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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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sábado, 6 de septiembre de 2008

TERROR -- LOS MISTERIOS DEL GUSANO -- STEPHEN KING

TERROR
LOS MISTERIOS DEL GUSANO -- STEPHEN KING
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Los Misterios del Gusano

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2 de octubre de 1850
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Querido Bones:
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Fue estupendo entrar en el frío vestíbulo de Chapelwaite, poblado de corrientes de aire, con todos los huesos doloridos a causa del viaje en ese abominable carruaje, ansioso por desahogar inmediatamente mi vejiga distendida... Y ver sobre la obscena mesita de madera de guindo vecina a la puerta una carta en la que aparecían escritas mis señas con tus inimitables garabatos. Te aseguro que me dediqué a descifrarla apenas me hube ocupado de las necesidades de mi cuerpo (en un frío y decorado cuarto de baño de la planta baja donde veía cómo el aliento se remontaba delante de mis ojos).
Me alegra la noticia de que te has recuperado de las miasmas que te habían atacado hace tanto tiempo los pulmones, aunque te aseguro que comprendo el dilema moral que te ha creado el tratamiento. ¡Un abolicionista enfermo, que se cura en el clima soleado del territorio esclavista de Florida! Pese a ello, bones, este amigo que también ha marchado por el valle de las sombras, te pide que te cuides y que no vuelvas a Massachussets hasta que el organismo te lo autorice. Tu inteligencia sutil y tu pluma incisiva no nos servirán si te reduces a arcilla, y si el Sur es el lugar ideal para tu curación, ¿no te parece que hay en ello un elemento de justicia poética?
Sí, la casa es tan bella como me habían dicho los albaceas de mi primo, pero bastante más siniestra. Se levanta sobre un colosal promontorio situado unos trece kilómetros al norte de Pórtland. Detrás de ella se extiende un parque de alrededor de hectárea y media, donde la Naturaleza ha vuelto a imponerse con increíble ferocidad: enebros, malezas, arbustos y muchas variedades de enredaderas que trepan, exuberantes, por los pintorescos muros de piedra que separan la propiedad del territorio municipal. Unas espantosas imitaciones de estatuas griegas espían ciegamente entre el follaje, desde lo alto de varias lomas, y en la mayoría de los casos parecen a punto de abalanzarse sobre el caminante. Los gustos de mi primo Stephen parecían recorrer toda la gama que va desde lo inaceptable hasta lo francamente horroroso. Hay una extraña glorieta casi sepultada en zumaques escarlatas y un grotesco reloj de sol en medio de lo que antaño debió de ser un jardín. Éste constituye el último toque lunático.
Pero el paisaje que se divisa desde la sala compensa con creces todo lo demás. Se domina un vertiginoso panorama de las rocas que se levantan al pie de chapelwaite Head, y también del Atlántico. Un inmenso ventanal combado se abre sobre este espectáculo y junto a él descansa un enorme escritorio inflado como un escuerzo. Será un buen lugar para dar comienzo a esa novela de la que te he hablado durante tanto tiempo (sin duda hasta hartarte).
Hoy tenemos un día gris, con lluvia intermitente. Cuando miro hacia fuera, todo parece un estudio en color pizarra: las rocas, viejas y desgastadas como el Tiempo mismo; el cielo; y, por supuesto, el mar, que se estrella contra las fauces graníticas de abajo con un ruido que más que ruido es como una vibración. Mientras escribo, las olas repercuten bajo mis pies. La sensación no es totalmente desagradable.
Sé que desapruebas mis hábitos de hombre solitario, querido Bones, pero te aseguro que me siento bien y dichoso. Calvin me acompaña, tan práctico, silencioso y confiable como siempre, y estoy seguro de que a mitad de semana, entre ambos habremos puesto las cosas en orden y habremos concertado un acuerdo para que nos envíen desde el pueblo todo lo que necesitamos. Además, habremos contratado una legión de criadas que se encargarán de quitar el polvo de esta casa.
Es hora de poner punto final. Todavía tengo que ver muchas cosas, tengo que explorar muchas habitaciones, y sin duda estos delicados ojos deberán posarse aún sobre un millar de muebles execrables. Nuevamente te agradezco el toque familiar que me trajo tu carta, y tu permanente afecto.
Cariños a tu esposa de quien os quiere a ambos.
Charles

6 de octubre de 1850
Querido Bones:
¡Qué lugar tan extraño es éste!

Continúa maravillándome, lo mismo que la reacción de los habitantes de la aldea vecina ante mi presencia en la casa. Dicha aldea es un lugar insólito, que ostenta el pintoresco nombre de Preacher’s Corners, o sea, esquinas de los predicadores. Fue allí donde Calvin se aseguró el envío de las provisiones semanales. También hizo otra diligencia, que consistió en comprar una cantidad de leña que creo nos bastará para todo el invierno. Pero Cal volvió con un talante lúgubre, cuando le pregunté qué le sucedía respondió hoscamente:
-¡Piensan que usted está loco, señor Boone!
Me reí y dije que quizás habían oído hablar del acceso de fiebre encefálica que había sufrido después de la muerte de mi Sarah... Claro que entonces divagaba como un demente, como tú bien puedes atestiguarlo.
Pero Cal replicó que lo único que sabían acerca de mi persona era lo que había contado mi primo Stephen, quien había utilizado los mismos servicios que yo acabo de contratar.
-Lo que dijeron, señor, es que en Chapelwaite sólo puede vivir un lunático o alguien que se arriesga a enloquecer.
Esto me dejó perplejo, como te imaginarás, y le pregunté quién le había dado esa asombrosa información. Me contestó que le habían puesto en contacto con un huraño y bastante embrutecido plantador llamado Thompson, que posee cien hectáreas pobladas de pinos, abedules y abetos, y que los corta con la ayuda de sus cinco hijos para venderlos a los aserraderos de Pórtland y a las familias de la comarca.
Cuando Cal, que desconocía su raro prejuicio, le informó a dónde debía transportar la lepa, Thompson le miró boquiabierto y dijo que enviaría a sus hijos con la madera, en pleno día, y por el camino que bordea el mar.
Calvin, que aparentemente confundió mi desconcierto con aflicción, se apresuró a aclarar que el hombre apestaba a whisky barato y que luego se había explayado en una serie de desvaríos acerca de una aldea abandonada y las relaciones de mi primo Stephen... ¡con los gusanos! Calvin cerró el trato con uno de los hijos de Thompson que, según parece, se mostró bastante insolente y tampoco estaba demasiado sobrio ni olía bien. Creo que en la misma aldea de Preacher’s Corners se produjeron algunas reacciones análogas, por ejemplo en el almacén donde Cal habló con el propietario, aunque allí el tono fue más confidencial.
Nada de esto me ha inquietado mucho. Ya sabemos que a los rústicos les encanta enriquecer sus vidas con los aires del escándalo y el mito, y supongo que el pobre Stephen y su rama de la familia fueron un blanco adecuado. Como le dije a cal, un hombre que encontró la muerte al caer prácticamente desde el porche de su casa es un excelente candidato para inspirar habladurías.
La casa no cesa de despertar mi asombro. ¡Veintitrés habitaciones, Bones! Los paneles de madera que recubren las plantas superiores y la galería de cuadros están un poco mohosos pero conservan su grosor. Mientras me hallaba en el dormitorio de mi difunto primo, arriba, oí las ratas que correteaban detrás de esos paneles, y deben de ser muy grandes, a juzgar por el ruido que hacen..., casi como si se tratara de pisadas de seres humanos. No me gustaría toparme con una de ellas en la oscuridad. Ni, a decir verdad, en plena luz. De todas formas, no he visto cuevas ni excrementos. Es curioso.
A lo largo de la galería superior se alinean unos feos retratos cuyos marcos deben de valer una fortuna. Algunos de esos rostros tienen un aire de semejanza con Stephen, tal como yo lo recuerdo. Creo haber identificado a mi tío Henry Boone y a su esposa Judith, pero los otros no despiertan en mí ninguna evocación. Supongo que uno de ellos puede ser el de mi famoso abuelo, Robert. Pero la rama de la familia de la que forma parte Stephen me resulta prácticamente desconocida, cosa que lamento de todo corazón. Estos retratos, a pesar de su escasa calidad, reflejan el mismo buen humor que chispeaba en las cartas que Stephen nos escribía a Sarah y a mí, la misma irradiación de refinada inteligencia. ¡Qué estúpidas son las razones por las cuales riñen las familias! Un escritorio desvalijado, unas injurias intercambiadas entre hermanos que han muerto tres generaciones atrás y se produce un distanciamiento injustificado entre descendientes inocentes. No puede dejar de alegrarme de que tú y John Petty consiguierais comunicaros con Stephen cuando todo parecía indicar que yo seguiría a mi Sarah al otro mundo..., al mismo tiempo que me apena que el azar nos haya privado de un encuentro personal. ¡Cómo me habría gustado oírle defender las estatuas y los muebles ancestrales!
Pero no me dejes denigrar exageradamente esta casa. Es cierto que el gusto de Stephen no coincide con el mío, mas debajo de sus agregados superpuestos hay auténticas obras maestras (algunas de ellas cubiertas por fundas en las habitaciones superiores). Hay camas, mesas, y pesadas tallas oscuras en teca y caoba, y muchos de los dormitorios y antecámaras, el estudio de arriba y una salita, tienen un austero encanto. Los pisos son de sólido pino y lucen con un resplandor íntimo y secreto. Aquí encuentro dignidad, dignidad y el peso de los años. Aún no puedo decir que me gusta, pero sí me inspira respeto. Y estoy ansioso por ver cómo el lugar se transforma a medida que pasamos por los cambios de este clima septentrional.
¡Qué prisa, Señor! Escribe pronto, Bones. Háblame de tus progresos y cuéntame qué noticias tienes de Petty y los demás. Y por favor no cometas el error de inculcar tus ideas en forma demasiado compulsiva a tus nuevas amistades sureñas... Entiendo que allí no todos se conforman con responder sólo con la boca, como lo hace nuestro locuaz amigo, el señor Clhoun.
Afectuosamente,
Charles


16 de octubre de 1850
Querido Richard:

Hola, ¿cómo estás? He pensado muchas veces en ti desde que me instalé aquí, en Chapelwaite, y no perdía la esperanza de recibir noticias tuyas... ¡pero ahora Bones me comunica por tu carta que olvidé dejar mis señas en el club! Puedes estar seguro de que de todas maneras te habría escrito, porque a veces me parece que mis auténticos y leales amigos son lo único seguro y absolutamente normal que me queda en el mundo. ¡Y, ay Dios, cómo nos hemos dispersado! Tú estás en Boston, y escribes consecuentemente en The Liberator (al que, te advierto, también le he enviado mi dirección). Hanson está en Inglaterra, en una de sus condenadas correrías, y el pobre viejo Bones está en la mismísima guarida del león curando sus pulmones.
Aquí todo marcha bien, dentro de los límites de lo previsible, y no dudes que te suministraré una reseña completa cuando no esté tan apremiado por lo que ocurre a mi alrededor. En verdad creo que algunos hechos que se han sucedido en Chapelwaite y en la comarca circundante estimularían tu sensibilidad jurídica.
Pero entretanto debo pedirte un favor, si es que puedes dedicarme un poco de tiempo. ¿Recuerdas al historiador que me presentaste en la cena que organizó Clary para recaudar fondos para la causa? Creo que se llama Bigelow. Sea como fuere, comentó que su hobby consistía en reunir leyendas históricas sobre la región donde estoy viviendo. El favor que te pido, pues, es el siguiente: ¿Puedes ponerte en contacto con él y preguntarle qué datos, testimonios folklóricos o rumores generales ha recogido, si es que ha recogido alguno, acerca de una pequeña aldea abandonada cuyo nombre es JERUSALEM’S LOT, próxima al pueblo denominado Preacher’s Corners, sobre el Royal River? Este río es tributario del Androscoggin, y vierte sus aguas en él aproximadamente dieciocho kilómetros antes de su desembocadura en las cercanías de Chapelwaite. Me complacería mucho recibir esta información que, sobre todo, podría tener bastante importancia.
Al releer esta carta siento que he sido un poco parco contigo, Dick, y lo lamento sinceramente. Pero puedes estar seguro de que pronto seré más explícito, y hasta que llegue ese momento os envío mis saludos más cordiales a tu esposa, a tus dos maravillosos hijos y, por supuesto, a ti.
Afectuosamente,
Charles

16 de octubre de 1850
Querido Bones:

Debo contarte una historia que nos parece un poco extraña (e incluso inquietante) a Cal y a mí... Veremos qué opinas tú. ¡En el peor de los casos, te servirá para distraerte mientras lidias con los mosquitos!
Dos días después de que te hube enviado mi última carta, llegó aquí un grupo de cuatro jovencitas de Corners, supervisadas por una dama madura, de aspecto intimidatoriamente idóneo: la señora Cloris. Venían a poner la casa en orden y a eliminar el polvo que me hacía estornudar constantemente. Todas parecían un poco nerviosas mientras realizaban sus faenas. Incluso, una damisela arisca lanzó un gritito cuando entré en la salita de arriba mientras ella limpiaba.
Le pedí una explicación a la señora Cloris (que quitaba el polvo del vestíbulo con una implacable tenacidad que te habría asombrado, con el cabello protegido por un pañuelo desteñido) y ella se volvió hacia mí con aire resuelto.
-No les gusta la casa, señor, y a mí tampoco, porque siempre ha sido un lugar siniestro.
Cuando oí tan inesperado aserto se me desencajó la mandíbula, y la mujer prosiguió con un tono más amable:
-No quiero decir que Stephen Boone no fuese una excelente persona, porque lo era. Mientras vivió aquí le limpiaba la casa todos los jueves, así como antes había estado al servicio de su padre, el señor Randolph Boone, hasta que él y su esposa fallecieron en 1816. El señor Stephen era un hombre bueno y afable, como parece serlo usted, señor (y le ruego que disculpe mi tono tan directo, pero no sé hablar de otro modo), mas la casa es siniestra y siempre lo ha sido, y ningún Boone ha sido dichoso en ella desde que su abuelo Robert y el hermano de éste, Philip, riñeron en 1789 [al decir esto hizo una pausa casi culpable] por un robo.
¡Qué memoria tiene la gente, Bones!
La señora Cloris continuó:

-La casa fue construida en una atmósfera de desdicha, ha sido habitada en una atmósfera de desdicha [no sé si sabes o no, Bones, que mi tío Randolph estuvo implicado en un accidente, en la escalera del sótano, que le costó la vida a su hija Marcella, y después él se suicidó en un acceso de remordimiento. Stephen me contó el episodio en una de sus cartas, en la triste circunstancia del cumpleaños de su difunta hermana], y en ella se han producido desapariciones y accidente.
He trabajado aquí, señor Boone, y no soy ciega ni sorda. He oído ruidos espantosos en las paredes, señor, ruidos espantosos: golpes y crujidos y una vez un extraño aullido que era mitad risa. Aquello me congeló la sangre. Éste es un lugar sórdido, señor.
Al decir esto calló, quizá tenía miedo de haberse excedido.
En cuanto a mí, no sabía si sentirme ofendido o divertido, curioso o sencillamente indiferente. Temo que la socarronería se impuso sobre mis otros sentimientos.
-¿Y qué sospecha, señora Cloris? ¿Que los fantasmas hacen rechinar las cadenas?
Pero ella se limitó a dirigirme una mirada enigmática.
-Es posible que haya fantasmas. Pero no en las paredes. No son fantasmas los que aúllan y sollozan como condenados y chocan y tropiezan en la oscuridad. Son...
-Vamos, señora Cloris –la azucé-. Si ha llegado hasta este punto, ¿por qué no completa lo que empezó?
En su rostro asomó la expresión más rara de terror, resentimiento y, lo juraría, respeto religioso.
-Algunos no mueren –susurró-. Algunos viven en las sombras crepusculares, entre los dos mundos, para servirlo... ¡a Él!
Y eso fue todo. Seguí acosándola con mis preguntas durante unos minutos, pero ella se empecinó aún más y se resistió a agregar una palabra. Por fin desistí, temiendo que recogiera sus trastos y abandonara la casa.
Éste fue el fin de un incidente, pero a la noche siguiente se suscitó otro. Calvin había encendido la chimenea, en la planta baja, y yo estaba sentado en la sala, aletargado sobre un ejemplar de The Intelligencer y oyendo el ruido que producían las trombas de lluvia al azotar el amplio ventanal. Me sentía tan a gusto como sólo puedes sentirte en una noche como ésa, cuando fuera reina la inclemencia y dentro todo es tibieza y comodidad. Pero Cal apareció un momento después en la puerta, excitado y un poco nervioso.
-¿Está despierto, señor? –preguntó.
-Apenas –respondí-. ¿Qué sucede?
-Arriba he descubierto algo que creo que usted debería ver –explicó, con el mismo aire de excitación reprimida.
Me puse en pie y le seguí. Mientras subíamos por la ancha escalera, Calvin dijo:
-Estaba leyendo un libro en el estudio de arriba, un lugar bastante extravagante, cuando oí un ruido en la pared.
-Ratas –comenté-. ¿Eso es todo?
Se detuvo en el rellano y me miró solemnemente. La lámpara que tenía en la mano proyectaba sombras estrafalarias y acechantes sobre las cortinas oscuras y sobre fragmentos de retratos que ahora parecían hacer muecas en lugar de sonreír. Fuera, el viento aumentó de intensidad hasta trocarse en un breve alarido y después amainó renuentemente.
-No son ratas –dictamió Cal-. De detrás de los anaqueles brotaba una especie de ruido torpe y sordo, seguido por un gorgoteo. Horrible, señor. Y algo arañaba la pared, como si tratara de salir..., ¡de echarse sobre mí!
Te imaginarás mi sorpresa. Bones. Calvin no es propenso a las fantasías histéricas. Empecé a pensar que aquí hay un misterio, al fin y al cabo..., y quizás un misterio realmente pasmoso.
-¿Qué ocurrió, después? –le pregunté.
Habíamos reanudado la marcha por el pasillo, y vi que la luz del estudio se derramaba sobre el piso de la galería. Lo miré con cierto sobresalto: la noche ya no me parecía tan confortable.
-Los arañazos cesaron. Al cabo de un momento se repitieron los ruidos sordos, deslizantes, esta vez alejándose de mí. Hicieron un alto, ¡y juro que escuché una risa extraña, casi inaudible! Me acerqué a la biblioteca y empecé a tirar, pensando que quizás había un tabique, o una puerta secreta.
-¿Encontraste alguna?
Cal se detuvo en el umbral del estudio.
-No... ¡Pero hallé esto!
Entramos y vi un agujero negro y cuadrangular en el anaquel de la izquierda. Allí los libros no eran tales sino imitaciones, y lo que Cal había descubierto era un pequeño escondite. Alumbré su interior con la lámpara y no vi más que una espesa capa de polvo, que debía de haberse acumulado durante década.
-Sólo contenía esto –dijo Cal parsimoniosamente, y me entregó un folio amarillento.
Era un mapa, dibujado con trazos aracnoideos de tinta negra, el mapa de un pueblo o una aldea. Había quizá siete edificios, y uno, nítidamente marcado con un campanario, ostentaba esta leyenda al pie: El Gusano Que Corrompe.
En el ángulo superior izquierdo, una flecha señalaba hacia lo que debería haber sido el noroeste de la aldehuela. Debajo de ella estaba escrito: Chapelwaite.
-En el pueblo, señor –dijo Calvin-, alguien mencionó con aire bastante supersticioso una aldea abandonada que se llama Jerusalem’s Lot. Es un lugar que todo el mundo elude.
-¿Y esto? –pregunté, mostrando la extraña leyenda que figuraba al pie del campanario.
-Lo ignoro.
Por mi mente cruzó el recuerdo de la señora Cloris, inflexible pero asustada.
-El Gusano... –murmuré.
-¿Sabe algo, señor Boone?
-Quizá... Sería divertido salir mañana hacia esta aldea, ¿no te parece, Cal?
Hizo un ademán afirmativo, con los ojos brillantes. Después pasamos casi una hora buscando una abertura en la pared, detrás del compartimiento que había descubierto Cal, pero fue en vano. Tampoco se repitieron los ruidos de los que había hablado Cal.
Esa noche nos acostamos sin más incidentes.
A la mañana siguiente Calvin y yo iniciamos nuestra expedición por el bosque. La lluvia de la noche había cesado, pero el cielo estaba oscuro y encapotado. Vi que Cal me miraba dubitativamente, y me apresuré a asegurarle que si me cansaba, o si la caminata se prolongaba demasiado, no vacilaría en desistir. Llevábamos con nosotros los víveres adecuados para un picnic, una excelente brújula <> y, por supuesto, el singular y antiguo mapa de Jerúsalem’s Lot.
Era un día raro y melancólico. Mientras avanzábamos hacia el Sur y el Este por el espeso y tenebroso bosque de pinos no oímos el gorjeo de ningún pájaro ni observamos el movimiento de ningún animal. El único ruido era el de nuestras pisadas y el rítmico romper de las olas contra los acantilados. El olor del mar, de una intensidad casi sobrenatural, nos acompañó constantemente.
No habíamos recorrido más de tres kilómetros cuando encontramos un camino cubierto de vegetación, de esos que según creo reciben la denominación de <>. Seguía más o menos el mismo rumbo que nosotros y nos internamos por él, acelerando el paso. Hablábamos poco. La jornada, estática y ominosa, pesaba sobre nuestro espíritu.
Aproximadamente a las once oímos el ruido de un torrente. Los vestigios del camino torcieron de repente hacia la izquierda, y del otro lado del arroyuelo turbulento, gris, surgió, como una aparición, Jerusalem’s Lot.
El arroyo tenía quizá dos metros y medio de ancho y era atravesado por un puente para peatones cubierto de musgo. Del otro lado, Bones, se levantaba la aldehuela más perfecta que puedas imaginar, lógicamente deslucida por la intemperie, pero asombrosamente conservada. Varias casas, construidas en el estilo austero pero imponente por el que los puritanos conquistaron justa fama, se apiñaban junto al escarpado barranco. Más allá, flanqueando una calle poblada de malezas, se levantaban tres o cuatro edificios que quizá correspondían a las primitivas tiendas, y más lejos aún, se alzaba hacia el cielo gris el campanario marcado en el mapa, indescriptiblemente tétrico con su pintura descascarada y su cruz herrumbrada, ladeada.
-Jerusalem’s Lot. El destino de Jerusalén –comentó Cal en voz baja-. Han elegido bien el nombre.
Nos encaminamos hacia la aldea y empezamos a explorarla... ¡Y aquí es donde mi relato se torna un poco extravagante, Bones, de modo que prepárate!
Cuando marchamos entre los edificios la atmósfera nos pareció pesada. O cargada, si te parece mejor. Las construcciones estaban decrépitas, con los postigos desquiciados y los techos vencidos bajo el peso de las copiosas nevadas que habían tenido que soportar. Las ventanas polvorientas remedaban muecas maliciosas. Las sombras de las esquinas irregulares y los ángulos combados parecían agazaparse en charcas siniestras.
Primeramente visitamos una antigua taberna descalabrada, porque por algún motivo no nos pareció correcto invadir una de las casas donde la gente se había refugiado en busca de intimidad. Un viejo cartel emborronado por los elementos y atravesado sobre la puerta astillada, anunciaba que ésa había sido la BOAR’S HEAD INN AND TAVERN. La puerta chirrió con gran estridencia sobre la única bisagra que le quedaba, y entramos en el recinto sombrío. El olor de descomposición y moho estaba volatilizado y era casi insoportable. Y debajo de él parecía flotar otro aún más concentrado, un hedor viscoso y pestilente, una fetidez que era producto de los siglos y de su corrupción. Era un tufo semejante al que podría desprenderse de ataúdes putrefactos o tumbas profanadas. Me llevé el pañuelo a la nariz y Cal hizo otro tanto. Inspeccionamos el local.
-Válgame Dios, señor... –musitó Cal.
-No ha sido tocado jamás –dije, completando su frase.
Y en verdad no lo había sido. Las mesas y las sillas estaban apostadas como centinelas espectrales, polvorientas, combadas por los cambios de temperatura que han hecho célebre el clima de Nueva Inglaterra, pero por lo demás en perfectas condiciones..., como si hubieran esperado durante décadas silenciosas y reiteradas que quienes se habían ido hacía mucho tiempo volvieran a entrar, pidiendo a gritos una jarra de cerveza o un vaso de aguardiente, para luego tomar los naipes y encender una pipa de arcilla. Junto al reglamento de la taberna había un espejito, intacto. ¿Entiendes lo que quiero decir, Bones? Los niños son famosos por sus exploraciones y sus actos de vandalismo. No hay una sola casa <> que tenga las ventanas intactas, aunque corra el rumor de que está ocupada por seres macabros y feroces. No hay un solo cementerio tenebroso donde los jóvenes bromistas no hayan derribado por lo menos una lápida. Ciertamente debía de haber una veintena de gamberros de Preacher’s Corners, que estaba a menos de tres kilómetros de Jerusalem’s Lot. Y sin embargo el espejo del tabernero (que debía de haber costado bastante) seguía intacto..., lo mismo que otros elementos frágiles que exhumamos durante nuestros huroneos. Los únicos deterioros que se observaban en Jerusalem’s Lot habían sido causados por la Naturaleza impersonal. La connotación era obvia; Jerusalem’s Lot ahuyentaba a la gente. ¿Pero por qué? Tengo una hipótesis, pero antes de atreverme siquiera a insinuarla, debo llegar a la inquietante conclusión de nuestra visita.
Subimos a los aposentos y encontramos las camas tendidas, con las jofainas de peltre pulcramente depositadas junto a ellas. La cocina también estaba indemne, únicamente alterada por el polvo de los años y por ese horrible y ubicuo hedor de putrefacción. La taberna habría sido un paraíso para cualquier anticuario: el artefacto fabulosamente estrafalario de la cocina habría alcanzado, por sí solo, un precio exorbitante en una subasta de Boston.
-¿Qué opinas, Cal? –pregunté, cuando volvimos a salir a la incierta luz del día.
-Creo que éste es un mal asunto, señor Boone –respondió con su tono melancólico-, y pienso que tendremos que ver más para saber más.
Prestamos poca atención a los otros locales: había una fonda con mohosos artículos de cuero colgados de ganchos herrumbrados, una mercería, un almacén donde todavía se apilaban las tablas de roble y pino, una herrería.
Mientras nos dirigíamos hacia la iglesia situada en el centro de la aldea, entramos en dos casas. Ambas, de perfecto estilo puritano, estaban llenas de objetos por los que un coleccionista hubiera dado su brazo, y además ambas estaban abandonadas e impregnadas de la misma pestilencia putrefacta.
Allí nada parecía vivir o moverse, excepto nosotros dos. No vimos insectos ni pájaros. Ni siquiera una telaraña tejida en el ángulo de una ventana. Sólo polvo.
Por fin llegamos a la iglesia. Se alzaba sobre nosotros, hosca, hostil, fría. Sus ventanales estaban ennegrecidos por las sombras interiores, y hacía mucho tiempo que habían perdido todo vestigio de divinidad o santidad. De ello estoy seguro. Subimos por la escalinata y apoyé la mano sobre el gran tirador de hierro. Calvin y yo intercambiamos una mirada decidida, lúgubre. Abrí la puerta. ¿Cuánto tiempo hacía que no la tocaban? Me atrevería a afirmar que yo era el primero que lo hacía en cincuenta años, o quizá más. Los goznes endurecidos por la herrumbre chirriaron cuando la abrí. El olor de podredumbre y descomposición que nos ahogó era casi palpable. Cal cuto arcadas y volvió involuntariamente la cabeza para respirar aire fresco.
-Señor –dijo-, ¿está seguro de que...?
-Me siento bien –respondí con tono tranquilo.
Pero mi serenidad era fingida, Bones. No estaba tranquilo, como no lo estoy ahora. Creo, igual que Moisés, que Joroboam, que Increase Mather, y que nuestro propio Hanson (cuando está de humor filosófico) que hay lugares espiritualmente aviesos, edificios donde la leche del cosmos se ha puesto agria y rancia. Esta iglesia es uno de esos lugares. Podría jurarlo.
Entramos en un largo vestíbulo equipado con un perchero polvoriento y con anaqueles llenos de libros de oraciones. No había ventanas. De trecho en trecho había lámparas de aceite empotradas en nichos. Un recinto vulgar, pensé, hasta que oí la exclamación ahogada de Calvin y vi lo que él había visto.
Era una obscenidad.
Me resisto a describir ese cuadro primorosamente enmarcado, y sólo diré que estaba pintado en el estilo opulento de Rubens, que se trataba de una grotesca parodia de la Madona y el niño, y que unas criaturas extrañas, parcialmente envueltas en sombras, retozaban y se arrastraban por el fondo.
-Dios mío –susurré.
-Aquí no está Dios –contestó Calvin, y sus palabras parecieron quedar flotando en el aire.
Abrí la puerta que conducía a la iglesia propiamente dicha, y el olor se convirtió en una miasma casi asfixiante.
Bajo la media luz reverberante de la tarde, los bancos se extendían, fantasmales, hasta el altar. Sobre ellos se elevaba un alto púlpito de roble y un retablo penumbroso en el que refulgía el oro.
Calvin, ese devoto protestante, se persignó con un débil sollozo, y yo le imité. Porque el elemento de oro era una gran cruz, bellamente..., pero que colgaba invertida, simbolizando la Misa de Satán.
-Debemos sonservar la calma –me oí decir-. Debemos conservar la calma, Calvin. Debemos conservar la calma.
Sin embargo, una sobra había aleteado sobre mi corazón, y estaba más asustado que nunca lo había estado antes en mi vida. He marchado bajo el palio de la muerte y pensaba que no había ningún otro más negro. Pero lo hay. Sí que lo hay.
Avanzamos por la nave, oyendo el eco de las pisadas sobre nuestras cabezas y alrededor de nosotros. Las huellas de nuestro calzado quedaban marcadas sobre el polvo. Y en el altar encontramos otros tenebrosos objects d’art. Pero no quiero volver a pensar en ellos.
Empecé a subir al púlpito
-¡No, señor Boone! –exclamó súbitamente Cal-. Tengo miedo...
Mas ya había llegado. Un libro inmenso descansaba abierto sobre el atril. Estaba escrito en latín y en un jeroglífico rúnico que mi ojo inexperto catalogó como druídico o precéltico. Te adjunto una tarjeta con varios de estos símbolos, dibujados de memoria.
Cerré el libro y leí las palabras estampadas sobre el cuero: De Vermis Mysteriis. Mis conocimientos de latín casi se han desvanecido pero me bastan para traducir: Los misterios del gusano.
Cuando toqué el volumen, la iglesia maldita y las facciones de Calvin, blancas y levantadas hacia mí, parecieron fluctuar ante mis ojos. Tuve la impresión de oír voces apagadas, que entonaban un cántico impregnado de miedo y al mismo tiempo abyecto y ansioso... Y debajo de este sonido otro, que llenaba las entrañas de la Tierra. Una alucinación, sin duda..., pero en ese mismo momento la iglesia se pobló con un ruido muy concreto, que sólo puedo describir como una colosal y macabra convulsión bajo mis pies. El púlpito tembló bajo mis dedos; la cruz profanada se estremeció en la pared.
Cal y yo salimos juntos, dejando la iglesia librada a su propia oscuridad, y ninguno de los dos se atrevió a mirar atrás después de haber cruzado los toscos maderos que unían las dos márgenes del arroyo. No diré que echamos a correr, mancillando los mil novecientos años que el hombre ha pasado tratando de superar su condición de salvaje intimidado y supersticioso, pero mentiría si dijera que caminábamos plácidamente.
Ésta es mi historia. No ensombrezcas tu recuperación pensando que ha vuelto a atacarme la fiebre. Cal ha sido testigo de todo lo que narro en estas páginas, incluyendo el pavoroso ruido.
Pongo fin a esta carta, agregando sólo que anhelo verte (seguro de que si te viera gran parte de mi perplejidad se disiparía inmediatamente) y que sigo siendo tu amigo y admirador,
Charles

17 de octubre de 1850
De mi mayor consideración:

En la última edición de vuestro catálogo de artículos para el hogar (o sea, el que corresponde al verano de 1850), figura una sustancia llamada Veneno para Ratas. Deseo comprar una lata de un kilogramo de este producto al precio estipulado de treinta céntimos. Adjunto franqueo de retorno. Enviar a: Calvin McCann, Chapelwaite, Preacher’s Corners, Cumberland County, Maine.
Agradezco vuestra atención, y os saludo muy atentamente,
Calvin McCann


19 de octubre de 1850
Querido Bones:
Novedades inquietantes.

