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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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martes, 15 de septiembre de 2009

LA PÓCIMA VUDÚ DE AMOR COMPRADA CON SANGRE

La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre

Brad Steiger y Sherry Hansen Steiger

Las narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano.
Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres.
Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas.
Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él.

Control Completo Sobre Las Mujeres, Que Las Convierte En “Esclavas De Amor”

Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima “esclava de amor”. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor.
Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas.
Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor.

Polvo Triturado Del Cráneo De Un Niño Inocente

Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta.
“Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.”
Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera.
La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana.
—Un tío me debe un dólar —le dijo a su hermana—. Espérame mientras voy a pedírselo.
Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad.
Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo.
Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido.
En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión.

El Cuerpo Desmembrado En El Gallinero

Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco.
Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie, como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató.
Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine.
Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero.
Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo.
Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría.
El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente.

Libros Extraños Y Antiguos De Magia Negra, Vudú Y Hechizos De Amor

El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español.
Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente.
Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente.
Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto.
Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera.

“Habría Matado A Cualquiera Para Conseguir Ese Cráneo”

—Necesitaba el hueso triturado del cráneo —dijo Aponte con indiferencia—. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.
Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero.
—No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera —explicó—. No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo.
”Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima.
¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe?
Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido.
—Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara.
Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua.
—Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava —se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal—. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera.


THE VOODOO LOVE POTION THAT WAS BOUGHT WITH BLOOD
Extraído de Demon Deaths

viernes, 11 de septiembre de 2009

EL GRAN INQUISIDOR


EL GRAN INQUISIDOR
FIODOR DOSTOIEVSKI

Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.

Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.

No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.

Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.

El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para
que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"

Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.

–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.

El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre profiere:

–¡Si eres Tú, resucita a mi hija!

Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).
La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.

Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.

–¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.

Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición. Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda. Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede. De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor
en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
–¿Eres Tú, en efecto?

Pero, sin esperar la respuesta prosigue

–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda... Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave. –El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...

Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba
la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no so1o de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que so1o hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.

Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan
terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices – : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no
los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.

La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre.
Pero no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún
durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te de tus elegidos, pero son una mi noria: nosotros les daremos el re y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las re vueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a causar los con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"

No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la
humildad – no, como Tú, el orgullo . Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal.
Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.

Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.

Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.

El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.

jueves, 27 de agosto de 2009

EL TEMPLO DEL DESEO DE SATAN

Andrés Díaz Sánchez
El Templo del Deseo de Satán



"No existen sucesos morales, sino una interpretación moral de los sucesos. El Mal es, simplemente, lo que desconocemos."
F. Nietzsche




