaje y lúgubre y el rostro del
demonio, mirando bajo el casco, mostraba sombras equívocas y malignas que
cambiaban y saltaban eternamente. Sentado en su silla de forma de serpiente, Namirrha
contemplaba siniestramente la estatua con un profundo surco entre los ojos, porque le
había pedido una cosa a Thasaidón, y el enemigo, contestando a través de la estatua, se
la negó. La rebelión crecía en el corazón de Namirrha, que, enloquecido por el orgullo,
se consideraba a sí mismo señor de todos los hechiceros y gobernante por derecho
propio entre los príncipes diabólicos. Así pues, y tras largo cavilar, repitió su petición
con voz fuerte y altanera, como quien se dirige a su igual, más que como alguien que lo
hace al todopoderoso soberano al que ha jurado fidelidad hasta la muerte.
- Yo te he ayudado en todo hasta este momento - dijo la imagen, con acentos secos y
sonoros que resonaban metálicamente en las siete lámparas plateadas -. Sí, los gusanos
eternos del fuego y la oscuridad han acudido como un ejército a tu llamada y las alas de
los genios interiores se han elevado hasta ocultar el sol cuando tú les llamaste. Pero, en
verdad, no te ayudaré en esta venganza que has planeado, porque el emperador Zotulla
no me ha ofendido nunca y me ha servido bien, aunque inconscientemente, y los
habitantes de Xylac, debido a sus vicios, no son los menos importantes de sus
adoradores en la Tierra. Por tanto, Namirrha, sería mejor que tú vivieses en paz con
Zutulla y olvidases esta antigua ofensa infligida al mendigo Narthos cuando era un
muchacho. Porque los caminos del destino son extraños y la forma en que actúan sus
leyes está algunas veces oculta; y en verdad, si los cascos del palafrén de Zotulla no te
hubieran derribado y pisoteado, tu vida habría sido distinta y la fama y renombre de
Namirrha hubiesen yacido en el olvido como un sueño no imaginado. Sí, tú serías
todavía un mendigo de Ummaos, te contentarías con las limosnas del mendigo y nunca
habrías emprendido aquel viaje; te habrías convertido en discípulo del sabio y erudito
Ouphaloc, y yo, Thasaidón, hubiese perdido el más poderoso de todos los nigromantes
que han aceptado servirme y han hecho un pacto conmigo. Piénsalo bien, Namirrha, y
considera estas cosas, porque, aparentemente, nosotros dos estamos en deuda con
Zotulla y le debemos gratitud por haberte pisoteado con su caballo.
- Sí, estoy en deuda con él - gruñó Namirrha implacable -, y en verdad que mañana
pagaré la deuda, en la forma en que había planeado... Existen aquellos que me ayudarán;
aquellos que acudirán a mi llamada, aun a pesar tuyo.
- No es bueno enfrentarte conmigo - dijo la imagen, tras un intervalo -, y tampoco es
bueno llamar a aquellos que has insinuado. Sin embargo, veo claramente que eso es lo
que deseas. Eres orgulloso, testarudo y vengativo. Haz, pues, lo que quieras, pero no me
culpes por el resultado.
Después de esto, en el salón donde Namirrha se sentaba ante el ídolo se hizo el
silencio y las llamas se consumieron oscuramente cambiando de colores sobre las
lámparas de forma de cráneo mientras las sombras huían y regresaban sin detenerse
sobre los rostros de la estatua y de Namirrha. Después, hacia la medianoche, el
hechicero se levantó y ascendió por numerosos escalones en espiral hasta llegar a una
alta cúpula en la casa donde había una única y pequeña ventana redonda, que permitía
contemplar las constelaciones. La ventana estaba dispuesta en lo más alto de la cúpula,
pero Namirrha había conseguido, por medio de su magia, que una entrada junto a la
última vuelta de la escalera pareciese descender repentinamente en lugar de subir para,
alcanzando el peldaño final, mirar hacia abajo por la ventana, mientras las estrellas
pasaban bajo él en una corriente vertiginosa. Arrodillándose allí, Namirrha tocó un
resorte secreto en el mármol, y el panel circular retrocedió sin ningún sonido. Después,
yaciendo de espaldas sobre el curvado interior de la cúpula, con el rostro sobre el
abismo y su larga barba colgando rígida en el espacio, susurró versos más antiguos que
la raza humana y habló con ciertos seres que no pertenecían ni al infierno ni a los
elementos mundanos y cuya invocación era más terrible que los genios infernales o los
demonios de la tierra, aire, agua y fuego. Desafiando la voluntad de Thasaidón, hizo un
pacto con ellos, mientras el aire a su alrededor se helaba con sus voces y la escarcha se
amontonaba pálida sobre su oscura barba a causa del frío que producía su aliento al
inclinarse sobre la tierra.
Lento y renuente fue el despertar de Zotulla del sopor del vino; antes de abrir los
ojos, la luz del día se vio envenenada para él por el pensamiento de aquella invitación
que temía aceptar o rechazar. Pero habló con Obexah, diciendo:
- Después de todo, ¿quién es este perro hechicero para que yo tenga que obedecer sus
invitaciones como un mendigo al que algún gran señor manda llamar de la calle?
Obexah, una muchacha de piel dorada y ojos oblicuos, procedente de Uccastrof, la
isla de los Torturadores, observó sutilmente al emperador, y dijo:
- Oh, Zotulla, eres tú quien debe aceptar o rehusar, según lo que estimes apropiado.
Y, en realidad, para el señor de Ummaos y de todo Xylac, el ir o el quedarse es un
asunto sin importancia, puesto que nada puede poner en entredicho tu soberanía. Por
tanto, ¿por qué no ir?
Obexah, aunque temerosa del mago, sentía curiosidad con respecto a aquella casa
construida por el demonio, de la que tan poco se sabía, y además, según es característico
de las mujeres, deseaba contemplar al famoso Namirrha, cuyo talante y aspecto era sólo
una leyenda en Ummaos, traída de muy lejos.
- En lo que dices hay algo de razón - admitió Zotulla -. Pero un emperador debe, en
su conducta, tener siempre en cuenta el bien público, y hay asuntos de estado que no se
puede esperar que entienda una mujer.
Así pues, más tarde, por la mañana, después de un desayuno amplio y bien remojado,
llamó a sus mayordomos y cortesanos y les pidió consejo. Algunos le aconsejaron que
ignorase la invitación de Namirrha y otros sostenían que debía ser aceptada, a menos
que un mal más grave que el pisoteo de unos cascos fantasmales fuese enviado sobre la
ciudad y el palacio.
Entonces llamó ante sí a la reunión de todos los sacerdotes e intentó volver a llamar a
aquellos magos y adivinos que habían escapado sigilosamente durante la noche. Entre
todos éstos no hubo ni uno que respondiese al grito de su nombre por las calles de
Ummaos, y esto causó una cierta maravilla.
Pero los sacerdotes llegaron en número mayor que antes y abarrotaron el salón de
audiencias, de forma que las barrigas de los que estaban delante chocaban contra el
estrado imperial y las nalgas de los de atrás se aplastaban contra la pared y los pilares
del fondo. Zotulla debatió con ellos el asunto de su aceptación o rechazo. Los sacerdotes
argumentaron, como la vez anterior, que Namirrha no tenía nada que ver con las
apariciones, y su invitación, dijeron, no suponía daño ni amenaza alguna contra el
emperador; estaba claro, según los términos del mensaje, que el mago pronunciaría un
oráculo ante Zotulla, y si Namirrha era un verdadero archimago, este oráculo
confirmaría su propia sabiduría sagrada, establecería la fuente divina de la aparición y
de nuevo los dioses de Xylac serían glorificados.
Tras escuchar el consejo de los sacerdotes, el emperador dio instrucciones
nuevamente a sus tesoreros para que les llenasen de nuevas ofrendas, y los sacerdotes
partieron, impartiendo untuosamente las delegadas bendiciones de sus varios dioses
sobre Zotulla y su corte. El día continuó y el sol pasó nuevamente por el meridiano,
cayendo lentamente más allá de Ummaos sobre los espacios de la tarde que estaban
formados por desiertos que limitaban con el mar. Zotulla continuaba irresoluto y llamó
a sus coperos, pidiéndoles que le sirviesen de la cosecha más fuerte y magistral, pero no
halló en el vino ni la certeza ni la decisión.
Entonces, una comitiva de altas momias cubiertas con vendas regias color púrpura y
escarlata, y llevando coronas de oro sobre sus resecos cráneos, penetró en el salón,
caminando una detrás de otra. Tras la comitiva, y a manera de servidores, venían unos
esqueletos gigantes vestidos con taparrabos de brillante color naranja y con la parte
superior del cráneo cubierta por serpientes vivas a bandas azafrán y ébano que se habían
enrollado allí a manera de turbante. Las momias se inclinaron ante Zotulla, diciéndole
con voz fina y seca:
- Nosotros, que en tiempos antiguos hemos sido reyes del gran país de Tasuun,
hemos sido enviados como guardia de honor del emperador Zotulla para atenderle como
es propio cuando se dirija al banquete preparado por Namirrha.
Después hablaron los esqueletos, entre secos chasquidos de dientes y produciendo
silbidos semejantes al aire, atravesando desgastadas mamparas de marfil.
- Nosotros, que hemos sido guerreros gigantes de una raza olvidada, somos enviados
también por Namirrha para que la corte del emperador Zotulla esté protegida de todo
peligro al seguirle a la fiesta y vaya acompañada del séquito que le corresponde y es
apropiado.
Presenciando estos prodigios, los coperos y otros servidores se protegieron en el
estrado imperial o se ocultaron tras las columnas, mientras Zotulla, cuyas pupilas
brillaban sombríamente inyectadas en sangre, con la cara abotargada y espectralmente
pálida, permanecía inmóvil sobre el trono, sin poder pronunciar ni una palabra de
réplica a los ministros de Namirrha.
Entonces las momias se adelantaron y dijeron con polvorientos acentos:
- Todo está listo y el banquete aguarda la llegada de Zotulla.
