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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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viernes, 25 de diciembre de 2009

miércoles, 9 de diciembre de 2009

EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD


EDGAR ALLAN POE
EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD
-
En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma
humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe
como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron
también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos
pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan
sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos
ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia
tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos
entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí
misma, no podíamos entender de qué modo eta capaz de actuar para mover las cosas
humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran
medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que
el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictare
propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová,
construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de
frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural
hacerlo), que, entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera.
Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es
el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo
lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la
especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos
con la combatividad, la ídealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con
todos los órganos que representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad
del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los
spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han' hecho sino seguir
en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir
del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su
Creador.
Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación
(puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en
lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que
Dios pretende obligarle a hacer: Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles,
¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras?
Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en
sus tendencias esenciales y en las fases de la creación?
La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como
principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar
perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en
realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos
sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos,
podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por
la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable;
pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones
llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad
de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza
irresistible, la única que nos impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el
mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un
impulso radical, primitivo, elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros
actos porque sabemos que no deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una
modificación de la que comúnmente provoca la combatividad de la frenología. Pero una
mirada mostrará la falacia de esta idea. La combatividad, a la cual se refiere la frenología,
tiene por esencia la necesidad de autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño.
Su principio concierne a nuestro bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al
mismo tiempo que su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al
mismo tiempo por algún principio que será una simple modificación de la combatividad,
pero en el caso de esto que llamamos perversidad el deseo de estar bien no sólo no se
manifiesta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.
Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la
sofistería que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta
a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical.
No es más incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún
período no lo haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su
interlocutor con circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la
intención de agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y
más luminoso lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y
lamenta la cólera de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que
puede engendrar esa cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento
es suficiente. El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un
ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando
todas las consecuencias) es consentida.
Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que
la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces,
energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la
tarea, y en la anticipación de su magnifico resultado nuestra alma se enardece. Debe,
tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y por qué? No hay
respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del
principio. El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con
nuestro deber, pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible
anhelo de postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas
a medida que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra
mano. Nos estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido,
de la sustancia con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la
que vence, luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al
mismo tiempo es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela,
desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es
demasiado tarde!
Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y
vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos
quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una
nube de sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra
forma, como el vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches.
Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho
más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un
pensamiento, aunque temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la
feroz delicia de su horror. Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones
durante la veloz caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación,
por la simple razón de que implica la más espantosa y la más abominable entre las más
espantosas y abominables imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan
presentado a nuestra imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y
porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él
con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como
la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un
instante cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable, pues la
reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo,
no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el
súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.
Examinemos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del
espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no
deberíamos hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible; y podríamos
en verdad considerar su perversidad como una instigación directa del demonio sí no
supiéramos que a veces actúa en fomento del bien.
He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a vuestra pregunta, puedo
explicaron por qué estoy aquí, puedo mostraron algo que tendrá, por lo menos, una débil
apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no
hubiera sido tan prolijo, o no me hubiérais comprendido, o, como la chusma, me
hubiérais considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables
víctimas del demonio de la perversidad.
Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta
deliberación. Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil
planes porque su realización implicaba una chance de ser descubierto. Por fin, leyendo
algunas memorias francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida
a madame Pilau por obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó
de inmediato mi imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la
cama. Sabía también que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito
fatigaros con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante
los cuales sustituí, en el candelero de, su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de
mi fabricación. A la mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del
coroner fue: «Muerto por la voluntad de Dios.»
Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó
por mi cerebro la idea de ser descubierto. Yo mismo hice desaparecer los restos de la
bujía fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera
hacerme sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción
que nacía en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período
muy largo me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer
más real que las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le
sucedió, por fin, una época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi
imperceptible, a convertirse en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva.
Apenas podía librarme de ella por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o
más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases
triviales de una ópera. El martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena e
el cría de ópera meritoria. Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando
en mi seguridad y repitiendo en voz baja la frase: «Estoy a salvo».
Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de
murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di
esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar
abiertamente.»
No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi
corazón. Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he
explicado no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito
sus embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para
confesar el asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera
sombra de mi asesinado y me llamaba a la muerte.
Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé
vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un
deseo enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento
me abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi
situación, era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles
atestadas. Al fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación
de mi destino. Si hubiera podido arrancarme la lengua lo habría hecho, pero una voz ruda
resonó en mis oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca
para respirar. Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego,
sordo, aturdido; y entonces algún demonio invisible -pensé- me golpeó con su ancha
palma en la espalda. El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.
Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y
apasionada prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero
densas frases que me entregaban al verdugo y al infierno.
Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra
desmayado.
Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré
libre! Pero, ¿dónde?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN

ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ
EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN


"No existen sucesos morales, sino una interpretación moral de los sucesos. El Mal es, simplemente, lo que desconocemos." F. Nietzsche

Los candiles del Templo del Deseo de Satán desprendían una luz aceitosa y trémula. Iluminaban las figuras grotescas y poderosas de negro basalto brillante, las fauces arrugadas de mandíbulas prominentes y belfos retraídos, los ojos de fulgor diamantino, rojos como la sangre. Las desnudas esclavas bajaban la cabeza cuando pasaban junto a las estatuas de los Héroes del Infierno. Las figuras habían sido bautizadas con sangre de recién nacido y dotadas de un eterno poso mágico. Ningún cultita, salvo los sacerdotes -y sólo unos pocos de entre ellos- eran capaces de aguantas sus miradas pétreas e implacables, tan sórdidas como todo lo demás de aquel ámbito.Techo, suelo y paredes estaban construidos en oro oscuro, plata roja y celeste, mármol amarillento y jade color del mar. La luz comulgaba con las tinieblas, los entes demoníacos preferían los rincones oscuros a la claridad. Muchos acólitos imprudentes habían sido poseídos y después abandonados al dolor y la locura por acercarse demasiado a los lugares más sombríos. En general, nadie osaba aventurarse por entre las hileras de inexpugnables columnas ni aproximarse a las paredes, pues a los diablos les gustaba la piedra y atrapaban a todo el que se les aproximara de forma imprudente.Aquella noche ocurriría algo crucial. Tendría lugar la Más Alta Invocación, la Gran Posesión, protagonizada por el mismísimo Satán, Señor De Todos Los Infiernos. Cada seiscientos sesenta y seis días, atendiendo a la cifra mágica de La Bestia, se celebraba una Invocación de Alto Nivel, en la cual un ente perteneciente a la nobleza infernal -quizás un barón o un condestable- poseía a un Recipiente por medio del cual se comunicaría con los creyentes. Los recipientes solían ser esclavos de ambos sexos -los demonios, aunque nadie conocía sus ritos de reproducción, si los tenían, mostraban caracteres y comportamiento de marcada sexualidad-, los mas bellos ejemplares, entrenados para no resistirse al ente posesor. Las criaturas terrenales solían intentar defenderse contra la violación mental y física que suponía una posesión infernal. Sin embargo, Allá, se les había adiestrado para brindar gozosamente al demonio todo su ser.Durante estas fiestas de Invocación y Posesión se encerraba al recipiente en un círculo pentacular que retendría al demonio. Éste impartiría sus enseñanzas durante la Misa de Posesión. Tras el mensaje del ente -que podía durar instantes o hasta ciclos menores- el demonio abandonaba el cuerpo poseído, cuyo verdadero dueño solía morir o sufrir una profunda locura hasta el final de su pequeña vida. Aparte de estas Altas Posesiones, todos los ciclos menores tenían lugar otras, protagonizadas por entes demoníacos de bajo poder. Se encaprichaban con cuerpos humanos masculinos o femeninos y los tomaban. Por ejemplo, dos ciclos menores atrás un guardián del Tercer Nivel fue poseído por un demonio guerrero y lo convirtió durante seis ciclos de instantes en un loco asesino. El poseído mató con su lanza a siete esclavos, dos Sacerdotes Azules y tres mozos de lucha. El demonio lo abandonó al fin y el hombre volvió a recuperar el control de su mente y cuerpo. Fue indultado y bendecido por el Sumo Sacerdote Gris. Tres ciclos menores antes de este suceso, una manada de súcubos entró en un pequeño harén de esclavos masculinos. Los muchachos fueron violados durante horas. Cuando los demonios femeninos se marcharon como vaharada de vapor rojizo los poseídos lloraban y suplicaban a gritos más placer.Los sabios aseguraban que el Templo del Deseo de Satán no era más que un portal entre el Infierno y el resto de las realidades. Nadie sabía en que punto del Todo estaba ubicado. Se decía que flotaba en la Dimensión de los Sueños -ciertos acólitos aseguraban haber despertado en él tras una vida anterior de vigilia... o tal vez inconsciencia-. Otros afirmaban que se hallaba en una línea tangencial a la curvatura del espacio o del tiempo. Muchos