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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 23 de julio de 2012

CHARLES PERRAULT , BARBA AZUL





CHARLES PERRAULT  
BARBA AZUL 






BARBA AZUL Charles Perrault 




Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres. Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohibo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera. Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo. De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamas se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar á la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó
a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba. Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la resfregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso. Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave. Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete!
Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto. Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más. Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa. La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece. Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece. 3
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó
a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul. Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó
para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos. Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.


MORALEJA 

 La curiosidad, teniendo sus encantos,
 a menudo se paga con penas y con llantos;
 a diario mil ejemplos se ven aparecer.
 Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
 no bien se experimenta cuando deja de ser;
 y el precio que se paga es siempre exagerado.

OTRA MORALEJA 

 Por poco que tengamos buen sentido
 y del mundo conozcamos el tinglado,
 a las claras habremos advertido
 que esta historia es de un tiempo muy pasado;
 ya no existe un esposo tan terrible,
 ni capaz de pedir un imposible,
 aunque sea celoso, antojadizo.
 Junto a su esposa se le ve sumiso
 y cualquiera que sea de su barba el color,
 cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.

El soldado y la muerte - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev


El soldado y la muerte 
  
Aleksandr Nikoalevich Afanasiev 



Un soldado, después de haber cumplido su servicio  durante  veinticinco  años,  pidió  ser licenciado y se fue a correr mundo.
 
Anduvo  algún  tiempo,  y  se  encontró  a  un pobre  que  le  pidió  limosna.  El  soldado  tenía sólo  tres  galletas  y  dio una  al  mendigo,  quedándose  él  con  dos.  Siguió  su  camino,  y  a poco  tropezó  con  otro  pobre  que  también  le pidió  limosna  saludándolo  humildemente.  El soldado  repartió  con  él  su  provisión,  dándole una galleta y quedándose él con la última.

Llevaba  andando  un  buen  rato  cuando  se encontró a un tercer mendigo. Era un anciano de pelo blanco como la nieve, que también lo saludó  humildemente  pidiéndole  limosna.  El soldado  sacó  su  última  galleta  y  reflexionó
así:

«Si le doy la galleta entera me quedaré sin provisiones; pero si le doy la mitad y encuentra  a  los  otros  dos  pobres,  al  ver  que  a  ellos les he dado una galleta entera a cada uno se


podrá ofender. Será mejor que le dé la galleta entera; yo me podré pasar sin ella.»

Le  dio  su  última  galleta,  quedándose  sin provisiones. Entonces el anciano le preguntó:

-Dime,  hijo  mío,  ¿qué  deseas  y  qué  necesitas?

-Dios  te  bendiga  -le  contestó  el  soldado-.
¿Qué  quieres  que  te  pida  a  ti,  abuelito,  si eres tan pobre que nada puedes ofrecerme?

-No  hagas  caso  de  mi  miseria  y  dime  lo que  deseas;  quizá  pueda  recompensarte  por tu buen corazón.

-No  necesito  nada;  pero  si  tienes  una  baraja, dámela como recuerdo tuyo.

El anciano sacó de su bolsillo una baraja y se la dio al soldado, diciendo:



-Tómala,  y  puedes  estar  seguro  de  que, juegues con quien juegues, siempre ganarás. Aquí  tienes  también  una  alforja;  a  quien  encuentres  en el camino, sea persona, sea animal  o  sea  cosa,  si  la  abres  y  dices:  «Entra aquí», en seguida se meterá en ella.

-Muchas gracias -le dijo el soldado.

Y sin dar importancia a lo que el anciano le había  dicho,  tomó  la  baraja  y  la  alforja  y  siguió su camino.

Después de andar bastante tiempo llegó a la orilla de un lago y vio en él tres gansos que estaban  nadando.  Se  le  ocurrió  al  soldado ensayar su alforja; la abrió y exclamó:

-¡Ea, gansos, entren aquí!