Las vendas de las momias se agitaron y se abrieron por delante; pequeños monstruos
roedores del color del betún, con ojos semejantes a rubíes malditos, aparecieron en los
roídos corazones de las momias como las ratas en sus agujeros y chillaron
estridentemente repitiendo las palabras en lenguaje humano. A su vez, los esqueletos
repitieron la solemne frase y las serpientes azafranes y negras silbaron desde sus
cráneos, y repitieron, por último, las palabras con siniestro alboroto, ciertas criaturas
cubiertas de piel y de forma dudosa que Zotulla no había visto hasta entonces y que
estaban sentadas detrás de las costillas de los esqueletos como si estuvieran en jaulas de
mimbre blanco.
Como un durmiente que obedece la fatalidad de los sueños, el emperador se levantó
del trono y se adelantó; las momias le rodearon como una escolta. Cada uno de los
esqueletos sacó de los pliegues amarillo-rojizos de su taparrabos unas arcaicas flautas de
plata curiosamente agujereadas y comenzaron a tocar una melodía dulce, siniestra y
mortal, mientras el emperador salía de palacio. En la música había un hechizo fatal,
porque los mayordomos, las mujeres, los eunucos y todos los miembros de la corte de
Zotulla, hasta los cocineros y los escuderos, fueron arrancados como una procesión de
noctámbulos de las habitaciones y alcobas donde se habían vanamente ocultado.
Dirigidos por los flautistas, siguieron a Zotulla. A la oblicua luz solar, era extraño ver
aquella numerosa compañía dirigiéndose a la casa de Namirrha con un cortejo de reyes
muertos a su alrededor y el aliento de los esqueletos temblando horriblemente en las
flautas de plata. Y Zotulla no se sintió muy consolado cuando vio a su lado a la
muchacha Obexah moviéndose, como él mismo, en un éxtasis de involuntario horror,
con el resto de las mujeres siguiéndola de cerca.
Al acercarse a las abiertas puertas de la casa de Namirrha, el emperador vio que
estaban guardadas por grandes cosas de barbillas carmesí, mitad humanas mitad
dragones, que se inclinaron ante él, rozando sus barbillas como escobas ensangrentadas
contra las losas de oscuro ónice. El emperador pasó con Obexah entre los rústicos
monstruos, con las momias, los esqueletos y su propia gente a sus espaldas formando
una extraña comitiva, y entró en un amplio salón de muchas columnas, donde la luz del
día, penetrando tímidamente, era dominada por la siniestra y arrogante claridad
procedente de un millar de lámparas.
Aun a pesar de su horror, Zotulla se sintió maravillado de la amplitud de la cámara,
que difícilmente podía reconciliar con las medidas exteriores de la mansión, aunque
éstas, indudablemente, fueran de una amplitud palaciega. Le parecía contemplar grandes
salas sostenidas por columnas a las que no se veía el final y vistas panorámicas de
mesas cargadas de amontonadas viandas y urnas de vino dispuestas en hilera que se
extendían a lo lejos en la distancia, en una penumbra luminosa como la de una noche
estrellada.
En los amplios intervalos entre las mesas, los sirvientes de Namirrha iban de un lado
para otro incesantemente, como si una fantasmagoría de pesadillas hubiera cobrado
cuerpo delante del emperador. Regios cadáveres con túnicas de brocado podridas por el
tiempo, con las cuencas vacías e hirvientes de gusanos, servían un vino color de sangre
en copas fabricadas con el opalescente cuerno de los unicornios. Lamias de cola de
quimera y quimeras de cuatro pechos entraban con humeantes fuentes sostenidas en alto
por sus garras broncíneas. Demonios de cabeza de perro con la lengua en llamas corrían
a ofrecerse como acomodadores de la compañía. Ante Zotulla y Obexah apareció un
curioso ser con las opulentas caderas y extremidades inferiores de una enorme mujer
negra y los mondos huesos de algún mitótico mono de cintura para arriba. Este
monstruo dio a entender, por medio de ciertos indescriptibles chasquidos de los huesos
de sus dedos, que el emperador y su odalisca le siguieran.
Verdaderamente, a Zotulla le dio la impresión de haber recorrido una larga distancia
por alguna maligna caverna del Infierno cuando llegaron al final de aquella inmensidad
de mesas y columnas por la que les había conducido el monstruo. Aquí, en el extremo
de la habitación, y separado de los demás, se sentaba Namirrha solo en una mesa, con
las llamas de las siete lámparas en forma de cráneo de caballo ardiendo incesantemente
a sus espaldas y la negra imagen de Thasaidón en su armadura dominándolo todo desde
el altar de azabache a su derecha. Algo separado del altar había un espejo de diamante,
sostenido por las garras de unos basiliscos de hierro.
Namirrha se puso en pie para saludarles, observando una solemne y fúnebre cortesía.
Sus ojos brillaban, lúgubres y fríos como estrellas lejanas en las ojeras formadas en
extrañas y aterradoras vigilias. Sus labios eran como un sello rojo pálido sobre un
pergamino del destino cerrado. Su barba flotaba rígida sobre la parte delantera de su
túnica bermellón, dividida en bucles negros y aceitosos como una masa de serpientes
negras y tiesas. Zotulla sintió que la sangre se le detenía y espesaba en su corazón, como
congelándose hasta formar hielo. Obexah, mirando bajo entornados párpados, se sintió
repelida y asustada por el visible horror que emanaba de este hombre, y le rodeaba de la
misma forma que la realeza a un rey. Pero a pesar de su miedo tuvo tiempo para
preguntarse qué clase de hombre sería en su relación con las mujeres.
- Te doy la bienvenida, oh Zotulla, a tal hospitalidad como puedo ofrecerte - dijo
Namirrha con el férreo sonido de alguna oculta campana fúnebre en su profunda voz -.
Por favor, sentaos a mi mesa.
Zotulla vio que enfrente de Namirrha había sido dispuesta una silla de ébano para él,
y que otra silla, menos majestuosa e imperial, había sido colocada a la izquierda para
Obexah. Los dos se sentaron y Zotulla vio que su gente se sentaba a su vez a otras
mesas a través del enorme salón, con los espantosos servidores de Namirrha
sirviéndoles atareadamente, como los demonios atienden a los condenados.
Entonces Zotulla percibió que una mano oscura y parecida a la de un cadáver le
servía vino en una copa de cristal y que la mano llevaba el anillo con el sello de los
emperadores de Xylac: un monstruoso ópalo de fuego en la boca de un murciélago de
oro, un anillo idéntico al que el propio Zotulla llevaba perpetuamente sobre el dedo
índice. Volviéndose, vio a la derecha una figura que mostraba gran semejanza con su
padre, Pithaim, después de que el veneno de la víbora, esparciéndose por todo su
cuerpo, hubiese dejado detrás la purpúrea hinchazón de la muerte.
Zotulla, que había ordenado que la serpiente fuese colocada en la cama de Pithaim,
se acurrucó en su asiento y tembló con un terror culpable. Y la cosa que se parecía a
Pithaim, fuese cadáver, fantasma, o una imagen producida por los encantamientos de
Namirrha, iba y venía a espaldas de Zotulla, sirviéndole con dedos negros e hinchados
que nunca vacilaban. Con horror advirtió sus ojos saltones, que miraban sin ver su
lívida boca purpúrea cerrada con el rigor de un silencio mortal, y la víbora moteada que,
a intervalos, aparecía con helados ojos por su manga cuando se inclinaba sobre él para
rellenar su copa o servirle de carne. Y confusamente, entre la helada niebla de su terror,
el emperador vio la forma de sombría armadura, como una réplica animada de
Thasaidón, que Namirrha, en su blasfemia, había conjurado para que le sirviese.
Vagamente, y sin comprender, vio el terrible servidor que revoloteaba al lado de
Obexah un cadáver sin ojos y sin piel en la imagen de su primer amante, un muchacho
de Cyntrom que había sido lanzado a la costa de la isla de los Torturadores por un
naufragio... Allí lo había encontrado Obexah yaciendo bajo la marea, y reviviendo al
muchacho, lo había escondido durante cierto tiempo en una caverna secreta para su
propio placer, llevándole comida y bebida. Más tarde, cansado, le había traicionado a
los Torturadores y obtenido un nuevo deleite con los diversos suplicios y torturas que le
infligiera antes de morir aquella gente cruel y perniciosa.
- Bebed - dijo Namirrha, sorbiendo un extraño vino que era rojo y oscuro como los
desastrosos atardeceres de los años perdidos.
Y Zotulla y Obexah bebieron de aquel vino sin sentir después ningún calor en sus
venas, sino un frío como cuando la cicuta se acerca lentamente al corazón.
- En verdad, es un vino muy bueno - dijo Namirrha -, y muy apropiado para brindar
por nuestro conocimiento, porque fue enterrado hace largo tiempo en ánforas de
sombrío jaspe de forma de urnas funerarias, junto a los muertos de la familia real, y mis
vampiros lo encontraron cuando fueron a excavar en Tasuun.
Entonces la lengua de Zotulla se heló en su boca, como se hiela una mandrágora
aprisionada por la escarcha en el suelo del invierno, y no encontró respuesta a la cortesía
de Namirrha.
- Os ruego que probéis esta carne - continuó Namirrha -, pues es muy escogida,
proviene de los jabalíes salvajes que los torturadores de Uccastrog alimentan con los
destrozados restos de sus ruedas y parrillas, y además, mis cocineros los han
condimentado con los poderosos bálsamos de la tumba, rellenándolos con corazones de
víboras y lenguas de cobras negras.
El emperador no pudo decir nada, y hasta Obexah permaneció en silencio,
fuertemente turbada en su lujuria por la presencia de aquella cosa despellejada y penosa
que se parecía a su amante de Cyntrom. Y su temor al nigromante aumentó
prodigiosamente, porque su conocimiento de este crimen antiguo y olvidado y la
aparición del fantasma le parecían una magia más siniestra que todo lo demás.
- Bien, me temo que encontréis la comida sin sabor y el vino sin fuego. Así pues,
para animar nuestro banquete llamaré a mis cantantes y músicos.
Pronunció una palabra desconocida para Zotulla y Obexah, que sonó por el enorme
salón como si mil voces a la vez la hubiesen pronunciado y prolongado. Pronto
aparecieron los cantantes, que eran vampiros con largos colmillos amarillos llenos de
hilachas de carroña curvándose por encima de sus quijadas y haciendo con la boca
gestos de hiena a la compañía. Detrás entraron los músicos, algunos de los cuales eran
demonios machos caminando erectos sobre los cuartos traseros de negros sementales y
pulsando con dedos blancos de gorila liras fabricadas con huesos y tendones de los
caníbales de Naat; otros eran apastelados sátiros que arrimaban sus rejillas cabrunas a
oboes fabricados con los fémures de brujas jóvenes y a gaitas hechas con la piel del
pecho de reinas negras y el cuerno del rinoceronte.