Los candiles del Templo del Deseo de Satán desprendían una luz aceitosa y trémula. Iluminaban las figuras grotescas y poderosas de negro basalto brillante, las fauces arrugadas de mandíbulas prominentes y belfos retraídos, los ojos de fulgor diamantino, rojos como la sangre. Las desnudas esclavas bajaban la cabeza cuando pasaban junto a las estatuas de los Héroes del Infierno. Las figuras habían sido bautizadas con sangre de recién nacido y dotadas de un eterno poso mágico. Ningún cultita, salvo los sacerdotes -y sólo unos pocos de entre ellos- eran capaces de aguantas sus miradas pétreas e
implacables, tan sórdidas como todo lo demás de aquel ámbito.
Techo, suelo y paredes estaban construidos en oro oscuro, plata roja y celeste, mármol amarillento y jade color del mar. La luz comulgaba con las tinieblas, los entes demoníacos preferían los rincones oscuros a la claridad. Muchos acólitos imprudentes habían sido poseídos y después abandonados al dolor y la locura por acercarse demasiado a los lugares más sombríos. En general, nadie osaba aventurarse por entre las hileras de inexpugnables columnas ni aproximarse a las paredes, pues a los diablos les gustaba la piedra y atrapaban a todo el que se les aproximara de forma imprudente.
Aquella noche ocurriría algo crucial. Tendría lugar la Más Alta Invocación, la Gran Posesión, protagonizada por el mismísimo Satán, Señor De Todos Los Infiernos. Cada seiscientos sesenta y seis días, atendiendo a la cifra mágica de La Bestia, se celebraba una Invocación de Alto Nivel, en la cual un ente perteneciente a la nobleza infernal -quizás un barón o un condestable- poseía a un Recipiente por medio del cual se comunicaría con los creyentes. Los recipientes solían ser esclavos de ambos sexos -los demonios, aunque nadie conocía sus ritos de reproducción, si los tenían, mostraban caracteres y comportamiento de marcada sexualidad-, los mas bellos ejemplares, entrenados para no resistirse al ente posesor. Las criaturas terrenales solían intentar defenderse contra la violación mental y física que suponía una posesión
infernal. Sin embargo, Allá, se les había adiestrado para brindar gozosamente al demonio todo su ser.
Durante estas fiestas de Invocación y Posesión se encerraba al recipiente en un círculo pentacular que retendría al demonio. Éste impartiría sus enseñanzas durante la Misa de Posesión. Tras el mensaje del ente - ue podía durar
instantes o hasta ciclos menores- el demonio abandonaba el cuerpo poseído, cuyo verdadero dueño solía morir o sufrir una profunda locura hasta el final de su pequeña vida.
Aparte de estas Altas Posesiones, todos los ciclos menores tenían lugar otras, protagonizadas por entes demoníacos de bajo poder. Se encaprichaban con cuerpos humanos masculinos o femeninos y los tomaban. Por ejemplo, dos ciclos menores atrás un guardián del Tercer Nivel fue poseído por un demonio guerrero y lo convirtió durante seis ciclos de instantes en un loco asesino. El poseído mató
con su lanza a siete esclavos, dos Sacerdotes Azules y tres mozos de lucha. El demonio lo abandonó al fin y el hombre volvió a recuperar el control de su mente y cuerpo. Fue indultado y bendecido por el Sumo Sacerdote Gris. Tres ciclos menores antes de este suceso, una manada de súcubos entró en un pequeño harén de esclavos masculinos. Los muchachos fueron violados durante horas.
Cuando los demonios femeninos se marcharon como vaharada de vapor rojizo los poseídos lloraban y suplicaban a gritos más placer.
Los sabios aseguraban que el Templo del Deseo de Satán no era más que un portal entre el Infierno y el resto de las realidades. Nadie sabía en que punto del Todo estaba ubicado. Se decía que flotaba en la Dimensión de los Sueños -ciertos acólitos aseguraban haber despertado en él tras una vida anterior de vigilia... o tal vez inconsciencia-. Otros afirmaban que se hallaba en una línea tangencial a la curvatura del espacio o del tiempo. Muchos viajeros lo habían buscado incansablemente sin éxito, otros cayeron en sus pétreas fauces sin desearlo. Un ciclo menor, el Templo aparecía sobre un desierto de arena
negra, al siguiente flotaba plácidamente en un mar de mercurio... Su posición era itinerante, se movía a través de dimensiones, o quizá éstas fueran las que girasen y el Templo permaneciera quieto.
