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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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martes, 1 de julio de 2008

LOS AMADOS MUERTOS -- H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

LOS AMADOS MUERTOS
H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

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Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.
También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!
Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...
Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad...
las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...
(1) un río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades

EL VIEJO TERRIBLE -- H. P. LOVECRAFT


H. P. Lovecraft
EL VIEJO TERRIBLE


***
Fue una ocurrencia de Angelo Ricci y Joe Czanek y Manuel Silva el pasar visita al Viejo Terrible. Este anciano vivía solo en una casa realmente antigua de Water Street, cerca del mar, y tenía fama de ser sumamente rico y sumamente achacoso, lo que resultaba una situación de lo más atractiva para los señores Ricci, Czanek y Silva, ya que su profesión no era ni más ni menos que la del latrocinio.
Los habitantes de Kingsport dicen y piensan muchas cosas sobre el Viejo Terrible que suelen ocultar al conocimiento de gentes como el señor Rice¡ y sus colegas, a pesar del hecho casi probado de que guarda una fortuna de magnitud indefinida en algún lugar de su mohosa y venerable morada. Se trata, verdaderamente, de un personaje muy extraño, al que se supone que fue en su día capitán de los clipers de las Indias Orientales, tan viejo que nadie puede recordar ya cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del patio delantero de su vetusta y abandonada morada, alberga una extraña colección de grandes piedras, curiosamente agrupadas y pintadas de tal forma que recuerdan a los ídolos de algún oscuro templo oriental. Esta colección ahuyenta a los muchachos, que acostumbran a burlarse del Viejo Terrible a causa de sus largos cabellos y barbas blancas, o a romper las ventanas hechas de pequeños cuadrados de cristal de su casa con sus crueles proyectiles; pero hay otra cosa que espanta a personas más viejas y curiosas, que a veces rondan la casa para atisbar a través de los cristales polvorientos. Esas personas dicen que, en una mesa, en una habitación desnuda, en la planta baja, se halla una multitud de curiosas botellas, cada una con un trozo de plomo suspendido de un cordel en su interior, a manera de péndulos. Y dicen que el Viejo Terrible habla con esas botellas dirigiéndose a ellas por nombres tales como Jack, Cara Marcada, Long Tom, Spanish Joe, Peter y Oficial Ellis, y que cada vez que habla con una botella el pequeño péndulo del interior oscila claramente a modo de respuesta. Aquellos que han visto al Viejo Terrible, alto y enjuto, en esos peculiares diálogos, no han vuelto a espiarle. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no tenían sangre de Kingsport; pertenecían a ese contingente nuevo y forastero que vive fuera del encantado círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y en el Viejo Terrible tan sólo veían a un carcamal tambaleante y casi indefenso, que no podía dar un paso sin ayuda de su nudoso bastón, y cuyas manos enflaquecidas y debilitadas temblaban de forma patética. A su manera, se compadecían sinceramente de aquel viejo solitario e impopular, al que todos evitaban y a quien los perros ladraban de una forma especial. Pero el negocio es el negocio, y para un ladrón de casta resulta una tentación y un reto un tipo tan viejo y débil, que no tiene cuenta en el banco y que paga sus pocos gastos en el almacén del pueblo con plata y oro españoles acuñados dos siglos antes.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para girar su visita. El señor Ricci y el señor Silva cambiarían unas palabras con el desdichado y anciano caballero mientras el señor Czanek esperaba por ellos y por su presumible cargamento en metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto a la puerta del muro trasero de la finca de su anfitrión. El deseo de no tener que dar innecesarias explicaciones en caso de una inesperada intrusión policial aceleró los preparativos de una retirada tranquila y discreta.
