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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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jueves, 22 de octubre de 2009

LA GALLINA DEGOLLADA


LA GALLINA
DEGOLLADA
Horacio Quiroga
-
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del
matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían
la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de
ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles,
fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas
tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos
se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad
ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en
el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes
sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo,
alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas,
empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En
todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado
maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los
tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y
mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos
enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de
un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas
posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los
catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y
radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche
convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo
examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal
en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados
recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del
todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre
las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su
primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en
todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto
a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un
poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el
pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener
sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo.
Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los
dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía
idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor
estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su
apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más
belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de
redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y
punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa
amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que
arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo
abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a
caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los
lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando
veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de
baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se
pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora
descendencia.
Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que
el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus
esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se
agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que
habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es
patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la
insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las
manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus
hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba
más!... —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería
decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables
reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así
una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro
desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia,
que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en
los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del
todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran
obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija
echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida.
Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al
menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado
habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel
fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían
por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí
mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a
crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La
sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban
casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota
caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas
que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y
fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes
pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa.
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a
tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que
querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha
muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos
tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale
al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón
picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló
instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había
desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han
amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto
hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las
emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada
largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una
palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo,
ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la
sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había
aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo
como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados
uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón,
olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente,
cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor
con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su
banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el
matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un
momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había
traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos,
más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de
cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba
pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla
desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto
topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la
mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio
, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la
mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus
pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial
iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del
otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados
en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse
del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando
los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la
cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la
vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se
despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le
heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la
cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó
un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del
padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido
como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la
cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

lunes, 12 de octubre de 2009

Diagnóstico de Muerte


Diagnóstico de Muerte
Ambrose Bierce
1
- No soy tan supersticioso como algunos de tus doctores de ciencia, como tu te
complaces en decir - dijo Hawver, replicando una acusación que no había sido
hecha - Algunos de ustedes, solo algunos, confieso, creen en la inmortalidad del
alma, y en apariciones que tu no tienes la honestidad de llamar fantasmas. No voy
decir más que tengo la convicción que los vivos algunas veces son vistos donde
no están, en lugares donde han estado, donde ellos vivieron tanto tiempo, quizás
tan intensamente, como para dejar sus impresiones en todo lo que los rodea. Lo
se, en efecto, puede ser que un ambiente pueda ser tan afectado por la
personalidad de una persona como para impresionar, mucho después, una
imagen de uno mismo a los ojos de otro. Indudablemente la personalidad impresa
tiene que ser el tipo justo de personalidad y los ojos perceptores tienen que ser el
tipo justo de ojos, los míos por ejemplo.
- Si, el tipo justo de ojos, sensaciones convincentes del lugar erróneo del cerebro -
dijo el Dr. Frayley, sonriendo.
- Gracias; uno gusta tener sus espectativas gratificada; esto es en réplica de lo
que yo supongo que haría alguien civilizado.
- Perdón, pero tu dices que lo sabes. Es algo facil de decir, ¿no crees? Quizás tu
no pensarás en el problema de decirme como lo supiste.
- Tu lo llamarás una alucinación - dijo Hawver, - pero no es tal cosa - y le contó la
historia.
El último verano, como tu sabes, fui a pasar la temporada de calor a la ciudad de
Meridian. Los parientes cuya casa intentaba habitar estaban enfermos, así que
busqué otros cuartos. Luego de algunas dificultades renté una de las habitaciones
vacantes que había sido ocupada por un excéntrico doctor llamado Mannering,
quien se había ido varios años atrás, no se sabía adonde, ni siquiera su agente. Él
había construído una casa y había vivido allí durante diez años, acompañado por
un viejo sirviente. Su práctica, no muy extensa, lo tuvo ocupado durante algunos
años. Él también se vio abstraído de la vida social y se convirtió en un recluso. Me
lo contó un doctor del pueblo, que fue la única persona que tuvo alguna relación
con él, que durante su retiro, se hizo devoto de una única línea de estudio, el
resultado de lo que él expuso en un libro que no fue recomendado a la aprobación
de sus colegas médicos, quienes, sin embargo le consideraron no enteramente
sano.