viajeros lo habían buscado incansablemente sin éxito, otros cayeron en sus pétreas fauces sin desearlo. Un ciclo menor, el Templo aparecía sobre un desierto de arena negra, al siguiente flotaba plácidamente en un mar de mercurio... Su posición era itinerante, se movía a través de dimensiones, o quizá éstas fueran las que girasen y el Templo permaneciera quieto.Nadie conocía tampoco los límites físicos del Templo, dónde empezaba y dónde acababa, ni la totalidad de sus innumerables salas y pasillos. Tampoco su antigüedad ni la identidad de sus constructores, fueran humanos o no. Los árboles genealógicos de ciertas familias sacerdotales se remontaban interminablemente hacia el pasado. Ni siquiera se comprendía cómo transcurría el tiempo allí, y por conveniencia trataba de medirse mediante dos tipos de relojes de agua y arena, que marcaban instantes, ciclos de instantes, ciclos menores -compuestos de ciclos de instantes- y ciclos mayores -compuestos de ciclos menores-. Mas... ¿qué fiabilidad podría existir, cuando quizá los juguetones demonios podían volver del revés las clepsidras antes de que cayera el último grano o gota?De cualquier modo, existía una persona que ostentaba el poder: Barokk, Supremo Sacerdote del Templo, Sumo Sacerdote Rojo. Su clan cromático se había impuesto al final de las Guerras Sacerdotales, ochocientos ciclos mayores atrás. Había tenido que pelear mental y mágicamente contra otros muchos aspirantes de su propio clan y de los restantes. Él decidía los días en que se celebrarían las Misas de Posesión, fuesen éstas Mayores o Menores, los Ciclos de Matanza, las Fiestas del Ensueño o los nuevos decretos que se incluirían en el Libro del Arte, la enciclopedia que trataba todos y cada uno de los aspectos comprensibles de la Magia en el Templo.Aquel ciclo menor, el de la Altísima Invocación, Barokk marchaba por el largo y vasto pasillo de basalto negro, sentado sobre un trono de oro transportado por diez esclavos de fuerza. Le llevaban hacia la Capilla Posesional. Observaba con deleite las columnatas, las estatuas, los frisos, los mosaicos de exquisita belleza y malignidad, los tapices de terciopelo, las armaduras hechas para enfundar cuerpos no humanos,...Nunca se dignaría a volverse, pero sabía que le seguía una multitudinaria procesión: sacerdotes con túnicas de diferentes colores siempre tras su trono -quien osara rebasarlo sería despellejado vivo por el Jefe de la Casta de Torturadores y después empalado-, las huestes de orgullosos guerreros, las masas de músicos, arquitectos, pintores, poetas, escultores... Y por último, los rebaños de esclavos, ya fueran de placer, adornados exquisitamente con sedas y piedras preciosas, de fuerza, musculosos y estúpidos o de otros múltiples usos, menos valiosos aún que los anteriores.Inmediatamente detrás del trono de Barokk, y sostenido por quince esclavos desnudos y aceitados, estaba el Gran Huevo de Plata, que albergaba el recipiente sagrado.Barokk era delgado y alto, de cráneo rasurado, rasgos suaves y ojos muy negros, inteligentes y penetrantes. Su voluntad había sido templada al fuego de las despiadadas luchas políticas, mentales y mágicas contra sus compañeros de casta.Amaba su puesto. Amaba el Templo. Él había instaurado el Deber del Deseo Satisfecho. Según tal directriz cada cual tenía la obligación de dejarse llevar por sus instintos más íntimos. Quien los reprimiera sufriría una ejecución ignominiosa. Por supuesto, primero hubo de normalizarse esta ley mediante rigurosos decretos basados en una premisa fundamental: el Derecho del Ser de Voluntad Fuerte sobre el Ser de Voluntad Débil. Ello permitía que la criatura de carácter más agresivo y poderoso impusiera todos sus caprichos, su amor o su crueldad, sobre sus inferiores.La Casta de Voluntad Más Fuerte era la sacerdotal, dotada de inteligencia y conocimientos profundos, capaces de plegar el tapiz de la realidad a su antojo. Después le seguía la casta guerrera, cuyas contiendas no tenían ningún motivo: Barokk había comprendido que en todo muchacho dormía un deseo de aplastar y matar un enemigo con sus propias manos. Si se reprimía tal instinto en beneficio de la comunidad el individuo sufriría al experimentarlo sentimientos de culpa y remordimiento, que podían desembocar en timidez, neurosis, depresión