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EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

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sábado, 10 de mayo de 2008

LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH

H. P. Lovecraft
LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH
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Hay en la tierra de Mnar un amplio lago tranquilo al que ninguna corriente nutre y del
que tampoco nace río alguno. Hace diez mil años se alzaba en sus riberas la poderosa ciudad
de Sarnath, pero Sarnath ya no está allí.
Cuentan que, en los olvidados años en que el mundo era joven, aun antes de que los
hombres de Sarnath llegaran a la tierra de Mnar, otra ciudad se ubicaba junto al lago; la
ciudad construida con piedras grises de lb, que era tan vieja como el mismo lago y estaba
poblada por seres de ingrata apariencia. Tales seres resultaban sumamente feos y extraños, tal
como de hecho son la mayoría de los retoños de un mundo apenas esbozado. Está escrito en
las piedras cilíndricas de Kadatheron que el color de los seres de lb resultaba tan verde como
el lago y las neblinas que se alzan de su superficie; que eran de ojos saltones, labios fofos y
repulsivos, y curiosas orejas, así como que eran mudos. También está escrito que
descendieron una noche de la luna, entre la niebla; ellos y el gran lago tranquilo, y la pétrea
ciudad gris de lb. Como quiera que sea, es cierto que adoraban a un ídolo de piedra verde mar
cincelado a semejanza de Bokrug, el gran lagarto acuático, ante el que danzaban de forma
horrible cuando la luna se mostraba gibosa. Y está escrito en los papiros de Ilarnek que
descubrieron un día el fuego, y que desde entonces utilizaron las llamas en multitud de
festejos. Pero no es mucho lo que se ha escrito sobre tales seres, ya que existieron en tiempos
verdaderamente remotos, y el hombre es joven, y sabe muy poco sobre los más antiguos de
entre los seres vivos.
Tras muchos eones los hombres llegaron a la tierra de Mnar; eran oscuros pueblos
pastores que arreaban sus rebaños y que construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron junto al
sinuoso río Al. Y algunas tribus, más audaces que las otras, se llegaron al borde del lago y
emplazaron Sarnath en el lugar en que los metales preciosos afloraban de la tierra.
Las errabundas tribus ubicaron las primeras piedras de Sarnath no muy lejos de la
ciudad gris de lb, maravillándose en grado sumo ante los seres que allí moraban. Pero con su
asombro se mezclaba el odio, porque no estaba en su forma de pensar el admitir que seres de
tal aspecto pudieran habitar el mundo de los hombres nacidos del fango. Tampoco gustaban
de las extrañas esculturas sobre los monolitos grises de lb, ya que la gran antigüedad de tales
tallas les resultaba terrible. Nadie sabría decir por qué aquellos seres y esculturas
permanecían sobre la tierra, aun tras la llegada del hombre; a no ser que fuera porque la tierra
de Mnar era tranquila en verdad, y alejada de la mayoría de otras tierras, tanto de la vigilia
como de los sueños.
Cuanto más miraban a los seres de lb, más los odiaban los hombres de Sarnath, y a
esto contribuía no poco el descubrimiento de que aquellos seres resultaban débiles como jalea
a la herida de piedras, lanzas y flechas. Así que un día los guerreros jóvenes, los honderos y
los lanceros y los arqueros se pusieron en marcha contra Ib y mataron a todos sus moradores,
arrojando los extraños cuerpos al lago mediante largas lanzas, ya que no querían tocarlos. Y
ya que no gustaban de los grises monolitos esculpidos de lb, los abatieron asimismo sobre el
lago, maravillándose de la enormidad del trabajo de acarrear aquellas piedras desde muy
lejos, como sin duda había sido, ya que no se conocía nada semejante en toda la tierra de
Mnar ni en las adyacentes.
De esta forma no quedó nada de la antiquísima ciudad, a excepción del ídolo de
piedra verde mar cincelado a semejanza de Bokrug, el lagarto acuático. A éste los guerreros
jóvenes se lo llevaron a Sarnath como un símbolo de conquista sobre los viejos dioses y los
seres de lb, así como en señal de liderazgo sobre Mnar. Pero la noche después de ser
emplazado en el templo, algo terrible debió suceder, ya que se vieron luces salvajes sobre el
lago, y al llegar la mañana el pueblo se encontró con que había desaparecido, y que el sumo
sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como abatido por algún miedo indecible. Y antes de morir,
Taran-Ish había garabateado sobre el altar de crisolito con trazos temblorosos la señal de la
MALDICIÓN.
Luego de Taran-Ish se sucedieron los sumos sacerdotes en Sarnath, pero nunca
llegaron a encontrar el ídolo de piedra verde mar. Y multitud de siglos llegaron y se fueron, y
Sarnath prosperó desmesuradamente, hasta que sólo los sacerdotes y las viejas recordaron lo
que Taran-Ish garabateara sobre el altar de crisolito. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se
estableció un camino de caravanas, y los preciosos metales de la tierra se intercambiaban por
otros metales y ropas raras y joyas y libros e instrumental para los artífices y todas los lujosos
bienes conocidos por el pueblo que habita a lo largo del sinuoso río Ai y aun más allá. Así
creció Sarnath poderosa y sabia, y enviaba ejércitos de conquista para subyugar a las
ciudades vecinas; y en su momento se sentaron en el trono de Sarnath los reyes de toda la
tierra de Mnar, así como multitud de tierras adyacentes.
Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. De pulido
mármol, extraído del desierto, eran sus murallas; con una altura de 300 codos y una anchura
de 75, de forma que dos carros podían cruzarse sobre su parte alta. Su longitud era de 500
estadios, interrumpiéndose tan sólo en la parte que daba al lago, donde un gran dique de
piedra verde contenía a las olas que se alzaban de forma extraña una vez al año, durante el
aniversario de la destrucción de Ib. En Sarnath había cincuenta calles que iban del lago a las
puertas de las caravanas, y otras cincuenta que las cruzaban. De ónice estaban todas
pavimentadas, a excepción de aquellas por donde pasaban los caballos y los camellos y los
elefantes, que se hallaban adoquinadas con granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como
calles concluían en sus murallas, cada una de ellas de bronce y flanqueadas por efigies de
leones y elefantes esculpidos en una clase de piedra ya desconocida para los hombres. Las
casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y calcedonia, cada una con su jardín vallado y su
estanque cristalino. En extraño estilo habían sido construidas, ya que ninguna otra ciudad
poseía casas así, y los viajeros de Thraa e Ilarnek y Kadatheron se maravillaban ante los
resplandecientes domos con que se hallaban rematadas.
Pero más maravillosos aún resultaban los templos y los palacios, así como los jardines
establecidos por el antiguo rey Zokkar. Había multitud de palacios, el más modesto de los
cuales era más formidable que cualquiera de los de Thraa o Ilarnek o Kadatheron. Tan altos
eran que, hallándose en su interior, uno podía creer que se hallaba a cielo abierto; aunque
cuando se iluminaban con antorchas embebidas en el aceite de Dothur sus muros mostraban
inmensos frescos de reyes y ejércitos, de una magnificencia tal que elevaban el espíritu al
tiempo que atemorizaban a quienes los contemplaban. Multitud eran las columnas de los
palacios, todas de mármol veteado, y talladas con motivos de belleza sin par. Y en la mayoría
de los palacios los suelos se hallaban cubiertos por mosaicos de berilo y lapislázuli y
sardónice y rubí y otros materiales selectos, tan bien distribuidos que el visitante podía
creerse paseando sobre lechos de las más raras flores. Y había asimismo fuentes que
derramaban aguas perfumadas alrededor mediante surtidores diseñados con habilidosa
artesanía. Eclipsando a todos sus rivales se alzaba el palacio de los reyes de Mnar y tierras
adyacentes. Sobre dos agazapados leones de oro reposaba el trono, muchos peldaños por
encima del suelo resplandeciente. Y había sido tallado en una única pieza de marfil, aunque
ningún hombre vivo conocía de dónde pudiera proceder algo tan inmenso. En ese palacio
también había innumerables galerías, y muchos anfiteatros donde leones y hombres y
elefantes combatían para entretenimiento de los reyes. En ocasiones se inundaban los
anfiteatros con aguas canalizadas desde el lago a través de poderosos acueductos, y entonces
se libraban trepidantes combates navales o luchas de nadadores contra mortíferos seres
acuáticos.
Altos y asombrosos resultaban los diecisiete templos en torre de Sarnath, edificados
