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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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lunes, 12 de mayo de 2008

EL ENTIERRO PREMATURO -- POE

EDGAR ALLAN POE
EL ENTIERRO PREMATURO



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Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones
e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba pre
visto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.

sábado, 10 de mayo de 2008

LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH

H. P. Lovecraft
LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH
_
Hay en la tierra de Mnar un amplio lago tranquilo al que ninguna corriente nutre y del
que tampoco nace río alguno. Hace diez mil años se alzaba en sus riberas la poderosa ciudad
de Sarnath, pero Sarnath ya no está allí.
Cuentan que, en los olvidados años en que el mundo era joven, aun antes de que los
hombres de Sarnath llegaran a la tierra de Mnar, otra ciudad se ubicaba junto al lago; la
ciudad construida con piedras grises de lb, que era tan vieja como el mismo lago y estaba
poblada por seres de ingrata apariencia. Tales seres resultaban sumamente feos y extraños, tal
como de hecho son la mayoría de los retoños de un mundo apenas esbozado. Está escrito en
las piedras cilíndricas de Kadatheron que el color de los seres de lb resultaba tan verde como
el lago y las neblinas que se alzan de su superficie; que eran de ojos saltones, labios fofos y
repulsivos, y curiosas orejas, así como que eran mudos. También está escrito que
descendieron una noche de la luna, entre la niebla; ellos y el gran lago tranquilo, y la pétrea
ciudad gris de lb. Como quiera que sea, es cierto que adoraban a un ídolo de piedra verde mar
cincelado a semejanza de Bokrug, el gran lagarto acuático, ante el que danzaban de forma
horrible cuando la luna se mostraba gibosa. Y está escrito en los papiros de Ilarnek que
descubrieron un día el fuego, y que desde entonces utilizaron las llamas en multitud de
festejos. Pero no es mucho lo que se ha escrito sobre tales seres, ya que existieron en tiempos
verdaderamente remotos, y el hombre es joven, y sabe muy poco sobre los más antiguos de
entre los seres vivos.
Tras muchos eones los hombres llegaron a la tierra de Mnar; eran oscuros pueblos
pastores que arreaban sus rebaños y que construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron junto al
sinuoso río Al. Y algunas tribus, más audaces que las otras, se llegaron al borde del lago y
emplazaron Sarnath en el lugar en que los metales preciosos afloraban de la tierra.
Las errabundas tribus ubicaron las primeras piedras de Sarnath no muy lejos de la
ciudad gris de lb, maravillándose en grado sumo ante los seres que allí moraban. Pero con su
asombro se mezclaba el odio, porque no estaba en su forma de pensar el admitir que seres de
tal aspecto pudieran habitar el mundo de los hombres nacidos del fango. Tampoco gustaban
de las extrañas esculturas sobre los monolitos grises de lb, ya que la gran antigüedad de tales
tallas les resultaba terrible. Nadie sabría decir por qué aquellos seres y esculturas
permanecían sobre la tierra, aun tras la llegada del hombre; a no ser que fuera porque la tierra
de Mnar era tranquila en verdad, y alejada de la mayoría de otras tierras, tanto de la vigilia
como de los sueños.
Cuanto más miraban a los seres de lb, más los odiaban los hombres de Sarnath, y a
esto contribuía no poco el descubrimiento de que aquellos seres resultaban débiles como jalea
a la herida de piedras, lanzas y flechas. Así que un día los guerreros jóvenes, los honderos y
los lanceros y los arqueros se pusieron en marcha contra Ib y mataron a todos sus moradores,
arrojando los extraños cuerpos al lago mediante largas lanzas, ya que no querían tocarlos. Y
ya que no gustaban de los grises monolitos esculpidos de lb, los abatieron asimismo sobre el
lago, maravillándose de la enormidad del trabajo de acarrear aquellas piedras desde muy
lejos, como sin duda había sido, ya que no se conocía nada semejante en toda la tierra de
Mnar ni en las adyacentes.
De esta forma no quedó nada de la antiquísima ciudad, a excepción del ídolo de
piedra verde mar cincelado a semejanza de Bokrug, el lagarto acuático. A éste los guerreros
jóvenes se lo llevaron a Sarnath como un símbolo de conquista sobre los viejos dioses y los