Apenas  tuvo  tiempo  de  pronunciar  estas palabras cuando, con gran asombro suyo, los gansos  volaron  hacia  él  y  entraron  en  la  al

forja. El soldado la ató, se la puso al hombro y siguió su camino.

Anduvo,  anduvo  y  al  fin  llegó  a  una  gran ciudad  desconocida.  Entró  en  una  taberna  y dijo al tabernero:

-Oye, toma este ganso y ásamelo para cenar; por este otro me darás pan y una buena copa de aguardiente, y este tercero te lo doy a ti en pago de tu trabajo.

Se  sentó  a  la  mesa  y,  una  vez  lista  la  cena,  se  puso  a  comer,  bebiéndose  el  aguardiente  y  comiéndose  el  sabroso  ganso.  Conforme cenaba, se le ocurrió mirar por la ventana  y  vio  cerca  de  la  taberna  un  magnífico palacio  que  tenía  rotos  todos  los  cristales  de las ventanas.

-Dime  -preguntó  al  tabernero-,  ¿qué  palacio es ése y por qué se halla abandonado?



-Ya hace tiempo -le dijo éste-que nuestro zar hizo construir ese palacio, pero le fue imposible establecerse en él. Hace ya diez años que  está  abandonado,  porque  los  diablos  lo han  tomado  por  residencia  y  echan  de  él  a todo  el  que  entra.  Apenas  llega  la  noche  se reúnen  allí  a  bailar,  alborotar  y  jugar  a  los naipes.

El  soldado,  sin  pararse  a  pensar  en  nada, se dirigió a palacio, se presentó ante el zar, y haciendo un saludo militar, le dijo así:

-¡Majestad! Perdóname mi audacia por venir  a  verte  sin  ser  llamado.  Quisiera  que  me dieses  permiso  para  pasar  una  noche  en  tu palacio abandonado.

-¡Tú estás loco! Se han presentado ya muchos  hombres  audaces  y  valientes  pidiéndome  lo  mismo;  a  todos  les  di  permiso,  pero ninguno de ellos ha vuelto vivo.



-El soldado ruso ni se ahoga en el agua ni se  quema  en  el  fuego  -contestó  el  soldado-. He  servido  a  Dios  y  al  zar  veinticinco  años  y no me he muerto. ¿Crees que ahora me voy a morir en una sola noche?

-Pero  te  advierto  que  siempre  que  ha  entrado al anochecer un  hombre vivo, a la mañana  siguiente  sólo  se  han  encontrado  los huesos -contestó el zar.

El  soldado  persistió  en  su  deseo,  rogando al zar que le diese permiso para pasar la noche en el palacio abandonado.

-Bueno  -dijo  al  fin  el  zar-.  Ve  allí  si  quieres;  pero  no  podrás  decir  que  ignoras  la muerte que te espera.

Se fue el soldado al palacio abandonado, y una vez allí se instaló en la gran sala, se quitó  la  mochila  y  el  sable,  puso  la  primera  en un  rincón  y  colgó  el  sable  de  un  clavo.  Se sentó  a  la  mesa,  sacó  la  tabaquera,  llenó  la


pipa,  la  encendió  y  se  puso  a  fumar  tranquilamente.

A  las  doce  de  la  noche  acudieron,  no  se sabe  de  dónde,  una  cantidad  tan  grande  de diablos que no era posible contarlos. Empezaron  a  gritar,  a  bailar  y  alborotar,  armando una algarabía infernal.

-¡Hola, soldado! ¿Estás  tú también aquí? gritaron al ver a éste-. ¿Para qué has venido?
¿Acaso  quieres  jugar  a  los  naipes  con  nosotros?

-¿Por qué no he de querer? -repuso el soldado-.  Ahora  que  con  una  condición:  hemos de  jugar  con  mi  baraja,  porque  no  tengo  fe en la de ustedes.

En seguida sacó su baraja y empezó a  repartir las cartas. Jugaron un juego y el soldado ganó; la segunda vez ocurrió lo mismo. A pesar  de  todas  las  astucias  que  inventaban los diablos, perdieron todo el dinero que tení

an,  y  el  soldado  iba  recogiéndolo  tranquilamente.