con una piedra de reflejos multicolores desconocida en cualquier otra parte. Su buen millar de
codos medía el mayor de todos, allí donde moraba el sumo sacerdote entre una magnificencia
apenas superada por la del rey. Abajo había salones tan amplios y espléndidos como los de
los palacios, donde se agolpaban las muchedumbres adorando a Zo-Kalar y Tamash y Lobon,
los dioses mayores de Sarnath, cuyos relicarios, envueltos en humo de incienso, eran
semejantes a tronos de monarca. Las imágenes de Zo-Kalar y Tamash y Lobon no eran como
las demás estatuas de dioses, ya que resultaban tan vívidas que uno podría jurar que los
propios y agraciados dioses barbudos ocupaban sus tronos de marfil. Y a través de
interminables escaleras de brillante circonio se llegaba al aposento de la cima, desde donde el
sumo sacerdote avizoraba de día sobre la ciudad y las llanuras y el lago; y de noche la críptica
luna y las estrellas más brillantes y los planetas, así como sus reflejos en el lago. Allí tenían
lugar los más antiguos y secretos ritos en execración de Bokrug, el lagarto acuático, y allí
reposaba el altar de crisolito ostentando la MALDICIÓN, garabateada por Taran-Ish.
Maravillosos asimismo resultaban los jardines edificados por el antiguo rey Zokkar.
Ocupaban el centro de Sarnath, cubriendo un gran espacio y circundados por un alto muro. Y
se hallaban cubiertos por un poderoso domo de cristal, a través del cual brillaban el sol y la
luna y las estrellas y los planetas cuando estaba despejado. Y de ella se colgaban refulgentes
imágenes del sol y la luna y las estrellas y los planetas cuando estaba nublado. En verano, los
jardines se refrescaban mediante aromáticas brisas frescas, habilidosamente provocadas
mediante ventiladores, y en verano se caldeaban a través de fuegos ocultos, por lo que en
dichos jardines siempre reinaba la primavera. Pequeñas corrientes corrían sobre guijarros
claros, surcando prados verdes y jardines multicolores, y multitud de puentes los salvaban de
uno a otro lado. Muchas eran las cascadas a lo largo de sus cursos, y muchos asimismo los
estanques cuajados de lirios en los que se expandían. Sobre corrientes y estanques bogaban
blancos cisnes, al tiempo que la música de aves exóticas repicaba al compás del canto de las
aguas. Macizos verdes nacían en ordenadas terrazas, adornados aquí y allá con emparrados y
amables arriates, y asientos y bancos de mármol y pórfido. Y había innumerables capillas y
templetes en donde uno podía descansar o rezar a los dioses menores.
Cada año tenía lugar en Sarnath la fiesta de la destrucción de lb, y en esa ocasión se
prodigaban el vino, las canciones, la danza y todo tipo de festejos. Se rendían grandes
honores a los espectros de aquellos que aniquilaron a los seres de extraña antigüedad, y la
memoria de éstos y sus viejos dioses resultaba mancillada por bailarines y músicos coronados
con rosas procedentes de los jardines de Zokkar. Y los reyes oteaban sobre el lago y
maldecían los huesos de los muertos que descansaban en sus honduras. En un principio los
sumos sacerdotes no gustaban de tales festejos, ya que se contaban unos a otros extrañas
historias de cómo el ídolo verde mar se había esfumado, y de cómo Taran-Ish había muerto
de miedo, no sin antes dejar un aviso. Y se comentaba que, a veces, desde su alta torre, se
divisaban luces bajo las aguas del lago. Pero como innumerables años fueron transcurriendo
sin que sucediera calamidad alguna, incluso los sacerdotes rieron y maldijeron, y tomaron
parte en aquellas orgías multitudinarias. Además, ¿no habían ellos mismos realizado a
menudo, en su alta torre, el inconcebiblemente antiguo rito de execración de Bokrug, el
lagarto acuático? Y un millar de años de riqueza y gozos transcurrieron sobre Sarnath,
maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad.
Magnificiente más allá de toda imaginación resultó la fiesta del milenio de la
destrucción de lb. Por espacio de una década se habló en la tierra de Mnar sobre ella, y al
acercarse la noche acudieron a Sarnath en caballos y camellos y elefantes hombres de Thraa,
Ilarnek y Kadatheron, y de todas las ciudades de Mnar y de las tierras de aún más allá. Los
pabellones de los príncipes y las tiendas de los viajeros se alzaron ante los marmóreos muros
en aquella señalada noche, y por toda la ribera resonaban los cánticos de alegres celebrantes.
En su sala de banquetes se reclinaba Nargis-Hey, el rey, catando vinos añejos de las bodegas
de la conquistada Pnath, rodeado de nobles alegres y diligentes esclavos. Se habían paladeado
multitud de platos durante esa fiesta; pavos reales de las islas de Nariel en el Océano Medio;
cabras jóvenes de las lejanas colinas de Implan, pies de camellos del desierto bnarcico,
nueces y especias de los plantíos cidarianos, y perlas de marítimo Mtal, disueltas en el
vinagre de Thraa. Había salsas en número incontable, preparadas por los mejores cocineros
de toda Mnar, y aptas para todos los paladares. Pero el manjar más apreciado lo constituían
los grandes peces del lago, de gran envergadura y servidos sobre fuentes de oro hermoseadas
con rubíes y diamantes.
Mientras el rey y sus nobles festejaban en palacio, y contemplaban los platos cumbre
que aguardaban en sus fuentes de oro, otros celebraban en otra parte. En la torre del gran
templo los sacerdotes se entregaban a la diversión, y en los pabellones extramuros los
príncipes de tierras vecinas festejaban a su vez. Y sucedió que fue el sumo sacerdote Gnai-
Kah quien primero advirtió la sombra que descendía de la gibosa luna hacia el lago, y la
espantosa bruma verde que surgía del lago para juntarse con la luna y envolver con siniestra
neblina las torres y cúpulas de la condenada Sarnath. Luego, quienes estaban en las torres y al
otro lado de los muros avistaron extrañas luces en las aguas y vieron que la roca gris
Akurión, que se alzaba junto a la orilla, estaba casi sumergida. Y el miedo prendió difusa
aunque velozmente, de forma que el príncipe de Ilarnek y el del lejano Rokol desmontaron y
plegaron sus tiendas y pabellones y huyeron hacia el río Ai, aunque ellos mismos apenas
entendían el motivo de aquella precipitada salida.
Entonces, próxima a sonar la medianoche, las puertas de bronce de Sarnath se
abrieron y vomitaron una multitud enloquecida que cubrió la llanura, por lo que príncipes
visitantes y viajeros huyeron espantados, ya que los rostros de esa multitud ostentaban la
enloquecedora impronta de un inaguantable horror, y de sus bocas brotaban palabras tan
terribles que nadie se demoró a comprobar su verdad. Hombres de ojos enloquecidos por el
miedo vociferaban haber mirado en la sala del rey a través de los ventanales, y que ya no
resultaba posible ver las siluetas de Nargis-Hei y sus nobles y esclavos, sino tan sólo una
horda de indescriptibles seres verdes mudos, con ojos saltones y repulsivos labios fofos, y
curiosas orejas. Seres que bailaban de forma espantosa, sosteniendo entre sus zarpas fuentes
doradas hermoseadas con rubíes y diamantes, y conteniendo llamas terribles. Y los príncipes
y viajeros, mientras huían de la ciudad maldita de Sarnath a lomos de caballos y camellos y
elefantes, volvieron la vista al lago del que brotaban las nieblas y vieron que la roca Akurión
se hallaba prácticamente sumergida.
Por toda la tierra de Mnar y adyacentes corrieron historias de aquellos que habían
escapado de Sarnath, y las caravanas ya no concurrieron más a la ciudad maldita, ni a sus
metales preciosos. Tuvo que transcurrir mucho tiempo antes de que algún viajero fuera allá, y
sólo entonces los jóvenes valientes y aventureros de la lejana Falona osaron hacer el viaje,
jóvenes aventureros de pelo rubio y ojos azules sin parentesco alguno con los hombres de
Mnar. De hecho, aquellos hombres acudieron al lago para contemplar Sarnath, pero aunque
encontraron el gran lago tranquilo y la roca gris Ákurión que se alza muy alta cerca de la
orilla, no pudieron vislumbrar la maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad. Donde
antes se alzaran muros de 300 codos y torres aún más altas, ahora se hallaba sólo orilla
pantanosa; y donde antes moraran cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se veía
reptar al detestable lagarto verde de agua. Ni las minas de metal precioso quedaban, ya que la
MALDICIÓN había caído sobre Sarnath.
Pero medio oculto entre los juncos se descubrió un curioso ídolo de piedra verde; un
ídolo sumamente antiguo, cubierto de algas y cincelado a semejanza de Bokrug, el gran
lagarto acuático. Ese ídolo, entronizado en el gran templo de Ilarnek, fue en adelante adorado
al resplandor de la luna gibosa en toda la tierra de Mnar.