seres de lb, así como en señal de liderazgo sobre Mnar. Pero la noche después de ser
emplazado en el templo, algo terrible debió suceder, ya que se vieron luces salvajes sobre el
lago, y al llegar la mañana el pueblo se encontró con que había desaparecido, y que el sumo
sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como abatido por algún miedo indecible. Y antes de morir,
Taran-Ish había garabateado sobre el altar de crisolito con trazos temblorosos la señal de la
MALDICIÓN.
Luego de Taran-Ish se sucedieron los sumos sacerdotes en Sarnath, pero nunca
llegaron a encontrar el ídolo de piedra verde mar. Y multitud de siglos llegaron y se fueron, y
Sarnath prosperó desmesuradamente, hasta que sólo los sacerdotes y las viejas recordaron lo
que Taran-Ish garabateara sobre el altar de crisolito. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se
estableció un camino de caravanas, y los preciosos metales de la tierra se intercambiaban por
otros metales y ropas raras y joyas y libros e instrumental para los artífices y todas los lujosos
bienes conocidos por el pueblo que habita a lo largo del sinuoso río Ai y aun más allá. Así
creció Sarnath poderosa y sabia, y enviaba ejércitos de conquista para subyugar a las
ciudades vecinas; y en su momento se sentaron en el trono de Sarnath los reyes de toda la
tierra de Mnar, así como multitud de tierras adyacentes.
Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. De pulido
mármol, extraído del desierto, eran sus murallas; con una altura de 300 codos y una anchura
de 75, de forma que dos carros podían cruzarse sobre su parte alta. Su longitud era de 500
estadios, interrumpiéndose tan sólo en la parte que daba al lago, donde un gran dique de
piedra verde contenía a las olas que se alzaban de forma extraña una vez al año, durante el
aniversario de la destrucción de Ib. En Sarnath había cincuenta calles que iban del lago a las
puertas de las caravanas, y otras cincuenta que las cruzaban. De ónice estaban todas
pavimentadas, a excepción de aquellas por donde pasaban los caballos y los camellos y los
elefantes, que se hallaban adoquinadas con granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como
calles concluían en sus murallas, cada una de ellas de bronce y flanqueadas por efigies de
leones y elefantes esculpidos en una clase de piedra ya desconocida para los hombres. Las
casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y calcedonia, cada una con su jardín vallado y su
estanque cristalino. En extraño estilo habían sido construidas, ya que ninguna otra ciudad
poseía casas así, y los viajeros de Thraa e Ilarnek y Kadatheron se maravillaban ante los
resplandecientes domos con que se hallaban rematadas.
Pero más maravillosos aún resultaban los templos y los palacios, así como los jardines
establecidos por el antiguo rey Zokkar. Había multitud de palacios, el más modesto de los
cuales era más formidable que cualquiera de los de Thraa o Ilarnek o Kadatheron. Tan altos
eran que, hallándose en su interior, uno podía creer que se hallaba a cielo abierto; aunque
cuando se iluminaban con antorchas embebidas en el aceite de Dothur sus muros mostraban
inmensos frescos de reyes y ejércitos, de una magnificencia tal que elevaban el espíritu al
tiempo que atemorizaban a quienes los contemplaban. Multitud eran las columnas de los
palacios, todas de mármol veteado, y talladas con motivos de belleza sin par. Y en la mayoría
de los palacios los suelos se hallaban cubiertos por mosaicos de berilo y lapislázuli y
sardónice y rubí y otros materiales selectos, tan bien distribuidos que el visitante podía
creerse paseando sobre lechos de las más raras flores. Y había asimismo fuentes que
derramaban aguas perfumadas alrededor mediante surtidores diseñados con habilidosa
artesanía. Eclipsando a todos sus rivales se alzaba el palacio de los reyes de Mnar y tierras
adyacentes. Sobre dos agazapados leones de oro reposaba el trono, muchos peldaños por
encima del suelo resplandeciente. Y había sido tallado en una única pieza de marfil, aunque
ningún hombre vivo conocía de dónde pudiera proceder algo tan inmenso. En ese palacio
también había innumerables galerías, y muchos anfiteatros donde leones y hombres y
elefantes combatían para entretenimiento de los reyes. En ocasiones se inundaban los
anfiteatros con aguas canalizadas desde el lago a través de poderosos acueductos, y entonces