Como habían planeado, los tres aventureros obraron por separado para evitarse posteriores sospechas maliciosas. Los señores Ricci y Silva se reunieron en Water Street, frente a la puerta del anciano, y aunque les disgustó la forma en que la luna iluminaba las piedras pintadas a través de las ramas de los nudosos árboles, cubiertas de brotes, tenían cosas más importantes en que pensar que en simples supersticiones ociosas. Temían que el desatar la lengua del Viejo Terrible acerca de su provisión de oro y plata les resultase una faena desagradable, ya que los viejos capitanes de barco son notablemente testarudos y perversos. Pero, aun así, él estaba muy viejo y achacoso, y ellos eran dos a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en doblegar la voluntad de gentes poco dispuestas, y los gritos de un hombre tan excepcionalmente débil y venerable podían ser fácilmente silenciados. Así que se allegaron a una ventana iluminada y escucharon al Viejo Terrible hablar de manera pueril con sus botellas de péndulos. Entonces se enmascararon y llamaron cortésmente a la deslucida puerta de roble.
La espera resultó muy larga para el señor Czanek mientras se removía inquieto en el coche cubierto, junto a la puerta trasera del Viejo Terrible, en Ship Street. Era más aprensivo de lo ordinario, y no le habían gustado los espantosos gritos que había oído en la vieja casa momentos después de la hora fijada para el asalto. ¿No les había dicho a sus colegas que fueran lo más considerados que pudieran con el patético y anciano capitán? Observó muy nervioso la estrecha puerta de roble en el muro alto y cubierto de hiedra. Con frecuencia consultaba el reloj, extrañado por el retraso. ¿Había muerto el viejo sin revelar el escondrijo de su tesoro, obligando a una búsqueda exhaustiva? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto tiempo en la oscuridad en un sitio así. Entonces sintió un ruido amortiguado de pasos o un tabaleo en el sendero tras la puerta, escuchó un leve manipular del herrumbroso pestillo y vio cómo la puerta pesada y angosta se abría. Y al pálido resplandor de una única y débil lámpara callejera aguzó la vista para distinguir qué habían logrado sus colegas en esa casa siniestra que parecía amenazarle tan de cerca. Pero cuando vio algo, no fue lo que esperaba; ya- que sus colegas no estaban allí, sino sólo el Viejo Terrible, apoyado tranquilamente en su nudoso bastón y sonriendo de forma horrible. El señor Czanek, que no se había fijado nunca antes en el color de ojos de ese hombre, vio ahora que eran amarillos.
Los pequeños incidentes despiertan considerable revuelo en las poblaciones pequeñas, por lo que la gente de Kingsport habló toda la primavera y el verano sobre los tres cuerpos imposibles de identificar que la marea había arrojado a la costa; horriblemente acuchillados, como por multitud de cortes, y horriblemente destrozados, como pateados por multitud de tacones. Y algunos aún comentaban sucesos tan triviales como el coche abandonado, descubierto en Ship Street, o sobre ciertos gritos especialmente inhumanos, probablemente de algún animal perdido o un pájaro migratorio, escuchados durante la noche por algunos ciudadanos insomnes. Pero el Viejo Terrible no prestaba ninguna atención a todo este ocioso chismorreo pueblerino. Era de natural reservado, y, cuando uno es viejo y enfermizo, la reserva se hace aún mayor. Además, un capitán tan anciano debía haber asistido a montones de cosas mucho más interesantes en los lejanos días de su olvidada juventud.