Los ruidos de la casa de han intensificado, y estoy cada vez más convencido de que las ratas no son las únicas que se mueven dentro de nuestras paredes. Calvin y yo practicamos otra búsqueda infructuosa de recovecos o pasadizos ocultos. No encontramos ninguno. ¡qué mal encajaríamos en una de las novelas de la señora Radcliffe! Cal alega, sin embargo, que buena parte de los ruidos proceden del sótano, y esa parte de la casa es la que pensamos explorar mañana. No me tranquiliza el saber que allí es donde encontró su trágico final la hermana del primo Stephen.
Entre paréntesis, su retrato cuelga de la galería de arriba. Marcella Boone era una joven de triste belleza, si el artista supo captar sus rasgos con fidelidad, y sé que nunca se casó. A veces pienso que la señora Cloris tenía razón, que ésta es una casa siniestra. Ciertamente, no ha traído más que desventuras a sus anteriores ocupantes.
Pero debo agregar algo más acerca de la formidable señora Cloris, porque hoy estuve hablando otra vez con ella. Puesto que la considero la persona más sensata de Corners de cuantas he conocido hasta ahora, la busqué esta tarde, después de una desagradable entrevista que describiré a continuación.
Esta mañana deberían haber traído la leña, y cuando llegó y pasó el mediodía sin que apareciese la madera, resolví encaminarme hacia el pueblo en mi paseo cotidiano. Mi propósito era visitar a Thompson, el hombre con quien Cal había cerrado el trato.
Éste ha sido un hermoso día, impregnado por la incisiva frescura del otoño radiante, y cuando llegué a la propiedad de los Thompson (Cal, que se quedó en casa para seguir hurgando en la biblioteca del primo Stephen, me había descrito el itinerario preciso) me sentía de mejor humor que en todos los días pasados, y estaba predispuesto para disculpar la tardanza del proveedor.
Me encontré ante una multitud de malezas enmarañadas y construcciones destartaladas que necesitaban una mano de pintura. A la izquierda del establo, una puerca descomunal, lista para la matanza de noviembre, gruñía y se revolcaba en una pocilga lodosa, y en el patio lleno de basura que separaba la casa de las dependencias anexas, una mujer que usaba un astroso vestido de algodón alimentaba a las gallinas con el maíz acumulado en el hueco de su delantal. Cuando la saludé, volvió hacia mí un rostro pálido y desvaído.
Fue asombroso ver cómo su expresión absolutamente estólida se transformaba en otra de frenético terror. Sólo se me ocurre pensar que me confundió con Stephen, porque hizo el ademán típico para ahuyentar el mal de ojo y lanzó un alarido. Los granos de maíz se desparramaron a sus pies y las gallinas se alejaron aleteando y cacareando.
Antes de que yo pudiera articular una palabra, un hombre gigantesco y encorvado, cuya única vestimenta eran unos calzoncillos largos, salió tambaleándose de la casa con un rifle para cazar ardillas en una mano y un porrón en la otra. Al ver sus ojos inyectados en sangre y su porte inseguro, llegué a la conclusión de que era el leñador Thompson en persona.
-¡Un Boone! –bramó-. ¡Maldito sea! –Dejó caer el porrón y él también hizo la señal.
-He venido –dije, con la mayor ecuanimidad posible, dadas las circunstancias-, porque no recibí la madera. Según lo convenido con mi acompañante...
-¡Maldito sea también su acompañante, es lo que digo! –Y por primera vez me di cuanta de que pese a su actitud fanfarrona tenía un miedo atroz. Empecé a preguntarme seriamente si su ofuscación no lo induciría a dispararme con el rigle.
-Como testimonio de cortesía... –empecé a decir cautelosamente.
-¡Maldita sea su cortesía!
-Muy bien, pues –manifesté, con la mayor dignidad posible-. Me despido hasta que recupere el control de sus actos.
Di media vuelta y eché a caminar hacia la aldea.
-¡No vuelva! –chilló a mis espaldas-. ¡Quédese allí con su maldición! ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!
Me arrojó una piedra que me golpeó en el hombro, porque no quise darle la satisfacción de agacharme.
De modo que fui en busca de la señora Cloris, resuelto a elucidar por lo menos el misterio de la hostilidad de Thompson. Es viuda (y olvida tus condenados instintos de casamentero, Boones; me lleva quince años y yo no volveré a ver los cuarenta) y vive sola en una encantadora casita a orillas del mar. La encontré tendiendo su colada, y pareció sinceramente complacida al verme. Esto me produjo un gran alivio: es muy irritante que te traten como un paria sin ninguna justificación.
-Señor Boone –dijo, con una mínima reverencia-, si ha venido a pedirme que le lave la ropa, debo comunicarle que no hago ese trabajo después de setiembre. El reumatismo me hace sufrir tanto que a duras penas puedo lavar la mía.
-Ojalá fuera ése el motivo de mi visita. He venido a pedirle ayuda, señora Cloris. Quiero que me cuente todo lo que sabe acerca de Chapelwaite y Jerusalem’s Lot y que me explique por qué la gente del lugar me mira con tanta desconfianza y miedo.
-¡Jerusalem’s Lot! De modo que también sabe eso.
-Sí –contesté-. Visité el pueblo con mi acompañante hace una semana.
-¡Válgame Dios! –Se puso pálida como la leche, y trastabilló. Extendí la mano para sostenerla. Sus ojos giraron espantosamente en las órbitas y por un momento me sentí seguro de que se iba a desmayar.
-Señora Cloris, discúlpeme si he dicho algo que...
-Entre –me interrumpió-. Tiene que saberlo. ¡Jesús, han vuelto los malos tiempos!
No quiso pronunciar una palabra más hasta que terminó de preparar un té cargado en su cocina luminosa. Cuando la taza estuvo frente a mí, se quedó mirando el océano un rato, con expresión pensativa. Inevitablemente sus ojos y los míos se dirigieron hacia el promontorio de Chapelwaite Head, donde la casa se alza sobre el mar. El amplio ventanal refulgía como un diamante al reflejar los rayos del sol poniente. El espectáculo era hermoso pero producía una enigmática inquietud. Se volvió de pronto hacia mí y exclamó vehementemente:
-¡Debe irse en seguida de Chapelwaite, señor Boone!
Quedé perplejo.
-Desde que se instaló allí flota un hálito siniestro en el aire. Durante la última semana, a partir del momento en que pisó aquel lugar maldito, se han sucedido los presagios y portentos. Un velo sobre la faz de la luna; bandadas de chotacabras que anidan en los cementerios; un parto anómalo. ¡Debe irse!
Cuando recuperé el uso de la palabra, hablé con la mayor afabilidad posible:
-Señora Cloris, todo esto son fantasías. Usted debe saberlo.
-¿Es una fantasía que Bárbar Brown haya dado a luz un niño sin ojos? ¿O que Clifton Brocken haya encontrado un huella lisa, aplastada, de un metro y medio de ancho, más allá de Chapelwaite, donde todo se había marchitado y blanqueado? Y usted, dice que ha visitado Jesusalem’s Lot, ¿puede afirmar sinceramente que no hay algo que sigue viviendo allí?
No atiné a contestar. Lo que había visto en esa iglesia inicua reapareció ante mis ojos.
La mujer juntó sus manos nudosas, en un esfuerzo por calmarse.
-Sólo me he enterado de estas cosas porque se las oí contar a mi madre, y, antes, a la madre de ella. ¿Usted conoce la historia de su familia en lo que concierne a Chapelwaite?
-Vagamente –respondí-. La casa ha sido la morada del linaje de Philip Boone sesde la décaa de 1780. su hermano Robert, mi abuelo, se instaló en Massachussets después de una reyerta por papeles robados. Sé poco acerca del linaje de Philip, excepto que lo cubrió una sombra infausta, transmitida de generación en generación: Marcella murió en un accidente trágico y Stephen se mató en una caída. Stephen quiso que Chapelwaite se convirtiera en mi hogar, y en el de los míos, y que así se enmendara la división de la familia.
-Nunca se enmendará –musitó ella-. ¿Sabe algo acerca del altercado originario?
-A Robert Boone le sorprendieron en el momento en que registraba el escritorio de su hermano.
-Philip Boone estaba loco –afirmó la señora Cloris-. Se dedicaba a un tráfico impío. Robert Boone intentó despojarle de una Biblia profana escrita en lenguas antiguas: latín, druídico, y otras. Un libro infernal.
-De Vermis Mysteriis.
Respingó como si la hubieran golpeado.
-¿Lo conoce?
-Lo he visto... lo he tocado. –Nuevamente me pareció que estaba a punto de desmayarse. Se llevó una mano a la boca como si quisiera ahogar un grito-. Sí, en Jerusalem’s Lot. Sobre el púlpito de una iglesia corrompida y profanada.
-De modo que está aún allí, aún allí. –Se meció en su silla-. Confiaba en que Dios, con Su sabiduría, lo habría arrojado al foso del infierno.
-¿Qué relación tuvo Philip Boone con Jerusalem’s Lot?
-Una relación de sangre –dijo la señora Cloris con tono lúgubre-. Llevaba la Marca de la Bestia, aunque lucía las vestiduras del Cordero. Y el 31 de octubre de 1789, Philip Boone desapareció..., junto con toda la población de esa condenada aldea.
No agregó mucho más. En verdad, no parecía saber mucho más. Sólo atinó a reiterar sus súplicas de que me fuera, argumentando algo sobre <> y murmurando acerca de <>. A medida que se acercaba el crepúsculo pareció más agitada, y no menos, para aplacarla le prometí que prestaría atención a sus deseos.
Marché de regreso a la casa entre sombras cada vez más largas y tétricas. Mi buen humor se había disipado por completo y la cabeza me daba vueltas, poblada de dudas que aún me atormentan. Cal me recibió con la noticia de que los ruidos de las paredes se habían intensificado..., como yo mismo puedo atestiguarlo en este momento. Procuro convencerme de que solo oigo ratas, pero enseguida veo el rostro aterrorizado y grave de la señora Cloris.
La luna se ha levantado sobre el mar, tumefacta, redonda, roja como la sangre, y salpica el océano con un reflejo repulsivo. Mi pensamiento vuelve hacia aquella iglesia y
(aquí hay un renglón tachado)
Pero tú no verás eso, Bones. Es demasiado demencial. Creo que es hora de que me vaya a dormir. No me olvido de ti.
Saludos,
Charles
(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin MacCann.)


20 de octubre de 1850
Esta mañana me tomé la libertad de forzar la cerradura que impide abrir el libro. Lo hice antes de que el señor Boone se levantara. Es inútil. Está todo él escrito en clave. Una clave sencilla, me parece. Quizá me resultará tan fácil descifrarla como forzar la cerradura. Estoy seguro de que se trata de un Diario. La escritura tiene un asombroso parecido con la del señor Boone. ¿A quién puede pertenecer este volumen, arrumbado en el rincón más oscuro de la biblioteca y con sus páginas herméticamente cerradas? Parece antiguo, ¿pero quién podría afirmarlo con certeza? El papel ha estado bastante bien protegido de la influencia corruptora del aire. Más tarde me ocuparé de él, si tengo tiempo. El señor Boone está empeñado en explorar el sótano. Temo que estos fenómenos macabros sean nefastos para su salud aún inestable. Debo tratar de persuadirle...
Pero aquí viene...


20 de octubre de 1850
Bones:
Todavía (sic) no puedo escribirte yo, yo, yo

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

20 de octubre de 1850
Tal como temía su salud se ha quebrantado...

¡Dios mío, Padre Nuestro que estás en el Cielo!
No soporto ese recuerdo. Sin embargo está implantado, grabado en mi cerebro como un ferrotipo. ¡El horror del sótano!
Ahora estoy solo. Son las ocho y media. La casa está silenciosa pero...
Lo encontré desvanecido sobre su escritorio. Aún duerme. Sin embargo, durante esos breves momentos, ¡con cuanta gallardía se comportó mientras yo estaba paralizado y descalabrado!
Su piel está cérea, fría. Gracias a Dios no ha vuelto a tener fiebre. No me atrevo a moverlo ni a dejarlo ir a la aldea. Y si fuera yo, ¿quién volvería conmigo para ayudarle? ¿Quién vendría a esta casa maldita?
¡Oh, el sótano! ¡Los monstruos del sótano que han invadido nuestras paredes!

22 de octubre de 1850
Querido Bones:

Me he recuperado, aunque todavía estoy débil, después de pasar treinta y seis horas sin conocimiento. Me he recuperado... ¡Qué broma tan amarga y macabra! Nunca volveré a recuperarme. Jamás. Me he enfrentado con una locura y un horror indescriptibles. Y el fin aún no está a la vista.
Si fuera por Cal, creo que terminaría con mi vida ahora mismo. Cal es una isla de cordura en este mar de demencia.
Lo sabrás todo.
Nos habíamos equipado con velas para la exploración del sótano, y sus llamas proyectaban un fuerte resplandor que era harto suficiente..., ¡diabólicamente suficiente! Calvin intentó disuadirme con el argumento de mi reciente enfermedad, y dijo que lo más que encontraríamos, probablemente, serían unas grandes ratas a las que luego habría que envenenar.
Sin embargo, me empeciné. Calvin lanzó un suspiro y dijo:
-Hágase entonces su voluntad, señor Boone.
Al sótano se entra por un escotillón implantado en el piso de la cocina (que Cal jura haber tapiado sólidamente) que sólo conseguimos levantar después de muchos forcejeos y tirones.
De la oscuridad brotó un olor fétido, asfixiante, no muy distinto del que saturaba la aldea abandonada allende el Royal River. La vela que yo sostenía arrojaba su fulgor sobre una escalera empinada que conducía a las tinieblas. La escalera estaba en pésimas condiciones de conservación –faltaba incluso un escalón íntegro, sustituido por un boquete negro- y en seguida comprendí cómo la desventurada Marcella había encontrado allí la muerte.
-¡Tenga cuidado, señor Boone! –exclamó Cal.
Le contesté que eso era lo que más tendría, y bajamos.
El piso era de tierra, y las paredes de sólido granito apenas estaban húmedas. Eso no parecía en absoluto un refugio de ratas, porque no se veía ninguno de los materiales que éstas utilizan para construir sus nidos, tales como cajas viejas, muebles abandonados, pilas de papel y cosas por el estilo. Levantamos las velas, ganando así un pequeño círculo de luz, pero pese a ello nuestro radio visual seguía siendo muy reducido. El piso tenía un declive gradual que parecía pasar debajo de la sala y el comedor principal, o sea que se extendía hacia el Oeste. Ése fue el rumbo que tomamos. Todo estaba sumido en un silencio absoluto. La pestilencia del aire era cada vez más intensa y la oscuridad circundante parecía comprimirse como una envoltura de lana, como si estuviera celosa de la luz que la desbancaba momentáneamente después de tantos años de hegemonía indiscutida.
En el extremo final, los muros de granito eran remplazados por una madera pulida que parecía totalmente negra y desprovista de propiedades reflectoras. Allí terminaba el sótano, aislando lo que parecía ser un compartimiento separado del recinto principal. Estaba sesgado de manera tal que era imposible inspeccionarlo sin contornear el recodo.
Eso fue lo que hicimos Calvin y yo.
Fue como si un corroído espectro del pasado siniestro de la mansión se hubiera alzado delante de nosotros. En ese compartimiento había una silla solitaria y, sobre ésta, sujeto a una de las gruesas vigas del techo, colgaba un podrido lazo de cáñamo.
-Entonces fue aquí donde se ahorcó –murmuró Cal-. ¡Dios mío!
-Sí..., con el cadáver de su hija postrado al pie de la escalera, detrás de él.
Cal empezó a hablar. Pero sus ojos se desviaron hacia un punto situado a mis espaldas. Entonces sus palabras se trocaron en un alarido.
¿Cómo narrar, Bones, el cuadro que contemplaron nuestros ojos? ¿Cómo describir a los abominables inquilinos que tenemos entre nuestras paredes?
El muro más lejano giró sobre sí mismo, y desde aquellas tinieblas nos sonrió un rostro..., un rostro de ojos tan negros como el mismo Estigia. En su boca desmesuradamente abierta se formó una mueca desdentada, atormentada. Una mano amarilla, descompuesta, se estiró hacia nosotros. Emitió un sonido repulsivo, como un maullido, y avanzó un paso, tambaleándose. La luz de mi vela cayó sobre él...
¡Y vi la laceración amoratada de la cuerda en su cuello!
Algo más se movió, detrás de él, algo con lo que soñaré hasta el día en que se extingan todos los sueños: una chica de facciones pálidas, agusanadas, y sonrisa cadavérica; una chica cuya cabeza se ladeaba en un ángulo lunático.
Nos deseaban, lo sé. Y sé que si no hubiera arrojado la vela directamente contra lo que se alzaba en la abertura, y si no le hubiera lanzado inmediatamente después la silla que descansaba debajo del nudo corredizo, nos habrían arrastrado a la oscuridad y se habrían apoderado de nosotros.
Después de eso, todo se condensa en oscuridad confusa. Mi mente ha corrido la cortina. Me desperté, como he dicho, en compañía de Cal.
Si pudiera partir, huiría de esta casa de horror con el camisón flameando sobre mis tobillos. Pero no puedo. Me he convertido en el instrumento de un drama más profundo, más tenebroso. No me preguntes cómo lo sé. Lo sé, y eso es todo. La señora Cloris tenía razón cuando habló de los que vigilan y los que montan guardia. Temo haber despertado una Fuerza que pasó medio siglo aletargada en la siniestra aldea de Jerusalem’s Lot, una Fuerza que ha asesinado a mis antepasados y los ha subyugado diabólicamente, convirtiéndolos en nosferatu: muertos vivientes. Y alimento temores aún peores que éstos, Bones, pero sólo tengo vislumbres. Si supiera..., ¡si por lo menos lo supiera todo!