se libraban trepidantes combates navales o luchas de nadadores contra mortíferos seres
acuáticos.
Altos y asombrosos resultaban los diecisiete templos en torre de Sarnath, edificados
con una piedra de reflejos multicolores desconocida en cualquier otra parte. Su buen millar de
codos medía el mayor de todos, allí donde moraba el sumo sacerdote entre una magnificencia
apenas superada por la del rey. Abajo había salones tan amplios y espléndidos como los de
los palacios, donde se agolpaban las muchedumbres adorando a Zo-Kalar y Tamash y Lobon,
los dioses mayores de Sarnath, cuyos relicarios, envueltos en humo de incienso, eran
semejantes a tronos de monarca. Las imágenes de Zo-Kalar y Tamash y Lobon no eran como
las demás estatuas de dioses, ya que resultaban tan vívidas que uno podría jurar que los
propios y agraciados dioses barbudos ocupaban sus tronos de marfil. Y a través de
interminables escaleras de brillante circonio se llegaba al aposento de la cima, desde donde el
sumo sacerdote avizoraba de día sobre la ciudad y las llanuras y el lago; y de noche la críptica
luna y las estrellas más brillantes y los planetas, así como sus reflejos en el lago. Allí tenían
lugar los más antiguos y secretos ritos en execración de Bokrug, el lagarto acuático, y allí
reposaba el altar de crisolito ostentando la MALDICIÓN, garabateada por Taran-Ish.
Maravillosos asimismo resultaban los jardines edificados por el antiguo rey Zokkar.
Ocupaban el centro de Sarnath, cubriendo un gran espacio y circundados por un alto muro. Y
se hallaban cubiertos por un poderoso domo de cristal, a través del cual brillaban el sol y la
luna y las estrellas y los planetas cuando estaba despejado. Y de ella se colgaban refulgentes
imágenes del sol y la luna y las estrellas y los planetas cuando estaba nublado. En verano, los
jardines se refrescaban mediante aromáticas brisas frescas, habilidosamente provocadas
mediante ventiladores, y en verano se caldeaban a través de fuegos ocultos, por lo que en
dichos jardines siempre reinaba la primavera. Pequeñas corrientes corrían sobre guijarros
claros, surcando prados verdes y jardines multicolores, y multitud de puentes los salvaban de
uno a otro lado. Muchas eran las cascadas a lo largo de sus cursos, y muchos asimismo los
estanques cuajados de lirios en los que se expandían. Sobre corrientes y estanques bogaban
blancos cisnes, al tiempo que la música de aves exóticas repicaba al compás del canto de las
aguas. Macizos verdes nacían en ordenadas terrazas, adornados aquí y allá con emparrados y
amables arriates, y asientos y bancos de mármol y pórfido. Y había innumerables capillas y
templetes en donde uno podía descansar o rezar a los dioses menores.
Cada año tenía lugar en Sarnath la fiesta de la destrucción de lb, y en esa ocasión se
prodigaban el vino, las canciones, la danza y todo tipo de festejos. Se rendían grandes
honores a los espectros de aquellos que aniquilaron a los seres de extraña antigüedad, y la
memoria de éstos y sus viejos dioses resultaba mancillada por bailarines y músicos coronados
con rosas procedentes de los jardines de Zokkar. Y los reyes oteaban sobre el lago y
maldecían los huesos de los muertos que descansaban en sus honduras. En un principio los
sumos sacerdotes no gustaban de tales festejos, ya que se contaban unos a otros extrañas
historias de cómo el ídolo verde mar se había esfumado, y de cómo Taran-Ish había muerto
de miedo, no sin antes dejar un aviso. Y se comentaba que, a veces, desde su alta torre, se
divisaban luces bajo las aguas del lago. Pero como innumerables años fueron transcurriendo
sin que sucediera calamidad alguna, incluso los sacerdotes rieron y maldijeron, y tomaron
parte en aquellas orgías multitudinarias. Además, ¿no habían ellos mismos realizado a
menudo, en su alta torre, el inconcebiblemente antiguo rito de execración de Bokrug, el
lagarto acuático? Y un millar de años de riqueza y gozos transcurrieron sobre Sarnath,
maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad.
Magnificiente más allá de toda imaginación resultó la fiesta del milenio de la
destrucción de lb. Por espacio de una década se habló en la tierra de Mnar sobre ella, y al
acercarse la noche acudieron a Sarnath en caballos y camellos y elefantes hombres de Thraa,
Ilarnek y Kadatheron, y de todas las ciudades de Mnar y de las tierras de aún más allá. Los
pabellones de los príncipes y las tiendas de los viajeros se alzaron ante los marmóreos muros