-Espera, amigo -le dijeron los diablos-; tenemos  una  reserva  de  cincuenta  arrobas  de plata  y  cuarenta  de  oro:  vamos  a  jugar  esa plata y ese oro.

Mandaron a un diablejo para que les trajese  los  sacos  de  la  reserva  y  continuaron  jugando.  El  soldado  seguía  ganando,  y  el  pequeño  diablejo,  después  de  traer  todos  los sacos  de  plata,  se  cansó  tanto  que,  con  el aliento perdido, suplicó al viejo diablo calvo:

-Permíteme descansar un ratito.

-¡Nada  de  descanso,  perezoso!  ¡Tráenos en seguida los sacos de oro!

El diablejo, asustado, corrió a todo correr y siguió  trayendo  los  sacos  de  oro,  que  pronto se  amontonaron  en  un  rincón.  Pero  el  resul

tado  fue  el  mismo:  el  soldado  seguía  ganando.

Los  diablos,  a  quienes  no  agradaba  separarse  de  su  dinero,  derribaron  la  mesa  a  patadas y atacaron al soldado, rugiendo a coro:

-Despedácenlo, despedácenlo.

Pero  el  soldado,  sin  turbarse,  cogió  su  alforja, la abrió y preguntó:

-¿Saben qué es esto?

-Una alforja -le contestaron los diablos.

-¡Pues entren todos aquí!

Apenas pronunció estas palabras, todos los diablos en pelotón se precipitaron en la alforja, llenándola por completo, apretados unos a otros.  El  soldado la  ató  lo  más  fuerte  posible con una cuerda, la colgó de la pared, y luego, echándose sobre los sacos de dinero, se dur

mió  profundamente  sin  despertar  hasta  la mañana.

Muy  temprano,  el  zar  dijo  a  sus  servidores:

-Vayan  a  ver  lo  que  le  ha  sucedido  al  soldado, y si se ha muerto, recojan sus huesos.

Los  servidores  llegaron  al  palacio  y  vieron con asombro al soldado paseándose contentísimo por las salas fumando su pipa.

-¡Hola,  amigo!  Ya  no  esperábamos  verte vivo. ¿Qué tal has pasado la noche? ¿Cómo te las has arreglado con los diablos?

-¡Valientes  personajes  son  esos  diablos!
¡Miren cuánto oro y cuánta plata les he ganado a los naipes!

Los  servidores  del  zar  se  quedaron  asombrados  y  no  se  atrevían  a  creer  lo  que  veían sus ojos.



-Se han quedado todos con la boca abierta
-siguió diciendo el soldado-. Envíenme pronto dos herreros y díganles que traigan con ellos el yunque y los martillos.

Cuando  llegaron  los  herreros  trayendo consigo el yunque y los martillos de batir, les dijo el soldado:

-Descuelguen esa alforja de la pared y den buenos golpes sobre ella.

Los herreros se pusieron a descolgar la alforja y hablaron entre ellos:

-¡Dios  mío,  cuánto  pesa!  ¡Parece  como  si estuviera llena de diablos!

Y éstos exclamaron desde dentro:

-Somos nosotros, queridos amigos.



Colocaron  el  yunque  con  la  alforja  encima y  se  pusieron  a  golpear  sobre  ella  con  los martillos  como  si  estuviesen  batiendo  hierro. Los  diablos,  no  pudiendo  soportar  el  dolor, llenos  de  espanto,  gritaron  con  todas  sus fuerzas:

-¡Gracia,  gracia,  soldado!  ¡Déjanos  libres!
¡Nunca te olvidaremos y ningún diablo entrará  jamás  en  este  palacio  ni  se  acercará  a  él en cien leguas a la redonda!

El soldado ordenó a los herreros que cesasen de golpear, y apenas desató la alforja los diablos  echaron  a  correr  sin  siquiera  mirar atrás; en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron  del  palacio.  Pero  no  todos  tuvieron  la suerte  de  escapar:  el  soldado  detuvo,  como prisionero  en  rehenes,  a  un  diablo  cojo  que no pudo correr como los demás.