2
No he visto el libro y no puedo recordar su título, pero me dijo que exponía una
extraña teoría. Él decía que era posible que una persona de buena salud pudiera
pronosticar su propia muerte con precisión, varios meses antes del evento. El
límite, creo, eran dieciocho meses. Hubo cuentos locales sobre que había ejercido
sus poderes de pronóstico, que quizás tu llames diagnóstico; y que las personas a
las que advirtió el deceso, murieron súbitamente en el plazo fijado, sin causa
conocida. Todo esto, por cierto, no tiene nada que ver con lo que te dije; pienso
que puede divertir a un médico.
La casa estaba amueblada, como él había vivido ahí. Era una oscura morada para
alguien que había sido un recluso más que un estudiante, y creo que me dio algo
de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; siempre sentí una
cierta melancolía que no estaba en mi disposición natural, según creo, debido a la
soledad. No tenía sirvientes que durmieran en la casa, pero siempre tuve la
adicción, como tu sabes, a la lectura. Cualquiera que fuera la causa, el efecto fue
un rechazo y un sentido de mal inminente; esto fue especialmente en el estudio
del Dr. Mannering, a pesar de que esta habitación era una de las más luminosas y
aireadas de la casa. El retrato de tamaño real del doctor parecía dominarlo
completamente. No había nada inusual en la foto; el hombre evidentemente lucía
bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metalizado, una cara
recién afeitada y unos ojos oscuros y serios. Algo en la imagen siempre acaparaba
mi atención. La apariencia del hombre se convirtió en familiar para mí, hasta me
'hechizó'.
Una tarde estaba paseando a través de esta habitación para ir a mi dormitorio, con
una lámpara (no había gas en Meridian). Me paré, como era usual, frente al
retrato, que parecía a la luz de la lámpara cobrar una nueva expresión, no
fácilmente descriptible, pero realmente escalofriante. Me interesé pero no me
inquieté. Moví la lámpara de un lado a otro y observé los efectos de alterar el
punto de iluminación. Mientras estaba tan absorto sentí un impulso en voltearme.
Y cuando lo hice ¡vi a un hombre que se movía a través de la habitación y se
dirigía hacia donde yo estaba! Tan pronto como él se acercaba a la lámpara su
rostro se iluminó, y vi que era el Dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato
estuviera caminando!
'Le pido disculpas', dije, algo fríamente, 'pero si usted golpeó no lo escuché'.
Él me pasó, dentro de una braza, extendió su dedo índice como en advertencia, y
sin una palabra, se marchó de la estancia, a pesar de que observé su ida no más
que lo que vi su entrada.
Por supuesto, no necesito decirte que esto puede ser lo que tu llamarías una
alucinación y lo que yo llamo una aparición. Esta habitación tiene solo dos puertas,
una de las cuales estaba cerrada; la otra llevaba al dormitorio, desde donde no
había otra salida. Mi sentimiento sobre esto es que no es una parte importante del
incidente.
3
Indudablemente esto te parecerá un lugar común "el cuento de fantasmas" algo
que uno construye sobre las líneas dejadas por los viejos maestros del arte. Si así
fuera, no te lo habría contado, aún si hubiera sido verdad. Pero el hombre no está
muerto; lo conocí hoy mismo en la Calle Unión. Me cruzó entre una multitud.
Hawver finalizó su historia y ambos hombres se quedaron callados. El Dr. Frayley
distraídamente golpeó la mesa con sus dedos.
- ¿Te dijo algo hoy, - preguntó - alguna cosa que te haya hecho inferir que no
estaba muerto?
Hawver lo miró fijamente y no replicó.
- Quizás - continuó Frayley - él hizo alguna señal, un gesto, alzó un dedo. Es un
truco que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de
un diagnóstico, por ejemplo.