en aquella señalada noche, y por toda la ribera resonaban los cánticos de alegres celebrantes.
En su sala de banquetes se reclinaba Nargis-Hey, el rey, catando vinos añejos de las bodegas
de la conquistada Pnath, rodeado de nobles alegres y diligentes esclavos. Se habían paladeado
multitud de platos durante esa fiesta; pavos reales de las islas de Nariel en el Océano Medio;
cabras jóvenes de las lejanas colinas de Implan, pies de camellos del desierto bnarcico,
nueces y especias de los plantíos cidarianos, y perlas de marítimo Mtal, disueltas en el
vinagre de Thraa. Había salsas en número incontable, preparadas por los mejores cocineros
de toda Mnar, y aptas para todos los paladares. Pero el manjar más apreciado lo constituían
los grandes peces del lago, de gran envergadura y servidos sobre fuentes de oro hermoseadas
con rubíes y diamantes.
Mientras el rey y sus nobles festejaban en palacio, y contemplaban los platos cumbre
que aguardaban en sus fuentes de oro, otros celebraban en otra parte. En la torre del gran
templo los sacerdotes se entregaban a la diversión, y en los pabellones extramuros los
príncipes de tierras vecinas festejaban a su vez. Y sucedió que fue el sumo sacerdote Gnai-
Kah quien primero advirtió la sombra que descendía de la gibosa luna hacia el lago, y la
espantosa bruma verde que surgía del lago para juntarse con la luna y envolver con siniestra
neblina las torres y cúpulas de la condenada Sarnath. Luego, quienes estaban en las torres y al
otro lado de los muros avistaron extrañas luces en las aguas y vieron que la roca gris
Akurión, que se alzaba junto a la orilla, estaba casi sumergida. Y el miedo prendió difusa
aunque velozmente, de forma que el príncipe de Ilarnek y el del lejano Rokol desmontaron y
plegaron sus tiendas y pabellones y huyeron hacia el río Ai, aunque ellos mismos apenas
entendían el motivo de aquella precipitada salida.
Entonces, próxima a sonar la medianoche, las puertas de bronce de Sarnath se
abrieron y vomitaron una multitud enloquecida que cubrió la llanura, por lo que príncipes
visitantes y viajeros huyeron espantados, ya que los rostros de esa multitud ostentaban la
enloquecedora impronta de un inaguantable horror, y de sus bocas brotaban palabras tan
terribles que nadie se demoró a comprobar su verdad. Hombres de ojos enloquecidos por el
miedo vociferaban haber mirado en la sala del rey a través de los ventanales, y que ya no
resultaba posible ver las siluetas de Nargis-Hei y sus nobles y esclavos, sino tan sólo una
horda de indescriptibles seres verdes mudos, con ojos saltones y repulsivos labios fofos, y
curiosas orejas. Seres que bailaban de forma espantosa, sosteniendo entre sus zarpas fuentes
doradas hermoseadas con rubíes y diamantes, y conteniendo llamas terribles. Y los príncipes
y viajeros, mientras huían de la ciudad maldita de Sarnath a lomos de caballos y camellos y
elefantes, volvieron la vista al lago del que brotaban las nieblas y vieron que la roca Akurión
se hallaba prácticamente sumergida.
Por toda la tierra de Mnar y adyacentes corrieron historias de aquellos que habían
escapado de Sarnath, y las caravanas ya no concurrieron más a la ciudad maldita, ni a sus
metales preciosos. Tuvo que transcurrir mucho tiempo antes de que algún viajero fuera allá, y
sólo entonces los jóvenes valientes y aventureros de la lejana Falona osaron hacer el viaje,
jóvenes aventureros de pelo rubio y ojos azules sin parentesco alguno con los hombres de
Mnar. De hecho, aquellos hombres acudieron al lago para contemplar Sarnath, pero aunque
encontraron el gran lago tranquilo y la roca gris Ákurión que se alza muy alta cerca de la
orilla, no pudieron vislumbrar la maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad. Donde
antes se alzaran muros de 300 codos y torres aún más altas, ahora se hallaba sólo orilla
pantanosa; y donde antes moraran cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se veía
reptar al detestable lagarto verde de agua. Ni las minas de metal precioso quedaban, ya que la
MALDICIÓN había caído sobre Sarnath.
Pero medio oculto entre los juncos se descubrió un curioso ídolo de piedra verde; un
ídolo sumamente antiguo, cubierto de algas y cincelado a semejanza de Bokrug, el gran
lagarto acuático. Ese ídolo, entronizado en el gran templo de Ilarnek, fue en adelante adorado
al resplandor de la luna gibosa en toda la tierra de Mnar.

