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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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domingo, 12 de septiembre de 2010

EN LA CRIPTA



En la cripta*
H.P. Lovecraft

***
Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable
que parece impregnar la psicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje
yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una
tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco.
Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite
contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias
resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca
comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor
Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron
resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve
horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y
destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había
otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de
borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente
sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y
carecía completamente de parientes.
Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y
primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos
resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se había estremecido de
haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el
apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al
disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no
siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible
y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente,
tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil
tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que
mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.
No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado.
Supongo que puede empezar en el frío Diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los
sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera.
Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue
imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y
anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo
amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos
ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado
cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente
abandono.
Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para
los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch,
aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable
mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso,
por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius
Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día
siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba
cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el
día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que
pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana.
Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.
La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a
trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del
todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde,
tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado
como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste
relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la
lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar
con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro
no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes
descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de
poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas
suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de
ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez
Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph
Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para
Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de
curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el
pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor
que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el
ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no
era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano
temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch
no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su
camino, buscando la caja de Fenner.
Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo,
empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El
angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su
cabeza virtualmente ninguna, así que se vió obligado a un profano palpar mientras hacía un
trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el
mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó porqué el enorme portón se
había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a
comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle
una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto
sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia
desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento
flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas
herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera
todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos
de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su
trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en
aquellos momentos a algún caminantehasta las cercanías, debería quedarse allí toda la
noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y
cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser
excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a
tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener
una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio
a ciegas.
Cuando se cercionó de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para
herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó
alrededor otras cosas de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el
angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo
que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y
en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser
ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él
mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido
a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo -
que Birch apenas se molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la puerta.
Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba
aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso,
permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible.
Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada
escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación
como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos
pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura
permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor,
pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que
podría ser colocado en lo alto encaso de que tal forma de escape necesitase aún mayor
altitud. Y, de esta forma el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los
inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en
miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaros a rajarse bajo el
esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construído ataúd del pequeño
Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida,
como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar
la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como
através de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente
junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que
se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego , Birch ascendió
cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes
eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se
abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear
con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de
aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la
inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda
sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de
una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.
Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto,
ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía
envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro se que
podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una cracterística suya el que esto no
contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el
lugar y la compañia que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra,
maldiciendo cuando le alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba
en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fué lo
bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes
se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para
conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel
apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado
y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja
del fondo a tomar fuerzas para esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El
hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó
vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y
casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana
media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso,
especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que
presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el
más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo
sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni
imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo
lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a
través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil
ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto.
Asiendo los bordes de la abertura, tratando de auparse cuando notó un extraño impedimento
en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera
vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón
que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de
salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de
espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y
similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y
se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un
medio desmayo.
El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó
con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente
luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia
la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin
pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno
es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había
perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda
respondió a sus débiles arañazos en la puerta.
Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin,
a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada
coherente, sino simplemnete musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame", o "Encerrado en la
tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al
paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban
espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar
sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más
que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados,
vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio
resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de
su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba
seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo
había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría
la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia
en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a
Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último,
cómo el vengático granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que
sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más,
añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como
pudiera y en no dejar que otro médico tratáse sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal
recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices
-antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo
para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la
cojera de su espírtu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente
afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes",
"tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a
casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por
algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de
remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que
trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio.
La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el
picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por
antiguas ordalías en salas de dirección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la
náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y
luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y
rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie
de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
-¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de
incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante
corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya
sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años
después de su pleito de lindes, y cómo pateo al perrillo que quizo morderle el agosto
pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a
la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera
fijado en mí!
-"¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no lo reprocho que le diera un ataúd de
segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí,
pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.
-"Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte,
porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto, y todo estaba
desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos,
Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos
tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!
* Título original: In The Vault (18 de septiembre de 1925). Primera publicación: The Tryou
, noviembre de 1925. Se conserva un manuscrito en la John Library de la Brown
University.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

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martes, 7 de septiembre de 2010