Se inclinaron ante Namirrha con grotesca ceremonia. Después, sin dilación, las
hembras vampiro comenzaron un ulular de lo más doloroso y execrable, como el de los
chacales que han olfateado la carroña, y los sátiros y los demonios tocaron un lamento
que era como el gemido de los vientos del desierto en los harenes de perdidos palacios.
Zotulla se estremeció, pues el canto le helaba hasta el tuétano y la música introducía en
su corazón una desolación semejante a la de imperios derrumbados y pisoteados por los
férreos cascos del tiempo. Al mismo tiempo, y entre aquella siniestra música, le pareció
oír el chirrido de la arena en los jardines marchitos y el rumor del viento entre la seda
podrida en lechos de desaparecida lujuria y el silbido de las serpientes enroscadas entre
los bajos fustes de destrozadas columnas. Y la gloria que había sido Ummaos parecía
alejarse como las columnas voladoras del simún.
- Una espléndida melodía - dijo Namirrha cuando la música cesó y las vampiras
dejaron de ulular -. Pero, en verdad, temo que encontréis algo aburrido mi espectáculo.
Por tanto, mis bailarines danzarán para vosotros.
Se volvió hacia el gran salón y describió en el aire un signo enigmático con los dedos
de la mano derecha. En respuesta, una incolora niebla descendió desde el alto techo y,
durante un breve intervalo, ocultó la sala como una cortina. Detrás se oyó una babel de
sonidos, confusos y sofocados, y el grito de unas voces débiles como si estuvieran
lejanas.
Después el vapor desapareció y Zotulla vio que las sobrecargadas mesas habían
desaparecido. En los amplios espacios entre las columnas, los habitantes de su palacio,
mayordomos, eunucos, cortesanos, odaliscas y todos los demás, yacían sobre el suelo
atados con correas, como innumerables aves de precioso plumaje. Sobre ellos hacía
piruetas una cuadrilla de esqueletos con ligeros chasquidos de los huesos de los pies y
una banda de momias saltaba rígidamente mientras otras criaturas de Namirrha se
agitaban con monstruosas cabriolas, siguiendo todos la música de los flautistas y
arpistas del nigromante. Saltaban de un lado a otro sobre los cuerpos de la gente del
emperador a los sones de una siniestra zarabanda. Con cada salto se hacían más altos y
pesados, hasta que las saltarinas momias fueron como las momias de Anakim, y los
esqueletos tuvieron huesos de coloso, al tiempo que la música se elevaba ahogando los
débiles gritos de los servidores de Zotulla. Los danzarines, cuyos pies atronaban la
habitación, crecieron todavía más, perdiéndose entre las sombras de la bóveda en medio
de las vastas columnas; aquellos sobre los que danzaban eran como uvas que se pisan en
otoño durante la vendimia y el suelo se cubrió de un espeso mosto sanguíneo. Como un
hombre que se ahoga en un horrible pantano rodeado por la oscuridad, el emperador oyó
la voz de Namirrha:
- Tengo la impresión de que no os placen mis bailarines. Así pues, ahora os
presentaré un espectáculo verdaderamente regio. Levantaos y seguidme, porque el
espectáculo es tal que se necesita un imperio como escenario.
Zotulla y Obexah se levantaron de sus sillas al estilo de los sonámbulos. Sin dirigir
una mirada hacia los espectrales servidores o al salón donde los bailarines continuaban
rebotando, siguieron a Namirrha a una alcoba detrás del altar de Thasaidón. Allí, junto a
las escaleras que se enroscaban hacia arriba, se acercaron a una amplia y alta galería que
daba al palacio de Zotulla y miraron a lo lejos sobre los tejados de la ciudad, hacia el
punto donde se ponía el sol.
Aparentemente habían pasado varias horas en aquel banquete y espectáculo propios
del infierno, porque el día se acercaba a su fin, y el sol, que había desaparecido de la
vista por detrás del palacio imperial, bañaba los vastos cielos con rayos ensangrentados.
- Mirad - dijo Namirrha, añadiendo un extraño vocablo ante el cual la piedra del
edificio resonó como si fuera un gong.
La galería se tambaleó ligeramente y Zotulla, mirando por la balaustrada, vio los
tejados de Ummaos empequeñecerse y hundirse bajo él. La galería parecía volar hacia el
cielo a una altura prodigiosa y contempló desde arriba las cúpulas de su propio palacio,
las casas, detrás los campos cultivados y el desierto, y el gigantesco sol que estaba bajo
sobre el límite del desierto. Zotulla se mareó y los fríos vientos del cielo superior
soplaron a su alrededor. Pero Namirrha dijo otra palabra y la galería detuvo su ascenso.
- Mira bien - dijo el nigromante -, el imperio que fue tuyo, pero que no lo será ya
más.
Entonces, con los brazos abiertos hacia el atardecer y los mares más allá, pronunció
en voz alta los doce nombres que eran la máxima perdición, y después la tremenda
invocación: Gna padambis devompra thungis furidor avoragomon.
Instantáneamente, fue como si grandes nubes de ébano se amontonasen sobre el sol.
Alineadas sobre el horizonte, la nubes tomaron la forma de colosales monstruos cuyas
cabezas y miembros recordaban ligeramente las de los caballos. Alzándose
terriblemente, hollaron el sol como si fuese una brasa extinguida, y corriendo como si
estuviesen en un hipódromo de Titanes, crecieron y se agigantaron acercándose a
Ummaos. Les precedían profundos rumores que presagiaban calamidad y la tierra
tembló visiblemente, hasta que Zotulla vio que aquello no eran nubes inmateriales, sino
formas reales dotadas de vida que venían a pisotear el mundo con amplitud
macrocósmica. Proyectando sus sombras a muchas leguas de distancia, los caballos
cargaron contra Xylac como si estuviesen montados por demonios y sus cascos se
abatieron sobre los lejanos oasis y ciudades del desierto exterior como riscos
desprendidos de una montaña.
Llegaron como el remolino en espiral de una tormenta y pareció como si el mundo se
hundiese en el mar, volcándose bajo su peso. Inmóvil como un hombre, convertido en
mármol, Zotulla contemplaba la ruina que asolaba su imperio. Los gigantescos
sementales se acercaron más, corriendo con una velocidad inconcebible; el atronar de su
galope se hizo más fuerte, pues ahora comenzaban a asolar los verdes campos y
plantaciones de frutales que se extendían a muchas millas al oeste de Ummaos. La
sombra de los caballos se elevó como la siniestra oscuridad de un eclipse hasta cubrir
Ummaos, y mirando hacia arriba, el emperador vio sus ojos a medio camino entre la
tierra y el cenit, como soles trágicos que brillasen desde arremolinados cúmulos.
Entonces, en la espesa oscuridad y por encima de aquel trueno insufrible, oyó la voz
de Namirrha, gritando con loco triunfo.
- Sabe, Zotulla, que he llamado a los caballos de Thamogorgos, señor del abismo. Y
los caballos pisotearán tu imperio como tu palafrén atropelló y pisoteó hace ya tiempo a
un muchacho mendigo llamado Narthos. Y entérate también de que yo, Namirrha, fui
aquel muchacho
Y los ojos de Namirrha, que mostraban una vanagloria de locura y tragedia, ardieron
como estrellas malignas y desastrosas en la hora de su culminación.
Para Zotulla, totalmente aplastado por el horror y el tumulto, las palabras del
nigromante no fueron más que estridentes y chillonas notas de la tempestad del destino;
no las comprendió. Los cascos descendieron sobre Ummaos con terrible fragor,
resquebrajando tejados sólidamente construidos y hendiendo y derrumbando
instantáneamente poderosos muros. Las hermosas cúpulas de los templos fueron
aplastadas como las conchas de haliotis; mansiones orgullosas fueron rotas y
destrozadas contra el suelo como calabazas, y la ciudad fue arrasada, casa por casa, con
un estruendo como de mundos golpeados por el caos. Allá abajo, en las oscuras calles,
hombres y camellos huían como hormigas a la carrera, pero no pudieron escapar. Los
cascos bajaron y subieron implacablemente hasta que media ciudad estuvo destruida y
la noche lo inundó todo. El palacio de Zotulla fue pisoteado; entonces las patas
delanteras de los animales se encontraron al borde de la galería de Namirrha y sus
cabezas sobresalieron aterradoramente por encima. Parecía que fuesen a alcanzar y
pisotear la casa del nigromante, pero en ese momento se dividieron a derecha e
izquierda y dejaron ver el doloroso resplandor del ocaso, siguiendo su camino y
arrasando aquella parte de Ummaos que estaba al este. Zotulla, Obexah y Namirrha
contemplaron los fragmentos de la ciudad como si vieran un estercolero lleno de
guijarros, mientras oían el clamor fatal de los cascos alejarse hacia el Xylac oriental.
- Un hermoso espectáculo - comentó Namirrha. Después, volviéndose hacia el
emperador, añadió malignamente -: Sin embargo, no creas que he terminado contigo o
que el destino se ha consumado ya.
Aparentemente, la galería había descendido a su elevación primitiva, que todavía
estaba a majestuosa altura sobre las fragmentadas ruinas. Namirrha agarró al emperador
por el brazo y le condujo de la galería a una cámara interior mientras Obexah le seguía
en silencio. El corazón del emperador estaba oprimido por el paso de tantas calamidades
y la desesperación pesaba como un pestilente íncubo sobres los hombros de un hombre
perdido en algún país de noches malditas. Y no advirtió que en el umbral de la cámara
había sido separado de Obexah y que varias criaturas de Namirrha, apareciendo como
sombras, obligaron a la muchacha a bajar con ellos por unas escaleras, sofocando sus
gritos con sus podridas vendas mientras descendían a otra parte de la casa.