- Si, lo hizo, su aparición lo hizo. Pero, ¡por Dios! ¿Lo conocías?
Hawver estaba poniéndose aparentemente nervioso.
- Lo conocí. Leí su libro, como todo médico de hoy en día. Es una de las más
importantes contribuciones del siglo a la ciencia de la Medicina. Si, lo conocí; lo
traté en su enfermedad durante los últimos tres años. Él murió.
Hawver buscó una silla, visiblemente incómodo. Dio un par de zancadas y se
sentó. Luego se dirigió a su amigo, y en una voz no muy clara, dijo:
- Doctor, ¿tiene usted algo para decirme como médico?
- No, Hawver; tu eres el hombre más saludable que conocí. Como amigo te
recomiendo que vayas a tu habitación. Tocas el violín como un ángel. Tócalo, toca
algo alegre y jovial. Ten este maldito asunto fuera de tu mente.
Al siguiente día Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello,
el arco sobre las cuerdas, su música se escuchó antes de la Marcha Fúnebre de
Chopin.

domingo, 11 de octubre de 2009

Chamanismo sudamericano y plantas sagradas

Chamanismo sudamericano y plantas sagradas
Jorge S. Gallardo
-
En los tiempos actuales las grandes ciudades del mundo siguen creciendo a pasos agigantados mientras por otro lado se achican sus valores, comunicaciones con trato directo y personal para dar mas espacio al trato laboral, la comunicación telefónica, virtual y comercial.
Pero escarbando un poco en relaciones más primitivas, podemos pensar: ¿qué es lo que nos queda de aquellas antiguas costumbres? Y quizás nuestra respuesta se asemeje a actividades tales como soñar cuando dormimos, hacer el amor, comer y tratar de respondemos autopreguntas universales como de dónde venimos, quienes somos y hacia dónde vamos.
Pero es en estos tiempos y medios, donde por lo mismo se manifiesta una crisis medicinal en aspectos físicos, mentales y espirituales. Los médicos, psicólogos, psiquiatras y pseudo religiosos son quienes presiden esta crisis sin dar soluciones es estos tiempos en que su actividad no parece dar respuestas que resuelvan este problema. Así es tal la necesidad de la gente, que vemos cómo crece el consumo de libros y programas de televisión sobre autoayuda, religión, chamanismo etc. desde las pequeñas librerías barriales hasta en los centros comerciales más reconocidos en los países y en el mundo. Muchos de estos libros no sólo muestran a la gente otra dimensión de vida, sino también ese otro lado sobre el cual se puede manejar este otro plano ordinario en el que vivimos.
Al entrar en el tema chamanismo, especialmente el sudamericano, se tocarán temas tabúes para occidente como el uso de de plantas sagradas, tales como Peyote (Lophopora Williamsii), aunque ésta pertenece al territorio mexicano, Ayahuasca (Banisteriopsis Caapi), San Pedro (Trichocereus Pachanoi), Wilca (Piptadenia Macrocarpa) y Tabaco (Nicotiana Rustica). La falta de información sobre el uso medicinal y ritual de estas plantas en general, fascinará al lector y en muchos casos, éste querrá acceder a esos estados modificados de conciencia para satisfacer su curiosidad y buscar solución a sus problemas.
Claro que el trabajo con estas plantas entre otras no es cosa fácil, pues un uso adecuado, es decir, en su forma tradicional, requiere mucho trabajo consistente en preparaciones del cuerpo y la mente. Y quizás por esto es que mucha gente se siente defraudada al desear tanto. esta experiencia, cuando finalmente encuentran una experiencia psicodélica en la cual su vida continúa igual que antes, aunque con una alteración profunda en su pasado no muy diferente a lo ya experimentado en el uso profano de sustancias sagradas o no. No es cuestión de sentarse en una montaña, tomar la planta y esperar que aparezcan dioses conocidos por nuestra cultura o elaborados por nuestra mente a clarificarnos todo
Hoy día mucha gente se toma su tiempo de vacaciones, en el cual buscan una experiencia sagrada. Quien se acerque a lugares ya famosos como los andes o la amazonia, recibirá hasta con cierta demanda varios tours chamánicos ajustados a su medida, intereses y monto económico disponible, del cual la empresa turística se quedará con mayor porcentaje que el que recibirá el curandero (real o no) que acepte convidar la planta a cada participante en la ceremonia.