Cuando  anunciaron  al  zar  las  hazañas  del soldado, lo hizo venir a su presencia, lo alabó
mucho  y  lo  dejó  vivir  en  palacio.  Desde  en

tonces el valiente soldado empezó a gozar de la  vida,  porque  todo  lo  tenía  en  abundancia: los  bolsillos  rebosando  dinero,  el  respeto  y consideración  de  toda  la  gente,  que  cuando se  lo  encontraban  le  hacían  reverencias  respetuosas, y el cariño de su zar.

Se  puso  tan  contento  que  quiso  casarse. Buscó  novia,  celebraron  la  boda  y,  para  colmo  de  bienes,  obtuvo  de  Dios  la  gracia  de tener un hijo al año de su matrimonio.

Poco  tiempo  después  se  puso  enfermo  el niño  y  nadie  lograba  curarlo.  Cuantos  médicos  y  curanderos  lo  visitaban  no  conseguían ninguna  mejoría.  Entonces  el  soldado  se acordó  del  diablo  cojo;  trajo  la  alforja  donde lo tenía encerrado y le preguntó:

-¿Estás vivo, Diablo?

-Sí, estoy vivo. ¿Qué deseas, señor mío?



-Se ha puesto enfermo mi hijo y no sé qué
hacer con él. Quizá tú sepas cómo curarlo.

-Sí  sé.  Pero  ante  todo  déjame  salir  de  la alforja.

-¿Y si me engañas y te escapas?

El  diablo  cojo  le  juró  que  ni  siquiera  un momento había tenido esa idea, y el soldado, desatando  la  alforja,  puso  en  libertad  a  su prisionero.

El  diablo,  recobrando  su  libertad,  sacó  un vaso  de  su  bolsillo,  lo  llenó  de  agua  de  la fuente,  lo  colocó  a  la  cabecera  de  la  cama donde  estaba  tendido  el  niño  enfermo  y  dijo al padre:

-Ven aquí, amigo, mira el agua.

El soldado miró el agua, y el diablo le preguntó:



-¿Qué ves?

-Veo la Muerte.

-¿Dónde se halla?

-A los pies de mi hijo.

-Está  bien.  Si  está  a  los  pies,  quiere  decir que el enfermo se curará. Si hubiese estado a la  cabecera,  se  hubiese  muerto  sin  remedio. Ahora toma el vaso y rocía al enfermo.

El  soldado  roció  al  niño  con  el  agua,  y  al instante se le quitó la enfermedad.

-Gracias -dijo el soldado al diablo cojo, y le dejó libre, guardando sólo el vaso.

Desde  aquel  día  se  hizo  curandero,  dedicándose a curar a los boyardos y a los generales.  No  se  tomaba  más  trabajo  que  el  de mirar en el vaso, y en seguida podía decir con


la mayor seguridad cuál de los enfermos moriría y cuál viviría.

Así  transcurrieron  unos  cuantos  años, cuando un día se puso enfermo el zar. Llamaron  al  soldado,  y  éste,  llenando  el  vaso  con agua de la fuente, lo colocó a la cabecera del lecho,  miró  el  agua  y  vio  con  horror  que  la Muerte estaba, como un centinela, sentada a la cabecera del enfermo.

-¡Majestad!  -le  dijo  el  soldado-.  Nadie  podrá  devolverte  la  salud.  Sólo  te  quedan  tres horas de vida.

Al oír estas palabras el zar se encolerizó y gritó con rabia:

-¿Cómo?  Tú  que  has  curado  a  mis  boyardos y a mis generales, ¿no quieres curarme a mí,  que  soy  tu  soberano?  ¿Acaso  soy  yo  de peor  casta  o  indigno  de  tu  favor?  Si  no  me curas  daré  orden  para  que  te  ejecuten  una hora después de mi muerte.