sábado, 3 de mayo de 2008

LA PRINCESA LILITH -- JULES LEMAÎTRE

LA PRINCESA LILITH

JULES LEMAîTRE

UN RELATO "ESTRAÑO"

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I

Nacido Jesús en Belén, en tiempo del rey Herodes, ciertos magos de oriente llegaron a Jerusalén ydijeron:

-¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Vimos su estrella en el oriente y liemos acudido para adorarlo. Al saber esto turbóse el rey Herodes, y reuniendo a los sacrificadores y los escribas inquirió dónde debía nacer el Cristo. Y dijéronle:

-En Belén. Entonces Herodes llamó secretamente a los magos e indagó la fecha en que habían visto la estrella, y mandándolos a Belén les dijo:

-Id, informaos exactamente acerca de ese pequeñuelo y cuando lo hayáis encontrado, hacérmelo saber para ir también a adorarlo. Pero luego que los magos, conducidos por la estrella, hubieron encontrado y adorado al niño, advertidos por un sueño de que no debían volver á ver a Herodes, regresaron a su país por otro camino. Herodes al verso burlado por los magos fue presa de gran irritación.

II

La princesa Lilith, hija del rey Herodes, recostada en un lecho de púrpura, soñaba, mientras la neura Ntini agitaba sobre su frente un abanico de plumas y su gato Astaroth dormía a sus pies. La princesa Lilith tenía quince años. Sus ojos eran profundos como el agua de las cisternas, y su boca igual a una flor de malvavisco.Pensaba en su madre, la reina Mariana, fallecida cuando Lilith era todavía muy pequeña. Ignoraba que su padre la había muerto por celos; pero sabía que conservaba en el fondo de una habitación secreta el cuerpo de la reina embalsamado con miel y plantas aromáticas, y que la lloraba aún. Pensaba en su padre, el rey Herodes, tan sombrío y siempre enfermo. Solía encerrarse en su cuarto y allí se le oía lanzar gritos. Era que creía volver a ver a los que hiciera morir: su cuñado Kostobar, su mujer Mariana, sus hijos Aristóbulo y Alejandro, hermanos de Lilith, su suegra Alejandra y el hijo Antipater, el doctor de la ley Bababen-Buta, y muchos otros. Y aunque Lilith ignorara aquello, su padre le inspiraba un gran terror.

Pensaba en el Mesías esperado por los judíos y del que le hablara frecuentemente su nodriza Egla, muerta ya. Y aunque el Mesías debiera ser rey en lugar de Herodes, decíase que, sin embargo, desearía mucho verlo: pues el lejano atractivo de ese acontecimiento maravilloso, la desviaba de indagar cómo podría realizarse. Pensaba, en fin, en el pequeño Hozael, hijo de su hermana de leche, Zebuda, que residía en Belén. Hozael era un varoncito que reía y comenzaba a hablar. Lilith lo amaba entrañablemente. Y casi todos los días hacía atar las mulas a su carro de cedro e iba a visitar al pequeño Hozael. Lilith pensaba en todo aquello, en que se encontraba muy solita en el mundo, y en que sin el pequeño Hozael se aburriría mucho.

III

Entonces Lilith bajó al jardín, a pasearse bajo los grandes sicómoros. Allí encontró al viejo Zabulón, en otros tiempos capitán de los guardias del rey. Herodes había reemplazado su guardia judía por soldados romanos, pero como confiaba en el viejo Zabulón, encomendábale la vigilancia de la parte del palacio en que habitaba la princesa Lilith. El viejo Zabulón, enfermo desde hacia algunos años, se calentaba al sol, sentado en un banco de piedra; la edad lo encorvaba de tal manera que su ancha barba le tocaba las rodillas.Lilith le dijo:

-¿Estás triste, viejo Zabulón?

-He sabido por un centurión que el rey ha dado orden de matar mañana, al amanecer, a todas las criaturas de Belén que tengan menos de dos años.

-¿Por qué?-Los magos han anunciado que ha nacido el Mesías. Pero no se sabe cómo reconocerle, y los magos no han vuelto a decir si lo habían encontrado. Matando todas las criaturitas de Belén, el rey está seguro de que el Mesías no se lo escapará.