Nadie conocía tampoco los límites físicos del Templo, dónde empezaba y dónde acababa, ni la totalidad de sus innumerables salas y pasillos. Tampoco su antigüedad ni la identidad de sus constructores, fueran humanos o no. Los árboles genealógicos de ciertas familias sacerdotales se remontaban interminablemente hacia el pasado. Ni siquiera se comprendía cómo transcurría el tiempo allí, y por conveniencia trataba de medirse mediante dos tipos de relojes de agua y arena, que marcaban instantes, ciclos de instantes, ciclos menores -compuestos de ciclos de instantes- y ciclos mayores -compuestos de
ciclos menores-. Mas... ¿qué fiabilidad podría existir, cuando quizá los juguetones demonios podían volver del revés las clepsidras antes de que cayera el último grano o gota?
De cualquier modo, existía una persona que ostentaba el poder: Barokk, Supremo Sacerdote del Templo, Sumo Sacerdote Rojo. Su clan cromático se había impuesto al final de las Guerras Sacerdotales, ochocientos ciclos mayores atrás. Había tenido que pelear mental y mágicamente contra otros muchos aspirantes de su propio clan y de los restantes. Él decidía los días en que se celebrarían las
Misas de Posesión, fuesen éstas Mayores o Menores, los Ciclos de Matanza, las Fiestas del Ensueño o los nuevos decretos que se incluirían en el Libro del Arte, la enciclopedia que trataba todos y cada uno de los aspectos comprensibles de la Magia en el Templo.
Aquel ciclo menor, el de la Altísima Invocación, Barokk marchaba por el largo y vasto pasillo de basalto negro, sentado sobre un trono de oro transportado por diez esclavos de fuerza. Le llevaban hacia la Capilla Posesional. Observaba con deleite las columnatas, las estatuas, los frisos, los mosaicos de exquisita belleza y malignidad, los tapices de terciopelo, las armaduras hechas para enfundar cuerpos no humanos,...
Nunca se dignaría a volverse, pero sabía que le seguía una multitudinaria procesión: sacerdotes con túnicas de diferentes colores siempre tras su trono -quien osara rebasarlo sería despellejado vivo por el Jefe de la Casta de Torturadores y después empalado-, las huestes de orgullosos guerreros, las masas de músicos, arquitectos, pintores, poetas, escultores... Y por último, los rebaños de esclavos, ya fueran de placer, adornados exquisitamente con sedas y piedras preciosas, de fuerza, musculosos y estúpidos o de otros múltiples usos, menos valiosos aún que los anteriores.
Inmediatamente detrás del trono de Barokk, y sostenido por quince esclavos desnudos y aceitados, estaba el Gran Huevo de Plata, que albergaba el recipiente sagrado.
Barokk era delgado y alto, de cráneo rasurado, rasgos suaves y ojos muy negros, inteligentes y penetrantes. Su voluntad había sido templada al fuego de las despiadadas luchas políticas, mentales y mágicas contra sus compañeros de casta.
Amaba su puesto. Amaba el Templo. Él había instaurado el Deber del Deseo Satisfecho. Según tal directriz cada cual tenía la obligación de dejarse llevar por sus instintos más íntimos. Quien los reprimiera sufriría una ejecución ignominiosa. Por supuesto, primero hubo de normalizarse esta ley mediante rigurosos decretos basados en una premisa fundamental: el Derecho del Ser de Voluntad Fuerte sobre el Ser de Voluntad Débil. Ello permitía que la criatura de carácter más agresivo y poderoso impusiera todos sus caprichos, su amor o su crueldad, sobre sus inferiores.
La Casta de Voluntad Más Fuerte era la sacerdotal, dotada de inteligencia y conocimientos profundos, capaces de plegar el tapiz de la realidad a su antojo.
Después le seguía la casta guerrera, cuyas contiendas no tenían ningún motivo:
Barokk había comprendido que en todo muchacho dormía un deseo de aplastar y matar un enemigo con sus propias manos. Si se reprimía tal instinto en beneficio de la comunidad el individuo sufriría al experimentarlo sentimientos de culpa y remordimiento, que podían desembocar en timidez, neurosis, depresión y un descenso pronunciado de vitalidad. Así pues, en las Cámaras de Matanza del Templo los jóvenes con deseos agresivos se aliaban en ejércitos rivales y daban rienda suelta a su sed de sangre sin sufrir culpa ni piedad. Miles de guerreros luchaban sólo por el placer de lidiar y asesinar, sobreviviendo los más rápidos y fuertes, de cuerpos musculosos y salpicados de carne, sesos y sangre. Ellos liderarían a los que vinieran después, hasta que otros consiguieran destruirlos, habiendo vivido por la espada y muriendo igualmente por la espada, en el seno del combate, con una loca sonrisa en el rostro.