sábado, 3 de mayo de 2008

LA PRINCESA LILITH -- JULES LEMAÎTRE

LA PRINCESA LILITH

JULES LEMAîTRE

UN RELATO "ESTRAÑO"

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I

Nacido Jesús en Belén, en tiempo del rey Herodes, ciertos magos de oriente llegaron a Jerusalén ydijeron:

-¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Vimos su estrella en el oriente y liemos acudido para adorarlo. Al saber esto turbóse el rey Herodes, y reuniendo a los sacrificadores y los escribas inquirió dónde debía nacer el Cristo. Y dijéronle:

-En Belén. Entonces Herodes llamó secretamente a los magos e indagó la fecha en que habían visto la estrella, y mandándolos a Belén les dijo:

-Id, informaos exactamente acerca de ese pequeñuelo y cuando lo hayáis encontrado, hacérmelo saber para ir también a adorarlo. Pero luego que los magos, conducidos por la estrella, hubieron encontrado y adorado al niño, advertidos por un sueño de que no debían volver á ver a Herodes, regresaron a su país por otro camino. Herodes al verso burlado por los magos fue presa de gran irritación.

II

La princesa Lilith, hija del rey Herodes, recostada en un lecho de púrpura, soñaba, mientras la neura Ntini agitaba sobre su frente un abanico de plumas y su gato Astaroth dormía a sus pies. La princesa Lilith tenía quince años. Sus ojos eran profundos como el agua de las cisternas, y su boca igual a una flor de malvavisco.Pensaba en su madre, la reina Mariana, fallecida cuando Lilith era todavía muy pequeña. Ignoraba que su padre la había muerto por celos; pero sabía que conservaba en el fondo de una habitación secreta el cuerpo de la reina embalsamado con miel y plantas aromáticas, y que la lloraba aún. Pensaba en su padre, el rey Herodes, tan sombrío y siempre enfermo. Solía encerrarse en su cuarto y allí se le oía lanzar gritos. Era que creía volver a ver a los que hiciera morir: su cuñado Kostobar, su mujer Mariana, sus hijos Aristóbulo y Alejandro, hermanos de Lilith, su suegra Alejandra y el hijo Antipater, el doctor de la ley Bababen-Buta, y muchos otros. Y aunque Lilith ignorara aquello, su padre le inspiraba un gran terror.