y un descenso pronunciado de vitalidad. Así pues, en las Cámaras de Matanza del Templo los jóvenes con deseos agresivos se aliaban en ejércitos rivales y daban rienda suelta a su sed de sangre sin sufrir culpa ni piedad. Miles de guerreros luchaban sólo por el placer de lidiar y asesinar, sobreviviendo los más rápidos y fuertes, de cuerpos musculosos y salpicados de carne, sesos y sangre. Ellos liderarían a los que vinieran después, hasta que otros consiguieran destruirlos, habiendo vivido por la espada y muriendo igualmente por la espada, en el seno del combate, con una loca sonrisa en el rostro.Había Cámaras de Satisfacción para todas las exigencias: en las Cámaras de Contemplación los bohemios e intelectuales hundían sus mentes en el sopor de las drogas o en los libros de sentido más abstracto para conseguir el conocimiento profundo que realmente buscaban. Muchos se convertían en sacerdotes.En las Cámaras de Belleza las mujeres más hermosas mostraban su desnuda feminidad, sólo cubiertas por perfumes, joyas, sedas y cosméticos, a masas de hermosos hombres encadenados y sometidos a forzosa abstinencia sexual. Ellos trataban de alcanzarlas con sus manos, siempre sin éxito. Ellas veían en los ojos de los hombres la adoración absoluta provocada por su hermosura. Paseaban sus cuerpos deliciosos con deliberado encanto. Así, lograban el placer que sus orgullos femeninos les demandaban. Había allí concursos y certámenes. Las ganadoras podían desfigurar el rostro, de por vida, a las perdedoras.También había Cámaras de Dominación Sexual. En éstas, los hombres y las mujeres más duros, diestros e implacables ejercían su Derecho del Ser de Voluntad Más Fuerte sobre admiradores, amantes, temblorosos esclavos de pasión de ambos sexos, a los que partían el corazón una vez tras otra, de manera refinada y cruel. Barokk había descubierto la llave del poder absoluto: el placer. Dándole placer a los inferiores, el placer que realmente buscaban, siempre los mantendría controlados. Para envidia y desdicha de otros sacerdotes, las masas se rebelarían si intentaran expulsarle de su puesto.Mas... ¿cual era el mayor placer para Barokk? ¿El conocimiento, tal vez? Él había soportado un saber capaz de quebrar mentes muy poderosas. No, aquella respuesta no lo satisfacía del todo.Comprendió de pronto que lo que llenaba su vida era el Amor. Un cariño enorme por su trabajo, por sus inferiores, por su Templo. Los amaba sin reservas. También amaba a Satán, por supuesto. No le había entregado el alma -esa era una prerrogativa personal de cualquier habitante del Templo, desde los esclavos a los sacerdotes-, pero ciertamente lo amaba.Mas, ¿quién o qué era Satán?, se preguntó. Al cabo de una vidas de difíciles estudios, había llegado a la conclusión de que no era mas que un Ser de Voluntad Sumamente Fuerte. Una criatura gobernante de ciertas dimensiones o reinos capaz de enamorar, atraer, dominar y arrastrar a incontables de criaturas. No podía comprender los esquemas mentales de Satán, pues una Voluntad Fuerte, con el paso del tiempo, acababa expandiendo su mente hasta hacerla incomprensible para los inferiores. Tampoco conocía si tenía un último cuerpo o si usaba los de otros, si era un alma, un espíritu, un espectro, o escapaba a toda descripción física.Escuchó un gimoteo a su izquierda. Irritado, miró hacia allí. Una bonita esclava, vestida con gasas sedosas, se había acercado al trono de Barokk. La mujer sollozaba quedamente y no osaba mirarlo al rostro -de haberlo hecho, le habrían arrancado con pinzas sus bellos ojos.- ¿Qué quieres, esclava? -preguntó Barokk.- Amo... La Sacerdotisa Amaria me envía a vos...- ¿Sabes que serás empalada por interrumpir mis cavilaciones?Ella reprimió un sollozo.- Sí, amo, pues sólo soy una esclava. La señora Amaria me ordenó llamaros y no podía negarme a obedecerla. Quiere preguntaros algo...- Di.- La señora Amaria desea saber si ella podría protagonizar la Gran Posesión.- Ve a tu señora con esta palabra en los labios: "No". Ya se lo he dicho otras veces. Después de la ceremonia, preséntate en las Cámaras de Tortura para que el Sumo Torturador te empale lentamente. Puedes retirarte, esclava.