Había Cámaras de Satisfacción para todas las exigencias: en las Cámaras de Contemplación los bohemios e intelectuales hundían sus mentes en el sopor de las drogas o en los libros de sentido más abstracto para conseguir el conocimiento profundo que realmente buscaban. Muchos se convertían en sacerdotes.
En las Cámaras de Belleza las mujeres más hermosas mostraban su desnuda feminidad, sólo cubiertas por perfumes, joyas, sedas y cosméticos, a masas de hermosos hombres encadenados y sometidos a forzosa abstinencia sexual. Ellos trataban de alcanzarlas con sus manos, siempre sin éxito. Ellas veían en los ojos de los hombres la adoración absoluta provocada por su hermosura. Paseaban sus cuerpos deliciosos con deliberado encanto. Así, lograban el placer que sus orgullos femeninos les demandaban. Había allí concursos y certámenes. Las ganadoras podían desfigurar el rostro, de por vida, a las perdedoras.
También había Cámaras de Dominación Sexual. En éstas, los hombres y las mujeres más duros, diestros e implacables ejercían su Derecho del Ser de Voluntad Más Fuerte sobre admiradores, amantes, temblorosos esclavos de pasión de ambos sexos, a los que partían el corazón una vez tras otra, de manera refinada y cruel.
Barokk había descubierto la llave del poder absoluto: el placer. Dándole placer a los inferiores, el placer que realmente buscaban, siempre los mantendría controlados. Para envidia y desdicha de otros sacerdotes, las masas se rebelarían si intentaran expulsarle de su puesto.
Mas... ¿cual era el mayor placer para Barokk? ¿El conocimiento, tal vez? Él había soportado un saber capaz de quebrar mentes muy poderosas. No, aquella respuesta no lo satisfacía del todo.
Comprendió de pronto que lo que llenaba su vida era el Amor. Un cariño enorme por su trabajo, por sus inferiores, por su Templo. Los amaba sin reservas.
También amaba a Satán, por supuesto. No le había entregado el alma -esa era una prerrogativa personal de cualquier habitante del Templo, desde los esclavos a los sacerdotes-, pero ciertamente lo amaba.
Mas, ¿quién o qué era Satán?, se preguntó. Al cabo de una vidas de difíciles estudios, había llegado a la conclusión de que no era mas que un Ser de Voluntad Sumamente Fuerte. Una criatura gobernante de ciertas dimensiones o reinos capaz de enamorar, atraer, dominar y arrastrar a incontables de criaturas. No podía comprender los esquemas mentales de Satán, pues una Voluntad Fuerte, con el paso del tiempo, acababa expandiendo su mente hasta hacerla incomprensible para los inferiores. Tampoco conocía si tenía un último cuerpo o si usaba los de otros, si era un alma, un espíritu, un espectro, o
escapaba a toda descripción física.
Escuchó un gimoteo a su izquierda. Irritado, miró hacia allí. Una bonita esclava, vestida con gasas sedosas, se había acercado al trono de Barokk. La mujer sollozaba quedamente y no osaba mirarlo al rostro -de haberlo hecho, le habrían arrancado con pinzas sus bellos ojos.
- ¿Qué quieres, esclava? -preguntó Barokk.
- Amo... La Sacerdotisa Amaria me envía a vos...
- ¿Sabes que serás empalada por interrumpir mis cavilaciones?
Ella reprimió un sollozo.
- Sí, amo, pues sólo soy una esclava. La señora Amaria me ordenó llamaros y no podía negarme a obedecerla. Quiere preguntaros algo...
- Di.
- La señora Amaria desea saber si ella podría protagonizar la Gran Posesión.
- Ve a tu señora con esta palabra en los labios: "No". Ya se lo he dicho otras veces. Después de la ceremonia, preséntate en las Cámaras de Tortura para que el Sumo Torturador te empale lentamente. Puedes retirarte, esclava.
- Gracias, amo -la muchacha, sin cesar de llorar, se marchó cabizbaja.
Barokk miró a la esclava hasta que ésta desapareció. También la amaba a ella, profundamente. A todos los amaba. Incluso a la irritante Suma Sacerdotisa Negra Amaria.