Pensaba en el Mesías esperado por los judíos y del que le hablara frecuentemente su nodriza Egla, muerta ya. Y aunque el Mesías debiera ser rey en lugar de Herodes, decíase que, sin embargo, desearía mucho verlo: pues el lejano atractivo de ese acontecimiento maravilloso, la desviaba de indagar cómo podría realizarse. Pensaba, en fin, en el pequeño Hozael, hijo de su hermana de leche, Zebuda, que residía en Belén. Hozael era un varoncito que reía y comenzaba a hablar. Lilith lo amaba entrañablemente. Y casi todos los días hacía atar las mulas a su carro de cedro e iba a visitar al pequeño Hozael. Lilith pensaba en todo aquello, en que se encontraba muy solita en el mundo, y en que sin el pequeño Hozael se aburriría mucho.

III

Entonces Lilith bajó al jardín, a pasearse bajo los grandes sicómoros. Allí encontró al viejo Zabulón, en otros tiempos capitán de los guardias del rey. Herodes había reemplazado su guardia judía por soldados romanos, pero como confiaba en el viejo Zabulón, encomendábale la vigilancia de la parte del palacio en que habitaba la princesa Lilith. El viejo Zabulón, enfermo desde hacia algunos años, se calentaba al sol, sentado en un banco de piedra; la edad lo encorvaba de tal manera que su ancha barba le tocaba las rodillas.Lilith le dijo:

-¿Estás triste, viejo Zabulón?

-He sabido por un centurión que el rey ha dado orden de matar mañana, al amanecer, a todas las criaturas de Belén que tengan menos de dos años.

-¿Por qué?-Los magos han anunciado que ha nacido el Mesías. Pero no se sabe cómo reconocerle, y los magos no han vuelto a decir si lo habían encontrado. Matando todas las criaturitas de Belén, el rey está seguro de que el Mesías no se lo escapará.

-En verdad -dijo Lilith -eso está muy bien imaginado.

-Y después de un momento de reflexión:

-¿Se le puede ver? -preguntó

.-¿A quién? Mesías.

-Para verlo sería preciso saber dónde está. Y si se supiera donde está, el rey no necesitaría matar todas las criaturitas del pueblo.

-Es exacto -dijo Lilith. Y agregó en voz baja, como con miedo de sus propias palabras:

-Mi padre es muy malo.

-Luego, de pronto, exclamó:

-¿Y el pequeño Hozael?

-El pequeño Hozael -dijo Zabulón -morirá como los demás, pues los soldados registrarán todas las casas.

-Sin embargo, estoy bien segura de que el pequeño Hozael no es el Mesías. ¿Cómo quieres que sea el Mesías? Es el hijo de mi hermana de leche.

-Pide su gracia a tu padre -dijo Zabulón.

-No me atrevo -dijo Lilith. Y agregó:

-Voy a ir con Num, a traer yo misma al pequeño Hozael y lo ocultaré en mi cuarto. Estará seguro, porque el rey no va allí casi nunca.

IV

Lilith hizo atar las mulas a su carro de cedro, fue a Belén con Num, entró en la casa de su hermana de leche, Zebuda, y le dijo:

-Hace demasiado tiempo que no he visto a Hozael. Quisiera llevarlo a palacio y tenerlo una noche y un día. La criatura está despechada y no necesita ya de tus cuidados. Le daré mi vestido color de jacinto y un collar de perlas. Nada dijo a Zebuda de lo que supiera por Zabulón, tanto temía al rey. Pero notó que el semblante de Zebuda resplandecía con inusitada alegría.

-¿Porqué estás tan alegre? Zebuda, un instante indecisa, respondió:

-Estoy alegre, princesa Lilith, porque amas a mi hijo.

-¿Y tu marido, dónde está? Zebuda, nuevamente indecisa, contestó:

-Fue a reunir su majada en la montaña.

V

Num ocultó bajo sus velos al pequeño Hozael, y Lilith y la buena negra entraron en palacio a la hora en que el sol desaparecía detrás de Jerusalén. Cuando Lilith estuvo en su dormitorio, tomó a Hozael sobre las rodillas y la criatura reía y quería asir los largos pendientes de la princesita. Pero Num, que en la sala vecina preparaba un cocimiento de maíz, acudió presurosa y dijo:

-¡El rey! ¡Ahí está el rey! Lilith tuvo apenas tiempo de esconder a Hozaelen el fondo de un gran cesto y cubrirlo con un hacinamiento de sedas y lanas deslumbrantes. El rey entró con paso pesado, con los hombros encorvados y los ojos inyectados de sangre en su faz terrosa, haciendo entre chocar los collares y chapas de oro que llevaba encima. Su, barba se agitaba temblorosa. Dijo a Lilith:

-¿De dónde vienes? Ella contestó:

-De Jericó.Y levantó hacia el rey sus ojos tranquilos como el agua de las cisternas.