Son muchas las posibilidades de comerciar lo sagrado, lo vemos en las famosas religiones y en otras más pequeñas también. Esto ocurre con todas las cosas, y más aún en tiempos que lo sagrado, lo "primitivo" e iniciativo no ha tenido cabida en el mundo competente, ambicioso y acelerado de occidente.
Entonces esto, mas la deformación del uso sagrado de plantas relacionado al punto de vista occidental del tema droga, no solo subestima tales prácticas, sino que la torna más rentables con esa minoría que da todo lo que pueda, para hacer lo que autores como Carlos Castaneda han dicho a sus lectores, aunque sin pistas para continuar tal camino.
Esa es en cierto modo la situación actual del chamanismo sudamericano que se encuentra en medios mestizos y urbanos. Gran parte trabaja de esta manera, y otra parte más difícil de conocer, aún emplea su sabiduría de manera menos comercial y más tradicional.
Veamos dos ejemplos:
1)
En la costa del pacífico ecuatoriano, como también en ciudades como Quito, se encuentra un sincretismo en el que confluyen discursos al mejor estilo de indígenas de películas norteamericanas con prácticas religiosas y chamánicas, donde se toma el San Pedro que es una planta andina, la cual crece en dicha región del Ecuador, entre otros países. Este grupo la usa sin los ritos de los nativos de esa área, sino que parecería una nueva creación del consumo ritualizado de una planta, para los nuevos jóvenes que nunca dieron todo de sí en la búsqueda del consumo de plantas que los convenza.
Luego de la ceremonia parecería que eso les gustó, y entre esos dogmas y ritos de indio de película parecen satisfacer su búsqueda enteógena - espiritual. Este grupo dice depender de la ya famosa Native American Church y que fue traída a Sudamérica por un mexicano.
Antes de la toma de la planta, realizan una práctica llamada temascal, la cual consiste en introducirse dentro de una carpa, en la cual con piedras al rojo vivo situadas en el medio de la misma, dentro de un hueco en la tierra que representa la garganta de la tierra. Sobre esas piedras se hecha agua, la cual creando un vapor que envuelve a todos los participantes hace llegar el ambiente a una temperatura tan alta que logra un estado modificado de conciencia muy interesante. Esa es una antigua práctica de los aborígenes norteamericanos.
Luego viene la toma de la planta, en otro ambiente preparado para esto en el cual se ubica una fogata en el medio. Para esto ya se habla del precio sugerido, sabiendo que la mayoría de la gente asiste mas que por el temascal por la toma de la planta.
El San Pedro, que una vez preparado es de consistencia sólida casi como la de la miel, siempre lo he visto tomado en dosis de medio a un vaso entero. Esta preparación (según ellos sin aditivos) en esta ceremonia se tomaba en una medida muy pequeña como se toma la ayahuasca. Su sabor de hecho era como el de la ayahuasca, pero su efecto un tanto suave era como el del San ~ Pedro y un tanto como el de la ayahuasca, pero según ellos era solo San Pedro; Personalmente percibí gato encerrado.
Luego de una ceremonia de unas catorce horas, recién se autoriza a irse a los participantes recordándoles a los que no pagaron que regresen a hacerlo en cuanto puedan.
En la cuenca amazónica también hay ciudades de intenso turismo, donde los turistas pueden acceder en su programa turístico a sesiones de la famosa y poderosa liana amazónica, ayahuasca.
Ejemplo: trekking y observación de flora y fauna exótica en parque nacional... Navegaremos por los afluentes del río Napo llegando a la comunidad tal de nativos Wittoto, en la misma se participará de una sesión de ayahuasca (opcional) El precio no incluye el ticket de entrada a la comunidad. Este es un tipo de texto que ofrece un programa muy común en lo que las agencias pueden ofrecer a sus clientes.