La habitación era la que Namirrha utilizaba para sus ritos y ceremonias más
nefandas. Los rayos de las lámparas que la iluminaban eran amarillo - rojizos como
sanies de demonio derramado y fluían por aludes, crisoles, alambiques y atanores
negros cuyos propósito apenas podría ser pronunciado por un hombre mortal. El
hechicero calentó en uno de los alambiques un líquido oscuro lleno de luces frías como
las estrellas, mientras Zotulla miraba sin comprender. Cuando el líquido burbujeó y
desprendió una espiral gaseosa, Namirrha lo destiló en copas de hierro bordeadas de oro
y le dio una a Zotulla, quedándose él con la otra. Y le dijo con voz seca e imperativa.
- Te ordeno que bebas este líquido.
Zotulla, temiendo que la bebida estuviese envenenada, vaciló. El nigromante le miró
mortalmente, y le gritó:
- ¿Tienes miedo de hacer lo mismo que yo? - y a continuación acercó la copa a sus
labios.
Así, el emperador bebió el licor, como impulsado por el mandato de algún ángel de
la muerte, y sus sentidos se nublaron. Pero antes de que la oscuridad fuese completa, vio
que Namirrha había vaciado su propia copa. Entonces, con agonías indecibles, fue como
si el emperador muriese y su alma flotase libremente; volvió a ver la cámara, aunque
con ojos inmateriales. Se irguió desencarnado en la luz azafrán y carmesí, su cuerpo
yaciendo con la semejanza de un muerto, y cerca de él, sobre el suelo también, el
tendido cuerpo de Namirrha y las dos copas caídas.
En este estado contempló algo extraño: al rato su propio cuerpo se agitó y se levantó,
mientras que el del nigromante permanecía inmóvil como la muerte. Zotulla contempló
sus propios rasgos y su figura con el corto manto de brocado azul sembrado de perlas
negras y rubíes morados y su cuerpo vivió ante él, aunque los ojos mostraban un fuego
más oscuro y una maldad mayor de los que eran característicos en él. Entonces, sin
oídos corpóreos. Zotulla oyó hablar a la figura, y la voz era la fuerte y arrogante de
Namirrha, diciendo:
- Sígueme, oh fantasma sin cuerpo, y haz en todo lo que yo te mande. Zotulla siguió
al hechicero como una sombra invisible y los dos descendieron por las escaleras hasta
llegar al gran salón del banquete. Se acercaron al altar de Thasaidón y a la imagen de
negra armadura, mientras las siete lámparas en forma de cráneo de caballo seguían
ardiendo como antes. Sobre el altar yacía Obexah, la amada concubina de Zotulla, la
única mujer que tenía el poder de estremecer su saciado corazón, atada con correas a los
pies de Thasaidón. Pero, por lo demás, el salón estaba desierto y de aquellas Saturnales
de desastre no quedaba nada, excepto el fruto del pisoteo, que había formado grandes
charcos entre las columnas.
Namirrha, utilizando siempre el cuerpo del emperador como si fuese el suyo, se
detuvo ante el oscuro ídolo y dijo al espíritu de Zotulla:
- Quédate aprisionado en esta imagen, sin fuerza para liberarte ni para moverte en
forma alguna.
Totalmente obediente a la voluntad del nigromante, el alma de Zotulla se encarnó en
la estatua y sintió que la fría y gigantesca armadura le rodeaba como si se encontrase en
el interior de un rígido sarcófago; miró al frente, inamovible, desde los siniestros ojos
que se escondían bajo el esculpido casco.
Mirando así, pudo contemplar el cambio que sobrevenía en su propio cuerpo bajo la
mágica posesión de Namirrha, porque las piernas que salían por debajo del corto manto
de color azul se habían convertido, repentinamente, en las patas traseras de un caballo
negro, cuyos cascos brillaban como si los hubieran calentado en los fuegos infernales.
Mientras Zotulla observaba este prodigio, se pusieron de un blanco incandescente, y del
suelo que pisaban salía humo. Entonces, aquella híbrida abominación se acercó a
Obexah caminando altivamente sobre el negro altar, y dejando tras sí huellas
humeantes.
Deteniéndose al lado de la muchacha, que yacía indefensa en el suelo y lo
contemplaba con ojos que eran estanques de helado horror, levantó uno de los
relucientes cascos y lo posó sobre su pecho desnudo, entre las diminutas copas de
filigrana de oro adornadas de rubíes que sujetaban sus pechos. Bajo aquella atroz
pisada, la muchacha chilló como podría hacerlo en el infierno el alma de algún nuevo
condenado y el casco resplandeció con intolerable brillantez, como si estuviese recién
salido de un horno donde se forjasen las armas de los demonios.
En aquel momento, en la aterrorizada, aplastada y pisoteada alma del emperador
Zotulla, encerrada en la imagen de adamanto, se despertó la hombría que había
dormitado inconsciente ante la ruina de su imperio y el pisoteo de su séquito.
Inmediatamente, surgieron en su ánimo un enorme aborrecimiento y una poderosa ira, y
deseó con todas sus fuerzas poderse servir de su brazo derecho y tener una espada en la
mano.
Entonces le pareció que una voz fría, siniestra y terrible hablaba dentro de él, como si
la propia estatua pronunciase unas palabras hacia dentro. Y la voz le dijo:
- Yo soy Thasaidón, señor de los siete infiernos bajo la tierra y de los infiernos del
corazón del hombre sobre la tierra, que son siete veces siete. De momento, oh Zotulla,
mi poder será tuyo en beneficio de nuestra mutua venganza. Sé uno en todas formas con
la estatua que se me parece a la manera en que el alma es una con la carne. ¡Mira! En mi
mano derecha hay una maza de adamanto. Levanta la maza y golpea.
Zotulla fue consciente de una gran fuerza en su interior y de estar rodeado por unos
músculos gigantescos que se estremecían de poder y respondían ágilmente a su
voluntad. Sintió en su enfundada mano derecha el mango de la gigantesca maza de
pinchos, y aunque el levantar la maza estaba más allá de la fuerza de un hombre mortal,
a Zotulla le pareció un peso agradable. Entonces, elevando la maza como un guerrero en
una batalla, golpeó aterradoramente aquella cosa impía que tenía su propio cuerpo unido
a las patas y cascos de un caballo demoníaco. La cosa se derrumbó al instante y yació
con el cerebro saliendo en forma de pulpa de su aplastado cráneo y esparciéndose sobre
el brillante azabache. Las patas temblaron un poco y después se inmovilizaron; los
cascos pasaron de un blanco fiero y cegador al rojo del hierro muy caliente, enfriándose
lentamente.
Durante un cierto tiempo no hubo ningún sonido, excepto los estridentes gritos de
Obexah, enloquecida por el dolor y el terror de todos los prodigios que había
presenciado. Después, la terrible voz de Thasaidón habló de nuevo en el alma de
Zotulla, enferma con aquellos gritos.
- Vete, porque no puedes hacer nada más.
Así pues, el espíritu de Zotulla salió de la imagen de Thasaidón y encontró en el aire
fresco la libertad de la nada y del olvido.
Pero el fin de Namirrha todavía no había llegado, ya que su alma, loca y arrogante,
fue desprendida del cuerpo de Zotulla por el golpe y había vuelto confusamente, no en
la forma que el mago había planeado, a su propio cuerpo, que yacía en la habitación de
los rituales malditos y las transmigraciones prohibidas. Allí pronto se despertó
Namirrha, con una horrible confusión en su mente y una amnesia parcial porque la
maldición de Thasaidón había caído sobre él a causa de sus blasfemias. Nada había
claro en su mente, excepto un maligno y exorbitante deseo de venganza, pero la razón
de ésta y su objeto eran sombras dudosas. Urgido por aquel oscuro ánimo, se levantó, y
ciñéndose a la cintura una espada encantada con ópalos y zafiros rúnicos en la
empuñadura, descendió por las escaleras y se dirigió otra vez al altar de Thasaidón,
donde continuaba la estatua tan impasible como antes, con la maza en su inmóvil mano
derecha y el doble sacrificio debajo sobre el altar.
El velo de una extrañísima oscuridad había caído sobre los sentidos de Namirrha y
no vio el horror de patas de caballo que yacía muerto con los cascos ennegreciéndose
lentamente, ni oyó los gemidos de Obexah que yacía a su lado todavía viva. Sus ojos se
vieron atraídos por el espejo de diamante que estaba en las garras de los negros
basiliscos de hierro detrás del altar, y acercándose al espejo vio allí un rostro que ya no
reconoció como el suyo. A causa de que su vista era borrosa y su cerebro estaba
atrapado por las variables redes del engaño, tomó el rostro por el del emperador Zotulla.
Insaciable como las mismas llamas del Infierno, su antiguo odio surgió en su interior y
sacó la espada encantada, comenzando a atacar el reflejo. A veces, a causa de la
maldición que había caído sobre él y de la impía trasmigración que había realizado, se
creía ser Zotulla luchando con el nigromante, y otras veces, en el torbellino de su locura,
era Namirrha luchando contra el emperador; después, sin tener un nombre, luchó contra
un enemigo sin nombre. Pronto la hechizada hoja, aunque estaba templada por conjuros
formidables, se rompió cerca de la empuñadura y Namirrha vio que la imagen estaba
aún intacta. Entonces, aullando las palabras medio olvidadas de una tremenda
maldición, invalidada a causa de sus olvidos, golpeó el espejo con la pesada
empuñadura de la espada, hasta que los zafiros y ópalos que lo adornaban se rasgaron y
cayeron a sus pies en pequeños fragmentos.
Obexah, moribunda sobre el altar, vio a Namirrha batallando contra su imagen, y el
espectáculo le produjo una risa enloquecida como el roto repique de unas campanas de
cristal. Pronto, por encima de su risa y de las maldiciones de Namirrha, llegó, como el
rugido de una tormenta que surge velozmente, el estruendo producido por los caballos
macrocósmicos de Thamogorgos, regresando por Xylac hacia el mar y pasando por
Ummaos para arrasar la única casa que habían perdonado la primera vez.
FIN

El hundimiento de la Casa de Usher - Edgar Allan Poe


El hundimiento
de la Casa de Usher
Edgar Allan Poe
(1809-1849)

Su corazón es un laúd colgado; no bien lo tocan, resuena.
(DE BÉRANGER.)
Durante un día entero de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que
las nubes se cernían pesadas y opresoras en los cielos, había yo
cruzado solo, a caballo, a través de una extensión singularmente
monótona de campiña, y al final me encontré, cuando las sombras
de la noche se extendían, a la vista de la melancólica Casa de
Usher. No sé cómo sucedió; pero, a la primera ojeada sobre el
edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu.