Charles
Posdata – Y por supuesto esto lo escribo sólo para mí. Estamos aislados de Preacher’s Corners. No me atrevo a llevar allí mi corrupción, y Calvin no quiere dejarme solo. Quizá, si Dios es misericordioso, esta carta te llegará de alguna manera.

C.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

23 de octubre de 1850
Hoy está más vigoroso. Hablamos brevemente sobre las apariciones del sótano. Convinimos que no eran alucinaciones ni entes de origen ectoplásmico, sino reales. ¿Pero el señor Boone sospecha, como yo, que se han ido? Quizá. Los ruidos se han acallado. Sin embargo, todo sigue siendo ominoso, y pesa sobre nosotros un palio oscuro. Parece como si estuviéramos esperando en el engañoso Ojo de la Tempestad...
En una alcoba de la planta alta he hallado una pila de papeles, guardados en el último cajón de un viejo escritorio con tapa de corredera. Algunas cartas y facturas pagadas de Robert Boone. Sin embargo, el documento más interesante consiste en unas pocas anotaciones al dorso de un anuncio de sombreros de copa para caballeros. Arriba está escrito:

Benditos sean los mansos.

Abajo, el siguiente texto aparentemente absurdo:

b k n d i h o e s m a h l s s a a f s g s
e e m d o t r s r e s n a o d m d n r o h

Creo que ésta es la clave del libro cerrado y cifrado que encontré en la biblioteca. La clave de arriba, muy simple, es la que se empleó en la Guerra de la Independencia. Cuando se eliminan las <> que componen la segunda parte de la escritura, queda lo siguiente:


b n i o s a l s a s s
e d t s e n o m n o


Leyendo De arriba abajo, en lugar de hacerlo transversalmente, se obtiene la cita originaria de las Bienaventuranzas.
Antes de atreverme a mostrárselo al señor Boone, debo verificar el contenido del libro...

24 de octubre de 1850
Querido Bones:

Ha ocurrido algo prodigioso. Cal, que siempre mantiene un silencio hermético hasta que está seguro de sí mismo (¡singular y admirable rasgo humano!) ha encontrado el Diario de mi abuelo Robert. El documento estaba escrito en una clave que el mismo Cal ha descifrado. Él afirma modestamente que el hallazgo fue casual, pero pienso que en realidad fue producto de su perseverancia y afán.
Sea como fuere, ¡qué tétrica es la luz que arroja sobre nuestros misterios!
La primera anotación corresponde al 1º de junio de 1789, y la última, al 27 de octubre de 1789: cuatro días antes de la desaparición cataclísmica de la que habló la señora cloris. Narra la historia de una obsesión creciente, o mejor dicho, de una locura, y da una imagen repulsiva de la relación que existía entre el tío abuelo Philip, la aldea de Jerusalem’s Lot, y el libro que descansa en la iglesia profanada.
Según Robert Boone, la aldea misma es anterior a Chapelwaite (construida en 1782) y a Preacher’s Corners (conocida en aquella época por el nombre de Preacher’s Rest y fundada en 1741). Fue erigida por una secta que se escindió de la fe puritana en 1710 y cuyo jefe era un adusto fanático religioso llamado James Boon. ¡Qué sobresalto me produjo su nombre! Me parece difícil poner en duda que este Boon perteneció a mi estirpe. La señora Cloris no se equivocó al enunciar su convicción supersticiosa de que en este asunto tiene una importancia crucial el linaje de sangre, y recuerdo despavorido la respuesta sobre la relación que existió entre Philip y Jerusalem’s Lot. <>, dijo, y mucho me temo que sea así.
La aldea se convirtió en una comunidad estable construida alrededor de la iglesia donde Boon predicaba..., o recibía a sus feligreses. Mi abuelo insinúa que también tenía comercio carnal con muchas damas de la localidad, a las que aseguraba que ésa era la ley y la voluntad de Dios. En razón de ello la aldea se transformó en una anomalía que sólo pudo existir en aquellos tiempos de aislamiento y extravagancia en que era posible creer simultáneamente en las brujas y en la Inmaculada Concepción: una aldea religiosa de ayuntamientos consanguíneos, bastante degenerada, controlada por un predicador medio loco cuyos evangelios gemelos eran la Biblia y el siniestro Demon Dwellings de De Gouge; una comunidad donde se celebraban regularmente los ritos del exorcismo, y donde proliferaban el incesto la locura y los defectos físicos que acompañan tan a menudo a este pecado. Sospecho (y creo que Robert Boone debió de pensar lo mismo) que uno de los hijos bastardos de Boon huyó de Jerusalem’s Lot (o fue sacado de allí) para buscar fortuna en el Sur... Y así fundó nuestro actual linaje. Sé, porque mi propia familia lo ha confesado, que nuestro clan se originó en aquella región de Massachussets que posteriormente se transformó en este Estado soberano de Maine. Mi bisabuelo, Kenneth Boone, se enriqueció gracias al entonces floreciente tráfico de pieles. Fue su fortuna, acrecentada por el tiempo y las buenas inversiones, la que levantó esta mansión ancestral mucho después de que él muriera en 1763. sus hijos, Philip y Robert, edificaron Chapelwaite. La sangre llama a la sangre, como dijo la señora Cloris. ¿Acaso Kenneth, hijo de James Boon, huyó de la locura de su padre y de la aldea de éste, sólo para que después sus hijos, totalmente ajenos a lo sucedido, construyeran la mansión de los Boone a menos de tres kilómetros del lugar donde Boon había iniciado su carrera? Y si fue así, ¿no hay motivos para pensar que nos ha guiado una Mano gigantesca e invisible?
Según el Diario de Robert, en 1789 James Boon era anciano... y así debió de ser. Si contaba veinticinco años cuando se fundó la aldea, en 1789 debía de tener ciento cuatro, una edad prodigiosa. Lo que sigue lo copio textualmente del Diario de Robert Boone:

4 de agosto de 1789
Hoy he visto por primera vez a este Hombre por el que mi Hermano siente una admiración tan malsana. Debo admitir que este Boon posee un extraño Magnetismo que me alteró inmensamente. Es un verdadero Anciano, de barba blanca, y viste una Sotana negra que por alguna razón me pareció obscena. Era más inquietante aún el Hecho de que estuviese rodeado de Mujeres, como un Sultán lo estaría por su Harén, y P. me asegura que todavía está activo, aunque por lo menos es Octagenario...
En cuanto a la Aldea propiamente dicha, yo sólo la había visitado una vez, anteriormente, y no volveré a ella. Sus Calles son silenciosas y están pobladas por el Miedo que el Anciano inspira desde su Púlpito. También temo que se hayan multiplicado los Acoplamientos incestuosos, porque hay demasiadas Caras parecidas. Tenía la impresión de que no importaba hacia donde mirara, me encontraba con el rostro del Anciano..., todos están muy pálidos; parecen Desvaídos, como si les hubieran succionado toda la Vitalidad, y vi Niños sin Ojos ni Narices, Mujeres que lloraban y farfullaban y señalaban el Cielo sin ningún Motivo, y que mezclaban citas de las Escrituras con discursos sobre Demonios..., P. me pidió que asistiera a los Servicios, pero la idea de ver a este siniestro Anciano me repugnó y di una Excusa...

Las anotaciones anteriores y posteriores a ésta describen el comportamiento de Philip, cada vez más fascinado por James Boon. El 1º de setiembre de 1789, Philip fue bautizado en el seno de la iglesia de Boon. Su hermano dice: <>
La primera mención del libro aparece el 23 de julio. El Diario de Robert sólo lo cita brevemente: <>
El 12 de agosto escribió esta anotación: <>

13 de agosto:
P. muestra una excitación anormal por la carta de Goodfellow; se niega a explicar por qué. Sólo dice que Boon está desmedidamente ansioso por conseguir el Ejemplar. No entiendo la Razón, pues el título sólo parece ser el de un inofensivo Tratado de jardinería...
Estoy preocupado por Philip. Cada día le encuentro más extraño. Ahora lamento que hayamos regresado a Chapelwaite. El Verano es caluroso, asfixiante, y está lleno de Presagios...

En el Diario de Robert sólo hay otras dos menciones del libro infame (aparentemente no comprendió su verdadera importancia, ni siquiera al final). De sus anotaciones del 4 de setiembre:

Le he pedido a Goodfellow que actúe como Agente de P. en la cuestión de la Compra, aunque mi prudencia clama contra esta Operación. ¿Qué Pretexto puedo emplear para resistirme? ¿Acaso no podría comprarlo con su propio Dinero, si yo me negara a ayudarlo? Y a cambio de ello le he arrancado a Philip la Promesa de abjurar de este infame Bautismo... Y sin embargo está tan Ofuscado, casi Afiebrado, que no confío en él. Respecto de esta cuestión estoy totalmente en Ayunas...

Por fin, el 16 de setiembre:

Hoy ha llegado el Libro, junto con una Nota de Goodfellow en la que dice que no quiere seguir interviniendo en mis Transacciones... P. se mostró anormalmente excitado y casi me arrancó el Libro de las Manos. Está escrito en Latín y con Caracteres Rúnicos que no sé descifrar. Parece casi caliente al Tacto y tuve la impresión de que vibraba en mis Manos, como si contuviera una inmensa Energía... Le recordé a P. su promesa de Abjurar y se limitó a lanzar una Risa desagradable, demencial, mientras blandía el Libro delante de mi Cara y gritaba una y otra vez: <<¡Lo tenemos! ¡Lo tenemos! ¡El Gusano! ¡El Secreto del Gusano!>>
Ahora se ha ido corriendo, supongo que al encuentro de su Benefactor loco, y no he vuelto a verle en el resto del Día...

No vuelve a hablar del libro, pero he hecho ciertas deducciones que parecen por lo menos plausibles. En primer término, tal y como ha dicho la señora Cloris, este libro fue el motivo de la ruptura entre Robert y Philip; en segundo término, es un compendio de hechizos impíos, posiblemente de origen druida (los conquistadores romanos de Gran Bretaña conservaron por escrito muchos de los ritos de sangre druidas, en nombre de la erudición, y muchos de estos recetarios infernales forman parte de la literatura prohibida del mundo); en tercer término, Boon y Philip se proponían utilizar el libro para sus propios fines. Quizá, por alguna vía tortuosa, tenían buenas intenciones, pero lo dudo. Lo que sí creo es que mucho antes se habían asociado con las potencias misteriosas que existen más allá de la urdimbre misma del Tiempo. Las últimas anotaciones del Diario de Robert Boone confirman ambiguamente estas especulaciones, y los deja hablar por sí mismos:

26 de octubre de 1789
Hoy reina una terrible Conmoción en Preacher’s Corners. Frawley, el Herrero, me ha cogido por el Brazo y me ha preguntado: <> Godoy Randall afirma que en el Cielo ha habido Presagios de un gran Desastre inminente. Ha nacido una vaca con dos Cabezas.
En cuanto a Mí, ignoro qué nos amenaza. Quizá la Demencia de mi Hermano. Su Cabello ha encanecido casi de un Día a otro, sus Ojos son grandes Círculos inyectados en Sangre de los cuales parece haberse desvanecido la atractiva luz de la Cordura. Sonríe y susurra y, por alguna Razón Particular, ha empezado a frecuentar nuestro Sótano cuando no está en Jerusalem’s Lot.
Las Chotacabras se congregan alrededor de la Casa y sobre la Hierba. Su Clamor conjunto desde la bruma se mezcla con el del Mar hasta modular un Chillido sobrenatural que quita el Sueño

27 de octubre de 1789
Esta Noche seguí a P. cuando partió rumbo a Jerusalem’s Lot, manteniéndome a una Distancia razonable para evitar que me descubriera. Las condenadas Chotacabras vuelan en bandada por el Bosque, llenándolo todo con una Melopea fatal, de ultratumba. No me atreví a cruzar el Puente. Toda la Aldea estaba a oscuras, exceptro la Iglesia, que se hallaba iluminada por un tétrico Resplandor rojo que parecía transformar las altas ventanas ojivales en los Ojos del Infierno. Las Voces fluctuaban entonando la Letanía del Diablo, riendo a ratos, sollozando luego. La Tierra misma pareció hincharse y gemir bajo mis pies, como si soportara un Peso atroz, y yo huí, asombrado y despavorido, oyendo cómo los Graznidos demoníacos y estridentes de las Chotacabras reverberaban dentro de mi Cabeza mientras corría por ese Bosque sombrío.
Todo apunta hacia un Clímaz aún imprevisto. No me atrevo a dormir porque me asustan los posibles Sueños, y tampoco a permanecer despierto porque no sé qué Terrores lunáticos me aguardan. La Noche está poblada de Ruidos sobrecogedores y temo...
Y sin embargo siento la necesidad de volver allí, de mirar, de ver. Tengo la impresión de que Philip en persona me llama, y el Anciano.
Los Pájaros.
Malditos malditos malditos.

Aquí termina el Diario de Robert Boone.
Observa, Bones, que cerca del final alega que el mismo Philip parecía llamarlo. Estas líneas, las palabras de la señora Cloris y los demás, pero sobre todo las espantosas figuras del sótano, muertas y sin embargo vivas, son las que me llevan a deducir una última conclusión. Nuestra estirpe sigue siendo infortunada, Bones. Sobre nosotros pesa una maldición que se resiste a dejarse sepurltar: vive en un avieso mundo de sombras, dentro de esta casa y aquella aldea. Y se aproxima nuevamente la culminación del ciclo. Soy el último de los Boone. Temo que haya algo que lo sabe, y que yo sea el nexo de una abyecta empresa que nadie que esté en sus cabales podría entender. Dentro de una semana se cumple el aniversario, en la Víspera de Todos los Santos.
¿Qué debo hacer? ¡Si por lo menos tú estuvieras aquí para aconsejarme, para ayudarme!
Necesito saberlo todo, debo volver a la aldea que todos rehuyen. ¡Que Dios me dé fuerzas para ello!
Charles.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

25 de octubre de 1850
El señor Boone ha dormido durante casi todo el día de hoy. Su rostro está pálido y mucho más demacrado. Temo que la repetición de la fiebre sea inevitable.
Mientras refrescaba su botellón de agua vi dos cartas dirigidas al señor Granzón de Florida, que no han sido despachadas. Se propone volver a Jerusalem’s Lot. Si se lo permitiera, eso le costaría la vida. ¿Me atreveré a escabullirme hasta Preacher’s Corners para alquilar un carruaje? Debo hacerlo, pero qué sucederá si se despierta? ¿Si al volver descubro que se ha ido?
Han reaparecido los ruidos en las paredes. ¡Gracias a Dios él aún duerme! Mi mente tiembla al pensar en lo que significa todo esto.

Más tarde
Le llevé la comida en una bandeja. Se propone levantarsse dentro de un rato, y a pesar de sus evasivas qé qué es lo que planea. Sin embargo, ire a Preachers Corners. Conservo en mi equipaje varios de los polvos somníferos que le recetaron durante su enfermedad. Bebió uno de ellos con su té, sin saberlo. Duerme nuevamente.
Me espanta dejarle con las Cosas que se deslizan detrás de nuestras paredes, pero me espanta aún más que permanezca otro día entre estos muros. Le he encerrado bajo llave.
¡Dios quiera que esté todavía aquí, a salvo y durmiendo, cuando yo vuelva con el carruaje!

Más tarde aún
¡Me apedrearon! ¡Me apedrearon como si fuera un perro salvaje y rabioso! ¡Monstruos depravados! ¡Éstos que se dicen hombres! Estamos prisioneros aquí...
los pájaros, las chotacabras, han empezado a congregarse.

26 de octubre de 1850
Querido Bones:

Está casi oscuro y acabo de despertarme, después de haber dormido casi veinticuatro horas seguidas. Aunque Cal no ha dicho nada, sospecho que echó en mi té unos polvos somníferos cuando descubrió mis intenciones. Es un buen y fiel amigo, que sólo desea lo mejor, de modo que no le reprenderé.
Sin embargo estoy resuelto. Mañana es el día. Estoy sereno, decidido, pero también me parece sentir el retorno de la fiebre. En ese caso, tendrá que ser mañana. Quizá sería aún mejor esta noche, pero ni siquiera los fuegos del mismo Infierno podrían inducirme a pisar esa aldea en la oscuridad.
Si no volviera a escribirte, que Dios de bendiga y te dé muchos años de vida, Bones
Charles.

Posdata – Los pájaros han empezado a graznar y se reanudaron los horribles deslizamientos. Cal cree que no los oigo, pero se equivoca.