Claro que fuera de las ciudades y circuitos turísticos existen chamanes en las comunidades y cumplen un papel esencial en el medio social que habitan, donde la gente recurre a ellos para que les dé recomendaciones para tomar decisiones difíciles, al no encontrar respuestas a sus problemas, para obtener poder físico, mental y espiritual y para curar enfermedades que requieran el uso de plantas o no.
2) En la selva ecuatoriana conocí a un nativo Shuar (conocidos también como Jivaros aunque ellos repudian ese nombre porque pertenece a un chancho de la selva, y se lo pusieron los españoles despectivamente a esta guerrera etnia) que me llevó a conocer su casa y su familia.
Allí hablar de ayahuasca era tan común como hablar del estado del tiempo. De hecho, así de la nada me dijeron que en algún momento de mi estancía la tomaríamos juntos. Nada de esto implicaba pagos previos ni posteriores. ¿Cómo ellos iban a vender lo que le habían dejado sus padres, sus antepasados, su madre naturaleza? Lo sagrado no es comerciable para ellos, usar dinero para los gastos que implica es otro tema, aunque en este caso en la selva no hacía falta dinero ni para prepararla ni para tomarla. Sólo se requiere de conocimiento, tiempo y trabajo.
La mujer de este amigo Shuar estaba enferma, con mucho síntomas desagradables un tanto parecidos a la malaria, entre ellos pinchazos tipo agujas en la cabeza mientras sentía el olor de la malicua como llaman ellos al floripondio (Brugmansia Suaveolens), lo cual lo atribuía a un mal que le habían hecho. Pero ellos, grandes conocedores de la malaria, aseguraban que no era eso. La propia enferma afirma que los remedios que le habían ido a comprar al pueblo por orden de un médico no le habían servido, sino lo contrario, la hacían sentir bastante peor. Y comentaba que la ayahuasca no sólo la hacía sentir realmente mejor, sino que la curaba y hasta le mostraba qué era lo que la hacía sentirse mal. De hecho cuando la conocí decía estar mucho mejor que antes, y cuando me fui de la comunidad ya estaba dada de alta por su tío, quien era médico vegetalista. Término usado en la amazonia para designar a quienes conocen los remedios de ese pulmón del mundo. Todo este tipo de afirmaciones etc. y uso de la ayahuasca lo viven todos los Shuar en general, incluso niños preadolescentes guiados por sus padres o el encargado del tema.
Estas son partes de las realidades del chamanismo actual. Los que están mas actualizados y relacionados al mundo moderno, aprovechan el hambre de experiencias sagradas del que es víctima el hombre occidental y así encuentran una forma de lucro bastante efectiva. Claro que los mayores beneficiados económicamente son los intermediarios de las agencias de turismo. Esto cuando no se trata de pseudo chamanes que se ofrecen con volante en mano ellos mismos sin intermediarios, muchas veces a precios similares a los de las agencias turísticas como es el caso de una señora rubia que ronda las calles de la ciudad del Cuzco con fines de lucro.
La experiencia chamánica es una experiencia iniciática, en la cual es necesario morir simbólicamente para renacer. El chamán muere varias veces hasta formarse como tal, incluso varias veces teme quedarse en el mundo de los espíritus para siempre. Para atravesar esas etapas es imprescindible perder el miedo y tomarse valiente para afrontar cada una de las hazañas a las que se aventura.
Es quizás en parte por esto que los psiconautas de nuestro contexto cultural muchas veces no encuentran lo que creyeron que encontrarían en la experiencia chamánica. Nuestros psiconautas se inician en el uso de sustancias sagradas en una búsqueda hedonista en muchos casos, y como consecuencia, esta práctica deriva en la iniciación chamánica. Esta experiencia es la que asusta a muchos que jamás supusieron dedicar tanto esfuerzo para dar con esto, y que el comienzo sea por las tinieblas, de la misma manera en que Jesucristo descendió los infiernos para luego ascender a los cielos. A causa de esto entre otras cosas, la búsqueda de los integrantes de nuestra cultura queda interrumpida por el miedo. Especialmente con lo referente al uso de ayahuasca y hongos sagrados (Stropharia Cubensis, Psilocibe Sp. etc.)