Digo insufrible, pues aquel sentimiento no estaba mitigado por esa
emoción semiagradable, por ser poético, con que acoge en general
el ánimo hasta la severidad de las naturales imágenes de la
desolación o del terror. Contemplaba yo la escena ante mí—la
simple casa, el simple paisaje característico de la posesión, los
helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos, algunos
juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos—con
una completa depresión de alma que no puede compararse
apropiadamente, entre las sensaciones terrestres, más que con ese
ensueño posterior del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida
diaria, a la atroz caída del velo. Era una sensación glacial, un
abatimiento, una náusea en el corazón, una irremediable tristeza de
pensamiento que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar
a lo sublime. ¿Qué era aquello—me detuve a pensarlo—, qué era
aquello que me desalentaba así al contemplar la Casa de Usher?
Era un misterio de todo punto insoluble; no podía luchar contra las
sombrías visiones que se amontonaban sobre mí mientras
reflexionaba en ello. Me vi forzado a recurrir a la conclusión
insatisfactoria de que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de
objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarnos de
este modo, aunque el análisis de ese poder se base sobre
consideraciones en que perderíamos pie. Era posible, pensé, que
una simple diferencia en la disposición de los detalles de la
decoración, de los pormenores del cuadro, sea suficiente para
modificar, para aniquilar quizá, esa capacidad de impresión
dolorosa. Obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hacia la
orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía
con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo—pero
con un estremecimiento más aterrador aún que antes—las
imágenes recompuestas e invertidas de los juncos grisáceos de los
lívidos troncos y de las ventanas parecidas a ojos vacíos.
Sin embargo, en aquella mansión lóbrega me proponía residir unas
semanas. Su propietario, Roderick Usher, fué uno de mis joviales
compañeros de infancia; pero habían transcurrido muchos años
desde nuestro último encuentro. Una carta, empero, habíame
llegado recientemente a una alejada parte de la comarca—una
carta de él—, cuyo carácter de vehemente apremio no admitía otra
respuesta que mi presencia. La letra mostraba una evidente
agitación nerviosa. El autor de la carta me hablaba de una dolencia
física aguda—de un trastorno mental que le oprimía—y de un
ardiente deseo de verme, como a su mejor y en realidad su único
amigo, pensando hallar en el gozo de mi compañía algún alivio a su
mal. Era la manera como decía todas estas cosas y muchas más,
era la forma suplicante de abrirme su pecho, lo que no me permitía
vacilación y, por tanto, obedecí desde luego, lo que consideraba yo,
pese a todo, como un requerimiento muy extraño.
Aunque de niños hubiéramos sido camaradas íntimos, bien mirado,
sabía yo muy poco de mi amigo. Su reserva fué siempre excesiva y
habitual. Sabía, no obstante, que pertenecía a una familia muy
antañona que se había distinguido desde tiempo inmemorial por
una peculiar sensibilidad de temperamento, desplegada a través de
los siglos en muchas obras de un arte elevado, y que se
manifestaba desde antiguo en actos repetidos de una generosa
aunque recatada caridad, así como por una apasionada devoción a
las dificultades, quizá más bien que a las bellezas ortodoxas y sin
esfuerzo reconocibles de la ciencia musical. Tuve también noticia
del hecho muy notable de que del tronco de la estirpe de los Usher,
por gloriosamente antiguo que fuese, no había brotado nunca, en
ninguna época, rama duradera; en otras palabras: que la familia
entera se había perpetuado siempre en línea directa, salvo muy
insignificantes y pasajeras excepciones. Semejante deficiencia,
pensé—mientras revisaba en mi imaginación la perfecta
concordancia de aquellas aserciones con el carácter proverbial de
la raza, y mientras reflexionaba en la posible influencia que una de
ellas podía haber ejercido, en una larga serie de siglos, sobre la
otra—, era acaso aquella ausencia de rama colateral y de
consiguiente transmisión directa, de padre a hijo, del patrimonio del
nombre, lo que había, a la larga, identificado tan bien a los dos,
uniendo el título originario de la posesión a la arcaica y equívoca
denominación de "Casa de Usher", denominación empleada por los
lugareños, y que parecía juntar en su espíritu la familia y la casa
solariega.
Ya he dicho que el único efecto de mi experiencia un tanto pueril—
contemplar abajo el estanque—fué hacer más profunda aquella
primera impresión. No puedo dudar que la conciencia de mi
acrecida superstición—¿por qué no definirla así?—sirvió para
acelerar aquel crecimiento. Tal es, lo sabía desde larga fecha, la
paradójica ley de todos los sentimientos basados en el terror. Y
aquélla fué tal vez la única razón que hizo, cuando mis ojos desde
la imagen del estanque se alzaron hacia la casa misma, que
brotase en mi mente una extraña visión, una visión tan ridícula, en
verdad, que si hago mención de ella es para demostrar la viva
fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación había
trabajado tanto, que creía realmente que en torno a la casa y la
posesión enteras flotaba una atmósfera peculiar, así como en las
cercanías más inmediatas; una atmósfera que no tenía afinidad con
el aire del cielo, sino que emanaba de los enfermizos árboles, de los
muros grisáceos y del estanque silencioso; un vapor pestilente y
místico, opaco, pesado, apenas discernible, de tono plomizo.
Sacudí de mi espíritu lo que no podía ser más que un sueño, y
examiné más minuciosamente el aspecto real del edificio. Su
principal característica parecía ser la de una excesiva antigüedad.
La decoloración ocasionada por los siglos era grande. Menudos
hongos se esparcían por toda la fachada, tapizándola con la fina
trama de un tejido, desde los tejados. Por cierto que todo aquello no
implicaba ningún deterioro extraordinario. No se había desprendido
ningún trozo de la mampostería, y parecía existir una violenta
contradicción entre aquella todavía perfecta adaptación de las
partes y el estado especial de las piedras desmenuzadas. Aquello
me recordaba mucho la espaciosa integridad de esas viejas
maderas labradas que han dejado pudrir durante largos años en
alguna olvidada cueva, sin contacto con el soplo del aire exterior.
Aparte de este indicio de ruina extensiva, el edificio no presentaba
el menor síntoma de inestabilidad. Acaso la mirada de un
observador minucioso hubiera descubierto una grieta apenas
perceptible que, extendiéndose desde el tejado de la fachada, se
abría paso, bajando en zigzag por el muro, e iba a perderse en las
tétricas aguas del estanque.
Observando estas cosas, seguí a caballo un corto terraplén hacia la
casa. Un lacayo que esperaba cogió mi caballo, y entré por el arco
gótico del vestíbulo. Un criado de furtivo andar me condujo desde
allí, en silencio, a través de muchos corredores oscuros e
intrincados, hacia el estudio de su amo. Muchas de las cosas que
encontré en mi camino contribuyeron, no sé por qué, a exaltar esas
vagas sensaciones de que he hablado antes. Los objetos que me
rodeaban—las molduras de los techos, los sombríos tapices de las
paredes, la negrura de ébano de los pisos y los fantasmagóricos
trofeos de armas que tintineaban con mis zancadas—eran cosas
muy conocidas para mí, a las que estaba acostumbrado desde mi
infancia, y aunque no vacilase en reconocerlas todas como
familiares, me sorprendió lo insólitas que eran las visiones que
aquellas imágenes ordinarias despertaban en mí. En una de las
escaleras me encontré al médico de la familia. Su semblante,
pensé, mostraba una expresión mezcla de baja astucia y de
perplejidad. Me saludó con azaramiento, y pasó. El criado abrió
entonces una puerta y me condujo a presencia de su señor.
La habitación en que me hallaba era muy amplia y alta; las
ventanas, largas, estrechas y ojivales, estaban a tanta distancia del
negro piso de roble, que eran en absoluto inaccesibles desde
dentro. Débiles rayos de una luz roja abríanse paso a través de los
cristales enrejados, dejando lo bastante en claro los principales
objetos de alrededor; la mirada, empero, luchaba en vano por
alcanzar los rincones lejanos de la estancia, o los entrantes del
techo abovedado y con artesones. Oscuros tapices colgaban de las
paredes. El mobiliario general era excesivo, incómodo, antiguo y
deslucido. Numerosos libros e instrumentos de música yacían
esparcidos en torno, pero no bastaban a dar vitalidad alguna a la
escena. Sentía yo que respiraba una atmósfera penosa. Un aire de
severa, profunda e irremisible melancolía se cernía y lo penetraba
todo.
A mi entrada, Usher se levantó de un sofá sobre el cual estaba
tendido por completo, y me saludó con una calurosa viveza que se
asemejaba mucho, tal vez fué mi primer pensamiento, a una
exagerada cordialidad, al obligado esfuerzo de un hombre de
mundo ennuyé (1). Con todo, la ojeada que lancé sobre su cara me
convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos, y durante unos
momentos, mientras él callaba, le miré con un sentimiento mitad de
piedad y mitad de pavor. ¡De seguro, jamás hombre alguno había
cambiado de tan terrible modo y en tan breve tiempo como Roderick
Usher! A duras penas podía yo mismo persuadirme a admitir la
identidad del que estaba frente a mí con el compañero de mis
primeros años. Aun así el carácter de su fisonomía había sido
siempre notable.
Un cutis cadavérico, unos ojos grandes, líquidos y luminosos sobre
toda comparación; unos labios algo finos y muy pálidos, pero de
una curva incomparablemente bella; una nariz de un delicado tipo
hebraico, pero de una anchura desacostumbrada en semejante
forma; una barbilla moldeada con finura, en la que la falta de
prominencia revelaba una falta de energía; el cabello, que por su
tenuidad suave parecía tela de araña; estos rasgos, unidos a un
desarrollo frontal excesivo, componían en conjunto una fisonomía
que no era fácil olvidar. Y al presente, en la simple exageración del
carácter predominante de aquellas facciones, y en la expresión que
mostraban, se notaba un cambio tal, que dudaba yo del hombre a
quien hablaba. La espectral palidez de la piel y el brillo ahora
milagroso de los ojos me sobrecogían sobre toda ponderación, y
hasta me aterraban. Además, había él dejado crecer su sedoso
cabello sin preocuparse, y como aquel tejido arácneo flotaba más
que caía en torno a la cara, no podía yo, ni haciendo un esfuerzo,
relacionar a aquella expresión arabesca con idea alguna de simple
humanidad.