El  soldado  se  encontró  perplejo  ante  este problema  y  se  puso  a  suplicar  a  la  Muerte, diciendo:

-Dale  al  zar  la  vida  y  toma  en  cambio  la mía, porque si de todos modos he de perecer, prefiero  morir  por  tu  mano  a  ser  ejecutado por la del verdugo.

Miró otra vez en el vaso y vio que la Muerte le hacía una señal de aprobación y se colocaba a los pies del zar.

El  soldado  roció  al  enfermo,  y  éste  en  seguida  recobró  la  salud y  se  levantó  de  la  cama.

-Oye,  Muerte  -dijo  el  soldado-,  dame  tres horas  de  plazo;  necesito  volver  a  casa  para despedirme de mi mujer y de mi hijo.

-Está bien -contestó la Muerte.



El soldado se fue a su casa, se acostó y se puso  muy  enfermo.  La  Muerte  no  tardó  en llegar  y  en  colocarse  a  la  cabecera  de  su  cama, diciéndole:

-Despídete pronto de los tuyos, porque ya no te quedan más que tres minutos de vida.

El  soldado  extendió  un  brazo,  descolgó  de la pared la alforja, la abrió y preguntó:

-¿Qué es esto?

La Muerto le contestó:

-Una alforja.

-Es verdad; pues entra aquí.

Y  la  Muerte  en  un  instante  se  encontró
metida en la alforja.

El soldado sintió tan grande alivio que saltó  de  la  cama,  ató  fuertemente  la  alforja,  se


la colgó al hombro y se encaminó a los espesos  bosques  de  Briauskie.  Llegó  allí,  colgó  la alforja  en  la  cima  de  un  álamo  y  se  volvió
contento a su casa.

Desde  entonces  ya  no  se  moría  la  gente. Nacían  y  nacían,  pero  ninguno  se  moría.  Así
transcurrieron muchos años, sin que el soldado descolgase la alforja del álamo.

Una vez que paseaba por la ciudad tropezó
con una anciana tan vieja y decrépita, que se caía al suelo a cada soplo del viento.

-¡Dios  de  mi  alma,  qué  vieja  eres!  exclamó el soldado-. ¡Ya es tiempo de que te mueras!

-Sí,  hijo  mío  -le  contestó  la  anciana-. Cuando hiciste prisionera a la Muerte sólo me quedaba una hora de vida. Tengo gran deseo de descansar; pero ¿cómo he de hacer? Sin la muerte la tierra no me admite para que descanse en sus profundidades. Dios te castigará


por ello, pues son muchos los seres humanos que  están  sufriendo  como  yo  en  este  mundo por tu causa.

El soldado se quedó pensativo: «Se ve que es  necesario  libertar  a  la  Muerte  aunque  me mate a mí -pensó-. ¡Soy un gran pecador!»

Se  despidió  de  los  suyos  y  se  dirigió  a  los bosques  de  Briauskie.  Llegó  allí,  se  acercó  al álamo  y  vio  la  alforja  colgada  en  lo  alto  del árbol, balanceada por el viento.

-Oye,  Muerte,  ¿estás  viva?  -preguntó  el soldado.

La Muerte le contestó  con una voz apenas perceptible:

-Estoy viva, amigo.

El  soldado  descolgó  la  alforja,  la  desató  y la  abrió,  dejando  libre  a  la  Muerte,  a  la  que suplicó  que  lo  matase  lo  más  pronto  posible


para  sufrir  poco;  pero  la  Muerte,  sin  hacerle caso, echó a  correr y  en un instante desapareció.

El soldado volvió a su casa y siguió viviendo  muchos  años,  gozando  de  la  mayor  felicidad.

Todos  creían  que  ya  no  se  moriría  nunca; pero, según dicen, se ha muerto hace poco.

viernes, 20 de julio de 2012

Angeles y Demonios


Ángeles y Demonios



Dicho así nos recuerda a la segunda novela de Dan Brown, pero nada más lejos de mi intención disertar en este blog a cerca de un “best seller”. Sin embargo si me gustaría hablar sobre un gran libro, poco conocido, que reúne en él varias singularidades e historias que lo hacen único.