viernes, 20 de junio de 2008

ADVERTENCIA -- VUDU -- VOCABULARIO


ADVERTENCIA -- VUDU


¡Vu—dú! Dos simples sílabas que despiertan en nuestra imaginación el obsesivo sonido de los tambores, las cimbreantes figuras de bailarines poseídos por oscuros dioses, ídolos de barro atravesados por alfileres asesinos. Viejas películas en glamuroso blanco y negro, el lento desgranarse de los blues del pantano, los ojos en blanco de zombis y muertos vivientes, el ritmo frenético de la rumba, sangrientos sacrificios al pie de altares desconocidos... Bueno, bueno. Antes de seguir, una justa advertencia, una necesaria aclaración: el Vudú, como su hermana caribeña la Santería, es mucho más que esa imagen típicamente de género que hemos evocado arriba. Son, de hecho, religiones populares afroamericanas cuya verdadera naturaleza abarca complejos fenómenos sociales, culturales, religiosos e históricos. No en vano los antropólogos optan, a la hora de referirse al Vudú, por emplear la grafía francesa propia de Haití, escribiéndolo Vodoun, para diferenciarlo radicalmente del concepto popularizado por el cine y la literatura fantástica, que lo han convertido prácticamente en sinónimo de brujería y/o magia negra.
Los interesados en la verdadera esencia de las religiones afroamericanas pueden, y deben, husmear entre las páginas que Alfred Métraux, Roger Bastide o Wade Davis han dedicado al Vodoun haitiano, las que Zora Neale Hurston o Robert Tallan dedicaran al Vudú y el Hoodoo —que en justicia debería escribirse Judú— del Sur de los Estados Unidos; las que Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, entre otros escribieran sobre la Santería afrocubana, el diario de viaje del director de cine Henri Georges Clouzot a través del Brasil, del Candomblé y de la Macumba, o las más recientes descripciones de la moderna Santería neoyorquina, escritas por la portorriqueña Migene González Wippler.
Porque lo que ahora tenéis entre las manos es un libro de relatos de horror. Todos están, desde luego, relacionados con su lado más oscuro y siniestro, con las prácticas mágicas, los hechizos y las maldiciones, las crónicas negras y los asesinatos rituales. Sería absurdo negar el atractivo morboso que ejerce sobre nosotros esa cara oscura del Vudú. Ya la simple realidad de la existencia hoy día de religiones basadas en el sacrificio y las prácticas mágicas, no sólo en países tropicales y “atrasados”, como nos gustaría creer, sino en el interior mismo de nuestras grandes ciudades, resulta francamente inquietante para el hombre presuntamente civilizado. Y es que quizá lo más terrorífico del Vudú sea cómo lo real y lo fantástico se entremezclan en él, de forma difícilmente discernible. No estamos ante fenómenos sobrenaturales incomprobables, ante paganismos ancestrales ya desaparecidos, ante criaturas más bien míticas como vampiros y hombres lobo. Cualquiera que lo desee puede consultar las incontestables pruebas reunidas en torno al caso de Narcille Clovis, el fenómeno zombi más documentado de Haití. Y, sin llegar a extremos melodramáticos, cualquier turista avisado puede asistir a ceremonias y fiestas rituales a lo largo de todo el Caribe y buena parte de Sudamérica, visitar el Museo del Vudú en Nueva Orleáns, o comprar cualquier accesorio que necesite para sus hechizos santeros en las muchas “botánicas” del Harlem Hispano de Nueva York o de la Pequeña Cuba de Miami.
Son estos aspectos únicos, la contemporaneidad de una religión pagana procedente del Africa oscura y su posible poder real, los que han hecho del Vudú uno de los temas predilectos de la literatura fantástica y de terror. Desde los tiempos de “Weird Tales”, en plena era dorada del pulp, el Vudú es presencia continua en el cuento de horror y, aunque se eche quizá a faltar al arquetípico Hugh B. Cave, autor que residió largas temporadas en el propio Haití, de las páginas amarillentas de los pulps hemos entresacado joyas como Madre de Serpientes de Robert Bloch, Palomos del Infierno del texano Robert E. Howard —que aporta aquí el mito de la zuwenbi, verosímil invención del propio Howard—, Papá Benjamín de William Irish —es decir, de Cornell Woolrich—, y Desde lugares sombríos de Richard Matheson.