- Gracias, amo -la muchacha, sin cesar de llorar, se marchó cabizbaja.Barokk miró a la esclava hasta que ésta desapareció. También la amaba a ella, profundamente. A todos los amaba. Incluso a la irritante Suma Sacerdotisa Negra Amaria.Accedieron a la gigantesca Capilla de Posesión. Llegado un momento determinado, el trono de Barokk fue depositado en el suelo. Subió la escalinata sagrada. Los Sumos Sacerdotes del Resto Cromático -Verde, Azul, Gris, Amarillo y Negro- caminaron tras él con la cabeza baja. Ninguno de ellos -ni siquiera Barokk- pisó el Sagrado Círculo Pentacular.Barokk se colocó tras el altar de oro, su metal favorito. El resto de los sacerdotes se dispuso a su izquierda y derecha. Distinguió por el rabillo del ojo a Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra. Ya antes de que la magia la convirtiera en un ser de divina hermosura había sido una mujer muy bella. No podía ocultar bajo su pesada túnica las rotundas y adorables curvas de su cuerpo. Quizá ella no las deseara esconder, sino insinuar. El rostro lucía maravilloso, de rasgos finos y delgados, ojos y cabello muy negros y tersa piel blanca que contrastaba con unos labios rojos y llenos, labios lujuriosos creados para ser estrujados y saboreados sin compasión. Era un Ser de Voluntad Fuerte y conseguía lo que le apetecía. Gustaba de enloquecer a decenas de hombres y mujeres con su belleza. A muchos los había conducido al suicidio, tan sólo por pura diversión.La Sacerdotisa Negra mostraba un rostro tranquilo, severo. Pero sus ojos no podían ocultar la ansiedad y la frustración.Tras el sermón de rigor, escuchado en expectante silencio por miles de fieles, Barokk ordenó subir el recipiente al pentáculo.Los esclavos llevaron la esfera de plata cerca del altar y la abrieron con gran cuidado -el error de uno costaría una muerte muy lenta para todos en las Cámaras de Tortura. Dentro del brillante huevo, ahora abierto, había una mujer exquisita, apenas cubierta por tenues sedas, maquillada y peinada de manera elegantemente. El sedoso y abundante cabello rubio caía graciosamente sobre su espalda y sus llenos y dulces pechos. Estaba arrodillada, con las manos sobre los muslos y la cabeza baja. Sus ojos de largas pestañas permanecían obedientemente cerrados.Ella sería la víctima, el cuerpo poseído por Satán.Barokk se acercó al huevo. Sonrió tiernamente mientras contemplaba a la chica, como un padre ante su hija. Acarició el pelo dorado. Ella permanecía inmóvil. La habían drogado para no ejercer resistencia a la Posesión.- Puedes abrir tus ojos, doncella -dijo Barokk con voz meliflua. La esclava obedeció. Eran azules, con dilatadas pupilas que brillaban febrilmente.- Sal de la esfera y colócate en el pentáculo.El recipiente se movió lánguida y suavemente, provocando un expectante silencio general. Entró en el círculo pentacular y se arrodilló otra vez, las manos en los muslos y la cabeza baja. Barokk entró igualmente en la figura geométrica. Sacó de entre sus ropajes la daga enjoyada e hizo dos cortes, uno en cada muheca de la chica. Ella se estremeció ligeramente, mas no emitió sonido alguno.El Sumo Sacerdote apretó con sus pulgares las arterias de los finos antebrazos durante largos instantes. Después retiró la presión y la sangre fluyó, cayendo en dos grandes cuencos. Utilizó los dedos para pintar de nuevo las líneas de la estrella invertida y del círculo que rodeaba a la joven. Mientras realizaba esta tarea musitaba cánticos y adoraciones a los Altos Señores del Infierno, convocándoles, implorándoles fuerza y dicha. También emitía con trémula voz hechizos arcaicos, poderosos, palabras que una vez pronunciadas provocaban irreversibles reacciones en cadena. El aire comenzó a espesarse, como si dos manos gigantescas estuviesen aplastándolo lentamente. Los presentes sentían sucios escalofríos que recorrían sus columnas vertebrales. Los más débiles sollozaban silenciosamente a causa del hipnótico terror. Espectros menores se debatían alrededor del círculo pentacular, como jirones de aire caliente. Intentaban penetrar en la figura para poseer a aquella adorable víctima. Mas Barokk había consagrado el recipiente al Altísimo y no permitiría intromisiones. Así pues, los íncubos chillaban al chocar contra la inmaterial protección. Muchos pagaban su frustración con el público, poseyendo furiosamente a diversas esclavas hasta hacerlas aullar entre espasmos. La sangre de círculo y