Me chocó lo primero cierta incoherencia, una contradicción en las
maneras de mi amigo, y pronto descubrí que aquello procedía de
una serie de pequeños y fútiles esfuerzos por vencer un
azaramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa.
Estaba ya preparado para algo de ese género, no sólo por su carta,
sino por los recuerdos de ciertos rasgos de su infancia, y por las
conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y de su
temperamento. Sus actos eran tan pronto vivos como indolentes. Su
voz variaba rápidamente de una indecisión trémula (cuando su
ardor parecía caer en completa inacción) a esa especie de
concisión enérgica, a esa enunciación abrupta, pesada, lenta—una
enunciación hueca—, a ese habla gutural, plúmbea, muy bien
modulada y equilibrada, que puede observarse en el borracho
perdido o en el incorregible comedor de opio, durante los períodos
de su más intensa excitación.
Así, pues, habló del objeto de mi visita, de su ardiente deseo de
verme, y de la alegría que esperaba de mí. Se extendió bastante
rato sobre lo que pensaba acerca del carácter de su dolencia. Era,
dijo, un mal constitucional, de familia, para el cual desesperaba de
encontrar un remedio; una simple afección nerviosa, añadió acto
seguido, que, sin duda, desaparecía pronto. Se manifestaba en una
multitud de sensaciones extranaturales... Algunas, mientras me las
detallaba, me interesaron y confundieron, aunque quizá los términos
y gestos de su relato influyeron bastante en ello. Sufría él mucho de
una agudeza morbosa de los sentidos; sólo toleraba los alimentos
más insípidos; podía usar no más que prendas de cierto tejido; los
aromas de todas las flores le sofocaban, una luz, incluso débil,
atormentaba sus ojos, y exclusivamente algunos sonidos
peculiares, los de los instrumentos de cuerda, no le inspiraban
horror.
Vi que era el esclavo forzado de una especie de terror anómalo.
—Moriré—dijo—, debo morir de esta lamentable locura. Así, así y
no de otra manera, debo morir. Temo los acontecimientos futuros,
no en sí mismos, sino en sus consecuencias. Tiemblo al
pensamiento de cualquier cosa, del más trivial incidente que pueden
actuar sobre esta intolerable agitación de mi alma. Siento verdadera
aversión al peligro, excepto en su efecto absoluto: el terror. En tal
estado de excitación, en tal estado lamentable, presiento que antes
o después llegará un momento en que han de abandonarme a la
vez la vida y la razón, en alguna lucha con el horrendo fantasma,
con el miedo.
Supe también a intervalos, por insinuaciones interrumpidas y
ambiguas, otra particularidad de su estado mental. Estaba él
encadenado por ciertas impresiones supersticiosas, relativas a la
mansión donde habitaba, de la que no se había atrevido a salir
desde hacía muchos años, relativas a una influencia cuya supuesta
fuerza expresaba en términos demasiado sombríos para ser
repetidos aquí, una influencia que algunas particularidades en la
simple forma y materia de su casa solariega habían, a costa de un
largo sufrimiento, decía él, logrado sobre su espíritu un efecto que
lo físico de los muros y de las torres grises, y del oscuro estanque
en que todo se reflejaba, había al final creado sobre lo moral de su
existencia.
Admitía él, no obstante, aunque con vacilación, que gran parte de la
especial tristeza que le afligía podía atribuirse a un origen más
natural y mucho más palpable, a la cruel y ya antigua dolencia, a la
muerte—sin duda cercana—de una hermana tiernamente amada,
su sola compañera durante largos años, su última y única parienta
en la tierra.
—Su fallecimiento—dijo él con una amargura que no podré nunca
olvidar—me dejará (a mí, el desesperanzado, el débil) como el
último de la antigua raza de los Usher.
Mientras hablaba, lady Madeline (así se llamaba) pasó por la parte
más distante de la habitación, y sin fijarse en mi presencia,
desapareció. La miré con un enorme asombro no desprovisto de
terror, y, sin embargo, me pareció imposible darme cuenta de tales
sentimientos. Una sensación de estupor me oprimía conforme mis
ojos seguían sus pasos que se alejaban. Cuando al fin se cerró una
puerta tras ella, mi mirada buscó instintivamente la cara de su
hermano, pero él había hundido el rostro en sus manos, y sólo pude
observar que una palidez mayor que la habitual se había extendido
sobre los descarnados dedos, a través de los cuales goteaban
abundantes lágrimas apasionadas.
La enfermedad de lady Madeline había desconcertado largo tiempo
la ciencias de sus médicos. Una apatía constante, un agotamiento
gradual de su persona, y frecuentes, aunque pasajeros ataques de
carácter cataléptico parcial, eran el singular diagnóstico. Hasta
entonces había ella soportado con firmeza la carga de su enferme,
sin resignarse, por fin, a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi
llegada a la casa, sucumbió (como su hermano me dijo por la noche
con una inexpresable agitación) al poder postrador del mal, y supe
dela mirada que yo le había dirigido sería, probablemente, la última,
que no vería ya nunca más a aquella dama, viva al menos.
En varios días consecutivos no fué mencionado su nombre ni por
Usher ni por mí, y durante ese período hice esfuerzos ardosos para
aliviar la melancolía de mi amigo. Pintamos y leímos juntos, o si no,
escuchaba yo, como un sueño, sus fogosas improvisaciones en su
elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más
estrecha me admitía con mayor franqueza en las reconditeces de su
alma, percibía yo más amargamente la inutilidad de todo esfuerzo
para alegrar un espíritu cuya negrura, como una cualidad positiva
que le fuese inherente, derramaba sobre todos los objetos del
universo moral u físico una irradiación incesante de tristeza.
Conservaré siempre el recuerdo de muchas horas solemnes que
pasé solo con el dueño de la Casa de Usher. A pesar de todo,
intentaría en balde expresar el carácter exacto de los estudios o de
las ocupaciones en que me complicaba o cuyo camino me
mostraba. Una idealidad ardiente, elevada, enfermiza, arrojaba su
luz sulfúrea por doquiera. Sus largas improvisaciones fúnebres
resonarán siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo
dolorosamente cierta singular perversión, amplificada, del aria
impetuosa del último vals de Weber. En cuanto a las pinturas que
incubaba su laboriosa fantasía—que llegaba, trazo a trazo, a una
vaguedad que me hacía estremecer con mayor conmoción, pues
temblaba sin saber por qué—, en cuanto a aquella pinturas (de
imágenes tan vivas, que las tengo aún ante mí), en vano intentaría
yo extraer de ellas la más pequeña parte que pudiese estar
contenida en el ámbito de las simples palabras escritas. Por la
completa sencillez, por la desnudez de sus dibujos, inmovilizaba y
sobrecogía la atención. Si alguna vez un mortal pintó una idea, ese
mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos, en las circunstancias
que me rodeaban, de las puras abstracciones que el hipocondríaco
se ingeniaba en lanzar sobre su lienzo, se alzaba un terror intenso,
intolerable, cuya sombra no he sentido nunca en la contemplación
de los sueños, sin duda, refulgentes, aunque demasiado concretos,
de Fuseli.
Una de las concepciones fantasmagóricas de mi amigo, en que el
espíritu de abstracción no participaba con tanta rigidez, puede ser
esbozada, aunque apenas, con palabras. Era un cuadrito que
representaba el interior de una cueva o túnel intensamente largo y
rectagular, de muros bajos, lisos, blancos y sin interrupción ni
adorno. Ciertos detalles accesorios del dibujo servían para hacer
comprender la idea de que aquella excavación estaba a una
profundidad excesiva bajo la superficie de la tierra. No se veía
ninguna salida a lo largo de su vasta extensión, ni se divisaba
antorcha u otra fuente artificial de luz, y, sin embargo, una oleada
de rayos intensos rodaba de parte a parte, bañándolo todo en un
lívido e inadecuado esplendor.
Acabo de hablar de ese estado morboso del nervio auditivo que
hacía toda música intolerable para el paciente, excepto ciertos
efectos de los instrumentos de cuerda. Eran, quizá, los límites
estrechos en los cuales se había confinado él mismo al tocar la
guitarra los que habían dado en gran parte aquel carácter fantástico
a sus interpretaciones. Pero en cuanto a la férvida facilidad de sus
impromptus, no podía uno darse cuenta así. Tenían que ser, y lo
eran, en las notas lo mismo que en las palabras de sus fogosas
fantasías (pues él las acompañaba a menudo con improvisaciones
verbales rimadas), el resultado de ese intenso recogimiento, de esa
concentración mental a los que he aludido antes, y que se observan
sólo en los momentos especiales de la más alta excitación artificial.
Recuerdo bien las palabras de una de aquellas rapsodias. Me
impresionó acaso más fuertemente cuando él me la dió, porque
bajo su sentido interior o místico me pareció percibir por primera vez
que Usher tenía plena conciencia de su estado, que sentía cómo su
sublime razón se tambaleaba sobre su trono. Aquellos versos,
titulados El palacio hechizado, eran, poco más o menos, si no al pie
de la letra, los siguientes:
I
En el más verde de nuestros valles,
habitado por los ángeles buenos,
antaño un bello y majestuoso palacio
—un radiante palacio—alzaba su frente.
En los dominios del rey Pensamiento,
¡allí se elevaba!
Jamás un serafín desplegó el ala
sobre un edificio la mitad de bello.
II
Banderas amarillas, gloriosas doradas
sobre su remate flotaban y ondeaban
(esto, todo esto, sucedía hace mucho,
muchísimo tiempo);
y a cada suave brisa que retozaba
en aquellos gratos días,
a lo largo de los muros pálidos y empenachados
se elevaba un aroma alado.
III
Los que vagaban por ese alegre valle,
a través de dos ventanas iluminadas, veían
espíritus moviéndose musicalmente
a los sones de un laúd bien templado,
en torno a un trono donde, sentado
(¡porfirogénito!)
con un fausto digno de su gloria,
aparecía el señor del reino.
IV
Y refulgente de perlas y rubíes
era la puerta del bello palacio
por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas
y centelleaba sin cesar,
una turba de Ecos cuya grata misión
era sólo cantar,
con voces de magnífica belleza,
el talento y el saber de su rey.