Accedieron a la gigantesca Capilla de Posesión. Llegado un momento determinado, el trono de Barokk fue depositado en el suelo. Subió la escalinata sagrada. Los Sumos Sacerdotes del Resto Cromático -Verde, Azul, Gris, Amarillo y Negro- caminaron tras él con la cabeza baja. Ninguno de ellos -ni siquiera Barokk- pisó el Sagrado Círculo Pentacular.
Barokk se colocó tras el altar de oro, su metal favorito. El resto de los sacerdotes se dispuso a su izquierda y derecha. Distinguió por el rabillo del ojo a Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra. Ya antes de que la magia la convirtiera en un ser de divina hermosura había sido una mujer muy bella. No
podía ocultar bajo su pesada túnica las rotundas y adorables curvas de su cuerpo. Quizá ella no las deseara esconder, sino insinuar. El rostro lucía maravilloso, de rasgos finos y delgados, ojos y cabello muy negros y tersa piel blanca que contrastaba con unos labios rojos y llenos, labios lujuriosos creados para ser estrujados y saboreados sin compasión. Era un Ser de Voluntad Fuerte y conseguía lo que le apetecía. Gustaba de enloquecer a decenas de hombres y mujeres con su belleza. A muchos los había conducido al suicidio, tan sólo por pura diversión.
La Sacerdotisa Negra mostraba un rostro tranquilo, severo. Pero sus ojos no podían ocultar la ansiedad y la frustración.
Tras el sermón de rigor, escuchado en expectante silencio por miles de fieles, Barokk ordenó subir el recipiente al pentáculo.
Los esclavos llevaron la esfera de plata cerca del altar y la abrieron con gran cuidado -el error de uno costaría una muerte muy lenta para todos en las Cámaras de Tortura. Dentro del brillante huevo, ahora abierto, había una mujer exquisita, apenas cubierta por tenues sedas, maquillada y peinada de manera elegantemente. El sedoso y abundante cabello rubio caía graciosamente sobre su
espalda y sus llenos y dulces pechos. Estaba arrodillada, con las manos sobre los muslos y la cabeza baja. Sus ojos de largas pestañas permanecían obedientemente cerrados.
Ella sería la víctima, el cuerpo poseído por Satán.
Barokk se acercó al huevo. Sonrió tiernamente mientras contemplaba a la chica, como un padre ante su hija. Acarició el pelo dorado. Ella permanecía inmóvil.
La habían drogado para no ejercer resistencia a la Posesión.
- Puedes abrir tus ojos, doncella -dijo Barokk con voz meliflua.
La esclava obedeció. Eran azules, con dilatadas pupilas que brillaban febrilmente.
- Sal de la esfera y colócate en el pentáculo.
El recipiente se movió lánguida y suavemente, provocando un expectante silencio general. Entró en el círculo pentacular y se arrodilló otra vez, las manos en los muslos y la cabeza baja. Barokk entró igualmente en la figura geométrica.
Sacó de entre sus ropajes la daga enjoyada e hizo dos cortes, uno en cada muheca de la chica. Ella se estremeció ligeramente, mas no emitió sonido alguno.
El Sumo Sacerdote apretó con sus pulgares las arterias de los finos antebrazos durante largos instantes. Después retiró la presión y la sangre fluyó, cayendo en dos grandes cuencos. Utilizó los dedos para pintar de nuevo las líneas de la estrella invertida y del círculo que rodeaba a la joven. Mientras realizaba esta tarea musitaba cánticos y adoraciones a los Altos Señores del Infierno, convocándoles, implorándoles fuerza y dicha. También emitía con trémula voz hechizos arcaicos, poderosos, palabras que una vez pronunciadas provocaban irreversibles reacciones en cadena.
El aire comenzó a espesarse, como si dos manos gigantescas estuviesen aplastándolo lentamente. Los presentes sentían sucios escalofríos que recorrían sus columnas vertebrales. Los más débiles sollozaban silenciosamente a causa del hipnótico terror. Espectros menores se debatían alrededor del círculo pentacular, como jirones de aire caliente. Intentaban penetrar en la figura para poseer a aquella adorable víctima. Mas Barokk había consagrado el recipiente al Altísimo y no permitiría intromisiones. Así pues, los íncubos chillaban al chocar contra la inmaterial protección. Muchos pagaban su frustración con el público, poseyendo furiosamente a diversas esclavas hasta hacerlas aullar entre espasmos.
La sangre de círculo y pentáculo brilló fulgurantemente. Era una línea de luz escarlata que serpenteaba hasta las muñecas del recipiente.