El libro en cuestión se titula “Patrocinio de Ángeles y combate de Demonios”, y para conocer un poco las vicisitudes de este libro es necesario en primer lugar hablar del autor; Francisco Blasco de Lanuza. Este oscense nació en Sallent en 1595, Estudió y se doctoró en Teología, ordenándose luego como sacerdote. En 1638 fue nombrado párroco de Sandiniés.


Aquí es importante hacer una pequeña parada para entender las circunstancias geográficas e históricas que rodeaban a Blasco de Lanuza en este momento. Sandiniés se halla en el enclave del valle del Tena una región pirenaica de la provincia de Huesca que en esa época en la que es nombrado párroco se dividía geográficamente en tres “Quiñones”: el de Sallent, el de Panticosa y el de La Partacua. Este último estaba compuesto por las poblaciones de Tramacastilla, Sandiniés, Escarrilla, Piedrafita, Búbal y Saqués. Una zona en la cual sus poblaciones están a una altura entre los mil y mil trescientos metros, montañosa fría y humeda, que en siglo XVII era zona ganadera y de pastos. Una época en la que, religiosamente, se resalta la dicotomía entre el bien y el mal, entre los que están al lado de Dios, cristianos que cultivan las virtudes y los mandatos de la iglesia, y los que se hunden en la oscuridad del mal y los demonios. Estas zonas altas, ricas en hierbas silvestres, usadas por los lugareños durante siglos y que por el transcurso de los años se convierten en fiables remedios contra los males corrientes que aquejaban a la población, se convertirán en patria de sanadores y brujas. Estos prescriptores de hierbas que sanaban sin saber muy bien como, y que se rodeaban de cierto secretismo, se crecían en su éxito. Y si eran capaces de curar por medio de sus “artes”, que se mostraban infinitamente más eficaces que la fe y la oración, sería debido a que la parte contraria, el poder maligno, ostentaba su poder y curaba con facilidad. Los aquelarres y conjuros acompañaban a las pócimas, que con mezclas alucinógenas de hierbas y hongos lograban ver al mismo Satán. Estos hechos serían el caldo de cultivo de los casos de brujería y posesiones que azotaron Huesca, Navarra y País Vasco durante el XVII y objetivo principal de la Santa Inquisición española en esa época.



Aparece en este marco uno de los episodios más importantes de la brujería y la posesión demoníaca en España, las posesiones de Tramacastilla o valle del Tena. Entre 1637 y 1643 se desata un vendaval diabólico. Detrás de él un protagonista y dos colaboradores, Pedro de Arruebo, Miguel Guillén y Juan de Larrat, brujos y ganaderos, rufianes, bebedores y mujeriegos. Pedro de Arruebo era el dueño de la finca La Artosa, en Siqués. Era inteligente, astuto, audaz, caprichoso y atractivo, es de pensar que tanto él como sus compinches, sacarían buenos beneficios de todo tipo con sus actos, y sabiendo que sus víctimas eran mujeres entre once y treinta años es fácil imaginar cuales serían los favores demandados.

La Inquisición fue tras él y fue condenado a recibir doscientos latigazos y a pasar unos años en galeras, lo que implicaba prácticamente la muerte por la imposibilidad de soportar esas condiciones. Pero hay un documento que dice que Arruebo había sido visto por Madrid. Ángel Gari, antropólogo que ha estudiado en profundidad la brujería en el Alto Aragón, interpreta que, o bien se escapó, o bien en un viaje a Roma le fue perdonada la condena.



Volviendo a Blasco de Lanuza tuvo una intervención importante en el desarrollo en estos casos de posesión, hecho que le marcó posteriormente en su vida e que influenció de manera importante en el contenido de las obras que escribió. Dejó la parroquia e ingresó en la orden benedictina, fue presidente de su congregación en la provincia y abad del monasterio de San Juan de la Peña. Su influencia y popularidad fue tal, que por dos veces fue diputado del reino en Aragón.