Junto a estos relatos de terror clásicos, encontraremos historias que les fueron narradas a viajeros e investigadores como auténticas y libres de cualquier duda. Attilio Gatti, Vivian Meik, el célebre William Seabrook —que con su clásico Magic Island dejó bien establecidas las bases de la leyenda negra del Vudú haitiano—, la periodista Inez Wallace, Lydia Cabrera, Raymond J. Martínez y el Dr. Gordon Leigh Bromley, aportan sus experiencias —a veces personales— de la realidad del fenómeno zombi, de la existencia de sectas secretas africanas y siniestros rituales necrofílicos, del poder de los antiguos dioses de Africa, de las posesiones o “montas”, y de la terrible eficacia de hechizos y maldiciones.
Algunos de los relatos que incluimos son estrictamente (!!!) verídicos, como ocurre con los escritos por el investigador de lo oculto Brad Steiger y su esposa, tanto Los espeluznantes secretos del Rancho Santa Elena, que narra los famosos sucesos de Matamoros que inspirarían también a Barry Gifford su novela Perdita Durango, como La pócima de amor comprada con sangre. Y especial atención, por su realismo de puro y duro informe policial, merece ¡Asesinado al pie de un altar vudú!, la crónica de Richard Shrout que nos introduce en las oscuras relaciones que unen la práctica de la Santería con el narcotráfico y el hampa latina de Estados Unidos. Todo un episodio de “Miami Vice”.
La mítica conexión entre el Vudú y la música popular queda ejemplificada tanto en el clásico Papá Benjamín, con su jazzístico y maldito Canto Vudú, como en El Boogie del Cementerio de Derek Rutherford, un terrorífico Rock’n Roll que haría estremecer de miedo al mismísimo Screamin’ Jay Hawkins. Y la presencia del cine de terror más clásico la encontraremos en Yo anduve con un zombi, que diera pie —convenientemente mezclada con Jane Eyre— a la legendaria producción de Val Lewton, dirigida por Jacques Torneur, además de, nuevamente, en el relato de William Irish, llevado a la pequeña pantalla por Ted Post en 1961, y víctima de toda una adaptación inconfesa en el clásico de episodios Doctor Terror, producido por la británica Amicus Films. Pero, cuidado, no en Zombi Blanco de Vivian Meik, sin relación alguna con el film del mismo título. Por cierto, he de confesar aquí que el título de esta antología lo hemos tomado prestado de Voodoo Dawn, la película —y novela— de John Russo, con la que el coautor de La noche de los muertos vivientes quiso pagar su deuda con el Vudú.
No quiero dar paso ya a los misterios del Caribe y el Africa profunda sin otra advertencia: a pesar de nuestro criterio, digamos que geográfico, los relatos no siempre se ajustan estrictamente a su área territorial, y es que nuestra selección no pretende ser ni exhaustiva ni, mucho menos, ortodoxa. Como veréis se mezclan en ella los relatos y los hechos reales, la crónica negra y los cuentos de fantasmas, el Vudú, la Santería y hasta otros cultos más terribles y desconocidos. Se trata tan solo de explorar —y explotar— ese lado más siniestro, terrorífico y brujeril del Vudú. Su leyenda negra —muchas veces falsa, otras no—, su folklore más fantástico, su imagen más pop. Yo, por mi parte, confieso que siento por el verdadero Vudú y la Santería el mayor de los respetos y una gran simpatía.
Puede que vosotros, cuando hayáis terminado de leer las páginas que siguen, también deseéis profundizar más en las religiones afroamericanas. Ya se sabe, si no puedes vencerles, únete a ellos.