-En verdad -dijo Lilith -eso está muy bien imaginado.

-Y después de un momento de reflexión:

-¿Se le puede ver? -preguntó

.-¿A quién? Mesías.

-Para verlo sería preciso saber dónde está. Y si se supiera donde está, el rey no necesitaría matar todas las criaturitas del pueblo.

-Es exacto -dijo Lilith. Y agregó en voz baja, como con miedo de sus propias palabras:

-Mi padre es muy malo.

-Luego, de pronto, exclamó:

-¿Y el pequeño Hozael?

-El pequeño Hozael -dijo Zabulón -morirá como los demás, pues los soldados registrarán todas las casas.

-Sin embargo, estoy bien segura de que el pequeño Hozael no es el Mesías. ¿Cómo quieres que sea el Mesías? Es el hijo de mi hermana de leche.

-Pide su gracia a tu padre -dijo Zabulón.

-No me atrevo -dijo Lilith. Y agregó:

-Voy a ir con Num, a traer yo misma al pequeño Hozael y lo ocultaré en mi cuarto. Estará seguro, porque el rey no va allí casi nunca.

IV

Lilith hizo atar las mulas a su carro de cedro, fue a Belén con Num, entró en la casa de su hermana de leche, Zebuda, y le dijo:

-Hace demasiado tiempo que no he visto a Hozael. Quisiera llevarlo a palacio y tenerlo una noche y un día. La criatura está despechada y no necesita ya de tus cuidados. Le daré mi vestido color de jacinto y un collar de perlas. Nada dijo a Zebuda de lo que supiera por Zabulón, tanto temía al rey. Pero notó que el semblante de Zebuda resplandecía con inusitada alegría.

-¿Porqué estás tan alegre? Zebuda, un instante indecisa, respondió:

-Estoy alegre, princesa Lilith, porque amas a mi hijo.

-¿Y tu marido, dónde está? Zebuda, nuevamente indecisa, contestó:

-Fue a reunir su majada en la montaña.

V

Num ocultó bajo sus velos al pequeño Hozael, y Lilith y la buena negra entraron en palacio a la hora en que el sol desaparecía detrás de Jerusalén. Cuando Lilith estuvo en su dormitorio, tomó a Hozael sobre las rodillas y la criatura reía y quería asir los largos pendientes de la princesita. Pero Num, que en la sala vecina preparaba un cocimiento de maíz, acudió presurosa y dijo:

-¡El rey! ¡Ahí está el rey! Lilith tuvo apenas tiempo de esconder a Hozaelen el fondo de un gran cesto y cubrirlo con un hacinamiento de sedas y lanas deslumbrantes. El rey entró con paso pesado, con los hombros encorvados y los ojos inyectados de sangre en su faz terrosa, haciendo entre chocar los collares y chapas de oro que llevaba encima. Su, barba se agitaba temblorosa. Dijo a Lilith:

-¿De dónde vienes? Ella contestó:

-De Jericó.Y levantó hacia el rey sus ojos tranquilos como el agua de las cisternas.

-¡Oh, cómo se le parece! -murmuró Herodes. En ese instante un gritito partió del cesto.

-¡Quieres callar! -dijo Lilith al gato Astaroth que dormía sobre los tapices. En seguida dijo al rey:

-Padre mío, parecéis afligido, ¿queréis que os cante una canción? Y tomando su cítara, cantó una canción sobre las rosas. El rey murmuró:

-¡Oh, esa voz! Y huyó como poseído de espanto, porque las miradas y la canción de Lilith, In, le habían recordado la voz y los ojos de la reina Mariana. Poco después Lilith fue al jardín y vio al viejo Zabulón que lloraba.

-¿Por qué lloras, viejo Zabulón?

-Ya lo sabes, princesa Lilith, lloro porque el rey quiere matar a ese pequeñuelo, que es el Mesías.

-Pero -dijo Lilith, -si fuera realmente el Mesías, los hombres no podrían matarlo.

-Dios quiere quese le ayude -contestó Zabulón.

-Princesa, tú que eres buena y compasiva, debías avisar al padre, y a la madre de ese pequeñuelo.

-Pero ¿dónde lo encontraré?

-Interroga a la gente de Belén.

-Pero, ¿debo salvar al que arrojará mi raza de este palacio, al que quizás un día me convertirá en una pobre prisionera o en una mendiga de las calles?

-Esos tiempos están lejanos -dijo Zabulón, y elMesías no es aún más que una criaturita, más débil que el pequeño Hozael. Por otra parte, el Mesías tendrá suficiente poder para ser rey sin hacer mal a nadie. Y si algún día tienes una hija, princesa Lilith, el Mesías, cuando sea grande, podrá tomarla por esposa.

-Pero, ¿es realmente el Mesías? -preguntó Lilith.

-Sí -dijo Zabulón -puesto que nació en Belén, en el tiempo señalado por los profetas, y puesto que los magos han visto su estrella.

-Aunque pequeño, debe ser hermoso, ¿verdad,Zabulón?

-Está escrito que entre los hijos de los hombres será el más hermoso.

-¡Iré a verlo! -dijo Lilith.

VII

Llegada la noche, Lilith envolvióse en velos negros, y los brazaletes y los aros de oro de sus brazos y de sus tobillos, y los collares de su garganta, y las piedras preciosas que la cubrían toda, resplandecían a través de sus velos , tan suavemente como las estrellas en el cielo, y así Lilith, asemejábase a la noche, cuyo nombre llevaba. Porque Lilith en lengua hebraica significa la noche. Salió secretamente del palacio con la negra Numy pensaba en el camino:

-No quisiera que el Mesías quitara la corona a mi padre: pues me sería muy penoso no seguir viviendo en un hermoso palacio, y no tener ya lindos tapices, bonitos vestidos, joyas y perfumes. Pero tampoco quiero que se haga morir a esa criatura recién nacida.

Entonces diré a mi padre que he descubierto su escondrijo y en recompensa de ese servicio, le suplicaré que perdone a esa criatura y que la tenga en su palacio. Así no podrá perjudicarnos; al contrario, si es el Mesías nos asociará a su poder.

VIII

Lilith encontró a Zebuda orando con su marido Méthuel. Ambos parecían rebosantes de alegría. Entonces Lilith, se sirvió de un ardid:

-Hozael va bien –dijo -os lo devolveré mañana. Pero ya que sabéis dónde está el Mesías conducidme hacia él. He venido para adorarlo. Méthuel era un hombre sencillo y poco inclinado a creer en el mal.

Contestó:

-Yo te conduciré, princesa Lilith.

IX

Cuando llegaron al lugar en que se encontraban la criatura, Lilith se admiró sobre manera, pues esperaba algo extraordinario, sin saber qué, y sólo vio una choza armada a la roca, y en ella un asno, un buey, un hombre que tenía aspecto de artesano, una mujer del pueblo, bella sin duda, pero pálida, débil y pobremente vestida, y en un pesebre, sobre pajas, una criaturita que en un principio le pareció igual a muchas otras. Mas, habiéndose aproximado vio sus ojos y en esos ojos, una mirada que no era la de un niño, de una dulzura infinita y más que humana, y notó que el establo no estaba alumbrado sino por la luz que de él emanaba. Dijo a la joven madre:

-¿Cómo te llamas?