V
Pero seres malvados, con ropajes de luto,
asaltaron la elevada posición del monarca;
(¡ah, lloremos, pues nunca el alba
despuntará sobre él, el desolado!)
Y en torno a su mansión, la gloria
que rojeaba y florecía
es sólo una historia oscuramente recordada
de las viejas edades sepultadas.
VI
Y ahora los viajeros, en ese valle,
a través de las ventanas rojizas, ven
amplias formas moviéndose fantásticamente
amplias formas moviéndose fantásticamente
en una desacorde melodía;
mientras, cual un rápido y horrible río,
a través de la pálida puerta
una horrenda turba se precipita eternamente,
riendo, mas sin sonreír nunca más.
Recuerdo muy bien que las sugestiones suscitadas por esta balada
nos sumieron en una serie de pensamientos en la que se manifestó
una opinión de Usher que menciono aquí, no tanto en razón de su
novedad (pues otros hombres han pensado lo mismo) (2), sino a
causa de la tenacidad con que él la mantuvo. Esta opinión, en su
forma general, era la de la sensibilidad de todos los seres
vegetales. Pero en su trastornada imaginación la idea había
asumido un carácter más atrevido aún, e invadía, bajo ciertas
condiciones, el reino inorgánico. Me faltan palabras para expresar
toda la extensión o el serio abandono de su convencimiento. Esta
creencia, empero, se relacionaba (como ya antes he sugerido) con
las piedras grises de la mansión de sus antepasados. Aquí las
condiciones de la sensibilidad estaban cumplidas, según él
imaginaba, por el método de colocación de aquellas piedras, por su
disposición, así como por los numerosos hongos que las cubrían y
los árboles enfermizos que se alzaban alrededor, pero sobre todo
por la inmutabilidad de aquella disposición y por su desdoblamiento
en las quietas aguas del estanque. La prueba—la prueba de aquella
sensibilidad—estaba, decía él (y yo le oía hablar, sobresaltado), en
la gradual, pero evidente condensación, por encima de las aguas y
alrededor de los muros, de una atmósfera que les era propia. El
resultado se descubría, añadía él, en aquella influencia muda,
aunque importuna y terrible, que desde hacía siglos había
moldeado los destinos de su familia, y que le hacía a él tal como le
veía yo ahora, tal como era. Semejantes opiniones no necesitan
comentarios, y no los haré.
Nuestros libros—los libros que desde hacía años formaban una
parte no pequeña de la existencia espiritual del enfermo—estaban,
como puede suponerse, de estricto acuerdo con aquel carácter
fantasmal. Estudiábamos minuciosamente obras como el Vertvert et
Chartreuse, de Gresset; el Belphegor, de Maquiavelo; El cielo y el
infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo, de Nicolás Klimm de
Holberg; la Quiromancia, de Roberto Flaud, de Jean d'Indaginé y de
De la Chambre; el Viaje por el espacio azul, de Tieck, y la Ciudad
del Sol, de Campanella. Uno de sus volúmenes favoritos era una
pequeña edición in octavo del Directorium Inquisitorium, por el
dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes, en Pomponius Mela,
acerca de los antiguos sátiros africanos o egipanes, sobre los
cuales Usher soñaba durante horas enteras. Su principal delicia,
con todo, la encontraba en la lectura atenta de un raro y curioso
libro gótico in-quarto—el manual de una iglesia olvidada—, las
Vigiliae Mortuorum Secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae.
Pensaba a mi pesar en el extraño ritual de aquel libro, y en su
probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando, una noche,
habiéndome informado bruscamente de que lady Madeline ya no
existía anunció su intención de conservar el cuerpo durante una
quincena (antes de su enterramiento final) en una de las numerosas
criptas situadas bajo los gruesos muros del edificio. La razón
profana que daba sobre aquella singular manera de proceder era de
esas que no me sentía yo con libertad para discutir. Como hermano,
había adoptado aquella resolución (me dijo él) en consideración al
carácter insólito de la enfermedad de la difunta, a cierta curiosidad
importuna e indiscreta por parte de los hombres de ciencia, y a la
alejada y expuesta situación del panteón familiar. Confieso que,
cuando recordé el siniestro semblante del hombre con quien me
había encontrado en la escalera el día de mi llegada a la casa, no
sentí deseo de oponerme a lo que consideraba todo lo más como
una precaución inocente, pero muy natural.
A ruegos de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos de
aquel entierro temporal. Pusimos el cuerpo en el féretro, y entre los
dos lo transportamos a su lugar de reposo. La cripta en la que lo
dejamos (y que estaba cerrada hacía tanto tiempo, que nuestras
antorchas, semiacabadas en aquella atmósfera sofocante, no nos
permitían ninguna investigación) era pequeña, húmeda y no dejaba
penetrar la luz; estaba situada a una gran profundidad, justo debajo
de aquella parte de la casa donde se encontraba mi dormitorio.
Había sido utilizada, al parecer, en los lejanos tiempos feudales,
como mazmorra, y en días posteriores, como depósito de pólvora o
de alguna otra materia inflamable, pues una parte del suelo y todo
el interior de una larga bóveda que cruzamos para llegar hasta allí
estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro
macizo, estaba también protegida de igual modo. Cuando aquel
inmenso peso giraba sobre sus goznes producía un ruido singular,
agudo y chirriante.
Depositamos nuestro lúgubre fardo sobre unos soportes en aquella
región de horror, apartamos un poco la tapa del féretro, que no
estaba aún atornillada, y miramos la cara del cadáver. Un parecido
chocante entre el hermano y la hermana atrajo en seguida mi
atención, y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos, murmuró
unas palabras, por las cuales supe que la difunta y él eran gemelos,
y que habían existido siempre entre ellos unas simpatías de
naturaleza casi inexplicables. Nuestras miradas, entre tanto, no
permanecieron fijas mucho tiempo sobre la muerta, pues no
podíamos contemplarla sin espanto. El mal que había llevado a la
tumba a lady Madeline en la plenitud de su juventud había dejado,
como suele suceder en las enfermedades de carácter estrictamente
cataléptico, la burla de una débil coloración sobre el seno y el
rostro, y en los labios, esa sonrisa equívoca y morosa que es tan
terrible en la muerte. Volvimos a colocar y atornillamos la tapa, y
después de haber asegurado la puerta de hierro, emprendimos de
nuevo nuestro camino hacia las habitaciones superiores de la casa,
que no eran menos tristes.
Y entonces, después de un lapso de varios días de amarga pena,
tuvo lugar un cambio visible en los síntomas de la enfermedad
mental de mi amigo. Sus maneras corrientes desaparecieron. Sus
ocupaciones ordinarias eran descuidadas u olvidadas. Vagaba de
estancia en estancia con un paso precipitado, desigual y sin objeto.
La palidez de su fisonomía había adquirido si es posible, un color
más lívido; pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por
completo. No oía ya aquel tono de voz áspero que tenía antes en
ocasiones, y un temblor que se hubiera dicho causado por un terror
sumo, caracterizaba de ordinario su habla. Me ocurría a veces, en
realidad, pensar que su mente, agitada sin tregua, estaba torturada
por algún secreto opresor, cuya divulgación no tenía el valor para
efectuar. Otras veces me veía yo obligado a pensar, en suma, que
se trataba de rarezas inexplicables de la demencia, pues le veía
mirando al vacío durante largas horas en una actitud de profunda
atención, como si escuchase un ruido imaginario. No es de extrañar
que su estado me aterrase, que incluso sufriese yo su contagio.
Sentía deslizarse dentro de mí, en una gradación lenta, pero
segura, la violenta influencia de sus fantásticas, aunque
impresionantes supersticiones.
Fué en especial una noche, la séptima o la octava desde que
depositamos a lady Madeline en la mazmorra, antes de retirarnos a
nuestros lechos, cuando experimenté toda la potencia de tales
sensaciones. El sueño no quería acercarse a mi lecho, mientras
pasaban y pasaban las horas. Intenté buscar un motivo al
nerviosismo que me dominaba. Me esforcé por persuadirme de que
lo que sentía era debido, en parte al menos, a la influencia
trastornadora del mobiliario opresor de la habitación, a los sombríos
tapices desgarrados que, atormentados por las ráfagas de una
tormenta que se iniciaba, vacilaban de un lado a otro sobre los
muros y crujían penosamente en torno a los adornos del lecho. Pero
mis esfuerzos fueron inútiles. Un irreprimible temblor invadió poco a
poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a
apoderarse por completo de mi corazón. Respiré con violencia, hice
un esfuerzo, logré sacudirla, e incorporándome sobre las
almohadas y clavando una ardiente mirada en la densa oscuridad
de la habitación, presté oído—no sabría decir por que me impulsó
una fuerza instintiva—a ciertos ruidos vagos, apagados e
indefinidos que llegaban hasta mí a través de las pausas de la
tormenta. Dominado por una intensa sensación de horror,
inexplicable e insufrible me vestí de prisa (pues sentía que no iba a
serme posible dormir en toda la noche) y procuré, andando a
grandes pasos por la habitación, salir del estado lamentable en que
estaba sumido.
Apenas había dado así unas vueltas, cuando un paso ligero por una
escalera cercana atrajo mi atención. Reconocí muy pronto que era
el paso de Usher. Un instante después llamó suavemente en mi
puerta y entró, llevando una lámpara. Su cara era, como de
costumbre, de una palidez cadavérica; pero había, además, en sus
ojos una especie de loca hilaridad, y en todo su porte, una histeria
evidentemente contenida. Su aspecto me aterró; pero todo era
preferible a la soledad que había yo soportado tanto tiempo, y acogí
su presencia como un alivio.
—¿Y usted no ha visto esto?—dijo él bruscamente, después de
permanecer algunos momentos en silencio mirándome—. ¿No ha
visto usted esto? ¡Pues espere! Lo verá.
Mientras hablaba así, y habiendo resguardado cuidadosamente su
lámpara, se precipitó hacia una de las ventanas y la abrió de par en
par a la tormenta.