Y retomando el hilo inicial de este artículo volvamos al libro “Patrocinio de Ángeles y combate de Demonios”. Según el autor este libro es “una ilustración de los beneficios que hacen los ángeles de la guarda a los hombres [….], y también de las astucias e impugnaciones de los demonios. “ No obstante el protagonismo de los demonios es mucho mayor, ya que en este libro se explica la experiencia del autor, durante su tiempo de párroco, en la epidemia demoníaca.

La mítica batalla celestial entre ángeles rebeldes y leales que habría tenido lugar antes de la creación del mundo, y que terminó con la derrota de los primeros y su consiguiente descenso al abismo, encontró un eco extraordinario en la Europa del siglo XVII. Según numerosos testimonios de la época, las fuerzas del bien y el mal, cuyos enfrentamientos continuaron a partir de la caída, renovaron entonces sus denodados combates con fuerza inusitada en los rincones más remotos de la Cristiandad. Para los teólogos, dicho estado de cosas constituía una prueba irrefutable de la obligación por parte de los fieles de apoyar al bando de los justos frente a los continuos e inesperados ataques de los espíritus infernales.

Estos ideas sirvieron de inspiración a Blasco de la Lanuza para la ejecución de su libro que salió a la luz en 1652 que en realidad era la continuación de otro libro anterior titulado: “Beneficios del Ángel de nuestra guardia y efectos del Gobierno de Dios invisible” 1637.



Una de las rarezas de carácter bibliográfico de este libro es que fue el único libro impreso en el monasterio de San Juán de la Peña y dicha empresa se llevó a cabo por el impresor oscense Juan Nogués (ignoro si sería pariente de Bernardo Nogués, impresor valenciano, Serrano Morales no aclara gran cosa) No sé qué razón le llevó a imprimir dicho libro en tan apartado lugar, teniendo su oficina en Huesca. Se me ocurren varias circunstancias. Tal vez por lo dilatado de la obra y para evitar dilaciones se imprimía según se escribía, o bien pudo ser debido a que el autor era el abad del monasterio, y para corregir las pruebas tipográficas necesitaba que el impresor estuviera siempre presente, o bien por tratarse en su mayor parte una obra sobre demonios, y dados los sucesos acontecidos en la zona era mejor realizar la impresión en suelo sagrado; bueno, no dejan de ser conjeturas.





Físicamente el libro es hermoso, un in-folio de 18 h + 1186 p + 42 p con el texto a doble columna encuadrado en doble cajetín, con un hermoso frontis, grabado por Orozco, donde se escenifica la victoria de los ángeles sobre los demonios. Le sigue, portada orlada, donde se lee que consagra el libro a San Miguel.



El libro está dividido en dos partes.



1ª -Libro primero: Del patrocinio de los ángeles y de los favores qve hazen a los hombres desde sv principio, hasta la mverte”



Parte primera: “Prvevase qve Dios envía a ángeles santos, para qve gvarden a los hombres.

Parte segunda: tratase del modo, qve esta distribvyda la cvstodia de ángeles, por hombres, y por otras criatvras.

Parte tercera: Tratase, de los beneficios, devociones, virtvdes, y otros efectos, que obran la asistencia del Ángel Cvstodio en el hombre.



2ª- Libro segundo: Del combate de demonios; insinvanse la contra cvstodia, qve pone Lucifer, y la persecvcion de sus ministros. Es una ilvstracion de la competencia altiva de Luzifer con Dios; de las astvcias; con que se persigve al hombre.

Parte primera: Trata de la contra cvstodia, que pone el principe de los demonios.

Parte segunda: Trata de las Transfigvraciones , revelaciones, y tentaciones de los demonios.

Parte tercera: Trata de los maleficios de los demonios, y de los efectos, qve obran sus ministros.


En esta última parte Francisco Blasco de Lanuza da una explicación detallada de los sucesos de Tramacastilla a partir del capítulo diecinueve.

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