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VOCABULARIO


ABAKUÁ (Abakwá, Abacuá): Secta afrocubana, también conocida por el nombre de Ñañiguismo o ñáñigos, procedente de los pueblos Efik y Ekoi de la Costa Calabar del Oeste de África. El término Abakuá se refiere al pueblo y la región de Akwa, donde floreció esta sociedad en el continente africano. Aunque actualmente se la da por desaparecida, desde mediados del siglo XIX y hasta muy entrado el XX, la Sociedad Abakuá ejerció una enorme influencia secreta en la vida política y social de Cuba, como puede comprobarse en la novela que le consagró Alejo Carpentier: Ecue—Yamba—O.

AMARRE: Se llama así en la Santería al acto ejecutado por un brujo o curandero con el fin de retener a la persona amada, manteniéndola bajo su voluntad. Se trata, esencialmente, de un hechizo amoroso.

BABALAWO (Babalao): Sacerdote santero dedicado al culto adivinatorio de Fa o Ifá. Su nombre significa “Padre y dueño del secreto” en lengua yoruba, de cuyo Oráculo de Ifé africano proviene este culto. Más generalmente, sacerdote santero.

BABALOCHA: Sacerdote santero encargado de las ceremonias de iniciación de los nuevos santeros.

BAJAR EL SANTO (Coger el Santo, subir el Santo, tener el Santo, etc.): Frase que se usa familiarmente en la Santería para denominar la posesión física de un creyente por alguno de los santos u Orichas, llamada a su vez “monta”.

BARÓN SAMEDI: Loa o dios Vudú, señor y guardián de los cementerios, algunas veces identificado con Guedé, que es representado por una gran cruz colocada sobre la tumba del primer hombre enterrado en el lugar. Junto al Barón la Croix y el Barón Cimitière, forma la tríada de los Barones Vudú, todos con herramientas de enterradores.

CANDOMBLÉ (Candombé): Nombre que designa en Bahía (Brasil) ciertos cultos —y sus prácticas— afroamericanos, muy similares al Vudú y, sobre todo, a la Santería. Aunque originalmente era africano y yoruba o nago, rindiendo por tanto culto a los Orixás al igual que la Santería a sus Orichas, posteriormente se han introducido variantes como el Candomblé Blanco, con divinidades indias autóctonas. Al igual que, a veces, las palabras Vudú y Santería, Candomblé puede designar tanto la religión como sus prácticas, las ceremonias y, al tiempo, el recinto donde se celebran.

DAMBALLAH (Damballah Wedo): Loa o dios Vudú de la lluvia, los ríos y los lagos. Su símbolo es la serpiente, generalmente una boa constrictor rojiza, y al tratarse de uno de los Loas más poderosos, temidos y adorados, ha contribuido sobremanera a extender el error de que el Vudú es un simple culto a la Serpiente.

EBBÓ (Ebó): Palabra yoruba que designa en Santería la ofrenda de frutas y dulces o el sacrificio de animales cuadrúpedos y de aves que se ofrece a los Orichas para obtener su favor.

GANGÁNGÁME: Sacerdote o brujo perteneciente a la secta Gangá de la Santería cubana, de origen congo o bantú, y fuertemente animista. En ella se adora a los espíritus de los muertos, y está fundamentalmente orientada hacia la magia y los ritos funerarios.

GRIS GRIS: Hechizo mágico Vudú que puede consistir tanto en un simple sacrificio animal, como en una bolsa llena de objetos mágicos, en un talismán o en un fetiche. Puede usarse tanto para el bien como para el mal, y ejerce su influencia sobre la suerte de aquél a quien se le destina. A veces designa un dibujo místico en el suelo, similar a los vevés haitianos. Es un término propio del Sur de los Estados Unidos, pero procede del africano Gri—Gri, de igual significado.

GUEDÉ (Ghede): Loa Vudú de la muerte y los cementerios. Designa tanto una divinidad como a un conjunto de dioses, relacionados siempre con los cementerios, la muerte, los ritos funerarios y el culto a los antepasados. Procede del pueblo de los Ghede—vi, casta africana de enterradores llevada como esclavos a Haití. Paradójicamente, Guedé posee también connotaciones fálicas, siendo también Señor de la Vida, muy dado a las obscenidades y a la bebida.

IWORO: En lengua yoruba, dícese de los santeros y creyentes que son hijos de Obatalá.

IYALOCHAS (Yalochas): Sacerdotisas santeras, equivalentes femeninos del Babalocha o Babalao.

LENGUA: Nombre que se da en la Santería a los rezos y frases litúrgicas que se recitan en lengua yoruba. Asimismo, la Sociedad Abakuá denomina “lengua” al dialecto ñáñigo, y en el Vudú se llama “langage” a la lengua usada en los sagrados ritos africanos.