La impetuosa furia de la ráfaga nos levantó casi del suelo. Era, en
verdad, una noche tempestuosa; pero espantosamente bella, de
una rareza singular en su terror y en su belleza. Un remolino había
concentrado su fuerza en nuestra proximidad, pues había cambios
frecuentes y violentos en la dirección del viento, y la excesiva
densidad de las nubes (tan bajas, que pasaban sobre las tordillas
de la casa) no nos impedía apreciar la viva velocidad con la cual
acudían unas contra otras desde todos los puntos, en vez de
perderse a distancia. Digo que su excesiva densidad no nos
impedía percibir aquello, y aun así, no divisábamos ni la luna ni las
estrellas, ni relámpago alguno proyectaba su resplandor. Pero las
superficies inferiores de aquellas vastas masas de agitado vapor, lo
mismo que todos los objetos terrestres muy cerca alrededor
nuestro, reflejaban la claridad sobrenatural de una emanación
gaseosa que se cernía sobre la casa y la envolvía en una mortaja
luminosa y bien visible.
—¡No debe usted, no contemplará usted esto! —dije, temblando, a
Usher, y le llevé con suave violencia desde la ventana a una silla—.
Esas apariciones que le trastornan son simples fenómenos
eléctricos, nada raros, o puede que tengan su horrible origen en los
fétidos miasmas del estanque. Cerremos esta ventana; el aire es
helado y peligroso para su organismo. Aquí tiene usted una de sus
novelas favoritas. Leeré, y usted escuchará: y así pasaremos esta
terrible noche, juntos.
El antiguo volumen que había yo cogido era el Mad Trist, de sir
Launcelot Canning; pero lo había llamado el libro favorito de Usher
por triste chanza, pues, en verdad, con su tosca y pobre prolijidad,
poco atractivo podía ofrecer para la elevada y espiritual idealidad de
mi amigo. Era, sin embargo, el único libro que tenía inmediatamente
a mano, y me entregué a la vaga esperanza de que la excitación
que agitaba al hipocondríaco podría hallar alivio (pues la historia de
los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) hasta
en la exageración de las locuras que iba yo a leerle. A juzgar por el
gesto de predominante y ardiente interés con que escuchaba o
aparentaba escuchar las frases de la narración, hubiese podido
congratularme del éxito de mi propósito.
Había llegado a esa parte tan conocida de la historia en que
Ethelredo, el héroe del Trist, habiendo intentado en vano penetrar
pacíficamente en la mora da del ermitaño, se decide a entrar por la
fuerza. Aquí, como se recordará, dice lo siguiente la narración:
"Y Ethelredo que era por naturaleza de valeroso corazón, y que
ahora sentíase, además, muy fuerte, gracias a la potencia del vino
que había bebido no esperó más tiempo para hablar con el ermitaño
quien tenía de veras el ánimo propenso a la obstinación y a la
malicia; pero, sintiendo la lluvia sobre sus hombros y temiendo el
desencadenamiento de la tempestad, levantó su maza, y con unos
golpe abrió pronto un camino, a través de las tablas de la puerta, a
su mano enguantada de hierro; y entonces tirando con ella
vigorosamente hacia sí, hizo crujir, hundirse y saltar todo en
pedazos, de tal modo, que el ruido de la madera seca y sonando a
hueco repercutió de una parte a otra de la selva."
Al final de esta frase me estremecí e hice un pausa, pues me había
parecido (aunque pensé e seguida que mi excitada imaginación me
engañaba) que de una parte muy alejada de la mansión llegaba
confuso a mis oídos un ruido que se hubiera dicho, a causa de su
exacta semejanza de tono, el eco (pero sofocado y sordo,
ciertamente de aquel ruido real de crujido y de arrancamiento
descrito con tanto detalle por sir Launcelot. Era sin duda, la única
coincidencia lo que había atraído tan sólo mi atención, pues entre el
golpeteo de las hojas de las ventanas y los ruidos mezclados de la
tempestad creciente, el sonido en sí mismo no tenía, de seguro,
nada que pudiera intrigarme o turbarme.
Continué la narración:
"Pero el buen campeón Ethelredo, franqueando entonces la puerta,
se sintió dolorosamente furioso y asombrado al no percibir rastro
alguno del malicioso ermitaño, sino, en su lugar, un dragón de una
apariencia fenomenal y escamosa, con una lengua de fuego, y que
estaba de centinela ante un palacio de oro, con el suelo de plata, y
sobre el muro aparecía colgado un escudo brillante de bronce, con
esta leyenda encima:
El que entre aquí, vencedor será;
el que mate al dragón, el escudo ganará.
"Ethelredo levantó su maza y golpeó sobre la cabeza del dragón,
que cayó ante él y exhaló su aliento pestilente con un ruido tan
horrendo, áspero y penetrante a la vez, que Ethelredo tuvo que
taparse los oídos con las manos para resistir aquel terrible
estruendo como no lo había él oído nunca antes."
Aquí hice de súbito una nueva pausa, y ahora con una sensación de
violento asombro, pues no cabía duda de que había yo oído esta
vez (érame imposible decir de qué dirección venía) un ruido débil y
como lejano, pero áspero, prolongado, singularmente agudo y
chirriante, la contrapartida exacta del rito sobrenatural del dragón
descrito por el novelista y tal cual mi imaginación se lo había ya
figurado.
Oprimido como lo estaba, sin duda, por aquella segunda y muy
extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias,
entre las cuales predominaban un asombro y un terror extremos,
conservé, empero, la suficiente presencia de ánimo para tener
cuidado de no excitar con una observación cualquiera la
sensibilidad nerviosa de mi compañero. No estaba seguro en
absoluto de que él hubiera notado los ruidos en cuestión, siquiera, a
no dudar, una extraña alteración habíase manifestado, desde hacía
unos minutos, en su actitud. De su posición primera enfrente de mí
había él hecho girar gradualmente su silla de modo a encontrarse
sentado con la cara vuelta hacia la puerta de la habitación; así, sólo
podía yo ver parte de sus rasgos, aunque noté que sus labios
temblaban como si dejasen escapar un murmullo inaudible. Su
cabeza estaba caída sobre su pecho, y, no obstante, yo sabía que
no estaba dormido, pues el ojo que entreveía de perfil permanecía
abierto y fijo. Además, el movimiento de su cuerpo contradecía
también aquella idea, pues se balanceaba con suave, pero
constante y uniforme oscilación. Noté, desde luego, todo eso, y
reanudé el relato de sir Launcelot, que continuaba así:
"Y ahora el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del
dragón, y recordando el escudo de bronce, y que el encantamiento
que sobre él pesaba estaba roto, apartó la masa muerta de delante
de su camino y avanzó valientemente por el suelo de plata del
castillo hacia el sitio del muro de donde colgaba el escudo; el cual,
en verdad, no esperó a que estuviese él muy cerca, sino que cayó a
sus pies sobre el pavimento de plata, con un pesado y terrible ruido.
"
Apenas habían pasado entre mis labios estas últimas sílabas, y
como si en realidad hubiera caído en aquel momento un escudo de
bronce pesadamente sobre un suelo de plata, oí el eco claro,
profundo, metálico, resonante, si bien sordo en apariencia. Excitado
a más no poder, salté sobre mis pies, en tanto que Usher no había
interrumpido su balanceo acompasado.
Sus ojos estaban fijos ante sí, y toda su fisonomía, contraída por
una pétrea rigidez. Pero cuando puse la mano sobre su hombro, un
fuerte estremecimiento recorrió toda su ser, una débil sonrisa
tembló sobre sus labios, y vi que hablaba con un murmullo
apagado, rápido y balbuciente, como si no se diera cuenta de mi
presencia. Inclinándome sobre él, absorbí al fin el horrendo
significado de sus palabras
—¿No oye usted? Sí, yo oigo, y he oído. Durante mucho, mucho
tiempo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, he oído; pero
no me atrevía. ¡Oh, piedad para mí, mísero desdichado que soy!
¡No me atrevía, no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la
tumba! ¿No le he dicho que mis sentidos están agudizados? Le digo
ahora que he oído sus primeros débiles movimientos dentro del
ataúd. Los he oído hace muchos, muchos días, y, sin embargo, ¡no
me atreví a hablar! Y ahora, esta noche, Ethelredo, ¡ja, ja! ¡La
puerta del ermitaño rota, el grito de muerte del dragón y el
estruendo del escudo, diga usted mejor el arrancamiento de su
féretro, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y su lucha
dentro de la bóveda de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huir? ¿No estará ella
aquí en seguida? ¿No va a aparecer para reprocharme mi
precipitación? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No percibo el
pesado y horrible latir de su corazón? ¡Insensato!—y en ese
momento se alzó furiosamente de puntillas y aulló sus sílabas como
si en aquel esfuerzo exhalase su alma—: Insensato. ¡Le digo a
usted que ella está ahora detrás de la puerta!
En el mismo instante, como si la energía sobrehumana de sus
palabras hubiese adquirido la potencia de un hechizo, las grandes y
antiguas hojas que él señalaba entreabrieron pausadamente sus
pesadas mandíbulas de ébano. Era aquello obra de una furiosa
ráfaga, pero en el marco de aquella puerta estaba entonces la alta y
amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre sobre
su blanco ropaje, y toda su demacrada persona mostraba las
señales evidentes de una enconada lucha. Durante un momento
permaneció trémula y vacilante sobre el umbral; luego, con un grito
apagado y quejumbroso, cayó a plomo hacia adelante sobre su
hermano, y en su violenta y ahora definitiva agonía le arrastró al
suelo, ya cadáver y víctima de sus terrores anticipados.
Huí de aquella habitación y de aquella mansión, horrorizado. La
tempestad se desencadenaba aún en toda su furia cuando franqueé
la vieja calzada. De pronto una luz intensa se proyectó sobre el
camino y me volví para ver dónde podía brotar claridad tan singular,
pues sólo tenía a mi espalda la vasta mansión y sus sombras. La
irradiación provenía de la luna llena, que se ponía entre un rojo de
sangre, y que ahora brillaba con viveza a través de aquella grieta
antes apenas visible, y que, como ya he dicho al principio, se
extendía, zigzagueando, desde el tejado del edificio hasta la base.
Mientras la examinaba, aquella grieta se ensanchó con rapidez;
hubo de nuevo una impetuosa ráfaga, un remolino; el disco entero
del satélite estalló de repente ante mi vista; mi cerebro se alteró
cuando vi los pesados muros desplomarse, partidos en dos; resonó
un largo y tumultuoso estruendo, como la voz de mil cataratas, y el
estanque profundo y fétido, situado a mis pies, se cerró tétrica y
silenciosamente sobre los restos de la Casa de Usher.
FIN

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