C.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

27 de octubre de 1850
5 de la mañana
Se ha empecinado. Muy bien. Iré con él.


4 de noviembre de 1850
Querido Bones:

Débil pero lúcido. No estoy seguro de la fecha, pero mi calendario me asegura que debe ser la correcta, por el horario de la marea y la puesta del sol. Estoy sentado frente a mi escritorio, en el mismo lugar desde donde te escribí mi primera carta de Chapelwaite, y contemplo el mar oscuro del que se borran rápidamente los últimos vestigios de luz. Nunca volveré a verlo. Esta noche es mi noche. La cambiaré por las sombras que me aguardan, cualesquiera sean éstas.
¡Cómo rompe contra las rocas, este mar! Despide nubes de espuma hacia el cielo tenebroso, sacudiendo el suelo bajo mis pies. En el cristal de la ventana veo reflejada mi imagen, pálida como la de un vampiro. No como desde el 27 de octubre, y tampoco habría bebido si ese día Calvin no hubiera dejado un botellón de agua junto a mi lecho.
¡Oh, Cal! Le he perdido, Bones. Ha sucumbido en mi lugar, en lugar de esta ruina con brazos esqueléticos y rostro cadavérico que veo reflejarse en el cristal oscurecido. Y sin embargo es posible que él sea el más afortunado de los dos, porque no le atormentan sueños como losque me han atormentado a mí durante estos días: formas contorsionadas que acechan en los corredores de la pesadilla delirante. Mis manos tiemblan todavía, he manchado el papel con tinta.
Calvin salió a mi encuentro aquella mañana, precisamente cuando me disponía a escabullirme... Y yo que creía haber sido tan astuto. Le dije que había resuelto irme con él de aquí, y le pedí que fuera a alquilar un carruaje en Tandrell, situado a unos quince kilómetros donde éramos menos conocidos. Accedió a hacer la larga caminata y le vi partir por el sendero de la costa. Cuando le perdí de vista me equipé rápidamente con un abrigo y na bufanda (porque hacía mucho frío, y los prolegómenos del invierno inminente se manifestaban en la brisa cortante de la mañana). Lamenté por un momento no tener una pistola, y después me reí de mi propia idea. ¡Para qué sirve un arma en estas circunstancias?
Salí por la puerta de la despensa y me detuve un momento para echar una última mirada al mar y al cielo; para inhalar el aire fresco y acorazarme con él contra el hedor pútrido que, lo sabía muy bien, no tardaría en respirar; para disfrutar del espectáculo que brindaba una gaviota voraz al revolotear bajo las nubes.
Me volví... y allí estaba Calvin McCann.
-No irá solo –dijo, con una expresión implacable que no le había visto nunca.
-Pero, Calvin... –empecé a protestar.
-¡No, ni una palabra! Iremos juntos y haremos lo que sea necesario, o le arrastraré por la fuerza a la casa. Usted no se encuentra bien. No irá solo.
Es imposible describir las emociones encontradas que se apoderaron de mí: confusión, irritación, gratitud..., pero la más intensa de todas fue el afecto.
Pasamos en silencio delante de la glorieta y del reloj de sol, recorrimos el sendero cubierto de malezas y nos internamos en el bosque. Reinaba una paz absoluta: no se oía el gorjeo de un pájaro ni el chirrido de un grillo. El mundo parecía cubierto por un manto de silencio. Sólo flotaba el olor ubicuo de la sal y, desde lejos, llegaba el tenue aroma del humo de leña. El bosque era una inflamada sinfonía de colores, pero, a mi juicio, parecía predominar el escarlata.
El olor de la sal no tardó en dispersarse y lo sustituyó otro, más siniestro: el de la descomposición a la que ya he hecho referencia. Cuando llegamos al puente para peatones que unía las dos márgenes del Royal, pensé que Cal volvería a pedirme que desistiera, pero no lo hizo. Se detuvo, miró el torvo campanario que parecía burlarse de la bóveda celeste, y después me miró a mí. Seguimos adelante.
Nos encaminamos con paso rápido pero temeroso hacia la iglesia de James Boon. La puerta seguía entreabierta, tal como la habíamos dejado después de nuestra última salida, y la oscuridad interior parecía hacernos muecas. Mientras subíamos por la escalinata sentí que mi corazón se trocaba en bronce y mi mano tembló cuando entró en contacto con el picaporte y tiró de él. Dentro, el olor era más intenso y más mefítico que antes.
Entramos en el vestíbulo envuelto en penumbras y, sin detenernos, pasamos al recinto principal.
Estaba en ruinas.
Algo descomunal se había desenfrenado allí, produciendo una terrible destrucción. Los bancos estaban volcados y apilados como briznas de paja. La cruz nefasta descansaba contra la pared oriental, y un agujero mellado que se veía en el revoque, encima de ella, atestiguaba con cuánta violencia la habían arrojado. Las lámparas habían sido arrancadas de sus soportes, y la pestilencia del aceite de ballena se mezclaba con la fetidez que impregnaba la ciudad. Y a lo largo de la nave central se extendía un rastro de jugo negro, mezclado con fibras sanguinolentas, de modo que el conjunto remedaba una macabra alfombra nupcial. Nuestros ojos siguieron ese rastro hasta el púlpito, que era lo único que permanecía intacto dentro de nuestro radio visual. Desde lo alto de aquel, un cordero inmolado nos miraba con ojos vidriosos por encima del Libro blasfemo.
-Dios –susurró Calvin.
Nos acercamos, evitando pisar la franja viscosa. Nuestros pasos reverberaban en el recinto, que parecía transmutarlos en el estruendo de una risa gigantesca.
Subimos juntos al púlpito. El cordero no había sido descuartizado ni comido. Más bien, tuvimos la impresión de que lo habían estrujado hasta reventarle los vasos sanguíneos. La sangre formaba charcos espesos y malolientes sobre el mismo atril, y alrededor de su base..., ¡pero era transparente donde cubría el libro, y a través de ella se podían leer los jeroglíficos rúnicos, como si se tratara de un cristal coloreado!
-¿Es necesario que lo toquemos? –preguntó Cal, con tono resuelto.
-Sí, es mi deber.
-¿Qué hará?
-Lo que tendrían que haber hecho hace sesenta años. Lo destruiré.
Apartamos el cadáver del cordero de encima del libro y cayó al suelo con un abominable y fluctuante ruido sordo. Ahora las páginas manchadas de sangre parecieron cobrar vida con su propio fulgor escarlata.
Mis oídos empezaron a resonar y zumbar. Un cántico apagado parecía brotar de las mismas paredes. Al ver el rostro convulsionado de Cal comprendí que oía lo mismo que yo. El piso se estremeció debajo de nosotros, como si aquello que embrujaba esa iglesia se estuviera acercando para proteger lo suyo. La urdimbre del espacio y el tiempo lógicos pareció retorcerse y desgarrarse; la iglesia pareció llenarse de espectros e iluminarse con el resplandor infernal del eterno fuego frío. Creí ver a James Boon, repulsivo y deforme, retozando alrededor de lcuerpo supino de una mujer. Y a mi tío abuelo Philip detrás de él, transformado en un acólito enfundad oen una capucha negra, con un cuchillo y un cuenco en la mano.
<>>
Las palabras tremolaron y se enroscaron sobre la página que tenía frente a mí, empapadasen la sangre del sacrificio, en aras de una criatura que se arrastra más allá de las estrellas...
Una congregación ciega, incestuosa, meciéndose al son de una alabanza absurda, demoníaca; rostros deformes en los que se leía una expectación anhelante, innombrable...
Y el latín fue remplazado por una lengua más antigua, que ya era arcaica cuando Egipto estaba en sus albores y las pirámides aún no habían sido construidas, que ya eran arcaicas cuando la Tierra aún flotaba en un firmamento informe y bullente de gas vacío.
-¡Gyyagin vardar Yogsoggoth! ¡Verminis! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin!
El púlpito empezó a partirse y seccionarse, pujando hacia arriba...
Calvin lanzó un alarido y alzó un brazo para cubrirse el rostro. La bóveda osciló con un movimiento descomunal, tenebroso, semejante al de un barco zarandeado por la borrasca. Manoteé el libro y lo mantuve alejado de mí: parecía impregnado por el calor del Sol y pensé que me calcinaría, que me cegaría.
-¡Corra! –gritó Calvin-. ¡Corra!
Pero yo estaba paralizado y la emanación sobrenatural me llenó como si mi cuerpo fuera un cáliz antiguo que había esperado durante años..., ¡durante generaciones!
-¡Gyyagin vardar! –aullé-. ¡Siervo de Yogsoggoth, el Innombrable! ¡El Gusano de allende el Espacio! ¡Devorador de Estrellas! ¡Cegador del Tiempo! ¡Verminis! ¡Llega la Hora de Colmar, la Hora de Tributar! ¡Verminis! ¡Alyah! ¡Alyah! ¡Gyyagin!
Calvin me empujó y trastabillé. La iglesia giraba a mi alrededor y caí al suelo. Mi cabeza se estrelló contra el borde de un banco volcado, se llenó de un fuego rojo..., que sin embargo pareció despejarla.
Manoteé las cerillas de azufre que había traído conmigo. Un trueno subterráneo pobló el recinto. Cayó el revoque. La campana herrumbrada de la torre hizo repicar un ahogado carillón diabólico por vibración simpática.
Mi cerilla chisporroteó. La acerqué al libro en el mismo momento en que el púlpito se desintegraba en medio de un desquiciante estallido de madera. Debajo de él quedó al descubierto un inmenso boquete negro. Cal se tambaleó hasta el borde con las manos extendidas y con el rostro desfigurado por un clamor incoherente que resonará eternamente en mis oídos.
Entonces emergió una mole de carne gris y vibrante. La pestilencia se convirtió en una marea de pesadilla. Fue una erupción formidable de gelatina viscosa y supurante, una masa enorme y atroz me pareció alzarse desde las entrañas mismas de la tierra. Y sin embargo, con una súbita y espantosa lucidez que ningún ser humano puede haber experimentado, ¡me di cuenta de que eso no era más que un anillo, un segmento, de un gusano monstruoso que había vivido a ciegas durante años en la oscuridad encapsulada que reinaba debajo de la iglesia maldita!
El libro se inflamó en mis manos, y Eso pareció lanzar un alarido mudo sobre mi cabeza. Calvin recibió un golpe rasante y fue despedido al otro extremo de la iglesia como un muñeco con el cuello roto.
Se replego... Eso se replegó y dejó sólo un boquete descomunal y mellado, rodeado de baba negra, y un portentoso chillido ululante que pareció disiparse a través de distancias colosales y que al fin se acalló.
Bajé la vista. El libro había quedado reducido a cenizas. Comencé a reír y, después, a aullar como una bestia herida.
Perdí hasta el último vestigio de cordura y me senté en el suelo, sangrando por la sien, gritando y farfullando en esas sombras blasfemas, mientras Calvin, despatarrado en un rincón, me miraba con ojos vidriosos, despavoridos.
No sé cuánto tiempo pasé en ese estado. No podría determinarlo. Pero cuando recuperé mis facultades, las sombras habían trazado largos senderos alrededor de mí y me envolvía el crepúsculo. Un movimiento atrajo mi atención, un movimiento en el boquete abierto al pie del púlpito.
Una mano se deslizó a tientas sobre las tablas claveteadas del suelo.
Una carcajada demencial se me atascó en la garganta. Toda la histeria se fundió en un aturdimiento exangüe.
Una carroña se alzó de las tinieblas con escalofriante y vengativa lentitud y vi que me espiaba la mitad de una calavera. Los escarabajos se arrastraban sobre su frente descarnada. Una sotana podrida se adhería a los huecos sesgados de sus clavículas mohosas. Sólo los ojos estaban vivos: cavidades enrojecidas y vesánicas que me escudriñaban con algo más que demencia. En ellas brillaba la vida vacía de los páramos sin rumbo que se extienden más allá de los confines del Universo.
Venía a arrastrarme a la oscuridad.
Fue entonces cuando huí, chillando, dejando desamparado el cuerpo de mi viejo amigo en este antro de inquidad. Corrí hasta que el aire pareció estallar como magma en mis pulmones y mi cerebro. Corrí hasta llegar de nuevo a esta casa poseída y contaminada, y a mi habitación, donde me dejé caer y donde he permanecido postrado como un muerto hasta hoy. Corrí porque a pesar de mi enajenación había visto un aire de familia en los pingajos de esa figura muerta pero animada. Mas no se trataba de Philip ni de Robert, cuyas imágenes cuelgan en la galería de arriba. ¡ese rostro putrefacto era el de James Boon, Guardián del Gusano!
Él vive todavía en algun lugar de los tortuosos y oscuros recovecos que se enroscan debajo de Jerusalem’s Lot y Chapelwaite... y Eso todavía vive. Al quemar el libro se frustraron los planes de Eso, pero hay otros ejemplares.
Sin embargo yo soy el portal, y soy el último de los linajes de los Boone. Por el bien de toda la Humanidad debo morir..., cortando definitivamente la cadena.
Ahora me voy al mar, Bones. Mi viaje concluye, como mi relato. Que Dios te proteja y te conceda la paz.
Charles.

Este extraño cúmulo de papeles llegó por fin a manos del señor Everett Granzón, a quien habían sido dirigidos. Se supone que una recidiva de la infortunada fiebre encefálica que le había atacado originariamente después de la muerte de su esposa, en 1848, desencadenó la locura de Charles Boone y le indujo a asesinar a su acompañante y amigo de mucho años, el señor Calvin McCann.
Las anotaciones del Diario del señor McCann son un fascinante modelo de falsificación, y es indudable que Charles Boone los escribió él mismo para reforzar sus propios delirios paranoides.
Sin embargo, se ha comprobado que Charles Boone se equivocó respecto de dos cuestiones. En primer término, cuando <> (empleo el término en el sentido histórico, por supuesto) la aldea de Jerusalem’s Lot, el piso del púlpito, aunque carcomido, no mostraba huellas de una explosión o de grandes daños. Y si bien los antiguos bancos estaban volcados y había varias ventanas rotas, es lícito suponer que estos actos de vandalismo fueron perpetrados por gamberros de las poblaciones vecinas, a lo largo de los años. Los habitantes más viejos de Preacher’s Corners y Trandrell siguen repitiendo algunos rumores ociosos acerca de Jerusalem’s Lot (quizás, antaño, fue una de aquellas inofensivas leyendas tradicionales la que omnibuló la mente de Boone y la llevó por la senda fatal), pero esto no parece pertinente.
En segundo término, Charles Boone no era el último de su linaje. Su abuelo, Robert Boone, engendró por lo menos dos bastardos. Uno murió en la infancia. El segundo asumió el apellido Boone y se instaló en la ciudad de Central Falls, Rhode Island. Yo soy el último vástago de esta rama del tronco de los Boone, primo segundo de Charles Boone en tercera generación. He sido depositario de estos documentos durante diez años, y ahora los hago publicar aprovechando la circunstancia de que me he instalado en el hogar ancestral de los Boone, Chapelwaite. Espero que el lector se compadezca de la pobre alma descarriada de Charles Boone. Por lo que veo, sólo acertó en una cuestión: esta casa necesita urgentemente los servicios de un exterminador.
A jusgar por el ruido, en las paredes hay unas ratas enormes.

Firmado:
James Robert

sábado, 9 de agosto de 2008

LAS NUEVE REVELACIONES

LAS NUEVE REVELACIONES

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1ªREVELACIÓN:
Una masa crítica
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Esta revelación, inconscientemente al principio, siempre emerge como una profunda sensación de desasosiego. Empezamos a vislumbrar un género alternativo de experiencia, momentos de nuestras vidas que de algún modo nos parecen más intensos, más inspiradores. No sabemos qué experiencia es ni cómo hacerla durar, y cuando termina nos deja un sentimiento de insatisfacción y de inquietud ante una vida que vuelve a parecernos normal. Estamos al fin adquiriendo conciencia de qué es lo que realmente buscamos, de qué es de verdad esa otra experiencia satisfactoria. Cuando lo captemos plenamente habremos llegado a la primera revelación.
La primera revelación ocurre cuando tomamos conciencia de las coincidencias que se dan en nuestras vidas. Tales coincidencias se producen cada vez con más frecuencia, y cuando ello ocurre tenemos la sensación de que son cosas situadas más allá de lo que podría considerarse mera casualidad; entendemos que son los elementos del destino, como si nuestras vidas hubieran sido guiadas por una fuerza inexplicable. La experiencia produce una impresión de misterio y excitación, y, como resultado, nos sentimos más vivos.
El número de personas que son conscientes de tales coincidencias comienza a crecer espectacularmente en la sexta década del siglo veinte. Este crecimiento seguirá en alza hasta una fecha próxima al inicio del siglo siguiente, momentos en q estos individuos alcanzarán un nivel específico, una densidad demográfica como lo que los físicos llaman “masa crítica”. Una vez alcanzado este punto, las culturas comenzarán a tomarse en serio las experiencias coincidentes. Todos se preguntarán simultáneamente qué misterioso proceso se desarrolla en este planeta debajo de la vida humana. Será esta pregunta formulada al mismo tiempo por un número suficiente de personas, la que permitirá que las demás revelaciones lleguen también a las conciencias.