Barokk lamió la daga y después alzó los brazos. Parecía dotado de un aura de fortaleza. Desorbitó los ojos y gritó con voz poderosa:
- ¡Yo te invoco, Señor de Todos los Infiernos, Príncipe de las Mentiras! ¡Te invoco por el poder del Mal en los corazones de los hombres! ¡Por el Universo entero! ¡Ven, Señor Satán, toma esta ofrenda, habla a tus fieles!
El recipiente, de pronto, abrió de par en par sus bellos ojos. A pesar de las drogas, el horror que sentía era puro, real. Sus pechos se alzaban y bajaban rápidamente, su fina piel brillaba a causa del sudor. El rostro se contrajo en una expresión de dolor lacerante. La rubia cabeza cayó hacia atrás y con ella el resto del cuerpo, como traccionado por una fuerza invisible.
La capilla comenzó a llenarse de murmullos exclamativos y silencios de admiración.
Amaria se acercó a Barokk, quien contemplaba al recipiente contorsionarse inutilmente, como si un gran peso la aplastara contra el suelo.
- ¡Déjame entrar en el círculo pentacular! -pidió a Barokk Amaría, la Suma Sacerdotisa Negra, mirando con lujuria mal disimulada al recipiente- ¡Tienes el poder de cambiar la víctima u ofrecerle otra más al Gran Señor!
Barokk la miró con irritación.
- No lo haré, Amaria. Tú ya fuiste recipiente otra vez. Deja que ahora otro ocupe ese puesto.
Amarla bufó como una gata furiosa. Tres Altas Invocaciones en el pasado ella había sido el recipiente. Se ofreció voluntaria, aún conociendo los peligros de la Posesión de Satán. Barokk sonrió al recordarla encadenada y desnuda, anhelando la venida de Su Señor. Satán la había penetrado y embestido salvajemente una y otra vez. Ella comenzó chillando de dolor, mas pronto sus
alaridos sonaron llenos de placer y lujuria. Miles de acólitos contemplaron a la Suma Sacerdotisa Negra retorcerse lúbricamente y gritar obscenidades que hasta para ellos resultaron escandalosas. En esa ocasión, el Señor de Todos los Tnfiernos no les habló; se limitó a satisfacer una lujuria animal. Pero el público dudaba sobre quién realmente había disfrutado más: si el posesor o su víctima.
Desde entonces, Amaria había solicitado y hasta suplicado a Barokk ser el recipiente en las siguientes Altas Invocaciones. El Sacerdote Supremo, divertido, se negó una vez tras otra.
Los gritos de dolor del recipiente devenían poco a poco gemidos, para al poco convertirse en roncos gritos deleitosos de lujuria.
Barokk entrecerró los ojos, contemplando la posesión. Una criatura sensible, hasta no ser ocupada por un Ser de Mayor Voluntad y despojada implacablemente de toda intimidad y orgullo, no experimentaba el arrasador placer reservado al sujeto absolutamente dominado.
Amaria observaba al recipiente con manifiesta envidia. Barokk sonrió de nuevo.
Qué ironía que la Suma Sacerdotisa Negra, tan fría, arrogante y cruel, una mujer poderosa que había partido mil corazones de hombres y mujeres, estuviera tan dispuesta a humillar públicamente su orgullo a cambio de tamaño placer.
- Eres más esclava que ella -le imprecó Barokk, señalando al recipiente dentro del círculo pentacular.
Amaria le miró con furia asesina, mas de pronto se vio atacada por la vergüenza y el pudor y se cubrió con las manos su bellísimo rostro. Aún así, volvió la vista hacia la jovencita poseída, sin lograr apartarla de ella, entreabriendo los labios. Barokk rió, con gran placer. También amaba a la ansiosa Amaria, Suma Sacerdotisa Negra. ¡Cómo los amaba a todos, sus Hijos, sus Retoños!
El recipiente aulló, sin control alguno de cuerpo y mente. De pronto, fue levantada como por una mano invisible. Sus ojos se desorbitaron, el horror se pintó en ellos. La boca se abrió hasta que las mandíbulas se descoyuntaron y vomitó vísceras, intestinos y sangre. El rostro de la joven estaba ceniciento.
Sus ojos brillaban con una agonía capaz de romper la mente. Surgieron de ella palabras ininteligibles, similares a rugidos de un tigre, que hacían volar gotas de sangre y espuma. Restallaban como latigazos metálicos contra el silencio absoluto.
Satán les estaba hablando.
Calló. La chica, aún viva, expelió por sus ojos un humor blanco y amarillo de agrio hedor. De pronto, surgieron incontables voces de su garganta: mugidos, ladridos, gritos, carcajadas,... Y en todos los tonos. Ninguna resultaba inteligible. Aquella cacofonía resultaba fascinantemente horrenda. Barokk volvió a preguntarse si Satán sería un solo ser, un grupo de entes unidos o una mente con múltiples personalidades.