-Miryem.-¿Y este varoncito?.

-Jesús.

-Parece muy juicioso.

-Llora algunas veces, pero nunca grita.

-Quieres permitirme que lo bese.

-Sí, señora -dijo Miryeni. Lilith se inclinó y besó a la criatura en la frente; Miryem se enfadó algo porque no se arrodillaba.

-De manera -dijo Lilith -que este pequeñuelo es el Mesías.

-Tú lo has dicho, señora.

-¿Y será rey de los judíos?

-Con ese objeto lo ha enviado Dios.

-Pero entonces liará la guerra, matará muchos hombres y destronará al rey Herodes o a su sucesor.-

-No -dijo Miryem, -pues su reino no es de este mundo. No tendrá guardias ni soldados; no tendrá palacios ni tesoros; no establecerá impuestos, y vivirá como el más pobre de los pescadores del lago de Genezaret. Será el servidor de los humildes, y de los pequeños. Curará a los enfermos, consolará a los afligidos. Enseñará la verdad y la justicia, y reinará sobre los corazones, no sobre los cuerpos. Sufrirá, para enseñarnos el valor del sufrimiento. Será el rey del amor, pues amará a los hombres, y a los que atormente un deseo de amar, a aquellos a quienes la tierra no baste, les dirá que sus pobres corazones hallarán su satisfacción y su alegría. Tendrá inagotable misericordia para todos los que, aun culpables, hayan conservado el don de amar y la virtud de sentirse hermanos de los demás hombres y de no preferirse a ellos, y sin duda tendrá un trono.

-¡Ah, ya lo ves! -dijo Lilith resistiendo aún.

-Pero -prosiguió Miryem, -ese trono será una cruz. Sobre una cruz morirá para redimir los pecados de los hombres y para que Dios, su padre, tenga piedad de ellos. Lilith escuchaba con admiración. Lentamente volvió la cabeza hacia el establo; vio que la criatura la miraba, y bajo la caricia de sus ojos profundos, vencida, arrodillóse murmurando:

-Nunca me habían dicho esas cosas.

Y adoró. Hacía tiempo que Num se había arrodillado y lloraba.

-Sé -dijo Lilith incorporándose, -que el rey Herodes busca al niño para hacerlo morir. Toma el asno (yo lo pagaré a su dueño) y huye con él.

X

Por los caminos estrechos que serpentean alre-dedor de las redondas colinas, Jesús y su madre,José y Lilith, y la negra, y el asno llegaron a la llanura.

- Aquí es -dijo la princesa -donde es preciso que os deje. Soy la princesa Lilith, hija del rey Herodes.Acordaos de mí.

Y mientras Miryen montada en el asno conducido por José y teniendo a Jesús en los brazos, sealejaba por el camino de la derecha, Lilith seguíacon los ojos la aureola que rodeaba la frente del pequeñuelo.Y precisa mente en el momento en que detrásde un bosque de sicómoros desaparecía la pálida luz misteriosa, por el camino de la izquierda oyóse un ruido de corceles, de entrechocar de acero, y rápidos fulgores de cascos bajo la luz de la luna; el escuadrón de guardias romanos marchaba hacia Belén...

XI

Y todos saben que la princesa Lilith fue una de,las santas mujeres que siguieron a Jesús el día de su sacrificio, y que el pequeño Hozael uno de los primeros discípulos del Cristo Salvador.

miércoles, 30 de abril de 2008

LA LAMPARA DE ALHAZRED -- H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH


LA LAMPARA DE ALHAZRED
H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH



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Siete años habían transcurrido desde la desaparición de su abuelo Whipple
cuando Ward Phillips recibió la lámpara. Esta, así como la casa de la calle
Angell, donde vivía Ward, habían pertenecido a su abuelo. Phillips había
estado habitando en la casa desde la desaparición de su abuelo, pero la lámpara
había quedado en manos del abogado hasta pasados los siete años que deberían
transcurrir hasta darle definitivamente por muerto. Había sido deseo de su
abuelo que la lámpara estuviese bien guardada durante esos años, en manos del
ahogado, por si acaeciese algo imprevisto, la muerte o cualquier otro accidente.
El caso era que Phillips dispusiese del tiempo necesario para familiarizarse con
la imponente biblioteca de Whipple, en la que le esperaba una gran cantidad de
sabiduría. El viejo Whipple había decidido que, cuando Phillips hubiese
acabado de leer los enormes volúmenes que llenaban las estanterías, habría
alcanzado un grado de madurez suficiente para poder heredar el «tesoro más
valioso» de su abuelo, según declaración del propio Whipple.
Phillips tenía entonces treinta años y una salud delicada, lo cual era normal,
pues desde niño, siempre había sido un poco enfermizo. Había nacido en el
seno de una familia medianamente rica, pero los ahorros de su abuelo volaron
en unas inversiones desacertadas, de modo que a Phillips lo único que le
quedaba era la casa de la calle Angell y lo que ésta encerraba. Phillips trabajaba
como redactor en unas revistas de escándalo, y luego, para redondear las pocas
ganancias que le producía el oficio, se dedicaba a revisar y corregir los
innumerables y poco prometedores manuscritos de prosa o de poesía que otros
escritores, más inexpertos que él, le enviaban con la esperanza de llegar a ver su
obra publicada, una vez que la pluma de Phillips hubiese obrado un milagro.
La vida sedentaria que llevaba no había mejorado su resistencia a la
enfermedad; era alto, delgado, llevaba gafas, tenía frecuentes catarros y, una
vez, para gran vergüenza suya, enfermó del sarampión.
Cuando los días eran cálidos, le gustaba mucho pasear por los campos donde
había jugado de pequeño. En esas ocasiones, solía llevar sus papeles debajo del
brazo y trabajar al aire libre, sentado en la encantadora y frondosa ribera del río
que, durante su infancia, había sido su escondite predilecto. Esta orilla del río
Seekonk no había cambiado en todos esos años, y Phillips, que vivía mucho del
pasado, creía que una forma de desafiar el tiempo era permanecer cerca de los
lugares que no cambiaban. En una carta a un corresponsal, había descrito esta
forma de sentir suya: «Entre esos caminos del bosque que tan bien conozco, el
salto entre el presente y los años 1899 ó 1900 desaparece totalmente, de modo
que muchas veces me sorprende, al encontrarme nuevamente en la ciudad,
constatar que ésta ha perdido su apariencia de fin de siècle». Además de la ribera
del Seekonk, otro de los lugares que elegía para sus paseos era la colina de
Nentaconhaunt. Le gustaba poder contemplar, desde allí, su ciudad natal a la
puesta del sol, y esperar el plácido panorama de la población al recogerse en su
vida nocturna, con los campanarios y los tejados de estilo holandés que,
progresivamente, iban oscureciéndose sobre el fondo anaranjado y carmín del
atardecer. Le emocionaba el brillo esmeralda o perlado en que se fundía el
horizonte, y finalmente las luces centelleantes que transformaban la vasta y
desigual ciudad en una tierra mágica que ejercía para Phillips una mayor
atracción que durante el día.
Hacía mucho tiempo que Phillips había renunciado a alumbrarse con luz
eléctrica, pues ésta resultaba excesivamente cara para sus modestos ingresos.
Pero como sus largas excursiones diurnas le obligaban a trabajar hasta muy
avanzada la noche, la famosa lámpara de su abuelo Whipple, por muy extraña
y vieja que fuera, le iba a ser de una gran utilidad. La carta que acompañaba el
último regalo del viejo, cuya relación con su nieto había sido muy profunda
desde la muerte de los padres del niño, le explicaba que la lámpara provenía de
una tumba de Arabia, en los comienzos de la historia. Decía que había
pertenecido a un árabe medio loco, llamado Abdul Alhazred. Era obra de la
fabulosa tribu de Ad, una de las cuatro misteriosas y poco conocidas de Arabia
-Ad estaba en el sur, Thamood en el norte, y el centro de la península estaba
ocupado por Tasm y Jadis-. Había sido hallada hace mucho tiempo en una
ciudad oculta llamada Irem. Edificada por Shedad, el último de los déspotas de
Ad, era la Ciudad de las Columnas, conocida por algunos como la Ciudad Sin
Nombre. Decían que se encontraba cerca de Hadramant; según otros, debía
estar enterrada bajo las antiquísimas y siempre movedizas arenas de Arabia. De
todas maneras, salvo los favoritos del profeta que habían logrado encontrarla,
nunca nadie había conseguido verla. Para terminar su larga carta, el viejo
Whipple había escrito: «Puede proporcionar tanto placer encendida como
apagada. Igualmente puede traer dolor. Es la fuente del éxtasis o del terror.»
El aspecto de la lámpara de Alhazred era poco corriente. Funcionaba con aceite,
y parecía ser de oro. Por su forma, se asemejaba a una marmita oblonga, con un
asa curvada a un lado y una espita para la llama al otro. Su decoración consistía
en unos extraños dibujos, mezclados con letras y colocados de tal manera que
parecían formar unas palabras. Pero aquel lenguaje era desconocido para
Phillips, que conocía varios dialectos árabes y, sin embargo, no lograba
descifrar la inscripción de la lámpara. No era sánscrito. Indudablemente se
trataba de un idioma más antiguo; su escritura se componía de letras y
jeroglíficos, algunos de los cuales eran pictografías. Phillips dedicó una tarde
entera a limpiarla por dentro, por fuera y , después de haberle sacado brillo, la
llenó de aceite.
Esa misma noche, Phillips retiró las velas y la lámpara de petróleo, que le
habían alumbrado durante tantas y tantas noches de trabajo, y encendió la
lámpara de Alhazred. Le sorprendió un poco lo cálido de su brillo, la
estabilidad de su llama, y la calidad de su luz. Pero la cantidad de trabajo que le
esperaba era tal que no podía seguir entreteniéndose con la lámpara. Sin perder
más tiempo, se puso a revisar una obra en verso, que empezaba de la siguiente
manera:
En la brillante y temprana alborada
De un año, mucho antes de nacer yo,
Cuando la tierra era aún el caos,
Mucho antes de cubrirse de luchas...
y continuaba así, en ese mismo estilo arcaico caído completamente en desuso.
Sin embargo, era un estilo que a Phillips le gustaba. Vivía tanto en el pasado
que sus puntos de vista y su filosofía acerca de la influencia del pasado
desbordaban toda fantasía. Su noción del tiempo y del espacio estaba, desde sus
primeros recuerdos, tan inextricablemente ligada a sus más profundos
pensamientos y sentimientos, que cualquier intento de describir con palabras
sus estados de ánimo parecería artificial, exótico o convencional. Durante
décadas enteras, los sueños de Phillips estuvieron compuestos por una extraña
mezcla de inquietud aventurera unida a paisajes, perspectivas arquitectónicas y
efectos de la bóveda celeste. En su mente conservaba cierta imagen de sí mismo
a los tres años: se encontraba sobre un puente ferroviario. A través de los
huecos de la barandilla, su vista penetraba en la parte más densa de la ciudad.
Y entonces sintió la inminencia de algún prodigio, que no podía describir ni
llegar a comprender en su totalidad; era la intuición de algo maravilloso, de una
liberación escondida en oscuras dimensiones. Presentía que, aunque raras veces
y con muchas dificultades, aquellas dimensiones podían alcanzarse mediante
ciertas perspectivas visuales, tales como la de una vieja calle vista a través de
leguas de campo montañoso; o la de las balaustradas de unas terrazas
enfocadas desde abajo, desde el mismo pie de la interminable escalera de
mármol que conduce a ellas. Es cierto que Phillips soñaba con vivir en el siglo
dieciocho, o incluso antes, cuando todavía había tiempo para el arte de la
conversación y cuando el hombre podía vestirse con cierta elegancia sin ser