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2ªREVELACIÓN:
Un ahora más amplio
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La historia no es sólo la evolución de la tecnología, también es la evolución del pensamiento. A través de la comprensión de la realidad de las personas que nos precedieron, nosotros podemos saber porqué miramos al mundo de la forma en la que lo hacemos, y cuál es nuestra contribución al futuro progreso. Podemos fijar con precisión el momento en que entramos en el desarrollo, a más amplia escala, de la civilización, y esto nos proporciona cierta idea de hacia dónde nos encaminamos.
La segunda revelación sitúa nuestra percepción actual en una perspectiva histórica más dilatada. En la conclusión del segundo milenio seremos capaces de ver este periodo de la historia en su conjunto, e identificaremos una particular preocupación que se ha desarrollado durante la última mitad del milenio, en lo que ha sido llamado Edad Moderna. La percepción que hoy tenemos de esas coincidencias representa una especie de despertar del sueño que supone aquella preocupación.
Para entenderla visualizaremos lo siguiente: Imagínese a sí mismo viviendo en el año mil, en lo que hemos llamado Edad Media. La primera cosa que debe usted comprender es que la realidad de la época la definen los poderosos clérigos de la iglesia cristiana. Gracias a su posición, aquellos hombres tienen una gran influencia sobre la mente del pueblo llano. Y el mundo que aquellos hombres describen como mundo real es, por encima de todo, espiritual. Generan una realidad que coloca su concepción de los planes de Dios para toda la humanidad en el centro mismo de la vida.
>> Visualice esto: Usted pertenece a la clase social de su padre, es básicamente un campesino o aristócrata, y sabe que seguirá confinado para siempre en dicha clase social. Pero independientemente de la clase a la que pertenezca o del trabajo que realice, pronto se dará cuenta que su posición social es secundaria ante la realidad espiritual de la vida tal y como la conciben los eclesiásticos.
>> La vida, descubre usted, consiste en pasar una prueba espiritual. Los eclesiásticos explican que Dios ha situado a la humanidad en el centro de su universo, rodeado por la totalidad del cosmos, con un único y exclusivo propósito: ganar o perder la salvación. Y en esa prueba debe usted elegir entre dos fuerzas contrapuestas: la fuerza de Dios y las insidiosas tentaciones del demonio.
>> Pero observe que no se lanza sólo al combate. De hecho, como simple individuo no está usted cualificado para determinar su condición a este respecto. Ésta es la jurisdicción de los eclesiásticos: ellos están ahí para interpretar las Escrituras y señalar cada paso de su camino, según esté en concordancia con Dios o le esté embaucando Satanás. Si sigue sus instrucciones, tiene asegurada la recompensa de la otra vida más allá de la muerte. Pero si fracasa en mantener el rumbo que le han trazado, bien, entonces… ahí están la excomunión y la condena segura a los castigos del infierno.
El hecho crucial que hay que entender aquí es que cada aspecto del mundo medieval está definido en términos que no son de este mundo. Todos los fenómenos de la vida, desde una tormenta a un terremoto, hasta la cosecha que se recoge a plena satisfacción o la muerte de un ser querido, son definidos bien como fruto de la voluntad de Dios, o bien de la malignidad del diablo. No existen los conceptos de clima, ni de fuerzas geológicas, ni de horticultura, ni de enfermedad. Todo esto vendrá después. Por el momento, usted cree a pies juntillas a los eclesiásticos: usted da por hecho que el mundo funciona exclusivamente por medios espirituales.
Imagine ahora que esa realidad que visualiza empieza a resquebrajarse. La visión medieval del mundo, su visión, comienza a caer a pedazos en los siglos catorce y quince. Primero, usted nota ciertas impropiedades por parte de los mismos eclesiásticos: violan secretamente sus votos de castidad, o se toman la libertad de mirar hacia otro lado cuando los representantes del gobierno incumplen las leyes divinas.
>>Estas impropiedades le causan a usted considerable alarma, por cuanto los eclesiásticos se tienen a sí mismos por la única conexión entre usted y Dios. Recuerde que son los intérpretes exclusivos de las Escrituras, los únicos árbitros de la salvación que usted aspira.
>>De súbito está usted en medio de una rebelión abierta. Un grupo encabezado por Martín Lutero reclama la completa ruptura con la cristiandad papal. Los eclesiásticos son corruptos, dicen, y piden que se ponga fin al reinado de aquellos individuos sobre la mente del pueblo. Se forman nuevas iglesias basadas en idea de que cada persona debería poder acceder por sí misma a las sagradas escrituras e interpretarlas según su deseo, sin intermediarios.
>>Mientras usted observa incrédulo lo que ocurre, la rebelión triunfa. Los eclesiásticos empiezan a retroceder. Estos hombres han definido la realidad durante siglos, y ahora, ante sus ojos de espectador, están perdiendo credibilidad. En consecuencia, el mundo entero es puesto en tela de juicio. El nítido consenso sobre la naturaleza del universo y sobre el propósito de la humanidad en este mundo, basado como estaba en la descripción de los eclesiásticos, se derrumba, y les deja a usted y al resto de los seres humanos educados en la cultura occidental en una posición más que precaria.
>>Después de todo, usted ha madurado acostumbrándose a la presencia en su vida de una autoridad que definía la realidad constantemente, y sin aquella dirección externa se siente confuso y extraviado. Si la descripción de la realidad y la razón de la existencia humana que le han dado los eclesiásticos son erróneas, se pregunta, ¿qué cosas son las que merecen crédito?
Tal colapso ocasionó un tremendo trastorno. Por todas partes se cuestionaba la antigua visión del mundo. De hecho, hacia el 1600 los astrónomos habían demostrado más allá de toda duda que el Sol y las estrellas no giraban en torno a la Tierra, como pretendía la iglesia. Estaba claro que la Tierra era sólo un pequeño planeta en la órbita de un sol menos que pertenecía a una galaxia que contenía miles de millones de soles similares. La humanidad había perdido su lugar privilegiado en el centro del universo de Dios. Ahora, cuando usted observa si hace buen o mal tiempo, si comprueba que sus plantas crecen o se entera de que alguien ha muerto inesperadamente, siente un ansioso desconcierto; en el pasado habría dicho que Dios era el responsable, o quizás el diablo. Pero a medida que el mundo medieval desaparece, aquella certidumbre desaparece con él. Todas las cosas que usted daba por sentadas necesitan nuevas definiciones, y muy especialmente la naturaleza de Dios y la relación de usted con Dios.
>>Con esta conciencia comienza la Edad Moderna. Hay un creciente espíritu democrático y una desconfianza masiva en la autoridad del papa y del rey. Las definiciones del universo basadas en la especulación o en la fe en los textos bíblicos ya no son automáticamente aceptadas. A pesar de la falta de certidumbre absoluta, las personas no querían ya arriesgarse a que un nuevo grupo sometiera a control su realidad como lo habían hecho los clérigos. Si usted hubiera estado allí, probablemente habría participado en la elaboración de un nuevo mandato a favor de la ciencia. Usted habría dirigido la mirada a este vasto universo indefinido y habría pensado, como hicieron los demás pensadores de la época, que necesitábamos un método que generase consenso, una manera de explorar sistemáticamente este nuevo mundo que teníamos ante nosotros. Y a esta nueva manera de descubrir la realidad la habrían llamado método científico, que no consiste más que en poner a prueba una idea sobre cómo opera el universo, para llegar después a alguna conclusión y finalmente ofrecer esta conclusión a otros para saber si están de acuerdo con ella.
>>Entonces tendrían preparado ya exploradores que saldrían ya a este nuevo universo, provisto cada uno del método científico, y les habrían encomendado una misión histórica: explorar este lugar y descubrir cómo funciona y qué significa el hecho de que nosotros nos encontremos vivos aquí.
>>Usted sabe que ha perdido su certeza en un mundo regido por Dios y, a consecuencia de ello, su certeza respecto a la naturaleza del mismo Dios. Pero cree que tiene un método, un proceso basado en el consenso a través del cual podría descubrir la naturaleza de todo cuanto le rodea, incluyendo a Dios e incluyendo el verdadero propósito de la existencia de la humanidad en este planeta. Así que envía a aquellos exploradores a investigar la auténtica naturaleza de nuestra situación y a regresar con sus informaciones.
>>En aquel punto comenzó la preocupación de la que ahora estamos despertando. Despachamos a aquellos exploradores para que regresaran con una explicación completa de nuestra existencia, pero debido a la complejidad del universo no les fue posible regresar inmediatamente.
Cuando el método científico no pudo devolvernos una nueva imagen de Dios y del propósito que tiene la humanidad en este planeta, la falta de certidumbre y de significado afectó profundamente la cultura occidental. Necesitábamos otra cosa que hacer hasta que obtuvieran respuestas nuestras preguntas. A la larga llegamos a la que parecía ser una solución muy lógica. Nos miramos unos a otros y dijimos: “Bien, puesto que nuestros exploradores todavía no han regresado con la verdad sobre nuestra situación espiritual, ¿por qué no nos instalamos en este nuestro nuevo mundo mientras esperamos? Estamos ciertamente aprendiendo lo suficiente para manipular este mundo en nuestro beneficio, así que, ¿por qué no trabajamos mientras tanto para elevar nuestro nivel de vida, la sensación de seguridad que tenemos en este mundo?”.
Y esto es lo que hicimos. Nos quitamos de encima la sensación de estar aquí perdidos pero haciéndonos sin embargo cargo de las cosas, nos entretuvimos en conquistar la tierra y utilizar sus recursos para mejorar nuestra situación, y sólo ahora, cuando nos acercamos al final del milenio, estamos en condiciones de ver lo que ocurrió. Nuestro planteamiento se convirtió gradualmente en preocupación. Nos extraviamos completamente en la creación de una seguridad laica, una seguridad económica, para reemplazar la seguridad espiritual que habíamos perdido. La incógnita de por qué estábamos vivos, de qué era en realidad lo que espiritualmente estaba pasando aquí, fue lentamente apartada a un lado hasta quedar totalmente reprimida.
>>Trabajar para un estilo de supervivencia más confortable ha adquirido creciente importancia, y no sólo ha sido un logro, sino que se ha convertido en una razón de ser. Gradual, metódicamente, hemos olvidado así cuál era nuestro interrogante original… Hemos olvidado que todavía no sabemos para qué sobrevivimos.
La Segunda Revelación amplía nuestra conciencia del tiempo histórico. Nos muestra cómo observar la cultura no sólo desde la perspectiva del transcurso de nuestras vidas sino desde la perspectiva de un milenio entero. Nos revela nuestra preocupación, y de este modo nos sitúa por encima de ella. Al mirar ahora al mundo, deberíamos ser capaces de distinguir esta vena obsesiva , esta intensa preocupación por el progreso económico. Esta preocupación fue y es un desarrollo necesario, una etapa de la evolución humana. Sin embargo, hemos consumido demasiado tiempo instalándonos en el mundo. Es hora de despertar de la preocupación y reconsiderar la pregunta original. ¿Qué hay detrás de la vida en este planeta? ¿Por qué estamos aquí en realidad?

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3ªREVELACIÓN:
Una cuestión de energía
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La tercera revelación describe un nuevo concepto del mundo físico. Los seres humanos aprenderán a lo que anteriormente era un tipo de energía invisible.
Tras la caída de la concepción medieval del mundo, los occidentales se dieron cuenta de pronto de que vivían en un universo totalmente desconocido. Al intentar comprender la naturaleza de este universo supieron que de un modo u otro había que separar los hechos de la superstición. A este respecto los científicos asumieron una actitud particular conocida como escepticismo científico, que exige básicamente el soporte de una evidencia sólida para cada nuevo aserto sobre cómo funciona el mundo. Antes de creer en lo que fuere, querían tener la evidencia de que podía ser visto y tocado con las manos. Toda idea que no pudiera demostrarse con medios físicos era sistemáticamente rechazada.
Esta actitud rindió excelentes servicios con los fenómenos más obvios de la naturaleza, con objetos tales como rocas, cuerpos y árboles, objetos que cualquiera puede percibir, no importa lo escéptico que sea. Rápidamente ampliaron su campo de trabajo y pusieron nombre a cada porción del mundo físico, intentando siempre descubrir por qué el universo operaba siempre como lo hacía. Finalmente establecieron que todo cuando ocurre en la naturaleza lo hace de acuerdo con alguna ley natural, que cada acontecimiento tiene una causa física directa y comprensible. Decidieron, al igual que los demás, dominar el sitio donde se encontraban (del mismo modo que otras personas de su época). La idea fue crear una comprensión del universo que hiciese que el mundo pareciera seguro y manejable, y la actitud escéptica los mantendría centrados sobre problemas concretos que harían su existencia aparentemente más tranquila y llevadera.
Con esa actitud, la ciencia erradicó del mundo todo cuanto era problemático y esotérico. Concluyeron –fieles a los pensamientos de Isaac Newton- que el universo operaba siempre de una manera predecible, como una enorme máquina, porque durante mucho tiempo esto fue lo único que de él pudo demostrarse. Las cosas que ocurrían simultáneamente a otros acontecimientos, pero que no tenían con estas relación casual, se consideró que eran debidas exclusivamente al azar.
>>Más tarde se produjeron dos investigaciones que volvieron a abrir sus ojos a los misterios del universo. En las últimas décadas se ha descrito copiosamente a propósito de la revolución en las ciencias físicas, pero en realidad los cambios provienen de dos grandes hallazgos: los de la mecánica cuántica y los de Albert Einstein.
>>La labor que llenó toda la vida de Einstein fue mostrarnos que lo que percibimos como materia dura es en su mayor parte un espacio vacío por cuyo interior circula una forma de energía. Esto nos incluye a nosotros. Y lo que la física cuántica ha venido a demostrar es que cuando miramos estas formas de energía a niveles cada vez más pequeños, vemos resultados asombrosos. Los experimentos revelan que cuando se separan diminutas porciones de esta energía, las que llaman partículas elementales, y se trata de observar como operan, el acto de la observación por sí mismo altera los resultados; es como si sobre aquellas partículas influyera lo que espera o piensa el experimentador. Es cierto incluso si las partículas deben aparecer en lugares a los que no es posible que lleguen, dadas las leyes del universo tal y como la conocemos: dos lugares distintos en el mismo momento, adelante o atrás en el tiempo.
La tercera revelación concluye que el ingrediente básico del universo va pareciéndose más cada día a una energía pura que es maleable a la intención y las expectativas humanas de una manera que desafía el viejo modelo mecanicista del mismo universo, como si nuestras propias expectativas, nuestra esperanza, provocasen que nuestra energía fluyese hacia el mundo y afectase a otros sistemas de energía.
La percepción humana de esta energía se inicia por una acusada sensibilidad por la belleza. La concepción de la belleza constituirá una especie de barómetro que indica a cada uno de nosotros lo cerca que está de percibir esta energía. Las cosas que cada uno percibe como bellas pueden ser diferentes unas de otras, pero las verdaderas características que atribuimos a los objetos bellos son similares… mayor presencia, mayor nitidez de forma, exhibe más viveza de color, algo que destaca, algo que brilla, algo casi iridiscente comparado con la opacidad de otros objetos menos atractivos, ahí está la clave para percibir la energía, buscando y percibiendo la belleza del entorno.