-¡Oh, cómo se le parece! -murmuró Herodes. En ese instante un gritito partió del cesto.

-¡Quieres callar! -dijo Lilith al gato Astaroth que dormía sobre los tapices. En seguida dijo al rey:

-Padre mío, parecéis afligido, ¿queréis que os cante una canción? Y tomando su cítara, cantó una canción sobre las rosas. El rey murmuró:

-¡Oh, esa voz! Y huyó como poseído de espanto, porque las miradas y la canción de Lilith, In, le habían recordado la voz y los ojos de la reina Mariana. Poco después Lilith fue al jardín y vio al viejo Zabulón que lloraba.

-¿Por qué lloras, viejo Zabulón?

-Ya lo sabes, princesa Lilith, lloro porque el rey quiere matar a ese pequeñuelo, que es el Mesías.

-Pero -dijo Lilith, -si fuera realmente el Mesías, los hombres no podrían matarlo.

-Dios quiere quese le ayude -contestó Zabulón.

-Princesa, tú que eres buena y compasiva, debías avisar al padre, y a la madre de ese pequeñuelo.

-Pero ¿dónde lo encontraré?

-Interroga a la gente de Belén.

-Pero, ¿debo salvar al que arrojará mi raza de este palacio, al que quizás un día me convertirá en una pobre prisionera o en una mendiga de las calles?

-Esos tiempos están lejanos -dijo Zabulón, y elMesías no es aún más que una criaturita, más débil que el pequeño Hozael. Por otra parte, el Mesías tendrá suficiente poder para ser rey sin hacer mal a nadie. Y si algún día tienes una hija, princesa Lilith, el Mesías, cuando sea grande, podrá tomarla por esposa.

-Pero, ¿es realmente el Mesías? -preguntó Lilith.

-Sí -dijo Zabulón -puesto que nació en Belén, en el tiempo señalado por los profetas, y puesto que los magos han visto su estrella.

-Aunque pequeño, debe ser hermoso, ¿verdad,Zabulón?

-Está escrito que entre los hijos de los hombres será el más hermoso.

-¡Iré a verlo! -dijo Lilith.

VII

Llegada la noche, Lilith envolvióse en velos negros, y los brazaletes y los aros de oro de sus brazos y de sus tobillos, y los collares de su garganta, y las piedras preciosas que la cubrían toda, resplandecían a través de sus velos , tan suavemente como las estrellas en el cielo, y así Lilith, asemejábase a la noche, cuyo nombre llevaba. Porque Lilith en lengua hebraica significa la noche. Salió secretamente del palacio con la negra Numy pensaba en el camino:

-No quisiera que el Mesías quitara la corona a mi padre: pues me sería muy penoso no seguir viviendo en un hermoso palacio, y no tener ya lindos tapices, bonitos vestidos, joyas y perfumes. Pero tampoco quiero que se haga morir a esa criatura recién nacida.

Entonces diré a mi padre que he descubierto su escondrijo y en recompensa de ese servicio, le suplicaré que perdone a esa criatura y que la tenga en su palacio. Así no podrá perjudicarnos; al contrario, si es el Mesías nos asociará a su poder.

VIII

Lilith encontró a Zebuda orando con su marido Méthuel. Ambos parecían rebosantes de alegría. Entonces Lilith, se sirvió de un ardid:

-Hozael va bien –dijo -os lo devolveré mañana. Pero ya que sabéis dónde está el Mesías conducidme hacia él. He venido para adorarlo. Méthuel era un hombre sencillo y poco inclinado a creer en el mal.

Contestó:

-Yo te conduciré, princesa Lilith.