LUCUMÍ: Nombre que dieron arbitrariamente los cubanos a todos los negros procedentes de Nigeria, la mayoría de ellos yorubas, por lo cual ha quedado también como sinónimo de yoruba y de la propia Santería, de predominio nigeriano.

MAMALOI: Familiarmente, nombre con el que se designa a las sacerdotisas Vudú, sobre todo en el Sur de los Estados Unidos, pero a veces también en Haití.

OBEAH: Nombre que recibe en algunas islas del Caribe —Trinidad, Martinica, Jamaica, etc.— la magia afroamericana, y que equivale hasta cierto punto al Vudú y la Santería.

OMÓ (Omó Oricha): En yoruba, hijo de Santo. Es decir, aquél que ha sido iniciado por completo en la Santería y elegido ya por su Oricha correspondiente.

ORICHAS (Orischas): Nombre genérico de las divinidades yorubas a las que se rinde culto en la Santería, y también en el Candomblé brasileño con el nombre de Orixás. Son el equivalente de los Loas del Vudú, y al ser sincretizados con el Santoral católico, la palabra Oricha deviene a su vez sinónimo de Santo.

ORO: En yoruba, la palabra que designa el cielo, el lugar de residencia de los Santos u Orichas.

OUANGAS (Wangas): Maleficios Vudú, actos de magia negra contra un enemigo o amuletos mágicos que se emplean con fines egoístas o malignos. También mal de ojo.

PALO MAYOMBE (Regla de Palo): Secta afrocubana de origen bantú, inclinada profundamente hacia la magia y la brujería. Con el nombre de Palo Cruzado se subordina al sistema yoruba de la Santería, al que complementa con prácticas y dioses congoleños, siempre con un enfoque más práctico y utilitario. Tal es la forma de este culto, que Mayombé es a veces el nombre que se le da al espíritu del mal, y el término mayombero sirve para designar a todos los brujos en general.

PAPALOI: Familiarmente, nombre que se da a los sacerdotes del Vudú.

PATAKÍ (Patakín): Relato cuyo protagonismo puede correr a cargo de los dioses, de reyes, animales y hasta objetos, de carácter mitológico y moral. Encabeza, acompañado de un refrán o conseja, cada signo (odu) del Diloggún o Tablero de Ifá, el sistema adivinatorio yoruba usado en Santería.

PIEDRA (Otán): Piedra sagrada en la que se supone reside el espíritu de un Santo u Oricha; se guarda en una “sopera” y se le hace el “ebbó” que corresponda a su Oricha.

REGLA DE OCHA (Regla Lucumí): Nombre que se le da también a la Santería. Dos son las Reglas principales afrocubanas: la Regla de Ocha o Santería, y la Regla de Palo o Palo Mayombe.

SANTOS: Al llegar a Cuba, los Orichas yorubas fueron asimilados por los esclavos a los Santos de sus amos, para poder adorarlos y celebrar sus fiestas. Lo mismo ocurrió en Brasil y en Haití, donde Orixás y Loas tienen sus Santos correspondientes. De este fenómeno sincrético deriva el término Santería, extendido después a toda Latinoamérica y Estados Unidos.

SANTISMO: Aunque a veces se le llama también Santería, no debe confundirse con el culto afroamericano originado en Cuba. Se trata de un sincretismo amerindio propio de México y la frontera de Estados Unidos, que utiliza prácticas tanto del catolicismo más ferviente como de viejos rituales aztecas, mayas e indígenas en general. Está estrechamente relacionado con los artistas imagineros mexicanos y chicanos, muchos de los cuales pertenecen a sectas santistas, y sus prácticas, miembros y área de influencia se guardan en el máximo secreto.

SOPERA: Recipiente donde se guarda y protege el “otán” de un Oricha, así como sus collares y otros objetos sagrados. Al contacto con el español se debe que este recipiente, originalmente una vasija de madera o barro, cobrara la forma y la decoración de una sopera barroca, pintada con los colores de su Santo.

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