pentáculo brilló fulgurantemente. Era una línea de luz escarlata que serpenteaba hasta las muñecas del recipiente.Barokk lamió la daga y después alzó los brazos. Parecía dotado de un aura de fortaleza. Desorbitó los ojos y gritó con voz poderosa: - ¡Yo te invoco, Señor de Todos los Infiernos, Príncipe de las Mentiras! ¡Te invoco por el poder del Mal en los corazones de los hombres! ¡Por el Universo entero! ¡Ven, Señor Satán, toma esta ofrenda, habla a tus fieles!El recipiente, de pronto, abrió de par en par sus bellos ojos. A pesar de las drogas, el horror que sentía era puro, real. Sus pechos se alzaban y bajaban rápidamente, su fina piel brillaba a causa del sudor. El rostro se contrajo en una expresión de dolor lacerante. La rubia cabeza cayó hacia atrás y con ella el resto del cuerpo, como traccionado por una fuerza invisible.La capilla comenzó a llenarse de murmullos exclamativos y silencios de admiración.Amaria se acercó a Barokk, quien contemplaba al recipiente contorsionarse inutilmente, como si un gran peso la aplastara contra el suelo.- ¡Déjame entrar en el círculo pentacular! -pidió a Barokk Amaría, la Suma Sacerdotisa Negra, mirando con lujuria mal disimulada al recipiente- ¡Tienes el poder de cambiar la víctima u ofrecerle otra más al Gran Señor!Barokk la miró con irritación.- No lo haré, Amaria. Tú ya fuiste recipiente otra vez. Deja que ahora otro ocupe ese puesto. Amarla bufó como una gata furiosa. Tres Altas Invocaciones en el pasado ella había sido el recipiente. Se ofreció voluntaria, aún conociendo los peligros de la Posesión de Satán. Barokk sonrió al recordarla encadenada y desnuda, anhelando la venida de Su Señor. Satán la había penetrado y embestido salvajemente una y otra vez. Ella comenzó chillando de dolor, mas pronto sus alaridos sonaron llenos de placer y lujuria. Miles de acólitos contemplaron a la Suma Sacerdotisa Negra retorcerse lúbricamente y gritar obscenidades que hasta para ellos resultaron escandalosas. En esa ocasión, el Señor de Todos los Tnfiernos no les habló; se limitó a satisfacer una lujuria animal. Pero el público dudaba sobre quién realmente había disfrutado más: si el posesor o su víctima.Desde entonces, Amaria había solicitado y hasta suplicado a Barokk ser el recipiente en las siguientes Altas Invocaciones. El Sacerdote Supremo, divertido, se negó una vez tras otra.Los gritos de dolor del recipiente devenían poco a poco gemidos, para al poco convertirse en roncos gritos deleitosos de lujuria.Barokk entrecerró los ojos, contemplando la posesión. Una criatura sensible, hasta no ser ocupada por un Ser de Mayor Voluntad y despojada implacablemente de toda intimidad y orgullo, no experimentaba el arrasador placer reservado al sujeto absolutamente dominado.Amaria observaba al recipiente con manifiesta envidia. Barokk sonrió de nuevo. Qué ironía que la Suma Sacerdotisa Negra, tan fría, arrogante y cruel, una mujer poderosa que había partido mil corazones de hombres y mujeres, estuviera tan dispuesta a humillar públicamente su orgullo a cambio de tamaño placer.- Eres más esclava que ella -le imprecó Barokk, señalando al recipiente dentro del círculo pentacular.Amaria le miró con furia asesina, mas de pronto se vio atacada por la vergüenza y el pudor y se cubrió con las manos su bellísimo rostro. Aún así, volvió la vista hacia la jovencita poseída, sin lograr apartarla de ella, entreabriendo los labios. Barokk rió, con gran placer. También amaba a la ansiosa Amaria, Suma Sacerdotisa Negra. ¡Cómo los amaba a todos, sus Hijos, sus Retoños! El recipiente aulló, sin control alguno de cuerpo y mente. De pronto, fue levantada como por una mano invisible. Sus ojos se desorbitaron, el horror se pintó en ellos. La boca se abrió hasta que las mandíbulas se descoyuntaron y vomitó vísceras, intestinos y sangre. El rostro de la joven estaba ceniciento. Sus ojos brillaban con una agonía capaz de romper la mente. Surgieron de ella palabras ininteligibles, similares a rugidos de un tigre, que hacían volar gotas de sangre y espuma. Restallaban como latigazos metálicos contra el silencio absoluto. Satán les estaba hablando.Calló. La chica, aún viva, expelió por sus ojos un humor blanco y amarillo de agrio hedor. De pronto, surgieron incontables voces de su garganta: mugidos, ladridos, gritos, carcajadas,... Y