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4ªREVELACIÓN:
La pugna por el poder
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Esta revelación trata de los conflictos. ¿Por qué los individuos se tratan unos a otros con tanta violencia? Siempre hemos sabido que esta violencia procede del impulso que nos lleva a intentar someter y dominar a nuestros semejantes, y al estudiar el fenómeno desde el interior, desde el punto de vista de la conciencia individual, se descubre que cuando un individuo se acerca a otra persona y traba conversación con ella, lo cual ocurre en el mundo millones de veces cada día, pueden suceder dos cosas: que el individuo se aleje sintiéndose fuerte o sintiéndose débil, según lo que haya ocurrido en la interacción.
Por esta razón los seres humanos parecen adoptar una actitud manipuladora. No importa cuáles sean las circunstancias de la interacción ni el tema a tratar: nosotros nos preparamos para decir lo que más nos convenga con tal de salirnos con la nuestra en la conversación. Cada uno de nosotros procura hallar una manera de ejercer el control y de este modo dominar el encuentro. Si lo conseguimos, si nuestro punto de vista prevalece, entonces, en lugar de sentirnos débiles, recibimos un refuerzo psicológico.
>>Dicho de otra manera, los seres humanos tratan de ser más listos que el prójimo e imponerle su control no sólo en razón de una meta tangible a la que intentan llegar en el mundo exterior, sino por la exaltación que así recibimos psicológicamente. Éste es el motivo de que se vean en el mundo tantos conflictos irracionales, lo mismo a nivel individual que entre las naciones.
>>Todas estas materias están emergiendo ahora a la conciencia pública. Los seres humanos se percatan de hasta qué punto se manipulan unos a otros, y en consecuencia están reconsiderando sus motivaciones. Buscan otra manera de interactuar. Esta reconsideración forma parte de la nueva visión del mundo que proporcionan las revelaciones.
Cuando dos personas discuten sus energías se empujan mutuamente, como si cada una tratase de capturar la contraria mientras esas personas interactúan. Discuten sobre quién tiene la visión correcta en una determinada situación, sobre cuál de las dos está en lo cierto; cada una quiere triunfar a costa de la otra, incluso llegando al extremo de invadir la confianza en sí misma de la oponente y de recurrir al insulto si es preciso, cuando más a la violencia.
El movimiento de esta energía, si podemos observarlo sistemáticamente, es una vía para comprender lo que los seres humanos están recibiendo cuando compiten y discuten y se perjudican unos a otros. Cuando se controla a otro ser humano se recibe su energía, se llena uno a expensas del otro, y es llenarse de esa energía lo que motiva la confrontación.
La Tercera Revelación muestra que el mundo físico es en efecto un vasto sistema de energía, y la Cuarta pone en evidencia que durante mucho tiempo los seres humanos han competido inconscientemente por la única parte de esta energía a la que estaban abiertos: la parte que fluye entre las personas. En esto han consistido siempre los conflictos humanos: desde las pequeñas pugnas en familia o en lugares de trabajo hasta las guerras entre naciones. Es el resultado de sentirse inseguro y débil y tener que robar la energía de otros para sentirse bien; y aunque algunas guerras fueron justas, el único motivo de que cualquier disputa no pueda resolverse inmediatamente es que uno de los bandos se aferra a una posición irracional, y esto ocurre por causa de la energía.
Comprender la Cuarta Revelación, es poder ver el mundo de los hombres como una vasta competencia por la energía, y en consecuencia por el poder. Sin embargo, una vez los seres humanos comprendan su pugna empezarán a superar esos conflictos. Todos comenzarán a liberarse de la competencia por la mera y estricta energía humana, porque al fin estarán en condiciones de recibirla de otra fuente.


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5ªREVELACIÓN:
El mensaje de los místicos
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Esta revelación describe un nuevo concepto de lo que siempre se ha llamado conocimiento místico. Durante las últimas décadas del siglo veinte, este conocimiento se divulgaría como una forma de ser efectivamente asequible, una forma ya demostrada por los más esotéricos practicantes de muchas religiones. Para la mayoría de las personas el conocimiento místico seguiría siendo un concepto intelectual, válido únicamente para comentarlo y debatirlo. Pero para un creciente número de individuos sería una experimentación real, porque tales individuos captarían destellos o ráfagas de aquel estado mental en el transcurso de sus vidas. Esta experiencia es la clave para poner fin a los conflictos humanos en el mundo, pues durante ella se recibe energía de otra fuente: una fuente con la que a la larga se aprendería a conectar a voluntad.
Los alimentos son la principal manera de obtener energía, pero con objeto de absorber totalmente esta energía la comida debe ser apreciada, saboreada. El sabor es la puerta de entrada. Hacer del comer una experiencia sagrada es prepararse para aceptar que lo que uno come pueda incorporarse íntegramente al cuerpo, como una absorción superior de los alimentos.
Pero comer es solamente el primer paso. Después de que de esta manera haya aumentado la energía personal, uno se vuelve más sensitivo a la energía de todas las cosas, y entonces se aprende a recibir energía sin comer.
A través de la respiración puede obtenerse una gran cantidad de esta energía, con respiraciones profundas, retenidas y pausadas. Concentrándose en el proceso de entrada y salida de aire tanto como con el sabor en las comidas. En la inspiración recibimos y en la espiración cedemos, en igual proporción desde una fuente inagotable.
Todo lo que nos rodea tiene energía, pero cada cosa la tiene de un género especial. Por ello ciertos lugares aumentan nuestra energía más que otros. Depende de cómo se adapta nuestra forma a la energía que hay allí. Hay que estar abierto, hay que conectar, usando el sentido de la apreciación. Uno da este paso más allá para sentir que se ha llenado completamente.
Para tener una experiencia mística son varios pasos los que han de seguirse. Al contemplar, por ejemplo, un árbol silvestre bien desarrollado, podemos ver que es hermoso, debemos sentirlo, conectar con esa belleza, contemplarla como un todo y parte de nuestro ser, hay que sentir amor por él. No es forzar el amor, es permitir que este entre en su ser. Cuando aceptamos este sentimiento recibimos energía, y automáticamente la damos en igual proporción, de manera que nos conectamos a un fluir que nos vigoriza, nos exalta, nos hace sentir plenamente vivos.
Una experiencia mística podría describirse como lo siguiente: Usted se sienta próximo a la cumbre de una ladera montañosa. Observa con plenitud toda la cordillera que se expande a su alrededor, lo ve, lo contempla, todo le parece próximo, el escarpado peñasco donde usted se sienta, los grandes árboles de la loma más abajo, y las otras montañas del horizonte. Y mientras contempla el balanceo de las ramas de los árboles con la brisa experimenta no sólo la simple concepción visual de este hecho, sino sobre todo una sensación física, como si las ramas que el viento mueve fueran pelos de su cuerpo.
>>Lo percibe todo como si de alguna manera fuese parte suya. Sentado en la cumbre y extendiendo su mirada al paisaje que se despliega en pendiente desde su observatorio, en todas direcciones, siente exactamente como lo que siempre había conocido como su cuerpo físico fuera tan sólo la cabeza de otro cuerpo mucho más grande consistente en todo lo demás que usted alcanza a ver. Experimenta que el universo entero se mira a sí mismo a través de su mirada.
>>Esta percepción provoca un destello de recuerdo en sus ojos. Su memoria retrocede en el tiempo, más allá de su infancia y nacimiento. Se da cuenta de que su vida no había comenzado con su concepción y nacimiento en este planeta: comenzó mucho, mucho antes, con la formación del resto de su ser, de su cuerpo físico, el universo mismo.
>>Presencia como la primera materia estalla en el universo y se percata de que, como la Tercera Revelación describe, no hay nada en ella auténticamente sólido. La materia es sólo energía que vibra a cierto nivel, y en sus inicios existe únicamente en su forma más simple: el elemento que llamamos hidrógeno. Esto es cuanto había en el universo: hidrógeno, nada más.
>>Observa que los átomos comienzan a gravitar juntos, como si el principio imperante, el impulso de aquella energía, radicase en iniciar un movimiento hacia un estado más complejo. Y cuando unas porciones de hidrógenos alcanzan densidad suficiente, comienzan a calentarse, a arder, a convertirse en lo que llamamos estrellas, y en esta combustión el hidrógeno se autofusiona y salta a la vibración inmediatamente superior, el elemento que conocemos como helio.
>>Mientras continúa observando, aquellas primeras estrellas envejecen y finalmente revientan vomitando el hidrógeno y el helio recientemente creado en el universo. Y todo el proceso vuelve a empezar. El hidrógeno y el helio gravitan juntos hasta que el calor aumentó lo suficiente para que se formasen nuevas estrellas, y esto a su vez fusionó el helio y creó el litio, que vibra al nivel inmediatamente superior.
>>Y prosigue el ciclo… con cada nueva generación de estrellas creando materia que antes no había existido, hasta que el amplio espectro de esta materia, los elementos químicos básicos, se forman y esparcen por doquier. La materia ha evolucionado desde el elemento hidrógeno, la más simple vibración de energía, hasta el carbono, que vibra a una velocidad extremadamente alta. Se ha constituido ya la plataforma para el siguiente paso en la evolución.
>>Cuando se forma nuestro Sol, partes de materia caen en órbita a su alrededor, y una de ellas, la Tierra, contiene todos los elementos de nueva creación, hasta el carbono. Al enfriarse la Tierra, los gases que la masa fundida había atrapado en su seno emigran hacia la superficie y se mezclan para generar vapor de agua, y vienen las grandes lluvias que formarán los océanos en la corteza entonces yerma. Luego, cuando el agua cubre gran parte de la superficie de la Tierra, los cielos se aclaran y el Sol, ardiendo con brillantez, baña el nuevo mundo con luz, calor y radiación.
>>Y en los someros charcos, marismas y lagunas, en medio de grandiosas tormentas eléctricas que periódicamente barren el planeta, la materia salta más allá del nivel vibratorio del carbono hacia un estado más complejo aún: la vibración representada por los aminoácidos. Pero por primera vez este nuevo nivel de vibración no es estable en sí ni por sí mismo. La materia tiene que absorber otra materia para sostener su vibración. Tiene que alimentarse. La vida, el nuevo impulso de la evolución, surge.
>>Todavía confinada a existir únicamente en el agua, ves esta vida dividirse de dos formas distintas: una forma, la que llamamos vegetal, se sustenta de materia inorgánica y convierte los elementos de esta en nutrientes utilizando el dióxido de carbono de la atmósfera primigenia. Como subproducto, las plantas sueltan al mundo por primera vez oxígeno libre. La vida vegetal se extiende rápidamente por los océanos y finalmente también sobre la tierra.
>>La otra forma, la que llamamos animal, absorbe exclusivamente vida orgánica para sostener su vibración.
>>Mientras observas, los animales llenan los océanos en la gran era de los peces y, cuando las plantas han soltado suficiente oxígeno a la atmósfera, inician asimismo su migración a tierra firme.
>>Ves que los anfibios, medio peces, medio algo nuevo, abandonan el agua por primera vez y usan pulmones para respirar aquel inédito aire. Su materia vuelve a dar un salto adelante para generar los reptiles y cubrir con ellos la Tierra en el periodo de los dinosaurios.
>>A continuación vienen los mamíferos de sangre caliente y asimismo poblaron la Tierra, y te das cuenta de que cada especie que aparecía significaba que la vida, la materia, ha avanzado un grado en su vibración. Finalmente la progresión termina. Allí, en el pináculo, está la especie humana.
La aparición de la humanidad no termina el proceso de evolución, la nueva evolución sería espiritual, dentro de la propia especie de los hombres, alcanzando nuevos grados o niveles de la mente, del espíritu, hasta agregarse al todo. Hablamos pues de la evolución del pensamiento, como describe la Segunda Revelación.
Contemplar la historia del universo, de su pasado, de “nuestro” pasado, nos inunda con un mayor conocimiento y comprensión del entorno, como resultado nos asalta una paz e integridad de proporciones altísimas, estamos aceptando y conociendo nuestro origen, extrayendo energía del cosmos, sintiendo amor por todo, por todo de lo que venimos y de lo que formamos parte, un amor que fluye hacia nosotros y a través nuestra.
Hemos encontrado esa nueva fuente de energía, una fuente alternativa, pero no nos es posible conectar con esa fuente si antes no combatimos el particular método que, como individuos, utilizamos en nuestros controles y cesamos de aplicarlo; porque tan pronto como recaemos en el hábito quedamos desconectados de la otra fuente.
>>Desprendernos de ese hábito no es fácil, pues recurrimos a él de forma inconsciente. La clave para eliminarlo es traerlo de pleno a nuestra conciencia, cosa que se consigue viendo que nuestro estilo particular de control sobre los demás es un truco que aprendimos en la infancia para atraer la atención, para lograr que la energía viniese hacia nosotros, y que en ello nos hemos plantado. Este estilo es algo que repetimos una vez y otra, permanentemente. Es lo que llamaríamos una farsa de control.


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6ªREVELACIÓN:
Clarificar el pasado
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La farsa de control es una representación con la que estamos familiarizados igual que con muchas secuencias de las películas, para la cual escribimos el guión siendo niños. Después hemos repetido la escena un número incontable de veces en nuestra vida cotidiana, ya sin percatarnos. Todo lo que sabemos es que el mismo tipo de acontecimiento nos ocurren repetidamente. El problema es que si estamos repitiendo sin cesar una determinada escena, entonces las determinadas escenas de la película de nuestra vida real, la gran aventura marcada por las coincidencias, no pueden desarrollarse. Paramos la película cuando repetimos nuestra farsa única para maniobrar en busca de energía.
El primer paso para tener las cosas claras es, en el caso de cada uno de nosotros, trasladar nuestra particular farsa de control a plena conciencia. Nada adelantamos hasta que nos miramos realmente a nosotros mismos y descubrimos qué hemos estado haciendo para maniobrar en busca de energía.
>>Cada uno de nosotros debe retroceder a su pasado, volver a los inicios de nuestra vida familiar y ver cómo se formó el hábito que hemos adquirido. Viendo su comienzo nos será más fácil ver de qué manera tratamos de ejercer el control. La mayoría de los miembros de nuestra familia representaban una farsa de control destinada a extraer energía de nosotros, los niños. Debido a ello tuvimos, ante todo, que montar también nuestra farsa de control. Necesitábamos una estrategia para recuperar energía. El desarrollo de nuestras farsas particulares guarda relación con nuestra familia. Sin embargo, una vez hayamos identificado la dinámica de la energía en la familia, podremos rebasar aquellas estrategias de control y ver lo que realmente estaba pasando. Toda persona debe reinterpretar su experiencia familiar desde un punto de vista evolutivo, un punto de vista espiritual, y descubrir quién es realmente. Una vez hecho esto, nuestra farsa de control desaparece y nuestra vida, la auténtica, cambia de rumbo.
Esta revelación nos muestra una clasificación de las farsas de control, a las que acudimos con el fin de ganar energía, definiéndonos por una que practicamos con mayor frecuencia. Todo el mundo manipula a los demás para obtener energía, bien sea agresivamente, forzando a los demás a que les presten atención, bien pasivamente, actuando sobre la simpatía o la curiosidad de la gente para atraer aquella atención. Por ejemplo, si alguien nos amenaza, verbal o físicamente, nos vemos obligados, por miedo a que nos ocurra algo malo, a prestarle atención y, en consecuencia, a cederle energía. La persona que nos amenaza nos estará arrastrando al género de farsa más agresivo, lo que la Sexta Revelación llama el intimidador.
>>Si, por otra parte, alguien nos cuenta las cosas horribles que le ocurren, dando a entender quizá que somos nosotros los responsables y que si nos negamos a ayudarle continuarán ocurriéndole esas cosas horribles, entonces esa persona pretende controlarnos al nivel más pasivo, lo que se conoce como la farsa de un pobre de mí, tratando de hacernos sentir culpables en su presencia aunque sepamos que no hay motivo para sentirse así o no les hayamos hecho nosotros esos males, tan sólo que no hacemos lo suficiente por ayudarles.
>>El interrogador corresponde a otro género de farsa. Es una persona que usa este procedimiento concreto de obtener energía: construir una farsa en la que hace preguntas y sondea el mundo de otra persona con la intención específica de encontrar algo censurable. Cuando lo ha encontrado, critica este aspecto de la vida del otro. Si la estrategia funciona, la persona criticada es incorporada a la farsa. Luego, de súbito, dicha persona se siente cohibida, tímida; se mueve en torno al interrogador y presta atención a cuanto éste hace y piensa, con objeto de no hacer ella algo malo que el interrogador pueda notar. Esta deferencia psíquica proporciona al interrogador la energía que desea.
>>La última farsa consiste en crear una representación durante la cual el sujeto se aparta y parece misterioso, lleno de secretos. Se dice a sí mismo que obra de este modo por cautela, pero lo que realmente hace es confiar en que alguien será atraído por esta farsa e intentará deducir qué es lo que pasa con él. Cuando alguien lo intenta, él sigue siendo impreciso, indefinido, forzando a la otra persona a insistir, a indagar, a escudriñar para discernir cuáles son sus verdaderos sentimientos. Mientras el otro actúa así, le dedica a él toda su atención y esto proyecta su energía hacia el sujeto en cuestión. Cuanto mayor tiempo lo mantiene interesado y desconcertado, mayor es la energía que recibe el otro.
Así pues, se establece una relación entre las farsas, de modo que contemplando la que interpretaban más comúnmente en nuestro entorno familiar a nuestro respecto, crearon de forma inconsciente la nuestra. El interrogador crea al reservado y viceversa, y el intimidador crea o bien otro intimidador, que compite con él, o bien un pobre de mí.
Existe la tendencia de ver las farsas en los demás y creer que uno está libre de semejantes artificios. Debemos superar esta ilusión para seguir adelante. Casi todos tendemos a aficionarnos, por lo menos durante un tiempo, a una farsa determinada, y es preciso detenernos y estudiarnos a nosotros mismos hasta descubrir cuál es.
Hecho esto, podemos encontrar en nuestras vidas un significado superior, una razón espiritual por la cual nacimos cada uno en una familia concreta y no en otra. Podemos empezar a tener claro quiénes somos realmente.
Para esclarecer nuestro destino, para qué hemos venido al mundo y en el momento y lugar que lo hemos hecho, debemos retornar nuevamente a la familia, centrándonos en el padre y la madre (o en quien adoptó el papel). Debemos observar las aspiraciones y visión del mundo de cada uno, cómo enfocaban la vida, cómo había que vivir, cómo según cada uno había que vivir la vida y trataba de transmitírnoslo tratando de sobreponer su visión a la del otro cónyuge. Viendo esto, podemos esclarecer una fusión de ambas visiones en nosotros, a menos que nos hayamos decantado por la influencia de una concreta. Podemos asumir y aceptar la del padre, o la de la madre, o la de ambos, lo que ocurre con mayor frecuencia. Esclareciendo esto podemos entender nuestra forma de ver la vida y de cómo vivirla, así optaremos más adecuadamente por los caminos que se nos presenten, una vez comprendamos quiénes somos, y así descubrir para qué estamos aquí.
Nosotros tomamos el nivel de evolución de nuestros padres y lo elevamos más aún, es así como continúa la evolución tras al hombre.