El recipiente sufrió una violenta arcada. Volvió a vomitar sangre. Su cabeza se volvió lentamente. Miró a Amaria. La poseída le sonrió de manera lasciva. Sus ojos ardían con fulgor rojizo. Llamó a la sacerdotisa moviendo el dedo índice.
Amaria, como hipnotizada, andó hacia el círculo pentacular.
De pronto, gritó de dolor. La barrera mágica no le permitía entrar en él. La sacerdotisa lo intentó de nuevo, frenéticamente, pero fue repelida hacia atrás una y otra vez. Al fin, acabó en el suelo, sudorosa, jadeante, temblando de rabia y frustración. La poseída se reía de ella con carcajadas infantiles, que aumentaron su frecuencia hasta convertirse en una sola nota, vibrante y aguda.
Muchos de los presentes rieron también, sobre todo los Sacerdotes Negros rivales de Amaria.
Ésta retrocedió, medio a rastras, horrorizada. La risa se tornó general. Barokk también se regocijó. Al fin y al cabo, aparte de ser el Príncipe de las Mentiras, Satán era el Rey de la Crueldad y la Humillación. La Suma Sacerdotisa Negra desapareció miserablemente de vista.
El recipiente habló voz de hombre, profunda y grave. Abría y cerraba la boca bruscamente como un muñeco de carne y hueso manejado por un invisible ventrílocuo:
- ¡AMADOS FIELES! -un inconmensurable trueno estalló desde el público. ¡Era el Gran Satán quien les hablaba! Le aclamaron, riendo y llorando, hasta rompérseles la voz - ¡YO OS HE CREADO! ¡YO HE CREADO ESTE TEMPLO! -Barokk esbozó una levísima mueca de desagrado- ¡HE HECHO POSIBLES VUESTRAS VIDAS, VUESTRAS JERARQUÍAS, VUESTRO PODER, VUESTRO PLACER Y VUESTRO DOLOR! ¡ADORADME!
¡ADORADME, GUSANOS!
Miles y miles de acólitos, todos los presentes en aquella inmensísima sala, se arrodillaron y gritaron su nombre gozosamente. Eran sus esclavos, lo desearan o no. El poder de la veneración vencía cualquier orgullo.
Barokk también se postró y tocó con su frente el suelo. Amaria también lo hizo.
Ahora reía felizmente, llena de gozo y dicha, mientras gritaba el nombre de su amo.
- ¿ME AMÁIS? -rugió Satán- ¿TODOS ME AMÁIS?
Una sola voz afirmativa fue su respuesta.
- ¿HASTA EL FONDO DE VUESTROS CORAZONES?
Otra ovación unánime.
- ¿NADIE OSARÁ MENTIR?
Una negación de masas.
Los ojos de la poseída salieron expulsados del rostro. El cadáver se desplomó en el suelo.
- ¡ BLASFEMIA!
El grito ascendió hacia lo alto y después bajó al suelo, clamando aquella terrible palabra. Mi1es de corazones pegaron un vuelco en sus pechos. La voz, ya fuera del recipiente, voló de un extremo a otro de la capilla, como un ave fugaz, su volumen ascendiendo y descendiendo fantasmalmente:
- ¡NO TODOS ME AMÁIS POR COMPLETO! ¡MENTÍS A VUESTRO SEÑOR!
Barokk sintió pánico: la presencia invocada estaba fuera del círculo pentacular... Las normas habían sido infringidas, un imprevisto no sucedido en más de cien Altas Invocaciones. Un escalofrío subió por su columna vertebral.
Alzó la cabeza, pasmado. Ante él, en el aíre, se abría un vacío de negrura. Era pura nada, oscuridad total y pegajosa, un desgarrón creciente sobre el tapiz de la realidad. En el centro de la tiniebla se abría otra más densa, la cual albergaba, a su vez, una tercera sombra que la superaba en opacidad. Los agujeros crecían concéntricamente, su centro se remontaba hacia el infinito. Y todos los abismos miraban a Barokk.
- ¿Qué...? -logró musitar el sacerdote.
Quiso retroceder, pero estaba demasiado horrorizado y fascinado como para hacer otra cosa que permanecer de rodillas, la vista fija en el agujero sobre el tapiz de la realidad.
"¡SACERDOTE SUPREMO!" -bramó el Abismo- "¡ERES TÚ! ¡ERES TÚ QUIEN ME AMA DE FORMA FALSA! ¡QUIEN NO ME QUIERE CON TODO SU SER!" Barokk estrelló su frente contra el suelo.
- ¡No! -sollozó- ¡Te amo, Señor Mío! ¡Te amo con todo mi corazón!
"¡NO! AMAS EL TEMPLO. AMAS EL ORDEN, LA JERARQUÍA, LAS NORMAS... ¡AMAS EL PODER QUE TE DA TU DIOS, PERO NO AMAS A TU DIOS!
Estalló una brutal, tronante carcajada que sumió en el terror más abyecto a los presentes. Barokk aún mantenía una parte de su mente en orden; con ella, escuchaba y entendía lo que Satán le dijo:
"HE VIAJADO A TRAVÉS DE EONES Y DIMENSIONES. HE CRUZADO LOS ABISMOS, HE BUCEADO EN EL CAOS. HE VISTO EL PASADO Y EL FUTURO. HE CONTEMPLADO Y HE DOBLAGADO A DIOSES. HE OBSERVADO TODAS LAS RELIGIONES DE LOS HOMBRES EN TODOS LOS ÁMBITOS DE LA REALIDAD. SUS SUMOS SACERDOTES SOIS IGUALES. LO QUE REALMENTE AMAIS ES EL PODER. Y TÚ, BAROKK... TÚ SÓLO TE AMAS A TI MISMO" Barokk sufrió un fuerte estremecimiento. La agonía y el arrepentimiento llenó
su espíritu. Comprendió de pronto que Satán llevaba razón. Él estaba en lo cierto. Era un mal creyente, un falso, un ególatra que utilizó el poder de Su Señor únicamente en beneficio propio.
El Sumo Sacerdote vibró. Aulló de manera espeluznante. La mancha de color que era el sacerdote fluctuó y se retorció como un jirón de formas, se estiró imposiblemente, se separó del suelo y fue absorbida por la Oscuridad. La tiniebla, entonces, se desgajó en dos gigantescos ojos de inconmensurable y enloquecedor mal. Elevados por una columna de fuego blanco y dorado, aquellas dos tenebrosas joyas se alzaron sobre sus fieles. Ninguno de ellos osó despegar la vista del suelo.
"¡OÍD Y OBEDECED!", ordenó la voz sagrada, "¡DE AHORA EN ADELANTE, NO HAY NORMAS NI LEYES EN EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN! ¡SOIS LIBRES! ¡SOIS TODOS TOTAL Y COMPLETAMENTE LIBRES PARA HACER CUANTO DESEÉIS! ¡OS CONCEDO LA LIBERTAD!" Las dos sombras se expandieron infinitamente, dispersándose en el Tiempo y el Espacio, hasta desaparecer por completo.
Los miles de acólitos quedaron en silencio. Al poco, oyéronse murmullos asombrados, luego conversaciones, quejidos, protestas, primeros gritos y por último un clamor vociferante tan furioso como angustiado:
- ¿Qué haremos ahora?
- ¡No hay leyes!
- ¿Cómo se regirá el Templo?
- ¿Quién nos dirigirá?
- ¿Quién será el nuevo Sacerdote Supremo?
- ¡Yo! -Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra, estaba en pie, con las manos en las caderas.
Los miraba altiva y desafiante. Todos callaron.
Entró en el círculo pentacular, besó en la boca al muerto recipiente. Se dirigió a los fieles:
- ¡Hay nuevas normas! -gritó la mujer- ¡Yo las impondré! ¡Yo seré el Nuevo Sacerdote Supremo del Templo del Deseo de Satán!
Miles de seres respiraron, aliviados. La alegría estalló en forma de salvas y vítores a la nueva Sacerdotisa Suprema del Templo del Deseo de Satán. Amaria sonrió, satisfecha. Les contempló, borracha de triunfo, pero también de desprecio: ¡pobres criaturas! Ellos siempre necesitarían un líder. Jamás dejarían de ser unos esclavos... ¡esclavos de sí mismos!, incapaces de tomar sus propias decisiones y actuar conforme a ellas. ¡Qué fino sentido del humor el de Su Señor Satán, prometiéndoles la libertad! Si, ciertamente Él era el Príncipe de las Mentiras.
De pronto, a pesar de que les despreciaba, Amaria sintió un enorme cariño hacia ellos. La fuerza de sus emociones la sorprendió: los amaba. Eran sus hijos, sus niños, a los que ella mimaría, dirigiría y castigaría. Era un gran gozo el que experimentaba, queriéndolos de tal manera. Casi sentía pena por Barokk, el frío y duro Barokk, que estuvo tan concentrado en los elevados asuntos y tan alejado de lo mundano. Amaria decidió que él nunca podría haber experimentado ese amor hacia sus súbditos. No, era imposible que Barokk hubiese amado a nadie salvo a sí mismo, como dijo Satán. Amaria lo compadeció. Pero soltó una gran carcajada. También lo amaba, estuviera donde estuviese ahora. Mas no cometería los errores que le llevaron a la ruina. Ella amaba a los acólitos. Estaba llena de amor. Ella no era como Barokk.
La Sacerdotisa Suprema ordenó retirar el cadáver de la esclava poseída y limpiar el círculo pentacular.
Habló con fuerza y gravedad a sus súbditos y permitió que la aclamaran muchas veces. Cuando estuvo satisfecha, les dio permiso para marcharse de vuelta a sus cubiles. Los alborozados fieles se fueron. Había sido una inolvidable Alta Posesión. Había muerto un Sumo Sacerdote y otro tomó su puesto. Satán les había hablado, les había dado la libertad. ¡Qué gran Señor era! Sin embargo, todos
experimentaban un gran alivio y tranquilidad, a pesar de tan magnos acontecimientos: era como si, en realidad, nada hubiese cambiado. Nada.
Y eso era lo que realmente les hacia sentirse tan felices.

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