observado con extrañeza por sus vecinos. Pero por muy intenso que fuera su
deseo de volver a un tiempo en que el mundo era más joven y menos apurado,
la falta de imaginación y las pocas ideas que reflejaban las líneas sobre las
cuales estaba trabajando, sumadas a su propio cansancio, le hicieron sentirse
incapaz de seguir con su tarea. Reconoció que no podía interesarse por estas
líneas tan poco inspiradas; apartó el manuscrito y se inclinó hacia atrás para
descansar.
Fue entonces cuando observó el súbito cambio que se había operado a su
alrededor.
Las familiares paredes tapizadas de libros, salvo en los huecos de las ventanas -
Phillips tenía la manía de taparlas con cortinas para que ninguna luz exterior,
ya fuera la del sol, la de la luna, o la de las estrellas, invadiese su santuarioestaban
extrañamente cambiadas. No era sólo la claridad difundida sobre ellas
por la lámpara de Arabia lo que las había modificado, sino que la misma luz
proyectaba contra las paredes objetos desconocidos para Phillips. Dondequiera
que iluminara la lámpara, contra las paredes, sobre los tomos de los libros
alineados en sus estantes, Phillips contemplaba unas escenas que ni los fondos
más misteriosos de su imaginación hubiesen podido crear. En cambio, en todas
las zonas oscuras, tales como la gran mancha de sombra que el respaldo de la
silla de Phillips proyectaba sobre una parte de los estantes, no veía nada, nada
más que la oscuridad de las sombras y en ellas la monotonía de los libros
alineados.
Phillips permaneció sentado y, maravillado, contempló las escenas que se
desarrollaban ante él. Luego quiso reaccionar y pensó que era víctima de una
ilusión óptica. Pero tal explicación a ese fenómeno no le satisfacía, y la rechazó.
Por otra parte, tenía el curioso convencimiento de que no deseaba hallar
explicación alguna, de que no la necesitaba: algo maravilloso había ocurrido,
sabía que tenía que ser pasajero y no quería conocer o sentir más que la
admiración por lo que sus ojos presenciaban. El mundo que veía a la luz de la
lámpara era de una rareza suprema. Era un mundo al que nunca había tenido
acceso, ni por la vista, ni por la lectura, ni siquiera por la vía de sus sueños.
La escena parecía representar la tierra en sus principios, cuando aún estaba en
período de formación. Unos chorros de vapor salían de las fisuras de sus rocas.
Las huellas dejadas por unos reptiles se veían claramente dibujadas en el barro.
Arriba, volando en el aire, unas bestias gigantescas peleaban y se destrozaban
entre sí. Entre las rocas de una playa, el tentáculo de algún animal monstruoso
se desenroscaba sinuosa y amenazadoramente en la luz roja del día, como una
criatura extraída de alguna ficción fantástica.
Entonces, suavemente, la escena cambió. Las rocas fueron sustituidas por un
desierto arrasado por el viento, y, como un espejismo, surgió la oculta y desierta
Ciudad de las Columnas, conocida también como Irem. Phillips sabía que
ahora, cuando ningún pie humano pisaba ya las calles de esa ciudad, unos seres
terribles seguían merodeando entre los pilares de piedra de las viviendas, que
no estaban en ruinas, sino que permanecían en el estado en que se encontraban
cuando sus antiguos habitantes fueron aniquilados o echados de la ciudad por
aquellos entes venidos del cielo para asediar Irem y apoderarse de ella. De
aquellos seres no se veía nada, tan sólo se adivinaba el angustioso movimiento
merodeante, como una sombra fuera del tiempo. Y a lo lejos, detrás de la ciudad
y del desierto, se erguían las montañas cuyas cimas estaban cubiertas de nieve;
cuando aún las estaba contemplando, Phillips tuvo conocimiento do sus
nombres, porque en ese mismo momento se revelaron a su mente. La ciudad en
el desierto era la Ciudad Sin Nombre, y las cumbres nevadas eran las Montañas
de la Locura, o quizá Kadath en el Páramo Frío. A Phillips le divertía dar sus
nombres a estos lugares del paisaje, pues se le ocurrían con facilidad; le venían
a la mente como si hubiesen estado rondando el perímetro de sus
pensamientos, en espera de la oportunidad que les permitiera encarnar en una
vivencia real.
Permaneció sentado durante mucho tiempo, fascinado, hasta que una leve
sensación de alarma le removió. Los paisajes que desfilaban ante sus ojos eran
similares a los que podrían aparecer en un sueño, y sin embargo, Phillips sentía
crecer su inquietud. Intuía algo parecido a la presencia de lo maligno, a la vez
que tomaba conciencia de ciertos inconfundibles indicios de los horribles seres
que ocupaban estos parajes. Finalmente, no pudo resistir más tiempo a esa
angustia envolvente; apagó la luz y, algo tembloroso, encendió una vela. Se
sintió inmediatamente confortado por su brillo descolorido y familiar.
Estuvo meditando largo rato sobre todo cuanto había visto. Su abuelo le había
dicho de la lámpara que era su «más valiosa posesión»; con lo cual resultaba
evidente que sus propiedades le eran conocidas. ¿Y qué eran esas propiedades
sino el poder de transmitir el recuerdo ancestral y mágico de una revelación, de
tal modo que quien se sentara a su luz podía contemplar los lugares de terror y
belleza que sus dueños habían conocido? Phillips estaba convencido de que los
paisajes que había podido ver eran lugares familiares a Alhazred. Pero esta
explicación tenía muy poca lógica. Y cuantas más vueltas le daba, más
aumentaba su perplejidad. Decidió volver al trabajo que había apartado; se
volcó en él y consiguió alejar de sí todas las fantasías y alarmas que empezaban
a instalarse en su mente.
Al día siguiente, Phillips salió a la declinante luz de octubre para pasearse fuera
de la ciudad. Tomó el coche de línea hasta el final del barrio residencial, y
después caminó en dirección al campo. Llegó a un lugar que no conocía, y que
distaba por lo menos una milla de cualquier lugar por donde hubiera paseado
antes. Siguió una carretera hasta la bifurcación al noroeste de Plainfield Pike y
subió por la falda oeste del Nentaconhaunt. Allí pudo disfrutar de una vista
realmente idílica. Era un panorama de praderas, de viejas paredes de piedra, de
blancas alamedas y de lejanos tejados al oeste y al sur. Phillips se encontraba a
menos de tres millas del corazón de la ciudad y sin embargo, estaba como
sumergido en la primaria Nueva Inglaterra rural de los primeros colonizadores.
Antes de la puesta del sol, subió hasta arriba de la colina en dirección a uno de
sus escondrijos familiares, que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces
se había percatado ante la perspectiva que tenía del extenso campo. Todo era
resplandor de riachuelos, bosques lejanos y cielo naranja místico, con el gran
disco solar rojo hundiéndose entre las franjas de estratos de nubes. Se adentró
en el bosque y pudo contemplar la misma puesta del sol a través de los árboles.
Luego volvió hacia el este para cruzar la colina en dirección a uno de sus
escondrijos familiares y que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se
había percatado de la inmensa extensión de Nentaconhaunt. Más que una
simple colina, era una verdadera planicie en miniatura, con sus valles, sus
cordilleras, y sus cimas propias. Desde alguna de sus praderas ocultas -tan
alejadas de toda señal de vida humana- la vista que se le ofrecía sobre el remoto
cielo urbano le maravilló: era un sueño de picachos encantados y de cúpulas
medio flotando en el
aire y rodeadas de un oscuro aura de misterio. Las ventanas superiores de
algunas de las torres más altas conservaban la incandescencia que el sol ya
había perdido, y ofrecían una visión de resplandor irreal. Seguidamente,
Phillips pudo admirar el gran disco de la luna de Orión flotando alrededor de
los campanarios y alminares, mientras que al oeste, en el horizonte
brillantemente anaranjado, Venus y Júpiter empezaban a parpadear. Se adentró
en la llanura. El camino atravesaba unos paisajes muy variados: algunas veces
serpenteaba por el interior, y otras penetraba en los bosques y los cruzaba para
acercarse a los valles oscuros que se deslizaban hacia la llanura inferior. Los
grandes pedruscos que se balanceaban en las alturas rocosas producían un
efecto espectral, druídico, al recortarse en el crepúsculo.
Finalmente llegó a unos parajes que le eran más familiares. Allí, recubierto por
la hierba, el promontorio de un viejo acueducto enterrado le daba la ilusión de