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7ªREVELACIÓN:
Cómo agregarse al fluir
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Esta revelación habla de qué manera surgen los objetos ante nosotros, de cómo ciertos pensamientos acuden para servirnos de guía.
Nada ocurre por casualidad, que caminemos tranquilamente y un gran número de cosas y encuentros ocurran no son fruto del azar, esos caminos se nos presentan por alguna razón y esas personas están ahí por otra, en nuestro criterio está discernir qué caminos, que opciones o qué interacciones pueden merecernos la pena. Para dilucidar esto debemos estar conectados con la energía, con la fuente, luego percatarnos de detalles aparentemente sin importancia a fin de determinar qué opción o acción puede tener mensaje para nosotros.
Si hablamos de optar por un elegir una dirección u otra, debemos concentrarnos en ambas y observar el entorno, discerniendo cuál por alguna inexplicable razón nos parezca más atractivo, y no necesariamente por su belleza, sino como una intuición.
Si soñamos algo, debemos analizar este sueño para tratar de descubrir un posible mensaje oculto. Esto se acentúa si el sueño se repite. Las pesadillas nos traen los mensajes más importantes. La trama del sueño hay que compararla con la historia de nuestra vida para comprender su significado. Hay que estar atentos, porque muestran hechos o posibles hechos de nuestra vida en los que no habíamos reparado.
Cuando divagamos en ensoñaciones también hay que estar atento, puede que nos veamos en algún lugar haciendo algo concreto, solos o con alguien determinado, puede que debamos provocar ese encuentro o acudir a ese lugar a fin de buscar lo visualizado, buscar la coincidencia. Si estamos bien conectados, la energía nos muestra el camino antes de que ocurra, y todo aparece como una coincidencia de elegir la opción correcta, lo cual nos llena de vigor y nos hace sentir más vivos. Si el pensamiento o la imaginación de algo acude de improviso a la mente, guarda un significado.
En definitiva, debemos estar alerta a las coincidencias o intuiciones, y de las que se nos den tratar de averiguar cuáles merecen la atención y cuáles podemos descartar, porque al en un lugar concurrido no podemos hablar con todos a la vez, quizá tengamos que elegir por circunstancias de tiempo entre una opción y otra, así pues estas señales nos pueden ayudar a averiguar qué será más provechoso. Tener presente todo esto, nos ayuda a estar prevenidos con lo que ha de venir. Cuando un pensamiento acude a la mente debemos preguntarnos por qué, por qué acude en ese momento concreto y qué relación puede tener con nuestra vida, debemos adoptar la postura de observadores.
De igual modo, los pensamientos negativos, las ensoñaciones de este tipo, hay que rechazarlas en cuanto aparecen. A continuación vendrá otra imagen, otra con buenas consecuencias que se impondrá en nuestra mente. Pronto las imágenes negativas ya no se producirán casi nunca. Nuestras intuiciones se referirán a cosas positivas. Si después de ello, sin embargo, aparecen imágenes negativas, han de ser tomadas muy en serio y no seguirlas, pues es una precognición casi segura, como por ejemplo si tuviéramos la imagen de un accidente de tráfico y poco después se nos presenta la ocasión de un viaje en coche, no hay que aceptarlo.
Para asimilar la Séptima Revelación y entrar realmente en el movimiento de la evolución, uno debe integrar todas las visiones en una única manera de ser. A consecuencia de las revelaciones, uno despierta y ve el mundo como un lugar misterioso que nos proporciona todo cuanto necesitamos, si somos lúcidos y no nos desviamos de nuestro camino. Entonces estamos preparados para iniciar el flujo evolutivo. Nos agregamos a este proceso manteniendo con firmeza en la mente los problemas de nuestra vida cotidiana. Y además estando al acecho de cualquier directriz, lo mismo si viene de un sueño, de un pensamiento intuitivo o de la forma en que nuestro entorno se vuelve iridiscente y se proyecta hacia nosotros. Acumulamos nuestra energía y centramos la atención a nuestras situaciones, a los problemas que tenemos, y en seguida recibimos alguna forma de orientación intuitiva, una idea de adónde ir y qué hacer, y después se producen las coincidencias que nos permiten avanzar en esa dirección. Y cada vez que las coincidencias nos conducen hacia algo nuevo, crecemos, nos convertimos en personas más completas que existen en un nivel de vibración superior.
Todas las respuestas que acuden misteriosamente a nosotros vienen en realidad de otras personas. Pero no todas las personas que nos encontramos tienen la energía o la clarividencia convenientes para revelarte el mensaje que puedan transmitir. Al igual que proyectamos energía hacia las plantas o las cosas, hay que hacer lo mismo con una persona. Cuando la energía entra en ella, le ayuda a ver su propia verdad. Entonces podrá transmitirnos esa verdad.
Nuestro reto es encontrar el lado positivo de toda situación que se nos presente.

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8ªREVELACIÓN:
La ética interpersonal
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La octava trata de cómo relacionarnos con las demás personas, desde los niños hasta las relaciones sentimentales. Trata de cómo aprenderemos finalmente los seres humanos a relacionarnos unos con otros, de cómo proyectar energía hacia los demás y cómo evitar la adicción a las personas. Enseña a utilizar la energía de una manera nueva cuando nos relacionamos con la gente en general, empezando por el principio, por los niños.
A los niños debemos verlos como lo que son realmente, puntas de lanza en la evolución que nos hace progresar. Pero a fin de que aprendan a evolucionar necesitan nuestra energía sobre una base incondicional constante. Lo peor que se le puede hacer a un niño es drenar su energía mientras le reprendemos. Esto es lo que crea en ellos farsas de control. En cambio, estas manipulaciones inducidas en los niños pueden evitarse si los adultos les damos toda la energía que necesitan, cualquiera que sea la situación. Hay que incluirles siempre en las conversaciones, especialmente si se refieren a ellos. Y no se debe asumir responsabilidad sobre más niños que aquellos sobre los que pueda prestar verdadera atención. Un adulto sólo puede concentrarse y dedicar su atención a un único niño cada vez. Si hay demasiados niños para el número de adultos, entonces estos se sienten agobiados y son incapaces de proporcionar suficiente energía. Los niños empiezan a competir unos con otros por el tiempo de los adultos. Los niños deberían conocer el mundo a través de los ojos de los adultos, no de los otros niños. No se debe traer, pues, hijos al mundo si no hay por lo menos un adulto encargado de concentrar toda su atención, y durante todo el tiempo, a un único niño.
>>Los seres humanos aprenderán a ampliar sus familias más allá de los lazos de sangre, En este caso, otra persona puede proporcionar la atención individualizada. No toda la energía ha de proceder exclusivamente de los padres. De hecho, es mejor que no ocurra así.
>>Tratarlos con seriedad y verdad, evitando respuestas fantásticas o caprichosas destinadas a divertir a los adultos frente a sus preguntas. La verdad como respuesta, en un lenguaje adaptado y comprensible para su condición infantil, haciéndoles ver qué es fantasía y qué no lo es. La verdad siempre puede expresarse para el nivel de comprensión infantil, nunca es demasiado complicada para que un niño la entienda.
Otro punto que trata la Octava Revelación es sobre la adicción a otras personas. Cuando uno o una logra aprender a ser claro y se compromete en su propia evolución, cualquiera de nosotros puede verse frenado bruscamente por una adición a otra persona.
>>Esta idea explica por qué en las relaciones sentimentales surgen pugnas por el poder. Siempre nos hemos preguntado qué provoca el fin del arrobamiento y de la euforia de un amor, para convertirlo repentinamente en un conflicto, y ahora podemos saberlo. Es un resultado del flujo de energía entre los individuos implicados.
>>Cuando nace el amor, los dos individuos se están dando energía uno a otro inconscientemente y ambas personas se sienten vigorosas y exaltadas. Éste es el increíble nivel que todos llamamos enamorarse. Por desdicha, en cuanto confían en que esta sensación venga de otra persona, se desconectan de la energía del universo y empiezan a recurrir más aún a la energía del otro; sólo que ahora no parece haber energía suficiente, y en consecuencia cesan de transmitírsela y vuelven a creer en sus farsas en un intento de controlarse mutuamente y extraer la energía del otro sin reciprocidad. Es en este punto cuando la relación degenera en el usual forcejeo por el poder. Nuestra susceptibilidad a este género de adicción puede ser descrita psicológicamente: el problema empieza en nuestra familia de origen. Debido a la competencia que suele haber por la energía en las familias, ninguno de nosotros ha sido capaz de completar un proceso psicológico muy significativo. No hemos sabido integrar nuestro opuesto lado sexual.
>>La razón de que caigamos en la adicción a una persona del sexo contrario es que todavía no hemos accedido a esta energía del sexo opuesto nosotros solos, por nuestra propia cuenta. La energía mística que podemos aprovechar como fuente interna es a la vez masculina y femenina.
>>Eventualmente podemos abrirnos a ella, pero cuando empezamos a evolucionar hemos de ser muy cautelosos. El proceso de integración requiere tiempo. Si conectamos prematuramente con una fuente humana para obtener nuestra energía, femenina o masculina según sea el caso, cerramos el paso al suministro universal.
>>Piense en cómo debería funcionar esta integración en el seno de una familia ideal. En cualquier familia, el hijo recibirá su primera energía de los adultos que forman parte de su vida. Por lo general, hay tendencia a identificarse con el progenitor del mismo sexo para integrar su energía; y eso se consigue con facilidad. Pero recibir la energía del otro puede ser más difícil debido a la diferencia de sexo.
>>Tomando como ejemplo a una niña, todo lo que ella sabe las primeras veces que intenta integrar su lado masculino es que se siente fuertemente atraída por su padre. Quiere tenerle constantemente cerca, a su lado si puede ser. Lo que ella realmente quiere es energía masculina, porque esta complementa su lado femenino. De la energía masculina recibe una sensación de consumación y euforia. Pero comete el error de creer que la única manera de conseguir esta energía es poseyendo sexualmente a su padre y teniéndole físicamente cerca.
>>Interesa destacar que, dado que la niña intuye que dicha energía debería en realidad ser suya y que ella debería poder gobernarla a voluntad, pretenderá dirigir al padre como si él fuera aquella parte de su persona. Cree que su padre es mágico y perfecto y capaz de satisfacer su más mínimo capricho. En una familia menos ideal que la que hemos imaginado, esto establece enseguida un conflicto de poder entre la niña y su padre. Se configuran las farsas a medida que ella aprende a tomar posiciones destinadas a manipularle a él para que le transmita la energía que desea.
>>Sin embargo, en la familia ideal, el padre se mantendrá al margen de la competición. Continuará relacionándose honestamente con su hija y tendrá suficiente energía como para abastecerla incondicionalmente, incluso aunque no pueda hacer todo lo que ella le pide. Lo que importa saber aquí, en nuestro ejemplo ideal, es que el padre seguirá abierto y comunicativo. Ella cree que es magnífico, insuperable, pero si él explica francamente quién es y qué hace y por qué lo hace, entonces la niña puede integrar su estilo, sus aptitudes particulares, e ir más allá de la imagen irreal de su padre. Al final le verá como un ser humano determinado, un ser humano dotado de sus propios defectos y virtudes. Una vez tiene lugar esta auténtica emulación, la niña entrará en una rápida transición que la llevará de recibir de su padre la energía del sexo opuesto a recibirla como parte de la energía total que existe en la inmensidad del universo.
>>El problema está en que la mayoría de los padres, hasta ahora, ha venido compitiendo con sus hijos por la energía, y esto nos ha afectado a todos. Debido a que existía esta competición, ninguno de nosotros ha resulto como correspondería la cuestión pendiente del sexo opuesto. Todos nos hemos plantando en la etapa en que todavía buscamos le energía del sexo opuesto fuera de nuestra identidad, en la persona de un varón o una hembra a quien consideramos ideal y mágico y a quien podemos poseer sexualmente.
En términos de nuestra aptitud para evolucionar conscientemente, nos enfrentamos a una situación crítica. De acuerdo con la Octava Revelación, cuando empezamos a evolucionar empezamos también a recibir auténticamente la energía de nuestro sexo opuesto. Procede naturalmente de la energía que hay en el universo. Pero debemos tener cuidado, porque si aparece otra persona que nos ofrece directamente esa energía podemos desconectarnos de la genuina fuente, y retroceder.
Bien, pues el nuevo problema con esta persona aparentemente completa –esta O que hemos creado de dos sujetos distintos incompletos, dos C- es que se han necesitado dos individuos para hacerla, uno que aporte la energía masculina y otro la femenina. Esta persona única tiene consecuentemente dos cabezas, es decir, dos egos. Ambos componentes quieren gobernar la persona completa que han creado, y así, exactamente como en la infancia, las dos personas quieren mandar una sobre otra; de hecho, lo que ambas sienten es que la otra persona es ella misma, y esta especie de sensación de integridad acaba en una pugna por el poder. Al final, cada persona debe prescindir de la otra, incluso invalidarla, para que le sea posible conducir su propia entidad humana en la dirección que desea. Ello, por supuesto, no funciona, o por lo menos no funciona en la actualidad. Quizás en el pasado uno de los que podríamos llamar socios se avenía a someterse a otro; generalmente la mujer, en ocasiones el hombre. Pero ahora estamos despertando. Nadie debe estar subordinado a nadie.
>>No se trata de decir adiós a nuestra vida sentimental, ni mucho menos, pero antes hemos de completar el círculo nosotros solos y estabilizar nuestra comunicación con el universo. Esto exige tiempo, aunque después no volveremos a padecer nunca el problema y alcanzaremos lo que la revelación define como una relación culminante. Cuando, a continuación, conectemos sentimentalmente con otra persona completa, crearemos una persona superior, pero sin salirnos ya de nuestra evolución individual.
>>Por tanto, hay que resistirse por un tiempo al sentimiento de “amor a primera vista”, aprendiendo a tener relaciones platónicas con el sexo opuesto. Pero hay que recordar el proceso. Debe tener relaciones sólo con personas que se revelen totalmente a sí mismas, que le digan cómo y por qué están haciendo lo que hacen; en otras palabras, igual que habría ocurrido con el progenitor del otro sexo durante la infancia ideal. Si uno sabe quiénes son realmente por dentro sus amigos del sexo opuesto, escapará de la proyección de sus propias fantasías sobre la relación y ello liberará para conectar de nuevo con el universo.
>>Esto no es fácil, especialmente si uno ha de romper una relación normal de mutua dependencia. Es una auténtica separación de la fuente de energía. Duele mucho. Pero debe hacerse. La dependencia mutua no es una especie de enfermedad nueva que algunos padecen. Todos padecemos esa dependencia mutua, y todos, hoy en día, la estamos superando.
>>La idea es empezar a experimentar esa misma sensación de bienestar y euforia que se produce en los primeros momentos de una relación de mutua dependencia, pero estando solos. Uno ha de tenerle a él o a ella en su propio interior. Después de esto, uno evoluciona hacia delante y puede encontrar la relación sentimental que específicamente le conviene.

Cuando vemos a una persona varias veces en un periodo corto de tiempo, a la que quizá no hemos visto nunca o hacía tiempo que no veíamos, y creemos que es fruto del azar, no es así. Esa persona tiene con seguridad un mensaje para nosotros, o nosotros para ella. O bien cuando llegamos a un lugar repleto de gente y se nos cruza la mirada con alguien, o tenemos la sensación de que cierta persona nos resulta familiar a pesar de no haberla visto nunca, también hay que estar alerta a estos detalles.
Y cual es la :
9ª REVELACION:
CONCIENCIA DE LAS OTRAS 8 REVELACIONES

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