en todos los tonos. Ninguna resultaba inteligible. Aquella cacofonía resultaba fascinantemente horrenda. Barokk volvió a preguntarse si Satán sería un solo ser, un grupo de entes unidos o una mente con múltiples personalidades.El recipiente sufrió una violenta arcada. Volvió a vomitar sangre. Su cabeza se volvió lentamente. Miró a Amaria. La poseída le sonrió de manera lasciva. Sus ojos ardían con fulgor rojizo. Llamó a la sacerdotisa moviendo el dedo índice.Amaria, como hipnotizada, andó hacia el círculo pentacular.De pronto, gritó de dolor. La barrera mágica no le permitía entrar en él. La sacerdotisa lo intentó de nuevo, frenéticamente, pero fue repelida hacia atrás una y otra vez. Al fin, acabó en el suelo, sudorosa, jadeante, temblando de rabia y frustración. La poseída se reía de ella con carcajadas infantiles, que aumentaron su frecuencia hasta convertirse en una sola nota, vibrante y aguda.Muchos de los presentes rieron también, sobre todo los Sacerdotes Negros rivales de Amaria.Ésta retrocedió, medio a rastras, horrorizada. La risa se tornó general. Barokk también se regocijó. Al fin y al cabo, aparte de ser el Príncipe de las Mentiras, Satán era el Rey de la Crueldad y la Humillación. La Suma Sacerdotisa Negra desapareció miserablemente de vista.El recipiente habló voz de hombre, profunda y grave. Abría y cerraba la boca bruscamente como un muñeco de carne y hueso manejado por un invisible ventrílocuo:- ¡AMADOS FIELES! -un inconmensurable trueno estalló desde el público. ¡Era el Gran Satán quien les hablaba! Le aclamaron, riendo y llorando, hasta rompérseles la voz - ¡YO OS HE CREADO! ¡YO HE CREADO ESTE TEMPLO! -Barokk esbozó una levísima mueca de desagrado- ¡HE HECHO POSIBLES VUESTRAS VIDAS, VUESTRAS JERARQUÍAS, VUESTRO PODER, VUESTRO PLACER Y VUESTRO DOLOR! ¡ADORADME! ¡ADORADME, GUSANOS!Miles y miles de acólitos, todos los presentes en aquella inmensísima sala, se arrodillaron y gritaron su nombre gozosamente. Eran sus esclavos, lo desearan o no. El poder de la veneración vencía cualquier orgullo.Barokk también se postró y tocó con su frente el suelo. Amaria también lo hizo. Ahora reía felizmente, llena de gozo y dicha, mientras gritaba el nombre de su amo. - ¿ME AMÁIS? -rugió Satán- ¿TODOS ME AMÁIS?Una sola voz afirmativa fue su respuesta. - ¿HASTA EL FONDO DE VUESTROS CORAZONES?Otra ovación unánime.- ¿NADIE OSARÁ MENTIR?Una negación de masas.Los ojos de la poseída salieron expulsados del rostro. El cadáver se desplomó en el suelo. - ¡ BLASFEMIA!El grito ascendió hacia lo alto y después bajó al suelo, clamando aquella terrible palabra. Mi1es de corazones pegaron un vuelco en sus pechos. La voz, ya fuera del recipiente, voló de un extremo a otro de la capilla, como un ave fugaz, su volumen ascendiendo y descendiendo fantasmalmente:- ¡NO TODOS ME AMÁIS POR COMPLETO! ¡MENTÍS A VUESTRO SEÑOR!Barokk sintió pánico: la presencia invocada estaba fuera del círculo pentacular... Las normas habían sido infringidas, un imprevisto no sucedido en más de cien Altas Invocaciones. Un escalofrío subió por su columna vertebral.Alzó la cabeza, pasmado. Ante él, en el aíre, se abría un vacío de negrura. Era pura nada, oscuridad total y pegajosa, un desgarrón creciente sobre el tapiz de la realidad. En el centro de la tiniebla se abría otra más densa, la cual albergaba, a su vez, una tercera sombra que la superaba en opacidad. Los agujeros crecían concéntricamente, su centro se remontaba hacia el infinito. Y todos los abismos miraban a Barokk.- ¿Qué...? -logró musitar el sacerdote.Quiso retroceder, pero estaba demasiado horrorizado y fascinado como para hacer otra cosa que permanecer de rodillas, la vista fija en el agujero sobre el tapiz de la realidad. "¡SACERDOTE SUPREMO!" -bramó el Abismo- "¡ERES TÚ! ¡ERES TÚ QUIEN ME AMA DE FORMA FALSA! ¡QUIEN NO ME QUIERE CON TODO SU SER!"Barokk estrelló su frente contra el suelo.