pisar los restos de una carretera romana; y allí estaba la cima de la colina que
siempre habla conocido. Extendida a sus pies, la ciudad se iluminaba
rápidamente y se asemejaba a una constelación yaciendo en el profundo
anochecer. La luna derramaba una inundación de oro pálido, y, al oeste, el
resplandor de Venus y de Júpiter se acrecentaba con intensidad en el horizonte
cada vez más difuso. El camino que le conduciría a su casa estaba ante él; no
tenía más que bajar esa última pendiente para llegar al coche de línea que le
llevaría a los prosaicos lugares frecuentados por el hombre.
Pero durante todas estas horas apacibles, Phillips no había olvidado un solo
instante su experiencia de la noche anterior, y no podía negar que ansiaba
anticipar la llegada de la noche. La sensación de alarma que se había apoderado
de él se había convertido en la promesa de una nueva experiencia nocturna de
naturaleza desconocida.
Esa noche, tomó su solitaria cena con más rapidez que de costumbre para poder
acudir en seguida al estudio, donde las hileras de libros, que llegaban al techo,
le esperaban con su saludo permanente. Pero él no miró siquiera el trabajo que
había abandonado sobre la mesa, sino que encendió la lámpara de Alhazred y
se sentó a esperar lo que pudiese ocurrir.
El suave resplandor amarillento de la lámpara se extendía sobre las paredes
cubiertas de estantes. La llama no se movía; ardía tranquila y establemente, e
igual que la víspera, la primera impresión que Phillips recibió fue la de un calor
confortante y arrullador. Entonces, con suavidad, los libros y los estantes
parecieron difuminarse, desteñirse, y dieron paso a escenas de otro mundo y
otros tiempos. Aunque le fueran completamente desconocidos, los nombres de
las escenas y de los lugares que veía afloraban con naturalidad a su mente,
como si el resplandor de la lámpara de Alhazred estimulase su imaginación.
Vio una casa muy bella, coronada de humo, en un promontorio como el cercano
Gloucester. Vio un antiguo pueblo de estilo holandés, con un oscuro río que lo
atravesaba, un pueblo como Salem, pero más malvado y misterioso, y llamó al
pueblo Arkham, y al río Miskatonic. Vio la oscura ciudad costera de Innsmouth,
y detrás de ella el Arrecife del Diablo. Vio las profundidades acuáticas de R'lyeh
donde el difunto Cthulhu yacía durmiendo. Contempló la Meseta de Leng,
arrasada por el viento, y las oscuras islas de los Mares del Sur. Pudo apreciar las
Tierras del Ensueño, los paisajes de otros lugares, del espacio, así como las
formas de vida que habían existido en otros tiempos y que, más viejos que la
propia tierra, remontaban a los Primordiales, hasta Hali, e incluso más allá.
Pero presenciaba estas escenas como a través de una ventana que parecía
invitarle a abandonar su propio mundo para viajar a estos reinos de maravilla y
belleza; y en Phillips la tentación era cada vez más fuerte: temblaba con el deseo
de obedecer, de dejar de ser lo que era, de intentar ser lo que tal vez podría ser.
Pero, como la noche anterior, apagó la luz y agradeció la aparición de las
paredes llenas de libros del estudio de su abuelo Whipple.
Renunció a las monótonas revisiones que le esperaban, y se pasó el resto de la
noche, a la luz de la vela, escribiendo relatos cortos, inspirándose en las escenas
y los seres que había visto a la luz de la lámpara de Alhazred.
Pasó toda la noche escribiendo, y todo el día siguiente durmiendo, exhausto.
Y a la noche, antes de ponerse de nuevo a escribir, estuvo contestando unas
cartas. En ellas hablaba de sus «sueños», como ignorando si había visto
realmente las imágenes que habían pasado ante sus ojos, o si las había soñado.
Reconocía que los mundos de su propia ficción se entretejían con los mundos de
la lámpara. Los deseos y anhelos de su juventud se habían fundido en su mente
con las visiones de sus intentos creativos, que habían absorbido de igual forma
los lugares de la lámpara y los secretos ocultos de su corazón, el cual, como la
lámpara de Alhazred, había alcanzado los lejanos extremos del universo.
Pasaron muchas noches sin que Phillips volviese a encender la lámpara.
Las noches se sumaron, llegando a formar meses, y los meses años.
Envejeció, sus relatos de ficción fueron publicados, y con ellos las mitologías de
Cthulhu; de Hastur el Inefable; de Yog-Sothoth; de Shub-Niggurath, la Cabra
Negra de los Bosques con sus Mil Crías; de Hypnos, el dios del sueño; de los
Primigenios Mayores y de su mensajero, Nyarlathotep; todos esos seres
mitológicos, con el oscuro mundo de sombras que representaban, llegaron a
formar parte integrante de la intimidad de Phillips. Su conocimiento de ellos era
tal que pudo traer Arkham a la realidad. Descubrió la sombra sobre Innsmouth,
habló de los murmullos en la oscuridad y del moho de Yuggoth, y dio a conocer
el horror de Dunwich. Y en toda su prosa, en todos sus versos, la luz de la
lámpara de Alhazred brillaba, aun cuando Phillips ya no la utilizara.
Dieciséis años transcurrieron de esta forma, hasta que, una noche, Ward
Phillips se acercó a donde había dejado la lámpara, detrás de una fila de libros,
sobre uno de los estantes inferiores de la biblioteca de su abuelo Whipple. La
sacó de allí, e inmediatamente todos los viejos encantos y todas las maravillas se
reavivaron para él. Volvió a limpiarla y la colocó sobre la mesa. En los últimos
años, el estado de salud de Phillips había empeorado mucho. Padecía una
enfermedad incurable y sabía que sus días estaban contados; pero no quería
morir sin volver a contemplar, una última vez, los mundos de belleza y de
terror que encerraba la lámpara de Alhazred.
Encendió la lámpara otra vez y miró hacia las paredes. Pero sucedió algo
extraño. En las mismas paredes donde antes le habían sido presentados los
lugares y seres relacionados con la vida de Alhazred, surgía ahora la aparición
mágica de un lugar muy conocido por Ward Phillips, pero no del tiempo actual,
sino tal como era en una época pasada, un tiempo querido y perdido, cuando
retozaba de chiquillo en las orillas del Seekonk, ocupado con los juegos que
inspiraba a su imaginación la mitología griega. Allí estaba otra vez la niñez; allí
estaban las ensenadas donde había pasado sus años de juventud; allí estaba la
glorieta que había construido en honor del gran Pan; toda la irresponsabilidad y
la feliz libertad de aquella niñez se reproducían sobre las paredes, porque lo
que la lámpara reflejaba ahora eran sus propios recuerdos.
Anhelante, pensó que quizá siempre le había proporcionado la lámpara
recuerdos ancestrales, pues ¿quién podía negar que su abuelo Whipple, cuando
era joven, o los que le precedieron en la línea de Ward Phillips, habían visto
todos aquellos lugares iluminados por la lámpara?
Y otra vez fue como si mirase por una puerta abierta. La escena le invitaba. Se
levantó dificultosamente y caminó hacia la pared. No dudó más que un
instante; luego siguió hacia los libros.
La luz del sol irrumpió repentinamente a su alrededor. Se sintió libre de sus
cadenas y empezó a correr ligeramente a lo largo de la orilla del Seekonk,
donde los escenarios de sus primeros años le esperaban para que rejuveneciese,
para que volviera a empezar una vida en los tiempos apacibles, cuando el
mundo era joven...
Se descubrió la desaparición de Ward Phillips cuando un admirador de sus
cuentos, que sentía curiosidad por conocerle, vino a la ciudad a hacerle una
visita. Se llegó a la conclusión de que se había sentido mal en el bosque y había
fallecido allí, pues sus paseos solitarios eran bien conocidos por los vecinos de
la calle Angell, así como el paulatino agravamiento de su salud.
Organizaron varias excursiones para explorar los alrededores de
Nentaconhaunt y las orillas, pero no encontraron rastro de Ward Phillips. La
policía confiaba en que algún día se encontrarían sus restos, pero nada
descubrió y, con el tiempo, el misterio sin resolver se perdió en los archivos.
Los años pasaron. La casa de la calle Angell fue derribada, la biblioteca
adquirida por algunas librerías, y lo que había en la casa se vendió como
chatarra, incluyendo una vieja y antigua lámpara árabe, por la que nadie, en un
mundo tecnológico posterior a la época de Phillips, se interesó y a la que no se
encontró utilidad alguna.

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