IX

Cuando llegaron al lugar en que se encontraban la criatura, Lilith se admiró sobre manera, pues esperaba algo extraordinario, sin saber qué, y sólo vio una choza armada a la roca, y en ella un asno, un buey, un hombre que tenía aspecto de artesano, una mujer del pueblo, bella sin duda, pero pálida, débil y pobremente vestida, y en un pesebre, sobre pajas, una criaturita que en un principio le pareció igual a muchas otras. Mas, habiéndose aproximado vio sus ojos y en esos ojos, una mirada que no era la de un niño, de una dulzura infinita y más que humana, y notó que el establo no estaba alumbrado sino por la luz que de él emanaba. Dijo a la joven madre:

-¿Cómo te llamas?

-Miryem.-¿Y este varoncito?.

-Jesús.

-Parece muy juicioso.

-Llora algunas veces, pero nunca grita.

-Quieres permitirme que lo bese.

-Sí, señora -dijo Miryeni. Lilith se inclinó y besó a la criatura en la frente; Miryem se enfadó algo porque no se arrodillaba.

-De manera -dijo Lilith -que este pequeñuelo es el Mesías.

-Tú lo has dicho, señora.

-¿Y será rey de los judíos?

-Con ese objeto lo ha enviado Dios.

-Pero entonces liará la guerra, matará muchos hombres y destronará al rey Herodes o a su sucesor.-

-No -dijo Miryem, -pues su reino no es de este mundo. No tendrá guardias ni soldados; no tendrá palacios ni tesoros; no establecerá impuestos, y vivirá como el más pobre de los pescadores del lago de Genezaret. Será el servidor de los humildes, y de los pequeños. Curará a los enfermos, consolará a los afligidos. Enseñará la verdad y la justicia, y reinará sobre los corazones, no sobre los cuerpos. Sufrirá, para enseñarnos el valor del sufrimiento. Será el rey del amor, pues amará a los hombres, y a los que atormente un deseo de amar, a aquellos a quienes la tierra no baste, les dirá que sus pobres corazones hallarán su satisfacción y su alegría. Tendrá inagotable misericordia para todos los que, aun culpables, hayan conservado el don de amar y la virtud de sentirse hermanos de los demás hombres y de no preferirse a ellos, y sin duda tendrá un trono.

-¡Ah, ya lo ves! -dijo Lilith resistiendo aún.

-Pero -prosiguió Miryem, -ese trono será una cruz. Sobre una cruz morirá para redimir los pecados de los hombres y para que Dios, su padre, tenga piedad de ellos. Lilith escuchaba con admiración. Lentamente volvió la cabeza hacia el establo; vio que la criatura la miraba, y bajo la caricia de sus ojos profundos, vencida, arrodillóse murmurando:

-Nunca me habían dicho esas cosas.

Y adoró. Hacía tiempo que Num se había arrodillado y lloraba.

-Sé -dijo Lilith incorporándose, -que el rey Herodes busca al niño para hacerlo morir. Toma el asno (yo lo pagaré a su dueño) y huye con él.

X

Por los caminos estrechos que serpentean alre-dedor de las redondas colinas, Jesús y su madre,José y Lilith, y la negra, y el asno llegaron a la llanura.

- Aquí es -dijo la princesa -donde es preciso que os deje. Soy la princesa Lilith, hija del rey Herodes.Acordaos de mí.

Y mientras Miryen montada en el asno conducido por José y teniendo a Jesús en los brazos, sealejaba por el camino de la derecha, Lilith seguíacon los ojos la aureola que rodeaba la frente del pequeñuelo.Y precisa mente en el momento en que detrásde un bosque de sicómoros desaparecía la pálida luz misteriosa, por el camino de la izquierda oyóse un ruido de corceles, de entrechocar de acero, y rápidos fulgores de cascos bajo la luz de la luna; el escuadrón de guardias romanos marchaba hacia Belén...

XI

Y todos saben que la princesa Lilith fue una de,las santas mujeres que siguieron a Jesús el día de su sacrificio, y que el pequeño Hozael uno de los primeros discípulos del Cristo Salvador.

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