NOTICIAS DEL MAS ALLA







Giovanni Papini - El Libro Negro
Conversación
NOTICIAS DEL MAS ALLA

***
Edmonton (Canadá), 9 de agosto.
-
Un ministro de la Iglesia Adventista, al que conocí ocasionalmente hace pocos días, me
presentó al hombre más sorprendente que haya encontrado en todos mis viajes a través del
mundo.
Se llama George A. Gifford, tiene ochenta años de edad y me dijo ser el director general de
la «Sociedad para la Resurrección de los Muertos». Me habló en esta forma:
«Los espiritistas se contentan con entablar alguna que otra conversación con los desencarnados.
Nosotros, en cambio, nos proponemos realizar de hecho, antes del último juicio, una de las
promesas más grandiosas de la religión cristiana: la resurrección de la carne. Yo soy discípulo
del ruso Feodorov, quien en el siglo pasado sostuvo en su famoso libro Obra Común la
necesidad y la posibilidad de la resurrección de los antepasados. Pero Feodorov se contentó con
la teoría y la esperanza, como suele acontecer en los hombres de su raza. Yo soy
norteamericano y quiero que la sublime idea del profeta eslavo sea traducida en el reino
concreto y práctico de la realidad. Los obstáculos que se presentaron fueron innumerables he
debido cambiar los métodos y los sujetos, he debido crear una asociación que colaborase a la
gran obra, considerada humanamente imposible, con voluntad unánime y oración obstinada y
perseverante. Muchos me dicen: solamente Jesús tuvo el poder de resucitar a los muertos. Esto
no es verdad, la resurrección fue lograda también por los santos, quienes no eran más que
hombres como nosotros aun cuando estuvieran fortalecidos con una fe más vigorosa que la fe
de los fieles tibios y mediocres.
-¿Y ha logrado realmente resucitar a los muertos?
- Así es, aunque con infinito desgaste de espíritu y de tiempo. Nuestra sociedad cuenta con
varios millares de adherentes, y en un trabajo afanoso e incesante de veinticinco años tan sólo
hemos podido restituir la vida a seis muertos. Uno de ellos, el último, vive en esta ciudad, y he
venido a visitarlo, cosa que hago todos los años.
-¿Seria posible que también yo le viera y le interrogara?
- Míster Newborn (Renato) - éste es su nombre actual, no se negará a hablar con una persona
presentada y acompañada por mí.
-¿Sería posible ir en seguida?
- Iré a buscarle a su hotel esta noche, después de la cena, y estoy seguro de que míster Newborn
le contará cosas que ninguna fantasía humana sería capaz de inventar.
La casa del resucitado se hallaba ubicada en un extremo de la ciudad, en la cima de una colina
boscosa. Una mujer todavía joven nos hizo entrar, a mí y a míster Gifford, en una sala de
paredes recubiertas de madera, con rellenos de preciosas pieles canadienses, dispuestas con
mucho cuidado en sostenes de pino brilloso.
Esperamos en aquella sala por espacio de algunos minutos; ni siquiera se veía una silla. Luego
reapareció la mujer, la que nos llevó a un escritorio de aspecto comercial, donde frente a una
máquina de escribir cerrada, se hallaba sentado un hombre pálido, pensativo, que vestía un traje
de terciopelo negro. Era míster Newborn.
Gifford dijo mi nombre y le hizo conocer mi deseo, rogándole que quisiera relatarme algunos
episodios de su estada en la otra vida. El taciturno resucitado, que no se había alzado de su
poltrona, me miró fijamente con ojos tristes, grises, casi apagados. Luego comenzó a hablar en
voz lenta y baja
- No le diré nada acerca de mí, de mi partida y mi regreso a este mundo, puesto que míster
Gifford lo sabe todo y podrá decirle lo que considere útil para el progreso de nuestra sociedad.
Tan sólo le hablaré acerca del acontecimiento más notable al que asistí durante los largos años
de mi estada entre los muertos.
»Según me parece, los hombres creen que el mundo del más allá no tiene historia: todo es
determinado y fijado por la omnipotencia del Eterno, cada difunto tiene su nicho y su sentencia,
nada puede hacer cambiar su suerte, los condenados rechinan en las tinieblas, los
bienaventurados exultan en la luz, diablos y ángeles tienen a perpetuidad sus misiones y nada
cambia por los siglos de los siglos. Pues bien, puedo asegurarle que, muy al contrario, incluso
en el más allá hay una historia, o sea: el más allá tiene sus crisis y sus alternativas.
»Hacía ya mucho tiempo que yacía en las tinieblas exteriores, bajo el peso de mis culpas,
cuando repentinamente se difundió en el inmenso reino de los muertos una noticia inaudita: un
grupo de veteranos del infierno había dado la primera señal de la sublevación general de los
condenados. Multitudes cada vez más numerosas y alborotadoras de compañeros en la
desventura estaban listas para seguirlos. Los custodios y guardianes del infierno, considerando
que los condenados se hacían discípulos suyos imitando su pasado de rebelión contra Dios, les
dejaban hacer, y según se decía hasta instigaban a los tímidos y tibios.
»Uno de los jefes de la revuelta, el famoso Münzer, andaba de un lado para otro por las
interminables tinieblas, incitando a los pusilánimes y los dudosos. Les hablaba así
»Somos víctimas de una despiadada injusticia que se halla en abierta contradicción con el
mensaje de perdón anunciado por el Hijo de Dios. La eternidad de las penas no es conciliable
con el Dios todo amor proclamado por los santos y los teólogos. Un padre amoroso, que ama en
verdad a sus hijos, puede castigarlos por una culpa, pero no quitarles por toda la eternidad la