- ¡No! -sollozó- ¡Te amo, Señor Mío! ¡Te amo con todo mi corazón! "¡NO! AMAS EL TEMPLO. AMAS EL ORDEN, LA JERARQUÍA, LAS NORMAS... ¡AMAS EL PODER QUE TE DA TU DIOS, PERO NO AMAS A TU DIOS! Estalló una brutal, tronante carcajada que sumió en el terror más abyecto a los presentes. Barokk aún mantenía una parte de su mente en orden; con ella, escuchaba y entendía lo que Satán le dijo: "HE VIAJADO A TRAVÉS DE EONES Y DIMENSIONES. HE CRUZADO LOS ABISMOS, HE BUCEADO EN EL CAOS. HE VISTO EL PASADO Y EL FUTURO. HE CONTEMPLADO Y HE DOBLAGADO A DIOSES. HE OBSERVADO TODAS LAS RELIGIONES DE LOS HOMBRES EN TODOS LOS ÁMBITOS DE LA REALIDAD. SUS SUMOS SACERDOTES SOIS IGUALES. LO QUE REALMENTE AMAIS ES EL PODER. Y TÚ, BAROKK... TÚ SÓLO TE AMAS A TI MISMO"Barokk sufrió un fuerte estremecimiento. La agonía y el arrepentimiento llenó su espíritu. Comprendió de pronto que Satán llevaba razón. Él estaba en lo cierto. Era un mal creyente, un falso, un ególatra que utilizó el poder de Su Señor únicamente en beneficio propio.El Sumo Sacerdote vibró. Aulló de manera espeluznante. La mancha de color que era el sacerdote fluctuó y se retorció como un jirón de formas, se estiró imposiblemente, se separó del suelo y fue absorbida por la Oscuridad. La tiniebla, entonces, se desgajó en dos gigantescos ojos de inconmensurable y enloquecedor mal. Elevados por una columna de fuego blanco y dorado, aquellas dos tenebrosas joyas se alzaron sobre sus fieles. Ninguno de ellos osó despegar la vista del suelo."¡OÍD Y OBEDECED!", ordenó la voz sagrada, "¡DE AHORA EN ADELANTE, NO HAY NORMAS NI LEYES EN EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN! ¡SOIS LIBRES! ¡SOIS TODOS TOTAL Y COMPLETAMENTE LIBRES PARA HACER CUANTO DESEÉIS! ¡OS CONCEDO LA LIBERTAD!"Las dos sombras se expandieron infinitamente, dispersándose en el Tiempo y el Espacio, hasta desaparecer por completo.Los miles de acólitos quedaron en silencio. Al poco, oyéronse murmullos asombrados, luego conversaciones, quejidos, protestas, primeros gritos y por último un clamor vociferante tan furioso como angustiado:- ¿Qué haremos ahora?- ¡No hay leyes!- ¿Cómo se regirá el Templo?- ¿Quién nos dirigirá?- ¿Quién será el nuevo Sacerdote Supremo? - ¡Yo! -Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra, estaba en pie, con las manos en las caderas. Los miraba altiva y desafiante. Todos callaron.Entró en el círculo pentacular, besó en la boca al muerto recipiente. Se dirigió a los fieles:- ¡Hay nuevas normas! -gritó la mujer- ¡Yo las impondré! ¡Yo seré el Nuevo Sacerdote Supremo del Templo del Deseo de Satán!Miles de seres respiraron, aliviados. La alegría estalló en forma de salvas y vítores a la nueva Sacerdotisa Suprema del Templo del Deseo de Satán. Amaria sonrió, satisfecha. Les contempló, borracha de triunfo, pero también de desprecio: ¡pobres criaturas! Ellos siempre necesitarían un líder. Jamás dejarían de ser unos esclavos... ¡esclavos de sí mismos!, incapaces de tomar sus propias decisiones y actuar conforme a ellas. ¡Qué fino sentido del humor el de Su Señor Satán, prometiéndoles la libertad! Si, ciertamente Él era el Príncipe de las Mentiras.De pronto, a pesar de que les despreciaba, Amaria sintió un enorme cariño hacia ellos. La fuerza de sus emociones la sorprendió: los amaba. Eran sus hijos, sus niños, a los que ella mimaría, dirigiría y castigaría. Era un gran gozo el que experimentaba, queriéndolos de tal manera. Casi sentía pena por Barokk, el frío y duro Barokk, que estuvo tan concentrado en los elevados asuntos y tan alejado de lo mundano. Amaria decidió que él nunca podría haber experimentado ese amor hacia sus súbditos. No, era imposible que Barokk hubiese amado a nadie salvo a sí mismo, como dijo Satán. Amaria lo compadeció. Pero soltó una gran carcajada. También lo amaba, estuviera donde estuviese ahora. Mas no cometería los errores que le llevaron a la ruina. Ella amaba a los acólitos. Estaba llena de amor. Ella no era como Barokk. La Sacerdotisa Suprema ordenó retirar el cadáver de la esclava poseída y limpiar el círculo pentacular. Habló con fuerza y gravedad a sus súbditos y permitió que la aclamaran muchas veces. Cuando estuvo satisfecha, les dio permiso para marcharse de vuelta a sus cubiles. Los alborozados fieles se fueron. Había sido una inolvidable Alta Posesión. Había muerto un Sumo Sacerdote y otro tomó su puesto. Satán les había hablado, les había dado la libertad. ¡Qué gran Señor era! Sin embargo, todos experimentaban un gran alivio y tranquilidad, a pesar de tan magnos acontecimientos: era como si, en realidad, nada hubiese cambiado. Nada. Y eso era lo que realmente les hacia sentirse tan felices.
FIN

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