Nuestra búsqueda no tiene nada de malo, pues ha existido siempre en toda la historia de la humanidad en el planeta entero. Nuestro problema es la falta de educación sobre el tema, por lo cual nuestra aproximación a los estados alterados de conciencia muchas veces resulta catastrófica derivando al abuso de drogas, tanto las legales como las ilegales, concluyendo en empeorar las formas de vida cuando estas sustancias siempre han cumplido la función de dar claridad a las vidas de quien las use, y en las de quien el chamán pretenda ayudar.
Otra experiencia de relacionarse al chamanismo, es muy diferente a la búsqueda de los propios chamanes. Ya resignado por llegar siempre a comerciantes, uno finaliza ya la búsqueda de lo que parece imposible. Pero la toma continua de plantas en la participación de actividades sagradas, hace que la propia planta nos valía enseñando sobre el conocimiento que se adquiere en el otro mundo, suponiendo que existe un mundo paralelo a este en el cual extraemos conocimientos para aplicarlos en este otro mundo material.
Es así como personas iguales a nosotros (occidentales) terminan conociendo bien esta disciplina y por lo mismo van formándose como maestros del uso sagrado de plantas. En casos así, esa resignación nos puede llevar a conocer a un occidental en el cual no depositamos ninguna especulación sobre temas chamánicos, y junto a esta persona tomar una y varias veces una planta de poder en lugares sagrados. Así poco a poco nos damos cuenta que se trata de un curandero, comprendiendo así (con lo poco que hay para razonar sobre esto) que el chamán que aparece en la vida de uno, aparece cuando uno menos se lo espera y cuando uno menos lo busca, para transformarnos en un ambiente tranquilo sin la agitación de las especulaciones y cantidad de inquietudes que a uno lo llevan en la búsqueda de esto.
Esa es la situación actual en la que el que busca parece que no encuentra lo que busca, por lo menos a corto plazo. Es posible que quien parta en búsqueda de esta gente hacia los sitios donde surgieron y aún se encuentran, encuentre algo que en parte cambie su vida, como también es posible que no encuentre mas que a la plaga de comerciantes que hay entre todos estos temas. También es posible que esa búsqueda pueda satisfacerse en la ciudad occidental en la que uno habita, donde hay personas que guardan en su interior el conocimiento que les fue concedido a lo largo de sus experiencias sagradas y ya están capacitados para compartir esto con los neófitos que se le acerquen.
Así son las cosas en este planeta de la relatividad, donde la especulación egoísta y la ambición no dan en el blanco sino que en el tiro errado se golpean fuertemente para asumir un compromiso desde las tinieblas opuestas al hedonismo.
El chamanismo sudamericano aún existe, desde la profundidad más impenetrable de las selvas hasta en los centros urbanos menos sospechados. Afrontando discriminación, incomprensión y otras injusticias que hoy maneja el mundo imperante.
Que continúe existiendo es realmente increíble, dando a entender que su papel es esencial para la salud humana, ya que viene desde el tiempo prehistórico como primera manifestación religiosa que halla expresado la humanidad hasta nuestros días.
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1. Comentaba un nativo americano que el hombre blanco va a la iglesia a hablar sobre dios, mientras que el indígena va a su sitio de trabajo chamánico a hablar con dios.
2. Por otro lado un nativo y amigo Shuar llamado Manuel Chuintantich comentaba que: del bien se aprende lo bueno y lo malo, y del mal se aprende lo malo y el bien.
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1. Quizás porque dios no es un ser específico, sino la totalidad del universo que se observa en la experiencia chamánica.
2: Y quizás el bien y el mal no existen, sino que quizás existe el equilibrio, sobre el cual no hay duda que occidente se encuentra lejos, muy lejos.


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