esperanza de la remisión del pecado. El hombre es un ser limitado, finito, que comete un error
limitado en el espacio y en el tiempo, y a veces lo comete arrastrado por la fatalidad de su
naturaleza, de lo cual no es siempre responsable. ¿Por qué, a la finitud del ser culpable y de su
culpa, debe corresponder la infinitud del castigo? ¿Por qué el error de una hora breve, de una
sola estación, y hasta de toda una efímera existencia, debe ser castigado con una tortura eterna e
infinita, sin conclusión?
»Se dice que si bien el pecador es finito, su pecado es infinito porque es una ofensa contra el
Ser Infinito. Pero Dios, que es perfección absoluta y amor perenne, ¿puede ser ofendido por
una pobre criatura, que en definitiva es obra suya?
»Reconocemos a la justicia divina el derecho de castigar a los malvados. Pero no podemos
admitir y tolerar que un pecado, finito por naturaleza, deba ser castigado con una pena sin fin.
Que el pecado de una hora sea castigado con la condenación a un siglo de tormentos, y que el
pecado de una vida entera sea expiado con milenios de exilio en el abismo, pero que en
definitiva haya una conclusión, un fin. Vosotros sabéis qué es la eternidad, cuán atroz es el
pensamiento de un dolor que jamás tendrá término, de las tinieblas que nunca tendrán un
resquicio de amanecer. Después de siglos en la cárcel y la oscuridad tan sólo pedimos una
liberación final, un retorno a la luz. Apelamos a la misericordia de Dios contra su cruel justicia.
Si Dios es amor y nada más que amor, que lo demuestre de un modo conclusivo perdonando a
sus enemigos. Nuestro movimiento no es una sublevación sino una santa cruzada hecha en
nombre de la caridad.
»Estas arengas suscitaban un gran entusiasmo entre los míseros sufrientes, y millones de
réprobos elevaban al cielo lejano coros de súplicas furiosas, de gritos y blasfemias, de gemidos
y clamores de angustia.
»Algunos demonios se habían plegado a sus víctimas y las exhortaban a la rebelión. Les decían:
No tenéis nada que perder, estáis condenados a los suplicios eternos y por lo tanto no os queda
lugar para temer algo peor, ya podéis estar seguros de la impunidad y, en cambio, podéis
alimentar la esperanza de una redención.
»Pero el cielo permanecía mudo, ninguna voz descendía desde lo alto, no apareció ningún ángel
para anunciar la confirmación de la sentencia o la pro mesa del indulto. Sin embargo, la
revuelta no se aplacaba y los desesperados gritos de los malditos continuaban golpeando las
invisibles paredes del abismo.
»Pero, no sé cómo, un día llegó al infierno una noticia increíble: hasta los bienaventurados del
paraíso amenazaban abrazar la causa de sus hermanos condenados. Se entiende que su
sublevación era completamente diversa de la infernal, adoptaba la forma de una inmensa,
cordial y reverente oración. Los justos pedían a Dios compasión para con los injustos. Cada uno
de ellos, decían, tenía en aquellas profundidades de oscuridad eterna algún hermano, amigo,
pariente, una mujer amada, un hijo extraviado. Su propia felicidad no era perfecta porque se
veía perturbada por el pensamiento de los tormentos infinitos que sufrían seres a los que habían
amado en la tierra. Se dirigían a Dios: Nos prometiste la felicidad eterna, pero esta felicidad no
puede ser plena y total mientras nos veamos entristecidos por la compasión que nos inspiran los
seres a los que destinaste al dolor eterno. La tortura de los condenados es una disminución de
nuestro gozo, y, consiguientemente, también nosotros somos castigados indirectamente por
culpas que no hemos cometido, y esto no se conforma con tu justicia y tu misericordia.
Ordenaste a los hombres que perdonaran a sus enemigos, ¿por qué no das el más sublime
ejemplo perdonando a los enemigos de tu Ley, después de tantas vigilias de horror?
»Pero Dios escuchaba y callaba. Entonces muchos bienaventurados, y entre los primeros los
santos más venerados, se ofrecieron para descender al infierno y ocupar el lugar de los infelices
desterrados. Decían así: Los sufrimientos de los inocentes podrán expiar en un tiempo menor
los pecados de los culpables, y en esta forma se verán satisfechas al mismo tiempo tu justicia y
tu misericordia. Concede, ¡Oh Señor!, que también en la segunda vida sea eficaz la Comunión
de los Santos. Nosotros, que gracias a tu benignidad estamos ciertos de la Luz Eterna, nos
ofrecemos a ti para ocupar el puesto de nuestros hermanos desesperados, que sufren desde hace
tanto tiempo en las tinieblas eternas, y ocuparemos su lugar todo el tiempo que te plazca.
»En el Empíreo habían cesado los cantos, ahora resonaban los gemidos y las súplicas; los
ángeles, asombrados y conmovidos, guardaban silencio con templando el rostro del Eterno.
Pero Dios escuchaba y callaba...».
Llegado a esas palabras de su relato, míster Newborn interrumpió de golpe aquel inaudito
acontecimiento.
-¿Y después? - preguntó míster Gifford pasados algunos instantes.
- Después, no supe más nada ni nada puedo decir - replicó el resucitado con voz débil.
Precisamente mientras todos los muertos, los que alababan y los que gritaban, esperaban la
decisión de Dios, fui llamado otra vez a la vida terrestre por mis hermanos vivientes. Tal vez,
cuando llaméis a un nuevo resucitado, éste podrá relataros la continuación de mi historia.
Poco después nos despedíamos del melancólico resucitado. Y desde entonces, incluso en este
momento, me he estado preguntando: ¿sueño?, ¿imaginación?, ¿verdad?

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